第001回 CUANTO EXISTE TIENE SU ORIGEN EN LA RAÍZ DIVINA. EL TAO SURGE DIRECTAMENTE DE LA FUENTE MISMA DE LA MORALIDAD La escritura dice: «En el principio sólo existía el Caos. El Cielo y la Tierra formaban una masa confusa, en la que el todo y la nada se entremezclaban como la suciedad en el agua. Por doquier reinaba una espesa niebla que jamás logró ver ojo humano y a la que Pan - Ku consiguió dispersar con su portentosa fuerza. Lo puro quedó entonces separado de lo impuro y apareció la suprema bondad, que esparce sus bendiciones sobre toda criatura. Su mundo es el de la luz. Quien a él se acerca descubre el camino que conduce al reino del bien. Mas el que quiera penetrar en el secreto del principio de cuanto existe debe leer La crónica de los orígenes» En ella se afirma que en el reino del Cielo y la Tierra el tiempo se divide en períodos de ciento veintinueve mil seiscientos años. Cada uno de ellos es subdividido, a su vez, en doce épocas de diez mil ochocientos años de duración, que responden a los siguientes nombres: Dhzu, Chou, Yin, Mao, Chen, Sz, Wu, Wei, Shen, Yu, Hsü y Hai. Pese a su enorme amplitud, todas ellas tienen su equivalente en el repetitivo ciclo de los días. Así, a la de Dhzu le corresponden las primeras horas de la mañana, cuando la oscuridad es total y aún no se aprecia ningún atisbo de luz; el gallo canta a la hora de Chou; a la de Yin comienza a clarear; el sol sale, finalmente, a la de Mao; a la de Chen es completa-mente de día y los hombres se disponen a tomar el desayuno; quien trabaja lo tiene ya todo planeado a la hora de Sz; a la de Wu el sol alcanza su cenit; la tarde comienza a declinar a la de Wei; a la de Shen las familias se reúnen alrededor de la mesa para la colación vespertina; el sol se pone a la de Yu; a la de Hsü desaparecen del todo los úl-timos vestigios del crepúsculo; finalmente, la gente se retira a descansar a la de Hai, abriendo las puertas, así, a un nuevo ciclo. Es el mismo que siguió el mundo en sus lejanos y, al mismo tiempo, tan cercanos orígenes. De hecho, al final de la época de Hsü el Cielo y la Tierra yacían en un estado de confusión total, en el que la nada y el todo se entremezclaban de una forma absolutamente incomprensible para nosotros. Después de cinco mil cuatrocientos años de constante oscuridad se produjo el advenimiento de la época de Hai, también conocida como Caos, porque durante su dominio no existían seres humanos ni ninguna de las dos esferas por las que ahora nos regimos. Hubieron de pasar otros cinco mil cuatrocientos años para que terminara una época tan tenebrosa y lentamente comenzaran a actuar las fuerzas creativas de la luz. Semejante milagro empezó a producirse durante la de época de Dhzu, pero lo hicieron entonces con tanta timidez que no es extraño que Shao - Kang - Chr afirmara: Ningún cambio se produjo en el centro mismo del Cielo, cuando el invierno llegó a las regiones de Dhzu. El principio masculino permanecía todavía dormido y nada de cuanto existe había salido aún a la luz. Pero cuando, después de otros cinco mil cuatrocientos años, la primavera se enseñoreó de la época de Dhzu, el firmamento echó sus inamovibles raíces y la luz pudo, finalmente, formar el sol, la luna, las estrellas y los restantes cuerpos celestes. No es extraño, por tanto, que se diga que el Cielo comenzó a existir en época tan numinosa. La siguieron otros cinco mil cuatrocientos años, durante los cuales el firmamento se solidificó para siempre. Lo mismo ocurrió con la tierra durante la época de Chou. De ahí que se afirme con entusiasmo en el I Ching: ¡Qué maravillosos son los principios masculino y femenino! De ellos, siguiendo el mandato del Cielo, surgieron finalmente todas las cosas». Hubieron de pasar, sin embargo, otros cinco mil cuatrocientos años después del advenimiento de la época de Chou, para que se condensaran ciertas innominadas materias y dieran, así, principio a los cinco elementos esenciales: el agua, el fuego, el metal, la madera y la tierra. Antes de que concluyera una época tan extraordinaria, hubieron de transcurrir otros cinco mil cuatrocientos años, al cabo de los cuales amaneció la época de Yin y todo cuanto conocemos comenzó a surgir y a crecer, como si siguiera la voz de una eterna primavera. No es extraño, por tanto, que diga el Libro del cómputo del tiempo: «El numen celeste descendió y ascendió el terrestre. Se unieron, así, el Cielo y la Tierra y de su copulación surgieron todas las cosas». En aquella época el Cielo y la Tierra eran tan brillantes como la luz misma y cada uno encerraba dentro de sí los dos principios del yin y del yang, a cuya unión todo debe su existencia. Durante los cinco mil cuatrocientos años que siguieron, en efecto, aparecieron las bestias, los animales y los hombres. De esta forma, quedaron establecidas para siempre las tres fuerzas que rigen los destinos de la naturaleza: el Cielo, la Tierra y el Hombre, que, como queda dicho, vio la luz durante la milagrosa época de Yin. Después de que Pan - Ku pusiera en orden el universo entero, finalizara el mandato de los Tres Reyes y los Cinco Emperadores hicieran públicas sus por doquier respetadas disposiciones morales, el mundo fue dividido en cuatro grandes continentes. El del este llevaba el nombre de Purvavideha, Aparagodaniya el del oeste, Jambudvipa el del sur y, finalmente, Uttarakuru el del norte. En este libro sólo nos ocuparemos, por obvias razones, del situado en el este del mundo. En el otro extremo del océano que lamía sus costas, se hallaba la renombrada nación Ao-Lai, muy cerca de la cual, en el centro mismo de un plácido mar de serenas aguas, se levantaba la famosa Montaña de las Flores y Frutos. Había surgido en el momento mismo de la formación del mundo y ahora formaba parte de un conjunto de diez islotes, que con el tiempo dieron origen a las Tres Islas. Su belleza era impresionante. No es extraño, por tanto, que el poeta escribiera sobre ella: Su majestad compite con la serenidad del mismo océano, como si fuera el emperador de los mares. Las olas rompen contra su costado, como montañas de plata que el golpe transforma en diminutas escamas de nieve, lanzando a los peces contra las rocas y sacando de su sueño de profundidad a las serpientes marinas. En su parte suroccidental se aprecian llamativas planicies cargadas de serenidad, mientras que al este todo es abruptez de picos que se arrojan con mal disimulada fiereza en el mar. Los que permanecen, orgullosos, en tierra seca se visten, a la hora del crepúsculo, de tintes violáceos, que esconden su inaccesible bravura pétrea. En sus cumbres cantan, emparejados, los fénix, mientras que a su pie descansan los solitarios unicornios. Por doquier se oye el lamento de los faisanes, que buscan, desesperados, las cuevas en las que habitan los dragones. Toda la isla está poblada de extraordinarios animales que muy pocas veces se ven en otras partes, como los longevos ciervos, las inmortales zorras, las divinas lechuzas o las cigüeñas de negro plumaje. En ese lugar extraordinario la hierba nunca se seca ni las flores se marchitan. La primavera es allí eterna y adondequiera que se dirija la mirada puede verse el verdor de cipreses y pinos, aliados incondicionales de la vida. Los melocotoneros están siempre en flor, las viñas se rompen bajo el peso de su propio fruto, la hierba de los pastos se mantiene siempre fresca y los bambúes alcanzan tales alturas que a veces llegan a frenar la loca carrera de las nubes. Éste es, en verdad, el privilegiado lugar donde el Cielo se apoya y la Tierra descansa de sus muchas fatigas, un paraíso en el que convergen más de cien ríos. En la cumbre misma de esa extraordinaria montaña había una roca inmortal. Tenía una altura de treinta y seis pies y medio y un perímetro de veinticuatro pies justos. Semejantes medidas no eran casuales, ya que se correspondían exactamente con los trescientos sesenta y cinco días del año solar y las veinticuatro horas que marcan el quehacer cotidiano del hombre. Poseía, además, nueve agujeros profundos y otros ocho de menor longitud, que encontraban su equivalente numérico en las Nueve Constelaciones y en los Ocho Planetas que habitan los palacios celestes. Aunque no crecía sobre ella vegetación alguna, durante mucho tiempo había sido alimentada con las mismas semillas del Cielo y la Tierra y la fuerza extraordinaria del sol y la luna. Finalmente, por acción directa de lo alto, quedó embarazada y empezó a crecer en su interior un embrión sobrenatural. Tras largo período de gestación, se abrió inesperadamente un día y dio a luz un huevo de piedra del tamaño aproximado de un balón. Expuesto a la fuerza de los elementos, se transformó en un mono de piedra, exactamente igual a los que hoy conocemos. No pasó mucho tiempo antes de que aprendiera a correr y a subirse a los árboles. Cuando hubo dominado a la perfección tan difíciles técnicas, se inclinó, reverente, ante los cuatro puntos cardinales y entonces se produjo el milagro: de sus ojos salieron dos rayos potentísimos que llegaron hasta el mismísimo Palacio de la Estrella Polar. Su luz era tan fuerte que llamó la atención del Benéfico Señor del Cielo, el divino Emperador de Jade, que se hallaba reunido con sus ministros en el Palacio de Nubes de los Arcos de Oro, concretamente en la Sala del Tesoro de la Niebla Divina. Sorprendido por su brillo extraordinario, ordenó a Mil Ojos y a Oídos de Viento que abrieran la Puerta Sur del Palacio Celeste y averiguaran de dónde provenía semejante fenómeno. Los dos capitanes cumplieron la orden sin pérdida alguna de tiempo y, tras analizar cuidadosamente la situación, regresaron al lado de su señor y le informaron, diciendo: - Vuestros indignos servidores han obedecido al pie de la letra el mandato que de vos han recibido y han averiguado que esos potentísimos rayos provienen de la Montaña de las Flores y Frutos. Ese lugar, como sabéis, se encuentra en la región de Ao-Lai, al este del continente de Purvavideha. En esa montaña singular hay una roca inmortal que, extrañamente, ha dado a luz un huevo de piedra. Lo más asombroso, sin embargo, es que los elementos han actuado sobre él y lo han convertido en un mono de piedra. Los rayos que os han molestado han partido precisamente de sus ojos, pues, al inclinarse ante los cuatro puntos cardinales, han adquirido tal viveza que su luz ha alcanzado hasta el mismísimo Palacio de la Estrella Polar. Pero no os preocupéis. El mono en cuestión se ha puesto a comer y a beber y pronto perderá todo su poderío. - No lo creo yo así - replicó el Emperador de Jade con misericordiosa complacencia -. Las criaturas del mundo que yacen a nuestros pies surgieron de la copulación del Cielo y la Tierra y es natural que de vez en cuando nos sorprendan con su desconcertante modo de actuar. Para entonces el mono había aprendido a caminar, a correr y a saltar de una parte a otra. Se alimentaba de frutos y plantas y bebía de los múltiples ríos y arroyos que surcaban la isla. La mayor parte del tiempo la pasaba cortando flores y subiéndose a los árboles en busca de frutas. No tardó, sin embargo, en entablar amistad con el tigre, el lagarto, el lobo, el leopardo y el ciervo, aunque consideraba a las otras especies de monos como su auténtica familia. Por la noche dormía en cuevas que abandonaba en cuanto el sol emergía por la línea del horizonte y daba comienzo la mañana. El tiempo transcurría con lentitud, pues, como bien reza el dicho popular, «en lo alto de las cumbres el río avanza y retrocede con tanta regularidad que allí nadie es realmente consciente del paso de los años». Una mañana, sin embargo, hizo tanto calor que no encontró mejor manera de escapar al bochorno que ponerse a jugar con otros monos a la sombra de unos pinos. Descubrió entonces, sorprendido, lo mucho que se parecía a ellos. Su manera de divertirse era prácticamente la misma. Algunos, de hecho, saltaban de rama en rama en busca de fru-tos, mientras que otros pasaban el tiempo tirándose piedrecitas o arrojándose pequeñas pinas. A veces se llegaban hasta la playa y otros lugares arenosos y se ponían a construir extrañas pagodas de arena. No era tampoco raro que persiguieran a las libélulas y corrieran, como locos, detrás de las lagartijas. No se olvidaban, sin embargo, de incli-narse ante el Cielo, presentando, así, sus respetos a los dignos budas que lo habitan. Pero no por ello dejaban de ser animales revoltosos y estropeaban a placer las viñas y otros árboles que crecían, lujuriosos y exhuberantes, a su alrededor. Cuando se cansaban de eso, se tumbaban en mullidos lechos de hierba y se ponían a buscarse unos a otros pulgas y parásitos. Cuando, tras mucho escarbar en sus tupidos pelajes, encontraban alguno, se lo comían con avidez o, simplemente, lo mataban con las uñas. Otros preferían, no obstante, espulgarse solos. Para ello se llegaban hasta el tronco de un pino y se restregaban una y otra vez contra él, hasta que el ardor desaparecía y la sensación de malestar remitía. Lo que más les gustaba, pese al peligro que ello entrañaba, era jugar y perseguirse entre los pinos. Ya tendrían tiempo después de desprenderse de todos los parásitos que pudieran coger en sus interminables correrías en las verdes aguas de los arroyos. Así lo hicieron aquella mañana, llegándose hasta uno de los torrentes de la montaña. Al ver la fuerza de la corriente y los tumbos que daba el agua entre las rocas, como melones que se destrozaran sin cesar contra las piedras, se quedaron asombrados y comenzaron a ponderar su extraña belleza. A nadie debe sorprenderle que hablaran. Si, como reza el dicho tradicional, «las bestias tienen su lenguaje y las aves el suyo», ¿qué hay de extraño en que los monos se comuniquen entre sí con palabras? Los monos se dijeron, pues, unos a otros: - Puesto que no sabemos de dónde viene toda esta agua y hoy no tenemos nada que hacer, lo mejor es que remontemos su curso y, así, descubramos dónde se encuentra su fuente. ¿No os parece que será una manera estupenda de pasar el tiempo? Todos aceptaron, entusiasmados, la idea y, dando grandes voces de júbilo, siguieron montaña arriba el desconocido curso del torrente. Los monos caminaban en familias y no tardaron en dar con su fuente: una impresionante catarata, cuya visión les hizo enmudecer. Se elevaba en el paisaje como una altísima columna, de la que emergían bellísimos arcos iris que el viento hacía cambiar constantemente de posición. A su base danzaban miles de olas blancas, que hacían pensar en brisas realmente inexistentes y en la bravura de desconocidos ríos lunares. Su brillo recordaba, en efecto, al de la dama de la noche y teñía levemente de blanco el profundo verdor del paisaje en el que se hallaba enclavada. Se sospechaba la existencia de poderosos afluentes que la alimentaban, pero la sensación que más dominaba en quien tuviera la suerte de contemplarla era la de una hermosísima cortina que alguien hubiera colgado de las mismas nubes. A la vista de tan inesperado milagro, los monos empezaron a aplaudir y a exclamar, entusiasmados: - ¡Qué maravilla! ¡Qué increíble belleza! Su agua nace directamente del seno de la montaña y va a desembocar, sin lugar a dudas, en la lejana placidez del Gran Océano. Otros añadieron con inamovible certeza: - El que se atreva a cruzar esa impresionante cortina y vuelva sano y salvo a contarnos las maravillas que tras ella se esconden será nuestro rey. ¿Hay alguien dispuesto a hacerlo? Nadie respondió a semejante reto. Hubieron de lanzarlo tres veces al viento, antes de que surgiera, desde muy atrás, el mono de piedra y gritara con voz potente: - ¡Yo lo haré! ¡Yo cruzaré la cortina de agua y volveré a deciros lo que hay detrás de ella! Era un mono realmente valiente. No es extraño que su fama se haya mantenido viva de generación en generación, hasta llegar, intacta, a nuestros días. Cuando se lanzó contra la columna de agua, lo hizo con tan arrogante seguridad que parecía un rey trasponiendo la puerta de su propio palacio. Cerró los ojos, tomó impulso y saltó a través de la cascada. Cuando sintió que ninguna gota lamía ya su cuerpo de piedra, volvió a abrirlos y comprobó, asombrado, que estaba ante un puente que brillaba con la misma fuerza que el sol. Incrédulo, se acercó a él con paso inseguro y vio que estaba hecho de láminas de hierro. El agua que fluía bajo su arco manaba de un agujero y se perdía en la distancia, dando, tal vez, nacimiento a la espléndida catarata que acababa de trasponer. De un salto se encaramó en lo alto del puente y desde allí descubrió un paradisíaco lugar, que, sin duda, debía de ser el palacio de alguna persona importante. Yacía entre una tenue neblina, que le otorgaba una pátina que recordaba a la vez al azul puro del cielo y al verdor frío del jade. A juzgar por el número de sus ventanas, debía de tener innumerables habitaciones, aunque no se veía ni a uno solo de sus posibles moradores. Sus muros habían sido cuidadosamente labrados con motivos florales, que se repetían, como en un espejo, en el frondoso jardín que lo rodeaba. Estaba tan cuidado que por fuerza tenía que habitar alguien en tan espléndida mansión. Cerca del muro principal, en efecto, se veían rescoldos todavía vivos de una hoguera, una mesa llena de copas, botellas, platos, cuencos y restos de comida, y un número indeterminado de asientos de piedra de hechura exquisita. Un poco más allá crecían unas cuantas matas de bambú, tras las que se apreciaba el eterno verdor de un grupo de pinos y la olorosa belleza de cuatro o cinco ciruelos. Pese a su innegable sensación palaciega, aquel lugar tenía toda la apariencia de un hogar. El mono de piedra lo estuvo mirando durante un largo rato, sin dar crédito a lo que veía. Cuando se hubo cerciorado de que no se trataba de sueño alguno, se llegó, de un salto, hasta el centro mismo del puente y, más seguro de sí mismo, miró a izquierda y derecha. Fue así como descubrió una inscripción de piedra que decía: «Ésta es la tierra sagrada de la Montaña de las Flores y Frutos, la Caverna Celeste que esconde la Cortina de Agua». El mono de piedra no cabía en sí de contento. Había descifrado el misterio de aquel extraordinario lugar y decidió regresar a comunicárselo a sus hermanos. Se dio la vuelta a toda prisa, volvió a cerrar los ojos y, tomando impulso, atravesó, una vez más, el muro de agua. - ¡Qué suerte he tenido! ¡Qué maravilloso golpe de suerte! - exclamó, entusiasmado, cuando nuevamente se halló en la otra parte. - ¿Qué hay al otro lado? - preguntaron los monos, rodeándole impacientes -. ¿Qué profundidad tiene allí el agua? - ¿El agua? - repitió el mono de piedra, riendo -. En ese mundo apenas hay agua. Sólo he visto un puente hecho de láminas de hierro, desde el que se vislumbra una espléndida mansión celestial. - ¿Qué quieres decir con eso? - volvieron a preguntar los otros monos. - El agua que pasa por debajo del puente del que os hablo - respondió el mono de piedra, sin dejar de reír - mana de un agujero en la roca y es tan abundante que ciega totalmente su arco. A un lado del puente se levanta una espléndida mansión de piedra, rodeada de un magnífico jardín lleno de árboles y flores. Junto a su puerta principal hay mesas de piedra con todo tipo de enseres para cocinar: hornos, cacharros, cazuelas, bancos, platos... Lo más asombroso es que están hechos de pedernal, como la inscripción que figura en el centro mismo del puente y que reza: «Ésta es la tierra sagrada de la Montaña de las Flores y Frutos, la Caverna Celeste que esconde la Cortina de Agua». Opino, por tanto, que se trata del lugar ideal para quedarse a vivir. Es extremadamente apacible y de una amplitud tal que puede albergar a miles y miles de seres de toda edad y condición. Asentémonos en él y olvidémonos para siempre de los avatares a los que el Cielo nos tiene sometidos. Allí nos protegeremos del viento y encontraremos abrigo contra la lluvia, porque en ese paraíso la nieve es desconocida y no hiela jamás. En él todo parece poseer el brillo del oro y hasta la niebla es luminosa como los rayos de la luna o el aliento mismo del trueno. ¿Qué hay de extraño, pues, en que las flores nunca se marchiten y estén siempre tan lozanas como las crestas de los pinos? - Si es verdad lo que dices, ¿a qué esperamos para entrar en ese mundo? - exclamaron los otros monos, alborozados -. Salta tú primero y condúcenos hasta él. El mono de piedra no se hizo de rogar. Cerró los ojos, tomó impulso y se perdió tras la cortina de agua, gritando: - ¡Adelante, muchachos! ¡Seguidme todos! Así lo hicieron los más valientes. Otros, sin embargo, se echaron atrás, como si dudaran de lo que les había dicho su nuevo rey y no se atrevieran a seguir su ejemplo. Afortunadamente al final pudo más la curiosidad que el miedo y, sin dejar de gritar y de dar palmadas, se lanzaron también hacia lo desconocido. Todos fueron a parar encima del puente, pero no estuvieron allí mucho tiempo, porque pronto se abalanzaron sobre los hornos y platos de piedra, luchando maleducadamente por los tazones y las sillas. Fue una suerte que estuvieran hechos de piedra; de lo contrario, hubieran quedado reducidos a añicos en muy poco tiempo. La batahola era francamente indescriptible y sólo amainó cuando a los monos les fueron fallando las fuerzas y se echaron a descansar tranquilamente en la hierba. El mono de piedra se sentó entonces en el sitio más elevado que pudo encontrar y les dijo con ademán solemne: - Caballeros, como vos bien sabéis y el dicho reza, quien no goza de confianza no puede realizar hazaña alguna. Vosotros mismos acordasteis no hace mucho que quien traspusiera la cortina de agua y volviera a cruzarla sin sufrir daño alguno sería nombrado vuestro rey. Pues bien, yo lo he hecho no una vez, sino dos y he tenido, incluso, la delicadeza de traeros a vivir a un lugar tan privilegiado como éste, para que gocéis de sus maravillas y criéis sin ningún sobresalto a vuestras familias. ¿Cómo es posible, pues, que no os arrodilléis ante mí y me presentéis vuestros respetos? ¿Es que habéis olvidado tan pronto vuestra promesa? ¿Qué clase de mono es el que no cumple su palabra? Al oírlo, todos los monos se sintieron profundamente avergonzados y, cruzando las manos sobre el pecho, se postraron humildemente en la tierra. A continuación le fueron presentando sus respetos uno por uno, empezando por los de más edad y terminando por los más jóvenes. Cuando hubieron terminado, se inclinaron, reverentes, ante él y gritaron todos a una: - ¡Viva nuestro rey! De esta forma, fue entronizado el mono de piedra, que empezó a ser conocido a partir de aquel mismo momento como el Hermoso Rey de los Monos. Así lo atestigua un antiguo poema, que dice: Una vez que todo hubo surgido de la copulación del Cielo y la Tierra, apareció una roca divina de la unión de la luna y el sol. Pronto se transformó en un huevo, que, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un espléndido mono. Su inteligencia era tan profunda que llegó a penetrar en el misterio del Gran Tao y a conocer el secreto del mismísimo elixir de la vida. Nadie ha visto jamás los rasgos de su espíritu, porque carece totalmente de forma, pero su obrar es de todos conocido y jamás ha dejado de ser ensalzado por doquier. Su recuerdo perdurará de edad en edad, porque es un rey sabio cuyo dominio se extiende más allá de las imprecisas fronteras del fluir eterno. Sin pérdida de tiempo el Hermoso Rey de los Monos seleccionó a los más valientes e inteligentes de sus súbditos y los nombró ministros y oficiales. Todos aceptaron esos nombramientos sin envidia ni rencor y se pusieron a recorrer el nuevo mundo que les había tocado en suerte habitar. Su existencia no podía ser más idílica. Por la mañana recorrían la Montaña de las Flores y Frutos, retirándose a descansar a la Caverna de la Cortina de Agua cuando la noche caía y todo yacía en la oscuridad. Los monos vivían en una armonía perfecta, sin mezclarse con otras bestias y animales, celosos de su independencia y pendientes solamente de su propia felicidad. Durante la primavera re-cogían flores, frutos durante el verano, en el otoño bayas y nueces, y raíces8 en el invierno. ¿Qué más podían pedir? El Hermoso Rey de los Monos llevaba gozados trescientos o cuatrocientos años de una existencia tan plácida cuando un día, mientras asistía a un banquete rodeado de los otros monos, se puso de pronto tan triste que las lágrimas empezaron a fluir libremente por sus mejillas. Los monos se llegaron hasta él, alarmados, e, inclinándose con más respeto que de costumbre, le preguntaron: - ¿Se puede saber qué es lo que os pasa, gran señor? - Aunque he de admitir que ser vuestro dueño ha traído la paz a mi espíritu - respondió el Rey de los Monos -, la incertidumbre del futuro se ha apoderado de él y ha plantado en mi corazón la semilla de la inquietud. - ¡Vamos, majestad! - exclamaron los monos, soltando la carcajada -. ¿Cómo es posible que no estéis satisfecho con la vida que llevamos? Habitamos una montaña inmortal, enclavada en una tierra sagrada, y por la noche descansamos en una cueva que pertenece a los mismísimos dioses. ¿Es que no os satisfacen los banquetes que ofrece-mos a diario en honor vuestro? Hasta los inmortales tienen envidia de nuestra existencia. Ni siquiera los fénix o los unicornios tienen poder alguno sobre nosotros y, lo que es más importante, hemos escapado totalmente a la influencia del hombre. ¿Qué bendición puede haber más grande que esta independencia de la que ahora gozamos? ¿Cómo podéis afirmar que os preocupa el futuro? - Es verdad que no estamos sujetos a las disposiciones humanas ni somos los esclavos de ningún animal y que ni siquiera la vejez tiene poder alguno sobre nosotros - admitió el Rey de los Monos -. Pero eso no quiere decir que hayamos escapado a la influencia de Yama, el Rey de Ultratumba. ¿De qué nos habrá servido vivir tanto tiempo, si, a la postre, hemos de morir? ¿No comprendéis que, a pesar de nuestra paradisíaca existencia, no nos contamos entre el número de los inmortales? Al oírlo, los monos se llevaron, aterrados, las manos a la cara y empezaron a llorar desconsoladamente. La inquietud de su rey se había apoderado también de su espíritu, atormentados por el insoportable pensamiento de su propia desaparición. Sin embargo, cuando más desgarradores sonaban sus gritos, se adelantó uno de los monos de rango inferior e, inclinándose ante su señor, dijo con estremecedora convicción: - Como muy bien sabe vuestra graciosa majestad, dentro de las cinco clases de seres vivos que existen, sólo hay tres que han logrado escapar a la tiranía de Yama, el Rey de Ultratumba. - ¿Sabes tú cuáles son? - le preguntó, sorprendido, el Rey de los Monos. - Por supuesto que sí - respondió él -. Solamente hay que estar un poco familiarizados con la religión para conocer esas verdades. Los únicos que no están sujetos a la muerte son los budas, los inmortales y los sabios. Tan sólo ellos han conseguido romper la férrea rueda de la transmigración, escapando, de una vez por todas, a la serie infinita de nacimientos y muertes que nos aguarda a los demás y poseyendo una existencia tan larga como la del Cielo, la Tierra, las Montañas y los Cursos de Agua. - ¿Sabes dónde viven esos seres tan extraordinarios? - volvió a preguntar el Rey de los Monos. - No hay que salir de las tierras de Jambudvipa para dar con ellos - contestó el mono religioso -. Habitan, de hecho, en las cavernas de las montañas inmortales de ese lejano continente. - En ese caso - concluyó el Rey de los Monos, temblando de satisfacción y esperanza -, mañana mismo abandonaré esta montaña y partiré en su busca. Daré con ellos, aunque tenga que recorrer toda la tierra y alcanzar los mismos confines del mar. Cuando lo haya hecho, permaneceré a su lado hasta que me hayan transmitido el secreto de la eterna juventud y, así, me libraré para siempre de la inquebrantable tiranía del Rey Yama. Su entusiasmo por escapar a las redes de la transmigración y convertirse en un gran sabio en todo similar al mismo Cielo se apoderó de todos sus súbditos, que empezaron a aplaudir, entusiasmados, mientras se decían unos a otros: - ¡Qué maravillosa idea ha tenido nuestro soberano! Mañana recorreremos de cabo a rabo la montaña, recogeremos todos los frutos y bayas que encontremos y daremos un espléndido banquete de despedida a nuestro Gran Rey. En cuanto hubo amanecido, los monos partieron, en efecto, a la búsqueda de melocotones, frutos, hierbas aromáticas y raíces dulces. Recogieron, además, orquídeas, crisantemos y toda clase de flores exóticas y adornaron con ellas la enorme mesa de piedra que había junto al muro principal de la mansión. Fue allí exactamente donde tuvo lugar el rutilante convite de despedida. El aroma de los vinos se confundía con el de las cerezas, rojas de madurez y de lúbrica tentación, y el de las ciruelas de fina piel y pulpa dulce. A su lado se veían ramas de lechíes10, algunas todavía en flor; espléndidas peras doradas, que recordaban, por su forma, cabezas de sonrientes conejos; hermosos dátiles, palpitantes como corazones de pollo recién arrancados; olorosos melocotones, dulces como el mismísimo elixir de la vida; fresas cargadas de acidez y dulzura al mismo tiempo, que traían a la memoria el ambiguo sabor de ciertos quesos y la mantecosa suavidad de la nata; inmensas sandías, cargadas del rubor de doncellas de su pulpa y de las lágrimas de azabache de sus semillas; sabrosísimas granadas, que, una vez abiertas, parecían extraños seres preñados de rubíes; espléndidos racimos de uva, que se convertían en mosto nada más tocarlos, ahogando en su zumo, como el vino, la sed y la ansiedad; naranjas pintadas de sol, que rivalizaban en luminosidad con la amarillenta fiereza de las nueces y las almendras; toda clase de frutos, semillas y bayas llenaba, en definitiva, la espléndida mesa de mármol, que se extendía, con coqueta gallardía, paralela al muro anterior de la casa. De nada puede presumir el buen gusto de los humanos, comparado con el que aquel día hicieron gala los traviesos monos de la mon-taña. El rey ocupó la cabecera de la mesa, mientras los demás fueron tomando asiento según su rango y edad. El banquete duró un día entero. El vino corrió como los torrentes y todos los monos se turnaron en servir a su soberano, que en ningún momento dio muestras de sentirse medianamente ebrio. A la mañana siguiente su sobriedad era, de hecho, absoluta. Se levantó muy temprano, convocó a todos sus súbditos y les dio instrucciones muy precisas para el viaje, diciéndoles: - Cortad unos cuantos pinos y construid una balsa con ellos. Como pértiga usaré la vara de bambú más larga que podáis encontrar. Ya sabéis que el mar es profundo y el viaje por fuerza ha de durar muchos días. Por eso, habréis de preparar también gran cantidad de bayas y frutos con los que poder alimentarme. Cuando todo estuvo dispuesto, montó en la balsa y, de un poderoso golpe de pértiga, se adentró en las aguas del océano inmenso. El viento le ayudó en su intento, soplando con fuerza en dirección al extremo sur del continente de Jambudvipa. El poema habla claramente de su gesta, diciendo: El mono que debe su existencia a lo alto abandonó la montaña en la que habitaba y gobernó con pericia su balsa, hasta que logró colocarla en las mismas manos del viento. Impulsado por su fuerza, surcó los mares en busca de la inmortalidad. Esa ansia se había enseñoreado de su espíritu, expulsando de él cuantas cuitas nos aferran a los demás mortales a la tela de araña de la existencia. Su corazón y su mente habían sido predestinados a realizar grandes gestas. Por eso, se vaciaba ahora de todo y se lanzaba a la nada de la distancia en busca del inaprensible misterio de los orígenes y la muerte. La suerte guió su derrota con gesto seguro. Durante días no dejó de soplar, de hecho, un fuerte viento del sureste que llevó su balsa hasta las costas del noroeste, en el extremo mismo del continente de Jambudvipa. Cansado de tan largo periplo, tomó un día la pértiga y, tras comprobar que las aguas habían dejado de ser profundas, saltó de la balsa y nadó con fuerza hacia la playa. El lugar bullía con una animación extraordinaria. Adondequiera que se dirigiera la mirada podía verse gente atareada. Algunos se afanaban pescando; otros, cazando patos salvajes; quien se dedicaba a la busca de almejas, cavando pacientemente en la arena; el de más allá hacía diques, para que el agua, al secarse, dejara su poso de sal. Al ver acercarse al Rey de los Monos, fiero como un espíritu y torpe como una bestia, abandonaron sus redes y sus cubos y corrieron, despavoridos, a esconderse. Sólo uno de ellos, que estaba cojo y no tenía miedo a nada, siguió en su sitio, sin prestarle la menor atención. Con inusitada pericia el mono le despojó de sus ropas, dejándole totalmente desnudo y poniéndoselas él como mejor pudo. No tardó mucho en acostumbrarse a ellas y, de esta forma, pudo pasar más desapercibido entre los hombres, cuyas costumbres y modos de vida llegó a dominar casi a la perfección. Recorrió ciudades y pueblos, se adentró en lonjas y mercados, habló con unos y trabó amistad con otros, descansó durante la noche y llenó la barriga durante el día, pero en ningún momento se olvidó de los budas, los inmortales y los sabios, poseedores del secreto de la eterna juventud. Fue así como descubrió que los hombres sólo corrían detrás del lucro y la fama, sin importarles para nada el fatídico fin que les aguardaba. Ni uno solo de los que conoció mostró jamás la más mínima preocupación por la muerte, como si nunca hubiera de acaecerle a él. ¿Cómo era posible que su búsqueda de fama y fortuna no acabara jamás? El ansia por las riquezas y el poder los tiranizaba como un gobernador sin entrañas, pero ellos se ofrecían, gustosos, a su juego, levantándose temprano de sus lechos y volviendo a ellos al anochecer. Por conseguir una sola moneda de cobre no les importaba montarse en sus mulos y cabalgar durante días sin fin. Su avaricia carecía de toda medida. El que había llegado a primer ministro soñaba con ser rey y el que había alcanzado ya el trono aspiraba a convertirse en dios. ¡Pobres seres infelices, sedientos del reconocimiento y el honor, absurdos ignorantes de la inevitable llamada de Yama! Su ceguera los obligaba, incluso, a amontonar riquezas y fama para sus hijos y nietos, como si éstos no hubieran de padecer la misma enfermedad. ¿Por qué nadie escapaba de esa locura y se detenía a pensar en el implacable fin que le aguardaba? Con tan deplorable actitud a su alrededor no es extraño que la búsqueda del Rey de los Monos se tornara totalmente inútil. ¿Cómo iba a dar con el secreto de la inmortalidad, si nadie se preocupaba por ella? Pero no se desanimó. Durante ocho o nueve años no hizo otra cosa que recorrer pueblos y cruzar ciudades, hasta que, finalmente, llegó hasta el extremo opuesto del desconcertante continente de Jambudvipa. Ante él se extendía la interminable placidez del Gran Océano Occidental. Era tan inmenso que sintió la urgencia de adentrarse en sus aguas, seguro de que los inmortales habitaban más allá de la línea del horizonte. Sin pérdida de tiempo construyó una nueva balsa, similar a la que había usado en su anterior periplo, y se lanzó, ilusionado, a las aguas. Tras muchos meses de penosa navegación, arribó, por fin, a las lejanas costas del continente de Aparagodaniya, situado en el extremo occidental del mundo. Pero parecía estar totalmente deshabitado y su entusiasmo sufrió un serio revés. Con gesto cansado se adentró en la tupida selva que se extendía al otro lado de la playa y descubrió una impresionante montaña, cuya cresta se perdía entre las nubes y cuya base se hallaba firmemente anclada en la espesa vegetación que todo lo cubría. Su inmarcesible belleza le hizo recuperar la esperanza y se lanzó a la conquista de su cumbre, sin importarle para nada el peligro que podían suponer los lobos, las alimañas, los tigres y las panteras que, sin duda alguna, habitaban en sus faldas. El Rey de los Monos no temía a nada. A medida que ascendía, iba descubriendo un paisaje de indescriptible hermosura y eso le hizo olvidarse definitivamente de las bestias. La montaña formaba, en realidad, parte de una amplísima cordillera, cuyos picos se alzaban en la distancia alineados como lanzas de un ejército a punto de entrar en batalla. En algunos reverberaba el sol, como si realmente estuvieran hechos de acero, mientras que otros se hallaban cubiertos de una espesa niebla azulada, que hacía presentir la inminencia de una lluvia torrencial. Sin embargo, lo que a todos identificaba era el profundo verdor de la impenetrable vegetación que los cubría. Sus árboles, viejos como el mismo mundo, tenían sus ramas entrelazadas y junto a ellos pasaba una inextricable red de veredas que no conducían a parte alguna. Los pinos y los bambúes se contaban por millares, dando sombra protectora a una hierba que había crecido sobre aquella tierra sagrada durante millares de años y a unas flores que no dejaban de abrirse, sin importarles para nada la estación o la hora del día. A ello había que sumar la escondida sinfonía de los pájaros, el límpido susurro de los arroyos, la fresca risa de las hojas de los árboles al ser sacudidas sin cesar por el viento. Pero se sentía, al mismo tiempo, el silencioso formarse de las orquídeas en lo profundo de los despeñaderos y la inaudible ascensión de los musgos y líquenes por los resbaladizos muros de los terraplenes. La montaña era un ensordecedor canto a la vida y ella misma parecía palpitar, como si formara parte del cuerpo de un gigantesco dragón. Por fuerza tenía que ser la escondida residencia de algún ser eminente. Eso pensaba, al menos, el Rey de los Monos, cuando llegó, por fin, a la cumbre de montaña tan singular. Jadeante por el esfuerzo, miró con curiosidad a su alrededor y le pareció oír, de pronto, una voz de hombre, que provenía del interior de la selva que se extendía a su derecha. Se lanzó hacia ella a toda velocidad y, azuzando el oído, com-probó que no se había equivocado. Con beatífica despreocupación alguien estaba cantando una canción, que decía: Soy un amante empedernido del ajedrez, pero lo que más me gusta es cargar el hacha al hombro " y recorrer los bosques. Adoro el sonido del acero al descuartizar la madera fresca; sin embargo, lo que de verdad me apasiona es dirigirme a la entrada del valle, sudando bajo el peso de la leña que he de cambiar por vino a mis vecinos. Entonces me siento tan feliz que río despreocupadamente, como si, en vez de un hombre, no fuera más que un chiquillo. No me importa que la cercanía del invierno haya pintado los caminos de escarcha y las cumbres de nieves venerables. Mi mundo es el bosque y en él voy desgranando la plácida monotonía de mi existencia. Tumbado mirando a la luna, las raíces de pino me sirven de almohada y su dureza terrosa me brinda tan muelle descanso que duermo de un tirón hasta el amanecer. Entonces asciendo, seguro, hasta las mesetas y escalo los altísimos picos que las sustentan en busca de madera para la fortaleza irresistible de mi hacha. Cuando he logrado reunir la suficiente, la cargo sobre mis hombros y me dirijo, sin dejar de cantar, hacia el mercado, donde la cambio por unos celemines de arroz. Jamás discuto su precio, porque no busco el enriquecimiento ni el propio provecho, y el honor es para mí tan baldío como las rocas que se precipitan torrentera abajo, cuando se produce un alud. Mi vida se ha aliado con la sobriedad, siguiendo el camino trazado por los inmortales y los respetables maestros taoístas, que explican La corte amarilla n sentados plácidamente en el suelo. Cuando el Rey de los Monos lo oyó, se llenó de una profunda alegría y se dijo, esperanzado: - ¡Así que los inmortales se esconden en este lugar! ¿Quién lo hubiera dicho? Penetró aún más en el bosque y así llegó, sin ser visto, hasta donde estaba el leñador blandiendo su hacha. Lo primero que le llamó la atención fue su extraña indumentaria. El sombrero que lucía en la cabeza estaba hecho totalmente de hojas y de ramitas de bambú recién cortadas. La saya que cubría su cuerpo era de algodón basto y ceñía su cintura un tosco cinturón de seda sin teñir. Un par de sandalias de paja cubría sus pies, toscos como las raíces de árboles centenarios, que contrastaban fuertemente con el brillante filo de su pesadísima hacha. Al hombro llevaba un gigantesco haz de leña, tan llamativamente voluminoso que no cabía la menor duda de que aquel hombre era uno de los mejores leñadores que existían. El Rey de los Monos abandonó su escondite y, levantando la voz, dijo: - ¡Eh, inmortal, no te vayas! Necesito que me enseñes tu secreto, porque la muerte me aterra y no me deja vivir tranquilo. ¿Inmortal yo? - exclamó el leñador, tan avergonzado que dejó caer al mismo tiempo al suelo el hacha y el haz -. ¡Infeliz de mí! ¿Cómo voy a ser un inmortal, si apenas tengo lo suficiente para vestirme y alimentarme? - Si no eres un inmortal, ¿cómo es que hablas su misma lengua? - preguntó el Rey de los Monos, a su vez, sorprendido. - ¿Qué he dicho yo para que te hayas hecho una idea tan equivocada de mí? - replicó el leñador -. Que yo sepa, mi lengua es tan tosca como la de los animales que nos rodean. - Vamos. No seas tan humilde - contestó el Rey de los Monos -. Nada más entrar en el bosque, te he oído cantar una canción que, poco más o menos, terminaba así: «Mi vida se ha aliado con la sobriedad, siguiendo el camino trazado por los inmortales y los respetables maestros taoístas, que explican La corte amarilla sentados plácidamente en el suelo». Todo el mundo sabe que ese libro contiene los secretos del taoísmo. ¿Cómo ibas a conocer, pues, su existencia, si no fueras un inmortal? - Yo no sé absolutamente nada de esas cosas - respondió el leñador, después de reírse todo lo que quiso -. Esa canción que dices forma parte de un largo poema titulado Una corte habitada totalmente por capullos, que me enseñó un vecino mío. El sí que es un inmortal y, al verme tan abrumado y cargado de preocupaciones, se apiadó de mí y me aconsejó que lo recitara cuando estuviera al límite de mis fuerzas. Según me dijo, su belleza traería la paz a mi espíritu y al punto desaparecerían todos mis problemas. Precisamente un poco antes de que tú aparecieras, me sentía un podo deprimido y me puse a cantarla. Lo que menos sospechaba es que alguien pudiera estar oyéndome. - Si, como afirmas, eres vecino de un inmortal - indagó, una vez más, incrédulo, el Rey de los Monos -, ¿cómo es que no sigues sus enseñanzas? ¿No sería más práctico que dominaras el secreto de la eterna juventud, en vez de dedicarte al aprendizaje de extraños poemas que no conducen a ningún sitio? - ¿Para qué quiero yo una juventud eterna? - replicó el leñador -. Mi vida siempre ha sido muy dura. Hasta los ocho o nueve años dependí de mis padres. Precisamente entonces, cuando estaba empezando a comprender qué era esto de la vida, murió mi padre, y mi madre no volvió a casarse nunca más, así que no tuve ningún otro hermano. ¿Qué remedio me quedaba, salvo ponerme a trabajar como un loco y tratar, así, de sacar adelante a la familia? Mi madre siempre ha sido para mí lo más importante y no voy a abandonarla ahora que su edad es muy avanzada. Para colmo de males, los campos que poseo son muy pedregosos y apenas producen lo suficiente para alimentarnos ella y yo. Así que me veo obligado a adentrarme en el bosque todos los días en busca de madera, que después cambio en el mercado por unos cuantos celemines de arroz. Lo cocino yo mismo. No es que se me dé muy bien, pero con el tiempo he logrado adquirir cierta práctica e, incluso, he llegado a convertirme en un maestro en el arte de preparar el té. ¿Comprendes ahora por qué no puedo dedicarme a las terribles ascesis que propugna mi ilustre vecino? - Eso no tiene nada que ver - concluyó el Rey de los Monos -. Por lo que acabas de contarme, colijo que eres una persona extremadamente piadosa y no me cabe la menor duda de que, más tarde o más temprano, serás recompensado como mereces. Ahora, si no te importa, me gustaría que me condujeras hasta donde vive el inmortal. Así podré presentarle mis respetos y pedirle que me transmita sus valiosísimas enseñanzas. - Está muy cerca de aquí - explicó el leñador -. El frondoso lugar en que nos encontramos es conocido como la Montaña del Corazón y la Mente. En ella hay una cueva llamada de las Tres Estrellas y la Luna Menguante, dentro de la cual habita un inmortal que responde al nombre de venerable Subodhi. A lo largo de su longeva existencia ha adoctrinado a miles de discípulos y actualmente calculo que siguen sus enseñanzas unas treinta o cuarenta personas. Su casa está a siete u ocho millas de aquí. Precisamente este camino lleva directamente hasta allí. Síguelo sin desviarte a la derecha o a la izquierda y te aseguro que, antes de que te des cuenta, habrás llegado ante su puerta. - ¿Por qué no me llevas tú? - le suplicó el Rey de los Monos, agarrándole, nervioso, de la saya de algodón -. Si saco algún provecho de esta visita, prometo recompensarte por todas las molestias que te has tomado conmigo. - ¡Cuidado que eres cabezota! - protestó el leñador -. Acabo de decírtelo y todavía no quieres entenderlo. ¿No comprendes que, si te acompaño, perderé un tiempo precioso y no podré cuidar de mi madre como es debido? Tengo que cortar toda la madera que pueda para cambiarla por arroz. ¿No te das cuenta de que soy muy pobre? Lo siento mucho, pero no puedo ir contigo. El Rey de los Monos comprendió que no había nada que hacer y se dirigió al camino que le había señalado el leñador. Era extremadamente estrecho y seguía un trazado muy sinuoso e irregular, como si hubiera sido creado por una cabra. Con no poca dificultad avanzó por él y a las siete u ocho millas vislumbró la entrada de una cueva. Estaba enclavada en un paraje espléndido, en el que la neblina brillaba como si se hubiera apoderado de parte de la luz de la luna y el sol. Los cipreses se contaban por millares y a su lado podían verse pujantes brotes de bambú, que dotaban a todo el paisaje de una refrescante sensación de agua de lluvia. Junto a la boca de la cueva se extendía una tupida alfombra de flores de toda especie, que rivalizaban en belleza con el perenne verdor de la hierba, tan profundo que parecía de jade. Una legión de musgos y líquenes se aferraba a las rocas, otorgándoles una venerable apariencia de ancianos de luengas barbas y ademán sereno. En la lejanía parecía oírse el mítico canto de los fénix, mientras el rítmico crotorar de la cigüeñas se adueñaba de todas las marismas y ascendía, raudo, hacia los cielos, cargados de nubes que recordaban bordados multicolores. Se presentía la cercanía de blancos cervatillos, leones de oro y elefantes de jade, como si aquel sagrado lugar fuera, en realidad, un remedo del paraíso. El Rey de los Monos se percató en seguida de que la puerta de la cueva estaba firmemente cerrada y de que por sus alrededores no se apreciaba ningún vestigio de presencia humana. Todo yacía en una serenidad total, como si acabara de producirse el mismo momento de la creación. Al volverse, vio que en lo alto del acantilado en el que se hallaba enclavada la gruta había un enorme cartel de piedra. Tenía aproximadamente una altura de treinta pies y una anchura de ocho, y en él había sido escrito con artísticas letras de inusitado tamaño: «La Montaña del Corazón y la Mente. La Caverna de las Tres Estrellas y la Luna Menguante». Eso pareció complacer sobremanera al Rey de los Monos, que se dijo, ilusionado: - En verdad es de fiar la gente que habita esta tierra, pues, en contra de lo que yo esperaba, existen realmente la montaña y la cueva de ese nombre. Se acercó un poco más a la gruta, pero no se atrevió a romper la paz que se respiraba en el ambiente, llamando desconsideradamente a la puerta. Prefirió, pues, seguir gozando de él. Se subió a un pino de un acrobático salto, cogió una pina y se puso a comer tranquilamente el tesoro de piñones que encerraba. Al poco rato oyó el chirrido de una puerta y, volviendo a toda prisa la cabeza, vio salir de la cueva a un joven inmortal. Su figura era graciosa en extremo y todos sus rasgos poseían una finura propia de príncipes o de grandes señores. Llevaba dos cintas de seda atadas a la cabeza y vestía una túnica tan amplia que el batir de sus pliegues se confundía con el mismísimo soplo del viento. Tanto su cuerpo como su rostro aparecían nimbados de una extraña luz, verdadero trasunto de la inteligencia universal, que le hacían ajeno a cuanto le rodeaba, sin perder del todo su conexión con ello. Parecía tener la edad del mundo y, al mismo tiempo, la tímida inexperiencia del adolescente. Daba la impresión de estar por encima de todo dolor, impasible a la felicidad y a la desgracia, pero levantó, de pronto, la voz y gritó: - ¿Se puede saber quién está ahí metiendo ruido? El Rey de los Monos saltó a toda prisa del pino e, inclinándose ante él, respondió: - Soy yo, un humilde buscador de inmortalidad, que lamenta sinceramente haberos molestado. - ¿De verdad estás interesado en el Tao? - volvió a preguntar el joven, soltando la carcajada. - Así es - reconoció el Rey de los Monos. - No necesitabas contestarme - afirmó el joven -. Ya lo sabía. Precisamente hace unos minutos mi maestro se disponía a impartirnos sus enseñanzas, cuando se volvió, de pronto, hacia mí y me dijo: «Ahí fuera hay alguien que quiere penetrar en los secretos del Tao. Sal y dale la bienvenida en mi nombre y en el de todos los inmortales que aquí habitamos». Así que he supuesto que serías tú. - En efecto - contestó el Rey de los Monos, sonriendo, satisfecho -. ¿Quién otro podría ser? - En ese caso - concluyó el joven -, sígueme. El Rey de los Monos se arregló las ropas como mejor pudo y entró en la cueva detrás del inmortal, que le condujo a través de un complicado entramado de pasillos y grandes salas, en las que habían sido labrados artísticos arcos de piedra. Algunas estaban totalmente vacías, mientras que otras mostraban el abigarrado lujo que sólo se ve en los palacios. El Rey de los Monos no tuvo oportunidad de gozar de su belleza, porque el joven caminaba muy deprisa y él no quería perderse en aquel inextricable laberinto. Por fin, tras muchos giros y vueltas, llegaron ante una espléndida plataforma de jade verde, sobre la que se hallaba sentado el venerable Subodhi. Su porte era solemne y a su alrededor se hallaba una pequeña cohorte de no menos de treinta inmortales de rango inferior. Ninguno podía, no obstante, compararse con él. Bastaba con mirarle para percatarse de la profundidad de su inteligencia y de la desconcertante pureza de su mente. Se sentía palpablemente que era un ser sin principio y que jamás tendría fin, siempre meditando en la auténtica sabiduría del total abandono. Eso otorgaba a su figura una apacible apariencia, en la que los contrarios coexistían, creándose y destruyéndose al mismo tiempo. El todo y la nada se aunaban en su venerable cuerpo de auténtico Buda, que, sin duda alguna, poseía la misma edad del universo. ¿Qué importaba que hubiera surgido varios milenios después del período de Dhzu? El maestro Subodhi era el auténtico Gran Sacerdote de la Iluminación. En cuanto el Rey de los Monos le vio, se echó inmediatamente rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, dijo: - Sois, de verdad, el maestro más sabio que existe. Permitidme, pues, contarme entre el número de vuestros discípulos. - ¿De dónde eres? - le atajó en seguida el anciano venerable -. Si quieres convertirte en discípulo mío, tendrás que decirnos primero tu nombre y el país del que procedes. - Vuestro humilde servidor - contestó el Rey de los Monos con desacostumbrado respeto - procede de la Cueva de la Cortina de Agua, que se halla en la Montaña de las Flores y Frutos en el país de Ao-Lai del lejano continente de Purvavideha. - ¡Echadle inmediatamente de aquí! - gritó entonces el anciano venerable -. No es más que un impostor y un mentiroso redomado. ¡No comprendo cómo puede estar interesado en la iluminación de nuestra pura doctrina! - ¡Yo jamás he dicho una mentira en toda mi vida! - protestó el Rey de los Monos, golpeando con su frente el suelo con más energía que antes -. ¡Creedme! La respuesta que acabo de daros es tan auténtica y verdadera como el sonido de vuestra propia voz. - ¡No mezcles mi voz con tus embustes! - bramó, ofendido, el anciano venerable -. ¿Cómo quieres que creamos que procedes del continente de Purvavideha, si entre ése y el nuestro se extienden dos grandes océanos, separados por el inmenso continente de Jambudvipa? Es prácticamente imposible hacer un viaje tan largo. ¿No lo comprendes? - Vuestro humilde servidor - respondió el Rey de los Monos, sin atreverse a levantar la vista del suelo - ha invertido más de diez años en llegar hasta aquí. En todo ese tiempo ha tenido que vadear mares y cruzar un sinfín de regiones de todo tipo. - Admito que tan interminable viaje pueda hacerse en etapas - reconoció el anciano venerable, más calmado -. Pero para determinar si es verdad o no lo que dices, me gustaría saber cuál es tu natural. - Mi carácter es de lo más apacible - explicó el Rey de los Monos, repentinamente animado -. Si alguien me insulta, ni siquiera me inmuto, y, si me golpea en la cara, jamás se lo tengo en cuenta. Yo, señor, soy de los que piensan dos veces las cosas antes de hacerlas y, de esta forma, logro dominar a tiempo los ataques de ira. Puedo asegura-ros que toda mi vida he seguido al pie de la letra este principio: «No cedas jamás al mal humor, porque es la fuente misma de la infelicidad». - Se ve que labia no te falta - reconoció el anciano venerable -. Sin embargo, al preguntarte sobre tu natural, no me refería a tu carácter, sino al nombre de tus padres. - Yo no tengo padres, gran señor - contestó el Rey de los Monos. - ¿Quieres decir que has surgido de un árbol? - preguntó el anciano venerable, burlón. - Por supuesto que no - respondió el Rey de los Monos, sin prestar atención a su extraño tono de voz -. Yo debo mi existencia a algo tan humilde como una roca de la Montaña de las Flores y Frutos. Durante milenios fue considerada como inmortal, pero un día se abrió de repente y de ella salí yo. Esa respuesta pareció complacer grandemente al anciano venerable, que dijo: - Bien. Eso aclara tu origen. No puede decirse que no seas una criatura afortunada, pues muy pocos pueden preciarse de tener al Cielo y a la Tierra como padres. Ahora, si no te importa, me gustaría verte andar. El Rey de los Monos se puso inmediatamente de pie e, irguiéndose cuanto pudo, dio un par de vueltas alrededor de la plataforma de jade. Al ver su andar renqueante, el anciano venerable soltó la carcajada y dijo: - Aunque los rasgos de tu rostro son de atractiva apariencia, hay que reconocer que, por tu modo de andar, te pareces a un mono que sólo se alimentara de piñones. Por cierto, eso me da una idea. Como todavía no tienes nombre propiamente dicho y tu aspecto es el de una bestia, te llamaremos Hu. Ahora, si quitamos su radical y descomponemos en dos los caracteres que lo forman, tenemos las palabras «ku» y «üe», que, como tú bien sabes, significan respectivamente «anciana» y «hembra». Ahora bien, como una mujer anciana es incapaz de concebir, opino que lo mejor es que te apellides Sun. Te voy a ex-plicar con más claridad por qué me inclino por este nombre y no por aquél. Si lo sometemos al mismo proceso que la palabra Hu, descubriremos que está formado por los caracteres «tzu» y «si», que significan «muchacho» y «bebé». Precisamente dentro de la tradición taoísta ocupa un lugar muy destacado la llamada doctrina de la infancia. De ahí que me haya parecido tan apropiado apellidarte Sun. - ¡Qué bien! - exclamó el Rey de los Monos, alborozado, sin dejar de inclinarse ante su venerable maestro -. Por fin he recibido un apellido conforme a mis características personales. Sin embargo, quisiera pediros un nuevo favor. Puesto que llamar a uno por su apellido resulta demasiado formal y vos, por fuerza, habréis de regañarme con cierta frecuencia, para que os resulte menos violento ordenarme cuanto deseéis, me gustaría poseer también un nombre como todo el mundo. - Déjame pensar - dijo el anciano venerable, mirándole fijamente a los ojos -. A todos mis otros discípulos les he dado un nombre, basado en los doce principios que integran mi tradición doctrinal y el rango que ellos ocupan dentro de la misma. Por cierto, tú perteneces al décimo. - ¿Qué principios son esos? - preguntó interesado el Rey de los Monos. - Lo ancho, lo grande, lo sabio, lo inteligente, lo verdadero, lo adecuado, lo natural, lo acuoso, lo agudo, lo despierto, lo completo y lo alerta - contestó, solemne, el anciano venerable -. Tú, como acabo de decirte, perteneces al décimo grupo, o sea, a «lo despierto», que se expresa con el carácter «wu». De ahí que el nombre que te haya bus-cado sea el de Wu-Kung, que significa «despierto a la nada». ¿Te parece bien? - ¡Es realmente espléndido! - volvió a exclamar una vez más el Rey de los Monos, llorando casi de agradecimiento -. De ahora en adelante todo el mundo me conocerá como Sun Wu-Kung - y así fue. Su nombre no podía ser, en efecto, más apropiado para la nueva actividad en la que ahora se embarcaba. La escritura, de hecho, afirma: «Cuando el mundo comenzó a existir, no había nombre alguno. Para quebrar, pues, la indestructible muralla de la no - existencia, es preciso despertar a la nada». El Rey de los Monos estaba entusiasmado con su nuevo nombre y le consumían las ansias por penetrar en el misterio del Tao. Pero esto es materia del capítulo siguiente. 第002回 COMPRENSIÓN TOTAL DE LA EXTRAORDINARIA DOCTRINA DE SUBODHI. LA DESTRUCCIÓN DE MARÁ Y LA VUELTA A LOS ORÍGENES CONDUCEN A LA UNIDAD DEL ESPÍRITU En cuanto hubo recibido su nuevo nombre, el Hermoso Rey de los Monos se puso a saltar, loco de alegría, inclinándose repetidas veces ante Subodhi en señal de agradecimiento. El Patriarca ordenó a los allí reunidos que sacaran a Sun Wu-Kung y le enseñaran a humedecer con agua la tierra y el polvo, a hablar con propiedad y a comportarse con la cortesía exigida en un lugar como aquél. El grupo de inmortales hizo cuanto se les había pedido y Sun Wu-Kung se inclinó ante sus respetables condiscípulos, que sin pérdida de tiempo le adecentaron un lugar en el corredor para que pudiera dormir. A la mañana siguiente empezó a aprender las artes del lenguaje y la etiqueta, a memorizar escritos sagrados, a discutir sobre aspectos doctrinales, a practicar caligrafía y a quemar incienso. A esto se reducía su rutina diaria. Cuando se lo permitían sus obligaciones, barría los suelos, limpiaba de maleza el jardín, plantaba flores, podaba árboles, recogía madera, hacía fuego, iba en busca de agua y servía de beber a quienes con él vivían. No carecía absolutamente de nada y, así, sin que él mismo se diera cuenta, transcurrieron seis o siete años. Un día el Patriarca subió al estrado, tomó asiento, llamó a su alrededor a todos los inmortales y empezó a instruirlos en los principios de la gran doctrina. Sus palabras estaban tan cargadas de elocuencia que inmediatamente brotaron de la tierra lotos de oro. Con extraordinaria sutileza expuso la doctrina de los tres medios, sin omitir el más mínimo detalle. Con indescriptible elegancia movía a derecha e izquierda su abanico de rabo de ciervo, mientras su portentosa voz alcanzaba la altura del Noveno Cielo. A ratos disertaba sobre el Tao, para hacerlo a continuación sobre el Zen. Para él era absolutamente natural armonizar los principios de las tres escuelas. Desentrañar el sentido exacto de una sola palabra podía conducir a una vida más intensa y a un conocimiento infinitamente más profundo. Wu-Kung, que había acudido también a escuchar las enseñanzas del maestro, se sentía tan emocionado por lo que oía que empezó a rascarse la oreja y a manosearse la cara. Una sonrisa de satisfacción la cruzaba de oreja a oreja. Sin poderse contener, se puso a bailar a cuatro patas, pero el Patriarca lo vio y, levantando la voz, le preguntó de pronto: - ¿Se puede saber por qué estás saltando y bailando como un loco, en vez de escuchar lo que estoy diciendo? - Os juro que vuestro discípulo estaba atendiéndoos respetuosamente - explicó Wu-Kung -. Pero, al oír cosas tan maravillosas como las que salían de vuestra boca, me ha sido imposible contener la alegría y he empezado a saltar y a bailar sin darme cuenta. Humildemente solicito vuestro perdón, maestro. - Quisiera saber - replicó el Patriarca - si de verdad has entendido lo que acabo de exponer. ¿Cuánto tiempo llevas en esta cueva? - Vuestro discípulo - respondió Wu-Kung - posee una memoria muy débil y no recuerda el número de estaciones que lleva aquí. A decir verdad, tampoco me interesa mucho. Sin embargo, puedo deciros que, cuando el fuego expira en la estufa, suelo ir a una montaña a recoger leña. Es un espléndido lugar cubierto de melocotoneros y siem-pre que he ido me he hartado de sus dorados frutos. Creo que en total han sido siete las veces que he hincado mis dientes en un melocotón. - El lugar del que hablas se llama la Montaña del Melocotón Maduro - concluyó el Patriarca - y, si has comido siete veces de su fruto, quiere decir que has estado aquí por lo menos siete años. ¿Qué clase de taoísmo te gustaría aprender? - Estoy sometido totalmente a las decisiones de mi respetable maestro - contestó Wu-Kung -. Vuestro discípulo aprenderá cuanto esté impregnado de sabor taoísta. Para él eso es lo más importante. - Dentro de la tradición taoísta - explicó el Patriarca - existen trescientas sesenta clases diferentes que pueden conducir directamente a la Iluminación. Desconozco cuál de ellas te gustaría seguir a ti. - Estoy sometido a la voluntad de mi respetable maestro – repitió Wu-Kung -. Para vuestro discípulo no hay virtud mayor que la obediencia. - ¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División del Arte? - preguntó el Patriarca. - ¿Qué es eso de la División del Arte? - inquirió Wu-Kung. - La División del Arte - explicó el Patriarca - trata de invocaciones a los inmortales, de prácticas adivinatorias basadas en el uso de tallos de diferentes plantas y del aprendizaje de los secretos que conducen a la práctica del bien y al rechazo del mal. - ¿Puede esa práctica conducir a la inmortalidad? - preguntó Wu-Kung. - No - respondió el Patriarca. - Entonces no la aprenderé - concluyó Wu-Kung. - ¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División de las Escuelas? - preguntó, a su vez, el Patriarca. - ¿Qué significa la División de las Escuelas? - volvió a inquirir Wu-Kung. - La División de las Escuelas - explicó el Patriarca - incluye las enseñanzas de los confucianos, budistas, taoístas, dualistas, mohístas y alquimistas. Todos ellos estudian escrituras y recitan plegarias. Algunos consultan a sacerdotes, mientras que otros invocan directamente a personajes del reino del espíritu. - ¿Puede esa práctica conducir a la inmortalidad? - preguntó, una vez más, Wu-Kung. - Si lo que deseas es la inmortalidad - contestó el Patriarca -, esta práctica es como insertar una columna en el interior de un muro. - Yo, como bien sabéis - replicó Wu-Kung, humilde -, soy una persona simple que desconoce los modos de hablar más ordinarios. ¿Podéis explicarme qué es eso de insertar una columna en el interior de un muro? - Cuando alguien levanta un edificio y quiere que sea muy firme - dijo el Patriarca, condescendiente -, inserta columnas rectas en el interior de los muros. Pero, cuando, con el paso del tiempo, la ruina se apodera de él, la columna participa también de su inmediata destrucción. - Lo que queréis decir con eso - concluyó Wu-Kung - es que no son, en absoluto, duraderas. No estoy muy inclinado, pues, a aprender esos principios. - ¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División del Silencio? - sugirió, una vez más, el Patriarca. - ¿Cuál es su finalidad? - preguntó Wu-Kung. - Cultivar el ayuno y la abstinencia, la quietud y la inactividad, la meditación y el arte de cruzar las piernas, el control del idioma y la dieta vegetariana - explicó el Patriarca -. Para su consecución se aconsejan prácticas de yoga, series de ejercicios en posición erecta o en decúbito, inmersión en un estado de absoluta quietud, meditación individual y cosas por el estilo. - ¿Puede todo ello proporcionar la inmortalidad? - insistió Wu-Kung. - Esas prácticas en nada aventajan a la utilidad de unos ladrillos que todavía se hallan por cocer en el interior de un horno - respondió el Patriarca. - ¡Cuidado que os gusta perder el tiempo conmigo, maestro! - exclamó Wu-Kung, soltando la carcajada -. ¿No acabo de deciros que desconozco totalmente el modo de hablar de la gente ordinaria? ¿Qué queréis decir con eso de ladrillos que todavía se hallan por cocer en el interior de un horno? - Es posible que las tejas y ladrillos que se encuentran dentro de un horno tengan ya la forma que les es propia - respondió el Patriarca -. Pero si no son purificados por el fuego, cualquier lluvia torrencial puede destruirlos el día menos pensado. - O sea - concluyó Wu-Kung -, que carecen de consistencia. No me interesa aprender esas prácticas. - ¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División de Acción? - sugirió, sin desanimarse, el Patriarca. - ¿Qué es eso de la División de Acción? - repitió Wu-Kung. - Abarca infinidad de actividades - dijo el Patriarca -, entre las que cabe mencionar la recogida del yin para dar de comer al yang, el tensamiento del arco y la descarga de la flecha. Se extiende también a la experimentación con ciertas fórmulas de alquimia, la consecución de mercurio rojo, la fabricación de la piedra otoñal6, la toma de leche de recién desposada y otras prácticas por el estilo. - ¿Pueden proporcionar una vida larga? - preguntó Wu-Kung. - Tratar de conseguir la inmortalidad de prácticas como ésas es como mirar a la luna desde el agua - contestó el Patriarca. - ¡Dale con lo mismo, maestro! - exclamó Wu-Kung -. ¿Queréis explicarme qué es eso de mirar a la luna desde el agua? - Cuando la luna está alta, es natural que se refleje en el agua - respondió el Patriarca -. Tratar de descubrir en ella todos sus misterios es vana ilusión, ya que no se trata más que de un puro reflejo. - Tampoco aprenderé eso - concluyó Wu-Kung. Cuando el Patriarca lo oyó, lanzó un grito y, dando un salto, se bajó del estrado. Apuntó a Wu-Kung con la vara que llevaba en las manos y se encaró con él, diciendo: - ¿Qué clase de mono caprichoso eres tú? ¡No me gusta aprender esto, no me gusta aprender lo otro! ¿Se puede saber qué es lo que quieres? Se acercó aún más a él y le dio tres golpes en la cabeza. Se llevó después las manos a la espalda y abandonó el salón, cerrando las puertas tras sí y dejando fuera a los que habían acudido a escucharle. Ante tan inesperada reacción, se volvieron, furiosos, hacia Wu-Kung y empezaron a regañarle, diciendo: - ¡Maldito mono! ¡Todo lo echas a perder! ¿No puedes tener un poco más de educación? El maestro estaba dispuesto a enseñarte prácticas mágicas. ¿Por qué te has negado a aprenderlas y te has puesto a discutir con él? ¿Quién sabe, ahora que le has ofendido, cuándo volverá a salir por aquí? Todos estaban en contra suya y le despreciaron y ridiculizaron cuanto quisieron. Wu-Kung, sin embargo, no se sintió molesto y respondió a sus insultos con la más amplia de las sonrisas. Sin que se percataran de ello, el Rey de los Monos había resuelto el misterio de la extraña conducta del maestro; de ahí que no se enfadara con ninguno de sus compañeros y mantuviera a raya su lengua. Cayó en la cuenta de que, al golpearle tres veces seguidas, el maestro le había instado a estar preparado para la tercera vigilia; al mismo tiempo, al llevarse las manos a la espalda y retirarse a sus aposentos, cerrando tras sí las puertas, le había ordenado que hiciera uso de la puerta trasera para recibir sus enseñanzas en secreto. Wu-Kung pasó el resto del día en compañía de los otros discípulos delante de la Caverna de las Tres Estrellas, esperando ansiosamente la caída de la noche. Cuando la tarde dio, por fin, paso a las sombras, se retiró inmediatamente a descansar con los otros. No pasó mucho tiempo antes de que, tras cerrar los ojos, su respiración se hiciera regular y se quedara totalmente quieto, dando a entender, así, que estaba profundamente dormido. Como en la montaña no había ningún encargado de marcar el paso del tiempo ni la ininterrumpida sucesión de las vigilias, tuvo que fiarse de sus propios cálculos para medir el lento fluir de las horas. Para ello contó pacientemente el número de veces que sus pulmones inhalaban y exhalaban el aire. A eso de la hora de Dhzu7, se levantó sin hacer ruido, se vistió, abrió con cuidado la puerta y salió a la serenidad de la noche. Levantó la cabeza y vio brillar a la luna y al rocío formarse, puro y frío, sobre la calma que todo lo envolvía. En el interior del bosque descansaban las solitarias lechuzas, mientras en lontananza se escuchaba el fluir gentil de una fuente. El débil titilar de las luciérnagas quebraba, con fuerza de dardos, el escudo de la oscuridad. Por entre las nubes pasaron volando caligráficas columnas de patos salvajes. Era exactamente la hora de la tercera vigilia, la más indicada para buscar la Verdad y el Camino Perfecto. Wu-Kung se dirigió a la parte de atrás por un sendero que le era harto familiar y descubrió con indescriptible regocijo que la puerta estaba entornada. - No me he equivocado - se dijo, fuera de sí de contento -. El maestro tiene, en verdad, la intención de transmitirme sus enseñanzas. De lo contrario, no habría dejado la puerta abierta. De tres zancadas se llegó hasta ella y la traspuso con indescriptible cuidado. Caminó de puntillas hasta la cama del Patriarca, pero, para su sorpresa, le encontró dormido, el cuerpo hecho un ovillo y mirando hacia la pared. Wu-Kung no se atrevió a molestarle, limitándose simplemente a arrodillarse ante su cama. Al poco rato el Patriarca se despertó, estiró las piernas cuanto pudo y murmuró para sí: - ¡Qué duro es esto! ¡No hay cosa más oscura que el Camino! El elixir de oro es incapaz de iluminar la más humilde de las cosas. Quien se empeña en enseñar profundos misterios a un hombre imperfecto está condenado a privar a las palabras de sentido, cansar inútilmente la boca y secar para siempre su lengua. - Maestro - dijo Wu-Kung en seguida -, vuestro discípulo lleva mucho tiempo arrodillado, esperando a que os despertéis. En cuanto el Patriarca oyó la voz de Wu-Kung, saltó del lecho y se vistió a toda prisa. - ¿Otra vez tú, maldito mono? - exclamó, sentándose con las piernas cruzadas -. ¿Por qué no estás descansando en la parte de delante? ¿Se puede saber qué es lo que has venido a hacer aquí? - Ayer - contestó Wu-Kung - vos mismo, delante del estrado y en presencia de todos vuestros discípulos, me mandasteis que, a eso de la tercera vigilia, viniera por la puerta de atrás para ser instruido en los misterios del Tao. Si no llega a ser por eso, ¿cómo iba a haberme atrevido a llegar hasta vuestra cama? Cuando el Patriarca lo oyó, se sintió muy satisfecho y se dijo: - Este tipo pertenece, en verdad, a la progenie del Cielo y la Tierra. De lo contrario, ¿cómo ha podido enterarse tan claramente de mis intenciones? - A excepción de vuestro humilde discípulo - insistió Wu-Kung -, no hay aquí nadie más. ¿Por qué no sois bondadoso conmigo y me enseñáis el camino que conduce a la vida sin fin? Si así lo hacéis, jamás olvidaré tan inmenso favor. - Haber solucionado tan rápidamente el enigma que te propuse es una indicación clara de que has sido elegido para dominar el misterio que tanto te desazona - afirmó el Patriarca -. Me siento orgulloso de poder transmitírtelo. Acércate y escucha con cuidado. Voy a enseñarte el extraordinario camino de la vida sin fin. Wu - Fung tocó varias veces seguidas el suelo con la frente en señal de gratitud, se lavó los oídos y, arrodillándose ante la cama, se dispuso a escuchar lo más atentamente que pudo. - Aprende bien el secreto de esta fórmula a la vez maravillosa y verdadera: fortalece y haz uso de las fuerzas vitales; en eso radica todo. El poder absoluto reside en el semen, el aliento y el espíritu. Cuida de ellos con sumo celo y total seguridad; que no haya en ti el menor escape de esas fuerzas. ¡Evita, ante todo, que se dispersen! ¡Mantenías siempre firmes en el interior de tu cuerpo! Haz tuya mi enseñanza y el Camino se desarrollará por sí mismo dentro de ti. No eches en saco roto las fórmulas verbales, tan eficaces a la hora de dominar la concupiscencia y de conducirte al reino de la pureza, donde la luz es absolutamente brillante. Entonces podrás encaminarte hacia el estrado sobre el que descansa el elixir y te será dado disfrutar de la luna. La luna sostiene el conejo de jade y el sol obliga a esconderse al gallo. La serpiente y la tortuga se enlazan con firmeza, ¡se entrelazan como si entre ellos no existiera la distancia! Férreas son las fuerzas vitales. Cuando seas capaz de mantenerlas unidas en tu cuerpo, podrás plantar lotos de oro en el interior de las llamas. ¡Reúne y haz uso inverso de las Cinco Fases 11! Cuando lo hayas logrado, serás, según tu conveniencia, un buda o un inmortal. En aquel mismo instante le fue revelado a Wu-Kung el misterio de los orígenes. Su mente se llenó del espíritu y la felicidad descendió sobre él. Anotó cuidadosamente en su memoria todas las fórmulas verbales que le habían sido confiadas y, tras inclinarse ante el Patriarca, tocando repetidamente el suelo con la frente en señal de gratitud, salió de su aposento por la puerta de atrás. Vio entonces que la porción oriental del cielo estaba empezando a llenarse de luz, aunque aún eran visibles los rayos de oro que provenían de la Vía Láctea. Siguiendo el mismo camino que había hollado horas antes, volvió a la parte de delante, abrió con cuidado la puerta y, sin hacer el menor ruido, se coló dentro. Se sentó después en su cama y, echando a un lado las mantas, empezó a gritar: - ¡Es de día ya! ¡Vamos! ¡Hay que levantarse! Todos estaban profundamente dormidos y ninguno se enteró de que Wu-Kung había recibido tan extraordinaria revelación. Él mismo contribuyó a confundirlos haciendo el tonto cuanto pudo después de levantarse. Pero no echó en saco roto lo que había aprendido en secreto, practicando series de ejercicios respiratorios antes de la hora de Dhzu y después de la de Wu. De esta forma, pasaron tres años, al cabo de los cuales el Patriarca subió de nuevo al estrado y empezó a adoctrinar a su nutrido número de discípulos. En esta ocasión disertó sobre las parábolas y las discusiones escolásticas, prestando, al mismo tiempo, especial atención a la tupida red de interrelaciones de la conducta externa. Cuando más embebido parecía estar con ese tema, se detuvo de pronto y preguntó: - ¿Se puede saber dónde está Wu-Kung? - Aquí, maestro - respondió él, acercándose al estrado y poniéndose de rodillas. - ¿Qué tipo de arte has estado practicando últimamente? - volvió a preguntar el Patriarca. - Vuestro discípulo - contestó, una vez más, Wu-Kung - ha empezado recientemente a captar la naturaleza de todo cuanto existe, poniendo, así, firmes cimientos a su interminable edificio de conocimiento. - Si en tu búsqueda de los orígenes has penetrado ya en la naturaleza del dharma - afirmó, maravillado, el Patriarca -, quiere decir que, de hecho, te hallas dentro de la substancia divina. Sin embargo, debes precaverte contra el peligro de las tres calamidades. Al oír eso, Wu-Kung se puso a meditar y tras larga deliberación se atrevió, por fin, a decir: - Me temo que vuestras palabras no son del todo exactas, ya que he oído decir con cierta frecuencia que quien es versado en el conocimiento del Tao y sobresale en la práctica de la virtud posee la misma edad que los Cielos, el fuego y el agua no pueden hacerle el menor daño y se encuentra totalmente libre de enfermedades. Si esto es así, ¿cómo es posible que aún corra el peligro de las tres calamidades? - Lo que has aprendido no es magia ordinaria - contestó el Patriarca -. Lo que tú has hecho ha sido apoderarte de los mismísimos poderes creativos del Cielo y la Tierra y penetrar en los oscuros misterios del sol y la luna. Te aseguro que tu éxito a la hora de mezclar el elixir es algo que los dioses y los demonios no pueden, simplemente, permitir. Aunque conservarás tu apariencia y verás substancialmente alargada tu edad, una vez que hayan transcurrido quinientos años el Cielo enviará sobre ti la desgracia y te alcanzará el poder destructor del rayo. Así que debes tratar de ser lo suficientemente inteligente y evitar de antemano que eso suceda. Si lo consigues, tu edad será, en verdad, la misma que la del Cielo; de lo contrario, tu vida terminará en ese mismo instante. Una vez que hayan transcurrido otros quinientos años, el Cielo enviará sobre ti un fuego que te consumirá. Ese fuego, por supuesto, no es natural. Se le conoce por el nombre de Fuego de Yin y surgirá del interior de las plantas de tus propios pies. De allí ascenderá por tu cuerpo hasta alcanzar el hueco de tu corazón, reduciendo a polvo tus entrañas y tus huesos a pura ruina. De esta forma, habrá resultado totalmente superflua la ardua labor de todo un milenio. Transcurrirán después otros quinientos años y entonces soplará sobre ti la desgracia del viento. No se trata de un viento del norte, o del sur, o del este, o del oeste; tampoco es uno de los vientos que caracterizan cada una de las estaciones ni los conocidos como vientos de las flores, de los sauces, de los pinos o de los bambúes. Recibe el nombre de Viento Poderoso; penetra en el cuerpo por la parte superior de la cabeza, lo atraviesa totalmente y circula libremente por sus nueve aperturas. Tu carne y tus huesos se disolverán como la cera y todo tu cuerpo desaparecerá. Debes, por lo tanto, evitar a toda costa estas tres calamidades. En cuanto lo hubo oído Wu-Kung, los pelos se le pusieron de punta Y, arrodillándose respetuosamente ante su maestro, dijo: - Os ruego que os apiadéis de mí y me enseñéis la manera de evitar esas tres calamidades. Si así lo hacéis, os juro que jamás olvidaré tan alto favor. - Lo que me pides no es tan difícil de conseguir - replicó el Patriarca -. Sólo que, como tú eres diferente del resto de la gente, no puedo enseñártelo. - ¿En qué soy diferente del resto de la gente? - protestó Wu-Kung -. Poseo una cabeza redonda que apunta directamente hacia el Cielo y unos pies más o menos cuadrados que me permiten caminar sobre la Tierra. Tengo, además, entrañas, nueve aperturas y diferentes cavidades. ¿Queréis explicarme qué diferencias existen entre los demás y yo? - Aunque, ciertamente, pareces un hombre - contestó el Patriarca -, tienes el rostro un poco hundido. Los monos poseen, en efecto, una cara angulosa, mejillas casi planas y una boca muy protuberante. Wu-Kung se palpó el rostro con la mano y, soltando la carcajada, replicó: - Se ve que el maestro no sabe equilibrar las cosas. Si bien es cierto que poseo un rostro más hundido que el de los seres humanos, tengo la boca más saliente, lo cual, de alguna forma, me sirve de compensación. - Muy bien. No se hable más de eso - dijo entonces el Patriarca -. ¿Qué método te interesaría aprender? Existe, por una parte, el Arte del Cucharón Celeste, que abarca treinta y seis transformaciones, y el de la Multitud Terrestre, que alcanza las setenta y dos. - A vuestro discípulo siempre le ha atraído más atrapar peces - confesó Wu-Kung -, así que creo que aprenderé el Arte de la Multitud Terrestre. - En ese caso - concluyó el Patriarca -, acércate y te enseñaré unas cuantas fórmulas - y le susurró al oído algo de lo que ninguno de nosotros ha oído hablar jamás. El Rey de los Monos, sin embargo, pertenecía a esa clase de personas que, una vez aprendida una sola cosa, son capaces de deducir al instante otras cien. Inmediatamente memorizó las fórmulas y, después de practicarlas con singular constancia, logró dominar las setenta y dos transformaciones. Un día, cuando el Patriarca y varios de sus discípulos se encontraban admirando la caída de la noche delante de la Caverna de las Tres Estrellas, el maestro preguntó de pronto: - ¿Qué tal van tus prácticas, Wu-Kung? - Gracias a la profunda benevolencia de mi maestro, vuestro discípulo ha alcanzado por fin la perfección - respondió Wu-Kung -. Ahora soy capaz de elevarme por el aire como la niebla y volar. - Déjame ver cómo vuelas - pidió el maestro. Ansioso por mostrar sus habilidades, Wu-Kung se elevó a una altura de cincuenta o sesenta metros, salto que rubricó con una graciosa vuelta de campana. Anduvo después por entre las nubes durante el tiempo que suele durar una comida y se desplazó hasta alcanzar una distancia de tres millas aproximadamente. A continuación descendió de su altura, yendo a caer justamente delante del Patriarca. - Esto, maestro - dijo, doblando satisfecho las manos a la altura del pecho -, es lo que se llama volar a la altura de las nubes. - ¡Qué va a llamarse eso volar por las nubes! - exclamó el Patriarca, soltando la carcajada -. Deberías decir, más bien, gatear por las nubes. Como bien afirman los dichos antiguos, «el inmortal recorre el Mar del Norte por la mañana y llega a Tzang - Wu por la noche». Si a ti te lleva por lo menos medio día recorrer tres millas escasas, es natural que concluya que lo que tú haces es gatear por las nubes. ¿No te parece? - ¿Qué queréis decir con eso de que «el inmortal recorre el Mar del Norte por la mañana y llega a Tzang-Wu por la noche»? - preguntó Wu-Kung. - Los que pueden de verdad volar por las nubes - explicó el Patriarca - son capaces de partir por la mañana del Mar del Norte, viajar por el del Este, el del Oeste y el del Sur y volver de nuevo a Tzang-Wu, lugar que se refiere, en realidad, a Ling-Ling, que está situado en el Mar del Norte. Podrás afirmar con propiedad que eres capaz de viajar por las nubes, cuando puedas recorrer los cuatro mares en un solo día. De lo contrario, lo único que haces es gatear. ¿Lo entiendes? ¡Sólo gatear! - ¡Pero eso es extremadamente difícil! - exclamó Wu-Kung. - En el mundo no existe nada difícil - sentenció el Patriarca -. Sólo la mente hace que muchas cosas lo parezcan. Al oír esas palabras, Wu-Kung se echó rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, imploró con humildad: - Maestro, si se hace un favor a alguien, es natural que se lleve hasta sus últimas consecuencias. Os suplico, por tanto, que tengáis la amabilidad de enseñarme las técnicas que facilitan el vuelo por las nubes. Si lo hacéis, tened por cierto que jamás olvidaré tan alto favor. - Cuando los inmortales desean volar por las nubes - explicó el Patriarca -, lo primero que hacen es dar un fuerte pisotón sobre la tierra y en seguida se elevan. Tú, por el contrario, das un salto. Así que, para enseñarte a dar vueltas de campana por las nubes, tendré que acomodarme a tu peculiar forma de obrar. Wu-Kung hundió aún más su rostro en el polvo y arreció en sus súplicas. Emocionado, el Patriarca le confió una fórmula verbal, diciendo: - Haz el signo mágico, recita el embrujo, aprieta el puño con fuerza, sacude el cuerpo y, así, cuando saltes hacia arriba, la voltereta que des te llevará a una distancia de ciento ocho mil millas. En cuanto lo oyeron los que estaban a su alrededor, exclamaron, envidiosos: - ¡Qué suerte tiene Wu-Kung! Si aprende ese pequeño truco, podrá ganarse la vida llevando misivas de un lugar a otro y entregando los documentos que le confíen. Con eso tiene ya el futuro asegurado. Había empezado a oscurecer y el maestro se retiró al interior de la cueva acompañado de sus discípulos. Wu-Kung, sin embargo, practicó las enseñanzas recibidas durante toda la noche sin parar, hasta que logró dominar la técnica del salto por las nubes. A partir de entonces, disfrutó de una libertad completa, gozando de su recién adquirido es-tado de inmortal. Un día al principio del verano todos los discípulos se reunieron a discutir debajo de los pinos y le preguntaron: - ¿Se puede saber, Wu-Kung, qué clase de méritos acumulaste en tu anterior reencarnación para que el maestro te susurrara el otro día al oído la manera de evitar las tres calamidades? ¿Has aprendido ya todo lo que te enseñó? - Por supuesto que sí - respondió Wu-Kung, sonriendo -. Ya sabéis que soy incapaz de engañar a nadie y menos aún a vosotros, que sois mis hermanos. Gracias, en primer lugar, a las enseñanzas del maestro y a mi propia dedicación después, he llegado a dominar todo cuanto me transmitió. - ¿Por qué no nos haces una pequeña demostración ahora que estamos todos aquí reunidos? - sugirió uno de los discípulos. Wu-Kung se sintió profundamente halagado y se dispuso de buena gana a hacer gala de sus recién adquiridos poderes. - Elegid vosotros mismos la prueba - dijo él -. ¿En qué queréis que me transforme? - ¿Por qué no en un pino? - volvieron a sugerir ellos. Wu-Kung hizo el signo mágico, pronunció el embrujo, sacudió el cuerpo y al instante se convirtió en un pino. Poseía una copa tan amplia que en ella se acumulaban los vapores de las cuatro estaciones. Su altura era tal que se perdía en la inmaculada pureza de las nubes. Aquel árbol en nada recordaba al travieso mono del que había surgido. Tanto es así que sus ramas mostraban los estragos de la escarcha y la acción destructora de la nieve. En cuanto se hubieron repuesto de su sorpresa, los discípulos empezaron a aplaudir y a reír como locos, mientras exclamaban maravillados: - ¡Qué mono más extraordinario! ¡Es francamente increíble! Estaban tan entusiasmados que no cayeron en la cuenta de que sus gritos habían molestado la meditación del Patriarca, que salió corriendo y blandiendo su báculo. - ¿Puede saberse quién está creando tanto alboroto? - preguntó, enfadado. Su voz sonó tan autoritaria que los discípulos dejaron al punto de reírse, se arreglaron la ropa lo mejor que pudieron y se inclinaron respetuosamente ante él. Wu-Kung volvió a adquirir su forma habitual y, abriéndose camino entre sus compañeros, dijo: - Para vuestra información, respetable maestro, estamos aquí reunidos discutiendo. No hay entre nosotros nadie que no pertenezca al grupo de vuestros humildes servidores. - Así que sois vosotros los que estáis chillando y gritando, comportándoos de una manera totalmente impropia de personas consagradas a la práctica del Gran Arte - bramó el Patriarca -. ¿Acaso no sabéis que los que cultivan el Tao no deben abrir la boca para no perder su fuerza vital, ni mover la lengua para evitar todo tipo de discusiones? ¿Por qué estabais riéndoos de esa forma tan vulgar? - No podemos esconderos la verdad de lo sucedido - confesaron todos a coro -. Estábamos pasándolo en grande con Wu-Kung, que accedió gustoso a hacernos una demostración de sus extraordinarios poderes. Le sugerimos que se convirtiera en un pino y así lo hizo él sin rechistar. Eso hizo que nos sintiéramos tan entusiasmados que, sin darnos cuenta, empezamos a aplaudir como locos. Lo que menos sospechábamos es que estuviéramos molestándoos. ¿Qué otra cosa nos queda que suplicar humildemente vuestro perdón? - ¡Apartaos todos de mi vista! - volvió a bramar el Patriarca -. Tú, Wu-Kung, no. Quédate aquí. ¿Qué pretendías conseguir convirtiéndote en un pino? ¿Acaso crees que te enseñé esa habilidad especial para divertir a la gente? Supón que alguien te hubiera visto. Lo más seguro es que te hubiera preguntado que cómo lo habías conseguido. Tú mismo lo hubieras hecho, de estar en su lugar. ¡Reconócelo! Lo malo es que después te suplicarían que les confiaras el secreto y, si no lo hicieras, terminarían buscándote la ruina. Ahora mismo tu vida corre un grave peligro, sin ir más lejos, y todo por tu incomprensible irresponsabilidad. - Os pido que me perdonéis - suplicó Wu-Kung, golpeando el suelo con la frente. - No soy yo quién para condenarte - afirmó el Patriarca -, pero debes abandonar inmediatamente este lugar. Cuando Wu-Kung lo oyó, las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos. - ¿Adonde puedo ir yo, maestro? - preguntó, sollozando lastimosamente. - Al lugar del que viniste - respondió el Patriarca -. Allí es donde debes volver. - Yo vine de Purvavideha, el Continente del Este - declaró Wu-Kung, su memoria refrescada por las palabras del maestro -, de la Caverna de la Cortina de Agua de la Montaña de las Flores y Frutos, que se alza en el país de Ao-Lai. - Regresa cuanto antes allí y salva tu vida - le aconsejó el Patriarca -. No puedes permanecer aquí por más tiempo. - Permitidme que os diga, respetable maestro - se atrevió Wu-Kung a decir -, que durante más de veinte años he estado ausente de mi hogar y que es, por tanto, natural que sienta deseos de volver a ver a mis súbditos y a los seguidores que un día tuve. Pero, a pesar de todo, no me atrevo a marcharme, ya que no os he agradecido bastante la profunda generosidad con la que siempre me habéis tratado. - No hay nada que agradecer - trató de tranquilizarle el Patriarca -. Lo único que te pido es que no te metas jamás en ningún lío y, si no logras evitarlo, que nunca menciones a nadie mi nombre. Viendo que no había más que hacer, Wu-Kung se inclinó ante el Patriarca y se dispuso a abandonar la compañía de sus discípulos. - Una vez que te hayas marchado de aquí - le anticipó el Patriarca -, tarde o temprano terminarás haciendo el mal. No me importa la clase de crímenes en la que te verás involucrado. Lo único que te prohíbo es que menciones que has sido discípulo mío. Si en alguna ocasión llegas a pronunciar simplemente la mitad de mi nombre, ten por seguro, mono maldito, que yo me enteraré y te haré arrancar la piel a tiras. Quebraré después cada uno de tus huesos y sepultaré tu espíritu en la Oscuridad de los Nueve Pliegues, de la que no lograrás escapar incluso después de sufrir diez mil tormentos. - Jamás osaré mencionar vuestro nombre - declaró Wu-Kung -. Diré que yo mismo, sin necesidad de maestro alguno, he aprendido cuanto sé. En cuanto hubo dado las gracias al Patriarca, Wu-Kung se dio la vuelta, hizo el signo mágico, se elevó hacia lo alto y dio una vuelta de campana sobre las nubes. Semejante salto le hizo dirigirse directamente hacia Purvavideha y en menos de una hora pudo avistar la Montaña de las Flores y Frutos y la Caverna de la Cortina de Agua. Lleno de alegría, el Hermoso Rey de los Monos se dijo a sí mismo: - Abrumado por el peso de huesos mortales abandoné un día este lugar. Ahora regreso a él liviano como una pluma gracias a la influencia del Tao. ¡Qué pena que en este mundo de calamidades y desdichas nadie se decida a desvelar el misterio de la inmortalidad, tan claro para todo aquel que busca! ¡Cuan duro me resultó cruzar el océano a la ida y con cuánta facilidad lo he hecho hoy en mi viaje de vuelta! Todavía resuenan en mis oídos los consejos de la despedida y ya estoy viendo las profundidades que rodean el Continente del Este. ¡Jamás imaginé que pudiera contemplarlas tan pronto! Wu-Kung disminuyó la velocidad de su nube y fue a aterrizar justamente en el centro de la Montaña de las Flores y Frutos. Apenas había puesto el pie en ella, cuando empezó a oír el gruñir de las garzas y el grito de los monos; mientras el canto de aquéllas se elevaba limpiamente hacia los cielos, el lamento de éstos llenó su espíritu de profunda tristeza. Levantó la voz y dijo: - ¡He vuelto, mis queridos pequeños! ¡De nuevo estoy entre vosotros! Inmediatamente empezaron a salir de los riscos del acantilado, de la salvaje belleza de las flores y arbustos, y de la espesura de los bosques y árboles decenas de miles de monos de todos los tamaños, que rodearon sin pérdida de tiempo a su Hermoso Rey. Todos se arrodillaron respetuosamente ante él, golpeando el suelo con la frente, mientras gritaban: - ¡Qué despreocupación la vuestra, gran rey! ¿Por qué habéis estado ausente durante tanto tiempo, dejándonos abandonados y suspirando por vuestra vuelta, como alguien que estuviera muñéndose de hambre o de sed? Hemos sido últimamente maltratados por un monstruo que ha tratado de apoderarse de nuestra Caverna de la Cortina de Agua. Hemos luchado contra él con la fuerza que da la desesperación, pero, a pesar de todo, se ha adueñado de muchas de nuestras posesiones, ha secuestrado a no pocos de nuestros jóvenes y nos ha privado del necesario descanso, forzándonos a vigilar nuestras propie-dades día y noche. ¡Es una suerte que por fin hayáis regresado, gran rey! Si hubierais estado ausente un año más, la cueva de la montaña habría pasado totalmente a manos de esa bestia. En cuanto Wu-Kung lo oyó, montó en cólera y preguntó, enfurecido: - ¿Qué clase de monstruo es ése que se comporta de una forma tan desconsiderada? Contádmelo con todo detalle y os juro que os daré cumplida venganza. - Para información vuestra, gran rey - dijeron los monos, sin dejar de golpear el suelo con la frente -, ese tipo se hace llamar el Monstruoso Rey de los Desastres y vive al norte de aquí. - ¿A qué distancia aproximadamente? - inquirió Wu-Kung. - No lo sabemos - respondieron los monos, atemorizados -. Hace su aparición con la velocidad de las nubes y se vuelve a marchar con la celeridad de la niebla, del viento y de la lluvia, del rayo y del trueno. - En ese caso - concluyó Wu-Kung -, id a divertiros un rato. No tengáis miedo. De ese tipo me encargo yo. El Rey de los Monos volvió a elevarse hacia lo alto, dio un salto de campana y se dirigió hacia el norte, hasta que finalmente vio una escarpada y alta montaña. Su picuda cumbre parecía cortar el aire, como si fuera un gigantesco cuchillo de piedra. De sus laderas manaban arroyuelos que se precipitaban, salvajes, sobre despeñaderos de incalculable profundidad. En sus turbulentas aguas se miraban miríadas de flores y árboles cargados de exótica elegancia. En algunos puntos los pinos igualaban el verdor de los bambúes. A la izquierda, el dragón parecía extremadamente dócil y tranquilo, domesticado casi, mientras a la derecha el tigre daba muestras de gentileza y sumisión. A veces se veía arando a bueyes de acero y por doquier crecían flores de monedas de oro. El aire transmitía canciones melodiosas de aves extrañas, al tiempo que el fénix hacía frente a la dureza del sol. Con el continuo martilleo del tiempo el agua había pulido y bruñido rocas, que a veces adquirían formas grotescas y otras, extrañas y fieras. El mundo está plagado de espléndidas montañas en las que las flores no dejan de madurar y crecer, de abrirse y después morir. Ningún lugar, sin embargo, era comparable a aquél. Al mirarlo, se tenía la impresión de que jamás había sido tocado ni por las cuatro estaciones ni por las ocho épocas14. Dentro de las Tres Regiones aquél era el Monte de la Primavera del Norte, donde se halla ubicada la Caverna del Vientre de Agua, que se alimenta de las Cinco Fases16. El Hermoso Rey de los Monos se puso a contemplar la arrobadora belleza de tan espléndido espectáculo, pero no pudo gozar mucho de ella. Alguien parecía estar hablando y bajó por la montaña para ver de quién se trataba. Fue así como descubrió la Caverna del Vientre de Agua, que se hallaba a los pies de un acantilado extremadamente empinado. Justamente delante de la gruta había varios diablillos bai-lando, que se echaron a correr en cuanto vieron a Wu-Kung. - ¡No corráis! - les gritó éste -. Antes de que os escondáis, es preciso que escuchéis el mensaje que quiero transmitiros. Soy el único señor de la Caverna de la Cortina de Agua, que, como sabéis, se encuentra en la Montaña de las Flores y Frutos, justamente al sur de aquí. Sé que vuestro Monstruoso Rey de los Desastres, o como quiera llamarse, ha estado molestando a mis súbditos y he decidido llegarme hasta sus dominios con el único propósito de dejar, de una vez por todas, las cosas claras. Al oír eso, los diablillos se lanzaron al interior de la caverna y empezaron a gritar: - ¡Soberano señor, ha sucedido algo desastroso! - ¿Se puede saber de qué desastre estáis hablando? - preguntó, sorprendido, el Monstruoso Rey. - Fuera de la caverna hay un mono que se ha arrogado el título de señor de la Caverna de la Cortina de Agua, ubicada en la Montaña de las Flores y Frutos. Dice que habéis estado molestando a sus súbditos y que ha venido a ajustaras las cuentas. El Monstruoso Rey soltó la carcajada y dijo, grosero: - He oído a menudo decir a esos monos que tenían un rey que había ido a aprender los secretos del Gran Arte. Según parece, acaba de regresar. ¿Queréis decirme cómo va vestido y qué clase de armas usa? - Ninguna, gran señor - contestaron los diablillos -. Lleva la cabeza descubierta, viste una túnica roja con una faja amarilla y calza un par de botas negras. Da la impresión de no ser ni monje, ni seglar, ni taoísta, ni inmortal. Está tan loco que ha venido a exigiros cuentas con las manos totalmente vacías. Cuando el Monstruoso Rey lo oyó, ordenó a sus diablillos, sonriendo con malicia: - Traedme las armas y la coraza. Los diablillos obedecieron sin rechistar y le ayudaron a ponerse el peto y el casco. Cuando todo estuvo dispuesto, agarró su cimitarra y abandonó la cueva, seguido de todos sus súbditos. - ¿Dónde está el señor de la Caverna de la Cortina de Agua? - preguntó, elevando la voz y abriendo los ojos cuanto pudo. Wu-Kung se percató en seguida de que el Monstruoso Rey llevaba en la cabeza un casco de oro negro, sobre el que reverberaban los rayos del sol. Su cuerpo aparecía cubierto por una túnica de seda, también negra, que se balanceaba al capricho de la brisa. Su pecho estaba protegido por una armadura de hierro negro, sujeta a los flancos por férreas cinchas de cuero. Sus pies habían sido embutidos en unas botas de perfecto acabado y tan grandes como las que en su día usaron los más afamados guerreros de la historia. Medía alrededor de treinta pies de altura y el perímetro de su cintura superaba con creces los veinte palmos. En sus manos portaba una espada de afilada hoja y perfecta hechura. No cabía duda. Aquél era, por el temor que inspiraba y el miedo que levantaba, el terrible Monstruo de los Desastres. - ¿De qué te sirven unos ojos tan grandes, si eres incapaz de ver a un mono tan viejo como yo? - se burló el Rey de los Monos. El Monstruoso Rey se volvió hacia él y, al verle, soltó la carcajada y exclamó: - Apenas mides cuatro pies de altura, dudo que hayas cumplido los treinta años y te presentas ante mí con las manos vacías. No comprendo cómo puedes ser tan insolente. ¿Con qué piensas doblegarme? ¿Con tu fanfarronería? - ¡Qué estúpido monstruo eres! - replicó Wu-Kung -. Se nota que estás tan ciego como una oruga de tierra. Crees que soy pequeño y no sabes que puedo alcanzar la altura que me dé la gana. Piensas que estoy totalmente desarmado y olvidas que con sólo estas dos manos soy capaz de arrancar a la luna del lugar que ocupa en el cielo. Pero no te preocupes. Sólo deseo hacerte probar la fuerza de mis puños. Apenas había acabado de decirlo, cuando se elevó por los aires y descargó un terrible golpe sobre la cara del monstruo. Con increíble agilidad el Rey de los Desastres se hizo a un lado y dijo, burlón: - Para mí no eres más que un enano ridículo. Si quieres usar únicamente tus puños, allá tú. Yo prefiero servirme de mi cimitarra. Aunque, mirándolo bien, iba a resultarme demasiado fácil dividirte en dos con ella. Así que, si me dejas quitármela, mediremos a golpes nuestras fuerzas. - Ésa es una decisión que te honra - contestó Wu-Kung -. Vamos. ¿A qué esperas para atacarme? El Monstruoso Rey saltó hacia la izquierda y soltó uno de sus golpes, que Wu-Kung esquivó con inigualable maestría. Se lanzó después sobre él y los dos se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo terrible. Wu-Kung sabía que es fácil fallar los golpes de lejos, mientras que los de cerca son tan seguros y efectivos como el desprendimiento de una roca. De esta forma, consiguió propinarle en el pecho una serie de puñetazos secos, que hicieron tambalear al monstruo. Sintiéndose inseguro, éste se olvidó de lo acordado y echó mano de su cimitarra. La blandió con las dos manos y a punto estuvo de cortarle la cabeza a Wu-Kung, que logró agacharse cuando la cuchilla estaba penetrando ya en su carne. Después, viendo que la fiereza de su enemigo iba en aumento, decidió usar la técnica conocida como «cuerpo más allá del cuerpo». Sin pérdida de tiempo, se arrancó unos cuantos pelos, se los metió en la boca, los masticó hasta reducirlos a trozos minúsculos y, escupiéndolos con fuerza, gritó: - ¡Cambiad de forma! Al punto se convirtieron en doscientos o trescientos monos de reducido tamaño, que empezaron a dar vueltas alrededor de los dos luchadores. Cuando alguien adquiere el cuerpo de un inmortal, es capaz de abandonar su propio espíritu, convertirse en lo que desee y realizar todo tipo de portentos. Dado que el Rey de los Monos había llegado a la plena comprensión del Gran Arte, cada uno de los ochenta y cuatro mil pelos de su cuerpo tenía la propiedad de adquirir la forma o substancia que le viniera en gana. Los pequeños monos que acababa de crear poseían una vista tan fina y una rapidez tal de movimientos que hasta la espada y la lanza resultaban impotentes contra ellos. Con asombrosa celeridad se lanzaron contra el Monstruoso Rey y empezaron unos a agarrarle, otros a empujarle, éstos a echarle la zancadilla, aquéllos a darle patadas y puñetazos, los de más allá a tirarle del pelo y a punzarle los ojos, y los restantes a tirarle de las narices y ponerle toda clase de obstáculos para hacerle perder el equilibrio. Todos formaban una masa confusa cuya única finalidad era distraer la cambiante atención del Monstruoso Rey. Aprovechándose de la confusión, Wu-Kung le arrebató la cimitarra de las manos y, blandiéndola con fuerza en el aire, asestó un tremendo golpe en la cabeza del monstruo, que al instante cayó por tierra dividido en dos partes iguales. Se volvió después contra los diablillos que habían corrido a refugiarse en el interior de la cueva y los mató a todos, sin dejar uno solo. Sacudió entonces su cuerpo y los monos, convertidos otra vez en pelos, se reintegraron al lugar que habían ocupado antes de que comenzara la batalla. Sólo quedaron junto a él los que habían sido arrancados de la Caverna de la Cortina de Agua y llevados hasta allí a la fuerza por el Monstruoso Rey. - ¿Se puede saber lo que estáis haciendo en un lugar como éste? - les preguntó Wu-Kung. - En cuanto os marchasteis en busca de la inmortalidad - respondieron sollozando los treinta o cincuenta monos que allí había -, el monstruo estuvo hostigándonos durante más de dos años, hasta que finalmente nos obligó a venir aquí con todas nuestras posesiones. ¿No os habéis percatado que esos utensilios que hay desperdigados por el suelo pertenecen, en realidad, a nuestra cueva? Fijaros, por ejemplo, en esas cazuelas y cuencos de piedra. Todos nos fueron robados por la bestia. - Si es verdad lo que decís, cargad cuanto antes con ellos - decidió Wu-Kung e inmediatamente prendió fuego a la Caverna del Vientre de Agua. No pasó mucho tiempo antes de que hubiera quedado reducida a cenizas. Se volvió entonces hacia sus súbditos y les ordenó -: Seguidme. Es hora ya de regresar a casa. - ¿Cómo vamos a volver? - preguntaron todos, asustados -. Cuando vinimos aquí, lo hicimos en las alas de un viento muy fuerte, que nos obligó a flotar por el aire como nubes sin destino. No sabemos qué dirección debemos tomar ahora. - Todo eso no fue más que un truco de ese monstruo - replicó Wu-Kung -. Pero no es preocupéis. Ahora también yo estoy versado no sólo en él, sino en diez mil más. Así que no tengáis miedo. Cerrad los ojos y agarraos bien. El Rey de los Monos recitó un conjuro, se montó en un viento recio y cabalgó en él durante unas décimas de segundo. Aminoró después la velocidad de la nube y, volviéndose a sus súbditos, dijo: - Ya podéis abrir los ojos. Los monos sintieron bajo sus pies la dureza de la tierra firme y, obedeciendo el mandato de su señor, comprobaron, asombrados, que estaban otra vez en su lugar de origen. Locos de alegría, corrieron por senderos totalmente familiares a reunirse con los que los esperaban ansiosamente en las cuevas. De esta forma, la alegría volvió a florecer en la Caverna de la Cortina de Agua. Agradecidos, todos los monos fueron al encuentro de su rey y le presentaron humildemente sus respetos. El vino corrió como las aguas de un arroyo en aquel espléndido banquete de bienvenida, cuyo plato principal lo constituyeron frutos y bayas. Cuando le preguntaron cómo había derrotado al monstruo y liberado a los jóvenes, Wu-Kung se lo contó sin perder un solo detalle y ellos, entusiasmados, irrumpieron en una interminable andanada de aplausos. - ¿En dónde habéis estado? - le preguntaron, cuando se hubo hecho el silencio -. Jamás nos pasó por la cabeza que pudierais adquirir tales poderes. - El año que partí de vuestro lado - explicó Wu-Kung - navegué por las olas del Gran Océano Oriental, hasta que finalmente llegué a Aparagodaniya, el Continente del Oeste. Posteriormente me trasladé a Jambudvipa, el Continente del Sur, donde me instruí en el modo de obrar de los humanos, aprendiendo a usar estas ropas que ahora llevo puestas y estos zapatos que calzo. Sin embargo, ocho o nueve años discurrieron las nubes sobre mi cabeza y yo continuaba sin saber un solo principio del Gran Arte, así que opté por cruzar el Gran Océano Occidental y logré arribar a las costas de Aparagodaniya, el Continente del Oeste. Larga fue mi búsqueda, pero tuve por fin la inmensa fortuna de toparme con un viejo Patriarca que tuvo la delicadeza de enseñarme la fórmula para alcanzar la edad misma del cielo y hacerme, así, inmortal. - ¡Qué suerte la vuestra! - exclamaron los otros monos, felicitándole efusivamente -. Casos así no se dan ni siquiera después de pasar diez mil penalidades. - Lo que más me llena de satisfacción, no obstante - volvió a decir Wu-Kung, sonriendo -, es que ahora sé a qué familia pertenecemos todos. - ¿A cuál? - preguntaron ellos, entusiasmados. - A la de los Sun - contestó él -. Así que mi nombre completo es Sun Wu-Kung. Al oírlo, todos los monos se pusieron a aplaudir y exclamaron, presos de una contagiosa alegría: - Si vos sois el mayor de los Sun, nosotros somos los Sun menores. Nuestra es la familia de los Sun, Sun se llama nuestra nación y ese mismo nombre lleva, por fuerza, esta caverna. Tan grande era su entusiasmo que, para honrar al mayor de su estirpe, trajeron cuencos de todos los tamaños llenos de vino de coco y de uva, de flores y de toda clase de frutos. La suya era, en verdad, una familia feliz, que poseía el nombre admirable del que acababa de retornar a sus propios orígenes. Semejante gloria sólo está reservada a nombres inscritos por los dioses en el Cielo. Quien no sepa lo que pasó a continuación y desconozca la suerte que corrió Wu-Kung debe escuchar lo que se relata en el próximo capítulo. 第003回 LOS CUATRO MARES Y LAS MIL MONTAÑAS SE INCLINAN EN SEÑAL DE SUMISIÓN. LOS NOMBRES DE DIEZ ESPECIES SON BORRADOS DEL INFIERNO DE LA OSCURIDAD DE LOS NUEVE PLIEGUES Después de haber dado muerte al Monstruoso Rey de los Desastres y de arrebatarle su enorme cimitarra, Wu-Kung comenzó a practicar a diario el arte de la guerra con sus súbditos, enseñándoles a hacer lanzas con bambúes afilados, a fabricar espadas de madera, a confeccionar banderas y estandartes, a formar patrullas, a avanzar y retirarse, y a montar campamentos. Durante mucho tiempo estuvo adiestrándoles en estas artes, pero un día dejó de hacerlo de repente. Se volvió taciturno y callado y, tras mucha deliberación, llegó a la siguiente conclusión: - De momento esto no es más que un simple juego, pero la cosa puede llegar a ponerse realmente seria. Supongamos que, sin nosotros saberlo, ofendemos a los reyes de los hombres o a los líderes de las bestias, o que, simplemente, toman estos ejercicios militares como una amenaza y se levantan en armas contra nosotros. ¿Cómo vamos a poder hacerles frente con lanzas de bambú y espadas de madera? Por fuerza, debemos poseer armas auténticas. ¿Qué podríamos hacer para conseguirlas? Wu-Kung había hecho estas reflexiones en voz alta y el nerviosismo se apoderó inmediatamente de todos sus súbditos. - Opinamos que vuestros puntos de vista son totalmente acertados dijeron, alarmados -. ¿De dónde podríamos sacar las armas que necesitamos? No habían terminado de decirlo, cuando se adelantaron cuatro de los monos más ancianos - dos hembras vestidas con túnicas rojas y dos machos con el torso descubierto -, se inclinaron ante su rey y dijeron con respeto: - Si es eso lo que os preocupa, no hay cosa más sencilla de resolver. - ¿De verdad? - exclamó Wu-Kung, sorprendido. - Así es, señor - contestaron los cuatro monos -. A doscientas millas de nuestra montaña, viajando en dirección este, se encuentra el país de Ao-Lai. En él hay un rey cuyo ejército lo componen infinidad de soldados y hombres, de lo cual deducimos que los herreros de su reino deben de contarse a millares. Si fuerais allí, podríais comprarle las armas que necesitemos o, en último caso, encargárselas. De esa forma, no os sería muy difícil instruirnos después en su uso y, así, defenderíamos esta montaña contra cualquier intruso y la legaríamos en su día a nuestra descendencia. Esas palabras devolvieron la alegría a Wu-Kung, que se apresuró a decir a sus súbditos: - Vosotros quedaos aquí divirtiéndoos. Creo que voy a hacer un pequeño viaje. No había acabado de decirlo, cuando dio un acrobático salto y, en menos de lo que canta un gallo, cubrió las doscientas millas que le separaban del lugar del que le habían hablado sus consejeros. Allí se levantaba, en efecto, una ciudad de calles anchas, mercados llamativamente grandes, casas prácticamente incontables y arcadas nume-rosas. Un enjambre de gente llenaba hasta su último rincón, totalmente ajeno a la pureza del cielo y a la dureza del sol. - No muy lejos de aquí tiene que haber infinidad de armas - se dijo Wu-Kung -. Lo mejor sería bajar a comprarlas, pero eso me resultaría mucho más penoso que obtenerlas por medio de mis artes mágicas. En seguida hizo el signo que tan buen resultado le había dado en ocasiones anteriores y recitó el embrujo que lo completaba. Después se volvió hacia el suroeste y, tras llenar los pulmones de aire, sopló con todas sus fuerzas. Al punto se levantó un viento huracanado que arrastraba piedras y rocas, como si estuvieran hechas de paja. Su po-tencia era terrible. Al mismo tiempo, se formó sobre el mundo una densa capa de nubes, que oscureció por completo la tierra. De los mares y ríos surgieron unas nubes tan altas que hasta los peces y los cangrejos sintieron el peso del terror. En los bosques de la montaña las ramas se quebraron a millares, infundiendo pánico a tigres y lobos. Los mercaderes y comerciantes abandonaron sus tiendas y almacenes y huyeron despavoridos. No se veía un solo hombre en todo el espacio que la vista abarcaba. Incluso el mismo rey abandonó la sala del trono, retirándose a sus aposentos a todo correr. Para no ser menos, todos los oficiales del reino se encerraron en sus casas a cal y canto. El viento era tan fuerte que hizo tambalear el trono milenario de Buda y sacudió los cimientos de la Torre de los Cinco Fénix. En el país de Ao-Lai todo el mundo, desde el rey al más insignificante de sus súbditos, estaba aterrorizado. Por doquier las familias se encerraban tras la seguridad de las puertas de sus casas, sin que nadie se atreviera a salir. Wu-Kung redujo la velocidad de la nube en la que viajaba y entró en el palacio imperial por la principal de sus puertas. No le costó mucho trabajo dar con la sala de armas. De un solo golpe derribó el pesado portón que la cerraba y vio que en su interior se apilaban incontables armas de todas clases y tamaños: cimitarras, lanzas, espadas, hachas de guerra, guadañas, látigos, baquetas, tambores, arcos, flechas y otras armas arrojadizas. Semejante visión satisfizo plenamente a Wu-Kung, que volvió a decirse: - No sé por dónde empezar. Hay tanto material aquí que lo mejor será que me valga de mi magia para transportarlo. Se arrancó un puñado de pelos, los masticó hasta reducirlos a diminutos cachitos y después los escupió, al tiempo que recitaba el embrujo y gritaba con todas sus fuerzas: - ¡Transformaos! Al instante se convirtieron en monos pequeñitos, que empezaron a adueñarse de las armas. Los más fuertes cargaron con seis o siete, mientras que los más débiles sólo pudieron hacerlo con dos o tres. Pero todos actuaron con tanta efectividad que a los pocos segundos estaba vacía la que había sido la mayor armería del mundo. Wu-Kung volvió a montarse en la nube y, tras recitar las palabras mágicas, convocó a un viento recio, que transportó a todos los monos al lugar del que habían partido. Los que se habían quedado, divirtiéndose, en la cueva de la Montaña de las Flores y Frutos oyeron el silbido del viento y levantaron, sorprendidos, la cabeza. Al ver venir por el aire aquel inmenso ejército de monos diminutos, cayeron presa del pánico y huyeron en todas direcciones. Afortunadamente, Wu-Kung descendió de su nube, sacudió graciosamente el cuerpo y todos los trocitos de pelo se reincorporaron a él, como si nunca le hubieran abandonado. Las armas quedaron apiladas justamente enfrente de la montaña. - ¿Se puede saber de qué tenéis miedo? - preguntó Wu-Kung, levantando la voz -. Salid a recoger vuestras armas. Más animados, los monos sacaron las cabezas de sus refugios y vieron a Wu-Kung, solo, de pie sobre terreno firme. Venciendo su timidez, se acercaron a él y, tras saludarle con sumo respeto, le preguntaron qué había pasado. Wu-Kung les explicó que se había servido, simplemente, de un viento poderoso para poder transportar hasta allí las armas. Emocionados, le dieron las gracias y en seguida se lanzaron sobre el preciado acero recién traído del lejano país de Ao-Lai. Mientras unos agarraban las cimitarras, otros echaban mano de las espadas, hachas y lanzas, tensaban los arcos y dejaban volar libremente las flechas. Los monos pasaron todo aquel día jugando con las armas, tan excitados que no dejaron de chillar ni un solo segundo. A la mañana siguiente formaron filas y Wu-Kung los fue contando uno por uno. De esta forma, pudo comprobar que su ejército estaba compuesto por cuarenta y siete mil infantes. Semejante fuerza impresionó vivamente a todas las bestias de la montaña - lobos, insectos, tigres, leopardos, ciervos de todas las clases, zorros, gatos salvajes, leones, elefantes, simios, osos, antílopes, jabalíes, búfalos verdes de un solo cuerno, yeguas salvajes y mastines gigantes -. Encabezados por los reyes de los demonios de más de setenta y dos cavernas, acudieron todos en tropel a presentar sus respetos al Rey de los Monos. A partir de entonces le pagaron tributos todos los años y acudieron a su llamada al principio de cada estación. Algunos de ellos se unieron, incluso, a sus maniobras, mientras que otros prestaron más atención al aprovisionamiento de tan vasto ejército. De esta forma, toda la Montaña de las Flores y Frutos se fue haciendo tan fuerte como un recipiente de hierro o una ciudad de metal. Los reyes de los demonios se encargaron de ofrecerle tambores, cascos y estandartes de mil y un colores. En ningún momento se descuidó la formación militar, que se prolongó durante días y días. Pero el Hermoso Rey de los Monos no se sentía satisfecho. Reunió a todos sus seguidores y les dijo: - Todos sois ahora auténticos maestros en el uso del arco y las flechas. Las armas no encierran para vosotros ya secreto alguno. Comprenderéis, por tanto, que esta cimitarra no acabe de gustarme. Más que una ayuda, es un completo engorro. ¿Qué puedo hacer? Los cuatro monos ancianos se acercaron a él y le dijeron: - Vos sois un sabio celeste y es natural que no encontréis de vuestro agrado las armas de la tierra. Nos preguntamos, sin embargo, si seríais capaz de emprender un largo viaje a través de los mares. - Dado que domino a la perfección los secretos del Tao, no ofrecen para mí ningún misterio las setenta y dos transformaciones. El salto por encima de las nubes posee, además, un poder sin límites. Eso sin contar con que estoy totalmente familiarizado con la magia de las apariciones y el arte de la ubicuidad. Eso me permite caminar libremente por los cielos, penetrar en el interior de la tierra, moverme bajo el sol y la luna sin proyectar sombra alguna e incluso introducirme en el corazón de los minerales y piedras. El agua no puede ahogarme y el fuego es incapaz de abrasarme. ¿Cómo va a existir un lugar al que yo no pueda ir? - Es una suerte que poseáis esos poderes, porque el agua que discurre bajo este puente de hierro va a desembocar directamente en el Palacio del Dragón del Océano Oriental. Si os atrevierais a llegar hasta allí, tened por seguro que el viejo dragón os proporcionaría el arma que necesitáis y que, sin duda alguna, será de vuestro total agrado. Al oír esto, se le iluminó el rostro a Wu-Kung, que exclamó decidido: - Estoy dispuesto a hacer ese viaje cuanto antes. Sin pensarlo dos veces, se encaramó a la baranda del puente, determinado a hacer uso de la magia de la división de las aguas. Hizo el signo mágico con los dedos y se lanzó a la corriente del río, que se abrió como una puerta ante él. De esta forma, no le fue difícil llegar hasta el mismísimo fondo del Océano Oriental. Caminó por él un corto trecho, topándose con un oficial que le preguntó, sorprendido: - ¿Se puede saber qué clase de sabio eres tú, que apartas las aguas como si fueran mieses en sazón? Dímelo claramente para que pueda anunciar tu llegada. - Soy el sabio Sun Wu-Kung de la Montaña de las Flores y Frutos - respondió el Rey de los Monos -, uno de los vecinos de tu señor, el viejo dragón. Me cuesta trabajo creer que no me hayas reconocido. El oficial corrió entonces al interior del Palacio de Cristal de Agua e informó a su rey, diciendo: - Ahí fuera está un sabio que dice llamarse Sun Wu-Kung, de la Montaña de las Flores y Frutos, y que pretende ser vecino vuestro. Dado lo impulsivo de sus modales, no me extrañaría lo más mínimo que se presentara ante vos sin ser invitado a entrar. Al oír eso, Ao-Kuang, el Rey Dragón del Océano Oriental, se levantó en seguida de su trono y salió a dar la bienvenida a huésped tan ilustre, acompañado por incontables hijos y nietos de dragones de la más alta estirpe, una cohorte de gambas - soldado y lo más selecto de sus generales - cangrejo. - Entrad, inmortal, y honradnos con vuestra compañía - dijo su excelencia. El cortejo se dirigió al interior del palacio y, tras ofrecer a Wu-Kung el sitio de honor y un vaso de té, el rey le preguntó con suma cortesía: - ¿Cuándo fuisteis instruido en los misterios del Tao y qué clase de magia celeste habéis recibido? - Al poco de nacer, abandoné mi familia para dedicarme a la práctica del Gran Arte - contestó Wu-Kung -. No es extraño, por tanto, que ahora posea un cuerpo sin principio ni fin. Últimamente he estado adiestrando militarmente a mis súbditos con el fin de proteger la montaña que habitamos, pero desgraciadamente no he podido encontrar un arma apropiada para mí. Ha llegado, sin embargo, hasta mis oídos que mi honorable vecino, que lleva viviendo en este palacio de jade verde y pórticos de nácar desde tiempo inmemorial, por fuerza ha de poseer alguna arma celeste de sobra. Precisamente me he tomado la libertad de molestaros, para ver si eso es cierto o no. El Rey Dragón no podía desoír una petición tan justa. Se volvió, pues, a uno de sus comandantes y le ordenó traer una cimitarra con la empuñadura llamativamente larga, que deferentemente regaló a tan ilustre visitante. - Si no os importa - dijo entonces Wu-Kung -, me gustaría otro tipo de arma, porque, a decir verdad, no soy muy diestro con las cimitarras. El Rey Dragón volvió a ordenar a un teniente - pescadilla y a un sirviente - anguila que trajeran un tridente de nueve puntas. Al verlo, Wu-Kung saltó de su asiento, lo cogió con las dos manos y ensayó unos cuantos golpes. Pero se lo devolvió casi inmediatamente, diciendo, decepcionado: - Lo encuentro demasiado ligero. No se ajusta como debiera a mi mano. ¿Os importaría traerme otra arma? - ¿Estáis seguro de lo que decís? - exclamó el Rey Dragón, soltando la carcajada -. Este tridente pesa más de tres mil seiscientos kilos. - Aun así, no se ajusta como debiera a la mano - repitió Wu-Kung - ¡No logro dominarlo a mi gusto! El Rey Dragón empezó a impacientarse y, una vez más, ordenó a un almirante - brema y a un brigadier - carpa que trajeran un hacha enorme, que pesaba alrededor de siete mil doscientos kilos. Cuando Wu-Kung la vio, corrió hacia ella y la tomó en sus manos. De nuevo ensayó unos cuantos golpes, pero su impresión no parecía ser mejor que la de la vez precedente. Decepcionado, dio un golpe en el suelo con el astil y exclamó: - Lo encuentro todavía ligero. ¡Demasiado ligero! - ¡Pero inmortal! - protestó el Rey Dragón, desconcertado -. En todo el palacio no hay un arma más pesada que esta hacha. - ¡Vamos, vamos! - replicó Wu-Kung, sonriendo -. Como reza el dicho antiguo, «al Rey Dragón nunca le faltan tesoros». Haced el favor de buscarme otra cosa distinta y, si lográis encontrar algo que realmente me guste, tened por seguro que os ofreceré un buen precio por ello. - Os digo que aquí no tengo más armas - insistió el Rey Dragón. Mientras estaban en ese tira y afloja, se presentaron la madre dragón y su hija, diciendo: - Claramente se ve que éste no es un sabio cualquiera. No necesitamos recordaros que en el tesoro de nuestro océano hay una pieza de hierro mágico que marca la profundidad del Río Celeste. Precisamente estos últimos días ha estado brillando de una forma muy rara. ¿No querrá decir eso que debe ser confiada a tan eminente sabio? - Ésa - explicó el Rey Dragón - es la medida de la que se valió el Gran Yü 4 para determinar la profundidad de los ríos y océanos, cuando dominó a la Inundación. Se trata, ciertamente, de una pieza de hierro mágico. Pero ¿queréis decirme para qué le va a servir a nuestro vecino? - Eso a nosotros ni nos va ni nos viene - replicó la madre dragón -. Dásela y que haga con ella lo que le plazca. Lo más importante ahora es hacerle salir del palacio cuanto antes. El Rey Dragón se mostró totalmente de acuerdo con ella y, volviéndose de nuevo hacia Wu-Kung, le habló del origen de tan preciado tesoro. - Si es verdad lo que dices, ¿a qué esperas para sacarla y dejármela ver? - preguntó Wu-Kung, impaciente. - ¡Ninguno de nosotros puede moverla! - exclamó el Rey Dragón, agitando las manos -. Es tan pesada que ni siquiera podemos moverla del sitio. Me temo que tendréis que ir vos personalmente a verla. - ¿Dónde está? - volvió a preguntar Wu-Kung, decidido -. Llevadme cuanto antes a su lado. El Rey Dragón le condujo sin dilación al corazón mismo del tesoro del océano, donde vieron el cegador resplandor de mil rayos de luz dorada. - Ahí la tenéis - dijo el Dragón, señalando el punto del que surgía tan extraordinaria brillantez -. Es eso que reluce como el mismísimo sol. Ilusionado, Wu-Kung se arremangó las ropas y fue directamente a tocarla. Pudo comprobar, así, que se trataba de una barra de hierro de más de veinte pies de largo y tan gruesa como una cuba. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, la levantó con las dos manos y dijo: - Es demasiado larga y un poco gruesa. Si fuera un poquitito más delgada y algo más corta, sería, francamente, ideal para mi propósito. No había acabado de decirlo, cuando la barra se redujo por sí misma unos cuantos pies y se tornó misteriosamente más fina. - Un poco más resultaría ideal - volvió a decir Wu-Kung, pasándosela de una mano a otra. La barra se doblegó, una vez más, a sus deseos. Visiblemente complacido, Wu-Kung la sacó del tesoro del océano y se puso a examinarla detenidamente. De esta forma, descubrió que estaba hecha de hierro puro y negro y que sus dos extremos eran de oro sin mácula. En uno de ellos precisamente había sido grabada la siguiente inscripción: "La complaciente barra de las puntas de oro. Peso: trece mil quinientos kilos". - Esto sin duda alguna quiere decir - pensó Wu-Kung, loco de alegría - que la barra es capaz de satisfacer todos mis deseos. Mientras caminaba, no dejaba de susurrarse a sí mismo, al tiempo que cambiaba el tesoro de mano: - Sería maravilloso, si sólo fuera un poco más corta y una pizca más delgada. Cuando, por fin, abandonó la sala del tesoro del océano, la barra no sobrepasaba los veinte pies de largo y su grosor no era superior al de un cuenco de arroz. Wu-Kung la asió con las dos manos y empezó a dar pases y fintas, como si estuviera luchando contra un enemigo mortal. Tan absurdo combate duró hasta que de nuevo se encontró en el interior del Palacio de Cristal de Agua. El Rey Dragón estaban tan asustado que empezó a temblar de miedo; las princesas dragones, por su parte, no sabían dónde meterse. Hasta las tortugas escondieron sus cabezas dentro del caparazón y los peces, gambas y cangrejos huyeron a refugiarse en lugares que creían seguros. Wu-Kung, sin dejar de la mano un solo segundo su preciado tesoro, se sentó en el Palacio de Cristal de Agua y dijo, sonriendo, al Rey Dragón: - Estoy en deuda con mi espléndido vecino por su extraordinaria amabilidad. - No habléis así - le suplicó el Rey Dragón -. Al fin y al cabo, ¿qué es lo que he hecho por vos? - Esta barra de hierro es, ciertamente, magnífica - replicó Wu-Kung -. Sin embargo, desearía pediros un nuevo favor. - ¿Qué clase de favor es ese que solicita un inmortal de vuestra categoría? - preguntó el Rey Dragón. - Si no llego a tener esta espléndida barra de hierro - contestó Wu-Kung -, no habría sacado a relucir el tema. Pero ahora que me he convertido en su afortunado dueño, he caído en la cuenta de que las ropas que llevo no cuadran con arma tan magnífica. ¿Qué puedo hacer? Si tuvierais por ahí algún tipo de atavío guerrero que darme, tened por seguro que os lo agradecería de todo corazón. - Me temo que en eso no podré complaceros - respondió el Rey Dragón. - Un único invitado es incapaz de molestar a dos anfitriones - afirmó Wu-Kung -. Aunque pretendáis no tener lo que os pido, sabed que estoy dispuesto a quedarme aquí hasta que lo haya conseguido. - ¿Por qué no os tomáis la molestia de ir a otro océano? - le suplicó el Rey Dragón -. A lo mejor allí encontráis lo que deseáis. - Visitar tres hogares es mucho más cansado que estar sentado en uno - sentenció Wu-Kung -. Os suplico, por tanto, que me facilitéis el ropaje que preciso. - Pero yo no dispongo de él - insistió el Rey Dragón -. Si lo tuviera, tened la seguridad de que ya os lo habría regalado. - Así que ésas tenemos, ¿eh? - exclamó Wu-Kung, amenazante -. ¿Quieres que pruebe mi hierro en ti? - No levantéis contra mí vuestra mano - suplicó, nervioso, el Rey Dragón -. No la levantéis. Permitidme ver si mis hermanos disponen de algún tipo de atavío militar que os guste. Si es así, os lo regalaremos con muchísimo gusto. - ¿Quiénes son tus respetables hermanos, si puede saberse? - preguntó Wu-Kung, despectivo. - Ao -Chin, Rey Dragón del Océano Austral, Ao -Shun, Rey Dragón del Océano Septentrional, y Ao -Jun, Rey Dragón del Océano Occidental. - No pienso ir a verlos - dijo Wu-Kung, decidido -. Como muy bien reza el dicho, "dos en mano son mucho mejor que tres en promesa". Lo único que quiero es que busques algo apropiado y me lo des. Eso es todo. - Os aseguro que no tenéis necesidad de ir a parte alguna - trató de tranquilizarle el Rey Dragón -. Aquí mismo, en mi palacio, tengo un tambor de hierro y una campana de oro. Cuando preciso de algo, los hago sonar y al instante se presentan mis hermanos. - Si es así - concluyó Wu-Kung -, cuanto antes toques el tambor y tañas la campana, mejor. Un general -tortuga salió inmediatamente a sonar la campana, mientras un mariscal hacía otro tanto con el tambor. Apenas habían dejado de vibrar los instrumentos, cuando hicieron su aparición en el patio exterior del palacio los Reyes Dragón de los Tres Océanos. - Querido hermano - preguntó Ao-Chin, alarmado -, ¿quieres explicarnos qué es lo que te ha hecho batir el tambor y tañer la campana? - Es demasiado largo de contar, hermano - respondió el viejo dragón -. Tengo conmigo a cierto sabio procedente de la Montaña de las Flores y Frutos. Se presentó de improviso ante mí, afirmando que era vecino mío, y me pidió que le facilitara un arma apropiada a sus dotes militares. Le ofrecí un tridente de acero y un hacha de guerra, pero aquél le pareció demasiado pequeño y ésta, excesivamente ligera. Finalmente él mismo se apropió de la barra de hierro celeste que marcaba la profundidad del Río Celeste y empezó a hacer fintas y pases, como si se encontrara en el corazón mismo de una refriega. Ahora se ha sentado en el palacio y dice que no lo abandonará hasta que no le haya provisto de un ropaje apropiado para la batalla. Lo malo es que yo no dispongo de ninguno. Ésta es la razón por la que he hecho sonar el tambor y la campana y os he invitado a venir. Si alguno de vosotros tiene lo que ese sabio anda buscando, os agradecería que se lo dierais cuanto antes. Así podría deshacerme de él de una vez por todas. Cuando Ao - Chin lo oyó, montó en cólera y dijo: - Convoquemos a nuestro ejército y hagámosle prisionero. - ¡Ni se te ocurra hacer semejante locura! - exclamó, alarmado, el viejo dragón -. No quiero oír hablar de eso. Un pequeño golpe con su barra de hierro es prácticamente mortal. Simplemente con tocarla, la piel se desgarra y los músculos quedan reducidos a puros guiñapos. ¡Esa arma es invencible! - Si es así - concluyó Ao -Jun, el Rey Dragón del Océano Occidental -, opino que lo más prudente será no mover ni un solo dedo en su contra. Démosle el atavío militar que busca y librémonos cuanto antes de él. Después presentaremos una queja formal ante el Cielo y él se encargará de darle el castigo que merece. - Tienes razón - convino Ao-Shun, el Rey Dragón del Océano Septentrional -. Aquí tengo un par de zapatos para andar por las nubes del color de la raíz del loto. - Yo he traído una coraza y una cota de malla de oro - confesó Ao-Jun, el Rey Dragón del Océano Occidental. - Y yo un yelmo, también de oro, coronado por un manojo de plumas de fénix - dijo, a su vez, Ao-Chin, el Rey Dragón del Océano Austral. Al viejo dragón se le iluminó el rostro de alegría y se metió a toda prisa en el Palacio de Cristal de Agua con tan singulares regalos. Wu-Kung se puso en seguida el yelmo con las plumas, la coraza de oro y los zapatos de andar por las nubes y, echando mano de la barra, se abrió paso entre los dragones, haciendo como si estuviera luchando y gritando con todas sus fuerzas: - ¡Lamento haberos molestado! Los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos estaban furiosos por tan desconsiderado comportamiento. Entraron en el palacio y redactaron una queja formal, de la que, por el momento, no hablaremos aquí. El Rey de los Monos, mientras tanto, volvió a abrirse camino por las aguas y fue a parar directamente a la cabecera del puente de hierro. Los cuatro monos ancianos estaban esperando pacientemente, al frente de todos los demás, a su esforzado señor. Cuando más distraídos estaban, vieron saltar de pronto a Wu-Kung de las aguas. Su cuerpo estaba tan seco como si jamás se hubiera zambullido en ellas. Los monos se sintieron tan desconcertados que, echándose rostro en tierra, empezaron a gritar: - ¡Qué cosas es capaz de hacer nuestro gran rey! ¡Qué maravillas! Radiante de satisfacción, Wu-Kung tomó asiento en su trono, colocando la barra de hierro justamente delante de él. Como no tenían otra cosa que hacer, los monos se acercaron, tímidos, y trataron de levantar el tesoro de su señor. Todo resultó inútil. Era como si una libélula se hubiera empeñado en sacudir las ramas de un árbol de hierro. Ni un solo milímetro lograron moverla. Desconcertados, empezaron a morderse los dedos y a chascar la lengua, diciendo: - ¡Qué pesado es esto! ¿Cómo te las has arreglado para traerlo hasta aquí? Wu-Kung se llegó hasta la barra, extendió las manos y la cogió sin ninguna dificultad. Después, soltando la carcajada, respondió: - A cada cosa le corresponde un dueño. Esta maravilla ha ocupado, durante nadie sabe cuántos miles de años, el centro mismo del tesoro del océano. Últimamente ha estado brillando con machacona insistencia, pero para el Rey Dragón no se trataba más que de un trozo de hierro negro, aunque para nadie era un secreto que había servido para marcar la profundidad del Río Celeste. Ni el Dragón ni sus súbditos podían moverlo del sitio y me pidieron que lo hiciera yo solo. Al principio esta pieza única medía más de quince pies y poseía un grosor mayor que el de una cuba, pero, una vez que hube manifestado mi deseo de que fuera un poco menor, así lo hizo ella. Y no en una sola ocasión o dos, sino en tres. Cuando, por fin, pude examinarla con cierto detenimiento, vi que en uno de sus extremos tenía grabada la siguiente inscripción: "La complaciente barra de las puntas de oro. Peso: trece mil quinientos kilos". Apartaos un momento, que voy a pedirle que cambie otro poco más. La cogió a continuación en sus manos y gritó: - ¡Hazte más pequeña, más pequeña! Al instante se redujo hasta adquirir el tamaño de una diminuta aguja de bordar, lo suficientemente pequeña para ser escondida en un oído sin ser vista. Al verlo, los monos exclamaron, atemorizados: - ¡Es extraordinario! ¿Por qué no te la sacas de la oreja y juegas un poco más con ella? El Rey de los Monos así lo hizo. La colocó cuidadosamente en la palma de una mano y, de nuevo, le ordenó: ¡Hazte mayor! ¡Más grande, más grande! Ella le obedeció en seguida y volvió a adquirir el grosor de una cuba y una largura que superaba con creces los veinte pies de largo. Wu-Kung estaba tan encantado con ese juego que abandonó el puente a toda prisa y salió al exterior de la caverna. Agarró fuertemente la barra con las manos y se puso a practicar la magia de la imitación cósmica. Se inclinó con respeto y volvió a gritar con fuerza: - ¡Crece cuanto puedas! En un abrir y cerrar de ojos, su cuerpo adquirió una altura de diez mil pies, su cabeza se hizo tan grande como el Monte Tai, su pecho se convirtió en rugosidad de escarpadas cumbres, sus ojos se transformaron en rayos, sus dientes en espadas y hachas, y su boca parecía un cuenco de sangre. La barra que sostenía en sus manos había alcanzado un tamaño tal que su extremo más alto tocaba el trigésimo tercer cielo y el más bajo se adentraba en el décimo octavo nivel del infierno. Los tigres, leopardos, lobos, toda clase de animales reptantes, los monstruos de la montaña y los reyes demonios de las setenta y dos cavernas estaban tan asustados, al ver semejante portento, que inmediatamente se tiraron rostro en tierra y presentaron sus respetos al Rey de los Monos, golpeando sin parar el suelo con la frente. Satisfecho de tanta sumisión, Wu-Kung volvió a adquirir la forma que le era habitual, reduciendo, al mismo tiempo, la barra de hierro al tamaño de una minúscula aguja de bordar, que se guardó inmediatamente en el oído. Sin más, regresó a la caverna que constituía su morada. Los reyes demonios de las otras cuevas estaban, sin embargo, tan asustados que continuaron durante un buen rato golpeando, sumisos, la tierra con la frente. Para festejar el regreso de su señor, los monos desplegaron sus estandartes, batieron los tambores e hicieron sonar con toda su potencia las sonajas y los gongs. Al mismo tiempo, le ofrecieron un espléndido banquete, del que no faltó manjar exquisito alguno. Las copas rebosaban de vinos de frutas y del sabroso zumo de los cocos. El banquete duró varios días, hasta que, cansados de tanto comer, decidieron reanudar sus prácticas militares. El Rey de los Monos nombró comandantes de sus tropas a los cuatro ancianos, correspondiendo a Ma y a Liu, las dos hembras, el cargo de mariscales, y a los dos machos, Peng y Pa, el de generales. A los cuatro les fueron encomendadas tareas de tanta importancia como la defensa del campamento y el mantenimiento de la disciplina entre la tropa. De esta forma, el Rey de los Monos pudo dedicarse sin ninguna preocupación a caminar por las nubes, cabalgar en el rocío, visitar los cuatro mares y retozar a sus anchas por diez mil montañas. No obstante, no echó en saco roto sus aficiones militares, entrevistándose continuamente con los héroes y guerreros más afamados, con los que estableció lazos de profunda amistad, sirviéndose a veces del remedio infalible de su magia. Selló, al mismo tiempo, alianzas con otros seis monarcas tan poderosos como el Rey - Monstruo Toro, el Rey - Monstruo Dragón, el Rey - Monstruo Garuda, el Rey León de la Melena Larga, la Reina de los Monos y el Rey de los Simios Gigantes. Juntos formaron la Hermandad de los Siete. A diario se reunían a discutir de asuntos tanto militares como civiles, brindaban sin parar a la salud de todos ellos, cantaban delicadísimas canciones y bailaban al son de antiquísimos instrumentos. Se reunían al amanecer y se despedían en cuanto se hacía de noche. No había placer del que no se privaran, viajando a veces diez mil kilómetros para experimentar uno nuevo. Para ellos la distancia, simplemente, no existía. Como muy bien afirma el dicho, "un mero movimiento de cabeza supera los tres kilómetros, mientras que un giro del cuerpo equivale a ochocientos". Un día los cuatro comandantes recibieron la orden de preparar en su caverna un espléndido banquete, al que fueron cumplidamente invitados los otros seis reyes. Sin pérdida de tiempo fueron sacrificados gran cantidad de caballos y vacas, que después se ofrecieron al Cielo y a la Tierra. Los comensales bebieron hasta caerse borrachos por el suelo, mientras grupos de diablillos no cesaban de cantar ni de bailar. El convite resultó tan perfecto que, después de despedir a sus ilustres huéspedes, recompensó a los comandantes con espléndidos regalos. Se tumbó después bajo un grupo de pinos que crecían, altivos, junto al puente de hierro y no tardó en quedarse dormido. Al verlo, los cuatro ancianos llamaron en seguida a todos los monos y les ordenaron que formaran un apretado círculo alrededor de su señor. Nadie se atrevía a levantar la voz por temor a despertarle. El Hermoso Rey de los Monos vio acercarse en sueños a dos hombres con una citación en la mano en la que podían leerse estos tres caracteres: Sun Wu-Kung. Se llegaron hasta él y, sin mediar una sola palabra, le ataron con una cuerda y se lo llevaron a rastras. El espíritu del Hermoso Rey de los Monos forcejeó cuanto pudo, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. No tardaron en llegar a los lindes de una ciudad. Sin saber por qué, el Rey de los Monos levantó la cabeza y vio un letrero de metal en el que habían sido grabados los siguientes caracteres: "Ésta es la Región de la Oscuridad". El Hermoso Rey de los Monos recobró del todo la consciencia y dijo: - La Región de la Oscuridad es la morada de Yama, el Rey de la Muerte. ¿Se puede saber por qué me habéis traído aquí? - Muy sencillo - respondieron los dos hombres -. Ha finalizado tu etapa en el Mundo de la Vida y hemos recibido la orden de arrestarte. - Yo soy el Mono y estoy por encima de las Tres Regiones y de las Cinco Fases. Por lo tanto, Yama no tiene jurisdicción alguna sobre mí. ¿Cómo es posible que os haya ordenado arrestarme? ¡Carece de poder para ello! Pero los hombres no le hicieron el menor caso. Continuaron empujándole y tirando de él, decididos a hacerle entrar por la fuerza en la ciudad. El Rey de los Monos se puso furioso, al ver la desconsideración con que le trataban. Sacó la barra de hierro, la hizo crecer hasta que hubo alcanzado el grosor de un cuenco de arroz, la elevó por encima de su cabeza y la dejó caer sobre los dos desgraciados, que al punto quedaron reducidos a pura ceniza. Después se libró de la cuerda y, con las manos totalmente libres, entró a saco en la ciudad, blandiendo la barra. Al verlo, demonios con cabeza de toro se escondieron aterrorizados, mientras otros con cara de caballo encontraban refugio donde buenamente podían. Un destacamento de soldados fantasma lograron llegar al Palacio de la Oscuridad y gritaron, jadeantes por su empavorecida carrera: - ¡Se ha producido una gran calamidad! ¡Un incalificable desastre! Un dios del trueno, con la cara cubierta totalmente de pelo, ha entrado en la ciudad como un torbellino y se dirige hacia aquí. La noticia alarmó de tal manera a los Diez Reyes del Mundo Inferior que se estiraron un poco las ropas y salieron a ver qué era lo que pasaba. Al ver la aguerrida y fiera figura de Wu-Kung, se pusieron en fila, siguiendo escrupulosamente el rango que ocupaban en el reino de la muerte, y, después de saludarle con inesperado respeto, le preguntaron: - ¿Os importaría decirnos cuál es vuestro nombre? - Soy Sun Wu-Kung, sabio de origen celeste procedente de la Caverna de la Cortina de Agua, ubicada en la Montaña de las Flores y Frutos - contestó el Rey de los Monos -. ¿Se puede saber qué clase de funcionarios sois vosotros? - Somos los Emperadores de la Oscuridad - respondieron, a su vez, los Diez Reyes, haciendo una reverencia -, los Señores del Mundo Inferior. - Decidme cada uno vuestro nombre, si no queréis que os dé una paliza - amenazó Wu-Kung. - Somos - replicaron los Diez Reyes a la vez - el Rey Chin-Kuang, el Rey del Río de los Orígenes del que todo surgió, el Rey del Imperio de los Sung, el Rey de los Espíritus Vengadores, el Rey Yama, el Rey de los Rasgos Idénticos, el Rey del Monte Tai, el Rey de los Mercados de la Ciudad, el Rey del Cambio Total y el Rey de la Rueda-que-no-cesa-de-girar. - Puesto que todos sois miembros de la realeza - les increpó Wu-Kung -, deberíais ser un poco más inteligentes y saber a quién recompensáis y a quién castigáis. ¿Cómo es posible que seáis incapaces de distinguir el bien del mal? Yo he penetrado en los secretos del Tao y he recibido en recompensa la inmortalidad. Poseo, por tanto, la misma edad que los Cielos, encontrándome al otro lado de las Tres Regiones y de las Cinco Fases. ¿Por qué habéis ordenado, pues, mi arresto? - Tratad de controlaros, por favor - le sugirieron los Diez Reyes -. Como comprenderéis, la cosa no es tan sencilla. En este mundo hay muchísima gente con el mismo nombre y el mismo apellido. ¿No se os ha ocurrido pensar que, quizás, nuestros emisarios os hayan confundido con otro? - ¡Tonterías! - exclamó Wu-Kung, más malhumorado todavía -. El dicho afirma que "yerran el magistrado y el funcionario, pero no el hombre del que éstos dependen". Enseñadme los libros en el que anotáis los nacimientos y las defunciones. Venga, rápido. No me hagáis perder el tiempo. Los Diez Reyes le invitaron en seguida a entrar en el palacio a comprobarlo por sí mismo. Con paso decidido y sin soltar un solo segundo la barra, Wu-Kung se adentró en la Mansión de la Oscuridad y tomó asiento, mirando hacia el sur, en el principal de sus salones. Los Diez Reyes hicieron llamar al juez encargado del libro de registros y le ordenaron que lo trajera para examinarlo. Sin pérdida de tiempo, el oficial salió por una puerta lateral y regresó a los pocos segundos con cinco o seis volúmenes de documentos y legajos, en los que constaban todos los datos sobre las diez especies de seres vivos. Con inesperada destreza Wu-Kung los fue recorriendo uno por uno - animales de pelo corto, de pelo largo, con alas, reptantes, con escamas -, pero no pudo encontrar entre ellos su nombre. Con idéntico resultado revisó los datos sobre los monos, cosa que no le sorprendió en absoluto, ya que, aunque su apariencia era humana, no era propiamente un hombre; aunque poseía pelo corto, su morada trascendía a la de los animales de ese reino; aunque se parecía a las bestias, no era súbdito del unicornio; y aunque, de alguna forma, su apariencia recordaba a la de los seres que vuelan, su destino no estaba fijado por los caprichos del fénix. Tuvo, pues, que examinar con cuidado una serie de legajos aparte, entre los que encontró finalmente, bajo el epígrafe "espíritu mil trescientos cincuenta", el nombre de Sun Wu-Kung. En su expediente se leía: "Mono de piedra engendrado por el Cielo. Edad: trescientos cuarenta y dos años. Final feliz". - Yo no sé exactamente la edad que tengo - afirmó Wu-Kung -, ni me interesa. Lo único que quiero es borrar cuanto antes mi nombre de aquí. Así que haced el favor de traerme un pincel. El juez obedeció con presteza. En menos que pestañea un tigre le alcanzó un pincel, que él llenó en seguida de tinta. Tomó después los legajos de los monos y tachó los nombres de todos los que pudo, antes de tirar los papeles al suelo y decir con manifiesto desprecio: - Espero no tener que volver a hacerlo. En modo alguno estoy sujeto a vuestro capricho. ¡Recordadlo! - y, agarrando su barra de hierro, abandonó la Región de la Oscuridad. Los Diez Reyes no se atrevieron a impedírselo ni osaron dirigirle otra vez la palabra. Consideraron más oportuno acudir directamente al Palacio de la Nube de Jade y consultar al Rey Ksitigarbha sobre lo ocurrido. En su ánimo estaba informar al Cielo de tan desagradable incidente, asunto del que, por el momento, no trataremos. El Rey de los Monos estaba a punto de abandonar la ciudad, cuando tropezó de pronto con unas zarzas y cayó lastimosamente al suelo. Eso hizo que se despertara al instante, dándose entonces cuenta de que todo había sido un sueño. Mientras se desperezaba a sus anchas, oyó que los cuatro comandantes y otros monos más gritaban, aliviados: - ¿Puede saberse cuánto vino bebisteis ayer? Habéis dormido toda la noche de un tirón. ¿Cómo es posible que no os hayáis despertado ni una sola vez? - ¿Qué tiene de especial dormir como un tronco? - replicó Wu-Kung -. Nada, ciertamente. Lo más desazonador, no obstante, ha sido que he soñado que dos hombres me arrestaban y que no me percaté de sus intenciones hasta que no estuvimos en la Región de la Oscuridad. Hice entonces una demostración de fuerza, llegándome hasta el mismísimo Palacio de la Muerte y encarándome directamente con sus Diez Reyes. Les exigí que me dejaran examinar los legajos de los nacimientos y defunciones y taché todos nuestros nombres. Así que esos tipos no tienen ya ningún poder sobre nosotros. Todos los monos se postraron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente en señal de gratitud. A partir de entonces muchos monos de la montaña dejaron de envejecer, manteniéndose siempre saludables y jóvenes, dado que sus nombres no estaban ya registrados en el Mundo Inferior. Cuando el Hermoso Rey de los Monos dio por concluido su relato de lo ocurrido, los cuatro comandantes se lo contaron, a su vez, a los reyes demonios de las otras cuevas, quienes vinieron al instante a expresarle su profundo agradecimiento. Lo mismo hicieron los restantes miembros de la Hermandad de los Siete a los pocos días. Todos estaban encantados de que sus nombres no figuraran ya en los registros de los Diez Reyes. En prueba de reconocimiento, ofrecieron un espléndido banquete a su esforzado hermano, de cuyo fausto no hablaremos aquí. Sí lo haremos, por el contrario, del Venerable Sabio Celeste, el Emperador de Jade del Dignísimo Deva, quien a los pocos días convocó audiencia pública en la Sala del Tesoro de la Niebla Divina, situada en pleno centro del Palacio de Nubes de los Arcos de Oro. Apenas habían tomado asiento los oficiales celestes, cuando se presentó de improviso el inmortal taoísta Chiu Hung-Chr y anunció con segura voz: - Majestad, Ao-Kuang, Rey Dragón del Océano Oriental, acaba de llegar al Palacio Transparente y solicita ser recibido inmediatamente por vos, para entregaros un informe urgente. El Emperador de Jade ordenó que fuera conducido a su presencia y a los pocos segundos Ao-Kuang, solemne, hizo su entrada en el Salón de la Niebla Divina. Tras presentar sus respetos, un paje tomó el informe y lo puso directamente en manos del Emperador de Jade, quien lo leyó de un tirón de principio a fin. Procedente de la región del Océano Oriental, que se halla en Purvavideha, el Continente del Este, acude respetuosamente ante vos vuestro humilde siervo el dragón Ao-Kuang, con el fin de informar al Eminente Señor del Cielo de lo siguiente: Sun Wu-Kung, inmortal sin escrúpulos, originario de la Montaña de las Flores y Frutos y residente actualmente en la Caverna de la Cortina de Agua, ha ofendido seriamente a vuestro humilde servidor, entrando por la fuerza en su mansión de agua. Haciendo uso de la intimidación, exigió la entrega de un arma mágica. No contento con eso, demandó posteriormente, valiéndose de escalofriantes amenazas, un atavío militar apropiado. Sin ninguna consideración aterrorizó a toda mi familia e hizo huir a mis tortugas. No os digo más que el Dragón del Océano Austral se puso a temblar como una hoja sacudida por el viento, el del Océano Occidental cayó presa del más indescriptible horror, el del Océano Septentrional se vio obligado a inclinar la cabeza en señal de sumisión, y vuestro humilde servidor, Ao-Kuang, no tuvo más remedio que doblar el cuerpo en prueba de total sometimiento. Aparte de eso, hubimos de regalarle una barra mágica de hierro, un yelmo de oro coronado por plumas de fénix, una cota de malla del mismo metal y unos zapatos para andar por las nubes. Tratamos después de despedirle de la forma más cortés que conocemos, pero él, empeñado en demostrar sus conocimientos marciales y su dominio de la magia, tuvo la desfachatez de decirnos: "Perdonad, si os he molestado". He de reconocer que ninguno éramos un contrincante adecuado para él y que, ni aun juntando nuestras fuerzas, hubiéramos sido capaces de dominarle. Vuestro siervo solicita, por tanto, de vuestro incuestionable sentido de la justicia, cumplida venganza para nuestro agravio, suplicándoos humildemente que enviéis cuanto antes un destacamento de soldados celestes a prender a ese monstruo. De esta forma, volverá a florecer la tranquilidad en todos los océanos y la prosperidad se extenderá por todas las Regiones Inferiores. Éste, y no otro, ha sido precisamente el fin que nos ha movido a entregaros el presente informe. Cuando el Emperador Celeste hubo concluido su lectura, se volvió hacia su súbdito y le ordenó: - Podéis regresar a vuestro océano con la seguridad de que mis generales se encargarán de arrestar cumplidamente al culpable. El Rey Dragón se despidió de su soberano, tocando el suelo con la frente en señal de gratitud, y abandonó el palacio. No había transpuesto la última de sus puertas, cuando el Inmortal Go, el Maestro Divino, se adelantó y anunció, solemne: - Acaba de llegar a presentar un informe a su majestad el Rey Chin-Kuang, Oficial de la Oscuridad y protegido del muy venerable Rey Ksitigarbha, Alto Comisario del Mundo Inferior. Una muchacha de jade se llegó hasta él, tomó el informe y se lo entregó al Señor del Cielo, quien lo leyó de cabo a rabo de un tirón. - La Región de la Oscuridad - comenzaba afirmando el escrito - es la porción más inferior de la Tierra. De la misma forma que los Cielos están reservados para los dioses, la Tierra pertenece de lleno al dominio de los espíritus. De esta forma, la vida y la muerte se van sucediendo de una manera totalmente cíclica. Las bestias y los animales están continuamente naciendo y muriendo. El macho y la hembra son los encargados de tan extraordinario proceso, principios creativos en los que todo nacimiento y transformación tienen su origen. Tal es el orden de la naturaleza, que en modo alguno puede ser alterado. Pero de pronto ha irrumpido en nuestros dominios Sun Wu-Kung, un funesto mono de origen celeste, residente actualmente en la Caverna de la Cortina de Agua, en la Montaña de las Flores y Frutos, y cultivador asiduo de todo tipo de maldad y violencia, y se ha negado a aceptar nuestras irrevocables decisiones. Valiéndose de la magia, se libró de los espíritus mensajeros de la Oscuridad de los Nueve Pliegues, llegando a aterrorizar incluso, por pura fuerza, a los Diez Piadosos Reyes que la gobiernan. Pero fue aún mayor la confusión que trajo al Palacio de la Oscuridad, ya que, haciendo uso de tan censurables métodos, se apropió del Libro de los Nombres y borró de él todos los monos que pudo. Como consecuencia se ha perdido el necesario control sobre esa especie, que ahora goza de una desproporcionada vida larga, y la rueda de la transmigración se ha visto detenida con inesperada brusquedad, ya que han sido eliminados del mundo de los simios el nacimiento y la muerte. Sabemos que, al presentaros este informe, corremos el riesgo de atraer vuestro enfado sobre nuestras cabezas, pero hemos considerado que hacerlo era nuestro deber. Por tanto, humildemente nos atrevemos a sugeriros que enviéis cuanto antes vuestro ejército contra ese usurpador. De esa forma, la vida y la muerte quedarán, una vez más, bajo nuestro control y el Mundo Inferior volverá a recobrar la seguridad que desde siempre poseyó. Os presentamos este informe con el mayor de los respetos. En cuanto el Emperador de Jade lo hubo leído, se volvió a su súbdito y le ordenó: Podéis regresar al Mundo Inferior. Os aseguro que mis generales detendrán a ese culpable y le darán su merecido. El Rey Chin-Kuang volvió a tocar el suelo con la frente, en señal de gratitud, y abandonó el palacio de su señor. En cuanto se hubo marchado, el Gran Deva convocó a su consejo de inmortales y les preguntó: - ¿Sabe alguno de vosotros cuándo nació ese mono alborotador y en qué reencarnación comenzó su largo camino hacia la perfección? ¿Cómo es posible que haya llegado en tan poco tiempo a alcanzar un dominio semejante del Gran Arte? Apenas había acabado de hablar, cuando dieron un paso al frente el Ojo de los Mil Kilómetros y el Oído del Viento Férreo y dijeron a coro: - Ese es el mono de piedra que nació bajo la acción directa del Cielo hace aproximadamente trescientos años. A pesar de su origen, no parecía tener poderes especiales, por lo que desconocemos dónde ha podido adquirir el conocimiento del que ahora hace gala y que ha terminado convirtiéndole en un inmortal. Para él no encierra secreto alguno amaestrar tigres y dominar dragones, a la luz de lo cual no resulta tan sorprendente que altere por la fuerza los Registros de la Muerte. - ¿Quién de mis generales está dispuesto a bajar a detenerle? - volvió a preguntar el Emperador de Jade. No había acabado de hacerlo, cuando dio un paso al frente el Espíritu Sempiterno del Planeta Venus y, postrándose rostro en tierra, dijo: - Altísimo Soberano, todos los seres de las Tres Regiones que disponen en sus cuerpos de nueve aperturas son capaces de alcanzar la inmortalidad a través del simple ejercicio. No es raro, por tanto, que ese mono lo haya logrado, máxime cuando el mismo Cielo y la Tierra colaboraron en la formación de su cuerpo, el sol y la luna fueron los encargados de modelar sus rasgos y él mismo posee una cabeza que señala directamente a los Cielos, unos pies que se apoyan en la Tierra Para andar y se alimenta de neblinas y rocío. ¿En qué se diferencia de un ser humano, ahora que incluso puede dominar dragones y amaestrar tigres? Permitid a vuestro siervo recordaros que siempre os habéis mostrado generoso con todos los seres. ¿Por qué no hacéis público, pues, un decreto de reconciliación, le ordenáis después venir a estas Regiones Celestes y le concedéis algún cargo de tipo oficial? De esta forma, su nombre quedará consignado en el registro y podremos controlarle mejor. Si se muestra respetuoso con vuestras decisiones, será recompensado convenientemente y adquirirá una posición más alta. Si, por el contrario, se rinde a la desobediencia, le arrestaremos sin pérdida alguna de tiempo. De esta forma, nos ahorraremos, en primer lugar, una expedición militar y, en segundo, daremos entre nosotros la bienvenida a un inmortal con el decoro que merece. - Vuestros puntos de vista son acertados y prudentes - comentó, complacido, el Emperador de Jade -. Tened por seguro que los seguiremos al pie de la letra. Se volvió a continuación al Espíritu Sideral de las Canciones y le ordenó que redactara inmediatamente el decreto, nombrando acto seguido mensajero del mismo a la Estrella de Oro del Planeta Venus. En cuando el documento estuvo concluido, éste lo tomó en sus manos y abandonó el Palacio Celeste por su Puerta Sur. Sin pérdida de tiempo se montó en su nube santa y descendió, como una exhalación, hasta la Caverna de la Cortina de Agua en la Montaña de las Flores y Frutos. Allí se encontró con varios monos, a los que informó: - Soy un mensajero celeste, enviado directamente desde lo alto, y traigo conmigo una orden imperial en la que se invita a vuestro rey a acudir sin pérdida de tiempo a las Regiones Superiores. Así que, cuanto antes se lo comuniquéis, mejor para todos. Los monos se fueron pasando unos a otros la orden, hasta que llegó al corazón mismo de la caverna y uno de ellos pudo, por fin, informar a su señor: - Ahí fuera hay un hombre con un escrito en sus manos, que dice ser un enviado del Cielo y afirma traer una invitación de parte del Emperador para vos. Al oírlo, el Hermoso Rey de los Monos se sintió profundamente halagado y dijo: - Precisamente estos dos últimos días he estado cavilando sobre la posibilidad de hacer un pequeño viaje a los Cielos y resulta que ahora viene un enviado de lo alto a invitarme. No puede decirse que mi suerte sea mala. A toda prisa se arregló un poco las ropas y salió a dar la bienvenida a tan ilustre huésped. La Estrella de Oro se llegó hasta el centro mismo de la caverna y se mantuvo todo el tiempo de pie, sin dejar de mirar hacia el sur. - Yo - anunció, solemne - soy la Estrella de Oro del Planeta Venus y he descendido a la Tierra para entregaros en mano este decreto de reconciliación de parte del Emperador de Jade e invitaros a ascender al Cielo, donde recibiréis uno de los nombramientos más altos reservados a los inmortales. - Agradezco sobremanera la inesperada visita de la Estrella de Oro - replicó Wu-Kung, sonriendo. Se volvió después a sus súbditos y les ordenó -: Preparad un banquete para nuestro ilustre visitante. La Estrella de Oro, sin embargo, rechazó tan halagadora invitación, diciendo: - Como portador de un documento imperial, no me está permitido permanecer aquí mucho tiempo. Me temo que debo pediros que vengáis conmigo inmediatamente. Ya tendremos más adelante ocasión de charlar y divertirnos juntos, cuando hayáis sido ascendido a la alta posición que el Emperador os tiene reservada. - Vuestra presencia entre nosotros es un incalificable honor - dijo, ceremonioso, Wu-Kung -. Me da no sé qué dejaros marchar con las manos vacías. Poco más podía hacer. Convocó a sus cuatro comandantes y les exhortó: - No os olvidéis de adiestrar a los más jóvenes y, ante todo, estad tranquilos. Voy a subir al Cielo a ver si encuentro allí un lugar en el que podamos vivir todos juntos. Los cuatro comandantes se inclinaron ante él en señal de acatamiento y el Rey de los Monos, montándose en la misma nube que la Estrella de Oro, se elevó a toda prisa. Guiado por su acompañante, ascendió hasta el punto más alto del Cielo, el reservado a los inmortales de mayor rango, donde se encontró con la sorpresa de que su nombre había sido escrito en los incontables rollos de papel que cubrían las columnas de nubes. Desconocemos qué cargo le fue confiado por la benevolencia del Emperador Celeste. Quien desee saberlo deberá escuchar atentamente las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第004回 ¿CÓMO PODÍA SENTIRSE SATISFECHO DE SU NOMBRAMIENTO COMO PI-MA? SU DESCONTENTO, A PESAR DE SER CONOCIDO COMO EL SOSIA DEL CIELO La Estrella de Oro del Planeta Venus abandonó la caverna acompañada por el Hermoso Rey de los Monos y juntos se remontaron por encima de las nubes. A Wu-Kung, sin embargo, le pareció que viajaban demasiado despacio y dio su famosa voltereta. Pronto adquirió una tremenda velocidad que le permitió dejar muy atrás a la Estrella de Oro y llegar primero a la Puerta Sur de los Cielos. Cuando, después de bajar de su nube, se disponía a entrar en el palacio, aparecieron el Devaraja Virudhaka, Pang, Liu, Kou, Pi, Tang, Hsin, Chang, Tao y otros héroes celestes con espadas, cimitarras, hachas y espadas en las manos. Con ademán fiero se llegaron hasta él, cortándole la entrada e impidiéndole seguir adelante. - ¿Qué clase de estafador es ese tal Estrella de Oro? - exclamó, malhumorado, el Rey de los Monos -. Si, como dice, he sido invitado a venir aquí, no comprendo cómo todos éstos vuelven contra mí sus espadas y lanzas, negándose a dejarme entrar. No había acabado de airear tan justa protesta, cuando la Estrella de Oro llegó jadeando. Wu-Kung se volvió, furioso, contra él y le recriminó, diciendo: - ¿Por qué me has engañado? Si estoy aquí, es porque tú mismo me informaste de que el Emperador de Jade te había entregado un decreto de reconciliación para mí. Si eso es cierto, ¿cómo es posible que me cierren éstos la entrada y se empeñen en no dejarme pasar? - Ante todo tratad de calmaros - le aconsejó la Estrella de Oro, sonriendo -. Puesto que antes no habéis estado en el Palacio Celeste ni poseéis un nombre apropiado, es natural que no os conozcan los guardianes. ¿Cómo van a dejaros pasar, si sois un perfecto desconocido para ellos? En cuanto os hayáis entrevistado con el Honorable Veda y éste os haya confiado una responsabilidad oficial, vuestro nombre aparecerá en las listas de los inmortales y podréis entrar y salir cuando buenamente os plazca. ¿Quién va a atreverse entonces a cortaros la entrada? - Todo eso me parece muy bien - admitió Wu-Kung, más calmado -. Pero, visto cómo me han tratado, no pienso entrar solo. - En ese caso, lo haré yo con vos - concluyó la Estrella de Oro, agarrándole de la mano. De esta forma, se dirigieron hacia la puerta. Cuando estaban a pocos pasos de ella, la Estrella de Oro levantó la voz y dijo con todas sus fuerzas -: ¡Abrid las puertas, guardianes del Palacio Celeste, y dejad entrar a este respetable inmortal! Procede de la Región Inferior y ha sido llamado por el Emperador de Jade en persona para hacerle entrega de un decreto de reconciliación. El Devaraja Virudhaka y los otros héroes celestes depusieron al punto las armas y se hicieron a un lado para dejar pasar a visitantes tan ilustres. De esta forma, el Rey de los Monos terminó creyendo lo que se le había dicho. Guiado por la Estrella de Oro, entró, por fin, en el palacio, quedándose admirado ante tanta belleza. Era la primera vez que visitaba la Región de lo Alto y le impresionó vivamente la magnificencia del Salón Celeste, donde diez mil dardos de luz dorada giraban, como un torbellino, formando un impresionante arco iris de coral. La atmósfera poseía una delicada tonalidad azul, producida por miles de capas de aire sagrado. ¡Qué espléndida era, en verdad, la Puerta Sur! Estaba cubierta de brillantes teselas de color verde oscuro y coronada por impresionantes almenas de jade. A sus dos lados se veían apostadas veintenas de centinelas, algunos tan altos que sus cuerpos sobresalían por encima de los bastiones y, todos, armados con arcos y otras armas arrojadizas. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse seres celestes protegidos por armaduras de oro y sosteniendo en sus aguerridas manos hachas, látigos, cimitarras y espadas. Pero si impresionante era el exterior de la corte, su interior lo superaba con creces. Sus salones parecían jardines en los que sólo crecían enormes pilares, en los que habían sido esculpidos dragones de un color rojo brillante con escamas de oro puro que relucían al sol. En sus amplios espacios abiertos se habían levantado puentes llamativamente largos, sobre los que revoloteaban fénix de cabeza rojiza y plumaje de vivos y múltiples colores. A ratos una neblina brillante reflejaba la trémula luz del cielo, para tornarse verde a continuación y hacerse tan densa que llegaba a oscurecer el tímido parpadeo de las estrellas. En tan maravilloso lugar se elevaban las treinta y tres mansiones celestes, que poseen nombres tan significativos como Nube Desperdigada, Vaisravana, Pancavidya, Suyama, Nirmanarati... y en cuyo caballete del tejado se apreciaba la presencia de una bestia de oro. También podían verse allí las setenta y dos salas del tesoro, designadas con nombres tales como Reunión Matutina, Vacío Sobrenatural, Preciosa Luz, Rey Celeste, Divino Maestro... y cuyas columnas poseían frisos de unicornios de jade. Allí, igualmente, crecían flores que llevaban abiertas sin marchitarse más de mil milenios, y hierbas exóticas, usadas en la preparación de diferentes elixires, que no habían perdido su verdor durante los últimos diez mil años. Wu-Kung pasó junto a la Torre Dedicada al Gran Sabio, donde pudo ver las túnicas de seda de color púrpura, brillantes como estrellas relucientes, las gorras con forma de reptil, cargadas de oro y de piedras preciosas, las horquillas de jade, los zapatos de nácar, los fajines bermellones y los ornamentos dorados. Cuando se escuchaba el tañir de las campanas de oro, cruzaban el patio color escarlata brillante los uniformes de los Tres Jueces del Reino Inferior, mientras que, cuando se oía el redoble de los tambores celestes, lo hacían diez mil sabios de la corte, prestos a servir al Emperador de Jade. Wu-Kung pasó también junto al Salón del Tesoro de la Niebla Divina, donde las puertas y marcos eran de jade, y las puntas y clavos que los unían, de oro puro. Sus pasillos y corredores se contaban por millares y por doquier se veían esculturas y relieves de una perfecta y elegante hechura. Poseía tres y cuatro aleros, tan espaciosos que en cada uno de ellos cuidaban de sus crías los dragones y los fénix. En su punto más amplio se abría una espléndida cúpula redonda, gigantesca calabaza de oro color púrpura, bajo la que las diosas protectoras tendían sus abanicos y las doncellas de jade colgaban sus velos de inmortales. La apariencia de los mariscales celestes que supervisaban la marcha de la corte era feroz, y digna la de los diez mil oficiales entre cuyas responsabilidades sobresalía la de proteger el trono. Ninguno prestaba, sin embargo, atención especial a una fuente de cristal llena hasta rebosar de píldoras del elixir de la Gran Mónada, junto a la que había varios jarrones de cornalina con ramas retorcidas de coral sobresaliendo por la grácil apertura de sus bocas. En aquel salón celeste podía contemplarse todo género de objetos extraños, absolutamente diferentes de los que pueden encontrarse en la tierra, tales como arcadas de oro, carrozas de plata, capullos de coral, plantas de jaspe con brotes tiernos de jade... Para mayor asombro, un conejo de lapislázuli se acercó al trono para presentar sus respetos al Rey de los Cielos, mientras un cuervo de oro vino volando a rendir pleitesía al Gran Sabio. ¡Qué inmensa suerte la del Rey de los Monos, al ser admitido en los misterios del reino celeste, él, que en nada era tenido en el mundo de los hombres! La Estrella de Oro del Planeta Venus condujo al Hermoso Rey de los Monos a la Sala del Tesoro de la Niebla Divina, de donde fueron llevados, sin dilación alguna, a la presencia del Señor del Cielo. Al verle, la Estrella se echó inmediatamente rostro en tierra. Wu-Kung, por su parte, permaneció de pie, rascándose irrespetuosamente la oreja, mientras su compañero de viaje informaba a su señor del resultado de sus gestiones. - Vuestro humilde siervo - dijo la Estrella de Oro - ha traído consigo, según vuestro deseo, al inmortal caprichoso. - ¿Quién es ese inmortal caprichoso del que hablas? - preguntó el Emperador de Jade, condescendiente. Sólo entonces se avino Wu-Kung a hacer una pequeña inclinación y respondió con altanería: - ¿Quién otro podía ser más que yo? Los funcionarios celestes enmudecieron, escandalizados, y comentaron entre sí, malhumorados: - ¡Qué mono más maleducado! No sólo no se ha postrado ante el trono, sino que, encima, tiene la desfachatez de responder sin que nadie le haya preguntado. ¡Habrase visto tanta insolencia! ¡Es digno de pena de muerte! - Sun Wu-Kung es un inmortal caprichoso, procedente de las Regiones Inferiores, que ha adquirido hace muy poco la apariencia humana - dijo el Emperador de Jade, saliendo al paso de sus comentarios -. Es lógico, por tanto, que desconozca la etiqueta de la corte, por lo que opino que esta vez debemos pasar por alto su insolente ignorancia. - Nos parece acertada la decisión de su majestad - replicaron los funcionarios celestes. Dándose cuenta de lo difícil de su situación, Wu-Kung dobló las manos sobre el pecho e hizo una profunda inclinación, al tiempo que musitaba una ininteligible expresión de gratitud. El Emperador de Jade se volvió entonces a sus subordinados y les ordenó que miraran si había algún puesto vacante que pudiera ocupar Sun Wu-Kung. Al punto se adelantó el Espíritu Estrella de Wu-Chü, que informó con tembloroso respeto: - En todas las dependencias del Palacio Celeste no hay una sola posición vacante, gran señor. Sólo en los establos parece haber necesidad de un supervisor. - En ese caso - concluyó el Emperador de Jade -, que se haga cargo de las caballerizas imperiales y que cuide lo mejor que pueda de los caballos. Todos los cortesanos alabaron la sabia decisión del emperador, menos, por supuesto, el propio Mono, al que, sin embargo, no le quedó más remedio que hacer una profunda reverencia y expresar en voz alta la incondicionalidad de su gratitud. El Emperador de Jade se volvió entonces al Espíritu del Planeta Júpiter y le ordenó que acompañara a su nuevo oficial a los establos. El Rey de los Monos siguió al Espíritu hasta las caballerizas, dispuesto a cumplir con sus nuevas responsabilidades lo mejor que pudiera. En cuanto la Estrella de Júpiter le hubo dejado solo, convocó a todos sus subordinados - caballerizos, mozos y palafreneros - y les pidió que le pusieran al tanto de la situación de los establos. Pudo comprobar, así, que el número de caballos celestes superaba con mucho el millar, contándose entre ellos animales de la valía de Hua-Lian, Chr - Ching, Lu-Ar, Hsien-Li, Tzu-Hsiang, Chüe-Te, Yao-Niao, Esposas de Dragón, Golondrinas Rojas, Alas Dobladas, Cascos de Plata, Amarillos Voladores, Castañas, Más-rápidos-que-las-flechas, Liebres Rojas, Más-veloces-que-la-luz, Luces Saltarinas, Sombras de Bóveda, Dispersadores de Niebla, Perseguidores de Viento, Destructores de Distancia, Alas Voladoras, Provocadores de Vientos, Brisas Huracanadas, Relámpagos Deslumbrantes, Gorriones de Cobre, Nubes Flotantes, Libélulas Multicolores, Tigres Pinteados, Quitadores de Polvo, Escamas Púrpura y ejemplares procedentes de todos los rincones de la región de Ferghana. Eran animales que, como los ocho corceles y los nueve sementales, carecían totalmente de rival en un radio de mil kilómetros a la redonda. Los caballos celestes superaban en finura a todos los demás, a pesar de asemejarse su relincho al ulular del viento y poseer su galope la indescriptible fortaleza del trueno. Sin cesar hollaban la escarcha y se remontaban por encima de las nubes con inalterable brío. El Rey de los Monos repasó cuidadosamente las listas de los animales a su cargo y realizó una detenida inspección de todas las instalaciones. Las personas a su cargo eran incontables, encargándose unos de obtener las provisiones; otros de lavar y cepillar a los caballos, cortar el heno y prepararles la comida; y otros, finalmente, de velar por la buena marcha de todo el establecimiento. Desde el primer día el nuevo "pi-ma-wen" 7 no descansó ni un solo momento, supervisando personalmente el cuidado de los animales, preocupándose durante el día de su estado y velándoles con paternal diligencia por la noche. A los que querían dormir los hacía espabilarse y después les daba de comer, mientras que a los que deseaban galopar los hacía entrar en los establos y no los dejaba salir. De esta forma, consiguió que, en cuanto le veían, se comportaran con una docilidad inexplicable y todos engordaron al cabo de muy poco tiempo. Así transcurrió aproximadamente medio mes y los oficiales encargados de los otros departamentos decidieron que había llegado ya la hora de felicitarle por sus logros y admitirle definitivamente en su círculo de inmortales. Le ofrecieron, pues, un espléndido banquete, al que no faltó ninguno de los personajes más famosos de la corte. Cuando llegó el momento de los brindis, el Rey de los Monos aprovechó la ocasión para preguntarles: - ¿Qué lugar ocupa dentro del funcionariato ese cargo de "pi-ma-wen" que yo ostento? - Exactamente el mismo que su título - respondieron ellos, burlones. - Sí, pero ¿cuál es su grado? - insistió él. - Tu cargo carece totalmente de grado - explicaron ellos. - ¿Queréis decir que es tan alto que los supera a todos y no hay ninguno sobre él? - volvió a preguntar el Rey de los Monos. - ¡De ninguna manera! - exclamaron ellos, soltando la carcajada -. Tu posición es... ¿cómo diríamos...? reacia a toda clasificación. - ¿Qué implicáis con eso de que es reacia a toda clasificación? - inquirió, una vez más, el Rey de los Monos. - Nada - contestaron ellos -. Sólo que es la última de todas. Consideradlo fríamente y os daréis cuenta de que vuestra responsabilidad consiste en cuidar exclusivamente de caballos, cosa que, en realidad, puede hacer cualquiera. Ya veis, desde vuestra llegada os habéis dedicado en cuerpo y alma a esa tarea y ¿qué recompensa habéis recibido hasta la fecha? ¡Ninguna! Si lográis que los animales engorden, como máximo os dirán que no está mal. Pero, si adelgazan o sufren algún tipo de lesión, os echarán una buena bronca y hasta es posible que os lleven ante el juez y os hagan pagar una multa considerable. Al oír eso, al Rey de los Monos le dio un vuelco el corazón y exclamó, rechinando los dientes con amargura: - ¿Cómo es posible que se me trate con tanto desprecio? En la Montaña de las Flores y Frutos se me tenía por un rey y era respetado como un patriarca. ¿A quién se le ocurrió traerme hasta aquí con engaños para cuidar simplemente de animales y caballos? ¿Por qué han tenido que tratarme así, cuando todo el mundo sabe que poseo cualidades para ser más que un vulgar mozo de cuadra, un trabajo de rango inferior que sólo desempeñan los menos inteligentes y los más jóvenes? ¡No volveré a ejercerlo nunca más! ¡Me niego a ello! ¡Ahora mismo me marcho! Ciego de cólera, dio una tremenda patada a la mesa sobre la que había sido servido el banquete y se sacó de la oreja la barra de hierro, que, en un abrir y cerrar de ojos, adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Repartiendo golpes a diestro y siniestro, salió de los establos imperiales y se dirigió hacia la Puerta Sur. Como sabían que ahora ostentaba el grado de "pi-ma-wen", los guardianes celestes no se atrevieron a echarle el alto y le dejaron abandonar libremente el Palacio Celeste. En menos de lo que uno mueve un dedo, se montó en la nube y regresó a toda prisa a la Montaña de las Flores y Frutos. Desde el aire vio a los cuatro comandantes ejercitando a las tropas, en compañía de los Reyes Monstruos de las otras cavernas, y, levantando la voz, les gritó: - ¡Abridme paso! ¡Vuestro rey acaba de llegar! Al instante todos los monos se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente. Después le condujeron con gran fanfarria al interior de la cueva, donde le ofrecieron un espléndido banquete de bienvenida. Complacido, el Rey de los Monos se sentó en su trono y los representantes de sus súbditos le dijeron, respetuosos: - Recibid nuestra más sincera enhorabuena, gran señor. Habiendo residido más de diez años en las regiones de lo alto, es natural que demos por supuesto que hayáis obtenido infinidad de honores allá arriba, honores que, de alguna manera, a todos nos afectan. - ¿Cómo que diez años? - exclamó el Rey de los Monos, sorprendido -. Sólo he estado ausente algo más de medio mes. - Cuando uno vive en el Cielo, gran señor - le hicieron recapacitar algunos de sus súbditos -, pierde totalmente la conciencia del tiempo. Un día allá arriba equivale, por lo menos, a un año de la tierra. ¿Podemos preguntaros qué cargo habéis desempeñado durante vuestra ausencia? - ¡No me habléis de eso! - contestó el Rey de los Monos, sacudiendo las manos -. ¡Me da vergüenza decíroslo! El Emperador de Jade no sabe apreciar el valor de las personas. Al ver mi apariencia de mono, me confió un cargo llamado "pi-ma", que en realidad significa caballerizo mayor de sus establos. Se trata de un trabajo tan poco considerado que ni siquiera entra dentro de la categoría de funcionario imperial. Por supuesto, yo no lo sabía, cuando me hice cargo de él; incluso llegué a pasármelo bien en los establos. Pero, cuando hoy pregunté a los otros inmortales sobre la consideración que merecía y descubrí que se trataba de una posición que no inspiraba el menor respeto, me puse tan furioso que de un solo golpe derribé la mesa del banquete que me estaban ofreciendo y renuncié a mi cargo. Ésa es la razón por la que ahora me encuentro de vuelta entre vosotros. - Nos alegramos de que así sea - dijeron, entusiasmados, los monos -. ¡Bienvenido a vuestro hogar! En esta cueva sagrada encontraréis el respeto y la felicidad que se os han negado en ese otro sitio. No tiene sentido abandonarla para convertiros en un simple mozo de cuadra. - ¡Traed vino inmediatamente y brindemos a la salud de nuestro gran rey! - gritaron otros. Cuando más animados estaban, bebiendo y charlando alegremente, se presentó uno de sus súbditos y le informó, diciendo: - Ahí fuera, gran señor, hay dos demonios con un solo cuerno, que desean veros. - Hacedlos pasar - ordenó el Rey de los Monos. En cuanto los demonios lo oyeron, se arreglaron un poco las ropas y se precipitaron al interior de la caverna, postrándose respetuosamente al ver a Sun Wu-Kung. - ¿Se puede saber para qué queréis verme? - les preguntó el Hermoso Rey de los Monos. - Hace ya bastante tiempo que deseábamos entrevistarnos con vos, pero no nos atrevíamos a solicitar una audiencia - confesaron los dos demonios -. Hoy, por fin, hemos oído que el Emperador Celeste os ha ofrecido un importantísimo cargo en su corte y que habéis regresado con más honores de los que un día partisteis. Eso nos ha animado a venir a regalaros esta túnica roja y gualda y a unirnos, así, a vuestra celebración. Si no tenéis inconveniente en tratar con gente tan vulgar y rastrera como nosotros, nos encantaría entrar a vuestro servicio, aunque sólo fuera como perros o animales de carga. Gratamente complacido por su sinceridad, el Rey de los Monos aceptó el regalo, que se puso allí mismo, mientras los demás le rendían pleitesía. Su satisfacción era tan grande que, sin pensarlo dos veces, nombró a los demonios Comandantes de la Vanguardia y Mariscales de los Regimientos de Choque. - ¿Podemos preguntaros - dijeron humildemente sus dos nuevos subordinados, después de darle las gracias - qué cargo habéis desempeñado en el Cielo durante todo este tiempo que allí habéis pasado? - El Emperador de Jade no sabe apreciar la valía de las personas que a él se acercan - contestó el Rey de los Monos -. No es de extrañar, por tanto, que sólo me nombrara "pi-ma" de sus establos. - ¿Cómo es posible? - exclamaron, escandalizados, los dos demonios -. Con los poderes que vos poseéis ¿y únicamente os confió el cuidado de sus caballos? No hay nada que pueda impediros asumir el rango de Gran Sabio, Sosia del Cielo. El Rey de los Monos no podía ocultar su profunda satisfacción. Era, de hecho, tan grande que le resultaba prácticamente imposible refrenar su entusiasmo y no ponerse a aplaudir. Se volvió, sonriendo, a sus cuatro comandantes y les ordenó: - Haced inmediatamente un estandarte que diga "El Gran Sabio, Sosia del Cielo", y colocadlo en un sitio bien visible. De ahora en adelante queda abolido el título de Gran Rey, debiendo hacer uso de esa otra denominación todo aquel que quiera dirigirse a mí. Que se informe de ello a los Reyes Monstruo de las otras cavernas y, así, se evitarán enojosos malentendidos. Al día siguiente el Emperador de Jade convocó a sus cortesanos y se dispuso a escuchar los informes de los responsables de los diferentes departamentos. Apenas había tomado asiento, cuando hizo su aparición en el patio rojizo el Maestro Chang, seguido del encargado en funciones de las caballerizas imperiales y uno de sus ayudantes. Los tres se echaron rostro en tierra y dijeron a su excelencia: - Ayer Sun Wu-Kung, el inmortal al que confiasteis el cuidado de vuestros establos, consideró que su posición no era adecuada a sus muchas cualidades y abandonó el Palacio Celeste con una actitud que no dudamos en calificar de auténtica rebeldía. No había acabado de decirlo, cuando se presentó el Devaraja Virudhaka al frente de los guardianes de la Puerta Sur e informó a su señor, diciendo: - Por razones que escapan a nuestra comprensión, el nuevo "pi-ma" abandonó ayer el palacio y aún no ha regresado. Al oír eso, el Emperador de Jade montó en cólera y les ordenó: - Vosotros y vuestros subalternos podéis regresar a vuestros puestos. Os aseguro que esa bestia no quedará sin castigo, porque pienso enviar un grupo de soldados a detenerle. El Devaraja Li y el Príncipe Nata dieron entonces un paso al frente y dijeron con indescriptible respeto: - A pesar de no pertenecer al grupo de vuestros más destacados súbditos, solicitamos permiso para llevar a cabo la detención de ese monstruo. Impresionado por su valentía, el Emperador de Jade nombró al Devaraja Li-Ching jefe supremo de la expedición y ascendió al Príncipe Nata a Presidente de la Asamblea de los Inmortales. Ambos quedaron constituidos, así, responsables de la fuerza que, sin dilación alguna, debía descender a las Regiones Inferiores y llevar a buen término el mandato del Emperador. Tras golpear repetidamente el suelo con la frente, solicitaron permiso para retirarse y fueron a despedirse de los suyos. Pasaron a continuación revista a las tropas, nombrando al Dios Espíritu Todopoderoso, Jefe de la Vanguardia; al General Panza de Pez, Comandante de la Retaguardia, y al General de los Yaksas, Oficial de Enlace. Sin más demora, abandonaron el Palacio por la Puerta Sur y se dirigieron directamente a la Montaña de las Flores y Frutos. Tras escoger un lugar adecuado para el asentamiento del campamento, el Dios Espíritu Todopoderoso recibió la orden de atacar. El general se ajustó la armadura, tomó su hacha, que sólo usaba en defensa de la virtud y el orden, y se dirigió, decidido, hacia la Caverna de la Cortina de Agua. Delante de ella vio una gran multitud de monstruos - entre los que se contaban lobos, insectos, tigres, leopardos y otras alimañas semejantes -, saltando, lanzando alaridos y agitando sin cesar sus espadas y lanzas. - ¡Malditas bestias! - gritó el Dios Espíritu Todopoderoso -. Id a informar al "pi-ma-wen" que acaba de llegar un general del Cielo con la orden específica de arrestarle. Decidle en nombre del Emperador de Jade que se rinda y salga lo más rápidamente posible. De lo contrario, todos vosotros seréis pasados por las armas. Los monstruos se precipitaron en desbandada al interior de la cueva e informaron a voz en grito a su señor: - ¡Qué desgracia! ¡La mala fortuna está a punto de cebarse en nosotros! - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - preguntó, sorprendido, el Rey de los Monos. - Ahí fuera - explicaron lo mejor que pudieron - hay un guerrero celeste que dice venir en nombre del Emperador de Jade a arrestaros. Exige, por tanto, que salgáis cuanto antes y os rindáis, si no queréis que sean sacrificadas todas nuestras vidas. El Rey de los Monos se puso en seguida de pie y ordenó con gesto marcial: - ¡Traedme mis aparejos de batalla! Sin pérdida de tiempo se ajustó sobre la cabeza el yelmo de oro rojo, protegió su pecho con la coraza de oro amarillo, se calzó los zapatos de andar por las nubes y tomó en sus manos la barra de hierro con los extremos dorados. En seguida reunió a todo su ejército, lo dispuso en orden de batalla y lo condujo al exterior de la caverna. Al verlo, el Dios Espíritu Todopoderoso se quedó mudo de espanto. La apariencia del Rey de los Monos era tan impresionante que no podía apartar los ojos de él. Jamás había visto una figura tan magnífica como la suya. La coraza de oro que cubría su cuerpo brillaba como si fuera un remedo del sol, lo mismo que el yelmo dorado que protegía su cabeza. Tan impresionante atuendo no desdecía en nada de la barra con los extremos de oro que sostenía en sus manos, ni de los zapatos de hollar nubes que calzaban sus pies. Para colmo, sus ojos brillaban con la furia de mil estrellas en llamas y por encima de sus hombros sobresalía la empinada dureza de sus dos orejas, que habían empezado ya, como todo su cuerpo, a metamorfosearse. Su voz sonaba, de hecho, a repique de campanas, resultando extremadamente difícil reconocer en ella al "pi-ma" de protuberante boca y dientes separados, que había cometido la osadía de autotitularse Sabio Sosia del Cielo. Pese a todo, el Dios Espíritu Todopoderoso no se arredró y preguntó con fuerte voz: - ¿Me reconoces, mono maldito? - ¿Qué clase de dios sin personalidad eres tú? - replicó en seguida el Gran Sabio -. Creo que jamás nos hemos visto, así que harías bien en decirme cuanto antes tu nombre. - ¿Qué quieres dar a entender con eso de que no me conoces, mono engreído? - volvió a preguntar el enviado celeste -. Soy el Dios Espíritu Todopoderoso, Jefe de la Vanguardia del Ejército Celeste al mando del Honorable Li-Ching, enviado por el Emperador de Jade para obtener tu rendición. Así que despréndete cuanto antes de todas tus armas y sométete al beneplácito celeste, si no quieres que todas las criaturas de esta montaña sean pasadas a cuchillo. ¡Tú mismo quedarás reducido a polvo en unos segundos, si osas abrir la boca para decir un simple no! - ¿Qué tipo de imprudente inocentón eres tú? - bramó el Rey de los Monos, furioso -. ¡Deja de fanfarronear y de darle a la lengua, de una vez! Podría borrarte de este mundo con sólo tocarte con mi barra, pero, puesto que aún no te he dicho lo que tengo que decirte, te perdonaré de momento la vida. Regresa cuanto antes al Cielo y dile de mi parte al Emperador de Jade que no tiene el menor respeto por la auténtica valía. Mírame a mí, por ejemplo. Mis capacidades son prácticamente infinitas y, sin embargo, sólo accedió a confiarme el cuidado de sus caballos. ¿Has visto las palabras que he hecho bordar en mi estandarte? Expresan lo que de verdad soy. Te prometo, por tanto, que, si se me concede una posición acorde con lo que ellas significan, depondré mis armas y volverá a florecer la paz en el universo. Pero si, por el contrario, el Emperador de Jade no accede a mis peticiones, no pararé de luchar hasta que haya puesto mis pies en la Sala del Tesoro de la Niebla Divina y me haya sentado en su trono de dragones. Al oír esas palabras, el Dios Espíritu Todopoderoso abrió los ojos cuanto pudo y se volvió en la dirección en la que soplaba el viento. Fue así como descubrió en el exterior de la caverna un enorme mástil del que colgaba un estandarte gigantesco en el que podía leerse: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo". El dios soltó la carcajada y exclamó con mal contenido desprecio: - ¡Estúpido mono! ¡Es increíble lo fatuo y arrogante que has llegado a ser! ¿Cómo se te ha ocurrido arrogarte el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, cuando eres incapaz de hacer frente al poderío destructor de mi hacha? - y lanzó contra su cabeza un certero revés. Pero El Rey de los Monos era un guerrero experimentado y no se arredró. Paró el golpe sin ninguna dificultad con la barra de hierro, dando así comienzo a un apasionante encuentro. Las dos armas eran, en verdad, inigualables. Una, la barra, se llamaba Complaciente y la otra, el hacha, había recibido el nombre de Proclamadora de la Virtud. Las dos se encontraron repetidamente y ninguna mostró la menor debilidad ni dio muestras de ser superior a la otra. Si la una poseía extraordinarios poderes secretos, la otra no le iba a la zaga, mostrando abiertamente su poderío y su fuerza. Quienes las usaban eran, en verdad, espléndidos guerreros. Su concentración en cada golpe era tanta que parecían sabios volcados sobre un códice. Pero no era menor su fiereza. En cada encuentro los dos resoplaban neblinas y nubes, levantando a su alrededor oleadas de barro y tormentas de arena. No podía ser de otra forma, ya que ambos eran guerreros celestes. Pero el poder metamorfoseador del Rey de los Monos no conocía límites y, a la postre, terminó imponiéndose a su rival. La barra de hierro parecía un dragón jugando en el agua y el hacha se asemejaba a un fénix rebanando flores con limpieza, pero el Dios Espíritu Todopoderoso, a pesar de ser conocido en todo el mundo, no era contrincante para el Gran Sabio. Con un solo golpe de su barra era capaz de hacer desaparecer al cuerpo más fornido. El Dios Espíritu Todopoderoso comprendió pronto que no tenía nada que hacer contra un rival tan formidable. Sin embargo, continuó defendiéndose lo mejor que pudo. El Rey de los Monos lanzó un terrible mandoble contra su cabeza, que él detuvo oportunamente con su hacha; pero no pudo evitar que el astil se le partiera en dos y no le quedó más remedio que dejar el campo libre, huyendo vergonzosamente para salvar la vida. - ¡Estúpido! - gritó, despectivo, el Rey de los Monos -. No creas que has logrado escapar por tu propia industria. Si no te he rematado, ha sido porque quiero que regreses junto a tu señor y le transmitas mi mensaje. Corrido de vergüenza, el Dios Espíritu Todopoderoso regresó al campamento y fue inmediatamente a ver al Devaraja Li-Ching. Resollando como un animal herido, se arrodilló ante él y dijo: - Ese "pi-ma" posee, en verdad, extraordinarios poderes mágicos. Los ha usado en contra mía y me ha resultado imposible dominarle. Deshonrado y derrotado, suplico ahora vuestra clemencia. - ¡No hay perdón para quien no sabe comportarse con hombría en el campo de batalla! - exclamó el Devaraja Li con acrimonia -. Sacadle fuera y ejecutadle. El Príncipe Nata dio entonces un paso al frente e, inclinándose respetuosamente ante su superior, suplicó clemencia, diciendo: - Dejad apagar los rescoldos de vuestra ira y perdonad al Dios Espíritu Todopoderoso la parte de culpa que haya podido tener en su vergonzosa derrota. Permitidme, al mismo tiempo, entrar en combate y así descubriremos si lo que afirma es verdad o no. Li-Ching no echó en saco roto su consejo y, volviéndose hacia el Dios Espíritu Todopoderoso, le ordenó que se retirara a su tienda y esperara allí la notificación de su decisión definitiva. El Príncipe Nata, mientras tanto, vistió su armadura y salió a toda prisa del campamento, camino de la Caverna de la Cortina de Agua. Wu-Kung estaba licenciando a sus tropas, cuando levantó de pronto la vista y le vio acercarse con una fiereza que no cuadraba en absoluto con su extremada juventud. Su cabello apenas le llegaba, de hecho, a la altura de los hombros y los mechones que le caían por la frente aún acentuaban más su aspecto aniñado. Era meridianamente claro, sin embargo, que poseía una mente rápida e inteligente, que no desdecía en nada de la nobleza y elegancia de su porte. Quien le veía caía en seguida en la cuenta de que se trataba de un inmortal tan auténtico como el fénix o el unicornio, del que muy bien podía pasar por hijo. Por sus venas corría la sangre del dragón y eso le hacía poseedor de rasgos muy poco comunes incluso entre los inmortales. Lo tierno de su edad no era obstáculo para que dominara a la perfección seis clases de magia guerrera. Para él no encerraba secreto alguno volar, dar magníficos saltos y metamorfosearse en lo que buenamente le viniera en gana. No había nada de extraño en que el Emperador de Jade le hubiera nombrado Presidente de la Asamblea de los Inmortales. Al verle acercarse, Wu-Kung levantó la voz y le preguntó con visible sorna: - ¿Se puede saber de quién eres tú hermano y qué es lo que pretendes, viniendo a llamar a mi puerta? - ¡Maldito mono rebelde! - gritó el Príncipe -. ¿Acaso no me reconoces? Soy Nata, el tercer hijo del Devaraja Li-Ching, y me encuentro aquí no por voluntad propia, sino por expreso deseo del Emperador de Jade, que me ha ordenado venir a arrestarte. - ¿Arrestarme tú a mí? - replicó Wu-Kung, soltando la carcajada -. No sabes ni lo que dices, joven príncipe. Todavía no se te han caído los dientes de leche ni el lanugo se ha desprendido de tu cuerpo, y ¿te atreves a hablarme con esa insolencia? Debería darte un castigo ejemplar, pero no voy a hacerlo. No pienso pelear contigo. Lo que sí te pido es que eches un vistazo a las palabras que hay bordadas en mi estandarte, para que después se las transmitas al pie de la letra al Emperador de Jade. Si se aviene a concederme la posición que ellas reclaman, no tendréis que luchar contra mí, porque yo mismo depondré las armas. Pero, si se niega a satisfacer mis deseos, ten por seguro que mis armas me conducirán directamente hasta el mismísimo Salón del Tesoro de la Niebla Divina. Nata levantó la vista y leyó con asombro la inscripción "El Gran Sabio, Sosia del Cielo". Semejante atrevimiento le hizo perder los estribos y exclamó con desprecio: - ¿Qué clase de poder tienes tú para arrogarte semejante título? Has de saber que no te tengo el menor miedo. Y lo que es más: voy a hacerte tragar mi espada. - Eso no me asusta - contestó Wu-Kung, burlón -. Me quedaré quieto, cuanto tú lances tus estocadas contra mí, y estoy seguro de que ni siquiera me rozarás. Semejante baladronada sacó fuera de sí al joven Nata, que gritó, furioso: - ¡Que mi cuerpo se transforme! Y al instante se convirtió en un terrible personaje de tres cabezas y seis brazos, con los que blandía otras tantas armas: una espada para matar monstruos, una cimitarra para descuartizar bestias, una cuerda para atar espíritus rebeldes, un látigo para domar demonios, una bola afiligranada y una rueda de fuego, con las que organizó un mortífero ataque frontal. - ¡Vaya! - exclamó Wu-Kung, sorprendido ante tan inesperado despliegue de efectivos -. Se ve que el muchachito conoce unos cuantos trucos. Pero no hay por qué alarmarse. También yo soy un experto mago - y gritó con todas sus fuerzas -: ¡Transformación! En un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en una horrenda criatura de tres cabezas y seis brazos, que sostenían, amenazadores, las tres barras de hierro en las que se mutó el arma de los extremos de oro que en su día le regaló el Rey Dragón del Océano Oriental. No es extraño que el encuentro fuera tan feroz; la tierra se puso a temblar y las montañas se vieron sacudidas hasta en sus raíces. ¡Jamás se había visto una batalla como la que aquel día ofrecieron el Príncipe Nata y el Hermoso Rey de los Monos! Los dos debían al mismo origen su fuerza y en ningún momento rechazaron el cuerpo a cuerpo. Rápida era la espada de matar monstruos, letal la cimitarra de descuartizar bestias, mortal como una serpiente voladora la cuerda de atar espíritus rebeldes, destructora como dardos ígneos la bola de fuego y enloquecedora la rapidez con la que giraba la bola afiligranada; pero las tres barras de hierro del Gran Sabio cubrieron con efectividad sus flancos y se mostraron invencibles en la defensa de su retaguardia. La batalla estaba tan igualada que era imposible pronosticar con certeza un vencedor. Con el fin de romper el punto muerto al que parecía haber llegado, la infatigable mente del Príncipe ordenó a sus seis armas mágicas que se convirtieran en cientos y miles de millones, y que atacaran, todas a una, la cabeza de su adversario. Impertérrito, el Rey de los Monos soltó la carcajada e instó a sus tres barras de hierro a que se multiplicaran primero por mil, después por diez mil y, finalmente, por un número que superaba todo cálculo. Así pudo hacer frente al ataque de su enemigo, llenándose el cielo de un enjambre tan numeroso de dragones danzarines que los Reyes Monstruos de las diferentes cavernas sintieron un pavor mortal y corrieron a refugiarse en sus bien protegidas guaridas. Su actitud no tenía, en realidad, nada de cobarde. El cansado aliento de los dos contendientes se semejaba a nubes espesas y el rápido movimiento de sus múltiples brazos recordaba al viento huracanado. Sus feroces gritos movían a espanto a todos cuantos los oían, incluidos los soldados de ambos bandos que sostenían los estandartes de sus señores. Si cabe, su pavor era aún mayor, porque nadie podía predecir el lado del que iba a caer la suerte ni a quién correspondería la gloria de la victoria. Haciendo uso sin cesar de sus poderes sobrenaturales, el Príncipe y Wu-Kung resistieron sin desmayar más de treinta asaltos. Las seis armas de aquél se convirtieron en diez mil, pero otro tanto hicieron las tres barras de éste. Todas ellas desplegaron su mortífera efectividad en la altura, entrechocándose en el aire como meteoros o gotas de lluvia. Sin embargo, ni siquiera tan asombrosa táctica fue capaz de establecer un claro vencedor. A la larga, fue Wu-Kung quien dio muestras de poseer un ojo y una mano más certeros. Cuando más encarnizada parecía ser la batalla, se arrancó un pelo del pecho y gritó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en una copia tan perfecta de sí mismo que terminó engañando al propio Nata. De un formidable salto, el auténtico Wu-Kung se colocó detrás de él y le asestó un golpe terrible en el brazo izquierdo con la barra. Dueño aún de todos sus poderes mágicos, Nata oyó el silbido del hierro y trató a toda prisa de esquivarlo, pero no logró hacerse a un lado con la suficiente rapidez y el arma terminó hiriéndole. El dolor le hizo perder la magia y, recogiendo como pudo sus seis armas, huyó, derrotado, hacia su campamento. El Devaraja Li-Ching había estado contemplando desde lejos el desarrollo de la batalla y, al ver lo mal que se le estaban poniendo las cosas a su hijo, trató de acudir en seguida en su ayuda, pero el Príncipe se lo impidió, diciendo: - Ese "pi-ma-wen" posee, en verdad, poderes extraordinarios. Ya has visto. Ni siquiera yo, que domino a la perfección las artes mágicas, he logrado dominarle. Es más, ha sido él quien me ha batido a mí, produciéndome esta herida horrorosa en el hombro. - Si es tan poderoso como afirmas - replicó el Devaraja, perdiendo el color de su rostro -, nadie podrá derrotarle jamás. - Aún hay abierta una puerta a la esperanza - dijo el Príncipe -. Delante de su caverna ha colocado un enorme estandarte, en el que puede leerse: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo". Él mismo ha afirmado con insoportable fanfarronería que, si el Emperador de Jade se aviene voluntariamente a concederle ese título, al punto depondrá las armas Y la paz quedará restablecida. Pero, si se niega a ello, continuará luchando hasta poner su blasfemo pie en la mismísima Sala del Tesoro de la Niebla Divina. - En ese caso - concluyó Li-Ching -, lo más aconsejable es suspender de momento las hostilidades e informar cuanto antes al Emperador de Jade de lo que ha dicho. Siempre habrá tiempo después de volver con más soldados y reducirle de la forma que sea. El Príncipe sentía tal dolor en el hombro que no quería ni oír hablar de batallas. Estaba totalmente agotado y, con ayuda de su padre, inició el camino de vuelta a los Cielos para informar al Emperador Celeste de todo lo ocurrido. El Rey de los Monos, mientras tanto, regresó victorioso a su montaña. No tardaron en venir a felicitarle los Reyes Monstruos de las otras setenta y dos cavernas y sus orgullosos seis hermanos, quienes festejaron su triunfo con un pantagruélico banquete. - Si yo, que soy vuestro hermano menor - les dijo con mal contenida satisfacción -, ostento el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, no hay razón alguna para que no participéis vosotros también de mi gloria. - ¡Tenéis razón! - exclamó el Rey Toro -. A partir de ahora me llamaré el Gran Sabio, Reflejo del Cielo. - Yo seré conocido como el Gran Sabio Señor del Océano - afirmó, a su vez, el Rey Dragón. - Yo asumiré el título de Gran Sabio Unido al Cielo - anunció, entusiasmado, el Monstruo Garuda. - Yo seré respetado como el Gran Sabio, Señor de la Montaña - proclamó, orgulloso, el Rey León. - Yo seré recordado como Gran Sabio de la Brisa Serena - dijo la Reina de los Monos. - Yo tomaré el nombre de Gran Sabio, Azote de los Dioses - declaró, sonriendo, el Simio Gigante. A partir de entonces los Siete Grandes Sabios gozaron de total libertad para hacer lo que les viniera en gana y asumir los títulos que más les gustaran. Entre bromas y caprichos pasaron juntos el día y después cada cual se retiró a su morada. Li-Ching y el Príncipe Nata se dirigieron en aquel mismo momento al Salón del Tesoro de la Niebla Divina, para presentar, en compañía de los oficiales de su ejército, un informe de lo ocurrido al Señor del Cielo. - Siguiendo vuestros deseos - afirmaron con indescriptible respeto -, descendimos a las Regiones Inferiores al frente de un nutrido grupo de soldados con el fin de arrestar a Sun Wu-Kung, el inmortal rebelde. Lo que menos podíamos sospechar entonces era que pose - vera una fuerza descomunal, que ha hecho inútiles todos nuestros esfuerzos por llevar a buen término la misión encomendada. Suplicamos, por tanto, a vuestra majestad que tenga a bien multiplicar nuestros efectivos, para que podamos, de esta forma, darle el castigo al que se ha hecho acreedor. ¿Cómo es posible que solicitéis refuerzos para dominar a un vulgar mono? - preguntó el Emperador de Jade, sorprendido. - Nuestro vergonzoso fracaso es, en verdad, merecedor de la pena de muerte - confesó el Príncipe, destacándose del grupo -. Ese mono vulgar, como vos mismo decís, posee una barra de hierro que le hace prácticamente invencible. Con ella derrotó primero al Dios Espíritu Todopoderoso e hirió después a vuestro siervo en un hombro. Se siente tan seguro con ella que ha hecho colocar un enorme estandarte a la puerta de su caverna en el que aparece escrito lo siguiente: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo". Incluso llegó a decirme que, si vos accedéis a concederle un rango tan alto, depondrá en seguida las armas y establecerá una alianza con vuestro reino. De lo contrario, seguirá luchando y no parará hasta que no haya puesto su blasfemo pie en esta Sala del Tesoro de la Niebla Divina. - ¿Cómo se atreve ese mono rebelde a ser tan insolente? - exclamó el Emperador de Jade, sin creer del todo lo que oía -. Que se reúnan mis mejores generales y le ejecuten sin tardanza. Apenas hubo acabado de decirlo, la Estrella de Oro del Planeta Venus dio un paso al frente y dijo: - El mono rebelde tiene, ciertamente, una lengua muy ligera, pero no conoce la diferencia entre lo que está bien y lo que no lo está. Incluso si enviamos nuevos efectivos a luchar contra él, dudo mucho que logremos dominarle sin sufrir nosotros mismos cuantiosas pérdidas. Opino, por lo tanto, que lo más aconsejable sería que os mostrarais benigno y le hicierais llegar una nueva oferta de reconciliación. ¿Qué podéis perder, en definitiva, nombrándole Gran Sabio, Sosia del Cielo? Al fin y al cabo, se trata de un título carente totalmente de rango. - ¿Qué quieres decir con eso de que carece de rango? - preguntó, una vez más, el Emperador de Jade. - Que por muy rimbombante que pueda sonar eso de Gran Sabio, Sosia del Cielo, no llevará aparejados ninguna responsabilidad oficial ni tipo alguno de compensación económica. Además, para nosotros supondrá una ventaja tremenda, ya que podremos controlarle con más facilidad y haremos cuanto esté de nuestra mano para hacerle desistir de la arrogante locura que ahora le domina. De esa forma, el universo y los océanos volverán a gozar de nuevo de la paz y la tranquilidad que siempre les ha caracterizado. - Tus palabras son acertadas - reconoció el Emperador de Jade -. Seguiremos tus consejos al pie de la letra - y encargó a la Estrella de Oro que fuera él quien se encargara de hacer llegar a Wu-Kung su imperial decisión. Sin pérdida de tiempo la Estrella abandonó el palacio por la Puerta Sur, encaminándose, una vez más, hacia la Montaña de las Flores y Frutos. Comprobó con sorpresa que habían cambiado bastante las cosas en el exterior de la Caverna de la Cortina de Agua y que todo había adquirido un marcado tono militar. Toda la región estaba, de hecho, llena de monstruos de la más variada especie, armados hasta los dientes de espadas, cimitarras, flechas y lanzas. En cuanto la vieron, empezaron a lanzar gruñidos y a saltar, al tiempo que algunos arrojaban contra él sus mortíferas armas. La Estrella de Oro tuvo, pues, que levantar la voz, diciendo: - ¡Escuchadme bien! Soy un enviado de lo alto y traigo un mensaje del Señor del Cielo para el Gran Sabio. Los monstruos corrieron entonces al interior de la caverna y anunciaron al Rey de los Monos: - Ahí fuera hay un anciano que dice venir de lo alto con un mensaje del Emperador de Jade para vos. - Hacedle entrar en seguida - exclamó Wu-Kung, excitado -. Debe de ser el mismo emisario de la otra vez, o sea, la Estrella de Oro del Planeta Venus. El Cielo no es muy dado a los cambios. Aunque en mi anterior visita a ese reino no fui tratado con el respeto que merecía, llegué a familiarizarme con sus formas de actuar y pude comprobarlo en más de una ocasión. De todas formas, estoy convencido de que ha venido con mejores intenciones que la vez precedente. Sin pérdida de tiempo ordenó a sus subalternos que cogieran los estandartes y dispusieran las tropas en línea de revista entre el batir de los tambores y el entrechocar de las armas. Se puso después el yelmo, se ajustó la coraza - que escondió oportunamente bajo su túnica roja y gualda - y, tras calzarse las botas de andar por las nubes, salió a la boca de la caverna. Allí se inclinó con inesperada cortesía y dijo, levantando la voz: - Pasad, Estrella de Oro. Os pido disculpas por no haber salido antes a recibiros. La Estrella respondió a sus saludos con una inclinación y entró decidido en la cueva, donde, sin dejar de mirar hacia el sur, informó a su anfitrión: - Creo que es mi deber poneros al corriente de todo lo sucedido. Una vez que rechazasteis el cargo que os había sido encomendado y os ausentasteis por decisión propia de los establos imperiales, los responsables de las caballerizas se vieron en la precisión de informar de lo ocurrido al Emperador de Jade. Al oírlo, su majestad montó en cólera y exclamó, ofendido: "El funcionariado está montado de tal manera que a un cargo de rango inferior le siga al poco tiempo otro de orden superior. ¿Qué hay de malo en este sistema, para que él se atreva a subvertirlo tan descaradamente?". Vuestro abandono fue tomado, pues, como una rebelión abierta. De ahí que se organizara la campaña militar que contra vos dirigieron el Devaraja Li-Ching y el Príncipe Nata. Por supuesto, ambos desconocían vuestro tremendo poder y, consecuentemente, sufrieron una vergonzosa derrota, de la que oportunamente informaron al Cielo, junto con el hecho de que habíais hecho colocar a la puerta de vuestra cueva un estandarte en el que expresabais vuestro natural deseo de ser considerado el Gran Sabio, Sosia del Cielo. En honor a la verdad, he de deciros que muchos funcionarios se negaron a ceder a vuestra petición, así que, arriesgándome a levantar las iras del Señor del Cielo, me atreví a sugerirle que sería mucho más conveniente para todos renunciar al uso de la violencia y concederos el rango que vos mismo exigíais. Como era de esperarse de su portentosa inteligencia, el Emperador de Jade aceptó mi punto de vista sin reserva alguna, y ése es el motivo por el que ahora me cabe el inmenso placer de venir a veros. - Bastantes quebraderos de cabeza os di ya la última vez que me visitasteis, para que de nuevo volváis a confiar en mí - contestó Wu-Kung, sonriendo -. Mi gratitud por lo que habéis hecho es, pues, inexpresable. De todas formas, perdonad que insista: ¿verdaderamente están dispuestos allí arriba a concederme el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo? - Puedo aseguraros que tan alto rango ha sido aprobado por el Emperador de Jade en persona - respondió la Estrella de Oro -. Lo hizo precisamente momentos antes de que partiera para acá. Lo único que puedo deciros para quebrar vuestra reticencia es que me hago responsable de todo lo que ocurra. Wu-Kung se mostró muy complacido de sus palabras, aunque lamentó seriamente que la Estrella de Oro no aceptara el banquete que tenía pensado dar en su honor. No le quedó, pues, más remedio que montar en la nube sagrada de la Estrella de Oro y dirigirse a la Puerta Sur, donde fue recibido por una representación de generales y soldados celestes con las manos dobladas sobre el pecho en señal de respeto. Sin prestarles apenas atención, continuó su camino hacia la Sala del Tesoro de la Niebla Divina. Allí la Estrella de Oro del Planeta Venus se echó rostro en tierra e informó a su señor de sus gestiones, diciendo con el máximo respeto: - Siguiendo vuestros deseos, vuestro humilde servidor ha traído hasta aquí al "pi-ma" Sun Wu-Kung. - Que Wu-Kung se acerque - ordenó el Emperador de Jade, para añadir en un tono más formal -: Te concedo el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, posición de gran altura a la que ninguna otra aventaja en dignidad. Por ello debes tratar de controlar tus maleducados impulsos y hacer siempre gala de una conducta digna. El Rey de los Monos se inclinó, respetuoso, y expresó su más sincero agradecimiento por la gracia recibida. El Emperador de Jade se volvió entonces hacia los dos arquitectos imperiales, los funcionarios Chang y Lou, y les ordenó levantar la residencia oficial del Gran Sabio, Sosia del Cielo, en la parte derecha del Jardín de los Melocotones Inmortales. La mansión que erigieron constaba de dos grandes salones - uno llamado de la Paz y el Silencio, y el otro de la Serenidad de Espíritu -, atendidos por un auténtico enjambre de sirvientes y funcionarios. El Emperador de Jade mandó, al mismo tiempo, a los Espíritus de los Cinco Polos que acompañaran a Wu-Kung a tomar posesión de su nuevo cargo, regalándole, en señal de amistad, dos botellas del mejor vino y diez ramilletes de flores de oro. A pesar de ello, le recordó con energía que debía dominar su natural rebelde y abstenerse de todo tipo de conducta indecorosa. El Rey de los Monos acató con inesperada sumisión esos consejos y se retiró con los cinco espíritus a tomar posesión de sus nuevas responsabilidades. Para celebrarlo, abrió las botellas de vino y brindó con ellos por el brillante futuro que se le avecinaba. Cuando los espíritus hubieron regresado a sus respectivos palacios, se dispuso a gozar sin medida de los innumerables placeres que el Cielo le ofrecía, libre ya por completo de toda cuita y preocupación. Su nombre figuraba para siempre en el Libro de la Vida Sempiterna, del que nunca sería tachado para caer en el infierno del olvido. De momento desconocemos lo que ocurrió después. Quien quiera descubrirlo tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el siguiente capítulo. 第005回 AL ROBAR EL ELIXIR, EL GRAN SABIO ENTORPECE LA CELEBRACIÓN DEL FESTIVAL DEL MELOCOTÓN. MUCHOS DIOSES TRATAN DE ATRAPAR AL MONSTRUO REBELDE DEL CIELO A pesar de su elevada posición, el Gran Sabio no dejaba de ser un mono salvaje. Para él no tenía sentido alguno el grado que pudiera ocupar su rimbombante título ni la cuantía a la que ascendía su asignación oficial. Se daba por contento con que su nombre estuviera inscrito simplemente en el Libro de los Altos Cargos Imperiales. En su residencia oficial no carecía absolutamente de nada, gozando a manos llenas del regalo con que le trataban sus subordinados y criados. Sus únicas preocupaciones consistían en comer tres veces al día y en dormir profundamente por la noche. Como carecía de deberes y responsabilidades, pasaba el tiempo visitando a sus amigos en sus espléndidos palacetes, abriendo continuamente el círculo de amistades y estableciendo sin cesar nuevas alianzas con sus iguales. Cuando se encontraba con los Tres Puros, se dirigía a ellos con un respetuoso "vuestra reverencia"; cuando se topaba con los Cuatro Emperadores, lo hacía con un sumiso "vuestra majestad". Por lo que a los Nueve Planetas 3, los Generales de los Cinco Puntos Cardinales 4, las Veintiocho Constelaciones, los Cuatro Guardianes del Mundo, las Doce Divisiones Horarias, los Cinco Ancianos de las Cinco Regiones, los Espíritus Estrella de Todo el Universo y los incontables dioses de la Vía Láctea respecta, los consideraba hermanos suyos y como a tales los trataba. A ninguno echaba en saco roto. A veces visitaba a los que habitaban en la zona oriental, para hacer al día siguiente lo mismo con los que residían en la occidental. Cuando se cansaba de festines y charlas, caminaba sin rumbo fijo por las nubes y así transcurrían, llevaderas, las horas. Un día temprano por la mañana, cuando el Emperador de Jade celebraba su habitual audiencia, se presentó el inmortal taoísta Hsü Ching-Yang, quien, tras tocar repetidamente el suelo con la frente en señal de acatamiento, dijo visiblemente preocupado: - El Gran Sabio, Sosia del Cielo, no tiene ninguna responsabilidad y malgasta lastimosamente su tiempo. Se ha hecho amigo de todas las estrellas y constelaciones del cielo, a las que llama amigas suyas, sin tener en cuenta para nada su posición o su rango. Eso es francamente preocupante, ya que lo único que puede resultar de tanta ociosidad son desórdenes y travesuras sin cuento. ¿No sería prudente, con el fin de evitar tan lamentable posibilidad, asignarle algún tipo de responsabilidad? El Emperador de Jade asintió en silencio y envió a buscar en seguida al Rey de los Monos. - ¿Qué recompensa habéis pensado darme, para hacerme venir tan precipitadamente a vuestra presencia, majestad? - preguntó, meloso, Wu-Kung. - Nos hemos percatado - contestó el Emperador de Jade - de que, dado que no tenéis nada que hacer, vuestra vida se está tornando un tanto indolente, así que hemos decidido confiarte una pequeña responsabilidad. A partir de hoy te encargarás, a título puramente temporal, del cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales. Vigílalos día y noche y que tu diligencia no decaiga ni un solo segundo. Esto es lo que todos esperamos de ti. El Gran Sabio se inclinó con respeto y, tras dar las gracias, solicitó permiso para retirarse. Estaba tan ilusionado que no pudo controlar su impaciencia y corrió a echar un primer vistazo al Jardín de los Melocotones Inmortales. Pero, para su sorpresa, el espíritu a cargo del jardín le echó el alto, preguntándole: - ¿Se puede saber adonde va el Gran Sabio? - El Emperador de Jade me ha confiado el cuidado de este lugar - contestó él - y he venido a inspeccionar el estado en el que se encuentra. El espíritu abandonó al instante su actitud recelosa y le saludó con el respeto que personaje tan singular merecía. Hizo venir después a todos los sirvientes encargados de remover la tierra, regar los árboles, cuidar de los melocotones y desbrozar y limpiar el suelo, y entraron juntos en el jardín, no sin antes saludar al Gran Sabio, golpeando repetidamente el barro con la frente. Wu-Kung se quedó atónito ante lo que vieron sus ojos. Todas las ramas estaban llenas de delicadas flores y de atractivos frutos, cuyo peso las hacía doblarse peligrosamente. Parecían atractivas bolas de oro que competían en belleza con el sensual carmín de los capullos. Los árboles que los sustentaban siempre estaban en flor y daban constantemente fruto. Mil años tardaban en madurar y duraban en sazón otros diez mil. Los que habían alcanzado primero la madurez poseían la graciosa viveza de rostros enrojecidos por el vino, mientras que los demás escondían su promesa de futuros dulzores en el verdor opalino de su piel, que reverberaba sin cesar bajo el embrujo del sol. Al pie de los árboles se veían flores y hierbas, a las que el constante fluir de las estaciones no lograba arrebatar su primigenio color. A derecha e izquierda podían, igualmente, contemplarse caprichosas construcciones de una altura tal que sus cumbres se perdían en el seno mismo de las nubes. Aquél era, en verdad, un jardín plantado no por mano humana, sino por la Reina Madre del Estanque de Jaspe. Tras gozar de tan espléndido espectáculo durante largo rato, el Gran Sabio se volvió hacia el espíritu y le preguntó: - ¿Sabes el número exacto de árboles que hay aquí? - Tres mil seiscientos - contestó el espíritu -. En la parte delantera hay un total de mil doscientos árboles, pero sus flores son muy pequeñas y sus frutos no se hallan aún en sazón. Como vos bien sabéis, estos melocotones maduran una vez cada tres mil años y quien tiene la fortuna de probarlos se convierte al instante en un inmortal iluminado por el Tao; sus miembros se tornan hermosos y su cuerpo se fortalece. En la parte central hay otros mil doscientos árboles de flores más grandes y frutos más almibarados, que maduran una vez cada seis mil años. Quien los prueba asciende a los cielos con el vapor de la escarcha y jamás envejece. En la parte de atrás, por último, crecen otros mil doscientos árboles de frutos surcados por mil venillas de color púrpura y el hueso de un atractivo color amarillo pálido. Éstos son can especiales que sólo maduran una vez cada nueve mil años y quien los come puede alcanzar sin ninguna dificultad la edad del cielo, de la tierra, del sol y de la luna. Gratamente impresionado por estas explicaciones, el Gran Sabio realizó un detallado inventario de todos los árboles, así como de los templetes y construcciones que se alzaban en aquel paradisíaco jardín. Sólo cuando estuvo totalmente concluido, se decidió a retirarse a descansar a sus aposentos. Pero estaba tan embelesado por lo que había visto que a partir de aquel día pasó más tiempo en ese lugar que en la comodidad del palacio, reduciendo considerablemente las visitas a sus amigos y suprimiendo casi totalmente sus viajes. Un día comprobó, entusiasmado, que más de la mitad de los melocotones de los árboles más viejos habían madurado y sintió la irreprimible tentación de arrancar uno y probar su sabor. Pero el espíritu del jardín y sus propios servidores jamás se separaban de él y consideró impropio hacerlo delante de ellos. Urdió, por tanto, un plan y, volviéndose hacia sus seguidores, les preguntó: - ¿Por qué no me esperáis fuera y me dejáis descansar aquí un poco? Los inmortales accedieron a su petición y abandonaron el jardín. Con increíble celeridad el Rey de los Monos se despojó de sus vestiduras y trepó a lo alto del árbol más grande que pudo encontrar. Escogió los melocotones maduros de mayor tamaño y se puso a comerlos tranquilamente, sentado en una rama. Sólo cuando se hubo saciado del todo, saltó de nuevo al suelo, se puso las ropas y ordenó a su legión de acompañantes que regresaran con él a su lujosa mansión. Al cabo de dos o tres días, repitió la operación, hartándose otra vez de fruta. Al poco tiempo la Reina Madre decidió abrir de par en par la cámara de sus incontables tesoros y ofrecer un banquete con motivo del Gran Festival de los Melocotones Inmortales, que iba a celebrarse, como siempre, en el Palacio del Estanque de Jaspe. Muy excitada por la inminencia de la fecha, ordenó a sus doncellas de la Túnica Roja, Túnica Azul, Túnica Blanca, Túnica Negra, Túnica Púrpura, Túnica Amarilla y Túnica Verde coger un cesto cada una e ir al Jardín de los Melocotones Inmortales a recoger fruta para el festival. Las Siete Doncellas se llegaron hasta la puerta de la huerta y, al ver allí al espíritu y a los sirvientes y oficiales del Sosia del Cielo, dijeron: - Venimos de parte de la Reina Madre a coger unos melocotones para la fiesta. - Esperad un momento, por favor - les pidió el espíritu -. Este año han cambiado un poco las cosas. Para empezar, el Emperador de Jade ha confiado el cuidado de todo esto al Gran Sabio, Sosia del Cielo, y debemos darle cuenta de vuestra llegada, antes de que os dejemos pasar. ¿Y dónde está el Gran Sabio, si puede saberse? – preguntaron las doncellas. En el jardín, descansando - respondió el espíritu -. Se sintió un poco indispuesto y se echó a dormir un rato bajo el frescor de los árboles. - En ese caso, vayamos cuanto antes a buscarle - concluyeron las doncellas -. Estamos muy ocupadas y no podemos perder tiempo. El espíritu entró con ellas en el jardín, pero, por mucho que lo intentó, no logró dar con el Gran Sabio. En el sitio en el que se había despedido de él sólo había un gorro y una túnica tirados por el suelo. Aunque levantó la vista hacia las copas de los melocotoneros, no pudo ver a nadie, porque, después de hartarse de fruta, Wu-Kung se transformó en una figura de dos centímetros de alto y, protegido por el follaje, se quedó plácidamente dormido en una rama. - Aunque no encontremos al Gran Sabio, nosotras no podemos volver con las manos vacías - afirmaron con decisión las doncellas inmortales -. Nos encontramos aquí por voluntad imperial y, sintiéndolo mucho, no estamos dispuestas a defraudarla. - Tienen razón - dijo uno de los sirvientes -. Sería faltar a la etiqueta y al respeto. Además, al Gran Sabio le gusta moverse por ahí y lo más seguro es que haya ido a visitar a unos amigos. Así que lo mejor es que entréis ahora a recoger los melocotones. Ya le diremos nosotros que habéis estado aquí, cuando le veamos. Las doncellas agradecieron semejante gesto de confianza y se adentraron en el bosquecillo a coger las frutas. Llenaron dos grandes cestos con los melocotones de los árboles plantados en la parte delantera y otros tres más con los que se encontraban en la del centro, pero, al ir a hacer otro tanto con los de la parte de atrás, encontraron que casi no tenían fruto y la mayoría de sus flores yacían lastimosamente por el suelo. Sólo quedaban unos pocos melocotones tan verdes que estaban totalmente cubiertos de pelusa y tenían un tamaño francamente ridículo. Los demás se los había comido tranquilamente el Rey de los Monos. A pesar de ello, las Siete Doncellas no se desanimaron y continuaron su búsqueda. Por fin, en una rama que crecía en dirección sur encontraron un único melocotón, cuyo color era mitad blanquecino y mitad rojizo. Alborozadas por tan inesperado hallazgo, la Doncella de la Túnica Azul tiró para abajo de la rama, la de la Túnica Roja arrancó la fruta con cuidado y volvió a dejar la escuálida ramita en su sitio. Pero aquél era precisamente el lugar que había escogido el Gran Sabio para su siesta y, al sentirse zarandeado, recobró al instante su forma habitual, echando rápidamente mano de su barra de hierro, que en un abrir y cerrar de ojos adquirió el grosor de un cuenco de arroz. - ¿Puede saberse de dónde habéis salido vosotras, monstruos infames? - preguntó, blandiendo en el aire su mortífera arma -. ¿Quién os ha dado permiso para venir a robar mis melocotones? Aterrorizadas, las Siete Doncellas se arrodillaron al instante y trataron de explicarle con voz temblorosa: - ¡Calmaos, Gran Sabio, por favor! Nosotras no somos monstruos, sino las Siete Doncellas Inmortales. Si hemos osado entrar en vuestros dominios, ha sido porque la Reina Madre nos ha enviado a coger las frutas que necesita para el Gran Festival de los Melocotones Inmortales, ocasión que ella aprovecha para abrir de par en par la cámara de sus innumerables tesoros. Pero no creáis que nos hemos colado sin consultar con nadie. Nada más llegar, fuimos a ver al espíritu del jardín, quien nos informó de vuestro ascenso y con quien tratamos inútilmente de encontraros. Por temor a que la Reina Madre malinterpretara el motivo de nuestra tardanza, decidimos no esperaros más y nos pusimos a coger los melocotones. Sabemos que obramos mal y, por eso, solicitamos ahora humildemente vuestro perdón. Semejante explicación satisfizo profundamente al Gran Sabio, quien al punto cambió su enfado en delicadeza y les suplicó, gentil: - Levantaos, por favor, del suelo, divinas doncellas. ¿A quién suele invitar la Reina del Cielo a su banquete, cuando abre la cámara de sus incontables tesoros? - El año pasado - respondieron las doncellas, temblorosas todavía - los invitados fueron: Buda, las Bodhisattvas, los monjes santos, los patriarcas del Cielo Occidental, Kwang-Ing del Polo Sur, el Santo Emperador de la Gran Misericordia del Este, los Inmortales de los Diez Continentes y de las Tres Islas, el Espíritu de las Tinieblas del Polo Norte, el Gran Inmortal de la Cornucopia Amarilla del Centro Imperial y los Ancianos de los Cinco Puntos Cardinales. Éstos fueron los comensales más distinguidos, ya que también tomaron parte en el banquete los Espíritus de los Cinco Polos, los Tres Puros, los Cuatro Reyes Deva, el Deva Celestial de la Gran Mónada y los demás moradores de las Ocho Cavernas Superiores. Procedentes de las Ocho Cavernas Intermedias asistieron el Emperador de Jade, los Nueve Héroes y los Inmortales de las Montañas y los Mares, mientras que de las Ocho Cavernas Inferiores hicieron acto de presencia el Señor de las Tinieblas y los Inmortales Terrestres. Damos por sentado, pues, que este año tomarán parte en el Festival de los Melocotones Inmortales todos los dioses y devas, cualquiera que sea su rango o el lugar en el que habitan. - ¿Sabéis si estoy invitado yo? - preguntó el Gran Sabio, sonriendo con delectación. - La verdad es que no hemos oído mencionar vuestro nombre - respondieron las doncellas, encogiéndose de hombros. - ¡Yo soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo! - protestó Wu-Kung, irritado -. ¿Cómo es posible que se hayan olvidado de mí en una ocasión tan señalada como ésa? - Bueno - contestaron las doncellas, temblando de pies a cabeza -. Nosotras sólo hemos contado a los comensales del año pasado. Este año no sabemos lo que ocurrirá. A lo mejor son los mismos o a lo mejor no. - Tenéis razón - contestó el Gran Sabio más calmado -. Creedme que no os echo la culpa de nada a vosotras. Podéis quedaros aquí todo el tiempo que queráis, mientras yo voy a cerciorarme de si he sido invitado o no. Apenas hubo acabado de decirlo, realizó un gesto mágico encaminado a inmovilizar a la gente y recitó un conjuro que transformaba a los seres vivientes en estatuas. Al instante quedaron paralizadas las Siete Doncellas Inmortales, los ojos totalmente abiertos por la sorpresa y tan quietas como los troncos de los melocotoneros entre los que se hallaban. Sin pérdida de tiempo el Gran Sabio salió del jardín, montó en su nube sagrada y tomó el camino del Estanque de Jaspe. Desde la altura vio el velo brillante de la neblina santa y el mudo desfile de nubes de cinco colores. Los graznidos de las grullas, inmaculadamente blancas, resonaban en toda la amplitud de los Nueve Cielos, mientras en la distancia se apreciaba, entre el trémulo batir de mil hojas, la roja delicadeza de otros tantos capullos en flor. A la derecha surgió, de pronto, de entre la neblina, la figura de un inmortal. Poseía un rostro llamativamente hermoso Y unos rasgos tan atractivos que recordaban al siempre sorprendente resplandor de un arco iris suspendido en el aire. Se trataba del Gran Inmortal de los Pies Descalzos y, según todos los indicios, se dirigía también al Gran Festival de los Melocotones Inmortales. Al verle acercarse, el Gran Sabio urdió en seguida un plan y, sin darse a conocer - era del todo necesario que nadie averiguara su asistencia al festival -, inclinó la cabeza con respeto y le preguntó: - ¿Se puede saber adonde va un inmortal de tanta sabiduría como vos? - A la Fiesta de los Melocotones - respondió el Gran Inmortal -. He recibido la invitación de la Reina Madre y me dirijo hacia su palacio. - Se ve que no estáis enterado de lo que voy a deciros - replicó el Gran Sabio -. Conocedor de que no existe nada superior en velocidad a mis volteretas, el Emperador de Jade me ha pedido que salga a los caminos a informar a todos los invitados de su deseo de reunimos primero en el Salón de la Luz Perfecta, con el fin de ensayar las ceremonias que forzosamente han de preceder al banquete. El Gran Inmortal era extremadamente honesto y sincero y no dudó de la veracidad de lo que oía. Sin embargo, no pudo evitar su sorpresa y exclamó: - ¡Qué cosa más rara! Otros años ensayábamos en el Estanque de Jaspe y era allí mismo donde dábamos las gracias. ¿Por qué en éste tenemos que pasar por el Salón de la Luz Perfecta antes de sentarnos a comer? - pese a todo, no le quedó más remedio que cambiar de dirección e ir al palacio del Emperador de Jade. Loco de contento por su triunfo, el Gran Sabio recitó un conjuro y, con un simple movimiento del cuerpo, se revistió de los rasgos del Gran Inmortal de los Pies Descalzos. Disfrazado de esta guisa, no pasó mucho tiempo antes de que llegara, por fin, a la cámara del tesoro. Tras aparcar su nube, entró en aquélla con paso inseguro. En seguida percibió el embriagante aroma de oleadas de perfume y contempló el caprichoso arabesco que la neblina celeste dibujaba en una terraza de jade profusamente adornada. Aquélla era una cámara en la que confluían todas las fuerzas vitales. A ella acudían y se remontaban sin cesar las formas etéreas de los fénix, sacudiendo con sus vuelos interminables flores de pétalos de oro y tallos de jade. En el interior de la sala podían verse un espléndido biombo que representaba los Nuevos Fénix al atardecer, un jarrón de jade verde con más de mil flores y una mesa con incrustaciones de oro de cinco colores, sobre la que descansaban hígados de dragón, médulas de fénix, zarpas de oso y labios de simio, junto con toda clase de manjares exquisitos y frutos del más variado y tentador color. Todo yacía en un orden perfecto, por lo que podía deducirse que aún no había llegado ninguna de las deidades invitadas. El Gran Sabio cayó preso de la armonía que allí se respiraba y durante cierto tiempo no hizo otra cosa que contemplar, embobado, la belleza que se extendía ante su vista. Pero sintió, de pronto, el tentador aroma del vino y, volviendo la cabeza hacia el larguísimo pasillo que se abría a su derecha, vio a los funcionarios vinateros y a los especialistas en hacer fermentar los cereales. Aparentemente hacía mucho que habían terminado de hacer el vino y estaban dando las últimas órdenes a los encargados de traer agua y a los criados que la calentaban, para limpiar con ella las cubas y los jarros de beber. El ambiente estaba cargado de un aroma tan denso y añejo como la esencia misma del jade y el Gran Sabio no pudo evitar que la saliva le destilara por las comisuras de la boca. Sentía la irresistible tentación de probar tan generoso zumo, pero no se atrevía a hacerlo con tanta gente como había alrededor de los barriles. Desesperado, decidió valerse de la magia. Se arrancó, pues, unos cuantos pelos, se los metió en la boca y, después de triturarlos con paciencia, los escupió, al tiempo que decía: - ¡Transformaos! Al instante se convirtieron en un enjambre de insectos provocadores de sueño, que atacaron a los desprevenidos vinateros y aguadores. Todos ellos quedaron sumidos en un profundo sopor. La fuerza huyó de sus brazos, sus cabezas se inclinaron pesadamente, sus párpados se hundieron y todo rastro de vigor desapareció de sus cuerpos. Sin pérdida de tiempo, el Gran Sabio cogió los manjares que pudo y se adentró, corriendo, en el amplio pasillo en el que se alineaban las cubas y las tinajas, donde se puso a beber con inimitable dedicación. No tardó en emborracharse del todo, pero conservó la suficiente lucidez como para reprocharse lo que acababa de hacer, diciendo: - ¡Muy mal, muy mal! Dentro de poco llegarán los invitados y, si me ven aquí, lo más natural es que se enfaden conmigo y me pongan de vuelta y media. ¿Qué pasará, si me pescan con las manos en la masa? Lo mejor es que vaya cuanto antes a casa y descanse allí lo que pueda. Pero el Gran Sabio se encontraba totalmente a merced del vino y, entre trastabilleos y tumbos, terminó perdiéndose. En vez de entrar en la Mansión del Sosia del Cielo, se metió en el Palacio Tushita. Afortunadamente cayó pronto en la cuenta de su equivocación y se dijo, entre temeroso y sorprendido: - El Palacio Tushita se encuentra en la parte más alta de los treinta y tres cielos, concretamente en el Paraíso Inmutable, donde tiene su residencia nada menos que el mismísimo Lao-Tse. ¿Cómo es posible que haya llegado hasta aquí? No importa. Siempre he querido entrevistarme con ese anciano, pero nunca se me ha presentado la ocasión. No voy a desaprovecharla ahora que estoy en su casa. Así que lo mejor es que pase a visitarle. Se arregló la ropa lo mejor que pudo y volteó la puerta de entrada. Pero Lao-Tse no se encontraba en casa en aquellos momentos. El palacio estaba, de hecho, vacío, porque el Maestro había ido con el anciano Buda Dipamkara a impartir una conferencia en el Altísimo Estrado del Elixir del Montículo Rojo, a la que asistieron, rodeándolo, muchos jóvenes, oficiales y funcionarios celestes. El Gran Sabio discurrió a sus anchas por la mansión hasta que, finalmente, llegó al laboratorio de alquimia. Tampoco allí encontró a nadie, pero no tardó en descubrir rescoldos de fuego en un horno junto a la chimenea, y, a su lado, cinco calabazas huecas, en las que se echaba el elixir ya refinado. - ¡Qué suerte la mía! - se dijo, alborozado, el Gran Sabio -. Éste es el mayor tesoro de los inmortales. Desde que comprendí los secretos del Tao y dominé el gran misterio de la identidad absoluta de lo interno y lo externo, siempre he querido fabricar un poco de elixir de oro para aliviar el sufrimiento de las gentes, pero nunca me ha sido posible. Siempre he estado demasiado ocupado en otras cosas, pero hoy, por fin, la suerte me ha sonreído y ha puesto en mis manos este maravilloso regalo. Puesto que Lao-Tse no está en casa, tomaré unas cuantas píldoras a ver a qué saben. Ni corto ni perezoso, vació las calabazas y comió lo que había en su interior, como si se tratara de soja frita. Al instante sintió los efectos del elixir, notando cómo le desaparecía la borrachera, y volvió a reprenderse con dureza: - ¡Muy mal, muy mal! Con mi inconsciencia me he hecho acreedor a un castigo más grande que el cielo. Si el Emperador de Jade se llega a enterar, me daré por contento de seguir con vida. Lo que debo hacer es huir cuanto antes y regresar sin pérdida de tiempo a las Regiones Inferiores de las que procedo. Allí, por lo menos, soy rey. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del Palacio Tushita y abandonó el Cielo por la Puerta Occidental, para no levantar ninguna sospecha, invisible a los guardias por obra y gracia de su profundo conocimiento de la magia. Aceleró el descenso de su nube y no tardó en llegar a la Montaña de las Flores y Frutos. Desde la altura vio el flamear de las lanzas y estandartes y comprendió que sus cuatro lugartenientes y los setenta y dos reyes de las otras cavernas estaban realizando sus acostumbradas maniobras militares. Cuando sus pies hubieron tocado el suelo, levantó la voz y los llamó, diciendo: - Acabo de regresar. ¡Venid a mi lado inmediatamente! Los monstruos abandonaron sus armas al punto y, echándose rostro en tierra, exclamaron: - ¡Qué despego el de vuestro corazón, Gran Sabio! Ni siquiera una vez se os ha ocurrido venir a visitarnos y ver qué tal nos iban las cosas en todo este tiempo que habéis estado ausente. ¿Cómo podéis habernos olvidado tan pronto? - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - los reprendió el Gran Sabio -. Mirándolo bien, no hace tanto que me ausenté de vuestro lado. Sin dejar de hablar, se dirigieron al interior de la caverna, donde prepararon un espléndido banquete de bienvenida, al que asistieron todos los monos. A la hora de los brindis los cuatro comandantes se echaron rostro en tierra, en señal de acatamiento, y volvieron a preguntarle: - ¿Qué cargo habéis desempeñado esta vez? Suponemos que habrá sido muy importante, ya que, de lo contrario, no habríais pasado en el Cielo más de un siglo. - ¿Cómo que más de un siglo? - replicó el Gran Sabio, burlón -. He estado allí medio año como máximo. ¿Es que os habéis vuelto todos locos? - Un día en el cielo es como un año en la tierra - afirmaron los cuatro comandantes. - Si vosotros lo decís... - concluyó el Gran Sabio, para añadir en un tono más animado - : Me complace comunicaros que en esta ocasión el Emperador de Jade se mostró conmigo mucho mejor dispuesto que la vez anterior. No tuvo el menor reparo en concederme el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, haciendo construir para mí una espléndida mansión a la que dotó de guardianes y de todos los criados necesarios para la buena marcha de lugar tan lujoso. No os digo más que tenía dos espléndidos salones, uno llamado de la Paz y el Silencio y el otro conocido como de la Serenidad de Espíritu. Después, cuando descubrió que llevaba una vida de ocio total y absoluta relajación, me confió el cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales y ahí comenzaron mis problemas. No hace mucho la Reina Madre celebró el Gran Festival de los Melocotones y, según todo lo que sé, cometió la indelicadeza de no invitarme. Pero, en definitiva, no me importó, porque, de todas formas, me dirigí en secreto al Estanque de Jaspe y me tomé toda la comida y todo el vino que habían preparado. Después me marché de allí y fui a parar a la mansión de Lao-Tse, donde, igualmente, terminé con todas las píldoras de elixir que había almacenadas en cinco calabazas huecas. Temí que eso pudiera haber ofendido al Emperador de Jade, así que en seguida decidí abandonar el cielo y regresar aquí. Los monstruos se sintieron encantados con su relato y le ofrecieron un nuevo banquete a base de frutas y de licor. A toda prisa llenaron un cuenco de piedra con vino de coco y se lo ofrecieron al Gran Sabio. Pero éste lo escupió en seguida y exclamó con una mueca de asco: - ¡Qué mal sabe! ¡Tiene un gusto horroroso! - Mucho nos tememos - dijeron entonces los comandantes Peng y Pa - que os habéis acostumbrado en demasía al sabor del vino y de la comida celestiales. Eso explica que encontréis tan detestable el licor de coco. Con razón afirma el dicho: "Sabroso o no, es agua de mi hogar". - Y vosotros - sentenció el Gran Sabio, emocionado -, "familiares o no, todos pertenecéis a mi casa". Por eso, quiero que corráis mi misma suerte. Esta mañana, cuando estaba divirtiéndome a lo grande en el Estanque de Jaspe, me metí por un pasillo lleno de tinajas y cubas que contenían un vino extraordinario, cuyo sabor ni siquiera podéis imaginar. Dejadme volver allí y os aseguro que robaré unas cuantas botellas y os las traeré aquí abajo. Ese vino es tan especial que media copa de él es suficiente para que quien lo pruebe viva una eternidad sin envejecer lo más mínimo. Los monos no cabían en sí de contento. El Gran Sabio salió entonces de la caverna, dio un acrobático salto y fue a parar al lugar en el que iba a celebrarse el Festival de los Melocotones Inmortales. Amparado en la invisibilidad que le otorgaba su magia, se adentró en el pasillo del Palacio del Estanque de Jaspe y vio que los vinateros, fermentadores de cereales, aguadores y demás criados estaban todavía dormidos y roncando como animales. Tomó entonces cuatro botellas - dos en cada mano - y, montando en su nube, regresó sin ser visto a la caverna de los monos. De esta forma, también ellos pudieron celebrar su propio Festival del Vino Inmortal, del que, por sus excesos, no diremos nada aquí, salvo que cada uno tomó unas cuantas copas. Sí nos extenderemos, sin embargo, sobre la suerte corrida por las Siete Doncellas Inmortales, quienes estuvieron sometidas a la magia inmovilizadora de Wu-Kung durante un día completo. Cuando se vieron, por fin, libres de su maleficio, cogieron los cestos de frutas y corrieron a informar a la Reina Madre de todo lo ocurrido. - Perdonad que nos hayamos retrasado tanto - dijeron, avergonzadas -, pero es que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, nos retuvo en el jardín, valiéndose de sus artes mágicas. - ¿Cuántos cestos de melocotones habéis traído? - preguntó la Reina Madre, pasando por alto el incidente. - Solamente dos de los más pequeños y tres de los medianos - contestaron ellas -. De los grandes no quedaba ni uno solo en el jardín, de lo cual dedujimos que el Gran Sabio se los había comido todos. Precisamente cuando estábamos buscándole, se presentó ante nosotras de improviso, amenazándonos con darnos una paliza. Más calmado, nos preguntó después que a quién habíais invitado al banquete de este año y nosotras le facilitamos los nombres de los comensales del año pasado. Fue entonces cuando nos inmovilizó con un encantamiento, desconociendo adonde se marchó o lo que hizo después. Lo que sí podemos afirmar es que nos hemos visto libres de su hechizo hace tan sólo un momento y que nos ha faltado tiempo para venir a informaros. En cuanto la Reina Madre lo hubo oído, fue inmediatamente a ver al Emperador de Jade y le presentó un retablo completo de cuanto había ocurrido. No había terminado de describirlo, cuando se presentó el grupo de vinateros e informó, escandalizado, a su señor: - No sabemos quién lo ha hecho, pero el caso es que todos los preparativos del Festival de los Melocotones Inmortales han quedado destrozados. Lamentamos poner en vuestro conocimiento que el zumo de jade, los ocho manjares exquisitos y el centenar de platos especiales han sido robados o se los ha comido alguien. Nadie pudo reaccionar ante tan grave informe, porque en ese mismo momento hicieron su aparición los cuatro preceptores reales, que anunciaron con ademán solemne: - Acaba de llegar el Supremo Patriarca del Tao. El Emperador de Jade y la Reina Madre se pusieron inmediatamente de pie y salieron a recibirle. Tras presentarles, a su vez, sus respetos, Lao-Tse dijo: - En su humilde casa este anciano taoísta tenía guardada una cantidad indeterminada de Elixir de Oro de los Nueve Cambios n, que deseaba ofrecer a vuestra majestad en el próximo Festival del Mercurio. Extrañamente, ha sido robada por alguien desconocido, y me he creído en la obligación de venir a informaros personalmente de hecho tan lamentable. Las palabras de Lao-Tse conmovieron profundamente al Emperador de Jade, que, no obstante, hubo de recibir a los criados y colaboradores del Sosia del Cielo, quienes dijeron, alarmados, después de echarse por tierra y tocar repetidamente el suelo con la frente: - El Gran Sabio Sun no se ha presentado en todo el día en su residencia oficial. Salió de ella ayer por la mañana y todavía no ha regresado. Lo más desazonante, sin embargo, es que no sabemos adonde puede haber ido. Estas palabras añadieron aún más leña a la hoguera de inquietudes del Emperador de Jade, que vio aumentada su profunda preocupación al oír decir al Gran Inmortal de los Pies Descalzos: - Respondiendo a la invitación de la Reina Madre, me dirigía al lugar del festival, cuando me topé con el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que me dijo que vuestra majestad le había ordenado salir a los caminos a decir a todos los invitados que fuéramos al Salón de la Luz Perfecta a ensayar las ceremonias previas a la celebración del banquete. Siguiendo sus instrucciones, me dirigí a ese lugar, pero no vi ni el carro de dragones ni el carruaje de fénix de vuestra majestad, por lo que me he apresurado a venir a encontrarme con vos aquí. Esta declaración terminó por desbordar la paciencia del Emperador de Jade, que no pudo por menos de exclamar, asombrado: - ¡Ese tipo es francamente increíble! ¡No sólo falsea mis órdenes, sino que, encima, engaña a mis colaboradores más cercanos! ¡Que el Ministro de Detección localice cuanto antes su paradero! El funcionario abandonó inmediatamente el palacio e inició una exhaustiva investigación, que le condujo a la siguiente conclusión, que él mismo se encargó de transmitir a su majestad: - La persona que ha alterado tan profundamente el orden y la paz celestiales no es otra que el Gran Sabio, Sosia del Cielo - y aportó todas las pruebas que le habían llevado a acusación tan grave. El Emperador de Jade se puso furioso y, volviéndose hacia los Cuatro Devarajas, les ordenó que reforzaran los efectivos de Li-Ching y del Príncipe Nata. Sin pérdida de tiempo, llamaron a filas a las Veintiocho Constelaciones, a los Nueve Planetas, a las Doce Divisiones Horarias, a los Intrépidos Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, a los Cuatro Guardianes del Tiempo, a las Estrellas del Este y del Oeste, a los Dioses del Norte y del Sur, a las Deidades de las Cinco Montañas y de los Cuatro Ríos, a los Espíritus Estrella de Todo el Universo y a más de cien mil soldados celestiales. A todos ellos se les ordenó confeccionar dieciocho redes cósmicas, dirigirse con ellas a las Regiones Inferiores, rodear completamente la Montaña de las Flores y Frutos, capturar al rebelde y someterle a la inapelable decisión de la justicia. Todos los dioses pasaron revista a sus tropas y abandonaron el Palacio Celeste. Expedición tan selecta constituía un espectáculo francamente impresionante. El polvo que levantaba oscurecía el cielo, imitando el poder difuminador de la niebla. Resultaba inconcebible que semejante cortejo de guerreros celestiales se dirigiera a la tierra mortal con el único propósito de castigar la impía conducta de un mono que había osado ofender al más Alto de los Señores. Allá iban los Cuatro Grandes Devarajas, y los Intrépidos Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales; los Cuatro Grandes Reyes constituían el estado mayor, mientras que los Intrépidos tenían bajo su mando a un número incontable de soldados. Li-Ching impartía órdenes sin cesar desde el corazón mismo del ejército, sabedor de que el valiente Nata capitaneaba las fuerzas de la vanguardia. La Estrella de Rahu era responsable de las patrullas de reconocimiento y, justamente al otro extremo de la serpiente multicolor que formaban los soldados en pie de guerra, la Estrella de Ketu cubría los puntos débiles de la retaguardia. El espíritu que reinaba entre la tropa era excelente. Soma, la luna, se mostraba ansiosa por entrar en combate, lo mismo que Aditya, el sol, radiante de valentía y de prestancia, las heroicas Estrellas de las Cinco Fases, los temerarios Nueve Planetas y los esforzados Dhzu, Wu, Mao y Yao, Divisiones Horarias, famosos por su fuerza descomunal. Por el este se veía cabalgar a las Cinco Plagas, y a las Cinco Montañas por el oeste. Los Seis Dioses de la Oscuridad cubrían el flanco izquierdo, mientras el derecho era protegido por el arrojo de los Seis Dioses de la Luz. Para no ser menos, los Dioses Dragón limpiaban de enemigos las alturas, encargándose los Cuatro Ríos de los de las Regiones Inferiores. Las Veintiocho Constelaciones cabalgaban juntas en apretada formación. Aunque difíciles de identificar entre la nube de polvo, era fácil intuir la presencia de los capitanes Citra, Svati, Visakha y Anuradha, de los intrépidos Revati, Asvini, Apabharani y Krttika, y de los muy capaces guerreros Uttara - Asadha, Abhijit, Sravana, Sravistha, Satabhisa, Purva - Prosthapada, Uttara-Prosthapada, Rohini, Mulabarhani, Purva - Asadha, Punarvasu, Tisya, Aslesa, Magha, Purva - Phalguni, Uttara - Phalguni y Hasta. Todos ellos blandían espadas y lanzas, en prueba de su afán por entrar en combate. Deteniendo cada cual la nube en la que viajaba, pusieron su sagrado pie en este mundo mortal y acamparon justamente delante de la Montaña de las Flores y Frutos. ¡Qué grave error cometió el mutable Rey de los Monos, al hacerse con el vino de los dioses, robar el elixir y rebelarse en su guarida! Por haber arruinado el Gran Festival de los Melocotones Inmortales, cien mil soldados celestes se disponían a extender la red de Dios sobre él. Li-Ching ordenó detener la marcha, desplegando todos sus efectivos alrededor de la montaña. El cerco era tan apretado que ni siquiera una gota de agua podía escapar, sin ser vista, de la Montaña de las Flores y Frutos. No obstante, como medida precautoria, toda la región fue cubierta con las dieciocho redes cósmicas, tras lo cual los Nueve Planetas se lanzaron al ataque. Al frente de sus tropas, se dirigieron directamente hacia la entrada de la cueva, donde se toparon con un destacamento de monos de toda edad y tamaño, haciendo cabriolas y dando saltos. - ¡Eh, vosotros! - gritaron los Espíritus Celestes con ademán autoritario -. ¿Podéis decirnos dónde está el Gran Sabio? Somos dioses de las Regiones Superiores y hemos venido a arrestarle. Así que decidle que se rinda y salga inmediatamente. De lo contrario, todos vosotros seréis pasados a cuchillo. Aterrados, los monos corrieron al interior de la cueva e informaron a su rey, sin dejar de gritar como locos: - ¡Qué desgracia, Gran Sabio! ¡Qué negro destino se ha abatido, de pronto, sobre nosotros! Ahí fuera hay nueve dioses de aspecto marcial que dicen venir de las Regiones Superiores con el único fin de arrestaros. El Gran Sabio estaba bebiendo una de las botellas que había traído del cielo, con sus cuatro lugartenientes y los reyes de las setenta y dos cavernas y, levantando la copa, dijo en un tono sorprendentemente tranquilo: - Si dispones hoy de vino, no esperes a emborracharte mañana. Procura, ante todo, que la desgracia no venga a acampar delante de tu misma puerta. No había acabado de decirlo, cuando entró, saltando, otro grupo de diablillos y anunciaron con irrefrenable nerviosismo: - Esos nueve dioses están tratando de provocarnos con palabras hirientes y lenguaje obsceno. - No les prestéis ninguna atención - les aconsejó el Gran Sabio, soltando la carcajada -. Entreguémonos hoy a los placeres de la poesía y el vino, y no prestemos atención a lo que pueda darnos gloria y fama. Aún estaban en sus labios esas palabras, cuando hizo su aparición un nuevo grupo de diablillos, que le comunicaron con manifiesta inquietud: - Los nueve dioses acaban de echar abajo la puerta y están tratando de abrirse camino hacia el interior de vuestro reino. - ¡Malditos dioses sin sentimientos! - gritó el Gran Sabio, furioso -. ¿Es que no saben lo que es la educación? Sucediera lo que sucediese, estaba decidido a no enfrentarme a ellos. ¿Por qué han tenido que venir a provocarme y a burlarse de mí en mis propias narices? Con inesperada decisión se volvió hacia el Demonio del Unicornio y le ordenó que se lanzara contra los asaltantes al frente de los reyes de las setenta y dos cavernas, determinando que él mismo y sus cuatro lugartenientes se harían cargo de la retaguardia. Sin pérdida de tiempo, el Rey Demonio condujo a la refriega a su ejército de ogros y monstruos, pero cayeron en una emboscada tendida por los Nueve Planetas y no pudieron avanzar más allá de la cabecera del puente de hierro. Cuando más desesperada parecía la situación, apareció el Gran Sabio, blandiendo la barra de hierro y gritando, imperioso: - ¡Haceos a un lado y dejadme pasar! La barra se había tornado del grosor de un cuenco de arroz y había adquirido una longitud de más de doce pies de largo. Dando mandobles a derecha e izquierda, el Gran Sabio se lanzó al centro mismo de la refriega con tal determinación que ninguno de los Nueve Planetas se atrevió a hacerle frente, no quedándoles más remedio que retroceder en desbandada. Cuando, por fin, lograron reagrupar sus tropas, se volvieron hacia su agresor y le recriminaron con airada voz: - ¡Maldito "pi-ma"! ¿Es que has perdido totalmente el juicio? ¿No comprendes que has quebrantado las diez normas? 16. Te hartaste primero de melocotones y de vino después, impidiendo, así, la celebración del Gran Festival de los Melocotones Inmortales. No contento con eso, robaste a Lao-Tse el elixir de la inmortalidad y tuviste el atrevimiento de saquear las bodegas imperiales para esparcimiento puramente personal. ¿No te das cuenta que lo único que has hecho ha sido acumular pecado sobre pecado? - Reconozco que es verdad cuanto decís - reconoció el Gran Sabio -. Pero ¿queréis explicarme qué es lo que pretendéis con semejante despliegue bélico? - El Emperador de Jade nos ha ordenado conducir contra ti nuestras tropas y llevarte prisionero a su presencia. Ríndete y perdonaremos la vida a todos esos extraños seres que te acompañan. De lo contrario, destruiremos tu caverna y allanaremos por completo la montaña en la que se halla enclavada. - ¡Qué fanfarrones estáis hechos! - bramó el Gran Sabio, furioso -. ¿Tan grande consideráis el poder de vuestra magia para osar decir palabras tan absurdas como ésas? ¡Ya os enseñaré yo lo que es bueno! ¡No os vayáis, que quiero que probéis el sabor de mi barra! Los Nueve Planetas organizaron un ataque conjunto, pero el Hermoso Rey de los Monos no se arredró. Agarró con fuerza la barra de hierro y, sin dejar de golpear a derecha e izquierda, luchó denodadamente con los Nueve Planetas, hasta que éstos, presa del agotamiento, se dieron media vuelta y huyeron, abandonando en el campo las armas. Al límite de sus fuerzas, lograron regresar sanos y salvos al campamento, donde informaron a Li-Ching de lo ocurrido, diciendo: - ¡Ese maldito Rey de los Monos es, en verdad, un luchador de primera categoría! Aunque hemos hecho todo cuanto estaba de nuestra arte, no hemos podido con él y nos hemos visto obligados a aceptar nuestra derrota. Li-Ching ordenó entonces a los Cuatro Devarajas y a las Veintiocho Constelaciones entrar en acción. El Gran Sabio no perdió por eso la calma, mandando, a su vez, al Demonio del Unicornio, a los Reyes Monstruo de las setenta y dos cavernas y a sus cuatro lugartenientes que colocaran sus efectivos en orden de batalla delante mismo de la puerta de su cueva. La batalla que a continuación se desarrolló fue de las más feroces que jamás han contemplado los siglos. Era como si, en verdad, estuvieran enfrentándose un frío y huracanado viento, y una niebla oscura y densa. Aquí se veía el ondear de banderas y estandartes; allí se apreciaba el reverbero cegador de lanzas y hachas de guerra. Sin fin se sucedían hilera tras hilera de armaduras que brillaban como flamas bajo los implacables rayos del sol, y de cascos guerreros que parecían campanas de plata, cuyos tañidos resonaban con fuerza en los cielos. Aquel interminable fluir de fieros soldados con sus impresionantes cotas de malla recordaba al implacable avance de los glaciares aplastando la tierra. Por doquier se veían cimitarras gigantes, rápidas y luminosas como el rayo; lanzas tan afiladas que eran capaces de horadar las nubes o de traspasar el tibio velo de la neblina; hachas de guerra en forma de cruz; látigos, inquietos y siempre alerta como pestañas de tigre, con sus mangos enhiestos como hileras de plantas de cáñamo; espadas verduzcas de bronce y puntas de lanzas, tan abundantes que constituían un tupido bosque de muerte; arcos y ballestas de curvo diseño; veloces flechas con plumas de águila en uno de sus extremos; infinidad de artilugios guerreros y armas arrojadizas, tan mortales como picaduras de serpientes, capaces de matar y de producir heridas que ni siquiera el tiempo llegaba a curar. Por encima de todas ellas sobresalía, no obstante, la complaciente barra de hierro del Gran Sabio, que no dejaba de moverse en todas las direcciones, quebrando huesos y destrozando cuerpos. La batalla se prolongó hasta que los pájaros dejaron de revolotear en el aire, los tigres y lobos corrieron a esconderse en el interior de las selvas y todo el planeta quedó oscurecido por la ingente cantidad de polvo, rocas y suciedad que flotaba en el ambiente. El estruendo era tal que hasta el Cielo y la Tierra se echaron a temblar y dioses y demonios se sintieron profundamente alarmados. La batalla comenzó al amanecer y duró hasta mucho después de que el sol se hubiera puesto tras las lejanas estribaciones del oeste. El Demonio del Unicornio y los reyes de las setenta y dos cavernas fueron capturados por las fuerzas celestes. Sólo lograron escapar los cuatro comandantes y el travieso batallón de monos, que salvaron la vida escondiéndose en lo más profundo de la Caverna de la Cortina de Agua. El Gran Sabio, por su parte, mantuvo durante largo tiempo a raya a las fuerzas de los Cuatro Devarajas, de Li-Ching y del Príncipe Nata con la sola ayuda de su barra de hierro. Al ver que se echaba encima la noche y todavía estaba todo por decidir, se arrancó unos cuantos pelos del cuerpo, se los metió en la boca y, tras triturarlos con los dientes, los escupió, gritando: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en varios miles de Grandes Sabios, tan iguales a él que todos portaban una barra de hierro idéntica a la suya. En un abrir y cerrar de ojos, rechazaron al Príncipe Nata y derrotaron a los Cinco Devarajas. Victorioso, el Gran Sabio recuperó todos los pelos y corrió al interior de la cueva. No había llegado a la cabecera del puente de láminas de hierro, cuando le salieron al encuentro sus cuatro lugartenientes, seguidos de todo el contingente de monos, que se echaron rostro en tierra y, a manera de bienvenida, tres veces se rindieron al llanto y otras tantas se abandonaron a la risa. - ¿Se puede saber por qué, al verme, os ponéis a reír y a llorar? - preguntó, sorprendido, el Gran Sabio. - Cuando esta mañana nos enfrentamos a los Reyes Deva - contestaron los cuatro comandantes -, el Demonio del Unicornio y los reyes de las setenta y dos cavernas cayeron prisioneros de los dioses. Sólo nosotros logramos salvar la vida, y ése es el motivo por el que nos hemos echado a llorar. Al veros, por otra parte, regresar triunfante y sin un solo rasguño, se ha apoderado de nosotros tal alegría que no hemos podido evitar soltar la carcajada. - En la vida de un soldado - sentenció el Gran Sabio - la victoria y la derrota son una misma y única experiencia. De ahí que rece el antiguo dicho: "Es posible que puedas dar muerte a diez mil de tus enemigos, pero también perderás a tres mil de tus propios aliados". Además, han sido los tigres, los leopardos, los lobos, los insectos, los tejones, los zorros y animales por el estilo los que han caído prisioneros, no los monos. De hecho, ninguno de nosotros ha resultado herido. ¿Para qué apenarnos? Con eso no conseguiremos absolutamente nada. Es cierto que hemos logrado rechazar a nuestros adversarios, pero no lo es menos que su campamento aún no ha sido levantado y continúa firmemente anclado en la tierra, a los pies mismos de esta montaña. No debemos, por tanto, ceder a triunfalismos fáciles ni abandonar nuestra propia defensa. Lo más aconsejable en estos momentos es que comáis todo lo que queráis y descanséis las horas que podáis. Así conservaréis toda vuestra energía intacta. Mañana, en cuanto amanezca, voy a capturar, con ayuda de mi magia, a algunos de esos generales celestes y, así, daremos oportuna venganza a nuestros compañeros de armas. Más tranquilos, los cuatro comandantes y el grueso del ejército de monos tomaron unas cuantas copas de vino de coco y se retiraron a descansar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Una vez que los Cuatro Devarajas hubieron ordenado el repliegue de sus ejércitos, dando, así, por terminada la lucha de aquel día, todos los comandantes acudieron a sus tiendas a informarles de los resultados obtenidos en la refriega. Fue de esta forma como se enteraron de que habían capturado gran cantidad de leones, elefantes, lobos, zorros y toda clase de animales reptantes; sin embargo, comprobaron consternados que no había ningún mono entre ellos. Se tomaron entonces medidas para proteger adecuadamente el campamento, terminaron de levantar las tiendas y se recompensó a los oficiales que más se habían distinguido en la pelea. Al mismo tiempo, se ordenó a los soldados a cargo de las redes cósmicas que llevaran campanas y que exigieran el santo y seña a todos los que se acercaran a ellos. A la espera del combate del siguiente día, se extremó la guardia, manteniendo férreo el cerco que habían montado alrededor de la Montaña de las Flores y Frutos. La situación se mantenía, pues, como al principio: con su rebelión, el irrespetuoso mono había alterado los principios armónicos que regían los cielos y la tierra, mientras la red se mantenía extendida día y noche sobre su cabeza. De momento, no sabemos lo que ocurrió a la mañana siguiente. Quien quiera conocerlo debe escuchar con especial atención lo que se narra en el próximo capítulo. 第006回 KWANG-ING, INVITADA DE HONOR AL BANQUETE, SE INTERESA POR LO SUCEDIDO. HACIENDO USO DE SU PODER, EL PEQUEÑO SABIO DOMINA AL GRAN SABIO No hablaremos, de momento, del asedio al que los dioses tenían sometido al Gran Sabio. Sí lo haremos, sin embargo, de la Compasiva Dispensadora, la Eficiente Bodhisattva Kwang-Ing de la Montaña Potalaka de los Mares del Sur. Era una de los invitados de honor de la Reina Madre al Gran Festival de los Melocotones Inmortales y, al entrar en la cámara del tesoro acompañada de su fiel discípulo Huei-An, comprobó, estupefacta, que la sala yacía en el más absoluto desorden y que las mesas habían sido volteadas a placer. De hecho, ninguno de los invitados allí presentes parecía atreverse a tomar asiento, prefiriendo enfrascarse en una movida y acalorada discusión. Al ver entrar a la Bodhisattva, la saludaron con cortesía y la pusieron al tanto de lo ocurrido con la mayor brevedad que les fue posible. - Puesto que, según parece, este año no va a haber ni brindis ni festival, creo que lo mejor que podemos hacer es ir a visitar al Emperador de Jade - sugirió Kwang-Ing. Los dioses no pusieron ningún reparo en seguirla y, sin mediar ninguna palabra más, se dirigieron a la Sala de la Luz Perfecta, donde la Bodhisattva se encontró con los Cuatro Preceptores Celestes y el Inmortal de los Pies Descalzos. A grandes rasgos la informaron de la expedición enviada por el Emperador de Jade contra el monstruo y de la intranquilidad que su tardanza estaba provocando en las dependencias imperiales. - Me gustaría entrevistarme con el Emperador de Jade - dijo entonces la Bodhisattva -. ¿Seríais tan amable de anunciarle mi llegada? Sin pérdida de tiempo, el Preceptor Chiou-Hung-Chr se dirigió a la Sala del Tesoro de la Niebla Divina, de donde volvió a salir a los pocos segundos para informar a Kwang-Ing que el Señor del Cielo la estaba esperando. Al recibir el anuncio de su visita, Lao-Tse se sentó al lado del emperador, mientras la Reina Madre fue a ocupar deferentemente un asiento que había detrás del trono. Kwang-Ing no tardó en entrar, seguida de los otros dioses, y, tras presentar sus respetos al Emperador de Jade y saludar a Lao-Tse y a la Reina Madre, preguntó con la llaneza que le era habitual: - ¿Queréis explicarme por qué ha sido suspendido el Gran Festival de los Melocotones Inmortales? - Siempre que lo hemos celebrado, todos lo hemos pasado maravillosamente - contestó el Emperador de Jade -. Pero este año un mono engreído ha destrozado todos los preparativos, no dejándonos otra cosa que una insoportable frustración. - ¿Podéis decirme de dónde procedía ese mono? - volvió a preguntar la Bodhisattva. - Surgió de un huevo de piedra colocado en la cumbre de la Montaña de las Flores y Frutos, ubicada en el país de Ao-Lai en el Continente de Purvavideha - respondió el Emperador de Jade -. En el momento mismo de su nacimiento surgieron de sus ojos dos rayos de luz dorada que llegaron hasta el Palacio de la Estrella Polar. A pesar de todo, no le prestamos mucha atención y nos olvidamos de él. Más tarde, sin embargo, se convirtió en un monstruo capaz de derrotar al Dragón y de domar al Tigre, y tan osado que hizo borrar su nombre del Libro de la Muerte. Posteriormente, cuando los Reyes Dragón y los Príncipes del Mundo Inferior acudieron a mí a quejarse de su vergonzosa conducta, tomé la decisión de apresarle sin dilación alguna, pero la Estrella de la Vida Perdurable nos hizo ver que todos los seres de las Tres Regiones que poseen nueve aperturas son capaces de obtener la inmortalidad y decidí ayudarle a conseguirla, trayéndole a las Regiones Superiores. Para empezar, le nombré encargado de los establos imperiales, pero él opinó que ese puesto era demasiado bajo para sus muchas capacidades y abandonó por su cuenta el Cielo. Ante rebelión tan descarada, envié contra él a Li-Ching y al Príncipe Nata con la orden de arrestarle y traerle a mi presencia. Sin embargo, lo pensé después mejor y le hice llegar un acta de reconciliación, invitándole nuevamente a venir a las Regiones Superiores y concediéndole el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, un nombramiento totalmente honorífico que no llevaba aparejado ningún tipo de responsabilidad. Eso fue una grave equivocación, porque se pasaba todo el día vagueando y llegamos a temer que tanta ociosidad pudiera excitar su natural pendenciero y violento. Para evitarlo, le confiamos el cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales, pero, una vez más, hizo caso omiso de las normas celestes, comiéndose todos los melocotones de los árboles más viejos. Fue entonces cuando se iniciaron los preparativos para el banquete de este año, al que, por cierto, no fue invitado, porque se trataba de una persona sin asignación fija. Aun así, se las arregló a las mil maravillas para engañar al Inmortal de los Pies Descalzos y presentarse en el Estanque de Jaspe, haciéndose pasar por él. Después dio rienda suelta a su travieso natural, dando buena cuenta de toda la comida y bebiéndose todo el vino que le apeteció. Incluso tuvo el atrevimiento de robar el elixir de Lao-Tse y de llevar a su inmunda caverna una gran cantidad de vino imperial para disfrute y esparcimiento de sus hermanos los monos. Eso hizo colmar el vaso de mi paciencia, por lo que decidí enviar a cien mil soldados con redes cósmicas para capturarle. Sin embargo, todavía no hemos recibido ningún informe sobre el desarrollo de la batalla y mucho nos tememos que todo no ha ido para nosotros tan bien como esperábamos. La Bodhisattva se volvió entonces hacia su discípulo Huei-An y le ordenó: - Baja inmediatamente a la Montaña de las Flores y Frutos y entérate de cómo se encuentra la situación militar en estos momentos. Si el enemigo no ha sido aún sometido, presta a los guerreros celestes toda la ayuda que precisen. En cualquiera de los casos, regresa en seguida a informarnos sobre cómo va todo. Huei-An se arregló las ropas lo mejor que pudo y, montando en su nube, abandonó a toda prisa el palacio con una barra de hierro en las manos. No tardó en llegar a la montaña, donde pudo ver las redes cósmicas y un enjambre de centinelas con campanas en las manos que no dejaban de gritarse unos a otros el santo y seña. El cerco de la montaña era tan perfecto que resultaba prácticamente imposible que una simple gota de agua escapara de él. Apenas hubo puesto el pie en el suelo, Huei-An levantó la voz y dijo: - ¡Eh, centinelas! ¿Os importaría anunciar mi llegada? Soy el Príncipe Moksa, hijo segundo de Li-Ching, conocido también por Huei-An, discípulo predilecto de Kwang-Ing de los Mares del Sur, y he venido a informarme de la situación militar. Sin pérdida de tiempo, los centinelas de las Cinco Montañas dieron cuenta a sus superiores de su llegada, encargándose las Constelaciones de Acuario, Escorpio e Hidra de llevar directamente ese anuncio hasta el mismísimo comandante en jefe de todo el ejército. Li-Ching dio la orden de abrir un pequeño postigo en las redes cósmicas para permitir el paso a visitante tan ilustre. Estaba empezando a clarear ya por el este, cuando Huei-An pudo, por fin, postrarse en tierra ante los Cinco Devarajas. Concluidos los saludos, Li-Ching le abrazó cariñosamente y le preguntó: - ¿Se puede saber de dónde vienes, querido hijo? - Es muy largo de contar - contestó Huei-An -. Bastaos saber que acompañé a la Bodhisattva al Gran Festival de los Melocotones Inmortales, pero, al ver el lamentable estado en el que había sido sumido el Estanque de Jaspe, la Madre Misericordiosa fue a ver al Emperador de Jade, seguida por mí y muchos otros dioses. El Señor del Cielo le puso en seguida al tanto de lo ocurrido y le habló de vuestra expedición a las Regiones Inferiores con el fin de apresar a ese mono engreído. Sin embargo, como en el Cielo aún no se había recibido noticia alguna sobre la marcha de la misma, la Bodhisattva me pidió que viniera a indagar sobre la situación en la que se encuentran nuestras armas. - Nada más llegar - explicó Li-Ching -, asentamos el campamento en el lugar en el que ahora nos encontramos. Los Nueve Planetas montaron en seguida un ataque, pero ese tipo desplegó todo el arsenal de sus formidables poderes mágicos y tuvieron que dar marcha atrás, totalmente derrotados. Ante eso, yo mismo me lancé a la refriega, pero también me rechazó, aunque la batalla duró hasta bien entrada la noche y él solo hubo de hacer frente a más de cien mil guerreros celestiales. Como habrás comprendido, hizo un uso magistral de esa magia que llaman de la división corporal. Cuando nos reagrupamos, pudimos comprobar que habíamos apresado un gran número de lobos, tigres, leopardos, reptiles y animales semejantes, pero no a mono alguno. Hoy todavía no hemos reanudado las hostilidades. No había acabado de decirlo, cuando llegó un soldado procedente de la puerta del campamento y anunció con voz temblorosa: El Gran Sabio ha dispuesto su destacamento de monos en orden de batalla y está ahí fuera provocándonos. El Príncipe y los Cinco Devarajas ordenaron el inmediato despliegue de las tropas. Moksa agarró entonces a su padre por la manga y dijo: - Aunque la Bodhisattva me ordenó venir a recoger información, también me permitió que os prestara cuanta ayuda precisarais para el combate. Si bien es verdad que no tengo mucho de estratega, me gustaría ver cómo lucha ese Gran Sabio. - Supongo que algo habrás aprendido en tantos años como llevas junto a la Bodhisattva - replicó Li-Ching -. Pero, por lo que más quieras, ¡ten cuidado! Ese monstruo es muy especial. - No temas. No me ocurrirá nada - trató de tranquilizarle Huei-An -. A bestias más peligrosas que él me he enfrentado a lo largo de mi vida. Impaciente por entrar en acción, agarró la barra de hierro con las dos manos, se ajustó la vestimenta, profusamente bordada, y, abandonando sus filas, gritó con voz segura: - ¿Quién es el Gran Sabio, Sosia del Cielo? - ¡Este viejo mono que tienes delante de las narices! - respondió Wu-Kung, arrogante -. ¿Y tú quién eres, para osar preguntarme una cosa tan obvia? - Yo soy Moksa, el hijo segundo de Li-Ching - contestó el Príncipe -. También se me conoce por el nombre de Huei-An, ya que soy el discípulo preferido de la Bodhisattva Kwang-Ing y he dedicado mi vida a la defensa de la fe que ella representa. - Si lo que dices es cierto - replicó el Gran Sabio -, ¿me quieres explicar por qué has abandonado tu centro de formación en los Mares del Sur para venir a verme? - Mi Maestra quería informarse sobre la situación aquí abajo y me envió en busca de noticias frescas - respondió Moksa -. Pero, al ver que no eres más que un pobre fanfarrón, me he decidido a capturarte yo mismo y poner, así, fin a todas tus baladronadas. - ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma? - exclamó el Gran Sabio -. ¿No sabes, acaso, que soy el mejor guerrero de todo el cosmos? Pero no huyas. Antes tienes que probar el sabor de mi barra de hierro. Moksa no se alteró lo más mínimo. Levantó la suya y paró diestramente el golpe mortal que se le venía encima. Los dos resultaron ser excelentes luchadores. Lo demostraron ampliamente en el centro de la falda de la montaña, enfrente justamente de la puerta principal del campamento. Pocas veces se había visto, en verdad, una confrontación tan fiera y equilibrada. Idénticas parecían las armas, aunque el hierro en el que habían sido forjadas era totalmente diferente. Lo mismo podía decirse del carácter y rectitud moral de los hombres que las blandían. El conocido como Gran Sabio era un apóstata que había renegado de su primigenia condición de inmortal. Su oponente, por el contrario, había curtido su recto modo de ser en la escuela de la misericordiosa Kwang-Ing. No había que extrañarse, pues, de que su barra de hierro hubiera salido de la fragua de los Seis Dioses de las Tinieblas y de los Seis Dioses de la Luz, que la formaron golpeándola con mil martillos a la vez. La magia de la del Gran Sabio no le iba a la zaga, ya que había servido para marcar la profundidad del mismísimo Río Celeste. Se comprendía que ninguna obtuviera una ventaja apreciable. Los encuentros se sucedían, interminables, y nadie lograba salir vencedor. Los golpes, constantes, fieros, rápidos como un huracán, certeros y, a la vez, inútiles, recordaban al monótono tamborilear de la lluvia. A un lado del campo de batalla las banderas y estandartes ondeaban gallardos, mientras que del otro surgía un constante oleaje de batir de tambores. Cada bando expresaba, además, su tensión de un modo totalmente distinto: el nerviosismo forzaba a los miles de soldados celestes a formar círculos, cosa que contrastaba llamativamente con las rectas hileras que constituían las legiones de monos. En ambos la excitación era, sin embargo, la misma. Sobre ellos caían con idéntica profusión el polvo feroz de la batalla. Era como una densa y oscura niebla que se fuera extendiendo por toda la tierra para ascender después hasta las mismísimas puertas del Palacio Celeste. Si fiera había sido la lucha del día anterior, más feroz y violenta fue aún la de esa mañana. ¡Qué digna de envidia resultó ser la habilidad guerrera del Rey de los Monos, que logró, por fin, derrotar a Moksa, haciéndole huir para salvar la vida! Cincuenta o sesenta veces cruzaron sus armas sin desfallecer el Gran Sabio y Huei-An. Poco a poco, no obstante, los brazos y hombros del Príncipe fueron rindiéndose al cansancio y llegó un momento en el que no pudo seguir luchando. Comprendiendo que todo era inútil, abandonó el campo, dignamente derrotado. El Gran Sabio se volvió entonces hacia los suyos y, tras hacerlos formar en estricto orden de batalla, procedió a asegurar los accesos al interior de la caverna. Los guerreros celestes, por su parte, se hicieron a un lado para dejar pasar al príncipe, que, sudoroso y jadeante, fue al encuentro de los Cuatro Devarajas, de su padre Li-Ching y del Príncipe Nata, para decirles con voz entrecortada por el cansancio: - ¡Ese Gran Sabio es un auténtico maestro! El poder de su magia es, ciertamente, incalculable. Lamento no haber podido derrotarle, aunque sé que ser batido por un enemigo superior nunca debe resultar vergonzoso. Vivamente impresionado por el aspecto que ofrecía su hijo, Li-Ching escribió una carta al emperador solicitando refuerzos, que confió al Príncipe Moksa y al Rey Demonio Mahabali. Ninguno de los dos quiso demorar su partida hacia el Cielo. Hicieron un pequeño orificio en las redes cósmicas y, tras montarse en la nube sagrada, iniciaron a toda prisa el viaje de vuelta. No tardaron en llegar al Salón de la Luz Perfecta, donde se encontraron con los Cuatro Preceptores, que, sin pérdida de tiempo, los condujeron directamente a la Sala del Tesoro de la Niebla Divina. Tras los saludos de rigor, le preguntó la Bodhisattva: - ¿Has podido averiguar algo sobre la situación de nuestras tropas? - Obedeciendo vuestros deseos - respondió Huei-An -, descendí a la Montaña de las Flores y Frutos, donde, tras lograr penetrar en las redes cósmicas, solicité ser conducido a presencia de mi padre, a quien oportunamente informé de vuestras intenciones al enviarme allí. Inmediatamente me puso al tanto de todo, diciendo: "Durante todo el día de ayer estuvimos luchando con ese Rey de los Monos. Cuando al caer la tarde nos reagrupamos, pudimos comprobar que habíamos apresado un gran número de lobos, tigres, leopardos, reptiles y animales semejantes, pero no a mono alguno". No había terminado de decirlo, cuando fuimos informados de que ese monstruo exigía, de nuevo, entrar en combate. Ni corto ni perezoso, cogí mi barra de hierro y salí a enfrentarme con él. Hasta cincuenta o sesenta veces llegamos a cruzar nuestras armas, pero, al final, no pude dominarle y hube de regresar al campamento, derrotado. Eso ha movido a mi padre a enviarnos al Rey Demonio Mahabali y a mí en busca de ayuda. La Bodhisattva no hizo ningún comentario, limitándose a sacudir ligeramente la cabeza y a sopesar la gravedad de la situación. El Emperador de Jade, por su parte, terminó de leer el escrito de Li-Ching y, soltando la carcajada, exclamó, despectivo: - ¡Es ridículo solicitar nuevos refuerzos! ¿Qué tiene de especial ese mono, para que cien mil soldados celestes sean incapaces de vencerle? No me cabe en la cabeza que Li-Ching pida más tropas para poder cumplir su misión. ¿Quiere alguien decirme qué batallón podemos enviarle? - No le deis más vueltas a la cabeza - dijo Kwang-Ing con las manos dobladas sobre el pecho, apenas hubo terminado de hablar -. Creo que puedo recomendaros a un dios, que, con toda seguridad, dominará a ese mono. - ¿Se puede saber en quién estáis pensando? - preguntó el Emperador de Jade, escéptico. - En vuestro propio sobrino, majestad - contestó la Bodhisattva -, en Er-Lang, el Maestro Inmortal de la Sagacidad Absoluta, que, como bien sabéis, ha fijado su residencia en el nacimiento del Río de las Libaciones, en la Prefectura de Kwang, donde goza a manos llenas de las ofrendas que le hacen los moradores de las Regiones Inferiores. No necesito recordaros que antaño mató él solo a seis monstruos y que actualmente es el Presidente de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos, así como señor de más de mil doscientos dioses con cabeza de planta, cuyos poderes mágicos son incalculables. No obstante, ese inmortal es un tanto orgulloso y sólo se decidirá a capturar a ese monstruo, si, de una manera individualizada, le enviáis la orden de presentarse con sus tropas en la escena de la batalla. Si así lo hacéis, tened por seguro que terminará abatiendo a vuestro enemigo. El Emperador de Jade redactó a toda prisa la orden, que confió al Rey Demonio Mahabali para que se la hiciera llegar cuanto antes a su destinatario. Mahabali montó en su nube y se dirigió hacia el nacimiento del Río de las Libaciones. Le llevó poco menos de media hora alcanzar el lugar en el que habitaba el Maestro Inmortal. Al verle acercarse, los demonios que guardaban las puertas de la mansión corrieron a informar a su señor, diciendo: - Acaba de llegar un mensajero con un escrito del emperador para vos. Er-Lang y sus hermanos abandonaron al punto sus asientos y salieron a recibir a Mahabali, quien les entregó una carta del Señor del Cielo, en la que se decía: El Gran Sabio, Sosia del Cielo, un mono procedente de la Montaña de la Flores y Frutos, se ha declarado en abierta rebeldía. Al robar el elixir, hartarse de melocotones y emborracharse con el vino imperial, esa bestia ha impedido la celebración del Gran Festival de los Melocotones Inmortales. Por ese motivo, hemos enviado contra él cien mil soldados celestes con dieciocho redes cósmicas y la orden expresa de cercar su montaña y apresarle, pero hasta este momento presente la victoria no ha sido todavía asegurada. Por medio de la presente, pedimos, pues, a nuestro muy digno sobrino y a sus hermanos que se desplacen cuanto antes a la Montaña de las Flores y Frutos y con su aportación contribuyan a la definitiva derrota de ese monstruo. En caso de que el éxito sonría vuestros esfuerzos, seréis ascendidos y recompensados con generosidad. Visiblemente complacido, el Maestro Inmortal se volvió hacia el Rey Demonio y le dijo: - Regresa cuanto antes a palacio e informa a tu señor de que puede contar en esta empresa con mi humilde aportación. Después hizo llamar a los seis miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos - los cuatro mariscales Kang, Chang, Yao y Li, y los dos generales Kuo-Shen y Chr-Chien - y les dijo, una vez que hubieron tomado asiento: - El Emperador de Jade ha decidido enviarnos a la Montaña de las Flores y Frutos a detener a un mono rebelde. No perdamos, pues, ni un solo minuto y dirijámonos allí cuanto antes. Diligentes como siempre, los hermanados convocaron a sus soldados, sacaron los halcones y las traíllas de perros, cogieron los arcos y las flechas, que siempre tenían a punto, y, montándose en un viento huracanado, cruzaron en un abrir y cerrar de ojos el Océano Oriental. Al llegar a la Montaña de las Flores y Frutos, se toparon con las redes cósmicas y gritaron a los guardias: - Hemos sido enviados por el Emperador de Jade a capturar al mono rebelde. Abridnos, pues, la puerta del campamento y dejadnos pasar. Los guardianes transmitieron el mensaje a sus superiores hasta llegar a oídos de los Cinco Devarajas, que salieron a recibirlos a los mismísimos lindes del campo. Tras intercambiar los saludos de rigor, indagaron cuanto pudieron sobre la situación militar, encargándose Li-Ching de ofrecerles un cuadro más o menos completo de la misma. - Ahora que yo, el Pequeño Sabio, me encuentro entre vosotros - dijo, socarrón, el Maestro Inmortal -, voy a iniciar una carrera de transformaciones con nuestro rebelde enemigo. Ustedes, caballeros, deben mantener la red bien sujeta por todas partes, menos por su sección superior, que ha de quedar totalmente al descubierto. No se preocupen por mí. Si soy derrotado, no es necesario que acudan en mi ayuda, ya que de eso se encargarán mis propios hermanos. De la misma manera, si la suerte me sonríe y termino ganando, serán también ellos quienes asuman la responsabilidad de atar a la bestia. Lo único que preciso es que el Devaraja Li-Ching se mantenga en el aire a media altura con el espejo de reflejar monstruos. Es de esperarse que, si nuestro mono es derrotado, trate de huir a algún lugar muy alejado de aquí. Es preciso, por tanto, que su imagen quede reflejada con toda claridad en el espejo; de esta forma, no le perderé de vista. Los devarajas ocuparon entonces los cuatro puntos cardinales, mientras todos los guerreros celestes se alinearon siguiendo formaciones previamente establecidas. A la cabeza de sus hermanos los cuatro mariscales y los dos generales, el Maestro Inmortal abandonó sus filas y se puso a increpar al Gran Sabio. Previamente había ordenado al resto de su ejército extremar la vigilancia sobre el campamento, encareciendo muy especialmente a los dioses con cabeza de planta que tuvieran preparados los halcones y los perros. Una vez asegurados esos extremos, el Maestro Inmortal se dirigió a la parte delantera de la Caverna de la Cortina de Agua, donde vio un destacamento de monos dispuestos de tal forma que daban la impresión de ser un dragón enroscado. Justamente en su parte central se levantaba, orgulloso, el estandarte con el lema: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo". - ¡Qué monstruo más engreído! - exclamó el Maestro Inmortal, al verlo -. ¿Cómo habrá podido atreverse a otorgarse a sí mismo el título de Sosia del Cielo? - Déjate ahora de eso - le aconsejaron los seis miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos -. No hay tiempo para la alabanza o el reproche. Es hora ya de que nos enfrentemos a ese mono. Cuando los monos vieron al Maestro Inmortal delante justamente de su campamento, corrieron a avisar a su señor. Sin pérdida de tiempo, el Rey de los Monos echó mano de la barra de hierro, se ajustó la coraza de oro, se calzó las botas de andar por las nubes y, tras colocarse en la cabeza el yelmo de oro, dio un tremendo salto que le llevó fuera de su propio campamento. Desconcertado ante la finura de sus rasgos y la elegancia de su vestimenta, Wu-Kung no podía apartar los oíos de su nuevo adversario. Se trataba, en efecto, de un hombre de semblante comedido y gentil, cuyas orejas le llegaban hasta los hombros y cuyos ojos, siempre alerta, emanaban una luz cegadora. Su cabeza aparecía protegida por un yelmo de tres fénix volando a diferente altura, que resaltaba la palidez amarillenta de su ropaje. Calzaba unas botas hechas a base de tiras de oro, que no desdecían en nada de sus medias de dragones enroscados. Ocho emblemas, apretados como ramos de flores, adornaban su cinturón de jade. Llevaba colgando de la cintura una ballesta que recordaba la graciosa curvatura de la luna nueva, y en las manos portaba una lanza de doble filo muy semejante a un tridente. Tales eran las armas de un hombre, que, de un solo tajo, hendió la Montaña de los Melocotones para salvar a su madre, - que, con un solo proyectil, derribó dos fénix de Dhzung-Le; que, con su ingenio, mató a ocho monstruos, engrandeciendo la ola expandente de su fama; y que, cultivador fiel de la amistad, creó la Hermandad de los Siete Sabios de la Montaña de los Ciruelos. Poseía una mente tan profunda que en nada consideraba ser un pariente directo del Cielo. De hecho, su orgulloso e independiente natural le llevó a fijar su residencia a orillas del Río de las Libaciones. Así era el magnánimo y comprensivo Sabio de la Ciudad de Chr, maestro en el difícil arte de las mutaciones, un inmortal al que todos conocían por el nombre de Er-Lang. Cuando el Gran Sabio le vio, agarró con fuerza la barra de hierro y gritó, despectivo: - ¿Qué guerrerucho eres tú y de dónde vienes, para que te atrevas, sin más, a retarme? - Se nota que, ciertamente, tienes ojos, pero que los usas muy poco - replicó el Maestro Inmortal -. ¿Cómo es posible que no me hayas reconocido? Soy Er-Lang, sobrino del Emperador de Jade y Rey de los Espíritus Ilustres por nombramiento directo de su majestad. De él he recibido también la orden de venir a detenerte, maldito mono rebelde. ¿No percibes la proximidad de tu fin? - Recuerdo que hace años - comentó el Gran Sabio, despectivo - la hermana del Emperador de Jade se enamoró de un mortal llamado Yang, con el que después se casó y al que al poco tiempo dio un hijo varón. ¿Quieres decir que eres tú el joven del que se cuenta que partió en dos la Montaña de los Melocotones con la única ayuda de su hacha? Ciertamente me gustaría medir mis fuerzas contigo, pero no tengo nada contra ti. Podría destruirte ahora mismo con mi barra de hierro, sin embargo, voy a ser generoso contigo y perdonarte la vida. Es vergonzoso arrojar al campo de batalla a una persona tan joven como tú. ¿Por qué no dices a los Cuatro Grandes Devarajas que salgan a dar la cara ellos? - ¡Maldito mono! - exclamó el Maestro Inmortal, herido en su amor propio. ¿Cómo te atreves a ser tan insolente? ¡Prueba el sabor de mi acero! - y lanzó, de improviso, un terrible tajo de su lanza, que el Gran Sabio detuvo, levantando oportunamente la barra de hierro. La lucha en la que los dos se enfrascaron fue digna de auténticos campeones. Er-Lang, el dios de la Ilustre Gentileza, gallardo y de elevado espíritu, desafió al Hermoso Rey de los Monos, el Gran Sabio Sosia del Cielo, tan valiente que a nadie temía y a todos estaba dispuesto a enfrentarse. Tan pronto como se vieron, sintieron el ardiente deseo de medir sus hercúleas fuerzas. Ambos ignoraban quién era el mejor guerrero, pero aquel día iba a brindarles, por fin, la oportunidad de descubrir quién era el más fuerte y quién el más débil. Sus armas entrechocaron a derecha y a izquierda, arriba y abajo, sin descanso ni tregua. La barra de hierro parecía un dragón volador, mientras que la lanza recordaba a los movimientos de un fénix. A un lado se habían colocado, animosos, los Seis Hermanos de la Montaña de los Ciruelos, mientras el otro lo ocupaban los Cuatro Generales. Ambos grupos agitaban sin cesar sus estandartes y banderas entre el batir de los tambores, el sonido de los gongs y los gritos de ánimo. Las dos armas, mientras tanto, buscaban penetrar en la carne del contrario, pero se lo impedían sus continuas fintas y rechazo. ¿Qué otra cosa podía esperarse de piezas tan maravillosas como la barra de hierro de los extremos de oro, portento de los mares, capaz de metamorfosearse y de volar hasta las mismísimas cumbres de la victoria? Un solo descuido podía conducir a la muerte y hacer que la suerte se disolviera, como la niebla, para siempre. Más de trescientas veces seguidas midieron sus armas el Maestro Inmortal y el Gran Sabio, sin que la victoria se inclinara por ninguno de los dos bandos. El inmortal consideró, por tanto, llegado el momento hacer uso de sus poderes mágicos y, con una simple sacudida del cuerpo, se convirtió en un gigante de más de cien mil pies de altura Al mismo tiempo, su rostro adquirió una extraña coloración verde, sus dientes se hicieron tan afilados como sables y toda su figura, incluido el cabello, se tornó de un color rojo oscuro. Blandiendo con ambas manos la lanza de los dos cortes y las tres puntas, lanzó un tremendo golpe contra la cabeza del Gran Sabio, pero éste, haciendo también uso de su poderosa magia, se transformó en una figura tan alta y con los mismos rasgos que la de Er-Lang. La barra de hierro experimentó un cambio parecido, adquiriendo un tamaño tan grande que parecía la columna del Monte Kwen-Lun, sobre la que se asientan los cielos. Sólo así podía hacer frente a los mandobles del inmortal. Tan inesperada visión produjo tal espanto en los mariscales Ma y Liu que no pudieron seguir sosteniendo en sus manos los estandartes. Lo mismo les ocurrió a los generales Peng y Pa, quienes parecieron olvidarse, de pronto, de cómo usar la cimitarra y la espada. Viendo que la situación se estaba volviendo complicada para su hermano, Kang, Chang, Yao, Li, Kuo-Shen y Chr-Chien ordenaron a los dioses con la cabeza de planta que soltaran a los halcones y a los perros y los lanzaran contra los monos que protegían la Caverna de la Cortina de Agua con arcos y flechas. El ataque resultó tan efectivo que los cuatro comandantes de los monos huyeron en desbandada, cayendo prisioneros entre dos y tres mil monos, que, en la confusión, abandonaron sus escudos, tiraron sus lanzas y arrojaron al suelo sus espadas. Después, sin dejar de correr ni gritar, algunos trataron de escapar montaña arriba, mientras otros buscaron refugio en el interior de la caverna. Era como si un gato salvaje hubiera caído por la noche en un nido de pájaros y todos se hubieran elevado hacia las estrellas, llenando el cielo del oscuro batir de sus alas. La Hermandad de la Montaña de los Ciruelos obtuvo, así, una victoria total y completa. Al ver el Gran Sabio la lamentable suerte que habían corrido sus monos, sintió que una profunda tristeza se abatía sobre su corazón y el valor fue, poco a poco, abandonándole. Sin ánimos para continuar la lucha, recobró su forma normal y, dándose la vuelta, huyó, arrastrando la pesada barra de hierro. Al verlo, el Maestro Inmortal le persiguió a grandes zancadas, sin dejar de gritar: - ¿Adonde vas, cobarde? Si te rindes ahora, te será perdonada la vida. Pero el Gran Sabio, lejos de detenerse a reanudar la lucha, corrió lo rápido que pudo. Cerca de la entrada de la cueva se topó con los mariscales Kang, Chang, Yao y Li, y con los generales Kuo-Shen y Chr-Chien, que estaban precisamente tratando de cortarle la retirada y le gritaron: - ¿Adonde crees que vas, mono maldito? Comprendiendo la gravedad de su situación, el Gran Sabio redujo la barra de hierro al tamaño de una aguja de bordar y se la escondió en un oído. Después, con un breve estremecimiento del cuerpo, se convirtió en un pequeño gorrión, que fue a esconderse a la rama más alta de un árbol. Desconcertados, los seis hermanos le buscaron por todas partes, pero no pudieron encontrarle. - ¡Hemos perdido al monstruo! - repetían con visible nerviosismo -. ¡Hemos perdido al monstruo! Cuando más agitados parecían, se les acercó el Maestro Inmortal y les preguntó: - ¿En qué punto concreto le habéis perdido de vista? - Aquí mismo - contestaron ellos -. Le teníamos acorralado y de pronto desapareció. Er-Lang abrió cuanto pudo su ojo de fénix e inspeccionó con cuidado el lugar. De esta forma, no tardó en descubrir que el Gran Sabio se había convertido en un gorrión y se hallaba posado en la rama más alta de un árbol. En un abrir y cerrar de ojos recobró su forma habitual y se desprendió del peso de su ballesta. Pero todavía no había tocado ésta el suelo, cuando se convirtió en un halcón con las alas extendidas, presto a caer sobre su presa. El Gran Sabio sacudió entonces su plumaje y se transformó en un cormorán, que se elevó con rapidez hacia la altura. En cuanto Er-Lang lo vio, batió con fuerza sus alas y se metamorfoseó en una gaviota gigantesca, capaz de adentrarse en las nubes y capturar con el pico todo cuanto en ellas se escondiera. El Gran Sabio se vio obligado, pues, a descender y, tras mutarse en un pececillo, se dejó caer en un arroyuelo. Er-Lang se llegó en seguida hasta el borde del agua, pero no pudo descubrir ni su sombra y se dijo: - Por fuerza ese mono ha tenido que meterse en el agua y transformarse en un pez, una gamba o algo por el estilo. Así que lo mejor que puedo hacer es cambiar yo mismo de apariencia. Y, ni corto ni perezoso, tomó la forma de un halcón pescador, que batió con fuerza las aguas que discurrían río abajo. Ajeno a ese nuevo cambio, el Gran Sabio se dejó, mientras tanto, arrastrar por la corriente. Pero, al alzar de pronto la vista, vio a un pájaro que parecía cometa verde - aunque sus plumas no eran del todo verdes -, recordaba por su tamaño a una garceta - aunque su plumaje era, más bien ralo - y se asemejaba a una grulla vieja - aunque sus patas carecían de la tonalidad roja de las de esos animales. Ése debe de ser Er-Lang, que anda buscándome - se dijo, y al instante se dio media vuelta, nadando en dirección contraria. Pero, al hacerlo, dejó escapar unas cuantas burbujas, que no pasaron desapercibidas para el Maestro Inmortal, quien pensó: - Ese pez parece una carpa, aunque su cola no es roja, se asemeja a una perca, aunque sus escamas no forman figura alguna, recuerda a una anguila, aunque en la cabeza no tiene ninguna estrella, y es idéntico a una brema, aunque sus agallas carecen totalmente de cerdas. ¿Por qué ha tratado, además, de escaparse, en cuanto me ha visto? ¡Sin duda es el mono rebelde! - y se zambulló en el agua, intentando agarrarle con el pico. Pero el Gran Sabio logró esquivarle a tiempo y se transformó en una serpiente de agua, que nadó rápidamente hacia la orilla, perdiéndose al punto entre la alta hierba que allí crecía. Cuando Er-Lang comprobó que todos sus esfuerzos habían resultado en vano y que una serpiente salía precipitadamente de las aguas, dedujo sin lugar a dudas que el Gran Sabio había vuelto a metamorfosearse. Se volvió lo más rápidamente que pudo y se convirtió en una grulla gris con la cabeza roja, que trató de devorar a la serpiente con las aceradas pinzas de su pico. Una vez más, el Gran Sabio logró conjurar el peligro, transformándose en una avutarda moteada, que se quedó estúpidamente quieta en las turbias aguas de la orilla. Cuando Er-Lang vio que el mono había tomado la forma de un animal tan vulgar - de todos es conocido que las avutardas moteadas ocupan el rango más ínfimo dentro del mundo de las aves y que su promiscuidad es tan notoria que no dudan en aparearse indiscriminadamente con fénix, halcones y grajos -, se negó a acercarse a él. Volvió a asumir la figura que le era habitual, tensó cuanto pudo su arco y lanzó un proyectil contra el pájaro, que salió despedido por los aires. Pero hasta de una situación tan comprometida como ésa sacó provecho el Gran Sabio. Mientras caía rodando colina abajo, se las arregló para metamorfosearse una vez más, convirtiéndose en esta ocasión en un pequeño templo dedicado a la deidad local. Su boca, abierta del todo, se transformó en el pórtico, sus dientes en las puertas, su lengua en la imagen del Bodhisattva y sus ojos en las ventanas El rabo le planteó, sin embargo, un serio problema, que solucionó poniéndolo erecto y convirtiéndolo en un mástil. El Maestro Inmortal mientras tanto, se lanzó en su persecución montaña abajo, pero, en vez de la avutarda que acababa de abatir, se encontró sólo con un pequeño templo. Desconcertado, abrió cuanto pudo su ojo de fénix y lo analizó detenidamente. Nada parecía anormal. Todo se ajustaba a la perfección a ese tipo de construcciones religiosas. Pero, al ver el mástil que se alzaba en la parte posterior, soltó la carcajada y se dijo: - Es el mono. No me cabe la menor duda. De nuevo está tratando de engañarme, el muy embaucador. He visto muchos templos a lo largo de mi vida, pero jamás me he topado con ninguno que tuviera un mástil en esa parte, de lo que deduzco que debe de tratarse de un nuevo truco de ese animal. ¿Para qué arriesgarme a entrar en su interior y dejar que me triture, una vez que me halle dentro? Lo que debo hacer es destruir sus ventanas con los puños y derribar todas sus puertas de una patada. Al oír eso, el Gran Sabio se puso muy nervioso y exclamó: - ¡Qué bruto estás hecho! ¿No comprendes que las puertas son mis dientes y las ventanas mis ojos? ¿Quieres explicarme qué es lo que voy a hacer, cuando los hayas reducido a añicos? - y, dando un gran salto, volvió a perderse de nuevo en la altura. El Maestro Inmortal levantó la cabeza, tratando de dar con él, pero todo resultó inútil. En esto, llegaron hasta donde él estaba los cuatro mariscales y los dos generales y le preguntaron: - ¿Has atrapado ya al Gran Sabio, hermano? - Hace un momento ese mono rebelde trató de engañarme, convirtiéndose en un templo - contestó, sonriendo, el Maestro Inmortal -. Cuando me disponía a destrozar las ventanas y derribar la puerta de una patada, dio un salto y desapareció de mi vista. Todo esto está resultando un poco extraño. ¿No os parece? Los recién llegados se unieron a la búsqueda, pero tampoco ellos pudieron encontrar el menor rastro del desaparecido. - Vosotros quedaos aquí vigilando - les sugirió el Maestro Inmortal -, mientras yo voy allí arriba a buscarle. Se montó en una de las nubes y se elevó hacia lo alto. A medio camino entre la tierra y el cielo se topó con Li-Ching y Nata, que sostenían el espejo de reflejar monstruos y les preguntó: - ¿Habéis visto al Rey de los Monos? - No ha subido hasta aquí - contestó el Devaraja -. Te lo aseguro. He estado mirando todo el rato el espejo. Después de hablarles del extraño duelo de metamorfosis que habían tenido y de la captura del resto de los monos, el Maestro Inmortal concluyó: Por último, se convirtió en un templo, pero se escapó cuando estaba justamente a punto de atraparle. Li-Ching volvió a girar el espejo y, tras mirar en él con detenimiento, urgió al inmortal, diciendo: - ¡Rápido, Maestro! Daos prisa. Valiéndose de sus poderes de invisibilidad, el mono ha logrado romper el cerco y se dirige a la desembocadura del Río de las Libaciones. El Gran Sabio, en efecto, no tardó en llegar a ese punto y, con una leve sacudida del cuerpo, se convirtió en el propio Er-Lang. De esta guisa, bajó de la nube y se dirigió directamente al santuario. Los demonios que lo atendían no notaron ninguna diferencia con el auténtico Er-Lang y le dejaron el paso franco. Todos ellos, de hecho, se echaron rostro en tierra y golpearon repetidamente el suelo con la frente en señal de bienvenida. Con su desenvoltura habitual se sentó en el trono y empezó a examinar las diferentes ofrendas: tres clases distintas de carne presentadas por Li - Hu, el sacrificio votivo ofrecido por Chang-Lung, la petición de un hijo hecha por Chao - Chia y la súplica de curación dirigida por Chien - Ping. Mientras estaba inspeccionándolas, llegó alguien e informó, sobresaltado: - ¡Acaba de llegar otro Santo Padre! Presos del pánico, todos los demonios corrieron a ver si era verdad. Sin dejar de sonreír, el Maestro Inmortal les preguntó: - ¿Ha venido aquí ese rebelde que se hace llamar el Gran Sabio, Sosia del Cielo? - No hemos visto a ningún gran sabio - respondieron los démonos, desconcertados -. Lo único que podemos decir es que ahí dentro hay otro Santo Padre, examinando las ofrendas. El Maestro Inmortal se precipitó hacia el interior. Al verle aparecer, el Gran Sabio adquirió su forma habitual y dijo con pasmosa tranquilidad: - Es inútil que os sigáis molestando. Ahora éste se llama el Templo de Su Wu-Kung. Sin hacer el más mínimo comentario, alzó la lanza de los dos cortes y las tres puntas y descargó un tremendo golpe, que el Rey de los Monos esquivó oportunamente, al tiempo que sacaba de la oreja la diminuta aguja de bordar que había sido su barra de hierro. Con una simple sacudida, adquirió, una vez más, el grosor de un cuenco de arroz. Wu-Kung la asió con firmeza y, de nuevo, volvió a enzarzarse con Er-Lang en un terrible cuerpo a cuerpo. El combate comenzó justamente en la misma puerta del templo y continuó por nubes y neblinas hasta alcanzar la Montaña de las Flores y Frutos. Los contendientes no dejaron de intercambiarse golpes e insultos durante todo el trayecto. Los Cuatro Devarajas se sintieron tan sorprendidos por su súbita aparición que inmediatamente se pusieron en guardia. No pasó mucho tiempo antes de que los mariscales unieran sus fuerzas a las del Maestro Inmortal en su intento por cercar al Hermoso Rey de los Monos, gesta de la que, por el momento, no hablaremos más aquí. Sí lo haremos, sin embargo, del demonio Mahabali, quien, tras solicitar al Maestro Inmortal y a sus Seis Hermanos que se hicieran cargo de la ingrata tarea de dominar al monstruo rebelde, regresó a la Región Superior a informar del resultado de sus gestiones. El Emperador de Jade estaba hablando en el Salón del Tesoro de la Niebla Divina con la Bodhisattva Kwang-Ing, la Reina Madre y un nutrido grupo de funcionarios y, sin poder contener el nerviosismo, preguntó, muy excitado: - Si, como afirmáis, Er-Lang ha entrado ya en combate, ¿cómo es posible que no hayamos recibido todavía ningún informe más? - Si me permitís invitaros, a vos y al Patriarca del Tao, a asomaros a la Puerta Sur - contestó Kwang-Ing con las manos dobladas sobre el pecho, tratando de tranquilizarle, podréis ver por vos mismo cómo van las cosas. - Excelente sugerencia - exclamó, complacido, el Emperador de Jade. Hizo traer la carroza imperial y, en compañía del Patriarca, de Kwang-Ing, de la Reina Madre y de un número considerable de funcionarios, se dirigió a la Puerta Sur, donde fue recibido con sumo respeto por los soldados y guardianes allí estacionados. Tras abrir la verja, comenzaron impacientes a otear la distancia, logrando ver, con las limitaciones impuestas por las circunstancias, las redes cósmicas, de las que los soldados tiraban con fuerza y que cubrían todo el campo visual, al Devaraja Li-Ching y al Príncipe Nata, que sostenían a media altura el espejo de reflejar monstruos, y al Maestro Inmortal y a sus hermanos, que trataban de acorralar al Gran Sabio en medio de una lucha salvaje. La Bodhisattva se volvió hacia Lao-Tse y le preguntó: - ¿Qué opináis de mi recomendado Er-Lang? Personalmente tengo la certeza de que es lo suficientemente fuerte para reducir al Gran Sabio y que, tarde o temprano, terminará capturándole. Sin embargo, creo que es obligación mía ayudarle a conseguir la victoria y asegurarnos, así, de que el enemigo sea tomado prisionero. - ¿Cómo pensáis hacerlo y de qué arma vais a serviros para conseguirlo? - preguntó, a su vez, Lao-Tse. - Muy sencillo - contestó la Bodhisattva -. Dejaré caer el florero inmaculado que uso para sostener mi ramita de sauce y, cuando le pegue al mono ese, seguro que le derriba, si es que no termina con él. De esta forma, Er-Lang, el Pequeño Sabio, no tendrá ninguna dificultad en capturarle. - ¿Habéis considerado que vuestro florero es de porcelana? - replicó Lao-Tse -. Lo que decís está muy bien, si le pega en la cabeza. Pero ¿qué pasará si cae sobre la barra de hierro? ¿No se hará, acaso, añicos? Opino que lo mejor es que no hagáis nada y me permitáis a mí ayudarle a vencer. - ¿Poseéis vos un arma? - exclamó, sorprendida, la Bodhisattva. - Por supuesto que sí - contestó Lao-Tse y, tras arremangarse la manga izquierda, se quitó un brazal y añadió -. Esta arma está hecha de acero rojo y fue confeccionada mientras fabricaba el elixir, por lo que está totalmente cargada de fuerzas telúricas. Puede transformarse en lo que uno quiera, es totalmente resistente a la acción del fuego o el agua y posee la capacidad de entrar en el misterio de muchas cosas. Se llama, de hecho, cortador o atrapador de diamantes. El año que traspuse el Paso de Han-Ku, me fue de muchísima ayuda para lograr la conversión de los bárbaros, ya que día y noche fue prácticamente mi único guardaespaldas. Si me permitís, lo tiraré ahora mismo y golpearé con él a esa bestia. Apenas hubo acabado de decirlo, Lao-Tse dejó caer el brazal, que fue dando tumbos por las nubes, hasta ir a parar al mismísimo campo de batalla de la Montaña de las Flores y Frutos, concretamente en la cabeza del Gran Sabio. El Rey de los Monos estaba enfrascado en una lucha feroz con los Siete Sabios y no se dio cuenta en absoluto de que había caído algo del cielo y le había golpeado justamente en la coronilla. Sin embargo, de pronto se sintió incapaz de seguir manteniéndose en pie, y cayó al suelo, como si hubiera tropezado con algo. Aun así se las arregló para ponerse de pie y se disponía ya a emprender la huida, cuando el perrillo del Santo Padre Er-Lang se abalanzó sobre él y le mordió en la pantorrilla. De esta forma, fue derribado por segunda vez y se quedó tumbado en el suelo, sin dejar de maldecir e insultar, diciendo: - ¡Maldita bestia! ¿Por qué no vas a lamer a tu dueño, en vez de venir a morderme a mí? Se dio unas cuantas vueltas y de nuevo trató de levantarse, pero los Siete Sabios se lanzaron sobre él y le sujetaron con fuerza. Le ataron a toda prisa y, con la ayuda de un cuchillo, le rompieron el esternón, evitando, así, que pudiera seguir metamorfoseándose. Lao-Tse recuperó su atrapador de diamantes y pidió al Emperador de Jade que volviera al Salón de la Niebla Divina en compañía de Kwang-Ing, la Reina Madre y el resto de los inmortales. En la Región Inferior, mientras tanto, los Cinco Grandes Devas replegaron las tropas, levantaron el campamento y corrieron a felicitar a Er-Lang, diciendo: - Vuestro logro ha sido, en verdad, magnífico, Pequeño Sabio. - ¿Qué es lo que he conseguido, en definitiva? - replicó Er-Lang -. Esta victoria jamás hubiera sido obtenida sin vuestra colaboración. Lo más importante, de todas formas, es que la autoridad imperial ha quedado definitivamente restablecida. - No hay nada más que decir - dijeron casi a coro Kang, Chang, Yao y Li -. Lo que ahora tenemos que hacer es llevar a este tipo ante el Emperador de Jade a ver qué es lo que decide. - Me temo, mis respetables hermanos - contestó el Maestro Inmortal -, que puesto que carecéis de título, no podréis entrevistaros con el Emperador de Jade. Entregádselo a los guardias celestes y que se encarguen de hacerlo ellos. Yo voy a ir con los Devarajas a las Regiones Superiores a redactar un informe. Mientras tanto, vosotros podéis registrar minuciosamente toda la montaña. En cuanto la hayáis limpiado de monstruos, regresad al Río de las Libaciones. Me uniré con vosotros para celebrarlo, tan pronto como haya dado cuenta de nuestra hazaña y haya recibido la oportuna recompensa. Los cuatro mariscales y los dos generales aceptaron, sin rechistar, su plan. El Maestro Inmortal montó entonces en la nube con los otros dioses y juntos iniciaron su triunfal viaje de vuelta al cielo. En todo el camino no dejaron de sonar canciones de victoria. En cuanto pusieron el pie en el patio exterior del Salón de la Luz Perfecta, uno de los preceptores celestes fue corriendo a anunciar su llegada al Emperador, diciendo: - Los Cuatro Grandes Devarajas que han logrado capturar al Gran Sabio, Sosia del Cielo, esperan impacientes las órdenes de vuestra majestad. El Emperador de Jade determinó que el prisionero fuera llevado por el demonio Mahabali y los guardias celestes al barracón de ejecutar monstruos, donde debía ser descuartizado y posteriormente cortado en trocitos. Tal era el castigo que la ley divina determinaba para los embusteros y los rebeldes. ¡Con qué rapidez se esfuman las hazañas de los héroes! No sabemos qué le ocurrió al Rey de los Monos. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar lo que se dice en el próximo capítulo. 第007回 EL GRAN SABIO ESCAPA DEL BRASERO DE LOS OCHO TRIAGRAMAS. EL MONO DE LA INTELIGENCIA ENCUENTRA SOSIEGO BAJO LA MONTAÑA DE LAS CINCO FASES Siempre debe huirse de la astucia, porque la fortuna y la fama están prefijadas de antemano. La verdad y un obrar recto son producto de la virtud y a veces llegan a alcanzar la edad misma el cosmos. La arrogancia, por el contrario, atrae la cólera del Cielo. Lo importa que su reacción parezca tarda en producirse; siempre termina dándose. Su implacabilidad es tan cierta como la de la venganza. Si preguntáramos al Señor del Este por qué existen tantas tribulaciones y dolores, nos respondería que porque el orgullo no encuentra límites a sus ambiciones y, de esta forma, subvierte el orden del mundo y se mofa de la Ley. Hablábamos de cómo el Gran Sabio, Sosia del Cielo, fue conducido por los guardias celestes a los barracones de ejecutar monstruos, donde fue atado a una columna que se usaba precisamente para torturarlos. Allí le sajaron con una cimitarra, le descuartizaron con un hacha, le travesaron con una lanza y le estoquearon con una espada, pero no lograron hacerle el menor daño. Su cuerpo continuó tan incólume como si acabara de levantarse del lecho. Al ver que el acero no podía nada contra él, el Espíritu del Polo Sur pidió a los dioses de la Sección el Fuego que le redujeran a cenizas, pero, pese a sus esfuerzos, no obtuvieron mejores resultados. Se ordenó entonces a las deidades de la Sección del Trueno que lanzaran contra él sus rayos, pero no resultó chamuscado ni uno solo de sus cabellos. Desesperados, los guardias y el Demonio Mahabali corrieron a informar al Emperador de Jade, diciendo: - No sabemos, majestad, dónde ha podido el Gran Sabio obtener ese poder para proteger su cuerpo. El caso es que le hemos sajado con una cimitarra, descuartizado con un hacha, entregado al fuego y sometido al castigo de los rayos, y no hemos logrado destruir ni uno solo de sus cabellos. ¿Qué podemos hacer? - Éste es, ciertamente, un problema de muy difícil solución - exclamó el Emperador de Jade, visiblemente preocupado -. ¿Qué medida puede tomarse contra una criatura de esa especie? Lao-Tse se acercó entonces a él y dijo: - Era de esperarse que eso ocurriera. Al fin y al cabo, ese mono se comió los melocotones de la inmortalidad y se bebió todo el vino imperial. Robó, además, el elixir divino, del que tomó cuantas píldoras quiso, tanto en estado bruto como elaboradas. Probablemente todo ello fue refinado en su estómago por el fuego de Samadhi, formando una masa única. Al ser, posteriormente, digerida y asimilada por su organismo, adquirió una constitución diamantina, que no puede ser destruida con facilidad. Lo más aconsejable, pues, en este caso es que me permitáis llevármele y meterle en el Brasero de los Ocho Triagramas, donde le someteré a todo tipo de fuego. Eso le hará destilar el elixir que lleva dentro y su cuerpo podrá ser, entonces, reducido a cenizas y fundido como un simple trozo de metal. En cuanto el Emperador de Jade lo hubo oído, ordenó a los Seis Dioses de las Tinieblas y a los Seis Dioses de la Luz que soltaran al prisionero y se lo entregaran a Lao-Tse, quien se retiró inmediatamente a satisfacer los deseos imperiales. Al respetable Sabio Er-Lang, mientras tanto, se le recompensó con un centenar de capullos de oro, cien botellas de vino celeste, diez docenas de píldoras de elixir y un elevado número de valiosísimos tesoros, tales como perlas finísimas y bordados delicados, que él compartió generosamente con sus hermanos. Tras expresar su profundo agradecimiento, el Maestro Inmortal regresó a la desembocadura del Río de las Libaciones, por lo que, de momento, no volveremos a hablar más de él. Apenas hubo llegado al Palacio Tushita, Lao-Tse desató al Gran Sabio, le quitó el arma que llevaba clavada en el esternón y le obligó a meterse en el Brasero de los Ocho Triagramas. Se volvió entonces hacia los sirvientes que cuidaban de él y hacia el joven encargado de mantener viva la llama y les ordenó hacer un fuego gigantesco para dar, así, comienzo al proceso de fusión. En el interior del brasero había ocho compartimentos que correspondían exactamente a los ochos diagramas de Chien, Kan, Ken, Chen, Sun, Li, Kuen y Tuei. Astutamente el Gran Sabio se metió como pudo en el compartimiento correspondiente al triagrama Sun, que simboliza el viento. De todos es sabido que, cuando la brisa sopla, el fuego no termina de cuajar, levantando un humo denso que enrojece los ojos y termina por darles un aspecto que, de alguna manera, recuerda a las llamas. De ahí que algunas veces se les aplique el calificativo de ojos de fuego y pupilas de diamante. De esta forma, fue pasando el tiempo y, sin que nadie se diera cuenta, llegó el día cuadragésimo noveno, que marcaba el final de todo el proceso alquímico. Lao-Tse se llegó, pues, hasta el brasero y lo abrió para sacar un poco de elixir. En aquel momento el Gran Sabio se estaba tapando los ojos con las manos y derramando lágrimas sin parar. Al oír ruidos, levantó la vista y vio luz. Sin poderse contener, dio un tremendo salto, que acabó con el brasero por tierra, produciendo un ruido ensordecedor. Libre del suplicio, el Gran Sabio se dirigió hacia la puerta de la habitación, mientras los desconcertados encargados de avivar el fuego trataban inútilmente de retenerle. Uno tras otro fueron apartados de la manera más brutal de su camino. Parecía tan fiero y salvaje como un tigre preso de un ataque, o un dragón de un solo cuerno con fiebre. Lao-Tse corrió también a detenerle, pero lo único que consiguió fue un empujón que le lanzó patas arriba contra el suelo, mientras el Gran Sabio escapaba tranquilamente. Se sacó a continuación la barra de la oreja, la sacudió con fuerza una sola vez y al poco rato adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella en las manos se lanzó, una vez más, contra el Palacio Celeste, luchando con tal fiereza que los Nueve Planetas corrieron a esconderse, mientras los Cuatro Devarajas desaparecían prudentemente de la circulación. Con razón el poema ensalza al Rey de los Monos, diciendo: Este ser cósmico posee en tal grado de perfección todos los dones de la naturaleza que pasa sin dificultad alguna por diez mil trabajos y fatigas. Inmenso e inmóvil como el Vacío Absoluto, a la vez perfecto e inmutable, recibe el nombre de Abismo Primigenio. Pese a no poseer un cuerpo de mercurio, fue refinado durante mucho tiempo en un brasero, demostrando así su naturaleza inmortal, muy superior al resto de todas las criaturas vivientes. Aunque es capaz de metamorfosis infinitas, prefiere transformarse en quietud. Por igual rechaza los tres refugios y los cinco mandamientos. Un segundo poema afirma: De la misma manera que la luz de lo alto llena toda la amplitud del espacio inabarcable, así su arma se ajusta a su mano poderosa. Se alarga o se acorta siguiendo los deseos de su dueño, crece o se encoge obedeciendo las órdenes de su voluntad. Uno más dice lo siguiente: El cuerpo metamorfoseado de un mono se desposa con la mente humana. La inteligencia es un mono; no hay verdad más profunda que ésta. El Gran Sabio, Sosia del Cielo, no es una quimera. ¿Cómo iba a ayudarle el puesto de "pi-ma-wen" a expresar sus inigualables dones? El Caballo trabaja en compañía del Mono: la Inteligencia y la Voluntad deben estar firmemente enjaezadas; la una jamás debe excluir a la otra. Para entrar en el Nirvana, todo cuanto existe ha de seguir este camino: vivir bajo dos árboles idénticos en compañía de Tathagata. Esta vez el Rey de los Monos no mostró respeto alguno por la posición que pudieran ocupar las personas con las que se topaba. A fuerza de golpes se fue abriendo camino, sin que ningún dios fuera capaz de detenerle. Así logró llegar hasta el Salón de la Luz Perfecta. Al aproximarse al de la Niebla Divina, le salió al encuentro Wang Ling-Kwan, ayudante del Maestro de Cámara, que afortunadamente se encontraba en aquellos instantes de servicio. Al ver acercarse al Gran Sabio, le salió al paso tratando de detener su camino con su impresionante látigo dorado. - ¿Se puede saber adonde vas, mono travieso? - le gritó, retante -. Aquí estoy yo para evitar que seas tan insolente. El Gran Sabio no le dejó decir una sola palabra más. Levantó la barra de hierro y descargó sobre él un tremendo golpe, que Ling-Kwan esquivó con la ayuda de su látigo. Así iniciaron una lucha salvaje que estremeció hasta los mismísimos cimientos del Salón de la Niebla Divina. Fue un encuentro a muerte entre un patriota con fama de grande y un rebelde de nombre no menos notorio. Tanto el pecador como el justo se enzarzaron en un duelo sangriento, ansiosos por mostrar sus dotes de guerreros que a nada temían. Pese a la rapidez de su látigo, el paladín celeste se encontraba en desventaja con respecto a la contundencia de la barra de hierro. Pero era un dios de venganza y no dudó en enfrentarse con su voz de trueno al mono conocido por el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Ambas armas, por otra parte, habían sido forjadas en la mismísima casa de Dios y poseían una fuerza superior a la de diez mil ejércitos. Bien lo demostraron aquel día ante las aterrorizadas puertas del Salón del Tesoro de la Niebla Divina. Los dos contendientes se habían fijado una meta y estaban dispuestos a sacrificarlo todo por conseguirla. Uno se había propuesto tomar al asalto el Palacio Celeste, mientras que el otro hizo suya la responsabilidad de defender tan sagrado lugar. Por eso luchaban con desaforada saña, dando dos pasos hacia delante y otros dos hacia atrás, sin dejar de blandir con inigualable destreza sus armas. Los dos contendientes estuvieron guerreando durante largo tiempo, pero ninguno fue capaz de obtener una clara ventaja sobre el otro. El ayudante del Maestro de Cámara, sin embargo, había logrado dar cuenta de lo que estaba ocurriendo a la Sección de Truenos, que en seguida envió a treinta y seis dioses del rayo a ayudarle. Sin pérdida de tiempo rodearon al Gran Sabio y empezaron a acosarle con todos sus efectivos. Pero el Rey de los Monos no se arredró. Agarrando con más fuerza aún su barra, repartió golpes sin cesar en todas las direcciones, incluida su espalda. Pero los atacantes eran muchos y el acoso de sus cimitarras, lanzas, espadas, hachas de guerra, látigos, mazas y flechas se hacía cada vez más intenso y difícil de sostener. Ante tan comprometida situación, el Gran Sabio sacudió una sola vez su cuerpo Y se convirtió en una criatura de seis brazos y tres cabezas. Hizo otro tanto con la barra de hierro y al instante se multiplicó por tres, haciéndolas girar con tanta rapidez que los dioses del rayo hubieron de renunciar a su ataque. Las tres barras hacían, de hecho, las veces de impenetrables escudos. La velocidad de los giros las habían tornado tan sólidas que hasta la luz se reflejaba en ellas como si, en realidad, forjaran un todo continuo. No podía esperarse táctica menor de un guerrero al que el fuego era incapaz de quemar y el agua de ahogar. Era, en verdad, como una deslumbrante perla sagrada, contra la que las lanzas y espadas no tenían el menor poder. Sin embargo, en sus ma - nos estaba obrar el bien o abandonarse al mal. Si se decidía por lo primero, muy bien podía llegar a ser un buda; si, por el contrario, elegía lo segundo, corría el peligro de convertirse en un ser con cuernos y totalmente cubierto de pelo. Metamorfoseándose continuamente, atacó a cuantos se le pusieron por delante, sin que ninguno de los guerreros celestes o los dioses del rayo pudieran echarle mano. Todo el fragor de la batalla llegó pronto a oídos del Emperador de Jade, quien sin pérdida de tiempo ordenó al Ministro Errante de Inspección y al Maestro Inmortal de las Alas Sagradas ir a la Región del Oeste e invitar al anciano Buda a venir a dominar al monstruo. En cuanto recibieron la orden, los dos sabios se dirigieron directamente a la Montaña del Espíritu. Tras saludar a los Cuatro Budas Vajra y a los Ocho Bodhisattvas delante justamente del Templo del Tesoro del Trueno, les suplicaron que tuvieran la delicadeza de anunciar su llegada. Sin perder un solo minuto, los dioses se presentaron en el Estrado del Tesoro del Loto e informaron de todo a su señor. Tathagata les invitó a presentarse ante él, y los dos sabios se inclinaron tres veces seguidas ante Buda. - ¿Queréis explicarme qué es lo que ha movido al Emperador de Jade a enviaros hasta aquí? - Hace muchísimo tiempo - contestaron los dos sabios - en la Montaña de las Flores y Frutos nació un mono, que con el paso de los días llegó a poseer una gran cantidad de poderes mágicos. Sintiéndose seguro, reclutó un enorme ejército de monos, que sumieron al mundo en un perfecto caos. El Emperador de Jade le ofreció entonces un acta de reconciliación y le nombró "pi-ma" de sus establos. Pero él pensó que éste era un puesto demasiado bajo para sus muchas cualidades y abandonó el cielo en un acto de indiscutible rebeldía. Sin pérdida de tiempo fueron enviados a capturarle el Devaraja Li-Ching y el Príncipe Nata, pero no lograron su objetivo y hubo de proclamarse de nuevo una segunda amnistía, a consecuencia de la cual le fue concedido el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, grado que no llevaba aparejada ninguna responsabilidad. Al poco tiempo, no obstante, se le confió el cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales, pero terminó con casi todos. No contento con eso, se dirigió al Estanque de Jaspe, donde dio buena cuenta de la comida y el vino del festival, haciendo imposible su celebración. Medio borracho, logró introducirse en el Palacio Tushita y, sin que nadie le viera, robó el elixir de Lao-Tse, abandonando al poco tiempo por segunda vez el cielo. De nuevo el Emperador de Jade se vio en la necesidad de enviar contra él a más de cien mil guerreros celestes, que, pese a lo elevado de su número, no lograron dominarle. Afortunadamente Kwang-Ing sugirió el envío inmediato de Er-Lang y sus seis hermanos al campo de batalla. Luchando con indescriptible bravura consiguieron rodearle, pero sus poderes metamórficos eran tantos que se les escapaba una y otra vez. Sólo cuando Lao-Tse dejó caer sobre su cabeza su trampa de diamantes, logró por fin Er-Lang capturarle y llevarle ante el Emperador, que le condenó a ser descuartizado. Sin embargo, aunque fue estoqueado con una cimitarra, golpeado con un hacha, entregado al fuego y sometido a la acción del rayo, no sufrió el menor rasguño. Lao-Tse obtuvo entonces permiso para llevársele y refinarle como al oro. El brasero estuvo, de hecho, cerrado durante cuarenta y nueve días, pero no consiguió nada contra el mono rebelde. En cuanto fue levantada su tapa, abandonó de un salto el horno de los Ocho Triagramas y empezó a aporrear a los guardas celestes, llegando hasta el Salón de la Luz Perfecta. Al ir a entrar en el de la Niebla Divina, le salió al encuentro Wang Ling-Kwan, ayudante del Maestro de Cámara, enzarzándose con él en una lucha terrible en la que también participaron los treinta y seis generales del rayo. Con indudable sentido militar se replegaron a su alrededor, pero hasta este momento no han logrado avanzar ni un solo paso. La situación se ha tornado tan desesperada que el Emperador de Jade ha optado por suplicaros que acudáis en defensa de su trono. Cuando Tathagata lo oyó, se volvió hacia los bodhisattvas y les dijo: - Quedaos aquí en el templo principal y que ninguno abandone su postura contemplativa. Mi obligación es ir a hacer frente a ese demonio y, así, salvar al emperador. Pidió a Ananda y a Kasyapa que le acompañaran y partió al punto hacia el Palacio Celeste. Nada más trasponer las puertas del Salón de la Niebla Divina, llegó hasta sus oídos el ensordecedor fragor de la lucha. Por doquier se oían juramentos y gritos. El Gran Sabio continuaba manteniendo en jaque a los treinta y seis dioses del rayo. El Patriarca Budista lanzó entonces una orden dharma, diciendo: - Que los dioses del rayo dejen de luchar al instante y que el Gran Sabio se acerque hasta mí, para que pueda preguntarle sobre la clase de poderes divinos que le asisten. Los luchadores bajaron en seguida las armas, rompiendo el orden de batalla que habían mantenido hasta entonces. El Gran Sabio volvió a adquirir la forma que le era habitual y, acercándose furioso al anciano, le preguntó de malos modales: - ¿Se puede saber quién eres tú, para que, sin más ni más, te atrevas a detener la batalla con el fin de interrogarme? - Yo soy Sakyamuni - respondió Tathagata, sonriendo -, el Venerable de la Región Occidental de la Suprema Felicidad. Si ahora me encuentro aquí, es porque he oído hablar de tu atrevimiento, de tu falta absoluta de respeto y de tus continuos actos de rebelión contra el Cielo. Así pues, respóndeme sin tardanza a las siguientes preguntas: ¿Dónde naciste? ¿En qué lugar aprendiste el Gran Arte? ¿Por qué te muestras tan violento y contrario a las normas? - Yo - contestó el Gran Sabio, extrañamente calmado - fui engendrado por el Cielo y la Tierra, mágicamente unidos para darme el ser, y vi la luz en la Montaña de las Flores y Frutos. En la Caverna de la Cortina de Agua establecí mi hogar, pero busqué después la amistad y los conocimientos de un gran maestro, que tuvo a bien iniciarme en las enseñanzas del Misterio. Con él aprendí a hacer eterna mi vida, a metamorfosearme y a convertirme en el ser que me viniera en gana. Por eso, encontré demasiado estrechos los caminos de la vida mortal en la tierra y me propuse habitar en el cielo de jade verde. Sin embargo, descubrí con amargura que no me estaba permitido morar en el Salón de la Niebla Divina, ya que, como ocurre entre los hombres, a un rey le sucede otro y sólo a él le está permitido residir en tal palacio. ¡Pero yo no acepto normas semejantes! El honor está íntimamente ligado al poder y únicamente debería ser rey quien es capaz de guerrear y obtener la victoria. - ¡Tú no eres más que un mono con espíritu! - exclamó, despectivo, el Patriarca Budista, soltando la carcajada -. ¿Cómo puedes ser tan presuntuoso y aspirar a hacerte con el respetable trono del muy honorable Emperador de Jade? Desde su más tierna juventud empezó a practicar actos de piedad, pasando después por la amarga experiencia de mil setecientas cincuenta kalpas, cada una de las cuales posee una duración de ciento veintinueve mil seiscientos años. Puedes calcular tú mismo los siglos que tardó en alcanzar la altísima posición de la que ahora goza. Tú no eres más que una bestia, que ha obtenido en esta reencarnación un envoltorio humano. ¿Cómo te atreves, entonces, a aspirar a lo que nunca podrás alcanzar y está totalmente por encima de tus posibilidades? Tu actitud constituye una pura blasfemia y, consecuentemente, terminará acortando significativamente tu vida. Arrepiéntete, ahora que todavía tienes tiempo, y deja de decir tonterías. Date cuenta de que tu lengua puede conducirte a la ruina y hacer que tus muchas cualidades se esfumen como la neblina. - Aunque el Emperador de Jade se haya dedicado a la ascesis desde su más tierna edad - replicó el Gran Sabio -, no le debería estar permitido permanecer aquí para siempre. Como muy bien reza el dicho, "muchas son las vueltas que da la realeza y nadie me asegura que el año próximo no vaya a tocarme a mí". Así que lo que puedes hacer es decirle que abandone cuanto antes su trono y me entregue a mí el Palacio Celeste. Eso pondrá fin a todo el conflicto. De lo contrario, continuaré luchando y no habrá paz jamás. - Aparte de la inmortalidad y de tu capacidad metamórfica, ¿qué otros poderes posees para osar usurpar el trono de esta región santa? - preguntó el Patriarca Budista. - ¡Muchísimos! - contestó el Gran Sabio con rapidez -. Domino setenta y dos transformaciones y poseo una vida que se mantendrá inmutable durante más de diez mil kalpas. Sé, además, andar por las nubes y con un solo salto soy capaz de desplazarme a una distancia de ciento ocho mil kilómetros. ¿Te parece poco para que pueda ocupar el trono del cielo? - Hagamos una apuesta - replicó el Patriarca Budista -. Si eres capaz de caer de mi mano derecha de un solo salto, te consideraremos todos el vencedor. No tendrás que seguir guerreando, porque yo mismo pediré al Emperador de Jade que se venga a vivir conmigo al oeste y te deje a ti el Palacio Celeste. Si, por el contrario, eres incapaz de abandonar mi mano, regresarás a las Regiones Inferiores, donde deberás someterte a unas cuantas kalpas más, antes de volver a causar problemas. - ¡Qué tonto es este Tathagata! - se dijo el Gran Sabio, al oírlo -. Una sola de mis volteretas puede transportarme a más de ciento ocho mil kilómetros y su mano sólo se encuentra a un pie de distancia. ¿Cómo no voy a poder salir de ella? ¡Es ridículo! - levantó la voz y Preguntó con ansiedad -: ¿Te atendrás después a lo convenido? - Por mi parte no habrá ningún problema - contestó Tathagata y extendió su mano derecha, que poseía aproximadamente el tamaño de una hoja de loto. El Gran Sabio, por su parte, dejó a un lado la barra de hierro y, tras hacer acopio de todas sus fuerzas, dio un salto que le llevó justamente al centro de la mano del Patriarca. - La primera parte ya está cumplida - dijo -. Ahora sólo queda la segunda - y de nuevo volvió a elevarse por los aires. Su velocidad era tanta que parecía una banda de luz surcando las nubes. El mismo Patriarca Budista tuvo que aguzar la vista cuanto pudo para verle desplazarse como un torbellino. Su fantástico salto condujo al Gran Sabio hasta una región de aire verdoso sostenida por cinco enormes columnas de un color rosáceo como la piel. Cuando se acercaba hacia ellas, se dijo, alborozado: - Éste debe de ser el fin del mundo. Regresaré junto a Tathagata y le obligaré a cumplir lo acordado, permitiéndome habitar para siempre en el Palacio de la Niebla Divina. Pero, cuando se disponía a iniciar el camino de vuelta, se detuvo de pronto y exclamó: - ¡Un momento! Si he de negociar con Tathagata, lo mejor es que deje aquí una prueba de que he llegado hasta este lugar. Sin pérdida de tiempo se arrancó un pelo y, tras echarle una bocanada de aire mágico, gritó: - ¡Transfórmate! - y se convirtió en un pincel de escribir mojado en tinta, con el que escribió en grandes letras en la columna del centro: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo, ha llegado hasta este lugar". Una vez que hubo acabado de escribirlo, recuperó el pelo y con una falta de respeto total dejó un charco de espumeante orina de mono en la base de la primera columna. Después dio un salto hacia atrás y fue a parar al lugar del que había partido. Sin bajarse de la mano de Tathagata, levantó la voz y dijo: - Como puedes apreciar, he ido y he vuelto. Así que dile al Emperador de Jade que me entregue el Palacio Celeste cuanto antes. - ¡Maldito mono meón! - le regañó Tathagata -. ¿Quieres decirme cuándo has abandonado la palma de mi mano? - ¡Cómo puedes ser tan ignorante! - replicó el Gran Sabio, sorprendido -. He ido hasta el mismísimo fin de los cielos, donde he encontrado cinco columnas del color rosáceo de la piel, que sostenían una masa de aire verdoso. Por cierto, para que no hubiera dudas sobre la veracidad de lo que afirmo, he dejado allí una prueba irrefutable de mi visita. ¿Te atreves a ir conmigo a verlo? - No hay necesidad de ir a ninguna parte - contestó Tathagata, burlón - - Baja un poco la cabeza y mira. El Gran Sabio así lo hizo y, tras aguzar cuanto pudo sus ojos de fuego y sus pupilas de diamante, vio que en el dedo medio de la mano derecha del Patriarca Budista había sido escrito: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo, ha llegado hasta este lugar". Al mismo tiempo, llegó hasta sus narices un olorcillo acre a orina de mono procedente de la conjunción entre los dedos pulgar e índice. Desconcertado, el Gran Sabio exclamó: ¿Cómo es posible? Yo mismo escribí esas palabras en las columnas sobre las que el cielo se apoya. ¿Cómo es que ahora aparecen en uno de tus dedos? Lo más seguro es que hayas utilizado conmigo poderes de adivinación. La verdad es que, si no lo veo, no lo creo. Déjame volver otra vez allá a comprobarlo. Sin pérdida de tiempo, se agachó para coger impulso, pero, cuando estaba a punto de iniciar el salto, el Patriarca Budista le dio un capirotazo que le lanzó fuera de la Puerta Oeste. Sus cinco dedos se convirtieron, al mismo tiempo, en las Cinco Fases del metal, la madera, el agua, el fuego y la tierra. Se transformaron, de hecho, en una cordillera de Cinco Picos, llamada la Montaña de las Cinco Fases, que cayeron sobre él y le aprisionaron con fuerza, haciendo imposible su huida. Ananda, Kasyapa y los dioses del rayo juntaron las manos y exclamaron, aliviados: - ¡Maravilloso! ¡Fantástico! Desde que surgió de un huevo de piedra se empeñó en adquirir hábitos humanos, proponiéndose como meta el aprendizaje del Camino de la Verdad. Durante más de diez mil kalpas habitó en un lugar donde por doquier florecían el quietismo y la paz. Pero un día cambió de pronto y empezó a derrochar vigor y fuerza. Su afán era alcanzar la más alta de las posiciones y ascendió hasta el mismísimo corazón del Cielo, donde se burló de los sabios, robó las píldoras de la inmortalidad y destruyó las relaciones que mantenían en orden el cosmos. Esclavo del mal, encuentra Por fin su castigo, del que nadie sabe cuándo podrá escapar. Una vez libre del Rey de los Monos, el Patriarca Budista Tathagata se volvió hacia Ananda y Kasyapa y les ordenó volver con él al Paraíso Occidental. En ese mismo momento acudieron corriendo a su encuentro Tian-Pang y Tian-Yu, dos enviados del Salón de la Niebla Divina, que le dijeron: - Tened la amabilidad de esperar un momento, por favor. La carroza de nuestro señor está a punto de llegar. Al oírlo, el Patriarca Budista se dio media vuelta y adoptó una postura de reverente espera. Al poco rato apareció una carroza tirada por ocho fénix multicolores y cubierta por un dosel en el que resaltaban nueve gemas brillantes. Del cortejo que le acompañaba surgían himnos majestuosos cantados por las incontables gargantas del coro celestial. Una lluvia de capullos caía sobre él. Entre nubes de incienso se llegó hasta donde se encontraba Buda y el Emperador de Jade pudo, por fin, darle las gracias, diciendo: - Estamos en deuda con vos por haber hecho desaparecer al monstruo con la fuerza de vuestro poderoso dharma. Permitidnos gozar del placer de vuestra presencia un días más y así podremos invitar a los otros inmortales al banquete que pensamos dar en vuestro honor. No atreviéndose a rechazar tan galante ofrecimiento, Tathagata dobló las manos a la altura del pecho y dio las gracias al Emperador de Jade con estas palabras: - Acudí aquí en respuesta a vuestra orden, Respetable Veda, no por voluntad propia. El éxito de la operación, por otra parte, se debe a vuestra buena fortuna y a la cooperación de los otros dioses. No hay nada de lo que yo pueda alardear. ¿Cómo voy a ser digno de vuestra gratitud? El Emperador de Jade se volvió a los dioses del rayo y les ordenó que, sin pérdida de tiempo, hicieran llegar invitaciones para el banquete de acción de gracias a los Tres Puros, a los Cuatro Ministros, a los Cinco Ancianos, a las Seis Mujeres Funcionarios, a las Siete Estrellas, a los Ocho Polos, a los Nueve Planetas y a las Diez Capitales, así como a los mil inmortales y a los diez mil sabios que tenían fijada en el cielo su residencia. Al mismo tiempo, se pidió a los Cuatro Grandes Preceptores Imperiales y a las Divinas Doncellas de los Nueve Cielos que abrieran las puertas de oro de la Capital de Jade, el Palacio del Secreto Primigenio y las Cinco Moradas de la Luminosidad Sempiterna. Tathagata ocupó el sitio más elevado del Estrado Espiritual de los Siete Tesoros, mientras que los demás dioses se fueron sentando, según su posición y edad, alrededor de una espléndida mesa, en la que se sirvieron hígados de dragón, médula de fénix, zumo de jade y melocotones inmortales. Al poco rato hicieron su aparición, entre un mar de banderas y estandartes, y bajo dosel, el Respetable Puro de los Orígenes, el Honorable Puro de los Tesoros Espirituales, el Exaltado Puro de la Virtud Mortal los Maestros Inmortales de las Cinco Influencias, los Espíritus Estrella de las Cinco Constelaciones, los Tres Ministros, los Cuatro Sabios, los Nueve Planetas, los Consejeros de la Derecha y de la Izquierda, el Devaraja y el Príncipe Nata. Todos portaban en sus manos espléndidos tesoros, perlas magníficas, frutos de la longevidad y exóticas flores, que regalaron agradecidos a Buda, inclinándose ante él y diciendo: - Reverenciamos, Tathagata, vuestro insondable poder, que ha sido capaz de dominar al Rey de los monos. Agradecemos, al mismo tiempo, al Muy Digno y Respetable Veda la amabilidad que ha tenido al invitarnos a un banquete tan espléndido como éste. ¿Sería mucho pedir al Honorable Tathagata que diera un nombre a este convite? - Si es eso lo que deseáis - respondió Tathagata, condescendiente -, que esta comida sea recordada como el "Gran Banquete de la Paz Celestial". - ¡Qué nombre tan espléndido! - exclamaron a coro los inmortales -. Éste es, en verdad, el Gran Banquete de la Paz Celestial. A continuación tomaron asiento y se sirvió el vino. Tras los brindis se procedió al reparto de ramos de flores, entre el sonar de instrumentos y el tañir de cítaras. Aquél fue, en verdad, un espléndido banquete, del que un viejo poema dice: Si a causa de un mono fue suspendida la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales, la del Banquete de la Paz Celestial superó con mucho las expectativas que aquél había levantado. Rodeados de halos brillantes, flameaban sin cesar las banderas de dragones y las carrozas de fénix, inmersas en el torbellino de indescriptibles luces sagradas. De las bocas de los inmortales salían ritmos preñados de dulzor, que resaltaban, punteándolos, los nobles sones de flautas de jade. Una nube de incienso ambrosíaco se cernía sobre reunión tan divina. ¡Bendita sea la corte celestial por la paz que anega al mundo! Cuando más entretenidos estaban comiendo y bebiendo, se presentó la Reina Madre a la cabeza de una auténtica legión de doncellas celestes. Sin dejar de cantar ni bailar, se inclinaron respetuosamente ante Buda y dijeron: - El mono echó a perder la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales. Nos sentimos, pues, en deuda con vos por haberle dominado y castigado como se merecía. Es poco lo que podemos ofreceros como muestra de agradecimiento en una ocasión tan festiva como la celebración del Banquete de la Paz Celestial. Aceptad, por lo tanto, estos pocos melocotones inmortales, que nosotras mismas hemos arrancado con nuestras propias manos de los árboles que los alimentaron durante milenios. Los frutos que le ofrecieron, mitad rojos y mitad verdes, despedían un atractivo aroma dulzón, que no dejaba duda alguna sobre su origen. Pese a poseer una edad que superaba con mucho los diez mil años, aventajaban en todos los órdenes a los que crecen junto al Arroyo de Wu-Ling. Incomparable era su dulzura, inimitable su color, irrepetible su delicadeza de venillas cárdenas y su piel de inmarcesible terciopelo. ¿Cómo podía ser de otra forma, si eran capaces de prolongar la vida y hacer que una edad se identificara con la del cielo? ¡Feliz quien se los llevara a la boca, porque jamás experimentaría el sabor de la muerte! El Patriarca Budista agradeció a la Reina Madre su regalo, juntando las manos e inclinando respetuosamente la cabeza. Emocionada, se volvió hacia las doncellas celestes y las animó a seguir cantando y bailando. Todos los inmortales presentes en el banquete aplaudieron entusiasmados. Remolinos de incienso llenaban los espacios que separaban las mesas, compitiendo su aroma con el de las flores y pétalos que sin cesar caían sobre las cabezas de los comensales. ¡Qué esplendorosa se mostraba la Capital de Jade con sus arcadas doradas y los valiosísimos regalos que albergaba! Todos los invitados poseían la misma edad de los cielos; algunos, incluso, la superaban en más de diez mil kalpas. ¿Cómo iban a saber de tribulaciones y penas? La Reina Madre pidió a las doncellas que siguieran cantando y bailando, mientras los vasos de vino se alzaban en brindis y las copas tintineaban como campanas. Poco a poco empezó a expandirse un aroma tan embriagador que las Estrellas y Planetas se pusieron de pie, los dioses y Buda se olvidaron del licor y todos levantaron, asombrados, la vista. En el aire apareció de improviso la figura venerable de un anciano que sostenía en sus manos la planta exuberante de una vida imperecedera. En su calabaza guardaba el elixir de los diez mil años y en su libro aparecían listas de nombres con más de doce milenios de existencia. El cielo y la tierra mostraban toda su fuerza en el interior de su caverna, mientras el sol y la luna alcanzaban su perfección en sus crisoles y retortas. Podía recorrer los Cuatro Mares y hacer de las Diez Islas su hogar. A menudo se emborrachaba durante la celebración del Festival de los Melocotones, pero, cuando se despertaba, la luna seguía luciendo tan brillante como siempre. Tenía una cabeza alargada, constitución débil y unas orejas muy grandes. Se llamaba la Estrella de la Vida Perdurable del Polo Sur. Tras saludar al Emperador de Jade, se llegó hasta donde estaba Tathagata y le mostró su gratitud, diciendo: - Cuando supe que Lao-Tse se había llevado consigo a ese mono engreído al Palacio Tushita para refinarle como al oro, pensé que todo había terminado. Jamás imaginé que pudiera escaparse y que fuerais precisamente vos el que terminara sometiéndole con vuestra bondad. He venido a congratularos, en cuanto he tenido noticia de la celebración de este banquete. Mis regalos son, ciertamente, pobres para vuestros méritos, pero os suplico tengáis a bien aceptar esta planta de jaspe, esta raíz de loto de jade verde y este elixir de oro. Con razón el poema dice: Sakya recibió el loto de jade verde y la medicina de oro. Su edad es la misma que la de las arenas del Ganges. El brocado de los tres carromatos que conducen a los seres vivos por el penoso camino de la reencarnación n está lleno de alusiones a la felicidad eterna. Las guirnaldas de los nueve grados de recompensa celeste expelen un aroma de vida sin fin. Él es el auténtico maestro de la Escuela San-Lung y su morada está en el cielo del vacío y de la forma. No en balde el universo y la tierra le consideran su señor. De su cuerpo de diamante fluyen la felicidad y la vida. Tathagata aceptó, complacido, su agradecimiento y la Estrella de la Vida Perdurable fue a ocupar el asiento que tenía reservado. De nuevo corrieron arroyos de vino y se repitieron los brindis, interrumpidos momentáneamente por la llegada del Gran Inmortal de los Pies Descalzos. Tras presentar sus respetos al Emperador de Jade, se llegó hasta donde se encontraba el Patriarca Budista y dijo: - Es inexpresable el agradecimiento que siento por vuestro dharma, por haber dominado a la bestia. Para mostraros mi reconocimiento no dispongo de otra cosa que de dos peras mágicas y de algunos dátiles de fuego, que os ruego aceptéis. De ahí que afirme el poema: Fragantes son, en verdad, las peras y los dátiles que el Inmortal de los Pies Descalzos ofrendó a Amitabha, el de los años sin fin. El Estrado de Loto de los Siete Tesoros posee la seguridad de las montañas y su Trono de Flores está totalmente recamado en oro. La edad de quien sobre él se sienta aventaja a la del cielo y la tierra, y su buena fortuna es tan inmensa como el océano. En esto no hay falsedad ni engaño. En él alcanzan el culmen de su plenitud la felicidad y la larga vida. Su morada de eterna dicha se asienta en las Regiones del Oeste. Tathagata agradeció al Inmortal sus presentes y pidió a Ananda y a Kasyapa que los pusieran con los otros. Se llegó después hasta donde estaba el Emperador de Jade y le expresó su gratitud por el espléndido banquete que había dado en su honor. Para entonces todos los invitados estaban ya un poco borrachos. En esto llegó uno de los Espíritus de la Inspección Universal y anunció, muy excitado: - ¡El Gran Sabio acaba de sacar la cabeza! - No hay por qué preocuparse - le tranquilizó el Patriarca Budista. Sacó a continuación de sus mangas un rollo en el que habían sido escritas con letras de oro las siguientes palabras, "Om mani padme hum" 13, y se lo entregó a Ananda, ordenándole que lo colocara en la cumbre de la montaña bajo la que se hallaba enterrado el Gran Sabio. El deva cogió el rollo y lo llevó a la Montaña de las Cinco Fases, donde lo ató con fuerza a una roca cuadrangular que había justamente en su cima. Al punto echó nuevas raíces y tapó todas sus grietas, aunque dejó libre el espacio suficiente para que su prisionero pudiera respirar y moverse un poco. Una vez cumplida su misión, Ananda regresó al palacio imperial e informó a su señor, diciendo: - El rollo ha sido atado fuertemente en el lugar que me indicasteis. Tathagata se despidió entonces del Emperador de Jade y de los otros dioses y abandonó la Puerta Celeste, seguido de los dos devas. Compadecido, no obstante, de la suerte del Gran Sabio, pronunció una fórmula mágica y al punto acudieron a su presencia el espíritu del lugar y los Intrépidos Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, a los que mandó vigilar día y noche la Montaña de las Cinco Fases. Les ordenó, al mismo tiempo, que alimentaran al prisionero con bolas de hierro, cuando tuviera hambre, y le dieran a beber cobre fundido, cuando le atacara la sed. Una vez que se hubiera cumplido el tiempo de su castigo, acudiría a liberarle un enviado del cielo y ellos habrían de acatar la orden sin rechistar. El mono rebelde sufrió, de esta forma, el castigo debido a su rebelión. Fue precisamente Tathagata quien doblegó su blasfemo orgullo, encerrándole bajo el peso de una montaña. Para hacer frente a las inclemencias del cielo, se alimenta con bolas de hierro y se moja los labios en cobre fundido. Duro y amargo es el castigo, pero él se siente feliz de estar aún vivo. Si algún día logra obtener la libertad, se pondrá al servicio de Buda y emprenderá un larguísimo viaje hacia el Oeste. Orgulloso de sus extraordinarios poderes, dominó al dragón y domesticó a los tigres. No es extraño que encontrara favor y respeto en la Capital de Jade. Pero él destrozó tan envidiable confianza, robando los melocotones y el vino sagrados y sumiendo a los cielos en un insoportable desorden. Por eso, ahora purga sus culpas en la lobreguez de una cárcel de rocas. Sólo sus buenas obras podrán liberarle de tan extremo castigo, haciendo que sus ojos vuelvan a contemplar de nuevo la luz. Para eso, sin embargo, habrá de esperar la llegada de un monje santo procedente de la ilustre corte de los Tang. No sabemos ni el mes ni el año en que su culpa se vio, por fin, expiada. Quien quiera descubrirlo, tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo. 第008回 PARA LA OBTENCIÓN DE LA FELICIDAD SUPREMA EL BUDA SOBERANO HA CREADO LAS ESCRITURAS. KWANG-ING RECIBE LA ORDEN DE DIRIGIRSE HACIA CHANG-AN Quien sea capaz de reflexionar se asombrará de ver que una vida de preocupaciones constantes sólo conduce al vacío, a la vejez y a la muerte. Es como tratar de hacer un espejo, puliendo bloques de piedra, o amontonar nieve para llenar con ella los graneros. ¡Cuántos jóvenes caen presa de engaño tan burdo! ¿Acaso puede una pluma sorber la vastedad del océano o una semilla de mostaza contener el Monte Sumeru? 2 Ante tales preguntas el Dhuta Dorado sonríe, condescendiente. Quien ha recibido la iluminación está por encima de los diez estadios y los tres carros que surcan los senderos de la reencarnación. Por el contrario, el que no se esfuerza por conseguirla está sujeto a las cuatro formas de nacimiento y a las seis maneras de comenzar una nueva existencia. ¿Quién ha escuchado bajo un acantilado sin riscos o un árbol sin sombra el canto del cuclillo saludando el alborear de la primavera? Peligrosos son los caminos de Tzao-Chr 6 y oscuras las nubes que se ciernen sobre el Chiou – Ling, donde las voces carecen de sonido, como la catarata de los diez mil pies, la flor de loto al abrirse, o la cortina empapada de incienso que cuelga en un viejo templo. Quien llegue a comprender el misterio de los orígenes, podrá contemplar con sus ojos los tres tesoros y al Rey Dragón. La melodía que acompaña este poema "tzu" es el "Su-wu-man". Una vez que Tathagata se hubo despedido del Emperador de Jade, regresó a toda prisa al Monasterio del Trueno, donde salieron a recibirle los tres mil budas, los quinientos arhats, los ocho reyes de diamante y los incontables bodhisattvas que lo habitaban. Portando estandartes, baldaquinos bordados, objetos valiosísimos y flores inmortales, acudieron en filas a darle la bienvenida bajo los dos Árboles sala. Tathagata descendió entonces de su nube sagrada y les dijo: He estudiado las Tres Regiones con sabiduría y espíritu de comprensión y he llegado a la conclusión de que la esencia de todo cuanto existe carece por completo de consistencia. A esta norma no escapan ni siquiera los seres inmateriales, ya que nada posee una naturaleza aislada. Nadie puede comprender, sin ir más lejos, la supresión del mono rebelde. Al fin y al cabo, son características de todo ser vivo el origen, el nacimiento, el nombre y la muerte. Apenas hubo acabado de hablar, emitió un rayo de luz beatífica, llenando el espacio de cuarenta y dos arcos iris blancos, que formaron de norte a sur un resplandeciente puente de luz. Al verlo, todos los presentes se echaron por tierra en señal de sumisa adoración. Tathagata subió entonces a su Estrado de Loto, por encima del cual no había ningún otro, y tomó asiento con la serenidad solemne que le era habitual. Los tres mil budas, los quinientos arhats, los ocho reyes de diamante y los cuatro bodhisattvas doblaron respetuosamente las manos a la altura del pecho y se acercaron a su maestro. Tras inclinarse, una vez más, ante él, preguntaron: - ¿Quién era el rebelde que sumió al Cielo en un caos e impidió la celebración del Festival de los Melocotones? - Un mono soberbio originario de la Montaña de las Flores y Frutos - respondió Tathagata -. Su maldad había adquirido grados difíciles de imaginar y su poderío había alcanzado cotas imposibles de describir. Tanto que todos los guerreros celestes fueron incapaces de dominarle. Aunque Er-Lang pudo, por fin, apresarle y Lao-Tse trató de refinarle como al oro, nadie logró infligirle el menor daño. Cuando llegué, estaba haciendo un auténtico alarde de poderío y de fuerza ante un grupo de desconcertados dioses del rayo. Tras detener la lucha y preguntarle por su pasado, me respondió que poseía poderes mágicos, que le capacitaban para metamorfosearse en el ser que le viniera en gana y caminar por las nubes ciento ocho mil millas seguidas. Le aposté a que, pese a todo, no era capaz de saltar de mi mano y él, fanfarrón, aceptó sin pensárselo dos veces. Una vez que le tuve en mi palma, le agarré con fuerza e hice que mis dedos se convirtieran en la Montaña de las Cinco Fases, bajo la que ahora se encuentra prisionero. En cuanto se enteró de lo que había hecho, el Emperador de Jade me abrió de par en par las puertas de oro de su palacio y ofreció en mi honor el Gran Banquete de la Paz Celestial, al que asistieron infinidad de inmortales. Acabo precisamente de abandonar el trono para volver a vuestro lado. Todos se sintieron complacidos ante tales palabras. Tras deshacerse en alabanzas a Buda, se fueron retirando, según rango, a continuar con los deberes que les habían sido confiados. Una niebla santa se extendió por toda la tierra de Tien-Chu, mientras la luz del arco iris se posaba sobre el Respetable, también conocido como el Primero del Occidente, el Maestro de la Escuela de la No-forma. En su reino de equilibrios a menudo se ha visto a monos negros ofreciendo frutos, a ciervos rabilargos sosteniendo flores en la boca, a fénix azulados bailando como doncellas, a pájaros de mil colores cantando, a tortugas llenas de espíritu alardeando de su edad, y a grullas divinas recogiendo agárico. Juntos disfrutan de la paz que se respira en la tierra sin mácula de Jetavana, en el Palacio del Dragón y en las inmensas riberas del Ganges, donde cada día florecen las flores y los frutos maduran a cada hora. Allí se abandonan a la práctica del silencio para volver a la existencia plena y alcanzar el auténtico gozo. Ni mueren, ni nacen, ni crecen, ni encogen. En ese mundo de bendiciones las nieblas se posan y se levantan, pero a las estaciones se les niega la entrada en él y el tiempo no existe. El poema afirma: Aquí todos los movimientos son libres y fáciles y han dejado de existir el dolor y las penas. Amplios y abiertos son los campos del paraíso, donde jamás han puesto su pie de esperanza y agonía ni la primavera ni el otoño. El Patriarca Budista se quedó a vivir en el Monasterio del Trueno, enclavado en el corazón de la Montaña del Espíritu. Un día llamó a su alrededor a los budas, los arhats, los guardianes, los bodhisattvas, los reyes de diamante, las monjas y monjes mendicantes y les dijo: - Desconozco el tiempo exacto que ha pasado desde que dominé al mono soberbio y pacifiqué el cielo. Calculo, de todas formas, que sobre la tierra ha debido de transcurrir por lo menos un milenio. Hoy es el día décimo quinto del primer mes del otoño y quisiera compartir con vosotros el cuenco que he preparado para celebrar la fiesta de los bienaventurados. Lo he llenado con más de cien clases de flores exóticas y un millar de frutos extraños. Espero que tengáis a bien aceptar mi humilde ofrecimiento. Todos doblaron al tiempo las manos sobre el pecho y se inclinaron ante Buda tres veces seguidas. Tathagata pidió entonces a Ananda que cogiera las flores y frutos y los repartiera entre los presentes con la ayuda de Kasyapa. En prueba de agradecimiento, los bienaventurados ofrecieron al Respetable sus poemas. El de las bendiciones afirmaba: La estrella de la bendición brilla con fuerza ante el Más Venerable, el único capaz de gozar de una dicha sempiterna y total. Sus incontables virtudes duran lo mismo que el cielo, de donde mana la fuente inagotable de su gozo. Sus inabarcables campos de bendición se hacen aún más numerosos con el paso de los años, mientras la profundidad del océano de su felicidad permanece inalterable durante siglos. El mundo está lleno de sus bendiciones y todo cuanto existe se beneficia de ellas. El poema de la riqueza decía: Sus riquezas, como reza la alabanza de los fénix, superan en peso a las montañas y proclaman por doquier su larga vida. De la misma forma que su cuerpo se torna cada vez más saludable, su fortuna aumenta sin cesar, esparciendo por el mundo el brillo de su paz. Sus riquezas alcanzan los cielos, poseen el mismo nombre del mar, son ambicionadas por todos, no conocen ni medida ni límite y otorgan valor a un sinfín de naciones y tierras. El poema de la longevidad afirmaba: La Estrella de la Longevidad ofreció sus dones a Tathagata, del que emana la luz que produce la vida sin fin. Los frutos de la longevidad descansan sobre un frutero en el que se refleja la divinidad. Sus capullos, recién arrancados, adornan el tronco de loto. ¡Qué hermosos y bien compuestos son los poemas que la ensalzan! Las canciones que la alaban sólo pueden ser interpretadas por mentes privilegiadas. Su duración supera a las de la luna y el sol, las montañas y el mar, con los que a veces se la compara. Tras ofrecerle sus poemas, los bodhisattvas pidieron a Tathagata que les revelara el misterio de las fuentes y de los orígenes. Buda abrió, condescendiente, la boca y se dispuso a extender el gran dharma y a proclamar la Verdad. Con la serena dulzura que caracterizaba todos sus actos, les habló de la maravillosa doctrina de los tres medios, de las cinco skandhas y del Sutra Surangama. Mientras lo hacía, los dragones del cielo bajaron de sus alturas y empezaron a revolotear, en círculo, sobre sus cabezas; al mismo tiempo, cayó sobre todos los asistentes una densa lluvia de flores. En verdad la doctrina del Zen es tan luminosa como el reflejo de la luna en un millar de ríos, y la auténtica esencia de las cosas es tan pura y amplia como el firmamento en un día sin nubes. Cuando hubo terminado de adoctrinar a sus seguidores, Tathagata les dijo: He observado detenidamente los Cuatro Grandes Continentes y he llegado a la conclusión de que la moralidad de sus habitantes varía mucho de un lugar a otro. Los que moran en Purvavideha, el del Este, adoran a la Tierra y al Cielo y son pacíficos y honrados. Los de Uttara-kuru, el del Norte, aunque parecen gozar destruyendo toda forma de vida, lo hacen movidos por su propia necesidad de subsistencia. De hecho, poseen una mente bastante apagada y una voluntad llamativamente apática, por lo que, en el fondo, son incapaces de hacer daño a nadie. Los de Aparagodaniya, el del Oeste, no son avaros ni muestran una desmesurada tendencia a matar. Son gentes que controlan sus impulsos y dominan sus instintos. No existen, por supuesto, entre ellos iluminados de primer orden, pero es seguro que la gran mayoría alcanzará una edad muy avanzada. Los que, por el contrario, habitan en Jambudvipa, el del Sur, son propensos a la lascivia, a las contiendas, al sacrificio de animales y a toda clase de mal obrar. Están atrapados en las arenas movedizas de la maledicencia y en el proceloso mar de la difamación. No obstante, en mi poder tengo tres grandes cestos de escrituras sagradas capaces de persuadir al hombre para que inicie una vida de virtud y buenas obras. Cuando los bodhisattvas lo oyeron, doblaron las manos a la altura del pecho e, inclinándose con respeto, le preguntaron: - ¿Sobre qué versan los tres cestos de escrituras de los que habláis? - Uno - respondió Tathagata - está lleno de vinaya, que trata del cielo; otro de sastras, que hablan de la tierra; y el último, de sutras, que poseen la virtud de salvar a los condenados. Contienen un total de treinta y seis divisiones escritas en quince mil ciento cuarenta y cuatro rollos. Son escrituras que instan al cultivo de la verdad y constituyen la puerta que conduce a la suprema felicidad. Yo mismo iría a llevárselas a los habitantes de las Tierras del Este, pero son tan estúpidos y hacen tal mofa de la Verdad que desconocen los dictámenes más básicos de nuestras leyes y se burlan abiertamente de la auténtica escuela del Yoga. Necesitamos, por tanto, a alguien con suficiente peso moral para que vaya a esa parte del mundo y encuentre a un creyente auténtico, al que pedirá el tremendo sacrificio de trasponer las mil montañas y de vadear los mil ríos que le separan de aquí para venir a recoger las escrituras. De esta forma, los moradores del este recibirán la iluminación y podrán gozar de tantas bendiciones como granos de arena forman una montaña o gotas de agua constituyen la inmensidad de un océano. ¿Quién de vosotros está dispuesto a emprender ese viaje? No había terminado de decirlo, cuando la Bodhisattva Kwang-Ing se llegó hasta el Estrado de Loto y, tras presentar sus respetos a Buda, dijo: - Aunque mis luces no son muchas y me considero la más indigna de vuestros discípulos, me ofrezco voluntaria para ir a las Tierras del Este y encontrar al Peregrino que buscáis. Sorprendidos, los otros budas alzaron la cabeza y vieron que la Bodhisattva poseía una inteligencia acrisolada en la práctica de las cuatro virtudes: un cuerpo ennoblecido por la perfecta sabiduría, una orla de perlas y jade, pulseras aromáticas decoradas con piedras preciosas de mil y una especies, un pelo negro recogido en un llamativo moño que recordaba a un dragón descansando, y un elegante fajín al que la brisa hacía ondular como si se tratara de una pluma de fénix. Sobre su túnica de seda blanca resaltaba el verdor de los botones de jade, que competían en belleza con su falda de terciopelo, orlada de brocados de oro. La línea de sus cejas poseía la curvatura de la luna nueva, sus ojos parecían haber robado su fulgor a las estrellas, su rostro, pálido como el jade, emitía destellos de felicidad plena, y sus frescos labios traían a la memoria el imposible recuerdo de dos relámpagos rojos. En las manos sostenía un florero sin mácula, del que continuamente fluía néctar, y un brote nuevo de sauce, al que el paso del tiempo no lograba marchitar jamás. Sólo ella era capaz de mantener en jaque a las ocho aflicciones y, así, redimir a las gentes. Grande era su compasión por el que sufre y su fama se extendía más allá de los Mares del Sur, donde tenía establecida su morada, en las mismas laderas del Monte Tai. Si un pobre la invoca, acude solícita en su ayuda y le libra de sus angustias. Su corazón de orquídeas se complace en el fresco verdor de los bambúes y su natural casto se deleita con la vistaria. Es la misericordiosa señora de la Montaña Potalaka, la Inmortal Kwang-Ing de la Caverna del Sonido de las Mareas. Tathagata se sintió encantado de su ofrecimiento y le dijo: - No hay persona mejor cualificada que tú para hacer un viaje como ése. Precisamente, antes de que te acercaras a mí, estaba pensando: grandes son los poderes mágicos de la Honorable Kwang-Ing. ¡Qué bien resultaría todo, de ser ella la encargada de llevar a cabo tan trascendente misión! ¿Deseáis hacerme alguna recomendación para el viaje? - preguntó la Bodhisattva, ansiosa por partir. Fíjate con cuidado en el camino. Procura no viajar a mucha altura, manteniéndote en una posición intermedia entre las nubes y la neblina. De esa forma, podrás ver con toda claridad las montañas y los cursos de agua y te será más fácil calcular las distancias exactas. Es preciso que facilites todos los datos que puedas a la persona elegida para venir a buscar las escrituras. Aun así, el viaje le resultará difícil y peligroso en extremo, por lo que creo que mis cinco talismanes le servirán de muchísima ayuda. Se volvió a Ananda y Kasyapa y les ordenó que trajeran una túnica bordada y un bastón con nueve anillos de marcado corte sacerdotal. Al entregárselos a la Bodhisattva, añadió: - Dáselos a la persona que elijas. Si se mantiene firme en su intención de venir a por las escrituras, la túnica le ayudará a no caer en la infatigable Rueda de la Transmigración. Por otra parte, una vez que empuñe el bastón, se verá libre del veneno y de toda substancia ponzoñosa. La Bodhisattva se inclinó y tomó los regalos en sus manos. Tathagata sacó entonces tres pequeñas escamas y agregó: - Estos tesoros son para ti. Aunque parezcan iguales, sus usos son totalmente distintos y cada uno posee un conjuro diferente. Con ésta, por ejemplo, hay que recitar el llamado ensalmo de oro, a ésta hay que aplicarle el conocido como constrictivo, y ésta sólo se torna efectiva cuando va acompañada del conjuro prohibitivo. Si te encuentras por el camino con algún monstruo con poderes mágicos, hazle ver lo erróneo de su obrar y convéncele para que acompañe en su viaje al hombre que ha de venir en busca de las escrituras. Si se opone a convertirse en discípulo tuyo, ponle en la cabeza una de estas coronas y recita el conjuro apropiado. Eso será suficiente. La cabeza se le hinchará como una burbuja y sentirá un dolor tan fuerte que creerá que le va a estallar el cerebro de un momento a otro. Eso le hará ver la conveniencia de rendirse a tus deseos. La Bodhisattva volvió a inclinarse, agradecida, y abandonó la estancia. En cuanto se hubo marchado, Buda llamó a su discípulo Huei-An y le ordenó que no se separara de ella en ningún momento. Huei-An poseía una enorme barra de hierro que pesaba más de mil libras, y cumplió con tal fidelidad el deseo de su maestro que no se apartó del lado de la Bodhisattva ni de día ni de noche, convirtiéndose, de hecho, en su guardaespaldas. Agradecida, la diosa de la misericordia le regaló una ramita de sauce. Dobló después la túnica de seda y se la cargó a la espalda, guardando con cuidado las tres escamas. A continuación tomó el bastón y empezó a descender por las laderas de la Montaña del Espíritu. De esta forma, dio comienzo un viaje que concluiría con la vuelta de un discípulo de Buda, empeñado en cumplir su promesa, mientras el anciano de la Cigarra de Oro sostenía en sus manos la candana. Al llegar al pie de la montaña, la Bodhisattva fue recibida a la puerta del Templo Taoísta de Yü-Chen por el Gran Inmortal de la Cabeza de Oro con todos los honores. Aunque aceptó el vaso de té que le ofreció el inmortal, no quiso demorarse mucho y dijo: - Tathagata me ha ordenado ir a las Tierras del Este a buscar a una persona que esté dispuesta a venir hasta aquí en busca de las escrituras sagradas. - ¿Cuándo calculas que llegará ese hombre? - preguntó el inmortal. - No lo sé exactamente - respondió la Bodhisattva -. Me figuro que tardará dos o tres años por lo menos. Se despidió del inmortal y emprendió el vuelo a una altura que no superaba la de las nubes ni era inferior a la de la neblina. De esa forma, podría recordar después el camino con más claridad y calcular con exactitud la distancia. De su viaje existe un poema que dice: Su búsqueda se extendió durante más de diez mil millas. No es fácil decir de antemano quién será la persona elegida para cumplir tan alta misión. Jamás existió un seleccionador de hombres más cuidadoso que ella. ¿Por qué no puedo ser yo el afortunado? Disertar sobre el Tao cuando no se cree en él con firmeza es tan vacuo como hablar sobre algo que no se conoce. Si el hado me reservara tan alto destino, gritaría mi fe hasta destrozarme la garganta y vomitar la bilis y el hígado. Pronto llegaron a la región del Río de la Corriente de Arena. Desde la altura la Bodhisattva vio una gran masa de agua y, volviéndose hacia Huei-An, comentó: - Este lugar es muy difícil de cruzar. La persona seleccionada para venir en busca de las escrituras por fuerza ha de poseer unos huesos quebradizos y una carne mortal. ¿Cómo va a ser capaz de vadear un río tan ancho como éste? - ¿Cuántas millas de anchura calculáis que tiene? – preguntó Huei-An. La Bodhisattva detuvo su nube y miró con atención. Así descubrió que aquel río inmenso llegaba por el este hasta las costas arenosas, unía por el oeste los reinos bárbaros, alcanzaba por el sur las tierras de Wu-I y se aproximaba por el norte a la nación de los tártaros. Poseía una anchura que superaba las ochocientas millas y su longitud alcanzaba varios miles más. El agua corría por su cauce como si la tierra hubiera sufrido una tremenda sacudida. En algunos puntos su corriente era tan violenta que las olas que levantaba recordaban a una montaña luchando por ponerse de pie. Aquélla era una masa de agua vasta, interminable, inmensa e inabarcable. El sonido que producía su torrentera podía oírse a muchos kilómetros de distancia. Sus aguas eran tan fieras que ni la balsa de un dios podía cruzarlas. Hasta a una simple hoja de loto le hubiera resultado imposible mantenerse a flote en ellas. Por su cauce sólo discurrían tallos macerados de hierba sin vida. Como si la propia naturaleza comprendiera toda la magnitud de su fuerza destructora, el sol se veía cubierto, en los lugares por los que pasaba, por una masa de nubes amarillentas que oscurecían significativamente sus orillas. ¿Cómo iban a pasar por allí las caravanas de mercaderes o iban a osar los pescadores levantar sus chamizos? Sobre sus bancos de arena jamás descendían los gansos salvajes. Ni siquiera los monos se llegaban hasta ellos, prefiriendo abrevar en lugares más lejanos. Sólo unas hierbas salvajes de flores rojizas crecían en tan peligrosos parajes, salpicadas, de vez en vez, por la blancura de las lentejas de agua. La Bodhisattva estaba mirando, desconsolada, el espectáculo que ofrecía el río, cuando de pronto se oyó un violento chapoteo y saltó fuera del agua un monstruo espantoso y terrible. Tenía un rostro entre negro y verdoso, de aspecto fiero, y un cuerpo, ni demasiado corto ni demasiado largo, de constitución a la vez vigorosa y nervuda. Sus ojos brillaban como las ascuas de un brasero; su boca, irregular y amenazante, recordaba a la jofaina llena de sangre de un carnicero; sus lentes, salientes como un cabo que se adentra en el mar, parecían cuchillos afilados; su pelo, desmelenado totalmente, poseía una escalofriante coloración rojiza; y sus pies, descalzos, traían a la memoria la frialdad de los muertos. Rugió una sola vez y su bramido sonó tan amenazante como el fragor del trueno, mientras movía las patas con tal rapidez que parecían un remolino de viento. Con un garrote en las manos, tan diabólica criatura corrió hacia la orilla y trató de agarrar a la Bodhisattva. Afortunadamente Huei-An se interpuso en su camino y, blandiendo la barra de hierro, le gritó, autoritario: - ¡Detente! La bestia no se arredró. Levantó su garrote y se enzarzó con él en una fiera y terrible batalla, como jamás se había visto en el Río de la corriente de arena. Mientras la barra de hierro de Moksa se alzó para defender la justicia y la ley, la del monstruo lo hizo para mostrar su enorme poderío. Ambos eran como dos serpientes de plata moviéndose con agilidad a lo largo de las márgenes del río. Mientras éste quiere hacer valer sus derechos como señor de la Corriente de Arena, aquél sólo desea proteger a Kwang-Ing y, así, aumentar sus ya incontables méritos. Uno levanta tormentas de espuma y forma olas gigantescas, mientras el otro vomita neblinas y escupe viento. El cielo y la tierra sucumben a su influjo y el sol y la luna, oscurecidos por fenómenos tan portentosos, pierden parte de su benéfica luminosidad. El garrote del monstruo es tan fiero como un tigre blanco saliendo de la montaña; la barra de hierro, por el contrario, parece un dragón de tonos amarillentos interponiéndose en su camino. Aquél arranca del suelo la hierba, penetrando tanto en ella que deja al descubierto las guaridas de las serpientes. Ésta acorta, derribándolos, el vuelo de los milanos y secciona en dos los altos pinos del bosque. La lucha se extiende hasta que la oscuridad se torna espesa y en el cielo empiezan a titilar las estrellas. Para entonces una densa neblina se ha posado sobre la tierra, sumiendo cuanto en ella se asienta en un mundo sin contornos. Pero eso no parece importar ni al perenne morador de las aguas, luchador aguerrido y fiero, ni al sempiterno habitante de la Montaña del Espíritu, que busca en este combate su primer triunfo. Los dos se midieron durante veinte o treinta asaltos, pero ninguno obtuvo una ventaja ostensible. Desconcertada, la bestia detuvo momentáneamente sus embates y preguntó a su contrincante: -¿De dónde eres tú? No son muchos, ciertamente, los que se atreven a enfrentarse a mí. - Yo - respondió Moksa - soy el segundo hijo del Devaraja Li-Ching. Aunque mi nombre es Moksa, soy más conocido por Huei-An, como se me llama en el mundo religioso al que pertenezco. Precisamente acompaño a mi maestra a las Tierras del Este en busca de alguien que quiera ir a recoger las escrituras sagradas a la Montaña del Espíritu. - ¡Ahora caigo! - exclamó el monstruo, reconociéndole -. Durante mucho tiempo has seguido las enseñanzas de Kwang-Ing, llevando una vida de sacrificios y privaciones en los bosquecillos de bambú de los Mares del Sur. ¿Se puede saber cómo has llegado hasta aquí? - ¿No te das cuenta que ésa es precisamente la maestra de la que antes te hablaba? - replicó Moksa -. Si te fijas un poco, verás que es Kwang-Ing en persona la mujer que está de pie en la orilla. Al oírlo, el monstruo se disculpó lo mejor que pudo y arrojó a un lado su garrote. Después dejó que Moksa le agarrara del cuello y le condujera, dócil, ante la serena figura de la Bodhisattva. Se inclinó, respetuosamente, ante ella y, sin atreverse a levantar la vista del suelo, dijo: - Os suplico tengáis a bien perdonarme. Permitid que os explique por qué he obrado así. Aunque parezca lo contrario, yo no soy ningún monstruo, sino el Mariscal-que-levanta-la-cortina, encargado de salir a recibir a la carroza de fénix del Emperador de Jade en el Salón de la Niebla Divina. Durante la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales cometí el error de romper una copa de cristal y el Emperador me condenó a recibir ochocientos latigazos, desterrándome a continuación a las Regiones Inferiores y convirtiéndome en la bestia que ahora soy. Pero eso no es todo. Cada siete días manda contra mí una espada voladora, que me atraviesa el pecho y el costado más de cien veces, antes de regresar al lugar del que partió. De ahí que presente el lamentable estado que veis. Lo más difícil de soportar, de todas formas, es el frío y, sobre todo, el hambre, que me fuerza a salir del agua cada cierto tiempo en busca de algún caminante al que devorar. Lo que menos me imaginaba es que fuerais vos y vuestro discípulo los que tratabais de cruzar hoy mi río. - Se te expulsó de los cielos por tu pecado - le reprendió la Bodhisattva -. Lejos de arrepentirte, has continuado destrozando vidas, por lo que puede decirse que lo único que has hecho en todo este tiempo ha sido añadir ofensa al pecado. Como te ha explicado mi discípulo, por orden de Buda me dirijo a las Tierras del Este en busca de una persona que quiera ir a recoger las escrituras sagradas. ¿Por qué no te acoges a mí, te amparas en las buenas obras y acompañas, como discípulo, al elegido, cuando vaya al Paraíso Occidental a pedir las escrituras a Buda? Si lo haces, ordenaré a la espada voladora que deje de molestarte. Además, eso te ayudará a amontonar méritos, que harán olvidar tu pecado al Emperador de Jade, y recobrarás tu antiguo puesto. ¿Qué opinas de lo que acabo de decirte? - Estoy ansioso por recomenzar una vida virtuosa - confesó el monstruo -. Pero he devorado en este lugar a tantos seres humanos que opino que para mí ya no hay perdón posible. Por aquí han pasado incontables personas que iban en busca de escrituras sagradas y a todas me las he comido. Sus cabezas yacen en el fondo de este río de arena, pues ya sabéis que sus aguas son tan especiales que ni siquiera los patos pueden flotar en ellas. De todas formas, ha habido nueve que han permanecido a flote, reacias totalmente a hundirse. Éste es un hecho milagroso, que debía haberme hecho reflexionar. Pero, en vez de eso, las até con una cuerda y ahora, cuando me encuentro aburrido y sin saber qué hacer, me divierto jugando con ellas. Si alguien se entera, seguro que nadie más se atreve a pasar por aquí y las escrituras no podrán reemprender el camino de vuelta. ¿No pondrá eso en peligro mi propio futuro? - ¡Qué tontería! ¿Cómo no van a atreverse a pasar por aquí? - exclamó la Bodhisattva -. Lo que tienes que hacer es colgarte esas cabezas alrededor del cuello. Ya les encontraremos alguna utilidad, cuando llegue la persona que hayamos elegido. - En ese caso - concluyó el monstruo más tranquilo -, acepto recibir tus enseñanzas. La Bodhisattva le tocó entonces en la cabeza y le hizo entrega de los mandamientos. Se tomó a la arena como testigo y se le concedió el nombre religioso de Sha Wu-Ching, entrando, así, a formar parte del mundo de los iluminados. Una vez que la Bodhisattva se hubo ido, se lavó el corazón y, de esa forma, quedó purificado. Nunca más volvió a dar muerte a nadie, dedicándose a partir de entonces a esperar con impaciencia la llegada del hombre de las escrituras. La Bodhisattva y Moksa continuaron, mientras tanto, su largo camino. Al cabo de cierto tiempo se toparon con una montaña muy alta, de la que manaba un olor tan fétido que les fue imposible escalarla a pie. Cuando se disponían a montar en sus nubes para trasponerla volando, se levantó de improviso un viento fortísimo y apareció ante ellos otro monstruo de aspecto feroz. Poseía unos labios carnosos y tan retorcidos como hojas secas de loto, unas orejas tan grandes como abanicos de junco, unos ojos brillantes de torva y cruel mirada, unos dientes llamativamente separados y tan afilados como limas de acero puro, y una boca tan larga y ancha como una olla. En la cabeza llevaba un morrión de oro sujeto a la barbilla con tiras de cuero, que, como las que le ajustaban al cuerpo la armadura, parecían estar hechas con piel de serpiente. En la mano sostenía un tridente, que recordaba a una zarpa abierta de dragón. De su cintura colgaba un arco con la forma de una media luna, que le otorgaba un aire a la vez orgulloso y terrible. Su apariencia era la de un luchador tan despiadado y cruel que hasta los mismos dioses se hubieran sentido intimidados al verle. Se lanzó sobre los dos viajeros con la rapidez de la brisa y, sin mediar la menor advertencia, levantó su terrible tridente y lo dejó caer con fuerza sobre la Bodhisattva. Afortunadamente Huei-An desvió el golpe con la barra de hierro, al tiempo que gritaba, enfurecido: - ¡Maldito monstruo! ¿Cómo puedes ser tan insolente? Si quieres luchar, dispuesto estoy a hacerte probar el poder de mi barra. - ¡No sabes con quién estás hablando, monje estúpido! - replicó el monstruo -. Deberías ser un poco más prudente, porque te advierto que mi tridente es invencible. Los dos se lanzaron a la lucha con una fiereza que hizo temblar a la misma ladera de la montaña. Su encuentro fue de los más magníficos que haya presenciado la historia. Si el monstruo exhalaba bravura, Huei-An no le iba a la zaga. La barra de hierro buscaba el corazón de su enemigo, mientras el tridente se afanaba por desgarrar el rostro de su agresor. Sus movimientos, veloces como el rayo, hacían volar el barro y levantaban hacia lo alto nubes de polvo que oscurecían el cielo y la tierra. Los dioses y los demonios se sintieron aterrados ante tanta violencia. El tridente emitía un ruido de muerte, al girar sin cesar en el aire, brillante como el parpadeo de una estrella. La barra de hierro, por el contrario, negra como el corazón de la noche, volaba en las manos de un príncipe. El hijo de un Devaraja, defensor de la fe en Potalaka, se enfrentaba al espíritu de un gran mariscal, que moraba en una caverna transformado en monstruo. Sus méritos guerreros eran tan similares que nadie podía decir quién iba a resultar vencedor y quién iba a salir derrotado. Cuando más encarnizada parecía ser la batalla, Kwang-Ing dejó caer desde el aire unas cuantas flores de loto y al instante se separaron el tridente y la barra. Asombrado ante semejante portento, el monstruo preguntó a toda prisa: - ¿De dónde sois? He de reconocer que el truco ese de las flores es francamente extraordinario. - ¡Maldita bestia de ojos ciegos y cuerpo mortal! - exclamó Moksa -. Soy discípulo de la Bodhisattva de los Mares del Sur y éstas son flores de loto que acaba de arrojar mi maestra. ¿Acaso no las reconoces? - ¿La Bodhisattva de los Mares del Sur? - repitió el monstruo -. ¿Te refieres a Kwang-Ing, la que aleja de nosotros las tres calamidades y nos salva de los ocho peligros? - ¿Quién otra podría ser? - contestó Moksa, malhumorado. La bestia al instante arrojó el tridente, agachó la cabeza e, inclinándose con respeto, dijo: - ¿Puedes indicarme, respetable hermano, dónde está la Bodhisattva? Si tuvieras la amabilidad de presentarme a ella, te estaría infinitamente agradecido. Moksa levantó la cabeza y señaló hacia arriba, diciendo: - ¿No la ves ahí? El monstruo se echó rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, suplicó a gritos: - ¡Perdonadme, Bodhisattva! ¡No tengáis en cuenta este pecado! Kwang-Ing descendió inmediatamente de su nube y, acercándose a él, le preguntó: - ¿De dónde eres y por qué te has atrevido a interponerte en mi camino, puerco salvaje o lo que seas? - Yo no soy ninguna bestia - contestó el monstruo, humilde -, sino el antiguo Mariscal de los Juncales Celestes. El Emperador de Jade me mandó azotar más de dos mil veces seguidas con un mazo y me desterró después a este mundo de polvo y sombras, porque en cierta ocasión me emborraché y me puse a coquetear con la Diosa de la Luna. Eso me obligó a buscar un nuevo cuerpo en el que reencarnarme. Pero, sin saber cómo, me perdí y fui a parar al vientre de una jabalina. No es extraño que me hayáis confundido con un puerco salvaje. Yo mismo me asusté tanto, al ver el aspecto que tenía, que maté a mordiscos a la cerda que me dio a luz y al resto de la camada. Me apoderé después de esta montaña y he pasado mis días devorando gente. Lo que menos me esperaba es que un día fuera a encontrarme con vos. ¡Apiadaos de mí, Bodhisattva! ¡Os lo suplico! - ¿Cómo se llama esta montaña? - preguntó la Bodhisattva. - El Montículo Bendito, señora - respondió -. En ella hay una cueva conocida como los Senderos de Nubes, en la que antaño habitó la anciana Luán. En cuanto se enteró de que era un maestro de las artes marciales, vino en seguida a pedirme que me hiciera cargo del lugar, siguiendo al pie de la letra el consejo del dicho, que dice: "Quien mora en la casa de su mujer debe permanecer de espaldas a la puerta". La pobre murió al cabo de un año, dejándome en herencia la totalidad de la cueva. Como os digo, he vivido en este lugar durante muchísimo tiempo, pero aún no he aprendido a valerme por mí mismo y me he visto obligado a devorar a infinidad de gente. ¡Os pido me perdonéis un pecado tan horrendo, señora! - Existe un viejo proverbio, que reza: "Quien ansíe poseer un mañana, en todo momento debe obrar con rectitud". No sólo has puesto en tu contra a las Regiones Superiores, sino que, encima, te has dedicado a matar a todo bicho viviente que ha tenido la mala fortuna de pasar por aquí. ¿No comprendes que crímenes tan horrendos no pueden quedar sin castigo? - ¡El mañana! ¿Qué me importa a mí el mañana? - exclamó la bestia -. Si te hago caso, lo más seguro es que termine alimentándome del aire. Si mal no recuerdo, existe otro proverbio, que dice: "Si sigues las normas de la corte, lo más seguro es que mueras apaleado; si respetas las leyes de Buda, ten por cierto que morirás de inanición". Así que es mejor que me dejes marchar. Prefiero seguir devorando viajeros a convertirme en un esqueleto viviente. ¿Qué me importan a mí, en definitiva, dos crímenes más, o tres, o mil, o diez mil? ¡Qué más da! - Hay otro proverbio - replicó la Bodhisattva -, que afirma: "El cielo ayuda a quien está lleno de intenciones rectas". Te aseguro que, si decides volver al camino de la virtud, jamás pasarás hambre y tu cuerpo estará más sano y orondo que ahora. En el mundo hay cinco clases distintas de grano, capaces de aliviar el hambre. No comprendo por qué tienes que alimentarte de seres humanos. Al oír estas palabras, la bestia se sintió como quien se despierta de un sueño y dijo, apenada: - ¡No sabes cuánto me gustaría seguir el camino de la verdad! Pero he ofendido tanto al cielo que mis oraciones han perdido todo su valor. - Si estoy aquí - trató de consolarle la Bodhisattva -, es porque Buda me ha ordenado ir a las Tierras del Este en busca de una persona que venga a recoger las escrituras sagradas. Si accedes a convertirte en discípulo suyo y a acompañarle hasta el Paraíso Occidental, ten por cierto que tus pecados te serán perdonados y no volverás a padecer ninguna de las desgracias que ahora te afligen. - ¡Por supuesto que accedo! ¡Claro que sí! - exclamó la bestia con pinta de cerdo, entusiasmada. La Bodhisattva le puso entonces las manos sobre la cabeza y le hizo entrega de los mandamientos. Tomando después a su propio cuerpo por testigo, le otorgó el nombre religioso de Chu Wu-Neng. A partir de aquel momento se convirtió en un budista ferviente, ayunando cuanto pudo, siguiendo escrupulosamente una dieta vegetariana, absteniéndose con firmeza de las cinco comidas prohibidas y de los tres alimentos desaconsejados, y esperando con impaciencia la llegada del viajero de las escrituras. Satisfechos por la labor realizada, la Bodhisattva y Moksa se despidieron de Wu-Neng y continuaron su vuelo a media altura entre las nubes y la neblina. Al poco rato vieron a un dragón joven pidiendo auxilio y, acercándose a él, la Bodhisattva le preguntó, sorprendida: - ¿Qué dragón eres tú y por qué te encuentras aquí? - Soy el hijo de Ao-Jun, el Rey Dragón del Océano Occidental - respondió él -. Sin darme cuenta, quemé el palacio y con él ardieron muchas de las perlas más valiosas que escondían los mares. Mi padre envió, enfurecido, un informe a la Corte Celeste, acusándome de desobediencia grave, y el Emperador de Jade me ha hecho colgar del cielo y me ha propinado trescientos latigazos. Lo más desesperante, sin embargo, es que piensa ejecutarme dentro de unos días. ¡Salvadme, por favor, Bodhisattva! Sin pérdida de tiempo, Kwang-Ing y Moksa se dirigieron a toda velocidad hacia la Puerta Sur del Palacio Celeste, donde fueron recibidos por los preceptores Chiou y Chang, que les preguntaron: - ¿Se puede saber adonde vais? - Esta humilde religiosa - respondió la Bodhisattva - desearía tener una audiencia con el Emperador de Jade. Al punto los dos preceptores fueron a anunciar su llegada y el propio Emperador de Jade salió a los pocos segundos a recibirla. Tras saludarle con el respeto que en ella era habitual, la Bodhisattva dijo: - Esta humilde religiosa se encuentra viajando por orden de Buda hacia las Tierras del Este, para hallar a una persona que esté dispuesta a ir en busca de las escrituras sagradas. Acabo de encontrarme con un dragón colgado del cielo y he venido a pediros que le perdonéis la vida y, en vez de ajusticiarle, me lo entreguéis a mí. Podría ser un espléndido medio de transporte para el Peregrino que voy a buscar. No había acabado de decirlo, cuando el Emperador de Jade concedió el indulto al prisionero, ordenando a los centinelas celestes que le pusieran en libertad y se lo entregaran a la Bodhisattva. Kwang-Ing agradeció al Emperador su gesto, mientras el joven dragón se echaba rostro en tierra y golpeaba sin cesar el suelo con la frente, prometiéndole obediencia y sumisión eternas. La Bodhisattva le mandó a vivir en un torrente de la montaña con el encargo de que, cuando pasara el Peregrino que iba a buscar, se transformara en un caballo blanco y le llevara hasta el Paraíso Occidental. El joven dragón obedeció sin tardanza la orden, zambulléndose en el lugar que se le había ordenado. La Bodhisattva y Moksa dejaron atrás la montaña y continuaron su viaje hacia el este. Al poco rato se toparon con diez mil rayos de luz dorada y mil capas de vapor brillante. Profundamente impresionado por su belleza, Moksa se volvió, excitado, hacia su maestra y le dijo: - Ese lugar tan espléndido debe de ser la Montaña de las Cinco Fases. De hecho, puedo ver desde aquí las palabras que hizo escribir en ella Tathagata. - Así que ése es el sitio en el que se halla encerrado el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que sembró el caos en las alturas y evitó la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales. - Así es - confirmó Moksa. Curiosos, se llegaron hasta su cumbre y vieron el rollo en el que habían sido escritas las palabras mágicas "Om mani padme hum". La Bodhisattva suspiró y recitó el siguiente poema: Arrepentido esté el mono impío, que se mofó de la ley y temerariamente buscó convertirse en un gran héroe. Esclavo del orgullo, destrozó el Festival y sembró el desconcierto en el Palacio Tushita. Ninguno de los diez mil soldados celestes fue digno rival para él, eterno sembrador de terror en las nueve esferas del Cielo. ¿Cuándo volverá, prisionero del Soberano Tathagata, a conocer la miel de la libertad y a probar de nuevo la fuerza de su poder? Estas palabras parecieron molestar el silencioso meditar del Gran Sabio, que, levantando la voz, preguntó desde el fondo mismo de la montaña: - ¿Se puede saber quién está ahí arriba componiendo versos, que hablan tan claramente de mis errores? La Bodhisattva abandonó entonces la seguridad de la cima y se puso a mirar, picada por la curiosidad. Junto a un repecho rocoso vio sentados al espíritu del lugar, al dios de la montaña y a los centinelas celestes encargados de la custodia del Gran Sabio. En cuanto se percataron de su presencia, se levantaron de sus asientos y corrieron a recibirla, inclinándose, respetuosos, ante ella. Después la condujeron hasta el sitio donde permanecía encerrado el Gran Sabio. Agachó la cabeza y vio que estaba recluido en una especie de caja de piedra, que, aunque le permitía hablar con claridad, le impedía totalmente moverse. - ¡Eh, tú! ¿Me reconoces? - preguntó la Bodhisattva. - ¿Cómo no voy a reconocerte? - respondió el Gran Sabio, sacudiendo la cabeza y abriendo cuanto le era posible sus fieros ojos de pupilas de diamante -. Tú eres la Poderosa Intercesora, la Misericordiosa Bodhisattva Kwang-Ing de la Montaña Potalaka de los Mares del Sur. Gracias, muchas gracias por haberte acordado de mí y venir a verme. En este lugar el tiempo pasa muy despacio y los días duran como años, porque ni uno solo de mis conocidos se ha atrevido a llegarse hasta aquí a hacerme una visita. ¿Te importaría decirme de dónde vienes? - He recibido la orden de Buda de ir a las Tierras del Este a buscar a una persona que esté dispuesta a venir a recoger las escrituras - contestó la Bodhisattva -. Al pasar por aquí, me acordé de que estabas encerrado en esta montaña y decidí hacerte una pequeña visita y, de paso, descansar un poco. - Tathagata me engañó - dijo el Gran Sabio con amargura - - Llevó más de quinientos años bajo esta montaña, sin poderme mover ni hablar con nadie. Os suplico que tengáis un poco de compasión y me libréis de este tormento. - Tienes que reconocer que tus pecados fueron muchos – comentó la Bodhisattva -. Además, si te dejo en libertad, me temo que volverás otra vez a las andadas y entonces tu suerte será peor que la de ahora. - No, no - negó el Gran Sabio con decisión -. Ahora conozco el significado de la palabra penitencia. Apiadaos de mí y mostradme el sendero justo, ya que actualmente mi único deseo es entregarme de lleno a las prácticas religiosas. Cierto es que, cuando en el corazón de un hombre florece el más mínimo deseo, en seguida llega a conocimiento del cielo y la tierra. Si la virtud o el vicio carecieran de sanción, el universo sería, en verdad, injusto. Cuando la Bodhisattva hubo escuchado esas palabras, se sintió embargada por una inmensa alegría y dijo al Gran Sabio: - La escritura dice: "Una palabra justa siempre obtiene respuesta, mientras que una injusta sólo encuentra oposición". Si, en verdad, tienes el propósito que acabas de expresarme, espera a que llegue a la Nación de los Tang, en las Tierras del Este, y encuentre al hombre que ha de venir en busca de las escrituras. Le diré que, cuando pase por aquí, te ponga en libertad y tú te convertirás en discípulo suyo. Respetarás las enseñanzas y recitarás sin cesar los mil nombres de Buda, dando así comienzo a una nueva vida de recogimiento y mortificación. ¿Estás dispuesto a hacerlo? - ¡Por supuesto que sí! - exclamó el Gran Sabio. - Si has de dedicarte a la práctica de la virtud - continuó diciendo la Bodhisattva -, forzoso es que tengas un nombre religioso. - Ya lo tengo - respondió el Gran Sabio -. En religión se me conoce como Sun Wu-Kung. - Antes que tú - comentó la Bodhisattva - hubo otras dos personas que, al abrazar nuestra fe, recibieron precisamente nombres que giraban alrededor del carácter "Wu". Supongo que no les molestará que tú también lo poseas. En fin, no se me ocurre nada más que decirte. Sintiéndolo mucho, he de continuar mi camino. Así fue como el Gran Sabio aceptó el credo budista, convirtiéndose en un iluminado. La Bodhisattva y Moksa emprendieron el vuelo y se dirigieron hacia el este, llegando a los pocos días a Chang-An, la capital de la Gran Nación de los Tang. Dejando a un lado las nubes que hasta allí les habían llevado, se convirtieron en dos monjes mendicantes cubiertos de llagas supurantes y, de esta guisa, entraron en la ciudad. Hacía poco que el sol se había puesto. Al pasar por una de las calles, vieron el templo del espíritu local y entraron en él. Alarmados, los demonios que guardaban las puertas y el mismo espíritu se echaron rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, les dieron respetuosamente la bienvenida. A continuación el espíritu local corrió a informar de su presencia al dios guardián de la ciudad y a las deidades de los otros templos de Chang-An. En cuanto supieron de quién se trataba, corrieron en tropel a presentarle sus respetos, diciendo: - Perdonadnos, Bodhisattva, por haber tardado tanto en venir a recibiros. - Está bien, está bien - respondió la Bodhisattva -. Quedáis perdonados, pero ninguno debe revelar mi presencia en esta ciudad. He venido hasta aquí, por orden expresa de Buda, en busca de un hombre que quiera ir a recoger las escrituras sagradas. Me temo, pues, que tendré que quedarme entre vosotros, hasta que haya encontrado a la persona adecuada. Calculo, de todas formas, que no me llevará más de un par de días o tres. Más tranquilos, los dioses regresaron a sus residencias habituales, no sin antes aconsejar al espíritu local que, con el fin de hacer pasar totalmente de incógnito la estancia de la maestra y su discípulo en la ciudad, fijara durante unos días su morada en el templo del dios protector de la misma. No sabemos qué clase de persona eligió la Bodhisattva para llevar a cabo la alta misión que Buda le había encomendado. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第009回 AL IR A TOMAR POSESIÓN DE SU CARGO, CHEN KWANG-JUI SE TOPA CON LA DESGRACIA. AL SER VENGADOS, LOS PADRES RECIBEN EL PREMIO DEBIDO A SUS DESVELOS La ciudad de Chang-An, situada en la Provincia de Shen-Si, era el lugar en el que, generación tras generación, los emperadores habían establecido su capital. Desde los tiempos de los Chou, los Chin y los Han había sido embellecida sin parar. Ocho ríos confluían en ella, dándole un aire de incomparable belleza. En aquel entonces ocupaba el trono el Emperador Tai-Chung, de la Gran Dinastía de los Tang, otorgándose a su reinado el nombre de Chen-Kwan. Llevaba trece años gobernando, siendo aquél el conocido como Chi-Sz. Su reino gozaba de paz y de todas las regiones venían gentes a ofrecerle tributos. No había ni un solo habitante de la tierra que no se considerara súbdito suyo. Un día Tai-Chung se sentó en el trono e hizo llamar a su presencia a todos sus colaboradores. Tras presentarle sus respetos, el primer ministro Wei-Cheng se adelantó y dijo: - Puesto que el mundo goza por doquier de paz y tranquilidad, sería conveniente restablecer la antigua costumbre de los exámenes y fijar fechas concretas para su celebración. A ellos serían invitados los intelectuales más distinguidos, para, una vez seleccionados los de conducta más recta y profunda inteligencia, confiarles las altas responsabilidades de la administración y el gobierno. - Vuestro punto de vista es totalmente acertado - comentó Tai-Chung e inmediatamente hizo público un documento en el que se invitaba a acudir a Chang-An, a examinarse, a todos los versados en los escritos confucianos, a cuantos fueran capaces de escribir con elegancia y estilo, y a los que hubieran aprobado los tres grados, sin distinción de edad, profesión o punto de origen. La orden alcanzó hasta el último rincón del imperio, fijándose en todas las prefecturas, ciudades y pueblos. Así, llegó también a un pequeño lugar llamado Hai-Chou, donde habitaba cierto joven llamado Chen-Er, conocido igualmente como Kwang-Jui, quien, tras leer el documento imperial, corrió a casa de su madre, apellidada Chang, y le dijo: - De la corte ha llegado un anuncio, convocando exámenes en todas las provincias del sur para la selección de las personas más inteligentes y virtuosas. Con tu permiso, he decidido presentarme a esas pruebas tan importantes. Si consigo obtener un puesto de cierta relevancia, todos os sentiréis orgullosos de mí, nuestro apellido adquirirá un lustre que jamás tuvo, mi esposa recibirá el título de dama, mi hijo no tendrá que temer nada en el futuro, y nuestra casa será respetada como si fuera un templo. Todo esto resume las aspiraciones que siempre he tenido. Deseaba que lo supieras antes de marcharme. - Sé bien, hijo mío - respondió la madre -, que una persona educada "estudia cuando es joven, y se busca la vida cuando ha madurado". Creo que deberías seguir tú también las enseñanzas de este proverbio. Procura tener cuidado durante el viaje y vuelve a casa en cuanto hayas conseguido la posición que ansias. Kwang-Jui ordenó al criado que empaquetara todas sus cosas y, tras despedirse de su madre, emprendió el viaje, ilusionado. Al llegar a Chang-An, vio que los exámenes habían comenzado ya y sin pérdida de tiempo se dirigió al gran salón en el que tenían lugar. Aprobó las primeras pruebas, pasando directamente a las que se celebraban en la corte. Éstas versaban sobre política administrativa y, tras reñidísima competición con otros candidatos tan inteligentes como él, obtuvo el primer puesto. De esta forma, consiguió el título de "chuang-yüen" 6, firmado por el propio Emperador de los Tang en persona. Después, siguiendo la costumbre, recorrió la ciudad durante tres días a lomos de un caballo. El cortejo pasó junto a la casa del primer ministro Yin Kai-Shan, que tenía una hija llamada Wen-Chiao, aunque era conocida por todos como Man Tang-Chiao. Aún no se había casado. Precisamente en aquel mismo momento se disponía a escoger marido, arrojando desde lo alto de una torre engalanada de flores y guirnaldas una pequeña pelotita profusamente bordada. Al ver la prestancia viril de Kwang-Jui y enterarse de que se trataba del nuevo "chuang-yüen", se sintió atraída por él y arrojó la bolita de los bordados, con tan buena suerte que fue a parar sobre el sombrero de seda negra de Kwang-Jui. Al instante se extendió por toda la zona una alegre música de laudes y flautas, festiva como cíclico renacer de la primavera, mientras decenas de sirvientas y doncellas se lanzaban torre abajo, tomaban por las bridas el caballo de Kwang-Jui y le conducían al interior de la residencia del primer ministro, donde iba a tener lugar la celebración de la boda. Al punto abandonaron sus aposentos el alto funcionario imperial y su esposa, reunieron al maestro de ceremonias y a todos los invitados, y entregaron a la muchacha a Kwang-Jui como esposa. Los contrayentes se inclinaron ante el Cielo y la Tierra, se saludaron con respeto y se arrodillaron ante los padres de la novia. Visiblemente satisfecho, el primer ministro dio un fastuoso banquete y todos los invitados celebraron tan feliz evento hasta bien entrada la noche. Para entonces los dos novios habían abandonado ya la sala del convite y se habían retirado, agarrados de la mano, a la cámara nupcial. A la mañana siguiente muy temprano el emperador tomó asiento en la Sala del Tesoro de las Chimeneas de Oro y, tras convocar a todos los consejeros, tanto militares como civiles, preguntó: - ¿Adonde debemos enviar al nuevo "chuang-yüen"? - Hemos descubierto que existe una vacante en Chiang-Chou - respondió el ministro Wei-Cheng -. Os suplico que le concedáis a él ese puesto. Tai-Chung le nombró gobernador de Chiang-Chou, ordenándole que partiera hacia allí con la mayor brevedad posible. Tras agradecer al emperador tan alto honor, Kwang-Jui abandonó la corte y se dirigió a toda prisa a la casa del primer ministro a informar de todo a su esposa. No tardó en despedirse de sus suegros y no pasó mucho tiempo antes de que se dirigiera, acompañado de su mujer, hacia su nuevo destino. Cuando iniciaron el viaje, la primavera estaba tocando ya a su fin. Una leve brisa sacudía el delicado verdor de los sauces, mientras el rojo de fuego de las flores se veía salpicado por diminutas gotas de lluvia. Puesto que su hogar les pillaba de camino, Kwang-Jui hizo un alto en su casa, con el fin de saludar a su madre. Los nuevos esposos se inclinaron ante ella con respeto y, loca de alegría, la madre exclamó: - Enhorabuena, hijo mío. Partiste solo y vuelves acompañado de una esposa bellísima. - Confiando únicamente en el poder de tu bendición - replicó Kwang-Jui, emocionado - , conseguí el inmerecido título de "chuang-yüen". Cuando recorría por orden imperial las calles de la ciudad, acerté a pasar junto a la mansión del ministro Yin, con tan buena suerte que me cayó en la cabeza una pequeña bolita llena de bordados. El ministro en persona salió a recibirme y me entregó a su hija por esposa. Posteriormente Su Majestad me nombró gobernador de Chiang-Chou y hacía allí me dirijo a tomar posesión de mi cargo. Para nosotros sería un gran honor poder contar con tu compañía. La señora Chang sintió en su corazón el fulgor de la alegría y en seguida se puso a empaquetar sus cosas. El viaje no se demoró mucho. A los pocos días de camino llegaron a la Posada de las Diez Mil Flores, cuyo dueño era un tal Liou Siao-Er. La señora Chang se sintió indispuesta de repente y dijo a su hijo: - No me encuentro bien. ¿Por qué no descansamos aquí un par de días o tres, antes de seguir adelante? Kwang-Jui aceptó su sugerencia sin rechistar. A la mañana siguiente se encontró fuera de la posada con un hombre que vendía una carpa de un atractivo color dorado. Pensando en su esposa, se la compró por una ristra de monedas. Cuando se disponía a cocinarla, se percató de que la carpa pestañeaba como si estuviera viva. Asombrado, pensó: - He oído decir que, cuando un pez o una serpiente pestañean de esta forma, es una señal inequívoca de que no se trata de un animal común. Fue, pues, de nuevo en busca del pescador y le preguntó: - ¿Te importaría decirme dónde has pescado este pez? - De ninguna manera - respondió el pescador con sencillez -. Lo he cogido en el río Hung, que se encuentra aproximadamente a quince kilómetros de aquí. Kwang-Jui corrió hacia el lugar indicado y dejó en libertad al pez. En cuanto regresó a la posada, se lo contó todo a su madre, que comentó, satisfecha: - Estoy francamente orgullosa de lo que has hecho. Es una obra buena dejar en libertad a los seres vivos. - Tienes razón - respondió Kwang-Jui, para añadir en un tono diferente -: Llevamos tres días en esta posada y estoy francamente preocupado, porque la orden del emperador era urgente. No me queda más remedio que reemprender el camino mañana. Me gustaría saber si estás recuperada del todo. - Aún no me encuentro bien - respondió la señora Chang -. Además el calor ha empezado a apretar de firme y me temo que eso agravará mi enfermedad durante el viaje. ¿Por qué no alquilas una casa y me dejas aquí con un poco de dinero hasta que recobre totalmente las fuerzas? Vosotros podéis continuar el camino. Puedes venir a buscarme, si quieres, para el otoño, cuando haga un poco más de fresco. Kwang-Jui discutió del asunto con su esposa y, según lo convenido, alquiló una casa, en la que alojó a su madre. Tras entregarle algo de dinero, se despidieron de ella y continuaron su camino. La fatiga del viaje volvió pronto a apoderarse de sus cuerpos, aunque no tardaron en llegar a las orillas del río Hung. Para cruzarlo solicitaron los servicios de dos barqueros, llamados Liou-Hung y Li-Piao, que se ofrecieron, gustosos, a llevarlos en su barca. Sucedió que Kwang-Jui había sido predestinado en su anterior reencarnación a toparse con la desgracia, concretada en estos dos malhechores. Tras ordenar a su criado que montara todo el equipaje en la barca, Kwang-Jui y su esposa se dispusieron a montar en ella. Liou-Hung se percató en seguida de la extraordinaria belleza de la señora Yin. Su rostro recordaba, en efecto, a la luna llena, sus ojos poseían el sereno atractivo del agua de otoño, su boca se asemejaba por su color y tamaño a las ciruelas, y su cintura, delicada y estrecha, era como un sauce joven. Sus rasgos eran tan atractivos que, por verlos, los peces eran capaces de dejarse hundir y los patos salvajes de plegar las alas y caer, como piedras, sobre el suelo. Su belleza era tan perfecta que la luna se escondía al verla, y las flores más hermosas se sentían avergonzadas. Liou-Hung se puso de acuerdo con Li-Piao y dirigieron la barca hacia una zona apartada, donde esperaron con impaciencia la caída de la noche. Mataron entonces al criado y asesinaron a golpes a Kwang-Jui, arrojando a continuación sus cuerpos al agua. Cuando la mujer vio que habían matado a su marido, trató de zambullirse en el río, pero Liou-Hung actuó con rapidez y logró retenerla a su lado. - Si accedes a mis deseos, no te ocurrirá nada - le dijo, pasándole el brazo por la cintura -. De lo contrario, te partiré en dos con este cuchillo que tengo en las manos. A falta de un plan mejor, la mujer consintió y se entregó a Liou-Hung. El ladrón llevó entonces la barca a la orilla sur y se la entregó a Li-Piao. Vistió después las ropas de Kwang-Jui, cogió sus credenciales y continuó el camino hacia Chiang-Chou, acompañado de la señora. El cuerpo del criado asesinado fue arrastrado río abajo por la corriente, mientras que el de Chen Kwang-Jui se hundió y fue a parar al fondo, donde fue avistado al poco rato por un yaksa que estaba de patrulla. Sin pérdida de tiempo corrió al palacio del dragón e informó de lo ocurrido a su rey, que estaba precisamente en aquellos momentos celebrando audiencia pública, diciendo con voz entrecortada: - Un literato acaba de ser molido a palos cerca de la desembocadura del río Hung por alguien no identificado y su cuerpo yace en el fondo totalmente inerte. El Rey Dragón ordenó que le fuera traído el cadáver y, tras examinarlo con cuidado, exclamó, furioso: - ¡Este hombre es mi benefactor! ¿Cómo ha podido ser asesinado? Como suele decirse, "la amabilidad hay que recompensarla con la misma moneda". Debo devolverle a la vida y, así, pagarle el inestimable beneficio que me hizo él ayer. Sin pérdida de tiempo, redactó una carta para el espíritu local y el dios protector de Hung-Chou, en la que les suplicaba encarecidamente que le entregaran el alma del literato, para devolverle, así, a la vida. Éstos ordenaron, a su vez, a los demonios que dieran el espíritu de Chen Kwang-Jui al yaksa que les había llevado la carta y que, feliz por el éxito de su gestión, condujo a la desconcertada alma al Palacio del Cristal de Agua. Allí tuvo lugar una audiencia con el Rey Dragón. - ¿Cómo te llamas y de dónde venías? - le preguntó -. ¿Por qué has llegado hasta aquí y cuáles son las causas por las que has sido apaleado con tanta brutalidad? - Mi nombre - contestó Kwang-Jui, después de saludar respetuosamente a su anfitrión - es Chen-Er, aunque todo el mundo me conoce por Kwang-Jui. Procedo de la villa de Hung-Nun, en Hai-Chou. En los últimos exámenes imperiales he obtenido el título de "chuang-yüen" y, en consecuencia, el emperador me ha nombrado gobernador de Chiang-Chou, hacia donde me dirigía en compañía de mi esposa a tomar posesión de mi cargo. Lo que menos me sospechaba, al coger la barca para cruzar el río, es que ese malvado barquero llamado Liou-Hung se prendara de mi esposa y tramara quitarme la vida. Cuando más descuidado estaba, me molió a golpes y arrojó después mi cuerpo a las aguas. Os suplico, señor, que os apiadéis de mí. - Así que eso es lo sucedido - exclamó, indignado, el Rey Dragón. Aunque no lo creáis, soy la carpa dorada que salvasteis ayer. Sois, por tanto, mi benefactor. Os encontráis, ciertamente, en una situación muy difícil, pero no existe razón alguna que me impida acudir en ayuda vuestra. Apartó a un lado el cuerpo de Kwang-Jui y le puso en la boca una perla mágica para evitar que se descompusiera y facilitar, así, el reencuentro con su alma. De esta forma, podría vengarse más adelante. - Mientras tanto - añadió el Rey Dragón -, tu espíritu puede quedarse de oficial en mi palacio. Agradecido, Kwang-Jui se echó rostro en tierra y golpeó repetidamente el suelo con la frente. El Rey Dragón, por su parte, preparó un espléndido banquete de bienvenida, al que invitó a sus más directos colaboradores. Mientras esto sucedía en el reino de las aguas, la señora Yin empezó a sentir tal odio por el bandido Liou que su único deseo era poder comer su carne y dormir sobre su piel. Sin embargo, como estaba encinta y no sabía aún si se trataba de un varón o de una hembra, no le quedó otro remedio que someterse contra su voluntad a su despreciable raptor. Su llegada a Chiang-Chou se produjo a los pocos días. Todos los funcionarios salieron a recibirlos, ofreciéndoles a continuación un opíparo convite en la mansión del gobernador. A los brindis Liou-Hung dijo con falsa modestia: - Como bien sabéis, no soy más que un simple hombre de letras. Dependo, pues, de vuestra ayuda y de vuestras sugerencias para llevar adelante mis responsabilidades de gobierno. - Semejante humildad os honra, señor - contestaron los funcionarios -. Nadie desconoce que habéis sido el primero en los exámenes y que poseéis una de las cabezas más privilegiadas de todo el reino. No dudamos, por tanto, que consideraréis al pueblo como hijo propio vuestro y, de esta forma, vuestras decisiones serán acertadas y vuestros pronunciamientos totalmente justos. Todos dependemos de vuestra capacidad de mando. ¿A qué viene, pues, mostrarse tan humilde? El banquete duró hasta bien entrada la noche. El tiempo fue transcurriendo veloz. Un día los deberes oficiales de Liou-Hung le llevaron hasta un lugar muy remoto de su circunscripción. Como siempre, la señora Yin se quedó en la mansión. Se sentó en uno de los templetes que había en el jardín y empezó a pensar con tristeza en su marido y en su suegra. De pronto, se sintió presa de una fatiga tremenda y comenzó a experimentar un dolor tan fuerte en el vientre que perdió la consciencia y cayó al suelo. De esa forma, dio a luz a un hijo. En ese momento le pareció oír que alguien le susurraba al oído: - Man Tang-Chiao, escucha con cuidado lo que voy a decirte. Soy el Espíritu de la Estrella Polar y he venido a entregarte este hijo por orden expresa de la Bodhisattva Kwang-Ing. Un día su nombre será conocido en toda la tierra, ya que no habrá término de comparación entre él y un mortal ordinario. Cuando regrese el bandido Liou, lo más seguro es que quiera hacer daño al niño. Tienes que hacer todo lo que puedas por impedirlo. Sé valiente y no tengas miedo. Tu marido ha sido salvado por el Rey Dragón. Dentro de poco volveréis a reuniros, - de eso puedes estar segura. Llegará el día en el que todo lo torcido será enderezado y todos los crímenes castigados. ¡No olvides jamás mis palabras! Ahora despiértate, ¡despiértate cuanto antes! La voz se hizo lejana y dejó de oírse. La señora se despertó y guardó lo que había oído en el cofre de su corazón. Tomó al niño en sus brazos y lo apretó con fuerza contra su pecho, sin saber exactamente qué hacer para protegerle. En cuanto regresó Liou-Hung, quiso ahogarle, pero la mujer se lo impidió, diciéndole con estudiada astucia: - Hoy es muy tarde ya. Déjale vivir hasta mañana. Al fin y al cabo, para tirarle al río siempre hay tiempo. Fue una suerte que a la mañana siguiente Liou-Hung fuera de nuevo solicitado por unos asuntos urgentes, que le mantuvieron alejado del palacio todo el día. Entre desesperada y aliviada, la mujer se dijo: - Si sigue aquí el niño, cuando vuelva el bandido, su vida correrá un gravísimo peligro. Lo mejor que puedo hacer es abandonarle en el río y dejar a la muerte o a la vida que sigan su propio curso. Quizás el cielo se apiade de su suerte y envíe en su auxilio a alguien que le cuide y se ocupe de él. ¡Quién sabe si en el futuro volveremos a encontrarnos de nuevo! Pero es la única solución. Temiendo no poder reconocerle después, se mordió un dedo y con su propia sangre escribió una carta, en la que constaban con claridad el nombre de los padres, la lamentable historia de su familia y las trágicas razones por las que había sido abandonado. Para mayor seguridad, le arrancó con los dientes un dedito del pie izquierdo. Cogió después una túnica, envolvió con ella a la criatura y la sacó de la mansión, sin que nadie los viera. Afortunadamente el palacio no estaba muy lejos del río. Al llegar a la orilla, no pudo contener el llanto y las lágrimas fluyeron, veloces, por sus mejillas. Cuando se disponía a arrojar al niño a las aguas, vio una tabla junto a la ribera. La cogió, ató en ella al niño, poniéndole en el pecho la carta escrita con sangre, y, tras encomendarle a los cielos, dejó que la corriente le arrastrara río abajo. Se sentía tan abatida que durante mucho tiempo no pudo moverse del sitio. Poco a poco fue, no obstante, recobrando las fuerzas y regresó a la mansión con paso lento y los ojos anegados en lágrimas. La tabla se deslizó, segura, aguas abajo, hasta venir a detenerse por sí sola junto al Templo de la Montaña de Oro. El guardián de ese monasterio era un monje llamado Fa-Ming. Había llegado a cultivar con tal constancia la virtud y a comprender con tal perfección el sentido de los libros sagrados que para él no encerraba secreto alguno el misterio de la inmortalidad. Estaba sentado en actitud meditativa, cuando de pronto oyó el llanto de un niño. Se levantó a toda prisa y corrió hacia el río para ver lo que pasaba. Fue así como descubrió junto a la orilla al bebé atado a la tabla. Sin pérdida de tiempo le sacó del agua e inmediatamente se percató de la carta escrita con sangre que llevaba en el pecho. Tras leerla con inusitada avidez, dio a la criatura el nombre de "El-que-flota -en-el-río" y se lo entregó a una piadosa mujer para que le alimentara y cuidara de él. La carta quedó en su poder, celosamente guardada. El tiempo fue pasando tan rápido como el vuelo de una flecha y las estaciones se sucedieron con la rapidez con que la lanzadera se desplaza por el telar. "El-que-flota-en-el-río" llegó, así, a cumplir dieciocho años. El guardián del monasterio le rapó entonces la cabeza y le invitó a entregarse a una vida de ascesis y meditación, dándole el nombre religioso de Hsüan-Tsang. En cuanto hubo recibido la bendición y aceptado los mandamientos, Hsüan-Tsang se lanzó con entusiasmo por las sendas del Camino recto. Un día, cuando la primavera estaba tocando ya a su fin, varios monjes se reunieron a la sombra de los pinos a discutir sobre los principios del Zen y a debatir acerca de los misterios que constituían el tema constante de sus meditaciones. Uno de ellos, sintiéndose incapaz de resolver los enigmas que Hsüan-Tsang le fue magistralmente presentando, perdió la paciencia y exclamó, malhumorado: - ¿Quién te crees que eres? Ni siquiera sabes cómo te llamas ni conoces el nombre de tus padres. ¿Cómo te atreves a venir aquí a dártelas de grande? Eres un don nadie. ¿Te enteras? ¡Un don nadie! Desolado, Hsüan-Tsang corrió al interior del templo y, arrodillándose ante su maestro, dijo con los ojos anegados en lágrimas: - Aunque todo ser humano debe su existencia y cuanto es a las Cinco Fases y a las fuerzas del yin y el yang, tiene que ser después educado por sus padres. ¿Cómo es posible que haya en el mundo una persona que carezca de padre y madre, como yo? Esgrimiendo estos argumentos, insistió con tanta firmeza a su mentor para que le revelara el nombre de sus progenitores que éste terminó diciéndole: - Si, en verdad, deseas saber quiénes son tus padres, vente conmigo a mi celda. Hsüang-Tsang le siguió hasta su cuarto. El anciano monje se encaramó entonces a una viga y bajó una caja pequeñita. La abrió y sacó una carta escrita con sangre y un vestido, que entregó a Hsüang-Tsang, sin decir palabra alguna. Éste desdobló la carta y la leyó con cuidado. De esta forma, descubrió los nombres de sus padres y la inesperada tragedia que se había abatido sobre sus vidas. Sin dejar de llorar, se dejó caer en el suelo y exclamó: - ¿Cómo puede llamarse hombre quien es incapaz de vengar a sus propios padres? Durante dieciocho años he ignorado sus nombres y hoy, por fin, he descubierto que mi madre todavía vive. De todas formas, jamás habría alcanzado esta edad, de no haber sido salvado y cuidado por vos. Permitidme, pues, ir en busca de mi madre. Os prometo reconstruir después este monasterio con las limosnas que saque pidiendo y, así, os devolveré en parte cuanto habéis hecho por mí. - Si deseas conocer a tu madre - contestó el viejo maestro -, coge la carta y el vestido y vete a pedir a la mansión del gobernador de Chiang-Chou. Allí encontrarás a la mujer que te dio el ser. Hsüan-Tsang aceptó el consejo de su maestro y fue a mendigar a Chiang-Chou. Quiso el cielo que Liou-Hung estuviera fuera del palacio cuando él llegó y, de esta forma, madre e hijo pudieron reencontrarse con la ternura que el momento requería. Precisamente la noche anterior a su llegada la señora Yin había tenido un sueño en el que vio la luna menguante hacerse llena otra vez y se dijo, esperanzada: - ¡Qué raro! Hace muchísimo tiempo que no recibo noticias de mi suegra, mi marido ha sido asesinado y mi hijo arrojado a las aguas. ¿Querrá decir eso que alguien le salvó de morir ahogado y ha cuidado de él durante todo este tiempo? Si es así, ahora tendrá alrededor de dieciocho años. ¿Quién sabe? Quizás ha decidido el Cielo que nos encontremos de nuevo dentro de poco. Mientras pensaba en eso, oyó, de pronto, a alguien recitando sin parar fragmentos de las escrituras a la puerta de sus aposentos, al tiempo que gritaba: - ¡Una limosna para este monje mendicante! ¡Una limosna, por favor! En cuanto pudo, la señora se llegó hasta él y le preguntó: - ¿De dónde vienes? - Yo, señora - respondió Hsüan-Tsang, humilde -, soy uno de los muchos discípulos de Fa-Ming, guardián del Monasterio de la Montaña de Oro. - ¿Así que eres discípulo del guardián de ese templo? - repitió ella y le invitó a entrar en la mansión, donde le dio de comer algunas verduras y un poco de arroz. Mirándole con atención, descubrió que en sus ademanes y en su forma de hablar había un algo que le recordaba a su marido. Intrigada, ordenó a las criadas que se retiraran y volvió a preguntarle: - ¿Cuándo abandonasteis a vuestra familia para convertiros en servidor de la verdad: de niño o de mayor? ¿Cómo os llamabais antes de entrar en religión? ¿Viven aún vuestros padres? - Jamás dejé a los míos, ni de mayor, ni de joven - contestó Hsüan-Tsang -. A decir verdad, tengo una ofensa que vengar tan grande como el cielo y tan profunda como el mar. Aunque no lo creáis, mi padre fue asesinado y mi madre raptada. Si he venido aquí, ha sido porque mi maestro, el guardián Fa-Ming, me dijo que podría encontrarla precisamente en la mansión del gobernador de Chiang-Chou. ¿Sabes cómo se llama tu madre? - indagó, una vez más, la señora. - Yin Wen-Chiao - contestó Hsüan-Tsang -. Mi padre pertenecía a la familia de los Chen y se llamaba Kwang-Jui. A mí todo el mundo me conoce por "El-que-flota-en-el-río", aunque mi nombre religioso es Hsüan-Tsang. - Yo soy Wen - Chiao - afirmó la señora, emocionada -. Pero permíteme que insista. ¿Qué prueba puedes darme de tu identidad? Al oír que era su madre, Hsüan-Tsang dio un salto y, echándose rostro en tierra, lloró, diciendo: - ¿Cómo es posible que ni mi propia madre me crea? Si deseáis una prueba, aquí tenéis este vestido y esta carta escrita con sangre. Wen - Chiao los cogió con mano temblorosa y en seguida comprendió que eran auténticos. Llorando de alegría, se abrazó a él y gritó: - ¡Mi hijo ha vuelto! ¡Mi hijo ha vuelto! - sin embargo, su gozo se tornó pronto en ansiedad y le urgió, diciendo -: ¡Vete de aquí en cuanto puedas, hijo! ¡Aléjate de este lugar! - Durante dieciocho años he estado buscando a mis padres - replicó Hsüan-Tsang, sorprendido -, y ¿ahora, que te encontrado, quieres apartarme de tu lado? ¡No podría soportar una nueva separación! ¿Es que no lo comprendes? - ¡Márchate en seguida! - insistió ella -. ¡Huye de aquí, como si todo tu cuerpo estuviera en llamas! Si vuelve el bandido Liou, seguro que te matará. Te diré lo que vamos a hacer. Mañana fingiré estar enferma y le diré que debo acudir sin tardanza a tu monasterio a entregar cien pares de zapatos a los monjes, fruto de una promesa que hice hace cierto tiempo. Así podremos hablar con más tranquilidad. Hsüan-Tsang aceptó el plan y, despidiéndose respetuosamente de su madre, regresó al templo en el que vivía. La señora Yin le vio marcharse con una mezcla de ansiedad y gozo. A la mañana siguiente, con el pretexto de estar enferma, se quedó en la cama, negándose a tomar nada de comer. Liou-Hung entró en sus aposentos y le preguntó por la causa de tan inesperada dolencia. - De joven - respondió ella - prometí hacer entrega de cien pares de zapatos a un monasterio, pero no llegué a cumplir esa promesa. Hace aproximadamente cinco días soñé que un monje venía a exigirme lo prometido con un cuchillo en la mano y desde entonces no me he sentido muy bien. - ¿Es eso todo? - exclamó Liou-Hung -. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Se dirigió al salón de audiencias y ordenó a los superintendentes Wang y Li que en el plazo de cinco días cien familias de la ciudad deberían hacerles entrega de un par de zapatos cada una. Cuando estuvieron dispuestos, la señora Yin dijo a Liou-Hung: - Muy bien. Ya tengo los zapatos. Ahora sólo me queda llevarlos a un monasterio. ¿Sabes si por aquí cerca hay alguno en el que pueda cumplir mi promesa? - En Chiang-Chou hay dos - contestó Liou-Hung -: el de la Montaña de Oro y el de la Montaña Quemada. Puedes ir al que quieras. - Hace tiempo oí decir que el de la Montaña de Oro era muy bueno. Así que creo que iré a ése - concluyó la señora. Sin pérdida de tiempo, Liou-Hung ordenó a los superintendentes Wang y Li que prepararan un bote. La señora Yin escogió a la criada de más confianza y subió a bordo del pequeño barco. Los remeros palearon con fuerza y la embarcación abandonó la orilla, camino del Monasterio de la Montaña de Oro. El día del encuentro con su madre Hsüan-Tsang regresó al templo a toda prisa y contó al maestro Fa-Ming cuanto había sucedido. A la mañana siguiente llegó una doncella de la casa del gobernador anunciando el arribo de su señora al monasterio a cumplir una promesa. Todos los monjes salieron, alborozados, a darle la bienvenida. La señora entró en el templo y, tras presentar sus respetos al bodhisattva, ofreció un espléndido banquete vegetariano. Ordenó después a la doncella que pusiera las medias y los zapatos en bandejas y los llevara al salón principal del monasterio. Allí volvió a rezar con edificante devoción y, antes de que los monjes se retiraran a sus quehaceres, pidió al maestro Fa-Ming que distribuyera entre ellos los regalos. En cuanto Hsüan-Tsang vio que todos se habían marchado y que no quedaba ninguno en el salón, se acercó a su madre y se arrodillo ante ella. La señora le pidió entonces que se quitara los zapatos Y las medias y comprobó que, en efecto, le faltaba el dedo meñique del pie izquierdo. Una vez más, madre e hijo se abrazaron y lloraron durante largo rato de alegría. Llamaron después a Fa-Ming y le dieron las gracias por haber cuidado de él durante todos aquellos años. - Me temo - dijo entonces el maestro - que este encuentro puede llegar a oídos del bandido. Conviene, por tanto, obrar con rapidez para evitar represalias. La señora se volvió entonces a su hijo y le dijo: - Toma este anillo y vete a Hung-Chou, un lugar que se encuentra aproximadamente a mil quinientas millas al noroeste de aquí. En la Posada de las Diez Mil Flores hallarás a una anciana llamada Chang, que es tu abuela paterna. Espero que no haya muerto todavía. He escrito también una carta que quiero que lleves a la capital de los Tang. Su destinatario es el primer ministro Yin, mi padre y, por lo tanto, abuelo tuyo. No te será difícil dar con él. Su mansión se encuentra a la izquierda del Palacio de Oro. Entrégale la carta y pídele que consiga del Emperador Tang que envíe caballos y hombres a arrestar al bandido que trajo la desgracia sobre nuestra familia. De esta forma, será vengado tu padre y tu vieja madre recobrará su perdida libertad. No puedo entretenerme más ahora. Si lo hago, ese bribón puede sospechar algo y ponerse conmigo como una fiera. Una vez dicho esto, salió del templó, montó en la barca y regresó a su mansión. Hsüan-Tsang la vio partir con lágrimas en los ojos. Corrió en busca de su maestro y le pidió permiso para poner cuanto antes en marcha el plan de su madre. Una vez obtenido su beneplácito, se dirigió a Hung-Chou, donde, tras buscar la Posada de las Diez Mil Flores, interrogó a Liou Siao - Er, la persona que la atendía, diciendo: - Hace bastante tiempo se hospedó aquí un caballero llamado Chen, cuya madre, según tengo entendido, se quedó en vuestro establecimiento. ¿Podéis decirme qué ha sido de ella? - Como bien afirmáis - respondió Liou Siao-Er -, la mujer a la que os referís fue huésped mía durante cierto tiempo. Después se volvió ciega y durante tres o cuatro años no me pagó absolutamente nada por el hospedaje. Ahora vive en un alfar derruido que hay cerca de la Puerta Sur y se gana la vida mendigando por las calles. Lo que no comprendo es cómo el caballero pudo dejarla abandonada, sin dar señales de vida ni mandar a nadie a por ella. Hsüan-Tsang no esperó ni un solo segundo para dirigirse a todo correr hacia el viejo alfar de la Puerta Sur. Al oírle, la anciana dijo, sorprendida: - Tu voz se parece muchísimo a la de mi hijo Chen Kwang-Jui. - Eso no es nada extraño - respondió Hsüan-Tsang -, ya que soy el hijo único de Chen Kwang-Jui, esposo de la señora Wen-Chiao. - ¿Por qué tu padre y tu madre no regresaron a por mí? - pregunto la anciana con amargura. - Mi padre fue molido a palos por unos bandidos, uno de los cuales obligó a mi madre a aceptarlo por esposo - contestó Hsüan-Tsang, apenado. - ¿Cómo has averiguado mi paradero? - volvió a preguntar la anciana. - Mi madre me dijo dónde encontraros - respondió Hsüan-Tsanq -. Me entregó, además, una carta y un anillo para vos. La anciana lo cogió con mano temblorosa y, sin poder contener las lágrimas, dijo: - Mi hijo era una persona de mucha inteligencia y exquisita sensibilidad. Al principio pensé que había abandonado el camino del bien, dejando de lado sus obligaciones filiales. ¿Cómo iba a sospechar que había sido brutalmente asesinado? ¡Bendito sea el Cielo, que no se ha olvidado de mi infortunio y ha permitido a mi nieto venir en mi auxilio! - ¿Cómo os quedasteis ciega? - inquirió Hsüan-Tsang, emocionado. - ¡Pensaba tan a menudo en tu padre! - exclamó la anciana -. Día y noche le estuve esperando, pero él no apareció. Al comprender que nunca jamás regresaría, lloré tanto que los ojos se me quedaron, finalmente, secos. Hsüan-Tsang cayó entonces de hinojos y, elevando los ojos al cielo, exclamó: - Tened compasión de Hsüan-Tsang, que, a pesar de haber cumplido ya los dieciocho años, aún no ha vengado la infamia caída sobre sus padres. Siguiendo el plan de mi madre, me he llegado hoy hasta aquí y, así, he encontrado a mi abuela. Compadeceos de tanto sufrimiento y haced que sus ojos recobren la vista. En cuanto hubo terminado la plegaria, tocó los ojos de su abuela con la punta de la lengua y al punto se tornaron tan vivos y brillantes como antes. Al ver la prestancia del joven monje que tenía delante, la anciana exclamó: - ¡En verdad eres nieto mío! ¡Eres exactamente igual que mi hijo Kwang-Jui! De esta forma, su alegría se vio teñida de la pesada tristeza del recuerdo. Hsüan-Tsang la sacó del viejo alfar y la llevó a la posada de Liou-Er, donde alquiló una habitación para ella. Al despedirse, le hizo entrega de una cierta cantidad de dinero, diciendo: - No preocupes por nada. Estaré de vuelta en menos de un mes - y continuó su camino hacia la corte. No le fue difícil encontrar la casa del primer ministro Yin, en la parte oriental de la ciudad imperial. Se llegó hasta el funcionario que guardaba la puerta y le dijo: - Soy pariente del primer ministro y he venido a hacerle una visita El funcionario corrió a avisar a su señor, que exclamó, sorprendido: - ¿Un monje? ¡Yo no estoy emparentado con monje alguno! Pero su esposa le informó en seguida, visiblemente excitada: - Anoche soñé que nuestra hija Man Tang-Chiao regresaba a casa. ¿No querrá eso decir que nuestro yerno nos envía una carta por medio de ese monje? Al primer ministro no le quedó más remedio que hacerle entrar. En cuanto Hsüan-Tsang se halló en su presencia, se echó en tierra llorando, al tiempo que sacaba la carta de entre su túnica y se la entregaba al primer servidor del emperador. El ministro empezó a leerla y, a medida que progresaba en su lectura, los ojos se le iban anegando en lágrimas, hasta romper finalmente en un irrefrenable llanto. - ¿Puede saberse qué es lo que pasa, excelencia? - preguntó su esposa, sorprendida. - Este monje que ves aquí - respondió el primer ministro, emocionado - es nuestro nieto. Chen Kwang-Jui, nuestro yerno, fue asesinado por unos bandidos y nuestra hija Man Tang - Chiao forzada a desposarse con su asesino. Al oír tan escalofriantes nuevas, la mujer se echó también a llorar y él hubo de consolarla, diciendo: - Sé fuerte y trata de consolarte. Mañana por la mañana presentaré un informe a nuestro señor y yo mismo iré a la cabeza de las tropas que han de vengar ultraje tan imperdonable. Al día siguiente el primer ministro redactó un documento, que presentó al Emperador y en el cual se leía: - El yerno de vuestro humilde servidor, el "chuang-yüen" Chen Kwang-Jui, fue asesinado a palos por el barquero Liou-Hung, cuando se dirigía a tomar posesión de su nuevo cargo en Chiang-Chou, acompañado de su familia. No contento con semejante felonía, forzó a mi hija a acostarse con él, haciéndose pasar por mi yerno y usurpando su puesto durante muchísimos años. A la vista de tan trágico y conmovedor suceso, suplico de vuestra Majestad permiso para partir cuanto antes con caballos y hombres hacia esa provincia, con el fin de castigar, como se merecen, a los culpables. En cuanto el Emperador de los Tang hubo leído el informe, montó en cólera, convocó a sesenta mil soldados imperiales y ordenó al ministro Yin que se dirigiera a Chiang-Chou al frente de tan abultada fuerza de castigo. El ministro obedeció la orden sin dilación, partiendo aquel mismo día hacia tan alejada provincia. Viajando de día y descansando de noche, no tardaron en llegar a ella. Acamparon en la vertiente norte del río y aquella misma noche el primer ministro hizo llamar a su campamento al Juez y al Jefe Militar de Chiang-Chou. Tras explicarles las causas de la expedición, les pidió su ayuda, cruzando a continuación el río y rodeando la mansión de Liou-Hung antes de que se hubiera hecho de día. Liou-Hung estaba todavía dormido, cuando los soldados irrumpieron en sus dependencias privadas entre el batir de tambores y el tronar de las armas de fuego. Liou-Hung fue detenido, antes de que pudiera oponer la menor resistencia. Sin pérdida de tiempo el primer ministro le condujo al campo de ejecuciones, mientras el ejército acampaba en las afueras de la ciudad. El colaborador del emperador se dirigió después al salón principal de la casa, donde tomó asiento a la espera de que apareciera su hija. Ella corrió, entusiasmada, a su encuentro, pero, antes de llegar a la sala, se sintió invadida por la vergüenza y trató de ahorcarse allí mismo. En cuanto Hsüan-Tsang se enteró, corrió al lado de su madre y, arrodillándose ante ella, le dijo: - Tu padre y tu hijo hemos traído las tropas hasta aquí con el único fin de vengar a tu marido. El bandido ha sido, de hecho, capturado ya. ¿Por qué quieres morir ahora? Si lo haces, no podré seguir viviendo yo tampoco. Al poco rato apareció también el primer ministro y, al tratar de consolarla, afirmó ella: - Una mujer debe seguir a su marido a la tumba. Mi marido fue asesinado por ese bandido y, sin embargo, yo me entregué vergonzosamente a él. He de reconocer, no obstante, que sólo me ataba a la vida el niño que llevaba en mi seno y que en aquellos momentos me ayudó a soportar mi tremenda humillación. Ahora que se ha hecho ya hombre y mi anciano padre ha vengado mi humillación al frente de s tropas, no me queda otra ilusión que terminar con mi vida, cumpliendo, así, el deber que para con mi marido tengo. ¡Hija mía! - exclamó el primer ministro, conmovido -. ¿Cómo puedes hablar de vergüenza? No tenías elección. ¿Es que no lo comprendes? A pesar de lo ocurrido, tu virtud permaneció intacta, ya que en ningún momento alteraste tus pensamientos ni te rendiste al oportunismo. Padre e hija se abrazaron llorando, mientras Hsüan-Tsang era incapaz de contener la emoción. Secándose las lágrimas, el primer ministro dijo: - No debéis preocuparos más. Tengo en mi poder al culpable y ahora mismo voy a disponer, con vuestro permiso, de él. Levantándose, se dirigió con paso decidido al lugar de las ejecuciones. Para regocijo suyo, el Jefe Militar de Chiang-Chou había hecho detener también al pirata Li-Piao, que aparecía custodiado por un nutrido grupo de centinelas. Complacido, el primer ministro ordenó dar a Liou-Hung y a Li-Piao cien latigazos con una vara larga. Los acusados firmaron entonces una confesión, en la que relataron hasta en sus más mínimos pormenores la forma como habían dado muerte a Kwang-Jui. A continuación Li-Piao fue clavado en un potro de madera y, tras ser expuesto en la plaza pública a la mofa de todos los viandantes, fue descuartizado y su cabeza colocada en lo alto de una pica para escarnio de todos los malhechores. Liou-Hung, por su parte, fue conducido al sitio exacto donde había dado muerte a Chen Kwang-Jui y se le arrancó el corazón y el hígado, que fueron ofrecidos allí mismo en libación. Seguidamente se quemó un escrito en el que se ensalzaban las altas cualidades de Chen Kwang-Jui y sus cenizas fueron arrojadas a las aguas. Incapaces de apartar los ojos del río, los tres se rindieron al llanto, resonando sus sollozos varios kilómetros corriente abajo. Eso alertó a un yaksa que se hallaba patrullando las aguas. Se llegó hasta allí, cogió el espíritu del escrito y se lo llevó al Rey Dragón. En cuanto lo hubo leído, llamó a una tortuga mariscal y le ordenó que fuera a buscar a Kwang-Jui. - ¡Enhorabuena, excelencia! - exclamó el rey, al verle -. En este preciso instante vuestra esposa, vuestro hijo y vuestro suegro están ofreciéndoos sacrificios en la orilla misma del río. Voy a dejar en libertad a tu espíritu y, así, recobrarás la vida. No quiero, de todas formas, que te marches con las manos vacías, por lo que te suplico que aceptes, como prueba de amistad y agradecimiento, esta perla que concede todos los deseos, dos perlas ordinarias, diez piezas de seda o sirena, y un cinturón de jade con incrustaciones de nácar. Hoy será para ti un gran día, pues volverás a reunirte con tu esposa, tu madre y tu hijo. Kwang-Jui le dio las gracias, vivamente emocionado, y el Rey Dragón ordenó a un yaksa que acompañara a su cuerpo hasta la desembocadura del río, donde habría de reunirse con su espíritu. El yaksa cumplió inmediatamente la orden y abandonó el palacio de las aguas. En aquel mismo momento, tras llorar durante interminables horas a su marido, la señora Yin trató de suicidarse de nuevo, arrojándose a las aguas. Su intento habría resultado exitoso, de no mediar la intervención de Hsüan-Tsang, que la agarró oportunamente del talle. Cuando estaban forcejeando, vieron un cuerpo muerto venir flotando hacia la orilla. La señora se inclinó a toda prisa para echar un vistazo. Al comprender que se trataba del cadáver de su marido, intensificó sus aullidos de dolor. Cuantos estaban a su alrededor se volvieron, compungidos, hacia ella y entonces comprobaron, asombrados, que Kwang-Jui abría lentamente los puños y estiraba las piernas. Al poco rato todo el cuerpo comenzó a moverse y no pasó mucho tiempo antes de que se sentara tranquilamente en la orilla, para asombro y consternación de todos los presentes. Kwang-Jui abrió los ojos y, al ver llorando a la señora Yin, a su suegro, el primer ministro, y a un monje joven al que no conocía, preguntó: - ¿Por qué habéis venido aquí? - Todo esto tiene su origen en el momento mismo en que los bandidos os asesinaron a palos. Al poco tiempo di a luz a este hijo nuestro, que tuvo la enorme fortuna de ser educado por el guardián del Monasterio de la Montaña de Oro. Fue él precisamente el que me lo presentó y yo le envié en busca de su abuelo. Cuando mi padre se enteró de lo ocurrido, acudió a la corte y consiguió que le fuera asignado un destacamento de tropas para venir a arrestar a los bandidos. No hace ni cinco minutos que hemos arrancado el hígado y el corazón al Principal culpable y os lo hemos ofrecido en libación. ¿Queréis explicarnos vos ahora cómo os las habéis arreglado para volver de nuevo a la vida? - Está relacionado con la carpa dorada que compré, cuando nos hospedamos en la Posada de las Diez Mil Flores. Como recordarás, la puse en libertad. Lo que menos me sospechaba yo es que aquel pez fuera, nada más y nada menos, que el Rey Dragón. En cuanto los bandidos me arrojaron al río, acudió, agradecido, a mi rescate y ahora me ha devuelto el espíritu, cargándome de regalos valiosísimos, que traigo aquí conmigo. Desconocía totalmente que hubieras dado a luz. por lo que a mi suegro respecta, le agradezco de todo corazón haberme vengado. Es, francamente, inexpresable la alegría que ahora me embarga. Los tiempos de sufrimiento parecen haber pasado, por fin. Cuando se enteraron de lo ocurrido los funcionarios de la provincia, acudieron en tropel a darle la enhorabuena. Agradecido, el primer ministro les ofreció un espléndido banquete, tras lo cual inició aquel mismo día la marcha de vuelta, acompañado de todas sus tropas. Al pasar por la Posada de las Diez Mil Flores, el colaborador del emperador ordenó detener el ejército, para que Kwang-Jui y Hsüan-Tsang fueran a buscar a su anciana madre. Precisamente la noche anterior la mujer había soñado que volvía a florecer un árbol totalmente seco y aquella misma mañana oyó cuchichear sin cesar a las urracas detrás de su casa. Eso la hizo preguntarse, ilusionada: - ¿Querrá decir que mi nieto viene a buscarme? No había acabado de pensarlo, cuando se presentaron el caballero y el muchacho. El joven monje señaló a la anciana y dijo con una mezcla de orgullo y respeto: - Aquí tienes a mi abuela. En cuanto Kwang-Jui vio a su madre, se inclinó ante ella y después la abrazó con indecible ternura. Madre e hijo estuvieron llorando de alegría durante un buen rato. Tras contarse lo que había sucedido, pagaron al posadero lo que se le adeudaba y continuaron el viaje hacia la capital. Lo primero que hicieron Kwang-Jui, su esposa y su madre, al llegar a la mansión del primer ministro, fue ir a saludar a su respetable señora. La mujer estaba fuera de sí de alegría. Llamó a los criados y les ordenó preparar un banquete como no se había visto jamás en toda la ciudad. - Es mi deseo - dijo el primer ministro a la hora de los brindis - que este convite reciba el nombre de Fiesta de la Reunión, porque ciertamente lo es y toda nuestra familia participa de tan indescriptible alegría. A la mañana siguiente muy temprano el Emperador de los Tang celebró su habitual audiencia y el ministro Yin se adelantó para informar oportunamente de cuanto había sucedido en el curso de su misión. Recomendó, igualmente, que le fuera concedido a Kwang-Jui un puesto acorde con sus muchas cualidades, cosa a la que accedió emperador, nombrándole Vicecanciller de la Secretaría de Estado. De esta forma, seguiría a la corte adondequiera que se desplazara y se encargaría de llevar a la práctica todas sus decisiones. Hsüan-Tsang, decidido a caminar por los puros senderos del Zen, fue enviado al Monasterio de la Bendición Infinita para continuar con su vida de meditaciones y ascesis. Al poco tiempo, sin embargo, la señora Yin consiguió, por fin, consumar sus intentos de suicidio, y él regreso al Monasterio de la Montaña de Oro a dar las gracias al maestro Fa-Ming por cuanto había hecho por él. No sabemos cómo se desarrollaron las cosas a partir de entonces. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第010回 EL ANCIANO REY DRAGÓN TRANSGREDE LAS ÓRDENES DEL CIELO. EL PRIMER MINISTRO WEI ENVÍA UNA CARTA A UN FUNCIONARIO DE LA MUERTE No hablaremos, de momento, de Kwang-Jui en su nuevo puesto ni de la fuerte ascesis a la que se entregó Hsüan-Tsang. Sí lo haremos, sin embargo, de dos dignísimas personas, que habitaban a orillas del río Ching, a las afueras de la ciudad de Chang-An. Uno era un pescador llamado Chang-Shao, y el otro, un leñador conocido por el nombre de Li-Ting. A pesar de la aparente humildad de sus oficios, ambos eran intelectuales sin titulación oficial, gentes de la montaña que habían llegado a dominar la técnica de la lectura. Un día, después de haber vendido el uno la leña que traía a la espalda y el otro las carpas que llevaba en su cesta de pescador, coincidieron en una pequeña taberna de Chang-An y bebieron hasta ponerse un poco alegres. Con una botella cada uno en la mano siguieron con paso indeciso las orillas del río Ching, camino de casa. - Soy de la opinión, hermano Li - dijo Chang-Shao -, que los que se esfuerzan por conseguir la fama perderán su vida en tan loco empeño, los que se afanan por obtener fortuna perecerán a causa de las riquezas, los que se empeñan en amontonar títulos correrán los mismos riesgos que quien duerme abrazado a un tigre, y los que luchan por recibir favores oficiales serán como quien camina con serpientes dentro de las mangas. Cuando uno se detiene a pensar fríamente, descubre que sus vidas no pueden compararse con la tranquila existencia que llevamos nosotros en la altura azul de las montañas o junto a la serena pureza de las aguas. Nosotros nos regocijamos en nuestra propia pobreza y pasamos los días sin afanarnos por nuestro destino. - Hay mucho de verdad en lo que acabas de decir, hermano Chang - replicó Li-Ting -. Pero la serena pureza de tus aguas no puede compararse con la altura azul de mis montañas. - Es al revés, querido amigo - contestó, raudo, Chang-Shao -. No existe término de comparación entre tus altas montañas azules y mis puras aguas serenas. Como prueba, voy a citarte un poema "tsu", que constituye la letra de la canción "Tier-Lian-Hua" 2 y que dice así: "He cruzado más de diez mil millas de aguas cubiertas de neblina en mi pequeño bote de vela, oyendo solamente el murmullo del agua y el travieso chapotear de los peces. He purificado así mi corazón, privándole de todo deseo de fama o riqueza, complaciéndome únicamente en la estilizada belleza de las espadañas y los juncales. ¿Existe, acaso, placer mayor que ir contando las gaviotas que vuelan por encima de nosotros? Mi esposa y mis hijos unen sus risas despreocupadas a las mías, mientras van pasando ante nosotros orillas cubiertas de sauces y remansos repletos de juncos. Cuando el viento y las olas se amansan, me invade la dicha del sueño que no anhela la gloria ni se ve perturbado por la vergüenza o la miseria". - Insisto en que la serenidad de tus puras aguas no es superior a la belleza de mis montañas azules - recalcó Li-Ting -. Yo también aporto como prueba otro poema "tsu", que es, igualmente, parte de la letra de la canción "Tier-Lian-Hua", que dice: "En una parte cubierta de pinos del bosque profundo escucho el canto sin letra de la oropéndola, vibrante como el lamento dulce de la flauta. Pálidos rojos y verdes brillantes anuncian la inminente eclosión de la primavera. No existe transición alguna entre el verano y ella, así de rápido pasa el tiempo entre las frondas. Después hace su entrada el otoño en el palacio del bosque con su fragancia de flores doradas y su perenne invitación a la alegría. El frío invierno hace acto de presencia con la misma rapidez con que uno chasca los dedos. Nadie le domina, no recibe órdenes de nadie. Es tan libre como yo mismo en el eterno fluir de las cuatro estaciones". - Yo me ratifico - contestó el pescador - en que tus montañas azules no son nada comparadas con mis aguas puras. De ellas saco todo el gozo que una persona sabia pueda desear. Para que te convenzas, te cito este poema "tsu", letra del "Che-Ku-Tien": "Sólo me bastan el agua y las nubes del país de las hadas. El bote a la deriva Y los remos en descanso me hacen sentir en mi hogar. Con mi cuchillo parto el pescado fresco y cocino tortugas verdosas. En este universo, que es el mío, me alimento de cangrejos color púrpura, de gambas rojas, de brotes verdes de junco, de retoños de plantas acuáticas, aunque mis preferidas son las cabezas de pollo, las raíces de loto, las tiernas hojas del apio, las puntas de flecha y las flores del niao-ying". - Me temo que tus aguas serenas en nada aventajan a mis montañas azules - volvió a repetir el leñador -. Sólo ellas son capaces de traer la alegría a mi corazón. Como prueba, yo también echo mano de un poema "tsu" del "Che-Ku-Tien", que dice: "En las cumbres escarpadas que rozan las orillas del cielo he construido mi hogar de ramas y hierba. El sabor de aves en salazón y patos ahumados supera al de tortugas y cangrejos; la carne de antílopes, liebres y ciervos es diez mil veces más fina que la de gambas y pescados. Nada hay comparable a las aromáticas hojas de chun, a los amarillentos brotes del lien, a los tallos tiernos del bambú, al té de la montaña, a las ciruelas color púrpura, a los rojos melocotones, a los albaricoques maduros, a los ácidos dátiles, a las peras dulces y a los frutos silvestres". - Tus montañas azules - remachó el pescador - no aventajan en nada a mis aguas serenas. Puedo citarte otro poema "tsu" del "Tian-Sien-Tsu", que afirma textualmente: "A bordo de un bote cualquiera me desplazo adonde me apetece. No temo las ondulaciones de las olas ni la ceguera temporal de la niebla. Me sirvo de redes y anzuelos para conseguir pescado fresco, el manjar más sabroso que existe, sin necesidad de acudir a asados ni a salsas. Aparte del agua comparto mi hogar con un hijo joven y una esposa ya vieja. Cuando la pesca es abundante, voy a los mercados de Chang-An y la cambio por vino, que bebo hasta perder la razón. Con algas me abrigo, me tumbo en el agua y ronco al dormir. Ninguna preocupación me asalta. Yo no busco la pompa ni ansío la gloria". - Estás muy equivocado - le corrigió el leñador -. Tus aguas serenas son inferiores a mis montañas azules. Yo también dispongo de un poema del "Tian-Sien-Tsu" como prueba. "Al pie de la colina - dicen los versos - tengo construida una casa de ramas de pino, de orquídeas, e bambú y de ciruelas. En busca de leña seca dejo atrás bosquecillos Y llego a las cumbres de las montañas. Sin nadie que me controle, vendo lo que deseo, los precios dependiendo de mi sola voluntad. Gasto el dinero en vino, que luego almaceno en vasijas de barro y jarros de arcilla. Con la mente adormecida, me tumbo después a la sombra de los pinos, Ningún pensamiento me abruma, los éxitos o los fracasos no me importan, nada de este mundo me turba." - Tu vida en la montaña, hermano Li - volvió a decir el pescador - no es tan placentera como la que yo llevo junto a las aguas. Te cito como testimonio, un poema "tsu", que se canta con la música del "Sin-Chiang-Yüe": "Las flores tupidas de las zarzamoras brillan a la luz de la luna, mientras el viento sacude los amarillentos juncales. El río Chu, totalmente dormido, refleja el azul distante del cielo. Meto la mano en sus aguas y hago vibrar su encaje de estrellas. Peces de todo tamaño vienen a enredarse en mis redes; las percas pican en tropel mis anzuelos. No hay manjar más exquisito que ellas. ¿Qué hay de extraño en que la despreocupación de mi risa se extienda por ríos y lagos?". - Tu vida junto a las aguas, hermano Chang - contestó el leñador -, no es tan placentera como la que yo llevo en la montaña. La prueba la tienes en este otro poema "tsu", que se acompaña con la música del "Sin-Chiang-Yüe": "Por caminos cubiertos de enredaderas y hojas voy cortando madera que cargo a la espalda. Formo hatillos de leña con troncos de sauce carcomidos por los insectos y ramas de pino desgajadas por el viento. Son promesa de calor en el invierno. Libre soy de cambiarlos por licor o dinero". - Aunque he de reconocer que tu vida en las montañas no está mal del todo - admitió el pescador -, no es tan tranquila ni encantadora como la que yo llevo junto al agua. Al poema "tsu" de la canción "Lin-Chiang-Sian" te remito. "La marea llevará lejos de aquí mi bote - dicen los versos -. Dejo descansar los remos y mi canción, como un remedo de la luna, se eleva en el lienzo de la noche. ¡Con qué elegancia se mueve sobre las aguas el astro menguante! La gaviota duerme tranquila en su nido, ajena al manto de flores que se extienden por el cielo. Mi sueño crece como los juncales vírgenes de las islas en las cuales me acuesto. Nada lo quiebra. La altura del sol no ejerce sobre él la menor influencia. Trabajo cuando me apetece y descanso cuando quiero. Nadie tiene tanta libertad de espíritu ni tan envidiable regalo del cuerpo." - La tranquilidad y el encanto de tu vida - sentenció el leñador - no son nada comparados con los que rigen mis días en lo alto de la montaña. También yo aduzco como prueba la parte del "Lin-Chiang-Sian" que dice: "En las mañanas de otoño arrastro, despreocupado, mi hacha por los senderos cubiertos de escarcha. En el frío de la noche regreso a mi hogar, portando a la espalda el peso del haz, la frente orlada de flores salvajes. La oscuridad no me importa, cuando vuelvo a hollar los caminos que me llevan a casa. Cuando abro su puerta, la luna aparece en el cielo. Mi mujer y mi hijo salen a recibirme con amplias sonrisas de felicidad. Me reclino después sobre una cama de paja con un tronco por almohada. En cuanto abro los ojos, me espera ya una cena de peras cocidas y mijo estofado. La bebida recién escanciada en el cazo me ayudará a meditar sobre lo inalterable de mi felicidad". - Todo lo que afirman estos poemas - comentó entonces el pescador tiene que ver con nuestro propio sustento, con lo que hacemos para ganarnos honradamente la vida. Pero mis momentos de ocio son mucho más abundantes que los tuyos. Si lo dudas, aquí tienes un poema "shr" que lo dice claramente: "Tumbado, miro con atención el azul del cielo y el majestuoso vuelo de las garzas blancas. Amarrada está mi barca en la orilla y entreabierta la puerta de mi hogar. A la sombra de la vela enseño a mi hijo a preparar los sedales y a arreglar los anzuelos. Cuando los remos descansan, mi esposa y yo ponemos las redes a secar al sol. Mi mente está en calma, porque veo la tranquilidad de las aguas; me siento seguro, porque contemplo la benignidad de los vientos. Mi abrigo de algas y mi sombrero de bambú son infinitamente mejores que los trajes cortesanos y sus delicados fajines teñidos de púrpura". - Tus momentos de ocio - replicó el leñador - no pueden, de ninguna manera, compararse con los míos. También dispongo yo, como prueba de lo que afirmo, de un poema "shr" que dice: "Tumbado, miro con atención el vuelo de nubes blancas con forma de sauce. Cierro después la puerta de bambú de mi cabaña y, sentado en el frescor de la paja, me pongo a pensar en lo que quiero. Cuando me apetece, saco los libros y enseño a mi hijo a leer; cuando tengo invitados, charlo con ellos y jugamos después al ajedrez; cuando me encuentro excitado, recorro senderos cubiertos de flores y me pongo a cantar; cuando me entristezco, subo a las verdes montañas con el laúd y comienzo a tañer. Mis sandalias son de paja, de cáñamo mis fajas, y de tosco tejido el calor de mis mantas. Las prefiero, sin embargo, a la seda, porque mi corazón aquí está libre y yo soy mi único dueño". - Li-Ting - concluyó, por fin, Chang-Shao -, "afortunados somos, en verdad, al poder divertirnos con canciones como éstas y al no preocuparnos por la urgencia del oro" 5. Sin embargo, todo lo que hemos hecho hasta ahora ha sido recitar fragmentos de poemas, que nos servían tanto al uno como al otro para defender nuestros puntos de vista. ¿Por qué no declamamos al alimón una poesía más larga y vemos cómo se desarrolla esta discusión entre un pescador y un leñador? - ¡Me parece una idea excelente, hermano Chang! - exclamó Li-Ting -. ¿Por qué no comienzas tú? - Mi bote descansa sobre verdes aguas, cubiertas de niebla y de olas rizadas. - En las altas montañas e inaccesibles mesetas tengo yo establecida mi casa. - Me encanta contemplar los arroyos y los puentes, mientras la marea primaveral por doquier se extiende. - Yo saco placer de las altas cordilleras cubiertas de nubes al amanecer. - Me alimento de carpas pescadas en la Lung-Men lejana. - El fuego de mi hogar se alimenta con tacos de madera seca. - El anzuelo y la red servirán para alimentarme en la vejez. - Me serviré del hacha hasta que mi cabeza se vea cubierta de canas. - Tumbado en mi barco, observo el frágil volar de los patos. - Recostado en verdes parajes, escucho el canto de los cisnes salvajes. - Jamás me he rendido a la tentación de la alevosa maledicencia, - Nunca ha navegado mi barco por los procelosos mares del escándalo. - Cuando mis redes se van secando, parecen estar hechas de brocados. - En rugosas piedras afilada, como el sol brilla la hoja del hacha. - Bajo la brillante nube de agosto a menudo pesco solo. - En los solitarios arroyos de la montaña sólo el viento me acompaña. - Cuando la pesca es exitosa, la cambio por vino que bebo con mi esposa. - La madera que me sobra la cambio por una botella que con mis hijos comparto. - Si canto, movido por mi propio deseo lo hago. - La música de mis baladas sólo la dicta mi alma. - Llamándoles hermanos mayores, a menudo invito a los otros pescadores. - Hermanos míos son todos los hombres que habitan en los bosques. - Pasamos el tiempo inventando juegos nuevos. - Nosotros creamos palabras, que mezclamos con el vino de las jarras. - A diario me alimento de gambas cocidas y de cangrejos. - Cada día me regalo con el sabor de aves y patos. - Mi esposa prepara té que ella misma me da a beber. - Mi mujer cuece el arroz con las ramas que la tormenta desgajó. - En cuanto amanece, cojo la caña y salgo a pescar peces. - En cuanto el sol se eleva, tomo el hacha y voy a buscar leña. - Vestido, tras la lluvia, con abrigo de algas, corro a atrapar carpas. - Antes de que se levante el viento, intento derribar pinos secos. - Ajeno a leyes y normas, llevo una vida de juegos y bromas. - Ante las reglas del mundo, me comporto como si fuera sordomudo. - Espera un momento, por favor, hermano Li - dijo entonces Chang-Shao -. Hace un momento empecé yo la primera línea del poema. Justo es que ahora tú hagas lo mismo. ¿Por qué no comenzamos de nuevo? - El hombre del campo, aunque parezca locura, está enamorado del viento y de la luna. - Un hombre sabio cede su orgullo a los arroyos y a los lagos. - Mi heredad es el ocio y busco el esparcimiento ante todo. - Desprecio la maledicencia y me gozo en la paz de la conciencia. - En noches de luna soberana duermo tranquilo en mi cabaña de paja. - Cuando el cielo oscurece y no se ve nada, yo me protejo con mi abrigo de algas. - Libre de alegrías y penas, hallo compañía entre pinos y ciruelas. - Mis mayores amistades son las gaviotas, las garcetas y las demás aves. - Mi corazón no ampara ansias de fortuna ni de fama. - Jamás he oído los sones de las armas y los tambores. - Sin cesar escancio vino para librarme del frío. - Tres veces al día me llevo a la boca la comida. - Para mi propio sustento dependo de la madera que vendo. - Vivo de lo que pesco con mis sedales y anzuelos. - Con ayuda de mi hijo al hacha le saco filo. - Tras vaciarla de peces, mi familia remienda las redes. - Cuando la primavera renace, me gusta contemplar el verdor de los sauces. - En el calor de la tarde me encanta mirar el frescor de los juncales. - Los bambúes recién plantados me libran del bochorno del verano. - Las flores nuevas del loto me refrescan en agosto. - Cuando desciende la escarcha, la suerte de las aves ya está echada. - En la Fiesta del Doble Nueve mi esposa cocina cangrejos que nadie vende. - Cuando el invierno se aproxima, duermo hasta bien entrado el día. - No me abruman los calores ni del frío los rigores. - En el año no hay un día que no recorra las colinas. - No existe estación en la que no are los lagos con mi timón. - ¡Ay si los sabios conocieran el placer de cortar leña! - Cuando tiro del sedal, imagino ser un inmortal. - No hay fragancia igual a la de las flores que crecen en mi portal. - La proa de mi barca va abriendo senderos de verde agua. - De mi vida satisfecho, no busco de los ministros el asiento. - Mi mente es tan fuerte y equilibrada como una ciudad amurallada. - Contra el asedio deben protegerse las ciudades que más se enorgullecen. - Por muy alto que esté un ministro, debe someterse a los mandatos del divino. - ¡Qué raro placer es gozar de las montañas y del mar! - Agradecidos estamos, por ello, a los dioses, a la Tierra y al Cielo. Los dos hombres continuaron recitando al alimón infinidad de canciones y poemas. Cuando llegaron al punto en que sus caminos se separaban, se inclinaron con respeto y, así, se despidieron. - Querido hermano Li - dijo Chang-Shao, al hacerlo -, cuídate y ten precaución con los tigres, cuando subas por las montañas. Lamentaría sobremanera que sufrieras un accidente, ya que, como reza el dicho, "nadie nos asegura que vayamos a encontrar mañana al amigo con el que hoy nos topamos en la calle". - ¿Qué clase de amigo eres tú? - exclamó Li-Ting, enfadado, al escuchar esas palabras - . Las personas que se aman de verdad ni siquiera sacan a relucir cosas tan desagradables como las que tú acabas de decir. ¿A quién se le ocurre pensar que pueda caer, sin más, en las garras de un tigre? ¿Te gustaría que te dijera que tu barco se va a hundir, cuando menos lo esperes, en el río? - Eso nunca pasará - respondió Chang-Shao, riendo -. El cielo siempre anuncia cuándo va a haber tormenta. - De acuerdo. Se ve que hoy no la va a haber - admitió Li-Ting -. Pero ¿quién te asegura que no se va a desatar sobre la tierra una epidemia? ¿Cómo estás tan seguro, por otra parte, de que no vas a sufrir un accidente? - Dices eso - contestó Chang-Shao - porque no tienes ni idea de lo que puede ocurrirte cuando cortas leña. Yo, por el contrario, cuando pesco puedo predecir exactamente lo que va a suceder. Te aseguro que ningún accidente va a cebarse sobre mí. - ¡No me hagas reír! - exclamó, burlón, Li-Ting -. Tu trabajo es uno de los más traicioneros que existen. Un pescador siempre se está jugando la vida. No comprendo cómo puedes tener esa seguridad con respecto al futuro. - Mira - replicó Chang-Shao, condescendiente -. Voy a decirte algo que tú no sabes. En Chang-An hay un adivino, que suele sentarse en la calle de la Puerta Oeste a predecir el futuro a quien quiera pedírselo. Yo le regalo todos los días una carpa dorada y él, agradecido, consulta para mí los palillos que lleva guardados en la manga. Siguiendo sus consejos, no hay vez que lance las redes que no las saque repletas de pescado. Precisamente fui a consultarle esta mañana y me dijo que las echara esta vez en la curva que hace el río Ching. Me aconsejó, igualmente, que echara el sedal en dirección oeste, si quería regresar a casa cargado de gambas y peces. Por cierto, cuando suba mañana a la ciudad, compraré vino y volveré a reunirme contigo - y se separaron, restablecidas las paces. Sin embargo, como afirma el proverbio, "lo que se dice en el camino lo escucha quien se halla entre la hierba". Así, dio la casualidad que esta última parte de la conversación fuera oída por un yaksa que se encontraba de patrulla por el río Ching y corrió al Palacio de Cristal de Agua a informar a su señor, gritando: - ¡Qué desgracia! ¡Qué tragedia tan inesperada! - ¿Se puede saber de qué estás hablando? - le preguntó, sorprendido, el Rey Dragón. - Vuestro siervo - contestó el yaksa, excitado - estaba patrullando el río, cuando oyó por casualidad la conversación que mantenían un pescador y un leñador. ¡Hablaban de algo realmente horrible! Según el pescador, en la calle de la Puerta Oeste de la ciudad de Chang-An hay un adivino que nunca falla en sus predicciones. Sabedor de sus poderes, el pescador le da todos los días una carpa. Él consulta entonces los palillos que lleva escondidos en la manga y le dice el lugar exacto en el que debe arrojar las redes. ¿Comprendéis el peligro que corremos? De continuar así, en poco tiempo terminará con todos nuestros hermanos del agua. ¿En dónde encontraréis vos entonces seres que quieran vivir en las regiones acuáticas? Nadie saltará por encima de las olas y vuestro poder se irá haciendo cada vez menor. El Rey Dragón se puso tan furioso que quiso coger la espada e ir en aquel mismo momento a Chang-An a matar al adivino. Fue una suerte que sus hijos y nietos, los ministros - cangrejo y los consejeros - gamba, el juez - perca y el gobernador - carpa se encontraran a su lado y trataran de disuadirle, diciendo: - Controlad vuestra justa ira, majestad. Razón tiene el proverbio cuando afirma: "No creas nada de cuanto oigas". Además, si marcháis así hacia Chang-An, os seguirán las nubes y la lluvia, y las gentes que allí viven gritarán horrorizadas. ¿Queréis ofender al Cielo con tan irreflexiva conducta? Puesto que poseéis el poder de aparecer y desaparecer, y de transformaros en lo que os dé la gana, nuestra sugerencia es que toméis la forma de un intelectual y que vayáis a esa ciudad a averiguar qué es lo que pasa. Si, en verdad, existe esa persona, lo mejor que podéis hacer es matarla cuanto antes. De no ser cierto, no hay necesidad alguna de sacrificar a gente inocente. Tras pensarlo mejor, el Rey Dragón aceptó su sugerencia. Dejó la espada a un lado y despidió a las nubes y a la lluvia. Nadó con fuerza hasta la orilla del río y, con una simple sacudida del cuerpo, se transformó en un literato de blanca túnica y rasgos llamativamente viriles. Su altura era superior a la normal, su caminar, pausado y sereno, denotaba un espíritu reflexivo, y toda su figura exhalaba firmeza de ánimo y dominio del cuerpo. Su docto discurso constituía una alabanza continua a Confucio, a Mencio y a la virtuosa conducta del duque de Chou y del Rey Wen. Con su túnica de seda y su gorro de personaje importante, salió del agua y se dirigió a pie hacia la calle de la Puerta Oeste de la ciudad de Chang-An, donde encontró a una gran muchedumbre rodeando a un hombre, que decía con suave y contenida voz: - Los que pertenecen al signo del dragón tendrán buena suerte, mientras que los nacidos bajo el del tigre deberán hacer frente a incontables desgracias. Por otra parte, los que vieron la luz a la hora de Yin, Chen, Sz y Hai verán florecer todos sus asuntos y la fortuna no les dejará de la mano, cosa que no ocurrirá con los que, en el momento de su nacimiento, sufrieron la influencia del planeta Júpiter. En cuanto el Rey Dragón lo oyó, supo que se encontraba en el lugar en el que solía sentarse el adivino. Se dirigió hacia él y, abriéndose, como pudo, paso entre la gente, vio que las cuatro paredes de la habitación estaban cubiertas de piezas maestras de caligrafía, entre las que se apreciaba alguna que otra pintura de excelente corte. Del pebetero salía un humo incesante, cuyas volutas contrastaban con la quietud del agua purificada que guardaba un recipiente de porcelana. Lugar destacado ocupaba un retrato de Kwei-Gu, colgado un poco más alto que dos dibujos de Wang-Wei. La piedra para diluir la tinta, traída directamente desde Tuan-Chr, no desdecía en absoluto del pincel de cerdas erizadas que se veía a su lado. Se apreciaba que aquel hombre dominaba gran número de técnicas adivinatorias, ya que, junto a bolas de cristal, podían descubrirse números de Kuo-Pu y otros clásicos de la adivinación. Conocía, además, los hexagramas, dominaba los ocho triagramas, estaba al tanto de las leyes que rigen los Cielos y la Tierra, y hasta era capaz de distinguir el modo de obrar de dioses y demonios. Ante él tenía una bandeja, en la que aparecían reseñadas las horas cósmicas. Su mente les asignaba los planetas y astros que les correspondían con la rapidez propia de un genio. No cabía duda de que contemplaba, como en un espejo, las cosas pasadas y las que aún estaban por venir. No encerraba para él secreto alguno, como les ocurre a los dioses, saber qué casa iba a ser levantada y cuál derruida, quién iba a nacer y quién a morir, cuándo iba a llover y cuándo a hacer bueno... Los espíritus y los dioses tenían que sentirse, Por fuerza, alarmados ante tanta omnisciencia. En letras claras aparecía escrito su nombre: Yüan Shou-Chang. No era otro que el tío de Yüan Tien-Kang, el astrónomo oficial del imperio. Se trataba de un hombre de agradable presencia y muy versado en toda clase de artes. No en balde era conocido hasta el último rincón del reino y gozaba de gran favor en la ciudad de Chang-An. Sin vacilar, el Rey Dragón entró en su tienda. Tras el consabido intercambio de saludos, fue invitado a ocupar el asiento de honor. Mientras un criado servía el té, el maestro le preguntó: - ¿Qué os gustaría saber? - Predecidme, por favor, el tiempo que va a hacer - contestó el Rey Dragón. El maestro consultó sus palillos y, al fin, dijo: - La niebla difuminará las copas de los árboles y un velo de nubes borrará las colinas. Si deseas lluvia, mañana verás satisfecho tu deseo. - ¿A qué hora ocurrirá eso y cuánta agua caerá? - insistió el rey. - A la hora del dragón empezarán a arremolinarse las nubes - volvió a contestar el maestro - y a la de la serpiente se escuchará el trueno. La lluvia comenzará a caer a la del caballo y a la de la oveja habrá ya cesado. Caerán en total cuarenta y ocho gotas de lluvia por cada metro cuadrado. - Te aconsejo que no bromees - exclamó el Rey Dragón -. Si mañana llueve a las horas que has dicho y la cantidad que tú mismo has fijado, te daré cincuenta bolsas de oro en señal de gratitud. Pero, si te equivocas en una sola gota, ten por seguro que echaré abajo la puerta y haré añicos el cartel que tienes pegado en el dintel. Además, te expulsaré de Chang-An por embaucador y no podrás seguir engañando a la gente. - Me parece correcto que así lo hagáis - replicó el maestro con amabilidad -. Ahora, si lo deseáis, podéis marcharos. Regresad mañana después de la lluvia. El Rey Dragón se despidió de él y regresó a su mansión de agua. En cuanto se enteraron de su llegada, acudieron a saludarle sus ministros y colaboradores más directos y le preguntaron: - ¿Cómo se desarrolló vuestro encuentro con el adivino? - Es verdad que existe esa persona - contestó el Rey Dragón -, pero puedo aseguraros que se trata de un auténtico fanfarrón. Le pregunté que cuándo iba a llover y él me respondió que mañana. Volví a preguntarle sobre la hora y la cantidad de lluvia que caería y él contestó que a la hora del dragón empezarían a arremolinarse las nubes, a la de la serpiente se escucharía el trueno, a la del caballo comenzaría a caer la lluvia y cesaría a la de la oveja. Por lo que a la cantidad de agua respecta, precisó que caerían exactamente cuarenta y ocho gotas de lluvia por metro cuadrado. Así que le aposté que, si acertaba, le daría cincuenta bolsas de oro, pero que, si se equivocaba en algo, le echaría abajo la puerta y después le expulsaría de Chang-An, para que no pudiera seguir engañando a la gente. - ¡Pero vos sois el jefe supremo de los ocho ríos, el Gran Rey Dragón encargado de la lluvia! - exclamaron sus subalternos, soltando la carcajada, divertidos -. Sólo depende de vos que llueva o deje de hacerlo. ¿Cómo ha podido ser tan tonto ese hombre? ¡Seguro que pierde! Los hijos y los nietos del dragón estaban celebrando con los peces y cangrejos la victoria cierta de su señor, cuando se oyó en lo alto una voz que decía: - ¡Llega un mensajero celeste con una orden para el Rey Dragón del río Ching! Todos alzaron la cabeza y vieron al emisario, elegantemente vestido con una túnica de oro, dirigirse a la mansión de agua con la carta del Emperador de Jade en las manos. El Rey Dragón se enderezó las ropas lo mejor que pudo y quemó un poco de incienso. Tras hacer entrega del envío, el mensajero se elevó en el aire y desapareció. El Rey Dragón abrió la orden y leyó, atónito: - Mandamos al Príncipe de los Ocho Ríos que prepare truenos y lluvia y los deje caer mañana sobre la ciudad de Chang-An. Lo más asombroso era que las horas y la cantidad de agua que aparecían en el documento coincidían exactamente, hasta el más ínfimo detalle, con las predicciones hechas por el adivino. El Rey Dragón se sintió tan abatido que perdió el conocimiento, como si fuera una doncella mal alimentada. Cuando volvió a recobrar la consciencia, dijo, entristecido, a sus súbditos: - ¿Quién iba a pensar que en ese mundo de polvo hubiera una persona dotada de una inteligencia tan portentosa? ¡Cuesta trabajo creer que posea un conocimiento tan perfecto de las leyes que rigen el cielo y la tierra! ¡Lamento confesar que me ha derrotado! - Calmaos, por favor - le aconsejaron los ministros -. No es tan difícil como parece deshacerse de ese adivino. De hecho, acabamos de idear un plan que puede acallar para siempre a ese tipo. Una vez que el Rey Dragón hubo preguntado de qué se trataba, el ministro que había hablado por todos respondió: - Si la lluvia tarda en producirse mañana una décima de segundo o cae una gota menos de lo pronosticado, dejará de cumplirse la predicción y vos habréis ganado la apuesta. ¿No es así? ¿Quién os impedirá entonces derribar su puerta y echarle a la calle? El Rey Dragón aceptó, complacido, la sugerencia y dejó de preocuparse. Al día siguiente llamó al Duque del Viento, al Señor del Rayo, al Joven de las Nubes y a la Madre del Rayo y les mandó acompañarle hasta la ciudad de Chang-An. Pero esperó a la hora de la serpiente para desplegar las nubes, a la del caballo para hacer resonar el trueno, a la de la oveja para dejar caer la lluvia, y a la del mono para dar por terminada la tormenta. Además, sólo permitió que cayeran cuarenta gotas de agua por metro cuadrado, exactamente ocho menos de las que le habían sido ordenadas. Una vez acabada la lluvia, el Rey Dragón despidió a sus ayudantes, descendió de las nubes y, tras tomar otra vez la forma del literato vestido de blanco, se dirigió, furioso, a la calle de la Puerta Oeste. De un terrible empujón, echó abajo la puerta de la tienda de Yüan Shou - Chang y empezó a destrozar cuanto encontraba a su paso, incluidos los pinceles, la tinta y los cuadros. El maestro ni siquiera se movió; permaneció sentado, como si la cosa no fuera con él. Eso hizo que el Rey Dragón se sintiera más enfadado todavía y, volviéndose hacia el lugar donde se encontraba, bramó, despectivo: - ¡Ya sabía yo que no eras más que un profeta de pacotilla, un impostor que anda engañando por ahí a las gentes sencillas! Tú mismo has visto que no se ha cumplido ni una sola de tus predicciones. ¿Qué más pruebas necesitamos para demostrar que eres un farsante? Me refiero, por supuesto, a lo que me dijiste ayer sobre la lluvia de esta tarde. No sólo has fallado en la hora, sino en la cantidad de agua caída. ¡Eres un auténtico embustero! No comprendo cómo sigues ahí sentado tan tranquilo. Deberías echar a correr, antes de que llame al alguacil y te haga ejecutar. Yüan Shou-Chang no movió un solo dedo. Pese a la gravedad de la acusación, era claro que aquellas palabras no produjeron en él el menor signo de alarma. Al contrario, permaneció tranquilo y sonriente, sosteniendo la mirada a su acusador. Por fin, se aclaró la garganta y dijo: - No tengo miedo, porque no he hecho nada que merezca la pena de muerte. El que debería estar temblando eres tú. ¿Crees que no sé quién eres? Puedes engañar a otros, pero no a mí. En cuanto te vi, supe que no eras un literato vestido de blanco, sino el mismísimo Rey Dragón del río Ching. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Al cambiar la hora y la cantidad de lluvia, has desobedecido la orden del Emperador de Jade y transgredido las leyes del cielo. Si hay alguien aquí digno de ser pasado a cuchillo eres tú, no yo. ¿Cómo te atreves a venir a echarme en cara algo de lo que únicamente tú eres culpable? Al oír eso, el Rey Dragón sintió tal pánico que el corazón empezó a latirle con fuerza y todos los pelos se le pusieron de punta. Temblando, se dejó caer en el suelo y suplicó al maestro, diciendo: - No toméis a mal lo que acabo de deciros, por favor. No sé en qué estaba pensando. Simplemente se trataba de una broma. Ahora veo, sin embargo, que lo que yo consideraba un juego inocente era, en realidad, un crimen horrendo. ¿Qué puedo hacer ahora que, como vos mismo habéis dicho, he transgredido las leyes del cielo? ¡Por lo que más queráis, salvadme la vida! De lo contrario, jamás me moveré de aquí. - ¿Quién te ha dicho que yo puedo salvarte? - replicó Yüan Shou-Chang. Lo único que está en mi mano es indicarte una posible forma de solucionar tan serio problema. Eso es todo. - Te prometo que haré cuanto digáis - contestó el Rey Dragón. - En principio - dijo Yüan Shou-Chang -, deberás ser ejecutado, por orden del juez Wei-Cheng, a la una menos cuarto de la tarde. Si quieres salvar el pellejo, lo único que puedes hacer es acudir cuanto antes al Emperador Tang Tai-Chung y pedirle clemencia. Supongo que no desconoces que Wei-Cheng es ministro suyo y que, por lo tanto, le debe obediencia en todo. El Rey Dragón salió a toda prisa de la tienda de Yüan Shou-Chang con los ojos anegados en lágrimas. En aquel mismo instante el sol, rojo como la misma felicidad, se estaba poniendo. Una neblina densa se iba extendiendo lentamente por las montañas, mientras los cuervos regresaban a sus nidos y los viajeros buscaban un sitio en el que pasar la noche. Los gansos salvajes habían encontrado ya cobijo en la arena y la vía láctea se hacía cada vez más visible. En la lejanía se apreciaban las luces mortecinas de una aldea. En los templos el viento nocturno iba apagando, una a una, todas las candelas, desperdigando después el olor a humo. Más cerca un hombre soñaba que se había convertido en una mariposa y se marchaba volando. La luna iba moviendo de lugar la sombra de las flores de un jardín. En lo alto, mientras tanto, las estrellas se habían multiplicado por mil. Era medianoche y la oscuridad se había enseñoreado de todo. El Rey Dragón del río Ching, sin embargo, no regresó a su mansión de agua. Esperó, suspendido en el aire, hasta la hora de la rata. Descendió entonces de las nubes y se dirigió a la puerta del palacio. En aquel mismo momento el Emperador Tang estaba soñando que se encontraba fuera del palacio paseando entre las sombras de flores que proyectaba sobre el suelo la luna. El Dragón tomó la forma de hombre y corrió hacia él. Tras echarse rostro en tierra, empezó a gritar: - ¡Misericordia, majestad! ¡Sed clemente con mi vida! - Si supiera quién eres - respondió Tai-Chung -, tal vez podría acceder a tu petición. - Como vos, también yo soy un dragón - gimoteó el principal habitante del río Ching -. La maldición pesa ahora sobre mi cabeza, porque desobedecí la orden del cielo. En consecuencia, vuestro súbdito el juez Wei-Cheng ha recibido el mandato de ejecutarme, por haber atentado contra el orden cósmico. Ésa es la razón por la que ahora acudo a vos, pidiendo clemencia. - Si, como dices, Wei-Cheng va a ser el encargado de hacer justicia - concluyó Tai-Chung -, ten por seguro que tu vida no correrá el menor peligro. Márchate y deja de preocuparte. Encantado, el Rey Dragón se levantó a toda prisa del suelo y abandonó el palacio, profundamente agradecido. Tai-Chung se despertó al poco tiempo y no paró de darle vueltas a lo que acababa de soñar. Sin embargo, habían pasado ya tres quintos de la hora de la quinta vigilia y hubo de recibir en audiencia a todos sus ministros. El humo del incienso y otras plantas aromáticas formaba graciosas volutas entre los arcos de fénix y ascendía después hacia las cúpulas de dragón, mientras la luz nueva se reflejaba en los delicados biombos de seda. La neblina no se había levantado todavía de las banderas y estandartes, adornados con llamativas plumas. Por los pasillos avanzaban funcionarios tan virtuosos como los mismísimos Yao y Shuen. Todos seguían el ritual de los Han y los Chou, cortes a las que también pertenecía la música que se escuchaba en un segundo plano. Legiones de criados iban encendiendo, de dos en dos, las lámparas, mientras grupos doncellas, vestidas con trajes de llamativos colores, preparaban abanicos. La luz llenaba los salones del unicornio y daba vida a los biombos decorados con pavos reales. Antes de aparecer el emperador, todos los presentes lanzaron hurras y vítores. Se oyó a continuación, tres veces seguidas, el restallar de un látigo y las cabezas se inclinaron al unísono hacia el lugar en el que se levantaba el trono. Un aroma a flores se extendió por todo el palacio, mientras los coros entonaban cánticos de alabanzas y hacía su entrada el cortejo, precedido de estandartes de perlas y jade. El palanquín real, adornado con los abanicos del dragón y el fénix, y la montaña y el río, avanzó entonces por entre las filas de cortesanos, nobles y refinados, y de generales, aguerridos y valientes. Todos ellos vestían de rojo. El espectáculo era tan magnífico que nadie dudaba de que el sello de oro y los fajines color púrpura con los emblemas del sol, la luna y las estrellas iban a durar millones de años, exactamente los mismos que la tierra y el cielo. Una vez que los ministros hubieron presentado sus respetos al emperador, se retiraron a un lado y permanecieron de pie, cada cual ocupando el sitio que le correspondía según su rango. Tang Tai-Chung les fue escudriñando uno por uno con sus penetrantes ojos de dragón. Entre los funcionarios civiles figuraban Fang Süan-Ling, Du Hu-Hwei, Sü Shr - Chi, Sü Ching-Chung y Wang Kwei, y entre los militares Ma San-Pao, Duan Chr-Sien, Yin Kai - Shan, Cheng Yao-Chin, Liou Hung-Chr, Hu Ching-De y Chin Shu-Pao. Todos ellos permanecían en pie, en actitud reverente y sumisa. El emperador se extrañó de no ver a Wei-Cheng y, volviéndose hacia Sü Shu-Chi, le hizo una seña para que se acercara y le dijo: - Esta noche he tenido un sueño muy raro. Se presentó ante mí un hombre que afirmó ser nada más y nada menos que el Rey Dragón del río Ching. Dijo, además, que había desobedecido las órdenes del cielo Y que, en castigo, iba a ser ejecutado por el juez Wei-Cheng. Me suplicó, por tanto, que le salvara la vida, cosa a la que accedí. ¿Cómo es que precisamente hoy no ha acudido a mi llamada Wei-Cheng? - Es posible que vuestro sueño sea más cierto de lo que creéis - respondió Shu-Chi -. Así que, si deseáis cumplir lo prometido, lo mejor que podéis hacer es llamar a Wei-Cheng y mantenerle todo el día a vuestro lado. Si no le dejáis marchar, sin duda alguna el dragón de vuestros sueños logrará salvar la vida. Encantado, el emperador de los Tang hizo llamar a la corte al juez Wei-Cheng. La noche anterior Wei-Cheng había estado estudiando los movimientos de las estrellas. Cuando se disponía a quemar un poco de incienso, oyó gritar a las garzas y, levantando la vista, vio a un mensajero celeste con una orden del Emperador de Jade en la mano. En ella se le conminaba a que ejecutara al viejo dragón del río Ching exactamente a la una menos cuarto de la tarde. Agradecido al cielo por tan alto honor, el primer ministro se preparó para cumplir tan trascendente misión, bañándose y no probando en todo el día nada de comer. Sacó, además, su espada mágica y la afiló una y otra vez, purificando, de esta forma, su espíritu. Sabía que toda preparación era poca y decidió no asistir aquel día a la audiencia imperial. Por eso, le dio un vuelco el corazón, cuando vio llegar a un oficial de la corte con la orden de presentarse inmediatamente ante el emperador. No se atrevió a desobedecerla y, tras cambiarse de ropa a toda prisa, siguió al funcionario hasta el interior del palacio. Tras presentar sus respetos al Hijo del Cielo, se echó rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, pidió perdón por no haber acudido aquel día a su puesto. - Te perdono - contestó el Emperador de los Tang -, porque eres, en verdad, uno de nuestros más dignos siervos. Al poco rato se dieron por terminadas las audiencias y los ministros se fueron retirando, uno tras otro. Sólo a él le fue negada la venia para hacerlo. Es más, se le invitó a subir al palanquín de oro y, en compañía del emperador, entró en uno de los salones interiores, donde discutieron de las medidas a adoptar para la mejor defensa del imperio y otros asuntos de estado. A medio camino entre la hora de la serpiente y la del caballo, el emperador ordenó a sus sirvientes que trajeran un tablero de ajedrez, diciendo: - Daos prisa, porque deseo echar una partida con el más digno de mis súbditos. En cuanto los criados hubieron cumplido la orden, un grupo de concubinas sacaron las piezas y las fueron colocando sobre el tablero. Tras expresar su agradecimiento por el honor que se le hacía, Wei-Cheng tomó asiento y empezó el juego. Los dos movieron las piezas con precaución, siguiendo en todo momento las instrucciones del Clásico del Ajedrez, en el que se afirma: El ajedrez ayuda a desarrollar la disciplina y la prudencia. En este sentido, las piezas más fuertes deberán colocarse en el centro, las más débiles a los lados, y las menos poderosas en los extremos. Existe una regla de oro, muy conocida por todo buen jugador que dice: "Es preferible perder una pieza que una ventaja ya adquirida. Cuando se ataca por el lado izquierdo, es preciso mantener bien protegido el derecho. Sólo podrá hablarse de retaguardia cuando se tenga una vanguardia realmente fuerte, para lo cual es necesario poseer, a su vez, una retaguardia segura. Los dos extremos están íntimamente unidos, pero se debe ser flexible en sus movimientos y, ante todo, se ha de tratar de evitar que ambos se estorben. Una formación desplegada no tiene por qué estar fuera de control, mientras que una concentración de filas no debe ser causa de una ausencia total de flexibilidad. Antes que concentrarse en la defensa de una pieza, es aconsejable, si se quiere ganar, renunciar a ella. De la misma manera, es preferible quedarse quieto a moverse sin propósito alguno. Cuando te halles en inferioridad numérica con respecto a tu contrincante, debes tratar, ante todo, de sobrevivir. Cuando, por el contrario, eres tú el que te encuentras en esa situación ventajosa, has de esforzarte por sacar el mejor partido que puedas de ella. Quien tenga a mano la victoria no prolongará inútilmente la lucha, de la misma forma que el que domine una posición evitará la confrontación directa, el que sepa luchar no sufrirá la derrota, y el que conozca que va a perder no se rendirá al pánico. No es raro que en el ajedrez se empiece obteniendo una ventaja considerable, para terminar totalmente derrotado. Si el enemigo reagrupa sus fuerzas, sin ser atacado, es señal clara de que tiene intención de lanzarse a la ofensiva; si abandona, por otra parte, la defensa de una pequeña porción de su territorio, es muy posible que esté buscando la anexión de otro mayor. Si hace sus movimientos sin pensar, con ello demuestra que es una persona irreflexiva; no hay mejor manera, pues, de buscar la derrota que ceder a su propio modo de obrar. Con razón afirma el Libro de las Odas: "Aproxímate con la máxima precaución, como si estuvieras acercándote a un barranco profundo". "E1 tablero de ajedrez - dice el poema - es la tierra, y el cielo las piezas. En los colores blanco y negro está simbolizado todo el universo. Cuando el juego alcanza las cumbres de la sutileza, suelta la carcajada el Inmortal que nunca juega. El emperador y su ministro estuvieron sentados ante el tablero hasta la una menos cuarto, sin que ninguno de los dos pudiera arrobarse una diferencia notable. Wei-Cheng dejó caer, de pronto, la cabeza sobre la mesa y se puso a dormir. Al verlo, Tai-Chung soltó la carcajada y dijo: - Se nota que nuestro hombre de confianza se entrega con tal dedicación a las tareas de estado que hasta se olvida de descansar. No es extraño que el sueño haya terminado venciendo su resistencia y le dejó dormir cuanto quiso. Al poco rato, sin embargo, Wei-Cheng abrió los ojos tan repentinamente como los había cerrado y, echándose rostro en tierra, exclamó alterado: - ¡Soy merecedor de mil penas de muerte! No comprendo cómo he podido dormirme en vuestra presencia. Os pido perdón por el tremendo insulto que acabo de lanzar contra vos. - ¿Insulto dices? - repitió Tai-Chung, sonriendo -. Levántate y continuemos jugando. Creo que debemos olvidarnos de la partida anterior y empezar otra nueva. ¿No te parece? Wei-Cheng agradeció al emperador su benevolencia y volvió a ordenar las piezas sobre el tablero. Cuando se disponían a hacer el primer movimiento, se escucharon unos gritos terribles fuera de la gran sala en la que se encontraban. Antes de que pudieran preguntar qué pasaba, aparecieron los ministros Chin Shu-Pao y Sü Mou-Kung con una cabeza de dragón chorreando sangre. La arrojaron delante del emperador y dijeron: - Hemos visto a los mares perder profundidad y a los ríos secarse, pero jamás habíamos contemplado hasta ahora una cosa tan rara como ésta. - ¿En dónde la habéis encontrado? - preguntó Tai-Chung, poniéndose en seguida de pie. - En el sur del pasillo de los Mil Pasos - respondieron a coro Shu-Pao y Mou-Kung -. Estábamos allí charlando, cuando, de pronto, cayó de las nubes esta cabeza de dragón. Hemos creído que deberíais verla, por eso la hemos traído hasta aquí. - ¿Qué significa esto? - volvió a preguntar, severo, el Emperador de los Tang, volviéndose a Wei-Cheng, - Este dragón - contestó Wei-Cheng, echándose rostro en tierra - acaba de ser ejecutado por vuestro humilde siervo, mientras dormía. - ¿Mientras dormías? - repitió el Emperador de los Tang, entre temeroso y sorprendido -. Mientras dormías no aprecié el menor movimiento de tu cuerpo. Ni siquiera te vi echar mano de la espada o la cimitarra. ¿Cómo pudiste ejecutar a ese dragón? - Aunque mi cuerpo se encontraba junto a vos, con los ojos cerrados y volcado sobre el tablero de ajedrez, la verdad es que mi espíritu abandonó mi cuerpo. Una nube sagrada le estaba esperando y le llevó hacia el barracón de ejecución de dragones. Los soldados celestes le habían atado ya y mi espíritu no tuvo más que decir: "Se te ha condenado a muerte por haber desobedecido las órdenes del cielo. Por mandato del mismo voy ahora a poner fin a tu vulgar vida". El dragón escuchó la sentencia temblando. Encogió después las garras y así esperó la muerte. El espíritu de vuestro siervo se arremangó la túnica, echó un paso atrás y levantó la espada, que dejó caer al instante con fuerza sobre el cuello del acusado. Así se explica que haya descendido de los cielos esa cabeza de dragón que tenéis ahí delante. En cuanto Tai-Chung hubo escuchado estas palabras, sintió a la vez satisfacción y tristeza. Satisfacción por tener como ministro a un hombre de la categoría de Wei-Cheng - ¿cómo iba a preocuparse de la seguridad del imperio, teniendo a su lado a colaboradores de tanta valía? -. Y tristeza, porque había prometido salvar al dragón y no había podido evitar que acabara sus días de una forma tan lamentable. Tuvo, pues, que forzarse a sí mismo para ordenar a Shu-Pao que colgara la cabeza en el mercado y que la viera todo el pueblo de Chang-An. Después, siguiendo la costumbre, recompensó a Wei-Cheng y despidió a los otros ministros. Aquella noche se retiró a sus aposentos con una extraña sensación de derrota. No podía quitarse de la cabeza al dragón llorando y suplicando clemencia. Jamás había imaginado que los hechos fueran a desarrollarse de esa manera ni que, a la larga, el dragón fuera a terminar ajusticiado. Tras darle vueltas en la cabeza una y otra vez, el emperador se sintió física y mentalmente agotado. A eso de la hora de la segunda vigilia, se oyó el lamento de alguien que lloraba a las puertas mismas del palacio y Tai-Chung sintió un remordimiento aún mayor. En sueños vio al Rey Dragón del río Ching con la cabeza chorreando sangre en las manos y gritando lastimosamente: - ¡Devuélveme la vida, Tang Tai-Chung! ¡Devuélvemela! Ayer me diste tu palabra de que ibas a salvarme. ¿Por qué ordenaste al juez que me ejecutara? Voy a llevarte conmigo al Reino Inferior, donde expondré mi caso y tú sufrirás el castigo que mereces. Agarró a Tai-Chung con tanta fuerza que éste no podía moverse, aunque lo intentó, desesperado, una y otra vez. Todo su cuerpo estaba cubierto de sudor por el esfuerzo. Cuando parecía estar todo perdido, apareció por el sur un enjambre de nubes olorosas, en las que viajaba una sacerdotisa taoísta. Con inesperada rapidez se llegó hasta ellos y empezó a agitar una delicada ramita de sauce. Al verla, el dragón sin cabeza huyó a toda prisa por el noroeste, sin dejar de llorar ni de lamentarse a voz en grito. La sacerdotisa no era otra que la Bodhisattva Kwang-Ing, que había acudido a las Tierras del Este en cumplimiento de la orden de Buda de encontrar a una persona dispuesta a ir por las escrituras. Acababa de acomodarse en el templo del espíritu protector de la ciudad de Chang-An, cuando oyó gritar a los demonios y llorar a los espíritus. Comprendiendo que el emperador estaba en peligro, acudió a toda prisa en su ayuda, logrando ahuyentar al dragón maldito. Pese a todo, el antiguo señor del río Ching se dirigió a la Corte del Reino Inferior a presentar su queja. Tai-Chung se despertó tan excitado que sólo podía gritar: - ¡Fantasmas! ¡Espíritus! Sus gritos aterrorizaron de tal manera a las reinas de los tres palacios, a las concubinas de las seis cámaras y a los eunucos que las servían, que no volvieron a pegar ojo en toda la noche. No tardó mucho, afortunadamente, en sonar la quinta vigilia y todos los funcionarios de la corte, tanto civiles como militares, se reunieron en la sala de audiencias. Esperaron, impacientes, hasta el amanecer, pero el emperador no apareció. Eso hizo que todos se sintieran presos de una desazón y de un temor francamente indescriptibles. Por fin, cuando el sol estaba a punto de alcanzar su cenit, llegó la notificación imperial, en la que se decía: Los ministros están excusados hoy de atender sus obligaciones de estado. Lamento haberles tenido tanto tiempo esperando, pero la verdad es que no me encuentro muy bien. Así transcurrieron cinco o seis días. La inquietud de los funcionarios había llegado a tal punto que decidieron acudir a la corte, sin ser llamados, a indagar por sí mismos sobre lo que estaba ocurriendo. Cuando se disponían a entrar, apareció la Reina Madre y ordenó que fueran en busca del médico imperial. Todos se quedaron a la puerta en espera de nuevas noticias. Al poco rato salió el doctor y se lanzaron hacia él, inquiriendo sobre el estado de tan augusto enfermo. - El pulso de su majestad - respondió el médico, visiblemente preocupado - es extremadamente irregular. Tan pronto aparece débil como se lanza a un ritmo francamente alocado. Lo más alarmante, sin embargo, es que musita no sé qué sobre fantasmas y no queda absolutamente nada de aliento en sus vísceras. Mi diagnóstico es que dentro de siete días, a lo sumo, morirá. Los ministros palidecieron, al oír tan infaustas nuevas. Su alarma aumentó de grado, cuando tuvieron noticia de que Tai-Chung había mandado llamar a Sü Mou-Kung, Wu Kuo-Kung y Yü Chr-Kung. Los tres acudieron a toda prisa al palacio y el emperador les dijo en un tono casi inaudible, que denotaba su gran esfuerzo por hacerse entender: -Desde los dieciocho años he conducido mis ejércitos hasta el último rincón de la tierra. Muchas han sido, pues, las calamidades a las que me he visto sometido. Sin embargo, puedo aseguraros que jamás me he topado con algo tan extraño como ahora me está ocurriendo. Aunque no lo creáis, me he visto atacado por fantasmas y espíritus. - Cuando asentasteis las bases de vuestro imperio - contestó Yü Chr-Kung -, hubisteis de dar muerte a infinidad de gente. ¿No os parece ridículo temer ahora a los espíritus? - Sé que puede sonar descabellado - insistió Tai-Chung -, pero por la noche los fantasmas no dejan de aullar ni de tirarme ladrillos. Durante el día no se muestran tan agresivos. Pero os juro que, cuando oscurece, no puedo soportar sus locuras. - Tranquilizaos, majestad - le aconsejó Shu-Pao -. Esta noche haremos guardia junto a vuestra puerta Ching-De y yo y veremos de qué se trata todo esto. Tai-Chung aceptó, agradecido, la sugerencia y los otros ministros se retiraron, sin hacer el menor ruido. Aquella noche los dos funcionarios imperiales se pusieron las corazas y los yelmos y, agarrando las mazas y las hachas, se colocaron a ambos lados de la puerta del dormitorio imperial. Su apariencia no podía ser más marcial. Sus yelmos de oro brillaban como si estuvieran hechos de fuego, lo mismo que las corazas, que parecían haber sido confeccionadas con escamas de dragón. Sus petos, incrustados de perlas y piedras preciosas, se asemejaban a las nubes en las que viajan los dioses, realzando la belleza de los fajines de seda, que llevaban ceñidos a la cintura. Uno poseía unos ojos de fénix, que, al mirar hacia lo alto, hacían llenar de temor a las estrellas. Los del otro eran oscuros, pero su fulgor recordaba al rayo y su brillo traía a la mente la blancura de la luna. Ambos eran excelentes guerreros. No es extraño que con el tiempo terminaran convirtiéndose en guardianes de las puertas y protectores del hogar. Toda la noche la pasaron junto a la puerta de su señor, pero no vieron nada extraño. De esta forma, Tai-Chung pudo dormir tranquilamente desde la puesta a la salida del sol. Agradecido, les hizo entrar a sus aposentos privados y les dijo: - Desde que caí enfermo no había vuelto a dormir como la pasada noche. Estoy en deuda con vosotros. Ahora, si lo deseáis, podéis retiraros a descansar. Así os encontraréis en disposición de hacer guardia a mi puerta, en cuanto anochezca. Los dos generales obedecieron los deseos de su señor y durante dos o tres noches no se apartaron del dormitorio imperial. De esta forma, la paz se abatió sobre el palacio. Pero el apetito de Tai-Chung disminuyó alarmantemente y su enfermedad se agravó aún más. Consideró, por tanto, que el sacrificio de sus súbditos era innecesario y, llamándoles de nuevo a su presencia, junto con los ministros Du y Fang, les dijo: - Aunque estos dos últimos días he descansado bien, me temo que no ha sido agradable para vosotros manteneros en vela toda la noche. Así que he decidido, para que también vosotros podáis dormir, que un artista pinte vuestro retrato y lo coloque en las jambas de mi puerta. Espero que no tengáis ninguna objeción que hacer. Los ministros cumplieron inmediatamente su voluntad y llamaron a los dos mejores pintores del imperio, para que retrataran a los dos generales con sus atavíos de guerra. En cuanto las pinturas estuvieron dispuestas, las colocaron en los batientes de las puertas y durante las dos o tres noches siguientes no se produjo el menor incidente. A la cuarta, sin embargo, volvió a oírse en la parte de atrás del palacio un persistente ruido de tejas y ladrillos rotos, que terminaron minando la quebradiza salud del emperador. En cuanto hubo amanecido, llamó, una vez más, a sus ministros y les dijo: - Para alivio de todos, durante los últimos días no se ha producido el menor incidente en la parte delantera del palacio. Pero anoche volvieron a escucharse en la de atrás unos ruidos tan espantosos que por poco no acabo perdiendo el juicio. - Eso es porque Ching-De y Shu-Pao estaban haciendo guardia en la puerta principal - se aventuró a decir Mou - Kung, adelantándose -. Si queréis que cesen totalmente los ruidos, deberéis colocar a Wei-Cheng en la puerta de atrás. Tai-Chung aceptó la sugerencia y ordenó a Wei-Cheng que no se moviera aquella noche de la puerta trasera. Fiel al mandato imperial Wei vistió sus ropas de guerrero y montó guardia en el lugar indicado, sosteniendo en sus manos la espada con la que había dado muerte al dragón. Difícilmente podía encontrarse otra figura más heroica que la suya. Un turbante de satén verde cubría su frente; su túnica, plagada de bordados, aparecía sujeta a la cintura por un llamativo cinturón de jade, y sus mangas, hechas de un tejido tan fino que parecía confeccionado con piel de garza, flotaban al viento como ingrávidos copos de nieve. Su aspecto era tan aguerrido que superaba en prestancia a los mismísimos Lü y Shu. Sus pies iban embutidos en unas botas negras de piel muy suave y flexible, en sus manos portaba una espada tan afilada que no se sabía dónde terminaba su filo, y sus ojos, brillantes como la llama, escudriñaban una y otra vez la oscuridad. ¿Cómo iban a atreverse los demonios a acercarse a él? La noche, de hecho, fue pasando y no hizo acto de presencia el menor fantasma. Aun así, la situación del emperador se fue haciendo cada vez más crítica. Su enfermedad empeoró tanto que la reina llamó a todos los ministros y ultimó con ellos los detalles del funeral. El mismo Tai-Chung hizo acudir a su cabecera a Sü Mou-Kung y le confió todos los asuntos de estado y la futura educación del príncipe heredero, como había hecho Liou-Pei con Chu Ke-Liang. Una vez cumplido ese trámite, se bañó y se cambió de ropa, esperando resignado la llegada de su hora. Wei-Cheng se adelantó entonces y, tirándole del manto, le dijo: - No os apenéis, majestad. Tengo conmigo algo que os garantizará una vida larga. - Mi enfermedad - replicó Tai-Chung, totalmente entregado - ha alcanzado un punto crítico, del que jamás podré recuperarme. Mi vida está acabándose por momentos. ¿Cómo puedes aconsejarme que no me rinda al desaliento? - Tengo aquí una carta - contestó Wei-Cheng - que quiero que entreguéis a Tswei-Chüe, uno de los jueces del Reino Inferior, en cuanto lleguéis a los infiernos. - ¿Quién es ese Tswei-Chüe? - preguntó Tai-Chung, cada vez más débil. Fue uno de los principales colaboradores de vuestro difunto padre - respondió Wei-Cheng -. Empezó su carrera como magistrado de Tsu-Chou, siendo después ascendido a vicepresidente del Consejo de Ritos. Cuando vivía, me cupo el alto honor de contarme entre sus amigos más íntimos. Sé que ahora desempeña el cargo de juez de la capital del Reino Inferior, siendo responsable del registro de los vivos y difuntos. Me lo ha dicho él personalmente, ya que nos vemos en sueños con cierta frecuencia. Entregadle esta carta y estoy seguro de que no echará en saco roto la amistad que nos une y os permitirá regresar al mundo de los vivos. Al oír esas palabras, Tai-Chung tomó, esperanzado, la carta y se la guardó entre las mangas. No había acabado de hacerlo, cuando cerró los ojos y expiró. Las reinas y concubinas de los tres palacios y las tres cámaras, el príncipe heredero y las dos filas de funcionarios, tanto militares como civiles, se vistieron de luto y empezaron a llorarle. El féretro imperial fue colocado en el Salón del Tigre Blanco. Sin embargo, no hablaremos ahora de las ceremonias que siguieron ni de cómo se desarrollaron las exequias. Quien quiera saber cómo se produjo la vuelta a la vida del Emperador Tang Tai-Chung debe escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo. 第011回 TRAS RECORRER EL MUNDO INFERIOR, TAI-CHUNG VUELVE A LA VIDA. UNA VEZ HECHA LA OFRENDA DE MELONES Y OTROS FRUTOS, LIOU-CHÜAN CONTRAE NUEVAS NUPCIAS Cien años transcurren como las aguas de un arroyo. Todo lo que queda de una vida de esfuerzos es espuma y humo. El rostro poseía ayer la viveza de los melocotones y hoy las sienes aparecen cubiertas de copos de nieve. La vida, como el continuo afanarse de las termitas, no es más que pura ilusión. Cuando el cuco empieza a cantar, se acerca la hora del regreso. A pesar de todo, la práctica del bien ayuda a prolongar la vida de una forma que nos es desconocida. Sólo sabemos que quien se entrega a la virtud encontrará la ayuda del Cielo. En un abrir y cerrar de ojos el espíritu de Tai-Chung abandonó la Torre de los Cinco Fénix. Todo estaba borroso y oscuro. Por un momento tuvo la sensación de encontrarse rodeado de guardias imperiales, que le invitaban con insistencia a tomar parte en una partida de caza. Tai-Chung aceptó, complacido, y les siguió al galope. Cabalgaron juntos durante cierto tiempo y, de pronto, desaparecieron tanto los hombres como los caballos, dejándole solo. Desorientado, vagó por campos abandonados y llanuras desoladas. Trató de buscar inútilmente el camino de vuelta y entonces oyó que alguien le gritaba desde atrás: - ¡Aquí, Emperador de los Tang! ¡Por aquí! Tai-Chung volvió la cabeza y vio a un hombre con un gorro de seda blanca en la cabeza, del que colgaban unas tiras extrañas de seda negra, y a la cintura un cuerno de rinoceronte sujeto con atractivas hebillas de oro. Vestía una túnica, igualmente de seda, que expedía una luz santa, lo mismo que la tablilla de marfil que llevaba en las manos. Calzaba, además, un par de botas de suelas blancas, muy apropiadas para andar por las nubes y encaramarse en lo alto de la neblina. Junto al corazón portaba el libro de la muerte y la vida, donde está fijado el destino de cada uno. Su pelo, abundante y suelto, parecía formar un halo alrededor de la cabeza, mientras su barba flotaba con libertad al viento, marcando la línea del mentón. Aquel hombre había sido primer ministro de los Tang y ahora colaboraba estrechamente con el Rey del Hades. Tai-Chung se dirigió hacia él, y la aparición echándose rostro en tierra, dijo: - Perdonadme, majestad, por haber tardado tanto en daros la bienvenida. - ¿Se puede saber quién eres y por qué has tenido que salir a recibirme? - preguntó Tai-Chung. - Hace aproximadamente medio mes - contestó el hombre - el espíritu del dragón del río Ching presentó contra vos una querella en el Salón de las Sombras, por haber permitido su ejecución, después de haber acordado que ibais a salvarle la vida. En consecuencia, el rey Chin-Kwang envió un destacamento de demonios con la orden de arrestaros y conduciros al Tribunal de los Tres Jueces. En cuanto me enteré, vine corriendo a recibiros. Os reitero mis excusas por llegar tan tarde, pero la verdad es que no os esperaba hoy. - ¿Cómo te llamas y cuál es tu rango? - volvió a preguntar Tai-Chung. - En vida - respondió el hombre - serví al emperador que os precedió como magistrado de Tsu - Chou, antes de ser nombrado vicepresidente del Consejo de Ritos. Mi nombre completo es Tswei-Chüe y desempeño el cargo de juez en la Ciudad de la Muerte. Al oír eso, Tai-Chung se puso muy contento. Corrió hacia él con las manos extendidas y, ayudándole a levantarse del suelo, dijo: - Lamento que hayas tenido que molestarte por culpa mía. Por cierto, Wei-Cheng, que actualmente es uno de mis principales colaboradores, me ha entregado una carta para ti, que ahora mismo me complazco en entregarte. El juez le dio las gracias y le preguntó que dónde la tenía guardada. Tai-Chung la sacó de entre las mangas y se la entregó sin mayor dilación. Tswei-Chüe se inclinó, agradecido, y leyó con vivo interés: - Vuestro indigno hermano Wei-Cheng os envía la presente con la frente baja por el respeto que se debe a un juez tan alto como vos, el Honorable Tswei-Chüe y amantísimo hermano nuestro. Cada vez que recuerdo nuestro pacto de hermandad, me vienen a la mente vuestro semblante y vuestra voz, que, por otra parte, siempre tengo presente en mi corazón. De todas formas, muchos son los años que han pasado desde la última vez que escuché vuestra equilibrada forma de hablar. Lo único que he podido hacer en todo este tiempo ha sido preparar unas cuantas frutas y verduras y ofrecéroslas como sacrificios en las múltiples festividades que jalonan nuestro calendario, aunque, si he de seros sincero, dudo mucho que hayan llegado hasta vos. Os estoy, no obstante, profundamente agradecido, ya que bastantes pruebas me habéis dado en sueños de no haberme olvidado. Si no me llegáis a haber tenido presente en vuestro corazón, ¿cómo me iba a haber enterado de la alegría de vuestro ascenso? Desgraciadamente entre los mundos de la luz y de las tinieblas media una distancia tan grande que nos es imposible trasponerla para poder vernos cara a cara, cosa que lamento de todo corazón. El motivo por el que ahora he decidido escribiros ha sido la repentina muerte de nuestro muy digno emperador, el nunca suficientemente encomiado Tai-Chung, a quien me cabe el honor de servir. Doy por supuesto que su caso será revisado por el Tribunal de los Tres Jueces, por lo que no le será difícil encontrarse con vos. A nuestra pasada amistad me remito para suplicaros encarecidamente que hagáis cuanto esté en vuestra mano para conseguir que su majestad vuelva de nuevo a la vida. Si así lo hacéis, aumentará mi cariño por vos y os estaré eternamente agradecido. En cuanto hubo leído la carta, el juez exclamó, entusiasmado: - No sabéis cuánto admiro al juez Wei-Cheng por haber ejecutado tan limpiamente el otro día al viejo dragón. No necesito deciros que le estoy muy agradecido por cuanto hizo por mis hijos después de mi muerte. Puesto que me ha escrito esta carta intercediendo en vuestro favor, tened por seguro que regresaréis a la vida y una vez más volveréis a ocupar el trono de jade. Tai-Chung se lo agradeció con la cortesía que en él era de esperarse. Mientras hablaban, vieron acercarse a dos jóvenes vestidos de azul portando estandartes y banderas. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para ser oídos, levantaron la voz, diciendo: - Traemos una invitación para vos de parte del Rey de este Mundo Inferior. Tai-Chung y el juez Tswei se volvieron hacia los dos jóvenes y entonces aquél se percató de la cercanía de una inmensa ciudad. En una de sus puertas figuraba una inscripción, visible desde muy lejos y escrita en letras de oro, que decía: "La Región de las Sombras. Puerta de los Espíritus". Sin dejar de agitar los estandartes, los de las túnicas azules condujeron a Tai-Chung al interior de la ciudad. Mientras avanzaban por ella, vieron acercarse al anterior emperador, Li-Yüan, a su hermano mayor, Chien-Chang, y a otro de sus hermanos muertos, Yüan-Chr Sin dejar de gritar "¡Aquí llega Shr-Min! ¡Aquí llega Shr-Min!", se llegaron hasta él y empezaron a pegarle, exigiendo venganza. Tai-Chung estaba tan desconcertado que no pudo hacer nada por escapar Afortunadamente el juez Tswei llamó a un demonio con la cara azul y los dientes retorcidos y alejó a los atacantes de mala manera. De esta forma, pudieron continuar el viaje. No habían andado más de dos o tres millas, cuando llegaron a un edificio muy alto con las tejas verdes. Su apariencia era magnífica, en verdad. Una neblina de mil colores cubría su parte más alta, penetrando en cada uno de sus huecos y dotándolo de una atractiva coloración rojiza. De los aleros, brillantes como el mismo sol, salían cabezas de animales salvajes. Las puertas, con grandes bloques de jade blanco por dintel, aparecían adornadas con múltiples hileras de clavos de oro. De las ventanas salía una especie de humo brillante y las cortinas que cubrían sus vanos poseían un fulgor que las asemejaba a rayos de una tormenta sobrecogedora. Las torres eran tan altas que se adentraban, prácticamente invisibles sus remates, en el azul del cielo. Eso no era obstáculo para apreciar que una laberíntica red de pasillos enlazaba los diferentes salones. De enormes pebeteros de bronce de tres patas, profusamente decorados, salían fragantes nubes de incienso, que ascendían, en caprichosas volutas, hacia lo alto. Todos sus zaguanes estaban iluminados con llamativas lámparas de seda roja. A la izquierda hacían guardia fieros guerreros con cabeza de toro, mientras que de la defensa de la parte derecha se encargaban horripilantes guardianes con cara de caballo. Para guiar a los espíritus por semejantes laberintos, habían sido colgados de la pared incontables letreros de oro. En el más grande, colocado en un lugar prominente, podía leerse: "Puerta Central del Infierno. El Salón de la Oscuridad del Príncipe del Hades". Mientras Tai-Chung observaba con detenimiento lugar tan peculiar, del interior llegó el tintineo de los cinturones de jade, seguido del aroma misterioso del incienso divino, y empezaron a bajar las escaleras, precedidos por dos pares de antorchas, los Diez Reyes del Mundo Inferior. Sus nombres eran: el Rey Chin-Kuang, el Rey del Río de los Orígenes, el Rey del Imperio de Sung, el Rey de los Espíritus Vengadores, el Rey Yama, el Rey de los Rasgos Idénticos, el Rey del Monte Tai, el Rey de los Mercados de la Ciudad, el Rey del Cambio Total, y el Rey de la Rueda-que-no-cesa-de-girar. Una vez que hubieron abandonado el Salón del Tesoro del Palacio de la Oscuridad, se inclinaron ante Tai-Chung, dándole, de esta forma, la bienvenida. Le invitaron a continuación a ocupar el puesto de honor, cosa a la que él se negó con encomiable modestia. Pero ellos insistieron una y otra vez, diciendo: - Vos, majestad, sois emperador de hombres en el Mundo de la Luz, mientras que nosotros no somos más que meros reyes de espíritus en el de las Tinieblas. No hay razón alguna para que nos mostréis tanta deferencia. - Me temo - replicó Tai-Chung - que con mi conducta os he ofendido a todos. No me es lícito escudarme en la etiqueta, sacando a relucir las diferencias existentes entre los hombres y los espíritus, y el Mundo de la Luz y el de las Tinieblas. Una vez que sus protestas fueron atendidas, Tai-Chung se decidió, por fin, a entrar en el Salón de la Oscuridad. Los Diez Reyes tomaron asiento, según su rango, invitando a su ilustre huésped a hacer otro tanto. El Rey Chin-Kuang dobló entonces las manos a la altura del pecho y, acercándose a él, dijo: - El dragón del río Ching os acusa, majestad, de no haberle salvado la vida, cuando prometisteis así hacerlo. ¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa? - Es verdad que, como decís - contestó Tai-Chung -, le aseguré que nada le ocurriría, cuando acudió a mí en sueños en busca de ayuda. De todos es conocido que fue hallado culpable de los crímenes que se le imputaban, encargándose al juez Wei-Cheng de llevar a cabo la ejecución. Con el fin de evitar que ésta tuviera lugar, invité al juez a echar una partida de ajedrez, sin contar con que Wei-Cheng podía cumplir en sueños sus obligaciones. Fue una estratagema realmente ingeniosa y, así, aunque hice todo cuanto pude, me fue imposible evitar que el dragón fuera ajusticiado. Confieso que yo fui el primer sorprendido. - Incluso antes de que el dragón naciera - dijeron los Diez Reyes, inclinándose -, quedó escrito en el Libro de la Muerte, que guarda celosamente la Estrella del Polo Sur, que había de ser ajusticiado por un juez mortal. Lo hemos sabido desde siempre, pero el dragón presentó sus cargos contra vos e insistió para que fuerais traído ante el Tribunal de los Tres Jueces e hicierais las alegaciones que considerarais oportunas. En realidad, su caso ha sido revisado y se encuentra ya de camino hacia su nueva reencarnación. Lamentamos haber tenido que obligaros a realizar este viaje y os pedimos nuestras más sinceras disculpas. En cuanto hubieron terminado de hablar, ordenaron al juez encargado de los Libros de la Vida y la Muerte que trajera el expediente del emperador, con el fin de ver el tiempo que aún le quedaba de estancia entre los vivos. El juez Tswei se retiró a toda prisa a sus dependencias y examinó, una a una, la duración de todos los reinados de los reyes del mundo, que figuraban en sus libros. Sobresaltado, descubrió que la del Gran Emperador Tang Tai-Chung del Continente Austral de Jambudvipa estaba a punto de terminar, ya que debía morir el año decimotercero del período Chen-Kwan. Rápidamente cogió el pincel y añadió dos trazos más. Al ver los Diez Reyes que debajo del nombre de Tai-Chung figuraba el número treinta y tres, le preguntaron con manifiesta intranquilidad: - ¿Cuánto tiempo hace que ocupáis el trono? - Trece años - respondió Tai-Chung. - En ese caso - concluyó el Rey Yama -, no tenéis por qué preocuparos. Aún os quedan veinte años de vida. Una vez que vuestro caso ha sido revisado, no nos queda más que enviaros de vuelta al Reino de la Luz. En cuanto Tai-Chung lo oyó, se inclinó en señal de gratitud, mientras los Diez Reyes ordenaban al juez Tswei y al Mariscal Chou que le condujeran otra vez al mundo de los vivos. Antes de abandonar el Salón de la Oscuridad, Tai-Chung se volvió hacia los Diez Reyes y les preguntó: - ¿Qué les va a pasar a los que habitan en mi palacio? - Nada - respondieron los Diez Reyes -. Todos alcanzarán una edad muy avanzada, menos tu hermana pequeña, que, según parece, no vivirá mucho. - Poco hay que pueda hacer para expresaros mi gratitud, una vez que haya llegado al Mundo de la Luz - dijo Tai-Chung, inclinándose de nuevo -. Si os apetece, puedo ofreceros unos cuantos melones y otras clases de fruta. - No sabéis cuánto os lo agradeceríamos - respondieron, encántalos Diez Reyes -. Aquí tenemos melones del este y del oeste, pero nos faltan de los del sur. - Nos preocupéis - les tranquilizó Tai-Chung -. En cuanto haya regresado, os enviaré los que pueda - e, inclinándose una vez más ante ellos con las manos dobladas a la altura del pecho, inició el camino de vuelta. El mariscal iba delante con una bandera de guiar espíritus, mientras que el juez Tswei cerraba el cortejo, para poder proteger mejor a Tai-Chung. Cuando estaban a punto de abandonar la Región de las Sombras, éste se percató de que seguían otro camino distinto del empleado a la venida y preguntó, alarmado, al juez: - ¿Qué pasa? ¿Es que nos hemos perdido? - Por supuesto que no - respondió el juez, sacudiendo la cabeza -. El Mundo de las Tinieblas está organizado así. Siguiendo la ruta que os trajo hasta aquí, os resultaría prácticamente imposible el regreso. Estamos tratando de apartaros de la zona de la Rueda de la Transmigración, para evitar que caigáis en la trampa de una nueva reencarnación. De ahí que estemos dando tantas vueltas. Ante tales palabras, a Tai-Chung no le quedó más remedio que seguir la ruta que le trazaban. Pero volvió a sentirse preso de la duda, cuando a los pocos kilómetros se toparon con una montaña altísima, cubierta de nubes oscuras y de una neblina amenazadoramente negra. Tai-Chung se volvió hacia el juez Tswei y le preguntó, visiblemente preocupado: - ¿Qué monte es ése? - Es la Montaña de la Sombra Perpetua de la Región de la Oscuridad - contestó el juez. - ¿Crees que podremos trasponerla sin ningún contratiempo? - insistió Tai-Chung, atemorizado. - No debéis preocuparos - respondió el juez, tratando de tranquilizarle -. Estamos aquí precisamente para guiaros. Temblando de miedo, Tai-Chung comenzó a ascender por sus laderas, siguiendo de cerca a los otros. Fatigado, levantó la cabeza y vio que era extremadamente escarpada y muy difícil de escalar. La rugosidad de las rocas que formaban su falda superaba con mucho a la de los Picos de Shu, pudiendo apreciarse que su altura aventajaba a la de las cumbres de Lu. No existía montaña como ella en el Mundo de la Luz, pues resultaba aterradora incluso para un lugar tan tenebroso como la Región de la Oscuridad. Por doquier se veían matorrales de espinas, bajo los que buscaban abrigo los demonios, y terrazas escalonadas de rocas retorcidas, en las que había fijado su residencia toda clase de monstruos. No se oía el menor sonido, como si estuviera totalmente deshabitada o no anidaran en ella las aves ni las bestias cuidaran allí de sus camadas. Sólo se sentía la presencia de un viento frío y de aquella persistente neblina de color negro. No cabía duda alguna de que eran emanaciones de seres diabólicos, que respiraban agazapados en cualquier parte. No existía la menor belleza en sus tétricos paisajes. Adondequiera que se dirigiera la vista, sólo se veía desolación y abandono. A su lado no había ninguna otra montaña, ni picos, ni cumbres, ni cuevas, ni arroyuelos, ni hierba, ni alturas que se perdieran en el cielo, ni atrevidos viajeros empeñados en escalar sus cimas, ni fuentes de agua que pronto se convertirían en torrentes. En los roquedales se amontonaban los espectros, como náufragos desesperados de un naufragio, al igual que los fantasmas en las inaccesibles cuevas. En lo que habían sido los lechos de los ríos, ahora secos, buscaban refugio las almas perdidas. A media altura se oía por doquier el salvaje griterío de seres con cabeza de toro y cara de caballo. Medio escondidos, gemían desconsoladamente los espíritus hambrientos y las almas que pasaban necesidad. El juez pasaba entre ellos, repartiendo órdenes a derecha e izquierda, mientras el mariscal les gritaba, autoritario. Si no llega a ser por su ayuda protectora, Tai-Chung jamás habría cruzado la Montaña de la Sombra Perpetua. Una vez que la hubieron dejado atrás, llegaron a un lugar, donde había infinidad de habitaciones y salas. Los gritos de tristeza se hacían insoportables y sumían el corazón en un auténtico mar de terror. - ¿Cómo se llama este lugar? - preguntó, temblando, una vez más Tai-Chung. - Éste - respondió el juez en seguida - es el Infierno de los Dieciocho Pliegues, que se halla exactamente detrás de la Montaña de la Sombra Perpetua. - ¿Y eso qué quiere decir? - insistió Tai-Chung. - Está bien - asintió el juez -. Si te empeñas, te lo voy a explicar. Éste es el infierno del tormento, de la culpa insoportable y del fuego que no se extingue. Todo el dolor y la desolación que en él reinan es producto de los miles de pecados que cometieron en vida los que ahora se encuentran inmersos en sus mazmorras. Todos ellos comenzaron su sufrimiento nada más morir. En el infierno de las lenguas arrancadas y de la piel desollada pagan su culpa, entre lamentos, sollozos y gritos, los traidores, los rebeldes, los que murmuran contra el cielo y los que hablan como Buda y poseen un corazón de serpiente. En el infierno de la trituración y la molienda sufren condena de descuartizamiento y dislocación de dientes y huesos los que, para obtener beneficios, engañan, mienten, lisonjean y halagan. En el infierno del hielo y la mutilación reciben castigo - la cara mugrienta, el cabello alborotado, el ceño fruncido y un aspecto repugnante - los que esquilman en el peso a los no precavidos y, así, atraen la ruina sobre sus cabezas. En el infierno del aceite hirviendo y la oscuridad total purgan sus culpas, sometidos a espantosas convulsiones, los que en vida oprimieron violentamente a la gente de bien. En el Infierno Avici, en el del estanque de sangre y en el de balanzas y pesos, son sometidos a atroces tormentos - la piel desgarrada, los huesos al aire, los miembros cortados y los tendones seccionados - los que, movidos por la avaricia, cometieron asesinatos o quitaron la vida a animales u hombres. Tan horrendos fueron sus delitos que en miles de años no podrán lavar sus culpas. Todos están atados fuertemente con cadenas y, en cuanto hacen el menor movimiento, se echan sobre ellos los demonios del pelo rojo, los que tienen cabeza de toro y los que poseen cara de caballo y les traspasan el cuerpo con lanzas larguísimas, espadas tan afiladas que no se sabe dónde termina su hoja, picas de acero y hachas de bronce. Se ceban en ellos, hasta que los rostros se les contorsionan de dolor y la sangre fluye en abundancia. Ellos gritan a la tierra y al cielo, pidiendo clemencia, pero no obtienen la menor respuesta. Se ve así que el hombre jamás debería traicionar su propia conciencia, ya que los dioses lo ven y lo conocen todo. Tarde o temprano, el vicio y la virtud terminan recibiendo el pago que merecen. Se trata, simplemente, de una mera cuestión de tiempo. Al oír esas explicaciones, Tai-Chung se sintió profundamente afectado. Continuaron caminando y al poco rato se toparon con un destacamento de soldados-demonio, que portaban estandartes y banderas y que, extrañamente, se habían arrodillado a lo largo del camino. Sin atreverse a levantar la vista del suelo, dijeron, respetuosos: La guardia del puente se siente muy orgullosa de daros la bienvenida. El juez les ordenó que condujeran a Tai-Chung al otro lado del Puente de Oro. El emperador movió un poco la cabeza y vio que poco más allá, había otro de plata, por el que transitaban unos cuanto viajeros de aspecto justo y honesto. También ellos se dejaban guiar por una cohorte de banderas y estandartes. En el lado opuesto se veía otro puente, bajo el que bullían remolinos y olas de sangre. Un viento gélido lo sacudía de continuo, mientras se escuchaban alaridos y gemidos que ponían los pelos de punta. Tai-Chung se detuvo, impresionado, y preguntó: - ¿Cómo se llama ese puente? - Ése, majestad - contestó el juez -, es el Puente-sin-retorno. Grabáoslo bien en la memoria, pues es preciso que habléis de él a vuestros súbditos, cuando hayáis llegado al Mundo de la Luz. Bajo sus arcos fluye una inmensa cantidad de agua, que nadie puede vadear, porque, a lo encrespado de sus olas, hay que añadir ese aire frío que cala hasta los huesos. Eso sin contar el insoportable hedor que surge de su lecho. Quizás por ello, no hay embarcación que se aventure a transportar hombres de una orilla a otra. Sólo se aventuran a acercarse a él espíritus condenados de pies descalzos y pelo enmarañado. Aunque mide varios kilómetros de largo, su anchura no es superior a tres palmos, elevándose a una altura que sobrepasa los trescientos metros. Se calcula que la profundidad de las aguas que fluyen bajo su destartalada estructura alcanza más de mil brazas. Pese a ello, carece de barandilla y lo más peligroso es que muy cerca de su plataforma hay una legión de demonios encadenados, que tratan de devorar a cuanto hombre se atreve a transitar por ella. Fíjate, además, en esos guardias de aspecto feroz que hay junto al puente y en esos espíritus condenados que luchan inútilmente contra las aguas. No hay nada que pueda mover más a compasión. Se nota que han sido despeñados desde muy alto, porque el precipicio que conduce al cauce del río está cubierto de ropas de todos los colores. ¡Qué suerte más amarga la suya! Están condenados por toda la eternidad a mantenerse en ese estado, luchando, al mismo tiempo, para evitar ser devorados por perros de hierro y serpientes de latón, que se alimentan exclusivamente de ellos. Con razón dice el poema que aquí se confunden los alaridos de los fantasmas y de los demonios, entremezclados con el fragor de olas de sangre de más de trescientos metros. En el Puente-sin-retorno montan guardia incontables legiones de aguerridos caras-de-caballo y cabezas-de-toro. En cuanto el juez hubo terminado de hablar, los guardianes del puente volvieron a sus puestos. Tai-Chung no hizo el menor comentario. Se limitó a mirar, horrorizado, y a sacudir la cabeza en silencio. Estaba tan aterrado que siguió al juez y al mariscal a lo largo del puente-sin-retorno y el Reino del Estanque de Sangre como un auténtico autómata. Afortunadamente no tardaron en llegar a la Ciudad de la Muerte, donde poco a poco se fue elevando un clamor de voces, que decían: ¡Li Shr-Min se acerca! ¡Viene Li Shr-Min! Al oír semejante griterío, Tai-Chung sintió que le abandonaban las fuerzas y no se veía con ánimos para seguir adelante. De pronto se interpuso en su camino un enjambre de espíritus, algunos sin cabeza, otros con los miembros arrancados y las espaldas destrozadas, que gritaban, amenazadores: - ¡Devuélvenos la vida! ¡Devuélvenosla! Preso del pánico, Tai-Chung trató de echarse a correr y de esconderse en el primer sitio que encontrara, pero se acordó del juez y, volviéndose hacia él, le suplicó, desesperado: - ¡Sálvame, juez Tswei! ¡Sálvame! - Éstos, majestad - le explicó el juez -, son los espíritus de príncipes, ladrones y bandidos de los más diferentes lugares, que murieron de una forma violenta y ahora no tienen quien se ocupe de ellos. Dado que carecen totalmente de posesiones o dinero están condenados a pasar hambre y frío por toda la eternidad. Si su majestad quisiera hacerles un pequeño donativo, se verían libres de sus angustias y se convertirían en aliados vuestros. - ¿De dónde voy a sacar yo ahora dinero, si he venido totalmente con las manos vacías? - protestó Tai-Chung. - Eso es fácil de solucionar - contestó el juez -. En el Mundo de los Vivos habita un hombre que tiene depositada en este Reino de la Oscuridad una gran cantidad de oro y plata. Si queréis, podéis solicitarle un préstamo, del que yo actuaré como garante y que vos distribuiréis, generoso, entre estos fantasmas hambrientos. De esta forma, aparte de otras ventajas futuras, os dejarán seguir adelante sin ningún contratiempo. - ¿Quién es ese hombre del que habláis? - preguntó Tai-Chung. - Es oriundo del distrito de Kai-Feng, en la provincia de Honan, y responde al nombre de Siang-Liang - respondió el juez -. Calculo que aquí abajo tiene alrededor de trece almacenes llenos de oro y plata. Una vez que os halléis en el Mundo de la Luz, no os será difícil devolverle lo que ahora toméis prestado. Tai-Chung aceptó, complacido, esa sugerencia y, sin pérdida de tiempo, firmó un recibo que entregó al juez. En él se aceptaba como préstamo todo el oro y la plata que había en uno de los almacenes y que el gran mariscal distribuyó en seguida entre todos los espíritus. Mientras lo hacía, el juez levantó la voz y les dijo: - Repartíos como mejor podáis estas monedas de plata y oro y usadlas de la forma que consideréis más oportuna. A cambio sólo os pido que dejéis seguir adelante al Gran Padre de los Tang, al que aún le quedan muchos años de vida. Precisamente le estoy acompañando al Reino de la Luz por orden expresa de los Diez Reyes. De toda formas, os garantizo que, en cuanto llegue al mundo de los vivos, celebrará por vosotros una ceremonia fúnebre y, así, podréis alcanzar más pronto vuestro descanso. Así que, por lo que más queráis, no nos causéis más problemas. Una vez recibidos el oro y la plata, los espíritus se hicieron a un lado y les dejaron continuar su camino. Satisfecho, el juez se volvió hacia el mariscal y le mandó ondear la bandera usada para guiar a las almas. De esta forma, pudo por fin Tai-Chung abandonar la Ciudad de la Muerte. El sendero que siguieron era ancho y de un firme muy apropiado para caminar, permitiéndoles avanzar con más rapidez de la que hasta entonces habían logrado. Tras viajar durante mucho tiempo, llegaron al cruce de los Seis Senderos de la Transmigración. Levantando la vista, vieron una cantidad incontable de gente montada en nubes sagradas. Muchos vestían trajes y capas profusamente bordados y algunos llevaban colgando de la cintura peces de oro y otros amuletos taoístas. Entre ellos había monjas, monjes, personas normales y toda clase de animales, aves, espíritus y fantasmas. Como si de un arroyo se tratara, pasaban por debajo de la Rueda de la Transmigración y cada cual iba a parar al sendero que le había sido designado de antemano. - ¿Qué significa todo esto? - preguntó el Emperador de los Tang, sorprendido. - Debéis tomar buena cuenta de todo esto y hacerlo público después en el Reino de los Vivos - contestó el juez -. Ahora que vuestra mente ha recibido la iluminación, estáis en una posición envidiable para comprender que la naturaleza de Buda es inmanente a todo cuanto existe. El lugar en el que nos encontramos se llama el cruce de los Seis Caminos de la Transmigración. Mediante ella, los que obran el bien son promovidos a la categoría de inmortales, los que conservan hasta el final su espíritu patriótico obtienen como recompensa la nobleza, los que ponen en práctica los principios de la piedad filial vuelven a la vida como seres privilegiados, los que son justos y honrados se reencarnan de nuevo como seres humanos, los que se complacen en la práctica de la virtud consiguen riquezas incalculables, mientras que los que se rinden al vicio y se entregan a la violencia terminan convirtiéndose en auténticos demonios. - ¡Qué recompensas tan maravillosas encierra el bien obrar! - exclamó el Emperador de los Tang, suspirando y sacudiendo la cabeza -. La vida virtuosa jamás abre las puertas a la enfermedad. Es preciso, pues, mostrarse amable con todos, practicar la caridad y no rendirse a los malos pensamientos. Poco será cuanto se haga por erradicar la maldad. Quien afirme que no existe la retribución es un ciego loco. El juez le condujo entonces hasta la entrada del sendero que conducía a la nobleza y, tras postrarse de hinojos ante él, dijo: - Es por aquí por donde debéis continuar. A mí no me está permitido acompañaros un solo paso más, pero sí puede hacerlo el Gran Mariscal Chou. - Lamento que hayáis tenido que hacer un viaje tan largo por mi culpa - se disculpó el Emperador de los Tang, agradecido. - Cuando hayáis regresado al Mundo de la Luz - le recordó el juez -, no os olvidéis de celebrar la ceremonia por esas almas olvidadas que carecen de techo y hogar. Por lo que más queráis, no lo echéis en saco roto. Sabed que, si en la Región de la Oscuridad no se oye el más mínimo murmullo sobre lo erróneo de vuestra conducta, la porción del Mundo de la Luz que os ha tocado regir gozará de paz y prosperidad. Si en vuestra vida hay algo que no se ajusta a la virtud, debéis cambiarlo cuanto antes y enseñar a vuestros súbditos a obrar siempre con rectitud. De esta forma, podréis tener la seguridad de que vuestro imperio no se tambaleará jamás y vuestra fama se mantendrá viva durante generaciones y generaciones. El Emperador de los Tang se comprometió a seguir cada una de sus recomendaciones y se despidió, emocionado, del juez Tswei. El Gran Mariscal Chou le tomó entonces del brazo y le hizo entrar por la puerta que marcaba el inicio del sendero que le había sido asignado A los pocos metros se toparon con un caballo de tintes parduzcos, ensillado y con las riendas a punto. Sin pérdida de tiempo, el mariscal ayudó al emperador a montar y el caballo salió disparado como una flecha hacia delante, alcanzando al poco rato las orillas del río Wei. Dos carpas doradas estaban jugueteando entre las olas y el emperador, complacido de tan bucólico espectáculo, tiró de las riendas y se puso a observarlas. - Daos prisa, majestad, y volved a vuestra ciudad ahora que todavía disponéis de tiempo - le urgió el mariscal. Pero el emperador no le hizo el menor caso, negándose a seguir adelante. Desesperado, el mariscal le agarró de la pierna y gritó: - ¿A qué estáis esperando? ¡Moveos, de una vez! - y le dio un empujón, que le hizo perder los estribos, cayendo cuan largo era en el cauce del río Wei. De esta forma, abandonó la Región de las Sombras y regresó al Mundo de la Luz. Mientras tanto, Sü Mou-Kung, Chin Shu - Pao, Hu Ching - De, Duan Chr - Sien, Ma San - Pao, Cheng-Yao-Chin, Gao Shr-Lien, Li Shr-Chi, Fang Süan-Ling, Du Hu-Hwei, Siao Yü, Fu I, Chang Tao-Yüan, Chang Shr-Heng y Wang - Kwei, las mayores autoridades civiles y militares de la dinastía Tang, se habían reunido en el Palacio Oriental a llorar al emperador muerto, junto con el príncipe heredero, la reina, las damas de la corte y el maestro de ceremonias del Salón del Tigre Blanco. Discutieron, al mismo tiempo, sobre la conveniencia de hacer pública en todo el imperio la muerte del Hijo del Cielo y elevar cuanto antes al trono al príncipe heredero. Wei-Cheng tomó entonces la palabra y dijo: - Es preciso que no obremos con precipitación. Si cunde la alarma en las diferentes ciudades y distritos, es posible que nos encontremos con reacciones desagradables que no habíamos previsto. Sugiero, por tanto, que esperemos un día más. Estoy convencido, por otra parte, de que nuestro señor no puede tardar ya mucho en regresar a la vida. - ¿Se puede saber de qué estáis hablando, ministro Wei? - le preguntó, burlón, Sü Ching-Chung -. Como muy bien afirma el proverbio, "nadie puede recoger el agua derramada ni hacer volver a la vida a un hombre muerto". ¿Qué pretendéis conseguir, regalándonos los oídos con tonterías como las que acabamos de escuchar? - Respetable señor Sü - contestó Wei-Cheng -. Desde muy joven me he dedicado al estudio de las ciencias de la inmortalidad y puedo aseguraros que, según mis cálculos, la hora de su majestad aún no ha llegado. No había acabado de decirlo, cuando del interior del féretro salió una voz, que decía: - ¡Me estás ahogando! ¿Para esto te has tomado tantas molestias conmigo? Tan sobresaltados se sintieron los funcionarios y tan aterradas las damas, que sus rostros se tiñeron al punto de una extraña coloración amarillenta, que recordaba a la de las zarzamoras en el otoño. Sus cuerpos perdieron, al mismo tiempo, toda la energía y se quedaron tan flácidos e indefensos como los brotes nuevos del sauce al principio de la primavera. Al príncipe heredero le temblaban tanto las piernas que era incapaz de sostener en sus manos el cetro y seguir adelante con los ritos. Otro tanto le pasó al maestro de ceremonias, que perdió el sentido y cayó, desplomado, al suelo. Muchas de las damas perdieron igualmente el conocimiento, como si fueran hibiscos recién brotados sacudidos por un viento salvaje. Otras se dejaron caer contra las paredes, como margaritas aplastadas por una lluvia repentina. Los señores se quedaron petrificados, temblando de miedo y sin apenas fuerzas para seguir manteniéndose en pie. Todo el Salón del Tigre Blanco parecía un puente con las tablas rotas y el estrado sobre el que descansaba el catafalco, un templo recién arrasado. Raro fue el que no se echó a correr en dirección contraria a la que se encontraba el ataúd. Sólo el recto Sü Mou-Kung, el cerebral primer ministro Wei, el valiente Ching-Chung y el sanguíneo Ching-De lograron armarse de valor y, llegándose hasta el féretro, gritaron: - Si hay algo que os molesta, decídnoslo y trataremos de resolverlo de la mejor manera que podamos. Pero, por favor, dejad de aterrorizar a vuestros familiares, comportándoos como un fantasma. - ¿Quién ha dicho que se está comportando como un fantasma? - protestó Wei-Cheng -. ¡Lo que ocurre es que su majestad acaba de regresar al mundo de los vivos! ¡Rápido! ¡Traed algunas herramientas para abrir esto! Levantaron la parte de arriba del ataúd y vieron que Tai-Chung, en efecto, estaba gritando, preso de una profunda agitación: - ¡Me estás ahogando! ¿Es que no hay nadie que me ayude? - No temáis, majestad - dijeron Mou-Kung y los otros, levantándole con cuidado -. Es sólo un sueño. Además, aquí estamos nosotros para defenderos. El Emperador de los Tang abrió entonces los ojos y exclamó, totalmente abatido: - No podéis haceros ni idea de lo que he pasado. Por poco no me ahogo después de haber escapado por los pelos del ataque de unos demonios malévolos. - No tengáis miedo, majestad - le aconsejaron los ministros -, si eso os hace sentir mejor, podéis contarnos lo que os pasó en el agua. - Íbamos montados a caballo y, al llegar al río Wei, me detuve a contemplar dos carpas que estaban jugando en el agua - explicó Tai-Chung -. Aprovechando mi distracción, ese traidor de Chou me tiró del caballo de un empujón y fui a parar a la corriente, donde por poco no me ahogo. - Me temo, majestad - dijo entonces Wei-Cheng -, que aún no os habéis librado del todo de la influencia de los muertos - y ordenó traer una medicina para calmar y a la vez fortalecer su espíritu. Se le sirvió a continuación un preparado de arroz y, sólo cuando lo hubo tomado dos o tres veces, volvió a recobrar la consciencia y el pleno dominio de todos sus sentidos. El Emperador de los Tang permaneció tres días y tres noches en el Reino de la Muerte, antes de regresar otra vez al Mundo de los Vivos. Sobre tan extraordinario suceso existe un poema, que dice: ¡Cuánto ha cambiado el mundo desde la época antigua! Infinidad de reinos han surgido y después se han desplomado a lo largo de toda la historia, El paso del tiempo ha sido, incluso, testigo de las incontables maravillas de los Chou, los Han y los Tsin. Pero, por muy grandes que éstas hayan sido, no se pueden comparar con la vuelta a la vida del Emperador de los Tang. Al caer la tarde, cuando el emperador se retiró a descansar, los ministros se decidieron, por fin, a volver a sus casas. A la mañana siguiente se despojaron de sus ropas de luto y acudieron a la corte, en cuanto hubo amanecido, luciendo sus espléndidas túnicas rojas, sus llamativos sombreros negros, sus atractivos fajines color púrpura y sus innumerables adornos de jade y oro. Tai-Chung, por su parte, durmió toda la noche de un tirón, de tal manera que, cuando se hizo de día, se sintió totalmente recuperado. Como si nada hubiera ocurrido, se puso la corona, una lujosa túnica de color rojo oscuro, un artístico cinturón de jade verde procedente de la Montaña Azul y unas botas de cuero de una sola pieza. La majestad de su porte superaba con mucho a la de todos los personajes de la corte juntos, pudiéndose afirmar que su figura resumía toda la grandeza de su espléndido reinado. ¡Qué extraordinariamente justo y recto era el Emperador de los Tang, el majestuoso Li Shr-Min, que volvió del Mundo de los Muertos! En cuanto se hubo vestido, el emperador se dirigió en su palanquín de oro al Salón del Tesoro, donde convocó a todos sus ministros, que gritaron, entusiasmados, nada más verle: - ¡Viva el emperador! Los vítores se repitieron tres veces. Cuando se hubo restablecido el silencio, el emperador levantó la voz y dijo: - Si alguien tiene algún asunto que exponer, que se acerque y me entregue el correspondiente informe. En caso contrario, la audiencia se da por terminada. Inmediatamente se adelantaron los funcionarios Sü Mou-Kung, Wei-Cheng, Wang-Kwei, Du Hu-Hwei, Fang Süan-Ling, Yüan Tien-Kan, Li Chuen-Feng, Sü Ching-Chung, Yin Kai-Shan, Liou Hung-Chr, Ma San - Pao, Duan Chr-Sien, Cheng-Yao-Chin, Chin Shu-Pao, Hu Ching-De y Süe Jen-Kwei. Se echaron rostro en tierra ante las escalinatas de jade blanco y preguntaron con sumo respeto: - ¿Podéis explicarnos por qué habéis permanecido dormido durante tanto tiempo y qué es lo que os ha hecho despertar? - El mismo día que Wei-Cheng me entregó la carta - contestó Tai - Ghung, condescendiente - sentí cómo mi espíritu abandonaba estos salones y corría al galope detrás de una partida de caza de guardias imperiales. Pero tanto los hombres como los caballos desaparecieron al poco rato y me vi rodeado de mi padre, el anterior emperador, y de mis hermanos ya fallecidos. Si no llega a ser por la oportuna llegada de un personaje vestido totalmente de negro, seguro que no habría podido escapar de ellos. El hombre que me libró de la furia de mi hermano era el juez Tswei-Chüe, a quien hice en seguida entrega de la carta que me había dado Wei-Cheng para él. Mientras leía, aparecieron unos cuantos jóvenes vestidos de azul con varios estandartes en las manos, que nos condujeron al Salón de la Oscuridad, donde fuimos recibidos por los Diez Reyes del Mundo Inferior. Ellos me informaron de que la razón por la que había sido convocado a su presencia obedecía a que el dragón del río Ching había presentado contra mí una querella por haber permitido que fuera ejecutado después de haberle dado mi palabra de que no le iba a pasar nada. En cuanto les expliqué lo que, en realidad, había sucedido, me dieron garantías de que mi caso sería sobreseído por el Tribunal de los Tres Jueces. Pidieron después al juez Tswei que mirara en los libros de la Vida y la Muerte el tiempo que aún me quedaba de residir en la tierra, tras lo que el Rey Yama concluyó que mis días no habían finalizado todavía. De hecho, se ha asignado a mi reinado una duración de treinta y tres años, de los que solamente han transcurrido trece. En consecuencia, los Diez Reyes ordenaron al juez Tswei y al Gran Mariscal Chou que me trajeran de vuelta a este mundo. Tras despedirme de ellos, prometí hacerles una ofrenda de melones y otras frutas, en señal de agradecimiento. No nos habíamos alejado mucho del Palacio de las Tinieblas, cuando nos topamos con el infierno en el que habitan los que han traicionado a su patria, los que no se han mostrado respetuosos con sus padres, los que jamás se han preocupado de la práctica del bien, los que han esquilmado a sus semejantes, los que se han dedicado a engañar a los demás, los que han alterado en beneficio propio los pesos y las medidas y, en definitiva, todos los violadores, ladrones, embusteros, hipócritas, libertinos, gente de mal obrar y quebrantadores de la ley. Todos sufrían al mismo tiempo infinidad de torturas, entre las que cabe citar el fuego, el aceite hirviendo, el agua caliente, la soga, la cadena, la sierra y la piedra de moler. Su número ascendía a varias decenas de miles y, si he de seros sincero, no pude aguantar por mucho tiempo su horripilante visión. Un poco más adelante cruzamos la Ciudad de la Muerte, donde residen todos los bandidos y asaltadores que ha habido en la tierra. Haciendo honor a su pasado oficio, nos cortaron el paso y se negaron a dejarnos seguir adelante, si no les daba una considerable cantidad de dinero. Afortunadamente, el juez Tswei accedió a actuar de garante y, así, pude pedir prestado un almacén entero lleno de oro y plata a un tal Siang, que habita en la provincia de Honan. Los espíritus parecieron satisfechos y nos permitieron proseguir nuestro camino. De todas formas, el juez Tswei me insistió que, cuando me encontrara en el Mundo de la Luz, debía realizar una serie de ofrendas a esos espíritus abandonados, para que obtengan cuanto antes la salvación. Así llegamos al punto en el que se entrecruzan los Seis Senderos de la Transmigración. Allí el mariscal Chou me hizo montar en caballo tan rápido que, más que galopar, parecía volar. No es extraño que no tardáramos casi nada en alcanzar las orillas del río Wei. En el agua había dos carpas jugueteando y me quedé mirándolas un momento. Aprovechando mi abstracción, el mariscal me agarró de la pierna y me arrojó al cauce, haciéndome regresar de esa forma a la vida. Todos los ministros felicitaron al emperador por su buena estrella y enviaron noticia de lo ocurrido a todos los rincones del imperio, de donde se recibieron entusiásticas muestras de adhesión. Emocionado, Tai-Chung decretó una amnistía general para todos los presos de su reino. No contento con eso, pidió una lista de todos los condenados a muerte, cuyo número, según los datos suministrados por el Departamento de Justicia, ascendió exactamente a cuatrocientas personas. Antes de ser ajusticiados, Tai-Chung les concedió un año de libertad, para que volvieran junto a sus familias y pusieran en orden todas sus posesiones y asuntos. El agradecimiento de los reos fue tan sincero como el olor que se eleva de la tierra, al ser empapada por la lluvia. A tan acertada decisión siguió un nuevo decreto, por el que la corona se comprometía a cuidar y a velar por el bienestar de todos los huérfanos. Concedió, al mismo tiempo, la libertad a más de tres mil doncellas y concubinas del palacio, a las que desposó con dignos oficiales de sus ejércitos. A partir de entonces su reinado fue auténticamente virtuoso, como afirma el poema: ¡Grande es, en verdad, la virtud del Gran Soberano de los Tang! Bajo su férula el pueblo llano ha conocido más prosperidad que bajo la de los mismísimos Yao y Shun. Quinientos condenados a muerte han salido de la prisión, mientras que han abandonado el palacio imperial más de tres mil doncellas. Todos los funcionarios le desean larga vida y los ministros alaban la rectitud de sus juicios. Tanta bondad de corazón por fuerza ha de contar con el beneplácito del cielo, haciendo que la prosperidad alcance hasta la decimoséptima generación. Después de poner en libertad a los presos y a las doncellas de la corte, Tai-Chung hizo público un nuevo decreto, que mandó fijar en todo el imperio y en el que se decía: A pesar de ser, ciertamente, vasto, el universo está regido por el sol y la luna. De la misma forma, el mundo, aunque inmenso, debe su orden a la virtud y al bien obrar. Si es el provecho personal lo que rige todos tus actos, ten por seguro que encontrarás tu castigo en esta misma vida. Si, por el contrario, cuanto das supera a cuanto recibes, la felicidad te aguarda no sólo en el cercano recodo de la vida futura, sino también en el de ésta. La máxima sabiduría consiste en seguir siempre los dictámenes de la conciencia. Diez mil hombres violentos no se pueden comparar con uno sencillo y bueno. ¿De qué te sirve estudiar aplicadamente los sutras, si no practicas la misericordia ni el bien? ¡Vano es aprender las enseñanzas de Buda si sólo pretendes hacer daño a los demás! A partir de entonces no hubo en todo el imperio una sola persona que no se entregara a la práctica de la virtud. Al tiempo que se hacía público este decreto, salió a la luz otro nuevo en el que se pedía la cooperación de un voluntario para llevar las frutas y los melones prometidos a la Región de las Sombras. Días antes Tai-Chung había hecho llegar, por medio de Hu Ching-De, Duque de Koten, todo el oro y la plata contenidos en un almacén al distrito de Kai-Feng, provincia de Honan. De esta forma, quedó saldada la cuenta que había contraído con Siang-Liang. A los pocos días de haber aparecido este último decreto, se presentó voluntario un hombre para llevar los melones al Reino de la Muerte. Era originario de la región de Chün-Chou, se llamaba Liou-Chüan y pertenecía a una familia extremadamente rica. La razón de ofrecerse para llevar a cabo una misión tan sacrificada fue que su esposa Li Chuei-Lien había dado una horquilla de oro como limosna a un monje justamente delante de su casa. Cuando Liou-Chüan le hizo ver lo indiscreto de su irresponsable conducta, ella se sintió tan apenada que entró corriendo en la casa y se ahorcó, dejándole con dos niños pequeños que no dejaban de llorar día y noche. Al verlos en ese estado, Liou-Chüan experimentaba unos remordimientos tan insoportables que había decidido abandonar la vida y cuanto poseía para llevar los melones al Reino Inferior. Contento de poder ayudarle, el emperador le mandó ir al Pabellón de Oro. Allí le colocaron dos melones en la cabeza, le metieron un poco de dinero por las mangas y le dieron a tomar una cantidad adecuada de veneno. Su alma no tardó en llegar con la fruta ante la Puerta de los Espíritus, donde le salieron al encuentro unos demonios guardianes, que le preguntaron: - ¿Quién eres tú y por qué te has atrevido a llegar hasta aquí? - Yo - respondió Liou-Chüan - vengo de parte del Emperador Tang Tai-Chung a entregar esta fruta y estos melones a los Diez Reyes del Mundo Inferior. Al oírlo, los demonios cambiaron de actitud y le condujeron, con grandes muestras de reconocimiento, a la Sala del Tesoro del Palacio de la Oscuridad. Cuando, por fin, se halló en presencia del Rey Yama, le hizo entrega de la fruta, diciendo: - He venido desde muy lejos, por orden del Emperador de los Tang, a traeros estos melones como prueba de agradecimiento por la hospitalidad con que los Diez le tratasteis. - Ese emperador Tai-Chung es, ciertamente, un hombre de palabra - exclamó, visiblemente complacido, el Rey Yama, Tras aceptar los melones, preguntó al emisario su nombre y el lugar en el que había nacido, a lo que contestó: - Vuestro humilde siervo es originario de la zona de Chün-Chou y se llama Liou-Chüan. Puesto que su esposa se ahorcó, dejándole al cuidado de un par de hijos, decidió sacrificar cuanto poseía por el bien de la patria, ayudando al emperador a traer estos melones en señal de gratitud. Nada más oír esas palabras, los Diez Reyes mandaron llamar a la mujer de Liou-Chüan, que compareció al poco rato ante ellos escoltada por dos guardias-demonio. De esta forma, volvieron a reunirse los dos esposos en el mismísimo Palacio de la Muerte. Tras hablar de cuanto había sucedido, se volvieron hacia los Diez Reyes y les agradecieron la amabilidad que habían tenido con ellos. El Rey Yama hizo traer los libros de la Vida y la Muerte y comprobó que tanto el marido como la mujer debían alcanzar una edad muy avanzada. Se volvió rápidamente hacia uno de los guardias-demonio y le ordenó que les condujera de nuevo al Mundo de la Luz, pero el guardia protestó, diciendo: - Eso es prácticamente imposible ya, señor. Li Chuei-Lien lleva vanos días en el Mundo de las Tinieblas y, por consiguiente, su cuerpo ha dejado de existir. ¿Queréis decirme cómo va a poder seguir viviendo en el mundo? - Eso tiene fácil arreglo - respondió el Rey Yama, sonriendo -. Li-Yü-Ying, la hermana menor del emperador, está a punto de morir. Toma prestado su cuerpo y dáselo a esta mujer. Así no tendrá ningún problema. El guardia-demonio obedeció sin rechistar y condujo a Liou-Chüan y a su esposa de vuelta al mundo de la vida. No sabemos cómo se produjo acontecimiento tan señalado ni lo que sucedió después. Quien desee, pues, seguir el hilo de la historia deberá escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo. 第012回 EL EMPERADOR DE LOS TANG CELEBRA LA GRAN FIESTA POR LOS DIFUNTOS. KWANG-ING CONVIERTE A LA CIGARRA DE ORO Envueltos en un remolino de viento negro, el guardia-demonio condujo a Liou-Chüan y a su esposa directamente a la ciudad de Chang-An. El demonio dejó el espíritu del hombre en el Pabellón de Oro, llevando el de Chuei-Lien al interior del palacio. En aquel preciso instante la princesa Yü-Ying estaba dando un paseo por entre los setos de flores. Sin pérdida de tiempo, el demonio se abalanzó sobre ella y le arrancó el alma, sustituyéndola por la de Chuei-Lien. Una vez cumplida su misión, regresó a toda prisa a la Región de las Sombras. Al ver caer a la princesa Yü-Ying, las criadas supusieron que había muerto y corrieron hacia el Salón de las Campanas de Oro a informar a la reina de lo ocurrido, gritando: - ¡La princesa se ha caído y se ha matado! Presa del pánico, la reina acudió, a su vez, a Tai-Chung, quien exclamó, suspirando y sacudiendo la cabeza: - ¡Así que era verdad lo que me dijeron! Pregunté al Rey de las Tinieblas si corrían algún peligro los miembros de mi familia y me respondió: "Todos alcanzarán una edad muy avanzada, menos vuestra hermana menor, cuyos días están, lamentablemente, contados". Se ve que no se han equivocado mucho. Todo el palacio se puso a llorar a la princesa. Sin embargo, cuando legaron al punto exacto en el que había caído, comprobaron, asombrados, que aún respiraba. Tai-Chung se volvió entonces hacia sus acompañantes y les urgió, loco de alegría: - ¡Dejad de llorar! ¡No la alarméis! - se inclinó después sobre ella y, levantándole la cabeza con cuidado, añadió -: Despierta, hermana Despierta. La princesa se dio la vuelta y dijo, como hablando entre sueños: - No vayas tan deprisa, esposo mío. Espérame. - Todos estamos a tu lado, hermana - contestó Tai-Chung, tratando de darle ánimos -. Tranquilízate. Te prometo que no te abandonaremos - y le levantó un poco más la cabeza. La princesa abrió entonces los ojos y, mirando a su alrededor, exclamó, malhumorada: - ¿Quién te ha dado permiso para tocarme? ¿Se puede saber quién eres? - Yo soy tu hermano - respondió, desconcertado, Tai-Chung -, y ésa que ves ahí, tu cuñada. - ¿Desde cuándo tengo yo un hermano y una cuñada? - replicó la princesa, más enfadada todavía -. Yo soy Li Chuei-Lien y mi marido, Liou-Chüan, ambos originarios de Chün-Chou. Hace aproximadamente tres meses di a un monje como limosna una de mis horquillas de oro justamente delante de nuestra casa. Mi marido lo vio y me regañó severamente por no haber obrado con la discreción que se espera de una mujer casada. Eso me hizo sentir tan deprimida que corrí a mi habitación y me colgué con una tira de seda blanca, dejando dos niños que lloraban sin cesar día y noche. Afortunadamente, cuando mi esposo descendió a la Región de la Oscuridad a entregar los melones del Emperador de los Tang, el Rey Yama se apiadó de nosotros, permitiéndonos volver juntos a la vida. Mi marido venía un poco más adelante que yo. Traté de ponerme a su altura, pero tropecé y caí al suelo. ¿Dónde está él? ¿Por qué te atreves a tocarme, si no me conoces de nada? ¡No comprendo cómo puede haber personas tan maleducadas! - Mi hermana ha debido de perder el juicio al caerse - comentó Tai-Chung con los que se hallaban a su alrededor -. No comprendo cómo puede decir, si no, tantos desatinos - y ordenó llevarla al interior del palacio, para que, sin pérdida de tiempo, le fuera aplicado un remedio. Pero no habían llegado a la puerta, cuando vino corriendo uno de los sirvientes y dijo, muy alterado: - Majestad, el hombre que enviasteis con los melones ha vuelto a la vida y está ahí fuera esperando vuestras órdenes. Sin saber qué camino tomar, el Emperador de los Tang ordenó traerle inmediatamente a su presencia. Liou - Chüan se echó rostro en tierra y él le preguntó: - ¿Hiciste el encargo que te pedí? - Vuestro siervo - respondió Liou-Chüan - fue directamente a la Puerta de los Espíritus con los melones en la cabeza. Al enterarse del propósito de mi visita, los guardias que la custodiaban me condujeron al Salón de las Sombras, donde fui recibido por los Diez Reyes del Mundo Inferior en persona. Les entregué los melones y ponderé cuanto pude vuestra generosidad y el sentido tan alto de la gratitud que poseéis. El Rey Yama se mostró muy complacido y, a su vez, alabó vuestro modo de obrar, diciendo: "Ese Tai-Chung es, en verdad, un hombre de palabra". - ¿Qué viste en la Región de las Sombras? - volvió a preguntar el emperador. - No me adentré mucho en ella y no pude, por tanto, ver gran cosa - contestó Liou - Chüan -. El Rey Yama me interrogó sobre mi nombre y mi lugar de nacimiento. Yo entonces le expliqué que me había ofrecido voluntario para llevar a cabo vuestra promesa, porque mi esposa se había suicidado, dejándome solo con los niños. Al oír eso, ordenó a un guardia-demonio que trajera inmediatamente a mi mujer. De esta forma, pudimos, por fin, reunimos en el Salón de la Oscuridad. Mientras tanto, echaron un vistazo al Libro de la Vida y la Muerte y vieron que ambos estábamos destinados a llegar a una edad muy avanzada; consiguientemente, una vez más ordenaron al guardia-demonio que nos acompañara, pero esta vez a las mismísimas puertas de la vida. Yo me adelanté y perdí de vista a mi esposa, que, por cierto, no sé dónde se ha metido. - ¿Dijo el Rey Yama algo sobre tu mujer? - preguntó, de nuevo, Tai-Chung, alarmado. - No mucho - volvió a contestar Liou-Chüan -. Lo que sí recuerdo es que el guardián comentó que Li Chuei-Lien llevaba ya tanto tiempo muerta que, por fuerza, su cuerpo tenía que estar ya corrupto del todo. Pero el Rey Yama le tranquilizó, diciendo: "Li Yü-Ying, la hermana del emperador, está a punto de morir. Que use su cuerpo para volver a la vida". Yo, por mi parte, puedo aseguraros que no sé quién es vuestra hermana ni dónde vive. Y, por supuesto, no voy a mover un solo dedo por encontrarla. Satisfecho por tales informaciones, Tai-Chung se volvió hacia los funcionarios que le rodeaban y dijo: - Al despedirme del Rey Yama, le pregunté sobre la suerte que aguardaba a todos los habitantes del palacio, a lo que respondió que sólo mi hermana corría un peligro inminente de muerte. Su vaticinio acaba de cumplirse, ya que, como todos sabéis, ha muerto de una caída en el jardín. De todas formas, cuando acudí en su auxilio, pareció recobrar la consciencia y gritó, visiblemente angustiada: "No vayas tan deprisa, esposo mío. Espérame". Todos pensamos que la caída la había trastornado, pero, al preguntarle de nuevo sobre lo ocurrido, contestó exactamente lo que acaba de decir Liou-Chüan. - Si es verdad cuanto nos habéis contado - concluyó Wei-Cheng -, es muy posible que la esposa de Liou-Chüan haya vuelto a la vida, tomando prestado el cuerpo de vuestra augusta hermana. ¿Por qué no hacéis venir a la princesa y vemos qué es lo que tiene que añadir a todo esto? - Ahora está dentro del palacio, tomando una medicina - informó Tai-Chung. Aun así, varias damas de la corte fueron a buscarla a sus aposentos y la encontraron gritando: - ¡Yo no necesito tomar ninguna medicina! ¡Dejadme salir de aquí! Ésta no es mi casa. La mía está hecha de ladrillo y, por supuesto, no tiene que ver absolutamente nada con ésta, tan amarillenta que parece tener ictericia y tan cubierta de adornos que da la impresión de ser un templo. ¡No quiero seguir aquí! Todavía seguía gritando, cuando cuatro o cinco damas y dos o tres eunucos la obligaron a salir a la fuerza de sus aposentos y la llevaron ante el emperador, que le preguntó: - ¿Reconoces a tu marido? - ¿Cómo no lo voy a conocer? - respondió ella -. Hemos estado prometidos desde pequeños y hemos tenido un niño y una niña. ¡Estaría bueno que ahora no supiera quién es! El emperador ordenó que la soltaran y la princesa se lanzó escaleras abajo hacia el sitio donde se encontraba Liou-Chüan. Se agarró a él con todas sus fuerzas y le preguntó: - ¿Dónde has estado y por qué no me esperaste? Me caí al suelo y, cuando abrí los ojos, me encontré con toda esta gente, que no hace más que decir tonterías. ¿Puedes explicarme a qué se debe todo este embrollo? Liou-Chüan no salía de su asombro. Aquélla era, ciertamente, la forma de hablar de su esposa, pero no se parecía en absoluto a ella y no se atrevía a reconocerla como tal. El Emperador de los Tang se echó pues, las manos a la cabeza y exclamó: - Los hombres han visto a la tierra abrirse y a las montañas partirse por la mitad, pero jamás ha contemplado nadie este espectáculo de un muerto hablando por boca de un vivo. ¡Qué buen gobernante era aquel hombre! Cuando comprendió la situación, cogió el ajuar de su hermana, joyas incluidas, y se lo entregó a Liou-Chüan. Era como si le hubiera dado una dote. De hecho, se le dispensó de todas sus obligaciones para con la corona y se le permitió llevar a su casa a la que hasta entonces había sido una princesa. Ambos le dieron las gracias echándose por tierra ante los escalones de jade y regresaron, felices, a su hogar. Acerca de suceso tan sorprendente existe un poema, que dice: Toda la vida del hombre está prefijada de antemano. Nada de cuanto en ella ocurre es obra del azar: su duración, sus múltiples avatares, la hora de su comienzo y el momento exacto de su fin. No es extraño que Liou-Chüan regresara a la vida, una vez presentados los melones, ni que, tomando el cuerpo de otra persona, Li Chuei-Lien reviviera. Yü Chr-Kung, mientras tanto, se dirigió con un enorme cargamento de oro y plata al distrito de Kai-Feng, provincia de Honan, en busca de Siang-Liang. Allí descubrió que éste se ganaba la vida vendiendo agua, mientras su esposa, apellidada Chang, se dedicaba a la venta de loza delante mismo de su casa. De todo el dinero que ganaba sólo se quedaban con lo imprescindible para vivir, dando el resto en limosna a los monjes o quemándolo para beneficio de los espíritus. De esta forma, fueron acumulando mérito tras mérito, ya que, aunque en el Mundo de la Luz eran gente pobre y sin ninguna influencia, en el de las Tinieblas gozaban de gran consideración y sus riquezas eran prácticamente incontables. Cuando vieron acercarse a su puerta a Yü Chr-Kung con todo aquel oro y aquella plata, se sintieron totalmente desconcertados. Pero su asombro subió de tono, al contemplar su esplendido séquito de funcionarios imperiales montados en soberbios alazanes. No comprendían que personajes tan importantes se llegaran hasta su humilde casa medio derruida para hacerles entrega de tan magnífico tesoro. Se echaron, pues, rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, de donde les levantó Yü Chr-Kung, diciendo: - Por muy importantes que parezcamos, somos nosotros los que debemos arrodillarnos ante vos. De hecho, venimos de parte del emperador a devolveros todo el oro y la plata que en su día le prestasteis. - Aunque os parezca mentira - respondió el hombre, temblando de pies a cabeza -, yo jamás he prestado dinero a nadie. ¿Cómo voy a aceptar, sin más ni más, un tesoro como éste? - Para nadie es un secreto que sois, en verdad, muy pobres - admitió Yü Chr-Kung -. Pero también sabemos que todo el dinero que no necesitáis para vuestra subsistencia lo empleáis en limosnas y en papel moneda para los espíritus. De esta forma, y sin que, quizá, vosotros mismos lo sepáis, habéis ido acumulando en la Región de la Oscuridad una enorme fortuna. No es extraño, pues, que, cuando al cabo de tres días y tres noches el Emperador Tang-Tai-Chung regresó sano y salvo de la muerte, reconociera haber tomado prestado uno de vuestros almacenes repletos de oro y plata. Su cantidad se corresponde exactamente con la que ahora traemos aquí. Comprobadlo por vosotros mismos y así podremos regresar a informar de todo al emperador. Siang-Liang y su mujer se negaron a hacer semejante cosa, alzando los brazos al cielo y diciendo: - Si aceptamos todo este oro y esta plata, seguro que moriremos. Por otra parte, ¿qué prueba podéis ofrecernos de que nuestro padre el emperador nos pidió prestado en el otro mundo todo este dinero? ¡No, no! Comprendedlo, pero no podemos aceptarlo. - Su majestad nos explicó - insistió Yü Chr-Kung - que actuó de garante del préstamo el juez Tswei. Si dudáis de nuestra palabra, podéis preguntárselo a él directamente, pero, por lo que más queráis, aceptad esto de una vez. - No tocaré una sola de esas monedas, ni aunque me maten - replicó Siang-Liang con firmeza. Comprendiendo que todas las razones eran inútiles, envió un emisario a la capital para que informara de todo al emperador. Cuando Tai-Chung se enteró de que Siang-Liang se negaba a aceptar la fortuna que había puesto en sus manos, exclamó, admirado: - ¡Qué persona más virtuosa! Sin pérdida de tiempo, hizo pública una orden, en la que se pedía a Hu Ching-De que empleara todo aquel dinero en la erección de un templo y de un santuario, así como en el mantenimiento de todos los oficios religiosos que en ellos tuvieran lugar. De esta forma, confiaba poder saldar definitivamente la deuda que había contraído con los Siang. La orden no tardó en llegar a manos de Ching-De, el cual la leyó mirando hacia la capital, para que todos se enteraran de su contenido. Con todo aquel dinero adquirió aproximadamente cincuenta acres de tierra, en los que construyó un templo, que recibió el nombre de Siang-Kwo. A su izquierda levantó, igualmente, un santuario, que dedicó a los Siang, con una inscripción labrada en piedra en la que se afirmaba que tales construcciones habían sido erigidas bajo la supervisión de Yü Chr-Kung. Tal es el origen del Gran Templo de Siang-Kwo1, que aún hoy se mantiene en pie. Cuando los trabajos estuvieron concluidos, se informó de ello a Tai-Chung, que se mostró altamente complacido. Convocó después a no pocos de sus más directos colaboradores y les confió la publicación de una orden, por la que se invitaba a todos los monjes del imperio a tomar parte en la Gran Ceremonia de la Tierra y el Agua, que se iba a celebrar por todos los espíritus olvidados que habitaban en la Región de las Tinieblas. La orden alcanzó hasta el último rincón del reino, interesándose los gobernadores de las diferentes provincias en enviar a Chang-An, con el fin de tomar parte en la ceremonia, a los monjes de su territorio más famosos por su vida virtuosa. En menos de un mes todos se congregaron en la capital del imperio. Tang Tai-Chung pidió entonces a Fu-I, historiador oficial de la corte, que escogiera al monje más digno de todos para presidir la ceremonia. Pero, en vez de eso, Fu-I sometió al trono un informe, en el que se dudaba de la bondad de las doctrinas de Buda y en el que, entre otras cosas, se decía: Las enseñanzas importadas de occidente no reconocen la relación existente entre el gobernante y sus súbditos y el hijo y su progenitor. Con el principio de los Tres Caminos y los Seis Senderos embaucan a los tontos y a los simples, prometiendo una felicidad venidera y enfatizando los pecados del pasado. Al cantar en sánscrito, por otra parte, sólo buscan una forma de escape. Nosotros afirmamos, sin embargo, que, si bien el nacimiento, la muerte y la misma duración de la vida son hechos fijados por la naturaleza, las situaciones de riqueza y opulencia son obra exclusiva de la voluntad humana. No están ordenadas, como algunos quieren hacernos creer, por el propio Buda. En tiempos de los Tres Reyes y los Cinco Emperadores nadie conocía las enseñanzas budistas y, sin embargo, los gobernantes eran sabios, los súbditos leales, y sus reinados llamativamente largos. El culto de los dioses extranjeros no se estableció hasta el período Ming-Di de la Dinastía Han, cuando se permitió a los monjes occidentales la propagación de sus doctrinas. Se trató, en realidad, de una auténtica invasión de enseñanzas foráneas, que no merecen en absoluto ser practicadas. Una vez leído este informe, Tai-Chung lo sometió a la consideración de varios funcionarios de probada inteligencia, entre los que se encontraba el ministro Siao-Yü. Tras estudiar detenidamente el documento, éste se arrojó a los pies del trono y dijo: - Las enseñanzas budistas, que, dicho sea de paso, han florecido en dinastías previas a la nuestra, sólo buscan la práctica del bien y la supresión total del mal. Constituyen, por tanto, una garantía para nuestra propia supervivencia y no deben ser, en absoluto, rechazadas, sino más bien lo contrario. Después de todo, Buda es uno de los sabios más grandes que han existido, y para nadie es un secreto que quien desprecia a estos hombres de bien termina convirtiéndose en un ser sin principios. Sugiero, pues, que el autor de este informe sea severamente castigado. Fu-I se enzarzó con Siao-Yü en una acerba discusión, afirmando que el principio de todo buen obrar estribaba en el respeto al gobernante y a los propios padres. Buda, por el contrario, abandonó a los suyos y dejó de lado a su familia. Desafió, de hecho, al Hijo del Cielo y se valió del cuerpo que había recibido de sus padres para rebelarse precisamente contra ellos. Siao-Yü, continuó diciendo Fu - I, aunque no había, ciertamente, nacido en la selva, al aceptar la doctrina de la negación paternal, había hecho realidad el dicho que afirma que un hijo ingrato carece, en realidad, de padres. Siao-Yü, por su parte, dobló las manos a la altura del pecho e, inclinándose ante su adversario, dijo en tono solemne: - El infierno ha sido creado precisamente para personas como ésta - Tai-Chung hizo venir entonces a su presencia al Gran Chamberlán Chang Tao-Yüan y al Presidente de la Cancillería y les preguntó si las prácticas budistas eran o no eficaces a la hora de obtener los favores del cielo, a lo que los dos funcionarios respondieron: - Buda predicó la pureza, la benevolencia, la compasión, las buenas obras y la engañosa apariencia de cuanto existe. Fue al emperador Wu de la Dinastía Chou del Norte a quien correspondió poner en orden las Tres Religiones. Incluso Da-Huei, el Gran Maestro Chan, alabó la doctrina de lo oscuro y distante. Por otra parte, durante generaciones se ha dado culto a bienaventurados tales como el Quinto patriarca, que, según afirma la tradición, tomó forma humana, o Bodhidharma, que, como vos bien sabéis, se mostró en todo su esplendor sagrado. Desde los tiempos más antiguos se ha sostenido, pues, que las Tres Religiones son igualmente dignas de respeto y deben ser apoyadas sin reserva. Ahora os compete a vos tomar la decisión que juzguéis más oportuna. - He de reconocer que vuestras palabras están cargadas de razón - concluyó Tai-Chung, complacido -. Quien ose seguir disputando sobre esto será castigado sin ningún miramiento. En consecuencia, se ordenó a Wei-Cheng, Siao-Yü y Chang Tao-Yüan que reunieran a todos los monjes budistas, para que eligieran entre ellos al de virtud más probada y prepararan cuanto fuera preciso para la ceremonia. Antes de retirarse, los tres se echaron rostro en tierra, agradeciendo al emperador el alto honor que les hacía. A esa época se remite la ley que determina que todo aquel que calumnie a un monje o hable mal del budismo será condenado a quebrantamiento de brazos. A la mañana siguiente los tres funcionarios imperiales se pusieron manos a la obra. Reunieron a todos los monjes en el Estrado de La Montaña y el Río y seleccionaron al que ellos consideraban de mayor mérito y virtud. Antiguamente se había llamado la Cigarra de Oro, un nombre de origen a todas luces divino, pero, por no prestar la debida atención a las enseñanzas de Buda, se vio obligado a padecer la existencia en este mundo de polvo. Cayó, pues, en las redes de la transmigración y se hizo hombre. Sin embargo, antes de llegar a la tierra y de que se cumpliera el tiempo de su nacimiento, fue perseguido ya por la mala fortuna. Su padre, un funcionario de Hai-Chou, fue asesinado por unos bandidos, teniendo su madre que lanzarle a las aguas para salvarle. La corriente trató de arrojarle contra las peñas y las olas hicieron cuanto pudieron por ahogarle, pero logró llegar a la Montaña de Oro y allí su suerte cambió. El guardián del monasterio que se alzaba en tan reputada isla le sacó del agua y se encargó personalmente de su educación. A los dieciocho años conoció, por fin, a su madre, informando posteriormente a su abuelo de las afrentas sufridas por dama tan respetable. Al tratarse de uno de los principales servidores de la corte, obtuvo el mando de un ejército que acabó con los malvados que la habían vejado. Para que su dicha fuera completa, a los pocos días retornó a la vida su padre Kwang-Jui. ¡Qué emocionante resultó el reencuentro de toda la familia! Hasta el mismo emperador se sintió conmovido e hizo que sus nombres fueran inscritos en la Torre de Ling-Yeny, junto a los de las personas más ilustres de todo el reino. Por su valentía le fueron ofrecidos varios cargos públicos, que él rechazó uno tras otro, prefiriendo retirarse al Monasterio de Hung-Fu y dedicarse a la búsqueda del Camino de la Verdad. Este fiel servidor de Buda había sido conocido en su niñez por el nombre de "El-que-flota-en-el-río" y ahora todos le llamaban Chen Hsüan-Tsang. Ése precisamente fue el elegido por la congregación de monjes para presidir la ceremonia por los difuntos desamparados. Su elección no pudo ser más acertada, ya que Hsüan-Tsang era un hombre que había vivido en un monasterio desde su más tierna infancia, había seguido una dieta vegetariana todos los días de su vida y había respetado los mandamientos desde el momento mismo de abandonar el claustro materno. Su padre, Chen Kwang-Jui, había obtenido el grado de "chuang - yüen" y el posterior nombramiento de Secretario de la Cámara Legislativa, pero él rechazó riqueza y honores para dedicarse de lleno a la consecución del nirvana. No podía encontrarse, pues, una persona de mejor pasado familiar ni con más alto sentido moral. Conocía, además, miles de escrituras y sutras y la práctica totalidad de los cánticos e himnos budistas. Satisfechos de tan acertada elección, los tres funcionarios condujeron a Hsüan-Tsang ante el emperador. Tras cumplir rigurosamente con la complicada etiqueta de la corte, se echaron rostro en tierra y dijeron: - Siguiendo vuestros deseos, vuestros indignos súbditos han escogido para presidir la ceremonia a un monje de muy reconocida virtud, que responde al nombre de Chen Hsüan-Tsang. - ¿No será el hijo del Gran Secretario Chen Kwang-Jui? - exclamó Tai-Chung después de un largo y meditativo silencio. - Así es, señor - respondió "El-que-flota-en-el-río", echándose también rostro en tierra - . Mi padre ocupa el cargo que acabáis de mencionar. - ¡No podía haberse realizado una elección más apropiada! - volvió a exclamar Tai-Chung, visiblemente complacido -. Dudo que haya en el mundo un monje de mayor virtud que tú. Desde este momento quedas nombrado Máximo Expositor de la Fe y Supremo Representante de Todos los Monjes. Hsüan-Tsang volvió a lanzarse rostro en tierra, tocando repetidamente el suelo con la frente en señal de gratitud. Como emblemas de su nuevo cargo, recibió una túnica tejida con hilos de oro de cinco colores, un sombrero Vairocana y un cinturón de perlas y jade. Se le pidió, al mismo tiempo, que seleccionara a los monjes de más probada virtud y los nombrara acaryas. Una vez realizada tan importante misión, había de dirigirse con todos los demás al Monasterio de la Metamorfosis, donde debía celebrarse la ceremonia con la celeridad que permitieran los hados consultados. Tras inclinarse una vez más ante el emperador, Hsüan-Tsang abandonó el palacio y se dirigió al Monasterio de la Metamorfosis. Llamó a todos los monjes y juntos se pusieron a preparar las camas, levantar los estrados y ensayar la música. Fijándose en cómo actuaban, seleccionó a mil doscientos de entre los más diligentes, formando con ellos tres grupos, que ocuparon la parte de atrás, el centro y la porción delantera del salón en el que iban a celebrarse las ceremonias. De esta manera, se dieron por terminados los preparativos y, tras consultar a los hados, se determinó que la fecha más propicia para la celebración del Gran Festival de la Tierra y el Agua era el tercer día del noveno mes. Se estableció, asimismo, que la ceremonia se extendería a lo largo de cuarenta y nueve días, ya que ésa era la cifra resultante de multiplicar el número sagrado siete por sí mismo. De todo eso se informó oportunamente a Tai-Chung, quien acudió al monasterio el día y hora prefijados, acompañado de sus parientes y altos funcionarios, tanto civiles como militares. Con sumo respeto todos los grandes dignatarios quemaron incienso y escucharon la lectura de los textos sagrados. De todo ello tenemos como testimonio un poema, que afirma: Cuando la estrella de Chen-Kwan cumplió los trece años de edad, el emperador convocó a todos sus súbditos para escuchar los Libros Sagrados. El Salón de la Gran Promesa parecía un remedo del cielo. Todos se reunieron en tan espléndido templo por deseo y gracia del mismo emperador. La Cigarra de Oro presidió los oficios que tanto bien había de reportar a los espíritus de los condenados. Habló de la necesidad de obrar siempre el bien y se extendió en la exposición de los Tres Modos de Vida. Así pues, en el año decimotercero del período Chen - Kwan, cuando el noveno mes entraba en la zona de chia-sü y su tercer día marcaba la hora de kuei-mao, el Máximo Expositor de la Fe, Chen Hsüan-Tsang, mandó llamar a los mil doscientos monjes de la probada virtud que previamente había seleccionado y se reunió con ellos en el Monasterio de la Metamorfosis de la ciudad de Chang-An, donde les expuso el sentido de los sutras sagrados. Tras celebrar su habitual audiencia, el emperador abandonó la Sala del Tesoro de la Campana de Oro y, montando en su carruaje de dragones y fénix, se dirigió hacia el monasterio, seguido de muchos de sus funcionarios, tanto civiles como militares. En cuanto llegaron, escucharon con respeto los textos y quemaron incienso. El cortejo imperial arrastraba tras sí todas las bendiciones del cielo. Su esplendor era tal que parecían flotar en el aire diez mil saetas de luz purísima, que competían en fulgor con el mismo sol. Una brisa de buenos augurios soplaba por los lugares por los que pasaba. Daba la impresión de que nacía de los solemnes movimientos de los mil señores cubiertos de jade que abrían y cerraban la marcha. A derecha e izquierda oteaban las banderas y estandartes que sostenían aguerridos soldados, armados con espadas, hachas y mazas. Su fiereza contrastaba con el rojo delicado de las lámparas de seda y la artística urna de incienso que perfumaba los lugares por los que pasaba la augusta persona. Todos se movían con indescriptible solemnidad. Los dragones volaban y danzaban los fénix, mientras los halcones se elevaban hacia lo alto y las águilas extendían, majestuosas, sus alas. Parecía como si quisieran proteger a un soberano tan justo y bondadoso que la felicidad que trajo a su pueblo superaba con mucho a la de sus antepasados Yü y Shun; sus decisiones fueron siempre tan equilibradas que aseguraron la paz para siempre, rivalizando con el mismísimo Yao. No es extraño que cuantos le rodeaban vistieran lujosísimas túnicas, que, sin embargo, no lograban superar en belleza a la suya, llena de dragones bordados, que parecían adquirir vida con sus movimientos. Las placas de jade, los gorros plagados de perlas, los fajines color púrpura profusamente bordados, los medallones de oro y los abanicos de plumas de fénix contribuían a hacer creer que aquél era, en verdad, un cortejo descendido directamente cielo. Mil filas de soldados protegían el trono, encargándose dos hileras de mariscales de su defensa más inmediata. Todo era poco para este emperador, sincero y justo, que inclinaba la cabeza ante Buda y no dudaba en quemar incienso en su honor ni en buscar, afanoso, los frutos de la virtud. Pese a lo complicado de su marcha, el cortejo imperial no tardó en llegar al monasterio. El emperador ordenó entonces que cesara la música y, bajando de la carroza, se dirigió a presentar sus respetos a Buda, seguido de todos los funcionarios, con varillas de incienso en las manos. Tras inclinarse tres veces seguidas, levantaron la cabeza y miraron a su alrededor, sorprendidos de la solemnidad de aquel extraordinario recinto sagrado. Por doquier se apreciaba el flamear de banderas y estandartes, tan brillantes que parecían surgir directamente del sol o del mismo seno del rayo. La imagen de oro de Lokaj-yestha constituía una auténtica invitación al recogimiento, aunque resultaba difícil precisar si era más o menos impresionante que las de los arhats, esculpidas en jade. Todos los jarrones estaban llenos de flores sagradas, que conferían al templo una refrescante sensación de bosque formado no por árboles, sino por delicados bordados. De los pebeteros surgían nubes aromáticas de incienso de madera de sándalo que se elevaban hacia lo alto. La transparencia de su color contrastaba con el rojo de las bandejas sobre las que descansaban las serenas pirámides de frutas maduras o de pastelitos y dulces. Los monjes no se cansaban de entonar sutras sagrados por el bienestar de los espíritus abandonados. Tai-Chung y el resto de los funcionarios imperiales levantaron las varillas y se inclinaron, primero, ante el cuerpo dorado de Buda para prestar, después, sus respetos a los arhats. El Maestro de la Ley y Máximo Expositor de la Fe, Chen Hsüan-Tsang, acudió entonces a dar la bienvenida a Tai-Chung, seguido del resto de los monjes, que volvieron a ocupar sus sitios en cuanto hubo concluido dicha ceremonia. A continuación se hizo entrega a Tai-Chung de un documento, en el que se leía: Dado que el budismo está asentado sobre el nirvana, fácil es colegir que la virtud suprema es vasta e inabarcable. El espíritu de los limpios y puros se mueve con toda libertad, pasando sin cesar de una a otra de las Tres Regiones. Existen diez mil transformaciones y un millar de cambios, todos ellos regulados por las fuerzas del yin y el yang. Inabarcables son, en verdad, la substancia, la función, la auténtica naturaleza y la permanencia de tales fenómenos. ¡Qué dignos de lástima piedad son, por otra parte, los espíritus olvidados! Para aliviar su sufrimiento y siguiendo los deseos de Tai-Chung, hemos escogido y reunido a diferentes monjes cuya responsabilidad consistirá en proclamar la Ley y meditarla sin cesar. De esa forma, quedarán abiertas de par en par las puertas de la salvación y se llenarán hasta el borde los recipientes de la misericordia, librando, así, a las gentes del Mar de la Aflicción y salvándolas de la condena de los Seis Senderos. Todos volverán entonces al sendero de la Verdad y gozarán de las bendiciones del cielo. Bien sea por obra de la acción, el descanso o la inactividad total, la meta es alcanzar la unión con las esencias puras y convertirse en una de ellas. Ésta es, pues, una ocasión única, ya que quien tome parte en estas ceremonias tendrá un anticipo de los enormes placeres que se saborean en la ciudad celestial, se verá libre del castigo infernal, ascenderá sin ninguna demora a las regiones de la suprema felicidad y se moverá con toda libertad por las comarcas del oeste. Con razón afirma el poema: "Para obtener la salvación tan sólo son necesarios un pebetero de incienso y unos cuantos escritos dotados de poder liberador. Al proclamar la ley inabarcable, atraemos sobre nosotros la gracia del cielo, el perdón de nuestras culpas y la redención de nuestra futura pena. ¡Que nuestra nación disfrute de la incomparable bendición de una paz duradera!". Conmovido por lo que acababa de leer, Tai-Chung se volvió hacia los monjes y les dijo: - Permaneced firmes en vuestra entrega y no abandonéis jamás el servicio de Buda. Si así lo hacéis, tened por seguro que no habréis luchado en vano y que recibiréis de mí una espléndida recompensa. Los mil doscientos monjes se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente en señal de gratitud. Después de tomar las tres comidas vegetarianas que prescribía la ley, el Emperador de los Tang regresó a su palacio. La celebración propiamente dicha debía tener lugar a los siete días y decidió esperar en sus habitaciones la llegada de tan fausto momento, cuando sería invitado de nuevo a presidir las ofrendas y ritos. Otro tanto hicieron sus más inmediatos servidores, quienes abandonaron el palacio imperial apenas hubo empezado a caer la noche. Por el poniente sólo se veía una estrecha franja de luz y el rápido vuelo de unas cuantas grajillas que regresaban a sus nidos. Una red de silencio se abatía sobre la ciudad, mientras se iba llenando poco a poco de luces y el tiempo parecía detenerse No había hora mejor para que los monjes Chan se dedicaran a sus prácticas meditativas. A la mañana siguiente el Maestro de la Ley volvió a ocupar de nuevo su estrado y llamó a los restantes monjes a su lado, para continuar con la recitación de los sutras. No se distinguió en absoluto de la del día anterior, por lo que no insistiremos más sobre ello. Sí hablaremos, por el contrario, de la Bodhisattva Kwang-Ing del Montaña Potalaka de los Mares del Sur, quien, tras recibir la orden de Tathagata de buscar a una persona digna que se comprometiera a ir a por las escrituras, recorrió de arriba abajo la ciudad de Chang-An sin encontrar a nadie auténticamente virtuoso. Cuando estaba ya a punto de perder la esperanza, oyó decir que Tang Tai-Chung había mandado traer a la corte a los monjes de más probada virtud con el fin de celebrar una gran ceremonia por los difuntos. Su entusiasmo subió, además, de tono, cuando se enteró de que el bonzo escogido para presidir los oficios no era otro que el conocido por el nombre de "El-que-flota-en-el-río". La Bodhisattva no desconocía que había sido uno de los principales discípulos de Buda, que había tenido la mala fortuna de caer en las redes de la transmigración. Loca de contento, cogió los tesoros que le había entregado Buda y, acompañada por Moksa, salió a venderlos a las principales calles de la ciudad. "¿Qué clase de tesoros eran ésos?", se preguntará, sin duda alguna, el lector. Para su información diremos que se trataba de la túnica cubierta de bordados y de gemas rarísimas, y del bastón de los nueve anillos. Por prudencia no puso en esta ocasión a la venta las tres escamas, que se tornaban poderosísimas con el ensalmo de oro y los conjuros constrictivo y prohibitivo. Medida, ciertamente, prudente, teniendo en cuenta que la ciudad estaba llena de monjes sin ninguna formación, que no habían sido elegidos, por eso mismo, para tomar parte en la gran ceremonia por los difuntos. Uno de ellos, de hecho, al ver a la Bodhisattva, que había tomado la forma de un bonzo cubierto de llagas y heridas, descalzo, con la cabeza sin cubrir y vestido de andrajos, se llegó hasta ella y le preguntó, señalando la lujosísima túnica: - ¿Cuánto pides por eso, cerdo? - El precio de esta túnica es de cinco mil piezas de plata - respondió la Bodhisattva - y el de este bastón dos mil. - ¡Tú estás mal de la cabeza! - exclamó el monje, soltando la carcajada -. Desde luego, hay que ser un lunático para pedir siete mil piezas de plata por dos cosas tan corrientes como ésas. No valen eso ni aunque te conviertan en inmortal o te transformen en el mismísimo Buda. Lo mejor que puedes hacer es llevártelas a casa, porque estoy seguro de que nadie te las va a comprar. La Bodhisattva ni se preocupó de discutir con él. Cogió la mercancía y continuó andando, seguida de Moksa. Al poco rato llegaron a la Puerta de la Flor Oriental, donde se toparon con el ministro Siao-Yü, que volvía de la corte. Delante de él iban unos hombres gritando que dejaran libre la calle, pero la Bodhisattva se negó con firmeza a hacerse a un lado. Permaneció de pie en el centro mismo de la calzada con la túnica en las manos. El ministro por poco no la arrolla con el caballo. Afortunadamente tiró a tiempo de las riendas y, sorprendido ante la deslumbrante belleza de la túnica, pidió a sus acompañantes que indagaran el precio de pieza tan extraordinaria. - Por la túnica quiero cinco mil piezas de plata - respondió la Bodhisattva - y dos mil por el bastón. - ¿Se puede saber qué tienen de especial para que valgan tan caros? - preguntó Siao-Yü. - Esta túnica es tan peculiar - contestó la Bodhisattva - que para algunos puede resultar demasiado cara y para otros totalmente gratis. Depende de según se mire. - ¿Cómo que depende de según se mire? - repitió Siao-Yü. - Quien la use - afirmó la Bodhisattva - no conocerá el sufrimiento del infierno ni caerá víctima de la violencia o de animales tan feroces como los tigres y los lobos. Si, por el contrario, se la pone un bonzo que sólo piensa en gozar de la vida, o un monje que hace caso omiso de las leyes y mandamientos, o cualquiera que se burle de Buda o de los sutras, añadirá más leña a su ya de por sí abultada condena. - Eso está muy bien - admitió el ministro -, pero ¿qué quieres decir con eso de que para algunos puede resultar demasiado cara y para otros totalmente gratis? - El que no sigue las Leyes de Buda - sentenció la Bodhisattva - o no muestra ningún respeto por las Tres Joyas deberá pagar siete mil piezas de plata, si quiere hacerse con mi túnica y mi bastón. El que, por el contrario, respete las Tres Joyas, se complazca en la práctica del bien y obedezca al pie de la letra las normas de Buda merece disfrutar de tesoros como los que yo ahora vendo. Con mucho gusto le regalaré la túnica y el bastón y, de esta forma, nos hermanaremos en la bondad. Comprendiendo que aquél era un hombre de extremada virtud, Siao-Yü desmontó del caballo y, tras saludarle respetuosamente, dijo: - Mi nombre es Siao-Yü y os pido disculpéis las molestias que puedo haberos causado. Nuestro emperador es una de las personas más religiosas que existen, inquietud de la que participamos todos cuantos tenemos el alto honor de servirle en la corte. De hecho, acaba de dar comienzo la Gran Ceremonia de la Tierra y el Agua y he pensado que esta túnica le vendría que ni pintada a Chen Hsüan-Tsang, el Máximo Expositor de la Fe. ¿Por qué no me acompañas al palacio y solicitamos una audiencia con el emperador? La Bodhisattva aceptó, complacida, y, dándose la vuelta, entró otra vez por la Puerta de la Flor Oriental. En cuanto les vio aparecer, el Guardián de la Puerta Amarilla corrió a informar de su llegada. Inmediatamente fueron conducidos a la Sala del Tesoro, donde Siao-Yü y los dos monjes cubiertos de llagas esperaron con impaciencia la aparición del emperador. - ¿Qué es ese asunto tan importante del que queréis hablarme? - preguntó Tai-Chung, en cuanto hubo tomado asiento. - Cuando salía por la Puerta de la Flor Oriental - respondió Siao-Yü, echándose rostro en tierra -, me topé con estos dos monjes, que estaban vendiendo una túnica y un bastón de marcado corte sacerdotal. En seguida pensé que podría usarlos Hsüan-Tsang durante la ceremonia y ése es el motivo por el que ahora me encuentro ante vos. Visiblemente complacido, Tai-Chung preguntó por el precio de la túnica, a lo que la Bodhisattva respondió, sin inclinarse ni agachar la cabeza siquiera, lo mismo que Moksa: - La vestimenta cuesta cinco mil piezas de plata y dos mil el bastón. - ¿Qué tienen de especial para que su precio sea tan alto? - volvió a Preguntar Tai-Chung. - Si un dragón vistiera un solo hilo de esta túnica, jamás sería devorado por bestia alguna. Es más, si una garza se dejara colgar de una de sus hebras, podría alcanzar el mundo en el que habitan los dioses. Quien se siente sobre esta túnica, recibirá al instante el saludo respetuoso de diez mil dioses, y quien se la ponga, tendrá la compañía de los Siete Budas. Por otra parte, ha sido confeccionada con seda de gusanos tan blancos como el hielo e hilada por artesanos de la más alta cualificación. Por si eso no fuera suficiente, fue tejida por muchachas inmortales ayudadas por doncellas celestes. Fueron ellas las que unieron las diferentes partes, llenándolas después de artísticos y complicados bordados. No es extraño, pues, que sus colores sean tan finos y brillantes como capullos. Ponéosla, si así lo deseáis, y os veréis envuelto en una neblina de color rojizo, que desaparecerá en cuanto os la hayáis quitado. Esta pieza fue formada a las mismísimas puertas de los Tres Cielos y obtuvo el aura mágica que la envuelve delante de las Cinco Montañas. Lleva incrustadas hojas de loto traídas del Oeste y las perlas que la adornan brillan como planetas y estrellas. En sus cuatro esquinas lleva otras tantas perlas que emiten luz por la noche y que rivalizan en pureza con la esmeralda que ocupa su punto más alto. Podéis mantenerla guardada o ponérosla para recibir a los sabios. Pero sabed que, en el primer caso, emite una luz muy similar a la del arco iris, que traspasa todos los baúles y envoltorios, y, en el segundo, que es capaz de asustar a la vez a los dioses y a los demonios. Esto no tiene nada de extraño, habida cuenta de que lleva cosidas perlas de tanto valor como la radhi, la mani, la que limpia el polvo, la que detiene a los vientos, la que recuerda a la cornalina roja, la que posee el color púrpura del coral y la Sariputra, que emite luz por la noche. Todas ellas son tan perfectas que parecen haber robado su blancura a la luna y al sol su tonalidad rojiza. El aura que la rodea alcanza hasta el mismísimo cielo, penetrando, como un torrente, por todas sus puertas. Su brillo otorga la perfección a cuanto existe. Cuando ilumina las montañas y los arroyos, arranca de sus guaridas a los tigres y a los leopardos, - cuando su luz se extiende por los mares y llega hasta las islas, pone en movimiento a los dragones y peces. Por si esto fuera poco, a ambos lados lleva colgando dos cadenas de oro puro, cerrando el cuello un redondelito de jade tan blanco como la nieve. Ésta es, en definitiva, la túnica de la que afirma el poema: "Sólo existe una verdad: la de las Tres Joyas y la de los Seis Senderos, por los que transitan sin cesar las cuatro clases de criaturas que existen. Quien ha recibido la iluminación conoce y respeta las leyes de Dios y del hombre; un espíritu iluminado es capaz de emitir destellos de la auténtica sabiduría. Si el propio Buda ha ordenado la confección de esta túnica, ¿cómo van a poder afectar los diez mil kalpas al monje que la lleve puesta? - Todo eso está muy bien - replicó el Emperador de los Tang, visiblemente complacido -. Pero ¿puedes explicarme qué tiene de especial ese bastón de los nueve anillos? - Como bien has reparado - contestó la Bodhisattva -, mi bastón tiene nueve protuberancias de vid que no envejece, separadas por otros tantos anillos de hierro y bronce. Quien lo sostiene en sus manos se mantiene siempre joven, cosa nada extraña si se tiene en cuenta que el Quinto Patriarca vagó con él por los cielos y que Lo-Po lo llevó consigo a los infiernos, cuando fue en busca de su madre. Jamás se ha manchado con el polvo rojizo de este mundo, aunque fue usado por el monje-dios en su ascensión a la Montaña de Jade. Impresionado, el emperador ordenó extender la túnica ante él para poder examinarla de arriba abajo con cuidado. Se trataba, en verdad, de una pieza única. Tai-Chung no había visto en su vida cosa igual y, armándose de valor, dijo a la Bodhisattva: - No quiero engañarte. Soy un ferviente admirador de la Religión de la Misericordia, a cuya propagación he dedicado no pocos esfuerzos. Estos últimos días, sin ir más lejos, he hecho reunir en el Monasterio de la Metamorfosis a no pocos bonzos, para que profundicen en el estudio de la Ley y se dediquen de lleno a la recitación de los sutras. Entre ellos se halla un hombre de una virtud extraordinaria que responde al nombre de Hsüan-Tsang y quisiera regalarle estos dos tesoros que tú tienes. Te prometo que no los deseo para mí. ¿Cuánto pides, de verdad, por ellos? - Si, como decís, se trata de un hombre de muy probada virtud - concluyeron la Bodhisattva y Moksa, doblando las manos a la altura del pecho y dando las gracias a Buda -, con mucho gusto le regalaremos esta túnica y este bastón. Tratándose de un clérigo tan humilde, no aceptaremos por ellos ni una sola moneda - y se dio la vuelta, tratando de encontrar la salida. El emperador pidió a toda prisa a Siao-Yü que le hiciera volver en seguida. Cuando el ministro hubo cumplido el encargo, se levantó de su asiento y dijo con manifiesta intranquilidad: - Antes dijisteis que la túnica valía cinco mil piezas de plata y el bastón dos mil. Ahora que os habéis convencido de que estamos realmente interesados en comprarlos, nos salís con que no queréis aceptar nada de dinero a cambio. Si pensáis que vamos a hacer uso de la fuerza para hacernos con ellos, estáis muy equivocados. Nosotros no pertenecemos a ese tipo de hombres. Os pagaremos la suma que en un principio nos pedisteis y que, por lo que más queráis, esperamos aceptéis sin reserva alguna. - Se ve que no me habéis entendido bien - replicó la Bodhisattva levantando las manos a manera de saludo -. Hace cierto tiempo hice la promesa de que, si me topaba con alguien que se regocijara en la práctica del bien y en el servicio de Buda, le regalaría estos tesoros. Es claro que vuestra majestad está ansioso por ver aumentada su virtud y hacer triunfar en vuestro reino la causa budista. Creo, en consecuencia, que ha llegado el momento de cumplir lo prometido. Dejaré en vuestras manos esos tesoros y me marcharé con los bolsillos tan vacíos como cuando vine. El emperador comprendió su actitud y no quiso seguir insistiendo. Ordenó, sin embargo, preparar en su honor un espléndido banquete vegetariano, pero la Bodhisattva lo rechazó con tanta firmeza que, una vez más, hubo de desistir de su empeño. Se despidió de Tai-Chung con la amabilidad que la caracterizaba y se retiró al templo del espíritu local. A eso del mediodía Tai-Chung celebró una nueva audiencia, a la que quiso que asistiera Hsüan-Tsang. Wei-Cheng fue el encargado de transmitirle la orden imperial. El Maestro de la Ley estaba cantando sufras y recitando geyas, cuando la recibió, pero al punto lo dejó todo y siguió al ministro. - Lamento sinceramente haberos arrancado de vuestras meditaciones - se disculpó el emperador con respeto -. Pero esta mañana Siao-Yü se encontró con un par de monjes que se empeñaron en regalarme una túnica llena de bordados y un bastón de nueve anillos, que deseo, a mi vez, poner en vuestras manos. No dudo que os serán de mucha utilidad, mientras que para mí no encierran la menor ventaja. Por toda respuesta, Hsüan-Tsang se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente en señal de gratitud. Eso dio ánimos a Tai-Chung para seguir diciendo: - Si tuvierais la amabilidad de ponéroslo para ver qué tal os queda... El monje extendió la túnica y se la puso con la rapidez de quien está acostumbrado a cambiarse de ropajes rituales. Con el bastón en las manos su figura adquirió tal prestancia que tanto el emperador como sus súbditos se quedaron boquiabiertos. En verdad parecía un auténtico hijo de Tathagata. ¡Qué elegancia la de su porte, qué finura la de su estampa! La túnica de Buda se ajustaba a su cuerpo como el guante a una mano. Su esplendor era tal que abarcaba el mundo entero y el brillo de sus colores alcanzaba hasta el último rincón del universo. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse innumerables hileras de perlas, espléndidamente conjugadas con los adornos de oro y los bordados de extraño y llamativo diseño. Un artístico anillo de oro unía los dos extremos del cuello, de finísimo terciopelo, en el que aparecían representadas las más altas jerarquías de los cielos. Según se iba descendiendo, disminuían progresivamente los rangos, correspondiendo a las estrellas las porciones izquierda y derecha de tan especialísima túnica. Jamás hubo en la tierra hombre con tan buena fortuna como Hsüan-Tsang. Digno de lucir tan espléndido tesoro, parecía un arhat viviente recién llegado del oeste. No exagera quien afirme que recordaba al mismísimo Buda con su bastón de nueve anillos y su sombrero Vairocana. Tan entusiasmados estaban todos los funcionarios, tanto civiles como militares, que, poniéndose al mismo tiempo de pie, gritaron enardecidos: - ¡Bravo! Semejante reacción complació sobremanera a Tai-Chung, que pidió al Maestro de la Ley que no se quitara la túnica ni dejara a un lado el bastón. No contento con eso, hizo venir a dos regimientos de guardias de honor y les confió la escolta de personaje tan distinguido y respetable. Inmediatamente abandonaron el palacio, dirigiéndose al monasterio por las calles más importantes de la ciudad. El cortejo era tan brillante que parecía como si acabara de entrar en ella un nuevo "chuang-yüen". Todos los comerciantes y mercaderes de Chang-An, los príncipes y los nobles, los intelectuales y los hombres de letras, los caballeros entrados en años y las muchachitas que hacía muy poco aún eran niñas, se agolpaban a lo largo del camino, tratando de verle. - ¡Qué monje! - exclamaban, entusiasmados -. Parece un arhat que acaba de descender a la tierra. Hsüan-Tsang parecía inmune a tales halagos. Imperturbable, continuó su camino hacia el monasterio, donde fue recibido por los otros bonzos de pie, arrancados de sus asientos por la sorpresa. En cuanto te vieron aparecer con aquella túnica y aquel bastón de nueve anillos, pensaron que era el mismísimo Rey Ksitigarbha y formaron un camino de cabezas respetuosamente inclinadas. Sin detenerse, Hsüan-Tsang se dirigió al salón principal, donde quemó incienso en honor de Buda y habló del tremendo cariño del emperador por los más inertes tesoros de sus súbditos. Una vez terminada su arenga, cada cual regresó al sitio que le había sido asignado. Al poco rato el círculo de fuego comenzó a ponerse por el occidente. La oscuridad fue difuminando poco a poco los árboles, mientras en toda la capital se escuchaba el primer tañido de la campana. Sonó tres veces seguidas y, de pronto, cesó todo tipo de actividad humana, sumiendo todas las calles en un progresivo silencio. Sólo en el Templo Principal se apreciaba el trémulo latir de una llama. En la quietud que se abatía sobre la ciudad, únicamente los monjes se disponían a recitar sutras, a domar demonios y a poner a prueba su espíritu. El tiempo transcurrió como el agua entre los dedos y llegó el día de la Gran Ceremonia por los Difuntos. Hsüan-Tsang hizo llegar al emperador un escrito, en el que le invitaba a ofrendar incienso. Tai-Chung hizo preparar en seguida sus carrozas y se dirigió al monasterio, seguido de todos sus funcionarios, tanto civiles como militares, sus parientes y las damas de la corte. Sabedores de la importancia del acto, todos los habitantes de la ciudad - jóvenes y ancianos, plebeyos y nobles - acudieron en tropel al monasterio a escuchar las explicaciones de los textos sagrados. La misma Bodhisattva dijo a Moksa: - Hoy es el día de la gran ceremonia. Su importancia es de tal magnitud que creo que ha llegado el momento de mezclarnos entre la multitud y averiguar unas cuantas cosas que nos interesan: primero, sí la función resulta tan solemne como promete, - segundo, si la Cigarra de Oro es realmente digna de los tesoros que le he confiado, y tercero, si el budismo que predica se ajusta a las enseñanzas del Maestro o sigue el rumbo de sus propias pasiones y apetencias. Sin más, se dirigieron al monasterio. Aquella vuelta de dos seres excepcionales a un lugar sagrado era como el reencuentro, largamente aplazado, de dos íntimos amigos. Al entrar en el templo, su sorpresa no tuvo límites. Jamás habían sospechado que en la capital de una gran nación como aquella pudiera existir un monasterio que superaba en magnificencia al de Sadvarsa e incluso al Jardín de Jetavana en Sravasti. No tenía nada que envidiar al reputado templo de Caturdisah, en el que resonaban sin cesar la música sagrada y los cánticos budistas. La Bodhisattva se dirigió hacia un lado del estrado y se puso a observar fijamente a la Cigarra de Oro. A su alrededor todo permanecía inmaculadamente puro, sin una sola mota de polvo. Hsüan-Tsang, el Gran Maestro, ocupaba un lugar destacado, al que iban acercándose, sin ser vistos, los espíritus a los que sus oraciones acababan de redimir. Un poco más atrás escuchaban sus explicaciones con suma atención los personajes más importantes de la ciudad. Todos, jóvenes y ancianos por igual, parecían reconfortados por lo que oían. Jamás habían sospechado que la limosna poseyera tanto valor y la misericordia gozara de tanta estima en el Paraíso. Todo ello confirmó a la Bodhisattva que aquél era un hombre superior a los demás. Era maravillosa la forma como hablaba de las pruebas por las que todo ser tiene que pasar en este mundo de sombra y polvo; de la universalidad de la Ley, tan extensa que podría cubrir todas las colinas y alcanzar hasta el último rincón del espacio. Su énfasis estaba puesto en el continuo examen de la vida y en la práctica incansable del buen obrar. De esta forma, podía conseguirse el favor del cielo y la bendición de lo alto. El Maestro de la Ley pasó después a recitar el "Sutra de la Vida y de la Liberación de los Difuntos", para disertar a continuación sobre la "Crónica del Tesoro Divino para obtener la Paz Nacional". Concluida dicha lectura, explicó el sentido de no pocos pasajes del Tratado sobre el mérito y el buen obrar. La Bodhisattva se acercó entonces un poco más al estrado y, haciendo bocina con las manos, gritó: - ¡Eh, tú, bonzo! Parece que sólo sabes hablar del Pequeño Medio. ¿Es que no tienes ni idea del Grande? Hsüan-Tsang se alegró de que se le hiciera esa pregunta y, bajando del estrado, se dirigió hacia la Bodhisattva y le dijo, tras saludarla con respeto: - Perdonad, respetable maestro, que no os haya tratado con la consideración que merecéis. Respecto a la cuestión que me habéis planteado, os diré que, si he disertado sobre el Pequeño Medio, ha sido porque todos los aquí reunidos saben de qué se trata, mientras que desconocen totalmente lo relativo al Grande. Yo mismo, reconociendo mi ignorancia, he de admitir que no sé gran cosa sobre él. - Las doctrinas que acabas de exponer - replicó la Bodhisattva - son incapaces de llevar la salvación a los condenados y conducirles al cielo. Para lo único que sirven es para confundir a los mortales. Precisamente he traído conmigo el Tripitaka, tres colecciones de las leyes del Gran Medio de Buda. Esos textos sí que pueden llevar al cielo a los espíritus perdidos, librar a los que sufren de sus angustias y quebrar el ominoso ciclo de la transmigración, dotando a los cuerpos de inmortalidad. Mientras discutían, el funcionario a cargo del incienso y de la supervisión de los diferentes salones fue al encuentro del emperador y le dijo: - El Maestro estaba disertando sobre la Ley, cuando se vio interrumpido por los comentarios de dos bonzos andrajosos, que no saben ni dónde tienen la mano derecha. El emperador montó en cólera y ordenó su inmediato arresto. Cuando eran conducidos a la parte de atrás, se cruzaron con Tai-Chung, pero la Bodhisattva ni se inclinó ante él ni le hizo el menor saludo con la mano. Se limitó a mirarle de frente y a preguntarle: - ¿Se puede saber qué es lo que queréis de mí, majestad? - ¿No eres tú el monje que me trajo el otro día la túnica? - exclamó Tai-Chung, a su vez, reconociéndole. - Así es - admitió la Bodhisattva. - Si has venido a escuchar las explicaciones de los textos sagrados - le reprendió entonces Tai-Chung con cierta dureza -, deberías seguir escrupulosamente la dieta vegetariana y no enzarzarte en discusiones estériles con el Maestro. ¿Qué pretendes trayendo la discordia a la sala de estudio? ¿Alargar innecesariamente los oficios? - Da la casualidad de que lo que estaba explicando ese maestro vuestro - contestó la Bodhisattva - son doctrinas del Pequeño Medio, incapaces totalmente de traer la salvación a los espíritus perdidos y llevarlos al cielo. Yo, por el contrario, conozco el Tripitaka, las leyes del Gran Medio de Buda, que pueden salvar a los condenados, liberar a los afligidos y tornar inmortal el cuerpo. - ¿Y dónde está esa Ley del Gran Medio de Buda? - volvió a preguntar Tai-Chung, vivamente interesado. - En la tierra de nuestro señor Tathagata - respondió la Bodhisattva -, en el Gran Templo del Trueno, que se halla situado en la India, concretamente en el Paraíso Occidental. Sus enseñanzas son tan comprometedoras que pueden desatar cien enemistades y acarrear desgracias inesperadas. - ¿Puedes recordar algún fragmento? - insistió Tai-Chung en el mismo tono de excitación que antes. - Por supuesto que sí - volvió a responder la Bodhisattva. - En ese caso - concluyó Tai-Chung, loco de alegría -, que el Maestro haga subir a este monje al estrado y le permita exponer tan maravillosa doctrina. La Bodhisattva y Moksa ascendieron a lo más alto de la plataforma, pero no tomaron allí asiento. Volaron por el aire, hasta posarse en una nube sagrada, revelando así su auténtica personalidad. La Bodhisattva sostenía en sus manos el jarrón con la rama de sauce, mientras Moksa aparecía de pie a su lado con una enorme barra de hierro. El Emperador de los Tang se sintió tan sobrecogido que inclinó la cabeza, adoptando una actitud de total veneración. El resto de los funcionarios, tanto militares como civiles, se echaron rostro en tierra y quemaron incienso. En todo el monasterio no quedó nadie que no agachara la cabeza - incluidos los bonzos, las monjas, los taoístas, las personas corrientes, los hombres de letras, los artesanos y los comerciantes - ni que exclamara, entre sobrecogido y excitado: - ¡La Bodhisattva, la Bodhisattva! De tan extraordinario fenómeno tenemos una canción que dice: Cuanto vieron fue una neblina que todo lo abarcaba y al dharmakaya envuelto en una luz santa. En la numinosidad de aquel aire celestial apareció, de pronto, la figura de una mujer. En la cabeza llevaba un tocado hecho con láminas de oro, en las que aparecían incrustadas flores de jade e incontables ristras de perlas. Vestía una túnica de seda azul de una tonalidad tan pálida que parecía, en realidad, blanca. A la altura de la cintura llevaba dos bolsitas para guardar perfume, de jade y perlas, que brillaban como la luna y se bamboleaban delicadamente al viento. Llevaba puesta, igualmente, una falda de seda tan blanca que daba la impresión de haber sido confeccionada por gusanos de hielo. Ribeteada en oro, conocía la belleza de las nubes de mil colores y de las cambiantes olas del mar de jaspe. Delante de ella revoloteaba una cacatúa de pico rojo y plumaje amarillento, que acostumbraba a vagar por el Océano Oriental y el mundo entero fomentando obras de misericordia y piedad filial. En sus manos sostenía un jarrón, auténtico dispensador de bienes, del que salía una pequeña ramita de sauce, capaz de humedecer el azul del cielo y barrer del mundo todo mal. A sus pies crecía una flor de loto dorada, contrapunto cromático a los anillos de jade que unían no pocas porciones de su vestimenta. De esta guisa se dejó ver Kwang Shr-Ing, la liberadora de las penas y el dolor. Tan inesperada visión entusiasmó tanto a Tang Tai-Chung que se olvidó por completo de los asuntos del imperio. Lo mismo les ocurrió a los funcionarios, tanto civiles como militares, quienes, dejando de lado la etiqueta de la corte, empezaron a gritar, entusiasmados: - ¡Estamos con la Bodhisattva Kwang Shr - Ing! ¡Estamos con ella! Tai-Chung hizo llamar al más reputado de los pintores de su reino y le ordenó que hiciera a toda prisa un boceto de la auténtica figura de la Bodhisattva. El elegido fue un tal Wu Tao-Tsu, retratista especializado en sabios y dioses por lo elevado y noble de sus concepciones. A él precisamente le fueron después confiados los retratos de personajes ilustres que figuraban en la Torre Ling-Yen. Sin pérdida de tiempo tomó su incomparable pincel y dejó plasmada para la posteridad la figura de la Bodhisattva. Apenas lo hubo concluido, se fueron difuminando poco a poco las nubes sagradas, hasta que, finalmente, desapareció del todo la luz dorada. En ese mismo momento descendió de lo alto un pliego de papel, en el que había sido escrito en un estilo "sung" 25 lo siguiente: Invitamos al Gran Gobernante de los Tang a ir en busca de las escrituras más sobresalientes del Occidente. Largo es, en verdad, el camino, pero sus sesenta mil kilómetros conducen directamente al Mahayana o Gran Medio. Sólo sus enseñanzas son capaces de redimir a los espíritus condenados y conducirles al cielo. Quien se ofrezca voluntario para tan penoso viaje se convertirá en un buda de oro. En cuanto Tai-Chung lo hubo leído, se volvió a los monjes y les dijo: - Creo que lo mejor es que suspendamos la ceremonia hasta que alguien haya traído los textos del Gran Medio. Mientras tanto, esforcémonos por dar cuantos frutos de virtud podamos. Todos los presentes estuvieron de acuerdo con la decisión del emperador, quien, volviendo a elevar la voz, preguntó: - ¿Quién se presta a ir al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas? Apenas había acabado de decirlo, cuando se adelantó el Maestro de la Ley e, inclinando humildemente la cabeza, dijo: - Aunque no soy más que un pobre monje sin instrucción, estoy dispuesto a mostraros la fidelidad propia de un perro o un caballo. Yo iré en busca de esas escrituras y, de esa forma, vuestro reino se mantendrá firme y duradero. El Emperador de los Tang se mostró muy complacido. Se llegó hasta donde yacía el monje y, levantándole con sus propias manos, proclamó: - Si estáis dispuesto a demostrarme de esa forma vuestra lealtad, sin importaros para nada la distancia o las molestias del viaje, mi deseo es que, antes de que lo emprendáis, establezcamos un pacto de hermandad. Hsüan-Tsang volvió a echarse rostro en tierra y empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente en señal de gratitud. El Emperador de los Tang era, en verdad, un hombre de palabra y, tomando a Buda por testigo, se inclinó cuatro veces seguidas ante Hsüan-Tsang, llamándole "mi hermano, el monje santo". Profundamente conmovido, Hsüan-Tsang replicó: - Yo, majestad, no soy más que un pobre bonzo que no sabe hacer otra cosa que perseguir la perfección. No comprendo qué habéis visto en mí para tratarme con tanta consideración y cariño. Os prometo que no ahorraré esfuerzos ni penalidades hasta que no haya alcanzado el Paraíso Occidental. No regresaré con las manos vacías, os lo aseguro. Prefiero la muerte y la eterna condenación en el infierno a volver sin las escrituras. Se volvió a continuación hacia la imagen de Buda y, tomando en sus manos tres varillas de incienso, juró cumplir fielmente la misión que le había sido encomendada. Complacido, el emperador regresó en su carroza al palacio, donde redactó un documento por el que nombraba su representante al Maestro de la Ley. Su publicación quedó, no obstante, en suspenso, a la espera de un día y hora propicios para ello. Una vez que todos se hubieron retirado, Hsüan-Tsang regresó, a su vez, al Templo de la Gran Bendición. Muchos de los monjes que en él residían y no pocos de sus discípulos, al enterarse del asunto de las escrituras, corrieron a su encuentro y le preguntaron: - ¿Es verdad que habéis jurado ir al Paraíso Occidental? - Así es - contestó Hsüan-Tsang, sincero. - Pero yo he oído decir que el camino hasta ese lugar es largo y que está plagado de innumerables peligros - replicó, preocupado, uno de sus discípulos -. Eso sin contar los tigres, los leopardos y toda clase de monstruos que acechan, amenazadores, a los caminantes. ¿Cómo vais a libraros de ellos? ¿No se os ha ocurrido pensar que la marcha es fácil y el regreso muy inseguro? - He hecho un juramento y estoy dispuesto a cumplirlo pase lo que pase - respondió Hsüan-Tsang -. Es más, he pactado con el cielo que, si no regreso con esas escrituras, caiga sobre mí la eterna condena del infierno. El emperador me ha concedido un gran honor confiándome una misión de tanta transcendencia y estoy decidido a pagarle con lealtad toda la confianza que ha depositado en mí. No puedo permitirme el lujo de defraudarle, aunque no sepa lo que me espera en el camino. Cambió a continuación de tono y añadió: - Nadie sabe en concreto el tiempo que estaré fuera. Quizá dos años, o tres, o seis, o siete. Lo único seguro es que, cuando veáis que las ramas de los pinos que hay plantados a la puerta señalan hacia el oeste, estaré a punto de concluir el viaje. De lo contrario, deberéis seguir esperando. Los discípulos tomaron buena nota de esas palabras y agacharon la cabeza, apenados. A la mañana siguiente Tai-Chung celebró audiencia, acudiendo todos los funcionarios a su llamada. Juntos redactaron un documento formal, en el que se especificaba el propósito del viaje y se pedía se ofreciera a su portador toda la ayuda que precisara. Apenas habían acabado de estampar los sellos, cuando se presentó el encargado imperial de los estudios astronómicos y dijo: - La posición de los planetas es hoy extremadamente favorable para el inicio de viajes especialmente largos. Semejante informe agradó sobremanera al Emperador de los Tang. Al poco rato se presentó el Guardián de la Puerta Amarilla, quien anunció con voz solemne: - El Maestro de la Ley espera ser recibido en audiencia. El emperador le hizo entrar en seguida y le dijo, entusiasmado: - Querido hermano, según los astros, hoy es un día propicio para el viaje. Acabamos, además, de redactar un salvoconducto que lleva estampado el sello imperial. Sería conveniente, por tanto, que iniciaras el camino cuanto antes. Quisiera que aceptaras como regalo esta escudilla de oro rojizo, que puedes usar a lo largo del viaje para pedir limosna. Te acompañarán dos personas y tendrás un caballo a tu entera disposición. Complacido, Hsüan-Tsang aceptó los regalos con grandes muestras de agradecimiento y se puso inmediatamente en camino. El emperador montó en la carroza y salió a despedirle a las puertas de la ciudad, acompañado de gran número de funcionarios. Todos los monjes del Monasterio de la Gran Bendición estaban esperándole allí con todas sus ropas, tanto de verano como de invierno. Al verles, el emperador ordenó que lo cargaran todo en uno de los caballos y pidió después a un oficial que le acercara un jarro de vino. Tai-Chung llenó una copa y, al disponerse a brindar, preguntó: - ¿Qué otro nombre tienes, hermano, aparte del que ya conocemos? - Yo, señor, soy tan pobre - respondió Hsüan-Tsang - que no tengo ni familia. ¿Cómo voy a poseer otro nombre? - No importa - contestó Tai-Chung -. La Bodhisattva dijo que en el Paraíso Occidental había tres colecciones de escrituras. ¿Qué te parece si a partir de hoy te llamamos Tripitaka? - A nadie podía habérsele ocurrido un nombre más apropiado - volvió a responder Hsüan-Tsang. Sin embargo, no se atrevió a tomar el vino y añadió -: Deberíais saber, majestad, que el alcohol nos está totalmente prohibido. Yo, de hecho, no lo he probado en toda mi vida. - Hoy es un día muy especial - replicó Tai-Chung -. Este viaje me ha dado muchísimas esperanzas. ¿Por qué no tomas una copa de vino vegetariano y brindamos juntos por el éxito de la empresa? Hsüan-Tsang no se atrevió a decir que no. Cuando se disponía a llevarse el vino a la boca, vio que Tai-Chung se agachaba de pronto, cogía un poco de tierra y se lo echaba directamente en la copa. Tripitaka puso tal cara de sorpresa que el emperador soltó la carcajada y preguntó: - ¿Cuánto tiempo calculas que puede llevarte este viaje al Paraíso Occidental? - Probablemente estaré de vuelta dentro de tres años - respondió Tripitaka. - Un tiempo muy largo para un viaje plagado de dificultades - comentó Tai-Chung -. Bebe, hermano, y recuerda esto: un poco de polvo de tu propio país es muchísimo más valioso que diez mil piezas de oro de otras tierras. Tripitaka comprendió entonces el significado de lo que acababa de hacer y tomó la copa de un solo trago, agradeciendo al emperador cuanto había hecho por él. Sin más, salió por la puerta, abandonando la ciudad, mientras Tai-Chung regresaba, apenado, a su palacio. No sabemos qué le ocurrió durante el viaje. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar con atención a las explicaciones que se dan en el próximo capítulo. 第013回 LA LIBERACIÓN DE LA ESTRELLA DE ORO EN LA GUARIDA DEL TIGRE. PUO-CHIN DETIENE AL MONJE EN LA CORDILLERA DE LA DOBLE BIFURCACIÓN El poderoso Emperador de los Tang hizo público un documento, por el que encargaba a Hsüan-Tsang ir en busca de las fuentes del Zen. Estaba dispuesto a llegar hasta el Habitáculo del Dragón y a escalar el Pico del Buitre. ¿Cuántas naciones debería cruzar para lograr tan alto objetivo? Nadie dudaba que habría de trasponer más de diez mil montañas. Guiado por un ideal tan sublime, abandonó la corte y se dirigió hacia el oeste, para alcanzar el Gran Vacío con la sola ayuda de su ley y de su fe. El doce del noveno mes del decimotercer año del período Chen-Kwan Tripitaka fue despedido a las mismas puertas de la ciudad de Chang-An por el emperador y no pocos de sus funcionarios. Durante dos días los caballos galoparon sin cesar y no tardaron en llegar al Monasterio de la Puerta de la Ley, donde salieron a recibirles el guardián y los quinientos monjes que en él residían. Después de ofrecerle un vaso de té, se sentaron a la mesa y tomaron una cena vegetariana. Apenas la hubieron concluido, comenzó a caer la noche. Las sombras fueron tachonando poco a poco el cielo de estrellas, mientras hacía su aparición la luna, brillante como las aspiraciones de un hombre puro. A lo lejos una bandada de patos salvajes regresaba cansinamente a su nido. Todos los hogares se fueron quedando a oscuras, menos los monasterios de los monjes, que empezaron a recitar sus oraciones, sentados sobre esteras de bambú. Los rezos duraron hasta bien entrada la noche. Para entonces varios bonzos habían empezado ya a discutir sobre las doctrinas budistas y la conveniencia de desplazarse al Paraíso Occidental en busca de más escrituras. Algunos afirmaron que el viaje era largo en extremo, con amplios ríos que vadear y altísimas montañas que trasponer; otros dijeron que el camino estaba plagado de tigres, leopardos y otras bestias; un tercer grupo mantuvo que había cordilleras tan altas que ningún hombre las había escalado jamás; finalmente, los más imaginativos insistieron en que lo más peligroso eran unos monstruos a los que nadie había logrado dominar hasta la fecha. Mientras hablaban, Tripitaka mantuvo cerrada celosamente la boca, limitándose a sacudir la cabeza y a apuntar con el dedo a su corazón. Intrigados, muchos de los monjes doblaron las manos a la altura del pecho y le preguntaron, respetuosos: - ¿Por qué señaláis sin cesar vuestro corazón y sacudís tanto la cabeza? - Cuando la mente está en movimiento - respondió Tripitaka -, hace su aparición el reino de la destrucción y la muerte, mientras que, cuando permanece inactiva, la vida se hace más fuerte. En el Monasterio de la Metamorfosis, delante de la estatua de Buda, hice un juramente solemne y no me queda otra alternativa que hacer cuanto esté de mi mano por cumplirlo. No pararé, pues, hasta haber alcanzado el Paraíso Occidental, haberme entrevistado con Buda y haber conseguido las escrituras. De esta forma, la Rueda de la Ley girará en nuestra dirección y el reinado de nuestro señor quedará asegurado para siempre. Estas palabras hicieron nacer la admiración en todos los presentes, que exclamaron, respetuosos: - ¡Qué maestro tan leal y valiente! - y, deshaciéndose en elogios, le acompañaron hasta el lecho. Al poco tiempo los guardianes de la ciudad empezaron a hacer sonar las cañas de bambú, haciendo saber a todos sus habitantes que la luna acababa de ponerse. Los cantos de los gallos parecían querer forzar al sol a salir de su escondite nocturno. Muchos de los monjes abandonaron entonces el lecho y se pusieron a preparar el desayuno. Hsüan-Tsang vistió su túnica y se dirigió al templo a orar, diciendo: - Yo, señor, soy vuestro discípulo Chen Hsüan-Tsang y me encuentro de camino hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras. Sin embargo, mis ojos son demasiado débiles y les cuesta reconocer la auténtica figura del Buda viviente. Por eso, desearía haceros una promesa: quemaré incienso en cuanto monasterio encuentre a largo del camino, os prestaré adoración en dondequiera que me tope con vos, y barreré y adecentaré cuanta pagoda tenga el honor de vislumbrar. A cambio sólo os pido que seáis misericordiosos conmigo y me mostréis vuestro cuerpo de diamante de cinco metros de altura. Vos sabéis bien que mi único anhelo es conseguir las escrituras y traerlas a las Tierras del Este. En cuanto hubo terminado la oración, regresó al monasterio y tomó un poco de comida. Para entonces sus dos acompañantes habían ensillado ya los caballos y preparado todo lo indispensable para el viaje. Tripitaka se despidió de los monjes a la puerta del monasterio, pero ellos se echaron a llorar y le acompañaron durante más de siete kilómetros. Tripitaka les vio partir con lágrimas en los ojos. Sin embargo, su meta era el Oeste y hacia allí se dirigió con decisión. Era a finales del otoño y los árboles aparecían totalmente desnudos. Sólo las altas columnas de los arces dejaban caer alguna que otra hoja roja. Muy pocos caminantes se aventuraban a lanzarse a los caminos, cubiertos de lluvia y lodo. Todo parecía conjurarse para llenar el corazón de pesadumbre y tristeza. No pasó mucho tiempo antes de que los juncales se vieran cubiertos de nieve. Desconcertados, los patos eran incapaces de encontrar el sitio exacto de sus nidos. Las nubes se extendían, amenazantes, sobre todo el paisaje cubierto de escarcha y hielo, mientras las golondrinas y los gansos salvajes se disponían a emigrar hacia otras tierras. Sus gritos sonaban urgentes y desesperados. Después de viajar durante varios días, el maestro y sus acompañantes llegaron a la ciudad de Kung-Chou. Allí salieron a recibirles las autoridades en pleno, quienes insistieron en que se quedaran a pasar la noche. A la mañana siguiente continuaron su camino, no sin antes aprovisionarse de comida y bebida. Caminando de día y descansando de noche, llegaron a las dos o tres jornadas al distrito de He-Chou, que constituía el último baluarte del Gran Imperio Tang. Al enterarse el comandante en jefe de toda la frontera y los monjes del distrito que el Maestro de la Ley, un hermano del mismísimo emperador, se dirigía hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras, salieron a recibirles con todo el boato que se esperaba de ellos. Las autoridades religiosas les invitaron a pasar la noche en el Monasterio de Fu-Yüan, donde fueron agasajados por todos los monjes que en él residían. Después de la cena sus dos acompañantes, conocedores de los deseos de su señor de proseguir el viaje cuanto antes, dieron de comer a los caballos para no perder ni un solo minuto a la mañana siguiente. Apenas hubo cantado el gallo, los monjes saltaron del lecho y prepararon el desayuno, para que tan ilustre visitante pudiera seguir su camino cuando le viniera en gana. En realidad, no era tan temprano, ya que a finales del otoño y durante todo el invierno los gallos suelen cantar un poco más tarde que en las otras estaciones. Aun así, cuando abandonaron las fronteras del imperio, todo estaba cubierto de escarcha y la luna brillaba como si fuera noche cerrada. A los veinte o treinta kilómetros se toparon con una cordillera tan alta que pronto comprendieron que les iba a ser extremadamente difícil atravesarla. En vano trataron de encontrar un paso, temiendo a cada momento equivocarse de rumbo. Cuando más nerviosos estaban, resbalaron los tres al tiempo y cayeron, caballo incluido, en el interior de una fosa muy profunda. Tripitaka estaba aterrorizado, lo mismo que sus compañeros, que no dejaban de temblar de miedo. Lo más alarmante de todo fue que empezaron a oír voces gritando: - ¡Agarradlos! ¡Que no se escape ninguno! Al punto se levantó un viento huracanado y apareció un grupo de cincuenta o sesenta ogros, que, tras echar mano de Tripitaka y de sus compañeros, les sacaron en volandas de la fosa. Sin dejar de temblar, el Maestro de la Ley miró a su alrededor y vio a un Rey Monstruo sentado en lo alto. Su figura era realmente aterradora y su cara poseía una fiereza fuera de lo común. Sus ojos brillaban como rayos y su voz hacía temblar a las montañas, como si se tratara del trueno. Poseía unos dientes protuberantes y tan desiguales como sierras, que emergían de la comisura de los labios, como si de colmillos se tratara. Todo su cuerpo estaba cubierto de extrañas figuras, que en el espinazo adquirían la forma de espirales que ascendían por él como si fueran de humo. El vello que le cubría era acerado y las garras, sólidas e imponentes, parecían espadas recién afiladas. Incluso el bravo Hwang-Kung de Tung-Hai se habría echado a temblar al ver al Rey de la Montaña del Sur con sus cejas blancas. Tripitaka estaba tan aterrado que sintió cómo le abandonaba el espíritu, y los huesos y tendones se le entumecían de golpe. El Rey Monstruo ordenó que les ataran y, echando mano de gruesas cuerdas, los ogros obedecieron sin rechistar. Cuando se disponían a devorarlos, se oyó fuera un rumor de voces y alguien informó: - Acaban de llegar el Oso Señor de la Montaña y el Buey Ermitaño. Tripitaka levantó la cabeza y vio que el primero era un tipo atezado, de aspecto valiente y cuerpo fornido. Su fuerza era tanta que era capaz de separar el agua de los mares. Recorría sin cesar los bosques, sólo para mostrar lo irreductible de su poder. Aunque soñar con osos ha sido interpretado desde siempre como buen augurio, éste movía a la sumisión y al temor. Era, de hecho, tan fuerte que podía, según le viniera en gana, subirse o quebrar los árboles que quisiera. Poseía, además, una inteligencia tan profunda que era capaz de predecir la cercanía del invierno. No es extraño que fuera conocido como el Señor de la Montaña. El otro estaba dotado de un impresionante par de cuernos y de una no menos llamativa joroba. Vestía una túnica verdosa y su modo de andar era cansino, denotando un modo de ser más bien tranquilo. Era hijo de un toro y una vaca y se mostraba muy servicial con los hombres, especialmente a la hora de arar. No en balde era conocido por doquier con el nombre de Buey Ermitaño. Los dos entraron contoneándose con cierta jactancia y el Rey Monstruo se apresuró a darles la bienvenida. - Debo felicitaros, general Yin - exclamó el Oso Señor de la Montaña -. Se nota que el tiempo no pasa por vos y que estáis en tan buena forma como siempre. - Es algo ciertamente increíble - confirmó el Buey Ermitaño -. El general Yin cada vez parece más joven. - Hacía muchísimo tiempo que no os veía, caballeros - dijo, a su vez, el Rey Monstruo, tratando de cambiar de conversación -. ¿Se puede saber dónde habéis estado? - Haraganeando por ahí un poco - contestó el Señor de la Montaña. - Haciendo lo que se puede - respondió casi al mismo tiempo el Buey Ermitaño, y todos tomaron asiento. Uno de los acompañantes de Tripitaka había sido atado con tal rudeza que empezó a gemir de dolor. Sorprendido, el fortachón se volvió y preguntó: - ¿Cómo han llegado esos tres hasta aquí? - No lo sé - contestó el Rey Monstruo -. Ellos solitos se presentaron ante mi puerta, sin que nadie les llamara. - ¿Podéis servírnoslos para cenar? - preguntó el Buey Ermitaño, soltando la carcajada. - ¡Por supuesto que sí! - exclamó el Rey Monstruo, complacido. - Creo que lo mejor es que no terminemos con todos - sugirió el Señor de la Montaña -. Comámonos dos y dejemos el otro para más adelante. El Rey Monstruo aceptó la idea sin rechistar. Llamó a sus servidores y les ordenó que descuartizaran y sacaran las tripas a los acompañantes de Tripitaka. Las cabezas, corazones e hígados fueron para los invitados, el anfitrión dio buena cuenta de las extremidades y los otros ogros se encargaron de devorar la carne que sobraba. Parecían auténticos tigres. Mascaron con tanta rapidez que a los pocos segundos no quedaba ni la médula de los huesos. Tripitaka estaba tan aterrado que creía estar teniendo una pesadilla. Era la primera prueba a la que se veía sometido después de abandonar Chang-An, pero no dudó ni un solo segundo de la bondad de su empresa. Poco a poco empezó a dibujarse por el este una tímida línea de luz. Los dos monstruos permanecieron sentados hasta que hubo amanecido del todo. Se pusieron entonces de pie y se despidieron de su anfitrión, diciendo: - Estamos en deuda con vuestra generosa hospitalidad. Tened por seguro que, en cuanto dispongamos de la menor oportunidad, os pagaremos con la misma moneda - y se marcharon. El sol estaba ya alto en el cielo. Tripitaka se encontraba sumido en tal sopor que era incapaz de distinguir el norte del sur y el este del oeste. En ese estado le pareció ver, de pronto, a un anciano con un bastón acercarse a él con paso cansino. Al llegar a su altura, sacudió las manos y todas sus ropas se pusieron en movimiento. Sopló después sobre Tripitaka y éste pareció recobrar el aliento. Se dejó caer sobre el suelo y dijo: - Os agradezco que me hayáis salvado la vida. - Levantaos - replicó el anciano, tras aceptar su gratitud -. ¿No os dejáis aquí nada? - Mis dos acompañantes han sido devorados por los monstruos - contestó Tripitaka -. Por lo que respecta al caballo y al equipaje, no tengo ni idea de dónde pueden estar. - ¿No es aquél vuestro caballo? - volvió a preguntar el anciano, al tiempo que señalaba con su bastón. Tripitaka se dio la vuelta y vio que tanto el animal como las alforjas habían sufrido el menor desperfecto. Sorprendido, miró al anciano de frente y le preguntó: - ¿En qué lugar estamos? ¿Cómo es posible que andéis solo por estos parajes? - Ésta - respondió el anciano - es la Cordillera de la Doble Bifurcación, un lugar plagado de tigres y lobos. ¿Cómo te las has arreglado para llegar hasta aquí? - Abandoné el Distrito de He - Chou con el primer canto del gallo - contestó Tripitaka - . Me temo que mis compañeros y yo deberíamos haber esperado a que hubiera amanecido, porque nos perdimos y empezamos a dar trompicones entre la niebla. Fue así como fuimos a parar a manos del terrible Rey Monstruo. Al poco rato se presentaron el Oso Señor de la Montaña y el Buey Ermitaño, dos bestias de aspecto feroz que se empeñaron en llamar General Yin al Monstruo. Entre los tres se zamparon a mis dos acompañantes en una cena que duró justamente hasta el amanecer. No sé por qué me respetaron a mí. - El Buey Ermitaño - explicó el anciano - es, en realidad, el espíritu de un toro salvaje; el Señor de la Montaña, el de un oso, y el General Yin, el de un tigre. En cuanto a los otros, os diré que se trata de demonios de árboles y montañas, y de espíritus de muy variada procedencia. No pudieron hacer nada contra vos, porque poseéis un natural piadoso y puro. Seguidme, si lo deseáis, y os enseñaré el camino que debéis seguir. Tripitaka no encontraba palabras para agradecérselo. Ajustó las cinchas al caballo y, tomándolo por las riendas, caminó con cuidado detrás del anciano. Así pudo abandonar la fosa en la que había caído y regresar al sendero principal. Estaba tan agradecido cuando se halló en terreno seguro, que quiso echarse rostro en tierra; pero, al darse la vuelta, tras atar el caballo a unos arbustos, comprobó que el anciano había desaparecido. En aquel mismo momento se levantó una suave brisa y le vio elevarse hacia lo alto montado en una garza blanca de cabeza sonrosada. Poco a poco fue amainando el viento y entonces cayó una hojita de papel en la que aparecía escrito con esmerada caligrafía lo siguiente: Soy el Planeta Venus y he acudido en tu auxilio por expresa orden del Cielo. No desfallezcas y sigue adelante. Recuerda que, mientras dure tu noble misión, siempre gozarás de nuestra ayuda. En cuanto Tripitaka lo hubo leído, se inclinó ante el cielo y dijo: - Gracias, Estrella de Oro, por haberme liberado - y, agarrando las riendas del caballo, continuó su solitario y melancólico viaje. Los parajes por los que ahora discurría eran fríos y batidos de continuo por la lluvia y el viento. A veces se oía el leve murmullo de las aguas de un arroyo y se percibía el tímido aroma de las flores silvestres. Las rocas se apilaban unas sobre otras, como inaccesibles murallones, a medida que ascendía. A lo lejos se escuchaban gritos de monos y berridos de ciervos entre esporádicos gorjeos de pájaros. La calma era absoluta; estaba claro que no había hombre alguno en varios kilómetros a la redonda. Eso hizo que el monje cayera nuevamente presa de la ansiedad y que el mismo caballo se sintiera tan intranquilo que empezaron a fallarle las patas. Descorazonado, pero dispuesto a sacrificar su vida por la misión a la que se había comprometido, Tripitaka continuó su penosa ascensión por la cordillera, que se hacía más escabrosa con cada paso que daba. Caminó durante medio día y en todo ese tiempo no se topó con un solo hombre o lugar habitado. La punzada del hambre se hacía cada vez más intensa y las fuerzas le iban fallando. Para colmo de males, se encontró con que dos tigres terribles le cortaban el paso, mientras a sus espaldas serpenteaban varias culebras enormes y a su derecha e izquierda se movían, amenazantes, infinidad de bestias de la más variada procedencia. A Tripitaka no le quedó más remedio que encomendarse a la decisión protectora de los Cielos. Poco podía hacer por escapar, pues el caballo estaba totalmente derrengado y parecía incapaz de dar un solo paso más. Tanta era su debilidad que dobló las patas delanteras y se quedó tumbado en el suelo. No había forma de moverle. Los palos no servían de nada y tirar de las riendas hubiera resultado completamente inútil. Lo peor era que al Maestro de la Ley apenas le quedaba espacio para poner los pies. Desesperado, se resignó a su suerte, dispuesto a ceder ante la muerte. Sin embargo, aunque la situación era francamente peligrosa, la salvación estaba ya en camino. Cuando se disponían a saltar sobre él, algo hizo huir a las bestias, a los tigres dispersarse y a las serpientes esconderse. Tripitaka levantó la vista, desconcertado, y vio venir a un hombre con un tridente de acero en las manos y un arco sujeto a la cintura. No podía negarse que se trataba de un héroe. Llevaba cubierta la cabeza con una piel de leopardo salpicada de amatistas y vestía una túnica hecha de piel de cordero, sobre la que se habían estampado varios bordados de seda negra. Su cintura la ceñía una correa, en cuya hebilla se apreciaba la figura de un rey bárbaro con cabeza de león. Sus botas eran llamativamente altas y habían sido confeccionadas con arte. Tenía unos ojos tan saltones que parecían los de un ahorcado, mientras que lo descuidado de su barba le hacía parecer un dios guerrero. Así lo atestiguaban el arco y las flechas envenenadas que llevaba colgados a la cintura y el tridente de acero puro que sostenía en las manos. Su voz recordaba al bramido del trueno y era capaz de llenar de temor a todas las criaturas que habitaban en el bosque. Cuando Tripitaka vio que se encontraba a una distancia suficiente para ser entendido, se echó rostro en tierra y gritó: - ¡Tened compasión de mí! ¡Os lo suplico! El hombre se llegó hasta donde estaba el monje, clavó el tridente en el suelo y, ayudándole a levantarse con inesperada dulzura, dijo: - No tengáis miedo. Yo soy incapaz de hacer mal a nadie. Para vuestra información os diré que me gano la vida cazando por estos parajes. Me llamo Liou Puo-Chin, aunque todo el mundo me conoce por el nombre Guardián de la Montaña. He salido a buscar algo de comer. Lo que menos sospechaba era que fuera a tropezarme con vos. Espero no haberos asustado. - Yo - explicó entonces Tripitaka - soy un pobre monje que se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de los escritos de Buda por expreso deseo de su majestad el Emperador de los Tang. Antes de que llegarais, me vi rodeado por un número incalculable de tigres, lobos y serpientes y no pude seguir adelante. Afortunadamente, en cuanto os vieron acercaros, huyeron despavoridos y así pude salvar la vida. Estoy, pues, en deuda con vos. No ha sido nada - se disculpó, tímido, Puo-Chin -. Las bestias salvajes me temen, porque, como ya os he dicho antes, me gano la vida matando tigres, lobos y leopardos, y cazando las serpientes y reptiles que puedo. Si venís del imperio de los Tang, no tenéis nada que temer. Este territorio es, de hecho, parte de él y yo soy uno más de sus súbditos. Por lo que se ve, los dos reverenciamos al mismo Hijo del Cielo y somos ciudadanos de la misma nación. Si queréis, podéis descansar en mi choza y proseguir mañana el viaje. Tripitaka se puso loco de contento, al escuchar esas palabras. Agarró al caballo de las bridas y siguió lentamente al cazador. Ascendieron por una pendiente muy pronunciada y a los pocos pasos volvió a escucharse el ulular del viento. Eso hizo que Puo-Chin se detuviera de pronto y dijera: - Sentaos aquí y no os mováis. Algo me dice que anda cerca un leopardo. Voy a ver si lo cazo y así podré ofreceros algo de comer. Al oírlo, Tripitaka sintió cómo le martilleaba el corazón en el pecho. De nuevo volvieron a abandonarle las fuerzas y se quedó como clavado en el suelo. El Guardián de la Montaña, por su parte, tomó el tridente y avanzó con cuidado hacia delante. A los pocos pasos se topó de frente con un enorme tigre de piel estriada, que se dio a la fuga en cuanto le vio. Puo-Chin salió disparado tras él, gritando con su potente voz de trueno: - ¡Maldita bestia! ¿Se puede saber adonde intentas huir? Al darse cuenta de que la huida era inútil, el tigre se dio media vuelta, desplegó sus zarpas y se enfrentó con el temible tridente de su adversario. Tripitaka estaba tan aterrado que no podía moverse del sitio. Jamás había visto tanta violencia después de abandonar el vientre de su madre. El Guardián de la Montaña persiguió al tigre hasta el mismísimo pie de la montaña, donde hombre y bestia se enzarzaron en un formidable encuentro. Los cabellos del Guardián se movían como remolinos de viento, mientras el animal levantaba nubes de polvo, que hablaban a las claras de su increíble fortaleza. Mostrando sus afilados dientes, lanzó un terrible zarpazo contra su adversario, que lo esquivó con un rápido movimiento de cintura. Después alzó el tridente y el sol se reflejó en su acero. El tigre levantó una nube de polvo con la cola y el golpe del cazador erró el pecho de la bestia. Los dos eran extremadamente ágiles y se esquivaban con la maestría de auténticos guerreros, de lo contrario uno de los dos hubiera ido a reunirse en seguida con el Rey Yama. Los rugidos del tigre se escuchaban en toda la montaña, sumiendo a las bestias y a los pájaros en un incontrolable temblor. Por su parte, los gritos del Guardián de la Montaña impresionaron de tal manera al firmamento que dejó ver al punto su tesoro de estrellas. La fiereza de uno hacía como si fueran a salírsele los ojos de sus órbitas, pero poco eco encontraban en el corazón del otro semejantes baladronadas. El Guardián de la Montaña era un luchador excelente, que no desmerecía en nada de la impecable técnica del rey de los animales salvajes. Hombre y bestia luchaban por su vida, sabedores de que quien se descuidara sería el primero en perderla. El encuentro duró aproximadamente una hora. Para entonces las garras del tigre comenzaron a hacerse cada vez más lentas y su cuerpo empezó a perder elasticidad. Eso terminó perdiéndole, porque al poco rato el Guardián de la Montaña acertó, por fin, a clavarle el tridente en el pecho. ¡Fue un espectáculo digno, en verdad, de lástima! El acero destrozó el corazón de la bestia y al punto se llenó de sangre todo el suelo. El Guardián de la Montaña lo agarró entonces por una oreja y lo arrastró ladera arriba. ¡Qué envidiable constitución la de aquel hombre! Apenas jadeaba, cuando llegó a la altura de Tripitaka; su rostro no había cambiado en absoluto de color. - Hemos tenido suerte - dijo, feliz, al monje -. Este tigre nos proporcionará el sustento de un día por lo menos. - En verdad sois un dios de la montaña - afirmó Tripitaka, celebrando su triunfo con entusiasmo. - ¿Yo? - exclamó Puo-Chin, sorprendido -. ¿Qué he hecho, en definitiva, para merecer un título como ése? Todo ha sido producto de la buena suerte. Vamos. Hay que despellejarlo cuanto antes, para que podáis comer sin tardanza. Porque me figuro que tendréis hambre, ¿no es así? Con el tridente en una mano y arrastrando al tigre con la otra, se dispuso a abrir la marcha, seguido de Tripitaka y su caballo. Una vez transpuesta la empinada ladera, llegaron a una aldea perdida en la montaña, en cuyas calles abundaban las enredaderas salvajes y se veían las raíces de árboles centenarios. El aire era allí muy fresco, aunque desaparecía toda sensación ante la belleza del paisaje en el que se hallaba enclavada. Los senderos que conducían a ella estaban cubiertos de flores silvestres de un aroma tan intenso que quedaba para siempre impregnado en el cuerpo. Los cañaverales no eran abundantes, pero el verdor de su bambú era muy superior al de cualquier otro lugar. Aquella aldea parecía arrancada de un cuadro con sus porches cubiertos de hierba, sus patios vallados, sus puentes de piedra y sus paredes blanqueadas. ¡Qué rara elegancia la de aquel lugar tan humilde! La presencia del otoño se hacía notar en el fresco enérgico del viento, en las hojas amarillentas que festoneaban los caminos, en las nubes blanquecinas que desdibujaban las cumbres de las montañas... En la lejanía del bosque se escuchaban los cantos de las aves silvestres, mientras más cerca, en el interior mismo del pueblo, sólo se oía el alborotador ladrido de los perros. Al llegar a la puerta de su casa, Puo-Chin dejó caer al suelo el tigre muerto y, levantando la voz, preguntó: - ¿Hay alguien en casa? Al instante salieron a su encuentro tres o cuatro sirvientes, de aspecto mezquino y desagradable, que llevaron a la bestia al interior de la casa. Puo-Chin les ordenó que la descuartizaran e hicieran con ella un guiso para su ilustre invitado. Se volvió a continuación hacia Tripitaka y le invitó a hospedarse en su hogar. El Maestro de la Ley no sabía cómo corresponder a tantas atenciones. Sin saber exactamente lo que decía, le agradeció nuevamente que le hubiera salvado la vida, a lo que Puo-Chin replicó con presteza: - No necesitáis agradecerme nada. Al fin y al cabo, pertenecemos a la misma nación, ¿no es así? Tras sentarse a tomar una taza de té, acudieron a dar la bienvenida a Tripitaka una anciana y una mujer que tenía todas las trazas de ser su nuera. - Ésta - dijo Puo-Chin, señalando a la anciana - es mi madre y esa otra mi esposa. - Permitidme que ceda el puesto de honor a vuestra respetable progenitura - pidió Tripitaka -. No está bien que yo, una persona más joven, goce de más consideración que ella. - ¡De ninguna manera! - protestó la anciana -. Vos sois nuestro invitado y, además, venís desde muy lejos. Permaneced sentado, por favor, y no seáis tan educado. - Este monje, madre - explicó Puo-Chin -, se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de los escritos de Buda por expreso deseo del Emperador de los Tang. Le encontré en la cordillera y, puesto que ambos pertenecemos a la misma nación, le invité a venir a descansar a nuestra casa. Mañana, si quiere, podrá proseguir su camino. - ¡Qué bien! - exclamó la anciana, visiblemente complacida - No se te podía haber ocurrido una idea mejor. Este monje nos viene que ni caído del cielo. Precisamente mañana es el aniversario de la muerte de tu padre y he pensado que no estaría de más que presidiera algún tipo de oficio por él. Me figuro que le dará igual marcharse pasado mañana. A pesar de ser cazador, el Guardián de la Montaña tenía un alto sentido de la piedad filial y aceptó en seguida la sugerencia de su madre. En un abrir y cerrar de ojos, preparó el incienso y el papel moneda y expuso todo el plan a Tripitaka. Mientras discutían los detalles, empezó a oscurecer. Los criados trajeron entonces sillas y una mesa, y empezaron a servir diferentes platos confeccionados con carne de tigre, algunos de ellos al vapor. Puo-Chin invitó a Tripitaka a sentarse a la mesa, informándole oportunamente que el arroz no tardaría en llegar. - ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, juntando las manos -. Yo he sido monje toda mi vida y jamás he probado carne. - Eso sí que es un problema - replicó Puo-Chin, apenado -, porque en esta casa jamás se ha seguido una dieta vegetariana. Me figuro que no nos sería muy difícil encontrar por ahí algo de bambú y alguna que otra verdura, pero por fuerza tendrían que ser cocinadas con grasa de tigre o de ciervo. Eso sin contar con que todas nuestras cazuelas están impregnadas de grasa animal hasta le médula. ¿Qué podríamos hacer? Perdonad que haya sido tan descuidado. - No os preocupéis - trató de consolarle Tripitaka -. Disfrutad de la comida solo. Yo soy capaz de resistir el hambre tres o cuatro días seguidos. Si he de seros sincero, para mí todo es preferible a saltarme a la torera la dieta vegetariana. - Suponed que os morís de hambre - protestó Puo-Chin -. ¿Qué va a pensar la gente de mi hospitalidad? - Bastante amable habéis sido conmigo al salvarme de los tigres y los lobos - le tranquilizó Tripitaka -. Morir de hambre es mucho mejor que terminar siendo pasto de un tigre. La madre de Puo-Chin oyó entonces la conversación y, dirigiéndose a su hijo, dijo: - Deja de decir tonterías, por favor. Ahora mismo voy a prepararle un plato vegetariano. - ¿Se puede saber de dónde vas a sacarlo? - exclamó Puo-Chin, sorprendido. - Eso a ti no te importa - replicó la anciana -. Es asunto exclusivamente mío. Pidió a su nuera que le bajara un puchero y lo calentó hasta que toda la grasa se hubo derretido. Después lo lavó con cuidado, restregándolo una y otra vez, y lo llenó de agua, que puso inmediatamente al fuego. Echó a continuación unas cuantas hojas de olmo y así preparó una sopa, a la que agregó un poco de arroz, unas cuantas mazorcas de maíz y dos o tres puñados de verduras secas. - Tomad esto, maestro, y no os preocupéis - dijo a Tripitaka, a la hora de servírselo -. Os aseguro que ésta es la comida más pura y carente de inmundicias que mi nuera y yo hemos preparado en toda nuestra vida. Tripitaka se sintió tan conmovido que se levantó para darle las gracias. Puo-Chin, por su parte, se cambió a otra mesa y al instante sus criados le sirvieron una cantidad increíble de platos de carne de tigre, de ciervo, de serpiente, de conejo y de venado curado. Cogió los palillos, pero, cuando se disponía a llevarse a la boca el primer trozo, vio que Tripitaka juntaba las manos y se ponía a recitar algo que no logró entender del todo. Corrido de vergüenza, volvió a dejar los palillos sobre la mesa y se puso respetuosamente de pie. Al verlo, Tripitaka dio por terminada su oración y dijo: - Comed, antes de que se os quede frío. - Se nota que os gusta recitar pequeños pasajes de las escrituras - comentó Puo-Chin, aliviado. - ¿Quién os ha dicho que era un fragmento de las escrituras? - le corrigió Tripitaka -. Se trataba de una simple plegaria para antes de comer. - ¡Cuidado que sois los monjes! - exclamó Puo-Chin -. Hasta para llevaros el alimento a la boca tenéis que rezar. En cuanto hubieron terminado de cenar, los criados recogieron la mesa y Puo-Chin acompañó a Tripitaka a la parte de atrás de la casa. Era ya noche cerrada y se dirigieron hacia un cobertizo cubierto de paja. Entraron en él y encontraron unos cuantos arcos muy pesados con sus correspondientes carcajees colgados de la pared. De las vigas pendían dos espléndidas pieles de tigre, malolientes y llenas de sangre, que parecían dar sombra a un gran número de lanzas, cuchillos y tridentes que había clavados en la tierra en uno de los rincones. En medio podían verse dos asientos, en los que Puo-Chin invitó a Tripitaka a sentarse, pero éste fue incapaz de soportar el olor de la sangre y volvieron a salir al frescor de la noche. Justamente detrás del cobertizo había un inmenso jardín lleno de canteros de crisantemos dorados y de arces de llamativo color carmesí. Al punto se produjo entre el follaje una leve agitación y aparecieron unos cuantos ciervos, que no se asustaron en absoluto de su inesperada presencia. Sorprendido, Tripitaka dijo a su acompañante: - Jamás sospeché que pudierais domesticar a tantos animales. - En la ciudad de Chang-An - replicó Puo-Chin - la gente trata de hacer frente a un futuro incierto amontonando riquezas, arroz y cualquier otro tipo de grano. Aquí los cazadores hacemos lo mismo, pero con animales salvajes. Esto es todo. Mientras hablaban, se hizo noche cerrada y decidieron volver al interior de la casa a descansar. A la mañana siguiente madrugaron todos mucho. Tras preparar un banquete vegetariano para un huésped de tanta importancia, le pidieron que diera comienzo a los oficios. Después de lavarse las manos, el monje se dirigió al salón de los antepasados, donde quemó incienso en compañía del Guardián de la Montaña. Se inclinó a continuación ante el altar familiar y, tras golpear su pez de madera, recitó las fórmulas para la purificación de la boca, a las que siguieron las de la mente y el cuerpo. En seguida se embarcó en el Sutra para la Salvación de los Muertos, suplicándole Puo-Chin, una vez concluido éste, que compusiera una oración particular para su padre, cosa a la que él accedió, complacido. Con voz sonora y acertado tono cantó seguidamente el Sutra del Diamante y el Sutra de Kwang-Ing. Después de un breve descanso para reponer fuerzas, leyó varios pasajes del Sutra del Loto y del Sutra de Amitaya, para terminar con el Sutra del Pavo Real y la narración de cómo Buda curó a un monje mendicante. Para entonces había vuelto a caer la noche, el momento ideal para quemar, junto con el incienso, las efigies de varios caballos de papel, los dibujos de diferentes deidades y la oración compuesta para tan solemne momento. Así se dio por terminada la ceremonia budista y todos se fueron retirando poco a poco a sus aposentos. Las oraciones de Tripitaka resultaron tan efectivas que aquella noche el padre de Puo-Chin, un espíritu condenado que había vagado sin rumbo por el Reino Inferior desde el momento mismo de su muerte, se apareció en sueños a todos los miembros de su familia y les dijo: - Durante mucho tiempo me he visto sometido a terribles tormentos en la Región de las Sombras, sin poder conseguir la salvación. Afortunadamente las súplicas de ese monje han contribuido eficazmente a la remisión de todas mis culpas y el Rey Yama ha decidido reencarnarme en una noble y rica familia de la respetable nación china. Deberíais, por tanto, agradecerle cuanto ha hecho por mí, mostrándoos generosos con él. Ahora me temo que debo abandonaros - y se retiró del sueño. No existe, en verdad, fin más noble en la vida que la liberación de un muerto de todas sus penas y sufrimientos. Cuando la familia se despertó, había empezado ya a amanecer. Muy excitada, la esposa de Puo-Chin le agarró del hombro y le sacudió, diciendo: - Anoche soñé que tu padre volvía a casa para decirnos que durante mucho tiempo se había visto sometido a terribles tormentos en la Región de las Sombras, sin poder conseguir la salvación. Afortunadamente las súplicas de ese monje habían contribuido eficazmente a la remisión de todas sus culpas. Tanto que el Rey Yama había decidido reencarnarle en una noble y rica familia de la respetable nación china. Me pidió después que le agradeciéramos cumplidamente cuanto había hecho por él y, aunque yo le supliqué que se quedara, se alejó a toda prisa de mi sueño. Apenada, me desperté en seguida y sólo te he visto a ti a mi lado. - ¡Qué extraño! - exclamó Puo-Chin, sorprendido -. Yo también he tenido el mismo sueño. Vamos a contárselo a nuestra madre. Pero, cuando se disponían a salir de la habitación, oyeron gritar a la anciana: - Puo-Chin, ven en seguida. Tengo algo importante que decirte. Alarmados, entraron en su habitación y la encontraron sentada en la cama. - Hijo, mío - dijo, alborozada, al verles -. Ayer soñé que tu padre volvía a casa y me ordenaba que agradeciéramos al monje cuanto había hecho por él, ya que, gracias a su acción mediadora, había obtenido por fin la remisión de sus pecados. También me informó de que estaba a punto de reencarnarse en una rica familia de la noble nación china. Al oírlo, tanto el hombre como la mujer se echaron a reír ante la sorpresa de la anciana. - Mi esposa y yo también hemos tenido un sueño como ése - explicó Puo-Chin, cuando pudo, por fin, dominar la risa -. Precisamente veníamos a decírtelo. Lo que menos nos esperábamos es que tú también hubieras soñado lo mismo. Llamaron a cuantas personas habitaban en la casa y acudieron a los aposentos del monje a darle las gracias. En cuanto éste les abrió la puerta se echaron rostro en tierra y dijeron: - Nunca os recompensaremos lo suficiente por haber librado a nuestro padre de los tormentos del infierno. - ¿Qué he hecho yo para merecer tantas atenciones? - protestó Tripitaka, sorprendido, Puo-Chin le contó entonces el sueño que habían tenido los tres y Tripitaka se sintió complacido. En seguida le prepararon una comida vegetariana y le regalaron una bolsa llena de monedas de plata, que él rechazó con firmeza ante la desesperada insistencia de toda la familia. - Para mí el dinero no tiene valor alguno - trató de hacerles comprender -. Ahora bien, si deseáis acompañarme durante una parte del viaje, os estaré eternamente agradecido. A Puo-Chin, a su esposa y a su madre no les quedó, pues, más remedio que guardar el dinero y preparar a toda prisa unas cuantas tortas de harina sin cribar, que Tripitaka aceptó con visible satisfacción. Puo-Chin se puso a continuación las botas y se dispuso a acompañarle durante todo el tiempo que le fuera posible. Siguiendo los consejos de su madre, ordenó a varios criados que cogieran las armas y les sirvieran de escolta. Pertrechados de esa forma, salieron a la carretera principal, contemplando, asombrados, la indescriptible belleza de las montañas y cumbres. Así continuaron aproximadamente durante medio día. Cuando el sol parecía estar en su cenit, se toparon con una montaña tan alta y escabrosa que su cima se perdía en el infinito azul del firmamento. No tardaron en llegar a su pie. El Guardián se detuvo un momento, miró lo empinado de su falda y empezó a ascender por ella, como si estuviera andando por un terreno totalmente llano. A media ascensión, sin embargo, se detuvo de pronto, se dio media vuelta y dijo al monje: - Me temo que sólo puedo acompañaros hasta aquí. A partir de ahora tendréis que proseguir solo el camino. Al oírlo, Tripitaka desmontó de su cabalgadura y le suplicó con manifiesta ansiedad: - Seguid un poco más, por favor. - No puedo hacerlo - se disculpó Puo-Chin -. ¿No comprendéis que ésta es la Montaña de las Dos Fronteras? La parte oriental está bajo el dominio de los Tang, pero la occidental pertenece ya a los tártaros. Me temo que los tigres y lobos que allí habitan no me consideran su soberano y de poco puede valeros, por tanto, mi protección. Eso sin contar con que no me está permitido cruzar la frontera. Os lo repito. Es preciso que sigáis solo. Un miedo mortal se abatió sobre Tripitaka. Sin saber lo que hacía agarró las mangas del cazador y se puso a llorar sin ningún pudor sobre ellas. La situación se hacía tensa por momentos, pero era claro que el momento de la separación había llegado. Fue entonces cuando del fondo de la montaña se oyó una voz que decía: - ¡Mi maestro acaba de llegar! ¡Mi maestro acaba de llegar! Tripitaka se quedó mudo y hasta el mismo Puo-Chin se puso a temblar. No sabemos quién era el que gritaba de esa forma. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar las explicaciones que se brindan en el próximo capítulo. 第014回 VUELTA DEL MONO DE LA MENTE AL CAMINO DE LA VERDAD Y DEL BIEN. LA DESAPARICIÓN DE LOS SEIS BANDIDOS La Mente es Buda y Buda es la Mente; ambos poseen la misma importancia. Quien llega a comprender que no existen ni objetos ni mente está en posesión del dharmakaya de la auténtica inteligencia. El dharmakaya carece de forma y se manifiesta bajo la apariencia del brillo de una perla, en el que todo está contenido. El auténtico cuerpo es el que carece de él y la forma más real es la que no tiene ninguna. No existen ni la forma, ni el vacío, ni la nada, ni el ir, ni el volver, ni el darse la vuelta, ni la igualdad, ni lo contrario, ni el ser, ni el no-ser, ni el dar, ni el recibir, ni el desear. Todo el universo y el reino de Buda caben en un solo grano de arena; en la mente y el cuerpo se contiene todo el cosmos. Para llegar a conocer en profundidad todo esto, es preciso someterse a Sakyamuni y renunciar a todo obrar. Decíamos que Tripitaka y Puo-Chin, desconcertados y muertos de miedo, oyeron una voz estruendosa, que decía: - ¡Mi maestro acaba de llegar! ¡Mi maestro acaba de llegar! - Lo más seguro es que ése sea el mono que lleva varios siglos encerrado en el interior de la montaña - exclamaron, temblando, los criados. - ¡Claro que sí! - confirmó el Guardián de la Montaña -. Por fuerza tiene que ser él. - ¿De qué mono estáis hablando? - preguntó Tripitaka. - Antiguamente este lugar era conocido como la Montaña de las Cinco Fases - explicó el Guardián -, pero cambió a su nombre actual tras las heroicas campañas, que, con el fin de asegurar la parte occidental de su imperio, llevó a cabo el Emperador de los Tang. Hace años oí decir que esta montaña cayó de los cielos con un mono dentro. Tan extraño fenómeno sucedió en la época en que Wang-Mang usurpó el trono de los Han. Según los ancianos, el animal sobrevivió al hambre, al frío y al calor, observado siempre por los espíritus de la tierra, que le alimentaron con bolas de hierro y apagaron su sed con bronce líquido. No me cabe la menor duda de que es él el que está gritando de esa forma. Pero no tengas miedo. Es totalmente inofensivo. ¿Por qué no bajamos al pie de la montaña a echar un vistazo? A Tripitaka no le quedó más remedio que aceptar y, volviendo grupas, descendió por la empinada ladera a lomos de su caballo. Después de desandar unos cuantos kilómetros, se toparon con un habitáculo de piedra, en cuyo interior, efectivamente, había un mono que no paraba de agitar las manos ni de decir en un estado de extrema agitación: - ¿Por qué habéis tardado tanto en llegar, maestro? Llevo esperándoos yo qué sé la de siglos. Sacadme de aquí y juro que os protegeré de cuantos peligros encontréis de aquí a las tierras del Paraíso Occidental. El monje se acercó para verle mejor y comprobó que poseía una boca protuberante, un rostro totalmente plano y dos ojos tan penetrantes que parecían emitir fuego. Llevaba tanto tiempo encerrado que le habían crecido líquenes en la cabeza, hierbajos en las orejas, musgo en las sienes y cardos en la barbilla, justamente en el lugar que debía haber ocupado una espesa y poblada barba. Sus cejas y narices estaban, además, totalmente cubiertas de barro y eso le daba una apariencia de condenado que ha perdido toda la esperanza. Su cuerpo estaba tan sucio que era difícil distinguir sus manos y pies de las escarpadas rocas que le rodeaban. Afortunadamente sus ojos y su lengua no parecían haber sufrido el menor anquilosamiento, cosa que no podía afirmarse de otras partes menos favorecidas de su cuerpo. A estado tan lamentable había quedado reducido el que, quinientos años atrás, se había otorgado a sí mismo el título de Gran Sabio. Su castigo estaba, sin embargo, a punto de concluir. El Guardián de la Montaña se armó de valor y, acercándose a tan repelente criatura, le arrancó unos cuantos cardos de la barbilla y un poco de musgo de las sienes y le preguntó: - ¿Quieres decir algo? - Sí, pero no a ti - contestó el mono -. Es con el monje con el que desearía hablar. Tengo que preguntarle algo. - ¿Qué es lo que quieres saber? - replicó en seguida Tripitaka. - ¿Te ha enviado el emperador de las Tierras del Este en busca de las escrituras sagradas? - inquirió el mono. - Así es - admitió Tripitaka -. ¿Quieres decirme por qué lo preguntas? - Yo - respondió el mono - soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y hace aproximadamente quinientos años sembré de confusión el Palacio Celeste. Eso hizo que Buda me castigara encerrándome bajo esta mole de piedra. Hace cierto tiempo, sin embargo, acertó a pasar por aquí la Bodhisattva Kwang-Ing, la cual me informó que se dirigía a las Tierras del Este en busca de un hombre justo que estuviera dispuesto a ir por las escrituras. Yo le pedí entonces que me ayudara y ella me hizo prometerle que jamás me volvería a ver envuelto en desórdenes como los que en su día protagonicé. De esta forma, acepté las leyes de Buda, comprometiéndome, al mismo tiempo, a proteger al futuro Peregrino durante toda la duración de su viaje hacia el Oeste. No me cabe duda de que entonces me serán perdonadas mis ofensas y recibiré una recompensa sustanciosa. Esto explica que haya estado esperándoos día y noche, pues sólo vos podéis sacarme de aquí. A cambio me convertiré en discípulo vuestro y os brindaré toda la protección que preciséis. - ¿Cómo puedo liberarte? - exclamó Tripitaka, desconcertado -. A pesar de tus buenas intenciones y de lo que te dijo la Bodhisattva, no tengo a mano nada para hacer agujeros, ni siquiera una simple hacha. - ¿Quién está hablando de instrumentos? - protestó el mono -. Para liberarme sólo necesitas quererlo de verdad. - ¡Por supuesto que lo quiero! - replicó Tripitaka -. Pero ¿puedes decirme cómo hacerlo? - Muy sencillo - respondió el mono -. En la cima de esta montaña hay una losa de piedra con un texto que escribió el mismo Buda con letras de oro. Cógela y apártala de la cumbre. Eso bastará para que pueda abandonar esta mazmorra. Tripitaka accedió a hacer inmediatamente lo que le pedía. Se volvió pues, hacia Puo-Chin y le suplicó, diciendo: - Acompáñame hasta lo alto de esta montaña, por favor. - ¿Crees que está diciendo la verdad? - preguntó Puo-Chin, desconfiado. - ¡Claro que sí! - protestó el mono con energía -. ¿Cómo iba a atreverme a mentiros en la situación en la que me encuentro? A Puo-Chin no le quedó más remedio que llamar a sus criados y ordenarles que agarraran a los caballos de las bridas. De esta forma iniciaron su penosa ascensión a la cima de la montaña, a la que lograron llegar asiéndose a zarzas y a hierbas salvajes. La cumbre era el pico más alto de toda la cordillera, sobre el que confluían diez mil rayos de luz dorada. Como había dicho el mono, allí se levantaba una losa enorme, en la que habían sido escritas las siguientes palabras: "Om mani padme hum". Tripitaka se llegó hasta ella, se arrodilló y se quedó mirándola con detenimiento. Tocó después varias veces el suelo con la frente y, volviéndose hacia el oeste, oró, diciendo: - Yo, vuestro indigno discípulo Chen Hsüan-Tsang, he sido elegido para ir en busca de los textos sagrados. Si, en verdad, ese mono ha sido predestinado para ser seguidor mío, permitidme que pueda arrancar esas letras de oro y así quedará libre para acompañarme hasta la Montaña del Espíritu. Por el contrario, si no es más que un monstruo cruel que sólo busca engañarme y arruinar la empresa a la que me he comprometido, haced que ni siquiera pueda moverlas del sitio. Tras tocar nuevamente el suelo con la cabeza, se dirigió hacia la piedra y arrancó con increíble facilidad las letras de oro que había incrustadas en ella. Al instante se levantó un viento aromático, que arrancó la losa y la elevó hacia lo alto, mientras se oía una voz que decía: - Yo soy el carcelero del Gran Sabio, cuya condena concluye hoy. Regreso, por tanto, al lado de Tathagata a entregarle el sello que en su día me confió. Tripitaka, Puo-Chin y los criados se sintieron tan aterrados que se dejaron caer al suelo, sin atreverse a mirar hacia lo alto. Cuando descendieron, por fin, de la montaña, se llegaron hasta la mazmorra de piedra y dijeron al mono: - La losa ha sido levantada, así que puedes salir cuando quieras. - Si no os importa - replicó el mono, loco de contento -, me gustaría que os apartarais un poco. De esa forma, cuando salga, no os asustaréis tanto de mi aspecto. Puo-Chin llevó a Tripitaka y a los criados a una distancia de tres o cuatro kilómetros hacia el este, pero el mono gritó: - ¡Más lejos! ¡Un poco más lejos! Tripitaka y sus acompañantes se vieron obligados a alejarse tanto que terminaron abandonando la montaña. Se produjo entonces un temblor tan fuerte que por un momento pareció como si la montaña se hubiera derrumbado o la tierra se hubiera partido en dos. Todos estaban sobrecogidos de temor. Pero, antes de que pudieran darse cuenta, el mono se había colocado ya delante del caballo de Tripitaka y, arrodillándose en el polvo, dijo, visiblemente emocionado: - ¡Estoy libre, maestro! ¡Libre! Se inclinó cuatro veces ante Tripitaka y, poniéndose de pie de un alto se dirigió respetuosamente a Puo-Chin, diciendo: - Os agradezco las molestias que os habéis tomado al acompañar hasta aquí a mi maestro y el gesto que habéis tenido al arrancarme las hierbas de la cara. Apenas hubo acabado de decirlo, fue a asegurar con una cuerda el equipaje de su maestro. Pero, al verle, el caballo se puso muy nervioso y a punto estuvo de encabriolarse. Como el mono había sido el encargado de los caballos-dragón en los establos celestes, su autoridad entre esos animales era tanta que se ponían a temblar en cuanto le veían. Tripitaka comprendió que se trataba de alguien con intenciones honestas, un auténtico servidor de la causa budista, y, llamándole, le preguntó: - ¿Cómo te llamas, discípulo? - Yo - contestó el mono - me apellido Sun. - Permíteme, en ese caso, que te busque un nombre religioso. Así me será más fácil dirigirme a ti. - Semejante gesto os honra, maestro - replicó el mono - y yo os lo agradezco de todo corazón. Sin embargo, ya poseo un nombre religioso. De hecho, me llamo Sun Wu-Kung. - He de admitir que te cae muy bien - afirmó Tripitaka, complacido -. Sin embargo, pareces un monje mendicante. ¿Qué te parece si a partir de hoy te llamo el Peregrino Sun? - ¡Excelente! - exclamó Wu-Kung. Al ver que el Peregrino Sun había terminado los preparativos para continuar la marcha, Puo-Chin se volvió hacia Tripitaka y le dijo, respetuoso: - Sois afortunado, al haber encontrado aquí a un discípulo como este. Enhorabuena. Parece una persona excelente y estoy seguro de que será un buen compañero de viaje. Por mi parte, me temo que he de regresar cuanto antes a casa. Jamás podré agradeceros lo que habéis hecho por mí - replicó Tripitaka, inclinando la cabeza -. Pido disculpas a vuestra madre y a vuestra esposa por las molestias que se han tomado conmigo y decidles que para mí será un honor saludarlas a la vuelta. Puo-Chin asintió y se alejó, seguido de sus criados. El Peregrino Sun pidió entonces a Tripitaka que montara en el caballo y reiniciaron la marcha. El mono iba delante con el equipaje a la espalda. Al poco tiempo de dejar atrás la Montaña de las Dos Fronteras, vieron a un tigre de aspecto feroz, que rugía, amenazante, - sus ojos parecían echar fuego. Nervioso, Tripitaka tiró de las riendas y se puso a temblar. El Peregrino, por su parte, se echó a un lado y dijo a su maestro, alegre como si acabara de encontrar un tesoro: - No temáis. Éste es un regalo que el cielo ha puesto en mi camino, pues, como comprenderéis, no puedo ir por ahí totalmente desnudo. Dejó el equipaje en el suelo y, llevándose la mano a la oreja, sacó una aguja pequeñita, la sacudió contra el viento y al punto se convirtió en una barra de hierro tan gruesa como un cuenco de arroz. La miró con satisfacción y exclamó, sonriendo: - Durante más de quinientos años no he hecho uso de este tesoro. Ahora va a proporcionarme una vestimenta calentita y cómoda. De dos zancadas se llegó hasta donde estaba el tigre y gritó: - ¡Maldita bestia! ¿Adonde crees que vas? El tigre se agachó, como si fuera un gatito, y permaneció agazapado contra el suelo, sin atreverse a moverse. El Peregrino Sun levantó la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza de la bestia. El cráneo se hizo añicos y el cerebro saltó como si fueran diez mil pétalos rojizos de flor de melocotón. Al mismo tiempo, los dientes volaron por el aire, como incontables esquirlas de jade blanco. Chen Hsüan-Tsang estaba tan asustado que se cayó del caballo y empezó a gritar, mordiéndose las uñas: - ¡Santo cielo, esto es francamente increíble! Para reducir el otro día al tigre, el Guardián de la Montaña se vio obligado a luchar con él casi medio día. Sun Wu-Kung, por el contrario, lo ha hecho añicos hoy con un solo golpe de su barra. Ahora comprendo el dicho que afirma: "Por muy fuerte que seas, siempre hay otro más fuerte que tú". - Maestro - sugirió el Peregrino, trayendo a rastras al tigre -, ¿por qué no os sentáis un rato, mientras le quito la piel? No os preocupéis. Seguiremos el viaje en cuanto haya hecho con ella un vestido apropiado para mí. - Pero te llevará mucho tiempo - protestó Tripitaka -. Además, no tienes utensilios a mano. - Por eso no os preocupéis - le tranquilizó el Peregrino -. Dispongo de mis propios medios. Ya veréis. Se arrancó unos cuantos pelos y soplando sobre ellos una bocanada de aire mágico, gritó: - ¡Transformaos! Al punto se convirtieron en un cuchillo curvo y sumamente afilado, con el que descuartizó el tigre. Su pericia era tan grande que consiguió la piel entera. Le quitó después las zarpas y la cabeza y, de esta forma, obtuvo una pieza rectangular. La levantó en alto y, tras calcular sus medidas a ojo, concluyó: - Me parece que es un poco grande para mí. Lo mejor es que la parta por la mitad. Cogió el cuchillo y la dividió en dos partes iguales. Guardó una y la otra se la ciñó a la cintura, sujetándola con una especie de juncos que crecían a la misma vera del camino. - Ya está, maestro - dijo entonces, satisfecho -. Cuando nos topemos con alguna casa y dispongamos de tiempo suficiente, pediré prestado un poco de hilo y lo coseré mejor. Ahora podemos proseguir nuestro camino. Volvió a sacudir la barra de hierro y al instante se transformó en una aguja pequeñita, que de nuevo se metió en la oreja. Tras cargar con el equipaje, ayudó al maestro a montar en el caballo y continuaron el viaje. - ¿Dónde has metido la barra con la que acabas de matar al tigre? - preguntó, sorprendido, el monje -. No me irás a decir que ha desaparecido. - No, no - respondió el Peregrino, sonriendo -. No tenéis ni idea de lo poderosa que es. La conseguí en el Palacio del Dragón del Océano Oriental. Se llama la Guardiana de la Vía Láctea, aunque también es conocida como la Barra Complaciente de los Extremos de Oro. Cuando me rebelé contra el cielo, me sirvió de gran ayuda, ya que puede convertirse en lo que yo quiera, sin importar la forma o el tamaño. Precisamente acabo de transformarla en una diminuta agua de bordar y, así, he podido metérmela en la oreja. La volveré a sacar cuando lo necesite. - ¿Por qué se quedó quieto el tigre cuando te vio? - volvió a preguntar Tripitaka -. ¿Cómo explicas que no hiciera nada por defenderse? - Hasta un dragón se hubiera comportado de la forma como lo hizo esa bestia - contestó Wu-Kung -. Aunque no lo creáis, tengo poder para dominar los dragones, domesticar a las fieras, hacer que los ríos se desborden y los océanos se piquen. Soy capaz, además, de descubrir el carácter de una persona con sólo mirarle a la cara y de averiguar si lo que está diciendo es verdad o no según sea el tono de su voz. Si quiero, puedo llegar a ser tan grande como el mismo universo o tan pequeño como el vello más insignificante. Tengo, en suma, poder para transformarme en lo que me dé la gana e incluso hasta para convertirme en invisible. ¿Qué hay de raro, pues, en que haya dominado al tigre con tanta facilidad? Esperad a que nos encontremos en auténticas dificultades y entonces comprobaréis con vuestros propios ojos lo que soy capaz de hacer. Al oírlo, Tripitaka se sintió más tranquilo y espoleó a su caballo. No pararon de hablar ni un solo segundo y, así, el viaje se les hizo más llevadero. Al poco rato el sol comenzó a ponerse por el oeste, tiñendo las nubes lejanas de un rojo que por momentos iba perdiendo intensidad. Los pájaros buscaban cobijo en los bosques, llenando el crepúsculo con la nerviosa algarabía de sus cantos. Las bestias salvajes regresaban a sus guaridas en parejas, aunque también se veían, de vez en cuando, grupos mayores. La luna, garfio luminoso rodeado de un halo, había aparecido ya en el cielo, escoltada por los diez mil puntos luminosos de las estrellas. - Debemos darnos prisa, maestro - dijo el Peregrino, levantando la vista -, porque se está haciendo muy tarde. Allí se ve un tupido grupo de árboles y me figuro que se levantará un pueblo o, cuando menos, una alquería. Tendremos que apresurarnos, si queremos encontrar alojamiento. Tripitaka espoleó el caballo y no tardaron en llegar a una casa. Mientras el monje desmontaba, el Peregrino se dirigió hacia la puerta y empezó a aporrearla, gritando: - ¡Abrid! ¡Abrid! Al poco rato apareció un anciano, que se servía de un bastón para caminar. La puerta rechinó lastimosamente y el hombre casi se muere del susto, al ver al Peregrino con la piel de tigre arrollada a la cintura y un aspecto tan horripilante que parecía un dios del trueno. Preso del pánico, empezó a gritar: - ¡Socorro! ¡Un fantasma! ¡Un fantasma! - y otras tonterías por el estilo. Tripitaka se acercó en seguida a él y, agarrándole del brazo, le dijo: - No tengáis miedo. Éste no es ningún fantasma, sino mi discípulo. El anciano levantó la vista y, al ver los atractivos y bien proporcionados rasgos de Tripitaka, se avino por fin a razones y preguntó: - ¿A qué monasterio pertenecéis y por qué habéis osado llegaros hasta mi puerta con un personaje tan siniestro como éste? - Yo, señor - contestó Tripitaka -, vengo de la corte de los Tang y me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por aquí, se nos hizo de noche y decidimos llegarnos hasta vuestra casa en busca de cobijo. Os doy mi palabra de que no nos quedaremos mucho tiempo. De hecho, pensamos proseguir la marcha en cuanto haya amanecido. Por lo que más queráis, no nos dejéis pasar la noche a la intemperie. - Es posible que tú seas un súbdito de los Tang - replicó el anciano -, pero dudo mucho de que también lo sea ese tipo tan siniestro que viene contigo. - ¡No sé para qué tienes tú los ojos! - exclamó Wu-Kung, levantando la voz -. Hasta un ciego puede darse cuenta de que éste, un ciudadano del imperio Tang, es mi maestro y yo su discípulo. En cuanto a mí, te diré que me importan poco las distinciones que acabas de hacer. Al fin y al cabo, todavía sigo siendo el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Por cierto, tu familia y tú mismo deberíais recordarme, pues no es la primera vez que nos vemos. - ¿Se puede saber dónde nos hemos visto? - preguntó, despectivo, el anciano. - ¿No te acuerdas de que, cuando eras joven, me tirabas verduras a la cara y me ponías leña delante de los ojos? - contesto Wu-Kung. - ¡Tonterías! - exclamó el anciano -. ¿En dónde vivías tú y dónde estaba yo para tirarte verduras a la cara y ponerte leña delante de los ojos? Aquí el único capaz de decir tonterías eres tú - afirmó Wu-Kung -. Eso demuestra que todavía no me has reconocido. Acércate y mírame detenidamente. Soy el Gran Sabio que se encontraba prisionero en la mazmorra de piedra de la Montaña de las Dos Fronteras. - Ahora que lo dices, te pareces un poco a él - dijo el anciano, tratando de recordar -. Pero ¿cómo has logrado escapar de allí? Wu-Kung le explicó entonces cómo la Bodhisattva le había convertido y le había pedido que esperara la llegada del monje Tang, que le liberaría, como así había ocurrido, de su encierro y después le haría discípulo suyo. El anciano se inclinó entonces ante ellos y les suplicó que entraran en su casa. Llamó a continuación a su mujer y a sus hijos y les pidió que trataran lo mejor que pudieran a huéspedes tan respetables. Cuando les contó lo ocurrido, todos se mostraron encantados. No pasó mucho tiempo antes de que se sirviera el té, momento que aprovechó el anciano para preguntar a Wu-Kung: - ¿Cuántos años tienes, Gran Sabio? - ¿Y tú? - replicó Wu-Kung. - Así, como quien no quiere la cosa, llevo ciento treinta años viviendo en este mundo - contestó el anciano. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, eres mi tataranieto. Si he de ser sincero, no me acuerdo de cuándo nací. Lo único que sé es que he pasado más de quinientos años debajo de esa montaña. - Sí, sí, - confirmó el anciano -. Recuerdo que mi tatarabuelo me contó una vez que la montaña esa cayó repentinamente del cielo y que dentro tenía encerrado a un mono de origen divino. ¡Pensar que has tenido que esperar tanto tiempo para volver a gozar de libertad! Me acuerdo de que, cuando te vi la primera vez, tenías hierbajos en la cabeza y la cara totalmente cubierta de barro. Sin embargo, no me asusté lo más mínimo. Por cierto, ahora que te los has arrancado, pareces un poco más delgado, aunque con esa piel de tigre a la cintura eres el vivo retrato de un demonio. Todos se echaron a reír al oírlo. El anciano era, no obstante, un hombre decente y ordenó que les prepararan una comida vegetariana. - ¿A qué familia perteneces tú? - preguntó Wu-Kung. - A la de los Chen - contestó el anciano. Tripitaka abandonó su asiento y corrió a presentarle sus respetos, diciendo: - Según parece, tenemos los mismos antepasados. - ¿Cómo puede ser eso, si vos os apellidáis Tang? - protestó Wu-Kung. - No, no - negó Tripitaka -. Mi auténtico apellido es Chen y soy originario de la aldea de Chü-Sien, Hung-Nung, Distrito de Hai-Chou. Mi nombre religioso, de hecho, es Chen Hsüan-Tsang. Si ahora uso el apellido Tang, es porque nuestro Gran Emperador Tang Tai-Chung hizo un pacto de hermandad conmigo. De ahí que algunos me conozcan como Tripitaka o el monje Tang a secas. El anciano se alegró mucho de que ambos tuvieran el mismo apellido. - Perdona - dijo el Peregrino, dirigiéndose a él -, pero la verdad es que llevo sin lavarme quinientos años. ¿Te importaría pedir a tus criados que nos preparen un poco de agua caliente para bañarnos mi maestro y yo? Cuando nos marchemos, sabremos recompensártelo a nuestra manera. Al instante el anciano mandó poner el agua al fuego e hizo traer unas tinajas y varios hachones. Después de bañarse, se sentaron junto al fuego y el Peregrino volvió a decir: - Me temo, viejo Chen, que aún me queda un nuevo favor que pedirte. ¿Podrías prestarme una aguja y un poco de hilo? - ¡Por supuesto! - exclamó el anciano y ordenó a uno de sus criados que fuera inmediatamente a por ellos. El Peregrino tenía una vista muy aguda y pudo, así, percatarse de que Tripitaka se había quitado una camisa de sarga blanca y no había vuelto a ponérsela después del baño. Se la apropió con indescriptible alegría y empezó a coser pacientemente la piel de tigre. Cuando hubo concluido, volvió a enrollársela a la cintura y, paseando una y otra vez delante de su maestro, le preguntó: - ¿Qué os parece el aspecto que tengo hoy comparado con el de ayer? - Totalmente distinto - contestó Tripitaka -. Ahora pareces un autentico Peregrino. Si crees que esa camisa no está muy gastada, puedes quedarte con ella. - Gracias por el regalo, maestro - replicó Wu-Kung con respeto y salió a por un poco de heno para los caballos. En cuanto los hubo alimentado, se retiraron todos a descansar. A la mañana siguiente Wu-Kung se despertó muy temprano y preparó el equipaje, mientras Tripitaka terminaba de vestirse. Cuando se disponían a marcharse, el anciano les trajo agua para que se lavaran y un poco de comida vegetariana. Nada más terminar de desayunar, Tripitaka montó en su caballo y reanudaron el viaje. El Peregrino iba adelante, abriendo la marcha. A los pocos días de camino hizo su presencia el invierno. Por doquier se veían árboles desnudos y arces abrasados por la escarcha. Sólo de vez en cuando podía contemplarse el verdor inalterable de los pinos y los cipreses. A principios del undécimo mes, sin embargo, los días se tornaron momentáneamente tan calurosos como en primavera y las flores del ciruelo esparcieron su aroma por todo el paisaje. Pero eso duró poco. Mientras pasaban por un puente hecho de ramas de árbol, que unía las dos orillas de una torrentera, vieron flotar sobre sus cabezas nubes grisáceas preñadas de nieve. El viento era tan frío y recio que hacía llorar. Por la noche las temperaturas bajaban tanto que resultaba imposible dormir al sereno. Los dos caminantes llevaban cubierta una buena parte de su trayecto, cuando les salieron al encuentro seis hombres gritando como locos y armados con lanzas, espadas y arcos. Se pararon justamente en el centro del sendero y, levantando la voz, dijeron: - Párate, monje, y bájate del caballo. Si quieres seguir adelante, tendrás que darnos todo lo que llevas. Tripitaka estaba tan aterrado que sintió cómo el espíritu se le salía del cuerpo, cayéndose del caballo, incapaz totalmente de articular palabra. El Peregrino corrió hacia él y, ayudándole a levantarse, le dijo: - No os asustéis, maestro. Esta gente ha venido a ofrecernos ropa y un poco de dinero para el viaje. - ¿Estás sordo o es que no has oído lo que han dicho? - exclamó Tripitaka -. ¡Quieren que les demos el caballo y cuanto llevamos encima! ¿Cómo puedes afirmar que han acudido a socorrernos? - Vos quedaos aquí cuidando de nuestras cosas - le sugirió el Peregrino -. Yo voy a acercarme hasta ellos a ver lo que pasa. - ¿A ver lo que pasa? - repitió Tripitaka -. Por muy bueno que sea un puñetazo, siempre será inferior en efectividad a dos puños, y éstos a cuatro manos. ¿No lo entiendes? Tenemos ante nosotros a seis tiarrones y tú posees una constitución más bien débil. ¿Quieres decirme cómo vas a hacerles frente? Valiente como era, el Peregrino no se avino a más razones. Se dirigió hacia ellos con los brazos cruzados y, tras saludarlos, les preguntó con inesperado desparpajo: - ¿Se puede saber, caballeros, por qué habéis cerrado el paso a un monje tan pobre como éste? - Somos los reyes del camino y los señores de la Montaña de la Relación Humana. Desde siempre hemos sido muy famosos, aunque tú parezcas desconocerlo. Entregadnos lo que lleváis y os dejaremos pasar. De lo contrario, os haremos picadillo. - También yo he sido rey y señor de una montaña durante siglos replicó el Peregrino -. Sin embargo, he de admitir que en todo ese tiempo no he oído hablar de vosotros. Disculpadme, pero no sé cómo os llamáis. - ¿Que no lo sabes? - repitió uno de ellos -. Está bien. Te voy a presentar a todos. Uno es el Ojo-que-ve-y-se-complace-en-ello, otro el Oído-que-oye-y-lo-graba-en-la-memoria, otro la Nariz-que-huele-y-se-deleita, otro la Lengua-que-saca-sabor-a-las-cosas-y-después-las-anhela, otro la Mente-que-percibe-y-codicia-la-posesión-de-lo-percibido y otro el Cuerpo-que-aguanta-y-sufre. - Vosotros lo que sois - replicó Wu-Kung, soltando la carcajada - es unos bandidos que no sabéis reconocer a vuestro amo. ¿Cómo os atrevéis a cerrarme el paso? Sacad todo lo que habéis robado y divididlo en siete partes iguales, si queréis seguir con vida. Al oírlo, algunos de los ladrones se echaron a reír, otros se pusieron furiosos y los menos se echaron a temblar. Todos, sin embargo, reaccionaron a la postre de la misma manera, ya que se lanzaron sobre él, gritando: - ¡Maldito monje! No tienes nada que ofrecernos y encima nos exiges que repartamos contigo nuestro botín. ¿Quién te has pensado que eres? Blandiendo sus lanzas y espadas, rodearon al Peregrino y descargaron sobre su cabeza no menos de setenta u ochenta golpes. Pero Wu-Kung se comportó como si no pasara nada. - ¡Cuidado que tiene la cabeza dura este monje! - exclamó, asombrado, uno de los bandidos. - No demasiado - le corrigió el Peregrino, riéndose -. Me parece que tanto ejercicio os está cansando un poco, ¿no es así? Es hora de que saque ya la aguja y me divierta un rato con vosotros. - ¡No me digas que eres acupunturista! - se burló otro de los ladrones -. ¿Para qué vas a sacar la aguja, si ninguno de nosotros está enfermo? El Peregrino se llevó entonces la mano a la oreja y cogió su pequeña aguja de bordar. La sacudió un poco cara al viento y al instante se convirtió en una barra de hierro del grosor de un cuenco de arroz. La agarró fuertemente con las dos manos y gritó con potente voz: - ¡No corráis, cobardes! ¡Dadme la oportunidad de probar en vosotros mi barra! Los seis ladrones se desperdigaron en todas las direcciones, pero él de dos zancadas les dio alcance, rodeándoles con felina destreza. Después los fue matando uno a uno, les quitó las ropas y les desposeyó de cuanto de valor llevaban consigo. - Ya podéis continuar, maestro - dijo, volviéndose sonriente hacia Tripitaka -. Los bandidos han sido exterminados. - Lo que has hecho ha sido algo terrible - le regañó Tripitaka -. Es posible que fueran unos salteadores, pero tú no tenías ningún derecho a juzgarlos y condenarlos a muerte de la forma en que lo has hecho. ¿Por qué les has matado a todos? Deberías haberte limitado a hacerles huir. ¿Cómo puedes considerarte un monje, cuando vas por ahí asesinando a la gente sin ton ni son? Quienes nos dedicamos a la vida del espíritu tenemos la obligación de "cerciorarnos de que no hay ninguna hormiga en el suelo, cuando barremos, para que no sufra daño alguno; incluso debemos rodear las velas con pequeñas pantallas, para evitar que las polillas mueran abrasadas". ¿Cómo puedes tú matar a quien te venga en gana, sin detenerte a distinguir lo blanco de lo negro? ¡Es increíble que te muestres tan poco compasivo con los demás! Menos mal que nos encontramos en un descampado y aquí está descartada toda investigación sobre los hechos. Imagina que esto hubiera sucedido en una ciudad. ¿Crees que ibas a seguir en libertad después de golpear con tu barra de hierro al que te apetezca? - Pero, maestro - protestó Wu-Kung, desconcertado -, si no los hubiera matado, ellos habrían terminado con nosotros. - Los monjes - sentenció Tripitaka - tenemos la obligación de morir antes que emplear la violencia. Además, hay una gran diferencia entre perder la vida uno y morir asesinados seis. No existe ninguna justificación para lo que has hecho. Incluso si fueras el juez, tendrías que admitir que tu conducta ha sido del todo desacertada. - Cuando era rey de la Montaña de las Flores y Frutos, hace aproximadamente quinientos años - trató de defenderse el Peregrino -, maté a yo qué sé la de gente; si no llega a ser por eso, jamás habría llegado a Gran Sabio, Sosia del Cielo. - ¿Pero es que no comprendes - replicó Tripitaka - que sufriste ese tremendo castigo, precisamente porque, al actuar sin ningún tipo de escrúpulos ni control, atrajiste sobre ti la cólera de la Tierra y la condena del Cielo? Si, después de abrazar la fe budista, aún insistes en practicar la violencia y en seguir matando a la gente como antes, no eres digno de ser un monje ni de acompañarme al Paraíso Occidental, porque simplemente eres un malvado. El mono no estaba acostumbrado a que nadie le riñera. Al principio trató de controlarse, pero, como Tripitaka no paraba de regañarle, terminó perdiendo la paciencia y exclamó, malhumorado: - ¡Está bien, está bien! Si consideras que no merezco ser un monje ni acompañarte hasta el Paraíso Occidental, ahora mismo me marcho y asunto concluido. ¡Basta ya de tanta reprimenda! Antes de que Tripitaka tuviera tiempo de responder, el Peregrino dio un salto y se perdió en lo alto, después de gritar: - ¡Allá voy! Tripitaka levantó la cabeza, pero el mono había desaparecido ya. Sólo quedó flotando en el aire un sonido silbante, que se desplazó como una exhalación hacia el este. El monje sacudió entonces la cabeza y suspiró: - ¡Qué hombre! ¡Qué poco le gusta ser adoctrinado! No comprendo cómo ha podido desaparecer tan pronto y todo porque le he dicho simplemente lo que pensaba. Está bien. Se ve que mi destino es no tener ningún compañero de viaje, porque a ése no le hago volver ni aunque le llame. ¿Cómo voy a poder hacerlo, si ni siquiera sé dónde está? No me queda más remedio que seguir adelante solo - y se dispuso a continuar el camino hacia el Oeste, aunque hubiera de perder la vida en el intento o no volver a hablar con nadie en mucho tiempo. No le quedó, pues, más remedio que coger el equipaje y cargarlo sobre el caballo. El animal parecía tan derrengado por el peso que no se atrevió a montar en él. Con las riendas en una mano y el bastón en la otra siguió su triste camino hacia las Tierras del Oeste. No se había alejado mucho, cuando se topó con una anciana que lucía una túnica de seda y llevaba en la cabeza un tocado con muchas flores. En cuanto la vio, Tripitaka se hizo deferentemente a un lado para dejarla pasar. - ¿De dónde venís y por qué viajáis solo? - preguntó la anciana. - Yo, señora - contestó Tripitaka, respetuoso -, me dirijo hacia el Paraíso Occidental a buscar, de parte del gran rey de las Tierras del Este, las auténticas escrituras de Buda. El Gran Buda del Oeste - comentó la anciana - vive en la India, en el Templo del Trueno, un lugar que se encuentra aproximadamente a cincuenta mil kilómetros de distancia. ¿Cómo piensas hacer tú solo un viaje tan largo sin nadie que te acompañe? - Hace unos días - respondió Tripitaka - me agencié un discípulo, pero tenía un carácter muy fuerte y no le gustaba que nadie se metiera en su vida. Precisamente me ha dejado solo porque le reprendí un poco. Se ve que no tenía mucho interés en aprender. - Una auténtica lástima - exclamó la mujer -. Traigo conmigo una túnica de seda y una corona con incrustaciones de oro, que pertenecieron a mi hijo. Fue monje solamente tres días, al cabo de los cuales murió de una repentina enfermedad. Precisamente ahora vengo del monasterio en el que buscó el camino de la perfección. El luto ha concluido y su maestro me ha entregado estas cosas para que me ayuden a guardar para siempre su recuerdo. ¡Como si no fuera a mantenerlo eternamente vivo en mi corazón! A mí, en realidad, no me sirven para nada. Puesto que vos tenéis un discípulo, os las regalo para él. - Os lo agradezco mucho - replicó Tripitaka -, pero no me atrevo a aceptarlo. Como acabo de deciros, me abandonó un poco antes de que me encontrara con vos. - ¿Adonde se fue? - insistió la anciana. - No lo sé - contestó Tripitaka -. Lo único que puedo deciros es que oí como una especie de silbido que se desplazaba hacia el este. - ¡Qué casualidad! - exclamó la anciana -. Mi casa se encuentra también en esa dirección. Lo más probable es que haya ido allí. Conozco, además, un conjuro para controlar la mente que podéis aprender sin ninguna dificultad. Memorizadlo y no se lo enseñéis jamás a nadie. Ahora voy a ver si le alcanzo y logro convencerle para que vuelva con vos. En cuanto regrese, entregadle la túnica y la corona. Si se obstina en no obedeceros, recitad el conjuro en voz baja y os aseguro que no se atreverá a dejaros solo nunca más ni a ceder a la tentación de la violencia. En prueba de agradecimiento, Tripitaka agachó la cabeza. La anciana se transformó entonces en un rayo de luz que se desplazó a toda velocidad hacia el este. De esta forma, Tripitaka cayó en la cuenta de que se trataba de la Bodhisattva Kwang-Ing. Sin pérdida de tiempo cogió un poco de arena y lo espolvoreó como si fuera incienso, inclinado hacia el este. Tomó después la corona y la túnica y las metió en la bolsa. Se sentó a continuación a la vera del camino y repitió una y otra vez el conjuro para dominar la mente, hasta que terminó aprendiéndoselo de memoria. Wu-Kung, mientras tanto, había viajado hasta el Océano Oriental, donde abrió un sendero en el agua que le llevó directamente al Palacio de Cristal de Agua. Al enterarse de su llegada, el Rey Dragón salió personalmente a darle la bienvenida, diciendo: - Hasta mis oídos han llegado las nuevas de vuestra liberación, cosa de la que, ciertamente, me congratulo. Disculpadme, Gran Sabio, que no os haya felicitado todavía por ello. Supongo, de todas formas, que habréis estado muy ocupado poniendo en orden vuestra montaña y la caverna que un día habitasteis. - Eso es lo que me hubiera gustado hacer - admitió Wu-Kung -. Sin embargo, me he convertido en un monje. - ¿En un monje? - repitió el Rey Dragón, sorprendido -. ¿Qué clase de monje? - Todo ha sido obra de la Bodhisattva de los Mares del Sur, que me convenció para que me dedicara a la práctica del bien y a la búsqueda de la verdad. Me comprometí, al mismo tiempo, a acompañar al monje Tang hasta las Tierras del Oeste en busca de las escrituras de Buda. Como prueba de ese compromiso, ahora se me conoce por el nombre del Peregrino. - ¡Eso es, francamente, encomiable! - exclamó el Rey Dragón -. No es nada fácil abandonar las sendas del mal para seguir el camino del bien. Sin embargo, si lo que acabas de decirme es verdad, ¿cómo es que ahora te diriges hacia el este? - Ese monje Tang desconoce totalmente la naturaleza humana replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Nos salieron al encuentro unos cuantos bandidos con la intención de robarnos y yo acabé con ellos en un santiamén. Pero, en vez de darme las gracias, ese bonzo empezó a reñirme y a echarme en cara lo supuestamente equivocado de mi acción. No pude aguantarlo y le dejé con la palabra en la boca. Precisamente me dirigía hacia mi montaña, cuando me dije que por qué no te hacía una visita y tomaba contigo una taza de té. - ¡No sabes cuánto te lo agradezco! - volvió a exclamar el Rey Dragón y al instante aparecieron sus hijos y nietos con vasos de un té aromático. En cuanto el Peregrino hubo apurado el suyo, se dio la vuelta y, al ver colgada de la pared una pintura que representaba el incidente de los zapatos del puente I, preguntó, interesado: - ¿Qué es lo que quiere decir este dibujo? - La escena que en él aparece - respondió el Rey Dragón - ocurrió cierto tiempo después de que tú nacieras. Es posible, por tanto que no lo recuerdes. De todas formas, es extraño que no hayas oído hablar de la triple entrega de los zapatos. - ¿La triple entrega de los zapatos? - repitió el Peregrino. - Eso es - asintió el Rey Dragón -. El inmortal de la pintura se llamaba Hwang Shr-Kung y el joven que hay arrodillado ante él, Chang-Liang. Shr-Kung estaba sentado en el puente I, cuando de pronto se le cayó un zapato y pidió a Chang-Liang que fuera a recogérselo. El joven así lo hizo, viéndose obligado a arrodillarse para volver a ponérselo. Esto sucedió tres veces seguidas, pero Chang-Liang no dio la menor muestra de fastidio o impaciencia, cosa que le valió el cariño de Shr-Kung, el cual le enseñó en una sola noche el contenido del libro celeste y le pidió que apoyara a la casa de los Han. Chang-Liang "realizó después proyectos militares, sentado cómodamente en una tienda de campaña, que hicieron posible la obtención de victorias a varios miles de kilómetros de distancia" 5. Cuando la dinastía Han estuvo firmemente asentada, renunció a su cargo y se retiró a las montañas, donde siguió las enseñanzas de la Semilla del Pino Rojo Taoísta, llegando a alcanzar la luz de la inmortalidad. Si no acompañas ahora al monje Tang y no te sometes a sus consejos y enseñanzas, ten por seguro, Gran Sabio, que toda tu vida serás un inmortal revoltoso. No pienses que a tu edad ya has conseguido todos los Frutos de la Verdad, porque todavía te queda mucho por aprender. Wu-Kung escuchó con atención esas palabras y reflexionó después sobre ellas en completo silencio. Eso dio ánimos al Rey Dragón para añadir: - Esto es algo que sólo a ti te compete decidir, Gran Sabio, pero opino que es de tontos hipotecar el futuro por unos instantes de comodidad. - No necesitas decir nada más - le atajó Wu-Kung con decisión - Ahora mismo voy a volver al lado de mi maestro. - Si ése es tu deseo - concluyó el Rey Dragón -, no seré yo quien te detenga junto a mí ni un solo segundo. Es más, si no me lo tomas a mal, te pediría que no le hicieras esperar más tiempo y volvieras cuanto antes a su lado. El Peregrino se dispuso en seguida a abandonar el océano y, tras despedirse del Rey Dragón, montó en una nube y se elevó por los aires. Al poco tiempo se topó con la Bodhisattva de los Mares del Sur, que le recriminó, severa: - ¿Por qué no me hiciste caso y te negaste a acompañar al monje Tang? ¿Qué estás haciendo ahora aquí? Desconcertado, el Peregrino la saludó desde lo alto de las nubes y respondió: - No podéis figuraros lo agradecido que os estoy por cuanto habéis hecho por mí. Como dijisteis, se presentó en mi prisión un monje de la corte de los Tang, que rompió el hechizo y me salvó la vida. En prueba de gratitud, me convertí en seguida en discípulo suyo, pero me acusó después de ser demasiado agresivo y le abandoné. Pero sólo temporalmente. Puedes creerme. De hecho, ahora me dirijo otra vez a su lado. - Más vale que te des prisa, antes de que cambies otra vez de opinión - se burló la Bodhisattva y continuaron su camino. No tardó el Peregrino en ver al monje Tang sentado, muy abatido, a la vera del camino y, acercándose a él, le preguntó: - ¿Se puede saber qué es lo que estáis haciendo aquí, maestro? ¿Por qué habéis renunciado a seguir adelante? - ¿Dónde has estado? - replicó Tripitaka, levantando la vista -. Al desaparecer tan de repente, no me quedó otro remedio que sentarme aquí a esperarte, sin osar moverme. - Sólo fui al Océano Oriental a pedir un poco de té a mi viejo amigo el Rey Dragón - contestó el Peregrino. - Los que se dedican a la práctica de la virtud no deberían mentir - sentenció Tripitaka - . Has estado fuera aproximadamente media hora y ¿quieres hacerme creer que has estado tomando el té en la mansión del Rey Dragón? ¡Vamos! ¿Por quién me tomas? - He de deciros - respondió el Peregrino, sonriendo - que soy capaz de andar por las nubes y que uno solo de mis saltos puede llevarme a una distancia de cuatrocientos o quinientos kilómetros. Ése es el motivo por el que he ido y he vuelto tan pronto. - Te marchaste hecho una fiera, porque te regañé un poco más de lo debido - le echó en cara Tripitaka -. Está bien. Fuiste a pedir un poco de té. Una persona con tus poderes puede hacer prácticamente lo que le de la gana. Pero ¿te has detenido a pensar que a mí no me quedaba otra opción que sentarme y pasar hambre? ¿Te parece eso bonito? - En absoluto - reconoció el Peregrino -. Si lo que tenéis es hambre, ahora mismo voy a pedir algo de comida para vos. - No habrá necesidad de mendigar nada - informó Tripitaka - porque todavía me queda en la bolsa un poco de lo que me dio la madre del Guardián de la Montaña. Lo que sí te agradecería es que me alcanzaras un cuenco de agua. Podremos proseguir nuestro viaje en cuanto haya comido. El Peregrino desató la bolsa y encontró unas cuantas galletas hechas con harina sin cribar. Las cogió y se las entregó en seguida al maestro. Pero vio también el pálido brillo de la túnica de seda y la corona con incrustaciones de oro y le preguntó, interesado: - ¿Habéis traído esto de las Tierras del Este? - Esa corona y esa túnica siempre han sido mías - contestó Tripitaka sin pensarlo -. Las lucí en mi niñez y puedo asegurarte que quien se las ponga podrá recitar las escrituras, sin haberlas aprendido jamás, y practicar todo tipo de ceremonias, sin haberlas estudiado nunca. - Si es así - concluyó el Peregrino, entusiasmado -, permitid que me las ponga en seguida. - Lo más seguro es que no te valgan - comentó Tripitaka -, pero, si quieres, puedes probártelas. A mí no me importa. Loco de contento, el Peregrino se quitó la túnica de sarga blanca y se puso inmediatamente la de seda, que parecía haber sido hecha especialmente para él. Lo mismo le ocurrió con la corona. Cuando Tripitaka vio que la llevaba en la cabeza, dejó al punto de comer y empezó a recitar en voz baja un conjuro. - ¡Oh, mi cabeza! - se quejó entonces el Peregrino - ¡Me duele muchísimo! ¡No sé si voy a poder soportarlo! El monje siguió repitiéndolo una y otra vez y el dolor se hizo tan intenso que el Peregrino se tiró por el suelo, tratando inútilmente de arrancarse la corona con las manos. Temiendo que fuera a romperla, Tripitaka dejó de recitar el conjuro y el dolor cesó al instante. El Peregrino se llevó la mano a la cabeza y comprobó que la fina capa de metal se había incrustado en ella como si hubiera echado raíces. Trató de arrancársela, pero todos sus esfuerzos resultaron en vano. Sacó entonces la aguja de la oreja, la metió entre el metal y la carne y empezó a apalancar como un loco. Temiendo, una vez más, que fuera a quebrarla, Tripitaka volvió a su recitación y el Peregrino comenzó a verse aquejado de nuevo por terribles dolores de cabeza. Eran tan insoportables que empezó a dar volteretas y saltos mortales, la cara y las orejas se le pusieron totalmente rojas, los ojos se le tornaron saltones y una extraña debilidad se apoderó de todo su cuerpo. Al verlo, el monje se sintió conmovido y dejó de recitar el conjuro. El dolor desapareció al instante y el Peregrino comentó, aliviado: - Me habéis embrujado, maestro. No cabe la menor duda. - ¿Embrujado? - repitió Tripitaka -. Yo sólo estaba repitiendo un sutra. - Recitadlo otra vez, a ver lo que pasa - sugirió el Peregrino. Tripitaka volvió a su cantinela y al instante se reanudaron los dolores. - ¡Parad, por favor! ¡Parad! - suplicó el Peregrino -. ¿No os lo decía? En cuanto abrís la boca, siento como si me fuera a estallar la cabeza. - ¿Prometes obedecerme siempre? - preguntó Tripitaka. - ¡Sí, sí! - respondió el Peregrino -. ¡Lo prometo! - ¿Y que nunca vas a hacer nada contrario a nuestras normas? - insistió Tripitaka. - ¡Lo prometo, lo prometo! - volvió a decir el Peregrino, pero no estaba dispuesto a ceder con tanta facilidad. Sacudió la aguja y al instante adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella en las manos se volvió contra el monje Tang, pero, antes de que pudiera descargar el golpe, éste recitó el conjuro dos o tres veces más y él cayó por tierra, presa de un insoportable dolor. Era tan intenso que ni siquiera podía levantar las manos. Sólo le quedó en el cuerpo la fuerza suplicante para decir: - ¡He aprendido la lección, maestro! ¡Parad, por lo que más queráis! - ¿Cómo puedes ser tan malvado? - bramó Tripitaka -. Jamás imaginé que fueras capaz de intentar abatirme con tu barra. - ¿Quién os ha dicho que pensaba hacer semejante cosa? - replicó el Peregrino -. Por cierto, ¿os importaría decirme quién os ha enseñado ese conjuro? - Una anciana - contestó Tripitaka. - No necesitáis decirme más - comentó el Peregrino, gruñendo malhumorado -. Esa mujer era Kwang Shr-Ing, estoy seguro. Lo que no comprendo es por qué quiere que sufra de esta forma tan atroz Ahora mismo voy a ir a los Mares del Sur a pedirle cuentas. - Reflexiona un poco - le aconsejó Tripitaka -. Ella conoce los efectos del conjuro. ¿No comprendes que puedo hacerte morir, recitándolo unas cuantas veces seguidas? El Peregrino hubo de admitir que tenía razón y no se atrevió a moverse del sitio. Arrepentido, se arrodilló a los píes de Tripitaka y dijo: - No me queda más remedio que acompañaros hasta el Oeste. El método que la Bodhisattva ha ideado para controlarme es francamente extraordinario. Os prometo que no iré a molestarla, pero vos, por favor, no volváis a pronunciar el conjuro. Os seguiré de buena gana y jamás os abandonaré. - En ese caso - concluyó Tripitaka, satisfecho -, ayúdame a montar en el caballo y prosigamos cuanto antes nuestro viaje. El Peregrino desechó para siempre todo intento de rebeldía. Se arremangó la túnica, se cargó el equipaje a la espalda y continuaron su camino hacia las Tierras del Oeste. No sabemos lo que les acaeció después, por lo que todo aquel que desee conocerlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第015回 EN LA MONTAÑA DE LA SERPIENTE ENROSCADA MUCHOS DIOSES APORTAN SU AYUDA SECRETA. EL CABALLO DE LA VOLUNTAD ES DOMADO EN EL TORRENTE DEL ÁGUILA AFLIGIDA Durante varios días el Peregrino y el monje caminaron bajo un cielo helado propio de mediados de invierno. Soplaba sin cesar un viento gélido, viéndose por doquier las agujas de los carámbanos. Siguiendo un tortuoso sendero trazado entre precipicios y desfiladeros, fueron escalando, una tras otra, las altísimas cumbres de una cordillera. Tripitaka, que iba montado a caballo, pareció oír de pronto el lejano sonido de un torrente. Se volvió hacia el Peregrino y le preguntó: - ¿De dónde procede ese ruido, Wu-Kung? - Si mal no recuerdo - contestó el Peregrino -, este lugar se llama la Montaña de la Serpiente Enroscada. En ella se encuentra el Torrente del Águila Afligida y me figuro que es de sus aguas el murmullo que estamos oyendo. No había acabado de decirlo, cuando llegaron a la orilla de una corriente de agua. Tripitaka detuvo el caballo y se puso a disfrutar de la espléndida belleza de la torrentera. Las aguas que por ella fluían parecían surgir de las nubes. Su murmullo era tan intenso que durante la noche podía escucharse en los valles más distantes. El sol pintaba la corriente de rojo al ponerse y la hacía parecer de jade a la hora del amanecer. El monje y el mono estaban mirando atentamente a las aguas, cuando de pronto surgió de ellas un dragón, que se lanzó como una flecha contra Tripitaka; afortunadamente el Peregrino actuó con rapidez y, tirando al suelo el equipaje, se abalanzó sobre su maestro y le arrastró pendiente arriba. El dragón no pudo alcanzarlos, pero se tragó el caballo, arneses incluidos, y regresó tranquilamente a las aguas. El Peregrino dejó al monje en un lugar seguro y volvió en busca del caballo y del equipaje. Los paquetes yacían desperdigados por el suelo, pero no había ni rastro del animal. - No hay ni huella de ese maldito dragón - dijo, cuando regresó al lado de su maestro -. Lo malo es que ha espantado al caballo y no lo veo por ninguna parte. - ¿Al caballo dices? - exclamó Tripitaka, alarmado -. Tenemos que encontrarlo en seguida. - Tranquilizaos, por favor - replicó el Peregrino -. No puede andar muy lejos. Voy a ver si lo encuentro - y se elevó por el aire de un formidable salto. Haciendo pantalla con la mano, escudriñó con sus ojos de fuego todo el paisaje, pero no halló el menor rastro del animal. Descendió de las nubes e informó a su maestro, diciendo: - No he podido ver a nuestro caballo por ninguna parte, de lo que deduzco que ha debido de ser devorado por ese dragón. - ¿Tan grande tienen esas bestias la boca? - preguntó, incrédulo, Tripitaka -. Es imposible que pueda habérselo tragado con arneses y todo. ¡No, no! Lo más seguro es que se haya asustado y esté ahora corriendo como un loco por el valle. ¿Por qué no echas otro vistazo? - No tenéis ni idea de mis poderes - contestó el Peregrino -. Mis ojos son capaces de distinguir el bien del mal en un radio de mil kilómetros. A esa distancia puedo incluso ver a una libélula extender las alas. Que yo sepa, un caballo es muchísimo más grande y os aseguro que no está por ningún valle. - ¿Cómo voy a continuar el viaje sin caballo? - se lamentó Tripitaka -. Hay miles de colinas y de corrientes de agua entre estas montañas y las Tierras del Oeste. ¡Jamás podré llegar a pie! - y se echó a llorar. Al ver sus lágrimas, el Peregrino se puso furioso y le regañó, diciendo: - ¡Dejad de llorar como si fuerais un crío! ¡Sentaos aquí y no os mováis! Voy a ver si encuentro a esa bestia y le pido que nos devuelva el caballo. Así dejaréis de preocuparos de una vez y os comportareis como lo que en realidad sois. - ¿Dónde vas a ir a buscarlo? - exclamó Tripitaka, agarrándose nervioso a él -. Imagina que aparece por cualquier parte, cuando tú te hayas ido. Me devoraría sin ninguna piedad y yo, aparte del caballo, perdería también la vida. Al oír eso, el Peregrino se puso más furioso todavía. - ¡Sois un cobarde! ¡Un auténtico cobarde! - bramó con voz de trueno. Queréis viajar en caballo, pero, al mismo tiempo, no me dejáis partir en su busca. ¿No desearíais, más bien, sentaros aquí y haceros viejo cuidando de nuestro equipaje? Cuando más voceaba, oyó que alguien le decía desde lo alto: - No te pongas tan furioso, Gran Sabio, y deja de gritar de esa forma al hermano del Emperador de los Tang. Somos un grupo de dioses enviados por la Bodhisattva Kwang-Ing para protegeros en vuestro empeño de ir en busca de las escrituras. - Al oírlo, el monje se echó rostro en tierra, mientras el Peregrino preguntaba, sin moverse del sitio: - ¿Os importaría decirme cómo os llamáis, para que sepamos a qué tenernos? - Nosotros - contestaron al instante - somos los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas y los Dieciocho Protectores de los Monasterios. Nos vamos turnando para que no sufráis ningún mal. - ¿A quién le toca hoy? - volvió a preguntar el Peregrino. - A los Dioses de la Luz y de las Tinieblas - respondieron ellos -. Después les corresponderá a los Centinelas y a los Protectores. Los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales están siempre de servicio, excepción hecha del Guardián de la Cabeza de Oro. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, que se queden protegiendo a mi maestro los Seis Dioses de las Tinieblas, el Centinela del Día y los Guardianes. Los demás pueden retirarse. Yo, por mi parte, voy a buscar a ese maldito dragón y a pedirle que nos devuelva el caballo. Los dioses aceptaron la sugerencia y Tripitaka pareció tranquilizarse por fin. Se sentó sobre una roca y suplicó al Peregrino que tuviera cuidado. - No os preocupéis - replicó el Rey de los Monos y, arremangándose la túnica de seda y la piel de tigre, se dirigió hacia la torrentera con la barra de hierro en las manos. En cuanto llegó a la orilla, montó en una nube y empezó a gritar, suspendido encima del agua: - ¡Lagarto sin fe ni principios, devuélveme cuanto antes el caballo! El dragón estaba tumbado en el fondo del torrente cultivando su espíritu, pero, cuando oyó que alguien le exigía con semejante lenguaje la devolución del caballo, no pudo dominar su amor propio y se puso en seguida de pie. Como una flecha, abandonó su refugio de agua y preguntó, malhumorado: - ¿Quién osa insultarme de esa forma? - ¡Devuélveme inmediatamente el caballo! - exigió el Peregrino furioso, y descargó sobre la cabeza de la bestia un terrible mandoble de su barra de hierro. El dragón se hizo a un lado y replicó con un golpe no menos feroz de sus garras y mandíbulas. Jamás habían contemplado los siglos una batalla más sangrienta que la que se desarrolló a orillas del torrente. El dragón manejaba sus zarpas con una maestría que encontraba su justa réplica en la forma como el mono hacía uso de la barra de hierro. Ambos eran criaturas formidables. Lo atestiguaban en uno sus enormes bigotes, férreos y hermosos como hilos de jade, y en el otro sus vivos ojos, brillantes como lámparas o el reflejo del oro. El dragón echaba por las narices una especie de humo de mil colores, que dispersaba en seguida el viento que levantaba el mono con su barra. A pesar de todo, se parecían como dos gotas de agua, porque éste era un monstruo que había desafiado a los dioses y aquél un ser maldito que había traído la deshonra sobre sus padres. Por eso, ambos habían sufrido su castigo y ahora se empeñaban en obtener la victoria, dando rienda suelta a su indescriptible poderío. Atacando y reculando, midieron una y otra vez sus armas, hasta que finalmente el dragón se rindió al cansancio y no pudo seguir luchando. Comprendiendo que no tenía nada que hacer, se dio media vuelta y se lanzó como una flecha al agua, refugiándose en el fondo del torrente. De nada sirvieron los insultos del Rey de los Monos. El dragón estaba decidido a no volver a salir e hizo como sí estuviera sordo. Al Peregrino no le quedó, pues, más remedio que regresar al lado de Tripitaka, diciendo: - He hecho lo que he podido, maestro. A fuerza de insultos arranqué a ese monstruo de su escondite, pero, después de luchar conmigo durante mucho tiempo, huyó despavorido, refugiándose en el torrente. Dudo que vuelva a salir, porque sabe que, si lo hace, hallará una muerte cierta. - ¿Estás seguro de que ha devorado el caballo? - inquirió Tripitaka. - ¡Por supuesto que sí! - afirmó el Peregrino con decisión -. Si no lo hubiera hecho, no habría medido sus armas conmigo. - Cuando mataste el tigre - comentó Tripitaka, burlón -, dijiste que eras capaz de domar a los dragones y a las bestias. ¿Por qué te está costando tanto dominar a éste? El mono no estaba acostumbrado a que se dudara de sus poderes y, poniéndose de pie, exclamó, ofendido: - ¡No digáis ni una sola palabra más! Ahora mismo voy a enseñaros lo que soy capaz de hacer. De dos zancadas se llegó hasta la orilla del torrente y, haciendo uso su magia para trastornar los ríos y los mares, transformó las límpidas aguas del Torrente del Águila Afligida en la turbia corriente del Río Amarillo durante la marea alta. Eso incomodó tanto al dragón que no podía ni sentarse ni tumbarse en el cieno del fondo. Descorazonado, suspiró: - ¡Cuánta verdad encierra eso de que "aunque la buena fortuna jamás se repite, las desgracias nunca vienen solas"!. Hace apenas un año que me refugié aquí, escapando de la ejecución decretada contra mí por el Cielo, y ahora me veo obligado a hacer frente a un maldito monstruo que lo único que busca es mi ruina. Cuanto más lo pensaba, más nervioso se ponía. Al fin no pudo aguantarlo más y, rechinando amenazadoramente los dientes, saltó fuera del agua y preguntó, malhumorado: - ¿Qué clase de monstruo eres tú y de dónde procedes, para que estés empeñado en buscarme, sin más, la ruina? - Eso a ti no te importa - contestó el Peregrino -. Yo lo único que deseo es que me devuelvas el caballo. Si lo haces, juro que te perdoné la Vida. - ¡Eso es imposible! - replicó el dragón -. Me lo he tragado y está ya en mi estómago. ¿Cómo voy a devolvértelo? Aunque quisiera, no podría hacerlo. - Si no me devuelves el caballo - repitió el mono -, tendrás que habértelas con esta barra de hierro. Me figuro que serás capaz de encontrar una solución, ya que es tu vida la que está en juego. De nuevo volvieron a medir sus armas, pero a los pocos asaltos el dragón no pudo aguantar el ataque. Sacudió el cuerpo y al instante se convirtió en una pequeña culebra de agua, que se perdió entre la vegetación de la orilla. El Rey de los Monos separó la hierba con la barra de hierro, pero no pudo encontrar ni rastro del animal. Eso le enfureció tanto que se le reventaron los Tres Gusanos del cuerpo y al punto empezó a salirle una especie de humo por las siete aperturas. Recitó a continuación un conjuro que empezaba con la letra "om" y al instante aparecieron el espíritu local y el dios de la montaña. Tras saludarle respetuosamente, dijeron: - En cuanto nos ha sido posible, hemos acudido a tu llamada. - Eso es cierto - admitió el Peregrino -, pero estoy tan furioso que desearía golpearos cinco veces en las palmas con mi barra. - Puesto que no hemos hecho nada - le suplicaron -, deberíais mostraros más benigno con nosotros. Además, Gran Sabio, tenemos algo que deciros. - ¿De qué se trata? - preguntó el Peregrino. - De nada realmente importante - contestaron ellos -. Sólo que no sabíamos que hubierais sido puesto en libertad y que por eso precisamente no hemos venido antes a daros la bienvenida. Os suplicamos, por tanto, que perdonéis tamaña descortesía. - Está bien, está bien. Por esta vez no os castigaré - concluyó el Peregrino -. Pero quisiera preguntaros algo. ¿Sabéis de dónde procede el dragón del Torrente del Águila Afligida y por qué se tragó el caballo de mi maestro? - ¿Qué queréis decir con eso del caballo de vuestro maestro? - preguntaron los dos dioses, sorprendidos -. Vos siempre habéis sido un inmortal de envidiable posición y jamás os habéis sometido a nadie del cielo o de la tierra. ¿Cómo es que ahora sacáis a relucir a un maestro? - Por lo que se ve, no estáis al tanto de lo ocurrido - respondió el Peregrino -. Durante estos últimos quinientos años he tenido que sufrir el castigo del cielo por mi modo de ser orgulloso y altanero. Afortunadamente la Bodhisattva Kwang-Ing me hizo volver al buen camino Y prometió liberarme por mediación de un monje procedente de la corte de los Tang, a quien debía acompañar, como discípulo, hasta el Paraíso Occidental para hacerse con las auténticas escrituras de Buda. Precisamente, al pasar por aquí, mí maestro se quedó sin caballo. - Eso lo explica todo - exclamaron a una los dos dioses -. De todas formas, es raro que vuestro maestro haya perdido aquí la cabalgadura, porqué este torrente no está embrujado. Lo único que tiene de malo es que es muy ancho y profundo, y posee unas aguas tan claras que puede verse su fondo sin ninguna dificultad. Tanto que las águilas y otras aves de considerable tamaño no se atreven a volar sobre él, ya que al verse reflejadas en el agua, piensan que son otros animales de su misma especie y se lanzan contra el torrente. De ahí precisamente le viene el nombre, pues suponemos que no ignoráis que ésta es la torrentera del Águila Afligida. Hace algunos años, sin embargo, Bodhisattva Kwang-Ing pasó por aquí en busca de un Peregrino y, tras salvar de la muerte a un dragón, le ordenó que esperara su llegada, prohibiéndole, al mismo tiempo, hacer daño a nadie. Sólo se le permitió llegar hasta la orilla y cazar algún que otro pájaro o antílope, cuando tuviera hambre. El resto del tiempo debía pasarlo meditando y haciendo penitencia. Nos extraña que se haya mostrado descortés con vos, Gran Sabio. - Al principio - comentó el Peregrino - midió sus armas conmigo, pero sólo pudo resistir un par de asaltos o tres. Después, al comprender que estaba en clara desventaja, se escondió en el torrente y no se atrevió a salir. Para arrancarle del fondo, tuve que hacer uso de la magia para trastornar los ríos y los mares, pero después de una pequeña lucha, de la que, por supuesto, volví a salir vencedor, se convirtió en una serpiente de agua y se perdió entre la hierba. Inmediatamente traté de echarle mano, pero no pude encontrar ni rastro de él. - Deberíais saber, Gran Sabio - le informó el espíritu local -, que a lo largo de estas orillas hay infinidad de agujeros y pequeños desagües, por los que el torrente se comunica con no pocos de sus afluentes. Lo más probable es que el dragón se haya metido en uno de ellos. Si queréis capturarle, lo mejor que podéis hacer, en vez de enfadaros inútilmente, es pedir a Kwang Shr - Ing que venga y os aseguro que la bestia se rendirá sin necesidad de luchar más. Al oírlo, el Peregrino les condujo ante Tripitaka y contó al monje lo que le habían dicho. - Pero, si vas en busca de la Bodhisattva - replicó Tripitaka, temblando de inquietud -, lo más seguro es que me muera de hambre o de frío. Porque me imagino que tardarás bastante en volver, ¿no es así? No había acabado de decirlo, cuando el Guardián de la Cabeza de Oro levantó la voz y dijo desde lo alto: - No hay necesidad de que te marches, Gran Sabio. Iré yo a buscar a la Bodhisattva. - Gracias por tomarte esa molestia - gritó el Peregrino, complacido -. De todas formas, te agradecería que te dieras un poco de prisa. Sin pérdida de tiempo, el Guardián montó en una nube y se dirigió directamente hacia los Mares del Sur. El Peregrino pidió entonces al dios de la montaña y al espíritu local que protegieran a su maestro mientras el Centinela del Día buscaba algo de comida vegetariana y él vigilaba la orilla del torrente. El Guardián de la Cabeza de Oro no tardó en llegar a los Mares del Sur. Tras bajar de la nube, fue directamente a la gruta de bambú rojo que se abría en la Montaña Potalaka y pidió a Moksa y a los centinelas que anunciaran inmediatamente su llegada. - ¿Se puede saber a qué has venido? - le preguntó la Bodhisattva. - El monje Tang perdió el caballo en el Torrente del Águila Afligida, que, como bien sabéis, se halla en la Montaña de la Serpiente Enroscada, y al Gran Sabio se le ha presentado un problema de muy difícil solución - contestó el Guardián -. Por una parte, debería castigar al culpable. Pero los dioses del lugar le han informado de que el dragón que devoró la cabalgadura es un enviado vuestro y no se atreve a darle su merecido. Solicita, por tanto, vuestra colaboración para poder seguir adelante con el viaje. - Ese dragón - comentó la Bodhisattva - es uno de los hijos de Ao-Jun, el señor del Océano Occidental. Su propio padre le acusó de traición por haber prendido fuego al palacio en el que vivían y haber destruido todas las perlas que en él había. Un tribunal celestial le condenó a muerte, pero conseguí que el Emperador de Jade le indultara, para que ayudara al monje Tang en su largo viaje hacia el oeste. No comprendo cómo, en vez de eso, se ha comido su caballo. Creo que lo mejor será que vaya a ver qué es lo que ha ocurrido. La Bodhisattva descendió de su estrado de loto y salió de la gruta. Montó después en la misma nube que el Guardián y cruzó con él los Mares del Sur. De tan extraordinaria hazaña nos ha quedado un poema, que dice: Buda predicó la Verdad Suprema, que la Diosa proclamó después en la venturosa ciudad de Chang-An. Su contenido era tan maravilloso que el Cielo y la Tierra se pusieron a temblar de contento. ¿Qué otra doctrina podía, en efecto, salvar los espíritus de los condenados? La Cigarra de Oro cayó en la Rueda de la Transmigración, pero Hsüan-Tsang enmendó con creces sus pasados errores. Al pasar por el Torrente del Águila Afligida, el hijo de un dragón le cerró el paso. Sin embargo, la bestia se convirtió en caballo y halló el perdón de sus pasadas culpas. La Bodhisattva y el Guardián no tardaron en llegar a la Montaña de la Serpiente Enroscada. Desde la nube vieron al Peregrino lanzando improperios contra el torrente. La Bodhisattva pidió al Guardián que fuera a buscarle y él obedeció sin rechistar. Descendió de la nube y, poniéndose justamente encima de él, anunció: - ¡La Bodhisattva acaba de llegar! El Peregrino se elevó de un salto por los aires y se encaró con ella, diciendo: - No comprendo cómo te llaman la Maestra de los Siete Budas y la fuente de la Misericordia. Si lo fueras, no habrías tratado de buscarme la ruina, valiéndote de engaños. - ¡Cuidado que eres ignorante y desagradecido! - exclamó la Bodhisattva -. Desde luego no vales más que para ser un vulgar mozo de cuadra. Con no poco esfuerzo seleccioné al hombre ideal para ir en busca de las escrituras, al que pedí que te salvara la vida, y tú, en vez de agradecérmelo, me lo echas en cara, como si no te hubiera hecho favor alguno. - Me salvaste la vida. Lo reconozco - admitió el Peregrino -. Pero, si de verdad hubieras querido liberarme, me habrías dejado divertirme a mi gusto sin necesidad de torturarme como a un criminal. El otro día, sin ir más lejos, cuando nos encontramos encima del océano, podías haberme aconsejado que sirviera al monje Tang con más dedicación, y eso hubiera bastado. ¿Por qué tuviste que entregarle esta corona de oro y obligarle a ponérmela con el único propósito de hacerme sufrir? Tú sabías que iba a echar raíces en mi cabeza. Pero eso no te pareció suficiente, ¡no! Enseñaste a mi maestro un conjuro, para que me atormentara cuando le diera la gana. Si esto no es buscarme la ruina, dime tú qué es. - ¡Cuidado que eres! - exclamó la Bodhisattva, soltando la carcajada -. Ni haces caso a nadie ni te interesan los frutos de la verdad. Si no hubiera ideado esa forma de controlarte, seguro que a estas horas ya te habrías rebelado otra vez contra el Cielo y nadie habría podido dominarte. Además, el dolor te será de gran ayuda para entrar en el templo del Yoga. - Vistas así las cosas... - replicó el Peregrino -. No cabe duda de que todo tiene su aspecto positivo. Sin embargo, ¿por qué tuviste que traer aquí a ese condenado dragón? ¿No sabías que podía tragarse el caballo de mi maestro? Es culpa tuya todo lo que ha ocurrido. Al fin y al cabo, el que colabora con un malhechor es tan digno de castigo como él. - Yo misma le pedí al Emperador de Jade que indultara a ese dragón con el único fin de que ayudara al monje - se defendió la Bodhisattva -. Hasta ahora, que yo sepa, ningún caballo mortal ha sido capaz de vadear diez mil cursos de agua y escalar un millar de cordilleras. ¿Cómo pensabais llegar a la Montaña del Espíritu, a las mismísimas tierras de Buda, con un jamelgo vulgar y corriente? ¡Es absolutamente imposible! Sólo puede hacerlo un dragón convertido en caballo. ¿Comprendes ahora por qué le traje aquí? - Todo eso está muy bien - admitió el Peregrino -. Pero me ha cogido tal pánico que no se atreve a abandonar el escondite en el que se ha refugiado. ¿Quieres decirme qué podemos hacer para que salga? La Bodhisattva se volvió hacia el Guardián y le ordenó; - Ve a la orilla del torrente y di simplemente esto: "Sal, hijo del Dragón Ao-Jun. Está aquí la Bodhisattva de los Mares del Sur y quiere verte". El Guardián así lo hizo y al instante parecieron cobrar vida las aguas del torrente. De un salto el dragón se llegó hasta la orilla y tomó la forma de hombre. Montó a continuación en una nube y, llegándose junto a la Bodhisattva, la saludó, diciendo: - Os reitero las gracias por haberme salvado la vida. Sin embargo, todavía no ha pasado por aquí el personaje que me anunciasteis. - Estás equivocado, dragón - le corrigió la Bodhisattva -. Ese que ves ahí es su discípulo, así que no puede andar muy lejos. - ¿Ése? - exclamó el dragón, incrédulo -. Ése es enemigo mío. Ayer tenía mucha hambre y me comí su caballo. Al verlo, se puso tan furioso que se empeñó en matarme. Yo me defendí lo mejor que pude, pero su fuerza es extraordinaria y terminó derrotándome. ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar la vida que esconderme? No sabía que estuviera relacionado con vos. Jamás mencionó nada sobre las escrituras. - Como iba a hacerlo, si ni siquiera me preguntaste ¿cómo me llama? - le echó en cara el Peregrino. - ¡Eso no es verdad! - se defendió el Dragón -. Lo hice, pero tú me respondiste que no era asunto mío, que lo único que querías era que te devolviera el caballo. Que yo recuerde, ni una sola vez pronunciaste la palabra Tang. - ¡Este mono sólo se fía de sí mismo! - exclamó la Bodhisattva -. ¿Cuando llegará la hora en que empiece a confiar un poco en los demás? Recuerda - agregó, volviéndose hacia el Peregrino - que a lo largo del camino se os unirán dos o tres personas más. Así que, si quieres evitar problemas, lo mejor es que saques a relucir lo de las escrituras, en cuanto te pregunten el nombre. ¿De acuerdo? El Peregrino recibió de buen talante el consejo. La Bodhisattva se acercó entonces al dragón y le arrancó el collar de perlas brillantes que llevaba al cuello. Metió después la ramita de sauce que siempre portaba en la mano en su florero de rocío, dulce como la ambrosia, y aspergió el cuerpo de la bestia. Sopló a continuación sobre ella y le ordenó: - ¡Transfórmate! El dragón se convirtió al instante en un caballo exactamente igual al que se había tragado y le ordenó, severa: - Debes hacer cuanto esté de tu parte para superar todos los obstáculos con los que vas a toparte. Recuerda que, si no escatimas sacrificio alguno, dejarás de ser un dragón ordinario y tu cuerpo se convertirá en oro, como los frutos de la Verdad. En prueba de asentimiento, el dragón sacudió la cabeza y mordió te brida. La Bodhisattva pidió entonces a Wu-Kung que le llevara ante Tripitaka y se despidió de él, diciendo: - Me parece que es hora ya de que vuelva a mi océano. Pero el Peregrino se agarró a ella y exclamó, agobiado: - ¡No puedo seguir adelante! ¡No puedo hacerlo! El camino que Conduce al Oeste está lleno de grandes peligros y ese monje es tan lento que no sé cuándo llegaremos. Son tantas, por otra parte, las desgracias que nos aguardan que lo más seguro es que pierda la vida en el intento. ¿Y todo para qué? ¡No! ¡No quiero continuar! Hace muchos años - contestó la Bodhisattva -, cuando aún no habías adquirido la forma humana, estabas ansioso por recibir la iluminación. No comprendo cómo puedes mostrar tan poco interés por la verdad ahora que, por fin, has escapado al castigo divino. Deberías saber que el nirvana que proclamamos en nuestras enseñanzas no puede ser obtenido sin fe ni perseverancia. Si en un momento dado del viaje tu vida se encuentra en peligro, no dudes en acudir al paraíso y te aseguro que él te liberará. No olvides que hasta la Tierra acudirá en tu ayuda y, por si esto no te bastara, yo misma correré a rescatarte. Acércate, que voy a otorgarte poderes mayores de los que ya tienes. Arrancó tres hojas de su ramita de sauce y, tras colocarlas en el cogote del Peregrino, gritó: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en tres pelos dotados del poder de proteger la vida. - Cuando te encuentres en una situación desesperada - agregó, compasiva -, haz uso de ellos y te aseguro que al instante te verás libre. El Peregrino agradeció, emocionado, tan valioso regalo, pero, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, se levantó un remolino de viento aromático que transportó a la Bodhisattva hasta Potalaka. Cuando el Peregrino se hubo repuesto de su sorpresa, agarró el caballo de las riendas y se lo entregó a Tripitaka, diciendo: - Aquí tenéis vuestra cabalgadura, maestro. - ¿Dónde la has encontrado? - preguntó Tripitaka -. Además, ¿cómo es posible que esté más gordo y más fuerte que antes? - ¡Desde luego, no estáis al tanto de cuanto ocurre a vuestro alrededor! - exclamó el Peregrino -. ¿Es que no tenéis ojos? ¡Por supuesto que éste es otro caballo! El Guardián de la Cabeza de Oro fue en busca de la Bodhisattva, la cual convirtió al dragón en este animal, en todo igual al que teníais antes con excepción de los arneses, que se han perdido para siempre. - ¿Dónde está la Bodhisattva? - volvió a preguntar Tripitaka -. Lo menos que puedo hacer es darle las gracias. - No os preocupéis por eso - le aconsejó el Peregrino -. Lo mas seguro es que la Bodhisattva ya haya llegado a estas horas a los Mares del Sur. Decepcionado, Tripitaka cogió un puñado de tierra e, inclinándose hacia el sur, lo esparció por el suelo como si se tratara de incienso. El Peregrino, mientras tanto, despidió al dios de la montaña y al espíritu local y dio a los Guardianes y Centinelas las oportunas órdenes para proseguir el viaje. Trató después de ayudar al maestro a montar, pero Tripitaka protestó, diciendo: - ¿Cómo voy a cabalgar en un caballo sin arneses? Creo que lo más aconsejable es que crucemos el torrente y decidamos después lo que debemos hacer. - ¡Sois el tipo menos práctico que he visto en mi vida, maestro! - exclamó el Peregrino, burlón -. ¿Queréis decirme cómo vais a encontrar un bote en un sitio como éste? Si deseáis cruzar el torrente, lo más normal es que lo hagáis a lomos de vuestro caballo. Ha vivido aquí durante mucho tiempo y conoce a la perfección estas aguas. ¿No os parece? Tripitaka hubo de admitir que tenía razón, no quedándole, por tanto, más remedio que montar en la cabalgadura a pelo seco. Mientras lo hacía, el Peregrino cogió el equipaje y se dirigió hacia la orilla del torrente, donde vieron a un viejo pescador bateando corriente abajo en una balsa de troncos. Wu-Kung sacudió las manos y gritó: - ¡Eh, pescador, venid aquí! Somos de las Tierras del Este y nos dirigimos en busca de las escrituras sagradas. Mi maestro no se atreve a cruzar el torrente, por lo que te agradecería que nos llevaras a la otra orilla en tu balsa. El pescador condujo la embarcación hacia la ribera y el Peregrino ayudó a su maestro a subir en ella, tras lo cual embarcó el equipaje y el caballo. El viejo pescador bateó entonces con fuerza y la balsa se lanzó, como una flecha, a través del Torrente del Águila Afligida, atracando al poco tiempo en la otra orilla. Agradecido, Tripitaka pidió al Peregrino que sacara unas cuantas monedas de uno de los paquetes y se las diera al pescador, pero éste las rechazó, diciendo, al tiempo que volvía a meter la pértiga en el agua: - Yo no quiero dinero. En realidad, no lo necesito - y se perdió corriente abajo. Pese a ello, Tripitaka continuó con las manos cruzadas en señal de gratitud. El Peregrino le miró, sorprendido, y le dijo: - No hay necesidad de mostraros tan ceremonioso, maestro. ¿O es que acaso, no le habéis reconocido? Es el dios de este torrente y estaba nervioso por no haber venido antes a darnos la bienvenida. El muy pícaro temía que fuera a darle una paliza; por eso no ha aceptado el dinero. Es lamentable, pero en este mundo nadie hace nada desinteresadamente. Tripitaka no sabía si creerle o no. Volvió a montar a pelo en el caballo y continuó su camino, dispuesto a llegar cuanto antes a la montaña del Espíritu. El sol no tardó en ponerse y poco a poco las sombras fueron cubriendo todo el paisaje. La luna empezó a abrirse camino por el velo de las nubes, descubriendo un cielo preñado de escarcha y frío. El ulular del viento se aliaba con las bajas temperaturas, haciendo temblar los cuerpos. Los pájaros regresaban a sus nidos, tiritando como si fueran hojas secas. A lo lejos el crepúsculo teñía de rojo las montañas, mientras la fuerza del viento arrancaba gemidos de ramas en los bosques cercanos. De vez en cuando se oían los gritos de un mono solitario. La soledad parecía haberse adueñado, de hecho, de toda la tierra. Ningún viajero se aventuraba a transitar a aquellas horas por los caminos y en la mar no quedaba ya bote alguno. Montado en el caballo, Tripitaka escudriñó la distancia y logró atisbar en lontananza la inconfundible silueta de un caserío. - Wu-Kung - dijo, entusiasmado -, un poco más adelante hay un grupo de casas. Podemos llegarnos hasta ellas y pedir posada para esta noche. - Ésas no son casas ordinarias - comentó el Peregrino, levantando la vista. - ¿Qué te hace pensar semejante cosa? - preguntó Tripitaka. - Si lo fueran - contestó el Peregrino -, no tendrían esas decoraciones de peces voladores y bestias recostadas. Deduzco, por tanto, que se trata de un templo o de un monasterio. Hablando de esta forma, no tardaron en llegar a la puerta principal de aquel armonioso conjunto. Al desmontar, Tripitaka vio que en el dintel habían escrito con letras grandes: "Santuario de Li-She". Entraron en él y no tardaron en toparse con un anciano que llevaba un rosario colgado al cuello. El monje cruzó las manos a la altura del pecho y les dio la bienvenida, diciendo: - Pasad, maestro, y tomad asiento. Tras devolverle el saludo, Tripitaka se dirigió al salón principal a presentar sus respetos a los dioses. El anciano, mientras tanto, ordeno a un joven que sirviera el té. - ¿Por qué se llama este lugar el Santuario de Li-She? - pregunto Tripitaka, una vez concluidas sus oraciones. - Esta región - contestó el anciano - es parte del Reino Hamil, que, como bien sabéis, está regido por los bárbaros occidentales. Detrás del santuario hay un pequeño pueblo, al que debe su existencia, ya que sus habitantes son tan piadosos que vendieron todo lo que tenían para poder construirlo. El carácter Li hace referencia precisamente a la tierra en la que se halla enclavado el pueblo, y She es el nombre del dios local. Los campesinos siembran en primavera, aran en verano, recolectan en otoño y almacenan en invierno, pero al principio de cada estación todas las familias traen una vaca, una oveja, un cerdo e incontables flores y frutas y se los ofrecen a los dioses. De esta forma, consiguen atesorar buena suerte y obtienen abundantes cosechas, junto con espléndidos ejemplares de animales domésticos. Tripitaka movió la cabeza en señal de aprobación y dijo: - Razón tiene el proverbio, al afirmar: "A tres kilómetros de tu hogar las costumbres son totalmente diferentes". En la región de la que nosotros procedemos las familias no son tan piadosas como aquí. - ¿De dónde sois, maestro? - inquirió el anciano. - Hemos sido enviados por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda - respondió Tripitaka -. Al pasar por vuestro santuario, se nos hizo de noche y decidimos pedir alojamiento en un lugar tan sagrado como éste. En cuanto se haga de día, continuaremos nuestro viaje. - ¡Sed bienvenidos a este humilde recinto! - exclamó el anciano, encantado. Llamó después al joven y le ordenó que preparara algo de comer, cosa que Tripitaka agradeció sobremanera. El Peregrino, práctico en extremo, vio una cuerda de colgar ropa junto al alero. La cogió sin encomendarse a nadie, la partió por la mitad y usó uno de los cabos para atar el caballo. - ¿En dónde habéis robado ese jamelgo? - volvió a preguntar el anciano, soltando la carcajada. - Ten mucho cuidado con lo que dices, anciano - le reconvino el Peregrino -. Nosotros somos monjes de camino hacia las tierras de Buda y no acostumbramos a robar nada. - Si no lo habéis robado - insistió el anciano -, ¿cómo es que no tiene arneses? Además, no puedes negar que acabas de apropiarte de mi cuerda de tender la ropa. - Este discípulo mío siempre es igual de impulsivo - trató de disculparle Tripitaka -. Si querías atar el caballo - agregó, volviéndose hacia Wu-Kung -, ¿por qué no pediste una soga a este caballero? ¿Qué necesidad tenías de tomar la cuerda que usaba para colgar la ropa? Tras regañar al Peregrino, pidió disculpas al anciano, diciendo: - Espero que no se lo toméis a mal. Ayer, al llegar al Torrente de Águila Afligida procedentes del este, disponía de un caballo totalmente pertrechado, pero apareció un dragón y se lo tragó con riendas y todo. Afortunadamente mi discípulo posee poderes especiales y se las arregló para traer a la Bodhisattva Kwang-Ing y dominar a la bestia. Fue ella precisamente la que le hizo tomar la forma que había tenido mi caballo, de lo contrario me hubiera resultado prácticamente imposible poder continuar el viaje hacia el Paraíso Occidental. Como el torrente del que os hablo está a menos de un día de vuestro santuario, aún no hemos tenido tiempo de encontrar otros arneses. - No os preocupéis - contestó el anciano -. A los viejos como yo nos gusta tomar el pelo a la gente. De todas formas, no tenía ni idea de que vuestro discípulo se tomara todo en serio. De joven dispuse de cierto dinero y gocé cuanto pude del placer de cabalgar. Después me salió al encuentro la desgracia y, entre muertes y fuegos, me fui quedando sin nada. Menos mal que ahora estoy a cargo de este santuario y vivo de lo que buenamente me da la gente del pueblo, cuando viene a quemar incienso. Por cierto, todavía conservo unos arneses, que tengo en mucha estima y de los que no he querido desprenderme jamás, a pesar de la pobreza. No los vendería por nada del mundo. Sin embargo, una vez oído cómo la Bodhisattva os libró de las asechanzas de ese dragón y le convirtió después en un caballo para que pudierais continuar vuestro viaje, creo que lo mejor que puedo hacer es regalároslos. Espero que me hagáis el honor de aceptarlos. Mañana os los sacaré, porque ahora ya es un poco tarde. Tripitaka no sabía cómo agradecérselo. El muchacho trajo al poco rato la cena y todos se sentaron a la mesa. Mientras daban buena cuenta de las viandas, el joven encendió hachones y preparó las camas. Los viajeros estaban tan cansados que no tardaron en acostarse. A la mañana siguiente el Peregrino dijo a su maestro en cuanto se levantó: - No os olvidéis de pedir al guardián los arneses que os prometió ayer. Sería una pena renunciar a ellos. No había terminado de decirlo, cuando se presentó el anciano con una silla de montar, unas riendas y todo lo necesario para cabalgad. Con no poco cuidado lo puso en el suelo y dijo: - Maestro, aquí tenéis lo que os prometí. Es todo vuestro. Tripitaka aceptó, complacido, el regalo y pidió al Peregrino que ensillara el animal. Wu-Kung cogió los arreos y los examinó uno a uno detenidamente. Eran magníficos en verdad. La silla había sido cuidadosamente labrada y estaba tachonada de estrellas de plata. Su porción superior brillaba de una forma muy peculiar, ya que había sido confeccionada con hilos de oro. Las mantas eran de lana finísima y las riendas estaban hechas de tres cordones gruesos de seda color púrpura. El cuero de las bridas, por otra parte, poseía la forma de flores, de las que colgaban pequeñas figuritas de oro que representaban bestias bailando. El acero de las anillas y el freno eran de primerísima calidad y aparecía adornado con borlas de un tejido tan especial que jamás se mojaban. Aunque no dijo nada, el Peregrino se sintió profundamente satisfecho de regalo tan espléndido. Comenzó a ensillar el animal y comprobó que los arneses parecían haber sido hechos a su medida. Tripitaka se había inclinado mientras tanto en prueba de gratitud ante el anciano, que se apresuró a obligarle a levantar la cabeza, diciendo: - No necesitáis agradecerme nada. Al fin y al cabo, ¿qué es esto para una persona como vos? El anciano, de todas formas, no insistió para que se quedaran en el monasterio. Al contrario, urgió a Tripitaka para que montara cuanto antes. No queriendo parecer descortés, el monje se llegó hasta la puerta y se encaramó en la silla. El Peregrino le siguió con el equipaje a las espaldas. Inesperadamente el anciano sacó de la manga una fusta con la empuñadura forrada de cuero y la correa hecha con ligamentos de tigre, y, corriendo hacia el sendero, se lo ofreció a Tripitaka, diciendo: - Me había olvidado de la fusta. Espero que no la rechacéis. - Gracias por vuestro regalo - replicó Tripitaka, aceptándolo -. Muchas gracias. No había acabado de decirlo, cuando el anciano desapareció. Sorprendido, el monje se volvió hacia el Santuario de Li-She y sólo vio un terreno llano y totalmente vacío. - Monje santo - se oyó decir entonces desde el cielo -, lamento no haber podido daros un recibimiento mejor. Soy el espíritu local de la Montaña Potalaka y he sido enviado por la Bodhisattva para regalaros los arneses. Sed diligentes en vuestro empeño y proseguid vuestro viaje hacia el Oeste. Tripitaka se sintió tan desconcertado que se bajó inmediatamente del caballo e, inclinándose hacia el cielo, se disculpó, diciendo: - Perdonadme por no haber reconocido en vos el semblante de la divinidad, pero no debéis olvidar que mis ojos y mi cuerpo son mortales. Disculpad mi ceguera y dad las gracias a la Bodhisattva de mi parte - y empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente. Al poco rato el Gran Sabio soltó la carcajada y, llegándose hasta su maestro, le ayudó a levantarse, diciendo: - ¿Se puede saber qué es lo que estáis haciendo? El dios ese se ha marchado hace ya mucho tiempo. ¿Para qué seguir golpeando la tierra con la cabeza? Ni siquiera puede oíros, así que dejad de lado tanta reverencia. - Tienes razón - admitió Tripitaka, cuando se hubo repuesto de su sorpresa -. Sin embargo, quisiera que me explicaras por qué no has inclinado ni una sola vez la cabeza, mientras yo me partía la frente contra las piedras. - ¿Estáis seguro de que no sabéis la razón? - replicó el Peregrino -. Ese diosecillo merecía una paliza por jugar con nosotros de la forma en que lo ha hecho. Si no le he apaleado, ha sido por la Bodhisattva. Así que deberíais darme las gracias, en vez de quejaros de si me he inclinado o he dejado de inclinarme ante él. Además, desde joven yo he sido siempre un héroe y no me he inclinado jamás ante nadie. Incluso cuando vi a Lao-Tse y al Emperador de Jade, me limité a saludarlos y asunto concluido. - ¡Deja de decir tonterías, por favor! - le regañó Tripitaka -. Tenemos una misión que cumplir y no podemos permitirnos el lujo de perder más tiempo - volvió a montar en el caballo y continuó el viaje hacia el Oeste. Durante dos meses aproximadamente gozaron de un camino apacible, ya que sólo se toparon con bárbaros, tigres, lobos y leopardos. El tiempo transcurrió veloz y, sin apenas darse cuenta, se echó encima la primavera. La montaña se revistió de un verde que recordaba al jade y empezó a brotar la hierba. Hacía tiempo que el ciruelo había perdido sus flores y los sauces comenzaron a llenarse de frágiles capullos de hojas verdes. Mientras maestro y discípulo admiraban el maravilloso resurgir de la primavera, el sol terminó de ponerse. Tripitaka echó las riendas al caballo y, aguzando la vista, logró vislumbrar en la distancia la oscura silueta de unos cuantos edificios y torres. - Mira aquellas construcciones de allí, Wu-Kung - dijo al mono -. ¿Qué lugar será ése? - No es ni un templo ni un monasterio. De eso estoy seguro - contestó el Peregrino, estirando el cuello cuanto pudo para ver mejor -. Vamos a llegarnos hasta allí a pedir alojamiento. Tripitaka aceptó, complacido, la sugerencia y espoleó al dragón-caballo. No sabemos la clase de lugar al que llegaron. Quien quiera descubrirlo tendrá que escuchar las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第016回 LOS MONJES DEL MONASTERIO DE KWANG-ING TRATAN DE APODERARSE DEL TESORO. UN MONSTRUO ROBA LA TÚNICA EN LA MONTAÑA DEL VIENTO NEGRO Tras espolear al caballo, no tardaron en llegar ante las puertas del edificio, que, en contra de lo que habían calculado, se trataba de un monasterio con torres y torreones. El silencio era absoluto. Encima de la puerta del templo podía verse una extraordinaria panoplia de nubes de mil colores, que parecían competir con las nieblas rojizas que giraban sin cesar alrededor del Salón de las Cinco Bendiciones. Todo el recinto estaba rodeado de bambúes y pinos, que, con su inalterable verdor, simbolizaban la firmeza de la virtud. En su interior podía verse un bosquecillo de cipreses y enebros, que hablaban de la belleza de lo puro con el lenguaje de sus débiles tonalidades. La armonía de la naturaleza no desdecía en nada de la torre de la campana, de la serenidad de la pagoda, de los monjes sumidos en callada meditación, ni del melifluo canto de los pájaros. Todo parecía pensado para un retiro absoluto, que es el auténtico, de la misma manera que la inactividad del Tao es la inactividad total. De aquel lugar afirmaba un poema: El templo, como ocurre en Jetavana, está enclavado en un bosque dominado por el verdor del jade. La belleza de sus alrededores sobrepasa incluso a la de Sadvarsa. No podía esperarse menos de un lugar sagrado, en el que los monjes se dedican de continuo a la práctica de la perfección. Asombrados ante tanta belleza, Tripitaka se bajó del caballo y el Peregrino dejó en el suelo todos los bultos. Cuando se disponían a trasponer la puerta, apareció un monje con un sombrero de paja y túnica llamativamente limpia. Llevaba en las orejas un par de dientes de latón, traía la cintura ceñida con una faja de seda y portaba en la mano un pez de madera. Sus ademanes eran serenos y tranquilos, como el movimiento de sus sandalias de paja, que parecían marcar el ritmo de las letanías que musitaba sin parar. No cabía la menor duda de que se trataba de un humilde buscador de sabiduría. Tripitaka le saludó juntando las manos y llevándoselas a la frente. El monje respondió de la misma manera y exclamó, sonriendo: - Disculpadme, pero creo que no os he visto nunca. ¿Os importaría decirme de dónde venís? Entrad a tomar un poco de té. - Procedemos de las Tierras del Este - contestó Tripitaka - y nos dirigimos hacia el Templo del Trueno en busca de las escrituras de Buda. Se está haciendo tarde y hemos pensado que, quizá, podáis permitirnos pasar la noche en vuestro templo. - Contad con ello - replicó el monje -. Pasad y tomad asiento. Tripitaka se volvió entonces hacia el Peregrino y le pidió que metiera el caballo. El monje no se había fijado en su cara hasta ese momento y exclamó, asustado: - ¿Qué es eso que lleva de las riendas a vuestro caballo? - Hablad más bajo - le sugirió Tripitaka -. Tiene un carácter muy irascible y, si os oye tratarle como una cosa, lo más seguro es que se ponga hecho una fiera. Ahí donde le veis, es mi discípulo. - ¿Cómo habéis podido tomar un discípulo tan horripilante? - volvió a preguntar el monje, mordiéndose con nerviosismo las uñas. - Ciertamente no es ninguna beldad - admitió Tripitaka -, pero es una de las personas más prácticas que he visto en mi vida. Aunque temblando, al monje no le quedó más remedio que acompañar a Tripitaka y al Peregrino al interior del monasterio. En el dintel del edificio principal podía leerse en grandes caracteres: "Salón Zen de Kwang-Ing". Eso alegró sobremanera a Tripitaka, que dijo: - Durante el viaje he recibido múltiples beneficios de la Bodhisattva, pero no he tenido oportunidad de agradecérselo como debiera. Es una suerte, por tanto, que haya venido a parar a un lugar como éste. Es como si me hubiera encontrado, de hecho, con la Bodhisattva en persona. Al oír eso, el monje ordenó a uno de los sirvientes taoístas que abriera las puertas del recinto sagrado, para que Tripitaka rezara cuanto quisiera. El Peregrino ató el caballo, dejó el equipaje en el suelo y acompañó a su maestro al interior del templo. Cuando se hallaron ante la imagen dorada, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, mientras el monje redoblaba el tambor y el Peregrino hacía sonar la campana. Tripitaka oró con fervor durante un largo rato. En cuanto hubo terminado, el monje dejó de tocar el tambor, pero el Peregrino continuó tañendo la campana, sin importarle que su maestro hubiera finalizado los rezos. A veces lo hacía a un ritmo llamativamente lento, para pasar a renglón seguido a otro sorprendentemente trepidante. Sin salir de su asombro, el monje le preguntó: - ¿Por qué sigues tañendo la campana, cuando el oficio ha terminado hace ya bastante tiempo? - ¿De verdad no lo sabes? - contestó el Peregrino -. Estoy obedeciendo el proverbio que dice: "Si eres monje de un día, toca la campana un día entero". Para entonces todos los monjes del monasterio, sin importar la edad o el rango, estaban ya nerviosos por aquellos tañidos incontrolados y, abandonando al unísono sus aposentos, preguntaron, malhumorados: - ¿Se puede saber quién es el loco que está castigando de esa forma la campana? - ¡Vuestro abuelo Sun! - contestó el Peregrino, saliendo fuera del templo -. ¿Quién otro podía ser? Al verle, todos los monjes sintieron tal pánico que se dejaron caer rostro en tierra y murmuraron, respetuosos: - ¡Oh, venerable dios del trueno! - Ese del que habláis es mi nieto - se burló el Peregrino -. Venga, venga. Levantaos y no tengáis miedo. Sólo somos dos monjes procedentes de la Gran Nación de los Tang. Los monjes no se atrevían a creerle, pero, en cuanto vieron a Tripitaka, hubieron de convencerse de que así era. El guardián del monasterio se destacó entonces de todos los demás y dijo: Tened la amabilidad de acompañarnos a la parte de atrás, para que podamos obsequiaros con té. Tras desatar el caballo y coger el equipaje, se dirigieron al pabellón posterior del monasterio, donde tomaron asiento siguiendo un orden riguroso de dignidad. En cuanto hubieron concluido el té, el guardián del monasterio ordenó que les fueran servidos unos cuantos platos vegetarianos, aunque todavía era muy temprano para la hora de cena. Tripitaka le dio las gracias por tantas atenciones. Apenas había acabado de hacerlo, cuando apareció un monje de una edad tan avanzada que sólo podía caminar sostenido por otros más jóvenes. Llevaba puesto un sombrero Vairocana, coronado por un espléndido topacio una túnica cubierta de bordados realizados con hilos de oro y plumas de martín pescador. Caminaba apoyándose en un bastón cubierto de piedras preciosas, que no desdecían en nada de la delicadeza de sus zapatos, en los que aparecían representados los Ocho Tesoros. Tenía la cara totalmente cubierta de arrugas, algunas tan profundas que le hacían parecer la Vieja Bruja de la Montaña Li. Sus ojos poseían una viveza tal que recordaban a los del Rey Dragón del Océano Oriental, aunque era claro que apenas podían ver ya. Su edad, como lo atestiguaban lo encorvado de su espalda y su absoluta carencia de dientes, era avanzada en extremo. Al verle aparecer, todos los monjes exclamaron con respeto: - Acaba de llegar el patriarca. - Venerable maestro - le saludó Tripitaka, inclinándose ante él. El anciano le devolvió el gesto lo mejor que pudo y tomó asiento. Después dijo, volviéndose hacia sus invitados: - En cuanto me he enterado de que acababan de llegar dos monjes procedentes de la corte de los Tang, me he apresurado para darles la bienvenida. - Si hubiéramos sabido que íbamos a causaros tantas molestias - respondió Tripitaka -, no habríamos osado poner los pies en vuestro respetable templo. Os ruego nos disculpéis. - ¡Por favor! - exclamó el monje anciano -. ¿Puedo preguntaros qué distancia hay entre la Tierra del Este, de la que, según tengo entendido, procedéis, y este humilde santuario? - Tras abandonar la ciudad de Chang-An - volvió a responder Tripitaka -, viajé aproximadamente dos mil kilómetros, alcanzando, así, la Montaña de las Dos Fronteras, donde me agencié el discípulo que ahora me acompaña. Continuamos después nuestro viaje por el reino Hamil de los bárbaros occidentales, llegando a cubrir en dos meses de camino otros dos mil quinientos o dos mil seiscientos kilómetros antes de alcanzar vuestra noble región. - Eso quiere decir - concluyó el monje anciano - que habéis cubierto una distancia de, poco más o menos, cinco mil kilómetros. Puede decirse que yo jamás he hecho nada de tanto mérito en toda mi vida, pues nunca he llegado a trasponer la puerta de este monasterio. Me he limitado, como afirma el proverbio, a "sentarme en el interior de un pozo y a mirar desde allí el firmamento". No es extraño que ahora me haya convertido en un trozo de leña seca. - ¿Cuántos años tenéis, si me permitís la curiosidad? – preguntó Tripitaka. - Así, como quien no quiere la cosa - contestó el anciano -, he cumplido nada más y nada menos que doscientos setenta años. - ¡Qué pocos! - exclamó el Peregrino -. Con esa edad podríais ser un descendiente mío de la diezmilésima generación. - Ten cuidado con lo que dices - le amonestó Tripitaka -. No está bien ofender con insolencias a quien nos trata con respeto. - Y vos - preguntó el monje anciano, dirigiéndose al Peregrino -, ¿cuántos años tenéis? - No me atrevo a decíroslo - respondió el Peregrino. El anciano pensó que se trataba de una baladronada y no le prestó más atención. En vez de seguir preguntando, prefirió tomar un poco de té y ordenó que le sirvieran un vaso. Al instante apareció un bonzo joven con una bandeja de jade tan blanco como la leche, sobre la que descansaban tres copas esmaltadas con el reborde de oro. Casi inmediatamente se presentó otro joven con una tetera de cobre y las fue llenando de un té aromático en extremo, de un color más fuerte que los capullos de camelia y más fragante que las flores de casia. Tripitaka, al ver semejante lujo, se deshizo en elogios, diciendo: - ¡Qué maravilla! ¡Jamás había visto cosa más fina ni brebaje más aromático! - Nada de esto merece vuestros elogios - replicó el monje anciano -. Como vos mismo habéis dicho, procedéis de la corte de una gran nación y estoy seguro de que habréis visto infinidad de tesoros realmente extraordinarios. Nuestras humildes posesiones no pueden ser dignas de vuestra respetable alabanza. Por cierto, ¿habéis traído con vos algo valioso que podáis enseñarnos? - ¡Qué lástima! - exclamó Tripitaka, sacudiendo la cabeza -. En las Tierras del Este no poseo absolutamente nada de valor. Por otra parte, si lo hubiera tenido, tampoco podría haberlo traído en un viaje tan como éste. - ¿Cómo que no? - replicó en seguida el Peregrino -. El otro día vi en vuestra bolsa una espléndida túnica, que no tiene que envidiar en nada al mejor de los tesoros. ¿Por qué no se la enseñáis a nuestro anfitrión? Al oírlo, los otros monjes soltaron la carcajada y el Peregrino se enfrentó con ellos, diciendo, malhumorado: - ¿Se puede saber de qué os reís? - No podéis negar - contestó el guardián - que es gracioso comparar una túnica con un tesoro. Además, personas como nosotros tenemos veinte o treinta vestimentas como las que tú acabas de mencionar. Nuestro patriarca, sin ir más lejos, posee alrededor de setecientas, cosa nada rara teniendo en cuenta que ha sido monje durante más de doscientos cincuenta años - se volvió después hacia el anciano y le sugirió -: ¿Os importaría sacarlas para que las vean nuestros ilustres huéspedes? Complacido, el anciano pidió a sus hermanos taoístas que abrieran los almacenes y sacaran los arcones. Así lo hicieron ellos, escogiendo doce y llevándolos directamente a uno de los patios. Los monjes abrieron los candados y empezaron a sacar ropas. Eran tantas que, para colgarlas, hubieron de tensarse cuerdas alrededor de todo el recinto. Querían que Tripitaka las viera bien y no se ahorraron esfuerzos. Los bordados eran, en verdad, magníficos. El Peregrino los fue examinando detenidamente uno por uno. Comprobó, de esta forma, que la seda era de primera calidad y que en los bordados no se había escatimado oro, pero, a pesar de ello, soltó la carcajada y exclamó, despectivo: - ¡Muy bien, muy bien! ¡Ya están vistos todos! Podéis guardarlos, si queréis. Ahora nos toca a nosotros enseñaros lo nuestro. - Por favor - le suplicó Tripitaka en voz baja, llevándole aparte -. No está bien competir con la riqueza de los demás. Tú y yo, por otra parte, no somos más que dos viajeros que se hallan a mucha distancia de su hogar. Es posible, por tanto, que lo que estás sugiriendo sea algo que después tengamos que lamentar. - ¿Qué vamos a tener que lamentar? - protestó el Peregrino -. Mirad vuestra túnica. No hay otra igual bajo las estrellas. - Considéralo bajo otro punto de vista - insistió Tripitaka -. Los antiguos decían, y con mucha razón, por cierto, que "las cosas valiosas nunca deben ser mostradas a una persona avara, porque, en cuanto las vea, sufrirá la tentación de hacerse con ellas y, una vez tentada, cavilará la manera de poseerlas". En casos como éste conviene mostrarnos prudente, de lo contrario, lo más seguro es que uno pierda la vida, y eso es algo a lo que nadie debe exponerse jamás. - Os estáis preocupando sin motivo alguno - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Yo cargo con toda la responsabilidad - y cerró, de esta forma, la discusión. Se lanzó sobre el equipaje y lo desató con increíble facilidad. Al instante se vio un resplandor que recordaba los primeros rayos del sol naciente. Desenvolvió a continuación la túnica y la sacudió delicadamente para quitarle las arrugas producidas por los dobleces. Una luz rojiza se abatió entonces sobre el patio, mientras todo el monasterio parecía sumirse en una atmósfera celeste. Los monjes sintieron tal admiración que sus labios eran incapaces de expresar lo que experimentaban sus corazones. La túnica era magnífica, en verdad. Las perlas que la adornaban, únicas en su especie, sólo podían proceder del mismo tesoro de Buda. La seda de la que estaba hecha era de primerísima calidad, lo mismo que el oro con el que habían sido realizados todos sus bordados. Lo más asombroso, sin embargo, eran los extraordinarios poderes de los que estaba dotada. Quien la vistiera era capaz de matar fantasmas y de arrojar a los demonios al infierno, como si fueran piedras en un estanque. No en balde había sido confeccionada por dioses para regalo de personas virtuosas y justas. Cuando el monje anciano vio tanta perfección, quiso hacerla suya al instante y, arrodillándose ante Tripitaka, dijo con fingido abatimiento: - ¡Qué mala suerte la mía, maestro! - ¿Por qué decís eso? - preguntó Tripitaka, ayudándole a levantarse. - Porque mis ojos son ya muy débiles y apenas pueden ver - contestó el monje anciano al borde de las lágrimas -. No me iréis a decir que eso no es mala suerte. Si fuera de día o hubiera un poco más de luz... - Eso tiene fácil arreglo - replicó Tripitaka -. Que traigan unos cuantos hachones y así podréis apreciar mejor los detalles. - Me temo que ésa tampoco será una solución aceptable - comentó el monje anciano -. Vuestra túnica está tan plagada de piedras preciosas que la luz de las antorchas se reflejará en ellas y no podré soportar tanta luminosidad. Haga lo que haga, nunca me será dado gozar de su belleza. - ¿Es que no hay manera de que apreciéis la perfección de su hechura? - volvió a preguntar Tripitaka, conmovido. - Sí, pero no me atrevo a sugerírosla - respondió el monje anciano, para añadir inmediatamente -: Si me permitierais llevarla a mis aposentos, podría pasarme la noche estudiándola con detenimiento Os la devolvería mañana, antes de que continuarais vuestro viaje hacia el Oeste. ¿Qué os parece? Sin saber qué hacer, Tripitaka se volvió hacia el Peregrino y le regañó en voz baja, diciendo: - ¡Todo esto es culpa tuya! - ¿A qué tenéis miedo? - replicó el Peregrino -. Permitidme envolverla y prestársela al anciano. Ya me encargaré yo de llamarle al orden, si algo sale mal. No os preocupéis. Poco podía hacer Tripitaka, salvo entregársela al anciano. - Está bien - concluyó bien a su pesar -. Os la presto. Pero debéis devolvérmela mañana por la mañana tal y como ahora os la confío. Por lo que más queráis, procurad que no sufra el menor desperfecto. El monje anciano sonrió, complacido, y ordenó a uno de los bonzos que la llevara a sus aposentos. Pidió a continuación a varios monjes que barrieran la gran sala del monasterio y dejó encargado que al día siguiente, muy temprano, estuviera dispuesto el desayuno de los huéspedes, para que pudieran seguir el viaje cuando les apeteciera. Sin más, se retiraron todos a descansar. El anciano volvió a la parte de atrás del monasterio, colocó la túnica bajo unas antorchas y, sentándose frente a ella, comenzó a llorar a voz en grito. El guardián, pensando que le ocurría algo, no se atrevió a tumbarse en el lecho. Uno de los bonzos jóvenes, por su parte, corrió, emocionado, a informar a los otros monjes. - Nuestro venerable patriarca - dijo - no ha dejado de llorar desde que nos acostamos. Ya veis. Acaban de dar la segunda vigilia y todavía sigue sumido en llanto. Dos de los discípulos preferidos del anciano se llegaron hasta él y le preguntaron con sumo respeto: - ¿Se puede saber por qué no habéis parado de llorar en toda la noche? - Porque no puedo mirar el tesoro del monje Tang - contestó el -. Sólo por eso. - Nuestro respetable patriarca está empezando a desvariar - contó, apenado, uno de ellos. Se volvió después hacia su maestro y añadió -: No es necesario que lloréis de esa forma. ¿Acaso no tenéis la túnica ante vos? Todo lo que debéis hacer, pues, es sacarla de su envoltorio y mirarla cuanto deseéis. - Sí, pero no podré hacerlo todo el tiempo que quiera - replicó el anciano -. No necesito recordaros que tengo ya doscientos setenta años. ¿De qué me ha servido coleccionar todas las túnicas que poseo, si ninguna supera en belleza a la del monje Tang? ¿Es que tendré que convertirme en él para adueñarme de semejante maravilla? - No sabéis lo que decís - le regañaron los discípulos -. Tripitaka es un monje mendicante, que se pasa la vida yendo de un lugar a otro. Deberíais conformaros con vuestra suerte y gozar cuanto podáis de la paz de vuestros últimos años. ¿Para qué lanzaros, sin más, a las incomodidades del camino? - No puedo negar que me sería imposible encontrar en otra parte la vida relajada que aquí llevo - admitió el anciano -. Pero ansío tanto llegar a poseer esa túnica que, si no lo logro, me parecerá que mi paso por este Mundo de la Luz no habrá tenido sentido alguno. - ¡Tonterías! - exclamó uno de los discípulos -. Si lo que deseáis es vestir esa prenda, pediremos a nuestros huéspedes que se queden un día más y podréis ver satisfecho vuestro deseo. De todas formas, si no os parece suficiente, les haremos permanecer a nuestro lado durante un par de semanas y vos luciréis esa maravilla todo el tiempo que deseéis. Creo que no podemos hallar una solución más aceptable. Ahora, por lo que más queráis, dejad de llorar de una vez. - Si les obligamos a quedarse aquí durante un año - replicó el anciano, apenado -, sólo podré disfrutar de esa belleza doce meses, un tiempo ciertamente ridículo. Además, en cuanto quieran marcharse, tendré que devolvérsela sin rechistar y todos nuestros esfuerzos habrán sido inútiles. ¿Qué podríamos hacer para alargar indefinidamente el tiempo del préstamo? - Nada hay más fácil que eso - sentenció un monje llamado Sabiduría Perfecta. ¿Quieres explicarnos ese plan que acaba de ocurrírsete? - le pidieron los otros monjes, esperanzados. - El monje Tang y su discípulo - respondió Sabiduría Perfecta bajando conspiratoriamente el tono de voz - han gastado no pocas energías a lo largo de su viaje. De hecho, ahora están durmiendo a pierna suelta en el gran salón. No nos será difícil, por tanto, acabar con ellos. Para más seguridad, podemos encargar el trabajo a los más fuertes de entre nosotros. Todos sellaremos después un pacto de silencio, de tal forma que nadie fuera de nuestro grupo sabrá jamás que están enterrados en el patio de atrás. Para mayor seguridad nos desharemos también del caballo y del equipaje. Por lo que respecta a la túnica, la guardaremos como si de una reliquia se tratara. ¿No os parece que este plan soluciona el problema de una forma definitiva? - ¡Es perfecto! - exclamó el monje anciano, secándose, esperanzado, las lágrimas -. ¡La obra de un auténtico genio! - y al instante pidió que fueran a por las lanzas y los cuchillos. - A pesar de lo que digáis, a mí no me parece un plan tan bueno - afirmó otro monje, llamado Grandes Designios, que era condiscípulo de Sabiduría Perfecta -. Si queréis deshaceros de ellos, es preciso analizar la situación con más detenimiento. Pienso que no será nada difícil acabar con el de la piel más clara, pero tengo mis reservas con respecto a su discípulo. Si, por un motivo u otro, no logramos darle muerte de un solo tajo, lo más seguro es que seamos nosotros los que terminemos en la fosa. Yo he ideado un plan en el que no será necesario el uso de espadas y lanzas. - ¿Quieres explicarnos de qué se trata? - le pidió el monje anciano. - Por supuesto que sí - contestó Grandes Designios -. Convocaremos a todos los monjes y les diremos que es conveniente, por el bien de toda la comunidad, purificar el ala este del monasterio. Consecuentemente, cada cual habrá de aportar un haz de leña, que servirá para prender fuego al salón Zen. Previamente habrán sido selladas todas sus puertas y ventanas y, de esta forma, arderá hasta el caballo. Quien no esté al tanto de nuestro propósito pensará que habrá sido un accidente y nosotros continuaremos con las manos totalmente limpias - ¿Qué más da que caiga alguno de nuestros hermanos? Lo importante es hacerse con la túnica. ¿No os parece? - ¡Este plan es mucho mejor que el otro! - exclamaron, a coro, los demás monjes -. ¡Es prácticamente imposible superarlo! - e inmediatamente partieron en busca de la leña. ¡Qué irresponsabilidad la de aquellos hombres! Su pérfido plan provocó la muerte de un monje venerable y la total destrucción del Templo Zen de Kwang-Ing. El monasterio poseía un total de setenta apodos, en los que vivían alrededor de doscientos monjes. Muchos de se apresuraron a ir en busca de leña, que fueron amontonando alrededor del salón Zen, hasta que no hubo lugar para un solo haz más. Ajenos al plan irracional de los monjes, Tripitaka y su discípulo descansaban tranquilamente en el interior. El Peregrino, sin embargo, era un mono entregado por completo a las prácticas espirituales y, aunque parecía estar profundamente dormido, se encontraba, en realidad, realizando ejercicios de respiración. Se percató en seguida del incansable trasiego de los monjes y del ruido que éstos hacían al partir la madera. - ¡Qué raro! - se dijo, abandonando al punto su meditación -. Es su hora de descansar y, sin embargo, ahí fuera hay un increíble trasiego de gente. ¿Serán ladrones que planean algo contra nuestras personas? De un salto abandonó el lecho y se dirigió hacia la ventana. Pero cayó en la cuenta de que podía despertar a su maestro y, de una sacudida, se convirtió en una abeja. Era tan idéntica a las reales que poseía una boca llena de dulzor, un aguijón cargado de veneno, una cintura mínima y un cuerpo llamativamente ligero. Era capaz de moverse entre las flores y los sauces a la velocidad de una flecha, buscando el preciado tesoro del polen. A pesar de lo débil de su cuerpo, podía transportar una gran cantidad de esencia de flores. No en balde sus alas conocían el secreto de la navegación sobre el viento. Wu-Kung se elevó hacia el techo y se abrió camino entre las vigas para ver lo que pasaba. Para su asombro, descubrió que los monjes estaban amontonando heno y leña alrededor del salón en el que ellos se encontraban descansando, con el fin de prenderle fuego. - ¡Así que se ha hecho realidad lo que temía mi maestro! - volvió a decirse con amargura -. Quieren acabar con nosotros para hacerse con la túnica. No cabe la menor duda al respecto. Debería sacar la barra y terminar con todos ellos en menos que canta un gallo. Pero, si lo hago, mi maestro se pondrá furioso conmigo y me acusará de haber cedido a tentación de la violencia. No, no. Es mejor que esta vez actúe con un poco más de astucia. Lo importante, de todas formas, es que a éstos les salga el tiro por la culata y tengan que marcharse a otro sitio. De un salto se llegó hasta la Puerta Sur de los Cielos. Los guardianes Pang, Liu, Kou y Pi se sintieron tan desconcertados ante tan inesperada aparición que se echaron rostro en tierra y los ilustres Ma Chao, Wen y Kwan inclinaron respetuosamente la cabeza. - ¡El cielo nos proteja! - pensaron, atemorizados, para sus adentros -. ¡Otra vez está aquí el tipo que sembró de confusión el reino de lo alto! - No es necesario que os mostréis tan ceremoniosos conmigo - dijo por su parte, el Peregrino -. Sólo he venido a ver a Virupaksa, el Devaraja de los Ojos Anchos. Así que no tengáis miedo. No había terminado de decirlo, cuando se presentó el mismo Devaraja en persona y exclamó, tras saludar al Peregrino: - ¡Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos! Por cierto, no hace mucho oí comentar que la Bodhisattva Kwang-Ing había solicitado al Emperador de Jade que los Cuatro Centinelas, los Seis Dioses de la Luz y de las Tinieblas, y los Doce Guardianes pudieran encargarse de la protección del monje Tang, mientras iba al Paraíso Occidental en busca de las escrituras. Además, ella misma me dijo que os había tomado como discípulo. ¿Cómo os encontráis hoy aquí? ¿Es que vuestro maestro os ha dado vacaciones? - Nada de eso - respondió el Peregrino -. El monje Tang se ha topado con unos malvados, que están a punto de quemarle vivo. Precisamente he venido a pedirte prestada tu manta contra el fuego. Así que, si no te importa, dámela cuanto antes. Prometo devolvértela cuando haya terminado todo. - Estás equivocado - comentó el Devaraja -. Si esos malvados quieren quemar a tu maestro, deberías ir en busca de agua, en vez de venir aquí. ¿Para qué quieres una manta contra el fuego? - No has captado mi idea - contestó el Peregrino -. Con agua podría, ciertamente, solucionarlo todo, pero eso beneficiaría a nuestros enemigos. Si quiero la manta es para que sólo el monje Tang resulte ileso. Los demás me traen absolutamente sin cuidado. Por mí, que se quemen todos. Vamos, date prisa. Si me demoro un poco más, será demasiado tarde. - Seguro que no estás planeando nada bueno - replicó el Devaraja, soltando la carcajada -. Es la primera vez, de hecho, que te veo preocuparte de los demás. - Déjate de tonterías y date prisa - le urgió el Peregrino -. De lo contrario, echarás abajo todo mi plan. El Devaraja no se atrevió a negárselo y le entregó la manta. El Peregrino descendió con ella a toda velocidad, entró en el salón Zen y cubrió al monje, el caballo y el equipaje. Después voló al tejado del aposento del monje anciano para proteger la túnica. Cuando vio que los otros bonzos prendían fuego a los haces de leña, hizo un signo mágico, cruzando los dedos, y recitó el oportuno conjuro. Se volvió a continuación hacia el suroeste y, llenando cuanto pudo el pecho de aire, sopló con todas sus fuerzas. Al punto se levantó un fortísimo viento que convirtió la hoguera en un fuego incontrolable. Las llamas se elevaron majestuosas, mientras el humo, negro y denso, borraba las estrellas del manto de la noche. El incendio adquirió tales proporciones que era visible a varios centenares de kilómetros. Al principio las lenguas de fuego parecían diminutas culebrillas de oro, pero pronto se transformaron en caballos henchidos de sangre. Las Tres Fuerzas y el Dios del Fuego desplegaron toda su irresistible potencia. Ni el mismísimo Sui-Ren pudo sospechar jamás que su extraordinario hallazgo pudiera llegar a alcanzar un día tales proporciones. Las llamas eran tan intensas que parecían provenir del horno de Lao-Tse. Nadie podía detener la ira del fuego, acrecentada por los perversos designios de quienes lo originaron. El viento lo expandió en todas las direcciones, llegando a alcanzar una altura de ocho mil pies. Las cenizas ascendieron hasta el Noveno Cielo, como si fueran petardos de las celebraciones de año nuevo. Los chasquidos de cuanto iba devorando el fuego recordaban el rugido de los cañones en el campo de batalla. Incluso la imagen de Buda cayó presa de las llamas; los Guardianes del Templo fueron, igualmente, incapaces de encontrar un lugar en el que esconderse. Tal destructor y voraz incendio recordaba al que se produjo durante la Campaña del Acantilado Rojo, y superó con mucho al que terminó con el magnífico palacio de O-Pang. Con razón afirma el dicho que "una pequeña chispa es capaz de destruir diez mil hectáreas de tierra". En un abrir y cerrar de ojos, el fuerte viento avivó de tal forma las llamas que el Templo de Kwang-Ing parecía una gema roja. Aterrorizados, los monjes empezaron a sacar armarios, baúles, mesas y utensilios de cocina. Los gritos de angustia llenaron en seguida todo el patio. El Peregrino observaba los esfuerzos, totalmente inútiles, de los bonzos por salvar lo que podían. A excepción del salón Zen, lo demás se había convertido en una hoguera gigantesca, que iluminaba el cielo y teñía todo el entorno de una horripilante tonalidad dorada. No es extraño que atrajera la atención de un monstruo de la montaña. A siete kilómetros aproximadamente al sur del Templo de Kwanq-Ing se elevaba la Montaña del Viento Negro, donde se hallaba enclavada la caverna del mismo nombre. Al darse una vuelta en el lecho el monstruo que la habitaba, vio que entraba por las ventanas un extraño resplandor. Al principio pensó que había amanecido, pero, después de levantarse, comprobó que tan desconcertante claridad provenía de un incendio en el norte. - ¡Santo cielo! - se dijo, alarmado -. Debe de haberse desatado un fuego en el Templo de Kwang-Ing. ¡Qué poco cuidado tienen esos monjes! Creo que lo mejor es que vaya a ver si puedo echarles una mano. Montó en su nube y se dirigió inmediatamente al lugar del que parecía provenir el humo. Horrorizado, descubrió que el fuego estaba a punto de destruir el monasterio. En seguida se dispuso a ir en busca de agua, pero para su asombro constató que el pabellón de la parte posterior permanecía totalmente intacto. Además, encima del tejado había alguien azuzando las llamas. Se acercó a mirar con más detenimiento y vio que encima de una mesa de los aposentos del monje anciano había una túnica que emitía una luz multicolor, a pesar de estar envuelta en una manta azul. La desenvolvió con cuidado y descubrió que se trataba de una vestimenta de seda profusamente adornada con bordados. No le cupo la menor duda de que ante sí tenía un valiosísimo tesoro budista. Comprendiendo la realidad de lo ocurrido - ¡con cuánta facilidad corrompe la riqueza la mente del hombre! -, no hizo el menor intento por apagar el fuego o ir en busca de agua. Agarró la túnica y, aprovechando la confusión reinante, volvió a montarse en la nube y regresó, sin ser visto, a la caverna de la montaña. El fuego duró hasta la quinta vigilia. Sin dejar de llorar ni de ulular como lobos, comenzaron a hurgar entre las cenizas, tratando desesperadamente de salvar de la ruina algo valioso. Algunos intentaron erigir un abrigo temporal entre los muros que aún quedaban en pie, mientras otros improvisaban fogones abiertos para poder cocinar arroz. Raro era el que no se deshacía en llanto por lo ocurrido. El Peregrino, mientras tanto, cogió la manta contra el fuego y de salto se presentó ante la Puerta Sur del Cielo. Sin ninguna ceremonia se la devolvió al Devaraja de los Ojos Anchos, diciendo simplemente: - Gracias por habérmela prestado. - Veo que sois más honrado de lo que en un principio pensé - contestó el Devaraja -. He de reconocer que me tenía preocupado la posibilidad de que no me devolvierais tan preciado tesoro. Me alegro de que hayáis cumplido vuestra palabra. - Yo no acostumbro a robar - se defendió el Peregrino -. Además, como dice el proverbio, "quien devuelve lo prestado, tiene la posibilidad de volver a pedirlo de nuevo". - Hacía mucho tiempo que no os veía y quisiera invitaros a pasar una temporada en mi palacio - dijo el Devaraja -. ¿Qué os parece la idea? - No, no - respondió el Peregrino -. Si lo hiciera, volvería a las andadas, perdiendo el tiempo en charlas que no conducen a nada. Tengo, además, la obligación de proteger al monje Tang y no dispongo de tiempo libre. Para otra vez será. Tras despedirse del Devaraja, montó en la nube e inició el camino de vuelta. Llegó al salón Zen cuando el sol apuntaba ya por el horizonte. Sacudió el cuerpo y se transformó nuevamente en una abeja. Eso le permitió meterse en el edificio sin ser notado. Cuando se halló en el interior, volvió a tomar su forma habitual, comprobando que su maestro estaba todavía dormido. Se llegó hasta él y le urgió: - Levantaos. ¿No veis que ya es de día? Tripitaka abrió los ojos y, dándose la vuelta, dijo: - Tienes razón. Después de vestirse a toda prisa, abrió la puerta y salió al aire libre. A su alrededor reinaba la desolación más absoluta. Sólo quedaban en pie algunas paredes aisladas; los torreones y el resto de las construcciones habían desaparecido del todo. Sorprendido ante tan desoladora visión, dio un salto y exclamó, aterrado: - ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es que todo se ha venido abajo y sólo quedan muros ennegrecidos? - No penséis que estáis soñando - le aconsejó el Peregrino -. Si todo se encuentra en tan lamentable estado, es porque anoche se declaró un incendio. ¿Cómo es posible que yo ni siquiera me haya enterado? - preguntó Tripitaka -. Es raro, por otra parte, que no haya sufrido el menor daño. - Eso es porque yo me encargué de la protección del salón Zen - explicó el Peregrino -. Vi que dormíais profundamente y no me atreví a molestaros. - Si tenías poder para proteger este salón - replicó Tripitaka - - ¿por qué no apagaste el fuego de los otros edificios? - Para que descubrierais la verdad, que vos mismo predijisteis anoche - respondió el Peregrino -. Se encapricharon de vuestra túnica y planearon quitaros de en medio, valiéndose de un incendio. Si no hubiera permanecido alerta, ahora estaríamos los dos reducidos a cenizas. - ¿Estás seguro de que fueron ellos los que provocaron el fuego? - inquirió Tripitaka, alarmado. - ¿Quién otro podría haberlo hecho? - replicó el Peregrino. - ¿No será que lo hiciste tú, para vengarte de lo mal que te trataron anoche? - insistió Tripitaka. - Yo no soy de los que se dedican a hacer atrocidades como ésta - se defendió el Peregrino -. Debéis aceptar de una vez que fueron ellos los que provocaron esta catástrofe. Cuando vi la malicia con la que obraban, desistí de ayudarles a apagar el fuego. Es más, lo avivé provocando un poco de viento. - ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, horrorizado -. Lo primero que hay que hacer, cuando se inicia un incendio, es ir en busca de agua. ¿Cómo se te ocurrió provocar viento? - Por fuerza tenéis que haber oído lo que decían los antiguos - contestó el Peregrino -: "Si el hombre no hace ningún daño al tigre, el tigre tampoco se lo hará a él". Si ellos no hubieran jugado con fuego, tampoco lo habría hecho yo con el viento. - ¿Dónde está la túnica? - exclamó Tripitaka, de pronto -. ¿Se ha quemado también? - En absoluto - respondió el Peregrino -. No ha sufrido el menor daño. Yo mismo me encargué de que el fuego no llegara a los aposentos del monje anciano. Como sabéis, se encontraba allí. - Más vale que sea así - replicó Tripitaka, cediendo al resentimiento -. Si ha sufrido algún daño, te aseguro que voy a recitar lo que tú bien sabes y no voy a parar hasta que hayas muerto. - ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó el Peregrino, preocupado -. Os devolveré la túnica inmediatamente. En cuanto la recupere, proseguiremos nuestro viaje. Tripitaka agarró las riendas del caballo, mientras el Peregrino cargaba con el equipaje. Juntos abandonaron el salón Zen y se dirigieron a los aposentos de la parte posterior. Al verlos, los monjes, que continuaban lamentándose como plañideras, pensaron que se trataba de espíritus y gritaron, despavoridos: - ¡Esos fantasmas han vuelto a vengarse de nosotros! - ¿Quién ha dicho que seamos espíritus? - replicó el Peregrino -. Todavía estamos vivos y lo único que queremos es que nos devolváis nuestra túnica. - Del obrar injusto nacen los enemigos, y de una deuda un acreedor - sentenciaron ellos, echándose rostro en tierra -. Nosotros no tenemos nada que ver con lo ocurrido. Fueron el monje anciano y Grandes Designios los que planearon todo esto. ¡Por lo que más queráis, permitidnos seguir viviendo! ¿Qué vais a ganar vengándoos de gente inocente? - ¡Malditas bestias! - exclamó el Peregrino -. ¿De dónde habéis sacado que queramos vengarnos? Sólo exigimos la devolución de lo que es nuestro. ¿Dónde está la túnica? - Se suponía que habíais muerto en el incendio del salón Zen - dijeron dos de los monjes más atrevidos -. ¿Cómo habéis logrado salir ilesos? ¿En qué quedamos: sois hombres o espíritus? - ¡Maldito atajo de idiotas! - volvió a exclamar el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Es que no sabéis dónde se declaró el incendio? Id a echar un vistazo al salón Zen y, así, os convenceréis de que aún continuamos vivos. Los monjes así lo hicieron y comprobaron, asombrados, que el fuego no había tocado ni una pizca de la gran sala en la que habían pasado la noche. Eso les convenció de que Tripitaka era un monje venido del cielo y el Peregrino, su guardaespaldas. Inmediatamente se volvieron hacia ellos y, echándose nuevamente rostro en tierra, dijeron: Tenemos, ciertamente, ojos, pero parecemos ciegos. ¿Cómo es posible que no hayamos reconocido en vosotros a dos seres celestes? Vuestra túnica se encuentra en la parte de atrás, en la residencia del viejo Patriarca. A Tripitaka se le cayó el alma a los pies, al ver el estado en el que había quedado todo. Pero, al acercarse a los aposentos del Patriarca, comprobó, aliviado, que también habían sido respetados por las llamas. - Anciano venerable - gritaron los bonzos -, el monje Tang por fuerza tiene que ser un dios. El fuego ni siquiera le ha tocado, mientras que nosotros hemos perdido todo lo que teníamos. Devolvedle su túnica, por favor. Desgraciadamente el monje anciano no pudo hallarla. Se encontraba en un estado tal de abatimiento que apenas sabía lo que decía. Se sentía culpable de lo ocurrido. Preso de remordimiento, se dobló hacia delante, tomó impulso y estrelló la cabeza contra la pared. El golpe fue tan fuerte que se le rompió el cráneo y la sangre fluyó abundantemente, cayendo muerto al suelo, como si fuera un saco de arena. ¡Qué final tan lamentable! De poco le sirvió vivir tanto tiempo. Se empeñó en poseer la túnica, sin percatarse de que era un regalo del mismísimo Buda. ¡Qué mal servicio le hicieron Grandes Designios y Sabiduría Perfecta! Quien piense que puede alcanzar con facilidad lo eterno está condenado al sufrimiento y al fracaso. Horrorizados, los monjes exclamaron: - ¿Qué podemos hacer ahora que el Patriarca se ha suicidado y no podemos encontrar la túnica? - Seguro que la habéis robado vosotros y después la habéis escondido - bramó el Peregrino -. Salid de aquí inmediatamente y dadme una lista completa de todos vuestros nombres. Voy a comprobarlos uno por uno. Sin pérdida de tiempo los monjes de mayor autoridad confeccionaron una relación de cuantos habitaban en el monasterio, incluidos los bonzos, los dhutas, los aspirantes y los practicantes del taoísmo. En total fueron doscientos treinta nombres los que pusieron en manos del Peregrino. Tras obligar al guardián a sentarse en medio, Wu-Kung fue pasando lista, forzando a cada uno a despojarse de todas sus ropas, pero la túnica no apareció. Se registraron, incluso, todos los baúles que habían podido salvarse del incendio; sin embargo, no se obtuvieron resultados. Desesperado, Tripitaka volcó sobre el Peregrino toda la frustración que sentía y empezó a recitar el conjuro. El mono cayó al suelo y, agarrándose la cabeza con las manos, incapaz totalmente de aguantar el dolor, suplicó, gritando como un condenado: - ¡Deteneos, por favor! ¡No pronunciéis más esa fórmula! ¡Os doy mi palabra de que encontraré la túnica! Presa del pánico, los monjes se arrodillaron ante Tripitaka y le pidieron que parara aquel tormento, cosa a la que él accedió de buen grado. En cuanto se vio libre del dolor, el Peregrino se puso de pie de un salto y se sacó la barra de la oreja, con el ánimo de acabar de una vez con todos aquellos bonzos. Pero Tripitaka le detuvo a tiempo, gritando: - ¿Quieres un poco más de mi remedio? No comprendo cómo puedes ser tan irresponsable. ¿Es que has olvidado que no hay cosa que más me repugne que la violencia? Déjame interrogarlos a mí. -Perdonadnos la vida - le suplicaron los monjes, temblando -. Tenéis que creernos: nosotros ni siquiera hemos visto vuestra túnica. El culpable de todo esto es ese viejo demonio que acaba de morir. En cuanto se hizo anoche con vuestro tesoro, empezó a llorar, sin que ninguno encontrara medio de consolarle. Lo único que deseaba era arrebatárosla para siempre. Por eso decidió quemaros vivo. Sin embargo, se levantó un viento terrible y las llamas se volvieron contra nosotros. En aquellos momentos lo único que nos preocupaba era sofocar cuanto antes el incendio y salvar lo que pudiéramos. No tenemos ni idea de dónde puede encontrarse la túnica. - El Peregrino entró, furioso, en los aposentos del Patriarca, agarró el cadáver y lo desnudó del todo. Pero no halló ni rastro del tesoro de su maestro. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. El Peregrino, sin embargo, no se dio por vencido. Después de reflexionar durante unos minutos, preguntó: - ¿Hay por aquí cerca algún monstruo que se haya convertido en espíritu? - Al sureste de aquí - respondió el guardián del monasterio destruido - se levanta la Montaña del Viento Negro, en la que se halla enclavada la caverna del mismo nombre. En ella habita el Gran Rey Negro, con quien solía discutir de taoísmo uno de nuestros compañeros ya fallecido. Es el único monstruo que hay por aquí cerca. - ¿A qué distancia está la montaña? - volvió a preguntar el Peregrino. - A seis o siete kilómetros - contestó el guardián -. Su cumbre se ve desde aquí mismo. - No os preocupéis más por vuestra túnica, maestro - aconsejó el Peregrino a Tripitaka - . Con toda seguridad ha sido robada por e monstruo negro. - Ese lugar se encuentra a siete kilómetros, por lo menos - replicó Tripitaka -. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que ha sido él? - Vos no visteis el incendio de anoche - respondió el Peregrino -. Era tan enorme que, por fuerza, tuvo que verse desde muy lejos. Calculo que sería visible desde el Tercer Cielo. Siete kilómetros son una distancia muy corta. No me cabe la menor duda de que vio el resplandor y aprovechó la ocasión para llegarse en secreto hasta aquí. Cuando comprobó que vuestra túnica era un auténtico tesoro, se valió de la confusión para hacerse con ella y huir a toda prisa. Dejadme ir a buscarle. - ¿Quién cuidará de mí, mientras tú te hallas fuera? - exclamó Tripitaka, preocupado. - No os preocupéis por eso - le tranquilizó el Peregrino -. Gozáis de la protección de todos los dioses. Ya me encargaré yo, de todas formas, de que los monjes se preocupen de vuestra seguridad. Tras reunirlos a todos, les ordenó: - Que unos entierren a ese viejo demonio, mientras los demás se ocupan de mi maestro y del caballo - los monjes obedecieron sin rechistar y él agregó, amenazante -: Los que cuiden de mi maestro deben mostrarse simpáticos y agradables en todo momento. Los que se encarguen del caballo procurarán que no le falte agua ni comida. La más mínima negligencia os hará probar mi barra de hierro. Así que cuidado con lo que hacéis. No había terminado de decirlo, cuando sacó la barra, la volvió contra un muro de ladrillo y, de un golpe, no sólo lo pulverizó, sino que echó abajo otras seis o siete paredes más. Cuando los monjes lo vieron, se quedaron aterrados. Se echaron rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, le suplicaron: - No seáis tan severo con nosotros. Tened la seguridad de que no escatimaremos medios para tratar a vuestro maestro como se merece. Podéis marcharos con toda tranquilidad. De un solo salto el Peregrino fue a parar a la Montaña del Viento Negro en busca de la túnica. De todos estos sucesos existe un poema, que dice: La Cigarra de Oro abandonó Chang-An en busca de la Verdad. Cargado de regalos se dirigió hacia el Oeste, dejando tras sí infinidad de montanas azul-verdosas. En su camino se topó con lobos y tigres y algún que otro comerciante. Solamente la envidia de un monje estúpido osó poner en peligro su vida. Afortunadamente, gozó de la protección del Gran Sabio, que le libró del terrible incendio que destrozó el Templo del Zen. Fue entonces cuando un oso negro robó la túnica de los bordados. No sabemos si el Peregrino encontró la túnica o no, ni si el resulto de su búsqueda fue fructuoso o no. Es necesario, por tanto, oír la aplicación que se ofrece en el próximo capítulo. 第017回 PEREGRINO SUN ROMPE LA PAZ DE LA MONTAÑA DEL VIENTO NEGRO. KWANG SHR-ING SOMETE AL OSO Al ver elevarse hacia lo alto al Peregrino, los monjes, los dhutas, los novicios y los estudiosos del taoísmo se sintieron tan aterrados que, echándose rostro en tierra, exclamaron: - ¡Ahora sabemos que sois un dios encarnado, capaz de cabalgar sobre la niebla y de navegar por encima de las nubes! Con razón no sufristeis el menor daño durante el incendio. ¡Qué ciego fue nuestro viejo patriarca! Usó su inteligencia para traer la ruina sobre nuestras cabezas. - Levantaos inmediatamente - les urgió Tripitaka -. No hay tiempo para los remordimientos. Si logra encontrar la túnica, todo irá bien. De lo contrario, me temo que tendréis que despediros del mundo de los vivos. Mi discípulo tiene un carácter muy irascible y acabará con todos vosotros en un abrir y cerrar de ojos. Cuando los monjes lo oyeron, cayeron presos del pánico y suplicaron al Cielo que le ayudara a encontrar la túnica, para que todos pudieran seguir con vida. El Gran Sabio Sun, mientras tanto, tras elevarse hacia lo alto y mover ligeramente el cuerpo, fue a parar a la Montaña del Viento Negro. Miró con detenimiento y comprobó que se trataba de un lugar realmente espléndido, sobre todo en aquella época del año. Infinidad de arroyos fluían por doquier entre riscos de inmarcesible belleza. Los pájaros se contaban a millares, pero no había el menor rastro humano. Hasta los árboles emitían aroma, como si fueran flores. Cuando llovía, la atmósfera se cubría de un manto de humedad azulado, mientras que los pinos parecían biombos de jade sacudidos por el viento. Adondequiera que se mirara se veía brotar la vida (flores y hierbas salvajes árboles cubiertos de capullos, vistarias...) en un paisaje en el que se entremezclaban las mesetas y los riscos. Resultaba imposible imaginar que no hubiera por allí ningún leñador. Las garzas bebían en parejas de los arroyos, mientras los monos no se cansaban de jugar sobre las rocas. Por doquier las ramas de los árboles esparcían su lujurioso verdor por encima de la luminosa neblina de la montaña. El Peregrino estaba disfrutando de la belleza del paisaje, cuando de pronto oyó voces que parecían venir de un prado cercano. Se escondió sin hacer ruido detrás de una roca y se puso a espiar con cuidado. De esta forma, descubrió a tres monstruos sentados en el suelo: el del centro era un tipo muy moreno, el de la izquierda no podía negar que fuera taoísta, y el de la derecha se trataba, a todas luces, de un hombre de letras. Los tres mantenían una conversación muy animada, discutiendo sobre la purificación de los objetos usados en la alquimia, el refinamiento del mercurio y la obtención de la nieve blanca, temas predilectos del taoísmo heterodoxo. El tipo moreno cambió inesperadamente de tema y dijo: - Como sabéis, pasado mañana es mi cumpleaños. ¿Querríais acompañarme en una fecha tan señalada? - Todos los años hemos celebrado juntos esa fecha - contestó el literato -. ¿Cómo íbamos a faltar precisamente éste? - Ayer - añadió el tipo moreno, visiblemente satisfecho - me topé con un tesoro, al que no dudo en considerar la túnica bordada de Buda. Es extremadamente elegante y pienso lucirla el día de mi cumpleaños. Quiero dar un espléndido banquete, al que invitaré a todos nuestros amigos taoístas de las diferentes montañas. Creo que no estaría nada mal llamar a ese convite el Festival de la Túnica de Buda. ¿Qué os parece la idea? - ¡Fantástico, francamente fantástico! - exclamó el taoísta -. Será una espléndida ocasión para reunimos todos. El Peregrino no tuvo que pensar mucho para darse cuenta de que la túnica de la que hablaban no podía ser otra que la de su maestro. Incapaz de controlar el enfado, abandonó su escondite y se lanzó sobre los tres desconcertados amigos, gritando, al tiempo que blandía amenazante, la barra de hierro: - ¡Maldito monstruo! ¿Así que fuiste tú el que robaste el tesoro de mi maestro? ¡Ya te daré yo a ti buen Festival de la Túnica de Buda! vuélvemela cuanto antes, y no trates de huir, porque no te servirá de nada! Antes de que hubiera terminado de hablar, descargó un tremendo golpe sobre sus cabezas. El tipo moreno logró escapar, montándose en el viento; otro tanto hizo el taoísta, cabalgando en una nube; sólo al literato le fue imposible la huida. El golpe le agarró de lleno y resultó muerto en el acto. Cuando el Peregrino le dio la vuelta, comprobó que no era más que el espíritu de una serpiente con manchitas blancas. Tras descuartizarla, se adentró en la montaña en busca del tipo moreno. Escaló picos altísimos que le condujeron ante una caverna abierta al borde mismo de un precipicio. Una espesa neblina protegía su boca, camuflada por el umbroso verdor de cipreses y pinos. La caverna estaba enclavada en un paraje, que, de alguna manera, recordaba la belleza del Monte Peng-Lai. El Peregrino se llegó hasta la puerta y la encontró firmemente cerrada. En el dintel había sido colocada una losa de piedra en la que podía leerse: "La Montaña del Viento Negro. Caverna del Viento Negro". Sun Wu-Kung golpeó la puerta con su barra, gritando: - ¡Abre inmediatamente! - ¿Quién eres tú para osar llamar de esa forma en nuestra caverna inmortal? - preguntó un pequeño demonio que parecía estar de guardia. - ¡Condenada bestia! - le insultó el Peregrino -. ¿Qué clase de lugar es éste para que le arrogues, sin más, el título de inmortal? ¡Ésa es una palabra que no mereces ni siquiera pronunciar! Entra en seguida y dile a ese tipo moreno que saque inmediatamente la túnica de mi maestro. Si lo haces, os perdonaré a todos la vida. - ¡Gran Rey! - informó el pequeño demonio a su señor -. Me temo que no podréis celebrar el Festival de la Túnica de Buda. Ahí fuera hay un monje con la cara cubierta totalmente de pelos y una voz de trueno que exige la entrega inmediata de esa prenda. El tipo moreno acababa de llegar a la cueva. Ni siquiera había tenido tiempo de sentarse. - ¿De dónde será ése - se dijo -, para atreverse a presentarse ante ""Puerta con semejante arrogancia? Pidió su armadura y, después de ajustársela al cuerpo, salió de la cueva con una lanza negra en las manos. El Peregrino le esperaba a un lado de la puerta con su barra de hierro. El monstruo ofrecía un aspecto realmente marcial con su yelmo negro de acero bruñido, su coraza de oro negro que brillaba como el mismo sol, una túnica de seda negra con las mangas llamativamente anchas, y una faja con los flecos igualmente negros. En la mano sostenía una lanza negra y, por si esto no fuera suficiente, calzaba unas botas de cuero negro. Extrañamente tenía unos ojos de pupilas doradas que recordaban el latigazo del rayo Tal era el ser al que llamaban el Rey del Viento Negro. - Este tipo - se dijo el Peregrino a punto de soltar la carcajada - parece un minero o alguien que trabaje en un horno. Debe de dedicarse a vender carbón. De lo contrario, no me explico cómo puede ser tan negro. - ¿Qué clase de monje eres tú para atreverte a ser tan insolente? - le increpó el monstruo con voz potente. - ¡Déjate de decir tonterías! - replicó el Peregrino, lanzándose contra él con su barra de hierro -. Menos hablar y devuélveme inmediatamente la túnica de mi maestro. - ¿De qué monasterio eres y dónde perdiste la túnica de la que hablas para venir a exigirme su devolución? - preguntó el monstruo. - Mi túnica se encontraba en los aposentos de la parte de atrás del Templo de Kwang-Ing, al norte de aquí. Aprovechándote de la confusión creada por el incendio, te hiciste con ella y ahora quieres organizar un Festival de la Túnica de Buda para celebrar tu cumpleaños. No lo puedes negar. Devuélvemela y te perdonaré la vida. De lo contrario, allanaré la Montaña del Viento Negro y destruiré tu caverna. Te aseguro que no quedará ni uno solo de tus demonios. - ¡Qué bravucón eres! - replicó el monstruo, riéndose con desprecio -. Fuiste tú el que provocó el fuego, avivando el viento desde lo alto del tejado. Admito que me llevé la túnica. ¿Y qué? ¿Qué piensas hacer para que te la devuelva? No sé ni de dónde eres ni cómo te llamas. ¿Qué poderes posees, además, para venir a exigírmelo con palabras tan desvergonzadas como las que acabas de usar? - ¡Así que no me reconoces! - contestó el Peregrino -. Soy discípulo del maestro Tripitaka, hermano del gobernante de la Gran Nación de los Tang. Mi nombre completo es Sun Wu-Kung y, en lo que a mis poderes respecta, te diré que son suficientes para hacerte temblar como una hoja. - En ese caso - se burló el monstruo -, tus hazañas serán prácticamente incontables. - Así es - afirmó el Peregrino -. Agárrate, porque ahora mismo te las voy a relatar. Desde mi más temprana juventud he poseído habilidades mágicas, siendo capaz de convertirme en algo tan etéreo como el viento. No contento con eso, inicié el estudio del Tao y, así, logré escapar a la rueda del karma. Mi búsqueda de la Verdad me llevó hasta el Monte Ling-Tai, donde residía un inmortal anciano, que acababa de cumplir ciento ocho mil años. No tardó en convertirse en mi maestro. Precisamente a él le debo el conocimiento del secreto de la longevidad. Me enseñó que en nuestro propio interior está la respuesta a todos los misterios, haciéndome, así, partícipe de la ciencia de los dioses. Si no llega a ser por él, no habría podido seguir adelante en mi empeño. Fue él quien hizo brillar mi luz interior, haciendo que el sol y la luna copularan dentro de mi cuerpo. Eso me libró de todos mis pensamientos y deseos. En consecuencia, mi cuerpo se fortaleció y se purificaron mis seis sentidos. ¡Qué cerca me encontraba del mundo de los sabios! Tres años sin perder una sola gota de mis esencias corporales me otorgaron una naturaleza semidivina y me colocaron por encima de los padecimientos normales de un mortal. Me movía libremente entre los Diez Islotes y las Tres Islas, llegando a tocar incluso el Cielo. Entonces, sin embargo, no había ascendido todavía hasta el Noveno Paraíso. Era un simple domador de dragones que logró hacerse con el inestimable tesoro de una barra con las puntas de oro, Señor de la Montaña de las Flores y Frutos que consiguió reunir a su alrededor gran número de monstruos en la Caverna de la Cortina de Agua. No es extraño que el Emperador de Jade me otorgara el título supremo de Sosia del Cielo. En tres ocasiones sumí el Palacio de la Niebla Divina en el más absoluto de los desconciertos. En una de ellas me hice con todos los melocotones de Wang-Mu. Eso hizo que fueran enviados contra mí más de cien mil guerreros celestes armados hasta los dientes con lanzas y espadas. El Príncipe Nata sufrió una derrota vergonzosa y el Devaraja hubo de regresar sin honor a los Cielos. Con el Maestro Hsien-Shang fue distinto. También conocía todos los secretos de la metamorfosis y nuestro encuentro fue memorable. Lao-Tse, Kwang-Ing y el Emperador de Jade lo contemplaron, impacientes por el resultado, desde la Puerta Sur. Viendo que las cosas no iban según su gusto, Lao-Tse decidió ayudar a Er-Lang y me vi conducido ante la corte celeste. El juez determinó que fuera atado a una columna de descuartizar monstruos y mi cuerpo reducido a pequeños trocitos. Pero las hachas y cuchillos no pudieron nada contra mí. Ordenaron después que fuera expuesto al poder destructor de los rayos, pero el fuego, igualmente, fue incapaz de reducirme. Se me metió a continuación en el horno de Lao-Tse con idénticos resultados. En cuanto levantaron la tapa, me escapé y golpeé con mi barra de hierro a todos los que osaron interponerse en mi camino, sin que nadie pudiera detenerme. Los Treinta y Seis Cielos conocieron el poder destructor de mi cólera. Al final, Tathagata logró dominarme y me encerró bajo la Montaña de las Cinco Fases, donde permanecí quinientos años, transcurridos los cuales, Tripitaka me liberó y ahora me dirijo con él hacia el Oeste para entrevistarme con el de las Cejas de Jade en el Palacio del Trueno. Si no me crees, pregunta a los cuatro puntos del cosmos y ellos te hablarán de mi fama y de mis hazañas. - ¿Así que tú eres el "pi-ma" que sumió a los cielos en un total desorden? - exclamó el monstruo, soltando la carcajada. No había cosa que más sacara de quicio al Peregrino que ese nombre. En cuanto lo oyó, se puso furioso y gritó, fuera de sí: - ¡Maldito monstruo! Tienes la obligación de devolver la túnica que robaste y, en vez de hacerlo, te pones a insultar a un monje santo. ¡No te escapes, que quiero que pruebes el sabor de mi barra! El monstruo se hizo a un lado y esquivó el golpe por muy poco. Agarró con fuerza la lanza y se abalanzó contra su adversario, dando comienzo a un espléndido combate. Los dos luchadores desplegaron todo su sabor guerrero delante de la caverna, multiplicando los golpes dirigidos contra la cabeza y el corazón. Afortunadamente, la técnica de ambos era perfecta y los esquivaron una y otra vez. Mientras uno abría la zarpa como un tigre escalando una montaña, el otro se revolvía por el suelo como un dragón retozando. No en balde eran el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y el Gran Rey Negro, dos monstruos con poderes propios de dioses enfrentados a muerte por la posesión de una túnica. Más de diez veces cruzaron las armas sin que, a eso del mediodía, se destacara un claro vencedor. Valiéndose de la lanza para inmovilizar temporalmente la barra de hierro, el monstruo tomó un respiro y dijo: - Dejemos de momento las armas a un lado y vayamos a tornar algo. Después continuaremos la batalla. ¿De acuerdo? - Maldita bestia! - exclamó el Peregrino -. ¿Y tú quieres ser un héroe? Debería darte vergüenza. Sólo llevas luchando medio día y ya quieres ponerte a comer. Piensa en mí, que estuve prisionero debajo de una montaña durante más de quinientos años y no probé ni una sola gota de agua en todo ese tiempo. Así que déjate de excusas y no te escapes. Si quieres que te deje ir a comer, tendrás que devolverme antes la túnica. El monstruo estiró sin mucho entusiasmo la lanza y corrió hacia el interior de la caverna, cerrando oportunamente la puerta tras él. Sin importarle las protestas del Peregrino, llamó a sus sirvientes y les ordenó que prepararan un banquete, encargándose personalmente de escribir las invitaciones para los Reyes Monstruo de las otras montañas. El Peregrino, mientras tanto, hizo cuanto pudo por echar abajo la puerta, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles y hubo de regresar al Templo de Kwang-Ing. Los bonzos habían enterrado ya al monje anciano y se encontraban reunidos en uno de los aposentos posteriores, sirviendo la comida a Tripitaka, que hacía poco que había terminado el desayuno. Al ver al Peregrino, dejaron de echar la sopa e inclinaron respetuosamente la cabeza, dándole la bienvenida. - Así que has vuelto, Wu-Kung - exclamó Tripitaka -. ¿Qué hay de mi túnica? - He encontrado al que os la robó - contestó el Peregrino -. Menos mal que no maté a ninguno de estos monjes, porque, como sospechábamos, el ladrón fue el monstruo de la Montaña del Viento Negro. Como recordaréis, fui en su busca y le encontré en una pradera hermosísima, charlando animadamente con un literato vestido de blanco y un anciano taoísta. Sin ser torturado, estaba haciendo, en cierto sentido, una confesión. Decía que a los dos días iba a ser su cumpleaños y que pensaba invitar a todos los monstruos de la región. También mencionó que anoche había encontrado una túnica bordada de Buda, motivo por el que iba a dar un espléndido banquete, al que quería denominar el Festival de la Túnica de Buda. Al oír eso, abandoné mi escondite y descargué sobre ellos un golpe de mi barra, pero tanto el tipo moreno como el taoísta se las arreglaron para escapar. No tuvo la misma suerte el literato vestido de blanco, que cayó al suelo fulminado, convirtiéndose en una serpiente moteada. Sin pérdida de tiempo, corrí en persecución del monstruo, que logró refugiarse en su caverna. Le exigí que saliera a luchar y, aunque reconoció haber robado la túnica, nos enzarzamos en una batalla que duró aproximadamente medio día, sin que ninguno de los dos resulta vencedor. Inesperadamente, el monstruo regresó a su caverna, alegando que tenía hambre y quería comer. Cerró a cal y canto las puertas y se negó a seguir luchando, así que decidí venir a ver qué tal os iban las cosas e informaros de lo ocurrido. De todos modos, ahora que ya sé dónde se encuentra la túnica, no me preocupa que quiera devolvérmela o no. - ¡Bendito sea Amitabha! - exclamaron, aliviados, los monjes, algunos arrodillándose al suelo -. Eso quiere decir que nuestras vidas no corren ya ningún peligro. ¡El paradero de la túnica ha sido, por fin, encontrado! - No cantéis victoria tan pronto - les aconsejó el Peregrino -. Que sepa dónde está no quiere decir que la haya recuperado. Además, mi maestro aún sigue aquí. Si os mostráis indolentes con él, recordad que tendréis que habéroslas conmigo. ¿Le habéis dado de comer los manjares más exquisitos? ¿Y qué habéis hecho con el caballo? ¿Le habéis facilitado todo el heno que ha querido? - ¡Sí, sí, sí! - se apresuraron a contestar los monjes -. Os aseguramos que a ninguno le ha faltado de nada. - Eso es cierto - confirmó Tripitaka -. Ya ves, sólo has estado fuera medio día y me han servido tres veces té y me han dado a comer platos vegetarianos en dos ocasiones. Te aseguro que no han podido ser más diligentes. Deberías darte prisa en recuperar la túnica, para evitarles tantas molestias como les estoy ocasionando. - No hay prisa - replicó el Peregrino -. Ahora que sé dónde está, tened por seguro que os la devolveré. Estad tranquilo. Mientras hablaban, el guardián del monasterio trajo unas cuantas viandas vegetarianas para Sun Wu-Kung. El Peregrino comió un poco y, montándose en la nube, partió en busca del monstruo. Mientras iba por el aire, vio a un demonio con una caja de madera de peral bajo el brazo. En seguida sospechó que pudiera llevar algo importante y, levantando la barra de hierro, la dejó caer con fuerza sobre la cabeza del demonio, que quedó reducido a carne para empanada. El Peregrino abrió la caja y descubrió que en su interior había una invitación en la que podía leerse: Vuestro discípulo y servidor, el Oso, se dirige con todo respeto a vos, el respetable decano del Estanque Dorado. Os estoy profundamente agradecido por los magníficos regalos que me habéis hecho llegar en diferentes ocasiones. Lamento no haber podido ayudaros la noche pasada, cuando fuisteis visitado por el Dios del Fuego. Espero que vuestra eminencia no se haya visto afectado por él en modo alguno. Por pura casualidad, ha llegado hasta mis manos una túnica de Buda y he pensado que tan buena suerte bien merecía una celebración. He preparado, por tanto, un poco de vino de primerísima calidad, que deseo compartir con vuestra respetable eminencia. El acto al que vuestro discípulo y servidor se refiere tendrá lugar dentro de dos días. Al terminar de leerlo, el Peregrino se echó a reír y dijo: - Si encontrar la muerte no es verse afectado, que venga alguien a explicarme qué es. ¿Así que el viejo era amigo del monstruo? No me extraña que llegara a alcanzar la edad de doscientos setenta años. Me figuro que esa bestia le enseñaría un poco de magia y, así, pudo lograr la longevidad. Todavía recuerdo cómo era. Me convertiré en él e iré a la caverna a ver dónde se encuentra la túnica. Procuraré hacerme con ella sin gastar energías a lo tonto. Tras recitar un conjuro y volverse cara al viento, cambió al instante sus rasgos por los del monje anciano. Escondió la barra de hierro y, llegándose con paso vacilante hasta la cueva, gritó: - Abrid la puerta. En cuanto le vio el demonio que cuidaba de la puerta, corrió a informar a su señor: - Ha llegado el anciano del Estanque Dorado, señor. - ¡Qué raro! - exclamó, sorprendido, el monstruo -. Acabo de enviarle una invitación. No ha tenido ni tiempo de recibirla. ¿Cómo ha podido venir tan deprisa un hombre tan entrado en años como él? Lo más seguro es que Sun Wu-Kung le haya pedido que venga a por la túnica Así que escondedla inmediatamente y no se la dejéis ver. Una vez transpuesta la puerta principal, el Peregrino vio el verdor de los pinos y bambúes que crecían en el patio interior, los melocotoneros y ciruelos que parecían competir entre sí en belleza, y las mil especies de flores que llenaban hasta el último rincón de aquel lugar tan privilegiado. El aire estaba totalmente impregnado del aroma de las orquídeas. Se trataba, en verdad, de una caverna de origen celeste. En las jambas de una segunda puerta Sun Wu-Kung vio pegadas dos tiras de papel en las que podía leerse: Un retiro en el interior de la montaña, donde no llegan las preocupaciones mundanas. Una apartada caverna divina, en la que se disfruta de la serenidad. - Se nota que este monstruo - pensó el Peregrino - conoce a la perfección el destino de todo lo viviente y hace cuanto puede por apartarse de la suciedad y el barro. Cruzó una tercera puerta y se topó con una construcción de aleros profusamente decorados y amplios ventanales cubiertos de adornos El monstruo no tardó en aparecer. Llevaba puesta una túnica de seda color verde oscuro, lucía en la cabeza un gorro del mismo color y calzaba un par de botas de cuero. Al ver entrar al Peregrino, se ajustó las ropas y, saliendo a su encuentro, dijo a manera de bienvenida: - ¡Mi querido amigo, cuánto tiempo hacía que no nos veíamos! ¡Sentaos, por favor! El Peregrino le devolvió el saludo y los dos se sentaron a tomar el té. En cuanto lo hubieron concluido, el monstruo se inclinó reverentemente y dijo: - Acabo de enviaros una nota invitándoos a venir a mi humilde mansión pasado mañana. ¿A qué debo el honor de gozar hoy de vuestra compañía? - Venía a presentaros mis respetos, cuando me crucé con vuestro mensajero - contestó el Peregrino -. Al enterarme de que pensáis celebrar el Festival de la Túnica de Buda, no pude aguantar la impaciencia y me vine corriendo a ver tal maravilla. - Debéis de estar equivocado, mi querido amigo - exclamó el monstruo, soltando la carcajada -. Esa túnica perteneció al monje Tang, que, según tengo entendido, es huésped vuestro. ¿Por qué habéis venido a verla, cuando lo más seguro es que ya hayáis tenido la suerte de gozar de su belleza? - Con ese fin se la pedí prestada - admitió el Peregrino -, pero no pude hacerlo, porque vos os hicisteis antes con ella. Eso sin contar con que el monasterio y cuanto en él guardábamos ha sido pasto de las llamas. Por cierto, el monje Tang se ha puesto furioso por la pérdida de su tesoro. Yo mismo lo creí perdido en el incendio, sin sospechar que vos habíais tenido la enorme fortuna de encontrarlo. Ése es precisamente el motivo por el que he venido a visitaros. Mientras hablaban, llegó uno de los demonios que habían salido de patrulla e informó a su señor: - Qué horrible desgracia, Gran Rey! El oficial que enviasteis a entregar las invitaciones ha sido asesinado por el Peregrino Sun y su cuerpo yace sin vida al lado del camino. Sospecho, por tanto, que nuestro enemigo ha tomado la figura del anciano del Estanque Dorado y está tratando de robaros la túnica de Buda. - ¿Así que es él? - se dijo el monstruo, alarmado -. Ya me parecía a mí que había venido demasiado deprisa. Sin pérdida de tiempo, agarró su lanza y la lanzó contra el Peregrino. Sun Wu-Kung afortunadamente detuvo el golpe con la barra de hierro y asumió la forma que le era habitual. Sin dejar de luchar con fiereza, pasaron del salón de invitados al patio, y de allí, al exterior de la caverna. Todos los monstruos que la habitaban, sin distinción de posición o edad, se pusieron a temblar de espanto. El combate fue, en verdad, el más fiero que había tenido lugar en aquellas montañas. No en vano el Rey de los Monos convertido en monje y el monstruo ladrón de túnicas eran dos luchadores excelentes. Sus reflejos les harían responder a los golpes con musitada precisión. ¡Cuánto valor tenía para ellos aquel inestimable tesoro! Si el demonio de la patrulla no hubiera hablado, ninguno de los dos habría desplegado tanta energía. La lanza y la barra entrechocaron una y otra vez, llenando todo el espacio de fragor guerrero. Eran rivales dotados de poderes idénticos, pues, si bien Wu-Kung dominaba el arte de las transformaciones, el monstruo conocía infinidad de fórmulas mágicas. Uno estaba empeñado en devolver a su maestro la túnica, mientras que el otro la quería para festejar su cumpleaños. ¿Cómo iban a renunciar a ella de buen grado? No es extraño que esta vez la lucha pareciera interminable. Ni el mismo Buda en persona hubiera sido capaz de detenerla. Sin dejar de guerrear un solo segundo, los dos se llegaron hasta el pico de la montaña. Pero no se detuvieron allí, sino que continuaron izando las armas por encima de las nubes. Levantando oleadas de viento, niebla y rocas, lucharon sin parar hasta que el sol se puso por el oeste. Ninguno de los dos, sin embargo, obtuvo una ventaja apreciable. Llegado aquel momento, el monstruo sugirió: - ¡Eh, Sun!, ¿por qué no lo dejamos para mañana? Se está haciendo muy tarde y no podemos seguir luchando. Si te parece bien, en cuanto amanezca, reanudaremos la lucha. ¿De acuerdo? - Si quieres luchar - replicó el Peregrino -, compórtate como un guerrero y no me vengas con excusas de que se está haciendo tarde. No había terminado de decirlo, cuando dejó caer sobre la cabeza de su adversario una lluvia de golpes, pero el monstruo se transformó una vez más, en una liviana brisa y se refugió en la caverna. Acto seguido, cerró fuertemente las puertas de piedra y se negó a salir de allí. Al Peregrino no le quedó, pues, más remedio que regresar al Templo de Kwang-Ing. Tripitaka se alegró mucho de verle, pero, al comprobar que no traía la túnica, temió lo peor y le preguntó: - ¿Cómo es que no traes contigo lo que fuiste a buscar? - Da la casualidad, maestro - contestó el Peregrino, sacando la invitación de la manga y entregándosela a Tripitaka - que el monstruo y ese vejestorio eran amigos. De hecho, envió aquí a uno de sus pequeños demonios con una invitación para que asistiera al gran Festival de la Túnica de Buda. Afortunadamente le maté y tomé la forma del anciano monje, para poder entrar en la caverna. Logré engañarle, pero, cuando le pedí que me enseñara vuestro tesoro, se negó de plano. Mientras tomábamos el té, llegó una de sus patrullas y le informó de todo lo ocurrido, tras lo cual nos enzarzamos en una violenta lucha. La batalla duró hasta hace poco y, como ocurrió la primera vez, terminó en empate. Cuando el monstruo vio que se estaba haciendo tarde, se escurrió al interior de la caverna y cerró con firmeza las puertas de piedra, por lo que no me quedó más remedio que regresar a vuestro lado. - ¿Qué tal luchador eres, comparado con él? - volvió a preguntar Tripitaka. - Me temo - respondió el Peregrino - que nos parecemos bastante y que ambos estamos excelentemente equipados para la lucha. Tripitaka leyó, una vez más, la invitación, se la entregó a continuación al guardián del monasterio y le preguntó: - ¿Qué posibilidades hay de que vuestro maestro fuera un espíritu monstruo? - Ninguna - contestó en seguida el guardián, cayendo de rodillas -. De hecho, era totalmente humano. Puesto que el Rey Negro alcanzó el grado de humanidad que ahora posee valiéndose de la meditación, venía con cierta frecuencia al monasterio a discutir con mi maestro sobre las escrituras sagradas. A cambio le enseñaba alguna que otra práctica mágica, tal como el dominio de la respiración y el cultivo de las propias esencias. Fue así como llegaron a hacerse grandes amigos. - Estos monjes no tienen apariencia de monstruos - comentó el Peregrino -. Todos poseen, de hecho, una cabeza redondita que apunta hacia el cielo y un par de pies bien asentados sobre la tierra. Quizás sean un poco más altos y pesados que yo, pero, desde luego, son monstruos. ¿Os habéis fijado en la firma de la invitación? "Vuestro servidor el Oso." De ello deduzco que esa criatura debe ser un oso negro que se ha convertido en espíritu. - He oído decir a los antiguos - afirmó Tripitaka - que el oso y el mono pertenecen a la misma familia. En otras palabras: ambos son bestias. ¿Cómo ha podido convertirse en espíritu? - Yo también soy una bestia - dijo el Peregrino, riéndose -, sin embargo, llegué a ser el Gran Sabio, Sosia del Cielo. ¿Qué diferencia Hay entre animales y hombres? Todos los seres de este mundo que posean las nueve aperturas pueden llegar a ser inmortales, practicando el Gran Arte. - Tú mismo acabas de reconocer que los dos poseéis, poco más o menos, las mismas habilidades - le echó en cara Tripitaka -. ¿Cómo piensas derrotarle y conseguir mi túnica? - No os preocupéis por eso - le tranquilizó el Peregrino -. Sé cómo hacerlo. Mientras discutían sobre ello, los monjes les sirvieron la cena. Una vez concluida la colación, Tripitaka pidió unos hachones y se retiró a descansar al salón Zen. La mayoría de los monjes pasaron la noche bajo unos toldos que apoyaron sobre los maltrechos muros, reservando los aposentos de la parte de atrás para los bonzos de mayor dignidad. La hora era ya muy avanzada. La vía láctea brillaba como si fuera un arroyo de plata, el aire era purísimo y el cielo aparecía tachonado de rutilantes estrellas. Todos los sonidos se habían disuelto en la placidez de la noche, como si las montañas se hubieran visto vaciadas, de pronto, de pájaros. En los ríos lejanos se iban apagando, una a una, las luces de los pescadores, mientras las lámparas de las pagodas se tornaban cada vez más mortecinas. Hacía tiempo que los tambores y campanas habían enmudecido, teniéndose a veces la impresión de escuchar sollozos lejanos de bestias desconocidas. Tripitaka pasó la noche muy intranquilo, pensando en su túnica. ¿Cómo iba a poder dormir bien? En una de sus muchas vueltas en el lecho, vio que las ventanas se iban tiñendo, poco a poco, de claridad, y levantándose al instante, gritó a su discípulo: - Es ya de día, Wu-Kung, así que vete inmediatamente a por túnica. El Peregrino abandonó su descanso de un salto y vio que los monjes estaban trayendo agua para las abluciones matutinas. - Cuidad de mi maestro como se merece - les ordenó el Peregrino -. Debo ausentarme y espero que no os mostréis remisos con él. - ¿Se puede saber adonde vas? - le preguntó Tripitaka, agarrándose a él. - Todo este asunto demuestra bien a las claras la irresponsabilidad de la Bodhisattva Kwang-Ing - contestó el Peregrino -. Es incomprensible que haya disfrutado de las ofrendas de las gentes de este lugar y, al mismo tiempo, haya permitido a un monstruo andar rondando por aquí cerca. Voy a ir, pues, a los Mares del Sur a tener con ella una pequeña conversación y a pedirle que venga aquí y exija del monstruo la inmediata devolución de vuestra túnica. - ¿Cuándo estarás de vuelta? - volvió a preguntar Tripitaka. - Probablemente después del desayuno - respondió el Peregrino -. A mucho tardar, regresaré alrededor del mediodía, cuando esté solucionado ya todo. Vosotros - repitió, dirigiéndose a los monjes - encargaos de cuidar de mi maestro. No había acabado de decirlo, cuando desapareció de su vista. En un abrir y cerrar de ojos llegó a los Mares del Sur. Detuvo la nube en la que viajaba y, mirando a su alrededor, vio la inmensa extensión del océano, en cuya lejanía parecían fundirse el agua y el cielo. Una luz tenue, preñada de buenos auspicios, parecía envolver toda la tierra, llenándola de la brillantez de lo santo. Las olas, coronadas de una espuma tan blanca que parecía nieve, rompían contra la costa, elevándose sin cesar hacia lo alto. El constante rugido del agua recordaba el rolar de la tormenta. La montaña llena de tesoros en la que habitaba la Bodhisattva parecía estar sumida en un arco iris, en el que destacaba la viveza del rojo, del amarillo, del verde, del púrpura y del azul. ¡Qué espléndido lugar el de Potalaka de los Mares del Sur! La aguja rocosa del pico de la montaña se asemejaba a un cuchillo que cortaba limpiamente el espacio. En ella crecían miles de flores exóticas y mas de cien clases de hierbas sagradas. El viento sacudía los árboles, mientras el sol reverberaba en los lotos dorados. El Templo de Kwang-Ing aparecía cubierto de baldosines multicolores. Frente a la Caverna del Sonido de la Marea habían sido esparcidos incontables caparazones de tortuga. En su interior, a la sombra de los sauces, cantaban los loros; los pavos reales les respondían, escondidos entre el bambú. Los guerreros encargados de defender tan paradisíaco lugar se encontraban apostados tras las rocas. Entre ellos sobresalía, solemne y heroico, Moksa, siempre atento ante un mar de cornalina. El Peregrino no podía apartar sus ojos de tanta belleza. Se las arregló sin embargo, para descender de su nube y dirigirse hacia el bosquecillo de bambú. Las diferentes deidades que allí se encontraban salieron en seguida a darle la bienvenida, diciendo: - Hace cierto tiempo la Bodhisattva nos informó de vuestra conversión, hecho por el que todos nos congratulamos. Teníamos entendido, sin embargo, que os hallabais acompañando al monje Tang. ¿Cómo acabéis abandonado vuestras responsabilidades para venir aquí? - No lo he hecho - se defendió el Peregrino -. Si he venido a este santo lugar, ha sido precisamente porque me he topado con una tremenda dificultad, que espero pueda solventar la Bodhisattva. Así que os agradecería le anunciarais mi llegada. Las deidades así lo hicieron y la Bodhisattva accedió al instante a entrevistarse con él. Sin pérdida de tiempo el Peregrino se arrodilló ante el loto cubierto de joyas. - ¿Se puede saber qué has venido a hacer aquí? - le preguntó Kwang-Ing. - Hace dos días - explicó el Peregrino - mi maestro llegó a uno de vuestros templos Zen. Ya sabéis, una de esas pagodas en las que la gente os ofrece sacrificios e incienso. Lo que no comprendo es por qué habéis permitido a un Espíritu Oso vivir por allí cerca. El resultado es que ha robado la túnica a mi maestro y, aunque he tratado de recuperarla varias veces, todos mis esfuerzos han resultado infructuosos. Así que espero que solucionéis vos el problema. - ¡Cuidado que eres insolente! - exclamó la Bodhisattva -. ¿Por qué has venido a solicitar mi ayuda, cuando lo más probable es que ese Oso se haya hecho con la túnica de tu maestro por tu manía de querer enseñársela a todo el mundo? Además, fue culpa tuya que mi templo se viniera abajo. ¿A quién se le ocurre avivar las llamas de la forma que lo hiciste? Es increíble que ahora vengas a pedirme cuentas. Al oírla hablar de esa manera, el Peregrino comprendió que la Bodhisattva poseía el conocimiento de lo pasado y de lo porvenir. Agachó la cabeza con inesperada humildad y dijo: - Os suplico perdonéis mi modo de hablar. Todo ocurrió como acabáis de decir. He de confesar que me ha molestado muchísimo que el monstruo se haya negado a devolverme la túnica. Por otra parte mi maestro está siempre amenazándome con recitar el conjuro. ¡No puedo soportar el terrible dolor de cabeza que produce! De ahí que me haya comportado de la forma en que lo he hecho. Apiadaos de mí y ayudadme a capturar al monstruo, así recuperaré la túnica y podremos continuar nuestro viaje hacia el Oeste. - Ese monstruo posee muchos poderes mágicos - afirmó la Bodhisattva -. De hecho, es tan fuerte como tú. No mereces que te ayude pero lo voy a hacer por el monje Tang. Agradecido, el Peregrino inclinó la cabeza aún más y pidió a la Bodhisattva que no se demorara. Montaron en las nubes sagradas y no tardaron en llegar a la Montaña del Viento Negro, donde siguieron un sendero que conducía directamente a la caverna. Al poco rato vieron a un taoísta bajando por la ladera de la montaña con una bandeja de cristal, sobre la que podían apreciarse dos píldoras mágicas. El Peregrino corrió hacia él, blandió la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza de aquel infeliz. El golpe le destruyó el cráneo y le produjo una terrible hemorragia en el cuello. Horrorizada, la Bodhisattva exclamó: - ¡Sigues siendo tan irracional como siempre! ¿Se puede saber por qué le has matado? No fue quien te robó la túnica. Además, no te había hecho nada. ¿Por qué has tenido que acabar con su vida? - Es posible que no le reconozcáis - respondió el Peregrino -. Se trata de uno de los amigos del Oso Negro. Precisamente los vi ayer charlando en el prado con un literato vestido de blanco. Hablaban de la celebración del Festival de la Túnica de Buda y del cumpleaños del espíritu que nos la ha robado. Por cierto, este taoísta dijo que pensaba pasar el día de hoy con su amigo, lejos del bullicio que, sin duda, habrá mañana. Por eso le he reconocido. Lo más seguro es que se dirigiera a celebrar el cumpleaños del monstruo. - En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, no tengo nada que objetar. El Peregrino se llegó hasta el taoísta y descubrió que se trataba de un lobo gris. En la bandeja, que había caído a su lado, podía leerse una inscripción, que decía: "Fabricada por Lin Hsü-Tse" 10. - ¡Qué suerte! - exclamó el Peregrino, alborozado -. Esto va a ahorrarnos no pocas dificultades y energías. Sin ser sometido a tortura este monstruo acaba de hacernos una confesión muy valiosa, que puede llevar a la tumba hoy mismo a su desprevenido amigo. - ¿Se puede saber de qué estás hablando? - preguntó la Bodhisattva. - Yo suelo mencionar mucho un proverbio que dice: "Todo plan debe ser contrarrestado con otro" - respondió el Peregrino -. Desconozco, de todas formas, si estáis dispuesta a aceptar mi estrategia. - ¡Habla de una vez! - le urgió la Bodhisattva. - Como podéis ver - dijo el Peregrino -, en esta bandeja hay dos píldoras mágicas, que vamos a regalar al monstruo. Es una suerte que en ella aparezca grabado eso de que ha sido fabricada por Lin Hsü-Tse. Si hacemos lo que tengo pensado, podemos prescindir de las armas y hasta renunciar a la lucha. En un abrir y cerrar de ojos el monstruo se topará con la muerte y nosotros recobraremos la túnica de Buda. Si, por el contrario, os negáis a seguir mi plan, podemos dar por perdido ese tesoro y Tripitaka habrá hecho en vano un viaje tan largo. - Se nota que no te falta labia - exclamó la Bodhisattva, riendo. - No puedo quejarme - admitió el Peregrino, satisfecho -. De todas formas, se trata tan sólo de un plan sin ninguna importancia. - ¿Te importaría explicármelo? - insistió la Bodhisattva. - Con mucho gusto - contestó el Peregrino -. Teniendo en cuenta la inscripción que hay en esta bandeja, deduzco que el tal Lin Hsü-Tse no es otro que el taoísta al que acabo de dar muerte. Si no tenéis nada que objetar, podíais adoptar su personalidad. Yo me comeré una de las píldoras y me transformaré en otra un poco más grande que la que quede. La pondréis después en la bandeja y se la ofreceréis al Monstruo como regalo de cumpleaños. Me encargaré de que nos devuelva la túnica en cuanto se la haya tragado. Si se niega a hacerlo, soy capaz de tejer otra nueva con sus propias tripas. A la Bodhisattva le pareció un plan excelente y asintió varias veces con la cabeza. - Bien. ¿A qué esperáis? - preguntó el Peregrino, sonriendo. La Bodhisattva no perdió tiempo alguno en mostrar su misericordia e ilimitado poder. Haciendo uso de su infinita capacidad de transformación, sintonizó la mente con la voluntad y al instante adoptó la figura del inmortal Lin Hsü-Tse. - ¡Fantástico! - exclamó el Peregrino al verlo -. ¡Francamente extraordinario! ¿Es el monstruo la Bodhisattva, o es la Bodhisattva monstruo? - Wu-Kung, la Bodhisattva y el monstruo caben en un simple pensamiento, puesto que al principio no eran nada - afirmó la Bodhisattva, sonriendo. Iluminado por aquellas palabras, el Peregrino se dio la vuelta y se convirtió en una píldora mágica. Nadie conocía su fórmula, aunque era brillante y tan perfecta como una perla. En su interior se escondían los hexagramas del tres por tres y el seis por seis, como si hubiera sido creada con la ayuda de Shao Wang o hubiera sido formada en los montes de Kou-Lou. Poseía el brillo del mosaico y del oro amarillo; su luz era la del sol y parecía emanar de su propio interior. Una capa de mercurio la protegía de los ataques del exterior, aunque su poder era tan inmenso que no necesitaba, en realidad, protección. La píldora en la que se transformó el Peregrino era un poco mayor que la otra. La Bodhisattva tomó buena nota de ello y, cogiendo la bandeja de cristal, se dirigió a la caverna del monstruo. Antes de llegar, miró a su alrededor y vio una serie impresionante de precipicios y riscos. Las nubes se agolpaban, como rebaños, en la cumbre de la montaña. Por doquier se apreciaba el verdor de pinos y cipreses que el viento azotaba despiadado. Aquél era, en verdad, un lugar para monstruos, no para hombres, aunque tal vez alguien pensara que no podía existir sitio mejor para que un anacoreta buscara el Camino. Por las laderas de la montaña se precipitaba un torrente, cuyas aguas recordaban el sereno murmullo de un laúd. Ningún sonido podía ser más apto para purificar los oídos. Un ciervo descansaba sobre una roca, mientras a lo lejos se oía, perdido en la espesura del bosque, el canto de las garzas. Era tan melodioso que al punto levantaba el ánimo, como si se tratara de la mismísima música de las esferas. La belleza del paisaje pareció complacer profundamente a la Bodhisattva, que se dijo: - Si esa bestia ha sido capaz de elegir como morada un sitio tan extraordinario, quiere decir que está plenamente capacitada para recibir la iluminación del Tao - y eso la predispuso favorablemente hacia él. Al acercarse a la entrada de la caverna, fue reconocida por los demonios que montaban guardia y que gritaron, alborozados, al verla: - ¡Acaba de llegar el inmortal Lin Hsü - Tse! Mientras unos corrían a anunciar su llegada, otros le saludaron con incomparable respeto. El monstruo no tardó en aparecer. - ¡Qué honor tan grande hacéis con vuestra presencia a un lugar humilde como éste! - exclamó el monstruo, dándole la bienvenida. - Sólo he venido a traeros una píldora mágica como regalo de cumpleaños - replicó la Bodhisattva. Se inclinaron respetuosamente y tomaron asiento. El monstruo hizo varios comentarios sobre lo ocurrido el día anterior, pero la Bodhisattva no dijo nada. Se limitó a coger la bandeja y a sugerir a su anfitrión: - Aceptad, os suplico, esta prueba de reconocimiento por parte de un taoísta sin importancia - escogió la píldora más grande y, ofreciéndosela al monstruo, añadió -: Esta pequeña maravilla os hará vivir durante más de mil años. - En ese caso - concluyó el monstruo, entregando la otra a la Bodhisattva -, me gustaría compartir esta otra con vos. El monstruo se la llevó a la boca, pero no hubo de hacer el menor esfuerzo por tragarla, porque ella misma se deslizó garganta abajo. El Peregrino no tardó en hacer de las suyas en el interior del cuerpo de la bestia. El monstruo cayó al suelo, incapaz de soportar el dolor. La Bodhisattva recobró entonces la forma que le era habitual y arrebató al monstruo la túnica de Buda. Acto seguido, el Peregrino salió de su cuerpo por las narices, pero, temiendo que pudiera valerse de alguna treta, la Bodhisattva le tiró a la cabeza una pequeña corona de hierro. En cuanto se hubo puesto de pie, el monstruo trató, en efecto, de hacerse con la lanza y atacar por la espalda al Peregrino. Al verlo, la Bodhisattva se elevó por el aire y recitó un conjuro. Al instante el monstruo sintió un dolor insoportable y, arrojando la lanza a un lado, se revolcó, desesperado, por el suelo. El Rey de los Monos dio un salto Y casi no se muere de risa, al ver el sufrimiento del Oso Negro. - ¡Maldita bestia! - exclamó la Bodhisattva -. ¿Es que no piensas rendirte? - ¡Me rindo! - respondió el monstruo, sin pensarlo dos veces -. ¡Libradme cuanto antes de este dolor! Pensando en lo mucho que le había costado reducirle, el Peregrino quiso rematarle allí mismo, pero la Bodhisattva le detuvo, diciendo: No le hagas daño, porque tengo pensado asignarle una misión. - ¿Una misión? - repitió el Peregrino -. Este monstruo sólo sirve para ser pasto de los gusanos. - La parte posterior de la Montaña Potalaka está desguarnecida - explicó la Bodhisattva - y quiero que se encargue él de protegerla No dudo que le gustará ser nombrado Dios Guardián de la Montaña. - En verdad sois una diosa salvadora y llena de misericordia - dijo el Peregrino, sonriendo -, incapaz de hacer el menor daño a cualquier ser viviente. Si conociera un conjuro como ése, lo recitaría por lo menos diez mil veces más. Así acabaría con todos los osos negros que hay por aquí. El monstruo tardó bastante tiempo en recobrar la conciencia. El dolor había sido tan insoportable que, en cuanto volvió en sí, se echó rostro en tierra y dijo: - ¡Perdonadme la vida! ¡Estoy dispuesto a someterme de buen grado a la Verdad! La Bodhisattva abandonó la sagrada luminosidad de su nube y, tocándole gentilmente la cabeza, le convirtió en sirviente suyo. De esta forma, el Oso Negro abandonó su loca ambición de poder, convirtiéndose en esclavo de la virtud. - Ya puedes marcharte, Wu-Kung - ordenó la Bodhisattva al Peregrino -. Procura no causar más problemas y ocúpate de que no le falte de nada al monje Tang. - Os agradezco que hayáis venido desde tan lejos a ayudarnos - replicó el Peregrino, respetuoso -. Por eso, opino que es mi deber acompañaros de vuelta a vuestra residencia. - Créeme que no será necesario - contestó la Bodhisattva. El Peregrino se inclinó ante ella y se marchó. La Diosa de Misericordia, por su parte, no tardó en regresar al Gran Océano, acompañada por el oso. De todo ello trata un poema, que afirma: Una luz de mil colores rodea su figura, que posee la perfección del oro. Ella es la dulce auxiliadora del género humano, vigilando la marcha del mundo desde su Loto de Oro. Acudió en ayuda del buscador de escrituras, retirándose, casta y pura, a su mansión, en cuanto le hubo rescatado del peligro. Al enemigo transformó en discípulo y retornó a su morada de aguas, una vez recobrada la túnica cubierta de bordados de Buda. No sabemos lo que ocurrió después. Quien desee descubrirlo tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo. 第018回 MONJE TANG ESCAPA DEL PELIGRO EN EL TEMPLO DE KWANG-ING. EL GRAN SABIO SE DESHACE DEL MONSTRUO EN EL PUEBLO DE GAO Tras despedirse de la Bodhisattva, el Peregrino descendió de la nube, colgó la túnica de un cedro que había por allí cerca y se internó en la Caverna del Viento Negro. Pero no encontró ni un solo demonio. Todos habían huido, despavoridos, en cuanto vieron quién era la Bodhisattva y el tremendo castigo que estaba infligiendo a su señor. Eso no mermó las ansias de venganza del Peregrino. Esparció una gran cantidad de leña por todos los corredores de la cueva y la prendió fuego. Al poco rato la Caverna del Viento Negro quedó convertida en la Cueva de la Brisa Roja. Una vez terminada la obra, el Peregrino cogió la túnica, montó en la nube y se dirigió hacia el norte. Tripitaka, mientras tanto, esperaba ansiosamente su vuelta, preguntándose, impaciente, si la Bodhisattva habría accedido a ayudarles o si todo no habría sido más que una estratagema del Peregrino para abandonarle a su suerte. Tales pensamientos estaban cebándose en su espíritu, cuando vio acercarse una nube roja muy brillante, de la que descendió el Peregrino. - ¡Maestro - gritó, alborozado, echándose rostro en tierra -, aquí tenéis vuestra túnica! Tripitaka se mostró encantado, lo mismo que los otros monjes, que no dejaron de decir, entusiasmados: ¡Qué bien! Nuestras vidas no corren ya el menor peligro. - Al marcharte - regañó, no obstante, Tripitaka a su discípulo, cogiendo la túnica -, dijiste que estarías de vuelta después del desayuno o, como mucho, alrededor del mediodía. ¿Quieres decirme por qué has tardado tanto? Me figuro que te habrás dado cuenta de que el sol se está ya poniendo. El Peregrino relató entonces cómo había solicitado la ayuda de la Bodhisattva y cómo habían dominado entre los dos al monstruo. Al oírlo, Tripitaka tomó un poco de incienso y, volviéndose hacia el sur lo ofreció a su benefactora en señal de gratitud. Una vez terminada la ofrenda, se volvió hacia su discípulo y le ordenó: - Puesto que ya hemos recobrado la Túnica de Buda, recojamos nuestras cosas y marchémonos cuanto antes. - ¿A qué viene tanta prisa? - replicó el Peregrino -. Se está haciendo tarde. ¿Por qué no esperamos hasta mañana por la mañana para proseguir nuestro viaje? - El anciano Sun tiene razón - opinaron todos los monjes, poniéndose de rodillas -. Está anocheciendo. Además, nosotros tenemos una promesa que cumplir. Ahora que hemos sido liberados y vos habéis recobrado vuestro tesoro, desearíamos compartir con vuestras respetables reverencias nuestra humilde mesa. Mañana podréis continuar vuestra marcha hacia el Oeste. - ¡Fantástico! - exclamó el Peregrino -. ¡Una idea francamente excelente! Los monjes sacaron de los bolsos todo lo que habían logrado salvar del incendio y se lo regalaron a tan distinguidos huéspedes. Prepararon después ofrendas vegetarianas, quemaron papel moneda para los espíritus y recitaron varios fragmentos de las escrituras, apropiados para evitar las desgracias y el acoso del mal. El oficio duró hasta bien entrada la noche. A la mañana siguiente ensillaron el caballo y cargaron con el equipaje. Los monjes les acompañaron durante un largo tramo del camino. El Peregrino iba abriendo la marcha. La primavera había estallado con todo su fulgor y los cascos del caballo dejaban en la hierba un tenue sendero de plantas tronchadas. Las ramas de los sauces aparecían cubiertas de rocío y los melocotoneros se repetían con insistencia de bosque. Por doquier crecían, en delicados arabescos, enredaderas salvajes. Bandadas de patos tomaban el sol a la orilla de los ríos, mientras las flores más aromáticas parecían domar a las mariposas. Había transcurrido el otoño, el invierno había terminado y la primavera se hallaba justamente en su cenit. ¿Cuándo podrían conseguirse, por fin, las auténticas escrituras? Maestro y discípulo vagaron por la espesura durante una semana. Un día, cuando estaba empezando ya a oscurecer, vieron un pueblo en la lejanía y Tripitaka exclamó, alborozado: - ¡Mira. Wu-Kung, allí hay un lugar habitado! ¿Qué te parece si pedimos alojamiento y continuamos el viaje mañana? - Antes de tomar una decisión - contestó el Peregrino -, debemos saber si se trata de un lugar bueno o malo. Tripitaka tiró de las riendas y el Peregrino escudriñó con sus potentes ojos el pueblo. Las casas se arremolinaban en racimos, protegidas por cercas de bambú. Delante de cada puerta había plantado un árbol que se perdía en la altura. Sus elegantes formas se reflejaban en un arroyuelo que cruzaba el pueblo de parte a parte. Los sauces que jalonaban el sendero lucían, orgullosos, su cresta verde, compitiendo en suavidad con el aroma de las flores que crecían en cada patio. El crepúsculo iba rápidamente dando paso a las sombras, mientras los pájaros no dejaban de alborotar en sus nidos. De cada hogar surgía una cresta de humo blanco, al tiempo que el ganado retornaba mansamente a sus establos. Cerdos y gallinas, lustrosos y bien alimentados, dormían plácidamente a la sombra de cada casa. De una de ellas surgía una canción tan melancólica como la noche que estaba a punto de caer. - Creo que podemos seguir adelante, maestro - dijo el Peregrino después de su rápida inspección -. Parece un pueblo habitado por buena gente. Opino, por tanto, que es un buen lugar para pasar la noche. El monje espoleó el caballo y no tardaron en llegar al sendero que conducía directamente a la aldea. Allí se encontraron con un joven que llevaba puestos un gorro de algodón y una chaqueta azul. Portaba un paraguas en la mano y un bulto, al parecer muy pesado, a la espalda. Los pantalones los tenía recogidos, dejando ver un par de sandalias de paja con tres lazos. Cuando el Peregrino le echó mano, venía caminando a grandes zancadas, como si fuera una persona de mucha resolución. ¿Adonde vas tan deprisa? - le preguntó Wu-Kung -. Si no te importa, me gustaría que nos dijeras cómo se llama este lugar. - ¿Es que no hay nadie más en este pueblo? - se quejó el hombre, tratando de librarse de él -. ¿Por qué tienes que preguntarme precisamente a mí? - No te enfades - le aconsejó el Peregrino -. "Quien ayuda a otro se ayuda, en realidad, a sí mismo." ¿Quieres explicarme qué tiene de malo decirme el nombre de esta aldea? A lo mejor da la casualidad de que puedo ayudaros a solucionar los problemas que tengáis. - ¡Ésta sí que es buena! - exclamó el hombre, fuera de sí, tratando de soltarse del Peregrino dando unos saltos increíbles -. ¡Cómo si no tuviera bastante con los quebraderos de cabeza de mi familia! No he resuelto ni uno solo y tengo que toparme para mi desgracia con un tipo calvo como éste. - Te dejaré marchar, si logras abrirme la mano - dijo el Peregrino divertido. El hombre se retorció a izquierda y derecha, pero no consiguió nada. Era como si estuviera firmemente sujeto por un par de tenazas de hierro. Estaba tan furioso que arrojó al suelo el fardo y el paraguas y trató, sin resultado, de pegar y arañar al Peregrino. Sosteniéndole con una mano y agarrando con la otra el equipaje, Wu-Kung le mantuvo a suficiente distancia como para evitar que le alcanzara alguno de los golpes. Cuanto más lo intentaba, más fuerte apretaba el Peregrino. El hombre echaba fuego por los ojos. - ¿No viene por ahí alguien? - preguntó de pronto Tripitaka -, Pregúntale y deja marchar a éste. No comprendo por qué la tienes tomada con él. - ¿No lo entendéis, maestro? - replicó el Peregrino, riendo -. Si le dejo irse, se me acabará la diversión. Comprendiendo que era inútil seguir luchando, el hombre respondió finalmente: - Este lugar se llama el pueblo del señor Gao y se halla enclavado dentro del Reino del Tíbet. La mayoría de las personas que viven en esta aldea se apellidan Gao. De ahí que tenga ese nombre. Ahora, si no te importa, me gustaría seguir mi camino. - No vas vestido como para dar un paseo por los alrededores - replicó el Peregrino -. Así que dime la verdad: ¿adonde vas y con que objeto? Si lo haces, te prometo que te dejaré marchar. - Pertenezco a la familia del viejo señor Gao - explicó el hombre, comprendiendo que no le quedaba más remedio que hacer lo que se le exigía -. Me llamo, por tanto, Gao Tse-Ai. La hija menor del señor Gao tiene veinte años y todavía no ha sido prometida a nadie en matrimonio, No hay nada de extraño en ello, ya que hace aproximadamente tres años fue raptada por un monstruo que la tomó por esposa. Al señor Gao no le hizo mucha gracia tener un monstruo por yerno, porque como él mismo dijo, la reputación de su familia ha sufrido un duro golpe y no hay manera de entrar en relación con la del marido de su hija. ¿Quién puede enorgullecerse de tener amistad con un monstruo? Durante todo este tiempo ha tratado de conseguir la anulación de ese matrimonio, cosa a la que el monstruo se ha negado con firmeza. Es más, ha encerrado a la muchacha en la parte de atrás de su morada y no la ha permitido ver a su familia durante casi medio año. Desesperado, el viejo me entregó unas cuantas onzas de plata y me pidió que fuera en busca de alguien capaz de ayudarle a capturar al monstruo. Desde entonces no he descansado ni un solo día y lo único que he conseguido ha sido entrevistarme con tres o cuatro monjes sin ningún poder y otros tantos taoístas por el estilo. Ninguno ha podido dominar a la bestia. Como es natural, acabo de recibir una buena reprimenda por mi incompetencia. Lo peor, de todas formas, es que sólo dispongo de media onza de plata para seguir buscando. Como ves, lo único que me faltaba era toparme contigo, ave de mal agüero. Por tu culpa tendré que retrasar el viaje. En fin, todo esto es lo que quería decir, cuando te comenté que los problemas de mi familia eran prácticamente insolubles. Ahora que te he contado la verdad me gustaría seguir mi camino. Por cierto, ese truco tuyo para agarrar a la gente es, francamente, maravilloso. - Has tenido suerte que lo haya utilizado contigo - respondió el Peregrino -. Tus problemas y mis poderes se complementan como el cuatro y el seis en el juego de dados. A partir de ahora no necesitarás seguir viajando ni malgastar tu dinero. Aunque te cueste creerlo, nosotros no somos monjes sin valor ni taoístas sin poderes. Tenemos, de hecho, cierta experiencia en capturar monstruos. Como muy bien afirma el dicho, "no sólo has cuidado del médico, sino que incluso le "as curado la vista". Regresa junto al cabeza de tu familia y dile que has tenido la enorme fortuna de toparte con dos monjes enviados por el Señor de las Tierras del Este al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. No necesito recordarte que estamos especializados en atrapar monstruos y demonios. - ¡No te burles de mí, por favor! - exclamó Gao Tse-Ai -. Estoy de este asunto hasta la coronilla. Espero que comprendas que, si me engañas y no tienes ningún tipo de poder para arrestar bestias, lo único que vas a conseguir es aumentar mis problemas, en vez de solucionarlos. - Te garantizo que todo saldrá bien - le tranquilizó el Peregrino -. Llévanos hasta tu casa, por favor. Puesto que no perdía nada por probar si lo que decía era cierto o no, el hombre volvió a coger el fardo y el paraguas y condujo a los dos viajeros hasta la puerta de su hogar. - Esperad aquí un momento, mientras voy a avisar al dueño de la casa - dijo el hombre. El Peregrino le dejó entonces en libertad y, poniendo en el suelo el equipaje, ayudó al maestro a bajar del caballo. Mientras esperaban pacientemente a la puerta, Gao Tse-Ai entró en la mansión y se dirigió hacia el salón principal, que se encontraba justamente en el centro de la casa. Allí se topó con el señor Gao, que exclamó, malhumorado, al verle: - ¡Maldito caradura! ¿Se puede saber por qué has vuelto? ¿Cómo es que no has ido en busca de un domador de monstruos? - Permitidme informaros de lo que ha pasado - suplicó, inseguro, Gao Tse-Ai, poniendo el fardo en el suelo -. Justamente al final de la calle me topé con dos monjes muy extraños. Uno iba montado en un caballo y el otro llevaba a la espalda un hatillo de ropa. Antes de que pudiera hacer nada, me agarraron y se negaron a soltarme hasta que no les dijera adónde iba. Al principio me negué de plano a complacerles, pero se mostraron extremadamente persuasivos y, por otra parte, no podía liberarme de ellos. Fue entonces cuando les conté la desgracia que se ha abatido sobre nuestra familia. El que me tenía agarrado se mostró muy contento y dijo que él se encargaría de dominar a la bestia. - ¿De dónde son esos monjes? - preguntó, interesado, el señor Gao. Uno dice ser hermano del Emperador de las Tierras del Este - respondió Gao Tse-Ai - y se dirigen hacia el Paraíso Occidental con el fin de presentar sus respetos a Buda y hacerse con sus escrituras. - Si han llegado aquí desde tan lejos - concluyó el señor Gao -,eso quiere decir que, ciertamente, poseen poderes muy especiales. ¿Dónde están ahora esos hombres? - Ahí fuera esperando - contestó Gao Tse-Ai. El señor Gao se cambió a toda prisa de ropas y salió, acompañado de Gao Tse-Ai, a darles la bienvenida, diciendo: - ¡Qué placer poder gozar de la compañía de vuestras reverencias! Tripitaka se dio la vuelta a toda prisa y se encontró con tan efusivo anfitrión delante mismo de sus narices. Era un hombre entrado ya en años con un gorro de seda negra, una túnica de seda de Szchwang profusamente bordada, una faja verde oscura y un par de botas muy toscas hechas de piel de buey. Sin dejar de sonreír amablemente, añadió: - Aceptad mis respetos, venerables viajeros. Tripitaka le devolvió el saludo, pero el Peregrino no movió un solo músculo. Al percatarse, a su vez, el anciano de su extraña apariencia, no se atrevió a dirigirle la palabra. El Peregrino se sintió profundamente ofendido y se encaró con él, diciendo: - ¿Se puede saber por qué no me saludas? - Alarmado, el anciano se volvió a Gao Tse-Ai y le regañó, diciendo: - ¿Por qué has tenido que hacerme esto? ¿No teníamos, acaso, bastante con un monstruo, para que ahora tengas que traer a mi propia casa un espíritu del trueno? ¿Es que nunca voy a poder solucionar mis problemas? - ¿De qué te ha servido llegar a una edad tan avanzada, si eres incapaz de distinguir lo bueno de lo malo? - le recriminó el Peregrino -. No es de sabios ir juzgando a la gente por su apariencia. Es posible que yo sea muy feo, pero poseo poderes muy especiales. Me encargaré de capturar al monstruo, después lo exorcizaré y te devolveré a tu hija. ¿Te parece suficiente? ¡No sé a qué viene eso de fijarse solamente en las apariencias! El anciano se echó a temblar de miedo, pero se las arregló para armarse del suficiente valor y decir: - Pasad, por favor. El Peregrino tomó entonces las riendas del caballo y pidió a Gao Tse-Ai que se hiciera cargo del equipaje. Sin ningún respeto por las normas, cogió una silla con la pintura levantada e invitó a su maestro a sentarse. El mismo acercó otra y tomó asiento, sin que nadie se lo pidiera. - Se ve que sabéis poneros cómodo, ¿eh? - exclamó el señor Gao. - Yo sólo me siento cómodo en un sitio, cuando paso en él medio año por lo menos - replicó el Peregrino. - Mi pariente acaba de informarme de que vuestras reverencias vienen de las Tierras del Este - empezó diciendo el señor Gao, una vez que todos se hubieron sentado. - Así es - admitió Tripitaka -. El emperador nos ha encargado ir al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Llevamos varios días sin descansar y nos gustaría pasar la noche en esta aldea Nuestra intención es continuar el viaje mañana por la mañana. - ¿Así que sólo andáis buscando hospedaje? - exclamó, decepcionado, el señor Gao -. ¿Cómo habéis dicho que sois cazadores de monstruos? - Ciertamente buscamos un sitio para pasar la noche - ratificó el Peregrino -. Pero eso no quiere decir que, para divertirnos un rato, no vayamos a capturar a todos los monstruos que sean necesarios. Por cierto, ¿cuántos tenéis en vuestra casa? - ¡Santo cielo! - exclamó el señor Gao, llevándose las manos a la cabeza -. ¡Que cuántos tengo aquí! ¡Como si no me hubiera dado bastantes quebraderos de cabeza el que ahora es mi yerno! ¡Con él tengo más que suficiente! - Cuéntame todo lo que sepas de él - le pidió el Peregrino -: cómo llegó a este lugar, qué clase de poderes tiene... en fin, cosas así. Empieza por el principio y no omitas un solo detalle. Es esencial conocerle bien para poder capturarle. - Desde antiguo - comenzó explicando el señor Gao - este pueblo jamás ha tenido problemas con fantasmas, monstruos o demonios. Mi única desgracia ha sido no tener ningún hijo varón. Mis tres vástagos han sido, desgraciadamente, mujeres. La mayor se llama Orquídea Olorosa, la del medio, Orquídea de Jade, y la tercera, Orquídea Verde. Desde su más tierna infancia las dos primeras han estado prometidas con personas de esta misma aldea, pero yo esperaba que la tercera pudiera casarse con un hombre que accediera a vivir bajo este techo y diera a sus hijos mi apellido. A cambio se convertiría en mi heredero y se ocuparía de mí, cuando me faltaran las fuerzas. Hace tres años aproximadamente se presentó un joven de aspecto pasablemente atractivo. Dijo proceder de la montaña de Fu-Ling y afirmó apellidarse Chu. Explicó que no tenía padres ni hermanos y que, por tanto, no le importaría llevar mi apellido. Yo le acepté en seguida, pensando que alguien sin lazos familiares era la persona más adecuada para llevar a cabo mi plan. Al principio, debo admitirlo, se mostró muy cortés y diligente. Trabajó duro en los campos, arándolos, incluso, sin la ayuda de un carabao. Cuando llegó el tiempo de la siega, recogió la cosecha sin servirse para nada de la hoz. Llegaba tarde a casa por las noches y se levantaba muy temprano. No es extraño que todos estuviéramos muy contentos con él. El único problema es que su aspecto comenzó a cambiar. - Explícame esos cambios - le instó el Peregrino. - Bueno... - continuó diciendo el señor Gao -, al principio era tipo moreno y robusto, pero después se fue convirtiendo en un auténtico imbécil con unas orejas muy grandes, un hocico llamativamente protuberante y un copete de cerdas muy fuertes detrás de la cabeza. Lo malo es que su cuerpo ha seguido una evolución semejante, transformándose en algo pesado y totalmente carente de atractivo. Se parece, de hecho, a un cerdo. No es extraño que tenga un apetito insaciable. En cada comida se toma entre tres y cinco arrobas de arroz; para él un pequeño tentempié consiste en más de cien bollos y otras tantas galletas. ¡Menos mal que sigue una dieta vegetariana! Si le diera por devorar carne y vino, estoy seguro de que terminaría con todas mis posesiones en menos de medio año. - A lo mejor tiene tanto apetito porque, como vos mismo habéis reconocido, trabaja demasiado - comentó Tripitaka. - Eso no es lo peor - replicó el señor Gao -. Lo más preocupante es que le gusta cabalgar sobre el viento y no es raro verle desaparecer por los aires a lomos de una nube. Por si esto fuera poco, no para de amontonar suciedad y tirar piedras, con lo que la paz ha desaparecido de mi casa y de la de los otros vecinos. Para colmo, ha encerrado a Orquídea Verde en la parte de atrás y no la hemos visto durante más de medio año, por lo que no sabemos si ha muerto o todavía vive. No nos cabe la menor duda de que es un monstruo. Por eso hemos decidido exorcizarle y echarle de aquí. No hay cosa más fácil - diagnosticó el Peregrino -. Estáte tranquilo. Esta misma noche le echaré mano y le exigiré que firme el acta de repudio. De esta forma, podrás recobrar a tu hija. ¿De acuerdo? - Que aceptara mis condiciones - dijo el señor Gao, visiblemente complacido - no serviría de nada, teniendo en cuenta que ha arruinado mi buen nombre y ha alejado de mí a muchos de mis parientes. Me doy por contento con que le capturéis. ¿A quién le importa ya que obtengáis su renuncia? ¡Sólo quiero deshacerme de él! - Eso es facilísimo - repitió el Peregrino -. En cuanto caiga la noche, lo verás. El anciano no cabía en sí de contento. En seguida ordenó que pusieran la mesa y les fuera servido un banquete vegetariano. La noche había caído ya, cuando hubieron terminado de comer. - ¿Qué armas y cuánta gente necesitaréis? - preguntó el anciano entonces -. Es mejor que lo tengamos todo preparado. - Tengo mis propias armas - contestó el Peregrino. - ¿De verdad? - contestó el anciano, sorprendido -. Sólo veo que lleváis un bastón. No me digáis que pensáis enfrentaros al monstruo con eso. El Peregrino se sacó la aguja de la oreja, la cogió con cuidado en las manos y, tras agitarla una sola vez cara al viento, se convirtió en una barra del grosor de un cuenco de arroz. - ¡Mirad esta barra! - ordenó al señor Gao -. ¿Existe un arma mejor que ella? ¿Creéis que será suficiente para enfrentarme con ese monstruo? - Me figuro que sí - reconoció el señor Gao -. De todas formas, necesitaréis algunos refuerzos. - No necesito ninguno - afirmó el Peregrino -. Lo único que quiero es que a mi maestro no le falte la compañía. Puedes llamar a alguien lo suficientemente virtuoso para que charle con él, mientras yo esté ausente. Atraparé al monstruo y le haré prometer públicamente su intención de marcharse. Así os libraréis para siempre de él. El anciano mandó inmediatamente a uno de sus criados en busca de algunos familiares y amigos íntimos, los cuales no tardaron en aparecer. Después de las presentaciones el Peregrino dijo a su maestro: - Aquí estaréis seguro. Ahora debo marcharme. Con la barra en alto, agarró al señor Gao y le ordenó: - Llévame a la parte de atrás, donde el monstruo tiene su morada, para que pueda echar un vistazo. El anciano le condujo hasta la misma puerta y el Peregrino añadió: - Saca la llave. - ¿Por qué no echáis vos solo un vistazo? - replicó el anciano - - Si tuviera la llave de aquí, no necesitaría vuestra ayuda. Creedme. - ¡Cuidado que eres tonto! - exclamó el Peregrino -. A pesar de tus años, eres incapaz de distinguir cuándo se habla en serio y cuándo no. Estaba tomándote el pelo y tú interpretaste al pie de la letra mis palabras. Inmediatamente se adelantó y tocó la cerradura. Había sido soldada con cobre fundido y no había manera de abrirla. El Peregrino derribó la puerta con la barra y encontró que en su interior reinaba la más densa oscuridad. - Viejo Gao - sugirió el Peregrino -, llama a tu hija, a ver si está ahí dentro. - ¡Hija tercera! - gritó el anciano, armándose de valor. - !Padre! - contestó la muchacha débilmente, reconociendo su voz. Estoy aquí. El Peregrino traspasó la densa oscuridad con sus doradas pupilas al rojo y vio que el pelo de la mujer parecía una nube de tormenta, de lo desgreñado y sucio que lo tenía. Su rostro, que había poseído la dulzura del jade, aparecía sin expresión y cubierto de mugre. Aunque todavía era posible apreciar en ella una cierta finura, se la veía cansada y triste. Sus labios, antaño rojos como una cereza, carecían ahora de color. Su cuerpo estaba encorvado y hecho un ovillo. A causa de la inocupación y la pena, sus cejas, delicadas como las alas de una mariposa, poseían una extraña palidez. Había perdido, además, tanto peso, que su voz sonaba extremadamente débil. Con pasos vacilantes se llegó hasta la puerta y, al ver que se trataba de su padre, se abrazó a él y empezó a sollozar. - ¡Deja de llorar! - le urgió el Peregrino -. ¿Dónde está el monstruo? - No sé adonde ha ido - respondió la muchacha -. Últimamente se marcha por la mañana y no vuelve hasta bien entrada la noche. Siempre va envuelto en neblinas y nubes y jamás me dice lo que piensa hacer durante el día. Lo único cierto es que, desde que se ha olido que mi padre está tratando de deshacerse de él, ha empezado a tomar muchas precauciones. Por eso precisamente regresa por la noche y se ausenta en cuanto amanece. No necesito saber más - concluyó el Peregrino. Se volvió después hacia el señor Gao y añadió -: Lleva a tu hija a la parte delantera y disfruta cuanto quieras de su compañía. Yo me voy a quedar aquí esperando. Si el monstruo no aparece, no me eches la culpa de nada. Pero, si viene, ten por seguro que arrancaré todos tus problemas de raíz. Loco de contento, el señor Gao llevó a su hija a la parte de la casa habitaba, mientras el Peregrino sacudía el cuerpo y, valiéndose del poder de su magia, se transformaba en la imagen exacta de la muchacha. Después se sentó a esperar al monstruo. Al poco rato se levantó un viento tan fuerte que arrancaba las piedras y producía asfixiantes nubes de polvo. Al principio no era más que una brisa ligera y suave, pero pronto se transformó en un auténtico ciclón, que nadie podía detener. Las flores y las ramas del sauce parecían pájaros arrancados de su nido, mientras las plantas y los árboles cedían ante su fuerza como mieses recién cortadas. Era tan huracanado que el mar se embravecía, llenando de terror a dioses y espíritus, y las rocas y montañas se partían por la mitad, sumiendo el Cielo y la Tierra en un indescriptible espanto. Los ciervos comedores de flores eran incapaces de encontrar el sendero que conducía a sus guaridas. Otro tanto les ocurría a los monos recogedores de frutas, perdidos, como ciegos, en la furia del vendaval. La pagoda de los siete pisos se hundió sobre la cabeza de Buda y las banderas que ondeaban en sus ocho costados se desplomaron sobre el templo, produciéndole daños irreparables. Al suelo cayeron las vigas de oro y las columnas de jade, mientras las tejas volaban por doquier, como bandadas de gorriones. Los barqueros estaban tan atemorizados que hicieron la promesa de sacrificar todos sus animales domésticos. Hasta el mismísimo espíritu local abandonó su santuario. Los Reyes Dragón de los cuatro mares presentaron sus votos al cielo, al comprobar que el barco de Yaksa había encallado y más de la mitad de los muros de la Gran Muralla se habían desplomado. Cuando, por fin, amainó viento tan destructivo, apareció volando el monstruo más feo que imaginarse pueda. Tenía un rostro cubierto totalmente de cerdas negras, un hocico muy saliente y unas orejas enormes. Vestía una túnica de algodón azul verdosa, aunque era difícil determinar con exactitud su color, y llevaba anudado a la cabeza una especie de pañuelo de algodón moteado. - Así que éste es el tipo con el que tengo que enfrentarme - se dijo, sonriendo, el Peregrino. No dijo nada al verle entrar, ni siquiera una frase de saludo. Permaneció tumbado en la cama, fingiendo estar enfermo y quejándose sin parar. Al monstruo no pareció importarle. Se llegó hasta él y, pensando que se trataba de su esposa, exigió que le diera un beso. - Se ve que quiere jugar un poco conmigo - volvió a decirse el Peregrino a punto de soltar la carcajada. Valiéndose de uno de sus trucos, le agarró del hocico y se lo retorció violentamente, haciéndole caer en el suelo cuan largo era. Tras levantarse como pudo, el monstruo se apoyó en la cama y preguntó: - ¿Por qué estás tan enfadada conmigo hoy? ¿Es porque he llegado más tarde que de costumbre? - ¿Quién te ha dicho que estoy enfadada? - replicó el Peregrino. - Si no lo estás, ¿se puede saber por qué me has pegado esa costalada? - volvió a preguntar el monstruo. - ¡No comprendo cómo puedes ser así! - se quejó el Peregrino -. Ves que no me encuentro muy bien hoy y exiges que te abrace y te dé un beso. Si no hubiera estado enferma, te habría esperado levantada y te habría abierto yo misma la puerta. Desvístete y métete en la cama. Sin sospechar nada, el monstruo se quitó la ropa. El Peregrino saltó de la cama y se sentó en el orinal en el momento mismo en que la bestia se dejaba caer sobre el lecho. Palpó meloso a su alrededor, pero, al no encontrar a nadie, preguntó preocupado: - ¿Dónde te has metido, querida? Desvístete y ven a dormir conmigo. - Puedes dormirte, si quieres - le urgió el Peregrino -. Yo voy a tardar todavía un poco. Aún no he descargado. El monstruo se estiró y se hizo dueño del lecho. Cuando estaba a punto de conciliar el sueño, el Peregrino exclamó con un suspiro: - ¡Qué mala suerte la mía! - ¿Se puede saber qué es lo que te preocupa? - preguntó el monstruo, sorprendido -. ¿Qué quieres decir con eso de que tu suerte es mala? Es cierto que, desde que entré a formar parte de tu familia, he comido y he bebido bastante, pero también he trabajado lo mío, no te creas. Piensa, si no, en las cosas que he hecho por vosotros: he limpiado los campos, he abierto acequias, he cocido ladrillos y tejas, he plantado muros y preparado la argamasa, he arado y desbrozado las tierras, y he plantado trigo y arroz. Me he ocupado, en resumen, de la marcha de toda la hacienda. Y con mucho provecho, por cierto. De lo contrario, ¿cómo ibas a vestir encajes y a lucir adornos de oro? Durante todo el año no te faltan ni flores ni frutos y en tu mesa siempre hay verduras frescas. No te puedes quejar. ¿Quieres explicarme qué es lo que te hace suspirar de esa forma y exclamar que la suerte no te sonríe? - No todo es como tú lo pintas - contestó el Peregrino -. Mis padres me han puesto hoy de vuelta y media, por haber levantado un muro entre la porción de la casa que ellos habitan y la que ocupamos nosotros. Es más, han tirado ladrillos y tejas a nuestro patio. - ¿Que te han regañado tus padres? - exclamó el monstruo - Así es - ratificó el Peregrino -. Aunque has renunciado a tu familia para entrar a formar parte de la nuestra, no puedes negar que tus modales dejan mucho que desear. Para empezar, una persona tan fea como tú es totalmente impresentable. No puedes reunirte con tus otros cuñados o parientes. Además, como ahora te dedicas a cabalgar sobre la neblina y las nubes, no sabemos a qué familia perteneces realmente ni cuál es tu nombre auténtico. De hecho, has destrozado el buen nombre de la nuestra. Esto es lo que más me han echado en cara mis padres y por eso estoy tan preocupada. - Yo soy bastante casero - se defendió el monstruo -. Además, no es culpa mía que no sea un poco más guapo. De eso ya discutimos cuando vine aquí por primera vez. Tu padre me aceptó sin poner un solo reproche. ¿Por qué me viene ahora con tanta queja? Mi familia es originaria de la Caverna de los Senderos de Nubes, que se halla enclavada en la montaña de Fu-Ling. Por otra parte, mi apellido hace referencia a la apariencia que tengo, pues, como bien sabrás, Chu significa en realidad cerdo, y Kang-Lier, vello acerado. Si alguien vuelve a importunarte, le dices lo que acabo de decirte. ¿De acuerdo? - Este monstruo es bastante sincero - se dijo el Peregrino, complacido -. Ha hecho una confesión completa sin necesidad de acudir a la tortura. Una vez conocidos su nombre y el lugar del que procede, no me costará mucho dominarle - levantó después la voz y añadió -: Mis padres están tratando de hallar a alguien capaz de derrotarte. - Ve a dormir, anda - dijo el monstruo, soltando la carcajada - No te preocupes por eso. Puedo metamorfosearme en lo que me dé la gana y tengo un arma indestructible de nueve puntas. ¿Cómo voy a tener miedo a los bonzos, taoístas y monjes? Incluso si tu padre fuera lo suficientemente religioso para hacer bajar del Noveno Cielo al Patriarca Destructor de Monstruos, me las arreglaría para hacerme pasar por pariente suyo y no se atrevería a hacerme nada. - Todo eso está muy bien - replicó el Peregrino -, pero ellos me han dicho que piensan traer a un tal Sun, conocido también por el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que hace aproximadamente quinientos años causó un gran revuelo en el Palacio Celeste. Según tengo entendido, le han pedido que venga a capturarte. - Si es verdad lo que dices - concluyó el monstruo, alarmado -, ahora mismo me voy. No podemos seguir viviendo como marido y mujer. - Pero ¿cómo vas a marcharte tan pronto? - protestó el Peregrino. - Quizás no lo sepas - contestó el monstruo -, pero ese "pi-ma-wen" del que acabas de hablar es un tipo realmente poderoso. Me temo que no le llego a la altura de los zapatos y, desde luego, no me hace ninguna gracia perder mi fama a manos de él. Apenas hubo terminado de decirlo, volvió a vestirse, abrió la puerta y abandonó la estancia. Afortunadamente el Peregrino logró ríe mano y, adquiriendo la forma que le era habitual con un simple movimiento del rostro, gritó: - ¿Adonde vas tan deprisa, monstruo? Fíjate bien en quién soy. El monstruo se dio la vuelta y, horrorizado, vio los dientes saltones, boca amenazante, los ojos fulgurantes, las pupilas encendidas, la cabeza puntiaguda y la vellosa cara del Peregrino, que parecía un auténtico dios del trueno. El monstruo se sintió tan aterrado que las fuerzas le abandonaron y apenas podía sostenerse en pie. Reaccionó, no obstante, con rapidez y, convirtiéndose de nuevo en un viento huracanado, logró escapar del Peregrino, rasgando su propia túnica. Wu-Kung salió tras él, golpeando sin parar al viento con la barra de hierro. Él monstruo se transformó entonces en una miríada de lenguas de fuego que huyeron a toda prisa hacia su montaña. El Peregrino se montó en una nube y trató de cortarles la retirada, gritando: - ¡No tienes escapatoria posible! Si subes al Cielo, te perseguiré hasta el mismísimo Palacio de la Estrella Polar, y, si penetras en la tierra, te seguiré hasta el corazón del propio Infierno. ¡Santo cielo, qué persecución más extraordinaria! No sabemos hasta dónde les llevó ni cuál fue el resultado de la lucha en la que a continuación se enfrascaron. Quien quiera descubrirlo tendrá que escuchar lo que se dice en el próximo capítulo. 第019回 WU-KUNG ECHA MANO A BA-CHIE EN LA CAVERNA DE LOS SENDEROS DE NUBES. TRIPITAKA RECIBE EL SUTRA DEL CORAZÓN EN LA MONTAÑA DE LA PAGODA La persecución llevó al Gran Sabio y a su enemigo hasta una montaña muy alta, donde el monstruo volvió a juntar las lenguas de fuego y recobró su forma original. Se metió a toda prisa en una caverna y cogió una especie de tridente de nueve puntas. - ¡Maldito monstruo! - exclamó el Peregrino -. ¿De dónde eres y cómo es que conoces tan bien mi historia? ¿Qué clase de poderes posees tú? Dímelo en seguida y te perdonaré la vida. - ¡Así que desconoces mis poderes!, ¿eh? - repitió el monstruo -. Sube hasta aquí y te lo diré. Siempre he poseído una mente lenta y he valorado por encima de todo la indolencia. Jamás me he preocupado de cultivarme ni de practicar la Verdad. En mi juventud mi vida era una continua sucesión de días confusos, hasta que me topé con un inmortal auténtico, que me habló del calor y del frío, para terminar diciéndome: "Arrepiéntete y abandona tu modo de obrar despreocupado. De lo contrario, conocerás lo que es el dolor y, cuando llegues al final de tus días, no podrás escapar a las ocho pruebas y a las tres penas" 2. Le hice caso y acepté lo que me proponía. Me arrepentí de mi anterior modo de obrar y busqué con decisión el camino de la virtud. Mi maestro me desveló los secretos del Cielo y la Tierra, siéndome concedido probar las Píldoras Maravillosas de las Nueve Transformaciones. Día y noche me dediqué a tan alto empeño. La Verdad se apoderó de mí, alcanzando desde la Mansión de Barro de mi coronilla hasta los Puntos Productores de Primavera, que se hallan en las plantas de los pies. El jugo renal fluyó libremente en el Estanque de Flores, reavivando, así, mi Campo de Mercurio. La energía del corazón y los riñones se aparearon como el yin y el yang, mientras el plomo y el cinabrio se mezclaron como el sol y la luna. El Dragón Li y el Tigre Kan firmaron dentro de mí una alianza matrimonial y la tortuga espiritual absorbió toda la sangre del gallo de oro. En mi cabeza se fundieron las tres flores y retornaron a su primigenio estado de raíz. Las cinco energías se hicieron una sola. Cuando hubieron concluido todos estos trabajos, ascendí a lo alto, donde fui recibido por las parejas de inmortales que habitan en lo alto. El viaje lo hice a bordo de unas nubes rosadas que expelían una luz muy brillante. Así pude mirar de frente el Arco de Oro. El Emperador de Jade ofreció un banquete a todos los dioses, que se fueron sentando según su rango y dignidad. Al finalizar el convite, me nombró mariscal del Río Celeste y tomé bajo mi mando todas las fuerzas navales. Pero cometí al poco tiempo una tremenda imprudencia. Wang-Mu ofreció el Banquete de los Melocotones y yo tuve la suerte de contarme entre los invitados que le presentaron sus respetos en el Estanque de Jaspe. Desgraciadamente bebí más de la cuenta y vagué, borracho del todo, de un salón a otro. Así llegué hasta el Palacio Lunar, donde me encontré con una dama extremadamente bella y delicada. En cuanto contemplé la finura de su rostro, caí preso de una pasión irresistible. Sin preocuparme para nada de la etiqueta o el rango, agarré a Chang-Er y le pedí que se acostara conmigo. Tres o cuatro veces me rechazó, escondiéndose donde buenamente podía. Se notaba que estaba furiosa, pero mi pasión era tan inmensa como el cielo y por poco no echo abajo las puertas del Palacio Celeste. El Inspector General informó de todo ello al Emperador de Jade y la desgracia se abatió sobre mi cabeza. La huida me era totalmente imposible, porque el Palacio Lunar fue rodeado por los guardias imperiales. Cuando los dioses lograron arrestarme, aun no me había desaparecido la borrachera y todo parecía dar vueltas a mi alrededor. El Emperador de Jade, ante quien fui conducido cargado de cadenas, determinó mi inmediata ejecución. Pero la Estrella de Oro del Planeta Venus, el Venerable Li, se arrodilló ante su majestad y suplicó que me fuera conmutada la pena. En vez de morir ajusticiado, me aplicaron dos mil azotes, que me rasgaron la carne y a punto estuvieron de quebrarme los huesos. Pero estaba vivo y en seguida abandoné el Cielo, viniendo a refugiarme a la montaña de Fu-Ling. Me perdió mi mal obrar. Como habrás averiguado, mi nombre completo es Chu Kang-Lier. - Así que tú eres el Dios del Agua de los Juncales Celestes! - concluyó el Peregrino -. No me extraña que conocieras mi nombre. - ¡Maldito rebelde "pi-ma-wen"! - gritó el monstruo -. No sabes que nos hiciste, al levantarte contra el Cielo. Se ve que no tienes remedio y estás tratando otra vez de arruinar mi vida. Pero no os creas que voy a estarme quieto. ¡Antes tienes que probar el sabor de tridente! El Peregrino esquivó el golpe, levantando la barra de hierro y dejándola caer sobre la cabeza de su adversario. De esta forma, dio comienzo una batalla increíble en el corazón mismo de la montaña. Aunque era noche cerrada, las pupilas del Peregrino brillaban como ascuas encendidas y de los redondeados ojos del monstruo surgían unos rayos, que, de alguna forma, recordaban el fulgor de la plata. Moviéndose con sorprendente agilidad, uno levantaba oleadas de neblina de mil colores, mientras el otro agitaba las nubes rojizas que envuelven a los inmortales. La barra de los extremos de oro y el tridente de las nueve puntas se entrechocaban una y otra vez, produciendo una cascada de chispas que iluminaban la noche. Los dos contendientes eran héroes de reconocida y respetada destreza. Uno era el Gran Sabio, desterrado de los cielos, y el otro, un afamado mariscal obligado a habitar en la tierra. Por su lascivia éste se convirtió en monstruo, mientras que aquél escapó al castigo divino por someterse a los consejos de un monje. El tridente parecía un dragón con las zarpas abiertas; la barra de hierro, por el contrario, se movía con la agilidad de un fénix volando por encima de las flores. Sin dejar de intercambiar golpes, el monstruo gritaba: - Quien destroza un matrimonio es un auténtico parricida. A lo que contestaba el Peregrino: - Quien trata de violar a una doncella no debería gozar de libertad. Inútil palabrería, porque en aquel momento las que hablaban eran las armas. Empezaba a clarear por el este y el monstruo comenzó a sentir un extraño cansancio en los brazos. La lucha había comenzado a la hora de la segunda vigilia y se prolongó hasta el amanecer. En ese momento el monstruo no pudo aguantar más y huyó a toda prisa. Volvió a transformarse en un viento huracanado, que penetró en la caverna, de donde se negó a salir. El Peregrino le persiguió hasta la misma puerta, encima de la cual podía verse una inscripción que decía: "Caverna de los Senderos de Nubes". Para entonces se había hecho ya de día y, comprendiendo que el monstruo no iba a salir, el Peregrino se dijo: - Lo más seguro es que mi maestro me esté esperando y no sepa qué ha sido de mí. Lo mejor es que vuelva cuanto antes a informarle. Ya tendré tiempo después de atrapar al monstruo. Se montó en la nube y no tardó en llegar a la aldea del señor Gao Tripitaka no había dormido en toda la noche, charlando amigablemente con los amigos y deudos de su anfitrión. Estaba, de todas formas, preguntándose qué habría sido de su discípulo, cuando apareció el Peregrino, arreglándose las ropas y guardando la barra en la oreja. - Ahora mismo acabo de llegar, maestro - dijo, a manera de saludo. - Gracias por las molestias que os habéis tomado con nuestra familia - exclamaron los allí reunidos, inclinándose respetuosamente. - Suponemos que, después de haber pasado toda la noche fuera, habrás capturado al monstruo - dijo Tripitaka -. ¿Se puede saber dónde le has metido? - Ese monstruo - explicó el Peregrino - no es un demonio de este mundo ni una bestia de las montañas, sino la encarnación del Mariscal de los Juncales Celestes. A la hora de reencarnarse, siguió un camino equivocado y adoptó la forma de un cerdo. Pero no por eso ha desaparecido todo su poderío de ser espiritual. Si obedece al nombre de Chu Kang-Lier, es por la apariencia que ahora tiene, no porque sea una especie de puerco salvaje. Cuando me lancé sobre él con la barra de hierro, trató de escapar convirtiéndose en un viento huracanado, pero descargué sobre él toda mi furia y se transformó en unas lenguas de fuego, que buscaron refugio en la caverna de la que es originario. Allí se hizo con un tridente de nueve puntas y guerreó conmigo durante toda la noche. Al amanecer, empezaron a fallarle las fuerzas y huyó al interior de la cueva, de donde rehusó volver a salir. Quise derribar la puerta y acabar con él, pero pensé que podíais estar preocupado por mi tardanza y opté por venir a daros cuenta de lo ocurrido - - Venerable monje - dijo el señor. Gao arrodillándose ante él -, me temo que no me queda más remedio que suplicaros que terminéis vuestra labor. Aunque le habéis alejado de aquí, lo más seguro es que regrese en cuanto os hayáis marchado. ¿Qué podremos hacer entonces contra él? Apresadlo y, así, terminarán para siempre nuestros problemas. Os aseguro que sabré recompensar con largueza vuestros esfuerzos. Todo el mundo sabe que soy una persona generosa. Estoy dispuesto a redactar ahora mismo, delante de todos estos parientes y amigos, un documento comprometiéndome formalmente a dividir con vos todas mis posesiones. Lo único que deseo es arrancar el mal de raíz, para que no vuelva a ser empañado jamás el buen nombre de la familia Gao. - ¿No te parece que eres demasiado exigente? - replicó el Peregrino, sonriendo -. El monstruo me contó que, aunque su apetito es, ciertamente, enorme y ha consumido grandes cantidades de comida, ha hecho mucho por tu familia. Tanto que el progreso que has experimentado durante estos últimos años es, en realidad, obra suya. Vamos, que no todo lo que come es de balde. No comprendo por qué quieres deshacerte de él. Según su propio testimonio, se trata de un dios, que lo único que ha hecho desde su llegada a la tierra ha sido aumentar las riquezas de tu familia. Es más, a tu hija no le ha hecho el menor daño y te aseguro que hay muy pocos yernos como él. ¿A qué tiene toda esa cháchara de que ha estropeado el buen nombre de los tuyos y de toda la comunidad en la que vives? Opino que deberías aceptarle tal cual es y asunto concluido. - Aunque este asunto no va, es verdad, en contra de las normas morales aceptadas por doquier - reconoció el anciano señor Gao -, sus repercusiones sobre nuestro buen nombre han sido desastrosas. Nos guste o no, la gente suele decir: "Los Gao han aceptado a un monstruo como yerno". Son esos comentarios los que, poco a poco, van minando nuestra seguridad. ¿No lo comprendéis? - Wu-Kung, si te has tomado hasta ahora tantas molestias con este nombre - dijo Tripitaka, compadecido del anciano -, lo normal es que no dejes tu trabajo a medio hacer. ¿No te parece? Estoy totalmente de acuerdo con vos - respondió el Peregrino. Sólo le estaba probando un poco. Ya sabéis cuánto me gusta divertirme. Ahora mismo voy a ir a apresar a esa bestia y tened la seguridad de que la traeré ante vosotros, cueste lo que cueste. No te preocupes, señor Gao. Cuida de mi maestro, mientras esté fuera. No había acabado de decirlo, cuando desapareció de la vista de todos los presentes. Tras rodear la montaña, se llegó hasta la puerta de caverna. La hizo añicos de un golpe y gritó: - ¿Se puede saber en dónde te has metido, gordinflón? Sal de tu escondite y enfréntate a mí. El monstruo estaba tumbado en la caverna, jadeando como una parturienta, tratando de recobrar el aliento. Pero, al oírse llamar gordinflón y ver que su hogar era allanado de aquella forma, sacó fuerza de la flaqueza y, echando mano del tridente, salió corriendo, sin dejar de gritar: - ¡No hay quien aguante a los "pi-ma-wen" como tú! ¿Se puede saber qué es lo que te he hecho yo para que hayas destrozado, así, las puertas de mi hogar? Quien hace una cosa semejante es culpable de invadir la propiedad privada y debe ser castigado con la muerte. - ¡Qué estúpido eres! - le regañó el Peregrino, riendo -. Es posible que haya echado abajo la puerta, pero lo he hecho en defensa de la justicia. Tomaste a la fuerza a una mujer por esposa, renunciando a las casamenteras, a los testigos, a los regalos y al licor. Tú eres el único merecedor de la pena de muerte. - ¡Basta de palabrería! - rugió el monstruo -. Ha llegado el momento de probar el sabor de mi tridente. - ¿No es ése el tridente que usabas para plantar verduras y arar los campos de la familia Gao? - preguntó, guasón, el Peregrino, deteniendo el golpe con su barra -. ¿Cómo piensas que voy a tenerte miedo? - Estás muy equivocado - le corrigió el monstruo -. Este tridente está por encima de este mundo. Si no me crees, escucha lo que voy a decirte: está hecho de un acero finísimo y ha sido bruñido con tal maestría que emite luz propia. El mismo Lao-Tse lo templó con un mazo enorme, mientras Marte avivaba el fuego de la fragua. Los Cinco Reyes de los Puntos Cardinales imprimieron en él su poder, siguiendo el ejemplo de los Seis Dioses de la Oscuridad y los Seis Dioses de la Luz. Fueron ellos los que diseñaron sus nueve puntas, afiladas y perfectas como dientes de jade, y lo adornaron con estas bandas de oro, en las que aparecen incrustadas cinco estrellas. Su longitud y todas sus otras medidas guardan proporción con el yin y el yang, el sol y la luna, y el interminable fluir de las estaciones. Los Seis Diagramas y las Estrellas de los Ocho Trigramas, celosos guardianes de las normas celestes, le otorgaron el nombre de Tridente de Oro del Tesoro Imperial y se lo regalaron al Emperador de Jade. Posteriormente, cuando me convertí en inmortal y fui nombrado Mariscal de sus juncales Celestes, me fue confiada tan valiosa arma como prueba de favor real. Si se la mantiene en posición vertical, emite llamas y luz; si, por el contrario, se la deja tumbada, levanta huracanes contra los que nada puede el afán del hombre. La temen los guerreros celestes y los Diez Reyes del Abismo se acobardan ante ella. ¿Existen, entre los hombres otras armas como ella? No puede encontrarse como el suyo en toda la amplitud de este mundo. Por si esto fuera poco, cambia de forma a voluntad, alargándose o encogiéndose según yo se lo ordene. Durante muchos años la he tenido junto a mí, como si fuera un amigo íntimo del que es imposible separarse. A mi lado ha estado mientras comía y no me he apartado de ella ni siquiera para dormir. Me acompañó al Festival de los Melocotones y a las audiencias imperiales. Ahora que el Cielo me ha enviado a este mundo de sombra y polvo como castigo a mi mal obrar, se ha convertido en una compañera inseparable. Sin ella no hubiera podido entregarme a una vida de desenfreno total, porque no sé si sabrás que en esta cueva he devorado a infinidad de hombres. Por eso precisamente decidí casarme con la hija del señor Gao y llevar una vida honrada. Sin embargo, ni siquiera entonces pude separarme de mi tridente. Es tan poderoso que los dragones y tortugas marinos se encuentran indefensos ante él y los tigres y lobos se ponen a temblar en su presencia. Todas las otras armas son como un grano de arena ante una jarra de oro. Jamás ha perdido, de hecho, una sola batalla. Aunque tu cabeza sea de bronce, tus sesos de hierro, y de acero todo tu cuerpo, mi tridente reducirá tu espíritu a agua y tendrás más goteras que una casa en ruinas. - ¿A qué viene tanto hablar? - exclamó el Peregrino, poniendo a un lado la barra de hierro -. Ahora mismo voy a agachar un poco la cabeza, a ver si es verdad que tu tridente es capaz de reducir a agua mi espíritu. Me figuro que con un golpe bastará, ¿no? El monstruo levantó el tridente cuanto pudo y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza de su adversario. Se oyó un ruido tremendo y salió disparado hacia atrás entre un auténtico mar de chispas. ¡El Peregrino no sufrió, sin embargo, el menor rasguño! El Monstruo se sintió tan sorprendido que le abandonaron las fuerzas y a punto estuvo de caerse al suelo. En su desconcierto, sólo era capaz de farfullar: - ¡Qué cabeza! ¡Santo cielo, qué cráneo! - ¿Así que no sabías que soy indestructible, eh? - replicó, triunfante, el Peregrino -. Tras sumir al Cielo en un caos total y haber robado las píldoras mágicas, los melocotones inmortales y el vino imperial, fui atrapado por el Sabio Er-Lang y conducido al Palacio de la Estrella Polar. Allí trataron de descuartizarme con un hacha, apalearme con mil vergajos, partirme en dos con una cimitarra, atravesarme con una espada, quemarme a fuego lento y someterme a la acción del rayo, pero todo resultó inútil. Nadie logró hacerme el menor daño. Lao-Tse decidió entonces llevarme a su palacio y meterme en el Brasero de los Ocho Trigramas, donde fui refinado por un fuego divino hasta que adquirí unos ojos fulgurantes, unas pupilas de diamante, una cabeza de bronce y unos brazos de hierro. Si no quieres creerme, puedes darme unos cuantos golpes más, para que te convenzas. - No, no. Si convencido estoy - reconoció el monstruo -. Por cierto, recuerdo que en la época de tu rebelión contra el Cielo, morabas en la Cortina de Agua de la Montaña de las Flores y Frutos, que, según tengo entendido, se halla en el país de Ao-Lai del Continente de Purvavideha. Se habló mucho de ti y después sobrevino un largo silencio. ¿Cómo es que, de pronto, te da por aparecer por aquí, empeñado en arrestarme a toda costa? ¿No me irás a decir que has hecho un viaje tan largo sólo porque mi suegro te lo pidió? - ¡Por supuesto que no! - respondió el Peregrino -. Tu suegro ni siquiera sabía que existía. Todo comenzó con mi abandono del taoísmo y mi posterior conversión al budismo. Eso me llevó a aceptar como maestro a un hermano del Emperador de los Tang, llamado Tripitaka. A él debo precisamente que me encuentre hoy aquí, ya que nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por el pueblo en el que vive tu suegro, decidimos pedir alojamiento y el señor Gao sacó a relucir la triste historia de su hija, suplicándonos que la liberáramos de tus garras y te arrestáramos sin demora. - ¿Dónde está ese Peregrino del que hablas? - preguntó vivamente interesado el monstruo, arrojando a un lado el tridente - ¦ Llévame inmediatamente ante él, te lo suplico. - ¿Para qué quieres verle? - preguntó el Peregrino. - También yo soy un converso - explicó el monstruo -. La Bodhisattva Kwang Shr-Ing me recomendó que siguiera una dieta vegetariana y me ordenó que esperara aquí a un hombre que habría de pasar en busca de las escrituras sagradas. Me aconsejó, al mismo tiempo, que, si quería que me fueran perdonadas mis culpas y, así, alcanzar los frutos de la Verdad, debía convertirme en discípulo suyo y seguirle hasta el Paraíso Occidental. ¡Yo qué sé la de años que llevo esperándole! También tú podías haber dicho que ibas en busca de los escritos de Buda, en vez de lanzarte como un loco contra mí. ¿A qué viene tanta violencia en un servidor de la Verdad? - No trates de engañarme, pensando que, de esa forma, puedes escapar - le aconsejó el Peregrino -. Si, como dices, estás decidido a acompañar en su viaje al monje Tang, vuélvete hacia el Cielo y jura que es verdad cuanto afirmas. Si lo haces, te llevaré inmediatamente ante mi maestro. El monstruo se arrodilló al instante y, golpeando el suelo con la cabeza, como si estuviera machacando arroz, dijo, solemne: - ¡Pongo por testigo a Amitabha, Namo Buda! Si no es verdad lo que digo, que sea castigado como quien se ha levantado contra el Cielo y mi cuerpo sea reducido a cachitos diminutos. - Está bien - concluyó el Peregrino, al oír el juramento -. Haz una hoguera y reduce todo esto a cenizas. En cuanto hayas acabado, te llevaré conmigo. El monstruo trajo unos cuantos manojos de zarzas y les prendió fuego. Al poco rato la Caverna de los Senderos de Nubes parecía el horno abandonado de un alfarero. - Ya no hay nada que me ate aquí - dijo después al Peregrino -. Estoy dispuesto a seguirte adondequiera que desees llevarme. - Dame el tridente - ordenó el Peregrino. El monstruo así lo hizo. Wu-Kung se arrancó entonces un pelo y gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una soga de cáñamo de tres cordones, con la que se dispuso a atar las manos del monstruo. La bestia no opuso la menor resistencia. El Peregrino le agarró entonces de la oreja y tiró de él, diciendo: - Vamos, deprisa. Ya hemos perdido bastante tiempo. - ¿No podías tener un poco más de cuidado? - le sugirió el monstruo -. Me estás haciendo un daño horroroso en la oreja. - Lo siento, pero me es imposible - replicó el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, "cuanto mejor es el cerdo, con más cuidado hay que atarle". Te soltaré en cuanto te hayas entrevistado con mi maestro y te haya encontrado digno de servirle. Se elevaron a una distancia media entre las nubes y el cielo y se dirigieron directamente a la aldea de la familia Gao. De todo ello poseemos el testimonio de un poema, que afirma: De la misma forma que el metal es más fuerte que la madera, el Mono domina con facilidad al Dragón. Sin embargo, cuando su odio se trueque en amor, la virtud y la bondad crecerán como un árbol y llegarán hasta el último rincón del cosmos. Entre un anfitrión y su huésped no debe levantarse el menor muro. No hay mi misterio mayor que el de las tres mezclas y sus correspondientes uniones. La naturaleza y los sentimientos quedan fundidos, mientras surge del Oeste la luz que ha de iluminar cuanto existe. El Peregrino y el monstruo no tardaron en llegar a la aldea. Sin soltarle de la oreja, Wu-Kung dijo a su prisionero: - ¿Ves a aquel que está allí sentado con la espalda erecta y las manos recogidas? Pues ése es mi maestro. El señor Gao y sus parientes corrieron al patio a darle la bienvenida. No cabían en sí de gozo, pues jamás habían soñado con poder ver al monstruo con las manos atadas a la espalda y conducido ante ellos de tan grotesca manera. - Ése es mi yerno - explicó el señor Gao a Tripitaka. El monstruo no le prestó la menor atención. Se llegó hasta el monje Tang y, cayendo de hinojos, empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que le suplicaba: - Perdonadme, maestro, por no haber venido antes a daros la bienvenida. Si hubiera sabido que os hospedabais en casa de mi suegro, habría corrido a presentaros mis respetos, en vez de ocasionaros tantas molestias. Disculpad mi atrevimiento. - ¿Cómo te las has arreglado para traerle hasta aquí? - pregunto Tripitaka a Wu-Kung. Por toda respuesta, el Peregrino soltó al monstruo y, empujándole con el mango del tridente, le gritó: - ¡Cuidado que eres tonto! ¿Es que no piensas decir nada? El monstruo relató entonces sus muchas penalidades y cómo la Bodhisattva le había ganado para la causa budista. Conmovido, se volvió hacia el señor Gao y le preguntó: - ¿Podéis prestarme una mesa y un poco de incienso? El señor Gao accedió de inmediato y Tripitaka lo fue echando lentamente en el pebetero, después de purificarse las manos. - Gracias, Bodhisattva, por la incomparable misericordia que mostráis hacia nosotros - suspiró, inclinándose respetuosamente hacia el sur. Cuantos se hallaban a su alrededor se unieron a su oración y ofrendaron un poco más de incienso. Una vez concluida la acción de gracias, Tripitaka volvió a sentarse en el salón principal de la casa y pidió a Wu-Kung que desatara al monstruo. Con una leve sacudida del cuerpo Wu-Kung recuperó el pelo que se había transformado en una soga, y las manos del monstruo quedaron totalmente libres. Lejos de huir, la bestia se inclinó ante Tripitaka y le manifestó su deseo de acompañarle en su viaje hacia el Oeste. Se volvió a continuación hacia el Peregrino y le llamó "hermano mayor", dando así a entender que los dos tenían el mismo maestro. - Puesto que estás dispuesto a seguirme y es mi voluntad aceptarte como discípulo - concluyó Tripitaka -, lo más adecuado es que te conceda un nombre religioso con el que poder dirigirme a ti. - Al ponerme las manos sobre la cabeza y hacerme entrega de los mandamientos - informó el monstruo -, la Bodhisattva me otorgó el nombre de Chu Wu-Neng. - ¡Eso es maravilloso! - exclamó Tripitaka, sonriendo -. En verdad, parecemos formar una familia. Tu hermano se llama Wu-Kung y tú, Wu-Neng. ¿No es, francamente, fantástico? - Desde el momento mismo de recibir los mandamientos de manos de la Bodhisattva - continuó diciendo Wu-Neng - no he probado ni uno solo de los cinco alimentos prohibidos o de las tres viandas impuras. En todo momento he seguido una dieta vegetariana, como bien podrá atestiguar mi suegro, aquí presente. Ahora que, por fin, os he encontrado, ¿no podríais dispensarme de comer exclusivamente verduras? - ¡De ninguna de las maneras! - contestó Tripitaka con decisión -. Puesto que no has probado los cinco alimentos prohibidos ni las tres viandas impuras, te pondré el nombre de Ba-Chie. - Puesto que ésa es vuestra voluntad - dijo, encantado, el Idiota -, la aceptaré de buena gana - y a partir de aquel momento empezó a ser conocido como Chu Ba-Chie. Al ver lo bien que terminaba el asunto que tanto le había preocupado, el señor Gao no cabía en sí de contento y ordenó a sus criados que prepararan un banquete para el monje Tang y sus respetables acompañantes. Ba-Chie le agarró de la manga y dijo: - ¿Por qué no pides a mi mujer que salga a saludar a estos parientes? - ¡Mi querido hermano! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Estás bien de la cabeza? Ahora no puedes seguir hablando de tu mujer, como si no hubieras abrazado la fe budista o no te hubieras hecho monje. Es posible encontrar a muchos taoístas casados, pero ¿cuándo has oído tú hablar de un bonzo con esposa? Así que siéntate y come lo que puedas de esta cena vegetariana. Mañana tenemos que levantarnos muy pronto para proseguir nuestro viaje hacia el Oeste. El señor Gao colocó las mesas lo mejor que pudo y pidió a Tripitaka que ocupara el sitio de honor. El Peregrino y Ba-Chie se sentaron a su lado, mientras que el resto de los parientes y amigos lo hicieron donde pudieron. El señor Gao cogió entonces una botella de vino vegetariano, llenó un vaso y lo fue dejando caer lentamente sobre la tierra, como si se tratara de una libación. Volvió a llenarlo después y se lo ofreció a Tripitaka, que lo rechazó, diciendo: - Aunque no lo creáis, he sido vegetariano toda mi vida y jamás he tocado ninguna vianda prohibida. - Bien sé que sois totalmente casto y puro - replicó, avergonzado, el señor Gao -. Por eso, nunca me hubiera atrevido a ofreceros manjares contaminados. Este vino ha sido hecho, pensando precisamente en quienes siguen una dieta vegetariana. Os aseguro que no os hará el menor daño tomar un pequeño vasito. - De todas formas, no me atrevo a probarlo - recalcó Tripitaka - El primer mandamiento que un monje debe cumplir es precisamente el de no tomar bebidas alcohólicas. - ¿Qué decís? - exclamó, alarmado, Wu-Neng -. Aunque he seguido fielmente una dieta vegetariana, no he renunciado del todo al vino. - Yo tampoco he renunciado a él - confesó Wu-Kung. - En ese caso - concluyó Tripitaka, condescendiente -, podéis tomar un poco de ese vino. Lo único que os pido es que no os emborrachéis ni molestéis a nadie. Antes de sentarse a comer, los dos dieron cumplida cuenta de tan refinado licor. Cuando tanto el maestro como los discípulos hubieron saciado su hambre, el señor Gao sacó una bandeja de laca roja con más de doscientas onzas de oro y plata, que ofreció a los tres religiosos como ayuda para los gastos del viaje. No contento con eso, les regalo tres abrigos de la mejor seda, que Tripitaka rechazó, diciendo: - Como mendicantes que somos, vamos de pueblo en pueblo mendigando nuestro sustento. ¿Cómo podemos aceptar ahora todo este oro y esta plata? El Peregrino, por su parte, cogió un puñado de dinero y dijo, entregándoselo a Gao Tse-Ai: - Ayer te tomaste la molestia de traer aquí a mi maestro. Si no lo hubieras hecho, ahora no tendríamos a un nuevo discípulo con nosotros. Estamos, por lo tanto, en deuda contigo. Acepta esto en señal de gratitud. No es mucho, pero te alcanzará para comprar unas sandalias de esparto. Y, ya sabes, si encuentras por ahí a algún monstruo más, mándamele y te lo agradeceré de todo corazón. Agradecido, Gao Tse-Ai cogió el dinero y se arrodilló ante el Peregrino. - Si no queréis aceptar todo este oro, quedaos, al menos, con los abrigos - les suplicó el señor Gao -. Mirándolo bien, no son más que humildes muestras de buena voluntad. - Si aceptamos un solo hilo de seda los que hemos renunciado a la familia - explicó Tripitaka -, podemos sufrir un castigo de más de diez mil kalpas. Si no os importa, nos quedamos con las sobras de la cena. Nos servirán de provisión para el camino. - Comprendo que vosotros dos no queráis nada de esto - dijo Ba-Chie, dirigiéndose a su maestro y a su nuevo hermano -, pero yo he pertenecido a esta familia durante muchos años y puedo aseguraros que el pago por cuanto he hecho por ella supera con mucho las tres fanegas de arroz - se volvió a continuación al señor Gao y añadió -: Ayer por la noche mi hermano me hizo añicos la túnica y necesitaré otra nueva. Además, mis zapatos están ya muy gastados y me gustaría que me regalaras un par nuevo. El señor Gao no se atrevió a negárselo y al punto envió a uno de los criados a comprarlo. Ba-Chie se inclinó ante él y le pidió en un tono extrañamente servil: - Presentad mis respetos a mi suegra, a mi tía abuela, a mi tía segunda, a su respetable marido y a todos los demás parientes. No es culpa mía si no puedo despedirme personalmente de ellos. Bien sabéis que los monjes estamos sujetos a una disciplina muy férrea y que no podemos hacer todo lo que quisiéramos. Tened especial cuidado de mi otra mitad. Si fracasa nuestro empeño por obtener las escrituras, pienso volver a abrazar la vida seglar y, así, continuaré siendo vuestro yerno. - ¡Cuidado que dices tonterías! - le regañó el Peregrino. - No es ninguna tontería - se defendió Ba-Chie -. A veces tengo la corazonada de que todo va a salir mal. Si eso ocurre de verdad, no seré ni monje ni casado y habré perdido todas las ventajas que ambas vidas ofrecen. - Menos hablar y más obrar - les urgió Tripitaka -. Debemos darnos prisa y continuar nuestro viaje cuanto antes. Prosiguieron su camino, una vez que hubieron terminado de preparar el equipaje. Ba-Chie cargó con él, mientras Tripitaka montaba en el caballo y el Peregrino abría la marcha con la barra de hierro cruzada sobre los hombros. De su deambular hacia el Oeste trata un poema, que dice: La tierra aparecía envuelta en un sudario de niebla, que tornaba los árboles más altos y amenazantes de lo que en realidad eran. El hijo de Buda de la corte de los Tang no conocía el descanso. Su alimento consistía en el poco arroz que podían darle las almas caritativas con las que se cruzaban. Sus vestidos, remendados una y otra vez, apenas podían protegerle del frío. Pero su determinación era fuerte y se asía al cuello del caballo de la voluntad. ¿Quién va a llorar por su suerte, llevando consigo al astuto mono de la inteligencia? No existe distinción entre la naturaleza y los sentimientos. Sólo aquel que experimenta una mutación interior es capaz de alcanzar la inmortalidad. Durante un mes aproximadamente el viaje se realizó sin ningún incidente. Al pasar por la frontera del Tíbet, levantaron la vista y vieron una montaña muy alta. Tripitaka tiró de las riendas y preguntó a sus discípulos: - ¿Habéis visto esa montaña que hay ahí delante? Debemos caminar con cuidado, si no queremos sufrir una desgracia. - Ésa es la Montaña de la Pagoda - informó Ba-Chie - y es tan segura como la calle de una ciudad grande. En ella habita un maestro del Zen, dedicado por completo a la ascesis. Yo le he visto un par de veces o tres. - ¿Conoces sus logros? - preguntó Tripitaka. - Lleva recorrida una gran parte del camino del Tao - contestó Ba-Chie. En cierta ocasión me invitó a practicar severas penitencias con él, pero yo no acepté y ahí quedó todo. Charlando de esta forma, no tardaron en llegar a la montaña. La vista que ofrecía era, en verdad, espléndida. En su parte sur crecían pinos azulados y enebros tan verdes como el jade, mientras que la elegancia de los sauces y el rojo carmesí de los melocotoneros mostraban toda su pujanza en la del norte. El aire estaba cargado de una tormenta de susurros, como si todas las aves que habitaban aquellos bosques se hubieran puesto a cantar al mismo tiempo. A media altura las garzas inmortales creaban la danza de su delicado vuelo, contrapunto en movimiento de los miles de flores de especies distintas que tapizaban el suelo. Su variedad competía con la de las plantas exóticas que se miraban en el espejo de un arroyo de aguas verdosas. Las nubes parecían pétalos grisáceos que se iban posando poco a poco en la cumbre de la montaña. Aquél era, en verdad, un lugar único por su belleza, un santuario de silencio en el que no se veía la menor huella del hombre. Sin bajarse del caballo, Tripitaka oteó la distancia y vio una especie de nido, hecho de ramas y hierbas, en lo alto de un espléndido enebro. A su izquierda se veía una manada de ciervos portando flores en la boca, mientras podía contemplarse a su derecha una familia de monos cargados de frutos. Por encima del árbol revoloteaba una legión de fénix de un atractivo color azul-rosado, cuyos armoniosos cantos se mezclaban con el de una bandada de grullas negras y faisanes de plumajes brillantes. - Aquél es el maestro Zen del Nido del Cuervo - dijo Ba-Chie, señalando el enebro. Tripitaka espoleó el caballo y no tardó en llegar junto al árbol. Al verles acercarse, el maestro Zen dejó el nido y saltó a tierra. Tripitaka se bajó de la cabalgadura y se postró ante él, pero el maestro Zen le hizo levantar en seguida, diciendo: Poneos en pie, por favor. Soy yo el que debiera postrarme ante vos. Perdonadme por no haber acudido antes a daros la bienvenida. Recibid mi más respetuoso saludo, maestro - dijo Ba-Chie. - ¿No eres tú Chu Kang-Lier de la montaña de Fu-Ling? - preguntó sorprendido, el maestro Zen -. ¿Cómo te las has arreglado para llegar hasta aquí con un monje tan santo como el que te acompaña? - Hace cierto tiempo - contestó Ba-Chie - la Bodhisattva Kwang-Ing me arrancó la promesa de que un día seguiría como discípulo a este religioso tan venerable. - ¡Espléndido! - exclamó el maestro Zen, visiblemente complacido -. ¿Y ése quién es? - volvió a preguntar, señalando al Peregrino. - ¿Cómo es posible que le reconozcáis a él y a mí no? - se quejó el Peregrino, sonriendo. - Muy sencillo - explicó el maestro Zen -. Porgue no he tenido todavía el placer de saludarte. - Éste - informó Tripitaka - es mi discípulo Sun Wu-Kung. - ¡Por supuesto! - exclamó, una vez más, el maestro Zen -. ¿Cómo he podido olvidarme de él? Tripitaka se inclinó de nuevo y preguntó qué distancia había hasta el Gran Templo del Trueno, en el Paraíso Occidental. - Mucha, ¡muchísima! - respondió el maestro Zen -. Lo peor, de todas formas, es que el camino es muy peligroso y está lleno de leopardos y tigres. - Todo eso está muy bien. Pero ¿a qué distancia exacta se encuentra? - insistió Tripitaka. - Está muy lejos de aquí - repitió el maestro Zen -. Pero no os preocupéis por eso, porque, tarde o temprano, llegaréis a él. Lo peor, no obstante, es que son muy difíciles de superar los obstáculos que los maras os irán poniendo a lo largo del camino. Tened, sin embargo, la seguridad de que no podrán nada contra vos. Precisamente tengo aquí el Sutra del Corazón, un escrito que, como supongo sabéis, contiene cincuenta y cuatro renglones y un total de doscientos setenta caracteres. Cuando os topéis con las dificultades que, sin duda alguna, os enviarán los maras, recitadlo con devoción y no sufriréis el menor daño. Tripitaka se echó rostro en tierra con el fin de recibir con el debido respeto tesoro tan preciado. El maestro Zen se lo transmitió de viva voz en aquel mismo momento, diciendo: "Sutra del Corazón de la Suprema Perfección de la Sabiduría": Cuando la Bodhisattva Kwang Tse-Tsai estaba a punto de alcanzar el grado máximo de iluminación, comprendió que los cinco conglomerados constituían, en realidad, un vacío total, y en ese mismo momento se colocó por encima de todo sufrimiento. La forma es idéntica al vacío y el vacío no difiere de la forma. Otro tanto puede decirse de sensaciones, la volición, las percepciones y la consciencia. Los dharmas son, pues apariencias huecas, incapaces de ser creados o destruidos, de aumentar de tamaño o, simplemente, perderlo. Es por esto por lo que en el vacío no existen las formas, ni la volición, ni las sensaciones, ni la consciencia, ni las percepciones, ni el ojo, ni el oído, ni la nariz, ni la lengua, ni el cuerpo, ni la mente. Las formas son pura apariencia, lo mismo que el oído, el olfato, el gusto, el tacto o cualquier creación de la mente. No existe auténtico reino de la vista, etc., hasta que no se logra privar a la mente de su propia consciencia. La ignorancia y su contrario son inexistentes, lo mismo que la vejez, la juventud, el nacimiento, la muerte, el sufrimiento, el gozo, el no existir y el estar presente en el mundo. Puesto que es inútil conseguir logro alguno, la mente de la Bodhisattva no posee, por obra y gracia de la Suprema Perfección de la Sabiduría, ningún límite. De esta forma, ha expulsado para siempre de su espíritu el temor, el error se ha desvanecido y ha alcanzado, finalmente, el nirvana. Todos los Budas de las tres edades han seguido los pasos de la Sabiduría y, así, han alcanzado la suprema iluminación. La Sabiduría es de origen divino - no lo olvides -, nada hay superior a ella, ni nada la iguala. Su poder es tan absoluto que pone fin a los sufrimientos y a la muerte. No hay verdad más inmarcesible que ésta. Cuando quieras recitar, por tanto, el Conjuro de la Suprema Perfección de la Sabiduría, limítate a decir: "¡Más, más, más allá! ¡Transpórtate al más allá! ¡Oh, qué dichoso despertar!". Puesto que el monje Tang poseía una preparación espiritual muy especial, con sólo oír una vez el Sutra del Corazón se le quedó para siempre grabado en la memoria. A él le debemos que haya llegado hasta nuestros días este clásico de la práctica de la verdad, el camino que conduce a la transformación en budas. Tras hacer entrega del sutra, el maestro Zen montó en una nube muy luminosa y se dispuso a volver a su Nido del Cuervo. Pero Tripitaka le agarró de la túnica y le preguntó con cierta ansiedad sobre el largo trayecto que conducía al Oeste. El maestro Zen sonrió y dijo: - El camino no es muy difícil, pero presta atención a lo que voy a decirte. Entre este lugar y el final de tu viaje hay no menos de diez mil montañas y otros tantos cursos de agua muy difíciles de vadear. A ello hay que añadir los duendes y trasgos. Pero no te preocupes. Cuando llegues a esos enormes riscos que parecen tocar el cielo, deja el temor a un lado y no pienses en lo que pueda pasarte. Para cruzar el Precipicio de la Oreja Frotada, deberás caminar de lado y con mucho cuidado. Procura tomar todas las precauciones que puedas en el Bosque de los Pinos Negros, porque tratará de cerrarte el paso una legión de espíritus de zorro. No debes olvidar que las ciudades que cruces estarán llenas de grifos, y las montañas, de monstruos. En ellas los tigres viejos actúan de magistrados, y los lobos ya canosos, de funcionarios. Los leones y los elefantes son allí reyes, a quienes tigres y leopardos sirven como cocheros. Cuando veas a un jabalí cargado con una pértiga, prepárate, porque no tardarás en encontrarte con una espléndida cortina de agua. Allí habita un anciano mono de piedra que, desgraciadamente, posee un carácter muy irascible. Te conviene, no obstante, hacerte amigo de él, porque conoce muy bien el camino que conduce hacia el Oeste. - Prosigamos nuestro viaje cuanto antes - dijo el Peregrino, sonriendo con cierto desdén -. ¿Para qué seguir molestando a este hombre? Si queréis saber algo, preguntádmelo a mí. Tripitaka no captó el sentido exacto de sus palabras. En aquel mismo momento el maestro Zen se convirtió en un rayo de luz que fue a parar al centro mismo del nido de cuervo. El monje se inclinó a toda prisa hacia él en señal de gratitud. Furioso por la poca consideración que había mostrado hacia su maestro, el Peregrino cogió la barra de hierro y la lanzó con fuerza hacia lo alto. Pero, aunque aquella arma era capaz de allanar montañas y secar mares y ríos, no pudo tocar ni una brizna siquiera del nido de cuervo. Infinidad de guirnaldas de loto se fundieron con la luminosidad de las nubes, formando un escudo que nada podía atravesar. Al ver lo ocurrido, Tripitaka regañó al Peregrino, diciendo: - ¿Se puede saber por qué quieres derribar el nido de un bodhisattva tan venerable como ése? - Porque se ha marchado sin despedirse de nadie - contestó el Peregrino. - ¿Cómo puede prestar atención a esas cosas quien vive de la virtud y estaba tratando de enseñarnos el camino que conduce al Paraíso Occidental? - No os empeñéis en disculpar sus malos modales, por favor - le suplicó el Peregrino -. ¿Es que no os habéis dado cuenta? Al referirse a "un jabalí arrastrando una pértiga", estaba insultando, en realidad, a Ba-Chie, y, al hablar de "un anciano mono de piedra", se estaba burlando abiertamente de mí. ¿Cómo es posible que no lo hayáis comprendido? Es mejor que no te enfades con el maestro Zen - le aconsejó Ba-Chie. Para ese hombre no encierran ningún misterio ni el pasado ni el porvenir. Vamos a ver si es verdad que un poco más adelante hay una cortina de agua. Déjale en paz y sigamos nuestro camino. El Peregrino levantó la vista y vio la neblina sagrada y las flores de loto alrededor del nido. Comprendiendo que todo intento por derribarlo era inútil, ayudó a su maestro a montar en el caballo y prosiguieron el viaje hacia el Oeste, una empresa que muestra bien a las claras cuán raro es el azar en el destino del hombre y cómo gustan los monstruos y ogros de habitar en las montañas. No sabemos lo que ocurrió a continuación. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第020回 EL TANG SE TOPA CON LA DESGRACIA EN LA CORDILLERA DEL VIENTO AMARILLO. A LA MITAD DE LA MONTAÑA BA-CHIE SE AFANA POR SER EL PRIMERO. El dharma nace de la mente y a la mente debe su destrucción. Es posible que te preguntes quién será capaz de destruirle o de darle el ser, pero la respuesta está en ti mismo. ¿Para qué molestar a los demás con preguntas inútiles, si tan poderoso agente es tu propia mente? Cuanto debes hacer es extraer sangre del mineral de hierro. Perfórate la nariz con una hebra de seda y átala a la nada del árbol de la pasividad. De esa forma, escaparás al vicio y al mal obrar. No consideres jamás el hurto como hijo de tus entrañas y olvídate de la mente y el dharma. Que nadie se burle de ti; golpéale tú primero. Lo que aparece como mente no lo es en realidad. Cuando el Toro y el Hombre se diluyen, el cielo, verdoso como el jade, se torna luminoso y la luna de agosto alcanza su cenit. Son entonces tan iguales que nadie puede separarlos. Tan enigmáticos versos fueron compuestos por Hsüan-Tsang, maestro de la ley, en cuanto hubo dominado el Sutra del Corazón, en cuyo misterio penetró con toda la fuerza de su incomparable comprensión. Lo recitó con tanta frecuencia que un rayo de luz espiritual llegó hasta el último rincón de su ser. Pero sigamos hablando de los tres intrépidos viajeros, que comían cara al viento, descansaban junto a los cursos de agua, se vestían de luna y se arropaban con las estrellas. No tardó en llegar el verano y el cielo se tornó tórrido. Entristecidos, vieron marchitarse las flores y los vuelos de las mariposas hacerse cada vez más pesados, mientras en lo alto de los árboles los cantos de las cigarras se volvían más chillones. Los gusanos se encerraban en sus capullos, las hermosas granadas se revestían de un rojo tan intenso que parecían de fuego y los estanques se llenaban de lirios nuevos. Estaba cayendo ya la tarde, cuando un vieron un caserío junto al camino. - Wu-Kung - dijo Tripitaka, entusiasmado -, mira el sol poniéndose tras la montaña y la luna saliendo por el este. La bola de fuego se esconde y aparece la rueda de hielo. Menos mal que ahí delante hay unas cuantas casas. Vamos a pedir alojamiento. Mañana continuamos el viaje. - No se os podía haber ocurrido una idea mejor - exclamó Ba-Chie -. Me estoy muriendo de hambre. Pidamos algo de comer en una de estas casas. Así recobraré las fuerzas y podré seguir portando el equipaje. - ¡Eres incorregible! - le regañó el Peregrino -. Acabas de renunciar a la familia hace unos cuantos días y ya estás empezando a quejarte. - Me temo, mi querido hermano, que yo soy como tú - se disculpó Ba-Chie -. Al menos me es imposible alimentarme de la niebla y el aire. Desde que decidí seguir a nuestro maestro, me he sentido todo el tiempo con hambre. ¿Qué quieres que haga? Yo soy así. - Si sigues echando de menos las comodidades de la familia, no eres la persona adecuada para seguirme - sentenció Tripitaka, al oírle -. Lo mejor que puedes hacer es volverte adonde te encontré. - Por favor, maestro - suplicó Ba-Chie, cayendo de rodillas -, no prestéis atención a lo que dice mi hermano. Es una persona a la que siempre le gusta echar la culpa a los demás. Ya veis, sin quejarme lo más mínimo, va y me acusa de hacerlo. Yo siempre digo lo que pienso y, como ahora tengo un hambre terrible, he dicho que sería buena idea llamar a una de esas puertas y pedir un poco de comida. ¿Es esa razón suficiente para afirmar que añoro la vida que acabo de dejar? La Bodhisattva me hizo entrega de los mandamientos y vos me otorgasteis vuestro perdón. Por eso, he decidido seguiros hasta el Paraíso Occidental. Os juro que no me arrepiento de ello y que estoy dispuesto a entregarme en cuerpo y alma a la práctica de la ascesis. Si me apartarais de vuestro lado, me moriría de pena. - Si es verdad lo que dices - concluyó Tripitaka -, levántate y sigue con nosotros. Sin dejar de murmurar, el Idiota se puso de pie de un salto y volvió a cargar con el equipaje. Tuvo que acelerar el paso para ponerse a la altura de sus compañeros, que habían llegado ya frente a una de las casas. Tripitaka bajó del caballo y el Peregrino se hizo en seguida con las riendas. Ba-Chie, por su parte, volvió a dejar el equipaje en el suelo. Por encima de sus cabezas se extendía el verde dosel de las ramas de un árbol. Tripitaka se dirigió hacia la puerta con su bastón de nueve nudos y su sombrero de paja para la lluvia. En el interior de la casa vio un anciano sentado sobre una estera de bambú que no paraba de repetir, con envidiable unción, el nombre de Buda. Tripitaka no se atrevió a levantar la voz, limitándose a decir en un leve murmullo: - Aceptad nuestro humilde saludo. El anciano se puso inmediatamente de pie y se arregló las ropas lo mejor que pudo. Abrió la puerta y devolvió el saludo a tan inesperados visitantes, diciendo: - Perdonadme por no haber salido antes a daros la bienvenida. De dónde sois y cómo es que habéis venido a parar a mi modesta morada? - Vuestro humilde servidor - contestó Tripitaka - es un monje procedente de la capital de los Tang, cuyo reino, como bien sabéis, se halla en el este. Siguiendo el deseo del emperador que lo rige, me dirijo hacia el Templo del Trueno con el fin de conseguir las escrituras de Buda. Como estaba haciéndose tarde cuando llegamos a este lugar, decidimos pedir cobijo para pasar la noche. De esta forma, mañana podremos continuar el viaje con mayores energías. - Estáis perdiendo el tiempo - exclamó el anciano, sacudiendo las manos y la cabeza -. Si lo que deseáis es haceros con las escrituras que decís, en vez de ir al Paraíso Occidental, cuyo acceso es extremadamente difícil, deberíais dirigiros al Oriental. - ¡Qué raro! - se dijo Tripitaka, desconcertado -. La Bodhisattva me ordenó claramente ir hacia el Oeste. ¿Cómo es que este anciano ahora me sale con que debería haber iniciado el viaje en sentido contrario? Que yo sepa, en el Este no existen escrituras de ese tipo. Pese a todo, cayó preso de la frustración y durante mucho tiempo se sintió incapaz de decir palabra alguna. El Peregrino no era tan considerado como él y, sin poderse contener, se acercó al anciano y le dijo: - Es posible que tu edad sea muy avanzada, pero se ve que andas muy corto de sentido común. Hasta llegar aquí hemos recorrido un largo camino y lo que menos esperábamos es que una persona tan respetable como tú nos fuera a salir con ésas. Si no quieres alojarnos en tu casa, porque es demasiado pequeña y no hay lugar para todos, podemos pasar la noche bajo los árboles sin molestarte. ¿A qué viene eso de querer disuadirnos de nuestro empeño? - Se nota que vos sois una persona más sensata que ese discípulo vuestro de la barbilla puntiaguda, las mejillas hundidas, los ojos rojos como la sangre y la boca de dios del trueno - dijo el anciano, dirigiéndose a Tripitaka -. Es la auténtica imagen de un demonio, pero eso no le da ningún derecho para insultar a una persona tan entrada en años como yo, ¿no os parece? - ¿Tan entrada en años como tú? - repitió el Peregrino, soltando la carcajada -. Se ve que, aparte de otras cosas, te falta la capacidad de discernir. Los guapos sólo tienen de su parte la belleza, pero yo poseo algo que muchos ansían y muy pocos han llegado a conseguir. - ¿Quieres decir que tus capacidades son incontables? - preguntó el anciano. - No es que me las quiera dar de grande, pero así es - contestó el Peregrino. - ¿Dónde vivías antes y por qué decidiste raparte y hacerte monje? - volvió a preguntar el anciano. - Yo soy originario - explicó el Peregrino - de la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla enclavada en la Montaña de las Flores y Frutos, en el país de Ao-Lai del Continente de Purvavideha. En mi juventud me dediqué al estudio de lo verdaderamente importante y, tras adoptar el nombre religioso de Wu-Kung, me convertí en el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Pese a todo, en el mundo de lo alto no se me respetó como yo hubiera deseado y sumí en confusión el Palacio Celeste, cometiendo crímenes horrendos que trajeron la desgracia sobre mi cabeza. Tras sufrir un tremendo castigo, me convertí al budismo y empecé a cultivar los frutos de la Verdad. Por eso acompaño ahora a mi maestro, un hermano del Emperador de los Tang, en su viaje hacia el Paraíso Occidental con el fin de presentar sus respetos a Buda. ¿Por qué habría de tener miedo a la altura de las montañas, las añagazas del camino, la anchura de los cursos de agua o el impresionante fragor de las olas? Tengo poder para capturar monstruos, derrotar demonios, domar tigres, capturar dragones... Conozco, en suma, un poco de todo lo que una persona necesita saber para ascender a los cielos o adentrarse en el interior de la tierra. Si da la casualidad de que en tu familia se producen fenómenos tan extraños como que vuelen los ladrillos, las tejas bailen, los pucheros hablen o las puertas se abran solas, yo puedo acabar en un santiamén con todo eso. - ¿Así que tú eres uno de esos monjes fanfarrones que van mendigando su sustento de puerta en puerta? - exclamó el anciano, soltando la carcajada, tras escuchar tan largo discurso. - Aquí el único fanfarrón que hay es tu hijo - replicó el Peregrino - Yo, simplemente, no tengo tiempo para eso. Este viaje está resultando muy cansado y apenas me quedan ya fuerzas para hablar. - Vamos, que si no estuvieras rendido y aún te quedaran unas pocas ganas de hablar, serías capaz de matarme con tu palabrería - se burló el anciano -. En fin, que arrestos no te faltan para llegar con bien al Oeste. ¿Cuántos sois los que habéis emprendido esa locura? Por mí no hay inconveniente en que descanséis bajo mi techo. - Gracias por ser tan generoso con nosotros - contestó Tripitaka -. En total somos tres. - ¿Dónde está el otro que falta, si puede saberse? - preguntó el anciano. - Tus ojos no deben de estar muy bien que digamos - comentó el Peregrino con intención -. ¿No le ves allí, a la sombra? El anciano poseía, en verdad, una vista muy débil. Levantó, pues, la cabeza y miró en la dirección que se le indicaba. En cuanto logró, por fin, ver el extraño rostro y la protuberante boca de Ba-Chie, cayó preso del pánico y corrió hacia el interior de la casa, tropezando a cada paso que daba. - ¡Cerrad la puerta a toda prisa! - gritaba, excitado -. ¡Que viene un monstruo! - No tengas miedo, hombre - le instó el Peregrino, agarrándole de la manga -. Ése no es un monstruo, sino mi hermano. - ¡Ésta sí que es buena! - exclamó el hombre, temblando de pies a cabeza -. Si un monje es feo, el otro lo es más. - Estás muy equivocado, si juzgas a la gente por su apariencia - dijo Ba-Chie, acercándose -. Es posible que seamos un poco feos, pero las verdades que poseemos son francamente envidiables. Mientras el anciano hablaba con los tres monjes delante de su casa, por el extremo sur del caserío aparecieron dos hombres jóvenes al frente de una anciana y un grupo de niños. Todos llevaban las ropas arremangadas y los pies descalzos, ya que volvían de plantar. Al ver el caballo, el equipaje y la animación que había a la puerta de la casa, se llegaron hasta ella y preguntaron: - ¿Qué hace aquí tanta gente? Ba-Chie se dio la vuelta, sacudió las orejas un par de veces y estiró otras tantas su largo hocico. Al verle, los curiosos huyeron despavoridos en todas las direcciones, atropellándose como si acabaran de toparse con un fantasma. Preocupado, Tripitaka no dejaba de gritarles: - No tengáis miedo. No somos monstruos, sino monjes en busca de escrituras sagradas. El anciano salió a ayudar a la mujer, que había quedado tumbada en el suelo, y le dijo, tratando de ayudarla: - Levántate y no tengas miedo. Éste es un monje muy virtuoso que viene de la corte de los Tang, y, aunque sus discípulos son feos en extremo, puedo asegurarte que poseen un corazón de oro. Ahora coge a los niños y mételos en la casa. Con su ayuda la mujer recorrió los pocos metros que la separaban de la puerta, seguida de los niños y los dos jóvenes. Tripitaka se sentó entonces en la cama de bambú y empezó a regañar a sus discípulos, diciendo: - ¡No comprendo vuestro modo de ser! Bastante tenéis con la fealdad de vuestro cuerpo, para que, encima, hagáis uso de un modo de hablar tan vulgar y desconsiderado. Habéis asustado a toda la familia y, lo que es peor, me estáis obligando a mí a pecar sin parar. - Me extraña que afirméis eso - replicó Ba-Chie, sorprendido -. A decir verdad, desde que estoy con vos me comporto muchísimo mejor que antes. Cuando residía en la aldea del señor Gao, sólo tenía que mover una vez las orejas para que todos se sintieran muertos de miedo. - Deja de decir tonterías - le reconvino el Peregrino -. ¿No has reparado nunca en lo feo que eres? - ¡Mira quién fue a hablar! - exclamó Tripitaka -. La apariencia que tenemos no depende de nosotros. Se nos da a la hora de nacer, - Todo eso está muy bien - admitió el Peregrino -. Pero éste podía hacer algo para disimular un poco su fealdad, ¿no? ¿Qué le costaría, por ejemplo, coger su morro de rastrillo y pegarlo contra el pecho todo lo que pueda? Además, debería echarse para atrás esas orejas de abanico de junco que tiene y no moverlas sin ton ni son. Ba-Chie aceptó en seguida la sugerencia, escondiendo el morro y echando para atrás las orejas. Dobló después las manos a la altura de la cabeza y, de esta forma, la cara quedó totalmente tapada. El Peregrino se encargó de meter el equipaje y de atar el caballo en uno de los postes que había en el patio. En aquel mismo momento el anciano ordenó a uno de los criados que trajera tres tazas de té en una bandeja de madera. En cuanto los huéspedes hubieron dado buena cuenta de ellas, se sirvió una comida vegetariana. Antes, otro de los sirvientes había sacado al patio una vieja mesa sin pintar y tres o cuatro taburetes con las patas rotas. Hacía mucho calor en el interior de la casa y se decidió que lo mejor sería cenar al aire libre. En cuanto se hubieron sentado, Tripitaka preguntó al anciano: - ¿Cómo os apellidáis? - Vuestro humilde servidor pertenece a la familia de los Wang - respondió el anciano. - ¿Con cuántos herederos contáis? - volvió a inquirir Tripitaka. - Exactamente tengo dos hijos y tres nietos - contestó el anciano. - Os felicito - dijo Tripitaka -. ¿Y cuál es vuestra edad, si puede saberse? - Así, como quien no quiere la cosa - respondió, una vez más, el anciano -, acabo de cumplir sesenta y un años. - ¡Eso es fantástico! - exclamó el Peregrino -. A muy pocos les es dado iniciar un nuevo ciclo sexagenario. - Al poco de llegar a tu puerta - dijo Tripitaka, cambiando de tema -, afirmasteis que las escrituras del Paraíso Occidental son muy difíciles de conseguir. ¿Podéis explicarnos por qué? - No tanto las escrituras como el viaje en sí - aclaró el anciano -. El camino hasta allá está, de hecho, lleno de escollos prácticamente insalvables. A sesenta millas al oeste de aquí, sin ir más lejos, se levanta la Cordillera del Viento Amarillo, que tiene una longitud aproximada de mil seiscientos kilómetros. Lo peor, no obstante, es que está plagada de monstruos; eso es lo que yo entiendo por escollos insalvables. De todas formas, puesto que vuestros discípulos parecen tener poderes muy especiales, creo que no tendréis mucha dificultad en seguir adelante. - Habéis dado de lleno en el clavo - exclamó el Peregrino, orgulloso . Entre mi hermano y yo podemos dar buena cuenta de todos los monstruos que quieran importunarnos. Mientras hablaban, uno de los hijos trajo un poco de arroz y dijo a los huéspedes: - Comed cuanto deseéis. Tripitaka dobló las manos y dio gracias al cielo. Antes, sin embargo, de que hubiera terminado la oración, Ba-Chie ya se había tragado un cuenco entero de arroz. Poseía un hambre tan feroz que, en un abrir y cerrar de ojos, engulló otros tres más. - ¡Cuidado que eres tragón! - le regañó el Peregrino -. Te pareces a un preta. El anciano era un hombre muy sensible y, en cuanto vio lo deprisa que comía Ba-Chie, dijo: - Se ve que este respetable monje tiene un hambre increíble. Que traigan un poco más de arroz, por favor. El Idiota tenía, en verdad, un enorme apetito. Sin levantar una sola vez la cabeza de la mesa, dio buena cuenta de diez cuencos de arroz mientras Tripitaka y el Peregrino apenas habían tenido tiempo de terminar dos. Pero no por eso se dio por aludido y continuó comiendo como si tal cosa. - Me temo que, con las prisas, no hemos podido preparaos nada realmente sabroso - se disculpó el anciano -. No me atrevo, por ello, a insistiros que comáis más. Sin embargo, tampoco me gustaría que os quedarais con hambre. - No os preocupéis - trataron de tranquilizarle Tripitaka y el Peregrino -. Ha sido suficiente lo que nos habéis servido. - ¿Suficiente? - protestó Ba-Chie -. Menos hablar y más hacer es lo que tú necesitas. ¿Se puede saber a qué estás jugando? ¿A qué viene eso de disculparse por algo que nunca has tenido intención de hacer? Saca un poco más de arroz, si lo tienes, y ya está. El Idiota terminó con todo el arroz de la casa en una sola comida. Pero lo más asombroso fue que dijo que todavía no estaba lleno. Afortunadamente, nadie le hizo caso. Tras recoger la mesa, todos se retiraron a descansar. A la mañana siguiente muy temprano el Peregrino se encargó de ensillar el caballo, mientras Ba-Chie ponía en orden el equipaje. El señor Wang pidió a su esposa que les preparara algo de beber. Los tres lo tomaron con inesperada fruición y fueron a despedirse de su anfitrión, que se disculpó, diciendo: - Perdonad que no os haya tratado como merecéis. De todas formas, sabed que, si os topáis con alguna desgracia a lo largo del camino, las puertas de esta casa siempre estarán abiertas para vosotros y podéis regresar a ella cuando queráis. - ¿Por qué quieres convertirte en ave de mal agüero? - le preguntó el Peregrino -. Nosotros no somos de los que nos volvernos atrás - y, tras cargar con el equipaje, espolearon el caballo y continuaron su periplo hacia el Oeste. Sin embargo, como muy bien demostró su viaje, no existía seguridad alguna en los caminos que conducían al Paraíso Occidental. En ellos se agazapaban demonios horrorosos, que sólo pensaban en hacer el mal a quien osara transitar por allí. Apenas habían viajado medio día cuando llegaron a una montaña muy alta y escarpada. Tripitaka espoleó el caballo y se lanzó pendiente arriba. Pronto, no obstante, se detuvo y, sentándose de medio lado en la silla, miró curioso a su alrededor. La montaña era, en verdad, muy alta. Por doquier se veían riscos inaccesibles y precipicios sin fondo. A poca distancia de donde se encontraban los monjes había una gran depresión, por la que se precipitaba la arrolladora fuerza de un torrente. Las flores que crecían a sus orillas eran, no obstante, muy abundantes y llamativamente frescas. La cumbre de la montaña se perdía en lo azulado del cielo y era de suponer que el torrente que recogía todas sus aguas llegaría hasta las mismísimas puertas del infierno. La blancura de las nubes que la rodeaban contrastaba con las formas extrañas de las rocas, altísimas y sobrecogedoras. Tras ellas se adivinaba un auténtico laberinto de cavernas, en las que se escondían los dragones y se escuchaba el continuo gotear del agua. Tripitaka vio también en la lejanía el complicado trazado de las cornamentas de los ciervos, la mirada desconfiada y lerda de los antílopes, las rojas escamas de las serpientes pitón, los estúpidos rostros blanquecinos de los simios, el esfuerzo de los tigres que subían ladera arriba en busca de sus guaridas, y los inaccesibles cubiles de los dragones en los que descansaban hasta el amanecer. Las hojas marchitas emitían un chasquido seco al ser pisadas, alertando a los moradores de las cavernas y a toda clase de aves, que se alejaban, como dardos, batiendo sonoramente las alas. En el bosque las bestias lanzaban su rugido y al instante huían, despavoridas, más de diez mil bestias salvajes. Toda la montaña aparecía teñida de un color azul verdoso, que recordaba el jade. En las horas tempranas de la mañana, sin embargo, la niebla actuaba como un velo que difuminaba dulcemente los colores. Tripitaka conducía con precaución su cabalgadura y el mismo Gran Sabio redujo el ritmo de su caminar. Chu Wu-Neng, por el contrario, siguió andando como si se encontrara en un terreno totalmente llano. Todos ellos, no obstante, se sentían de alguna forma impresionados por la belleza de la montaña. Cuando más embelesados parecían estar, se levantó de pronto un viento huracanado y Tripitaka gritó alarmado: - ¡Está empezando a levantarse el viento, Wu-Kung! - ¿Y qué? - replicó Wu-Kung -. No me digáis que le tenéis miedo Es la respiración del cielo y no cesa a lo largo de las cuatro estaciones ¿A qué viene tanto temor? - Todo eso está muy bien - contestó Tripitaka -. Pero ese viento es extremadamente fuerte y no se parece en nada al que viene directamente del cielo. - ¿En qué lo notáis? - insistió el Peregrino. - ¿Es que no has reparado en su fuerza? - dijo Tripitaka - Su forma de soplar es, además, muy arrogante, cosa que raramente se da en el que tiene su origen en los cielos color de jade. ¿No oyes el crujido de los árboles, al pasar por la cordillera? Sus troncos se agitan como ramitas muertas. Junto a los cursos de agua los sauces parecen formar parte de los juncales. Por doquier vuelan flores marchitas y hojas desgajadas. Los pescadores han recogido a toda prisa las redes y amarrado las barcas, aunque las maromas están tensas y a punto de romperse. Los barcos más grandes han buscado lugares abrigados y han lanzado allí sus anclas. Los caminantes se han visto obligados a detener su viaje y los leñadores no han podido seguir adelante con sus pesados haces de leña a la espalda. Los monos han abandonado las copas de los árboles y no saben dónde esconderse. Los cervatillos huyen despavoridos, sin atreverse a volver a los macizos de flores, en los que encuentran cobijo. Los cipreses plantados al borde de los acantilados van cayendo por ellos uno a uno. La corriente de los ríos arrastra bambúes y pinos desgajados. El polvo forma una especie de neblina que dificulta la visión y no deja respirar. Hasta los mares y los ríos se han desbordado, sus olas arrollando cuanto encuentran. - El maestro tiene razón - dijo Ba-Chie al Peregrino, tirándole, preocupado, de la manga -. Ese viento es demasiado fuerte. Lo mejor es que nos refugiemos en algún sitio hasta que haya amainado. - Se nota que eres demasiado débil - se burló el Peregrino de él, soltando la carcajada -. ¿Sólo porque nos hemos topado con un huracán, ya quieres esconderte? ¿Puedes decirme qué harías, si te encontraras cara a cara con un monstruo? - Quizá, querido hermano - replicó Ba-Chie -, no conozcas el proverbio que dice: "Huye de la sensualidad como de un enemigo, y del viento como una flecha". Nada perdemos, de todas formas, buscan refugio durante un rato. - No sigas hablando y déjame agarrar y oler ese viento - le ordenó el Peregrino. - ¡Cuidado que eres mentiroso! - exclamó Ba-Chie, riendo -. ¿Cuándo se ha oído que se pueda agarrar el viento para después olerlo? Es tan escurridizo que, cuando se intenta detenerlo, deja atrás las barreras y sigue tranquilamente su camino. - No sé si lo sabrás - repitió el Peregrino -, pero yo poseo el poder de agarrar el viento - y, para demostrar que así era, lo agarró por la cola y la olfateó con cuidado. La encontró tan repugnante que la soltó al instante y dijo: - Teníais razón. Este viento no es nada bueno. Huele a tigre o a monstruo. En todo caso, no augura nada bueno. No había acabado de decirlo, cuando por encima de uno de los riscos de la montaña apareció un tigre corpulento con un rabo que parecía un látigo. Tripitaka se asustó tanto al verlo que perdió el equilibrio y se cayó de cabeza, quedándose tumbado en el suelo no tanto por efecto del golpe como del miedo. Ba-Chie, por su parte, arrojó el equipaje a un lado y, agarrando el tridente, se lanzó contra la bestia, gritando: - ¡Maldito animal! ¿Se puede saber adonde vas? - y le asestó un tremendo golpe en la cabeza. El tigre se elevó cuan largo era sobre sus patas traseras y se hizo un agujero en el pecho con la zarpa izquierda. Agarró después la piel y la rasgó de arriba abajo, produciendo un ruido escalofriante. Totalmente desollado, se quedó de pie junto al camino. La sangre le chorreaba por todo el cuerpo desnudo, formando un charco alrededor de sus patas traseras. Sólo en la parte de las sienes conservaba unos cuantos pelos, que más bien parecían dardos de fuego. Sus cejas aceradas apuntaban hacia el cielo, sus indestructibles colmillos poseían el albor de la muerte, y sus ojos amarillentos emitían rayos de luz escalofriante. A impresionante estampa había que añadir la fiereza de sus rugidos, que resonaban en todos los riscos, antes de perderse en la distancia. - ¡Deteneos y no deis un paso más! - ordenó con ademán autoritario -. Soy la avanzadilla de las fuerzas mandadas por el Rey del Viento Amarillo, de quien he recibido la orden de vagar por estas montañas en busca de algunos humanos que poder llevarse a la boca como aperitivo ¿De dónde venís y quiénes sois para atreveros a volver vuestras armas contra mí? - ¡Tú lo que eres es una bestia maldita! - repitió Ba-Chie -. Se ve que no nos has reconocido, ¿eh? Nosotros no somos mortales, sino discípulos de Tripitaka, hermano del Gran Emperador de los Tang de las Tierras del Este, que se dirige al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Lo mejor que puedes hacer, por tanto, es dejarnos pasar y no asustar a nuestro maestro. Si lo haces, te perdonaré la vida; en caso contrario, no mostraré hacia ti clemencia alguna y te destrozaré con mi tridente. El monstruo creyó oportuno dar por terminada la arenga y, acercándose a Ba-Chie, le lanzó un tremendo zarpazo. Afortunadamente Wu-Neng se hizo a tiempo a un lado y descargó sobre su adversario todo el peso de su tridente. Comprendiendo que estaba en clara desventaja, el monstruo se dio media vuelta y huyó. Ba-Chie salió en su persecución, pisándole literalmente los talones. A media pendiente el monstruo se detuvo, revolvió unas rocas y sacó un par de cimitarras de bronce, con las que hizo frente a su perseguidor. Los dos contendientes midieron sus fuerzas una y otra vez, sin que ninguno de los dos obtuviera una ventaja apreciable. El Peregrino, mientras tanto, ayudó a levantar al monje Tang, diciendo: - No tengáis miedo, maestro. Sentaos aquí y no os mováis. Voy a ayudar a Ba-Chie a dominar a ese monstruo, así podremos reanudar el viaje lo antes posible. Solamente entonces hizo Tripitaka el suficiente acopio de fuerzas para sentarse. Sin embargo, estaba tan alterado que temblaba como una hoja en el seno de un huracán. Comprendiendo el mal ejemplo que estaba dando, empezó a recitar el Sutra del Corazón. El Peregrino se había llegado, mientras tanto, hasta donde estaba Ba-Chie guerreando con el monstruo y, sacando la barra de hierro, gritó: - ¡Agárrale y no le dejes escapar! Eso dio nuevos ánimos a Ba-Chie, que intensificó la fiereza de sus asaltos; el monstruo, dándose cuenta de que estaba a punto de ser derrotado, se dio media vuelta y huyó a toda prisa. - ¡Que no se escape! - volvió a gritar el Peregrino -. ¡Hay que agarrarlo! - y los dos se lanzaron en su persecución montaña abajo. Consciente del peligro que corría, el monstruo recurrió al truco de la cigarra que cambia de caparazón y, dejándose caer pendiera abajo, volvió a transformarse en un tigre. El Peregrino y Ba-Chie no se arredraron por eso y aumentaron la velocidad de su carrera, dispuestos a terminar con él de una vez por todas. Al ver que su truco no había surtido el menor efecto, el monstruo arrojó la piel de tigre sobre una roca y se convirtió en un viento huracanado. Como una exhalación volvió a recorrer el camino que hasta allí le había llevado, topándose con Tripitaka, que no paraba de recitar el Sutra del Corazón, tentado a la vera del camino. Felicitándose por tan buena suerte, el monstruo le agarró por los hombros y le arrastró monte arriba. ¡Qué mala fortuna la de Tripitaka, condenado a sufrir desde antes que le fuera impuesto el nombre "El-que-flota-en-el-río"! ¡En verdad es extremadamente difícil conseguir méritos a los ojos de Buda! El monstruo no tardó en llegar a la caverna de su señor. Abandonó su disfraz de viento y, dirigiéndose a la bestia que guardaba la puerta, le dijo: - Vete a informar al Gran Rey de que el Tigre de la Vanguardia ha capturado a un monje y se encuentra a la espera de sus órdenes. El Señor de la Caverna le hizo entrar inmediatamente a su presencia. El Tigre de la Vanguardia llevaba a la cintura las dos cimitarras de bronce, mientras arrastraba al monje Tang con las manos en alto, Cuando se hubo hallado ante su señor, se arrodilló con respeto le dijo: - Aunque vuestro humilde subordinado carece de toda habilidad, habéis confiado en él y le habéis concedido el mando de todas las patrullas que recorren la montaña. Mi agradecimiento por tan inmerecida confianza es, francamente, indescriptible. Pero lo que más me alegra es haber cumplido mi responsabilidad con total dedicación e indiscutible efectividad. Así, me complace comunicaros la captura del monje Tripitaka, Maestro de la Ley y hermano del Gran Emperador de los Tang de las Tierras del Este, que iba al Occidente en busca de las escrituras de Buda. Me cabe el honor de regalárosle, para que le devoréis, cuando buenamente os venga en gana. - He oído decir - replicó el Señor de la Caverna, un tanto sorprendido - que ese tal Tripitaka es un monje muy santo, que se dirige, efectivamente, al Oeste a por las escrituras budistas por orden expresa del Emperador de los Tang. Tengo entendido que uno de sus discípulos, un tal Sun Wu-Kung, le acompaña en este viaje y que sus conocimientos de magia y su inteligencia no tienen parangón. ¿Cómo te las arreglado para atraparle y traerle hasta aquí? - Me temo que no estáis muy bien informado - respondió el Tigre de la Vanguardia -, porque no es uno, sino dos los discípulos que le acompañan. El primero que vi blandía un tridente de nueve puntas y poseía unas orejas muy grandes y un hocico llamativamente largo. El otro se servía de una barra de hierro con los extremos de oro y tenía unas pupilas de diamante y unos ojos que parecían echar fuego. Ambos trataron de atraparme, pero logré burlarles usando el truco de la cigarra que muda de caparazón. Lo hice tan bien que no sólo conseguí dejarles atrás, sino que también capturé a su maestro. Espero que os guste, pues no dudo que le devoraréis en seguida. - Ahora no tengo hambre - dijo el Señor de la Caverna -. Le dejaré para más tarde. - "Sólo un caballo inútil rechaza la comida que se le ofrece" - citó el Tigre de la Vanguardia. - Mira - le explicó el Señor de la Caverna -. Voy a ser sincero contigo. No tengo ningún empacho en comérmelo ahora mismo. Pero me temo que, si lo hago, sus discípulos no tardarán en presentarse aquí a exigirnos cuentas. Creo que lo mejor será que le atemos a uno de los postes del patio de atrás y le dejemos allí tres o cuatro días. Si esos dos no aparecen por aquí, nos habremos ahorrado una batalla y éste estará preparado para que le hinquemos tranquilamente el diente. Podremos comérnosle como más nos guste: cocido, frito, ahumado o al vapor. Nadie habrá que nos lo impida. - Vuestra sabiduría y previsión son, ciertamente, dignas de encomio - comentó, admirado, el Tigre de la Vanguardia -. A nadie podía habérsele ocurrido una decisión tan justa - se volvió después a los criados y les ordenó -: Llevaos al monje. Seis o siete demonios se abalanzaron entonces sobre Tripitaka y le arrastraron afuera, donde le ataron con fuerza, como si fueran halcones persiguiendo gorriones. "El-que-flota-en-el-río" se sintió totalmente abatido, pero, sacando fuerzas de flaqueza, llamó mentalmente a sus discípulos Wu-Kung y Wu-Neng, diciendo: - Desconozco en qué montaña os halláis ahora cazando monstruos o en qué región dominando bestias. Sin embargo, quiero que sepáis que he sido capturado por el monstruo, de quien he recibido un trato francamente vejatorio. ¿Cuándo volveremos a vernos de nuevo? ¡Qué amarga desgracia se ha abatido sobre nosotros! Acudid en mi auxilio lo más rápido que podáis. De lo contrario, perderé la vida y todos mis esfuerzos habrán resultado vanos - y las lágrimas caían por sus mejillas, como la lluvia por la cárcava. El Peregrino y Ba-Chie, mientras tanto, al ver caer al monstruo montaña abajo, pensaron que le habían atrapado y se dispusieron a atarle. El Peregrino cogió la barra y la lanzó con todas sus fuerzas contra el tigre, pero rebotó sobre la roca y volvió a sus manos, despellejándoselas lastimosamente. Lo mismo le ocurrió a Ba-Chie con el tridente. De esta forma, descubrieron que lo que ellos creían monstruo no era más que una piel de tigre colocada con cuidado sobre una roca. Impotente, el Peregrino exclamó: - ¡Oh, no! ¿Cómo hemos podido ser tan tontos? ¡Se ha burlado de nosotros usando el truco más sencillo del mundo! - ¿De qué truco hablas? - le preguntó Ba-Chie. - Del de la cigarra que muda de caparazón - contestó el Peregrino -. Ha abandonado la piel sobre una roca, pero él ha logrado escapar. Regresemos inmediatamente al lado de nuestro maestro. Espera que no le haya sucedido nada. Volvieron a toda prisa sobre sus pasos, pero no lograron dar con Tripitaka. - ¿Qué podemos hacer? - bramó el Peregrino, preocupado -. ¡Se ha llevado a nuestro mentor! - ¡Cielo santo! - exclamó Ba-Chie, apenado, echando mano del caballo y empezando a llorar -. ¿Adonde podemos ir a buscarle? - ¡No llores! - le ordenó el Peregrino con la cabeza enhiesta -. El que cede al llanto se siente ya derrotado. Por fuerza tiene que encontrarse en algún lugar de esta montaña. Partamos inmediatamente en su busca. Sin pérdida de tiempo se adentraron en la cordillera, escalando picos y dejando atrás impresionantes riscos. Después de andar durante mucho tiempo, vieron aparecer una caverna colgada del murallón de un precipicio. Se trataba, en verdad, de un espléndido lugar. Era como una fortaleza inexpugnable, a la que se accedía por un tortuoso camino abierto en la roca. Encima de ella podía apreciarse el azul verde de los pinos, el frescor de los bambúes y el verdor de los sauces y otros árboles. En el fondo del precipicio se veían parejas de rocas con formas muy extrañas, sobre las que revoloteaban aves de especies desconocidas. Un arroyuelo saltaba entre la rocalla en busca de las lejanas orillas arenosas del mar. Por encima las nubes formaban racimos grisáceos que hacían resaltar el color verde de la vegetación. Zorros y liebres corrían por la espesura, mientras los ciervos hacían gala de su fuerza, entrechocando sus magníficas cornamentas. A mitad del acantilado se veía una viña cuya edad en nada desdecía de la de un cedro centenario que se elevaba un poco más allá. La majestad y grandeza de aquel lugar sobrepasaban a las del monte Hua. Era, además, tal la cantidad de flores y pájaros que en él había que ni siquiera el monte Tien-Tai podía vanagloriarse de superarla. - Deja el equipaje en ese pliegue de la montaña - dijo el Peregrino a Ba-Chie -. Así se encontrará protegido de los vientos. Si quieres, puedes llevar a pastar al caballo. Yo solo me valgo para derrotar a ese monstruo. Es preciso que le capture antes de poner en libertad a nuestro maestro. - No es preciso que me des tantas órdenes - replicó Ba-Chie -. Vete cuanto antes. El Peregrino se desenrolló la túnica y se apretó el cinturón. Cogió después la barra de hierro y corrió hacia la puerta de la caverna, en cuyo dintel había sido grabada la siguiente inscripción: "Caverna del Viento Amarillo. Pico del Viento Amarillo". El Peregrino se dispuso en seguida para la lucha. Abrió las piernas, adelantó ligeramente un pie y, agarrando con fuerza la barra, gritó: - ¡Monstruo! ¡Deja salir inmediatamente a mi maestro, si no quieres que arrase tu guarida y destruya para siempre tu morada! Cuando lo oyeron los demonios que guardaban la puerta, corrieron, presa del pánico, a informar a su señor, diciendo: - ¡Qué terrible desgracia se ha abatido sobre nosotros, gran señor! - ¿Se puede saber qué es lo que ocurre? - preguntó el Monstruo del Viento Amarillo. - Ahí fuera, a la puerta misma de la caverna - explicó uno de los demonios -, hay un monje con apariencia de un dios del trueno y una barra muy gruesa de hierro en las manos, exigiendo la inmediata puesta en libertad de su maestro. Temeroso, el Señor de la Caverna se volvió hacia el Tigre de la Vanguardia y le dijo: - Te ordené que fueras a patrullar la montaña y me trajeras uno cuantos carabaos, jabalíes, ciervos bien cebados y cabras salvaje. ¿Cómo se te ocurrió apresar al monje Tang? Por tu culpa, su discípulo está ahí fuera buscando camorra. ¿Quieres decirme qué podemos hace? - Estad tranquilo y no os alarméis - le aconsejó el Tigre de la Vanguardia -. Aunque vuestro servidor carece de vuestra portentosa inteligencia, o le falta valor para salir al frente de cincuenta soldados y arrestar a ese tal Peregrino Sun. Os aseguro que hoy mismo os le serviremos a la mesa. - - Esperemos que así sea - dijo el Señor de la Caverna, más calmado -. Aparte de los oficiales, contamos con un número aproximado de setecientos soldados. Puedes coger a los que quieras para esta operación. Únicamente en el caso de que sea capturado el Peregrino, podremos disfrutar a nuestras anchas de la carne de su maestro. Si lo consigues, sellaré contigo un pacto de hermandad. De todas formas, me temo que, si fracasas, ninguno de los dos quedaremos para contarlo. - Estad tranquilo - replicó el Tigre de la Vanguardia -. Con vuestro permiso voy a salir a presentarle batalla. Inmediatamente convocó a filas a los demonios más fuertes, que empezaron a agitar los estandartes y a batir los tambores. Cogió después las dos cimitarras de bronce y, saliendo fuera de la caverna, gritó con voz potente: - ¿Se puede saber de dónde vienes, monje mono, para osar romper la paz que aquí reina? - ¡Maldita bestia mudadora de piel! - bramó el Peregrino -. Te serviste de un burdo truco para apresar a mi maestro, y ¿todavía te atreves a preguntarme qué es lo que hago aquí? En vez de hablar, lo mejor que podrías hacer es ponerle en libertad. De lo contrario, acabaré con tu vida. - Atrapé a tu maestro con el fin de servírselo con un poco de arroz a mi señor - aclaró el Tigre -. Si fueras un poco listo y supieras lo que conviene, ahora mismo abandonarías el campo. Si no, te echaré mano y también tú acabarás sobre la mesa del Gran Rey. Será como un regalo extra. Al oírlo, el Peregrino se puso furioso. Los dientes le rechinaban de rabia y parecía echar fuego por los ojos. Sin poder contenerse, levantó la barra de hierro y gritó: - ¿Qué poderes tienes tú, para atreverte a hablarme de la forma en que lo has hecho? ¡No huyas y haz frente a mi barra! El Tigre de la Vanguardia echó mano de las cimitarras y se dispuso a hacer frente a su adversario. Fue una batalla digna de figurar entre las más feroces de la historia. El monstruo, sin embargo, era como un huevo de ganso empeñado en derrotar al huevo de piedra del que había surgido Wu-Kung. Frente al Hermoso Rey de los Monos las cimitarras de bronce se comportaban, en efecto, como huevos atacando rocas. ¿Cómo pueden los gorriones enfrentarse a los fénix o las palomas hacer frente a los halcones y águilas? El monstruo levantaba montañas de polvo con el viento de su aliento, pero Wu-Kung escupía una densa neblina que oscurecía el sol. Durante cinco asaltos se cruzaron sus armas, pero el Tigre de la Vanguardia empezó a sentir que las fuerzas le abandonaban y huyó, derrotado, para poder salvar la vida. Wu-Kung había sido herido en su amor propio y no estaba dispuesto a perdonarle. El monstruo había alardeado tanto ante su señor de sus poderes que no se atrevió a refugiarse en la caverna y enfiló la pendiente. Pero el Peregrino no estaba esta vez dispuesto a dejarle escapar. Blandiendo la barra en todo momento, corrió tras él como un cazador tras su presa. No tardaron en llegar a un repliegue de la montaña, un lugar al abrigo del viento en el que precisamente estaba Ba-Chie cuidando del caballo. Al oír los gritos, se dio media vuelta y vio al Peregrino persiguiendo al Tigre derrotado. A toda prisa Ba-Chie dejó libre el caballo, alzó el tridente cuanto pudo y se lo clavó al monstruo en la cabeza. ¡Qué mala suerte la del Tigre de la Vanguardia! Creyó haberse salvado de la red y fue a parar, en realidad, al copo del pescador. El tridente dé Ba-Chie le hizo nueve agujeros terribles, por los que fluyó tal cantidad de sangre fresca que al monstruo se le secó el cerebro y la cabeza. Sobre tal hazaña de Ba-Chie existe un poema que dice: Hace cierto tiempo se convirtió a la auténtica doctrina y desde entonces ha seguido una dieta pura que le ha de conducir hasta la Nada. Se ha propuesto servir a Tripita ka y ha dado muerte a un monstruo en fiera y desigual batalla. Ba-Chie puso el pie sobre la espalda del monstruo y volvió a clavarle el tridente. Al verlo, el Peregrino se mostró muy satisfecho y dijo: - Has hecho muy bien en darle muerte. Se lanzó contra mí al frente de un destacamento de demonios, pero eso no fue obstáculo para que le derrotara. Lo más desconcertante, no obstante, fue que, en lugar de refugiarse en la cueva, tratara de huir pendiente abajo. Menos que estabas tú aquí. De lo contrario, se habría vuelto a escapar. - ¿Fue él el que se llevó a nuestro maestro? - preguntó Ba-Chie. - El mismo - respondió el Peregrino. - ¿Le preguntaste adonde se le ha llevado? - volvió a inquirir Ba-Chie. - A la caverna de su señor - contestó el Peregrino -. Según confesión propia, se lo regaló para que lo comiera con un poco de arroz. Eso hizo que me pusiera furioso y me lanzara contra él. Sin embargo, has sido tú el que le ha dado muerte. El mérito es, por tanto, solamente tuyo. Si quieres, quédate aquí cuidando del caballo y el equipaje, mientras yo llevo el cuerpo del monstruo a la entrada de la caverna y reto a las bestias que la habitan. Es preciso que capture al Gran Rey antes de liberar a nuestro maestro. - Tienes razón - reconoció Ba-Chie -. Vete cuanto antes y no olvides que yo estoy aquí. No estaría mal que le persiguieras como al otro y me permitieras rematarle. Sosteniendo en una mano la barra de hierro y arrastrando con la otra al tigre muerto, el Peregrino regresó a la boca de la caverna. En su interior el Maestro de la Ley se vio sometido a una prueba terrible, pero nada pueden los espíritus salvajes contra quien mantiene en equilibrio los sentimientos y la mente. No sabemos cómo se las arregló en esta ocasión el Peregrino para derrotar al monstruo y rescatar al monje Tang. Quien desee descubrirlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第021回 LOS ESPÍRITUS GUARDIANES DEL MONASTERIO PREPARAN ALOJAMIENTO AL GRAN SABIO. LING-CHI DE SUMERU APLASTA AL DEMONIO VIENTO Los cincuenta demonios que acompañaban al Tigre de la Vanguardia corrieron al interior de la cueva con los estandartes tronchados y los tambores destrozados, gritando: - Nuestro paladín no ha podido con el monje cara de mono, que le persiguió montaña abajo hasta que logró reducirle. Suponemos que habrá acabado con él. Al oírlo, el Señor de la Caverna se sintió profundamente abatido. Inclinó la cabeza y se puso a pensar en silencio qué camino debería seguir. Pero fue interrumpido al poco tiempo por uno de los guardianes, que le presentó el siguiente informe: - El monje cara de mono ha dado muerte al Tigre de la Vanguardia y ha arrastrado su cadáver hasta aquí. Está, de hecho, ahí fuera retándonos y lanzando obscenidades contra vos. - ¡Ese tipo no tiene sentido de la medida! - exclamó el monstruo, mas furioso todavía -. Puesto que aún no he devorado a su maestro, debería haber perdonado la vida a nuestro aliado el Tigre. ¡Jamás he conocido a nadie tan despreciable como él! ¡Traedme inmediatamente la armadura! He oído hablar mucho de ese Peregrino Sun y estoy ansioso por salir ahí fuera para descubrir por mí mismo qué clase de persona es. Os juro que, aunque tenga nueve cabezas y ocho rabos, le haré pagar con creces la humillación que trajo sobre la cabeza del desventurado Tigre de la Vanguardia. Los demonios trajeron la armadura a toda prisa y le ayudaron a ponérsela. Cuando todas las cintas estuvieron anudadas y las hebillas abrochadas, el monstruo tomó un tridente de acero y salió de la caverna al frente de todos sus demonios. Aunque el Gran Sabio no se movió del sitio al verle, quedó hondamente impresionado por la marcialidad de su porte. El sol se reflejaba en su yelmo de oro y reverberaba en la coraza del mismo metal. En lo alto del morrión flameaba una impresionante cola de faisán, mientras debajo de la coraza se apreciaba la finura de una túnica de seda amarilla y una faja con forma de dragón de tonalidades brillantes. Su armadura estaba tan finamente bruñida que parecía emitir luz propia. Sus botas, hechas totalmente de cuero, habían sido teñidas con flores de algarrobo y toda su figura aparecía adornada con hojas de sauce. Con el tridente en las manos recordaba la galanura del joven Er-Lang. Cuando se hubo encontrado al aire libre, llenó los pulmones y preguntó con voz potente: - ¿Dónde está el Peregrino Sun? - Aquí. ¿Es que no me ves? - contestó Wu-Kung con un pie sobre el cuerpo del tigre muerto y la barra de hierro en las manos -. ¡Deja inmediatamente en libertad a mi maestro! El monstruo le miró con más detenimiento y, al ver la poca estatura del Peregrino - medía, de hecho, menos de cuatro pies - y sus mejillas hundidas, soltó la carcajada y dijo: - Te tenía por un héroe invencible y ahora veo que no eres más que un espíritu enfermo, al que no le queda más que el esqueleto. - ¡Qué poco observador eres! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Es posible que sea más bien bajito, pero te aseguro que, si osas descargar sobre mi cabeza un solo golpe de tu tridente, me convertiré en un ser de más de seis pies de alto. - En ese caso - concluyó el monstruo -, tendrás que endurecerte bastante la cabeza - y le largó un tremendo mandoble. El Gran Sabio no se arredró. Tras esquivar oportunamente el golpe, su cintura se estiró y adquirió una altura de diez pies, seis mas de los que poseía segundos antes. El monstruo se sintió tan desconcertado que trató de hacerle volver a su estado normal con el tridente, gritando: - ¿Cómo te atreves a venir ante mi puerta a mostrarme una magia tan imperfecta de protección corporal? Deja de usar trucos, de una vez, y mide conmigo tus auténticas capacidades. - Como bien sabrás - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -, existe un proverbio que dice: "El perdón debe mostrarse antes de levantar la mano". Me temo que la tuya es muy lenta y no podrá soportar siquiera un golpe de mi barra. El monstruo no quiso seguir intercambiando improperios y, volviendo el tridente contra el Peregrino, trató de clavárselo en el pecho. El Gran Sabio no se alteró lo más mínimo, pues, como muy bien reza el dicho, "el maestro no necesita ejercitarse más". Levantó oportunamente la barra y, tras desviar la trayectoria del tridente con el movimiento que llaman del "dragón negro que barre el suelo", descargó un golpe terrible sobre la cabeza del monstruo. De esta forma, dio comienzo una terrible batalla delante mismo de la Caverna del Viento Amarillo. El monstruo, ansioso por vengar la muerte del Tigre de la Vanguardia, descargó sobre el Gran Sabio toda su furia. A éste, por su parte, sólo le guiaba el afán por liberar a su maestro e hizo un magnífico despliegue de todos sus poderes. El tridente buscaba una y otra vez el cuerpo de su adversario, pero la barra le impedía alcanzar tal fin. Las dos armas eran dignas de las manos expertas que las blandían. Uno de los luchadores era rey de una caverna, mientras que el otro, el Hermoso Rey de los Monos, se había convertido en paladín de la Ley. Los primeros encuentros se llevaron a cabo en el polvo del suelo, pero poco a poco los dos guerreros se fueron elevando y terminaron luchando a media altura. Era espléndido ver al tridente de acero puro medirse con la barra de hierro de los extremos dorados. Uno de sus golpes era suficiente para mandar a cualquiera al Reino de las Tinieblas a entrevistarse con el Rey Yama. Para hacer frente a tan mortíferas armas era preciso poseer brazos ágiles, vista aguda, constitución de atleta y fuerza de gigante. Los dos valientes lucharon sin desfallecer durante horas, sin que pudiera vislumbrarse un seguro vencedor. El monstruo y el Gran Sabio se enfrentaron durante más de treinta asaltos, pero el resultado de la batalla permanecía tan incierto como cuando se inició. Buscando una rápida victoria, el Peregrino decidió hacer uso del truco conocido como "el cuerpo detrás del cuerpo". Para ello, se arrancó unos cuantos pelos, los trituró con los dientes y gritó, al tiempo que los escupía con fuerza: - ¡Transformaos! Al punto se convirtieron en más de cien Peregrinos con sus correspondientes barras de hierro, que rodearon al monstruo con rapidez. Sobresaltado, el monstruo hubo de acudir también a sus profundos conocimientos de magia. Se volvió hacia el sudoeste, abrió tres veces la boca y sopló al suelo con todas sus fuerzas. Al instante se levantó un viento huracanado de un extraño color amarillento. Silbante y frío pareció cambiar de pronto la faz del Cielo y la Tierra. La arena que portaba actuaba como la neblina difuminando los contornos. Como un puñal penetró en los bosques y montañas, derribando pinos y cerezos, allanando cumbres y riscos, y levantando nubes de tierra y polvo. Las olas del Río Amarillo eran tan bravas que levantaban el cieno acumulado en su lecho. El Río Hsiang vio aumentar su caudal hasta extremos difíciles de imaginar. La fuerza desplegada por el huracán fue tal que hasta el Palacio de la Estrella Polar sintió sus efectos, el Salón de la Oscuridad a punto estuvo de derrumbarse, los Quinientos Arhats empezaron a gritar despavoridos y los Ocho Guardias de Aksobhya temblaron de miedo como vulgares doncellas. El león de la melena verde de Manjusri se escapó corriendo y Visvabhadra hubo de renunciar a su elefante blanco. Lo mismo les ocurrió a la serpiente y a la tortuga de Chen-Wu y a la asustadiza mula de Tsu-Tung. Los mercaderes que se encontraban de viaje elevaron al cielo sus súplicas, mientras los marineros no dejaban de hacer costosísimas promesas. Las crestas de las olas y la fuerza de la marea jugaba con sus vidas, su fortuna y cuanto poseían. Bajo la acción del huracán las cavernas de los monstruos estaban tan oscuras como túneles y la isla de Peng-Lai había perdido su envidiable luminosidad. Lao-Tse no pudo seguir refinando el elixir de la inmortalidad y la Estrella Anciana hubo de recoger su abanico de hojas de vid. Wang-Mu se dirigía en aquel momento al Festival de los Melocotones y el viento le levantó, impúdico, la falda, antes de arruinar su peinado. No fue, sin embargo, la única en sufrir su influencia. Cuando se dirigía a Kwan-Chou, Er-Lang se perdió, a Nata le resultó imposible sacar su espada de la vaina, Li-Ching perdió la pequeña pagoda que portaba siempre en su mano, y Lu-Pan hubo de desprenderse de sus herramientas de oro. Al mismo tiempo, se derrumbaron tres pisos del Templo del Trueno y el Puente de Piedra de Chao-Chou se partió en dos. Hasta el rojizo globo del sol emitía menos luz de lo habitual y las estrellas del cielo parecían haber perdido parte de su luminosidad. Los pájaros que moraban en las zonas australes volaron a las septentrionales, mientras los lagos del oriente salpicaban con sus aguas a los del occidente. Las parejas de aves fueron brutalmente separadas, poniendo fin a sus reclamos de amor. Idéntica suerte siguieron las madres y los hijos, que gritaron su desconsuelo hasta que se les quebraron las gargantas. Los Reyes Dragón recorrieron todos los océanos en busca de yaksas y los reyes del trueno se vieron obligados a recorrer distancias inmensas, recogiendo los rayos que habían perdido. Los Diez Reyes de Yama no sabían dónde hallar a sus jueces. En el corazón mismo de los Infiernos el Demonio Cabeza de Toro corría como un loco tras el de la Cara de caballo. El viento alcanzó, incluso, la Montaña Potalaka, arrebatando a la Bodhisattva Kwang-Ing un valiosísimo rollo de versos. Los capullos de los lotos blancos, brutalmente segados de sus tallos, fueron a parar lastimosamente al mar. Pero no terminaron ahí sus destrozos. De hecho, doce de los más espléndidos salones de la Bodhisattva se vinieron al suelo. Jamás se había conocido un viento como aquél desde los tiempos de Pan-Ku. Su poder destructor era tan grande que por poco no se desintegra el universo. Bajo su acción el mundo no era más que una masa que se movía sin propósito o norte alguno. Tan violento huracán barrió a todos los pequeños Peregrinos que habían surgido de los pelos del Gran Sabio, y les mandó dando tumbos por el aire como si fueran ruecas. ¿Cómo iban a lanzarse a la refriega, si no podían sostener las barras de hierro? Al Peregrino no le quedó, pues, más remedio que volver a sacudir el cuerpo y recobrar, así, todos sus pelos. Levantó después la barra de hierro, tratando de habérselas él solo con el monstruo, pero lo único que consiguió fue recibir una bocanada de viento amarillo en pleno rostro. Sus ojos de luego y sus pupilas de diamante experimentaron entonces tal irritación que no podía mantenerlos abiertos. Wu-Kung se vio forzado, de esta forma, a admitir la derrota y abandonó apresuradamente el campo. Chu Ba-Chie, mientras tanto, al ver que el huracán amarillo sumía el cielo y la tierra en una densa oscuridad, llevó el caballo y el equipaje a un abrigo de la montaña y se tumbó a toda prisa en el suelo. Sin atreverse a levantar la cabeza ni abrir los ojos, empezó a recitar los nombres de Buda y a hacer promesas al cielo. Se preguntó después qué tal le estaría yendo al Peregrino en la batalla y si habría liberado ya a su Maestro, pero en ese mismo momento el viento cesó y el firmamento volvió a llenarse de luz. Tímidamente levantó la cabeza y dirigió la vista hacia la entrada de la caverna. Sin embargo, no percibió el menor movimiento guerrero ni apreció sonido alguno de tambores o gongs. Pensó en llegarse hasta la cueva, pero desistió de hacerlo porque no había nadie más que pudiera ocuparse del equipaje y el caballo. Cuando más intranquilo estaba por no saber qué decisión tomar, vio aparecer por el oeste al Gran Sabio, que venía haciendo toda clase de ruidos. Ba-Chie se inclinó ante él y exclamó: - ¡Menudo huracán! ¿Se puede saber dónde has estado todo este tiempo? - Terrible en verdad - reconoció el Peregrino -. Jamás había visto en mi vida nada igual. El monstruo me atacó con un tridente de acero y yo me defendí con mi barra de hierro. Durante más de treinta asaltos medimos nuestras fuerzas, sin que ninguno de los dos pudiera arrogarse una clara ventaja. Viendo que la cosa iba para largo, decidí valerme de la magia del cuerpo detrás del cuerpo. Al verse rodeado, sintió pánico y produjo ese huracán formidable que tú mismo acabas de presenciar. Su fuerza era tan sobrecogedora que hube de suspender los ataques y escapar corriendo. ¡Menudo viento! Yo también tengo el poder de producirlo, pero puedo asegurarte que su poder destructor es mucho menor que el de ese monstruo. - ¿Qué te ha parecido su conocimiento de las artes marciales? - preguntó Ba-Chie. - Aceptable - contestó el Peregrino -. Es un auténtico maestro con el tridente y no exagero lo más mínimo si te digo que casi es tan buen luchador como yo. De no haberse servido de ese viento tan destructor, le habría derrotado sin ninguna dificultad. - Eso nos complica las cosas - comentó Ba-Chie, preocupado -, porque ¿cómo vamos a rescatar a nuestro maestro? - Tendremos que esperar un poco más de lo previsto - respondió el Peregrino -. Me pregunto si habrá por aquí cerca algún médico de ojos que pueda echar un vistazo a los míos. - ¿Se puede saber qué es lo que les pasa? - volvió a preguntar Ba-Chie. - Ese monstruo me echó en el rostro una bocanada de aire y los tengo tan irritados que no paran de llorarme - explicó el Peregrino. - Es mejor que no pensemos en médicos - le aconsejó Ba-Chie - Nos hallamos en el corazón de una montaña y se está haciendo tarde. Lo malo es que ni siquiera disponemos de un lugar para pasar la noche. - Eso no es problema - dijo el Peregrino -. Dudo que ese monstruo se atreva a hacer daño a nuestro maestro. Volvamos, por tanto, al camino principal y busquemos una casa en la que alojarnos. En cuanto se haga de día mañana, podemos volver a enfrentarnos con el monstruo. - Tienes razón - reconoció Ba-Chie y, agarrando el equipaje, regresaron al camino. El crepúsculo se iba diluyendo poco a poco y, mientras caminaban, empezaron a oír ladridos de perros, que parecían provenir de la vertiente sur de la montaña. Se detuvieron y vieron una pequeña alquería, en la que se apreciaba el tímido parpadeo de unas cuantas antorchas. Sin preocuparse por hallar un sendero, se dirigieron directamente hacia ella, no tardando en llegar ante sus puertas. La casa, toda ella construida en piedra, mostraba el inflexible paso del tiempo en el color grisáceo de sus muros y en su pátina de líquenes y musgo. Muy cerca se veía la tenue luminosidad de las luciérnagas, contrapunto de luz en un paisaje cubierto totalmente de sombras. El bosque cercano se presumía impenetrable, aunque el aroma de las orquídeas y el bambú recién plantado constituía una invitación a adentrarse en él. Un arroyuelo de aguas cristalinas fluía al otro lado de la alquería, alrededor de la cual se alzaban, orgullosos, incontables cedros centenarios. Aquél era un lugar apartado, al que muy raramente se acercaban los caminantes. Justamente delante de la puerta se veía un cantero de plantas silvestres en flor. No atreviéndose a entrar sin llamar, el Peregrino y Ba-Chie alzaron la voz, diciendo: - ¡Abrid! ¿Es que no hay nadie ahí dentro? Al punto apareció un anciano rodeado por un grupo de granjeros jóvenes armados con rastrillos, horcas y bieldas, que les preguntaron de mala manera: - ¿Quiénes sois y qué queréis? - Nosotros - respondió el Peregrino, inclinándose - somos discípulos de un monje santo procedente de la Gran Nación de los Tang, al este de aquí. Nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda y, al pasar por estas altitudes, nuestro maestro tuvo la mala fortuna de caer en poder del Rey del Viento Amarillo. Todavía no hemos podido rescatarle, pero, como se estaba haciendo de noche, decidimos aplazar la búsqueda hasta mañana y buscar un lugar en el que pasar la noche. Esperamos que nos permitáis hacerlo bajo vuestro techo. - Disculpadnos por salir a recibiros de esta forma - dijo el anciano, devolviéndoles el saludo -. Éste es el lugar en el que las nubes son más abundantes que las personas y, al oíros llamar a la puerta temimos que pudiera tratarse de un zorro, un tigre o algún bandido de la montaña. Ése es el motivo por el que hemos aparecido armados hasta los dientes. Pasad, por favor, pasad. Los monjes no esperaron a que se lo dijeran por segunda vez para meter el caballo y el equipaje. Tras atar al animal, saludaron nuevamente al anciano y tomaron asiento. Un sirviente entrado en años les sirvió el té y les ofreció a continuación unos cuantos cuencos de arroz con semillas de sésamo. En cuanto hubieron dado cuenta de vianda tan singular, el anciano ordenó a los criados que prepararan las camas, pero el Peregrino dijo: - Todavía es un poco pronto para echarnos a dormir. ¿Hay por aquí cerca alguien que venda medicina para los ojos? - ¿Quién de vosotros padece una afección ocular? - preguntó el anciano. - A decir verdad - contestó el Peregrino -, los que hemos renunciado a la familia raramente caemos enfermos. De hecho, ésta es la primera vez que tengo los ojos malos. - ¿Qué les ha pasado? - volvió a preguntar el anciano. - Muy sencillo - explicó el Peregrino -. Mientras trataba de rescatar a mi maestro delante mismo de la Caverna del Viento Amarillo, el monstruo me echó en el rostro una bocanada de aire, que me irritó los ojos. Desde entonces no me han parado de llorar y ése es el motivo por el que quiero encontrar algún remedio para ellos. - ¡Santo cielo! - exclamó el anciano -. ¿Cómo es posible que un monje tan joven como tú mienta de una forma tan descarada? Los huracanes producidos por el Rey del Viento Amarillo son terribles y no tienen ni punto de comparación con los vientos primaverales u otoñales, los que azotan los pinos o el bambú, y los que soplan desde los cuatro puntos cardinales. - Me figuro que son capaces de destrozar el cerebro, hacer llorar a las cabras y hasta producir dolor de cabeza. ¿No es así? - pregunto Ba-Chie. - No, no - negó el anciano -. A sus huracanes se les conoce por el nombre de Viento Sagrado de Samadhi. - ¿Puedes explicarnos cómo es? - le sugirió el Peregrino. - Ese viento - empezó diciendo el anciano - puede oscurecer el Cielo y la Tierra y hacer temblar tanto a los dioses como a los espíritus. Es tan destructor que reduce a polvo las rocas. Ningún hombre es capaz de hacerle frente. Si de verdad te hubieras topado con él, a estas horas no estarías vivo. Únicamente podrías salir con vida, si fueras un inmortal. - Exacto! - admitió el Peregrino -. Es posible que yo no sea un inmortal, pero le va a costar bastante acabar conmigo. De todas formas he de reconocer que ese viento me ha afectado de alguna manera a los ojos. - Vamos - concluyó el anciano -, que poderes no te faltan. Por eso lamento todavía más que no haya ningún doctor en nuestra región. De todas formas, yo soy una persona a la que le lloran los ojos cuando el viento me da de frente, y una vez me encontré con un hombre excepcional que me recomendó un remedio bastante eficaz. Lleva el nombre de las tres flores y las nueve simientes y es capaz de curar todas las dolencias oculares producidas por el viento. Al oír eso, el Peregrino inclinó la cabeza y dijo con inesperada humildad: - Desearía poder probarlo. ¿Os importaría prestarme un poco de ese ungüento? El anciano accedió a su petición y se retiró a una de las habitaciones interiores de la casa. No tardó en aparecer con un frasco de cornalina. Lo destapó y, valiéndose de una pequeña varilla de jade, extendió un poco de la pócima que contenía por los ojos del Peregrino. Le recomendó que los mantuviera cerrados toda la noche y que tratara de descansar cuanto pudiera. Si así lo hacía, podía estar seguro de que a la mañana siguiente sus ojos recobrarían su perdida lozanía. Dicho eso, el anciano volvió a coger el frasco y se retiró con sus criados. Ba-Chie hizo la cama y pidió al Peregrino que se acostara. Fiel a los consejos del anciano, Wu-Kung no se atrevió a abrir los ojos y se movió por la habitación tanteando con las manos extendidas. Al verlo, Ba-Chie soltó la carcajada y preguntó: - ¿Dónde habéis dejado el bastón, señor? - ¡Maldito estúpido! - protestó el Peregrino -. ¿Acaso crees que estoy ciego? Nunca sospeché que te gustara tanto hacer de lazarillo. El Idiota se rió por lo bajo cuanto quiso y, al fin, se quedó dormido. El Peregrino, por su parte, se sentó en el colchón y empezó a hacer los ejercicios que le ayudaban a mantener sus poderes mágicos. Esas prácticas le mantuvieron despierto hasta poco después de la tercera vigilia. Pronto se echó encima la hora quinta y el oriente comenzó a teñirse de luz. Tras restregarse la cara con las dos manos, el Peregrino abrió los ojos y exclamó, aliviado: - ¡Esa medicina es realmente fantástica! ¡Ahora veo cien veces mejor que antes! Se dio media vuelta y comprobó, sorprendido, que no había ni alquería ni habitación alguna, sino simplemente unas cuantas acacias y algún que otro sauce. Tanto él como Ba-Chie yacían en una pradera. Justamente entonces el Idiota empezó a despertarse y preguntó con voz somnolienta: - ¿Se puede saber por qué estás metiendo tanto ruido? - Abre los ojos y míralo tú mismo - le aconsejó el Peregrino. Ba-Chie levantó la cabeza y comprobó, atónito, que la casa había desaparecido. Pese a todo, se puso en pie de un salto y exclamó, visiblemente preocupado: - ¿Dónde está el caballo? - ¿No lo ves allí atado a un árbol? - contestó el Peregrino. - ¿Y el equipaje? - insistió Ba-Chie en el mismo tono. - Está a tu cabecera - volvió a responder el Peregrino -. Parece que el ciego eres tú. - ¡Cuidado que es rara la familia que anoche nos ofreció hospedaje! - exclamó Ba-Chie -. Si pensaban cambiarse de casa, deberían habérnoslo dicho y nosotros les habríamos regalado algo de té y unas cuantas frutas. Me figuro que tenían algo que ocultar y huyeron a toda prisa por temor a que pudiéramos delatarles. Si no, no me explico la rapidez con la que han actuado. De todas formas, hemos debido de dormir como muertos. ¿Cómo es posible que no hayamos oído nada, mientras ellos desmantelaban toda la casa? - ¡Deja de decir tonterías de una vez! - le instó el Peregrino Vete a aquel árbol de allí y echa un vistazo a ver lo que dice el papel que hay pegado en su tronco. Ba-Chie así lo hizo y comprobó que se trataba de un poema de cinco líneas, que decía: Ésta, que humilde morada parece, no lo es en absoluto. Los Guardianes de la Ley levantaron esta alquería, para poner en vuestras manos el bálsamo maravilloso que curara vuestras heridas. No temáis y haced cuanto esté de vuestra mano para derrotar a la bestia. - Qué bandada de dioses caprichosos! - exclamó el Peregrino, malhumorado -. No he vuelto a solicitar su ayuda desde que convirtieron el dragón en un caballo. Se conoce que no les ha gustado mi actitud y han empezado a jugar conmigo. - Deja de dártelas de grande, por favor - le pidió Ba-Chie -. ¿Cómo van a acudir los dioses en tu ayuda cuando se lo pidas? ¿Tan importante te crees? - Tú no estás al tanto de ello - explicó el Peregrino -. Pero la verdad es que la Bodhisattva ordenó a los Dieciocho Protectores de los Monasterios, a los Seis Dioses de la Luz y a los Seis de las Tinieblas, a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, y a los Cuatro Centinelas que protegieran en todo momento a nuestro maestro. Ellos mismos me revelaron sus identidades, pero, como acabo de decirte, desde que estás con nosotros no he vuelto a servirme de ellos. - Si su misión es la de proteger en secreto a nuestro maestro, es natural que no se hayan dado a conocer - concluyó Ba-Chie -. De ahí que se hayan sacado de la manga la alquería que vimos anoche. No te enfades con ellos. Después de todo, te curaron los ojos y nos dieron una buena cena. Podemos decir, por tanto, que han cumplido al pie de la letra su misión. ¿A qué viene criticar su modo de actuar? En vez de hablar, lo que debemos hacer es ir a salvar cuanto antes a nuestro maestro. - Tienes razón - reconoció el Peregrino -. Este lugar no está lejos de la Caverna del Viento Amarillo. Tú quédate aquí cuidando del caballo y el equipaje, mientras yo me acerco a ver qué tal sigue nuestro maestro. Después podemos enfrentarnos los dos a la bestia. Excelente idea - dijo Ba-Chie -. Lo primero que tenemos que averiguar es si el maestro sigue vivo o ha muerto ya. Si ha abandonado este mundo, lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a nuestros propios asuntos. Si, por el contrario, aún está vivo, debemos poner todo cuanto esté de nuestra parte por liberarle. Que nadie pueda acusarnos después de haber faltado a nuestras responsabilidades. - ¿Se puede saber cuándo vas a dejar de decir tonterías? - le echó en cara el Peregrino -. Déjame pasar, anda. De un salto se llegó hasta la entrada de la caverna, encontrando la puerta cerrada y a todos sus moradores profundamente dormidos. Sin hacer el menor ruido, por temor a despertarlos, hizo un signo mágico recitó su correspondiente conjuro y, con una leve sacudida del cuerpo se convirtió en un mosquito diminuto y delicado. De todo ello tenemos un poema, que afirma: Aunque su cuerpo es llamativamente pequeño, posee un aguijón muy afilado y un zumbido que recuerda el terrorífico rolar del trueno. Experto en meterse por la tupida red de la gasa de los mosquiteros, precisa de un ambiente caluroso y húmedo. Sus únicos temores estriban en el humo del incienso y en el rápido batir de los abanicos. Las luces y lámparas le atraen como a un avaro el oro, y, pese a su frágil apariencia, posee una extraordinaria inteligencia y una asombrosa rapidez de movimientos. Así, no encuentra obstáculo alguno para adentrarse en la caverna de una bestia. El demonio que supuestamente debería ocuparse de la vigilancia de la puerta yacía dormido en el suelo, roncando sonoramente. El Peregrino le picó en la cara, obligándole a darse la vuelta y a exclamar, medio despierto: - ¡Menudo mosquito! Con una picadura me ha hinchado toda la cara - abrió del todo los ojos y añadió, sobresaltado -: ¡Arrea, si es ya de día! En aquel mismo momento se oyó un crujido y se abrió una segunda puerta. El Peregrino aprovechó la ocasión y se coló a toda prisa por ella. El monstruo estaba recomendando a todos sus subordinados que pusieran especial cuidado en mantener bien vigiladas todas las entradas, mientras preparaban las armas. - Si el huracán de ayer no terminó con ese Peregrino Sun - concluyó diciendo -, seguro que vuelve hoy otra vez. Pero no os preocupéis, porque, en cuanto llegue, acabaremos con él. El Peregrino continuó volando y llegó a la parte de atrás de la caverna, donde se topó con una puerta cerrada a cal y canto. Metiéndose a duras penas por una rendija que había en ella, descubrió que conducía a un espléndido jardín, en cuyo centro estaba el monje Tang atado a un poste. El maestro no paraba de llorar, preguntándose dónde podrían estar Wu Kung y Wu-Neng. El Peregrino detuvo al punto su vuelo y, posándose en su calva, dijo: - ¡Maestro! - ¿En dónde te escondes, Wu-Kung? - preguntó Tripitaka, reconociendo su voz -. Llevo pensando en ti yo qué sé la de tiempo. ¿Puedes decirme dónde estás? - En vuestra cabeza - contestó el Peregrino -. Calmaos y dejad de preocuparos. Antes de liberaros es preciso que capturemos al monstruo. - ¿Has calculado cuándo podrás hacerlo? - volvió a preguntar el monje Tang. - Ba-Chie ha dado ya muerte al Tigre que os raptó - explicó el Peregrino -. Pero ese monstruo no es tan fácil de dominar, porque posee la poderosa arma de su aliento. De todas formas, espero poder darle caza hoy mismo. Tranquilizaos y dejad de llorar. Ahora tengo que marcharme - y se dirigió volando hacia la parte delantera de la cueva. El monstruo estaba sentado en un lugar destacado, pasando revista a los comandantes de sus ejércitos. En esto, entró corriendo un demonio, que informó, muy alterado: - Estaba patrullando la montaña, cuando, de pronto, me topé con un monje que tenía un morro muy largo y unas orejas enormes. Estaba sentado en el bosque, no lejos de aquí. Si no llego a darme prisa, seguro que me habría echado mano. De todas formas, no vi por ninguna parte al mono peludo que vino ayer. - Eso quiere decir - concluyó el monstruo - que, bien el huracán mató al Peregrino Sun, o bien ha ido en busca de ayuda. - Sería de desear que estuviera muerto - comentó uno de los demonios -. Sin embargo, supongamos que no lo está. ¿Qué haremos, si logra traer consigo a un grupo de guerreros celestes? - Yo no tengo miedo a esos desarrapados - se burló el monstruo -. Únicamente el bodhisattva Ling-Chi puede hacer frente a mi viento. Los demás son incapaces de hacernos el menor daño. El Peregrino se encontraba justamente encima de él, colgado de una viga, y se alegró sobremanera de escuchar semejante confesión. Inmediatamente salió volando de la caverna y, tras adquirir su forma habitual, se dirigió al lugar donde había dejado a Ba-Chie. - ¿Dónde te habías metido? - le preguntó éste, muy excitado -. Acabo de toparme con un monstruo, al que he perseguido sin lograr echarle mano. - Te agradezco tu ayuda - dijo el Peregrino sonriendo -. Con el fin de entrar en la cueva y ver qué tal le iba a nuestro maestro, me convertí en un mosquito. Pude, así, verle atado a un poste del jardín llorando amargamente su suerte. Tras aconsejarle que no se rindiera a la desesperanza, volví al salón en el que estaban reunidos el monstruo y los suyos, para espiar. Al poco de mi llegada apareció, jadeando un pequeño demonio, el cual informó que habías tratado de darle caza, pero no había ni rastro de mí. El monstruo concluyó que mi ausencia obedecía a dos posibles causas: bien me había dado muerte el huracán o bien había ido en busca de ayuda. Después, sin que nadie se lo preguntara, dijo algo francamente fantástico. - ¿A qué te refieres? - preguntó, una vez más, Ba-Chie. - El muy engreído - contestó el Peregrino - afirmó que no temía a ningún guerrero celeste, porque el único capaz de hacer frente al huracán de su aliento es el bodhisattva Ling-Chi. El problema es que no sé dónde vive ese monje. Mientras hablaban, vieron acercarse a un anciano con paso ligero. A pesar de lo avanzado de su edad, poseía una robusta constitución que le hacía prescindir de bastón alguno para caminar. Su pelo y su barba eran tan blancos que parecían estar hechos de copos de nieve. Aunque no había duda alguna sobre la fortaleza de su espíritu, sus ojos daban la impresión de estar un tanto apagados. Su figura, de todas formas, denotaba una gran decisión, cualidad que cuadraba perfectamente con lo enjuto y membrudo de su cuerpo. Sus pasos eran, no obstante, muy lentos y caminaba con la cabeza agachada, mostrando más claramente lo poblado de sus cejas y el color rosáceo, juvenil totalmente, de su rostro. Quien le viera no podía dudar que se trataba de un hombre, aunque en realidad no era otro que la mismísima Estrella de la Vida Perdurable. Al verle, Ba-Chie dio un codazo al Peregrino y le dijo: - Como muy bien reza el proverbio, "el que desconoce la dirección debe preguntársela a un caminante". ¿Por qué no abordas a ese anciano y le interrogas sobre lo que desees saber? El Gran Sabio dejó a un lado la barra de hierro, se arregló las ropas lo mejor que pudo y, acercándose al anciano, dijo: - Aceptad mis más humildes respetos. El anciano hizo un gesto de desagrado y devolvió el saludo a regañadientes, preguntándole: - ¿De dónde eres y qué estás haciendo en un lugar tan salvaje y apartado como éste? - Nosotros - le explicó el Peregrino con respeto - somos monjes que nos dirigimos hacia el Oeste en busca de escrituras sagradas. Precisamente en este mismo lugar perdimos ayer a nuestro maestro, y necesitamos saber dónde vive el bodhisattva Ling-Chi, para poder liberarle. ¿Conocéis vos su dirección? - Ling-Chi tiene su residencia a seis mil kilómetros al sur de aquí - respondió el anciano -, en una elevación conocida como el Monte Sumeru. En ella está enclavado el Monasterio de la Verdad, un lugar en el que el Bodhisattva imparte sin cesar sus enseñanzas. No hay sitio mejor para acudir en busca de escrituras. Vuestro viaje ha tocado, pues, a su fin. - Mucho nos tememos que no es así - replicó el Peregrino -. De todas formas, no disponemos de tiempo para explicaciones. ¿Podríais indicarme cómo llegar hasta ese lugar? - Sigue ese sendero - contestó el anciano, señalando hacia el sur con la mano. - El Gran Sabio movió ligeramente la cabeza y el anciano aprovechó su distracción para convertirse en una brisa ligera y desaparecer sin dejar rastro. Al lado del camino, no obstante, apareció un trozo de papel en el que aparecían escritos los siguientes versos: Permítasenos aclarar al Gran Sabio, Sosia del Cielo, que el anciano con el que acaba de toparse no es otro que el Inmortal Li. Es preciso que sepa, además, que en el Monte Sumeru se encuentra el Bastón del Dragón Volador, un arma invencible que Ling-Chi recibió hace ya muchos años de manos del propio Buda. Tras leerlo con sumo cuidado, el Peregrino regresó al lado de Ba-Chie, que comentó, un tanto desanimado: - Últimamente nuestra suerte no ha sido muy buena que digamos. Llevamos dos días topándonos con espíritus a plena luz. ¿Se puede saber quién era ese anciano que acaba de convertirse en brisa? El Peregrino le entregó la hoja de papel y Ba-Chie volvió a preguntar: - ¿Quién es ese Inmortal Li? - Es uno de los nombres por los que es conocido el Planeta Venus del Oeste. - ¡Es mi principal benefactor! - exclamó Ba-Chie, inclinándose ante el cielo -. Si no llega a ser porque la Estrella de Oro intercedió en mi familia ante el Emperador de Jade, ahora no estaría aquí. - Vamos, vamos - le dijo en seguida el Peregrino -. Está bien que te muestres agradecido, pero no deberías exponerte tan fácilmente a los posibles ataques de nuestros enemigos. Escóndete entre los árboles y vigila el equipaje y el caballo. Yo voy a llegarme hasta el Monte Sumeru a solicitar la ayuda del Bodhisattva. - Si ése es tu deseo... - replicó Ba-Chie -. Márchate cuanto antes y no te preocupes por mí. Domino a la perfección la táctica de la tortuga: cuando no hay necesidad de sacar la cabeza, lo mejor es mantenerla dentro. De un salto el Gran Sabio montó en una nube y se dirigió hacia el sur. Su velocidad era tanta que, antes de que hubiera sacudido un poco la cabeza, había recorrido ya seis mil kilómetros, distancia que se multiplicó por tres en cuanto hubo sacudido imperceptiblemente el torso. No tardó, pues, en ver una montaña muy alta envuelta en un manto de neblina y nubes sagradas. En un lugar protegido de la misma se levantaba un templo, del que salía el armonioso sonido de las campanas y gongs, acompañado por las caprichosas volutas del incienso. Al acercarse a la puerta, el Gran Sabio vio a un taoísta con un collar alrededor del cuello que no paraba de recitar los nombres de Buda. Llegándose hasta él, el Peregrino dijo: - Recibid mi humilde saludo. - ¿De dónde venís, hermano? - preguntó el Taoísta, devolviéndole respetuosamente el saludo. - ¿Es aquí donde expone sus doctrinas el bodhisattva Ling - Chi? - inquirió, a su vez, el Peregrino. - Así es - reconoció el Taoísta -. ¿Deseáis hablar con alguien? - Os estaría muy agradecido, si tuvierais la delicadeza de anunciarme - respondió el Peregrino -. Soy discípulo de Tripitaka, Maestro de la Ley y hermano del Gran Emperador de los Tang, de las Tierras del Este. Aunque en un tiempo fui conocido como Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, ahora me llamo simplemente el Peregrino. Tened por seguro que, si no tuviera un asunto muy importante que tratar con el Bodhisattva, jamás habría osado venir a solicitarle una audiencia. - Me temo - dijo el Taoísta, sonriendo tímidamente - que me habéis ofrecido una presentación demasiado larga para mi frágil memoria. Lo lamento, pero no podré recordar cuanto me habéis dicho. - En ese caso - le tranquilizó el Peregrino -, decid simplemente que acaba de llegar Sun Wu-Kung, el discípulo del monje Tang. El Taoísta no tuvo dificultades en memorizar ese nombre y corrió al salón de las enseñanzas a anunciar su llegada al Bodhisattva, que se cambió inmediatamente de túnica y ordenó quemar un poco más de incienso en deferencia a tan digno visitante. Impaciente, el Gran Sabio se llegó hasta la puerta y atisbo con cuidado por una rendija. El salón era francamente magnífico. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían bordados y sedas, que otorgaban a todo el conjunto un aspecto de solemnidad y grandeza. Mientras los discípulos recitaban el Sutra del Loto, el maestro que los guiaba golpeaba suavemente el gong de oro. Delante de la imagen de Buda aparecían ofrendas de frutas y flores inmortales, junto con viandas y caprichos vegetarianos. Las llamas de los candelabros eran tan brillantes como arco iris que quisieran competir en belleza con el humo de color jade del aromático incienso. En un ambiente tan sereno era fácil asimilar las enseñanzas y después meditar sobre ellas, caminando por entre los pinos que rodeaban el monasterio. Una vez muerto Mará, la espada de la sabiduría retornó lentamente a su vaina. Su envidiable perfección reinaba de una forma admirable en aquella selecta asamblea. El Bodhisattva se estiró las ropas antes de dar la bienvenida al Peregrino, que tomó el asiento de los invitados. Casi inmediatamente se le ofreció un vaso de té, pero él lo rechazó, diciendo: - No dispongo de mucho tiempo. La vida de mi maestro corre un grave peligro en la Montaña del Viento Amarillo. Ése es el motivo por el que me he atrevido a venir a pediros que hagáis uso del extraordinario poder de vuestro dharma, con el fin de derrotar a la bestia que le tiene encarcelado. - Una petición muy justa - reconoció el Bodhisattva -. El mismo Tathagata me ha ordenado llamar al orden al Monstruo del Viento Amarillo. Para ello me ha entregado una perla capaz de detener toda clase de vientos y un bastón conocido como del dragón volador. Hace muchos años me valí de ellos para poner fin a sus destructoras correrías. Si entonces no acabé con su vida fue porque él mismo prometió retirarse a la montaña que ahora habita y no volver a matar a nadie. Lo que menos me esperaba, por tanto, es que fuera a secuestrar a tu maestro y a empezar a transgredir la ley. He de reconocer que fui un ingenuo al confiar en la palabra de un monstruo. El Bodhisattva insistió en que le fuera servido al Peregrino algo de comer pero éste lo rechazó una vez más, habida cuenta del peligro que corría su maestro. Al Bodhisattva no le quedó, pues, más re medio que tomar el Bastón del Dragón Volador y elevarse por las nubes en compañía del Gran Sabio. En un abrir y cerrar de ojos llegaron a la Montaña del Viento Amarillo y el Bodhisattva le dijo al Peregrino: - Creo que lo mejor será que me quede aquí arriba, mientras tú vas a retarle. Me tiene tanto miedo que, si me ve, no se atreverá a salir. Es esencial sacarle de su guarida para que yo pueda ejercer mi poder. El Peregrino aceptó la sugerencia y descendió al punto de la nube. Sin esperar a ser anunciado, cogió la barra de hierro y destrozó con ella la puerta de la cueva, mientras gritaba acalorado: - ¡Devuélveme inmediatamente a mi maestro, monstruo maldito! Los demonios encargados de proteger la caverna estaban tan aterrados que corrieron a informar a su señor, diciendo: - El mono ha hecho añicos nuestras defensas. - Se ve que esa bestia no tiene ni idea de la etiqueta - comentó el monstruo, malhumorado -. En vez de venir a provocarme, ha decidido echar abajo las puertas de mi caverna. Él se lo pierde, porque, por maleducado, voy a destrozarle con mi viento sagrado. De nuevo se puso la armadura y echó mano del tridente. Al ver al Peregrino, lanzó contra su pecho, sin previo aviso, un golpe tremendo. Afortunadamente el Gran Sabio se hizo a un lado y lo esquivó, contraatacando inmediatamente con la barra de hierro. Apenas habían luchado un par de asaltos, cuando el monstruo movió la cabeza hacia el sudoeste y llenó los pulmones de aire. En ese mismo momento el Bodhisattva arrojó desde lo alto el Bastón del Dragón Volador y recitó el correspondiente conjuro. Al instante se convirtió en un dragón de oro de ocho zarpas, con las que agarró al monstruo por la cabeza y le lanzo dos o tres veces seguidas contra las rocas del acantilado. La bestia adquirió entonces la forma que le era habitual y se transformó en un visón de pelaje rojizo. El Peregrino levantó la barra de hierro con ánimo de rematarle, pero el Bodhisattva se lo impidió, gritando: - No le hagas ningún daño, porque tengo que conducirle ante Tathagata. Como tú mismo puedes ver, este monstruo no era más que un vulgar roedor de la Montaña del Espíritu que llegó a conocer la luz del Tao. Pero no pudo dominar del todo su natural salvaje y robó un poco del aceite puro que contiene el cáliz de cristal. Temiendo ser apresado por los vajra, huyó de allí a toda prisa. Tathagata opinó, sin embargo, que no era reo de muerte y me encargó traerle a esta región. Lo que nadie sospechaba es que fuera a enfrentarse contigo y tratara de devorar al monje Tang. Con ello su culpabilidad ha quedado definitivamente establecida y es preciso, por tanto, que Tathagata emita su sapientísima sentencia. El Peregrino apenas tuvo tiempo de mostrar su agradecimiento al Bodhisattva. En cuanto hubo acabado de hablar, se elevó por los aires v se dirigió hacia el oeste. Ajeno a todo esto, Chu Ba-Chie estaba preguntándose qué tal le habría ido al Peregrino, cuando oyó que alguien le llamaba, diciendo: - Trae el caballo y el equipaje, hermano Wu-Neng. Reconociendo inmediatamente la voz del Peregrino, el Idiota corrió hacia la arboleda y le preguntó: - ¿Qué tal te ha ido todo? - Invité a venir al bodhisattva Ling - Chi y él mismo se ha encargado de capturar al monstruo con el Bastón del Dragón Volador - contestó el Peregrino -. La bestia no era más que un pequeño visón rojizo que llegó a alcanzar la perfección. Por eso, el Bodhisattva ha querido llevarle a la Montaña del Espíritu, para que Tathagata decida sobre su suerte. Vamos a la caverna a liberar a nuestro maestro. El Idiota estaba encantado. En compañía del Peregrino, se lanzó a la conquista de la caverna, matando a todas las liebres, raposas y ciervos que se pusieron en su camino. Sin pérdida de tiempo se llegaron hasta el jardín de la parte de atrás y liberaron, por fin, a su maestro, que les preguntó, mientras salían: - ¿Cómo os las habéis arreglado para capturar al monstruo? El Peregrino relató entonces cómo había acudido al Bodhisattva en busca de ayuda y el maestro se lo agradeció de todo corazón. En la caverna encontraron algo de comida vegetariana y dieron buena cuenta de ella acompañándola con arroz y té. Después de comer se pusieron nuevamente en camino hacia el Oeste. No sabemos qué ocurrió a continuación. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第022回 BA-CHIE LUCHA FEROZMENTE EN EL RÍO DE ARENA. MOKSA SOMETE A WU-CHING El monje Tang y sus dos discípulos tardaron solamente un día en dejar atrás la Montaña del Viento Amarillo. Su camino transcurrió entonces a través de una inmensa meseta. El verano estaba tocando a su fin y se anunciaba ya la inminente llegada del otoño. Cuanto vieron a la caída del primer día fue un grupo de sauces sobre el que agonizaban las cigarras y la gran bola de fuego que se desplazaba hacia el Oeste. Los viajeros no tardaron en toparse con un inmenso río de turbulentas aguas, cuyas olas recordaban las del mar. - Mirad qué extensión tan vasta de agua se abre ante nosotros - exclamó Tripitaka -. ¿Cómo vamos a cruzarlo, si no hay por aquí ningún bote? - Es demasiado turbulento para embarcaciones como las que decís - replicó Ba-Chie, mirando detenidamente a su alrededor. El Peregrino, por su parte, se elevó por los aires y, usando la mano como pantalla, atisbo con cuidado la distancia. Incluso él mismo se sintió desanimado por lo que vio y dijo: Es extremadamente difícil vadear este río. No hablo, ciertamente, por mí, sino por vos, maestro. Como comprenderéis, yo podría atravesarlo con una simple sacudida del cuerpo, pero para vos es prácticamente imposible llegar a la otra orilla. - No me extraña - reconoció Tripitaka -. Ni siquiera puedo verla desde aquí. ¿Sabes qué anchura tiene? - Ochocientas millas aproximadamente - contestó el Peregrino. - ¡Vamos! - se burló Ba-Chie -. ¿Cómo puedes determinarlo con tanta exactitud? - A decir verdad - explicó el Peregrino - mis ojos pueden distinguir el bien del mal a una distancia de mil millas a plena luz del día Cuando me encontraba ahí arriba hace un par de minutos, me fue imposible contemplar la longitud total del río, pero puedo asegurarte que su anchura ronda las ochocientas millas. Créeme. Suspirando con manifiesta preocupación, Tripitaka tiró de las riendas y vio que en la orilla había una placa de piedra. Los tres se acercaron a ella y descubrieron que decía simplemente: "El Río de la Corriente de Arena". Un poco más abajo, no obstante, se ampliaban tan parcos datos con una caligrafía llamativamente inferior. "El Río de la Corriente de Arena" se afirmaba "posee una anchura de ochocientas millas y una profundidad de tres mil. Sus aguas son tan voraces que ni una pluma de ganso puede mantenerse en ellas a flote. ¿Qué hay de extraño, pues, en que los juncos se hundan hasta el fondo?". Mientras el maestro y sus discípulos leían tan curiosa inscripción, se agitaron de pronto las aguas del río y, levantando olas tan altas como las montañas, surgió de su seno un monstruo de salvaje y horripilante apariencia. Su cabeza estaba totalmente cubierta de una desmelenada cabellera que recordaba una hoguera; sus redondos ojos poseían un brillo tal que parecían lámparas recién encendidas; su rostro tenía una coloración azulada que a veces daba la impresión de ser negruzca o verde, para no parecer ni una cosa ni otra al minuto siguiente; su voz, finalmente, era la de un dragón y traía a la mente reminiscencias de tormenta o batir de tambores. Vestía una capa de color amarillento claro y llevaba anudada a la cintura una especie de falda hecha con juncos blancos. Un collar de nueve calaveras adornaba su pecho y, cosa sorprendente, en sus manos sostenía un espléndido báculo de corte sacerdotal. Como un ciclón, la bestia se volvió hacia la orilla y se lanzó contra el monje Tang. Afortunadamente el Peregrino le agarró por los hombros y, de un salto, le llevó a un lugar más elevado y seguro. Ba-Chie, por su parte, dejó a un lado el equipaje y, echando mano del tridente, descargó un golpe terrible sobre su adversario. El monstruo lo detuvo diestramente con su báculo, dando así comienzo a una espléndida batalla en las orillas mismas del Río de Arena. Mortales enemigos eran, en verdad, el tridente de las nueve puntas y el báculo destructor de bestias. Quienes de armas tan extraordinarias se valían no tenían , nada que envidiarse, pues, si uno era el Mariscal de los Juncales Celestes, el otro ostentaba el título de Capitán Imperial Encargado-de-levantar-la-cortina. Antaño se habían encontrado más de una vez en el Salón de la Niebla Divina y ahora medían sus fuerzas a orillas de un río inmenso. El tridente de éste recordaba a un dragón abriendo sus terribles zarpas, mientras que el báculo de aquél traía a la mente la inquebrantable fortaleza de un elefante. Ambos mantenían en tensión todos sus miembros, tratando con cada golpe de quebrar la frágil jaula que formaban las costillas. Sus ataques no iban, de todas formas, dirigidos exclusivamente contra el pecho. El rostro y la cabeza eran también altamente codiciados por el mortal acero de sus armas. Los golpes se sucedían sin descanso ni pausa, dejando bien a las claras que, si uno era el espíritu devorador de hombres del Río de Arena, el otro tenía como única meta la consecución de la verdad y el establecimiento de la Ley y la Fe. Durante más de veinte asaltos cruzaron sus armas, sin que ninguno de los dos pudiera arrogarse una clara ventaja. Durante todo ese tiempo el Gran Sabio se mantuvo al margen, protegiendo al monje Tang y cuidando del caballo y el equipaje. Pero a medida que pasaba el tiempo y veía la tremenda concentración que tanto el monstruo como Ba-Chie ponían en la lucha, la impaciencia se fue apoderando de él y empezó a frotarse las manos y a rechinarle los dientes. Finalmente no pudo aguantarlo más y, sacando la barra de hierro, dijo a su maestro: - Sentaos aquí y no tengáis miedo. Creo que ha llegado el momento de que yo también vaya a jugar con esa bestia un poquito. En vano le suplicó el maestro que se quedara a su lado. El Peregrino dio un grito y se lanzó a la refriega de un salto. El monstruo y Ba-Chie estaban tan enzarzados en la lucha que parecía que nadie iba ser capaz de separarlos. El Peregrino se las arregló, sin embargo, para meterse entre los dos y asestar al monstruo un golpe terrible en la cabeza. La bestia se tambaleó lastimosamente, pero logró saltar al agua y no tardó en desaparecer entre el oleaje del Río de Arena. Ba-Chie se puso furioso y, encarándose con el Peregrino, le preguntó: - ¿Por qué has hecho eso? ¿Es que te mandó alguien venir? El monstruo se encontraba ya al límite de sus fuerzas. ¿No viste con qué dificultad esquivaba mis ataques? Otros cuatro o cinco asaltos más y le hubiera derrotado. ¿Por qué tuviste que lanzarte sobre él? Le asustaste con tus ojos de fuego y huyó como un cobarde, ¿Quieres explicarme qué vamos a hacer ahora? - Reconozco que he obrado mal - admitió el Peregrino -. Pero deberías comprender que llevo más de un mes sin usar la barra de hierro. De hecho, no había vuelto a cogerla desde que derroté al Monstruo del Viento Amarillo. Al ver la perfección de tus golpes, sentí envidia y me lancé, sin pensarlo, a la refriega. Era como si mis pies no me obedecieran y mis brazos hubieran optado por seguir una vida distinta a la mía. Sólo quería divertirme un poco, te lo aseguro. Lo que no me esperaba es que ese dichoso monstruo fuera tan cobarde. Ahora ni de las bestias puede fiarse ya uno. Esas palabras hicieron soltar la carcajada a Ba-Chie. Todo su enfado se desvaneció en un instante, como el humo, y, agarrando al Peregrino de la mano, le llevó al lado del monje Tang, sin dejar de bromear ni un solo segundo. - ¿Habéis capturado ya al monstruo? - preguntó Tripitaka. - Me temo que no - contestó el Peregrino -. No resistió nuestro ataque y se refugió en la turbulencia de las olas de este malhadado río. - Seguro que ese monstruo lleva muchos años viviendo aquí - dijo Tripitaka, esperanzado -. Por fuerza tiene que conocer las porciones menos profundas de este inmenso caudal de agua. Con ello quiero decir que podría sernos de muchísima ayuda a la hora de vadearlo. Mirándolo bien, no se ve el más mínimo bote por ningún sitio y necesitamos que alguien nos lleve a la otra orilla. ¿Quién mejor que él, que conoce perfectamente toda esta región? - Tenéis razón - admitió el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "quien está cerca del cinabrio se tiñe de rojo y quien anda entre la tinta acaba manchándose de negro". Ese monstruo tiene que conocer bien estas aguas. Cuando le cacemos, le perdonaremos la vida y, así, podrá llevaros a la otra parte del río. - ¿A qué estás esperando? - exclamó Ba-Chie -. Vete a por el, mientras yo cuido de nuestro maestro. - Aunque no lo creas - replicó el Peregrino -, no es ninguna balandronada eso de atrapar a la bestia en su propio ambiente. Puedo, de hecho, hacerlo de dos maneras: bien usando el conjuro para apartar las aguas, bien convirtiéndome en un pez, en una gamba, en un cangrejo, en una tortuga. De todas formas, tengo que reconocer que me desenvuelvo mucho mejor en tierra firme o en el aire que dentro del agua. Simplemente no es mi estilo guerrear en un medio tan denso como ése. - Eso mismo me pasa a mí - dijo Ba-Chie -. Cuando desempeñaba el cargo de Mariscal del Río Celeste, tenía bajo mi mando una fuerza que superaba con mucho los ochenta mil hombres. Llegué, de hecho a adquirir un conocimiento bastante profundo de ese elemento, pero me temo que el monstruo pueda contar ahí abajo con la ayuda de algún aliado poderoso. ¿Cómo voy a hacerle frente, si me salen al encuentro sus siete u ocho parientes más cercanos? ¿Te imaginas lo que sería de mí, si me atraparan? - Si lo que quieres decir con tanta palabrería es que te gustaría meterte en el agua, por mí no hay ningún inconveniente - contestó el Peregrino -. Es más, te sugeriría que le hicieras salir de su mundo y así podría ayudarte yo desde fuera. . - Excelente idea - exclamó Ba-Chie -. Allá voy. Al punto se quitó los zapatos y la túnica de seda azul, agarró el tridente con las dos manos y se abrió camino por las aguas. Valiéndose del conocimiento que había adquirido en el pasado, fue saltando de ola en ola hasta llegar al mismísimo lecho del río. El monstruo, mientras tanto, se había retirado a su mansión con el amargo sabor de la derrota en los labios. Había empezado a recobrar las fuerzas, cuando oyó que alguien sacudía con manifiesta pericia las aguas. Levantó la vista y vio acercarse a Ba-Chie con el tridente. Cogió a toda prisa el báculo y salió a su encuentro, gritando: - ¿Adonde crees que vas, monje entrometido? ¿No sabes que puedo destrozarte con este bastón? - ¿Y tú cómo te atreves a entorpecer nuestro camino? - replicó Ba-Chei parando oportunamente el golpe de su adversario. - ¿Así que no me conoces? - exclamó el monstruo -. Sábete que yo no soy ningún demonio y que poseo un nombre y unos apellidos muy concretos. - Si, como dices, no eres un diablo, ¿cómo es que te dedicas a matar gente? - preguntó Ba-Chie -. Dime cómo te llamas y, a lo mejor, te perdono la vida. - Desde el momento mismo de mi nacimiento - explicó el monstruo - he poseído un espíritu de envidiable fortaleza, que me ha movido a recorrer el mundo entero. Por doquier se me recuerda como un héroe valeroso al que todos tratan de emular. El número de naciones que he visitado es prácticamente incontable, lo mismo que el de lagos y mares que he vadeado. Hasta el mismísimo confín del cielo me llegué con el fin de aprender el Tao, y hollé la superficie de toda la tierra con el único propósito de encontrar un buen maestro en ese arte. Durante muchos años pedí limosna, cubierto de harapos como si fuera un mendigo. Ni un solo día descuidé mi formación espiritual. No es extraño, por tanto, que recorriera la tierra centenares de veces, como si fuera una nube viajera. Sin embargo, en todo ese tiempo sólo me topé con un inmortal auténtico, que me enseñó el Gran Sendero de la Luz Dorada. Con absoluta dedicación me lancé a la mezcla de las esencias del riñón y el corazón, y a la mutación del mercurio y el plomo. De esta forma, el agua renal fue pasando lentamente del Salón Luminoso al Estanque de las Flores, y el fuego hepático se precipitó sobre el corazón desde lo alto de la Torre de los Doce Anillos. Adquirí en aquel tiempo tantos méritos que se me permitió mirar de frente al cielo y me fue concedido inclinar la cabeza en el Salón de la Luz. El Emperador de Jade me colmó de honores, nombrándome Capitán-que-levanta-la-cortina. Nadie gozaba de mayor estima que yo en el Palacio de la Niebla Divina y a nadie se concedieron tantos honores en la Puerta Sur como a mí. De mi cintura colgaba el Escudo de la Cabeza de Tigre y mis manos jugueteaban continuamente con el Báculo de Destruir Demonios. El yelmo de oro que cubría mi cabeza brillaba más que la mismísima luz del día, mientras que de mi armadura salían potentes rayos que atravesaban, incluso, las nieblas Celestes. No en balde era el jefe de todos los guardianes del trono y era considerado el primero de los servidores de la corte. Cuando Wang-Mu ofreció el Festival de los Melocotones a sus ilustres huéspedes en el Estanque de Jaspe, rompí sin querer un vaso de jade y todos los rostros se volvieron, iracundos, hacia mí. El mismo Emperador Celeste se puso furioso y convocó en seguida al consejo, que decidió privarme de todas mis atribuciones y sufrir después la pena de muerte. Sólo el Gran Inmortal de los Pies Descalzos salió en mi favor, solicitando respetuosamente la conmutación de la pena. Gracias a él me libré os la muerte, aunque se me expulsó de los cielos y hube de buscar refugio a orillas del Río de Arena. Cuando tengo hambre, sacudo las olas en busca de comida, y me dejo llevar mansamente por la corriente, cuando estoy saciado. No hay pescador que me vea que no acabe en mi estómago, suerte que corren también los caminantes que se acercan demasiado a mí. Son incontables los hombres que he devorado y las ofensas que he cometido contra el cielo, al destruir toda clase de vida Puesto que has osado traer la violencia hasta mi propia puerta, tú mismo terminarás tus días en mi estómago. No me importa que tu carne sea un poco dura. En cuanto te haya cazado, te haré picadillo y confeccionaré contigo una salsa exquisita. - ¡Maldita bestia! - gritó Ba-Chie, furioso por lo que acababa de oír -. Se ve que no sabes distinguir tu mano izquierda de la derecha. A la gente se le hace la boca agua, en cuanto me ve, ¿y tú dices que mi carne es un poco dura y que piensas hacerme picadillo para confeccionar una salsa exquisita? Si tuvieras un poco más de vista, te darías cuenta de que lo que tienes delante es una excelente pieza de panceta. Así que ten cuidado con lo que dices, si no quieres tragarte este tridente. Cuando el monstruo vio el golpe que se le venía encima, se sirvió del estilo del "fénix que mueve la cabeza" para esquivarlo. Los dos se lanzaron entonces a la lucha, pisoteando las aguas y saltando ágilmente de ola en ola. El combate que ahora iniciaron fue, de alguna manera, diferente del que habían sostenido horas antes. Tanto el Capitán-que-levanta-la-cortina como el Mariscal de los Juncales Celestes poseían extraordinarios conocimientos de técnicas mágicas. Si uno blandía con inimitable maestría el Báculo de Destruir demonios, el otro no le iba a la zaga en el manejo del tridente. Las olas que levantaban en sus continuos desplazamientos por las aguas eran de tal magnitud que cubrían las montañas y sumían todo el cosmos en una acuosa oscuridad. Ninguno de los dos contendientes olvidaba la causa por la que luchaba, tratando, uno, de proteger al monje Tang, y otro, de seguir siendo el señor de las aguas. Un solo golpe del tridente era capaz de producir en su víctima nueve heridas mortales, mientras que el báculo muy bien podía hacer desaparecer al espíritu de un hombre. Aquélla era una batalla por la supervivencia y los dos guerreros midieron sus armas con la única intención de ganar. Estaba en juego la suerte del buscador de escrituras. La fiereza del combate era tal que las carpas y percas perdieron las escamas, y las tortugas sufrieron irreparables daños en sus conchas. Todas las gambas y cangrejos que habitaban en aquel río perdieron la vida. Los dioses del agua estaban tan aterrados que suplicaron la clemencia del cielo. Todo cuanto se oía era el rolar de las olas y los continuos envites de los luchadores, que, de alguna manera, recordaban el bramido del trueno. El cosmos estaba sumido en tal confusión que hasta el sol y la luna dejaron de brillar. El combate se prolongó durante más de dos horas sin que se vislumbrara un claro vencedor. Era como si un puchero de cobre se estuviera enfrentando con una escoba de hierro, o un gong de jade hubiera retado a una campana de oro. Durante todo ese tiempo el Gran Sabio permaneció al lado del monje Tang. Con ojos saltones por la excitación observaba la formidable lucha que se desarrollaba sobre el agua, pero no se atrevió a moverse del sitio. Ba-Chie pareció de pronto perder terreno y, fingiéndose derrotado, se dio media vuelta y huyó hacia la costa oriental. El monstruo salió en seguida en su persecución. Cuando estaba a punto de alcanzar la orilla del río, el Peregrino no pudo aguantar más. Dejó al maestro a su suerte, cogió la barra de hierro y, saltando entre los juncos, propinó al monstruo un golpe tremendo en la cabeza. Tambaleante, la bestia se negó a enfrentarse a él y decidió buscar refugio en las aguas. - ¡Maldito "pi-ma"! - gritó Ba-Chie, furioso -. ¿Cómo puedes ser tan impulsivo? ¿Es que eres incapaz de tener un poco de paciencia? Si hubieras esperado a que le hubiera llevado un poco más arriba, le habríamos cortado el camino de vuelta al agua y le habríamos echado mano sin ninguna dificultad. ¿Cómo crees que vamos a hacerle salir otra vez de su escondite? - Deja de gritar y vamos a hablar primero con nuestro maestro - sugirió el Peregrino. Malhumorado, Ba-Chie siguió a Wu-Kung hasta el lugar en el que les estaba esperando Tripitaka. - Me figuro que debes de estar muy cansado - dijo, al verle, el maestro. - Lo que menos me preocupa ahora es la fatiga - replicó Ba-Chie -. Es preciso que dominemos al monstruo cuanto antes y que nos conduzca al otro lado del río. Solamente entonces podremos pensar en descansar. - ¿Qué tal te ha ido el combate con el monstruo? - preguntó Tripitaka. Es un luchador casi tan bueno como yo y ninguno de los dos éramos capaces de obtener una clara ventaja sobre el otro. Por eso decidí cambiar de táctica y fingí estar al límite de mis fuerzas. Él salió en persecución mía, pero, al ver a Wu-Kung con la barra en alto, se asustó y volvió a refugiarse en las aguas. - ¿Qué vamos a hacer ahora? - exclamó Tripitaka, preocupado. - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Se está haciendo tarde y lo mejor que podemos hacer es descansar un poco. Sentaos en esa roca, mientras voy en busca de algo de comer. Ya encontraremos mañana una solución para nuestro problema. Con el estómago lleno se suele pensar mucho mejor. - Tienes razón - admitió Ba-Chie -. Cuanto antes te marches, antes volverás. Sin pérdida de tiempo el Peregrino montó en una nube y se dirigió hacia el norte con el fin de mendigar una escudilla de comida vegetariana para su maestro. No tardó en encontrar a una familia caritativa y regresó a toda prisa al lado de Tripitaka, que le dijo: - ¿Por qué no vamos todos a la casa que acaba de darte esta limosna y preguntamos cómo cruzar el río? Mirándolo bien, es mucho más fácil que luchar con un monstruo. ¿No os parece? - La casa de la que habláis está muy lejos de aquí - contestó el Peregrino, soltando la carcajada -. Calculo que nos separan de ella seis o siete mil millas. Es imposible que allí conozcan algo sobre este río. ¿Para qué perder el tiempo preguntándoles? - ¡Cuidado que eres fanfarrón, hermano! - le echó en cara Ba-Chie -. ¿Cómo vas a haber cubierto tan rápidamente una distancia de seis o siete mil millas? Se nota que no estás al tanto de mis paseos por las nubes - le explicó el Peregrino -. Aunque no lo creas, de un solo salto puedo recorrer ciento ocho mil millas. Así que, para cubrir seis o siete mil, lo único que tengo que hacer es mover un poco la cabeza y sacudir la cintura. No sé, la verdad, de qué te extrañas. Si es tan fácil como dices - concluyó Ba-Chie -, deberías cargar el maestro y llevarle, sin más, a la otra orilla. ¿Para qué seguir luchando con el monstruo? - ¿Por qué no lo haces tú? - replicó el Peregrino -. ¿Acaso no sabe navegar por las nubes? - Me temo - respondió Ba-Chie - que la naturaleza mortal de nuestro maestro es tan pesada para mí como el monte Tai. Estoy seguro de que, con él a las espaldas, sería totalmente incapaz de elevarme por los aires. Hay una gran diferencia entre tus saltos y mi manera de andar por ahí arriba. - Básicamente son la misma cosa - explicó el Peregrino -. La única diferencia que hay entre ellos es que mis saltos pueden cubrir mayores distancias en menos tiempo. ¿Qué te hace pensar que yo puedo cargar con nuestro maestro, cuando tú eres incapaz de hacerlo? Existe un proverbio que dice: "Intenta mover el monte Tai y descubrirás que es tan liviano como una semilla de mostaza. Trata, sin embargo, de llevar sobre tus espaldas a un mortal y verás que no puedes moverte del sitio". Este monstruo de aquí, por ejemplo, conoce conjuros capaces de producir grandes huracanes, pero, a pesar de su fuerza, no puede levantar por el aire a ningún hombre. Por supuesto, yo conozco infinidad de trucos, que van desde hacerme invisible a acortar considerablemente las distancias, pero no puedo emplear ni uno solo en beneficio de nuestro propio maestro. ¿Sabes por qué? Porque es preciso que pase toda suerte de calamidades antes de verse liberado para siempre de este mar de infortunios. Por eso, cada paso que da se torna cada vez más difícil. Tú y yo no somos más que dos vulgares protectores de su vida, incapaces de ahorrarle todas estas calamidades u obtener por nosotros mismos las escrituras. Incluso si pudiéramos presentarnos ahora mismo ante Buda, estoy convencido de que no nos concedería lo que vamos a buscar, porque, como muy bien reza el adagio, "lo que se consigue con facilidad muy pronto cae en el olvido". Cuando el Idiota escuchó esas palabras, las aceptó con sumisión, como si de una auténtica enseñanza se tratara. Se acercó después a su maestro y juntos prepararon una comida vegetariana. En cuanto la hubieron concluido, se retiraron a descansar a la orilla oriental del Río de Arena. A la mañana siguiente Tripitaka preguntó a Wu-Kung: - ¿Qué vamos a hacer hoy? - Me temo que no mucho - contestó el Peregrino -. En lo que a Ba-Chie respecta, tendrá que meterse otra vez en el agua. - Es, francamente, increíble - exclamó Ba-Chie, un tanto malhumorado -. Te gusta estar siempre limpio y resulta que soy yo el que tengo que meterme en el agua. - Te prometo que esta vez no seré tan impulsivo - dijo el Peregrino -. Esperaré a que le hayas traído hasta aquí arriba y entonces le cortaré la retirada. Así podremos atraparle. Ba-Chie se aseó lo mejor que pudo y, agarrando el tridente con las manos, se llegó hasta la orilla del río. Abrió un sendero por las aguas y se dirigió a la mansión del monstruo, como había hecho la vez anterior. La bestia acababa de despertarse, cuando oyó el chapoteo del agua. Se volvió a toda prisa y vio a Ba-Chie acercarse con el tridente. Sin pensarlo dos veces, dio un salto y trató de cerrarle el camino, gritando: - Detente inmediatamente, si no quieres probar el poder destructor de mi báculo. Ba-Chie levantó a tiempo el tridente y, tras esquivar el golpe, preguntó: - ¿Quieres explicarme qué clase de arma es un bastón vulgar? - Se nota que los tipos como tú no saben apreciar lo que tiene auténtico valor - replicó el monstruo -. Este báculo ha gozado durante siglos de justa fama. Formó al principio parte de un árbol de hoja perenne plantado en la luna. Wu-Kang le desgajó una rama y Lu-Pan se encargó de convertirla en un báculo, sirviéndose de su extraordinaria capacidad de artesano. Su parte central está constituida por un trozo de oro puro, alrededor del cual se han ido desarrollando ristras de perlas. No en vano es conocido por doquier como un tesoro para acabar con los demonios. Durante mucho tiempo formó parte del arsenal del Palacio de la Niebla Divina, ya que se trataba de un arma inestimable para dominar a las bestias. El Emperador de Jade me la confió después de ser nombrado capitán y puedo asegurarte que sus poderes superan con mucho su fama. A voluntad se alarga, se acorta y cambia de grosor. Se comprende, pues, que jamás me haya desprendido de ella ni para asistir al Festival de los Melocotones, ni para tomar parte en las audiencias del emperador. Ha visto inclinarse a muchos inmortales y sabios, cuando se elevaba la cortina que separaba al Señor del Cielo de sus súbditos. Se trata, en definitiva, de un arma celeste de extraordinario poder, con la que no puede compararse ningún artefacto humano. Ni siquiera cuando se me expulsó del Palacio Divino me resigné a perderla y ha vagado desde entonces conmigo por todos los mares. Posiblemente no debiera enorgullecerme tanto, pero la verdad es que ni las espadas ni las lanzas hechas por el hombre pueden compararse con este báculo. Echa un vistazo, si no, a ese tridente oxidado que llevas en las manos. Para lo único que sirve es para azadonar los campos. - ¡Maldito monstruo! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Así que sólo vale para azadonar campos, eh? Espera un momento y te convencerás de que es más mortífera de lo que piensas. Sus nueve puntas son tan aceradas que, si no terminan con tu sucia vida, te producirán una infección crónica. El monstruo levantó los brazos y se lanzó contra Ba-Chie. El combate se inició en el fondo del río, pero sus momentos más cruentos tuvieron lugar en la superficie. El báculo y el tridente volvieron a medirse de una forma más fiera que en las dos ocasiones anteriores. Por no perder ni un solo átomo de energía, lo dos contendientes no intercambiaron palabra alguna. Decididos a ganar, levantaron un terrible oleaje que hablaba a las claras de su obsesión de victoria; las aguas del Río de Arena se tornaron de pronto tan destructoras como la acción del veneno. Los resuellos de los luchadores se oían a varias millas a la redonda. ¡Con cuánta ferocidad se movía el tridente y con qué maestría replicaba el báculo! Uno trataba de arrastrar a su oponente hacia la orilla, mientras el otro buscaba atraerle al centro del río, para que allí la corriente le ahogara. Parecían dioses del trueno empeñados en hacer enloquecer de miedo a los dragones y peces. Hasta los dioses y los demonios sintieron terror, al ver oscurecerse los cielos. La batalla duró más de treinta encuentros, pero ninguno de los luchadores se mostró superior al otro. Ba-Chie volvió entonces a fingirse otra vez derrotado y huyó arrastrando penosamente el tridente. Pateando las olas, el monstruo corrió tras él, pero se detuvo a la misma orilla del río. - ¡Maldita bestia! - gritó Ba-Chie, dándose la vuelta -. ¿Por qué no vienes aquí? Se lucha mucho mejor en terreno firme. - No - replicó el monstruo, sacudiendo la cabeza -. Estás tratando de llevarme hasta ahí, para que tu compañero me corte la retirada. ¿Crees que no me he dado cuenta de tu juego? Si quieres proseguir el combate, tendrás que volver al agua. El monstruo se había vuelto muy perspicaz y se negó a llegarse hasta la orilla, insultando a Ba-Chie desde la misma línea del agua - Cuando el Peregrino se convenció de que el monstruo no estaba dispuesto a abandonar la corriente, se puso furioso y toda su obsesión era capturarle cuanto antes. Sin poder contener su impaciencia, se volvió a Tripitaka y le dijo: - Sentaos aquí, mientras hago sentir a esa bestia el terror de quien cae en poder de un águila - y, dando un salto en el aire, se lanzó contra el monstruo, que todavía seguía intercambiando insultos con Ba-Chie. Al oír acercarse una especie de brisa, se dio media vuelta y vio al Peregrino descendiendo de lo alto a la velocidad del rayo. Cogió el báculo a toda prisa y se perdió entre las aguas. Impotente, el Peregrino recorrió la orilla una y otra vez, y al fin dijo a Ba-Chie: - Ese monstruo es más inteligente de lo que habíamos pensado. -. ¿Qué podemos hacer para obligarle a salir de su escondite? - Lo más desazonador es que no puedo con él - confesó Ba-Chie -. Nuestras fuerzas están demasiado equilibradas para que alguien salga vencedor. ¡Nadie puede acusarme de no haber sido diligente! - Lo mejor que podemos hacer es ir a hablar con nuestro maestro - concluyó el Peregrino, y, llegándose hasta el terreno alto en el que estaba descansando el monje Tang, le informaron de todo lo ocurrido. - ¿Cómo vamos a cruzar este río - preguntó Tripitaka con los ojos anegados en lágrimas -, si es tan difícil capturar al monstruo? - No os preocupéis, maestro - dijo el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. Aunque ese monstruo se ha mostrado más inteligente de lo que en un principio pensábamos, tened la seguridad de que terminaremos con él. Por supuesto, no vamos a cometer la imprudencia de volver a retarle. Bastantes fuerzas hemos desperdiciado ya a lo tonto. No. He pensado en algo más práctico. Esperadme aquí, mientras voy a los Mares del Sur. - ¿Qué piensas hacer allí? - le preguntó Ba-Chie. - Todo este asunto de ir en busca de las escrituras fue idea de la Bodhisattva Kwang-Ing - contestó el Peregrino -. Estoy convencido, Por tanto, de que no nos dejará en la estacada. De hecho, fue ella la que nos libró de nuestras respectivas condenas y nos convirtió a la verdadera fe. Tenemos ante nosotros el obstáculo insalvable de este Río de Arena. ¿Cómo vamos a superarlo, si ella no nos ayuda? Pienso ir, por consiguiente, a solicitar su colaboración en tan ardua empresa, lo cual es mucho más razonable que luchar sin parar contra ese monstruo. - Tienes toda la razón del mundo - admitió Ba-Chie -. Cuando la veas, agrádesele de mi parte todo lo que hizo por llevarme al camino recto. - Si deseas ir a visitar a la Bodhisattva - le urgió Tripitaka -, lo mejor es que no te retrases más y partas hacia allá en seguida. De esa forma, estarás también antes de vuelta. De un formidable salto, el Peregrino se elevó hacia las nubes y enfiló el camino de los Mares del Sur. No le llevó más de media hora divisar el extraordinario paisaje de la Montaña Potalaka. Bajó de la nube y se llegó hasta el bosquecillo de bambú púrpura, donde fue recibido por los Espíritus de los Veinticuatro Caminos, que le preguntaron: - ¿Se puede saber qué asunto os trae hasta aquí? - Las dificultades de mi maestro - contestó el Peregrino -. Son tantas que he decidido venir a solicitar la ayuda de la Bodhisattva. - Sentaos, mientras vamos a anunciarle vuestra llegada - dijeron los espíritus. Uno de ellos se dirigió inmediatamente a la entrada de la Caverna del Sonido de las Mareas e informó a la Bodhisattva: - Sun Wu-Kung solicita una audiencia con vos. La Bodhisattva estaba disfrutando de la belleza de las flores del Estanque del Tesoro de Loto en compañía de la Princesa Dragón Portadora-de-la-perla. Al oír tan inesperado anuncio, se dirigió hacia la caverna, abrió la puerta y ordenó que hicieran entrar al visitante. El Gran Sabio se postró ante ella con gran solemnidad. - ¿Por qué no estás con el monje Tang? - le preguntó la Bodhisattva -. ¿Puede saberse qué es lo que te ha hecho venir hasta aquí? - Bodhisattva - contestó el Peregrino, levantando la vista -. Como recordaréis, en el pueblo de los Gao mi maestro hizo un discípulo, a quien vos pusisteis el nombre religioso de Wu-Neng. Tras dejar atrás la Cordillera del Viento Amarillo, llegamos al Río de Arena, una enorme masa de agua de aproximadamente ochocientas millas de anchura, que el monje Tang es incapaz de vadear. Por si esto fuera poco, en el río habita un monstruo que es un auténtico maestro en las artes marciales. Wu-Neng se ha enfrentado con él tres veces dentro del agua, pero no ha logrado derrotarle, algo realmente digno de lamentar, ya que esa bestia parece haberse empeñado en no dejarnos llegar hasta la otra orilla. Eso es precisamente lo que me ha movido a venir a visitaros y pediros vuestra ayuda. - ¿Te sientes todavía tan orgulloso como para no aceptar que estás al servicio del monje Tang? - le regañó, severa, la Bodhisattva. - Lo único que he tratado de hacer - se defendió el Peregrino – ha sido atrapar a ese monstruo y obligarle a transportar a mi maestro a la orilla opuesta. Aunque no lo creáis, no me desenvuelvo muy bien en el agua. Ése ha sido el motivo por el que Wu-Neng se ha encargado de llegarse hasta su cubil y retarle con el poco tacto que en él es habitual. Me figuro que habrán intercambiado más de un insulto, pero doy por supuesto que no han hablado para nada del asunto de las escrituras. - Da la casualidad de que el monstruo del Río de Arena - explicó la Bodhisattva - es nada más y nada menos que la reencarnación del Oficial-que-levanta-la-cortina, uno de mis servidores, a quien convencí, no sin mucha dificultad, para que acompañara a los buscadores de escrituras en su largo camino hacia el Oeste. Si le hubierais dicho que erais vosotros los Peregrinos procedentes de las Tierras del Este, no sólo no os habría impedido la marcha, sino que os la habría facilitado. - Lo malo - explicó el Peregrino - es que ese monstruo no se atreve ya a acercarse a la orilla, prefiriendo permanecer a salvo en el fondo del río. ¿Cómo vamos a poder hablar con él? Lo más lamentable de todo es que mi maestro precisa de su ayuda para poder llegar a la otra orilla. La Bodhisattva llamó en seguida a Huei-An, sacó de entre las mangas una pequeña calabaza roja y dijo, entregándosela: - Toma esto y vete con Sun Wu-Kung al Río de Arena. Cuando llegues, acércate a la orilla y grita: "¡Wu-Ching!". Eso bastará para hacerle abandonar su escondite. Debes tratar entonces de obligarle a aceptar la autoridad del monje Tang. Coloca a continuación las nueve calaveras que lleva colgadas al cuello en la posición que ocupan los Nueve Palacios y pon la calabaza en el centro. De esa forma, conseguirás una especie de barco capaz de transportar al monje Tang a la otra orilla del Río de Arena. Huei-An cogió la calabaza y abandonó a toda prisa la Caverna del Sonido de las Mareas, seguido del Gran Sabio. Sobre el momento de su Partida del bosquecillo de bambú de color púrpura existe un poema que dice: Las Cinco Fases conocen el equilibrio de la Verdad celeste. Quien ha conseguido el refinamiento del propio yo en el crisol del Tao domina todas las causas y es capaz de distinguir el bien del mal. Todos los elementos se dan cita en su interior y, de esta forma, alcanza el vacío total. Los viajeros no tardaron en llegar al Río de la Corriente de Arena donde se apearon de las nubes. Chu Ba-Chie reconoció en seguida a Moksa y corrió a darle la bienvenida. Tras inclinarse ante Tripitaka, Moksa saludó a Ba-Chie, que respondió entusiasmado: - No sabéis cuánto os agradezco las enseñanzas que de vos he recibido. Sin ellas no hubiera conocido jamás a la Bodhisattva. Ni qué decir tiene que desde entonces he respetado a rajatabla la ley y me siento francamente orgulloso de haber entrado por la puerta del budismo. Perdonad que no os haya dado antes las gracias, pero la verdad es que no hemos parado de andar en mucho tiempo. - Dejémonos de esas cosas y vayamos a ver cuanto antes a ese tipo - sugirió el Peregrino. - ¿De quién estás hablando? - preguntó Tripitaka. - Al entrevistarme con la Bodhisattva - contestó el Peregrino -, le conté cuanto había sucedido y ella me informó que el monstruo del Río de Arena no era otro que la reencarnación del Oficial-que-levanta-la-cortina. Por culpa de su desobediencia fue expulsado de los Cielos y vino a refugiarse en estas aguas, donde se convirtió en un monstruo. La Bodhisattva logró, no obstante, recuperarle para la causa y le ordenó que os acompañara al Paraíso Occidental. Según ella, nos ha hecho frente porque en ningún momento hemos sacado a relucir el asunto de las escrituras. De ahí que haya venido Moksa con esta calabaza, que tiene el poder de transformar las bestias en una embarcación segura. Así lograréis, por fin, atravesar este río. - En ese caso - concluyó Tripitaka, inclinándose repetidamente ante Moksa -, lo mejor que podéis hacer es concluir vuestra misión cuanto antes. Sin pérdida de tiempo Moksa cogió la calabaza, montó en una nube y se desplazó por la superficie del Río de Arena, gritando con fuerte voz: - ¡Wu-Ching, el buscador de escrituras lleva aquí mucho tiempo! ¿Cómo es que aún no le has prestado la ayuda que prometiste? Temeroso del Rey de los Monos, el monstruo se había refugiado en el fondo del río y no se atrevía a salir de su guarida. Cuando oyó que le llamaban por su nombre religioso, supo en seguida que se trataba de la Bodhisattva Kwang-Ing y se le quitó de pronto todo el miedo. De un salto salió de las aguas y se alegró sobremanera de ver allí a Moksa. Sin dejar de sonreír, se llegó hasta él y dijo con voz meliflua: - Perdonadme por no haber acudido antes a daros la bienvenida. ¿Dónde está la Bodhisattva? - No ha venido - contestó Moksa -. Pero me ha enviado a deciros que debéis aceptar cuanto antes al monje Tang como maestro. Coged esta calabaza y las calaveras que adornan vuestro cuello, y colocadlas siguiendo el orden de los Nueve Palacios. De esta forma, construiréis un barco con el que habréis de transportar al monje a la otra orilla. - ¿Dónde está el viajero de las escrituras? - preguntó Wu-Ching. - Es aquel que está sentado en la orilla este - respondió Moksa con el dedo. - ¡No me digas que es aquél! - exclamó Wu-Ching, pensando que era Ba-Chie -. No sé de dónde ha salido una criatura tan repugnante. Lo único que puedo decir es que ha luchado conmigo durante más de dos días enteros y en ningún momento ha sacado a relucir el asunto de las escrituras. Por lo que respecta a ese otro - añadió, refiriéndose al Peregrino -, es peor aún. Me extraña que me pidas que vaya hasta dónde ellos están. - Aquél es Chu Ba-Chie - le explicó Moksa, tratando de tranquilizarle - y ese otro, el Peregrino Sun. Los dos son discípulos del monje Tang y, como tú mismo, han sido convertidos por la Bodhisattva en persona. Vamos, no tengas miedo. Te llevaré hasta donde se encuentra el monje. Vencida toda reticencia, Wu-Ching dejó el báculo a un lado y se arregló lo mejor que pudo la túnica de seda amarilla. Se llegó hasta la orilla y, arrodillándose ante Tripitaka, dijo: - Vuestro discípulo tiene ojos, pero, al parecer, le faltan las pupilas y ha sido incapaz de reconoceros. Os pido disculpéis mi ceguera y hagáis caso omiso de la forma tan irrespetuosa en que os he tratado. - ¡Bestia estúpida! - bramó Ba-Chie -. ¿Por qué no te rendiste, en vez de empeñarte en luchar conmigo? ¿Qué tienes que decir a eso? - No seas tan duro con él, por favor - le aconsejó el Peregrino, sonriendo -. En realidad, la culpa fue nuestra por no sacar a relucir el asunto de las escrituras ni darle a conocer nuestros nombres. - ¿Estáis realmente dispuesto a abrazar nuestra fe? - le preguntó el monje Tang. - Ya lo he hecho, maestro - contestó Wu-Ching -. Me convirtió la Bodhisattva en persona. De ella recibí, además, el nombre religioso que ostento: Sha Wu-Ching. ¿Cómo voy a oponerme ahora a aceptaros como maestro? - En ese caso - concluyó Tripitaka -, que Wu-Kung traiga la cuchilla y te afeite la cabeza al cero. Así lo hizo el Gran Sabio. Concluida la ceremonia, Wu-Ching se volvió hacia Tripitaka, Ba-Chie y el Peregrino y les presentó sus respetos, convirtiéndose, de esa forma, en discípulo del monje Tang. Tripitaka quedó gratamente impresionado por su forma de comportarse y le concedió el sobrenombre de Bonzo Sha. - Puesto que tu conversión es un hecho irrefutable - concluyó Moksa -, no hay motivo para que demores por más tiempo tu compromiso de llevar al maestro hasta la otra orilla. Wu-Ching se quitó al punto las calaveras que llevaba colgadas al cuello, las colocó en una posición que recordaba la de los Nueve Palacios y puso en el centro la calabaza de la Bodhisattva. Se volvió a continuación hacia el maestro y le dijo que podían abandonar la orilla cuando diera la orden. Tripitaka se colocó en el medio y, para su asombro, comprobó que se hallaba en una embarcación segura. Ba-Chie y Wu-Ching se pusieron cada uno a un lado, mientras el Peregrino y el caballo ocupaban la parte de atrás. Por si eso fuera poco, Moksa tomó posición por encima de ellos, volando literalmente sobre sus cabezas. De esta forma, el Maestro de la Ley comenzó la travesía del Río de Arena. El viento estaba totalmente en calma y ni una sola ola rizaba la superficie del agua. El cruce se realizó a la velocidad de una flecha y no tardaron en llegar a la otra orilla. Sus ropas estaban totalmente secas y ni una sola mota de barro aparecía en ellas. Era como si no hubieran hecho absolutamente nada. Cuando se hallaron en terreno sólido, Moksa bajó de su nube. En ese mismo instante las calaveras se transformaron en nueve volutas de viento negro y se desvanecieron en el aire. Tripitaka se inclinó entonces ante Moksa y le dio las gracias, encargándole encarecidamente que hiciera llegar su gratitud a la Bodhisattva. El Príncipe prometió hacerlo y regresó a los Mares del Sur. Tripitaka, por su parte, montó en el caballo y continuó el viaje hacia el Oeste. No sabemos cuánto tiempo les llevó conseguir los frutos de tan loable y arriesgado empeño. Quien desee averiguarlo deberá escuchar las explicaciones que se brindan en el próximo capítulo. 第023回 TRIPITAKA NO ECHA EN SACO ROTO SUS ORÍGENES. LOS CUATRO SABIOS PONEN A PRUEBA LA MENTE DEL MONJE. Su única obsesión era completar un interminable viaje hacia las Tierras del Oeste, mientras las brisas del otoño traían ecos de las flores escarchadas del invierno. Para conseguir tan alto fin, es preciso que controle al mono astuto y no le deje escapar. Debe tratar, al mismo tiempo, de que el caballo no se desboque ni se lance a una irrefrenable carrera. Conviene tener bien mezclados y bajo control la madera, el plomo, el metal y el azufre. No existe misterio más profundo que éste: quien consiga abrir con la boca la bola de hierro alcanzará la perfección total y la sabiduría absoluta. El fin primordial de este capítulo es dejar bien patente que la búsqueda de las escrituras es exactamente igual que la necesidad que todos tenemos de volcar nuestras energías sobre los aspectos más esenciales de la vida. Conscientes de la similitud de todo cuanto existe, el maestro y sus cuatro discípulos quebraron los lazos que les ataban al polvo. Atrás dejaron la corriente de arena y prosiguieron su camino hacia el Oeste sin que ningún obstáculo impidiera su imparable progresión hacia las tierras benditas. Escalaron incontables colinas cubiertas de verdor y vadearon infinidad de corrientes de agua azulada. Vieron crecer la hierba silvestre y fueron testigos del mudo madurar de las flores. El tiempo proseguía su marcha implacable y no tardó en hacer su aparición, de nuevo, el otoño. Las hojas del arce teñían de rojo toda la montaña, mientras el canto de la cigarra se tornaba cada vez más lánguido y el lamento del grillo se volvía más triste. Las hojas del loto, rotas como la ilusión del pobre, parecían ábacos de seda verde y su decadencia contrastaba con la plenitud dorada de las naranjas. Las hileras de patos salvajes en la distancia daban la impresión de ser puntitos que se expandían lentamente por el cielo. - Se está haciendo tarde - dijo Tripitaka, levantando la vista hacia a lo alto -. ¿Dónde podríamos pasar la noche? - No nos parece muy acertado que preguntéis eso - comentó el Peregrino -. Los que hemos renunciado a la familia cenamos al aire libre, descansamos junto a las aguas, dormimos bajo la luna y yacemos sobre la escarcha. Cualquier lugar es, en suma, nuestro hogar. ¿Cómo es que ahora salís con eso de que dónde vamos a pasar la noche? - Lo que a ti te pasa - le regañó Ba-Chie en seguida - es que estás obsesionado con avanzar todo lo que puedas y te traen sin cuidado las penalidades de los demás. Después de vadear el Río de Arena, no hemos hecho otra cosa que escalar montaña tras montaña y estoy ya harto de llevar a las espaldas todo este peso. A veces pienso que voy a ser incapaz de dar un solo paso más. ¿Qué hay de malo en buscar una casa y mendigar un poco de té o de arroz? Querámoslo o no, debemos recuperar las fuerzas perdidas. - Parece como si hubieras aceptado esta empresa de mala gana - le regañó el Peregrino -. Estás muy equivocado, si crees que todavía estás en el pueblo de los Gao, donde gozabas de todas las comodidades sin mover un solo dedo. Olvídate, de una vez, de la vida fácil. Quien ha aceptado la fe budista debe estar dispuesto a sufrir y a padecer. Sólo así logrará convertirse en un discípulo auténtico. - Tú no sabes lo que pesa este equipaje - protestó Ba-Chie. - Por supuesto que no - admitió el Peregrino -. Desde que el Bonzo Sha y tú os unisteis al grupo, no he tenido oportunidad de cargar con él. - Pues echa cuenta de lo que llevamos encima - replicó Ba-Chie -: cuatro esteras de mimbre grueso, ocho cuerdas de distinto tamaño, varias mantas impermeables contra la humedad y la lluvia, el báculo de nueve nudos de nuestro maestro, con sus incrustaciones de cobre y hierro, y la túnica de los bordados. A ello tienes que añadir el peso de la pértiga, tan resbaladiza como el hielo, y el de los clavos que hay en sus dos extremos. En vez de sermonearme, deberías tener un poco de compasión conmigo y darte cuenta de que durante todo el día voy cargado. Tú sólo te preocupas del maestro, mientras los demás trabajamos como esclavos. - ¿Se puede saber a quién estás dirigiendo todas esas quejas? - Preguntó el Peregrino, soltando la carcajada. - ¡A ti, por supuesto! - contestó Ba-Chie. - Pues lamento decirte que te has equivocado de hombre - concluyó el Peregrino -. Como muy bien acabas de afirmar, mi única responsabilidad es la seguridad del maestro, mientras que la tuya y la del Bonzo Sha es cuidar del caballo y el equipaje. Sabed que, si no os mostráis dirigentes con lo que se os ha confiado, podéis recibir unos cuantos golpes de esta barra en la espinilla. - No hables de golpes, por favor - le pidió Ba-Chie -. Esa forma de expresarse sólo sugiere aprovecharse de los demás, valiéndose simple y llanamente de la fuerza bruta. Soy consciente de que posees un modo de ser orgulloso y travieso que te impide cargar con el equipaje. Pero repara en el caballo que monta el maestro. A pesar de lo fuerte y lustroso que está, sólo lleva a un hombre sobre sus lomos. ¿Qué te cuesta cargarle un poco del equipaje? ¿No te parece que, de esta forma, mostrarías un poco de consideración hacia nosotros? - ¿Así que crees que se trata de un caballo vulgar, eh? - le interrogó el Peregrino -. Pues sábete que estás muy equivocado, pues no es ni más ni menos que el hijo de Ao-Jun, el Rey Dragón del Océano Occidental. Por prender fuego al palacio y destruir no pocas de sus perlas, su padre le acusó de desobediencia grave y fue condenado a muerte por los Cielos. Afortunadamente la Bodhisattva le salvó la vida y le mandó esperar la llegada del maestro en el Torrente del Águila Afligida. En un momento dado la propia Bodhisattva en persona se encargó de quitarle las escamas y los cuernos, transformándole en un caballo que habría de llevar al maestro hasta el Paraíso Occidental. Como puedes apreciar, cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia y no deberíamos, por tanto, entrometernos en las vidas de los demás. - ¿De verdad es un dragón? - exclamó el Bonzo Sha, sorprendido. - Así es - contestó el Peregrino. - He oído decir - comentó Ba-Chie - que un dragón es capaz de echar por la boca neblinas y nubes, levantar auténticos remolinos de tierra y polvo, y saltar por encima de las montañas y cumbres. Aparte de eso, posee el divino poder de sacudir los mares y ríos. Si todo esto es cierto, ¿cómo es que ahora se mueve tan despacio? - ¿Quieres que lo haga un poco más deprisa? - preguntó el Peregrino -. Fíjate bien en esto - y sacudió una sola vez la barra de hierro. Al punto empezó a emitir incontables rayos de luz de colores. En cuanto el caballo lo vio, se puso de manos y escapó corriendo a la velocidad de los dardos. El maestro poseía unos brazos muy débiles y no pudo dominar el natural fogoso del corcel. Despavorido, el animal ascendió al galope la empinada ladera de una montaña. Afortunadamente, en cuanto hubo alcanzado la cumbre, volvió a cabalgar al trote y el maestro respiró más tranquilo. Fue así como descubrió en la distancia un grupo de casas bajo el llamativo verdor de los pinos. Habían sido construidas en un abrigo de incomparable belleza, en el que se entremezclaban las coníferas y los cedros y del que no faltaba el frescor de los bosquecillos de bambú. Las paredes parecían haber sido enjabelgadas no hacía mucho y su blancura contrastaba con el ocre de los ladrillos de las tapias. Junto a ellas se veían crisantemos silvestres cubiertos totalmente de escarcha y un pequeño torrente, en el que se reflejaba el eterno rubor de las orquídeas. Todo el conjunto poseía un aire noble y cargado de paz. Por ninguna parte se apreciaba la presencia de bueyes, ovejas, gallinas o perros. Era claro que después de la cosecha otoñal las tareas del campo se habían tornado más llevaderas. Mientras el maestro gozaba de la belleza del paisaje, llegaron corriendo sus tres discípulos. - ¡Menos mal que no os habéis caído del caballo! - exclamó el Peregrino, aliviado. - ¡Mono hipócrita! - le regañó Tripitaka -. ¿Cómo puedes decir eso, si fuiste tú el que le asustaste? Ha sido una suerte que haya mantenido el equilibrio todo este tiempo. - No me culpéis a mí solo de lo ocurrido - trató de disculparse el Peregrino, sonriendo -. Todo empezó cuando a Chu Ba-Chie se le ocurrió decir que vuestro caballo era demasiado lento. Para demostrarle lo equivocado que estaba le hice correr un poco. Eso es todo. - Estoy que no me tengo - dijo el Idiota al límite de sus fuerzas. Había tratado de dar alcance al caballo y ahora resollaba como un animal herido -. Mirad qué vientre más flácido tengo. Me siento tan débil que ya no puedo ni con esta pértiga. Para colmo, he tenido que salir detrás de esta bestia a toda velocidad. De una cabalgadura desbocada puede esperarse cualquier cosa. - Mirad allí - terció entonces el maestro -. Si la vista no me engaña, aquello parece un pueblo pequeño y es posible que encontremos algún lugar en el que pasar la noche. El Peregrino levantó la vista y vio que la alquería estaba cubierta de nubes y neblinas santas. Eso le hizo caer en la cuenta de que se trataba de un pequeño villorrio edificado por inmortales y budas, pero no se atrevió a revelar a los que le acompañaban su origen divino. Fingió estar de acuerdo con el plan del maestro y exclamó, entusiasmado: - Eso es precisamente lo que andábamos buscando. Vayamos a pedir alojamiento cuanto antes. Nada más desmontar, el maestro vio que la puerta de entrada estaba decorada con espléndidos lotos cincelados directamente en la madera. Las columnas mostraban, así mismo, llamativos elementos ornamentales que resaltaban el impecable dorado de las vigas. El Bonzo Sha se hizo cargo del equipaje, mientras Ba-Chie tomaba al caballo de las riendas y decía, esperanzado: - Aquí debe de vivir una familia realmente rica. El Peregrino hizo ademán de querer entrar en la casa, pero se lo impidió Tripitaka, diciendo: - Los que hemos entregado nuestras vidas a la búsqueda de la perfección debemos obrar en todo momento con prudencia y no entrar jamás en casa alguna sin permiso. Esperemos, por tanto, a que salga alguien a recibirnos y nos invite a pasar aquí la noche. Ba-Chie ató el caballo y se sentó apoyando la espalda contra la pared. Tripitaka, por su parte, lo hizo sobre unos dados de piedra, mientras el Peregrino y el Bonzo Sha se acomodaron a los pies mismos de la puerta. Así esperaron durante largo rato a que alguien apareciera, pero nadie salió a darles la bienvenida. Impaciente por naturaleza, el Peregrino se puso de pie y se aventuró en el interior del umbral. A pocos metros de él se abrían tres grandes salones orientados hacia el sur y con las cortinas corridas del todo. El dintel de la puerta estaba adornado con una pintura horizontal en la que abundaban los símbolos de vida y riquezas sin fin. Dos columnas lacadas hacían las veces de jambas. En ellas habían sido pegadas dos tiras de papel rojo con sendos versos en tinta dorada, que decían: A la hora del crepúsculo los frágiles sauces parecen flotar como telarañas junto al puente. En el recoleto huerto la nieve salpica la fragancia primaveral de los ciruelos. En el salón del centro había una pequeña mesa lacada en negro, sobre la que descansaba una urna de bronce que representaba a una bestia. Cerca de ella se veían seis sillas con los respaldos totalmente rectos. De las paredes oriental y occidental colgaban pinturas que unían el suelo con el techo. Cuando más embebido estaba el Peregrino en su contemplación, oyó ruido de pasos que parecían provenir de la parte posterior de la casa. Se volvió inmediatamente y vio a una mujer de mediana edad, que le preguntó con una voz extrañamente seductora: - ¿Quién eres tú para osar penetrar en el hogar de una viuda sin permiso? - Yo, señora - contestó el Gran Sabio, inseguro por la sorpresa - soy un insignificante monje originario del Gran Reino de los Tang, en las Tierras del Este, y me dirijo hacia el Oeste en busca de las escrituras de Buda. En realidad, no he hecho el viaje hasta aquí solo, sino en compañía de otros tres hermanos en religión. Al pasar por aquí, se nos hizo tarde y decidimos llegarnos hasta esta sagrada morada de bodhisattvas con el fin de solicitar cobijo por esta noche. - ¿Dónde están tus otros tres compañeros? - volvió a preguntar la mujer, sonriendo dulcemente -. Diles que entren, por favor. - Maestro - gritó entonces el Peregrino en voz alta -, podéis pasar. No tardó en aparecer Tripitaka seguido de Ba-Chie y el Bonzo Sha, que con una mano tiraba del caballo, mientras sostenía el equipaje con la otra. La mujer les dio la bienvenida, bajo la lasciva mirada de Ba-Chie, que no le quitaba la vista de encima. Parecía sentirse particularmente atraído por su túnica de seda verde y totalmente cubierta de bordados. Encima llevaba puesta una vaporosa blusa de color rosa, que hacía juego con el amarillo pálido de una falda profusamente bordada. Entres sus pliegues se apreciaba la delicadeza de dos diminutos zapatos de tacón alto. Un lazo negro coronaba su peinado, resaltando el complicado artificio de sus trenzas, que parecían dos dragones enroscados. Un par de horquillas de oro le sujetaban a la cabeza una artística peineta de marfil, de la que nacía una cascada de cabellos negros que se precipitaban espalda abajo. Sus pendientes estaban hechos de perlas finísimas, que parecían querer competir en delicadeza con el tono rojizo de sus mejillas. Todo su porte poseía una belleza y un atractivo más propios de una doncella que de una mujer madura. Su coquetería era tal que, al ver a los tres viajeros, sonrió con la delicadeza de las flores y les invitó a entrar en el salón principal, donde les fue servido el té. La encargada de hacerlo fue una joven doncella que apareció de improviso por detrás de un biombo con una bandeja de oro y varias tazas de jade blanco. El aire se llenó al instante del cálido aroma del té y de la inesperada fragancia de frutas exóticas. La mujer se arremangó un poco las mangas, dejando al descubierto unos dedos tan delicados y largos como los tallos de las cebollas en primavera. Después fue llenado las tazas y ofreciéndoselas, con una leve inclinación de cabeza, a cada uno de sus huéspedes. No contenta con eso, impartió las oportunas instrucciones para que les fuera servida una comida vegetariana. - ¿Podéis decirnos cómo os llamáis y cuál es el nombre de esta respetable región? - preguntó Tripitaka, inclinándose con respeto. - Este lugar - contestó la mujer - pertenece al Continente Occidental de Aparagodaniya. De soltera me llamaba Irreal, aunque ahora llevo con honor el apellido de mi marido, que no es otro que Inexistente. Fue una pena que todos sus familiares murieran al poco de casarnos, con lo que heredamos una fortuna que sobrepasaba las diez mil onzas de plata y los quince mil acres de tierra de primera calidad. Pero semejantes riquezas no bastaron para hacernos felices, porque tuvimos tres hijas y no vimos colmado nuestro sueño de dar a luz a un hijo. Hace justamente dos años la desgracia volvió a abatirse sobre mí. Cuando mejor parecía ir todo, mi marido murió y me convertí en una viuda. Precisamente acabo de terminar el período de luto y he de admitir que me gustaría volver a casarme, pero, al no disponer de herederos, me es extremadamente difícil deshacerme de toda esta riqueza. Es una suerte, por tanto, que hayáis aparecido vosotros, ya que, al ser cuatro, podríais desposaros con mis tres hijas y conmigo. ¿Qué os parece la idea? Tripitaka se quedó mudo de asombro, al oír semejante proposición. Se sentía tan turbado que todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Sin embargo, cerró los ojos y, de esa forma, logró aquietar su mente. Su silencio era tan absoluto que la mujer añadió, un tanto intranquila: - En concreto, poseemos más de trescientos acres de arrozales, cuatrocientos sesenta dedicados a otros cultivos y alrededor de quinientos de bosques y huertos. Por lo que a ganado respecta, tenemos más de mil cabezas de carabaos, manadas enteras de caballos y mulos, e incontables piaras de cerdos y rebaños de ovejas. Para alimentar a tantos animales, disponemos de más de setenta establos y graneros colocados estratégicamente por toda la hacienda. El grano que almacenamos en nuestros trojes es suficiente para alimentaros a todos durante ocho o nueve años, la seda que guardamos en nuestros armarios bastaría para vestiros durante más de una década, y la plata y el oro que descansa en nuestros arcones podría proporcionaros una existencia de lujo y ocio durante todos los días de vuestra vida. ¿Puede haber algo superior a nuestras cortinas y sábanas de seda, que poseen, dicho sea de paso, la virtud de conservar siempre jóvenes los cuerpos que sobre ellas descansan? Eso es algo esencial, habida cuenta de que tendréis a vuestra disposición incontables esclavas y concubinas. Si os decidís a entrar a formar parte de la familia de vuestras esposas, todo este lujo y esta comodidad serán exclusivamente vuestros. ¿No es eso infinitamente mejor que las calamidades que os aguardan a lo largo de vuestro camino hacia el Oeste? Tripitaka parecía incapaz de articular una sola palabra, como si hubiera perdido el juicio o se hubiera vuelto mudo. Eso animó a la mujer a seguir diciendo: - Yo nací a la hora del Gallo el día tres del tercer mes del año Ting - Hai. Eso quiere decir que, teniendo en cuenta que mi marido era tres años mayor que yo, mi edad actual es de cuarenta y cinco años. Por lo que respecta a mi hija mayor, se llama Chen-Chen y acaba de cumplir los veinte. La segunda, Ai-Ai, es dos años más joven que ella, y la última, Lien-Lien, se lleva exactamente cuatro años con la primera. No necesito deciros que ninguna de ellas ha estado jamás prometida a nadie. Su belleza está por encima de la de todas las mujeres de la región. Pero no acaban ahí sus virtudes, ya que dominan a la perfección la aguja de bordar y todas las restantes artes femeninas. Eso no quiere decir que no estén bien instruidas. Al no tener hijos varones, mi marido las educó, de hecho, como si de chicos se tratara, enseñándoles los clásicos confucianos y el dificilísimo arte de la versificación. A pesar, como veis, de habitar en las montañas, no son, en modo alguno, personas vulgares. Es más, las considero a todas capaces de hacer felices a cualquiera de vosotros. No me cabe la menor duda de que, si abandonáis todas vuestras inhibiciones y os dejáis crecer el pelo de nuevo, llegaréis a ser dueños y señores de toda esta casa. ¿Acaso los brocados y la seda que adornarán vuestros cuerpo no son infinitamente superiores a las túnicas de color negro, las sandalias de paja y los sombreros de hierbas que ahora lucís? Sentado en el lugar de honor, Tripitaka parecía un muchacho sacudido por el rayo o una rana arrastrada por la torrentera. Con sus ojos saltones parecía incapaz de mantenerse un minuto más sobre la silla y daba la impresión de que iba a caerse al suelo de un momento a otro. Ba Chie, por su parte, al oír hablar de tanta riqueza y de tan inigualable belleza, se mostraba impaciente por aceptar cuanto antes una proposición tan ventajosa. Se movía, de hecho, sin parar sobre la silla, como si alguien estuviera pinchándole en el culo con una aguja. Llegó un momento en que no pudo seguir aguantando y, llegándose hasta donde estaba su maestro, le preguntó, al tiempo que le tiraba de la manga: - ¿Cómo es posible que no hayáis prestado la menor atención a lo que esta dama os ha estado diciendo? Creo que es justo que consideréis su oferta. - ¡Maldita bestia! - bramó Tripitaka con tanta fuerza que Ba-Chie regresó a toda prisa a su antiguo puesto -. ¿No comprendes que nosotros somos personas que hemos abandonado nuestro hogar? ¿Cómo vamos a ceder ante las promesas de riqueza o las tentaciones de la belleza? - ¿Queréis explicarme qué hay de bueno en eso de abandonar el hogar? - preguntó la mujer, soltando la carcajada. - ¿Y vos - replicó Tripitaka - podéis decirme qué es lo que hace tan deseable permanecer en él? - Puesto que me lo pedís - replicó la mujer -, voy a deciros las ventajas de quien no renuncia a la familia que le vio nacer. Para que no digáis que mis puntos de vista son demasiado arbitrarios, voy a servirme de un poema que dice: "Cuando la primavera florece, me visto de seda. En el verano me adorno con encajes y me complazco en la belleza de los lirios. El otoño trae consigo la fragancia del vino de arroz recién fermentado, y en el invierno mis mejillas se tornan tan rojas como las llamas bajo la influencia del licor. A manos llenas gozo de sus frutos de los cuatro climas y de las incontables delicias de las ocho estaciones. Las sábanas y mantas de seda de mi lecho matrimonial superan con creces los cánticos budistas y la vida mendicante". Es cierto - admitió Tripitaka - que quienes no abandonan el hogar. Pueden disfrutar de riquezas y gloria, de manjares sabrosos y vestidos lujosos. Pueden gozar, incluso, de la presencia de los hijos. Nadie niega que se trate de una vida francamente dichosa. Pero, aunque no lo creáis, carece de ciertas ventajas que poseemos los que hemos abandonado el hogar. Como testimonio, yo también aporto un poema que afirma: "No es cosa corriente abandonar el hogar, ya que implica el desmantelamiento de la fortaleza del amor. Pero quien así lo hace encuentra la pared y en el interior de su cuerpo se equilibran de un forma envidiable el yin y el yang. Después, cuando ha logrado acumular el suficiente mérito, puede mirar de frente el Arco de Oro y regresar con la mente iluminada a su auténtico Hogar. Quien, por el contrario, se queda en su casa lleva una vida de avaricia y lujuria viendo cómo su cuerpo se va marchitando con el paso de los años y su carne se va tornando cada vez más fétida". - ¿Cómo te atreves a ser tan insolente? - exclamó la mujer, muy enfadada -. Si no supiera que venís de las lejanas Tierras del Este, ahora mismo os expulsaría de esta casa. Aquí estoy yo pidiéndoos que entréis a formar parte de nuestra familia y, a cambio de tantas comodidades y riquezas, no se os ocurre otra cosa que insultarme con todo el descaro. Reconozco que habéis aceptado los mandamientos y habéis hecho la promesa de no volver jamás a la vida del siglo, pero por lo menos uno de vosotros podría aceptar mi proposición. ¿No os parece? ¿A qué viene mostrarse tan legalista? - ¿Por qué no te quedas tú aquí, Wu-Kung? - preguntó Tripitaka, un tanto intimidado ante la energía desplegada por la mujer. - Lo lamento - se disculpó el Peregrino -, pero yo de esos temas no sé absolutamente nada. Lo más acertado sería que se quedara Ba-Chie. ¿No os parece? - No juegues conmigo, por favor - le pidió Ba-Chie -. Si ha de quedarse uno de nosotros, lo más natural es que lo discutamos antes entre todos. - Si ninguno de los dos quiere hacerlo - concluyó Tripitaka -, que acepte Wu-Ching la proposición de la dama. - Me extraña que habléis así - protestó el Bonzo Sha -. Tras ser convertido por la Bodhisattva, no he hecho otra cosa que esperaros. ¿Cómo voy a caer ahora en la tentación de las riquezas, si hace escasamente dos meses que os sigo y no he adquirido todavía el menor mérito? Os seguiré al Paraíso Occidental, aunque pierda la vida en el empeño. Estoy decidido a no dedicarme jamás a nada que no sea puro y santo. Al ver que nadie aceptaba su proposición, la mujer desapareció a toda prisa por detrás del biombo, dando un sonoro portazo. De esta forma el maestro y los discípulos se quedaron totalmente solos, sin nadie que les sirviera más té o arroz. Ba-Chie perdió la paciencia y comenzó a culpar al monje Tang, diciendo: - Está visto que no sabéis manejar estos asuntos. Con vuestra forma de hablar lo habéis echado todo a perder. Podíais haberos mostrado un poco más comprensivo y haberle ofrecido una respuesta un poco más vaga. Por lo menos ahora tendríamos algo que llevarnos a la boca y pasaríamos una velada agradable. Lo único que habéis conseguido con vuestra intransigencia ha sido cerrar todas las puertas. Tened por seguro que no va a salir nadie más a servirnos. ¿Queréis explicarme cómo vamos a pasar la noche entre estas cenizas y estas estufas apagadas? - Si eso es lo que opinas - le reconvino Wu-Ching -, ¿por qué no te quedas aquí y te conviertes en el yerno de esa dama? - No te burles de mí y discutamos el asunto con más atención - replicó Ba-Chie. - No hay nada que discutir - afirmó el Peregrino -. Si lo que deseas es vivir bien, el maestro y esa mujer quedarán emparentados y tú te convertirás en su yerno. Con tantas riquezas como posee esta familia recibirás una espléndida dote y un banquete nupcial propio de príncipes, del que, por supuesto, participaremos todos nosotros. No cabe la menor duda de que tu vuelta a la vida del siglo resultará beneficiosa para todas las partes implicadas. - Todo eso que dices está muy bien - contestó Ba-Chie -. Pero me parece ridículo abandonar la vida del siglo para volver otra vez a ella, o dejar a una mujer para tomar al poco tiempo a otra. - O sea que tienes esposa - dijo el Bonzo Sha, sorprendido. - ¿No lo sabías? - le preguntó el Peregrino -. Era el yerno del señor Gao, un rico terrateniente de la aldea del mismo nombre que se halla enclavada en el Reino del Tíbet. Al ser derrotado por mí, no le quedó más remedio que aceptar los mandamientos y convertirse en discípulo del maestro. Ése es precisamente el motivo por el que abandonó a su mujer, comprometiéndose a venir con nosotros en busca de las escrituras. Me figuro que esa separación no le resultó nada fácil. Es más, creo que ha estado meditando en ella de continuo y ahora que se ha hablado tan a las claras de matrimonio no ha podido por menos que sentirse tentado a aceptar su antiguo modo de vida. ¿Por qué no te casas con una de esas mujeres y asunto concluido? Te prometo que, con tal de que te muestres respetuoso conmigo, no recibirás de mí la menor reprimenda. - ¡Tonterías! - exclamó el Idiota -. Todos hemos experimentado una tentación idéntica. Lo que ocurre es que estás tratando de ponerme a mí solo en evidencia. Al fin y al cabo, no va muy desencaminado el proverbio cuando afirma que los bonzos somos un auténtico saco de pasiones. ¿Quién de nosotros puede afirmar, con el corazón en la mano, que no se ha sentido atraído por la proposición de esa mujer? Ahora, ya veis, por nuestro poco tacto no tenemos a nadie que nos sirva ni nos encienda las lámparas. Nosotros podemos pasarnos una noche sin comer, pero dudo que el caballo sea capaz de resistir tanto tiempo sin probar bocado. Al fin y al cabo, mañana tiene que transportar al maestro a sus espaldas y, si no come, en muy poco tiempo se quedará en los huesos. Así que quedaos aquí, mientras yo lo saco a pastar un poco. Ni corto ni perezoso, el Idiota desató las riendas y llevó el animal fuera. - Quédate aquí acompañando al maestro - ordenó el Peregrino al Bonzo Sha -. Voy a ver si es verdad que va a llevar el caballo a pastar. - Puedes hacer lo que te dé la gana pero, por favor, no le pongas en ridículo - le aconsejó Tripitaka. - Tened por seguro que no lo haré - contestó el Peregrino y abandonó el salón principal. En cuanto se hubo encontrado en la oscuridad, el Gran Sabio sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en una libélula rojiza, que salió volando por la puerta principal. Allí precisamente dio alcance a Ba-Chie, que conducía el caballo hacia un recodo en el que parecía haber gran abundancia de hierba. Sin embargo, no lo dejó pastar allí. Sin dejar de gritar como un arriero, lo llevó hasta la puerta posterior de la mansión, donde encontró a la mujer y a las tres muchachas, que habían salido a disfrutar de la belleza de los crisantemos. En cuanto vieron a Ba-Chie acercarse, las muchachas corrieron a refugiarse al interior de la casa. Sólo la mujer permaneció en pie junto a la puerta y preguntó con sorna al Idiota: - ¿Se puede saber adonde vais? - ¡Oh, hola! - exclamó Ba-Chie, soltando las riendas y acercándose a ella -. He pensado que no estaría de más sacar a pastar un poco el caballo. - Vuestro maestro parece un poco remilgado - comentó la mujer -. ¿No os parece que, si aceptara formar parte de nuestra familia, saldría mucho mejor parado que llevando a cabo ese viaje ridículo hacia el Oeste? - Bueno - trató de defenderle Ba-Chie -, debéis comprender que se lo ordenó el mismo Emperador de los Tang en persona. ¿Quién puede oponerse al mandato de un príncipe? Ésa es la razón por la que tanto él como mis otros hermanos están decididos a llevar a término una empresa tan descabellada. Yo no soy como ellos. Por eso han estado burlándose de mí en la parte anterior de la casa. De todas formas, me temo que, teniendo un hocico y unas orejas tan grandes, no me encontraréis lo suficientemente atractivo para aceptarme como esposo. - Si he de seros sincera - replicó la mujer -, no había reparado en ello. En todo caso, siempre es mejor tener un cabeza de familia que no disponer de ninguno. No obstante, no os garantizo que mis hijas vayan a encontraros tan atractivo como yo. - Debéis enseñarlas a escoger hombres de auténtica valía - dijo Ba Chie a toda prisa -. La belleza no es, de hecho, la mejor garantía de fidelidad. No niego que haya hombres mucho más guapos que yo, pero lo que sí puedo afirmar es que muy pocos me aventajan en diligencia y dedicación. Ante todo, señora, soy una persona de principios. - ¿De qué principios habláis? - preguntó la mujer. - Aunque, ciertamente, no soy muy favorecido - contestó Ba-Chie -, no conozco lo que es la pereza. Yo solo soy capaz de arar mil acres de tierra sin necesidad de animales ni reja. Para ello me sobro y me basto con mi tridente. Lo más asombroso, sin embargo, es que tengo poder para provocar lluvia en tiempos de sequía y hacer soplar el viento cuando sea necesario. Soy tan hacendoso que, si encontráis un poco baja vuestra casa, construiré sobre ella los pisos que sean precisos. Tened la seguridad de que no se me caerán los anillos cuando tenga que desbrozar y limpiar las tierras. No hay tarea, por complicada que sea, que no sepa hacer, ya sea construir acequias o sacar, simplemente, agua. - Si sois tan habilidoso como decís - concluyó la mujer -, deberías discutir otra vez el asunto con vuestro maestro. Si él no pone ninguna objeción, os aceptaremos como cabeza de este hogar. - Mi maestro no tiene ni voz ni voto en mis decisiones, ya que no es pariente mío - explicó Ba-Chie -. Puedo hacer, por tanto, lo que mejor me venga en gana. - Está bien - volvió a decir la mujer -. En ese caso, no me queda más que ir a consultárselo a mis hijas - y al punto se metió en la mansión, dando un sonoro portazo. Ba-Chie no dejó que el caballo siguiera pastando y lo llevó otra vez hacia la parte delantera de la casa. Ni siquiera sospechaba que el Gran Sabio había oído todo cuanto había dicho a la mujer. Sin abandonar la forma de libélula, el Peregrino extendió las alas y regresó volando junto al monje Tang. - Maestro - dijo, recobrando la figura que le era habitual -, Wu-Neng está a punto de regresar con el caballo. - No esperaba menos de él - contestó el monje Tang -. Si hubiera dejado escapar al animal, le daría un castigo que no olvidaría jamás. El Peregrino soltó entonces la carcajada y relató con todo detalle cuanto habían dicho la mujer y Ba-Chie. Tripitaka no sabía, sin embargo, si creerle o no. Por eso, al ver aparecer al Idiota con el caballo de las riendas, le preguntó: - ¿Ha pacido mucho? - Me temo que no hay mucha hierba por aquí cerca - contestó Ba-Chie -. Está todo tan desolado que ni siquiera hay lugar para que pazca un animal. - Vamos - dijo el Peregrino con intención -, por aquí los pastos son pocos, pero las casamenteras abundan como las piedras. Al oír ese comentario, el Idiota supo en seguida que estaba al tanto de su secreto. Bajó la cabeza, mortificado, y se apartó un poco del grupo. Arrugó después el ceño y no dijo ni una sola palabra más. Afortunadamente al poco rato se oyeron ruidos de cerraduras y apareció un par de lámparas rojas, seguido de otros tantos quemadores de incienso. El perfume se elevaba por el aire en graciosas volutas; sin embargo, lo que más atrajo la atención de los cuatro monjes fue el sonido tintineante del jade. Levantando, desconcertados, la vista, vieron a la mujer con sus tres hijas, que al punto se inclinaron, respetuosamente, ante los cuatro buscadores de escrituras. Chen-Chen, Ai-Ai y Lie Lien eran, en verdad, unas auténticas beldades. Sus cejas recordaban a las mariposas con sus delicados tonos azulados, que mantenían un difícil equilibrio con la suavidad de su maquillaje. ¡Qué seductora belleza la suya, qué encanto el de su porte! Sus afiligranados tocados resaltaban su gracia de una forma tal que las hacía parecer criaturas de otro mundo. Al sonreír, sus labios recordaban las cerezas maduras, y, al moverse con la autocomplaciente lentitud de la luna, esparcían por doquier un fino aroma de orquídeas. Las perlas y el jade de sus tocados parecían brotar de la negrura de sus cabellos, lo mismo que el ligero temblor de sus incontables horquillas de oro. Sus cuerpos exhalaban un aroma delicado que hacía palidecer la elegancia de sus túnicas totalmente confeccionadas con hilos de oro. Su encanto superaba, en definitiva, al de las damas de Chu, incluida la propia Chi-Dhzu. Eran como hadas que hubieran decidido abandonar los cielos o como la misma princesa Chang-Er en el momento exacto de salir de su Palacio Lunar. Al verlas, Tripitaka inclinó la cabeza y juntó las manos a la altura del pecho. El Gran Sabio, por su parte, se quedó como mudo, mientras el Bonzo Sha se hacía tímidamente a un lado. Sólo Ba-Chie, preso de la pasión y la lujuria, tuvo la suficiente fuerza de ánimo para farfullar: - ¡Qué honor tan grande gozar de la compañía de damas tan distinguidas! Por favor, decid a vuestras hijas que se retiren. Las tres muchachas desaparecieron al instante detrás del biombo, dejando en el salón las dos lámparas. - ¿Habéis decidido ya quién de vosotros va a desposarse con mis hijas? - Hemos discutido largamente sobre ese asunto - contestó Wu-Ching - y hemos llegado a la conclusión de que el más indicado para entrar a formar parte de vuestra familia es un tal Chu. - No te burles de mí, por favor - le pidió Ba-Chie -. Aún no hemos hablado de ello. - ¿Qué más hay que decir? - exclamó el Peregrino -. Tú mismo te has encargado de arreglarlo todo con esta mujer en la puerta de atrás de su casa. ¿Para qué seguir fingiendo? El maestro será el representante del novio, la señora actuará por parte de la novia, yo haré de testigo y el Bonzo Sha será el intermediario. Ni siquiera habrá necesidad de consultar el calendario, ya que precisamente hoy es uno de los días propicios para casarse que hay en todo el año. Así que acércate e inclínate ante el maestro. Después puedes convertirte en el yerno de esta mujer. - ¡Ni hablar! - protestó Ba-Chie -. ¡No comprendo tu interés en que sea yo el que me case! - ¡Deja de fingir de una vez! - le aconsejó el Peregrino -. Te has dirigido a esta mujer como yerno yo qué sé la de veces. ¿Qué quieres decir con eso de que no quieres ni oír hablar del asunto? Acepta de una vez, y así podremos disfrutar de un buen banquete de bodas. Antes de que pudiera reaccionar, agarró a Ba-Chie y a la mujer y le dijo: - Llevaos a vuestro yerno, señora. El Idiota se dirigió con paso indeciso hacia la puerta, mientras la mujer decía a uno de los criados: - Saca unas mesas y unas sillas, límpialas bien y sirve una cena vegetariana a estos tres parientes nuestros. Yo voy a llevar adentro a nuestro nuevo señor. Antes de desaparecer por la puerta, ordenó que prepararan un banquete de bodas para la mañana siguiente y los criados corrieron a cumplir puntualmente sus deseos. En cuanto los tres Peregrinos hubieron concluido la colocación, se retiraron a la habitación de los huéspedes. Ba-Chie, mientras tanto, siguió con paso indeciso a su suegra al interior de la casa. Los escalones y pasillos se sucedían con inesperada frecuencia y Ba-Chie, totalmente desconcertado, perdió más de una vez el equilibrio. - ¿No podríais andar un poco más despacio? - suplicó, nervioso, a su suegra -. No estoy familiarizado con esta mansión y temo que pueda perderme. - Éstos son los graneros, los almacenes y las despensas - le explicó la mujer -. Debes darte prisa, porque aún no hemos llegado ni siquiera a las cocinas. - ¿De verdad? - exclamó Ba-Chie, asombrado -. Jamás imaginé que fuera tan grande esta casa. Sin dejar de tropezar aquí y allá, el Idiota continuó caminando durante largo rato, hasta que, por fin, llegaron a una de las habitaciones interiores de la casa. - Uno de tus hermanos ha dicho que hoy era uno de los días mas propicios para casarse - dijo entonces la mujer -. Precisamente por eso te he aceptado a toda prisa. Sin embargo, no me parece del todo bien que no hayamos consultado a ningún astrólogo, ni hayamos hecho preparativo alguno para la adoración nupcial al Cielo y la Tierra. Incluso hemos pasado por alto la ceremonia de esparcir granos y frutos por todo el lecho conyugal. ¿No crees, pues, que sería conveniente que te inclinaras ocho veces seguida ante el cielo? - Tenéis razón - contestó Ba-Chie -. Además, es preciso que me incline también ante vos. De esa forma, mi adoración al Cielo y a la Tierra será, igualmente, expresión de mi agradecimiento hacia vos. No quiero que después me pase nada por no cumplir con todo lo que prescribe la tradición. - Como quieras - respondió la mujer, sonriendo -. Se ve que eres un yerno que conoce bien sus obligaciones. Ahora mismo voy a sentarme para que me presentes tus respetos. Mientras el Idiota lo hacía, las velas brillaban de una forma muy peculiar en sus candelabros de plata. Una vez terminado el rito, Ba-Chie levantó la cabeza y preguntó a su suegra: - ¿Cuál de vuestras hijas pensáis ofrecerme? - Esa decisión me está resultando demasiado penosa - contestó la mujer -. En un principio tenía intención de darte a mi hija mayor, pero pronto caí en la cuenta de que, si lo hacía, la segunda se enfadaría mucho. Por otra parte, si a ésta la desposo contigo, es lógico que la tercera se ponga hecha una fiera. Dirás, entonces, que la pequeña es la candidata más aceptable. Pero, al ser la menor, las otras dos protestarán, a mi modo de ver, con toda la razón. Me encuentro, como ves, ante un dilema de muy difícil solución. - Si tratáis de evitar un enfrentamiento familiar - concluyó Ba-Chie -, lo mejor que podéis hacer es entregarme a todas. De esa forma, os ahorraréis no pocas rencillas, que pueden muy bien dar al traste con la armonía que debe reinar en todo hogar. - ¿Quieres decir que estás dispuesto a casarte con mis tres hijas? - preguntó la mujer. - ¿Quién no tiene actualmente tres o cuatro concubinas? - replicó Ba - Chie -. Con mucho gusto aceptaré a vuestras tres hijas, y a más si las tuvierais. De joven aprendí ciertas técnicas amatorias y os aseguro que estoy capacitado para dejar satisfechas a todas ellas. - No, no. Eso no estaría bien - opinó la mujer -. Te diré lo que vamos a hacer. Aquí tengo un pañuelo bastante grande. Te cubriré con él la cabeza, después te taparé los ojos y haré desfilar a mis hijas delante de ti. Se casará contigo a la que atrapes antes. ¿De acuerdo? Así será el destino quien decida. El Idiota aceptó la idea y se dejó cubrir la cabeza con el pañuelo Referente a ese momento disponemos de un poema que dice: El tonto desconoce las auténticas causas de cuanto existe. No sabe que la espada de la belleza puede destruir cuanto se proponga. El Señor de Chou fijó hace muchísimo tiempo todos los ritos y ceremonias. Sin embargo, aún hoy el novio sigue tapándose la cabeza. - Ya podéis mandar salir a vuestras hijas - dijo el Idiota, en cuanto pudo comprobar que no veía nada. - ¡Chen-Chen, Ai-Ai, Lien-Lien - gritó la mujer -, venid aquí inmediatamente! Hemos decidido que sea el destino quien determine la que ha de desposarse con este hombre. Al punto se oyó el tintineante ruido del jade y un aroma de orquídeas se extendió por toda la habitación. Daba la impresión de que hubiera aparecido de pronto un grupo de hadas. El Idiota estiró las manos tratando de agarrar a una de las muchachas, pero, aunque lo intentó una y otra vez, no pudo atrapar a ninguna. Tenía la impresión de que se movían a su alrededor sin parar y que era justamente la delicadeza de sus gestos lo que las hacía totalmente inaprensibles. Como un loco, se lanzó hacia el este y lo único que consiguió atrapar fue el fuste de una columna. Se lanzó después hacia el oeste y se dio de narices contra una partición de madera. La fogosidad de sus movimientos le hizo perder pronto el equilibrio y dio una vez tras otra con todos sus huesos en el suelo. En una ocasión tropezó con uno de los escalones y fue a parar de cabeza contra un muro de ladrillos. De esta forma, terminó sentado con la cabeza cubierta de moratones y la boca hinchada. - ¡Jamás imaginé que vuestras hijas fueran tan escurridizas! - exclamó por fin Ba-Chie, jadeando -. No he podido agarrar a una sola. ¿Queréis decirme qué voy a hacer ahora? - No es que sean escurridizas - le corrigió la mujer, quitándole la venda de los ojos -. Lo que ocurre es que son muy tímidas y consideradas y no se atrevían a dejarse atrapar. - Si no están dispuestas a aceptarme - sugirió Ba-Chie -, ¿por que no me tomáis vos como marido? - Mi querido yerno - exclamó la mujer, soltando la carcajada - -, se ve que no tienes el menor respeto por la edad. ¿A quién se le ocurre querer casarse con su suegra? Mis hijas valen mucho más que yo. Te diré lo que vamos a hacer. Cada una de ellas ha bordado una camisa de seda con perlas. Pruébatelas y elige a la dueña de la que mejor te siente. ¿Te parece bien? - Por supuesto que sí - reconoció Ba-Chie -. Sacad esas tres camias que decís para que pueda ponérmelas cuanto antes. Pero quiero dejar bien clara una cosa: si todas me valen, me casaré con tus tres hijas, ¿de acuerdo? La mujer sonrió y fue en busca de las prendas. Apareció al poco rato con una espléndida camisa y se la entregó a Ba-Chie. El Idiota se quitó en seguida la suya, cogió la que le ofrecía la mujer y se la puso sin pensarlo dos veces. Antes de que hubiera terminado de abrocharla, cayó al suelo como si fuera un venado herido. ¡La camisa se había convertido en una auténtica madeja de cuerdas que le sujetaban fuertemente contra el suelo! Le apretaban tanto que apenas sí podía respirar. Sin embargo, poco podía hacer, porque las mujeres desaparecieron de pronto. Había empezado a clarear por el este y Tripitaka, el Peregrino y el Bonzo Sha se desperezaron pesadamente en sus lechos. Abrieron los ojos y descubrieron con estupor que los salones y edificios se habían desvanecido. Nada quedaba de los dinteles esculpidos ni de las columnas doradas. De hecho, toda la noche la habían pasado en pleno bosque bajo las copas de cedros y pinos. Aterrados, Tripitaka y el Bonzo Sha empezaron a gritar: - ¡Estamos perdidos! ¡Los fantasmas se han burlado de nosotros todo lo que han querido! - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - preguntó el Gran Sabio, dándose cuenta de lo sucedido y sonriendo, comprensivo. - ¿Cómo que de qué estamos hablando? - protestó el monje Tang -. ¿Es que no ves dónde hemos estado durmiendo? - No hay lugar más apacible que un bosque de pinos - comentó el Peregrino -. Me pregunto qué tal le habrá ido al Idiota en su prueba. - ¿Quieres explicarme quién ha sido sometido a prueba? - inquirió el maestro. - Las mujeres de esa casa - explicó el Peregrino - eran bodhisattvas que querían darnos una lección. Se deben de haber marchado durante la noche, por lo que veo. Desgraciadamente Chu Ba-Chie cayó en sus redes y ahora debe de estar pagándolo. Tripitaka juntó las manos a la altura del pecho e hizo una promesa. Fue entonces cuando vio, agitado por el viento, un trozo de papel colgado de un viejo cedro. El Bonzo Sha lo cogió con rapidez y se lo entregó a su maestro. Se trataba de un poema de ocho líneas, que decía: La dama del Monte Li, aunque no deseaba hacerlo, abandonó su morada por invitación expresa de Kwang-Ing. La acompañaron Manjusri y Visvabhadra, que aceptaron de buena gana convertirse en doncellas de edad casadera. Sus tentaciones sólo sirvieron para afianzar la casta virtud del monje santo y mostrar el aspecto profano de la personalidad de Ba-Chie. De ahí que deba aquietar su corazón con el arrepentimiento y dominar su pereza con una vida de total diligencia. No habían terminado de leerlo, cuando del interior del bosque llegaron unos gritos escalofriantes, que decían: - ¡Estas cuerdas me están matando! ¡Por favor, maestro, salvadme! ¡Os prometo que no volveré a hacerlo nunca más! - ¿No es ésa la voz de Wu-Neng? - preguntó Tripitaka, sorprendido. - Así es - confirmó el Bonzo Sha. - No os preocupéis por él y sigamos nuestro camino - sugirió el Peregrino. - Aunque he de reconocer que el Idiota posee un natural sensual - admitió Tripitaka -, es bastante sincero y además tiene unos brazos muy fuertes. Sin él seríamos incapaces de transportar todo el equipaje. Liberémosle para que pueda continuar el viaje con nosotros y, así, llegue a buen término el destino que en un principio le asignó la Bodhisattva. Estoy seguro de que nunca más volverá a caer en tentaciones de este tipo. El Bonzo Sha recogió las esteras sobre las que habían dormido y arregló un poco el equipaje. El Gran Sabio, por su parte, desató el caballo y condujo al monje Tang al corazón del bosque para ver lo que realmente había pasado. Este incidente muestra bien a las claras que quien quiera entrar en el Mundo del Espíritu debe poner especial cuidado en la adquisición de la Verdad y en la purificación de todos sus deseos. De momento no sabemos qué destino aguardaba al Idiota. Quien desee descubrirlo tendrá que escuchar la explicación que se brinda en el próximo capítulo. 第024回 EL GRAN INMORTAL DETIENE A SU VIEJO AMIGO EN LA MONTAÑA DE LA LONGEVIDAD. EL PEREGRINO ROBA EL GINSENG DEL TEMPLO DE LAS CINCO VILLAS Los tres monjes no tardaron en encontrar al Idiota atado a un árbol. Ba-Chie no dejaba de chillar, como si fuera presa de un dolor insoportable. El Peregrino se acercó a él y exclamó, soltando la carcajada: - ¡Mi querido yerno, con lo tarde que es y todavía no has vuelto a comunicar a tu maestro la nueva de tu matrimonio! ¿Cómo es, además, que no has dado las gracias a tus antepasados? Cuesta trabajo creer que estés aquí divirtiéndote, ajeno a las ceremonias y ritos. ¿Dónde se han metido tu suegra y tu esposa? ¡Es inconcebible encontrar al novio atado y apaleado! El Idiota se sentía tan avergonzado que apretó con fuerza los dientes para no dejar escapar ningún lamento más. El Bonzo Sha, por su parte, no pudo resistir verle de aquella manera y, dejando el equipaje en el suelo, corrió a desatarle. En cuanto se hubo sentido libre, el Idiota se echó rostro en tierra y comenzó a golpear frenéticamente el suelo con la frente. La vergüenza le corroía el alma. Sobre él tenemos un poema "tsu" que se acompaña con la música del "Sin-Chiang-Yüe" y que dice: La pasión carnal es un arma peligrosa. Quien vive por entero dedicado a ella termina presa de su acero. Todas las doncellas, a pesar de lo tierno de su edad, son más peligrosas que un yaksa. Más adelante se afirma: Sólo disponemos de una suma importante y nadie puede añadir más ganancia a su bolsa. Es preciso guardar con cuidado tan preciado capital y no malgastarlo jamás. Ba-Chie cogió un poco de tierra, lo esparció como si fuera incienso y se inclinó después ante el cielo. - ¿Cómo es posible que no reconocieras a las bodhisattvas? - le preguntó el Peregrino. - Estaba ciego - reconoció Ba-Chie -. ¿Cómo iba a reconocer a nadie? El Peregrino le entregó la tira de papel y él bajó la vista, avergonzado. - No te puedes quejar de tu suerte - dijo el Bonzo Sha para animarle -. Eres tan apuesto que nada menos que cuatro bodhisattvas querían casarse contigo. - No me vuelvas a hablar de eso, por favor - le suplicó Ba-Chie -. De ahora en adelante prometo no volver a tocar esos temas. Cargaré con el equipaje del maestro sin rechistar, aunque su peso me parta el espinazo antes de llegar al Oeste. - Me alegra oírte hablar con esa cordura - afirmó Tripitaka. El Peregrino tiró entonces de las riendas y condujo al maestro al camino principal. Tras varias horas de viaje se toparon con una montaña extremadamente alta. Tripitaka se sintió tan impresionado al verla que al punto tiró de las riendas y dijo: - A partir de ahora debemos andar con mucho cuidado, ya que lo más seguro es que tras esos riscos se escondan monstruos empeñados en buscarnos la ruina. - ¿A qué tenéis miedo? - le increpó el Peregrino -. Vuestros tres discípulos están dispuestos a sacrificar su vida por defender la vuestra. Esas palabras calmaron un tanto la ansiedad del monje Tang, que pudo abandonarse a la contemplación de la belleza de la montaña que tenía ante sí. La rugosidad de sus laderas era impresionante. No en balde poseía las mismas raíces que la cordillera Kun - Lun y sus cumbres llegaban hasta el mismísimo cielo. Garzas blancas a menudo venían a posarse en sus enebros, mientras monos de pelajes negruzcos se columpiaban tranquilamente en sus parras. Cuando el sol iluminaba los impenetrables bosques que la cubrían, se veía elevarse sobre ellos volutas de niebla rojiza. A veces era el viento, al sopla encajonado por los acantilados, el que arrancaba de las profundidades retazos de nubes rosáceas. Extraños pájaros cantaban a sus anchas entre el verdor de los bambúes, mientras los faisanes se perseguían con indescriptible alboroto entre los espontáneos canteros de las flores silvestres. Desde la posición en la que se encontraba el maestro era posible ver las siluetas impactantes del Pico de los Mil Años, de la Cumbre de las Cinco Bendiciones, del Alto del Hibisco, de la Roca Sin Edad, del Risco de los Dientes de Tigre y del Peñasco de los Tres Cielos, de los que fluye sin cesar el viento sagrado. Más allá de los acantilados se apreciaban la fragilidad de la hierba nueva, la fragancia de los ciruelos, la pálida pureza de las orquídeas y las punzantes espinas de las rosas silvestres. En el corazón del bosque el fénix reunía a millares de aves, mientras en la oscuridad de una inmensa caverna el unicornio hacía otro tanto con los monstruos y bestias. El torrente, con su curso irregular, parecía volver la cabeza hacia el lugar del que procedía. Las cumbres formaban una especie de circo que se repetía constantemente más allá de lo que la vista abarcaba. Por doquier la vegetación se mostraba exuberante. Frondosos eran, en verdad, los árboles huai, los bambúes, los pinos, los blancuzcos perales, los rojizos melocotoneros y los verdosos sauces. Todos parecían rivalizar entre sí con sus tonalidades de triple primavera. A lo lejos se escuchaban el canto de los dragones, el rugido de los tigres, los graznidos de las garzas, los gritos de los simios, los berridos de los ciervos, al desplazarse por entre los macizos de flores, y los cantos de los fénix al mirar de frente el sol. Sin duda alguna aquélla era una montaña sagrada, una tierra de bendiciones, un lugar escogido trasunto de Peng-Lai. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían plantas en flor y bandadas de nubes escalando pacientemente las cumbres. Impresionado ante tanta belleza, Tripitaka dijo a sus discípulos: - Muchas han sido las regiones por las que he pasado desde que inicié mi viaje hacia el Oeste. Pero puedo aseguraros que ninguna de ellas poseía una belleza tan extraordinaria como la que ahora estamos contemplando. Eso me hace suponer que no andamos muy lejos del Templo del Trueno, en cuyo caso deberíamos prepararnos para encontrarnos con el Ser más Respetable del Mundo. - Es demasiado pronto para eso - afirmó el Peregrino, soltando la carcajada -. Aún nos queda muchísimo camino. - ¿A qué distancia en concreto está de aquí el Templo del Trueno? - preguntó el Bonzo Sha. - A ocho mil millas, de las cuales no hemos cubierto ni siquiera la décima parte - contestó el Peregrino. - Si lo que dices es verdad, ¿cuántos años calculas que nos llevará llegar al final de nuestro viaje? - preguntó, a su vez, Ba-Chie. - Si habláramos de vosotros dos - respondió el Peregrino -, no tardaríais más de diez días. Yo haría en una sola jornada cincuenta viajes de ida y vuelta y aún me sobrarían algunas cuantas horas de luz. Pero, llevando con nosotros al maestro, es difícil calcular el tiempo que invertiremos. - Todo eso está muy bien - insistió el monje Tang -, pero ¿cuándo llegaremos a nuestro destino? - Repito que no es nada fácil determinarlo - dijo el Peregrino -. La distancia es tan grande que muy bien podríais haber empezado a caminar en vuestra juventud y, cuando llegarais a viejo, aún estaríais de viaje. Serían, tal vez, necesarias mil reencarnaciones para alcanzar vuestro objetivo. Pero cuando, por vuestra propia fuerza de voluntad, seáis capaz de percibir la naturaleza búdica en todo cuanto existe y vuestros pensamientos se retrotraigan a la fuente misma de vuestra memoria, entonces, y no antes, llegaréis a la Montaña del Espíritu. - De todas formas - se atrevió a decir el Bonzo Sha -, aunque ésta no sea la región del Templo del Trueno, por fuerza tiene que ser la morada de algún hombre santo. De lo contrario, no se explica tanta belleza. - Así es - admitió el Peregrino -. Ni a duendes ni a demonios les estaría permitido habitar en un lugar como éste. Si no me equivoco, aquí reside un inmortal o un monje realmente virtuoso. En todo caso, gocemos cuanto podamos de su belleza. Aquélla era, en efecto, la Montaña de la Longevidad. En ella se levantaba un templo taoísta, conocido por el nombre de las Cinco Villas, en el que habitaba un inmortal llamado Chen Yüan-Tse, aunque gozaba del título de Señor, Sosia de la Tierra. En dicho templo crecía un extraño tesoro: una raíz espiritual formada justamente después de que el caos hubiera sido dividido y antes de que el Cielo y la Tierra se hubieran separado. Por una extraña cadena de circunstancias había ido a parar al Continente Occidental de Aparagodaniya, donde precisamente se hallaba enclavado el mencionado templo. Tan preciado tesoro había recibido el nombre de planta del mercurio alterado o fruto del ginseng. Aproximadamente tardó tres mil años en florecer, le llevó un tiempo similar dar fruto y permaneció maduro durante un período exactamente igual. Hubieron de transcurrir en total diez mil años antes de que alguien pudiera probarlo. Así se explica que sólo existieran treinta de esos frutos. Tenía la forma de un recién nacido, al que no le faltaban ni los cuatro miembros ni los cinco sentidos. Con sólo olerlo, un hombre podía vivir más de trescientos sesenta años, y quien tuviera la fortuna de comerlo alcanzaría con toda exactitud la edad de cuarenta y siete mil años. Precisamente aquel día el inmortal Chen Yüan-Tse había recibido una carta del Primero de los Seres Celestes, en la que le invitaba a asistir a una conferencia en el Palacio Mi-Le del Cielo de la Suprema Pureza. El tema de la disertación era precisamente "El Fruto Taoísta del Origen Caótico". A lo largo de su vida el Gran Inmortal había enseñado a incontables discípulos a alcanzar el misterio de la inmortalidad, aunque, a decir verdad, sólo cuarenta y ocho de ellos habían conseguido la perfecta iluminación del Tao. Quizás por eso, o porque pertenecían a la Secta de la Verdad Completa, había aceptado vivir en su compañía. Aquel día ascendió a las Regiones Superiores a escuchar la conferencia, acompañado por cuarenta y seis de estos discípulos aventajados. Los dos más jóvenes hubieron de quedarse, pues, al cuidado del templo. Uno se llamaba Brisa Límpida y el otro Luna Brillante. Brisa Límpida tenía solamente dos mil doscientos veinte años, mientras que Luna Brillante acababa de cumplir los mil doscientos. Antes de partir, Chen Yüan-Tse convocó a los dos jóvenes y les dijo: No puedo rechazar la invitación del Primero de los Seres Celestes. Aunque no quiera, debo asistir a la conferencia que va a celebrarse en el Palacio Mi-Le. Vosotros quedaos aquí y tened bien abiertos los ojos, ya que espero la visita de un viejo amigo. No necesito deciros que debéis tratarle lo mejor que podáis. Tanto que os doy permiso para que arranquéis dos frutos de ginseng y se los ofrezcáis en recuerdo de nuestra pasada amistad. - ¿Podéis decirnos quién es ese amigo vuestro? - preguntó uno de jóvenes -. Sabiéndolo de antemano, podremos tratarle con mayor herencia. - Es un monje muy virtuoso procedente del Gran Imperio de los Tang, en las Tierras del Este - explicó el inmortal -. Se llama Tripitaka y se dirige al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. - Según Confucio - replicó uno de los jóvenes -, "no es aconsejable mantener contactos con quienes siguen un camino distinto al nuestro" 6. ¿Para qué relacionarnos con un monje budista, cuando nosotros pertenecemos al Misterio de la Gran Mónada? - Has de saber - contestó el Gran Inmortal - que ese monje no es otro que la reencarnación de la Cigarra de Oro, segundo discípulo de Tathagata, el Anciano Sabio del Oeste. Entablé relación con él hace aproximadamente quinientos años en la Fiesta del Ullambana. En aquella ocasión varios seguidores de Buda me presentaron sus respetos y él tuvo la delicadeza de servirme el té con sus propias manos. Desde entonces no he dejado de tenerle por un amigo auténtico. Tras esa explicación los dos jóvenes inmortales no pusieron más reparos a los deseos de su maestro, que les recalcó a la hora de marcharse: - No olvidéis que esos frutos están contados. Podéis ofrecerle dos, ninguno más. - La última vez que abrimos el jardín - comentó Brisa Límpida - comimos dos de esos frutos, así que deben de quedar unos veintiocho. Estad tranquilos. No cogeremos ni uno más de los que habéis dicho. - Me temo, de todas formas - les advirtió el Gran Inmortal -, que los discípulos de Tripitaka son un poco maleducados. Sería conveniente, por tanto, que no se enteraran de la existencia de estos frutos. Tras repetir sus recomendaciones, el Gran Inmortal subió a las Regiones Superiores, seguido del resto de sus discípulos. Mientras esto sucedía, el monje Tang y sus tres discípulos habían iniciado ya la ascensión de la montaña. Jadeantes, levantaron la cabeza y vieron un grupo de altas construcciones que se confundían con el verdor de los bambúes y los pinos. - ¿Qué clase de lugar te parece que es aquél, Wu-Kung? - Preguntó el monje Tang. - No es ni un templo taoísta ni un monasterio budista - contestó el Peregrino después de larga meditación -. Lleguémonos hasta él y descubramos algo más. No tardaron en llegar a la puerta, desde la que se veía un pequeño otero cubierto de pinos y un sendero festoneado de frescos y exuberantes bambúes. Las garzas blancas entraban y salían sin cesar de aquel recinto, mientras familias enteras de simios vagaban por doquier en busca de frutas. Justamente al otro lado de la puerta había un estanque, sobre el que árboles centenarios dejaban caer el peso de sus sombras alargadas. Las rocas que delimitaban su perímetro aparecían totalmente cubiertas de líquenes y musgos, como si estuvieran empeñados en reducirlas a polvo con su frágil verdor. Los salones de la mansión poseían un atractivo color púrpura y sus torres parecían descender, como la lluvia, de las rojizas neblinas. No cabía duda de que aquélla era una región santa. Por doquier se apreciaba una espiritualidad que, de alguna manera, recordaba la caverna de nubes de Peng-Lai. La tranquilidad y el silencio que allí reinaban eran ideales para el entrenamiento de la mente en los difíciles caminos del Tao. A veces se tenía, de hecho, la impresión de que extraños pájaros azulados traían nuevas de Wang-Mu y de que los fénix portaban en sus picos rollos escritos por el propio Lao-Tse. La riqueza de aquel noble paisaje taoísta era tal que la vista no se cansaba de recorrerlo una y otra vez. Sin lugar a dudas, aquélla era una morada de auténticos inmortales. Al bajar del caballo, el monje Tang vio a su izquierda una enorme laja de piedra, sobre la que se había grabado la siguiente inscripción: "La Tierra Sagrada de la Montaña de la Longevidad. Caverna Celeste del Templo de las Cinco Villas". - ¡Así que se trata de un centro taoísta! - exclamó Tripitaka. - A juzgar por el lugar en el que está enclavado - afirmó el Bonzo Sha -, debe de estar habitado por personas realmente virtuosas. ¿Por qué no entramos a echar un vistazo? Si nos gusta, podemos detenernos aquí en nuestro viaje de vuelta, aunque, a decir verdad, con la belleza de su paisaje es más que suficiente. - Tienes razón - concedió el Peregrino y entraron en el interior. A ambos lados de la segunda puerta había un par de tiras de año nuevo, en las que podía leerse:"Casa inmortal en la que la juventud es la única dueña y señora. Esta mansión posee la misma edad que los cielos". - Con el fin de impresionar a la gente, estos taoístas son capaces de decir cualquier cosa - dijo, riendo, el Peregrino -. ¡Menuda forma de hablar! Cuando hace aproximadamente quinientos años sumí el Palacio Celeste en una total confusión, no encontré tan grandilocuentes palabras ni siquiera en la puerta de Lao-Tse. - ¿Eso qué importa? - exclamó Ba-Chie -. Ahora lo que tenernos que hacer es entrar cuanto antes. ¿Quién sabe? A lo mejor estos taoístas tienen guardado ahí dentro algo realmente valioso. No habían transpuesto la segunda puerta, cuando les salieron al encuentro dos jóvenes de aspecto saludable tanto corporal como espiritualmente. En la cabeza lucían unos extraños copetes de pelo y las túnicas que vestían eran tan amplias que parecían estar envueltos, en realidad, en neblinas. Poseían la ligereza de las plumas. Sus amplias mangas recordaban de alguna forma el vuelo de ciertas aves. Por si eso no bastara, sus fajas aparecían adornadas con cabezas de dragones. Viendo lo selecto de sus vestimentas, era fácil colegir que no se trataba de vulgares muchachos. Eran, en efecto, dos mancebos divinos que respondían a los nombres de Brisa Límpida y Luna Brillante. Con inusitado respeto se inclinaron ante los caminantes y les dijeron: - Perdonadnos por no haber salido antes a daros la bienvenida. Sentaos, por favor. El maestro siguió a los dos jóvenes hasta el salón principal, que estaba constituido por cinco grandes compartimentos orientados hacia el sur y separados por grandes paneles cubiertos de relieves. En su parte superior eran totalmente traslúcidos, mientras que en la inferior eran tan sólidos como una roca. Los dos jóvenes descorrieron una sola de estas particiones e hicieron entrar al monje Tang en el compartimiento del centro. De una de las paredes colgaba un larguísimo rollo, en el que habían sido bordados, a cinco colores, los caracteres del Cielo y la Tierra. Justamente debajo de él había una mesa lacada de cinabrio rojo para el ofrecimiento de incienso, sobre la que descansaba una urna de oro amarillo. Junto a ella se veían varias varillas de productos aromáticos. El monje Tang tomó un poco de incienso con la mano izquierda y lo depositó en el quemador. Se inclinó después tres veces seguidas y, volviéndose hacia los jóvenes, les dijo: - No hay duda de que vuestro Templo de las Cinco Villas forma parte del Paraíso Occidental. ¿Cómo es posible, por tanto, que no prestéis culto a los Tres Puros, a los Reyes de los Cuatro Puntos Cardinales o a los diferentes Señores del Cielo Superior? ¿Podéis explicarme por qué junto al recipiente del incienso sólo están escritos los caracteres del Cielo y la Tierra? - A decir verdad - contestó uno de los jóvenes, sonriendo -, eso más que una deferencia por parte de nuestro maestro, porque, mirándolo bien, sólo el Cielo es merecedor de nuestro reconocimiento. - ¿Qué quieres decir con eso de que se trata de una pura deferencia? - volvió a preguntar Tripitaka. - Muy sencillo - contestó el joven -. Los Tres Puros son amigos de muestro preceptor, los Cuatro Reyes sus feudos, los Nueve Planetas sus compañeros, y el Dios del Año Nuevo una especie de huésped no muy bien recibido. Al oírlo, el Peregrino se echó a reír de tal forma que apenas podía mantenerse en pie. - ¿Se puede saber de qué te ríes? - le reconvino Ba-Chie. - ¡Y decías que yo me las daba de grande! - exclamó a duras penas el Peregrino -. ¿Has oído la prosopopeya de este jovencito taoísta? - ¿Dónde está vuestro maestro? - indagó Tripitaka. - Ha sido invitado por el Primero de Todos los Seres a asistir a una conferencia sobre "El Fruto Taoísta del Origen Caótico" en el Palacio Mi-Le del Paraíso de la Pureza. El Peregrino no pudo resistirlo más y exclamó: - ¡Déjate de tanto título rimbombante! ¿Es que no sabes con quién estás tratando? ¿A quién quieres engañar con tanta palabrería altisonante? ¿Quién es ese Inmortal del Palacio Mi-Le que se ha dignado invitar a ese maestrucho vuestro? Además, ¿qué clase de conferencia es esa de la que hablas? Al ver lo acalorado que estaba el Peregrino, Tripitaka temió que los jóvenes fueran a incomodarse y reconvino a Wu-Kung, diciendo: - Deja de mostrarte tan descortés, por favor. Si abandonamos este palacio nada más llegar, pueden tomarnos por maleducados. Como muy bien afirma el proverbio, "las garzas no comen carne de garza". ¿Para qué importunar a estos jóvenes, si su maestro no está aquí? Lleva el caballo a pastar, mientras el Bonzo Sha se encarga del equipaje y Ba-Chie va en busca de un poco de grano. Nosotros mismos nos encargaremos de preparar la comida. Sólo necesitamos unos cuantos pucheros y un poco de leña. Venga, cada cual a lo suyo. Yo voy a quedarme aquí descansando un poco. Proseguiremos nuestro camino en cuanto hayamos terminado de comer. Los tres obedecieron sin rechistar. Brisa Límpida y Luna Brillante se sintieron tan admirados por lo bien organizados que se mostraban que no pudieron por menos de comentar entre sí: - ¡Qué determinación la de este monje! Con razón es la reencarnación de un Sabio del Oeste. Ahora debemos hacer lo que nos dejó encargado nuestro maestro y entregarle unos cuantos frutos de ginseng. Menos mal que sus tres discípulos se han marchado. De lo contrario, tendríamos serios problemas con ellos. ¿Te has dado cuenta de lo rudos que son sus modales? - No vayamos tan deprisa - sugirió Brisa Límpida -. Mirándolo bien, no sabemos si es este monje el amigo de nuestro maestro. Deberíamos asegurarnos, antes de dar cualquier paso en falso. Se llegaron, pues, hasta Tripitaka y le preguntaron: - ¿Sois vos el monje Tang, hermano del emperador y eterno buscador de escrituras? - Así es - contestó él, inclinando la cabeza -. ¿Cómo es que dos inmortales como vosotros conocen un nombre tan vulgar como el mío? - Antes de marcharse - respondió uno de los jóvenes -, nuestro maestro nos dejó encargado que saliéramos a recibiros a los pies de esta montaña. Lo que menos esperábamos es que fuerais a aparecer tan pronto. Sentaos, por favor, y permitidnos que os sirvamos un poco de té. - No merezco tantas atenciones - protestó Tripitaka, pero Luna Brillante se había retirado ya a la parte de atrás de la casa y no tardó en regresar con una taza de té aromático. En cuanto Tripitaka la hubo bebido, dijo Brisa Límpida: - No debemos desobedecer a nuestro maestro. Así que, cuanto antes le entreguemos la fruta, mejor. Los dos jóvenes se despidieron de Tripitaka y se retiraron a sus aposentos. Uno de ellos sacó un mazo de oro, mientras el otro se hizo con una bandeja de madera para servir elixir. Antes de salir hacia el Huerto del Ginseng, colocaron sobre ella varios mantelitos de seda. Brisa Límpida se subió a un árbol y agitó con el mazo las ramas - Luna Brillante estaba debajo con la bandeja y logró hacerse con dos de las frutas que cayeron. Satisfechos, regresaron al salón principal y se las ofrecieron a Tripitaka, diciendo: - El Templo de las Cinco Villas se encuentra ubicado en un paraje agreste y de difícil acceso. No son muchas, pues, las cosas de que disponemos para festejar vuestra llegada, pero, si queréis saciar vuestra sed, no hay cosa mejor que estas frutas que crecen en nuestro huerto. - Santo cielo! - exclamó el monje, echándose hacia atrás y temblando de pies a cabeza - . ¿Cómo es posible que practiquéis el canibalismo en un lugar tan sagrado como éste? ¿Tan mal os van las cosas por aquí que lo único que tenéis para saciar mi sed son dos niños de apenas tres días de vida? - ¡Pobre monje! - se dijo Brisa Límpida -. Lleva tanto tiempo en este mundo que es incapaz de reconocer los preciados tesoros que aquí tenemos. Sólo se sirve de los ojos mortales para ver y de la mente corrupta para pensar. ¿Cómo es posible que haya caído tan bajo quien ocupó los puestos más altos del cielo? Comprendiendo su turbación, Luna Brillante se acercó a él y le explicó: - Esto que veis aquí, maestro, no son niños, sino un fruto llamado ginseng. No hay nada de malo en que comáis por lo menos uno. - No puedo hacerlo - exclamó en seguida Tripitaka -. Sólo el cielo conoce la cantidad de penalidades que han tenido que pasar sus padres para traer a la vida a estas criaturas. ¡Es increíble que tratéis de convencerme de que son sólo frutas, cuando bien a la vista está que son niños de no más de tres días! - Os doy mi palabra de que proceden de un árbol - afirmó Brisa Límpida, solemne. - ¡Tonterías! - volvió a exclamar Tripitaka -. ¿Cómo va la gente a crecer en los árboles? ¡Lleváoslos de mi vista! ¡No soporto los crímenes! Comprendiendo que no había manera de convencerle, los dos jóvenes cogieron la bandeja y la llevaron a sus aposentos. Sabían que aquellos frutos eran tan especiales que, si no se comían en seguida, se volvían muy duros y no había manera de hincarles el diente. Se sentaron, pues, en las camas y empezaron a dar buena cuenta de ellos, desgraciadamente, sus aposentos colindaban con la cocina, de la que sólo les separaba un muro muy fino, y podía oírse todo lo que hablaban. Ba-Chie estaba preparando un poco de arroz y no pudo dejar de escuchar una conversación que llamó en seguida su atención, ya que giraba a cerca de un enigmático mazo de oro y una extraña bandeja para el elixir. Fue así como se enteró de que el monje Tang había rechazado, por ignorancia, los frutos del ginseng, obligando a los dos jóvenes a comérselos tranquilamente en sus aposentos. A Ba-Chie se le hizo la boca agua y se dijo, esperanzado: - ¿Cómo podría arreglármelas para comer también yo uno? No sabía, sin embargo, qué hacer para conseguirlo y decidió tratar del asunto con el Peregrino. Se desentendió totalmente de la comida y empezó a sacar la cabeza por la ventana para ver si le veía aparecer. Wu-Kung no tardó, en efecto, en dejarse ver con el caballo. Lo ató a un árbol y empezó a andar hacia la parte de atrás de la casa, pero el Idiota llamó su atención, agitando las manos como un loco y diciendo: - ¡Ven aquí inmediatamente! - ¿Se puede saber por qué gritas tanto? - preguntó el Peregrino volviéndose y dirigiéndose hacia la puerta de la cocina -. ¿Acaso falta arroz? Si es así, que el maestro coma primero. Nosotros mendigaremos el sustento en las casas que vayamos encontrando a lo largo del camino. - Pasa de una vez - le urgió Ba-Chie -. Lo que tengo que decirte no tiene nada que ver con el arroz. He averiguado que en este templo hay un tesoro de lo más extraño. - ¿Quieres decirme de qué se trata? - volvió a preguntar el Peregrino. - Por supuesto que sí - contestó Ba-Chie, sonriendo -. Pero te advierto que es algo que no has visto jamás. Es posible, por tanto, que, si te lo pongo delante de las narices, no seas capaz de reconocerlo. - No sabes ni lo que dices - le regañó el Peregrino -. Cuando hace aproximadamente quinientos años me dediqué a la búsqueda de la inmortalidad, recorrí hasta el último rincón del cielo y el océano, y puedo asegurarte que no hay misterio que no haya comprendido ni tesoro que no haya visto. - Todo lo que tú quieras - replicó Ba-Chie -. Pero ¿a que no has visto nunca un fruto de ginseng? - Me temo que no - reconoció el Peregrino, desconcertado -. Sin embargo, he oído decir que es la planta del azufre metamorfoseado y que quien la come ve prolongada considerablemente su vida. ¿Quieres decirme dónde puedo encontrar esa maravilla? - Aquí mismo - contestó Ba-Chie -. Esos dos muchachos se la ofrecieron al maestro, pero él pensó que se trataba de un niño de apenas tres días y no se atrevió a probarla. Opino que esos mozalbetes son un poco desconsiderados con nosotros, ya que debían habernos tratado exactamente igual que a nuestro mentor. ¿A qué viene eso de andar con secretitos? Los muy caraduras se han comido un fruta de ésas cada uno en la habitación de al lado. Lo han hecho con tal fruición que he empezado a babear como un tonto, mientras mi mente cavilaba la forma de probarla yo también. Así, he caído en la cuenta de que no hay hombre con más recursos que tú. ¿Qué te parece si nos llegamos hasta su huerto y les robamos unos cuantos frutos de ésos? - No hay cosa más fácil - afirmó el Peregrino -. Puedes tomarlo por hecho - y, dándose la vuelta, empezó a caminar hacia la parte delantera de la casa. Afortunadamente, Ba-Chie logró detenerle, diciendo: - Espera un momento. Mientras hablaban, les oí mencionar no sé qué de un mazo de oro. Es preciso hacerlo todo con la debida corrección para que nadie se dé cuenta de nuestros planes. - Estáte tranquilo - dijo el Peregrino -. Ya sé cómo hacerlo. El Gran Sabio se valió de la técnica del ocultamiento corporal para introducirse sin ser visto en los aposentos de los taoístas. Los dos jóvenes no estaban ya allí. Después de comer las frutas regresaron al salón principal para mantener entretenido al monje Tang. El Peregrino buscó por todas partes el mazo de oro y sólo pudo hallar una varilla de oro rojizo colgada de una ventana. Tenía aproximadamente una longitud de dos pies y un grosor que no superaba el de un dedo. Uno de sus extremos terminaba en una bolita del tamaño de una cabeza de ajo; en el otro había un pequeño agujerito con una cinta de lana verde. - Éste debe de ser el mazo de oro - se dijo el Peregrino y lo descolgó con cuidado. Sin perder un solo segundo, se dirigió a la parte de atrás de la casa, abrió una puerta de doble batiente y se encontró de pronto ante un huerto esmeradamente cuidado. Sus barandas, primorosamente labradas, habían sido pintadas de un atractivo color rojizo, que contrastaba con lo escarpado de sus colinas artificiales. En ellas crecían exóticas flores, que rivalizaban en luminosidad con el sol, y pequeños bosquecillos de bambúes, cuyo verdor se compaginaba perfectamente con el límpido añil de los cielos. Tras un gracioso pabellón se apreciaba una banda de sauces fijadores de niebla, junto a los que se levantaba una tribuna para gozar de la contemplación de la luna. Por doquier se veían pinos de un atractivo color azulado. El huerto era, en realidad, un mosaico de vivos y atractivos colores: el rojo brillante de los granados, el delicado verde de la hierba, el exuberante azul de las orquídeas, la límpida transparencia de las aguas de un arroyo. No lejos del pozo dorado crecían infinidad de árboles, entre los que destacaban los wu-tung, los huai y los melocotoneros de tupidas copas y atractivos colores. Los crisantemos esparcían por doquier el milagro otoñal de su penetrante fragancia. Junto al pabellón de las peonías crecían diez mil variedades de tan preciadas flores. Adondequiera que se dirigiera la vista podían contemplarse bambúes que desafiaban la escarcha y pinos cargados de nobleza que se mofaban de la nieve. No muy lejos del estanque cuadrado y del lago circular se habían construido nidos para las garzas y establos para los ciervos Al chocar contra las rocas, el agua de los arroyos parecía desintegrarse en diez mil esquirlas de jade. El viento invernal sacudía con fiereza la delicada blancura de los capullos del ciruelo, aunque se respiraba ya la cercanía de la primavera en la explosión de color de las begonias. Aquél era, en verdad, un auténtico paraíso, en el que el oro surgía del suelo como si fuera una planta más. Resultaba imposible imaginar que hubiera un lugar más hermoso que aquél en todo el occidente. El Peregrino se sintió inmediatamente atraído por el embrujo de su belleza, pero continuó caminando y pronto se encontró con otra puerta. La abrió de par en par y se halló en un vergel, en el que crecía toda clase de verduras: espinacas, apio, colas de caballo, remolacha, jengibre, brotes de bambú, melones, berros, cebollinos, ajo, culantro, puerros, cebolletas, tallos de apio, flores de loto, su amargo, calabaza, berenjenas, nabos blancos y verdes, espinacas rojas, repollos verdes y mostaza. - Se ve que este taoísta consume lo que produce - se dijo, sonriendo, el Peregrino y continuó su camino. Al otro extremo de este segundo huerto había una nueva puerta. La abrió y se encontró en un nuevo vergel, en cuyo centro crecía un árbol llamativamente alto. Sus ramas eran recias y bien proporcionadas, lo mismo que sus hojas, que, de alguna manera, recordaban las del llantén. Tanta perfección no dejaba de llamar la atención, ya que medía más de mil pies de alto y sesenta o setenta de grosor. El Peregrino se apoyó en su tronco y, levantando la vista, vio un fruto de ginseng en una de las ramas que miraban hacia el sur. Parecía, en verdad, un niño recién nacido. La brisa sacudía sin cesar sus miembros y su cabeza, otorgándole una indiscutible apariencia de vida. A veces se tenía incluso la sensación de que lloraba como si fuera un auténtico bebé. - ¡Qué cosa más maravillosa! - volvió a decirse, asombrado, el Peregrino -. Jamás había visto cosa igual - y, de un salto, se encaramó a lo alto del árbol. Para él no encerraba secreto alguno robar fruta. De hecho, no era la primera vez que lo hacía. Sin pérdida de tiempo, sacó el pequeño mazo de oro y golpeó con suavidad la fruta, que se desprendió al instante de la rama. El Peregrino se dejó caer sobre la hierba, pero, por mucho que lo intentó, no consiguió encontrar el ginseng. No había, simplemente, rastro de él. - ¡Qué raro! - exclamó el Peregrino -. Me figuro que, al tener piernas, se habrá echado a correr. Sin embargo, ¿cómo se las habrá arreglado para saltar la tapia? ¡Ya sé lo que ha pasado! Seguro que lo ha escondido por alguna parte el espíritu de este huerto, para que no pueda comerlo. En seguida hizo un signo mágico, al que añadió un conjuro que empezaba con la letra Om. Su gesto se tornó tan poderoso que no tardó en aparecer el espíritu del huerto, inclinándose respetuosamente y diciendo: - ¿En qué puede serviros este humilde esclavo vuestro, Gran Sabio? - ¿No sabes que soy el ladrón más famoso del mundo? - preguntó, a su vez, el Peregrino -. Nadie se atrevió a despojarme de mi botín cuando me apropié de los melocotones inmortales, del vino del emperador y de las píldoras de la longevidad. ¿Cómo has tenido tú el valor de llevarte el fruto que acabo de arrancar a este árbol? Me extraña que hayas obrado con tanta ligereza. Mirándolo bien, lo que crece en árboles es patrimonio de todas las aves. ¿Por qué has tenido que quedarte con mi parte? - Estáis muy equivocado, Gran Sabio - contestó el espíritu del huerto -. Yo no os he quitado nada. Este tesoro es propiedad de un inmortal de la tierra y yo no soy más que un vulgar espíritu. ¿Cómo iba a atreverme a cometer semejante desacato? A mí ni siquiera me está permitido oler esos frutos, así que tú verás. - Si tú no lo has cogido - interrogó el Peregrino -, ¿cómo es que a desaparecido nada más caer al suelo? - Es muy posible que estéis al tanto de sus propiedades para alargar la vida - respondió el espíritu -. Pero se ve que desconocéis absolutamente todo sobre él. - ¿Qué quieres decir? - exclamó el Peregrino. - Que este árbol tarda aproximadamente tres mil años en florecer, invierte otro tanto en dar fruto y lo conserva en sus ramas durante un período exactamente igual - explicó el espíritu -. Quien lo huela una sola vez puede vivir más de trescientos sesenta años, y quien tenga la fortuna de comerlo es capaz de alcanzar los cuarenta y siete mil años. Sin embargo, un fruto tan valioso se encuentra totalmente a merced de las Cinco Fases. - ¿Y eso qué significa? - volvió a indagar el Peregrino. - Muy sencillo - dijo el espíritu -: que se desprende al contacto con el oro, se seca con el de la madera, se disuelve con el del agua, se marchita con el del fuego y se diluye con el de la tierra. Ése es el motivo por el que has tenido que valerte de un objeto de oro para arrancarlo. Tenías que haberte servido, además, de una bandeja cubierta con un mantelito de seda. De esa forma, hubieras evitado el contacto con la madera. Es más, a la hora de comerlo, es preciso disolverlo con un poco de agua en un recipiente de porcelana y mantenerlo alejado cuanto se pueda del fuego. Lo que ha ocurrido, en definitiva, ha sido que, al tocar la tierra, se ha asimilado totalmente a ella. Consiguientemente, esta porción de huerto se mantendrá lozana durante más de cuarenta y siete mil años. No deja de ser esto extraño, ya que en realidad es tres o cuatro veces más duro que el hierro y el acero no puede absolutamente nada contra él. Eso explica precisamente que quien lo coma pueda vivir tanto tiempo. Si no me crees, golpea el suelo todo lo fuerte que puedas y te convencerás. El Peregrino cogió la barra de los extremos de oro y propinó un golpe terrible a la tierra. Pero rebotó como una gota de lluvia sobre la roca. En el suelo, sin embargo, no se apreciaba la menor señal. - He de admitir que tienes razón - exclamó, sorprendido, el Peregrino -. Esta barra es capaz de hacer añicos una montaña entera y de producir una marca profunda en el mismo hierro. Sin embargo, no ha dejado la menor señal en el suelo. Perdona por haberte echado la culpa sin motivo. Si quieres, puedes marcharte. Visiblemente complacido, el espíritu del huerto se inclinó y regresó a su morada oficial. El Gran Sabio volvió a subirse al árbol, hizo una especie de saco con su camisa de seda y, apartando cuidadosamente las hojas y las ramas, golpeó tres frutos con el pequeño mazo de oro, que fueron a parar al fondo del tejido. Loco de contento, saltó otra vez a tierra y corrió hacia la cocina. - ¿Los has traído? - le preguntó Ba-Chie, sonriendo. - ¿Son éstos los frutos de los que hablabas? - inquirió, a su vez, el Peregrino -. Ha sido más fácil conseguirlos de lo que esperaba. Así que llama al Bonzo Sha y que venga a probarlos. No está bien dejarle fuera de un banquete tan suntuoso como éste. - ¡Ven aquí, Wu-Ching! - gritó Ba-Chie, moviendo las manos. - ¿Se puede saber qué es lo que quieres? - preguntó el Bonzo Sha. - Mira esto - le dijo entonces el Peregrino -. ¿Sabes lo que es? - Frutos de ginseng - respondió el Bonzo Sha, sorprendido. - Eso es - confirmó el Peregrino -. ¿Dónde los has probado? - En ninguna parte - contestó el Bonzo Sha -. Cuando desempeñaba el cargo de Levantador de la Cortina, vi en cierta ocasión a varios inmortales regalárselos a la Reina Madre con motivo de su cumpleaños. Pero no los he probado jamás. ¿Piensas darme ahora esa oportunidad? - Por supuesto - afirmó el Peregrino -. ¿Para qué crees que he traído tres? Cada uno cogió el suyo. Ba-Chie poseía un enorme apetito y una boca que superaba toda medida. No esperó, pues, ni un solo segundo y se lo tragó, como si se tratara de una simple pepita de melón. - ¿Se puede saber qué es eso que estáis comiendo? - preguntó, volviéndose hacia sus dos hermanos. - Frutos de ginseng - contestó, sorprendido, el Bonzo Sha. - ¿A qué sabe eso? - volvió a preguntar Ba-Chie. - No le hagas caso, Wu-Ching - le aconsejó el Peregrino -. Él ya ha comido el suyo. ¿A qué viene tanta pregunta inútil? - Me temo que lo he comido demasiado deprisa - confesó Ba-Chie. Yo no soy tan comedido como vosotros, que os gusta saborearlo con fruición. A mí no me va eso de masticar. Lo triste es que no me lo he tragado y ni siquiera sé si tenía pepita. ¿Por qué no vas y me traes otro? Vamos, no te hagas de rogar. Al fin y al cabo, es culpa tuya haberme agitado de esta forma los gusanos del estómago. Te prometo que esta vez lo saborearé con cuidado. - Se ve que no tienes remedio - exclamó el Peregrino -. Estos frutos no son como el arroz o los tallarines. En diez mil años sólo han madurado unos treinta. Deberías dar gracias al cielo por haberlos podido comer. Así que deja de decir tonterías de una vez. Cogió el pequeño mazo de oro y, sin decir nada más, lo dejó caer en la habitación de al lado a través de un agujero que hizo en la ventana. Pero el Idiota no se arredró y continuó murmurando insensateces. Al poco tiempo los jóvenes taoístas regresaron a sus aposentos en busca de un poco de té para el monje Tang y oyeron quejarse a Ba-Chie de no haber saboreado como debiera el fruto del ginseng y de que mejor hubiera sido no habérselo llevado a la boca. - ¿Has oído lo que acaba de decir el monje del morro saliente? - preguntó, intrigado, Brisa Límpida a Luna Brillante -. Ni más ni menos ha dado a entender que se ha zampado uno de nuestros preciados frutos. ¿Crees que habrán robado alguno esos bonzos zarrapastrosos? Con razón nos advirtió el maestro que tuviéramos cuidado con ellos. - Todo esto me da muy mala espina - comentó Luna Brillante, dándose la vuelta -. Para empezar, el mazo de oro está en el suelo. Creo que lo mejor que podemos hacer es ir al huerto a echar un vistazo. Los dos jóvenes corrieron a la parte de atrás de la casa y, para su sorpresa, encontraron abierta de par en par la puerta del jardín de las flores. - ¡Qué cosa más rara! - exclamó Brisa Límpida -. Recuerdo muy bien haberla dejado cerrada. Visiblemente preocupados, corrieron hacia el huerto de las verduras y lo hallaron abierto también. Sin poder contener ya la impaciencia, entraron en el jardín en el que crecía el ginseng y empezaron a contar sus frutos, mirando con ansiedad hacia arriba. Repitieron varias veces la operación, pero siempre obtuvieron el mismo resultado: veintidós frutos. - ¿Has contado bien? - preguntó Luna Brillante. - Sí. Y no sólo una, sino varias veces - contestó Brisa Límpida - - - ¿Cuántos te salen? - En un principio había treinta - respondió Luna Brillante - Ante de marcharse, el maestro dividió dos entre todos nosotros, así que quedaban veintiocho. A ésos hay que restar los dos que ofrecimos al monje Tang. O sea, que en total debería haber veintiséis. ¿Cómo e posible que sólo hayamos contado veintidós? ¿Dónde están los otros cuatro? Aunque, mirándolo bien, la explicación no puede ser más clara: los ha robado ese grupo de ladrones. Vamos a pedir cuentas de todo ello al monje Tang. Tras abandonar el jardín, se dirigieron al salón principal, donde pusieron de vuelta y media a Tripitaka, acusándole de ladrón y de amigo de ratas. Haciendo uso de un lenguaje irrespetuoso en extremo, continuaron insultándole durante mucho tiempo, hasta que finalmente el Tang no pudo aguantarlo más y dijo: - ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Es que no podéis calmaros y tratar del asunto que sea como personas educadas? Si tenéis algo que decirme, hacedlo con más tranquilidad y sin usar un lenguaje tan ofensivo. No me explico qué clase de inmortales sois vosotros. - Por lo que se ve, estás totalmente sordo - le regañó Brisa Límpida -. Si te hablamos con un lenguaje tan soez, es porque estamos convencidos de que es el único que entiendes. ¿De qué otra forma podemos dirigirnos a quien ha robado los frutos del ginseng? ¿Qué quieres? ¿Que, encima, te alabemos? - ¿Cómo son esos frutos que decís? - preguntó el monje Tang. - Como un niño recién nacido - contestó Luna Brillante -. Al menos eso fue lo que tú mismo dijiste, cuando te los dimos a probar hace menos de media hora. - ¡Bendito sea Amitabha Buda! - exclamó, escandalizado, el monje Tang -. ¿Cómo voy a atreverme a robar eso que decís, si con sólo mirarlo me pongo a temblar como si fuera una hoja? Ni aunque estuviera muerto de hambre sería capaz de probarlo. Mucho me temo que os habéis equivocado de persona. - Es posible que tú no lo hayas hecho - reconoció Brisa Límpida -, pero no estamos tan seguros de tus discípulos. A ellos sí que les gustaría probar una delicia como ésa. - No lo niego - admitió Tripitaka -. Pero ¿a qué viene eso de gritar como locos? Ahora mismo voy a preguntárselo y, si son ellos los culpables, os juro que les obligaré a resarciros de alguna manera. - ¿Resarcirnos? - repitió, burlón, Luna Brillante -. No podrías hacerte con uno de esos frutos, ni aunque tuvieras todo el dinero del mundo. - Si es verdad lo que dices - concluyó Tripitaka -, al menos podrán presentaros sus disculpas, pues, como muy bien dice el proverbio, "la honradez vale más que dos mil monedas de oro". Además, no estamos seguros del todo de que hayan sido mis discípulos los que han cogido vuestros frutos. - ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó Luna Brillante -. Nosotros mismos les hemos oído discutir sobre el tamaño de los trozos que se estaban repartiendo tan tranquilamente. - ¡Venid aquí inmediatamente, discípulos! - gritó Tripitaka Al oírlo, el Bonzo Sha exclamó, preocupado: - ¡Vaya, lo que nos faltaba! Esos jovenzuelos taoístas nos han descubierto y han ido con el cuento a nuestro maestro. Por eso están armando todo ese alboroto. - Nuestra situación es, ciertamente, comprometida - comentó el Peregrino -. De todas formas, se trata de un asunto de auténtica subsistencia. Si hemos robado, ha sido con el único propósito de matar el hambre. Así que lo mejor es negarlo de plano. - Estoy de acuerdo contigo - asintió Ba-Chie -. Robar para comer no es delito - y, abandonando la cocina, se dirigieron hacia el salón principal. No sabemos cómo se las apañaron para salir de aquel embrollo. Quien desee descubrirlo tendrá que escuchar las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第025回 EL INMORTAL CHEN YÜAN SALE EN PERSECUCIÓN DEL MONJE BUSCADOR DE ESCRITURAS. EL PEREGRINO SUN PRODUCE UN GRAN DESORDEN EN EL TEMPLO DE LAS CINCO VILLAS En cuanto llegaron al salón principal, los tres Peregrinos se inclinaron respetuosamente ante su maestro y le preguntaron: - ¿Por qué nos habéis hecho llamar? El arroz no está todavía preparado. - No es de comida de lo que quiero hablaros - replicó Tripitaka -, sino de algo más serio. En este templo crece una fruta muy extraña, a la que llaman ginseng y que tiene la forma de un niño recién nacido. ¿Ha probado una alguno de vosotros? - Yo no sé nada de eso - contestó Ba-Chie -. Ni siquiera he visto una fruta como la que decís en toda mi vida. - ¡Ha sido el que se está riendo! - gritó Brisa Límpida, apuntando Peregrino. - Yo nací con una propensión a la sonrisa - se defendió Wu-Kung -. Estás muy equivocado si crees que, porque has perdido algo, tienes derecho a prohibirme reír. - No pierdas la compostura, por favor - le aconsejó Tripitaka -. A los que hemos renunciado a la familia no nos está permitido mentir ni probar comida robada. Si alguno de vosotros lo ha hecho, que se disculpe y asunto concluido. ¿A qué viene eso de negarlo con tanta insistencia? El Peregrino consideró que era razonable la argumentación de su maestro y confesó, diciendo: - Lo siento, maestro. Me temo que fui yo quien lo hizo. De todas formas la culpa no fue sólo mía. Ba-Chie oyó comer a esos dos jóvenes un par de frutas de ginseng y quiso ver a qué sabían. Así que me convenció para que arrancara una para cada uno. Ya las hemos comido. ¿Qué otra cosa podíamos hacer con ellas? - ¡Cuidado que eres mentiroso! - exclamó Luna Brillante -. Robaste cuatro frutas y ¿todavía pretendes no ser un ladrón? ¿Quieres explicarme qué es lo que entiendes tú por latrocinio? - Si es verdad lo que dice este joven, ¿cómo es que sólo repartiste tres entre nosotros? - le echó en cara Ba-Chie -. ¡Cuidado que eres! Siempre tienes que estar engañando a todo el mundo - y empezó hacer aspavientos inútiles. Cuando los jóvenes inmortales descubrieron la verdad, arreciaron aún más en sus insultos, cosa que terminó sacando de quicio al Gran Sabio. Sin poderse contener, empezó a apretar los dientes y a hacer gestos amenazadores con la boca, mientras blandía, amenazante, la barra de hierro. - ¡Malditos jóvenes! - bramó, luchando por controlar sus instintos -. Se ve que saben zaherir a la gente con su sucia lengua. ¡Estoy hasta las narices de su arrogancia! ¿Quieren que nadie más coma del fruto del ginseng? Pues les voy a ayudar a conseguirlo. Se arrancó un pelo del cogote y, echando sobre él una bocanada de aire mágico, gritó: - ¡Transfórmate! Y al instante se convirtió en una imagen exacta del Wu-Kung obediente y sumiso, que recibía sin rechistar los insultos. Pero mientras esa falsa imagen se mantenía al lado de Wu-Ching, Wu-Neng y el monje Tang, el auténtico Peregrino se elevó por las nubes y fue a parar al huerto en el que crecía el árbol del ginseng. Furioso, levantó la barra por encima de su cabeza y descargó sobre él un golpe terrible, que sacudió hasta los mismos cimientos de la montaña. El árbol sufrió un daño irreparable, perdiendo todas sus hojas y ramas y dejando al descubierto sus preciadas raíces. La planta del azufre transformado quedó, de esta forma, convertida en una auténtica ruina. Pese a todo, el Gran Sabio buscó entre las ramas caídas unas cuantas frutas, pero no pudo hallar una sola. Como los extremos de la barra no eran de oro y su cuerpo de hierro - uno de los elementos metálicos -, el ginseng se desprendió por sí solo y se diluyó en la tierra, apenas hubo tocado el suelo. De ahí que resultaran inútiles los esfuerzos del Peregrino. - Mejor así - se dijo, satisfecho -. Ahora podremos seguir tranquilamente nuestro viaje. Se guardó en la oreja la barra de hierro y regresó a la parte anterior de la casa. Allí sacudió el cuerpo, recuperando, de esta forma, el pelo que había perdido. Nadie se dio cuenta de lo que realmente había pasado, ya que todos ellos poseían ojos de carne. - Estos monjes tienen una voluntad de acero - comentó, asombrado Brisa Límpida con Luna Brillante -. Les hemos estado reprendiendo como si fueran vulgares polluelos y no nos han replicado ni una sola vez. ¿Será verdad que ellos no han robado las frutas? El árbol Ginseng es muy alto y su ramaje muy denso. Es posible que nos hayamos equivocado y que estemos regañando a quien no debemos. ¿Qué te parece si volvemos al huerto e investigamos más detenidamente todo este asunto? - Es lo menos que podemos hacer - replicó Luna Brillante y los se dirigieron al jardín de los frutales. Lo que vieron les llenó el alma de una profunda congoja. El árbol yacía en el suelo con las ramas partidas y las hojas desperdigadas. No se veía ni uno solo de sus frutos. Brisa Límpida estaba tan abatido que sus piernas no pudieron seguir sosteniéndole y cayó en tierra como planta tronchada. Luna Brillante, por su parte, se balanceaba como si fuera un borracho. Los dos estaban tan asustados que no daban crédito a lo que veían. De tan singular momento tenemos un poema, que dice: En su vagar hacia el Occidente Tripitaka se topó con la Montaña de la Longevidad, donde Wu-Kung derribó el árbol del azufre transformado. Todas sus ramas se quebraron y sus hojas fueron pasto del poder dispersor de los vientos. Brisa Límpida y Luna Brillante quedaron horrorizados al ver arrancadas las raíces divinas. Los dos monjes taoístas se quedaron tumbados en el suelo, abatidos por la terrible desgracia que acababan de contemplar. Su lenguaje se tornó inconexo y sólo eran capaces de repetir una y otra vez: - ¿Qué vamos a hacer ahora? Ha desaparecido la raíz del Templo de las Cinco Villas y se ha secado la semilla que mantenía viva esta santa morada. ¿Qué vamos a decir a nuestro maestro, cuando regrese? - Deja de lamentarte como una plañidera - reconvino a Brisa Límpida Luna Brillante -. Lo que debemos hacer ahora es no alertar a esos monjes desalmados. Por fuerza han tenido que ser ellos los autores de este destrozo. Yo me inclino por el de la cara peluda v el aspecto de dios del trueno. Seguro que se ha servido de algún tipo de magia para llegarse hasta aquí sin ser visto y destrozar nuestro tesoro. Es inútil que tratemos de arrancarle una confesión. Lo negará todo y eso nos llevará a una nueva discusión, que muy bien puede terminar en una lucha bastante desigual. Mal que nos pese, nosotros somos dos y ellos cuatro. Lo mejor que podemos hacer es tratar de engañarlo diciendo que no falta ninguna de las frutas, que todo fue un error do cálculo y que, por lo tanto, les debemos una disculpa. Su arroz está ya casi a punto. Podemos ofrecerles unas cuantas viandas más y, cuando tengan los platos en las manos, cerramos las puertas de golpe y así no podrán escapar. Que nuestro maestro decida después lo que hay que hacer con ellos. Es muy posible que los perdone, teniendo en cuenta que el monje Tang y él fueron grandes amigos. Pero, al menos, nosotros quedaremos libres de toda responsabilidad y nadie podrá echarnos en cara que no hemos hecho cuanto hemos podido. - Tienes razón - asintió Brisa Límpida -. Me temo que, si no hacemos como dices, vamos a recibir una buena reprimenda. Se arreglaron las ropas lo mejor que pudieron y regresaron con caras sonrientes al salón principal. Se llegaron hasta donde estaba el monje Tang e, inclinándose ante él, dijeron con ademán humilde: - Esperamos que no os haya ofendido nuestro lenguaje vulgar y rastrero. No debíamos haberlo empleado jamás. - ¿A qué se debe este cambio en vuestra actitud? - preguntó, sorprendido, Tripitaka. - A que hemos cometido una grave equivocación - respondió Brisa Límpida -. No faltaba ninguna de nuestras preciadas frutas. Lo que pasó es que nos equivocamos al contar, porque el árbol que las produce es muy frondoso y hay que tener una vista muy aguda. Precisamente venimos de echar una nueva cuenta, que ha puesto de manifiesto lo infundado de nuestras acusaciones. - ¡Qué impulsiva es la juventud! - exclamó Ba-Chie -. Siempre condena sin averiguar antes lo que hay de verdad o mentira en el asunto. Es vergonzoso lanzar acusaciones sin fundamento contra personas inocentes. Espero que aprendáis la lección para la próxima vez. El Peregrino comprendió, sin embargo, que estaban tratando ganar tiempo y, aunque no dijo nada, pensó: - ¡Qué forma más descarada de mentir! ¿Cómo se atreverán a decir tonterías, cuando la verdad es que no quedó ni una sola fruta? A no ser, claro está, que ese árbol tenga poderes especiales y hay recuperado su perdido esplendor antes de lo que esperaba. - En ese caso - concluyó Tripitaka, volviéndose hacia sus discípulos -, traed el arroz. Reanudaremos el viaje en cuanto hayamos comido. Ba-Chie fue a por la cazuela, mientras el Bonzo Sha acercaba una mesa y unas sillas. Los dos jóvenes, por su parte, trajeron siete u ocho platos más, entre los que se contaban berenjenas en vinagre, rábanos en salsa de vino, alubias verdes en aceite, raíces de loto en salazón y platas secas de mostaza. También sacaron un puchero con el té más fino que pueda imaginarse y dos tazas. Después se colocaron discretamente a cada lado de la puerta. En cuanto los cuatro monjes cogieron las escudillas, abandonaron el salón a toda prisa, cerrándolo de un sonoro portazo. No contentos con eso, dieron dos o tres vueltas a la llave. - ¡Qué tontos son esos jóvenes! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿A qué viene eso de cerrar la puerta sin haber probado bocado? A no ser, claro está, que se trate de una costumbre de este lugar. - Así es - se burló Luna Brillante -. De aquí nadie sale hasta que no haya llenado la panza. -¡Malditos ladrones glotones! - gritó, a su vez, Brisa Límpida -. Robasteis nuestras frutas y debéis pagar por vuestro atrevimiento, no os contentáis con coméroslas, sino que, encima, tuvisteis que derribar el árbol sagrado y destrozar su raíz. Vais a recibir tal escarmiento que, si queréis ir al Paraíso Occidental a presentar vuestros respetos a Buda, tendréis que esperar a la próxima reencarnación para hacerlo. Al oír eso, Tripitaka dejó caer su escudilla de arroz y se quedó sentado con los hombros caídos, como si sobre ellos descansara un peso insoportable. Los dos jóvenes, mientras tanto, cerraron todas las puertas del monasterio. Sólo cuando estuvieron seguros de que nadie podía escapar, regresaron al salón principal y empezaron a insultar una vez más a los monjes, llamándoles ladrones y bandidos. Así continuaron hasta que el hambre terminó venciéndoles y se retiraron a llenar la barriga. - ¿Ves lo que has conseguido? - regañó el monje Tang al Peregrino -. No sabes más que buscar problemas. Deberías haber previsto todo esto, a la hora de robar y comer esas dichosas frutas. Además ¿por qué tuviste que derribar el árbol? Has obrado con tal desprecio hacia las normas establecidas que, de ser llevado ante el juez, no podrías escapar al castigo ni aunque fuera tu padre el presidente del tribunal. - No me regañéis con tanta dureza, por favor - le suplicó el Peregrino -. ¿Qué nos importa que esos mozalbetes se hayan retirado a llenar la panza y a descansar? Nosotros seguiremos adelante con nuestro plan y partiremos esta misma noche. - ¿Cómo vamos a poder salir de aquí, si todas las puertas han sido cerradas a cal y canto? - protestó el Bonzo Sha. - ¿Eso qué importa? - replicó el Peregrino -. Ya encontraremos una manera de hacerlo. - Desde luego, no te costará mucho - convino Ba-Chie -. Sólo tienes que transformarte en un insecto y salir volando por cualquier resquicio de la ventana. Pero ¿y nosotros? Nosotros no tenemos tus poderes y nos veremos obligados, por tanto, a permanecer aquí encerrados. - Si hace eso y nos abandona a nuestra suerte - sentenció el monje Tang -, te aseguro que me pongo a recitar el Sutra del Tiempo Perdido y a ver si puede salir tan airoso del trance como pretende. - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - preguntó Ba-Chie, a punto de soltar la carcajada -. He oído hablar del Sutra Surangama, del Loto, del Pavo Real, del de Kwang-Ing, del Diamante y de otros muchos más, pero jamás del Tiempo Perdido. - Se ve que no estás al tanto de nada - contestó el Peregrino -. ¿Ves esta escama que llevo en la cabeza? Se la entregó al maestro la Bodhisattva Kwang-Ing en persona. Yo, como un tonto, accedí a probarla y echó raíces en mi cabeza, como si fuera una planta. Por mucho que quiera, ya no puedo arrancármela. Lo peor del caso es que el maestro conoce unos cuantos conjuros que me producen un insoportable dolor de cabeza, en cuanto salen de sus labios. Es una forma estupenda de atormentarme - se volvió a continuación hacia Tripitaka y le suplicó, diciendo -: No los recitéis, os lo suplico. Prometo no traicionaros jamás. Pase lo que pase, saldremos de aquí todos juntos. Mientras hablaban, se hizo noche cerrada y la luna apareció por oriente. El Peregrino miró entonces hacia lo alto y dijo: - Cuando todo está en calma y la bola de cristal parece más brillante, es la hora más apropiada para escapar. - Deja de decir tonterías - le urgió Ba-Chie - ¿Cómo vamos a salir, si todas las puertas están cerradas? - Si no me crees, mira - dijo el Peregrino y, cogiendo la barra de hierro realizó el acto mágico de abrir candados. Para ello no tuvo más que apuntar a las puertas con sus extremos de oro y todas las cerraduras saltaron al mismo tiempo, como si hubieran sido abiertas por una mano invisible. - Qué maravilla! - exclamó Ba-Chie -. Ni un herrero podría haberlo hecho con más limpieza. - Esto no es nada - dijo el Peregrino -. Al fin y al cabo, se trata de puertas vulgares y corrientes. Donde verdaderamente puede apreciarse el valor de mi barra es abriendo el mismísimo Puerta Sur del Cielo. Sin pérdida de tiempo pidieron al maestro que montara en el caballo, mientras Ba-Chie cargaba con el equipaje y el Bonzo Sha abría el camino con paso ligero. - No vayáis muy deprisa - les urgió el Peregrino -. Tengo pensado hacer dormir a esos taoístas durante más de un mes. - No les hagas el menor daño - le ordenó Tripitaka -. De lo contrario, serás culpable no sólo de latrocinio, sino también de asesinato. - No os preocupéis - replicó el Peregrino y volvió a entrar en la mansión. No tardó en dar con la habitación en la que los dos jóvenes estaban descansando. Todavía le quedaban algunos insectos provocadores de sueño, que había ganado en su día al Devaraja Virupaksa jugando a las adivinanzas en la Puerta Este del Palacio Celeste. Sacó dos y los metió por una rendija que había en la ventana. Los insectos en seguida picaron a los jóvenes en la cara, sumiéndolos en un sopor tan profundo que nada ni nadie sería capaz de despertarlos. Satisfecho, el Peregrino volvió sobre sus pasos y no tardó en alcanzar al monje Tang. De esta forma, pudieron continuar todos juntos el camino hacia Oeste. Caminaron sin parar durante toda la noche, hasta que por fin, cuando Ya empezaba a clarear por el oriente, el monje Tang se quejó, diciendo: - Me estás matando, mono inútil. Si no llega a ser por tu bocaza, hubiera dormido toda la noche de un tirón. - No os quejéis tanto, por favor - le urgió el Peregrino -. Aún no ha amanecido del todo. Si queréis, podéis tumbaros a descansar junto camino. Continuaremos la marcha en cuanto hayáis recobrado las fuerzas. Al monje no le quedó más remedio que desmontar y usar como almohada una rugosa raíz de pino. El Bonzo Sha tampoco tardó en a quedarse dormido, lo mismo que Ba-Chie, que encontró fácil acomodo en el hueco de una roca. El Peregrino, por su parte, tenía cosas más importantes que atender. Se subió a un árbol y empezó a saltar de rama en rama, divirtiéndose como un auténtico mono. Mientras tanto, el Gran Inmortal abandonó el Palacio Tushita, un vez terminada la conferencia. Acompañado por los otros inmortales de rango inferior, montó en las nubes sagradas y, dejando atrás el Cielo del Jaspe Verde, no tardó en llegar a la Montaña de la Longevidad, donde se alzaba el Templo de las Cinco Villas. Se extraño de ver las puertas abiertas de par en par, pero pensó: - Se ve que Brisa Límpida y Luna Brillante no son tan perezosos como había pensado. Normalmente no suelen levantarse hasta que el sol está muy alto, pero hoy han madrugado para abrir los portones y barrer los patios. Me alegra comprobar que, cuando yo no estoy, son tan responsables como cualquiera. Los inmortales de rango inferior se mostraron igualmente satisfechos. Pero, al llegar al salón principal, no encontraron señal alguna de incienso, fuego o ser humano. Ni siquiera Brisa Límpida y Luna Brillante estaban allí. - Esos dos han debido de aprovecharse de nuestra ausencia para robar todo lo que han querido - dijeron, enfurecidos, los inmortales. - ¡Tonterías! - replicó el Gran Inmortal -. ¿Cómo van a hacer semejante cosa dos seguidores del Tao? Lo más seguro es que se olvidaran de cerrar las puertas antes de irse a dormir ayer y todavía no se han despertado. Como una exhalación, se dirigieron a los aposentos de los dos taoístas. Encontraron cerradas las puertas, pero pudieron oír claramente el sonido atronador de sus ronquidos. Golpearon con fuerza la puerta tratando de despertarlos, pero todo resultó inútil. No había forma de despertar a los jóvenes. Con no poco esfuerzo se las arreglaron, por fin, los inmortales para abrir la puerta y arrancar a los dormilones de sus lechos. Sin embargo, ni por ésas lograron sacarlos de su sopor. - Mis queridos muchachos! - exclamó, divertido, el Gran Inmortal - ¡Quienes han alcanzado la inmortalidad no deberían ser tan esclavos del sueño, ya que sus espíritus están libres de toda congoja. ¿Cómo es posible que estéis tan cansados? Cambió después de expresión y añadió en un tono más preocupado: - ¿No será que han sido víctimas de alguna suerte de encantamiento? Traedme inmediatamente un poco de agua. Uno de los discípulos le puso en seguida en la mano una taza a medio llenar. El Gran Inmortal recitó un conjuro y después escupió un de líquido en el rostro de los dos durmientes, expulsando, así, de sus cuerpos al Demonio del Sueño. Los muchachos no tardaron en despertarse. Tras abrir los ojos con no poca dificultad y secarse la cara con las mangas, se mostraron muy sorprendidos de ver a su alrededor al Señor, Sosia de la Tierra, y a los otros inmortales. Totalmente despertados, no se les ocurrió otra cosa que echarse rostro en tierra y decir, al tiempo que golpeaban una y otra vez el suelo con la frente: - Los monjes que vinieron del este, vuestros supuestos amigos, eran en realidad una banda de ladrones. - Está bien, está bien - replicó el Gran Inmortal, tratando de tranquilizarlos -. Procurad calmaos y contadnos lo sucedido. - Al poco tiempo de marcharos - explicó Brisa Límpida -, llegó, procedente de las Tierras del Este, un tal monje Tang. Le acompañaban tres discípulos y venía montado en un caballo. Siguiendo vuestros deseos, arrancamos dos frutos de ginseng y se los dimos a comer. Pero él los rechazó, incapaz de ver en ellos el preciado tesoro que durante milenios ha guardado este templo. Se empeñó en que eran niños renacidos y se negó de plano a probarlos, así que no tuvimos más remedio que comérnoslos nosotros. Lo que menos pensábamos es que uno de sus seguidores, un tal Sun Wu-Kung, fuera a descubrir nuestro secreto y a robar cuatro de nuestras valiosas frutas. Cuando lo descubrimos, tratamos de hacerle entrar en razón, pero él se negó a escucharnos y, valiéndose de la magia de abandonar el cuerpo en espíritu… ¡Oh!, me es imposible seguir contando lo que pasó. ¡Resulta tan penoso! y los dos se echaron a llorar, presas de una terrible angustia. - ¿Es que os pegó ese monje que decís? - preguntaron, sorprendidos otros inmortales. - No - contestó Luna Brillante -. Fue peor que eso. ¡Derribó el árbol del ginseng! Extrañamente, al oír tan grave noticia, el Gran Inmortal no se mostró enfadado. Trató de consolar a sus discípulos, diciendo: - No lloréis más, por favor. Lo que no sabéis es que ese tipo del que habláis es un inmortal de la Gran Mónada. Es dueño de un extraordinario poder mágico y en su tiempo causó un gran revuelo en los Cielos. Ahora que nuestro árbol ha sido destruido, deseo que me digáis si podéis reconocer a esos monjes en cuanto los veáis. - Por supuesto que sí - respondió Brisa Límpida. - En ese caso - concluyó el Gran Inmortal -, venid conmigo. Los demás podéis ir preparando los instrumentos de tortura. Los azotaremos en cuanto regrese. Los inmortales le obedecieron sin rechistar, mientras el Gran Inmortal, Brisa Límpida y Luna Brillante montaban en una nube y salían en persecución de Tripitaka. En un abrir y cerrar de ojos recorrieron mil kilómetros, pero no pudieron ver al monje Tang por ninguna parte. El Gran Inmortal miró entonces hacia el este y comprobó que le habían dejado novecientos kilómetros atrás. A pesar de galopar durante toda la noche sin parar, Tripitaka y los suyos sólo habían logrado avanzar ciento veinte kilómetros. El Gran Inmortal cambió la dirección de la nube y regresó sobre sus pasos. - Aquel que está tumbado debajo de un árbol es el monje Tang - exclamó, muy excitado, uno de los jóvenes. - Ya le veo - dijo el Gran Inmortal -. Vosotros regresad a preparar las cuerdas. Yo solo me encargaré de capturarle. Brisa Límpida y Luna Brillante volvieron al templo sin decir una sola palabra. El Gran Inmortal, por su parte, bajó de la nube y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un taoísta mendicante. Sus ropas parecían haber sido remendadas más de cien veces, lo mismo que su faja, que, de alguna manera, recordaba a la de Lü Dung-Ping. En la mano llevaba un rabo de yak, con el que, de vez en cuando, hacía sonar un pequeño tambor en forma de pez. Calzaba unas sandalias de hierbas con tres lazos y en la cabeza lucía un aparatoso turbante. Sus amplias mangas se movían libremente al compás del viento. Canturreando una canción sobre luna nueva, se llegó hasta donde estaba el monje Tang y le dijo e voz alta: - Este pobre taoísta os saluda, levantando respetuosamente las manos. - Perdonadme por no haberos saludado yo el primero - contestó Tripitaka inclinándose ante él. - ¿De dónde venís y por qué os habéis detenido a meditar en un lugar como éste? - preguntó el Gran Inmortal. - Procedo de la tierra de los Tang y me dirijo al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas - respondió Tripitaka. - Si lo que decís es verdad - exclamó el Gran Inmortal, fingiendo sorpresa -, por fuerza habéis tenido que pasar por la montaña en la que habito. - ¿Qué montaña es esa de la que habláis? - inquirió Tripitaka. - La de la Longevidad - contestó el Gran Inmortal -. Yo vivo en un monasterio que hay allí y que lleva el nombre de las Cinco Villas. - No, no. Estáis equivocado - dijo el Peregrino, en cuanto lo oyó -. No hemos pasado por allí. Hemos seguido, de hecho, otra ruta. - ¡Maldito mono! - exclamó el Gran Inmortal, señalándole acusadamente con un dedo -. ¿A quién estás tratando de engañar? Crees que no sé que fuiste tú el que derribó el árbol del ginseng y después aprovechó la oscuridad de la noche para escapar? ¿Por qué tratas de negarlo? Lo que tienes que hacer es traerme inmediatamente otro árbol. El Peregrino se puso furioso al oír tales razones y echó mano de la barra de hierro. Sin mediar una sola palabra con el Gran Inmortal, descargó sobre su cabeza un golpe terrible. Afortunadamente el taoísta lo esquivó a tiempo, haciéndose a un lado y elevándose por los aires. El Peregrino montó en una nube y salió en su persecución, pero el Gran Inmortal recobró su forma habitual y le hizo frente. En la cabeza lucía un bonete de oro rojizo, que resaltaba la sencillez de su túnica adornada con plumas de garza. Llevaba ceñida la cintura con una faja de seda, cuyo color contrastaba con el de los zapatos que calzaban sus pies. Su cuerpo poseía la flexibilidad del de un muchacho y su rostro podría muy bien confundirse con el de una doncella, de no ser por su barba y sus llamativos bigotes. Unas cuantas plumas de curvo adornaban su cabello. Lo más llamativo, sin embargo, es que hizo frente al Peregrino sin valerse de arma alguna, excepción hecha de su abanico de cerdas de yak con el mango de jade que blandía, amenazador en sus manos. El Peregrino descargó sobre él una andanada de golpes, pero el Gran Inmortal los fue esquivando uno tras otro con singular pericia. Después de dos o tres encuentros el taoísta recurrió al poder de su magia prodigiosa. Se encaramó en lo alto de una nube y, volviéndose cara al viento, abrió cuanto pudo una de las mangas. Era tan larga que llegó hasta el suelo y, con un movimiento circular que recordaba al de un criado barriendo, envolvió a los cuatro monjes y al caballo. - ¡Qué horror! - exclamó Ba-Chie, desconcertado -. Estamos en el interior de una bolsa de ropa. - ¡Cuidado que eres idiota! - le regañó el Peregrino -. Esto no es más que una manga. - En ese caso, no nos será muy difícil salir de aquí - afirmó Ba-Chie -. Si quieres, puedo hacer un agujero con el tridente en esta tela. Después sólo tendremos que decir que fue incapaz de custodiarnos con el cuidado que de él se esperaba. Te aseguro que será el hazmerreír de todo el mundo. Ni corto ni perezoso, el Idiota comenzó a agujerear el tejido con el tridente, pero no logró hacerle mella alguna. A pesar de tratarse de un material muy suave al tacto, era, en realidad, más duro que el acero del que estaba hecho el tridente. El Gran Inmortal había, mientras tanto, dado la vuelta a la nube e iniciado el camino de regreso. En cuanto llegó al Templo de las Cinco Villas, se sentó en el salón principal y fue sacando a los Peregrinos uno por uno, como si fueran vulgares marionetas. El primero en salir fue el monje Tang, que no tardó en ser atado a una de las grandes columnas del salón. Idéntica suerte siguieron sus tres discípulos. El caballo fue conducido a un patio interior donde se le ofreció un poco de heno, mientras el equipaje era arrojado a uno de los corredores. - Estos que veis aquí - dijo el Gran Inmortal a sus seguidores - son monjes, personas que han renunciado a una familia por seguir las sendas de la Verdad. No deben ser, pues, sometidos a la acción de hachas, lanzas o espadas. Sin embargo, han destruido nuestro árbol de ginseng y merecen un castigo ejemplar. Traedme el látigo, que pienso destrozarles las espaldas, para que aprendan a respetar los bienes ajenos. Los inmortales obedecieron sin rechistar. El látigo que pusieron en sus manos no era de piel de vaca, ni de oveja, ni de carabao, sino que estaba hecho con siete correas de piel de dragón. El Inmortal las metió en el agua y espero a que adquirieran una extraordinaria flexibilidad. Cuando todo estaba dispuesto, preguntó uno de los inmortales más robustos: - ¿A quién queréis que azotemos primero? - Tripitaka, por supuesto - contestó el Gran Inmortal -. Al fin y al cabo es el responsable de todo el grupo. - El maestro no podrá resistir semejante castigo - se dijo, alarmado el Peregrino -. Si muere, sólo yo seré el responsable. Incapaz de dominar su agitación, levantó la voz y añadió: - Estás muy equivocado. El monje Tang no ha tenido nada que ver en todo este asunto. Fui yo el que robó los frutos y después se los comió. Además, derribé vuestro preciado árbol con mis propias manos. ¿Por qué no me azotáis a mí primero, en vez de ensañaros con mi pobre maestro, que no ha hecho absolutamente nada? - Se nota que eres valiente y que no te falta labia - exclamó, sonriendo, el Gran Inmortal -. Está bien. Azotadle primero a él. - ¿Cuántos latigazos le damos? - preguntó uno de los discípulos. - Tantos como frutas había en el árbol - contestó el Gran Inmortal -. Treinta. Uno de los inmortales de menor rango cogió el látigo y se dispuso a cumplir la orden de su señor. Temiendo que el castigo fuera a ser más fuerte de lo que en un principio había previsto, el Peregrino abrió cuanto pudo los ojos para averiguar el lugar en el que tenía pensado descargar el golpe. Fue así como descubrió que iba a flagelarle las piernas. Movió ligeramente el cuerpo y gritó: - ¡Transformaos! - y al punto las dos piernas adquirieron la dureza del acero. Rítmicamente el inmortal fue dejando caer sobre ellas los treinta latigazos. Cuando terminó, era cerca del mediodía y, levantando la vista al cielo, dijo el Gran Inmortal: - Creo que deberíamos azotar ahora a Tripitaka por no saber dominar a sus discípulos y permitirles comportarse como auténticos bandidos. El inmortal tomó de nuevo el látigo, pero el Peregrino le detuvo a tiempo, gritando: - Eso que acabas de decir tampoco es muy exacto, porque, mientras yo robaba las frutas, mi maestro se encontraba en este mismo lugar hablando con tus dos discípulos, ajeno totalmente a lo que estaba ocurriendo. Posiblemente se le pueda acusar de no ser muy estricto con nosotros, pero de ninguna manera se le ha de culpar de algo que no ha cometido. Los únicos culpables de todo somos sus discípulos. Así que lo mejor que puedes hacer es azotarme otra vez. - Aunque eres un mono que no siente respeto por nada - - replicó el Gran Inmortal -, tienes sentimientos filiales y eso te honra. Que se cumpla, pues, tu deseo. ¡Azotadle otra vez! - y de nuevo volvió a recibir treinta latigazos. En cuanto hubo concluido el castigo, el Peregrino bajó la vista comprobó que sus dos piernas brillaban como espejos. Sin embargo no sentía el menor dolor. Estaba empezando a anochecer y el Gran Inmortal ordenó: - Meted el látigo en agua hasta mañana por la mañana. Las sesiones de castigo han terminado por hoy. Los inmortales así lo hicieron. En cuanto hubieron terminado la colación vespertina, se retiraron a sus aposentos a descansar. El monje Tripitaka cayó entonces presa de la angustia y, con los ojos anegados en lágrimas, se quejó amargamente a sus discípulos de su suerte, diciendo: - Siempre pasa lo mismo: vosotros quebrantáis la ley y después tengo yo que pagar las consecuencias. ¿Se puede saber cuándo vais a dejar de meterme en líos? - Dejad de lamentaros de una vez - le urgió el Peregrino -. Al fin y al cabo, hasta ahora sólo me han azotado a mí. ¡No sé a qué viene tanta queja! - Está bien - reconoció el monje Tang -. Te has sacrificado dos veces por mí. Pero esta cuerda me está destrozando las muñecas. - Deberíais pensar que no sois el único que sufre - le echó en cara el Bonzo Sha -. Todos estamos en la misma situación. - Dejad de discutir como mujerzuelas - les instó el Peregrino Dentro de muy poco estaremos en camino de nuevo. - ¡Cuidado que te gusta fanfarronear! - exclamó Ba-Chie -. Estas cuerdas son de cáñamo mojado. No pienses que te va a resultar tan fácil librarnos de ellas. Esto no es como abrir cerraduras. - Te aseguro que no estoy dándomelas de fuerte - dijo el Peregrino -. Mi magia puede con todo tipo de cuerdas, incluidas las de cáñamo mojado. Para ella una maroma del grosor de un cuenco de arroz es como un soplo de brisa otoñal. El monasterio yacía en un silencio absoluto. Comprendiendo que era arriesgado seguir hablando, el Peregrino sacudió el cuerpo y al instante se vio libre de las cuerdas que le mantenían atado. - Vamos, maestro. Prosigamos nuestro viaje cuanto antes - dijo a Tripitaka. - ¿Es que a nosotros no piensas salvarnos? - preguntó, desconcertado, el Bonzo Sha. - Por supuesto que sí - contestó el Peregrino -. Pero sería conveniente que hablaras un poco más bajo, ¿no te parece? - y desató a todos sus compañeros. En seguida se vistieron, ensillaron el caballo y recogieron el equipaje, que aparecía desperdigado a lo largo de uno de los pasillos. Al llegar a la puerta del templo, el Peregrino se volvió hacia Ba-Chie y le dijo: - Vete a aquel acantilado de allí y tráeme cuatro sauces pequeños. - ¿Para qué los quieres? - indagó el Idiota. - Para algo será, ¿no crees? - respondió el Peregrino -. Tú haz lo que te digo. El Idiota poseía la fuerza de un auténtico bruto e hizo lo que se le mandaba. Hozando con el morro en la tierra logró derribar cuatro sauces jóvenes, hizo con ellos un manojo y regresó junto a sus compañeros. Sin pérdida de tiempo el Peregrino les quitó las ramas y los metió en el salón principal, donde los ató con las mismas cuerdas que habían servido para amarrarlos a ellos. Recitó a continuación un conjuro y, mordiéndose la punta de la lengua, escupió un poco de sangre, al tiempo que gritaba: - ¡Transformaos! Al instante uno se convirtió en el monje Tang, otro en el Peregrino y los otros dos tomaron la figura de Ba-Chie y del Bonzo Sha. Eran exactamente igual que ellos y lo más asombroso era que sabían sus nombres y lo que tenían que responder al ser preguntados. Terminada tan magnífica labor, Wu-Kung y el Idiota regresaron al lado de su maestro. Como había ocurrido la vez anterior, no se detuvieron a descansar ni una sola vez en toda la noche. Al amanecer Tripitaka estaba tan cansado que apenas podía mantenerse sobre la silla. Al verlo, el Peregrino se encaró con él, diciendo: - ¡Cuidado que sois blandengue! No comprendo cómo una persona que ha abandonado su hogar puede ser tan débil. Fijaos en mí. Podría pasarme sin dormir mil noches seguidas y no sentiría el menor cansancio. Pero, en fin, cada cual es como es. Así que lo mejor que podéis hacer es bajar de ese caballo, para que no puedan reírse de vos los caminantes con los que nos crucemos. Hay que encontrar cuanto antes un lugar seguro en el que podáis descansar a vuestras anchas. En cuanto empezó a clarear, el Gran Inmortal saltó del lecho y, tras tomar un pequeño refrigerio, ordenó a los suyos: - Sacad el látigo del agua. Hoy le toca ser azotado a Tripitaka. - Te voy a destrozar - dijo el inmortal del látigo al monje Tang. - Adelante - dijo el sauce y recibió sin rechistar los treinta azotes El inmortal se volvió entonces hacia Ba-Chie y le anunció: - Ahora te toca a ti. - Muy bien - dijo el otro sauce y sufrió un castigo idéntico. Lo mismo le ocurrió al árbol que representaba al Bonzo Sha, pero, cuando le llegó el turno al que encarnaba al Peregrino, el auténtico Wu-Kung dio un grito de dolor y exclamó: - Algo no va bien. - ¿Qué quieres decir? - preguntó Tripitaka, intrigado. - Que al transformar los sauces en nosotros mismos, pensé que no me iban a volver a azotar y no me protegí con un conjuro adecuado. Eso quiere decir que ahora siento en mi carne los golpes que están dando a la madera. De ahí que no pueda estarme quieto. ¡Tengo que detener inmediatamente la acción de la magia! - y recitó una fórmula para poner fin al hechizo. Al ver la transformación experimentada por los reos, los taoístas se pusieron a temblar de miedo. El que estaba ejecutando el castigo arrojó el látigo y corrió a informar a su maestro, diciendo: - Os juro, señor, que empecé azotando al monje Tang, pero ahora tanto él como los otros se han convertido en troncos de sauce. - ¡Eso es obra del Peregrino Sun! - exclamó el Gran Inmortal, riendo con amargura -. ¡Qué mono más extraordinario! Había oído decir que, cuando se rebeló contra el Cielo, se escapó incluso de las redes cósmicas, pero jamás lo creí. Ahora he de admitir que esos rumores eran totalmente ciertos. Nadie puede escapar así como así a mí poder. Ha sido muy ingenioso eso de hacer pasar unos sauces por personas, pero no por eso va a quedar sin castigo semejante atrevimiento. Ahora mismo voy a salir en su persecución. No había acabado de decirlo, cuando se elevó por encima de las nubes de un salto. Miró con fijeza hacia el Oeste y no tardó en ver a los cuatro monjes fugitivos. Uno de ellos iba a caballo, mientras los demás cargaban con el equipaje. El Gran Inmortal se lanzó como un águila sobre ellos, al tiempo que gritaba: - ¿Adonde crees que vas, Peregrino Sun? ¡Devuélveme inmediatamente el árbol de ginseng! - ¡Estamos perdidos! - exclamó Ba-Chie -. Otra vez tenemos encima a nuestro enemigo. - De momento olvidémonos de la palabra amabilidad - sugirió el Peregrino -. Me temo que, para acabar con este monstruo y continuar tranquilamente nuestro camino, tendremos que emplear un poco de paciencia. Al oírlo, el monje Tang se puso a temblar, incapaz por completo de articular palabra alguna. Por su parte, el Bonzo Sha echó mano del báculo y lo mismo hicieron Ba-Chie con el tridente y el Peregrino con la barra de hierro. Como un solo hombre se elevaron por los aires y, rodeando al Gran Inmortal, empezaron a descargar sobre él furibundos golpes. De la batalla que entonces dio comienzo existe un poema, que dice: Wu-Kung no conocía al Inmortal Chen Yüan, el escurridizo y poderoso Señor, Sosia de la Tierra. Sobre él descargaron su potencia las tres armas de origen divino, pero sus golpes resultaron impotentes contra el rabo de yak. Con extraordinaria facilidad cubrió los cinco puntos cardinales y el ímpetu de los guerreros chocó infructuosamente contra él. La noche se había esfumado, amaneció un nuevo día y los Peregrinos continuaban sin poder escapar. ¿Cuánto tiempo tendría que pasar antes de que pudieran llegar a las Tierras del Oeste? Blandiendo sus armas, los tres monjes se lanzaron a una sobre el Gran Inmortal, pero éste les hizo frente con su humilde abanico de cerdas de yak. Cuando llevaban luchando aproximadamente media hora, el taoísta volvió a abrir la manga y, una vez más, capturó a los cuatro monjes, junto con su equipaje y el caballo. A continuación dio la vuelta a la nube y regresó a su monasterio, donde fue recibido por los otros inmortales. Sin pérdida de tiempo se sentó en el salón principal y empezó a sacar a sus prisioneros uno a uno. Esta vez el monje Tang fue atado a un pequeño huai que había en el patio, mientras el Bonzo Sha y Ba-Chie fueron encadenados a otros dos árboles que crecían a su lado. El Peregrino, por su parte, fue dejado a su aire en el suelo, aunque fuertemente amarrado. - Me figuro que piensan interrogarme a mí primero - pensó el Peregrino. Pero, en cuanto terminaron de atar a todos, los inmortales sacaron diez grandes piezas de tela y eso hizo soltar la carcajada al Peregrino al tiempo que decía: - Por lo que se ve, Ba-Chie, este tipo tiene la intención de hacernos unos cuantos trajes. Podríamos aprovechar la ocasión y pedirle que, de paso, nos confeccione unas cuantas túnicas de monje. El Gran Inmortal no prestó atención a sus palabras. Cuando todas las piezas de tela estuvieron listas, se volvió hacia sus subordinados y les ordenó: - Ahora envolved en ellas a Tripitaka Tang, a Chu Ba-Chie y al Bonzo Sha. Los inmortales cumplieron sin dilación sus órdenes. - ¡Fantástico! - exclamó el Peregrino en el mismo tono irónico de antes -. No hay cosa que más nos atraiga que ser enterrados vivos. Los taoístas trajeron entonces un bidón de laca que habían fabricado ellos mismos y, siguiendo las instrucciones del Gran Inmortal, cubrieron totalmente con ella a los Peregrinos. Sólo la cara les dejaron al descubierto. - Está muy bien que no nos hayáis tocado la cabeza - dijo Ba-Chie -. Pero ¿os importaría hacernos un agujero en la parte de abajo para poder aliviarnos cuando nos venga en gana? Sin prestar la menor atención a semejante salida, el Gran Inmortal ordenó traer una sartén enorme - ¡Qué suerte, Ba-Chie! - gritó el Peregrino, riendo -. Según parece, tienen pensado darnos de comer. - Por mí no hay ningún inconveniente en que lo hagan - afirmo Ba-Chie -. Así, si morimos, seremos por lo menos unos espíritus bien alimentados. Los inmortales colocaron la sartén ante las escalinatas del salón principal. A instancias del Gran Inmortal hicieron una hoguera con madera seca y casi no pierden la razón de alegría, cuando oyeron decir a su señor: - Ahora llenad la sartén de aceite y, cuando esté hirviendo, meted en ella al Peregrino Sun y freídle bien. Así pagará por haber destruido el árbol del ginseng. Eso es precisamente lo que quiero - se dijo, muy complacido, el Peregrino -. Llevo muchísimo tiempo sin tomar un baño y la piel se me ha vuelto tan seca que a veces me produce insoportables picores Me sentará bien caldearme un poquito. - No pasó mucho tiempo antes de que el aceite empezara a hervir. El Sabio tomó, no obstante, sus preocupaciones. Temiendo que pudiera tratarse de alguna forma extraordinaria de magia a la que no podría controlar una vez que estuviera dentro de la sartén, echó un vistazo rápido a su alrededor. Al este vio un pequeño promontorio con un reloj de sol, mientras que en el oeste se levantaba un artístico león de piedra. De un salto se llegó hasta él, se mordió la punta de la lengua y le escupió encima la sangre, diciendo: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en su propia imagen. No le faltaba ni un solo detalle, incluidas las cadenas y su mirada de fuego. Satisfecho de tan espléndida obra, el auténtico Peregrino se elevó por los aires y se puso a contemplar lo que hacían los taoístas. Justamente en ese momento uno de los inmortales se llegó hasta donde estaba su señor y le informó, diciendo: - El aceite está ya listo. - En ese caso - concluyó el Gran Inmortal -, coged al Peregrino Sun y metedle dentro. Cuatro de los jóvenes se dispusieron en seguida a cumplir la orden, pero, para su asombro, ni siquiera pudieron levantarle del sitio. En seguida se les unieron ocho más; sin embargo, el resultado fue idéntico. Desconcertados, solicitaron la ayuda de otros cuatro compañeros. Todo fue inútil. No lograron moverle ni un solo milímetro. Se ve que a este mono le gusta demasiado la tierra - comentó uno de los inmortales -. Si no, no me explico cómo no podemos levantarle del suelo, porque muy grande no es. Tuvieron que venir cuatro más para conseguir a duras penas hacerse con él y lanzarle a la sartén. Su peso era tan enorme que el aceite saltó en todas las direcciones, quemando a los taoístas y produciéndoles horrorosas ampollas en la cara. Sin embargo, su atención se vio atraída por los gritos del que estaba atizando el fuego. - ¡La sartén gotea! - decía, desesperado -. ¡Está perdiendo aceite por todas partes! Era verdad. No había acabado de decirlo, cuando quedó complemente vacía. Fue así como descubrieron que lo que la había llenado de agujeros era un pesado león de piedra. - ¡Maldito mono! - exclamó el Gran Inmortal, enfurecido -. Jamás he visto a nadie tan escurridizo como él. ¿Cómo es posible que se haya escapado delante de mis propias narices? Además, ¿por qué ha tenido que destrozar mi sartén? ¿No le bastaba con escabullirse? He de reconocer que no hay manera de echarle mano, porque, cuando uno cree que lo ha conseguido, lo más seguro es que esté agarrando una sombra. Es como manejar mercurio o tratar de atrapar el viento Está bien. Que se marche y nos deje tranquilos de una vez. Desatad a Tripitaka y traed una nueva sartén. Le freiremos a él para vengar la destrucción de nuestro árbol de ginseng. - Los inmortales obedecieron al instante. Se llegaron hasta donde estaba el monje Tang y empezaron a arrancarle la tela cubierta de laca. - El maestro se encuentra en una situación francamente desesperada - se dijo el Peregrino, alarmado, desde el aire -. Si le meten en esa sartén, el primer hervor le matará, el segundo le churruscará y el tercero y el cuarto le convertirán en un trozo de carne totalmente irreconocible. No me queda otro remedio que tratar de salvarle cuanto antes. A toda prisa bajó de la nube y se dirigió al salón principal. - Dejad en paz a mi maestro - gritó, poniéndose en jarras -. Si estáis decididos a freír a alguien, ¿por qué no me metéis a mí en la sartén? - ¡Maldito mono! - exclamó, sorprendido, el Gran Inmortal -, ¿Cómo te atreves a mostrarte tan insolente después de haber arruinado mi otra sartén? - Has tenido la mala suerte de toparte conmigo - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Además, ¿a qué viene eso de echarme la culpa de todo? Justamente cuando estaba a punto de disfrutar de tu oleaginosa hospitalidad, me entraron ganas de mear. Temí que, de hacerlo en tu sartén, podría estropear el aceite y que después no serviría para cocinar. Por eso decidí escabullirme delante de tus propias narices. Pero ahora, que ya he hecho mis necesidades, no existe ese peligro y estoy dispuesto a zambullirme con mucho gusto en tu preciada sartén. ¿A qué viene eso de querer freír a mi maestro? Freídme a mí y ya está. El Gran Inmortal soltó una risotada amenazadora y abandonó el salón dispuesto a echarle mano al Peregrino. No sabemos qué tenía pensado decirle o si el Peregrino se las arregló para escapar de nuevo. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第026回 SUN WU-KUNG BUSCA CURACIÓN EN LAS TRES ISLAS. KWANG SHR-ING HACE REVIVIR EL ÁRBOL CON UN POCO DE ROCÍO DULCE En todos los asuntos de la vida es preciso tener en cuenta la paciencia. Se suele decir que la violencia es la única norma de la existencia. Sin embargo, conviene pensar tres veces las cosas antes de hacerlas y tratar de arrancar del alma el orgullo y la ira. Como viene afirmándose desde hace muchísimo tiempo, los hombres respetables son los más pacíficos, y los más sabios siempre andan pensando en hacer el bien. Ésta es una verdad que durará tanto como el tiempo. Es sabido que el hombre fuerte siempre termina enfrentándose a otro más fuerte que él, que, a su vez, acabará sus días a manos de un tercero. Decíamos que el Gran Inmortal Chen Yüan agarró de la túnica al Peregrino y bramó, enfurecido: - Había oído decir que tus poderes eran prácticamente dos, pero en esta ocasión has hecho un uso indigno de ellos. De todas formas, te advierto que jamás lograrás escapar de mis manos. Es posible que consigas llegar al Paraíso Occidental y que, incluso, te entrevistes con el Patriarca Budista, pero te aseguro que no te dejaré tranquilo hasta que no me hayas devuelto un nuevo árbol de ginseng. Así que déjate, de una vez, de jugar a los magos. - ¡Cuidado que eres mezquino! - exclamó el Peregrino, riendo -. No hay ninguna dificultad en conseguir otro árbol. Si lo hubieras dicho antes, nos habríamos ahorrado todos estos problemas. - ¡Déjate de hablar de problemas! - replicó el Gran Inmortal -. ¿Crees que voy a dejarte escapar después de lo que has hecho? - Desata a mi maestro y prometo que te daré otro árbol. ¿De acuerdo? - dijo el Peregrino. - Si realmente tienes poder para hacer revivir el árbol - respondió el Gran Inmortal -, me inclinaré ocho veces seguidas ante ti y sellaré contigo un pacto de hermandad. - Cálmate y vayamos por partes - sugirió el Peregrino -. Suelta a mis hermanos en religión y te aseguro que tendrás tu árbol nuevo. El Gran Inmortal consideró que no tenían forma de escapar y a accedió a sus deseos, mandando liberar al instante a Tripitaka, a Ba-Chie y al Bonzo Sha. - Me pregunto - dijo este último a su maestro - qué clase de trucos estará planeando esta vez nuestro hermano. - ¿Cómo que qué clase de trucos? - repitió Ba-Chie -. Esto es lo que se llama vendarle a uno los ojos con un trozo de lana. El árbol está ya seco. ¿Cómo va a hacerlo revivir? Se trata simplemente de un engaño. Con el pretexto de ir en busca de algún remedio para el árbol se marchará de aquí y, si te he visto, no me acuerdo. ¿Tú crees que se preocupa de nosotros? - Jamás nos abandonará - afirmó Tripitaka -. Vamos a preguntarle adonde piensa ir a por el remedio ese. - Llamó a continuación a Wu-Kung y le preguntó -: ¿Cómo te las has arreglado para engañar al Inmortal y conseguir que nos pusiera en libertad? - Diciéndole la verdad - contestó el Peregrino -. Yo siempre lo hago. ¿Qué quieres decir con eso de que le he engañado? - ¿Quieres explicarme dónde vas a encontrar una cura para el árbol? - replicó Tripitaka. - Según un viejo proverbio - respondió el Peregrino -, "todas las curas provienen de los mares". He decidido, por tanto, llegarme hasta el Gran Océano Oriental y recorrer de cabo a rabo las Tres Islas y los Diez Islotes. Allí me entrevistaré con todos los Inmortales y los Sabios Ancianos y les pediré que me enseñen algún método de reanimación, que aplicaré después al árbol. - ¿Cuánto tiempo calculas que estarás fuera? - preguntó Tripitaka. - Sólo tres días - contestó el Peregrino. - Está bien - dijo Tripitaka -. Te concedo tres días. Si vuelves en ese tiempo que tú mismo acabas de fijar, no ocurrirá nada. Pero, si no cumples tu palabra y te retrasas más de la cuenta, recitaré el conjuro que tú y yo sabemos. - De acuerdo - protestó el Peregrino -. No necesitáis recordármelo a cada paso. A toda prisa se estiró la túnica de piel de tigre y se dirigió hacia puerta. Allí se topó con el Gran Inmortal, al que dijo: - No te preocupes. Muy pronto estaré de vuelta. Lo único que pido es que cuides de mi maestro. Procura que no le falten tres comidas ni seis tés al día. Si se le arruga o ensucia la ropa, lávasela y dale un poco de almidón. No repares en gastos. Ya echaremos cuentas cuando vuelva. Si a mi vuelta le veo pálido o más delgado, te agujerearé todas las sartenes que tengas y no me marcharé jamás. - Puedes irte tranquilo - dijo el Gran Inmortal, tratando de calmarle -. Procuraré que no se muera de hambre. El Rey de los Monos dio un acrobático salto y, tras abandonar el templo de las Cinco Villas, se dirigió hacia el Gran Océano Oriental. Viajando por el aire a la velocidad de un meteoro, no tardó en llegar a inmortal región de Peng-Lai. A toda prisa bajó de la nube y echó una cuidadosa mirada a su alrededor. Se trataba, en verdad, de un lugar de extraordinaria belleza, sobre el que disponemos de un poema que de dice: El archipiélago de Peng-Lai calma los vientos y domina la fogosidad de las olas. No en balde es una tierra divina habitada exclusivamente por sabios. Sus caprichosas torres de jaspe se pierden en el seno del cielo, mientras el reflejo de sus gráciles arcos parece flotar en la bravía superficie del mar. Neblinas de cinco colores velan el verdor jade del firmamento, en el que brillan sin cesar el oro de las estrellas y la plata añeja de la luna. La Reina del Oeste acude con frecuencia a tan paradisíaco lugar a llevar melocotones a los Tres Inmortales que allí moran. El Peregrino no se detuvo mucho en la contemplación del paisaje, adentrándose en seguida en él. A los pocos pasos se topó con tres ancianos que estaban jugando al ajedrez a la sombra de unos pinos junto a la boca de la Caverna de la Nube Blanca. Uno de ellos, la Estrella de la Longevidad, estaba, en realidad, mirando cómo jugaban los otros dos, la Estrella de las Bendiciones y la Estrella de la Riqueza. El Peregrino se llegó hasta ellos y, levantando la voz, los saludó, diciendo: - Recibid todos mis respetos, hermanos. Al verle, las Tres Estrellas dejaron a un lado el tablero de ajedrez y respondieron con idéntica cortesía a su saludo, para preguntarle a renglón seguido: - ¿Podéis decirnos qué os ha traído hasta aquí, Gran Sabio? - Nada en particular - contestó el Peregrino -. Sólo he venido a divertirme un poco con vosotros. - He oído decir - comentó la Estrella de la Longevidad - que habéis abandonado el taoísmo en favor del budismo y que os habéis convertido en el protector del monje Tang en su largo viaje hacia el paraíso Occidental en busca de las escrituras. Por cierto, me figuro que habréis llegado ya a las altas montañas. ¿Cómo os ha dado por venir a pasar un buen rato con nosotros? - A decir verdad - reconoció el Peregrino -, a mitad de camino me he topado con un pequeño obstáculo y he decidido solicitar vuestra colaboración para solventarlo. No sé, de todas formas, si estaréis dispuestos a ayudarme. - ¿De qué clase de obstáculo se trata y en qué punto concreto ha surgido? - preguntó la Estrella de las Bendiciones -. Decídnoslo sin ningún rodeo, para que podamos tomar una decisión en un sentido o en otro. - Nuestro viaje - explicó el Peregrino - ha sufrido una inesperada interrupción en el Templo de las Cinco Villas, que se halla ubicado en la Montaña de la Longevidad. - El Templo de las Cinco Villas es la morada del Gran Inmortal Chen Yüan - informó uno de los ancianos, muy sorprendido -. ¿No será que habéis comido sin permiso sus frutos de ginseng? - Así es - reconoció el Peregrino, sonriendo -. Los he comido todos. Mirándolo bien, no eran tan valiosos, ¿no os parece? - ¡Qué mono más loco! - exclamó otro de los ancianos -. ¿Es que no te das cuenta de lo que has hecho? Quien huela uno de esos frutos puede llegar a alcanzar trescientos sesenta años de vida, y quien lo coma puede vivir más de cuarenta y siete mil. Por eso precisamente el árbol que los produce es conocido por el nombre de "Planta de la Vida Perdurable del Mercurio Metamorfoseado". No es de extrañar que el dominio que tiene del Tao el Gran Inmortal sea muy superior al de todos nosotros juntos. Al ser dueño de un tesoro como ése, puede alcanzar sin esfuerzo alguno la misma edad que los Cielos, mientras que nosotros nos vemos obligados a luchar cada día por fortalecer nuestra esencia espermática, dominar la respiración, fortalecer nuestro espíritu, conseguir la armonía entre el tigre y el dragón y equilibrar el cúmulo de contrarios que pululan en nuestro interior. Estamos forzados, en definitiva, a gastar no pocas energías y esfuerzo para obtener la inmortalidad. ¿Cómo os atrevéis, por tanto, a decir que esos frutos no son tan valiosos como afirmamos? Es la única raíz espiritual que existe en todo el mundo. - ¡¿Qué raíz espiritual y qué cuernos?! - exclamó el Peregrino -. Yo mismo la he arrancado con mis manos. - ¿Qué queréis decir con eso de que la habéis arrancado? - preguntó otro de los ancianos, visiblemente alarmado. - Cuando llegamos el otro día al templo ese - explicó el Peregrino -, el Gran Inmortal había salido, por lo que se encargaron de dar la bienvenida a mi maestro dos de sus jóvenes discípulos. En prueba de amistad, le ofrecieron un par de frutos de ginseng, pero él no cayó en la cuenta de que se trataba de algo vegetal y lo rechazó de plano. Pensaba que eran niños que no habían cumplido todavía los tres días de existencia. Así que los jóvenes se comieron a escondidas los frutos y no nos dijeron absolutamente nada. Tanto secretismo me sacó de mis casillas. Fui, pues, y robé tres frutos, uno para cada uno de los seguidores del monje Tang. Sin embargo, los jóvenes lo descubrieron y, haciendo gala de un extraño sentido de la propiedad, nos insultaron cuanto quisieron, llamándonos ladrones y bandidos. Tanta desconsideración me enfureció aún más y derribé el árbol de un golpe. En cuanto hubo tocado el suelo, los frutos desaparecieron, las ramas se quebraron, las hojas se cayeron y las raíces quedaron al descubierto, secándose al instante. Los jóvenes trataron de retenernos, pero yo me las arreglé para romper los candados y escapar a toda prisa. A la mañana siguiente muy temprano el Gran Inmortal regresó a su mansión y, al ver lo ocurrido, salió en nuestra persecución. Al darnos caza, intercambiamos unos cuantos insultos que pronto degeneraron en lucha abierta. No obstante, en un abrir y cerrar de ojos abrió cuanto pudo las mangas y nos metió a todos dentro. Aunque durante todo aquel día fuimos encadenados, sometidos a un duro interrogatorio y posteriormente azotados, nos las arreglamos para volver a escapar aquella misma noche. Al amanecer, sin embargo, de nuevo nos dio caza y, una vez más, nos capturó. Lo más asombroso fue que para ello no se sirvió de arma alguna, sino de un simple rabo de yak. Con él esquivó todos nuestros golpes, saliendo incólume del ataque que montamos contra él los tres seguidores de Tripitaka. Lo más desazonador, sin embargo, fue que volvió a capturarnos, envolviendo a mi maestro en una pieza de tela cubierta de laca y lanzándome a mí al interior de una sartén llena de aceite hirviendo. Afortunadamente me las arreglé para escapar, no sin antes dejarle la sartén con más agujeros que un colador. Al comprender que iba a resultarle extremadamente difícil echarme mano, decidió avenirse a razones. Logré convencerle para que dejara en libertad al monje Tang y a sus seguidores, pero a cambio me exigió que le devolviera un árbol nuevo. Se inició, así, un período de tregua. Fue entonces cuando recordé el dicho que reza "la curación procede de los océanos" y decidí venir a haceros una visita a este lugar tan encantador en el que tenéis la suerte de habitar. Si disponéis de algún remedio para hacer revivir el árbol del ginseng, os ruego me lo transmitáis, pues me resulta extremadamente duro ver a mi maestro sufriendo por algo que no ha comedido. Al oír eso, las Tres Estrellas se mostraron muy preocupadas y exclamaron: - ¡Qué poco conoces a la gente! Chen Yüan-Tse es un patriarca de los inmortales terrestres, mientras que nosotros pertenecemos al grupo, más antiguo, de los inmortales celestes. Tú mismo disfrutas de una posición envidiable en los cielos. Sin embargo, no puede decirse que seas un auténtico miembro del clan de la Gran Mónada. ¿Cómo piensas librarte de la inevitable venganza del Gran Inmortal? Si hubieras dado muerte a un animal, o a un pájaro, o a un insecto o a un simple pez, podrías hacerlo revivir con una gota de elixir de mijo. El árbol del ginseng, por el contrario, es la raíz de todas las plantas sagradas. ¿Cómo vas a restañar sus heridas, si no hay nada superior a él? Simplemente, no tiene curación. Cuando el Peregrino oyó que no había curación posible, frunció el ceño y apretó, agresivo, los dientes. - Que no haya curación aquí no quiere decir que no exista en otra parte - se apresuró a decir la Estrella de las Bendiciones -. No es necesario que te muestres tan abatido. - No me importaría ir al lugar que fuera en busca de ese remedio - explicó el Peregrino -. Para mí no supone esfuerzo alguno llegarme hasta el extremo mismo del océano o recorrer de cabo a rabo los Treinta y Seis Cielos. Lo que ocurre es que el monje Tang no es muy magnánimo que digamos y sólo me ha concedido un plazo de tres días. Si no vuelvo con algo en ese tiempo, empezará a recitar su conjuro y mi cabeza se verá sometida a un tormento terrible. - ¡Eso es fantástico! - exclamaron las Tres Estrellas, soltando la carcajada -. Si no llega a ser por ese conjuro del que hablas, seguro que a estas alturas habrías sumido ya el Cielo en una tremenda confusión. - No te preocupes, Gran Sabio - le aconsejó la Estrella de la Longevidad -. Aunque el Gran Inmortal está por encima de nosotros, en realidad no nos conoce. Hace muchísimo tiempo que no vamos a verle, pero haremos por ti una excepción e iremos inmediatamente a visitarle. De esta forma, haremos llegar al monje Tang tu preocupación y le pediremos que no recite el conjuro que tanto te atormenta. Mirándolo bien, tres o cuatro días vienen a ser lo mismo. Para que estés más tranquilo, nos quedaremos allí hasta que vuelvas con el remedio. - No sabéis cuánto os lo agradezco - exclamó el Peregrino, aliviado -. Ahora, con vuestro permiso, voy a continuar la búsqueda - y, tras despedirse de ellos, se elevó por los aires. Las Estrellas, por su parte, montaron en sus nubes y se dirigieron directamente al Templo de las Cinco Villas. El monasterio parecía sumido en una gran actividad. Todos los inmortales levantaron la cabeza cuando en lo alto se escucharon los gruñidos de las garzas, anunciando la llegada de los Tres Ancianos. Una luz de buenos augurios se extendió por doquier, mientras el aire se llenaba de un penetrante aroma. Las nubes en las que viajaban tan ilustres visitantes adquirieron un vivísimo fulgor que desdibujó la pureza del plumaje de las garzas. Los inmortales flotaban en el aire sostenidos por una espesa neblina, que, de alguna forma, recordaba los pétalos. Por encima del sus cabezas revoloteaban bandadas de fénix verdes y rojos. De sus amplias mangas surgía una brisa aromatizada que en seguida se extendió por toda la tierra. Una alegría indescriptible manaba de sus cayados, que, más que ramas, parecían dragones suspendidos en el aire. Sus barbas eran tan luengas que se bamboleaban como si fueran livianos medallones de jade. Todo en ellos denotaba felicidad, juventud y total ausencia de preocupaciones o pena. ¿Cómo podía ser de otra forma, si su fortaleza era la de los auténticos bienaventurados? En sus manos sostenían rosarios de estrellas, que llenaban los palacios marinos y que contrastaban vivamente con la rugosidad de las calabazas y los valiosísimos pergaminos que llevaban enrollados a la cintura. Su edad era tan avanzada que superaba con mucho las diez mil décadas. Así eran los habitantes de las Tres Islas y los Diez Islotes. A menudo descendían a la tierra a ofrecer sus favores a los mortales y a multiplicar por cien la felicidad de los hombres. De esta forma, a lo largo y ancho del mundo florecían la dicha y la riqueza. ¡Hermoso sino el de estos Tres Ancianos, poseedores de una bienaventuranza y una vida sin fin! Los tres se llegaron hasta el salón principal del templo y al instante todo él se vio invadido de una calma y una paz imperecederas. Al verlo, uno de los jóvenes inmortales corrió a informar a su maestro, diciendo: - Acaban de llegar las Tres Estrellas de los Mares del Sur. Chen Yüan-Tse estaba en aquel mismo momento hablando con el monje Tang y sus discípulos. Al oírlo, dio por terminada la charla y corrió al patio a dar la bienvenida a visitantes tan ilustres. En cuanto vio Ba-Chie a la Estrella de la Longevidad, le agarró de la manga y exclamó, soltando la carcajada: - ¡Vaya con el vejestorio este! La cantidad de tiempo que hacía que no le veía y todavía sigue tan fresco y lozano como siempre. ¡Si ni siquiera lleva gorro! Se quitó a continuación el suyo de monje y se lo puso a la Estrella, al tiempo que palmoteaba con las manos como un chiquillo y no dejaba de gritar entre sonoras carcajadas: - ¡Fantástico! Te cae de maravilla. Como muy bien reza el dicho, "no hay cosa mejor para aumentar las riquezas que ponerse un sombrero". La Estrella de la Longevidad se quitó el gorro de un manotazo y replicó: - ¡Sirviente estúpido! ¿Es que no tienes ni pizca de educación? - Yo no soy ningún sirviente - se defendió Ba-Chie -. Aunque, mirándolo bien, ¿qué otra cosa se podía esperar de unos bravucones como vosotros? - He dicho que eres un sirviente estúpido y no retiro ni una palabra - afirmó la Estrella de la Longevidad -. ¿A qué viene eso de llamarnos bravucones? - Por supuesto que lo sois - reafirmó, a su vez, Ba-Chie, sin dejar de reír -. ¿Quién que no sea un engreído puede llamarse Incrementador de Edad, Incrementador de Felicidad e Incrementador de Riqueza Tripitaka ordenó a Ba-Chie que se apartara, mientras él se arreglaba las ropas lo mejor que podía y saludaba con respeto a las Tres Estrellas. Éstos, a su vez, antes de tomar asiento, se volvieron hacia el Gran Inmortal y le presentaron sus respetos. En cuanto se hubieron sentado, la Estrella de la Riqueza dijo: - Debemos disculparnos por haber dejado pasar tanto tiempo sin venir a presentaros nuestros respetos. Si nos hemos decidido por fin hoy a abusar de vuestra hospitalidad, ha sido porque hemos tenido noticia de que el Gran Sabio Sun ha estado por aquí haciendo de las suyas. - ¿Ha ido a veros también a Peng - Lai? - preguntó el Gran Inmortal. - Así es - contestó la Estrella de la Longevidad -. Dado que ha destrozado vuestro árbol de cinabrio, acudió a nosotros en busca de un remedio, pero al descubrir que no disponíamos de ninguno, se marchó en seguida a otro lugar. Se le notaba muy nervioso. Tenía miedo, de hecho, de que su búsqueda pudiera llevarle más de tres días, porque, según nos explicó, si no regresaba en ese tiempo, el monje Tang recitaría un conjuro que le produce un terrible dolor de cabeza. Otra de las razones de haber venido hoy - añadió, volviéndose hacia Tripitaka - es porque queremos pediros que ampliéis el plazo. - Dadlo por hecho - replicó en seguida Tripitaka. Mientras hablaban, se acercó Ba-Chie y empezó a importunar otra vez a la Estrella de las Bendiciones. Exigiendo que le dieran algo de comer, comenzó a mirar por las amplias mangas de la Estrella, a palparle la cintura y a levantarle indecorosamente la túnica. - ¿Se puede saber por qué eres tan maleducado? - le regañó Tripitaka, sin poder contener la risa. - ¿Maleducado yo? - protestó Ba-Chie -. Lo único que estoy haciendo es seguir el proverbio que dice: "A cada vuelta que uno da se topa con las bendiciones del cielo". Pese a todo, Tripitaka le ordenó que se retirara. Cuando se dirigía hacia la puerta, el Idiota se dio de pronto la vuelta y empezó a mirar a Estrella de las Bendiciones con ojos cargados de extraña fiereza. - ¡Sirviente estúpido! - exclamó la Estrella, molesta -. ¿Quieres explicarme qué te he hecho de malo para que me mires de esa manera? - Yo no estoy enemistado contigo - replicó Ba-Chie -. Lo único que estoy haciendo es poner por obra el dicho que afirma: "No tengas miedo en volver la cabeza y mirar las bendiciones de frente". Al salir, el Idiota se topó con un joven que sostenía cuatro cucharillas en una mano, mientras con la otra se afanaba por colocar otras tantas tazas de té sobre una bandeja. De un manotazo Ba-Chie se hizo con las cucharillas y regresó corriendo al salón principal. Valiéndose de una piedra, empezó a golpearlas con fuerza, mientras bailaba como un loco alrededor de los comensales. - Este monje se está portando cada vez peor - exclamó el Gran Inmortal, visiblemente molesto. - Yo no me estoy portando mal - se defendió Ba-Chie, so riendo -. Esto es lo que se llama "festejar a los huéspedes de la suerte". Mientras Ba-Chie se dedicaba a bromear, el Peregrino llegaba a la Montaña Fang-Chang. Se trataba de un lugar encantador, sobre el que existe un poema, que afirma: La encumbrada Fang-Chang, un auténtico remedo del cielo donde los inmortales acostumbraban reunirse. En ella se levanta un palacio de cuyas torres color púrpura parten tres rayos de luz potente que alumbran otros tantos senderos. El penetrante aroma de las flores que crecen a su vera llega hasta la neblina de cinco colores que usan los inmortales en sus desplazamientos. En los arcos de nácar del palacio se posan a veces fénix de oro. ¿Qué duda cabe que allí se esconde el zumo del jade 2? Los melocotones rosados y las ciruelas rojizas recién maduras anuncian que un león acaba de transformarse en dios. El Peregrino bajó de la nube, pero su estado de ánimo le impidió gozar de la belleza del paisaje que se extendía ante él. Mientras se adentraba en él, sintió el embriagador aroma de la brisa y oyó el extraño canto de las garzas negras. Poco después vio a lo lejos a un inmortal, del que manaban diez mil rayos multicolores que se esparcían por todo el cielo. Parecían querer rivalizar en fulgor con las neblinas sagradas, que flotaban sin cesar por lo alto. No existía ser con mas suerte que aquel inmortal, cuya edad era la misma que la de la montaña. Pese a todo, su apariencia era la de un joven robusto y sano. No en balde era el guardián del elixir que tornaba inmortal al mismísimo cielo. De su cintura colgaba un sello tan viejo como el mismo sol. En muchas ocasiones había traído la felicidad al género humano Y había salvado al mundo de indecibles desgracias. El Rey Wu le invitaba muchas veces a su palacio y no faltaba jamás al Festival de los Melocotones. Él mismo enseñó a no pocos monjes a romper sus lazos mundanos, mostrándose como luz y guía de su empeño. En más de una ocasión cruzó los mares con el único propósito de desear larga vida a un mortal. Por todo ello, se entrevistaba a menudo con Buda en la Montaña del Espíritu. Nada tiene de extraño que poseyera el título de Supremo Señor del Este, el primero entre todos los inmortales. Sorprendido por su inesperada aparición, el Peregrino Sun se llegó hasta él y le saludó respetuosamente, diciendo: - Os presento mis respetos con las manos en alto, Señor del Este. Perdonadme por no haber salido a recibiros, Gran Sabio - dijo el Patriarca después de devolverle el saludo -. Hacedme el honor de venir a mi palacio a tomar un poco de té - y, tomando al Peregrino de la mano, le condujo al interior de su mansión. Se trataba, en verdad, de un lugar sagrado, en el que podían apreciarse infinidad de arcos tachonados de conchas de ostras, estanques de jaspe y terrazas de jade. Tan pronto como hubieron tomado asiento, surgió de detrás de un biombo de piedra un joven vestido de una forma muy peculiar. Lucía una túnica taoísta de llamativos colores, una faja de seda pura, un sombrero del mismo material y unas llamativas sandalias de paja para recorrer las guaridas de las hadas. Durante mucho tiempo había refinado su personalidad, hasta conseguir arrojar de ella toda impureza. De esa forma, alcanzó grandes méritos y obró como buenamente le vino en gana. ¿Qué otra cosa podía esperarse de quien había descubierto la auténtica fuente del espíritu, el esperma y la respiración? Gozó de la plena confianza de su maestro y caminó muy lejos por el sendero del conocimiento. A gusto renunció a la fama, feliz de poseer una vida a la que no le afectaban el paso del tiempo, el discurrir de los meses, la eterna alternancia de las estaciones o la danza imparable de los minutos. Recorriendo una y otra vez las ascendentes rampas en caracol que conducían a lo alto de las torres, logró encontrar en tres ocasiones melocotones sagrados caídos del cielo. Tan singular inmortal se llamaba Dung Fang-Shuo y, al abandonar su escondite tras las mamparas de jade, dejó tras sí un penetrante aroma que llenó toda la estancia. En cuanto el Peregrino le vio, soltó la carcajada y exclamó: - ¡Así que está aquí este pequeño bribón! Cosa rara, teniendo en cuenta que en la mansión del Señor del Este no hay melocotones que robar. - ¡Viejo estafador! - gritó, a su vez, Dung Fang - Shuo, inclinándose ante él -. ¿Se puede saber a qué has venido? En el hogar de mi señor no hay ningún elixir del que tú puedas apropiarte. - Deja de farfullar incoherencias, Man-Chien, y tráenos de beber - le ordenó el Señor del Este. Hay que decir que el nombre religioso de Dung Fang-Shuo era Man-Chien, el cual obedeció sin rechistar, trayendo a los pocos segundos un par de tazas de té. Después de tomar la suya, el Peregrino levantó la vista y dijo: - He venido a pediros un favor, que espero me concedáis. - ¿De qué se trata? - preguntó el Señor del Este -. Si está en mi mano, tened por seguro que así lo haré. - Como supongo sabréis - empezó explicando el Peregrino -, últimamente me he comprometido a proteger al monje Tang en su viaje hacia el Oeste. Al pasar por el Templo de las Cinco Villas, que se halla enclavado en la Montaña de la Longevidad, fuimos vejados por dos jóvenes, que nos insultaron cuanto quisieron. Eso hizo que me pusiera furioso y de un golpe derribé el Árbol del Fruto del Ginseng. Eso condujo a la detención del monje Tang, que se halla prisionero en el lugar que acabo de deciros. Como comprenderéis, su liberación sólo se producirá cuando encuentre un remedio para el árbol abatido. Me he tomado la libertad de venir a pedíroslo, pues no dudo de que vos tendréis alguno por ahí guardado. - Si no causáis problemas, no estáis contento - le reprendió el Señor del Este -. Da la casualidad de que ese tal Chen Yüan-Tse del Templo de las Cinco Villas, también conocido como Señor, Sosia de la Tierra, no es nada más ni nada menos que el patriarca de los inmortales terrestres. ¿Cómo os las arreglasteis para ofenderle de la forma en que lo habéis hecho? El Árbol del Fruto del Ginseng es, en realidad, la planta del cinabrio reconvertido. Bastante castigo hubierais merecido por haber robado tan sólo uno de sus extraños frutos. Así que no puedo ni imaginar siquiera la pena de la que os habéis hecho acreedor por haberlo arrancado de cuajo. ¿Creéis que vais a escapar así como así? - Ya lo hemos hecho mis compañeros y yo en dos ocasiones - contestó el Peregrino -. Sin embargo, he de reconocer que no nos sirvió de mucho, porque nos dio alcance en seguida y nos metió por una de sus mangas, como si fuéramos vulgares pañuelos. Todo este asunto me está resultando demasiado enojoso. Me doy cuenta de que n puedo salir airoso de él sin la ayuda de alguien más poderoso que yo, porque he tenido que prometer al Gran Inmortal que iba a encontrar algún remedio para su árbol. Yo tengo una gota de la Gran Mónada del cinabrio reconvertido - confesó el Señor del Este -. Es capaz de curar a todos los seres del mundo menos los árboles, porque, como bien sabes, éstos son espíritus del suelo y la madera debe su origen a la unión del Cielo y la Tierra. A ello hay que añadir que el Árbol del Fruto del Ginseng es de origen celeste y que su existencia se remonta al momento mismo de la creación. ¿Cómo voy a poder curarlo yo? No dispongo de remedio para algo tan valioso. Por si esto no fuera suficiente, la Montaña de la Longevidad se halla enclavada en una región sagrada y el Templo de las Cinco Villas es una de las cavernas más santas que existen en el Continente de Aparagodaniya. - Si es verdad que no disponéis del remedio que ando buscando - concluyó el Peregrino -, lo mejor que puedo hacer es despedirme El Señor del Este quiso ofrecerle una copa de néctar de jade, pero el Peregrino rechazó respetuosamente su invitación, diciendo: - Disculpadme, pero no puedo entretenerme. El asunto que me tengo entre manos no admite la menor demora. Se montó de nuevo en la nube y se dirigió hacia la isla de Ying-Chou, un lugar paradisíaco, sobre el que tenemos un poema que dice: Entre neblinas de color rojizo se alza, brillante como el mismo sol, el árbol de las perlas. Pese a su innegable rareza, no es el único tesoro de Ying-Chou. Los palacios y torres que llenan la isla llegan hasta el mismo cielo, compitiendo en belleza con sus colinas verdosas, sus aguas azules y sus capullos de fino coral. Allí abundan el néctar de jade, el acero rojo y la indestructible piedra del hierro. Cuando el sol empieza a despuntar por encima de las olas, el gallo de jade de cinco colores rompe el silencio con sus cantos chillones. A esa misma hora puede verse al fénix rojo exhalar su aliento color de escarlata. En vano tratan los mortales de fijar tan mágico momento en sus toscas pinturas. La primavera eterna está más allá de las formas de este mundo. Al llegar a Ying-Chou, el Gran Sabio pudo ver junto a los acantilados rojizos a varias personas sentadas bajo los árboles de perla. Todas ellas tenían el pelo y la barba inmaculadamente blancos, aunque, por tratarse de inmortales, poseían una complexión llamativamente juvenil. Carecían estar muy entretenidas jugando al ajedrez, bebiendo vino, contando chistes y cantando canciones. Por encima de ellas flotaban nubes sagradas, que emitían cegadores rayos de luz. Por doquier se aspiraba un aroma muy penetrante. Fénix de todos los colores revoloteaban a la entrada de la caverna, mientras en lo alto de la montaña danzaban garzas de negro plumaje. Algunos de los inmortales mezclaban con el vino melocotones y raíces de loto, que recordaban, de alguna forma, el jade. Otros masticaban perlas mágicas y dátiles de fuego capaces de alargar indefinidamente la vida. Ninguno de ellos respondía jamás a las llamadas imperiales, aunque figuraban sus nombres en los registros del cielo. Su vida era tan despreocupada que no hacían otra cosa que pasear y divertirse. Ninguna cuita oscurecía sus días. Siempre hacían lo que les venía en gana. Lo más envidiable no obstante, era que los meses y años jamás pasaban por ellos y, así nunca envejecían. Podían desplazarse a cualquier lugar de la tierra y su libertad era absoluta. Parejas de simios negros se llegaban hasta ellos e, inclinando respetuosamente la cabeza, les ofrecían docenas de frutas. Los ciervos blancos, totalmente sumisos, se tumbaban de dos en dos a su vera con ramilletes de flores en la boca. Tan paradisíaca atmósfera fue de pronto rota por el Peregrino, que preguntó, levantando la voz: - ¿Qué os parece si me dejáis divertirme un poco con vosotros? En cuanto los inmortales le vieron, se levantaron de sus asientos y corrieron a recibirle. Sobre ese momento disponemos de un poema, que dice: Después de abatir el árbol espiritual del fruto del ginseng, el Gran Sabio se vio obligado a visitar a no pocos dioses en busca de un remedio que lo hiciera florecer de nuevo. Una cegadora luz escarlata fluía de la caverna sagrada, cuando los Nueve Ancianos de Ying-Chou corrieron a darle la bienvenida. - ¡Mis queridos amigos - exclamó el Peregrino, reconociéndoles a todos -, no sabéis cuánto me alegra veros tan felices! - Si hubierais perseverado en la búsqueda del bien y no os hubierais rebelado contra el Cielo, ahora nos sentiríamos todavía más felices - replicaron ellos -. De todas formas, nos complace encontraros tan bien. Hemos oído decir que habéis vuelto al camino de la Verdad y que os dirigís hacia el Oeste en busca de las escrituras budistas. ¿De dónde habéis sacado tiempo para venir a hacernos una visita tan inesperada? El Peregrino les contó entonces lo ocurrido, incluido su compromiso de encontrar algún remedio eficaz para el árbol. Desconcertados, los Nueve Ancianos exclamaron: - ¡Cómo podéis ser tan irresponsable! Siempre andáis metido en líos. Lo más lamentable, de todas formas, es que nosotros tampoco disponemos del remedio que andáis buscando. - Si es así - concluyó el Peregrino -, lo mejor es que me despida cuanto antes de vosotros. Los Nueve Ancianos le invitaron a beber un poco de néctar de jade y a comer unas cuantas raíces de loto, pero él no se quiso sentar. Por no desairarles, tomó lo que se le ofrecía de pie y, abandonando a toda prisa la isla de Ying-Chou, se dirigió hacia el Gran Océano Oriental. Dados sus poderes, no tardó en divisar la Montaña Potalaka. Descendió de la nube y se encaminó directamente a lo alto de la montaña, donde encontró a la Bodhisattva Kwang-Ing adoctrinando a los guardianes celestes, a las damas-dragón y a Moksa en la Caverna del Bambú de Color Púrpura. Sobre ese momento disponemos de un poema que afirma: La ciudad de la dama del mar se asienta sobre un acantilado y se halla rodeada de un viento sagrado. En su interior se ocultan incontables tesoros que nadie ha logrado ver jamás. El más valioso, sin embargo, es un conjunto de sutras que hablan de la vacuidad de todo lo existente. Las cuatro verdades darán fruto a su tiempo y los seis caminos terminarán trayendo la libertad. En el bosquecillo que rodea la mansión de la diosa, los árboles están siempre cubiertos de flores y los frutos conservan eternamente su primigenia fragancia. Tal es la tierra de los placeres y la verdad. La Bodhisattva se percató en seguida de la llegada del Peregrino y pidió al Gran Guardián de la Montaña que saliera a darle la bienvenida. En el límite mismo de la arboleda levantó la voz, diciendo: - ¿Se puede saber adonde vas, Sun Wu-Kung? - ¡Maldito oso! - exclamó el Peregrino, levantando la cabeza -. ¿Quién te ha dado permiso para pronunciar ese nombre? Deberías tener un poco más de respeto conmigo. Si no me hubiera mostrado compasivo contigo en la Montaña del Viento Negro, a estas horas no serías más que un putrefacto cadáver. Por suerte para ti, te has convertido en un ferviente seguidor de la Bodhisattva, lo cual te ha abierto las puertas de una vida virtuosa y te ha dado la oportunidad de habitar en una montaña tan sagrada como ésta. No todos los que tienen el privilegio de escuchar a diario las enseñanzas sobre el dharma. Ahora posees una inteligencia iluminada por el bien obrar. ¿Por qué te niegas, entonces, a llamarme venerable? Al Peregrino no le faltaba razón. Si el Oso Negro ostentaba ahora el cargo de Gran Guardián de la Montaña Potalaka, se lo debía a él. A la antigua bestia no le quedó, pues, más remedio que sonreír y decir: - ¿A qué viene remover el pasado? Como muy bien afirmaban lo antiguos, "el hombre justo no tiene necesidad de recordar sus viejas culpas". Remitámonos, pues, al presente y dejemos en paz el tiempo muerto. Si he salido a recibirte, ha sido porque la Bodhisattva me lo ha ordenado. Nada más. Al oír eso, el Peregrino adoptó una actitud solemne y siguió al Gran Guardián al interior del bosquecillo. No tardaron en llegar hasta donde la Bodhisattva. Wu-Kung la saludó inclinándose respetuosamente ante ella, pero Kwang-Ing no quiso saber nada de etiquetas y le regañó, diciendo: - ¿Es que nunca vas a aprender? ¿Por qué has vuelto a dejar solo al monje Tang? ¿En dónde está ahora? - En la Montaña de la Longevidad - contestó el Peregrino -, que, como bien sabéis, se halla enclavada en el continente de Aparagodaniya. - ¿En la Montaña de la Longevidad? - repitió la Bodhisattva -. Allí se levanta el Templo de las Cinco Villas, donde tiene establecida su morada el Gran Inmortal Chen Yüan. ¿Os habéis topado con él? - ¿Que si nos hemos topado? - exclamó el Peregrino, golpeando el suelo con la frente -. Todo ha sido culpa mía. Yo no sabía nada sobre ese inmortal y cometí la imprudencia de ofenderle arrancando de cuajo su árbol. Por eso se niega a dejar marchar a mi maestro, convirtiéndole en prisionero suyo. - ¡Habráse visto mono más malvado! - le regañó la Bodhisattva, que estaba ya enterada de todo lo ocurrido -. ¿Es que no puedes pasarte un solo día sin hacer alguna de las tuyas? El Árbol del Fruto de Ginseng poseía una naturaleza espiritual. No en balde fue plantado por el Cielo y cuidado con especial cariño por la Tierra. Eso sin cortar con que Chen Yüan-Tse es el patriarca de los inmortales terrestres. Hasta yo misma me veo a veces en la obligación de mostrarme respetuosa con él. No comprendo por qué tuviste que destrozar su árbol. - Yo no sabía que fuera tan valioso - replicó el Peregrino, agachando aún más la cabeza -. Cuando llegamos al templo, Chen Yüan-Tse había ido y salieron a recibirnos dos jóvenes inmortales. Fue Chu Wu-Neng el que descubrió lo de los frutos del ginseng y se empeñó en probar uno. Yo me encargué de robar tres, que repartí galantemente entre mis hermanos. Cuando los jóvenes lo descubrieron, nos insultaron sin ningún respeto, hasta que no pude aguantar más su insolencia y eché abajo el árbol. Al día siguiente, cuando el maestro se enteró de lo ocurrido, salió en persecución nuestra. No tardó en darnos alcance, barriéndonos como si fuéramos basura y encerrándonos en el interior de su manga. No contento con eso, nos cubrió de cadenas y nos hizo azotar, interrogándonos y torturándonos durante un día completo. Logramos escapar a la caída de la noche, pero de nuevo volvió a darnos alcance y nos hizo regresar a su monasterio. Esto se repitió dos o tres veces, hasta que nos convencimos de que era prácticamente imposible escapar de sus garras y tuve que prometerle que, ocurriera lo que ocurriese, yo curaría su árbol. Me vi obligado, en consecuencia, a recorrer las Tres Islas en busca de un remedio apropiado, pero ninguno de los inmortales pudo facilitármelo. Por eso he venido a vuestros dominios a suplicaros humildemente que os apiadéis de mí y me otorguéis la medicina que ando buscando. Si no lo hacéis, el monje Tang no podrá proseguir su viaje y jamás llegará a las Tierras del Oeste. - ¿Por qué no viniste a verme antes, en vez de perder el tiempo saltando de isla en isla? - le reconvino la Bodhisattva. El tono de su voz era de auténtico reproche, pero el Peregrino se puso loco de contento y se dijo, esperanzado: - ¡Qué suerte la mía! Eso quiere decir que la Bodhisattva conoce algún remedio - y se echó rostro en tierra en señal de súplica. Eso hizo que la Bodhisattva se mostrara más comprensiva y que dijera en un tono más calmado: El dulce rocío de mi florero sagrado puede curar los árboles espirituales y sanar las raíces santas. - ¿Lo habéis probado alguna vez? - preguntó el Peregrino. - Así es - contestó la Bodhisattva. - ¿Cuándo? - insistió el Peregrino. - Hace algunos años - explicó la Bodhisattva -, Lao-Tse cogió mi ramita de sauce y la metió en su estufa de refinar el elixir. Cuando estuvo totalmente seca y chamuscada, me la devolvió y yo volví a ponerla en mi florero. Al cabo de un día y una noche estaba tan verde como siempre y sus hojas parecían no haber sufrido el menor castigo. - ¡Qué suerte la mía! - exclamó, aliviado, el Peregrino -. ¿Qué dificultad hay para que un árbol vuelva a la vida, cuando una simple ramita de sauce resurgió de sus propias cenizas? La Bodhisattva se volvió hacia sus discípulos y les ordenó: - Quedaos aquí cuidando el bosquecillo. No tardaré mucho en volver - y se elevó por los aires con el jarrón sagrado en las manos. Delante de ella volaba el loro blanco, mientras el Gran Sabio la seguía, respetuoso, un poco más atrás. De ese momento tenemos un poema testimonial, que afirma: Nadie en el mundo es capaz de describir con exactitud su santidad y su pureza. Es la diosa de misericordia que dispersa a nuestros enemigos y nos cubre de bendiciones. Conoció la santidad de Buda y ahora posee un cuerpo sin mancilla. Sólo ella puede calmar el mar de la pasión, porque la profundidad de sus principios no conoce la sombra del egoísmo. ¿Qué hay de extraño, pues, en que su dulce rocío pueda devolver a la vida al árbol sagrado? El Gran Inmortal estaba charlando amigablemente con los Tres Ancianos, cuando, al levantar la vista, vio descender de las nubes al Gran Sabio Sun, que no dejaba de gritar, muy excitado: - La Bodhisattva se acerca. ¡Salid inmediatamente a darle la bienvenida! Como un solo hombre, las Tres Estrellas, Chen Yüan-Tse, Tripitaka y sus discípulos se pusieron al punto de pie y salieron a toda prisa del salón principal. Antes de inclinarse ante las Tres Estrellas, la Bodhisattva saludó con inesperado respeto a Chen Yüan-Tse. Eso no fue obstáculo para que ocupara el puesto de honor. El Peregrino condujo entonces ante ella al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha, que se echaron rostro en tierra. Lo mismo hicieron a continuación todos los inmortales que habitaban en aquel templo. - No perdamos más tiempo en ceremonias inútiles - sugirió el Peregrino al Gran Inmortal -. Preparad la mesa con el incienso, para que la Bodhisattva pueda curar cuanto antes vuestro árbol. - ¿Como os habéis tomado la molestia de venir hasta aquí? - preguntó el Gran Inmortal, inclinándose, una vez más, ante la Bodhisattva -. El asunto que nos traemos entre manos es demasiado trivial para que vos le prestéis vuestra valiosísima atención. - El monje Tang es discípulo mío - explicó la Bodhisattva -. Si Sun Wu-Kung os ha ofendido, es lógico que yo responda por él y os devuelva vuestro incomparable árbol. - En ese caso, no hay más que hablar - concluyeron las Tres Estrellas -. Vayamos cuanto antes al huerto y veamos lo que sois capaz de hacer. Sin más dilación el Gran Inmortal ordenó que prepararan el incienso y barrieran la parte posterior del huerto. La Bodhisattva abría la marcha, seguida de los Tres Ancianos, Tripitaka, sus discípulos y todos los inmortales que habitaban en aquel templo. Todos lanzaron un grito de dolor, al ver el árbol por el suelo, sus raíces al aire, sus hojas ya secas y sus ramas tronchadas. - Estira la mano, Wu-Kung - ordenó la Bodhisattva. El Peregrino así lo hizo. Ella metió entonces la ramita de sauce en el jarrón, y usándola a manera de brocha, untó la palma izquierda de mi Sun Wu-Kung con el rocío que allí guardaba. Al instante el Peregrino adquirió un poder vivificador. La Bodhisattva le ordenó que pusiera la mano en la base del árbol muerto y la mantuviera allí hasta que notara que un manantial de agua estaba a punto de surgir de la tierra. El Peregrino cerró la mano y la colocó entre la maraña de raíces. No tardó en manar de la tierra un arroyuelo de agua límpida. Visiblemente satisfecha, la Bodhisattva anunció: - Esta agua no debe ser tocada por ningún instrumento que contenga una sola de las Cinco Fases. Sólo puede ser recogida por un cucharón de jade. Poned el árbol en su posición original y verted sobre él el agua de este manantial sagrado. Eso bastará para que las raíces y la corteza recobren su perdida vitalidad, las hojas crezcan de nuevo y las ramas se tornen tan verdes como antes. Nada impedirá entonces que sus frutos se multipliquen como las flores en primavera. - Traed inmediatamente un cazo de jade - pidió a los taoístas el Peregrino. - Me temo que aquí no tenemos ningún cazo de ese material – respondió, apenado, Chen Yüan-Tse -. Al fin y al cabo, vivimos en el campo y no gozamos de las comodidades de la corte. ¿Os es lo mismo una taza o una copa de jade? - Por supuesto que sí - contestó la Bodhisattva -. Están hechas del material que precisamos y, además, son capaces de contener líquidos. ¿Qué nos importa ahora su uso específico? Aliviado, el Gran Inmortal pidió a sus discípulos que trajera treinta tazas de té y cincuenta tazas de vino, todas ellas de jade, y llenaran del agua que manaba de la tierra. Sin pérdida de tiempo el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha colocaron el árbol en su posición original y taparon sus raíces con la arena que había alrededor. Ellos mismos se encargaron de ir entregando una a una las copas a la Bodhisattva, la cual, valiéndose de su ramita de sauce, fue vertiendo su contenido sobre el árbol seco, mientras recitaba un conjuro. No pasó mucho tiempo antes de que el verdor volviera a enseñorearse de todas sus hojas y ramas. En las más altas podía apreciarse con toda claridad la delicadeza de veintitrés frutos de ginseng. Tras contarlos con cuidado, Brisa Límpida y Luna Brillante exclamaron, sorprendidos: - Cuando hace unos días descubrimos que faltaban unos cuantos, contamos exactamente veintidós frutos. ¿Cómo es que ahora ha revivido uno? - El tiempo se encargará de poner al descubierto la razón que ahora indagáis - sentenció el Peregrino -. De todas formas, por si os sirve de algo, os diré que, aunque el otro día arranqué tres frutos, se me cayó otro al suelo, que desapareció antes de que pudiera echarle mano. El dios local me explicó que había sido absorbido por la tierra. Ba-Chie opinó, sin embargo, que me lo había comido a escondidas y empezó a dudar de mi honradez. Me alegro de que, por fin, todo se haya aclarado. - Lo que acabas de decir es verdad - confirmó la Bodhisattva - Las Cinco Fases se absorben mutuamente. Por eso he ordenado antes que no se empleara ningún instrumento que contuviera una sola de ellas. Visiblemente complacido, el Gran Inmortal ordenó traer el mazo de oro y arrancó con él diez de sus preciados frutos. A continuación pidió a la Bodhisattva y a los Tres Ancianos que volvieran al salón principal, donde celebró en su honor un Festival de Frutos de Ginseng. Los inmortales pusieron en orden las mesas y sacaron las bandejas de cinabrio, mientras la Bodhisattva ocupaba el puesto de honor, los Tres Ancianos se sentaban a su izquierda, el monje Tang se colocaba a su derecha, y Chen Yüan-Tse, como anfitrión que era, se situaba en una posición de deferente respeto. Sobre tan brillante momento tenemos un poema que dice: Los frutos del ginseng maduran cada nueve mil años en la mansión de un respetable inmortal que se levanta en la inaccesible Montaña de la Longevidad. ¡Qué pena sintieron todos sus moradores, cuando sus raíces quedaron al descubierto y sus hojas y ramas se secaron sin remedio! Afortunadamente fueron regadas por el dulce rocío de la diosa y los frutos sagrados volvieron a mostrar su pujante lozanía. Los Tres Ancianos pudieron, por fin, probarlos y los cuatro monjes recobraron su perdida libertad. Todos saborearon los frutos del ginseng y, así, se convirtieron en inmortales que no envejecen jamás. La Bodhisattva y los Tres Ancianos comieron uno; el monje Tang, convencido, por fin, de que se trataba de una mera fruta, dio buena cuenta de otro, lo mismo que sus tres discípulos. Por no dejar solos a sus invitados, Chen Yüan-Tse se sirvió también uno y el último fue repartido entre todos sus seguidores. El Peregrino agradeció a la Bodhisattva y a las Tres Estrellas cuanto habían hecho por él. Sonriendo, las divinidades se despidieron de todos los representantes y regresaron respectivamente a la Montaña Potalaka y a la Isla de Peng-Lai. Cuando se hubieron marchado, Chen Yüa-Tse ordenó servir un banquete vegetariano, sellando a la conclusión del mismo un pacto de hermandad con el Peregrino. Con razón dice el proverbio que "para conocer bien a una persona es preciso haber luchado antes con ella". De esta forma, budistas y taoístas entraron a formar parte de una misma familia. La alegría se reflejaba en todos los rostros y maestro y discípulos pasaron en vela aquella noche. Todos habían tenido la enorme fortuna de haber probado el fruto del mercurio reconvertido, Preparándose, así, para hacer frente a las grandes pruebas por las que aún debían pasar. De momento desconocemos si lograron, por fin, partir de aquel lugar a la mañana siguiente. Quien desee saberlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第027回 TRES VECES SE BURLA EL DEMONIO CADÁVER DE TRIPITAKA. EL MONJE SANTO EXPULSA DE SU LADO AL HERMOSO REY DE LOS MONOS Tripitaka y sus discípulos hicieron todos los preparativos para reanudar la marcha a la mañana siguiente, pero Chen Yüan-Tse había cobrado gran afición al Peregrino y se negaba a dejarlos marchar. Tras sellar con él un pacto de hermandad le había cogido tal cariño que en seguida dio órdenes para que les festejaran sin parar durante cinco o seis días. Sin embargo, tanto el espíritu como el cuerpo de Tripitaka se habían fortalecido de una forma increíble después de probar el fruto del cinabrio reconvertido y se negó de plano a quedarse allí un solo día más. Estaba decidido a conseguir las escrituras al precio que fuera y partieron en cuanto hubo amanecido. A las pocas horas de camino se toparon con una montaña muy alta y Tripitaka dijo a sus discípulos: - Me da la impresión de que esa cordillera que tenemos delante es demasiado alta y escarpada para mi caballo. Sugiero, por tanto, que caminemos despacio y con mucho cuidado. No debéis temer nada, maestro - contestó el Peregrino -. Sabéis vencer cualquier tipo de dificultades. Prueba de ello es que hemos llegado hasta aquí. ¿No os parece? Como muestra de su indiscutible competencia, se encargó personalmente de abrir la marcha, pasándose la barra por encima de los hombros y abriendo un difícil sendero a lo largo de las empinadísimas pendientes. Los picos desfiladeros se sucedían sin cesar uno tras otro. Se presentía la presencia de impracticables torrentes en el seno de profundísimas simas, por las que se desplazaban, agazapadas, manadas enteras de tigres y lobos. A lo lejos se veían grandes rebaño de ciervos y gamos, mientras incontables familias de jabalíes llenaba el aire de chillidos y carreras alocadas. Aquella montaña estaba literalmente plagada de zorros y liebres. Pero no todos los animales que la poblaban eran tan benignos, porque entre sus frondas se escondía la enorme pitón de más de mil pies de largo y la terrible serpiente que alcanzaba los diez mil pies de longitud. Las dos expelían por las narices una especie de vapor envenenado que sembraba el aire de muerte y destrucción. Los caminos estaban festoneados de cardos y espinos, aunque en los picos más altos crecían, esplendorosos, los cedros y los pinos. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse enredaderas silvestres, cuya fragancia ascendía, libre, hacia los cielos, haciendo olvidar el venenoso y fétido aliento de las sierpes. Ante los viajeros se levantaban miles de cumbres cubiertas de nieve, que brillaban, como si fueran de plata, bajo la tenue caricia de los rayos del sol. En sus desfiladeros y gargantas se escondía el soplo divino del que todo había surgido. Sobrecogido, Tripitaka detuvo el caballo y se puso a temblar de miedo. Su temor contrastaba abiertamente con la seguridad del Gran Sabio, siempre pronto a hacer ostentación de sus muchos poderes. Sosteniendo con firmeza la barra de hierro, dejó escapar un grito tan salvaje que los lobos y serpientes corrieron a refugiarse en sus madrigueras, mientras los tigres y leopardos huían despavoridos, como si fueran doncellas. De esta forma, pudieron ascender por la montaña sin que ninguna bestia los molestara. Cuando llegaron, por fin, a la cima, Tripitaka dijo a Wu-Kung: - Llevamos viajando todo el día y están empezando a flaquearme las fuerzas. ¿Por qué no vas por ahí a mendigar algo de comida vegetariana para mí? - ¡Cuidado que sois comodón! - replicó el Peregrino, tratando de calmarle con una sonrisa -. Estamos en un lugar totalmente salvaje y no se ve ningún lugar habitado. ¿Dónde queréis que vaya a por la comida? No podría conseguirla ni aunque dispusiéramos de todo el dinero del mundo. - ¡Maldito mono! - exclamó Tripitaka, visiblemente enfada con su discípulo -. ¿Tan pronto has olvidado la clase de vida que llevabas en la Montaña de las Dos Fronteras? Tathagata había coloca encima de ti una cordillera entera y no podías mover un solo músculo, a excepción de la boca. Me debes la vida. Recuérdalo siempre. Pero, si eso no te parece suficiente, ten presente que accediste a convertirte en discípulo mío tras mi imposición de manos y tu aceptación de todos los mandamientos. ¿Por qué te niegas, una y otra vez, a practicar la humildad? ¿Es que no puedes mostrarte un poco más diligente? - Que yo sepa - se defendió el Peregrino -, jamás he rehuido el menor esfuerzo. ¿De dónde sacáis que soy un esclavo de la pereza? - ¿No es suficiente prueba la contestación que acabas de darme? - replicó Tripitaka -. ¿Por qué te obstinas en no ir a mendigar un poco de comida vegetariana para mí? ¿Cómo voy a poder continuar el viaje, si tengo el estómago totalmente vacío? Debilitado por el hambre y estos pestilentes vapores que manan por doquier, no tardaré en caer enfermo y jamás lograré alcanzar el Monasterio del Trueno. ¿Quién será el culpable de tan estrepitoso fracaso? ¡Di! ¿Quién? - Está bien, está bien - contestó el Peregrino -. Os entiendo perfectamente. Poseéis un natural arrogante y orgulloso, que os hace enfurecer por cualquier trivialidad. Lo malo es que siempre echáis mano de vuestro conjuro para mortificarme a tiempo y a destiempo. Pero, en fin, no se hable más. Bajad del caballo y descansad un rato, mientras yo voy a ver si encuentro a alguien al que pedir un poco de comida. No había acabado de decirlo, cuando dio un salto y se elevó por encima de las nubes. Usando las manos a manera de visera, miró a su alrededor, pero no pudo ver ningún pueblo. El camino que conducía hacia el Oeste estaba totalmente deshabitado. Los bosques y arbustos se contaban a millares, pero no había la menor señal de asentamiento humano. El Peregrino, no obstante, no se desanimó y continuó atisbando la distancia durante un buen rato. Por fin descubrió hacia el sur una montaña muy alta, en cuya ladera oriental le pareció ver unos cuantos puntitos de color rojo. A toda prisa descendió de las nubes e informó a su maestro, diciendo: - Creo que he descubierto algo de comer. El maestro le preguntó de qué se trataba y él añadió: - Por estos lugares no hay ni una sola cabaña en la que podamos mendigar un poco de arroz. Sin embargo, en una montaña al sur de aquí he descubierto unos cuantos puntos rojos, que, o mucho me equivoco, o son melocotones silvestres totalmente maduros. Si me permitís llegar hasta ese lugar, os traeré unos cuantos para que saciéis vuestro apetito. - ¿Cómo voy a negarme a dejarte partir? - exclamó Tripitaka, satisfecho -. Para quien ha renunciado a la familia los melocotones son una auténtica bendición. El Peregrino cogió la escudilla de mendigar y montó en una nube sagrada. Le imprimió tal velocidad que fue dejando tras sí una estela de vapor blancuzco y frío, mientras se dirigía directamente hacia la montaña del sur en busca de los melocotones. Sin embargo, como muy bien afirma el proverbio, "no hay cumbre sin monstruo ni cima en la que no habite un demonio". La que había escogido Tripitaka para descansar no era excepción a esa norma. Se trataba de un espíritu femenino, al que molestó seriamente la repentina partida del Gran Sabio. A lomos de un siniestro viento oscuro se asomó por encima de las nubes y, al ver al monje Tang sentado en el suelo, exclamó, incapaz de refrenar su alegría: - ¡Qué suerte la mía! Durante años enteros mis parientes no han hecho más que hablar del viaje del monje Tang, una locura que le habría de llevar desde las Tierras del Este al Paraíso Occidental, donde piensa aprender la doctrina del Gran Medio. Lo asombroso, sin embargo, es que ese monje es, en realidad, la reencarnación de la Cigarra de Oro. Su cuerpo se ha purificado, pues, de tal manera durante sus diez últimas transmigraciones que quien coma un trozo de su carne no sabrá lo que es la corrupción. ¡Es una suerte que haya venido a parar precisamente a mis dominios! Cuando se disponía a saltar sobre Tripitaka, vio a dos guerreros a su lado y desistió de hacerlo por el momento. Los aguerridos protectores del monje no eran otros que Ba-Chie y el Bonzo Sha. Por muy inútiles y egoístas que pudieran parecer, ambos habían ocupado grandes puestos militares y su autoridad no había sufrido una merma irreparable. ¿Qué otra cosa podía esperarse de quienes en su día habían ostentado los títulos de Mariscal de los Juncales Celestes y Gran Capitán de la Cortina Imperial? El monstruo estaba enterado de su pasado y no se atrevió a acercarse a ellos. Poco a poco, sin embargo, fue sacando fuerzas de flaqueza y se dijo finalmente: - Voy a reírme un poco de ellos a ver lo que pasa. Se bajó a toda prisa del viento oscuro en el que cabalgaba y con una leve sacudida del cuerpo, se convirtió en una doncella con el rostro tan delicado como la luna y tan hermoso como las flores. Su belleza era tal que no podía ser descrita acertadamente con palabras. Poseía unos ojos cargados de pasión, unas cejas de elegante trazo, unos dientes llamativamente blancos y unos labios tan rojos como una cereza. En la mano izquierda llevaba un cántaro de arenisca azul, y en la derecha un jarrón de porcelana verde. Caminando lentamente en dirección oeste-este, se dirigió hacia donde estaba el monje Tang, que al punto se sintió atraído por ella. Era difícil resistirse a la delicadeza de sus manos, que se movían rítmicamente mientras andaba, y a la gracia de sus diminutos pies, entrevistos apenas entre los pliegues de su falda de seda de Hunan. El sudor que perlaba su rostro la hacía parecer una flor cubierta de rocío, mientras las motas de polvo que se habían fijado en sus cejas recordaban, de alguna manera, los retazos de niebla que aprisionan los sauces. Tripitaka no podía apartar de ella los ojos. Sentía que venía directa hacia él y el corazón empezó a latirle con fuerza. Por fin logró reponerse y, dirigiéndose a Ba-Chie y al Bonzo Sha, exclamó: - ¿Por qué diría Wu-Kung que ésta es una región totalmente despoblada? ¿No es un ser humano ése de ahí? - Así es - contestó Ba-Chie -. Quedaos con el Bonzo Sha, mientras voy a echar un vistazo. El Idiota dejó a un lado el tridente, se arregló las ropas lo mejor que pudo y, adoptando una actitud educada, corrió hacia la mujer. Con razón afirma el proverbio que "desde lejos no puede apreciarse la verdad y sólo se ve con claridad lo que se mira de cerca". La belleza de la muchacha era, en verdad, cautivadora: poseía una piel tan blanca como el hielo, bajo la que se adivinaban unos huesos tan consistentes como el jade. La misma blancura de su cuello presagiaba unos senos firmes y bien formados. Sus cejas recordaban de alguna manera a sauces eternamente verdes y sus almendrados ojos brillaban como si fueran estrellas de plata. Toda su figura emitía una coquetería propia de seres celestes, aunque nadie se atrevería a poner en duda la pureza de sus intenciones. Su cuerpo era como el de una golondrina que hubiera anidado en un sauce. No en balde su voz traía a la mente el delicado canto de una oropéndola resonando en la espesura del bosque. Su porte, al andar, era el de una peonía recién abierta, que mostraba, tentadora, todo su encanto. Cuando el Idiota vio lo hermosa que era no pudo evitar exclamar, azorado: - ¿Se puede saber adonde vais tan sola, señora? ¿Qué es eso que lleváis en las manos? El disfraz de la bestia era tan perfecto que Ba-Chie no sospechó lo más mínimo de su naturaleza demoníaca. Eso la animó a decir a toda prisa con manifiesta coquetería: - En el jarro azul llevo tortas de vino hechas con arroz aromatizado, y en el verde un poco de gluten de trigo frito. Hace tiempo prometí alimentar a todos los monjes con los que me topara y desde entonces no he hecho otra cosa que recorrer estos parajes, buscando la manera de cumplir lo mejor posible mi promesa. Ba-Chie se sintió profundamente halagado al oír eso. Se dio la vuelta a toda prisa y corrió hacia donde estaba Tripitaka, sin dejar de gritar como un cerdo atormentado por los parásitos: - "Al hombre de bien nunca le falta la ayuda del Cielo." Puesto que el hambre os corroía las entrañas, mandasteis a nuestro hermano mayor a mendigar un poco de comida vegetariana. Lo malo es que no sabemos adónde ha ido ni el tiempo que tardará en regresar con los melocotones. Eso sin contar con que esas frutas son un tanto indigestas y le llenan a uno el estómago de gases. Pero, mira tú por dónde, nuestra suerte no ha cambiado lo más mínimo, porque ahí viene una beldad dispuesta a alimentarnos por el mero hecho de ser monjes. - ¡No bromees con el estómago, por favor! - le urgió, incrédulo, el monje Tang -. Llevamos recorriendo el mundo yo que sé la de tiempo y todavía no hemos encontrado a una persona como la que dices. Dudo que haya alguien que pase el tiempo dando de comer a los monjes. - No es tan raro como pensáis - afirmó Ba-Chie con decisión -. Ahí tenéis a una dama que se dedica precisamente a eso. Al verla a su lado, Tripitaka dio un salto y, doblando las manos a la altura del pecho, preguntó, muy nervioso: - ¿De dónde sois y a qué familia pertenecéis? ¿Por qué hicisteis ese extraño voto de alimentar a todos los monjes con los que os toparais? A pesar de ser un auténtico demonio, Tripitaka tampoco la reconoció. El monstruo jamás había pensado llegar tan lejos, así que hubo de inventarse sobre la marcha un pasado apropiado para satisfacer la curiosidad del monje Tang. - Esta montaña - empezó diciendo, tratando de engañar a su interlocutor - es conocida por el nombre del Tigre Blanco, debido a la enorme cantidad de serpientes y bestias que moran en ella. Mi hogar está hacia el oeste de aquí. Mis padres son personas muy piadosas, que se pasan el día recitando sutras y haciendo obras de caridad. De ellos precisamente he adquirido la costumbre de dar de comer a todos los monjes que se aventuran a cruzar estos parajes. Hasta muchos años después de casados no tuvieron ningún hijo y, si no llega a ser por intervención de los dioses, tampoco yo hubiera nacido. Les hubiera gustado casarme con algún joven de familia noble, pero, dada su avanzada edad, lo pensaron mejor y decidieron adoptar a un yerno. Así no les faltaría de nada ni en esta vida ni después de la muerte. - Perdonadme - replicó Tripitaka -, pero encuentro algo extraña vuestra manera de explicar las cosas. Como afirman los escritos del sabio "mientras viven nuestros padres, no tenemos necesidad de viajar muy lejos y, si lo hacemos, es para visitar lugares que conocemos bien. Vos misma acabáis de decir que vuestros progenitores aún no han muerto y que han adoptado a un yerno para que cuide de ellos. ¿No sería más lógico que vuestro marido fuera el encargado de cumplir vuestra promesa? No está bien que una mujer como vos recorra sola las montañas sin ningún criado ni nadie que os acompañe. Disculpad mi sinceridad, pero me parece demasiado peligroso para una dama. - Mi marido - explicó entonces la mujer, sonriendo, comprensiva-se encuentra al norte de esta montaña arando los campos con unos cuantos criados. Precisamente iba a llevarles la comida, cuando me he encontrado con vosotros. No disponemos de muchos sirvientes y, como mis padres son ya muy viejos, me he ofrecido a llevarles estas tortas para que coman. Sin embargo, al veros de lejos, he sentido la urgencia de seguir el ejemplo de mis progenitores y he corrido a invitaros a participar de mis humildes viandas. Espero que no las consideréis indignas de vuestro paladar y las aceptéis como muestra de reconocimiento y respeto. - Os lo agradezco de todo corazón - contestó Tripitaka -, pero uno de mis discípulos ha ido a recoger fruta y no tardará mucho en volver. Además, no está bien que comamos nosotros lo que habéis preparado para vuestro marido. Lo más seguro es que os riñera al enterarse de lo ocurrido, y, francamente, no queremos cargar con esa responsabilidad. Al ver que el monje Tang se negaba a aceptar la comida, el monstruo acentuó la seductora dulzura de su sonrisa y exclamó, divertida: - ¿Cómo podéis ser tan considerado? Mi marido es tan caritativo como mis padres y jamás ha sentido celos. No os digo más que se pasa la vida construyendo puentes y reparando caminos para facilitar sus desplazamientos a los pobres y a los ancianos. Si llega a enterarse de que os he entregado toda la comida que traía, en vez de enfadarse, me colmaría de más cariño del que habitualmente me muestra. Así que, ya veis, lejos de crearme un problema, me haríais un gran favor. Os lo aseguro. Pero Tripitaka no dio su brazo a torcer. Ba-Chie, por el contrario mostró muy enfadado y no dejaba de lamentarse, diciendo: - ¡Con la cantidad de monjes virtuosos que hay en el mundo y he tenido que venir a dar con el más puntilloso de todos! Nos sirven el arroz en una bandeja y el muy cretino se niega a aceptarlo, alegando que un vulgar mono ha ido en busca de unos melocotones que, a buen seguro, estarán todavía más verdes que una corteza de árbol. Sin pedir permiso a nadie, el Idiota se acercó al jarro de las viandas y se dispuso a dar buena cuenta de ellas, moviendo, goloso, el morro. Fue una suerte que en aquel mismo momento regresara por los aires el Peregrino, cargado con los melocotones que había cogido en las cumbres del sur. Cuando se halló encima de sus hermanos, abrió cuanto pudo sus ojos de fuego y sus pupilas de diamante y descubrió con asombro que la mujer con la que estaba hablando su maestro era, en realidad, un monstruo. A toda prisa sacó la barra de hierro. Pero, cuando se disponía a descargarla sobre la cabeza de la bestia, Tripitaka le agarró de las mangas y exclamó, furioso: - ¿Te has vuelto loco, Wu-Kung? ¿Por qué quieres descargar tu furia sobre quien no debes? - La muchacha que tenéis ante vos - contestó el Peregrino - no es tal, sino un monstruo que se ha acercado hasta aquí con la única intención de engañaros. - Me extraña que hables así de ella - replicó Tripitaka -. Normalmente eres bastante comedido en tus apreciaciones. ¿Cómo es que hoy te ha dado por decir esas tonterías? Esta dama ha tenido la delicadeza de venir a invitarme a comer. ¿De dónde sacas que es un monstruo sin entrañas? - ¿Qué sabéis vos de esas cosas? - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Yo hacía lo mismo en la Caverna de la Cortina de Agua, cuando quería probar carne humana. Me convertía en una moneda de oro, o en un saco de plata, o en un edificio abandonado, o en un borracho gracioso, o en una mujer hermosa, o en... ¿qué se yo? De esa forma lograba atraer a mi caverna a los incautos y después los hervía o los cocía al vapor. Si no lograba comerlos de una sola sentada, dejaba secar las sobras al sol y las guardaba para otra ocasión. Os aseguro que, si hubiera tardado un poco más en volver, habríais caído en sus redes para siempre. Pero todos sus esfuerzos se vieron condenados al fracaso. El monje Tang se negó a creer en lo que decía, repitiendo una y otra vez que aquella mujer era una persona muy piadosa y digna de toda confianza. - Conozco bien lo que está pasando - insistió el Peregrino -. Es natural que os sintáis ofuscado por la belleza de esta joven. Si queréis gozar de ella, no tenéis nada más que decirlo. Ba-Chie se encargará de buscar la madera, el Bonzo Sha recogerá la hierba que pueda y yo os construiré aquí mismo una cabaña, en la que podréis consumar vuestros deseos. Eso marcará el fin de nuestra colaboración y cada cual podrá marcharse adonde buenamente le venga en gana. ¿No opináis que es lo más acertado? ¿Para qué molestarnos en proseguir un viaje tan largo en busca de escrituras o de lo que sea? El monje Tang era una persona muy tímida y, al oír esas palabras, sintió tal vergüenza que la cabeza se le puso totalmente roja. Eso no amainó, no obstante, la furia del Peregrino, quien, echando mano de su barra, descargó sobre el monstruo un golpe terrible. La bestia sabía unos cuantos trucos y, al ver acercarse el arma de Wu-Kung, decidió valerse del conocido como "la liberación del cadáver". Abandonando el cuerpo que había tomado prestado, se elevó por los aires sin preocuparse más de él. Al punto cayó muerto al suelo, abatido por el certero golpe del Peregrino. Horrorizado, Tripitaka exclamó sin atreverse a creer lo que acababa de ver: - ¡No hay nadie más salvaje en todo el mundo que este mono! A pesar de repetírselo yo que sé la de veces, la vida humana le trae absolutamente sin cuidado. - Calmaos y no seáis tan duro conmigo - le suplicó el Peregrino -. Ahora acercaos y ved lo que hay en estos jarros. El Bonzo Sha agarró de la mano a Tripitaka y le condujo adonde estaban los dos recipientes. Las tortas de vino se habían esfumado como por encanto y de su fragancia no quedaba absolutamente nada. Todo lo que podía verse era un puñado de gusanos muy largos y repugnantes. El gluten de trigo frito, por otra parte, se había convertido en unas cuantas tortugas y en varias parejas de ranas, que no dejaban de saltar como locas. Eso convenció al monje Tang de que debía de ser verdad al menos el treinta por ciento de lo que acababa de decir Peregrino. Ba-Chie, sin embargo, no logró dominar del todo el resentimiento que le consumía y añadió más leña al fuego, gritando: - No creáis ninguna de sus patrañas, maestro. Esta mujer no es más que una campesina que vivía por aquí cerca. Se encontró con nosotros por pura casualidad, ya que, como ella misma afirmó, se dirigía hacia la otra parte de la montaña a dar de comer a los jornaleros de su marido. ¿Cómo va a ser un monstruo alguien tan caritativo y bien dispuesto como ella? Vos sabéis que nuestro hermano mayor es muy aficionado a usar su barra de hierro. Así que, en cuando regresó, se inventó esa absurda historia y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza de esta infortunada. No digo que su intención fuera matarla, sino que no calculó bien las fuerzas y terminó, sin querer, con ella. Después, temiendo que fuerais a recitar ese conjuro que le produce tantos dolores, decidió valerse de la magia para haceros creer lo que no es. Para él todo está bien, incluso burlarse de vos, con tal de salvarse de ese tormento. Las palabras de Ba-Chie produjeron en Tripitaka el efecto deseado. Furioso con el más fiel de sus discípulos, hizo el gesto mágico con una mano y comenzó a recitar el conjuro en voz alta. El dolor se cebó al punto en el Peregrino, que no paraba de gritar: - ¡Mi cabeza! ¡Me va a explotar! ¡Parad, os lo suplico! Si tenéis algo que decirme, hacedlo y asunto concluido. ¿A qué viene atormentarme de esta forma? - ¿Qué quieres que te diga? - replicó el monje Tang -. Los que hemos renunciado a la familia debemos ser amables con la gente en todo momento y no abrigar pensamientos de destrucción y muerte. "Cuando barremos el suelo, debemos apartar las hormigas a un lado y poner pantallas a las lámparas para que las polillas no sufran daño alguno." Pero tú... ¡tú te complaces cada vez más en la práctica de la violencia! ¿De qué te vale ir en busca de las escrituras, si a cada paso que das siegas una vida? Con una actitud así es mejor no sacrificarse. Por mí, puedes regresar. - ¿Adonde queréis que regrese? - preguntó el Peregrino, sorprendido. - Adonde te dé la gana - contestó el monje Tang -. No quiero que me sigas como discípulo. - Si os abandono - replicó el Peregrino -, me temo que jamás llegaréis al Paraíso Occidental. - Mi vida está en manos del Cielo - contestó el monje Tang -. Si está determinado que he de acabar mis días en el estómago de algún monstruo, no seré yo quien mueva un solo dedo para impedirlo, ni aun a sabiendas de acabar cocido o estofado. Además, ¿quién eres tú para librarme de todos los peligros que me acechan? ¿Acaso puedes hacer frente a mi propia muerte? ¡Márchate inmediatamente de mi lado! - Si ése es vuestro deseo, así lo haré - concluyó el Peregrino -. Sin embargo, aún no os he pagado adecuadamente cuanto habéis hecho por mí. - ¿Se puede saber de qué estás hablando? - le increpó el monje Tang. El Gran Sabio cayó al punto de hinojos y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, respondió: . - Después de sumir el Palacio Celeste en una confusión terrible, hice acreedor a un tremendo castigo que Buda se encargó de ejecutar, encerrándome, como sabéis, bajo la mole enorme de la Montaña de las Dos Fronteras. Por haberme librado de su peso y haberme concedido los mandamientos, mi agradecimiento hacia vos y hacia la Bodhisattva Kwang-Ing es, en verdad, inexpresable. Si no me permitís acompañaros hasta el Paraíso Occidental, no podré devolveros el bien que por mí habéis hecho y, así, mi nombre será maldito para siempre. ¿Cómo va a ser considerado honrado quien no corresponde a la amabilidad que recibe de los demás? El monje Tang poseía un corazón muy tierno y pronto a la compasión. Al ver al Peregrino expresarse con tanta sinceridad y tanto arrepentimiento, se sintió profundamente conmovido y cambió al punto de parecer, diciendo: - Está bien. Por esta vez te perdono. Pero recuerda que, si vuelves a hacer uso de la violencia, recitaré el conjuro que tú bien conoces por lo menos veinte veces seguidas. Por mí, podéis hacerlo hasta treinta - contestó el Peregrino, alborozado -. Todo me parece poco con tal de permanecer a vuestro lado. Os juro que no volverá a ocurrir de nuevo. Se levantó en seguida del suelo y ayudó al monje Tang a montar en el caballo, al tiempo que le ofrecía los melocotones que había cogido. Tripitaka comió unos cuantos y, de esta forma, calmó momentáneamente el hambre que le atormentaba. El monstruo se había elevado mientras tanto hacia lo alto, logrando salvar así la vida. El golpe del Peregrino no le hizo el menor daño, porque, como queda dicho, se valió de la magia y su espíritu se remontó a tiempo por los aires. Tomó asiento en lo alto de las nubes y, rechinándole los dientes de rabia, se dijo, llena de odio hacia el Peregrino: - Llevo años oyendo hablar a la gente de los muchos poderes de que goza ese mono. Hoy he descubierto, muy a mi pesar, que su fama estaba bien fundada. Fue una pena, porque el monje Tang había picado ya el anzuelo y la boca se le hacía agua, pensado en mis viandas Si se hubiera agachado un poco para olerlas, le habría agarrado y nadie podría haberle librado de mis garras. Lo que menos sospechaba es que fuera a aparecer de pronto ese mono entrometido, dando al traste con todos mis planes. Lo peor, sin embargo, ha sido que casi me destroza con su barra. De todas formas, no estoy dispuesta a dejar marchar a ese monje así como así. Sería la primera vez que no terminara una empresa. Tengo que bajar de nuevo y reírme de él todo lo que pueda. No había acabado de decirlo, cuando saltó de la oscura nube en la que estaba sentada. Fue a parar a un recodo de piedras que había un poco más adelante y, sacudiendo el cuerpo ligeramente, se convirtió en una mujer de ochenta años. En la mano llevaba un bastón de bambú con la empuñadura llamativamente curva. Andando con no poca dificultad, se dirigió hacia los caminantes, sin dejar de llorar a voz en grito. Al verla, Ba-Chie exclamó, sobresaltado: - ¿Qué vamos a hacer, maestro? Esa mujer viene buscando a quien vos y yo sabemos. - ¿De quién estás hablando? - preguntó el monje Tang, sorprendido. - De la muchacha que acaba de matar nuestro hermano. No me cabe la menor duda de que esa anciana es su madre, que ha salido en su busca, al ver lo mucho que tardaba. - Deja de decir tonterías, por favor - le pidió el Peregrino -. La joven de la que hablas apenas había cumplido los dieciocho años y esta mujer tiene más de ochenta. ¿Cómo iba a poder dar a luz a los sesenta y tantos? Os aseguro que, o mucho me equivoco, o estamos ante un nueva celada. Voy a echar un vistazo. De dos zancadas se llegó hasta donde se encontraba el monstruo, que acababa de convertirse en una anciana. Su transformación no podía ser más perfecta. El pelo que asomaba por sus sienes era tan blanco como la nieve, y su deambular, lento e inseguro. Todo su cuerpo poseía una fragilidad que cuadraba perfectamente con la inseguridad de sus pasos. Su rostro, marchito como una hoja seca, poseía la rugosidad de las rocas, sensación que acentuaban sus protuberantes mejillas y sus labios caídos. En ella se apreciaban claramente las grandes diferencias que distinguen la juventud de la vejez. El rostro es, en verdad, como una hoja de loto: lozana y fresca cuando se nace, y rugosa y seca cuando se está a punto de morir. Sin embargo, tampoco esta vez logró el monstruo burlar al Peregrino. Reconociéndola al instante, levantó la barra y la dejó caer con fuerza sobre su cabeza. Pero la bestia se valió nuevamente de la magia y, lanzando su espíritu hacia lo alto, permitió que el hierro destrozara su disfraz. El cuerpo de la anciana quedó, pues, tumbado junto al camino, inerte del todo. Al ver lo ocurrido, el monje Tang sintió que le abandonaban las fuerzas y cayó del caballo, como si fuera un muñeco. Estaba tan afectado que, sin moverse siquiera del suelo, recitó el conjuro veinte veces seguidas. El Peregrino experimentó tal dolor que tenía la sensación de que la cabeza se le había convertido en una calabaza con la forma de un reloj de arena. Era tan insoportable que se tiró al suelo y empezó a dar vueltas como un loco, mientras suplicaba a su maestro: - ¡Por lo que más queráis, dejad de recitar ese conjuro! Si deseáis decirme algo, hacedlo sin echar mano de la tortura. - ¿Qué necesidad hay de hablar? - exclamó el monje Tang -. Para evitar caer en los tormentos del infierno, los que han renunciado a la familia siguen sin cesar el sendero de la virtud. Yo he tratado una y otra vez de hacerte ver la conveniencia de obrar rectamente en todo momento, pero tú has hecho oídos sordos a mis palabras. ¿Por qué te empeñas en obrar siempre con violencia? ¿Qué explicación puedes darme por haber acabado, sin ton ni son, con otra vida humana? - Se trataba de un monstruo - explicó, desesperado, el Peregrino. - Creo que has perdido el juicio - replicó el monje Tang -. ¿Tan obsesionado estás con los monstruos que los ves donde uno menos se lo espera? La verdad es que tienes una innata propensión a obrar el mal y careces totalmente de voluntad para entregarte a la práctica del bien. Lo mejor que puedes hacer es marcharte a otra parte. Con verte me dan ganas de vomitar. - ¿En tan poco aprecio me tenéis? - se quejó el Peregrino amargura -. Está bien, me iré. Pero antes quiero dejar bien claro cierto asunto. - ¿De qué se trata? - inquirió el monje Tang. - ¿De qué va a ser? - replicó en seguida Ba-Chie -. Éste quiere que repartáis con él el equipaje. Lleva mucho tiempo a vuestro lado para marcharse ahora con las manos vacías y la bolsa a medio llenar Si queréis libraros de él, tendréis que regalarle una de vuestras túnicas viejas y ofrecerle la mitad de todo el dinero que llevéis. Al oír eso, el Peregrino perdió los estribos y, saltando como si hubiera perdido el juicio, se encaró con Ba-Chie, gritando: - ¡Eres un estúpido que no sabe decir más que tonterías! Tras aceptar de buen grado el principio de la pobreza absoluta, jamás he dado muestras de envidia o avaricia. ¿Cómo te atreves a afirmar que lo único que ando buscando es llevarme la mitad del equipaje de nuestro maestro? - ¿Por qué no te marchas de una vez, si es verdad eso de que jamás te has rendido a la avaricia y a la envidia? - Se ve que no me conocéis bien - contestó el Peregrino -. Hace más de quinientos años, cuando morada en la Caverna de la Cortina de Agua, en el corazón mismo de la Montaña de las Flores y Frutos, me rendían pleitesía todos los demonios de las setenta y dos cuevas y obedecían mis órdenes sin rechistar no menos de cuarenta y siete mil diablillos. Era considerado como un héroe y no me faltaba absolutamente de nada. Sobre mi cabeza lucía una corona de oro rojizo, vestía una túnica roja y gualda que ajustaba a la cintura con un valiosísimo cinturón de jade, calzaba unas sandalias capaces de hollar las nubes y sostenía en mis manos, a manera de cetro, la complaciente barra de los extremos de oro. Pese a todo, cuando comprendí que sólo el nirvana podía librarme de mis pecados y decidí hacer voto de absoluta pobreza, renuncié de buena gana a mi vida pasada de lujos y desenfreno. ¿Qué he obtenido a cambio de mi fidelidad? Sólo esta tira de hierro que se me clava sin piedad en la cabeza cada vez que vos recitáis ese conjuro. Si, en verdad, estáis decidido a apartarme de vuestro lado, arrancádmela de una vez, para que pueda volver con la frente muy alta junto a los que me consideran como un héroe y no un siervo. No podéis negarme ese favor. Es lo menos que podéis hacer por mí por todos los años que os he servido con absoluta fidelidad, profundamente conmovido, el monje Tang respondió: - Lo siento mucho, Wu-Kung, pero no sé cómo arrancarte esa tira de la cabeza. La Bodhisattva no me lo enseñó. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, no os queda más remedio que llevarme con vos. - Levántate, anda - dijo entonces el monje Tang, comprendiendo que no le quedaba otro remedio que volver a aceptarle en su compañía -. Te perdono otra vez, pero con la condición de que no vuelvas a nunca más uso de la violencia. - Renuncio a ella de ahora en adelante - prometió el Peregrino y, poniéndose de pie, volvió a ayudar al maestro a montar en el caballo. El monstruo, mientras tanto, feliz de no haber sido alcanzado tampoco esta vez por el arma del Peregrino, se sentó en una nube y se aliviada, al tiempo que se limpiaba el sudor de la frente: ¡Qué mono más extraordinario! ¡Qué maravillosa percepción la suya! Hasta vestida de vieja fue capaz de reconocerme. Lo malo es que tanto él como sus hermanos están avanzando con más rapidez de lo que en un principio había pensado. Otras cuarenta millas más y habrán abandonado para siempre mis dominios. Si caen en poder de los diablillos y demonios de otra región, se burlarán de mí hasta que las costillas les duelan de tanto reírse y yo veré menoscabada mi fama. Lo mejor es que vuelva a bajar y me burle otro poco de ellos. De nuevo saltó del viento negro en el que cabalgaba y fue a caer en un abrigo de la montaña. Sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se transformó en un anciano con el pelo más blanco que el de Peng-Tse y una barba tan poblada que recordaba los carámbanos de la Estrella de la Edad. En las orejas lucía un pendiente de jade, cuyo brillo parecía rivalizar con el de sus ojos, puro y penetrante como el de una estrella de oro. Vestía una ligera túnica de plumas de garza que le llegaba hasta los pies y en las manos sostenía un rosario del que se valía para recitar un sutra budista. Al verle, el Tang se mostró muy complacido y exclamó, gratamente impresionado: - Se nota que el Oeste es una región verdaderamente santa. Mirad a ese anciano. Apenas tiene fuerzas para caminar y, sin embargo, aún le quedan arrestos para recitar sutras. - Dejad vuestro entusiasmo para otro momento - le aconsejó Ba-Chie -. Ese hombre viene a pedirnos cuentas. - ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó el monje Tang. - Que se ha enterado de que hemos matado a su mujer y a su hija y ha decidido vengar su muerte - contestó Ba-Chie -. No tenemos escapatoria. Somos culpables de esos crímenes. Vos, por tanto, seréis condenado a muerte, el Bonzo Sha tendrá que hacer trabajos forzados durante el resto de sus días y yo me veré obligado a servir en el ejército hasta el final de mi vida. A nuestro hermano mayor, por supuesto no le ocurrirá nada, ya que echará mano de la magia y desaparecerá de aquí como la neblina barrida por el sol. - ¡Cuidado que eres idiota! - le regañó el Peregrino -. ¿A qué viene alarmar inútilmente a nuestro maestro? Ni siquiera sabemos quién es ese anciano. Si no os importa, voy a echar un vistazo. Dejó a un lado la barra de hierro y, acercándose al demonio, le preguntó: - ¿Se puede saber adonde vais y por qué recitáis un sutra mientras camináis? El monstruo pensó que esta vez se había salido con la suya y que, a pesar de todo, el Gran Sabio no era tan difícil de engañar como en un principio había creído. - Yo, señor - respondió el falso anciano -, he vivido en este lugar toda mi vida. Desde joven me he dedicado a la práctica del bien, dando de comer a los Peregrinos, empapándome del contenido de las escrituras sagradas y recitando sin cesar sutras. Como el cielo se negó a darme un hijo varón, hube de adoptar a un yerno, al que desposé con la única hija que mi esposa trajo a este mundo. Precisamente salió de casa esta mañana muy temprano con un poco de comida y, como aún no ha regresado, temo que pueda haber sido pasto de tigres y otras alimañas por el estilo. Lo malo es que no es ella sólo la que falta de casa, porque mi esposa, impaciente por su tardanza, salió en su búsqueda hace varias horas y tampoco ha vuelto. No tengo ni idea de lo que ha podido pasarles. Por eso me he decidido a seguir sus pasos para ver si logro dar con ellas. No soy muy optimista respecto a hallarlas con vida. Si, como creo, han muerto, me sentiré feliz con poder encontrar sus huesos y enterrarlos después en el panteón de mi familia. - ¡Jamás me he topado con nadie tan bromista como tú! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Crees que puedes engañarme sacándote de la manga una historia como ésa? No soy tan tonto como parezco. A las claras se nota que eres un monstruo. La bestia se sintió tan desconcertada que no pudo decir nada en su defensa. El Peregrino agarró a toda prisa la barra de hierro, pero, estaba a punto de descargar el golpe, se dijo, alarmado: - Si no acabo con él, intentará apoderarse de mi maestro todas las veces que quiera. Pero, si lo hago, mi mentor recitará el conjuro y acabará volviéndome loco. Se trataba de un dilema de muy difícil solución, por lo que continuó diciéndose: - Si no mato a la bestia, corro un peligro inútil, porque en la primera oportunidad que se le presente echará mano de mi maestro y yo tendré que emplearme a fondo para librarle. Creo que lo mejor será que acabe con él cuanto antes. Así me ahorraré no poco esfuerzo. ¿Qué importa que el maestro recite su maldito conjuro? Como muy afirma el dicho, "ni los tigres más sanguinarios devoran a los de su especie". Además, labia no me falta. Poseo una lengua rápida y no costará convencerle. Al punto hizo acudir a su presencia al espíritu local y al dios de la Montaña y les dijo: - Este monstruo se ha burlado de mi maestro tres veces seguidas. Estoy decidido, por tanto, a acabar con él de una vez. Para ello necesito que os coloquéis a media altura y no le dejéis escapar. Los dioses no se atrevieron a contravenir sus órdenes y se colocaron estratégicamente por encima de la franja de nubes. El Gran Sabio levantó entonces la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre el demonio. Esta vez la suerte no le sonrió y su luz espiritual se extinguió como si fuera el frágil parpadeo de una vela. Al verlo, el monje Tang sintió tal horror que durante mucho tiempo no pudo articular la menor palabra. Ba-Chie, sin embargo, se llevó las manos a la cabeza y exclamó con cierta malicia: - ¡Este Peregrino está realmente loco! En menos de medio día de se ha cargado ya a tres personas. Ese comentario hizo que el monje Tang recuperara el aplomo y se dispusiera a recitar el conjuro de nuevo. Pero el Peregrino se arrojó a los pies del caballo, gritando: - ¡No lo hagáis, por favor! ¡No lo hagáis! Venid primero a echar un vistazo a lo que ha quedado de esa bestia. Delante de ellos sólo había un montón de huesos tan blanco como la harina. - Ese hombre acaba de morir - comentó, muy alterado el monje Tang -. ¿Cómo es que se ha convertido tan pronto en un esqueleto? - No era más que un cadáver viviente, que sólo buscaba hacer daño a la gente - explicó el Peregrino -. Ahora que ha muerto ha revelado, por fin, su auténtica naturaleza. Vos mismo podéis leer los caracteres que hay escritos en su columna vertebral: "Ésta es la Dama de los Huesos Blancos". El monje Tang parecía estar dispuesto a creerle esta vez, pero Ba-Chie se resistía a dejar pasar así como así el incidente y dijo: - Wu-Kung no tiene remedio. Goza mostrando la fortaleza de su brazo y matando a la gente. Lo ha hecho ya mil veces y volverá a hacerlo otras tantas. Tiene miedo, de todas formas, a vuestro conjuro y, para librarse de tan justo castigo, ha transformado el cadáver de este anciano en un simple montón de huesos. No le importa engañaros, con tal de renunciar al dolor. El monje Tang poseía un carácter muy voluble y una vez más se dejó llevar por las palabras de Ba-Chie, comenzando al punto a recitar su temible conjuro. Al límite de sus fuerzas, el Peregrino logró arrodillarse a duras penas a la vera del camino y suplicó, desesperado, a su maestro: - ¡Parad, por lo que más queráis! ¡Parad! Si tenéis algo que decirme, hacedlo cuanto antes y no me atormentéis de esta manera. - ¡Mono cabezota! - le increpó el monje Tang -. ¿Qué quieres que te diga? Las buenas obras de los que han renunciado a la familia son como la hierba de un jardín en primavera: nadie nota que va creciendo, pero se muestra más lozana cada día que pasa. El que, por el contrario, se dedica al mal obrar se parece a una piedra de amolar: aunque nadie se percata de ello, su tamaño se va reduciendo con el paso del tiempo. Has podido escapar a la acción de la justicia después de haber dado muerte a tres personas, sólo porque nos encontramos en un lugar desolado y no hay aquí nadie que pueda hacerte frente. Suponte, sin embargo, que llegamos a una gran ciudad y, de pronto, te da por golpear a la gente con tu pesada barra sin tener en cuenta para nada la moral y las leyes. ¿Cómo crees que ibas a salir de semejante trance? Todos nos encontraríamos en un lío terrible y no podríamos proseguir nuestro viaje. Opino, por tanto, que lo mejor es que regreses al lugar del que has partido. - Estáis muy equivocado, maestro - trató de defenderse el Peregrino. Este cadáver que aquí veis era, en realidad, un monstruo que andaba buscando vuestra ruina. Lo único que he hecho ha sido defenderos de sus asechanzas, pero vos os empeñáis en no querer reconocerlo. Preferís creer los comentarios calumniosos de un Idiota que no sabe ni dónde tiene su mano derecha. ¿Por qué deseáis deshaceros de mí a toda costa? Como muy bien reza el proverbio, "es prácticamente posible que una misma cosa se repita tres veces". Me lo habéis ordenado con tanta insistencia que, si, en verdad, no me marcho de vuestro lado, daré la impresión de ser un tipo sin vergüenza ni principios. Está bien. Vos ganáis. Me voy. Pero os aseguro que no ganáis nada con mi marcha, porque entonces no tendréis a nadie que os sirva tan desinteresadamente como yo. - ¡Este mono cada vez se está volviendo más irrespetuoso! - exclamó el monje Tang, perdiendo la paciencia -. ¡Como si a mi alrededor no hubiera más personas dignas de confianza que él! ¿Quién te has creído que eres? ¿Acaso Wu-Neng y Wu-Ching son menos fieles que tú? El Gran Sabio se sintió profundamente herido por esos comentarios. Estaba tan abatido que sólo pudo decir: - ¡Qué frágil es la memoria de los hombres! Acordaos de cuando no teníais más compañero de viaje que Liou Puo-Chin en los lejanos tiempos de vuestra partida de Chang-An. Después de librarme de la prisión de la Montaña de las Dos Fronteras y hacerme vuestro discípulo, no tuve el menor empacho en meterme en peligrosísimas cavernas y en bosques impenetrables con el único propósito de derrotar monstruos y capturar demonios. Fui yo quien, tras correr incontables riesgos, dominó a Ba-Chie y agregó al Bonzo Sha a nuestro grupo. Hoy parecéis haberlo echado todo en saco roto y, "renunciando a la sabiduría en favor de la locura", exigís que me marche de vuestro lado. Sé que siempre ocurre así y que el proverbio tiene toda la razón del mundo, al afirmar: "Cuando las aves desaparecen, se guarda el arco y, cuando perecen las liebres, se sacrifica a los perros" 4. De acuerdo. El mundo está montado de esta forma. Antes de irme, sólo quiero dejar bien sentado un asunto: el conjuro que vos y yo bien sabemos. - Estáte tranquilo - dijo el monje Tang -. No voy a recitarlo nunca más. - Eso es fácil decirlo - comentó el Peregrino -. Pero estoy convencido de que, cuando os encontréis cara a cara con esos terribles demonios que han jurado buscaros la ruina y Ba-Chie y el Bonzo Sha se muestren incapaces de libraros de sus escalofriantes tormentos, el miedo os hará recitarlo con más insistencia que hasta ahora. ¿Qué será de mí entonces? Aunque me encuentre a cien mil kilómetros de distancia de vos, me asaltarán esos terribles dolores de cabeza y me veré obligado a acudir de nuevo a vuestro lado. Eso es algo que quiero evitar a toda costa. Así que, cuanto antes dejemos solventado ese asunto, mejor. Al ver lo precavido que se mostraba el Peregrino, el monje Tangs se puso aún más furioso y, bajándose a toda prisa del caballo, ordenó al Bonzo Sha que sacara papel y un pincel de una de las alforjas. Tras coger un poco de agua de un arroyuelo que pasaba por allí cerca y disolver en ella un poco de tinta, escribió una carta de compromiso, que entregó al Peregrino, diciendo: - Guarda esto, mono cabezota. Es un compromiso de que nunca más volveré a aceptarte como discípulo. Si alguna vez me vuelvo atrás, que sea pasto del Infierno Avici. - No tenéis necesidad de jurar nada - dijo el Peregrino, cogiendo la carta a toda prisa -. Vuestra palabra es para mí más que suficiente - y se metió el escrito por la manga. No obstante, creyó conveniente antes de partir calmar el enfado del monje Tang y añadió: - Si os he seguido durante tanto tiempo, ha sido por deseo expreso de la Bodhisattva. Temo, por tanto, que, al abandonaros a mitad del viaje, no vaya a alcanzar los méritos que en un principio me fueron prometidos. Deseo, pues, que toméis asiento, para que pueda mostraros mis respetos y, así, parta con la conciencia tranquila y en paz. El monje Tang se dio media vuelta y sólo acertó a balbucir: - Yo soy un monje virtuoso y no puedo aceptar las muestras de respeto de un ser tan malvado como tú. Al ver que el monje Tang se negaba a avenirse a sus deseos, el Gran Sabio decidió valerse de la práctica mágica conocida como "cuerpo detrás del cuerpo". Se arrancó tres pelos de la nuca y, echando sobre ellos una bocanada de aliento mágico, gritó: - ¡Transformaos! Al punto se convirtieron en otros tantos Peregrinos que rodearon a maestro. De esta forma, adondequiera que se volviera Tripitaka se topaba con un Wu-Kung arrodillado ante él. Cuando el Gran Sabio consideró que sus deseos habían sido cumplidos, se puso de pie y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, recuperó los pelos que se había arrancado. Se volvió después hacia el Bonzo Sha y le dijo: - Sé que eres una buena persona. Debes cuidarte, por tanto, de no prestar atención a las estúpidas ocurrencias de Ba-Chie. Recuerda que toda prudencia es poca para terminar con bien este viaje. Si algún monstruo se apodera de nuestro maestro, dile que el Rey de los Monos es el más aventajado de sus discípulos y le soltará al instante. Esas bestias son muy toscas y ninguna posee poderes superiores a los míos. Por eso no se atreverán a hacerle el menor daño. - No necesito tu ayuda para nada - dijo el monje Tang, displicente -. Soy un monje virtuoso y jamás mezclaré mi nombre con el de un ser tan poco escrupuloso como tú. ¡Márchate de una vez! No sé a qué estás esperando. El Gran Sabio comprendió entonces que el maestro no iba a dar su brazo a torcer y, agachando la cabeza, se alejó de su lado. Las lágrimas le corrían por las mejillas, como si fueran un caudaloso torrente, sabía que los consejos que había dado al Bonzo Sha no serían suficientes para superar las terribles pruebas a las que había de enfrentarse, pero poco podía hacer para dominar su dolor. Se sentía tan abatido que de buena gana hubiera clavado la cabeza en el suelo y hubiera horadado la roca hasta alcanzar el centro mismo de la tierra. Poderes no le faltaban, ya que era capaz de volver boca abajo las montañas y los mares. Una sensación de impotencia parecía haber mermado su fuerza de voluntad, pero se sobrepuso en seguida y, dando un salto tremendo, montó en una nube sagrada con la intención de dirigirse hacia la Caverna de la Cortina de Agua en la Montaña de las Flores y Frutos. Solo y derrotado, se desplazó como una exhalación por los aires, hasta que, de pronto, oyó el formidable estruendo de las aguas. Inmediatamente detuvo la nube y comprobó que se hallaba justamente encima del Gran Océano Oriental. Eso le hizo acordarse del monje Tang y las lágrimas fluyeron libremente por sus mejillas. Durante largo rato permaneció suspendido en el aire, abúlico del todo, sin decidirse a seguir adelante. No sabemos lo que le aconteció a partir de ese momento. Quien desee descubrirlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第028回 UN GRUPO DE DIABLILLOS CELEBRA UNA REUNIÓN EN LA MONTAÑA DE LAS FLORES Y FRUTOS. TRIPITAKA SE TOPA CON LOS DEMONIOS EN EL BOSQUE DEL PINO NEGRO Al avistar el Gran Océano Oriental, el Gran Sabio se vio asaltado por una extraña mezcla de arrepentimiento y nostalgia y exclamó, sin dejar de llorar: - Llevo quinientos años sin pasar por aquí. El océano parecía surcado por inmensas corrientes capaces de unir la Tierra con la Vía Láctea. Sus olas eran tan rítmicas y violentas que daban la impresión de marcar el pulso del universo. El ruido atronador de las mareas recordaba el bramido del trueno en el palacio de la primavera. Al ver su fuerza, se comprendía que las aguas barrieran las bahías, impelidas por las terribles galernas de finales del verano. Hasta los mismos dioses temían adentrarse en su inabarcable vastedad y los jóvenes inmortales se negaban a cruzarla. A lo largo de la costa no se veía asentamiento humano alguno ni la frágil elegancia de los botes de pesca. Las olas, al romper, levantaban tal cantidad de espuma blanca que parecía como si toda la nieve de mil años se hubiera acumulado en sus crestas. El viento bramaba con tal fuerza que ningún animal se aventuraba a abandonar la seguridad de su guarida. Sólo algunas aves salvajes se atrevían, diestras, a hacerle frente, mientras las ánades marinas se zambullían sin cesar en las turbulentas aguas. No se veía ningún pescador y lo único que podía oírse era el desagradable bullicio de las gaviotas. Se adivinaba, no obstante, la alegría de los peces nadando despreocupadamente en las profundidades del mar y el meditativo silencio de los dragones que la hitaban. El Peregrino cruzó de un salto el Gran Océano Oriental, yendo a parar al corazón mismo de la Montaña de las Flores y Frutos, A toda prisa bajó de la nube, pero lo que vio le dejó atónito: las flores y plantas habían desaparecido, las neblinas se habían esfumado, las mesetas se habían hundido y los árboles se habían secado. ¿Qué había sido de su pasado esplendor? Tras ser llevado prisionero su dueño y señor a las Regiones Superiores, la montaña había sido reducida a cenizas por el Ilustre Sabio Er-Lang, que la arrasó totalmente con la inestimable colaboración de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos. Al ver tanta destrucción, el Gran Sabio sintió aún más el insoportable peso del dolor y, siguiendo los cánones antiguos, compuso esta larga elegía: Miro esta montaña sagrada y no puedo evitar que las lágrimas manen, copiosas de mis ojos. Contemplo su ruina y la pena se multiplica en mi interior como la continua repetición del eco. Este lugar que yo antaño creí indestructible yace ahora en la más completa desolación. Digno de odio es, en verdad, el Pequeño Sabio Er-Lang, que me alejó de mis dominios para reducirlos a irrecuperables cenizas. Sin causa alguna desenterró a mis padres y profanó las tumbas de mis antepasados. Con razón se han desvanecido las neblinas celestes y el viento ha barrido las nubes sagradas que protegían esta tierra, convirtiéndola en improductivos eriales. Ya no se escuchan los rugidos del tigre en las cumbres que se elevaban, orgullosas, en el oriente, ni se aprecian los juegos despreocupados de los simios blancos que antaño moraban en las laderas del occidente, ni queda el menor rastro de zorros o liebres en las estrechas gargantas del norte, ni se ve el acompasado movimiento de las familias de ciervos que antes poblaban las cañadas del sur. Las rocas verdosas que rivalizaban en galanura con el cielo han quedado reducidas a mero polvo para hacer ladrillos. La arena de los caminos, limpia como el mismo sol, está cubierta ahora de suciedad y rastros de muerte. No queda ni uno solo de los altos pinos que marcaban, orgullosos, la entrada de la caverna. Idéntica suerte han corrido los soberbios cedros, los gigantescos castaños, los olorosos sándalos, los humildes abetos y los caprichosos enebros. Todos ellos han sido devorados cruelmente por el fuego. Idos son también los melocotoneros, los perales, los ciruelos, almendros y las palmeras datileras que llenaban el aire de aromas y los estómagos de perdidas fuerzas. ¿Cómo van a seguir alimentándose los gusanos de seda, si no queda ni una sola morera? Sin humedad los bambúes no pueden crecer ni los pájaros vienen ya a posarse sobre los sauces. Todas las rocas se han transformado en polvo y el arroyuelo se ha secado, llevándose consigo el inmarcesible verdor de la hierba. Las orquídeas se niegan a crecer en estos eriales y las enredaderas no dibujan ya su arabesco a lo largo de los inexistentes caminos. ¿A qué lejana región han emigrado los pájaros que antaño anidaron aquí? ¿A qué desconocida montaña han huido las bestias que aquí tuvieron su morada? ¡Desolado lugar este que las serpientes y leopardos desprecian y las garzas y ofidios rehuyen! ¡Cuánto sufro al contemplar su duro destino! Grandes han debido de ser mis culpas pasadas para que un lugar al que yo tanto amaba sea ahora pasto de tamaña desolación. Mientras el Gran Sabio aventaba de esta forma su dolor, se acercaron saltando siete u ocho monos, que no tardaron en reconocerle. Locos de alegría, se lanzaron a sus pies, gritando entusiasmados: - ¡Por fin habéis vuelto, Gran Sabio! Creíamos que no ibais a hacerlo nunca. - ¿Cómo es que no estáis divirtiéndoos? - les preguntó el Hermoso Rey de los Monos -. ¿Por qué todo el mundo se ha escondido, como si fuera una banda de malhechores? Llevo aquí un buen rato y todavía no he visto a nadie. ¿A qué se debe tanta prudencia? Al oír eso, los monos se echaron a llorar y le explicaron con no poca dificultad: - Tras ser vos conducido a las Regiones Superiores, los cazadores se abatieron sobre nosotros y hemos llevado una vida de calamidades e infortunios. Por todas partes nos acosaban con arcos, flechas, mastines, halcones, redes y lanzas. ¿Cómo íbamos a salir a divertirnos, cuando los enemigos nos cercaban y temíamos constantemente por nuestras vidas? No encontramos lugar más seguro que las cuevas de la otra parte de la montaña. Sólo nos aventurábamos a abandonarlas, cuando el hambre nos acuciaba y la sed nos atormentaba como a prisioneros. Entonces salíamos a las praderas a arrancar un poco de hierba y nos llegábamos hasta el arroyo en busca de agua. Si hoy hemos prestado oídos sordos a la llamada de la prudencia, ha sido porque hemos oído vuestra voz y hemos querido expresaros nuestro reconocimiento. Tomadnos de nuevo bajo vuestra protección, gran señor. -¿Cuántos quedáis por aquí? - preguntó el Gran Sabio, hondamente conmovido por lo que acababa de oír. - Alrededor de mil, entre jóvenes y viejos - respondieron los monos. - Antiguamente - comentó, apenado, el Gran Sabio - había por estos parajes no menos de cuarenta y siete mil. ¿Podéis decirme dónde han ido los demás? - Después de marcharos - contestaron los monos -, el bodhisattva Er-Lang quemó la montaña y más de la mitad parecieron pasto de las llamas. Sólo unos cuantos logramos salvar la vida, lanzándonos de cabeza en los pozos, buscando refugio en el torrente o simplemente escondiéndonos bajo el puente de hierro. Cuando el fuego por fin se extinguió y el humo dejó de elevarse hacia lo alto, salimos de nuestros escondites y descubrimos con horror que no quedaba nada de las flores y frutos que antaño hicieron famoso a este lugar. Resultaba extremadamente difícil encontrar algo que llevarse a la boca y el hambre terminó echando de aquí a la mitad de los pocos que aún quedábamos. Los que decidimos permanecer fieles a la tierra pasamos calamidades sin cuento, aunque, mirándolo bien, estos dos últimos años han sido los peores, ya que los cazadores no han dejado de acosarnos. De esa forma, nuestro número ha quedado reducido en muy poco tiempo, otra vez, a la mitad. - ¿Por qué os acosan esos cazadores? - preguntó el Gran Sabio. - ¿Por qué va a ser? - replicaron los monos -. Son gente que no conoce lo que significa la palabra piedad. Se llevan a los que matan con sus arcos y flechas para comida. Tras quitarles la piel y los huesos, los condimentan con una salsa especial, o los cuecen al vapor y después los rocían de vinagre, o los fríen o, simplemente, los salazonan como si fueran vulgares pescados. A los que atrapan vivos les enseñan a saltar a la comba, o a actuar, o a dar saltos mortales. Después los obligan a ir por las calles tocando el gong o el tambor y haciendo toda clase de números para entretenimiento de los viandantes. - ¿Quién está al cargo de la caverna? - volvió a preguntar el Gran Sabio, furioso por lo que acababa de oír. - Los mariscales Ma y Lu y los generales Peng y Pa - respondieron los monos. - Id a informarles inmediatamente de mi llegada - ordenó el Gran Sabio. Los monos se lanzaron al interior de la caverna, gritando: - ¡Acaba de llegar el Gran Sabio! ¡Nuestro señor ha regresado por fin! A los venerables Ma, Lu, Peng y Pa les faltó tiempo para salir corriendo de la cueva y echarse rostro en tierra ante el recién llegado. Tras aceptar su pleitesía, el Gran Sabio entró en la caverna y tomó asiento mientras los demás monos se colocaban, respetuosos, a ambos lados. - Hemos oído decir que habéis recobrado la libertad con el fin de acompañar al monje Tang hasta el Paraíso Occidental, donde piensa conseguir unas escrituras valiosísimas - dijeron los diablillos -. ¿Cómo es que habéis cambiado de rumbo y habéis regresado a esta montaña? - El monje Tang no sabe distinguir entre los que realmente valen y los que no son más que charlatanes. Por él he desplegado toda la panoplia de mis poderes, enfrentándome sin parar a demonios y diablos. Más de una vez me he visto obligado a acabar con los monstruos que nos salen al paso, pero él, en vez de ensalzar mis hazañas, me ha acusado de violento y sanguinario y me ha arrojado de su lado. Se ha negado a seguir considerándome discípulo suyo, firmando incluso una carta en la que se compromete a no volver a solicitar jamás mis servicios. - ¡Qué suerte para nosotros que haya sido así! - exclamaron los monos, expresando su alegría con risotadas y aplausos -. ¿Para qué empeñarse en ser monje? Éste es vuestro hogar y no necesitamos deciros lo contentos que estamos con vuestra vuelta. ¡Venga! Sacad un poco de vino de coco para celebrar la vuelta de nuestro señor. - No tomemos nada de momento - pidió el Gran Sabio -. Antes de abandonarnos a la despreocupación de la fiesta, permitidme que os pregunte una cosa. ¿Con qué frecuencia vienen esos cazadores a nuestra montaña? - ¿Frecuencia? - repitieron los mariscales Ma y Lu -. Todos los días se presentan por aquí. - Si es verdad lo que decís, ¿por qué no han aparecido todavía hoy? - inquirió el Gran Sabio. - El día aún no ha concluido - contestaron los mariscales -. Esperad y los veréis aparecer en cualquier momento. Subid a lo alto de la montaña y traedme todas las rocas calcinadas que podáis - les ordenó el Gran Sabio -. Haced montones de treinta o sesenta y ponedlos por aquí, que tengo pensado un plan. Los monos actuaron con la efectividad de un enjambre de abejas. En seguida se esparcieron por toda la montaña, recogiendo trozos de roca con los que hicieron varios montones. Cuando el Gran Sabio consideró que había ya suficientes, les dijo: - Ahora id a esconderos en la caverna. Creo que ha llegado mentó de hacer un poco de magia. Subió al punto más alto de sus dominios y vio acercarse desde sur a más de mil hombres a caballo. Con gran fanfarria de tambores y gongs se fueron aproximando a la Montaña de las Flores y Frutos. Los precedía una jauría de mastines e iban armados con espada y lanzas. Algunos llevaban halcones y otras aves amaestradas El Rey de los Monos los observó con cuidado y no tardó en convencerse de que se trataba de hombres aguerridos y fieros. Su apariencia no podía ser, en efecto, más salvaje. Llevaban la cabeza cubierta con pieles de zorro, que les caían por la espalda, y vestían unas túnicas de seda llenas de extraños bordados. Sus carcajas estaban repletas de flechas hechas con dientes de lobo y sus arcos habían sido cuidadosamente labrados. Eran como tigres que cabalgaran sobre dragones. Delante de ellos corrían incontables mastines tan sedientos de sangre como los halcones que descansaban sobre sus hombros. En grandes cestas portaban mortíferos ingenios de fuego, cuya efectividad era comparable a la de las águilas amaestradas que llevaban consigo. Por si eso no bastara, centenares de criados iban cargados con cepos para atrapar zorros, lazos para cazar conejos, redes muy parecidas a las usadas por los cabezas-de-toro y complicadas trampas urdidas por el mismísimo Rey Yama. Lo más escalofriante, sin embargo, eran los gritos que proferían y que sumían todo el paisaje en una indescriptible confusión. Cuando el Gran Sabio los vio adentrarse en sus dominios, cayó presa de una cólera incontenible. Tras hacer un signo mágico con los dedos y recitar el correspondiente conjuro, se volvió hacia el suroeste, tomó aliento y lo expulsó con fuerza. Al punto se levantó un viento huracanado, que levantó montañas de polvo y diezmó los bosques, derribando sin piedad la mitad de sus árboles. Las olas del océano se tornaron tan altas como cordilleras y arrasaron con su furia incontenible toda la costa. El universo quedó sumido en una densa oscuridad y el sol y la luna perdieron por completo su brillo. El huracán sacudió sin piedad los pinos, arrancando de sus cortezas un ruido tan penetrante que recordaba los rugidos de los tigres. Lo mismo les ocurría a los bambúes, que emitían un sonido muy parecido al canto de un dragón. Lo más destructor, sin embargo, fue la lluvia de rocas que, pronto, se abatió sobre los despreocupados asaltantes. Por un momento creyeron que el cielo había abierto sus compuertas, descargando sobre ellos todo el furor de su ira. El Gran Sabio no dejaba de soplar, complacido en el vuelo destructor de las rocas, que se esparcieron como la paja por todo el paisaje. ¡Desventurada suerte la de aquellos cazadores! Las piedras caían, pesadas, sobre sus cabezas, mientras los remolinos de arena cegaban lastimosamente los caballos que montaban. En aquella confusión de muerte habían dejado de existir las diferencias entre plebeyos y nobles. Su sangre se mezclaba libremente por el suelo, tan rojo que parecía estar compuesta de cinabrio. Ninguno pudo regresar jamás a su hogar. Los cadáveres cubrían la totalidad de la montaña, mientras lejos, muy lejos, las esposas y concubinas de los cazadores esperaban inútilmente su retorno. Con razón afirma el poema: ¿Cómo iban a regresar al lugar del que habían partido, si los jinetes habían perdido la vida y los caballos yacían exánimes en el polvo? Sus espíritus vagaban, solitarios y enmarañados a la vez, como si fueran fibras de esparto lanzadas a la corriente del viento. ¡Qué triste sino el de aquellos esforzados cazadores, cuya sangre fue absorbida, como gotas de lluvia, por la arena de la montaña! Cuando vio que no quedaba ninguno de los asaltantes, el Gran Sabio descendió de la nube y, sin dejar de reír, exclamó, alborozado: - Desde el momento mismo en que acepté la superioridad espiritual del monje Tang y me convertí en monje, mi maestro no dejó de repetirme: "Aunque practiques el bien durante más de mil días, no conseguirás traer la perfección a este mundo. Pero, si cedes una sola vez al empuje del mal, contribuirás a que el odio se apodere para siempre de él". ¡Cuánta verdad tenía! Cuando, siendo discípulo suyo, mataba a algún monstruo, en seguida me reprendía por haberme valido de la violencia. Sin embargo, ya veis, hoy acabo de dar muerte a esos cazadores en un abrir y cerrar de ojos - satisfecho, levantó la voz y dijo -: ¡Ya podéis salir! El peligro ha pasado. Al oír que el Gran Sabio los llamaba, los monos abandonaron su escondite saltando y dando tumbos. - Bajad por la ladera sur de la montaña y quitadles las ropas a los cazadores muertos - les ordenó el Gran Sabio -. No dejéis ni una sola. Lavadles después las manchas de sangre y no tengáis ningún reparo en vestiros con ellas. Son excelentes para resguardaros contra el frío. Los cadáveres podéis tirarlos en el profundo lago que hay allá. Por lo que respecta a los caballos, traedlos aquí. Su piel es excelente para hacer botas y su carne es francamente exquisita. Dejadla secar al sol y consumidla según vuestras necesidades. No os olvidéis de los arcos, las flechas, las espadas y las lanzas. Reunidlas todas y reanudad cuanto antes los ejercicios militares de antaño. Desearía, igualmente, que me entregarais todos sus estandartes. Les tengo reservado ya un uso. Los monos obedecieron sin rechistar. Reunieron los estandartes y, tras lavarlos con cuidado, se los confiaron al Gran Sabio, que hizo con ellos una bandera única. Satisfecho, escribió con letras grande lo siguiente: "La Montaña Reconstruida de las Flores y Frutos. La Restaurada Caverna de la Cortina de Agua. El Gran Sabio, Sosia del Cielo". A la entrada misma de la cueva fue erigido un altísimo mástil sobre el que no tardó en ondear tan colorista estandarte. A lo largo del día el Gran Sabio fue convocando, uno tras a otro, a sus antiguos feudos, agenciándose, de esta forma, gran cantidad de comida. Jamás volvió a oírse en sus dominios la palabra monje. Su poder crecía por momentos y su círculo de amistades se ensanchaba de continuo. No tuvo ningún empacho, pues, en pedir a los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos un poco de agua sagrada con el fin de lavar la montaña y tornarla tan verde como antes. Él mismo se encargó después de plantar olmos, sauces, pinos, cedros, melocotoneros, perales, ciruelos y palmeras datileras. Cuando hubo concluido las tareas de reconstrucción, se dispuso a gozar de tan espléndidos logros, por lo que, de momento, no volveremos a hablar más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang, que, como queda ya dicho, cometió la imprudencia de escuchar al Astuto y arrojar de su lado al Monje de la Inteligencia. Una vez consumada la ruptura, montó en el caballo y continuó el viaje hacia el Oeste como si nada hubiera pasado. Ba-Chie abría la marcha y la cerraba el Bonzo Sha, cargado con el equipaje. Tras dejar atrás la Montaña del Tigre Blanco, se toparon con un inmenso bosque plagado de cepas, enredaderas, pinos y cedros. - Por si caminar por las montañas no fuera difícil, resulta que ahora nos encontramos con un bosque como éste - comentó Tripitaka -. Debemos extremar cuanto podamos la precaución, pues es muy posible que no tardemos en toparnos con demonios y monstruos. Al Idiota no pareció importarle esa llamada a la prudencia. Haciendo acopio de todas sus energías, ordenó al Bonzo Sha que se encargara del caballo, mientras abría con el tridente un sendero que conducía directamente al interior del bosque. De esta forma, el monje Tang pudo continuar la marcha con menos dificultades de las que en un principio había presumido. Pero no por eso quedaron satisfechos todos sus deseos, porque al poco tiempo detuvo el caballo y dijo: - Me está entrando hambre, Ba-Chie. ¿Crees que podrías encontrar por aquí un poco de comida vegetariana? - Si tenéis la amabilidad de desmontar - contestó Ba-Chie -, puedo ir a buscar algo. El monje Tang bajó al punto del caballo, mientras el Bonzo Sha entregaba a Ba-Chie la escudilla de pedir limosna. - Ahora debo irme - anunció el Idiota. - ¿Se puede saber adónde? - preguntó, sobresaltado, Tripitaka. - Eso no tiene ninguna importancia - contestó Ba-Chie -. Con tal de conseguir alimento para vos, soy capaz de hacer las cosas más inverosímiles. Estad tranquilo. No tardó en dejar atrás el bosque de pinos, pero siguió caminando unas diez millas en dirección oeste, sin que, desgraciadamente, se topara con ningún lugar habitado. Se trataba de un paraje frecuentado más por tigres y lobos que por personas. Cuando las fuerzas empezaron a faltarle y el cansancio comenzó a cebarse en sus piernas, el idiota se dijo: - Cuando el Peregrino se encontraba entre nosotros, siempre satisfacía todos los deseos del maestro. Ahora me toca a mí hacerlo, pero, como muy bien dice el proverbio, "uno sólo sabe el precio del arroz y la madera cuando se hace cargo de una casa; hasta que uno no cría a un niño, no se da cuenta de los sacrificios de sus padres". ¿Dónde podría mendigar yo un poco de comida? No había dado dos pasos, cuando volvió a decirse, abatido casi: - Si vuelvo ahora y le digo al maestro que no he podido encontrar a nadie a quien pedir algo de comida, tras andar durante tanto tiempo, seguro que no me cree. Lo mejor será que deje pasar otra hora, antes de regresar a su lado. Como no hay pasatiempo más llevadero que el sueño, me echaré una siestecita aquí mismo y asunto concluido. No había acabado de decirlo, cuando se dejó caer al suelo, recostando plácidamente la cabeza sobre la hierba. Tenía la intención de dormir un ratito e iniciar en seguida la vuelta, pero estaba tan cansado que, en cuanto su cuerpo sintió la blandura del césped, se puso a roncar como un tronco. El tiempo fue pasando inexorable y la inquietud de Tripitaka se hizo tan insoportable que no pudo por menos de volverse hacia el Bonzo Sha y preguntarle: - ¿Por qué no ha regresado todavía Wu-Neng? - le dolían los ojos de tanto atisbar el bosque y los oídos le zumbaban de tanto escuchar la distancia. - Me extraña que no lo entendáis - contestó el Bonzo Sha -. En estas Regiones del Oeste hay infinidad de gente piadosa que se muere de ganas por dar de comer a los monjes. Ba-Chie posee un estómago tan grande y una inclinación tan marcada hacia la gula que no regresará hasta que no haya saciado del todo su hambre. Nosotros contamos muy poco para él. - Tienes razón - admitió Tripitaka -. Pero ¿cómo vamos a dar con él, si se queda en la casa de cualquier desconocido a llenar su insaciable barriga? Se está haciendo tarde y no es aconsejable pasar la noche al sereno. Lo mejor que podemos hacer es buscar un sitio en el que guarecernos. - No os preocupéis - le aconsejó el Bonzo Sha -. Sentaos aquí, mientras voy en su busca. - Sí, sí. Hazlo - le urgió Tripitaka -. No me importa si disponemos o no de comida. Ahora lo más urgente es hallar cuanto antes un lugar en el que pernoctar. El Bonzo Sha agarró su preciado báculo y abandonó el bosque en busca de Ba-Chie. El monje Tang, al sentirse solo en aquel sombrío ambiente, se sintió tan fatigado que ni fuerzas tenía para ponerse de pie. De todas formas, para librarse de la depresión que le atenazaba, puso el equipaje en un sitio y ató el caballo a un árbol. Se quito después el sombrero, clavó el báculo en la tierra y, tras arreglarse un poco la túnica, se dispuso a dar un paseo por el bosque. Le llamó la atención la pujanza de la hierba y la belleza de las flores silvestres, pero, al mismo tiempo, no dejó de notar la ausencia inexplicable de pájaros que regresaran a sus nidos. En aquel bosque existían muy pocos senderos y el maestro terminó perdiéndose. Había tratado de matar el aburrimiento y, de paso, dar con Ba-Chie y el Bonzo Sha, pero, en vez de dirigirse hacia el oeste, como habían hecho ellos, empezó a andar en círculos que le llevaron hacia el sur. Al salir del bosque levantó la cabeza y vio ante él un relampagueo de luz dorada, que parecía provenir de una singular neblina de muchos colores. Miró con más detenimiento y vio que se trataba de una pagoda cubierta de piedras preciosas, cuya cúpula de color dorado brillaba intensamente bajo la acción de los rayos del sol poniente. - Soy, en verdad, el hombre más inconstante que existe - se dijo -. Al partir de las Tierras del Este, prometí quemar incienso en todos los templos que encontrara, hice voto de inclinarme ante todas las imágenes de Buda con las que me topara y me comprometí a barrer todas las pagodas que se levantaran en mi camino. Pocas oportunidades he tenido, sin embargo, hasta la fecha de cumplir tan piadoso programa. Por suerte, ante mí tengo una pagoda dorada. ¿Cómo es posible que no la haya visto antes? Con toda seguridad hay un templo junto a ella y un monasterio que se encarga de su culto. Creo que lo más conveniente es que me llegue hasta él. ¿Para qué preocuparme del caballo y el equipaje, si por aquí no pasa nadie? De todas formas, esperaré a que regresen mis discípulos para pedir alojamiento, si es que ahí dentro disponen de suficiente espacio libre. Poco sospechaba el maestro que había llegado para él la hora de la prueba. Siguió caminando con decisión y subió la pequeña pendiente que conducía a la pagoda. Allí las rocas adquirían una altura de más de diez mil pies y los riscos se perdían en el cielo, verdoso ya a aquellas horas de la tarde. Sus raíces parecían adentrarse en el interior de la tierra, mientras sus cumbres tocaban la misma línea del cielo. A ambos lados se levantaban miles de árboles de todas las especies y por doquier, en un radio que superaba con mucho los cien kilómetros, podía verse el enmarañado tejido de las zarzas y enredaderas. Eso no impedía que las flores crecieran pujantes en los escasos retazos de hierba verde, que el viento sacudía con fuerza. La luna se reflejaba en el curso de un torrente, al que también se asomaban las nubes. En el fondo de los barrancos se amontonaban los troncos de árboles derribados por el rayo, mientras las cumbres aparecían cubiertas de ramaje ya seco. Bajo un puente de piedra fluía un arroyuelo de agua cristalina. Un poco más arriba, en un ribazo de fina pendiente, crecían capullos tan blancos como la harina. Visto desde lejos, el paisaje en el que estaba asentada la pagoda parecía el Paraíso de las Tres Islas, mientras que desde cerca recordaba a la encantadora Peng-Lai. Bambúes de color púrpura y pinos de penetrante aroma marcaban el cauce del arroyo, en el que abrevaban cornejas, urracas y monos. Fuera de una caverna se apreciaba el continuo ir y venir de bestias salvajes, mientras se veía en los bosques el incesante revoloteo de aves de toda especie. Semejante eclosión de vida parecía encontrar un eco en el inmarcesible verdor de los árboles y en el embriagador aroma de las flores, que mostraban su pujanza por doquier. Pese a todo se trataba de un lugar maligno, al que el monje Tang tuvo la mala suerte de dirigir sus pasos. Con paso decidido se llegó hasta la puerta de la pagoda, que halló cubierta con una cortina hecha con pequeños trocitos de bambú. La corrió para entrar en lo que él creía ser un lugar sagrado y se encontró con un monstruo dormido en una especie de lecho de piedra. La bestia poseía un rostro azulado, colmillos muy largos y una boca llamativamente grande. Su cabello, sucio y enmarañado, era tan rojo que parecía haber sido teñido a propósito. Idéntica coloración tenían sus barbas, no por escasas menos fuertes, que, de alguna forma, recordaban a ramas de lechíes. Tenía una nariz tan curvada como el pico de un loro y sus ojos brillaban como las estrellas poco antes del amanecer. Llamaba la atención el tamaño de sus manos, grandes como los cuencos que usan los monjes para pedir limosna. Sus pies, más proporcionados y cubiertos totalmente de venas azuladas, tenían la forma de ramas que colgaran libremente de un acantilado. A falta de túnica, cubría la mitad de su cuerpo una vestimenta de color amarillo, que parecía competir con el brillo de una enorme cimitarra que sostenía en las manos. Eso no era obstáculo para que durmiera plácidamente sobre una losa de piedra. Se apreciaba con claridad que aquel monstruo no era una bestia cualquiera. De hecho, había enseñado a otros diablillos a ejercitarse para la guerra, formando columnas tan ordenadas como las de las hormigas y tan bien organizadas como las de las abejas. Su apariencia era, en verdad, impresionante y todos sus súbditos sentían por él tal respeto que le llamaban "padre y señor". Más de una vez había brindado con vinos de dulce sabor a la salud de su eterna amiga la luna, aunque su afición al té era tanta que el cansancio se apoderaba de sus brazos de tanto llevarse la taza a los labios. Si grande era su fortaleza física, sus poderes mágicos eran aún mayores. En un abrir y cerrar de ojos podía recorrer la vastedad de los cielos, permitiendo a serpientes y dragones que durmieran en sus aposentos, mientras el bosque se llenaba de cantos de aves y pájaros. Todo era posible en un mundo en el que los inmortales cultivaban jade blanco en sus campos y los taoístas purificaban cinabrio en sus templos de fuego. El monje Tang sabía que la puerta de aquella caverna no conducía al Infierno Avici, pero aquel monstruo recordaba por su fealdad a un yaksa cabeza-de-toro. En cuanto le vio, Tripitaka trató de volver a toda prisa sobre sus pasos. Pero el miedo le había arrancado la fuerza del cuerpo y las piernas le temblaban, incapaces por completo de sostenerle. Pese a todo, hizo un último esfuerzo e intentó alejarse de allí corriendo. No había llegado a la puerta, cuando el monstruo, que poseía un natural muy despierto, abrió sus demoníacos ojos de pupilas de fuego y ordenó a sus subalternos: - Id a ver quién está ahí fuera. Uno de los demonios que le atendían asomó la cabeza por la puerta y vio que se trataba de un simple monje con la cabeza rapada. - Señor - informó sin pérdida de tiempo a la bestia -, es un mendicante de cabeza redonda, cara alargada y unas orejas tan carnosas que le llegan hasta los hombros. A juzgar por la finura de su piel parece muy tiernecito. Vos mismo podéis constatar con vuestros propios ojos que se trata de un monje apetitoso en extremo. Al oír eso, el monstruo soltó la carcajada y exclamó: - Vamos, que, como afirma el proverbio, "la comida acude por sí misma al plato, como las moscas que van a posarse a la cabeza de una serpiente". Id tras él y traédmele en seguida. El que logre echarle mano recibirá una gran recompensa. Los diablillos salieron corriendo por la puerta como si fueran un enjambre de abejas. Cuando Tripitaka los vio, trató de escapar a la velocidad de las flechas, pero el miedo atenazaba su cuerpo y, en vez de volar, sus pies se movían con la pesadez de un anciano enfermo ya de muerte. Por si eso fuera poco, el camino era extremadamente abrupto, el bosque yacía en una oscuridad total y estaba anocheciendo a pasos agigantados. ¿Cómo iba a moverse con la rapidez requerida? Los diablillos no tardaron en darle caza. Era como si un dragón se hubiera metido en aguas poco profundas y las gambas se hubieran burlado abiertamente de él, o como un tigre despreciado por los perros, porque su carrera en un terreno llano no era tan rápida como la que desarrolla en otro más abrupto. Por muy noble que sea una empresa, siempre termina topándose con obstáculos insalvables. ¿Qué no iba a aguardarle al monje Tang en su empeño por llegar a las Tierras del Oeste? Locos de contento, los diablillos le llevaron a la pagoda y, dejándole junto a la cortina de bambú, entraron a informar a su señor. - Siguiendo vuestros deseos - dijeron -, hemos apresado al monje y le hemos traído hasta aquí. El monstruo estudió con detenimiento a Tripitaka y comprobó que, en efecto, tenía una espléndida cabeza y un rostro muy agraciado. Impresionado por la nobleza de su porte, la bestia no pudo por menos de decirse: - Con toda seguridad este monje procede de una nación distinguida y sabia. Es conveniente, por tanto, que emplee con él toda mi crueldad. De lo contrario, ¿cómo va a someterse a mí de buena gana? Sólo el poder logra anonadar y, afortunadamente, yo lo poseo a espuertas. Puso todos sus pelos de punta, como un zorro que se hubiera topado con un tigre, y, abriendo cuanto pudo los ojos, bramó, autoritario: - ¡Traed ante mí a ese monje! - Ahora mismo, señor - respondieron los diablillos e hicieron entrar a empujones a Tripitaka. Como muy bien afirma el proverbio, "quien permanece mucho tiempo de pie bajo un tejado no muy alto, por fuerza se ve obligado a inclinar la cabeza". Eso fue lo que le ocurrió a Tripitaka. Consciente de lo desesperado de su situación, dobló con respeto las manos y saludó a la bestia, levantándolas a la altura del pecho. - ¿De dónde vienes y adonde vas, monje? - le interrogó el monstruo sin ninguna contemplación -. Dínoslo en seguida, si no quieres sufrir un castigo ejemplar. - Yo - contestó Tripitaka, muerto de miedo - soy un monje de la Gran Nación de los Tang y me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas por expreso deseo de su emperador - Al pasar por esta venerable montaña y ver una pagoda tan digna de respeto, decidí presentar mi humilde consideración al sabio que la atiende. Lo que menos me esperaba es que fuera a molestaros con mi atrevimiento. Os ruego, por tanto, que perdonéis mi audacia - Puedo aseguraros que, cuando me halle de nuevo en las Tierras de Este, tras llevar a buen término la misión que me ha sido encomendada, vuestro ilustre nombre será recordado con respeto por todas las acciones venideras. - Con razón me había dicho que provenías de una nación distinguida y sabia - exclamó el monstruo, soltando la carcajada, al oírle hablar de esa manera -. No me he equivocado lo más mínimo y puedo asegurarte que tú eres la clase de persona a la que precisamente estaba pensando comerme. Ha sido una suerte que hayas venido por tu propio pie. ¿Cómo te iba a haber dado caza, si no? Estaba predestinado, por lo que se ve, que habías de terminar tus días en mi boca. Nadie te ha obligado a comparecer ante mí, por lo que, aunque quisiera dejarte marchar, no podría hacerlo. Éste es tu sino y está fijado en las estrellas. Así que no trates de escapar, porque no lo lograrías ni aunque acudieras a los dioses. Se volvió después a sus súbditos y les ordenó: - ¡Atadle! - Los diablillos se abalanzaron sobre él y le sujetaron con fuerza al poste de las ejecuciones. El monstruo cogió entonces su pesada cimitarra y volvió a preguntar: - ¿Cuántas personas venían contigo, porque no irás a decirnos que emprendiste tú solo un viaje tan largo? - Por supuesto que no - contestó Tripitaka inocentemente, al verle echar mano de su cimitarra -. Viajan conmigo dos discípulos que responden a los nombres de Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha. Han ido al bosque en busca de un poco de comida. Pero no penséis por ello que carezco de medios, porque junto a los pinos he dejado el equipaje y un caballo blanco. - ¡Menuda suerte! - exclamó, complacido, el monstruo -. Dos y tú tres, y, si contamos el caballo, cuatro. Más que suficiente para una comida. ¡Vayamos cuanto antes a por ellos! - dijeron, entusiasmados, los diablillos. - No, no salgáis ahora - les ordenó el monstruo -. Es mejor que cerréis la puerta. Si han conseguido algo de comer, esos dos discípulos regresarán en busca de su maestro y, al no encontrarle, de buen seguro acudirán a nuestra puerta a preguntar por él. Como muy bien reza el Proverbio, "los asuntos son más fáciles de resolver a la puerta de casa". Conviene, por tanto, no apresurarnos, porque tarde o temprano terminarán cayendo en nuestras manos. Los diablillos aceptaron su sugerencia y cerraron al punto la puerta. Mientras esto sucedía, el Bonzo Sha se adentraba en el bosque en busca de Ba-Chie. Aunque caminó más de diez kilómetro, no pudo ver ningún caserío. Con el fin de otear mejor el horizonte subió una pequeña elevación, pero, más que el paisaje, atrajo su atención la conversación que parecía estar manteniendo algún desconocido un poco más abajo. Apartó con cuidado unas ramas y vio que era el Idiota, que estaba hablando en sueños. De dos zancadas se llegó hasta él y, tirándole con fuerza de las orejas, exclamó: - ¡Qué bonito! El maestro te envió a por comida y tú aquí durmiendo. ¿Quieres decirme cuándo te dio permiso para descansar a tus anchas? - ¿Qué... qué hora es? - preguntó el Idiota, abriendo los ojos sobresaltado. - Levántate en seguida - le urgió el Bonzo Sha -. El maestro ha dicho que le trae ya sin cuidado que encontremos o no comida. Lo que ahora quiere es que busquemos un lugar en el que pasar la noche. El Idiota cogió el cuenco de las limosnas y siguió al Bonzo Sha, arrastrando el tridente como si fuera un espíritu. Cuando llegaron al punto en el que habían dejado a su maestro, no pudieron dar con él. Impaciente, el Bonzo Sha se volvió hacia Ba-Chie y le regañó, diciendo: - Todo ha sido culpa tuya. Si no hubieras tardado tanto en ir a por comida, a estas horas el maestro no estaría en poder de ningún monstruo. - Deja de decir tonterías, por favor - replicó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Este bosque es un lugar muy tranquilo y, por mucho que te empeñes en hacérmelo creer, no puede ser morada de ningún monstruo. Lo más seguro es que se haya cansado de estar sentado y haya ido a dar una vuelta por ahí. Vamos a buscarle. Tras ponerse el sombrero, cogieron el equipaje, agarraron de las riendas al caballo y comenzaron la búsqueda. Afortunadamente la hora del monje Tang no había llegado todavía, aunque ellos no lo sabían. Más preocupados a medida que el tiempo iba pasando, miraron por todos los rincones del bosque, sin que pudieran dar con él. Por fin vieron hacia el sur unos extraños rayos de luz dorada y Ba-Chie dijo al Bonzo Sha: - Está visto que siempre recibe bendiciones quien menos las necesita. ¿Ves aquella pagoda cubierta de joyas que hay allí? Tengo la completa seguridad de que el maestro ha encontrado acomodo en ella. En lugares como ése no se niega a nadie la hospitalidad. Seguro que han preparado una comida vegetariana y nuestro preceptor está disfrutando de ella a dos carrillos. ¿A qué estamos esperando para sentarnos también nosotros a la mesa? Cuanto antes lleguemos, antes saciaremos el hambre. - No debemos precipitarnos - aconsejó el Bonzo Sha -. Aún no sabemos si se trata de un lugar seguro. Opino que deberíamos echar antes un vistazo. Sin tomar, de todas formas, precauciones especiales, se llegaron hasta la puerta y se extrañaron de encontrarla cerrada. Encima del dintel había una placa de jade blanco, en la que había sido escrito lo siguiente: "Montaña de la Cacerola, Caverna de la Corriente Lunar". - ¿Lo ves? - exclamó el Bonzo Sha -. Esto no es un monasterio, sino la morada de un monstruo. De encontrarse aquí el maestro, dudo mucho que pudiéramos verle. - No seas tan pesimista - le aconsejó Ba-Chie -. Ata el caballo y cuida del equipaje. Voy a preguntar unas cuantas cosas a los de ahí dentro. Con el tridente en las manos se acercó aún más y comenzó a gritar: - ¡Abrid la puerta! ¿Es que pensáis dejarnos aquí toda la noche? Al verles por un pequeño agujero, los diablillos encargados de la vigilancia corrieron a informar a su señor, diciendo: - Acaban de llegar. - ¿Quién acaba de llegar? - inquirió el monstruo. - Dos monjes muy extraños - respondieron los diablillos -. Uno tiene las orejas muy largas y la boca muy grande, y el otro posee un aspecto muy raro. - ¡Por fuerza tienen que ser Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha! - exclamó el monstruo, muy excitado -. Saben dónde ir a buscar lo que sea. Es raro que hayan dado tan pronto con la pagoda. ¿Cómo se las habrán arreglado? En fin, puesto que se muestran tan atrevidos, no es cuestión de menospreciarlos y tomarlos a la ligera. Traedme en seguida la armadura. Los diablillos así lo hicieron y le ayudaron a ceñírsela. Cuando hubieron terminado, el monstruo cogió la cimitarra y salió de su mansión. Ba-Chie y el Bonzo Sha se quedaron de una pieza, al verle aparecer tan de improviso. El aspecto que ofrecía era, en verdad, horripilante con su cara verde, su barba rojiza y su cabello lacio de color escarlata. Su coraza, por el contrario, poseía una extraña belleza: estaba hecha de oro y relucía como si estuvieran incrustadas sobre ella todas las estrellas del cielo. Llevaba ceñido un cinturón de conchas y alrededor del pecho portaba una banda hecha de seda. Su furia era tal que cuando se quedaba en la montaña, el viento le acompañaba y silbaba con increíble e incontenible fuerza. De la misma manera, cuando recorría los mares en busca de remedio para sus momentos de depresión, las olas se levantaban y arrasaban toda la costa. Sus manos, cubiertas totalmente de venas marrones y azuladas, no soltaban en ningún momento una temible cimitarra de destrozar espíritus. Tan poderosa criatura era conocida como el Monstruo de la Túnica Amarilla. - ¿De dónde venís y por qué osáis llegaros hasta mi puerta a romper la paz que aquí se respira? - preguntó, desafiante. - ¿No me reconoces? - replicó, a su vez, Ba-Chie con ironía -. Soy tu antepasado y me dirijo hacia el Paraíso Occidental por deseo expreso del Gran Emperador de los Tang, cuyo hermano no es otro que mi maestro, el respetable Tripitaka. Te ruego, por tanto; que, si se hospeda en tu casa, le permitas salir al instante. De lo contrario, arrasaré tu mansión con la ayuda de este tridente. - Dices bien - respondió el monstruo soltando la carcajada -. Soy anfitrión del monje Tang, al que no he podido negar las mieles de mi hospitalidad. Por cierto, acabo de prepararle unos bollos rellenos de carne humana. Si queréis probarlos vosotros también, no dudéis en entrar en mi humilde casa. ¿Qué os parece? El Idiota habría aceptado de inmediato su invitación, si no le hubiera detenido el Bonzo Sha, diciendo: - ¿No comprendes que te está engañando? ¿Desde cuándo has empezado a comer carne humana? El Idiota comprendió entonces sus intenciones y se aprestó para la lucha. Levantó el tridente y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre el rostro del monstruo, pero éste lo esquivó, haciéndose a un lado y levantando oportunamente la cimitarra. Valiéndose de sus poderes mágicos, los dos contendientes montaron en un nube y continuaron luchando por el aire. El Bonzo Sha dejó el equipaje y el caballo en un lugar seguro y se unió a la refriega, blandiendo, amenazante, su preciado báculo. Los dos monjes se enfrentaron, así, a un monstruo feroz en el límite mismo del reino de las nubes. El tridente y el báculo se movían con rapidez, pero sus golpes eran detenidos una y otra vez por el vuelo de la cimitarra. El monstruo se valía para ello de sus muchos poderes. Poco podían contra ellos las armas de los dos monjes, aunque eran tan mágicas como el aliento que mantenía viva a la bestia. Desde el principio conjugaron sus esfuerzos, atacándola por detrás y por delante, por el norte y por el sur, pero el Monstruo de la Túnica Amarilla no dio muestra alguna de desfallecimiento. El acero de su cimitarra brillaba como si fuera plata, dando a entender, de esa forma, la pureza de su naturaleza mágica. Aunque la lucha se desarrollaba en lo alto del cielo, una nube de polvo seguía las evoluciones de los contendientes, saltaban rocas de la montaña y se hundían acantilados enteros. Ambas partes se jugaban mucho en aquel encuentro, pues si uno lo había aceptado por mor de su fama, los otros se habían avenido a luchar por poner en libertad a su maestro. De ahí que ninguna de ellas diera muestras del menor decaimiento. Los encuentros se repitieron una y otra vez, sin que nadie obtuviera una clara ventaja. No sabemos cómo se las arreglaron los discípulos para rescatar al monje Tang. Quien desee averiguarlo deberá, por tanto, escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第029回 LIBRE DEL PELIGRO QUE LE ACECHABA, EL-QUE-FLOTA-EN-EL-RÍO LLEGA AL REINO. UNA VEZ OBTENIDO PERMISO, BA-CHIE INVADE EL BOSQUE Incapaz es la fuerza de destruir los pensamientos insubstanciales. ¿Para qué afanarse, entonces, en usarla? La única forma de conseguirlo es ejercitando la mente en presencia de Buda. ¿Acaso no son la misma cosa la iluminación y la ilusión? El iluminado alcanza la perfección en un abrir y cerrar de ojos, mientras que el que permanece en la oscuridad se ve sumergido en más de diez mil kalpas. Quien se muestra incapaz de conectar sus pensamientos con la Verdad comete un pecado tan grande como los vastos arenales del Ganges. Decíamos que, aunque Ba-Chie y el Bonzo Sha midieron sus armas más de treinta veces con el monstruo, el combate permaneció tan indeciso como en el momento mismo de iniciarse. La fuerza del monstruo era increíble y, si no llega a ser porque la hora del monje Tang aún no había llegado, la bestia hubiera dado buena cuenta de ellos en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera veinte monjes hubieran bastado para hacerle frente. Si Ba-Chie y el Bonzo Sha se mostraron tan efectivos, fue porque gozaron en secreto de la ayuda de los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas y los Dieciocho Espíritus Protectores de los Monasterios. Mientras el combate alcanzaba su punto más álgido de virulencia y fiereza, el monje Tang lloraba amargamente en la caverna, al acordarse de sus discípulos. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas y se decía, presa de una terrible turbación: - ¿En que aldehuela te has topado, Wu-Neng, con un amigo de la Verdad, que se ha empeñado en llenar de comida tu zurrón? Y tú, Wu-Ching, ¿dónde has ido a buscarle, para que todavía no le hayas encontrado? ¿No sabéis que he sido víctima de las asechanzas de un demonio y ahora me encuentro penando en este horrible lugar? ¿Cuándo volveré a veros? ¿Cuándo podré escapar de este tormento para proseguir mi viaje hacia la Montaña del Espíritu? Mientras se lamentaba de forma tan conmovedora, vio salir del interior de la caverna a una mujer, que le preguntó, llegándose hasta lugar en el que se encontraba atado: - ¿De dónde sois y por qué os han amarrado aquí? Tripitaka volvió hacia ella sus ojos anegados en lágrimas y comprobó que tenía alrededor de treinta años. - No es necesario que me preguntéis nada más, bodhisattva – contestó, hondamente apenado -. En cuanto entré por esa puerta, el destino determinó que no había de abandonarla jamás. Si deseáis devorarme, podéis hacerlo con toda tranquilidad. ¿Para qué molestaros en interrogarme? - Yo no acostumbro comer a la gente - respondió la mujer -. Mi hogar se encuentra a trescientos kilómetros al oeste de aquí, en una ciudad conocida por el nombre de Reino del Elefante Sagrado. Soy, de hecho, la hija tercera del señor que la rige y desde niña todos me han llamado Vergüenza de las Cien Flores. Hace aproximadamente trece años estaba contemplando la belleza de la luna, cuando ese monstruo me raptó y me trajo aquí a lomos de un viento huracanado. Tan triste suceso ocurrió concretamente la noche del quince del octavo mes. Desde entonces me he visto obligada a compartir su lecho y a traer al mundo a todos sus hijos, sin poder comunicar a la corte mi paradero ni volver a ver a mis padres una sola vez, aunque, como comprenderéis, he pensado en ellos de continuo. Pero, en fin, ésa es otra historia. ¿De dónde sois y cómo os echó mano? - He sido enviado al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas - dijo el monje Tang -. Al cruzar estas montañas, decidí dar un paseo y vine a parar aquí. Si aún no me ha devorado, ha sido porque ha determinado cazar también a mis discípulos y cocernos a todos juntos al vapor. - No os preocupéis por vuestra suerte - le aconsejó la princesa, sonriendo -. Puesto que sois un buscador de escrituras, voy a hacer cuanto pueda por ayudaros a escapar. El Reino del Elefante Sagrado no está muy lejos de aquí y, además, os pilla de camino. Lo único que os pido a cambio es que entreguéis una carta a mis padres. A pesar de ser una bestia, mi marido me quiere de verdad y os dejará marchar, si yo se lo digo. - En ese caso - concluyó el monje Tang -, con mucho gusto haré de mensajero vuestro. Todo pago es poco con tal de salvar la vida. La princesa regresó corriendo a sus aposentos y escribió a toda prisa una carta, que ella misma se encargó de sellar. Volvió después al poste de las ejecuciones y se la entregó al monje Tang, no sin antes desatarle. En cuanto el maestro se sintió libre, se inclinó ante la mujer y dijo: - Gracias por salvarme la vida, señora. En cuanto llegue a vuestro reino, tened la seguridad de que haré entrega de esta carta al señor que lo rige. Me temo, de todas formas, que, tratándose de una separación tan larga, vuestros padres se hayan olvidado ya de vos. ¿Qué haré yo entonces? ¿No es justo que me tilden de mentiroso? - No ocurrirá eso - afirmó la princesa -. Mis padres no tienen ningún hijo varón y estoy segura de que, en cuanto vean la carta, se acordarán de mí y os facilitarán todo lo que preciséis. Tripitaka dobló el escrito y se lo metió por la manga. Volvió a dar las gracias a la princesa y se dirigió con decisión hacia la puerta. - No salgáis por ahí - le sugirió, asustada, la princesa -. Los monstruos y diablillos que aquí moran están ahí afuera animando al Gran Rey con sus tambores, estandartes y gongs. Vuestros discípulos le han desafiado a un duelo y están batiéndose valientemente con él. Es mejor que utilices la puerta de atrás. De todas formas, creo que deberías esperar un poco, porque lo más que puede ocurrirte, si te encuentra mi marido, es que te interrogue de nuevo. Pero, si te echan mano los diablillos, acabarán contigo en un abrir y cerrar de ojos, sin preguntarte siquiera quién te ha liberado. Lo más aconsejable, por cierto, es que salga yo primero e interceda en tu favor ante el Gran Rey. Si accede a mi petición, vuestros discípulos lo considerarán un gran favor y depondrán las armas. Al oír esas razones, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente. Cuando la mujer hubo desaparecido, salió por la puerta de atrás, pero no se aventuró a alejarse mucho, prefiriendo esconderse entre los arbustos y esperar a ver qué pasaba. La princesa maduró aún más su plan, mientras trataba de abrirse camino entre los monstruos que se habían congregado delante de la puerta principal. Sólo podía oír el fragor de las armas, pero levantó la vista y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Señor de la Túnica Amarilla! El monstruo estaba enfrascado en un duro combate con Ba-Chie y Bonzo Sha, pero, en cuanto oyó los gritos de la princesa, abandonó a los contrincantes a su suerte y descendió a toda prisa de las nube. Sin dejar de sostener la cimitarra en una mano, agarró con la otra princesa y le preguntó: - ¿Se puede saber qué es lo que quieres? - Hace un momento, mientras dormía en mi lecho de cortinillas de seda, vi en sueños a un dios con una armadura de oro - contestó la mujer. - ¿Qué quería ese dios de la armadura de oro? - volvió a preguntar el monstruo. - Cuando era joven y aún residía en el palacio - respondió la princesa -, prometí a los dioses que, si encontraba un buen marido, subiría a las montañas sagradas, visitaría las moradas de los inmortales y daría de comer a todos los monjes con los que me topara a lo largo de mis días. He de reconocer que he encontrado tanta felicidad a vuestro lado que me he olvidado por completo de esa promesa. Si no llega a ser por ese dios que ha venido a recordármela en sueños, jamás la hubiera cumplido. Se mostraba tan duro y daba tales voces por mi inesperado olvido que terminó despertándome. Aunque sabía que se trataba de un simple sueño, me sentí tan intranquila que decidí venir inmediatamente a relatároslo. Al hacerlo, me topé con un monje atado al poste de las ejecuciones, con lo que mi sobresalto se hizo aún mayor. Os ruego que os mostréis clemente con él y le dejéis marchar por donde ha venido. Hacedlo por mí, os lo suplico, ya que difícilmente puede dar de comer a los monjes quien se alimenta de ellos. ¡Recordad la promesa que hice, señor! - ¡Cuidado que eres alarmista! - exclamó el monstruo, más tranquilo -. Pensé que se trataba de algo más serio. Está bien. Le dejaré marchar. Mirándolo bien, este monje no tiene nada de especial. Cuando quiera comer hombres, puedo encontrar en otra parte a los que me dé la gana. - Es mejor que se vaya por la puerta de atrás - sugirió la princesa. - Que se marche y ya está - replicó el monstruo -. ¿Qué más da que sea por la puerta de delante o la de atrás? Agarró después la cimitarra con las dos manos y gritó: - ¡Eh, tú, Chu Ba-Chie, baja aquí un momento! Aunque no te tengo el menor miedo, no voy a seguir luchando contigo. Es más, acabo de poner en libertad a tu maestro, porque mi esposa me lo ha pedido. Así que, si quieres verle, vete a la puerta de atrás y continua tranquilamente tu viaje hacia el Oeste. Pero recuerda que, si vuelves a pasar por mis dominios, no te perdonaré más la vida. Al oírlo Ba-Chie y el Bonzo Sha sintieron tal alivio que por un momento les pareció que acababan de dejar atrás las puertas del infierno. Agarraron a toda prisa el equipaje y el caballo y se dirigieron, corriendo como ratones, a la parte de atrás de la Caverna de la Corriente Lunar. Cuando llegaron allí, levantaron la voz y gritaron con sus fuerzas: - ¡Maestro!, ¿dónde estáis? El monje Tang los reconoció en seguida y les respondió, aliviado, desde su escondite de zarzas. El Bonzo Sha fue el primero en verle y, llevándole de la mano hasta donde estaba el caballo, le ayudó a montar, Fue una suerte que, estando a punto de convertirse en bocado del monstruo del rostro azulado, se topara con la dulce y piadosa Vergüenza de las Cien Flores. Tripitaka se sentía como un salmón que hubiera escapado del engañoso fulgor de un anzuelo de oro: sin dejar de agitarse en el agua, nadaba, feliz, en la dirección que le marcaban las olas. Ba-Chie abría la marcha y la cerraba, con el equipaje a las espaldas, el Bonzo Sha. No tardaron en abandonar el bosque y en hallar el camino principal. Pero, lejos de alegrarse, empezaron a discutir, culpándose el uno al otro de lo ocurrido. La discusión llegó a tal extremo que Tripitaka tuvo que emplear toda su autoridad para apaciguarles. A la caída de la tarde buscaron un lugar en el que pasar la noche, pero el canto del gallo los sorprendió bajo cielo abierto. Esto se repitió un día tras otro y, de esta forma, recorrieron no menos de doscientos noventa y nueve kilómetros. Un día levantaron la vista y vieron, por fin, a lo lejos una hermosa ciudad. No cabía la menor duda de que se trataba del Reino del Elefante Sagrado. Valía la pena haber hecho un viaje tan largo, porque su belleza era, en verdad, inigualable y pocas tierras conocían la prosperidad de que ella gozaba. Como si fuera morada de inmortales, se hallaba envuelta en una neblina multicolor, con la que la luna competía de continuo en luminosidad. A lo lejos se la veía una franja de verdes montañas, desplegada como si fuera una pintura interminable. Se presentía la presencia de un arroyuelo de aguas serenas, cuya espuma por fuerza habría de recordar al jade blanco. La campiña estaba cubierta de campos unidos entre sí por una tupida red de caminos y senderos. El arroz se mostraba granado y en sazón. Pero aquélla no era exclusivamente tierra de campesinos. En algunas de las casas se secaban al sol redes de pescador, mientras que en otras se veían grandes montones de leña, hacinados por la experta mano de un leñador. Tanta riqueza estaba protegida por altos murallones, que hacían posible que todos los hogares compitieran entre sí en felicidad y despreocupación. A ellos estaban adosadas nueve torres tan hermosas que parecían la antesala de otros tantos palacios. Sus tejas de porcelana, auténticas teselas, las hacían brillar como si fueran faros. En su interior se alzaban el Pabellón del Gran Último, el de la Cobertura Brillante, el Salón para Quemar Incienso, la Sala para Revisar los Textos, el Palacio para Hacer-públicas-las-decisiones-de-gobierno y el Gran Salón de los Sabios. Todos estos edificios habían sido construidos uno detrás de otro y poseían entradas de jade y escaleras de oro, por las que no dejaban de circular auténticos enjambres de funcionarios civiles y militares. Pese a su innegable magnificencia, no podían compararse con el Pabellón de la Luz Cegadora, el del Sol Brillante, el del Eterno Placer, el de la Claridad Inmarcesible, el de la Memoria Sempiterna y el del Final Inalcanzable. De todos ellos manaba una auténtica sinfonía de quejas femeninas y añoranza primaveral, acompañadas por el estridente sonido de carillones, tambores, gaitas y flautas. Pero su triste y lánguida belleza era inferior a la del jardín que se adivinaba al final de tan serenos e impresionantes palacios. En él, más que verse, se presentía la presencia de rostros tan frescos como flores cubiertas de rocío y talles tan delgados como ramitas de sauce danzando libremente en alas del viento. Tanta dulzura estaba reservada exclusivamente para alguien que vestía muníficamente y montaba en una carroza tirada por cinco caballos. Tal era su importancia que siempre le protegían arqueros tan diestros que eran capaces de lanzar sus dardos contra la niebla y recobrarlos con el cuerpo muerto de unos halcones. Aquel jardín tan espléndido estaba lleno de parterres, sauces y pabellones, en los que la música no dejaba de sonar y la brisa traía recuerdos del Puente de Luoyang. La sugerencia era tan fuerte que el buscador de escrituras no pudo por menos de traer a la mente la corte de los Tang y la añoranza le desgarró las entrañas. Lo mismo les ocurrió a sus discípulos, que pronto se abandonaron a su propios sueños. Irremediablemente la vista del Reino del Elefante Sagrado los transportaba a otro lugar más familiar. Poco a poco, no obstante, se fueron recobrando y se llegaron hasta una casa de postas, donde descansaron un poco. El monje Tang se dirigió después a una puerta del palacio real y dijo al oficial que lo guardaba: - Informad a vuestro señor que acaba de llegar un monje de la de los Tang y solicita ser recibido en audiencia, para obtener de su generosidad permiso para cruzar sus tierras. El Guardián de la Puerta Amarilla corrió al interior del palacio y, echándose rostro en tierra ante los peldaños de jade blanco, dijo con sumo respeto: - Ahí fuera, majestad, hay un monje de la Corte de los Tang, que solicita audiencia para poder cruzar vuestros dominios. El rey se mostró muy complacido ante semejante anuncio y ordenó: - Hacedle pasar inmediatamente. Tripitaka se llegó hasta los escalones dorados y saludó con tal respeto al señor de aquel reino que todos los funcionarios, civiles y militares que se hallaban allí reunidos comentaron entre sí, gratamente impresionados: - En verdad este hombre proviene de una nación noble en extremo. No hace falta más que ver lo exquisito de sus modales. - ¿Se puede saber por qué habéis decidido venir a nuestro reino? preguntó el rey. - Vuestro humilde siervo - respondió Tripitaka, agachando ligeramente la cabeza - es un monje budista de la corte de los Tang, que se dirige hacia el Oeste en busca de escrituras por orden expresa de su majestad imperial. Al iniciar el viaje, se me dijo que debería solicitar de vos un permiso especial para cruzar vuestras tierras, y ése es el motivo por el que he osado molestaros. Traigo, por otra parte, un escrito para vos de mi dueño y señor. - Si lo que dices es cierto - concluyó el rey -, me gustaría echarle vistazo. Tripitaka alargó las dos manos y, sin atreverse a levantar la vista del suelo, colocó el documento sobre la mesa real. En él se decía lo siguiente: Escrito de puño y letra del Hijo del Cielo de los Tang, que rige con ayuda de lo alto los destinos del Gran Imperio situado en el Continente Austral de Jambudvipa. Conscientes de nuestra indignidad y falta de acendrada virtud, nos declaramos descendientes de una tradición imperecedera. Atentos al servicio de los dioses y al gobierno de los hombres, luchamos por mantenernos alerta día y noche, como si estuviéramos acercándonos a una sima profunda o camináramos sobre hielo. Hace cierto tiempo fuimos incapaces de salvar la vida al Respetable Dragón del Río Ching, siendo consecuentemente castigados por el Augustísimo Emperador de los Cielos. Nuestro espíritu se adentró en la Región de las Sombras, pero nuestros días no se habían cumplido y el Señor de la Tiniebla, a quien nunca ponderaremos lo suficiente, nos permitió regresar al mundo de los vivos. En prueba de agradecimiento, celebramos una gran ceremonia por los difuntos, ofreciendo sacrificios sin cuento por las almas de los que nos precedieron en este mundo de luz. Fue entonces cuando la que salva de sus desdichas al género humano la Bodhisattva Kwang Shr-Ing, se mostró a nosotros tal cual es y nos reveló que en el Oeste existe un cuerpo de escrituras budistas capaz de redimir a los muertos y dar sosiego a los espíritus que andan errantes. Por eso hemos encargado a Hsüan Tsang, respetable y muy digno Maestro de la Ley, que trasponga las miles de montañas que separan nuestro imperio de las bienaventuradas tierras del Oeste y consiga dichas escrituras. Esperamos que los señores de las incontables naciones que ha de cruzar se muestren comprensivos con nuestros deseos y le permitan pasar libremente por sus dominios. Documento otorgado un día favorable del otoño del año decimotercero del período Chen-Kwan de los Gran Tang. Escrito imperial. (En él aparecían estampados los nueve sellos sagrados.) En cuanto el rey hubo concluido su lectura, tomó el sello de jade de sus propios dominios y lo añadió a los que ya figuraban en documento de tanto valor. Sin más, se lo devolvió a Tripitaka, que, tras agradecer su gesto, dijo: - Existe un segundo motivo que me ha forzado a venir a presentaros mis respetos y no es otro que el de entregaros una carta de un familiar vuestro, - ¿De un familiar? - repitió el rey, sorprendido. - Así es - confirmó el monje -. De vuestra hija, la princesa tercera, que fue raptada en su día por el Monstruo de la Túnica Amarilla y que actualmente mora en la Caverna de la Corriente Lunar de la Montaña de la Cacerola. - Son trece ya los años que llevamos sin verla - exclamó el rey con los ojos anegados en lágrimas -. A causa de su desaparición hemos castigado a incontables funcionarios, tanto civiles como militares, y condenado a muerte a no pocos eunucos y damas de compañía. En un principio pensamos que se había alejado del palacio y no había sabido regresar. Locos por el dolor de su ausencia, interrogamos a todos los habitantes de la ciudad, pero nadie supo darnos razón de su paradero. Simplemente había desaparecido sin dejar rastro alguno. ¿Cómo íbamos a sospechar que un monstruo la había raptado? Perdonadme, pero al oíros hablar de ella, no he podido controlar la emoción y la tristeza ha sembrado mis ojos de lágrimas. Emocionado, Tripitaka metió las manos por la manga y sacó la carta. Al ver la dirección que figuraba en el sobre, el rey se puso a temblar y, aunque lo intentó repetidas veces, no pudo abrir el sobre. Hubo de hacerlo el Gran Secretario de la Academia Han-Lin, que se encargó, igualmente, de su lectura. Todos los funcionarios de la corte, tanto civiles como militares, escucharon su contenido con mal disimulada emoción, lo mismo que las concubinas y damas del palacio, que se apostaron discretamente tras unos artísticos biombos. El Gran Secretario extendió el escrito y leyó con voz clara: Vergüenza de las Cien Flores, hija poco piadosa, toca el suelo con su frente más de cien veces seguidas ante su padre rey, hombre adornado con las más sublimes virtudes, en el Palacio del Dragón y el Fénix. Que el Cielo conserve sus días hasta el final de los tiempos. Me inclino, igualmente, ante mi madre reina, señora de los Tres Palacios, en el Pabellón del Sol Brillante, y ante todos los dignos ministros, tanto civiles como militares, que prestan sus inestimables servicios a la corte. Desde que mi buena fortuna determinó que naciera en el palacio de tan altos soberanos, no he hecho más que daros quebraderos de cabeza y proporcionaros incontables momentos de insoportable tristeza. Lamento no haber contribuido más activamente al incremento de vuestra felicidad, entregándome de lleno al cumplimiento de mis obligaciones filiales. Hace trece años la noche del día quince del octavo mes mi augusto padre ordenó, con el fin de celebrar como se exigía festividad tan señalada, que en todos los palacios se prepararan espléndidos banquetes, de forma que cuantos se encontraban a su servicio pudieran disfrutar de la belleza de la luna en el maravilloso Festival de los Cielos Puros. Desgraciadamente, en el momento más señalado de la celebración, se levantó de pronto un golpe de viento muy aromático 3, a lomos del cual viajaba un demonio de pupilas de oro, rostro azulado y pelo verdoso, que se llegó hasta mí y me arrebató hacia lo alto. A bordo de una nube luminosa me llevó a una región deshabitada situada a media altura de la montaña que constituye su morada, prohibiéndome abandonarla bajo concepto alguno. Valiéndose de sus poderes mágicos, me obligó a aceptarle por esposo, sufriendo durante todos estos años tan vergonzosa ignominia. Dos veces fructificó en mí su simiente de bestia, dándole otros tantos hijos monstruos. Sacar a relucir hechos tan luctuosos es, en realidad, una forma de corromper las relaciones humanas y socavar los principios mismos de nuestra moralidad. No debería, por tanto, hacer llegar a vuestras manos una carta tan insultante para vos, pero me temo que, si dejo escapar esta ocasión, jamás podré daros oportuna noticia de las aberraciones a las que me he visto sometida. Mientras meditaba sobre todo esto, reconfortada, de alguna forma, por la dulzura de vuestro recuerdo, llegó a mis oídos que el monstruo había tomado igualmente cautivo a un digno monje procedente de la ilustre nación de los Tang. Fue entonces cuando me decidí a escribiros esta carta con los ojos anegados en lágrimas, armándome, al mismo tiempo, de valor para solicitar de mi demoníaco esposo la liberación del religioso, que se ofreció de buen grado a hacer de mensajero. Suplico a mi ilustre padre que no cierre sus oídos a la llamada de la compasión y envíe a sus más dignos generales de la Caverna de la Corriente Lunar en la Montaña de la Cacerola, para que capturen a la Bestia de la Túnica Amarilla y faciliten mi vuelta a la corte que siempre constituyó mi hogar. Éste será para mí el más valioso favor que jamás haya recibido. Perdonad, os suplico, mi falta de respeto, al escribiros una carta cuyo contenido no he meditado en ningún momento. Espero poder deciros cara a cara lo que ahora me es imposible expresar. Vuestra indigna hija, Vergüenza de las Cien Flores, se inclina respetuosamente ante vos una y otra vez. En cuanto el Gran Secretario hubo terminado de leer la carta, el rey dejó escapar unos gritos tan desgarradores de dolor que los moradores de los tres palacios no pudieron contener las lágrimas y todos los funcionarios experimentaron el peso de un insoportable dolor. Cuando por fin pudo sobreponerse a tan profunda pena, se volvió hacia sus oficiales, tanto militares como civiles, y les preguntó: - ¿Quién de entre vosotros está dispuesto a hacerse cargo de la tropa que ha de capturar al monstruo y liberar a la princesa Cien Flores? Varias veces repitió la pregunta, pero nadie se atrevió a responderla. Al parecer no había en toda la corte una persona con la valentía suficiente para emprender una misión tan arriesgada. Todos se quedaron completamente mudos, como si fueran generales esculpidos en madera o ministros moldeados en arcilla. Desesperado, el rey empezó a llorar con insoportable amargura. Las lágrimas fluyeron por sus mejillas, como si fueran torrentes. Muchos oficiales se echaron entonces rostro en tierra y dijeron: - Renunciad a tanto sufrimiento y aceptad de una vez por todas que habéis perdido para siempre a la princesa. Son muchos trece años para borrarlos de un solo plumazo. Aunque, por otra parte, parece cierto que vuestra hija se ha topado con este digno monje de la corte de los Tang y se ha valido por su medio para haceros llegar una carta, no estamos suficientemente informados de su situación actual. Eso sin contar con que vuestros humildes servidores no somos más que criaturas mortales. Hemos estudiado a lo largo de nuestras vidas gran número de manuales y tácticas militares, pero los conocimientos que de ellos hemos adquirido se circunscriben a la defensa de las fronteras de nuestra nación de cualquier ataque de hombres como nosotros. Ese monstruo, sin embargo, es alguien que se vale de la niebla para avanzar y viaja a lomos de una nube. ¿Cómo vamos a poder capturarle y liberar a la princesa, si nunca da la cara y nos supera en astucia y poder? Pensamos, por otra parte, que este digno Peregrino de las Tierras del Este es un monje santo, que, además, procede de una muy noble nación. No dudamos, pues, que sea capaz de dominar a tigres y dragones y de ahuyentar a espíritus y demonios. Por fuerza tiene que estar versado en el arte de atrapar monstruos. Por si esto fuera poco, como muy bien afirma el proverbio, "quien se encarga de comunicar una noticia no puede desentenderse después de ella". Pidámosle, por tanto, que se encargue él de dominar al monstruo y rescatar a la princesa. ¿No opináis que es la solución más aceptable? Al oír eso, el rey se volvió inmediatamente hacia Tripitaka y le dijo: - Si, en verdad, conocéis la forma de liberar la energía de vuestro dharma, para capturar al monstruo y, así, permitir la vuelta de mi hija, tened por seguro que no necesitaréis proseguir vuestro viaje hacia las Tierras del Oeste. Podéis dejaros crecer de nuevo el pelo y estableceré con vos un pacto de hermandad. Todas mis riquezas serán vuestras, incluidos este palacio y el trono del dragón, desde el que rijo los destinos de este pueblo. ¿Cuál es vuestra respuesta? - Yo, gran señor - se apresuró a decir Tripitaka -, apenas sé recitar los nombres de Buda. ¿Cómo voy a poder dominar monstruos? - Si no fueras capaz de hacerlo - le rebatió el rey -, no te habrías atrevido a iniciar un viaje tan largo con el único propósito de buscar los escritos de Buda. Tripitaka no pudo seguir ocultando por más tiempo la verdad y hubo de sacar a colación a sus dos discípulos, diciendo: - Tenéis razón. Para mí solo hubiera sido una empresa totalmente inalcanzable. Pero traigo conmigo a dos discípulos tan capaces que ni las más altas montañas ni los ríos más caudalosos son obstáculos insalvables para su ingenio. Si no llega a ser por su ayuda, jamás habría llegado hasta aquí. - ¿Cómo podéis ser tan insensible? - exclamó el rey, reprendiéndole -. Sí, como decís, tenéis dos discípulos, ¿por qué no les habéis traído a verme? Aunque, quizás, no les hubiera recompensado, les habría ofrecido por lo menos algo de comer. - Mis discípulos, señor - explicó Tripitaka -, son bastante feos y ellos mismos no se han atrevido a entrar sin permiso en vuestro palacio. Temían que pudieran daros un susto de muerte. - ¿Habéis oído cómo habla este monje? - preguntó el rey, soltando la carcajada -. ¿Crees realmente que iba a asustarme de ellos? - ¡Quién sabe! - contestó Tripitaka -. El mayor de ellos se apellida Chu y tiene dos nombres: Wu-Neng y Ba-Chie. No puede ser más feo. Posee un morro llamativamente largo, unos dientes tan afilados como colmillos, unas cerdas, que recuerdan al acero, en la nuca y unas enormes orejas que parecen abanicos. Por si esto fuera poco, es tan tosco y rudo que, cuando camina, levanta oleadas de viento. Por lo que respecta a mi segundo discípulo, os diré que se apellida Sha, siendo sus nombres los de Wu-Ching y Bonzo. Mide doce pies de altura y posee unos hombros llamativamente anchos. Su cara es azulada, su boca recuerda el barreño de un carnicero, sus ojos brillan como el fuego y sus dientes parecen una fila de clavos. Con físicos así, ¿cómo van a atreverse a comparecer ante vos, sin ser invitados de antemano? - Dado que nos habéis ofrecido una descripción tan acertada de ellos - concluyó el rey - , creo que estamos preparados para conocerlos sin sufrir el menor sobresalto. Hacedlos llamar en seguida. La orden fue redactada en una placa de oro, que fue enviada inmediatamente a la casa de postas. En cuanto el Idiota la vio, comentó con el Bonzo Sha: - Decías que, a pesar de todo, quizás no hubiera sido buena idea de entregar la carta de la princesa. Esto demuestra que estaba completamente equivocado. Lo más seguro es que, una vez cumplida su misión, nuestro maestro haya sido invitado a un espléndido banquete por el rey (ya conoces la alta estima que los monarcas suelen de los mensajeros) y, al ser incapaz de terminar con toda la comida él solo, ha mencionado a su graciosa majestad nuestros nombres. De ahí que hayamos recibido esta placa de oro. Vamos, démonos prisa. No está bien hacer esperar una buena comida. Con el estómago lleno reanudaremos mañana mismo el viaje. - No te precipites - le aconsejó el Bonzo Sha -. Mirándolo bien, desconocemos aún el motivo de esta repentina invitación. De todas formas, creo que no nos queda más remedio que ir a averiguarlo. Pidieron al posadero que se hiciera cargo del caballo y el equipaje y, agarrando sus armas, se dirigieron hacia el palacio real. Cuando llegaron a los escalones de jade blanco, hicieron una leve reverencia y se quedaron tranquilamente de pie. Eso provocó la ira de todos los funcionarios, tanto civiles como militares, que comentaron indignados Entre sí: - ¿Quiénes se habrán creído que son estos monjes? Aparte de feos, no tienen la menor idea de la etiqueta. ¿Cómo es posible que no se echen rostro en tierra, al comparecer ante nuestro señor? ¡Es indignante que sólo se hayan inclinado! ¡Jamás se había visto cosa tan vergonzosa! Para colmo, Ba-Chie oyó sus quejas y exclamó: - No sé a qué viene tanto cuchicheo. Nosotros somos así y asunto concluido. A primera vista parecemos un poco feos, pero, en cuanto os acostumbréis, comprobaréis que hasta nuestros modales son bastante distinguidos. El rey parecía muy alterado, sobre todo después de oír lo que el Idiota acababa de decir. Temblaba de tal manera que por poco no se cae del trono del dragón. Afortunadamente le agarraron a tiempo dos de sus subalternos y se mantuvo firme en su sitio. Comprendiendo lo delicado de la situación, el monje Tang se echó rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, suplicó a su majestad: - ¡Soy digno de diez mil condenas de muerte! Ya os advertí que mis discípulos eran tan feos que bajo ningún concepto debían ser admitidos a entrar en palacio. Por mi culpa vuestro cuerpo de dragón se ha puesto a temblar y toda la corte ha caído presa del pánico. Sin dejar de temblar, el rey se dirigió hacia donde yacía tumbado Tripitaka y, ayudándole a levantar, dijo: - Os agradezco que me lo hayáis advertido. Si no lo hubierais hecho a buen seguro que me hubiera muerto del susto. Pareció entonces dominar el nerviosismo que le embargaba y volviéndose hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha, les preguntó: - ¿Quién de vosotros está especializado en atrapar monstruos? - Yo - respondió el Idiota, sin pensarlo. - Soy el Mariscal de los Juncales Celestes - contestó Ba-Chie, orgulloso -. Como no obedecí en una ocasión las órdenes del Señor del Cielo, fui confinado en esta región de sombras, donde me cupo la enorme fortuna de aceptar la verdad y hacerme monje. No es de extrañar, por tanto, que a lo largo de este viaje haya dominado toda clase de monstruos. - Dado que eres un guerrero celestial que ahora vive en la tierra - comentó el rey -, debes de dominar a la perfección las técnicas de la transformación mágica. ¿No es así? - No es que quiera dármelas de grande - respondió Ba-Chie -, pero es cierto cuanto acabáis de decir. Conozco, en efecto, unos cuantos truquitos. - ¿Por qué no te transformas en algo para que pueda verlo? - sugirió el rey. - Elegid vos mismo lo que deseéis - contestó, una vez más, Ba-Chie. - En ese caso - concluyó el rey, complacido -, transfórmate en algo realmente grande. Ba-Chie conocía treinta y seis formas de metamorfosis, por lo que no le costó mucho satisfacer a su anfitrión. Se puso enfrente de los escalones, hizo un gesto mágico con los dedos y, tras recitar el oportuno conjuro, gritó: - ¡Crece! El pecho se le estiró de una forma increíble y en un abrir y cerrar de ojos alcanzó una altura de ochenta a noventa pies, como si fuera un dios encargado de otear el horizonte. Al ver semejante prodigio las dos filas de funcionarios, tanto civiles como militares, se pusieron a temblar de miedo, mientras el rey castañeteaba los dientes de espanto. Uno de los generales encargados de la guardia del palacio se las arregló, sin embargo, para armarse de valor y preguntar con voz insegura: - ¿Podéis crecer más? ¿Tiene algún límite vuestra capacidad? - Eso depende del viento - comentó el Idiota, sin poder resistir su ansias de lucimiento - . Puedo aumentar de tamaño tanto como quiera, si soplan los aires del este o del oeste. Pero, si se levanta el viento del sur, mis poderes se disparan y soy capaz de hacer con la cabeza un agujero grandísimo en el cielo. - ¡Basta, basta! - exclamó el rey, horrorizado -. Ya veo que para ti las metamorfosis no encierran el menor secreto. Adopta tu tamaño normal, por favor. Ba Chie así lo hizo, permaneciendo orgulloso de pie frente a la escalinata. Más aliviado, el rey se atrevió a preguntarle: - ¿Qué clase de armas vas a usar para enfrentarte a ese monstruo? - Lo único que preciso es esto - contestó Ba-Chie, enseñándole el tridente. - ¿Sólo eso? - volvió a exclamar el rey, un tanto burlón -. Aquí tenemos látigos, mazas, cimitarras, lanzas, hachas de guerra, espadas y toda la clase de ingenios para la lucha. Nuestro arsenal es muy amplio y puedes servirte de él a tu antojo. ¿Cómo es posible que consideres ese tridente como un arma? - Se ve que desconocéis sus poderes - respondió Ba-Chie -. Aunque parece tosco, me he servido de él en más de mil batallas. Cuando estaba al mando de los ochenta mil marineros que componían la fuerza naval del Río Celeste, me valía exclusivamente de su acero para imponer la disciplina. Posteriormente, habitante ya de este mundo mortal, lo puse al servicio de mi maestro, allanando con él guaridas de tigres y lobos de montaña y arrasando con su fuerza moradas de dragones y serpientes. - El rey se sintió muy satisfecho de cuanto oía y no quiso seguir importunando a guerrero tan indomable. Se volvió hacia las damas de la corte y les ordenó: - Sacad algo de ese vino especial que guardo en mis bodegas. Traed una botella entera para que pueda brindar, como se merece, a la salud de este héroe. En cuanto las damas hubieron cumplido su encargo, llenó él mismo una copa y dijo, ofreciéndosela a Ba-Chie: - Este brindis, respetable maestro, es por el éxito de la empresa que estáis a punto de emprender. Cuando hayáis capturado al monstruo y puesto en libertad a mi hija, os ofreceré un opíparo banquete y no menos de mil piezas de oro. Mi agradecimiento será tal que hasta los dioses desearán encontrarse en vuestro lugar. El Idiota tomó en seguida en sus manos la copa que se le ofrecía. Aunque era rudo y maleducado, sabía ser cortés cuando se lo proponía e, inclinándose ante Tripitaka, dijo: - A vos os compete, maestro, probar primero este vino. Sin embargo, no puedo rechazar, así como así, el ofrecimiento del rey. Permitidme, por tanto, que beba antes que vos esta copa. No dudo que el vino me ayudará a capturar más fácilmente al monstruo. El Idiota vació la copa de un trago, para volverla a llenar al instante y ofrecérsela respetuosamente a Tripitaka. Pero éste la rechazó diciendo: - Sabes bien que yo no bebo. ¿Por qué no se la ofreces a tu hermano? El Bonzo Sha aceptó, complacido, la copa. No había acabado de tomarla, cuando a los pies del Idiota se formó una especie de alfombra de nubes, que le catapultaron hacia lo alto. Asombrado, el rey exclamó: - ¡Cuántos poderes posee el sabio Chu! ¡Hasta por las nubes es capaz de andar! El Bonzo Sha no le prestó ninguna atención. En cuanto hubo vaciado la copa de un solo trago, se volvió hacia su maestro y le dijo: - Mientras os hallabais en poder del Demonio de la Túnica Amarilla, Ba-Chie y yo fuimos incapaces de dominarle, aunque éramos dos contra uno. Me temo que, si ahora nuestro hermano se enfrenta solo a él, va a terminar siendo aplastado como una flor diminuta frente a una manada de caballos. - Tienes razón - admitió Tripitaka -. Lo mejor que puedes hacer es ir detrás de él y tratar de prestarle toda la ayuda que puedas. El Bonzo Sha no lo pensó dos veces. De un salto se elevó hacia lo alto, desapareciendo al poco rato entre las nubes. El rey se sintió tan sobrecogido que, agarrando al monje Tang de la túnica, le suplicó, diciendo: - Sentaos, por favor, un momento y no tratéis también vos de caminar por las nubes. - ¿Caminar yo por las nubes? - repitió el monje Tang -. ¡Ojalá pudiera hacerlo! Os aseguro que soy incapaz de dar un solo paso por ahí arriba. El Bonzo Sha no tardó en alcanzar a Ba-Chie. Cuando se encontró a su altura, le saludó con la mano y le dijo: - Aquí me tienes otra vez. - ¿Por qué me has seguido? - le preguntó Ba-Chie. - El maestro me ha pedido que te preste toda la ayuda que pueda - explicó el Bonzo Sha. - No esperaba de él otra reacción - contestó Ba-Chie, complacido -. Bienvenido a mi bando. No me cabe la menor duda de que, si unimos nuestras fuerzas, el monstruo no tendrá absolutamente nada hacer. En cuanto le hayamos capturado, nuestra fama se extenderá como el humo por todo el reino y hasta el mismísimo rey se inclinará ante nosotros. Hablando de sus sueños, no tardaron en abandonar los dominios del padre de la princesa cautiva. Iban dejando una estela de luz, mientras volaban por el cielo. Su obsesión era llegar cuanto antes a la caverna de la montaña y capturar a la bestia que la habitaba, dando, así, cumplimiento a los deseos reales. No tardaron, en efecto, en llegar a la boca de la cueva. Saltaron inmediatamente de las nubes y, levantando el tridente, Ba-Chie lo dejó caer con tal fuerza sobre la puerta de piedra que hizo en ella un agujero del tamaño de un barril. Desconcertados, los demonios encargados de su vigilancia corrieron a informar a su señor, diciendo: - ¡Qué terrible desgracia, Gran Rey! Acaban de volver el monje del hocico largo y las orejas grandes y el bonzo de aspecto tétrico. Están tan furiosos que, de un golpe, han hecho añicos la puerta. - Por fuerza tienen que ser Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha – exclamó, sorprendido, el monstruo -. No comprendo cómo se han atrevido a volver en busca de camorra, después de haber dejado en liberad a su maestro. - A lo mejor se han olvidado de algo y han vuelto a por ello - dijeron, temblando, algunos de los diablillos. - ¡Tonterías! - volvió a exclamar el monstruo -. El que se olvida de algo no regresa haciendo añicos las puertas. Tiene que existir alguna otra razón. A pesar de no dar con ella, se puso la armadura a toda prisa, agarró la cimitarra y, saliendo fuera de la cueva, gritó: - ¿Queréis explicarme por qué habéis vuelto a destrozar la puerta de mi morada? ¿Acaso no le he perdonado la vida a vuestro maestro? - Por supuesto que sí - admitió Ba-Chie -. Sin embargo, has hecho algo peor que eso. - ¿Se puede saber qué? - inquirió el monstruo. - Raptar a la tercera princesa del Reino del Elefante Sagrado y forzarla a convertirse en tu esposa - contestó Ba-Chie -. Han pasado trece años desde entonces y pensamos que ha llegado ya el momento de que la dejes en libertad. De hecho, si estamos aquí ahora, es por orden expresa del rey, que nos ha encargado que te capturemos y te conduzcamos ante él. Así que ríndete y déjate apresar. Si lo haces, nos evitarás a todos molestias innecesarias. El monstruo se puso furioso, al oír tales razones. Se sentía tan humillado que los dientes le rechinaban y los ojos le daban vueltas en sus órbitas, como si fueran a abandonarlas de un momento a otro. Levantó la cimitarra por encima de la cabeza y la dejó caer con fuerza sobre Ba-Chie. Afortunadamente, éste se hizo a un lado y el golpe se perdió en el vacío. El Bonzo Sha no tardó en sumarse a la lucha, blandiendo a izquierda y derecha su pesado báculo. El combate tuvo lugar en la cumbre misma de la montaña y fue totalmente distinto del que se había desarrollado horas antes. Los contendientes lanzaban sin cesar insultos, que avivaban el fuego del odio y hacían que la lucha fuera más encarnizada. Los golpes de la cimitarra iban dirigidos contra las cabezas de sus adversarios, mientras los del tridente buscaban sin cesar el rostro de su oponente. El báculo de Sha Wu-Ching era menos selectivo, por lo que el monstruo encontraba más difícil desviar su carga mortal. Ninguna de las dos partes cedía terreno, atacando y retrocediendo sin apenas moverse del sitio. No podía ser de otra forma el enfrentamiento entre un monstruo espiritual y dos monjes con pretensiones de dioses. Sin embargo, era en el terreno de los insultos donde más virulencia alcanzaba su furia: - Mereces la muerte por haberte burlado de todo un reino - decía uno. - Eso no es asunto tuyo y harías muy bien en no enfadarte por lo que de ninguna manera te atañe - replicaba el otro. - Has violado a una princesa, condenándola a una existencia de oprobio y vergüenza - acusaba un tercero. - ¡Eso a ti ni te va ni te viene! - se defendía, una vez más, el segundo -. Lo mejor que puedes hacer, por tanto, es no meterte donde no te llaman. Tal intercambio de sinrazones había tenido su origen en el desafortunado envío de una carta. Por su culpa los monjes y el demonio habían visto rota la paz de su existencia. Ocho o nueve veces llevaban medidas sus fuerzas, cuando Ba-Chie comenzó a caer presa de la fatiga. Se sentía tan débil que apenas podía levantar el tridente. Las energías le iban abandonando a ojos vistas ¿Cómo explicar ese cambio? La verdad era que la vez anterior había logrado resistir sus embates, porque, sin él saberlo, había gozado de la ayuda de los dioses protectores del dharma, que no se apartaban ni un solo momento del monje Tang. Al estar prisionero en la caverna, habían apoyado con indecible tesón a sus discípulos, pero, ahora que se había quedado en el Reino del Elefante Sagrado, les habían retirado del todo su apoyo. Bien lo comprendió el Idiota, al ordenar al Bonzo Sha: - Continúa luchando tú con él, mientras yo voy a hacer mis necesidades. Sin preocuparse lo más mínimo del Bonzo Sha, se dejó caer desde lo alto, yendo a parar a un enmarañado grupo de zarzas. Las espinas se cebaron en su carne, llenándole la cara de arañazos y produciéndole profundas heridas. Pero no pareció importarle, porque se escondió entre ellas, negándose a reincorporarse a la lucha. Sólo dejó fuera media oreja para ver qué tal iba la batalla, una causa perdida ya totalmente. Al ver, en efecto, que Ba-Chie abandonaba el campo, el monstruo descargó toda su furia sobre el Bonzo Sha, que ni siquiera tuvo tiempo de escapar. La bestia se apoderó de él en un abrir y cerrar de ojos, conduciéndole al interior de la caverna, donde fue atado de pies y manos por los regocijados diablillos que en ella moraban. No sabemos de momento si su vida corrió o no algún peligro. Quien desee averiguarlo deberá, por tanto, prestar atención a las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第030回 El DEMONIO ATACA AL AUTÉNTICO DHARMA. EL CABALLO DE LA VOLUNTAD LLAMA EN SU AYUDA AL MONO DE LA INTELIGENCIA Una vez que hubo capturado al Bonzo Sha, el monstruo se negó a torturarle o a matarle. Es más, ni siquiera le insultó, cubriéndole de improperios, como suelen hacer con sus prisioneros los guerreros vencedores. En vez de eso, agarró la cimitarra y se dijo: - El monje Tang es miembro de una noble nación, que, por fuerza, ha de poseer un sentido muy desarrollado de la justicia. No acabo de comprender cómo ha podido enviar a sus discípulos a capturarme después de haberle perdonado la vida. No encaja con su modo de ser. ¡Ahora caigo! - exclamó, de pronto -. Todo esto es obra de mi mujer, que se las ha arreglado para enviar una carta a sus padres por medio de esos monjes. No puede ser de otra forma. Ahora mismo voy a preguntarle. Sentía tal indignación que su único deseo era acabar cuanto antes con la princesa, que no sabía nada sobre lo ocurrido. Después de acicalarse se disponía a dar un paseo, cuando vio acercarse al monstruo con los ojos saliéndole de las órbitas, el ceño totalmente fruncido y los dientes rechinándole de rabia. La mujer estaba acostumbrada a repentinos cambios de humor y no se asustó. Al contrario, sonrió dulcemente y le preguntó: - ¿Se puede saber qué es lo que os preocupa de esa manera? - ¡Maldita puta! - gritó el monstruo por toda respuesta -. ¿Es que no tienes en ninguna estima las relaciones humanas? Cuando te traje aquí, no proferiste ni una palabra de protesta. Te encantaba vestirte de seda y cubrirte de adornos de oro. Si deseabas algo, me faltaba tiempo para traértelo, como si fuera esclavo tuyo. Todo me parecía poco con tal de hacerte feliz. Has disfrutado de cuanto pueda desear una mujer y jamás te ha faltado de nada. ¿No te he tratado, acaso, con comprensión absoluta y perfecto cariño? ¿Por qué sigues pensando todavía en tus padres, sin valorar en nada a tu actual familia? Al oír eso, la princesa se dejó caer en tierra y, presa del pánico, preguntó con entrecortada voz: - ¿Por qué habláis así? Parece como si hubierais decidido separaros de mí. - La única que ha pensado eso has sido tú - replicó el monstruo -. Capturé al monje Tang y me sentí la bestia más feliz de todo el mundo, porque desde siempre había soñado con probar la tierna carne de un bonzo. ¿Por qué prometiste liberarle antes, incluso, de que hubieras tratado el asunto conmigo? ¡Yo sé bien por qué lo hiciste! Escribiste en secreto una carta a tus padres y le pediste que hiciera de mensajero. De lo contrario, ¿cómo explicas que se hayan presentado esos dos monjes ante mi puerta, exigiéndome que te deje regresar a tu hogar de soltera? ¡No puedes negarlo! ¿Lo hiciste o no? - Estáis muy equivocado en lo que decís - contestó la princesa -. ¿Queréis decirme cuándo he enviado yo carta alguna sin vuestro consentimiento? - No va a servirte de nada tratar de engañarme - afirmó el monstruo -, porque acabo de capturar a alguien que va a testificar en contra tuya. - ¿De quién habláis? - preguntó la princesa, visiblemente alterada. - Del Bonzo Sha, el discípulo segundo del monje Tang. Nadie está dispuesto, sin embargo, a aceptar la muerte de buen talante, aun siendo plenamente consciente de su inminencia. Eso explica que la princesa continuara insistiendo en su inocencia, diciendo: - Calmaos y vayamos a interrogarle, como parece ser vuestro deseo. Si se demuestra la existencia de la carta que decís, me prestaré de buen grado a ser muerta a palos. Pero, si jamás ha existido ese escrito del que habláis, ¿no cometeréis una gran injusticia condenándome a muerte? El monstruo aceptó sin más dilación esa propuesta. Alargó su mano azulada del tamaño de un bieldo y, agarrando a la princesa del pelo, la arrastró hasta la parte delantera de la caverna. Al llegar frente al prisionero, la tiró sin ningún miramiento al suelo y, con la cimitarra en la mano, interrogó al Bonzo Sha, diciendo: - ¿Por qué habéis venido, tú y tu compañero, a retarme a las puerta de mi propia casa? ¿Os envió el padre de esta mujer, enterado de su paradero por la carta que ella misma le remitió por medio vuestro? Al ver lo furioso que estaba el monstruo, que hasta quería matar a su esposa con la cimitarra, el Bonzo Sha pensó: - Es cierto que envió una carta, pero también salvó a mi maestro y ése es un favor que nadie podrá devolverle jamás. Si admito que lo hizo, esa bestia le dará muerte sin pensarlo dos veces y, en vez de una recompensa, recibirá un castigo ejemplar. En fin, llevo yo qué sé la de tiempo siguiendo a mi maestro y todavía no he hecho nada que valga realmente la pena. Ahora que estoy prisionero y cargado de cadenas es una buena ocasión para devolverle una ínfima parte de todo lo que hecho por mí. Levantó, pues, la voz y reprendió al monstruo, diciendo: - ¿Cómo puedes ser tan bruto? ¿Quieres decirme qué había en esa carta que, según tú, escribió tu mujer, para que ahora desees quitarle la vida? Yo jamás he visto ese documento del que hablas. El motivo de haber venido a exigirte la liberación de la princesa es, de hecho, otro. Cuando mi maestro se encontraba en la misma situación que yo ahora, tuvo oportunidad de verla varias veces. No le fue difícil, por tanto, identificar en ella a la muchacha de la que continuamente hablaba el Rey del Elefante Sagrado, cuando llegamos a sus dominios y le solicitamos permiso para transitar por ellos. Nos hizo muchas preguntas sobre ella e incluso nos mostró un retrato suyo. Todo su afán era saber si la habíamos visto o no. Nuestro maestro describió entonces a la dama que había visto en este mismo palacio y el rey supo enseguida que se trataba de su hija. Nos invitó a brindar con él y nos ordenó que viniéramos aquí a capturarte y a liberar a la princesa, a la que debíamos conducir sin dilación alguna a su palacio. Te juro que esto fue lo que ocurrió. ¿A qué viene sacarte de la manga una carta que no existe? Si quieres matar a alguien, mátame a mí y no hagas daño a un inocente que nada tiene que ver en todo este asunto. ¿Qué necesidad tienes de aumentar a lo bobo el caudal de tus crímenes? Al ver con cuánta determinación había hablado el Bonzo Sha, el monstruo arrojó a un lado la cimitarra y levantó a la princesa del suelo con sus dos manos, diciendo: - Me temo que me he mostrado muy rudo contigo. Por fuerza h tenido que ofenderte más de la cuenta. Te suplico, por tanto, que me perdones. La ayudó a arreglarse el cabello y a poner en orden sus vestido con inesperadas muestras de afecto y ternura. A continuación la abrazó y, sin dejar de bromear con ella, la llevó al interior de la caverna. Allí le pidió que se sentara en la silla que ocupaba su centro y se disculpó lo mejor que pudo. La princesa era una mujer de carácter muy voluble y, al ver lo sumiso que se mostraba el monstruo, se arrepintió de lo sucedido y le suplicó con voz melosa: - Si en algo valoras nuestro amor, haz que le aflojen un poco las cuerdas al Bonzo Sha. El monstruo ordenó al instante desatar al monje y encerrarle en una mazmorra. Al sentirse solo, el Bonzo Sha recapacitó sobre lo ocurrido y se dijo, esperanzado: - Como muy bien afirmaban los antiguos, "la consideración hacia los demás es, en realidad, consideración hacia uno mismo". Si no me hubiera mostrado amable con esa dama, seguro que no habrían ordenado desatarme. Para congraciarse con la princesa y apaciguar todos sus temores, el monstruo pidió que les sirvieran vino y algo de comer. Cuando estaban medio borrachos, la bestia se puso una túnica roja brillante y se ciñó a la cintura una espada dorada. - Tú quédate en casa bebiendo un poco más - pidió a la princesa, acariciándola con una mano -. Cuida de nuestros dos hijos y no dejes escapar al Bonzo Sha. Ahora que el monje Tang está todavía por aquí, voy a congraciarme con los míos. - ¿A congraciarte con quién? - repitió la princesa. - Con tu padre el rey - contestó el monstruo -. Mirándolo bien, soy su yerno, y él, suegro mío. ¿Existe alguna razón que me impida congraciarme con él? - No puedes hacer eso - exclamó la princesa. - ¿Se puede saber por qué no? - preguntó el monstruo. - Mi padre - explicó la princesa - no ganó su imperio a lomos de un caballo, sino que lo recibió en herencia de sus antepasados. Desde que ascendió al trono, ni siquiera una vez ha abandonado las puertas de la ciudad. Además, no tiene a su cargo hombres de aspecto tan terrible y fiero como el tuyo. Si te entrevistas con él, lo único que conseguirás será asustarle y eso no te traerá provecho alguno. Opino, por tanto que no es aconsejable que vayas ahora a congraciarte con él. - Si es eso lo que te preocupa - concluyó el monstruo -, me transformaré en un tipo guapo y asunto concluido. - De acuerdo - consintió la princesa -. Transfórmate en un caballero y déjame ver qué tal quedas. El monstruo sacudió allí mismo el cuerpo y se convirtió en una persona de aspecto gentil. Sus rasgos eran atractivos en extremo y completaban la indescriptible belleza de su cuerpo. Hablaba con la elegancia de un mandarín y se movía con la gracia de un joven noble. Estaba tan dotado para la rima como Tsao-Chr y superaba en belleza al mismísimo Pan-An, cuando las mujeres lanzaron sobre él cestos enteros de fruta. En la cabeza lucía un gorro con forma de cola de corneja, que resaltaba el atractivo de su luenga cabellera. Vestía una túnica de seda blanca con amplias y ondulantes mangas. Calzaba unas botas de cuero negro, que contrastaban con el brillo del cinturón de cinco colores que llevaba ceñido a la cintura. Era, en definitiva, el Arquetipo del hombre atractivo: guapo, alto, respetable y lleno de fortaleza. La princesa pareció tan complacida con el cambio que el monstruo soltó la carcajada y preguntó: - ¿Te parece bien así? - Por supuesto - contestó la princesa -. Es francamente maravilloso. Pero debes tener siempre esto presente: puesto que mi padre es un hombre que nunca rechaza a sus parientes, todos los funcionarios de la corte, tanto civiles como militares, te invitarán a infinidad de banquetes. Debes tratar de ser comedido y no beber más de la cuenta. De lo contrario, puedes mostrar sin darte cuenta la forma que te es habitual y todo el mundo huirá despavorido. - No tengo necesidad de esos consejos - respondió el monstruo -. Ya sé yo lo que tengo que hacer. Montó en una nube y no tardó en llegar al Reino del Elefante Sagrado. Se dirigió directamente a la corte y anunció al oficial que guarda la puerta: - E1 tercer yerno del emperador solicita ser recibido por su augusto suegro. Os ruego tengáis la bondad de anunciarme. El Guardián de la Puerta Amarilla corrió a las escalinatas de jade blanco e informó a su señor, diciendo: - El tercer yerno de vuestra majestad solicita ser recibido por vos. Se encuentra ahí fuera a la espera de vuestra decisión. El rey se encontraba en aquellos momentos hablando con el monje Tang. Al oír que se trataba de su tercer yerno, se volvió hacia sus ministros y les comentó, sorprendido: - Sólo tengo dos yernos. ¿De dónde ha podido salir ese otro? - No nos cabe la menor duda - explicaron varios ministros - de que se trata del monstruo que raptó a vuestra hija. - ¿Pensáis que es prudente hacerle entrar? - volvió a preguntar el rey. - ¡Se trata de un monstruo, majestad! - exclamó el monje Tang temblando de pies a cabeza -. Por si eso fuera poco, es extremadamente inteligente. Tanto que es capaz de viajar a lomos de las nubes y de predecir el futuro. Estoy seguro de que entrará cuando le deis permiso para ello, pero, si se lo denegáis, no os hará el menor caso y se presentará ante vos de todas las maneras. Opino, por tanto, que lo mejor es que otorguéis vuestro consentimiento. Así lo hizo el rey, que dio órdenes para que el monstruo fuera conducido ante los escalones dorados. La bestia presentó sus respetos al monarca de una forma tan elegante que todos quedaron gratamente impresionados. Es más, al ver los funcionarios lo guapo que era, no se atrevieron a considerarle un monstruo. Fiándose de sus ojos mortales, le tomaron por un hombre de bien. El mismo rey, al comprobar lo comedido de sus ademanes, pensó que se trataba de un hombre de inigualables cualidades que le capacitaban para regir con justicia el mundo. Complacido, el monarca le preguntó: - ¿De qué región eres y dónde tienes establecido tu hogar? ¿Cuándo te casaste con la princesa y por qué no has venido antes a conocer a tu familia? - Vuestro humilde servidor - contestó el monstruo, rostro en tierra - es oriundo de una región situada al este de esta ciudad, concretamente en la Caverna de la Corriente Lunar, la cual se halla enclavada en la Montaña de la Cacerola. - ¿A qué distancia se encuentra de nuestro palacio? - volvió a preguntar el rey. - No muy lejos, señor - respondió el monstruo -. Creo que alrededor de trescientos kilómetros. - ¿Trescientos kilómetros? - exclamó el rey, asombrado -. ¿Cómo se desplazó la princesa hasta allí para desposarse contigo? El monstruo era sumamente inteligente y trató de confundir a su locutor, diciendo: - Desde su más temprana juventud vuestro siervo ha gozado de los placeres del tiro con arco y las grandes galopadas, ya que siempre se ha dedicado a la caza. Hace trece años, cuando me disponía en compañía de decenas de criados a dejar sueltos a los halcones y mastines, vi cerca de mí a un enorme tigre. Venía montaña abajo y llevaba en las fauces a una muchacha. Vuestro servidor abatió a la bestia con una sola flecha y llevó a la joven a su residencia, donde fue reanimada con la ayuda de diferentes remedios. Al preguntarle sobre su procedencia, ni siquiera una sola vez mencionó la palabra princesa. Si hubiera afirmado que era la hija tercera de vuestra majestad, tened por seguro que no habría cometido la insolencia de casarme con ella sin haber obtenido antes vuestro consentimiento. Me habría llegado hasta este palacio dorado y habría tratado de entrevistarme con vos con el fin de hacerme digno de su amor, a pesar de la indiscutible humildad de mis orígenes. Sin embargo, ella me hizo creer que era la hija de unos campesinos y eso me animó a suplicarle que se quedara para siempre a mi lado. Parecíamos estar hechos el uno para el otro y los dos deseábamos compartir nuestras vidas. Llevamos casados, de hecho, trece años. Tras la ceremonia nupcial quise dar muerte al tigre y ofrecer a mis parientes su carne, pero la princesa pidió que no lo hiciera, expresando con estos versos la razón de tan extraña decisión: “El Cielo y la Tierra nos han convertido en marido y mujer, sin que hayan mediado casamenteras ni testigos. Desde tiempos remotos nuestros pies han estado unidos con cintas de seda roja, de ahí que el tigre haya sido, en realidad, nuestro mediador”. Ante tales razones vuestro súbdito liberó al tigre y le perdonó la vida. La bestia escapó a prisa con la flecha clavada en el cuerpo, las zarpas extendidas y el rabo estirado. Poco sospechaba yo entonces que unos años más iba a convertirse en un espíritu de montaña con ayuda de la meditación. Lejos de dominar su fiero natural, eso le avivó aún más, atrayendo gente incauta a su guarida y devorándola después. Vuestro siervo oyó hablar de ciertos Peregrinos, todos ellos monjes, que habían sido enviados en busca de escrituras sagradas por el Gran Emperador de los Tang y decidió esperar su llegada para agasajarles como merecían. Desgraciadamente, esa noticia llegó también a oídos del tigre, que los devoró sin piedad alguna. No contento con eso apoderó de sus documentos de viaje y, tras adoptar su personalidad se llegó hasta vuestro palacio con el fin de engañaros. Creo que es mi deber informaros, señor, que ese que está sentado junto a vos en un cojín cubierto de brocados no es otro que el tigre que arrancó la princesa de vuestro lado hace exactamente trece años. De monje sólo tiene la apariencia. Nada más. Los ojos carnales del rey no sólo no fueron incapaces de reconocer al monstruo, sino que, encima, aceptaron como verdadero cuanto decía. Sumamente agradecido, le preguntó: - ¿Qué razones tienes para afirmar que este monje es el tigre que apartó de mi lado a la princesa? - Vuestro siervo se pasa la vida entre tigres - contestó el monstruo -. De ellos se alimenta y se viste, con ellos duerme y se levanta a la misma hora que ellos. ¿Cómo no voy a reconocerlos, en cuanto los veo? - En ese caso - concluyó el rey -, haz que adquiera la forma que le es habitual. - Dadme una taza llena de agua hasta la mitad - dijo el monstruo - y veréis complacido vuestro deseo. Sin pérdida de tiempo el rey ordenó traer un poco de agua para su yerno. El monstruo la tomó en sus manos y se dispuso a poner en práctica la magia conocida por el nombre de "oscurecedora de ojos y transformadora de cuerpos". Para ello recitó un conjuro, escupió sobre el monje Tang un poco de agua y gritó: - ¡Transfórmate! El cuerpo del monje se hizo totalmente invisible, apareciendo en su lugar la figura feroz de un tigre. Su cabeza era redonda y sus ojos tan amenazadores que parecían emitir centellas y rayos. Tenía las zarpas abiertas y poseía veinte garras tan afiladas que parecían guadañas de guerra. Su boca aparecía llena de dientes que superaban en finura al acero de los puñales. Sus orejas eran puntiagudas y sus cejas formaban una línea continua por encima de sus amenazadores ojos. Su apariencia no podía ser más salvaje, aunque no se diferenciaba mucho de la de un gato de grandes proporciones. Su alzada era, de hecho, la de un ciervo macho, pero era claro que no poseía su mansedumbre de rumiante. Al contrario, estaba tan furioso que tenía todos los pelos de punta, su lengua había adquirido una escalofriante tonalidad rojiza y fétido aliento encerraba premoniciones de muerte cierta. Jamás había visto nadie en aquel palacio una bestia más aterradora y feroz. Su intensa respiración se extendía, amenazante, por todos los corredores, llenando a los cortesanos de un irreprimible terror. El rey sintió que le abandonaba el espíritu, aunque tuvo la entereza de no huir en busca de cobijo, como hicieron muchos de sus subalternos. Sólo unos cuantos oficiales se armaron del valor suficiente para agarrar las armas y acosar al tigre. Si no llega a ser porque la hora del monje Tang no había llegado aún, hubiera sido reducido allí mismo a auténtico picadillo. Afortunadamente desde el aire gozaba de la secreta protección de los Dioses de la Luz y las Tinieblas, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales y los Protectores de la Fe, y no sufrió daño alguno. Las armas se mostraron incapaces de infligirle el menor rasguño ante la desesperación de los que las blandían. El alboroto duró hasta la caída de la tarde, momento en que los oficiales decidieron capturarle vivo, cargarle de cadenas y encerrarle en una jaula de hierro, que fue colocada en la cámara más segura de todo el palacio. Aliviado, el rey ordenó entonces al encargado de organizar las fiestas de la corte que preparara un espléndido banquete para agradecer, así, a su yerno que le hubiera salvado de las garras del falso monje. Cuando todos los oficiales hubieron abandonado la corte, el monstruo pasó al Salón de la Paz de Plata, donde fue agasajado por las dieciocho damas más jóvenes y atractivas de todo el palacio. Las muchachas cantaron y bailaron sin desfallecer para él, y le sirvieron licores y vinos. El monstruo no podía sentirse más satisfecho. Sentado en el lugar de honor y rodeado de tan espléndidas beldades, bebió sin medida, gozando de ellas cuanto pudo. A la hora de la segunda vigilia la embriaguez se apoderó de su cuerpo y se mostró incapaz de seguir adelante con el engaño. De un salto se puso de pie, lanzó una escalofriante risa histérica y adquirió el aspecto que le era habitual. Eso hizo que renacieran en él sus antiguos instintos y, agarrando con su enorme mano de bieldo a una de las muchachas que estaban tocando el pipá, le arrancó la cabeza de cuajo. Las otras diecisiete estaban tan aterradas que huyeron como locas a esconderse donde buenamente pudieron. Sus expresiones de pánico recordaban el ruido de la lluvia nocturna golpeando sin piedad los hibiscos. Sus carreras alocadas traía a la mente los movimientos de las peonías cuando son sacudidas por fuerte viento de primavera. Ansiosas por escapar con vida, redujeron a polvo los pipás y destrozaron las cítaras. Estaban tan aturdidas que no sabían si daban al norte o al sur las puertas por las que huían, o sí se hallaban orientados al este o al oeste los salones por los que corrían despavoridas. En su intento por salvar la vida se empujaban unas a otras sin piedad y sin preocuparse por las que quedaban tendidas en el suelo. A pesar de todo, conservaron la suficiente serenidad para no levantar la voz y evitar, así, despertar a su majestad. Temblando como hojas sacudidas por el viento, buscaron el refugio bajo los aleros del palacio. El monstruo, por su parte, se quedó tranquilamente en el salón bebiendo una copa tras otra. Antes de servirse de nuevo, cogía el cadáver cubierto totalmente de sangre y le daba un par de mordiscos. Mientras se divertía de esta forma en el interior del palacio, la gente de fuera empezó a esparcir el rumor de que el monje Tang era, en realidad, un monstruo. Tan absurda historia no tardó en llegar a la casa de postas, en la que se habían hospedado los bonzos a su llegada a la ciudad. Estaba totalmente vacía, a excepción del caballo blanco, que se encontraba en los establos comiendo plácidamente paja y heno. Como se recordará, había sido el Príncipe Dragón del Océano Occidental, pero, al no acatar el mandato del cielo, le fueron arrancados los cuernos y las escamas. Posteriormente fue transformado en un brioso corcel blanco, para que el monje Tang pudiera hacer sobre sus lomos el largo viaje hacia el Oeste. Al oír comentar a la gente que su dueño era un tigre, se dijo, alarmado: - Mi maestro es un hombre sin tacha. No me cabe la menor duda, por tanto, de que todo esto es obra de ese monstruo, que le ha convertido en un tigre con el único fin de buscarle la ruina. ¿Qué podría hacer? Sun Wu-Kung hace mucho que se marchó y no sé qué ha sido del Bonzo Sha ni de Ba-Chie. Intranquilo, esperó hasta la segunda vigilia y volvió a decirse: - Si no hago ahora algo para rescatar al monje Tang, no lo haré nunca, porque las oportunidades se habrán acabado. Incapaz de contener por más tiempo su impaciencia, se arranco las riendas de un mordisco y se sacudió de encima la silla de montar. Tras adoptar, una vez más, la forma de dragón, montó en una nube y se elevó hacia lo alto. De tan espléndido momento tenemos un poema que dice: El digno monje partió hacia las Tierras del Oeste a presentar sus respetos al Ser-más-digno-del-mundo. Incontables demonios y fieras trataron de bloquearle el camino, ninguna tan salvaje como aquella que le transformó en un tigre blanco. Afortunadamente el caballo se deshizo de sus riendas y partió a liberar a su maestro. Desde lo alto el joven Príncipe Dragón vio que el Salón de la Paz de Plata estaba profusamente iluminado. En su interior había ocho candelabros enormes con todas sus velas encendidas. Tras saltar de la nube, el dragón miró con cuidado y vio al monstruo sentado en la cabecera de la mesa, hartándose de vino y de carne humana. - ¡Qué tipo más despreciable! - pensó el dragón, sonriendo conmiserativamente -. Ahora está demostrando precisamente lo que vale. Siempre he pensado que no era muy elegante comer gente. En fin, como no sé dónde se halla el maestro, creo que lo mejor que puedo hacer es entrar a preguntar a esa bestia. No me será muy difícil controlarla. Si todo se me da bien, es muy posible que logre capturarla y, así, abriré a mi señor las puertas de la libertad. El dragón sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una doncella de fina figura y atractiva apariencia. Con ademán decidido se dirigió hacia donde estaba el demonio e, inclinándose ante él, dijo con inesperado respeto: - No me hagáis ningún daño, por favor. Sólo he venido a serviros un poco de vino. - En ese caso, no pierdas el tiempo y sírveme - ordenó el monstruo. El joven dragón cogió la jarra y empezó a llenar una copa. Cuando estuvo totalmente llena, continuó echando vino, pero, lejos de derramarse el licor siguió aumentando de volumen, como si se encontrara en el interior de un recipiente de cristal. Para ello el dragón se sirvió de la magia conocida por el nombre de "sumisión de los líquidos". Asombrado, el monstruo exclamó: - ¡Vaya! Se ve que no te faltan habilidades. - Si lo deseáis - contestó el dragón -, puedo echar un poco más. El aire es capaz de contenerlo todo. - ¡Sí, sí, hazlo! - volvió a exclamar el monstruo, complacido -. Sigue echando hasta que yo te lo ordene. El joven dragón así lo hizo. Pronto la altura del vino superó la de una pagoda de treinta pisos, incluido su remate. Lo más asombroso fue que no cayó al suelo ni una sola gota. Satisfecho, el monstruo se llevó la copa a los labios y bebió de un trago tan espléndida construcción. Dio después un nuevo mordisco al cadáver y preguntó: - ¿Sabes cantar? - Un poco - contestó el dragón y al instante empezó a interpretar una melodía cargada de ternura. En cuanto la hubo concluido, ofreció otra copa al monstruo, que volvió a preguntarle, complacido: - ¿Sabes bailar? - Me temo que sólo un poco - contestó el dragón -. De todas formas, hacerlo con las manos vacías puede resultar un poco aburrido para vos. El monstruo se levantó la túnica, se quitó la espada que llevaba a la cintura y, sacándola de la vaina, se la ofreció al dragón. La falsa muchacha la cogió con cuidado y empezó a bailar delante de la mesa. Su técnica era francamente admirable. Con inusitada maestría movió el arma a derecha e izquierda y arriba y abajo, creando complicadísimos movimientos. Cuando pensó que el monstruo estaba totalmente mareado, se volvió contra él y le lanzó un golpe mortal. La bestia logró hacerse a tiempo a un lado, consiguiendo que el dragón marrara por muy poco el golpe. Sin desanimarse, el servidor del monje Tang lanzó un nuevo tajazo, que fue a estrellarse contra un candelabro de hierro puro, que el dragón levantó por encima de su cabeza, a pesar de tener un peso que sobrepasaba los ochenta o noventa kilos. No había ya lugar para los engaños. El dragón recobró la forma que le era habitual y, abandonando el Salón de la Paz de Plata, se elevó por los aires, donde se enzarzó con la bestia en un estremecedor y singular combate. La oscuridad era total, pero eso no impidió que la lucha alcanzara cotas raramente conseguidas. No en balde uno de los contendientes era un monstruo originario de la Montaña de la Cacerola, y el otro, el dragón heredero de Océano Occidental. Éste lanzaba unos rayos de luz tan luminosa como la que pintan en los cielos los relámpagos, mientras aquel expelía aliento fétido que se expandía por el aire formando una nube rojiza. Eran tan radicalmente diferentes que el dragón recordaba a un elefante de blanquísimos colmillos, y el monstruo, a un tigre sanguinario con las zarpas de oro. Con razón uno había sido comparado con un pilar de jade sobre el que se sustenta el firmamento, y el otro, con el puente de oro que une las dos riberas del océano. El dragón de plata volaba con la gracia de una bailarina, mientras que el monstruo de tez amarillenta se limitaba a saltar grotescamente arriba y abajo. La espada no dejaba de lanzar tajos mortales, que eran repelidos por la precisión con la que se movía el candelabro. Tras medir sus fuerzas durante ocho o nueve asaltos seguidos en el límite mismo de las nubes, el dragón empezó a sentir un desazonador entumecimiento en manos y brazos. Después de todo, el monstruo era extremadamente fuerte y poderoso. Sabiendo que no tenía nada que hacer, el dragón lanzó contra su adversario la espada como si se tratara de una lanza. La bestia había previsto tan desesperada táctica y, levantando una mano, la agarró por el filo, al tiempo que soltaba el candelabro con todas sus fuerzas. El dragón no pudo hacerse a un lado a tiempo y el hierro le golpeó de lleno en una de sus patas traseras. Se dejó caer de las nubes a toda prisa, yendo a parar al foso del palacio imperial, salvando, de esta forma, la vida. El monstruo trató de darle caza, pero él se hundió en el agua y se hizo invisible. La bestia desistió de su empeño y, cogiendo la espada y el candelabro de hierro, regresó al Salón de la Paz de Plata, donde continuó bebiendo hasta que perdió el sentido y rodó, como un fardo, por los suelos. El dragón, mientras tanto, permaneció escondido en el fondo del foso. Al cabo de media hora de absoluto silencio apretó con fuerza los dientes para soportar el dolor que le atenazaba la pierna y saltó por encima de las nubes. De esta forma, pudo regresar a la casa de postas, donde, una vez más, se convirtió en un caballo, dejándose caer, abatido, en el suelo. Su estado no podía ser más lastimoso. Mojado hasta los huesos y con la pata herida, sólo podía inspirar compasión a quien lo viera. Como la empresa que había iniciado, hacía ya tanto tiempo, su Maestro. El Caballo de la Voluntad y el Mono de la Inteligencia habían dejado de aunar sus esfuerzos, lo mismo que el Señor del Metal y la Madre Madera. ¿Quién puede alcanzar sus propósitos, cuando la mente y la voluntad se encuentran tan divididas? Es hora ya, de todas formas, de que dejemos de hablar de las desgracias de Tripitaka y de la derrota del dragón y pasemos a ocuparnos de Chu Ba-Chie. Tras abandonar a su suerte al Bonzo Sha, escondió la cabeza entre los arbustos y empezó a hozar en el barro como el cerdo que era. A pesar del miedo, no tardó en rendirse al cansancio, roncando como si se encontrara en el lecho mismo de un rey. Tan intempestiva siesta duró hasta bien entrada la noche. Cuando, por fin, abrió los ojos y recobró la consciencia, no sabía ni dónde estaba. Tuvo que frotarse varias veces los ojos para recordar lo ocurrido. Aguzó cuanto pudo los oídos y sólo escuchó el desazonante clamor del silencio Hasta aquella montaña no llegaban jamás los ladridos de los perros ni el alborotador canto del gallo. Más tranquilo, levantó los ojos al cielo y calculó que debía de ser alrededor de la tercera vigilia. - Creo - se dijo, tranquilo del todo - que debería tratar de liberar al Bonzo Sha, pero, como suele decirse, "un hilo de seda no es lo mismo que una hebra". Además, tampoco "se puede aplaudir con una sola mano". Así que lo mejor será que vaya a ver al maestro. Si consigo convencer al rey para que mande refuerzos, mañana mismo trataré de rescatar al Bonzo Sha. El Idiota montó a toda prisa en una nube y regresó a la ciudad. No tardó mucho, de esa forma, en llegar a la casa de postas. La luna había alcanzado su cenit y todo parecía tranquilo. Pero, a pesar de registrar con cuidado todas las habitaciones, fue incapaz de encontrar al maestro. Al único que vio fue al caballo tirado lastimosamente en el suelo. Tenía el cuerpo totalmente mojado y en una de sus patas traseras se apreciaba un moratón tan grande como un cacharro para cocer arroz. - ¡Esto sí que es extraño! - exclamó Ba-Chie, más sorprendido todavía -. Que yo sepa, este animal no se ha movido de aquí y, sin embargo, está sudando y herido, como si hubiera hecho un viaje larguísimo. Pero eso es imposible. Deduzco, por tanto, que el maestro ha debido de ser víctima de unos bandidos, que se han ensañado con este pobre bruto. Al darse cuenta el caballo blanco de que era Ba-Chie, recobró la capacidad de hablar y dijo: - Hermano... Al oírlo, al Idiota le entró tal pánico que le abandonaron las fuerzas y cayó al suelo del susto. El mismo miedo le hizo ponerse de pie al poco rato. Pero, cuando se disponía a salir corriendo de allí, el caballo le agarró de la túnica con los dientes y volvió a decir: - Hermano, no entiendo por qué me tienes tanto miedo. - ¿Cómo es que hasta hoy no te ha dado por hablar? - exclamó Ba-Chie, temblando aún de pies a cabeza -. Ha tenido que suceder desgracia muy grande para que te hayas decidido a romper tu silencio. - ¿No sabes la prueba a la que ha sido sometido nuestro maestro? - preguntó, a su vez, el caballo. - No - contestó Ba-Chie, intrigado. - ¡Claro que no! - exclamó el dragón con cierto resentimiento -. El Bonzo Sha y tú os pusisteis a alardear de vuestros poderes ante el rey, pensando que podíais capturar vosotros solos al monstruo, y en realidad os convertisteis en sus víctimas. No os culpo por ello, porque sé lo fuerte y poderoso que es. Pero podíais habernos avisado por lo menos de vuestra derrota. ¿Qué importa que ello os hubiera supuesto la pérdida de vuestra recompensa? ¡Teníais que haber venido a decírnoslo! Ese maldito monstruo se hizo pasar por un atractivo y elegante literato e irrumpió en la corte, afirmando ser el yerno del rey. Pero eso no fue lo peor, porque convirtió a nuestro maestro en un tigre feroz, que hubo de ser encerrado en una jaula de hierro. Al enterarme de lo ocurrido, sentí como si me hubieran atravesado el corazón con una espada. Hacía un par de días que os habíais marchado vosotros y temí que, de no actuar con rapidez, el maestro podía muy bien ser asesinado. Así que no me quedó más opción que ir a liberarle. En la corte no pude dar con él, topándome, por el contrario, con el monstruo en el Salón de la Paz de Plata. Adopté la forma de una doncella y traté de hacerle caer en la trampa. La cosa me fue al principio tan bien que él mismo me pidió que bailara la danza de la espada. Aprovechando su embeleso, intenté atravesarle con ella, pero fallé el golpe y logró derrotarme valiéndose de un pesado candelabro de hierro. En el último momento lancé la espada contra él con todas mis fuerzas, pero ese monstruo posee una agilidad endiablada y me hirió en una pata de atrás. Fue una suerte que cayera en el foso del palacio; de lo contrario, no sé cómo hubiera salvado la vida. No necesito decirte que el moratón que tengo en esta anca fue producido por el candelabro. - ¿Es verdad todo eso? - preguntó Ba-Chie, alarmado. - ¿Por qué iba yo a engañarte? - protestó el dragón. - ¿ Qué podemos hacer? - exclamó Ba-Chie, profundamente preocupado -. ¿Puedes moverte? - ¿Para qué lo preguntas? - inquirió el dragón con cierto desprecio. - Para ver si puedes regresar por tus propios medios al océano del que procedes - contestó Ba-Chie -. Esta empresa está totalmente arruinada. Por lo que a mí respecta, ahora mismo voy a coger todas mis cosas y voy a regresar en busca de mi esposa a la aldea del viejo Gao. Al oír eso, el dragón tiró con fuerza de la túnica, impidiéndole seguir adelante con sus planes. - No comprendo cómo puedes ser tan indolente - le echó en cara llorando de pena -. No está bien renunciar a lo que se ha emprendido. - ¿Por qué no? - protestó Ba-Chie -. El Bonzo Sha se halla en poder de ese monstruo y yo soy incapaz de derrotarle. Creo que ha llegado ya la hora de marcharnos cada cual por nuestro lado. No hay nada que podamos hacer para remediar esta situación. El dragón reflexionó en silencio durante unos segundos y dijo después con los ojos anegados en lágrimas: - Creo que no deberías hablar tan pronto de marcharnos al lugar del que procedemos. Si de verdad deseas salvar al maestro, no tienes más que ir en busca de una persona y traerla aquí. - ¿De quién se trata? - preguntó Ba-Chie, sorprendido. - De nuestro hermano mayor - respondió el dragón -. Opino que deberías montar en una nube e ir cuanto antes a la Montaña de las Flores y Frutos. Es preciso que convenzas al Peregrino Sun de que venga aquí sin pérdida de tiempo. No cabe duda de que él posee un dharma lo suficientemente poderoso para dominar al monstruo y liberar a nuestro maestro. De esa forma, veremos vengada nuestra derrota. - No, no - replicó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Es mejor que vaya otro. Ese mono y yo no nos llevamos muy bien que digamos, ¿sabes? Cuando dio muerte a la Dama de los Huesos Blancos en la Montaña del Tigre, se enemistó para siempre conmigo, porque aconsejé al maestro que recitara el conjuro que le produce esos terribles dolores de cabeza. Reconozco que obré muy a la ligera, pero la verdad es que en ningún momento pensé que iba a hacerme caso y, menos aún, que fuera a arrojar de su lado a nuestro hermano. Estoy seguro de que me odia con toda su alma y de que, diga lo que le diga, jamás se avendrá a regresar conmigo. Supón que nos ponemos a discutir. Ya sabes lo fuerte y pesada que es su barra de hierro. Si la vuelve contra mí y me arrea un porrazo con ella, mal me las veré para seguir con vida. - Sabes que jamás hará una cosa así - contestó el dragón -. Mal que te pese, se trata de una persona recta y de nobles sentimientos. Cuando le veas, no le digas que el maestro está en peligro. Coméntale simplemente que no deja de pensar en él y haz todo lo que se te ocurra para hacerle volver. En cuanto venga y vea lo que está sucediendo, se pondrá furioso y retará a ese monstruo sin entrañas. Así, cuando le haya derrotado, salvará a nuestro maestro y podremos proseguir el viaje. - Está bien - concluyó Ba-Chie -. Si no hago lo que dices, todo el mundo pensará que soy un irresponsable y un desagradecido. Así que iré en busca del Peregrino y, si no se niega a acompañarme, regresaré con él. Pero te advierto una cosa: si no accede a venir conmigo, no me esperes, porque yo tampoco pienso volver. - Vete cuanto antes - le urgió el dragón -. Le conozco bien y sé que vendrá. El Idiota puso a un lado el tridente y se arregló un poco la ropa. Se elevó después por los aires y, tras montar en una nube, se dirigió hacia el este. Era claro que la hora del monje Tang no había llegado todavía De ahí que el viento soplara con fuerza en la dirección que él llevaba. Era, de hecho, tan fuerte que el Idiota no tuvo más que desplegar sus enormes orejas para desplazarse a toda velocidad a través del Océano Oriental. Parecía como si dispusiera de velas y las hubiera izado de espaldas al viento. El sol acababa de salir, cuando llegó al final del viaje y saltó de la nube. No había dado diez pasos, cuando creyó oír a alguien hablando. Miro con cuidado en la dirección en que venían las voces y vio al Peregrino sentado en una roca enorme que se levantaba en el centro mismo de un valle. Ante él había más de mil doscientos monos alineados en formación militar, que gritaban entusiasmados: - ¡Viva nuestro padre, el Gran Sabio! - ¡Qué maravilla! - exclamó para sí Ba-Chie -. Ahora comprendo por qué no quiere seguir siendo un monje. Aquí está mucho mejor servido que por los caminos. Basta mirar a esos monos para darse cuenta cariño y la devoción que le profesan. Si yo tuviera una granja tan espléndida como este lugar, también renunciaría al monacato, pero desgraciadamente no es ése mi caso. ¿Qué puedo hacer ahora? Creo que lo mejor será que me deje ver cuanto antes. Pero el Idiota tenía miedo del Peregrino y no se atrevió a dejarse ver abiertamente. Se deslizó por la hierba a cuatro patas y, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se adentró entre las abigarradas filas de los monos. Pero no había contado con la aguda vista del Gran Sabio que, se percató en seguida de su presencia y, levantando la voz, preguntó. - ¿Quién es ese salvaje que anda rompiendo el orden que reina en nuestras filas? ¿Puede saberse de dónde ha salido? ¡Traedle inmediatamente a mi presencia! Apenas había acabado de decirlo, cuando los monos empujaron a Ba-Chie hacia delante con la efectividad de un enjambre de abejas y le forzaron a mantener el rostro pegado al suelo. - ¿Puede saberse de dónde eres, salvaje? - preguntó el Peregrino. - No necesito deciros el gran honor que me hacéis, al dirigirme la palabra - contestó Ba-Chie, sin atreverse a levantar la cabeza -. De todas formas, he de advertiros que no soy ningún salvaje, sino un viejo conocido vuestro. - ¡No me digas! - exclamó el Peregrino -. Todos los monos bajo mi mando poseen unos rasgos muy parecidos que en nada recuerdan a ese rostro tan repulsivo que tú tienes. Por fuerza debes de ser algún monstruo de una región muy distante de aquí. Si deseas convertirte en súbdito mío, lo que tienes que hacer es escribir tu nombre, tu edad y todos tus demás datos en una tablilla y entregársela a cualquiera de mis subalternos. Ya te llamaremos a filas, cuando llegue el momento oportuno. Si te he llamado salvaje, ha sido porque te has presentado ante mí sin tener en cuenta la más mínima etiqueta. ¿Cómo te has atrevido a hacer una cosa así? - Siento haberos ofendido - respondió Ba-Chie con la cabeza inclinada del todo -, pero, aunque no lo creáis, he sido hermano vuestro durante un buen número de años. Si me habéis tildado de salvaje, ha sido porque, simplemente, no me habéis reconocido. - ¿De verdad? - volvió a exclamar el Peregrino -. Levanta la cabeza para que te vea bien. Tímidamente el Idiota levantó el morro y dijo, temblando de pies a cabeza: - Espero que, aunque no os acordéis de mí, recordéis al menos mi inconfundible morro. El Peregrino pudo aguantar la risa y exclamó: - ¡Chu Ba-Chie! - Sí, sí. Chu Ba-Chie - gritó, a su vez, el Idiota, poniéndose de pie de un salto -. ¡Yo soy Chu Ba-Chie! - Después se dijo, más calmado -: Ahora, que me ha reconocido, no me costará tanto trabajo expresarme como es debido. - Se puede saber por qué no estás acompañando al monje Tang en su noble intento de hacerse con las escrituras sagradas? No me digas que también tú le has ofendido y por eso te ha apartado, como a mí, de su lado. ¿Te ha entregado alguna carta de despido? Si es así, me gustaría verla. - ¿Por qué habría de entregarme una carta de ese tipo, si ni le he ofendido ni me ha expulsado de su compañía? - replicó Ba-Chie. En ese caso - insistió el Peregrino -, ¿por qué estás aquí y no junto a él? - El maestro no ha dejado de pensar en ti ni un solo momento y me ha pedido que venga a rogarte que vuelvas a su lado. - Eso no es verdad - protestó el Peregrino -. Ni ha pensado en mí ni te ha pedido hacer lo que afirmas. El día que me expulsó de su compañía juró ante el Cielo que no lo haría jamás. ¿Cómo va a volverse atrás ahora? Además, aunque fuera cierto, no estoy dispuesto a humillarme de nuevo ante él. - ¡Pero es cierto que te ha tenido presente en todo momento! - mintió Ba-Chie con vehemencia -. ¡Jamás ha dejado de pensar en ti! - ¿Puedes darme algún dato concreto de cuándo sucedió eso? - preguntó el Peregrino, incrédulo aún. - Al poco de marcharte, el maestro iba montado en su caballo, levantó la voz y nos llamó a su lado, pero ni el Bonzo Sha ni yo pudimos oírle. Fue como si, de pronto, nos hubiéramos vuelto sordos. Eso le hizo al maestro acordarse de ti, tildándonos de inútiles y poniéndote por las nubes. Dijo que tú respondías al instante a sus llamadas y que poseías una inteligencia tan despierta que para cualquier tipo de problema siempre disponías por lo menos de diez soluciones. Fue así como te sacó a colación. No pasó después mucho tiempo antes de que me enviara a pedirte que regreses a su lado. Obedécele, por favor. Si quieres hacerlo por él, hazlo al menos por la molestia que me he tomado al venir desde tan lejos a transmitirte la orden del maestro. Al oír eso, el Peregrino saltó de la enorme roca en la que estaba sentado y, agarrando de las manos a Ba-Chie, dijo: - Lamento que por mi culpa hayas tenido que hacer un viaje tan largo. Creo que lo mejor que puedo hacer ahora por ti es festejarte como mereces. - No, no - protestó Ba-Chie -. Este lugar está un poco apartado y no me gusta hacer esperar demasiado al maestro. Sería conveniente que nos fuéramos cuanto antes. - Después de todo - insistió el Peregrino -, es la primera vez que vienes aquí. ¿Qué te cuesta echar un vistazo a mi montaña? El Idiota no se atrevió a negarse otra vez y siguió, sin rechistar a su hermano. Agarrados de la mano, se dirigieron hacia el punto más alto de la Montaña de las Flores y Frutos. Los otros monos siguieron en silencio sus pasos. La montaña había sufrido una completa remodelación después de la vuelta del Gran Sabio. Él mismo se encargó de devolverle su antiguo esplendor, trabajando duramente con sus propias manos. Aparecía, pues, tan cubierta de verdor que recordaba una pieza labrada de jade, y tan alta que su cumbre se perdía entre las nubes. Por doquier se veían tigres agachados y dragones enrollados, que escuchaban, impertérritos, los continuos gritos de los simios y las garzas. Al amanecer, las nubes parecían dormitar sobre la cima y a la caída de la tarde el sol daba la impresión de querer acostarse sobre el bosque. En la atmósfera flotaba un murmullo de aguas que recordaban el tintineante sonido del jade y las notas salteadas de un enorme salterio. Enfrente de la montaña se elevaban altísimas cordilleras de empinados acantilados, mientras que en su parte posterior se extendían interminables alfombras de flores y bosques impenetrables. Ella misma poseía una altura tal que su cumbre tocaba el recipiente celeste en el que se lava el cabello la Doncella de Jade, uniendo la tierra con un afluente del Río Celeste. La belleza de cuanto allí se contemplaba superaba con mucho a la de Peng-Lai. Se trataba, en verdad, de un habitáculo surgido del primer aliento que dio vida al cosmos. Era un lugar tan perfecto que ningún artista podía llevarlo al papel, resultando difícil, incluso para un inmortal, plasmarlo en un rollo de seda. Las extrañas formas de sus rocas parecían salidas de las manos de un afamado escultor, lo mismo que los colores que se apreciaban en la cumbre, obra indiscutible de algún maestro pintor. Hasta el sol parecía complacerse en su belleza, resaltando con la fuerza de sus rayos la perfección de todos los contornos. Una atmósfera de beatitud reinaba en aquel paraíso, en el que moraban las neblinas rojizas de la felicidad. Aquélla era, en verdad, una caverna un santo lugar sin comparación con ningún otro, una extraordinaria montaña llena de flores frescas y frondosos árboles. Embelesado ante el esplendor de cuanto veía, Ba-Chie no pudo por menos exclamar: - ¡Éste es un lugar ciertamente encantador! Dudo que halla en el mundo otra montaña como ésta. - ¿No te gustaría pasar aquí el tiempo? - le tentó el Peregrino. - ¡Vaya forma de hablar que tienes! - volvió a exclamar Ba-Chie, sonriendo -. Éste es un lugar en el que el cielo ha vertido todas sus bendiciones y ¿me hablas de pasar aquí el tiempo? ¡Debes de estar bromeando! Durante horas y horas los dos charlaron amigablemente, sentados en la cumbre de aquella montaña sagrada. Cuando, por fin, se decidieron a bajar, se encontraron con una hilera interminable de monos que sostenían en sus manos bandejas llenas de uvas de color púrpura, aromáticas peras, melocotones de un atractivo dorado brillante y fresas de color rojo oscuro. Se arrodillaron a un lado del camino y, levantando la voz, dijeron: - Tomad lo que queráis, Gran Sabio. Es la hora del desayuno y tono habéis tomado nada. - Mi hermano Chu tiene un apetito insaciable, pero no le gusta desayunar fruta - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Espero, de todas formas, que no lo tome a mal y acepte todo esto a manera de simple aperitivo. - Si bien es cierto que poseo un extraordinario apetito, mi lema siempre ha sido amoldarme a las costumbres de los lugares que visito. Así que no os llevéis todo esto. Si no os importa, voy a probar un poco de estas frutas. Sin más, los dos se pusieron a comer vorazmente. El sol estaba ya alto cuando acabaron de desayunar. Temiendo que no quedara mucho tiempo para salvar al monje Tang, el Idiota trató de meter prisa a su compañero, diciendo: - Tenemos que darnos prisa. El maestro debe de estar esperándonos con cierta impaciencia. - ¿A qué viene tanta premura? - protestó el Peregrino -. Antes de partir, deseo que te diviertas un poco más conmigo en la Caverna de la Cortina de Agua. - Te lo agradezco de veras - respondió Ba-Chie, declinando la invitación -, pero el maestro debe de estar muy intranquilo por nuestra tardanza. Ya entraremos en tu caverna la próxima vez que pase por aquí. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, no voy a demorar más tu marcha. Nos despediremos aquí mismo. - ¿Es que no piensas venir conmigo? - exclamó Ba-Chie, muy intranquilo. - ¿Adonde? - preguntó el Peregrino -. Éste es mi lugar. Ni el Cielo ni la Tierra tienen poder alguno sobre él. Aquí gozo de una libertad total. ¿Qué necesidad tengo de renunciar a todo esto para convertirme de nuevo en un monje sin futuro? Lo siento mucho, pero no pienso moverme de aquí. Me temo que tendrás que marcharte tan solo como has venido. Dile al monje Tang que no vuelva a pensar más en mí. Si no, que no me hubiera apartado de su lado de la forma como lo hizo. El Idiota no se atrevió a insistir, por temor a que el Peregrino perdiera la paciencia y le diera unos cuantos golpes con su barra de hierro. No le quedó, pues, más remedio que despedirse de él e iniciar el camino de vuelta. Al verle partir tan cabizbajo, el Peregrino ordenó a dos monos que le siguieran y escucharan con atención lo que dijera. Apenas había cubierto tres o cuatro kilómetros montaña abajo, cuando el Idiota se dio de pronto la vuelta y, apuntando con un dedo en la dirección en la que debía de encontrarse el Peregrino, gritó con inusitada rabia: - ¡Maldito mono! ¿Así que renuncias a ser un monje para convertirte en un monstruo de mala calaña? ¡Está bien! ¡Allá tú! Yo he venido con toda intención a pedirte que volvieras, pero no has querido hacerme caso. Nadie podrá echarme jamás nada en cara. Yo he hecho lo que tenía que hacer. ¡Libre eres tú de obrar como te plazca! Dio unos cuantos pasos más y de nuevo empezó con sus imprecaciones. Los dos monos corrieron junto a su señor y le informaron cuanto habían visto, diciendo: - Ese Chu Ba-Chie anda un poco mal de la cabeza. No deja de injuriaros mientras camina. - ¡Traedle ante mí inmediatamente! - gritó el Peregrino, fue de sí. Los monos salieron en persecución de Ba-Chie, que se vio sometido en un abrir y cerrar de ojos. Algunos le agarraron de los pelos, otros le tiraron sin ninguna consideración de las orejas y los más se cebaron con su frágil rabo. De esta forma, no tardó en quedar reducido, siendo posteriormente conducido a la caverna de su antiguo hermano. No sabemos cómo fue tratado allí ni lo que le pasó. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第031回 CHU BA-CHIE HACE RENACER EN EL REY DE LOS MONOS EL SENTIMIENTO DE LA CABALLEROSIDAD. CON AYUDA DE LA SABIDURÍA EL PEREGRINO SUN DERROTA AL MONSTRUO El dharma recobra su auténtico modo de ser, cuando el justo obrar se hermana con los sentimientos más nobles. Entonces el dócil metal y la madera gentil se compenetran de una manera tan perfecta que producen el mismo fruto. El Mono de la Mente y la Madre Madera constituyen, así, el auténtico elixir, alcanzando ambos la suprema felicidad y llegando juntos a las puertas de la Verdad Absoluta. No existe camino más seguro para alcanzar la perfección que los sutras. Quien los recita se hace uno con el espíritu universal de Buda. Los hermanos son como ramas de un mismo árbol, mientras que los demonios y monstruos son seres sujetos al sufrimiento de las Cinco Fases. Sólo quien sea capaz de poner fin al sendero de las bifurcaciones 2 será capaz de alcanzar el Gran Palacio del Trueno. Decíamos que, en cuanto los monos dieron alcance al Idiota, le destrozaron la túnica y le llevaron a la caverna de su antiguo hermano. Ba-Chie estaba tan aterrado que no dejaba de murmurar: - Todo se ha acabado. El Peregrino tiene un carácter tan colérico que no parará hasta que me haya reducido a pulpa con su barra. Los monos eran tan ágiles que no tardaron en llegar a la entrada de la cueva. El Gran Sabio estaba sentado en lo alto de una roca y, al ver aparecer al Idiota, gritó, enfurecido: - ¡Jamás imaginé que pudieras ser tan tonto! ¿Por qué has tenido que insultarme? ¿Es que no te parecía suficiente continuar tranquilamente tu camino? - Yo nunca te he insultado - se defendió Ba-Chie, echándose rostro en tierra -. Si lo hubiera hecho, ten por seguro que ahora mismo me arrancaría la lengua. Sólo he dicho que, si no querías venir conmigo nadie podía obligarte a hacerlo. Estás en tu derecho al quedarte aquí, y no soy yo quién para juzgarte. ¿De dónde has sacado que yo te he insultado? - No trates de engañarme - le aconsejó el Peregrino -. Sabes muy bien que con el oído izquierdo tapado soy capaz de oír cualquier conversación que tenga lugar en el Trigésimo Tercer Cielo y que, si me tapo el derecho con la mano, puedo descubrir lo que estén discutiendo ahora mismo los Diez Reyes del Infierno con sus funcionarios. Sé que, mientras caminabas, no dejabas de despotricar contra mí. ¿Cómo puedes pretender que no lo haya oído con mis propias orejas? - No, no. A mí no me engañas - contestó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Te conozco demasiado bien y sé que no hay hombre más astuto que tú. Lo más seguro es que te hayas convertido en cualquier criatura y me hayas seguido. ¿A qué viene eso de tu finura de oído? ¡No es más que una burda patraña! - Coged una caña y dadle, para empezar, veinte golpes en las piernas - ordenó el Peregrino a sus subalternos -. Después propinadle otros veinte en la espalda. Yo mismo me encargaré de redondear el castigo con mi barra de hierro. Ba-Chie estaba tan aterrado que empezó a golpear el suelo con la frente, sin dejar de gritar: - ¡Perdonadme, por el recuerdo de nuestro maestro! - ¡Qué me importa ya el maestro! - exclamó el Peregrino -. ¡Otro que tal! - Si no lo hacéis por él - insistió Ba-Chie -, hacedlo, al menos, por la Bodhisattva. ¡Perdonadme, os lo suplico! Al oír hablar de la Bodhisattva, el Peregrino pareció amainar su furor y dijo: - Si retiras de buen grado todo lo que has dicho en mi contra, no te azotaré de momento. Pero debes decirme la verdad y no tratar de engañarme más. ¿A qué clase de prueba está sometido el monje Tang, para que te hayas decidido a venir a solicitar mi ayuda? - A ninguna - contestó Ba-Chie -. Como te he dicho antes, no para de pensar en ti. Eso es todo. - Eres tan idiota que parece como si te gustara ser azotado una y mil veces - exclamó el Peregrino -. ¿Por qué te empeñas en hacerme ver lo que no es? Aunque mi cuerpo ha regresado a la Caverna de la Cortina de Agua, mi corazón sigue al lado del buscador de escrituras. Su empresa es tal que, a cada paso que da, le sale al encuentro un peligro insalvable. Es su sino sufrir sin medida en cada uno de los lugares por los que va pasando. Así que, si no quieres ser despellejado con estos vergajos, lo mejor es que me digas cuanto antes de qué se trata. Al oír esa confesión, Ba-Chie aceleró el ritmo de sus inclinaciones de cabeza y dijo, asombrado: - Reconozco que estaba tratando de hacerte venir conmigo, sirviéndome de una mentira vulgar. Si lo he hecho, ha sido porque no sabía lo inteligente y noble que eres. Ahórrame el castigo y déjame ponerme de pie. Así podré contarte lo que ha sucedido. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Ponte de pie y habla de una vez. Los monos soltaron al Idiota al mismo tiempo y empezaron a mirar a derecha e izquierda con ademán salvaje. Ba-Chie, por su parte, comenzó a estudiar detenidamente el terreno, haciendo una serie de gestos extraños. - ¿Se puede saber para qué haces esas tonterías? - le increpó el Peregrino. - Para ver por dónde puedo escapar mejor - contestó Ba-Chie con inesperada sinceridad. - ¿Y adónde crees que ibas a ir? - replicó el Peregrino -. Te alcanzaría, aunque me llevaras tres días de ventaja. Así que es mejor que hables cuanto antes, porque, si me haces perder la paciencia de nuevo, ten por seguro que te mandaré azotar. - Está es la verdad, hermano - respondió Ba-Chie -: después de dejarnos, seguimos adelante y no tardamos en llegar a un bosque de pinos muy oscuros. El maestro desmontó y me ordenó que fuera a mendigar un poco de comida vegetariana. Aunque anduve como un loco, fui incapaz de hallar una sola alquería. Lo peor fue que el paseo me cansó más de la cuenta y hube de tumbarme en la hierba a echar una pequeña siesta. Al ver que tardaba en regresar más de lo esperado, el Bonzo Sha salió en mi busca, dejando solo al maestro. Ya sabes que es un hombre que no puede estarse quieto ni un segundo y empezó a andar por el bosque sin rumbo alguno. Fue así como llegó ante una especie de pagoda tan luminosa que parecía estar cubierta de oro y piedras preciosas. Él creyó que se trataba de un monasterio y no tomó ningún tipo de precauciones. A decir verdad, resultaba difícil imaginar que aquélla fuera la morada de un monstruo llamado de la Túnica Amarilla, que le capturó sin ninguna dificultad con el fin de comerle aquella misma noche. Cuando el Bonzo Sha y yo regresamos al punto en el que le habíamos dejado, sólo encontramos el equipaje y el caballo. Del maestro no había el menor rastro. Preocupados, le buscamos por todas partes, hasta que también nosotros fuimos a parar a la puerta de la caverna, donde nos enfrentamos con el monstruo. Mientras luchábamos, el maestro tuvo la suerte de toparse con una estrella salvadora, que resultó ser, nada más y nada menos, que la tercera princesa del Reino del Elefante Sagrado. Hacía muchos años que había sido secuestrada por la bestia, que la obligó a casarse con él. A toda prisa escribió una carta para los suyos y pidió al maestro que se la llevara personalmente. Por esa razón persuadió al monstruo para que renunciara a devorarnos y nos dejara marchar. Cuando llegamos al Reino del Elefante Sagrado, cumplimos lo mejor que pudimos el encargo de la princesa. Pero la cosa se complicó, al pedir el rey a nuestro maestro que apresara al monstruo. Pero ¿cómo iba a hacer una cosa así un monje tan timorato como él? Tuvimos que encargarnos nosotros de cumplir los deseos de su majestad, retando a la bestia y enfrentándonos a ella en singular batalla. Sin embargo, sus poderes mágicos eran incalculables y el Bonzo Sha cayó presa de sus artes. Yo logré escapar a duras penas, escondiéndome oportunamente entre la hierba. Envalentonado, el monstruo se transformó en un literato de aspecto tan distinguido y atractivo que fue aceptado de inmediato en la corte, donde obtuvo el reconocimiento imperial. El maestro, por otra parte, fue convertido en un tigre tan fiero que hubo de ser inmediatamente encerrado en una jaula. Fue una suerte que aquella misma noche el caballo-dragón fuera en su busca. Por supuesto, no pudo llegar hasta donde él estaba, pero, al pasar por el Salón de la Paz de Plata, vio al monstruo emborrachándose y se transformó en una doncella. Le sirvió todo el vino que pudo, llegando incluso a bailar la danza de la espada con la intención de darle muerte en cuanto se descuidara. Las cosas, sin embargo, no salieron como había previsto y recibió un golpe terrible con un candelabro muy pesado. Fue el dragón el que me sugirió que viniera a buscarte. Dijo que eras una persona de sentimientos nobles a la que repugna el mal obrar, y que, en cuanto te enteraras de lo sucedido, acudirías sin duda alguna a liberar al maestro. Eso mismo es lo que yo pienso de ti. Por eso, ahora te pido que recuerdes el dicho de que "quien ha sido una vez tu maestro se convierte en padre tuyo para toda la vida", y vayas sin pérdida de tiempo a ayudarle. - ¡Qué estúpido eres! - le regañó el Peregrino -. ¿No te advertí la hora de despedirme que, si el maestro caía presa de un monstruo, debías decirle que yo era discípulo suyo? ¿Se puede saber por qué no lo hiciste? Antes de contestar, Ba-Chie se dijo: - Provocar a un guerrero es mucho más efectivo que hablar con él. Así que voy a tratar de irritarle un poco. Levantó después la voz y añadió: - Hubiera sido mucho mejor no hablarle de ti, porque, en cuanto oyó tu nombre, se puso aún más fanfarrón. - ¿Qué quieres decir? - preguntó el Peregrino. - Cuando vi aparecer al monstruo - contestó Ba-Chie -, le dije: "Deja tu orgullo a un lado y permite marchar a mi maestro, porque el mejor de sus discípulos es el Peregrino Sun. No necesito recordarte que sus poderes mágicos son inigualables y que, por lo tanto, puede dominar a cuantos monstruos se le pongan por delante. Si no haces lo que te digo, te hará picadillo antes de que hayas elegido el lugar de tumba". Pero, lejos de amedrentarse, el monstruo se puso todavía más furioso y replicó: "¿Quién es ese Peregrino Sun? Te juro que, si aparece por aquí, le despellejaré vivo, le arrancaré los tendones y los huesos y después le comeré el corazón. Me trae sin cuidado que ese maldito mono esté gordo o delgado, porque, tras hacerle picadillo, pienso freírle en mi sartén". Al oír eso, el Peregrino se puso tan furioso que empezó a saltar como un loco y a arañarse las mejillas de rabia, mientras gritaba: - ¿Quién es ese monstruo que osa burlarse de esa forma de mí? - Cálmate, por favor - le aconsejó Ba-Chie -. Te he dicho ya antes que se trataba del Demonio de la Túnica Amarilla. - Levántate, anda - ordenó el Peregrino -. Tengo que enfrentarme cuanto antes a esa bestia. No estaré tranquilo hasta que no le haya derrotado. ¡Jamás me ha tratado nadie con tan poco respeto como él! Hace quinientos años, cuando sumí al Cielo en la confusión que ya sabes, todos los guerreros celestes se inclinaban ante mí en cuanto me veían. Me tenían tanto respeto que me llamaban Gran Sabio. ¿Cómo se atreve ese monstruo fanfarrón a burlarse de esa forma de mí? Sólo capturándole y reduciéndole a picadillo podré reparar mi honor ofendido. Regresaré aquí en cuanto lo haya hecho. - Eso es exactamente lo que acabo de pedirte - respondió Ba-Chie -. Atrapa primero al monstruo y, cuando hayas lavado tu buen nombre, vuelve a tus dominios, si es eso lo que deseas. De un salto el Gran Sabio bajó de la roca en la que estaba sentado y entró a toda prisa en la caverna. Allí se despojó de sus vestimentas de monstruo, cambiándolas por su camisa de seda y su túnica de piel de tigre. Vestido de esa guisa, salió al poco rato con la barra de hierro en las manos. Desconcertados, los monos se negaban a dejarle partir, preguntándole con insistencia: - ¿Se puede saber adónde vais? ¿No es mejor para todos que os quedéis aquí a nuestro lado, protegiéndonos y disfrutando cuanto queráis? - Tened cuidado con lo que habláis - les aconsejó el Peregrino -. No es un asunto sin importancia que me haya convertido en protector del monje Tang. El Cielo y la Tierra están enterados de que yo, Sun Wu-Kung, soy su discípulo. Cuando me alejó de su lado, no lo hizo para siempre, sino que me encargó que descansara cuanto pudiera y me uniera después de nuevo a su empresa. Las cosas están así y no hay vuelta de hoja. Cuidad de todo esto y no os olvidéis de plantar sauces y pinos. Regresaré a vuestro lado cuando el monje Tang haya conseguido las escrituras y las haya llevado, sano y salvo, a las Tierras del Este. Sólo entonces habré alcanzado un mérito imperecedero y podré volver a vuestro lado a gozar de los placeres de la naturaleza. Ante tales razones los monos no se atrevieron a seguir oponiéndose a sus planes. El Gran Sabio montó entonces en una nube y, abandonando la caverna en compañía de Ba-Chie, cruzó el Gran Océano Oriental. Al alcanzar la orilla occidental, detuvo de pronto la luminosidad en la que viajaba y dijo a su hermano: - Permíteme detenerme un momento, para que pueda purificarme en las aguas del océano. - ¿Qué necesidad tienes de bañarte? - le regañó Ba-Chie -. Andamos muy cortos de tiempo. - No lo comprendes - le explicó el Peregrino -. Aunque no son muchos los días que llevo lejos de vosotros, he adquirido un hedor de monstruo que ni yo mismo lo soporto. Sé lo mucho que el maestro valora la limpieza y temo que, si me presento ante él de esta forma, vaya a enfadarse conmigo. Sólo entonces cayó Ba-Chie en la cuenta de cuan honrado y sincero era el Peregrino. El Gran Sabio no empleó mucho tiempo en bañarse, por lo que no tardaron en proseguir su viaje en dirección oeste. Al poco de reanudada la marcha, vieron el brillo cegador de lo que parecía ser una pagoda de oro. Ba-Chie la señaló con el dedo y dijo: - Ésa es la morada del Monstruo de la Túnica Amarilla. No necesito recordarte que el Bonzo Sha está todavía en su interior. - Quédate aquí, mientras yo voy a enfrentarme con ese maldito demonio - ordenó el Peregrino -. Ya es hora de que le dé su merecido. - No lo hagas - sugirió Ba-Chie -. El monstruo no está ahora en casa. - Ya lo sé - contestó el Peregrino y, pese a todo, saltó de la nube. En cuanto hubo tocado tierra, se dirigió directamente a la entrada de la cueva, donde se encontró con dos muchachos jóvenes jugando a la pelota. Uno tenía entre ocho y nueve años, mientras que el otro no hacía mucho que había cumplido los diez. El Peregrino se llegó hasta ellos y, sin importarle la edad o la familia a la que pudieran pertenecer, los agarró por los pelos, levantándolos en alto. Aterrados, los niños empezaron a gritar de tal manera que los diablillos que guardaban la entrada de la Caverna de la Corriente Lunar corrieron a informar a la princesa de lo sucedido, diciendo: - Alguien se ha llevado a los dos jóvenes príncipes, señora. ¡Los niños eran, en efecto, los hijos de la princesa y el monstruo. Al oír aquélla tan alarmantes nuevas, corrió, desesperada, al exterior de cueva. El Peregrino estaba de pie en lo alto de un acantilado con los chicos fuertemente agarrados y, según todos los indicios, dispuesto a dejarlos caer entre la rocalla. - ¡Eh, tú! - gritó la princesa, espantada -. ¿Por qué has atrapado a esas criaturas, si no ha mediado entre nosotros conflicto alguno? Te advierto que su padre es muy colérico y que, si llega a pasarles algo, te lo hará pagar muy caro. - ¿No me reconoces? - preguntó el Peregrino -. Soy Sun Wu-Kung el discípulo más antiguo del monje Tang, y sé que tenéis prisionero a mi hermano, el Bonzo Sha. Si le pones en libertad, te devolveré estos dos niños. Sales ganando con el cambio. Al fin y al cabo, te ofrezco dos por uno. La Princesa corrió al interior de la cueva y ordenó a los monstruos que guardaban la puerta que se hicieran a un lado. Ella misma se encargó después de desatar al Bonzo Sha. - Es mejor que no lo hagas, princesa - le aconsejó éste -. Si tu marido vuelve a casa y exige entrevistarse conmigo, seguro que va a ponerse otra vez como una fiera contigo. - Sois mi benefactor - afirmó la princesa -. No sólo enviasteis la carta que os pedí, sino que incluso me salvasteis la vida. Estaba tratando de encontrar la forma de liberaros, cuando se ha presentado Sun Wu-Kung exigiéndome que os libere. Al oír el nombre de Sun Wu-Kung, el Bonzo Sha sintió como si la cabeza le estuviera dando vueltas a causa del licor y su corazón se hallara inmerso en un baño de dulce rocío. La alegría parecía desbordarle por todos los poros de su cuerpo y el rostro se le iluminó como si fuera parte del milagro de la primavera. Su reacción no fue la de quien oye anunciar la llegada de alguien, sino la de quien acaba de descubrir un lingote de hierro o un bloque de jade. Sin dejar de sacudirse el polvo con las manos, salió fuera de la caverna e, inclinándose ante el Peregrino, dijo, alborozado: - ¡Habéis venido que ni llovido del Cielo! Tened compasión de mí, os lo suplico. - ¡Cuidado que eres inconstante! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Cuando el maestro recitó su conjuro, no dijiste ni una sola palabra en favor mío. ¿Por qué no lo hiciste? Además, ¿se puede saber qué es lo que haces aquí vagueando, en vez de acompañar al maestro en su largo periplo hacia el Oeste? - ¿Por qué os mostráis tan duro conmigo? - protestó el Bonzo Sha -. Como todo el mundo afirma, un caballero auténtico siempre perdona y olvida. Nosotros no somos más que comandantes de un ejército totalmente aplastado. ¿De qué nos sirven ahora las razones? ¡Apiadaos de nosotros y salvadnos! - Está bien - concluyó el Peregrino -. Sube aquí. El Bonzo Sha se llegó de un salto hasta lo alto del acantilado. Al verle abandonar su prisión, Ba-Chie se dejó caer desde lo alto, gritando, loco de alegría: - ¡Qué mal has tenido que pasarlo! ¡Qué prueba más horrible! - ¿Se puede saber dónde te habías metido? - inquirió el Bonzo Sha. - Después de ser derrotado - explicó Ba-Chie -, entré de noche en la ciudad, donde por medio del caballo me enteré de que el maestro se encontraba en un grave aprieto. El monstruo de la Túnica Amarilla le había convertido en un tigre y el alazán me sugirió que convenciera a nuestro hermano para que volviera. Dejémonos ahora de cotilleos - dijo el Peregrino -. Coged a estos críos y llevadlos a la ciudad del Elefante Sagrado. No dudo de que el monstruo se pondrá furioso al veros y os seguirá hasta aquí. Procurad provocarle, para que pueda darle muerte con más facilidad. - ¡Cómo quieres que le provoquemos? - preguntó el Bonzo Sha. - Montad en una nube y colocaos exactamente encima del Palacio los Carillones de Oro - sugirió el Peregrino -. Después sólo tenéis que hacer una cosa: tirar a los niños, procurando que caigan lo más cerca posible de los escalones de jade blanco. Si alguien os pregunta de quién son hijos, responded simplemente que del Monstruo de la Túnica Amarilla y que los habéis capturado vosotros solitos. Cuando el monstruo se entere, tratará de daros caza y vosotros le traeréis aquí. No quiero enfrentarme a él en el interior de la ciudad, porque la lucha levantará oleadas de lodo y polvo, y toda la población y hasta la misma corte sufrirían las consecuencias. - No sé cómo te las arreglas - respondió Ba-Chie, sonriendo -, pero siempre que haces algo, nos toca a nosotros la peor parte. - ¿Qué quieres decir? - preguntó el Peregrino. - Esos dos críos están que no caben en sí de miedo - contestó Ba-Chie -. Tú mismo puedes verlo. Han gritado tanto que están totalmente afónicos. Por si eso fuera poco, decides que mueran estrellados contra el suelo y convertidos en un amasijo irreconocible de carne. ¿Crees que el monstruo nos va a dejar escapar, en cuanto nos eche mano? ¡Ni lo pienses! En un descuido que tengas acabará con nosotros. Además, nadie nos garantiza que no tengas que retirarte en un momento dado. ¿No es eso dejarnos a nosotros con la peor parte? - Si se vuelve contra vosotros, traedle hacia aquí - repitió el Peregrino -. Este paraje es ideal para una batalla. Recordad que aquí estaré esperándole. - Tienes razón - admitió el Bonzo Sha -. Venga. Vayámonos cuanto antes. No había acabado de decirlo, cuando echaron mano a los chicos, montaron en una nube y se dirigieron hacia la ciudad. El Peregrino, por su parte, saltó de la roca en la que estaba sentado y se encaminó hacia la puerta de la pagoda. - ¡Eh tú! - le gritó la princesa -. ¿Siempre cumples así tus promesas? No hay quien pueda fiarse de ti. Dijiste que soltarías a los niños en cuanto liberara a tu amigo. Yo he cumplido con mi parte. ¿por qué no has hecho tú lo mismo? Además, ¿adónde los has enviado? - No os enojéis conmigo, princesa - respondió el Peregrino riendo -. Lleváis demasiado tiempo aquí y he pensado que sería conveniente confiar a su abuelo el cuidado de vuestros hijos. - Debes andarte con cuidado, monje - le aconsejó la princesa -. Mi marido, el Monstruo de la Túnica Amarilla, no es una persona común. Si asustas a los niños, tendrás que calmarlos antes de que los vea. - ¿Sabéis cuál es el crimen mayor que puede cometer en este mundo un ser humano? - preguntó el Peregrino. - Por supuesto que sí - contestó la princesa. - ¿Cómo puedes saberlo, si no eres más que una mujer? - volvió a preguntar el Peregrino. - Me lo enseñaron mis padres en el palacio, cuando yo era muy pequeña - respondió la princesa -. Recuerdo que en un viejo libro se afirmaba: "Con los cinco castigos pueden resarcirse más de tres mil crímenes, el mayor de los cuales es desoír las exigencias de la piedad filial 4". - Me temo que vos no os habéis distinguido precisamente por esa virtud - comentó el Peregrino -. Recordad lo que dice el poema: "Mi padre me engendró y mi madre cuidó con esmero de mí. ¡Cuántas calamidades han padecido los dos por sacarme adelante 5!". La piedad filial es, en efecto, la fuente de la moralidad y el firme cimiento sobre el que se asienta la virtud. ¿Cómo pudisteis entregaros por esposa a un monstruo, olvidándoos por completo de vuestros padres? ¿No cometisteis, al hacerlo, una falta terrible contra la piedad filial? La princesa se sintió tan avergonzada que agachó la cabeza y se puso roja como la grana. Cuando, por fin, pudo reponerse a su turbación, dijo con timidez: - Sé que vuestras palabras os las ha dictado un sentido profundo de la justicia. Os preguntáis, con razón, cómo he podido olvidarme de mis padres. Pero debéis recordad que todos mis problemas comenzaron cuando el monstruo me secuestró y me trajo aquí a la fuerza. Como comprenderéis, posee un carácter muy fuerte y no me permite viajar a lugar alguno. Aparte de eso, está el problema de la distancia. Es tan enorme que no pude pedir ayuda alguna. Al principio pensé en suicidarme, pero después recapacité y caí en la cuenta de que mis padres, lejos de sospechar la desgracia que se había abatido sobre mí, creerían que me había fugado con algún amante desconocido. Mirándolo bien eso les serviría de consuelo y yo opté por seguir viviendo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sin embargo, sé que eso no me justifica y que en todo el mundo no hay una persona más malvada que yo. - No tenéis necesidad de apenaros tanto - le aconsejó el Peregrino al ver el mar de lágrimas en el que poco a poco se había ido sumergiendo -. Chu Ba-Chie me contó que salvasteis la vida a mi maestro y le entregasteis una carta para vuestros padres. Eso demuestra que aún los lleváis en el corazón y que vuestro amor por ellos no ha desaparecido del todo. Puedo aseguraros que los días del monstruo están contados. En cuanto le haya dado su merecido, podréis regresar a la corte. Allí os desposaréis con un caballero digno de vos y cuidaréis de vuestros padres, cuando les llegue la hora amarga de la vejez. - Me parece que estáis dando muchas cosas por seguras - replicó la princesa -. Ya veis. Vuestros hermanos poseen una constitución muy fuerte y, sin embargo, no pudieron dominar a mi marido, el monstruo de la Túnica Amarilla. ¿Cómo vais a hacerlo vos, que sois infinitamente más enclenque y os parecéis a un espíritu de lo flaco que estáis? Sois todo huesos, como un vulgar cangrejo o un esqueleto viviente. ¿Qué clase de poderes tenéis para pretender ser un cazador de monstruos? - Se ve que no sabéis juzgar a las personas - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Como muy bien afirma el proverbio, "por muy larga que sea una burbuja de orina, no pesa nada, mientras que un trocito de hierro siempre resulta pesado". Eso mismo ocurre conmigo y mis hermanos. Es posible que parezcan muy fuertes, pero, en realidad, no valen para mucho. Son como montañas huecas totalmente por dentro. Las enormes cantidades de alimento que toman no les sirven de gran cosa, porque sus músculos están totalmente atrofiados. Yo, por el contrario, admito que tengo una constitución más débil, pero puedo aseguraros que soy infinitamente más duro que ellos. - ¿De verdad poseéis poderes especiales? - insistió la princesa. - Como nunca los habéis visto - confirmó el Peregrino -. Sin embargo, mi especialidad es dominar monstruos y demonios, - En ese caso - concluyó la princesa -, es mejor que no me busquéis más problemas de los que ya tengo. - Podéis estar segura de que no lo haré - la tranquilizó el Peregrino. - De todas formas, ¿queréis explicarme cómo vais a capturarle? - insistió la princesa. - Cuando empiece la lucha, os aconsejo que os escondáis - contestó el Peregrino -, así me sentiré más libre. Me temo que todavía le queréis y no podré golpearle a mis anchas, sabiendo que vos estáis husmeando por ahí. - ¿Qué queréis decir con eso? - exclamó la princesa. - Que ese monstruo y vos habéis sido marido y mujer durante más de trece años - contestó el Peregrino -. Un tiempo demasiado largo para que no sintáis por él un gran afecto. Os aseguro que, cuando me enfrente a él, no voy a andarme con contemplaciones. Mi barra de hierro es prácticamente indestructible y mis puños son capaces de desmoronar montañas. Con esto quiero deciros que, antes de llevaros de vuelta al lugar en el que nacisteis, tendré que matarle. La princesa consideró acertada la sugerencia del Peregrino y se retiró a un lugar apartado. Era como si hubiera comprendido que su matrimonio con el monstruo estaba a punto de acabar y no había ya nada que hacer por remediarlo. Los decretos del cielo, por muy duros que parezcan, siempre han de encontrar cumplimiento. En cuanto la princesa se hubo escondido, el Rey de los Monos sacudió una sola vez el cuerpo y se convirtió en su réplica exacta. Disfrazado de esta guisa, entró en la caverna y se puso a esperar al monstruo. Mientras tanto, Ba-Chie y el Bonzo Sha llevaron a los dos niños al Reino del Elefante Sagrado y los arrojaron sin ningún miramiento contra las escaleras de jade blanco. Sus cuerpos quedaron reducidos a pura papilla, manchándolo todo con su sangre. - ¡Qué cosa más espantosa! - gritaron, aterrados, los funcionarios reales -. Ahora, en vez de llover, caen niños de los cielos. - Esos dos muchachos eran los hijos del Monstruo de la Túnica Amarilla - dijo Ba-Chie desde arriba -. Los hemos capturado el Bonzo Sha y yo. El monstruo estaba durmiendo tranquilamente la borrachera en el Salón de la Paz de Plata, cuando le pareció oír de pronto que alguien gritaba su nombre. Se dio pesadamente la vuelta y, al mirar hacia arriba, vio a Chu Ba-Chie y al Bonzo Sha de pie sobre una nube sagrada. - ¡No puede ser! - se dijo el monstruo, desconcertado -. No tendría ningún reparo en admitir que se trata de Chu Ba-Chie, pero no del Bonzo Sha. De hecho, se encuentra en mi mansión atado y bien atado. ¿Cómo puede estar ahora aquí? Estoy seguro de que mi esposa no le ha dejado escapar así como así. Además, ¿cómo han ido mis dos hijos a parar a sus manos? ¿Será todo una argucia de ese Chu Ba-Chie para forzarme a luchar con él? Está bien. Si es eso lo que quiere, le daré el gusto. Pero, ¡santo cielo!, tengo una resaca tan terrible que apenas puedo mantenerme en pie. En estas condiciones no puedo enfrentarme a su tridente. Si lo hago, sufriré una derrota cierta y todo mi prestigio se vendrá abajo en un abrir y cerrar de ojos. Lo mejor que puedo hacer es regresar a casa a ver si se trata realmente de mis hijos. Después ya veremos lo que puede hacerse con esos monjes. Sin despedirse siquiera del rey, se dirigió a toda prisa hacia la montaña en la que estaba enclavada su caverna. Para entonces toda la corte sabía ya que se trataba de un monstruo. Para nadie era un secreto que durante la noche había devorado a una de las doncellas. De hecho, las otras diecisiete que habían logrado escapar informaron en seguida de lo ocurrido al rey, que tuvo noticia de hecho tan lamentable incluso antes de la quinta vigilia. Lo repentino de su partida no hizo más que confirmar lo que todo el mundo ya conocía. Al rey no le quedó, pues, más remedio que ordenar a sus soldados que guardaran con cuidado al tigre que permanecía encerrado en el interior del palacio. El monstruo no tardó en llegar a la caverna. Al verle, el Peregrino trazó a toda prisa un plan. Apretó los párpados con tanta fuerza que las lágrimas fluyeron de sus ojos con la fuerza de un torrente. Al mismo tiempo, empezó a golpearse con fuerza el pecho, gritando como una loca y llenando toda la cueva con el escalofrío de sus alaridos. Al encontrarla en semejante estado, el monstruo no se percató de que no se trataba de su esposa y, llegándose hasta ella, la abrazó con cariño y le preguntó, preocupado: - ¿Se puede saber qué te pasa? Haciendo acopio de su mucha imaginación, el Gran Sabio contestó, intensificando el ritmo de sus lamentos: - ¡Qué terrible desgracia, esposo y señor! Como muy bien afirma el proverbio, "un hombre sin mujer desperdicia sus riquezas, mientras que una mujer sin marido se encuentra a merced de todos los vientos". ¿Por qué no volviste después de saludar a mis parientes? Si hubieras regresado ayer mismo, habrías impedido que Chu Ba-Chie liberara al Bonzo Sha y, lo que es peor, que secuestrara a nuestros hijos. Con lágrimas en los ojos le supliqué que los dejara tranquilos pero él contestó que iba a llevárselos a mi padre para que se encargara de su educación. Ha transcurrido un día entero y no he recibido ninguna noticia de ellos, por lo que no sé si están vivos o muertos ¿Por qué has tardado tanto en volver? Si hubieras hecho lo que te dije no habría pasado eso y yo no estaría ahora tan intranquila. - ¿Es verdad todo eso? - preguntó el monstruo, fuera de sí. - ¡Por supuesto que sí! - contestó el Peregrino -. Ba-Chie se llevó a nuestros hijos. - ¡Maldito sea mil veces su espíritu! - bramó el monstruo, loco de dolor y saltando desesperado de un lugar a otro -. Ese imbécil ha matado a nuestros hijos, tirándolos desde una altura increíble. ¡Nada hay ya que pueda devolverlos a la vida! Lo único que puedo hacer es capturar a ese monje y darle su merecido. Es inútil llorar y lamentarse. Las lágrimas no conducen nunca a nada. Trata de sobreponerte y descansa un poco. - Me encuentro bien - respondió el Peregrino -. Pero no puedo remediar echar de menos a los niños ni apaciguar esta pena que me está destrozando el corazón. Espero que mis lágrimas no te molesten. - No te preocupes - trató de tranquilizarle el monstruo -. Ponte de pie. Aquí tengo un remedio infalible contra el dolor. Frótatelo en el punto exacto en el que sientas la molestia y al instante te sentirás aliviada. Debes evitar, sin embargo, tocarlo con el dedo pulgar; de lo contrario, me mostraré ante ti como verdaderamente soy. - ¡Qué monstruo más estúpido! - se dijo el Peregrino, sonriendo -. Nunca sospeché que pudiera ser tan sincero. Ya ves. Sin ser sometido a tortura, ha confesado más de lo que quería. En cuanto me traiga ese remedio tan maravilloso del que habla, meteré en él mi dedo gordo y, así, descubriré la clase de monstruo que es. El monstruo abrazó al Peregrino y le condujo al interior de la cueva. Allí abrió con cuidado la boca y sacó una cosa, que, por la forma y el tamaño, parecía un huevo de gallina. Se trataba, en realidad, de un elixir tan blanco y cristalino como las cenizas de un buda después de ser purificadas por el fuego. - ¡Qué cosa más extraordinaria! - exclamó para sí el Peregrino, profundamente satisfecho -. Sólo el Cielo sabe la cantidad de horas de meditación, de años de pruebas y sufrimientos, de uniones de los principios masculinos y femeninos que han tenido que transcurrir antes de que esta maravilla tomara forma. Está visto que hoy es mi día de suerte. El mono cogió con cuidado el remedio y, aunque no sentía dolor alguno se frotó con él todo el cuerpo. En cuanto hubo concluido, estiró el pulgar y lo metió entero en tan benéfico ungüento. Aterrado, el monstruo alargó el brazo y trató de quitárselo de las manos. Pero el mono era muy ágil y escurridizo y, metiéndoselo a toda prisa en la boca, se lo tragó en un abrir y cerrar de ojos. El monstruo levantó el puño y lo dejó caer contra el Peregrino, que lo paró sin ninguna dificultad con el brazo. Se pasó a continuación la mano por la cara, recobrando, así, la forma que le era habitual, y gritó: - ¡No seas tan desconsiderado, monstruo! ¡Mírame bien! ¿Sabes quién soy? - ¡Santo cielo! - exclamó el monstruo, aterrado de ver lo que veía -. ¿Cómo te las has arreglado, esposa mía, para cambiarte el rostro de esa forma? - ¡Cuidado que eres crédulo! - se burló el Peregrino -. ¿Quieres decirme quién es tu esposa? Eres tan tonto que ni a tus antepasados puedes reconocer. - Creo que ya sé quién eres - replicó el monstruo, cayendo en la cuenta de lo que estaba sucediendo. - Voy a darte otra oportunidad, antes de molerte a palos - dijo el Peregrino -. Mírame con cuidado. - He de reconocer que tu cara me resulta muy familiar, aunque, a decir verdad, de momento no recuerdo tu nombre - contestó el monstruo -. ¿Quieres decirme tú mismo quién eres y de dónde procedes? ¿Por qué has adoptado, además, la forma de mi mujer y has tenido la osadía de robarme mi preciado ungüento? Tienes que admitir que eso no está nada bien. - Así que no me reconoces, ¿eh? - repitió el Peregrino, un tanto defraudado -. Soy el primer discípulo del monje Tang y me llamo el Peregrino Sun Wu-Kung. Por lo que veo, soy también antepasado tuyo, puesto que mi edad supera con mucho los quinientos años. - ¡Eso no es verdad! - protestó el monstruo -. Cuando capturé al monje Tang, me dijo que sólo tenía dos discípulos: uno llamado Chu Ba-Chie, y el otro, Bonzo Sha. Jamás mencionó que tuviera otro apellidado Sun, de lo que deduzco que no debes de ser más que un vulgar demonio, que has venido hasta aquí con la única intención de engañarme. - En parte tienes razón - reconoció el Peregrino -. Pero debes saber que, si no me mencionó, fue porque se había enemistado conmigo a causa de un incidente que tuvimos con un monstruo, al que di muerte. Como habrás comprobado, mi maestro es una persona muy sensible y compasiva. ¿Qué hay de extraño, pues, en que me apartara de su lado, al ver tanta sangre? Ése es el motivo de que no estuviera con él, cuanto tú le capturaste. ¿No caes todavía en la cuenta de quién soy? - Lo que eres es un ser despreciable - bramó el monstruo, despectivo -. Te expulsa tu maestro de su lado y ¿todavía tienes la desfachatez de mirar de frente a la gente? - ¡Monstruo desvergonzado! - gritó el Peregrino -. Se ve que para ti no encierra sentido alguno eso de que "quien ha sido una vez tu maestro se convierte en padre para toda la vida". O aquello otro de que "entre padre e hijo jamás puede existir auténtica enemistad". ¿Cómo no iba a acudir en auxilio de mi maestro, sabiendo que estabas tratando de buscarle la ruina? Pero no te conformaste sólo con eso, ¡no!, sino que, encima, me insultaste cuanto quisiste. ¿Qué tienes que decir sobre eso? - ¿Quieres explicarme cuándo te he insultado yo? - protestó el monstruo. - ¡No lo niegues! - insistió el Peregrino -. El mismo Chu Ba-Chie me lo ha dicho. - No le creas - le aconsejó el monstruo -. Ese Chu Ba-Chie tiene la lengua de una vieja celestina. No comprendo cómo puedes prestar atención a sus palabras. - Eso no tiene nada que ver - respondió el Peregrino -. Ya ves, llevo en tu casa todo el día y todavía no me has dado muestras de la hospitalidad que se debe a alguien que ha venido desde tan lejos. Es posible que no tengas comida ni vino suficiente, pero te advierto que a mí me da igual. Tú estira la cabeza y déjame arrearle un buen golpe con mi barra. Para mí será como si hubiera tomado un opíparo banquete. - ¡No sabes ni lo que dices, Peregrino Sun! - exclamó el monstruo, soltando la carcajada -. Si querías luchar, no tenías que haberme traído hasta aquí. Tengo cientos de diablillos de todas las edades a mi cargo. Podías enfrentarte a ellos tranquilamente y asunto concluido. Todavía estás a tiempo de hacerlo. Trata de salir por esa puerta y, aunque tengas más brazos que un insecto, ya verás lo que te pasa. - ¡No trates de asustarme con esas fruslerías! - le aconsejó el Peregrino -. ¿Qué son para mí, en definitiva, varios cientos de demonios? Terminaría sin ninguna dificultad con todos ellos, aunque fueran cientos de miles. Si quieres hacer la prueba, no tienes más que llamarlos. Te aseguro que ni uno solo se librará de la marca de mi barra. Todos desaparecerán como la pelusa de los árboles. ¡Garantizado! El monstruo levantó la voz y ordenó a sus monstruos y diablillos que rodearan inmediatamente la montaña. En un abrir y cerrar de ojos las bestias ocuparon los puntos más estratégicos de la caverna, bloqueando con efectividad todas sus puertas. El Peregrino parecía encantado de semejante despliegue. Agarró con fuerza la barra y gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en un ser de tres cabezas y seis brazos. Con una simple sacudida, la barra de los extremos de oro se multiplicó por tres. Blandiéndolas con indecible efectividad, el Peregrino se lanzó contra aquella masa de diablillos y demonios, como si fuera un tigre atacando un rebaño de ovejas o un águila aleteando sobre una camada de polluelos. Las cabezas de los monstruos quedaron reducidas a añicos, mientras su sangre fluía como el agua. El Peregrino cargaba sobre ellos una y otra vez, como si fuera un ejército invadiendo una región extremadamente poblada. Al concluir sus ataques, sólo quedó ante él el monstruo, que le obligó a salir de la caverna, gritando: - ¡Maldito mono! ¡Pocos seres hay tan malvados y crueles como tú! ¿Cómo te atreves a venir a hostigar a la gente a su propia puerta? El Peregrino se volvió a toda prisa hacia él y replicó, haciéndole señas con las manos: - ¡Ven! ¡Hasta que no haya terminado contigo, nada de cuanto he hecho tendrá valor alguno! El monstruo levantó la cimitarra y descargó un terrible golpe sobre la cabeza de su adversario, antes de hacerse a un lado. Afortunadamente el Peregrino levantó a tiempo la barra de hierro y esquivó tan mortífero tajo. El encuentro entre contendientes tan expertos tuvo lugar en lo alto de la montaña, a medio camino entre las nubes y la neblina. Si grandes eran los poderes mágicos del Gran Sabio, no le iban a la zaga los del monstruo. Ambos eran expertos luchadores, que golpeaban sin cesar los flancos de sus adversarios con la barra de hierro y la cimitarra de acero. Ésta brillaba con luz propia entre la neblina, mientras que aquélla dispersaba con inimaginable energía el denso colorido de las nubes Los guerreros daban vueltas sin parar, avanzaban y retrocedían, tratando de proteger la cabeza y de mantener incólume el cuerpo. Todas las precauciones eran pocas. No en balde, uno cambió de apariencia dejándose llevar por el viento y otro tanto hizo el otro con los pies bien asentados en el suelo. El Peregrino abría cuanto podía sus fieros ojos de mono, respondiéndole el monstruo con sus dilatadas pupilas de tigre y un elástico movimiento de cintura, más propio de un tigre que de un demonio. Golpe a golpe de cimitarra y de barra, el combate fue desgranando su rosario de mortíferos golpes. El Rey de los Monos se ajustaba en todo al arte de la lucha, lo mismo que el monstruo, que en todo momento seguía las normas de la guerra. ¿Qué importaba que uno desplegara tan vasto poder para proteger al monje Tang y el otro para afianzarse en su posición de monstruo - señor de una montaña? La creciente fiereza del Rey de los Monos encontraba su justa réplica en la ascendente violencia del monstruo. Ajenos a la vida o la muerte, lucharon sin descanso en el aire, todo por el empeño del monje Tang de hacerse con las escrituras sagradas. Más de cincuenta veces seguidas midieron sus armas, sin que se vislumbrara un posible vencedor. Lejos de desanimarse por ello, el Peregrino se dijo, complacido: - La cimitarra de este monstruo es digna rival de mi barra de hierro. Veamos si él también lo es. Voy a tenderle una trampa a ver si es capaz de descubrirla. Agarró la barra con las dos manos y la levantó por encima de la cabeza, valiéndose del estilo conocido como "prueba del caballo". El monstruo no se percató de que se trataba de un simple truco. Al ver las facilidades que se le ofrecían, agarró la cimitarra con fuerza y lanzó un tajo terrible contra la parte inferior del cuerpo del Peregrino. Éste recurrió a la técnica llamada del "nivel medio" para contrarrestar el efecto de la cimitarra, echando a continuación mano del estilo conocido como "hurtador de melocotones bajo las hojas". Valiéndose de su fuerza, logró descargar sobre la cabeza del monstruo un golpe tan certero que se desintegró totalmente. Al volverse a mirar, el Peregrino no pudo encontrarle por parte alguna. - Es raro que resistas tan poco - exclamó para sí, sin creérselo del todo -. Un solo golpe ha sido suficiente para derrotarte. Sin embargo, es extraño que no haya quedado ni rastro de ti. ¿Cómo es posible que no se vea ni sangre, ni pus, ni nada? A mí no puedes engañarme tan fácilmente. Lo más probable es que hayas escapado en un descuido. Para comprobarlo, se llegó de un salto hasta el límite mismo de las nubes. Miró detenidamente en todas direcciones, pero no pudo apreciar movimiento alguno. - ¡Qué extraño! - volvió a decirse el Rey de los Monos -. Estos ojos míos son capaces de ver todo lo que repte en diez mil kilómetros a la redonda. Cómo ha podido ese monstruo desvanecerse con tanta facilidad? ¡Ahora caigo! Dijo que me conocía de algo y eso, sin duda alguna, quiere decir que no se trataba de un monstruo cualquiera de este mundo, sino de un espíritu del mismo cielo. Incapaz de dominar el enfado que le embargaba, el Gran Sabio dio una extraordinaria vuelta de campana, que le llevó directamente a la Puerta Sur del Cielo. Al verle aparecer tan de improviso con la barra de hierro en las manos, los capitanes Pang, Liu, Kou, Pi, Tang, Hsin, Chang y Tao se quedaron tan sorprendidos que se inclinaron ante él a ambos lados de la puerta, sin atreverse a detenerle o a preguntarle nada. No tardó, pues, en llegar al Salón de la Luz Perfecta, donde los preceptores divinos Chang, Gao, Hsü y Chiou osaron, por fin, decirle: - ¿Cómo es que el Gran Sabio se ha dignado a hacernos el honor de venir a visitarnos? - Siguiendo los pasos del monje Tang - respondió el Peregrino -, llegué al Reino del Elefante Sagrado, donde me topé con un monstruo que tiempo ha había seducido a una princesa y ahora buscaba la ruina de mi maestro. Como podéis suponer, medí con él mis fuerzas, pero en medio de la lucha desapareció totalmente de mi vista. Eso me ha hecho pensar que no se trata de un monstruo corriente, sino de un espíritu del mismo cielo. Si estoy ahora aquí es precisamente para investigar si ha abandonado su puesto alguno de los dioses de rango inferior. Al oír eso, los Preceptores Divinos se precipitaron al interior del Salón de la Niebla Divina a informar de todo ello al Señor del Cielo. Inmediatamente se dictó una orden instando a los Nueve Planetas, las Doce Divisiones Horarias, las Cinco Estrellas de los Cinco Puntos Cardinales, los incontables dioses de la Vía Láctea, los dioses de las Cinco Montañas y los Cuatro Ríos a acudir sin demora ante el Emperador Celeste. Todas las deidades respondieron con prontitud a la llamada, por lo que hubo de proseguirse la investigación más allá del Gran Palacio del Mirlo. Allí se contaron las Veintiocho Constelaciones una y otra vez, descubriéndose que sólo había veintisiete. Para sorpresa de todos, faltaba la Estrella del Lobo del Bosque. Los preceptores volvieron entonces al Salón del Trono e informaron a Su Majestad, diciendo: - La Estrella del Lobo del Bosque se encuentra en las Regiones Inferiores, señor. - ¿Cuánto tiempo lleva ausente del Cielo? - preguntó el Emperador de Jade. - Cuatro llamadas ordinarias - contestaron los preceptores -, lo que hace un total de trece días, señor. - Trece días del Cielo son trece años en la Tierra - concluyó el Emperador de Jade, quien en seguida dio orden al departamento de la propia estrella para que la hiciera regresar cuanto antes al Cielo. Una vez recibida la orden, las Veintisiete Constelaciones abandonaron la Puerta Celeste y recitaron un conjuro que hizo regresar al instante a la Estrella del Lobo del Bosque. Se trataba, en realidad, de un guerrero que había sufrido directamente las consecuencias de la rebelión del Gran Sabio, cuando sumió al Cielo en una profunda turbación. En aquellos momentos la Estrella se hallaba escondida en un arroyo de la montaña, cuyo vapor había cubierto totalmente su nube de monstruo. Eso explicaba que nadie pudiera verle. Sin embargo, al oír los conjuros de sus compañeras, se armó de valor y decidió regresar a las Regiones Superiores. En la puerta se encontró con el Gran Sabio. Estaba tan furioso que quiso golpearle con la barra, cosa que, afortunadamente, evitaron las otras Estrellas. Sin pérdida de tiempo el monstruo fue conducido a presencia del Emperador de Jade. Allí se le retiró la placa de oro que llevaba a la cintura y, tras arrodillarse ante los escalones de jade y golpear repetidamente en ellos la frente, reconoció lo equivocado de su conducta. - Estrella del Lobo del Bosque - le interrogó el Emperador de Jade con severidad -, ¿por qué decidiste visitar en secreto la Región Inferior? ¿Es que no te parecían suficientes los placeres y la belleza que reinan en los Cielos? - Perdonad, señor, la grave ofensa de vuestro indigno súbdito – suplicó, sin dejar de golpear el suelo con la frente la Estrella -. La princesa del Reino del Elefante Sagrado no es un mortal ordinario, sino la Muchacha de Jade encargada del incienso en el salón del mismo nombre. Desde siempre ha querido hacer el amor conmigo, cosa a la siempre me negué por temor a deshonrar con ese acto la sagrada región del Palacio Celeste. Ella no se desanimó por ello, dirigiéndose al Mundo Inferior, donde tomó forma humana en el interior mismo del palacio imperial. No deseando desairarla, me vi obligado a transformarme en un monstruo. Me hice dueño después de una montaña y, tras secuestrarla y llevarla a mi caverna, nos convertimos en marido y mujer. Lo hemos sido, de hecho, durante más de trece años. Pero, como todo está determinado de antemano, quiso la fortuna que nos topáramos con el Gran Sabio Sun y todos nuestros planes se vinieron, de pronto, abajo. El Emperador de Jade ordenó entonces que le fuera arrancada la placa de oro. Determinó, al mismo tiempo, que fuera desterrado al Palacio Tushita, donde debía ponerse a las órdenes de Lao-Tse, hasta que hiciera los suficientes méritos para que le fuera devuelta su antigua posición. En caso de no mostrarse diligente, recibiría un castigo aún mayor. Al ver la decisión adoptada por el Emperador de Jade, el Peregrino se volvió hacia el trono, complacido, e inclinó ligeramente la cabeza. Se dirigió después hacia las otras deidades y les dijo: - Gracias por las molestias que os habéis tomado. - ¡Cuidado que es engreído este mono! - exclamó uno de los preceptores, soltando la carcajada -. Hemos capturado por él a un monstruo-dios y, en vez de mostrarnos su gratitud como debiera, se limita a inclinar ligeramente la cabeza y, si te he visto, no me acuerdo. - Debemos alegrarnos de que no nos haya causado mayores quebraderos de cabeza y haya abandonado los Cielos en paz - comentó, aliviado, el Emperador de Jade. El Gran Sabio, mientras tanto, montó en su nube luminosa y se dirigió hacia la Caverna de la Corriente Lunar, en la Montaña de la Cacerola, donde se topó con la princesa. Cuando se disponía a relatarle cuanto había ocurrido, oyó gritar a Ba-Chie y al Bonzo Sha desde lo alto: - Déjanos a algunos diablillos, para que podamos darles una paliza. - Me temo que no ha quedado ni uno - contestó el Peregrino. - En ese caso - concluyó el Bonzo Sha -, nada nos detiene ya aquí. Cojamos a la princesa y devolvámosla cuanto antes a sus padres. ¿Qué os parece si, para ganar tiempo, nos servimos de la magia "acortar la tierra"? A la princesa le pareció oír un viento huracanado y de pronto se encontró en el interior de la ciudad. Los tres monjes la condujeron al Palacio de los Carillones de Oro, donde se inclinó ante sus padres con sumo respeto y saludó con cariño a sus hermanas. Al poco rato se presentaron los diferentes funcionarios imperiales y le expresaron su profundo reconocimiento. - Debemos estar muy agradecidos al Honorable Peregrino Sun – dijo la princesa, dirigiéndose al trono -. El poder de su dharma es tan extraordinario que él solo logró derrotar al Monstruo de la Túnica Amarilla y traerme sana y salva a vuestra presencia. - ¿Qué clase de monstruo era ése de la Túnica Amarilla? - preguntó curioso, el rey. - Vuestro yerno, majestad - respondió el Peregrino -, no era otro que la Estrella del Lobo del Bosque, un ser de las Regiones Superiores, lo mismo que vuestra hija, que es la Muchacha de Jade encargada del incienso del salón del mismo nombre. Ambos suspiraban por este mundo y, así, lograron descender a la tierra y tomar forma humana. Estuvieron prometidos en una existencia anterior, pero, al no poder consumar el matrimonio, hubieron de esperar a ésta para ver cumplidos sus deseos. Cuando decidí acudir al Palacio Celeste e informar de todo ello al Emperador de Jade, se descubrió que el monstruo no había acudido a cuatro llamadas seguidas de la corte. Eso demostraba que llevaba trece días ausente del Cielo, tiempo que equivalía a trece años de la Tierra, ya que los días de allí son tan largos como los años de aquí. El Emperador de Jade ordenó a las constelaciones de su departamento que le hicieran regresar a las Regiones Superiores, y ha sido desterrado al Palacio Tushita, hasta que haya borrado de su espíritu toda mácula de desobediencia. Solucionado, de esta forma, todo el asunto, se me permitió volver a entregaros a vuestra hija perdida. Tras agradecer al Peregrino cuanto había hecho, el rey dijo: - Vayamos a ver cómo sigue vuestro maestro. Los tres discípulos siguieron al rey. Tras abandonar la sala del tesoro, entraron en un amplio salón. Al poco rato aparecieron varios soldados con una jaula de hierro y soltaron las cadenas que mantenían atado al tigre. Sólo el Peregrino era capaz de ver en él a un hombre. Presa de una magia diabólica, el maestro podía entender cuanto sucedía a su alrededor, pero era incapaz de moverse a su gusto o de abrir los ojos y la boca. - ¿Cómo es que vos, que siempre habéis sido un monje excelente, os habéis convertido en un tigre tan fiero? - preguntó el Peregrino, soltando la carcajada -. Me apartasteis de vuestro lado, porque pensabais que era demasiado malvado o violento. Para vos no había cosa más importante que la práctica de la virtud. Con tales principios, ¿cómo habéis experimentado una metamorfosis tan horrenda? - Deja de burlarte de él y sálvale de ese hechizo, por favor - suplicó Ba-Chie. - Tú fuiste quien le predispuso en contra mía - replicó el Peregrino -. Además, te has convertido en su discípulo favorito. ¿Por qué no le salvas tú? Recuerda lo que te dije; que, después de derrotar a la bestia, regresaría de inmediato al lugar del que procedo. - No hagas eso, por favor - intercedió el Bonzo Sha, echándose rostro en tierra -. Los antiguos aconsejaban obrar el bien no sólo por los monjes, sino por Buda. ¡Hazlo por el Perfecto! No te cuesta nada salvarle, ahora que estás aquí. Si pudiéramos hacerlo nosotros, ten por seguro que no habríamos recorrido un camino tan largo para ir a pedírtelo a ti. - ¿Por quién me habéis tomado? - exclamó, por fin, el Peregrino, levantando las manos -. ¿Cómo voy a negarme a salvarle? ¡Traed inmediatamente un poco de agua! Ba-Chie corrió a la casa de postas y sacó de entre el equipaje la escudilla de oro rojizo para pedir limosna. La llenó de agua hasta la mitad y voló a dársela al Peregrino. El Rey de los Monos recitó un conjuro, bebió un poco y el resto lo aspergió sobre el tigre. Al instante desapareció la magia diabólica, disolviéndose por completo la falsa imagen del tigre. El monje pudo entonces abrir los ojos y, al reconocer al Peregrino, tomó sus manos entre las suyas y preguntó, emocionado: - ¿De dónde has salido, Wu-Kung? - El Bonzo Sha se puso de pie y relató con todo detalle cuanto había sucedido. Sin saber cómo expresar su gratitud, Tripitaka exclamó: - ¡Qué discípulo más fiel! ¡No sabes cuánto te debo! Espero que no tardaremos ya mucho en llegar al Oeste. Cuando nos encontremos de nuevo en las Tierras Orientales, informaré al Emperador de los Tang de todo cuanto has hecho por el bien de la empresa. - No lo hagáis, por favor - le suplicó el Peregrino, sonriendo -. Si queréis recompensarme de alguna manera, dejad de recitar esa cosa que vos y yo bien sabemos y os estaré eternamente agradecido. El rey dio las gracias a los cuatro monjes por todo lo que habían hecho por su casa y ordenó la preparación de un espléndido banquete vegetariano en el ala oriental del palacio. Tras gozar algunos días de los favores reales, el maestro y los discípulos se despidieron de su majestad y continuaron su camino hacia el Oeste. El monarca y todos sus ministros los acompañaron durante un largo trecho, sabedores de que aquel grupo que se dirigía al Palacio del Trueno a presentar sus respetos a Buda había contribuido no poco a asegurar su imperio. No sabemos lo que ocurrió después ni cuándo alcanzaron, por fin, el Paraíso Occidental. Quien quiera averiguarlo, deberá escuchar con atención lo que se dice en el capítulo siguiente. 第032回 EL CENTINELA LLEVA UN MENSAJE A LA MONTAÑA ALTÍSIMA. LA MADERA MADRE SE TOPA CON LA DESGRACIA EN LA CAVERNA DE LA FLOR DE LOTO Decíamos que, una vez reintegrado al grupo el Peregrino Sun, el monje Tang y sus discípulos continuaron el camino hacia el Oeste, tan unidos en cuerpo y espíritu como si se tratara de un solo ser. Tras haber liberado a la princesa del Elefante Sagrado y recibir todos los honores de su agradecido padre, caminaron sin parar durante días enteros, alimentándose cuando el hambre y la sed los atacaban, viajando de día y descansando cuando el sol se ponía. No tardó en llegar la temporada de la Triple Primavera, una temporada en la que la brisa sacude las verdosas hojas de los sauces con la suavidad de la seda y todo parece estar cargado de poesía. El aire se llena de los trinos de los pájaros y la dulzura de las flores, cuyos capullos se abren sin cesar. Es un tiempo para gozar del esplendor de la primavera, cuando las golondrinas acuden a los árboles hai-tang, como si fueran cortesanos convocados por el emperador. Las calles de la ciudad imperial se llenan de un polvo rojizo, se oye por doquier el sonido de flautas y otros instrumentos de cuerda, los viandantes visten sus mejores galas de seda, y las callejuelas se ven inundadas de juegos y de gentes que no paran de brindar. Mientras discípulos y maestro caminaban con lentitud, gozando de la serena belleza del paisaje, se toparon con una montaña altísima, que hizo exclamar al monje Tang: - ¡Extremad cuanto podáis la precaución! O mucho me equivoco o en esa enorme mole que tenemos ante nosotros se esconde una gran cantidad de lobos y tigres, dispuestos a no dejarnos seguir adelante. - Maestro - replicó el Peregrino -, quien ha renunciado a la familia no debe hablar como quien aún goza de ella. ¿Acaso habéis olvidado ya las palabras del Sutra del Corazón que os entregó el Monje del Nido del Cuervo? "Los obstáculos no tienen ninguna entidad, de ahí que el temor y el terror carezcan totalmente de sentido. Quien así obra no conoce las sendas del error." Cuanto debéis hacer para lograr tan alto fin es limpiar de toda broza vuestra mente y lavar con cuidado el polvo que se ha ido acumulando en vuestros oídos. Nunca seréis un hombre entre los hombres, si no llegáis a probar el más insoportable de los dolores. No debéis preocuparos, maestro, porque, teniéndome a vuestro lado, todo os saldrá bien, aunque desaparezca el mundo y los cielos se derrumben. ¿A qué viene, pues, ese temor a los tigres y lobos? - Tras mi partida de Chang-An, siguiendo el deseo imperial - contestó el maestro, tirando de las riendas del caballo -, mi único propósito ha sido contemplar la imagen de oro de Buda que se alza en la sagrada pagoda de Sari y gozar de la serenidad de sus cejas de jade blanco. Con tal fin, no he dudado en vadear incontables ríos y escalar montañas que jamás había hollado el pie humano. Las neblinas han penetrado al interior de mis huesos y las olas me han cubierto, al romper, con su espuma. ¿Cuándo podré descansar de tanta fatiga? - Si lo que deseáis es descansar, no hay cosa más fácil de conseguir - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Cuando hayáis conseguido la perfección, dejarán de existir para vos las Doce Causas y reinará por doquier la nada. Entonces afluirá hacia vos el descanso como la cosa más natural del mundo. Al oír tan reconfortantes palabras, el monje Tang no pudo por menos de dejar de lado la inquietud que le embargaba y espoleó su caballo. De esa forma, comenzaron la ascensión de la montaña, que era, en verdad, abrupta y encerraba mil y un peligros. Su cumbre era altísima y tenía una desazonadora forma puntiaguda, que contrastaba abiertamente con la profundidad de una oscura garganta labrada durante siglos por un serpenteante torrente. Sus aguas levantaban montañas de espuma, que se perdían inútilmente en la altura. Por encima de los acantilados podía verse los tigres moviendo tranquilamente la cola, y, un poco más arriba, la hoja de piedras del pico atravesar el verdor de los cielos. El cañón que se abría a sus pies, por el contrario se mostraba tan profundo y oscuro como el mismo empíreo. Ascender por montaña tan peculiar era como hacerlo por una escalera, y, descender por ella, como adentrarse poco a poco en una fosa. Se trataba de una elevación tan abrupta que hasta el buscador de hierbas medicinales encontraba difícil caminar por ella y el leñador se mostraba incapaz de avanzar un solo centímetro con facilidad. Las cabras montesas, los caballos salvajes, las liebres y los toros de montaña se veían precisados a moverse en manadas por los empinados riscos. La altura de aquella mole era tal que a veces obnubilaba el sol y las estrellas. ¿Qué había de raro que en ella moraran lobos blancos y criaturas extrañas? El caballo de Tripitaka se movía con manifiesta dificultad por aquella maraña de arbustos y rocas. Sus esfuerzos eran tales que uno se preguntaba cómo se las arreglaría para llevar a su dueño al Templo del Trueno y presentar allí sus respetos a Buda. Mientras el maestro luchaba por mantenerse a lomos de su cabalgadura, levantó la vista y vio a un leñador unos cuantos pasos más adelante. Llevaba un sombrero viejo de fieltro azul para la lluvia y una túnica de monje de lana negra. Semejante vestimenta no dejaba de ser totalmente inapropiada, ya que difícilmente podía guarecerse contra la humedad y el sol con un sombrero y una túnica de esa especie. ¿Dónde se había visto, por otra parte, que un monje usara una prenda tan extraña? Parecía más una burla que una señal de respeto. Llevaba en las manos un hacha de acero bruñida con singular esmero y en el cinto lucía un machete de cortar ramas. No resultaba difícil colegir, por su estilo de vida, que no le abrumaban las cuitas y sí, en cambio, gozaba de la bendición de las Tres Estrellas. Aquél era hombre que había aceptado su suerte y al que no le importaban la gloria o los fracasos de este mundo. El leñador estaba cortando troncos junto al camino, cuando, al ver acercarse al monje Tang, dejó el hacha a un lado y corrió decidido hacia él, sin dejar de gritar a grandes voces: - Deteneos un momento, maestro que os dirigís al Oeste, porque tengo algo importante que deciros. Existe en esta montaña una banda de monstruos sin entrañas que se dedican a devorar a cuantos viajeros osan pasar por aquí camino del Poniente. Al oír eso, Tripitaka sintió que le abandonaban las fuerzas y el espíritu se le salía del cuerpo. Estaba tan alterado que apenas podía mantenerse sobre el lomo del caballo. Se volvió inmediatamente hacia sus y les preguntó: - ¿Habéis oído lo que acaba de decir el leñador sobre esos monstruos que nos aguardan un poco más adelante? ¿Quién se atreve a indagar más pormenores? - Tranquilizaos, maestro - le aconsejó el Peregrino -. Yo mismo me llegaré hasta ese hombre y le pediré más detalles sobre tan descorazonador anuncio. Se adelantó a sus hermanos y, dirigiéndose al leñador como "hermano mayor", dobló las manos y le saludó con inesperado respeto. El leñador le devolvió el saludo, diciendo: - ¿Se puede saber qué propósito os ha traído hasta aquí? - A decir verdad - contestó el Peregrino -, hemos recibido del Señor de las Tierras del Este el encargo de hacernos con las escrituras del Paraíso Occidental. Aquel que veis a lomos de un caballo es mi maestro. Se trata de una persona bastante timorata y, al oíros hablar de demonios y monstruos, se ha puesto a temblar y me ha pedido que os pregunte más detalles sobre ello. ¿Cuántos años llevan viviendo aquí esas bestias, por ejemplo? ¿Se trata de auténticos profesionales o de simples aprendices? Es preciso que lo sepa con exactitud, para poder solicitar del espíritu local y del dios de la montaña que los aleje de aquí cubiertos de cadenas. El leñador levantó los ojos al cielo y, tras soltar una sonora carcajada, exclamó: - ¡Se ve que estás loco de remate! - Yo no estoy loco - protestó el Peregrino - y lo que acabo de decirte es la pura verdad. Deberíais haberos percatado de que soy una persona honrada. - No te adules tanto, por favor - se burló el leñador -. Si fueras tan honrado como pretendes, no hablarías de alejar a nadie de aquí cubierto de cadenas. - ¿Estás relacionado con esos monstruos? - indagó el Peregrino. - ¿Qué te hace pensar semejante cosa? - replicó el leñador. - La forma como ponderas sus poderes y el modo como nos has echado el alto - contestó el Peregrino -. Si no eres pariente de estas bestias, por fuerza debes de ser vecino o amigo suyo. - ¡Estás completamente loco! - repitió el leñador, arreciando en sus carcajadas -. No sabes ni lo que dices. Yo soy un hombre que siempre procura hacer el bien. Por eso, he hecho todo lo posible para haceros llegar el mensaje que ya sabéis. Es preciso que obréis siempre con prudencia y toméis todas las precauciones que podáis. Por lo que se ve, tú has malinterpretado mis intenciones y, en vez de agradecérmelo echas en cara mi modo de actuar. En fin, supongamos que conozco el origen de esos monstruos. ¿Quieres explicarme qué vas a hacer para apartarlos de tu camino? Me gustaría saber cuáles son tus planes. - Si son monstruos celestes - contestó el Peregrino -, les ordenaré que vayan a ver al Emperador de Jade. Si, por el contrario, su origen es terrestre, les haré ir al Palacio de la Tierra. De esta forma, los del Oeste volverán junto a Buda, los del Este regresarán al lado de los sabios, los del Norte retornarán al de Chen-Wu, y los del Sur correrán al encuentro del Dios del Fuego. Si son espíritus de dragones serán enviados sin demora ante los Señores de los Océanos, y, si se trata de ogros, deberán comparecer ante el mismísimo Rey Yama. Cada clase de monstruo posee su propio lugar y puedo aseguraros que estoy familiarizado con todos ellos. Lo único que tengo que hacer es promulgar una orden y todos partirán inmediatamente hacia su destino, aunque sea de noche y no se vea nada. Lejos de apaciguar la risa del leñador, esas palabras la avivaron aún más. - ¡No me cabe la menor duda! - exclamó, una vez más, el leñador -. ¡Estás totalmente loco! Lo más seguro es que hayas visitado algunos lugares sagrados y hayas aprendido un poco de magia y algún que otro conjuro con agua. No lo pongo en duda. Es más, admito que seas capaz de dominar monstruos y expulsar espíritus. Pero te advierto que en toda tu vida te has encontrado con bestias tan crueles como ésas de las que te he hablado. - ¿Qué te hace insistir tanto en su crueldad? - inquirió el Peregrino. - Esta cordillera - respondió el leñador - posee una longitud que supera con mucho los seis mil kilómetros y es conocida por doquier por el nombre de la Montaña Altísima. En ella se abre una caverna llamada de la Flor de Loto, donde habitan dos monstruos, auténticos maestros en el arte del engaño, que se han empeñado en devorar al monje Tang. Si venís de una región que no tenga nada que ver con ese imperio, no tenéis nada que temer. Pero, como estéis asociados de alguna manera con la palabra "Tang", tened por seguro que de aquí no pasaréis. - Nuestro viaje se inició precisamente en la corte de los Tang - confesó el Peregrino. - Es a vosotros a los que están esperando para matar su hambre - afirmó el leñador. - ¡No me digas! - exclamó el Peregrino, burlón -. ¿Quieres explicarme cómo piensan devorarme? - ¿Por qué preguntas eso? - replicó el leñador. - Porque, si piensan empezar a comernos por la cabeza - contestó el Peregrino -, la cosa no es tan seria como si deciden hacerlo primero por los pies. - ¿Qué diferencia existe en eso? - preguntó el leñador, sorprendido -. Se empiece por donde se empiece, el resultado es siempre el mismo. - Se ve que no tienes mucha experiencia en eso - comentó el Peregrino -. Si nos comen empezando por la cabeza, después del primer mordisco no sentiremos dolor alguno, aunque a continuación nos frían, nos asen o nos cuezan a fuego lento. Si, por el contrario, comienzan por los pies, pasan acto seguido a las piernas y, de ahí, a las pantorrillas y a la pelvis, mastica que te mastica y roe que te roe; es muy posible que, cuando lleguen a la cintura, todavía no hayamos muerto. ¿Te imaginas el sufrimiento que eso puede producir? Como ves, la diferencia es grande. - No te preocupes por eso - respondió el leñador -. Esas bestias no van a tomarse tantas molestias. Mirándolo bien, no son tan refinadas como parecen. Lo que harán será atarte a un poste y ponerte al fuego. Cuando estés bien churruscadito, te comerán entero y asunto concluido. - ¡Eso es mejor de lo que me esperaba! - exclamó el Peregrino, aliviado -. ¡Mucho mejor! No nos dolerá nada. La pena será que estaremos un poco tiesecitos y duros. - No seas tan caradura, por favor - le aconsejó el leñador -. Esos monstruos tienen en su poder cinco tesoros que poseen un gran caudal de poderes mágicos. Aunque seas el pilar de jade que sostiene los Cielos o el puente de oro que une las dos orillas del océano, esas bestias te harán perder el equilibrio, cuando trates de pasar al monje Tang sano y salvo por sus dominios. - ¿Quieres decirme cuántas veces me marearé? - inquirió el Peregrino. - Tres o cuatro - contestó el leñador. - ¡Bah, eso no es nada! - exclamó, una vez más, el Peregrino -. ¿Qué son tres o cuatro veces para quien se marea al cabo del año setecientas u ochocientas veces? Un pequeño vahído y ¡ya está! ¡Atrás quedó el peligro para siempre! El Gran Sabio no sentía, en verdad, miedo alguno. Estaba tan ansioso por servir de guía al monje Tang que dejó al leñador y, de dos grandes zancadas, se llegó hasta donde estaba parado el caballo y dijo al maestro: - No se trata de nada serio. Sólo un par de monstruos sin ninguna importancia. Lo que ocurre es que la gente de por aquí es bastante miedosa y se asusta por cualquier cosa. Además, me tenéis a vuestro lado. Así que lo mejor es que prosigamos nuestro camino. A Tripitaka no le quedó más remedio que seguir adelante. Pero, al pasar junto al leñador, éste se desvaneció de pronto y el maestro preguntó, sobresaltado: - ¿Cómo es posible que la persona encargada de traernos ese mensaje tan desalentador haya desaparecido tan de repente? - ¡Qué mala suerte la nuestra! - se quejó Ba-Chie -. ¡Hasta a plena luz del día nos topamos ya con los espíritus! - ¿Cómo puedes decir tantas tonterías? - le regañó el Peregrino -. Lo más seguro es que ese hombre se haya escurrido al interior del bosque en busca de madera. Voy a echar un vistazo. El Gran Sabio abrió cuanto pudo sus ojos de fuego y sus pupilas de diamante, pero, aunque escudriñó la montaña con sumo cuidado, no pudo hallar ni rastro del leñador. Sorprendido, levantó después la cabeza y vio al Centinela del Día sentado sobre una franja de nubes. Montó a toda prisa en una y salió en su persecución, sin dejar de gritar: - ¡Maldito espíritu! Cuando llegó a su altura, le reconvino, diciendo: - Si tenías algo que advertirnos, ¿por qué no lo hiciste con toda claridad? ¿A qué viene eso de disfrazarte y tomarnos descaradamente el pelo? El Centinela estaba tan asustado que sólo acertó a inclinar respetuosamente la cabeza y a responder: - Perdonad, Gran Sabio, mi tardanza en transmitiros el mensaje, pero esos monstruos poseen extraordinarios poderes mágicos y son capaces de transformarse en lo que les venga en gana. Ahora os corresponde a vos valeros de vuestra portentosa inteligencia para proteger a vuestro maestro de la forma que estiméis más oportuna. Os advierto que, si no obráis con presteza, no podréis pasar de aquí y jamás alcanzaréis el Paraíso Occidental. El Peregrino dejó al Centinela proseguir su camino, aunque tomó buena cuenta de su advertencia. Al regresar, sin embargo, a la montaña y ver al maestro, a Ba-Chie y al Bonzo Sha avanzar entre las rocas con no poca dificultad, se dijo: - Si les cuento cuanto acaba de relatarme el Centinela, con toda seguridad se echarán a llorar. ¡Posee el maestro un espíritu tan débil! Por otra parte, si no le digo la verdad, puede seguir adelante sin tomar ningún tipo de precauciones. Como muy bien afirma el proverbio, "al adentrarse en un pantano, nadie puede asegurar si es profundo o no". Si el maestro cae en poder de esos monstruos, tendré que emplearme a fondo y gastar yo qué sé la de energía. Creo que lo mejor será enviar a Ba-Chie por delante a ver cómo se desenvuelven esos monstruos. Si sale vencedor del trance, toda la gloria será suya. Pero, si fracasa y cae en poder de esas bestias, ya dispondré después de tiempo para ponerle en libertad. Su desgracia me brindará la ocasión de mostrar mis poderes y eso aumentará aún más mi fama. Mientras calibraba la viabilidad de estos planes, interrogando a la inteligencia con la mente, volvió a decirse: - De todas formas, Ba-Chie es tan vago que a buen seguro se negará a hacer de avanzadilla. Eso sin contar con que el maestro le protege de una forma increíble. Tendré que servirme, pues, de la astucia para convencerle. ¡A cuántos engaños hubo de recurrir el Gran Sabio! Se frotó los ojos durante un buen rato y, de esta forma, logró que las lágrimas fluyeran copiosas por sus mejillas, mientras se dirigía con paso inseguro a donde se encontraba su maestro. Al verle tan abatido, Ba-Chie exclamó en seguida: - Deja la pértiga en el suelo, Bonzo Sha, y pon ahí el equipaje. Creo que ha llegado la hora de dividirlo. - ¿Se puede saber por qué lo vamos a dividir? - preguntó, sorprendido, el Bonzo Sha. - ¡Haz, de una vez, lo que te digo! - gritó Ba-Chie -. Cuando tengas la parte que te corresponda, vuelve al Río de Arena y conviértete en monstruo. Por mi parte, pienso regresar al pueblo de Gao a ver qué tal sigue mi esposa. Venderemos el caballo y con lo que saquemos compraremos un ataúd para el maestro. Ha llegado la hora de dispersarnos. No tiene ningún sentido sacrificarnos por llegar al Paraíso Occidental. - Maldito esclavo! - bramó Tripitaka sobre el caballo -. Aún no hemos concluido el viaje. ¿Se puede saber a qué viene tanta tontería? - Sólo los niños las dicen - replicó Ba-Chie -. ¿No veis al Peregrino Sun que viene hacia aquí llorando como una doncella? Como bien sabéis, es un luchador experimentado, que no tiene miedo ni al hacha ni al fuego y que es capaz de adentrarse tanto en el Cielo como en la Tierra. Sin embargo, se le ve decaído y sin ánimo alguno. Una actitud así sólo se explica por lo infranqueable de esta montaña y lo peligroso de los monstruos que la habitan. ¿Cómo queréis que sigamos adelante nosotros, que somos mucho menos fuertes que él? - ¡Te repito que dejes de decir tonterías! - insistió el maestro -. En realidad, no sabemos lo que le pasa. Vamos a preguntárselo, antes de tomar cualquier decisión. Cuando comprendió que el Peregrino estaba lo suficientemente cerca para poder oírle, levantó la voz diciendo: - Si hay algo que te desazona, no estaría de más que lo compartieras con nosotros. ¿Se puede saber por qué te muestras tan abatido? No querrás asustarnos con esa cara tan lúgubre que traes, ¿verdad? - Acabo de descubrir que el mensajero que nos ha anunciado todas esas desgracias era nada más y nada menos que el Centinela del Día. Me ha confirmado que los monstruos que nos esperan más adelante son tan crueles que no dejan pasar a nadie por sus dominios. Éstos, por otra parte, son tan abruptos que hasta la fecha no ha podido trasponerlos ningún ser humano. Creo que tampoco nosotros seremos capaces de hacerlo, así que lo mejor es que lo dejemos para otra ocasión. Al oír eso, el maestro se puso tan nervioso que agarró, desesperado la túnica de piel de tigre del Peregrino y le dijo: - Llevamos cubierta ya más de la mitad del viaje. ¿Cómo puedes hablar ahora de esa forma tan descorazonadora? - Me debo totalmente a vuestra causa - afirmó el Peregrino -, pero me temo que esos monstruos son mucho más fuertes que nosotros y no podremos hacerles frente sin ayuda. Como muy bien reza el dicho, "aunque el hierro esté ya en el interior del horno, nunca se sabe los tornillos que se pueden sacar de él". - En eso tienes razón - admitió el maestro -. Es muy difícil para una sola persona salir airosa de este trance, pues, como suelen afirmar los libros de tácticas militares, "unos pocos no pueden derrotar a un ejército completo". Pero aquí somos cuatro. Debes contar también con Ba-Chie y el Bonzo Sha. Te doy permiso para que dispongas de ellos como mejor te plazca. Me figuro que te servirán de mucha ayuda protegiéndote los flancos. En fin, tú sabes mucho más que yo de esas cosas. Lo que importa es que todos colaboremos y podamos llegar sin mayores tropiezos a la otra parte de esta montaña. ¿No habremos dado, así, un paso más para conseguir nuestros propósitos? Toda la comedia del Peregrino estaba encaminada a arrancar del maestro precisamente esas palabras. Satisfecho de su triunfo, se limpió las lágrimas y dijo: - Si deseáis, en verdad, cruzar esta montaña, es preciso que Chu Ba-Chie acepte llevar a cabo dos misiones que tengo pensadas para él. Sólo entonces dispondremos de un tercio de posibilidades de salir airosos de nuestro empeño. Si, por el contrario, no se aviene a ayudarme, podéis olvidaros de todo el asunto. - ¡No, no! - protestó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Es mejor que cada cual nos vayamos por donde hemos venido. No comprendo por qué ahora quieres liarme. - No seas tan impulsivo, por favor - le aconsejó el maestro -. Enterémonos primero de qué es lo que quiere Wu-Kung que hagas. - Está bien - replicó el Idiota, volviéndose hacia el Peregrino - ¿Cuáles son esas dos misiones de las que hablabas? - La primera - respondió el Peregrino -, que cuides del maestro, y la segunda, que vayas a patrullar la montaña. - No me parecen muy compatibles - opinó Ba-Chie -. Cuidar del maestro implica quedarme aquí sentado, mientras que salir de patrulla exige que me aleje de su lado. No querrás que me siente unos minutos y camine otros pocos, ¿verdad? Es imposible que haga las dos cosas a un tiempo. ¿No lo comprendes? - Claro que sí - reconoció el Peregrino -. Sin embargo, nadie ha pedido eso, sino que elijas una de las dos. - Eso es fácil de decidir - comentó Ba-Chie, sonriendo - ¦ De todas formas, antes necesito saber qué tengo que hacer para proteger el maestro o para salir por ahí a recorrer la montaña. Quien no conoce de antemano sus obligaciones no puede afirmar que vaya a ser capaz de llevarlas a buen término. - Cuidar del maestro - explicó el Peregrino - implica permanecer a su lado cuando quiera hacer sus necesidades, acompañarle cuando desee moverse por ahí, e ir a mendigar algo de comida vegetariana cuando sienta hambre. Pero recuerda bien esto: si no te muestras diligente con él, recibirás una buena paliza, lo mismo que si su tez pierde algo de color o si sus fuerzas flaquean un poco. - ¡Pero eso es extremadamente difícil! ¡Dificilísimo! - protestó Ba-Chie, alarmado -. No separarme de él en ningún momento no implica dificultades mayores. Aunque tuviera que llevarle a cuestas de aquí para allá, no me costaría gran cosa. Pero, si me envía a mendigar comida y me encuentro con alguien incapaz de reconocer en mí a un monje en busca de escrituras sagradas, mi vida puede correr un grave peligro. No en balde soy un puerco sano y de una corpulencia llamativa. ¿Quién no va a intentar darme caza con horcas y estacas, al verme tan rollizo y bien criado? Lo más seguro es que, después de darme muerte, me lleven a sus casas y me dejen secar, para que pueda servirles de alimento durante un año completo. ¿No supone eso meterme yo mismo en la boca del lobo? - En ese caso - concluyó el Peregrino -, deberás salir de patrulla. - ¿Y eso qué conlleva? - inquirió Ba-Chie. - Adentrarte en la montaña y tratar de descubrir cuántos monstruos se esconden en ella - respondió el Peregrino -. De esa forma, podremos hacer planes para atravesarla sin problemas. - Eso para mí no es nada - reconoció, aliviado, Ba-Chie -. Ahora mimo voy a salir de patrulla - y, agarrando su túnica y el tridente, se dirigió, decidido, hacia el interior de la montaña. Al verle partir con aire tan despreocupado, el Peregrino no pudo evitar una sonrisa socarrona. Eso le valió una regañina del maestro, que exclamó, ofendido: - ¡Maldito mono sin entrañas! Ves a tu hermano marchar directamente hacia la muerte y, encima, te burlas de él. ¿Cuándo vais a dejar de envidiaros? Es vergonzoso haberte servido de esas artes para obligarle a salir en lo que tú has llamado de patrulla. ¿Por qué tienes que ser tan astuto y valerte de la palabrería y el engaño? Pero, lejos de contentarte con eso, te burlas y te ríes de él. ¿Cómo puedes ser así? - Yo no me burlo de nadie - se defendió el Peregrino -. Mi risa obedece, en realidad, a otros motivos. Aunque Ba-Chie acabe de marcharse, os aseguro que ni patrullará esta montaña ni se enfrentará a monstruo alguno. Lo que hará será esconderse en algún lugar seguro y después volverá a contarnos alguna historia absurda que él mismo se haya inventado. - ¿Cómo puedes afirmar semejante cosa? - le reconvino, una vez más, el maestro. - Algo me dice que es eso lo que hará - contestó el Peregrino -. Si no me creéis, podéis ir tras él y comprobarlo por vos mismo. De todas formas, es mejor que lo haga yo. Si por casualidad se topa con algún monstruo, puedo ayudarle y comprobar, al mismo tiempo, si es auténtico o no su compromiso de servir fielmente a Buda. - Me parece una idea excelente - dijo el maestro, más tranquilo - Pero, por favor, procura no burlarte más de él. El Peregrino prometió que así lo haría y se lanzó corriendo montaña arriba. Sacudió después ligeramente el cuerpo y se transformó en una pequeña avispa. Sus alas se movían sin esfuerzo alguno en el seno del viento, contrastando su fuerza con la delicadeza de su cintura, tan delgada como un alfiler. La velocidad de sus movimientos era tal que se desplazaba por entre los juncos y plantas con la celeridad de un cometa. Sus ojos poseían un delicado brillo, que se conjugaba a la perfección con el casi imperceptible zumbido de su vuelo. A pesar de ser uno de los insectos más pequeños que existen, posee la inteligencia de otros mayores que él. Cuando se detiene a descansar en los parajes más recónditos del bosque apenas nadie se percata de su nerviosa presencia. El Peregrino batió con fuerza las alas y no tardó en ponerse a la altura de Ba-Chie. Se posó después en su cuello y de ahí pasó a unas cerdas muy duras que tenía justamente en la terminación de las orejas. El Idiota ni siquiera se percató de que alguien había aterrizado en su cuerpo. Tras caminar durante siete u ocho kilómetros, dejó caer su pesado tridente, se volvió de improviso hacia donde se encontraba el monje Tang y, sin dejar de agitar cómicamente los pies y las manos, empezó a maldecir su suerte, diciendo: - ¡Qué bien se lo están pasando el loco de mi maestro, el de desaprensivo "pi-ma-wen" y el mariquita del Bonzo Sha, mientras yo veo me obligado a hollar los caminos sin parar! Todos esperamos alcanzar la perfección y acumular méritos, consiguiendo las escrituras sagradas, pero soy sólo yo el que tiene que sacrificarse, saliendo a patrullar estas montañas. Si, en verdad, hay por aquí cerca unos monstruos terribles lo que teníamos que hacer era tratar de pasar totalmente desapercibidos. Pero no, ¡no es suficiente eso para ellos! Sin pedir mi opinión, me obligan a ir en busca de esas bestias. ¡Arreglados andan conmigo, porque ahora mismo voy a tumbarme a echar una siesta! Cuando me despierte, iré a contarles lo primero que se me ocurra y asunto concluido. Todo parecía conjurarse para facilitar los planes del Idiota. A dos pasos de donde se encontraba, en un recodo de la montaña, abrió un manto de hierba rojiza y hacia allá se dirigió, arrastró el tridente. Inmediatamente se dejó caer en el suelo y exclamó, estirándose voluptuosamente: - ¡Qué comodidad! ¡Ni siquiera un "pi-ma-wen" puede gozar de placeres tan exquisitos como éste! El Peregrino, que continuaba agarrado a una de sus cerdas de detrás de la oreja, no pudo contenerse al oír semejantes desatinos y voló hacia lo alto, dispuesto a estropearle sus planes. Volvió a sacudir ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en un pequeño pájaro carpintero. La dureza de su pico no tenía en nada que envidiar a la del acero, cosa que contrastaba con el brillo y la delicadeza de su plumaje. Sus uñas, por el contrario, eran tan afiladas como clavos de acero. De ellas se servía para agarrarse con fuerza a los troncos de los que se alimentaba, aunque, a decir verdad, le gustaban más los que habían sido ya carcomidos por los insectos y los que crecían, solitarios y viejos, en algún lugar apartado. Eran inconfundibles sus ojos redondos, su cola en forma de abanico, su manera de posarse en las ramas y el ruido monótono de su constante picoteo. El pájaro en el que se convirtió el Peregrino no era ni demasiado grande ni demasiado pequeño, no pesando, de hecho, más de unas cuantas onzas. Con su pico rojo, duro como el bronce, y sus garras negruzcas, resistentes como el hierro, se dejó caer desde lo alto sobre el desprevenido Ba-Chie. El Idiota estaba ya roncando con la cabeza hacia arriba y recibió en el morro un picotazo tan terrible que se puso inmediatamente de pie, sin dejar de gritar como un loco: - ¡Un monstruo! ¡Acaba de alcanzarme un monstruo con su lanza! ¡Santo cielo, cómo me duele el morro! Se lo frotó con una mano y descubrió que estaba sangrando. Eso le hizo quejarse de su suerte, diciendo: - ¡Qué mala pata! ¡Siempre me ocurre lo mismo! ¿Es que nunca va a quererme sonreír la fortuna? Pero, pese a la sangre que teñía aparatosamente sus manos, nada se movía a su alrededor. Todo parecía estar tan tranquilo como antes. - ¡Qué raro! - volvió a exclamar -. No se ve a ningún monstruo. Si no ha sido una bestia, ¿quién ha podido darme un lanzazo en la boca? En ese momento levantó la cabeza hacia arriba y descubrió a un pequeño pájaro carpintero revoloteando por encima de los árboles Rechinándole los dientes de rabia, gritó, enfurecido: - ¡Maldita bestezuela! ¡Como si no fueran suficientes los malos tratos del "pi-ma-wen" para que, encima, vengas tú a incordiarme.¡Ahora me lo explico! Lo más seguro es que ese pájaro haya pensado que no soy humano, confundiendo mi morro con un tronco carcomido y lleno de gusanos. No me cabe duda de que está buscando insectos y por eso me ha dado ese picotazo. Será mejor, por tanto, que esconda cuando antes la jeta en el pecho - y de nuevo se dejó caer en el suelo para seguir durmiendo. Pero el Peregrino volvió a lanzarse contra él desde lo alto, propinándole un tremendo picotazo en la misma base de la oreja. El Idiota dio un salto y exclamó, una vez más, furioso: - ¡Bestia maldita! ¡Se ve que la ha tomado conmigo! Debe de tener el nido por aquí cerca y se ha debido de creer que he venido a robarle los huevos o los polluelos. Eso explica su manía de atacarme. Está bien, está bien. Me marcho. Ya encontraré en otro sitio un lugar para dormir más tranquilo. Cogió el tridente y, tras abandonar la placidez del prado de hierba roja, salió de nuevo al camino. El Peregrino, por su parte, se partía de risa, diciéndose, divertido: - ¡Qué tonto! ¡Ni con los ojos abiertos de par en par ha sido capaz de reconocerme! Volvió a sacudir otra vez el cuerpo y se convirtió en un pequeño saltamontes, que se agarró con fuerza a las impresionantes cerdas que el Idiota tenía detrás de la oreja. Tras adentrarse en la montaña cuatro o cinco kilómetros, Ba-Chie llegó a un valle en el que se levantaban tres espigones cuadrados de roca verde, del tamaño de una mesa normal. El Idiota dejó a un lado el tridente y se inclinó respetuosamente ante las piedras. El Peregrino no pudo evitar soltar la carcajada, diciéndose: - ¡Realmente está como una regadera! ¡Ni que estas rocas fueran hombres y pudieran hablar y devolver el saludo! ¿A qué viene, entonces de inclinarse ante ellas? ¡No tiene sentido mostrarles tanto respeto! Pero el Idiota estaba haciendo como si aquellos bloques de piedras en realidad, fueran el monje Tang, el Bonzo Sha y el Peregrino. Se trataba de hecho, de una especie de ensayo de lo que pensaba decirles a su vuelta. - Cuando vuelva junto al maestro - afirmó -, les diré que hay infinidad de monstruos. Si me preguntan qué clase de montaña es ésta, les responderé que ha sido moldeada con arcilla, a la que después se le ha añadido barro, se la ha envuelto en estaño y cobre y, finalmente, se le ha pintado con un pincel, no sin antes cubrirle los agujeros con papel y espolvorearle un poco de harina. Si responden que eso son tonterías, les diré que es una montaña extremadamente abrupta. Seguro que entonces me preguntarán de qué tipo es la caverna en la que habitan los monstruos y yo les contestaré que muy bien protegida por rocas prácticamente inaccesibles. Querrán saber a continuación de qué clase son sus puertas y yo les responderé que de láminas de acero reforzadas con clavos muy anchos. Eso reavivará su imaginación y les llevará a inquirir sobre la profundidad de la cueva, a lo que yo contestaré que consta de tres porciones bien definidas. Si insisten en que les diga más detalles, tales como cuántos clavos hay en cada uno los batientes de la puerta, me limitaré a aclararles que estaba demasiado nervioso para fijarme en detalles de tan poca importancia. Bueno, ahora que lo tengo ya todo preparado, creo que ha llegado el momento de volver a engañar a ese engreído "pi-ma-wen". Satisfecho de su plan, el Idiota agarró el tridente y volvió lentamente sobre sus pasos. Desgraciadamente, desconocía que el Peregrino lo había oído todo, escondido detrás de su oreja. Al ver que sus predicciones estaban a punto de cumplirse, Wu-Kung desplegó sus alas y se dejó llevar por el viento hasta donde estaba su maestro. Allí volvió a tomar la forma que le era habitual y saludó a sus dos hermanos. - Así que ya has vuelto - comentó el maestro -. ¿Cómo es que no viene Wu-Neng contigo? - Estará aquí dentro de muy poco - contestó el Peregrino, luchando por ahogar la risa -. Se ha retrasado un poco inventando algunas mentiras. - Una persona como él, que tiene los ojos cubiertos totalmente por las orejas, por fuerza tiene que ser un estúpido - dijo el maestro -. ¿Se puede saber de qué mentiras se trata? Espero que no sea ninguno de tus planes para ponerle en ridículo ante mí. - ¿Por qué siempre tratáis de esconder todos sus defectos? - se quejó el Peregrino -. Yo no me he inventado lo que os he dicho, sino que lo he oído directamente de sus labios - y le relató con todo detalle cómo el Idiota se había tumbado en la hierba a echar una siesta cómo se lo había impedido el inoportuno ataque del pájaro carpintero, cómo se había inclinado ante las rocas del valle y había labrado aquella absurda historia de los monstruos de la montaña y de la caverna de puertas de acero en la que habitaban. No había acabado de decirlo, cuando vieron a lo lejos acercarse al Idiota. Venía con la cabeza inclinada, repasando una y otra vez lo que tenía pensado decir, pues temía olvidar algún detalle de lo que él mismo se había inventado. - ¿Se puede saber qué es eso que vas murmurando? - le gritó el Peregrino, burlón. Ba-Chie levantó en seguida las orejas y respondió, mirando a su alrededor: - Nada, que es siempre un placer encontrarnos de nuevo con quienes constituyen nuestro hogar. Acto seguido, se echó a los pies del maestro, que le levantó del suelo, diciendo: - No seas tan educado. Me figuro que debes de estar muy cansado. - Así es - reconoció Ba-Chie al punto -. No hay cosa más agotadora que subir y bajar montañas. - ¿Has averiguado si hay algún monstruo? - preguntó el maestro. - Sí, sí - contestó Ba-Chie a toda prisa -. Hay una auténtica legión de ellos. - ¿Y qué tal te han tratado? - volvió a inquirir el maestro. - Muy bien - mintió Ba-Chie -. Me tomaron por antepasado suyo llamándome respetuosamente Abuelo Cerdo. Me prepararon, incluso un poco de comida vegetariana y una sopa a base de tallarines, comprometiéndose a servirnos de escolta mientras atravesáramos esta montaña. -¿Eso lo oíste cuando dormías tumbado sobre la hierba? - preguntó burlón, el Peregrino. El Idiota se quedó tan sorprendido ante esa pregunta que perdió lo menos dos centímetros de su altura habitual. - ¡Cómo te has enterado de que he estado durmiendo? - balbuceó Enfadado, el Peregrino se llegó hasta él y, agarrándole de la ropa, exclamó: - ¡Ven aquí, que quiero preguntarte algo! Eso alarmó aún más al Idiota, que replicó, temblando de pies a cabeza: - Puedes preguntarme lo que quieras, pero no tienes ninguna necesidad de agarrarme de esta forma. - ¿Qué clase de montaña es ésta? - le preguntó el Peregrino sin ninguna consideración. - Muy abrupta - contesto Ba-Chie. - ¿Y qué me dices de la caverna de los monstruos? - inquirió el Peregrino. - Protegida con rocas prácticamente inaccesibles - respondió Ba-Chie, más sereno. - ¿Qué tipo de puertas posee? - insistió el Peregrino. - De hierro guarnecido con clavos muy anchos - volvió a contestar Ba-Chie. - ¿Cuál es la profundidad de esa caverna? - continuó el Peregrino su interrogatorio. - Mucha - aclaró el Idiota -. Posee, de hecho, tres porciones. - No necesito preguntarte más - concluyó el Peregrino. - La última porción la recuerdo con bastante claridad - dijo Ba-Chie, recuperado del todo. - ¡No sigas mintiendo, por favor! - le echó en cara el Peregrino -. Todo esto te lo he preguntado, para que viera el maestro que no estaba mintiendo. Ahora puedo proseguir tu informe, sin que tú digas una sola palabra. - ¡No comprendo cómo puedes ser tan engreído! - exclamó Ba-Chie a su vez -. ¿Cómo vas a terminar tú mi informe, si ni siquiera fuiste conmigo? - ¿Cuántos clavos había en las puertas? - preguntó de pronto el Peregrino, soltando la carcajada -. Bueno, digamos que estabas demasiado nervioso para recordarlo ahora con toda claridad. ¿No es así? El Idiota estaba tan asustado que al punto se dejó caer sobre el suelo. El Peregrino continuó su ataque, diciendo: - ¿Te parece bonito inclinarte ante un grupo de rocas y hablarles con todo respeto, como si fuéramos nosotros tres? ¡Di! ¿Te parece justo? Además, ¿por qué tuviste que decir "ahora que ya tengo mi historia puedo volver a engañar a ese engreído de "pi-ma-wen""? ¿Quieres explicarme qué forma de hablar es ésa? - Por lo que has dicho - concluyó el Idiota, golpeando sin parar el suelo con la frente -, deduzco que no te apartaste de mí ni un segundo, cuando salí a patrullar la montaña. - ¡Vago asqueroso! - le regañó, fuera de sí, el Peregrino -. Éste es un lugar muy especial. Si no lo fuera, no te hubiéramos enviado a patrullarlo, pero tú, en vez de hacerlo, te echaste a dormir tranquilamente una siesta. Si el pájaro carpintero no se hubiera cebado en tu morro, seguro que a estas horas todavía estarías roncando. Sin embargo, no te conformaste con eso, sino que, encima, te inventaste esa patraña que acabas de contarnos. ¿No te das cuenta de que has estado a punto de arruinar una empresa tan importante como la nuestra? Súbete la túnica, que voy a darte como recuerdo cinco azotes en las piernas. - ¡Pero tu barra es demasiado dura! - exclamó, horrorizado, Ba-Chie -. Con apenas tocarla, la piel se desgarra y los tendones se quiebran, como si fueran viejos hilos de seda. Cinco golpes me supondrán con toda seguridad la muerte. - ¿Por qué mientes, si tienes tanto miedo al castigo? - le recrimino el Peregrino. - Te prometo que no volveré a hacerlo nunca más - dijo Ba-Chie con voz llorosa. - Está bien - concedió el Peregrino -. Por esta vez te daré tres golpes. - ¿Es que no lo comprendes? - gritó Ba-Chie, desesperado - ¡Ni siquiera medio golpe seré capaz de soportar! Comprendiendo que no tenía escapatoria, el Idiota agarró al maestro y le suplicó: - ¡Por lo que más queráis, interceded en mi favor! - Cuando Wu-Kung me contó que habías urdido esa patraña – contestó el maestro -, me negué de plano a creerle. Pero ahora que se ha descubierto la verdad, mereces que se te aplique un castigo ejemplar. De todas formas, estamos tratando de cruzar esta montaña y precisamos de toda la ayuda que podamos obtener. Así que, Wu-Kung – añadió, dirigiéndose al Peregrino -, es aconsejable que de momento le perdones. Cuando hayamos atravesado estos parajes, haz con él lo que mejor te parezca. ¿De acuerdo? - Los antiguos opinaban - contestó el Peregrino - que "obedecer a los propios padres es una expresión de piedad filial". Si el maestro quiere que no te azote, no lo haré de momento. Pero debes partir de nuevo a patrullar la montaña y ten presente que, si vuelves a echarte una siesta o a complicar las cosas, no rebajaré ni uno solo de los golpes que pienso darte. Al Idiota no le quedó, pues, más remedio que ponerse de pie y hollar, una vez más, el camino. Esta vez, mientras caminaba, tenía la sensación de que el Peregrino seguía cada uno de sus pasos, convertido en algo que él mismo desconocía. Cuando se topaba con algo nuevo, en seguida pensaba que se trataba de Wu-Kung. De esta forma, recorrió siete u ocho kilómetros, hasta encontrarse con un tigre tremendo, que corría pendiente arriba. Sin perder la compostura, levantó el tridente y preguntó con cierto fastidio: - ¿Por qué has tenido que seguirme para escuchar mis mentirillas? ¿Acaso no he prometido cumplir esta vez con mis obligaciones? Un poco más adelante un golpe de viento derribó un árbol ya seco, que fue rodando hacia donde él estaba. A punto de perder la paciencia el Idiota se golpeó en el pecho, diciendo: - ¿Por qué has hecho eso? ¿No dije que no iba a engañarte más? ¿Por qué has tenido que convertirte en un árbol y asustarme de la forma como lo has hecho? Continuó caminando y a los pocos pasos vio en el aire una picaza con el cuello blanco que graznaba con insistencia y volvió a exclamar: - ¿No te da vergüenza? Te dije que no iba a mentirte más. ¿Por qué te has convertido en una picaza vieja? Es incomprensible tu afán de escuchar a escondidas cuanto digo. Pero esta vez el Peregrino no le siguió. Todo era producto de su imaginación y sus sospechas, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de la montaña que estaba a punto de explorar. Era conocida por el nombre de Altísima y en ella se hallaba enclavada la Caverna de la Flor de Loto, que servía de morada a dos monstruos: uno era conocido como el Gran Rey del Cuerno de Oro y el otro, el Gran Rey del Cuerno de Plata. Aquel día estaban sentados tranquilamente en la cueva, cuando Cuerno de Oro dijo de improviso a Cuerno de Plata: - ¿Cuánto tiempo hace que no salimos a patrullar la montaña? - Por lo menos, medio mes - contestó Cuerno de Plata. - En ese caso - concluyó Cuerno de Oro -, prepárate para hacerlo hoy. - ¿Por qué precisamente hoy? - protestó Cuerno de Plata. - Últimamente he oído comentar - explicó Cuerno de Oro - que el Emperador de los Tang, cuyo imperio abarca las Tierras del Este, ha enviado a su hermano, el monje Tang, al Oeste en busca de las escrituras sagradas de Buda. Según tengo entendido, le acompañan otros tres monjes, que responden a los nombres de Peregrino Sun, Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha. Si contamos al caballo, hacen un total de cinco personas. Sería fantástico que anduvieran por aquí cerca y pudieras capturarlos para mí. - Si lo que deseas es comer carne humana, puedes cazar en otra parte a los hombres que quieras - le aconsejó Cuerno de Plata -. ¿Para qué molestar a esos pobres monjes? Déjales seguir tranquilamente su camino. - Se ve que no estás al tanto de la importancia de esos viajeros - comentó Cuerno de Oro -. Al abandonar las Regiones Superiores, oí decir que el monje Tang es, en realidad, la reencarnación de la Cigarra de Oro, un hombre que se ha dedicado a la práctica de la ascesis durante más de diez existencias y que jamás ha malgastado un solo gramo de yang. Por tanto, si alguien logra probar un solo trocito de su carne, verá alargada ostensiblemente su edad. - Si lo que dices es verdad - preguntó Cuerno de Plata, más interesado en la empresa -, ¿qué necesidad tenemos de practicar ejercicios, luchar por conciliar al dragón y al tigre, y esforzarnos por conseguir la unión de los principios masculinos y femeninos? Nos bastar con devorar a ese monje. Ahora mismo voy a capturarle. - No seas tan impulsivo - le aconsejó Cuerno de Oro -. En asuntos como éste lo principal es no precipitarse. Si sales por esa puerta y echas mano del primer monje que encuentres, habrás violado la ley a lo tonto. Por cierto, aún recuerdo cómo es ese monje Tang. Mandaré hacer unos cuantos retratos suyos y de sus discípulos, y, así, no tendrás ningún problema a la hora de identificarlos. Cuando veas a algún bonzo, comparas su faz con la de las pinturas y, si se le parece, le traes en seguida para acá. No tardaron en estar listas las pinturas, a las que Cuerno de Oro añadió debajo su correspondiente nombre. Cuerno de Plata las guardó con cuidado en el bolsillo y abandonó la cueva, seguido de no menos de treinta diablillos. La mala fortuna de Ba-Chie quiso que no tardara en toparse con ellos. Cuando más descuidado estaba, se vio rodeado por un grupo de demonios, que le preguntaron con energía: - ¿Quién eres? Detente y dinos tu nombre. Sorprendido, el Idiota levantó la cabeza y echó en seguida las orejas para atrás. Al ver que se trataba de demonios, se puso a temblar de miedo y se dijo, muy alterado: - Si les respondo que soy un monje que va en busca de escrituras, seguro que se apoderarán de mí en un abrir y cerrar de ojos. Así que lo mejor será que les diga que no soy más que un vulgar caminante. Los demonios escucharon sin ninguna sorpresa su respuesta y volaron a informar a su señor, diciendo: - Se trata de un simple caminante, señor. Pero junto a los que no pudieron reconocer a Ba-Chie, había otros que encontraron su rostro muy familiar y, señalándole con insistencia, afirmaron, muy exaltados: - Ese monje se parece muchísimo al retrato de Chu Ba-Chie. ¿No os parece, señor? El viejo demonio ordenó que colgaran la pintura para poder examinarla con mayor atención. En cuanto Ba-Chie la vio, se dijo, muy alterado: - Ahora me explico por qué últimamente me encuentro como sin fuerzas. ¡Estas bestias han encerrado mi espíritu dentro de ese retrato! Mientras los demonios sostenían la pintura colgada de sus lanzas, Cuerno de Plata la estudió con detenimiento, murmurando para sí: - Ese que va montado en un caballo blanco es el monje Tang, y ese otro que tiene la cara toda llena de pelos, el Peregrino Sun. - ¿Veis como yo no estoy ahí? - exclamó, un tanto aliviado, Ba-Chie -. Si me dejáis partir, os regalaré tres cabezas de cerdo y más de veinticuatro jarros del mejor vino que podáis imaginar. El Idiota continuó prometiendo lo primero que se le venía a la cabeza, pero el monstruo no le prestó la menor atención. - Ese otro - prosiguió, como si no hubiera sido interrumpido -, a juzgar por su pelo extremadamente largo, es el Bonzo Sha, y aquel de más allá no puede ser otro que Chu Ba-Chie. Su hocico y sus orejas son francamente inconfundibles. Al oír eso, el Idiota agachó cuanto pudo el morro, tratando inútilmente de esconderlo en el pecho. - ¿Por qué escondes la boca de esa forma? - le interrogó el monstruo. Estírala un poco, para que podamos verla bien. - No puedo - mintió Ba-Chie -. Se trata de un defecto de nacimiento. Espero que lo comprendáis, gran señor. Impertérrito, el demonio ordenó a sus subalternos que cogieran unos ganchos y se lo sacaran a la fuerza. Ba-Chie sacó el morro a toda prisa y dijo a manera de excusa: - Toda mi familia tiene una jeta como ésta. Si tanto os gusta mirarla, no tenéis más que decírmelo. ¿A qué viene usar garfios? ¡Aquí está a vuestra disposición, gran señor! Al darse cuenta de que se trataba de Ba-Chie, el monstruo sacó su espada mágica y lanzó contra él un tajo terrible, que afortunadamente el Idiota esquivó, al tiempo que decía: - ¡No seas tan impulsivo, muchacho, y presta atención a mi tridente! - A mí los hombres que se hacen monjes a mediana edad no me meten ningún miedo - se burló el monstruo, soltando la carcajada. - ¡Vaya con el muchacho! - exclamó Ba-Chie en el mismo tono -. Se ve que tiene un poquito de inteligencia. ¿Quién te ha dicho que yo me he hecho monje ya de mayorcito? - Si sabes usar ese tridente - contestó el monstruo con desprecio -, es porque lo robaste, después de arar con él incontables jardines y campos. - Estás muy equivocado, muchacho - replicó Ba-Chie -, porque esta maravilla jamás ha labrado la tierra. Mírala bien y te convencerás. Sus puntas tienen forma de garras de dragón y son de un oro purísimo. Pero si bella es su hechura, su efectividad en el combate no va a la zaga, porque es capaz de levantar un viento gélido y lanzar proyectiles de llamas luminosas. A mil monstruos ha vencido en su deambular hacia el Oeste, siempre al servicio del intrépido monje Tang. Cuando se la sostiene en las manos, emite una neblina que oscurece la luna y el sol. Si se la levanta por encima de la cabeza, la oscuridad que genera es tan densa que roba todo brillo a la estrella polar. Es capaz de derribar el Monte Tai, sumiendo en pánico a todos los monstruos que lo habitan, y de dar la vuelta a los océanos, haciendo que los dragones tiemblen de miedo. No dudo de que tú poseas poderes muy especiales, pero te aseguro que este tridente abrirá nueve heridas horrorosas en tu asqueroso cuerpo. A pesar de la vehemencia de esas palabras, el monstruo no retrocedió. Al contrario, blandió su espada de siete estrellas y se lanzó contra Ba-Chie. La montaña fue testigo de su cruel encuentro. Más de veinte veces midieron sus armas, sin que se destacara un claro vencedor. Ba-Chie hizo gala de una creciente fiereza y de un desprecio total por su propia vida, que sumieron a su oponente en un progresivo temor. No podían dejar de impresionarle la forma como movía sus enormes orejas, ni la corriente de saliva que fluía de su boca, ni los gritos que sin cesar daba. El monstruo optó, pues, por abandonar el campo, encargando a los demonios que continuaran la batalla. Si se hubieran enfrentado a Ba-Chie uno a uno, habrían salido derrotados de su intento, pero eran demasiados para un solo contendiente. Así lo entendió el Idiota, que se dio la vuelta y trató de huir a toda prisa. El terreno era, sin embargo, muy accidentado y tropezó con cuantas vides y zarzas se topó en su camino. Eso aumentó aún más su ansiedad, hasta que, finalmente, uno de los demonios logró agarrarle de las piernas, haciéndole caer de cabeza en el suelo, como si fuera un perro tratando de comer mierda. Los otros demonios cayeron sobre él como un enjambre, agarrándole de las piernas y tirándole sin ningún respeto del rabo, las orejas y los pelos. De esta forma, cargaron con él y le llevaron a la caverna. ¡Qué suerte tan aciaga la del Idiota! Cuando los demonios se apoderan de un cuerpo, no hay quien pueda derrotarlos. Nadie es capaz ya de expulsarlos de él, aunque rara es la vez que no lo suman en más de diez mil enfermedades. No sabemos qué peligros corrió la vida de Ba-Chie. Quien quiera descubrirlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el próximo capítulo. 第033回 LA HEREJÍA DESTRUYE LA AUTÉNTICA NATURALEZA. EL ESPÍRITU SALE EN AUXILIO DE LA MENTE Al llegar a la caverna, los demonios levantaron la voz, gritando satisfechos: - ¡Hemos logrado cazar a uno, señor! ¡Aquí le traemos! - Acercadle un poco, para que pueda verle bien - ordenó el demonio de más edad. - Es todo tuyo - dijo, orgulloso, el que le había atrapado. - Me temo que has cazado al que no debías - comentó el primero -. Este monje no vale para nada. Al oír eso, Ba-Chie pensó que no podía dejar escapar esa oportunidad, dando un salto, exclamó con indecible ansiedad: - Es un crimen capturar algo que no tiene valor alguno, ¿no os parece? Lo mejor que podéis hacer, gran señor, es dejarlo otra vez en libertad. - No le hagas caso - dijo el demonio que le había atrapado -. Aunque no sirva para nada, es uno de los acompañantes del monje Tang, concretamente el que responde al nombre de Chu Ba-Chie. Opino, por tanto, que lo mejor que podemos hacer es meterle en el estanque que hay en la parte de atrás. Cuando se le hayan caído los pelos que cubren su cuerpo, podemos cubrirle de sal y dejarle secar al sol. Nos servirá de aperitivo más adelante. Tiene que estar exquisito con vino. - ¡Qué mala suerte la mía! - exclamó Ba-Chie al oír eso -. ¿Quién iba a decirme que habría de toparme con un monstruo especializado en salazones? Pese a sus protestas, los diablillos cargaron con él y le llevaron a la parte de atrás, arrojándole sin ningún miramiento en un estanque totalmente lleno de agua. Mientras tanto, Tripitaka se sentía cada vez más intranquilo. Aunque no se había movido del sitio, el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho y un sudor frío cubría todo su cuerpo. Sin poder resistirlo más, levantó la voz y preguntó: - ¿Cómo es posible que Wu-Neng no haya vuelto todavía? ¿Tan difícil es patrullar esta montaña? - Se ve que no conocéis cómo funciona su mente - dijo el Peregrino por toda respuesta. - ¿Qué quieres decir con eso? - volvió a inquirir Tripitaka. - Que si, en verdad, esta montaña estuviera plagada de monstruos - explicó el Peregrino -, no habría dado un solo paso y habría regresado a toda prisa a informarnos de yo qué sé qué abstrusa historia. De todo ello deduzco que no hay trazas de esos supuestos monstruos y que el camino está tan expedito que nuestro hermano ha seguido hacia delante, sin preocuparse de venir a contarnos lo que ha visto. - Si es verdad lo que dices - concluyó Tripitaka -, ¿cuándo volveremos a verle? Esta región es demasiado salvaje y no se parece en nada a un pueblo o a una ciudad. - No os preocupéis por eso - le tranquilizó el Peregrino -. Haced el favor de montar. Si espoleáis un poco vuestra cabalgadura, no dudo de que podamos darle alcance más pronto de lo que pensáis. Ese Idiota es un vago redomado y se mueve con una lentitud exasperante. Ya veréis. El monje Tang aceptó la sugerencia y montó en el caballo, mientras el Bonzo Sha cargaba con el equipaje y el Peregrino abría la marcha montaña arriba. En ese preciso instante el monstruo de más edad comentaba con el más joven: - Si has capturado a Ba-Chie, quiere decir que el monje Tang no debe de andar muy lejos. Sal a patrullar otra vez la montaña y asegúrate de echarle mano. - Así lo haré - contestó el segundo monstruo y se adentró en la montaña, seguido de unos cincuenta diablillos. Mientras caminaban, vieron un grupo de nubes luminosas y el monstruo exclamó, regocijado: - ¡Ahí está el monje Tang! - ¿Dónde? - preguntaron los diablillos, mirando en todas direcciones-. Nosotros no vemos a nadie. - Como bien sabéis - les explicó el monstruo -, la luz se posa sobre la cabeza de un hombre virtuoso, mientras que la de uno malvado emite una especie de éter negro que llega hasta el mismísimo cielo. El monje Tang es, en realidad, la reencarnación de la Cigarra de Oro, una persona extremadamente virtuosa que ha practicado la ascesis durante más de diez existencias seguidas, y es normal que su cuerpo se vea rodeado por esa aura de luz. A pesar de todo, los diablillos no sabían adonde mirar. El monstruo tuvo que extender la mano y señalar en la dirección en la que se encontraba Tripitaka, diciendo: - Está allí. ¿No le veis? Tripitaka sintió al punto un tremendo escalofrío, que se repitió otras tres veces más, exactamente el número que el monstruo reiteró su gesto. Eso hizo que el maestro experimentara una extraña ansiedad, que le hizo preguntar a sus discípulos: - ¿Podéis explicarme por qué siento estos escalofríos? - Eso es cosa del estómago - se aventuró a decir con rapidez el Bonzo Sha -. Estáis preocupado por algo y eso se traduce en una sacudida involuntaria de todo vuestro cuerpo. - ¡Tonterías! - exclamó al punto el Peregrino -. Esta montaña es demasiado difícil de escalar y el maestro ha perdido parte de su seguridad. Eso es todo. Os aseguro, sin embargo, que no hay nada que temer. Para que veáis que es verdad lo que os digo, voy a mostraros el reflejo que tengo de la barra de hierro. Mientras caminaba delante del caballo, Wu-Kung empezó a hacer una serie de ejercicios con la barra, moviéndola diestramente de arriba abajo y de izquierda a derecha, según dictan los cánones clásicos de las artes marciales. Sus evoluciones poseían tal perfección que el maestro comenzó a sentirse un poco más sosegado. Aquella demostración de destreza no podía, en efecto, compararse con ninguna otra en el mundo. Eso hizo que el monstruo que le observaba atentamente desde lo alto de la montaña cayera presa del pánico y comentara temblando con los diablillos que le rodeaban: - Había oído hablar mucho del Peregrino Sun, pero ahora puedo comprobar que los hechos superan con mucho su fama. - ¿A qué viene eso de "engrandecer a los demás para menospreciarse a sí mismo"? - trataron de animarle varios diablillos, acercándose a él -. ¿Se puede saber de quién habláis con tanto respeto? - Del Peregrino Sun - contestó el monstruo -. Hay que admitir que posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios por mucho que queramos, no podremos probar la carne del monje Tang. - Si consideráis que vuestra fuerza no basta para enfrentaros a él - le aconsejaron los diablillos -, permitidnos ir a informar de todo ello al Gran Señor y solicitar más refuerzos. Juntos formaremos un sólido frente de batalla y vos podréis capturarle sin ninguna dificultad. - ¿Habéis visto la barra de hierro que lleva? - preguntó el monstruo -. Es tan potente que de un solo golpe puede mandar al otro mundo a más de diez mil enemigos. Nuestras fuerzas, por otra parte ascienden a cuatro o cinco mil soldados, un número ciertamente ridículo para un arma tan poderosa como ésa. - Vistas así las cosas - concluyeron los diablillos -, el monje Tang jamás nos servirá de comida. Opinamos, además, que hemos cometido un grave error capturando a Chu Ba-Chie. Debemos dejarle en libertad cuanto antes. - ¡Ni hablar! - protestó en seguida el monstruo -. Ni hemos cometido un error ni vamos a dejarle tan pronto en libertad. Nuestro fin último es devorar al monje Tang y no debemos renunciar a él, aunque de momento nos veamos obligados a aplazarlo. - ¿Queréis decir que hay que esperar unos cuantos años? - volvieron a preguntar los diablillos. - No tantos - respondió el monstruo -. Para capturar a ese monje Tang, más que de violencia, debemos servirnos de obras que posean un cierto viso de virtud. Por la fuerza no conseguiremos arrancarle ni un solo pelo. La única táctica a nuestro alcance es fingirnos extremadamente sencillos y virtuosos. De esa forma, confiará plenamente en nosotros y podremos echarnos sobre él cuando menos lo piense. - Por lo que se ve - comentaron los diablillos -, tenéis trazado ya un plan para capturarle. ¿Necesitáis de nuestra colaboración para llevarlo a efecto? - No - contestó el monstruo -. Podéis regresar al campamento, pero no digáis ni una sola palabra de esto al Gran Señor, porque entonces mi plan se vendrá estrepitosamente abajo. Conozco muchas técnicas de transformación y puedo aseguraros que yo solo me sirvo y me basto para echarle mano. Los diablillos se inclinaron ante él e iniciaron el camino de vuelta. El monstruo dio entonces un salto y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se transformó en un anciano taoísta. Lucía una gorra en forma de estrella, que a duras penas cubría un cabello enmarañado y profusamente salpicado de canas. Vestía una túnica hecha con plumas de ave y llevaba la cintura ceñida con una faja de seda. Calzaba unos zapatos amarillos de tela, que realzaban su ascética figura. Sus rasgos eran muy finos y sus ojos tenían el brillo de un hombre poseído por la divinidad. Pese a la delgadez de su cuerpo, parecía gozar de una salud tan inquebrantable como la de la Estrella de la Edad. Era claro que, aunque sus años eran muchos, su apariencia tenía un toque juvenil que en nada tenía que envidiar al Taoísta del Búfalo Verde. Su vigor era, de hecho, el de un joven maestro en el dificilísimo arte de predecir el futuro. Pero todo no era más que apariencia, un velo de bondad que escondía las intenciones más perversas. ¡Qué efectiva resulta la mentira, cuando se disfraza de verdad! El monstruo se dejó caer junto al camino, simulando tener la pierna rota. Se había aprendido tan bien su papel que no dejaba de lamentarse con voz plañidera, diciendo: - ¡Salvadme, por favor! ¡Tened compasión de este viejo taoísta! Confiando en la fuerza del Gran Sabio y del Bonzo Sha, Tripitaka seguía tranquilamente su camino, pero, al oír esos gritos tan angustiosos de "¡Salvadme!", detuvo en seco la cabalgadura y exclamó: - ¡Santo cielo! No hay ni un solo pueblo en esta montaña. ¿Cómo es posible que alguien se esté quejando de esa forma? Seguro que alguno ha caído en las garras de un tigre o un leopardo. Tripitaka volvió a tirar con fuerza de las riendas y, levantando la voz, preguntó: - ¿Quién sufre de esa manera? ¿Por qué no se deja ver? El monstruo salió arrastrándose entre unos arbustos y comenzó a golpear el suelo con la frente, sin apartar los ojos del caballo del maestro. Al ver Tripitaka que se trataba de un taoísta anciano, se apiado de él y, tras desmontar de su jamelgo, le ayudó a levantarse, diciendo: - Poneos de pie, por favor. - ¡Me duele muchísimo! - se quejó el monstruo. Tripitaka se percató entonces de que sangraba profusamente de la pierna y volvió a preguntarle, solícito: - ¿De dónde venís y cómo os habéis hecho esa herida? - Al oeste de esta montaña - explicó el monstruo con su modo de hablar pausado y cargado de serenidad - se levanta un templo taoísta, del que yo soy el encargado. - Si es verdad lo que decís - le interrumpió Tripitaka -, ¿cómo es que no estáis en vuestra pagoda quemando incienso y recitando los textos sagrados? ¿Qué os ha hecho abandonar la placidez de vuestro retiro? - Hace dos días - explicó el monstruo - uno de los grandes señores que habitan en la parte sur de esta montaña me pidió que fuera a su mansión a solicitar a las estrellas paz y prosperidad para toda su casa. A la vuelta, creo que fue ayer por la noche, mi discípulo y yo nos topamos con un tigre en el fondo de un desfiladero. Con increíble destreza la bestia se apoderó de mi acompañante y le llevó arrastrando monte arriba. Yo estaba tan aterrorizado que traté de huir por entre los peñascos, rompiéndome la pierna al caer sobre un grupo de rocas. Eso hizo que me desorientara del todo y fuera incapaz de proseguir mi camino. Afortunadamente el Cielo ha querido que nuestros destinos se cruzaran, trayéndoos directamente hasta donde yo me encontraba sin apenas poder moverme. Os suplico, pues, que os apiadéis de mí y me salvéis la vida. Juro que, en cuanto lleguemos a mi templo, os pagaré con creces todo lo que hayáis hecho por mí, aunque para ello tenga que venderme como esclavo. Tripitaka tomó esas palabras al pie de la letra y exclamó a toda prisa: - No habléis así, por favor. Aunque yo sea un monje y vos un taoísta, nuestros empeños son idénticos. ¿Qué importa que nuestras vestimentas sean diferentes, si nuestras prácticas ascéticas y nuestros principios son, en realidad, los mismos? Si me negara a prestarte ayuda, no sería digno de contarme entre los que han renunciado a la familia. Veamos a ver si podéis caminar un poco. - ¿Cómo voy a caminar, si ni de pie puedo ponerme? - protesto el monstruo. - Está bien, está bien - concluyó Tripitaka -. Si no sois capaz de hacerlo, yo sí puedo. Montad en mi caballo. Ya me lo devolveréis, cuando lleguemos a vuestro templo. - No sabéis cuánto os agradezco vuestra amabilidad - dijo monstruo -. Sin embargo, me duele muchísimo la parte inferior de muslo y me temo que no podré cabalgar. - Ya veo - contestó Tripitaka, comprensivo. Se volvió después al Bonzo Sha y añadió -: Coloca el equipaje en el caballo y carga con este anciano. - Como ordenéis - respondió el Bonzo Sha. Pero el monstruo le lanzó una mirada rápida y se apresuró a decir: - Como comprenderéis, ese tigre me ha dado un susto de muerte, del que aún no me he repuesto del todo. No lo toméis a mal, pero el caso es que este monje tiene un aire muy lúgubre y me da miedo dejarme llevar por él. - En ese caso - concluyó Tripitaka -, que cargue Wu-Kung con vos. - Con mucho gusto - respondió a toda prisa el Peregrino -. Yo le llevaré a mis espaldas. El monstruo pareció conforme con esa decisión y no volvió a decir nada más. El Bonzo Sha no pudo contener la risa y exclamó: - ¡Cuidado que sois estúpido! Preferís que sea él quien cargue con vos, pero os aseguro que, en cuanto no le vea el maestro, os restregará por las rocas hasta destrozaros los tendones. Mientras el Peregrino se disponía a cargar con el monstruo a sus espaldas, empezó a sonreír de una manera extraña y a murmurar entre dientes: - ¡Malditos demonios! ¿Cómo te atreves a venir a provocarme de esta forma? Antes de hacerlo, deberías haberte informado de los años que llevo dominando monstruos. Es posible que logres engañar al monje Tang, pero conmigo no tienes nada que hacer. ¿De dónde has sacado que podrías burlarte de mí con tanta facilidad? Sé bien que eres uno de los monstruos que viven en esta montaña y que tu único propósito es devorar a mi maestro. ¿Por qué quieres dar cuenta de él, si no es más que una persona vulgar y corriente? En fin, eso es cosa tuya. De todas formas, deberías haber considerado que yo no iba a dejártelo hacer con tanta facilidad. - Maestro - dijo entonces el monstruo, levantando, nervioso, la voz -, yo no soy ningún monstruo. Procedo de una buena familia y he consagrado mi vida a la práctica de la virtud. Si me encuentro aquí solo es porque, como ya os he dicho, mi mala fortuna ha querido que hoy me topara con un tigre. - Si tanto miedo tienes a los tigres y a los lobos - le echó en cara el Peregrino -, ¿por qué no recitas el Clásico del Mirlo del Norte 2? - ¡Mono descarado! - le regañó Tripitaka, que acababa de encaramarse en lo alto de su cabalgadura -. "Salvar una vida es diez mil veces más meritorio que erigir una pagoda de siete pisos." Carga con él de una vez y déjate del Clásico del Mirlo del Norte o del Mirlo del Sur. - ¡Qué suerte tiene esta bestia! - exclamó el Peregrino -. No puedo negar que mi maestro es una persona compasiva y entregada por completo a la práctica de la virtud, pero se deja llevar en exceso por las apariencias. Es totalmente incapaz de percibir la bondad que subyace en el fondo de los demás. Si no cargo contigo, me echará una bronca y no quiero que eso suceda. Pero que quede una cosa clara: si quieres cagar o mear, dímelo antes. No me gustaría nada que lo hicieras en mis espaldas, porque por aquí cerca no hay ningún sitio en el que pueda lavarme y durante mucho tiempo no podré arrancarme el hedor de la ropa. - ¿Crees que a mi edad voy a hacer lo que has dicho? - le tranquilizó el monstruo -. ¡Yo no soy ningún desaprensivo! Más tranquilo, el Peregrino se decidió, por fin, a cargar con él y reanudar el camino hacia el Oeste en compañía del maestro y el Bonzo Sha. No tardaron en llegar a un punto en que el sendero se hizo, de pronto, pedregoso y extremadamente sinuoso. Wu-Kung tomó entonces la precaución de aminorar el ritmo de la marcha, haciendo que el monje Tang fuera el primero. A los cuatro o cinco kilómetros el maestro y el Bonzo Sha se perdieron tras un recodo de la montaña y el Peregrino se dijo, visiblemente molesto: - El maestro tiene tan poca cabeza que a veces dudo de que sea un hombre hecho y derecho. Caminar por estos parajes es ya de por si bastante cansado para que, encima, tenga que cargar con un monstruo. Me dan ganas de tirarle por la pendiente abajo, pero es mejor que no le diga nada. Aunque fuera una buena persona, moriría sin remisión alguna. Debería arrojarle al suelo y rematarle aquí mismo. ¿Para qué seguir adelante con él? Cuando estaba el Gran Sabio a punto de llevar adelante este plan, el monstruo se percató de sus intenciones y resolvió hacer uso de la magia de mover montañas y secar océanos. Sin bajarse de la espalda del Peregrino, hizo un gesto con los dedos y recitó el correspondiente conjuro. Al punto se levantó por los aires el Monte Sumeru y fue a caer directamente sobre la cabeza del Peregrino. Un poco aturdido por el golpe, el Gran Sabio movió a un lado la cabeza y la montaña sobre su hombro izquierdo. Soltó a continuación la carcajada y exclamó: - ¿Se puede saber de qué clase de magia te estás valiendo para intentar aplastarme? Me parece muy bien que de vez en cuando practiques todo lo que sepas, pero te advierto que es bastante incómodo llevar sobre los hombros un peso desequilibrado. - Así que una montaña es incapaz de aplastarle, ¿en? - se dijo el monstruo -. Pues ahora va a ver. Volvió a recitar el conjuro y acto seguido la Montaña O-Mei se elevó por los aires. Como ocurriera la vez anterior, el Peregrino movió ligeramente la cabeza y la mole de la montaña fue a parar sobre su hombro derecho. Eso no fue obstáculo, sin embargo, para que siguiera los pasos del maestro a la velocidad de un meteoro. Era tal la rapidez con la que se movía que hasta al monstruo le entró miedo y se dijo, sudando de pies a cabeza: - ¿Este hombre es increíble! Jamás hubiera pensado que fuera capaz de transportar montañas con tanta facilidad. Sin embargo, no se dio por vencido y una vez más recitó el conjuro. El Monte Tai cayó entonces sobre la cabeza del Peregrino, presionando sobre ella con indecible potencia. El Gran Sabio empezó a sentir que le flaqueaban las fuerzas y sus músculos perdían elasticidad. El peso que soportaba era tan enorme que se le reventaron los tres gusanos del cuerpo y empezó a sangrar por las siete aperturas. En cuanto se hubo deshecho del Peregrino, el monstruo montó en un viento huracanado y no tardó en dar caza al monje Tang. Estiró cuanto pudo los brazos para derribarle del caballo, pero se lo impidió Bonzo Sha, arrojando al suelo el equipaje y blandiendo, amenazador, su báculo de dominar bestias. El monstruo comprendió que había llegado el momento de la verdad y desenvainó a toda prisa la espada de las siete estrellas. La batalla que a continuación se desarrolló fue, francamente, formidable. Las dos armas eran tan extraordinarias que lanzaban rayos de luz mortífera. No en vano uno de los contendientes que las blandían parecía un dios de la muerte, y el otro había ostentando el cargo de Capitán-encargado-de-levantar-la-cortina. El monstruo desplegó todo su poder con el fin de atrapar a Tripitaka Tang, mientras que el discípulo, comprometido en la defensa de su maestro, trató por todos los medios de alejar de su lado la sombra de la muerte. Los dos se entregaron con tal pasión a la batalla que sus golpes se escucharon en el mismísimo Palacio Celeste y el polvo que levantaron sus pies llegó hasta las estrellas más lejanas. La lucha se prolongó hasta que el sol se fue tornando rojizo y, poco a poco fue perdiendo luminosidad. Para entonces los dos guerreros habían medido la fuerza de sus armas ocho o nueve veces. Desgraciadamente la suerte no estaba del lado del Bonzo Sha y todos sus esfuerzos resultaron estériles por evitar la derrota. El monstruo era feroz en extremo. Los golpes de su espada caían sobre su adversario con tan certera profusión que parecían una lluvia de meteoros. Eso hizo que el Bonzo Sha fuera perdiendo poco a poco las fuerzas y al final no pudiera seguir luchando. Comprendiendo que todo estaba perdido, trató de huir, pero fue atrapado al instante por una mano enorme, que le metió bajo el sobaco izquierdo del monstruo. Suprimidos todos los obstáculos, el demonio agarró al monje Tang con la mano derecha, cogió el equipaje con la punta de los pies y asió con la boca las crines del caballo. Recitó después un conjuro y los llevó a la Caverna de la Flor de Loto a lomos de un viento huracanado. Al llegar, alzó la voz y anunció su presencia, diciendo: - ¡Acabo de capturar a todos los monjes! - Tráeles aquí, para que pueda verlos - dijo, complacido, el otro monstruo -. ¿Son éstos? - preguntó después, un tanto decepcionado -. Lamento desilusionarte, pero te has equivocado de bonzos. - ¿Cómo que me he equivocado? - protestó el otro -. ¿Acaso no es ése el monje Tang? - Por supuesto que sí - admitió el primer monstruo -. Pero tenías que haber atrapado también al Peregrino Sun. No podemos disfrutar de la carne del monje Tang hasta que no le hayamos capturado. ¿No lo comprendes? Ese mono posee extraordinarios poderes mágicos y es un maestro en el difícil arte de las transformaciones. ¿Qué crees que hará si devoramos, sin más ni más, a su maestro y matamos a sus hermanos? Vendrá a exigirnos cuentas y nunca más podremos vivir en paz. - Sólo tú eres capaz de alabar con tanto entusiasmo las virtudes de los demás - se burló el segundo monstruo, soltando la carcajada Según lo que acabas de decir, no hay otro mono como él en todo universo. Pero te aseguro que ni sus poderes son tantos ni su fuerza tan invencible. - ¿Quieres decir que también le has echado mano? - preguntó, incrédulo el primer monstruo. - Así es - confirmó el segundo -. Ese Peregrino se encuentra ahora bajo tres montañas altísimas que yo mismo lancé sobre él. Son tan pesadas que ni siquiera se puede mover un milímetro. ¿Cómo crees que iba a haber traído hasta aquí, si no, al monje Tang, al Bonzo Sha y al caballo con el equipaje? - ¡Menuda suerte! - exclamó, visiblemente complacido el primer monstruo. Si lo que dices es cierto, no hay ningún obstáculo para que ahora mismo nos merendemos al monje Tang. Se volvió después hacia un grupo de diablillos y les ordenó: - Sacad un poco de vino y ofrecédselo a nuestro querido amigo en prueba de reconocimiento. - Es mejor que no bebamos aún - opinó el segundo monstruo -. Antes debemos sacar a Chu Ba-Chie del agua y ponerle a secar. Al poco rato el Idiota estaba colgado en la parte oriental de la caverna, mientras que el Bonzo Sha ocupaba la occidental y el monje Tang pendía lastimosamente del centro de la misma. El caballo blanco, por su parte, fue conducido a los establos, donde inmediatamente se le sirvió una buena ración de heno. - ¡Jamás imaginé que fueras tan habilidoso! - dijo, sonriendo, el primer monstruo al segundo -. En dos salidas que has hecho has capturado nada menos que a tres monjes. De todas formas, aunque el Peregrino-Sun está enterrado bajo el peso de esas montañas, creo que sería conveniente traerle aquí y ponerle a secar con los otros. - Si es eso lo que quieres - concluyó el segundo monstruo, satisfecho - no hay necesidad de movernos de esta caverna. Siéntate y ordena a un par de diablillos que le metan en dos de los preciados objetos guardamos en nuestro tesoro. - ¿A cuáles te refieres? - preguntó el primer monstruo. - A mi calabaza de oro y a tu jarrón de jade - contestó el segundo. El monstruo primero sacó tan preciados tesoros y volvió a preguntar: - ¿A quién crees que debemos enviar? - A Demonio Taimado y a Gusano Astuto - respondió el segundo Monstruo. Ambos fueron llamados a su presencia y recibieron la siguiente orden: - Coged estos tesoros y escalad el pico más alto de las tres montañas. Cuando os encontréis en la cumbre, ponedlos boca abajo y gritad con todas vuestras fuerzas el nombre del Peregrino. Si os responde, será inmediatamente succionado y no tendréis más que tapar el recipiente con esa tira de papel, en la que aparece escrito: "Que Lao-Tse cumpla con rapidez esta orden" 4. En menos de una hora y tres cuartos el Peregrino Sun quedará reducido a una papilla muy parecida al pus. Los dos diablillos inclinaron respetuosamente la cabeza y partieron a cumplir la misión que les había sido encomendada. El Gran Sabio, mientras tanto, apenas podía respirar por la presión que ejercían sobre su pecho aquellas montañas tan altas. Pero la angustia no le impidió acordarse de Tripitaka y exclamó con indescriptible piedad: - ¿Os acordáis, maestro, de cuando fuisteis a la Montaña de los Dos Reinos y levantasteis la tablilla que me tenía aprisionado? Gracias a ese gesto tan desinteresado pude escapar al terrible castigo que estaba padeciendo y me fue posible abrazar la pobreza total. La Bodhisattva me hizo entrega entonces de un decreto dharma, por el que vos y yo jamás nos separaríamos y nos dedicaríamos juntos a la búsqueda de la perfección. De esta forma, nuestra iluminación y conocimiento de la Verdad serían prácticamente idénticos y ambos nos pareceríamos cada vez más. ¿Cómo iba yo a sospechar entonces que habría de ser encerrado de nuevo bajo la mole de estas montañas? ¡Qué mala suerte la nuestra, toparnos con monstruos tan poderosos! Por no prestar atención a los avisos del Centinela, tanto vos como Ba-Chie, el Bonzo Sha y el pequeño dragón, que no dudó en convertirse en caballo para haceros más cómodo el viaje, vais a morir de una forma indigna de vuestra virtud. Con razón afirma el dicho: "Los árboles atraen al viento y éste los mece con increíble suavidad. Pero, aunque la fama de un hombre siempre le preceda, tarde o temprano termina destrozándole". Al terminar de decirlo, las lágrimas fluían por sus mejillas como torrentes desatados. Pero sus lamentos conmovieron profundamente al dios de la montaña y al espíritu local, que desconocían totalmente la identidad del que los profería. Hubieron de venir a revelársela los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales y el Guardián de la cabeza de Oro. - ¿De quién son esas montañas? - preguntó este último. - Nuestras - contestó el espíritu local. - Sabéis el nombre del que está encerrado en ellas? - insistió él. - No, no lo sabemos - volvió a contestar el espíritu local. - ¡¿Así que no lo sabéis?! - exclamó el Guardián -. Pues no es otro que l Gran Sabio, Sosia del Cielo, el Peregrino Sun Wu-Kung, que hace alrededor de quinientos años sumió el Cielo en un indescriptible caos. Tras cumplir su castigo, abrazó el verdadero camino y se convirtió en discípulo del monje Tang. ¿Cómo habéis cometido la osadía de prestar vuestras montañas a un monstruo para encerrarle de nuevo? Podéis iros preparando. ¿Creéis que no va a exigiros cuentas, si algún día logra salir de ese encierro? Lo menos que puede pasarte, espíritu local, es que seas enviado como criado a una posada cualquiera, y a ti, dios de la montaña, que seas llamado a filas, donde te asignarán las tareas más pesadas y peligrosas. - ¡No sabíamos que se tratara de él! - exclamaron a coro el dios de la montaña y el espíritu local, muy alterados -. Oímos que el monstruo recitaba el conjuro para transportar montañas y nosotros hicimos simplemente lo que se nos ordenaba. ¿Cómo íbamos a sospechar siquiera que se trataba del Gran Sabio Sun? - En ese caso - trató de tranquilizarlos el Guardián -, no temáis. La ley establece que "no puede ser condenado quien desconoce la existencia de una norma". Creo que lo mejor será que analicemos con tranquilidad el asunto y tratemos de encontrar la forma de sacarle de allí. Quizás así lograremos que no nos apalee. - ¡Pero eso es ridículo! - protestó el espíritu local -. ¿Cómo va a apalearnos después de dejarle en libertad? - No tenéis idea de su carácter - explicó el Guardián -. Es sumamente colérico y, por si eso fuera poco, posee una barra con los extremos de oro que nadie ha logrado vencer jamás. Un golpe produce una muerte segura, y un simple roce, heridas prácticamente incurables. Para ella no son nada ni la piel, ni los tendones, ni los músculos, que quedan reducidos a simples guiñapos con sólo tocarla. Cada vez más intranquilos, el dios de la montaña y el espíritu local se avinieron a discutir de todo el asunto con los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales. Se llegaron después hasta donde se hallaban las tres montañas y, levantando la voz, dijeron: - Somos el dios de la montaña, el espíritu local y los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, y venimos a hablar con vos, Gran Sabio. Aunque momentos antes el Peregrino pudo dar la impresión de ser un simple tigre acabado, recobró al punto su entereza y replicó con voz segura: - ¿Se puede saber para qué queréis verme? - Permitidme explicároslo de la mejor manera, Gran Sabio - contestó el espíritu local -. Deseamos solicitaros permiso para levantar las montañas que os tienen aprisionado y, así, podáis recobrar la libertad. Esperamos que, cuando lo hagáis, os mostréis benigno con nosotros por no haberos reconocido y haber seguido las instrucciones del monstruo que os atrapó. - Si devolvéis estas montañas a su lugar - prometió, solemne, el Peregrino -, tened la seguridad de que no os haré daño alguno. Semejante promesa era como un anuncio de perdón oficial. Más tranquilos, los dos dioses empezaron a recitar una serie de conjuros y las montañas regresaron al instante a sus antiguas ubicaciones. En cuanto se sintió libre, el Peregrino se puso en pie de un salto, se sacudió el polvo con esmero y se ajustó la túnica. Sacó después la barra de detrás de la oreja y, dirigiéndose al dios de la montaña y al espíritu local, dijo: - Mostradme en seguida las nalgas, que voy a daros dos golpes, para que, de alguna forma, pueda resarcirme de lo mal que lo acabo de pasar. - ¡Pero acabáis de prometernos que no ibais a castigarnos! - protestaron los dos dioses - . ¿Cómo podéis haber cambiado tan pronto de opinión? ¿A qué viene esa obsesión por castigarnos? - A que tenéis más miedo a los monstruos que a mí - contestó el Peregrino. - No podemos negar que sentimos por ellos un gran respeto - confirmó el espíritu local -. Esos monstruos poseen extraordinarios poderes mágicos, a los que somos incapaces de hacer frente. Valiéndose de conjuros y encantamientos, nos hacen acudir a su caverna, donde nos vemos obligados a prestar servicios poco comunes. Al oír eso, el Peregrino pareció turbarse hasta el fondo de su corazón. Levantó después la cabeza hacia lo alto y exclamó con voz potente: - Después de la separación del caos y de la creación del Cielo y la Tierra, vi la luz en la Montaña de las Flores y Frutos. A partir de ese momento busqué con ahínco por todo el mundo a alguien que me enseñara las secretas fórmulas de la inmortalidad. Quiso mi buena suerte que me topara con un maestro para el que la longevidad no encerraba el menor secreto y con el que aprendí a convertirme en viento, domar tigres y dominar dragones. Mis conocimientos eran tan vastos que llegué a sumir el Palacio Celeste en una gran confusión, arrogándome, incluso, el título de Gran Sabio. Pero, pese a todas estas locuras, jamás me he permitido la insolencia de dar orden alguna a un espíritu local o al dios de una montaña. ¡Cuan despreciables son, en verdad, esos monstruos! ¿Cómo pueden ser tan arrogantes y forzar a estos dignos espíritus a convertirse en esclavos suyos? ¿Cómo es, cielo santo, que, habiéndome dado a mí el ser, hayáis hecho lo mismo con criaturas tan despreciables como ésas? Mientras se quejaba de esta forma, levantó los ojos y vio a lo lejos unos rayos de luz vivísima, que provenían de uno de los pequeños valles que se abrían en aquella montaña. Se volvió hacia el dios y el espíritu locales y les preguntó: - ¿Qué clase de objetos emiten esa luz tan potente? Debéis saberlo, puesto que, según vuestra propia confesión, habéis estado en esa caverna infinidad de veces. - Por fuerza tienen que ser los tesoros más valiosos de los monstruos - contestó el espíritu local -. Me figuro que se los ha confiado a sus diablillos más valientes, para que vengan a dominaros. - ¡Qué interesante! - exclamó el Peregrino -. ¿Podéis decirme con qué clase de gentes se reúnen esos monstruos en su caverna? - Con los Taoístas de la Secta de la Verdad Absoluta - respondió el espíritu local -. Les tienen un especial cariño, porque lo que más gustan de hacer esas bestias es refinar el elixir y preparar pócimas a base de hierbas. - Ahora me explico por qué uno de ellos se disfrazó de taoísta para ganarse la confianza de mi maestro - dijo el Peregrino -. Está bien, dejaremos vuestro castigo para otra ocasión. Ahora, si queréis, podéis marcharos. Creo que ha llegado el momento de darles su merecido a esos desaprensivos. - Visiblemente aliviados, los dioses se elevaron por el aire y dejaron de verse. El Gran Sabio, por su parte, sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un viejo buscador del camino de la Verdad. Lucía en la cabeza dos moños descuidados y vestía una túnica de bonzo. En las manos portaba una carraca de bambú en forma de pez y llevaba ceñida la cintura con una faja del estilo de las del maestro Lü 6. A toda prisa se escondió en un recodo del camino y esperó con impaciencia la llegada de los monstruos, que no tardaron en entrar en su campo de visión. Cuando llegaron a su altura, estiró la barra de los extremos de oro y uno de los diablillos se enredó con ella, cayendo lastimosamente al suelo. Al incorporarse, vio al Peregrino y exclamó, furioso: - ¡Maldito abusón! Ten por seguro que, si nuestros dos grandes señores no fueran tan aficionados al arte que tú practicas, te haría picadillo ahora mismo. - ¿Por qué te lo tomas tan a pecho? - replicó el Peregrino -. ¡Ni que fuéramos enemigos! Mirándolo bien, los taoístas formamos una familia. - ¿Se puede saber por qué te tumbaste en el suelo y me echaste la zancadilla? - preguntó, a su vez, el diablillo. - Por una razón muy sencilla - contestó el Peregrino -. Cuando un taoísta joven como tú se encuentra con otro tan entrado en años como yo, debe presentarle inmediatamente sus respetos. Digamos, por tanto, que tu caída ha sido una especie de saludo obligado, un regalo de presentación. - Nuestros señores sólo exigen unas cuantas onzas de oro - comentó, sorprendido, el diablillo -. No me digas que tú eres de otra región y que allí dais más importancia a las caídas que al dinero. Si es así, he de reconocer que vuestras costumbres son extrañas en extremo. ¿Eres de por aquí cerca? - En parte sí y en parte no - respondió el Peregrino -. De hecho, soy de las montañas de Peng-Lai. - Pero Peng-Lai es una isla que se encuentra en el Reino de los Inmortales - exclamó el diablillo. - Exactamente - afirmó el Peregrino -. Si no soy yo un inmortal, dime tú a mí quién lo es. El diablillo tornó al punto su enfado en dulzura y, acercándose a el, dijo en tono zalamero: - Disculpadme, inmortal, por no haberos reconocido, pero debéis tener en cuenta que mis ojos son de carne y sólo ven lo que tienen delante. Si os he ofendido con mis irreflexivas palabras, os ruego tengáis a bien perdonarme. - No te eches la culpa de cuanto ha sucedido - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, "los inmortales raramente abandonan su morada para ir a visitar a los que no lo son". ¿Por qué habrías de saber tú que yo procedo de Peng-Lai? La razón de que haya venido a esta montaña es porque deseo transmitir a alguien mis conocimientos y convertirle, así, en inmortal. ¿Quién de vosotros está dispuesto a seguirme por la luz del Tao? - Yo, maestro - respondieron a la vez Demonio Taimado y Gusano Astuto. Aunque ya sabía la respuesta, el Peregrino volvió a preguntarles: - ¿De dónde venís? - De la Caverna de la Flor de Loto - respondió uno de los diablillos. - Eso está muy bien - insistió el Peregrino -, pero ¿adonde vais? - Nuestros señores nos han enviado a capturar al Peregrino Sun - contestó el mismo diablillo. - ¿A capturar a quién? - exclamó con fingida sorpresa el Peregrino. - Al Peregrino Sun - repitió el diablillo. - ¿Te refieres al bonzo que acompaña al monje Tang en busca de las escrituras? - inquirió, una vez más, el Peregrino. - A ése exactamente - confirmó el diablillo -. ¿Vos también le conocéis? - ¡¿Que si le conozco?! - exclamó el Peregrino -. Es un mono sin ningún respeto, al que tengo metido entre ceja y ceja. Creo que es mi ayudaros a echarle el guante. Digamos que eso va a serviros de ascesis en vuestro recién inaugurado camino hacia la perfección. - No es necesario que malgastéis vuestras energías con él - dijo el diablillo -. Nuestros señores poseen extraordinarios poderes mágicos y han logrado dominar a esa bestia, sepultándola bajo tres pesadísimas montañas. Precisamente ahora vamos a sacarla de allí con ayuda de estos valiosísimos objetos. - ¿De qué objetos habláis? - preguntó el Peregrino. - De la calabaza roja que yo llevo y del jarrón de jade que porta mi compañero - explicó Demonio Taimado. - ¿Así que vais a meterle ahí dentro? - volvió a preguntar el Peregrino -. ¿Se puede saber cómo vais a hacerlo? - Poniéndolos boca abajo y llamando a la bestia por su nombre - respondió el diablillo - . En cuanto responda, será absorbido por estos recipientes, cuya boca debemos tapar con una tira de papel en la que puede leerse: "Que Lao-Tse cumpla con rapidez esta orden". En menos de una hora y tres cuartos quedará reducido a una pasta muy parecida al pus. - ¡Francamente extraordinario! - exclamó para sí el Peregrino, un tanto alarmado -. Éstos deben de ser dos de los cinco tesoros de que me habló el Centinela del Día. ¿Cómo serán los otros tres? - levantó después la voz y añadió, dirigiéndose a los diablillos -: ¿Me permitís echar un vistazo a esos objetos tan maravillosos? Sin pensar lo que hacían, los dos diablillos metieron las manos por las mangas y sacaron, orgullosos, lo que se les pedía. El Peregrino cogió con cuidado la calabaza y el jarrón y se dijo, maravillado: - ¡Qué cosa más extraordinaria! Podría sacudir una sola vez la cola y marcharme para siempre de aquí con estos dos tesoros. Si alguien me pregunta que dónde los he conseguido, puedo decir que se trata de unos regalos que me han hecho. Pero no - añadió en seguida -, eso no estaría bien. Sería privar a los demás de lo que es suyo a plena luz del día y eso arruinaría mi buena fama de persona honrada. Devolvió, por tanto, sus tesoros a los diablillos y les dijo: - Guardadlos con cuidado y no los perdáis. Su valor es casi tan incalculable como el de las maravillas que traigo conmigo. - ¿De qué maravillas habláis? - inquirió uno de los diablillos -. ¿Sería demasiado atrevimiento pediros que nos las enseñéis? No dudamos que nos servirán de protección contra las adversidades. El Peregrino estiró la mano y se arrancó un pelo de la cola. Lo apretó con dos dedos y gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una enorme calabaza de oro de aproximadamente medio metro de altura. - ¿Queréis echar un vistazo a mi calabaza? - les preguntó a continuación, visiblemente satisfecho. Gusano Astuto la examinó con cuidado y comentó, respetuoso: - Vuestra calabaza posee un tamaño excepcional y una figura tan perfecta que los ojos no se cansan de mirarla. Sin embargo, dudo de que tenga alguna utilidad. - ¿Qué quieres decir con eso? - exclamó el Peregrino. - Que nuestros tesoros, aunque son mucho más pequeños, puede contener en su interior a más de mil personas - respondió el diablillo. - Muy bien, pero eso no es tan extraordinario - comentó el Peregrino -. Mi calabaza, por ejemplo, puede absorber todo el Cielo. - ¿De verdad? - preguntó el diablillo. - Así es - confirmó el Peregrino. - Me parece que estás mintiendo - se atrevió a comentar el diablillo -. El Cielo no cabe en un espacio tan reducido como ése. Si quieres que te creamos, tendrás que enseñarnos cómo lo haces. - Normalmente, si el Cielo me pone de mal humor - explicó el Peregrino -, le hago meterse en mi calabaza siete u ocho veces al mes. Si, por el contrario, no se ocupa de mí, puede pasar hasta medio año sin que yo tampoco le moleste. - ¡Es francamente extraordinario! - exclamó Gusano Astuto -. ¡Una calabaza que puede contener en su interior todo el Cielo! Cambiémosla por nuestros tesoros. - Dudo que quiera hacerlo - comentó Demonio Taimado -. Al fin y al cabo, sólo pueden contener gente. - Ya, pero son dos y mi jarrón es muy bonito - insistió Gusano Astuto -. A lo mejor prefiere lo bello a lo práctico. ¿Por qué no probamos ver? - Lo normal sería cambiar una calabaza por otra, pero éstos están empeñados en añadir también el jarrón de jade - se dijo el Peregrino, complacido -. ¡No está mal trocar dos cosas por una! Eso es lo que se llama un negocio justo. Para animales a decidirse, se llegó hasta Gusano Astuto y, agarrándole del brazo, le preguntó: - ¿Estarías dispuesto a cambiar tu tesoro por mi calabaza, si ahora mismo meto el Cielo dentro de ella? - Por supuesto que sí - contestó el diablillo -. Pero te advierto que, si fallas en el intento, nos burlaremos de ti todo lo que queramos. - De acuerdo - concluyó el Peregrino -. Si me muestro incapaz de hacer lo que digo, podéis reíros de mí cuanto deseéis. El Gran Sabio inclinó respetuosamente la cabeza y, tras hacer un signo mágico y recitar el correspondiente conjuro, hizo venir a su presencia al Dios-que-patrulla-el-día, al Dios-que-patrulla-la-noche y a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, a los que ordenó: - Informad de inmediato al Emperador de Jade que he aceptado el camino de la Verdad, comprometiéndome a llevar al monje Tang al Paraíso Occidental, donde piensa conseguir los escritos de Buda. Desgraciadamente, nos hemos topado con una montaña altísima y unos Monstruos muy poderosos, que se han empeñado en no dejarnos seguir adelante. Su fuerza se basa en unos tesoros francamente extraordinarios, que quieren cambiar por una calabaza sin valor que yo poseo. Para engañarlos preciso de la ayuda de Su Majestad. Suplicadle en mi nombre, con el debido respeto, que me preste los Cielos durante media hora, para que pueda llevar a buen término los planes que me he trazado. Advertirle de todas formas que, caso de negarse a mi petición, subiré de inmediato al Salón de la Niebla Divina y daré comienzo a una nueva guerra. Tras cruzar la Puerta Sur del Cielo, los dioses corrieron a informar de todo ello al Emperador de Jade, que exclamó, visiblemente ofendido: - ¡Qué mono más engreído! Se ve que su forma de hablar no ha cambiado nada en todo este tiempo. Cuando Kwang-Ing vino a comunicarme que le había puesto en libertad para que acompañara al monje Tang, no sólo no me opuse a su liberación, sino que incluso asigné a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales y a los Cuatro Centinelas para que se turnaran en brindarle toda la protección que precisara. Ahora, sin embargo, me exige que le preste el Cielo para meterlo yo qué sé dónde. ¿Cómo puede existir algo que contenga el mismísimo cielo? No había acabado de decirlo, cuando el Príncipe Nata dio un paso al frente y afirmó: - Eso no es tan difícil como pensáis, majestad. - ¿Quieres explicarte un poco mejor? - le invitó el Emperador de Jade. - Al dividirse el caos original - empezó diciendo el Príncipe -, lo que era luminoso y puro constituyó el Cielo, mientras que lo que era oscuro y estaba cargado de impurezas dio origen a la Tierra. Eso explica que el Cielo sea una masa redonda de éter transparente, sobre el que se sustentan el Palacio de Jaspe y las Murallas Celestes. En principio, el Cielo no puede ser contenido por nada. Sin embargo, el hecho de que el Peregrino Sun haya accedido a acompañar al monje Tang en su largo periplo hacia el Oeste con el fin de hacerse con las escrituras sagradas es una fuente de bendiciones tan alta como el mismísimo Monte Tai y tan profunda como los mares. Opino, por tanto, que deberíamos hacer cuanto esté en nuestra mano por ayudarle a conseguir tal objetivo. - Pero, como tú mismo acabas de reconocer, lo que pide es imposible de alcanzar - replicó el Emperador de Jade -. ¿Qué ayuda podemos prestarle? - Muy sencillo, majestad - volvió a responder el Príncipe Nata -. Pedid a Chen-Wu, Señor de la Puerta Norte, que os preste su estandarte de plumas negras. Lo extenderéis a lo largo de la Puerta Sur, tapando así, el sol, la luna y las estrellas, y se extenderá por el mundo una oscuridad tan total que nadie podrá ver al que tenga delante de sus narices. Eso hará creer a los diablillos que el Cielo ha sido, en verdad, encerrado en la calabaza del Peregrino Sun y su misión recibirá un gran espaldarazo por vuestra parte. El Emperador de Jade dio su conformidad a tan inteligente plan y encargó al príncipe que se dirigiera de inmediato a la Puerta Norte a entrevistarse con Chen-Wu. Al enterarse éste de qué se trataba, se prestó de buen grado a hacer entrega de su estandarte de plumas. El Dios-que-patrulla-el-día volvió a toda prisa al lado del Gran Sabio y le susurró al oído: - El Príncipe Nata ha salido en apoyo de vuestro plan y el Emperador de Jade ha otorgado su consentimiento. El Peregrino levantó la vista hacia lo alto y vio acercarse una nube extremadamente luminosa. Eso le cercioró de que se trataba de un dios. Seguro del éxito de su plan, se volvió a los diablillos y les dijo: - De acuerdo, voy a meter el Cielo en mi calabaza. - Adelante - le urgió uno de ellos -. Pero ¿puede saberse por qué postras los pies de esa forma? - Simplemente estaba recitando un conjuro - respondió el Peregrino. Los diablillos se quedaron de pie y abrieron los ojos cuanto pudieron decididos a averiguar cómo iba a arreglárselas el anciano taoísta para meter el Cielo en un espacio tan reducido. El Peregrino sacudió con fuerza la calabaza y la arrojó hacia lo alto. Como, en realidad, no era más que un simple pelo, el viento la llevó de aquí para allá durante más de media hora. El Príncipe Nata, mientras tanto, llegó a la Puerta Sur con el preciado estandarte, lo desplegó del todo y al instante quedaron cubiertos el sol, la luna y la totalidad de los planetas. El cosmos pareció teñirse de tinta y el mundo quedó sumido en una atmósfera azul oscuro. Los monstruos exclamaron, sorprendidos: - ¿Cómo es que es ya la hora del crepúsculo, si hace un momento era mediodía? - ¿Cómo se os ocurre hablar de horas? - les recriminó el Peregrino -. El tiempo ha dejado de existir. ¿No comprendéis que el Cielo está dentro de mi calabaza? - Sí, pero ¿por qué está tan oscuro? - gritaron, aterrados. - Muy sencillo - contestó el Peregrino -. Porque el sol, la luna y las estrellas están en el interior de mi tesoro. Es normal que la oscuridad se haya adueñado del mundo, ¿no os parece? No queda por ahí ninguna luz. - ¿Dónde estáis, maestro? - inquirió, aterrado, uno de los diablillos. - ¿Cómo que dónde estoy? - repitió el Peregrino -. Delante de ti, por supuesto. El diablillo estiró las manos cuanto pudo, pero no logró tocarle. Eso hizo que su temor se tornara aún más intenso y dijo, a punto de perder el juicio de miedo: - ¿Se puede saber dónde estamos, maestro? Puedo oír vuestra voz, pero no logro ver vuestro rostro. - No os mováis - gritó entonces el Peregrino, dispuesto a reírse un poco de ellos -. Nos hallamos justamente en el golfo de Chr-Li. Su costa es tan abrupta que, si dais un paso en falso, tardaréis siete u ocho días en alcanzar el fondo del acantilado que se abre a vuestros pies. - ¡Detened vuestro experimento al instante! - suplicaron a coro los dos diablillos -. Sabemos que vuestra calabaza es capaz de contener todo el Cielo. ¿Por qué no le devolvéis la libertad? Es peligrosísimo andar por ahí sin saber dónde se pisa. Si no nos andamos con cuidado, es posible que caigamos al mar y no podamos salir nunca más de él. Cuando el Peregrino se convenció de que los dos diablillos habían tomado su juego como cierto, volvió a recitar el conjuro. El Príncipe enrolló el estandarte y al instante se vio de nuevo en el Cielo la luz del sol. - ¡Fantástico! ¡Realmente fantástico! - exclamaron los diablillos, riendo nerviosamente -. Si no cambiáramos ese tesoro por las baratijas que nosotros poseemos, seríamos tontos de remate. Demonio Taimado y Gusano Astuto sacaron entonces la calabaza de oro y el jarrón de jade y se lo entregaron de buen grado al Peregrino. Éste, a su vez, puso en su mano la enorme calabaza que podía albergar en su interior todo el Cielo. Una vez realizado el trueque, el Peregrino quiso asegurarse de que los diablillos no se iban a echar atrás. Se arrancó un pelo de la barriga, sopló sobre él y al instante se convirtió en una moneda de cobre, que entregó a uno de ellos, diciendo: - Vete a comprar un poco de papel, por favor. - ¿Se puede saber para qué lo queréis? - preguntó el diablillo. - Para redactar un contrato - respondió el Peregrino -. Al fin y al cabo, vuestros tesoros son dos, mientras que mi calabaza es sólo una. No quiero que con el paso del tiempo lleguéis a pensar que eso no es justo y me exijáis que os devuelva uno de ellos. Por eso, ahora quiero que firmemos un contrato que evite esa eventualidad. - ¿Cómo vamos a redactar un documento, si ni siquiera tenemos a mano tinta ni pincel? - protestó uno de los diablillos -. En un sitio como éste es imposible escribir nada. ¿Por qué no nos comprometemos con un juramento? - ¿Qué clase de juramento? - preguntó el Peregrino. - Que, si alguna vez exigimos que nos devuelvas uno solo de nuestros tesoros, caigamos víctimas de la enfermedad y que jamás volvamos a recobrarnos. - Aunque yo jamás me echaré atrás - dijo, a su vez, el Peregrino -, si falto a mi palabra, que corra la misma suerte que vosotros. Una vez concluido el juramento, el Gran Sabio sacudió la cola y llegó a la Puerta Sur del Cielo, donde agradeció al Príncipe Nata su colaboración, al enrollar y desenrollar el estandarte de plumas. Satisfecho, el príncipe corrió a informar al Emperador de Jade de todo lo ocurrido, devolviendo poco después a Chen-Wu su preciado tesoro. El Peregrino se quedó suspendido en el aire, mirando fijamente a los diablillos. No sabemos lo que sucedió después. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第034回 EL REY DEMONIO IDEA UN PLAN MUY ASTUTO PARA ATRAPAR AL MONO DE LA MENTE. EL GRAN SABIO LOGRA HACERSE CON LOS TESOROS Los dos diablillos se pelearon por tener la calabaza en sus manos y analizarla a sus anchas. Cuando menos lo esperaban, levantaron la cabeza y vieron que el Peregrino había desaparecido. - Me temo que ese inmortal se ha burlado de nosotros - dijo entonces Gusano Astuto -. Prometió enseñarnos el camino de la inmortalidad, una vez que hubiéramos intercambiado nuestros regalos, y se ha esfumado sin despedirse siquiera de nosotros. - ¿A qué viene preocuparse de esa forma? - le regañó Demonio Taimado -. Al fin y al cabo, somos nosotros los que hemos salido ganando. ¿Qué más da que se haya marchado? Déjame la calabaza para practicar un poco cómo meter el Cielo dentro de ella. En cuanto la tuvo en sus manos, la lanzó hacia lo alto, pero volvió a caer en seguida, sin obtener el menor resultado. - ¿Por qué ahora no funciona? - exclamó, desconcertado, Gusano Astuto. ¿Es posible que el Peregrino Sun se haya disfrazado de inmortal para cambiarnos una calabaza auténtica por otra falsa? - ¡No digas tonterías, anda! - le reconvino Demonio Taimado -. El Peregrino Sun se halla prisionero bajo el peso de tres montañas altísimas - ¿Cómo va a haberse escapado sin la ayuda de nadie? Déjame probar a mí. Voy a recitar el conjuro que él empleó y ya verás cómo esta vez el Cielo no se nos resiste. De nuevo volvió a lanzarla hacia lo alto, pero esta vez añadió: - Si se opone a mis planes, subiré al Salón de la Niebla Divina y comenzaré otra guerra. Sin embargo, no había acabado de decirlo, cuando la calabaza dio con todo su peso en el suelo. - ¡No funciona! - gritó, desesperado, el otro diablillo -. ¡Tiene que ser un engaño por fuerza! El Gran Sabio escuchó sus quejas desde lo alto. Temiendo que, de tanto probar, pudieran terminar descubriendo la verdad, sacudió ligeramente el cuerpo y al instante recuperó el pelo que horas antes había convertido en una calabaza. Los dos diablillos se encontraron, de esta forma, con las manos totalmente vacías. - ¡Devuélveme inmediatamente la calabaza! - exigió Demonio Astuto a su compinche. - ¿Cómo que te la devuelva? - protestó Gusano Taimado -. Eras tú el que la tenías en las manos. ¡No me digas que ha desaparecido así como así! Desesperados, buscaron como locos por todas partes, incluidas sus ropas, pero no lograron dar con ella. - ¿Qué podemos hacer? - se preguntaron, temblando de pies a cabeza -. Nuestros señores nos confiaron esos tesoros con el fin de capturar al Peregrino Sun, cosa que no sólo no hemos hecho, sino que jamás podrá nadie llevar a efecto. ¿Qué vamos a decir a nuestros amos? Cuando se enteren de que hemos perdido el jarrón y la calabaza, seguro que nos muelen a palos. ¿Qué podríamos hacer? - Es mejor que nos vayamos - decidió Gusano Astuto al cabo de un rato de reflexión. - ¿Adonde? - exclamó Demonio Taimado. - Eso no tiene ninguna importancia - respondió Gusano Astuto - - Lo importante es escapar, porque, si volvemos y confesamos que hemos perdido los tesoros, con toda seguridad perderemos nuestras vidas. - No, no - protestó Demonio Taimado -. Opinó que debemos regresar. Tú eres un protegido de nuestro segundo señor y eso nos ayudará a solucionarlo todo. Me echaré la culpa de lo ocurrido. Si está de buen humor, nos perdonará la vida. En cualquiera de los casos, prefiero morir en mi casa a tener que pasar el resto de mis días vagando de acá para allá. Soy de la opinión, por tanto, de que la huida no solucionará nuestro problema. Tras discutirlo seriamente, decidieron regresar juntos a la caverna de la que habían partido. El Peregrino, que había seguido desde el aire sus deliberaciones, sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en una mosca. De esta forma, pudo seguirlos sin ser visto. Os preguntaréis dónde guardó todos sus tesoros, porque es claro que, si los dejaba junto al camino o los escondía entre la hierba, alguien podía cogerlos y todos sus esfuerzos hubieran resultado en vano. Por eso, decidió llevárselos escondidos entre las ropas. Sin embargo, ¿cómo podía cargar con ellos, ya que, en definitiva, el cuerpo de una mosca, no es mucho mayor que un guisante? Muy sencillo. Como ocurría con la barra de los extremos de oro, los tesoros de los monstruos poseían el carácter de complacientes, ajustándose de buen grado al tamaño e intenciones de la persona que tenía la suerte de ser su dueño. De ahí que pudiera con ellos una mosca tan diminuta como la que acababa de adoptar el Peregrino como disfraz. El insecto siguió a los dos diablillos hasta que llegaron a la caverna. Los monstruos estaban todavía bebiendo, cuando los vieron entrar y sintieron cómo se arrojaban, respetuosos, a sus pies. El Peregrino se posó en el marco de la puerta y esperó a ver lo que ocurría. - Grandes señores... - dijeron los dos diablillos, temblando de pies a cabeza. - ¿Así que ya habéis vuelto? - comentó el monstruo segundo, poniendo la copa sobre la mesa. - Sí, gran señor - contestaron los diablillos. - ¿Habéis capturado al Peregrino Sun? - volvió a preguntar el monstruo segundo. Los dos diablillos comenzaron a golpear el suelo con la frente, sin atreverse a decir nada. El monstruo repitió la pregunta, pero obtuvo la misma respuesta que la vez anterior. Los diablillos parecían haberse olvidado de todo menos de sacudir como locos la cabeza. El monstruo insistió ofendido una y otra vez, hasta que finalmente logró que dijeran: - ¡Suplicamos vuestro perdón, porque nos hemos hecho acreedores de más de diez mil muertes seguidas! Al llegar aproximadamente a la mitad de la montaña, nos topamos con un inmortal procedente de la mismísima isla de Peng-Lai. Nos preguntó que adonde íbamos y nosotros le respondimos que a capturar al Peregrino Sun. Eso pareció agradarle sobremanera, ya que, según nos explicó, tenía contra él viejos pleitos, y se decidió a prestarnos su colaboración. Le explicamos que no precisábamos de ayuda alguna, porque poseíamos unos objetos capaces de almacenar en su interior a la gente. Esa confesión no pareció sorprenderle lo más mínimo, pues él mismo era dueño una calabaza en la que podía encerrarse todo el Cielo. Movidos por la avaricia y otras falsas esperanzas, decidimos intercambiar nuestros tesoros. Al principio sólo teníamos pensado hacer el trueque de las calabazas, pero Gusano Astuto fue del parecer de añadir también el jarrón de jade. Lo que menos esperábamos es que el tesoro del inmortal no soportara el contacto de manos impuras y que desapareciera, cuando estábamos tratando de repetir el portento que habíamos visto realizar al inmortal. Él mismo se desvaneció, apenas cerramos el trato. Por todo ello, suplicamos humildemente vuestro perdón. El monstruo primero se puso furioso al oír esa confesión, y exclamó con voz potente: - ¡Maldita sea! Eso es obra del Peregrino Sun, que se hizo pasar por un inmortal con el fin de engañarlos. Ese mono tiene muchísimos poderes y una gran cantidad de amigos. Seguro que se ha servido de la ayuda de algún diosecillo para hacerse con nuestros preciados tesoros. - No te pongas así, por favor - le aconsejó el monstruo segundo - Jamás pensé que ese mono pudiera ser tan insolente. Comprendo que quisiera escaparse de la prisión de rocas en que le encerré, pero ¿por qué habría de codiciar nuestros preciosos tesoros? Tengo que capturarle de nuevo; de lo contrario, nuestro buen nombre sufrirá un serio revés. - ¿Quieres explicarme cómo vas a echarle mano esta vez? - inquirió el monstruo primero. - Muy sencillo - respondió el segundo -. Aunque el Peregrino Sun se ha hecho con dos de nuestros tesoros, todavía nos quedan tres. Malo será que uno de ellos no termine derrotándole. - ¿Se puede saber de qué tres tesoros estás hablando? - volvió a preguntar el monstruo primero. - Dos los tenemos aquí con nosotros - contestó el monstruo segundo -. Ya sabes, la espada de las siete estrellas y el abanico de hojas de palma. El tercero, la cuerda de oro, se encuentra en la Caverna del Dragón Aplastado, ubicada en la montaña del mismo nombre y que constituye la morada de nuestra anciana madre. Opino que deberíamos enviar a dos diablillos a invitarla a venir a comer un poco de carne del monje Tang. Podemos aprovechar la ocasión para pedirle que traiga la cuerda de oro con la que habremos de atar al Peregrino Sun. - ¿A quién te parece que debemos enviar esta vez? - preguntó, una vez más, el monstruo primero. - Por supuesto no a estos dos inútiles - gritó el segundo, señalando a Demonio Taimado y Gusano Astuto -. ¡Poneos de pie, de una vez! - ¡Menuda suerte hemos tenido! - comentaron, aliviados, los diablillos. No sólo no nos han mandado azotar, sino que, incluso, hemos escapado a una buena regañina. ¡Vamonos, antes de que nuestros señores se vuelvan atrás! - ¿Por qué no hacemos venir a Tigre de la Montaña y a Dragón del Océano, que, como bien sabes, me acompañan en todas mis correrías? - sugirió el segundo monstruo. Los dos diablillos no tardaron en aparecer. Se echaron rostro en tierra y el monstruo se apresuró a advertirles: - Debéis tener muchísimo cuidado. - Siempre lo tenemos, señor - contestaron ellos, respetuosos. - Debéis extremarlo en esta ocasión - insistió el monstruo. - Así lo haremos. Estad tranquilos - repitieron ellos. - ¿Sabéis dónde está la mansión de nuestra madre? - preguntó el monstruo. - Sí, señor - respondieron ellos. - En ese caso - concluyó el monstruo -, id a verla y decidle que está invitada a probar un poco de carne del monje Tang. Pedidle, así mismo, que traiga la cuerda de oro, para atrapar con ella al Peregrino Sun. Los diablillos salieron disparados de la caverna. Su ansia de obediencia era tal que ni siquiera se detuvieron a pensar que el Peregrino pudiera haber oído toda la conversación que habían mantenido con sus señores. Nada más verlos abandonar la cueva, el Gran Sabio remontó el vuelo y se posó en el hombro de uno de ellos. En un principio había pensado matarlos, cuando se hubieran alejado tres o cuatro kilómetros, pero después recapacitó y se dijo: - No será muy difícil acabar con ellos, pero la verdad es que no sé dónde vive esa Anciana Dama que parece ser la dueña de la cuerda de oro. Creo, por tanto, que, antes de darles muerte, lo mejor será que les haga unas cuantas preguntas. Zumbando como un moscardón, se adelantó a los monstruos unos cien metros aproximadamente. Sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un pequeño monstruo con una gorra de piel de zorro en la cabeza y una túnica de piel de tigre. Dejó que los diablillos pasaran de largo y después corrió tras ellos, gritando: - ¡Eh, esperadme! ¡No vayáis tan deprisa! - ¿Se puede saber de dónde sales tú? - preguntó Dragón del Océano, dándose la vuelta. - ¿Cómo que de dónde salgo? - repitió el Peregrino -. Parece mentira que no reconozcas a uno de tu propio grupo. - Tú no perteneces a nuestro grupo - sentenció el diablillo. - ¿Cómo que no? - protestó el Peregrino -. Mírame bien. - No me resultas muy conocido - insistió el diablillo -. Me temo que es la primera vez que te veo por aquí. - Es posible, porque yo pertenezco a la sección de afuera - explicó el Peregrino -. ¿Se puede saber adonde vais tan deprisa? - A invitar a la Anciana Dama, de parte nuestro señor, a probar un poco de carne del monje Tang y, al mismo tiempo, pedirle que nos deje la cuerda de oro para capturar al Peregrino Sun - contestó el diablillo. - Ya lo sé - dijo el Peregrino -. Os lo he preguntado para ver qué respondíais. - ¿Qué quieres decir con eso? - exclamó el diablillo, ofendido. - Que vengo precisamente de parte de nuestros señores a deciros que os deis prisa y no os retraséis por ahí - respondió el Peregrino -. Bien saben ellos lo mucho que os gusta jugar y no quieren que perdáis inútilmente el tiempo, porque la empresa que os han confiado es de vital importancia. Los diablillos no vieron nada extraño en lo que les decía el Peregrino y eso terminó convenciéndoles de que se trataba, en efecto, de un miembro de su mismo grupo. Aceleraron el paso cuanto pudieron, manteniéndolo constante durante ocho o nueve kilómetros. - Me parece que vamos demasiado deprisa - comentó el Peregrino, aparentando un cansancio que, en realidad, no sentía -. ¿Cuanto llevamos recorrido? - Alrededor de dieciséis kilómetros - contestó uno de los diablillos. - ¿Tanto? - exclamó el Peregrino -. ¿Cuánto nos queda todavía para llegar? - No mucho - respondió Dragón del Océano, señalando hacia delante con la mano -. ¿Ves aquel bosque tan frondoso? Pues allí es. El Peregrino levantó la cabeza y no muy lejos de donde se encontraban vio un bosque llamativamente oscuro. Eso le hizo comprender que no muy lejos de allí se encontraba la morada de algún viejo monstruo. Pensando que había llegado el momento de actuar, dejó que los diablillos le pasaran y descargó sobre ellos un tremendo golpe con su barra de hierro. Los dos desgraciados quedaron reducidos al instante a una masa informe de carne, que el Peregrino se apresuró a esconder entre unos arbustos que crecían a lo largo del camino. Se arrancó después un pelo y, soplando sobre él una bocanada de aire mágico, gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en la imagen exacta de Tigre de la Montaña, al tiempo que él adquiría la de Dragón del Océano. Los dos falsos monstruos se dirigieron entonces a la Caverna del Dragón Aplastado a hacer entrega de su invitación a la dama que la habitaba. ¡Qué amplios poderes mágicos poseía el Gran Sabio, para el que no representaban secreto alguno las setenta y dos formas de metamorfosis! De dos o tres saltos se adentró en lo más espeso del bosque. No tuvo que caminar mucho para descubrir dos enormes puertas de piedra a medio abrir. Sin atreverse a entrar sin llamar, tentó la voz y dijo: - ¡Abran la puerta, por favor! Al poco tiempo apareció un monstruo femenino, que preguntó: - ¿De dónde vienes? - De la Caverna de la Flor de Loto, que, como sabéis, se halla enclavada en la Montaña Altísima - contestó el Peregrino -. Traemos una invitación para la Anciana Dama. - En ese caso, pasad - les ordenó la monstruo. Después de trasponer una segunda puerta, el Peregrino aguzó la vista y vio a una mujer entrada ya en años, sentada en el centro mismo de una amplia habitación. Su cabello, blanco como la nieve, aparecía totalmente alborotado y sus ojos poseían un brillo tan intenso que parecían estrellas. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y resultaba llamativa su casi total ausencia de dientes, pero era claro que su espíritu no había perdido ni un ápice de la viveza de la juventud. Poseía, de hecho, la elegancia de un crisantemo cubierto por la escarcha y la rugosidad de un tronco de pino después de la lluvia. En la cabeza lucía un turbante de seda blanca, cuya belleza parecía competir con la de los pendientes que adornaban sus frágiles orejas. El Gran Sabio no se atrevió a entrar inmediatamente, sino que se quedó cabizbajo junto a la puerta, sollozando en silencio. Os preguntaréis que por qué hacía semejante cosa. ¿Es que le había aterrado, acaso, tan repentina visión? De todas formas, quien siente miedo no suele llorar; eso sin contar con que el Gran Sabio era valiente en extremo y acababa de dar muerte a dos diablillos extremadamente peligrosos. ¿Por qué sollozaba entonces? Era capaz de meterse de buena gana en un recipiente de aceite hirviendo y no derramar una sola lágrima, aunque estuvieran friéndole siete u ocho días. Lo que le movía al llanto era la cantidad de sacrificios que debía aceptar por acompañar al monje Tang en su intento por conseguir las escrituras sagradas. - Si me he convertido en un diablillo con el único propósito de invitar a esta dama a ir a la mansión de mi supuesto señor - se dijo el Rey de los Monos -, no hay razón alguna que justifique que le dirija la palabra de pie. Tendré que arrodillarme ante ella y golpear después el suelo con la frente. Toda mi vida he sido un héroe y únicamente me he arrodillado ante tres personas desde que existo: Buda del Paraíso Occidental, Kwang-Ing de los Mares del Sur y mi Maestro. Ante éste lo hice cuatro veces seguidas, tras librarme del terrible castigo al que estaba sometido en la Montaña de los Dos Reinos. Por él he aceptado toda clase de sacrificios y renunciado a la posición que por mi origen me correspondía. ¿Tanto vale un simple rollo de escritura? ¿Por qué tengo que renunciar a mi orgullo y postrarme ante un monstruo que no merece mis respetos? Si no lo hago, descubrirá mi impostura y todo el plan se vendrá abajo. ¡Qué horrible dilema! En último caso, es la vida de mi maestro la que está en juego y, por salvarla, no debo ahorrarme ninguna humillación, por dura que pueda parecerme. Al llegar a este punto de su reflexión, entró con decisión en la habitación en la que se encontraba la monstruo y, arrodillándose ante ella, dijo: - Recibid, señora, mis respetos. - Levántate, por favor - dijo la monstruo a toda prisa. - Eso está bien - se dijo el Peregrino más animado -. Se ve que es más honrada de lo que creía. - ¿De dónde vienes? - preguntó la monstruo. - De la Caverna de la Flor de Loto, que se halla ubicada en la Montaña Altísima - contestó el Peregrino -. Mis dos señores me han ordenado venir a invitaros a ir a probar un poco de carne del monje Tang. Al mismo tiempo, os suplican que llevéis con vos la cuerda de oro para capturar al Peregrino Sun. - ¡Qué piedad la de mis hijos! - exclamó, complacida, la monstruo y al instante ordenó traer su silla de manos. - Quién lo hubiera pensado! - volvió a decirse el Peregrino -. ¡Hasta los monstruos viajan en esas sillas! Al poco rato aparecieron dos monstruos femeninos con una litera de madera aromática y a la que no faltaban ni cortinas de seda. La monstruo anciana salió de la caverna, seguida de un grupo de diablesas que portaban perfumes y cosméticos, espejos, toallas y todo lo necesario para el maquillaje. - ¿Por qué os empeñáis todas en acompañarme? - preguntó la anciana -. Al fin y al cabo, no voy a una casa ajena. ¿Acaso pensáis que allí no va a haber nadie que pueda servirme? No necesito vuestra ayuda. Volved al interior de la cueva y cerrad bien las puertas. Las diablesas obedecieron sin rechistar. Sólo quedaron dos para cargar con la litera. La anciana se volvió entonces hacia el Peregrino y su sombra y les preguntó: - ¿Cómo os llamáis vosotros? - Éste - respondió el Peregrino a toda prisa - es Tigre de la Montaña, y yo, Dragón del Océano. - Id delante de mí - ordenó la anciana -. Necesito que alguien me vaya abriendo el camino. - ¡Qué mala suerte! - se dijo el Peregrino -. Para conseguir las escrituras, me tengo que convertir hasta en esclavo de un monstruo. Pero no se atrevió a negarse a complacer a la anciana. Tras recorrer cuatro o cinco kilómetros, se sentó en una piedra a esperar a las Bestias que portaban la litera. Cuando llegaron a su altura, les preguntó: - ¿No queréis descansar un poco? Me figuro que debéis de tener los hombros hechos polvo. Las diablesas no sospecharon nada y en seguida dejaron la litera en el suelo. El Peregrino se puso detrás de ellas. Se arrancó un pelo del pecho y lo convirtió en una torta de gran tamaño, que empezó a masticar con fingida fruición. - ¿Se pude saber qué estáis comiendo? - le preguntó una de las diablesas. - Me da vergüenza decíroslo - contestó el Peregrino -. La verdad es que hemos recorrido un camino muy largo para transmitir la invitación de nuestros señores a la Anciana Dama y no se ha dignado darnos la menor recompensa. ¿Qué hay de extraño en que nos hayamos detenido a recobrar fuerzas antes de reanudar la marcha? El hambre no perdona a nadie. - ¿Os importaría compartir con nosotras vuestra torta? – volvieron a preguntar las diablesas. - Por supuesto que sí - respondió el Peregrino -. ¿A qué viene tanto miramiento? Al fin y al cabo, pertenecemos a la misma familia. Las diablesas se acercaron al Peregrino para recoger su parte, pero en vez de la torta prometida, recibieron un tremendo golpe en la cabeza. El Gran Sabio las golpeó con tal fuerza que una de ellas quedó reducida a una pulpa informe, mientras la otra agonizaba a su lado gimiendo lastimosamente. La anciana sacó la cabeza para ver lo que pasaba y el Peregrino volvió a descargar sobre ella todo el peso de su barra de hierro. La sangre manó a borbotones y las cortinas de la litera quedaron tiznadas de masa cerebral. El Peregrino la sacó arrastras de la silla de manos y vio que se trataba de un zorro de nueve colas. - ¡Maldita bestia! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Se puede saber quién eres tú para que todo el mundo te llame Anciana Dama? Si eres merecedora de tal título, yo soy uno de tus antepasados. Tras registrarla con cuidado, no tardó en descubrir entre sus ropas la cuerda de oro, que guardó a toda prisa entre las mangas. Es posible que esos demonios sean muy poderosos - se dijo, satisfecho -, pero ya tengo en mi poder tres de sus más preciados tesoros. Se arrancó otros dos pelos, que al punto se convirtieron en Tigre de la Montaña y Dragón del Océano, mientras que los de antes adoptaron la figura de las diablesas. Él mismo se disfrazó de anciana y tomó asiento en la litera. De esta forma, prosiguieron el viaje como si nada hubiera ocurrido. Al poco rato llegaron a la Caverna de la Flor de Loto y los diablillos que abrían la marcha - pelos, en realidad, del Peregrino-gritaron con todas sus fuerzas: - ¡Abrid la puerta! - ¿Sois Tigre de la Montaña y Dragón del Océano? —preguntaron los que hacían guardia en el interior de la cueva. - Así es - respondieron los pelos. - ¿Dónde está la Anciana Dama a la que fuisteis a invitar? - volvieron a preguntar los diablillos. - Ahí está dentro, en su litera - contestaron los pelos -. ¿Es que no la veis? - Quedaos aquí —dijo uno de los guardianes—, mientras voy a comunicar vuestra llegada a nuestros señores. En cuanto los dos monstruos oyeron que había llegado la Anciana Dama, ordenaron preparar incienso, cosa que satisfizo enormemente al Peregrino, que se dijo: - La suerte no me ha abandonado del todo. Ahora me toca a mí recibir toda clase de honores. Cuando me disfracé de diablillo para ir a invitar a esa vieja monstruo, hube de inclinarme respetuosamente ante ella. Ahora, sin embargo, que he adoptado su figura, convirtiéndome en progenitura de estas bestias, les corresponde a ellas presentarme sus respetos. Posiblemente no sea gran cosa, pero últimamente no es corriente que se incline ante mí un par de cabezas. El Gran Sabio descendió de la litera y, tras sacudirse el polvo, volvió a recobrar los cuatro pelos que se había arrancado. Los diablillos que hacían guardia a la puerta cargaron con la silla de manos y se dirigieron al interior de la caverna. El Peregrino los siguió con paso lento, imitando el modo pausado de caminar de la anciana. Dentro le estaba esperando un auténtico enjambre de monstruos de todas las edades, que corrieron a darle la bienvenida batiendo tambores y haciendo sonar sus flautas, mientras se elevaban volutas de humo aromático del pebetero de Po-Shan. Sin dejar de responder a sus saludos, el Peregrino se llegó hasta el salón principal, donde tomó asiento, mirando hacia el sur. Los dos monstruos se arrodillaron ante él y dijeron respetuosos, mientras golpeaban sin cesar el suelo con la frente: - Os damos la bienvenida, madre. Levantaos, hijos míos —les urgió el Peregrino. En ese mismo momento Chu Ba-Chie, que estaba colgado de una viga soltó la carcajada y el Bonzo Sha le regañó, diciendo: - ¡Esa sí que es buena! Te condenan a muerte y no se te ocurre otra cosa que echarte a reír como un loco. - Si me río - se defendió Ba-Chie -, es porque tengo razón para ello, ¿no te parece? - ¿Qué razón puedes tener en una situación como ésta? —volvió a preguntar el Bonzo Sha. - Hasta hace un rato - explicó Ba-Chie - esperábamos con aprensión la llegada de la Anciana Dama, porque eso iba a suponer nuestra muerte. Pero ahora veo con alivio que esa vieja no es tal, sino nuestro querido salvaje. - ¿De qué salvaje estás hablando? - exclamó el Bonzo Sha, sorprendido. - De nuestro "pi-ma", por supuesto - respondió Ba-Chie, a punto de soltar la carcajada - . ¿No te das cuenta de que esa anciana es él? - ¿Cómo has podido reconocerle? - volvió a preguntar el Bonzo Sha. - Al inclinarse para devolver el saludo a sus supuestos hijos y decirles "Levantaos, por favor", dejó ver un poco del rabo - contestó Ba-Chie -. Sólo yo he podido percatarme de ello, porque estoy colgado más alto que todos los demás. - Es mejor que dejemos de hablar y escuchemos con atención lo que dice - sugirió el Bonzo Sha. - Tienes razón - admitió Ba-Chie. El Gran Sabio se sentó en medio de la sala y preguntó con voz zalamera: - ¿Por qué me habéis invitado a venir, hijos míos? - Durante días enteros no hemos tenido oportunidad de cumplir con nuestros deberes filiales - contestó uno de los monstruos -. Esta mañana, sin embargo, la suerte nos sonrió y logramos echar mano al monje Tang, un hombre de probada virtud procedente de las Tierras del Este. Su santidad es tal que decidimos compartirle con vos, brindándoos la oportunidad de cocerle al vapor y, de esta forma, prolongar vuestra vida. - Si he de seros sincera, hijos míos - dijo el Peregrino -, no me atrae mucho la idea de devorar al monje Tang. No obstante, tengo entendido que las orejas de su discípulo Chu Ba-Chie son, francamente, extraordinarias. ¿Por qué no se las cortáis y me las ofrecéis como aperitivo, acompañadas de un poco de vino? - ¡Maldito mono! - exclamó Ba-Chie, sorprendido ante lo que acababa de oír -. ¿Así que has venido aquí con el único propósito de hacerme cortar las orejas? Da gracias que no digo en alto quién eres tú, de lo contrario tu suerte no sería mucho mejor que la mía. Desgraciadamente, tan estúpido comentario por parte del Idiota puso al descubierto todos los planes del Rey de los Monos. Precisamente en ese momento regresaron unos diablillos que habían salido a patrullar la montaña e informaron a sus señores de lo ocurrido, diciendo: - ¡Qué gran desgracia se ha abatido sobre nuestra familia! El Peregrino Sun ha dado muerte a la Anciana Dama y ha adoptado su figura para venir a burlarse de todos nosotros. - El primero de los monstruos no quiso averiguar nada más. Sacó la espada de siete estrellas y lanzó contra el rostro del Peregrino un tajo mortal. Afortunadamente el Gran Sabio sacudió una sola vez el cuerpo y al instante la caverna se vio invadida por una luz rojiza y de un brillo extraordinario, que le permitió escapar a toda prisa de ella. Sus poderes eran tantos que este episodio no fue para él más que una ocasión de puro entretenimiento. Nadie, en verdad, dominaba como Wu-Kung el difícil arte de las transformaciones. Si entró en la cueva adoptando la figura de una anciana, de ella escapó diluyéndose en el éter. Cuantos moraban en la caverna se sintieron tan sobrecogidos que unos perdieron el sentido, mientras otros se mordían nerviosamente las uñas o sacudían, incrédulos, la cabeza. El mayor de los monstruos se volvió entonces hacia su hermano y le dijo: - Coge al monje Tang, al Bonzo Sha, a Ba-Chie, el caballo y el equipaje y devuélveselos al Peregrino Sun. No quiero ver destruido para siempre mi hogar. - ¿Se puede saber qué te pasa? - le reconvino el monstruo segundo -. No tienes ni idea de lo mucho que me ha costado pergeñar este plan y traer hasta aquí a todos esos monjes. ¡Es ridículo devolvérselos ahora a esa bestia sin nada a cambio! ¿Qué te ocurre? ¿Es que ahora te meten miedo el brillo del acero y los mandobles de la espada? ¡No me digas que has perdido el juicio! Siéntate tranquilamente y déjame obrar a mí. Soy consciente de que el Peregrino Sun posee incontables poderes mágicos, pero aún no se ha enfrentado a mí cara a cara. Tráeme la armadura y permíteme cruzar tres veces mis armas con las suyas. Te aseguro que, si en esos tres intentos no logra derrotarme, el monje Tang se convertirá en nuestra cena. Si, por el contrario, es el sonreído por la fortuna, ya tendremos tiempo más adelante de llevar a término nuestros propósitos. - Tienes razón - admitió el monstruo mayor y al punto ordenó que le trajeran la armadura. En cuanto se la hubieron ajustado al cuerpo, el monstruo salió fuera de la caverna con la espada en la mano y, levantando voz, pregunto: - ¿Dónde te has metido, Peregrino Sun? El Gran Sabio había transpuesto ya el mundo de las nubes, pero, al oírse llamado por su nombre, dio media vuelta y miró con detenimiento al monstruo. En la cabeza lucía un casco de fénix tan blanco como la nieve y llevaba protegido el cuerpo por una espléndida armadura de acero persa. Ceñía su cintura un ancho cinturón hecho de tendones de dragón y calzaba unas botas de piel de cabra, por las que sobresalían unas polainas que recordaban, por su forma, la flor del cerezo. Su porte era tan marcial como el del Señor de Kuan-Kou y tan impresionante como el del Espíritu Poderoso. Sereno y alto como una torre, sostenía en sus manos, invicto, la espada de las siete estrellas. - ¡Peregrino Sun! - volvió a gritar -. Si ahora mismo me entregas a mi madre y todos los tesoros que me has robado, te prometo que dejaré partir al monje Tang en busca de las escrituras. - ¡Qué monstruo más estúpido estás hecho! - exclamó el Gran Sabio, incapaz de contener por más tiempo la carcajada -. Estás muy equivocado, si piensas que voy a dejarte marchar así como así. Si deseas salir bien parado de ésta, tendrás que entregarme no sólo a los míos, el equipaje y el caballo, sino también un poco de dinero para sufragar los gastos que se nos puedan presentar en nuestro camino hacia el Oeste. Si te atreves a darme un no por respuesta, ya puedes irte colgando de una cuerda, porque eso es precisamente lo que pienso hacerte. El monstruo dio un salto y, tras elevarse con inesperada rapidez entre las nubes, descargó sobre el Peregrino un mandoble de su espada, que fue oportunamente rechazado. La batalla que entonces se inició fue digna de auténticos maestros. Fue como si dos consumados artistas del ajedrez se hubieran enfrentado en una partida de imprevisible final o un general hubiera decidido medir sus armas con el mejor de sus guerreros. Ambos se sentían orgullosos de poder mostrar su poderío ante un rival de tanta categoría. El ardor que desplegaban les hacía parecerse a dos tigres de la Montaña del Sur enfrascados en una pelea, o a dos dragones pendencieros del Mar del Norte. Sus escamas relucían como brasas y sus zarpas y dientes buscaban con insistencia la carne del contrario, como si fueran garfios de plata. Uno se valía de mil formas de ataque, mientras el otro no daba cuartel a su pericia guerrera. La barra de los extremos de oro se acercaba a veces hasta una distancia inferior a tres décimas de centímetro de la cabeza de su enemigo, pero otro tanto hacía con el suyo la espada de las siete estrellas. La lucha se desarrolló durante más de treinta encuentros sin que de ellos saliera un claro vencedor. Eso alegró sobremanera al Peregrino que se dijo, satisfecho: - Es francamente asombroso que este monstruo haya resistido todos los ataques de mi barra de hierro. Sin embargo, tengo en mi poder tres de sus más preciados tesoros. Si continúo luchando con tanta fiereza, es posible que las fuerzas me fallen y mi vida corra peligro. ¿Para qué demorar por más tiempo lo que tengo pensado hacer? La calabaza y el jarrón me servirán para atraparle y aplicarle el destino que él tenía previsto para mí. Lo pensó, sin embargo, mejor y añadió al poco rato: - No, no. No estaría bien. El proverbio afirma, con razón, que "cada cosa tiene su dueño". Si trato de derrotarle con sus propias armas, es muy probable que sea yo el que salga peor parado. Sacaré la cuerda de oro y, en cuanto se descuide, se la pasaré por la cabeza. Así lo hizo. Pero el monstruo conocía dos conjuros - uno para librarse de la acción de la cuerda y otro para hacerla más efectiva - y se sirvió del que mejor cuadraba con su situación. Si hubiera sido él el atacante, habría recitado este último, pero se valió del primero para arrancarle al Peregrino la cuerda de las manos y volverla efectivamente contra él. El Gran Sabio decidió hacer uso de la magia para tornar el cuerpo lo más delgado posible, pero el monstruo recitó en ese mismo momento el segundo conjuro y todos sus esfuerzos resultaron inútiles. El Peregrino cayó en sus propias redes y no pudo liberarse de ellas. El lazo que le atenazaba el cuello se cerró con tanta firmeza que parecía como si se hubiera convertido en una férrea argolla de oro. El monstruo no tuvo más que tirar levemente de ella para que el Peregrino perdiera el equilibrio y cayera dando tumbos entre las nubes, momento que aprovechó la bestia para descargar sobre su desprotegida cabeza siete u ocho mandobles de espada. Sin embargo, no le produjeron el menor rasguño. - ¡Qué cabeza más dura tiene este mono! - exclamó, asombrado, el monstruo -. Es inútil seguir golpeándola. Le llevaré a la caverna y allí le torturaré cuanto quiera. Antes deberá entregarme, sin embargo, los dos tesoros que me ha robado. - ¿Quieres decirme cuándo te he robado yo algo? – preguntó el Peregrino, leyéndole el pensamiento -. No es justo exigir la devolución de lo que no se tiene. Pero poco le sirvieron esos embustes, porque el monstruo le registro con cuidado y no tardó en encontrar la calabaza y el jarrón. Valiéndose después de la cuerda, le arrastró, como si fuera un animal hasta la caverna y, alzando la voz, anunció, orgulloso de su hazaña: - ¡Le he capturado, hermano! ¿No te lo dije? - ¿A quién has capturado? - preguntó el monstruo primero. - Al Peregrino Sun - respondió el segundo -. Si te asomas, comprobarás que es verdad lo que te digo. El monstruo primero así lo hizo y vio que, en efecto, se trataba del Peregrino. Su satisfacción fue tanta que gritó, sin poder contenerse: - ¡Es él, es él! Atémosle a uno de los postes y divirtámonos un poco a su costa. Así lo hicieron, pero, en vez de mofarse de él, los dos monstruos se retiraron al interior de la caverna a brindar por su buena fortuna. El Gran Sabio quedó tendido junto al poste sin apenas espacio para moverse. Ba-Chie le vio en seguida y, soltando la carcajada, exclamó desde la viga a la que había sido atado: - ¿Así que pensabas comerme las orejas, eh? ¿Te gusta el plato que te han dado? - ¿Estás cómodo ahí arriba, Idiota? - replicó el Peregrino -. Si no es así, ahora mismo voy a subir a liberaros a todos. - ¿No te da vergüenza decir eso? - le regañó Ba-Chie -. ¿Cómo te atreves a hablar de liberar a los demás, cuando tú mismo eres incapaz de moverte? Deja de soñar y acepta, de una vez, tu destino. Vamos a morir todos juntos, así que lo mejor es que tratemos de encontrar el camino más directo que ha de llevarnos a la Región de las Sombras. - ¡Deja de decir tantas tonterías, por favor! - le urgió el Peregrino -. Mírame bien y verás cómo me escapo de aquí. - Si tú lo dices... - replicó Ba-Chie, burlón. Mientras hablaba con Ba-Chie, el Gran Sabio no apartaba los ojos de los dos monstruos. Los vio bebiendo en el salón más amplio de caverna, rodeados de un enjambre de diablillos que no paraban servirles licor y manjares sabrosísimos. En un momento de distracción de los guardias el Gran Sabio cogió la barra de hierro, sopló sobre ella y gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una lima de acero puro con la que logró deshacerse de la argolla que pugnaba por destrozarle el cuello. En cuanto se vio libre de ella, se arrancó un pelo y le ordenó tomar su propia imagen. Acto seguido sacudió ligeramente el cuerpo, convirtiéndose en un diablillo, que se puso al lado del falso prisionero. - ¡Qué mala suerte! - exclamó, una vez más, Ba-Chie desde lo alto de la viga -. El atado es falso del todo, mientras que el que cuelga es auténtico. - ¿Se puede saber qué es lo que grita Chu Ba-Chie? - preguntó el monstruo primero, dejando a un lado la copa. El Peregrino, que se había convertido en un diablillo, se acercó a él a toda prisa y contestó: - Está tratando de convencer al Peregrino Sun para que se transforme en algo raro y se escape cuanto antes, pero parece ser que éste no está por la labor. De ahí que Chu Ba-Chie haya perdido la paciencia y esté gritando de esa forma. - ¡Y nosotros que pensábamos que ese Chu Ba-Chie no era un tipo astuto! - exclamó el monstruo segundo -. ¡Qué lengua la suya! Merecía que le diéramos en la boca veinte golpes seguidos con una caña. Ni corto ni perezoso, el Peregrino agarró un trozo de bambú y se dispuso a cumplir la orden. - Es mejor que no me des muy fuerte - le suplicó Ba-Chie en voz baja -. De lo contrario, me pondré a vocear y descubriré quién eres. - Lo hago por todos vosotros - contestó el Peregrino en el mismo tono -. Además, ¿quieres explicarme por qué me descubriste antes? Ningún monstruo de esta caverna es capaz de reconocerme. ¿Quieres explicarme cómo puedes hacerlo tú? - Muy sencillo - contestó Ba-Chie, burlón -. Porque, aunque todos tus rasgos se han metamorfoseado, tu culo no lo ha hecho. ¿No te das cuenta de que sigues teniendo los mismos callos? ¿Cómo quieres que no te reconozca con esos dos trozos de carne roja al aire? El Peregrino se escurrió a toda prisa hacia la cocina y, con un poco de hollín que logró arrancar de los pucheros, se ennegreció el culo lo mejor que pudo. Al verle regresar, Ba-Chie exclamó, a punto de soltar la carcajada: - ¿Dónde se habrá metido este mono para aparecer de golpe y porrazo con el culo totalmente negro? El Peregrino no le prestó mayor atención, porque lo único quería era robarles a los monstruos sus valiosísimos tesoros. Como era extremadamente inteligente, se llegó hasta donde estaban sentados los monstruos y dijo, medio arrodillado: - Perdonad que os interrumpa, pero ¿os habéis fijado cómo el Peregrino Sun no deja de dar vueltas alrededor de la columna a la que está atado? Si sigue así, va a terminar rompiendo la cuerda de oro ¿No opináis que deberíamos atarle con algo más sólido? - Tienes razón - contestó el monstruo primero y se quitó el cinturón, que tenía una hebilla con forma de cabeza de león. Loco de contento, el Peregrino fue hasta la columna y ató con él a su falsa imagen, al tiempo que se metía hábilmente la cuerda por una de las mangas. Se arrancó a continuación otro pelo, que, tras recibir el poder de su aliento, se transformó en otra cuerda de oro. Regresó con ella al salón donde los monstruos se divertían a sus anchas y se la ofreció al mayor con las manos estiradas, pero éste estaba más preocupado del vino que de otra cosa y la guardó sin mirarla siquiera. A esto se refieren los dos versos que hasta nosotros han llegado: "El Gran Sabio, hábil como el pensamiento, no se cansa de demostrar sus poderes. Cualquiera de sus pelos puede convertirse en una cuerda de oro". En cuanto se hubo hecho con el tesoro, abandonó la caverna de un salto y, recobrando la forma que le era habitual, gritó con todas sus fuerzas: - ¡Monstruos! - ¿Se puede saber quién eres y por qué osas gritar de esa forma. - le reprendió uno de los diablillos que hacían guardia a la puerta. - Entra a informar cuanto antes a tus señores que está aquí el está aquí el Peregrino Sun - contestó él. El diablillo obedeció al instante y el monstruo primero exclamo, desconcertado: - ¿Cómo es posible? El Peregrino Sun está ya en poder nuestro. ¿Quiere explicarme alguien cómo puede haber otro ahí fuera? - No debemos tenerle miedo - sugirió el monstruo segundo -. Al fin y al cabo, todavía no hemos perdido ninguno de los tesoros. Voy a por la calabaza y le atraparé en un abrir y cerrar de ojos. - Ten cuidado - le aconsejó pese a todo el monstruo primero. El segundo se llegó hasta la puerta, donde se encontró con alguien que parecía ser la imagen exacta del Peregrino Sun. La única diferencia estribaba en que, a primera vista, resultaba un poco más bajito. - ¿De dónde sales tú? - le preguntó con arrogancia. - A pesar del anuncio que te he hecho llegar - contestó el Gran Sabio soy el hermano del Peregrino Sun. En cuanto me he enterado de que le habías capturado, he venido corriendo a pedirte cuentas. - Yo mismo me he encargado de echarle mano - confesó, jactancioso, el monstruo -. Para tu información, te diré que está encerrado en el interior de la caverna y que tu viaje ha sido totalmente en vano, porque no pienso medir mis armas contigo. Eso sí, me gustaría pronunciar tu nombre una sola vez. Si lo hago, ¿estarías dispuesto a responderme? - Yo no te tengo ningún miedo - contestó el Peregrino -. En caso de que mil veces pronuncies mi nombre, otras tantas responderé a tu llamada. El monstruo se elevó entonces por los aires y, poniendo la calabaza boca abajo, gritó con todas sus fuerzas: - ¡Hermano del Peregrino Sun! Wu-Kung no se atrevió a responderle, porque en seguida cayó en la cuenta de sus intenciones y se dijo: - Si hago lo que me pide, la calabaza me absorberá en su interior y quedaré reducido a mera pulpa. Es mejor, por tanto, que me quede calladito. - ¿Se puede saber por qué no me respondes? - preguntó, ansioso, el monstruo. - Soy un poco duro de oído y no logro escuchar con claridad lo que dices - contestó el Peregrino -. Lámame más fuerte, por favor. - ¡Hermano del Peregrino Sun! - volvió a gritar el monstruo. El Peregrino comenzó a hacer cálculos con los dedos, al tiempo que se decía: - Mirándolo bien, ésa no es mi auténtica identidad. Es claro que esa calabaza tiene poder para absorber a la gente, si se le dice la verdad, pero ¿ocurrirá lo mismo si se recurre a la mentira? Pronto pudo comprobar, para desgracia suya, que sus cálculos habían resultado erróneos. En cuanto abrió la boca, la calabaza le tragó y no pudo salir de ella. A aquel tesoro le traía simplemente sin cuidado que la respuesta fuera verdadera o falsa. En cuanto alguien respondía a la pregunta que se le hacía, le tragaba y asunto concluido. El Gran Sabio se encontró en su interior con una oscuridad absoluta. Varias veces trató de sacar la cabeza, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Su boca era, de hecho, extremadamente angosta no podía asomar por ella ni uno solo de sus cabellos. Eso hizo que el nerviosismo se apoderara de él y se dijera, cada vez más intranquilo: - Los diablillos con los que me topé en la montaña me confesaron que, si alguien caía en el interior de esta calabaza, podía quedar reducido a mero pus en una hora y tres cuartos. ¿Seguiré también yo una suerte así? Él mismo se tranquilizó al poco rato, añadiendo: - ¡Es imposible! Simplemente no puedo ser destruido con tanta facilidad. Cuando hace aproximadamente quinientos años sumí en el caos el Palacio Celeste, fui refinado durante más de cuarenta y nueve días seguidos en el brasero de Lao-Tse. Eso me otorgó un corazón tan fuerte como el oro, unas entrañas tan duras como la plata, una cabeza tan resistente como el bronce, una espalda tan indomable como el acero, unos ojos tan penetrantes como el fuego y unas pupilas tan inquebrantables como el diamante. ¿Cómo puedo quedar reducido a pus en menos de una hora y tres cuartos? Será mejor que no haga nada hasta que me encuentre en el interior de la caverna y vea lo que hace. El monstruo segundo entró en seguida en la cueva y dijo a su hermano: - Acabo de capturarle. - ¿Capturar? - exclamó el monstruo primero -. ¿A quién acabas de capturar? - Al hermano del Peregrino Sun - contestó el monstruo segundo -. Está ya metidito aquí dentro. - Toma asiento, por favor, y no muevas de momento la calabaza - dijo, visiblemente satisfecho, el monstruo primero -. La sacudiremos después y levantaremos la tapa, en cuanto no se oiga nada dentro de ella. Al oírlo, el Peregrino se dijo: - Es preciso que me convierta cuanto antes en líquido. Ya se lo que voy a hacer. Mearé un poco y, así, parecerá que me he disuelto en esta impenetrable oscuridad. Cuando la sacudan, sonará como si todo en su interior fuera agua. Sin embargo, lo pensó mejor y añadió: - No, no. Mirándolo bien, ésa no es tan buena idea. Las meadas siempre producen ruido y lo dejan todo perdido. Es mejor que espere a muevan la calabaza. Cuando lo hagan, escupiré toda la saliva que pueda. Eso les hará creer que su magia ha surtido efecto sobre mi cuerpo y, en cuanto levanten la tapa, me escaparé. El Gran Sabio se preparó con cuidado para ese momento, pero el monstruo estaba demasiado ocupado con la bebida y no volvió a acordarse para nada de la calabaza. Eso movió a Wu-Kung a idear un nuevo plan y a gritar de pronto con todas sus fuerzas: - ¡Cielo santo, han desaparecido mis pantorrillas! Los monstruos no prestaron ninguna atención a esos gritos y el Gran Sabio se vio en la necesidad de gritar de nuevo: - ¡Madre querida, se me está disolviendo la cadera! Esta vez su táctica surgió efecto, porque casi inmediatamente oyó decir al monstruo primero: - En cuanto se le diluya la cintura, estará todo terminado y podremos levantar la tapa a ver lo que ha pasado. El Gran Sabio se arrancó a toda prisa un pelo y gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en medio cuerpo pegado al fondo de la calabaza, al tiempo que él mismo se metamorfoseaba en un insecto diminuto y se colocaba estratégicamente junto a la boca. Tan pronto como el monstruo segundo levantó la tapadera, el Gran Sabio salió volando, tomando al poco rato la figura de Dragón del Océano, el diablillo que fue enviado en su momento en busca de la Dama. Mientras el monstruo primero miraba en el interior de la calabaza, él permaneció prudentemente a un lado. La bestia pudo ver con toda claridad un cuerpo disolviéndose penosamente en su fondo y, sin detenerse a pensar si era verdadero o no lo que veía, ordenó visiblemente nervioso, a su hermano: - ¡Vuelve a taparlo en seguida! Ese infeliz no se ha disuelto todavía del todo. El monstruo segundo obedeció al instante, sin percatarse de que el Gran Sabio estaba precisamente a su lado, burlándose abiertamente le él. - ¡Qué ciego estás! - se dijo el Rey de los Monos -. Ni siquiera eres capaz de verme junto a ti. El monstruo primero cogió una jarra de vino, llenó un vaso y se lo ofreció a su hermano con las dos manos, diciendo: - Brindemos a tu salud. - ¿No te parece que ya hemos bebido bastante? - replicó el monstruo segundo -. ¿A qué viene eso de brindar otra vez a salud mía? - Quizá no sea gran cosa capturar al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha - respondió el monstruo primero -, pero lo que sí tiene un mérito fuera de toda duda es capturar al Peregrino Sun y encerrar a su desdichado hermano en nuestra calabaza. Eso es una hazaña de tal magnitud que exige no sólo uno, sino mil brindis seguidos. El monstruo segundo se sintió halagado por el honor que se le hacía y no se atrevió a rehusar la copa. Sin embargo, como tenía la calabaza en la mano, no podía agarrarla como exigía la etiqueta y hubo de entregar el tesoro a Dragón del Océano. Lo que no sabía es que éste fuera, en realidad, el Peregrino Sun, que no dejaba de estudiar con cuidado todas sus reacciones. - ¡No, no! ¡No es preciso que brindes por mí! - exclamó el monstruo primero -. No he hecho nada para merecerlo. Ahora, si deseas seguir bebiendo, puedo acompañarte a tomar otra copa. Los dos monstruos continuaron cambiándose cumplidos durante bastante tiempo bajo la atenta mirada del Peregrino, que en ningún momento se desprendió de la calabaza. Cuando se cercioró de que estaban más interesados en el vino que en lo que él pudiera estar haciendo, se la metió a toda prisa por una manga, se arrancó un pelo y lo convirtió en una copia exacta de tesoro tan preciado. Medio borracho, el monstruo se lo arrancó de las manos al poco rato, sin preocuparse de examinarlo con atención. Es más, volvió a levantar la copa y continuó brindando a la salud de su hermano. El Gran Sabio, por su parte, se dio la vuelta y se dijo, visiblemente satisfecho de su astucia: - Aunque a este monstruo no le faltan recursos, el caso es que la calabaza todavía sigue en mi poder. No sabemos, de momento, lo que tuvo que hacer para acabar con los monstruos y rescatar a su maestro. El que quiera descubrirlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en siguiente capítulo. 第035回 LAS FALSAS DOCTRINAS SE VALEN DE LA FUERZA PARA INTENTAR DOMINAR LA VERDAD Y LA JUSTICIA. EL MONO DE LA INTELIGENCIA DOMINA A LOS MONSTRUOS TRAS HACERSE CON SUS TESOROS Perfecta es su naturaleza, ya que sólo él es el único conocedor del Tao. Con un giro apenas perceptible del cuerpo se libera de las trampas y la red. No es arte fácil el de las metamorfosis ni empresa sencilla alcanzar la longevidad. Sin embargo, él logra transformarse en toda clase de seres vivientes, sin importarle que sean puros o impuros. Su poder es tal que se libera a voluntad de los kalpas que el destino le había impuesto. Sólo él es auténticamente libre por toda la eternidad, un rayo de divinidad suspendido para siempre del vacío. Las maravillas descritas en este poema se ajustan como anillo al dedo al estado de perfección alcanzado por el Gran Sabio Sun a lo largo del interminable sendero del Tao. En cuanto se hubo hecho con el tesoro del monstruo, lo metió por una de las mangas y dijo: - Aunque esta bestia se ha empeñado en echarme mano, sus esfuerzos han resultado tan inútiles como el que se empeñó en sacar la luna fuera del agua con una simple caña. Sin embargo, para mí capturarle será tan fácil como derretir hielo junto a una hoguera. Apretó la calabaza con fuerza, salió al exterior de la caverna y, adoptando la forma que le era habitual, gritó con todas sus fuerzas: - ¡Abrid la puerta, monstruos inmundos! - ¿Se puede saber quién eres tú para osar venir a romper la paz que aquí reina? - preguntó un diablillo. - Corre a informar a tus señores de que acaba de llegar el Peregrino Sun - contestó el Gran Sabio. El diablillo obedeció a toda prisa y dijo, sorprendido, a sus amos: - Ahí fuera hay un tipo que dice llamarse Peregrino Sun. - ¡Qué mala fortuna la nuestra! - exclamó, sobrecogido, el monstruo primero -. La desgracia nos persigue como si fuéramos enemigos personales suyos. Analiza, si no, en frío la situación: tú mismo te encargaste de capturar al Peregrino Sun con la cuerda de oro y a su hermano con la calabaza sagrada. ¿Cómo es que ahora aparece así, de repente, otro más? Por fuerza su familia debe de ser muy amplia se ha dado cita precisamente en nuestra cueva. - No te preocupes por eso - trató de tranquilizarle el monstruo segundo -. Nuestra calabaza es capaz de contener a más de mil personas y hasta la fecha en su interior no hay más que una. ¿Para qué preocuparse por este nuevo e inesperado Peregrino Sun? Ahora mismo voy a salir a ver si es igual que los otros. Como no sea un poco más listo que los anteriores, te aseguro que caerá presa de la calabaza, en cuanto haya pronunciado su nombre. - Ten mucho cuidado - le aconsejó, de todas formas, el monstruo primero. El más joven no le hizo caso. Cogió su tesoro, salió al exterior de la caverna y, levantando la voz, preguntó con inquebrantable seguridad - - ¿Quién eres tú para atreverte a venir aquí a montar todo este alboroto? - Así que no me reconoces, ¿eh? - replicó el Peregrino -. Durante siglos he habitado en la Montaña de las Flores y Frutos y he hecho de la Caverna de la Cortina de Agua mi hogar. Sufrí un castigo tremendo por sumir los Cielos en una confusión absoluta, pero me cupo la suerte de abandonar los senderos del Tao para seguir los pasos de un monje empeñado en llegar al Templo del Trueno y hacerse con las escrituras de la Verdad y el conocimiento recto. Ese empeño me ha hecho enfrentarme con incontables monstruos, a los que he dominado con la fuerza de mi magia. Te aconsejo, por tanto, que me devuelvas al monje Tang, para que podamos proseguir cuanto antes nuestro camino y alcancemos lo más rápidamente posible las Tierras del Oeste. Si así lo haces, daré por terminada nuestra enemistad y cada cual podrá seguir gozando de una vida tranquila y serena. Si, por el contrario, te niegas a avenirte a mis pretensiones, terminarás sucumbiendo a mi ira y todo tu mundo se vendrá irremediablemente abajo. - Se nota que has venido hasta aquí con ánimos guerreros, pero no voy a darte la satisfacción de luchar contra ti - replicó el monstruo -. Me voy a limitar a pronunciar tu nombre una sola vez. ¿Estás dispuesto a responderme, si lo hago? - En caso de que grites el nombre por el que todos me conocen - respondió el Peregrino, sonriendo -, ten por seguro que no permaneceré callado. Sin embargo, me gustaría saber si tú harías lo mismo si fuera yo el que te llamara a ti. - Si te he hecho esa propuesta - contestó el monstruo -, ha sido poseo una calabaza que tiene el poder de absorber a la gente. ¿Quieres explicarme por qué deseas que repita mi mismo gesto? - Muy sencillo - contestó el Peregrino -. Porque también yo soy dueño de una calabaza como ésa. - Me parece poco probable - replicó el monstruo -. De todas formas me gustaría echarle un vistazo a ver si es verdad lo que dices. Sin dejar de sonreír, el Peregrino sacó la calabaza de la manga y dijo: - ¡Mírala bien, monstruo sin escrúpulos! - y, tras sacudirla delante de sus mismas narices, la volvió a esconder entre las mangas. Era claro que temía que el monstruo pudiera quitársela de las manos. - ¿De dónde has sacado esa calabaza? - preguntó la bestia, sorprendida -. He de admitir que es exactamente igual que la mía, lo cual no deja de ser, francamente, desconcertante, ya que, en el caso improbable de que hubieran surgido de la misma mata, su forma y tamaño deberían ser por fuerza totalmente distintos. ¿Cómo es que son tan parecidas? - ¿De dónde has sacado tú la tuya? - preguntó, a su vez, el Peregrino, que, por supuesto, desconocía su historia. El monstruo, sin embargo, no se percató de que se trataba de un simple truco y explicó su origen con todo lujo de detalles, diciendo: - Mi calabaza maduró en los tiempos lejanos en los que el caos sufrió la división de todos conocida, dando, así, comienzo al Cielo y a la Tierra. Existió entonces un Anciano Primordial, que, valiéndose de la muerte, se convirtió en Nü-Gua y adoptó su nombre. Fue ella la que fundió rocas con el fin de reparar los cielos y, de esa forma, salvó de la nada al mundo. Cuando se disponía a cubrir una grieta que se había producido en las regiones del noroeste - concretamente al pie del Monte Kun-Lun -, descubrió una especie de enredadera inmortal, de la que al poco tiempo brotó esta calabaza de oro. Se trata, como puedes ver, de un tesoro que ha pasado directamente de las manos de Lao-Tse a las mías. Al oír eso, el Gran Sabio se inventó su propia historia y dijo: - Mi calabaza procede del mismo lugar. - ¿Cómo es posible eso? - preguntó el monstruo, incrédulo. - Cuando se realizó la división de lo puro y lo impuro - explicó el Peregrino -, la parte noroccidental de los Cielos quedó sin completar y lo mismo le ocurrió a la porción sudoriental de la Tierra. Como muy bien acabas de decir, el Supremo Patriarca Taoísta se convirtió con ayuda de la muerte en Nü-Gua y comenzó su ardua labor de reparar los Cielos. Eso la llevó hasta el mismísimo pie del Monte Kun-Lun, donde se topó con una enredadera sagrada, de la que surgieron dos calabazas: una masculina y otra femenina. - No hay necesidad de hacer esas distinciones - protestó el monstruo -. Si también ella es capaz de absorber a la gente, hay que concluir que se trata de un buen tesoro. - Tienes razón - contestó el Gran Sabio -. Para que veas que tengo confianza en ella, te voy a dejar probar primero a ti la tuya. Complacido, el monstruo se elevó por los aires, puso la calabaza boca abajo y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Peregrino Sun! El Gran Sabio tomó aliento y, de un tirón, repitió siete u ocho veces seguidas su nombre. Pero nada le ocurrió esta vez. Desconcertado, el monstruo se dejó caer desde lo alto y, sin dejar de golpearse el pecho, gritó, presa de la desesperación: - ¡Santo cielo! ¡Y después decimos que en este mundo ha habido muchos cambios! Incluso un tesoro como éste tiembla en presencia de su pareja. Está visto que, cuando se encuentran lo masculino y lo femenino, pierden todo su potencial. - ¿Por qué no tiras, de una vez, esa calabaza? - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Ahora me toca a mí probar la mía. De un salto se elevó por los aires y, poniéndose justamente encima del demonio, gritó con todas sus fuerzas: - ¡Gran Rey del Cuerno de Plata! El monstruo no pudo sustraerse a contestar y la calabaza le absorbió al instante, como si se tratara de un puñado de algodón. El Peregrino le dio a continuación la vuelta y la tapó con la cinta en la que aparecía escrito: "Que Lao-Tse cumpla con rapidez esta orden". El Peregrino no cabía en sí de contento y se dijo, complacido: - Me parece que hoy vas a probar algo realmente nuevo. Bajó de la nube sin soltar la calabaza y se dirigió directamente a la Caverna de la Flor de Loto con la única intención de salvar a su maestro. El camino era muy tortuoso y eso le hacía sacudir de continuo el preciado tesoro de los monstruos. De su interior salía como un rumor de aguas y el Peregrino pensó que se trataba de alguna estratagema de la bestia que acababa de capturar. La verdad era, sin embargo, que aunque era capaz de montarse en las nubes y viajar a lomos de la niebla, su naturaleza no era del todo diamantina y se disolvió en cuanto hubo tocado el fondo de la calabaza. - Conmigo no te valen estas tretas - dijo el Peregrino en tono burlón. Probablemente estés meando o haciendo gárgaras, pero te aseguro que no voy a ser tan inocente como tú. Conozco bien todos tus trucos y por lo menos en siete u ocho días no voy a destapar este tesoro. Me figuro que para entonces ya te habrás disuelto en los líquidos que contiene. ¿Para qué apresurarse? Cuando pienso en lo fácil que me resultó salir de ella, me dan ganas de tenerte ahí dentro unos mil o dos mil años. Hablando de esta forma, no tardó en llegar a la entrada de la caverna. Agitó la calabaza con más energía y se oyó un chapoteo, que, de alguna manera, recordaba el vaivén del mar. - Esto se parece a la carraca de un adivino - volvió a decirse -. Creo que me va a servir de mucha ayuda para liberar a mi maestro de una vez por todas. ¿Sin dejar de sacudir la calabaza, empezó a recitar el "I Ching del Rey Wen, el Sabio Confucio, el Maestro Chou de la Dama del Capullo de la Flor del Melocotón, el Maestro Kwei-Ku Tse...". Al verle, los diablillos se precipitaron al interior de la caverna, gritando, muy asustados: - ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros, señor! El Peregrino Sun ha metido a vuestro hermano en la calabaza y ahora la está usando para predecir el futuro. El monstruo primero se sintió tan abatido que el espíritu le abandonó como los polluelos el nido, los huesos se le volvieron tiernos como una hoja nueva de ciruelo y los tendones se negaron a obedecerle. Se dejó caer al suelo y empezó a gritar a lágrima viva: - ¡Mi hermano del alma! Cuando abandonamos en secreto las Regiones Superiores para refugiarnos en este mundo mortal, nuestra única ambición era convertirnos en señores eternos de esta montaña y gozar para siempre de riquezas y fama. ¿Cómo iba a esperar yo que tu vida iba a terminar a manos de un monje vulgar y que nuestro lazo fraternal iba a disolverse para siempre? Sus lamentos eran tan sinceros que todos los diablillos de la caverna rompieron a llorar, emocionados. Al oír sus llantos, Chu Ba-Chie levantó la voz y dijo: - Deja de lamentarte de una vez, monstruo. Si te sirve de consuelo, permíteme decirte que el Peregrino Sun y sus dos supuestos hermanos son, en realidad, la misma persona. Domina a la perfección el arte de las setenta y dos transformaciones y puede metamorfosearse en cuanto le venga en gana. De hecho, fue él, y nadie más que él, el que se hizo con vuestros tesoros y encerró para siempre a vuestro hermano en uno de ellos. Debéis tratar de controlar vuestro dolor, ya que vuestro hermano ha muerto y no hay nada que pueda devolverle a la vida. Sería aconsejable, por tanto, que limpiarais todos vuestros pucheros y cazuelas y prepararais algunas setas secas, unos cuantos champiñones frescos, brotes de bambú, pastelillos de soja, tortas de harina de trigo y alguna que otra verdura. Tened la seguridad de que por un banquete así mi maestro recitará con mucho gusto el Sutra de la Vida. - Pensé que eras una persona sin muchas luces, pero ahora veo que te faltan también los escrúpulos - replicó el monstruo, furioso -. ¿Cómo te atreves a burlarte de mí en un momento como éste? Se volvió hacia los otros diablillos y les ordenó: - Dejad de llorar y desatad a Chu Ba-Chie. Quiero que le cozáis hasta que esté tiernecito y suave. Creo que, antes de vengar la muerte de mi hermano, debo recuperar las fuerzas que la tristeza me ha hecho perder. El Bonzo Sha se burló al punto de Ba-Chie, diciendo: - ¿No es fantástico? Ya te advertí que no hablaras tanto. ¿Ves a lo que te ha llevado tu propio juicio? Aunque, mirándolo bien, no está tan mal terminar cocidito y listo para ser devorado. El Idiota no sabía qué hacer. Afortunadamente uno de los diablillos salió en su defensa, diciendo: - Disculpadme, señor, pero opino que no está bien cocer a Chu Ba-Chie. - ¡Buda Amitabha! - exclamó, un tanto aliviado, Ba-Chie -. Debe de haber algún santo varón por ahí haciendo méritos por mí. Siempre he opinado que mi destino no era el de morir cocido. - Estoy de acuerdo con mi compañero - dijo otro diablillo -. No debemos cocer a Chu Ba-Chie hasta que no le hayamos arrancado la Piel. - ¿Para qué? - protestó Ba-Chie, horrorizado -. Así como soy estoy muy bien. Es verdad que mis huesos y mi pellejo son un poco duros, pero mi carne es tan suave que con un solo hervor bastará para estar totalmente cocida. Mientras discutían de esta manera, apareció un diablillo que informó a su señor, diciendo: El Peregrino Sun no cesa de lanzar improperios contra vos ante vuestra misma puerta. - Ese maleducado se porta así, porque cree que aquí dentro no hay nadie que pueda enfrentarse a él - comentó el monstruo -. Volved a colgar a Chu Ba-Chie y mirad a ver cuántos tesoros me quedan todavía. - Tres exactamente - dijo un diablillo que se encargaba de la intendencia. - ¿Cuáles? - preguntó el monstruo. - La espada de las siete estrellas, el abanico de hojas de palma, y el jarrón de jade puro - contestó el diablillo. - El jarrón no sirve para nada - exclamó el monstruo -. Se suponía que era capaz de absorber a todo el que contestara a su nombre, pero hasta la fecha lo único que ha hecho ha sido tragar a nuestro pobre hermano. ¿Para qué voy a usarlo yo otra vez? ¡No! No quiero terminar en su panza como un vulgar cuenco de arroz. Traedme la espada y el abanico. El diablillo se los entregó al instante. El monstruo escondió entonces el abanico en un repliegue que formaba su túnica justamente bajo la nuca y agarró la espada con las dos manos. Convocó a continuación a más de trescientos monstruos de todas las edades y les ordenó armarse hasta los dientes con lanzas, porras, cuerdas y cuchillos. El mismo demonio se protegió la cabeza con un yelmo, al tiempo que se ceñía al cuerpo una espléndida coraza, que cubrió con una capa de seda tan roja como las llamas. Los monstruos salieron de la caverna, formando un ejército bien disciplinado, cuya única ambición era capturar al Gran Sabio Sun. Para entonces el Peregrino estaba ya convencido de que el monstruo segundo se había disuelto en el interior de la calabaza, por lo que se la ciñó a la cintura y echó mano de la barra de hierro con los extremos de oro. Su concentración para el combate era total. Los estandartes flameaban, orgullosos, al viento. El monstruo no tardó en aparecer a la puerta de la caverna. Su morrión tremolaba bajo la acción de los rayos del sol. La coraza que protegía su cuerpo parecía estar hecha de escamas de dragón, mientras que la capa que la cubría daba la impresión de ser una hoguera de altísimas llamas. Sus ojos eran tan fieros que emitían rayos, como si fueran el alma de las tormentas. En la mano derecha sostenía con firmeza la espada de las siete estrellas, cuya formidable potencia se veía realzada por el abanico de hojas de palma, cuidadosamente escondido detrás de los hombros. Su forma de andar recordaba las nubes que transportan la tormenta por encima de las olas del mar y su voz era tan fuerte que las montañas temblaban y los arroyos serpenteaban con mayor impaciencia. Se trataba, en verdad, de un guerrero tan fiero que no habría dudado ni un segundo en enfrentarse al mismísimo cielo por defender su honor. ¡Qué marcial resultaba su figura, al aparecer como un espejismo a la puerta misma de su caverna! Tras ordenar a todos sus subalternos que ocuparan sus puestos de batalla, levantó la voz y dijo: - ¡Maldito mono sin principios ni conciencia! Asesinaste a mi hermano y, de esa forma, destruiste todos los lazos de hermandad que me ataban a este mundo. No hay, por ello, en todo el universo ser más despreciable que tú. - Estás suplicando a la muerte que te salga al encuentro - replicó el Peregrino -. No comprendo cómo puedes afirmar que la vida de un solo monstruo es superior a la de mi maestro, mis dos hermanos en religión y el caballo que viaja con nosotros. ¿Cuáles piensas que fueron mis sentimientos, cuando los vi colgados en el interior de tu inmunda caverna? ¿Cómo quieres que dé mi beneplácito a un hecho tan deleznable como ése? Si los pones en libertad de inmediato, nos entregas un poco de dinero en concepto de ayuda para el viaje y desistes de medir tus armas con las mías, te perdonaré la vida, permitiéndote seguir viviendo en esta inhospitalaria montaña. El monstruo no se avino, como era de esperarse, a razón alguna. Levantó la espada y lanzó contra la cabeza del Gran Sabio un tajo terrible, que éste logró detener con su barra de hierro. De esta forma, dio comienzo una espléndida batalla, en la que la espada de las siete estrellas y la barra de los extremos de oro midieron una y otra vez su portentosa fuerza, levantando cascadas de chispas tan brillantes como un aluvión de relámpagos. Las nubes de polvo que producían eran tan densas que los desfiladeros y picos quedaron sumidos en una oscuridad total que impedía el paso de los rayos benéficos del sol. A consecuencia de ello, un frío insoportable se extendió de inmediato por toda la tierra. Se comprendía que uno luchara por la memoria de sus lazos fraternales recientemente destruidos, y el otro por mantener expedito el camino que habría de llevar a su maestro a la consecución de las escrituras sagradas. A ambos los embargaba el mismo odio y los reconsumía la misma hostilidad. Lucharon hasta que el Cielo y la Tierra quedaron sumidos en una oscuridad total, que hizo temblar por igual a dioses y espíritus. El sol se fue tornando opaco, mientras la tiniebla se espesaba y los tigres y dragones cedían al espanto. Sólo los contrincantes parecían ajenos al terror que levantaban. Los dientes de uno rechinaban por la furia, como si estuvieran hechos de jade, mientras los ojos del otro emitían llamaradas de odio. Moviendo con inimitable pericia la espada y la barra, tan espléndidos guerreros demostraron con creces que su fama no se asentaba sobre una burda mentira. Más de veinte veces seguidas midieron sus armas, sin que ninguno pudiera arrogarse una clara ventaja. El monstruo levantó entonces la voz y ordenó a los suyos: - ¡Subid aquí inmediatamente! Los trescientos diablillos obedecieron al instante, rodeando al Peregrino. El Gran Sabio no se sintió por ello arredrado. Al contrario, les hizo frente con su barra de hierro, protegiendo efectivamente cada uno de sus flancos. Sin embargo, aquéllos no eran diablillos corrientes. Todos poseían poderes especiales y cuanto más luchaban, más aguerridos se tornaban. Llegó un momento en que se pegaron a las piernas y a la cintura del Peregrino, como si fueran copos de algodón sobre un cuerpo sudoroso, y a punto estuvieron de derribarle por tierra. Al Gran Sabio no le quedó, pues, más remedio que valerse de la magia del cuerpo más allá del cuerpo. Se arrancó a toda prisa un puñado de pelos del sobaco izquierdo y, tras triturarlos con los dientes, los escupió, al tiempo que gritaba: - ¡Transformaos! Al punto cada uno de ellos se convirtió en la imagen exacta del Peregrino. Eran, de hecho, tan idénticos a él que cada uno blandía una barra de hierro igual a la suya. Así pudo hacer frente a los diablillos, que aunque lucharon con inesperado arrojo, terminaron rindiendo sus armas al valor de los pelos. Incapaces de explicarse la causa de la derrota, corrieron hacia donde se encontraba su señor, gritando: - ¡No podemos seguir luchando! ¡Todo está perdido! La montaña está llena de Peregrinos Sun. ¿Cómo vamos a luchar contra un ejército tan formidable? La magia del cuerpo más allá del cuerpo hizo retroceder al enjambre de diablillos, dejando solo y a su suerte al viejo demonio. Era claro que no tenía adónde huir. El terror se apoderó de su espíritu, pero se acordó del abanico de la hoja de palma y echó en seguida mano de él. Se volvió hacia el sur (la dirección del fuego), cambió el abanico de mano y lo sacudió con energía una sola vez. Al punto brotaron del suelo yermo unas llamas impresionantes. Ésta era, precisamente, la virtud de aquel, en apariencia, humilde tesoro. El fuego avivó la sed de venganza del monstruo, que volvió a sacudir el abanico siete u ocho veces seguidas. Al punto se desató un incendio pavoroso. No se parecía en nada al que se origina en los cielos, ni al que nace en el brasero, ni al que surge, espontáneo, en los prados, ni al que se enciende en el hogar. La suya era una fuerza espiritual que brotaba directamente de las Cinco Fases. A la vista de llamas tan espléndidas se comprendía que el abanico no tuviera nada en común con este mundo mortal ni hubiera sido creado por mano de hombre. Sus orígenes se remontaban a los tiempos lejanos de la separación del caos. No en vano era capaz de crear incendios tan magníficos como éste, que, por una parte, recordaba al rayo y, por otra, a un tupido velo de diminutas gotitas de fuego. No había la menor señal de humo. Adondequiera que se dirigiera la vista, sólo podía verse una especie de montaña de llamas escarlata, que transformaba los pinos en antorchas y los cedros en teas. Las bestias que habitaban en las cavernas abandonaban sus guaridas, presa del pánico, corriendo, despavoridas, en todas las direcciones. ¡Qué poco podían hacer por salvar sus vidas! Las aves trataban de escapar al azote de las llamas, volando hacia lo alto y luchando por que ningún pabilo se cebara en sus frágiles plumas. El fuego era tan intenso que las rocas se derretían, los ríos se secaban y la tierra adquiría una llamativa coloración rojiza. Hasta el Gran Sabio se sintió impresionado ante incendio tan formidable y se dijo, alarmado: - La cosa se está poniendo realmente mal. No es que me falten arrestos para hacerle frente. Lo que ocurre es que mis pelos son demasiado débiles y pueden caer fácilmente presa de las llamas. Sacudió ligeramente el cuerpo y todos se reincorporaron a él, menos uno, que se transformó en su copia exacta e inició de inmediato la huida. El Peregrino auténtico, por su parte, hizo con los dedos el signo que le hacía inmune a las llamas y, de un salto, se elevó por los aires dejando atrás el incendio. Sin pérdida de tiempo se dirigió a la Caverna de la Flor de Loto con el fin de rescatar a su maestro. Al llegar a la entrada de la cueva, bajó de la nube y se topó con más de cien diablillos, que ofrecían un aspecto francamente lamentable. Todos mostraban heridas en la cabeza y algún que otro miembro roto. Eran los afortunados supervivientes de la batalla que había dado al traste con el ejército del monstruo, aunque sus gritos y lamentos hacían pensar más en víctimas de la fortuna que en protegidos del destino. En cuanto vieron al Gran Sabio, agarraron las armas y trataron de impedirle la entrada. El Peregrino los redujo en poco tiempo a un montón informe de carne macilenta. ¡Qué lástima que concluyera así un esfuerzo de muchos años por conseguir la apariencia humana! Todas las privaciones de la ascesis quedaron reducidas en un abrir y cerrar de ojos a la más pura nada. El Gran Sabio entró corriendo en la caverna, guiado por el deseo de liberar cuanto antes a su maestro. A las pocas zancadas vio un resplandor muy vivo, que le hizo detenerse y gritar, sobresaltado: - ¡Menuda contrariedad! Si se ha declarado también aquí un incendio, me va a resultar extremadamente difícil salvar a mi maestro. Afortunadamente, aguzó cuanto pudo la vista y descubrió que aquella luz tan intensa no era la avanzadilla del fuego, sino un simple rayo dorado. Intrigado por su origen, siguió con la vista su rectilíneo trazado y pudo ver que surgía del interior del jarrón de jade. Sonriendo satisfecho, se dijo: - ¡Qué tesoro más extraordinario! Ahora que recuerdo, brillaba ya intensamente cuando los diablillos lo subieron a lo alto de la montaña para caer al poco rato en mis manos. Fue una lástima que el monstruo me lo volviera a quitar. ¡Es increíble que todavía continúe brillando! Olvidándose por completo de su maestro, cogió el jarrón con cuidado y abandonó, una vez más, la caverna. Casi en la misma puerta se topó con el monstruo, que volvía del sur con la espada en una mano y el abanico en la otra. El Gran Sabio no tuvo tiempo de esconderse, cosa que aprovechó el monstruo para levantar la espada y lanzarle un terrible tajo a la cabeza. Afortunadamente, el Gran Sabio dio un salto y desapareció de su vista. El monstruo vio entonces desparramados por doquier los cuerpos sin vida de los espíritus que habían estado bajo su poder y no pudo evitar las lágrimas fluyeran, abundantes, por sus mejillas. Desesperado, levantó los ojos al Cielo y se lamentó de su mala fortuna, diciendo: - ¡Cuánta miseria! ¡Cuánta inexpresable amargura! Sobre tan trágico momento disponemos de un poema que dice: ¡Cuan profundo e irrefrenable era el odio del mono astuto y del corcel brioso! Las semillas divinas cayeron en la tentación de abandonar el Cielo y descendieron a este mundo de polvo, yendo a parar a esta montaña en la que ahora se están enfrentando. ¡Qué amarga pena se apodera del alma cuando se dispersan, como la escarcha, las bandadas de aves! Tal fue el sentimiento que embargó al monstruo, al ver a su ejército destruido del todo. ¿Cuándo terminará esta loca batalla, el castigo llegará a su fin y los dos contendientes volverán a adquirir el ser que en un principio poseyeron? Abrumado por el dolor, el monstruo se adentró en la caverna con paso lento, al tiempo que gritaba desesperado. Aunque los muebles y todo lo demás permanecían en su sitio, no se veía a nadie. El silencio era total. Eso hizo que su tristeza se tornara aún más profunda. Con el peso de la soledad sobre su corazón se sentó en la cueva, dejó caer pesadamente la cabeza sobre la mesa de piedra y, poniendo a un lado la espada y el abanico, se abandonó al reclamo del sueño. Pronto se apoderó de él un profundo sopor. Con razón reza el proverbio: "Cuando te sientes feliz, tu espíritu se mantiene alerta, pero, cuando el abatimiento se apodera de él, acude a ti, raudo, el sueño". El Gran Sabio, mientras tanto, había cambiado, una vez más, el rumbo de la nube en la que estaba viajando y se quedó parado frente a la montaña, pensando en la forma de rescatar a su maestro. Ató el jarrón con el cinturón y volvió a la entrada de la caverna a ver lo que pasaba. Para su sorpresa, encontró las dos puertas abiertas de par en par, pero no pudo escuchar ni un solo murmullo. Se adentró en la cueva con pasos sigilosos y no tardó en descubrir al monstruo profundamente dormido sobre la mesa de piedra. Tenía sobre la cabeza, medio cubriéndosela, el abanico de hoja de palma, y junto a la mesa, la espada de las siete estrellas. El Gran Sabio se llegó hasta el monstruo, sin hacer el menor ruido, y le quitó el abanico con todo el cuidado que fue capaz. Pero, al darse la vuelta, no pudo evitar que el abanico le rozara ligeramente el pelo y la bestia se despertó al instante. Levantó la cabeza y, al ver que el Peregrino le había robado uno de sus preciados tesoros, salió tras él, blandiendo amenazador la espada. El Gran Sabio metió a toda prisa el abanico en la faja e hizo frente al monstruo, agarrando fuertemente la barra de hierro con las dos manos. La batalla que a continuación se desarrolló fue una de las más espléndidas que han tenido lugar a lo largo de los siglos. El monstruo estaba tan furioso que el yelmo parecía que iba a salírsele de la cabeza bajo el empuje de sus empinados cabellos. Daba la impresión de que de un momento a otro iba a tragarse a su adversario. ¡Vana ilusión, porque el Peregrino era, en verdad, un luchador formidable! Pese a todo, la bestia no dejaba de reconvenirle, gritando, airado: - ¡Maldito mono, bastante te has burlado ya de mí! No contento con acabar con todos los míos, me has ido robando, uno a uno, mis preciados tesoros. Te juro que esta vez no pararé hasta que no haya terminado contigo. ¡Sólo la muerte será capaz de aliviar las ofensas que me has infligido! - ¡No sabes ni lo que dices! - replicó el Gran Sabio -. ¿Cómo puede un estudiante vulgar derrotar a su maestro? Te aseguro que es imposible que un huevo haga añicos una roca. Los golpes de la espada se multiplicaban como la lluvia de otoño, pero todos los detenía certeramente la barra de hierro. No había la menor concesión por parte de cada uno de los contendientes. Estaban totalmente volcados en la batalla y no hubo técnica marcial de la que no echaran mano. A causa del monje buscador de escrituras en la Montaña del Espíritu, el Fuego y el Metal guerrearon entre sí con inusitada fiereza. Las Cinco Fases perdieron su habitual equilibrio y se entremezclaron en indescriptible confusión. Los dos luchadores recurrieron a todos los poderes mágicos que un día habían aprendido, levantando nubes de polvo y lanzando por los aires pesadísimas rocas. La batalla se prolongó hasta el anochecer. Para entonces las fuerzas del monstruo habían disminuido considerablemente y no tuvo más remedio que retirarse. Fueron, de todas formas, más de treinta las veces que midió sus armas con las del Gran Sabio. Estaba ya oscureciendo, cuando la bestia se dirigió, huyendo, hacia el sudoeste, camino de la Caverna del Dragón Aplastado. El Gran Sabio, por su parte, descendió de la nube, corrió hacia el interior de la Caverna de la Flor de Loto y desató al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha. En cuanto se sintieron libres, dieron las gracias al Peregrino y le preguntaron: - ¿Adonde han ido los monstruos? - El menor de ellos fue absorbido por la calabaza y me figuro que a estas horas estará ya totalmente disuelto - contestó el Peregrino -. Por lo que respecta al mayor, acaba de sufrir una ignominiosa derrota y ha huido hacia el sudoeste, camino de la Caverna del Dragón Aplastado. Los diablillos que custodiaban este lugar no han sufrido mejor suerte. Más de la mitad sucumbieron a mi magia de división corporal y el resto encontró la muerte aquí mismo poco después. He creído oportuno derrotarlos a todos antes de venir a liberaros. - Has debido de pasarlo muy mal - exclamó el monje Tang, profundamente agradecido. - No lo sabéis bien - replicó el Peregrino, sonriendo -. Mientras vosotros colgabais tranquilamente de esas vigas, yo no he podido descansar ni un solo segundo. He tenido que mover las piernas más que un mensajero. De todas formas, no me puedo quejar de tanto ir y venir, porque no sólo he derrotado a esos monstruos, sino que además me he hecho con todos sus tesoros. - ¿Por qué no sacas la calabaza y nos dejas mirar en su interior? - sugirió Chu Ba-Chie - . Calculo que el menor de los monstruos se habrá desintegrado del todo. El Gran Sabio desató el jarrón, sacó la cuerda de oro y mostró a sus hermanos el abanico, pero se opuso a que miraran dentro de la calabaza, diciendo: - Es mejor que no lo hagáis. Yo mismo fui absorbido por este extraordinario tesoro y logré escapar de él gracias a que pude engañar al monstruo, haciéndole creer que había sido disuelto del todo. El muy tonto levantó la tapa y salí volando. Creo que no debemos hacer nosotros lo mismo, pues nadie nos asegura que ese sonido de aguas no sea uno de sus trucos. ¿Os dais cuenta de la situación en la que nos encontraríamos, si lograra escapar de ahí? Maestro y discípulos pensaron que se trataba de una opinión prudente y registraron de arriba abajo la caverna. No tardaron en encontrar arroz, tallarines y unas cuantas verduras, así como todo lo indispensable para cocinar. Tras calentar el agua, prepararon una comida vegetariana y comieron hasta hartarse. Aquella noche la pasaron en la caverna. El monstruo, mientras tanto, había llegado a la Montaña del Dragón Aplastado, donde convocó a todas las diablesas que allí habitaban y les contó con todo lujo de detalles cómo su madre había sido muerta a golpes, su hermano había sucumbido al poder de la calabaza, su ejército había sido barrido del todo y habían desaparecido cuatro de sus preciados tesoros. Las diablesas rompieron a llorar, lanzando escalofriantes gritos de dolor. Eso dio nuevas fuerzas al monstruo, que les suplicó, diciendo: - Dejad de lamentaros de esta forma. Todavía tengo conmigo la espada de las siete estrellas y no todo está perdido. Es mi intención partir con algunas de vosotras a la parte posterior de esta Montaña del Dragón Aplastado a solicitar algunos refuerzos a mi tío materno. Es mí deber capturar al Peregrino Sun y vengarme cumplidamente de él. No había acabado de decirlo, cuando se presentó una diablesa, informó con el debido respeto: - Señor, vuestro Tío Materno está ahí fuera al frente de su ejército. El monstruo se puso en seguida sus ropas de luto de impecable seda blanca y salió a dar la bienvenida a visitante tan ilustre. Era el hermano menor de su madre y ostentaba el título de Gran Rey Zorro Número Siete. Sus patrullas le habían informado de que el Peregrino Sun había dado muerte a su hermana, adoptando después su figura para hacerse con los tesoros de su sobrino, con el que se había enfrentado durante días en la cumbre de la Montaña Altísima. Tras escuchar nuevas tan desazonadoras, llamó a filas a doscientos de sus soldados y partió de su mansión, dispuesto a vengar tan imperdonable afrenta. Antes, no obstante, decidió pasarse por la caverna de su hermana para ver si era verdad que había muerto. Lo que menos se esperaba era encontrar allí al monstruo vestido de luto. Al verle, rompió a llorar y sus gritos se escucharon en toda la montaña. La bestia se arrodilló ante él y, con voz entrecortada, le relató cuanto había ocurrido. Fuera de sí, Número Siete ordenó al monstruo que se despojara de sus ropas de luto, que echara mano de su espada mágica y que llamara a filas a todas las diablesas. Tan espléndido contingente montó a lomos del viento y se dirigió a toda prisa hacia el noreste. El Gran Sabio estaba pidiendo al Bonzo Sha que preparara el desayuno para poder proseguir cuanto antes el viaje, cuando oyó de pronto el extraño silbido del viento. Salió a toda prisa de la caverna y vio acercarse desde el sudoeste a un ejército enorme de diablillos y monstruos. Desconcertado, volvió a entrar a toda prisa en la cueva y dijo a Ba-Chie: - Se está aproximando el monstruo con nuevas tropas de refresco. - ¿Qué podemos hacer? - exclamó Tripitaka con el rostro demudado por el miedo. - Tranquilizaos - le aconsejó el Peregrino, sonriendo condescendientemente - y dadme esos tesoros. Sin pérdida de tiempo ató el jarrón y la cadena a la cintura, escondió la cuerda de oro en una de las mangas y colgó del cuello el abanico de hoja de palma. Tomó a continuación la barra de hierro y ordenó al Bonzo Sha que cuidara del maestro, mientras Ba-Chie y él salían a hacer frente a tan inesperados adversarios. Los monstruos se habían desplegado para dar comienzo a la batalla. Los comandaba el Gran Rey Zorro Número Siete, que poseía un rostro que recordaba el jade, una barba extremadamente larga, unas cejas siempre fruncidas y unas orejas tan puntiagudas como cuchillos. Sobre la cabeza lucía un casco de oro y protegía el cuerpo con una coraza de malla muy tupida. En las manos traía una alabarda muy afilada, que blandió con fiereza, al tiempo que gritaba: - ¡Maldito monstruo! ¿Por qué te has comportado de una forma tan lamentable? No sólo has robado nuestros tesoros, asesinado a nuestros parientes y dado muerte a todos nuestros guerreros, sino que incluso has tenido la desfachatez de apoderarte de nuestra mansión. Sal en seguida de ahí, para que pueda darte muerte y así quede vengada mi hermana. - Se ve que no sabes con quién estás hablando, bestia peluda - replicó en tono burlón el Peregrino -. No huyas y prueba el sabor de mi barra. La bestia se hizo a un lado, escapando por poco a la muerte. Lejos de arredrarse, levantó la alabarda y la descargó con todas sus fuerzas sobre el Peregrino. De esta forma, dio comienzo una batalla singular. Tres o cuatro veces midieron los guerreros sus armas a lo largo y ancho de la montaña, pero, aunque su técnica era perfecta, el monstruo vio mermadas sus fuerzas y escapó corriendo. El Peregrino salió tras él a toda velocidad, topándose a los pocos pasos con el sobrino, que le presentó una firme defensa. Eso concedió un respiro al Zorro Número Siete, que no tardó en reincorporarse al ataque. Al verlo, Ba-Chie levantó en alto su tridente de nueve puntas y abortó su estrategia. De esta forma, quedaron emparejados los dos monjes y los dos monstruos, luchando con denuedo durante un tiempo llamativamente largo, que no produjo ningún claro vencedor. Comprendiendo que aquella situación podía demorarse durante días enteros, el monstruo ordenó a los diablillos y diablesas que se lanzaran a la batalla. El monje Tang estaba sentado en el interior de la caverna, cuando oyó unos gritos tan aterradores que hacían temblar la tierra. Eso le movió a volverse hacia el Bonzo Sha y a ordenarle: Vete a ver qué tal les va a los nuestros en la lucha. El Bonzo Sha agarró el báculo y se lanzó hacia el exterior, gritando como un salvaje. Su ímpetu era tal que en un abrir y cerrar de ojos dio muerte a incontables bestias. Al percatarse Número Siete de que la suerte los estaba abandonando, se dio la vuelta y echó a correr, pero Ba-Chie logró alcanzarle en la espalda con su tridente. Al punto brotaron nueve fuentes de sangre que enrojecieron toda la montaña. El monstruo fue forzado, de esta forma, a regresar al mundo del que había surgido. Cuando Ba-Chie le dio la vuelta para despojarle de sus vestimentas, se encontró con que el Gran Rey no era más que el espíritu de un vulgar zorro. Al ver la otra bestia el triste final de su tío materno, dejó al Peregrino, volviendo su espada contra Ba-Chie, que, afortunadamente, paró con el tridente su golpe mortal. El Bonzo Sha se encontraba muy cerca de ellos y corrió en ayuda de su hermano. El monstruo no pudo soportar el ataque combinado de los monjes y, montándose en el viento, huyó precipitadamente hacia el sur. Ba-Chie y el Bonzo Sha corrieron tras él, pisándole literalmente los talones. Al ver lo que pasaba, el Gran Sabio se elevó por los aires, cogió la calabaza y gritó, dirigiéndola hacia el monstruo: - ¡Rey del Cuerno de Oro! La bestia pensó que se trataba de uno de sus subordinados y constó, sin caer en la cuenta de que era el Peregrino. Inmediatamente fue absorbido por la calabaza, que el Gran Sabio tapó a toda prisa con la cinta en la que aparecía escrito: "Que Lao-Tse cumpla con rapidez esta orden". La espada de las siete estrellas cayó al suelo, pasando, de esta forma, a poder del Peregrino. - ¡Qué suerte la tuya! - exclamó Ba-Chie, llegándose hasta él -. Ya tienes la espada, pero ¿se puede saber dónde está el monstruo? - En la calabaza - contestó el Peregrino, satisfecho. Al oír tan inesperada nueva, el Bonzo Sha y Ba-Chie se sintieron encantados. Eso les dio nuevas fuerzas para acabar con todos los ogros y monstruos. En cuanto hubieron concluido su labor, regresaron a la caverna, donde informaron a Tripitaka de lo ocurrido diciendo: - Toda la montaña está ya libre de bestias. Creemos que es hora de proseguir nuestro viaje. Feliz por tan espléndido resultado, Tripitaka terminó tranquilo el desayuno en compañía de sus discípulos, quienes, antes de reanudar la marcha, prepararon el equipaje y limpiaron el caballo. Apenas habían abandonado la caverna, cuando les salió al encuentro un ciego, que agarró el caballo del maestro y dijo: - ¿Se puede saber adonde vas tan deprisa, monje? ¡Devuélveme inmediatamente todos mis tesoros! - ¡Estamos perdidos! - exclamó Ba-Chie, temblando de pies a cabeza -. ¡Otro monstruo que quiere lo que no es suyo! El Peregrino estudió al ciego con cierto detenimiento y llegó a la conclusión de que era el mismísimo Lao-Tse en persona. Se acercó a él a toda prisa e, inclinándose respetuosamente, le preguntó: - ¿Adonde vais, respetable maestro? El Patriarca se sentó en su trono de jade y se elevó por el aire, deteniéndose a media altura, al tiempo que exigía: - ¡Devuélveme mis tesoros, Peregrino Sun! - ¿Se puede saber de qué tesoros habláis? - preguntó el Gran Sabio, elevándose también por los aires. - Los que has robado a esos monstruos - contestó Lao-Tse -. En la calabaza guardaba yo mi elixir, en el jarrón vertía el agua, con la espada dominaba a los monstruos y demonios, el abanico me servía para avivar el fuego y la cuerda de oro era, en realidad, el cinturón con el que me ceñía la túnica. Esos monstruos a los que acabas de dar muerte fueron en su día jóvenes taoístas, a los que confié respectivamente el cuidado de mi brasero de plata y de mi purificador de oro. Los he estado buscando durante muchísimo tiempo, porque se adueñaron indebidamente de objetos tan valiosos y abandonaron a escondidas las Regiones Superiores. He de reconocer que has sido muy hábil, al dar con ellos antes que yo. - No puede decirse que seáis muy respetable, cuando permitís a los vuestros convertirse en demonios - replicó el Gran Sabio -. Deberíais mostraron más diligente en la administración de todos vuestros asuntos. - Yo no tengo nada que ver con lo ocurrido - se defendió Lao Tse -, así que harías bien en no echarme la culpa. Tres veces me pidió la Bodhisattva de los Mares del Sur que le prestara esos jóvenes. Quería transformarlos en monstruos, para ver si vuestra intención de ir en busca de las escrituras era auténtica o se trataba, por el contrario, de un capricho pasajero. - ¡Qué lenta es esa Bodhisattva! - se dijo el Gran Sabio, un tanto malhumorado -. Cuando me concedió la libertad y me pidió que acompañara al Oeste al monje Tang, me advirtió que el viaje iba a resultar extremadamente penoso. Pero, al mismo tiempo, me prometió que acudiría en nuestra ayuda, cuando nos topáramos con dificultades prácticamente insalvables. ¿En qué ha quedado esa promesa, cuando ella misma envía a monstruos con la intención de entorpecernos el camino? No me gusta nada su modo de obrar. Es tan falsa que merecería quedarse solterona para el resto de su vida. Se volvió a continuación hacia Lao-Tse y le dijo: - Si no hubieras venido personalmente a exigirme la devolución de estos tesoros, no os los habría entregado jamás. Pero, ya que habéis tenido la delicadeza de hacerlo, no tengo ningún inconveniente en devolveros lo que es vuestro. En cuanto Lao-Tse tuvo los cinco tesoros en sus manos, cogió la calabaza y, tras quitarle la cinta que la sellaba, le dio media vuelta. Al instante salieron de ella dos masas informes de éter sagrado. Las tocó ligeramente con la punta de sus dedos y al punto se convirtieron en dos jóvenes, que se colocaron el uno a su izquierda y el otro a su derecha. Diez mil rayos de luz celestial se apoderaron de ellos, llevándolos directamente hacia el Palacio Tushita, erigido en el punto más privilegiado de los Cielos. De momento, desconocemos lo que ocurrió después o si el Gran Sabio y su protegido el monje Tang lograron, por fin, llegar al Paraíso Occidental. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第036回 LOS NIDANAS DEJAN DE EJERCER SU INFLUENCIA, CUANDO EL MONO DE LA MENTE CAMBIA SU MODO DE OBRAR. LA LUNA BRILLA CON TODO SU ESPLENDOR, CUANDO SE DISIPAN LAS FALSAS DOCTRINAS El Peregrino descendió de lo alto y relató a su maestro lo que la Bodhisattva había exigido a los dos jóvenes y cómo se había visto obligado a devolver a Lao-Tse sus tesoros. Tripitaka se sintió tan emocionado que al punto decidió redoblar sus esfuerzos por llegar hasta el Oeste sin escatimar sacrificios ni esfuerzos. Esperanzado, montó en el caballo, mientras Ba-Chie cargaba con el equipaje, el Bonzo Sha tomaba de las riendas el caballo y el Peregrino abría la marcha montaña abajo con su indestructible barra de hierro. Nos falta espacio para relatar cómo descansaban junto a los cursos de agua y comían a campo abierto, cómo la escarcha los cubría por las noches y el rocío empapaba sus ropas al amanecer. Recorrieron un largo camino y de nuevo se encontraron con que una altísima montaña les cerraba el paso. - ¿Os habéis fijado en lo alta y rugosa que es esa montaña? - preguntó Tripitaka a sus discípulos, levantando la voz -. Creo que deberíamos extremar las precauciones, pues no me cabe la menor duda de en ella habitan manadas enteras de monstruos, deseosas de acabar con nosotros. - Dejad de pensar en esas cosas - le sugirió el Peregrino -. No os rindáis pánico y evitad a toda costa que vuestra mente divague por los tortuosos caminos del temor. Tened la seguridad de que no os sucederá nada. - ¿Por r qué resulta tan penoso llegar hasta el Paraíso Occidental? - suspiró Tripitaka -. Desde que abandoné la ciudad de Chang-An el verano ha seguido a la primavera y el invierno al otoño yo qué sé de veces. Han debido de transcurrir por lo menos cuatro o cinco años. ¿Cómo es que todavía no hemos alcanzado nuestro destino? - Aún es demasiado pronto para eso - contestó el Peregrino, soltando la carcajada -. Puede decirse que todavía no hemos cruzado la puerta principal de la mansión de la que hemos partido. - ¡Deja de decir tonterías, por favor! - le reconvino Ba-Chie -. En el mundo no existen palacios tan grandes. - Quieras o no admitirlo - replicó el Peregrino -, hasta ahora no hemos hecho otra cosa que vagar de un salón a otro. - No sigas hablando así, o de lo contrario vas a lograr meternos a todos el miedo en el cuerpo - le suplicó el Bonzo Sha, sonriendo nerviosamente -. Es un hecho que no existen mansiones tan extensas como de las que tú hablas. Además, caso de existir, carecerían totalmente de techumbre, porque ¿dónde iban a encontrarse vigas tan enormes? - En lo que a mí respecta - respondió el Peregrino -, el cielo es mi techo, el sol y la luna mis ventanas, y las cinco montañas sagradas las columnas que sostienen todo el edificio. Mirándolo bien, el Cielo y la Tierra no son más que un amplísimo salón. - Si es verdad lo que dices - suspiró Ba-Chie, apesadumbrado -, lo mejor que podemos hacer es darnos la vuelta y regresar al lugar del que procedemos. - Es mejor que no sigamos hablando de eso - sugirió el Peregrino -. Si tenéis miedo, lo único que podéis hacer es cerrar los ojos y seguirme. Decidido, el Gran Sabio se pasó la barra por los hombros y se lanzó en línea recta montaña arriba, seguido del monje Tang. Más tranquilo, el maestro miró a su alrededor y contempló un paisaje realmente extraordinario. Las rugosas cumbres acariciaban el titilar de las estrellas y las copas de los árboles parecían unir, como si fuera nubes, la tierra con el cielo. Una neblina azulada cubría hasta donde alcanzaba la vista. De los valles lejanos llegaba el griterío de los monos, que no lograban apagar los cantos de las grullas que fluían, como un río de sombras verdosas, de debajo de los pinos. En los arroyos se agazapaban espíritus que se mofaban con sus gritos de los leñadores. Otro tanto hacían con los cazadores las almas de los zorros desde lo más escarpado de los riscos. ¡Aquélla era, en verdad, una montaña fuera de lo común! ¡Sus laderas no podían ser más empinadas ni más profundos sus precipicios! Los pinos que en ella crecían eran portadores de doseles verdes, bajo los que brotaban incontables enredaderas y viñas. Donde menos se esperaba surgía un curso de agua, cuya humedad penetraba, como un cuchillo acerado, en los huesos de los caminantes. La rocosidad era tan majestuosa que sumía a quien la contemplara en un estado de temeroso sobrecogimiento. De vez en cuando se oía el rugido de bestias salvajes, mezclado con el sosegador de canto de las aves. Manadas de ciervos cruzaban los claros, saltando como locos, en busca de algo que llevarse a la boca. La presencia humana había desaparecido de aquellos parajes. En los cañones se escondían los monstruos y los lobos corrían en manadas por los desfiladeros. En semejante mundo de aves y bestias ni el mismo Buda sería capaz de concentrarse y meditar. Sobrecogido ante tal espectáculo, el maestro se puso a temblar, pero no dijo nada, mientras se adentraba en aquel mundo de sombras y malos augurios. A medida que avanzaban, sin embargo, la melancolía se iba apoderando de él. Al final no pudo aguantarlo más y, tirando de las riendas, exclamó: - ¡Qué duro es este peregrinaje, Wu-Kung! Nadie me forzó a emprenderlo. Yo mismo me lancé a él voluntariamente, abandonando de buen grado familia y patria. He cruzado llanuras y valles cubiertos juncos, haciendo reventar de cansancio a mi caballo. Por poseer el espíritu de Buda y hacerme con las escrituras no he renunciado a vadear ríos inmensos ni a trasponer elevadísimas cumbres. ¿Cuándo podré dar por terminado este viaje y regresar al punto del que partí? ¡Ansío tanto inclinarme ante mi augusto hermano y presentarle mis respetos! - ¡No seáis tan impaciente, maestro! - exclamó el Gran Sabio, soltando la carcajada -. Tranquilizaos y seguid caminando. Os aseguro que, "cuando hayáis hecho los suficientes méritos, el triunfo acudirá a vos de una forma totalmente natural". Para cada cosa existe su tiempo maestro. No lo olvidéis. Mientras disfrutaban de la belleza del paisaje, el sol se fue ocultando tras la línea del poniente. No se veía ningún caminante, pero resultaba apaciguador contemplar el tímido titilar de las estrellas. A aquella hora regresaban al punto del que partieron todos los barcos que surcaban los Ocho Ríos y cerraban sus puertas los siete mil poblados que existían sobre la tierra. Los Señores de las Seis Mansiones y los Cinco Departamentos se habían retirado ya a descansar y los Pescadores de los Cuatro Mares y los Tres Ríos habían recogido sus redes. Las dos torres altas emitían una continua sinfonía de tambores y gongs, mientras el círculo brillante de la luna llenaba con su luz el universo entero. El maestro no dejaba de atisbar el paisaje. Fue así como descubrió, en un recodo de la montaña, un conjunto de edificaciones de varios pisos. Esperanzado, se volvió hacia sus discípulos y les dijo: - Nuestra suerte es mejor de lo que pensábamos. Se está haciendo de noche y ante nosotros se alza un inesperado refugio. O mucho me equivoco o esos edificios de ahí delante son un templo taoísta o un monasterio budista. Creo que deberíamos descansar y proseguir mañana el viaje. Espero que no se nieguen a darnos alojamiento. - Vuestro plan es magnífico - comentó el Peregrino -. De todas formas, no conviene precipitarse. Es mejor que nos cercioremos antes de que se trate de un lugar seguro. No había acabado de decirlo, cuando el Gran Sabio se elevó por los aires. Tras un detenido reconocimiento llegó a la conclusión de que, en verdad, se trataba de un monasterio budista. Poseía un muro curvo de ladrillo pintado de rojo, sus puertas aparecían claveteadas en oro y se apreciaba que parte de sus dependencias habían sido excavadas en la roca. La Torre de los Diez Mil Budas se elevaba frente al Salón de Tathagata, mientras que la del Sol Naciente se erguía junto a la Puerta del Gran Héroe. Las nubes descansaban sobre la Torre de la Pagoda, sirviendo de oportuno fondo a los rayos de luz beatífica que emitían los tres budas sagrados. Frente a las dependencias de los monjes se erguía el Estrado de Manjusri, alzándose un poco más allá el Salón de Maitreya, que parecía estar unido con el de la Gran Misericordia. Una luz azulada se cernía sobre el Pabellón de la Contemplación, mientras que sobre la Torre del Vacío se veían enjambres de nubes color púrpura. Los aposentos del abad y de los restantes monjes se a adivinaban limpios y bien cuidados. Por fuerza, los oficios que se celebraban en aquel monasterio debían de ser solemnes y carentes de a artificio, lo mismo que el continuo meditar de sus moradores. Los monjes se adentraban en el conocimiento del Zen en las salas de estudio y profundizaban en el dominio de instrumentos musicales en las de arte. Ante el estrado de la Extraordinaria Profundidad caían sin cesar pétalos de udumbara y bajo la Plataforma para la Explicación de la Ley crecían exuberantes, las hojas de parra. Jamás bosque alguno había protegido tierra tan sagrada como esta de las Tres Joyas. La montaña en la que se hallaba enclavado el monasterio constituía una extraordinaria protección contra todo intento de hollar un reino sánscrito tan puro como éste. De sus paredes colgaban incontables hachones, cuyo humo parecía competir en fragancia con las nubes de incienso de los pebeteros. El Gran Sabio bajó a toda prisa de la nube en la que había estado sentado e informó a su maestro de cuanto había visto, diciendo: - No estabais equivocado. Se trata, en verdad, de un monasterio budista. Creo, por tanto, que no corremos ningún peligro solicitando alojamiento. El maestro espoleó el caballo y se dirigió a toda prisa hacia la puerta principal. - ¿Sabéis qué monasterio es éste? - preguntó el Peregrino. - ¿Cómo se te ocurre preguntar eso? - replicó Tripitaka -. ¿No ves que todavía tengo los pies en los estribos y el caballo aún no se ha parado? ¡No comprendo cómo puedes ser tan poco considerado! - Puesto que toda vuestra vida habéis sido un monje - se defendió el Peregrino -, doy por sentado que habréis estudiado los clásicos confucianos, antes de pasar al aprendizaje de los dharmas y sufras. Además, sólo quien conoce a fondo la literatura y la filosofía es capaz de recibir favores tan altos como los que os ha otorgado el Emperador de los Táng. ¿Cómo es que, entonces, no sabéis leer los caracteres que aparecen escritos en el dintel de la puerta de este monasterio? - ¡Qué poco respetuoso eres! - le increpó el maestro -. De tres palabras que dices dos son tonterías. ¿No te has dado cuenta de que el sol me daba en los ojos y me impedía ver con claridad? Además, esas letras de las que hablas estaban totalmente cubiertas de polvo y no he podido descifrarlas con la suficiente precisión. ¿Comprendes ahora por qué no he podido leer el nombre de este lugar? Al oír eso, el Peregrino se estiró cuanto pudo y al instante adquirió una altura que superaba con mucho los veinte pies. Limpió con cuidado las letras y dijo: - Me figuro, maestro, que ahora no tendréis la menor dificultad en descifrarlas - ¿Os importaría echar un vistazo? Se trataba de siete caracteres llamativamente grandes, que decían: "Monasterio de la Gruta Sagrada, construido por orden imperial". Tras recuperar su tamaño habitual, el Peregrino volvió a preguntar al maestro: - ¿Quién queréis que entre a pedir alojamiento? - Yo mismo lo haré - contestó Tripitaka -. Me temo que vuestra apariencia es un tanto repulsiva, vuestro modo de hablar muy poco respetuoso, y vuestros ademanes demasiado engreídos. Es de suponer que, si los monjes se sienten, de alguna manera, ofendidos, se negarán a brindarnos la protección de su techo y nuestros esfuerzos habrán resultado inútiles. - En ese caso, entrad cuanto antes - sugirió el Peregrino -. No hay necesidad de malgastar más palabras. El maestro se arregló las ropas lo mejor que pudo y atravesó la puerta principal con las manos respetuosamente dobladas. Tras unas verjas pintadas de rojo se topó con dos guardianes Vajra, cuya apariencia no podía ser más terrorífica. Uno poseía un rostro de aspecto metálico y unas barbas tan aceradas que daban la impresión de ser auténticas y no simplemente labradas. Lo mismo les ocurría a los ojos y a las cejas del otro, llamativamente pobladas éstas y extrañamente redondeados aquéllos. El de la izquierda tenía unos puños tan membrudos que parecían estar hechos de mineral de hierro, mientras que las palmas del de la derecha eran tan rugosas que recordaban el bronce a medio fundir. Sus armaduras, de oro pulido, brillaban con luminosidad propia de astros y sus fajas de seda jugueteaban libremente en las alas del viento. Ante ellos había generosas ofrendas, cuyo aroma se entremezclaba con el del incienso que ardía sobre trípodes de piedra. Al verlo, Tripitaka movió la cabeza, dio un suspiro y exclamó con cierta tristeza: - Si en las Tierras del Este hubiera personas capaces de modelar bodhisattvas tan grandes como éstos y lo suficientemente generosas como para presentar ofrendas tan espléndidas como las que aquí se muestran, no tendría necesidad de viajar al Paraíso Occidental. Pensando en esto, no tardó en trasponer la segunda puerta. En su interior se alzaban, majestuosas, las imágenes de los cuatro Devarejas: la de Dhrtarastra, la de Vaisravana, la de Virudhaka y la de Virupaksa. Todas ellas ocupaban el lugar que les correspondía según su rango y estaban orientadas, respectivamente, hacia el este, el norte, el sur y el oeste. Cada una sostenía los símbolos de su extraordinario poder, capaz de amainar la fuerza del viento y de distribuir a su debido tiempo la lluvia. En cuanto hubo dejado atrás la segunda puerta, vio cuatro pinos altísimos, cuyas copas recordaban a un dosel de extraordinarias proporciones. Levantó la cabeza y comprobó, con cierta sorpresa, que se hallaba ante el Salón del Gran Héroe. Dobló las manos con sumo respeto y, echándose rostro en tierra, oró con indescriptible devoción. Después se levantó y continuó caminando hasta alcanzar la puerta de atrás. Allí se encontró con una imagen yacente de Kwang-Ing, la protectora de todos los seres de los Mares del Sur. Las paredes estaban cubiertas de bajorrelieves de peces, gambas, tortugas y cangrejos, realizados con inimitable maestría. Todos tenían las cabezas y las colas fuera del agua y saltaban, felices, de ola en ola. El maestro sacudió de nuevo la cabeza y volvió a suspirar, diciendo: -¡Qué pena más grande! ¿Cómo es que los hombres se niegan a someterse al dictamen de la fe, cuando hasta las criaturas del mar no dudan en reconocer la supremacía de Buda? Mientras pensaba en eso, apareció por la tercera puerta un criado del monasterio. Al ver los atractivos rasgos del rostro de Tripitaka, se dirigió a toda prisa hacia él y le preguntó, tras saludarle respetuosamente: - ¿Podéis decirme de dónde venís? - De las Tierras del Este - contestó Tripitaka - y me dirijo al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas por deseo expreso del Gran Emperador de los Tang. Al pasar por estos parajes, comenzó a hacerse de noche y decidí llegarme hasta este lugar de recogimiento a suplicar que me sea concedido pasar aquí la noche. - No toméis a mal mis palabras - suplicó el sirviente -, pero yo no puedo asumir la responsabilidad de lo que solicitáis. En realidad, no soy más que un vulgar criado encargado de barrer los suelos y de tañer la campana. El guardián del monasterio es un anciano que se encuentra ahí dentro. Si me lo permitís, voy a ir inmediatamente a verle y, si accede a vuestra petición, saldré inmediatamente a comunicároslo. En caso contrario, me temo que tendréis que buscar otro lugar para pasar la noche. - Lo entiendo perfectamente - respondió Tripitaka - y os pido disculpas por causaros tantas molestias. El sirviente se retiró a toda prisa a los aposentos del abad y le informó de la llegada del maestro, diciendo: - Ahí fuera hay un hombre que desea veros. El monje se levantó al punto y se cambió a toda prisa de ropas, vistiendo una espléndida túnica y ordenando que le trajeran el sombrero Vairocana. De esta guisa, caminó, solemne, hacia la puerta con el ánimo de dar la bienvenida a personaje tan distinguido. Pero al llegar a ella se detuvo, boquiabierto, y preguntó, despectivo, al sirviente: - ¿Es ése el hombre que decías, el que está justamente detrás del salón principal? Tripitaka no podía ofrecer un aspecto más lamentable. Su cabeza estaba totalmente rapada, su túnica de bodhidharma se había convertido en auténticos harapos, y sus sandalias aparecían mojadas y cubiertas de barro. Al verle apoyado contra la puerta, el monje se puso furioso y vituperó al sirviente, diciendo: - ¡Mereces que te mande azotar! ¿Todavía no sabes que un monje de mi categoría sólo sale a dar la bienvenida a ricos caballeros de la ciudad que se llegan hasta aquí a ofrecer incienso? Por monjes tan andrajosos como ése yo no muevo jamás un solo dedo. ¿Cómo se te ha ocurrido hacerme creer que se trataba de una persona importante? Basta mirar su cara para darse cuenta de que ése no es un hombre respetable, sino uno de esos despreciables mendicantes, que, en cuanto ven que se está haciendo de noche, se llegan a la primera casa que encuentran y piden, sin más, alojamiento. No estoy dispuesto a dejarle trasponer esta puerta. Así que, si quiere dormir, que se acomode lo mejor que pueda en uno de esos pasillos. ¿Para qué molestarme en dirigirle siquiera la palabra? - y, dándose la vuelta, se retiro inmediatamente a sus aposentos. Pese a la distancia, el maestro no pudo evitar escuchar esas palabras y pronto las lágrimas se agolparon en sus ojos, al tiempo que se decía, profundamente apenado: - ¡Qué lástima! Con razón reza el dicho que "un hombre alejado de su hogar no vale gran cosa". Desde mi más temprana edad renuncié a la familia para hacerme monje. Puedo afirmar que mis pocos años no me indujeron a atiborrarme de carne, mientras aparentaba llevar una vida de ascesis y sacrificios. Jamás he recitado con odio las escrituras, ni he arrojado piedras contra la imagen de Buda o arrancado el oro del rostro de un arhat. ¡Qué pena me produce, pese a todo, ser tratado así! Desconozco en qué reencarnación ofendí de tal manera al Cielo y a la Tierra que ahora sólo me topo con personas sin sentimientos ni entrañas. Si no quieres ofrecerme alojamiento, estás en tu derecho de hacerlo. ¿Pero por qué tienes que decir cosas tan desagradables como esa de que sólo soy digno de dormir en los pasillos? Es mejor que no se lo diga al Peregrino, de lo contrario, es capaz de reducir todo esto a ruinas con su invencible barra de hierro. En fin, de nada sirve lamentarse. Como muy bien afirma el proverbio, "el hombre debe anteponer a todo la etiqueta y el decoro". Creo que lo mejor que puedo hacer es entrar ahí dentro y suplicarle, una vez más, que nos permita pasar la noche bajo su techo. Siguiéndole los pasos, el maestro llegó hasta la mismísima puerta de los aposentos del abad. El monje se había despojado ya de sus vestiduras y, a juzgar por lo ceñudo de su expresión, era claro que seguía tan furioso como antes. No es extraño que no hubiera comenzado a recitar sutras ni a redactar ningún tipo de oración. No debía de ser, de todas formas, muy aficionado a dichos menesteres. El monje Tang, de hecho, sólo podía ver junto a él una mesa sobre la que descansaba una altísima pirámide de papeles. Pese a todo, Tripitaka no se atrevió a molestarle y, en vez de entrar de improviso, prefirió esperar fuera, al tiempo que decía levantando la voz: - Jamás me ha cabido tanto honor como el que ahora tengo de saludaros. El abad se sintió molesto por el hecho de que Tripitaka le hubiera seguido, pero no le quedó más remedio que tragarse su orgullo y hacer como si le devolviera el saludo, preguntando a su vez: - ¿De dónde venís? - De las Tierras del Este - contestó Tripitaka -. Por deseo expreso del Gran Emperador de los Tang me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras del Buda Viviente. Al pasar por estos respetables parajes, comenzó a hacerse de noche y creí conveniente venir a pediros alojamiento. Mi intención es proseguir el viaje tan pronto como haya amanecido. Os suplico, dignísimo abad, que tengáis a bien concederme tan nimio favor. - ¿Así que vos sois Tripitaka Tang? - volvió a preguntar el abad, levantándose de su asiento. - Así es - admitió Tripitaka. - Sí, como decís, os dirigís al Paraíso Occidental - objetó el monje -, ¿cómo explicáis que os halléis tan alejados del camino que allí conduce? - Me temo que es la primera vez que hago un trayecto semejante - se disculpó Tripitaka. - Opino que deberíais regresar cuanto antes a la carretera principal - insistió el monje -. Precisamente pasa a cuatro o cinco kilómetros al oeste de aquí. No tenéis pérdida, porque allí se levanta una posada llamada de las Treinta Millas, en la que podréis descansar y comer lo que os plazca. Para vos es mucho más conveniente que os hospedéis allí. Eso sin contar que yo no sabría cómo tratar a una persona de vuestro calibre, que, para colmo, ha recorrido un larguísimo camino hasta llegar aquí. - Los antiguos solían decir - replicó Tripitaka con las manos respetuosamente recogidas - que "los templos taoístas o los monasterios budistas son el hogar de todo monje que a ellos acude y que, por el mero hecho de serlo, tiene derecho a un poco de comida". ¿Por qué os empeñáis en negarme vuestra hospitalidad? - ¡Maldito monje mendicante! - gritó el abad, perdiendo la paciencia -. ¿Es que no sabéis hacer otra cosa que adular y colmar de halagos a quien tiene la mala fortuna de escucharos? - ¿Qué queréis decir con eso? - inquirió Tripitaka. - ¿Acaso habéis olvidado lo que decían los antiguos? - contestó el abad -. "Cuando un tigre llega a una aldea, todo el mundo cierra en seguida las puertas de su casa. De esta forma, no puede expresar su fiero natural y su fama declina a ojos vista." - ¿Podéis explicarme el significado de ese dicho? - insistió Tripitaka. - Hace unos cuantos años - respondió el abad - llegó inesperadamente a este monasterio un grupo de monjes mendicantes. Se sentaron delante de la puerta principal y a mí me dio lástima verlos tan pobres, con las cabezas rapadas del todo, descalzos y a medio vestir. En seguida los invité a entrar, les hice sentarse en los puestos de honor y les di de comer cuanto quisieron. No contento con eso, les di túnicas nuevas y les pedí que se quedaran hasta que hubieran recuperado todo las fuerzas. Poco me imaginaba yo que su avaricia era tal que, en vez de quedarse unos cuantos días, fueron ocho los años que pasaron antes de que se decidieran a marcharse. A decir verdad, no me hubiera importado demasiado, si no se hubieran entregado a toda clase de desenfrenos y conducta censurable. - ¿Qué fue lo que hicieron? - preguntó, una vez más, Tripitaka. - Cuando no tenían nada que hacer - explicó el abad -, se dedicaban tirar piedras contra las cercas, y, cuando se sentían aburridos, arrancaban uno a uno los clavos que tachonaban las puertas. En el invierno arrancaban las ventanas y hacían con ellas hogueras, mientras en el verano se llevaban las puertas y las dejaban tiradas por los caminos. No contentos con eso, destrozaron casi todos los estandartes, haciendo vendas que se ataban a los pies para defenderse del frío. Acabaron con casi todos nuestros nabos y nuestro aceite, argumentando que pasaban hambre y que lo que les dábamos de comer no les bastaba para hacerles recobrar las fuerzas perdidas. Su gula era desmedida y a veces daban la impresión de hacer apuestas entre ellos a ver quién comía más. - Es una lástima que este hombre piense que soy tan desconsiderado como ellos - se dijo, entristecido, Tripitaka. Era tal el abatimiento que sentía que a punto estuvo de ceder al llanto, pero temió que el abad pudiera burlarse de él y no dejó traslucir sus auténticos sentimientos. Se tragó lo mejor que pudo el orgullo y, limpiándose a escondidas las lágrimas con la orla de su túnica, se dirigió a toda prisa al encuentro de sus discípulos. Cuando el Peregrino vio lo enfadado que estaba, se acercó a él y le preguntó: - ¿Os han pegado los monjes de este monasterio? - No - contestó el monje Tang. - ¿Cómo es que, entonces, tenéis la voz demudada? - replicó Ba-Chie. - ¿Os han regañado? - insistió el Peregrino. - Tampoco - volvió a responder el monje Tang. - ¿Por qué estáis tan inquieto, si es verdad que no os han tratado mal?- inquirió, una vez más, el Peregrino -. ¿Acaso seguís echando de menos el lugar del que partisteis? - Me han dicho - afirmó Tripitaka con pena - que éste no es un lugar apropiado para mí. - ¿Queréis decir que los de ahí dentro son taoístas? - exclamó el Peregrino soltando la carcajada. - Sólo hay taoístas en los templos del Tao - contestó el monje Tang con rabia -. Los de aquí son monjes. - ¡No digáis? - volvió a exclamar el Peregrino -. Si son monjes, no hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros. Como muy bien afirma el proverbio, "los que se reúnen al lado de Buda son idénticos en todo". Sentaos aquí, mientras voy a echar un vistazo a este monasterio. Tras arremangarse la túnica y ajustarse la corona que llevaba en la cabeza, el Peregrino se dirigió directamente hacia el Salón del Gran Héroe, sin soltar ni un solo segundo la barra de hierro. Con ella apuntó a los tres budas y dijo, amenazante: - Vosotros no sois más que unas vulgares estatuas de barro y cubiertas de oro. Vuestro poder es, por tanto, nulo del todo, ¿o no? Yo como bien sabéis, me dirijo con mi maestro, el monje Tang, al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas y desearía pasar aquí la noche. ¿Es eso tanto pedir? Así que os aconsejo que anunciéis mi llegada cuanto antes a la persona encargada de todo este tinglado Si no lo hacéis, tened la seguridad de que os reduciré a añicos con esta barra y dejaré al descubierto que no sois más que un montón de barro sin ningún valor. Mientras el Gran Sabio profería esas amenazas, apareció un sirviente con unas varillas encendidas de incienso en las manos y las colocó en una urna que había delante de las imágenes de Buda. De un empujón, el Peregrino le lanzó rodando por el suelo. Cuando el sorprendido criado levantó la cabeza y vio su cara, sintió tal pavor que de nuevo volvió a caerse. El mismo pánico le hizo cobrar ánimos y, trastabillando una vez tras otra, logró llegar, con no poca dificultad, a los aposentos del abad. - Ahí fuera - dijo temblando - hay un monje. - ¡Todos los sirvientes merecéis ser azotados! - bramó el abad -. ¿No os ordené antes que llevarais a toda esa gente a los pasillos y les dejarais pasar allí la noche? ¿A qué viene molestarme otra vez con lo mismo? ¡Si vuelves a abrir la boca, ten por seguro que te haré dar veinte latigazos! - Éste es otro monje - se defendió el sirviente -. Además, su aspecto es francamente horroroso. - ¿Puedes describírmele? - preguntó el abad. - Tiene los ojos redondos, las orejas puntiagudas, el rostro cubierto totalmente de pelos y una forma de hablar que recuerda la de un dios del trueno - explicó el aterrado sirviente -. Por si esto fuera poco, blande una pesadísima barra de hierro con la clara intención de apalear al primero que se le ponga delante. Rechina, además, los dientes de una forma francamente escalofriante. - Voy a ver cómo es - dijo el abad y abrió un poco la puerta. El Peregrino se había metido ya hasta allí sin ser invitado y el pobre abad se puso a temblar. Jamás había visto un rostro tan mal formado, unos ojos tan relucientes, una frente tan hundida y una mandíbula tan saliente. Parecía un cangrejo cocido. El monje sintió tal pánico que cerró a toda prisa la puerta. Pero en un abrir y cerrar de ojos el Peregrino la redujo a astillas y después ordenó: - Date prisa y adecenta mil habitaciones, que quiero echar una siesta. El abad, que todavía pugnaba por encontrar un sitio en el que esconderse, se volvió hacia el sirviente y exclamó: - ¡No me extraña que sea tan feo! Todos los que hablan con arrogancia terminan teniendo una cara tan horrible como la suya. Ya ves, aquí, como mucho, disponemos de trescientas habitaciones, y eso contando mis aposentos, los salones de Buda, las torres de los tambores y campanas, y los dos pasillos. Sin embargo, este tipo exige nada menos que mil para poder echarse una siesta. ¿De dónde vamos a sacar tantas habitaciones? - Perdonadme que os diga que todo mi valor se ha esfumado – confesó el sirviente -. Me temo que tendréis que encontrar vos una respuesta a tan grande dilema. Temblando de pies a cabeza, el abad levantó la voz y dijo: - Os ruego que me escuchéis con atención. Este monasterio es tan humilde e insignificante que no podremos serviros como merecéis. Os sugiero, por tanto, que vayáis a otro lugar más adecuado para pasar la noche. La barra del Peregrino adquirió el grosor de una palangana. Con tan poderosa el Gran Sabio golpeó tres veces el suelo y dijo: - Eso que acabáis de decir tiene una fácil solución. Marchaos de aquí y asunto arreglado. Pero nosotros hemos residido en este monasterio desde que éramos jóvenes - protestó el abad -. Nuestros antepasados en la fe se lo confiaron a nuestros maestros y ellos a nosotros. Es nuestro deber hacérselo llegar a las personas que un día han de ocupar el puesto que ahora disfrutamos nosotros. ¿Qué clase de hombre sois para exigirnos, sin más ni más, que abandonemos la heredad de nuestros mayores? - Es mejor que no discutamos con él - sugirió el sirviente -. ¿Por qué no nos vamos? Si no hacemos lo que dice, va a reducir todo a añicos con esa barra. - ¡Es imposible rendirnos a sus exigencias! - exclamó desesperado, el abad -. Entre jóvenes y ancianos hacemos un total de quinientos monjes. ¿Adonde puede ir una masa tan ingente de personas? Además, si nos marchamos de aquí, jamás encontraremos otro lugar en el que asentarnos. - Comprendo vuestra situación - dijo el Peregrino, al oír eso -. Pero tengo una fácil solución. Aceptaré que os quedéis, si uno de vosotros se ofrece voluntario para recibir unos cuantos golpecitos de mi barra. - Sal tú y recibe ese castigo por mí - ordenó el abad al sirviente, que replicó, muerto de miedo: - ¿Cómo se os ocurre pedirme una cosa así? ¿No veis lo enorme que es esa barra? - El proverbio afirma con razón que "se requieren más de mil días para formar un ejército, pero sólo basta uno para destruirlo" - explicó el abad -. ¿Comprendes ahora por qué es preciso que salgas tú y no yo? - ¡Es inhumano que me ordenéis recibir un castigo semejante! - protestó con decisión el sirviente -, Esa barra es tan grande que, en cuanto me roce, quedaré reducido a puro picadillo. - Así es - admitió el abad -. Y, si ese bruto se queda ahí con ella, cualquiera puede perder la vida, al chocar distraídamente contra ella por la noche. - ¿Y aún queréis que salga? - volvió a protestar el sirviente. Su negativa produjo la indignación del abad, que empezó a regañarle con inusitada crudeza. Pero el sirviente se mantuvo en sus trece y se inició entre ellos una acalorada discusión. Al oírla, el Peregrino se dijo: - Está claro que ninguno va a aceptar mi proposición. De un solo golpe podría matarlos a los dos, pero eso volvería al maestro en mi contra y no conseguiría nada. Creo que lo mejor es que descargue mi fuerza sobre cualquier otra cosa, para que comprendan esos tontos lo que soy capaz de hacer. Levantó ligeramente la cabeza y vio que junto a la puerta de los aposentos del abad había un león de piedra. Sin encomendarse a nadie, levantó la barra y la dejó caer sobre la estatua, que al instante quedó reducida a polvo. Al ver lo ocurrido, el monje sintió tal pánico que se metió debajo de la cama, mientras el sirviente trataba de escurrirse al interior de la cocina por un agujero que allí había, sin dejar de gritar: - ¡Esa barra es demasiado pesada! ¡No puedo someterme de buen grado al castigo que me ordenáis! ¡Es excesivamente dura para mí! - Sal de ahí, anda - ordenó el Peregrino al abad -. Si dices la verdad, te perdono la vida. ¿Cuántos monjes habitan en este monasterio? - Hay un total de ochenta y cinco habitaciones, por lo que somos quinientas las personas que aquí residimos. - Convócalos a todos y diles que salgan con sus mejores galas a recibir a mi maestro - le ordenó el Peregrino -. Si lo haces, te perdonaré la vida y no te rozaré con mi barra. - Por eso soy capaz de llevarle yo mismo en hombros hasta el salón principal - exclamó, aliviado, el abad. - No sé a qué esperas entonces - le urgió el Peregrino. El abad se volvió al sirviente y le dijo: - No me digas que no te queda ni rastro de valor, porque, aunque las piernas no te respondan y te haya dejado de latir el corazón, tienes que avisar a los demás para que salgan inmediatamente a recibir al Tang. Al sirviente no le quedó, pues, más remedio que arriesgar su vida. No se atrevió, sin embargo, a salir por la puerta y hubo de hacerlo arrastrándose penosamente por un agujero que conducía directamente a la parte anterior del salón principal. Sin pérdida de tiempo empezó a tañer la campana del oeste y a batir el tambor del este. Los monjes se levantaron a toda prisa y se lanzaron en tropel a los pasillos, visiblemente alarmados. Al llegar al salón principal, preguntaron: - ¿Como es que estás batiendo el tambor y tañendo la campana, si todavía no ha amanecido? - Cambiaos inmediatamente de ropa y salid a la puerta principal a dar la bienvenida a un ilustre maestro que acaba de llegar directamente de la corte del Gran Emperador de los Tang. Así lo hicieron los monjes, alineándose según su dignidad. Algunos lucían esplendidas túnicas, mientras que otros vestían togas más humildes y los que carecían de rentas se limitaron a pasarse por encima de los hombros unas piezas de tela descolorida. Al verlos, les preguntó el Peregrino: - ¿Se puede saber qué clase de vestido es el vuestro? - No nos maltratéis, por favor - suplicaron ellos, temblando de miedo al percatarse de la fealdad de su rostro y de la fiereza de su mirada -. Estas telas nos fueron regaladas hace tiempo por ciertas familias piadosas que habitan en la ciudad, pero, como aquí no hay sastres, hemos tenido que coserlas nosotros mismos. Como podéis apreciar, nuestra pericia con la aguja no es mucha, aunque a este estilo le llamamos "protección contra el infortunio". El Peregrino no pudo por menos que sonreír y ordenó a los monjes que continuaran caminando hacia la puerta. Al llegar a ella, se arrodillaron y empezaron a golpear el suelo con la frente. El abad levantó entonces la voz y dijo: - Respetable maestro Tang, hacednos el honor de ocupar los aposentos de nuestro abad y descansad en ellos cuanto deseéis. - No creáis ni una palabra de lo que dice - le aconsejó Ba-Chie, al ver lo que pasaba -. Si mal no recuerdo, os han tratado con tanto desprecio que las lágrimas inundaban vuestros ojos y parecía como si os hubieran colgado de los labios dos recipientes pequeños de aceite. ¿Queréis decirme qué ha podido hacerles cambiar tan pronto de actitud? Con toda seguridad todo esto obedece a alguna artimaña de Wu-Kung, de lo contrario, no me explico que se arrodillen ante vos con tanto respeto. - ¡Qué tonto eres! - le reprendió Tripitaka -. Se ve que no tienes ni idea de lo que está pasando. No debes olvidar que, como bien reza el proverbio, "hasta los espíritus tienen miedo de los feos". Al verlos arrodillados, el monje Tang se sintió muy intranquilo y. acercándose a ellos, les dijo con visible nerviosismo: - Levantaos, por favor. Pero los monjes continuaron golpeando el suelo, respetuosos, al tiempo que le suplicaban: - Interceded por nosotros ante vuestro discípulo y pedidle por lo que más queráis que no nos pegue con esa barra de hierro que tiene. Si accede a ello, quizás nos atrevamos a miraros de frente a los ojos. En caso contrario, continuaremos arrodillados toda nuestra vida. - No los pegues, Wu-Kung - ordenó el monje Tang. - No pienso hacerlo - replicó el Peregrino -. Soy consciente de que podría acabar con todos ellos de un solo golpe. Al oírlo, los monjes se levantaron a un tiempo. Algunos tomaron de las riendas al caballo, mientras otros cargaban con el equipaje y los más cogieron a hombros al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha y los llevaron con inesperado fasto al interior del monasterio. En cuanto hubieron tomado asiento, todos los monjes se acercaron a ellos y les rindieron pleitesía. Tripitaka se sintió muy incómodo ante tales muestras de respeto y, dirigiéndose al abad, dijo: - No es preciso que os mostréis tan ceremoniosos conmigo. Al fin y al cabo no soy más que un pobre monje y todos servimos a un mismo maestro: Buda. - Aunque nos aten los mismos vínculos de hermandad - contestó el abad-, vos sois un enviado imperial, que habéis hecho un penosísimo viaje para llegar hasta aquí. Todo lo que hagamos por vos será, en verdad, muy poco, sobre todo teniendo en cuenta que en un principio fuimos incapaces de reconocer en vos a una persona de indudable alcurnia. Permitidme preguntaros si deseáis tomar una comida corriente o preferís probar nuestros platos vegetarianos. - Jamás he probado carne en mi vida - respondió Tripitaka. - Ye habéis oído lo que ha dicho nuestro respetable maestro – dijo el abad, dirigiéndose a los suyos -. Id inmediatamente a preparar un banquete. - También nosotros somos vegetarianos - anunció el Peregrino, levantando la voz -. Hemos mantenido, de hecho, esa dieta desde el momento mismo de nuestro nacimiento. - ¿Cómo es posible? - exclamó, sorprendido, el abad -. Jamás imaginé que hombres tan violentos como vosotros se alimentaran sólo de verduras. El Peregrino arrugó el ceño, ofendido. Afortunadamente otro de los monjes se acercó en seguida a él y le preguntó: - ¿Cuánto arroz queréis que cozamos? - ¡Cuidado que sois tacaños! - exclamó, malhumorado, Ba-Chie -. ¿A qué viene preguntar eso? Nosotros no exigimos nada. Dadnos lo que creáis conveniente. Los monjes inclinaron, respetuosos, la cabeza y corrieron a lavar los potes y las cazuelas. Algunos se retiraron al interior del monasterio y trajeron hachones y luces, mientras otros ponían la mesa. En cuanto los Peregrinos hubieron saciado su hambre, los monjes retiraron las sobras y Tripitaka dio las gracias al abad, diciendo: - Estamos en deuda con vos por vuestra inestimable hospitalidad. - En absoluto - contestó el abad a toda prisa -. En realidad, no hemos hecho nada por vos. - ¿Tenéis la amabilidad de indicarnos el lugar en el que vamos a pasar la noche? - preguntó Tripitaka. - No os preocupéis por eso, maestro - respondió el abad tengo todo pensado - se volvió a uno de los sirvientes y le preguntó - ¿Queda libre algún criado? - Creo que sí, señor - contestó el sirviente. - En ese caso - concluyó el abad -, que dos o tres se encarguen de dar de comer al caballo de nuestro huésped. Los demás que vayan a la parte delantera y adecenten tres de las habitaciones del Zen, sin olvidarse de las sábanas y los mosquiteros. Es preciso que nuestros hermanos se encuentren entre nosotros lo más cómodamente posible. Los sirvientes obedecieron sin rechistar. En cuanto hubieron acabado su cometido, regresaron junto al monje Tang y le invitaron a retirarse a descansar. Al llegar a las habitaciones del Zen, vieron que estaban iluminadas como si formaran parte de un palacio y que las camas habían sido hechas con inusitado esmero. Pese a todo, el Peregrino ordenó a uno de los sirvientes que trajera el caballo y lo atara junto a sus lechos. Tripitaka tomó asiento en el lugar más iluminado y al instante se vio rodeado por los monjes del monasterio - quinientos en total -, que no se atrevían a retirarse a descansar hasta que no hubieran recibido su venia. Comprendiendo su estado de ánimo, Tripitaka se levantó y les dijo: - Retiraos, por favor, a vuestros aposentos. Creo que entonces yo mismo podré abandonarme a un descanso reparador. Pero ellos se negaron a marcharse, porque el abad les había ordenado que no se apartaran de su lado hasta que no hubieran provisto al monje Tang de cuanto necesitara. Fue preciso, pues, que el maestro les dijera una vez más: - No necesito nada más, gracias. Ellos se levantaron entonces y, poco a poco, se fueron retirando: En cuanto se hubieron marchado, el monje Tang pareció sentirse más relajado. Se asomó a la puerta y, al ver el puro resplandor de la luna, llamó a sus discípulos, diciendo: - Venid, acercaos. Tanto el Peregrino como Ba-Chie y el Bonzo Sha dejaron lo que estaban haciendo y acudieron a su lado. Emocionado por el límpido resplandor de la luna, un disco brillante que iluminaba toda la tierra, Tripitaka compuso en estilo antiguo un largo poema, que dejaba traslucir, de alguna manera, su añoranza por las tierras de las que había partido. El poema era como sigue: Suspendido en lo alto, el globo de luz se asemeja a una piedra preciosa cuidadosamente tallada. Su fulgor es tal que nada de cuanto existe sobre la tierra escapa a él. Muros de jaspe y torres de jade se llenan de la claridad de su luz. Sus rayos se extienden normalmente durante más de diez mil millas, pero esta noche poseen una luminosidad mayor que la de todas las noches de un año juntas. Parece un enorme pastel de escarcha emergiendo de la azulada oscuridad del mar, o un disco de hielo suspendido con un inmenso clavo del verdor de jade del cielo. En una oscura posada que se alza junto a un camino el frío de la noche hace quejarse a uno de los huéspedes, mientras que en una aldea de la montaña un anciano descansa tranquilamente en la humildad de su cabaña. Todo lo contempla la luna con sus ojos de plata. Irrumpe con dureza en la corte de los Han, sumiendo en un extraño desasosiego a los ancianos, y hace que las prostitutas se maquillen con cuidado, cuando su luz comienza a ascender poco a poco por los muros de las Torres de Chin. Por ella escribió Yü-Liang los poemas que contiene La Historia de Tsin, y Yüan-Hung surcó en su bote innumerables ríos. Cuando se refleja en el borde de copas y tazas, su luz parece lánguida y fría, pero, cuando muestra todo su poder embriagador de luz en los claros de los bosques, recuerda la insuperable potencia de los dioses. Al contemplarla, detrás de cada ventana se escucha la canción de la bola de nieve y se oye en cada hogar el tañido de instrumentos musicales con las cuerdas de hielo. Esta noche su sosegadora belleza viene a posarse sobre un monasterio. ¿Cuándo volveré a verla reclinada sobre el tejado de mi hogar? - La luz de la luna os trae la añoranza de vuestra tierra - dijo el Peregrino, acercándose a él -, pero no debéis olvidar que ella es también el símbolo de los muchos cambios que se producen en la naturaleza. El ser es, en realidad, una pura apariencia que cambia continuamente de forma. Cuando el ciclo lunar alcanza su trigésimo día, se disuelve todo el metal que contiene su yang, mientras que el agua de su yin alcanza tal nivel que termina desbordándose sobre todo el orbe. De ahí que a ese día se le conozca por el nombre de "oscuro", ya que la luna se ha visto despojada de toda su luz y yace en la más absoluta tiniebla. Es precisamente en ese momento cuando copula con el sol y durante dos días queda preñada de su incomparable luz. Al tercero surge una porción de yang, que se multiplica por tres, al llegar al octavo. Para entonces la mitad de su yang habrá invadido justamente la mitad de su yin, quedando su porción inferior completamente sumida en la oscuridad. De ahí que a este ciclo del mes se le llame "cuarto creciente" o "arco superior". Al cabo de otros siete días, es decir, al decimoquinto, habrán madurado otras tres porciones más de yang, obteniéndose, así, una unión absoluta y perfecta. Es el momento de la luna llena y en ese instante se dice que está mirando de frente al sol, conociéndose también ese período por este nombre. El día decimosexto, sin embargo, se habrá formado ya una porción de yin, que se multiplicará por dos en cuanto se alcance el vigésimo segundo día. En ese preciso instante, la mitad de su yin invadirá la mitad justamente de su yang, quedando su porción inferior completamente sumida en la oscuridad. De ahí que a este ciclo del mes se le llama "cuarto menguante" o "arco inferior". Al llegar al trigésimo día, estarán ya dispuestas todas las porciones de yin y la luna habrá alcanzado, una vez más, un estado de oscuridad total y absoluta. Todo esto es el símbolo del proceso de constante purificación que se lleva a cabo en el seno de la misma naturaleza. De hecho, en el momento que consigamos que los Dos Ochos se conviertan en el Nueve Veces Nueve, seremos capaces de ver cara a cara al mismísimo Buda y podremos regresar tranquilamente a nuestro hogar. Por eso, afirma el poema: "Entre el primero y el último cuarto se mezclan los elementos del elixir y se adquiere la suprema perfección. Antes, no obstante, hay que refinarlo todo en la retorta, de lo contrario, la constancia jamás dará su fruto y nunca podrá llegarse al Paraíso Occidental". El maestro se sintió al punto iluminado y comprendió a la perfección el significado de estas palabras capaces de conseguir la inmortalidad. Su satisfacción era tal que no dejaba de agradecer a Wu-Kung lo que había dicho. El Bonzo Sha, sin embargo, sonrió enigmáticamente y dijo: - Tengo que reconocer que nuestro hermano ha explicado con toda claridad que el primer cuarto lunar corresponde al yang y el segundo al yin, obteniéndose el metal de agua justamente en la mitad de tan extraordinario proceso. No obstante, no ha hecho mención alguna a la circunstancia de que, una vez mezclados el fuego y el agua, su atracción es prácticamente irresistible, dependiendo de la decisión de la Madre Tierra que dicha unión se lleve a efecto o no. Esto se produce sin ningún tipo de enfrentamiento, ya que el agua procede del Gran Río y la luna se encuentra suspendida en el cielo. D nuevo volvió a hacerse la claridad en la mente del maestro, repitiéndose el fenómeno de que, en cuanto la verdad alcanza el corazón, se adueña de todo el ser. De la misma forma, cuando alguien logra resolver el problema del no-nacimiento, se convierte en un dio. Ba-Chie se llegó entonces hasta su maestro y, tirándole de la manga dijo: - No prestéis atención a tanta palabrería. Lo que le pasa a la luna es que después de borrarse del cielo, vuelve a hacerse de nuevo redonda. Vamos, que, mirándolo bien, es tan imperfecta como pueda serlo yo. Ya veis, a la hora de comer todo el mundo me echa en cara que tengo un hocico demasiado protuberante y que con él no se me escapa ni un gramo de arroz. Además dicen que soy un estúpido redomado, mientras que ellos poseen la bendición de la inteligencia y la comprensión. Una cosa tengo, sin embargo, lo suficientemente clara, y es que, en cuanto hayamos conseguido las escrituras, habremos dado por terminados los tres senderos del karma y podremos subir al cielo con un ligero movimiento de nuestras cabezas y rabos. - En fin - suspiró Tripitaka, dando por terminada la discusión -. Debéis de estar extenuados. Id a dormir, mientras yo medito un poco más sobre las escrituras. - Me parece que estáis equivocado - se atrevió a decir el Peregrino -. Toda vuestra vida habéis sido un monje, de lo que deduzco que debéis de estar familiarizado con todas las escrituras que estudiasteis en vuestra juventud. Posteriormente el Emperador de los Tang os pidió que hicierais el largo viaje que conducía al Paraíso Occidental y obtuvierais el auténtico Canon del Mahayana. ¿Queréis explicarme sobre qué porción de escritura deseáis meditar, cuando aún no habéis conseguido la perfección suficiente para ver a Buda cara a cara y no os habéis hecho, por consiguiente, todavía con sus escritos? - Desde el momento en que abandoné Chang-An - contestó Tripitaka -, no he hecho otra cosa más que viajar. Eso me ha hecho temer a veces que pudiera olvidar lo que aprendí en mi juventud. Esta noche se presenta, por fin, una oportunidad única para meditar y no quisiera desaprovecharla. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, lo mejor será que nos vayamos a dormir primero nosotros. No había acabado de decirlo, cuando los tres se retiraron a sus respectivos lechos. El maestro cerró entonces las puertas del salón del Zen y, tomando en su mano una luz, desenrolló un pergamino y comenzó a meditar sobre él. En la torre sonó la primera vigilia y al punto cesó por doquier toda actividad humana. Hasta en las orillas de los ríos se apagaron todas las luces que hasta entonces habían estado brillando sobre los barcos de los pescadores. No sabemos cómo el maestro partió de aquel monasterio. Quien desee conocerlo, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第037回 LA VISITA NOCTURNA DEL REY FANTASMA A TRIPITAKA. WU-KUNG CONDUCE AL JOVEN DE LA MANO, TRAS EXPERIMENTAR UNA SERIE DE EXTRAORDINARIAS METAMORFOSIS A la luz de las lámparas Tripitaka meditó durante largo rato sobre la Letanía Acuática del Rey Liang, abandonándose a continuación a la lectura del Auténtico Sutra del Pavo Real. A la tercera vigilia enrolló, por fin, las escrituras y las devolvió a la funda que las había protegido durante años. Cuando se disponía a retirarse a descansar, escuchó con claridad el lúgubre lamento de un viento inusitadamente fuerte. Temiendo que pudiera apagársele la lámpara, trató de protegerla a toda prisa con la manga de la túnica. La llama osciló peligrosamente, pero él estaba ya tan cansado que dejó caer pesadamente la cabeza sobre la tapa del escritorio y se quedó medio dormido. Aunque sus ojos estaban cerrados, su espíritu se mantenía en un estado de semivigilia, que le permitía escuchar con claridad continuo suspiro del viento en el exterior de su ventana. Parecía un viento, en verdad, extraño, pues silbaba de una forma poco habitual y producía un ruido muy raro, al arrastrar las hojas caídas y al dispersar, uno tras otro, los rebaños de nubes. Las estrellas y planetas desaparecieron de la vista, pues toda la tierra se mostraba cubierta de andanadas de polvo y la arena parecía cubrirlo todo. Aquel viento a veces daba la impresión de ser extremadamente fiero, y otras, comprensiblemente suave. Los bambúes y pinos se mecían en esos momentos con su gracia habitual en el aire, mientras que en aquéllos lagos se veían surcados por olas gigantescas y los ríos arrancados sin ninguna consideración de sus cauces. Soplaba con tal fuerza que las aves de la montaña eran incapaces de hacerle frente y se les desgarraban las gargantas de tanto gritar. En el mar los peces olvidaban el significado de la palabra paz y se veían sometidos a incontables tumbos. De todos los salones, tanto orientales como occidentales, se desgarraban ventanas y puertas, y los dioses y espíritus no sabían qué decisión tomar. En el gran salón de Buda el jarrón de la flor fue a parar al suelo, el recipiente de aceite se tambaleó peligrosamente y la lámpara de la sabiduría estuvo a punto de apagarse. La urna del incienso sufrió peor suerte, yendo a parar al suelo y viendo, impotente, cómo sus cenizas se esparcían en todas las direcciones. Los candelabros se mantenían milagrosamente de pie, aunque ya no servían para mucho, porque lo único que sostenían eran pequeñas columnitas de humo. Las banderas y estandartes sagrados habían sido desgarrados sin ninguna consideración, mientras en lo alto de las torres el tambor y la campana se tambaleaban con peligro de caerse desde una altura tan considerable. En cuanto se hubo disipado el vendaval, al maestro le pareció oír en su duermevela una voz muy débil, que le llamaba desde fuera, diciendo: - ¡Maestro! Tripitaka se levantó a toda prisa y preguntó, sobresaltado: - ¿Quién sois? ¿No seréis, por casualidad, un demonio o un fantasma que se ha llegado hasta aquí con el único fin de burlarse sin ninguna consideración de mí? Si es así, sabed que yo no soy una persona avariciosa y sin conciencia, sino un monje simple y de recto obrar. Si estoy aquí, es porque en su día el Emperador de los Tang, Señor de las Tierras del Este, me ordenó ir al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas, no por mi propia voluntad. Tengo conmigo a tres discípulos, hombres valientes capaces de domar tigres y dominar dragones. Su destreza en las artes marciales es tal que pueden repeler a cualquier demonio y acabar con cuanto monstruo se le ponga por delante. Si te ven, ten la seguridad de que no pasara mucho tiempo antes de que te veas reducido a polvo y lodo. Repara, por tanto, en lo comprensivo de mi actitud, pues yo mismo soy conocedor de no pocas técnicas mentales para acabar con el mal. Te conmino, pues, a que abandones este lugar ahora que todavía dispone de tiempo, y no cometas la osadía de llegarte hasta las puertas de este magnífico salón de Zen en el que estamos descansando. Para entonces el ser que estaba fuera había empezado a empujar puerta, al tiempo que replicaba: - Estás muy equivocado, maestro. Aquí fuera no hay ningún monstruo ni demonio. - Si es verdad lo que decís - contestó Tripitaka -, ¿por qué permanecéis levantado hasta tan tarde? - Si no me creéis - respondió la voz -, abrid los ojos y echadme un vistazo. El maestro así lo hizo y pudo ver que el visitante llevaba sobre la cabeza una especie de sombrero que se elevaba hacia lo alto y traía ceñida la ropa con un cinturón de jade verde. Vestía una túnica roja con bordados de fénix danzarines y dragones voladores. Calzaba, igualmente, unas botas adornadas con dibujos de nubes y en sus manos sostenía un bastón de jade en el que se habían grabado las estrellas y planetas. Su rostro recordaba el del rey inmortal del Monte Tai y toda su figura traía a la mente el recuerdo del muy culto rey Wen-Chang. Al ver la nobleza de su porte, Tripitaka perdió el color y, arrodillándose precipitadamente ante él, preguntó con voz indecisa: - ¿A qué dinastía pertenecéis, majestad? Tomad asiento, por favor – y extendió las manos hacia el visitante, pero lo único que logró asir fue el viento. Desconcertado, se dio la vuelta y se dejó caer sobre una silla. El hombre estaba, incomprensiblemente, a su lado y, sacando fuerzas de flaqueza, volvió a preguntarle: - ¿De qué país sois rey? ¿Cuál es el nombre del imperio que regís? ¿Habéis tenido que escapar de vuestros dominios para poder salvar la vida a causa de la traición de vuestros ministros o de algún tipo de discordia civil? Responded, os suplico, a estas preguntas. Antes de hacerlo, las lágrimas fluyeron libremente por sus mejillas y la tristeza le hizo arquear significativamente las cejas. - Maestro - dijo por fin -, mi hogar se encuentra a unos cuarenta kilómetros al oeste de aquí. Allí se levanta la ciudad que constituye el centro y el eje de mi reino. - ¿Cómo se llama? - inquirió Tripitaka. - Al fundarlo - contestó el hombre -, le dimos el nombre de Reino del Gallo Negro. - ¿Puedo preguntaros por qué parecéis tan asustado y cuál es el motivo que os ha traído hasta aquí? - indagó, cada vez más sorprendido, Tripitaka. - Hace aproximadamente cinco años - explicó el hombre - se produjo en esta región una sequía tan pertinaz que toda la vegetación terminó secándose y la gente comenzó a morirse de hambre. ¡Fue horrible, en verdad! - Debéis recordar, majestad - le interrumpió Tripitaka, sonriendo y sacudiendo la cabeza -, que los antiguos afirmaban que "el Cielo favorece a los reinos en los que se respeta la justicia". De vuestra palabras deduzco que en esos momentos de prueba no fuisteis lo suficientemente compasivo con vuestros súbditos. ¿Por qué tratasteis con mano dura vuestras tierras, cuando la sequía lo devastaba todo y el hambre se había adueñado de vuestros dominios? En semejante situación, deberíais haber abierto de par en par vuestros graneros aliviando, así, el dolor de vuestro pueblo. Teníais, así mismo, la obligación de haberos arrepentido de todos los desmanes que hubierais cometido, comprometiéndoos a no volver a caer en ellos jamás. De esa forma, cuando hubieran sido puestos en libertad los acusados y condenados injustamente, el Cielo se habría apiadado también de vuestro reino y las lluvias habrían caído en sazón en vuestros desolados campos. - Al poco de iniciarse la sequía - contestó el hombre -, todos los graneros de mi reino estaban completamente vacíos y no quedaba la menor reserva de comida. Mis colaboradores, tanto civiles como militares, dejaron de recibir su salario y en mi mesa no volvió a servirse jamás carne. Todos mis esfuerzos estuvieron encaminados a seguir los pasos del rey Yü, cuando logró dominar la inundación que a punto estuvo de acabar con su reino. Míos fueron los sufrimientos de mi pueblo. Para aliviarlos, recurrí a las purificaciones rituales, practiqué una estricta dieta vegetariana y me entregué de lleno a la abstinencia. Durante tres años ofrecí día y noche al cielo sacrificios y ofrendas, pero todo resultó inútil. Nuestros ríos continuaron sin cauce y nuestros pozos siguieron tan secos como antes. Cuando más desesperados estábamos, apareció de improviso, procedente del Monte Chung-Nan, un taoísta que decía pertenecer a la Secta de la Verdad Absoluta y que afirmaba poseer poderes capaces de levantar los vientos y traer la lluvia. Se comentaba, igualmente, que tenía la facultad de transformar las piedras en oro. Un día se presentó ante mis subalternos y solicitó tener una audiencia conmigo. Esperanzados por su oferta, le invitamos a ocupar la plataforma litúrgica y a elevar al cielo sus oraciones, que se mostraron tan eficaces que, en cuanto las hubo concluido, el firmamento se deshizo en una lluvia realmente torrencial. Todos pensábamos que con un metro de agua sería más que suficiente, pero él afirmó que la sequía había sido extremadamente severa y que, para remediar sus efectos, se precisaría por lo menos otro medio metro más. Al comprobar su magnanimidad, decidí hacer con él un pacto de hermandad y en poco tiempo concluimos la Ceremonia de las Ocho Inclinaciones. - No dudo - comentó Tripitaka - que vuestro gozo sería entonces completo. - ¿Por qué decís eso? - preguntó el hombre. - Porque sus poderes eran tales que, en cuanto precisarais de agua, él os la facilitaría y otro tanto haría con el oro, cuando vuestras arcas estuvieran a punto de vaciarse - respondió Tripitaka -. Lo que no comprendo es cómo, con un hombre así a vuestro lado, habéis tenido que abandonar la ciudad y llegaros hasta aquí. - Durante dos años lo compartimos todo - dijo el hombre, continuando con su narración -. La primavera llegó, una vez más, a nuestro reino y los melocotoneros y albaricoqueros se llenaron de flores bellas en extremo. Eran tan hermosas que todos los habitantes del reino salieron a gozar de su seductora belleza. Tampoco nosotros escapamos a su hechizo. En cuanto los funcionarios se hubieron retirado a sus mansiones y las concubinas a sus aposentos, el taoísta y yo salimos al jardín imperial agarrados de la mano. Al llegar junto a un pozo con el brocal octogonal recubierto totalmente de mármol, arrojó algo en él que comenzó a emitir una atractiva luz dorada. Intrigado, me acerqué aún más al pozo para ver de qué se trataba. Pero la traición se apoderó de su corazón y me arrojó sin ninguna piedad a las aguas, cubriendo a continuación el brocal con una pesada losa de piedra. No contento con eso, selló el pozo con lodo y barro, apañándoselas incluso para trasplantarle un árbol de tupida copa. ¡Qué mala suerte la mía! Llevo muerto tres años sin que mi espíritu haya encontrado el ansiado descanso, porque mi muerte no ha sido todavía vengada. Al oír que aquel hombre era, en realidad, un fantasma, el monje Tang mudó de color y todos los pelos se le pusieron de punta. Pero poco podía hacer, salvo decir a tan inusitado visitante: - Hay algo que no logro entender sobre cuanto me habéis relatado. Si, como decís, lleváis tres años muerto, ¿no resulta extraño que vuestros ministros no os hayan echado de menos ni hayan organizado la búsqueda de vuestro cadáver? Mirándolo bien, tienen la obligación de reunirse con vos cada tres días. - No conocéis los poderes de ese taoísta - replicó el hombre -. Son tan extraordinarios que dudo que haya alguien en todo el mundo capaz de igualarlos. Después de asesinarme, sacudió una sola vez el cuerpo y al instante se convirtió en una copia exacta de mí mismo. No es extraño que no le haya costado ningún trabajo hacerse con mi reino. Nadie se ha dado cuenta en todo el imperio de que se trata de un impostor. Ni mis cuatrocientos colaboradores directos, tanto civiles como militares, ni mis esposas y concubinas, ni las incontables damas que sirven con dedicación en los tres palacios. Todo es ahora suyo. - Me da la impresión, majestad - se aventuró a decir Tripitaka - de que sois un tanto tímido. - ¿Qué os ha hecho pensar eso? - inquirió el hombre. - No discuto que ese malvado - contestó Tripitaka -, valiéndose de sus malas artes, se las haya apañado para adoptar vuestra figura, usurpar vuestro reino y confundir a vuestras mujeres y colaboradores más cercanos. Es claro que ninguno de ellos ha podido darse cuenta del cambio. Pero, aunque muerto, vos en ningún momento habéis sido ajeno a él. ¿Cómo no habéis acudido, entonces, al Reino de las Sombras y habéis presentado una querella ante el mismísimo Rey Yama? Es preciso que el Más Allá tenga puntuales noticias de su censurable modo de obrar. - No es tan sencillo como pensáis - respondió el hombre -. Es íntimo amigo de la mayoría de los funcionarios celestes. No os digo más que el dios protector de la ciudad bebe con él con cierta frecuencia, los dragones de los océanos son parientes suyos, el Sosia del Cielo del Monte Tai se cuenta entre sus amistades más firmes y los Diez Reyes de ultratumba han hecho con él pactos de hermandad. ¿Adónde voy a ir yo a presentar una queja contra él? - Si el Reino de las Sombras está de su parte, ¿por qué no acudís al de la Luz? - insistió Tripitaka. - ¿Cómo iba a estar aquí ahora hablando con vos, si no lo hubiera hecho? - replicó el hombre -. Puedo aseguraros que no ha resultado nada fácil, porque mi espíritu es aún imperfecto y no me esta permitido entrevistarme con nadie del Reino Superior. A ello ha habido que añadir que los diferentes devas, los Seis Dioses de la Luz y las Seis Deidades de las Tinieblas, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas y los Dieciocho Protectores de la Fe son defensores vuestros y no dejan a nadie acercarse a vos. Afortunadamente el Dios-que-patrulla-la-noche me trajo hasta aquí a lomos de su viento huracanado y les dijo que se habían cumplido ya los tres años de sufrimiento acuático que les aguardan a todos los muertos, por lo que tenía derecho a que me fuera concedida una audiencia con vos. Ante tales razones no pusieron ningún inconveniente, informándome, incluso, de que viaja con vos un hombre capaz de acabar con los monstruos y de terminar con los demonios, conocido como el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Eso me ha movido a venir a suplicaros que os dirijáis a mí reino y hagáis cuanto podáis por poner en evidencia al impostor que se ha apoderado de mis dominios En prueba de agradecimiento, os prestaré en el futuro toda la protección de que sea capaz, enriqueciéndoos, al mismo tiempo, sin medida. - ¿Así que habéis venido hasta aquí para pedir a mi discípulo que os ayude a deshaceros de ese monstruo? - concluyó Tripitaka. - Exactamente - contestó el hombre. - He de reconocer que no hay nadie como mi discípulo a la hora de atrapar monstruos y dominar demonios - comentó Tripitaka -. Es más, de buen grado os prestará toda la ayuda que preciséis. Pero me temo que esa empresa va a resultarle extremadamente difícil. - ¿Queréis explicarme por qué? - preguntó el hombre, descorazonado. - Porque si ese demonio posee tales poderes que se ha convertido en vuestra copia exacta, vuestras mujeres y ministros sentirán por él una simpatía y una fidelidad por encima de toda duda - respondió Tripitaka -. He de advertiros que mi discípulo, aunque es extremadamente valiente, no es amigo de la violencia. Eso sin contar con que, si caemos en poder de vuestros soldados y nos acusan de alta traición, muy bien podemos terminar en la más lóbrega de vuestras mazmorras por atentar contra la seguridad de vuestra ciudad. ¿No habrán resultado entonces nuestros esfuerzos tan inútiles como quien desea dibujar una garza o un tigre y sólo consigue bosquejar un pato y un perro? - No, porque todavía cuento en la ciudad con un partidario mío - contestó el hombre. - Eso esta muy bien - exclamó Tripitaka, más animado -. Me figuro que se tratará de algún príncipe, descontento del actual gobernador del imperio por haber sido enviado a algún puesto peligroso y lejano. - Me estoy refiriendo a mi hijo - aclaró el hombre - y aún sigue viviendo en el palacio. - Me extraña que no haya sido eliminado por ese monstruo - comentó Tripitaka. - No ha tenido tiempo para eso - dijo el hombre -. De momento le ha mantenido encerrado en el Salón de los Carillones de Oro, discutiendo sobre los clásicos y encargándose de pequeños problema de estado. Pero en estos tres años no le ha permitido ver a su madre ni una sola vez y eso le ha acarreado su enemistad. - ¿Por qué ha sido tan duro con él? - preguntó, una vez más, Tripitaka. - Muy sencillo - respondió el hombre -. Desde el principio el monstruo ha temido que, si madre e hijo tuvieran la oportunidad de encontrarse a solas, podría salir a la luz toda la verdad y venirse abajo su maléfico plan. - Aunque no me cabe duda de que tu mala fortuna ha sido prefijada de antemano por el Cielo, he de reconocer que tiene cierto paralelismo con mi propia historia - reveló Tripitaka -. Hace mucho tiempo mi padre fue asesinado por un bandido que acabó desposándose a la fuerza con mi madre. A los tres meses de tan luctuoso suceso me dio a luz a mí, librándome de la muerte gracias a que tuvo la feliz idea de confiarme a las aguas. Tuve la buena fortuna de que me librara de ellas el virtuoso maestro del Monasterio de la Montaña de Oro, quien me cuidó como si fuera hijo suyo. Pensándolo bien, desde mi más tierna infancia me vi privado de mis padres, lo mismo que vuestro hijo el príncipe. ¡Qué lástima que exista por doquier tanto sufrimiento! Pero no es mi intención lamentarme de mi propio pasado. Quisiera que me informarais cómo voy a poder entrevistarme con vuestro hijo. - ¿Por qué lo preguntáis? - exclamó el hombre. - Como acabáis de decir se encuentra tan vigilado por ese monstruo que no le deja ver ni siquiera a su madre. Mirándolo bien, yo no soy más que un simple monje. ¿Cómo voy a conseguir una audiencia a solas con él? - Eso no es ningún problema - respondió el hombre -. Mañana mismo tiene pensado salir de la corte. - ¿Puedo preguntaros con qué objeto? - replicó Tripitaka. - Para ir a cazar en las afueras de la ciudad – contesto el hombre -. De hecho ha seleccionado ya a los tres mil hombres que han de acompañarle y ha escogido los mejores caballos, perros y halcones. No dispondréis de una ocasión mejor que ésa, os lo aseguro. Transmitidle lo que yo os diga y estad seguro de que os creerá. - Todo eso está muy bien - objetó Tripitaka -, pero sus ojos son mortales, y su naturaleza, humana. ¿Cómo va a creer lo que yo le diga, si ha sido engañado por ese monstruo hasta el punto de pensar que es su auténtico padre? - Por si eso ocurriera - aclaró el hombre -, estoy dispuesto a ofreceros un signo ante el que no dudará. - ¿De qué se trata? - preguntó Tripitaka, curioso. - De esto - dijo el hombre, poniendo en sus manos un disco de jade blanco con incrustaciones de oro. - ¿Queréis explicarme qué es? - volvió a preguntar Tripitaka. - Tras adoptar mi figura, el taoísta se dio cuenta de que le faltaba este pequeño disco para ser en todo igual a mí. Para salir del paso, dijo que se lo había robado el mago de la lluvia, por lo que lleva más de tres años sin verlo. Estoy seguro de que, en cuanto caiga en manos del príncipe, se acordará de su auténtico dueño y hará cuanto esté de su por vengarme. - Está bien - concluyó Tripitaka -. Prestádmelo y, si me lo permitís, voy a tratar de todo ello con mi discípulo. ¿Deseáis quedaros aquí, mientras hablo con él? - Me temo que no me queda mucho tiempo - contestó el hombre -. Mi deseo es pedir al Dios-que-patrulla-la-noche que me lleve hasta el palacio a lomos de su viento huracanado, con el fin de mostrarme en sueños a mi esposa y ponerla al tanto de todo. De esa forma, madre e hijo estarán absolutamente de vuestra parte y no dudarán de vuestra palabra. - Es una idea excelente - comentó Tripitaka, sacudiendo afirmativamente la cabeza -. Podéis marcharos cuando deseéis. El hombre se despidió de Tripitaka con una leve inclinación. El maestro trató de acompañarle hasta la puerta, pero inesperadamente cayó al suelo. Miró entonces hacia arriba y comprobó que todo había sido un sueño. Intranquilo por lo ocurrido, se quedó mirando a oscuridad, mientras repetía con voz temblorosa: - ¡Discípulos, discípulos míos! - A qué viene tanto grito? - preguntó Ba-Chie, agitándose pesadamente en su lecho -. Antaño fui un hombre poderoso que se pasaba el día devorando seres humanos. ¡Qué placer probar el sabor de la carne y de la sangre! Todo, sin embargo, se vino abajo, cuando aparecisteis vos y me pedisteis que os acompañara en vuestro viaje. Pensé que, al aceptar, me convertiría en un monje, pero, en realidad terminé siendo un esclavo. De día cargo con una pértiga y conduzco de la bridas al caballo, mientras que de noche me veo obligado a ocuparme del orinal y a oler el tufo de vuestros pies, cuando tenemos la oportunidad de compartir el mismo lecho. ¿Por qué no os retiráis a dormir, de una vez, y dejáis de molestar a los que con tanta devoción os siguen? - Me quedé dormido sobre la mesa y me asaltó una horrible pesadilla - informó Tripitaka, sin recuperarse del todo. - Siempre tenéis la mala costumbre de dejaros llevar por vuestros sueños - comentó el Peregrino, poniéndose al punto de pie -. Antes de escalar una montaña, tenéis ya miedo de los monstruos que puedan habitar en ella. Os atormenta la distancia que aún os queda por recorrer hasta el Templo del Trueno y no dejáis de pensar en Chang-An, preguntándoos si algún día seréis capaz de volver a ella. Vuestra mente es tan inquieta que se ve asaltada de continuo por sueños y pesadillas. Deberíais aprender de mí. Ya veis, todos mis esfuerzos están encaminados a alcanzar el Oeste y eso me permite descansar tranquilamente, sin que me asalte la menor desazón. - La pesadilla que he tenido es de una índole muy distinta - dijo Tripitaka -. No tenía nada que ver con la añoranza de mi tierra. Al cerrar los ojos, se levantó un viento huracanado que trajo hasta aquí a un Hijo del Cielo. No se atrevió a entrar en estos aposentos, prefiriendo quedarse a la puerta. Me informó que era el Señor del Reino del Gallo Negro, pero todo su cuerpo parecía estar mojado y lloraba sin consuelo. El maestro relató entonces la conversación que había mantenido con el desconocido. - No tenéis que decirme más - concluyó el Peregrino, en cuanto hubo escuchado -. Si se ha presentado tan de improviso ante vos en sueños, ha sido porque deseaba que me ocupara de su caso. Con toda seguridad un monstruo ha usurpado su trono y se ha hecho con su antiguo reino. Creo que es mi obligación desenmascarar a esa bestia, cosa, por otra parte, nada difícil, teniendo en cuenta la bien probada efectividad de mi barra. - No seas tan impulsivo, por favor - le aconsejó Tripitaka -. Recuerda que los poderes de ese monstruo son extraordinarios. - No os preocupéis por eso - contestó el Peregrino -. Por muy grandes que sean, no tendrá lugar adonde huir, cuando haya puesto mis pies en el palacio que ahora habita. - ¡Ahora que recuerdo! - exclamó Tripitaka de pronto -. Me dejó algo como prenda de que lo que decía era verdad. - Es mejor que no perdáis el tiempo buscándolo - sugirió Ba-Chie -. Mirándolo bien, no se trataba más que de un simple sueño. ¿Para qué seguir hablando de esas tonterías? - No estoy de acuerdo contigo - replicó el Bonzo Sha -. Como reza el dicho, "quien no cree en la honradez del honrado debe precaverse de los malos modales del amable". Lo mejor será que cojamos unas antorchas y salgamos a echar un vistazo. Nadie podrá acusarnos de no hacer todo lo que estaba en nuestra mano. El Peregrino abrió la puerta y salieron todos a mirar. No tardaron en encontrar, a la luz de las estrellas y la luna, un disco de jade blanco con incrustaciones de oro. Estaba tirado en uno de los escalones y, extrañamente, todos lo vieron al mismo tiempo. - ¿Se puede saber qué es esto? - preguntó Ba-Chie, cogiéndolo dado con cuidado. - Como ves, es un disco de jade, uno de los tesoros más preciados de ese rey fantasma - contestó el Peregrino -. Eso demuestra que el sueño de nuestro maestro ha sido auténtico. Ahora todo depende de mí. No obstante - añadió, volviéndose a Tripitaka -, es preciso que vos asumáis tres actitudes. - ¡Estupendo! - exclamó Ba-Chie, burlón -. No sólo tenemos que creer en un sueño, sino que, encima, debemos hacer cuanto podamos por que se haga realidad. No será muy difícil. A nuestro hermano le encanta burlarse de todo el mundo. - ¿A qué te refieres con eso de que debo asumir tres actitudes? - preguntó Tripitaka a Wu-Kung, entrando en la habitación. - Mañana - contestó el Peregrino - debéis echaros la culpa de todo, someteros a un castigo injusto y aceptar de buen grado los insultos. - ¡Como si no fuera suficiente uno de esos sufrimientos! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Quieres explicarnos cómo va a arreglárselas para soportar los tres al mismo tiempo? El monje Tang era una persona sumamente inteligente y preguntó a Wu-Kung: - ¿Puedes aclarar lo que acabas de decir? - No es necesario - contestó el Peregrino -. Bastaos de momento con que guardéis estos dos objetos que ahora mismo voy a entregaros. Se arrancó un par de pelos, exhaló sobre ellos una bocanada de aliento divino y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en una caja lacada en rojo y recubierta de oro. Metió en ella el disco de jade blanco y añadió -: En cuanto amanezca, poneos vuestra túnica, sentaos en el salón principal con esto en las manos y recitad todos los sutras que sepáis. Mientras tanto iré a la ciudad a ver lo que ocurre. Si, en verdad hay allí algún monstruo, acabaré en seguida con él y eso nos proporcionará nuevos méritos para poder proseguir nuestro camino. Si, por el contrario, no existe ni sombra de él, me temo que, cuando menos nos habremos hecho acreedores al ridículo. - Tienes razón - reconoció Tripitaka. - Si el príncipe no sale de la ciudad, pocas oportunidades tendré de hacer algo positivo - prosiguió el Peregrino -. Si, siguiendo vuestro sueño, lo hace, tened la seguridad de que le traeré inmediatamente ante vos. - Todo eso está muy bien - protestó Tripitaka -. Pero ¿qué voy a decirle, cuando le vea? - Yo entraré primero con la excusa de anunciaros su llegada - contestó el Peregrino -. Vos levantaréis ligeramente la tapa de la caja y me meteré dentro, tras convertirme en un monje diminuto de unos cuantos centímetros de alto. Debéis tratar de no agitarla mucho y de sostenerla con firmeza. En cuanto llegue, lo más seguro es que el príncipe quiera presentar sus respetos a Buda. No le interrumpáis. Dejadle, más bien, inclinarse cuantas veces desee. Calculo que no tardará mucho tiempo en percatarse de vuestra presencia. Cuando lo haga, no le saludéis ni le dirijáis la palabra. Eso le hará ponerse furioso y exigirá de vos una explicación. Es posible, incluso, que os golpee y ordene que os arresten y os corten la cabeza, pero, ocurra lo que ocurra, vos no debéis ni siquiera protestar. - ¡Eh, eh, un momento! - protestó Tripitaka, agitando las manos -. Ese príncipe es una alta autoridad militar. ¿Qué hago, si me manda ajusticiar? - No os pasará nada - trató de tranquilizarle el Peregrino -. ¿Acaso habéis olvidado que yo estaré a vuestro lado? Si llega ese momento, protegeré vuestra vida con todos los medios a mi alcance. Si os pregunta quién sois, respondedle que un monje enviado por el Señor de las Tierras del Este al Paraíso Occidental para presentar sus respetos a Buda y obtener las escrituras sagradas. Caso de que os pregunte que regalos pensáis hacerle, decidle que la túnica bordada que lleváis puesta, aunque se trata, claramente, de un presente que no dudaréis en calificar de tercera categoría. Con vos lleváis, de hecho, otros objetos de bastante más valor, que superan con mucho a la túnica. Cuando indague más sobre ellos, mostradle la caja e informadle que es tan especial que conoce cuanto ha sucedido en los últimos quinientos años, en los quinientos actuales y en los quinientos por venir, por lo que su potencial de conocimiento alcanza un total de mil quinientos años. En ese momento apareceré yo y le contaré al príncipe cuanto vos oístes en vuestro sueño. Si nos cree, partiré inmediatamente a la caza de ese monstruo, vengando así a su padre y sentando en este reino la base de nuestra fama. Si, por el contrario, se niega a creerme, le mostraré el disco de jade blanco, aunque, a decir verdad, me temo que sea demasiado joven para reconocerlo. - ¡Es un plan maravilloso! - exclamó Tripitaka, satisfecho -. Sin embargo, tengo una duda. Antes has hablado de tres regalos, pero hasta ahora sólo sé el nombre de dos: la túnica y el disco de jade blanco. ¿Quieres decirme qué nombre te daré a ti? . - El de Rey Creador - respondió el Peregrino. Tripitaka no tuvo nada que objetar y memorizó tan desconcertante título. Con tan inesperados acontecimientos aquella noche ni el maestro ni los discípulos pudieron dormir. Su impaciencia por la llegada del día era tal que lamentaron no poder barrer todas las estrellas del cielo con su aliento ni arrancar al sol de su lecho de sombras con un simple movimiento de cabeza. Al poco rato, sin embargo, comenzó a clarear por el este. El Peregrino se volvió entonces hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les aconsejó: - Procurad no molestar a los monjes, para que no dé la impresión de que el monasterio ha perdido la paz que en él suele reinar. En cuanto haya hecho lo que debo hacer, proseguiremos nuestro viaje. No había acabado de decirlo, cuando dio un salto formidable y se elevó por los aires. Abrió cuanto pudo sus ojos de fuego y, tras mirar hacia el oeste, comprobó que, en efecto, allí se levantaba una ciudad. No tardó mucho en descubrirla, porque se encontraba a una distancia aproximada de cincuenta kilómetros. Al acercarse a ella, pudo ver que estaba envuelta en una neblina feérica y continuamente azotada por un viento demoníaco. Apenado, el Peregrino suspiró y dijo: - Cuando un rey virtuoso ocupa un trono, sobre sus dominios se extiende una luz cargada de buenos auspicios. Aquí, sin embargo, prueba inequívoca de que un demonio se ha adueñado del trono de un dragón, sólo se ven nubes negras y una atmósfera preñada de malos augurios. No había terminado de decirlo, cuando oyó un lejano tronar de cañones. En ese mismo instante se abrió la puerta oriental y apareció un grupo de hombres a caballo, que pronto se destacó como una partida de caza de impresionante apariencia. Era claro que, si abandonaban la capital tan temprano, era con la única finalidad de ir a cazar a los llanos. Los estandartes, desplegados del todo, parecían competir en luminosidad con el sol naciente, mientras los blancos corceles pugnaban por dejar atrás al viento. Los tambores de piel de lagarto no dejaban de sonar, al tiempo que los lanceros se emparejaban a las puertas mismas de la ciudad. Los halconeros ofrecían un aspecto feroz, al igual que los monteros, musculosos y ágiles al mismo tiempo. El retumbar de los cañones hacía temblar el cielo. Cada hombre portaba una aljaba de flechas y su arco correspondiente. Los ayudantes extendieron redes por los ribazos y cubrieron los caminos con redes tensas. A una señal convenida, que recordaba el bramar de una tormenta, mil corceles se lanzaron en persecución de osos y leopardos. Su destreza era tal que ni las liebres se mostraban capaces de salvar sus vidas. Los ciervos se ahogaban de tanto correr, los zorros comprendían que poco podían hacer para escapar de la muerte y los antílopes se dejaban caer al suelo desfallecidos. ¿Cómo iban las aves salvajes a salir ilesas del trance, si hasta los faisanes era incapaces de remontar el vuelo? Los cazadores peinaron toda la montaña en busca de animales salvajes, derribando árboles centenarios en su intento de acabar con todos los seres que volaban. Tras abandonar la ciudad, los cazadores se dirigieron hacia el este, no tardando en llegar a los arrozales que se extendían en terrazas a unos treinta kilómetros de distancia. Entre aquel grupo de aguerridos caballeros destacaba uno muy joven. Lucía un espléndido yelmo, una coraza en la que se reflejaban los rayos del sol y una faja de llamativos colores. Blandía en las manos una valiosísima espada de acero azulado y montaba un caballo zaino especialmente adiestrado para la batalla. La nobleza de sus rasgos daba a entender que se trataba de un rey y sus movimientos tan armónicos y distinguidos recordaban los de un dragón. - Por fuerza tiene que ser ése el príncipe - se dijo el Peregrino, complacido desde el aire -. Voy a burlarme un poco de él. Cambió el rumbo de la nube y se lanzó como una flecha contra el grupo de monteros. Cuando estuvo a pocos pasos de ellos, sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en un pequeño conejo blanco, que por poco no tropieza con el caballo del príncipe. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, al verlo. Sacó a toda prisa una flecha, tensó el arco y disparó contra él. El Gran Sabio hizo como si le hubiera alcanzado y se dejó caer en el suelo. En realidad, se las apañó para agarrar a tiempo la flecha y simuló estar herido. De hecho, se levantó inmediatamente e inició una alocada carrera. Ávido por la presa, el príncipe espoleó el caballo y salió en su persecución, sin darse cuenta de que se iba alejando cada vez más del grupo. Cuando el caballo iba al galope, el Peregrino corría como el mismísimo viento, mientras que, cuando aflojaba el paso, se acomodaba astutamente a él, manteniéndose en todo momento a la misma distancia. Kilómetro a kilómetro el príncipe fue distanciándose de los suyos, hasta que se encontró finalmente ante las puertas del Monasterio de la Gruta Sagrada. Tras clavar la flecha en uno de los dinteles de la puerta, el Peregrino recobró la forma que le era habitual y corrió hacia donde se encontraba su maestro, gritando: - ¡Es él! ¡Está aquí! Antes de que Tripitaka tuviera tiempo de reaccionar, se transformó en un monje diminuto de unos cuantos centímetros de alto y se metió en la caja de laca. El príncipe, mientras tanto, no sabía explicarse la repentina desaparición del conejo. Miró por t todas partes y lo único que pudo ver fue la flecha con la pluma de águila clavada en el dintel. Desconcertado, sintió cómo se le desvanecía el color de la piel y se dijo: - ¡Qué cosa más rara! Estoy seguro de que alcancé a ese conejo de lleno. ¿Como es que ahora ha desaparecido y sólo queda la flecha? Lo más seguro es que se haya convertido en un espíritu. No cabe otra explicación. Al arrancar la flecha, levantó la cabeza y vio que sobre la puerta del monasterio había una lápida, en la que podía leerse: "Monasterio de la Gruta Sagrada. Construido por orden imperial". - Ahora caigo - volvió a decirse el príncipe -. Hace algunos mi padre ordenó a unos cuantos funcionarios del Salón del Carillón de Oro traer a este lugar cierta cantidad de oro con el fin de que los monjes restauraran las salas y las imágenes. Jamás pensé que fuera a venir un día a sus puertas. Con razón decía el poeta: "A la sombra de los bambúes con un monje me encontré y, al hablar con él la tarde entera, hallé una paz como la que nunca había sentido en un mundo tan cargado de tedio como éste" 7. Será mejor que entre a echar un vistazo. El príncipe saltó del caballo y se dirigió hacia la puerta. No había llegado a ella, cuando aparecieron los tres mil hombres a caballo que le servían de séquito. Todos siguieron a su señor al interior del monasterio. Con grandes muestras de respeto los monjes los condujeron al salón principal para que pudieran presentar sus respetos a Buda. Pero, al entrar en él, vieron que en el centro mismo de la nave había un bonzo, que no se dignó siquiera a levantar la vista hacia ellos. Semejante descortesía hizo perder los estribos al príncipe, que exclamó, malhumorado: - ¡Jamás me había topado con un monje más maleducado! Este monasterio se mantiene en pie gracias a las aportaciones que recibe directamente del trono. ¿Por qué no ha movido ni un dedo, al vernos? Reconozco que me he presentado sin avisar, pero eso no le excusa de salir a dar la bienvenida a quien se acerca a esta puerta montado a caballo. Apresadle. Apenas lo hubo dicho, se lanzó sobre el monje Tang un grupo de soldados con cuerdas en las manos. Sabedor del peligro que corría su maestro, el Peregrino recitó a toda prisa el siguiente conjuro, sin moverse del interior de la caja: - A vosotros me dirijo, Protectores de la Fe, Seis Dioses de las Tinieblas y Seis Dioses de la Luz. Como sabéis, acabo de idear un plan para dominar a un demonio, pero este príncipe, ignorante totalmente de lo que ocurre, se ha empeñado en cargarle de cuerdas, como si fuera un malhechor. Os conmino a que le brindéis toda la ayuda que precise. Si ese muchacho se sale con la suya, la culpa será solamente vuestra. ¿Cómo iban esos dioses a desobedecer las precisas órdenes del Gran Sabio? Su protección fue tan efectiva que ninguno de los soldados pudo tocar la rapada cabeza de Tripitaka. Parecía como si entre ellos y el monje se hubiera levantado una pared invisible de ladrillo, que les impedía acercarse a él. Desconcertado, el príncipe le preguntó: - ¡De dónde provienes para que poseas esos poderes mágicos que tan efectivamente usas contra mí? Tripitaka se llegó hasta él y, tras saludarle, respondió: - Aunque no lo creáis, mis artes mágicas no aventajan en efectividad a las del monje más humilde que podáis encontrar en este indigno monasterio. Yo, señor, procedo de las Tierras del Este y no soy más que un humilde sacerdote que va de camino al Paraíso Occidental, con el único fin de obtener las escrituras sagradas y regalar a Buda unos cuantos tesoros que llevo conmigo. - ¿De qué tesoros se trata?, ya que, según tengo entendido, las Tierras del Este no son más que una llanura extensísima, cuyas riquezas no pueden compararse con las de este reino - inquirió el príncipe -. ¡Habla, de una vez! - Uno es la túnica que llevo puesta - respondió Tripitaka -, aunque he de reconocer que es de tercera categoría y nada tiene que ver con los otros dos, que no dudaría en calificar de segunda y primera clase. - Esa túnica sólo cubre una parte de tu cuerpo - comentó el príncipe, despectivo -. La otra está totalmente al aire. ¿Tanto vale, para consideres tesoro un harapo semejante? - Reconozco que no me tapa todo el cuerpo - admitió Tripitaka -. Pero existe un poema que habla de sus excelencias mucho mejor de lo que yo mismo pudiera hacer: "La túnica de Buda sólo cubre medio cuerpo, pero esconde lo Auténtico y está libre totalmente de las imperfecciones de este mundo de polvo. Incontables son sus hebras e infinitas sus puntadas. No en balde debe su existencia a la fusión de ocho tesoros y nueve perlas con el espíritu primordial. Un grupo de doncellas celestes la confeccionó con indescriptible respeto para que un simple monje pudiera purificar con ella todas sus imperfecciones". Espero que comprendáis las razones que me han movido a no saludaros con la consideración que, por vuestros orígenes, merecéis. Pero debo deciros que, mientras no borréis la ignominia de vuestro padre, vuestra vida habrá resultado totalmente en vano. - ¡Qué cantidad de estupideces se le ocurren a este monje! - bramó el príncipe, más furioso todavía -. Se ve que posee una mente ágil y una lengua rápida, de lo contrario, no hubiera podido ensalzar esa túnica de la forma en que lo ha hecho. De todos modos, me gustaría que me aclarara eso de borrar la ignominia de mi padre. Tripitaka dobló las manos a la altura del pecho, se acercó aún más al joven príncipe y preguntó: - ¿Cuántos favores pensáis que recibe un hombre a lo largo de su vida en este mundo? - Cuatro - contestó el príncipe. - ¿Queréis explicarme cuáles son? - volvió a preguntar Tripitaka. - Con mucho gusto - respondió el príncipe -. La protección que el Cielo y la Tierra le brindan, la luminosa presencia de la luna y el sol, las molestias que por él se toma su señor, y los sacrificios que por él hacen sus padres. - Veo que sois juicioso y que vuestras palabras son acertadas en extremo - comentó Tripitaka, sonriendo -. En la vida del hombre no existe, en verdad, nada comparado con la protección que el Cielo y la Tierra le brindan, la luminosa presencia de la luna y el sol y las molestias que por él se toma su señor. Sin embargo, no estoy muy seguro sobre los sacrificios que por él hacen sus padres. ¿Podéis explicármelo con más claridad? - ¡Qué desagradecido es este monje! - volvió a exclamar el príncipe, furioso -. Se ha rapado la cabeza para cometer con absoluta impunidad la mayor ingratitud que pueda imaginar un hombre. Si no se sacrificaran por nosotros nuestros padres, ¿de dónde íbamos a sacar el cuerpo y todo lo que constituye nuestro ser? - Me temo que desconozco la respuesta a esa pregunta - contestó Tripitaka -. Pero dentro de esta caja hay un tesoro que puede hacerlo por mí. Se llama Rey Creador y para él no encierra secreto alguno lo ocurrido en los últimos quinientos años, en los quinientos actuales y en los quinientos por venir. Son en total mil quinientos años que abarca su portentoso conocimiento y podrá decirnos, por tanto, si existe eso que vos habéis calificado de sacrificio paterno. A sus consejos debo, por otra parte, que os haya estado esperando aquí durante mucho tiempo. - Traedle inmediatamente a mi presencia, para que pueda verle - ordenó el príncipe. Tripitaka levantó la tapa de la caja lacada y salió de ella el Peregrino. - ¿Cómo va a saberlo este enanito? - exclamó el príncipe. El Peregrino se sintió vivamente ofendido y decidió recurrir a la magia. Estiró ligeramente el pecho y al instante adquirió una altura de un metro. - Si continúa creciendo a esa velocidad - comentaron los soldados entre sí, desconcertados -, tardará muy pocos días en llegar hasta el cielo. El Peregrino, sin embargo, se conformó con la altura que normalmente tenía. Cuando el príncipe comprendió que no iba a seguir creciendo, le dijo en tono burlón: - Este monje afirma que para vos el presente y el futuro no encierran el menor misterio y que poseéis un conocimiento absoluto del bien y del mal. ¿Os servís para vuestras prácticas adivinatorias de caparazones de tortuga y tallos de plantas o hacéis uso de libros para fijar el destino de quien os consulta? - No me valgo absolutamente de nada - contestó el Peregrino -. Me basta mi lengua, pues, como muy bien habéis dicho, mi conocimiento de cuanto sucede es absoluto. - Se nota que también vos sois un charlatán de primer orden – replicó el príncipe -. Desde tiempos inmemoriales el I Ching, obra del Gran Chou, ha sido considerado como el medio más efectivo para conseguir el bien y evitar el mal. Como sabéis, para ello se vale de caparazones de tortuga y tallos de plantas. Vos pretendéis que con vuestra palabra es más que suficiente. ¿Podéis ofrecernos alguna prueba de que así es? Mucho me temo que vuestra lengua sólo sirve embaucar a incautos. - No seáis tan precipitado en vuestros juicios, por favor - suplicó el Peregrino -. Ya que solicitáis una prueba, os la voy a dar. Vos sois hijo del Señor del Reino del Gallo Negro. Hace aproximadamente cinco años sufristeis una sequía tan terrible que tanto el rey como el pueblo no cesaban de elevar oraciones a lo alto. Pero la lluvia continuó sin caer. Cuando más desesperada parecía la situación, apareció un taoísta que decía provenir del monte Chung-Nan. Poseía extraordinarios poderes y no tardó en provocar la lluvia, haciendo que se levantaran los vientos y trajeran las nubes hasta aquí. El rey se mostró tan agradecido con él que hasta llegó a firmar un pacto de hermandad. ¿Voy bien hasta ahora? - Sí, sí - respondió el príncipe, entusiasmado -. Pero decid más, por favor. - Al cabo de tres años - prosiguió el Peregrino - el taoísta desapareció. ¿Sabéis, sin embargo, quién es el que sigue utilizando el "nosotros" que aparece al pie de todas las órdenes imperiales? - He de reconocer que mi padre, en efecto, tenía en tal estima a ese taoísta del que habláis que incluso llegó a hacer con él un pacto de hermandad - admitió el príncipe -. Juntos comían y juntos descansaban. Desgraciadamente, hace tres años, mientras gozaban de la belleza del jardín imperial y valiéndose de que nadie los veía, el taoísta se hizo de pronto con el disco de jade recubierto de oro que mi padre sostenía en sus manos y voló hacia el Monte Chung-Nan a lomos de un viento huracanado. Pese a tanta desconsideración, mi padre no ha dejado ni un solo segundo de echarle de menos, ordenando la inmediata clausura de los jardines imperiales y prohibiendo que nadie entre en ellos. Me extraña, de todas formas, la pregunta que me habéis hecho. ¿Podéis decirme quién ocupa el trono, si no es el hombre que me engendró? El Peregrino hizo como si no le hubiera oído y empezó a sonreír. El príncipe repitió la pregunta, pero Wu-Kung no cambió de actitud. - ¿Se puede saber por qué no me respondes? - exclamó el príncipe, fuera de sí -. ¡Es increíble que te burles así de mí! - Tengo mucho que deciros al respecto - afirmó, por fin, el Peregrino -. Pero me temo que hay mucha gente presente y no me parece prudente hablaros con toda franqueza. El príncipe consideró apropiado su modo de ver las cosas y, moviendo ligeramente las mangas, ordenó a los soldados que se retiraran. El capitán que los comandaba hizo que se retiraran inmediatamente al patio del monasterio. El salón no tardó en quedar totalmente vacío, con excepción del príncipe, el maestro y el Peregrino. Cuando todos se hubieron retirado, Wu-Kung se llegó hasta él y le dijo: - El que se marchó a lomos del viento fue vuestro padre. El taoísta que trajo la lluvia es el hombre que ahora se sienta en el trono. - ¡Tonterías! - replicó con decisión el príncipe -. Tras la marcha del taoísta, mi padre ha gobernado con tanta virtud y prudencia que la lluvia ha continuado cayendo y los vientos soplando, la prosperidad reina en todo el país y la gente se siente segura. ¿Cómo voy a poner en duda que el hombre que ocupa el trono es mi padre? Da gracias al cielo por que soy joven y poseo una paciencia a toda prueba; de lo contrario, serías apresado y terminarías tus días descuartizado - y se alejó con desprecio del Peregrino. - ¿Lo veis? - exclamó éste, volviéndose al monje Tang -. Os advertí que no iba a creernos y así ha sido. Sacad el tesoro que guardáis y entregádselo, de una vez. Así podremos continuar nuestro viaje hacia el Paraíso Occidental. Tripitaka no dudó en poner en sus manos la caja lacada. En cuanto la tuvo en sus manos, el Peregrino sacudió ligeramente el cuerpo y se esfumó en el aire. No en balde se trataba de uno de sus pelos. Se dirigió después hacia el príncipe y, con inesperado respeto, le hizo entrega del disco de jade blanco. - ¡Tú no eres un monje, sino el taoísta que hace cinco años quiso privar a estas tierras de todas sus riquezas! - exclamó el príncipe, al verlo. Lo que no comprendo es por qué te has disfrazado así para venir a entregarme esto. ¡Apresadle inmediatamente! El maestro cayó presa del pánico y, señalando, amenazador, al Peregrino, gritó: - Maldito encargado de los establos! ¿Por qué tienes que causarme siempre problemas? - No gritéis, por favor - dijo el Peregrino al príncipe, tratando de hacerle entrar en razón -. Es preciso que nadie se entere de cuanto os he dicho. Puede ser muy peligroso para vos. Para demostraros que es verdad cuanto acabo de confesaros, os diré que mi nombre auténtico no es el de Rey Creador. - ¿Y cuál es, si es que puede saberse? - preguntó el príncipe, cada vez más furioso -. El departamento de justicia necesita conocerlo para dictar contra ti la sentencia de muerte. - Me llamo Sun Wu-Kung y soy discípulo de este monje al que me honro en servir - contestó el Peregrino -. Nos dirigimos al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas y, al pasar por aquí ayer al anochecer, decidimos pedir alojamiento en este digno monasterio. Como es una persona muy virtuosa, mi maestro pasó la mayor parte de la noche recitando sutras. A eso de la tercera vigilia cayó presa del cansancio y soñó con vuestro padre. Fue él precisamente el que le reveló que había sido víctima del taoísta, que le dio muerte arrojándole al pozo octogonal de mármol que hay justamente en el centro de los jardines. Tras su crimen el taoísta suplantó la personalidad de vuestro padre, sin que sus ministros ni vos mismo, dado lo tierno de vuestra edad, os percatarais del cambio. Pese a tantas precauciones, ese malvado no las tiene todas consigo. Eso explica que os haya prohibido entrevistaros con vuestra madre y no permita a nadie entrar a los jardines imperiales. ¿Cómo va a descubrirse la verdad, si todo el mundo ha aceptado de buen grado sus órdenes? Por eso, vuestro padre me suplicó anoche que hiciera cuanto estuviera en mi mano para dominar a ese monstruo. He de reconocer que al principio no estaba muy seguro de que se tratara de un demonio, pero, al contemplar la ciudad desde el aire, pude ver con toda claridad que estaba regida por un espíritu maligno. Me dispuse en seguida a enfrentarme a él, pero en ese mismo momento aparecisteis vos a las puertas de la ciudad y hube de desistir de ese plan. De hecho, el conejo blanco que abatisteis con una de vuestras flechas era yo. Hube de recurrir a ese medio con el fin de traeros hasta aquí y hacer que os entrevistarais con mi maestro. Juro que es verdad cuanto acabo de deciros. Reflexionad sobre ello. Si habéis podido reconocer este disco de jade blanco, no os costará mucho trabajo recordar el cariño de vuestro padre e idear la mejor manera de vengar su muerte. El príncipe se sintió entonces abrumado por la pena y se dijo a punto de abandonarse al llanto: - Aunque me niegue a creerle, he de reconocer que por lo menos el treinta por ciento de lo que dice tiene cierto viso de verdad. Pero ¿cómo voy a hacer frente al rey, si doy crédito a sus palabras? Siempre es duro avanzar o retroceder. En esas situaciones es la mente la que se somete al dictamen de las palabras, por lo que es preciso armarse de paciencia y pensar muy bien las cosas. Al percatarse el Peregrino de lo indeciso que estaba, añadió: - No hay motivo para tanta indecisión. Lo mejor que podéis hacer es regresar a vuestro reino y preguntar a vuestra madre. Preguntadle si son los mismos los sentimientos que ahora abriga por su marido, si no ha notado en él cambio alguno en estos tres años. Esa simple pregunta os convencerá de la verdad. Os lo aseguro. - Ahora mismo voy a preguntárselo - concluyó el príncipe, convencido. Montó a toda prisa en el caballo y, agarrando el disco de jade blanco, hizo ademán de espolear al animal. El Peregrino apenas tiempo de agarrarle de las bridas y decir: - Si regresan con vos todos esos hombres, por fuerza habrá alguno que se deje llevar por la lengua. Si lo hace, me resultará extremadamente difícil salir después airoso del lance. Os aconsejo, por tanto, que no os dejéis ver y volváis solo. No uséis la puerta principal, la del sol, para entrar en el palacio, sino la de atrás, la de los criados. Cuando os entrevistéis con vuestra madre, no habléis alto ni de una forma exaltada, sino más bien todo lo contrario: bajito y con una calma absoluta. Es probable que ese monstruo pueda oír hasta los susurros y, si se entera de lo que habláis, vuestras vidas correrán un grave peligro. El príncipe aceptó, sin rechistar, esas sugerencias. Salió al patio y ordenó a los oficiales: - Acampad aquí y no os mováis. Tengo algo urgente que resolver. En cuanto vuelva, regresaremos juntos a la ciudad. No había terminado de impartir esas órdenes a sus tropas, cuando se dirigió a la capital de su reino a una velocidad tal que parecía cabalgar a lomos del viento. Por el momento, desconocemos qué clase de conversación mantuvo con su madre. Quien desee enterarse tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el próximo capítulo. 第038回 AL INTERROGAR A SU MADRE, EL MUCHACHO DESCUBRE LA VERDAD BASCARA AL MALVADO. AL ALCANZAR LAS PROFUNDIDADES, EL METAL Y LA MADERA DISTINGUEN LO FALSO DE LO VERDADERO "Cuando nos volvamos a ver, hablaré con vos únicamente de las causas de la generación. Así llegaréis a ser miembro de la asamblea de Ru-Lai. Sólo una mente en calma es capaz de contemplar a Buda en este reino de polvo y sombras. No podemos ver más que a los dioses que logramos dominar. Si deseáis conocer, respetable príncipe, la verdad del hoy, deberéis interrogar a vuestra madre sobre lo que tuvo lugar en el pasado. Existe otro mundo que vos jamás habéis visto y hacia el que os dirigís irremediablemente con cada paso dais." El príncipe no tardó en regresar al Reino del Gallo Negro. Siguiendo los consejos del Gran Sabio, no anunció su llegada ni hizo su entrada por la puerta principal del palacio, sino por la reservada a los criados. Estaba protegida por un destacamento de eunucos, que no se atrevieron a echarle el alto. El príncipe espoleó el caballo y entró al galope en la corte. Sin pérdida de tiempo se dirigió al Pabellón de la Fragancia de los Bordados, donde se encontraba la reina madre atendida por una cohorte de doncellas, que no cesaban de agitar sus abanicos. La reina no parecía muy feliz. Al contrario, estaba reclinada sobre la balaustrada del pabellón, mientras las lágrimas fluían incesantemente de sus ojos. El motivo era que a eso de la cuarta vigilia había tenido un sueño, del que sólo recordaba la mitad. Estaba tratando de descifrar el resto, cuando de pronto vio desmontar al príncipe. El joven se arrodilló ante el pabellón y dijo: - Madre. - ¡Qué alegría, hijo mío! ¡Qué alegría! - exclamó ella, luchando por parecer más contenta de lo que, en realidad, estaba -. Durante estos últimos dos o tres años habéis permanecido todo el tiempo junto a vuestro padre y no he podido veros ni una sola vez. ¡Si supierais cuánto os he echado de menos! ¿Cómo es que hoy habéis hecho un alto en vuestros estudios y habéis decidido venir, por fin, a visitarme? ¡Qué alegría más grande! Sin embargo, ¿por qué parecéis tan triste, hijo mío? Vuestro padre se está haciendo viejo y no tardará en llegar el día en que el dragón regrese a los Mares de Jade y el fénix vuelva a los Cielos de Color Escarlata. Entonces heredaréis vos el trono. ¿Qué es lo que perturba vuestro ánimo? - Desearía preguntaros algo, madre - dijo el príncipe, echándose rostro en tierra -. ¿Quién es la persona que se sienta en el trono y usa el mayestático "nos"? - ¡Este chico está perdiendo el juicio! - exclamó, apenada, la madre -. Vuestro padre, por supuesto. ¿Por qué hacéis esas preguntas! - Os suplico que disculpéis mi atrevimiento - contestó el príncipe -. Sólo entonces tendré las fuerzas suficientes para haceros una nueva pregunta. De lo contrario, jamás me atreveré a hacerlo. - Entre madre e hijo no puede interponerse el rencor – afirmó la reina, sonriendo -. Daos, pues, por disculpado. Sabéis que podéis hablar conmigo con toda confianza. - Permitidme preguntaros entonces esto - concluyó el príncipe, más animado -. ¿Son vuestras relaciones con mi padre tan cariñosas y tiernas como hace tres años? Al oírlo, la reina sintió cómo la abandonaba el espíritu y las fuerzas le fallaban. Pese a todo, salió corriendo del pabellón y, abrazando fuertemente al príncipe, dijo, sin dejar de llorar: - Llevo sin veros yo qué sé la de tiempo. ¿Cómo es que, de pronto se os ocurre venir al palacio a hacerme una pregunta así? - Si tenéis algo que decirme, hacedlo inmediatamente - la urgió el príncipe -. Si os negáis a colaborar, sabed que con vuestro silencio podéis poner en grave peligro un asunto de vital importancia. La reina despidió a todas sus sirvientas y declaró, llorando con inesperada serenidad: - Si no me lo hubieras preguntado, ese secreto se habría venido conmigo a la tumba y jamás lo habría sabido persona alguna. Pero ya que lo habéis hecho, permitidme que os diga lo siguiente: hace tres años vuestro padre era cariñoso y amable, pero desde entonces se ha tornado tan frío como el hielo. Cuando nos encontramos en el lecho y le exijo una prueba más de amor, él me rechaza, diciendo: "Lo siento, pero me encuentro muy débil, las fuerzas me van flaqueando y me estoy haciendo viejo". Al oír eso el príncipe se libró de su madre y montó en el caballo. La mujer se agarró a él con desesperación y le preguntó: - ¿Podéis explicarme qué os pasa? ¿Por qué queréis marcharos antes de haber terminado de hablar? El príncipe volvió a arrojarse rostro en tierra y respondió: - No me atrevo a hacerlo, aunque sé que os debo una explicación. Esta mañana, mientras mi padre celebraba las primeras audiencias, salí de caza con su permiso, rodeado de halcones y monteros. Por pura casualidad me topé con un monje enviado por el Señor de las Tierras del Este al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Lleva con él a un discípulo que responde al nombre de Peregrino Sun y dice ser un auténtico especialista en el arte de dominar monstruos. Fue él quien me confió que mi auténtico padre había sido asesinado en el jardín imperial, reposando su cuerpo en el pozo octogonal de paredes de mármol. Tras cometer tan incalificable felonía, el taoísta tomó la personalidad de mi padre y usurpó impunemente el trono del dragón. Anoche, sin embargo, mi augusto padre se apareció en sueños al monje y le pidió que enviara a la ciudad a su discípulo, para que pudiera vengarle. En un principio me negué a creerle, pero después lo pensé mejor y decidí venir a preguntaros personalmente. Ahora que me habéis hablado con toda sinceridad sé que habita con nosotros un espíritu maligno. - ¿Cómo podéis creer con tanta facilidad las palabras de un extraño? - le echó en cara la reina. - No lo hice - se defendió el príncipe -. Sin embargo, mi padre les dejó una prueba. Al preguntarle la reina de qué se trataba, el príncipe sacó el disco de jade con incrustaciones de oro y se lo entregó. La reina lo reconoció al punto y, sin poder contener las lágrimas, exclamó: - Si lleváis muerto más de tres años, ¿por qué no habéis venido a decírmelo primero a mí? ¿Por qué me habéis pospuesto a un monje y a vuestro propio hijo? - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - la interrogó el príncipe. - Ayer por la noche, a eso de la cuarta vigilia, también yo tuve sueño. Calado hasta los huesos, tu padre se colocó junto a mí y me confesó que estaba muerto. También me dijo que había ido a pedir al monje Tang que dominara al monstruo y rescatara su cuerpo. Recuerdo con claridad estas palabras, pero hay una parte que no logro descifrar del todo. Precisamente estaba cavilando sobre ello, cuando a aparecistéis vos y me empezasteis a hacer esas preguntas. Si no os importa, me gustaría quedarme con ese disco de jade. Vos id a decir a ese monje que haga cuanto antes lo que debe hacer, para que nos veamos libres de la influencia demoníaca de ese impostor y la verdad salga a la luz. Creo que no hay forma mejor de pagar a vuestro padre las molestias que se tomó a la hora de educaros. El príncipe volvió a montar en el caballo, salió del palacio por la puerta de los criados y abandonó la ciudad, Las lágrimas pugnaban por fluir de sus ojos, mientras se dirigía, como una flecha, al encuentro del monje Tang. No tardó en avistar el monasterio. Al verlo, los soldados acudieron en seguida a ayudarle a desmontar. Para entonces el sol estaba empezando ya a ponerse. El príncipe les ordenó que permanecieran en sus puestos y corrió al encuentro del Peregrino a pedirle su ayuda. En aquel mismo momento el Rey de los Monos salía del salón principal. Al verle, el príncipe se dejó caer de rodillas y dijo: - Acabo de regresar, maestro. - Levantaos, por favor - le pidió el Peregrino, acercándose a él -. ¿Habéis hecho en la ciudad las gestiones que os encomendé? - Así es - contestó el príncipe y le relató con todo detalle la conversación que había mantenido con su madre. - Si es tan frío como decís - concluyó el Peregrino -, debe de ser la reencarnación de algún tipo de criatura de sangre fría. Pero no os preocupéis. Yo me encargaré de darle su merecido. Se está haciendo ya tarde y me temo que hoy no podré hacer nada. Es mejor que regreséis a la ciudad. Yo lo haré mañana por la mañana. - Prefiero quedarme a vuestro lado - replicó el príncipe, golpeando sin cesar el suelo con la frente -. Así haremos el viaje juntos. - Opino que eso no es muy acertado - dijo el Peregrino -. Si nos ven entrar juntos en la ciudad, el monstruo sospechará algo y pensará que has venido a buscarme exprofeso. Eso le sacará aún más de quicio y te echará a ti la culpa de todo lo ocurrido. - Eso mismo ocurrirá, si regreso ahora - comentó el príncipe - - ¿Por qué? – preguntó el Peregrino. La respuesta está clara, ¿no os parece? - contestó el príncipe -. Esta mañana me dio permiso para abandonar la ciudad con mis halcones y perros. Si regreso al palacio sin ninguna pieza, puede acusarme de incompetencia y hacerme encerrar en Yu-Li. ¿En quién vais a confiar entonces para poder entrar en la ciudad por la mañana? Salvo yo y mi madre, nadie más está enterado de lo que ocurre. - ¿Por qué no me lo habéis dicho antes? - exclamó el Peregrino -. Eso tiene fácil arreglo. Ahora mismo voy a traeros unas cuantas piezas. De un salto se elevó por encima de las nubes, hizo un gesto mágico y recitó un conjuro, que decía: "Que Om y Ram purifiquen el reino del dharma". Al instante aparecieron el espíritu local y el dios de la montaña, que se inclinaron respetuosamente ante él y le preguntaron: - ¿Qué deseáis de nosotros, Gran Sabio? ¿Por qué habéis hecho venir a vuestra presencia a deidades tan insignificantes como nosotros? - He llegado hasta aquí acompañando al monje Tang y tengo ahora intención de atrapar a un espíritu maligno - explicó el Peregrino. Desgraciadamente durante la cacería el príncipe no ha logrado atrapar ninguna pieza y no se atreve a regresar al palacio con las manos vacías. Ése es el motivo de que haya decidido pediros un pequeño favor. Traedme unos cuantos ciervos, algunos antílopes y liebres, y unas pocas aves salvajes. Creo que con esas piezas quedará a salvo su honor. El espíritu local y el dios de la montaña no se atrevieron a contravenir sus deseos. Al contrario, preguntaron que cuántas cabezas serían precisas, a lo que respondió el Gran Sabio: - Es lo mismo. Con unas pocas será más que suficiente. Los dos dioses hicieron venir en seguida a su presencia a los soldados-espíritu que tenían bajo sus órdenes y les ordenaron acorralar a los animales salvajes con un denso viento huracanado. De esta forma lograron atrapar incontables urogallos, faisanes, ciervos, zorros, tejones, tigres, leopardos y lobos. Al ver tantos animales juntos, el Peregrino aclaró, satisfecho: - Como os he dicho, estos animales no son para mí, sino para el príncipe. Rompedles los tendones de las patas y esparcidlos a lo largo del camino de cincuenta kilómetros que conduce a la ciudad, así no tendrán que valerse de los halcones y los perros. No preciso deciros que estoy plenamente satisfecho de vuestra efectividad. Los dioses inclinaron la cabeza, agradecidos, y cumplieron cuanto se les había ordenado, haciendo que amainara el viento y esparciendo las piezas a lo largo del camino. El Peregrino descendió entonces de lo alto e informó al príncipe: - Regresad a la capital y no os preocupéis de nada. A lo largo del camino que a ella conduce encontraréis una gran cantidad de piezas. Al ver los extraordinarios poderes de que estaba dotado el Peregrino, al príncipe se le despejaron todas las dudas. Antes de salir al patio del monasterio a ordenar a sus soldados que iniciaran el camino de vuelta, se echó una vez más rostro en tierra, despidiéndose así de su benefactor. Los monteros se quedaron asombrados de ver a lo largo del camino tanta cantidad de piezas salvajes. Para hacerse con ellas no tuvieron necesidad de soltar a los perros ni a los halcones. Les bastó con alargar simplemente la mano. Todos estaban tan entusiasmados que no dejaban de gritar hurras al príncipe, felicitándole por la gran cantidad de caza con la que aquel día se topaban. Por supuesto, desconocían que todo aquello fuera obra del Rey de los Monos. Su estado de ánimo era tal que no dejaban de entonar himnos de victoria, mientras se dirigían a la capital con la cabeza bien alta. El Peregrino, por su parte, regresó al lado de Tripitaka. Aquella noche los monjes del monasterio se mostraron con ellos más respetuosos incluso que la anterior. No en balde habían sido testigos de la inesperada amistad que les unía con el príncipe heredero. No pusieron ningún inconveniente a que les fuera servida una cena vegetariana. En cuanto hubieron concluido tan frugal colación, el monje Tang se retiró a descansar al salón del Zen. Cuando sonó la primera vigilia, el Peregrino no se había dormido todavía, sumido, como estaba, en sus reflexiones. A esa hora saltó, por fin, de la cama y se dirigió hacia donde yacía el monje Tang. - Maestro - le susurró al oído. Tripitaka tampoco había conciliado todavía el sueño, pero sabía lo inquieto que era el Peregrino y no le contestó, haciendo como si estuviera dormido. El Peregrino le agarró de la cabeza y empezó a agitársela al tiempo que gritaba: - ¿Cómo es posible que estéis dormido ya? - ¡Maldito mono! - exclamó el monje Tang, perdiendo la paciencia-. ¿Es que, acaso, no es hora de descansar? ¿Por qué tienes que montar todo este alboroto? - Hay algo que quisiera discutir con vos - aclaró el Peregrino. - ¿De qué se trata? - preguntó el maestro. - Hoy no he hecho otra cosa que alardear ante el príncipe de mis poderes, induciéndole a creer que son tan altos como una montaña y tan amplios como el mismísimo océano - respondió el Peregrino -. Llegué a decirle, incluso, que capturar a ese monstruo sería tan fácil como sacar algo del bolso. Todo lo que tenía que hacer era alargar la mano y hacerme con eso. Llevo recapacitando sobre eso cierto tiempo y he llegado a la conclusión de que va a ser un poco más complicado. De ahí que no pueda dormir. - Si piensas que va a resultar tan difícil - trató de tranquilizarle Tripitaka -, es mejor que desistas de tu empeño. - No puedo hacerlo - replicó el Peregrino -. Tengo que atraparle cueste lo que cueste, aunque, a decir verdad, no sé cómo voy a justificar una acción así. - ¡Cuidado que eres! - exclamó el monje Tang -. Ese monstruo ha dado muerte a un príncipe y ha usurpado su trono. ¿Qué quieres decir con eso de que no sabes cómo vas a justificar una acción semejante? - Vos sólo sabéis meditar, recitar sutras y celebrar las grandezas de buda - contestó el Peregrino -. ¿Conocéis, acaso, los principios legales que dejó establecidos Hsiao-He 4? El proverbio afirma que "quien arreste a un ladrón debe capturar antes lo que haya robado". Ese monstruo ha ocupado el trono durante más de tres años, pero nadie se ha percatado de su auténtica naturaleza. De hecho, ha dormido con las damas de los tres palacios y ha regido con prudencia los destinos de su pueblo, buscando el apoyo de sus ministros, tanto civiles como militares. Caso de que logre echarle mano, me va a resultar extremadamente difícil aportar pruebas de su crimen. Jamás podrá condenársele. - ¿Por qué no? - preguntó el monje Tang. - Aunque su modo de hablar sea tan pobre como el de una calabaza -contestó el Peregrino -, seguro que dirá algo para defenderse. ¿No imagináis lo que va a decir? Me parece estar oyéndole ya: "Soy el Señor del Reino del Gallo Negro. ¿Queréis decirme qué crimen he cometido contra los Cielos para que vengáis a arrestarme, como si fuera un vulgar ladrón?". ¿De qué pruebas dispongo yo para echar por tierra todos sus argumentos? - ¿Tienes trazado ya algún plan? - volvió a preguntar el monje Tang. - Sí - reconoció el Peregrino, mirándole a los ojos -, pero existe un obstáculo muy serio para su realización y es que vos, con el debido respeto, tenéis la costumbre de ser excesivamente parcial. - ¿Qué quieres decir con eso? - protestó el monje Tang. - Por poneros sólo un ejemplo - explicó el Peregrino -, Ba-Chie tiene el cerebro de un mosquito; sin embargo, vos siempre estáis de su parte. - ¿Cómo que siempre estoy de su parte? - volvió a protestar con más energía el monje Tang. - Si no lo estáis - concluyó el Peregrino -, no os importará quedaros aquí con el Bonzo Sha, mientras Ba-Chie y yo vamos al Reino del Gallo Negro y registramos los jardines imperiales. Abriremos el pozo de mármol y sacaremos el cadáver del auténtico rey. De esta forma, cuando mañana por la mañana regresemos a la ciudad, no tendremos que preocuparnos de otra cosa que de atacar a la bestia. Si nos dice algo, le enseñaremos el esqueleto y le acusaremos de su crimen, gritando con todas nuestras fuerzas: "¡Tú mataste a este hombre!". Eso tiene además la ventaja de que, en cuanto hayan reconocido al muerto, el príncipe, la reina y todos los demás oficiales se pondrán de nuestra parte. De esta forma, me sentiré con las manos totalmente libres para luchar como yo sé hacerlo. Esto es lo que yo llamo una causa digna de nuestra colaboración, porque disponemos de algo sólido en que sustentarnos. El monje Tang quedó complacido de su argumentación, pero sacudió ligeramente la cabeza y dijo: - Todo eso está muy bien, pero me temo que Ba-Chie no quiera contigo. - ¿Lo veis? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Para que después digáis que no es vuestro preferido! ¿De dónde habéis sacado que no quiere acompañarme? Si me permitís explicarle todo este asunto, estoy seguro de que lograré convencerle con esta lengua tan sana y flexible que yo tengo. Me trae sin cuidado que sea Chu Ba-Chie. Aunque fuera Chu Chiou-Chie, le haría venir conmigo. Os lo aseguro. - Esta bien - reconoció el monje Tang -. Vete a despertarle. El Peregrino se llegó hasta el lecho de Ba-Chie y le gritó al oído: - ¡Despiértate, de una vez! El Idiota estaba rendido de fatiga. Era, además, de esos hombres que en cuanto colocan la cabeza sobre la almohada, no hay quien los despierte. Al Peregrino no le quedó, pues, otro remedio que agarrarle de las orejas y tirarle de los pelos sin ninguna consideración. Lo hizo con tanta dedicación que Ba-Chie dejó por fin de roncar y, abriendo los ojos, se quejó a gritos: - ¡Déjate de juegos y vete a dormir de una vez! ¿No te das cuenta de que mañana tenemos que proseguir nuestro viaje? - Nadie está jugando - replicó el Peregrino -. Es preciso que te levantes. Hay un asunto que debemos solucionar sin pérdida de tiempo. - ¿De qué se trata? - preguntó Ba-Chie. - No oíste lo que dijo el príncipe? - inquirió, a su vez, el Peregrino. - ¿Cómo voy a oírlo, si ni siquiera le he visto? - se quejó Ba-Chie. - Es lo mismo. Te lo voy a decir yo - mintió el Peregrino -. Simplemente me confió que el monstruo posee un tesoro capaz de derrotar él solo a diez mil soldados. Cuando mañana entremos en la ciudad, por fuerza tendremos que medir nuestras armas con las de esa bestia. Pero, si se le ocurre sacar el tesoro ese, no podremos hacer absolutamente nada y sufriremos una ignominiosa derrota. He pensado, por tanto que sería conveniente que hiciéramos algo antes del combate. Ya me entiendes. No estaría de más que esa maravilla pasara a nuestro poder. - ¿Estás sugiriendo que me convierta en un ladrón? - se quejó Ba-Chie -. En fin, tú ganas. Sin embargo, quiero dejar bien clara una cosa. Después de habernos hecho con el tesoro y haber derrotado a la bestia no quiero que empecemos a discutir sobre quién se queda con él. Exijo que sea para mí solo. ¿De acuerdo? - ¿Para que lo quieres? - preguntó el Peregrino. - Mira - respondió Ba-Chie -, yo no hablo tan bien como tú y me cuesta muchísimo ir por ahí a mendigar. ¿Qué quieres que haga? Soy demasiado torpe y mis palabras no convencen a nadie. Soy tan tonto que ni siquiera puedo recitar sutras. Pero con ese tesoro todo sería distinto. Los campesinos temblarían al verme y no se atreverían a negarme lo que les pida. Eso sin contar con que podría cambiarlo por comida en un momento de apuro. - De acuerdo - convino el Peregrino -. Por mí no hay j conveniente en que te quedes con él. A mí sólo me interesa la fama, no los tesoros. El Idiota se puso tan contento que no dudó en lanzarse de la cama. Se vistió a toda prisa y salió detrás del Peregrino. Como muy bien afirma el dicho, "de la misma forma que el vino pinta de rojo la cara del hombre, el oro mueve la mente del Tao". Ba-Chie y el Peregrino abrieron con cuidado la puerta y se alejaron de donde yacía Tripitaka. Montaron a continuación en una nube y se dirigieron hacia la ciudad. No tardaron mucho en llegar a ella. Era justamente la hora de la segunda vigilia, cuando pusieron sus pies en las calles. El Peregrino levantó la cabeza y dijo: - ¿Has oído? Acaban de dar la segunda. - Así es - confirmó Ba-Chie -. Todo el mundo duerme a pierna suelta. En vez de dirigirse hacia la puerta del sol, dieron un rodeo y se encaminaron hacia la de atrás. Antes de llegar a ella oyeron, reverberando en la noche, los pasos de los soldados que la guardaban. - ¡Qué mala suerte! - exclamó el Peregrino -. También esta puerta está protegida. ¿Cómo vamos a entrar? - ¿Qué clase de ladrón eres tú? - le incriminó Ba-Chie -. ¿Cuándo has visto que los rateros entren tranquilamente por la puerta? Es mejor que saltemos la muralla. El Peregrino aceptó la sugerencia y, de un salto, se encontró en el interior del palacio. Ba-Chie no tardó en seguirle. Buscaron con cuidado el camino que conducía a los jardines imperiales y no pasó mucho tiempo antes de que dieran con él. La puerta estaba rematada por una pequeña espadaña, en la que aparecían escritos tres caracteres, brillantes a la luz de las estrellas y la luna, que decían: "El Jardín Imperial". El Peregrino se acercó a ella, movido por la curiosidad, y comprobó que estaba cerrada y sellada con unas franjas anchas de papel. Se volvió hacia Ba-Chie y le pidió que hiciera algo. El Idiota levanto el rastrillo y lo dejó caer sobre la puerta con todas sus fuerzas, reduciéndola a añicos. El Peregrino no tuvo ninguna dificultad en proseguir su camino. Pero tan pronto como puso el pie en el jardín, empezó a saltar y a lamentarse de una forma tan extraña que Ba-Chie cayó presa del pánico agarrándole del brazo, exclamó: - ¡Menudo susto me has dado! ¡Jamás he visto a un ladrón que se comporte como tú lo haces! ¿Qué pretendes, despertar a todo el mundo, para que nos echen mano y nos conduzcan ante el juez? Aquí son tan severos con los extranjeros que, caso de que logremos salvar la vida, tendremos que pasar el resto de nuestros días en el ejército. - Es natural que te preguntes a qué viene todo este alboroto - reconoció el Peregrino -. Pero no he podido evitarlo, al ver la ruina que se ha abatido sobre esas barandas cubiertas de relieves, esos templetes y torrecillas a medio hundir, esos canteros de flores abandonados y cubiertos de lodo, y esas peonías totalmente secas. ¿No has visto acaso, que las rosas y jazmines han perdido su fragancia, los lirios y las orquídeas han dejado de florecer, los hibiscos han dado paso a los espinos y zarzales, y todas las flores extrañas se han marchitado? Los montículos se han desplomado, los estanques se han secado y los peces que en ellos bullían se pudren en el cieno. Los pinos verdosos y los rojizos bambúes, que antaño fueron el orgullo de este privilegiado lugar, sólo sirven para ser pasto de las llamas. Los senderos han sido invadidos por plantas salvajes que no emiten ningún aroma. Las ramas de los melocotoneros están quebradas y las raíces de los ciruelos y perales han quedado al descubierto. Hasta el laberinto de puentes está cubierto de musgo verdoso. ¡Te juro que jamás había visto un jardín tan abandonado! - Comprendo tus sentimientos - dijo Ba-Chie, tratando de consolarle -, pero ¿qué vas a adelantar, lamentándote de esa manera? No vale la pena malgastar en esto el aliento. Lo que tenemos que hacer es terminar cuanto antes nuestro trabajo. Aunque la visión de aquel jardín sumió al Peregrino en una profunda tristeza, no olvidó en ningún momento el sueño del monje Tang y, así, recordó que el pozo se encontraba bajo un llantén. No tardó en hallarlo. Su exuberancia era tal que parecía pertenecer a otro jardín, dada la desolación que crecía a su alrededor. Por fuerza sus raíces debían de poseer una naturaleza espiritual. No en balde es tenido como el símbolo de la vacuidad absoluta. Sus ramas poseen la finura del papel y sus hojas recuerdan a los pétalos. Pero semejante fragilidad es, en realidad, engañosa, porque en su interior late un corazón de mercurio. La lluvia nocturna es capaz de sumirlo en la tristeza. Su sensibilidad es tan pronunciada que los vientos otoñales lo hacen temblar de espanto Sin embargo, su crecimiento viene regido por los mismos Cielos y se alimenta directamente de la fuerza que dio origen a todo cuanto vemos. No es extraño que sus usos sean tantos y tan variados. No hay nada que lo iguale para fabricar parasoles y abanicos. Ni siquiera las plumas del fénix pueden compararse con él. Las gotas de rocío resbalan por su tallo con el cuidado con que pudieran hacerlo sobre una columna de humo. Es tal su delicadeza que los patos salvajes no se atreven a posarse en él ni nadie osa atar un caballo bajo su sombra. El frío le hace perder sus fuerzas y la luz de la luna sus colores, pero es capaz de hacer frente al calor y al poder canicular del sol. Avergonzado de no poseer la gracia de los perales y melocotoneros, se elevaba solitario a la izquierda del muro blanco. - Pongámonos manos a la obra - urgió el Peregrino a Ba-Chie - El tesoro está enterrado justamente debajo de este llantén. El Idiota levantó el tridente con las dos manos y, de un solo golpe, arrancó el solitario llantén. Después hundió su morro en la tierra y comenzó a hozar en busca del tesoro. Cuando llevaba removido aproximadamente un metro de arena, se topó con una losa de piedra y exclamó, entusiasmado: - ¡Qué suerte la nuestra! Creo que he dado con el tesoro. ¿Qué otra cosa puede haber bajo esta enorme laja? Me pregunto si estará metido en una caja o en un cuenco de barro. - ¿Por qué no levantas la piedra y lo ves? - sugirió el Peregrino. Así lo hizo el Idiota con ayuda de sus colmillos. En cuanto hubo removido la losa, surgieron del interior unos rayos extraordinariamente luminosos, que le hicieron exclamar, de nuevo: - ¡Menuda suerte! ¡Este tesoro brilla como si fuera de oro! Pero miró más detenidamente y comprobó que lo que él creía brillar era el reflejo de las estrellas y la luna en el agua de un pozo. - Si quieres hacerte con el tesoro - dijo, visiblemente desanimado -, tendrás que bajar tú mismo a por él. - ¿Qué quieres decir? - preguntó el Peregrino. - Que es un pozo - contestó Ba-Chie -. Si me lo hubieras dicho en el monasterio, habría traído las cuerdas que usamos para atar el equipaje y no me habría costado ningún trabajo bajar por ahí. ¿Cómo voy a hacerlo con las manos vacías? Es prácticamente imposible descender por un muro como éste. - ¿Estás dispuesto a bajar? - volvió a preguntar el Peregrino. - Por supuesto que sí - respondió Ba-Chie -, pero, como acabo de decirte, no dispongo de cuerdas. - Eso se arregla fácilmente - afirmó el Peregrino -. Quítate la ropa, anda. - Me temo que mis vestidos no son muy buenos - dijo Ba-Chie -. Si exceptuamos esta camisa, lo demás no vale para nada. El Gran Sabio cogió la barra de los extremos dorados y, agarrándola por las puntas, exclamó: - ¡Alárgate! - y al instante adquirió una longitud de nueve o diez metros. El Peregrino se volvió a Ba-Chie y añadió: - Agárrate a uno de los extremos y te iré bajando poco a poco. - De acuerdo - convino Ba-Chie -, pero detente cuando llegue a la altura del agua. - Estáte tranquilo - dijo el Peregrino. El Idiota agarró un extremo de la barra, mientras el Peregrino le iba bajando con cuidado al interior del pozo. Ba-Chie no tardó en alcanzar el agua y gritó, levantando la cabeza hacia arriba: - Estoy tocando ya el agua. Pero en vez de detenerse, el Peregrino hundió la barra en el pozo con todas sus fuerzas. Sorprendido, el Idiota cayó de cabeza, soltó la barra y, sin dejar de tragar agua, se dijo: - ¡Maldito Peregrino! Le advertí que se detuviera en cuanto llegara a la altura del agua, pero, en vez de hacerlo, me ha hundido en ella cuando menos lo esperaba. - ¿Has encontrado ya el tesoro? - gritó el Peregrino desde arriba, soltando la carcajada. - ¿De qué tesoro estás hablando? - preguntó, a su vez, Ba-Chie -. Aquí sólo hay agua. - Debe de haberse hundido - explicó el Peregrino -. ¿Por qué no buceas un poco y miras a ver si lo encuentras? El Idiota estaba familiarizado con la naturaleza del agua e inmediatamente hizo lo que se le aconsejaba. Sin embargo, aquel pozo era extremadamente profundo. Volvió a sumergirse una segunda vez y, al abrir los ojos, vio un edificio tan alto como una torre, en el que aparecían escritas estas tres palabras: "Palacio de Cristal de Agua". - ¡Vaya! - se dijo Ba-Chie, desalentado -. Me he equivocado de camino y, sin darme cuenta, he venido a parar nada menos que al océano. ¿En qué otro lugar puede existir un Palacio de Cristal de Agua? A no ser, claro está, que haya uno en este pozo, lo cual me parece bastante improbable. Lo que Ba-Chie no sabía era que se encontraba en la residencia del Rey Dragón de los Pozos. En aquel mismo momento abrió la puerta del palacio un yaksa que se encontraba de guardia y, al ver lo que vio, corrió a informar a su señor, diciendo: - ¡Qué terrible desgracia se ha abatido sobre nosotros, gran señor! Hay afuera hay un monje con una nariz muy larga y unas orejas enormes. Además está totalmente desnudo y no parece muerto, porque no para de hablar. - Debe de ser el Mariscal de los Juncales Celestes - concluyó, vivamente sorprendido, el Rey Dragón de los Pozos -. El Dios-que-pa-trulla-la-noche vino aquí ayer con una orden imperial de lo alto en la que se me instaba a dejar en libertad el espíritu del Señor del Reino del Gallo Negro, para que pudiera entrevistarse con el monje Tang. Todos estaban interesados en pedir al Gran Sabio, Sosia del Cielo, que capturara al monstruo que le dio muerte. Eso explica la presencia del Mariscal de los Juncales Celestes. Procurad tratarle bien y dadle una bienvenida acorde con su rango. Tras cambiarse de ropa, el mismo Rey Dragón salió a la puerta del palacio seguido de todos los suyos y, levantando la voz, dijo: - Hacednos el honor de aceptar nuestra hospitalidad, Mariscal de los Juncales Celestes. - ¡Menos mal! - exclamó Ba-Chie para sí -. Por lo que se ve, los de aquí son amigos. Sin preocuparse para nada de las normas de la etiqueta, el Idiota entró totalmente desnudo en el Palacio de Cristal de Agua y ocupo el asiento principal. - He oído comentar, mi querido mariscal - dijo entonces el Rey Dragón - que escapasteis a la sentencia de muerte gracias a vuestra decisión de abrazar la fe budista y a vuestro compromiso de acompañar al monje Tang al Paraíso Occidental con el fin de obtener las escrituras sagradas. ¿Puedo preguntaros qué os ha traído hasta aquí? - Estaba a punto de decíroslo - contestó Ba-Chie -. Sun Kung, mi hermano en religión, deseaba, en primer lugar, transmitiros su más respetuoso saludo, y, en segundo, pediros que le hicierais entrega de cierto tesoro que tenéis aquí escondido. - Lo lamento mucho - se disculpó el Rey Dragón -, pero la verdad es que aquí no tengo ningún tesoro. Yo no soy tan rico como los Reyes Dragón de ríos tan importantes como el Yang-Tse, el Amarillo, el Hwai y el Chr. Pueden volar por los aires y metamorfosearse en la criatura que les venga en gana. No en balde son dueños de tesoros cuyos orígenes se remontan al principio mismo de los tiempos. Yo, por el contrario, llevo aquí encerrado yo qué sé la de siglos, tantos que he olvidado la apariencia que tenían el sol y la luna. Comprenderéis que mis finanzas no sean todo lo boyantes que yo mismo desearía. - No os andéis con excusas y sacad inmediatamente lo que os he pedido - le urgió Ba-Chie. - Os aseguro que yo no tengo ningún tesoro - insistió el Rey Dragón. ¿Cómo queréis que os entregue lo que no poseo? Si queréis, podéis comprobarlo vos mismo. - De acuerdo - concluyó Ba-Chie -. No esperaba menos de vos. El Rey Dragón se dirigió hacia el interior del palacio, seguido del Idiota. Después de dejar atrás el Palacio de Cristal de Agua, se adentraron en un pasillo larguísimo, en el que yacía un cadáver que debía medir alrededor de seis pies. - Éste - dijo el Rey Dragón, señalándole con la mano - es el único tesoro que tenemos aquí. Ba-Chie se acercó a él y comprobó que se trataba de un rey muerto. De hecho, todavía llevaba puesta la corona y vestía una inconfundible túnica roja, unas botas de inmejorable calidad y un cinturón de jade. Debía de llevar muerto muchísimo tiempo, porque estaba tan rígido como una losa. El Idiota se pasó la mano por la nariz y dijo: - Esto no es ningún tesoro. Recuerdo que en mis tiempos de monstruo me alimentaba precisamente de cadáveres como éste. No me preguntéis cuántos he devorado a lo largo de mi vida, porque no lo recuerdo. Lo que sí puedo decir es que han sido muchísimos. Insisto en que me extraña sobremanera que consideréis como un tesoro algo que carece absolutamente de valor. - Se ve que no estáis al tanto de lo que aquí ha ocurrido - afirmó el Rey dragón -. Éste, de hecho, es el cadáver del Señor del Reino del Gallo Negro. En cuanto llegó al fondo de este pozo, me tomé la molestia de momificarle con una perla conservadora de rasgos, para que el agua no terminara descomponiéndole. Estoy seguro de que, si se lo lleváis al Gran Sabio, Sosia del Cielo, que, por cierto, está muy interesado en su vuelta a la vida, conseguiréis algo más que un tesoro, pues, en cuanto resucite, os colmará de riquezas y honores. - En ese caso - concluyó Ba-Chie, más animado -, cargaré con él. Pero ¿quién va a pagarme los portes? - Me temo que yo no - respondió el Rey Dragón -. Como ya os he dicho antes, no tengo dinero. - ¡Ésta sí que es buena! - se quejó Ba-Chie -. Aquí todo el mundo quiere que haga las cosas gratis. ¡Sabed que estoy cansado ya de trabajar por la cara! - Si no estáis dispuesto a cargar con él - concluyó el Rey Dragón -, lo mejor que podéis hacer es marcharos de aquí. Ba-Chie así lo hizo, sin despedirse de él ni darle las gracias. Pese a todo, el Rey Dragón ordenó a dos yaksas fornidos que cogieran el cadáver y lo arrojaran fuera del Palacio de Cristal de Agua. Al llegar a la puerta, le arrancaron la perla repulsora de líquidos y al instante las aguas se abalanzaron sobre él, como si fueran un torrente. Al oír el estrépito, Ba-Chie miró para atrás, pero le fue imposible ver la puerta del Palacio de Cristal de Agua. La presión del agua era asfixiante y, desesperado, estiró los brazos, logrando asirse al cadáver del rey. Ba-Chie sentía una profunda repulsión por los muertos, pero aquélla era la única forma que tenía de escapar de morir ahogado. El cadáver ascendía, de hecho, hacia la superficie con la velocidad de una flecha. En cuanto sacó la cabeza del agua, Ba-Chie luchó con todas sus fuerzas para asirse a las resbaladizas paredes del pozo, al tiempo que gritaba: - ¡Baja la barra de hierro y sálvame! - ¿Has dado con el tesoro? - preguntó el Peregrino. - No hay ninguno aquí abajo - contestó Ba-Chie -. El Rey Dragón que habita en este pozo me pidió que sacara a un muerto de las aguas, cosa a la que me negué de plano. Sin embargo, las agua lo invadieron todo y hube de agarrarme a él para poder llegar hasta aquí. No necesito decirte que las piernas me temblaban y los brazos se negaban a obedecerme, pero ¿qué otra cosa podía hacer, si no quería morir ahogado? Por lo que más quieras, sácame de aquí cuanto antes. - Ese muerto del que hablas es, precisamente, el tesoro en el que yo estaba interesado - confesó el Peregrino -. ¿Por qué no lo subes aquí? - ¡Cómo que por qué! - protestó Ba-Chie -. Este hombre debe de llevar muerto muchísimo tiempo. ¡No me atrevo a cargar con él! - En fin allá tú - concluyó el Peregrino -. Yo me voy. - Se puede saber adónde? - gritó, alarmado, Ba-Chie. - Al monasterio a descansar un poco - respondió el Peregrino. - ¿Quieres decir que no vas a esperarme? - volvió a gritar Ba-Chie. - Si subes, sí - contestó el Peregrino -, pero, por lo que se ve, eres incapaz de hacerlo. - ¡Espera un minuto! - bramó Ba-Chie, aterrado ante la perspectiva de tener que escalar él solo las paredes del pozo -. ¿Es que no lo comprendes? Esto es mucho peor que subir por las murallas de la ciudad. Para empezar, es más largo, termina en una pequeña boca y es totalmente redondo. Por si esto fuera poco, hace muchísimo tiempo que nadie saca agua de este pozo y sus paredes están cubiertas de musgo, lo cual las torna aún más resbaladizas. ¿Cómo voy a poder salir de aquí, si tú no me ayudas? Apelo a tus sentimientos fraternos. Por mi parte, estoy dispuesto a cargar con este muerto. - Eso parece mejor - dijo el Peregrino -. Hazlo en seguida, para que pueda retirarme a descansar de una vez. El cadáver había vuelto a hundirse y Ba-Chie tuvo que meter de nuevo la cabeza bajo el agua. No tardó en dar con él. Lo cargó sobre sus espaldas y nadó con fuerza hacia la superficie. Allí volvió a apoyarse en las resbaladizas paredes y gritó: - Ya lo tengo. El Peregrino miró dentro del pozo y vio que, en efecto, el cadáver del rey descansaba sobre sus espaldas. Sólo entonces se avino a meter la barra en el agua. El Idiota estaba al borde de sus fuerzas. Al ver acercarse la barra, abrió la boca y se asió con los dientes a uno de sus extremos. De esta forma, pudo, por fin, ser elevado hasta el mismo brocal. En cuanto se sintió en tierra firme, dejó caer el cadáver y se vistió con los harapos, que se hallaban en el mismo lugar en que los había tirado. Mientras se ponía la ropa, el Peregrino se acercó al rey. Para su sorpresa, comprobó que estaba intacto y, más que muerto, parecía totalmente vivo. - ¿Cómo no se habrá podrido, si lleva muerto más de tres años? – se preguntó el Peregrino, sorprendido. - Se ve que no estás al tanto de lo ocurrido - replicó Ba-Chie -. El dragón del pozo me informó que le había momificado con ayuda de una perla. De ahí que sus rasgos no hayan cambiado lo más mínimo. - ¡Qué suerte! - exclamó el Peregrino -. Eso quiere decir que su venganza ha de cumplirse y que, por lo tanto, nosotros saldremos vencedores. Vuelve a cargar con él y vamonos. - ¿Adonde quieres que le lleve? - protestó Ba-Chie. - A que le vea el maestro - explicó el Peregrino. - ¡Qué clase de vida es ésta! - se quejó, una vez más, Ba-Chi Estaba durmiendo tan tranquilamente, cuando este maldito mono me embaucó con su palabrería para que le hiciera un trabajo tan ingrato como éste. ¿A quién se le ocurre hacer cargar a uno con un muerto? ¡Es asqueroso! Por fuerza tiene que escapársele algún líquido maloliente y sanguinolento que terminará empapando todas mis ropas. Ni aunque las lave diez mil veces, lograré liberarlas de ese olor pútrido Tendré que tirarlas. No me queda otro remedio. ¿Cómo voy a volver a ponérmelas, para que todos me miren con asco? - Deja de protestar, de una vez - le aconsejó el Peregrino -. Tú llévale con cuidado y, cuando lleguemos al monasterio, te cambio la túnica y asunto concluido. ¿De acuerdo? - ¡Debería darte vergüenza! - le reconvino Ba-Chie -. Tus vestidos son aún peores que los míos. ¿Cómo se te ocurre hacerme una proposición semejante? - ¡Cuidado que te gusta hablar! - se quejó el Peregrino -. ¿Vas a cargar con él, de una vez, o no? - ¡No! - contestó Ba-Chie, gritando. - En ese caso - ordenó el Peregrino, malhumorado -, bájate los calzones, para que pueda darte veinte o treinta golpes con mi barra de hierro. - ¡Tu barra es demasiado pesada! - exclamó Ba-Chie, temblando de pies a cabeza -. Si me das todos esos azotes, voy a terminar como este rey. - Lo mejor que puedes hacer, si tanto miedo tienes al castigo - le aconsejó el Peregrino -, es cargar con el cadáver y seguirme sin chistar. Ba-Chie tenía, en efecto, un miedo horrible a ser azotado. Disimuló como mejor pudo su repugnancia y se echó el muerto a la espalda. En cuanto hubieron salido del jardín, el Gran Sabio hizo con los dedos un gesto mágico, recitó un conjuro y, volviéndose hacia el sudoeste, hinchó los pulmones de aire. Al expelerlo con todas sus fuerzas, se levantó un viento huracanado, que transportó a Ba-Chie fuera del palacio. No tardaron tampoco en dejar atrás la ciudad. Poco a poco fue, sin embargo amainando el huracán y hubieron de seguir el camino a pie. Aunque no decía nada, el Idiota estaba furioso y no hacía más que pensar la forma de vengarse del Peregrino. - Este mono se ha burlado de mí todo lo que ha querido - iba pensando mientras andaba -, pero ya me las arreglaré para pagarle con la misma moneda, cuando lleguemos al monasterio. Le diré al maestro que es indispensable que el rey vuelva a la vida y, cuando este mono maldito se muestre incapaz de hacerlo, le convenceré para que recite ese conjuro que tan fuertes dolores de cabeza le produce. Entonces me reiré a mis anchas y me olvidaré del mal rato que me ha hecho pasar. Pero a los pocos pasos cambió de idea y volvió a decirse: - No, no. Eso no dará resultado. Es capaz de ir a ver al Rey Yama y conseguir que este hombre vuelva a la vida. No es la primera vez que lo hace. Debo prepararlo todo de tal manera que no pueda llegar al Mundo de las Sombras. Es preciso que el rey recobre la vida, sin acudir a los señores de ultratumba. No había acabado su discurso, cuando llegaron a las puertas del monasterio. Ba-Chie se dirigió directamente al salón del Zen y, dejando caer el cadáver en el suelo, grito: - Maestro, levantaos y venid a echar un vistazo a esto. Tripitaka no había podido conciliar el sueño en toda la noche. Estaba precisamente comentando con el Bonzo Sha cómo se las había arreglado el Peregrino para arrastrar consigo al perezoso Ba-Chie. Se sentía intranquilo por su tardanza, pero, al oír sus voces, se levantó a toda prisa y preguntó: - ¿Qué quieres que mire? - A este antepasado del Peregrino, que he tenido que traer a mis espaldas - contestó Ba-Chie. - ¡Maldito Idiota! - exclamó el Peregrino -. ¿Desde cuándo tengo yo antepasados? - Si este tipo no es familia tuya - respondió Ba-Chie -, no comprendo cómo te has tomado la molestia de obligarme a cargar con él. ¡No puedes hacerte ni idea de lo que me ha costado! El monje Tang y el Bonzo Sha comprobaron, asombrados que los rasgos del rey se mantenían tan lozanos como cuando estaba vivo. Sin embargo, eso mismo hizo que la tristeza se abatiera sobre el maestro y exclamara, visiblemente apenado: - ¿En qué vida anterior os granjeasteis, majestad, un enemigo tan terrible que ha terminado asesinándoos en ésta? ¡Qué mala fortuna la vuestra, al ser privado de vuestro hijo y de vuestra esposa! Nadie está enterado de vuestro aciago destino, ni siquiera la mujer que compartió durante tantos años con vos su vida. ¿Cómo iban a ofreceros vuestros súbditos incienso y libaciones? Estaba tan emocionado que no pudo seguir hablando. Las lágrimas fluían a raudales por sus mejillas. - ¿Se puede saber qué tiene que ver su muerte con vos, maestro? - preguntó Ba-Chie, sonriendo -. Que yo sepa, no pertenece a vuestra familia. ¿A qué viene llorar de esa manera por él? - Para los que hemos abandonado la familia - explicó el monje Tang - el primer principio que rige nuestras vidas es la compasión. No comprendo cómo puedes ser tan insensible. - ¿Insensible yo? - se defendió Ba-Chie -. Si estoy tranquilo es porque el Peregrino me dijo que era capaz de devolverle a la vida. De lo contrario, no hubiera cargado con él. Eso tenedlo por seguro. El maestro era tan crédulo que parecía tener una cabeza llena de agua. Al oír tan desconcertante confesión, levantó la voz y dijo: - Si en verdad tienes, Wu-Kung, el poder de devolverle a la vida, tus méritos son mucho mayores que los de quienes mandan construir un templo de siete pisos. Eso sin contar las ventajas que a todos nos reportaría. Sería como si ya hubiéramos presentado nuestros respetos a Buda en la Montaña del Espíritu. - ¡No sé cómo podéis creer las tonterías que se le ocurren a un Idiota! - exclamó el Peregrino, malhumorado -. Sabed que, cuando un hombre muere, pasa por períodos de tres o cinco veces siete. Antes de que pueda reencarnarse de nuevo, tiene que pasar setecientos días por lo menos purgando los pecados que cometió en este mundo de luz. ¿Cómo voy a devolverle a él, si lleva muerto más de tres años? - Lo entiendo - dijo Tripitaka, desalentado. - No le creáis, maestro - insistió Ba-Chie con manifiesto resentimiento -. Yo sé que puede hacerlo. Para probarlo, no tenéis más que conjuro que vos y yo sabemos. Es tan efectivo que hará cuanto esté de su mano para devolver a ese hombre a la vida. Así lo hizo el monje Tang. El mono empezó a sentir un dolor tan insoportable que los ojos se le salían de las órbitas. No sabemos cómo se las arregló para sanar al rey muerto. Quien desee averiguarlo deberá prestar atención a las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第039回 EL HALLAZGO EN LOS CIELOS DE UNA PÍLDORA DE ELIXIR DE MERCURIO. LA VUELTA A LA VIDA EN LA TIERRA DE UN REY QUE LLEVABA MUERTO TRES AÑOS Incapaz de soportar el dolor, el Gran Sabio no dejaba de gritar, desesperado: - ¡Por lo que más queráis, no sigáis recitando ese conjuro! ¡Haré lo que me pedís! ¡Devolveré la vida a ese hombre! - ¿Cómo vas a hacerlo? - inquirió el maestro. - Yendo al Mundo de las Sombras y enterándome en qué aposento de los Diez Reyes está encerrado su espíritu - respondió el Peregrino -. En cuanto lo haya logrado, no me costará mucho traerlo hasta aquí - No le creáis, maestro - insistió Ba-Chie -. Él mismo me confesó que no había necesidad de realizar ese viaje, que sus poderes eran tales que hasta en el mismísimo Mundo de la Luz era capaz de encontrar una solución. El maestro dio crédito a las palabras de Ba-Chie y recitó, una vez más el conjuro. El Peregrino sentía tal dolor que no le quedó más remedio que decir: - ¡Acudiré al Mundo de la Luz! ¡Acudiré al Mundo de la Luz! - No os detengáis, maestro - urgía, por su parte, Ba-Chie al monje Tang - • Seguid recitando ese conjuro. - ¡Maldita bestia! - bramó el Peregrino -. ¿Qué ganas con mi sufrimiento? - ¿Crees que eres el único que puedes burlarte de los demás? – replicó Ba-Chie riendo a carcajada limpia -. Pues ya ves que no. También yo puedo hacerlo. - ¡Por favor, maestro! - suplicó el Peregrino al límite de sus fuerzas -. Haré lo que me digáis. Acudiré al Mundo de la Luz y hallaré algún remedio para el rey. - ¿Cómo vas a llegar hasta allí? - preguntó Tripitaka. - Con uno de mis saltos mortales - contestó el Peregrino -. No es la primera vez que traspongo con su ayuda la Puerta Sur de los Cielos. Para no perder tiempo, no me dirigiré al Salón de la Niebla Divina, sino que iré directamente al Trigésimo tercer Cielo, el de la Suprema Felicidad, donde se levanta el Palacio Tushita. Allí me entrevistaré con Lao-Tse y le pediré una píldora del Elixir de los Nueve Cambios, que, como sabéis, es capaz de devolver un espíritu a su antiguo cuerpo, y, de esta forma, el rey recobrará la vida. - Vete inmediatamente y no tardes en volver - le urgió Tripitaka encantado de tan espléndido plan. - Ahora es aproximadamente la hora de la tercera vigilia - dijo el Peregrino -, así que calculo que estaré de vuelta hacia el amanecer. De todas formas, es conveniente que alguien se lamente y llore por este hombre. No puede continuar ahí tumbado, como si fuera un simple trozo de madera. Como muerto que es, debería ofrecérsele algún tipo de exequias. - No, no - exclamó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Tú lo que quieres es que me encargue yo de todo eso, ¿no? - Exactamente - respondió el Peregrino -. Pero sé que no lo harás y, si no lo haces, jamás conseguiré que vuelva a la vida. - En ese caso, oraré por él - concluyó Ba-Chie -. Estáte tranquilo. Nadie se habrá lamentado tanto por un muerto como yo. Ya lo veras. - Hay muchas clases de lamentos - afirmó el Peregrino -. Cuando están desconectados totalmente del corazón, son simple griterío; cuando van acompañados de lágrimas, reciben el calificativo de llanto respetuoso; pero, cuando a las lágrimas y a los gritos va unido el sentimiento auténtico, se llaman lamento. - Si me permites - dijo Ba-Chie, animado -, voy a darte un ejemplo de cómo lo hago. En seguida sacó un trozo de papel, lo partió en pequeñas tiras y empezó a hacerse cosquillas en las narices. No tardó en ponerse a estornudar como un loco. Los ojos se le llenaron de lágrimas, momento que aprovechó para lamentarse, como si, en verdad, hubiera muerto algún miembro de su familia. Lo hizo tan bien que hasta el monje Tang perdió la compostura y terminó abandonándose al llanto. - Así es como quiero que lo hagáis - dijo el Peregrino, soltando la carcajada -. Pero recordad que no debéis parar en ningún momento. Si piensas Ba-Chie, que, en cuanto me haya ido, puedes tumbarte tranquilamente a descansar, estás muy equivocado. Ya sabes que tengo un oído excelente y que puedo castigarte cuando quiera. Por cierto, mi barra de hierro está ansiosa por golpear a alguien. - Vete tranquilo - respondió Ba-Chie, sollozando lastimosamente -. Te aseguro que, una vez que haya empezado a lamentarme, no habrá quien me detenga en dos días por lo menos. El Bonzo Sha comprendió que los gritos no eran suficientes para complacer al Peregrino. Cogió, pues, unas cuantas varillas de incienso y se las ofreció al difunto. - Eso está mejor - comentó el Peregrino, sin dejar de reírse -. Creo que puedo marcharme tranquilo. Cuando una familia se dedica a algo, el éxito está asegurado. Era aproximadamente medianoche, cuando el Gran Sabio se despidió del maestro y de sus otros dos hermanos. De un salto, se coló por la Puerta Sur de los Cielos, pero, como había prometido, no se detuvo, en el Salón de la Niebla Divina, sino que se dirigió directamente hacia el Trigésimo tercer Cielo, el de la Suprema Felicidad, donde se levantaba el Palacio Tushita. En cuanto puso en él el pie, vio a Lao-Tse sentado en el Salón del Elixir. Su concentración era absoluta, porque Sen aquel preciso instante estaba elaborando tan extraordinario remedio, ayudado por unos cuantos jóvenes, que no dejaban de avivar el fuego con unos espléndidos abanicos de llantén. Eso no fue obstáculo para que se percatara en seguida de su presencia. Al verle, aconsejó a sus jóvenes ayudantes: - Tened mucho cuidado. Acaba de llegar el desalmado que un día osó robarnos el elixir. - No seas tan precavido, por favor - exclamó el Peregrino, saludándole y sonriendo maliciosamente -. ¿A qué viene tomar conmigo tantas precauciones? Deberíais saber que ya no me dedico a esas cosas. - Hace aproximadamente quinientos años - replicó Lao-Tse - sumiste el Cielo en una terrible confusión, robaste nuestro elixir y bebiste cuanto quisiste de él. Posteriormente, después de que el Sabio Er-Lang lograra arrestarte y traerte prisionero a este Reino de Luz, fuiste refinado en el interior de mi brasero durante más de cuarenta y nueve días, esfuerzo inútil que me hizo malgastar yo qué sé la cantidad de carbón. Tuviste suerte al aceptar la fe budista y al comprometerte a acompañar al monje Tang en su esfuerzo por alcanzar el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. La verdad es que no has cambiado gran cosa. Trabajo me costó, sin ir más lejos, que me devolvieras los tesoros que arrebataste a los monstruos de la Montaña Altísima. ¿Cómo quieres que confíe en ti? Ahora, si no te importa, me gustaría que me dijeras cuál es el motivo de tu visita. - Que yo recuerde, jamás he sido descortés con vos - se disculpó el Peregrino -. De hecho, os devolví los tesoros de los que habláis, en cuanto me los pedisteis. ¿A qué viene tanta suspicacia? - ¿Por qué no estás en los caminos, en vez de venir a meter las narices en mi palacio? - replicó Lao-Tse. - Tras despedirnos de vos - explicó el Peregrino -, continuamos nuestro viaje sin ninguna novedad hasta que llegamos al Reino del Gallo Negro. Allí nos enteramos de que el auténtico rey había sido asesinado por un monstruo, que en su día se había hecho pasar por un taoísta con poderes para dominar la lluvia y el viento. La bestia adoptó la personalidad del rey y lleva años ocupando el trono del Salón de los Carillones de Oro. La noche de nuestra llegada mi maestro la pasó leyendo sutras, que, por cierto, no pudo concluir, ya que el espíritu del rey asesinado se le apareció en sueños y le suplicó que me permitiera acabar con la bestia que le había dado muerte. Tras sopesar cuidadosamente todas las posibilidades, decidí registrar el jardín imperial en compañía de Ba-Chie con el fin de reunir pruebas. Encontramos su cadáver, en perfecto estado de conservación, en el interior de un pozo de mármol de paredes octogonales. Cargamos con él y se lo enseñamos a nuestro maestro, que se emocionó tanto al verle que me exigió que le devolviera a la vida. Puso, sin embargo, unas cuantas condiciones, entre las que destacaba que en ningún momento habría de acudir al Reino de las Sombras en busca de su espíritu, sino que habría de llevar a cabo tan difícil empresa con la sola ayuda del de la Luz. El único camino disponible, por tanto, era venir a veros y pediros mil píldoras del Elixir de los Nueve Cambios, para que ese rey pueda recobrar, por fin, la vida. - ¡No sabes ni lo que dices! - exclamó Lao-Tse -. Abres la boca y, ¡venga! allá van mil o dos mil píldoras. ¿Se puede saber para qué quieres tantas? ¡Ni que te las comieras con arroz! Además, son extremadamente difíciles de hacer. Como si crecieran en el barro y no tuvieras más que alargar la mano para hacerte con ellas. ¡Venga, rápido, quiero todas las que pueda encontrar! Pues, para tu información, te diré no tengo ninguna. - De acuerdo. Mil píldoras son muchas - admitió el Peregrino -. ¿Qué te parecen cien, entonces? - No tengo ninguna - repitió Lao-Tse. - ¿Y diez? - insistió el Peregrino. - ¡Cuidado que es pesado este mono! - exclamó, enfadado, Lao-Tse -. Te he dicho que no me queda ninguna, así que lo mejor que puedes hacer es marcharte. - ¿De verdad no tiene ni una sola? - preguntó el Peregrino, sonriendo con intención -. En ese caso, tendré que acudir a otra puerta en busca de ayuda. - ¡Márchate! - bramó Lao-Tse. Sin decir nada más, el Gran Sabio se dio la vuelta y abandonó el palacio. Pero, lejos de tranquilizar a Lao-Tse, tan inesperado gesto le hizo ponerse aún más nervioso. - ¡No me fío de ese mono! - se dijo, intranquilo -. Es raro que me haya obedecido con tanta rapidez. Lo más seguro es que ha ido a la parte de atrás a ver qué puede robarme. Para evitar males mayores, mandó a uno de sus asistentes que hiciera volver al Peregrino, y le dijo: - Parece como si te dieran calambres en los pies o en las manos. ¿Es que no sabes esperar? De acuerdo. Te daré una píldora de mi elixir. - Sabiendo, como sabéis, las habilidades que poseo - contestó el Peregrino -, deberíais ser más generoso y dividir conmigo a partes iguales todo el elixir de oro que tengáis por ahí. De lo contrario, os dejaré tan mondo y lirondo como la cabeza de un bonzo. El Patriarca cogió su calabaza, la puso boca abajo y sacó de ella una única píldora de oro. Se la entregó a continuación al Peregrino e insistió. - Es la única que tengo. Cógela. Cuando el rey recupere su espíritu, el mérito será absolutamente tuyo, no mío. - No tan deprisa, por favor - sugirió el Peregrino -. Voy a probarla yo primero, porque, como comprenderéis, no me gustaría nada cargar con una píldora falsa. No había acabado de decirlo, cuando se la metió en la boca. El patriarca se quedó tan desconcertado que en un principio no supo qué hacer. Se abalanzó después sobre el Peregrino y, agarrándole de la cabeza, le amenazó con el puño en alto: - ¡Maldito mono! Si la tragas, te mato. - ¡Vergüenza debería daros! - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Cuidado que sois tacaño y remilgado! ¿Quién os ha dicho que iba a comerme vuestros potingues? Mirándolo bien, no valen gran cosa, pero me he tomado la molestia de proteger vuestra píldora como si fuera un tesoro. ¿Os parece bien aquí? El mono tenía una especie de bolsa debajo de la mandíbula y allí fue precisamente donde había guardado el elixir de oro. Aun así, el patriarca se cercioró de que no se trataba de ninguna de sus estratagemas, palpándola con los dedos. Cuando hubo comprobado que, en efecto, era la misma píldora que acababa de entregarle, gritó, malhumorado: - ¡Márchate y no me molestes más, anda! El Gran Sabio le dio las gracias y abandonó el Palacio Tushita. No tardó en dejar atrás las arcadas de jade, que despedían incontables rayos de luz bienaventurada. Volvió a montar en una nube y en un abrir y cerrar de ojos regresó a este mundo de sombra y polvo. El sol estaba apuntando por el oriente, cuando llegó, por fin, a la puerta del Monasterio de la Gruta Sagrada. Los lamentos de Ba-Chie se oían desde muy lejos, pero estaba pendiente de todo y, al ver acercarse al Peregrino, dijo al maestro: - Acaba de llegar Wu-Kung. - ¿Has traído el elixir que prometiste? - le preguntó, esperanzado, Tripitaka. - Así es - contestó el Peregrino -. ¿Cómo iba a atreverme a regresar sin él? - Era de esperarse - comentó Ba-Chie -. Aquí todos estábamos convencidos de que lo obtendrías, aunque tuvieras que robarlo. - Es mejor que no te metas en esto - le aconsejó el Peregrino -. Ya no te necesito para nada. Así que sécate los ojos y vete a llorar a otra parte, si quieres - se volvió a continuación hacia el Bonzo Sha y añadió -: Tráeme un poco de agua. El Bonzo Sha corrió hacia el pozo que había en la parte de atrás. Con ayuda de un cubo sacó poco más de medio cuenco de agua y se lo entregó al Peregrino, que disolvió en él el elixir y se lo acercó a los labios del rey. Con no poco esfuerzo logró separarle las mandíbulas vertiendo poco a poco en su boca tan maravilloso líquido. Al cabo de media hora su estómago comenzó a emitir una serie de ruidos extraños, pero su cuerpo permaneció tan inmóvil como hasta entonces. - ¡Qué extraño! - exclamó el Peregrino -. Ese elixir debería haberle vuelto ya a la vida. ¿Se habrá propuesto el rey buscarme la ruina? - ¡Tonterías! - trató de tranquilizarle Tripitaka -. No existe razón alguna que le impida regresar a este mundo. De hecho, está volviendo a él a pasos agigantados. ¿Cómo iba a poder, si no, tragar esa agua después de llevar muerto tanto tiempo? ¿No oyes, además, esos borborigmos? Eso quiere decir que entre el pulso y la circulación se ha establecido, una vez más, una relación armónica. Su respiración se mantiene, no obstante, bloqueada todavía y no puede funcionar como antes ¿Qué otra cosa podía esperarse de un hombre que ha permanecido en el interior de un pozo durante más de tres años? En un tiempo tan largo hasta el hierro más resistente termina cubierto de hollín. Debemos hacerle la respiración boca a boca, pues es claro que su aliento primigenio está totalmente agotado. Ba-Chie se aprestó en seguida a hacerlo, pero se lo impidió Tripitaka diciendo: - Déjaselo hacer a Wu-Kung. Es nuestro hermano mayor y a él le compete cargar con toda la responsabilidad. La verdad era, sin embargo, que desde su juventud Chu Ba-Chie había sido devorador de hombres y su aliento era impuro. El Peregrino, por su parte, se había dedicado a la práctica de la virtud desde su nacimiento y no había probado otra cosa que no fuera frutas y verduras. De ahí que su aliento no poseyera impureza alguna. El Gran Sabio se inclinó, pues, sobre el rey, colocó sobre sus labios su protuberante jeta de dios del trueno y sopló con todas sus fuerzas. La potencia de su aliento descendió por la garganta del muerto, hasta alcanzar la Torre del Palacio de la Respiración, donde invadió los Campos de Mercurio. Allí cambió de dirección y regresó a gran velocidad hacia la glotis. El rey tosió sonoramente y su respiración y su espíritu se hicieron una misma cosa. En seguida se dio la vuelta y, arrodillándose ante Tripitaka, exclamó con voz agradecida: - ¡Qué poco esperaba yo, cuando vine en sueños a solicitaros vuestra ayuda, que en sólo una noche iba a pasar del Mundo de los espíritus al de la Luz! - Majestad - replicó Tripitaka, tratando de hacerle levantar del suelo -, yo no he hecho absolutamente nada. Todo el mérito es de mi discípulo. A él solo debéis agradecer vuestra buena fortuna. - ¿Se puede saber qué estáis diciendo? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Con razón afirma el proverbio: "Para que una casa funcione bien, sólo precisa de una cabeza rectora". Es justo, por tanto, que aceptéis su reconocimiento. Tripitaka no sabía, de todas formas, qué camino seguir. Extendió las dos manos y, tras hacerle levantar del suelo, condujo al rey al interior del salón del Zen. Antes de tomar asiento, su majestad insistió en dar las gracias personalmente al Peregrino, a Ba-Chie y al Bonzo Sha. En aquel mismo momento los monjes del monasterio entraron con el desayuno en la habitación y, al ver al rey con las ropas mojadas de pies a cabeza, empezaron a temblar y a hacerse toda clase de descabelladas preguntas. Pero el Peregrino trató de tranquilizarlos, diciendo: - No os asustéis, Este que veis aquí no es otro que el Señor del Reino del Gallo Negro, vuestro auténtico dueño. Hace tres años fue asesinado por un monstruo, pero me las he arreglado para devolverle a la vida. Nuestra intención es acompañarle a la ciudad, para desenmascarar al impostor. Así que, si habéis preparado algo de comer, traédnoslo para que podamos dar cumplida cuenta de nuestros planes. Sin pérdida de tiempo los monjes trajeron un poco de agua caliente para que el rey pudiera lavarse y cambiarse de ropa. La túnica rojiza de rey fue descartada al instante, siéndole sustituida por unos ropajes que le regaló el mismo guardián del monasterio. Fue, igualmente, despojado de sus botas y de su cinturón de jade, vistiendo a cambio una faja y unas sandalias totalmente monacales. Antes de ensillar el caballo, se sentaron a la mesa y el Peregrino y preguntó a Ba-Chie: - ¿Cuánto pesa el equipaje? - Llevo cargándolo a las espaldas yo qué sé la de tiempo - contestó Ba-Chie -, pero desconozco su peso exacto. - No importa - respondió el Peregrino -. Divídelo en dos partes y dale una al rey - Es preciso que lleguemos cuanto antes a la ciudad. - ¡Esto sí que es buena suerte! - exclamó Ba-Chie, complacido -. Cargué con él hasta aquí, creí que todo iba a ser en vano. Pero ahora veo que fue una buena idea cargar con su cuerpo. ¿Quién iba a decirme que iba a ser mi salvación a las pocas horas? El Idiota hizo de buen grado lo que le había ordenado el Peregrino, pero el cargó con la parte más ligera y dio la más pesada al rey. - Espero que no os parezca mal la familiaridad con que os tratamos - dijo el Peregrino, volviéndose al rey -. No es corriente vestir de monje a un Hijo del Cielo y hacerle cargar después con una pértiga, como si fuera un vulgar porteador. -Para mí sois como mis padres - contestó el rey, postrándose de hinojos -. No en balde acabáis de traerme de nuevo a la vida. Para mí ha sido como si hubiera vuelto a nacer. ¿Qué puede importarme cargar la mitad del equipaje? Es más, estoy dispuesto a renunciar a todo y a seguir al maestro hasta el Paraíso Occidental. - No hay necesidad de que lo hagáis - explicó el Peregrino -. Sin embargo, es preciso que ahora colaboréis con nosotros de esta forma. En cuanto hayamos entrado en la ciudad y capturado al monstruo, podréis ser de nuevo rey y nosotros continuaremos con nuestro empeño de hacernos con las escrituras. - ¿Quieres decir que sólo va a cargar con esto unos cincuenta kilómetros - preguntó Ba-Chie, desilusionado -. Yo pensaba que iba a acompañarnos hasta el final de nuestro viaje. - Deja de decir tonterías y abre la marcha - le aconsejó el Peregrino. Mientras lo hacía, el Bonzo Sha ayudó a montar al maestro. Precavido como siempre, el Peregrino ocupó la retaguardia. Los quinientos monjes que habitaban en aquel monasterio los acompañaron hasta la puerta en un orden riguroso y haciendo sonar sin cesar sus instrumentos musicales. - No es necesario que vengáis con nosotros - les dijo el Peregrino, sonriendo -. Si os ven los funcionarios reales, sospecharán algo y nuestra empresa se verá abocada al más completo de los fracasos. Si queréis colaborar, lo mejor que podéis hacer es arreglar las ropas del rey y esperar pacientemente nuestra vuelta. En cuanto al cinturón de jade, esta noche o, a más tardar, mañana por la mañana enviadlo al palacio y seréis ampliamente recompensados por vuestra prudencia. Los monjes regresaron a sus aposentos, mientras el Peregrino se llegaba con grandes zancadas adonde estaba el maestro. La búsqueda de la Verdad en el misterioso occidente es siempre digna de loa. Cuando el metal y la madera se encuentran en armonía, el espíritu inicia su camino de purificación. En vano recuerda la madre, una y otra vez, un sueño sin sentido, mientras el hijo se queja impotente, de su falta de fuerza. Es preciso buscar al gran rey en el fondo del pozo y solicitar después la ayuda de Lao-Tse en el Palacio Celeste. Cuanto se contempla en este mundo es puro vacío, del que sólo se salva el mismo Buda. Apenas llevaban medio día caminando, cuando el maestro y los discípulos vieron a lo lejos una ciudad. - ¿No es ése el Reino del Gallo Negro? - preguntó Tripitaka a Wu-Kung. - Sí - respondió el Peregrino -. Ése es exactamente. Es preciso que entremos cuanto antes en la ciudad, para concluir el asunto que hasta aquí nos ha traído. La capital estaba en plena efervescencia y su población parecía extremadamente cortés. Pronto descubrieron los peregrinos las Torres del Dragón y las Atalayas del Fénix. Sobre su grandeza y belleza disponemos de un poema, que afirma: Su arquitectura eran tan espléndida como la de los Tang. En su interior se adivinaba el continuo trajín de gentes selectas. Los signos de riqueza eran manifiestos hasta en la forma de ondear de las banderas y estandartes. El conjunto ofrecía una sensación de paz absoluta, que no rompían las constantes hileras de nobles que entraban y salían del palacio. - Creo que deberíamos renovar nuestros salvoconductos – dijo Tripitaka, al bajar del caballo -. De esa forma, nos evitaríamos yo qué sé la de problemas burocráticos. - Me parece acertado - opinó el Peregrino -. Si no tenéis inconveniente, entraremos con vos. He podido constatar que os expresáis mejor cuando os sentís respaldado por nuestra presencia. - Como queráis - respondió Tripitaka -. De todas formas, no estaría de más que os mostrarais corteses. Antes de hablar, debéis presentar vuestros respetos al señor de estas tierras. - ¿Queréis decir que habremos de postrarnos en tierra? – preguntó el Peregrino. - Así es -contestó Tripitaka -. La etiqueta dicta que nos inclinemos cinco veces seguidas y golpeemos otras tres el suelo con nuestras frentes. - ¡No sabéis lo que decís! - exclamó el Peregrino -. ¿Cómo vais a mostraros tan respetuoso con un monstruo como ése? Permitidme entrar a mí primero para echar un vistazo y decidir lo que hay que hacer. Si nos dirige la palabra, dejadme contestar a mí. Si me inclino, hacedlo vos también y, si me siento, ocupad la silla que encontréis más a mano. Sin encomendarse a nadie, el Rey de los Monos se dirigió a la puerta del palacio y dijo al oficial que la guardaba: - Hemos sido enviados al Occidente por el Gran Emperador de los Tang, con el fin de presentar nuestros respetos a Buda y obtener las escrituras sagradas. Deseamos, por tanto, que nos hagáis entrega de un salvoconducto, para que podamos cruzar vuestras tierras sin ningún contratiempo. Eso es lo que queremos que informéis a vuestro rey. Hacedlo pronto. De lo contrario, sufriremos un retraso innecesario y el éxito de nuestra empresa correrá un grave peligro. El oficial encargado de la guardia de la Puerta Amarilla corrió hacia el salón principal y, arrojándose rostro en tierra ante los escalones rojos, dijo: -Acaban de llegar cinco monjes que afirmar dirigirse hacia el Paraíso Occidental, por orden del Emperador de los Tang, en busca de escrituras sagradas de Buda. Humildemente solicitan de vos un salvoconducto para poder proseguir su viaje. Si no han entrado a pedíroslo personalmente, ha sido porque esperan vuestro consentimiento. El Rey Monstruo ordenó que fueran conducidos a su presencia. El primero en entrar fue el monje Tang, seguido por el rey que acababa de volver a la vida. Sus ojos estaban totalmente anegados en lágrimas y no paraba de decirse: - ¡Qué pena¡ ¡Jamás pensé que me fuera arrebatado un imperio tan guardado y defendido como éste! - Tratad de controlar vuestra tristeza, majestad - le urgió el Peregrino en voz baja -. Si no lo hacéis, nuestra personalidad quedará al descubierto y no podremos seguir adelante con nuestro plan. Tranquilizaos y tened presente que la barra que guardo en mi oreja es prácticamente invencible. Con ella derrotaré a ese monstruo y podréis recuperar vuestro perdido reino. El rey hizo en seguida suyo ese consejo. Se limpió las lágrimas con la orla de su túnica y siguió al maestro con paso decidido en dirección hacia el Salón de los Carillones de Oro. Todos los funcionarios, tanto civiles como militares, estaban allí reunidos. Eran cuatrocientos en total y sus actitudes no podían ser más nobles y dignas. El Peregrino pasó entre ellos, como si no existieran, y continuó andando hasta toparse con los escalones de jade blanco. Allí se detuvo, pero no hizo ninguna inclinación. Desconcertados, los funcionarios murmuraron entre sí: - ¿Cómo puede ser tan estúpido y maleducado este monje? ¿Por qué no se postra ante nuestro rey y ensalza sus incomparables virtudes? ¡Ni siquiera ha inclinado la cabeza! ¡Es el colmo de la audacia y la grosería! Antes de que acabaran de decirlo, el Rey Monstruo levantó la voz y preguntó: - ¿De dónde viene este monje? - De la Gran Nación de los Tang - contestó el Peregrino con valentía -, que se halla ubicada en las Tierras del Este del continente de Jambudvipa. He sido enviado por orden expresa del emperador al Monasterio del Trueno, en los Territorios Occidentales, en busca de las escrituras sagradas. Al pasar por aquí, comprendí que necesitaba un salvoconducto y decidí venir en seguida a solicitároslo. - ¡Así que eres originario de las Tierras del Este! - bramó el rey monstruo, malhumorado -. ¿Cómo es que no te inclinas ante mí, si mi reino no es vasallo del que tú procedes y no mantiene con él relación alguna? - No comprendo cómo se os ocurre decir semejante cosa - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. El Reino de las Tierras del Este ha durado desde el principio de los tiempos, motivo por el cual ha sido tenido por el más respetable de cuantos han existido, existen y existirán. El vuestro, por el contrario, no goza de ningún predicamento y apenas es conocido más allá de sus propias fronteras. ¿Acaso no habéis oído el proverbio que afirma que "el señor de un reino poderoso es padre y legislador, mientras que el de uno sin poder es hijo y, por lo tanto, está sujeto a la obediencia"? ¿Cómo os atrevéis a echarme en cara que no me he inclinado ante vos, cuando no me habéis ofrecido el recibimiento que merezco? - ¡Apresad a este mono tan maleducado y protestón! - gritó el Rey Monstruo dirigiéndose a sus funcionarios. Al punto todos hicieron ademán de abalanzarse sobre el Peregrino, que los detuvo, agitando contra ellos un dedo, al tiempo que les advertía: - Renunciad a vuestro empeño. Todos se quedaron clavados en el sitio, incapaces de dar un solo paso al frente. Los aguerridos capitanes de los ejércitos imperiales parecían simples estatuas de madera, mientras que los mariscales recordaban a figuras modeladas en la arcilla. Al comprobar la facilidad con que el Peregrino había inmovilizado a sus más inmediatos servidores, el rey monstruo saltó del trono, dispuesto, al parecer, a cumplir él mismo la orden que acababa de dar. - ¡Esto va bien! - se dijo el Rey de los Monos, satisfecho -. Va a hacer exactamente lo que yo quería. En cuanto se acerque un poco más, le voy a hacer un agujero en la cabeza con mi barra, aunque sea de acero puro. Pero en el mismo instante en que se disponía a descargar el golpe, apareció el príncipe y desbarató todos sus planes. Raudo como una flecha agarró al Rey Monstruo de la manga y, arrodillándose ante él, dijo: - No os abandonéis a la ira, os lo suplico. - ¡Qué queréis decir con eso? - Permitidme contaros algo - contestó el príncipe -. Hace tres años oí comentar que el Emperador de los Tang, Señor de las Tierras del Este, había enviado a un monje muy virtuoso al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Ahora veo que aquellos rumores eran ciertos. Y que tenemos el honor de contar entre nosotros con personajes tan ilustres. Sé que poseéis un carácter fuerte y no dado a las componendas. Pero, si apresáis a este monje y le mandáis ejecutar, el Señor de los Tang se sentirá muy ofendido y volverá sus ejércitos contra los nuestros. Recordad que, no contento con reunificar el imperio, Li Shr-Min conquistó no pocos reinos con ayuda de su astucia y su portentosa inteligencia. ¿Qué creéis que hará, cuando se entere de que habéis dado muerte al monje que él envió y que es, al mismo tiempo, su hermano? Con toda certeza reunirá un gran ejército y se lanzará sobre nuestras fronteras. No habrá entonces lugar para las lamentaciones, pues a la vista de todos está que nuestros ejércitos son reducidos y a nuestros generales les falta la confianza y el arrojo que a los suyos les sobra. Os suplico que permitáis interrogar personalmente a estos monjes, para aclarar por qué no se han arrodillado ante vos. El príncipe era una persona muy prudente y pensó que, si no intervenía a tiempo, el monje Tang podía salir malparado. De ahí que decidiera hacer cuanto estuviera en su mano para aplacar la ira del monstruo. Lo que menos pensaba él es que el Peregrino estuviera a punto de atacar. El Rey Monstruo aceptó su consejo y volvió a sentarse en el trono, al tiempo que preguntaba en voz alta: - ¿Cuándo salió este monje de las Tierras del Este y por qué le pidió el Emperador de los Tang que fuera en busca de las escrituras? - Mi maestro - contestó el Peregrino con la misma arrogancia que antes - estableció con él un pacto de hermandad, recibiendo el nombre honorífico de Tripitaka. Uno de los principales consejeros del señor Tang, Wei-Cheng, tuvo que ejecutar por orden del Cielo al dragón del río Ching, motivo por el que se vio obligado a recorrer en sueños el Mundo de las Tinieblas. En cuanto volvió a la vida, celebró una ceremonia en favor de los espíritus de todos los fallecidos, que presidió mi maestro. Fue él quien dirigió las plegarias y recitó los sutras que habían de mover el compasivo corazón de la Bodhisattva Kwang Shr-Ing de los Mares del Sur. Su labor intercesora alcanzó tales grados de perfección que la misma Madre de la Misericordia le manifestó que debería emprender cuanto antes un largo viaje hacia el Oeste, el maestro aceptó sin dilación su sugerencia, ofreciéndose de buena gana a sacrificar su bienestar personal por el de todo el pueblo y poniéndose en seguida en camino. El emperador en persona se encargó de organizar una empresa que dio comienzo el día decimosegundo del noveno mes del año decimotercero del período Chen-Kwan de los Grandes Tang. Tras varias jornadas de marcha el maestro llegó a la Montaña de las Dos Fronteras, donde me aceptó como discípulo. Mi nombre es Sun Wu-Kung, aunque todo el mundo me conoce por el Peregrino. Juntos hicimos el camino que nos separaba del Tíbet, reino al que pertenece el pueblo de la Familia Gao. Allí el maestro tomó el segundo discípulo, perteneciente a la familia de los Chu, a quien otorgó el nombre religioso de Wu-Neng, aunque también es conocido como Ba-Chie. En el Río de la Corriente de Arena se nos unió un tercer discípulo llamado Sha Wu-Ching, aunque siempre nos referimos a él como el Bonzo Sha. Finalmente, al pasar ayer por el Monasterio de la Gruta Sagrada se ofreció a seguirnos uno de los taoístas mendicantes que allí viven. Su ofrecimiento no podía llegarnos en mejor momento, ya que el camino es cada vez más duro y precisábamos de alguien que cargara con el equipaje. Tras escuchar una relación tan detallada, el Rey Monstruo no encontró nada que pudiera incriminar al monje Tang y mucho menos aún al Peregrino. Se volvió, pues, hacia el rey que acababa de volver a la vida y dijo: - He de reconocer que vosotros tres formáis un grupo homogéneo, cosa que no puede decirse de ese taoísta. Hay algo en él que desentona abiertamente con vosotros. No sé por qué, tengo la impresión de que ha sido arrancado a la fuerza de algún lugar que por el momento desconozco. ¿Os importaría decirme cómo se llama y si dispone de algunos papeles que demuestren su condición de monje? Obligadle a acercarse, para que pueda interrogarle. - ¿Qué voy a hacer? - preguntó el rey a Wu-Kung, temblando de pies a cabeza -. Yo no tengo una imaginación como la vuestra y jamás he sido sometido a un interrogatorio como el que me aguarda. - No tengáis ningún miedo - le aconsejó el Peregrino, dándole un pellizco -. Yo responderé por vos. Antes de que nadie pudiera detenerle, dio un paso al frente y dijo en voz alta al monstruo: - Debéis disculpadle, majestad. Este taoísta no sólo es mudo, sino también es un poco sordo. Si le hemos admitido en nuestra compañía, ha sido porque conoce el camino que conduce al Paraíso Occidental, pues él mismo lo transitó cuando era joven. Puedo aseguraros, de todas formas, que conozco hasta el último detalle de su vida, el nombre de sus antepasados y progenitores, sus altibajos de fortuna... En fin, todo. Si me lo permitís, puedo responder por él a todas las preguntas que penséis formularle. - Está bien - asintió el Rey Monstruo -. Pero hacedlo escuetamente y sin faltar para nada a la Verdad. De lo contrario, podéis ser juzgado y condenado a severísimas penas. - Este taoísta - explicó el Peregrino - posee una edad muy avanzada, lo cual explica en parte que sea sordomudo y posea un carácter bastante apocado. Es originario de estas tierras y la desgracia se abatió sobre él hace aproximadamente cinco años. En aquellos tiempos el cielo se negó a dejar caer una sola gota de lluvia, adueñándose la sequía tanto de los campos como del ánimo de los hombres. En vano ayunaron y presentaron al Cielo sus plegarias el rey y todos sus súbditos. En diez mil kilómetros a la redonda no se veía un sola nube. La gente se moría de hambre, como si estuviera colgada patas arriba y no supiera llevarse la comida a la boca. Cuando más desesperada parecía su situación, apareció, procedente de Chung-Nan, un truhán de la Verdad Absoluta, que convocó a los vientos e hizo que la lluvia cayera por fin. Sin embargo, acabó asesinando al rey y arrojando su cadáver al fondo de un pozo que se abría en el centro del jardín imperial. No contento con eso, usurpó, sin que nadie se percatara de ello, el trono, haciéndose pasar por un descendiente directo del dragón. Ha sido una suerte que nuestro viaje nos haya traído hasta aquí, porque eso nos brinda la oportunidad de aumentar nuestros, ya de por sí, abultados méritos. Como prueba de que no miento, hicimos que el muerto volviera a la vida. Su agradecimiento fue tal que no dudó en ofrecerse a seguirnos hasta el Oeste, como si de un monje mendicante se tratara. Este taoísta es, en fin, el auténtico y justo señor de estas tierras. El Rey Monstruo se sintió tan asustado por lo que oía que el corazón comenzó a latirle como si fuera un ciervo desbocado y la vergüenza tiñó su rostro de rojo. Hubiera querido huir, pero no tenía ninguna arma a mano. Desesperado, se dio la vuelta y vio que uno de los capitanes de su guardia tenía una espléndida cimitarra de acero. El oficial había sido víctima de la magia inmovilizadora del Peregrino y, más que una persona, parecía un vulgar muñeco. En un abrir y cerrar de ojos, el monstruo le arrebató el arma y se elevó por los aires, tratando de escapar a lomos de una nube. Ante el cariz que iban tomando los acontecimientos, Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha gritaron al Peregrino: - ¿Cómo puedes ser tan imprudente? ¡Es incomprensible que le hayas desenmascarado de la forma en que lo has hecho. Debería haberte valido de la astucia, tendiéndole una trampa de la que no pudiera escapar. Ahora es ya demasiado tarde. ¿Cómo vamos a dar con él, si se ha remontado con tanta facilidad por los aires? - ¿A qué viene gritar de esa forma? - les increpó el Peregrino, soltando la carcajada -. Hay tiempo para todo. Antes de salir en persecución de ese monstruo, es conveniente que el príncipe rinda pleitesía a su padre y la reina presente sus respetos a su auténtico marido. Recitaré a continuación un conjuro y todos estos oficiales se verán libres de la magia que los atenaza, para que también ellos puedan estar al tanto de lo ocurrido y reconozcan las virtudes de su auténtico señor. Sólo entonces partiré en busca de esa bestia. En cuanto hubo cumplido lo que acababa de decir, volvió a llamar a Ba-Chie y al Bonzo Sha y les dijo: - Cuidad del rey, de sus súbditos, de su familia y del maestro, mientras yo esté fuera - y, antes de que alguien pudiera abrir la boca, desapareció de su vista. El Peregrino se elevó por encima del Noveno Cielo y, abriendo los ojos cuanto pudo, miró en todas las direcciones. No tardó en descubrir que el monstruo huía en dirección noreste. Hacia allá se lanzó, como si fuera un dardo. Cuando estuvo a su altura, gritó en tono triunfal: - ¿Se puede saber adonde vas tan deprisa? Por mucho que corras no lograrás burlarme. - ¡Cuidado que eres fanfarrón, Peregrino Sun! - respondió, a su vez, el monstruo, desenfundando la cimitarra -. Es cierto que usurpé el trono a un mortal, pero no comprendo por qué has hecho de ello un asunto de honor personal. Mirándolo bien, ¿a ti qué más te daba? Se ve que te gusta meterte donde nadie te llama. - ¿Así que piensas que debería haberte permitido seguir siendo rey - preguntó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Menudas pretensiones las tuyas! Eres tan engreído que no comprendiste a tiempo que había llegado la hora de la huida. Es incomprensible que, habiéndome reconocido, optaras por interrogar a mi maestro, solicitando de él una confesión completa. ¿Cómo has podido ser tan ciego? La confesión te la voy a dar yo ahora mismo. Así que no trates de huir, porque es preciso que pruebes mi barra de hierro. El monstruo se hizo a un lado y, con la ayuda de la cimitarra, esquivó el terrible golpe del Peregrino. De esta forma, dio comienzo una batalla francamente espléndida. A la fiereza del Rey de los Monos el monstruo oponía su fuerza, haciendo que la cimitarra y la barra de hierro se encontraran una vez tras otra. El polvo que levantaban los dos contendientes pronto oscureció las Tres Regiones, pero a nadie pareció importarle, porque aquel día un rey depuesto volvió a ocupar su antiguo trono. Al cabo de varios encuentros las fuerzas del monstruo empezaron a flaquear y no pudo seguir resistiendo los ataques del Rey de los Monos. Pero, lejos de continuar huyendo, decidió regresar a la ciudad de la que había sido señor. Se metió entre las apretadas filas de funcionarios reales que se hallaban de pie ante las escalinatas de jade blanco y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en la imagen exacta del monje Tang. Eran tan idénticos que nadie sabía decir cuál era el auténtico. Para colmo de confusiones, los dos se colocaron en el mismo sitio. El Gran Sabio trató de descargar su barra sobre el impostor, pero el monstruo le dijo: - ¿Por qué quieres golpearme? ¿Es que no ves que soy yo? - y no supo qué hacer. Desconcertado, se volvió hacia el auténtico monje Tang, que también le preguntó: - ¿Por qué quieres golpearme? ¿Es que no ves que soy yo? - Si acabo con el monstruo - comentó, indeciso, el Peregrino -, todo el mundo alabará mi hazaña. Pero, si me equivoco y doy muerte al maestro, mi mérito se transformará en una imborrable vergüenza. Se volvió hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les preguntó: - ¿Podéis decirme quién es el monstruo y quién el maestro? Señaladme al falso y le daré muerte al instante. - Me temo que no podemos ayudarte - contestó Ba-Chie -. También a nosotros nos cuesta distinguirlos. Estabais ahí arriba gritando y luchando, y, de pronto, aparecieron dos maestros. ¡Averigua tú cuál es el verdadero! El Peregrino recitó un conjuro e hizo una serie de gestos mágicos con las manos. Al instante acudieron a su llamada los Seis Dioses de las Tinieblas y los Seis Dioses de la Luz, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas, los Dieciocho Protectores de la Fe, el espíritu local y el dios de aquella región montañosa. - Estoy tratando de dar muerte a un monstruo, pero se ha convertido en la copia exacta de mi maestro y no puedo distinguirlos - explicó el Peregrino -. Sé que para vosotros esto no entraña la menor dificultad, por lo que os agradecería que hicierais avanzar a mi maestro unos cuantos pasos, para que cuanto antes pueda dar su merecido al impostor. El monstruo era un consumado maestro en el arte de la magia y no tuvo la menor dificultad en escuchar lo que decía. Así, no había acabado de hablar con los dioses, cuando él se adelantó en dirección al Salón de los Carillones de Oro. El Peregrino levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y la dejó caer con inusitada fuerza sobre la del desprevenido monje Tang. Si no llega a ser por los dioses que él mismo había mandado llamar, el golpe hubiera reducido a picadillo no a uno, sino a veinte monjes Tang. Fue una suerte, por tanto, que entre todos ellos lograran contrarrestar el poder destructor de la barra. - Ese monstruo conoce más magia de la que suponíais, Gran Sabio – le dijeron a manera de explicación -. De hecho, es el que se ha movido. El Peregrino corrió tras él, pero el monstruo se las arregló, una vez más, para volver junto al auténtico monje Tang y la situación continuó tan confusa como al principio. El Peregrino no sabía qué camino tomar. Se sentía tan poco contento de sí mismo que, cuando vio a Ba-Chie sonriendo como un tonto, se enfadó con él y le preguntó: - ¿Se puede saber qué es lo que te pasa? Ahora estás mucho peor que antes, porque, en vez de un maestro, tienes dos a los que obedecer y servir. - ¿Tanta gracia te hace eso? - Dices que soy tonto - replicó Ba-Chie -, pero, por lo que veo, tú eres muchísimo más tonto que yo. ¿A qué viene malgastar energía, sólo porque no sabes distinguir al auténtico maestro del falso? Yo tengo la solución, pero, como siempre sueles hacer, no me has preguntado mi opinión. Ahora todo depende de si estás o no dispuesto a aguantar un pequeño dolor de cabeza. Si lo estás, pide al maestro que recite ese conjuro que tú y yo sabemos, y el Bonzo Sha y yo nos encargamos de desenmascarar al impostor. El que no recite el conjuro será el monstruo. Bueno, ¿qué te parece la idea? - Excelente - confesó el Peregrino -. He de reconocer que no te falta astucia. Ese conjuro sólo lo conocen tres personas: el Buda Tathagata, que lo ideó, la Bodhisattva Kwang-Ing, que se lo transmitió al maestro, y Tripitaka, que era su único destinatario. Adelante, maestro, no tengas miedo. Estoy dispuesto por vos a soportar todo el dolor que sea preciso. Aunque a regañadientes, el monje Tang empezó su recitado. El monstruo por su parte, no tuvo más remedio que recurrir a la farsa, mascullando palabras que no querían decir, en realidad, nada. Pero el engaño no pasó desapercibido a Ba-Chie, que dijo en seguida: - ¡Este que está murmurando tonterías es el monstruo! Sin encomendarse a nadie levantó el tridente y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre el monstruo, que se elevó de inmediato hacia lo alto y trató de huir, escondiéndose por entre las nubes. Ba-Chie no perdió el tiempo. Dando un sonoro grito, se encaramó en una nube e inició la persecución. El Bonzo Sha le siguió a toda prisa, dejando a su suerte al monje Tang y blandiendo su báculo, ansioso por entrar en combate. Sólo entonces se decidió Tripitaka a poner fin a la recitación del conjuro. El Gran Sabio se repuso pronto del terrible dolor de cabeza y se lanzó hacia lo alto, arrastrando su maravillosa barra de hierro. La batalla se prometía, en verdad, espléndida. Los tres monjes, fieros como el mejor de los guerreros, rodearon al monstruo y no dejaron de descargar golpes sobre él. Ba-Chie se encargó de hacerlo por la derecha, mientras que el Bonzo Sha lo hacía por la izquierda. El Peregrino, por su parte, les dijo: - Si le ataco de frente, hará cuanto esté en su mano por escapar, pues está familiarizado con mi forma de luchar y sabe que no tiene nada que hacer conmigo. Es mejor, por tanto, que me coloque en una posición más elevada y descargue sobre él uno de esos golpes conocidos como machacadores de ajo. Creo que eso acabará con él. El Gran Sabio montó en una nube sagrada y no tardó en alcanzar el Noveno Cielo. Pero, cuando se disponía a descargar su golpe definitivo, oyó que alguien le gritaba desde una nube de colores que se veía hacia el noreste: - ¡No hagas eso, Sun Wu-Kung! El Peregrino miró con más detenimiento y comprobó que se trataba de la bodhisattva Manjusri. Dejó a un lado la barra de hierro e, inclinando respetuosamente la cabeza, preguntó: - ¿Adónde vais, bodhisattva? - A atrapar a ese monstruo por vos - respondió Manjusri. - Muchas gracias por las molestias que os habéis tomado – dijo el Peregrino. La Bodhisattva sacó de las mangas un espejo para reflejar monstruos y lo dirigió hacia la bestia. Al punto se vio en él la forma que le era habitual. El Peregrino ordenó a Ba-Chie y al Bonzo que fueran a presentar sus respetos a la Bodhisattva y a echar una mirada a lo que reflejaba el espejo. Su apariencia no podía ser, en efecto, más feroz. Poseía unos ojos tan grandes como una copa de cristal, una cabeza que recordaba una tinaja, un cuerpo tan verde como las praderas en el verano, unas garras que traían a la mente las escarchas otoñales, unas orejas que le caían sobre los hombros, como cascadas, de voluminosas que eran, un rabo tan largo como una escoba, un cabello verdoso que exudaba ganas de guerrear, unos ojos tan rojizos que parecían emitir rayos de oro, unas hileras de dientes tan planos y bien formados que daban la sensación de ser lascas de jade, y, por último, un vello tan tosco y fuerte que hacía recordar las lanzas. Tal era la terrorífica imagen que se reflejaba en el espejo y que no era otra que la del león de la mismísima Bodhisattva Manjusri. -¡Con que ése es vuestro león de pelo verdoso! - exclamó, desconcertado el Peregrino -. ¿Podéis decirme cuándo se os escapó y vino a refugiarse a este lugar? Me figuro que le atraparéis ahora mismo. - No se escapó - aclaró la Bodhisattva -. Si se encuentra aquí, es por expreso deseo de Buda. - ¿Queréis decir que se hizo monstruo y arrebató un reino a su legítimo señor por orden del mismo Buda? - volvió a exclamar el Peregrino -. Debería habérseme informado de esa situación, así nos habríamos librado todos de las pruebas que hemos tenido que pasar aquí ninguna razón aparente. - Se ve que desconoces la mitad de la historia - comentó la Bodhisattva -. El Señor del Reino del Gallo Negro era una persona virtuosa, dedicada de lleno al cultivo de las buenas obras y al cuidado de los monjes. Su corazón era tan sincero que Buda me encargó que le llevará al Oeste para que le fuera concedido el cuerpo de oro de un arhat. Por supuesto, no me aparecí a él tal como soy, sino bajo la forma de un monje vulgar y corriente que se hallaba en la necesidad de llevarse algo a la boca. Intercambié con él unas palabras un tanto arrogantes y eso le confundió. Incapaz de reconocer en mí a una persona entregada a la práctica del bien, me cargó de cadenas y me arrojó a uno de sus fosos. Allí estuve tres días y tres noches, hasta que, finalmente, los Seis Dioses de las Tinieblas acudieron en mi ayuda y me volvieron a llevar al Oeste. Informado de su inesperada conducta, Tathagata hizo venir aquí a esta bestia con la orden de arrojarle al interior de un pozo, donde había de pasar tres años, tantos como días me tuvo a mí encerrada en la lobreguez de sus fosos. Así se ve que nada de cuanto sucede escapa a la predestinación, ni siquiera un sorbo o un leve mordisco. Por eso, precisamente, hemos tenido que esperar tu llegada, brindándote, al mismo tiempo, la oportunidad de aumentar tus, ya de por sí, abundantes méritos. - Todo eso está muy bien - comentó el Peregrino -. Pero no parece muy justo que por un sorbo o un leve mordisco, como vos misma habéis dicho, haya salido perjudicada tanta gente como la que se ha visto obligada a satisfacer los deseos de esta bestia. - Os aseguro que no ha hecho daño a nadie - afirmó la Bodhisattva -. En estos tres años que ha ocupado el trono los viento han sido favorables, las lluvias han caído en el momento más oportuno y la prosperidad se ha extendido por todo el reino. ¿Podéis facilitarme el nombre de alguien al que haya dañado? - De momento, no - respondió el Peregrino -. Admitamos que lo que decís es verdad. Pero no podemos tampoco olvidar que ese monstruo se ha acostado con todas las damas que moran en los tres palacios. Y no una vez, sino muchas. No me digáis que eso es hacer el bien, porque con su lascivia esa bestia se ha burlado abiertamente del respeto que merecen las más íntimas de las relaciones humanas. - ¿No os parece que exageráis un poco? - replicó la Bodhisattva, sonriendo con cierta malicia -. Por si acaso no lo sabíais, os diré que ese león está castrado. Al oír tan inesperada confesión, Ba-Chie se llegó hasta la bestia y, dándole unas palmaditas en el lomo, dijo en tono burlón: - ¡Cualquiera lo hubiera dicho! Este monstruo es como esos hombres que tienen la nariz roja, sin haber probado una sola gota de alcohol. ¡Lo que hace la fama! - Está bien - concluyó el Peregrino -. Podéis llevároslo. Pero tened clara una cosa: si le perdono la vida, es porque vos me lo habéis pedido. Agradecida, la Bodhisattva recitó un conjuro. Después, levantando la voz, preguntó a la bestia: - ¿A qué esperas para volver al camino recto? El monstruo recobró entonces la forma que le era habitual y la Bodhisattva colocó sobre su lomo el trono de flor de loto. En cuanto el león sintió su peso, se elevó por los aires y los peregrinos no volvieron a verle más. Se dirigió directamente al monte Wu-Tai a escuchar la explicaciones de los sutras, que tenían lugar a los pies del trono de loto. No sabemos si el monje Tang y sus discípulos pudieron abandonar por fin, la ciudad. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo. 第040回 LA MENTE DEL ZEN QUEDA SUMIDA EN CONFUSIÓN, DEBIDO A LOS PODERES METAMÓRFICOS DEL MUCHACHO. LA MADERA, EL MONO Y EL CABALLO NO PUEDEN SEGUIR ADELANTE El Gran Sabio y sus dos hermanos no tardaron en regresar a la corte, donde fueron recibidos con grandes muestras de respeto por el rey, la reina y la totalidad de sus súbditos. El Peregrino relató su encuentro con la Bodhisattva y todos los funcionarios imperiales expresaron su reconocimiento, echándose rostro en tierra y golpeando sin cesar el suelo con la frente. Cuando más contentos parecían estar todos, se presentó el Guardián de la Puerta Amarilla y anunció con voz sonora: - Acaban de llegar cuatro monjes que desean veros. - ¿Es posible que ese monstruo se disfrazara de bodhisattva Manjusri para burlarse de nosotros y ahora haya tomado nuestra personalidad para confundir a cuantos aquí se encuentran? - preguntó Ba-Chie al Peregrino, vivamente preocupado. - No creo - contestó el Peregrino -. Aunque en este mundo todo es posible, eso me parece altamente improbable. Los funcionarios imperiales hicieron entrar a los visitantes y el Peregrino comprobó, con no poco alivio, que se trataba de cuatro religiosos procedentes del Monasterio de la Gruta Sagrada. Traían la corona del rey, su cinturón de jade verdoso, su túnica amarilla y sus espléndidas botas. - ¡Menos mal que habéis venido! - exclamó el Peregrino, visiblemente satisfecho. Hizo acercarse después al falso taoísta y le colocó la corona sobre la cabeza, obligándole, al mismo tiempo, a desprenderse de sus harapos de monje y a vestir los atributos reales, que los religiosos del monasterio habían limpiado con tantísimo esmero. El príncipe trajo entonces el disco de jade blanco y se lo entregó al rey, invitándoles a ocupar el trono que siempre había sido suyo. Como muy bien reza el proverbio, «no debe pasar un solo día sin que la corte preste homenaje a su señor». Sin embargo, el rey se negó a sentarse en el trono, rompiendo a llorar de pronto y dejándose caer ante la escalinata de jade, al tiempo que decía: - He estado muerto tres años y me encuentro en deuda con este maestro, por haberme devuelto a la vida. No soy digno de asumir de nuevo los honores del mando. Opino que nuestros territorios serán infinitamente más prósperos, si son regidos por uno de estos sabios. Me conformo con vivir tranquilamente fuera de la ciudad en compañía de mi esposa y mi hijo. Tripitaka se negó a aceptar un ofrecimiento tan generoso, pues estaba decidido a conseguir las escrituras y a presentar sus respetos a Buda. El rey no se desalentó por ello. Se volvió hacia el Peregrino y le hizo la misma oferta, que aquél rechazó, diciendo: - Voy a seros sincero. Si quisiera ser rey, hace ya mucho tiempo que habría ocupado un trono de los muchos que existen en este mundo. Pero ni mis hermanos ni yo lo deseamos. Nos gusta más llevar la vida sin complicaciones de un monje vulgar. Si aceptáramos vuestro ofrecimiento, tendríamos que dejarnos crecer el pelo, no podríamos retirarnos a descansar hasta que no fuera noche cerrada y deberíamos estar en pie antes de que diera la quinta vigilia. Eso sin contar el continuo estado de ansiedad en el que tendríamos que vivir, pensando en la seguridad de nuestras fronteras y en el bien de nuestros súbditos, presas siempre apetecibles para el hambre y las desgracias. ¡No podríamos vivir! Es mejor que vos continuéis siendo rey y nosotros sigamos cultivando la virtud. Cada cual a lo suyo. El rey insistió con energía una y otra vez, pero al final comprendió que no le quedaba otra opción y ocupó el trono que siempre había sido suyo. Lo primero que hizo, tras reasumir el «nos», fue conceder una amnistía general que abarcó todo el imperio. Colmó después de incontables riquezas el Monasterio de la Gruta Sagrada y ofreció un banquete en honor de Tripitaka en el palacio oriental. No contento con eso, hizo llamar a los mejores pintores de su reino y les encargó la confección de los retratos de los cuatro Peregrinos para que figuraran a partir de entonces en el Salón de los Carillones de Oro. Concluida su misión, el maestro y los discípulos se dispusieron a seguir su viaje hacia el Oeste. Agradecidos, el rey, la reina y todos sus súbditos les ofrecieron ingentes cantidades de oro, plata y seda, que Tripitaka, en nombre de los cuatro, rechazó con energía. Lo único que deseaba era un salvoconducto que les permitiera ensillar el caballo y partir cuanto antes. El rey estaba convencido, no obstante, de que no había expresado su gratitud como debiera e insistió en que el monje Tang se sentara en su carroza. Los funcionarios imperiales, tanto civiles como militares, se encargaron de abrir el cortejo, mientras el rey en persona, el príncipe y todas las concubinas empujaban sumisamente de la carroza. De nada sirvieron las protestas del monje Tang. Sólo cuando hubieron dejado atrás las murallas de la ciudad, se le permitió bajar de la carroza de dragones y seguir adelante con el viaje. En el momento de la despedida le dijo el rey: - Cuando hayáis llegado al Paraíso Occidental y os dispongáis a regresar a vuestro reino con las escrituras, no olvidéis pasar por aquí. - Así lo haré - prometió Tripitaka y el rey regresó a la ciudad sede todos sus súbditos, que, como él mismo, no paraban de llorar. El monje Tang y sus discípulos pudieron continuar, por fin, su complicado periplo. En sus mentes sólo tenían un propósito: llegar cuanto antes a la Montaña del Espíritu. El otoño estaba tocando a su fin y el invierno, aunque tímidamente, había dado ya muestras de su inmediata presencia. La escarcha había empezado a cebarse en los arces y el bosque aparecía desnudo y abandonado. Sólo el mijo parecía resistir los primeros ramalazos del frío, fortalecido por las últimas lluvias otoñales. Los ciruelos de la montaña ponían una nota de color en el tibio sol de la mañana, mientras los bambúes se mecían en las alas del frío viento. Tras abandonar el Reino del Gallo Negro, los Peregrinos viajaban durante el día y descansaban por la noche. Había transcurrido aproximadamente medio mes, cuando se toparon con una montaña tan alta que tocaba, en verdad, las nubes y oscurecía el mismísimo sol. Tripitaka se sintió tan abatido que detuvo su camino y llamó al Peregrino. - ¿Quieres decirme algo? - le preguntó éste. - ¿Has visto esa montaña enorme que se levanta ante nosotros? - replicó Tripitaka -. Es conveniente que extremes todas las precauciones, pues no me extrañaría nada que habitara en ella una criatura malvada, empeñada en impedirnos la marcha. - Quizás sí - comentó el Peregrino -. Pero no os preocupéis y seguid caminando. Tengo preparado un plan de defensa. Al oír eso, el maestro se tranquilizó y espoleó el caballo. La montaña era, en verdad, muy escarpada. Su cima tocaba el cielo y el más profundo de sus desfiladeros llegaba hasta las mismas puertas del infierno. Las nubes parecían haber hecho de ella su morada. A veces formaban caprichosos anillos blanquecinos que ascendían libremente por las laderas, mientras que otras tomaban la forma de una oscura y amenazante neblina. Las nubes jugaban a sus anchas con los rojizos ciruelos, los bambúes de color de jade, los verdosos cedros y los azulados pinos. En el corazón de tan impresionante montaña se adivinaban desfiladeros de más de mil metros de profundidad y lóbregas cavernas en las que habitaban monstruos de extrañas y caprichosas formas. El agua penetraba en esas cuevas gota a gota, para formar más adelante arroyuelos de irregular trazado. En la superficie el paisaje era más tranquilizador. Familias enteras de simios comedores de fruta saltaban ruidosamente de rama en rama ante la mirada asustadiza de los antílopes y la orgullosa agitación de las cornamentas de los ciervos. A lo lejos se veía a los tigres regresar a sus guaridas a pasar la noche. Al amanecer, cuando tras los riscos se adivinaba la inmediata presencia de los primeros rayos del sol, los dragones abandonaban sus cubiles y partían, raudos, a sacudir las olas con sus zarpas. Al menor ruido las aves salvajes levantaban el vuelo entre un alocado batir de alas. Toda prudencia en ellas era poca, porque en los bosques las bestias eran abundantes y no dejaban de afilar sus garras en las sufridas cortezas de los árboles. Su fiereza era tal que quien tuviera la mala fortuna de verlas caía en seguida presa del pánico. Habitaban en cavernas de difícil acceso, en las que también moraban monstruos. Por doquier las rocas ofrecían una tonalidad tan verdosa que daban la impresión de haber sido teñidas con incontables esquirlas de jade. Su color se compenetraba fácilmente con la tonalidad azulada de la neblina, que, como una gasa gigantesca, se extendía por todo el paisaje. A pesar de belleza tan singular, tanto el maestro como sus discípulos fueron perdiendo la confianza. No era para menos. A los pocos pasos de donde se hallaban vieron levantarse una nube rojiza, que se condensó a media altura y tomó la forma de una bola de fuego. Alarmado, el Peregrino corrió hacia el monje Tang y, agarrándole de la pierna, le hizo bajar a toda prisa del caballo, al tiempo que gritaba: - ¡Deteneos! ¡Se acerca un monstruo! Ba-Chie y el Bonzo Sha sacaron sus armas y se pusieron junto a su maestro. En el interior de aquel enorme disco de luz roja había, en verdad, un monstruo. Hacía varios años que había oído comentar que el monje enviado por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras era, en realidad, la reencarnación de la Cigarra de Oro, un hombre extremadamente virtuoso que se había dedicado a la práctica de las buenas obras durante más de diez vidas seguidas. Se decía que quien probara un poco de su carne vería alargados sus días hasta alcanzar la misma edad que el Cielo y la Tierra. El monstruo esperó hora tras hora la aparición del Peregrino y ahora sus deseos se veían, por fin, colmados. Pero, al mirar desde arriba, comprobó, desconcertado, que tanto el monje Tang como su caballo estaban protegidos por otros tres monjes de repulsiva apariencia y ademanes guerreros. - ¡Mira tú por dónde! - exclamó el monstruo, sorprendido -. ¿Quién iba a decir que ese clérigo tan virtuoso gozara de la protección de unos matones como ésos? Se han arremangado la túnica y han estirado los brazos, como si fueran a entrar en combate. ¡Ahora caigo! Uno de ellos ha debido de reconocerme y ha ordenado a los demás que se pusieran en guardia. Vistas así las cosas, me va a resultar mucho más difícil de lo que había pensado probar la carne de ese monje. Analizó la situación con más detenimiento y llegó a las siguientes conclusiones: - Si saco mis armas, es probable que no pueda ni acercarme a ellos. Ahora bien, si recurro al engaño, con toda seguridad lograré los objetivos que me he propuesto. Puedo servirme incluso de la bondad, para desorientarlos más fácilmente. Cuando lo haya conseguido, no me costará mucho deshacerme de ellos. Voy a tomarles un poco el pelo a ver lo que pasa. El Monstruo hizo que la luz roja se diluyera en el aire y se escondió tras un recodo rocoso que había un poco más adelante. Sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un niño de unos siete años, que colgaba, completamente desnudo, de lo alto de un pino. - ¡Socorro! ¡Auxilio! - gritaba, angustiado, balanceando sin cesar la cuerda la que se hallaba suspendido. En cuanto el Gran Sabio vio que la bola de fuego había desaparecido, dijo a su maestro: - Levantaos y sigamos nuestro camino. - Pero tú dijiste que se acercaba un monstruo - protestó el monje Tang -. ¿Cómo es que ahora nos mandas proseguir el viaje? - Hace un rato - explicó el Peregrino - vi surgir de la tierra una nube rojiza, que se convirtió en una bola de fuego en cuanto hubo alcanzado una altura media. Eso me hizo sospechar que se trataba de algún monstruo desconocido. Pero la bola se ha disuelto, de pronto, en el aire y he llegado a la conclusión de que esa bestia no era de las que se alimentan de carne humana. De ahí que haya proseguido tranquilamente su camino y yo me haya atrevido a sugeriros que reanudemos el nuestro. - ¡Cuidado que tienes una lengua ágil! - exclamó Ba-Chie, sonriendo, burlón -. ¿Desde cuándo los monstruos pasan de largo, sin hacer daño? - Muchas veces - respondió el Peregrino -. ¿Es que no lo sabes? Cuando algún monstruo principal organiza alguna fiesta, a la que invita a todos los de su especie, acuden en seguida a ella, sin importarles si se encuentran por el camino con gente tan poco sabrosa como tú o tan jugosa como el maestro. Lo más seguro es que vaya a celebrarse por aquí cerca una de esas fiestas y que el monstruo de la bola de fuego sea uno de los invitados. Tripitaka no parecía muy convencido, pero no le quedó otro remedio que encaramarse a lo alto de la cabalgadura y proseguir su camino. Cuanto más se adentraban en la montaña, más cerca oían los gritos de « ¡Auxilio! ¡Socorro!». - ¿Quién puede gritar de esa forma en un lugar tan poco transitado como éste? - preguntó el maestro a sus discípulos, vivamente sorprendido. - Continuad andando y no os preocupéis de nada - le urgió el Peregrino -. Es natural que en un paraje como éste se escuche toda clase de gritos. Sólo el Cielo conoce cuántas especies distintas de bestias habitan en estas montañas. - No me refiero a los animales - se defendió Tripitaka -, sino a alguien como nosotros. - Ya lo sé - contestó el Peregrino, sonriendo -, pero a nosotros nos va ni nos viene. Es mejor que continuemos andando. El monje Tang hubo de reconocer que tenía razón. Pero apenas habían cubierto otro medio kilómetro, cuando, de nuevo, oyeron gritar a alguien: - ¡Socorro! ¡Auxilio! - No es posible que ésos sean los gritos de un monstruo - volvió a decir Tripitaka -. Tampoco se parece en nada a un eco. Escucha con atención y lo verás. Por fuerza tiene que tratarse de algún hombre en dificultades. Acudamos en seguida a socorrerle. - Es mejor que, al menos por hoy, dejéis de lado vuestra compasión - le aconsejó el Peregrino -. Podéis recobrar vuestra piedad, en cuanto hayamos dejado atrás esta montaña. Me extraña que, después de haber leído tantas historias sobre plantas poseídas por espíritus, hayáis olvidado que todo cuanto existe puede convertirse en un monstruo. Es verdad que muchos de ellos son totalmente inofensivos, pero si nos topamos, por poner sólo un ejemplo, con una serpiente enorme que haya alcanzado cierto grado de perfección, podemos correr un peligro tremendo. Un espíritu así es capaz de conocer hasta el apodo de una persona. Escondida entre la maleza o entre las rocas, puede gritarlo una y otra vez, y, si el infeliz de turno comete la imprudencia de responder, esa misma noche perderá la vida y su espíritu pasará a formar parte del de la bestia. Es mejor no hacer caso de esas cosas. Como muy bien decían los antiguos, «escapar es ya motivo de agradecimiento a los dioses». Así que, por lo que más queráis, no prestéis atención a esas voces. De nuevo hubo de reconocer el maestro que tenía razón y espoleó el caballo. Sin embargo, el Peregrino continuó diciéndose: - Esos gritos tienen que ser por fuerza del monstruo que nos salió al paso. Me pregunto dónde se habrá escondido. Voy a hacerle probar lo de «Cáncer contra Capricornio». Así me evitaré no pocas complicaciones. Se llegó después hasta donde estaba el Bonzo Sha y le ordenó: - Agarra de las riendas al caballo y no le dejes caminar muy deprisa, voy a echar por ahí una meada. Dejo que el monje Tang se alejara unos cuantos pasos más y recitó un conjuro para acortar distancias y hacer que la montaña girara. Señaló para atrás una sola vez con la barra de hierro y al punto Tripitaka y sus discípulos traspusieron el pico de la montaña, dejando atrás al monstruo. El Gran Sabio no tardó en alcanzarlos. Pero en ese mismo momento Tripitaka volvió a oír los gritos de auxilio y comentó: - Se ve que ese hombre no estaba predestinado a toparse con ninguno de nosotros, porque su voz se oye ahora hacia atrás. Eso decir que debemos de haber pasado a su lado sin verle. - Lo más seguro es que haya cambiado el viento y todo no sea más que una ilusión acústica - trató de explicar Ba-Chie. - ¿Qué importa que el viento haya cambiado o no de dirección? - replicó el Peregrino -. Nosotros a lo nuestro. Sigamos nuestro camino, sin importarnos nada más. Nadie volvió a comentar nada, concentrándose únicamente en lo escarpado y difícil de la ruta. El monstruo, por su parte, continuó pidiendo auxilio, pero nadie corrió a socorrerle. Eso le hizo pensar: - Hace un momento el monje Tang estaba a tres o cuatro kilómetros de aquí. ¿Cómo es posible que todavía no haya llegado, con el tiempo que llevo esperándole? ¿Habrán seguido otro camino? Sacudió de nuevo el cuerpo y al punto se vio libre de la soga que le atenazaba. Montó después en la luz roja y se elevó, una vez más, por los aires. El Gran Sabio no se fiaba del éxito de su estratagema y no hacía más que mirar hacia atrás, mientras caminaba. Así, no tardó en verle acercarse y, corriendo hacia el monje Tang, le obligó a bajarse del caballo, diciendo: - Extremad las precauciones, hermanos. Según parece, el monstruo de antes nos viene siguiendo los pasos. Ba-Chie y el Bonzo Sha agarraron en seguida sus armas y rodearon a su maestro. Al ver lo que ocurría, el monstruo no pudo por menos que decirse, sorprendido: - ¡Menudos monjes más avispados! Acabo de ver al de la cara blanca en el caballo y resulta que ahora está junto a la cabalgadura rodeado de los otros tres. Debo cambiar inmediatamente de táctica y deshacerme del que tiene poderes para detectar de inmediato mi presencia. De lo contrario, jamás lograré mis objetivos. No es nada tranquilizador gastar en vano las pocas energías que uno posee. En cuanto puso el pie en el suelo, se convirtió en el mismo muchacho de antes y volvió a colgarse de lo alto de un pino. Esta vez, sin embargo, lo hizo a medio kilómetro escaso de donde se encontraba el monje Tang. Al ver el Gran Sabio que la bola de fuego se había vuelto a disolver en el aire, pidió a su maestro que montara en su caballo y reanudara la marcha. - Es la segunda vez que nos adviertes de la presencia de un monstruo - protestó, un tanto malhumorado, el monje Tang -. ¿Por qué quieres que sigamos adelante, si está tan cerca como dices? - Es de esos monstruos viajeros, de los que os hablé antes - explicó el Peregrino -. No se atreverá, por tanto, a haceros el menor daño. - ¿Sabes lo que pienso? - le regañó Tripitaka, perdiendo la paciencia -.Que te estás burlando descaradamente de mí. Cuando aparece un monstruo de verdad, jamás dices nada, pero basta que atravesemos una región tan pacífica como ésta, para que empieces a gritar que anda suelta por ahí una bestia. ¿Cómo quieres que te crea? Máxime cuando me agarras sin ningún respeto de las piernas y me obligas a bajar, para nada, del caballo. Después todo lo arreglas diciendo que se trata de un monstruo viajero. Pero las cosas no son tan sencillas como pretendes. Imagina, sin ir más lejos, que el sobresalto me hace caer del caballo y me parto una pierna. ¿Podrías seguir viviendo con esa responsabilidad sobre tu conciencia? ¡Di! ¿Podrías? - Os ruego que no lo toméis así - suplicó el Peregrino -. Si os partierais un brazo o una pierna, al caeros del caballo, cuidaríamos de vos. Pero ¿quién podría hacerlo, si cayerais en poder de un monstruo? Tripitaka se puso tan furioso que empezó a recitar el conjuro que le enseñado la Bodhisattva para dominar al Mono. Era tal el dolor de cabeza que atormentaba a Wu-Kung que el Bonzo Sha, compadecido, pidió al maestro que pusiera fin al castigo. Tripitaka tomó las riendas del caballo y continuó caminando. A los pocos pasos hizo ademán de montar en él, pero no había puesto el pie en el estribo, cuando oyó que alguien gritaba: - ¡Por lo que más queráis, maestro, ayudadme! Sorprendido, levantó los ojos y vio colgando de un árbol a un niño totalmente desnudo. Conmovido, se volvió hacia el Peregrino y le regaño diciendo: - ¡Cuidado que eres desaprensivo! ¡En ti no existe la menor pizca de bondad! Sólo piensas en buscarme problemas y en destruir cuanta vida encuentras a tu paso. Te dije que alguien solicitaba nuestra ayuda, pero tú te empeñaste en hacerme creer que se trataba de un monstruo. ¡Mira bien! ¿Qué es eso que cuelga de ahí? ¿Una bestia o una persona? El Gran Sabio no se atrevió a replicar. Sabía que, si abría la boca, el maestro empezaría a recitar otra vez el conjuro y prefirió ahorrarse ese tormento. Aparentó, pues, arrepentimiento y agachó, compungido, la cabeza. Poco podía hacer por evitar que el monje Tang se aproximara al árbol y le preguntara al monstruo con la fusta extendida: - ¿A qué familia perteneces y por qué estás ahí colgado? Si o me lo dices, me temo que no podré ayudarte. ¡Qué lástima que el monje Tang sólo hiciera uso de sus ojos mortales! Hasta el monstruo se extrañó que no le reconociera. Eso le movió a seguir adelante con su farsa. Arreció en su llanto y contestó con voz entrecortada: - Al oeste de esta montaña discurre el Arroyo del Pino Seco a cuyas orillas se extiende un pueblo en el que habita mi familia. Mi abuelo se apellida Rojo, pero, como ha logrado amasar una enorme fortuna, todo el mundo le conoce como Rojo el Millonario. En realidad debería hablar de él en pasado, porque hace ya mucho tiempo que murió. Como era de esperarse, toda su fortuna pasó a mi padre. Su suerte, desgraciadamente, no ha estado regida por la misma estrella y cuantos negocios ha emprendido han terminado en un rotundo y sonoro fracaso. Tanto que ahora es conocido como Rojo el Milenario. Pensando en recuperar pronto lo perdido, se lanzó a hacer incontables préstamos de plata y oro a un grupo de aguerridos caballeros. Cuesta trabajo creer que no se diera cuenta de que se trataba de una banda de vulgares malhechores, cuyo único propósito era arrancarle cuanto poseyera. Cuando juró, finalmente, que no iba a prestarles una sola sapeca más, era demasiado tarde. Los bandidos se sintieron tan seguros que asaltaron nuestra casa a plena luz del día y arramplaron con todo lo que les vino en gana. No contentos con eso, asesinaron a mi padre y, al ver lo atractiva que aún era mi madre, la secuestraron con la clara intención de encerrarla para siempre en un burdel. Pese a tanta desgracia, tuvo la suficiente fortaleza de ánimo para esconderme entre sus faldas y llevarme consigo sin que nadie se diera cuenta. Pero entre los bandidos terminaron descubriendo su juego y, al llegar a esta montaña, quisieron asesinarme. Si logré escapar al cuchillo, fue porque mi madre les suplicó, una y otra vez, que me perdonaran la vida. Los bandidos no estaban para tanta floritura y accedieron a colgarme de un árbol, para que el hambre acabara con mis días y las alimañas devoraran después mi cuerpo. Ha sido una suerte, por tanto, que acertarais vos a pasar por un sitio tan desolado como éste. Sin lugar a dudas tan buena fortuna obedece a ciertos méritos, que, sin yo saberlo acumulé en alguna existencia anterior. Si accedéis a salvarme la vida y a conducirme de vuelta a mi casa, os recompensaré con largueza, aunque para ello tenga que venderme como esclavo. Mi agradecimiento será tal que hasta después de muerto recordaré vuestro gesto. Tripitaka creyó a ciegas cuanto dijo el muchacho y ordenó a Ba-Chie que le desatara. El Idiota se dispuso en seguida a hacerlo, pero el Peregrino trató de impedírselo, diciendo directamente al monstruo: - ¡Maldita bestia! ¡No pienses que no sé quién eres! ¡Para engañar a la gente se precisa más que lloriqueos y patrañas! Si, como dices, tu hacienda ha sido saqueada, tu padre ha muerto a manos de esos bandidos y tu madre se ha visto forzada a seguirlos, ¿quieres decirnos a quién vamos a confiarte, una vez que te hayamos liberado? Además, ¿cómo piensas agradecérnoslo, si no tienes dónde caerte muerto? Como ves, tu historia es incapaz de mantenerse en pie mucho tiempo por sí sola. El monstruo se puso a temblar. Sabía que el Gran Sabio era su principal enemigo. Por eso, echó mano de nuevo de su inventiva y, llorando a lágrima viva, dijo al maestro: - Es cierto que mis padres han muerto y que la fortuna de mi familia evaporado por completo. Pero aún dispongo de alguna que otra tierra y de unos cuantos familiares. - ¿Qué familiares? - le interrogó el Peregrino. - Todos los de mi madre - respondió el monstruo -. Son originarios de una región que hay al sur de esta montaña, aunque la mayoría de mis tías viven hacia el norte. Eso sin contar al Señor Li, esposo de una hermana de mi madre, que mora cerca del nacimiento del arroyuelo del que antes os hablé, y al Señor Rojo, un tío lejano, que tiene su morada en el interior del bosque. Por si esto os parece poco, sabed que en el pueblo del que procedo tengo varios primos y parientes. Ellos os recompensarán con largueza, cuando les diga lo que habéis hecho por mí. Estoy seguro de que venderán alguna tierra y os darán cuanto preciséis. Al oír eso, Ba-Chie apartó al Peregrino de un empujón, diciendo: - ¿A qué viene interrogarle de esa manera? ¿No ves que no es más que un niño? Además, dijo claramente que los bandidos se habían llevado todo lo que había de valor en su casa. Me figuro que no podrían cargar con las tierras y las casas, ¿no? Nosotros, sin ir más lejos, comemos como bestias, pero no podemos terminar con la comida que producen diez simples acres de tierra. Bajémosle de ahí y disfrutemos de nuestra buena obra, cuando hable con sus parientes. El Idiota no tenía ya más ojos que para la comida. Sin encomendarse a nadie, cogió la navaja que usaban para las ofrendas y desató al monstruo. Sin dejar de llorar, la bestia se volvió hacia monje Tang y empezó a golpear el suelo con la frente. - Levántate y sube a mi caballo - le ordenó el maestro, enternecido -. De ahora en adelante yo me encargaré de cuidarte. - No, no - se disculpó el monstruo -. De estar colgado en ese árbol tengo entumecidos los pies y las manos, y me duele mucho el cuerpo. Además, nunca he montado en caballo. El monje Tang ordenó entonces a Ba-Chie que cargara con él, pero el monstruo se negó a hacerlo, diciendo: - Mi piel es muy áspera y no me atrevo a abusar de esa forma de este digno maestro. Tenéis que reconocer, por otra parte, que sus orejas son muy grandes, su boca muy saliente, y sus cerdas demasiado recias. ¿Queréis que parezca que me he tumbado encima de un cardo? - En ese caso - concluyó el monje Tang -, que te lleve el Bonzo Sha. - Maestro - dijo el monstruo, después de echarle una mirada -, cuando esos bandidos arrasaron mi casa, llevaban la cara totalmente pintada, usaban barbas postizas y blandían cuchillos y palos. No podéis suponeros la impresión que me causaron. Pese a todo, y con muchísimo respeto, este honorable maestro me produce más miedo todavía que ellos. Si no os importa, preferiría que él no cargara conmigo. Al monje Tang no le quedó, pues, otro remedio que ordenárselo al Peregrino, que se apresuró a exclamar, soltando ruidosamente la carcajada: - ¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Le llevaré yo! Sin poder esconder su alegría, el monstruo aceptó de buen grado ser llevado por el Peregrino. Con el fin de probar su peso, Wu-Kung se apartó un poco del camino y comprobó que pesaba poco más de quince kilos. Satisfecho, exclamó entre dientes: - ¡Cuidado que eres imprudente! Merecías que te diera muerte ahora mismo. ¿Quién te dijo que podías burlarte, así como así, de mí? ¿Acaso creíste que no iba a descubrir ese algo especial que tú posees? - Yo procedo de una buena familia y he tenido la mala fortuna de toparme con la más insufrible de las desgracias. ¿Qué queréis decir con eso de algo especial? - Si es verdad que perteneces a una buena familia - replicó el Peregrino -, ¿cómo es que tienes un cuerpo tan ligero? - Sólo tengo siete años - se defendió el monstruo. - Aunque únicamente hubieras engordado cuatro kilos al año - calculó el Peregrino -, ahora deberías pesar veintiocho y la verdad es que apenas llegas a la mitad. - ¿Yo qué sé? - exclamó el monstruo -. Posiblemente no tomara suficiente leche, cuando era pequeño. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Cargaré contigo hasta donde sea preciso, pero, por lo que más quieras, no me mees encima. Cuando desees orinar, me avisas, ¿de acuerdo? Tripitaka iba delante con Ba-Chie y el Bonzo Sha, cerrando la marcha Wu-Kung con el niño a las espaldas. De su marcha hacia el Oeste disponemos de un poema que dice: La virtud siempre es sublime, pero las fuerzas del mal se valen también de su atractivo. De la misma forma, la causa del Zen es inmutable, pero de esa inmutabilidad se alimentan, igualmente, las bestias. La Mente siempre es justa y, por eso, opta por un camino medio. La Madre Madera 1, por su parte, injusta e inclinada al mal, sigue otro sendero. El Caballo de la Voluntad permanece callado, tratando de dominar los deseos y pasiones. Quien alimenta la Falsedad suele hallar éxito en sus empresas, pero su felicidad se desvanece como la espuma, porque, tarde o temprano, la Verdad termina desenmascarándola. Mientras el Gran Sabio caminaba con el monstruo a sus espaldas, empezó a criticar la conducta del monje Tang, diciéndose: - Parece como si el maestro no supiera lo difícil que es trasponer montañas tan escabrosas como ésta. De por sí, es penosísimo transitar por estos senderos. ¡Cuánto más con un monstruo a las espaldas! Aunque fuera una persona honrada, no tendría ningún sentido cargar con él, porque sus padres han muerto. ¿A quién vamos a confiar su custodia? En casos así lo mejor es romperle la cabeza y asunto terminado. El monstruo se percató en seguida de lo que estaba pensando el Peregrino y decidió valerse de la magia. Aspiró cuatro bocanadas de aire, una de cada punto cardinal, y las expulsó sobre el cogote del Peregrino. Al punto éste sintió como si le hubieran puesto encima un peso superior a los diez mil kilos. - ¡Vaya! - exclamó el Peregrino, sonriendo con malicia -. Así que tratando de aplastar a tu respetable padre con un poquitito de magia ¿eh? El monstruo temió que el Gran Sabio pudiera hacerle daño y liberándose de aquel cuerpo, se elevó por los aires, al tiempo que el peso que soportaba el Peregrino se hacía cada vez más grande. Eso agravó aún más su mal humor. El Rey de los Monos no era hombre que soportara con facilidad los abusos y, agarrando al muchacho que llevaba a las espaldas, lo tiró junto a unas rocas que había al borde del camino. El golpe fue tan fuerte que el cuerpo quedó reducido a una masa informe de carne. No contento con eso, el Peregrino le arrancó las piernas y los brazos y los hizo añicos. Al verlo desde el aire, el monstruo no pudo por menos que lanzar un suspiro de alivio, al tiempo que pensaba: - ¡Menudo monje! ¡Jamás pensé que fuera tan traidor! Aunque yo sea un monstruo empeñado en devorar a su maestro, tenía que haber esperado a que yo hubiera dado el primer paso. ¿A qué viene mostrarse tan agresivo? Menos mal que se me ocurrió apartarme de ese cuerpo; de lo contrario, ahora estaría muerto del todo. Lo que tengo que hacer es apoderarme cuanto antes del monje Tang. Creo que no podré encontrar una ocasión mejor que ésta, pues ese mono disfruta haciendo correr la sangre. No había acabado de decirlo, cuando se levantó un viento huracanado, que arrastraba las rocas y lanzaba contra las nubes toneladas de arena y polvo. Era tan fuerte que las aguas se salieron de sus cauces y, al agitar el éter negro, el sol terminó perdiendo su luz. Fueron incontables los árboles que arrancó, poniendo al descubierto sus centenarias raíces. No hubo ciruelo que no perdiera todas sus ramas. La arena se cebaba en los ojos de los caminantes, que se veían en la necesidad de posponer sus viajes. Las rocas volaban como hojas de bambú, yendo a caer sobre los caminos y haciéndolos prácticamente intransitables. Todo el paisaje se vio sumido en una densa oscuridad, que enloquecía a las bestias y a las aves salvajes. Por doquier se oían sus gritos de angustia. Tripitaka apenas podía mantenerse a lomos del caballo. Ba-Chie lo vio tambalearse peligrosamente en lo alto de la grupa, pero hubo de cerrar los ojos casi inmediatamente, para defenderlos de los embates de la arena. Otro tanto hizo el Bonzo Sha. Sólo el Gran Sabio comprendió que se trataba de alguna artimaña del monstruo. Pero, cuando llegó al lado de su maestro, la bestia se lo había llevado ya montaña adelante. El monje Tang había desaparecido, sin dejar el menor rastro. El viento comenzó entonces a amainar y no pasó mucho tiempo antes de que el sol comenzara a brillar de nuevo. El Peregrino vio al caballo - dragón relinchando y dando coces de espanto. El equipaje yacía, deshecho, junto al camino. Ba-Chie estaba acurrucado detrás de una roca, lo mismo que el Bonzo Sha, que no dejaba de gemir. - ¡Ba-Chie! - gritó el Peregrino. Al oír la voz de Wu-Kung, el Idiota levantó la cabeza y comprobó que la tormenta había remitido del todo. Aun así, se agarró nerviosamente al Peregrino y exclamó: - ¡Qué viento tan huracanado! ¡Qué viento! - Parecía un tornado - comentó el Bonzo Sha, acercándose a ellos. - ¿Dónde está el maestro? - preguntó el Peregrino. - El viento era tan fuerte que todos tuvimos que esconder la cabeza en el primer sitio que encontramos, para no quedarnos ciegos - respondió Ba-Chie -. Por lo poco que pude ver, el maestro recurrió a su silla de montar. - Todo eso está muy bien - dijo el Peregrino -. Pero ¿dónde está ahora? - ¡Es increíble! - exclamó el Bonzo Sha -. Ha desaparecido. Parece como si se hubiera convertido en una paja y se hubiera marchado a lomos del viento. - Creo que ha llegado la hora de separarnos - concluyó el Peregrino. - Tienes razón - concedió Ba-Chie -. Todavía estamos a tiempo de irnos cada cual por nuestro lado. El viaje hacia el Oeste parece interminable. ¿Queréis decirme cuándo vamos a llegar? A veces dudo que nuestro viaje vaya a tener fin algún día. - ¿Cómo podéis decir eso? - les regañó el Bonzo Sha, tan sorprendido por los que oía que el cuerpo se negaba a obedecerle -. Todos cometimos graves ofensas contra el Cielo en nuestras vidas anteriores. Fue una suerte, por tanto, que la Bodhisattva Kwang Shr-Ing nos iluminara el corazón, nos hiciera entrega de los mandamientos, nos cambiara los nombres y nos invitara a abrazar la fe budista. Con el fin de acumular méritos y conseguir que nos fueran perdonadas totalmente nuestras antiguas culpas, aceptamos de buen grado proteger al monje Tang en su camino al Paraíso Occidental con el fin de presentar sus respetos a Buda y obtener las escrituras sagradas. ¿Cómo habláis ahora de darlo todo por terminado, regresando cada cual al lu8gar del que partió? Si lo hacemos, todo habrá resultado inútil y los esfuerzos de la Bodhisattva habrán sido tan innecesarios como una lluvia de arena sobre el desierto. Eso sin contar con que todo el mundo se reirá de nosotros. ¿Qué otra cosa merece, de hecho, quien comienza una cosa y es incapaz de terminarla? - Todo eso es verdad - reconoció el Peregrino -. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer con un maestro tan cabezota e incapaz de escuchar los consejos que se le dan? Como sabéis, poseo unos ojos de fuego y unas pupilas de diamante que me capacitan para distinguir con claridad el bien del mal. Desde un principio supe que el niño que estaba colgado del pino era, en realidad, un monstruo; ha sido él precisamente el que ha levantado ese viento que por poco nos mata. Os lo advertí antes de que sucediera, pero ni vosotros ni el maestro quisisteis creerme, alegando que pertenecía a una buena familia y obligándome a cargar con él. Eso, en el fondo, me alegró, porque me dio la oportunidad de controlarle más de cerca. Pero él trató de aplastarme, recurriendo a la magia del cuerpo superpesado. Cansado de sus argucias, le hice picadillo. Sin embargo, logró abandonar a tiempo su maltrecho cuerpo, arreglándoselas incluso para atrapar a nuestro maestro en el torbellino de ese huracán que acabamos de presenciar. ¡El monje Tang no escucha nunca a nadie! Son incontables las veces que se ha negado, no digo ya a aceptar, sino simplemente a considerar mis consejos. Eso me ha producido tal amargura que he creído que no valía la pena seguir sacrificándonos por un hombre que sólo se rige por sus propias ideas. Ahora, la verdad, no sé qué partido tomar. Tus palabras estaban cargadas de tal sentido de la lealtad que mis razones me parecen egoístas y carentes de todo fundamento. Pero la amargura sigue corroyendo mi corazón. ¿Qué te parece a ti, Ba-Chie, que hagamos? - Ahora me doy cuenta de que lo que dije lo hice sin pensar - confesó Ba-Chie -. Mi opinión, por tanto, es que debemos continuar unidos. Además, no nos queda otra alternativa. Aun suponiendo que el Bonzo Sha no tuviera razón, nuestra obligación es dar con el monstruo y liberar a nuestro maestro. Sería indigno de nosotros abandonarle, cuando más nos necesita. - Actuemos, entonces, como un solo hombre - sugirió el Peregrino con el rostro iluminado -. En cuanto hayamos recogido el equipaje y nos hayamos hecho cargo del caballo, escalaremos la montaña y descubriremos dónde se encuentran el monstruo y el maestro. - Sin embargo, recorrieron cerca de setenta kilómetros de penosísimo camino y no encontraron el menor rastro. La montaña parecía estar desprovista de toda señal de vida. Sólo de vez en cuando se veía algún que otro cedro sin nidos o un pino solitario, al que no acudía ninguna bestia a restregarse. La inquietud se iba haciendo más intensa en el corazón del Gran Sabio con cada paso que daba. Al final, no pudo aguantarlo más y, llegándose hasta la cumbre de un salto, gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una criatura de tres cabezas y seis brazos, exactamente igual que cuando sumió el Cielo en aquella tremenda confusión. Agitó, al mismo tiempo, la barra de hierro y ésta se multiplicó inesperadamente por tres. Con ella comenzó a golpear como un loco en todas direcciones. Al verlo, Ba-Chie exclamó, preocupado: - ¡Esto va de mal en peor, hermano Sha! Parece que la desaparición de nuestro maestro ha hecho perder el juicio a Wu-Kung. Ya ves, sin ton ni son se ha puesto a guerrear contra el viento. Sin embargo, el alocado combate del Peregrino sirvió para que acudieran ante él los dioses que por allí habitaban. Todos parecían muy pobres. Tanto que no vestían más que andrajos. Sus calzones carecían de culera y tenían las perneras totalmente deshilachadas. En seguida se echaron rostro en tierra y dijeron: - Aquí tenéis, Gran Sabio, a todos los dioses y espíritus de esta montaña. - ¿Cómo es que sois tantos? - preguntó el Peregrino, sorprendido. - Para vuestra información, Gran Sabio - contestaron ellos, sacudiendo sin cesar el suelo con la frente -, este lugar es conocido como Montaña del Pico de Lezna de los Diez Mil Kilómetros. A cada millar le corresponde un dios y un espíritu local, así que, en total, somos veinte las deidades que aquí residimos. Ayer mismo tuvimos noticias de vuestra llegada, pero hasta hoy no hemos podido reunimos todos. Eso explica nuestra tardanza en venir a daros la bienvenida. Esperamos que no nos lo toméis a mal y perdonéis nuestra mala educación. - De momento, estáis perdonados - trató de tranquilizarlos el Peregrino -. Pero dejémonos de cumplidos. Deseo que me digáis el número exacto de monstruos que habitan en esta montaña. - Sólo uno, Gran Sabio - respondieron los dioses -. A él precisamente le debemos que seamos tan pobres, porque, por su culpa nadie nos ofrece incienso ni papel moneda, amén de los sacrificios de los que gozan los dioses de otras regiones. Como veis, apenas disponemos de túnicas y a veces pasan meses enteros sin que podamos llevarnos a la boca ni un solo grano de arroz. ¿Os imagináis cómo serían nuestras vidas, si hubiera por aquí algún otro monstruo más? - ¿Dónde habita esa bestia? - inquirió, una vez más, el Peregrino -. ¿En la parte posterior o anterior de esta montaña? - En ninguna de ellas - volvieron a contestar los dioses -. Por esta montaña discurre un arroyuelo, conocido como el Arroyo del Pino Seco, a cuyas orillas se abre una cueva, que lleva el nombre de Caverna de la Nube de Fuego. En ella habita un monstruo que posee extraordinarios poderes mágicos, con los que nos esclaviza sin piedad, forzándonos a hacer fuego, a batir los tambores, a mantener protegida su puerta y a patrullar de noche el bosque. Por si eso fuera poco, los diablillos que moran con él abusan de nuestra mala fortuna, obligándonos a pagarles de vez en cuando elevadísimas sumas de dinero. - ¿Cómo es posible? - exclamó el Peregrino, escandalizado -. ¿De dónde sacáis el dinero, si pertenecéis a la Región de las Tinieblas? - Así es - confirmaron los dioses -. No disponemos de una triste sapeca. De ahí que nos veamos obligados a cazar algún ciervo que otro, con el fin de aplacar su codicia. Cuando nos olvidamos de hacerlo, arrasan nuestros monasterios y destruyen cuanto encuentran a su paso. Nuestra vida se ha convertido en un auténtico infierno y no disponemos de un solo segundo de tranquilidad. Por todo ello, nos atrevemos a suplicaros, Gran Sabio, que deis muerte a esa bestia y liberéis de su opresión a cuantas criaturas moran en esta bienhadada montaña. - Si visitáis con tanta frecuencia como decís su caverna - concluyó el Peregrino -, me figuro que sabréis su nombre y su lugar de origen. - Creemos que también vos estáis al tanto de esos extremos - contestaron los dioses con respeto -. Es hijo del Monstruo Toro, de cuya crianza se encargó el mismísimo Raksasi. Durante más de trescientos años se entregó a la práctica de la virtud en la Montaña del Fuego Imperecedero, donde alcanzó la perfección del fuego de Samadhi y los extraordinarios poderes que ahora posee. El Toro Monstruo le aconsejó entonces afincarse en esta montaña y hacer de ella su feudo. Así, el que de niño fue conocido como el Muchacho Rojo ahora ostenta el pomposo título de Gran Rey del Santo Niño. Agradecido por tan valiosa información, el Peregrino despidió a los dioses y espíritus de la montaña, volviendo a adquirir casi inmediatamente la forma que le era habitual. De un salto se llegó hasta donde estaban Ba-Chie y el Bonzo Sha y les dijo: - Podemos respirar tranquilos. Ese monstruo es amigo mío y estoy seguro de que no hará el menor daño a nuestro maestro. - ¡Vamos, no digas tonterías! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Tú te criaste en el continente de Purvavideha y este lugar forma parte del de Aparagodaniya. Entre ambos existen por lo menos diez mil kilómetros, dos océanos e incontables ríos y cordilleras. ¿Cómo va a ser amigo tuyo? - Acabo de entrevistarme con los dioses de esta región - explicó el Peregrino - y me han informado de sus orígenes. Me he enterado de que es hijo del Monstruo Toro que crió Raksasi, que de niño se llamaba el Muchacho Rojo y que ahora ostenta el pomposo título de Gran Rey del Santo Niño. Recuerdo que cuando, hace aproximadamente quinientos años, sumí el Cielo en una confusión total, me dediqué a recorrer los montes más renombrados del mundo en busca de los mayores héroes de la Tierra. Con ellos, entre los que, por cierto, se encontraba el Monstruo Toro, constituí una hermandad de siete miembros. Yo era el más pequeño de todos y él el más grande; de ahí que siempre le llamara hermano mayor. Dado que este monstruo es hijo suyo, deberá considerarme como tío o, al menos, amigo de su familia. ¿Cómo va a hacer daño a nuestro maestro, si descubre quién soy? No perdamos más tiempo y vayamos inmediatamente a hacerle una visita. - ¡Cuidado que eres ingenuo! - exclamó, una vez más, Ba-Chie -. ¿Acaso has olvidado lo que dice el proverbio? «Con tres años que falte uno de casa hasta los hermanos terminan olvidándole.» Eso sin contar con que llevas sin verle, no digo ya tres, sino seiscientos años, y que en todo ese tiempo no habéis bebido juntos ni una sola vez. ¿Qué clase de amigos son los que nunca se visitan ni intercambian regalos en las fiestas? - Haces mal en catalogar a la gente de esa manera - le reprendió el Peregrino -. No en balde otro proverbio afirma que «de la misma forma que una hoja de loto puede recorrer la inmensidad del océano, los seres humanos pueden encontrarse más de diez mil veces a lo largo de sus vidas». Además, aunque no me reconozca como amigo de su padre, estoy seguro de que no se atreverá a hacer el menor daño a nuestro maestro. Vamos, que banquetes no nos va a ofrecer ninguno, pero que va a devolvernos sano y salvo al monje Tang. Esperanzados por estas palabras, los tres monjes cargaron con el equipaje y se dispusieron a buscar la ruta que habían perdido. Sin dejar de caminar día y noche, y tras recorrer no menos de cien kilómetros, llegaron a un impresionante bosque de pinos. En él fluía plácidamente un arroyuelo de aguas verdosas. Justamente en el punto de su nacimiento se veía un puente de piedra que conducía a la entrada de una caverna. - Mirad aquellas rocas - dijo a sus dos acompañantes el Peregrino -. Estoy seguro de que es el lugar en el que vive el monstruo. Voy a llegarme hasta allí para discutir con él de todo el asunto. ¿Quién quiere quedarse aquí cuidando del caballo y del equipaje? Decididlo pronto, porque el otro tiene que venir conmigo. - Te acompaño yo - se apresuró a decir Ba-Chie -. No me gusta quedarme sentado durante mucho tiempo en un sitio, ya lo sabes. - De acuerdo. Tú, Bonzo Sha - añadió el Peregrino -, esconde el equipaje y el caballo en el interior del bosque y cuida bien de ellos. Mientras tanto, nosotros dos liberaremos al maestro. El Bonzo Sha no puso el menor reparo. Ba-Chie y el Peregrino, por su parte, cogieron las armas y se dirigieron hacia la cueva. Por muy sagaz y maléfico que fuera el monstruo de fuego, la Madera Madre y el Mono de la Mente formaban un tándem prácticamente invencible. No sabemos cómo se las arreglaron para llegar hasta la caverna. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第041回 EL MONO DE LA MENTE ES DERROTADO POR EL FUEGO. LA MADERA MADRE ES CAPTURADA POR LOS MONSTRUOS No debes preocuparte del bien o el mal, el honor o la vergüenza, la verdad o la mentira, porque el éxito, los fracasos, los afanes y el descanso vienen y van de continuo. Es preciso vivir el ritmo de las propias necesidades y aceptar sin rechistar la suerte que a cada cual le ha correspondido, sólo quien está tranquilo alcanza la paz absoluta e imperecedera, mientras que quien se deja arrastrar por los afanes de la vida se convierte en presa fácil de los demonios. Con la misma certeza con que el tiempo refresca cuando se levanta la brisa, las Cinco Fases saldrán vencedoras de toda asechanza. Decíamos que el Bonzo Sha se adentró en el bosque, mientras el Gran Sabio y Ba-Chie se dirigían con paso decidido hacia la caverna. De un salto traspusieron el Arroyo del Pino Seco, yendo a caer sobre un montón de rocas muy raras, tras las que se abría la cueva propiamente dicha. El paisaje que se extendía ante sus ojos era, realmente, encantador. El sendero que conducía a la entrada estaba tan sumido en el silencio que no podía encontrarse en todo el universo un lugar mejor para meditar. A lo lejos se escuchaban los cantos de las garzas negras, leves susurros de belleza que arrastraba el viento. Debajo del puente fluía la placidez del arroyo, que brillaba, como una gema, bajo la acción de los rayos del sol. La blancura de las nubes se reflejaba en su cauce, como una dama coqueta. Los simios y las aves salvajes se movían, sin dejar de gritar, por auténticos dédalos de flores exóticas. Las rocas aparecían vestidas de enredaderas y hiedras, entre las que se asomaban, tímidas, las orquídeas. De las simas tapizadas de verde surgían columnas de humo y neblinas. Los bambúes y pinos parecían saludar, con su inmarcesible color, a los fénix. Las altas cumbres que se vislumbraban en la distancia evocaban gigantescos biombos de piedra. No cabía duda de que aquélla era la morada de un inmortal auténtico. El arroyo que la cruzaba nacía en la mismísima cordillera de Kun - Lun y estaba predestinado a servir de solaz a un ser extraordinario. El Peregrino y Ba-Chie pudieron ver en el dintel de la caverna una enorme losa de piedra, en la que podía leerse: «Caverna de la Nube de Fuego. Arroyo del Pino Seco». Justamente debajo de tan espléndida inscripción había un grupo de diablillos jugueteando con espadas y lanzas. El Gran Sabio levantó la voz, al verlos, y dijo: - ¡En, vosotros! Id inmediatamente a informar a vuestro señor que, si no accede inmediatamente a dejar en libertad al monje Tang, acabaré con todos vosotros y arrasaré hasta sus cimientos la caverna en la que ahora habitáis. Los diablillos se refugiaron al instante en el interior de la caverna, cerraron de golpe los dos portones de piedra y corrieron a comunicárselo a su señor, muy excitados: - ¡La ruina, gran rey! ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! Después de capturar a Tripitaka y llevarle a su caverna, el monstruo le hizo desnudar, le ató pies y manos, como si fuera un vulgar cerdo, y le dejó tirado en el patio de atrás. Unos cuantos diablillos se encargaron pronto de lavarle con esmero, para que pudiera ser posteriormente cocinado y devorado. En medio de esa labor estaban, cuando oyeron los aterrados gritos de sus compañeros. Al punto dejaron lo que estaban haciendo y corrieron a preguntarles: - ¿Queréis decirnos de qué desgracia se trata? - Ahí fuera - explicó uno de ellos con voz entrecortada - hay un monje con la cara cubierta totalmente de pelo y con una voz que recuerda al trueno. Le acompaña otro, que tiene unas orejas muy grandes y un morro muy protuberante. Ambos exigen que les entreguemos a su maestro, un tal monje Tang. Dicen que, si no lo hacemos de inmediato, van a terminar con todos nosotros y a destruir hasta sus cimientos esta caverna. - Seguro que esos que decís son el Peregrino Sun y Chu Ba-Chie - comentó el monstruo, sonriendo despectivo -. Se ve que no son nada tontos y que saben dónde buscar. Desde el sitio en que capturé a su maestro hasta aquí hay aproximadamente una distancia de un ciento cincuenta kilómetros. No me explico cómo se las han arreglado para llegar hasta aquí tan pronto. Se volvió a continuación hacia los suyos y les ordenó: - ¡Sacad las carretas! Sin pérdida de tiempo unos cuantos diablillos abrieron una puerta y sacaron, no sin esfuerzo, cinco carretas de un tamaño más pequeño. Al verlo, el Peregrino dijo a Ba-Chie: - ¡Vaya, menos mal! Se ve que nos han cogido miedo y han optado por mudarse a otro sitio. Aunque... - añadió inmediatamente - ¡No! Quien se dispone a iniciar un viaje, no coloca sus carromatos de esa forma tan rara. Los diablillos habían puesto, en efecto, una carreta en cada uno de puntos de las Cinco Fases - es decir, la de la madera, el metal, el fuego, el agua y la tierra -, encargándose de su protección otros tantos guardas bien armados. Los demás corrieron al interior de la caverna. - ¿Está todo listo? - preguntó el monstruo. - Así es - contestaron ellos. - En ese caso - concluyó el monstruo -, traedme la lanza. Los diablillos encargados de la armería trajeron al punto una lanza enorme con la cabeza de fuego, que entregaron respetuosamente a su señor. El monstruo ni siquiera se preocupó de ponerse una armadura. Sin otra protección que una túnica de seda profusamente bordada, salió al encuentro de sus dos adversarios. El Peregrino y Ba-Chie se sorprendieron de verle avanzar descalzo. Su rostro era tan blanco que parecía como si se lo hubiera untado de polvos de arroz. Por el contrario, labios resultaban tan carnosos y rojos que daba la impresión de que se los hubiera embadurnado de pintura con ayuda de un pincel. Su pelo poseía la negrura de la noche, tan total y absoluta que jamás tintorero alguno podría conseguir un tono semejante. La curvatura de sus cejas recordaba la de la luna creciente, aunque, por su tosquedad, parecía como si hubieran sido labradas con simples cuchillos de cortar. Los bordados de su túnica representaban un fénix y un dragón enroscado. Su constitución era tan hercúlea como la del mismísimo Nata, acentuada por el tamaño de su lanza flamígera. Su voz poseía algo de la potencia del trueno en primavera, impresión que acentuaba el extraordinario brillo de sus ojos, que, de alguna manera, recordaba el cegador fulgor del rayo. No cabía duda de que su nombre, el Muchacho Rojo, estaba destinado a perdurar para siempre. - ¿Se puede saber quién ha osado venir a perturbar la paz de mi morada? - preguntó con voz potente, en cuanto se hubo encontrado en el exterior de la caverna. - ¡Mi querido sobrino! - exclamó el Peregrino, acercándose a él con la sonrisa en los labios -. Deja de comportarte de esa forma, por favor. Esta mañana, cuando te colgaste de un pino haciéndote pasar por un muchacho asustadizo y débil, lograste engañar a mi maestro pero no a mí. Pese a todo, cargué contigo de buena fe, pero tú te las arreglaste para atrapar a mi preceptor, montándote a lomos de un viento huracanado. ¿Crees que no tengo motivos para venir a exigirte que le pongas inmediatamente en libertad? No puedes pretender que todo no haya sido más que un lamentable equívoco. Vamos, deja de comportarte como un jovenzuelo sin juicio y atente a razones. No querrás entorpecer nuestras relaciones de parentesco, ¿verdad? Si tu padre llega a enterarse de lo ocurrido, es muy posible que me eche las culpas de todo, alegando que he abusado de un muchacho de tu edad, cuando, en realidad, ha sido todo lo contrario. - ¡Maldito mono! - replicó el monstruo, enfurecido -. ¿Quieres explicarme qué relaciones de parentesco me atan a ti? ¿A qué viene todo ese cuento y, sobre todo, por qué me llamas sobrino? - Se ve que no estás enterado de nada - contestó el Peregrino -, Hace muchísimo tiempo, cuando tú aún no habías nacido, tu padre y yo sellamos un pacto de hermandad. ¿No lo sabías? - ¡Este mono lo único que hace es decir tonterías! - bramó el monstruo -. ¿Cómo vamos a ser familiares, si procedemos de lugares totalmente distintos? Además, ¿quieres explicarme con más detalle eso del pacto de hermandad? - Con mucho gusto - respondió el Peregrino -. Yo soy Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Hace aproximadamente quinientos años sumí el Cielo en una tremenda confusión, pero antes de eso viajé con frecuencia por los Cuatro Grandes Continentes. En toda la Tierra no hubo un solo lugar en el que no pusiera el pie. Para mi era entonces de vital importancia entrar en contacto con personas de valor y aureoladas de heroísmo. Por aquella época tu padre, el Monstruo Toro, se hacía llamar el Gran Sabio, Reflejo del Cielo. Junto con otros cinco héroes constituimos una hermandad, cuya primacía ostentó precisamente él. El segundo lugar le correspondió al Monstruo Dragón, que adoptó el título de Gran Sabio, Señor del Océano. El tercero fue para el Monstruo Garuda, que se hizo llamar Gran Sabio, Unido al Cielo. El cuarto lo ocupó un León, que se arrogó el rango de Gran Sabio, Señor de la Montaña, El quinto correspondió a un Monstruo femenino, que se hizo llamar Gran Sabio de la Brisa Serena. El sexto estuvo reservado para un Simio Gigante, que se apropió el título de Gran Sabio, Azote de los Dioses. Finalmente, a mí, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, me correspondió el séptimo y último lugar, ya que era el más pequeño de todos y no superaba a nadie en tamaño. En aquella época, de las más felices de mi vida, por cierto, tú ni siquiera habías nacido. El Monstruo se negó a creer semejante historia y lanzó contra el Peregrino un terrible lanzazo de fuego. Afortunadamente, Wu-Kung era un luchador experto y logró parar a tiempo el golpe, haciéndose a un lado y levantando oportunamente la barra de hierro. - ¡Maldita bestia! - bramó, enfurecido -. Eres tan tonto que no sabes distinguir al amigo del enemigo. Eso te va a costar probar el sabor de mi barra. - ¡Mono engreído! - gritó, a su vez, el monstruo, deteniendo el golpe de su adversario -. ¡No sabes lo que dices! ¡Eres tú el que debes guardarte de mi lanza! Los dos parecieron olvidar de pronto la relación familiar, de la que decían ser esclavos. Valiéndose de la magia, se elevaron hasta el límite mismo del firmamento, donde se enfrascaron en una lucha, en verdad, espléndida. Si grande era la fama del Peregrino, la del monstruo no le iba a la zaga. A los golpes de la barra de los extremos de oro respondía con no menos efectividad la lanza de la hoja de fuego. El fragor de la batalla era tal que la neblina se extendió por las Tres Regiones y los cuatro puntos cardinales se vieron sumidos en una oscuridad total. Los golpes resonaban en el firmamento, como una campana en el interior de una bóveda. Estremecidos, el sol, la luna y las estrellas dejaron de emitir luz. Era tal el odio y el desprecio que embargaba a los dos contendientes que en ningún momento intercambiaron una sola palabra. Su lucha estaba impregnada de una fiereza salvaje que hacía caso omiso de todas las normas. La barra descargaba golpes cada vez más certeros, que la lanza detenía con increíble precisión. No podía ser de otra forma, ya que uno de los guerreros era el mismísimo Gran Sabio, y el otro el joven Sudhana. Ambos estaban empeñados en conseguir la victoria, porque el premio no era otro que el monje Tang en persona. Más de veinte veces cruzaron sus armas el monstruo y el Gran Sabio, pero el resultado de la batalla permanecía tan incierto como al comienzo de la misma. Chu Ba-Chie se percató, sin embargo, de que las cosas no iban tan bien como debieran para el Peregrino. El monstruo, de hecho, no hacía más que parar los golpes, renunciando a tomar la iniciativa. El Peregrino, por su parte, hacía todo el desgaste, aunque era un luchador experimentado y todos sus ataques iban dirigidos contra la cabeza de su adversario. Eso hizo pensar a Ba-Chie: - ¡Qué astucia la del Peregrino! Está tratando de atraer a la bestia lo más cerca posible, para descargar después sobre ella todo el peso de su barra. Eso aumentará aún más su fama y su mérito será tan grande como el de los héroes más renombrados de toda la historia ¿Por qué no voy a sacar yo también partido de su ventaja? Sin pensarlo dos veces, levantó el tridente cuanto pudo y lo dejó caer con fuerza sobre la cabeza del monstruo. Comprendiendo que lo tenía todo perdido, la bestia se dio media vuelta y escapó a toda prisa, arrastrando la lanza de fuego. - ¡Persíguelo! ¡No le dejes escapar! - urgió el Peregrino a Ba-Chie. Los dos corrieron tras él, pero, al llegar a la puerta de la caverna, le vieron de pie sobre una de las carretas, la que estaba justamente colocada en el centro. Con una mano sostenía la lanza de fuego, mientras no cesaba de darse con la otra una lluvia de puñetazos en las narices. - ¡Vergüenza debería darle! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Has visto lo que está haciendo? Quiere destrozarse la nariz, para acusarnos de crueldad ante el primer tribunal que encuentre a mano. El muy condenado sabe muy bien que los jueces sólo hacen caso a la sangre. De ahí su interés en empezar a sangrar como un cerdo. Tras propinarse un par de puñetazos más, el monstruo recitó un conjuro e inmediatamente brotó de su boca una oleada de fuego y de sus narices una densa columna de humo. Lo más sobrecogedor, no obstante, fue que de las otras cuatro carretas manó, igualmente, un torrente de fuego, que se elevó hacia lo alto, borrando de la vista todo el paisaje. Muerto de miedo, Ba-Chie gritó al Peregrino: - ¡Esto se está poniendo realmente feo! Si se vuelve contra nosotros esa enorme masa de fuego, no podremos hacer nada por escapar. Yo terminaré de seguro en su mesa bien churruscadito y esmeradamente sazonado. ¡Hay que huir cuanto antes, si queremos salvar el pellejo! No había acabado de decirlo, cuando ya estaba al otro lado del arroyo, sin preocuparse para nada de la suerte que pudiera correr el Peregrino. Afortunadamente, éste conocía un conjuro para repeler el fuego y se lanzó, decidido, a aquel mar de llamas, tratando de echar mano a la bestia. El monstruo no se arredró al verle. Al contrario, lanzó dos bocanadas más de fuego y el incendio adquirió proporciones realmente extraordinarias. Era tal el calor que despedía que la tierra se puso tan roja como el hierro fundido y el cielo a punto estuvo de desplomarse. Era como una enorme rueda que girara de continuo o un inmenso río de pavesas que fluyera sin interrupción de este a oeste. Nada tenía que ver este fuego con el de Suei - Ren ni con el que utilizaba Lao-Tse para purificar su elixir. Su origen no era celeste, aunque tampoco podía afirmarse que fuera profano. Samadhi enseñó al monstruo a dominarlo, para que pudiera alcanzar la perfección absoluta. Las carretas poseían una íntima relación con cada una de las Cinco Fases a las que todo cuanto existe debe su origen. La madera del hígado aviva el fuego del corazón, que, a su vez, calma la tierra del bazo, del que surge el metal, que termina transformándose en agua. El agua engendra la madera y, de esta forma, se ve concluido el círculo mágico. El fuego es el origen de todos los cambios. Por eso, todo crece y evoluciona, cuando el sol se pasea, majestuoso, por los cielos. El monstruo sabía de estos procesos a través de las enseñanzas Samadhi, de ahí que fuera el señor más poderoso de todo el Oeste. El humo y las llamas alcanzaron tal intensidad que el Peregrino no podía ver con claridad el camino que conducía a la caverna, cuánto menos dar con el monstruo. Se dio, pues, media vuelta y abandonó de un salto aquel mar de fuego. El monstruo dejó de avivarlo al instante y se retiró triunfal al interior de la cueva, seguido de sus diablillos. En cuanto se hubieron cerrado las puertas de piedra, se sentaron todos a la mesa y celebraron con grandes muestras de alegría la victoria de su señor. Desalentado, el Peregrino volvió a cruzar el Arroyo del Pino Seco. Al ver que Ba-Chie estaba hablando tranquilamente con el Bonzo Sha, perdió los estribos y exclamó, malhumorado: - ¿Qué clase de hombre eres tú? ¿Es que no tienes ni siquiera una pizca de decencia? ¿Tan aterrado estabas que decidiste dejarme a mi suerte, prefiriendo huir como un cobarde? ¡Menos mal que sé arreglármelas bien solo, de lo contrario ahora estaría más chamuscado que un tizón! - Comprendo - trató de disculparse Ba-Chie -. Tenía razón ese monstruo, cuando dijo que desconocías por completo las normas que rigen la conducta social. Con razón afirmaban los antiguos que «quien se ajusta a las normas puede ser considerado como un héroe». Era claro que el monstruo no quería saber nada de amistades ni parentescos; sin embargo, tú insististe, erre que erre, en hablar de ello. Es más, cuando dejó escapar todas esas llamas, en vez de buscar en seguida protección, corriste a pelear con él. ¿Qué querías que hiciera yo? ¿Que me quedara allí tan tranquilo, viendo cómo se me chamuscaban las piernas? - ¿Qué opinas de ese monstruo? - preguntó el Peregrino. - Que sus poderes son mucho menores que los tuyos - contestó Ba-Chie. - ¿Y su forma de manejar la lanza? - insistió el Peregrino -. ¿Qué opinión te merecen sus cualidades guerreras? - No son gran cosa - respondió Ba-Chie -. Cuando vi los apuros que estabas pasando, decidí que había llegado el momento de intervenir y me lancé a la refriega. Lo que menos esperaba es que fuera a replegarse con tanta rapidez. ¿De dónde sacaría esa bestia tanto fuego? - No debiste entrometerte - le regañó el Peregrino -. De haber durado la lucha un poco más, le habría asestado el golpe de gracia. Las precipitaciones no son buenas para nada. Los dos continuaron comentando con tanto entusiasmo las incidencias de la lucha que el Bonzo Sha no pudo por menos de soltar la carcajada. Sorprendidos, se volvieron hacia él y, al verle apoyado tranquilamente contra un árbol, el Peregrino le preguntó, molesto: - ¿A qué viene tanta risa? Si eres capaz de atrapar tú sólito a ese monstruo de fuego, te lo agradeceremos mucho. No pienses que vamos a oponernos a que cruces con él tus armas. Como muy bien afirma el proverbio, «para hacer una pelota, sólo se precisa de un cuantas plumas». Te aseguro que, si logras liberar a nuestro maestro, el mérito será exclusivamente tuyo. - Yo soy incapaz de apresar a ningún monstruo - confesó el Bonzo Sha -. Si me río es porque parecéis niños discutiendo. - ¿Qué quieres decir? - inquirió el Peregrino. - Según vosotros - explicó el Bonzo Sha -, ese monstruo posee un conocimiento de las tácticas militares bastante rudimentario. Si hasta ahora os ha mantenido a raya, ha sido porque es un auténtico maestro con el fuego. Quisiera recordaros, a ese respecto, que las Cinco Fase se compenetran y anulan mutuamente. ¿Por qué no echáis mano de ese principio para contrarrestar la influencia de las llamas? - ¡Tienes razón! - exclamó el Peregrino con el rostro iluminado -. Tan obsesionados estábamos con nuestra superioridad táctica que no habíamos reparado en ese principio. No hay, en efecto, nada mejor para combatir el fuego que el agua. Es preciso que encontremos cuanto antes una fuente de la que mane en abundancia. De esa forma, podremos liberar a nuestro maestro en un abrir y cerrar de ojos. - Así es - confirmó el Bonzo Sha. - ¿A qué esperamos, entonces? - volvió a exclamar el Peregrino -. Vosotros dos quedaos aquí y tratad de evitar a toda costa un enfrentamiento directo con esa bestia. Por mi parte, voy a llegarme hasta el Océano Oriental con el fin de solicitar la ayuda de un regimiento de soldados - dragones. Con su colaboración apagaremos ese fuego y devolveremos la libertad a nuestro maestro. - Marcha cuanto antes y no pierdas más tiempo, por favor - le urgió Ba-Chie -. Por nosotros no te preocupes. Sabemos cuidarnos. El Gran Sabio montó en una nube y no tardó en llegar al Océano Oriental. El paisaje era, en verdad, espléndido, pero estaba demasiado ocupado para detenerse a contemplarlo. Valiéndose de la magia para hendir las aguas, se abrió camino entre ellas con inesperada facilidad. Al poco rato se topó con un yaksa, que se hallaba de patrulla y que regresó a toda prisa al Palacio de Cristal de Agua a informar al Rey Dragón de la inesperada llegada del Gran Sabio. Ao - Kuang llamó a todos sus hijos y nietos y salió a la puerta, escoltado por un contingente de gambas-soldado capitaneadas por un cangrejo - teniente, a dar la bienvenida a visitante tan ilustre. Tras los saludos de rigor, el Rey hizo servir el té, pero el Peregrino lo rechazó, diciendo: - No tengo tiempo para eso. El asunto que me trae aquí es de vital importancia y espero que os dignéis prestarme vuestra inestimable ayuda. Como quizás sepáis, mi maestro se ha embarcado en un viaje con destino al Paraíso Occidental. Su intención es hacerse con los escritos de Buda. Al pasar junto a la Caverna de la Nube de Fuego, que se halla enclavada a orillas del Arroyo del Pino Seco, nos salió al encuentro un monstruo conocido como el Muchacho Rojo, aunque él prefiere ser llamado Santo Niño. He de reconocer que es extremadamente imaginativo y que, valiéndose de mil argucias, logró apoderarse de mi maestro. Eso me forzó a llegarme hasta su puerta y a enfrascarme con él en una desigual batalla, ya que es un maestro en el dominio del fuego. Tras no pocas cavilaciones caí en la cuenta de que las llamas son impotentes contra el agua y decidí venir a solicitar vuestra ayuda. Para que el monje Tang pueda ser liberado garras de esa bestia, es preciso que vos desatéis una tormenta sobre el lugar que mora, neutralizando, así, el poder destructor de las llamas de que se vale para aterrorizar a toda la comarca. - Si lo que deseáis es lluvia - contestó el Rey Dragón -, habéis acudido al lugar menos indicado para ello. - ¿Cómo decís? - protestó el Peregrino -. Vos sois el Rey Dragón de los Cuatro Océanos y os compete, por tanto, distribuir la lluvia y el rocío. No hay nadie más capacitado que vos para llevar a cabo el plan que tengo en mente. - Es cierto que la lluvia se cuenta entre una de mis responsabilidades - admitió el Rey Dragón -, pero no puedo repartirla como a mí me dé la gana. Para eso es necesario recibir una orden del Emperador de Jade, en la que se especifique con toda claridad el lugar, la hora, la cantidad y la duración de las precipitaciones. Ese documento es redactado por tres funcionarios imperiales y me debe ser entregado en mano por la Estrella Polar en persona. Una vez en mi poder, tengo la obligación de comunicárselo al Dios del Trueno, a la Madre del Rayo, al Tío del Viento y hasta al mismísimo Joven de las Nubes, pues, como muy bien afirma el proverbio, «sin la cooperación de las nubes, el dragón es incapaz de moverse». - Yo no necesito viento, ni nubes, ni rayos, ni truenos - exclamó el Peregrino, impaciente, sino un poco de agua de lluvia. - Aun así, me temo que no podré complaceros - anunció el Rey Dragón -, porque para ello precisaré del concurso y beneplácito de mis tres hermanos. Eso sí, si ellos acceden a ayudaros, tened por seguro que todo el mérito será exclusivamente vuestro. - ¿Dónde puedo encontrar a vuestros hermanos? - volvió a preguntar el Peregrino. - En sus respectivos palacios - respondió el Rey Dragón -. A Ao - Chin en el del Océano Austral, a Ao - Shun en el del Océano Septentrional, y a Ao - Jun en el del Océano Occidental. - Si tengo que ir a tantos sitios - concluyó el Peregrino, riendo -, prefiero acudir directamente al Emperador de Jade y pedirle una orden de tormenta. - No es necesario que lo hagáis, Gran Sabio - trató de tranquilizarle el Rey Dragón -. Cuando deseamos reunimos, mis hermanos y nos batimos un tambor de hierro y tañemos una campana de oro que todos poseemos, y al punto acudimos al lado de quien lo solicite. - En se caso - replicó el Peregrino, más animado -, desearía que batierais el tambor y tañerais la campana sin pérdida de tiempo. Al poco tiempo de hacerlo, se presentaron los tres Reyes Dragón y preguntaron, visiblemente alarmados, a su hermano mayor: - ¿Se puede saber por qué nos has hecho venir con tanta precipitación? - El Gran Sabio ha acudido a nosotros en busca de ayuda - explicó Ao - Kuang -. Necesita un fuerte aguacero para poder dominar a un monstruo. El Peregrino les relató en seguida los motivos que le habían inducido a realizar semejante petición. Lo hizo con tanta prosapia que todos aceptaron al punto prestarle la ayuda que precisaba. Sin pérdida de tiempo hicieron llamar a un tiburón de aspecto feroz y le encomendaron el mando de todo el ejército. La vanguardia le fue confiada a un sábalo de enorme boca y reconocida bravura. Las carpas, famosas por sus cualidades como mariscales de campo, saltaban, enérgicas, de ola en ola, mientras las bremas, las virreinas del mar, arrojaban por sus bocas neblinas y brisas. En el este las caballas, grandes mariscales del océano, se pasaban unas a otras el santo y seña; en el oeste los atunes, severos comandantes de las aguas, gritaban sus órdenes a la tropa; en el sur las sirenas de ojos rojizos marcaban el ritmo del avance del ejército con sus sensuales movimientos de incansables bailarinas; en el norte se veían los ampulosos gestos de aguerridos generales que lucían armaduras negruzcas; y, finalmente, en el centro los esturiones, sufridos sargentos del medio acuático, tomaban posesión de sus mandos. Valerosos eran los soldados que acudían en tropel desde los cinco puntos cardinales. La tortuga de mar, sumamente inteligente y astuta, daba muestra de las cualidades que habían hecho de ella el supremo canciller del océano. Como consejeros, tenía a su cargo una enorme legión de galápagos, tan maquinadores y sutiles como ella. Las iguanas, que ostentaban el cargo de ministros, no dejaban de dar pruebas inequívocas de su poca fidelidad y de su mucha inteligencia práctica. ¡Qué lejos estaban de su manera de entender la vida las sufridas tortugas de arena, muy bien dotadas para la lucha, que tenían el cargo de comandantes! El grueso del ejército estaba constituido por cangrejos guerreros, que caminaban de lado, blandiendo orgullosos espadas y lanzas; gambas - amazonas que se desplazaban hacia delante saltando graciosamente, sin dejar caer sus pesados arcos; y soldados marinos de mil y una especie. De tan impresionante momento tenemos un poema, que afirma: Con gusto accedieron a ayudar al Gran Sabio, Sosia del Cielo los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos. La mala fortuna de Tripitaka aconsejó la búsqueda inmediata de agua para poder apagar el fuego destructor. Siempre a la cabeza de aquel ejército de dragones, el Peregrino no tardó en llegar al Arroyo del Pino Seco. Allí detuvo la marcha y volviéndose a los cuatro dragones, les dijo: - Lamento haberos traído a un lugar tan alejado de vuestra residencia habitual. Ésta es la morada del monstruo de que os hablé. Sería conveniente que os quedarais aquí arriba, en el aire, y, de momento, no os dejarais ver. Tengo la intención de retarle de nuevo, Si logro acabar con él o, incluso, en el caso de que sea yo el derrotado, no será necesaria vuestra intervención. Guardaos muy mucho de dejar caer una sola gota de lluvia antes de que haya empezado a vomitar fuego, porque ese monstruo es muy suspicaz y en seguida busca la seguridad de su guarida. Los Reyes Dragón aceptaron sus sugerencias y se sometieron de buen grado a la autoridad de su mando. El Peregrino descendió entonces de la nube y, adentrándose en el bosque de pinos, gritó: - ¡Eh, Ba-Chie, Bonzo Sha! ¡Estoy aquí! - Has vuelto más pronto de lo que esperábamos - comentó Ba-Chie, sorprendido -. ¿Has logrado convencer a los Reyes Dragón? - Todos están aquí - anunció el Peregrino -, así que lo mejor es que os ocupéis del equipaje. Procurad mantenerlo en un lugar seco, porque va a caer una lluvia torrencial. Por mi parte, voy a retar o vez a esa bestia. - No te preocupes - dijo el Bonzo Sha -. Nosotros nos encargamos de todo. De nuevo volvió el Peregrino a cruzar, de un espléndido salto, el arroyo, se colocó de jarras ante la puerta y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Abrid inmediatamente! Los diablillos corrieron a informar a su señor, diciendo: - Otra vez está aquí el Peregrino Sun, majestad. - ¡Qué mono más pertinaz! - exclamó el monstruo, levantando la cabeza y lanzando una sonora carcajada -. Se ve que logró escapar fuego, aunque no me explico, ciertamente, cómo. De todas formas, no podrá repetir su hazaña, porque no voy a parar de vomitar llamas hasta que su piel esté chamuscada del todo y su carne no sea más que un amasijo negruzco. Echó mano a continuación de la lanza y añadió: - Sacad las carretas - y se lanzó fuera de la caverna, donde preguntó con insolencia al Peregrino -: ¿Se puede saber para qué has vuelto? - Para exigirte que pongas en libertad a mi maestro - contestó el Peregrino. - ¡Qué cabezón eres! - exclamó el monstruo -. ¿Qué hay de malo en que tu maestro me sirva de aperitivo? Es mejor que te olvides de él cuanto antes. El Peregrino no pudo contener la furia que le embargaba. Cogió la barra de los extremos de oro y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre cabeza del monstruo. Afortunadamente, la bestia detuvo el golpe con su lanza de fuego. La batalla que entonces se inició no se pareció en nada a la que habían librado horas antes. El monstruo estaba furioso, mientras que el Rey de los Monos se sentía más seguro que la vez anterior. Uno ponía en peligro su vida por salvar la del monje Tang, y el otro por incorporarla a la suya, devorándole como si fuera un grano de arroz. Los pensamientos que ahora recorrían sus mentes eran, igualmente, muy distintos. Ninguno de ellos pensaba ya en lazos familiares, cosa que los llevaba a ser todavía más fieros en el combate. Ambos eran conscientes de que, si la suerte les volvía la espalda, podían muy bien terminar desollados o en el interior de un puchero. Eso explicaba la fiereza con la que medían, una y otra vez, sus armas. Pese a todo, ni la barra de hierro ni la lanza de fuego podían arrogarse una significativa ventaja. Los dos guerreros poseían unos poderes tan parecidos que, tras más de veinte encuentros, el desenlace de la lucha estaba aún por decidir. Comprendiendo el monstruo que no había manera de obtener una rápida victoria, lanzó contra el cuerpo de su adversario un terrible lanzazo, retirándose a toda prisa unos pasos para atrás. Pero lo que hizo entonces no fue prepararse para detener la terrible reacción del Mono, sino golpearse la nariz con los puños. Al punto surgió de sus ojos una extraordinaria llamarada que se unió a la que, de pronto, se había iniciado en cada una de las carretas. Comprendiendo que el momento había llegado, el Gran Sabio levantó la vista al cielo y gritó: - ¡Ahora, Reyes Dragón! Los cuatro dragones ordenaron entrar en acción a sus husetes, dejando caer sobre el monstruo de fuego una lluvia como jamás se había visto. Era como si los torrentes tuvieran su nacimiento en las nubes o los meteoros estuvieran constituidos únicamente de agua. De alguna forma, aquel aluvión recordaba las olas del mar en una tormenta. No en vano las gotas de lluvia eran más grandes que el puño cerrado de un guerrero, adquiriendo al poco rato el tamaño de cacerolas para cocer el arroz. La tierra entera se vio cubierta por las aguas y hasta las montañas más altas adquirieron la coloración que posee la cabeza de Buda. El agua se precipitó hacia el interior de las simas, denso como un biombo de jade. Los arroyos vieron incrementado mil veces su cauce, las intersecciones de los caminos fueron arrasadas y todos los ríos se transformaron, de pronto, en mares. Tal fue la contribución de los dragones sagrados en la liberación del monje Tang. Para conseguir tan alto objetivo, no dudaron en verter sobre la tierra el inmenso caudal del Río Celeste. Sin embargo, la lluvia fue incapaz de acabar con el fuego del monstruo. Al no recibir la autorización del Emperador de Jade, el agua de la que se sirvieron los Reyes Dragón podía apagar cualquier fuego de origen terrestre, pero no uno como aquél, que poseía una naturaleza espiritual y había sido perfeccionado por el mismísimo Samadhi. Era, de hecho, como echar agua en el fuego, y las llamas adquirieron proporciones aún mayores. - Será mejor que vuelva a hacer el signo mágico y me adentre en las llamaradas, a ver si logro atrapar a la bestia que las produce. Al verle acercarse, el monstruo le lanzó en el rostro una bocanada de humo. El Peregrino trató de hacerse en seguida a un lado, pero el humo le alcanzó de lleno. Los ojos se le irritaron de tal manera que le empezaron a llorar como si fuera una nube descargando su copioso contenido de agua. Aunque era inmune al fuego, el Gran Sabio no disponía de ninguna protección contra el humo. Como se recordará, tras sumir el Palacio Celeste en una terrible confusión, estuvo encerrado durante más de un año en el Brasero de los Ocho Triagramas de Lao-Tse, donde se le refino como si fuera oro. Si no sufrió ninguna quemadura, fue porque logró acurrucarse en el compartimiento del triagrama Sun. Pero eso no le salvó del azote del humo. Cuando, de hecho, se levantó un poco de aire, los ojos se le irritaron de tal forma que parecían estar hechos de fuego y las pupilas se le tornaron como de diamante. De ahí su indefensión ante el humo. El monstruo se percató en seguida de esta debilidad y volvió a descargar sobre él una nueva bocanada de tan molesto elemento. Al Peregrino no le quedó, pues, otro remedio que montar en una nube y huir a toda prisa. El monstruo dejó entonces de escupir fuego y regresó al interior de su caverna. El Gran Sabio tenía todo el cuerpo cubierto de llamas y humo y corrió a refrescarse en el arroyo que discurría por la montaña. Lo que menos se esperaba fue que el contraste entre la temperatura del agua y la del fuego fuese tan marcado que al punto perdiera la consciencia. La reacción resultó, de hecho, tan intensa que el aliento se le quedó congelado en el pecho y la garganta y la lengua perdieron su temperatura habitual. A consecuencia de tantos cambios, el espíritu abandonó su cuerpo y la vida se marchó con él. Al ver lo ocurrido, los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos se pusieron a temblar y, renunciando al punto a su ataque de lluvia, gritaron con manifiesto sobresalto: - ¡Salid del interior del bosque, Mariscal de los Juncales Celestes y Capitán - encargado - de - levantar - la - cortina! ¡La desgracia se ha abatido sobre vuestro hermano! Al oírse llamados por los cargos que habían ostentado en las Regiones Superiores, Ba-Chie y el Bonzo Sha desataron a toda prisa el caballo, cargaron con el equipaje y abandonaron a la carrera su escondite. Sin importarles para nada el barro y las piedras que había a lo largo de todo el arroyo, se lanzaron a una frenética búsqueda que se extendió a toda la orilla. Cuando más entretenidos estaban revolcando los juncales y espadañas, vieron venir corriente abajo el cuerpo de un hombre. El Bonzo Sha lo arrastró hasta la orilla, zambulléndose en el agua, sin preocuparse de quitarse antes la ropa. Como habían supuesto, se trataba del cuerpo sin vida del Gran Sabio Sun. Tenía doblados los brazos y estaba ya tan frío que no había manera de estirárselos. Parecía como si el hielo hubiera tomado posesión de él. Con ojos cargados de lágrimas, el Bonzo Sha exclamó, desconsolado: - ¡Qué pena veros así! ¡Vos, que estabais llamado a no envejecer jamás y a contemplar el mismísimo final de los tiempos! ¿Cómo habéis encontrado la muerte en lo más florecido de vuestra inmarcesible juventud? - Deja de llorar, anda - le aconsejó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Nuestro hermano tiene un humor tan corrosivo que se está haciendo pasar por muerto, sólo para ver cómo reaccionamos. Tócale el cuerpo, ya verás como su aliento está todavía caliente. - Su cuerpo está más frío que el hielo - volvió a exclamar, desesperado, el Bonzo Sha -. El calor de la vida le ha abandonado para siempre. ¡Jamás lograremos reanimarle! - No digas eso, por favor - le regañó Ba-Chie, poniéndose serio, de pronto -. Si había logrado dominar el arte de las setenta y dos transformaciones, era porque, de hecho, poseía setenta y dos vidas ¡No puede haberlas perdido todas de golpe! Estírale las piernas y yo me encargaré de lo demás. El Bonzo Sha obedeció sin rechistar. Ba-Chie le levantó entonces la cabeza y la parte superior del cuerpo. Después le dobló las piernas, dejándole en una posición que recordaba la de una persona sentada. Frotó a continuación sus manos, hasta que adquirieron un cierto grado de calor, y, tras taparle con cuidado las siete aperturas del cuerpo, comenzó a darle una serie de enérgicos masajes. La temperatura del agua había producido en su aliento un efecto tan traumático que quedó concentrado en el campo de mercurio, situado en la parte inferior del abdomen, y el Peregrino no podía emitir ni un solo sonido. Fue una suerte, por tanto, que Ba-Chie le aplicara aquella serie de friegas, porque el aire fue invadiendo, poco a poco, cada una de las Tres Regiones y al final alcanzó el Salón de la Luz, que, como se sabe, se halla ubicado entre los ojos. De esta forma, las aperturas de su cuerpo comenzaron a funcionar, como si jamás hubieran estado obstruidas. - ¡Maestro! ¿Dónde estáis, maestro? - exclamó, nada más abrirlo ojos. - ¡Vaya! - dijo, a su vez, el Bonzo Sha -. Siempre estás pensando en el maestro. Vives para él y, cuando la muerte te llama a su lado, su nombre continúa pegado a tus labios. Despierta, de una vez. ¿Es que no nos ves? Estamos a tu lado. - ¿De verdad? - volvió a exclamar el Peregrino -. Esta vez las cosas no me salieron como había previsto. - Simplemente te mareaste - trató de tranquilizarle Ba-Chie -. Aunque eso no quita que, de no haberte reanimado yo, ahora estuvieras perdido para siempre. ¿Has pensado ya cómo vas a agradecérmelo? Por toda respuesta, el Peregrino levantó la vista hacia lo alto y preguntó: - ¿Seguís ahí, hermanos Ao? - Así es - respondieron los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos -. No nos hemos movido del sitio. - Lamento haberos hecho venir desde tan lejos para nada - se disculpó el Peregrino -. Si queréis, podéis regresar a vuestras mansiones. Ya os daré otro día las gracias por cuanto habéis hecho hoy. Los Reyes Dragón levantaron el campo e iniciaron la larga marcha hacia sus puntos de origen, seguidos de sus indestructibles ejércitos. El Bonzo Sha agarró entonces al Peregrino y le ayudó a caminar en dirección al bosque, donde se sentó a descansar. No tardó en recuperar su ritmo habitual de respiración. Sin embargo, no le sirvió de mucho, porque cayó pronto en brazos de la tristeza y exclamó, llorando con amargura: - Aún recuerdo, maestro, el año que partisteis de la corte de los Tang. No podré olvidarlo jamás, porque fue entonces cuando me liberasteis de la montaña que sobre mí habían puesto los Cielos. Desde ese momento hemos transpuesto infinidad de montañas, vadeado incontables cursos de agua y medido nuestras fuerzas con innumerables monstruos. Todo lo hemos compartido, como auténticos hermanos. Vuestras alegrías han sido mías, y míos vuestros desánimos. Juntos hemos pedido limosna y hemos descansado al aire libre o bajo cubierto. Nuestros corazones laten al mismo ritmo y se dejan conducir por los mismos ideales de perfección. ¿Cómo es que no he podido liberaos aún y he estado a punto de perder hoy la vida? - No te atormentes más - le aconsejó el Bonzo Sha -. Tracemos un buen plan y acudamos donde sea preciso en busca de ayuda. - ¿Quién puede prestárnosla, si hasta los dragones han fracasado? - Recuerdo - contestó el Bonzo Sha - que, cuando la Bodhisattva nos confió la custodia del monje Tang, nos prometió, al mismo tiempo, que siempre gozaríamos de la protección del Cielo. Incluso llegó a decir que, si ésta nos fallaba, podíamos acudir a la Tierra. Vamos, que protectores no nos faltan. Sólo nos queda por determinar a quién acudir primero. - Cuando sumí el Palacio Celeste en una confusión indescriptible - comentó el Peregrino con nostalgia -, ninguno de los guerreros de lo alto pudo doblegarme. Eso quiere decir que, dados los tremendos poderes mágicos de este monstruo, debemos acudir a alguien incluso más poderoso que yo. El problema es que ninguno de los dioses del cielo o de la tierra me superan en el dominio de las artes mágicas. Sólo la Bodhisattva Kwang-Ing podría prestarnos una ayuda decisiva, pero, desgraciadamente, he perdido muchas fuerzas y no puedo desplazarme por los aires a la velocidad que debiera. ¿Qué podemos hacer? - Si quieres, puedo ir yo en tu lugar - dijo Ba-Chie. - De acuerdo - concluyó el Peregrino -. Pero recuerda que no debes mirar de frente a la Bodhsisattva. Tienes que mantener la cabeza inclinada en todo momento y arrodillarte cuando sea preciso. Cuando te pregunte sobre el motivo de tan inesperada visita, procura responder con sencillez. Dale cuantas señales precise sobre este lugar y suplícale con humildad que libere a nuestro maestro. Si accede a ello, el monstruo no tendrá nada que hacer. Ba-Chie se elevó por los aires y se dirigió a toda prisa hacia el sur. Mientras esto ocurría, el monstruo y los suyos estaban celebrando su nueva victoria en el interior de la caverna. - Esta vez - anunció con orgullo a sus súbditos - el Peregrino Sun ha sufrido una auténtica derrota. Es posible que no haya muerto, pero su estado debe de ser, en verdad, lastimoso. Está perdido para siempre. Sin embargo, ahora que lo pienso mejor, cabe la posibilidad de que trate de buscar ayuda y eso me supondría tener que coger de nuevo las armas. Abrid las puertas y veamos lo que están tramando. Los diablillos así lo hicieron y el monstruo se elevó en seguida por los aires. Fue así como descubrió que Ba-Chie se había apartado del grupo y se dirigía a toda prisa hacia el sur. - Eso quiere decir - pensó el monstruo - que va a solicitar ayuda de la Bodhisattva Kwang-Ing. Se dejó caer en el suelo y ordenó a sus súbditos: - Traedme la bolsa de cuero. Llevo muchos años sin usarla y es posible que la cuerda para cerrarla esté un poco tazada. Cambiadla y colocad la bolsa junto a la segunda puerta. Mientras lo hacéis, voy a ir a capturar a ese Ba-Chie. Espero no tener que gastar muchas energías con él. Trataré de atraerle hasta aquí y, sin que se dé cuenta, haré que se meta él sólito en la bolsa. He oído decir que su carne es muy exquisita. En cuanto le haya capturado, os le entregaré, para que le cozáis al vapor y os le comáis de aperitivo. Entre los tesoros que tenía aquel monstruo se contaba, en efecto, una bolsa de cuero, que cambiaba de tamaño a voluntad. Tras cambiarle la cuerda de la boca, que estaba tazada, la colocaron, como les había ordenado su señor, junto a la segunda puerta. El monstruo llevaba habitando en aquella región desde tiempo inmemorial y la conocía mejor que la palma de su mano. Sabía, pues, cuál era la ruta más corta para llegar a los Mares del Sur y cuál la más larga. No le resultó difícil, por tanto, dejar atrás al incauto de Ba-Chie. Delante de él se levantaba un pico altísimo y hacia allá dirigió su vuelo. Se sentó en la cumbre con ademán solemne y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se transformó en una copia exacta de Kwang-Ing. Al poco rato apareció en la distancia el Idiota, corriendo toscamente por encima de las nubes. Se sorprendió de ver allí a la Bodhisattva, pero no pensó en ningún momento que podía tratarse de un engaño. Como suele ocurrirles a los hombres estúpidos, para él no existía ninguna diferencia entre los budas y las imágenes que los representan. Descendió inmediatamente de la nube en la que viajaba y, echándose rostro en tierra, dijo, respetuoso: - Aceptad el saludo de vuestro humilde discípulo Chu Wu - Neng. - ¿Se puede saber por qué no estás protegiendo al monje Tang? - le regañó el monstruo -. ¿Quién te ha dado permiso para venir a verme? - Disculpad mi atrevimiento - respondió Ba-Chie -. Pero el caso es que junto al Arroyo del Pino Seco, en la Caverna de la Nube de Fuego, nos hemos topado con un monstruo terrible, que se hace llamar el Muchacho Rojo. Posee un extraordinario conocimiento de las artes mágicas y logró apoderarse de nuestro maestro. Pese a todo, nos la arreglamos para descubrir su guarida y retarle a muerte. Sin embargo, es un maestro consumado en el uso del fuego y nuestros esfuerzos resultaron, lamentablemente, inútiles. Dos veces nos hemos enfrentado a él, sin conseguir nada positivo. Y eso que en la segunda contamos con la ayuda de los Reyes Dragón, que trataron de apagar su fuego con una lluvia tan torrencial que arrasó bosques enteros y arrancó de raíz infinidad de montañas. Lo peor fue que Wu-Kung sufrió unas quemaduras tan horrorosas que apenas se puede mover. Por eso me pidió que viniera a entrevistarme con vos y suplicaros que libréis a nuestro maestro de una prueba tan horrenda como a la que ahora esta sometido. - Me cuesta trabajo creerte - comentó el monstruo -. El Señor de la Caverna de la Nube de Fuego no es amigo de comer carne humana. Por fuerza habéis tenido que ofenderle de alguna manera para comportarse así con vosotros. - Os juro que yo no he hecho nada - se defendió Ba-Chie -. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de Wu-Kung. De hecho, ese monstruo se hizo pasar, en un principio, por un niño colgado de un pino, con el ánimo de probar a nuestro maestro. Tripitaka, como bien sabéis, posee un natural compasivo y ordenó que le desatáramos y cargáramos con él. Wu-Kung se prestó a ello a regañadientes, deshaciéndose de él en la primera ocasión que se le presentó. Eso hizo que el monstruo montara en cólera y se apoderara de nuestro maestro. He de reconocer que un acto tan deleznable como ése estuvo dictado exclusivamente por un comprensible afán de venganza. - Eso mismo opino yo - comentó el monstruo -. Levántate y acompáñame hasta la cueva de esa bestia. Es preciso que me entreviste cuanto antes con ella y le pida que ponga en libertad a tu maestro. No dudo de que se avendrá a razones y, así, podréis continuar tranquilamente vuestro camino. - Si hace eso - respondió Ba-Chie -, estoy dispuesto a arrodillarme ante él y a golpear el suelo con la frente más de diez mil veces seguidas. - En ese caso, no hay más que hablar - comentó el monstruo -. Venid conmigo. El Idiota renunció, de esta forma, a continuar su viaje a los Mares del Sur, regresando en compañía del monstruo a la Caverna de la Nube de Fuego. Al llegar a la puerta, se negó a seguir adelante, pero el monstruo le animó a entrar, diciendo: - ¿A qué viene ese miedo? ¿Acaso no sabes que ese monstruo es amigo mío? Vamos, pasa conmigo. El Idiota dejó a un lado todos sus recelos y siguió a la falsa bodhisattva. En ese preciso instante una legión de diablillos se abalanzaron sobre él, gritando ferozmente. Antes de que pudiera reaccionar, se encontró en el interior de una bolsa de cuero, que las bestezuelas cerraron con la ayuda de una cuerda, para colgarla a continuación de una viga. El monstruo volvió a adquirir entonces la forma que le era habitual y, tomando asiento justamente en el centro de aquella congregación de bestias, preguntó a Ba-Chie en tono burlón: - ¿Se puede saber qué clase de poderes tienes tú para acompañar al monje Tang en busca de las escrituras? ¿Quién te ha dado, además, permiso para pedir a la Bodhisattva que venga a castigarme? Abre bien los ojos y mira quién soy. ¿No me reconoces? Todo el mundo me llama el Santo Niño. Durante cuatro o cinco días permanecerás colgado de esa viga, para ser después cocido al vapor y servir de aperitivo a mis súbditos. - ¡Maldito monstruo! - gritó Ba-Chie, desesperado -. ¿Como te has - atrevido a usurpar la personalidad de la Bodhisattva? No pienses que semejante irreverencia va a quedar sin castigo. Has logrado engañarme, pero te advierto que, si comes mi carne, el mismo Cielo se encargará de darme cumplida venganza, haciendo que se os hinche a todos la cabeza. El Idiota continuó lanzando improperios durante mucho tiempo, pero nadie se dignó prestarle la menor atención. Sólo el Gran Sabio pareció intuir lo desesperado de su situación. Estaba sentado tranquilamente en el bosque en compañía del Bonzo Sha, cuando se levantó de pronto un golpe de viento fétido. El Peregrino lo husmeó, como si fuera un lebrel, y exclamó, desalentado: - ¡Las cosas parecen irnos de mal en peor! Lejos de anunciarnos buena suerte, este viento parece asegurarnos mala fortuna. O mucho me equívoco, o Chu Ba-Chie ha perdido el rumbo que se trazó. - Siempre le quedará la posibilidad de volver a recobrarlo, preguntando a alguien, ¿no? - replicó el Bonzo Sha. - No en este caso - contestó el Peregrino -, porque me da el corazón que se ha topado con un monstruo. - ¿Cómo no ha vuelto a informarnos? - inquirió, una vez más, el Bonzo Sha. - No lo sé - respondió el Peregrino -, pero algo ha salido definitivamente mal. Quédate aquí, cuidando del equipaje, mientras me acerco al otro lado del arroyo y trato de averiguar lo que está pasando. - Todavía no estás recuperado del todo - protestó el Bonzo Sha -. Será mejor que vaya yo. De lo contrario, puedes sufrir un daño irreparable. - Estáte tranquilo - dijo el Peregrino -. Me encuentro perfectamente. Además, es mi obligación. Apretando los dientes con fuerza para soportar mejor el dolor, el Peregrino cogió la barra de hierro y cruzó, corriendo el arroyo. Cuando se halló frente a la Caverna de la Nube de Fuego, levantó la voz y dijo a los diablillos que la guardaban: - Corred a informar a vuestro señor que acaba de llegar el Peregrino Sun. Los diablillos así lo hicieron, pero el monstruo se negó a enfrentarse a él, prefiriendo que lo hicieran sus mejores soldados. Enardecidos por la confianza que les demostraba su señor, los guardianes desenvainaron las espadas y se lanzaron hacia la puerta, gritando como locos: - ¡Atrapémosle! El Peregrino se sentía demasiado débil para hacer frente a tan selectos guerreros. Se retiró a un lado del camino y, tras recitar un conjuro, exclamó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una pieza de tela ribeteada en oro. Los diablillos no tardaron en dar con ella y, llevándola al interior de la caverna, dijeron a su señor: - El Peregrino Sun ha renunciado al combate. Al oír nuestro grito de guerra, sintió tal pánico que abandonó el campo a toda prisa, dejando tras sí esta pieza de tela. - No vale para nada - comentó el monstruo, echándole un vistazo -. Está apolillada y llena de agujeros. De todas formas, lavadla, si queréis. Puede servir para remendar nuestras sábanas. Sin sospechar que se trataba del Peregrino, uno de los diablillos cogió la tela y la llevó a la parte de atrás de la cueva. - ¡Esto va mejor! - se dijo el Peregrino, esperanzado -. Así es como hay que tratar a los tejidos que han sido confeccionados con oro. El Peregrino no era de los que se conformaban con engañar una sola vez. Al contrario, gozaba con complicar las cosas, buscando en todo momento la perfección absoluta. Así, no dudó en arrancarse un pelo y transformarlo en una copia exacta de la pieza de tela, mientras su auténtico ser se convertía en una pequeña mosca, que fue a posarse a una de las jambas de la puerta. Desde allí creyó oír la voz de Ba-Chie quejándose de su suerte y amenazando con terribles castigos a quien quisiera escucharle. Intrigado, el Peregrino revoloteó por la habitación, mirando por todas partes. Fue así como descubrió que la voz provenía de una bolsa de cuero que colgaba de una viga. Se posó sobre ella y oyó sin ninguna dificultad a Ba-Chie despotricando contra el monstruo. - ¡Maldita bestia! - decía, malhumorado -. A lo largo de mi vida he conocido todo tipo de engaños, pero nadie, que yo sepa, había osado hacerse pasar por la Bodhisattva. ¿Y todo para qué? Para cazarme y ofrecerme como aperitivo a unos diablillos que no valen ni para limpiar el suelo con la lengua. En el fondo no me preocupa, porque sé que llegará un día en que mi hermano mayor recuperará sus portentosas fuerzas, iguales en todo a las del Cielo, y acabará con todos los monstruos que viven aquí. Yo mismo te clavaré el tridente en el cuerpo más de mil veces seguidas, para que aprendas a respetar lo que debes. El Peregrino se sintió profundamente conmovido y se dijo: - Se ve que este Idiota tiene madera de guerrero. Apenas puede respirar ahí dentro y, sin embargo, aún no ha rendido su espada. ¡Tengo que acabar cuanto antes con ese monstruo! ¡No me lo perdonaré nunca, si vuelvo a fracasar! Estaba tratando desesperadamente de idear un buen plan, cuando oyó decir al monstruo: - ¿Dónde están mis seis comandantes invencibles? Que vengan aquí inmediatamente. Los tales comandantes eran, en realidad, seis diablillos con los que mantenía una relación especial de amistad y a los que había dado los nombres siguientes: Nube de Niebla, Niebla de Nube, Rapidez de Fuego, Velocidad de Viento, Alboroto y Tumulto. No tardaron en aparecer tan singulares personajes, arrastrándose, como gusanos, por el suelo. Sin prestar la menor atención a su respetuosa sumisión, el monstruo les preguntó: - ¿Sabéis ir al palacio del Anciano Rey? - Así es, señor - contestaron ellos al mismo tiempo. - Entonces partid a anunciarle que he capturado al monje Tang y que deseo compartir con él su carne, pues es tan especial que quien la pruebe puede ver alargada su vida más de diez mil veces. Los diablillos obedecieron al instante, lanzándose como un enjambre hacia la puerta. El Peregrino remontó el vuelo y los siguió al exterior de la caverna. No sabemos si el personaje al que fueron a invitar accedió a sus deseos o, por el contrario, se opuso a ellos. Quien quiera averiguarlo, tendrá que escuchar las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第042回 EL GRAN SABIO SE PERSONA A TODA PRISA EN LOS MARES DEL SUR. LA COMPASIVA KWANG-ING ACCEDE A SOMETER AL MUCHACHO ROJO Al lanzarse en persecución de los comandantes invencibles, el Peregrino iba pensando: - Estos diablillos acaban de recibir el encargo de hacer venir al Anciano Rey, para que pueda probar la carne de mi maestro. Sin embargo, ese rey no es otro que el Toro, al que me unió antaño una profunda amistad. He de reconocer que entonces nuestros puntos de vista eran, más o menos, idénticos, y eso facilitó nuestra relación. Ahora, por el contrario, yo me he convertido en un buscador de la Verdad y él sigue siendo un monstruo sin escrúpulos. Dudo que podamos seguir entendiéndonos tan bien como antes. Sin embargo, me queda un último recurso para tratar de liberar a mi maestro. Aún recuerdo con bastante claridad los rasgos del Toro y creo que no me costará mucho engañar a estos engreídos comandantuchos. No había acabado de decirlo, cuando imprimió a su vuelo una velocidad vertiginosa, que dejó diez kilómetros atrás a los mensajeros. Sin pérdida de tiempo, sacudió el cuerpo y al punto se convirtió en una copia exacta del Monstruo Toro. No contento con eso, se arrancó unos cuantos pelos, que se transformaron, tras una simple infusión de aliento mágico, en un grupo de diablillos. Con sus halcones y lebreles, sus arcos y sus flechas parecían una partida de caza. Cuando los comandantes invencibles llegaron a aquel punto del camino, se toparon de narices con el Monstruo Toro. Tan sorprendidos quedaron Alboroto y Tumulto que se echaron rostro en tierra, gritando sin cesar: - ¡El Respetable Anciano Rey! ¡Qué suerte poder presentarle nuestros respetos! Nube de Niebla, Niebla de Nube, Rapidez de Fuego y Velocidad de Viento poseían unos ojos totalmente humanos y se mostraron incapaces de reconocerle. Como habían hecho ya sus compañeros, se echaron al punto rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, dijeron: - Vuestros siervos, gran señor, están al servicio del Santo Niño de la Caverna de la Nube de Fuego, y han recibido el encargo de invitaros a probar un trozo de carne del monje Tang, para que vuestros días se hagan eternos y vuestra edad sea la misma que la del cielo. - Levantaos, por favor - dijo el Peregrino, aparentando un júbilo desbordante -. Con mucho gusto acepto vuestra invitación. Sin embargo, ya veis que estoy de caza. Si no os importa, os agradecería que me acompañarais hasta mi palacio, para que pueda cambiarme de ropa. - Os sugerimos que no lo hagáis - le urgieron ellos, arreciando en sus manifestaciones de respeto -. La distancia que hay de aquí hasta vuestra morada es grande y es muy posible que nuestro señor se enfade con nosotros por haber tardado tanto. Sería aconsejable que nos acompañarais tal como estáis. - ¡Cuidado que sois! - exclamó el Peregrino, soltando, paternal, la carcajada -. Abrid la marcha y yo os seguiré. Así lo hicieron ellos y no tardaron en llegar al lugar del que habían partido. Velocidad de Viento y Rapidez de Fuego, sin embargo, se adelantaron unos metros para anunciar a su señor: - Acaba de llegar el Anciano Rey. - ¡Qué efectividad la vuestra! - exclamó, encantado, el monstruo -. Jamás pensé que pudierais regresar tan pronto - y ordeno a sus capitanes que hicieran formar a la tropa y desplegaran las banderas y estandartes con el fin de darle la bienvenida. Los diablillos cumplieron sus deseos en un abrir y cerrar de ojos entre el atronador sonar de los tambores. El Peregrino recupero los pelos que se habían hecho pasar por halcones y perros, y, de tres zancadas, entró en la caverna con ademán a la vez rápido y solemne. En cuanto hubo tomado asiento, mirando hacia el sur, el Muchacho se echó a sus pies, al tiempo que decía: - Recibid, gran señor, mi más ferviente expresión de sometimiento. - Mi hijo está libre de ceremonias como ésta - replicó el Peregrino -. Ponte inmediatamente de pie y siéntate a mi lado. Pero el monstruo insistió y no accedió a la invitación de su supuesto padre, hasta que no hubo golpeado cuatro veces seguidas el suelo con la frente. - ¿Por qué me has hecho llamar? - preguntó entonces el Peregrino. - Mis cualidades no son, ciertamente, muchas - confesó el monstruo inclinando respetuosamente la cabeza -. Sin embargo, me las he arreglado para capturar a un monje originario del Gran Imperio de los Tang, que, como sabéis, se encuentra en las Tierras del Este. He de confesar que estaba ansioso por echarle el guante, pues más de una vez había oído comentar que se trataba de un hombre que se había dedicado a la práctica de la virtud durante más de diez reencarnaciones seguidas. Eso ha hecho de su carne algo tan especial que quien la pruebe puede alcanzar una edad tan larga como la de los inmortales de Peng - Lai o Ying - Chou. Precisamente por eso os he hecho llamar. NO estaría bien reservar para mí solo un tesoro semejante, siendo vos mi padre y debiéndoos tanto como os debo. Es mi deseo que también vos gocéis de la posibilidad de alargar indefinidamente vuestros días. - ¿Puedes darme más detalles sobre ese monje Tang? - volvió a preguntar el Peregrino, sudando por lo que acababa de oír. - Por lo que he podido averiguar, se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. - ¿No será, por casualidad, el maestro del Peregrino Sun? - inquirió el Peregrino. - Así es - afirmó el monstruo. - En ese caso, es mejor que no te metas con él - sugirió el Peregrino, agitando las manos y la cabeza -. No sabes la cantidad de poderes que tiene ese hombre. Espero que no te hayas enfrentado a él, porque a sus eximias artes marciales hay que añadir su profundo conocimiento de la dificilísima ciencia de las metamorfosis. No te digo que, tras sumir el Palacio Celeste en una confusión absoluta, el Emperador de Jade envió contra él a más de diez mil guerreros celestiales que se mostraron incapaces de capturarle, aunque extendieron las cósmicas sobre su cabeza. No comprendo cómo se te ha ocurrido tratar de devorar a su maestro. Ponle en seguida en libertad y olvida para siempre a ese mono. Si descubre que hemos devorado a su maestro, ten la seguridad de que se enfrentará a nosotros con esa barra de los extremos de oro, que blande, orgulloso, para allanar montañas, como si fueran hierbas de raíz débil. ¿Dónde podrás encontrar cobijo? ¿Has recapacitado que eso puede privarme de toda ayuda cuando la vejez se abalance sobre mí y no pueda defenderme por mismo? - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - exclamó, sorprendido, el monstruo -. Me parece que estáis exagerando sus poderes y minimizando descaradamente los míos. Cuando ese Peregrino Sun y sus dos hermanos decidieron cruzar mis dominios, fueron tan imbéciles que se fiaron de mis poderes metamórficos y eso me facilitó la captura de su maestro. Tengo que reconocer que se las arreglaron extraordinariamente bien para descubrir la ubicación de esta caverna pero volvieron a dar muestras de su poco juicio, al pretender que eran parientes vuestros. Eso me hizo perder la paciencia y me enfrenté a ese Peregrino, sin que apreciara en él ninguna de las extraordinarias virtudes que vos le achacáis. Chu Ba-Chie cometió la imprudencia de sumar sus fuerzas a las de su hermano mayor, resultando ambos derrotados, cuando decidí hacer uso del fuego de Samadhi. Al comprobar su potencialidad destructora, se sintieron tan aterrados que acudieron a los Cuatro Reyes Dragón, pero, como vos bien sabéis, la lluvia se mostró incapaz de apagar mis extraordinarias llamaradas. Esta vez, sin embargo, no salieron tan bien parados, porque el Peregrino Sun sufrió unas quemaduras tremendas, que a punto estuvieron de mandarle a una nueva reencarnación. Incapaz de realizar él solo un viaje tan largo en las circunstancias en las que se encontraba, pidió a Chu Ba-Chie que se llegara hasta los Mares del Sur y solicitara la ayuda de la Bodhisattva Kwang-Ing. Enterado de sus planes, me convertí en una copia exacta de ella y logré engañar a ese Idiota, trayéndole prisionero a esta cueva. Está colgado de una viga a la espera de que mis súbditos se le coman de aperitivo. Esta mañana el Peregrino volvió a las andadas, pero se encuentra tan débil que, en cuanto oyó mis órdenes de que fuera apresado sin dilación, huyó como un cobarde. Eso precisamente me ha dado ánimos para invitaros a venir a probar la carne de ese monje. Tengo la esperanza de ver alargados infinitamente vuestros días, sin que la vejez o la muerte puedan nada contra vos. - Tan generosos sentimientos me llenan de profundo orgullo - exclamó el Peregrino, impaciente por lo que acababa de oír -. Sin embargo, te pido que recapacites. Tú sólo dispones del fuego de Samadhi para hacer frente a ese Peregrino. Él, por el contrario, es un maestro en el arte de las metamorfosis. No te digo más que domina setenta y dos. - Es posible que pueda transformarse en lo que le venga en gana - comentó el monstruo -, pero yo no soy tonto tampoco y soy capaz de reconocerle, en cuanto le vea aparecer por esa puerta. Todo eso está muy bien, si desea convertirse en algo de un tamaño más bien grande - admitió el Peregrino -. ¿Pero qué me dices si opta por transformarse en un insecto pequeñito, por ponerte sólo un ejemplo? - ¡Que no lo intente! - bramó el monstruo -. Todas mis puertas están muy bien protegidas. Vos mismo lo habéis visto. En cada una de ellas hay cinco o seis diablillos. ¿Cómo va a poder entrar? - Se ve que no estás al tanto de lo de las metamorfosis - se atrevió criticarle el Peregrino -. Ese mono puede transformarse en una mosca, en un mosquito, en una pulga, en una abeja, en una mariposa, en un grillo, o en cualquier criatura que le venga en gana. No te digo que hasta tiene poderes para hacerse pasar por mí. ¿Cómo vas a poder desenmascararle, si se le ocurre hacer una locura semejante? - No os preocupéis - repitió el monstruo -. Para eso tendría que tener unos riñones de acero y un corazón de bronce, y os aseguro que no hay nadie tan valiente para cometer una locura de ese cariz. - De todo lo que acabas de decirme, hijo mío - respondió el Peregrino - -, colijo que te vales tú solo para derrotar a ese mono. Es más, esa certeza te ha movido a invitarme a probar la carne de ese tal monje Tang. Sin embargo, existe un pequeño problema y éste es que no puedo comer carne. - ¿Por qué no? - exclamó el monstruo, sorprendido. - Muy sencillo - explicó el Peregrino -. Porque últimamente no me encontrado muy bien y tu madre me ha sugerido que haga algunas buenas obras. Mirándolo bien, no hay mucho que pueda hacer a mi edad, salvo seguir una estricta dieta vegetariana. - ¿Es permanente o sólo abarca un mes? - inquirió el monstruo. - Ni lo uno ni lo otro - respondió el Peregrino -. La sigo cuatro veces al mes y recibe el nombre de «dieta vegetariana del trueno». - ¿Qué cuatro días en concreto? - volvió a preguntar el monstruo. - El sexto de cada mes y aquellos que corresponden al tronco «sin» de la representación sexagesimal. Hoy precisamente es uno de esos días, con el agravante de que no me está permitido acepta ningún tipo de invitaciones. Creo que lo mejor será que esperemos hasta mañana. Yo mismo me encargaré de pelar al monje Tang y de meterle en la cazuela. Pero esa confesión desconcertó tanto al monstruo que se dijo receloso: - ¡Qué raro! Mi padre siempre se ha alimentado de carne human Lleva haciéndolo, de hecho, durante más de mil años. ¿Cómo le habrá dado por hacerse, de pronto, vegetariano? Si, como dice, está inclinado a la práctica de la virtud, cuatro días al mes son muy pocos para la cantidad de crímenes que ha tenido que cometer a lo largo de toda su vida. Sus explicaciones no acaban de cuadrarme. Encuentro algo raro en ellas. Sin pérdida de tiempo, se llegó hasta la segunda puerta y preguntó a los comandantes invencibles: - ¿Dónde encontrasteis al Anciano Rey? - Camino de su mansión - contestaron ellos. - Os dije que os dierais prisa en volver, pero no tanta que no llegarais a pisar su palacio - les reconvino el monstruo -. Porque eso fue lo que hicisteis, ¿no? - Así es - afirmaron ellos. - ¡Eso lo explica todo! - exclamó el monstruo, preocupado -. Nos ha engañado con una facilidad pasmosa. ¡Ese de ahí dentro no es el Anciano Rey! - No digáis eso ni en broma, señor - le aconsejaron los comandantes -. Conocemos bien a vuestro padre. - Sus rasgos y gestos son, ciertamente, los suyos - explicó el monstruo -. Pero su forma de hablar es totalmente distinta. Me temo que hemos sido víctimas de un cruel engaño. Avisad a los demás y advertirles del gravísimo peligro que corren. Que todo el mundo esté alerta. Los que sepan usar la espada que la tengan desenvainada, los que se sirvan de la lanza que la mantengan a punto, y los que se consideren maestros con el lazo y la porra que se dispongan para la lucha. Voy a hacerle unas cuantas preguntas más a ver cómo responde. Si, como afirma, es el auténtico Anciano Rey, no me importa esperar un mes para probar la carne del monje Tang. Pero si sus respuestas no son correctas, lanzaré un grito y todos vosotros os abalanzaréis sobre él, ¿de acuerdo? Los diablillos inclinaron la cabeza y se retiraron a sus puestos, mientras el monstruo volvía al lado del Peregrino, que le dijo: - No hay necesidad de que vuelvas a arrodillarte. ¿Para qué mostrarte tan ceremonioso conmigo? Si tienes algo que decirme, hazlo con toda confianza. Pese a tales consejos, el monstruo se echó rostro en tierra y afirmó: - Si os he hecho llamar, ha sido por dos razones: una, para invitarte a probar la carne del monje Tang, y la otra, para haceros una pregunta, que no dudo tendréis la delicadeza de responder. Hace unos decidí tomarme un descanso y me dirigí al Noveno Cielo. Allí me topé con el maestro Chang Tao - Lin, ya sabéis, el patriarca taoísta. - ¿El preceptor celeste? - le interrumpió el Peregrino. - El mismo - ratificó el monstruo. - ¿Qué te dijo? - preguntó el Peregrino. - Al ver lo bien formado de mi rostro y comprobar la perfección de mi cuerpo - contestó el monstruo -, me preguntó sobre la hora, día, mes y año de mi nacimiento. Avergonzado, hube de reconocer que no lo sabía, cosa digna de lamentar, porque el patriarca es un auténtico maestro en el arte de la adivinación. Para sus cálculos se basa en la posición de los cinco planetas y sus predicciones son prácticamente infalibles. Por eso, estoy muy interesado en ellas y me he tomado la libertad de haceros llamar, para que me facilitéis los datos que preciso. Así la próxima vez que le vea no tendrá ningún inconveniente en leerme el futuro. - ¡Qué monstruo más listo! - se dijo el Peregrino -. Desde que acepté la Verdad budista y me comprometí a proteger al monje Tang, me topado con toda suerte de bestias y espíritus, pero ninguno supera a éste en cicatería. Si me hubiera preguntado sobre otra cosa, no habría tenido el menor empacho en responderle lo primero que me hubiera venido a la cabeza. Pero ¡preguntarme sobre la hora, día, mes de su nacimiento! ¿Cómo voy a saberlo yo? El mono era, sin embargo, una persona de muchísimos recursos y, sin dejar traslucir lo más mínimo la inquietud que le embargaba, sonrío paternal y dijo: - Levántate, por favor. Como acabo de confesarte, cada vez me siento más viejo y son muchas las cosas que no logro recordar. Entre ellas se encuentra, lo reconozco con pena, la fecha de tu nacimiento. Los viejos somos así. Si no te importa, se lo preguntaré a tu madre, tan pronto como llegue mañana a casa. - ¡Menudo embustero! - se dijo, a su vez, el monstruo -. Mi auténtico padre no ha dejado de ufanarse jamás de los datos de mi nacimiento, pues, según él, me auguran un futuro tan luminoso como el del mismo cielo. ¡Es imposible que se haya olvidado, de pronto, de ellos! ¡Por fuerza tiene que ser un impostor! - y dio un tremendo grito. Al punto se abalanzaron sobre el Peregrino incontables monstruos con porras, espadas y lanzas. Afortunadamente el Gran Sabio esquivó a tiempo sus golpes, repeliendo tan inesperado ataque con la barra invencible de los extremos de oro. - ¡Qué poco piadoso eres! - exclamó el Peregrino, recobrando la forma que le era habitual -. ¿Cuándo se ha visto que un hijo ataque de esta forma a su padre? Avergonzado, el monstruo no se atrevió a levantar la vista del suelo. El Peregrino aprovechó entonces la ocasión para convertirse en un rayo de luz y abandonar la caverna a toda prisa. - ¡El Peregrino Sun se escapa! - gritaron, excitados, los diablillos. - ¿Qué más da? Dejadle marchar. He de reconocer que esta vez se ha burlado de mí. Cerrad inmediatamente las puertas y preparad al monje Tang para que pueda ser cocinado. El Peregrino se alejó de la cueva y corrió hacia el arroyo, riendo como un loco. Al oírlo, el Bonzo Sha acudió a su encuentro, diciendo: - Llevas fuera más de medio día. ¿Qué ha pasado, para que vuelvas riéndote de esa forma? ¿Acaso has logrado liberar al maestro? - Todavía no - contestó el Peregrino -, pero he logrado ganar una batalla. - ¿Qué quieres decir? - volvió a preguntar el Bonzo Sha. - Ese monstruo - explicó el Peregrino, sin dejar de reír - tomo forma de Kwang-Ing y logró engañar a Chu Ba-Chie, que se encuentra ahora en el interior de un saco de cuero colgado de una viga. Eso me hizo ver la necesidad de trazar un plan igual de ingenioso. Cuando más concentrado estaba pensando en ello, oí cómo mandaba a seis comandantes a la mansión del Anciano Rey a invitarle a venir a probar un poco de carne del monje Tang. En seguida caí en la cuenta de que ese tal rey no podía ser otro que mi viejo amigo el Monstruo Toto. Así que adopté su figura y engañé a los mensajeros sin ninguna dificultad. Disfrazado de esa guisa, el monstruo me abrió las puertas de su caverna y me hizo sentar en el sitio de honor, al tiempo que me presentaba sus respetos. No puedes figurarte la alegría que eso me produjo. ¿Te imaginas a un monstruo arrodillado ante mí? Fue un auténtico triunfo y por eso te he dicho que acabo de ganar una batalla. - Todo eso me parece muy bien - admitió el Bonzo Sha -, pero me temo que eso, en vez de facilitarnos las cosas, va a hacer aún más difícil la liberación de nuestro maestro. Si he de serte sincero, cada vez temo más por su vida. - No te preocupes - trató de consolarle el Peregrino -. Ahora mismo voy a ir a solicitar la ayuda de la Bodhisattva. - No puedes hacer un viaje tan largo - objetó el Bonzo Sha -. Todavía tienes el cuerpo dolorido. - Ya no - respondió el Peregrino -. Como muy bien afirmaban los antiguos, «un asunto feliz hace revivir el espíritu». Tú encárgate del caballo y el equipaje, mientras yo esté fuera. - Date prisa en ir y volver - le aconsejó el Bonzo Sha -. Es muy posible que tu estratagema haya sacado de quicio al monstruo y haya optado por acabar cuanto antes con nuestro maestro. - Cabe esa posibilidad - reconoció el Peregrino -. Estáte tranquilo. Volveré lo más pronto que pueda. No había acabado de decirlo, cuando el Bonzo Sha dejó de verle, tal fue la velocidad con que se elevó por los aires y se lanzó en dirección a los Mares del Sur. No llevaba media hora volando, cuando descubrió en la distancia la Montaña Potalaka. Al cabo de un minuto escaso se hallaba ya en tierra firme, siendo recibido por un grupo de veinticuatro devas, que le preguntaron: - ¿Adonde vais, Gran Sabio? - A entrevistarme con la Bodhisattva - respondió él, devolviéndoles el saludo. - Esperad un momento, por favor - dijeron los devas -. Ahora mismo vamos a anunciarle vuestra llegada. El deva Kwei Tse - Mu fue el encargado de llegarse hasta la Caverna el Sonido de las Mareas y decir a su señora: - Me cabe el honor de anunciaros que acaba de llegar Sun Wu-Kung, que pide respetuosamente ser recibido por vos. La Bodhissatva ordenó que le hicieran pasar, preguntándole en tono de reproche, en cuanto se hubo lanzado a sus pies: - ¿Cómo es que no estás al lado de tu maestro, la Cigarra de Oro, camino del occidente? ¿Qué asunto te ha traído hasta aquí? - Permitidme que os ponga al tanto de lo ocurrido - respondió el Peregrino -. Nuestro afán por hacernos con las escrituras nos llevó hasta la Caverna de la Nube de Fuego, junto al Arroyo del Pino Seco, donde reside un monstruo llamado el Muchacho Rojo, aunque él prefiere ser llamado Santo Niño, que secuestró a nuestro maestro. Chu Wu - Neng y vuestro humilde servidor tratamos de liberarle, enfrentándonos a la bestia en la puerta misma de su cueva, pero echó mano del fuego de Samadhi y no pudimos lograr nuestro propósito. Volé entonces hacia el Océano Oriental y solicité la ayuda de los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos, que se avinieron de buen grado a prestármela. Sin embargo, la lluvia se mostró incapaz de apagar el fuego y yo sufrí unas quemaduras tan horrorosas que a punto estuve de perder la vida. - Si ese fuego de Samadhi posee tantos poderes mágicos como dices - inquirió la Bodhisattva -, ¿por qué acudiste a los Reyes Dragón y no a mí? - Iba a hacerlo - respondió el Peregrino -, pero el fuego y el humo me dejaron tan mal parado que me fue del todo imposible volar a lomos de una nube, encargando a Chu Ba-Chie que viniera él a solicitar vuestra ayuda. - Wu - Neng no ha venido por aquí - comentó la Bodhisattva. - Ciertamente que no - reconoció el Peregrino -. Se lo impidió ese monstruo, adoptando vuestra figura y haciéndole entrar, de esa forma, en su pútrida caverna. Ahora el pobre Wu - Neng espera la hora de ser cocido al vapor metido en una bolsa de cuero que cuelga de una de las vigas. - ¡Cómo se ha atrevido esa bestia a adoptar mi personalidad! - bramó la Bodhisattva, muy enfadada. Estaba tan furiosa que lanzó contra las olas el jarrón de porcelana que sostenía en sus manos. Al hacerse añicos, se transformó en miríadas de perlas, que se perdieron entre las aguas. El Peregrino se quedó tan desconcertado que de un salto se puso de pie y se le erizaron todos los pelos del cuerpo. - ¡Qué carácter el de esta Bodhisattva! - se dijo, sorprendido -. Tenía que haber hablado con un poco más de prudencia. Es una lástima que, por mi culpa, haya destrozado un jarrón tan precioso como ése. Si hubiera sabido que iba a hacer una cosa así, le habría pedido que me lo hubiera regalado. Creo que en ningún otro sitio podría hallar un regalo mejor. Eso seguro. No había acabado de pensarlo, cuando el jarrón surgió, de pronto, de entre un revoltijo de olas gigantescas. Lo llevaba en su lomo una extraña criatura, a la que el Peregrino se quedó mirando con desconcertada atención. Respondía al nombre de Ayudante del Lodo y sobre sus hombros descansaba la responsabilidad de dotar a las aguas de toda su fuerza. Aunque es muy tímida y poco sociable, conoce a la perfección las leyes del Cielo y la Tierra y la naturaleza de los dioses y espíritus. Su cabeza y su cola son retráctiles, pudiendo volar cuando extiende del todo sus patas. Su conocimiento del pasado y del porvenir es tan perfecto que, cuando el rey Wen diseñaba los triagramas y Chang - Yüan fijaba los cimientos del arte adivinatorio, ella estaba ya familiarizada con la ciencia de Fu - Shr. Su felicidad estriba en retozar sobre las aguas y juguetear con la marea. Viste una armadura tejida con hilos de oro, que forman extraños diseños que recuerdan los de los caparazones de las tortugas. En su túnica, de un profundo color verdoso, figuran bordados los Ocho Triagramas y los Nueve Palacios. En vida se mostró tan valiente que mereció el respeto de los Reyes Dragón; ahora, una vez transpuesta la muerte, lleva escrito en la cabeza el nombre de Buda. Tan extraordinaria criatura no es otra que la terrible tortuga negra que ayuda a los vientos a sacudir las olas. La tortuga se llegó, con el jarro sobre la espalda, hasta donde estaba la Bodhisattva e inclinó veinticuatro veces seguidas la cabeza, dando a entender con ello que eran otros tantos los votos que había hecho. El Peregrino sonrió y se dijo: - ¡Así que esta tortuga es la encargada del jarrón! Si se pierde algún día, sólo ella será la responsable. - ¿Se puede saber en qué estás pensando, Wu-Kung? - le interrogó la Bodhisattva. - En nada, en nada - respondió el Peregrino a toda prisa. - En ese caso - le ordenó la Bodhisattva -, baja a por el jarrón. El Peregrino obedeció sin rechistar, pero, por mucho que lo intentó, fue incapaz de moverlo del sitio. Era como si una libélula hubiera tratado de derribar un montón de piedras. Desconcertado, el Peregrino regresó junto a la Bodhisattva y le informó, diciendo: - Lo lamento, señora, pero no puedo moverlo. - ¡Lo único que sabes hacer es dar problemas! - le regañó la Bodhisattva -. ¿Cómo vas a capturar monstruos y derrotar bestias, si eres incapaz de sostener en tus manos un simple jarrón? - Si no os parece una baladronada - respondió el Peregrino -, os diré que lo he hecho infinidad de veces. Pero he de reconocer, al mismo tiempo, que no puedo con vuestro florero. Es claro que el castigo que me ha infligido ese monstruo me ha restado considerablemente las fuerzas. - Todo esto tiene su explicación - confesó la Bodhisattva -. Normalmente este jarrón es muy liviano, pero, al ser arrojado a las aguas, se ha desplazado a través de los Tres Ríos, los Cinco Lagos, los Ocho Mares y los Cuatro Grandes Océanos, acumulando en su interior todo el potencial acuático de esos cuerpos. Es como si dentro de él se hubiera concentrado un océano inmenso que abarcara todos los demás. Por muy fuerte que seas, no puedes con toda el agua del mundo. De ahí que hayas sido incapaz de mover el jarrón. - No lo sabía, señora - dijo el Peregrino, juntando respetuosamente las manos. La Bodhisattva extendió su mano derecha y agarró el jarrón sin el menor esfuerzo, pasándoselo después a su palma izquierda. La tortuga sacudió ligeramente la cabeza y se retiró pesadamente a las aguas. - ¡Así que ésa es la tortuga que cuida de vuestro jarrón! - exclamó el Peregrino. La Bodhisattva no prestó la menor atención a su comentario. Volvió a tomar asiento y dijo: - El dulce rocío de mi jarrón no se parece en nada a la lluvia de los dragones. De hecho, es capaz de apagar el fuego que Samadhi enseño a ese monstruo. Es mi deseo prestártelo, pero está la dificultad de su peso. He decidido, por tanto, que te acompañe la Dragona de la Felicidad Celeste y eso a sabiendas de que no eres una persona amable. Tú disfrutas burlándote de la gente. Además, estoy segura de que, en cuanto veas la belleza de mí dragona y comprendas lo valioso que es mi jarrón, tratarás a toda costa de hacerte con él. Si consigues robármelo, perderé muchísimo tiempo antes de que pueda dar contigo. Así que lo mejor que puedes hacer es dejarme algo en prenda. - ¡Debería daros vergüenza pensar de esa forma! - exclamo el Peregrino -. Jamás sospeché que fuerais tan suspicaz. Vos sabéis que no he vuelto a robar nada después de abrazar voluntariamente la pobreza monacal. Pero, en fin, ya que os empeñáis en que os deje una prenda, no me queda más remedio que hacerlo. El problema es que no poseo nada de valor. Para empezar, la camisa que llevo es regalo vuestro. Esta piel de tigre, por otra parte, es tan valiosa como una hoja de bambú. He de reconocer que la barra de hierro es lo más preciado que tengo, pero sin ella me encuentro totalmente a merced de mis enemigos. Sólo me queda, pues, esta corona de oro que llevo en la cabeza. Vos misma me obligasteis a ponérmela, valiéndoos de mil y un engaños. Si deseáis una prenda, aceptad esta maldita corona. Podéis librarme de ella con el mismo conjuro que usasteis para ponerla. ¿No os parece una buena idea? - ¡Cuidado que eres gracioso! - le regañó la Bodhisattva -. No estoy interesada ni en tus ropas, ni en tu barra de hierro, ni en tu corona de oro, sino en unos cuantos de esos pelos que te crecen en la zona de nuca. Según tengo entendido, protegen la vida. - Deberías saberlo - replicó el Peregrino -. Vos misma me los regalasteis. De todas formas, es muy posible que, al intentar arrancarlos, se me rompan unos cuantos y no pueda seguir viviendo con la misma facilidad que hasta ahora. - ¡Mono desconfiado! - volvió a regañarle la Bodhisattva -. Eres tan tacaño que no estás dispuesto a desprenderte ni de uno solo de esos pelos. Con una actitud así, ¿cómo crees que voy a confiarte a mi querida Felicidad Celeste? - ¡En todo el mundo no hay nadie tan suspicaz como vos! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Deberíais recordar el dicho que afirma: «Si no estáis dispuestos a hacerlo por un monje, hacedlo al menos por Buda». Os suplico de todo corazón que salvéis la vida a mi maestro. La Bodhisattva abandonó su trono de loto y se dirigió montaña arriba, dejando detrás una estela de aroma. Habiéndose percatado, de pronto, del peligro que corría el monje santo, decidió ir ella misma en persona a liberarle de las garras del monstruo. Visiblemente complacido, el Gran Sabio la siguió al exterior de la Caverna del Sonido de las Mareas. Los diferentes devas le presentaron sus respetos desde el pico Potalaka. - Crucemos el océano, Wu-Kung - sugirió la Bodhisattva. - Vos primero, señora - dijo el Peregrino con inesperada delicadeza. - No, no. Primero tú - replicó la Bodhisattva. - Yo no soy más que vuestro discípulo y no está bien que despliegue mis poderes ante vos - insistió el Peregrino -. Además, si doy uno de los saltos que acostumbro, es muy posible que queden al descubierto los signos de mi masculinidad y eso puede ofenderos. Al oír eso, la Bodhisattva ordenó a la Dragona de la Felicidad Celeste que arrancara un pétalo de flor de loto y lo dejara caer al mar. Se volvió después hacia el Peregrino y le dijo: - Móntate en ese pétalo y te mandaré en él al otro lado del océano. - Ese pétalo es demasiado fino y ligero - protestó el Peregrino -. ¿Cómo va a poder conmigo? En cuanto ponga el pie sobre él, caeré al agua de cabeza y mi piel de tigre quedará arruinada. ¿Cómo voy a poder defenderme del frío sin ella? - Móntate en esa flor y verás lo que ocurre - le ordenó la Bodhisattva. El Peregrino no se atrevió esta vez a desobedecerla. Arriesgando su vida, dio un salto y fue a parar justamente en el centro del pétalo. Tuvo entonces la sensación de encontrarse en una embarcación bastante más grande que un simple bote y exclamó, complacido: - Bodhisattva, quepo perfectamente en esta flor. - ¿Por qué no cruzas entonces el océano? - preguntó la Bodhisattva. - Porque carece de timón, de mástil y hasta de remos - contestó el Peregrino -. ¿Cómo voy a aventurarme a cruzar el océano en estas circunstancias? - No necesitas ninguna de esas cosas para hacerlo - replicó la Bodhisattva. Sopló suavemente el pétalo de loto y éste se apartó al instante de la costa. Repitió de nuevo la operación y el Peregrino no tardó en cruzar el proceloso Océano Austral. En cuanto el Gran Sabio se halló en tierra firme, soltó la carcajada y exclamó: - Esta Bodhisattva posee unos poderes francamente extraordinarios. Es capaz de llevarme de acá para allá sin el menor esfuerzo. Tras ordenar a los devas que cuidaran del Palacio de Rocas y a la Dragona de la Felicidad Celeste que cerrara las puertas, la Bodhisattva montó en una nube y se alejó a toda prisa del pico Potalaka. Al llegar a la parte de atrás de la montaña, gritó con todas sus fuerzas: - ¿Dónde te has metido, Huei - An? Huei - An era el nombre religioso de Moksa, el hijo segundo del Devaraja Li. Era el discípulo predilecto de la Bodhisattva, y, en agradecimiento por sus enseñanzas, jamás volvió a separarse de ella. Semejante fidelidad le valió el título de Dharma Guardián. Huei - An juntó las manos y se inclinó, respetuoso, ante la Bodhisattva, que le dijo: - Vete inmediatamente a las Regiones Superiores y pide prestadas a tu padre unas cuantas espadas de las constelaciones. - ¿Cuántas queréis? - preguntó Huei - An. - Todas las que tenga - respondió la Bodhisattva. Huei - An montó en una nube y, tras dejar atrás la Puerta Sur de los cielos, se dirigió al Palacio de la Torre de Nubes. Allí se arrojó a los pies de su padre, que le preguntó, sorprendido: - ¿Puedes decirme a qué debo el honor de tu visita? - Sun Wu-Kung ha solicitado de mi preceptora ayuda para acabar con un monstruo y ésta ha acudido, a su vez, a mí para que os pida prestadas las espadas de las constelaciones. El devaraja ordenó inmediatamente a Nata que fuera en busca de las treinta y seis espadas para dárselas a Moksa. - Saluda a nuestra madre de mi parte - pidió éste a su hermano -. Ahora estoy muy ocupado. Cuando vuelva con las espadas, pasaré a transmitirle personalmente mis respetos. Los dos hermanos se despidieron en seguida, porque, en cuanto tuvo las armas en su poder, Moksa volvió a montar en una nube y regresó a los Mares del Sur. La Bodhisattva agradeció la rapidez con que había cumplido su encargo, cogió las espadas y las lanzó hacia lo alto, al tiempo que recitaba un conjuro. Sorprendentemente las dagas se transformaron en un loto de más de mil pétalos. La Bodhisattva se sentó a continuación sobre él y el Peregrino se dijo, al verlo: - ¡Cuidado que es ahorradora esta Bodhisattva! En su estanque crecen infinidad de lotos, no de uno, sino de cinco colores, y ha preferido molestar a medio cielo para no tener que usar uno de los suyos. ¡Es francamente, increíble! - ¿Se puede saber qué estás farfullando ahí tú solo? - le regañó la Bodhisattva -. Anda, deja de decir tonterías y vente conmigo. Apenas había acabado de decirlo, cuando se encontraban ya al otro lado del océano. Aunque rápido, el viaje lo hicieron en un perfecto orden, ya que lo abría la Bodhisattva y lo cerraba Huei - An. - Ése de ahí abajo - dijo el Gran Sabio Sun desde el aire - es el monte en el que habita el monstruo. Calculo que desde aquí a la puerta de su caverna hay aproximadamente quinientos kilómetros. La Bodhisattva descendió entonces de su nube y recitó un conjuro que empezaba por la letra «OMM». En un abrir y cerrar de ojos se presentaron ante ella los dioses y espíritus que moraban en tan apartada región. Todos ellos se echaron rostro en tierra, temblando de pies a cabeza y sin atreverse a levantar la vista del suelo. - No os asustéis - trató de tranquilizarles la Bodhisattva -. He venido a atrapar al monstruo que os esclaviza, pero para ello es preciso que dejéis totalmente limpia la zona. No debe quedar ni un solo bicho viviente en trescientos kilómetros a la redonda. Es conveniente, por tanto, que saquéis a las bestias de sus cubiles y a las aves de sus nidos y los llevéis al punto más alto de esta cordillera. Si no lo hacéis, morirán sin remedio. Así que daros prisa. Los dioses se retiraron con la misma celeridad con la que habían acudido a su llamada, para regresar al poco tiempo a informar a la Bodhisattva que sus órdenes habían sido cumplidas al pie de la letra. - En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, podéis volver a vuestros santuarios. Ya no os necesito para nada. Puso a continuación el jarrón boca abajo y al instante manó de él una arrolladora corriente de agua. Era tan caudalosa que anegó murallas altísimas y cubrió las cumbres de no pocas montañas. Era como si el mar hubiera abandonado su cauce y los océanos se hubieran empeñado en saltar por encima de las cordilleras. Al punto se levantó una especie de niebla negruzca, que sumió el firmamento en una oscuridad total. La luz solar se tornó tan fría que sólo era capaz de reflejarla el verdor de las olas. Todo el mar pareció llenarse de lotos de oro, cuando la Bodhisattva mostró su tremendo poder. Portaba en sus manos el dharmakaya y eso hizo que el lugar en el que había posado los pies se transformara en un trasunto de Potalaka. Su semejanza con los Mares del Sur era, de hecho, tan marcada que por doquier brotaron capullos de udumbara y la hierba se vio cubierta por la sombra las palmeras. Las cacatúas venían a posarse sobre los bambúes, mientras las perdices lanzaban sus gritos entre el verdor de los pinos. Adonde - quiera que se dirigiera la vista podían verse lotos y olas gigantes. El viento soplaba con tal fuerza que las aguas se elevaban, hecho, hasta el mismísimo Cielo. - ¡Qué extraordinaria es la misericordia de esta Bodhisattva! - se dijo, maravillado, el Gran Sabio -. Si yo tuviera estos poderes, habría vertido sin más, el jarrón sobre la montaña. De seguro no me habría preocupado para nada de las criaturas que la habitan. ¿Para qué perder el tiempo en esas menudencias? - Estira la mano, Wu-Kung - le ordenó entonces la Bodhisattva. El Peregrino se arremangó a toda prisa el brazo izquierdo y alargó la mano. La Bodhisattva sacó del jarrón la ramita de sauce y escribió en su mano con rocío la palabra «engaño», al tiempo que volvía a ordenarle: - Cierra el puño y vete a enfrentarte, una vez más, con ese monstruo. Es preciso que te dejes vencer por él y que le arrastres en tu huida hasta aquí. Yo misma me encargaré de darle su merecido. Sin dudarlo, el Peregrino se dirigió hacia la entrada de la caverna. Cerró en un puño la mano izquierda, mientras sostenía en la derecha la barra de hierro y gritaba como un loco: - ¡Abrid inmediatamente esa puerta! Los diablillos que la guardaban corrieron, asustados, a informar a señor: - ¡Otra vez está ahí fuera el Peregrino Sun, exigiendo que le abramos la puerta! - Cerradla a cal y canto y no os preocupéis por él - ordenó el monstruo. - No seas así, hijo - continuó gritando el Peregrino -. No es justo s te niegues a abrir a tu padre, después de haberle expulsado tú mismo de su casa. Tanta fue su insistencia que los diablillos volvieron al poco rato a armar a su señor: - El Peregrino Sun no para de insultaros. - No le hagáis caso - les sugirió, una vez más, el monstruo. Al ver que nadie respondía a sus gritos, el Peregrino perdió la paciencia, levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y la dejó caer sobre la puerta, rompiéndola en mil pedazos. Los diablillos, aterrorizados, corrieron a refugiarse en el interior, gritando: - ¡El Peregrino Sun acaba de hacer añicos la puerta! Eso colmo la paciencia del monstruo, que agarró la lanza y salió al encuentro de su contrincante, bramando: - ¡Maldito mono! ¿Es que no te detienes jamás? ¿A qué viene eso de destrozar la puerta de mi mansión? ¿Quieres decirme qué clase de castigo andas buscando? - Eso mismo es lo que deseo preguntarte yo a ti - replicó el Peregrino -, porque, si mal no recuerdo, sin ningún miramiento arrojaste a tu padre de su hogar. El monstruo lanzó, enfurecido, un tremendo lanzazo contra el pecho del Peregrino, que logró esquivarlo con su barra de hierro. De forma dio comienzo una batalla, de la que el Gran Sabio pareció llevar la peor parte. Sin embargo, el monstruo no dio muestras de estar interesado en infligirle una nueva derrota. Al contrario, cuando más seguro parecía estar de su victoria, dejó de atacar y dijo: - Ya he perdido bastante tiempo. Voy a volver a lavar al monje Tang. - ¡Vamos, no seas tan cobarde! - gritó el Peregrino -. ¿No te das cuenta que el cielo te está observando? ¿A qué viene eso de renunciar al ataque? Esas palabras enfurecieron al monstruo, que, dando un grito terrible se lanzó de nuevo a la carga con la lanza. El Peregrino aguantó sus embates con firmeza, pero pronto volvió a recular otra vez. - ¿Qué te pasa, mono? - bramó el monstruo con desprecio, al verle retroceder -. ¿Es que eres incapaz de resistir tres golpes seguidos? ¿Qué clase de luchador eres tú, que prefieres la huida al enfrentamiento directo? - Si he de serte sincero - confesó el Peregrino -, no me gustan nada esos fueguecitos que tú haces. - Puedes estar tranquilo - contestó el monstruo -. Esta vez no pienso servirme del fuego. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, es mejor que te alejes un poco de la puerta de tu casa. Mirándolo bien, no es de gente educada apalear a alguien justamente delante de donde uno vive. El monstruo no sabía, por supuesto, que se trataba de una trampa y se lanzó en persecución de su adversario. El Peregrino corrió arrastrando lastimosamente la barra de hierro. Pero en ese preciso momento abrió el puño izquierdo y se convirtió para el monstruo en una obsesión darle alcance. La persecución no podía ser más emocionante pues, si uno parecía un meteoro, el otro recordaba a una flecha en el instante mismo de abandonar el arco. No tardaron en avistar a la Bodhisattva y, volviendo la cabeza, el Peregrino le suplicó: - Desiste de tu empeño, por favor, y déjame marchar. Reconozco que, una vez más, me has puesto en ridículo. ¿No te das cuenta de que tu persecución me ha traído hasta los Mares del Sur, donde tiene su residencia la Bodhisattva Kwang-Ing? Creo que los dos saldremos ganando, si volvemos sobre nuestros pasos. El monstruo no estaba para discusiones. Rechinando los dientes de rabia, se negó a creer en las razones del Peregrino y aceleró el ritmo de la carrera. Wu-Kung sacudió ligeramente el cuerpo y desapareció tras la sagrada luminosidad que rodeaba el cuerpo de la Bodhisattva. Desconcertado, el monstruo se llegó hasta ella y le preguntó con ojos saltones por el asombro: - ¿Eres tú el refuerzo que ha ido a buscar el Peregrino Sun? La Bodhisattva no contestó. Eso animó al monstruo a agitar ante ella la lanza, al tiempo que gritaba con mayor impertinencia: - Te he preguntado que si eres tú el refuerzo que ha ido a buscar el Peregrino Sun. ¿Es que no me has oído? La Bodhisattva continuó sin abrir la boca. El monstruo levantó la lanza y descargó un golpe sobre su corazón. Afortunadamente en ese momento la Bodhisattva se convirtió en un rayo de luz y se elevó hacia lo alto, seguida del Peregrino, que no dejaba de increparla: - ¿Se puede saber qué estáis haciendo? Ese monstruo os ha hecho una pregunta y vos habéis pretendido ser sordomuda. ¿Es que os habéis empeñado en dejarme en ridículo? ¿Por qué huís vos también? No comprendo cómo abandonáis el campo al primer golpe, dejando ahí abajo vuestro trono de loto. - Deja de hablar y sígueme - le aconsejó la Bodhisattva -. Veamos lo que hace esa bestia. El Peregrino y Moksa miraron hacia abajo y vieron que el monstruo había soltado la carcajada, al tiempo que decía, divertido: - ¡Qué iluso es ese mono! ¿Quién se habrá creído que soy? Se enfrenta a mí varias veces seguidas y, al ver que no puede derrotarme, solicitar la ayuda de una bodhisattva de tres al cuarto, que no vale para nada. Con un lanzazo ha bastado para que se desintegre con la rapidez de la niebla en presencia del sol. Lo más sorprendente es que ni tiempo ha tenido de llevarse su trono de loto. En fin, ahora es mío y creo que lo mejor será que tome posesión de él cuanto antes. El monstruo subió al loto y se sentó en él con las piernas y las manos dobladas, como hacían las bodhisattvas. Al verlo, el Peregrino exclamó entre dolorido y burlón: - ¡Fantástico! Ese loto ha pasado a manos de otra persona. - ¿Se puede saber qué es lo que estás diciendo, Wu – Kun? - le preguntó la Bodhisattva. - Que ese loto ha pasado a manos de otra persona - contestó el Peregrino -. ¿Es que no lo veis? Acaba de tomar posesión de él. Estáis loca, si pensáis que va a devolvéroslo sin más ni más. - Ha hecho precisamente lo que yo quería que hiciera - se defendió la Bodhisattva. - De todas formas - continuó diciendo el Peregrino -, como es un poco más pequeño de cuerpo que vos, cabe en ese trono de loto incluso mejor que vos. - Deja de hablar, de una vez, y observa con atención el poder de mi dharma - le aconsejó la Bodhisattva. Apenas hubo acabado de decirlo, dirigió hacia abajo su ramita de sauce y gritó: - ¡Retiraos! - y al punto desaparecieron las hojas, los pétalos y el aura luminosa que envolvía el trono. El monstruo descubrió, sobresaltado, que estaba sentado sobre las afiladas puntas de no menos de veinticuatro espadas. Pero, antes de que pudiera reaccionar, la Bodhisattva había ordenado ya a Moksa: - Coge la porra de destrozar monstruos y da unos cuantos golpes a las empuñaduras de las espadas. Moksa tomó la porra y se dejó caer desde lo alto. Después empezó a dar tales golpes que parecía como si estuviera derribando un muro. En un abrir y cerrar de ojos, descargó sobre las empuñaduras de las espadas no menos de cien golpes seguidos, que taladraron de parte a parte las piernas del monstruo. La sangre brotaba a borbotones, dejando entrever la carne y la piel desgarradas. Rechinando los dientes, para soportar mejor el dolor, la bestia dejó a un lado la lanza y trató de arrancarse las espadas del cuerpo con las dos manos. Eso hizo que el Peregrino exclamara, asombrado: - ¿Habéis visto, Bodhisattva? El monstruo está tratando de arrancarse las espadas, aunque el dolor debe de ser, en verdad, insoportable. Compadecida, la Bodhisattva ordenó a Moksa: - No le mates. De nuevo, volvió a apuntar a la bestia con su ramita de sauce y recitó un conjuro que comenzaba con la letra «Om». Las espadas las constelaciones se convirtieron al instante en unos garfios tan afilados como dientes de lobo y tan curvos que era prácticamente imposible arrancarlos. El monstruo comprendió que estaba perdido y dejó de forcejear. Abrumado por el dolor, levantó la voz y dijo: - Aunque posee ojos, vuestro discípulo parece, en realidad, un ciego. ¿Cómo no ha podido darse cuenta del extraordinario poder de dharma, nada más veros? Os suplico que os mostréis benigna con mi ignorancia y me perdonéis la vida. Si lo hacéis, me comprometo a no volver a matar a nadie y a convertirme en discípulo vuestro. La Bodhisattva descendió de su rayo de luz y, acercándose al monstruo en compañía de sus dos discípulos y la cacatúa blanca, le preguntó: - ¿Estás dispuesto a aceptar los mandamientos? - Sí, si me salváis la vida - contestó el monstruo con los ojos anegados en lágrimas. - ¿Deseas hacerte discípulo mío? - volvió a preguntar la Bodhisattwa. - Si me perdonáis la vida - repitió el monstruo -, tened la seguridad de que penetraré por las puertas del dharma. - En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, te tocaré la cabeza y te haré entrega de los mandamientos. La Bodhisattva sacó de las mangas una cuchilla de oro y se acercó más aún a la bestia. Con asombrosa destreza le afeitó la cabeza en el estilo conocido como coronilla del monte Tai. Toda la cabeza aparecía calva, a excepción de un cerquillo, que, en ocasiones, podía entretejerse. Al verle, el Peregrino exclamó con desaprobación: - ¡Qué mala suerte la de este monstruo! ¡Ahora no se sabe ya si es chico o chica! - Puesto que has aceptado los mandamientos - dijo la Bodhisattva en tono solemne -, te trataré con la benignidad que en mí es habitual. A partir de ahora te llamarás el Muchacho de la Riqueza Celeste, ¿te parece bien? El monstruo expresó su conformidad moviendo ligeramente la cabeza, pues estaba dispuesto a salvar la vida costara lo que costase. Satisfecha, la Bodhisattva le apuntó con el dedo y gritó: - ¡Retiraos! - y al instante cayeron al suelo las espadas de las constelaciones; el monstruo no presentaba en su cuerpo el menor rasguño. La Bodhisattva se volvió hacia Huei - An y le ordenó: - Coge las espadas y devuélveselas a tu padre. No es necesario que regreses aquí. Vuelve a la Montaña Potalaka y espérame allí con los otros devas. Moksa se dirigió en seguida hacia los Cielos, donde se entrevistó con los suyos y cumplió al pie de la letra los deseos de su preceptora. Sin embargo, los malos instintos del muchacho no desaparecieron del todo con la aceptación de los mandamientos. En cuanto sintió que el dolor le había abandonado y que nada le sujetaba ya a la tierra cogió la lanza y amenazó a la Bodhisattva, diciendo: - ¡No tienes poder para dominarme! Todo lo que has demostrado hasta ahora no ha sido más que un poco de astucia. ¿Qué necesidad tengo de tus mandamientos? - y lanzó un terrible lanzazo contra el rostro de la Bodhisattva. El Peregrino se puso tan furioso que echó en seguida mano de la barra de hierro. Pero la Bodhisattva le hizo desistir de sus afanes guerreros, ordenándole: - No le pegues. Tengo pensado un castigo más refinado que ése. Sacó de la manga una corona de oro y añadió: - Este tesoro perteneció a Buda. Él mismo me lo entregó, cuando me encargó buscar a alguien que se comprometiera a ir al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. De hecho, me confió tres coronas muy parecidas, aunque sus nombres eran totalmente distintos: la Dorada, la Constrictiva y la Prohibitiva. La segunda la llevas puesta tú, Wu-Kung, mientras que la última descansa sobre la cabeza del guardián de mi montaña. La primera no tiene todavía dueño fijo y creo que voy a adjudicársela a este monstruo, para ver si se le bajan un poco los humos. La Bodhisattva sacudió una sola vez la corona, volviéndose cara al viento, y gritó: - ¡Transfórmate! - y se convirtió al instante en cinco coronas idénticas, que la Bodhisattva lanzó contra el cuerpo del muchacho. Una se fijó en su cabeza, mientras que las otras cuatro lo hicieron en sus pies y manos. - Hazte a un lado, Wu-Kung - aconsejó la Bodhisattva al Peregrino -. Voy a recitar un conjuro, para que aprenda este monstruo a obedecer y a no rebelarse. - Os pedí que vinierais aquí a dominar a este monstruo, no a castigarme a mí - protestó el Peregrino. - No te preocupes - le tranquilizó la Bodhisattva -. Cada corona tiene su conjuro. El de este muchacho es absolutamente distinto del tuyo. Más tranquilo, el Peregrino se hizo a un lado. La Bodhisattva hizo un gesto mágico con los dedos y recitó varias veces seguidas un mismo conjuro. El monstruo experimentó tal dolor que empezó a rascarse las orejas como un loco y a clavarse las uñas en el rostro. Después se dejó caer al suelo y comenzó a dar desesperadas vueltas, como si fuera una pelota tirada ladera abajo. De esta forma, aprendió el monstruo que la palabra es capaz de llegar hasta las regiones de arena y que el poder del dharma es profundo, extenso e inabarcable. No sabemos si el muchacho aceptó o no someterse de buen grado. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第043回 EL MONJE ES CAPTURADO POR UN ESPÍRITU MALIGNO EN EL RÍO NEGRO. PRINCIPE DRAGÓN DEL OCÉANO OCCIDENTAL CAPTURA A LA IGUANA En cuanto la Bodhisattva dejó de recitar el conjuro, el dolor desapareció del todo. El monstruo descubrió entonces que tenía unas cuantas arandelas de oro alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos. Desesperado, trató de arrancárselas, pero no pudo moverlas ni un solo milímetro. Se habían clavado en su carne y cuanto más trataba de arrancárselas, más se le clavaban en la carne, produciéndole un dolor cada vez mayor. - Es inútil que te rebeles contra tu suerte - le aconsejó el Peregrino -. La Bodhisattva ha comprendido que es muy difícil hacerte entrar en razones y te ha regalado ese collar y esos brazaletes que ahora llevas puestos. El joven volvió a perder la paciencia y, echando, una vez más, mano de la lanza, trató de alcanzar al Peregrino, que tomó refugio detrás de la Bodhisattva, al tiempo que suplicaba: - ¡Recitad otra vez el conjuro, por favor! La Bodhisattva metió la ramita de sauce en el jarrón y aspergió al joven con el rocío azucarado, diciendo: - ¡Ciérrate! El monstruo dejó caer al instante la lanza, mientras las manos se le pegaban al pecho con tanta firmeza que no podía separarlas. Éste es el origen de la postura conocida como «torsión de Kwang-Ing», en la que aparece siempre representado, incluso en nuestros días, el servidor de la Bodhisattva. Al ver el joven que era incapaz de mover las manos y hacerse con la lanza, comprendió que era imposible rebelarse contra el dharma, ya que su poder era, en verdad, misterioso y profundo. No le quedó, pues, más remedio que agachar la cabeza y aceptar su derrota. La Bodhisattva recitó entonces unas cuantas palabras mágicas y sacudió ligeramente el jarrón. Las aguas del océano volvieron a meterse en él, sin que se desperdiciara una sola gota. - Como ves - dijo la Bodhisattva al Peregrino -, este monstruo ha sido dominado, pero aún conserva algo de su primitivo natural. Es preciso, por tanto, que le lleve conmigo a la Montaña Potalaka y le haga hacer una promesa con cada paso que dé. Tú vete a la caverna libera, y libera de una vez, a tu maestro. - Gracias por haber aceptado venir a un sitio tan alejado de vuestra residencia - contestó el Peregrino, echándose rostro en tierra y golpeando repetidamente el suelo con la frente -. Si esperáis un poco os acompañaré, al menos en parte, en el viaje de vuelta. - No hay necesidad de que lo hagas - respondió la Bodhisattva -. Puedo defenderme yo sola y es preciso que tú cuides de tu maestro. ¿Para qué volver a poner en peligro su vida? Encantado por esa decisión, el Peregrino se despidió de la Bodhisattva, no sin antes inclinarse respetuosamente ante ella. El monstruo consiguió, finalmente, someterse a Kwang-Ing e iniciar el camino de la verdad, tras hacer exactamente cincuenta y tres votos. No seguiremos, por tanto, ocupándonos de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Bonzo Sha, que esperó en vano la aparición del Peregrino, sentado pacientemente en los bosques. Por fin, no pudo aguantarlo más y, agarrando el caballo y el equipaje, abandonó el bosque de pinos y se dirigió hacia el sur. Afortunadamente, no tardó en toparse con el Peregrino y le preguntó en tono recriminatorio: - ¿Cómo has tardado tanto en volver? Casi me muero de impaciencia, de tanto esperar en balde. - ¿Se puede saber de qué estás hablando? - replicó el Peregrino -. No es tanto lo que he tardado, máxime teniendo en cuenta que no sólo he conseguido la ayuda de la Bodhisattva, sino también la liberación de nuestro maestro - y le contó con todo lujo de detalles cómo la Bodhisattva había desplegado su poderoso dharma. - En ese caso, ¿a qué esperamos? - exclamó el Bonzo Sha, loco de contento -. Vayamos cuanto antes a liberar a nuestro maestro. Después de dejar atrás el arroyo, se dirigieron a toda velocidad hacia la entrada de la caverna, una vez atado el caballo en un sitio seguro. No tardaron en exterminar a todos los diablillos, lo cual les permitió bajar la bolsa de cuero, en la que estaba encerrado Ba-Chie, que preguntó al Peregrino después de darle las gracias: - ¿Dónde está ese monstruo? Me gustaría clavarle unas cuantas veces mi tridente, por todo lo que me ha hecho sufrir. - Creo que es mejor que liberemos primero al maestro - opinó el Peregrino y los tres se dirigieron a la parte de atrás de la caverna, donde encontraron al monje Tang atado, desnudo y llorando lastimosamente. El Bonzo Sha corrió a desatarle, mientras el Peregrino buscaba unas ropas decentes. En cuanto se hubo vestido, los tres se echaron rostro en tierra y dijeron: - ¡Cuánto debéis haber sufrido, maestro! - Y vosotros, ¡con cuánto empeño habéis tenido que dedicaros par obtener mi liberación! - replicó Tripitaka, dándoles las gracias -. ¿Cómo os las habéis arreglado para dominar a ese monstruo? El Peregrino relató cuanto había hecho la Bodhisattva y el maestro se arrodilló en seguida, mirando hacia el sur. - No debéis agradecérselo sólo a ella - dijo el Peregrino -. También nosotros hemos tenido una buena parte en la derrota de ese monstruo. Ésta es, en líneas generales, la historia que aún hoy suele escucharse de cómo un muchacho hizo cincuenta y tres votos a Kwang-Ing, obteniendo la visión de Buda después del tercero. El Bonzo Sha recogió todos los tesoros que había en la caverna, mientras los otros dos preparaban algo de comer, sin importarles que el maestro les debiera la vida o que, sin su ayuda, jamás pudiera alcanzar sano y salvo el Paraíso Occidental. Hacia allá se dirigieron, en cuanto hubieron saciado el hambre. Al cabo de un mes de camino oyeron un ruido de aguas caudalosas y Tripitaka exclamó, sorprendido: - ¿De dónde viene ese ruido? - ¡Siempre os estáis preocupando por nada! - le regañó el Peregrino, luchando por dominar una sonrisa burlona -. En total somos cuatro y sólo vos oís esa agua misteriosa. Me parece que os habéis olvidado del Sutra del Corazón. - No es verdad - se defendió Tripitaka -. Lo sé de memoria. No en balde me fue transmitido por el maestro Zen del Nido del Cuervo, que, como recordarás, habitaba en la Montaña de la Pagoda. Ese sutra que dices consta de cincuenta y cuatro frases y un total de doscientos setenta caracteres. De memoria lo aprendí y no he perdido ni una sola de sus frases, porque lo recito con bastante frecuencia. Según tú, me he olvidado de una. ¿Quieres decirme de cuál? - La que habla de «ni el ojo, ni el oído, ni la nariz, ni la lengua, ni el cuerpo, ni la mente». Los que hemos renunciado a la familia debemos ver sin apreciar formas, oír sin sonidos, oler sin aromas, gustar sin sabores, no prestar atención al frío o al calor, y expulsar de nuestras mentes todos los pensamientos ociosos. Eso es lo que se llama la aniquilación de los Seis Bandidos. Vos, sin embargo, os encontráis de camino en busca de las escrituras sagradas y no hacéis más que abandonaros a pensamientos vanos. Al temer a los monstruos, dais a entender que no estáis dispuesto a renunciar a vuestra vida; al anhelar comida vegetariana, os abandonáis a la tiranía del gusto; al desear la fragancia de los olores, os rendís al dominio del olfato; al prestar atención a los sonidos, aceptáis la supremacía del oído, y al mirar con detenimiento cuanto ocurre a vuestro alrededor, os convertís en esclavo de la vista. Os rendís, en resumen, a los Seis Bandidos. ¿Cómo vais a conseguir, de esa forma, llegar al Paraíso Occidental y entrevistaros cara a cara con Buda? Tripitaka meditó en eso durante largo rato, y al final, dijo: - Tras partir del lado de mi señor no he hecho otra cosa que viajar día y noche. Tanto que mis sandalias han barrido las neblinas de las montañas y mi sombrero de monje ha alcanzado alturas mayores que las de las crestas más encumbradas. Por la noche oigo los continuos gritos de los monos y los inaguantables cantos que algunas aves dirigen a la luna. ¿No es eso suficiente? ¿Cuándo veré cumplidas las penalidades del Tres Doble y podré conseguir, así, los extraordinarios escritos de Tathagata? - ¡Vamos, maestro! - exclamó el Peregrino, sacudiendo como un loco las manos y riendo a carcajada limpia -. ¡No me digáis que aún echáis de menos vuestro hogar! Mirándolo bien, las penalidades del Tres Doble no son muy difíciles de soportar. Como muy bien afirma el proverbio, «el éxito sólo se obtiene cuando se ha hecho algo grande. - Pero, si hemos de hacer frente a tantos peligros - objeto Ba-Chie -, no alcanzaremos la perfección ni en mil años. - Tú y yo, Ba-Chie, nos parecemos mucho y no está bien que importunemos a nuestro hermano con semejantes ocurrencias sin sentido - le aconsejó el Bonzo Sha -. Lo nuestro es cargar con el equipaje. Ya llegará el día en el que también nosotros alcanzaremos la perfección. Hablando de esta forma, no tardaron en toparse con una enorme masa de agua negra, que impedía al caballo continuar adelante. Sus olas eran tan oscuras que parecían estar hechas de aceite negruzco o de una extraña savia oscura. Nada se reflejaba en aquella agua. Los árboles parecían haber huido de los márgenes por los que discurría. Era como si se hubiera vertido sobre la tierra un enorme cuenco de tinta, o un inmenso caudal de cenizas, o una lluvia torrencial de carbón de todas las clases. ¿Cómo iban a atreverse a abrevar en sus aguas las ovejas y el ganado? Todos los animales temen lo negro. Hasta las picazas y los cuervos se negaban a volar sobre ellas, al percatarse de su extraña opacidad. Los juncales y espadañas habían desaparecido de sus orillas, lo mismo que los arretes de flores silvestres y los retales de hierba verde. En el mundo existe infinidad de lagos, arroyos y ríos de todas formas y tamaños, sin embargo, ¿quién ha visto jamás algo parecido al Río Negro del Oeste? - ¿Por qué tiene el agua negra? - preguntó el monje Tang a sus discípulos, desmontando del caballo. - Lo más seguro es que más de uno haya vertido en él barriles enteros de tintura - comentó Ba-Chie. - O sus pinceles o la tinta de escribir - añadió el Bonzo Sha. - Dejad de perder el tiempo en especulaciones inútiles - sugirió el Peregrino -. Lo que tenemos que hacer es llevar al maestro a la otra orilla. - A mí no me costaría gran cosa cruzar este curso de agua - dijo Ba-Chie -. Sólo tendría que montar en una nube y, en menos que uno se traga un grano de arroz, estaría ya en la otra orilla. - ¡Anda éste! - exclamó el Bonzo Sha -. También yo podría hacerlo e incluso más rápido que tú. - Es claro que para nosotros no entraña la menor dificultad - confirmó el Peregrino -. Pero no es ése el caso de nuestro maestro. - ¿Sabéis qué anchura tiene este río? - preguntó Tripitaka. - Alrededor de diez kilómetros - respondió Ba-Chie. - Bueno no es tanto como yo creía - afirmó Tripitaka -. ¿Habéis decidido ya quién de vosotros va a cargar conmigo? - Ba-Chie - contestó el Peregrino, sin rechistar. - Yo no puedo - se defendió Ba-Chie -. Con él a las espadas no podría elevarme ni tres cuartas del suelo. No en balde afirma el proverbio que «un mortal pesa más que una montaña». ¿Os dais cuenta de lo que ocurriría si llegara a tocar, aunque fuera ligeramente, el agua con el pie? Los dos caeríamos en ella de cabeza. Mientras discutían de esa forma, vieron acercarse a un hombre montado en un bote pequeño. El monje Tang dio un salto de alegría y dijo: - Ahí viene la solución a todos nuestros problemas. Pedidle a ese hombre que nos lleve en su barca a la otra orilla. - ¡Eh, tú, barquero! - gritó el Bonzo Sha con todas sus fuerzas - ¡Pásanos a la otra parte del río! - Ésta no es una barca de pasajeros - respondió el hombre -, ¿Cómo quieres que cargue con todos vosotros? - No hay cosa mejor bajo las estrellas que hacer el bien a los demás - afirmó el Bonzo Sha con cierta solemnidad -. Admito que tu barca no sea de pasajeros, pero tampoco nosotros somos personas corrientes. Como habrás observado, pertenecemos a la familia de Buda y vamos en busca de escrituras sagradas por expreso deseo del Emperador de las Tierras del Este. Si accedes a llevarnos a la otra parte del río, gozarás para siempre de nuestra gratitud. El hombre remó entonces hacia la orilla y, cogiendo el remo en una mano, dijo en tono respetuoso: - Mi barca es muy pequeña y vosotros sois muchos. ¿Cómo voy a transportaros a todos a la otra orilla? Tripitaka se acercó a la embarcación y comprobó que se trataba de una simple canoa hecha de un trono horadado de árbol. Difícilmente podían sentarse en él dos personas, aparte del barquero. - ¿Qué podemos hacer? - preguntó Tripitaka, un tanto desalentado. - Tendremos que hacer dos viajes - comentó el Bonzo Sha. - Wu-Ching y tú - sugirió al punto Ba-Chie, dirigiéndose al Peregrino -, quedaos aquí con el caballo y el equipaje, mientras acompaño al maestro a la otra orilla. Después cruzará el Bonzo Sha con todas nuestras cosas. Tú puedes hacerlo por el aire, ¿de acuerdo? - Me parece perfecto - comentó el Peregrino, sacudiendo la cabeza. El Idiota ayudó al monje Tang a montar en el barco y el barquero se dispuso a cruzar la corriente de agua. Cuando llegaron justamente al centro del río, se levantó un viento tan huracanado que el agua saltó por los aires, oscureciendo el cielo y sumiendo el sol en una profunda oscuridad. Las olas, de hecho, eran tan altas como edificios más de mil plantas y se adentraban, orgullosas, en el oscuro mundo de las nubes de tormenta. Los remolinos de arena que levantaba eran como saetas que iban, poco a poco, arrancando al sol su luminosidad. A ambos lados del río los árboles se desplomaban, produciendo un ruido desgarrador, que hacía estremecer al mismísimo cielo. Los mares y océanos se vieron forzados a abandonar sus lindes y hasta los dragones tuvieron que abandonar sus mansiones, presa del pánico. Por doquier flotaba el barro y las flores se desvanecían, como seres de otro mundo. El rugido del viento recordaba las tormentas primaverales. Era tan intenso que a veces traía a la mente la fiereza de un tigre atacado por el hambre. Los cangrejos, tortugas, gambas y peces hubieron de abandonar a toda prisa sus guaridas, mientras las aves salvajes veían, desesperadas, cómo sus nidos desaparecían a lomos del viento. Todos los marineros de los Cinco Lagos perecieron en aquel vendaval. Los habitantes de las costas de los Cuatro Mares siguieron mejor suerte, aunque sus vidas se vieron constantemente en peligro. Los barqueros que cruzaban en aquel momento los ríos parecían pajas aventadas por un torrente. ¿Cómo podía ser de otra forma, si hasta los pescadores se veían incapaces de recobrar sus anzuelos? Las tejas y ladrillos abandonaban las casas a las que pertenecían, como si de hijos desagradecidos se tratara, y muchas de ellas se derrumbaban lastimosamente. El huracán era tan fiero que el Cielo y la Tierra se echaron a temblar y el Monte Tai vio sacudidas sus raíces. Tan formidable viento fue levantado por el barquero, que, en realidad, era un monstruo que moraba en aquel extraño Río Negro. Impotentes el Peregrino y el Bonzo Sha vieron cómo Ba-Chie y el monje Tang se hundían en el agua, junto con la barca y el hombre que la gobernaba. Al poco rato no quedaba de ellos el menor rastro. - ¿Qué podemos hacer? - exclamaron con dolor, clavados literalmente en la orilla -. A cada paso que da el maestro se topa con una dificultad mayor que la anterior. Apenas acaba de librarse de un monstruo sanguinario y ya está otra vez en manos de una criatura desconocida que mora en estas extrañas aguas negras. - A lo mejor no se trata de un monstruo y el barco se ha hundido sin más - sugirió el Bonzo Sha -. Es posible que un poco más abajo encontremos rastros de tan peculiar naufragio. - No lo creo - contestó el Peregrino -. Ba-Chie es un excelente nadador y, si la barca se hubiera simplemente hundido, habría salvado al maestro, trayéndole a la orilla. Creo haber descubierto en ese barquero algo realmente malvado. No me cabe la menor duda de que fue él el que levantó ese viento con el único propósito de arrastrar al maestro hasta su guarida. - Si tan seguro estabas de ello - le echó en cara el Bonzo Sha -, ¿por qué no lo dijiste? Quédate tú cuidando del equipaje y el caballo mientras me lanzo al agua a ver lo que ha ocurrido realmente. - No creo que debas hacerlo - le aconsejó el Peregrino -. Tiene un color muy peculiar y puede resultar un poco peligroso. - No tanto como el Río de Arena, te lo aseguro - replicó el Bonzo Sha -. Estoy capacitado para lanzarme ahí y adonde sea. No había acabado de decirlo, cuando se había quitado ya la camisa y las medias. Con idéntica rapidez se hizo con su báculo de dominar monstruos y se lanzó valientemente a la corriente. No le costó abrirse camino por el agua, haciéndolo con tanta seguridad como si se hallara en tierra firme. Al poco rato le pareció oír a alguien hablando y dirigió sus pasos al lugar del que provenían las voces. Fue así como descubrió una construcción, en cuya puerta podía leerse escrito en grandes caracteres: «Garganta de Hang - Yang, morada del Dios del Río Negro». Era la voz de tan singular personaje la que decía a sus súbditos: - He pasado por tiempos realmente difíciles, pero puedo aseguraros que acabo de encontrar algo auténticamente valioso. El monje que he capturado es alguien que se ha dedicado a la práctica de la virtud durante más de diez reencarnaciones seguidas. Con tal de que pruebe un poco de su carne, veré alargada considerablemente mi vida y jamás envejeceré. He estado esperándole durante muchísimo tiempo y hoy, por fin, he visto satisfecho mi sueño. Traed las jaulas de hierro y cocinad al vapor a estos monjes, mientras voy a cursar una invitación a uno de mis tíos, que cumple los años uno de estos días. Al oírlo, el Bonzo Sha no pudo controlarse y, echando mano de báculo, empezó a aporrear la puerta, sin dejar de gritar: - ¡Maldito monstruo! ¡Deja en libertad inmediatamente a mi maestro, el monje Tang, y a mi hermano Ba-Chie! Los diablillos que guardaban la puerta se sintieron tan desconcertados que corrieron a informar a su señor, diciendo: - ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! - ¿Se puede saber de qué desgracia estáis hablando? - les preguntó el monstruo. - Ahí afuera - contestaron ellos - hay un monje de aspecto muy extraño que no deja de aporrear la puerta de vuestra mansión, exigiendo que pongáis inmediatamente en libertad a esos dos que habéis capturado. El monstruo ordenó que le trajeran al punto su armadura. Los diablillos se la ajustaron sin pérdida de tiempo y le pusieron en la mano una especie de fusta de acero con el mango hecho a base de algo que recordaba el bambú. Su porte no podía ser más aterrador. Poseía una cara llamativamente cuadrada, unos ojos redondos que emitían unos extraños rayos de mil colores, unos labios muy carnosos y ensortijados, y una boca que recordaba un cuenco de arroz lleno de sangre. Los escasos pelos que cubrían su cuerpo daban la impresión de estar hechos de acero, mientras que sus cabellos parecían de cinabrio. Era la imagen arquetípica de un dios del trueno enfurecido. Su traje había sido confeccionado con hierro y presentaba unos extraños adornos florales. Por contraste, el yelmo que protegía su cabeza era de oro puro y estaba adornado con infinidad de piedras preciosas. Portaba en sus manos una fusta de acero y, al andar, levantaba violentísimos remolinos de viento. Originariamente había sido una criatura acuática, pero aprendió pronto a desenvolverse con inimitable maestría por la tierra firme. Se trataba, de hecho, de una iguana. - ¿Quién osa apalear de esa forma mi puerta? - bramó la bestia. - ¡Maldito monstruo! - replicó el Bonzo Sha -. ¿Cómo te has atrevido a secuestrar a mi maestro, haciéndote pasar con ayuda de la magia por un simple barquero? Si quieres seguir con vida, te aconsejo que le dejes inmediatamente en libertad. - ¡Tú eres el que debieras preocuparte por la tuya! - contestó el monstruo, soltando una sonora carcajada -. No niego que he capturado a tu maestro. Al contrario, pongo en tu conocimiento que voy a cocinarle al vapor y voy a servirle después a mis invitados. Pero, para que veas que soy magnánimo, te propongo un trato: si resistes tres ataques, accederé a tus deseos y pondré en libertad a tu maestro. Si no lo logras, también tú terminarás sobre mi mesa. ¿De acuerdo? Te aseguro, por si piensas ganarme, que jamás conseguirás pisar el Paraíso Occidental. Enfurecido, el Bonzo Sha levantó el báculo y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza del monstruo, que logró detener a tiempo el golpe con su fusta de acero. Dio comienzo así una terrible batalla en el fondo de aquel extraño río. Los dos se lanzaron a la lucha con inusitada fiereza, dispuestos a obtener la victoria. No en balde uno era el dios milenario del Río Negro, empeñado en probar la carne de Tripitaka y el otro, un inmortal del Palacio de la Neblina Celeste, comprometido en todo momento a cuidar de la vida del monje Tang. Su encuentro en el fondo del río sólo podía estar inspirado, pues, por un afán de victoria total. Fue tal el ardor que demostraron que las gambas, los cangrejos, las tortugas y los peces huyeron, despavoridos, hacia la rocalla en busca de refugio. Sólo los diablillos que habitaban las aguas se atrevieron a acercarse a ver lo que pasaba, batiendo tambores y lanzando gritos de ánimo a su señor. ¡Qué digna de encomio fue la valentía de que entonces dio muestras el humilde Wu-Ching! Pero, a pesar del agitamiento de olas y de la fiereza desplegada por ambos contrincantes, la batalla se mantuvo equilibrada desde el principio. La fusta y el báculo se medían una y otra vez, sin que ninguno pudiera arrogarse una ventaja efectiva. Pensándolo bien, no podía ser de otra manera, ya que estaba en juego el destino del monje Tang, un hombre virtuoso que se había comprometido a ir al Paraíso de Buda en busca de escrituras sagradas. Más de treinta veces cruzaron sus armas y, al final, el Bonzo Sha se dijo: - Es increíble la fuerza de este monstruo. Jamás me había hecho frente nadie con tanta efectividad dentro del agua. Creo que lo mejor será que le haga salir del agua, para que el Peregrino acabe con él de un golpe. No había acabado de pensarlo, cuando se dio media vuelta, aparentando estar al límite de sus fuerzas. El monstruo, sin embargo, renuncio a perseguirle, gritando, satisfecho: - ¡Márchate, si quieres! Estoy demasiado ocupado con las invitaciones para perder el tiempo contigo. Hondamente preocupado, el Bonzo Sha saltó del agua y dijo al Peregrino con la respiración entrecortada: - Esa criatura es de las más crueles que existen. - ¿A qué familia pertenece? - preguntó el Peregrino -. Me figuro que no tendrás ninguna dificultad en decírmelo, porque has estado ahí abajo yo qué sé la de tiempo. ¿Has conseguido ver al maestro? - Ahí abajo - explicó el Bonzo Sha - hay una extraña construcción, en cuya puerta puede leerse escrito en grandes caracteres: «Garganta Hang - Yang, morada del Dios del Río Negro». Me llegué hasta ella y oí cómo alguien ordenaba a unos diablillos que metieran en una jaula de hierro a Ba-Chie y al maestro, y los cocinaran al vapor. La bestia parecía interesada en ofrecérselos como banquete de cumpleaños a un tío suyo. Tan descabellado plan me hizo perder la paciencia y me lancé contra la puerta, aporreándola con mi báculo sin para. No tardó en aparecer un terrorífico monstruo con una fusta de acero y un mango hecho con algo que recordaba el bambú. Más de treinta veces medimos nuestras armas, pero su conocimiento de la técnica militar es tan perfecto que no pude obtener ninguna ventaja sobre él. Eso me hizo concebir el plan de aparentar estar al límite de las fuerzas y arrastrarle hasta aquí con el fin de que tú le remataras. Pero es más inteligente de lo que yo creía y se negó a perseguirme, prefiriendo regresar a su mansión a cursar las invitaciones que tenía pensado hacer. Así que no me quedó más remedio que abandonar las aguas. - ¿Qué clase de monstruo es? - volvió a preguntar el Peregrino. - Parece una tortuga o algo por el estilo - respondió el Bonzo Sha -. Aunque, pensándolo bien, debe de ser una iguana. - Me pregunto quién será ese tío del que hablaba - dijo, interesado, el Peregrino. No había acabado de decirlo, cuando de uno de los meandros que había corriente abajo apareció un hombre, que se arrodilló a considerable distancia, al tiempo que gritaba: - ¡Gran Sabio! El Dios del Río Negro os saluda respetuosamente. - ¿Cómo es eso? - exclamó el Peregrino -. No me digas que ese monstruo ha decidido venir a burlarse otra vez de nosotros. - No, no, Gran Sabio - gritó el hombre, arreciando en sus gritos y en sus manifestaciones de respeto -. Yo no soy ningún monstruo, sino el auténtico dios de este río. El mes quinto del año pasado, aprovechándose de la marea alta, llegó hasta aquí procedente del Océano Occidental y me retó con insultos y amenazas. Como podéis apreciar, soy una persona débil y entrada ya en años, y me venció con suma facilidad. Tras mi derrota no le costó apoderarse de mi residencia oficial, la Garganta de Hang - Yang, matando a infinidad de criaturas a acuáticas que permanecían fieles a mi autoridad. No me quedó más remedio, pues, que presentar una querella contra él, sin sospechar que el Rey Dragón del Océano Occidental fuera nada más y nada menos que su tío carnal. No es extraño, por tanto, que no quisiera prestar oídos a mi querella, expulsándome de mala manera de su palacio y aconsejándome que dejara el camino libre a su sobrino. Sólo me quedaba acudir al Cielo, pero ¿cómo iba el Emperador de Jade a conceder audiencia a un dios tan insignificante como yo? Cuando más desesperado estaba, oí decir que andabais por aquí y decidí venir inmediatamente a veros. Os suplico, Gran Sabio, que no hagáis oídos sordos a mis quejas y me prestéis toda la ayuda que preciso para vengar la afrenta de la que he sido objeto. - O sea - concluyó el Peregrino - que, según tú, el Rey Dragón del Océano Occidental es culpable de colaboracionismo. No sé si lo sabrás, pero ese monstruo acaba de apoderarse de mi maestro y de uno de mis hermanos con la intención de cocinarlos al vapor y ofrecérselos a su tío como regalo de cumpleaños. Ha sido una suerte que hayas aparecido en el momento más oportuno. Si no te importa, quédate aquí vigilando con el Bonzo Sha, mientras voy en busca del Rey Dragón. Espero que no se niegue a poner orden; de lo contrario, puede salir él mismo bastante malparado. - No sabéis cuánto os lo agradezco, Gran Sabio - exclamó, emocionado, el Dios del Río. El Peregrino montó en una nube y se dirigió directamente al Océano Occidental. No tardó en llegar a su destino y, tras hacer el signo para separar las aguas, se adentró en ellas con la misma facilidad que si se encontrara en tierra firme. Al poco tiempo vio surgir de las profundidades un pez negro que llevaba una pequeña caja de oro. El Peregrino cogió la barra de hierro y le asestó un golpe terrible en la cabeza. Fue tan certero que se le desencajaron las mandíbulas y se salieron los sesos, convirtiéndose en un cadáver, que arrastraron, inmisericordes, las olas. El Peregrino abrió la caja y vio que en su interior había una invitación, que decía: Vuestro indigno sobrino, la Iguana Limpia, toca, en señal de respeto, cien veces seguidas el suelo con la frente y os hace llegar todo el cariño que siente por tan respetable señor. Son tantos los beneficios que de vuestra generosidad he recibido no podré devolvéroslos, aunque viva más de mil existencias. La suerte, sin embargo, me ha sonreído últimamente, trayéndome ante mi puerta a dos monjes procedentes de las Tierras del Este. Se trata de especimenes únicos en el mundo y no he creído conveniente disfrutar yo solo de ellos, particularmente sabiendo que vuestro cumpleaños está cerca. He decidido, por tanto, ofrecéroslos en un banquete, pues no dudo que su carne tiene la virtud de aumentar en más de mil años la vida de quien tenga la suerte de probarla. Espero tener el honor de gozar del placer de vuestra compañía. - ¡Qué tipo! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. ¡Menos mal que este escrito ha caído primero en mis manos; si no, estaba aviado! Metió la invitación en una de las mangas y continuó caminando. No tardó en ser avistado por un yaksa que se hallaba patrullando las aguas. A toda prisa regresó al Palacio de Cristal de Agua a informar al señor: - Acaba de llegar el Gran Sabio, Sosia del Cielo. El Dragón Ao - Jun se levantó al punto del trono y salió, seguido de todos los suyos, a dar la bienvenida a tan distinguido visitante. - Pasad, Gran Sabio, y tomad asiento - dijo en tono cortés -. Me gustaría tomar el té juntos. - Yo - replicó el Peregrino - aún no he probado vuestro té, mientras que vos habéis saboreado ya mi vino. - ¡Vamos, Gran Sabio! - exclamó el dragón, sonriendo -. Vos sois ahora un servidor de Buda y no os está permitido probar ni licor ni carne. ¿Se puede saber cuándo me habéis invitado a beber? - No he querido decir que hayamos bebido juntos - explicó el Peino -, sino que habéis cometido un crimen, de alguna manera, relacionado con la bebida. - ¿De qué se trata? - preguntó el dragón, alarmado. Ni ti corto ni perezoso, el Peregrino sacó la invitación y se la puso en sus manos. El dragón la leyó a toda prisa y sintió cómo le abandonaban las fuerzas. En el culmen de su abatimiento se dejó caer de rodillas y empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decía: - ¡Perdonadme, Gran Sabio! El autor de esa carta es el noveno hijo de mi hermana. Su padre cometió un error de cálculo a la hora de dejar sueltos los vientos y esparcir la lluvia, por lo que fue condenado por los jueces celestes a morir decapitado en un sueño a manos de Wei Cheng. Mi hermana no tenía adónde acudir y yo me hice cargo de ella. Hace dos años cogió una extraña enfermedad y murió dejando huérfano a ese pobre muchacho. Como no tenía ningún feudo, aconsejé que fuera al Río Negro y allí se dedicara a la práctica de la virtud, para que pudiera convertirse en un auténtico inmortal. Jamás sospeché que pudiera cometer crímenes tan espantosos como los que aquí se mencionan. Ahora mismo voy a enviar a alguien a arrestarle. - ¿Cuántos hijos tuvo vuestra hermana? - preguntó el Peregrino ¿Se ha convertido alguno en monstruo a lo largo de estos años? - En total trajo al mundo nueve - contestó el dragón - y puedo aseguraros que ocho son virtuosos en extremo. El mayor, llamado Pequeño Dragón Amarillo, habita en el Río Hwai; el segundo que responde al nombre de Pequeño Dragón Negro, vive en el Río Chi, el tercero, el Dragón de la Espalda Azulada, mora en el Río Yang - Tse; el cuarto, el Dragón del Vello Rojo, tiene establecida su morada en el Río Amarillo; el quinto, el Dragón Infructuoso, es el encargado de tañer la campana al Patriarca Budista; el sexto, por su parte, el Dragón de la Bestia Acostada, tiene la responsabilidad de proteger los aleros del palacio del Patriarca Taoísta; el séptimo, el Dragón Respetuoso, tiene a su cargo la protección de los arcos conmemorativos del Emperador de Jade; y, por último, el octavo, el Dragón Serpiente de Mar, reside en el palacio de mi hermano mayor, estando encargado de proteger el monte Tai - Yüar, que se alza en la provincia de Shanshi. A su noveno hijo ya le conocéis: el Dragón Iguana. En principio no le fue asignado ningún cargo oficial, motivo por el que, como acabo de deciros, fue enviado al Río Negro a perfeccionar su naturaleza mortal. Tenía pensado trasladarse a un puesto de mayor responsabilidad, en cuanto hubiera avanzado lo suficiente por ese camino. Lo que no imaginé jamás es que fuera a desobedecerme, ofendiéndoos de la forma en que lo ha hecho. - ¿Cuántos esposos tuvo vuestra hermana? - preguntó el Peregrino, sonriendo con cierta malicia. - Sólo uno - respondió Ao - Jun -, el Dragón del Río Ching, que, como acabo de informaros, murió decapitado. Durante toda su viudez mi hermana residió conmigo, muriendo alrededor de hace dos años. - ¿Cómo es posible que de una esposa y un marido haya salido una descendencia tan distinta y variopinta? - inquirió el Peregrino. - Eso es precisamente lo que afirma el proverbio - contesto Jun -: «Un dragón puede tener hasta nueve hijos tan diferentes entre sí como el sol y la luna». - He confesar - reconoció el Peregrino - que estaba tan furioso que ahora mismo iba a presentar una querella contra vos ante la Corte Celestial, aportando esta invitación como prueba. Tenía pensados ya los de conspiración y secuestro. Ahora veo que la culpa no es vuestra, de ese jovenzuelo, que se ha negado abiertamente a obedecer vuestras órdenes. Por esta vez os perdono, habida cuenta de la amistad que me une a vos y a vuestros hermanos y considerando, además, que ese dragón es joven y, por lo que se ve, bastante irreflexivo. Sin embargo, es preciso que enviéis cuanto antes a alguien a arrestarle y a liberar a mi maestro. Cuando lo hayáis hecho, decidiremos el siguiente paso a seguir. Ao - Jun mandó venir al príncipe Mo - Ang y le ordenó: - Coge a quinientos de nuestros mejores soldados y parte inmediatamente a arrestar a la iguana. Mientras lo haces, que alguien prepare un banquete para el Gran Sabio. No en balde le debemos una disculpa. - No necesitáis ser tan cortés conmigo - replicó el Peregrino -. Ya os he dicho que no siento hacia vos la menor animadversión. No es preciso, por tanto, que os molestéis. Creo que lo mejor será que acompañe a vuestro hijo, pues estoy muy intranquilo por la suerte de mi maestro. Eso sin contar con que uno de mis hermanos me está esperando. El dragón insistió en lo del banquete, pero, al comprender que el Peregrino estaba dispuesto a marcharse, ordenó a una de sus hijas que trajera un poco de té. Era muy aromático y el Peregrino no pudo resistirse a una taza. Tras despedirse del viejo dragón, se dirigió hacia Río Negro, acompañado de Mo - Ang, llegando en un abrir y cerrar ojos a sus orillas. - Tened cuidado, príncipe - le aconsejó el Peregrino -. Mientras cumplís con vuestro deber, yo voy a salir del agua. - No os preocupéis por mí, Gran Sabio - trató de tranquilizarle Mo - Ang -. En cuanto haya arrestado a ese monstruo, le conduciré a vuestra presencia y vos mismo os encargaréis de juzgarle. De todas formas, prometo no regresar al lado de mi padre, hasta que no haya puesto en libertad a vuestro maestro. Satisfecho de su forma de hablar, el Peregrino se despidió de él y, tras hacer con los dedos un signo para apartar las aguas, saltó a la margen oriental del río, donde fue recibido por el dios y el Bonzo Sha, que preguntó, sorprendido: - ¿Cómo es que partisteis por el aire y ahora regresáis por el agua? El Peregrino sonrió y les explicó cómo había dado muerte al pez mensajero, cómo se había hecho con la invitación, cómo había puesto en evidencia al Rey Dragón y cómo había conseguido que éste mandara una expedición de castigo. El Bonzo Sha estaba fuera de sí de contento y se puso a esperar, impaciente, la vuelta de su maestro. El príncipe Mo - Ang, mientras tanto, envió un soldado al palacio del monstruo a decirle: - Acaba de llegar el príncipe Mo - Ang por encargo del respetable Rey Dragón del Océano Occidental. El monstruo estaba sentado en el interior y, al oír tan inesperado anuncio, se dijo: - ¡Qué raro! Por medio de uno de mis peces negros envié una invitación a mi tío y todavía no he obtenido ninguna respuesta. ¿Por qué habrá enviado a uno de mis primos, en vez de venir él personalmente? Mientras deliberaba consigo mismo de esa forma, se presentó uno de los diablillos que se hallaban patrullando el río y le informó, sobresaltado: - Hay acampado un ejército al oeste de vuestro palacio. Según parece, pertenece a vuestra familia, porque en uno de los estandartes puede leerse con toda claridad: «Mariscal Mo - Ang, príncipe heredero del Océano Occidental». - ¡Cuidado que es engreído este primo mío! - exclamó el monstruo -. Me figuro que su padre está muy ocupado y, por eso, ha enviado a ese fantoche. Sin embargo, no comprendo por qué ha venido acompañado de todos sus soldados y guerreros. Al fin y al cabo, se trata simplemente de un banquete. Por fuerza tiene que existir alguna otra razón. Opino que, por si acaso, no estaría de más que me trajerais la armadura y la fusta de acero. Quien comanda un ejército siempre termina lanzando sus huestes al ataque. Voy a salir a darle la bienvenida y a ver qué es lo que, en definitiva, quiere. Sin que nadie les dijera nada, los diablillos se aprestaron también para la lucha. En cuanto abrieron las puertas del palacio, la iguana comprobó que, en efecto, a la derecha del mismo había acampado un ejército de bravos soldados marinos. Los estandartes ondeaban al ritmo que les marcaban las aguas, las lanzas formaban un bosque de acero, las espadas reflejaban la luz que llegaba hasta aquellas profundidades, los arcos recordaban la curvatura de la luna, las flechas destacaba como dientes de lobos hambrientos, las enormes cimitarras emitían rayos que se adivinaban mortales, y las porras daban cuenta de su acerada efectividad. El ejército estaba compuesto por serpientes marinas ostras, ballenas, cangrejos, tortugas, gambas y peces de toda clase y tamaño. Su porte era marcial y mostraban, orgullosos, sus mortíferas y bien cuidadas armas. Su formación era tan perfecta que ninguno sobresalía un solo milímetro de los demás. Impertérrita, la iguana se dirigió hacia la entrada del campamento y levantando la voz, dijo: - Vuestro primo os da la bienvenida y os suplica respetuosamente le hagáis el honor de compartir su humilde morada. Uno de los caracoles que se hallaba de patrulla corrió a la tienda del joven dragón a informarle: - La iguana está ahí fuera, llamándoos a voz en grito, majestad. Tras ajustarse el casco de oro y el cinturón de jade, el príncipe tomó su garrote de tres picos y, dando grandes zancadas, salió a la puerta del campamento, donde preguntó en tono arrogante: - ¿Se puede saber para qué me has mandado salir? - Esta mañana - contestó la iguana, inclinando la cabeza - envié a vuestro padre una invitación y doy por supuesto que, al ser muchas sus obligaciones, os ha enviado a vos en su lugar. Sin embargo, ¿por qué habéis traído a vuestras tropas, si se trata simplemente de un banquete? Perdonadme, pero no acabo de entender por qué, en vez de entrar en mi humilde palacio, acampáis delante de él. Es más, salís a mi encuentro con la armadura ceñida y un arma mortal en vuestras manos. ¿A qué obedece semejante despliegue de fuerza? - ¿Quieres decirme qué te indujo a invitar a venir a tu tío? - preguntó, a su vez, el príncipe. - Por supuesto que sí - respondió la iguana -. A él le debo cuanto soy y eso es algo que no olvidaré jamás. Además, hace muchísimo tiempo que no le veo y quería expresarle todo el cariño que por él siento, invitándole a participar de lo único valioso que poseo. El caso es que ayer cayó en mi poder un monje procedente de las Tierras del Este, que, según tengo entendido, se ha dedicado a la práctica de la virtud durante diez reencarnaciones seguidas. Es tan especial que, si alguien prueba su carne, verá alargada considerablemente su vida. Ése es el motivo por el que deseaba ofrecérsele a mi respetable tío con motivo de su cumpleaños. - ¡Cuidado que eres irresponsable! - le echó en cara el príncipe -. ¿Sabes quién es ese monje? - Sí - admitió la iguana -. Proviene de la corte de los Tan y se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagrada - Ya veo que conoces algo de él - comentó el príncipe -. Pero ¿qué me dices de sus discípulos? - Uno se llama Chu Ba-Chie y tiene el morro muy protuberante - contestó el monstruo - . Ha caído también en mí poder y tenía pensado servirle al mismo tiempo que al monje Tang. Otro responde al nombre de Bonzo Sha, un tipo cetrino y de aspecto un tanto siniestro, que posee un báculo muy especial. Precisamente vino a exigirme ayer liberación de su maestro y le eché del río a cajas destempladas. Me bastaron unos cuantos golpes de esta fusta para hacerle huir como un cobarde. ¿Quieres explicarme qué tienen de especial esos dos tipos? - ¡Qué mal informado estás! - exclamó, despectivo, el príncipe - El monje Tang tiene otro discípulo; el Gran Sabio, Sosia del Cielo, un inmortal de la Gran Mónada, que hace aproximadamente quinientos años sumió el Palacio Celeste en una gran confusión. Ahora se ha convertido en el guardián del monje Tang en su intento de llegar al Paraíso Occidental y hacerse con las escrituras sagradas. Actualmente responde al nombre de Peregrino Sun Wu-Kung, pues fue convertido personalmente por la misericordiosa bodhisattva Kwang-Ing, que habita en la Montaña Potalaka. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer lo que has hecho? ¿Acaso no sabes que el Peregrino Sun acabó con tu mensajero, tomó la invitación y la llevó personalmente al Palacio de Cristal de Agua, acusándonos a mi padre y a mí de conspiración y secuestro? Te aconsejo, por tanto, que dejes marchar a Ba-Chie y al monje Tang, para que el Gran Sabio Sun olvide sus querellas y la paz pueda seguir reinando en estas aguas. Si quieres seguir con vida, bastará con que le pidas disculpas. Te aseguro que, si te niegas a hacerlo, serás arrojado del lugar que ahora habitas y caerás en poder de la muerte. - ¿Cómo te atreves a decirme eso tú, que perteneces a mi misma familia? - bramó el monstruo, enfurecido -. ¡Es increíble que te pongas de parte de alguien totalmente ajeno a nosotros! ¡Estás loco, si crees que voy a dejar marchar al monje Tang así como así! ¿Cuándo se ha visto en el mundo semejante cosa? Es posible que ese tan Sun Kung te produzca un miedo terrible, pero ¿quién te ha dicho que yo sea tan cobarde como tú? Si posee tantos poderes como afirmas, que venga aquí y lo demuestre. Te prometo que, si me resiste tres ataques, pondré inmediatamente en libertad a su maestro. Pero, si falla, que se vaya despidiendo de esta vida, porque le echaré también el guante y le cocinaré después al vapor. Te aseguro que esta vez no enviaré ninguna carta a mis parientes. ¿Quién me mandará invitar a quien no sabe apreciar lo que vale un banquete? Cerraré las puertas de mi palacio y ordenaré a mis subalternos que canten y bailen, mientras yo ocupo el puesto de honor y como lo que me dé la gana. ¡Nadie me impedirá jamás que pruebe la carne de ese monje! - ¡Monstruo ignorante! - exclamó el príncipe -. Jamás he visto a nadie más inconsciente que tú. ¿Qué quieres? ¿Enfrentarte cara a cara con él? - ¿Piensas que iba a ponerme a temblar? - replicó el monstruo. Se volvió después a sus subordinados y les ordenó -: ¡Traedme la armadura! Los diablillos que estaban tanto a su derecha como a su izquierda le ajustaron la armadura y le hicieron entrega de la fusta de acero. Viendo que todo era inútil, los dos primos se dieron la vuelta y ordenaron a los suyos que hicieran sonar los tambores. La batalla que a continuación tuvo lugar fue totalmente diferente de la que horas antes había protagonizado el Bonzo Sha. Las banderas y estandartes ondeaban, orgullosos, compitiendo en gallardía con las lanzas y hachas de guerra. Las puertas del palacio se abrieron de par en par, mientras se levantaba a toda prisa el campamento. La iguana y el príncipe Mo - Ang no tardaron en medir la fuerza de sus armas. Enardecidos por el bramido de los cañones y el continuo batir de los tambores, las fuerzas fluviales se enfrentaron en fiera batalla con las marítimas. Las gambas lucharon contra las gambas, los cangrejos se enfrentaron a los cangreja ballena tragó a la carpa rojiza, la brema acabó con el atún, el tiburón devoró al mújol y la caballa, horrorizada, se dio a la fuga, la ostra se apoderó de la almeja y, al verlo, el mejillón se puso a temblar. Los bigotes de la pastinaca se mostraron tan duros y efectivos como una barra de acero. El pez espada no le iba a la zaga con su afilado apéndice, que recordaba una cuchilla bien afilada. El esturión perseguía a la anguila, mientras el salmonete trataba de dar caza a la sardina. Las aguas del río bulleron con los continuos ataques de seres que debían considerarse como hermanos. El fragor de la batalla era tal que las olas crecieron considerablemente de altura. Entre todos los guerreros sobresalía, por su poder, el príncipe Mo - Ang, fuerte como el mismo Indra. Dando un grito, descargó un golpe terrible sobre la iguana, que había osado desafiar los designios del Cielo. El príncipe había hecho un falso amago de huida y el monstruo se había lanzado inmediatamente en su persecución. Pero el hijo del dragón se había dado la vuelta al poco y había descargado sobre el brazo derecho de la bestia un golpe que le había derribado de inmediato al suelo. No contento con eso, le había propinado un segundo golpe que le había hecho rodar como una fruta madura. Los guerreros marinos no tuvieron más que atarle las manos a la espalda, agujerearle el esternón y cargarle de cadenas. De esta forma fue conducido hasta la orilla, para que le viera el Peregrino Sun. - Gran Sabio - gritó, satisfecho, el Príncipe Dragón -, como os había prometido, acabo de capturar a la iguana. Decidid ahora lo que ha de hacerse con ella. El Peregrino pareció meditar durante unos segundos lo que iba a decir y, dirigiéndose al monstruo, afirmó con voz solemne: - No hiciste caso a lo que se te ordenó. Cuando tu respetable tío te dio permiso para vivir en este lugar, lo hizo con la intención de que te dedicaras a la práctica de la virtud y pudiera después confiarte un puesto de mayor responsabilidad. ¿Por qué expulsaste al dios del río de su palacio, maltratando a cuantos se opusieron a tus pretensiones? ¿Cómo se te ocurrió valerte de la magia para engañar a mi maestro? Merecías que te apaleara con esta barra de hierro. Es tan pesada que bastaría un simple golpecito para acabar con tu vida. Sin embargo, quisiera preguntarte antes algo. ¿En dónde has encerrado a mi maestro? - No tenía ni idea de vuestra justa fama, Gran Sabio – contestó la iguana, golpeando respetuosamente el suelo con la frente - La verdad es que parece como si hubiera perdido el juicio. Ya veis, hace un momento me he enfrentado con mi primo, desoyendo a la moralidad y a la razón. Jamás olvidaré el gesto que habéis tenido conmigo, al perdonarme la vida. Vuestro maestro se encuentra atado en el interior de mi palacio. Si me libráis de estas cadenas, prometo ir a liberarle, considerándome honrado de poder devolvérosle sano y salvo. - No accedáis a esa petición, Gran Sabio - le aconsejó el príncipe Mo - Ang -. Es un monstruo para el que la palabra honor no encierra ningún sentido. Si le dejáis en libertad, maquinará algo realmente terrible. - Yo conozco bien su palacio - dijo el Bonzo Sha -. Si queréis, puedo ir a buscar al maestro. El Peregrino no tuvo nada que objetar. El Bonzo Sha saltó a las aguas seguido del dios del río y entraron juntos en el antiguo palacio del monstruo. Las puertas estaban abiertas de par en par. Todos los diablillos parecían haber desaparecido. Penetraron en el salón principal y vieron al monje Tang y a Ba-Chie con las manos atadas a espalda y totalmente desnudos. El Bonzo Sha desató a toda prisa al maestro, mientras el dios del río hacía otro tanto con Ba-Chie. Cargaron después con ellos y se lanzaron hacia la superficie. En cuanto Ba-Chie vio en la orilla al monstruo cargado de cadenas, levantó el tridente, gritando furioso, con ánimo de acabar con él: - ¡Maldita bestia! ¿Todavía quieres devorarme? Afortunadamente el Peregrino se lo impidió, diciendo: - No le mates. Hazlo por Ao - Jun y su hijo. Me temo que no puedo quedarme más tiempo a vuestro lado - dijo el príncipe Mo - Ang, después de darle las gracias -. Vuestro maestro ha sido felizmente liberado y debo volver junto a mi padre con el prisionero. Aunque vos os habéis mostrado misericordioso con él, no dudo que mi padre le dará un castigo ejemplar. Os mantendremos informados al respecto, Gran Sabio. No podéis figuraros cuánto nos ha afectado este incidente. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Puedes marcharte cuando quieras. Saluda en mi nombre a tu padre y dale las gracias por su inestimable cooperación. En un abrir y cerrar de ojos el príncipe se lanzó a las aguas, seguido del prisionero y de todas sus huestes. Mientras regresaban a toda velocidad al Océano Occidental, el Dios del Río Negro se volvió hacia el Peregrino y le dio las gracias, diciendo: - Estoy en deuda con vos, Gran Sabio, por haberme devuelto mi reino de agua. - Veo que todavía continuamos en la orilla oriental - comentó el monje Tang con sus discípulos -. ¿Podéis decirme cómo vamos a cruzar a la otra margen? - No os preocupéis por eso - le aconsejó el dios del río -. Montad en vuestro caballo y seguidme. Con vuestro permiso voy a abrir un sendero en las aguas, para que podáis vadearlas con seguridad. El Maestro se encaramó en el caballo blanco, mientras Ba-Chie asía las riendas, el Bonzo Sha cargaba con el equipaje y el Peregrino cerraba la marcha. El dios del río hizo un gesto mágico y al instante el agua se detuvo, formando una gran muralla y permitiendo a los viajeros atravesar el cauce a pie enjuto. De esta forma, lograron llegar sanos y salvos a la orilla occidental. Tras dar las gracias a la deidad acuática, prosiguieron, sin más, su camino. Fue una suerte que el cauce del Río Negro se volviera tan sólido como un camino empedrado, porque eso permitió al maestro Zen reanudar su marcha hacia el Oeste. No sabemos cómo se las arreglaron para contemplar el rostro de Buda y hacerse con las escrituras. Quien desee enterarse tendrá que escuchar lo que se dice en el capítulo siguiente. 第044回 EL DHARMA HACE FRENTE A UNA FUERZA TERRIBLE, LOS DEMONIOS Y DIABLILLOS CRUZAN UN PASO DE MONTAÑA No se detienen en su camino hacia el Oeste, decididos a hacerse con las escrituras y obtener, así, la libertad auténtica. No parece importarles que las pruebas sean muchas y su fama sea incrementada con cada paso que dan. Los días se suceden con la rapidez de liebres que corren o picazas que huyen. Las flores se van marchitando y los pájaros dejan de cantar, dando paso a una nueva estación. En un simple grano de polvo el ojo es capaz de descubrir más de tres mil mundos diferentes, pero a los Peregrinos no parece importarles. Con tal de ver cumplido su sueño, no dudan en alimentarse del viento y descansar sobre el rocío. Lo más desesperante es que no saben cuándo lo verán hecho realidad. Decíamos que, en cuanto cruzaron el Río Negro, el maestro y sus discípulos prosiguieron su marcha hacia el occidente, enfrentándose al rigor del viento y a la cegadora luminosidad de la nieve. La luna los arropaba con cariño y las estrellas parecían querer abrigarlos. Eso les dio nuevos ánimos para seguir adelante y no tardó en llegar de nuevo la primavera. El año nuevo hizo su aparición, puntual, y todo pareció revivir de pronto. Los cielos parecían formar parte de una pintura cargada de luz y la tierra se vio cubierta del delicado brocado de las flores. La nieve se derretía sobre los ciruelos y el firmamento se veía surcado por infinitos rebaños de nubes. El hielo se iba fundiendo y la montaña era surcada por incontables torrenteras. Por doquier comenzaban a germinar las semillas. Una vez más se hacia realidad el dicho de que, cuando hace su aparición el dios del año nuevo, el de los bosques revive de su letargo. La brisa esparce entonces el aroma de las flores y las nubes no se oponen a que la luz solar las traspase con toda su pureza. Los sauces muestran en toda su pujanza la frágil curvatura de sus verdes ramas y la lluvia se encarga de ir sembrando la vida por donde pasa. Adondequiera que se dirija la vista se aprecia la pujanza de la primavera. El maestro y los discípulos estaban gozando de la belleza del paisaje, cuando oyeron un grito tan fuerte que parecía emitido por más de diez mil gargantas. Tripitaka Tang se sintió tan sobrecogido que tiró al punto de las riendas y se negó a seguir adelante. Se volvió hacia Wu-Kung y le preguntó, temblando de pies a cabeza: - ¿Sabes de dónde proviene ese estruendo? - Parece como si la tierra se hubiera abierto, de pronto, y se hubiera tragado todas las montañas que hay por aquí cerca - comentó Ba-Chie. - A mí me parece, más bien, un trueno - dijo, a su vez, el Bonzo Sha. - Pues yo creo que se trata de voces humanas o de relinchos de caballos - afirmó Tripitaka. - Me parece que ninguno habéis dado en el clavo - dijo el Peregrino, sonriendo -. Deteneos aquí, mientras yo voy a echar un vistazo. No había acabado de decirlo, cuando dio un gran salto y se elevó por los aires. Miró en todas las direcciones y no tardó en descubrir una ciudad protegida por un foso. Aguzó aún más la vista y vio que sobre ella descansaba un aura de beatitud. - ¡Qué raro! - se dijo el Peregrino -. ¿Cómo es posible que surjan de ahí esos gritos, si no se trata de un lugar maldito? Además, no se aprecian estandartes ni lanzas, por lo que hay que concluir que ese ruido no proviene del rugir de los cañones. ¿A qué se debe tanta algarabía? Mientras calibraba todas esas posibilidades, vio a un grupo considerable de monjes, que estaba tratando de subir una carreta, al parecer muy pesada, por una empinada pendiente, que había fuera de las puertas de la ciudad. Con el fin de empujar todos al mismo tiempo, repetían al unísono el nombre del Bodhisattva Poderoso y ésas eran, precisamente, las voces que tanto habían sobrecogido al monje Tang. El Peregrino descendió de la nube en la que se había sentado para ver con más claridad y comprobó que la carreta estaba llena de maderas, tejas, ladrillos, adobes y cosas por el estilo. La pendiente era muy pronunciada y el camino por el que trataban de conducir la carreta discurría por entre dos enormes moles de piedra, que hacían extremadamente difícil la marcha. Los esfuerzos de los monjes parecían, en verdad, condenados al fracaso. Había, sin embargo, otro dato que llamó poderosamente la atención del Peregrino: el día era muy cálido y resultaba normal que la gente vistiera sus ropas más livianas, pero aquellos monjes ¡sólo lucían harapos! El Peregrino jamás había visto monjes más pobres. ¡Qué extraño! - volvió a decirse -. Por fuerza tienen que estar reparando un monasterio y no han podido encontrar a nadie que los ayude, quizás porque es la época de la siega y todo el mundo está trabajando en sus campos. Mientras cavilaba de esta forma, vio salir de la ciudad a dos taoístas jóvenes. En la cabeza lucían unos gorros tan luminosos como estrellas, vestían unas túnicas llenas de bordados, calzaban unas botas con la parte superior de seda y llevaban ceñida la cintura con unas fajas de seda de la mejor calidad. Sus rostros, redondos como la luna llena, exudaban salud por todos sus poros. Su prestancia era tal que parecían, de hecho, criaturas procedentes del Paraíso de Jade. Lo más desconcertante, sin embargo, fue que, cuando los monjes vieron a los dos taoístas, se pusieron a temblar de miedo, redoblando desesperadamente sus esfuerzos por hacer entrar la carreta en la ciudad. Cayendo en la cuenta de lo que sucedía, el Peregrino exclamó, indignado: - ¡Eso lo explica todo! Había oído decir que en la ruta hacia el Oeste existía un lugar en el que el taoísmo goza de todos los privilegios, mientras que al budismo se le niega el simple derecho a la existencia. Creo que, sin quererlo, hemos dado con él. Debo informar inmediatamente al maestro de todo esto. Sin embargo, con el fin de evitar interpretaciones erróneas, es preciso que investigue con más detenimiento lo que aquí está ocurriendo. Voy a bajar a preguntarles. No hay mejor método de averiguar la verdad que interrogar directamente a las partes implicadas. Bajó de la nube y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se transformó en un taoísta mendicante de la Secta de la Verdad Absoluta. En el hombro izquierdo llevaba colgada una cesta de exorcista. Sin dejar de golpear con las manos un pez de madera ni de recitar textos sagrados, se dirigió hacia los dos taoístas y les dijo: - Este humilde hermano vuestro os presenta sus respetos. - ¿De dónde venís? - le preguntó uno de ellos, devolviéndole el saludo. - Ni yo mismo lo sé - respondió el Peregrino -. He recorrido hasta el último rincón de los mares y alcanzado el mismo límite de los cielos. Si me he llegado hasta aquí, ha sido con el único propósito de obtener unas cuantas limosnas. ¿Podríais indicarme qué calle de esta ciudad es la más piadosa y respetuosa con los seguidores del Tao? Me gustaría sentarme en ella y pedir a los viandantes un poco de comida - ¿Por qué habláis de esa forma tan poco elegante? - le echó en cara uno de los taoístas. - ¿Qué queréis decir con eso? - volvió a preguntar, sorprendido el Peregrino. - No hay cosa más carente de elegancia que mendigar la comida que uno se lleva a la boca - contestó el taoísta. - Los que hemos renunciado a la familia vivimos de la limosna - replicó el Peregrino -. ¿De dónde voy a obtener mi sustento, si renuncio la mendicidad? - Se ve que venís desde muy lejos y no conocéis nuestra ciudad - dijo el taoísta, sonriendo -. Aquí no sólo son partidarios del Tao los funcionarios tanto civiles como militares, sino que hasta la gente ordinaria, sin distinción de estado o edad, se mata por darnos de comer, en cuanto nos ve. En esta ciudad tenemos asegurado el sustento. Por si esto no bastara, el hombre que la gobierna es extremadamente piadoso y no deja de favorecer a los que nos esforzamos por seguir los senderos del Tao. - Reconozco que vengo desde muy lejos y que, dados mis pocos años, desconozco cuanto ocurre en esta ciudad - admitió el Peregrino -. ¿Os importaría decirme cómo se llama y explicarme por qué su rey se muestra tan benigno con los que nos hemos entregado en cuerpo y espíritu a la práctica del Tao? - Esta ciudad es conocida como Reino de la Carreta Lenta y el hombre que se sienta sobre su trono es pariente nuestro - informó el taoísta. - ¿Queréis decir que un taoísta fue promovido al cargo real? - inquirió el Peregrino con grandes gestos de asombro. - No, no - contestó el taoísta -. Lo que sucedió fue lo siguiente: hace aproximadamente veinte años esta región se vio azotada por una sequía tan terrible que del cielo no cayó ni una sola gota de lluvia y se secaron todas las plantas, incluido el arroz. Desde el rey hasta el último de sus súbditos elevaban continuas plegarias a los cielos, para que se apiadaran de su desesperada situación. Cuando parecía que todo estaba perdido para siempre, bajaron de lo alto tres inmortales y nos salvaron a todos. - ¿Tres inmortales? - exclamó el Peregrino -. ¿Quiénes eran? - Tres de nuestros maestros, por supuesto - explicó el taoísta. - ¿Cómo se llamaban? - insistió el Peregrino. - El primero - contestó el taoísta - respondía al nombre de Gran Inmortal de la Fuerza de Tigre; el segundo, Gran Inmortal de la Fuerza de Ciervo; y el tercero, Gran Inmortal de la Fuerza de Cabra. - ¿Qué clase de poderes mágicos poseían tan destacados maestros? - inquirió, una vez más, el Peregrino. - Para ellos - explicó el taoísta, condescendiente - producir lluvia era tan fácil como dar palmadas. Podían, además, levantar vientos a voluntad, producir aceite con sólo apuntar con el dedo al agua, y transformar las piedras en oro simplemente con tocarlas. Todo ello lo hacían con la misma rapidez con que uno se da la vuelta en la cama. Con semejantes poderes no les costó mucho hacerse con el genio creador del Cielo y la Tierra, dominando a placer la influencia que sobre todo ejerce en las estrellas y constelaciones. A la vista de cuanto hicieron, no es extraño que el rey haya declarado a todos los taoístas como pertenecientes a una casta real. - ¡Qué suerte la de ese gobernante! - exclamó el Peregrino -. Con razón afirma el proverbio que «la magia mueve a los señores y ministros». Esos maestros poseen tales poderes que no me extraña que el rey los haya considerado como pertenecientes a su propia casta. ¿Creéis que también yo puedo entrevistarme con ellos? - Si deseas ver a nuestros maestros - concluyó el taoísta, sonriendo -, puedes hacerlo con toda libertad. Precisamente nosotros somos sus discípulos más aventajados. Eso sin contar con que están tan volcados sobre el mundo taoísta que, si ahora mismo pronunciaras la palabra Tao, saldrían al instante a darte la bienvenida. Para nosotros presentarte a ellos es tan fácil como soplar un poco de ceniza. - Os lo agradezco de todo corazón - respondió el Peregrino -. Vamos, entremos cuanto antes en la ciudad. - No sea tan impaciente, por favor - le aconsejó el taoísta -. Siéntate un poco, mientras concluimos el encargo que hasta aquí nos ha traído. - ¿Qué queréis decir con eso de encargo? - exclamó el Peregrino, escandalizado -. Los que hemos renunciado a la familia somos libres del todo y no tenemos preocupaciones o lazos que nos aten a nada. - Todo lo que tú quieras - dijo el taoísta, señalando con el dedo al grupo de monjes -, pero vivimos del trabajo que realizan esos de ahí. Es preciso, por tanto, que nos cuidemos de que no se abandonen a la holgazanería. - Creo que estáis equivocados - comentó el Peregrino, sonriendo -. Por doquier se afirma que budistas y taoístas son hermanos, ya que ambos han renunciado a la familia. ¿Cómo es que ahora trabajan para nosotros? ¿A qué se reduce la hermandad, cuando existe la sumisión? - No tienes ni idea de lo sucedido en los tiempos de la sequía - dijo el taoísta -. Cuando todos gemíamos por la lluvia, los monjes suplicaban a Buda y los taoístas dirigíamos nuestras plegarias a la Estrella Polar, interesados ambos únicamente en el bien de todo el reino. Lo sutras y los cánticos de los monjes se mostraron totalmente ineficaces, mientras que los nuestros consiguieron su objetivo. En cuanto nuestros maestros hicieron su aparición, se levantó el viento y la lluvia cayó con tal abundancia que las gentes dejaron de preocuparse por su futuro. El trono tomó buena cuenta de lo ocurrido y acusó de ineptitud a los monjes, afirmando que merecían que sus monasterios fueran arrasados hasta los cimientos, sus imágenes de Buda destruidas sin ninguna consideración, y ellos mismos deportados a algún país lejano. Su majestad lo pensó, sin embargo, mejor y nos los entregó como esclavos. Son ellos, de hecho, ahora los que se encargan en nuestros templos de avivar el fuego, barrer los suelos y cerrar las puertas. Últimamente hemos decidido terminar un edificio que se levanta en la parte posterior de la ciudad, y hemos ordenado, consiguientemente, a estos monjes traer tejas, ladrillos y madera, para poder concluirlo cuanto antes. De todas formas, no nos fiamos mucho de ellos y hemos venido a echar un vistazo, porque, aunque no lo creas, en un principio se negaban a tirar de la carreta. Alguno ha debido de escaquearse. Por eso, hemos traído esta lista. - Creo que he perdido todo interés en conocer a vuestros maestros - dijo, de pronto, el Peregrino con los ojos anegados en lágrimas. - ¿Se puede saber por qué? - preguntó el taoísta, sorprendido. - Muy sencillo - contestó el Peregrino -. Porque, si me he lanzado a recorrer el mundo, ha sido con el propósito de hallar a un familiar. - ¿De qué familiar se trata? - volvió a preguntar el taoísta. - De un tío - respondió el Peregrino -. De joven se rapó el pelo y se hizo monje. Hace algunos años el hambre se enseñoreó de nuestra ciudad y él hubo de emigrar a otra parte en busca de limosnas. Desde entonces no hemos vuelto a verle. Soy consciente de las obligaciones que me atan a mis mayores y ése es el motivo que me ha inducido a recorrer el mundo en su busca. Es muy posible que se encuentre entre esos desgraciados de ahí abajo. Si me lo permitís, me gustaría ir a comprobarlo, antes de entrar con vosotros en la ciudad. - No hay ningún problema - afirmó el taoísta -. Baja tú a pasar lista si quieres. En total tiene que haber quinientos. Mira a ver si tu tío está entre ellos. Si es así, le dejaremos en libertad. No en balde eses tú uno de los nuestros. Si te parece, nosotros nos quedaremos sentados aquí y después entraremos en la ciudad, ¿de acuerdo? El Peregrino se lo agradeció con grandes aspavientos y se despidió de ellos, no sin antes inclinar ampulosamente la cabeza. Sin dejar de golpear el pez de madera, se dirigió hacia donde estaban los monjes tratando desesperadamente de hacer subir la carreta. Al verle aparecer por el estrecho pasillo que conducía al pie de la ladera, todos se echaron al suelo, diciendo con voz temblorosa: - Ninguno de nosotros se ha rendido a la indolencia, seguimos siendo quinientos y todos estamos tratando de llevar esta carreta a la ciudad. - Estos monjes - se dijo el Peregrino con pena - han debido de pasarlo muy mal a manos de esos taoístas. Hasta de alguien tan poco autoritario como yo se asustan. ¿Que harían si se toparan con un taoísta de verdad? Seguro que se morían de miedo. Se acercó más a ellos y añadió, agitando la mano, para darles confianza: - Levantaos y no temáis. No he venido a inspeccionar vuestro trabajo, sino con el ánimo de encontrar a un pariente. A1 oír que estaba buscando a un familiar, todos se lanzaron sobre él, estirando la cabeza y saltando, con la vaga esperanza de que pudieran ser la persona en cuestión. ¿Quién de nosotros es vuestro pariente? - preguntaban, ilusionados. El Peregrino se les quedó mirando durante un rato y después soltó una sonora carcajada. - ¿Por qué os reís de esa forma, si, según parece, habéis sido incapaz de encontrar a la persona que buscáis? - ¿Queréis saber por qué me río así? - repitió el Peregrino -. ¿De verdad queréis saberlo? Me río, porque, a pesar de vuestra edad, sois tan inmaduros como críos. Vuestro nacimiento se produjo en un momento tan poco favorable que vuestros padres decidieron deshacerse de vosotros, antes de que vuestra mala suerte afectara a toda la familia, incluidos vuestros hermanos y hermanas. ¿Por qué no seguís el camino que conduce a las Tres Joyas ni respetáis las leyes de Buda? ¿Cómo habéis renunciado al recitado de las letanías y a la lectura de los sutras? ¿Por qué servís a los taoístas de buen grado, aceptando ser esclavos suyos? ¡Es increíble que os sometáis a este trato, como si fuerais vulgares siervos! - ¿Os estáis burlando de nosotros? - exclamaron, asombrados, los monjes -. Por fuerza tienes que venir desde muy lejos, para no estar al tanto de lo que aquí ocurre. ¿Crees que no presentamos de continuo quejas y súplicas? - Es verdad que procedo de un lugar muy lejano - reconoció el Peregrino -. Por lo que respecta a vuestras quejas, hasta ahora no he oído ni una sola. - El señor que rige los destinos de nuestra ciudad es tendencioso y malvado - confesaron de improviso los monjes, echándose a llorar -. Sólo se preocupa de los taoístas y odia a los budistas. - ¿A qué obedece una actitud tan extraña? - preguntó el Peregrino. - Hace cierto tiempo - explicaron ellos - este lugar necesitaba con urgencia de lluvia, porque la sequía había destrozado prácticamente todos los campos. De pronto, se presentaron esos tres inmortales, engañaron al rey y le obligaron a derribar nuestros monasterios, prohibiéndonos, al mismo tiempo, regresar a nuestros puntos de origen. Es más, nos negó todos los derechos que, como ciudadanos de este reino, nos correspondían, entregándonos como esclavos a esos falsos maestros. ¡No podéis haceros idea de lo insoportable que es nuestra situación! Si aparece por aquí un taoísta, solicitan una audiencia con el rey y conceden al viajero una sustanciosa suma en metálico. Sí, por el contrario, se trata de un monje, es detenido y enviado al palacio de esos miserables como un simple siervo, sin importarle su edad o que sea ciudadano de otro reino. - ¿Queréis decir que esos taoístas poseen poderes mágicos especiales, con los que de continuo embaucan al rey? - volvió a preguntar el Peregrino -. Mirándolo bien, producir lluvia es la cosa sencilla más del mundo. Con un simple truco es más que suficiente. ¿Cómo han conseguido engañar durante todo este tiempo a vuestro señor? - Son maestros en el arte de refinar el mercurio y practicar la meditación - explicaron los monjes -. Si quieren aceite, no tienen más que apuntar al agua, y, si tocan una piedra, al instante se convierte en oro. Su ascendencia sobre el rey es tal que han decidido erigir un templo enorme dedicado a los Tres Puros, en el que poder realizar a sus anchas los ritos en honor del Cielo y la Tierra, entonar ensalmos y leer noche y día las escrituras. Según dicen, eso hará que el rey alcance una edad superior a los diez mil años, cosa que, como comprenderéis, ha complacido sobremanera a nuestro soberano. - ¡Eso lo explica todo! - exclamó el Peregrino -. ¿Por qué no os habéis escapado y asunto concluido? - No podemos hacerlo - respondieron los monjes -. Esos inmortales han obtenido permiso del rey para exponer en todos los rincones de su reino nuestros retratos. Aunque su territorio es inmenso, están presentes en los mercados y lugares más concurridos de todas las aldeas, ciudades y pueblos de este malhadado Reino de la Carreta lenta. En la parte de arriba llevan una inscripción en la que se dice que cualquier militar que capture a un monje será ascendido tres grados. Si es una persona vulgar y corriente quien lo hace, será recompensada con cincuenta onzas de plata. Ése es el motivo por el que nunca hemos tratado de escapar. Lo curioso es que no sólo somos los monjes los que tenemos problemas con los militares, sino también los que llevan el pelo corto. Es una auténtica obsesión la que se ha apoderado de este reino. Por todas partes hay espías y soplones, que hacen prácticamente imposible todo intento de fuga. No nos queda, pues, más alternativa que permanecer aquí sufriendo. - Para vivir así es mejor morir - opinó el Peregrino. - Muchos de nosotros han muerto ya - confesaron los monjes -. Al principio éramos alrededor de dos mil monjes. Seiscientos o setecientos perdieron la vida, incapaces de aguantar la pena de haber visto esfumarse su libertad, o a causa del frío y de los rigores del clima. Otros setecientos u ochocientos se suicidaron, y los que quedamos, alrededor de quinientos, simplemente no hemos podido morir. - ¿Qué queréis decir con eso? - exclamó, sorprendido, el Peregrino. - Algunos - respondieron los monjes - tratamos de colgarnos, pero las cuerdas se rompieron; otros intentamos abrirnos las venas, pero los cuchillos que teníamos eran demasiado romos; otros nos arrojamos, sin más, al río, pero flotábamos, como si estuviéramos hechos de madera; otros, finalmente, tomamos veneno, pero no nos hizo el menor efecto. - Debéis consideraros afortunados - afirmó el Peregrino -. Eso quiere decir que el Cielo quería proteger vuestras vidas. - No habéis estado muy afortunado en vuestra expresión - le recriminaron los monjes -. En vez de vida, deberíais haber dicho tormento. Nuestro alimento se reduce a una simple sopa hecha de salvado. Por la noche descansamos al aire libre, dejándonos caer al suelo, como sacos abandonados. De todas formas, en cuanto cerramos los ojos, vemos a los dioses que están aquí para protegernos. - ¿Queréis decir que el trabajo del día es tan duro que por la noche veis fantasmas? - inquirió el Peregrino. - ¡De ninguna manera! - exclamaron los monjes -. No son fantasmas, sino los Seis Dioses de la Luz y las Tinieblas y los Protectores de nuestros monasterios. En cuanto cae la noche, se llegan hasta nosotros y reaniman a los que están a punto de morir. - No son muy razonables que digamos - comentó el Peregrino -. Lo que tenían que hacer es dejaros morir y permitiros, así, alcanzar cuanto antes el Mundo Superior. ¿A qué viene protegeros de esa forma? - En nuestros sueños - contestaron los monjes - tratan de animarnos, aconsejándonos que desistamos de buscar la muerte y hagamos todo lo posible por aguantar un poco más, porque no va a tardar en llegar, procedente del Reino de los Gran Tang, de las Tierras del Este, un monje santo que se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. Según nos han comunicado los dioses, viaja con él, como discípulo, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que posee enormes poderes mágicos. Pese a todo, se trata de una persona sensible y recta, que vengará todas las injusticias que se cometen en el mundo, protegerá a los que se hallan oprimidos y consolará a los huérfanos y a las viudas. Se nos insta a que esperemos con paciencia su venida, pues desplegará todo su poder, destruirá a los taoístas y hará que las enseñanzas del Zen y de la pobreza absoluta recuperen el lugar de honor que corresponde. Al oír esas palabras, el Peregrino sonrió y se dijo, complacido: - No puede decirse que no tenga poderes, cuando hasta los mismos dioses se encargan de ir pregonando por ahí mi fama. Sin más, se dio media vuelta y, golpeando otra vez con la mano el pez de madera, se dirigió hacia los dos taoístas, que le preguntaron: - ¿Habéis encontrado a vuestro pariente? - Sí - contestó el Peregrino, sonriendo con malicia -. Todos esos de ahí abajo son mis familiares. - ¿Los quinientos? - exclamaron los taoístas -. ¿Cómo es posible que tengáis tantos parientes? - Cien son vecinos míos, que viven a mi izquierda - explicó el Peregrino -. Otros cien viven a mi derecha. Cien más son familiares míos por parte de mi padre, y otros tantos por la de mi madre. Los cien que quedan son nuestros sirvientes. ¿Satisface eso vuestra curiosidad? Si los dejáis marchar, entraré con vosotros en la ciudad; de lo contrario, jamás pondré el pie en ella. - ¿Estás bien de la cabeza? - le regañaron los taoístas -. ¡No sabes lo que dices! Esos monjes son un regalo del rey. Como mucho, podemos dejar en libertad a dos o tres, en cuyo caso habremos de comunicar a nuestros maestros que están enfermos y posteriormente enseñarles el certificado de defunción, para que el asunto quede zanjado para siempre. ¿Cómo vamos a liberar a todos? ¡Es imposible! Eso sin contar con que nos quedaremos sin sirvientes y esclavos, y que hasta la misma corte puede sentirse ofendida. Con toda probabilidad el rey enviará a sus oficiales a ver qué tal marchan las obras y, al comprobar que no hay nadie, se pondrá hecho una fiera. ¿Cómo vamos a dejarlos marchar? - O sea - concluyó el Peregrino -, que no pensáis ponerlos en libertad. - No - repitieron ellos. Tres veces más volvió el Peregrino a hacerles la misma pregunta, aumentando su furia a cada una de ellas. Se sacó entonces de la oreja la barra de hierro, la sacudió ligeramente en la dirección del viento y al punto adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Antes de descargarla con todas sus fuerzas sobre las cabezas de los taoístas, la probó con su mano. El golpe fue tan terrible que el cráneo se les quebró, la sangre fluyó en abundancia, saltaron trozos de seso, la piel se les rasgó, el cuello se les rompió y su cuerpo cayó, exánime, al suelo. Al ver desde lejos cómo había acabado con los taoístas, los monjes abandonaron la carreta y corrieron hacia él, sin dejar gritar, alarmados: - ¡Qué desgracia más grande! ¡Acabáis de matar a alguien de familia real! - ¿De qué familia real estáis hablando? - preguntó el Peregrino con desprecio. - Cuando entran en la corte, sus maestros no se inclinan ante el rey, y, cuando la abandonan, ni siquiera se despiden de él - le explicaron los monjes, rodeándole apelotonadamente -. Su majestad se dirige a ellos con los respetuosos nombres de preceptores reales, hermanos mayores y respetables maestros. ¿Cómo podéis afirmar que lo que acabáis de hacer no es algo terrible? Además, ¿por qué los habéis matado, si en nada os han faltado al respeto? Simplemente habían salido a supervisar nuestro trabajo. ¿Qué será de nosotros, si esos inmortales se empeñan en decir que fuimos nosotros los que acabamos con sus vidas? Sintiéndolo mucho, nos vemos en la obligación de entrar en la ciudad e informar a las autoridades de vuestro crimen. - ¡Dejad de quejaros como plañideras, de una vez! - les urgió el Peregrino -. Yo no soy un taoísta de la Secta de la Verdad Absoluta, sino vuestro libertador. - Acabas de matar a dos hombres y tienes que pagar por ello - sentenciaron los monjes - . No quieras implicarnos también a nosotros. No queremos saber nada de tus afanes libertadores. - Soy el Peregrino Sun Wu-Kung - declaró entonces él -, discípulo del monje Tang, y estoy aquí para salvaros la vida. - ¡No, no! - gritaron ellos -. Es imposible. Tú no te pareces en nada al hombre que ha de salvarnos. - ¿Cómo lo sabéis, si jamás le habéis visto? - replicó el Peregrino. - En sueños - explicó uno de los monjes - hemos visto a un anciano que se hace llamar la Estrella de Oro del Planeta Venus y nos ha explicado con todo detalle cómo es ese Peregrino Sun. Nos lo ha repetido tantas veces que no podemos fallar. En cuanto le veamos, le reconoceremos sin ninguna dificultad. - ¿Qué os ha dicho ese anciano? - inquirió, curioso, el Peregrino. - Que el Gran Sabio posee unos ojos tan vivos que parecen e rayos, unas cejas protuberantes y bien pobladas, una cabeza redonda, un rostro velludo y carente de mentón, unos dientes llamativamente separados, una boca puntiaguda y un carácter juguetón y astuto. Su apariencia es tan extraña como la de un dios del trueno. Es, por otra parte, un experto luchador. Maneja con tal perfección una barra de hierro con los extremos de oro que en cierta ocasión logró dominar con ella todo el Cielo. Ahora, sin embargo, es un protector de la Verdad y discípulo del monje más virtuoso que imaginarse pueda. Su mayor obsesión, de hecho, es librar de sus angustias a quien se encuentra en peligro. Al oír esa descripción, el Peregrino se sintió a la vez satisfecho y ofendido. Satisfecho, porque los mismos dioses se habían encargado de extender su fama, y ofendido, porque esos bribones - según su propia manera de pensar - habían revelado a simples mortales su auténtica forma originaria. - En fin - concluyó, hablando en voz alta -, he de reconocer que mi descripción no concuerda en nada con la del Peregrino Sun. Tengo que confesaros, no obstante, que soy discípulo suyo y, como acabáis de ver, me encanta ir en busca de problemas. Pero, esperad un poco y mirad hacia allí. ¿No es ese que se acerca por allí el Peregrino Sun? Señaló hacia el este con el dedo y los monjes volvieron, curiosos, la cabeza, momento que aprovechó para recobrar la forma que le era habitual. Los monjes le reconocieron en seguida y, arrodillándose ante él, dijeron, emocionados: - Os mirábamos con nuestros ojos mortales y éramos incapaces de ver más allá del disfraz que llevabais puesto. Vengad este trato vejatorio y expulsad a nuestros enemigos de esta ciudad, que siempre ha sido nuestra. - ¡Seguidme! - gritó el Peregrino, y los monjes obedecieron, seguros de la victoria. Sirviéndose de sus extraordinarios poderes, el Gran Sabio hizo subir por la pendiente la carreta. Pero, antes de llegar a la cima, la abandonó a su suerte y cayó dando tumbos, hasta que se deshizo totalmente tras chocar con una pared rocosa. Los ladrillos, la madera y las tejas quedaron desperdigados por las laderas. - Ahora dejadme solo - ordenó el Peregrino a los monjes -. Es preciso que no nos vean juntos. Mañana iré a ver al rey y terminaré con esos taoístas. - No podemos ir muy lejos - dijeron ellos -. Si lo hacemos, los militares nos echarán mano y, tras propinarnos una terrible paliza, nos entregarán a las autoridades. La recompensa nos ha convertido, de hecho, en enemigos de todo el mundo. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, precisáis de una protección especial. Se arrancó un puñado de pelos, los masticó con cuidado y entregando un trocito a cada uno de los monjes, les ordenó: - Pegáoslo en la uña del anular y cerrad bien el puño. Podéis i donde buenamente os plazca. Si alguien trata de echaros mano, apretad el puño con fuerza y gritad: «Gran Sabio, Sosia del Cielo». En un abrir y cerrar de ojos, acudiré a vuestro lado. - Pero si nos vamos lejos de aquí - objetaron algunos -, podréis oírnos. ¿Qué será, entonces, de nosotros? - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarlos el Peregrino -. Os aseguro que, aunque os encontréis a más de diez mil kilómetros de aquí, no os ocurrirá nada. Uno de los monjes, que parecía más atrevido que los demás, cerró de improviso el puño y gritó: - ¡Gran Sabio, Sosia del Cielo! Al instante apareció ante él un dios del trueno con una enorme barra de hierro en las manos. Su apariencia era tan terrible que ni diez mil jinetes se atreverían a hacerle frente. Animados, otros monjes siguieron su ejemplo y de nuevo se produjo el milagro de la aparición de aquellas réplicas exactas del Gran Sabio. Al ver semejante prodigio, los monjes se lanzaron rostro en tierra y exclamaron, agradecidos: - ¡Cuan inquebrantable es vuestra potencia! - Cuando queráis que desaparezca esta visión - les informó el Peregrino -, no tenéis más que decir « ¡para!» y se desvanecerá al instante en el aire. Así lo hicieron ellos y se reincorporaron a sus uñas los trocitos de pelo. Reanimados por lo que acababan de ver, los monjes comenzaron a dispersarse en todas las direcciones, pero el Peregrino les aconsejo. - No vayáis muy lejos y estad atentos a las nuevas de cuanto suceda en la ciudad. Si se proclama un edicto permitiendo a todos lo monjes regresar a ella, hacedlo sin dudar y devolvedme los pelos que os he prestado. ¿De acuerdo? Los quinientos monjes prometieron regresar y corrieron, alborozados, por donde les vino en gana, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, en cambio, del monje Tang, que esperaba, impaciente, junto al camino la vuelta del Peregrino. Al ver que no regresaba, ordenó a Chu Ba-Chie que tomara el caballo de las riendas y continuara caminando hacia el oeste. Al poco tiempo se toparon con grupos de monjes, que corrían, alborozados, en todas direcciones; cerca ya de la ciudad, vieron al Peregrino, rodeado de docenas de religiosos, que, al parecer, se negaban a abandonarle. El monje Tang detuvo al punto su cabalgadura y le regañó, diciendo: - Te envié a investigar de dónde procedía el extraño ruido que oímos. ¿Quieres decirme por qué no has vuelto a informarme? El Peregrino relató, entonces, lo sucedido y Tripitaka exclamó, sobrecogido: - ¿Qué podemos hacer ante una situación semejante? - No temáis, maestro - le aconsejaron los otros monjes -. El Gran Sabio Sun es la reencarnación de un dios y nos protegerá de todo mal con extraordinarios poderes. Nosotros pertenecemos al Monasterio de la Profunda Sabiduría, un edificio construido por orden del padre del actual rey. Si se mantiene todavía en pie es porque en su interior conserva una imagen suya, que nadie se atreve a tocar. Así que, si lo deseáis podéis entrar con nosotros en la ciudad y honrar nuestra humilde residencia con vuestra presencia. El Gran Sabio Sun sabe muy bien lo que tiene que hacer, cuando se dirija a la corte mañana por la mañana. - Tenéis razón - admitió el Peregrino -. Lo mejor que podemos hacer ahora es entrar con vosotros en la ciudad. El maestro desmontó y se dirigió andando hacia sus puertas. El sol estaba ya poniéndose, cuando cruzaron el puente que conducía a ellas. Al ver la gente que deambulaba por las calles que los monjes del Monasterio de la Profunda Sabiduría andaban tranquilamente por ciudad, se separaron de ellos y trataron de evitarlos. Los caminantes no tardaron en llegar al monasterio. Encima de su puerta principal había una enorme placa de piedra en la que aparecía escrito con grandes letras de oro: «Monasterio de la Profunda Sabiduría, mandado construir por orden imperial». Los monjes abrieron las puertas y condujeron a sus ilustres invitados a través del salón de Vairocana, al templo principal. El monje Tang vistió a toda prisa su túnica de los bordados y se echó rostro en tierra ante la imagen dorada de Buda. Sólo después de que hubiera terminado todo sus rezos, se decidió a seguir a sus anfitriones al interior del monasterio, que, levantando inesperadamente la voz, gritaron: - ¿Se puede saber dónde te has metido, guardián de la casa? Al instante apareció un anciano, que, al ver al Peregrino, se echó a sus pies, gimoteando de emoción: - ¡Por fin habéis llegado, maestro! - ¿Quién soy yo, para que os dirijáis a mí de una manera tan respetuosa? - preguntó el Peregrino, sorprendido. - Vos sois el Gran Sabio, Sosia del Cielo - respondió el anciano con extraña seguridad - . Todas las noches soñamos con vos, pues la Estrella de Oro del Planeta Venus se encarga de recordarnos en sueños que nuestras desgracias desaparecerán en cuanto vos aparezcáis. Os reconocería hasta con los ojos cerrados. ¡No sabéis lo contento que estoy de que hayáis venido! Si llegáis a tardar dos o tres días más, nos habríamos convertido todos en espíritus. - Levantaos del suelo, por favor - le aconsejó el Peregrino, sonriendo -. Mañana hablaremos de todo lo que acabáis de decir. Los monjes prepararon a toda prisa una comida vegetariana y adecentaron la habitación del abad, para que pudieran descansar dignamente en ella los Peregrinos. Pese a todo, Wu-Kung estaba tan preocupado que, cuando dio la segunda vigilia, no había podido conciliar todavía el sueño. Por si eso fuera poco, de algún lugar cercano llegaba el sonido de gongs y flautas, y le impedía concentrarse en sus planes. Sin que nadie se diera cuenta, abandonó el lecho y se puso la ropa. Se elevó a continuación por el aire y pudo ver, hacia el sur de donde se encontraba, un gran resplandor de antorchas y lámparas. Descendió de la nube y, aguzando aún más la vista, comprobó que los taoístas del Templo de los Tres Puros estaban dirigiendo sus súplicas y oraciones a las Estrellas. El salón era amplio y tan alto como el mismísimo Monte Peng - Lai. Poseía, además, una dignidad que recordaba la del Palacio de la Alegría Transfigurada. A ambos lados se veían hileras de taoístas tañendo instrumentos. Los maestros, con tablillas de jade en las manos, ocupaban la parte central. En aquel momento se hallaban ocupados en la lectura del Tao - Te - King y en el recitado de la Letanía - para - alejar - a - los - enemigos. Al mismo tiempo, redactaban conjuros y oraban a lo alto con el rostro hundido en el polvo. Otros escupían un poco de agua sobre las antorchas y al instante se producía una llamarada que llegaba, sin ninguna duda, hasta las Regiones Superiores. Aquellos taoístas preguntaban a las Estrellas sobre el destino de los hombres, quemando sin cesar incienso, cuyas volutas se confundían con el azul del firmamento, y presentando ofrendas espléndidas que descansaban sobre artísticas mesas. A ambos lados de la puerta habían desplegados dos rollos de seda amarilla, en los que había sido bordado lo siguiente: Para obtener el beneficio de la lluvia en sazón, suplicamos de continuo la ayuda de los respetables inmortales, cuyo poder es inabarcable. Que nuestro rey y señor alcance los diez mil años de edad, ya que su imperio goza para siempre de paz y prosperidad. Entre todos los taoístas destacaban tres por lo lujoso de sus vestimentas y el Peregrino dedujo en seguida que se trataba de Fuerza de Tigre, Fuerza de Ciervo y Fuerza de Cabra. En una posición inferior respecto a ellos había no menos de setecientos u ochocientos de sus correligionarios. Estaban distribuidos en dos filas que se miraban de frente, y no dejaban de batir los tambores, ofrecer incienso y presentar sus súplicas. Encantado, el Peregrino se dijo: - Me gustaría mezclarme entre ellos y burlarme un poco de su credulidad, pero, como muy bien dice el proverbio, «no se puede aplaudir con una sola mano». Y otro más afirma: «Se requiere más de un hilo de seda para formar una hebra». Así que lo mejor será que vaya a buscar a Chu Ba-Chie y al Bonzo Sha. Nuestra fuerza será mayor y nos lo pasaremos más divertido los tres juntos. Sin pérdida de tiempo se dirigió a los aposentos del abad, donde encontró profundamente dormidos a Ba-Chie y al Bonzo Sha. El Peregrino trató de despertar primero a Wu - Neng, pero fue el Bonzo Sha el respondió, diciendo: - ¿Todavía no te has dormido? - Levántate - le urgió el Peregrino -. Creo que ha llegado el momento de divertirnos un poco. - ¿Divertirnos? - repitió, sorprendido, el Bonzo Sha -. ¿Dónde vamos a divertirnos con lo tarde que es? ¿No te cuesta, acaso, mantener los ojos abiertos? Yo tengo la boca muy seca, además. - Acabo de encontrar el Templo de los Tres Puros - informó el Peregrino -. En este mismo momento los taoístas están celebrando una ceremonia y el salón principal está lleno, a rebosar, de ofrendas. Se ve que no les falta de nada. No te digo más que sus bollos son tan grandes como barriles y sus pasteles deben de pesar entre cincuenta o sesenta kilos. Eso sin contar los platos de arroz y las frutas de gran tamaño que descansan sobre las mesas. ¡Venga, levántate de un vamos a divertirnos! Aunque estaba medio dormido, al oír que había tanta comida, Ba-Chie se despertó al instante y preguntó, vivamente preocupado: - ¿No pensáis llevarme con vosotros? - Si quieres comer - le dijo el Peregrino -, levántate sin meter ruido y síguenos. Los dos monjes se vistieron a toda prisa y salieron de la habitación con todo cuidado para no despertar al maestro. El Peregrino los estaba esperando en la puerta. Se montaron, sin decir nada, en la nube y se elevaron inmediatamente por lo alto. El Idiota no tardó en ver la luz de las antorchas y quiso bajar en seguida, pero se lo impidió el Peregrino, tirándole de la ropa y aconsejándole: - Espera un poco. No seas tan impaciente. Descenderemos cuando se hayan retirado a descansar. - ¿Cuándo va a ser eso? - preguntó, vivamente preocupado, Ba-Chie -. Según parece, tienen para rato con esas ceremonias. - No te preocupes - trató de calmarle el Peregrino -. Voy a hacer un poco de magia y ya verás como no queda aquí ninguno. En efecto, no había acabado de decirlo, cuando hizo un gesto mágico con los dedos y recitó el correspondiente conjuro, mirando hacia el sudoeste. Al instante se levantó un torbellino que recorrió todo el Templo de los Tres Puros, derribando jarrones y candelabros, y haciendo añicos los exvotos que colgaban de las paredes. El templo quedó completamente a oscuras y los taoístas se sintieron tan sobrecogidos que el Inmortal Fuerza de Tigre hubo de terminar sugiriéndoles: - Es mejor que cada uno se retire a sus aposentos, pues este viento, sin duda de origen divino, ha apagado todos nuestros hachones, antorchas y lámparas. Mañana nos levantaremos un poco más pronto de lo habitual y recitaremos otras cuantas escrituras más, para compensar, de alguna manera, la interrupción de esta noche. Los taoístas obedecieron al instante y el Peregrino, Ba-Chie y Bonzo Sha pudieron, por fin, descender de la nube y dirigirse al interior del Templo de los Tres Puros. Sin preocuparse de comprobar si estaba cruda o cocida, el Idiota agarró una fuente de verdura y se la tragó de golpe. El Peregrino agarró entonces su barra de hierro y trató de darle un golpecito en la mano. Ba-Chie logró apartarla a tiempo y protestó, malhumorado: - ¿Por qué quieres pegarme, si todavía no sé a qué sabe esto? - Debes cuidar un poco tus modales - le reprendió el Peregrino -. Antes de empezar a comer es preciso sentarse con educación. - ¡Cuidado que eres pesado! - protestó Ba-Chie -. Robas toda esta comida y todavía tienes la cara de hablar de modales. ¿Qué harías, si fueras un simple invitado? - ¿Quiénes son esos bodhisattvas que hay sentados allí? - preguntó de pronto el Peregrino. - ¿De quién estás hablando? - exclamó Ba-Chie. - ¿Es que eres incapaz de reconocer a los Tres Puros? - ¿Qué Tres Puros? - repitió Ba-Chie. - El del medio - explicó el Peregrino - es el Respetable Inmortal de los Orígenes; el de la izquierda, el Señor de los Tesoros Espirituales; el de la derecha, Lao-Tse. Opino que, si queremos comer sin ser molestados, lo mejor que podemos hacer es adoptar sus figuras y hacernos pasar por ellos. El aroma de las ofrendas era, en verdad, embriagador y el Idiota no pudo esperar más tiempo. De un salto se subió al estrado y, tras tirar al suelo la imagen de Lao-Tse con el morro, dijo: - Lo siento, pero llevas ya mucho tiempo sentado aquí. Permíteme ocupar tu puesto durante un rato. De esta manera Ba-Chie se convirtió en Lao-Tse, mientras el Peregrino - adoptaba la forma del Respetable Inmortal de los Orígenes y el Bonzo Sha se transformaba en el Señor de los Tesoros Espirituales. Sus imágenes yacían lastimosamente por el suelo. En cuanto se hubo sentado, Ba-Chie empezó a engullir comida sin ningún miramiento, cosa que le valió una reprimenda del Peregrino. - ¿Es que no puedes esperar un poco? - le dijo éste. - ¡No hay quien te entienda! - se quejó Ba-Chie -. ¿A qué viene esperar? ¿Acaso no nos hemos convertido en esos inmortales que decías? - Comer es lo de menos - sentenció el Peregrino -. Lo realmente importante es divertirse. ¿No te das cuenta de que esos taoístas se piensan levantar muy temprano para tañer la campana y barrer los suelos? ¿Qué pasará cuando vean tiradas estas sagradas imágenes? Si queremos que no descubran nuestro secreto, es preciso que las escondamos en algún sitio. - Sí, pero dónde - replicó Ba-Chie -. No conocemos este lugar y no sabemos cuál es el mejor sitio para guardar cosas. - Al entrar - explicó el Peregrino -, vi, por casualidad, una puerta que había a la derecha. A juzgar por el hedor que despedía, creo que debe de tratarse de las Dependencias para la Transmigración de los Cinco Granos. No estaría mal que los metiéramos allí. El Idiota era excelente para las labores más penosas. Sin pensarlo dos veces, saltó al suelo, cargó con las imágenes y las sacó del salón. De una patada abrió la puerta que le había dicho el Peregrino y vio que se trataba de un simple retrete. - ¡Cuidado que le gusta tergiversar las palabras a ese «pi - ma - wen» de mala muerte! - se dijo Ba-Chie, ahogando una carcajada -. Hasta para un retrete dispone de un nombre religioso. ¡Mira que llamarlo Dependencias para la Transmigración de los Cinco Granos! ¡Sólo a él puede ocurrírsele semejante estupidez! Antes de desprenderse de las imágenes, sin embargo, el Idiota sintió miedo y les dirigió la siguiente oración: En vos confío, Tres Puros. Venimos desde muy lejos, derrotando a innumerables enemigos y arrostrando peligros sin cuento. A lo largo de nuestro viaje no hemos tenido ni un solo momento de comodidad. No os importará, por tanto, que os hayamos tomado prestados durante un rato vuestros tronos. Lleváis sentados mucho tiempo en ellos. De hecho, no los habéis abandonado ni para venir al retrete. ¡Qué triste suerte la vuestra, siempre apoltronados en esos asientos! Jamás os ha faltado de nada, caracterizándoos en todo momento por vuestra limpieza y pureza. Me temo que hoy tendréis que aguantar un poco de suciedad y que, cuando salgáis de ahí, seréis los Respetables Inmortales - que - peor - huelan. En cuanto hubo concluido esta plegaria, los tiró sin ninguna consideración en el retrete. Al caer en el centro de la letrina, saltó una ola de agua fétida, que manchó de mierda la mitad de su túnica. - ¿Los has escondido bien? - le preguntó el Peregrino, al verle entrar otra vez en el salón. - Sí - contestó Ba-Chie -, pero se me ha manchado la túnica de mierda. ¿No lo hueles? Espero que resistáis el aroma. - No te preocupes por eso - dijo el Peregrino -. Ahora ven a divertirte un poco. Me pregunto si vamos a salir con bien de ésta. El Idiota volvió a adoptar la figura de Lao-Tse y, sentándose en los tronos, los tres comenzaron a darse la buena vida. Primero dieron cuenta de los enormes bollos, engullendo a continuación los platos de verdura, los condimentos de arroz, las empanadillas, las galletas, los pastelillos, las fritangas y los platos cocinados al vapor, sin importarles si estaban calientes o fríos. El Peregrino Sun no era muy amigo de ese Tipo de comida y tomó unas cuantas frutas, más por acompañar a los otros que por llenar la barriga. Ba-Chie y el Bonzo Sha, por su parte, fueron terminando un plato tras otro con la velocidad con que los cometas persiguen a la luna, o el viento dispersa las nubes. Al poco rato no quedaba absolutamente nada. Sin embargo, no parecieron desanimarse. Se sentaron tranquilamente en los tronos y empezaron a charlar a la espera de que comenzara a hacerles la digestión. Pero ocurrió lo que tenía que ocurrir. Estaba escrito en las estrellas. En el ala este vivía un joven taoísta, que, en cuanto puso la cabeza en la almohada, volvió a levantarse de un salto, diciéndose, sobresaltado: - ¡Qué cabeza la mía! Creo que he dejado mi campanilla en el salón de las ofrendas. Si la pierdo, los maestros me echarán mañana una bronca terrible. Será mejor que vaya inmediatamente a por ella. Se volvió, pues, hacia su compañero de habitación y le dijo: - Tú duérmete. Tengo que ir a por una cosa que me he dejado olvidada. Sin ponerse los calzoncillos siquiera, se cubrió con una túnica y se dirigió al salón de las ofrendas en busca de la campanilla. Estaba muy oscuro y tuvo que tantear en las sombras hasta que, finalmente, dio con ella. Pero, al darse la vuelta para regresar a su cuarto, oyó a alguien respirando y se puso a temblar de miedo. Sacó, no obstante, fuerzas de flaqueza y se lanzó a una alocada carrera, con tan mala suerte que pisó una pepita de lechíes, perdió el equilibrio y la campanilla se le hizo añicos. Al ver lo ocurrido, Ba-Chie no pudo aguantarse y soltó una sonora risotada, que asustó aún más al taoísta. El pobre muchacho logró levantarse lo mejor que pudo y, sin dejar de trastabillar lastimosamente, logró, por fin, llegar a los aposentos de sus maestros. - ¡Respetables Instructores! - se puso a gritar como un loco, al tiempo que golpeaba sin parar la puerta -. ¡Ha ocurrido una terrible desgracia! Los tres taoístas no se habían dormido todavía y, abriendo la puerta, le preguntaron en tono recriminatorio: - ¿Se puede saber de qué desgracia estás hablando? - Me dejé la campanilla en el salón de las ofrendas y, antes de acostarme, volví a por ella - explicó el joven taoísta, temblando de pies a cabeza -. Estaba muy oscuro, pero, al ir a cerrar la puerta, oí una tremenda risotada, que casi me hace perder la razón. - Traed antorchas - ordenaron al punto los tres taoístas -. Es preciso que comprobemos en seguida de qué se trata. Todos los taoístas que moraban a lo largo de los dos pasillos se levantaron a toda prisa de la cama y se dirigieron en tropel al salón de las ofrendas con lámparas y hachones en las manos. No sabemos, de momento, qué resultó de todo esto. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar las explicaciones que se facilitan en el próximo capítulo. 第045回 EL GRAN SABIO DEJA CONSTANCIA DE SU NOMBRE EN EL TEMPLO DE LOS TRES PUROS. EL REY DE LOS MONOS REVELA TODO SU PODER EN EL REINO DE LA CARRETA LENTA Comprendiendo lo que sucedía, el Gran Sabio Sun dio al Bonzo Sha un pellizco con la mano izquierda, y otro a Ba-Chie con la derecha. Los dos captaron en seguida lo que quería decirles y se callaron al punto, sentándose en los tronos con ademanes solemnes. Los taoístas los examinaron por detrás y por delante con ayuda de sus antorchas y lámparas, pero no vieron en ellos otra cosa que ídolos de barro pintados en oro. - No se ve por aquí ningún ladrón - comentó el Inmortal Fuerza de Tigre -. ¿Quién ha podido comerse, entonces, todas las ofrendas? - Por fuerza han tenido que ser seres humanos los que han acabado con ellas - sentenció el Inmortal Fuerza de Ciervo -. ¿No veis cómo han pelado las frutas y tirado después las pepitas? Eso sólo pueden hacerlo hombres de carne y hueso. - No seáis tan suspicaces, hermanos - les aconsejó el Inmortal Fuerza de Cabra -. Yo, por mi parte, opino que, debido a nuestra incuestionable piedad y al hecho de que día y noche recitamos de continuo oraciones y textos sagrados por el bien del Emperador, los Inmortales Celestes se han conmovido y han decidido hacernos una visita. Es mi opinión, por tanto, que han bajado de buenas a primeras a la tierra y han comido estas ofrendas. Sugiero que, puesto que sus carrozas de garzas todavía se encuentran en este lugar, les supliquemos respetuosamente que nos concedan un poco de elixir de oro y de agua sagrada para que podamos regalárselos después a su majestad. De esa forma su vida se vería alargada considerablemente y jamás envejecería. ¿No nos estaría eternamente agradecido por tan extraordinario favor? - Tienes razón - concluyó el Inmortal Fuerza de Tigre -. Discípulos - ordenó a continuación, volviéndose a sus seguidores -, empezad a tocar y a recitar escrituras, y traednos las vestimentas rituales. Es preciso que nos elevemos hasta las estrellas para presentar nuestras súplicas. Los taoístas obedecieron al instante, colocándose en dos filas contrapuestas. No pasó mucho tiempo, antes de que empezaran a recitar al ritmo de los golpes de gong, el texto conocido como Las Auténticas Escrituras de la Corte Amarilla. En cuanto se hubo puesto la túnica ritual, el Inmortal Fuerza de Tigre cogió la tablilla de jade y se puso a bailar. A ratos detenía su danza y, echándose rostro en tierra, elevaba hacia lo alto la siguiente petición: Ante vos nos inclinamos con respeto y temor. Nuestra fe está presta para lanzarnos a la búsqueda de la Pureza. Si lanzamos estos gritos, es porque deseamos presentar nuestros respetos al Tao en este sagrado templo que construimos por mandato real. En él desplegamos los estandartes del dragón, presentamos nuestras ofrendas y hacemos quemar incienso día y noche. Somos conscientes de que un solo pensamiento sincero es capaz de mover la voluntad de los Cielos. Por eso, vuestras carrozas sagradas han hollado el suelo de este humilde lugar. Os suplicamos, por tanto, tengáis a bien concedernos un poco de vuestro elixir y vuestra agua sagrada, para que podamos entregársela al Emperador y, de esta forma, vea alargados sus días por años sin fin. - Todo esto es culpa nuestra - murmuró Ba-Chie, arrepentido de lo que había hecho -. No teníamos que haber tocado esas ofrendas. ¿Qué respuesta vamos a dar a una súplica tan sincera como ésa? El Peregrino le dio inmediatamente un pellizco para que se callara. Sin embargo, lo más sorprendente fue que él mismo abrió la boca y dijo en voz alta: - Dejad vuestras oraciones, inmortales de la nueva generación. Aunque nos gustaría complacer vuestros deseos, nos tememos que no podremos hacerlo de momento, porque venimos del Festival de los Melocotones Inmortales y no hemos traído nada de elixir de oro. Si no os importa, volveremos otro día y os lo daremos. Todos los taoístas se echaron a temblar, al ver que era la estatua la que hablaba. Sin poderse contener, gritaron, entusiasmados: - ¡Han bajado a la tierra los Respetables Inmortales! ¡Debemos hacer cuanto esté de nuestra parte para hacerlos quedarse con nosotros para siempre! ¿Cómo vamos a dejarlos marchar, sin que nos transmitan la fórmula mágica de la eterna juventud? ¡Sería, francamente, de tontos! Sin pérdida de tiempo, el Inmortal Fuerza de Ciervo se destacó de demás y, echándose rostro en tierra, entonó la siguiente oración: A vos dirigimos nuestras súplicas con el rostro escondido en el polvo. Somos vuestros siervos, Tres Puros, y siempre hemos hecho cuanto ha estado de nuestra mano por mantenernos fieles a vuestras doctrinas. Desde nuestra llegada a este lugar el Tao ha gozado de una libertad absoluta. No hay cosa que más complacería al Emperador que la consecución de la longevidad. Por ese fin os dirigimos de continuo oraciones y súplicas, que, como vuestra misma presencia atestigua, jamás habéis echado en saco roto. ¡Prestadles atención una vez más, ya que es vuestra gloria y no la nuestra la que de continuo buscamos, y dadnos un poco de agua sagrada, para que nuestra vida sea, en verdad, eterna! El Bonzo Sha dio al Peregrino un pellizco, al tiempo que le susurraba, muy nervioso: - Aquí están otra vez con sus oraciones. ¿Qué podemos hacer? Creo que debemos darles lo que piden - opinó el Peregrino. - Me parece muy bien - reconoció Ba-Chie -. Pero ¿de dónde vamos a sacarlo? - Mira con atención y verás qué pronto lo soluciono - respondió el Peregrino. En cuanto los taoístas hubieron terminado sus recitados, el Peregrino volvió a levantar la voz, diciendo: - No es necesario que sigáis rezando más, inmortales de la nueva generación. He de reconocer que soy un poco reacio a regalaros agua sagrada, pero, al mismo tiempo, soy consciente de que, si no lo hago, podéis morir en cualquier momento. Eso me plantea un dilema prácticamente insoluble, porque podéis pensar que su valor no es tan alto como habíais pensado. Sé muy bien que lo que gratis se da no se valora como debiera. Todos los taoístas se echaron rostro en tierra, al oír eso, y dijeron con voz suplicante: - Concedednos un poco de ese tesoro. Al fin y al cabo, somos discípulos vuestros y sabremos valorarlo como merece. Eso acercará aún más el Tao al poder, y el Hijo del Cielo colmará de mayores honores a la Puerta del Misterio. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Traednos unos recipientes. Los taoístas tocaron repetidamente el suelo con la frente en señal de gratitud. Fuerza de Tigre era una persona egoísta en extremo y ordenó meter en el salón de las ofrendas un tonel enorme. Fuerza de Ciervo se conformó con una tinaja del jardín, y Fuerza de Cabra con un florero, que colocó justamente entre los otros dos recipientes. Al ver la diligencia con la que habían actuado, el Peregrino les dijo con voz solemne: - Ahora, si no os importa, nos gustaría que salierais un momento cerrarais bien las puertas, pues no es correcto que ojos profanos contemplen directamente los misterios celestes. Cuando regreséis, estos recipientes estarán llenos de agua sagrada. Los taoístas obedecieron al instante, retirándose del salón y cerrando con cuidado las puertas. Mientras esperaban, se hincaron de hinojos ante las escalinatas de color rojo. Sin pérdida de tiempo el Peregrino se levantó la túnica de piel de tigre y llenó de orín el jarrón. Ba-Chie exclamó, satisfecho, al verlo: - Llevamos juntos yo qué sé la de años, pero te juro que jamás me había divertido contigo tanto como hoy. Como he comido muchísimo tengo unas ganas locas de orinar. Ni corto ni perezoso, el Idiota se levantó la ropa y dejó escapar un torrente más caudaloso que el de las cataratas de Lü - Liang. Su fuerza era tan increíble que rompió algunas de las tablas de madera que componían el suelo. No es extraño que llenara él solo la tinaja de barro. El Bonzo Sha se las apañó, igualmente, para llenar la mitad del tonel. En cuanto hubieron hecho sus necesidades, se bajaron la ropa, ocuparon solemnes los tronos y gritaron: - Ya podéis entrar a por el agua sagrada, si queréis. Los taoístas abrieron al instante las puertas y golpearon, agradecidos, varias veces el suelo con la frente. Sacaron primero el tonel, después el jarrón y la tinaja, y, por último, lo mezclaron todo con envidiable esmero. El Inmortal Fuerza de Tigre estaba tan ansioso por probarlo que en seguida ordenó a uno de sus discípulos: - Tráeme una copa para que pueda probarlo. Sin pérdida de tiempo, el taoísta tomó una taza de té y se la entregó al maestro, que la vació de un solo trago. Pero su sabor era tan fuerte que en los labios se le dibujó un rictus de asco, como si acabara de masticar un limón. - ¿Sabe bueno? - le preguntó el Inmortal Fuerza de Ciervo. No muy bueno - contestó el otro con la boca todavía fruncida -. Tiene un sabor muy fuerte. - Déjame probarlo a mí - exigió el Inmortal Fuerza de Cabra y se tomó otra taza. Tras paladearlo con cuidado, añadió -: ¡Qué raro! A mi me huele a orín de cerdo. Al oír ese comentario, el Peregrino supo en seguida que no podían seguir manteniendo el engaño durante mucho más tiempo y se dijo: - Ha llegado la hora de actuar, para que éstos no se olviden jamás de nosotros. Levantó al punto la voz y proclamó, entre solemne y burlón: - ¡Qué tontos sois, taoístas, qué ridículamente estúpidos! ¿Cómo van a ser los Tres Puros tan humanos como hemos dejado entrever nosotros? No somos quienes creéis, sino unos simples monjes oriundos de la Gran Nación de los Tang, que nos dirigimos hacia el oeste por orden imperial. Como no teníamos nada que hacer esta noche, decidimos divertirnos un poco, sentándonos en los puestos de honor y comiendo todas vuestras ofrendas. Como podéis ver, vuestros rezos y reverencias no han servido de mucho. Eso que acabáis de llevaros a la boca, sin ir más lejos, no es agua sagrada, sino orín puro, que acabamos de orinar. Los taoístas cerraron las puertas y, armándose de palos, rastrillos, piedras, ladrillos y de cuanto encontraban a mano, se lanzaron contra el altar, con el ánimo de apalear a tan sacrílegos impostores. El Peregrino agarró entonces al Bonzo Sha con la mano izquierda y a Ba-Chie con la derecha y voló hacia la puerta, haciéndola añicos. Después no tuvo más que montar en una nube y escapar sin ninguna dificultad en dirección al Monasterio de la Profunda Sabiduría. Cuando llegaron a los aposentos del abad, pusieron especial cuidado en no despertar a su maestro y se retiraron cada cual a su lecho. Estuvieron durmiendo hasta el tercer cuarto de la quinta vigilia, momento en que el rey celebraba la primera audiencia del día, rodeado de todos sus funcionarios, alrededor de cuatrocientos entre civiles y militares. En el amplio salón del trono las lámparas y antorchas emitían su luz entre una neblina aromática que salía de los pebeteros y quemadores de incienso. Tripitaka se despertó en ese mismo momento y dijo a sus discípulos: - Es preciso que obtengamos el consentimiento real para poder proseguir el viaje. El Peregrino, el Bonzo Sha y Ba-Chie se vistieron a toda prisa y, acercándose a su maestro, le informaron: - No debéis olvidar que el señor de estas tierras sólo cree en el Tao y se ha propuesto eliminar el budismo de la faz de la tierra. Es posible, por tanto, que no quiera concedernos el salvoconducto del que habláis. Lo más aconsejable es que vayamos con vos a la corte. Satisfecho, el monje Tang vistió la túnica de los bordados, mientras el Peregrino preparaba el documento de viaje, Wu-Ching echaba mano del cuenco para pedir limosnas y Wu - Neng cogía su bastón. El caballo y el equipaje quedaron al cuidado de los monjes del Monasterio de la Profunda Sabiduría. Al llegar a la Torre de los Cinco Fénix, saludaron al Guardián de la Puerta Amarilla y le explicaron el motivo de su visita, identificándose como hombres de bien, que se dirigían al Paraíso Occidental por orden expresa del Emperador de los Tang. El oficial responsable de la defensa de la puerta corrió a informar a su señor de la llegada de los Peregrinos. Se dejó caer rostro en tierra ante los escalones de oro y dijo: - Ahí fuera hay cuatro monjes budistas que dicen dirigirse hacia las Tierras del Oeste en busca de escrituras por expreso deseo del Emperador de los Tang. Solicitan un permiso de paso, esperando humildemente ser recibidos por vos a las puertas de la Torre de los Cinco Fénix. - ¡Esos monjes no saben en dónde han caído! - exclamó el rey - ¿Es que no han encontrado un sitio mejor para morir? Arrestadlos al punto y traedlos a mi presencia. Asustado, el Gran Preceptor dio un paso al frente e informo a majestad: - El Gran Imperio de los Tang se encuentra ubicado en las Tierras del Este, en pleno corazón del continente de Jambudvipa. Diez mil millas lo separan de nosotros y constituye el centro de la gran nación China. Estos monjes deben de tener, por otra parte, poderes muy especiales, ya que el trayecto está lleno de obstáculos prácticamente insalvables y de incontables manadas de monstruos. Sólo quien posee un perfecto dominio de la magia se arriesga a emprender un viaje tan plagado de dificultades como ése. Os suplico, por tanto, que accedáis a sus peticiones y les permitáis pasar tranquilamente por vuestras tierras. No es aconsejable que, por unos simples monjes, os enemistéis con un tan poderoso como el suyo. El rey consideró acertado el consejo y accedió a recibir al monje Tang y a sus discípulos en el Salón de los Carillones de Oro. Cuando se hallaron ante tan augusta presencia, los viajeros entregaron sus documentos de viaje, junto con una carta escrita, de su puño y letra, por emperador. El rey la abrió con parsimoniosa majestad, pero, cuando se disponía a leerla, se presentó el Guardián de la Puerta Amarilla y anunció, solemne: - Acaban de llegar los tres preceptores. El rey dejó a un lado el escrito y se levantó a toda prisa del trono del dragón. No contento con eso, ordenó a sus criados que trajeran unos cojines profusamente bordados y se inclinó respetuosamente ante los recién llegados. Sorprendidos, Tripitaka y sus discípulos volvieron la cabeza y vieron entrar a los tres inmortales, seguido de un joven que llevaba dos rabos despellejados de cerdo. A medida que avanzaba por entre las filas de funcionarios, éstos agachaban, con respeto la cabeza y fijaban humildemente la vista en el suelo. De esta forma, llegaron al punto donde se levantaba el trono y se sentaron en él sin preocuparse de saludar al rey, que les preguntó en tono servil: - ¿A qué se debe el honor de vuestra visita? Que yo sepa, no os hecho llegar ninguna invitación. - Hemos venido porque tenemos algo importante que deciros, ni más ni menos - contestó uno de los taoístas -. ¿De dónde han salido esos cuatro monjes que hay ahí? - Han sido enviados al Paraíso Occidental por el Gran Emperador de los Tang en busca de escrituras sagradas, y han venido a solicitar permiso para cruzar nuestras tierras - respondió el rey. - ¡Menos mal! - exclamaron los tres taoístas, aplaudiendo como locos - Creíamos que se habían escapado. Ha sido una suerte encontrarlos aquí. - ¿Qué queréis decir? - preguntó el rey, sorprendido -. En cuanto me enteré de su llegada, quise arrestarlos, pero el Gran Consejero me hizo ver lo inoportuno de tan precipitada decisión. Han viajado, de hecho, años enteros y no es aconsejable enemistarnos con su país de origen. Por ese motivo, he accedido a su justa petición. ¿Cómo iba a sospechar que teníais alguna queja contra ellos? ¿Os importaría decir qué os han hecho? - Se nota que no estáis al tanto de lo ocurrido - dijo uno de los taoístas -. Nada más llegar, ayer por la tarde, mataron a dos de nuestros discípulos en las afueras de la Puerta Oriental, liberaron a los quinientos prisioneros budistas y redujeron a añicos la carreta. Por si eso fuera poco, ayer por la noche penetraron a escondidas en nuestro templo, se mofaron de las imágenes de los Tres Puros y se comieron tranquilamente las ofrendas imperiales. En un principio lograron engañarnos, haciéndonos creer que eran los Respetables Inmortales que habían bajado a la tierra. Les pedimos que nos dieran un poco de agua sagrada, con el fin de regalárosla y hacer que siempre permanezcáis joven, pero estos desalmados nos ofrecieron, en realidad orina. Lo descubrimos después de probar cada uno de nosotros un buen trago. Fue una suerte que escaparan, porque, si los llegamos a coger, les hubiéramos hecho trizas. Lo que menos esperábamos era encontrarlos precisamente aquí, en la corte. Como muy bien afirma el proverbio, «el camino de los enemigos tocados por la mano del destino es extremadamente estrecho». El rey se puso tan furioso que quería ejecutarlos allí mismo. Afortunadamente el Gran Sabio juntó las manos a la altura del pecho y gritó con estertórea voz: - Amainad vuestra ira, majestad, y permitidme daros mi visión de lo ocurrido. - ¿Cómo te atreves a afirmar que no es correcto lo que acaban de decir estos respetables preceptores? - bramó el rey. - Han afirmado que ayer dimos muerte a dos de sus discípulos en las afueras de la ciudad. Pero ¿quién nos vio hacerlo? - replicó el Peregrino -. Aunque fuera verdad y admitiéramos haber cometido un crimen tan espantoso, sería una gran injusticia condenarnos a muerte a los cuatro, ya que dos serían culpables, y los otros dos, inocentes. ¿Cómo no permitir a estos últimos proseguir su viaje en busca de las escrituras? Afirman, además, que fuimos nosotros quienes destruimos la carreta y liberamos a los prisioneros budistas. De nuevo nos encontramos con que no disponen de testigo alguno. ¿Quién pudo hacerlo además? ¿Los cuatro a la vez? ¡Lo dudo! Con uno sería más que suficiente. ¿Para qué castigar, entonces, a los otros tres? Finalmente nos acusan de no respetar las imágenes de los Tres Puros y sumir su templo en un caos total. Con todos los respetos tengo que decir que se trata de una burda trampa. - ¿De una trampa? - repitió el rey. - Como bien sabéis, nosotros procedemos de las Tierras del Este y, prácticamente, acabamos de llegar a esta región - contestó el Peregrino -. Esta ciudad nos es, por tanto, totalmente desconocida y no sabemos dónde se encuentran sus monumentos más señeros. ¿Cómo íbamos a haber dado precisamente con su templo y, encima, de noche? Por otra parte, si les hubiéramos regalado nuestra orina, nos hubieran arrestado antes de terminar de mear. Al fin y al cabo, no es tan difícil agarrar a quien está haciendo sus necesidades. ¿Para qué han esperado hasta hoy para presentar contra nosotros unas acusaciones monstruosas? En el mundo hay infinidad de personas que asumen la identidad de otros para hacerles cargar con los crímenes más inverosímiles. ¿Cómo saben que somos nosotros los culpables de todo eso? Aplacad, majestad, vuestra ira y ordenad que se lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre lo ocurrido. El rey siempre había sido una persona muy voluble e indecisa y, al oí un discurso tan largo como el que acababa de pronunciar el Peregrino, cayó presa del más desazonador de los dilemas. En ese preciso instante volvió a aparecer el Guardián de la Puerta Amarilla y anunció: - Ahí fuera, majestad, hay un grupo de ciudadanos que desean ser recibidos por vos. - ¿Con qué propósitos? - inquirió el rey, pero, antes de que alguien le respondiera, ordenó que fueran conducidos a su presencia. Eran un total de treinta o cuarenta y, tras golpear repetidamente el suelo con la frente en señal de respeto, dijeron: - Durante la primavera de este año no ha caído ni una sola gota de agua y mucho nos tememos que, si se mantiene esta sequía hasta el final del verano, el hambre terminará apoderándose de todos vuestros territorios. Hemos venido, pues, con la intención de pedir a los santos padres, aquí presentes, que eleven sus oraciones, para que caiga la lluvia y todo el pueblo se vea libre de las angustias que ahora le corroen. - Podéis retiraros - concluyó el rey -. La lluvia caerá cuando deseéis. Los ciudadanos dieron las gracias y se marcharon. - ¿Sabéis por qué favorezco el Tao y persigo el budismo? - preguntó el rey a los peregrinos -. Porque hace ya cierto tiempo los monjes de este reino oraron por la lluvia y no consiguieron arrancar del cielo ni una sola gota. Afortunadamente estos preceptores descendieron de lo alto y nos salvaron de una situación tan desesperada. Eso explica la afición y la estima que todos les tenemos. ¿Qué hay de extraño en que os hagamos pagar por haberlos ofendido, nada más llegar a estas tierras? De todas formas, quiero ser magnánimo con vosotros. Si lográis que llueva antes de que lo consigan ellos, os concederá mi perdón, permitiéndoos proseguir vuestro viaje hacia el Oeste. De lo contrario, seréis arrestados y decapitados públicamente. - De acuerdo - se apresuró a decir el Peregrino, sonriendo -. ¿Qué pensáis? ¿Que no sabemos producir lluvia? Para vuestra información, os diré que no hay cosa en el mundo más fácil que ésa. El rey ordenó al instante que prepararan un altar y trajeran su carroza. - Quiero ir a la Torre de los Cinco Fénix a ver lo que pasa - explicó, visiblemente excitado. Todos los oficiales le siguieron hasta ese lugar. Los taoístas se sentaron con él en lo alto de la torre, mientras el monje Tang, el Peregrino, el Bonzo Sha y Ba-Chie se quedaron al pie de la misma. No pasó mucho tiempo antes de que apareciera un funcionario que informó a los tres taoístas: - El altar está ya preparado. Cuando queráis podéis hacer uso de él. El Inmortal Fuerza de Tigre dobló las manos a la altura del pecho y comenzó a bajar de la torre, pero el Peregrino le impidió abandonarla, preguntándole: - ¿Se puede saber adonde vais? - A impetrar un poco de lluvia en el altar que acaban de preparar. - ¡Cuidado que sois maleducado! - le recriminó el Peregrino -. Deberíais permitirnos probar a nosotros primero, ya que venimos desde tan lejos. Pero, en fin, como bien dice el proverbio, «hay veces en las que un dragón no puede derrotar a un gusano». Si queréis probar vos primero, no tengo nada que objetar. Sin embargo, es preciso que nos pongamos antes de acuerdo. - ¿De acuerdo? - repitió el taoísta -. ¿De acuerdo en qué? - Se supone que los dos vamos a impetrar la lluvia - contestó el Peregrino -. Pero existe un pequeño problema. ¿Cómo vamos a saber si es vuestra o mía? Es claro que los dos trataremos de arrogarnos el mérito de haberlo conseguido primero. ¿No os parece? - ¡Qué astuto es este monje! - se dijo el rey, visiblemente complacido. - ¡No lo sabes tú bien! - pensó, a su vez, el Bonzo Sha -. No ha hecho más que empezar. Tú aguarda y verás. - Yo no preciso de ningún tipo de acuerdo previo - afirmó el Gran Inmortal -. Su majestad conoce bien mi forma de actuar. - Es posible - reconoció el Peregrino -, pero yo no. Vengo desde muy lejos, es la primera vez que os veo y no estoy familiarizado con vuestra manera de obrar. No me gustaría terminar discutiendo con vos. Eso de discutir es algo que, simplemente, no va con mi manera de ser. Antes de actuar, me gusta tener bien atados todos los cabos. - Está bien - admitió el Gran Inmortal -. Cuando me halle ante el altar, me serviré de mi tablilla ritual como prueba irrefutable de que todo el mérito es mío. En cuanto la sacuda una vez, se levantará el viento; a la segunda, se arremolinarán las nubes; a la tercera, se oirá el fragor del trueno y el rayo rasgará el firmamento; a la cuarta, comenzará a caer la lluvia; y a la quinta, dejará de llover y las nubes se dispensarán con la misma velocidad con que se juntaron. - Me parece muy bien - dijo el Peregrino, sonriendo -. Anda, vete. Jamás he presenciado tanta efectividad. El inmortal abandonó la torre a grandes zancadas, seguido de Tripitaka y los demás. Al acercarse al altar, comprobaron que se trataba de una plataforma de unos diez metros de alto. A ambos lados podía verse un bosque de estandartes con los nombres de las veintiocho constelaciones, que parecían dar sombra a un pebetero lleno de incienso, que había sobre una mesa colocada en lo alto del altar. Dos candelabros con las velas encendidas hacían escolta al pebetero, contra el que descansaba una tablilla de oro, en la que aparecían escritos los nombres de los dioses del trueno. Justamente debajo de la tablilla habían sido colocados cinco recipientes llenos hasta el borde de agua pura, en la que flotaban unas cuantas ramitas de sauce. A ellas se habían atado unas finísimas plaquitas de hierro con los conjuros para obligar a actuar en favor propio a los espíritus que sirven en el departamento de los truenos. Alrededor de la mesa se elevaban cinco columnas de enorme tamaño, en las que habían sido escritos los nombres de los señores del trueno de los cinco puntos cardinales. Dos taoístas de pie junto a cada una de las columnas, golpeaban sin cesar sus fustas con una especie de porras de hierro, mientras otros redactaban oraciones y plegarias, que quemaban en braseros que había detrás del altar. A ellos iban a parar, igualmente, representaciones en papel de los espíritus y deidades locales. El Gran Inmortal se dirigió, con ademán solemne, hacia el altar. Un joven taoísta le hizo entonces entrega de varios conjuros escritos en papeles amarillos, así como de una espada cubierta profusamente de adornos. El Gran Inmortal la cogió en sus manos con sumo cuidado y quemó los papeles en uno de los candelabros. En ese mismo momento otros taoístas lanzaron a las llamas una oración sagrada y una imagen que sostenía en sus manos un amuleto. El Inmortal cogió a continuación la tablilla ritual y la golpeó con fuerza contra la mesa. Al punto se levantó una suave brisa, que fue volviéndose cada vez más fuerte a cada segundo que pasaba. - ¡Santo cielo! - exclamó Ba-Chie, sorprendido -. Se ve que este taoísta sabe bien lo que hace. Prometió que al primer golpe se levantaría el viento y así ha sucedido. - No hables más y vete junto al maestro - le aconsejó el Peregrino -. Déjame a mí solucionar esto a mi manera. Se arrancó un pelo y le insufló su aliento inmortal, al tiempo que le ordenaba: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una imagen de si mismo, que fue a colocarse al lado del monje Tang, mientras su auténtico yo se elevaba por los aires y preguntaba con ademán soberbio: - ¿Quién es el responsable del viento aquí? Sus gritos alarmaron tanto a la Anciana del Viento que cerró al instante la bolsa de los huracanes, mientras su hijo la ataba fuertemente con una cuerda. Sin pérdida de tiempo presentaron sus respetos al Peregrino, que les explicó, antes de que pudieran preguntarle algo: - Voy de camino hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas, como discípulo y protector del monje Tang. Al llegar a este Reino de la Carreta Lenta, me he visto obligado a participar en una prueba de a ver quién produce antes la lluvia con un taoísta maleducado y engreído. ¿Cómo os habéis puesto de su parte, perjudicándome con tanto descaro? Mereceríais que os diera aquí mismo una paliza. De todas formas, estoy dispuesto a perdonaros, si recogéis ahora mismo el viento. Os advierto que un simple soplo de brisa bastará para propinaros veinte golpes con esta barra de hierro, ¿enterados? - Sí, señor, por supuesto que sí - respondió con voz entrecortada la Anciana del Viento y al instante cesó de soplar. A Ba-Chie se le iluminó el rostro y gritó, burlón, al Gran Inmortal: - ¡Eh, bajad de ahí arriba! Habéis golpeado vuestra tablilla una vez y el viento ha dejado de soplar. ¿Por qué no nos dejáis intentarlo a nosotros? Lejos de hacerle caso, el taoísta quemó una nueva tira de papel con su correspondiente conjuro y golpeó una vez más la mesa con la tablilla. Las nubes comenzaron a arremolinarse al instante y el Gran Sabio hubo de gritar, enfurecido: - ¿Quién está al cargo de las nubes? - El Joven - que - empuja - las - nubes y el Muchacho - que - esparce - la - niebla corrieron a saludarle y a pedirle disculpas. Cuando el Peregrino les explicó lo que sucedía, hicieron desaparecer de tal forma las nubes que el sol brilló con más fuerza que de costumbre y los cielos permanecieron despejados en un radio de diez mil kilómetros a la redonda. - Este falso inmortal ha logrado engañar una vez al rey y a sus súbditos, pero es claro que no posee poderes especiales de ningún tipo - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Cómo es que no se ve ni una sola nube después de haber golpeado dos veces la tablilla? ¡Jamás he visto a nadie más embustero que él! E1 taoísta parecía nervioso y no dejaba de pasarse la mano por el pelo. Finalmente, echó mano de la espada y volvió a quemar otro papel amarillo, al tiempo que golpeaba la mesa con la tablilla. Al punto hicieron su aparición, procedentes de la Puerta Sur de los Cielos, el Señor Celeste Teng, el Conde del Trueno y la Madre del Rayo. Al ver al Peregrino, le saludaron respetuosamente. - ¿Qué os ha hecho venir tan rápidamente? - les preguntó el Gran Sabio. La magia de ese taoísta es auténtica - contestó el Señor Celeste -. Sus órdenes han llegado a oídos del Emperador de Jade, que ha enviado inmediatamente su visto bueno a la residencia del Inmortal del Trueno, que, como sabéis, se halla ubicada en el Noveno Cielo. Él, a su vez, nos ha transmitido la orden de venir aquí a colaborar con la lluvia y a sembrar todo el firmamento de rayos y truenos. - ¿Os importaría, en ese caso, esperar un momento y facilitarme a mí ese servicio? - les preguntó el Peregrino. Ellos accedieron y al instante cesó el rolar del trueno y resplandor del rayo. Desesperado, el taoísta ofreció incienso, quemó nuevas tiras de papel, recitó más conjuros y golpeó con más fuerza que antes la tablilla de oro. Al instante aparecieron los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos. Tras saludarlos, el Peregrino les preguntó: - ¿Se puede saber adonde vais? Ao - Kuang, Ao - Shun, Ao - Jun y Ao - Chin le devolvieron el saludo y escucharon, respetuosos, sus explicaciones. - Me temo - concluyó diciendo - que, una vez más, he de abusar de vuestra confianza. - No os preocupéis por eso - respondieron los dragones -. Para nosotros es un placer poder ayudaros. - Todavía no os he dado las gracias por enviar a vuestro hijo a capturar al monstruo que tenía prisionero a mi maestro - dijo el Peregrino, dirigiéndose a Ao - Jun. - Está encadenado en el fondo del océano, aunque aún no sé qué hacer con él - contestó el dragón -. Precisamente quería preguntaros qué dispondríais vos, si estuvierais en mi lugar. - Haced con él lo que os plazca - respondió el Peregrino -. Lo que ahora me tiene preocupado es derrotar a ese taoísta. Cuatro veces seguidas ha golpeado su tablilla de oro y creo que ha llegado ya el momento de demostrar lo que soy capaz de hacer. El problema es que no conozco ningún conjuro para producir lluvia, así que dependo enteramente de vosotros. - ¿Quién va a oponerse a obedecer vuestras órdenes? - replicó el Señor del Cielo -. Es preciso, de todas formas, que nos deis una señal clara, para que podamos actuar todos de una forma ordenada. De lo contrario, se entremezclarán el trueno y el rayo y nadie dará crédito a vuestras palabras. - Está bien - reconoció el Peregrino -. Me serviré de la barra de hierro. - ¿De la barra de hierro? - repitió, aterrado, el Conde del Trueno -. No podremos soportar su fuerza. - No pienso pegar a nadie - afirmó el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. Lo único que quiero es que estéis pendiente de ella. Si la levanto una vez hacia arriba, debéis producir un viento huracanado. - De acuerdo - dijeron a coro la Anciana del Viento y su hijo -. Cuando os veamos levantarla una vez, desataremos nuestra bolsa. - Si lo hago dos veces - continuó el Peregrino -, vosotros esparcís las nubes. - Dos veces - repitieron el Joven - que - empuja - las - nubes y el Muchacho - que - esparce - la - niebla - y actuamos nosotros. - A la tercera se oirá el trueno y se verá el latigazo de luz del rayo - prosiguió el Peregrino. - Podéis contar con nosotros - se apresuraron a decir el Conde del Trueno y la Madre del Rayo -. Tened la seguridad de que no os fallaremos. - Y por último - concluyó el Peregrino -, a la cuarta vez se desatará la lluvia. - Así lo haremos - afirmaron a coro los Reyes Dragón. - Otra cosa - agregó el Peregrino -. En cuanto vuelva a levantar la barra, quiero que luzca el sol y el tiempo sea tan bueno como antes. Procurad no equivocaros. Ya sabéis lo que os espera, si me falláis. En cuanto hubo impartido esas órdenes, el Peregrino saltó de lo alto y recuperó el pelo que se había arrancado. Ninguno se dio cuenta cambio, porque todos le miraban con ojos mortales. Al ver que habían fallado todos los intentos del taoísta, el Gran Sabio gritó: - Renunciad de una vez. Cuatro veces seguidas habéis golpeado vuestra tablilla y lo único que habéis conseguido ha sido un poquitito de viento, unas cuantas nubes escuálidas, algún que otro trueno y nada de lluvia. Creo que ha llegado el momento de dejarme actuar a mí. El taoísta no tuvo más remedio que cederle el puesto y abandonar el altar. Con ademán abatido regresó a la torre. - Creo que voy a seguirle a ver qué le cuenta al rey - pensó el Peregrino, y le siguió hasta allá. Al llegar, oyó que éste decía: - Todos hemos estado esperando en suspenso los golpes de tu tablilla. ¿Cómo explicas que la hayamos escuchado cuatro veces y no caído ni una sola gota de lluvia? - Lo siento majestad - respondió el taoísta -, pero los dragones no estaba hoy en casa. - ¿Cómo que no estaban? - replicó el Peregrino con voz potente -. ¡Claro que estaban en sus palacios! Lo que ocurre es que vuestra magia no es lo suficientemente eficaz para hacerlos venir hasta aquí. Si nos permitís probar a nosotros, veréis cómo es verdad lo que acabo de deciros. - De acuerdo - concluyó el rey -. Sube al altar y demuestra de lo que eres capaz. El Peregrino se dirigió a la parte de atrás del estrado y, empujando suavemente al monje Tang, le dijo: - Subid al altar. - ¿Para qué? - protestó el monje Tang -. Yo soy incapaz de producir lluvia. - Está tratando de escudarse en vos, maestro - comentó Ba-Chie soltando la carcajada -. ¿No os dais cuenta de que, si falláis, será a vos a quien primero coloquen sobre la pira de los sacrificios? - Aunque desconozcáis todo lo relativo a la magia - replicó el Peregrino, dirigiéndose al monje Tang -, sí que sabéis recitar escrituras ¿no? Hacedlo, mientras yo trato de prestaros toda la ayuda de que dispongo. El maestro subió al altar con ademán solemne y tomó asiento, cayendo al instante en un estado de profunda concentración, que le permitió recitar con indescriptible piedad el Sutra del Corazón. Al poco rato se presentó al galope un soldado enviado por el rey, que preguntó: - ¿Por qué no quemáis conjuros ni hacéis sonar vuestras tablillas? - Porque no es necesario meter ruido para conseguir lo que se desea - contestó el Peregrino -. Nosotros confiamos en el silencio y en la concentración de la oración. El soldado transmitió fielmente al rey esa respuesta. En cuanto el Peregrino se percató de que el maestro había terminado la recitación del sutra, se sacó la barra de la oreja y la agitó una sola vez en la dirección en que soplaba el viento. Al punto adquirió una longitud doce metros y el grosor de un cuenco de arroz. Con increíble pericia la elevó hacia lo alto y la sacudió una sola vez. Al verlo, la Anciana del Viento abrió la bolsa de los huracanes, mientras su hijo se hacia cargo de la cuerda con que solían atarla. El bramido del viento sumió a todos los habitantes de la ciudad en un estado de profundo temor. Las tejas y las piedras volaban por encima de los tejados, como si fueran hojas de sauce. Jamás se había visto por aquellas latitudes un huracán tan potente. Tronchó flores, derribó árboles e hizo impracticables los bosques. Hasta los salones imperiales se vieron afectados. Las paredes de muchos de ellos presentaron grietas que anunciaban una ruina inminente y la misma Torre de los Cinco Fénix se vio sacudida en sus cimientos. Era tanta la arena que arrastraba el viento que el sol perdió toda su brillantez, adquiriendo una extraña tonalidad rojiza. Los guerreros del imperio temblaban de miedo en sus cuarteles, lo mismo que los ministros más capacitados y las doncellas que prestaban sus servicios en los Tres Palacios. Era tal su terror que ellas mismas se encargaron de cerrar las puertas. Las beldades que moraban en las Seis Cámaras perdieron la delicadeza de sus tocados y sus cabellos se tornaron tan lacios como los de una campesina. Los personajes más importantes del reino perdían sus bonetes dorados y los más afortunados contemplaban, impotentes, cómo la fuerza del viento les arrancaba sus adornos de jade. La túnica del primer ministro parecía una nube negra que hubiera desplegado sus alas por el horizonte. Nadie se atrevía a hablar. Por los pasillos del palacio volaban libremente los papeles oficiales, los peces de oro, los cinturones de jade, las tablillas de marfil y las túnicas de seda. Los biombos de turquesa sufrieron daños irreparables y miles de puertas y ventanas fueron destruidas. La violencia del viento arrancaba del Salón de los Carillones de Oro tejas y ladrillos, mientras caían derribadas al suelo las puertas llenas de bellísimos relieves del Salón de las Nubes Bordadas. Desde el rey hasta el último de sus súbditos buscaron refugio donde buenamente pudieron. Las calles y mercados quedaron totalmente vacíos. La ciudad entera se había encerrado en la seguridad de sus hogares. El Peregrino demostró, de esta forma, la potencia de su magia. No contento con eso, puso vertical la barra de los extremos de oro y la elevó hacia lo alto por segunda vez. El Joven - que - empuja - las - nubes y el Muchacho - que - esparce - la - niebla dieron muestra de sus extraordinarios poderes, haciendo descender de los cielos una enorme masa nubosa, que sumió la tierra en una oscuridad casi absoluta. Resultaba prácticamente imposible abrirse paso por los tres mercados y las seis grandes avenidas que cruzaban la ciudad. Las nubes se originaban en el mar y eran arrastradas después mar adentro por el viento, oscureciendo todos los lugares por los que pasaban. Era como si se hubiera reproducido el caos que en otro tiempo asoló el universo. La nubosidad era tan espesa que ni siquiera podía verse la puerta de la Torre de los Cinco Fénix. Las nubes no habían adquirido su mayor densidad, cuando el Peregrino volvió a levantar la barra de los extremos de oro y al instante entraron en acción el Conde del Trueno y la Madre del Rayo con una fiereza que sacudió todo el universo. Parecía como si el conde cabalgara furioso, a lomos de una bestia salvaje y la dama sacudiera, como una loca, un manojo de serpientes de oro. Venía haciéndolo desde antes de salir del Palacio del Mirlo. El trueno rolaba, majestuoso, por lo alto, haciendo temblar las raíces mismas de la Montaña del Tridente de Hierro. Las sacudidas del rayo, por su parte, daban la impresión de surgir directamente del fondo del Océano Oriental. Era como si por el firmamento se desplazaran de continuo pesadísimas carrozas que levantaban piedras de fuego y llamas. El fragor de la tormenta sacudía con tal fuerza el universo que los espíritus volvían a la vida, las semillas germinaban antes de tiempo y los insectos se veían forzados a despertar de su sueño invernal. Un pánico terrible se apoderó del rey y de todos sus súbditos, mientras los mercaderes y comerciantes creían volverse locos por el sonido de los truenos. Era como si la tierra se hubiera abierto y las montañas se estuvieran arrojando al interior de tan tórridas simas. Los habitantes de la ciudad estaban tan atemorizados que raro fue el que no ofreció incienso o quemó papel moneda. - ¡Viejo Teng! 3 - gritó el Peregrino -. ¡No te olvides de los oficiales avariciosos y corruptos, ni de los hijos desobedientes que faltan a sus responsabilidades! ¡Acaba con unos cuantos, para que después pueda yo hablar contra esos vicios! Para hacer más creíbles sus palabras, el señor del trueno intensifico sus bramidos. Visiblemente satisfecho, el Peregrino levantó, una vez más, la barra de hierro y los dragones dieron la orden de soltar la lluvia. Fue tan torrencial que cubrió el mundo entero. Su fuerza era tal que derribó diques y muros de contención, e hizo crecer de tal forma los ríos que la crecida arrastró puentes e inundó mesetas altísimas. Era como si se hubieran abierto las compuertas celestes y hubiera caído sobre la tierra el Río de Plata, erosionando las torres y anegando las terrazas de los palacios más altos. Las calles parecían canales por los que fluía el contenido de enormes toneles vueltos boca abajo. No es extraño que las casas estuvieran totalmente anegadas y que los puentes se hubieran quedado ciegos. Los campos de labranza quedaron convertidos en inmensos océanos, por los que avanzaban las olas. Otros dragones de menor importancia prestaron su colaboración, elevando al Yang - Tse y volcándole, sin ninguna consideración, sobre la tierra. La lluvia comenzó por la mañana y no paró hasta después del mediodía. Tan grande fue la precipitación que todas las callejuelas y calles del Reino de la Carreta Lenta se vieron anegadas. Aterrado, el rey ordenó: - ¡Que pare inmediatamente esa lluvia! De lo contrario, las cosechas quedarán destruidas y el remedio habrá resultado ser mucho peor que la enfermedad. Al instante partió un soldado de la Torre de los Cinco Fénix a decir a los monjes: - Nuestro monarca opina que ha caído ya suficiente lluvia. El Peregrino levantó, una vez más, la barra hacia lo alto y al punto cesaron los truenos, el viento amainó, la lluvia dejó de caer y las nubes se dispersaron. El rey estaba encantado y tanto él como todos sus subalternos no dejaban de decir, maravillados: - ¡Qué monje más extraordinario! Hoy se ha hecho, ciertamente, realidad lo que afirma el proverbio: «Por muy fuerte que sea uno, siempre hay otro que le supera». Es cierto que nuestros respetables preceptores tienen el poder de producir lluvia, pero la suya es mucho más débil que ésta y, antes de que amaine del todo, pasa, por lo menos, medio día. Lo que ahora estamos contemplando, por el contrario, es francamente increíble. ¡Esos monjes pueden hacer que el tiempo sea bueno o malo a voluntad! ¿Es que no lo estamos viendo todos? El sol acaba de salir y no se ve ni una sola nube. ¡Se han dispersado en un abrir y cerrar de ojos! El rey montó en la carroza y ordenó la inmediata vuelta al palacio de todo su séquito, para otorgar al monje Tang el permiso de viaje que había solicitado. Cuando estaba a punto de estampar en él el sello imperial, se presentaron los taoístas y dijeron: - La lluvia de hoy no es obra de los monjes, sino de la invencible superioridad del taoísmo. - No tratéis de dorar ahora la píldora - les regañó el rey -. Vosotros mismos afirmasteis que, si no llovía, era porque los Reyes Dragón no estaban en casa, cuando vos los conjurasteis. Él, sin embargo, se llegó a lo alto del altar, recitó en silencio unas cuantas oraciones y al instante comenzó a caer la lluvia. ¿Cómo podéis afirmar que el mérito no es suyo? - Pero olvidáis una cosa muy importante - replicó el Inmortal Fuerza de Tigre -: las órdenes estaban ya dadas. Yo mismo las envié a la mansión de los dragones por medio de conjuros, ensalmos y el rítmico golpear de mis tablillas de oro. Si los Reyes Dragón no acudieron en un principio a mi llamada, fue porque, sin duda alguna, se encontraban en otro lugar realizando los mismos servicios que yo les había solicitado. Lo mismo les ocurrió a los encargados del viento, las nubes, el rayo y el trueno. Al fin y al cabo, siempre trabajan en equipo. Pero, en cuanto mi orden llegó a sus oídos, se apresuraron a venir aquí, llegando en el preciso instante en que yo bajaba del altar y ese monje subía. El budista no desaprovechó la oportunidad y la lluvia cayó en abundancia. Pero fui yo el que trajo a los dragones y les pidió que lloviera. ¿Cómo podéis afirmar, entonces, que todo el mérito es de esos monjes? El rey era una persona con un carácter muy voluble y, al oír esas explicaciones, las creyó a pie juntillas. El Peregrino se percató en seguida de su cambio de actitud y, juntando las manos a la altura del pecho, dio un paso hacia delante y dijo: - Olvidémonos de lo pasado y dejemos de discutir sobre quién ha de atribuirse el mérito de lo ocurrido. Con el fin de fijar para siempre la superioridad de nuestra doctrina, propongo lo siguiente: los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos están todavía volando por los aires de vuestro reino, a la espera de que les conceda la venia para retirarse. Si el Inmortal Preceptor es capaz de hacerlos presentarse en este palacio, para que todo el mundo pueda verlos, admitiré que el mérito ha sido exclusivamente suyo. - Llevo veintitrés años ocupando este trono y jamás he visto a un dragón - afirmó el rey, entusiasmado -. Acepto tu proposición. Haced uso de vuestros poderes mágicos y aquel que lo consiga podrá arrogarse el mérito de haber producido la lluvia. Los taoístas no disponían de tanta autoridad, pero, aun en el caso de que la hubieran tenido, los Reyes Dragón no los hubieran obedecido, porque respetaban más al Gran Sabio. Así que agacharon la cabeza y confesaron: - Nosotros no podemos hacer una cosa tan disparatada. ¿Por qué no prueba él? El Gran Sabio levantó la cabeza y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Eh, Ao - Kuang!, ¿dónde estás? ¡Llama a tus hermanos y dejaros ver! Los Reyes Dragón obedecieron al instante y se manifestaron ante cuantos en aquel mismo momento se hallaban en el Salón de los Carillones de Oro, moviéndose entre una nube de incienso y neblinas. Sus movimientos eran circulares y trazaban complicadísimos dibujos en el aire. Sus garras parecían anzuelos de jade blanco, sus escamas de plata brillaban como espejos, sus pelos recordaban la seda y eran totalmente distintos unos de otros, sus cuernos poseían una perfección propia de alhajas, sus frentes aparecían tan rugosas como una montaña, y sus ojos redondos emitían la luz de diez mil hogueras. Su naturaleza estaba cargada de tanto misterio que ni siquiera en aquella epifanía podía ser plenamente comprendida. Hasta su vuelo resultaba imposible de describir. Así eran los seres que conceden la lluvia a quien se lo pide con humildad y siembran los cielos de luz a instancias de quien se lo suplica con devoción. La forma en la que aquel día se manifestaron era la más apropiada para criaturas tan poderosas y santas como ellos. Todo el palacio imperial quedó sumido en un aura de luz sagrada. El rey se apresuró a quemar un poco de incienso, mientras los demás funcionarios corrían a inclinarse enfrente de los escalones de jade. - Habéis sido muy amables, al mostrarnos vuestro auténtico rostro - exclamó el rey -, pero os agradecería que regresarais a vuestros palacios tan pronto como podáis. Prometo celebrar una gran ceremonia padecimiento por este gesto que habéis tenido hoy con nosotros. - Podéis retiraros - repitió el Peregrino -. Ya habéis oído lo que os ha prometido el rey. Los dragones volvieron a los océanos y los otros dioses siguieron su ejemplo, dirigiéndose directamente a los cielos. Así quedó demostrado que el auténtico poder mágico es ilimitado y que nada pueden contra la verdad los excesos de la herejía. De momento desconocemos si fue esto suficiente para hacer doblegar a los taoístas. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第046回 MOSTRANDO TODO SU PODER, LA HEREJÍA SE BURLA DE LA ORTODOXIA. CON LA SOLA AYUDA DE SU SANTIDAD, EL MONO DE LA MENTE DERROTA A LOS QUE HABÍAN ABANDONADO EL BUEN CAMINO En cuanto el rey vio la autoridad que el Peregrino tenía sobre los dragones y otros dioses, plasmó, sin dudarlo, el sello imperial sobre el permiso de viaje. Pero, cuando se disponía a entregárselo al monje Tang, para que pudiera proseguir tranquilamente el viaje, los tres taoístas dieron un paso al frente y cayeron rostro en tierra. El rey se levantó a toda prisa del trono y corrió a levantarlos con sus propias manos, al tiempo que les preguntaba: - ¿Se puede saber por qué os mostráis hoy tan ceremoniosos? - Durante los últimos veinte años no hemos hecho otra cosa que velar por la paz de vuestro reino y la seguridad de todos vuestros súbditos - respondieron ellos -. Tan altos servicios se han visto hoy minimizados por la burda magia de un monje sin escrúpulos. Sólo porque ha sido capaz de producir una tormenta, habéis olvidado los crímenes que cometió en vuestro propio reino. ¿Cómo podéis tratarle con tanta deferencia, echando en saco roto todos los sacrificios que por vos hemos hecho? Nos gustaría que retuvierais un poco más su permiso de viaje y nos permitierais medir, una vez más, sus poderes con los nuestros, a ver lo que pasa. En toda la tierra no existía un hombre más inconstante que aquel rey. Si oía hablar del este, se aliaba en seguida con él, y, si alguien le mencionaba el oeste, sellaba de inmediato con él un pacto. Dejó, pues, a un lado el permiso de viaje y preguntó: - ¿En qué pruebas estáis pensando? - Para empezar - contestó el Inmortal Fuerza de Tigre -, en una de Meditación. - No me parece muy acertado - comentó el rey -. Este monje es representante de una religión que otorga precisamente una gran importancia a lo que tú sugieres. Además, su poder de concentración debe de ser extraordinario; si no, no hubiera sido enviado en busca de escrituras. Tenlo por seguro. ¿De verdad estás decidido a competir con él en ese terreno? - La prueba que propongo no es nada corriente - respondió el Gran Inmortal -. De hecho, recibe el nombre de «prueba de santidad junto a la columna de nubes». - ¿Queréis explicarme de qué se trata? - volvió a preguntar el rey. - Para llevarla a cabo - contestó el Gran Inmortal -, se necesitan cien tablillas. Poniendo una encima de otra, se construirá un altar con la mitad de ellas, al que se ascenderá con la ayuda de una nube. No estará permitido servirse de las manos ni de ningún tipo de escaleras. La prueba la ganará quien permanezca más tiempo meditando en lo alto del altar. El rey comprendió que se trataba de una prueba, en verdad, muy difícil y, volviéndose a los Peregrinos, les dijo: - ¡En, monjes! Nuestro respetable preceptor sugiere la celebración de una prueba de meditación llamada de la «santidad junto a la columna de nubes». ¿Está dispuesto alguno de vosotros a medir con él sus fuerzas? En contra de lo que en él era habitual, el Peregrino permaneció callado del todo, cosa que sorprendió vivamente a Ba-Chie, que le preguntó: - ¿Por qué no dices nada? - Si he de serte sincero - contestó el Peregrino -, soy capaz de derribar los cielos, dar la vuelta a los pozos, sacudir los océanos, poner boca abajo los ríos, transportar montañas sobre las espaldas, perseguir a la luna, y alterar el curso de las estrellas y planetas. No tengo miedo tampoco a que me partan el cráneo, me corten la cabeza, me rajen el estómago, me arranquen el corazón, o me mutilen salvajemente. Pero soy absolutamente incapaz de sentarme en silencio y empezar a meditar. Es algo superior a mis fuerzas. ¡Yo no me puedo quedar quieto en ningún sitio! Aunque se me encadenara a una columna de acero, trataría al instante de ponerme en libertad, subiendo y bajando por ella como si fuera un insecto. ¿Qué quieres que te diga? ¡Mi naturaleza es así! - Quizás tú no puedas - comentó el monje Tang -, pero yo sí. - ¡Fantástico! - exclamó el Peregrino, aliviado -. ¿Durante cuánto tiempo sois capaz de hacerlo? - De joven - explicó Tripitaka - me enseñaron los principios de la aquiescencia y la meditación, con el fin de alcanzar la perfección espiritual. Confinado en la Meditación del Sentido de la Vida y la Muerte, he llegado a estar sin moverme hasta dos o tres años, por lo menos. - ¡Fantástico! - volvió a repetir el Peregrino -. El único problema es que a ese ritmo jamás lograremos llegar al Paraíso Occidental. Pero, en fin, creo que no estaréis ahí arriba más de dos o tres horas. - Todo eso está muy bien - admitió Tripitaka -. Pero ¿cómo voy a subir ahí arriba? - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Dad un paso al frente y aceptad el reto. Yo me encargaré de todo lo demás. Sin pensarlo dos veces, el maestro juntó las manos a la altura del pecho y dijo: - Este humilde monje sabe cómo meditar de la forma que habéis mencionado. El rey ordenó al punto que se prepararan los altares. La presteza con que se cumplieron sus órdenes puso de manifiesto que la fuerza de un país es capaz de derribar montañas. En menos de media hora estuvieron listos dos altares: uno a la izquierda del Salón de los Carillones de Oro, y el otro a su derecha. Con paso solemne el Gran Inmortal Fuerza de Tigre se llegó hasta el centro del inmenso patio. Allí dio un o salto y al instante se formó bajo sus pies una alfombra de nubes, que le llevó hasta lo alto del altar construido en la parte oeste, donde tomó asiento. Mientras eso sucedía, el Peregrino se arrancó un pelo y lo hizo convertirse en una copia exacta de si mismo, que ocupó el sitio que hasta entonces había mantenido junto a Ba-Chie y el Bonzo Sha. Su auténtico yo se transformó en una nube de cinco colores, que elevó al monje Tang por los aires y le colocó suavemente en lo alto del altar del este. Se metamorfoseó a continuación en un pequeño grillo, que se posó suavemente en el hombro de Ba-Chie y le susurró al oído: - Observa con atención al maestro y no trates de hablar con el falso mono que hay a tu lado. - No te preocupes - contestó el Idiota, riéndose -. Ya me había dado cuenta del cambio. El Gran Inmortal Fuerza de Ciervo, mientras tanto, al ver que los dos contendientes parecían tener una capacidad de concentración muy parecida, decidió ayudar a su correligionario. Sin que nadie se diera cuenta, se arrancó un pelo del cogote, lo enrolló con los dedos lo arrojó contra la cabeza del monje Tang. El pelo se convirtió en chinche, que empezó a picar salvajemente al maestro. Al principio éste sólo pareció sentir un pequeño picor, pero, a medida que pasaba los segundos, se fue transformando en un dolor insoportable. Lo malo era que una de las normas de las pruebas de meditación establecía que quien moviera las manos, aunque sólo fuera para rascarse, quedaba automáticamente eliminado. La molestia era tan inaguantable que al maestro no le quedó otro remedio que frotar suavemente la cabeza contra el cuello de su túnica. - ¡Santo cielo! - exclamó, preocupado, Ba-Chie -. Parece que al maestro le va a dar un ataque. - No, no - le corrigió el Bonzo Sha -. Yo más bien creo que le está entrando dolor de cabeza. No todo el mundo está capacitado para la meditación. - Lo raro es que el maestro es una persona honrada - comentó el Peregrino -. Si ha dicho que sabe meditar, es porque es verdad. De eso estoy seguro. Jamás le he oído decir una sola mentira. Lo mejor será que nos dejemos de especulaciones y vaya a ver qué es lo que pasa. El Peregrino reemprendió el vuelo y fue a posarse sobre la cabeza del monje Tang, donde descubrió un chinche del tamaño de un guisante, que estaba cebándose en él con envidiable delectación. El Peregrino lo cogió a toda prisa con la mano y rascó con suavidad al maestro, hasta que las molestias hubieron desaparecido del todo. De esta forma, pudo continuar la meditación, sin tener que mover un solo dedo. - ¡Qué raro! - se dijo el Peregrino -. La calva de un monje es tan lisa que ni un piojo puede agarrarse a ella. ¿Cómo habrá venido a parar un chinche a la de mi maestro? ¡Ahora caigo! Lo más seguro es que uno de esos taoístas haya buscado la forma de hacernos perder. Pues anda fresco, porque ahora mismo le voy a enseñar yo lo que son los trucos. Inició de nuevo el vuelo y fue a parar al tejado del palacio, sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un ciempiés de más de siete centímetros de alto. Sin pensarlo dos veces, se dejó caer y fue a parar justamente debajo de las narices del taoísta, propinándole una picadura tan terrible que se cayó del altar. El golpe fue tan fuerte que casi se mata. Fue una suerte que los funcionarios imperiales se lanzaran a cogerle; de lo contrario, hubiera perdido la vida allí mismo. Atemorizado, el rey pidió a sus consejeros que le acompañaran al Salón Wen - Hua a peinarse y lavarse un poco. El Peregrino volvió a convertirse, entonces, en una nube y ayudó al maestro a bajar del altar, siendo declarado vencedor de la prueba. El rey quiso entregarle el permiso de viaje, pero volvió a impedírselo el Gran Inmortal Fuerza de Ciervo, diciendo: - Mi hermano ha sido incapaz de vencer la prueba, porque es muy sensible al frío, ni más ni menos. En cuanto asciende a un lugar elevado, se ve afectado por el frescor del viento y pierde irremediablemente el sentido. Si no llega a ser por eso, el monje no habría podido derrotarle jamás. Permitidme enfrentarme a él con la prueba de «adivinar lo que hay guardado en un baúl». - ¿En qué consiste eso? - preguntó el rey. - En lo que indica su mismo nombre - contestó Fuerza de Ciervo -. Se trae un baúl y el que acierte lo que encierra gana la prueba. Si son ellos los vencedores, dejadlos marchar. De lo contrario, castigadlos como mejor os parezca, continuad considerándonos vuestros hermanos y tened presentes los servicios que os hemos prestado durante los últimos veinte años. De nuevo volvió el rey a quedar sumido en una profunda confusión. Incapaz de apreciar el engaño que se escondía tras esas palabras ordenó traer del Palacio Interior un baúl de laca roja. Antes de ser conducido ante los escalones de jade blanco, se pidió a la reina que metiera en él algo de valor. El rey llamó a los budistas y a los taoístas a su presencia y les dijo: - Quiero que adivinéis lo que hay dentro de ese baúl. - ¿Cómo voy a averiguar yo lo que encierra? - preguntó Tripitaka al Peregrino en voz muy baja. Wu-Kung volvió a convertirse en un pequeño grillo y, posándose en la cabeza del monje Tang, le susurró al oído: tranquilizaos, ahora mismo voy a echar un vistazo. Sin que nadie se percatara de ello, se llegó hasta el baúl, encontró una pequeña rendija en su base y se metió a toda prisa en su interior. Fue así como descubrió que había una blusa y una falda, que solía ponerse la reina en las grandes solemnidades. Las estiró lo mejor que pudo, se hizo un poco de sangre en la lengua y, escupiendo sobre ella, gritó: - Transformaos - y se convirtió al instante en una jarra de barro llena de desconchones, sobre la que vertió su fétida orina. Volvió a salir después por la rendija y fue a posarse sobre el hombro del monje Tang, al que dijo en tono muy bajo: - Dentro de ese baúl sólo hay una jarra de barro llena de desconchones. - No es posible - repuso Tripitaka -. El rey dijo que se trataba de algo de valor. ¿Quieres decirme cuánto cuesta una jarra vieja? - Ni lo sé ni me interesa - contestó el Peregrino -. Lo importante es que acertéis. El monje Tang dio un paso al frente, dispuesto a hacer público lo que contenía el baúl, pero se lo impidió el Gran Inmortal Fuerza de Ciervo, diciendo: - Yo soy el primero. Dentro de ese baúl hay una blusa y una falda de la reina. - ¡No, no! - gritó el monje Tang -. Ahí dentro no hay más que una jarra de barro llena de desconchones. - ¿Cómo se atreve a despreciar de esa forma nuestro reino? - bramó el rey -. ¿Acaso piensa que aquí no tenemos nada de valor? ¿Cómo se le ocurre hablar de una jarra llena de desconchones? ¡Apresadle inmediatamente! Los guardias del palacio se movieron hacia el monje Tang con gesto amenazante, pero, antes de que le pusieran la mano encima, juntó las manos a la altura del pecho e, inclinándose respetuosamente ante el rey, dijo: - Perdonad mi indiscreción, pero ¿no os parece que deberíais abrir el baúl para ver quién se ha equivocado? Es posible que estéis acusando a un inocente. A regañadientes, el rey accedió a hacer lo que se le pedía. Ordenó sacar a la luz lo que contenía el baúl y casi se desmaya al ver que, en efecto, en su interior no había más que una jarra de barro llena de desconchones. - ¿Quién ha metido esto aquí? - bramó el rey, furioso, volviéndose hacia el biombo que había detrás del trono. Con paso indeciso la reina se llegó hasta él y confesó: - Yo misma coloqué en su interior una blusa y una falda de incalculable valor. No comprendo cómo se ha convertido en algo tan repugnante. - Os creo - comentó el rey, desconcertado -. Sé bien que en este palacio todo está hecho de seda y de materiales de primerísima calidad. Tampoco puedo explicarme yo cómo ha llegado hasta aquí una cosa tan repugnante. Retiraos a vuestros aposentos, señora. - Traed otra vez ese baúl. Yo mismo voy a esconder en él algo de valor a ver lo que ocurre. A toda prisa se dirigió al jardín imperial, arrancó un melocotón del tamaño de un cuenco de arroz y lo metió en el baúl. Al verle aparecer, el monje Tang comentó con sus discípulos, muy preocupado: - ¿Qué vamos a hacer? Su majestad quiere que repitamos el juego. - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Ahora mismo voy a echar otro vistazo. De nuevo se introdujo en el baúl por la rendija y comprobó, complacido, que guardaba un espléndido melocotón. El Peregrino era un devorador insaciable de frutas y, tras adoptar la forma que le era habitual se sentó en un rincón y dio buena cuenta de la que tenía delante. La saboreó con tal fruición que a punto estuvo de ronchar el hueso. Al final, renunció a tan extraño placer y, convirtiéndose de nuevo en un grillo, volvió volando junto a su maestro y le dijo: - Esta vez se trata del hueso de un melocotón. - ¿Te estás burlando de mí? - exclamó el maestro -. Ya has visto lo que acaba de pasar. Si no llego a andarme listo, el rey me hubiera mandado azotar. Es un hombre obsesionado con la prosperidad y la riqueza. ¿Cómo va a haber ordenado esconder un simple hueso? - No tengáis ningún miedo - replicó el Peregrino, sonriendo -. Lo importante es que ganéis. Fiaos de mí y dad la respuesta que os he dicho. Tripitaka tomó aliento para hablar, pero se le adelantó el Gran Inmortal, diciendo: A los taoístas siempre nos ha correspondido el primer lugar. Afirmo, por lo tanto, que ahí dentro hay un espléndido melocotón. - No un melocotón, señor - le corrigió Tripitaka -, sino el hueso de un Melocotón. - Has perdido - anunció el rey -. Yo mismo me encargué de meter en el baúl una fruta entera. ¿Cómo va a haber sólo un hueso? - Todo lo que queráis - replicó Tripitaka -, pero os aseguro que la fruta ha desaparecido. Si no me creéis, abridlo y lo veréis. El principal sirviente real se llegó hasta el baúl, lo abrió y vio que, efectivamente, allí no había más que un simple hueso. El rey se sintió tan sobrecogido que exclamó, volviéndose a los taoístas: - Renunciad, por lo que más queráis, a competir con esta gente. Es mi deseo que se vayan de aquí cuanto antes. Yo mismo arranqué el melocotón con mis manos y lo puse en ese malhadado baúl. ¿Cómo es que ahora sólo queda el hueso? Por fuerza estos monjes gozan del favor de los dioses y espíritus; si no, no me explico. Ba-Chie sonrió con malicia y susurró al Bonzo Sha: - ¡Éste no sabe lo que le gustan los melocotones a nuestro hermano! En ese mismo instante entró, después de haberse lavado y peinado en el Salón de Wen - Hua, el Gran Inmortal Fuerza de Tigre. Con la solemnidad que le era habitual se llegó hasta el trono y dijo: - Lo que acaba de ocurrir tiene una explicación muy sencilla: este monje domina la magia para cambiar unos objetos por otros. Si me prestáis el baúl unos momentos, acabaré con su maléfica influencia y podrá celebrarse una prueba con todas las garantías. - ¿Qué es lo que pretendéis hacer? - preguntó el rey. - Está visto - explicó el Inmortal Fuerza de Tigre - que su magia es capaz de cambiar objetos inanimados, pero dudo que pueda hacer lo mismo con los seres humanos. Propongo que permitáis a este joven taoísta meterse dentro del baúl, y, así, nadie podrá cambiar lo que se introduzca en él. Es más - añadió, bajando la voz -, sugiero que sea ese hermano nuestro el objeto que se ha de descifrar en esta ocasión. Veréis cómo su pronóstico choca estrepitosamente contra la realidad. El rey aceptó la sugerencia y ordenó al joven que se metiera en baúl. Hizo después que fuera llevado al salón del trono y, volviéndose hacia el monje Tang, le increpó, diciendo: - ¡Eh, tú, monje! ¿A que no averiguas lo que hay aquí dentro? - ¡Otra vez estamos en las mismas! - exclamó Tripitaka, descorazonado. - No os preocupéis - le tranquilizó, una vez más, el Peregrino -. Voy a echar otra miradita. De nuevo voló hacia el baúl y se introdujo en él a través de la rendija, descubriendo, no sin cierta sorpresa, que se trataba de un taoísta. Pero la mente del Gran Sabio poseía una agilidad sorprendente y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, adoptó la apariencia de uno de los maestros del Tao que habían quedado fuera. Se acercó al joven y le preguntó en un susurro: - ¿Qué tal te encuentras? - ¿Cómo habéis logrado entrar aquí? - replicó el muchacho, vivamente sorprendido. - Muy sencillo - contestó el Peregrino -. Valiéndome de la magia de la invisibilidad. - ¿Tenéis alguna orden nueva que darme? - volvió a preguntar el joven. - Así es - respondió el Peregrino -. Uno de esos monjes te ha visto entrar en el baúl. Eso le facilita las cosas y nosotros volveremos, desgraciadamente, a perder de nuevo. Es preciso, por tanto, que te afeites la cabeza. Así podremos decir que eres un monje y ellos fallarán estrepitosamente. - Con el fin de ganar, estoy dispuesto a hacer lo que sea - comentó en el joven -. Está claro que una nueva derrota nos supondría una pérdida total de confianza entre los miembros más destacados de esta corte. De producirse, nuestra reputación quedaría arruinada para siempre. - Eso es - reconoció el Peregrino -. Acércate y no temas nada. Cuando hayamos terminado con ellos, te recompensaré generosamente. De eso no te quepa duda. En un instante transformó la barra de los extremos de oro en una cuchilla de afeitar y, abrazando al muchacho, añadió: - Sé que va a ser un poco duro para ti, pero te aconsejo que no te muevas y, sobre todo, que no hagas ningún ruido. Inclínate un poco, para que pueda afeitarte la cabeza. En pocos segundos el joven quedó tan calvo como un anciano. El Peregrino formó una bola con el pelo y la distribuyó con cuidado por las paredes del baúl. Guardó después la cuchilla y, sin dejar de acariciar la cabeza del joven, agregó: - Tu cabeza es, ciertamente, la de un monje, pero no puede decirse lo mismo de tus ropas. Quítatelas y ponte estas otras. El joven lucía una túnica - garza de seda blanca, en la que habían sido bordadas varias nubes y otros motivos netamente taoístas. En cuanto se hubo despojado de ella, el Peregrino le insufló un poco de su aliento inmortal, al tiempo que decía: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en la túnica de un monje, que él mismo le ayudó a ponerse. Se arrancó a continuación dos pelos que metamorfoseó, con idéntica facilidad, en una carraca y en un pez de madera. - Ahora escúchame con atención - le aconsejó el Peregrino, al tiempo que le entregaba la carraca y el pez -. Si oyes a alguien llamar a un joven taoísta, no salgas del baúl. Sólo debes hacerlo, cuando oigas mencionar la palabra monje. Haz saltar entonces la tapa del baúl y abandónalo, sacudiendo el pez de madera y cantando un sutra budista. Eso bastará para que nos sea reconocido el triunfo de una vez por todas. - Todo eso está muy bien - comentó el joven tímidamente -, pero existe un pequeño problema: yo sólo sé recitar El Libro de los Tres Funcionarios, El Libro del Mirlo del Norte y El Libro para acabar con el dolor. Me temo que no conozco ningún sutra budista. - Pero sí sabrás recitar de corrido el nombre de Buda, ¿no? - le increpó el Peregrino. - ¿Queréis decir Amitabha? - preguntó el muchacho -. Eso lo sabe todo el mundo. - Bien. Entonces no se hable más - concluyó el Peregrino -. Limítate a repetir el nombre de Buda. Me hubiera gustado enseñarte algo un poco más largo, pero la verdad es que no disponemos de mucho tiempo. Recuerda lo que te he dicho y todo irá bien. Ahora tengo que marcharme. De nuevo se transformó en un pequeño grillo, que voló hasta el hombro del monje Tang y le susurró al oído: - Debéis decir que ahí dentro hay un monje. - Sé que esta vez ganaré - exclamó Tripitaka, entusiasmado. - ¿Cómo podéis estar tan seguro? - le preguntó el Peregrino, sorprendido. - Los sutras afirman - respondió Tripitaka - que «el buda, el dharma y el sangha son tres joyas», de lo que se deduce que un monje es, en verdad, algo valiosísimo. Mientras hablaban de esas cosas, el Gran Inmortal Fuerza de Tigre se acercó al rey y anunció con voz potente: - Ahí dentro, majestad, hay un joven taoísta. Desconcertado, repitió ese anuncio varias veces, pero no ocurrió absolutamente nada. Nadie saltó, de hecho, la tapa del baúl. Tripitaka, por su parte, juntó las manos a la altura del pecho y proclamó con ademán humilde: - Se trata de un monje. Temiendo que no le hubieran oído bien, Ba-Chie gritó con todas sus fuerzas: - ¡Hay un monje dentro del baúl! Al punto saltó del baúl un joven con un pez de madera en la mano, que no dejaba de repetir con sumo respeto el nombre de Buda. Los funcionarios, tanto civiles como militares, que llenaban la sala empezaron a aplaudir y a gritar, entusiasmados. Los tres taoístas, por su parte, se quedaron tan desconcertados que ni hablar podían. - Por fuerza tienen que gozar estos monjes del favor de los dioses - concluyó el rey -. Lo que acabo de contemplar es, francamente, increíble. ¿Cómo es posible que se metiera un taoísta en el baúl y ahora salido de él un budista? No ha podido afeitarse él solo la cabeza en un espacio tan reducido. Además, ¿quién le ha enseñado en tan poco tiempo a recitar con tanta devoción el nombre de Buda? Opino que es aconsejable que los dejemos partir cuanto antes. - Recapacitad sobre vuestra decisión - le aconsejó el Gran Inmortal Fuerza de Tigre -. Como muy bien afirma un proverbio, «el guerrero se ha topado con un oponente de su talla, y el jugador de ajedrez ha hallado a alguien digno de él». Opino que ha llegado el momento de poner en práctica lo que aprendimos en nuestra juventud en la sagrada Montaña de Chung - An y los retemos a una prueba de mayor envergadura. - ¿Qué fue lo que entonces aprendisteis? - preguntó el rey. - Ciertas prácticas mágicas - respondió Fuerza de Tigre -, tales como cortarnos la cabeza y volver a colocárnosla en su sitio; abrirnos el pecho, arrancarnos el corazón y hacer que crezca otra vez por sí mismo; preparar una caldera de aceite hirviendo y tomar tranquilamente un baño... En fin, cosas así por el estilo. - ¡Esas son pruebas que conducen a una muerte cierta! - exclamó el rey, vivamente sorprendido. - Para una persona corriente sí - reconoció Fuerza de Tigre -, pero no para nosotros, que somos maestros en el arte de la magia. No pensamos ceder, hasta que no hayamos medido nuestras habilidades con las suyas. Entusiasmado, el rey levantó la voz y dijo: - ¡Monjes de las Tierras del Este! Nuestros hermanos taoístas se oponen a que os dejemos marchar, hasta que no hayáis competido con ellos en el arte de la decapitación, el destripamiento y los baños en un recipiente de aceite hirviendo. Al oír eso, el Peregrino, que continuaba convertido en un grillo vulgar para cumplir mejor su misión, volvió a adquirir la forma que le era habitual y exclamó, satisfecho: - ¡Qué suerte la nuestra! No hay cosa que más me guste que ese tipo de competiciones. - ¿Cómo puedes decir eso, cuando lo más probable es que acabes con el cuerpo totalmente destrozado? - le increpó Ba-Chie. - Se ve que no sabes de lo que soy capaz - replicó el Peregrino. - Admito que posees una inteligencia fuera de lo común y una capacidad increíble para metamorfosearte en lo que te venga en gana - reconoció Ba-Chie -. Pero eso sobrepasa todas las fuerzas que un hombre puede dominar. ¿Quieres explicarme qué otras habilidades tienes tú que nosotros no conozcamos? - Con mucho gusto - respondió el Peregrino -. Si se me corta la cabeza, puedo hablar; si me arrancan los brazos, puedo continuar pegando; si me amputan las piernas, soy capaz de seguir andando; si me abren las entrañas en canal, se regenerarán por sí solas... En fin, ¿qué voy a decirte? Para mí tomar baños de aceite hirviendo es todavía más fácil, pues son los únicos que logran arrancarme un poco de suciedad. El Bonzo Sha y Ba-Chie no pudieron aguantar la risa y soltaron una sonora carcajada. Afortunadamente en ese mismo momento el Peregrino dio un paso al frente y dijo: - Este humilde siervo vuestro está dispuesto a someterse a la prueba de la decapitación. - ¿Se puede saber en dónde adquiriste el conocimiento de una técnica tan difícil? - le interrogó el rey. - Hace algunos años - contestó el Peregrino -, cuando me dedicaba de lleno a las prácticas ascéticas en un monasterio, conocí a un maestro mendicante del Zen que tuvo a bien enseñarme ese arte. No sé si su técnica funciona o no, porque nunca la he empleado; por eso quiero probarla ahora mismo. - ¡Este monje no sabe lo que dice! - exclamó el rey, soltando la carcajada -. No comprendo cómo puede someterse, así como así, a una prueba de la que no está totalmente seguro si va a salir airoso o no. ¿Acaso no sabe que la cabeza es la fuente de las seis clases de energía yang que existen en el cuerpo? Quien se ve privado de ellas muere al instante. - Eso es precisamente lo que queremos - comentó Fuerza de Tigre con odio -. Así podremos resarcirnos de todas las humillaciones a las que nos han sometido. Dejándose llevar por las palabras del taoísta, el rey ordenó que dispusieran todo lo necesario para llevar a cabo una decapitación. Al poco rato llegaron a la corte tres mil guardias imperiales. El rey se volvió hacia el Peregrino y dijo: - Esta vez te toca a ti el primero. Vete y que te corten la cabeza, a ver lo que pasa. - Está bien - contestó el Peregrino, sonriendo -. Iré yo. Se inclinó ante los taoístas y añadió: - Disculpadme, respetables inmortales, que en esta ocasión os tomé la delantera - y se retiró a toda prisa. Al volverse, el monje Tang le agarró de la manga y le aconsejó, muy nervioso: - Ten mucho cuidado. Recuerda que no es ningún juego lo que vas hacer. - Tranquilizaos, maestro - contestó el Peregrino -. Soltadme y dejadme enfrentarme a lo que yo mismo he elegido. Con paso seguro el Gran Sabio se llegó hasta el lugar en el que solían celebrarse las ejecuciones. Sin pérdida de tiempo el verdugo le ató con unas cuerdas y le obligó a poner el cuello sobre un tronco de madera. Antes de que el Peregrino hubiera abierto siquiera la boca, el verdugo dio un grito tremendo y, de un certero tajazo, le separó la cabeza del cuerpo. No contento con eso, le dio una patada y fue rodando, como si fuera un melón, hasta una distancia de más de diez metros. Pese a tanta brutalidad, ni una sola gota de sangre manó del cuello del Peregrino. Al contrario, de su estómago surgió una extraña voz que gritó con toda claridad: - ¡Vuelve aquí inmediatamente, cabeza! Al ver lo que estaba ocurriendo, el Gran Inmortal Fuerza de Ciervo recitó un conjuro y ordenó al espíritu local: - ¡Impide que esa cabeza se mueva! Si lo haces, en cuanto haya derrotado a ese monje, persuadiré al rey para que construya un templo gigantesco en el lugar que ahora ocupa vuestra capilla, convenciéndole, al mismo tiempo, para que haga cincelar en oro vuestras imágenes. El espíritu y el dios locales habían obedecido, sin rechistar, las órdenes del inmortal. Tampoco esta vez se atrevieron a defraudarle e impidieron que se moviera la cabeza del Peregrino. - ¡Vuelve acá inmediatamente! - gritó éste, una vez más. Pero la cabeza continuó sin moverse, como si hubiera echado raíces en el suelo. El Peregrino lo intentó una y otra vez, pero sus esfuerzos resultaron totalmente inútiles. Visiblemente preocupado, el Gran Sabio logró liberarse de las cuerdas y exclamó, sacudiendo el cuerpo con violencia: - ¡Crece! y al punto le creció en el cuello otra cabeza nueva. El verdugo y los guardias imperiales se pusieron a temblar de miedo. Sólo el oficial responsable de la ejecución se armó del valor suficiente para regresar al lado del rey e informarle con voz temblorosa: - Hemos cortado, como ordenasteis, la cabeza a ese monje, pero le ha vuelto a crecer otra nueva. - No tenía idea de que nuestro hermano poseyera esos poderes - comentó Ba-Chie al Bonzo Sha. - No sé de qué te extrañas - replicó el Bonzo Sha -. Puesto que domina las setenta y dos metamorfosis, es natural que disponga, por lo menos, de otras tantas cabezas. No había acabado de decirlo, cuando apareció el Peregrino y, dirigiéndose hacia donde estaba el maestro, le informó: - Aquí me tenéis otra vez para lo que tengáis a bien ordenarme. - ¿Te dolió mucho? - preguntó Tripitaka, profundamente satisfecho. - Casi nada - respondió el Peregrino -. En realidad, no ha sido más que una diversión. - ¿Necesitas algo de aceite para la herida? - inquirió, a su vez, Ba-Chie. - Tócame, ya verás como no tengo ninguna herida - contesto Peregrino. - ¡Es extraordinario! - exclamó el Idiota, incrédulo -. Esta totalmente curado. ¡Ni siquiera tienes cicatriz! Mientras hablaban entre sí de esta forma, el rey levantó la voz y dijo: - Tomad vuestro permiso de viaje y marchaos cuando queráis. No tengo nada de que acusaros. - Gracias por el documento - se adelantó a decir el Peregrino -. Pero ¿no olvidáis una cosa? El Gran Inmortal no se ha sometido todavía a la prueba de la decapitación. En toda competición existen, por lo menos, dos bandos, ¿no os parece? - Me temo que el monje tiene razón - comentó el rey a Fuerza de Tigre -. Vuestra fue la idea y no podéis rechazarla ahora. Eso sí, os agradecería que no nos asustarais tanto como el. Fuerza de Tigre no tuvo, pues, más remedio que dirigirse al lugar de las ejecuciones, donde fue maniatado y forzado a arrodillarse por varios verdugos. Uno de ellos agarró la espada y le cortó la cabeza de un solo tajo. Después, como había hecho con la del Peregrino, le dio una patada y fue a parar a una distancia de más de diez metros. Tampoco esta vez manó la sangre, limitándose a gritar el ajusticiado: - ¡Vuelve aquí inmediatamente, cabeza! E l Peregrino se arrancó a toda prisa un pelo y, tras insuflarle un poco de aliento sagrado, le ordenó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en un mastín de pelaje claro. El animal se llegó hasta el lugar de las ejecuciones, cogió la cabeza del taoísta en la boca y corrió hacia el foso del palacio, donde la arrojó sin ninguna consideración. Tres veces más volvió el taoísta a llamar a su cabeza, pero no obtuvo la menor respuesta. No poseía los poderes del Peregrino y no pudo hacer que le creciera otra nueva. No pasó mucho tiempo antes de que empezara a brotarle del cuello cercenado una especie de humor rojizo. Había quedado patente que era capaz de producir lluvia, pero entre él y un auténtico inmortal no existía punto de comparación. A los pocos segundos cayó, exánime, sobre el polvo, comprobando, horrorizados, cuantos se encontraban a su alrededor que no era más que un tigre descabezado con la piel amarillenta. El oficial responsable de la ejecución regresó junto al rey y le informó con voz temblorosa: - El Gran Inmortal ha sido incapaz de recuperar su cabeza y ha fallecido tumbado sobre el polvo. Lo más desconcertante es que se ha convertido en un tigre sin cabeza. El rey perdió del miedo el color del rostro y se quedó mirando fijamente a los dos taoístas que quedaban. Afortunadamente, Fuerza de Ciervo se adelantó a toda prisa del asiento que ocupaba y comentó con voz serena: - Es muy posible que el día de hoy estuviera fijado desde el comienzo del tiempo para que nuestro hermano perdiera la vida. Pero me niego a aceptar que fuera un tigre. Todo esto tiene que ser obra de ese monje sin escrúpulos. Seguro que se ha servido de algún tipo de magia para convertir a vuestro insigne servidor en una bestia. A mí no podrá derrotarme, os lo aseguro. Insisto, por tanto, en que se siga adelante con la prueba del destripamiento y la extracción del corazón. Esas palabras hicieron que el rey recobrara su aplomo y dijera en tono retante, dirigiéndose al Peregrino: - ¡Eh, tú, monje! El segundo inmortal quiere medir, una vez más sus fuerzas contigo. - Está bien - replicó el Peregrino, aceptando el reto -. Pero debo advertiros que llevo sin comer como Dios manda yo qué sé la de tiempo La última vez que tomé algo que se pareciera a una comida en regla fue hace no muchos días. Un hombre piadoso nos invitó a bollos y, he de reconocerlo con vergüenza, tomé más de los que me cabían en la tripa. No es extraño que desde entonces haya tenido terribles retortijones de barriga. A veces tengo la impresión de que me están royendo los gusanos. La prueba que me proponéis no podía ser más oportuna, pues quiero saber si estoy o no libre de ellos. Os agradecería, por tanto, que me prestarais un cuchillo, para que pueda abrirme el estómago, sacarme las tripas y limpiarlas con cuidado. Eso me dará una gran tranquilidad, para proseguir el viaje hacia el Oeste y entrevistarme finalmente con Buda. - Llevadle al lugar de las ejecuciones - ordenó el rey, al oír tantos desatinos. Al punto se arrojó sobre el Peregrino una cohorte de oficiales y soldados, que trataron de levantarle en vuelo, pero él se lo impidió, diciendo: - No necesito que nadie me agarre. Puedo caminar yo solo. Únicamente quisiera pediros una cosa: que no me atéis, para que pueda lavarme las tripas como Dios manda. - Está bien - concluyó el rey. No le atéis. El Peregrino se dirigió con paso decidido hacia el lugar de las ejecuciones, se apoyó en la enorme columna que servía para los ajusticiamientos y se desató la túnica, dejando al descubierto su estómago. El verdugo le sujetó a la columna por el cuello y las piernas con ayuda de una cuerda, le clavó un cuchillo en el pecho y le abrió en canal, como si fuera un animal degollado. El mismo Peregrino le ayudó en la tarea, abriéndose la barriga con las manos, sacándose las tripas y examinándolas una por una con sumo cuidado. Después de un rato bastante largo, las volvió a meter en su sitio, juntó los bordes de la herida, sopló sobre ella una bocanada de aire mágico y gritó: - ¡Únete! - y al instante se le cicatrizó la barriga. El rey se quedó tan asombrado que él mismo se encargó de entregar al Peregrino el permiso de viaje, diciendo: - Partid cuanto antes hacia el Oeste. No es preciso que demoréis más vuestra marcha. Aquí tenéis los documentos que solicitasteis. - Si he de seros sincero - contestó el Peregrino -, lo que menos importa ahora es el permiso de viaje. Lo que de verdad deseo es que el segundo Gran Inmortal se someta a la misma prueba que yo. Creo que es justo exigirlo, ya que la idea partió de él, ¿no os parece? - No nos eches la culpa de todo - replicó Fuerza de Ciervo -. Parte de la responsabilidad es también tuya - se volvió después hacia el rey y le dijo, bajando la voz -: No os preocupéis. Tengo la seguridad que voy a salir airoso de esta prueba. Como había hecho el Peregrino momentos antes, Fuerza de Ciervo se llegó al lugar de las ejecuciones por su propio pie. Allí fue atado de la misma forma y el verdugo le abrió las entrañas a la misma altura del pecho que al Gran Sabio. Por si no bastara tanta coincidencia, se sacó las tripas con la mano y las estudió con cuidado una por una. Cuando más distraído estaba con esa tarea, el Peregrino se arrancó un pelo, le sopló una bocanada de aire sagrado y gritó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en un halcón hambriento, que, tras extender las alas y las garras, voló hasta donde se encontraba el taoísta y le arrebató las entrañas. Con ellas en el pico voló hacia algún lugar desconocido y apartado, donde pudiera devorarlas con toda tranquilidad. El taoísta quedó reducido, de esta forma, a un fantasma con el cuerpo vacío y la barriga abierta y llena de sangre. Quien había ostentado tanto poder se convirtió en un espíritu sin entrañas. El verdugo dio una patada al cadáver para ver lo que quedaba de él, y comprobó, horrorizado que se había convertido en un ciervo de cornamentas blanquecinas. El oficial responsable de la ejecución corrió, una vez más, hacia donde se encontraba el rey y le dijo: - El segundo Gran Inmortal no ha seguido, majestad, mejor suerte que el primero. Logró abrirse las entrañas, pero se las arrebató un halcón hambriento y murió al poco tiempo. Lo más desconcertante, sin embargo, ha sido que su cadáver se ha convertido en un ciervo con las cornamentas blanquecinas. - ¿Cómo es posible? - exclamó el rey, cada vez más asustado -. ¿Cómo ha podido transformarse en un ciervo con cuernos? - Eso mismo me pregunto yo - replicó en seguida el Gran Inmortal Fuerza de Cabra -. ¿Cómo es posible que mi hermano se haya convertido en una bestia nada más morir? Por fuerza, todo esto es obra de ese maldito monje. Os suplico, por tanto, me permitáis vengar la muerte de mis dos correligionarios. - ¿De qué magia vas a servirte para derrotarle? - le increpó el rey. - De la que me permitirá bañarme, como si nada, en un caldero de aceite hirviendo. El rey ordenó preparar cuanto se precisaba para la prueba y pidió a los dos contendientes que no se demoraran en empezar. - Debo agradeceros todas las atenciones que tenéis conmigo - dijo el Peregrino -. Llevo, de hecho, muchísimo tiempo sin tomar un baño y tengo la piel un poco seca; tanto, que me pica más de lo que estoy dispuesto a aguantar. Este aceite me ayudará, por cierto, a acabar con esa molesta irritación. Los sirvientes imperiales habían encendido ya una gran hoguera y habían colocado el caldero de aceite hirviendo sobre un montón gigante de madera. El Peregrino se dirigió hacia la sartén con paso decidido pero, antes de meterse en ella, juntó las manos a la altura del pecho y preguntó: - ¿Se trata de un baño civil o de uno militar? - ¿Existe entre ellos alguna diferencia? - inquirió el rey. - Por supuesto que sí - contestó el Peregrino -. Si es civil, no tendré que quitarme la ropa. Me pondré las manos en las caderas y saltaré dentro y fuera del caldero con tanta rapidez que los vestidos no se me mancharán lo más mínimo. Si aparece una sola gotita de aceite en ellos, querrá decir que no he realizado bien la prueba y que por lo tanto, he perdido. En el militar, por el contrario, tendré que despojarme de mis ropas y podré estar en el aceite cuanto quiera, permitiéndoseme retozar libremente en él. - ¿Qué clase de baño quieres tomar tú? - preguntó el rey al Inmortal Fuerza de Cabra -. ¿El militar o el civil? - Si tomamos el civil - contestó Fuerza de Cabra -, cabe la posibilidad de que sus ropas hayan sido tratadas de antemano con alguna substancia que haga resbalar el aceite, por lo que nunca sabremos si se ha ajustado a las normas o no. Opino que lo más conveniente será tomar el militar. - Perdonad, si, una vez más, pruebo yo el primero - se disculpó el Peregrino - pero poseo un carácter muy impulsivo para esperar mi turno. No había acabado de decirlo, cuando se quitó la camisa y la túnica de piel de tigre, dio un salto y fue a parar al centro mismo del caldero, donde empezó a chapuzar, como si estuviera nadando. Al verlo, Ba-Chie se llevó a la boca el dedo gordo y comentó con el Bonzo Sha: - Me temo que hemos minusvalorado a ese mono. Cuando le propusieron esas pruebas y él aceptó, sin pensárselo dos veces, pensé que estaba fanfarroneando, pero ahora veo que posee de verdad los poderes que se arrogaba. Su admiración era tan sincera que no podían dejar de comentarlo otra vez. Sin embargo, el Peregrino malinterpretó sus cuchicheos y, pensando que se estaban burlando de él, se dijo: - Ni en estas circunstancias deja de reírse de mí ese Idiota. Esto es precisamente lo que quiere decir el proverbio que afirma: «La inteligencia nunca para, mientras que la idiotez siempre descansa». Es injusto que yo deba someterme a esta prueba, mientras él está ahí, tan tranquilo, sin hacer nada. Voy a hacerle una jugarreta, a ver si la próxima vez tiene un poco más de cuidado. Cuando más satisfecho parecía estar del baño, se sumergió hasta el fondo del caldero, desapareciendo de la vista de los que le contemplaban admirados. Se había convertido, de improviso, en una tachuela y nadie podía dar con él. Dándole por muerto, el oficial responsable de sartén se llegó hasta donde estaba el rey y le informó: - El monje que se sometió a la prueba del aceite ha perdido la vida, frito como un vulgar torrezno. El rey ordenó que sacaran los huesos del caldero y se los llevaran a su presencia, cosa que trató de hacer el verdugo con una especie de espumadera de hierro. Como sus agujeros eran muy grandes y la tachuela en la que se había convertido el Peregrino era muy pequeña, no pudo y todos los intentos del verdugo se vieron condenados al más absoluto fracaso. Al oficial no le quedó, pues, más remedio que regresar junto a su señor y anunciar: - Los huesos de ese monje parecen ser tan frágiles que todo su cuerpo se ha deshecho en la sartén, como si fuera de mantequilla. - Muy bien - concluyó el rey -. En ese caso, atrapad a esos tres. Los guardianes del palacio consideraron que Ba-Chie era el más peligroso y se lanzaron sobre él, haciéndole morder el polvo y atándole salvajemente las manos a la espalda. Tripitaka estaba tan aterrado que no pudo por menos de levantar la voz, gritando: - Os suplico, majestad, tengáis a bien perdonar a este humilde monje, que lo único que ha hecho a lo largo de su vida monacal ha sido acumular mérito tras mérito. El mayor de mis discípulos ha muerto y yo no pido para mí o los míos un trato mejor. ¿Cómo voy a negarme a enfrentarme a la muerte, si vos, que ostentáis el poder absoluto, habéis decretado que debemos morir? Por eso, el favor que ahora os pido no es para mí, sino para ese discípulo fiel que acaba de convertirse en espíritu. Sin duda alguna, está ahora vagando por el otro mundo, desconcertado y sin ayuda, y me gustaría echarle una mano. Os pido, pues, tengáis a bien traerme media taza de agua fría y un tazón de sopa. Permitidme, también, hacer caballos de papel y dadme vuestra venia para acercarme al caldero de aceite, con el fin de que pueda realizar una ofrenda funeraria. En cuanto haya presentado mis respetos al espíritu del discípulo muerto, me someteré de buena gana al castigo que hayáis pensado darme. - De acuerdo - contestó el rey -. Se ve que los chinos sois un pueblo piadoso y leal. Adelante con tus ceremonias - y ordenó que se entregara al monje Tang una sopa de arroz y un poco de papel moneda para los espíritus. El monje Tang y el Bonzo Sha se llegaron hasta el caldero por sus propios medios. Ba-Chie tuvo peor suerte, porque los soldados le agarraron de las orejas y le llevaron hasta allí a la fuerza. El monje Tang levantó la voz y dijo en tono solemne: - ¡Respetado discípulo Sun Wu-Kung! Jamás olvidaré el cariño que me has mostrado a lo largo de este interminable camino que conduce hacia el Oeste. Desde que accediste a seguir el camino del tu ejemplo y tu piedad han sido una guía para todos nosotros. Juntos esperábamos llegar a la Montaña del Espíritu, pero el destino ha querido que encontraras hoy la muerte. En vida todo cuanto hiciste encaminado a conseguir las escrituras sagradas. Es nuestro justo deseo que en la muerte tu mente esté solamente ocupada por la realidad de Buda. No dudamos, por tanto, que tu espíritu pasará pronto de las tinieblas al Templo del Trueno. - Me temo, maestro - dijo Ba-Chie -, que no habéis hecho la invocación adecuada. Decidle al Bonzo Sha que levante un poco la sopa, para que pueda proferir yo otra más apropiada. Aunque estaba firmemente sujeto al suelo, el Idiota se las arregló para proferir las siguientes barbaridades: - ¡Maldito mono buscador de problemas! ¡Ignorante cuidador de caballos! Está visto que merecías la muerte y que habías de acabar tus días frito en una sartén. ¡Estás acabado, mono cuidador de caballos! El Peregrino Sun, que permanecía agazapado en el fondo del caldero con el ánimo de dar un escarmiento a Ba-Chie, no pudo aguantar las impertinencias del Idiota y volvió a recobrar la forma que le era habitual. Desnudo como estaba, se puso de pie en el caldero y gritó, enfurecido: - ¿Se puede saber a quién estás insultando, esclavo inútil? - ¡Menudo susto nos has dado! - exclamó, aliviado, el monje, al verle. - A nuestro hermano le gusta juguetear con la muerte - comentó, por su parte, el Bonzo Sha. - Al ver lo ocurrido, los funcionarios, tanto civiles como militares, corrieron a informar al rey, diciendo: - Ese monje no ha muerto todavía majestad. Acaba de sacar la cabeza del aceite. - No, no. Eso no es verdad - gritó el oficial responsable de la sartén, temiendo ser acusado de negligencia o de algún cargo similar -. Está muerto. Lo que ocurre es que hoy es un día muy poco propicio y el espíritu de ese monje se resiste a hacer el viaje al otro mundo. Furioso por tantas sandeces, el Peregrino saltó de la sartén, se secó el aceite y se vistió. Se llegó después hasta el oficial, sacó la barra de hierro y le propinó tal golpe en la cabeza que al instante quedó reducido a una masa informe. - ¿Puede un fantasma hacer esto? - gritó, triunfante. Al ver lo ocurrido, los soldados que tenían sujeto a Ba-Chie, le dejaron inmediatamente en libertad y, echándose rostro en tierra, suplicaron, aterrorizados: - ¡Perdonadnos! ¡No sabíamos lo que hacíamos! Hasta el rey parecía dispuesto a abandonar el trono del dragón y lanzarse a una vergonzosa huida. Afortunadamente se lo impidió el Peregrino, diciendo: - No os vayáis tan deprisa, majestad. Ordenad al tercer mortal que se meta en la sartén. - Sálvame la vida, Gran Inmortal, y métete en el caldero - pidió el rey al taoísta, temblando de pies a cabeza -. Si no lo haces, ese monje acabará con todos nosotros. Fuerza de Cabra bajó los escalones y se quitó las ropas como había hecho el Peregrino. Saltó después en el aceite y comenzó a bañarse tranquilamente. El Peregrino se llegó hasta el caldero y ordenó a los que azuzaban el fuego que añadieran un poco más de madera. Metió a continuación la mano en el aceite y comprobó, para su asombro, que estaba tan frío como el hielo. Desconcertado, se dijo: - ¡Qué cosa más rara! Cuando entré ahí estaba realmente caliente, mientras que ahora está casi helado. Por fuerza tiene que andar por ahí cerca un dragón. Sin pensarlo dos veces, se elevó hacia lo alto y recitó un conjuro que empezaba por la letra «Om». Al instante hizo su aparición el Rey Dragón del Océano Septentrional y el Peregrino le regañó, furioso: - ¡Maldito gusano con cuernos! ¿Cómo te atreves, lagarto cubierto de escamas, a prestar ayuda a ese taoísta, haciendo que se esconda en el fondo del caldero un dragón frío? ¿Por qué quieres que parezca más poderoso de lo que es y, así, pueda derrotarme? El Rey Dragón estaba tan asustado que no se atrevía a abrir la boca. Por fin, tomó aliento y respondió con voz entrecortada: - Jamás me atrevería yo a hacer semejante cosa. Sin embargo, es posible que no sepáis que esta bestia se ha dedicado durante mucho tiempo a la ascesis, consiguiendo desprenderse de la forma que le era, en un principio, substancial. Eso le capacitó para el dominio de la magia de los cinco truenos. Sus otros poderes mágicos fueron obtenidos a través de sendas equivocadas, que, de ninguna manera, conducen a la auténtica inmortalidad. Por eso pudisteis destruir vos a sus correliginarios, desenmascarando su naturaleza y obligándoles a mostrarse tal cuales eran. Con éste vais a tener muchos más problemas, ya que aprendió el Arte de la Gran Ilusión en la Montaña del Pequeño Mao y consiguió dominar a un dragón frío. Es extremadamente inteligente y muy difícil de engañar, tanto que vos no podéis absolutamente nada contra él. Hay, sin embargo, un camino para que ese taoísta quede convertido en un vulgar torrezno: arrestar a ese dragón y llevármelo conmigo. - Hacedlo y os veréis libre de mi cólera - replicó el Peregrino -. Si no, ya sabéis lo que os espera. El Rey Dragón se convirtió al instante en un viento huracanado, que entró en lo más profundo del caldero y arrastró consigo al dragón frío. El Peregrino descendió de la nube y se quedó a pocos pasos de Tripitaka, Ba-Chie y el Bonzo Sha, viendo cómo el taoísta se debatía desesperadamente en el seno del aceite, sin conseguir librarse del tormento. Cada vez que intentaba escalar la pared de la sartén, resbalaba hacia el fondo. Al poco rato su carne se desintegró, su piel se tostó y sus huesos nadaron libremente en la superficie del aceite. El nuevo oficial responsable de la ejecución se llegó hasta donde estaba su majestad y le informó, diciendo: - Acaba de morir el tercer Gran Inmortal. El rey no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas. Después se agarró con fuerza a la mesa imperial que tenía delante y, llorando amargamente, exclamó: - ¡Qué difícil es de conseguir la vida humana! Cuando falta la auténtica vida de un maestro, el elixir no tiene ningún valor. El hombre tiene a mano infinidad de conjuros e innumerables ofrendas que presentar a los dioses, pero no dispone de ningún remedio que pueda alargarle la vida. ¿Cómo va a alcanzarse el estado del nirvana sin perfeccionar el espíritu? Frágil es la vida, y vanos todos los esfuerzos que la llenan. ¿Por qué no renunciamos a ellos, si sabemos de antemano cuál es nuestro auténtico sino? De nada sirve refinar el mercurio y buscar la falsa perfección del oro. ¿Qué valor tiene en esas circunstancias levantar el viento y producir lluvia? No sabemos lo que les sucedió al maestro y a los discípulos, por lo que deberá prestarse atención a lo que se dice en el capítulo siguiente. 第047回 EL MONJE SANTO ENCUENTRA UN TREMENDO OBSTÁCULO POR LA NOCHE EN EL RÍO - QUE - LLEGA - HASTA - EL - CIELO. EL METAL Y LA MADERA, MOVIDOS A COMPASIÓN, LIBERAN A LOS QUE PENABAN El rey continuó llorando sin cesar hasta la caída de la noche. El continuo fluir de sus lágrimas recordaba el de un arroyo. Al anochecer, el Peregrino no pudo aguantarlo más y, llegándose a él, gritó: - ¿Cómo podéis tener un carácter tan débil? ¿Acaso no habéis visto lo cadáveres de esos taoístas? Uno era un tigre; el otro, un ciervo, y el último, aunque vos no lo habéis visto, era una simple cabra. Si no me creéis, pedid a vuestros soldados que os enseñen los huesos. Ningún hombre posee un esqueleto de esa clase. Esos protegidos vuestros eran en realidad, bestias de la montaña que lograron transformarse en espíritus y que vinieron aquí con el único propósito de acabar con vos. Todavía no se habían atrevido a haceros el menor daño, porque vuestro cuerpo es aún fuerte y gozáis de cierto prestigio entre vuestros súbditos. Pero, después de dos o tres años, cuando vuestras fuerzas hubieran comenzado a declinar, os habrían asesinado y se habrían apoderado de todo el reino. Ha sido una suerte que llegáramos a tiempo de salvar vuestra vida y la de todos vuestros servidores. ¿Cómo es posible que lloréis de esa forma por ellos? En fin, allá vos. Entregadnos, de una vez, nuestro permiso de viaje y dejadnos partir cuanto antes. Solamente cuando hubo terminado de escuchar este discurso del Peregrino, pareció el rey recobrar su aplomo. Con el ánimo de consolarle, se llegaron hasta él todos los oficiales, tanto civiles como militares, y le informaron: - Es verdad cuanto acaba de decir este monje. Los Grandes Inmortales eran, en realidad, un tigre, un ciervo y una cabra, como ha quedado bien patente por los huesos que todavía flotan en el aceite. No es de sabios desoír las palabras de un monje santo. - Si lo que afirmáis es verdad - concluyó el rey -, demos las gracias a estos monjes. Es ya un poco tarde para que reanuden el viaje. Que el primero de mis consejeros se encargue de acompañarlos personalmente hasta el Monasterio de la Profunda Sabiduría, para que pasen allí la noche. Mañana por la mañana, a lo largo de mi primera audiencia matutina, mandaré abrir el ala oriental del palacio y les ofreceré un magnífico banquete vegetariano de agradecimiento. Sus órdenes fueron cumplidas al pie de la letra. A la mañana siguiente, en efecto, a la hora de la quinta vigilia, el rey celebró su primera audiencia matinal. En ella dictó una orden en la que se permitía a todos los monjes budistas regresar a la ciudad. Tan benéfica proclama fue hecha pública en todos los caminos, mercados y lugares más concurridos de todo el reino. Como había prometido la noche anterior, en aquella misma sesión mandó preparar un espléndido banquete vegetariano, enviando, al mismo tiempo, la carroza imperial al Monasterio de la Profunda Sabiduría, para que Tripitaka y los suyos pudieran acudir a la cita. Al oír los monjes que habían logrado escapar con vida que se había promulgado un decreto por el que se les permitía regresar a la ciudad, volvieron a toda prisa sobre sus pasos, con el ánimo de buscar al Gran Sabio Sun, darle las gracias y devolverle los pelos que les había prestado. Una vez terminado el banquete, el maestro tomó el permiso de viaje directamente de las manos del rey, que, acompañado de la reina, las concubinas y todos los funcionarios, salió a despedirle a las puertas de la ciudad. Allí precisamente se toparon con los monjes que volvían a ella. Emocionados, se echaron rostro en tierra a ambos lados del camino, diciendo: - Nosotros, Gran Sabio, Sosia del Cielo, somos los monjes que escapamos el otro día del tormento de la carreta. Al oír que habíais terminado con todos los demonios y que el rey había promulgado un edicto permitiéndonos volver a nuestros abandonados monasterios, decidimos regresar a devolveros vuestros pelos y a agradeceros cuanto habéis hecho por nosotros. - ¿Cuántos habéis vuelto? - preguntó el Peregrino, haciendo auténticos esfuerzos por no soltar la carcajada. - Quinientos - respondieron ellos -. No falta ni uno solo de los que visteis el otro día. El Peregrino sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó todos los pelos que había prestado. Se volvió a continuación al rey y a cuantos le seguían y afirmó: - Yo liberé a todos estos monjes, hice añicos la carreta y maté a dos de esos taoístas malvados. Es preciso que comprendáis, después de haber contemplado con vuestros propios ojos lo que aquí ha sucedido, que no hay camino más auténtico que el del Zen. Es preciso que de hoy en adelante no volváis a prestar oídos a falsas doctrinas. Espero, por tanto, que respetéis por igual las tres religiones, porque es de sabios reverenciar a los monjes, estimar a los taoístas y considerar a los hombres de estudio. De esta forma, vuestro reino gozará siempre de paz y su futuro quedará firmemente asegurado. El rey prometió que así lo haría y, tras dar nuevamente las gracias, escoltó al monje Tang hasta las afueras de la ciudad. En él se había vuelto a cumplir, una vez más, el propósito de tan largo viaje: la incansable búsqueda de los tres cánones, que es una, en realidad, con la de la luz que brilló en este mundo al principio del tiempo. A partir de aquel momento los Peregrinos reanudaron su rutinaria vida de caminantes, andando de día, descansando de noche, bebiendo cuando los asaltaba la sed, y comiendo cuando caían presa del hambre. Pasó la primavera, el verano llegó a su fin y, de nuevo, hizo aparición el otoño en el palacio de las estaciones. Un día, ya atardecido, el monje Tang tiró de las riendas a su caballo y preguntó a los que le acompañaban: - ¿Dónde vamos a pasar esta noche? - Un hombre que ha abandonado la familia no debe hablar como el que no lo ha hecho - le regañó el Peregrino. - ¿Quieres explicarme de qué manera hablan el uno y el otro? - preguntó Tripitaka. - En esta época del año - contestó el Peregrino - el que no ha renunciado a la familia disfruta de los placeres de una cama calentita y unas sábanas limpias. Sus hijos se acomodan en su regazo y su esposa se coloca a sus pies. ¿Cómo no va a dormir bien así? Los que hemos renunciado a la familia no podemos, por el contrario, abandonarnos a esos placeres. A nosotros nos arropan la luna y las estrellas, nos alimentamos de los vientos y descansamos junto a los cursos de agua. Nuestro sino es caminar, si existe un camino, y detenernos, cuando éste llega a su fin. - ¡Cuidado que eres! - le regañó Ba-Chie -. No he conocido a nadie con las ideas tan fijas e inamovibles como las tuyas. ¿Es que no te das cuenta de lo difícil que es transitar por el camino que ahora seguimos? Deberías comprender que llevo encima un fardo muy pesado y que me cuesta muchísimo dar un solo paso. Sería de agradecer tanto, que buscaras algún sitio en el que pasar la noche y recobrar las fuerzas, para poder proseguir mañana el camino. Si no lo haces, ten por seguro que moriré de cansancio. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Si os parece, vamos a andar un poco más, hasta que lleguemos a algún lugar en el que haya casas Al maestro y a los discípulos no les quedó otro remedio que seguir los pasos del Peregrino. El camino, sin embargo, no les llevó muy lejos, porque al poco tiempo oyeron el ensordecedor ruido de una formidable corriente de agua. - ¡Se acabó! - exclamó Ba-Chie -. Hemos llegado justamente al final del camino. - Un torrente nos cierra el paso - comentó el Bonzo Sha. - ¿Cómo vamos a cruzarlo? - preguntó, preocupado, el monje Tang. - Primero voy a ver qué profundidad tiene - contestó Ba-Chie. - No digas tonterías, por favor, Wu - Neng - le regañó Tripitaka -. ¿Cómo vas a averiguarlo? - Muy sencillo - contestó Ba-Chie -. Cojo una piedra en forma de huevo y la tiro al agua. Si sale espuma, es poco profundo, pero si, al hundirse, hace una especie de sonido burbujeante, es hondo. - ¿A qué esperas para probar cómo es este torrente? - le increpo el Peregrino. El Idiota palpó el suelo hasta que dio con una piedra adecuada, tiró al agua y lo único que se escuchó fue un sonido extraño y largo, como el que hacen los peces al respirar, señal inequívoca de que su profundidad era mucha. - ¡Demasiado profundo! - exclamó, desanimado -. Me temo que no podremos cruzarlo. - ¿Ese método que has usado es bueno también para averiguar su anchura? - inquirió el monje Tang. - Me temo que no - contestó Ba-Chie. - Eso me corresponde a mí - anunció el Peregrino y, dando un salto, se elevó por encima del agua. La luna se reflejaba en el cauce, mientras el firmamento parecía querer hundirse en su extraordinaria profundidad. Era tanto su caudal de agua que en él podían ahogarse cordilleras enteras. Se explicaba, así, que fuera el padre de más de cien ríos. Su impetuosidad sembraba de espuma las márgenes y de altísimas olas el centro de la corriente. Ningún pescador se atrevía a cruzarla. Sólo las garzas osaban abrevar en ella, sabedoras de que su anchura era superior a la de un océano. Así se explicaba que no pudiera verse la orilla opuesta. El Peregrino comprendió inmediatamente que se trataba de una masa de agua realmente formidable y, bajando de las nubes, informó a su maestro: - Es anchísimo. Tanto que me temo que no vamos a poder cruzarlo. No he podido ver, de hecho, la otra orilla, y eso que, como sabéis poseo unos ojos de fuego y unas pupilas de diamante, que me permiten distinguir el bien del mal a una distancia de más de mil kilómetros durante el día, y de cuatrocientos a quinientos durante la noche. Pese a todo, no puedo deciros con certeza la anchura real de este río. Durante un rato bastante largo Tripitaka fue absolutamente incapaz de decir una sola palabra. Sacó, finalmente, fuerzas de flaqueza y suspiró: - ¿Qué podemos hacer? - y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. - No lloréis, por favor - le aconsejó el Bonzo Sha -. Mirad hacia aquella parte. ¿No es un hombre aquello que se ve allí? - Es imposible que sea un pescador - comentó el Peregrino -. Lo mejor es que me acerque a él y le haga unas cuantas preguntas. Cogió la barra de hierro y se lanzó hacia donde estaba lo que parecía ser un hombre. Cuando estuvo cerca, comprobó que los tres se habían equivocado. Lo que creían pescador no era más que una laja de piedra en la que se aparecían escritas tres letras enormes y, bajo ellas, dos filas de escritura más pequeña. Aquéllas decían: «El Río - que - llega - hasta - el - Cielo», y éstas: «Posee una anchura de más de ochocientos kilómetros, que muy pocos han logrado cruzar». - ¡Acercaos, maestro! - gritó el Peregrino. - ¡No! - exclamó Tripitaka, al leerlo, rindiéndose al llanto -. Cuando salí de Chang-An, pensé que el camino hacia el Paraíso Occidental era fácil. Ahora sé que no es así. ¿Cómo iba a haber anticipado yo entonces la cantidad de obstáculos que habría de vencer, el número de monstruos a los que habría de enfrentarme, la interminable secuencia de ríos y cordilleras que habría de cruzar? - Escuchad con atención - sugirió Ba-Chie -. ¿No oís batir de tambores y resonar de címbalos? Por fuerza tiene que haber por aquí cerca una familia piadosa, que haya ofrecido un banquete a los monjes que moran por los alrededores. Opino que deberíamos llegarnos hasta su puerta y preguntarles si existe alguna manera de vadear este río. Lo haremos mañana mismo, en cuanto hayamos dado cuenta de media docena de platos vegetarianos. Tripitaka aguzó cuanto pudo el oído y escuchó, de hecho, los sonidos que Ba-Chie le había anunciado. - Tienes razón - comentó, más animado -. Ésos no son instrumentos taoístas. Muy cerca de aquí debe de estar celebrándose un oficio budista. Soy de la misma opinión que tú. Acerquémonos a echar un vistazo. El Peregrino tomó de las riendas el caballo y se dirigieron todos hacia el lugar de donde parecía provenir la música. No existía camino alguno, sino una sucesión interminable de arenales. Pese a todo, no tardaron en ver un grupo de casas bien construidas. Edificadas entre el río y las colinas cercanas, su número oscilaba entre cuatrocientas o quinientas. Tanto las puertas de las cercas como de los huertos parecían estar firmemente cerradas. Nadie turbaba el sueño de las garzas, que descansaban en parejas entre las dunas, mientras los pájaros que anidaban en los sauces dejaban escapar sus tristes trinos. Los instrumentos musicales habían enmudecido de pronto y ni siquiera se oía el característico ruido de las mujeres realizando las tareas caseras. A la luz de la luna se estremecían las plumas de las oropéndolas, mientras el viento batía los juncales. Un perro ladraba a lo lejos, escondido entre las cercas que separaban los campos. Un viejo pescador dormía en su barca, mecido por la oscuridad, casi absoluta en aquel punto, y el plácido silencio de la noche. La luminosidad de la luna la hacia parecerse a un enorme espejo colgado del cielo. Desde el oeste el viento traía el aroma de mil flores acuáticas recién florecidas. Al desmontar, Tripitaka vio una casa junto a un camino, ante la que se levantaba un mástil con un estandarte. Su interior estaba profusamente iluminado con velas y lámparas, y se percibía un fuerte olor a incienso. - Lo que tenemos ante nosotros - dijo Tripitaka, dirigiéndose a Wu-Kung - es, ciertamente, mucho mejor para descansar que el abrigo de una montaña o el recodo de un río. Hasta debajo de los aleros podemos encontrar cobijo contra el frío de la noche y el temor de las bestias. Quedaos aquí, mientras yo voy a pedir alojamiento al dueño de casa. Si nos lo concede, os llamaré, pero, si se niega, os ruego no hagáis contra él ningún desaguisado. En cualquiera de los dos casos, es preciso que no os dejéis ver hasta que yo os lo diga. Sois bastante feos y me temo que puedan asustarse mucho al veros. Recordad que, si no nos portamos bien con esta gente, no tenemos ninguna otra puerta a la que llamar y deberemos pasar la noche al sereno. - Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Id, maestro. Nosotros nos quedaremos aquí, esperándoos. Tras quitarse el sombrero de bambú y sacudirse un poco el polvo, el maestro se llegó hasta la puerta de la casa con el báculo monacal en las manos. Encontró la puerta entornada, pero no se atrevió a trasponerla sin permiso. Se quedó, pues, esperando, indeciso. Afortunadamente, al poco tiempo apareció un anciano. Llevaba al cuello un collar de cuentas y no paraba de repetir el nombre de Buda, mientras caminaba. Al ver que el anciano se disponía a cerrar la puerta, el maestro juntó a toda prisa las manos a la altura del pecho y dijo, a manera de saludo: - Esperad, anciano. Me gustaría presentaros mis respetos. - Llegas tarde - afirmó el anciano, devolviéndole el saludo. - ¿Qué queréis decir? - inquirió, sorprendido, Tripitaka. - Que no conseguirás nada, porque llegas tarde - explicó el anciano -. Si hubieras llegado antes, habrías participado en el convite que teníamos preparado para los monjes. Además, después de saciarte, te habríamos entregado tres onzas más de arroz, una pieza de paño blanco y diez sartas de monedas de cobre. ¿Cómo se te ha ocurrido venir tan tarde? - Este humilde monje, señor, no ha venido aquí a comer - confesó Tripitaka, inclinándose con respeto. - ¿Entonces a qué has venido? - inquirió el anciano. - Soy un enviado del Gran Emperador de los Tang, Señor de las Tierras del Este, y me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras - contestó Tripitaka -. Al pasar por aquí, se hizo de noche y creímos oír ruido de tambores y de címbalos. Al llegar aquí, comprobamos que provenían de vuestra casa y decidimos acercarnos a pedir alojamiento. Proseguiremos nuestro camino mañana por la mañana, nada más amanecer. - Un hombre que ha renunciado a la familia no debería mentir - le regañó el anciano, sacudiendo la mano -. Hay alrededor de cincuenta cuatro mil kilómetros entre este lugar y el Reino de los Gran Tang, en las Tierras del Este. ¿Cómo ha podido cubrirlos una persona sola? - Se nota que sois perspicaz y buen observador - comentó Tripitaka -. Pero no he hecho el viaje solo. Conmigo viajan tres discípulos tan bien dispuestos y apañados que no han dudado en abrir caminos a través de las montañas ni en construir puentes sobre los ríos, para que yo pudiera proseguir mi camino. A ellos les debo, en realidad, que hoy me encuentre aquí. - ¿Por qué no se han acercado tus discípulos? - volvió a preguntar el anciano -. Invítalos a entrar, anda. Mi casa es lo suficientemente espaciosa para cobijaros a todos. Tripitaka se dio la vuelta y gritó: - ¡Acercaos! Como el Peregrino poseía una naturaleza muy impulsiva, Ba-Chie no entendía de educación y el Bonzo Sha era muy impetuoso, en cuanto oyeron la voz del maestro, se lanzaron como un tifón hacia la casa, arrastrando el caballo y el equipaje. Al verlos, el anciano sintió tal pánico que se cayó al suelo de susto, gritando como un loco: - ¡Monstruos! ¡Acaban de llegar unos monstruos! - No tengáis miedo, señor - se apresuró a decir Tripitaka, ayudándole a levantar -. No son monstruos, sino mis discípulos. - ¿Cómo puede tener un maestro tan guapo como tú unos discípulos tan feos como ésos? - replicó el anciano, temblando de pies a cabeza. - Es posible que no sean muy agraciados - reconoció Tripitaka -, pero os aseguro que son auténticos maestros a la hora de domar tigres, dominar dragones, atrapar monstruos y capturar demonios. Sin creer del todo lo que oía, el anciano se apoyó en el monje Tang y se dirigió con paso lento hacia la casa. Los tres acompañantes, mientras tanto, habían llegado al salón principal de la casa, tirando el equipaje donde buenamente pudieron y atando el caballo de mala manera. Varios monjes se encontraban en aquel mismo momento recitando sutras. Ba-Chie alargó el hocico y les gritó sin ningún respeto: - ¡Eh monjes! ¿Se puede saber qué sutras estáis recitando? Los religiosos levantaron la cabeza al mismo tiempo y vieron que uno de los recién llegados tenía un morro muy saliente, unas orejas enormes, una constitución más bien fuerte, unos hombros llamativamente anchos y una voz que recordaba a un trueno. Los otros dos eran aún más feos que él. Pese a todo, ninguno de los monjes allí presentes cedió al pánico. Al contrario, continuaron sus recitados, como si nada hubiera pasado, hasta que hubieron concluido los rezos y el que los dirigía dio la orden de parar. Sucedió entonces algo inesperado. Se levantaron a toda prisa, dejando los tambores, los címbalos y las imágenes de Buda a su suerte, y corrieron, como locos, hacia las puertas. Su prisa por salir era tal que tropezaban unos con otros, haciendo más difícil todavía la huida. Para colmo de males, se apagaron de pronto las antorchas y muchos cayeron al suelo, golpeándose la cabeza como calabazas que hubieran perdido su soporte. Se pasó, así, de una situación de profundo recogimiento a otra de gran alboroto y confusión. Al ver los Peregrinos aquel caos inesperado, empezaron a aplaudir, soltando unas carcajadas tan sonoras que los monjes creyeron llegada su hora. Aterrorizados, huyeron en todas las direcciones, desapareciendo todos en un abrir y cerrar de ojos. Cuando Tripitaka y el anciano llegaron al salón, lo encontraron totalmente vacío y a oscuras, aunque todavía resonaban en él los salvajes gritos de los tres hermanos en religión. - ¡Maleducados! - los regañó el monje Tang -. No comprendo cómo podéis ser tan inconscientes. ¿No os recuerdo, acaso, todos los días que es preciso respetar las normas de educación y los dictados de etiqueta? Con razón decían los antiguos: « ¿No es de sabios ser virtuosos, aunque se carezca de instrucción? ¿No es de nobles alcanzar la virtud, después de haber dominado las enseñanzas? ¿No es de estúpidos comportarse de espaldas a la virtud, después incluso de haber sido doctrinado?». La forma en que os habéis portado pone de manifiesta vuestra estupidez y vuestra total carencia de principios. ¿Qué es eso de meterse a saco en casa ajena? ¿Por qué habéis asustado a esos monjes, obligándolos a abandonar sus recitados de sutras y a huir despavoridos, como si se hubieran topado con un demonio? ¿No os dais cuenta de que habéis echado a perder una buena acción, poniéndome a mí en una situación muy difícil? El maestro habló con tanta vehemencia que ninguno se atrevió a pronunciar una sola palabra. Eso terminó convenciendo al anciano de que aquellos seres tan repugnantes eran, realmente, sus discípulos. Se volvió, pues, hacia Tripitaka y le dijo inclinando levemente la cabeza: - No importa. La ceremonia había concluido ya y es natural que las antorchas estén apagadas. - En ese caso - concluyó Ba-Chie -, ¿a qué esperáis para sacarnos algo de comer? Cuanto antes lo hagáis, antes nos iremos a dormir. - ¡Luces! - ordenó el anciano -. ¡Traed luces al salón! Al poco rato aparecieron unos cuantos familiares, que le regañaron, diciendo: - ¿A qué viene pedir luces, cuando el salón está lleno de velas? Nosotros mismos las sacamos, para que pudiera celebrarse el servicio religioso. Pero, al llegar al salón algunos de los criados, lo encontraron sumido en la más absoluta oscuridad. Eso los hizo volver a toda prisa en busca de hachones y teas. Al ver a Ba-Chie y al Bonzo Sha, sintieron tal terror que los dejaron caer al suelo, huyendo, despavoridos, al tiempo que gritaban: - ¡Monstruos! ¡Ahí dentro hay monstruos! El Peregrino cogió una de las antorchas y encendió las lámparas y velas. Tomó después una silla y, colocándola justamente en el centro del salón, invitó a Tripitaka a tomar asiento. Él y los otros se sentaron a su lado, mientras el anciano lo hacía justamente enfrente. Apenas habían tomado asiento, cuando oyeron abrirse una puerta interior y vieron aparecer a otro anciano con un bastón. Muy furioso, pregunto a los recién llegados: - ¿Qué clase de monstruos sois vosotros, para atreveros a entrar, sin más ni más, en la casa de una familia virtuosa? El anciano que estaba sentado se levantó a toda prisa y, dirigiéndose hacia él, le llevó detrás de unos biombos y le dijo: - No es necesario mostrarse tan enfadado. Ésos no son monstruos sino arhats enviados por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras. Aunque su aspecto es, ciertamente horroroso, su corazón es de lo más sensible que imaginarse pueda. Sólo entonces el otro anciano bajó el bastón y saludó con respeto a los recién llegados, tomando asiento, también él, en la parte delantera del salón. - Sacad algo de té y preparadnos una comida vegetariana - ordenó con la cabeza vuelta hacia el interior de la casa. Hubo de repetir varias veces la orden, antes de que aparecieran, temblando de pies a cabeza, los criados. Estaban tan asustados que no se atrevían a acercarse a los caminantes. Ba-Chie se volvió entonces al anciano y le preguntó: - ¿Qué andan trajinando por ahí vuestros criados? - Les he ordenado que preparen algo de comer - contestó el anciano. - ¿Cuántos van a encargarse de servirnos? - volvió a preguntar Ba-Chie. - Ocho - respondió el anciano. - ¿A cuántos van a servir esos ocho? - inquirió Ba-Chie, una vez más. - ¿Cómo que a cuántos? - exclamó el anciano -. A ustedes cuatro. - Permitidme deciros algo realmente importante - susurró Ba-Chie -. El maestro sólo necesita una persona; ese otro con la cara cubierta de pelos y el aspecto de un dios del trueno, dos; aquel de allí de aspecto raro, ocho; y, en lo que a mí respecta, no menos de veinte. - Si no os he entendido mal - concluyó el anciano -, estáis tratando de decirme que poseéis un apetito extraordinario. - Sí, sí, algo así - reconoció Ba-Chie. - No os preocupéis por eso - le tranquilizó el anciano -. En esta casa hay gente más que suficiente - de hecho, salieron a servirlos más de treinta personas de todas las edades. Todos parecían sentirse más tranquilos, ahora que veían a los dos ancianos hablar tranquilamente con aquellos a los que acababan de considerar peligrosísimos monstruos. La mesa fue colocada justamente en el centro del salón, correspondiéndole al monje Tang el lugar de honor. A ambos lados se dispusieron otras dos mesas para sus discípulos, mientras que los ancianos ocuparon otra frente a ellos. Lo primero que se sirvió fueron frutas y verduras, a las que siguieron varios platos condimentados a base de arroz, sopa y fideos. En cuanto todo estuvo distribuido por las mesas, el monje Tang cogió los palillos y recitó el «Sutra para romper el ayuno». El Idiota era un engullidor formidable y, antes de que el maestro hubiera concluido sus rezos, cogió un cuenco de madera lacada, lo llenó de arroz hasta el mismo borde y lo engulló de un solo bocado. Lo hizo con tal fruición que no quedó ni un solo grano. - ¡Cuidado que sois fino! - exclamó uno de los criados -. ¿Por qué no habéis cogido unos bollos al vapor, si tanto deseabais meteros algo por la manga? Un cuenco de arroz es mucho más difícil. Eso sin contar con que os pondrá perdida la ropa. - Yo no me he metido nada por la manga - confesó Ba-Chie riéndose -. Me lo he comido. - No lo creo - comentó el criado -. ¿Cómo vais a habéroslo comido, si ni siquiera habéis movido la boca? - Yo jamás miento, muchacho - afirmó Ba-Chie -. Si digo que me lo he comido, es que así ha sido. Si no me crees, voy a hacerte otra de demostración. El criado cogió de nuevo el cuenco, lo llenó de arroz y se lo entregó a Ba-Chie. El Idiota movió ligeramente la mano y se tragó el arroz de un golpe. Al verlo, los criados gritaron, entusiasmados: - ¡Por fuerza vuestra garganta debe de estar hecha de baldosines y ser extremadamente suave! De lo contrario, no podríais hacer semejantes portentos. Antes de que el monje Tang hubiera terminado de recitar un nuevo sutra, el Idiota había ya dado buena cuenta de cinco o seis cuencos de arroz. Los otros dos se portaron un poco mejor y esperaron al maestro para empezar a comer. Al Idiota no parecía importarle que fueran frutas, arroz o verduras lo que se llevaba a la boca. Lo engullía a una velocidad portentosa y exigía con ademán autoritario: - ¡Dadme más arroz! ¿Se puede saber dónde os habéis metido? - No comas tanto - le aconsejó el Peregrino -. Lo que nos hemos llevado a la boca es mucho más de lo que hubiéramos comido, de habernos quedado a descansar en algún recodo de la montaña. Es aconsejable, además, quedarse siempre con un poco de hambre. - A mí eso no me preocupa - contestó Ba-Chie -. Con razón dice el proverbio: «Un monje mal alimentado es mucho peor que muerto». - Llevaos esta comida y no os preocupéis de él - pidió el Peregrino a los criados. - A decir verdad - comentaron los dos ancianos -, si fuera de día, no nos importaría dar de comer a cien monjes tan gordos y glotones como vuestro hermano. Pero es ya un poco tarde y sólo hemos preparado una hornada de pastelitos, cinco toneles de arroz cocido y unas docenas de platos vegetarianos. Cuando llegasteis, nos disponíamos a invitar a unos cuantos vecinos a que compartieran todo eso con los monjes, pero estos huyeron, presa del pánico, y no nos atrevimos a pedir a nadie que viniera, por temor a que ocurriera lo mismo. Os hemos servido, pues, todo lo que teníamos preparado. Si aún tenéis hambre, podemos ordenar que saquen algo más. - Sí, sí. ¡Hacedlo! - se apresuró a decir Ba-Chie. En cuanto hubieron terminado de comer, retiraron todas las mesas y las sillas. Tripitaka se levantó entonces de su asiento, se inclinó ante los dos ancianos en señal de gratitud, y les preguntó: - ¿Podéis decirnos cómo os llamáis? - Yo me apellido Chen - contestó uno de ellos. - Poseemos los mismos antepasados - dijo Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho. - ¿Así que vos también os apellidáis Chen? - exclamó el anciano. - Exactamente - respondió Tripitaka -. Ése es el apellido que llevaba cuando pertenecía al siglo. ¿Puedo preguntaros qué clase de servicio religioso acabáis de celebrar? - ¿Por qué preguntáis eso? - le echó en cara Ba-Chie -. ¿Es que sois incapaz de colegirlo vos mismo? Por fuerza ha tenido que ser algún oficio por una buena cosecha, o por la paz, o por la pronta y feliz conclusión de un edificio cualquiera. ¿Qué otra cosa puede impetrar un hombre del cielo? - Me temo que no habéis acertado - dijo el anciano. - ¿De verdad no ha sido por nada de eso? - inquirió Tripitaka. - No, no - contestó el anciano -. Se ha tratado, simplemente, de un oficio previo de difuntos. - ¡Cuidado que sois ingenuo, abuelo! - exclamó Ba-Chie, riendo con tanta fuerza que apenas podía estarse quieto en el sitio -. ¿Acaso desconocéis que somos auténticos maestros en el arte de las mentiras a medias y los embustes descarados? ¿Cómo creéis que ibais a engañarnos con ese nombre que habéis usado? Somos monjes y conocemos a la perfección toda clase de oficios religiosos. Eso nos faculta para afirmar con una seguridad plena y absoluta que existen servicios previos a la presentación de una ofrenda votiva, pero no a una defunción. Eso sin contar con que últimamente no ha muerto nadie en vuestra casa. ¿Cómo podéis haber celebrado un oficio de difuntos? - ¡Vaya! - se dijo el Peregrino, satisfecho -. Se ve que este Idiota va aprendiendo a sacar conclusiones a pasos agigantados. Se volvió después hacia el anciano y le dijo: - Debéis de estar confundido, abuelo. ¿Queréis explicarnos qué es eso de un oficio previo de difuntos? En vez de responder directamente, los dos ancianos se inclinaron con respeto y preguntaron, a su vez: - ¿Por qué os desviasteis del camino principal, para llegar hasta nuestra casa? - Porque nos topamos con un gran curso de agua que nos impidió seguir adelante - contestó el Peregrino -. Cuando estábamos cavilando sobre cómo cruzarlo oímos sonidos de tambores y de címbalos, y, dejándonos guiar por ellos, llegamos hasta vuestra puerta. - ¿Visteis algo, al acercaros al agua? - insistió el anciano. - Sí - reconoció el Peregrino -, un monumento de piedra, en el que se decía, grabado en letras muy grandes: «El - Río - que - llega - hasta - el - cielo»; y en otras un poco más pequeñas: «Posee una anchura de más de ochocientos kilómetros, que muy pocos han logrado cruzar». Eso es todo. - Si os hubierais alejado del monumento un kilómetro, más o menos - aclaró el anciano -, os habríais topado con el Templo del Gran Rey del Poder Milagroso. No lo visteis, ¿verdad? - No - contestó el Peregrino -. ¿Podéis explicarnos qué es eso del Poder Milagroso? - ¡Oh, respetables monjes! - exclamaron a la vez los dos ancianos con el rostro cubierto de lágrimas -. Ese Gran Rey del que os hemos hablado disponía del suficiente poder para forzar a toda la región a construir ese santuario, y era lo bastante milagroso para hacer llegar sus bendiciones a todo tipo de gentes, tanto a las que habitan por aquí como a las que moran más lejos. De hecho, a todos nos hacía llegar la lluvia mes tras mes, y las bendiciones celestes año tras año. - Todo eso está muy bien - admitió el Peregrino -. Pero ¿por que parecéis tan abatidos, cuando habláis de ello? - A pesar de todos los favores que nos hace - contestaron los ancianos, suspirando y golpeándose el pecho -, es también demasiado cruel con nosotros. Incluso cuando está de buenas, mata a la gente. Le encanta, de hecho, devorar jovencitos y jovencitas. Se ve que no es un dios alcanzado por la iluminación, y que posee una mente un tanto extraña. - ¿Así que decís que le gusta devorar jovencitos y jovencitas? - repitió el Peregrino. - Exactamente - asintieron los ancianos. - Me figuro que ahora le toca a vuestra familia hacerle esa ofrenda tan monstruosa, ¿no es así? - preguntó el Peregrino. Habéis acertado de lleno - contestaron los ancianos -. Alrededor de cien familias vivimos en este pueblo, perteneciente al condado de Yüan - Hwei del Reino de la Carreta Lenta, y que es conocido como Pueblo de los Chen. Cada año el Gran Rey nos exige el sacrificio de un joven y una joven que no hayan contraído matrimonio, junto con una gran cantidad de ganado y ovejas. Cuando se ha hartado a su gusto, podemos estar seguros de que tendremos la lluvia a su debido tiempo. Pero, si nos negamos a presentarle el sacrificio que acabamos de deciros, vuelve sobre nosotros todo su furor, cubriéndonos de desgracias y calamidades. - ¿Cuántos hijos tenéis? - volvió a preguntar el Peregrino. - ¡Vaya, hombre! - exclamó el más anciano de los dos, golpeándose el pecho -. Hablar de hijos nos hace enrojecer de vergüenza. Mi hermano, aquí presente, se llama Chen - Ching, y yo, Chen - Cheng. Aunque él tiene cincuenta y ocho años y yo sesenta y tres, la suerte no nos ha favorecido en el campo de los hijos. Como no tenía ninguno, al cumplir los cincuenta tanto mis parientes como mis amigos me urgieron que tomara en mi casa una concubina. Yo no era muy partidario de eso, pero, al final, terminé cediendo y tuve una niña, a la que puse el nombre de Carga de Oro. No hace mucho acaba de cumplir los ocho años. - ¡Vaya nombre más caro! - exclamó Ba-Chie -. ¿Por qué se lo pusisteis? - Dado que durante muchísimos años no tuve ningún hijo - explicó el anciano -, me dediqué a la reparación de puentes y caminos, a la construcción de pagodas y templos, y al cuidado de los monjes. De todo ello llevé una cuenta detallada, comprobando, en el momento de nacer mi hija, que había gastado exactamente treinta kilos de oro. Ahora, treinta kilos constituyen, en realidad, una carga, de ahí que le pusiera ese nombre. - ¿Vuestro hermano no tiene ningún hijo? - preguntó, una vez más, el Peregrino. - Sí, tiene uno, que le dio también una concubina - respondió el anciano -. Se llama Chen Kwan - Bao y acaba de cumplir los siete años. - ¿Por qué le pusisteis ese nombre? - inquirió el Peregrino - Nuestra familia - explicó el anciano - siempre ha reverenciado al gran protector Kwan y, como estamos convencidos de que es niño lo obtuvimos por su mediación, quisimos que llevara su mismo nombre. Es triste comprobar que, aunque entre mi hermano y yo sumamos más de ciento veinte años, sólo tenemos dos niños para perpetuar el nombre de nuestra familia. Lo malo es que este año nos ha tocado a nosotros hacer el sacrificio al Gran Rey. Por supuesto, no nos atrevemos a negarnos, pero, al mismo tiempo, nos duele sobremanera renunciar a esos niños, que tanto trabajo nos ha costado conseguir. A ellos precisamente iba dedicado el oficio que hemos celebrado hoy y que, por obvias razones, hemos dado en llamar servicio previo de difuntos. Tripitaka no pudo evitar que las lágrimas fluyeran, abundantes por sus mejillas, al tiempo que decía: - Vuestra situación es como la que describe el proverbio que afirma: «En vez de las ciruelas maduras, son las verdes las que se caen del árbol. ¡Cuan oneroso es el peso que el Cielo coloca sobre los hombros de un hombre sin hijos!». - Permitidme hacerle unas cuantas preguntas más - dijo el Peregrino, sonriendo -. ¿Qué tal son las propiedades que tenéis, abuelo? - Bastante grandes - contestaron los dos ancianos al tiempo -. Poseemos más de setecientos cincuenta acres de tierra de regadío y más de mil de secano. Eso sin contar los terrenos dedicados a pastos, que superan los noventa, trescientos carabaos, alrededor de treinta caballos y mulas, e incontables ovejas, cerdos, patos y gansos. En nuestros almacenes guardamos más grano del que podemos comer y más tela de la que podemos vestir. Como veis, nuestras propiedades, sin se excesivas, son considerables, lo mismo que nuestra riqueza. - ¡No comprendo cómo, teniendo tanto, podéis ser tan tacaños! - exclamó el Peregrino. - ¿Qué os hace pensar eso? - le increpó uno de los ancianos. - ¿Cómo permitís, con tantas riquezas, que sean sacrificados vuestros hijos? - insistió el Peregrino -. ¿Por qué no os desprendéis de cien libras de plata y adquirís un muchacho y una muchacha, que ocupen el lugar de los niños? Por menos de doscientas libras de plata, incluidos todos los gastos, podéis asegurar tranquilamente el futuro de vuestra familia. - Desconocéis una cosa - replicaron los ancianos, arreciando en su llanto -: ese Gran Rey está al tanto de todo cuanto ocurre. Por otra parte, es normal, teniendo en cuenta que viene con frecuencia a visitarnos. - Eso es, francamente, interesante - comentó el Peregrino -. ¿Podéis decirme cómo es? - Nunca le hemos visto la cara - contestaron los dos ancianos -. Sabemos que está entre nosotros, porque siempre le precede una brisa aromática. Ésa es la señal que nos brinda, para quemar a toda prisa enormes cantidades de incienso e inclinarnos de cara al viento. Es tan sagaz que conoce a todas las familias de este lugar, recordando, incluso, el día y la hora de nuestros nacimientos. ¿Cómo vamos a engañarle, si sabe sobre nosotros más que nosotros mismos? ¡Ojalá pudiéramos desprendernos de doscientas o trescientas libras y vernos, así, libres de su perspicacia! ¿Comprendéis ahora por qué nos es imposible adquirir, al precio que sea, sustitutos para nuestros hijos? - Vuestra situación es, ciertamente, complicada - comentó el Peregrino -. ¿Podrías sacar a vuestro hijo? Me gustaría conocerle. Chen - Ching se retiró al interior de la casa y regresó al poco rato, acompañado de Kwan - Bao. Era un niño normal, absolutamente ignorante de la terrible desgracia que estaba a punto de abatirse sobre su cabeza. Traía las mangas llenas de caramelos y frutas escarchadas, masticaba sin cesar con manifiesta delectación. Al verle, el Peregrino le llevó al punto más luminoso que había en el salón, le miró con detenimiento y, tras recitar un conjuro y sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en su copia exacta. El anciano estaba tan desconcertado que cayó al suelo de hinojos, exigiendo al monje Tang a grandes voces: - ¡Decidme cuál de estos dos es mi hijo! ¡Es increíble! ¿Cómo ha podido ese discípulo vuestro transformarse en mi hijo, si estaba hablando tranquilamente con nosotros? Si hablo a uno, los dos me responden lo mismo. ¡Somos indignos de contemplar tales portentos! Ordenad a vuestro discípulo que vuelva a manifestarse tal cual es. ¡Os lo pide un padre desconcertado y a punto de perder el juicio! El Peregrino satisfizo al punto los deseos del anciano, pasándose simplemente la mano por la cara. Eso hizo que el viejo exclamara, maravillado: - ¡Sois realmente asombroso! - ¿Me parecía a vuestro hijo? - preguntó el Peregrino, sonriendo. - Erais clavado a él - respondió el anciano -. Poseíais sus mismos rasgos, su misma voz, sus mismas ropas y hasta su misma altura. - Así es - confirmó el Peregrino -. Pero vuestras observaciones se han mantenido en el campo de la mera superficialidad. Sacad un peso y veréis que no nos diferenciamos en un solo gramo. - ¡Extraordinario! - volvió a exclamar el anciano, comprobando que era verdad -. ¡Vuestro peso es idéntico! - ¿Creéis que podría servir para el sacrificio? - inquirió, una vez más, el Peregrino. - Sin lugar a dudas - contestó el anciano -. Nadie se daría cuenta del cambio, eso seguro. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, cambiaré de buena gana mi vida por la de vuestro hijo. Eso os permitirá conservar vuestro apellido durante generaciones y generaciones. Estoy dispuesto a ser ofrecido a ese Gran Rey del que me habéis hablado. - Si hacéis eso - dijo el anciano, golpeando repetidamente el suelo con la frente -, donaré al monje Tang más de mil libras de plata pura, para que pueda llegar sin ningún contratiempo al Paraíso Occidental. - ¡Eh, eh, un momento! - replicó el Peregrino -. ¿Es que no pensáis agradecérmelo a mí? - ¿Para qué? - contestó el anciano -. Si vais a ocupar el lugar de mi hijo, estaréis totalmente acabado. - ¿Qué queréis decir con eso de acabado? - inquirió el Peregrino. - Que el Gran Rey os devorará, como si fuerais un pollo - contestó el anciano. - Sí se atreve a hacerlo, ya veréis lo que le ocurre - amenazo el Peregrino. - ¿Queréis decir que no va a comeros, porque sois un poco duro? - preguntó el anciano, sin comprender. - En fin, dejémoslo - aconsejó el Peregrino -. Si logra devorarme, moriré mucho antes de lo que tenía pensado. Pero no os preocupéis. He prometido ocupar el lugar de vuestro hijo y así pienso hacerlo. Desconcertado, Chen - Ching no sólo arreció en sus saludos, sino que además prometió dar otras quinientas libras de plata extra a cada uno de los monjes, si la cosa salía como se esperaba. Chen - Cheng, por su parte, se retiró detrás del biombo y comenzó a llorar, desconsolado. Comprendiendo el motivo de su pena, el Peregrino se llegó hasta él y, tirándole de la manga, dijo: - Veo que no participáis de la alegría de vuestro hermano, de lo que deduzco que estáis preocupadísimo por la suerte que va a correr vuestra hija. ¿No es así? Chen - Cheng asintió con la cabeza y cayendo de hinojos, respondió: - No puedo renunciar a ella, maestro. Debería estaros agradecido por cuanto vais a hacer por mi sobrino, pero la verdad es que sólo tengo a esa niña y me moriré de pena, cuando la haya perdido. ¿Comprendéis ahora mi dolor? Renunciar a ella es renunciar a mí mismo. - Id a toda prisa y preparad cinco toneles de arroz - le urgió el Peregrino -. Añadid unos cuantos platos vegetarianos y ofrecédselo todo a ese hermano mío del morro saliente. En cuanto haya dado buena cuenta de ello, pedidle que se transforme en vuestra hija. De esa forma, los dos niños continuarán viviendo y nosotros veremos ampliada nuestra fama, ¿qué os parece? - Tú puedes hacer con tu vida lo que te dé la gana - replicó Ba-Chie, dirigiéndose al Peregrino -. Pero no tienes ningún derecho a arrastrarme a mí en tu loca aventura. - ¡Vamos, vamos! - contestó el Peregrino -. El proverbio dice que «hasta los pollos sólo comen lo que valen». Desde que has puesto los pies en esta casa, no has hecho otra cosa que zampar. ¿Cómo puedes negarte ahora a echar una mano al que te ha alimentado sin reparar en gastos? - Comprendo tu punto de vista - reconoció Ba-Chie -. Pero yo no soy ningún maestro en el arte de las transformaciones. - ¿Qué quieres decir? - exclamó el Peregrino -. Yo sé bien que dominas treinta y seis metamorfosis. - Wu-Kung tiene razón - dijo Tripitaka, terciando en la conversación -. No hay causa más justa que la que acaba de proponerte. Es cierto lo que afirma el proverbio, cuando dice: «Salvar una sola vida es más valioso que erigir una pagoda de más de siete pisos». En primer lugar, deberíamos agradecer a estos ancianos cuanto han hecho por nosotros, y, en segundo, es obligación nuestra acumular cuantos méritos nos sea posible. La noche es fría y no tenéis nada que hacer. Opino que lo que mejor podéis hacer es divertiros un rato. - ¡¿Cómo podéis decir eso, maestro?! - protestó Ba-Chie -. No niego que puedo convertirme en una montaña, en una roca, en un árbol, en un elefante, en un carabao, y hasta en un tipo fornido. Pero me es imposible metamorfosearme en una niña. - No le creáis - dijo el Peregrino a Chen - Cheng - y sacad a vuestra hija. El anciano corrió al interior de la casa y al poco rato regresó con Carga de Oro, su esposa, sus concubinas y toda la familia. Antes de que los monjes pudieran decir algo, las mujeres se echaron a sus pies suplicándoles, entre gritos y sollozos, que salvaran la vida de la niña La muchacha lucía en la cabeza una diadema de perlas, esmeraldas y otras piedras preciosas, vestía una túnica de seda roja ribeteada de amarillo, y se protegía contra el frío con una capa de raso verde con el cuello blanco y negro. Su falda era de seda, con flores rojas estampadas, y sus pantalones había sido tejidos con hilos de oro. Calzaba unas zapatillas de esparto de color rosa y, como hiciera su primo, venía masticando caramelos y fruta. - Aquí tienes a la niña - dijo el Peregrino, dirigiéndose a Ba-Chie -. Mírala bien y transfórmate inmediatamente en ella, para que podamos ser sacrificados. - ¡No puedo hacerlo! - protestó Ba-Chie -. Es demasiado fina y delicada para mí. - ¡Vamos, date prisa! - le urgió el Peregrino -. No querrás que te pegue una paliza, ¿verdad? - No me pegues, por favor - le suplicó Ba-Chie, temblando de pies a cabeza -. Voy a probar a ver lo que pasa. El Idiota recitó un conjuro y sacudió varias veces la cabeza, gritando sin cesar « ¡transfórmate!», pero, aunque consiguió reproducir el rostro de la muchacha, no logró repetir la delicadeza y la gracia de su cuerpo. Parecía imposible dominar su terrible barrigón. - ¡Inténtalo otra vez! - le urgió el Peregrino, soltando la carcajada. - No puedo hacerlo - se defendió Ba-Chie -. ¿Es que no lo ves? Pégame, si quieres. ¡Esto supera, simplemente, mis fuerzas! - ¡No puedes ir por ahí con el rostro de una muchacha y el cuerpo de un monje! - exclamó el Peregrino -. ¡Todo el mundo se reiría de ti¡ ¿No lo comprendes? ¡Así no serías ni hombre ni mujer! Anda, adopta la postura de la estrella y veré qué puedo hacer por ti. Sopló una bocanada de aire mágico sobre Ba-Chie y su cuerpo adquirió la delicada frescura del de una niña. Solventado ese problema, el Peregrino dijo a los dos ancianos: - Llevaos adentro a vuestros hijos, para que no nos confundamos. Si no lo hacéis, este hermano mío es capaz de escabullirse hasta su habitación y hacerse pasar por quien no es. Para evitar problemas, os aconsejo que deis a los niños todos los caramelos y frutas que quieran y, sobre todo, procurad que no lloren. No quiero que ese Gran Rey sospeche nada. Sería funesto para nuestros planes y no podríamos divertirnos como deseamos. El Gran Sabio ordenó después al Bonzo Sha que cuidara del monje Tang, mientras Ba-Chie y él usurpaban la personalidad de Chen Kwan - Bao y de Carga de Oro. Cuando todo estuvo a punto, el Peregrino preguntó: - ¿Cómo habréis de ofrecernos a esa bestia? ¿Atados, cocidos o hechos picadillo? - No bromees más a costa mía, por favor - le suplicó Ba-Chie -. Yo no podría resistir una prueba de ese tipo, tú lo sabes bien. - No, no - contestó uno de los ancianos -. Os sentaréis en dos dejas de laca roja y los criados se encargarán de llevaros al templo Gran Rey. - Excelente - comentó el Peregrino -. Traed esas bandejas de las que habláis. Cuanto antes nos sentemos en ellas, mejor. Los ancianos así lo hicieron y el Peregrino y Ba-Chie se acomodaron en ellas lo mejor que pudieron - Cuatro criados jóvenes se encargaron después de sacarlas al patio, donde las colocaron sobre dos mesas, que habían sido preparadas al efecto. - Otra como ésta - comentó el Peregrino a Ba-Chie, visiblemente complacido -, y nos veneran como a dioses. - No me importaría viajar siempre así - replicó Ba-Chie -. Lo malo es que esto va a durar poco y, en cuanto nos lleven al templo, vamos a tener los minutos contados. - No tengas miedo y haz lo que yo haga - le aconsejó el Peregrino -. O, si no, no. Es mejor que escapes, en cuanto veas que quiere comerme. - Todo eso está muy bien - replicó Ba-Chie -. Pero ¿qué hago, si decide devorarme a mí primero? Es probable que le gusten más las niñas que los niños, ¿quién sabe? - Hace algunos años - explicó uno de los ancianos - unos cuantos moradores de este pueblo se escondieron debajo de las mesas durante el sacrificio y vieron que primero devoraba al niño y después a la niña. - ¡Menos mal! - exclamó Ba-Chie, aliviado. Cuando más animados estaban, hablando de estas cosas, oyeron tras la puerta un gran alboroto de voces, entreveradas de batir de tambores y gongs. Todo el pueblo se había reunido ante la casa, portando las antorchas y lámparas y exigiendo con insistencia: - ¡Sacad al muchacho y a la muchacha, de una vez! Mientras los ancianos se abandonaron al llanto, los cuatro criados cargaron con las mesas y salieron de la casa. No sabemos si Ba-Chie y el Peregrino lograron salvar la vida o no Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第048回 EL MONSTRUO, LEVANTANDO UN VIENTO GÉLIDO, HACE CAER UNA GRAN NEVADA. MOVIDO POR EL AFÁN DE ENTREVISTARSE CON BUDA, EL MONJE CAMINA SOBRE EL HIELO Todo el pueblo se dirigió hacia el Templo del Poder Milagroso, llevando al Peregrino, a Ba-Chie y un gran número de ovejas y otros animales. El muchacho y la muchacha fueron colocados en lo alto de las ofrendas. El Peregrino movió ligeramente la cabeza y comprobó que no habían escatimado en gastos. El incienso, las flores y las velas se contaban por docenas. En el altar no había ninguna imagen, sino una simple lápida en la que habían escrito con letras de oro: «El dios y Gran Rey del Poder Milagroso». Cuando sus supuestos adoradores hubieron colocado cada cosa en su sitio, se echaron rostro en tierra y, golpeando sin cesar el suelo con la frente, gritaron a una: - A esta hora de este día de este mes de este año, el primero de los creyentes del pueblo de los Chen, Chen - Cheng, os ofrece, siguiendo la costumbre, un muchacho y una muchacha que responden, respectivamente, a los nombres de Chen Kwan - Bao y Carga de Oro. Junto a ellos nos cabe el honor de presentaros una gran cantidad de cerdos y ovejas para que disfrutéis a vuestras anchas de su carne. A cambio, os suplicamos que nos concedáis la lluvia a su tiempo y una cosecha abundante. Concluida esa invocación, quemaron unos caballos de papel y una fortuna de dinero para los espíritus, y regresaron a sus casas. Al ver que todos se habían ido, Ba-Chie sugirió al Peregrino: - También nosotros deberíamos marcharnos a casa. - ¿Quieres decirme dónde está tu casa? - preguntó el Peregrino. - Bueno - se disculpó Ba-Chie -. Quiero decir a casa del viejo Chen, a descansar un ratito. - ¡No sabes más que decir tonterías! - le regañó el Peregrino -. Sólo un idiota puede comprometerse a hacer algo y no hacerlo. - El idiota eres tú - se defendió Ba-Chie -. Se suponía que íbamos a divertirnos un poco con los Chen. No me irás a decir que estás dispuesto a dejarte sacrificar realmente por ellos, ¿verdad? - Quien se compromete a ayudar a alguien, debe hacerlo hasta final - sentenció el Peregrino -. Debemos esperar a que aparezca el Gran Rey y trate de devorarnos. Si no lo hacemos, llenará de tribulaciones este pueblo, y eso no está nada bien, ¿no te parece? No había terminado de decirlo, cuando oyeron en el exterior el bramido de un viento fortísimo. - ¡Santo cielo! - exclamó Ba-Chie, asustado -. Un viento así sólo puede ser la prueba de que acaba de llegar quien estábamos esperando. - Cállate y déjame hablar a mí - le urgió el Peregrino. El monstruo no tardó en llegar a la puerta del templo. Lucía un yelmo y una coraza tan brillantes que parecían recién hechos. Traía ceñida la cintura con una faja de incalculable valor, adornada con un motivo de nubes rojas. Sus ojos, de un tamaño desmesurado, brillaban en la noche como si fueran estrellas, mientras que sus dientes recordaban una sierra bien afilada. Venía envuelto en una neblina cargada de misterio, que se hacía más densa en la parte de las piernas. Al andar, desplazaba un aire frío, que contrastaba con el aura que le rodeaba cuando se detenía. De alguna forma, su figura recordaba la del Capitán - encargado - de - levantar - la - cortina o la de esos dioses de gran tamaño que hay pintados a las puertas de los monasterios. - ¿A qué familia le ha correspondido este año proveer de todo lo necesario para el sacrificio? - preguntó, quedándose de pie en el vano de la puerta. - Gracias por preguntarlo - contestó el Peregrino, sonriendo candorosamente -. Este año ese honor ha recaído sobre los señores Chen - Cheng y Chen - Ching. - Este muchacho no sólo es valiente - se dijo el monstruo, vivamente sorprendido -, sino que también posee una educación esmerada. Los otros chicos eran incapaces de responder a una sola a preguntas. El miedo les atenazaba la garganta y se olvidaban de hablar. Cuando caían en mis manos, estaban ya prácticamente muertos. ¿Cómo es posible que éste se exprese de una forma tan inteligente? El monstruo no se atrevió a acabar de inmediato con sus víctimas y volvió a preguntar: - ¿Cómo os llamáis? - Yo, Chen Kwan - Bao - contestó el Peregrino, sin dejar de sonreír -, y ésta, Carga de Oro. - Como sabéis - explicó el monstruo -, este sacrificio se produce todos los años por estas fechas. Lamento que os haya tocado a vosotros, pero la verdad es que ahora mismo voy a devoraros. - No os preocupéis - respondió el Peregrino -. No tenemos pensado oponeros la menor resistencia. Podéis comernos cuando deseéis. Al oír eso, el monstruo no se atrevió a moverse del sitio. Sin apartarse del vano de la puerta, exclamó: - No seas tan descarado, por favor. Otros años solía comerme primero al niño, pero creo que éste voy a empezar por la niña. - ¡Hacedlo como todos los años, por favor, Gran Rey! - gritó Ba-Chie, aterrado -. ¿Para qué renunciar a una tradición como ésa? El monstruo se negó a escucharle, alargando los brazos con el ánimo de agarrarle. Pero en ese mismo momento el Idiota saltó de la mesa y recobró la forma que le era habitual. Echó mano del tridente y descargó sobre los brazos de la bestia un golpe terrible. Ésta retrocedió a toda prisa, tratando de huir, pero Ba-Chie volvió a la carga, logrando desprenderle de algo, que cayó al suelo produciendo un sonido muy raro. - ¡Creo que le he atravesado la coraza! - gritó Ba-Chie. El Peregrino se desprendió del disfraz y corrió a ver de qué se trataba, comprobando que no eran más que dos escamas de pez del tamaño de un plato. - ¡No le dejes escapar! - gritó, y los dos se elevaron casi al mismo tiempo por los aires. El monstruo tenía pensado asistir a un banquete y no trajo ningún arma consigo. Se quedó, pues, de pie entre una franja de nubes y preguntó a sus perseguidores: - ¿De dónde sois, para atreveros a venir a disputarme mis ofrendas y poner en solfa mi bien conseguida fama? - Se que sois un monstruo ignorante - replicó el Peregrino -. Nosotros somos discípulos del monje Tripitaka, un sabio procedente del Gran Imperio de los Tang, en las Tierras del Este, y hemos sido comisionados por el emperador en persona para ir a por escrituras al Paraíso Occidental. Anoche la familia Chen tuvo a bien hospedarnos en su casa, enterándonos de la existencia de un monstruo sin entrañas, que se hace pasar por un dios llamado Gran Rey del Poder Milagroso. Es tan sanguinario que exige cada año la entrega en sacrificio de un niño y una niña. Compadecidos del dolor de esa gente, decidimos salvar la vida a los muchachos de este año y pedirte cuentas de tan deplorable conducta. Si reconoces tu culpa y nos explicas los móviles que te han forzado a hacerte pasar por lo que no eres, quizás te perdonemos la vida. De lo contrario, perecerás como esos niños inocentes a los que has devorado sin la menor compasión. ¿Cuánto tiempo llevas dedicándote a esas prácticas tan inhumanas? Por toda respuesta, el monstruo se dio media vuelta y huyó a toda prisa. Ba-Chie trató de alcanzarle con el tridente, pero falló el golpe, cosa nada extraña, teniendo en cuenta que se había convertido en un viento huracanado, que se perdió entre las aguas del Río - que - llega - hasta - el - cielo. - No es necesario que le persigas - comentó el Peregrino -. Ese monstruo por fuerza tiene que ser una bestia de las aguas. Es mejor que esperemos a que amanezca para atraparle. Así podremos obligarle a que lleve al maestro a la otra orilla. Ba-Chie aceptó al punto la idea. Volvieron al templo y, cargando con las ofrendas y el ganado, regresaron a la casa de los Chen. Los ancianos, el maestro y el Bonzo Sha estaban impacientes por su tardanza y, al verlos aparecer en el patio con todo lo del sacrificio, corrieron hacia ellos y les preguntaron: - ¿Qué tal os ha ido con esa bestia? El Peregrino contó entonces cómo el monstruo había huido, perdiéndose entre las aguas del río, en cuanto se enteró de sus nombres. Los ancianos se mostraron encantados y ordenaron a los criados que prepararan las habitaciones, para que pudieran descansar el maestro y los discípulos. El monstruo, mientras tanto, había regresado a su palacio de agua en el corazón mismo del río, donde tomó asiento y permaneció en actitud taciturna durante tanto tiempo que todos sus feudos temieron que hubiera perdido el juicio. Se armaron, finalmente, de valor y, acercándose a él, le dijeron: - Siempre que volvéis de ese sacrificio, venís loco de contento. ¿Cómo es que este año parecéis tan preocupado? - Otras veces - contestó el monstruo -, después de hartarme hasta la saciedad os traía las sobras, para que también vosotros disfrutarais de la fiesta. Pero este año las cosas no me han ido bien y a punto he estado de perder la vida. - ¿Cómo puede ser eso, Gran Rey? - exclamaron ellos, escandalizados -. ¿Quién ha osado oponerse a vuestros deseos? - Un discípulo de cierto monje del Gran Imperio de los Tang, en las Tierras del Este, que se encuentra de camino hacia el Paraíso Occidental para hacerse con las escrituras sagradas. Ese desvergonzado se disfrazó de muchacho y se quedó aguardándome en el templo, acompañado de otro amigo suyo, que se hizo pasar por una joven. Cuando lo menos lo esperaba, recobraron su auténtica personalidad y a punto estuvieron de acabar conmigo. Hace cierto tiempo había oído comentar que ese tal Tripitaka Tang es, en realidad, un hombre de bien, que se ha dedicado a la práctica de la virtud durante más de diez reencarnaciones seguidas. Eso quiere decir que quien pruebe un solo trocito de su carne será capaz de vivir una vida sin fin. Lo que no había anticipado es que tuviera unos discípulos tan fieros. Los muy cerdos no sólo han echado por los suelos mi reputación, sino que se han apoderado de todas mis ofrendas. Me había hecho la ilusión de atrapar a ese monje Tang, pero ahora no estoy tan seguro de que pueda lograrlo. De entre todos los feudos del monstruo se adelantó una perca rayada, entrada en años, que se inclinó ante él y dijo: - Si lo que deseáis es atrapar al monje Tang, no hay cosa más fácil de conseguir. Ahora, no sé si estaréis dispuesto a pagarme mis servicios con un poco de licor y de carne. - Si logras echar mano a ese monje Tang - afirmó el monstruo -, sellaré contigo un pacto de hermandad, permitiéndote sentarte a mi mesa, para que tú también puedas disfrutar de su carne. Tras agradecerle tanta deferencia, la perca añadió: - Para nadie es un misterio que tenéis el poder de levantar vientos, producir lluvia y hacer que los mares y ríos se encrespen. ¿Puedo preguntaros si sois también capaz de crear nevadas? - Por supuesto que sí - contestó el monstruo. - ¿Y de cubrir de hielo todo el paisaje, haciendo que caiga de los cielos la escarcha? - insistió la perca. - Así es - asintió el monstruo. - En ese caso - concluyó la perca, sacudiendo las manos de alegría -, podéis dar por cumplido vuestro deseo. - No te comprendo - exclamó el monstruo, impaciente. - Esta misma noche - explicó la perca, a eso de la tercera vigilia, deberéis dar buena muestra de esos poderes que decís poseer. Convocad a los vientos y haced que caiga una nevada tan copiosa que se hiele hasta el Río - que - llega - hasta - el - cielo. Los que gocemos de capacidad metamórfica tomaremos forma humana y nos dirigiremos hacia el Oeste, cargados de equipaje y tirando de pesadísimos carros. Nos colocaremos encima del río y haremos cuanto esté de nuestra parte para que ese monje nos vea bien. No me cabe la menor duda de que está tan impaciente por hacerse con las escrituras que, en cuanto se percate de nuestra presencia, tratará de adelantarnos, siguiendo la ruta que nosotros mismos habremos trazado. Vos no tenéis más que sentaros en el centro del río y esperar tranquilamente su llegada. Cuando oigáis el leve sonido de sus pies, no tenéis más que quebrar el hielo para haceros tanto con el maestro como con sus discípulos. Caerán en vuestras manos como fruta madura. - ¡Fantástico! - exclamó el monstruo, visiblemente complacido -. ¡Es un plan extraordinario en verdad! - y, abandonando su mansión de agua, se elevó por los aires. Allí comenzó a amontonar aire frío, que no tardó en congelarlo todo, produciendo una formidable nevada. Mientras esto sucedía, el monje Tang y sus tres discípulos dormían plácidamente en la casa de los Chen. Poco antes del amanecer, comenzaron a sentir un frío tan intenso que las mantas y sábanas parecían totalmente inservibles. Ba-Chie no dejaba de estornudar, incapaz de conciliar el sueño. Por fin, no pudo resistirlo más y, temblando de pies a cabeza, exclamó: - ¡Hace un frío terrible! ¿No lo sentís vosotros también? - ¡Cuidado que eres! - le regañó el Peregrino -. ¿Cuándo aprenderás que los que hemos renunciado a la familia no podemos ceder al frío ni al calor? Es increíble que un monje como tú pueda prestar tanta atención a la temperatura. - La verdad es que hace un frío insoportable - terció Tripitaka -. Las mantas son gordas, pero no producen el menor calor. Aunque tengo las manos metidas entre las mangas, la verdad es que apenas las siento. No me extrañaría nada que todos los capullos se hayan marchitado y todas las hojas hayan sido víctimas de la escarcha. Hasta las copas de los pinos se habrán cubierto de hielo. Con un frío así la tierra se cuartea como la piel de un anciano y el agua de los estanques se torna tan sólida como una roca. Los pescadores han abandonado, de seguro, sus botes y en los templos de la montaña no queda ni un solo monje. ¡Qué amarga suerte la del leñador, que no puede salir a cortar madera, con la que hacer después carbón vegetal! La temperatura es tan baja que a los soldados se les ha helado la barba y la sienten como si fuera de acero. Lo mismo le ha ocurrido al pincel con el que escribía el poeta sus ensueños. Los abrigos de cuero se muestran impotentes contra la escarcha y hasta las pieles parecen demasiado livianas. Los monjes ancianos se sienten entumecidos, tumbados en sus esterillas de paja. ¡Qué mala fortuna la de los viajeros que se aventuren a salir a los caminos en una noche como ésta! Nadie está libre hoy del azote del frío. Aunque las mantas sean pesadas y gordas, el cuerpo no para de temblar. Era verdad. A partir de aquel momento ninguno de los cuatro volvió a conciliar el sueño. Por fin, abandonaron los lechos, se pusieron cuantos harapos tenían a mano y abrieron la puerta. Todo estaba completamente blanco y sumido en una formidable nevada. - No me extraña que os quejarais del frío - comentó el Peregrino, al verlo -. La nevada aún no ha parado. Todos se quedaron mirándola, embobados. Era, en verdad, espléndida. En el cielo se agolpaban sin cesar oscuros nubarrones, que en seguida dispersaba un insoportable viento gélido. A ras de suelo todo aparecía sumido en una neblina gris, que apenas lograba traspasar el albor de la nieve, ubicua por doquier. La nieve era como una flor empeñada en florecer seis veces y cuyos pétalos fueran de jaspe blanco. A veces se tenía la impresión de que no era más que un bosque de tres mil árboles de jade albo. ¿Quién podía decirlo con seguridad? Tan pronto recordaba la flor de harina como a la sal. Una cosa era clara: el agua que aquella noche se tornó nieve era superior a la que corre por los cauces del Chu o el Wu, o a la que hace florecer cada año los incontables ciruelos del sudeste. A ratos la nevada recordaba millones de escamas de dragones de jade, que flotaran en el aire después de haber sido arrancadas a sus dueños en un duro y vergonzoso combate. ¡Cuántas memorias traía a la mente! ¿Cómo no acordarse de los zapatos de Dung - Kwo, del descanso de Yüan - An y de la forma de estudiar de Sun - Kang 3? De un momento a otro esperaba verse aparecer un barco de Tse - Yü 4, la túnica de Wang - Kung, o la manta de la que se alimentó Sz - Wu. Sin embargo, no existían tales portentos en aquel paisaje, sino sólo una aldea de casas humildes construidas con ladrillos que parecían ser de plata. ¡Espléndida nevada la que revestía de tal dignidad lo cotidiano y hacía que todo pareciera esculpido en bloques de jade! Los capiteles de hielo colgaban de los ojos de los puentes, como si fueran ramas de sauce, y de los aleros de las casas, como si se trataran de peras transparentes puestas a secar al sol. A veces arreciaba el huracán de los copos y los bloques de hielo daban la impresión de ser abrigos de algas que los pescadores habían colgado de los puentes, o raíces suspendidas de los tejados que después iban a usar las mujeres en sus hogares. Nadie se aventuraba a transitar por los caminos. ¿Qué importaba que los invitados se hubieran quedado sin vino o los criados no tuvieran fruta que ofrecer a sus amos? La nieve recordaba a ratos el trémulo batir de alas de las mariposas, para ser, al momento siguiente, vuelo de gansos que se mecieran, confiados, en el seno del viento. A lomos de la brisa saltaba por encima de los riscos e iba a borrar de la faz de la tierra todos los caminos. Nada resistía la friura que albergaba tanta marchita belleza. Con increíble facilidad traspasaba las ventanas y horadaba los pesados cortinajes, que, supuestamente, habrían de detenerla. Pero, de por sí, la nevada era un augurio de prosperidad para todo un año, que descendía gratuitamente de lo alto. Tanto el maestro como los discípulos se quedaron mirándola un largo rato, como si se tratara de hilos voladores de seda, o de trocitos de jade que se fundían poco a poco en una piedra de mayor tamaño. Cuando más embelesados estaban, admirando tanta belleza, vieron acercarse al mayor de los hermanos Chen, seguido de dos criados que trataban de abrir con escobas un camino entre la nieve. Un poco más atrás venían otros dos con un poco de agua caliente para que se lavaran, té hirviendo y tortitas de leche. Con inesperada rapidez avivaron el fuego e invitaron a los monjes a acercarse a la lumbre. - ¿Puedo preguntaros - dijo entonces el maestro, dirigiéndose anciano - si en esta respetable región que habitáis se dan las cuatro estaciones de la primavera, el verano, el otoño y el invierno? - Aunque reconozco que nuestra tierra esta un poco alejada de la que vos procedéis - contestó el anciano -, sólo se distingue de ella por sus costumbres. En lo demás son idénticas: no en balde los cereales y los ganados son los mismos, no existe ninguna diferencia con respecto a los beneficios que recibimos directamente del cielo, y nos vivifica el mismo calor del sol. ¿Cómo íbamos a tener unas estaciones diferentes? - No me interpretéis mal - se disculpó Tripitaka -, pero, si lo que decís es verdad, ¿cómo es que ha caído una nevada tan copiosa en esta época del año y el frío es tan intenso? - Aquí - explicó el anciano - tenemos escarchas y nieves durante todo el octavo mes. Ayer mismo, por cierto, traspusimos el Rocío Blanco, dando por terminado el mes séptimo. ¿Qué hay de extraño, pues, en que todavía nieve? - Aunque no lo creáis - respondió Tripitaka -, en las Tierras del Este sólo nieva en el invierno. Mientras hablaban, vinieron unos cuantos criados más y pusieron la mesa, para que pudieran probar una especie de sopa de arroz. Mientras comían, la nevada no sólo no amainó, sino que se hizo aún más intensa. Pronto adquirió una altura de más de medio metro. Al verlo, Tripitaka cedió a la desesperanza y se puso a llorar. - No os preocupéis por esto, maestro - le aconsejó el anciano Chen -. En esta casa disponemos de comida para alimentarnos todos durante un tiempo considerable. Así que no deis tanta importancia a la nevada. Se ve que no entendéis el motivo de mi pena - repuso Tripitaka -. El año que partí de mi patria con el encargo de hacerme con las escrituras, el mismo emperador en persona salió a despedirme a las puertas de la capital. Tomó una copa en su mano y, tras brindar por el éxito de la empresa, me preguntó: « ¿Cuándo piensas volver?». Como no estaba al tanto de la cantidad de montañas que tenía que trasponer y de los muchos peligros que debía arrostrar, le respondí con ingenuidad: «Dentro de tres años tendréis en vuestro poder las escrituras sagradas». Sin embargo, han transcurrido ya siete u ocho años y todavía no hemos podido contemplar el rostro de Buda. Temo haber superado, con mucho, el límite que yo mismo me tracé, pues esos malditos monstruos se empeñan, una y otra vez, en poner obstáculos a mi camino. Hoy, sin embargo, me ha cabido la enorme fortuna de poder hospedarme en vuestra casa. Mi intención era pediros una barca para cruzar el río, en pago a los servicios que ayer os prestaron mis dos discípulos. ¿Cómo iba a sospechar, siquiera, que estaba a punto de caer una nevada tan copiosa que iba a borrar todos los caminos? Dudo, por tanto, que pueda lograr mi objetivo y regresar después a la ciudad de la que partí. - Tranquilizaos - le aconsejó el mayor de los Chen -. Mirándose bien, habéis recorrido ya la mayor parte del viaje. ¿Qué os puede importar demoraros unos días en mi casa? En cuanto claree y el hielo se derrita, me encargaré de que crucéis ese río, aunque para ello tenga que emplear toda mi fortuna. En ese momento apareció un criado y les invitó a desayunar. La conversación se hizo entonces más animada y, sin apenas darse cuenta de ello, llegó la hora de comer. Los platos que les sirvieron eran tan fuera de lo común que Tripitaka no pudo por menos que comentar: - Deberíais tratarnos como un miembro más de vuestra familia, no como a príncipes. - Os debemos tanto por haber salvado la vida de nuestros hijos - replicó el mayor de los Chen - que, aunque todos los días os ofreciéramos un banquete, jamás podríamos solventar nuestra deuda. La nieve dejó, por fin, de caer y la gente pudo dedicarse a sus tareas habituales. Al ver el mayor de los Chen lo triste que parecía estar Tripitaka, ordenó a sus sirvientes que quitaran toda la nieve del jardín. No contento con eso, mandó buscar un enorme brasero, que colocó al aire libre, para que nadie tuviera frío. - Este tipo anda mal de la cabeza - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿A quién se le ocurre salir a gozar de la belleza de un jardín después de una nevada? Eso se hace en el segundo o tercer mes, cuando la primavera está en toda su pujanza. Ahora hace demasiado frío y no hay absolutamente nada que admirar. - ¡Qué tonto eres! - le regañó el Peregrino -. Los parajes cubiertos de nieve poseen una calma realmente sosegadora. Eso ayudar a nuestro maestro a encontrar la serenidad que parece haber perdido. - Exactamente - confirmó el anciano e, inclinando levemente la cabeza, condujo a sus huéspedes al corazón del jardín. El otoño parecía estar tocando a su fin en aquel paisaje cubierto de nieve. Se presentía, incluso, la llegada del año nuevo. Pinos centenarios aparecían cubiertos de capullos de jade, y los sauces, de extraños hilos de plata. Pero no sólo en ellos era perceptible la presencia del hielo. Se apreciaba hasta en los musgos congelados que cubrían los escalones que conducían al jardín. Los bambúes daban la impresión de poseer raíces de jaspe. Los chupiteles que se habían formado en el lago y las montañas artificiales recordaban imposibles brotes de jade. En los estanques de los peces el agua se había transformado en bandejas de hielo. En sus orillas los hibiscos habían perdido el color y la delicadeza de todas sus ramitas. El frío había agostado las begonias y había hecho que los ciruelos de invierno produjeran nuevos brotes. Era tal la nieve acumulada sobre las peonías, los granados y las casias que parecía como si se hubiera posado sobre ellos una bandada de ánsares. Todo daba la impresión de estar cubierto de mariposas de alas blancas. Los crisantemos, que crecían a ambos lados de la cerca, eran como trozos de jade blanco ribeteados en oro. Los arces, por el contrario, lucían su atractivo color rojo enmarcado en una delicada línea blanca. Era imposible recorrer todo el jardín, pues estaba cubierto de hielo y sus senderos resultaban impracticables. Los visitantes se refugiaron, pues, en una caverna, en cuyo centro colocaron los criados el brasero adornado con patas de elefante y rostros de bestias. En su interior el carbón vegetal lanzaba sus calurosos destellos rojizos, tiñendo de vida los sillones lacados que había a su alrededor. Sobre ellos descansaban pieles de tigre, suaves al tacto y cálidas en extremo. De las paredes colgaban viejas pinturas realizadas por renombrados artistas. Sus temas eran todos muy parecidos: los siete inmortales atravesando un desfiladero, un pescador solitario apostado a orillas de un río cubierto de hielo, montañas altísimas coronadas por la nieve, paisajes en los que la soledad era absoluta... Otro grupo de pinturas representaba a Sz - Wu comiéndose la manta, o saliendo al encuentro del mensajero, tras romper su rama de ciruelo. Adondequiera que se dirigiera la vista se repetían los motivos de la nieve y el hielo. Tal preferencia resultaba totalmente comprensible, teniendo en cuenta que la nieve borraba a menudo los caminos y aislaba a sus habitantes del resto del mundo. Pese a todo, aquél era un lugar ideal para morar. ¿Qué necesidad tenían sus habitantes de soñar con ir a vivir a Peng - Hu 8? Los Peregrinos estuvieron disfrutando un buen rato de la belleza del paisaje, tomaron asiento a continuación en la caverna y empezaron a hablar con sus anfitriones de las dificultades que entrañaba una empresa como la de ir en busca de las escrituras. Los criados sirvieron un té muy aromático y el mayor de los Chen aprovechó la ocasión para preguntar a sus invitados: - ¿Queréis tomar un poco de vino? - Perdonad, pero yo no bebo - se disculpó Tripitaka - Mis discípulos, sin embargo, pueden tomar unas copitas de vino vegetariano, si así lo desean. - En ese caso - concluyó el anciano Chen, dirigiéndose a los criados -, calentad el vino y traed unas cuantas frutas y verduras. No está bien que nuestros invitados se mueran de frío. Los sirvientes no tardaron en aparecer con pequeños hornillos para calentar el vino y volvieron a poner la mesa. Los Peregrinos y sus anfitriones tomaron unas cuantas copas y, de nuevo, fueron retirados todos los servicios. Para entonces había empezado a anochecer y decidieron regresar a la casa a cenar. No se habían sentado a la mesa cuando oyeron comentar a alguien en la calle: - ¡Menudo tiempecito! ¡Hace tanto frío que incluso se ha helado el Río - que - llega - hasta - el - cielo! - ¿Qué podemos hacer, si el río está totalmente congelado? - preguntó Tripitaka a Wu-Kung, visiblemente alterado. - Este frío ha sido demasiado repentino para congelar, así como así, todo el río - comentó el mayor de los Chen -. Lo más seguro es que sólo se hayan helado las orillas. Pero en ese mismo momento volvió a decir la voz de la calle: - Toda la superficie del río está cubierta de hielo. Los ochocientos kilómetros que separan una orilla de otra parecen, en realidad, un espejo. Su firmeza es, de hecho, tan extraordinaria que la gente puede andar sin ningún problema sobre ella. Al oír que se podía caminar por encima del agua, Tripitaka quiso ir inmediatamente a verlo, pero le disuadió el anciano, diciendo: - No seáis tan impaciente, por favor. ¿No os dais cuenta de que es ya muy tarde? Saldremos mañana a echar un vistazo. Concluida la cena, los Peregrinos se despidieron de sus anfitriones y se retiraron a descansar a los mismos aposentos que habían ocupado la noche anterior. Al levantarse, Ba-Chie comentó a Wu-Kung: - No sé si lo habrás notado, pero hoy hace todavía más frío que ayer: no me extrañaría que el río se haya solidificado del todo. Tripitaka se volvió hacia la puerta, cayó de hinojos e, inclinándose respetuosamente ante el Cielo, dijo: - Guardianes de la Fe, este humilde discípulo vuestro se ha propuesto llegar al Oeste y entrevistarse con Buda. Por eso, no he dudado en trasponer mil montañas, ni en vadear mil ríos, sin quejarme para nada de las dificultades que he ido encontrando. Os agradezco que hayáis que acudido en mi auxilio congelando el río y haciéndolo transitable. Jamás olvidaré tan grande e inmerecido favor. Prometo que, cuando lo haya conseguido las escrituras y me halle de nuevo ante el Emperador de los Tang, le pediré que os recompense por cuanto hoy habéis hecho por mí. Concluida la oración, ordenó a Wu-Ching que ensillara el caballo para cruzar el río, antes de que comenzara el deshielo. - No seáis tan impaciente - volvió a aconsejarle el mayor de los Chen -. Es más seguro que esperéis unos días más. Para entonces se habrá derretido la nieve y podréis cruzar el río en mi barca. - Creo que debemos marcharnos - opinó el Bonzo Sha -. Nadie nos asegura que vayamos a encontramos con otra oportunidad como ésta. De todas formas, es aconsejable que, mientras yo ensillo el caballo, el maestro vaya a ver lo que ocurre y decida por sí mismo. - Tenéis razón - contestó el mayor de los Chen. Se volvió hacia sus criados y les ordenó -: Ensillad inmediatamente seis caballos. El monje Tang puede esperar un poco más. Seguidos de los sirvientes, los ancianos y los Peregrinos se llegaron hasta las orillas del río a echar un vistazo. La nieve había formado allí auténticas montañas, que resplandecían bajo los tímidos rayos de un sol que pugnaba por abrirse camino entre las nubes. Todo aparecía congelado y uniforme: el hielo había allanado, de hecho, todas las diferencias. Los lagos y ríos poseían la misma estructura plana y especular. El viento continuaba siendo frío y cortante, y el suelo estaba recubierto de una dureza resbaladiza. En los estanques, los peces se abrazaban a la densa vegetación, mientras las aves salvajes se apretujaban, buscando calor, en las ramas muertas de los árboles. Los viajeros llegados de lejos habían perdido todos sus dedos, por la congelación y los barqueros habían visto, impotentes, cómo se les iban cayendo uno a uno, los dientes, de tanto castañetearlos por el frío. Las bajas temperaturas habían partido las serpientes en dos y destrozado los pies de las aves. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse auténticas montañas de nieve y hielo. En el fondo de los barrancos se veían trozos tan enormes de hielo que muy bien podían pasar por minas de plata recién descubiertas. Todo el río era como una enorme plancha de jade blanco. Si el Este es famoso por su seda, el Norte debería serlo por sus huras de rata. Aquel sitio podía muy bien pasar por el lugar en el que se tumbó Wang - Hsiang y Kwanq - Wu realizó la proeza de su famosa travesía. En una sola noche se había solidificado todo el río. Del fondo a la superficie todo era un enorme bloque de hielo, sin fisuras ni grietas. Más que un curso de agua, parecía un camino firmemente asentado sobre la tierra, aunque un poco más - suave y más brillante. Tripitaka y sus acompañantes detuvieron las cabalgaduras, al llegar al río, y otearon, ansiosos, la distancia. No tardaron en descubrir que, en efecto, varias personas caminaban a pie enjuto sobre el hielo. - ¿Sabéis quién es esa gente? - preguntó Tripitaka al anciano Chen. - Mercaderes, probablemente - contestó éste -. En la otra parte del río se encuentra el Reino Occidental de las Mujeres. Lo que aquí cuesta poco más de un centenar de monedas adquiere en el otro lado un valor mil veces mayor. Lo mismo les ocurre a sus productos. A la vista de unos beneficios tan pingües, es comprensible que no pocos se aventuren a cubrir la distancia que separa ambos reinos, sin pensar para nada en el peligro que puedan correr sus vidas. A veces seis o siete personas embarcan en un bote y se lanzan a las aguas, con la esperanza de llegar al otro lado. Hoy, al ver que el río se ha congelada, parecen haberse animado a cruzarlo a pie. - En los asuntos mundanos - sentenció Tripitaka - la fama y el beneficio son considerados lo más importante. ¿Qué hay de extraño en que los hombres arriesguen por ellos sus vidas? Nosotros estamos tratando de cumplir un encargo imperial, cosa que, sin duda alguna, nos dará justa fama, y ¿vamos a ser diferentes de esos hombres que tenemos delante de las narices? Se volvió, decidido, hacia Wu-Kung y le ordenó: - Regresa inmediatamente al hogar de los Chen y dispón de todo lo necesario para proseguir el viaje. No te olvides de ensillar el caballo. El hielo nos brinda la oportunidad de seguir adelante con nuestros planes y no vamos a desaprovecharla. El Peregrino sonrió y se dispuso a obedecer, de inmediato, sus órdenes. Sólo el Bonzo Sha se atrevió a sugerir algo en contra, diciendo: - El proverbio afirma: «Al cabo de mil días, nadie puede comer más que unos pocos kilos de arroz». ¿Por qué no nos quedamos unos cuantos días más en casa del señor Chen y esperamos a que el tiempo sea mejor antes de que nos decidamos a cruzar el río en barca? Nunca es aconsejable actuar con precipitación, si queremos huir de los errores. - ¿Cómo puedes ser tan poco reflexivo? - le regañó Tripitaka -. Si estuviéramos en el segundo mes del año, podríamos estar seguros de que iba a cambiar el tiempo, y de que, tarde o temprano, la nieve terminaría derritiéndose. Pero la verdad es que nos hallamos en el mes octavo y el frío no tardará en ir en aumento. ¿Cómo va a producirse, de pronto, un deshielo? Si nos quedamos aquí, lo más seguro es que nos tengamos que esperar medio año por lo menos. - Dejad de discutir a lo tonto - sugirió Ba-Chie, saltando del caballo -. Si me lo permitís, voy a probar el grosor de este hielo. - Recuerdo que ayer tiraste una piedra, para ver la profundidad del agua - comentó el Peregrino -. ¿Cómo vas a hacer para comprobar el grosor de una cosa tan sólida y pesada como el hielo? - Olvidas que puedo propinarle un buen golpe con mi tridente - replicó Ba-Chie -. Si se rompe, quedará claro que no podrá con nuestro peso. Sin embargo, si resiste, no existirá ninguna razón para que renunciemos a caminar sobre él. - Me parece una proposición razonable - concluyó Tripitaka. El Idiota se arremangó la túnica y, en grandes zancadas, se llegó hasta la orilla del río. Levantó los brazos cuanto pudo y los dejó caer con todas sus fuerzas, descargando un golpe tremendo sobre el hielo. Se escuchó un ruido muy raro, pero el agua permaneció tan sólida como antes. Como testimonio del golpe, sólo quedaron nueve pequeñas marcas sobre el hielo y un inesperado entumecimiento en las manos de Ba-Chie, que anunció, riendo: - ¡Podemos caminar sobre él sin ningún peligro! ¡Hasta el fondo está helado! Nada pudo complacer más a Tripitaka que ese anuncio. Regresó a toda prisa a la mansión de los Chen y todo cuanto podía decir era que tenía que partir de inmediato. De nada valieron las súplicas de los dos ancianos, para que siguieran honrándolos con el placer de su compañía. Cuanto dijeron cayó en oídos sordos. Comprendiendo que su decisión no admitía vuelta atrás, los dos hermanos ordenaron a los criados que prepararan algo de comida y se la dieran a los Peregrinos. Toda la familia salió a despedirse de ellos, echándose rostro en tierra. Sólo los ancianos permanecieron en pie con dos bandejas llenas de plata y de oro. También ellos terminaron arrodillándose, al ofrecérselas a los Peregrinos, diciendo: - Siempre estaremos en deuda con vos por haber salvado a nuestros hijos. Os rogamos que admitáis este humilde ejemplo de nuestra gratitud como ayuda para el viaje. Sin dejar de sacudir la cabeza y las manos, Tripitaka rechazó el regalo, diciendo: - Los que hemos renunciado a la familia no precisamos de dinero Aunque me decidiera a aceptarlo, no podría usarlo en ningún momento, porque vivimos únicamente de la limosna. Para nosotros es más que suficiente la comida que acabáis de entregarnos. Los ancianos siguieron porfiando y el Peregrino no tuvo más remedio que coger una pieza, que apenas si pesaba cuatro o cinco dracmas, y entregársela al monje Tang, diciendo: - Aceptad esto, al menos, para que no piensen que despreciamos su gratitud. Sin más incidentes dignos de reseñar, se llegaron hasta el río. Pero, en cuanto puso los cascos en el hielo, el caballo empezó a resbalar de tal manera que por poco no tira a Tripitaka. - ¿Lo veis? - gritó el Bonzo Sha -. No podemos partir. - Esperad un momento - sugirió Ba-Chie -. Voy a ver sí el señor Chen me deja un poco de paja. - ¿Para qué la quieres? - preguntó el Peregrino. - Se ve que no tienes ni idea de esto - replicó Ba-Chie -. Con la paja ataremos los cascos al caballo y así podrá andar por el hielo sin ninguna dificultad. Al oír desde la orilla lo que acababa de decir Ba-Chie, el mayor de los Chen ordenó a sus criados que trajeran un poco de paja. El monje Tang hubo de regresar nuevamente a la orilla. Ba-Chie envolvió en paja los cuatro cascos del caballo, que, en efecto, se mantuvo en pie sobre el hielo, sin resbalar ni una sola vez. Tras despedirse, una vez más, de la familia Chen, iniciaron su andadura por el hielo. Apenas llevaban recorridos tres o cuatro kilómetros, cuando Ba-Chie entregó al monje Tang su tridente, diciendo: - Poned esto transversalmente sobre la silla de montar. - ¡No seas tan listo, anda! - le regañó el Peregrino -. Eso es tuyo, ¿no? Pues carga con ello. ¿A qué viene eso de pedirle al maestro que lo lleve él? - Se nota que no tienes ninguna experiencia de andar por el hielo - se defendió Ba-Chie -. Hasta el más sólido está lleno de agujeros, que pueden hacerte caer de cabeza al agua, si tienes la mala fortuna de meter el pie en ellos. Si no llevas algo trasversal, te hundes rápidamente. Lo peor es que la parte de arriba se funde en seguida y no puedes salir de esa trampa, aunque hagas más esfuerzos que un héroe. - Cualquiera que te oiga hablar - replicó el Peregrino - pensará que llevas años andando sobre el hielo. Pero en seguida se hizo lo que Ba-Chie había ordenado. El maestro colocó transversalmente su tridente, mientras el Peregrino y el Bonzo Sha hacían otro tanto con el cayado y la barra de hierro. Ba-Chie no precisó de nada más, ya que iba cargado con la pértiga del equipaje. Todos se sintieron, de esta forma, más seguros. La noche se les echó encima, pero no se atrevieron a detenerse ni para comer las viandas que les habían dado los Chen. Las estrellas y la luna parecieron llenar el hielo de luz propia. Resultaba, en verdad, fantasmagórico el fulgor que parecía emitir el cauce del río. Eso ayudó a mantener los ojos bien abiertos tanto al maestro como a los discípulos, no deteniéndose ni una sola vez en toda la noche. Al amanecer tomaron un desayuno en extremo frugal y prosiguieron su marcha hacia el Oeste. Al poco tiempo se escuchó un sonido muy extraño, que parecía proceder del corazón del hielo. El caballo sintió tal sobresalto que por poco no se cae. - ¿Qué ha sido eso? - preguntó, asustado, Tripitaka a sus discípulos. - Este río está tan congelado - explicó Ba-Chie - que su peso se ha centuplicado y, según parece, el lecho está teniendo ciertas dificultes para poder sostenerlo. Eso explica el extrañísimo ruido que acabamos de oír. La explicación satisfizo al sorprendido y asustado Tripitaka, que espoleó el caballo y reanudó la marcha. El monstruo, mientras tanto, se encontraba agazapado bajo el hielo a la espera de los Peregrinos. Pronto escuchó con toda claridad el ruido producido por los cascos de un caballo y, valiéndose de la magia, hizo una enorme fisura en la superficie helada. El Gran Sabio se las arregló para saltar por el aire, pero sus tres compañeros no tuvieron tan buena suerte y se hundieron en el agua. En cuanto se hubo apoderado de Tripitaka, el monstruo y los espíritus regresaron, albozados, a su mansión de agua. - ¿Dónde te has metido, perca, hermana mía? - gritó el monstruo. - No soy digna de que me llaméis así - contestó la perca, saliendo a su encuentro y saludándole con respeto. - ¿Qué quieres decir? - replicó el monstruo -. «Ni siquiera una manada de caballos es capaz de destruir la palabra que ha salido de mi boca.» Prometí sellar un pacto de hermandad contigo, si salía bien el plan que tú misma pergeñaste para atrapar al monje Tang, y la empresa ha sido coronada por el éxito. ¿Cómo voy a volverme ahora atrás? Se volvió a continuación a sus subalternos y les ordenó: - Poned la mesa y traed los cuchillos más afilados que haya en este palacio. Es preciso abrir en canal a este monje, deshuesarle, quitarle la piel y arrancarle el corazón. Mientras lo hacéis, decid a los músicos que empiecen a tocar. Quiero compartir su carne con mi nueva hermana, para que ambos podamos alcanzar una edad tan avanzada como la del mismo cielo. - Es mejor que no le comamos todavía - repuso la perca -. No me extrañaría que se presentaran aquí sus discípulos, cuando menos lo esperáramos, y nos estropearan la fiesta. Esperad un par de días y, si en ese tiempo no aparece nadie, llevad a cabo vuestro propósito. Ocupad entonces el puesto de honor, rodeaos de todos vuestros familiares y deudos y haced que vuestros esclavos canten y bailen para vos. En un ambiente así los manjares saben mucho mejor y vos podréis disfrutar a vuestras anchas de ese monje. El monstruo aceptó inmediatamente tan sibarítica sugerencia. El monje Tang fue confinado, pues, en una enorme caja de piedra a más de tres metros de altura, que los criados escondieron en la parte posterior del palacio. Ba-Chie y el Bonzo Sha, por su parte, se las arreglaron para recobrar el equipaje. Lo colocaron encima del caballo y, abriendo un sendero en las gélidas aguas, lograron llegar sin mayores dificultades a la superficie. Al verlos desde lo alto, el Peregrino les preguntó con cierto nerviosismo: - ¿Y el maestro? - Me te temo que ha cambiado de nombre - respondió Ba-Chie -. Ahora se apellida «Hundido» y se llama «Hasta - el - fondo». La verdad es que no sabemos dónde empezar a buscarle. Lleguémonos hasta la orilla y decidamos allí lo que ha de hacerse. Como se recordará, Ba-Chie era la reencarnación del Mariscal de los Juncales Celestes. Su poder había sido tan grande que había logrado tener bajo sus órdenes a más de ochocientos mil marineros, estacionados, todos ellos, en las mismas orillas del Río Celeste. El Bonzo Sha procedía, así mismo, del Río de la Corriente de Arena, y el caballo era descendiente directo del Rey Dragón del Océano Occidental. Eso explicaba la facilidad con que se movían los tres por las aguas. El Gran Sabio no gozaba, por su parte, de esas prerrogativas y permaneció en el aire. En cuanto llegaron a la margen oriental, cepillaron el caballo con cuidado y se despojaron de sus ropas mojadas. Mientras se preocupaban de esos menesteres, el Peregrino bajó de las nubes y se dirigió hacia el pueblo de los Chen. Uno de los criados le vio y corrió a informar a sus amos, diciendo: - Partieron cuatro monjes en busca de las escrituras, pero sólo regresan tres. Los dos ancianos salieron a darles la bienvenida y vieron, atemorizados, que las ropas de sus antiguos huéspedes goteaban como si fueran nubes. - Os suplicamos que os quedarais con nosotros y no quisisteis escucharnos - dijeron en tono recriminatorio -. ¿Qué os habría costado hacernos caso? Si lo hubierais hecho, no os encontraríais ahora en esta situación ¿Puede saberse dónde está Tripitaka? - Ya no se llama Tripitaka - contestó Ba-Chie -, sino Hundido Hasta - el - fondo. - ¡Qué pena! - exclamaron los ancianos, llorando desconsoladamente -. Le dijimos que pondríamos más adelante un bote a su disposición y no quiso escucharnos. Su tozudez le ha costado la vida. ¡Qué lástima! - Lamentarse por los muertos no conduce a ninguna parte - repuso el Peregrino -. Algo me dice que el maestro no sólo no ha fallecido, sino que todavía le queda mucho tiempo por vivir. Estoy convencido de que todo esto es obra del Gran Rey del Poder Milagroso, que planeó desde el principio hacerse con él. Si en algo queréis sernos útiles, lavadnos la ropa, secad nuestro permiso de viaje y dad de comer al caballo. Nosotros, mientras tanto, partiremos en busca de ese tipo. Cuando demos con él, no sólo pondremos en libertad a nuestro maestro, sino que liberaremos de sus garras a todo el pueblo y, así podréis vivir siempre en paz. Esos planes devolvieron la serenidad y la alegría a los dos ancianos, que ordenaron al punto sacar algo de comer, para que los peregrinos pudieran recobrar sus fuerzas. Cuando lo hubieron hecho, confiaron el caballo y el equipaje a la familia Chen y, agarrando cada cual sus armas, se dirigieron a la orilla del río, dispuestos a encontrar al maestro y dar al monstruo su merecido. Cometieron un error, al poner el pie sobre el hielo. La naturaleza salió malparada de tal empeño pero ¿cómo puede seguir existiendo la perfección, cuando se escapa el gran elixir? No sabemos, de momento, si lograron liberar al monje Tang, por lo que quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo. 第049回 VÍCTIMA DE LA DESGRACIA, TRIPITAKA FUE A PARAR A UN PALACIO DE AGUA. CON EL FIN DE SALVARLE, KWANG - IN DESPLIEGA UNA CESTA DE PESCADOR Al llegar junto a las aguas, el Peregrino se volvió hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les dijo: - Decidid entre vosotros dos quién se mete primero. - Deberías hacerlo tú - replicó Ba-Chie -, ya que tus poderes son mayores que los nuestros. - Si se tratara de un monstruo de la montaña - contestó el Peregrino -, tened por cierto que no necesitaría de vuestra colaboración. Yo solo me bastaría para reducirle. En el agua es distinto. Para poder meterme en el océano o caminar por un río, es preciso que haga de continuo el signo para repeler las aguas o que me transforme en un pez o en cualquier otra criatura acuática. En cualquiera de los casos, no podría blandir a gusto la barra de hierro ni luchar con la efectividad que me es característica. De ahí que os pida que abráis la marcha uno de vosotros. - De acuerdo - convino el Bonzo Sha -, pero no sabemos lo que vamos a encontrarnos en el fondo. Opino, por tanto, que lo mejor será nos metamos todos a la vez. Tú puedes transformarte en cualquier criatura que quieras; yo me encargaré de abrirte camino. De esa forma, no te costará mucho llegar hasta la guarida del monstruo. Si vez que el maestro no ha sufrido el menor daño, podemos iniciar de inmediato el asalto. Si, por el contrario, descubres que lo ocurrido no es obra suya o que el maestro ha dejado de existir, bien ahogado o devorado por esas bestias, lo mejor que podemos hacer es renunciar a nuestro empeño y marcharnos cada cual por nuestro camino. - Tienes razón - reconoció el Peregrino -. No existe plan más sensato que ése. ¿Quién de vosotros va a llevarme? - Este mono se ha burlado de mí yo qué sé la de veces - se dijo Ba-Chie, complacido -. Como no sabe defenderse en el agua, como debiera, voy a reírme de él un rato, para que sepa bien lo que es bueno. Levantó, pues, la voz y dijo: - Yo cargaré contigo. - De acuerdo - contestó el Peregrino, percatándose de sus intenciones -. No en balde tus brazos parecen mucho más fuertes que los de Wu-Ching - y se subió a la espalda de Ba-Chie. El Bonzo Sha hendió las aguas y los tres se lanzaron al Río - que - llega - hasta - el - cielo. Cuando llevaban recorridos más de cien kilómetros, el Idiota se dispuso a burlarse del Peregrino, pero éste se arrancó un pelo y lo convirtió en una copia exacta de sí mismo. Agitó, al mismo tiempo, el cuerpo y se transformó en un piojo, que tomó seguro cobijo en su oreja. El Idiota hizo como si hubiera tropezado y el falso Peregrino salió volando por encima de su cabeza. Como no era más que un simple pelo, la corriente lo arrastró en un abrir y cerrar de ojos. - ¿Cómo has podido hacer eso? - le regañó el Bonzo Sha -. Tenías que haber andado con un poco más de cuidado. ¡A saber dónde habrá ido a parar nuestro hermano! Era preferible que te hubieras caído tú sobre el barro. - No comprendo cómo puede ser tan débil ese mono - se disculpo Ba-Chie -. Ya has visto: un tropezoncito de nada y ha salido disparado como una flecha. Pero, en fin, ¿qué puede importarnos que este muerto o vivo? Nuestra obligación es encontrar cuanto antes al maestro. - No estoy de acuerdo - respondió el Bonzo Sha -. Es nuestro hermano y no podemos abandonarle, sin más, a su suerte, particularmente sabiendo que no se defiende en el agua tan bien como nosotros. Me niego a seguir adelante, hasta que no le hayamos encontrado. - ¡No te preocupes, Wu-Ching! - gritó el Peregrino desde el interior de la oreja de Ba-Chie, sin poderse aguantar más -. ¡Estoy aquí! - ¡Este Idiota no vale para nada! - replicó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. No sé cómo se le ha ocurrido gastarte una broma tan pesada. El burlado es ahora él, porque, aunque te oye con toda claridad, no sabe, en realidad, dónde estás. A ver qué se le ocurre hacer ahora. Ba-Chie estaba tan asustado que cayó de rodillas en el barro y empezó a gritar, temblando de pies a cabeza: - Ha sido culpa mía, lo reconozco. Si quieres castigarme, espera a que hayamos liberado al maestro y regresado a la costa. Entonces te presentaré todas mis excusas. ¿A qué viene hacer tanto ruido? ¿No ves que estoy muerto de miedo? Déjate ver y te prometo que jamás volveré a gastarte una broma de tan mal gusto como ésa. Es más, me portaré con todo el respeto que mereces. - Aunque te cueste creerlo - replicó el Peregrino -, me llevas encima. Venga, démonos prisa. Sin dejar de lanzar excusas, el Idiota siguió los pasos del Bonzo Sha. Recorrieron otros cien kilómetros y se toparon con un edificio muy alto, en el que podía leerse, escrito en enormes caracteres: «Mansión de la Tortuga Marina». - Ésta debe de ser la residencia del monstruo - dijo el Bonzo Sha -. ¿Por qué no nos llegamos hasta la puerta y retamos a esa bestia? - ¿Hay agua alrededor de esa torre? - inquirió el Peregrino. - No - respondió el Bonzo Sha. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, escondeos a ambos lados de la puerta, mientras voy a echar un vistazo. Con increíble pericia abandonó la oreja de Ba-Chie y, sacudiendo, una vez más, el cuerpo, se convirtió en una gamba de largas patas. De dos o tres saltos, se coló por la puerta. Miró a su alrededor y vio al monstruo sentado en un lugar prominente, mientras sus más directos colaboradores permanecían de pie ante él en dos filas. De entre ellos destacaba una perca, que ocupaba también un sitio de honor. Todos los presentes estaban enfrascados en una discusión que versaba sobre la forma de devorar al monje Tang. El Peregrino lanzó miradas inquisitivas hacia todos los lados, pero no halló ni rastro del maestro. Lo único que logró ver fue una gamba con una barriga muy grande, que parecía guardar la entrada de un corredor que se abría hacia el oeste. El Peregrino se llegó hasta ella y la saludó, diciendo: El Gran Rey está discutiendo con los demás cuál es la mejor forma de comerse a ese tal monje Tang, pero lo que yo quisiera saber es dónde se encuentra tan singular personaje. - El Gran Rey en persona lo capturó ayer, tras producir una fenomenal nevada y hacer que todo se cubriera de hielo. Ahora está metido en una enorme caja de piedra que hay en la parte de atrás del palacio - contestó la gamba -. Si sus discípulos no dan mañana señales de vida, le devoraremos entre todos en un banquete tan espléndido que no faltará ni la música. El Peregrino continuó charlando con ella un buen rato y se retiró a continuación a la parte del palacio que le había dicho la gamba. No tardó en encontrar la caja de piedra. Parecía una pocilga o una especie de túmulo funerario. A primera vista comprobó que medía alrededor de tres metros de largo. Se subió encima de tan singular construcción y oyó los sollozos de Tripitaka, que no dejaba de lamentarse. El Peregrino aguzó el oído y escuchó que el maestro se quejaba de su suerte, diciendo: - ¡Cuántos enemigos han tratado de darme muerte, a mí, que llevo el nombre de «El - que - flota - en - el - río»! Parece como si desde el momento mismo de mi nacimiento hubiera estado predestinado a morir en el agua. Hasta mi madre me confió a la bravura de las olas. Por mi afán de encontrar a Buda en las Tierras del Occidente, me he visto sumergido en las profundidades, pasando una prueba terrible en el Río Negro. Mi suerte no ha mejorado, pues a punto estoy de encontrar la muerte en esta corriente convertida en hielo. No sé si mis discípulos podrán llegar hasta aquí o si podré, por fin, regresar a casa con las escrituras. Al oír tan conmovedores lamentos, el Peregrino no pudo aguantar más y dijo: - No estéis tan abatido, maestro. El Libro de los Desastres Acuáticos afirma: «Mientras la tierra es la madre de las Cinco Fases, el agua es, en realidad, su origen: sin la tierra no existe el nacimiento, pero no puede darse ningún tipo de crecimiento sin el agua». No os preocupéis, maestro. Aquí está Wu-Kung para ayudaros. - ¡Sácame de aquí! - suplicó Tripitaka. - Procurad tranquilizaos - le aconsejó el Peregrino -. Antes de poneos en libertad, debo acabar con ese monstruo. - ¡Date prisa, por favor! - insistió Tripitaka -. Un día más aquí y muero asfixiado. - Os aseguro que no sucederá eso - trató de apaciguarle el Peregrino -. Ahora debo marcharme. Dándose la vuelta, se llegó de un salto hasta la puerta y, tras recobrar que le era habitual, gritó: - ¡Ba-Chie! - ¿Has averiguado algo? - preguntaron el Idiota y el Bonzo Sha, acercándose a él. - Fue el monstruo ese el que atrapó al maestro - contestó el Peregrino -. Todavía no ha sufrido daño alguno, pero se encuentra metido en una caja de piedra. Opino que deberíais retarle, mientras yo me llego a la superficie. Si sois capaces de vencerle, no dudéis en hacerlo. Pero si no podéis con él, fingid que os abandonan las fuerzas y obligadle a salir fuera del agua. Ya me encargaré yo de darle su merecido. - De acuerdo - convino el Bonzo Sha -. Puedes irte tranquilo. Nosotros nos encargaremos de todo. Tras hacer con los dedos el signo para repeler el agua, el Peregrino salió disparado del río y se quedó de pie junto a la orilla, a la espera de lo que pudiera suceder. Ba-Chie, mientras tanto, adoptó una postura amenazadora y, llegándose hasta la puerta, bramó con voz potente: - ¡Pon inmediatamente en libertad a mi maestro, bestia maldita! Los diablillos que hacían guardia corrieron al interior a informar a su Señor: - Hay fuera hay alguien que exige la inmediata liberación de su maestro. - Deben de ser los monjes que me atacaron - comentó el monstruo -. Traedme la armadura. - Los diablillos así lo hicieron. En cuando se la hubo ajustado, el monstruo cogió el arma y salió a la puerta, encontrándose de frente a Ba-Chie y al Bonzo Sha, que no paraban de mirarle, estudiando con atención cada uno de sus movimientos. De alguna forma, quedaron sorprendidos de su apariencia. El yelmo con el que se protegía la ca-beza era de oro puro y emitía una extraña luminosidad, que realzaba la coraza, también hecha del mismo material. Por contraste, llevaba ceñida la cintura con un preciado cinturón confeccionado con perlas y jade, que nada parecía tener que ver con sus sobrias botas de cuero marrón. Poseía una nariz tan aguileña que recordaba una montaña, una frente tan ancha que hacía pensar en la de un dragón, unos ojos tan fieros y redondeados que hacían pensar en un volcán, unos dientes tan afilados como espadas de acero, un cabello tan corto alborotado que traía a la mente las caprichosas formas de una llama, y una barba tan puntiaguda como una lima. En la boca llevaba una especie de alga filamentosa, cuya fragilidad y color verdoso contrastaban abiertamente con el mazo de bronce rojizo que llevaba en las manos. En cuanto se hubieron abierto las puertas, con un escalofriante crujido, el monstruo lanzó un gritó, que retumbó como el trueno de una tormenta primaveral. Sus rasgos denotaban a las claras que no se trataba de un ser humano. Por algo era conocido por el nombre de Gran Rey del Poder Milagroso. Tras abandonar el palacio, el monstruo hizo un gesto y al punto aparecieron más de cien diablillos en impecable formación, armados con espadas y lanzas. - ¿De qué monasterio has salido y por qué te presentas aquí causando todo este alboroto? - preguntó el monstruo. - ¡Maldita bestia! - exclamó Ba-Chie -. Por poco no encuentras la muerte a nuestras manos hace apenas dos días y ¿ahora pretendes haberte olvidado de quiénes somos? Servimos como discípulos al santo monje de la Gran Nación de los Tang, en las Tierras del Este, y nos dirigimos al Paraíso Occidental a presentar nuestros respetos a Buda y conseguir las escrituras sagradas. Nuestras pretensiones son infinitamente inferiores a las tuyas, que te haces pasar, valiéndote de una magia sin ningún valor, por el Gran Rey del Poder Milagroso y devoras sin piedad a los hijos inocentes del pueblo de los Chen. ¿Tanto te cuesta reconocerme? ¿Tan pronto te has olvidado de Carga de Oro, de la familia de Chen - Ching? - No eres muy respetuoso que digamos - replicó el monstruo -. Debería llevarte a los tribunales por hacerte pasar por una muchachita tan delicada como Carga de Oro. ¿Acaso no sabes que es un crimen execrable usurpar la personalidad de otra persona? No sólo no pude saciar, por culpa tuya, mi hambre, sino que, encima, recibí una herida en la mano. ¿Cómo te atreves a llegarte hasta mi puerta, habiéndome rendido ya una vez a ti? - Si te hubieras rendido realmente - repuso Ba-Chie -, no habrías hecho caer una nevada tan copiosa ni habrías atrapado a mi maestro en el hielo. Si quieres que todo siga como hasta ahora, ponle inmediatamente en libertad. De lo contrario, tendrás que volver a probar el sabor de mi tridente. - ¡Vaya, se ve que con la lengua eres un guerrero excelente! - exclamó el monstruo, sonriendo burlón -. Admito que fui yo quien produjo la nevada y se apoderó de tu maestro. Comprendo que vengas a exigirme su puesta en libertad, pero debo advertirte que las circunstancias han cambiado un poco desde la última vez que nos vimos. Para empezar, como mi intención era la de asistir a un banquete, no llevaba ningún arma conmigo y eso te dio una cierta ventaja. Espero que no huyas y puedas resistirme no más de tres asaltos. Si lo consigues, prometo poner inmediatamente en libertad a tu maestro. En caso contrario, también tú acabarás sobre mi mesa. - Mi querido muchacho - replicó Ba-Chie en el mismo tono -, ¿qué forma de hablar es ésa? Eres tú quien debiera tener cuidado de mi tridente. - Por tu forma tan ingenua de hablar se nota que te hiciste monje, una vez transpuesta la mitad de tu vida - sentenció el monstruo. - Tu poder milagroso es mucho mayor del que yo pensaba - repuso, a su vez, Ba-Chie -. ¿Cómo has podido averiguar, si no, un dato tan importante sobre mi vida? - Te agradezco la alta estima que hacia mí demuestras - contestó el monstruo -. Sin embargo, tengo una pequeña duda, que quiero que me aclares. ¿Has alquilado ese tridente a un labrador o se lo has robado a tu maestro? - ¡Qué ignorancia! - volvió a exclamar Ba-Chie -. ¿No ves que este tridente no es ningún utensilio de trabajo? Sus dientes están hechos con garras de dragón, y su mango, que semeja una serpiente, fue fundido en oro blanco. Su efectividad se muestra, sin embargo, en el momento de la batalla, porque es capaz, al mismo tiempo, de levantar un viento gélido y de producir un fuego imparable. Son incontables los monstruos que ha destruido por defender al monje Tang a lo largo del camino que conduce hacia el Oeste. Al blandirlo, emite una densa neblina, que oscurece el sol y la luna, mientras lanza unas luces brillantes de vivísimos colores. Ante él tiembla el Monte Tai y los mil tigres que lo habitan. En su presencia se sobrecogen los incontables dragones que moran en los mares. Es muy posible que poseas un poder milagroso, pero no podrás evitar que este tridente te produzca en el cuerpo nueve agujeros horribles, por lo que se te escapará la vida a borbotones. El monstruo, por supuesto, no creyó ni una sola de sus palabras. Pensando que se trataba de una fanfarronada simple y llana, levantó el mazo de bronce y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza de Ba-Chie. Afortunadamente, éste lo esquivó con ayuda del tridente y exclamó, furioso: - ¡Maldita bestia! Se nota que también tú te hiciste espíritu en la mitad de tu puerca vida. - ¿Quién te ha dicho eso? - preguntó el monstruo, sorprendido. - Por la forma como blandes ese mazo de bronce - repuso Ba-Chie - deduzco que has debido de ser ayudante de herrero o algo por el estilo. - Este mazo - explicó el monstruo - no sirve para domar los metales. Posee nueve porciones iguales, que recuerdan los pétalos de una flor. Aunque esté hueco, su tallo permanece eternamente lozano y verde. En el mundo mortal no existe nada que se le parezca, ya que tuvo su origen en el mismo reino en el que moran los dioses. En el estanque de jaspe adquirió su lozanía, y en el de jade, el inmarcesible aroma que lo caracteriza. Yo mismo, a fuerza de practicar la virtud, lo templé, dotándolo de poderes mágicos, que lo hacen tan duro y resistente como el acero. Las hachas, las espadas y las lanzas no pueden absolutamente nada contra él. Por muy afilado que esté tu tridente, mi mazo acabará con él con la misma facilidad con que aplastaría un simple clavo. Cansado de semejante despliegue de baladronadas, el Bonzo - Sha se interpuso entre ambos contendientes y gritó con inesperada autoridad: - ¡Deja de alabarte, de una vez, monstruo! Con razón decían los ancianos que «las palabras no prueban nada y que sólo las acciones son dignas de crédito». No trates de huir y mide tus fuerzas con mi báculo. - ¡Vaya! - exclamó, una vez más, el monstruo, deteniendo el golpe con su mazo -, otro que decidió hacerse monje, una vez transcurrida la mitad de su vida. - ¿Quién te lo ha dicho? - replicó el Bonzo - Sha, ofendido. - Por la forma como te mueves - respondió el monstruo -, cualquiera diría que has estado trabajando toda tu vida en una tienda de tallarines. - ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan descabellada? - volvió a preguntar el Bonzo - Sha. - Por nada - contestó el monstruo -. Sólo que mueves el arma como si en la mano tuvieras un rodillo. - ¡Maldita bestia! - exclamó el Bonzo - Sha, malhumorado -. No sabes lo que dices. Esta arma es tan especial que en todo el mundo no hay otra como ella. Dada tu ignorancia, no me extraña que la confundas con cualquier cosa. Debe su origen a la luna, concretamente a un sector invisible. Por si eso fuera poco, fue tallada en un trozo de madera sagrada. Su exterior está cubierto de joyas que emiten luz propia, mientras que por dentro es de oro puro. No es extraño que haya asistido a infinidad de banquetes imperiales. Ahora se halla al servicio del monje Tang, cosa que saben cuantos moran a lo largo del camino que conduce hacia el Oeste. En las Regiones Superiores goza de merecida fama, siendo calificada como el báculo de aniquilar monstruos. Es tan fuerte que de un solo golpe puede abrirte el cráneo. El monstruo no quiso oír nada más y se lanzó contra los dos monjes. La batalla que se desarrolló en el fondo mismo del río fue de las más fieras que jamás se hayan contemplado. El tridente, el mazo de bronce y el báculo no dejaban de repartir golpes a derecha e izquierda. Wu - Neng y Wu-Ching lanzaron contra el monstruo un ataque combinado, que terminó sacándole de quicio. La destreza que demostraron no desmereció su pasado de Mariscal de los Juncales Celestes y paladín de los ejércitos celestiales. El monstruo, sin embargo, les hizo frente con inimitable destreza y valor. Con razón el Tao posee las mismas formas de perfección que el budismo. La tierra domina el agua, haciendo visibles los lechos de los ríos, cuando aquélla se seca. Del agua surge la madera, que, más tarde o más temprano, termina floreciendo. El Zen y el Tao conducen al mismo estado, pudiendo el elixir resumir en sí los tres credos. La tierra es madre de la que todo brota. Sumido en el agua sagrada, lo viejo vuelve siempre a renacer. La misma madera encuentra en ella su fuente, siendo después la cuna en la que crece, vigoroso, el luminoso fuego. Idénticas y distintas son, al mismo tiempo, las Cinco Fases, de ahí que parezcan anularse mutuamente. La diferencia de sus naturalezas no es más que mera ilusión. Por eso mismo el mazo de bronce, el báculo y el tridente eran incapaces de sacar ventaja de su supuesta superioridad, haciendo que los golpes se multiplicaran hasta el infinito. Quienes blandían armas tan poderosas eran conscientes de que arriesgaban sus vidas por un monje, coqueteando con la muerte a causa de Sakyamuni. El mazo de bronce era el que más actividad desplegaba, tratando de mantener a raya al báculo a su izquierda, y al tridente a su derecha. Más de dos horas estuvieron guerreando bajo las aguas sin que se destacara un claro vencedor. Comprendiendo que todos sus esfuerzos eran inútiles, Ba-Chie hizo un gesto al Bonzo - Sha y los dos fingieron estar al límite sus fuerzas. Sin ninguna vergüenza se dieron la vuelta y huyeron, arrastrando sus armas. - Quedaos aquí - ordenó el monstruo -, mientras trato de darles alcance. Os servirán de plato principal. Como un viento huracanado que arranca las hojas muertas y termina de secar las flores ya marchitas, el monstruo se lanzó tras ellos camino de la superficie. Apostado en la orilla oriental, el Gran Sabio miraba fijamente las aguas, sin pestañear una sola vez. De pronto se agitaron las aguas y se oyeron bramidos y gritos. Ba-Chie apareció el primero, voceando, muy nervioso: - ¡Que viene! ¡Que viene! El Bonzo - Sha le seguía muy de cerca, repitiendo en el mismo estado de excitación: - ¡Aquí está ya! - ¿Adonde creéis que vais? - bramaba, a su vez, el monstruo. Pero, en cuanto hubo salido del agua, se topó con el Peregrino, que le increpó, diciendo: - ¡Prueba el sabor de mi barra, bestia inmunda! El monstruo se hizo a un lado con inesperada agilidad, parando diestramente el golpe con ayuda de su mazo. La lucha no podía ser más desigual: mientras uno levantaba montañas de olas, el otro daba muestras de su inigualable técnica guerrera desde la orilla. Al cabo de tres asaltos comenzaron a flaquearle las fuerzas al monstruo y se lanzo de nuevo a las aguas, perdiéndose entre una maraña de remolinos y olas. El Peregrino se volvió entonces a sus hermanos y les dijo: - Debo felicitaros por haberos batido tan bien con esa bestia. - En tierra ese monstruo es un guerrero formidable - comento el Bonzo - Sha -, pero en el agua no hay quien pueda derrotarle. Ba-Chie y yo le hemos hostigado por todos los lados y lo único que hemos conseguido ha sido mantenerle a raya. ¿Qué podemos hacer para liberar al maestro? - Dejémonos de discusiones inútiles - sugirió el Peregrino -. Es muy posible que trate de hacerle todo el daño que pueda, para vengarse. - Ahora mismo voy a tratar de hacerle salir otra vez - dijo Ba-Chie -. Tú colócate a media altura y, cuando le veas asomar la cabeza, propínale uno de esos golpes que tú sabes dar. Si no le matas, por lo menos conseguirás hacerle perder el sentido, y yo me encargaré de rematarle con el tridente. - Excelente idea - concluyó el Peregrino -. Es lo que yo llamo una perfecta colaboración. Si no conseguimos nada de esa forma, no lo lograremos de ninguna - y los dos volvieron a meterse en el agua. Apenas hubo llegado el monstruo a su morada, acudieron a darle la bienvenida los diferentes diablillos. Fue, sin embargo, la perca la que se atrevió a preguntarle: - ¿Hasta dónde has ido persiguiendo a esos monjes? - Tenían a otro apostado en la orilla y trató de golpearme con una enorme barra de hierro - explicó el monstruo -. Afortunadamente logré esquivar el golpe y me enzarcé con él en un cuerpo a cuerpo. ¡Sólo el cielo sabe lo pesada que es esa barra! Mi mazo de bronce no podía nada contra ella y, aunque resistí tres embates, al final hube de admitir la derrota y huir lo más rápidamente que pude. - ¿Recuerdas cómo era ese tercer monje? - preguntó la perca. - Sí - contestó el monstruo -. Tenía la cara cubierta totalmente de pelo, su voz recordaba la de un dios del trueno, y poseía unas orejas muy picudas. Era, además, chato en extremo y sus ojos parecían emitir fuego, particularmente sus pupilas, que daban la impresión de estar hechas de diamante. Hiciste bien en escapar - comentó la perca -. Si hubieras resistido tres ataques más, de seguro que hubieras encontrado la muerte. Por los datos que me has dado, creo saber quién era ese monje. - ¿De quién se trata? - preguntó el monstruo, interesado. - Hace cierto tiempo, cuando habitaba en el Océano Oriental, oí hablar al Rey Dragón de su fama - explicó la carpa -. Ese monje no es otro que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, el Hermoso Rey de los Monos, un inmortal de la Gran Mónada, cuyo origen se remonta al caos primigenio del que todo surgió. Hace quinientos años aproximadamente sumió el cielo en un desorden total, poniendo en peligro la existencia misma del Palacio Celeste. Últimamente, sin embargo, ha abrazado el budismo y se ha comprometido a acompañar al monje Tang hasta el Paraíso Occidental, con el fin de obtener las escrituras sagradas. Por todo ello, ahora se hace llamar el Peregrino Sun Wu-Kung. Posee unos poderes mágicos extraordinarios y domina muchas formas metamórficas. Te aseguro que no habrías podido resistirle un solo ataque más. Lo mejor que puedes hacer, por tanto, es renunciar a enfrentarte de nuevo con él. No había acabado de decirlo, cuando se presentó un diablillo e informó con la voz alterada: - Ahí están otra vez esos dos monjes, tildándoos de cobarde y retándoos a un nuevo combate. - Opino, hermana - dijo el Gran Rey a la perca -, que tus puntos de vista son totalmente acertados. No voy, por tanto, a responder a su reto, a ver lo que hacen - se volvió a continuación a sus subordinados y añadió -: Cerrad las puertas. Como muy bien dice el proverbio, «por mucho que grites, nada vas a conseguir, porque no pienso abrirte» Me importa poco que se queden esperando dos o tres días. Ya se marcharán, cuando se cansen. Entonces podremos disfrutar a nuestras anchas de la carne de ese monje Tang. Sin pérdida de tiempo los diablillos sellaron el acceso a la mansión con rocas y barro. Al verlo, Ba-Chie y el Bonzo - Sha intensificaron sus insultos, pero no obtuvieron la menor respuesta. Preocupado, el Idiota comenzó a golpear con el tridente las puertas del palacio de agua, reduciéndolas a añicos al cabo de unos cuantos golpes. Tras ellas se alzaba, sin embargo, un altísimo muro de piedra, contra el que nada pudo su ingenio. - Es claro que ese monstruo está muerto de miedo - comentó el Bonzo - Sha -. De ahí que se haya encerrado en su mansión y se niegue a salir. Creo que deberíamos discutir con el Peregrino el plan que debemos seguir. Ba-Chie aceptó la sugerencia y regresaron a toda prisa a la orilla oriental. El Peregrino aguardaba con impaciencia la aparición del monstruo, suspendido a media altura y escondido entre la neblina. Al ver aparecer a los dos hermanos, comprendió que la cosa no había salido como habían planeado y se dirigió también hacia la orilla. - ¿Cómo no os ha seguido esta vez ese monstruo? - les preguntó, acercándose a ellos. - Ha cerrado su palacio a cal y canto y se niega a salir - respondió el Bonzo - Sha -. De nada sirvió que Ba-Chie echara abajo las puertas. Tras ellas había una sólida muralla de piedras y barro, que impedía cualquier intento de entrar. Por eso, al no poder batirnos de nuevo con él, decidimos volver a tratar contigo el camino que debemos seguir para liberar cuanto antes al maestro. - Si actúa como acabáis de contarme - contestó el Peregrino -, veo muy difícil poder reducirle. Quedaos aquí y procurad que no se escape. Creo que ha llegado el momento de hacer un pequeño viaje. - ¿Se puede saber adonde piensas ir? - le preguntó Ba-Chie. - A la Montaña Potalaka, a pedir la colaboración de la Bodhisattva - respondió el Peregrino -. Es preciso que averigüe algo más sobre este monstruo: su nombre, de dónde procede, cuál es su lugar de origen... Podré, así, apoderarme de todos sus parientes y regresar tranquilamente a liberar al maestro. - ¡Cuidado que eres! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Siempre haces las cosas de tal forma que gastas una cantidad de tiempo y energías totalmente innecesaria. - Te aseguro que esta vez no lo haré - repuso el Peregrino -. Volveré más pronto de lo que pensáis. No había acabado de decirlo, cuando montó en una nube y, abandonando la orilla del río, se dirigió directamente hacia los Mares del Sur. No había transcurrido media hora, cuando avistó la Montaña Potalaka y voló en línea recta hacia su cumbre. Los Veinticuatro Devas, el Gran Guardián de la Montaña, el Príncipe Moksa, Sudhana el Niño y la Doncella Dragón - que - transporta - la - perla acudieron a toda prisa a darle la bienvenida. - ¿Podemos preguntaros el motivo de vuestra inesperada visita, Gran Sabio? - le dijeron con extremada cortesía. - He venido - contestó el Peregrino - a ver a la Bodhisattva. - La Bodhisattva - le explicaron con pena - abandonó su mansión está mañana, prohibiéndonos seguirla. Se encerró en la gruta del bambú, pero, antes de hacerlo, dejó ordenado que, en cuanto llegaras, saliéramos a recibirte. Nos encargó deciros que no os podría recibir de inmediato, por lo que deberías esperarla sentado frente a los acantilados. El Peregrino obedeció al punto, pero, antes de que hubiera tomado asiento, Sudhana se acercó a él y le dijo: - Debo daros las gracias por cuanto habéis hecho en mi favor. Después de aceptarme en su compañía, la Bodhisattva no me ha permitido separarme de ella ni un solo momento, concediéndome la gracia de sentarme a los pies de su trono de loto. De ella he recibido, pues, favor tras favor y ni un solo reproche. El Peregrino reconoció en seguida en él al Muchacho Rojo y, soltando la carcajada, replicó: - Antes vivías sometido a ansias diabólicas, pero ahora has alcanzado la perfección, nada te impide ver en mí a una persona justa y buena. Tras esperar a la Bodhisattva durante un buen rato, el Peregrino comenzó a impacientarse y, volviéndose hacia las deidades, les dijo: - Anunciadme, por favor, a vuestra señora. Me temo que, si sigo esperando, la vida del maestro puede correr un gravísimo peligro. - No podemos hacerlo - se disculparon las deidades -. La Bodhisattva insistió en que la esperarais aquí. El Peregrino poseía un natural impulsivo y, sin poderlo aguantar más, se lanzó al interior de la gruta del bambú. Los devas no pudieron hacer absolutamente nada por detenerle. A grandes pasos se adentró en la caverna, abriendo cuanto pudo los ojos y mirando furtivamente en todas las direcciones. No tardó en ver a la Bienaventurada sentada con las piernas cruzadas sobre unas hojas de bambú. Segura de su soledad, no se había preocupado siquiera de maquillarse y su actitud era totalmente natural. Las trenzas le caían libremente por la espalda y no lucía el menor tocado. En vez de su habitual túnica azul, llevaba puesto una especie de chaleco, a juego con la falda de seda que siempre vestía. Pero, extrañamente, no llevaba ceñida a la cintura su característica faja de raso. Estaba descalza y tenía los brazos al aire. En su mano de jade sostenía un cuchillo con el que iba cortando el bambú. Al verla de aquella guisa, el Peregrino no pudo evitar decir en voz alta: - Con todo respeto os saluda vuestro humilde discípulo Sun Wu-Kung, señora. - ¿No te tengo ordenado que me esperes fuera? - preguntó la Bodhisattva, enfadada. - Sí, señora - contestó el Peregrino, echándose rostro en tierra -, pero la vida de mi maestro corre un grave peligro y he tenido que venir a solicitar vuestra ayuda, para librarle de las garras del monstruo del Río - que - llega - hasta - el - cielo. - Sal de la gruta y espérame fuera - repitió la Bodhisattva. El Peregrino no se atrevió esta vez a contrariarla. Abandonó inmediatamente la caverna y, dirigiéndose hacia donde estaban los devas les dijo: - La Bodhisattva parece estar hoy muy interesada en asuntos puramente domésticos. ¿Cómo es que no se ha maquillado y ha abandonado el trono de loto? ¿Por qué da la impresión, además, de no preocuparse de otra cosa que de cortar bambú? - No lo sabemos - respondieron las deidades -. Después de salir de su mansión esta mañana, se dirigió directamente hacia la gruta, sin reparar si había terminado o no de vestirse. Lo único que nos dijo fue que esperaba vuestra llegada. De seguro, está tratando de resolver el asunto que hasta aquí os ha traído. La Bodhisattva no tardó en salir de la gruta con una cesta de color rojizo entre las manos. - Vamos a rescatar al monje Tang, Wu-Kung - ordenó sin ninguna explicación. - No es que quiera meterme en vuestros asuntos - replicó el Peregrino, arrodillándose a toda prisa -, pero ¿no opináis que deberías terminar de vestiros? - No es necesario que me ponga nada más - respondió la Bodhisattva -. Tal como estoy, puedo ir adonde me dé la gana. Tras despedirse de los devas, la Bodhisattva montó en una nube y se elevó por los aires. El Gran Sabio tuvo que seguirla a toda prisa. Su velocidad era tan extraordinaria que no tardaron en llegar al Río - que - llega - hasta - el - cielo. Al verle, Ba-Chie comentó con el Bonzo Sha: - ¡Cuidado que es impulsivo nuestro hermano! No sé lo que habrá en los Mares del Sur, el caso es que ha obligado a la Bodhisattva a presentarse aquí medio vestida y sin maquillar, mas había acabado de decirlo, cuando la Bodhisattva puso su pie en la orilla del río. Los dos monjes se inclinaron respetuosamente ante ella, diciendo: - Perdonadnos por molestaros con tanta frecuencia. La Bodhisattva se desató la faja y colgó la cesta de ella, manteniéndose suspendida a media altura en el aire. La fue bajando después hasta tocar el agua y recitó el siguiente conjuro: Los muertos se marchan, mientras que los vivos permanecen. Siete veces lo repitió y volvió a subir la cesta. En su interior había un pequeño pez de colores, que se retorcía desesperado. La Bodhisattva se volvió hacia Wu-Kung y le ordenó: - Salta inmediatamente al agua y libera a tu maestro. - ¿Cómo voy a liberarle, si todavía no hemos capturado al monstruo? - replicó el Peregrino. - ¿Cómo que no? - contestó la Bodhisattva -. ¿No le ves, acaso, metido en esta cesta? - ¿Cómo puede ser tan poderoso un pez tan pequeño como ése? - se aventuraron a preguntar Ba-Chie y el Bonzo - Sha. - Éste - explicó la Bodhisattva - es uno de los peces de mi estanque de loto. Cada día subía hasta la superficie y escuchaba con atención mis enseñanzas. Eso explica que sea tan fuerte, porque su estado de perfección es, ciertamente, muy alto. Su mazo de bronce no es realidad, otra cosa que un capullo de loto y su tallo. El pez lo ha transformado en un arma poderosísima, valiéndose de la magia. Desconozco la fecha en la que la marea alta le arrastró hasta aquí. Lo único que puedo aseguraros es que, cuando esta mañana me asomé al estanque, descubrí que sólo faltaba este pez. Tras hacer unos cálculos y consultar las rayas de mi mano, me enteré de que se había convertido en un monstruo, que estaba tratando por todos los medios de devorar a vuestro maestro. Fue por eso por lo que ni siquiera me preocupé de ponerme las joyas o de vestirme como normalmente suelo. Me faltaba tiempo para tejer esta cesta y venir a capturarle. - Quedaos aquí un momento, por favor - le suplicó el Peregrino -. Si no os importa, me gustaría convocar a todos los creyentes que hay en el pueblo de los Chen, para que puedan veros. Será un detalle hacia ellos, habida cuenta de los muchos sacrificios que han tenido que hacer por culpa de vuestro pez. No me cabe la menor duda de que eso los convertirá para siempre en devotos vuestros. - De acuerdo - asintió la Bodhisattva -. Llámalos, pero que no tarden mucho en venir. Sin pérdida de tiempo, Ba-Chie y el Bonzo Sha corrieron hacia el pueblo, gritando: - ¡Salid todos a ver a la Bodhisattva Kwang-Ing! Los habitantes del pueblo se lanzaron hacia la orilla, sin importarles la edad o la posición social. Todos cayeron de hinojos y comenzaron a golpear el barro con la frente. Entre ellos había algunos con cualidades pictóricas e hicieron un rápido retrato de la diosa. Eso explica que a veces Kwang-Ing sea representada con una cesta de pescador en las manos. Concluida su epifanía, la Bodhisattva regresó a toda velocidad a los Mares del Sur. Ba-Chie y el Bonzo Sha abrieron a continuación un sendero en las aguas y se dirigieron directamente a la Mansión de la Tortuga Marina para liberar a su maestro. Todos los monstruos y diablillos que estaban en su interior habían perdido la vida. Con paso rápido se llegaron a la parte posterior del palacio de agua y abrieron la caja de piedra. Sin perdida de tiempo cargaron a sus espaldas con el monje Tang y le llevaron a la orilla. Chen - Ching y su hermano se echaron a un tiempo rostro en tierra, diciendo en tono humilde: Deberíais haber prestado atención a nuestros ruegos. Si lo hubieras hecho, no habríais tenido que pasar por esta prueba terrible. - ¿Para qué volver siempre sobre lo mismo? - replicó el Peregrino - -. Lo importante es que el próximo año no tendréis que ofrecer ningún sacrificio más a esa bestia, porque el Gran Rey ha sido arrestado y no volverá a asesinar a nadie. Ahora, señor Chen, dependemos enteramente de vos para encontrar una embarcación que nos ayude a cruzar el río. - Dadlo por hecho - dijo Chen - Ching y al punto mandó construir un barco, empresa en la que colaboraron todos los habitantes del pueblo. Su entusiasmo era tal que, mientras unos se encargaban de la adquisición del mástil, otros se ocupaban de hacer los remos y trenzar cuerdas. Hubo, incluso, algunos que se comprometieron a servir como marineros en la travesía. El alboroto que producían era, francamente, ensordecedor. Cuando más atareados estaban, surgió del lecho del río una voz fortísima, que decía: - No es necesario fabricar ninguna embarcación, Gran Sabio. ¿Para qué desperdiciar tanto dinero y energía, si yo misma puedo llevaros con absolutas garantías a la otra orilla? Todos sintieron tal pánico, al oírlo, que huyeron a refugiarse en el pueblo. Hasta los más valientes de entre ellos temblaban de pies a cabeza, lanzando furtivas miradas al punto del que parecía provenir aquella voz tan sobrecogedora. Pertenecía a una criatura muy extraña, que normalmente habitaba en las profundidades. Poseía una cabeza de corte cuadrado, única entre todos los animales, de los que uno de sus más destacados dioses. Su longevidad es tal que llega a alcanzar sin ninguna dificultad los mil años. Habita en las profundidades de los ríos y océanos, levantando auténticas montañas de agua, cuando se acerca a las costas a tomar el sol y hacer frente al viento. Su grado de perfección es tal que sólo se alimenta de su propia respiración. Tal era el animal que tan generosamente se había dirigido al Peregrino: una vieja tortuga, de cabeza llena de costras y caparazón blanquecino. - Insisto en que no construyáis esa embarcación, Gran Sabio - repitió la tortuga -. Yo misma me encargaré de llevaros a la otra orilla. Pero el Peregrino levantó en alto la barra de hierro y exclamó en tono amenazante: - ¡Márchate de aquí, bestia maldita! Si te acercas un poco más, acabaré de un golpe contigo. - Os estoy muy agradecida, Gran Sabio - replicó la tortuga -, y ése es el motivo por el que me he aprestado a ayudaros, ¿se puede saber por qué queréis golpearme? - ¿Qué he hecho yo para merecer tanto agradecimiento? - repuso el Peregrino. - Según parece - respondió la tortuga -, no os dais cuenta de que la Mansión de la Tortuga Marina me pertenece a mí. Durante generaciones ha sido el centro de mi familia, pasándonosla ininterrumpidamente de padres a hijos. Por si eso no bastara, en ella adquirí conciencia de mis orígenes, logrando alimentarme de mi propia respiración y alcanzando un considerable grado de perfección. Llegado a ese punto, fue cuando empezó a ser conocida como la Mansión de la Tortuga Marina. Sin embargo, hace aproximadamente nueve años, ese monstruo se presentó aquí, aprovechándose de la fuerza de las mareas, y desató contra mí toda su violencia. Mató a casi todos mis hijos y me arrebató, con increíble descaro, la práctica totalidad de mis servidores. He de reconocer que mi fuerza era inferior a la suya y terminó echándome de mis propios dominios. ¿Comprendéis ahora por qué estoy en deuda con vos? Al tratar de liberar a vuestro maestro, habéis conseguido que la Bodhisattva Kwang-Ing haya dispersado a todas esas bestias, por lo que la mansión vuelve a pertenecerme de nuevo. Ha llegado, pues, el momento de reunirme con los míos en un lugar que siempre ha sido nuestro. ¡Pasados son los días en que tenía que dormir en la tierra y descansar sobre el barro! El favor que he recibido de vos es, por tanto, tan alto como las cordilleras y tan profundo como el océano. Sin embargo, no soy sólo yo quien está en deuda con vos. El pueblo entero se ha beneficiado de vuestra inolvidable acción, poniendo fin a esa serie abominable de sacrificios anuales. ¡Cuántos niños podrán seguir viviendo gracias a lo que acabáis de hacer! Esto es lo que se llama matar dos pájaros de un tiro ¿Comprendéis ahora el motivo de mi gratitud y mis deseos de serviros? - ¿Es verdad todo eso que acabas de contarme? - preguntó el Peregrino, poniendo a un lado la barra de hierro. ¿Cómo voy a atreverme a mentiros después de lo que habéis hecho por todos nosotros? - repuso la tortuga. - Jura por los cielos que es verdad lo que dices - insistió el Peregrino. - Si mi intención no es transportar sano y salvo al monje Tang al otro lado del Río - que - llega - hasta - el - cielo - proclamó la tortuga, mirando hacia lo alto -, que ahora mismo se cubra mi cuerpo de sangre. - Acércate - le ordenó entonces el Peregrino. La tortuga nadó hasta la orilla y se arrastró después por la tierra firme. Poco a poco los curiosos se fueron acercando a ella y comprobaron, asombrados, que su enorme concha medía alrededor de quince metros. - Subid sin ningún temor, maestro - dijo el Peregrino al monje Tang. - Me temo que el caparazón de esta tortuga no sea lo suficiente - seguro - comentó Tripitaka -. Ya visteis lo que ocurrió con el hielo. A pesar de su grosor, terminó trayéndome la ruina. - No os preocupéis por eso - dijo la tortuga -. Aunque no lo parezca, soy mucho más segura que el hielo. Soy consciente de que el más mínimo error es capaz de traerme la ruina. - Si me permitís mi opinión - se aventuró a decir el Peregrino -, creo que una criatura que ha obtenido el don de la palabra es absolutamente incapaz de mentir. ¡Traed rápidamente el caballo! Todos los habitantes del pueblo de los Chen los siguieron hasta la orilla. El Peregrino montó el caballo en la tortuga y pidió al monje que se colocara a su izquierda, mientras el Bonzo Sha lo hacía a la derecha. Él se puso delante, y Ba-Chie, detrás. Temiendo que, a pesar de todo, la tortuga pudiera jugarles una mala pasada, se quitó la piel de tigre y la usó a manera de riendas. Colocó a continuación un pie sobre su cabeza y, como si fuera un vulgar carretero, sostuvo en la mano, a manera de fusta, la temible barra de hierro. - Puedes empezar a moverte - dijo el Peregrino a la tortuga -, pero sin brusquedades. Recuerda que, si haces el menor movimiento en falso, te descargaré un golpe sobre la cabeza. - Estáte tranquilo - repuso la tortuga -. Todo irá bien. Estiró las cuatro patas y se deslizó por las aguas con la misma suavidad que si se encontrara en terreno firme. El gentío que se había arremolinado en la orilla comenzó a quemar incienso y a gritar, al tiempo que hacia profundas reverencias: - ¡Namo Amitabha! Era como si los arhats hubieran bajado a la tierra o se hubieran aparecido a los mortales todos los bodhisattvas. La gente continuó con los ritos hasta que los Peregrinos se hubieron perdido en la distancia. El maestro y los discípulos lograron cruzar aquella enorme masa de agua en menos de un día. La tortuga blanca cumplió su promesa de transportarlos a lo largo de los ochocientos kilómetros que separaban las dos márgenes del Río - que - llega - hasta - el - cielo. Cuando llegaron a la orilla, ni una sola gota de agua había salpicado sus ropas. Tripitaka juntó las manos a la altura del pecho y dio las gracias a la tortuga, diciendo: - No hay nada que pueda entregarte por lo que acabas de hacer. Cuando regrese con las escrituras sagradas, te ofreceré un regalo en prueba de agradecimiento. - No es necesario que hagáis una cosa así - contestó la tortuga -. He oído, sin embargo, decir que el Patriarca Budista del Paraíso Occidental no sólo ha superado el ciclo de muerte y reencarnaciones al que todos estamos sujetos, sino que posee un conocimiento total del pasado y el futuro. A pesar de llevar dedicándome más de mil trescientos años a la práctica de la virtud, lo cual me ha permitido alcanzar una edad longeva en extremo y el don del lenguaje humano, no he conseguido todavía desprenderme de la atadura de mi concha. Os agradecería, por tanto, que, cuando os encontréis con el Patriarca Budista, le pidierais que me librara de ella y me concediera un cuerpo humano. - Prometo que así lo haré - contestó Tripitaka. La tortuga se dio media vuelta y se sumergió rápidamente en las aguas del río. El Peregrino ayudó al monje Tang a montar en el caballo, mientras Ba-Chie cargaba con el equipaje y el Bonzo Sha se encargaba de cerrar la marcha. No les costó mucho encontrar el camino que conducía hacia el Oeste, enfilándolo con renacidas esperanzas y firme ilusión. Sobre todo ello disponemos de un poema, que dice - El monje santo partió en busca de Buda por orden imperial, no dudando en recorrer enormes distancias ni en someterse a dificilísimas pruebas. Contra su determinación nada podían las asechanzas de la muerte, llegando a cruzar el Río Celeste a lomos de una tortuga. No sabemos de momento cuánto camino les quedaba aún por recorrer ni el tipo de asechanzas que les aguardaban a lo largo del camino. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar, pues, las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第050回 LOS SENTIMIENTOS SE TORNAN CADA VEZ MAS CONFUSOS Y LA NATURALEZA CEDE A LOS DESEOS. EL ESPÍRITU CAE EN UN MAR DE CONFUSIONES Y LA MENTE SE VE OBLIGADA A ENFRENTARSE A LOS DEMONIOS Es conveniente barrer con frecuencia los suelos de la mente y hacer desaparecer de ella el polvo de los sentimientos. Hay que evitar, ante todo, que desaparezca de nosotros la imagen de Buda. Sólo a quien es puro le es dado hablar de las fuentes primeras. Para poder respirar con libertad en Chao - Chr, es necesario apagar la vela de la naturaleza y mantener a raya la fogosidad del caballo y el mono. Únicamente quien se dedica a ello día y noche puede alcanzar la perfección. Estos versos forman parte de un poema «tsu» titulado Nan - Kou - Tse, que describe cómo escapó el monje Tang de la trampa de hielo del Río - que - llega - hasta - el - cielo y cómo logró atravesarlo a lomos de una tortuga blanca. Una vez conseguido su propósito, los cuatro monjes salieron, como ya queda dicho, al camino principal y prosiguieron su marcha hacia el Oeste. Era bien entrado el invierno y vieron, veladas por la neblina, las siluetas de los bosques y las moles de las cordilleras, que se asomaban a una red de arroyos y torrentes. No tardaron, de esa forma, en toparse con una montaña enorme, que les cerraba el paso. El camino se había tornado para entonces extremadamente estrecho. Era claro, por lo abrupto de los riscos que se veían un poco más adelante, que ningún caballo podría trasponer jamás aquella empinada montaña. Tripitaka tiró al punto de las riendas y llamó a sus discípulos. - ¿Qué queréis decirnos, maestro? - preguntó el Peregrino, seguido a la carrera por Ba-Chie y el Bonzo Sha. - ¿Habéis visto la altura de esa montaña que se alza ante nosotros? - volvió a preguntar el monje Tang -. Debe de estar infectada de tigres, lobos y toda clase de bestias dispuestas a caer sobre nosotros. Os aconsejo, por tanto, que extreméis cuanto podáis la precaución. - No os preocupéis, maestro - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Estamos unidos, como si fuéramos un solo hombre, para luchar por lo justo y lo auténtico. Os prometemos hacer cuanto esté de nuestra parte para destruir a todos los monstruos con los que no topemos. De los tigres y lobos no hay por qué tener miedo. Tripitaka se sintió más tranquilo, al oír eso, y espoleó el caballo para que iniciara la ascensión. No tardaron en comprobar que el maestro no se había equivocado. La marcha se hizo en extremo penosa. La altura de la montaña era tal que alcanzaba el mismísimo cielo, bloqueando, como una torre inmensa, el libre deambular de las nubes. Los riscos eran, igualmente, imponentes, pareciéndose a veces a feroces tigres sentados. De vez en cuando se veían pinos centenarios que recordaban dragones volando. Escondido entre las peñas, un pájaro cantaba una bellísima canción. Los ciruelos que crecían entre la rocalla dejaban escapar aromas cargados de dulzor. El tronar de los torrentes se oía lejano, como un eco del asalto que las nubes efectuaban contra la cumbre. En ella reinaba la nieve, señora tiránica que lanzaba órdenes de viento gélido, que hacían rugir de hambre a los tigres. En las zonas cubiertas por la nieve y el hielo las urracas eran incapaces de encontrar sus nidos y los ciervos no hallaban un lugar para descansar. Los viajeros que por allí pasaban apenas sí podían dar un paso, agachando la cabeza para protegerse mejor del frío. Sin hacer caso de tantas adversidades, los cuatro monjes se lanzaron a la conquista del pico, temblando de pies a cabeza. Una vez traspuesto, vieron a lo lejos una especie de torre y unas cuantas casas de aspecto muy peculiar. El monje Tang detuvo la cabalgadura y dijo a sus discípulos: - Siento tanta hambre y tanto frío que no podéis figuraros la alegría que me produce ver esas construcciones ahí delante. Por fuerza tiene que tratarse de un pueblo, de un templo o de un monasterio. Acerquémonos a mendigar algo de comer. Proseguiremos el viaje, en cuanto nos hayamos llevado algo a la boca. El Peregrino abrió cuanto pudo los ojos y comprobó que tan peculiar lugar estaba cubierto por un aire de origen diabólico y una neblina que sólo presagiaba desdichas. - Ése no es un buen lugar, maestro - afirmó, volviéndose hacia monje Tang. - ¿Por qué no? - preguntó Tripitaka -. ¿Acaso no hay gente viviendo ahí? - ¿Cómo podría explicároslo? - contestó el Peregrino, sonriendo. A lo largo del camino que conduce hacia el Oeste hay infinidad de diablos y monstruos con poderes suficientes como para levantar de las casas y pueblos: meras trampas para atraer a los viajeros incautos. Supongo que habréis oído decir que «un dragón es capaz de engendrar nueve clases distintas de hijos». Una de ellas es una almeja gigante, cuya respiración brilla como los rayos y a veces toma la forma de casas y edificios. Si pasan por allí volando algunos pájaros o cuervos y deciden detenerse en esos falsos pueblos a recobrar las fuerzas, la almeja se los traga en seguida. Se trata, en realidad, de una trampa ingeniosa en extremo. Si os he aconsejado no acercaros a ese pueblo ha sido porque se encuentra sumido en una atmósfera cargada de malos presagios. - Está bien - concluyó Tripitaka -. No entraremos ahí. Sin embargo, insisto en que tengo un hambre terrible. - En ese caso - respondió el Peregrino -, bajad del caballo y sentaos en el suelo, mientras voy en busca de algo que os podáis llevar a la boca. - Tripitaka dio el visto bueno a la idea y desmontó de la cabalgadura. Mientras Ba-Chie se hacía cargo del caballo, el Bonzo Sha puso en el suelo el equipaje, sacó la escudilla de las limosnas y se la entregó al Peregrino: - Por lo que más queráis, no deis un solo paso más - aconsejó Wu-Kung al Bonzo Sha - . Cuidad bien del maestro y esperad a que yo vuelva para proseguir el camino. El Bonzo Sha se comprometió a cumplir al pie de la letra el encargo, pero el Peregrino no se sintió tranquilo e insistió, diciendo a Tripitaka: - Ese lugar de ahí enfrente presagia más malo que bueno. Os pido que no os mováis de aquí, mientras voy a mendigar algo de comida, ¿de acuerdo? - No es necesario que lo repitas tantas veces - le regañó Tripitaka -. Procura no tardar mucho. El Peregrino se despidió de sus tres compañeros, pero, antes de iniciar el vuelo, volvió, una vez más, sobre sus pasos y dijo al maestro: - Soy consciente de que os cuesta muchísimo quedaros sentado sin moveros de acá para allá. Si me lo permitís, voy a ofreceros cierta protección. Se sacó de la oreja la barra de los extremos de oro y trazó en el suelo un gran círculo. A continuación pidió al monje Tang que se sentara en el centro, mientras Ba-Chie y el Bonzo Sha permanecían de pie a su lado. También el caballo y el equipaje fueron colocados en el interior del círculo, a dos pasos de ellos. El Peregrino juntó las manos a la altura del pecho e, inclinándose ante el monje Tang, dijo: - Este círculo que acabo de dibujar es tan fuerte como un muro de acero. Los habitantes de ese villorrio, sean tigres, lobos, espíritus o demonios, no se atreverán a acercarse a vos. Pero, para que su poder sea realmente efectivo, debéis permanecer todo el rato en su interior Si os quedáis ahí sentado, no os sobrevendrá mal alguno. Pero, si no prestáis atención a mis palabras y abandonáis su protección, con toda probabilidad correréis un grave e irremediable peligro. ¡Por lo que más queráis, hacedme caso! Tripitaka y los otros dos discípulos prometieron seguir sus consejos al pie de la letra y se sentaron, solemnes, dentro del círculo. Más tranquilo, el Peregrino montó entonces en una nube y se dirigió hacia el sur en busca de un lugar en el que mendigar algo de comida. No tardó en descubrir un pueblo cerca de unos altísimos y centenarios árboles. Descendió de la nube y, aguzando la vista, vio que la nieve había agostado los sauces y el hielo había petrificado los estanques. Los escasos bambúes que habían logrado hacer frente al frío se mecían suavemente en el viento, mientras las densas copas de los pinos conservaban su primitivo verdor. A su sombra se levantaban unas cuantas chozas con el tejado hecho de ramas y totalmente cubierto de escarcha. Cerca de ellas se veía un puente medio derruido y de aspecto abandonado. Las vallas que separaban las casas estaban llenas de narcisos a medio florecer. De todos los aleros colgaban graciosos chupiteles de hielo. El frío viento penetraba hasta los huesos, pero estaba cargado, al mismo tiempo, de un aroma muy extraño. A pesar de la densa nevada que cubría aquel lugar, los ciruelos estaban totalmente cubiertos de flores. La belleza de aquel paisaje atrajo la atención del Peregrino. Cuando más concentrado estaba en su contemplación, se abrió, crujiendo, una de las puertas de madera y apareció un anciano. Llevaba un gorro de lana, una túnica raída y un par de sandalias de hierba. Caminaba apoyado en un bastón y, levantando la vista hacia el cielo, exclamó: - ¡Vaya, se está levantando el viento del noroeste! Eso quiere decir que mañana hará bueno. No había acabado de decirlo, cuando detrás de él surgió un perro pequinés, que corrió hacia donde estaba el Peregrino, ladrando furioso. El anciano se dio la vuelta y se topó con el Peregrino, que estaba justamente a sus espaldas con el cuenco de las limosnas en la mano. Wu-Kung se inclinó y dijo, respetuoso: - Este humilde monje, señor, ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang, de las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por esta región, mi maestro sintió hambre y eso me ha movido a acercarme hasta vuestra respetable morada, para mendigar un poco de comida vegetariana. El anciano sacudió la cabeza y, tras golpear varias veces el suelo con un bastón, contestó: - Me parece que os habéis equivocado de camino. - No lo creo yo así - repuso el Peregrino. - El camino que conduce al Paraíso Occidental pasa a más de tres mil kilómetros al norte de aquí - explicó el viejo -. Opino que, antes de mendigar nada, deberíais tratar de encontrar ese camino. - Tenéis razón - contestó el Peregrino, sonriendo -. Pasa al norte de aquí. Pero no os preocupéis. Mi maestro está sentado a su vera, esperando impaciente a que aparezca yo con la comida. - ¡No sabéis lo que decís! - le regañó el anciano -. Si es verdad que vuestro maestro está esperándoos para comer, muy bien se puede morir de hambre, porque para recorrer una distancia de mil kilómetros se precisan seis o siete días de continuo caminar. Y eso siendo un viajero experimentado. La vuelta os llevará otro tanto por lo menos. ¿Pensáis sinceramente que vuestro maestro puede aguantar quince días sin probar bocado? - A decir verdad - explicó el Peregrino, soltando la carcajada -, no hace ni media hora que me he despedido de mi maestro. De hecho, llegar hasta aquí me ha llevado el tiempo justo para tomar una taza de té. En cuanto consiga la comida, regresaré a su lado a la misma velocidad y podrá comer tranquilamente lo que le dé. Al oír eso, el anciano se asustó mucho y se dijo, temblando: - ¡Por fuerza, este monstruo tiene que ser un fantasma! - y, dándose la vuelta, corrió hacia la casa. Pero el Peregrino logró agarrarle y le preguntó: - ¿Se puede saber adónde vais? Si tenéis algo de comer, os suplico que me lo deis cuanto antes en limosna. - No, no - replicó el anciano, sacudiendo la cabeza -. No puedo daros nada. Id a mendigar a otra familia. - No sois muy considerado que digamos - repuso el Peregrino -. Vos mismo acabáis de decir que de aquí al camino que conduce hacia el Oeste hay más de mil kilómetros. Si me obligáis a acudir a otra puerta, me veré obligado a recorrer otros mil kilómetros y entonces es muy posible que mi maestro se muera de verdad de hambre. - Mi familia - explicó el anciano - está compuesta por seis o siete miembros y acabamos de poner a cocer alrededor de tres kilos d arroz. No debe de estar todavía cocido, pero, aun así, os suplico que vayáis a otra parte a mendigar algo de comer. - Los antiguos solían decir - afirmó el Peregrino - que «no es lo mismo sentarse en una casa que ir a visitar tres». Así que me quedaré aquí descansando hasta que el arroz esté listo. Al ver lo persistente que era el Peregrino, el anciano se puso furioso. Cogió el bastón y empezó a golpear con él al Peregrino. Sin alterarse lo más mínimo, éste dejó que el anciano le golpeara en la cabeza siete u ocho veces seguidas. Mirándolo bien, para él eso era como si alguien le estuviera rascando la calva. - ¡Qué dura tiene la cabeza este monje! - exclamó el anciano, sorprendido -. En verdad, es a prueba de golpes. - Podéis pegarme cuanto queráis - dijo el Peregrino, sonriendo -. Pero haríais bien en recordar el número de golpes, porque cada uno os va a costar una medida de arroz. Así que tomaos vuestro tiempo y contad bien. En anciano dejó caer el bastón y se metió en casa corriendo y gritando como un loco: - ¡Un fantasma, un fantasma! Los que vivían en aquella casa se pusieron a temblar de miedo y cerraron a toda prisa las puertas y ventanas. Al ver la rapidez con que habían obrado, el Peregrino se dijo: - Ese vejestorio confesó que acababan de lavar el arroz y que lo habían puesto a cocer en una cazuela. Me pregunto si será verdad. Como bien afirma el proverbio, «los taoístas mendigan a los ricos y los budistas, a los tontos». Creo que voy a entrar a echar un vistazo. Hizo un gesto mágico con los dedos y al instante se tornó invisible. No le costó, de esa forma, llegarse hasta la cocina. Había, en efecto, un caldero al fuego lleno de arroz hasta la mitad. Metió en él el cuenco de las limosnas y lo sacó repleto de comida. Cumplido el propósito que hasta allí le había llevado, volvió a montarse en una nube y regresó al lado de su maestro. Mientras ocurría lo que acabamos de relatar, el monje Tang se mostraba cada vez más impaciente por la tardanza del Peregrino. Al ver que no aparecía, preguntó con cierto desprecio: - ¿Dónde habrá ido a mendigar arroz ese mono? - ¿Quién puede saberlo? - exclamó Ba-Chie en el mismo tono -. Seguro que se lo está pasando en grande en el lugar al que ha ido a mendigar la comida, mientras que nosotros tenemos que estar aquí encerrados, como si fuéramos vulgares prisioneros. - ¿Qué quieres decir? - le increpó Tripitaka. - ¿Acaso no sabéis que los antiguos trazaban un círculo en la tierra para trazar los límites de la cárcel? Eso mismo ha hecho él con la barra de hierro y ha tenido, además, la osadía de decir que era más fuerte que un muro de acero. Pero yo os pregunto: ¿de qué forma nos va a proteger este círculo, cuando se presenten por aquí los tigres y las bestias que habitan en esta montaña? Les serviremos de comida y asunto concluido. - ¿Qué sugieres que hagamos, Wu - Neng? - preguntó, una vez más, Tripitaka. - Como podéis apreciar - contestó Ba-Chie -, este lugar es incapaz de protegernos contra el viento o el frío. Si os parece bien, podríamos reanudar nuestro viaje y seguir adelante por el camino del Oeste. Caso de que Wu-Kung logre encontrar algo de comida, regresará a toda prisa a lomos de una nube, alcanzándonos en un abrir y cerrar de ojos. Entonces nos detendremos y comeremos lo que le hayan dado. Si seguimos aquí sentados, se nos congelarán los pies. La mala fortuna de Tripitaka quiso que prestara atención a aquellas palabras. Se puso de parte del Idiota y abandonaron el círculo casi al mismo tiempo. Ba-Chie tomó de las riendas al caballo, mientras el Bonzo Sha se hacía cargo del equipaje. El maestro ni siquiera se preocupó de montar en su cabalgadura. Siguiendo el camino, llegaron a la a la torre y comprobaron que estaba orientada hacia el sur. Frente a la puerta había un muro de ladrillos pintados, que enlazaba con otra entrada más pequeña adornada con esculturas de periquitos boca abajo pintados en cinco colores. La puerta estaba medio abierta. Ba-Chie ató el caballo a un cilindro de piedra y el Bonzo Sha dejó caer el equipaje en el suelo. Tripitaka, como era muy sensible al viento frío, se sentó en el umbral. - Ésta tiene que ser, por fuerza, la mansión de algún general o de algún noble - comentó Ba-Chie, dirigiéndose al maestro -. Si no vemos a nadie por aquí, es porque todos deben de estar calentándose dentro. Quedaos aquí, mientras yo voy a echar un vistazo. - Ten cuidado y pórtate con cortesía - le aconsejó el monje Tang. - Podéis estar tranquilo - contestó Ba-Chie -. Después de mi conversión y de haber abrazado el Zen me he vuelto bastante educado. No soy como esos estúpidos que viven en los pueblos. Dicho eso, el Idiota se ató el tridente a la cintura, se estiró la túnica de seda azul lo mejor que pudo y entró en la torre con andares distinguidos en extremo. Ante él se abrían tres salones amplísimos con las cortinas levantadas. Todo estaba sumido en un silencio total y no se veía ningún rastro de presencia humana. Los muebles y los enseres propios de una casa se habían desvanecido como por encanto. Una vez traspuestos los biombos, se adentró por un largo pasillo, que conducía a una construcción de dos pisos. Las ventanas del de arriba estaban medio abiertas y permitían entrever unas cortinas de seda amarilla. - La gente que aquí mora - se dijo el Idiota - debe de tener tal miedo al frío que se pasa la mayor parte del día durmiendo. Sin pensar para nada en los buenos modales, el Idiota subió en dos zancadas al piso de arriba. Descorrió las cortinas, para ver mejor, y casi no se cae al suelo del susto. Encima de una cama de marfil descansaba un esqueleto de un blanco pálido. La calavera era tan grande como una jarra y los huesos de las piernas, rectos como pértigas, medían más de metro y medio de largo. En cuanto se hubo calmado, el Idiota no pudo evitar que las lágrimas le corrieran libremente por las mejillas. Si dejar de suspirar ni de sacudir la cabeza, dijo al esqueleto: - Me pregunto si eres lo que queda de un mariscal de una nación antaño poderosa o un general de un reino ya olvidado. Fuiste un héroe al que sólo guiaban las ansias de victoria y ahora te has convertido en un simple montón de huesos. Tus mujeres y tus hijos se han alejado de ti. Nadie ha quedado para servirte. Tus antiguos soldados ya no queman incienso en tu honor. ¡Qué pena da verte abandonado hasta por tu propia carne! ¡A esto han conducido tus ansias de poder! Mientras Ba-Chie se lamentaba de esta forma, creyó ver detrás de las cortinas el tímido palpitar de una luz y pensó: - Creo que me he equivocado. A pesar de las apariencias, alguien ha debido de quedarse para quemar incienso de vez en cuando. Se dirigió a toda prisa hacia las cortinas y descubrió que los rayos de luz provenían, en realidad, de detrás de unos biombos que había en una habitación adyacente. Tras los biombos se escondía una mesa lacada, sobre la que descansaban varios ornamentos de seda profusamente bordados. El Idiota los cogió uno a uno y vio que en total habían tres. Sin encomendarse a nadie, los cogió y los bajó al piso de abajo. Recorrió con rápidos pasos los salones y volvió a salir al aire libre, donde informó a su maestro: - Ahí dentro no hay ni rastro de alguien vivo. Por lo que he podido averiguar, se trata, en realidad, de la mansión de un muerto. He llegado hasta lo alto de la torre y sólo he visto un esqueleto y unas cuantas cortinas amarillas. En una habitación contigua he hallado estos tres ornamentos de seda y los he cogido para que los veáis. Estoy convencido de que van a traernos suerte. Por lo menos, ya que está refrescando, nos servirán para abrigarnos. Quitaos, maestro, ese abrigo raído que tenéis y poneos uno de estos ornamentos, así no pasaréis tanto frío. - No, no - exclamó Tripitaka, rechazándolos -. El Libro de la Ley dice claramente que «coger cosas que no nos pertenecen, bien sea a escondidas o a las claras, es propio de ladrones». Si alguien descubriera lo que acabas de hacer, podríamos muy bien ser denunciados a las autoridades como bandidos. Así que coge esos ornamentos y vuelve a colocarlos donde los encontraste. Nos quedaremos aquí sentados, resguardándonos del frío. Cuando vuelva Wu-Kung reanudaremos la marcha. Los que hemos renunciado a la familia no deberíamos dar tanta importancia a las cosas que no la tienen. - Os prometo que por aquí cerca no hay ni una sola persona - insistió Ba-Chie -. Hasta los perros y las gallinas desconocen que estamos aquí. ¿Quién va a atreverse a acusarnos de nada, si sólo nosotros estamos al tanto de lo que acabamos de hacer? No hay ningún testigo. Es como si hubiéramos encontrado estos ornamentos a lo largo del camino. ¿A qué viene eso de «coger cosas a escondidas o a las claras»? - ¡Qué estúpida es tu manera de razonar! - sentenció Tripitaka -. Aunque los hombres no estén al tanto de tus actos, ¿crees que van a pasar desapercibidos para el cielo? Yüan - Di dejó escrito: «Aunque alguien actúe en contra de su conciencia en un lugar secreto, Dios se entera de todo, porque sus ojos son tan luminosos como el rayo». ¡Devuelve inmediatamente esos ornamentos! No está bien ansiar lo que no nos pertenece. El Idiota no quiso dejarse convencer. Soltó la carcajada y el monje Tang con cierto desprecio: - Desde que he tomado la condición humana, me he puesto muchos vestidos, pero ninguno de tanto valor como éstos. Si vos no queréis probároslos, dejádmelo hacer, por lo menos, a mí. Voy a probarme éste a ver si me calienta un poco la espalda. Cuando llegue Wu-Kung, me lo quitaré y lo devolveré a su sitio, antes de reanudar la marcha. - Vistas así las cosas - concluyó el Bonzo Sha -, creo que también yo voy a probarme uno. Los dos se quitaron las túnicas y se pusieron los ornamentos. Cuando trataron de abrochárselos, perdieron el equilibrio y cayeron al suelo como muñecos. Los ornamentos se habían convertido, de pronto, en una especie de camisas de fuerza. Los dos monjes sintieron, de hecho, cómo una fuerza irresistible les retorcía hacia atrás los brazos, atándoselos fuertemente a la espalda. Tripitaka los regañó con dureza, pero, comprendiendo que estaban en peligro, se acercó a ayudarlos. De nada sirvieron sus esfuerzos. No había manera de arrancarles aquellos ornamentos. El alboroto que produjeron era tan intenso que terminaron alertando a un monstruo. La torre era, en realidad, un invento suyo para atraer y atrapar gente. Al oír desde la caverna las voces de angustia que proferían los monjes, salió a ver lo que pasaba y comprobó, satisfecho, que había atrapado a dos nuevas víctimas. Llamó a continuación a los diablillos que le asistían y éstos cargaron con la torre y las demás construcciones, como si fueran un simple decorado. También el monje Tang, el caballo y el equipaje fueron atrapados y conducidos al interior de la caverna, en compañía de Ba-Chie y el Bonzo Sha. El monstruo había tomado asiento en un lugar destacado, hacia el que fue conducido monje Tang. - ¿De qué lugar eres para atreverte a robar, sin más, mis ornamentos? - le preguntó el monstruo, una vez que se hubo encontrado de hinojos ante él. - Este humilde monje - confesó el monje Tang, sollozando - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, de las Tierras del Este, para hacerse con las escrituras del Paraíso Occidental. Al pasar por aquí empecé a sentir hambre y ordené al más antiguo de mis discípulos que fuera en busca de un poco de comida. Antes de partir, nos sugirió que nos quedáramos sentados en la montaña, y he de confesar que, si le hubiéramos hecho caso, jamás habríamos puesto el pie en vuestra corte de inmortales, tratando de encontrar abrigo contra el viento. Estos dos discípulos míos cedieron a la avaricia y trataron de quedarse con vuestras prendas. De nada sirvieron mis consejos instándoles a volver a ponerlas en el lugar del que las habían tomado. Querían calentarse un poco el cuerpo y su desobediencia les hizo caer en las garras del Gran Rey. Os suplico que tengáis compasión de nosotros y nos permitáis proseguir nuestro camino, de forma que podamos obtener las escrituras. Si accedéis a mi ruego, os estaremos eternamente agradecidos y hablaremos a nuestro señor de vuestra amabilidad, en cuanto hayamos regresado a las Tierras del Este. - He oído decir - comentó el monstruo, sonriendo con picardía - que, si alguien toma un pequeño trocito de carne del monje Tang, las canas se le tornarán negras y le saldrán todos los dientes que haya perdido. Me ha cabido hoy la enorme fortuna de recibiros en mi casa, sin haberos invitado de antemano. ¿Cómo queréis que os perdone la vida? Me gustaría, sin embargo, que me dijeras el nombre de tu discípulo más antiguo y el del lugar al que ha ido a mendigar algo de comida. - Nuestro hermano mayor - respondió Ba-Chie, en tono altanero - no es otro que Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que sumió las alturas, hace aproximadamente quinientos años, en una terrible confusión. Aunque el monstruo no replicó ni una sola palabra, se sintió sacudido por el miedo y se dijo: - He oído decir durante muchísimo tiempo que ese tipo posee unos poderes mágicos realmente extraordinarios. Lo que menos me esperaba es que fuera a enfrentarme a él en una situación como ésta. Levantó la voz y ordenó a sus subalternos: - Atadlos con cuerdas nuevas y llevadlos a la parte de atrás. En cuanto nos hayamos apoderado de ese otro discípulo que dicen, los coceremos a todos y nos los comeremos. Los diablillos obedecieron al instante, atándolos concienzudamente, antes de llevarlos a la parte posterior de la caverna. El caballo, por su parte, fue encerrado en los establos, y el equipaje, metido en una especie de almacén. Después todos los moradores de la caverna afilaron sus armas y se dispusieron a esperar la aparición del Peregrino. Cuando, por fin, regresó Wu-Kung al punto de la montaña en que había dejado al monje Tang y a los demás, se encontró con que no había nadie; todos se habían ido. El círculo que había trazado con la barra de hierro continuaba siendo visible, pero dentro de él no se encontraba ni el caballo. Preocupado, volvió la vista hacia la torre y las otras construcciones y comprobó que también ellas habían desaparecido. En el lugar que antes ocupaban sólo había unas rocas de formas muy raras. - ¡Eso es! - exclamó el Peregrino, descorazonado -. Por fuerza han tenido que caer en el peligro que les auguré. Siguiendo las huellas del caballo, recorrió cinco o seis kilómetros del camino que conducía hacia el Oeste, sin encontrar ninguna señal más de sus hermanos. Cuando más desanimado parecía estar, oyó de pronto hablar a alguien hacia la parte norte de la pendiente. Se acercó para echar un vistazo y vio que se trataba de un anciano vestido con una túnica de lana y un gorro, al parecer, muy caliente. Calzaba unas botas casi nuevas de cuero y se apoyaba en un bastón con una empuñadura que semejaba la cabeza de un dragón. Le seguía un criado muy joven. El anciano portaba también una ramita de ciruelo cubierta de capullos y, mientras caminaba, musitaba una especie de canción. El Peregrino dejó en el suelo el cuenco de las limosnas e, inclinándose ante el viejo, dijo, respetuoso: - Este humilde clérigo tiene el placer de saludaros. - ¿De dónde venís? - preguntó el anciano, devolviéndole el saludo. - De la Tierra del Este - contestó el Peregrino - y nos dirigimos al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Somos en total cuatro los monjes que hemos emprendido tan alta empresa. Puesto que mi maestro llevaba varios días sin comer, partí en busca de un poco de comida vegetariana. Le aconsejé que se sentara en un recodo de la montaña y me esperara allí sin moverse, pero, cuando regresé, tanto él como mis otros dos hermanos habían desaparecido. No sé, pues, qué camino han podido tomar. ¿Puedo preguntaros si los habéis visto? - ¿Tenía uno de ellos un hocico muy largo y unas orejas grandes? - inquirió, a su vez, el anciano. - Sí, sí - contestó el Peregrino a toda prisa. - ¿Poseía otro un aspecto sombrío e iba tirando de un caballo, a cuyos lomos viajaba un monje de rostro pálido y aspecto fornido? - volvió a preguntar el anciano. - Sí, sí - repitió el Peregrino. - Os habéis equivocado de camino - sentenció entonces el anciano -. Te aconsejo que no pierdas el tiempo buscándolos y huyas en seguida, si quieres salvar la vida. - El del rostro pálido es mi maestro - explicó el Peregrino -, y los otros dos, mis hermanos. A todos nos une nuestro afán por llegar al Oeste y conseguir las escrituras. ¿Cómo voy a renunciar a encontrarlos? - Hace algunos años - relató el anciano - pasé por esta región y sé el camino que han tomado los ha llevado directamente a las fauces de un monstruo terrible. - Decidme de qué monstruo se trata y dónde vive, para que pueda ir a buscarlos allí - suplicó el Peregrino. - Ésta - contestó el anciano - es la Montaña del Yelmo de Oro y en ella se halla enclavada la caverna del mismo nombre, propiedad del Gran Rey Búfalo Unicornio. Posee infinidad de poderes mágicos y es un maestro consumado de las artes marciales. Es muy posible que tus compañeros hayan perdido ya la vida, por lo que opino que debes renunciar a encontrarlos, si quieres escapar a la muerte. ¡No vayas, por favor! No es que quiera decidir por ti, entiéndeme. Lo único que ocurre es que no me gustaría verte muerto. Ahora bien, la última palabra la tienes tú. - Os agradezco vuestro interés - replicó el Peregrino, inclinándose una vez tras otra -, pero no puedo renunciar a esa búsqueda. Se dispuso entonces a repartir con el anciano el arroz que acababa de tomar del pueblo del sur, pero éste echó a un lado el cuenco de las limosnas con su bastón. Después tanto él como el criado se echaron rostro en tierra y, tras revelar su auténtica identidad, comenzaron a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decían: - No nos atrevemos a ocultaros nada, Gran Sabio. En realidad no somos más que el dios de la montaña y el espíritu local de esta región, que hemos corrido a daros la bienvenida, en cuanto nos hemos enterado de vuestra llegada. Permitid que cuidemos de vuestro cuenco de arroz, mientras desplegáis vuestro extraordinario poder. Se lo ofreceremos al monje Tang, cuando lo hayáis liberado, y así comprenderá el cariño y el respeto que le profesáis. - ¡Debería moleros a palos, espíritus ignorantes! - bramó enfurecido, el Peregrino -. ¿Por qué no acudisteis antes a darme la bienvenida, si sabíais que llevaba aquí yo qué sé la de tiempo? ¿Queréis explicarme, además, por qué habéis echado mano de unos disfraces tan vulgares? - Sabiendo que poseéis un carácter muy fuerte - confesó el espíritu local -, no nos hemos atrevido a enfrentarnos con vos directamente, prefiriendo informaros tras este disfraz protector, que, como muy bien habéis afirmado, carece enteramente de gusto. - Está bien - concluyó el Peregrino, dominando su ira -. Por esta vez no os apalearé. Pero debéis cuidar bien de ese cuenco de limosna y tenéis que prestarme vuestra colaboración a la hora de atrapar a ese monstruo. El espíritu local y el dios de la montaña no tuvieron nada que objetar. El Gran Sabio se levantó la túnica de piel de tigre, ajustándosela a la cintura con la faja. Levantó después en alto la barra de los extremos de oro y corrió hacia el interior de la montaña en busca de la caverna del monstruo. Al pasar por un despeñadero, se percató de que las rocas tenían formas más extrañas que en otras partes y de que, justamente debajo de un antepecho verdoso, había dos puertas de piedra. Delante de ellas se encontraba apostada una gran cantidad de diablillos con lanzas y espadas. En aquel paraje la neblina poseía un aura amenazadora, el musgo tenía un tinte demasiado azulenco, las rocas resultaban demasiado abruptas y escarpadas, y los senderos que lo cruzaban se retorcían como si fueran colas de algún reptil. Pese a todo los simios no dejaban de gritar, los pájaros cantaban sin interrupción y los fénix bailaban en parejas, como si se encontraran en Peng - Ymg. Un grupo de ciruelos, orientados hacia el este, habían comenzado a florecer, mientras los bambúes, calentados por la acción directa del sol, desplegaban todo el magnífico verdor de sus hojas. La nieve se apilaba en el fondo de los desfiladeros, como si fuera polvo, helando el agua de los arroyos. A lo lejos se veían dos bosquecillos de pinos y cedros de más de mil años, apreciándose en la cercanía la presencia de varios ramilletes de té rojizo. Sin prestar mayor atención a la belleza del paisaje, el Gran Sabio se llegó hasta las puertas de la caverna y, levantando la voz, gritó, furioso: - ¡Diablillos! Entrad inmediatamente en la caverna e informad a vuestro señor que acaba de llegar Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo y discípulo del monje santo procedente de la corte de los Tang. Decidle, además, que, si quiere que todos vosotros continuéis con vida, debe poner inmediatamente en libertad a mi maestro. Los diablillos entraron en tropel en la caverna y dijeron a su señor: - Ahí afuera, Gran Rey, hay un monje con el rostro cubierto de pelos y la boca muy grande. Se hace llamar Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y exige la inmediata puesta en libertad de su maestro. - ¡Ya está, por fin, aquí! - exclamó el monstruo visiblemente satisfecho. Tras abandonar mi antiguo palacio y descender a la tierra, nunca he tenido la menor oportunidad de practicar las artes marciales. He aquí que, por fin, puedo enfrentarme a alguien digno de mi pericia. Ordenó que le trajeran sus armas y al punto todos los diablillos se pusieron a gritar, enardecidos. Casi de inmediato sacaron una lanza de más de cuatro metros de largo y se la entregaron a su señor. El monstruo levantó la voz y gritó: - Todos debéis seguir mis órdenes. El que avance será recompensado y el que retroceda será, por el contrario, ajusticiado. Todos los diablillos prometieron someterse de buen grado a sus órdenes. Satisfecho de su bravura, la bestia salió a la puerta de su mansión y preguntó en tono arrogante: - ¿Quién es ese tal Sun Wu-Kung? El Peregrino estudió con atención al monstruo y vio que era feroz en extremo. Su fealdad no le iba a la zaga. Poseía un único cuerno muy mellado, un par de ojos brillantes en extremo, una piel rugosa y áspera que formaba un pliegue horroroso en la zona de la cabeza, y una masa de carne oscura brillante debajo de las orejas. Por si esto fuera poco, su lengua era tan larga que podía muy bien lamerse con ella las narices, en su enorme boca albergaba unos dientes excesivamente amarillentos, su piel estaba cubierta de una extraña tonalidad azul, y sus tendones poseían la dureza y resistencia del acero. Parecía un rinoceronte o un buey, aunque ni podía iluminar las aguas ni arar los campos. A pesar de ser capaz de sacudir el Cielo y la Tierra con su fuerza, era totalmente inservible para la agricultura. En sus manos, azuladas y surcadas por una tupida red de tendones oscuros, sostenía con firmeza la lanza de acero. Con sólo verle y percatarse de su fiereza, se comprendía por qué era llamado el Gran Búfalo Unicornio. - Aquí está tu antepasado Sun - dijo el Peregrino, acercándose a él -. Si dejas en libertad a mi maestro, no te ocurrirá nada; de lo contrario, caerás muerto antes de que puedas escoger el lugar de tu tumba. - ¡Cuidado que eres bocazas! - bramó, a su vez, la bestia. ¿Quieres explicarme qué clase de poderes tienes tú, para atreverte hablarme así? - ¡Bestia maldita! ¡Eres tú, al parecer, el único que desconoce lo poderes del Rey de los Monos! - replicó el Peregrino con arrogancia - Si tu maestro se encuentra en mí poder - explicó el monstruo -, es porque me robó unos cuantos ornamentos y tuvo la mala fortuna de ser apresado. Para tu información, te diré que pienso comérmelo cocido al vapor. ¿Qué clase de guerrero eres tú para venir a mi propia puerta a exigir la liberación de una persona como ésa? - Mi maestro es un monje justo y honesto - exclamó con convicción el Peregrino -. Es imposible que haya robado nada a nadie y menos aún a un monstruo como tú. - Con mi propio poder levanté una ciudad inmortal en un recodo de la montaña - explicó el monstruo - y tu maestro tuvo la osadía de entrar en ella a husmear, sin ser invitado. Se encaprichó de cuanto vio, pero al final se decidió por tres ornamentos de seda cubiertos totalmente de brocados. Si no quieres creerlo, pregunta a quien le vio hacerlo, porque los testigos son muchos. Si fueras una persona justa, te pondrías de mi lado y le reprenderías como se merece. Pero, puesto que estás empeñado en medir tus armas conmigo, te haré una proposición: si eres capaz de resistirme tres asaltos, perdonaré a tu maestro. De lo contrario, también tú conocerás la Región de las Sombras. - ¡Bestia maldita! - gritó el Peregrino -, ¡no es necesario que te muestres tan bravucón! Eres tú quien debes irte despidiendo de esta vida. Si quieres saber lo que es bueno, ven a probar el sabor de mi barra. El monstruo no tenía ningún miedo al combate y, levantando la lanza, trató de asestarle al Peregrino un terrible golpe en el rostro. Dio, así, comienzo a un extraordinario combate. Cuando la barra de los extremos de oro se elevaba por los aires, su brillo recordaba el de las serpientes de luz de los rayos. Los movimientos de la lanza estriada, por otra parte, traían a la mente los de un dragón a punto de abandonar la negrura del océano. Los diablillos enardecían a los luchadores con el batir de sus tambores, desplegados en orden de batalla frente a las puertas de la caverna. El Gran Sabio sólo confiaba en su poder para hacer frente a tan aguerridos enemigos, avanzando y retrocediendo con inigualable pericia. Frente a él tenía una lanza siempre alerta y cargada de la fuerza de la espiritualidad, pero la barra de hierro no le iba a la zaga. Eran dos héroes los que se enfrentaban en un combate singular. El monstruo vomitaba una especie de vapor rojizo que ascendía en volutas con amenazas de tormenta. Los ojos del Gran Sabio, por su parte, lanzaban rayos que recordaban bordados imposibles realizados en las nubes. Tan terrible combate jamás se hubiera producido, si el gran monje Tang no hubiera sido sometido a una prueba, en verdad, insoportable. Más de treinta veces midieron los dos contendientes sus armas, sin que se alcanzara una decisión definitiva. Al comprobar el monstruo la perfección de Wu-Kung en el manejo de la barra - a lo largo de todo el combate no había cometido, de hecho, la menor equivocación -, exclamó, saltando de alegría: - ¡Qué mono más extraordinario! En verdad no le faltan cualidades para sumir los cielos en una confusión total. El Gran Sabio estaba, igualmente, sorprendido de la forma como blandía la lanza, esquivando todos los golpes con una pericia que no había visto en nadie más. - ¡Qué espíritu más fantástico! - exclamó también él -. Este monstruo tiene poderes hasta para robar el elixir - y continuaron luchando durante más de veinte asaltos seguidos. El monstruo volvió entonces la punta de su lanza al suelo y ordenó a los diablillos que entraran en acción. Blandiendo cimitarras, espadas, porras y lanzas, se lanzaron al ataque, no tardando en rodear completamente al Gran Sabio. Sin alterarse lo más mínimo, el Peregrino no dejaba de gritar: - ¡Bienvenidos! Esto es precisamente lo que estaba deseando. - Con inimitable pericia detuvo cuantos golpes le llovían por delante, por detrás, por el este y por el oeste, pero los diablillos no cejaron en su empeño. Cansado de tanto guerrear, el Peregrino lanzó la barra al aire, al tiempo que gritaba: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en cientos y miles de otras barras idénticas, que se volvieron contra los diablillos como si de culebras voladoras se tratara. Al verlo, los monstruos se pusieron a temblar de espanto y, cubriéndose el cuello y la cabeza lo mejor que pudieron, huyeron al interior de la caverna. Sólo el Gran Rey permaneció firme en su puesto. - Se nota que eres demasiado atrevido - dijo la bestia, sonriendo despectiva -. Pero te aconsejo que prestes atención a este pequeño truco. Sacó de la manga una especie de escama blanca y brillante, y lanzándola hacia lo alto, gritó: - ¡Ataca! Todas las barras de hierro se convirtieron en una sola, que, a su vez, fue absorbida por la corona. De esta forma, el Gran Sabio se quedó con las manos totalmente vacías, viéndose obligado a dar un salto desesperado para poder salvar la vida. El monstruo regresó, victorioso a su caverna, mientras que el Peregrino, avergonzado, no sabía qué camino tomar. Es claro que el Tao puede alcanzar un metro de altura, pero los monstruos le aventajan por diez. Quien pierde el rumbo de su naturaleza se ve sumido en una confusión absoluta y es incapaz de llevar a término sus propósitos. ¡Apiadaos del dharma que no tiene donde asentarse! Todas sus decisiones están marcadas por el error. No sabemos de momento en qué terminó todo este asunto. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第051回 EL MONO DE LA MENTE RECURRE SIN ÉXITO A MIL TRUCOS. EL FUEGO Y EL AGUA HAN PERDIDO SU PODER, POCO PUEDE HACERSE PARA DOMINAR A LOS DEMONIOS Decíamos que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, se vio obligado a huir con las manos vacías y el sabor de la derrota en el corazón. En cuanto hubo regresado a la Montaña del Yelmo de oro, se dejó caer en el suelo y comenzó a llorar, desconsolado. ¡Oh, maestro! - exclamó, mientras las lágrimas fluían de sus ojos -. Desde siempre había abrigado la esperanza de encontrar con vos la vida y el camino que conduce a la Verdad. ¿No propugnan, acaso las enseñanzas de Buda la benevolencia y la paz? Ése ha sido mi único deseo a lo largo de mis días: poder vivir y trabajar a vuestro lado, descansar cuando vos lo hicierais, poner por obra vuestros actos de virtud y mostrar, así, que nuestros frutos proceden del mismo árbol del espíritu, pensar y meditar lo mismo que vos, haciendo que nuestras mentes parezcan, en realidad, una sola, hollar el sendero que marcaban vuestros pasos y seguirlo, sin desfallecer, hasta el final. Jamás imaginé que pudiera perder el báculo de mi determinación. ¿Cómo voy a poder seguir adelante sin él? El Gran Sabio se estuvo lamentando de esta forma durante muchas horas. Después se le abrieron, de pronto, los ojos y se dijo: - ¡Es extraño que ese monstruo me haya reconocido! Ahora recuerdo que, cuando estábamos luchando, exclamó, sorprendido de mi forma de guerrear: «¡Sólo quien ha sumido los Cielos en el desorden es capaz de manejar las armas con tanta maestría!». Eso demuestra que esa bestia no pertenece a este mundo mortal. Por fuerza tiene que tratarse de alguna estrella maligna de los Cielos, que ha descendido a la Tierra, atraída por el falso brillo de sus seducciones. Me pregunto a qué clase de demonios pertenecerá y cuál será su lugar de origen. Creo que lo mejor que puedo hacer es dirigirme a las Regiones Superiores y tratar de resolver ese misterio. Fue así como, valiéndose de la mente para hacer frente a la mente, el Peregrino recobró la seguridad que había perdido. Tras ponerse de pie de un salto, montó en una nube y se dirigió directamente hacia la Puerta Sur de los Cielos. Levantó la cabeza y en seguida reconoció al Devaraja Virupaksa, que le preguntó, después de inclinarse respetuosamente: - ¿Puede saberse adonde va el Gran Sabio? - Deseo entrevistarme con el Emperador de Jade - contestó el Peregrino -. Por cierto, ¿qué estás haciendo tú aquí? - Hoy me toca a mí patrullar la Puerta Sur de los Cielos - contestó Virupaksa. Apenas había acabado de decirlo, cuando aparecieron los grandes mariscales Ma, Chao, Wen y Kwang y saludaron respetuosamente al Peregrino, diciendo: - Sentimos mucho no haber estado aquí para daros la bienvenida, Gran Sabio. Si no os importa, sería para nosotros un gran honor compartir con vos una taza de té. - Lamento defraudaros - respondió el Peregrino -, pero la verdad es que tengo mucha prisa - y, tras despedirse de ellos y de Virupaksa, se metió corriendo por la Puerta Sur. En la entrada misma del Salón de la Niebla Divina se topó con Chang Tao - Ling, el inmortal Ke, Xü Ching - Yang, Chiou Hong - Chr, los Seis Oficiales del Mirlo Austral y los Siete Jefes del Mirlo Septentrional. Todos ellos corrieron al encuentro del Peregrino, preguntándole, tras inclinar respetuosamente la cabeza: - ¿Puede saberse qué asunto trae por aquí al Gran Sabio? ¿Habéis concluido vuestra misión de conducir sano y salvo al monje hasta las Tierras del Oeste? - Aún no - respondió el Peregrino -. Es tan larga la distancia y tantos los demonios a los que hemos debido hacer frente, que sólo llevamos recorrida la mitad del viaje. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos encontramos detenidos en la Caverna del Yelmo de Oro, que se halla enclavada en la montaña del mismo nombre y en donde habita un monstruo de aspecto vacuno que ha logrado capturar al maestro Tang. Me he enfrentado a él delante de su misma cueva, pero posee una fuerza mágica tan extraordinaria, que ha conseguido hacerse con mi barra de los extremos de oro. Eso me ha impedido hasta el momento darle el castigo que se merece y me ha hecho pensar que quizás esa bestia sea alguna estrella malvada de las Regiones Superiores, que ha descendido a la Tierra, atraída por el falso brillo de sus seducciones. En realidad, desconozco qué clase de diablo pueda ser y cuál sea su lugar de origen, pero estoy decidido a entrevistarme con el Emperador de Jade y echarle en cara su total incapacidad para mantener en su lugar a quien le debe una sumisión absoluta. - ¡Qué cabezota es este mono! - musitó Xü Ching - Yang -. Si no arma jaleo, no está contento. - ¡Yo no soy ningún alborotador! - se defendió el Peregrino -. Lo que ocurre es que siempre he poseído un natural reflexivo y me gusta investigar las cosas. - ¿Para qué seguir discutiendo? - concluyó Chang Tao - Ling -. Anunciemos cuanto antes su llegada y asunto concluido. - Gracias por tu comprensión - respondió el Peregrino. Sin pérdida de tiempo los Cuatro Consejeros Celestes se adentraron en la Neblina Divina y comunicaron la llegada del Peregrino, que no tardó en ser conducido ante el Emperador de Jade. - ¡No sabéis cuánto lamento tener que molestaros, respetable señor! - dijo, mientras se inclinaba respetuosamente ante el trono celeste -. Desde el momento mismo en el que acepté acompañar al monje Tang en su viaje hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas, han sido más los instantes de sufrimiento que he experimentado que los de auténtica felicidad. No me quejo de ello, porque desde el principio sabía que eso era lo que iba a suceder. Ahora mismo, sin ir más lejos, el monje Tang se halla en poder de un monstruo de aspecto vacuno que habita en la Caverna del Yelmo de Oro, que se halla enclavada en la montaña del mismo nombre. Desconozco si habrá sido ya cocido, cocinado al vapor o, simplemente, secado al sol. Lo que sí puedo afirmar es que me llegué hasta la puerta de esa bestia y me enfrenté a ella con la desazonadora sensación de que, de alguna forma, me conocía. Sus poderes mágicos eran tan extraordinarios que consiguió arrebatarme la barra de los extremos de oro, dejándome prácticamente indefenso ante cualquier otro monstruo que desee pelear conmigo. Tamaña habilidad me ha hecho pensar que ese monstruo pueda ser, en realidad, una estrella malvada de los Cielos, que ha descendido a la Tierra, atraída por el falso brillo de sus seducciones. Ello me ha movido a solicitar una audiencia con vos y a suplicar de vuestra celeste compasión que prestéis oídos a la petición que ahora os hago y que no es otra que ordenéis desenmascarar a esa estrella malvada y la hagáis traer encadenada ante vuestra presencia. Os presento esta súplica con el corazón henchido de respeto y rebosante de temor. ¡No echéis mi petición en saco roto! - añadió inclinándose aún más. - ¡Esto es, francamente, desconcertante! - musitó el inmortal Ke -. ¿Cómo explicar que nuestro querido mono se comporte al principio con tanta arrogancia y se exprese después con semejante humildad? - ¿Por qué no habría de hacerlo? - se defendió el Peregrino -, Si es cierto que al principio actué con arrogancia y después me expresé con humildad, ahora no soy más que un pobre simio que ha perdido su barra. En cuanto el Emperador de Jade hubo escuchado esas palabras, ordenó lo siguiente al Departamento de Ke - Han: Realícese, según los deseos manifestados por Wu-Kung, una investigación entre las estrellas y planetas de los diferentes cielos y entre los reyes de las diversas galaxias, con el fin de determinar si alguno de ellos ha abandonado las Regiones Superiores, atraído por el falso brillo de las seducciones terrestres. Infórmese del resultado de dichas pesquisas, tan pronto como se hayan llevado a cabo. Tal es nuestro deseo. Nada más llegar esa orden a manos del respetable Ke - Han, él mismo se encargó de iniciar la investigación solicitada, asistido por el Gran Sabio. Los primeros sometidos a escrutinio fueron los diferentes oficiales a las órdenes de los devarajas de las cuatro puertas celestes; los siguieron los diversos inmortales, tanto jóvenes como entrados en años, que moran en los Tres Recintos Sagrados; les tocó el turno después a los dioses del trueno Tao, Chang Hsin, Tang Kou, Pi, Pang y Liou; finalmente fueron los Treinta y Tres Cielos los que sufrieron el peso terrible de la sospecha, pero no se encontró en ellos nada que denotara algo anormal. Fueron examinadas a continuación las Veintiocho Mansiones Lunares: las siete orientales, que abarcan las constelaciones de Citra, Nistia, Visakha, Anuradha, Bahu, Mulabarhani y Purva - Asadha; las siete occidentales, compuestas por las de Uttara - Asadha, Abhijit, Sravana, Sravistha, Stabhisa, Purva - Prosthapada y Uttara - Prosthapada. En todas ellas, incluidas las siete septentrionales y las siete australes, reinaban el orden y la tranquilidad más absolutos. Correspondió seguidamente el turno al Sol, a la Luna, a Venus, a Júpiter, a Mercurio, a Marte, a Saturno, a los Siete Reguladores, así como a las Cuatro Estrellas de los Excesos, Rahu, Ketu, Chi y Po. Entre todas las estrellas y planetas de los cielos no había ninguna que hubiera descendido a las Regiones Inferiores, atraída por el falso brillo de su seducción. - No es preciso que vuelva contigo al Salón de la Niebla Divina - concluyó el Peregrino -. ¿Para qué molestar de nuevo al Emperador de Jade? Me quedaré aquí esperando, por si hubiera alguna orden para mí. El respetable Ke - Han asintió en silencio con la cabeza. Mientras esperaba su vuelta, el Peregrino Sun compuso un poema, reflejo de sus sentimientos, que decía: La felicidad flota en la suavidad del viento y en la pureza de las nubes, mientras las rutilantes estrellas y los planetas emiten, sin cesar, signos propicios. Cuando el universo se abandona en los brazos de la paz, el Cielo y la Tierra aspiran el aroma de la prosperidad y en cada uno de los Cinco Puntos Cardinales enmudecen las armas y los estandartes se desvanecen. Una vez finalizada su exhaustiva investigación, el respetable Ke - Han corrió a informar al Emperador de Jade, manifestándole con suma reverencia: - No falta ninguna de las estrellas ni de las mansiones celestes y todos los guerreros celestiales se encuentran en sus puestos respectivos. Ni uno solo se ha dirigido a las Regiones Inferiores, atraído por el falso brillo de sus seducciones. Al oírlo, el Emperador de Jade ordenó: - Que Wu-Kung escoja a los guerreros que estime oportunos para capturar a esa bestia de la que nos ha hablado. Los Cuatro Consejeros Celestes abandonaron entonces el Salón de la Niebla Divina y dijeron al Peregrino: - Puesto que, según parece, no hay nadie en todo el Palacio Celeste que se haya sentido atraído por las falsas seducciones del mundo el Emperador de Jade ha determinado, en su gran misericordia, que escojáis a los guerreros que estiméis oportunos para capturar a ese demonio del que habéis hablado. El Peregrino inclinó respetuosamente la cabeza, pero pensó preocupado: - Luchadores peores que yo existen muchos en el Cielo; sin embargo, son muy pocos los que pueden compararse conmigo. Aún recuerdo que, cuando sumí el Palacio Celeste en una terrible confusión, el Emperador de Jade envió contra mí a más de cien mil soldados celestes provistos de redes cósmicas, pero ni uno solo fue capaz de hacerme frente. Únicamente lograron dominarme cuando contaron entre sus filas con el Pequeño Sabio Er-Lang. ¿Cómo van a ayudarme ahora a capturar a esa bestia, si su técnica guerrera es tan perfecta como la mía? Xü Ching - Yang se percató en seguida de lo que significaba su silencio y se apresuró a decir: - ¿Quién os asegura que esta vez va a ocurrir lo mismo que la última? Como muy bien reza el proverbio, «no existe nada que suceda dos veces». Además, no estáis en disposición de desobedecer al Emperador. Reflexionad con tranquilidad y comprenderéis que lo mejor que podéis hacer es escoger a los guerreros celestes que os han ofrecido. La duda sólo puede conduciros a cometer equivocaciones irreparables. - Vistas así las cosas - concluyó el Peregrino -, agradeced al Emperador el favor que me ha hecho. Por supuesto que no es mi deseo desobedecer sus órdenes; además, sería ridículo haber realizado en balde un viaje tan largo. Os suplico, pues, honorable Ching - Yang, que informéis al Emperador de Jade que me gustaría que me acompañaran el Devaraja Li y el Príncipe Nata. Sé que poseen unas cuantas armas diseñadas especialmente para capturar monstruos. Con ellas volveremos a enfrentarnos contra esa bestia, a ver qué tal se nos dan las cosas. Si conseguimos capturarla, será una gran suerte para mí; si no lo logramos, ya decidiremos después qué podemos hacer. El Consejero Celeste informó inmediatamente de su decisión al Emperador de Jade, el cual ordenó a los Devaraja Li, padre e hijo, que convocaran un ejército de guerreros celestes y partieran en ayuda del Peregrino. El devaraja cumplió la orden sin pérdida de tiempo y acudió a saludar al Peregrino, que volvió a decir al Consejero Celeste: - No sé, francamente, cómo agradecer al Emperador de Jade que haya puesto al devaraja a mi disposición. Desearía, sin embargo, que hicierais llegar en mi nombre una nueva petición al Máximo Honorable: que me permita disponer de dos señores del trueno. Así, cuando los desvarajas se enfrenten a esa bestia, ellos se apostarán en las nubes y lanzarán su arsenal de rayos contra su cabeza. ¿No opináis que es un plan fantástico para acabar con ella? - ¡Extraordinario, francamente extraordinario! - exclamó el Consejero Celeste, echándose a reír, y corrió a presentar esa nueva petición al Emperador de Jade. Éste hizo llegar al Palacio del Cielo de los Nueve Pliegues una orden conminando a Tang - Hua y a Chang - Fan, los dos señores del trueno, a que prestaran cuanta ayuda pudieran al devaraja a la hora de capturar al monstruo. No les quedó, pues, más remedio que abandonar los Cielos por la Puerta Sur, acompañados del devaraja y del Gran Sabio Sun. No tardaron en llegar a su destino y el Peregrino les dijo muy excitado: - Ésa es la Montaña del Yelmo de Oro. La caverna en la que habita la bestia se encuentra justamente en su centro. Ahora os toca decidir a vosotros quién va a ser el primero en enfrentarse a ella. El Devaraja Li hizo descender la nube en la que viajaba y ordenó a los guerreros celestes que montaran el campamento en la ladera sur. Se volvió después al Gran Sabio y dijo: - Como bien sabéis, en cierta ocasión mi hijo Nata derrotó él solo a los demonios de noventa y seis cavernas. No en balde domina a la perfección el arte de las metamorfosis y siempre lleva consigo infinidad de armas con las que dominar a las bestias. Es justo, por tanto, que sea él quien inicie el combate. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, le serviré de guía. Sirviéndose de sus extraordinarios poderes, el Príncipe y el Gran Sabio dieron un salto tremendo que los condujo directamente al corazón de la montaña. En un abrir y cerrar de ojos se encontraron ante la puerta de la caverna. La hallaron firmemente cerrada y extrañamente desguarnecida. En dos pasos el Peregrino se llegó hasta ella y gritó: - ¡Abre la puerta inmediatamente, demonio estúpido, y devuélveme a mi maestro! Los diablillos que hacían guardia en el interior de la caverna corrieron a informar a su señor, diciendo: - Ante vuestra puerta se encuentra, gran soberano, el Peregrino Sun acompañado de un joven que no deja de retaros. - Tengo en mi poder la barra de hierro de ese maldito mono - reflexionó el demonio -. Puesto que no puede luchar con las manos vacías, ha debido de ir en busca de ayuda. ¡Traedme inmediata las armas! Tras tomar la lanza en sus manos, se dirigió hacia la puerta de la caverna a echar un vistazo. Fue así como descubrió a un joven de rasgos llamativamente finos y hercúlea constitución. Su rostro, a la vez tímido y tan consistente como el jade, recordaba la luna llena. Poseía unos labios rojizos y una boca cuadrada que dejaba entrever unos dientes tan blancos como la plata. La viveza de sus ojos era tal, que recordaba el resplandor del rayo. El flequillo le caía libremente por la frente, como si fuera un banco de niebla, mientras que su faja se bamboleaba en el seno del viento, como si, en vez de tela, estuviera hecha de diminutas partículas de fuego. Sus vestiduras, cubiertas totalmente de bordados, emitían destellos dorados bajo la acción directa del sol, compitiendo en brillo con la coraza que protegía su cuerpo y las botas de combate que calzaban sus pies. Aunque su cuerpo no parecía distinguirse del de cualquier otro joven de su edad, su voz era a la vez firme y sonora, como correspondía a un defensor de la fe tan fiero como el Príncipe Nata de los Tres Cielos. Pese a todo, el monstruo soltó la carcajada y dijo: - Sé que eres el hijo tercero del Devaraja Li y que respondes al nombre de Príncipe Nata. ¿Quieres explicarme por qué has acudido ante mi puerta con semejante fanfarria? - ¡Todo obedece al desorden que has provocado con tu conducta, bestia maldita! - contestó el Príncipe -. De hecho, he llegado hasta aquí con orden de arrestarte, por haber capturado y tratar de devorar al monje santo procedente de las Tierras del Este. Eso ha movido al Emperador de Jade a enviarme con la misión que acabo de comunicarte. - ¡Ha sido Sun Wu-Kung el que te ha pedido que vinieras! - contestó el demonio, cada vez más enfadado -. Reconozco que soy la estrella desfavorable de ese tal monje Tang, pero ¿puedes explicarme qué clase de artes marciales domina un jovencito tan inexperto como tú para osar expresarse con semejante arrogancia? ¡No huyas y prueba el sabor de mi lanza! Blandiendo su espada de descuartizar monstruos, el Príncipe se lanzó de lleno a la refriega. En el momento mismo en que los dos contendientes daban comienzo al combate, el Gran Sabio se elevó por encima de la montaña y gritó con todas sus fuerzas: - ¿Se puede saber dónde os habéis metido, señores del trueno? Bajad aquí inmediatamente y lanzad vuestros rayos contra ese demonio. Es preciso que ayudéis al Príncipe a dominarlo. Cuando Tang y Chang, los dos señores del trueno, se disponían a atacar, montados en la luminosidad de sus nubes respectivas, vieron que el Príncipe echaba mano de la magia. Tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en un ser con tres cabezas y seis brazos que blandían otras tantas clases de armas diferentes para hacer frente e la bestia. Ésta, por su parte, se transformó igualmente en alguien con tres cabezas y seis brazos, que se valía de tres larguísimas lanzas para defenderse. Poniendo en juego todos sus poderes para dominar a las bestias, el Príncipe lanzó a lo alto sus seis armas. « ¿Cuáles eran?», podrá preguntarse alguien. No eran ni más ni menos que una espada de descuartizar monstruos, una cimitarra de trinchar bestias, una cuerda de atar diablos, un garrote para domar demonios, una bola cubierta de bordados y una rueda de fuego. - ¡Transformaos! - gritó con todas sus fuerzas y al punto se multiplicaron por cientos y por miles. Como si de una ventisca o de una lluvia de relámpagos se tratara, las armas cayeron, todas a una, sobre la cabeza del demonio. Pero éste ni siquiera se arredró. Con una de sus muchas manos sacó una escama blanca, la lanzó al aire y gritó: - ¡Ataca! Al punto se escuchó un sonido tan silbante como el de una culebra y la escama se tragó, sin más, las seis armas. Desesperado, el Príncipe Nata hubo de huir derrotado con las manos totalmente vacías, mientras el demonio regresaba triunfante a su caverna. A media altura Tang y Chang, los dos señores del trueno, sonrieron aliviados, y se dijeron: - Menos mal que, antes de lanzar nuestros rayos, decidimos analizar la situación. De lo contrario, los hubiéramos perdido todos y nos hubiéramos muerto de vergüenza, cuando el Honorable Celeste nos hubiera llamado a su presencia. Tras reducir la altura de las nubes en las que viajaban, los dos señores del trueno se dirigieron hacia la ladera sur y dijeron al Devaraja Li: - Ese demonio realmente posee poderes extraordinarios - Sus poderes no son una cosa del otro mundo - comentó Wu-Kung, sonriendo -. Lo que es extraordinario es su escama. Me pregunto qué clase de arma será para tragarse las cosas tan tranquilamente. - ¡No hay quien pueda con este Gran Sabio! - se quejó Nata, furioso -. Si he perdido mis armas y he huido derrotado, ha sido precisamente por ti. Me siento totalmente descorazonado y lo único que se te ocurre es echarte a reír como una doncella. ¿Se puede saber por qué eres tan irresponsable? - Hablas de descorazonamientos - contestó el Peregrino -. ¿Crees que no me encuentro tan descorazonado o más que tú? La verdad es que, de momento, no disponemos de ningún otro plan. ¿Qué quiere que haga, que me eche a llorar? Como soy incapaz de gimotear, me río. Eso es todo. - ¿Cómo podremos poner fin a este asunto? - se lamentó el devaraja. - Podéis reflexionar cuanto queráis sobre ello - contestó el Peregrino -. Una cosa es clara: sólo será capaz de acabar con esa escama lo que no pueda ser absorbido por ella. - Únicamente el fuego y el agua poseen la capacidad de no ser absorbidos por nada - contestó el devaraja -. De hecho, existe un dicho que afirma que «no hay nada más despiadado que el fuego y el agua». - Es posible que tengas razón - exclamó el Peregrino, al oírlo -. Siéntate y espérame aquí. Creo que voy a hacer otro viaje a los Cielos. - ¿Puede saberse para qué? - preguntaron Tang y Chang, los dos señores del trueno. - En cuanto llegue, no presentaré ningún informe al Emperador Jade - respondió el Peregrino -, sino que me dirigiré al Palacio Aura Rojiza, que se encuentra en el interior de la Puerta Sur, y pediré a Marte, la Estrella de la Virtud de Fuego, que se llegue hasta aquí y provoque un incendio que acabe con esa bestia. Es posible que hasta la misma escama quede reducida a cenizas y así podamos detener al demonio. De todas formas, primero tenemos que recobrar tus armas y liberar a mi maestro de los sufrimientos que está pasando. - ¿Para qué perder más tiempo? - contestó el Príncipe, encantado, tras escuchar esas palabras -. Id y regresad cuanto antes. Todos nos quedaremos aquí esperándoos. El Peregrino montó en su nube y se dirigió de nuevo hacia la Puerta Sur de los Cielos. En seguida salieron a darle la bienvenida Virupaksa y los cuatro mariscales, diciendo: - ¿Cómo es que estáis otra vez por aquí? - El Devaraja Li ordenó al Príncipe que iniciara la batalla, pero apenas había cruzado sus armas con el demonio, cuando éste se las arrebató de una manera limpísima - explicó el Peregrino -. Deseo, por tanto, visitar el Palacio del Aura Rojiza y solicitar la ayuda de la Estrella de la Virtud de Fuego. Ninguno de los cuatro se atrevió a impedirle la entrada y le dejaron trasponer tranquilamente la puerta. En cuanto hubo llegado al Palacio del Aura Rojiza, los dioses de la Sección del Fuego corrieron a informar: - Sun Wu-Kung desea entrevistarse con nuestro señor. El Tercer Espíritu del Sur, la Estrella de la Virtud de Fuego, se puso sus mejores ropas y salió a dar la bienvenida a tan ilustre visitante, diciendo: - Ayer mismo registraron este indigno palacio ciertos miembros del Departamento de Ke - Han y no hallaron a nadie que hubiera sido seducido por el falso brillo del mundo. - Ya lo sé - contestó el Peregrino -, pero el Devaraja Li y el Príncipe han perdido su primera batalla y, con ella, todas sus armas. Eso me ha movido a venir a solicitar vuestra ayuda. - Nata es el presidente del Gran Festival de las Tres Generosidades - comentó la estrella, sorprendida -. Cuando comenzó, por otra parte, su carrera como funcionario celeste, él solo derrotó a todos los demonios de noventa y seis cavernas. ¿Cómo va a poder un dios tan humilde como yo prestaros su ayuda, cuando él, que posee una extraordinaria panoplia de poderes mágicos, ha sido incapaz de llevar a buen término esa misión? - He hablado de ello con el Devaraja Li y los dos hemos llegado a la conclusión de que ni en los Cielos ni en la Tierra existen elementos más poderosos que el fuego y el agua - explicó el Peregrino -. Ese monstruo posee una escama capaz de absorber todo cuanto existe. De momento desconocemos su naturaleza, pero, dado que el fuego tiene la capacidad de destruir prácticamente todo, he decidido venir a pediros descendáis a las Regiones Inferiores y provoquéis un incendio que termine con ese demonio y salve a mi maestro de sus sufrimientos. No había acabado de oírlo, cuando la Estrella de la Virtud de Fuego convocó a los guerreros celestes bajo sus órdenes y se dirigió en compañía del Peregrino, hacia la ladera sur de la Montaña del Yelmo de Oro. Tras saludar al devaraja y a los señores del trueno, aquél dijo: - Debéis retar de nuevo a ese tipo y obligarle a salir, Gran Sabio. Esta vez me enfrentaré yo con él. Cuando saque la escama, me retiraré a toda prisa y la Virtud de Fuego se encargará de achicharrarle. - De acuerdo - contestó el Peregrino, echándose a reír -. Vayamos cuanto antes para allá - y se dirigieron a retar a la bestia mientras la Virtud de Fuego permanecía en lo alto de la montaña en compañía del Príncipe y de los dos señores del trueno. Al llegar a la entrada de la caverna, el Gran Sabio gritó: - ¡Abre la puerta, de una vez, y devuélveme a mi maestro! Los diablillos corrieron a informar a su señor, diciendo: - ¡Otra vez está ahí fuera Sun Wu-Kung! - ¡Mono maldito! - insultó el demonio al Peregrino, saliendo de la caverna al frente de sus tropas -. ¿Quieres explicarme qué clase de ayuda has ido a buscar esta vez? - ¡Eres un demonio que no respeta la ley! - gritó el Devaraja Portador - de - la - Pagoda, dando un paso hacia delante -. ¿Acaso no me reconoces? - Me figuro, Devaraja Li - contestó el demonio, soltando la carcajada -, que queréis vengar la derrota de vuestro hijo y recuperar sus armas. ¿No es así? - Por una parte, busco, en efecto, venganza - contestó el devaraja -, pero, por otra, deseo detenerte y obtener así la liberación de monje Tang. ¡No huyas y prueba el sabor de mi cimitarra! El monstruo esquivó el golpe, haciéndose a un lado. Levantó a continuación su larguísima lanza y se volvió diestramente contra su adversario. De esta forma, dio comienzo a uno de los combates mas terribles que jamás se hayan producido. Ante la puerta misma de la caverna la cimitarra del Devaraja pugnaba por sajar la carne de su oponente, emitiendo un brillo gélido y fogoso a la vez. La lanza del monstruo, por su parte, se elevaba, una y otra vez, hacia lo alto, como si estuviera empeñada en herir la masa blanquecina de las nubes. No en balde uno de los contendientes era el demoníaco Señor de la Montaña del Yelmo de Oro, y el otro, un dios venido directamente del Salón de la Niebla Divina. Aquél desplegaba todo su valor, empeñado en poner en ridículo la esencia del Zen, mientras que éste daba gustoso lo mejor de sí mismo por poner fin a los sufrimientos del maestro. Haciendo uso de la magia, el devaraja levantó una enorme polvareda de tierra y arena. Decidido a obtener la victoria, la bestia respondió con una nube inmensa de barro y suciedad. Era tan espesa, que el Cielo y la Tierra quedaron sumidos en una oscuridad absoluta. El polvo que levantaban los dos contendientes a punto estuvo de desecar los océanos y los ríos. Ambos estaban empeñados en revestirse de la gloria del triunfo, porque no ignoraban que el monje Tang había consagrado su existencia a la causa del Más Respetable del Mundo. En cuanto el Gran Sabio se hubo percatado de que la lucha había dado comienzo, se llegó hasta la cumbre de un salto y dijo a la Estrella de la Virtud de Fuego: - ¡Prepárate, Espíritu Tercero! El demonio y el devaraja estuvieron luchando durante cierto tiempo. Cuando más enardecida parecía estar la batalla, la bestia volvió a sacar la escama. Al verlo, el devaraja se dio media vuelta y, saltando sobre su nube, huyó a toda prisa. Apostada en el punto más alto de la montaña, la Estrella de la Virtud de Fuego ordenó a las diferentes deidades de su departamento que comenzaran el ataque. El incendio entonces se produjo fue, en verdad, extraordinario. Con razón afirman los clásicos que «el Sur es el espíritu del fuego». Unas cuantas chispas apenas visibles son capaces de calcinar diez mil hectáreas de campo, porque el poder del Tercer Espíritu puede adoptar la forma de mil dardos de fuego. El cielo se llenó, de hecho, de lanzas, cimitarras, arcos y flechas de fuego de todas las clases y tamaños, que recordaban las que suelen usar los dioses. Por si eso no fuera suficiente, a media altura aparecieron volando bandadas de cuervos de fuego, que no paraban de graznar, mientras retumbaban a lo largo y ancho de toda la montaña los relinchos de corceles de fuego, que galopaban a la misma velocidad que el viento. Por doquier surgían parejas de ratas rojizas, que arrojaban llamas por los hocicos, provocando un pavoroso incendio de más de diez mil millas cuadradas, así como incontables pares de dragones de fuego, que vomitaban densas columnas de humo, tiñendo de negro hasta el último rincón de la tierra. Dondequiera que se fijara la vista se veían carretas cargadas de fuego, se abrían calabazas llenas de semillas de llamas, se sentía el ondear de estandartes de un fuego tan denso como bancos de niebla suspendidos del cielo, y surgían del suelo plantas de fuego que devoraban cuanto se encontraba a su alrededor. ¿Para qué mencionar a Ning - Chi 7 azotando despiadadamente a su buey? El incendio que entonces brotó superaba en fiereza al que provocó Chou en el Acantilado Rojo. Con razón se trataba de un fuego celeste, no terrenal, tan temible que todo lo terminaba reduciendo a cenizas. Sin embargo, el demonio no dio ninguna muestra de temor, al ver avanzar hacia él un incendio tan pavoroso. Lanzó hacia lo alto su escama y al punto se escuchó un sonido silbante, que absorbió a todos los dragones, los caballos, los cuervos, las ratas, los arcos y las flechas de fuego. Se dio después la vuelta y entró en su caverna tan triunfante como había salido. De toda la terrible panoplia de la Estrella de la Virtud de Fuego sólo quedó un estandarte, que sirvió para concentrar a las fuerzas dispersas alrededor del devaraja y sus esforzados capitanes. Desalentados, volvieron a sentarse en la ladera sur de la montaña y la Estrella se quejó al Peregrino, diciendo: - ¡Qué pocos monstruos pueden compararse con ése, Gran Sabio! ¿Qué voy a hacer ahora que he perdido todo el poder de mi fuego? - ¿A qué viene lamentarse de esa forma? - le reconvino el Peregrino -. Quedaos ahí sentados, mientras hago un nuevo viajecito. - ¿Se puede saber adonde pensáis ir esta vez? - preguntó el devaraja. - Si ese monstruo no tiene miedo al fuego, por fuerza tiene que tenerlo al agua - contestó el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, «sólo el agua es capaz de derrotar al fuego». Creo, por tanto, que lo mejor será que vaya a la Puerta Norte del Cielo y pida a la Estrella de la Virtud de Agua que abra sus compuertas e inunde la caverna de ese monstruo. En cuanto se ahogue, recuperaremos lo que con tan habilidad nos ha arrebatado. - Aunque, ciertamente, se trata de un plan espléndido - objetó el devaraja -, me temo que también perecerá vuestro maestro. - No os preocupéis - respondió el Peregrino -. Si mi maestro se ahoga, sé cómo hacerle volver a la vida. De todas formas, si no os parece adecuado, no solicitaré la ayuda de la Estrella de Agua. - ¡Hacedlo, por favor! - suplicó la Virtud de Fuego - ¡Id a buscarla cuanto antes! De un salto el Gran Sabio montó en su nube y se dirigió hacia la Puerta Norte del Cielo, donde se topó con el Devaraja Vaisravana, que le preguntó tras inclinarse respetuosamente: - ¿Puede saberse adonde va el Gran Sabio Sun? - Tengo que ir al Palacio de la Oscura Inmensidad a entrevistarme con la Estrella de la Virtud de Agua. Es preciso que trate cuanto antes con ella de cierto asunto. Por cierto, ¿qué estás haciendo tú aquí? - Me toca hoy estar de guardia - contestó Vaisravana. No había acabado de decirlo, cuando aparecieron los cuatro mariscales Pang, Liu, Kou y Pi e invitaron al Peregrino a tomar el té en su compañía. - No os molestéis - se disculpó el Peregrino -. El asunto que hasta aquí me ha traído es de la mayor importancia y no puedo demorarlo ni un segundo. - Tras despedirse de ellos, se dirigió al Palacio de la Oscura Inmensidad y pidió a los dioses de la Sección del Agua que anunciaran su llegada a su señor. En cuanto la Estrella de la Virtud de Agua se hubo enterado de que el Gran Sabio Sun Wu-Kung deseaba entrevistarse con ella, ordenó que fueran investigadas las actividades de los cuatro mares, los cinco lagos, los ocho ríos pequeños, los cuatro ríos grandes, las tres corrientes caudalosas y los nueve afluentes. Se instó, así mismo, a los Reyes Dragón de todos esos lugares a que se retiraran inmediatamente a sus feudos y redactaran un informe exhaustivo de todos sus súbditos. La Estrella de Agua se cambió entonces de ropa y salió a dar la bienvenida a tan ilustre visitante. Al entrar en el palacio Estrella: - Ayer mismo esta humilde morada fue sometida a cuidadoso escrutinio por parte de ciertos miembros del Departamento de Ke - Han. Según parece, se cree que algún dios de esta sección ha sucumbido a las falsas seducciones de la tierra. Es mi deber informaros que aún no concluido la investigación que se está realizando entre los dioses de los mares y los ríos. - Ese demonio no es una simple deidad fluvial - contestó el Peregrino -, sino un espíritu mucho más poderoso. El Emperador de Jade tuvo en un principio la amabilidad de enviar al Mundo Inferior al Devaraja Li, a su hijo y a dos señores del trueno, pero todos sus esfuerzos por capturar a esa bestia resultaron inútiles. Valiéndose de una escama mágica arrebató sus seis armas sagradas y no me quedó más remedio que acudir al Palacio del Aura Rojiza y solicitar a la Estrella de la Virtud de Fuego que provocara un incendio pavoroso. Sin embargo, la escama volvió a absorber a los dragones, a los caballos y a las otras criaturas de fuego que lanzaron contra ella las deidades ígneas. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que, si ese demonio no tenía miedo del fuego, por fuerza habría de tenerlo del agua. Eso es, precisamente, lo que me ha movido a venir a pediros que abráis vuestras compuertas y nos ayudéis a capturar a ese monstruo. Así los guerreros celestes recuperarán sus armas y mi maestro podrá poner fin a su sufrimiento. Sin pérdida de tiempo la Virtud de Agua se volvió hacia el Señor Acuático del Río Amarillo y le ordenó: - Poneos a disposición del Gran Sabio y prestadle, gustoso, cuanta ayuda precise. El Señor Acuático sacó una pequeña copa de jade blanco de una de sus mangas y dijo: - Aquí tengo algo que puede serviros de gran ayuda. Sirve, de hecho, para contener agua. - ¡Qué cosa más extraordinaria! - exclamó el Peregrino -. ¿Qué cantidad de agua puede contener concretamente? ¿Bastará para ahogar a ese monstruo? - Si he de seros sinceros, Gran Sabio - contestó el Señor Acuático -, esta copa es capaz de contener toda el agua del Río Amarillo. La mitad corresponde exactamente a la mitad de su cauce, y lleno, a su totalidad. - ¡Medio vaso será más que suficiente! - respondió el Peregrino, encantado, y, tras despedirse de la Virtud de Agua, abandonó los arcos celestes en compañía del Dios del Río Amarillo. El Señor Acuático llenó la copa hasta la mitad y siguió al Gran Sabio hasta la Montaña del Yelmo de Oro, donde fueron recibidos por el devaraja, el Príncipe, los señores del trueno y la Virtud de Fuego. - Me vais a permitir que no entre en detalles sobre las gestiones que he realizado - dijo el Peregrino -. Ahora, si no os importa, Señor Acuático, os conduciré hasta la mansión de la bestia y le conminaré a que abra las puertas. No esperéis a que salga. Verted toda vuestra agua en el interior de la caverna y no la dejéis salir hasta que no se hayan ahogado todos cuantos moran en ella. Yo me encargaré entonces de buscar el cadáver de mi maestro y de hacerle volver a la vida. Mirándolo bien, dispongo de suficiente tiempo para reanimarle. El Señor Acuático sacudió la cabeza en señal de conformidad y siguió al Peregrino ladera arriba hasta la entrada misma de la caverna. - ¡Abre las puertas, monstruo! - gritó éste, una vez más. Los diablillos que hacían guardia en la puerta no tardaron en reconocer la voz del Gran Sabio Sun y corrieron al interior a informar a su señor: - Sun Wu-Kung está ahí otra vez. Al oírlo el demonio cogió su escama y su larguísima lanza y se dirigió hacia la salida. La puerta emitió un extraño chirrido al abrirse y el Señor Acuático lanzó a toda prisa el contenido de su copa al interior de la caverna. Al ver la avalancha de agua que se le echaba encima, el monstruo dejó caer la lanza y sacó la escama, manteniéndola en alto al nivel de la segunda puerta. El agua no sólo encontró allí un punto infranqueable, sino que cambió repentinamente de curso y abandonó a borbotones el acceso a la caverna. Desconcertado, el Gran Sabio dio un salto tan alto que fue a parar a la cumbre más elevada de toda la región, seguido por el Señor Acuático. Los otros dioses montaron a toda prisa en sus nubes y salieron disparados tras ellos. Desde la cima contemplaron, atónitos, cómo el agua iba creciendo en altura y fortaleza. Una simple cucharada adquiría, en un abrir y cerrar de ojos, una profundidad realmente insondable. Contrastaba su afán destructor con la influencia benéfica que ejerce sobre todo cuanto existe, cuando es dirigida por los designios celestes. Su caudal superaba con creces al de cien ríos de gran tamaño. El fragor de la corriente hacía temblar el valle, produciendo olas tan enormes que llegaban a tocar el cielo. El rugido de las aguas era tan formidable que recordaba el rolar de una tormenta. La furia de la inundación rompía, violenta, contra las rocas, levantando montañas de espuma que hacían pensar en ventiscas o en esquirlas de jade arrojadas hacia lo alto. La crecida borraba sin piedad los caminos y reducía a la nada las cumbres más altas. Cuanto arrastraba producía un sonido a veces gorgojeante, que recordaba el que produce el jade al chocar contra el suelo, y a veces metálico, que traía a la mente el lánguido tañer de un instrumento musical. Los remolinos se multiplicaban por doquier como el eco, mientras la avalancha proseguía su inexorable camino hacia las tierras más bajas, rellenando los espacios vacíos y haciendo desaparecer hasta el mismo trazado de los arroyos. Alarmado por semejante espectáculo, el Peregrino exclamó: - ¡Esto va de mal en peor! El agua está arrasando por doquier los arrozales, pero ni siquiera ha rozado el interior de la caverna. ¿Qué podemos hacer para poner fin a tanta destrucción? - y ordenó al Señor Acuático que recogiera al instante toda el agua vertida. - Lo siento mucho - se disculpó el dios -, pero no sé cómo hacerlo. Mis poderes no llegan a tanto. Como muy bien afirma el proverbio, «nadie puede recuperar el agua que ha sido vertida». Afortunadamente la montaña en la que se encontraban era relativamente alta y bastante escarpada, por lo que el agua fluyó a toda prisa hacia regiones más bajas. No tardó, pues, en seguir el camino que le marcaban torrenteras y cárcavas, hasta que terminó desapareciendo totalmente. Poco después salió de la caverna un grupo de diablillos y, al comprobar que había descendido totalmente el nivel de las aguas, comenzaron a hacer trastadas, gritando como locos, golpeándose unos a otros con los puños y entrechocando las lanzas y escudos que sostenían en las manos. - Así que el agua ni siquiera ha llegado a tocar el interior de la cueva - suplicó, desesperanzado, el devaraja -. Resulta duro reconocer que todos nuestros esfuerzos han resultado en vano. El Peregrino no pudo soportar por más tiempo la furia que le consumía el corazón y, apretando rabiosamente los puños, se lanzó contra la puerta de la caverna, gritando: - ¡No huyáis y disponeos a recibir una buena paliza! Al verle aparecer tan de improviso, los diablillos cayeron presa del pánico y, abandonando sus escudos y lanzas, buscaron refugio en el interior de la caverna. Temblando de pies a cabeza, informaron a su señor de lo sucedido, diciendo: - ¡Ha sido, francamente, terrible! ¡Esa bestia a punto ha estado de acabar con nosotros! El demonio volvió a coger su larguísima lanza y abandonó la caverna, dispuesto a enfrentarse, de una vez por todas, con su enemigo. - ¡Cuidado que eres cabezota, mono estúpido! - exclamo, en cuanto le tuvo delante -. Varias veces has intentado derrotarme y ni una sola lo has conseguido. ¿No comprendes que ni el fuego, ni el agua pueden nada contra mí? ¿Por qué te empeñas en morir inútilmente? - Creo que estás confundiendo la realidad, hijito - contesto el Peregrino -. Aún no se sabe si voy a ser yo el que va a estirar la pata o va a corresponderte a ti semejante honor. Acércate un poco más y te qué enseñaré que sabor tienen los puños de tu abuelito. - ¡Este mono no sabe ni lo que dice! - se burló el demonio, soltando la carcajada -. Pretende enfrentarse a mi lanza con las manos totalmente vacías. Mirándolo bien, los puños no son más que un montón de huesos y piel un poco más grandes que una cáscara de nuez. En fin, allá tú. Si tan dispuesto estás a batirte conmigo, dejaré a un lado la lanza y mediré contigo mis puños. - ¡Así se habla! - contestó el Peregrino, echándose a reír -. ¡Acércate aquí, anda! El monstruo se arremangó la ropa y dio unos cuantos pasos hacia el frente, al tiempo que adoptaba una postura idónea para la lucha. Sus puños parecían, en efecto, dos enormes mazos de hierro. El Gran Sabio, por su parte, flexionó las piernas e inclinó el cuerpo hacia delante, disponiéndose para el ataque. Así dio comienzo, ante la puerta misma de la Caverna, una lucha como no ha vuelto a verse jamás otra igual. Fue, en verdad, extraordinaria. Los dos contendientes estiraban, una y otra vez, los brazos, mientras sus piernas se elevaban como pájaros, hacia arriba, buscando las costillas, el pecho, el hígado y el corazón de su adversario. Sus golpes no podían ser más certeros y peligrosos. Si uno adoptaba la postura del «inmortal señalando el camino», el otro le respondía con la de «Lao-Tse a lomos de una grulla», o la del «tigre hambriento cayendo sobre su presa», o la del «dragón jugando con agua». Cuando el demonio echaba mano de «la serpiente que se da la vuelta», el Gran Sabio recurría al «ciervo que cambia de cornamenta». Todas las figuras encontraban eco en aquel combate: la del dragón que se deja caer en tierra con las garras hacia arriba, la de la muñeca que se retuerce para atrapar la bolsa celeste, la del león verde que se lanza con la boca abierta, la de la carpa que salta hacia atrás, la del que arroja flores por encima de la cabeza, la del que se ata una cuerda alrededor de la cintura, la del abanico que se mueve al ritmo del viento, la de la lluvia que troncha las flores. Si el monstruo aplicaba «la palma de Kuan - Ying», el Peregrino replicaba con «los pies de Arhat». Por supuesto que los puñetazos largos no podían compararse en efectividad con los golpes secos y en corto. Sin embargo, los dos contendientes poseían una técnica tan pareja que, tras luchar incontables asaltos, aún seguía sin definirse un claro vencedor. Mientras los dos púgiles se batían ferozmente delante mismo de la puerta de puerta de la caverna, los que se encontraban en lo alto de la montaña vivían con tal entusiasmo las evoluciones del combate, que Devaraja Li no dejaba de gritar frases de aliento y la Estrella de la Virtud de Fuego no cesaba de aplaudir, entusiasmada. Los dos señores del trueno y el Príncipe Nata, por su parte, se habían acercado a los luchadores y trataban de ayudar, de alguna manera, a su paladín. Otro tanto hacían los diablillos. En cuanto dio comienzo la lucha, salieron todos en tropel de la caverna y empezaron a animar a su señor, agitando estandartes, batiendo sus tambores y entrechocando sonoramente espadas y cimitarras. Al comprender el Gran Sabio que la suerte se estaba volviendo en su contra, se arrancó un puñado de pelos del cuerpo, los lanzó hacia arriba y gritó: - ¡Transformaos! - y al punto se convirtieron en más de cincuenta monos de reducido tamaño, que se lanzaron a una sobre el demonio, agarrándole de las piernas, colgándose del pecho, cegándole los ojos y tirándole despiadadamente de la cabellera. El monstruo se puso tan nervioso que inmediatamente decidió hacer uso de la escama. Cuando vieron el Gran Sabio y sus acompañantes que la había sacado, montaron a toda prisa en sus nubes y huyeron, despavoridos, a lo alto de la montaña. El monstruo lanzó, una vez más, la escama al aire y los cincuenta monos, tras recobrar la forma que les era habitual, fueron absorbidos por ella sin ninguna piedad, haciendo un ruido que recordaba el silbido de una serpiente. Victoriosos una vez más, el demonio y todos sus súbditos se retiraron al interior de la caverna a celebrar su nueva hazaña. - A pesar de todo, sois un púgil realmente extraordinario, Sabio Sun - exclamó el Príncipe -. La forma que tenéis de golpear recuerda la habilidad con que las doncellas van agregando flores a la filigrana de un brocado, y vuestro modo de practicar la división corpórea es una auténtica muestra de nobleza espiritual. - ¿Qué os ha parecido mi técnica pugilística comparada con la ese monstruo? - preguntó, halagado, el Mono -. Desde lejos habéis tenido que apreciarlo con toda claridad. - Sus golpes resultaban un tanto desmañados y su forma de mover las piernas era, francamente, lenta - contestó el Devaraja Li -. Por supuesto que no existe punto de comparación entre vuestra precisión, vuestra rapidez y las suyas. Se puso, además, muy nervioso, cuando se percató de nuestra presencia, y, cuando recurristeis a la magia de la división corpórea... ¡bueno!, ¿qué puedo añadir que no hayáis visto vos?, sintió tal desesperación que hubo de echar mano en seguida de su maldita escama. - Lo difícil no es poner en evidencia a ese demonio, sino hacer frente al poder de esa escama - reflexionó el Peregrino. - Si queremos obtener una victoria definitiva - dijeron a la vez la Estrella de la Virtud de Fuego y el Señor Acuático -, es preciso hacernos primero con esa escama. De lo contrario, jamás lograremos detenerlo. - Sí, pero ¿cómo podemos conseguirlo? - objetó el Peregrino -. A no ser, claro está, que le robemos tan preciado tesoro. - Hablando de robar - dijo uno de los dioses del trueno, sonriendo -, no existe nadie más diestro que vos en esas artes, Gran Sabio. Recordad, si no, cómo os las agenciasteis, cuando sumisteis el Cielo en una confusión total, para apropiaros del vino imperial, de los melocotones de la inmortalidad, del hígado del dragón, de la médula del fénix y del elixir de Lao-Tse. ¡Qué extraordinario talento el vuestro! Es hora ya de que volváis a practicar tan noble arte. - Te agradezco el alto concepto que tienes de mí - respondió el Peregrino -. Si pensáis que eso es lo mejor que puede hacerse en estos momentos, quedaos aquí sentados, mientras yo voy a tantear un poco el terreno. Dando un salto tremendo, el Gran Sabio abandonó la cumbre de la montaña y se acercó sigilosamente a la entrada de la caverna. Sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una mosca diminuta de alas tan finas como el barniz que protege los bambúes y de cuerpo tan grácil como la corola del capullo de una flor. El grosor de sus patas apenas superaba el de un cabello y sus ojos, brillantes como diamantes, emitían una luz propia de astros. Pese a lo reducido de su tamaño, era capaz de identificar los olores a una distancia increíble y de hacer frente al viento con más pericia que un marinero al mar. Poseía un peso tan reducido, que no existía balanza que apreciara su presencia ni ojo que siguiera el jeroglífico de su vuelo. Pese a todo, superaba en utilidad a muchos animales más grandes que ella. A pesar de ser tan ligera, se llegó volando hasta la puerta y se coló en el interior por una pequeña hendidura que había en la madera. Fue así como descubrió que la caverna estaba llena a rebosar de diablillos de todas las edades. Algunos cantaban y bailaban despreocupadamente, mientras otros permanecían alineados en filas junto a las paredes. En un lugar bien visible destacaba el trono del monstruo, ante el que humeaban platos tan exóticos como carne de serpiente, asado de venado, zarpas de oso, jorobas de camello y toda clase de verduras y frutos silvestres. No faltaban tampoco atractivas copas de vino de porcelana azul, en las que el aroma embriagador del licor de coco se mezclaba con la fragancia dulzona de la leche de cabra. El monstruo y sus oficiales bebían sin cesar de ellas, adoptando posturas escandalosamente relajadas. El Peregrino se dejó caer entre semejante enjambre de diablillos y cambió su forma de mosca por la de un espíritu con cabeza de tejón. De esta forma pudo llegar, sin ser molestado, hasta el mismo trono del monstruo. Husmeó por todos los rincones durante mucho tiempo, pero no encontró ni rastro de la valiosísima escama. Desalentado, miró detrás del trono y vio que se abría allí un pequeño salón, de cuyo techo colgaban los dragones y los caballos de fuego, relinchando lastimosamente y quejándose sin cesar. Levantó aún más la cabeza y, con un sobresalto de alegría, descubrió su preciada barra de los extremos de oro apoyada contra la pared que daba al oriente. Tan contento estaba, que se olvidó de adoptar la forma que le era habitual, mientras corría, dichoso, hacia su valiosa arma. Sólo cuando la tuvo en sus manos, reveló su auténtica personalidad a los diablillos, que huyeron, despavoridos, en todas las direcciones, mientras él se abría paso hacia el exterior de la caverna. Todos sus moradores, incluido el demonio, estaban aterrorizados. El Peregrino pudo, de esa forma, derribar a cuantas bestias quiso, dejando tras él un sendero de sangre. El camino hacia fuera estaba totalmente libre. Con razón afirman los versos que, cuando el demonio, presa de su propia arrogancia, bajó despreocupadamente la guardia, el báculo volvió a las manos de su auténtico dueño. Desconocemos, de momento, si fue el bien o el mal lo que se abatió sobre su cabeza. Quien desee descubrirlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第052回 WU-KUNG SUME EN CONFUSIÓN LA CAVERNA DEL YELMO DE ORO. TATHAGATA SE APARECE EN SECRETO AL AUTÉNTICO MAESTRO Decíamos que el Gran Sabio Sun, una vez que hubo recuperado la barra de los extremos de oro, abandonó la caverna, dejando tras él un reguero de muerte. La alegría le manaba por cada uno de los poros del cuerpo, cuando, tras dar un gran salto, fue a caer a la cumbre de la montaña donde le esperaban los otros dioses. - ¿Qué tal te ha ido esta vez? - preguntó el Devaraja Li. - Haciendo uso de mis poderes metamórficos - explicó el Peregrino -, logré introducirme en el interior de la caverna. El monstruo y todos sus súbditos estaban celebrando la victoria, emborrachándose y cantando como locos. Al principio me resultó del todo imposible descubrir dónde guardaba su preciado tesoro, pero, al dar la vuelta detrás del trono, descubrí una sala secreta, en la que se oían relinchos de caballos y lamentos de dragones. No tuve que pensar mucho para comprender que se trataba de los animales que prestan sus servicios en la Sección del Fuego. La barra de los extremos de oro se encontraba, de hecho, apoyada contra la pared orientada hacia el oriente y no tuve más que cogerla para abrirme camino hasta aquí. - Nos parece muy bien que hayas recuperado tu valiosa arma - dijeron a coro los otros dioses -, pero ¿quieres decirnos cuándo vamos a recuperar nosotros las nuestras? A partir de ahora todo resultará mucho más fácil - contestó el Peregrino -. Con ayuda de mi barra de hierro derrotaré a esa bestia y podréis volver a acariciar vuestros preciosos instrumentos de guerra. Tenedlo por seguro. No había acabado de decirlo, cuando desde el fondo de la montaña se elevó un estruendo de gritos y voces entremezclado con el batir de los tambores y el metálico vibrar de los gongs. El mismo Rey Búfalo había salido al frente de sus tropas para dar caza al Peregrino, que exclamó entusiasmado, al ver acercarse a las filas de guerreros: - ¡Estupendo! ¡Esto es, precisamente, lo que andaba buscando! Quedaos aquí sentados, mientras yo voy a capturar a esa bestia. Tras levantar por encima de la cabeza la barra de hierro, gritó a sus perseguidores: - ¿Se puede saber adonde vas con tanta fanfarria, monstruo maldito? Si quieres seguir adelante, tendrás que probar primero el sabor de mi barra de hierro. - ¡Todos los monos sois unos ladrones y no sabéis portaros con la debida decencia! - replicó el monstruo, deteniendo el golpe con su lanza -. ¡Sólo a ti se te podía ocurrir robarme a plena luz del día! - ¡Eres una bestia tan inmunda que ni siquiera sabes que vas a morir! - contestó el Peregrino -. Además, aquí no hay más ladrón que tú, que a plena luz del día te dedicas a apropiarte de lo que no es tuyo con ayuda de tu estúpida escama. Dinos, si no, cuáles de las cosas que guardas son realmente tuyas. ¡No huyas y prueba el sabor de la barra de tu respetable abuelito! Así dio comienzo una batalla realmente extraordinaria. El Gran Sabio desplegó todo su poderío, mientras el demonio hacía todo cuanto estaba en su mano por no dejarse dominar. Los dos se abandonaron a un caudal de fiereza, dispuestos a alcanzar la victoria como fuera. La barra de hierro, que tan diestramente blandía el uno, parecía la cola de un dragón; la lanza, que tan hábilmente manejaba el otro, era, por su parte, la imagen viva de la cabeza de una serpiente pitón. Cada golpe del hierro producía una especie de fragor de viento huracanado, mientras que los mandobles del acero provocaban una corriente que recordaba la fuerza incontenible de una inundación. La violencia de la batalla había sumido toda la cordillera en un estado de expectante quietud. La incertidumbre de su resultado hacía detenerse a la niebla en lo alto de las cumbres, recubiertas de verde arboleda: los pájaros detenían en pleno vuelo el batir de sus alas y las bestias escondían, aterrorizadas, sus cabezas en la arena. Su silencio contrastaba con los gritos de aliento que lanzaban los diablillos. El Gran Sabio no precisaba de la ayuda de nadie. Se bastaba él solo para darse ánimos. No en balde permanecía invencible tras librar mil y un combates a lo largo de los diez mil kilómetros que constituían el viaje hacia el Oeste. La lanza, sin embargo, no le iba a la zaga en habilidades guerreras. Con razón había dominado con puño de hierro el mundo inaccesible del Yelmo de Oro. Armas tan extraordinarias no podían convivir en paz. Por fuerza tenía que desaparecer una, para que la otra pudiera seguir existiendo. El demonio y el Gran Sabio estuvieron luchando durante más de tres horas, pero ninguno consiguió una ventaja apreciable. Estaba empezando a oscurecer y el demonio, tras detener con su lanza un nuevo golpe de la barra de hierro, dijo: - Si te parece, podemos dar por terminada la lucha por hoy. Se está haciendo de noche y pronto no seremos capaces ni de vernos las manos. Lo mejor será que nos retiremos a descansar cada uno por nuestro lado. Mañana por la mañana reanudaremos el combate. - ¿Quieres cerrar la bocaza, de una vez, bestia inmunda? - le increpó el Peregrino -. Es ridículo que abandone la lucha en el momento en el que más en forma me siento. ¿Qué me importa a mí que esté oscureciendo? Es hora ya de que dejemos en claro quién es el mejor. Por toda respuesta, el monstruo dio un grito terrible y se retiró a toda prisa al interior de la caverna, seguido por sus huestes de diablillos. En un abrir y cerrar de ojos, las puertas de piedra quedaron firmemente cerradas y no le quedó más remedio al Gran Sabio que regresar a la cumbre en la que le esperaban los otros dioses. Al verle aparecer con la barra de hierro a sus espaldas, le dieron la enhorabuena, diciendo: - ¡Qué extraordinarios son vuestros poderes! ¡Con razón se os conoce por el sobrenombre de Sosia del Cielo, porque vuestra fuerza es, en verdad, idéntica a la de todos los astros! - Gracias por vuestras palabras de aliento - contestó el Peregrino -. Cuando queréis, también sabéis ser corteses. - No hemos exagerado lo más mínimo - repuso el Devaraja Li, acercándose a él -. No existe ningún ser que pueda compararse con vos. Vuestra forma de combatir nos ha hecho acordarnos de los tiempos lejanos en que usamos contra vos las redes cósmicas. - ¿Para qué recordar hechos pasados? - replicó el Peregrino -. Después del largo combate que ha mantenido conmigo, ese monstruo debe de estar agotado. Yo ni siquiera me siento cansado. Creo, por tanto, que lo mejor será que os quedéis aquí descansando, mientras yo voy a ver dónde tiene escondida esa dichosa escama. Estoy decidido a encontrarla, cueste lo que cueste. En cuanto se la haya robado, le capturaremos sin ninguna dificultad. Así podréis regresar al Cielo con vuestras armas. - ¿No os parece que se está haciendo un poco tarde? - preguntó el Príncipe -. Opino que deberíais pasar la noche descansando y volver a esa inmunda caverna en cuanto empiece a clarear. - ¡Qué poco sabes del mundo! - exclamó el Peregrino, echándose a reír -. ¿Cuándo se ha visto que un ladrón se dedique a su arte a plena luz del día? Para entrar en un lugar sin ser descubierto, es preciso ampararse en la oscuridad de la noche. Las cosas son así y no hay vuelta de hoja. - Es mejor que no discutáis sobre ello, Príncipe - le aconsejaron al mismo tiempo la Virtud de Fuego y uno de los señores del trueno -. Mirándolo bien, nosotros no entendemos de eso. El Gran Sabio, por el contrario, es un auténtico maestro. Es fácil comprender, de todas formas, que el demonio debe de estar muy cansado y que eso le obligará a mantener bajada la guardia durante toda la noche. Marchaos cuanto antes, Gran Sabio, y haced, de una vez, lo que tengáis que hacer. Sin dejar de sonreír, el Gran Sabio cargó con la barra de hierro y de un salto fue a parar justamente a las puertas de la caverna. Sacudió ligeramente el cuerpo y al punto se transformó en un pequeño grillo de boca tan dura como el acero, largos bigotes y cuerpo negruzco. Sus ojos poseían una viveza extraordinaria y sus patas eran tan rugosas como ramas viejas de un árbol. Se apostó encima de una piedra y empezó a cantar, enardecido por la luminosidad de la luna y la pureza de la brisa. Hay algo de humano en el canto de un grillo. Aunque su chirrido es débil y de una tesitura muy alta, llora con el rocío y siembra los campos de melancolía. El viajero que se asoma a una ventana en actitud pensativa se ahoga en sus recuerdos al escuchar ese canto. Tal es la fuerza de un animal tan diminuto, al que encanta habitar en las hendiduras que forman las losas del suelo o debajo mismo de la cama. El grillo en el que se había convertido el Gran Sabio estiró las patas traseras y, de un salto, se llegó hasta la puerta de la caverna. Dio tres o cuatro saltitos más y logró meterse por una pequeña rendija que había en la madera. Durante unos segundos permaneció agachado junto a la pared, mirando, a la luz de las teas y antorchas que colgaban de los muros, cuanto ocurría a su alrededor. Los diablillos estaban terminando de cenar. Sabiendo que no podía hacer otra cosa que espera, el Gran Sabio se puso a cantar. Al poco rato los diablillos se levantaron de la mesa y recogieron todo lo que había sobrado. Extendieron a continuación por el suelo las colchonetas y se pusieron a dormir tranquilamente. Hasta que no hubo dado la hora de la primera vigilia no se atrevió el Peregrino a entrar en la sala secreta que había detrás del trono. Allí oyó que el monstruo estaba ordenando a súbditos: - A los que toque hacer guardia junto a la puerta, que procuren no rendirse al sueño. Es muy posible que Sun Wu-Kung se transforme en cualquier cosa y trate de robarnos lo que le dé la gana. Para no dormirse, los que hacían las rondas sacudían de continuo una especie de matracas que llevaban en las manos. Al Gran Sabio no le importó su molesta presencia. Estaba decidido a hacer triunfar su plan y se puso en seguida manos a la obra. Con increíble facilidad se escabulló, sin ser visto, dentro del dormitorio del monstruo. El lecho era de piedra y a ambos lados del mismo había un grupo de espíritus árboles y otras bestias de la montaña, todos ellos empolvados y cubiertos de pintura roja. Algunos estaban ocupados haciendo la cama, mientras otros ayudaban a desvestir a su señor, desabrochándole las botas y desabotonándole la túnica. En cuanto el monstruo se hubo desprendido de todas sus ropas, apareció la blancura fantasmal de la escama. La tenía sujeta al hombro izquierdo, como si de una ristra de perlas o de un brazalete se tratara. En vez de quitársela, la apretó un par de veces contra la carne y quedó firmemente ajustada en el hombro. Sólo entonces se decidió a tumbarse. El Peregrino volvió a sacudir ligeramente el cuerpo y se transformó en una pulga de cuerpo amarillento. De un salto se llegó hasta el lecho de piedra, se metió hábilmente entre las mantas y, cuando hubo comprendido que se encontraba justamente en el hombro izquierdo de la bestia, le propinó un picotazo terrible. El monstruo se dio inmediatamente la vuelta y empezó a gritar: - ¡Malditos esclavos! Debería mandaros azotar, por no haber sacudido las mantas. ¡A causa de vuestra negligencia, acabo de ser picado por un insecto terrible! Tras rascarse un par de veces más el sitio donde tenía incrustada la escama, volvió a quedarse dormido. El Peregrino recorrió con cuidado la porción de piel que la cubría y de nuevo le asestó un tremendo picotazo. Incapaz de conciliar el sueño, el monstruo se sentó desesperado, en la cama y empezó a rascarse de una manera brutal, mientras gritaba: - ¡Este picor me está matando! El Peregrino comprendió entonces que la escama estaba tan firmemente incrustada en su carne, que, por mucho que lo intentara jamás lograría que se desprendiera de ella, haciendo inútiles todos sus esfuerzos por robarla. Saltó de la cama y, tras transformarse de nuevo un grillo, abandonó el dormitorio y se dirigió a la habitación secreta donde volvió a oír los relinchos de los caballos y los lamentos de los dragones, que continuaban suspendidos del techo. El Peregrino recobró la forma que le era habitual y se dispuso a practicar la magia para abrir puertas. Tras recitar el correspondiente conjuro, el candado saltó por los aires y los dos batientes giraron por sí solos. El Peregrino no tuvo más que empujarlos ligeramente para entrar en la habitación, tan perfectamente iluminada por los cautivos miembros de la sección del fuego, que daba la impresión de ser de día. Había varias armas apoyadas, tanto contra la pared que miraba hacia el oriente, como contra la que estaba situada hacia el poniente. Entre ellas se encontraban la cimitarra de descuartizar monstruos del Príncipe y los arcos y flechas íg-neas de la Virtud de Fuego. El Peregrino miró con cuidado a su alrededor y vio que encima de una mesa de piedra, que había detrás de la puerta, descansaba una cesta de bambú. Dentro de ella podía verse un puñado de pelos. Loco de alegría, los cogió en una mano, sopló sobre ellos dos veces y gritó: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en cuarenta o cincuenta monos de pequeño tamaño, que se adueñaron de la cimitarra, de la espada, del garrote y de la rueda, junto con los arcos, las flechas, las carretas, las calabazas, los cuervos, las ratas y los caballos de fuego, todo cuanto, en definitiva, había sido absorbido por la escama. Sin pérdida de tiempo, se montaron en los dragones de fuego y provocaron un pavoroso incendio que arrasó el interior de la caverna. Los pasadizos que conducían al exterior se llenaron de explosiones tan terribles, que parecía como si los rayos y las bolas de cañón hubieran tomado posesión de ellos. Los diablillos estaban aterrorizados. Era tal su estupefacción, que algunos se agarraban desesperadamente a las mantas, mientras otros trataban de protegerse la cabeza con ellas, llorando y gritando como locos. Ninguno sabía por dónde huir, provocando una confusión tan tremenda, que más de la mitad pereció víctima de las llamas. De esta forma, el Hermoso Rey de los Monos pudo regresar, por fin triunfante a su campamento a eso de la tercera vigilia. El Devaraja Li y sus compañeros estaban descansando tranquilamente en la cumbre de la montaña, cuando de repente vieron acercase hacia ellos un enjambre de luces muy brillantes. Se sintieron aliviados, al descubrir que se trataba del Peregrino. Venía volando, de hecho, ladera arriba, montado en un dragón y sin dejar de dar órdenes a su pequeño ejército de monos. En cuanto hubo alcanzado la cumbre, gritó con todas sus fuerzas: - ¡Aquí tenéis vuestras armas! ¡Venid a recogerlas, si queréis! Los primeros en obedecerle fueron la Virtud de Fuego y el Príncipe Nata. El Peregrino, mientras tanto, sacudió ligeramente el cuerpo e inmediatamente se reintegraron a él todos los pelos que había perdido. EL Príncipe Nata acarició con cariño su preciosa arma. La Virtud de fuego, por su parte, ordenó a los oficiales que le atendían que se hicieran cargo de los dragones de fuego y del resto del equipo. Las sonrisas llenaban sus rostros y las frases de agradecimiento al Peregrino fluían constantemente de sus labios, por lo que, de momento, no seguiremos hablando de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de la Caverna del Yelmo de Oro, donde el incendio no había podido ser todavía sofocado. Hasta el mismo Rey Búfalo estaba aterrado. Cuando comprendió lo que ocurría, salió a toda prisa de su habitación, levantó la escama con las dos manos y la hizo girar en la dirección del fuego. De esta forma, consiguió dominar el incendio. Aun así, los pasadizos seguían estando llenos de rescoldos y humo, que desaparecieron totalmente, cuando el monstruo los fue recorriendo uno tras otro. En vano trató de salvar a sus diablillos. Más de la mitad habían muerto abrasados y, entre los que quedaron, apenas había un centenar capaz de empuñar las armas, contando a las hembras. Desesperado, se dirigió a la sala secreta en la que guardaba el botín de sus correrías y vio que en ella no quedaba absolutamente nada. Finalmente, optó por inspeccionar la parte posterior de la caverna, descubriendo con cierto alivio que Ba-Chie, el Bonzo Sha y el maestro continuaban firmemente atados. Incluso el dragón blanco, que hacía las veces de caballo, permanecía amarrado a una estaca; sus equipajes tampoco habían sido tocados para nada. Eso hizo que el demonio exclamara, furioso: - ¿Quién habrá sido el descuidado que ha provocado este incendio, trayendo semejante ruina sobre nuestras cabezas? - Ninguno de nosotros hemos podido hacerlo, gran señor - dijo tímidamente uno de los diablillos que le acompañaban -. Por fuerza ha tenido que ser alguien interesado en arrasar nuestro campamento. Eso explica que hayan sido liberados todos los miembros de la Sección del Fuego y las armas celestes hayan desaparecido. - ¡Esto sólo puede ser obra de una persona! - exclamó el demonio cayendo en la cuenta de lo que había ocurrido -. ¡No existe ladrón más experimentado que ese tal Sun Wu-Kung! Ahora me explico que me resultara tan difícil conciliar el sueño. Ese maldito mono debe de haberse metido en mi habitación, haciendo uso de sus poderes metamórficos, y debe de haberme dado esos picotazos tan tremendos. Sin lugar a dudas, trataba de apoderarse de mi preciada escama, pero, al ver lo bien agarrada que estaba a mi cuerpo, decidió desistir de su empeño. Por eso robó las armas de sus compañeros y liberó a los caballos y a los dragones de fuego. ¡No conozco un ser más malvado que él! ¡Si hasta ha intentado quemarme vivo! Pero te aseguro, mono ladrón, que es la última vez que te vales de trucos tan sucios. Con la escama en mi poder, nadie puede ahogarme, aunque me ate al fondo del océano, ni puedo perecer pasto de las llamas, aunque se me arroje a un lago de fuego. Tú ándate, sin embargo, con cuidado, porque, cuando te eche mano, voy a arrancarte la piel a tiras y a cortarte la carne en trocitos, como se hace con los ladrones. ¡Sólo entonces me daré por satisfecho! El monstruo estuvo hablando durante mucho tiempo de esta forma, hasta que, finalmente, empezó a clarear por el oriente. En lo alto de la montaña el Príncipe cogió las seis armas que acababa de recuperar y dijo al Peregrino: - Se está haciendo de día, Gran Sabio. Creo que lo mejor será que, en vez de seguir esperando, aprovechemos la confusión que habéis sembrado en el reino de esa bestia, para infligirle una nueva derrota. Hagámosle frente, una vez más, con la ayuda de los miembros de la Sección del Fuego. Estoy convencido de que esta vez caerá en nuestro poder. - Tiene razón - contestó el Peregrino, sonriendo -. Unamos nuestras fuerzas y divirtámonos un poco. El optimismo se había apoderado de ellos y hasta el último soldado se sentía con ánimos de luchar. En cuanto llegaron a la entrada de la caverna, el Peregrino alzó la voz y dijo: - ¡Ven aquí, monstruo maldito! ¿A qué esperas para salir a luchar? El fuego de la noche anterior había calcinado los dos portones de piedra que protegían el acceso a la cueva. Un grupo de diablillos se encontraba en aquel mismo momento recogiendo los cascotes y barriendo el suelo. Al ver acercarse al grupo de sabios, sintieron tal terror que, dejando caer los escobones y los rastrillos, corrieron al interior de la caverna a informar a su señor. - Sun Wu-Kung - dijeron, muy excitados - acaba de llegar con un destacamento de dioses y está lanzando contra vos frases injuriosas de reto. La sorpresa que recibió el monstruo fue tan grande, que empezó a rechinar los dientes y a hacer extrañas chiribitas con los ojos. Pronto recobró, sin embargo, el aplomo y, agarrando la lanza y su preciada escama, salió inmediatamente a la puerta, lanzando imprecaciones y denuestos contra su adversario. - ¡No eres más que un mono ladrón e incendiario! - gritó con todas las fuerzas -. ¿Quieres explicarme qué habilidades posees tú para atreverte a venir a retarme de una forma tan insolente? - Si quieres descubrir mis habilidades, monstruo cruel - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -, no tienes más que venir hasta aquí y escuchar lo que voy a decirte. Como muy bien sabe todo el cosmos, grandes han sido, en verdad, mis cualidades desde el momento mismo de mi nacimiento. Siendo todavía muy joven, recibí la iluminación y puse por obra los principios que conducen a la inmortalidad, llegando a alcanzar en muy poco tiempo el misterio de la eterna juventud. No contento con eso, abandoné mi hogar y fui a vivir con un sabio al que serví con sumo respeto, esperando obtener la auténtica sabiduría del corazón. Con él aprendí todas las técnicas de la metamorfosis y la magia dejó de encerrar secretos para mí. El universo entero fue testigo de mis hazañas, domesticando tigres, cuando no tenía nada que hacer, y sometiendo a todos los dragones del océano, cuando me sentía aburrido. Fue así como ocupé el trono del lugar en el que había nacido, la Montaña de las Flores y Frutos, estableciendo mi corte en la inexpugnable Caverna de la Cortina de Agua. Todo me parecía poco. Osé, incluso, fijar mi residencia en los reinos celestes, convirtiéndome en una auténtica pesadilla para los moradores de las Regiones Superiores. Allí se me concedió el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, aunque seguía siendo conocido por doquier como el Hermoso Rey de los Monos. Consideré como una gran ofensa que no se me invitara al Festival de los Melocotones Inmortales y eso me movió, en venganza, a apropiarme del zumo de jade que llenaba el Estanque de Jaspe. En la torre sagrada bebí de él cuanto quise y tuve, incluso, la desvergüenza de robar y comer manjares tan exquisitos como los melocotones de los mil años, la comida de los dioses y las píldoras de la inmortalidad. Míos fueron los tesoros de los Cielos y las valiosísimas piezas que guardaban las mansiones de los sabios. Cuando llegaron a oídos del Emperador de Jade semejantes tropelías, envió contra mí a sus mejores guerreros, pero conseguí derrotar a los Nueve Planetas y logré herir a las Estrellas de los Cinco Puntos Cardinales. Ninguno de los soldados celestes me llegaba a la altura de los zapatos, y conseguí mantener a raya a todo un ejército de más de diez mil miembros. El Emperador de Jade no sabía qué partido tomar, decidiendo, por fin, solicitar la ayuda del Pequeño Sabio del Torrente de las Libaciones. A lo largo de nuestro combate realizamos más de setenta y dos metamorfosis, empeñado cada uno en dar lo mejor de sí. La lucha fue tan feroz, que hasta la misma Kwang-Ing de los Mares del Sur hubo de ponerse de parte de mi adversario, prestándole su jarrón y su ramita de sauce. Lao-Tse aportó su lanza de diamante y así lograron, finalmente, capturarme. Atado de pies y manos, fui conducido ante el Emperador de Jade, que decidió que fuera juzgado sin demora. Los funcionarios celestes me hallaron culpable de todos los cargos que se me imputaban y me condenaron a morir decapitado. Nada pudieron contra mí las hachas de los verdugos. Cuando su filo tocaba mi cuello, despedían un reguero de chispas y saltaban por los aires. Al comprender que era imposible darme muerte, me confiaron al cuidado de Lao-Tse, que trató de refinar mi cuerpo, duro como el acero, en su brasero bajo la atenta mirada de los Seis Dioses de la Luz. Cuando a los cuarenta y nueve días exactos levantaron la tapa para ver qué había sido de mí, abandoné de un salto aquel suplicio y continué haciendo de las mías. Conocedores de mi fortaleza, todos los dioses corrieron a esconderse. Los sabios decidieron, entonces, impetrar la ayuda de Buda y la suerte se volvió definitivamente en mi contra. ¡Qué extraordinario poder el de Tathagata!, ¡qué insondable su sabiduría! Le reté a ver quién daba el salto más grande y ni siquiera conseguí separarme de su mano. Perdí totalmente mis poderes y fui recluido en la raíz de una montaña. De esta forma, el Emperador de Jade pudo celebrar, por fin, en los Cielos, un espléndido banquete de paz y el Oeste volvió a recuperar su título de Suprema Felicidad. Más de cincuenta años permanecí encerrado, sin probar un gramo de arroz o un simple sorbo de té. Pero, cuando la Gran Cigarra de Oro decidió reencarnarse y el Este tomó la decisión de enviarle al país de Buda en busca de las escrituras, haciendo posible que el Gran Señor de los Tang liberara a los muertos, Kwang-Ing me convenció para que me sometiera al Bien y abrazara la Fe y renunciara a mi naturaleza salvaje. El juramento que entonces pronuncié me libró de mi prisión de piedra y ahora me encuentro de paso hacia el Oeste en busca de las escrituras sagradas. ¡Deja, pues, de portarte con tanta irreflexión, bestia inmunda, y devuelve la libertad al monje Tang! ¡Todos deben doblegarse ante el auténtico dharma! - ¡Así que tú eres el ladronzuelo que osó robar al mismísimo Cielo! - exclamó el monstruo, amenazando al Peregrino -. ¡No huyas y prueba el sabor de mi lanza! El Gran Sabio paró el golpe con la barra de hierro, dando así comienzo a un extraordinario combate. Por su parte, el Príncipe Nata y la Estrella de la Virtud de Fuego se abandonaron al ardor guerrero que desde hacía tiempo dominaba sus cuerpos y lanzaron contra el demonio las seis armas celestes y toda la panoplia de la Sección del Fuego. Eso hizo que el Gran Sabio redoblara la fiereza de su ataque, al tiempo que los dos señores del trueno preparaban sus rayos y el devaraja desenvainaba su cimitarra, dispuestos a arrojarse a una sobre su enemigo. Sonriendo con desprecio, el monstruo sacó tranquilamente la escama y, tras tirarla hacia arriba, gritó: - ¡Ataca! Al punto se oyó un fuerte silbido y las seis armas celestes, el equipo completo de la Sección del Fuego, los rayos, la cimitarra del devaraja y hasta la misma barra del Peregrino fueron arrebatados hacia lo alto, como si fueran meras plumas de ave. De nuevo volvieron a encontrarse con las manos vacías el Gran Sabio Sun y los otros dioses. El demonio regresó, triunfante, a la caverna y ordenó a sus súbditos: - Recoged todas las piedras y rocas que encontréis y reconstruid los pasadizos y las salas. En cuanto lo hayamos concluido, daremos muerte al monje Tang y a sus compañeros, como prueba de agradecimiento a la Tierra. Entonces podremos todos vivir en felicidad y armonía. Los diablillos obedecieron sin rechistar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Devaraja Li, que, al frente de los otros dioses, regresó, cabizbajo, a la cumbre de la montaña. La Virtud de Fuego empezó, entonces, a regañar al Príncipe Nata por no haber sido capaz de dominar su entusiasmo, mientras los dos señores del trueno hacían otro tanto con el devaraja por haber actuado con tan lamentable precipitación. El Señor Acuático, por su parte, se quedó a un lado con la cabeza gacha y tan mohíno como un adolescente malhumorado. Al ver el Peregrino lo abatidos que estaban, no tuvo más remedio que tratar de levantarles el ánimo y, aparentando una alegría que, en realidad, no sentía, dijo, sin dejar de sonreír: - ¿A qué vienen esas caras tan largas? Como muy bien afirma el dicho, «la victoria y la derrota son cosas corrientes entre los que se dedican a la guerra». Si nos detenemos a valorar la capacidad luchadora de ese monstruo, por fuerza hemos de concluir que no es mucho mejor que la nuestra. La única clave de su victoria está en esa dichosa escama, que ha vuelto a tragarse nuestras armas. Tranquilizaos y descansad, mientras voy a averiguar algo más sobre su posible origen. - Cuando acudisteis por primera vez al Emperador de Jade - contestó el Príncipe -, se escudriñó hasta el último rincón del cielo y no pudo encontrarse ni rastro de ese monstruo. ¿Dónde pensáis proseguir ahora vuestra búsqueda? - He reflexionado mucho sobre ese problema y he llegado a conclusión de que no existe poder mayor que el dharma de Buda. Tengo pensado, pues, llegarme hasta el Paraíso Occidental y preguntar a Tathagata sobre ese demonio. Le pediré que recorra los Cuatro Grandes Continentes con el ojo de su insondable sabiduría y que descubra de qué lugar es originaria esa bestia que tantos problema nos está causando. Deseo, igualmente, conocer qué tipo de fuerzas se encierran en esa escama. Estoy decidido a hacerme con ella, cueste lo que cueste. Sólo entonces podremos detener al monstruo. Es hora ya de que sea vengado vuestro honor y de que regreséis, victoriosos, al Cielo. - Si tal es vuestro deseo - dijeron los dioses a coro -, no demoréis más la marcha. Cuanto antes vayáis, más pronto regresaréis. Dando un salto tremendo, el Peregrino se montó en una nube y se dirigió a toda prisa hacia la Montaña del Espíritu. Fue tal la velocidad a la que se desplazó por los aires, que no tardó en avistarla. Era, en verdad, un lugar maravilloso rodeado de nubes de una pureza difícil imaginar. Sobre su cumbre, que se perdía en el azul de los cielos, se levantaba la gran ciudad del Paraíso Occidental, cuya belleza superaba la de todos los tesoros que posee China. El Aliento Primordial se movía libremente por sus calles, marcando una clara frontera entre el Cielo y la Tierra. Por doquier se veían alfombras de flores y, de vez en cuando, podía escucharse el límpido tañer de campanas, que acompañaban el interminable recitado de las santas escrituras. A la sombra de los pinos, grupos de mujeres proclamaban las gestas del Único, mientras los arhats paseaban con actitud recogida bajo cedros que parecían hechos de jade. Bandadas de grullas venían a posarse sobre el Pico del Buitre. El batir elegante de sus alas contrastaba con el quietismo de los fénix azulados, que parecían estar haciendo guardia en la copa de cada árbol. Parejas de simios de negro pelaje ofrecían a los viandantes frutos de la inmortalidad, compitiendo en generosidad con ciervos entrados en años, que no dejaban de regalar capullos de un llamativo color rojizo. El cielo se veía surcado, sin parar, por bandadas de exóticos pájaros, que parecían conversar con su lenguaje de trinos. En cada rincón crecían macizos de flores de nombres tan bellos como los colores que les daban vida. La línea de montañas que servía de fondo a la ciudad trazaba sobre el horizonte un jeroglífico que ni los calígrafos podían imitar. Todo era belleza en aquel mundo de serena armonía. ¿Cómo podía ser de otra forma, si se trataba de un lugar regido por el Espíritu del Vacío Absoluto? Hasta en el detalle más mínimo se apreciaba la solemne luminosidad del propio Buda. Cuando más concentrado estaba el Peregrino admirando la belleza que se extendía ante sus ojos, oyó que alguien decía a sus espaldas: - ¿De dónde venís y adonde vais, Sun Wu-Kung? El Gran Sabio se dio a toda prisa la vuelta y vio que se trataba de la honorable Bhiksuni. Tras saludarla con respeto, el Peregrino contestó: - Tengo un pequeño problema que desearía exponer directamente Tathagata. - ¡Sigues tan mentiroso como siempre! - le regañó Bhiksuni -. Si quieres entrevistarte con Tathagata, ¿por qué no hasta el templo, en vez de detenerte en esta montaña? - Es la primera vez que visito este santo lugar y no sé moverme por él - se disculpó el Peregrino. - En ese caso, sígueme - le urgió Bhiksuni y el Peregrino corrió tras ella en dirección hacia el Monasterio del Trueno. Allí le cerraron el paso las heroicas figuras de los Ocho Grandes Guardianes del Diamante. - Espera aquí, Wu-Kung, mientras yo voy a dar cuenta de tu llegada - dijo, entonces, Bhiksuni. Al Peregrino no le quedó más remedio que quedarse aguardando a la puerta. Cuando Bhiksuni se hubo encontrado en presencia de Buda, juntó respetuosamente las palmas de las manos y dijo: - Sun Wu-Kung desea entrevistarse con Tathagata. Tathagata ordenó que fuera conducido a su presencia y los Guardianes del Diamante no tuvieron ningún inconveniente en dejarle pasar. El Peregrino se echó rostro en tierra y Tathagata le dijo: - Había oído comentar que la respetable Kwang-Ing te había puesto en libertad, tras abrazar el budismo y comprometerte a acompañar al monje Tang hasta estas tierras en busca de las escrituras sagradas. ¿Cómo es que has venido tú solo? ¿Quieres explicarme qué es lo que ha sucedido? - Permitidme informaros - contestó el Peregrino, volviendo a golpear el suelo con la frente - que desde el momento mismo en el que abracé vuestra fe y me convertí en discípulo vuestro, no me he separado en ningún instante del monje Tang, siguiendo a su lado la larga senda que conduce hacia el Oeste. Al llegar a la Caverna Yelmo de Oro, que se halla enclavada en la montaña del mismo nombre, nos topamos con un demonio que ostenta el pomposo título de Gran Rey de los Búfalos. Sus poderes son tan extraordinarios, que logró apoderarse de mi maestro y de mis otros hermanos y los encerró en el interior de su caverna. Varias veces le he exigido que los ponga en libertad, pero sólo he conseguido enfurecerle aún más. Posee una escama tan blanca como un espíritu, con la que ha logrado arrebatarme en dos ocasiones la barra de hierro. Eso me hizo sospechar en un principio que podría tratarse de un guerrero celeste, atraído al Mundo Inferior por el falso brillo de sus seducciones, por lo que decidí realizar ciertas investigaciones en las Regiones Superiores. El Emperador de Jade tuvo la amabilidad de poner a mi disposición al Devaraja Li y a su respetable hijo, pero el monstruo los desarmó de la misma forma que a mí. Pedí a continuación a la Estrella de la Virtud de Fuego que le quemara vivo, pero los resultados no mejoraron lo más mínimo. Pensando que el agua pondría fin su poderío, acudí a la Estrella de la Virtud de Agua, con el fin de que provocara una inundación que acabara con su vida; sin embargo, la suerte continuó sin ponerse de nuestro lado. Fueron muchas las energías que hube de emplear para recuperar la barra de hierro y las armas de mis otros compañeros; pero, aunque al principio conseguimos hostigarle, al final terminó quitándonoslas otra vez de las manos y volvimos a probar el amargo sabor de la derrota. Tan repetidos fracasos me han movido a venir a suplicaros que volváis vuestra vista hacia el mundo y descubráis cuál es el lugar de origen tan singular criatura. Eso me servirá de gran ayuda para capturarle y poner, por fin, en libertad a mi maestro. Todos nos inclinaremos, entonces, ante vos con las palmas unidas y el firme propósito de buscar en adelante los frutos del bien. Tras escuchar tan largo relato, Tathagata escudriñó la distancia con los ojos de su insondable sabiduría y al instante quedó desenmarañado todo el enigma. - Aunque acabo de descubrir la identidad de ese monstruo - dijo, volviéndose hacia el Peregrino -, no puedo comunicártela, porque los monos sois incapaces de guardar el menor secreto. Si en algún momento se te llega a escapar que he sido yo el que ha desenmascarado su personalidad, dejaría de luchar contra ti y vendría a la Montaña del Espíritu a pedirme cuentas. Como no quiero, por otra parte, que te marches con las manos vacías, te prestaré el poder de mi dharma y así podrás capturarle. - ¿Cuáles son esos poderes que vais a concederme? - preguntó el Peregrino, inclinándose, una vez más, en señal de gratitud. Tathagata ordenó a los Dieciocho Arhats que abrieran la sala del tesoro y cogieran dieciocho granitos de arena de mercurio dorado. - Regresa a esa caverna - prosiguió Tathagata - y reta, una vez más a ese demonio. Cuando haya abandonado su escondite, los arhats dejarán caer sobre él los granos de arena y quedará tan inmóvil como la montaña en la que mora. Así podrás golpearle cuanto quieras. - ¡Fantástico! - exclamó el Peregrino, entusiasmado -. ¡Francamente fantástico! Traed inmediatamente esa arena. Los arhats tomaron, entonces, el mercurio dorado y abandonaron el palacio. Tras dar las gracias a Tathagata, el Peregrino corrió tras ellos y descubrió que sólo eran dieciséis. - ¿Qué clase de lugar es este en que los sobornos corren con la misma facilidad que el agua de lluvia por una torrentera? - gritó, cuando los hubo alcanzado. - ¿Quieres decirnos quién está recibiendo sobornos aquí? preguntaron los arhats, sorprendidos. - Si no recuerdo mal - respondió el Peregrino -, al principio erais dieciocho. ¿Cómo es que ahora quedáis sólo dieciséis? No había acabado de decirlo, cuando se añadieron al grupo el Conquistador de Dragones y el Domador de Tigres. - ¿Cómo puedes ser tan malpensado, Wu-Kung? - le regañaron, ofendidos -. Si no hemos salido con vosotros, ha sido porque Tathagata quería darnos algunas instrucciones más. - A eso precisamente me refería, cuando hablaba de sobornos - replicó el Peregrino -. Si no llego a ponerme a gritar, seguro que aún estaríais dentro. - Los arhats soltaron una sonora carcajada y montaron a toda prisa en sus nubes. En un abrir y cerrar de ojos, llegaron a la Montaña del Yelmo de Oro, donde fueron recibidos respetuosamente por el Devaraja Li y los otros dioses. - No es preciso que entréis en detalles - dijo uno de los arhats -. Bajad a retar a esa bestia y hacedla salir, cuanto antes. El Gran Sabio se llegó hasta la caverna, levantó el puño en alto y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Sal de ahí inmediatamente, monstruo llorón, y prueba el sabor de los puños de tu querido abuelito Sun! Los diablillos que montaban la guardia de nuevo volvieron a refugiarse en el interior de la cueva. - ¡Maldito mono! - exclamó el demonio, en cuanto se hubo enterado de su llegada -. Me pregunto con qué ayuda contará esta vez. - No hay ningún guerrero con él - informaron los diablillo -. Está totalmente solo. - ¡Qué cosa más rara! - volvió a exclamar el demonio -. ¿Cómo se atreve a venir a retarme él sólito, cuando su arma se encuentra en mi poder? ¿Será que quiere que luchemos otra vez con los puños? Tras coger la lanza y la escama, ordenó a los diablillos que giraran la enorme piedra que protegía el acceso a la caverna y, de un salto, se puso ante su adversario, al que insultó, diciendo: - ¡Jamás había conocido a nadie tan cabezota como tú! ¿Cómo te atreves a venir a molestarme, cuando te has enfrentado conmigo yo qué sé la de veces y en todas has salido trasquilado? Tenías que haberte conformado con una o dos derrotas. - ¡Se nota que eres incapaz de distinguir el bien del mal! - replicó el Peregrino -. Si no quieres que tu abuelito destruya totalmente tu morada, ríndete, pon en libertad a mi maestro y a mis otros hermanos y pide disculpas por todas las tropelías que has cometido con ellos así podré perdonarte la vida. - Esos tres monjes de los que hablas acaban de ser depilados - contestó el monstruo -. No comprendo cómo sigues interesándote por ellos, cuando están a punto de ser sacrificados. Te aconsejo, pues, que te marches cuanto antes. Al oír la palabra «sacrificados», el fuego de la ira ascendió hasta el volcán de su rostro. Incapaz de dominar la furia que le embargaba, apretó cuanto pudo los puños y se lanzó contra el demonio, dando puñetazos y ganchos. El monstruo no tuvo más que extender su lanza para detenerle, pero el Peregrino empezó a saltar de un lado para otro y la bestia cayó en la trampa. Seguro de la victoria, abandonó la entrada de la caverna y corrió tras su adversario en dirección sur. Sin pérdida de tiempo, el Peregrino gritó a los arhats que dejaran caer sobre el demonio los granos de arena del mercurio dorado. ¡Qué extraordinaria era, en verdad, esa arena! Se extendió, al principio, si fuera una especie de niebla y empezó a descender lentamente hacia el suelo. Aunque su color era blanco, no había ojo capaz de traspasarla, como si, en realidad, se tratara de una densa oscuridad empeñada en borrar todos los caminos. Los leñadores que se encontraban, de hecho, trabajando en el bosque eran incapaces de verse unos a otros y los jóvenes que habían salido a recoger hierbas no podían encontrar el camino que conducía hasta sus casas. La neblina volaba en las del viento, como si fuera flor de harina purísima, aunque a veces los granos que la componían parecían poseer el grosor de semillas de alpiste. A medida que la oscuridad se iba apoderando de las cumbres, el mundo se iba tornando más gris cada vez, hasta que el sol quedó totalmente oscurecido y el firmamento desapareció por completo. En nada se parecía esa arena al polvo que levantan los cascos de los caballos ni al aroma que dejan tras sí los carros cargados de heno, porque su naturaleza es tan terrible, que posee la capacidad de hacer desaparecer el mundo entero, con tal de capturar a una bestia. Suya era únicamente la culpa. Si no hubiera abandonado el camino del bien, los arhats jamás hubieran liberado una fuerza tan destructora, que a veces poseía el brillo de las perlas y, otras, la oscuridad más absoluta. Cuando el demonio vio que los granos de arena cegaban sus ojos agachó en seguida la cabeza, pero entonces comprobó que los pies no le obedecían, como si formaran parte de la tierra. El volumen de arena iba creciendo a su alrededor de una manera increíble. Desesperado, trató de saltar hacia arriba, pero la arena continuaba elevándose, como si fuera una riada, y no pudo hacerlo. Como último intento, sacó la escama, la lanzó hacia lo alto y gritó: - ¡Ataca! - y al punto se escuchó un penetrante silbido que absorbió los dieciocho granitos de arena de mercurio dorado. De esta forma, pudo regresar, por fin, a su caverna. Los arhats se quedaron boquiabiertos y con las manos vacías en lo alto de sus nubes. El Peregrino se acercó a ellos, alarmado, y les preguntó: - ¿Se puede saber por qué habéis dejado de arrojar arena? - Se oyó un sonido muy agudo - explicó uno de ellos, desconcertado - y nuestros granitos de arena de mercurio dorado desaparecieron como por arte de magia. - ¿Así que también os los ha chupado esa maldita escama? - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada. - ¿Cómo vamos a detener a ese monstruo? - se quejó el Devaraj Li -. De seguir así, jamás podremos regresar a los Cielos. ¿Quien va a atreverse a presentarse ante el Emperador de Jade, sin haber cumplido la misión que le había sido confiada? - ¿Sabes, Wu-Kung, por qué tardamos más que los demás en salir del Palacio? - preguntaron, entonces, el Conquistador de Dragón el Domador de Tigres. - ¡Yo qué sé! - contestó el Peregrino -. Llegó un momento en que temí que os hubierais echado atrás. ¿Qué otra explicación podía ocurrírseme? - Tathagata nos advirtió que ese monstruo poseía poderes extraordinarios - explicó uno de los arhats -. Nos aconsejó, al mismo tiempo, que, en caso de que perdiéramos nuestros granitos de arena de mercurio dorado, vos deberíais rastrear sus orígenes en el Palacio del Cielo Impasible de Lao-Tse. El monstruo sería, entonces, capturado con la misma facilidad con que uno chasca los dedos. - ¡Es increíble! - exclamó el Peregrino, visiblemente ofendido -. ¡Hasta el mismísimo Tathagata se burla de mí! ¿Por qué no me dijo eso, cuando fui a visitarle a su palacio? De esa forma, me hubiera ahorrado un viaje en balde. - ¿A qué viene quejarse de esa forma? - repuso el Devaraja Li -. Si Tathagata dispuso que lo hicierais así, no os queda más remedio que obedecer. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, no hay más que hablar - y, montando en su nube, se dirigió a la Puerta Sur de los Cielos. Allí fue recibido por los Cuatro Grandes Mariscales, quienes, tras doblar las manos y elevarlas a la altura de la barbilla en señal de saludo, le preguntaron: - ¿Qué tal va el asunto del monstruo? ¿Habéis conseguido ya capturarle? - Todavía no - contestó el Peregrino, sin detenerse -, pero a punto estamos de lograrlo. Los Cuatro Grandes Mariscales no se atrevieron a echarle el alto y le dejaron trasponer tranquilamente las puertas del Cielo. Mudos de asombro, comprobaron que esta vez no se dirigió al Salón de la Niebla ni a la Mansión del Mirlo Acuático, sino al Palacio Tushita del Cielo Impasible, que se encontraba más allá, incluso, del Trigesimotercer Paraíso. Fuera del palacio había dos inmortales jóvenes. Sin decirles quién era, el Peregrino trató de seguir adelante, pero los asombrados jóvenes le agarraron de la ropa y le preguntaron, malhumorados: - ¿Se puede saber quién eres y adonde vas? - Soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo - contestó escuetamente el Peregrino - y deseo ver a Lao-Tse. - Podías tener un poco más de educación, ¿no? - le echó en cara uno de los jóvenes -. Espera aquí, mientras vamos a anunciar tu llegada. Pero el Peregrino no quiso atenerse a razones y, dando un grito tremendo, se metió corriendo en el palacio, yendo a chocarse de morros con el propio Lao-Tse, que salía en aquellos momentos a dar un paseo. Tras inclinarse a toda prisa ante él, el Peregrino preguntó: - ¿Puedo hablar con vos un momento? - ¿Quieres explicarme qué estás haciendo aquí? - preguntó Lao Tse -. ¿Por qué has renunciado a tu compromiso de ir en busca de las escrituras? - Ésa es una empresa que parece que nunca vaya a tener fin - contestó el Peregrino -. Ahora mismo, sin ir más lejos, se encuentra detenida. Por eso, precisamente, he decidido acudir a vos. - Si es verdad lo que dices - objetó Lao-Tse -, ¿por qué piensas que pueda servirte yo de ayuda? - Estoy tratando de encontrar una pista que me deje expedito el camino que conduce al Paraíso Occidental - volvió a responder el Peregrino -. Su nombre es tan pomposo, que a veces suena a burla. De todas formas, hasta que no haya llegado a él, no proferiré queja alguna. - ¿Qué pista piensas encontrar en una morada tan perfecta de inmortales como es este palacio? - inquirió, una vez más, Lao-Tse. Por toda respuesta, el Peregrino entornó los ojos y se adentró en la mansión, mirando nerviosamente a derecha e izquierda. Tras recorrer un auténtico dédalo de pasillos, descubrió junto a los establos a un muchacho que estaba profundamente dormido. Tenía en las manos un ronzal, pero no había ni rastro del carabao. - ¡Se os ha escapado el carabao! - gritó el Peregrino, despertándole a empellones -. ¿Es que no pensáis ir a buscarle? Eran tales las voces que daba el Peregrino, que terminó acudiendo el mismo Lao-Tse. - ¿De qué carabao estáis hablando? - preguntó, entre sorprendido y alarmado. El muchacho, que había terminado de despertarse del todo, cayó de rodillas y confesó, lloroso: - Me he quedado dormido y no sé ni cómo ni cuándo se ha apartado de mi lado el animal que me habéis confiado. - ¿Cómo es posible que te hayas rendido al sueño? - le regañó Lao-Tse. - Tomé una píldora de la cámara del elixir - confesó el muchacho, golpeando repetidamente el suelo con la frente - y, en cuanto la hube tragado me quedé dormido. - Debe de ser una pastilla del Elixir de las Siete Transformaciones del Fuego, que hice el otro día - reflexionó Lao-Tse en voz alta -. Se me cayó una y este mocoso la cogió y se la comió. En fin, esas píldoras tienen la virtud de hacer dormir a quien las pruebe durante siete días seguidos. Al ver que el muchacho no despertaba y que nadie se ocupaba de él, ese dichoso carabao se escapó y se marchó a las Regiones Inferiores. De eso debe de hacer ya por lo menos siete días. Lao-Tse quiso averiguar si faltaba alguno más de sus tesoros, pero el Peregrino lo tranquilizó, diciendo: - Creo que no se ha llevado consigo más que una pequeña escama blancuzca, aunque su poder es, francamente, asombroso. Pese a todo, Lao-Tse hizo un rápido recuento de todos sus tesoros y descubrió que, en efecto, sólo le faltaba una pequeña lasca de diamante. - ¡Esa maldita bestia se ha llevado mi lasca! - exclamó Lao-Tse, preocupado. - ¡Así que se trata de la misma esquirla que en su día me derribó a mí! - exclamó, a su vez, el Peregrino -. En manos de ese monstruo parece haberse vuelto loca y se ha tragado yo qué sé la de cosas. - ¿Dónde se encuentra ahora esa maldita bestia? - preguntó Lao-Tse. - En la Caverna del Yelmo de Oro, que, como sabéis, se encuentra enclavada en la montaña del mismo nombre - contestó el Peregrino -. Con ayuda de vuestro tesoro atrapó primero al monje Tang y se hizo después con mi barra de los extremos de oro. No contento con eso, cuando solicité la ayuda de los guerreros celestes, arrebató al Príncipe todas sus armas. Lo mismo le ocurrió a la Estrella de la Virtud de Fuego. Únicamente el Señor Acuático logró escapar indemne de él, pero sus huestes de agua se mostraron incapaces de ahogarle. Recurrí, finalmente, a Tathagata, pero hasta la arena de cinabrio dorado de los arhats fue a parar al vientre de esa arma tan poderosa. ¿De qué puede acusarse a un monstruo, cuando alguien como vos le permite adueñarse de vuestros más preciados tesoros para castigar a la gente? - Desde que era joven he estado perfeccionando esa lasca de diamante - confesó Lao-Tse -. Precisamente con ella convertí a los bárbaros, cuando traspuse el paso de Han - Ku. Nada, incluidos el fuego y el agua, puede hacerle el menor daño. Si ese monstruo hubiera llegado a robarme también el abanico de llantén, ni yo mismo podría mover un solo dedo en su contra. Lao-Tse tomó, entonces, su preciado abanico y montó en una nube, seguido por el Gran Sabio, que no dejaba de sonreír. Abandonaron los Cielos por la Puerta Sur y se dirigieron a toda prisa hacia la Montaña del Yelmo de Oro. Allí fueron recibidos por los Dieciocho Arhat, los señores del trueno, el Señor Acuático, la Virtud de Fuego y el Devaraja Li y su hijo, que volvieron a ponerle al tanto de lo ocurrido. - Creo que debes bajar a retarle, una vez más - dijo Lao-Tse a Wu-Kung -. Eso facilitará mucho mi tarea. De un salto, el Peregrino volvió a situarse delante mismo de la caverna y, alzando la voz, dijo: - ¡Sal, de una vez, de tu escondite, bestia llorosa, y prepárate para morir! Los diablillos corrieron al interior de la caverna a informar al monstruo de su llegada, tan asustados como si fuera la primera vez que le veían. - ¡Qué pesado es ese dichoso mono! - exclamó con fastidio -. Me pregunto a quién habrá traído esta vez - y, cogiendo su lanza, se dirigió con paso seguro hacia la entrada de la caverna. - ¡Ten la certeza de que no vas a volver a trasponer esa puerta con vida, bestia inmunda! - gritó el Peregrino, al verle -. ¡No huyas y prueba el sabor de mis puños! Antes de que el monstruo pudiera reaccionar, le asestó una patada tremenda en la zona del oído y huyó a toda prisa. El demonio se repuso en seguida y corrió tras él con la lanza en ristre. Fue entonces cuando oyó que alguien decía desde lo alto de la montaña: - ¿A qué espera ese carabao para regresar a casa? El demonio levantó la cabeza y, al ver que se trataba de Lao-Tse, el corazón le dio un vuelco y se puso a temblar, como si fuera una hojita diminuta de bambú. - ¡Ese mono es el ser más malvado de toda la tierra! - se dijo con rabia -. ¿Cómo se las habrá arreglado para dar con mi maestro? Lao-Tse, por su parte, recitó un conjuro y empezó a dar aire con su abanico. El monstruo arrojó, entonces, la escama contra él, pero maestro la atrapó sin ninguna dificultad. Sacudió por segunda vez el abanico y el demonio perdió toda su fuerza. Los músculos se le agarrotaron y al poco tiempo se convirtió en un carabao de color verdoso. Lao-Tse lanzó su aliento sobre la esquirla de diamante y, tras transformarla en una argolla de hierro, se la pasó a la bestia por el tabique nasal. No contento con eso, se quitó la faja que rodeaba su a cintura y, atándola a un extremo de la anilla, dirigió al bruto por los senderos que estimó más apropiados. Fue así como quedó fijada la costumbre, que aún subsiste hoy en día, de guiar a los carabaos con ayuda de un aro de hierro. Después de despedirse de los otros dioses, Lao-Tse se montó en el carabao y se elevó hacia lo alto, camino del Palacio Tushita. ¿Qué otra cosa podía hacer, una vez cumplida su misión de doblegar a la bestia, que retornar a su Cielo Impasible? El Gran Sabio Sun y los otros dioses entraron, entonces, a saco en la caverna y acabaron con todos los diablillos que quedaban, poco más de un centenar. Una vez recuperadas sus armas, el Devaraja Li y su hijo regresaron a los Cielos, los señores del trueno retornaron a sus mansiones, la Estrella de Fuego volvió a su palacio, el Señor Acuático se zambulló en las aguas de un río y los arhats iniciaron su camino de vuelta hacia el Oeste. El Peregrino, por su parte, tomó la barra de hierro y corrió a liberar al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha, que le agradecieron con lágrimas en los ojos cuanto había hecho por ellos. Cargaron a continuación el equipaje a lomos del caballo y abandonaron para siempre aquella caverna. No les costó mucho trabajo dar con el camino principal. De esta forma, pudieron seguir adelante con su viaje. Mientras caminaban, oyeron una voz, que decía: - Antes de marcharte, es preciso que te alimentes, monje Tang. Un temor abismal se apoderó del maestro. No sabemos quién podía ser el que así le hablaba. El que desee averiguarlo por fuerza tendrá que prestar atención a las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第053回 TRAS PROBAR LA COMIDA, EL MAESTRO ZEN QUEDA EMBARAZADO POR OBRA DE LOS ESPÍRITUS. LA BRUJA AMARILLA PONE FIN AL EMBARAZO CON AYUDA DEL AGUA Ochocientas veces deben repetirse las obras virtuosas, hasta lograr amontonar tres mil méritos secretos. Es preciso aprender a tratar de la misma forma al amigo y al enemigo, lo que nos es propio y lo que nos es ajeno. Sólo entonces podremos pronunciar el primer voto del Paraíso Occidental. Nada pueden contra el demonio con forma de toro las armas celestes, la pureza del agua y la inocencia del fuego. Únicamente Lao-Tse es capaz de dominarlo, conduciendo, sonriente, el carabao verde por los caminos que llevan directamente al Cielo. Decíamos que, mientras caminaban, alguien llamó a los peregrinos. Más de uno se preguntará quién podría ser. Pues bien, no eran otros que el dios de la cordillera y el espíritu de la Montaña del Yelmo de Oro. Llevaban en las manos una escudilla para pedir limosnas de oro rojizo y no dejaban de gritar, mientras andaban: - Maestro, éste es el cuenco de arroz que el Gran Sabio Sun mendigó para vos en un lugar lleno de corazones generosos. Si caísteis en manos de ese monstruo, fue porque no prestasteis oídos al consejo que os dio. Por ello, antes de lograr devolveros hoy mismo la libertad, el Gran Sabio hubo de soportar muchos trabajos y pasar un sinfín de penalidades. Comed, pues, de este arroz, antes de proseguir vuestro viaje, y no abuséis de la piedad filial que el Gran Sabio muestra hacia vos. - Ahora comprendo lo mucho que te debo - dijo Tripitaka, volviéndose hacia el Peregrino -. Jamás podré agradecerte bastante lo que has hecho por nosotros. De haber sabido que iba a pasar lo que después ocurrió, no habría abandonado el círculo que trazaste y, así, no habría corrido el peligro que a punto ha estado de poner fin a mi empresa. - A decir verdad, maestro - contestó el Peregrino -, si fuisteis a parar al círculo de otro, fue porque no creísteis en el mío. ¡Cuánto habéis tenido que sufrir por ello! Sólo de pensarlo, la tristeza se apodera de mi corazón. - ¿Qué quieres decir con eso del círculo de otro? - preguntó Ba-Chie. - Que el maestro haya padecido tanto ha sido debido únicamente a tu maldita bocaza y a esa lengua que tú tienes - contestó el Peregrino -. Todo cuanto tuve la desdicha de remover en Cielo y Tierra - el fuego, el agua, los soldados celestes y la arena de mercurio del propio Buda - fue tragado por esa escama tan blanquecina como el rostro de un fantasma. Tathagata tuvo, sin embargo, la delicadeza de revelarme, por medio de los arhats, cuáles eran los orígenes de ese monstruo y, así, pude acudir a Lao-Tse y pedirle que viniera a arrestarle. Suyo era, en efecto, el carabao verde que provocó tantos desastres. - Mi querido discípulo - exclamó Tripitaka, al oír eso, invadido por una ola de profunda gratitud -, ten por seguro que, después de haber pasado por una experiencia tan terrible, no volveré a echar en saco roto tus consejos. Seguidamente dividieron el arroz en cuatro partes iguales y comenzaron a comerlo. Tan caliente estaba que hasta echaba humo. - ¡Qué raro que todavía esté quemando, cuando lleva aquí yo qué sé la de tiempo! - En cuanto me enteré de que el Gran Sabio había adquirido un mérito tan extraordinario - confesó el espíritu local, echándose rostro en tierra -, decidí calentároslo yo mismo, antes de servíroslo. En un abrir y cerrar de ojos dieron buena cuenta del arroz y volvieron a guardar la escudilla de pedir limosnas. Tras despedirse del dios de la cordillera y del espíritu de la montaña, el maestro montó en el caballo y siguió adelante con su viaje. Libre su mente de toda preocupación, ajustaron totalmente su modo de obrar a las exigencias de la sabiduría, descansando junto a los cursos de agua y saciando su hambre en los salones del viento que conducía al Oeste. Caminaron sin detenerse durante mucho tiempo y, de nuevo, volvió a hacerse presente la primavera. Hasta sus oídos llegaron los murmullos de las rojizas golondrinas, tan tenaces en sus cantos que sólo los abandonaban cuando sus picos se negaban a seguirles obedeciendo, y los límpidos trinos de las oropéndolas, cuyas notas quedaban vibrando en el aire durante horas y horas. El suelo aparecía totalmente cubierto de pétalos, como si fuera un inmenso paño lleno de bordados. Toda la montaña era una auténtica explosión de colores. En su cumbre los ciruelos mostraban, orgullosos, el tímido verdor De sus capullos, mientras a lo largo de los barrancos los cedros hacían gala de una vitalidad aún mayor, deteniendo entre sus ramas las nubes. Los pastos aparecían difuminados, en la lejanía, por una tenue neblina azulada, los arenales, por su parte, brillaban como gemas bajo el calor sofocante del sol. Por doquier se llenaban de capullos los árboles y los sauces se revestían de hojas nuevas. ¿Cómo podía ser de otra forma, si el sol volvía a acercarse, una vez más, a la tierra? Cuando más embelesados estaban con tanta belleza, se toparon con un río, no muy ancho, de aguas claras y frías. El monje Tang tiró de las riendas del caballo y vio a lo lejos un grupo de chozas con los tejados de ramas, construidas a la sombra de unos sauces tan verdes que recordaban el jade. - Por fuerza tiene que vivir en esas casas alguien que se encargue de pasar a los caminantes a la otra orilla - dijo el Peregrino, apuntándolas con el dedo. - Es posible - contestó Tripitaka -, pero, dado que por ninguna se ve balsa alguna, no me atrevo a afirmarlo con toda seguridad. - ¡Eh, barquero! - gritó Ba-Chie, dejando caer al suelo el equipaje que llevaba -. ¡Acerca aquí tu balsa! Aunque no se veía a nadie, Ba-Chie no se arredró y continuó chillando. Al poco tiempo por entre los sauces apareció, en efecto, una balsa, que crujía lastimosamente al ritmo de la batea. Tanto el maestro como los discípulos se quedaron mirándola fijamente, mientras se acercaba a la orilla. Dejaba tras de sí una cola de espuma, que las ligeras ondas del río se encargaban de disolver en seguida. Su cubierta estaba hecha de troncos tan uniformes que parecían, en realidad, tablas. Justamente en su centro se levantaba una pequeña construcción de madera pintada de verde y sujeta a la proa con un cable de hierro, que pasaba, igualmente, por unas argollas de la popa, muy cerca del timón. Aunque se trataba de una embarcación muy sencilla, se veía a las claras que estaba capacitada para surcar océanos y lagos. Llamaba la atención que sus remos fueran de cedro y de pino, cuando carecía hasta de mástil. Pese a que, con toda seguridad, no podría realizar los grandes trayectos de los barcos celestes, bastaba para atravesar la anchura de un río. Su misión era, de hecho, unir de continuo, sus dos márgenes por el punto más fácil de vadear. En cuanto hubo llegado a la orilla, el hombre que la bateaba levantó la voz y dijo: - ¡Venid aquí, si queréis cruzar el río! Tripitaka espoleó el caballo y vio que el batelero llevaba cubierta la cabeza con un turbante de lana y calzaba unos zapatos de seda negra. Vestía, igualmente, una chaqueta de lana y unos pantalones tan remendados, que no se sabía de qué estaban hechos. Lo mismo le ocurría a la camisa, que se le salía descuidadamente por la cintura. Aunque se apreciaba claramente que poseía unas muñecas firmes y una musculatura propia de un luchador, sus ojos carecían de brillo, poseía profundas arrugas y todos sus rasgos eran los de una persona entrada ya en años. Por contraste, su voz resultaba llamativamente suave y tan melodiosa como el canto de una oropéndola. Eso le hizo comprender al maestro que se trataba, en realidad, de una anciana. - ¿Eres tú la encargada de batear esta balsa? - preguntó el Peregrino, acercándose a ella. - Sí - respondió la mujer. - ¿Cómo es que no hay bateleros por aquí? - volvió a preguntar el Peregrino -. ¿Por qué os dedicáis las mujeres a esos menesteres? La anciana no contestó. Sólo sonrió y se puso a bajar la plancha. El Bonzo Sha saltó, entonces, a la balsa con la pértiga a la espalda. Lo hicieron después el maestro y el Peregrino, que hubieron de echarse a un lado para dejar pasar a Ba-Chie con el caballo. La anciana volvió a levantar la plancha y comenzó a batear con fuerza. Lo hizo con tal energía que en seguida llegaron a la orilla opuesta. Nada más poner el pie en tierra, el maestro pidió al Bonzo Sha que abriera la bolsa y entregara unas cuantas monedas a la mujer. Sin detenerse siquiera a discutir sobre el precio, la anciana ató la balsa a un tocón que había junto al agua y se dirigió hacia el pueblecillo de chozas, sin dejar de reírse, como si fuera una jovencita. Al ver Tripitaka lo clara que estaba el agua, sintió sed y dijo a Ba-Chie: - Coge la escudilla de pedir limosnas y tráeme un poco de agua. - Yo mismo estaba a punto de echar un trago - contestó el Idiota, sacando la escudilla y entregándosela al maestro, tras llenarla hasta arriba de agua. El maestro apenas bebió la mitad. El Idiota, por su parte, lo apuró del todo y le ayudó a montar, otra vez, en el caballo. Apenas transcurrido medía hora desde que reanudaron el viaje, cuando el maestro empezó a quejarse de una forma francamente lastimosa. - Me duele el estómago - dijo, sin bajar de la cabalgadura. - A mí también - exclamó Ba-Chie. - Debe de ser por el agua que bebisteis - confirmó el Bonzo Sha. No había acabado de decirlo, cuando el maestro volvió a quejarse, diciendo: - ¡No puedo soportar este dolor! - ¡Yo tampoco! - repitió Ba-Chie, retorciéndose -. ¡El dolor es, francamente, tremendo! Mientras se quejaban de forma tan lastimera, el vientre empezó a hinchárseles, como si fuera una vejiga de cerdo. Dentro comenzó a formárseles una especie de coágulo de sangre que crecía y crecía, como un muñón de carne. Poniendo la mano sobre la barriga, podía sentírsele dar patadas y saltar, como un salvaje, de un lado para otro. Tripitaka se encontraba muy mal, cuando lograron, por fin, llegar a una aldea que se alzaba más adelante. De las ramas de un árbol cercano colgaban dos manojos de heno y el Peregrino dijo, al verlas: - Estamos de suerte, maestro. La casa de ahí delante debe de ser una posada. Me acercaré a ella y le pediré a su dueño que me dé un poco de agua caliente. También le preguntaré si hay por aquí cerca alguna farmacia, así podrá aplicaros un ungüento con el que aplacar vuestro dolor. Animado por esas palabras, Tripitaka espoleó su caballo y no tardaron en llegar a la aldea. Al desmontar, vio junto a las puertas del lugar a una anciana tejiendo cáñamo encima de un montón de hierba. El Peregrino se acercó a ella y, juntando las palmas de las manos a manera de saludo, se inclinó ante ella y dijo: - Este humilde monje, señora, viene del Gran Reino de los Tang, que se haya situado en las Tierras del Este. El maestro al que sigo posee de hecho, la misma sangre que el señor que lo rige. Desgraciadamente se encuentra enfermo con un terrible dolor de estómago, que le entró al beber un poco de agua del río que vadeamos algo más arriba. - ¿Dices que habéis bebido agua del río? - preguntó la anciana, tratando de contener a duras penas la risa. - Así es - contestó el Peregrino -. Hemos tomado un poco de agua del río que corre al este de aquí. - ¡Jamás había oído nada más divertido! - exclamó la mujer, soltando, finalmente, la carcajada -. ¡Qué risa! Entrad y os contaré algo. El Peregrino agarró, entonces, al monje Tang del brazo, mientras el Bonzo Sha hacía otro tanto con Ba-Chie. A cada paso que daban, lanzaban un lastimero quejido. Con no poca dificultad, lograron entra en la cabaña y se sentaron, sin dejar de gemir. El vientre les había crecido de una forma increíble y tenían el rostro amarillento de tanto como sufrían. - Por favor, señor - repetía, una y otra vez, el Peregrino -. Traednos un poco de agua caliente. Ya os recompensaremos después por ello. En vez de traer lo que se le pedía, la anciana se metió dentro y gritó, sin dejar de reír a carcajadas: - ¡Venid a echar un vistazo! ¡Venga, rápido! Se oyó un revuelo de pasos torpes y al punto apareció un grupo de mujeres, que clavaron la vista en el monje Tang, mientras se unían a las escandalosas carcajadas de la vieja. El Peregrino perdió los estribos y dio un grito tan fuerte que se movieron hasta los cimientos de la choza; tal era su furia. Las mujeres se desperdigaron, asustadas, chocando cómicamente unas contra otras. Rechinándole los dientes, el Peregrino se lanzó contra la anciana y, agarrándola con fuerza del brazo, volvió a gritar: - ¡Te he dicho que traigas un poco de agua caliente! ¡Si quieres seguir con vida, ya sabes lo que tienes que hacer! - El agua caliente no sirve para nada - contestó la anciana, temblando de pies a cabeza - . De hecho, no puede curar los dolores de estómago. Soltadme y os contaré algo. Éste - prosiguió diciendo, una vez que se hubo sentido libre - es el País de las Mujeres del Liang Occidental. En esta tierra no hay un solo varón; todas somos hembras. Eso explica que nos pusiéramos tan contentas, al veros. El agua que ha tomado vuestro maestro no puede decirse que sea de las más puras, ya que pertenece al Río de la Madre y el Hijo. En las afueras de nuestra capital existe una posada para los varones, que está situada exactamente junto al Arroyo de los Embarazos. Hasta que no cumplimos los veinte años ninguna de nosotras se atreve a tomar agua de este río, porque quedaría embarazada tan pronto como tragara un sorbo. Caso de hacerlo, debería ir a los tres días a la Posada de los Varones a mirarse en el arroyo que corre por allí. Si su figura aparece reflejada en el agua dos veces, tendrá por seguro que dará a la luz a un hijo. Con ello quiero deciros, en definitiva, que, si, como afirmáis, vuestro maestro ha probado del agua del Río de la Madre y el Hijo ha quedado embarazado y, con el tiempo, dará a luz a un niño. ¿Qué puede hacer el agua caliente por aliviar sus males? Al oírlo, Tripitaka se quedó tan pálido como la cera y exclamó, temblando de pies a cabeza: - ¿Qué vamos a hacer? - ¿Cómo vamos a dar a luz, si somos hombres? - se lamentó Ba-Chie, abriéndose cuanto pudo de piernas -. ¿Por dónde vamos a echar a la criatura, si no tenemos agujero para ello? - Según los antiguos - dijo el Peregrino, soltando la carcajada -, “los melones maduros se caen por su propio peso». Cuando llegue la hora, lo más seguro es que te aparezca un agujero en el sobaco y el niño salga tranquilamente por allí. Al oírlo, Ba-Chie se puso a temblar de miedo y eso acrecentó aún más el dolor que sentía. - ¡Estoy acabado! ¡Acabado! - gritaba, desesperado -. ¡Prefiero irme! - ¡No te muevas tanto, por favor! - le aconsejó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. A lo mejor estropeas el cordón umbilical y el niño nace con alguna deformación. Eso alarmó aún más al Idiota, quien, con lágrimas en los ojos, agarró al Peregrino de la ropa y le suplicó, diciendo: - Pide a esa mujer que vaya en seguida en busca de alguna comadrona que no haga mucho daño. Por fuerza tiene que haberlas en este lugar. Las contracciones se están haciendo cada vez más frecuentes. Eso quiere decir que la hora del parto está cerca. ¡Ya viene, ya viene! - Si estás a punto de parir - volvió a decir el Bonzo Sha, sin poder tener la risa -, lo mejor que puedes hacer es quedarte quieto de vez. ¿No querrás romper la bolsa de aguas, verdad? - ¿No hay por aquí cerca ningún médico? - preguntó Tripitaka a la mujer, sin parar de gemir -. Dales la dirección a mis discípulos y que vayan a buscarle en seguida. A lo mejor dispone de algún remedio para hacer abortar. - Las medicinas no valen para nada - contestó la anciana -. De todas formas, al sur de aquí se encuentra la Montaña de la Supresión de los Machos, en la que se abre la Caverna de la Anulación de los niños. Dentro de ella corre, precisamente, el Arroyo de los Abortos. Para acabar con un embarazo, sólo es necesario tomar un sorbo de sus aguas. El problema es que actualmente no es nada fácil llegar hasta ellas. El año pasado apareció un taoísta llamado el Auténtico Inmortal Complaciente y cambio el nombre de Caverna de la Anulación de los Niños por el de Santuario de la Reunión de los Inmortales. No contento con eso, declaró que el agua del Arroyo de los Abortos era exclusivamente suya y desde entonces se ha negado a distribuir sin pagar nada. El que quiera un poco tiene que darle, a cambio, fuertes sumas de dinero, junto con una gran cantidad de carne, vino y toda clase de frutas. Además, debe inclinarse ante él con un respeto que únicamente se debe a los dioses. Sólo entonces se aviene a entregar una ridícula cantidad de esa agua. Según veo, todos vosotros vivís de la limosna. ¿De dónde vais a sacar tanto dinero como exige ese inmortal? Lo mejor que podéis hacer es quedaros aquí y esperar a que deis a luz. - Señora - preguntó el Peregrino, aliviado, al oírlo -, ¿a qué distancia se encuentra de aquí la Montaña de la Supresión de los Machos? - A tres mil kilómetros aproximadamente - respondió la anciana. - ¡Estupendo! - exclamó el Peregrino -. No os preocupéis más, maestro. Ahora mismo voy a ir a por un poco de esa agua. Se volvió después hacia el Bonzo Sha y le ordenó: - Cuida del maestro. Si esta gente se porta mal con vosotros y trata de haceros el menor daño, asústala un poco con tu fiereza. Me voy a por el agua. El Bonzo Sha sacudió la cabeza en señal de conformidad. La anciana sacó, entonces, una palangana grande de porcelana y dijo, entregándosela al Peregrino: - Coge toda el agua que puedas. La guardaremos para algún imprevisto. El Peregrino cogió la palangana, salió de la choza y se montó en una nube. Al verlo, la anciana cayó de hinojos e, inclinándose como si hubiera perdido el juicio, empezó a gritar: - ¡Es increíble! ¡Este monje sabe cabalgar por las nubes! Inmediatamente corrió a llamar a las otras mujeres y, todas a una, se arrodillaron ante el monje Tang, golpeando respetuosamente el suelo con la frente y llamándole arhat y bodhisattva. Sin pérdida de tiempo, hirvieron agua y prepararon un poco de arroz, con que agasajar a huéspedes tan distinguidos, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellas. Si lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio Sun. Con el fin de llegar cuanto antes a su destino, dio un salto tremendo, pero se encontró con que le cortaba el paso la cumbre de una montaña altísima. Descendió a toda prisa de su nube y, abriendo cuanto pudo los ojos, miró, sorprendido, a su alrededor. La montaña en la que se encontraba era, en verdad, extraordinaria. Por doquier se veían inmensas alfombras de flores exóticas, extensísimos paños de hierbas salvajes y una filigrana de arroyos, que parecían perseguirse unos a otros. De ese ambiente de ociosa relajación participaban también las nubes, que se precipitaban por los barrancos, numerosísimos y cubiertos totalmente de enredaderas y vides. Las cumbres de otras montañas gemelas se extendían hasta más allá de donde llegaba la vista, cubiertas de una espesa vegetación, en la que cantaban los pájaros, las ánades salvajes mostraban todo el esplendor de su plumaje, abrevaban los ciervos, los simios saltaban de árbol en árbol. Era tal la belleza de aquel paisaje, que, más que real, la montaña parecía sacada de un biombo de jade y sus ondulaciones recordaban los bucles de una espléndida cabellera. Con razón resultaba prácticamente inaccesible para los moradores de este mundo de sombras. Allí era posible ver a jóvenes inmortales recogiendo hierbas, el agua saltando, relajante y caprichosa, piedra en piedra y a leñadores portando pesados haces de leña. La belleza de su enclave igualaba a la del Tien - Tai, llegando incluso a superar a la de los tres picos del Monte Hwa. Mientras el Gran Sabio contemplaba, embelesado, el paisaje, descubrió, en la porción sombreada de la montaña, una construcción con un patio trasero, en el que había un perro ladrando. El Gran Sabio se dirigió hacia ella y comprobó que se trataba de un lugar encantador. Un pequeño cauce de agua atravesaba, de parte a parte, un puente de ni muy grandes proporciones, junto al que se elevaba una casa con el tejado de ramas. Al lado de la cerca ladraba, hasta desgañitarse, un perro. Nada impedía ir adonde quisiesen a quienes habitaban en un lugar tan solitario. El Gran Sabio se acercó a la puerta y vio a un taoísta sentado sobre la hierba con las piernas cruzadas. Se levantó ligeramente, cuando el Peregrino le saludó con una leve inclinación de cabeza y, dijo, al tiempo que le devolvía el saludo: - ¿De dónde venís y cuál es el propósito que os trae hasta este humilde santuario? - No soy más que un humilde monje enviado en busca de escrituras por el Gran Emperador de los Tang de las Tierras del Este. Al pasar por el Río de la Madre y el Hijo, mi maestro bebió inadvertidamente de sus aguas y tiene ahora el vientre hinchado, mientras el dolor no le deja vivir. Por las gentes que viven junto a su cauce supe que el embarazo que padece no tiene ninguna cura. También me dijeron, de todas formas, que sólo puede poner fin al mismo el agua del Arroyo de los Abortos, que se encuentra en el interior de la Caverna de la Anulación de los Niños, enclavada, a su vez, en la Montaña de la Supresión de los Machos. Ése es el motivo que me ha movido a venir en busca del Auténtico Inmortal Complaciente y suplicarle que me dé un poco de esa agua, con la que poner fin a los sufrimientos de mi maestro. ¿Tendríais la bondad de indicarme dónde vive ese respetable taoísta? - Este lugar se llamaba antes la Caverna de la Anulación de los Niños - contestó el taoísta, haciendo todo lo posible por no soltar la carcajada -. Ahora se le conoce, sin embargo, por el nombre de Santuario de la Reunión de los Inmortales. Yo soy el discípulo primero del Auténtico Inmortal Complaciente. ¿Os importaría decirme cómo os llamáis? Así podré dar cuenta de vuestra llegada a mi maestro. - Soy el primer discípulo de Tripitaka Tang, el Maestro de la Ley - respondió el Peregrino -, y se me conoce por el nombre de Sun Wu-Kung. - ¿Dónde tenéis el dinero, el vino y las otras cosas? - volvió a preguntar el taoísta. - Nosotros únicamente vivimos de las limosnas que nos dan durante el viaje - contestó el Peregrino -. No disponemos, por tanto, de nada propio. - ¡Estáis mal de la cabeza! - contestó el taoísta, soltando la carcajada -. Mi maestro es ahora el dueño de ese arroyo y jamás ha dado a dado a nadie gratis ni una gota de sus aguas. Te aconsejo, por tanto, que vayas a por lo que te he dicho. De lo contrario, es mejor que te marches y te olvides para siempre del agua. - La buena voluntad posee más poder que una orden del emperador - sentenció el Peregrino -. Si corres a decir a tu maestro que el Mono se encuentra aquí, estoy seguro de que no mostrará conmigo ninguna brusquedad. Hasta es posible que ponga a mi disposición todo el arroyo. Ante semejantes razones, al taoísta no le quedó más remedio que entrar a anunciar la llegada del Peregrino. El Auténtico Inmortal estaba tañendo el laúd y el taoísta tuvo que esperar a que hubiera concluido la pieza para decirle: - Maestro, ahí fuera hay un monje budista que afirma ser Sun Wu-Kung, el primer discípulo de Tripitaka Tang. Desea que le deis un poco de agua del Arroyo de los Abortos para curar a su maestro. Hubiera sido mejor que el Auténtico Inmortal no hubiera escuchado esas palabras. En cuanto oyó el nombre de Wu-Kung, comenzó a arder la hoguera del odio en su corazón y la planta de la ira echó raíces en su hígado. A toda prisa dejó a un lado el laúd, se quitó la túnica que llevaba y se puso sus ropas de taoísta. Cogió un garfio y, saliendo a la puerta del santuario, gritó: - ¿Dónde está Su Wu-Kung? El Peregrino volvió la cabeza y quedó asombrado de la forma como iba vestido el Auténtico Inmortal. Llevaba en la cabeza un gorro de vivísimos colores con forma de estrella, vestía una túnica roja tejida con hilos de oro y calzaba unos zapatos cubiertos totalmente de bordados. Alrededor de la cintura lucía un valiosísimo cinturón, que en nada desdecía de medias de seda recamada y su faldón, apenas visible, de lana. Portaba en las manos un garfio dorado de afilada cuchilla y mango largo con forma de dragón. Sus ojos de fénix emitían un brillo extraño, que recalcaban sus desconcertantes cejas verticales. Su boca, roja como la sangre, dejaba entrever unos dientes tan afilados como el acero y, cada vez que se movían sus labios, hacían que danzara libremente en el viento una larga barba, que, a manera de llamas, le arrancaba directamente de la barbilla. Junto a las sienes le nacían unos mechones de cabellos rojizos, que parecían juncos salvajes. Por la agresividad que transmitía, su apariencia recordaba la del mariscal Wen, aunque, obviamente, sus vestimentas no fueran las mismas. En cuanto el Peregrino le vio, juntó las palmas de las manos e, inclinándose ante él, dijo: - Sun Wu-Kung es este humilde monje. - ¿Eres el auténtico Sun Wu-Kung o únicamente un impositor, que sea ha adueñado de su nombre y de su apellido? - volvió a preguntar el maestro, soltando la carcajada. - ¿Os parece bien hablar así, maestro? - replicó el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, «una persona virtuosa no cambia de nombre cuando se sienta, ni de apellido, cuando se pone de pie». ¿Qué razón habría de tener para hacerme pasar por otro? - ¿No me reconoces? - preguntó, una vez más, el maestro - Desde el momento mismo en que decidí cambiar de vida y abracé de todo corazón las enseñanzas budistas, sólo me he dedicado a escalar montañas y a vadear ríos - contestó el Peregrino -. No mantengo ya ningún contacto con mis amigos de la juventud. Por otra parte, es la primera vez que vengo a visitaros y juro que jamás hasta ahora había visto vuestro rostro. Los habitantes de la aldea que se encuentra al oeste del Río de la Madre y el Hijo me dijeron que os llamabais el Auténtico Inmortal Complaciente. Eso es todo cuanto sé de vos. - Así que tú sigues tranquilamente tu camino y yo me dedico a mi prácticas de inmortalidad, ¿no es así? - respondió el maestro en tono burlón -. ¿Por qué has venido, realmente, a visitarme? - Os lo he dicho ya - volvió a contestar el Peregrino -. Mi maestro bebió inadvertidamente del Río de la Madre y el Hijo y su dolor de estómago se convirtió en un auténtico embarazo. He venido, simplemente, hasta vuestra muy digna morada con el único deseo de obtener de vuestra generosidad un poco de agua del Arroyo de los Abortos y, así, librar a mi maestro del dolor que le domina. - ¿Es Tripitaka Tang tu maestro? - inquirió, una vez más, el maestro con los ojos encendidos. - Así es - reconoció el Peregrino. - ¿No os habéis topado en vuestro deambular con el Santo Niño? - continuó indagando el maestro, al tiempo que hacía rechinar los dientes con visible desprecio. - Ése es el sobrenombre de un monstruo - contestó el Peregrino -, el Muchacho Rojo, que habitaba en la Caverna de la Nube de Fuego, junto al Arroyo del Pino Seco de la Montaña Rugiente. ¿Por qué se interesa por él el Auténtico Inmortal? - Porque a la casualidad de que es mi sobrino y el Rey Monstruo Toro, mi hermano - aclaró el maestro -. Hace cierto tiempo mi hermano mayor me dijo en una carta que Sun Wu-Kung, el discípulo primero de Tripitaka Tang, era un auténtico embustero, que había traído la desgracia sobre su hijo. Quise vengarle en seguida, pero no sabía adonde acudir. Ahora resulta que tú mismo vienes a llamar puerta. ¿Cómo quieres que te dé una gota tan siquiera de mi agua? - Estáis muy equivocado, señor - dijo el Peregrino con una risa, tratando de apaciguarle -. Vuestro hermano fue uno de mis mejores amigos. De jóvenes los dos pertenecíamos a la misma hermandad. Si no he venido hasta ahora a visitaros, ha sido porque ni siquiera sabía que existíais. Vuestro sobrino salió, por otra parte, muy bien parado, ya que ahora es nada más y nada menos que el sirviente personal de la Bodhisattva Kwang-Ing. Se ha convertido en el Paje de la Riqueza de la Bondad y ni siquiera juntos podemos compararnos con él. ¿Es justo que ahora me culpéis de su buena suerte? - ¡Maldito mono! - gritó el maestro -. ¿Cuándo aprenderás a dominar tu lengua? ¿Cómo crees que le irá mejor a mi sobrino, siendo rey o convirtiéndose en el criadillo de alguien? ¡Deja, pues, de proferir sandeces y prueba el sabor de mi garfio! - No uséis, por favor, un lenguaje tan belicoso - suplicó el Gran Sabio, deteniendo el golpe con su barra de hierro -. Dadme un poco de agua y me marcharé para nunca volver. - ¿Es que no se te ocurre nada mejor que decir, mono inútil? - exclamó el maestro con desprecio -. Si eres capaz de resistir tres asaltos seguidos, te daré el agua; en caso contrario, te haré picadillo y, así, vengaré a mi sobrino. - ¡Qué rematadamente tonto sois! - replicó el Peregrino en el mismo tono -. Ni siquiera sabéis lo que os conviene. Si deseáis luchar, acercaos y medios con mi barra. El maestro volvió a voltear su garfio y así dio comienzo, ante el Santuario de la Reunión de los Inmortales, una de las mejores batallas que han contemplado los siglos. Por haber bebido el monje venerable de las aguas de la procreación, el Peregrino hubo de ir en busca del Inmortal Complaciente. ¿Quién iba a haber sospechado que el Auténtico Inmortal, que se había apropiado por la fuerza del Arroyo de los Abortos, era, en realidad, un monstruo? Cuando se encontraron frente a frente, se hablaron como si fueran enemigos, no cediendo ninguno ni un solo ápice. Así se confirmó que las palabras únicamente engendran desavenencias y que el odio y las malas intenciones conducen únicamente a la venganza. Uno, sabiendo que la vida de su maestro corría peligro, vino en busca de agua. El otro, pensando que había perdido para siempre a su sobrino, se negó a entregársela. ¡Qué formidables eran las armas que usaron! El garfio poseía la fiereza del escorpión, mientras que la barra de los extremos de oro se mostró digna heredera de la furia de los dragones. ¡Con qué fiereza buscaban ambas atravesar el pecho de su adversario! Los golpes sesgados del garfio amenazaban constantemente las piernas y la cabeza de su oponente, como si fuera una mantis lanzando su mortal abrazo. La barra, por su parte, trataba de cebarse en el vientre y en los genitales de su contrario, como un halcón abatiéndose sobre un pájaro. Los dos se movían de un lado para otro, buscando inútilmente la victoria. De nada servían sus incontables pases y fintas. El triunfo se resistía a caer del lado de uno cualquiera de tan formidables guerreros. Más de diez veces cruzaron sus armas el maestro y el Gran Sabio, sin que ninguno de los dos desfalleciera. A partir del undécimo encuentro, no obstante, el taoísta empezó a dar muestras de cansancio. Eso acrecentó aún más la fiereza del Peregrino, que levantó cuanto pudo la barra y la dejó caer sobre la cabeza de su adversario, como si fuera una lluvia de meteoritos. Al maestro no le quedó otro remedio que huir monte adentro, arrastrando tras él su espléndido garfio. En vez de perseguirle, el Gran Sabio se volvió hacia el santuario con la intención de coger el agua, pero se encontró con que el taoísta había cerrado las puertas. El Gran Sabio no se arredró. Agarró la palangana, tomó carrera y, de una tremenda patada, las echó abajo. Corrió hacia el interior y vio al taoísta inclinado sobre el brocal del pozo del que manaba el agua, tratando de protegerlo con su cuerpo. Bastó que el Gran Sabio levantara la barra de hierro por encima de su cabeza, para que el taoísta huyera a toda prisa a la parte de atrás. No le fue difícil encontrar un cubo, pero, cuando se disponía a arrojarlo dentro del pozo, el maestro apareció de improviso y le agarró de las piernas por detrás con el garfio. El Gran Sabio perdió el equilibrio y cayó de morros al suelo. Logró, sin embargo, reponerse en seguida y contraataco con su barra. El maestro esquivó el golpe, dando un paso hacia atrás, y gritó sonriendo enigmáticamente: - Te apuesto lo que quieras a que no eres capaz de coger una sola gota de esa agua. - ¡Acércate! - gritó el Peregrino -. ¡Acércate y acabaré contigo! Pero el maestro se negó a seguir luchando. Se quedó de pie donde estaba, dispuesto a impedir que el Gran Sabio se apoderara del agua. Cuando éste comprendió sus intenciones, agarró con la mano izquierda la barra de hierro mientras que con la derecha tiraba de la cuerda que sostenía el cubo. Apenas había dado un tirón cuando el maestro volvió a la carga con el garfio. Incapaz de defenderse con una sola mano, el Gran Sabio no pudo impedir que el arma de su enemigo le enganchara de las piernas y le hiciera caer al suelo. El cubo y la cuerda se perdieron, al mismo tiempo, en el interior del pozo. - ¡Este tipo es un bestia! - se dijo el Gran Sabio, poniéndose de pie y agarrando la barra con las dos manos, antes de dejar caer sobre la cabeza de su adversario una auténtica lluvia de golpes. Pero el maestro no respondió a ninguno de ellos y huyó, como había hecho antes. De nuevo trató el Gran Sabio de sacar un poco de agua, sin embargo, no tenía con qué hacerlo y, además, estaba seguro de que el maestro volvería a impedírselo. Eso hizo que renunciara a su pesa y se dijera: - Es preciso que vaya en busca de ayuda; de lo contrario, nunca lo conseguiré. Se montó en la nube y regresó a toda prisa a la aldea, gritando a grandes voces: - ¡Bonzo Sha! Dentro de la choza Tripitaka no cesaba de gemir, mientras Ba-Chie hacía otro tanto, incapaces ambos de soportar el dolor. Al oír los gritos del Peregrino, se les iluminó el rostro y dijeron al Bonzo Sha: - Wu-Kung está de vuelta, ¿no le oyes? - ¿Has traído el agua? - preguntó el Bonzo Sha, saliendo a su encuentro. El Gran Sabio entró en la choza y contó al monje Tang cuanto había ocurrido. Tripitaka se echó a llorar y exclamó, desesperado: - ¿Cuándo va a terminar todo esto? - No os preocupéis, maestro - contestó el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. He venido a buscar al Bonzo Sha. Así, mientras yo me enfrento con este tipo, él cogerá el agua capaz de devolveros la salud. - ¿Quién cuidará de nosotros, si los que estáis sanos os vais y dejáis abandonados a los que estamos enfermos? - se lamentó Tripitaka. - Tranquilizaos, arhat - dijo la anciana, acercándose a ellos -. Ahora no necesitáis a vuestros discípulos. Nosotras nos encargaremos de cuidaros y serviros. Cuando llegasteis, todas quedamos prendadas de vos. Después, cuando vimos cómo ese bodhisattva que tenéis por discípulo era capaz de volar a lomos de una nube, comprendimos que vos mismo erais un arhat. ¿Cómo vamos a osar haceros el menor daño? - ¿A quién vais a hacer daños vosotras, si aquí todas sois mujeres? - se burló el Peregrino. - Habéis tenido suerte de venir a mi casa - respondió la anciana riéndose -. Si llegáis a haber caído en cualquier otra, no estarías ahora todos juntos. - ¿Qué quieres decir con eso de que no seguiríamos juntos? - preguntó Ba-Chie, sin dejar de quejarse. - Las cuatro o cinco mujeres que vivimos aquí tenemos ya nuestros años y hace cierto tiempo que hemos renunciado a la práctica del amor - contestó la anciana, sonriendo -. ¿Creéis que, si llegáis a haber llamado a las puertas de otra familia, las jovencitas de la casa os habrían dejado marchar, así como así? ¡Ni soñando! Se habrían acostado con vosotros y, si os hubierais negado, os habrían matado, cortando vuestra carne en trocitos para hacer con ella bolsitas perfumadas. - En ese caso - contestó Ba-Chie -, yo habría sido el único que me hubiera salvado, porque, como soy un cerdo, huelo mal hasta cuando se me corta por la mitad. Ellos, por el contrario, habrían servido muy bien para esas bolsitas. ¿No os parece que alguna ventaja debíamos tener los que somos tan guarros? - ¡Cuidado que te gusta hablar! - le reprendió el Peregrino -. ¿Por qué no guardas toda esa fuerza para cuando te llegue la hora de dar a luz? - No conviene que os retraséis más - dijo, entonces, la anciana -. Id cuanto antes a por esa dichosa agua. - ¿Tienes algún cubo en casa? - le preguntó el Peregrino -. Necesitaremos uno. La anciana se fue a la parte de atrás y sacó un cubo y una cuerda, que entregó al Bonzo Sha. - Creo que es conveniente que nos prestes dos - dijo éste, tras calcular a ojo su longitud -. Si el pozo es muy profundo, no bastará con uno. Con el cubo y las dos cuerdas en su poder, el Bonzo Sha no tuvo ningún inconveniente en acompañar al Gran Sabio. Montaron en una nube y abandonaron juntos la aldea. En menos de media hora llegaron a la Montaña de la Supresión de los Machos. Tras bajar de la nube, se dirigieron al santuario. El Gran Sabio ordenó, entonces, al Bonzo Sha: - Coge el cubo y las cuerdas y escóndete. Yo iré, mientras tanto a retar a ese taoísta. Cuando más enfrascados estemos en la batalla, entra dentro, coge el agua y márchate en seguida, ¿de acuerdo? El Bonzo Sha hizo un gesto afirmativo con la cabeza y él, agarrando con fuerza la barra de hierro, se llegó hasta el santuario y empezó a gritar: - ¡Abrid las puertas inmediatamente! El taoísta que montaba la guardia corrió a informar a su maestro, diciendo: - Ahí fuera está otra vez ese tal Sun Wu-Kung. - ¡Qué pesado es ese maldito mono! - exclamó el maestro, malhumorado -. Había oído decir que era un espléndido luchador y ahora puedo afirmar, por experiencia propia, que su bravura no le va a la saga a sus técnicas guerreras. Su barra de hierro es un arma francamente formidable. - Es posible, maestro - contestó el taoísta -, que sus técnicas guerreras sean excelentes, pero las vuestras no tienen nada que envidiar a las suyas. Sólo vos sois capaz de mantenerle a raya. - Sí, pero me ha hecho huir dos veces - objetó el maestro. En situaciones en las que únicamente contaba la fuerza bruta - matizó el taoísta -. De hecho, cuando trató de sacar el agua, por dos veces se lo impedisteis con vuestro garfio. Eso iguala el número de sus victorias. Ya visteis que tuvo que marcharse con su maldita barra entre las piernas. Si ha vuelto, ha sido porque el embarazo de Tripitaka debe de andar tan avanzado que las molestias no le dejan prácticamente vivir. ¡Cualquiera puede cambiar de opinión, al ver sufrir a su maestro! Estoy seguro de que esta vez acabaréis con él, porque el desprecio nunca ha sido buen consejero. Al oír esas palabras, el Auténtico Inmortal cayó presa de una profunda alegría y el rostro se le iluminó de sonrisas. Cogió su garfio y, dirigiéndose hacia la puerta, gritó: - ¿Qué te trae otra vez por aquí, mono estúpido? - He venido a por un poco de agua - contestó el Gran Sabio. - Muy bien - respondió el Auténtico Inmortal -, pero da la casualidad de que esa agua mana dentro de mi pozo. Para conseguirla, tendrías que ofrecerme grandes cantidades de carne y licor. De eso no se salva ni los príncipes ni los reyes. ¿Cómo te atreves a venir con las manos vacías, siendo así que eres enemigo mío? - ¿Te niegas a dármelo? - preguntó el Gran Sabio. - ¡Así es! - contestó el Auténtico Inmortal. - ¡Qué estúpido eres! - le insultó el Gran Sabio -. Ya que no estás dispuesto a hacerme ese favor, prueba el sabor de mi barra. Con una facilidad increíble, la levantó por encima de la cabeza y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre el Auténtico Inmortal, que se hizo diestramente a un lado, mientras respondía con un golpe de su temible garfio. La lucha que dio, entonces, comienzo fue aún más feroz que la de la última vez. El odio de los hombres se traslucía en la velocidad con que el garfio y la barra intercambiaban sus golpes. Los contendientes levantaban tal cantidad de tierra y arena, que el sol y la luna se oscurecieron, quedando el universo sumido en las tinieblas más profundas. Tragedia tan desastrosa se originó cuando el Gran Sabio fue en busca de un poco de agua para salvar a su maestro y el monstruo se la negó, por vengar a su sobrino. Los dos dieron lo mejor que tenían para ver cumplidos sus propósitos. Por eso, les rechinaban los dientes y se decían a sí mismos frases de aliento, que los ayudaran a mantener despiertas todas sus energías. Las nubes de polvo que levantaban pusieron en alerta a los dioses y a los espíritus, mientras que el entrechocar de las armas y los gritos que proferían sus gargantas, ávidas de sangre, hacían temblar toda la cordillera. Sus golpes levantaron un viento huracanado que arrasó bosques enteros y llegó a alcanzar las estrellas. Cuanto más luchaban, más felices y seguros de sí mismos se sentían el Gran Sabio y el Auténtico Inmortal. No en balde se habían entregado en cuerpo y alma al combate, decididos a no darlo por terminado hasta que uno de ellos hubiera muerto. Aunque habían empezado a pelear a la puerta misma del santuario, poco a poco se fueron desplazando ladera abajo. Dejaremos, por ahora, de hablar de su lucha, para contar lo que acaeció al Bonzo Sha. En cuanto vio que tenía el camino libre, cogió el cubo y corrió hacia el interior del santuario. Pero le salió al encuentro el taoísta y trato de cerrarle el camino, diciendo: - ¿Quién eres tú, para atreverte a venir a robarnos el agua? Sin decir nada, el Bonzo Sha dejó caer el cubo, sacó su báculo de matar monstruos y lo lanzó con todas sus fuerzas sobre la cabeza del taoísta. La sorpresa impidió a éste reaccionar con la suficiente rapidez y, aunque consiguió hacerse a un lado, no pudo evitar que el golpe le destrozara el hombro y el brazo izquierdos. El Bonzo Sha le vio caer al suelo, como si fuera una fruta madura, pero no le remató. Al pasar a su lado, se limitó simplemente a insultarle, diciendo: - Tenía pensado aplastarte, pero, a pesar de todo, eres un humano y me das pena. Por esta vez, te perdonaré la vida. Ahora, si no te importa, déjame pasar para coger el agua. El taoísta se arrastró, con no poca dificultad, hacia la parte de atrás, pidiendo al Cielo y a la Tierra que acudieran en su ayuda. El Bonzo Sha, por su parte, tiró el cubo al pozo y lo llenó de agua hasta el borde. Abandonó después el santuario y, montándose en una nube, gritó al Peregrino: - ¡No le mates, hermano! Acabo de hacerme con el agua y voy a llevársela ahora mismo al maestro. Al oírlo, el Gran Sabio, detuvo con la barra de hierro un nuevo golpe del garfio y dijo, triunfante: - Tenía pensado acabar contigo para siempre, pero, puesto que no has hecho nada malo, te perdonaré la vida, no en atención a tu propia virtud, sino a los sentimientos que aún abrigo por tu hermano, el Rey Toro. La primera vez me echaste la zancadilla dos veces con tu garfio y no pude conseguir el agua. La segunda no me quedó otro remedio que valerme del truco de «atraer al tigre para hacerle abandonar su escondite». Es decir, te obligué a medir tus armas conmigo, para dejar totalmente libre a uno de mis hermanos el camino del agua. Que conste, además, que no he querido usar contigo toda mi fuerza; de lo contrario, aunque hubieras sido capaz de multiplicarte por diez, habría terminado contigo en un abrir y cerrar de ojos. Sé que es más valioso dejar vivir que matar. Por eso, te perdono la vida y te permito que sigas existiendo durante unos años más. A cambio te exijo que, si alguien te pide un poco de agua, no le extorsiones, como si fueras un funcionario sin escrúpulos. Sin saber exactamente lo que hacía, el descarriado inmortal trató, una vez más, de agarrar al Peregrino por las piernas, pero el Gran Sabio esquivó a tiempo el golpe y se arrojó sobre él, gritando: - ¡No huyas! El Inmortal se llevó tal sorpresa, que cayó al suelo patas arriba. El Gran Sabio le arrancó de las manos el garfio y lo partió por la mitad. Después juntó otra vez los trozos y volvió a partirlos en cuatro cachos con la facilidad con que uno quiebra una rama. - ¡Júntalos, si puedes, bestia maldita! - gritó el Peregrino, tirándolos al suelo -. ¡Espero que, de ahora en adelante, seas un poco más honesto! Temblando de pies a cabeza, el inmortal descarriado no se atrevió a decir nada. El Gran Sabio, por su parte, soltó la carcajada y, tras montarse en una nube, se elevó hacia lo alto. De todo esto existe un poema, que afirma: Para fundir plomo puro, es preciso disponer de agua límpida, porque ésta se mezcla bien con el mercurio seco. El mercurio y el plomo puros no tienen progenitores, por eso se elabora con ellos el elixir celeste. No sirve de nada concebir. Observar la facilidad con que la Madre Tierra acumula méritos sobre su cabeza En momento en el que desaparecen las falsas doctrinas surgen, victoriosas, las enseñanzas auténticas y el Señor de la Mente regresa con el rostro cubierto de sonrisas. A lomos de su nube sagrada, el Gran Sabio no tardó en alcanzar al Bonzo Sha. Con el agua en su poder, no cabían en sí de contento y regresaron a toda prisa al lugar del que habían partido. Nada más bajar de la nube, se dirigieron a la cabaña. En la puerta, apoyado contra el marco, encontraron a Chu Ba-Chie, gimiendo y con el vientre más grande que antes. El Peregrino se llegó hasta él y le preguntó: - ¿Has empezado ya el proceso del parto? - No te burles de mí, por favor - exclamó el Idiota, muerto de miedo -. ¿Habéis conseguido el agua? El Peregrino se disponía a gastarle una nueva broma, cuando el Bonzo Sha proclamó, triunfante, sonriendo como un héroe: - ¡Aquí llega el agua! - ¡Cuántos problemas os he causado! - exclamó Tripitaka, irguiéndose un poco y haciendo muecas de dolor. La anciana estaba tan encantada, que hizo salir a todos sus familiares y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, gritó, agradecida: - ¡Qué suerte hemos tenido, bodhisattva! ¡Qué suerte! Cogió una taza de porcelana con flores, la llenó hasta la mitad y la dio a beber a Tripitaka, diciendo: - Tomadla despacito, maestro. Para poner fin a vuestro embarazo, sólo necesitaréis un pequeño sorbito. - ¡Yo no quiero una tacita! - protestó Ba-Chie -. ¡Yo necesito el cubo entero! - ¿Sabéis bien lo que decís? - exclamó la anciana -. Si tomáis todo el cubo, el agua disolverá hasta el estómago y los intestinos. Al oír eso, el Idiota cogió tal miedo, que no se atrevió a decir nada más y tomó sólo media taza. En un abrir y cerrar de ojos, los dos sintieron un dolor insoportable en el vientre, junto con unos calambres, que los dejaron medio muertos. Siguieron cuatro o cinco borborigmos, que casi les destrozan las tripas. El Idiota no pudo aguantarlo y empezó a arrojar orín y suciedad, como si fuera una fuente. El monje Tang sintió también una urgencia irresistible de hacer sus necesidades y pidió que le llevaran a un lugar más reservado. - Es mejor que no os mováis - le aconsejó el Peregrino -. Si salís, cogeréis frío y eso puede acarrearos bastantes problemas post - parto. Sin pérdida de tiempo, la anciana sacó dos orinales y así pudieron ellos aliviarse a gusto. Tras contraérseles las tripas varias veces seguidas, el dolor empezó a remitir y el vientre se les fue reduciendo poco a poco de tamaño, dando a entender, de esa forma, que el muñón de carne y sangre había quedado disuelto del todo. Las parientas de la anciana cocieron un poco de arroz y se lo dieron, para que recuperaran cuanto antes las fuerzas que habían perdido en el parto. - Yo, señora - dijo Ba-Chie -, poseo una constitución fuerte y no necesito ningún tipo de alimentación extra. Lo que sí os agradecería es que me calentarais un poco de agua para poder bañarme. - ¿Estás loco? - le increpó el Bonzo Sha -. ¡No puedes tomar ningún baño! Si te entra algo de agua después de un mes de haber dado a luz, puedes caer gravemente enfermo. - Pero yo realmente no he parido nada - protestó Ba-Chie -. A lo sumo, he sufrido un aborto. ¿A qué vienen tantos temores? Ahora lo que yo necesito es lavarme y asearme un poco. La anciana corrió, gustosa, a calentar un poco más de agua, para que se lavaran las manos y los pies. El monje Tang comió, entonces, dos escudillas de arroz, mientras que Ba-Chie devoró más de quince y aún seguía exigiendo más. - No comas tanto, por favor - le aconsejó el Peregrino, riéndose de él -. Vas a estar muy feo con una barriga tan grande como un saco lleno de arena. - No te preocupes - contestó Ba-Chie -. Afortunadamente no soy una cerda, así que no tengo por qué preocuparme del tipo que tenga. Pese a todo, las mujeres fueron a preparar un poco más de arroz. La anciana se volvió, entonces, hacia Tripitaka y le dijo: s ¿Tendríais la bondad de darme el agua que ha sobrado? - ¿No quieres beber más? - preguntó el Peregrino al Idiota. - No - contestó Ba-Chie -. Se me ha quitado el dolor de estomago y el embarazo ha desaparecido totalmente. He de confesar que nunca me he encontrado mejor que ahora. ¿Para qué habría de bebe más agua? - Puesto que estáis ya perfectamente - concluyó el Peregrino -, se la entregaré a la familia de esta mujer. ¿Para qué la queremos nosotros? La anciana dio las gracias al Peregrino y, tras echar el agua que había sobrado en una jarra de porcelana, corrió a esconderla en el jardín de la parte de atrás, no sin antes advertir a los miembros de su familia: - Esta agua servirá para pagar los gastos de mi funeral. Todas las mujeres que vivían en aquella casa, tanto las jóvenes como las que no lo eran tanto, no cabían en sí de contento. A toda prisa prepararon una comida vegetariana y pusieron la mesa. De esa forma, el monje Tang y sus discípulos pudieron recuperar las fuerzas. Al amanecer del día siguiente dieron las gracias a la anciana y a su familia y abandonaron la aldea. El monje Tang montó, como siempre, en el caballo, el Bonzo Sha cargó con el equipaje y Ba-Chie se encargó de tirar de las riendas, mientras el Gran Sabio Sun abría tranquilamente la marcha. No podía ser de otra manera: una vez que la boca ha sido purificada de sus pecados y disuelto el embarazo de lo terreno, el espíritu queda purificado y el cuerpo recupera toda su energía. Desconocemos a qué clase de peligros hubieron de hacer frente nada más llegar a la capital. Quien desee averiguarlo deberá escuchar las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第054回 CAMINO DEL OESTE, EL DHARMA LLEGA AL PAÍS DE LAS MUJERES. EL MONO DE LA MENTE INVENTA UN PLAN PARA ESCAPAR DEL SEXO BELLO Decíamos que, tras salir de la aldea, el monje Tang y sus discípulos reemprendieron el camino que conducía hacia el Oeste. Apenas llevaban recorridos cuatro kilómetros, cuando llegaron a la frontera del Liang Occidental. El monje Tang señaló con el dedo hacia delante y dijo: - Creo, Wu-Kung, que estamos acercándonos a una ciudad y, a juzgar por las voces y ruidos que de ella nos llegan, o muy equivocado estoy o se trata del País de las Mujeres. Debemos andar, por tanto, con los ojos muy abiertos y comportarnos en todo momento como lo que somos. Es preciso que no demos rienda suelta a nuestras pasiones y sigamos a rajatabla las enseñanzas que nos marca la Ley. Los tres discípulos se comprometieron a no echar en saco roto tan digno consejo. No tardaron, en efecto, en llegar al final de la calle que miraba hacia el oriente. Los viandantes eran todos mujeres de la más variada condición. Vestían, sin excepción, blusas cortas y faldas largas y llevaban la cabeza llena de aceites y los rostros totalmente empolvados. Muchas de ellas estaban ocupadas en los más variados negocios. Al ver aparecer a los cuatro monjes, empezaron a aplaudir y a gritar, locas de alegría: - ¡Aquí están las semillas humanas! ¡Acaba de llegar un grupo de semillas humanas! - Desconcertado, Tripitaka detuvo su caballo. En un abrir y cerrar de ojos, la calle se llenó de mujeres, que no dejaban de reír ni de charlar atropelladamente. Ba-Chie estaba tan excitado que no dejaba gritar a pleno pulmón: - ¡Soy un cerdo en venta! ¡Soy un cerdo en venta! - ¡Deja de decir tonterías, de una vez, Idiota! - le reconvino el Peregrino -. Ya ven lo que eres. De todas formas, no estaría de más les mostraras, sin ambages, toda tu belleza. Ba-Chie no lo pensó más. Sacudió la cabeza un par de veces punto aparecieron sus enormes orejotas, grandes como un abanico hecho con hojas entrelazadas de palma. Dejó libres, después, sus labios gordos y alargados como una raíz de loto, y empezó a dar tales gritos, que las mujeres huyeron despavoridas, tropezando lastimosamente unas con otras. De ese momento disponemos de un poema, que dice: Buscando sin cesar a Buda, el monje sabio llegó al Liang Occidental, una tierra en la que todos sus habitantes son hembras y no existe un solo macho. En ella los labradores, los literatos, los obreros, los comerciantes, los pescadores y granjeros son todos mujeres. ¿Qué hay de extraño, pues, en que las doncellas se lanzaran a las calles, gritando « ¡Semillas humanas!» y las jovencitas se apelotonaran, jubilosas, para dar la bienvenida a los varones que acababan de llegar? Si Wu - Neng no les hubiera mostrado la fealdad de su rostro, ninguno de ellos habría podido resistir el acoso tremendo del sexo bello. Todas estaban tan asustadas que no se atrevían a acercarse; se habían puesto en cuclillas, para defenderse mejor de un posible ataque, y se frotaban las manos sin cesar. Alineadas a lo largo de la calle, no dejaban de sacudir la cabeza ni de morderse las uñas. Pero el miedo no era suficiente para hacerlas apartar los ojos del monje Tang. Para abrirse camino entre ellas, el Gran Sabio hacía muecas horrorosas, mientras el Bonzo Sha desplegaba todas sus cualidades de monstruo, tratando de poner un poco de orden. Sin soltar el caballo de riendas, Ba-Chie, por su parte, estiraba cuanto podía el hocico y agitaba las orejas, como si fueran dos enormes abanicos. Mientras caminaba, los Peregrinos pudieron apreciar que todas las casas de la ciudad estaban primorosamente alineadas y que sus tiendas mostraban un orden muy difícil de encontrar en otras partes. No faltaban vendedores de arroz o de aceite, ni tabernas, ni casas de té, ni torres con sus correspondientes campanas y tambores, ni almacenes repletos de mercancías, ni mansiones cubiertas de estandartes y con las persianas coquetamente bajadas. Tras recorrer, una tras otra, infinidad de calles, se toparon con una funcionaría, que dijo con voz autoritaria: - No está permitido a ningún extranjero entrar en la ciudad sin el correspondiente permiso. Es preciso, pues, que apuntéis vuestros nombres en el libro de registros. De esa forma, podré dar cuenta de vuestra llegada a nuestra soberana. Sólo entonces se os dejará libre el paso. Al oír eso, Tripitaka bajó del caballo en seguida. Cerca de allí vio un edificio de corte oficial, en el que había un letrero que decía: «Posada de los Varones». Visiblemente nervioso, el maestro se volvió hacia Wu-Kung y dijo: - Todo esto confirma lo que nos comentó la anciana de la aldea que acabamos de dejar. Entonces no creí que pudiera existir una posada tan extraña como ésta. - Hermano segundo - dijo el Bonzo Sha, por su parte, dirigiéndose a Ba-Chie -, ¿por qué no vas a mirarte en el Arroyo de los Embarazos? A lo mejor se refleja allí tu imagen dos veces. - ¡Deja de burlarte de mí, por favor! - contestó Ba-Chie -. Ya no estoy embarazado. ¿Acaso has olvidado que he bebido una taza del agua del Arroyo de los Abortos? ¿Qué necesidad tengo ahora de ir a mirarme a ese sitio que dices? - Ten cuidado con lo que hablas, Wu - Neng, le aconsejó Tripitaka y, tras saludar a la funcionaría con el debido respeto, entró en la posada. En cuanto hubieron tomado asiento en el salón principal, ordenó que les sirvieran el té. Todas las criadas llevaban trenzas y vestían túnicas abiertas por la mitad. Incluso cuando servían, no paraban de reírse. Una vez que hubieron dado cuenta del té, la funcionaría se puso de pie y preguntó: - ¿Tendríais inconveniente en decirnos de dónde venís? - Nosotros - contestó el Peregrino - somos originarios de las Tierras del Este y nos dirigimos al Paraíso Occidental, por mandato expreso del Gran Emperador de los Tang, a presentar nuestros respetos a Buda y conseguir unas cuantas escrituras. Nuestro maestro, hermano del propio emperador, es conocido por el nombre de Tripitaka Tang. Yo, Sun Wu-Kung, soy su discípulo primero y estos dos, Chu Wu - Neng y Sha Wu-Ching, son mis hermanos. Con el caballo, hacemos un total de cinco viajeros. Portamos con nosotros un permiso de viaje, por lo que os estaríamos profundamente agradecidos, si tuvierais a bien concedernos un salvoconducto, para poder cruzar vuestras tierras. La funcionaría tomó buena nota de todo ello y, echándose rostro en tierra, comenzó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decía: - Perdonadme por no haber salido a daros la bienvenida. Vuestra humilde servidora no es más que una encargada de la Posada de los Varones. Tened por seguro que, de haber sabido que erais los representantes de una nación tan noble, os habría tratado con todo el respeto que merecéis. A continuación se puso de pie y ordenó que se les diera inmediatamente de comer y beber, diciendo: - Procurad que no falte de nada a nuestros huéspedes - después añadió, dirigiéndose a ellos -: Descansad en esta indigna posada mientras voy a dar cuenta a nuestra soberana de vuestra llegada. Estad tranquilos. En cuanto sea posible, se os entregará el salvoconducto que solicitáis y así podréis continuar vuestro camino hacia el Oeste. Encantado, Tripitaka tomó asiento y se dispuso a tomar las viandas que se le ofrecían, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de la funcionaría de la posada, la cual, tras cambiarse de ropa, se dirigió hacia la Torre del Fénix, erigida en el centro mismo de la capital, y dijo a la Guardiana de la Puerta Amarilla: - Soy la funcionaría de la Posada de los Varones y deseo tener una entrevista con la soberana. La Guardiana de la Puerta Amarilla corrió a dar cuenta de su llegada y la oficiala fue conducida sin tardanza al interior del palacio, donde la soberana le preguntó: - ¿Qué es lo que trae por aquí a la funcionaría de la Posada de los Varones? - Vuestra humilde servidora - contestó la funcionaría - acaba de dar la bienvenida a Tripitaka Tang, hermano del Gran Emperador de los Tang de las Tierras del Este, y a sus tres discípulos Sun Wu-Kung, Chu Wu - Neng y Sha Wu-Ching. Junto con el caballo, forman un grupo de cinco viajeros. Se dirigen, de hecho, hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. He creído conveniente informaros de su llegada y consultaros, al mismo tiempo, si ha de concedérseles el salvoconducto que solicitan para seguir adelante con su viaje. Al oír eso, la soberana cedió a la alegría y dijo a las funcionarías, tanto civiles como militares, que la rodeaban: - Anoche soñé que de los biombos de oro salían luces de colores muy vivos y los espejos de jade emitían rayos muy brillantes. Por fuerza tenía que tratarse de un augurio favorable para hoy. - ¿Cómo podéis afirmarlo con tanta seguridad, señora? - preguntaron todas las funcionarías al mismo tiempo, postrándose de hinojos ante los escalones del trono. - Como muy bien acabamos de oír - contestó la soberana -, ese hombre procedente de las Tierras del Este es hermano del Emperador de los Tang. Desde los tiempos de la división del caos, jamás se había visto en esta corte a hombre alguno. ¿Qué otra cosa puede ser ese viajero de sangre real que un regalo de los Cielos? Tomaré todas las riquezas del país y se las pondré a sus pies con la condición de que acepte ser nuestro rey. Yo, por mi parte, estoy decidida a convertirme en su reina. De dicha unión nacerá una prolífica descendencia y, así, quedará asegurada para siempre la sucesión de nuestro reino. ¿Cómo no va a tratarse de un buen augurio, cuando las ventajas que eso nos reportará son incalculables? Todas las funcionarías se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente en señal de alegría. Sólo la encargada de la posada se atrevió a objetar con timidez: - He de reconocer que vuestra idea de alargar vuestra descendencia hasta más allá de la diezmilésima generación es, francamente, excelente. Debéis tener en cuenta, no obstante, que los tres discípulos de hombre con sangre real son maleducados en extremo y de una apariencia que mueve al pánico. - Según tu opinión - preguntó la soberana -, ¿cuál es el aspecto de ese caballero y qué rasgos presentan sus discípulos? - El hermano del emperador Tang - contestó la funcionaría - posee unos rasgos tan finos, una dignidad tan natural y una belleza tal rostro, que son suficientes para enorgullecer a una nación tan noble como la China del sur de Jambudvipa. Sus discípulos, por el contrario, tienen un aspecto tan repulsivo, que, más que hombres, parecen espíritus. - En ese caso - concluyó la soberana -, les daremos todas las provisiones que precisen y les concederemos el salvoconducto que han solicitado. Así podrán continuar su viaje hacia el Paraíso Occidental. El caballero con sangre real se quedará con nosotras. ¿Qué hay de malo en ello? - Las palabras de nuestra soberana - volvieron a exclamar a coro las funcionarías - están, en verdad, cargadas de sabiduría y pondremos por obra con toda la dedicación de que seamos capaces. El asunto del matrimonio, sin embargo, exige una casamentera, puesto que, como muy bien afirmaban los antiguos, «el contrato matrimonial depende de las hojas rojas y a las parejas las une el hombre de la luna, con hilos de seda roja 2». - No os preocupéis por eso - respondió la soberana -. Seguiremos vuestro consejo. De casamentera hará nuestra querida Consejera Mayor, actuando como oficiante de la ceremonia la encargada de la Posada de los Varones. Antes de todo es preciso, no obstante, presentar nuestra proposición al viajero de sangre real. Caso de aceptarla, saldré a recibirle en mi carruaje a las puertas mismas de palacio. Mientras tanto, cuando más satisfechos estaban Tripitaka y sus discípulos, gozando tranquilamente de las viandas vegetarianas que les habían ofrecido, vino corriendo una sirvienta a informarlos, diciendo: - Acaba de llegar la Consejera Mayor de nuestra soberana. - ¿Para qué vendrá aquí esa buena señora? - preguntó Tripitaka, sorprendido. - Quizás la reina quiere invitarnos a ir a su palacio - contestó Ba-Chie. - Me huele - replicó el Peregrino - que desea haceros una proposición de matrimonio. - ¿Qué podemos hacer, si, en efecto, se empeñan en no dejarnos marchar y nos obligan a casarnos con ellas? - preguntó Tripitaka al Peregrino, muerto de miedo. - No os preocupéis y aceptad su proposición - le aconsejó el Peregrino -. Ya me ocuparé yo de todo. Apenas había acabado de decirlo, cuando se presentaron dos funcionarias y se inclinaron respetuosamente ante el maestro. - Yo, señoras - dijo Tripitaka, devolviéndoles el saludo -, no soy más que un pobre monje que ha renunciado a la familia. ¿Qué cualidades puede tener una persona tan insignificante como yo, para que os inclinéis ante ella con tanto respeto? La Consejera Mayor quedó encantada del porte y de las maneras del maestro y se dijo: - En verdad, no existe nación más afortunada que la nuestra. Este hombre ciertamente merece ser el marido no sólo de nuestra soberana, sino de otras diez mil mujeres como ella. Tras saludarle con la deferencia que la situación requería, las demás funcionarias permanecieron de pie alrededor del monje Tang y, finalmente, dijeron: - Os deseamos, señor, diez mil felicidades. - No soy más que un pobre monje que ha renunciado a la familia - repitió Tripitaka -. ¿De dónde voy a sacar tanta felicidad como la que ahora me deseáis? - Éste, señor - explicó la Consejera Mayor, volviéndose a inclinar con respeto -, es el País de las Mujeres del Liang Occidental, en el que desde tiempos inmemoriales jamás ha puesto el pie un solo varón. Esta vez, no obstante, hemos tenido la suerte de dar la bienvenida a un miembro tan destacado de la realeza como vos, cabiéndome el alto honor de haceros llegar el deseo de nuestra soberana de contraer nupcias con vos. - ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, temblando -. Este humilde monje llegó a este gran reino sin más compañía que sus tres discípulos y según parece, no va a abandonarlo, a no ser cargado de hijas e hijos. Me pregunto cómo se le habrá ocurrido semejante idea a vuestra soberana. - Cuando fui a palacio a dar cuenta de vuestra llegada - explicó la encargada de la posada -, nuestra soberana nos contó que ayer por la noche había tenido un sueño, en el que vio cómo de los biombos de oro salían luces de colores muy vivos y los espejos de jade emitían rayas muy brillantes. Ella lo interpretó como un buen augurio y, así, cuando se enteró de que había llegado, procedente de la gran nación china, un hombre de sangre real, no tuvo ningún inconveniente en poner a sus pies todas las riquezas del reino, con tal de que acepte desposarse con ella. Vos os convertiréis en un hombre elegido y ocuparéis el trono que mira hacia el sur, mientras que ella será para siempre vuestra reina. Si la Consejera Mayor se ha desplazado hasta aquí, ha sido precisamente con la misión de obtener vuestro consentimiento y ofrecerme a mí la posibilidad de actuar de oficiante de la ceremonia de nupcial. Ahora tenéis vos la palabra. Sin saber qué contestar, Tripitaka agachó la cabeza y se sumió en un profundo silencio. - Cuando alguien se topa con una ocasión tan ventajosa como ésta, no debe dejarla pasar - le aconsejó la Consejera Mayor -. Soy consciente de que puede sonar un tanto extraño que el marido entre a formar parte de la familia de la mujer, pero pensad que son todas las riquezas del país las que ahora se os ofrecen como dote. De todas formas, os agradecería que me dierais pronto una respuesta, para transmitírsela a nuestra soberana. El maestro permaneció tan mudo como si no hubiera oído ni una sola de sus palabras. Fue Ba-Chie quien, alargando su maloliente morro, dijo: - Regresad a palacio y comunicad a vuestra soberana que mi maestro es un arhat que ha alcanzado, tras muchos sacrificios, la iluminación del Tao y que no se casará con nadie, aunque se le entreguen todas las riquezas del mundo o la novia sea tan hermosa que haya provocado la caída de varios imperios. Concededle, pues, el salvoconducto y dejadle partir, cuanto antes, rumbo hacia el Oeste. Yo ocuparé su lugar en el tálamo. En fin, ¿qué os parece la idea? Al oír semejante desatino, le dio un vuelco el corazón a la Consejera Mayor y se quedó con la boca abierta, sin poder articular palabra. - Por muy macho que seáis - replicó la encargada de la posada, sois extremadamente feo y me temo que nuestra soberana no va a encontraros lo suficientemente atractivo. - ¡Qué poca agilidad mental poseéis! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Como muy bien afirma el proverbio, «con los sauces finos se hacen toneles y con los gordos, cestas». ¿Quién es capaz de afirmar que un hombre sea feo? - Deja de decir tonterías, de una vez, Idiota - le aconsejó el Peregrino -. Es al maestro al que le corresponde la decisión, no a ti. Si quiere quedarse, que se quede; y que se marche, si ése es su deseo. No está bien hacer perder tanto tiempo a una casamentera tan ilustre como la que su alteza ha enviado. - ¿Qué crees que debo hacer, Wu-Kung? - exclamó Tripitaka. - En mi opinión, deberíais quedaros - respondió el Peregrino -. Como muy bien afirmaban los antiguos, «por muy lejos que se encuentren dos personas, terminarán uniéndose, si ése es el deseo del Cielo». En ningún sitio podréis encontrar una oportunidad mejor que ésta, os lo aseguro. - Pero, si nos quedamos aquí, disfrutando de riquezas y honores, nadie conseguirá las escrituras del Paraíso Occidental - objetó Tripitaka -. ¡La espera acabará con el Gran Emperador de los Tang! - No nos atrevemos a ocultaros la verdad - dijo, entonces, la Consejera Mayor -. Nuestra soberana está interesada únicamente en vos. En cuanto haya concluido el banquete nupcial, se darán provisiones y un certificado de viaje a vuestros discípulos, para que puedan seguir su viaje hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Lo que acabáis de decir es muy razonable - dijo el Peregrino -. Por nuestra parte, no pondremos la menor objeción. Estamos completamente de acuerdo en que nuestro maestro se quede aquí y contraiga matrimonio con vuestra señora. Firmad, pues, el salvoconducto y permitidnos partir cuanto antes hacia el Oeste. Cuando hayamos conseguido las escrituras, regresaremos a este lugar y os pediremos que nos sufraguéis el viaje de vuelta. Así podremos alcanzar el Reino de los Tang sin ninguna dificultad. - Os damos las gracias, maestro, por haber puesto fin al problema de una forma tan brillante - dijeron la Consejera Mayor y la encargada la posada, inclinándose respetuosas. - No tan deprisa, Consejera Mayor - exclamó Ba-Chie -. Dado que no hemos planteado ninguna objeción, sería justo que vuestra señora nos ofreciera un banquete de despedida o un convite de compromiso. Al fin y al cabo, somos los parientes más cercanos del novio, ¿no os parece? - ¡Por supuesto! - exclamó la Consejera Mayor -. Ahora mismo os haremos llegar las viandas - y abandonó, loca de contento, la posada, seguida de la funcionaría encargada del mantenimiento de la misma. En cuanto se hubieron quedado solos, el monje Tang se volvió contra el Peregrino y empezó a regañarle, diciendo: - ¡Qué cabeza de mono la tuya! ¡Tus trucos van a terminar con mi vida! ¿Cómo puedes pedirme que me quede aquí con esa mujer, mientras vosotros vais al Paraíso Occidental a entrevistaros con Buda? ¡No haré una cosa así ni aunque me maten! - Procurad calmaos, maestro - le aconsejó el Peregrino -. Sé cómo os sentís pero, puesto que hemos logrado llegar hasta aquí y esta gente es como es, lo mejor que podemos hacer es destruir un plan con otro. - ¿Qué quieres decir? - inquirió Tripitaka. - Si continuáis negándoos - respondió el Peregrino -, tened por seguro que jamás nos darán el salvoconducto y no podremos seguir nuestro viaje. ¿Pensáis que vamos a cruzarnos de brazos, si deciden haceros picadillo y emplear vuestra carne para fabricar bolsitas aromáticas? Por supuesto que lo impediremos, echando mano de nuestros poderes para derrotar demonios y acabar con diablos. Como sabéis por experiencia, nuestras manos y pies son duros como el acero y no hay nadie capaz de doblegar nuestras armas. De un soplo, somos capaces de acabar con este país y todos sus habitantes. Pero debéis tener en cuenta, al mismo tiempo, una cosa: aunque se hayan empeñado en no dejarnos seguir adelante, esas mujeres no son ni demonios ni monstruos, sino seres humanos, que siguen las costumbres de su propio país. Vos siempre habéis sido una persona amable y compasiva, que en todo momento se ha negado a hacer el menor mal a nadie. ¿Seríais capaz de contemplar tranquilamente cómo acabábamos con ellas? ¡Por supuesto que no! ¡Eso sería algo brutal y totalmente atentatorio contra la moral! - Lo que acabas de decir te honra - exclamó Tripitaka, emocionado -. De todas formas, temo que, una vez que me encuentre en el interior del palacio, la reina me obligue a realizar el acto conyugal con ella. ¡No estoy dispuesto a destruir mi yang original ni a renunciar a mis principios budistas, malgastando mi esperma y apartándome de la comunidad de creyentes! - Sin duda alguna - contestó el Peregrino -, siguiendo la etiqueta imperial, enviará su carruaje a recogeros. No cometáis la imprudencia de rechazarla. Acompañadla hasta el salón del trono, montado en la carroza del fénix y el dragón, y ocupad el trono que mira hacia el sur. Pedidle, entonces, el sello imperial y hacednos llamar sin ninguna demora. Una vez que hayáis sellado el salvoconducto, invitad a la reina a que lo firme y entregádnoslo antes de que se vuelva atrás. Al mismo tiempo, le haréis ver la conveniencia de dar un espléndido banquete, al que podéis calificar, a la vez, de convite nupcial y de comida despedida. En cuanto haya concluido, montad en la carroza y dirigíos a las afueras de la ciudad, con la excusa de que deseáis despediros de nosotros antes de regresar a palacio a consumar vuestro matrimonio. De esta forma, satisfaréis los deseos de la reina y de todas sus súbditas, evitaréis que nos impidan el paso y nos ahorraréis que tengamos que echar mano de las armas. En cuanto lleguemos a las afueras de la ciudad, bajaréis de la carroza del dragón y el Bonzo Sha os ayudará a montar en el caballo blanco. En ese mismo momento haré uso de la magia e inmovilizaré a todas las habitantes de este reino. Así, podremos continuar nuestra marcha hacia el Oeste. Cuando haya transcurrido un día con su correspondiente noche, recitaré otro conjuro y al instante recuperarán la capacidad de ir adonde buenamente les plazca. De esa forma, evitaremos que sus vidas corran el menor peligro y vos continuaréis siendo fiel a vuestros principios. He dado a este plan el nombre de «cómo escapar de las redes de un falso matrimonio». ¿No os parece que es lo más apropiado para todos? Al oír esas palabras, Tripitaka pareció despertar, de pronto, de un profundo sopor, como si todo no hubiera sido más que una pesadilla. Al punto se olvidó de todas sus preocupaciones y le dio las gracias al Peregrino, diciendo: - Siempre estaré en deuda contigo. Pocos seres habrá que tengan una inteligencia tan profunda como la tuya. Animados por ese plan, los cuatro empezaron a reír, como si fueran unos habitantes más de aquel reino de mujeres. No hablaremos, por tanto, más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de la Consejera Mayor y de la funcionaría encargada de la Posada de los Varones, que regresaron a todo correr a palacio. Sin esperar a ser anunciadas, se llegaron hasta los escalones de jade blanco y dijeron, entusiasmadas: - Vuestro sueño no ha podido ser más acertado. No pasará mucho tiempo antes de que disfrutéis de la felicidad conyugal. Al oírlo, la reina ordenó que descorrieran la cortinilla de perlas y, levantándose del trono del dragón, movió sus labios, rojos como el fruto del cerezo y, dejando entrever unos ojos tan blancos como la plata, preguntó con voz cargada de seductoras sonrisas: - ¿Qué dijo mi amado, cuando le expresasteis mis propósitos de matrimonio? - Nada más llegar a la posada y saludarle con el respeto que le es debido - explicó la Consejera Mayor -, le manifestamos vuestros deseos con las mismas palabras que vos usasteis. La sorpresa le hizo mostrarse al principio un tanto indeciso, pero, afortunadamente, el más antiguo de sus discípulos es un hombre de decisiones rápidas y despejó, una por una, todas sus dudas. Tanto él como sus otros dos hermanos están de acuerdo en que se convierta en vuestro esposo y ocupe el trono que mira hacia el sur. Lo único que desean es que les otorguéis cuanto antes el salvoconducto, para que puedan proseguir su viaje hacia el Oeste. En cuanto hayan cumplido su propósito de hacerse con las escrituras, regresarán a presentaros sus respetos con la esperanza de que les costeéis el viaje de vuelta al Gran Reino de los Tang. - ¿Dijo mi prometido algo más? - insistió la reina, sonriendo. - Vuestro prometido no dijo nada en absoluto - contestó la Consejera Mayor -. De todas formas, puedo aseguraros que en todo momento se mostró deseoso de desposarse con vos. Su segundo discípulo manifestó, no obstante, el deseo de participar en un banquete, antes de dar su consentimiento definitivo. Al oír eso, la reina ordenó a las encargadas de la diversión imperial que prepararan un espléndido convite. Pidió, igualmente, a todo su séquito que se dispusiera a acompañarla a las afueras de la ciudad, para dar la bienvenida a su esposo. Sin pérdida de tiempo, todas las funcionarias se pusieron manos a la obra, barriendo los suelos, limpiando hasta el último rincón del palacio y preparando un banquete como no se había visto jamás por aquellos contornos. Aunque todos los habitantes del país del Liang Occidental eran mujeres, el lujo de sus carrozas y carruajes no tenían nada que envidiar a los de la propia China. Seis dragones de vivísimos colores sostenían el carruaje, mientras que la carroza descansaba sobre dos fénix portadores de buena suerte. Perfumes exóticos los envolvían, haciéndolos parecer nubes de inmortales. Todas las funcionarias que los atendían lucían medallones de jade y oro con forma de pez, que rivalizaban en elegancia con las diademas y coronas que adornaban sus cabellos. Diez mil abanicos daban sombra al carruaje imperial, contrastando con el delicado tinte nacarino que rodeaba la carroza, de la que destacaba, como un fulgor entre la niebla, el brillo de las horquillas del fénix. Su avance lo marcaba el ritmo de las flautas y de un sinfín de instrumentos musicales de cuerda. La alegría que embargaba al cortejo llegaba hasta el mismísimo cielo; jamás se había visto tanta felicidad ascender, rauda, por la torre de las observaciones astronómicas, de la que se servía el Hijo del Cielo para detectar los buenos augurios. En lo alto de la residencia imperial ondeaban al viento doseles de tres plantas, marcando un contrapunto a los estandartes de cinco colores que daban vida a las escalinatas de jade. Jamás se había realizado en aquella tierra un intercambio de copas nupciales, en aquel venturoso día la reina iba, por fin, con un hombre dotado de las más altas cualidades. Tan deslumbrante cortejo no tardó en alcanzar, con su colorismo y su fanfarria, la Posada de los Varones. Alguien corrió, entonces, a avisar a Tripitaka y a sus discípulos, diciendo: - ¡Acaba de llegar el cortejo imperial! Al oír eso, Tripitaka se arregló las ropas lo mejor que pudo y, acompañado de sus discípulos, salió a dar la bienvenida a su prometida. La reina levantó la cortinilla de perlas y, descendiendo de la carroza, preguntó: - ¿Quién es el hermano del Emperador de los Tang? - El que viste de monje - contestó la Consejera Mayor, señalándole con el dedo -. Aquel que está detrás de la mesa de quemar incienso que hay junto a la puerta. Levantando sus cejas de mariposa nocturna y abriendo de par en par sus ojos de fénix, la reina le dirigió una escrutadora mirada y descubrió que se trataba, en verdad, de una persona extraordinaria. ¡Qué hermosos eran todos sus rasgos, cuánta dignidad fluía de cada uno de movimientos! Sus dientes poseían la blancura de la plata y contrastaban con el rojo profundo de sus labios. Su cabeza era bien proporcionada, su frente amplia y despejada, sus ojos vivos y cautivadores, sus pestañas arqueadas y su mentón alargado, denotando, junto con lo bien moldeado de sus orejas, una personalidad atrevida y valiente. Su porte no podía ser más elegante. A las claras se veía que se trataba de un hombre extraordinario. No podía existir un joven más gentil y encantador para desposarse con la hermosa doncella del Liang Occidental. La reina quedó al punto prendada de él. La pasión se apoderó de ella y, abriendo su tímida boca de cereza, preguntó: - ¿No queréis dar una vuelta en el fénix, respetable hermano del Emperador de los Tang? Al oír eso, se apoderó de Tripitaka tal turbación, que enrojeció hasta las orejas y permaneció con la vista baja, sin atreverse a levantar la cabeza. Chu Ba-Chie, por el contrario, estiró el morro cuanto pudo y clavó sus rijosos ojos en la reina, que poseía, a su vez, una extraordinaria belleza. Sus cejas recordaban el plumaje de un martín pescador, la suavidad de su piel hacía pensar en los vellones de lana, su rostro era la imagen viva de los pétalos de la flor del melocotón y la delicadeza de su peinado traía a la mente la silueta dorada de un fénix. Aunque sus ojos daban la impresión de ser un tanto fríos, su mirada estaba rodeada de un aura de encantadora seducción. Sus manos, por el contrario, alargadas y finas, parecían brotes tiernos de bambú. Un arco iris de luz nacía de la faja de color rojo que le ceñía la cintura, pugnando por arrebatar las miradas del esplendor que manaba del jade y las perlas de sus aderezos. Su belleza superaba la de Chao - Jüng y dejaba atrás la de la propia Hsi - Shr. Al moverse, su cintura, grácil como un sauce, hacía sonar las ajorcas de oro que adornaban sus delicados pies, ligeros como una flor de loto. Ni la diosa de la luna ni las doncellas celestes podían compararse con ella. Su elegancia superaba a la de todas las mujeres. Únicamente podría hacerle sombra Wang - Mu - Niang - Niang, al salir del Estanque de Jade. El Idiota no podía apartar los ojos de ella. Mientras su mirada la estudiaba palmo a palmo, el corazón no dejaba de golpearle con fuerza en el pecho y la saliva le goteaba de la boca, como si se encontrara ante un manjar exquisito. Llegó un momento en que las fuerzas le abandonaron y la vista se le nubló. Sentía derretirse, como si fuera un león de nieve en presencia del fuego. La reina no le prestó la menor atención. Se llegó hasta donde estaba Tripitaka, le tomó de la mano y dijo con la voz más seductora que haya podido oírse jamás: - Subid, mi muy amado, al carruaje del dragón y dirijámonos, sin pérdida de tiempo, a la Sala del Tesoro de los Carillones Sagrados, para, así, quedar convertidos en marido y mujer. El maestro temblaba de tal manera que apenas podía mantenerse de pie, como si estuviera borracho o se encontrara bajo la influencia de algún espíritu maligno. Tuvo que acercarse a él el Peregrino y susurrarle en voz baja al oído: - No os mostréis tan acobardado. Cuanto antes subáis al carruaje con ella, más pronto conseguiremos el salvoconducto y podremos proseguir nuestra marcha hacia el Oeste. El maestro era incapaz de articular palabra. Agarró de la ropa al Peregrino y tiró de él un par de veces, mientras las lágrimas fluían, copiosas, de sus ojos. - No debéis abandonaros al desánimo - le aconsejó el Peregrino -. Mirad todas las riquezas que hay a vuestro alrededor. Si no disfrutáis ahora de ellas, ¿cuándo vais a hacerlo? Tripitaka no tuvo, pues, más remedio que seguir adelante con la farsa. Se secó las lágrimas con determinación y, haciendo todo lo posible por aparecer feliz y contento, se dirigió junto a la reina. Cogidos de la mano, subieron al carruaje del dragón e inmediatamente la comitiva se puso en marcha. ¡Qué diferente actitud la de los dos amantes! Mientras la reina esperaba, ansiosa, el momento de consumar su matrimonio, el maestro, temblando de pies a cabeza, únicamente pensaba en arrojarse a los pies de Buda. Una, víctima del fuego del amor, anhelaba entrar en la cámara nupcial; el otro, por el contrario, sólo deseaba llegar a la Montaña del Espíritu y presentar sus respetos al Más - honorable - del - mundo. La reina daba rienda suelta a sus auténticos sentimientos, esperando alcanzar la vejez junto a su esposo con la misma armonía que ahora los envolvía. ¡Qué contraste el de su sinceridad con la alegría fingida del monje, que había decidido, desde antes incluso de nacer, renunciar a los sentimientos para nutrir mejor su espíritu! Sus actitudes eran tan contrapuestas que, mientras ella, orgullosa de tener un hombre a su lado, estaba dispuesta a copular con él a plena luz del día, él, amedrentado por la cercanía de la mujer, planeaba huir de su lado y correr hacia el Templo del Trueno. Al verlos juntos en el carruaje del dragón, ¿quién podía atreverse a afirmar que el monje Tang pudiera tener otros sentimientos distintos de los que manifestaba? En cuanto las funcionarías, tanto civiles como militares, vieron que su soberana y el monje Tang habían subido al carruaje y se habían sentado el uno junto al otro, iniciaron el camino de vuelta hacia el palacio. El Gran Sabio y el Bonzo Sha cerraban la marcha, cargado, uno, con el equipaje, y tirando, el otro, de las riendas del caballo. Chu Ba-Chie, por su parte, se adelantó a la comitiva y, corriendo como un loco, logró llegar el primero a la Torre de los Cinco Fénix. - ¡Alto, alto! - gritó con todas las fuerzas de que fue capaz -. La ceremonia no puede seguir adelante hasta que nosotros, que somos parientes, no hayamos comido y bebido el banquete nupcial. Los soldados que protegían la comitiva cogieron tal pánico, al verle correr de aquella forma, que acudieron a toda prisa a informar a la soberana, diciendo: - Lamentamos molestaros en un momento como éste, pero el monje de los morros salientes y las orejas grandes está exigiendo a gritos, delante mismo de la Torre de los Cinco Fénix, que le sirvan ya el banquete nupcial. Al oírlo, la reina inclinó sobre el maestro su hombro, aromático como la flor del cerezo al anochecer, y le acercó al rostro sus sonrojadas mejillas de melocotón. Abrió la boca lentamente y preguntó con extraordinaria dulzura: - ¿Cuál de tus discípulos, amado mío, tiene los morros salientes y las orejas tan grandes como abanicos? - El segundo - contestó Tripitaka -. Posee un apetito tan descomunal que nunca está satisfecho con lo que devora. Para él no hay cosa más importante en la vida que la comida. Opino que, antes de seguir adelante con nuestro asunto, deberíais darle algo de comer. - ¿Han dispuesto las cocineras de todo lo necesario para el banquete? - volvió a preguntar la reina, dirigiéndose a una de sus oficialas. - Así es - contestó ésta -. Tanto la carne como los platos vegetarianos están ya servidos en el Salón Oriental. - ¿Por qué han preparado dos clases distintas de viandas? - preguntó, una vez más, la soberana. - Dado que el hermano del Emperador de los Tang y sus discípulos están acostumbrados a tomar comidas vegetarianas - explicó la oficiala -, no hemos estimado oportuno cambiarles la dieta tan de repente. De ahí que se hayan condimentado dos tipos diferentes de platos. La reina volvió a acurrucarse contra el maestro y dijo, toda sonrisas: - ¿Queréis probar carne o deseáis continuar con vuestro régimen vegetariano? - No he comido otra clase de comida en toda mi vida - contestó Tripitaka -. De todas formas, mis discípulos no han renunciado al vino. Particularmente al segundo le encantaría tomar unas cuantas copas de vino permitido por nuestras costumbres. No había acabado de hablar, cuando la Consejera Mayor se acercó a ellos y dijo: - Id a presidir el banquete que se ofrece en vuestro honor en el Salón Oriental. Hoy es un día propicio para llevar a cabo vuestra unión. Mañana el Cielo continuará marcando el Sendero Amarillo y vuestro esposo ocupará el trono que mira hacia el sur. Que sea él el que designe el nombre del reinado que se dispone a empezar. Vivamente complacida, la reina tomó la mano del maestro y, tras descender del carruaje del dragón, entraron juntos en el palacio por la puerta principal. Nada más poner los pies en las losetas de jade, desde la altura de las torres llegó a sus oídos, como una ráfaga de viento, el alegre sonido de los instrumentos musicales. Las puertas de fénix se abrieron de par en par, dejando ver una luminosidad que superaba a la del sol y una fila interminable de estandartes profusamente bordados. El salón del unicornio aparecía sumido en una densa niebla de incienso y plantas aromáticas. Los pasillos habían sido engalanados de tal manera, que parecían colas desplegadas de pavo real. Las torres parecían más inexpugnables que de costumbre y los salones de jade, con sus inimitables caballos de oro, ofrecían un aspecto más lujoso que de costumbre. En cuanto llegaron al Salón Oriental, comenzaron a oírse los sones de una música melodiosa en extremo y aparecieron dos largas hileras de doncellas hermosísimas. En el centro del salón podían verse, primorosamente presentados, los dos tipos de comida que se habían condimentado para la ocasión: a la izquierda habían sido colocados los platos vegetarianos, mientras que los que contenían algo de carne ocupaban la parte derecha del salón, en cuya cabecera habían sido, igualmente, desplegadas dos filas de mesas. Con una gracia desconcertante, la reina se recogió ligeramente las mangas y al punto aparecieron unos dedos alargados y extremadamente delicados. Tomó con ellos una copa de jade y brindó por la felicidad de todos los presentes. El Peregrino se adelantó, a su vez, y dijo: - Todos nosotros seguimos escrupulosamente un régimen vegetariano. Nuestro maestro debería ocupar, por tanto, el puesto de honor de la parte izquierda. Nosotros tres nos sentaremos en esas mesas individuales que hay a su lado. - Me parece muy bien - contestó la Consejera Mayor, encantada -. Es justo que el maestro y sus discípulos se sienten juntos, ya que, mirándolo bien, entre ellos existe la misma relación que entre un padre y sus hijos. Las funcionarias imperiales se fueron sentando, poco a poco, siguiendo escrupulosamente el orden de su dignidad. Antes de tomar asiento, la reina brindó por todos ellos. El Peregrino lanzó, entonces, una mirada rápida a Tripitaka y éste comprendió que debía devolver el brindis a la dama. El monje Tang se levantó, pues, de la mesa y, tomando en sus manos una copa de jade, la levantó en honor de la reina. Las funcionarías, tanto militares como civiles, se echaron por su parte, rostro en tierra en agradecimiento por el favor que se les hacía. Una vez cumplido ese trámite, volvieron a sentarse en sus puestos. En ese mismo momento cesó la música y todos empezaron a comer y beber. A Ba-Chie sólo le interesaba llenar el estómago, sin importarle que estuviera bien o mal condimentado. No reparaba, de hecho, en que lo que tenía delante fuera maíz, panecillos al vapor, pastelillos, setas, hongos oscuros, brotes tiernos de bambú, orejas de árbol, repollo chino, algas, zanahorias, nabos de todos los colores, batatas o lo que fuera. Todo lo devoraba con una rapidez increíble. En un abrir y cerrar de ojos acabó con toda la comida que había en su mesa, metiéndose, al mismo tiempo, entre pecho y espalda siete u ocho copas de vino. - ¡Más comida, rápido! - gritó con su vozarrón de cerdo -. ¡Traed inmediatamente algo más de comer! ¿Cómo vamos a poder atender nuestros propios asuntos, si aquí se nos mata de hambre? - ¿Por qué no saboreas un poco estos platos tan refinados? - le regañó el Bonzo Sha -. ¿Quieres explicarme, además, cuáles son esos asuntos que tanta prisa te corren? - Como muy bien decían los antiguos - contestó el Idiota, soltando la carcajada -, «que el fabricante de arcos se dedique a sus arcos y el que se gana la vida con las flechas, que haga lo mismo con ellas». Quiero decir con eso que el que desee casarse que no pierda más el tiempo y que los que estén decididos a ir en busca de escrituras que no pierdan más el tiempo y se pongan inmediatamente en camino. No está bien que demoremos nuestras obligaciones por culpa de un maldito banquete. Es preciso, por tanto, que obtengamos nuestro salvoconducto cuanto antes. Como muy bien afirma el proverbio, «si el general no da órdenes, cada cual irá por donde le dé la gana». Al oír eso, la reina ordenó que trajeran unas copas de mayor tamaño. Sin pérdida de tiempo, las sirvientas llenaron las mesas de vasos con forma de loro, cuencos con aspecto de cormorán, cuernos de oro, cálices de plata, copas de vidrio, recipientes de cristal, tazones de Peng - Lai y botellas de ámbar. Los llenaron de los vinos más aromáticos y todos los discípulos bebieron a sus anchas. Tripitaka se levantó entonces, de la mesa e, inclinándose ante la reina con las manos juntas, dijo: - Jamás podremos agradeceros un banquete tan espléndido como el que hoy nos habéis ofrecido. Hemos bebido ya lo suficiente. Sería conveniente, por tanto, que firmarais el salvoconducto y se lo entregarais a mis discípulos. Es aconsejable que aprovechen las horas quedan del día y se pongan cuanto antes en camino. La reina dio inmediatamente su aprobación. Tras dar por terminado el banquete, tomó al maestro de la mano y le condujo al Salón de los carillones de Oro. Quiso que ocupara el trono en aquel mismo momento, pero Tripitaka se opuso, diciendo: - ¡No, no! La Consejera Mayor dijo que el día más propicio para eso era mañana. Hasta que no amanezca, no osaré, pues, sentarme en el trono ni me consideraré a mí mismo un hombre elegido. Debemos aprovechar el día de hoy para sellar los salvoconductos y despedir cuanto antes a mis discípulos. La reina volvió a mostrarse de acuerdo y tomó asiento en el canapé del dragón. A la izquierda del mismo se colocó una espléndida silla con el respaldo dorado, para que pudiera sentarse el monje Tang, si así lo deseaba. Se pidió, entonces, a los discípulos que entregaran sus documentos de viaje. El Bonzo Sha abrió la bolsa, sacó los papeles y se los entregó al Gran Sabio, que, a su vez, los hizo llegar a la reina con ambas manos. Ésta vio, al desplegarlos, que había en ellos más de nueve sellos del Gran Emperador de los Tang, junto con los del Reino del Elefante Sagrado, el Reino del Gallo Negro y el Reino de la Carreta Lenta. Tras examinarlos con cuidado, dijo la reina con una sonrisa seductora en extremo: - ¿Así que mi amado se apellida Chen? - Ése es el nombre de la familia a la que pertenecí antes de abrazar la vida religiosa - contestó Tripitaka -. En religión me llamo Hsüan-Tsang y desde el momento mismo en que el Emperador de los Tang, en su inabarcable misericordia, tuvo a bien aceptarme como hermano, ostento su mismo apellido. - ¿Cómo es que en este documento no aparecen los nombres de vuestros discípulos? - volvió a preguntar la reina. - Porque no pertenecen a la corte de los Tang - respondió Tripitaka. - ¿Cómo es que decidieron, entonces, acompañaros en vuestro viaje? - inquirió, sorprendida, la reina. - El más antiguo de mis discípulos - explicó Tripitaka – procede del Reino de Ao - Lai, que se halla enclavado en el Continente Oriental de Purvavideha; el segundo es originario de un pueblecito del Tíbet, que se encuentra en el Continente Occidental de Aparagodaniya; mientras que el tercero tenía establecido su hogar en el Río de la Corriente de Arena. Los tres habían ofendido gravemente a los Cielos, pero la Misericordiosa Bodhisattva Kwang-Ing se apiadó de sus sufrimientos y les devolvió la libertad. Agradecidos, abrazaron el camino del bien, comprometiéndose a practicar el ayuno y a hacer toda clase de obras virtuosas. Con el fin de lograr que el peso de sus faltas fuera menor que el de sus méritos, decidieron acompañarme en mi largo viaje hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Desde entonces me han servido con una total dedicación, protegiéndome de innumerables peligros y obedeciendo todas mis órdenes. El hecho de que entraran a mi servicio, una vez iniciado mi periplo, explica que sus nombres no figuren en el documento de viaje. - ¿Os importa que los incluya yo? - preguntó la reina, una vez más. - Haced como mejor os plazca - contestó Tripitaka. La reina pidió que le trajeran tinta y un pincel. Tras disolver ella misma la tinta, escribió de su puño y letra los nombres de Sun Wu-Kung, Chu Wu - Neng y Sha Wu-Ching al pie del documento. Sacó a continuación el sello imperial y lo estampó en un extremo, antes de firmar con el nombre que le fue impuesto en el momento de nacer. El salvoconducto fue devuelto, entonces, al Gran Sabio, quien se lo entregó, a su vez, al Bonzo Sha, para que lo guardara en la bolsa. No contenta con eso, la reina se levantó del canapé del dragón, cogió una bandeja llena de monedas de oro y plata y se la ofreció al Peregrino, diciendo: - Aceptad este pequeño obsequio. Os servirá de ayuda para llegar un poco antes al Paraíso Occidental. Cuando regreséis con las escrituras, os ofreceremos una recompensa mayor. - A los que hemos renunciado a la familia no nos está permitido aceptar presentes de oro y plata - contestó el Peregrino -. No os preocupéis por nosotros. Ya encontraremos quien nos ayude a lo largo camino. Al comprender que no iba a servir de nada insistir, la reina tomó diez piezas de seda bordada y se las entregó al Peregrino, diciendo: - La prisa os apremia y no disponemos de tiempo para tomaros medidas y haceros una túnica a cada uno. Coged estas piezas de tela y confeccionad con ellas las ropas que estiméis más oportunas para protegeros del frío. - A los que hemos renunciado a la familia - repitió el Peregrino - no nos está permitido vestir seda bordada. Nos conformamos con un simple sayo del tejido más burdo. Comprendiendo que no había nada que hacer, la reina ordenó: - Es mi deseo que os entreguen tres medidas colmadas del arroz imperial. Os servirán de sustento durante el camino. Al oír la palabra sustento, Ba-Chie aceptó en seguida el ofrecimiento de la reina y guardó a toda prisa el arroz en la bolsa. - Me parece que nuestro equipaje se está haciendo cada vez más pesado - dijo el Peregrino -. ¿Estás dispuesto a cargar tú con él? - Ya sabes cómo soy - respondió Ba-Chie -. Lo bueno del arroz, de todas formas, es que se come todos los días. Además, bastará con una sola comida para dar cuenta de estas tres medidas - y, juntando las manos, agradecieron a la reina la atención que había tenido con ellos. - Si no os importa - dijo, entonces, Tripitaka -, me gustaría acompañarlos hasta las afueras de la ciudad. Es preciso que les dé ciertas instrucciones antes de que sigan adelante con el viaje. En cuanto lo haya hecho, volveré a vuestro lado y disfrutaré para siempre con vos de las riquezas y la gloria que habéis puesto a mis pies. Sólo quien se ha despojado de todas sus cuitas es capaz de gozar en plenitud de las alegrías del tálamo. La reina ignoraba, por supuesto, que se trataba de un truco y ordenó al punto que trajeran el carruaje. Apoyando su hombro en Tripitaka, subió con él a la carroza del fénix y se dirigieron juntos hacia el oeste de la capital. Todas sus habitantes se habían lanzado a la calle con recipientes llenos de agua limpia y artísticos quemadores de incienso. Antes de abarrotar las aceras, con el ánimo de ver pasar a la reina y a su consorte, todas se habían engalanado con primor, empolvándose el rostro y luciendo peinados tan vaporosos como nubes. A pesar del gentío, el cortejo imperial no tardó en llegar a los límites de la ciudad, deteniéndose ante la puerta que se abría hacia el poniente. Tras comprobar que todo estaba en orden, el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha se volvieron hacia la carroza real y dijeron al mismo tiempo: - No es necesario que sigáis adelante. Nos despediremos de vos aquí. El maestro descendió lentamente del carruaje del dragón y, elevando las manos en la dirección en que se encontraba la reina, le suplicó: - Regresad, majestad, a vuestro palacio y permitid a este humilde monje que prosiga su viaje en busca de las escrituras sagradas. La reina perdió el color, al escuchar tales palabras, y, tirando deseperadamente del monje Tang, gritó, alarmada: - Estoy dispuesta, amado mío, a poner a vuestros pies todas las riquezas de mi reino, con tal de que aceptéis ser mi esposo. Habíamos acordado que mañana os sentaríais en el trono y yo me convertiría en vuestra reina. ¿Qué os ha hecho cambiar tan rápidamente de opinión cuando habéis llegado, incluso, a celebrar el banquete nupcial? Al oír semejantes quejas, Ba-Chie perdió momentáneamente la cabeza. Empezó a estirar y encoger el morro y a sacudir las orejas, como si hubiera perdido el control sobre ellas. De esta guisa, se abalanzó contra la carroza y se puso a gritar: - ¿Cómo creéis que monjes como nosotros son capaces de desposarse con esqueletos empolvados como vos? ¡El maestro debe seguir adelante con su viaje! ¿Es que no lo comprendéis? Al ver un rostro tan horroroso y una forma tan extraña de comportarse, la reina cayó presa del pánico y se refugió a toda prisa en el interior de la carroza. El Bonzo Sha arrebató de las manos de un nutrido grupo de oficialas a Tripitaka y le ayudó a subir, sin pérdida de tiempo, al caballo blanco. En ese mismo instante se destacó de entre la multitud una muchacha, que empezó a gritar: - ¿Adonde vas, hermano del Emperador de los Tang? ¡Quédate y hagamos tú y yo juntos el amor! - ¡Maldita lagarta! - exclamó el Bonzo Sha, al tiempo que sacaba su preciado báculo y dejaba caer sobre la cabeza de la desventurada muchacha un golpe tremendo. Pero ella se convirtió en un tornado, que arrebató al monje Tang y le hizo desaparecer de la vista de todos. De ellos no quedó ni rastro. Fue así como, habiendo logrado escapar de las redes del sexo bello, se topó de lleno con el demonio del amor. No sabemos, de momento, si la muchacha era un ser humano, si se trataba, simplemente, de un diablo o si el maestro continuaba con vida. Quien desee averiguarlo por fuerza tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第055回 LA FORMA MALVADA HACE PROPOSICIONES LASCIVAS A TRIPITAKA TANG. LA MENTE PURIFICADA PROTEGE EL CUERPO INDESTRUCTIBLE Veníamos diciendo que el Gran Sabio y Chu Ba-Chie se disponían a hacer uso de su magia para inmovilizar a las mujeres, cuando oyeron los gritos del Bonzo Sha y el ruido ensordecedor del tornado. Volvieron a toda prisa la cabeza y vieron que el monje Tang había desaparecido. - ¿Quién se ha llevado al maestro? - preguntó el Peregrino. - Ha sido una muchacha - contestó el Bonzo Sha -. Ha provocado un tornado y se le ha llevado por los aires. Al oírlo, el Peregrino dio un salto y se elevó por encima de las nubes. Haciendo visera con la mano, miró a su alrededor y vio una enorme masa de viento y polvo, que se dirigía hacia el noroeste. Sin pérdida de tiempo, gritó a los de abajo: - ¡Montad en seguida en vuestras nubes y salgamos en persecución del maestro! - y Ba-Chie y el Bonzo Sha, tras sujetar bien el equipaje en el caballo, se elevaron hacia lo alto y desaparecieron. Al verlo, las mujeres del reino del Liang Occidental, desde la reina a la más humilde de sus súbditas, empezaron a temblar de miedo y, cayendo de rodillas, gritaron, aterradas: - ¡Esos hombres que han subido a los cielos a plena luz del día eran, en verdad, arhats! - No os sintáis ofendida, señora - dijeron, entonces, a la reina unas cuantas funcionarias -. Está claro que el hermano del Gran Emperador de los Tang tenía que ser, por fuerza, un monje que ha alcanzado ya la Iluminación. Ninguna de nosotras podíamos saber quiénes eran realmente esos hombres. ¿Cómo íbamos a averiguarlo, si carecíamos de los suficientes elementos de juicio? De ahí que todos nuestros planes se hayan venido estrepitosamente abajo. Lo mejor que podéis hacer ahora es montar en la carroza y regresar, cuanto antes, a palacio. Al entrar en la capital, rodeada de todas sus funcionarías y oficialas, la reina parecía un tanto avergonzada, pero de momento no volveremos a hablar más de ella. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio Sun y sus dos compañeros, que partieron en persecución del tornado a lomos de una nube. No tardaron en toparse con una montaña muy alta, en la que el remolino de viento y polvo perdió, finalmente, fuerza y desapareció del todo. Sin saber exactamente dónde se había refugiado el monstruo, los tres monjes bajaron de la nube y empezaron a buscar algún rastro de él. Fue así como descubrieron, a un lado de la montaña, una losa de piedra verde tan enorme y brillante, que parecía un biombo gigante. Tomando el caballo de las riendas, se acercaron a ella y comprobaron que se trataba, en realidad, de dos puertas de piedra, sobre las que había sido grabada la siguiente inscripción: «Montaña del Enemigo Venenoso, Caverna del Laúd». Impulsivo como siempre y sin detenerse a considerar las consecuencias de lo que hacía, Ba-Chie cogió su rastrillo y trató de derribarlas a golpes. Afortunadamente, el Peregrino logró detenerle a tiempo, diciendo: - ¿A qué viene tanta precipitación? Hemos perseguido al tornado hasta aquí y lo único que hemos encontrado, después de perder su rastro y de buscarlo infructuosamente por todas partes, han sido estas pruebas. Aún no sabemos nada sobre ellas. Imagínate que no tengan nada que ver con el secuestro de nuestro maestro. ¿No provocarías las iras de su dueño con tu estúpida precipitación? Creo que lo mejor es que vosotros dos os quedéis aquí cuidando del caballo, mientras yo voy dentro a echar un vistazo. Es lo más prudente que podemos hacer ¿No os parece? - De acuerdo - contestó el Bonzo Sha, visiblemente complacido por dicho plan -. Eso es lo que se llama precaución ante la temeridad y mantener las formas ante lo imprevisto. Los dos agarraron de las riendas al caballo y lo escondieron entre unas ramas. El Gran Sabio, por su parte, recurrió una vez más a la magia y, tras hacer un signo con los dedos y recitar el correspondiente conjuro, se convirtió en una abeja tan ágil y ligera como el movimiento que, antes de todo eso, hizo el Peregrino con el cuerpo. A pesar de la fragilidad de sus alas, era capaz de hacer frente al viento y, vista a la luz, su cintura era tan fina como un hilo de seda. Su boca conservaba aún el dulzor de las flores, aunque era capaz de mantener a raya con su aguijón a los mismísimos sapos. ¡Qué modestia la de sus orígenes, cuando conocía el secreto maravilloso de cómo hacer miel! A pesar de tantas maravillas, el Peregrino diseñó un plan, mientras se metía en la caverna por la pequeña hendidura que formaban los dos batientes de la puerta. Tras dejar atrás un segundo portón, llegó a un jardín, en el que estaba sentada una diablesa. No paraban de servirla grupos de muchachas con vestidos de seda de colores y el cabello partido en dos vertientes. Todas parecían estar de un humor excelente, hablando atropelladamente de algo que al principio el Peregrino no pudo entender. A pesar de ello, procuró hacer el menor ruido posible y fue a posarse en el tronco del árbol bajo el cual se hallaban todas reunidas. Aguzó cuanto pudo el oído y en ese mismo momento vio acercarse hacia el árbol a otras dos muchachas con el pelo totalmente revuelto. Llevaban en las manos sendos platos de bollos cocinados al vapor. - Aquí tenéis, señora - dijeron con inesperado respeto -, los bollos que nos ordenasteis preparar. Unos están rellenos de trocitos de carne humana y otros, de puré de alubias. - Traed al hermano del Emperador de los Tang - ordenó, entonces, la diablesa. Las muchachas de los vestidos de seda se dirigieron a los aposentos de la parte posterior y sacaron a la fuerza al monje Tang. Su rostro había adquirido un alarmante color amarillento y a sus labios les faltaba el color, mientras que sus ojos parecían tan rojos como brasas. Por el brillo que emitían, se notaba que había llorado. - ¡Está claro que le han drogado! - se dijo en seguida el Peregrino. - La diablesa se levantó de su asiento y, extendiendo hacia el maestro unos dedos tan delicados como brotes de cebollas de primavera, dijo, atrayéndole hacia ella: - Descansad, hermano del emperador. Aunque esta humilde morada no posee ni las riquezas ni los lujos del palacio del País de las Mujeres del Liang Occidental, posee la ventaja de no estar sujeta a tanta etiqueta y ser mucho más cómoda. No dudo que la encontraréis totalmente adecuada para recitar el nombre de Buda y leer las escrituras sagradas. Yo os acompañaré a lo largo del camino que conduce a la Iluminación, y, así, alcanzaremos la vejez en un clima de total felicidad y armonía - Tripitaka no abrió la boca -. No os preocupéis - añadió la diablesa -. Ya sé que no probasteis bocado en el banquete al que asististeis en el País de las Mujeres. Aquí tenéis dos clases diferentes de comida. Podéis coger la que más os guste. Una tiene carne y la otra es totalmente vegetariana. Escoge sin miedo. - No puedo seguir callado todo el tiempo ni negándome a probar bocado - se dijo Tripitaka -. Esta diablesa no es como la reina. Al fin y al cabo, ella era un ser humano que respetaba escrupulosamente las reglas de la etiqueta, mientras que ésta es un monstruo que puede acabar conmigo tan pronto como quiera. ¡No sé qué hacer! Me pregunto si mis discípulos habrán descubierto ya que me encuentro encerrado aquí. ¿Será capaz de matarme, si sigo firme en mis trece? Comprendiendo que no le quedaba más remedio que portarse con corrección, preguntó con la mayor cortesía de que fue capaz: - ¿De qué carne y de qué verduras están hechos esos bollos? - De carne humana y de puré de alubias - respondió la diablesa. - Yo he seguido toda mi vida una dieta vegetariana - confesó Tripitaka. - En ese caso - concluyó la diablesa, dirigiéndose con una sonrisa a las muchachas que la servían -, traed un poco de té caliente, para que vuestro señor pueda comer los bollos vegetarianos. Una de las muchachas sacó en seguida una taza de té aromático y se la puso delante al maestro. La diablesa cogió uno de los bollos vegetarianos, lo partió por la mitad y se lo entregó a Tripitaka. Éste, a su vez, tomó en sus manos otro de carne y se lo ofreció a la diablesa, que preguntó, soltando la carcajada: - ¿Por qué me lo has dado sin partir? - A los que hemos abandonado nuestras familias no nos esta permitido partir la carne - contestó Tripitaka, juntando las palmas de manos. - Si lo que dices es verdad - objetó la diablesa -, ¿cómo es que no tuviste ningún reparo en beber del agua del Río de la Madre y el Hijo? Es extraño que, habiéndolo hecho, aún insistas en comer de ese puré de alubias. - Cuando la marea está alta - respondió Tripitaka -, los barcos se alejan rápidamente de la costa, mientras que, si se suelta un caballo en un arenal, apenas puede cabalgar. El Peregrino escuchó todo desde el tronco. Temiendo que esa conversación pudiera terminar confundiendo al maestro, no pudo dominar por más tiempo su impaciencia y tomó la forma que le era habitual. - ¡Maldita bestia! - gritó, echando mano a toda prisa de la barra de hierro -. ¡Jamás había conocido a nadie con menos principios que tú! Al verle aparecer tan de improviso, la diablesa arrojó por la boca un rayo de luz extremadamente luminosa, que cubrió por completo el árbol bajo el cual se encontraba, y ordenó a las muchachas que la servían: - ¡Llevaos de aquí al hermano del emperador! Cogió a continuación un tridente de acero y, dando un salto tremendo, gritó con potente voz: - ¡Maldito mono sin principios! ¿Cómo te atreves a husmear por mi casa, sin haber sido invitado? ¡No huyas y prueba el sabor del tridente de tu abuelita! El Gran Sabio paró el golpe con la barra de hierro y dio un paso hacia atrás. Sin dejar de intercambiar golpes, abandonaron el interior de la caverna. Ba-Chie y el Bonzo Sha seguían aguardando pacientemente junto al biombo de piedra. Al ver aparecer a los dos luchadores, Ba-Chie entregó al Bonzo Sha las riendas del caballo, diciendo: - Cuida de él y del equipaje, mientras voy a estirar un poco las piernas. Levantó el rastrillo con las dos manos y corrió hacia la refriega, gritando como un loco: - ¡Apártate, hermano! ¡Voy a partirle la cabeza a esta puta! Al ver acercarse a Ba-Chie, la diablesa dio muestras de unos poderes realmente extraordinarios. Dando una especie de bufido, empezó a arrojar fuego por las narices, mientras de su boca salía una espesa masa de humo negro. Sacudió después ligeramente el cuerpo y aparecieron en el aire tres tridentes sostenidos por manos invisibles. De esta forma, no tuvo ningún reparo en lanzarse, como un tifón, contra Ba-Chie y el Peregrino, que se habían colocado estratégicamente a cada uno de sus lados. - ¡Se ve que no tienes ninguna prudencia, Sun Wu-Kung! - gritó, riendo como un salvaje -. Yo sé quién eres, pero tú eres incapaz de reconocerme. Hasta el mismo Tathagata del Monasterio del Trueno me tiene miedo. ¿Cómo os habéis atrevido, dos zoquetes como vosotros, a venir a retarme ante mi propia puerta? ¡Acercaos los dos a la vez y probad el sabor de la derrota! Alguien podrá preguntarse cómo fue la batalla que entonces dio comienzo. La diablesa hizo acopio de todo su poder, mientras el Rey de los Monos desplegó el huracán irresistible de su fuerza y el Mariscal de los Juncales Celestes blandió con furia su rastrillo dispuesto a obtener toda la gloria que pudiera. Una luz cegadora envolvía a la luchadora de manos infinitas y tridentes más rápidos que el viento, contrastando su luminosidad con la neblina que protegía a los otros dos contendientes, impulsivos en extremo y dueños de armas terribles. La diablesa buscaba un compañero con el que copular, topándose con la firme determinación del monje, que se negaba a verter su esperma. Incapaces de reconciliarse, el yin y el yang se enzarzaron en una singular batalla, en la que desplegaron todo su poderío. El yin, pacífico por naturaleza y alimentador eterno de cuanto existe, experimentó la llamada de la lujuria y se tornó tan agresivo como una fiera. El yang, por su parte, amante de la concordia y protector sempiterno de la salud, naufragó en las ondas del deseo y se transformó en un monstruo sediento de sangre. Cuando el yin y el yang pierden su equilibrio, la armonía desaparece del universo. Por eso medían ahora su fuerza a golpes la barra invencible, el poderoso rastrillo y el tridente temible de la diablesa. Ninguno de ellos estaba dispuesto a ceder un solo palmo en aquella disputa que mantenían delante de la Caverna del Laúd, en la Montaña del Enemigo Venenoso. Para una estaba en juego el convertirse en la esposa del monje Tang, mientras que los otros estaban dispuestos a impedírselo para, así, poder proseguir su viaje en busca de las escrituras sagradas. Eso explica que la fiereza de la batalla sacudiera los Cielos y la Tierra, sumiera el sol y la luna en una densa oscuridad y los planetas huyeran despavoridos. La diablesa, Ba-Chie y Wu-Kung lucharon durante horas y horas, pero ninguno de ellos consiguió una diferencia apreciable. Dando un salto tremendo, la diablesa adoptó la postura del «caballo que se siente envenenado» y propinó al Gran Sabio un golpe terrible en la cabeza. - ¡Ahhh! - gritó el Peregrino -. La suerte se ha vuelto contra nosotros y abandonó la lucha, quejándose lastimosamente. Al ver cómo cambiaban las tornas, Ba-Chie decidió iniciar la huida, arrastrando tras él su preciado rastrillo. La diablesa recogió sus tridentes y regresó, triunfante, a su caverna. Con las manos agarradas a la cabeza, el ceño arrugado y el rostro contraído por el dolor, el Peregrino no dejaba de gritar: - ¡No lo aguanto más! - ¿Se puede saber qué te pasa? - preguntó Ba-Chie, acercándose a él. Cuando más parecías estar disfrutando de la lucha, te das media vuelta y me dejas a mí empantanado. - ¡Este dolor es insoportable! - repitió el Peregrino, sin soltarse la cabeza. - ¿Es que tienes jaqueca? - inquirió, a su vez, el Bonzo Sha. - ¡No, no! - contestó el Peregrino a voces, dando saltos de loco. - ¿Cómo es que te duele tanto la cabeza, si no has resultado herido? - volvió a preguntar Ba-Chie. - ¡Es terrible! - se quejó el Peregrino con voz lastimera -. Mientras luchábamos, la diablesa comprendió que estaba perdiendo terreno y, de pronto, dio un salto tremendo. No sé de qué arma se sirvió, pero sí puedo afirmar que me alcanzó con ella la cabeza y ahora no puedo aguantar el dolor. ¿Comprendes ahora por qué me di a la fuga? - Tú siempre te las has dado de poseer una cabeza durísima - replicó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Cómo es que ahora no puedes aguantar ni siquiera un golpe? ¿Es que la Iluminación que has recibido es tan pura como afirmas? - Aunque te cueste creerlo - replicó el Peregrino -, nada puede dañarme la cabeza, tras haber alcanzado la inmortalidad, haber robado y devorado los melocotones de los inmortales, haber bebido el vino de los cielos y haber probado el Elixir de Oro de Lao-Tse. Cuando sumí los Cielos en un gran desorden, el Emperador de Jade ordenó al poderoso Rey de los Demonios y a las Veintiocho Constelaciones que me condujeran al Palacio de la Estrella Polar y me ejecutaran sin pérdida de tiempo. Pero no pudieron hacerme ni un solo rasguño ni las espadas, ni las hachas, ni las cimitarras, ni los rayos, ni el fuego de tan renombrados guerreros celestes. Posteriormente Lao-Tse me metió el Brasero de los Ocho Trigramas y, durante cuarenta días, me sometió a la acción directa de las llamas. Sin embargo, ni siquiera logró hacerme en la cabeza un rasguño diminuto. No sé de qué arma se ha servido hoy esa mujer. El caso es que ha conseguido hacerme daño. - Quítate las manos y déjame ver si te ha abierto la piel - le aconsejó Ba-Chie. - Aparentemente no me ha hecho herida alguna - contestó el Peregrino. - Creo que lo mejor será que vaya al reino del Líang Occidental en busca de alguna medicina con la que aliviarte. - ¿Para qué vas a ir a por medicinas, si no tengo ni hinchazones ni heridas? - objetó el Peregrino. - Tampoco llegué yo aquí embarazado y ya ves lo que ocurrió después - contestó Ba-Chie, sonriendo -. Nadie nos asegura que no te esté creciendo ahora mismo dentro de la cabeza un muñón. - Deja de bromear, de una vez - le reconvino el Bonzo Sha -. Se está haciendo tarde, a nuestro hermano mayor le duele la cabeza y todavía no sabemos si el maestro sigue vivo o ha muerto. ¿Qué sugieres que hagamos? - El maestro se encuentra perfectamente - explicó el Peregrino, lanzando un nuevo quejido -. Me convertí en una abeja y, así, pude meterme en el interior de la caverna. Dentro vi a esa mujer, con la que hemos luchado, sentada bajo un árbol y rodeada de una legión de sirvientas. Al poco rato dos de ellas sacaron un par de platos con bollos, unos rellenos de carne humana y otros, de puré de alubias. Después mandó que sacaran al maestro. Con el fin de tranquilizarle, le propuso convertirse en su compañera de viaje hacia el Reino de la Perfección. Al principio, el maestro ni probó los bollos ni respondió a la mujer. Después, debido quizás a la dulzura con la que hablaba o a cualquier otra causa que no acabo de colegir, dijo que siempre había seguido una dieta vegetariana y que no iba a cambiar ahora. La mujer partió, entonces, uno de los bollos vegetarianos y se lo dio al maestro, quien, a su vez, le ofreció a ella uno entero de carne. « ¿Por que no lo has partido?», le preguntó la mujer y él respondió: «Porque a los que hemos abandonado a nuestras familias no nos está permitido partir la carne». «Si lo que dices es verdad», objetó ella, « ¿cómo es que tuviste ningún reparo en beber del agua del Río de la Madre y el Hijo? Es extraño que, habiéndolo hecho, aún insistas en comer de ese puré de alubias». El maestro no comprendió bien lo que quería decir, y respondió: «Cuando la marea está alta, los barcos se alejan rápidamente de la costa, mientras que si se suelta un caballo en un arenal, apenas puede cabalgar». Yo lo oí todo escondido en el tronco, pero temí que ese modo de hablar pudiera terminar confundiendo al maestro y, tras recobrar la forma que me es habitual, ataqué a la diablesa con mi barra de hierro. Ella echó mano, entonces, del poder de su magia y envolvió el árbol, bajo el cual se encontraba sentada, en una luz cegadora, al tiempo que ordenaba a sus sirvientas que se llevaran al hermano del Emperador de los Tang. Con una rapidez increíble, tomó un tridente de acero y empezamos a batirnos. Al oír tan larga relación, el Bonzo Sha se mordió las uñas y dijo: ¿yo qué sé cuánto tiempo lleva siguiéndonos esa maldita puta? Lo cierto es que conoce con exactitud todo lo que nos ha acaecido últimamente. - Vistas así las cosas, no deberíamos descansar ni un solo minuto - decidió Ba-Chie -. Debemos llegarnos, cuanto antes, hasta su puerta y obligarla a medir sus armas con las nuestras, sin importarnos que sea de día o de noche. Así, le impediremos descansar y no podrá daño alguno a nuestro maestro. - Yo no puedo acompañaros - dijo el Peregrino -. ¡La cabeza me va a explotar! - No es preciso que nos enfrasquemos en una nueva batalla - opinó el Bonzo Sha -. En primer lugar, nuestro hermano tiene un dolor de cabeza terrible y, en segundo, nuestro maestro es un auténtico monje, por lo que ni la forma ni la nada serán capaces de hacerle mermar su virtud. Sentémonos y pasemos aquí la noche. Este lugar está resguardo de las corrientes. Mañana, cuando hayamos recuperado las fuerzas, decidiremos lo que haya de hacerse. De esta forma, tras atar el caballo y asegurar el equipaje, se dispusieron a pasar la noche al sereno, protegidos de las corrientes de aire por un pequeño repecho. La diablesa, mientras tanto, desterró de su mente todo propósito violento y, así, recobró una apariencia dulce y atractiva. - Cerrad bien las puertas - ordenó a sus sirvientas y al instante dos pequeñas diablesas se dispusieron a montar la guardia, con el fin de cerrar la entrada al Peregrino. Se les advirtió que, en cuanto oyeran el menor ruido sospechoso, corrieran a informar de ello a su señora, que había llamado, mientras tanto, a unas cuantas doncellas y les había dicho: - Adornad la habitación, encended unas cuantas velas y quemad algo de incienso. Después id a buscar al hermano del emperador e invitadle a venir aquí. Deseo hacer el amor con él. Inmediatamente sacaron al maestro del cuarto en el tenían encerrado y le condujeron ante su señora. Ella, vestida con sus mejores galas, puso en juego todos sus atractivos, con el fin de seducirle. Le tomó de la mano y dijo: - Como muy bien afirma el proverbio, «aunque el oro es valioso, aún lo es más nuestra felicidad». ¿Qué te parece si yacemos como marido y mujer y nos divertimos un poco? Temblando de pies a cabeza, el maestro se mostraba indeciso sobre la actitud a seguir. Sabía que, si se negaba abiertamente, la diablesa podía acabar con su vida. No le quedó, pues, más remedio que seguirla al interior de la habitación, de donde salía un aroma que hacía enloquecer los sentidos. Él, sin embargo, permaneció con la cabeza inclinada y la vista baja, sin atreverse a mirar el lecho o a contar los muebles que había en el cuarto. Ni siquiera sabía dónde estaban colocados. Con una gran fuerza de voluntad se abstrajo, igualmente, de la declaración de amor y del encendido lenguaje de la diablesa. No escuchó ni una sola de sus palabras. ¡Qué monje más extraordinario! Era tal su determinación, que sus ojos nada veían ni oían nada sus oídos. Para él aquel rostro hermosísimo y tan suave como la seda era pura suciedad y consideraba como polvo y cenizas una belleza capaz de hacer enloquecer al hombre más virtuoso. La única pasión de su vida era la práctica del Zen; no existía para él mayor felicidad que morar en las cálidas tierras del budismo. ¿Cómo iba a dar consuelo y cariño a una mujer, cuando no conocía más que la virtud y la verdad? ¡Qué contraste el de los dos amantes! La diablesa vibraba de pasión, como una hoja de bambú en alas del viento, mientras que el maestro se veía cada vez más dominado por el celo de Buda. La mujer recordaba, por su voluptuosidad, la suavidad del jade y la tibieza del perfume; él, por su ascetismo, a la frialdad de las cenizas y la seriedad de los troncos secos. Incapaz de contener la crecida violenta de la pasión, ella se fue despojando, poco a poco, de sus vestidos; él, por el contrarío, resuelto a conservar su virtud, se ató aún más la túnica. La diablesa sólo ansiaba copular con los pechos unidos y las piernas entrelazadas. El monje trataba de hacer frente a sus deseos, clavando la vista en la pared y llenando su mente con el pensamiento de Buda. Cada vez le resultaba más difícil mantener firme su determinación. La mujer terminó de desprenderse de sus ropas, dejando al descubierto una carne sonrosada y perfumada. Al verlo, el monje Tang escondió a toda prisa la áspera piel de su rostro de caminante entre los pliegues canela de su túnica. - Mis sábanas y almohadas están ya dispuestas - dijo la diablesa con voz seductora -. ¿Por qué no vienes a dormir? - ¿Cómo podría yacer junto a vos con mi cabeza totalmente rapada y mis extrañas ropas de mendicante? - replicó el monje Tang. - Ven - insistió la diablesa -. Deseo convertirme en la nueva Ilou Tsuei - Tsuei. - Disculpadme, pero no estoy sediento de amor - contestó el monje. - ¿Cómo puedes decir eso, cuando mi belleza supera a la de la mismísima Hsi - Shr? - exclamó la diablesa, sorprendida. - Llevo mucho tiempo dominando mis pasiones - confesó el monje Tang -. Más, quizás, que el rey Yüe. - Recordad, hermano del emperador - dijo la diablesa -, que el espíritu de quien muere bajo las flores se convierte en un amante feliz. - No poseo nada más valioso que mi yang - respondió el monje -. ¿Cómo voy a entregárselo, sin más, a un cadáver con el rostro empolvado? Hasta bien entrada la noche se mantuvieron en este tira y afloja, pero el monje Tang no dio signo alguno de querer ceder a sus encantos. Aunque la diablesa tiraba de él, resistiéndose a dejarle marchar, el maestro rechazó todos sus avances. A eso de la medianoche la diablesa perdió, por fin, la paciencia y gritó furiosa: - ¡Traedme una cuerda! El maestro fue atado de tal manera, que, más que un hombre, parecía un mono enfermo. La diablesa ordenó que le sacaran al pasillo y, tras apagar las luces, se retiraron todos a descansar. No tardó en cantar el gallo. En el repecho de la ladera de la montaña el Gran Sabio dio por terminado su descanso y, dijo, levantándose del suelo: - El dolor de cabeza me duró casi toda la noche, pero ahora me encuentro perfectamente y sin esa extraña modorra que me aquejaba. A decir verdad, sólo noto una pequeña molestia. - ¿Cómo vas a ir a retar a la diablesa? - objetó el Idiota, soltando la carcajada -. Con esa molestia que dices te dará otro golpe de muerte. - ¡Quítate de aquí, anda! - dijo el Peregrino, dándole un empujón. - Sí, sí, mucho quítate y ayer el maestro perdió la cabeza - replicó Ba-Chie, sin dejar de reír -. Cualquiera lo haría con una mujer como ésa. - ¡Dejad de decir tonterías, de una vez! - les reconvino el Bonzo Sha -. Ya se ha hecho de día. ¿A qué esperáis para ir a capturar a monstruo? - Tú quédate aquí con el caballo y no te muevas - le aconsejó el Peregrino -. Irá conmigo Chu Ba-Chie. Poniéndose de pie, el Idiota se estiró la camisa de seda negra y se dispuso a acompañar al Peregrino. Cogieron las armas y saltaron encima de una roca que había cerca del biombo de piedra. - Quédate aquí - dijo el Peregrino a Ba-Chie -. Es posible que la diablesa haya hecho algún daño al maestro durante la noche. Antes de iniciar la lucha, sería conveniente que nos cercioráramos de ello. Voy a echar un vistazo. Si el maestro ha cedido a las seducciones de esa bestia y ha malgastado su yang, nos iremos cada uno por nuestro lado y asunto concluido. Si, por el contrario, ha resistido con firmeza todos sus avances y permanece intacta en su interior la naturaleza Zen, nos lanzaremos a la lucha y no pararemos hasta que no hayamos acabado con ese monstruo y rescatado al maestro. Sólo entonces proseguiremos nuestro viaje hacia el Oeste. - ¡No sabes ni lo que dices! - le regañó Ba-Chie -. Como muy bien afirma el proverbio, « ¿acaso puede usarse un pescado seco como almohada de un gato?». Por mucho que intentemos lo contrario, terminará comiéndoselo. - ¡Deja de decir sandeces, de una vez! - exclamó el Peregrino -. Voy a ver lo que ha pasado. Tras dejar a Ba-Chie junto al biombo de piedra, el Gran Sabio sacudió el cuerpo ligeramente y volvió a convertirse en una abeja. Dentro encontró a dos muchachas dormidas con la cabeza apoyada en las matracas que usaban para marcar las vigilias. Con sumo cuidado voló hasta el árbol que había en el centro del jardín y echó un vistazo a su alrededor. Como la diablesa y sus sirvientas habían pasado en vela la mitad de la noche, estaban tan cansadas, que ni siquiera se habían dado cuenta de que había amanecido. Todas dormían profundamente en sus aposentos. El Peregrino se dirigió a la parte de atrás. Pronto empezó a escuchar los quejidos del monje Tang. Volvió la cabeza y le vio tirado en el pasillo, tan atado como si fuera una bestia peligrosa. El Peregrino se posó suavemente en su cabeza y le susurró: - Maestro. - ¡Así que por fin has venido, Wu-Kung! - exclamó el monje Tang, reconociendo su voz -. ¡Sácame de aquí en seguida! - ¿Qué tal lo pasasteis anoche con esa mujer? - preguntó el Peregrino con intención. - ¡Antes que yacer con ella preferiría morir! - contestó el monje Tang, rechinándole los dientes. - Ayer vi que os trataba con un cariño francamente extraordinario - insistió el Peregrino -. ¿Cómo es que hoy os ha sometido a un tormento tan espantoso? - Estuvo solicitándome durante la mitad de la noche - explicó el Tang -, pero yo no me acerqué a su cama ni me desabroché la túnica. Cuando comprendió que no iba a ceder a sus deseos, ordenó me ataran de esta forma. ¡Devuélveme la libertad, para que proseguir el viaje en busca de las escrituras! Mientras mantenían esta conversación, la diablesa se despertó. Aunque estaba enfadada con el monje Tang, todavía seguía enamorada de él. Al desperezarse oyó hablar de proseguir el viaje en busca escrituras y gritó, saltando de la cama: - ¿Quieres decir que te niegas todavía a casarte conmigo, prefiriendo seguir adelante con ese estúpido viaje? El Peregrino se llevó tal sorpresa, que al punto abandonó a su maestro. Batiendo las alas a una velocidad increíble, abandonó la caverna y gritó: - ¡Ba-Chie!, ¿dónde te has metido? El Idiota salió corriendo de detrás de la roca y preguntó: - ¿Ha tenido ya lugar lo que tanto te temías? - No, no, aún no - contestó el Peregrino, sonriendo -. Durante media noche la diablesa trató de seducir al maestro, pero él la rechazó una y otra vez. Eso la hizo perder la paciencia y mandó que le ataran como si fuera una bestia. Estaba contándomelo todo hace un momento, cuando apareció de pronto esa bestia y tuve que escaparme a toda velocidad. - ¿Qué fue exactamente lo que dijo el maestro? - volvió a preguntar Ba-Chie. - Dijo que no se había acercado a su cama ni se había desabrochado la túnica - respondió el Peregrino. - ¡Bien, muy bien! - exclamó Ba-Chie, entusiasmado -. Eso quiero decir que todavía sigue siendo un monje de verdad. ¡Vamos a rescatarle en seguida! Poseedor de un carácter muy impulsivo, el Idiota jamás reflexionaba sobre lo que iba a hacer. Con el rastrillo en alto corrió hacia las puertas de piedra, les asestó un golpe tremendo y las redujo a trocitos no mayores que una esquirla. Las muchachas que estaban dormidas con la cabeza apoyada en las matracas de marcar las vigilias dieron un salto y corrieron, aterrorizadas, hacia los portones que había detrás gritando: - ¡Abridnos en seguida! ¡Acaban de presentarse los monstruos de ayer y han destrozado las puertas! La diablesa estaba saliendo en aquel mismo momento de su habitación y ordenó a las muchachas que la rodeaban: - Traedme un poco de agua caliente para lavarme. Después coged al hermano del emperador y escondedle en el cuarto de atrás, sin desatarle. En cuanto me haya aseado, saldré a luchar con esos entrometidos. Cuando se hubo refrescado la cara, cogió el tridente, lo levantó por encima de la cabeza con las dos manos y salió gritando: - ¿Cuándo vais a aprender a controlaros, cerdo inmundo y mono loco? ¿Es que no sois capaces de respetar nada? ¿Cómo os habéis atrevido a destrozar mis puertas? - ¡Maldita puerca! - gritó, a su vez, el Peregrino -. Has secuestrado a nuestro maestro y ¿aún tienes la desvergüenza de venir a pedimos cuentas? ¡El monje Tang no es tu marido, sino tu rehén! Si le dejas salir, te perdonaremos la vida; de lo contrario, el Cerdo derribará con su rastrillo tu montaña hasta dejarla tan plana como un valle. La diablesa no se arredró, por supuesto, ante tales palabras. Al contrario, haciendo acopio de una enorme energía, se lanzó contra sus atacantes con el tridente en ristre, lanzando humo y fuego por la boca y por las narices. Ba-Chie esquivó el golpe, haciéndose a un lado, y descargó sobre ella un tremendo mandoble. El Gran Sabio se mantuvo a la expectativa, sin soltar para nada su barra de hierro. La habilidad guerrera de la diablesa era, en verdad, extraordinaria. Parecía tener, no uno sino muchos pares de manos, lanzando golpes sin parar y deteniendo magistralmente los que caían sobre ella. Después de varios asaltos volvió a hacer uso de su arma desconocida y le propinó a Ba-Chie un golpe tremendo en los labios. El Idiota no tuvo más remedio que abandonar la lucha, arrastrando penosamente el rastrillo y gritando de dolor. El Peregrino hizo ademán de continuar la batalla, pero también él se vio obligado a abandonar el campo. La diablesa, por su parte, regresó triunfante a la caverna y ordenó a las muchachas que la atendían que taparan las puertas con rocas. El Bonzo Sha estaba cuidando tranquilamente del caballo en el repecho de la montaña, cuando oyó los gemidos de un cerdo. Levantó la cabeza y vio a Ba-Chie caminando de espaldas con los morros hinchados y gritando como una parturienta. - ¡¿Cómo es posible que...?! - exclamó, sorprendido, el Bonzo Sha. - ¡Es tremendo! ¡Tremendo! - le atajó el Idiota -. ¡No hay quien aguante un dolor como éste! No había acabado de decirlo, cuando apareció el Peregrino y se burló de él, diciendo: - Ayer te reías de mí, afirmando que tenía un muñón de carne dentro de la cabeza. Hoy se te ha bajado a ti a los labios. - ¡No lo soporto! - continuó quejándose Ba-Chie -. ¡Este dolor es terrible! ¡Jamás había sentido nada igual! Sin saber qué hacer, los tres se dejaron caer al suelo, desanimados. Al rato, vieron acercarse por el sur a una anciana con una cesta llena verduras en la mano. Al verla, el Bonzo Sha exclamó, esperanzado: - ¡Mira! Ahí viene una anciana. Déjame ir a preguntarle si conoce a esa diablesa o si sabe qué clase de armas usa para producir unas heridas tan terribles. - Tú quédate aquí y no te muevas - lo ordenó el Peregrino -. Yo me encargo de eso. El Peregrino clavó en la anciana sus ojos y vio que por encima de su cabeza flotaba una nube de buenos augurios y que todo su cuerpo aparecía inmerso en una neblina perfumada. No le costó trabajo reconocerla y gritó a toda prisa a sus hermanos: - ¡Venga, rápido, echaos al suelo! ¡Esa mujer es la Bodhisattva! Olvidándose del dolor, Ba-Chie cayó de hinojos, mientras el Bonzo Sha, sin soltar el caballo de las riendas, se inclinó con respeto. El Gran Sabio, por su parte, juntó las palmas de las manos y dijo, arrodillándose: - Ofrendamos cuanto somos a la misericordiosa y salvadora Bodhisattva Kwang Shr-Ing. Al comprender la Bodhisattva que habían reconocido su luz primordial, se elevó inmediatamente en una nube y se manifestó tal cual era, adoptando la figura de la dama con la cesta de pescado. El Peregrino corrió hacia ella y dijo, inclinándose, respetuoso: - Perdonadnos, Bodhisattva, por no haberos dado la bienvenida que merecéis. Estábamos tratando de liberar a nuestro maestro con tal dedicación, que no nos percatamos de vuestro descenso a la tierra La prueba a la que hemos sido sometidos esta vez es prácticamente insuperable, por lo que os suplicamos que nos echéis una mano. - El poder de esa diablesa es, en verdad, extraordinario - reconoció la Bodhisattva -. Esos tridentes que maneja con tanta maestría son, en realidad, sus pinzas delanteras y el arma desconocida que tantos quebraderos de cabeza os ha dado no es ni más ni menos que su uña ponzoñosa. La lanza adoptando la postura del «caballo que se siente envenenado» y estirando su cola, pues se trata de un Espíritu Escorpión. Hace mucho tiempo, se metió en el Monasterio del Trueno, cuando Tathagata estaba enseñando. Al verla, trató de espantarla con la mano, pero ella, dándose la vuelta, le pegó un tremendo picotazo en el dedo. Incluso él sintió un dolor insoportable. Los arhats fueron incapaces de atraparla, aunque pusieron en ello todo su empeño. Si queréis rescatar al monje Tang, tendréis que acudir a uno de mis discípulos. Yo ni siquiera puedo acercarme a ella. - Decidnos cómo se llama ese discípulo del que habláis - suplicó el Peregrino, volviéndose a inclinar -, así podremos solicitar, cuanto antes, su ayuda. - Vete a la Puerta Este de los Cielos y pregunta por la Estrella de Orion en el Palacio de la Luz - contestó la Bodhisattva - Él os ayudará a atrapar a esa bestia. No había acabado de decirlo, cuando se transformó en un rayo de luz brillante que se dirigió a toda velocidad hacia los Mares del Sur. El Gran Sabio bajó, entonces, de la nube y dijo a Ba-Chie y al Bonzo Sha: - Dejad de preocuparos. Hay alguien que puede ayudarnos a liberar al maestro. - ¿En dónde está ese personaje? - preguntó el Bonzo Sha. - La Bodhisattva acaba de decirme que vaya a buscar la ayuda de la Estrella de Orion - contestó el Peregrino -. Así que voy para allá en seguida. - Pide a los dioses algún remedio contra el dolor - le suplicó Ba-Chie con los morros hinchados. - No será necesario - contestó el Peregrino, riéndose -. Después de una noche en blanco no sentirás nada, como me ocurrió a mí. - Deja de hablar y márchate cuanto antes - le urgió el Bonzo Sha. El Peregrino dio un salto y en un abrir y cerrar de ojos llegó a la Puerta Este de los Cielos, donde fue recibido por el bodhisattva Virudhaka, que le preguntó, inclinándose respetuosamente: - ¿A dónde vais, Gran Sabio? - En nuestra peregrinación hacia el Oeste en busca de las escrituras - contestó el Peregrino -, mi maestro se ha topado con un obstáculo demoníaco. Eso me ha obligado a venir al Palacio de la Luz a pedir la ayuda de la Estrella del Sol Naciente. Mientras hablaba, se acercaron a él los Grandes Mariscales Tao, Chang, Hsin y Tang y volvieron a preguntarle que adonde iba. - Tengo que ver a la Estrella de Orion y pedirle que me ayude a liberar a mi maestro de las garras de un monstruo - respondió el Peregrino. - Ese dios del que hablas - respondió uno de los mariscales - salió de patrulla esta mañana por orden expresa del Emperador de Jade. - ¿Es verdad eso? - preguntó el Peregrino. - Salimos del Palacio de la Estrella Polar al mismo tiempo que él - contestó el Gran Mariscal Hsin -. ¿Qué interés podemos tener en engañarte unos guerreros tan insignificantes como nosotros? Desde entonces ha pasado mucho tiempo - dijo el Gran Mariscal Tao -. Es posible que haya vuelto ya. Creo que lo mejor que puedes hacer es ir al Palacio de la Luz. Si no le encuentras allí, dirígete a la Explanada de la Contemplación de los Astros. Agradecido, el Gran Sabio se despidió de ellos, no tardando en llegar al Palacio de la Luz. No se veía a nadie, pero, al darse la vuelta para marcharse, comprobó que se acercaba un grupo de soldados, detrás de los cuales venía cabalgando el dios. Todavía lucía su uniforme de gala, tejido totalmente con hilos de oro. Su gorro de cinco dobleces brillaba como si estuviera hecho del mismo metal. Parecía más pulido incluso que el espléndido medallón de jade que le colgaba del pecho. Alrededor de la cintura llevaba un espléndido cinturón con incrustaciones de ocho metales preciosos, del que colgaba una espada de siete estrellas con la empuñadura en forma de nube. Los adornos que lucía emitían, al entrechocar entre sí, un tintineo que recordaba el de una campana sacudida por el viento. Un grupo de criados portaba unos espléndidos abanicos hechos con pluma de martín pescador, pero se dispersó, en cuanto el Señor de Orion puso sus pies en la avenida que conducía al palacio. La atmósfera estaba cargada de la fragancia que por doquier se respira en los Cielos Al ver al Peregrino junto al Palacio de la Luz, los soldados que le acompañaban corrieron a informarle: - Está aquí el Gran Sabio Sun, señor. El dios detuvo en seguida su nube y ordenó a los guerreros que formaran en dos filas, mientras él iba a saludar a tan ilustre visitante. - ¿A qué se debe tanto honor? - preguntó, sonriente. - He venido a pediros que salvéis a mi maestro de un terrible aprieto - contestó el Peregrino. - ¿De qué aprieto se trata? - volvió a preguntar el dios -. ¿En qué lugar concreto se ha visto entorpecido su peregrinar? - En la Caverna del Laúd de la Montaña del Enemigo Venenoso, que se encuentra, como sabéis, en el país del Liang Occidental. - ¿Qué clase de monstruo habita en esa caverna, para haberos movido a visitar a una deidad tan insignificante como yo? - inquirió, una vez más el dios. - No hace mucho la Bodhisattva Kwang-Ing ha tenido la delicadeza de decirnos que se trata de un Espíritu Escorpión - respondió el Peregrino -. Añadió que sólo vos sois capaz de dominarlo. Por eso, he tenido el placer de venir a veros. - Ahora tengo que ir a informar al Emperador de Jade de las gestiones que he realizado - explicó el dios -. Después atenderé con mucho gusto vuestros deseos, ya que, entre otras consideraciones, venís de parte de la Bodhisattva. Me gustaría tomar el té con vos, pero soy consciente de la urgencia de la situación, por lo que, en contra de lo que acabo de deciros, bajaré a capturar a ese monstruo antes, incluso, de presentar mis informes al emperador. Al oír eso, el Gran Sabio salió a toda prisa por la Puerta Este de los Cielos y se dirigió al país del Liang Occidental, seguido por el dios. Al ver la montaña, el Peregrino indicó a su acompañante: - Es ahí. El dios bajó de la nube y se dirigió hacia el biombo de piedra que se levantaba en la ladera de la montaña. Al verlos acercarse, el Bonzo Sha sacudió a Ba-Chie por el hombro y le dijo: - ¡Levántate! Están aquí la estrella y nuestro hermano mayor. - Disculpad que no os salude con la ceremonia que merecéis - dijo Ba-Chie al recién llegado, con los morros casi tan hinchados como antes -, pero me encuentro enfermo y apenas puedo hablar. - ¿Cómo es posible que haya caído enfermo alguien que se dedica a la práctica de la virtud? - preguntó el dios, sorprendido -. ¿Qué enfermedad es la que os aqueja? - En cuanto amaneció esta mañana - explicó Ba-Chie -, fuimos a luchar contra ese monstruo y me arreó un golpe tremendo en los labios. Desde entonces me duelen de una forma francamente insoportable. - Acércate, que voy a curártelos - dijo el dios. - Si lo hacéis - contestó el Idiota, quitándose la mano de los morros -, os estaré agradecido toda mi vida. Sin decir nada, el dios le dio un golpecito en la boca y le roció los labios con una bocanada de aliento. El dolor remitió al instante. El Idiota cayó de rodillas y gritó, agradecido: - ¡Fantástico! ¡Realmente fantástico! - ¿Os importaría tocarme la cabeza? - pidió el Peregrino, sonriendo. - ¿Por qué habría de hacerlo? - replicó el dios -. Tú no has recibido ningún picotazo de ese escorpión. - Hoy no, pero ayer sí - contestó el Peregrino -. El dolor se me fue diluyendo a lo largo de la noche, pero todavía siento como adormilado el sitio en el que me picó y temo que, cuando cambie el tiempo, me empiece a doler otra vez. Curadme también a mí, por favor. Como había hecho con Ba-Chie, el dios le tocó la cabeza y exhaló sobre ella su aliento. De esta forma, quedaron anulados los efectos del veneno y el Peregrino dejó de sentir las molestias que le hacían rascarse como si tuviera pulgas. - ¡Vayamos, de una vez, a acabar con esa puta! - urgió Ba-Chie al Peregrino con una ferocidad que no era habitual en él. - Eso es precisamente lo que iba a sugeriros - afirmó el dios -. Hacedla salir de su escondite y ya me encargaré yo de atraparla. Dando un salto tremendo, Ba-Chie y el Peregrino se colocaron justamente enfrente de la puerta de la caverna. No dejaban de lanzar improperios e insultos, mientras apartaban con las manos las rocas que cegaban la entrada. El Idiota fue el que más empeño puso consiguiendo abrir un boquete con ayuda de su rastrillo. Como un loco, se lanzó contra los portones que había detrás y los redujo a polvo de un golpe. Las muchachas que los guardaban corrieron, aterrorizadas, a informar a su señora, diciendo: - ¡Esos dos brutos acaban de destrozar los portones! La diablesa estaba desatando en aquel mismo momento al monje Tang, para que pudiera tomar un poco de té y arroz. Al oír que los portones habían quedado hechos añicos, dio un salto increíble y arremetió con el tridente contra Ba-Chie. El Idiota detuvo su avance con el rastrillo, mientras el Peregrino le ayudaba con la barra de hierro. Tras intercambiar unos cuantos golpes, la diablesa se dispuso a lanzar su tremenda picadura, pero Ba-Chie y el Peregrino se apercibieron de sus intenciones y huyeron a toda prisa. Ella los persiguió hasta más allá del biombo de piedra, momento en el que el Peregrino gritó: - ¿Dónde te has metido, Orion? El dios se manifestó, entonces, tal cual era: un enorme gallo con dos crestas y una altura, cuando mantenía erguida la cabeza, de más de dos metros y medio. Al ver a la diablesa, clavó en ella la mirada y cacareó una sola vez. Como si se hubiera tratado de una contraseña, ella recobró al punto la forma que le era habitual: la de un escorpión del tamaño de un laúd. El dios volvió a cacarear y el monstruo perdió toda su coordinación de movimientos, cayendo muerto pendiente abajo. Sobre tan mágico momento tenemos un poema, que dice: El gallo poseía unos colores tan vivos que su cresta y su cuello parecían estar bordados de piedras preciosas. Se apreciaba su gallardía en la dureza de sus espolones y en la furia que manaba de sus ojos siempre alerta. Era el símbolo vivo de las Cinco Virtudes, por eso estuvieron teñidos sus dos cacareos de un aura que sólo poseen los héroes. Se comprendía en seguida que no era una más entre las aves de corral, sino una estrella de los Cielos comprometida a hacer respetar por doquier su santo nombre. ¡Qué poco le valieron al escorpión sus deseos por convertirse en un ser humano! En presencia del gallo celeste se derriten sus falsos encantos y aparece su auténtica naturaleza. Ba-Chie corrió hacia donde había quedado tumbada la bestia y, poniéndole el pie en la parte de arriba del caparazón, exclamó: - ¡Maldito monstruo! Esta vez no podrás adoptar la postura del «caballo que se siente envenenado» - y, de un golpe, lo redujo a una masa informe. El dios volvió a adoptar una forma humana y regresó a los Cielos, montado en su nube. Al verle desplazarse por el aire a más velocidad que un rayo de luz, el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha se inclinaron respetuosos, y dijeron: - Disculpad todas las molestias que os hemos ocasionado. Cuando nos sea posible, iremos a vuestro palacio a agradeceros cumplidamente lo que hoy habéis hecho por nosotros. Cogieron después el equipaje y entraron en la caverna con el caballo. Allí fueron recibidos por las muchachas, que, rostro en tierra, les dijeron: - Nosotras no somos monstruos, sino mujeres del país del Liang Occidental que, hace ya muchos años, fuimos raptadas por ese espíritu maligno. Vuestro maestro se encuentra llorando en una de las habitaciones de la parte de atrás. El Peregrino clavó en ellas la mirada y comprobó que, en efecto, ninguna poseía un aura maligna. Corrió, pues, al interior de la cueva y se puso a buscar al maestro. - ¡Cuántos problemas os he causado! - exclamó el monje Tang, muy emocionado, al verlos -. ¿Qué ha sido de esa mujer? - Era un escorpión enorme - explicó Ba-Chie -. Tuvimos la suerte de que la Bodhisattva Kwang-Ing viniera a advertírnoslo. Wu-Kung fue, entonces, a los Cielos en busca de la Estrella de Orion y, con su ayuda, la hemos derrotado. Yo mismo, antes de entrar a liberaros, la he reducido a polvo. No hay, pues, nada que temer. El monje Tang no sabía qué hacer para agradecérselo. En la caverna encontraron algo de arroz y unos pocos tallarines y los cocinaron de la mejor manera que sabían. Una vez recuperadas las fuerzas, devolvieron la libertad a las muchachas, que regresaron a sus hogares cantando y llorando de júbilo. Antes de reemprender el camino hacia el Oeste, los Peregrinos redujeron a cenizas la antigua morada del monstruo. Fue así como, renunciando a la forma y a la belleza, cortaron los últimos lazos que los ataban al mundo y, tras vaciar el enorme mar de los deseos, penetraron en la mente del Zen. Desconocemos aún cuántos años más hubieron de pasar antes de alcanzar la perfección de la auténtica inmortalidad. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第056回 FUERA DE SÍ, EL ESPÍRITU ACABA CON LOS BANDIDOS. SUMIDO EN LA CONFUSIÓN, EL TAO TERMINA EXPULSANDO AL MONO DE LA MENTE Cuando la mente se encuentra totalmente vacía y ningún pensamiento viene a turbar su paz, alcanza las cumbres de la perfección. Para conseguir tan alto fin, se debe controlar con firmeza al mono y al caballo, el espíritu y el esperma deben guardar un equilibrio perfecto y los Seis Ladrones deben ser totalmente destruidos. De esta forma, surgen, pujantes, los Tres Vehículos 2, porque la Iluminación sólo se produce cuando han sido abolidos todos los nidanas. Una vez destruidas las formas, puede alcanzarse el auténtico Reino del Oeste, donde la felicidad y el gozo son absolutos. Decíamos que Tripitaka Tang había logrado mantener intactas las energías de su cuerpo, gracias a la determinación de su carácter. Era, en efecto, tan inamovible, que no habría cedido a las pretensiones de la diablesa, ni aunque hubiera sido despedazado con garfios de hierro. Tuvo la suerte, además, de contar con la ayuda del Peregrino y sus otros discípulos, que acabaron con el Espíritu Escorpión y le libraron de la Caverna del Laúd. Cuando reanudaron el viaje, el tiempo no podía ser más claro y benigno. Una brisa suave esparcía por doquier el cálido aroma de las orquídeas silvestres. Los bambúes nuevos conservaban intacto, como si fuera un tesoro, el frescor que habían dejado las últimas lluvias. Nadie transitaba por aquellos parajes, ni siquiera los recogedores de hierbas medicinales. Los arroyos bajaban llenos de flores de todos los colores, que contrastaban con el tono pardo de los pájaros que buscaban la protección de los sauces. Enjambres de abejas revoloteaban alrededor de los granados, ajenas a la belleza que las rodeaba. Aunque las barcas del dragón seguían haciendo luto en las aguas del río Mi-Le, los caminantes de tan largo viaje no se detenían a envolver en hojas de bambú las delicias de arroz. Era el paisaje típico que ofrece la naturaleza por la Fiesta del Doble Cinco. Tanto el maestro como los discípulos contemplaron, embelesados, la pujanza de la vida. Cuando más alto estaba el sol, se toparon, una vez más, con una montaña altísima que les cerraba el paso. El maestro detuvo el caballo y, volviendo la cabeza, dijo: - Wu-Kung, ahí delante hay una montaña, que, por sus características, debe de estar poblada de monstruos. Es conveniente que extrememos todas las precauciones. - No tengáis miedo, maestro - contestó el Peregrino -. Los que hemos abrazado la fe con el desinterés con que lo hemos hecho nosotros no debemos preocuparnos por las bestias. Tranquilizado por esas palabras, el maestro espoleó el caballo y siguieron adelante. Al poco tiempo llegaron a una alta plataforma desde la que se contemplaba un paisaje que dejaba al espíritu en suspenso. Cumbres cubiertas de pinos y cedros se perdían en el azul del cielo. Una tupida red de enredaderas y rosas silvestres colgaba de los acantilados, a los que hacían sombra picos escarpados de más de diez mil metros de altura y crestas que superaban los mil. Rocas de tonalidades oscuras aparecían revestidas del jade vivaz de musgos y líquenes. Su verdor se repetía en las grandes masas de bosques de enebros y olmos que se extendían hasta donde abarcaba la vista. En ellos se escuchaba de continuo el canto melodioso de las aves, que parecían querer competir con el murmullo, auténtico tintineo de jade, de las aguas de los arroyos. Los senderos estaban festoneados de flores que recordaban montones de piedras preciosas. ¡Qué difíciles resultaban, sin embargo, de transitar!, ¡qué penosa ascensión! Los pies no encontraban un solo punto llano en el que apoyarse, resbalando de continuo y amenazando al caminante con dar con todos sus huesos por tierra. Pero tanto esfuerzo quedaba compensado por la visión fugaz de parejas de ciervos y zorros. Llamaba la atención el contraste que marcaban las negras pelambres de los monos y el color blanquecino de los cervatillos. Cuando menos se esperaba, se oía el temible rugido del tigre o los cantos de las grullas, que llegaban hasta el mismo Cielo. Había tal abundancia de ciruelas y albaricoques, que sólo con alargar la mano podría cualquiera alimentarse durante años. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían plantas desconocidas y flores exóticas que mostraban, orgullosas, el tierno milagro de sus capullos. El terreno era tan abrupto, que durante mucho tiempo los peregrinos se vieron obligados a caminar con una lentitud exasperante. Después de trasponer la cima, acometieron el descenso por la vertiente occidental, llegando al poco rato a una porción de terreno llano. Deseoso de mostrar su fuerza, Chu Ba-Chie pidió al Bonzo Sha que cargara con el equipaje y corrió hacia el caballo con el rastrillo por encima de la cabeza, como si fuera a atacarle. Era claro que trataba de asustarle, pero el animal ni siquiera le hizo caso. A pesar de los gritos y los gestos de Ba-Chie, siguió cabalgando con la misma parsimonia de siempre. - ¿Para qué quieres asustarle? - le regañó el Peregrino -. Déjale que camine a su aire. - Se está haciendo tarde y no hemos parado de andar en todo el día - dijo Ba-Chie, abandonando su juego -. Esto de escalar montaña tras montaña da mucha hambre. ¿Por qué no vamos a ver si por aquí cerca hay alguna casa y pedimos algo de comer? - Si no os importa, lo haré yo - contestó el Peregrino y agitó la barra de los extremos de oro, al tiempo que lanzaba su grito. Aterrado, el caballo salió disparado como si fuera una flecha. Alguno se preguntará por qué tenía miedo del Peregrino y no de Ba-Chie. La razón es que el Peregrino había sido nombrado, hacía ya más de quinientos años, caballerizo de los establos celestes por el propio Emperador de Jade en persona. Eso explica por qué los caballos siempre han tenido miedo a los monos. El maestro tiró de las riendas, pero no pudo controlar al animal. No le quedó, pues, más remedio que agarrarse con fuerza a la silla y dejarle galopar a sus anchas. Así recorrieron alrededor de veinte kilómetros. El paisaje había cambiado por completo. Ante ellos se abría una gran extensión de campos de labor, el maestro no tuvo tiempo de gozar de su placidez. De pronto, se oyó un entrechocar de objetos metálicos y apareció un grupo de más treinta hombres armados con lanzas, cimitarras, garrotes y barras, que le cerraron el camino, gritando: ¿Se puede saber adonde vas, monje? El monje Tang se llevó tal susto que perdió el control del caballo y cayó al suelo. Se arrastró como pudo hasta unos arbustos y contestó, temblando de pies a cabeza: - ¡No me hagáis ningún daño, grandes señores! ¡Perdonadme la vida, por favor! - Está bien - contestaron dos hombres de una corpulencia extraordinaria, que parecían capitanear el grupo -. Pero tienes que entregarnos todo el dinero que lleves. Sólo entonces comprendió el maestro que se trataba de bandidos. Levantó lentamente la cabeza y vio que uno de ellos tenía el rostro verde y una mandíbula tan protuberante como la de un espíritu maligno. El otro poseía unos ojos tan redondos y saltones como los de la misma muerte. De las sienes les salían unos mechones de pelos rojizos que parecían llamas devorando una cabaña. Sus barbas, de un extraño color amarillento, eran tan fuertes que daban la impresión estar claveteadas en sus mentones. Los dos llevaban cubierta la cabeza con gorros hechos de piel de tigre y ceñían la cintura con pieles de bellinas. Uno llevaba en las manos un garrote con dientes de lobo incrustados en la madera, mientras que el otro traía apoyado en la espalda un báculo extremadamente rugoso. El de la izquierda recordaba a un tigre de la montaña. El de la derecha no le iba a la zaga, pues era la imagen viva de un dragón surgiendo, veloz, de las aguas. Comprendiendo que no iban a atenerse a razones, Tripitaka no tuvo más remedio que ponerse de pie. Juntó a continuación las palmas de las manos y dijo: - Este humilde monje, grandes señores, no es más que un enviado del Emperador de los Tang, cuyo reino se encuentra en las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Han pasado muchos años desde que abandoné la ciudad de Chang-An. Eso explica que, aun en el caso de que hubiera partido con las bolsas llenas, ahora no me quede ni una sola moneda. La verdad es que los que hemos renunciado a la familia vivimos de las limosnas que nos dan por el camino. ¿De dónde voy a sacar el dinero que me pedís? Sed indulgentes con este pobre monje y dejadle pasar. - ¿Qué quieres decir con eso de que seamos indulgentes? - preguntaron los dos jefes de los bandidos, acercándose a él -. Este es nuestro territorio. Aquí estamos siempre al acecho, como si fuéramos tigres, con el único fin de despojar a los caminantes de todo lo que lleven de valor. Si no llevas nada de dinero, nos quedaremos con tus ropas y con el caballo. Sólo entonces te permitiremos seguir adelante. - ¡Amitabha! - exclamó Tripitaka, escandalizado -. La túnica que llevo ha sido confeccionada con el algodón que me dio en limosna una familia y con las agujas que me regaló otra. Está, además, tan llena de remiendos, que ni para mendigar vale ya. Si me despojo de ella, no tendré nada con que cubrirme y me quedaré completamente a merced de los elementos. Debéis tener en cuenta que, aunque en esta reencarnación seáis hombres aguerridos, es muy posible que seáis unas bestias. Enfurecido por esa observación, uno de los bandidos cogió un palo y se volvió contra el maestro con ánimos de darle una paliza. El monje no dijo ni una palabra, pero pensó: - Mucho te pavoneas tú de tu palo. Espera a que aparezca mi discípulo con su barra y ya verás. El bandido no era hombre que se dejara convencer por las razones y empezó a descargar sobre el maestro una auténtica lluvia de golpes. El monje Tang jamás había dicho una sola mentira en toda su vida, ante una situación tan desesperada, no le quedó más remedio que decir: - ¡No me peguéis más, por favor! Detrás de mí viene un discípulo cargado de onzas de plata. Cuando llegue, os las daré con muchísimo gusto. Este monje no vale ni para aguantar el dolor - se burló uno de los bandidos -. Atadle. Sin pérdida de tiempo, dos de los hombres que le seguían amarraron al maestro con una cuerda y le colgaron de un árbol. Los otros tres peregrinos habían salido en persecución del caballo, pero las carcajadas no les permitieron correr a la velocidad que hubieran deseado. Sin poder contener la risa, Ba-Chie dijo, por fin: - ¿Dónde nos estará esperando el maestro? Salió tan disparado, que posiblemente se encuentre muy lejos de aquí. - No había acabado de decirlo, cuando le vio a lo lejos colgado de un árbol. - ¡Mirad, allí está! - exclamó, divertido -. Como la espera se le hizo un poco larga, se ha subido a un árbol y ha empezado a columpiarse. ¡Qué humor el suyo! - ¡Deja de decir tonterías, de una vez, Idiota! - le regañó el Peregrino -. A mí me parece, más bien, que está colgado de una rama. Quedaos aquí, mientras yo voy a echar un vistazo. De un salto, subió a un montículo que había por allí cerca y vio con claridad al grupo de bandidos. - ¡Qué suerte! - se dijo frotándose las manos de alegría -. Estaba empezando a echar de menos un poco de diversión. Bajo a toda prisa del montículo y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un monje joven de aproximadamente dieciséis años y con una bolsa de color azul al hombro. Se llegó corriendo hasta donde estaba el maestro y le preguntó a grandes voces: - ¿Quiénes son esos hombres malvados? ¿Por qué no me contáis lo que ha sucedido? - ¿A qué vienen tantas preguntas? - replicó el maestro -. ¿Es que no piensas liberarme? - ¿A qué se dedican esos tipos? - insistió el Peregrino. - Son asaltantes de caminos - contestó Tripitaka -. Detienen viajeros y les roban todo el dinero que lleven encima. Como yo no tengo nada, me han atado y me han colgado de este árbol, esperando a que aparecieras tú, para dejar definitivamente zanjada la cuestión. Si no logramos convencerlos, tendremos que entregarles el caballo. - ¡Qué poca valentía la vuestra! - exclamó el Peregrino, sonriendo al oírlo -. Existen muchos monjes en el mundo, pero ninguno tan cobarde como vos. Tai - Chung, el Gran Emperador de los Tang, os envió al Paraíso Occidental a entrevistaros con Buda. Además, vuestro caballo es, en realidad, un dragón. ¿Quién va a poder arrebatároslo a la fuerza? - Ya ves cómo me han atado - replicó Tripitaka -. ¿Qué puedo hacer, si deciden darme una paliza? - En fin - concluyó el Peregrino -. ¿Qué les habéis contado? - No tuve más remedio que hablarles de ti - contestó Tripitaka -. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me estaban amenazando con darme una paliza. - ¡Qué poca resistencia poseéis! - exclamó el Peregrino -. ¿Que les contasteis en concreto de mí? - Les dije que eras tú el que llevaba el dinero - respondió Tripitaka -. Tuve que hacerlo, para que dejaran de golpearme. Fue sólo para salir del paso. - Me parece muy bien - opinó el Peregrino -. Gracias por hacerme un favor tan grande. Es el tipo de confesión que esperaba. Si hicierais al mes otras setenta u ochenta, no me faltaría trabajo. Os aseguro. Al verle hablar con el maestro, los bandidos los rodearon y dijeron: - Tu maestro acaba de confesarnos que eres tú el que lleva dinero. Si nos lo entregas de buena gana, os perdonaremos la vida. De lo contrario, os mataremos antes de que podáis decir esta boca es mía. - ¿A qué viene tanto alboroto? - exclamó el Peregrino, quitándose la bolsa de trapo que llevaba al hombro -. Todo el dinero que llevamos está aquí, aunque os advierto que no es mucho: alrededor de veinte libras de oro y cerca de treinta lingotes de plata. No llevo la cuenta del resto de las monedas. Quedaos con toda la bolsa, si queréis. Lo único que os pido es que no maltratéis a mi maestro. Como muy bien afirma un libro antiguo, «aunque las riquezas sean importantes, sólo la virtud es realmente necesaria». Lo que me exigís es una cosa que carece totalmente de importancia. Para los que hemos renunciado a la familia siempre existen lugares en los que mendigar. Ya nos proveeremos de todo lo necesario, cuando nos encontremos con alguna persona entrada en años que desee hacer un buen acopio de méritos. ¿Cuánto pueden gastar unas personas como nosotros? Lo único que quiero es que pongáis en libertad a mi maestro. Con eso me doy por satisfecho. - El monje viejo es un tanto quisquilloso - comentaron satisfechos los bandidos al oír esas palabras -. Afortunadamente, al joven le sobro generosidad. - ¡Soltadle inmediatamente! - ordenó uno de los jefes de los bandidos. En cuanto se sintió libre, el maestro montó en el caballo y, sin preocuparse para nada del Peregrino, se volvió, fusta en mano, por el camino por donde había venido. - ¡Vais en dirección contraria! - gritó el Peregrino, Cogió a continuación la bolsa y trató de seguirle, pero le detuvo uno de los bandidos. - ¿Adónde crees que vas? - le preguntó el jefe de la banda -. Entréganos el dinero, si no quieres que acabe con tu vida. - Como iba diciendo - contestó el Peregrino, sonriendo -, dividiremos el dinero en tres partes. - ¡Este monje es más astuto de lo que creíamos! - exclamó el jefe de los bandidos, malhumorado -. Ahora que su maestro se encuentra sano y salvo, quiere quedarse con algo para él. De acuerdo. Enséñanos todo lo que llevas. Si es mucho, te dejaremos coger un poco, para que puedas comprar alguna cosilla de comer. - No me refería precisamente a eso - contestó el Peregrino -. ¿Crees de verdad, que yo llevo dinero encima? Lo que quería decir es que vosotros tenéis que repartir conmigo todo el oro y la plata que habéis robado. - ¿Habéis oído? - gritó el jefe de los bandidos, fuera de sí -. ¡Este monje no sabe lo que es bueno! No sólo se niega a darnos lo que lleva, sino que, encima, exige que le entreguemos lo que es nuestro. ¡Ya está bien de cuentos! ¡Lo que tú necesitas es una buena paliza! - y, levantando su báculo de nudos rugosos, dejó caer sobre la cabeza del Peregrino siete u ocho golpes, pero éste siguió como si no hubiera pasado nada. - Si es así como pegas a la gente - dijo Wu-Kung, sonriendo -, tendré que esperar hasta la primavera siguiente para que me hagas un poco de daño. - ¡Qué cabeza más dura tiene este monje! - exclamó el bandido, asombrado. - Sólo un poco - respondió el Peregrino, sonriendo -. De todas formas, te agradezco el cumplido. Cansados de tanta palabrería, otros dos bandidos se unieron a su jefe y empezaron a descargar una lluvia de golpes sobre el Peregrino que dijo, sin inmutarse: - Tratad de dominar vuestro enfado, mientras saco algo que quiero enseñaros - se frotó la oreja y les enseñó una pequeña aguja de bordar -. Yo - añadió, sin dejar de sonreír -, un humilde monje que ha renunciado a la familia, jamás llevo conmigo nada de dinero. Sólo poseo esta pequeña aguja, que estoy dispuesto a regalaros con mucho gusto. - ¡Qué suerte más perra la nuestra! - exclamó el bandido -. Dejamos escapar a un monje rico y nos quedamos con otro que no tiene ni donde caerse muerto. ¡Éste es un auténtico burro sin pelo! Por lo que se ve, coser se te da muy bien. ¿Quieres explicarme para qué quiero yo una aguja? Al oír que no la quería, el Peregrino la agitó solamente una vez y se convirtió en una barra del grosor de un cuenco de arroz. Asombrado, el bandido comentó: - Aunque joven, se nota que este monje es un mago. El Peregrino dejó caer la barra en el suelo y dijo: - Se la daré al que sea capaz de levantarla. Los dos jefes de los bandidos dieron inmediatamente un paso hacia delante y trataron de moverla, pero sus esfuerzos resultaron tan inútiles como los de una libélula empeñada en cambiar de lugar un columna de piedra. La barra permaneció firmemente anclada en el suelo. ¿Cómo podía ser de otra forma, si se trataba de la barra de los extremos de oro, que había arrojado, en las balanzas celestes, un peso que superaba los tres mil quinientos kilos? Los bandidos, por supuesto, no lo sabían. El Gran Sabio los apartó suavemente de su camino y cogió la barra sin ningún esfuerzo. Adoptó después la postura de serpiente que se enrosca y dijo, apuntando a los bandidos con su extraordinaria arma: - Lo mejor que podéis hacer es echar a correr, porque os habéis topado con el Mono. Uno de los jefes de los bandidos se acercó a él y le propinó otros cincuenta o sesenta porrazos. - Debes de tener las manos muy cansadas - se burló el Peregrino -. Creo que ahora me toca a mí darte un golpecito con mi barra. De todas formas, no te preocupes. No voy a emplear toda la fuerza de que soy capaz. Volvió a sacudir ligeramente la barra y alcanzó una longitud de unos ciento cincuenta metros y un grosor que superaba el de la boca de un pozo. Con ella atizó un pequeño golpe al bandido, que quedó tumbado en el suelo boca abajo. El otro jefe de la banda gritó, fuera si: - ¡Es increíble la audacia de este calvete! No sólo se niega a entregarnos su dinero, sino que, encima, mata a uno de los nuestros. - No os preocupéis - contestó el Peregrino, echándose a reír -. Hay para todos. Si no os he barrido todavía, es porque quiero estar seguro de que no quedáis ni uno solo - y, dejando caer la barra sobre el otro jefe, le desintegró, como si jamás hubiera existido. Al verlo, los otros bandidos arrojaron las armas y huyeron, despavoridos en todas las direcciones. El monje Tang, mientras tanto, cabalgó a toda prisa hacia el este y no tardó en toparse con Ba-Chie y el Bonzo Sha, que le preguntaron, sorprendidos: - ¿Adónde vais, maestro? ¿No os dais cuenta que estáis siguiendo la dirección contraria? - Daos prisa y decid a vuestro hermano mayor que no abuse del poder de su barra - les urgió el maestro, tirando de las riendas de su cabalgadura -. Sería lamentable que acabara con todos esos bandidos. - Quedaos aquí, mientras yo voy a hablar con él - dijo Ba-Chie lanzándose a una loca carrera -. ¡No los mates a todos! - iba gritando con toda la fuerza de sus pulmones -. ¡El maestro desea que te muestres tolerante con ellos! - ¿Desde cuándo me dedico yo a matar gente? - se defendió el Peregrino. - ¿En dónde se han metido los bandidos? - preguntó Ba-Chie - Se han ido - contestó el Peregrino -. Sólo se han quedado durmiendo esos dos de ahí. - ¡Malditos vagos! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Debéis de haber pasado toda la noche en vela. ¿Por qué no vais a descansar a otra parte? ¡Es ridículo que hayáis escogido un lugar como éste! El Idiota se acercó a ellos y los miró con cuidado. - Son como yo - continuó diciendo -. Duermen con la boca abierta y hasta roncan un poquito. - Lo dudo - replicó el Peregrino -, porque con la barra les he sacado hasta el «doufu». - ¡No me digas que tenían «doufu» en la cabeza! - exclamó Ba-Chie. - ¡Qué tonto eres! - se burló el Peregrino -. ¿No comprendes que me refería a los sesos? Al oír eso, Ba-Chie corrió hacia donde estaba el monje Tang y le informó, diciendo: - Los bandidos han dejado el campo libre. - ¡No me digas! - exclamó Tripitaka, todavía preocupado -. ¿Qué dirección han tomado? - ¿Cómo creéis que se han ido corriendo, si tienen las piernas tan rígidas que ni siquiera pueden andar? - replicó Ba-Chie. - ¿En qué quedamos? - volvió a preguntar Tripitaka -. ¿No decías que han dejado el campo libre? - Están muertos - respondió Ba-Chie -. ¿Qué más campo libre que ése queréis? - ¿Qué aspecto presentan? - inquirió, una vez más, Tripitaka. - Tienen dos agujeros en la cabeza - contestó Ba-Chie. - Abrid la bolsa y sacad unas cuantas monedas - ordenó Tripitaka -. Es necesario ir cuanto antes a por alguna medicina para tapárselos. - ¿Estáis bromeando? - exclamó Ba-Chie -. Las medicinas valen sólo para los vivos. ¿Para qué pueden quererlas los muertos? - ¿De verdad están muertos? - insistió el maestro, desalentado. Se sentía tan abatido que empezó a lanzar insultos contra el Peregrino, llamándole mono maldito y simio sin principios. Reanudaron la marcha y no tardaron en llegar al punto donde yacían los dos cadáveres, cubiertos totalmente de sangre. Incapaz de aguantar tan macabro espectáculo, el maestro ordenó a Ba-Chie: - Haz un hoyo con tu rastrillo y entiérralos. Mientras tanto, rezaré una oración por ellos. - Os estáis equivocando de persona, maestro - contestó Ba-Chie -. No fui yo el que los mató, sino el Peregrino. Es a él al que corresponde enterrarlos, no a mí. ¡Yo no soy ningún sepulturero! Cansado de los continuos castigos del maestro, el Peregrino se enfrentó con Ba-Chie, diciendo: - ¡Entiérralos, de una vez, so vago! ¡Como sigas haciéndote el remolón, te voy a enseñar a qué sabe mi barra de hierro! Asustado, el Idiota empezó a hacer a toda prisa un hoyo junto a la ladera. En cuanto hubo alcanzado una profundidad de dos metros y medio, se topó con un suelo extremadamente rocoso, que se resistía a los envites del rastrillo. El Idiota tiró la herramienta y empezó a quitar las rocas con el morro. Pronto volvió a encontrar terreno suave. La pericia del Idiota era tal, que en cada intento lograba profundizar más de quince centímetros. El agujero no tardó en alcanzar los cuatro metros y se decidió a meter en él los cuerpos de los dos bandidos. Un pequeño montículo de piedras marcó el lugar en el que quedaron enterrados. Tripitaka levantó, entonces, la voz y dijo: - Wu-Kung, trae velas y un poco de incienso. Quiero leer las escrituras y rezar un poco por ellos. - ¡Qué tonterías se os ocurren! - exclamó el Peregrino -. ¿De dónde voy a sacar el incienso y las velas, si nos encontramos a media ladera de una de las montañas más altas que existen y no hay por aquí cerca ninguna aldea? ¡Es imposible adquirir nada por estos parajes! Ni aun disponiendo de dinero, podríamos conseguir lo que pedís. - ¡Quítate de en medio, cabezota! - le ordenó el monje Tang con desprecio -. En vez de incienso, usaré un poco de hierbas secas. Así podré realizar los rezos. Tripitaka desmontó del caballo y empezó a orar junto al túmulo de piedras que marcaban la presencia de una tumba tosca. Entristecido como si los que yacían en ella fueran familiares suyos, el maestro oró de esta forma: Inclinado ante vuestros nobles espíritus, os suplico que no echéis en saco roto mis súplicas. No soy más que un humilde monje procedente de las Tierra del Este, que se dirige hacia el Oeste en busca de escrituras por expreso deseo del Emperador de los Tang. Fue así como llegué a este lugar y me encontré con vosotros, fieles súbditos de una digna prefectura enclavada en estas montañas y cuyo nombre no me cabe el honor de conocer. Con palabras cargadas de amabilidad os supliqué que me dejarais proseguir mi camino, pero os negasteis a escucharme y, poco a poco, os fuisteis hundiendo en las simas del enfado. Por eso, perdisteis vuestras vidas a manos del Peregrino. Ahora lloro yo vuestras muertes ante estos despojos que yacen bajo un túmulo de tierra. A falta de velas, os ofrezco trozos de bambú. Sé bien que no pueden dar luz, pero vos conocéis la bondad de mi intención. Por no disponer de ofrendas, os presento cantos rodados y piedras. No desconozco que no poseen sabor, pero vuestros ojos de espíritus pueden ver la sinceridad con que ahora los coloco sobre la tierra. Cuando lleguéis al Salón de la Oscuridad y os pregunten por el nombre de la mano homicida que os ha dado muerte, recordad que ha sido Sun, y no Chen, el que lo ha hecho. Quien obra el mal merece castigo y quien adeuda debe pagar. No acuséis, pues, de vuestro crimen a este humilde buscador de escrituras. - Una vez que os habéis lavado las manos - dijo Ba-Chie -, no estaría de más que intercedierais un poco en nuestro favor. Al fin y al cabo, no estábamos presentes, cuando él los mató. Ni corto ni perezoso, esparció por el suelo otro puñadito de hierbas secas y añadió: Cuando presentéis vuestro pleito, nobles espíritus, inculpad únicamente al Peregrino. Ni Ba-Chie ni el Bonzo Sha tienen que ver nada con lo ocurrido. - No se puede decir que seáis muy amable, ¿no os parece, maestro? - dijo finalmente el Gran Sabio, sin poderse aguantar -. Ni yo mismo sé cuánta energía he gastado en esta empresa vuestra de ir en busca de las escrituras. Si he acabado con estos dos bandidos sin escrúpulos, no ha sido por mi propio gusto, sino por defenderos a vos y vuestros principios. Sin embargo, en vez de agradecérmelo, sugerís a sus espíritus que presenten una queja contra mí. Si no hubierais decidido ir al Paraíso Occidental, jamás me habría convertido en discípulo vuestro ni habría terminado viniendo a un lugar como éste. ¿Qué necesidad tenía de acabar con las vidas de estos dos si me hubiera quedado en mi casa? Pero, en fin, puesto que así lo habéis dispuesto, también yo voy a decir una pequeña oración por ellos. Golpeó tres veces seguidas con la barra de hierro en el túmulo de piedras y añadió: ¡Eh vosotros, bandidos asquerosos, escuchadme! Siete golpes me disteis con vuestros garrotes en esta parte y otros ocho en esta otra. Lo único que conseguisteis fue ponerme furioso, porque vuestros golpes ni siquiera me hicieron cosquillas. Reconozco que se me fue la mano y acabé matándoos. Podéis presentar contra mí todas las quejas que queráis. Os advierto que no me quita el sueño, porque el Emperador de Jade me conoce bien y los devarajas obedecen mis órdenes; las Veintiocho Constelaciones tiemblan ante mí y los Nueve Planetas se esconden al verme; hasta los dioses protectores de ciudades, prefecturas y distritos se inclinan ante mí. No en balde soy conocido como Sosia del Cielo. El guardián del Monte Tai me teme, los Diez Reyes del Infierno fueron en cierta ocasión mis servidores y los Cinco Grandes Dioses mis sirvientes. Hasta los Cinco Ministros de los Tres Reinos y los Dioses de los Diez Puntos Cardinales me consideran sus amigos. Así que ya estáis advertidos. Id a presentar vuestra queja adonde queráis. Al oír esa forma de hablar, Tripitaka exclamó, sorprendido: - ¡Qué poco respetuoso eres! Con la oración que he recitado deseaba hacerte comprender el valor de la vida y, de esa forma, ayudarte a ser una persona virtuosa. ¿Por qué te lo tomas siempre todo tan a pecho? - Os agradezco vuestras buenas intenciones - contestó el Peregrino -. En fin, se está haciendo tarde y sería conveniente buscar un lugar donde pasar la noche. Aunque no dijo nada, era claro que el maestro seguía enfadado. El Gran Sabio tampoco había logrado apagar el incendio de su ira, tan violento que sus llamas habían alcanzado incluso a Ba-Chie y al Bonzo Sha. Ninguno de ellos se atrevió, sin embargo, a traslucir su mal humor. Al contrario, mientras proseguían su camino hacia el Oeste, aparecían más risueños y comprensivos que de costumbre. No tardaron en ver, hacia el norte del camino que seguían, una pequeña aldea. Tripitaka señaló hacia ella con la fusta y dijo: - Vayamos a pedir alojamiento. - Está bien - contestó el Peregrino. Cuando hubieron llegado a la aldea, Tripitaka desmontó de su cabalgadura. Comprobaron, entonces, que se trataba de un lugar francamente encantador. El sendero que lo surcaba aparecía festoneado de flores y todas sus casas se encontraban al abrigo de una variedad increíble de árboles. Se oía un plácido murmullo de aguas que debían de nacer montaña arriba. Los prados se entremezclaban con los campos de trigo. En un sauce, mecido dulcemente por la brisa, dormía un pájaro cansado, mientras que una pequeña gaviota descansaba en los juncales cubiertos de rocío. Los cedros competían en verdad con los pinos; otro tanto hacían las espadañas con los brillantes tonos rojizos de las hojas de los arces. A la hora del crepúsculo los perros ladraban como si quisieran retar a los gallos, que se despedían del día, dejando escapar el estruendo de su canto. Los rebaños de vacas regresaban lentamente a sus establos, donde los campesinos estaban terminando de dar de comer al resto de su ganado. De las chimeneas salían densas columnas de humo, dando a entender que el mijo se cocía en el fuego de cada hogar. El sol acababa de ponerse y los habitantes de la montaña se encontraban ya al abrigo de sus casas. De una de ellas salió un anciano, que preguntó al maestro, después de devolverle el saludo que éste le había hecho: - ¿De dónde venís? - De la corte de los Tang - contestó Tripitaka -. Por deseo expreso de su emperador me dirijo hacia el Paraíso Occidental con el fin de conseguir escrituras sagradas. Al pasar por estos hermosísimos parajes, empezó a hacerse de noche y decidimos acercarnos a esta respetable aldea a pedir cobijo. - Hay una enorme distancia desde ese lugar que dices hasta aquí - comentó el anciano, sonriente -. ¿Cómo os las habéis arreglado para escalar todas esas montañas que os separan de vuestro reino? Habréis tenido que vadear, además, infinidad de ríos. - No viajo solo - respondió Tripitaka -. Me acompañan tres discípulos. - ¿Dónde se han metido? - volvió a preguntar el anciano. - Son aquellos que están de pie junto al camino - contesto Tripitaka señalando con el dedo. El anciano volvió hacia allá la cabeza, pero, al ver lo feos que eran, se dio media vuelta y corrió a refugiarse en su casa. Afortunadamente el maestro le agarró de la ropa y dijo: - Dadnos cobijo por esta noche, por favor. En cuanto haya amanecido reanudaremos el viaje, os lo prometo. El anciano estaba tan asustado que apenas podía hablar. El cuerpo le temblaba como si fuera la copa de un arce sacudida por una tormenta. Haciendo acopio de una fuerza de voluntad increíble, consiguió por fin, sacudir la cabeza y las manos, al tiempo que decía: - ¡No, no! ¡Es imposible! ¡Esos de ahí no son seres humanos, sino monstruos! - No les tengáis miedo - trató de tranquilizarle Tripitaka con una sonrisa -. No son monstruos, como suponéis. Son así de feos desde que nacieron. - ¡No podéis engañarme! - gritó el anciano -. Está claro que uno es un yaksa, otro un espíritu con cara de caballo y el último, un señor del trueno. Al oír eso, el Peregrino gritó: - ¡El señor del trueno es mi nieto, el yaksa mi biznieto y el espíritu con cara de caballo mi tataranieto! El anciano cambió totalmente de color. Era como si le hubiera abandonado su espíritu. Lo único que deseaba era refugiarse cuanto antes en su casa. Sin soltarle del brazo, Tripitaka le siguió hasta el porche y volvió a decirle, sonriente: - No les tengáis miedo. Son un poco maleducados y no saben hablar con la debida corrección. Aunque lo he intentado, se niegan a adquirir buenos modales. Mientras trataba de calmar al anciano, apareció una mujer no más joven que él con un niño de unos seis años. Se hizo a un lado para dejarlos entrar y preguntó: - ¿A qué viene tanto alboroto? - Tráenos un poco de té, anda - contestó el anciano, un poco más dueño de sí mismo. La mujer no volvió a preguntar más. Soltó al niño y no tardó en regresar con dos tazas de té. Tras tomar unos sorbos, Tripitaka se volvió hacia la mujer y dijo: - Yo, señora, soy un humilde monje enviado por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Al pasar por aquí, se nos hizo tarde y decidimos quedarnos a pedir cobijo para pasar la noche. El honorable cabeza de vuestra familia se ha asustado mucho, al ver a mis discípulos, pues sus modales no son todo lo correctos que hubiera de desearse y poseen una cara bastante fea. - Si te asustas de los feos - dijo la mujer, dirigiéndose al anciano -, ¿qué harás, cuando te topes con un lobo o con un tigre? - Lo peor no es que sean feos - se defendió el anciano -, sino que poseen unas voces capaces de asustar al más templado. Cuando comenté que uno parecía un yaksa, otro un espíritu con cara de caballo y el último un señor del trueno, uno de ellos contestó, dando un alarido terrible, que el señor del trueno era su nieto, el yaksa su biznieto y el espíritu con cara de caballo su tataranieto. ¿Quién no va a asustarse, al oír cosas como ésas? - El que parece un dios del trueno - explicó Tripitaka, sacudiendo la cabeza - es Sun Wu-Kung, mi discípulo más antiguo. El que decís que tiene la cara de un espíritu con rostro de caballo responde al nombre de Chu Wu - Neng y es mi segundo discípulo. Por lo que respecta al último, el que os recuerda a un yaksa, es mi discípulo tercero y se llama Sha Wu-Ching. A pesar de su indiscutible fealdad, han abrazado la fe con total dedicación, llevando una vida de pobreza absoluta y de búsqueda incansable de la virtud. ¿Cómo van a ser monstruos o demonios? Os aseguro que no hay razón alguna para tenerles miedo. - En ese caso - concluyeron los dos ancianos, más tranquilos -, hacedlos pasar. No está bien que pasen la noche a la intemperie. El maestro salió a llamarlos y les advirtió: - Procurad portaros como es debido con esa familia. Ya visteis lo mucho que se asustó el anciano, al veros. Hay que mostrarse corteses con quienes nos dan techo y cobijo. - ¿Quién ha dicho que yo sea feo y maleducado? - replicó Ba-Chie, ofendido -. Además, no poseo ni la cuarta parte de la cara dura de nuestro querido hermano mayor. - Tienes razón - admitió el Peregrino, sin dejar de reír -. Si no fuera por esa cara, ese morro y esas orejas, serías un hombre hermosísimo. - Dejad de discutir, de una vez - los urgió el Bonzo Sha -. No es éste lugar para vuestras trifulcas. Entremos en esa cabaña y asunto concluido. Sin más preámbulos, dejaron el caballo y el equipaje a la puerta, saludaron con respeto a los que estaban dentro de la casa y tomaron asiento al lado de su maestro. Al ver lo impecable de sus modales, la mujer metió al niño en una de las habitaciones de atrás y se puso a preparar una cena vegetariana a huéspedes tan distinguidos. Para cuando hubieron dado cuenta de ella, era ya noche cerrada. Para que los peregrinos pudieran seguir charlando, la mujer trajo unas velas y se puso detrás del anciano. - ¿Cómo os apellidáis, señor? - preguntó, entonces, el maestro. - Yang - respondió el anciano, para añadir a continuación que acababa de cumplir setenta y cuatro años. - ¿Cuántos hijos tenéis? - volvió a preguntar Tripitaka. - Sólo uno - contestó el anciano -. El niño que sigue a todas partes a mi mujer es nuestro nieto. - Si no es mucha molestia - dijo el maestro -, me gustaría saludar a vuestro hijo. - Tipos como él no son dignos de vuestro saludo - comentó el anciano con amargura -. La vida ha sido muy dura conmigo y a veces tengo la impresión de que no he sabido educarle como debiera. Mi hijo ya no vive con nosotros. - ¿En dónde tiene ahora su residencia y a qué se dedica? - inquirió una vez más, el maestro. - ¡Qué pena me da hablar de eso! - suspiró el anciano, sacudiendo la cabeza -. ¡Qué más quisiera yo que se dedicara a algo digno! Desgraciadamente no tiene respeto por nada y todos sus planes están preñados de maldad. De lo único que se preocupa es de robar, matar y prender fuego a todo cuanto encuentra. Hace cinco años que se ha unido a una banda de malhechores y rufianes y desde entonces no hemos vuelto a verle. - ¿Será uno de esos a los que mató Wu-Kung? - se dijo Tripitaka, sin atreverse a contestar. Sentía una profunda intranquilidad, que le hizo levantarse del asiento que ocupaba -. ¡Qué dramas encierra la vida! - exclamó, por fin -. ¿Cómo es posible que de padres tan virtuosos puedan nacer hijos tan malvados? - Hijos como ésos - dijo el Peregrino, acercándose a los ancianos - sólo pueden dar quebraderos de cabeza a sus padres. ¿Para qué preocuparse de él? Si queréis, puedo ir en su busca y darle muerte. Personas así deshonran a toda una familia. ¿Para qué cargar con semejante baldón? - También yo soy de esa opinión - respondió el anciano -, pero no tengo más hijo que él. Todos necesitamos a alguien que nos entierre y cuide nuestra tumba. - Es mejor que no te entrometas en los asuntos de esta familia - aconsejaron Ba-Chie y el Bonzo Sha al Peregrino -. Nosotros no somos defensores de la ley. Si su propia familia se niega a entregarle a la justicia, ¿por qué habremos de hacerlo nosotros? Lo único que podemos hacer es pedir un poco de paja y tumbarnos en cualquier sitio a descansar. Reanudaremos el viaje en cuanto haya amanecido. El anciano se levantó y llevó al Bonzo Sha a la parte de atrás, para que cogiera toda la paja que quisiera. Les indicó, después, que podían pasar la noche en un granero que había junto al corral. Agradecidos, Ba-Chie cogió el caballo de las riendas, el Bonzo Sha cargó con el equipaje y se retiraron todos a descansar. No hablaremos, de momento, más de ellos. Sí lo haremos del hijo del anciano Yang, que pertenecía, en efecto, a la banda de malhechores que habían tratado de robar al maestro. Después de que el Peregrino hubiera dado muerte a sus jefes, cada cual huyó por donde pudo, pero a eso de la cuarta vigilia volvieron a reagruparse y tomaron refugio en la casa del señor Yang. Al oír los golpes de la puerta, el anciano se vistió a toda prisa y dijo a su mujer: - ¡Es él! ¡Ha vuelto! - Si es él - replicó la mujer -, ¿por qué no vas, de una vez, a abrir la puerta? Los bandidos entraron en tropel en la casa, gritando: - ¡Tenemos un hambre canina! ¡Sácanos algo de comer, anda! El hijo de los Yang corrió a despertar a su esposa, para que preparara algo de arroz. Como no quedaba leña en la cocina, fue al corral de la parte de atrás y vio el caballo. Al volver junto a su esposa, le preguntó: - ¿De quién es ese caballo blanco que hay en el corral? - De unos monjes procedentes de las Tierras del Este, que van en busca de escrituras - respondió la mujer -. Llegaron anoche pidiendo cobijo y los ancianos los han dejado dormir en el granero de atrás. Al oír eso, el hijo de los Yang corrió al encuentro de los otros diablillos, riéndose y aplaudiendo de gozo. - ¡No sabéis la suerte que tenemos! - dijo, sin poder contener la carcajada -. Los monjes que mataron a nuestros jefes se encuentran aquí. Están en el granero de atrás, durmiendo tranquilamente. - ¿Es verdad eso? - exclamaron los demás bandidos a coro -. Vayamos a por esos burros sin pelo y hagámosles picadillo. Aparte de vengar a nuestros jefes, les quitaremos el caballo y todo lo que llevan encima. - ¿A qué viene tanta prisa? - replicó el hijo de los Yang -. Mientras se cuece el arroz, afilemos bien nuestros cuchillos. Ya iremos a por esos desgraciados, cuando hayamos llenado la panza. Cuando el anciano los oyó hablar de esa forma, corrió al granero en el que dormían el monje Tang y sus discípulos y les dijo: - Acaba de presentarse mi hijo con un grupo de bandidos. Al descubrir que os encontrabais aquí, han decidido acabar con vosotros. Sé lo mucho que os ha costado llegar hasta este lugar, así que no me parece justo que vuelvan contra vosotros su ira. Recoged vuestras cosas a toda aprisa y escapad por la puerta de atrás. Al oírlo, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, en señal de gratitud. Ba-Chie cogió las riendas del caballo, el Bonzo Sha cargó con la pértiga del equipaje y el Peregrino tomó el báculo de nueve nudos de su maestro. El anciano los llevó hasta la puerta de atrás y después regresó a la cama, sin hacer el menor ruido. Ninguno de los bandidos se dio cuenta de su estratagema. Cuando terminaron de comer y de afilar sus cuchillos y sus lanzas, era ya cerca de la quinta vigilia. Como un solo hombre, se lanzaron sobre el granero, pero lo encontraron totalmente vacío. A toda prisa encendieron antorchas y lámparas, aunque, por mucho que buscaron, no hallaron ni rastro de los monjes. Finalmente vieron que la puerta de atrás estaba abierta y exclamaron al mismo tiempo: - ¡Se han escapado por aquí! Gritando como salvajes, se lanzaron a una persecución brutal. Cada uno parecía una flecha lanzada por un arco distinto. No es extraño, pues, que, a eso de la salida del sol, avistaran, por fin, al monje Tang. Al oír a sus espaldas un lejano rumor de voces y gritos, el maestro se dio media vuelta y vio acercarse a una jauría de más de treinta hombres armados con cuchillos y lanzas. - ¡Esos hombres nos están dando alcance! - exclamó, desalentado -. ¿Qué podemos hacer? - Tranquilizaos - dijo el Peregrino -. Ahora mismo voy a acabar con ellos. - No les hagas ningún daño, Wu-Kung - ordenó Tripitaka, deteniendo al caballo -. Limítate a asustarlos. El Peregrino no estaba, por supuesto, dispuesto a escucharle. Se dio a toda prisa la vuelta y se encaró con sus perseguidores diciendo: - ¿Se puede saber adonde van los señores tan rápidamente? - ¡Maldito calvo! - gritaron los bandidos -. ¡Devuélvenos la vida de nuestros jefes, si no quieres que acabemos contigo! Mientras rodeaban al Peregrino, no dejaban de lanzarle cuchilladas y lanzazos tan certeros como la picadura de un escorpión El Gran Sabio sacudió ligeramente la barra de hierro y al instante adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella se enfrentó a los que le cerraban el paso. Sus golpes eran tan efectivos, que algunos de los bandidos cayeron como estrellas fugaces, mientras los demás se dispersaban como la neblina en un día de sol. Los que recibían de lleno los golpes morían al instante. A los que agarraba de lado tardaban un poco más en expirar, pero no pasaba mucho tiempo antes de que siguieran la suerte de los primeros. Podían darse por contentos los que terminaban con los huesos rotos y la carne tan macerada como si padecieran una enfermedad incurable. Sólo unos pocos afortunados lograron escapar. Los demás tuvieron que ir a entrevistarse, quisiéranlo o no con el Rey Yama. Cuando Tripitaka vio la cantidad de hombres que habían caído, se sintió tan asqueado que se dio media vuelta y continuó cabalgando hacia el Oeste. Ba-Chie y el Bonzo Sha le siguieron pisándole los talones. El Peregrino no se molestó en seguirlos. Empezó a revolver sin ninguna consideración entre los heridos y preguntó: - ¿Quién es el hijo del anciano Yang? - Ése de amarillo - gimió uno de los heridos. El Peregrino cogió un cuchillo y cortó la cabeza al que vestía del color que le habían dicho. Sólo entonces decidió seguir a sus hermanos. Tomó la sanguinolenta cabeza del bandido y, en dos zancadas, puso a la altura del monje Tang. - Éste es el hijo del anciano Yang, maestro - dijo, enseñándole la cabeza con orgullo -. Le he decapitado con mis propias manos. Tripitaka se llevó tal impresión, que se cayó del caballo, como si fuera una fruta madura. - ¡Maldito mono! - gritó, enfurecido -. ¡Quita eso de mi vista¡ ¡Llévatelo! ¡Me das asco! De un empellón, Ba-Chie le arrancó la cabeza de las manos. Le dió una patada y la enterró con el rastrillo en el sitio exacto en el que fue a detenerse. El Bonzo Sha, por su parte, dejó a un lado el equipaje y corrió a asistir al monje Tang, diciendo: - Levantaos, maestro. El monje Tang se arregló las ropas lo mejor que pudo, permaneció pensativo unos segundos y empezó a recitar el conjuro que Wu-Kung tanto temía. El Peregrino comenzó a sentir unos dolores tan insoportables de cabeza, que el rostro se le puso morado, se le salieron los ojos de las órbitas y perdió en parte la consciencia. Revolcándose por el suelo como si fuera un animal herido, no dejaba de gritar: - ¡Dejad de recitar ese conjuro, por lo que más queráis! Pero el maestro lo repitió más de diez veces seguidas y no daba muestras de querer parar. Incapaz de soportar tanto dolor, el Peregrino daba un salto de campana tras otro, como si fuera un mono loco. - ¡Perdonadme, si os he ofendido en algo! - gritaba, cada vez más desesperado -. ¡Reprendedme, cuanto queráis, pero dejad de recitar ese conjuro! ¡Os lo suplico! Tripitaka accedió, finalmente, a sus ruegos y dijo: - No quiero reprenderte, porque desde este momento has dejado de ser mi discípulo. Regresa al lugar del que has venido. - ¿Por qué me echáis de vuestro lado, maestro? - preguntó el Peregrino, dando cabezazos contra el suelo, a pesar del dolor que le atenazaba. - En tu corazón no hay lugar para la compasión, mono maldito - contestó el monje Tang -. Tú no eres un Peregrino, sino un asesino. Cuando ayer acabaste con los jefes de los bandidos, sentí asco de tu falta de respeto por la vida. ¡Pero esto ha colmado el vaso de mi paciencia! El padre de ese hombre al que acabas de cortar la cabeza no sólo nos recibió con los brazos abiertos en su casa, nos dio de comer y de beber y nos alojó en su granero, sino que nos advirtió del peligro que corríamos y nos ayudó a escapar por la puerta de atrás. ¿Qué importa que su hijo fuera un salteador de caminos? No nos había hecho nada para que acabaras con él de esa forma. Pero no queda ahí la cosa. Has destruido tantas vidas humanas, que ya no queda en el mundo un sentimiento auténtico de paz. Infinidad de veces he tratado de hacerte ver lo erróneo de tu conducta, pero mis palabras no han encontrado en ti eco alguno. ¿Por qué habría de querer mantenerte a mi lado? ¡Apártate cuanto antes de mi vista, si no quieres que empiece a recitar otra vez el conjuro! - ¡No lo hagáis, por favor! - exclamó en seguida el Peregrino -. ¡Ahora mismo me voy! No había acabado de decirlo, cuando dio un salto extraordinario y se perdió entre las nubes. Sucede, pues, que cuando la mente se encuentra a merced de los instintos agresivos, el elixir pierde todas sus propiedades, y no puede alcanzarse la perfección del Tao, cuando el espíritu anda desorientado y sin rumbo. Desconocemos, de momento, hacia dónde se dirigió el Gran Sabio. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第057回 EL AUTÉNTICO PEREGRINO EXPONE SUS QUEJAS EN LA MONTAÑA POTALAKA. EL FALSO REY DE LOS MONOS COPIA DOCUMENTOS EN LA CAVERNA DE LA CORTINA DE AGUA Decíamos que el Gran Sabio Sun se elevó hacia lo alto con el corazón abatido y el espíritu sumido en la tristeza. Pensó dirigirse a la Caverna de la Cortina de Agua de la Montaña de las Flores y Frutos, pero temió que los monos pudieran burlarse de él. Los héroes auténticos jamás faltaban a su palabra. Decidió después buscar refugio en el Palacio Celeste, pero comprendió que no le permitirían quedarse allí mucho tiempo. Escogió, como tercera opción, las islas del mar, pero le dio vergüenza mirar de frente a los inmortales que allí vivían. Pensó, finalmente, en el palacio de los dragones, pero le repugnaba la idea de pedir algo al rey de las aguas. Cayó en la cuenta de que no tenía lugar al que ir y se dijo, apenado: - En fin, no me queda otro remedio que regresar junto a mi maestro. Mirándolo bien, es lo único razonable que puedo hacer. Bajó de la nube y, dejándose caer a los pies del caballo de Tripitaka, dijo: - Perdonadme, maestro, os lo suplico. Nunca más volveré a matar a nadie. Prometo que cumpliré sin rechistar todas vuestras órdenes. Sólo os pido que me dejéis acompañaros hasta el Paraíso Occidental. Pero el monje Tang se negó a dirigirle la palabra. Es más, en cuanto detuvo al caballo, comenzó a recitar el conjuro que tanto sufrimiento traía al Peregrino. Lo hizo más de veinte veces. El Gran Sabio se sacudía como si fuera un muñeco de trapo. Sólo cuando vio que la arandela que le ceñía la cabeza se le había incrustado unos cuantos en la carne, decidió el maestro poner fin al recitado. - ¿Por qué no te marchas de una vez y dejas de molestarme? - preguntó, malhumorado - . ¿No te dije que no quería volverte a verte? - ¡No digáis más ese conjuro, por lo que más queráis! - suplicó el Peregrino -. Tengo muchos sitios a los que ir, pero temí que, sin mi ayuda, no pudierais llegar al Paraíso Occidental. - ¡No eres más que un mono asesino y pendenciero! - exclamó Tripitaka, fuera de sí -. Sólo el Cielo recuerda la cantidad de quebraderos de cabeza que me has dado. ¡Estoy harto de ti! Además, no es asunto tuyo que llegue o deje de llegar al final de mi viaje. Márchate de mi vista, si no quieres que empiece de nuevo con el recitado. Te aseguro que esta vez no voy a parar, hasta que no te salgan los sesos por las orejas. Comprendiendo que no había nada que hacer y sabiendo que el dolor podía dejarle reducido a un puro guiñapo, el Gran Sabio dio uno de sus saltos mortales y al punto se perdió entre las nubes. Fue entonces cuando se dijo, resentido: - ¡Qué desagradecido es ese monje! Iré a la Montaña Potalaka y le contaré todo a la Bodhisattva Kwang-Ing. Dio un giro a su vuelo y en menos de media hora llegó al Gran Océano Austral. Se posó en la Montaña Potalaka y corrió hacia la gruta de bambú morado. Allí fue recibido por Moksa, que preguntó, tras saludarle con el debido respeto: - ¿Podéis decirme adonde vais, Gran Sabio? - Deseo entrevistarme con la Bodhisattva - contestó el Peregrino. Moksa le condujo hasta la entrada de la Caverna del Sonido de las Mareas, donde fueron recibidos por el Joven de la Riqueza de la Bondad, que preguntó, sonriendo: - ¿A qué debemos el honor de ver por aquí al Gran Sabio? - He venido a presentar una queja a la Bodhisattva - contesto e Peregrino. - ¡Qué desparpajo el vuestro! - exclamó el Joven de la Riqueza la Bondad, soltando la carcajada -. ¿Creéis que podéis hacer lo queráis con la gente y que nadie os lo eche en cara? La Bodhisattva es una diosa santa y justa, lenta a la ira y rica en perdón, cuyo ilimitado poder libera del sufrimiento a todo viviente. ¿Podéis decirnos qué mal ha hecho para que presentéis una queja contra ella? No necesito recordaros que quien acusa a uno de sus servidores levanta su dedo contra ella misma. El Peregrino estaba tan abatido, que, al oír eso, lanzó un bufido, que hizo retroceder, espantado, al Joven de la Riqueza de la Bondad. - ¡Maldita bestia desagradecida! - gritó, furioso -. ¡Tienes el carácter de un gusano ciego! Deberías recordar que antes no eras más que un monstruo y que, si la Bodhisattva te tomó a su servicio, fue porque yo se lo pedí. Desde entonces has gozado de una libertad absoluta y de una vida tan larga como la del mismo Cielo. ¿Es ésta la forma de agradecérmelo? En vez de insultarme, deberías arrodillarte mí, por haberte ayudado a abrazar la Verdad. Lo único que he dicho es que venía a presentar una queja a la Bodhisattva. ¿Es eso expresarse con un desparpajo irrespetuoso? - ¡Qué poco sentido del humor tenéis! - exclamó el Joven de la Riqueza de la Bondad, tratando de calmarle con una sonrisa -. ¿No comprendéis que estaba bromeando? ¿A qué se debe ese cambio repentino de color de vuestro rostro? No había acabado de decirlo, cuando apareció volando una cacatúa blanca. Dio dos vueltas por encima de sus cabezas y al punto cayeron en la cuenta de que la Bodhisattva deseaba verlos. Moksa y el Joven de la Riqueza de la Bondad corrieron, sin pérdida de tiempo, hacia el estrado de loto. El Peregrino se dejó caer de hinojos ante la Bodhisattva. Las lágrimas acudieron prestas a sus ojos, hasta convertirse en un llanto tan desesperado que toda la caverna se llenó de sus lamentos. - ¿Quieres decirme qué es lo que te causa tanta pena, Wu-Kung? preguntó la Bodhisattva después de pedir a Moksa que le ayudara a levantarse del suelo -. Deja de llorar. Yo aliviaré tus sufrimientos y haré desaparecer tu pena. Incapaz de contener las lágrimas, el Peregrino volvió a inclinarse con respeto y dijo: - Hasta ahora jamás he permitido que nadie se burlara de mí. Cuanto he hecho ha sido siempre por decisión propia. Fue así como, tras ser liberado por vos del justo castigo que el Cielo envió sobre mi cabeza, me comprometí a acompañar al monje Tang en su viaje hacia Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Por lograr tan alto fin, arriesgué varias veces la vida, llegando a arrancar huesecillos tiernos de la boca del tigre y a escalar por las rugosas espaldas de un dragón. Únicamente me guiaba el deseo de ver condonada la pena que me fue impuesta por mis propios errores y alcanzar, así, el reino de lo auténtico. ¿Cómo iba a sospechar yo entonces que, en pago a tanto sacrificio, el maestro iba a lanzarme a la cara las monedas de la ingratitud? Su ceguera ha llegado a tal punto, que se muestra incapaz de distinguir entre el bien y el mal, lo blanco y lo negro. - Explícame qué quieres decir con eso de lo blanco y lo negro - pidió la Bodhisattva. El Peregrino relató, entonces, cómo, al dar muerte a los bandidos, el monje Tang había cedido a la ira, cómo, incapaz de distinguir lo blanco de lo negro, había recitado el conjuro, hasta dejarle sin fuerzas y al borde mismo de la muerte, cómo habían resultado inútiles todos sus intentos de reconciliación y cómo, finalmente, al no tener adonde acudir, había decidido buscar consuelo en el misericordioso reino de la Bodhisattva. - Cuando Tripitaka Tang recibió el encargo de dirigirse hacia el Oeste - contestó la Bodhisattva -, se comprometió a seguir en todo momento el camino de la perfección. ¿Cómo iba a aceptar de buen grado esas muertes de las que me has hablado? Le estaba expresamente prohibido valerse de tus extraordinarios poderes mágicos para librarse de esos bandidos. Por supuesto que se trataba de una banda de desalmados, pero, mirándolo bien, no eran más que simples seres humanos y no merecían un castigo semejante. No tenían absolutamente nada que ver con esos monstruos, diablos y demonios a los que fuiste dando muerte a lo largo del viaje. Mientras que eso te supuso un mérito incalculable, acabar con los bandidos fue un acto ciertamente reprobable. Debías haberte limitado a asustarlos y, así, salvar la vida del maestro. Opino, por tanto, que tu conducta no fue todo lo virtuosa que hubiera sido de desear. - Reconozco que no obré bien - dijo el Peregrino, echándose rostro en tierra con los ojos anegados totalmente en lágrimas -. Pero debía habérseme dado la oportunidad de lavar mis culpas con mis actos de virtud. No es justo despedirme de la forma como el maestro lo ha hecho. Os suplico que os apiadéis de mí y recitéis un conjuro que contrarreste los efectos del que usa el monje Tang conmigo. Liberadme, además, de este aro de oro que me ciñe las sienes y así podré regresar a la Caverna de la Cortina de Agua. - Ese conjuro del que hablas - contestó la Bodhisattva, riendo - me fue enseñado por el propio Tathagata en el momento mismo de encargarme que encontrara un peregrino en las Tierra del Este. En ese instante me confió, de hecho, tres tesoros: la casulla bordada, el báculo de nueve nudos y los tres aros de oro con su correspondiente conjuro. Lamento tener que decirte que no me transmitió ninguna fórmula para contrarrestar su efecto. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, no me resta más que despedirme de vos. - ¿Adónde piensas ir? - preguntó la Bodhisattva. - Al Paraíso Occidental a pedir a Tathagata que me quite este aro de la cabeza - contestó el Peregrino. - Si esperas un momento - replicó la Bodhisattva -, te leeré el futuro. - ¿Para qué? - replicó el Peregrino -. Tengo bastante con esta desgracia que se ha abatido sobre mí. - No me refería a tu futuro, sino al del monje Tang - respondió la Bodhisattva y se sentó, solemne, en el estrado de loto. Su mente recorrió los Tres Reinos y la sabiduría de su visión atisbó hasta el último rincón del universo, antes de abrir los ojos y de decir con la serenidad que la caracterizaba: - Tu maestro va a tener que pasar muy pronto por una prueba muy dura, Wu - Kun. Buscará, desesperado, tu ayuda y yo le diré, entonces, que no tengo ningún reparo en readmitirte en su compañía. Sólo de esa forma, podréis conseguir las escrituras y acumular todo el mérito para mirar de frente a Tathagata. El Gran Sabio no se movió del sitio. Permaneció de pie junto al estrado de loto, sin atreverse a decir nada, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang, quien, tras la desaparición del Peregrino, siguió adelante con su viaje, acompañado de Ba-Chie, que llevaba el caballo de las riendas, y del Bonzo Sha, que portaba con el equipaje. Apenas habían recorrido cincuenta kilómetros, cuando Tripitaka detuvo el caballo y dijo: - Salimos de la aldea alrededor de la quinta vigilia. Al poco rato se produjo mi enfrentamiento con ese díscolo y desde entonces no hemos parado. Es casi mediodía. Creo que no estaría de más que tomáramos algo. ¿Quién de vosotros está dispuesto a ir a mendigar algo de comer? - Desmontad maestro - dijo Ba-Chie -, mientras yo voy a algún pueblo por aquí cerca en busca de alimento. Tripitaka bajó del caballo y el Idiota se elevó hacia lo alto. Miró en todas las direcciones, pero lo único que vio fue una interminable sucesión de cordilleras y montañas. No había rastro de una sola casa. Bajó de la nube a toda prisa y dijo a Tripitaka: - Es imposible mendigar comida. No hay ninguna aldea por aquí cerca. - En ese caso - concluyó Tripitaka -, tomaremos algo de agua para aplacar la sed. - Precisamente he visto un arroyuelo hacia el sur de la montaña - explicó Ba-Chie -. Voy a traer de allí el agua. El Bonzo Sha le entregó la escudilla de las limosnas y al punto volvió a perderse entre las nubes. El maestro se sentó a esperarle junto al camino, pero el tiempo pasaba y Ba-Chie no daba señales de vida La sed atormentaba cada vez más a Tripitaka y la espera se hacía angustiosa por momentos. Sobre ese instante disponemos de un poema, que afirma: No existe cosa mas importante que dominar el aliento, puesto que no hay diferencia real entre la naturaleza y los sentimientos. Cuando la mente y el espíritu pierden el equilibrio, surge la enfermedad, de la misma manera que el Tao se desvanece, cuando el esperma y la forma ven mermarse sus fuerzas. En vano nos afanamos, cuando se marchitan las Tres Flores o pierden su vigor los Cuatro Grandes. De nada valen entonces la tierra y la madera, el metal y las aguas. ¿Cuándo alcanzará la perfección el cuerpo que ha sido despojado de toda su energía? Al ver lo mucho que hacían sufrir al maestro el hambre y la sed y que Ba-Chie no volvía con el agua, el Bonzo Sha ató el caballo y dijo: - Sentaos aquí un momento. Voy a ver si consigo traeros un poco de agua. Las lágrimas acudieron con tal fuerza a los ojos del maestro, que para expresar su conformidad, sólo pudo sacudir ligeramente la cabeza. El Bonzo Sha no esperó más. Montó en una nube y se dirigió a toda prisa hacia el sur de la montaña. La soledad acentuó aún más la angustia del maestro. Oyó, de pronto, un ruido a sus espaldas y volvió la cabeza. La sorpresa le hizo ponerse de pie de un salto. Junto al camino vio arrodillado al Peregrino. Tenía en las manos un cuenco de porcelana, que ofrecía al maestro con inesperado respeto. - Ya veis, maestro - dijo, sin levantar la vista del suelo -. Cuando no me tenéis a vuestro lado, no podéis ni llevaros agua a los labios. Bebed de ésta, mientras voy a mendigar algo de comida. Está tan fresquita que recobraréis las fuerzas en seguida. - ¡No beberé de esa agua ni aunque me muera de sed! - exclamó el maestro -. ¡Prefiero renunciar a la vida antes que tener que ver algo contigo! ¡Márchate y déjame en paz! - Sin mí jamás alcanzaréis el Paraíso Occidental - insistió el Peregrino. - ¿Y eso a ti qué te importa? - volvió a exclamar Tripitaka -. ¡Eres u mono sin principios, que no tiene ningún derecho a venir a importunarme! El Peregrino perdió la paciencia y gritó, rojo de ira: - ¿Por qué os complacéis tanto en humillarme? ¡Con vuestra conducta estáis demostrando que no sois más que un bonzo sin sentimientos! - y arrojó al suelo el cuenco de porcelana. Incapaz de controlar la furia que le embargaba, cogió la barra de hierro y propinó al maestro un golpe tremendo en la espalda, que le hizo perder el conocimiento. Cogió después las dos bolsas de lana azul y, montando en una nube, se marchó a otra parte. Ba-Chie, mientras tanto, había logrado aterrizar en la vertiente sur de la montaña. Subió un pequeño repecho y vio una cabaña escondida entre unas rocas. Sin soltar el cuenco de las limosnas, se llegó hasta ella y comprobó que, a pesar de su tosquedad, se trataba de una fracción hecha por mano humana. - Soy tan feo - se dijo, avergonzado -, que lo más seguro es que me nieguen la ayuda que he venido a pedir. Lo mejor será que metamorfosee en algo más atractivo. Sin pensarlo dos veces, hizo un gesto mágico con los dedos, recitó el correspondiente conjuro, sacudió siete u ocho veces el cuerpo y al instante se convirtió en un monje de carnes magras y tez amarillenta. Gimiendo como si tuviera una enfermedad incurable, se llegó hasta la puerta de la cabaña y levantó la voz, diciendo: - Si en vuestra cocina sobra arroz, justo es que se lo deis a los caminantes atormentados por el hambre. Yo no soy más que un pobre monje procedente de las Tierras del Este, que se dirige al Paraíso Occidental en busca de escrituras. Si disponéis de algo de arroz, no importa que esté frío o quemado, os suplico me lo deis en limosna, pues mi maestro se muere de necesidad, sentado junto al camino. Los hombres que habitaban en aquella choza se habían ido al campo y sólo quedaban en ella dos mujeres. Precisamente acababan de hacer la comida y se disponían a llevársela a sus maridos, cuando Ba-Chie llamó a la puerta. En el fogón sólo quedaba un puchero con un poco de arroz quemado en el fondo. Al ver lo enfermizo de su aspecto y oír aquella historia increíble de que se dirigía al Paraíso Occidental procedente de las lejanas Tierras del Este, pensaron que la edad le hacía delirar. Temían, de todas formas, que pudiera caer muerto a su puerta y le llenaron a toda prisa el cuenco de las limosnas con lo que había sobrado. El Idiota aceptó hasta las costras de arroz quemado. Loco de contento, regresó sobre sus pasos y, cuando comprendió que nadie le veía, recobró la forma que le era habitual. Continuó andando y entonces oyó que alguien le llamaba: - ¡Ba-Chie! Levantó la cabeza y vio al Bonzo Sha sobre una roca. - ¡Ven por aquí! - gritó desde arriba. Dio después un salto y se puso a la altura de Ba-Chie -. ¿Se puede saber adonde has ido? - añadió -. Aquí mismo hay un arroyo de agua clarísima. ¿Por qué no has cogido un poco para el maestro? - Al llegar aquí - explicó Ba-Chie, sonriendo de satisfacción -, vi una casa y me acerqué a pedir un poco de arroz. Me han dado un cuenco lleno, ¿lo ves? - Me parece muy bien - replicó el Bonzo Sha -, pero el maestro se está muriendo de sed. ¿Quieres decirme dónde vamos a llevarle el agua? - Nada más sencillo - contestó Ba-Chie -. Dobla un poco la túnica y echaremos en ella el arroz. El agua va mejor en el cuenco de las limosnas. Locos de contento, continuaron el camino de vuelta. No tardaron en ver a Tripitaka caído en el suelo y con el rostro escondido entre polvo. Alguien había desatado el caballo, que estaba un poco más adelante relinchando y paciendo a sus anchas. Del equipaje no había ni rastro. Ba-Chie cedió a la desesperación y, dando una patada en el suelo, gritó con rabia: - ¡Han debido de ser esos bandidos a los que apaleó el Peregrino! ¡No han podido ser otros! Mientras estábamos fuera, han matado al maestro y se han llevado el equipaje. - Vamos a atar primero el caballo - dijo el Bonzo Sha -. ¿Qué podemos hacer? - exclamó después en el mismo tono -. ¡Ésta es la clase de desgracia que se abate sobre los hombres a la hora del mediodía! ¡Pobre maestro! - gritó, abatido, y las lágrimas corrieron copiosas por sus mejillas. - Deja de llorar, por favor - le aconsejó Ba-Chie -. Es inútil que sigamos adelante con ese asunto de las escrituras. Tú cuida del cadáver del maestro, mientras yo voy a ver si encuentro un ataúd en alguna aldea que haya por aquí cerca. En cuanto le hayamos enterrado, cada cual, volveremos al sitio del que hemos partido. Pero el Bonzo Sha se resistía a separarse del lado del maestro. Con cuidado dio la vuelta al cuerpo y colocó sus mejillas junto a las del monje Tang, al tiempo que gritaba con más desesperación que antes: ¡Pobre maestro! ¡Pobre maestro! Pero entonces comprobó que, aunque débilmente, el maestro seguía respirando y que en su pecho aún latía un hilo de vida. - ¡Ba-Chie! - exclamó a toda prisa, esperanzado -. Ven aquí en seguida. ¡El maestro no está muerto! Sin pérdida de tiempo el Idiota se acercó a ellos e incorporó con cuidado al maestro, que empezó a recobrar poco a poco la consciencia entre lamentos y quejidos. - ¡Maldito mono! - se quejó con voz muy débil -. ¡Casi acabas conmigo! - ¿De qué mono estáis hablando? - preguntaron a la vez Ba-Chie y el Bonzo Sha, pero el maestro no pudo hacer otra cosa que gemir. Sólo cuando hubo probado el agua, pudo decir: - Al poco de marcharos se presentó Wu-Kung otra vez. Cuando me negué a readmitirle en nuestro grupo, se puso furioso, me arreó un golpe tremendo con la barra de hierro y se llevó nuestras dos bolsas de la lana azul. - ¡Maldito mono! - exclamó Ba-Chie, tan furioso que le rechinaban los dientes y el corazón le golpeaba en el pecho, como si fuera un volcán en erupción -. ¿Cómo ha podido ser tan desalmado? Bonzo Sha, cuida del maestro, mientras voy a exigirle que nos devuelva nuestras bolsas. - ¿A qué viene tanta precipitación? - protestó el Bonzo Sha -. Lo que tenemos que hacer ahora es llevar al maestro a la casa que hay junto a las rocas y pedir a esas mujeres que calienten el arroz que acaban de darte. Antes de tomar cualquier decisión, es preciso que el maestro se recupere del todo. Ba-Chie no tuvo nada que objetar. Tras ayudar al maestro a montar en el caballo, cogieron el cuenco de las limosnas y se dirigieron con el arroz a la puerta de la choza. Dentro sólo había una anciana, que trató de huir, aterrada, en cuanto los vio. Afortunadamente el Bonzo Sha logró retenerla, juntando las palmas de las manos y diciendo con humilde voz: - Nosotros, señora, somos tres monjes procedentes de la corte de los Tang, en las Tierras del Este, que nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. Si nuestro maestro no se hubiera sentido indispuesto, tened la seguridad de que no habríamos venido a importunaros para que nos deis un poco de agua caliente. - Hace un momento - contestó la anciana - se presentó por aquí otro monje de aspecto enfermizo que también decía provenir de las Tierras del Este. ¿Cómo es que últimamente todo el mundo es de allí? Si no os importa, os agradecería que fuerais a pedir a otra casa, porque estoy sola y no tengo nada que ofreceros. Además, al otro le di toda la comida que me había sobrado. Al oír eso, el maestro desmontó del caballo con la ayuda de Ba-Chie e, inclinándose respetuoso ante la anciana, dijo: - Cuando iniciamos el viaje, tenía tres discípulos. A todos nos unía el deseo de llegar al Monasterio del Trueno en la India y conseguir las escrituras sagradas, pero desgraciadamente el más antiguo de mis seguidores, que responde al nombre de Sun Wu-Kung, renunció a practicar la senda del bien, prefiriendo entregarse a una orgía de violencia. Por eso le expulsé de mi lado. Lo que menos me esperaba es que fuera a presentarse de improviso ante mí y a darme un golpe tremendo con su barra. No contento con eso, nos robó el equipaje y se marchó con todas nuestras vestimentas. Es preciso que uno de mis discípulos vaya en su búsqueda y recupere nuestras humildes posesiones, pero antes debemos descansar un poco. Comprenderéis que no podemos hacerlo al aire libre. Os prometo que, en cuanto hayamos recobrado el equipaje, nos lanzaremos al camino y no os molestaremos más. - Pero es que ya hemos dado cuanto teníamos a ese monje de aspecto enfermizo - repitió la anciana -. También él dijo que era oriundo de las Tierras del Este e iba de camino hacia el Paraíso Occidental. ¡No comprendo cómo a todos les ha dado por ir al mismo sitio! ¿Es que no tienen otra cosa que hacer? - Por supuesto que sí - contestó Ba-Chie, echándose a reír -. Lo que ocurre es que ese hombre del que habláis era yo. Como tengo un morro tan largo y unas orejas tan salientes, temí que fuerais a asustaros y negarme lo que vine a pediros. De ahí que me hiciera pasar por un monje enfermizo. Si no queréis creerme, podéis mirar en la túnica de mi hermano. Ahí está todo lo que me disteis. ¿Es que no reconocéis vuestro propio arroz? Tras comprobar que era verdad lo que decía, la anciana les dejó el libre y los invitó a sentarse a la mesa. Preparó después un caldero de agua caliente y se lo dio al Bonzo Sha, para que lo mezclara con el arroz, que se había quedado un poco seco. El maestro sólo tomó unos cuantos bocados, pero bastaron para que recuperara las fuerzas y viera la situación con más optimismo. - ¿Habéis decidido ya quién va a ir en busca del equipaje? - preguntó a sus discípulos. - Iré yo - respondió Ba-Chie en seguida -. Conozco bien el camino de la Montaña de las Flores y Frutos, donde tiene su guarida. La última vez que riñó con vos se refugió en la Caverna de la Cortina de de Agua. Fue allí precisamente donde le encontré. - Es mejor que no vayas tú - opinó el maestro -. Nunca te has llevado bien con el Peregrino y tienes una forma muy hiriente de hablar. La más ligera insinuación puede ponerle furioso. ¿Quién te garantiza que no vaya a golpearte con su barra? No, no, opino que debe ir Wu-Ching. - Estoy totalmente de acuerdo con el maestro - dijo el Bonzo Sha en seguida. - Debes obrar con suma prudencia - le aconsejó el maestro -. Si se aviene a devolverte las bolsas, muéstrate agradecido y regresa cuanto antes. Si, por el contrario, se niega a hacerlo, no discutas con él y vete a los Mares del Sur y cuéntale todo a la Bodhisattva. Ella se encargará de devolvernos nuestras cosas. - Procura mostrarte cortés con esta familia y cuida bien del maestro - dijo el Bonzo Sha a Ba-Chie en el momento de despedirse -. Recuerda que quien se porta con respeto con el que le acoge en su casa tiene asegurada la comida durante muchos días. Volveré lo antes que pueda. - De acuerdo - contestó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -, pero no olvides que te estamos esperando. Tanto si consigues recuperar nuestras cosas, como si no, procura regresar pronto. No quiero que suceda lo del que se pone a atizar el fuego con una vara y termina quemando sus dos extremos. Tras hacer un gesto mágico con las manos, el Bonzo Sha montó en una nube y se dirigió hacia el continente de Purvavideha. Sobre ese instante disponemos de un poema, que afirma: El espíritu ha abandonado su hogar, aunque el cuerpo parece no haber cambiado. ¿Cómo va a fundirse el elixir, cuando el fuego no alimenta los braseros? La Bruja Amarilla abandona a su amo y va en busca del Señor del Metal, mientras la Madre Madera se esfuerza por atraer la atención de su maestro, aunque parece abatido y enfermo. Nadie sabe si volverá ni cuándo se producirá su retorno. Las Cinco Fases mantienen entre sí una pelea constante. Nada en ellas es sereno, ni siquiera su interdependiente crecimiento. Únicamente parece unirlas su deseo de volver a ser las carceleras del Mono de la Mente. Tras viajar durante tres días y tres noches a lomos de una nube, el Bonzo Sha avistó, por fin, el Gran Océano Oriental. El murmullo del oleaje llegaba con nitidez hasta sus oídos. Picados por la curiosidad, miró hacia abajo y vio que estaba amaneciendo. La oscuridad de la noche cedía a la fría luz del alba, como si fuera una especie de neblina negra absorbida por el creciente añil del cielo. Por doquier se veían, no obstante, retazos de un aire denso de sombras y sueños, pero cada vez era más palpable el triunfo de la luz. El Bonzo Sha estaba demasiado preocupado para poder gozar de la belleza que, poco a poco, se desplegaba ante sus ojos. Tras dejar atrás la isla inmortal de Ying - Chou, se dirigió, a lomos de la marea y de la brisa del océano, hacia la Montaña de las Flores y Frutos. No tardó en avistar unas cumbres tan altas, que se perdían en los cielos, y tan escarpadas, que sus paños parecían grandes biombos suspendidos de las nubes. Se posó en el pico más alto y oteó el horizonte, tratando de descubrir el camino que conducía a la Caverna de la Cortina de Agua. Al acercarse a ella, comenzó a oír los gritos chillones de los incontables monos que habitaban en la montaña. El Bonzo Sha se aproximó aún más y vio al Peregrino sentado en un estrado de rocas. Sostenía en las mano un trozo de papel, que leía una y otra vez a sus súbditos, diciendo: Li, Emperador de los Gran Tang de las Tierras del Este, por la presente encarga al sabio Chen Hsüan-Tsang, monje hermanado con el trono y Maestro de la Ley, que parta hacia el Monasterio del Trueno, enclavado en la Montaña del Espíritu de las Tierras del Oeste, y solicite del Muy Respetable Tathagata, Patriarca Budista, la entrega de las escrituras sagradas. Tras sufrir una grave enfermedad, que debilitó seriamente su cuerpo, tuvo la desgracia de ser llamado al Reino Inferior a dar cuenta de sus actos. Afortunadamente los Reyes de la Oscuridad tuvieron la delicadeza de alargar sus días en la tierra, haciéndole volver al poco tiempo a la vida. En agradecimiento, convocó a todos los monjes del imperio, para que oraran ininterrumpidamente por la suerte de todos los difuntos. Particularmente agradecido se mostró con la Misericordiosa Bodhisattva Kwang-Ing, que tuvo la delicadeza de aparecerse a él bajo la forma de una luz cegadora y de manifestarle que en el Oeste residía un Buda, cuyas escrituras tenían el poder de liberar de sus sufrimientos a los espíritus de los muertos. Eso explica que ahora encargue al Maestro de la Ley y muy dilecto hermano del trono, Hsüan-Tsang, que trasponga las diez mil montañas que nos separan del Paraíso Occidental y obtenga las escrituras antedichas. Es deseo del Emperador de los Gran Tang que se le preste cuanta ayuda sea precisa para llevar a buen término tan alta misión. Pide, igualmente, a los señores de los reinos del Oeste por los que ha de cruzar que, en prueba de buena voluntad, permitan pasar libremente por su territorio a esta delegación que tan dignamente nos representa. El presente es un documento imperial promulgado en un día favorable de otoño del decimotercer año de reinado de Chen - Kuan, Gran Emperador de los Tang. Tras abandonar mi noble nación - se decía a continuación -, he cruzado infinidad de países, tomando como discípulos a los siguientes monjes: Sun Wu-Kung, conocido también como el Peregrino, Chu Wu - Neng, que responde, igualmente, al nombre de Ba-Chie, y Sha Wu-Ching, el Bonzo. Una vez leído el documento, el Rey de los Monos comenzó otra vez por él principio, como si se hubiera empeñado en que todos sus súbditos aprendieran de memoria. El Bonzo Sha comprendió en seguida que se trataba del documento de viaje y, sin poder contener más su impaciencia, abandonó su escondite y dijo: - No puedes tratar con tan poco respeto un escrito como ése. ¿No comprendes que fue redactado por el propio emperador en persona y ahora pertenece a nuestro maestro? Además, ¿por qué lo lees tantas veces? El Peregrino levantó la cabeza, pero, sorprendentemente, no reconoció al Bonzo Sha y ordenó con aire autoritario: - ¡Agarradle! En un abrir y cerrar de ojos los monos rodearon al Bonzo Sha y lo condujeron, entre empujones y golpes, ante el Peregrino, que gritó furioso: - ¿Quién eres tú para osar meterte en la morada de un inmortal sin ser invitado? El Bonzo Sha comprobó, entonces, lo mucho que había cambiado. Su color era distinto y, aunque durante muchísimo tiempo habían sido compañeros de viaje, nada en su actitud denotaba que le conociera. Comprendiendo lo desesperado de la situación, el Bonzo Sha se inclinó respetuosamente y dijo: - Permitidme poneros al tanto de cuanto ha sucedido. No debéis olvidar que nuestro maestro posee un carácter muy impulsivo, que le llevó a culparos de lo ocurrido y a recitar el conjuro que tanto dolor os produce, con el fin de apartaros de su lado. Confieso que tampoco nosotros hicimos mucho por aplacarle, quizás debido al hambre y a la sed que le atormentaban y a nuestro natural deseo por ver satisfechas cuanto antes sus necesidades. Lo que menos esperábamos, cuando nos apartamos de él, es que vos fuerais a regresar tan pronto y a dejarle medio muerto en el suelo, tras enfureceros por lo que os dijo, y cargar con todas nuestras pertenencias. En cuanto recobró el conocimiento, me encargó que viniera a visitaros y a pediros que, si aún no habéis dominado vuestra ira, accedáis a devolverle lo que es suyo en nombre de la amistad que os unió y del agradecimiento que le debéis por haberos concedido la libertad. Está dispuesto a readmitiros en su grupo, para que juntos alcancemos el Paraíso Occidental y gocemos de los mismos frutos de la virtud. Si, por el contrario, vuestro odio os impide reconocerle una vez más como maestro, os agradecería que le devolvierais, por lo menos, las dos bolsas. De esta forma, podréis disfrutar de una larga vejez entre estas plácidas montañas y nos habréis hecho a nosotros un inmenso favor. Al oír eso, el Peregrino soltó una carcajada cargada de soberbia y dijo con desprecio: - Creo que habéis interpretado mal mi conducta. Si descargue mi furia sobre el monje Tang y huí después con su equipaje, no fue porque hubiera decidido venir a retirarme a estas montañas, poniendo así, fin a mis intentos de llegar al Oeste. Al contrario. Si ahora estoy memorizando este documento de viaje, es porque abrigo la intención de llegar yo solo hasta allí y pedir a Buda que me entregue las escrituras. Cuando vuelva con ellas a las Tierras del Este, todo el mundo reconocerá que el mérito ha sido exclusivamente mío y los habitantes del continente de Jambudvipa me aclamarán como patriarca y protector. De esa forma, mi fama estará asegurada para toda la eternidad. - Está claro que no habéis pensado bien lo que acabáis de decir - contestó el Bonzo Sha, sonriendo -. Que yo sepa, jamás ha mencionado nadie vuestro nombre en relación con esta ardua empresa de conseguir las escrituras. Una vez que Tathagata hubo establecido los tres Canones, encargó a la Bodhisattva Kwang-Ing que hallara un buscador de textos sagrados en las Tierras del Este. Ella recurrió a nosotros, para que cuidáramos de él y le ayudáramos a trasponer las diez mil cumbres que se elevan entre el principio y el fin de su viaje. Es más, nos comunicó que el elegido para llevar a cabo tan alta misión había sido discípulo del propio Tathagata, siendo conocido por doquier por el nombre de Cigarra de Oro. En cierta ocasión se distrajo, mientras Buda estaba predicando, y eso le valió la inmediata expulsión de la Montaña del Espíritu. Se le permitió, no obstante, reencarnarse en las Tierras del Este con la advertencia de que debía regresar al Occidente tras un largo periplo de dedicación absoluta a la práctica del bien. Dado que en su deambular había de encontrarse con innumerables obstáculos, se nos liberó de nuestras condenas y, así, nos convertimos en protectores suyos. Si os negáis a acompañar al monje Tang, tened por seguro que el Patriarca Budista jamás os confiará las escrituras sagradas, y todos vuestros sueños de grandeza quedarán reducidos a polvo. - Siempre has sido tan corto de miras que nunca has llegado a comprender nada - replicó el Peregrino -. Según acabas de decir, tienes contigo a un monje Tang que precisa de todo nuestro apoyo. ¿Quién te asegura que yo no tengo otro a mi lado? De hecho, acabo de escoger a un monje realmente virtuoso, que irá en busca de esas escrituras y que contará en todo momento con mi ayuda. ¿Qué hay de malo en ello? Mañana mismo nos pondremos en camino. Si no me crees, te lo enseñaré, para que veas que es verdad. Se volvió después hacia sus legiones de monos y gritó: - ¡Sacad al maestro en seguida! Los monos no tardaron en aparecer con un caballo blanco, un Tripitaka Tang, un Ba-Chie con el equipaje y un Bonzo Sha con el báculo del maestro. Eran tan idénticos al original, que el propio Wu-Ching se quedó mudo de asombro. Veía su propia imagen reduplicada y las palabras huían de su boca como hojas de bambú a merced del viento. Por fin, pudo más la ira que su temor y exclamó, furioso: - ¡Es imposible que exista otro Bonzo Sha! ¡Nadie puede copiar su forma de andar, ni su manera de sentarse, ni su modo de ser! ¡No basta con apropiarse de su nombre! Para que aprendas a ser más respetuoso, ¡prueba el sabor de mi báculo! - y descargó sobre la cabeza del impostor un golpe tan certero, que al instante quedó reducido a polvo. Se vio, entonces, que no era más que un mono disfrazado de monje. Enfurecido, el Peregrino echó mano de la barra de los extremos de oro y se lanzó contra su antiguo compañero de viaje. Los otros monos trataron de rodearle, pero él logró abrirse camino con ayuda del báculo de matar monstruos y se elevó hacia lo alto. - ¡Qué poco escrupuloso es ese maldito mono! - se dijo, mientras huía a toda prisa a lomos de una nube -. Tengo que ir a comunicar en seguida a la Bodhisattva lo que ha ocurrido. El Peregrino ni siquiera se molestó en perseguirle. Al ver que abandonaba el campo, regresó a la caverna y ordenó que desollaran al mono muerto. Una vez frita, su carne fue servida entre todos los presentes junto con unos vasos de licor de coco. Tras degustar tan espléndidos manjares, el Peregrino escogió a otro mono que dominaba el arte de las metamorfosis y al instante se convirtió en una copia exacta del Bonzo Sha. Aunque conocía todos los senderos que llevaban al Occidente, escuchó de buena gana las instrucciones que le dio su señor, por lo que, de momento, no hablaremos más de esos impostores. Sí lo haremos, sin embargo, del Bonzo Sha, quien, tras abandonar los límites del Océano Oriental y viajar sin detenerse durante un día y una noche, logró avistar, por fin, la Montaña Potalaka. Picado por la curiosidad, detuvo la nube en la que viajaba y miró a su alrededor. Jamás había visto un lugar tan extraordinario como aquél. Aunque escondido a los ojos de los mortales, pertenecía a la vez a la Tierra y al Cielo. En él confluían cientos de arroyos, como si quisieran purificar de sus imperfecciones las estrellas y el sol. Allí el viento poseía una dulzura especial y los rayos de la luna parecían más vivos y luminosos. Cuando la marea crecía, los leviatanes se transformaban en aves y los monstruos marinos nadaban a placer entre las olas. Aquél era el punto en el que confluían las aguas del Océano Oriental y del Mar del Noroeste. Los cuatro mares recibían, de hecho, en aquellos parajes, su fuerza vital, aunque en todos ellos existieran islas habitadas por inmortales. ¿Para qué hablar de la belleza de Peng - Lai, cuando la de la Montaña Potalaka era infinitamente mayor? Las cumbres de la montaña en la que se hallaba excavada brillaban como gemas. A su alrededor flotaba una neblina tan luminosa, que parecía haberse apoderado de todos los rayos de la luna. Su vaporosidad contrastaba con el fino verdor de los bosquecillos de bambú, sobre los que revoloteaban bandadas de pavos reales con las colas extendidas. A su lado, posado en la rama de un sauce, un loro de vivos colores mantenía una conversación ininteligible con la hierba de jade y con las flores que nunca se marchitan. Los lotos de oro las miraban con envidia, porque árboles centenarios retorcían penosamente sus troncos por no privarlas de la caricia directa del sol. Garzas de color blanco revoloteaban por encima de las cumbres, punteando con su sombra los nidos de los fénix que escondían los rugosos árboles de las laderas. Aquel lugar estaba impregnado de tal aura de santidad, que hasta los peces saltaban por encima de las olas, ansiosos por escuchar la lectura las escrituras y los principios que conducen a la inmortalidad. Aunque le hubiera gustado contemplar aquella belleza durante cientos de años, el Bonzo Sha posó su nube en la Montaña Potalaka. En seguida le salió al encuentro el discípulo Moksa, que le preguntó: - ¿Cómo es que no estás acompañando al monje Tang? ¿Quieres decirme para qué has venido aquí? - Para hablar de un asunto de vital importancia con la Bodhisattva - contestó el Bonzo Sha, tras devolverle el saludo con una inclinación de cabeza -. Si no te importa, me gustaría que me condujeras cuanto antes a su presencia. Moksa sabía que se trataba de algo relacionado con el Peregrino, pero no dijo nada. Se dirigió inmediatamente al interior de la caverna y dijo a la Bodhisattva: - Acaba de llegar Sha Wu-Ching, el menor de los discípulos del monje Tang, y desea entrevistarse con vos. Al oírlo, el Peregrino Sun, que se encontraba justamente debajo del estrado en el que se hallaba sentada la Bodhisattva, se dijo, esperanzado: - Por fuerza el monje Tang ha tenido que encontrarse con una tremenda dificultad y ha enviado al Bonzo Sha para solicitar la ayuda de la Bodhisattva. Kwang-Ing ordenó a Moksa que hiciera pasar a Wu-Ching. El Bonzo se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente. Cuando levantó la cabeza para relatar a la Bodhisattva todo lo que había ocurrido, vio, de pronto, al Peregrino sentado a un lado y sin decir una sola palabra, le lanzó un golpe tremendo a la cara con su báculo de matar monstruos. El Peregrino se hizo a un lado, pero no respondió a la incitación. - ¡Maldito mono! - exclamó el Bonzo Sha, furioso -. Eres culpable de diez mil muertes y todavía te atreves a venir a engatusar a la Bodhisattva? ¿Qué clase de ser depravado eres tú? - ¡No incites a nadie a la lucha en mi presencia, Wu-Ching! - gritó la Bodhisattva -. Si tienes alguna queja que hacer, exponla y déjame a mí decidir. El Bonzo Sha puso a un lado el báculo y, arrodillándose otra vez ante la Bodhisattva, dijo, sin poder contener la ira: - Este mono maldito es un auténtico esclavo de la violencia. Hace un par de días dejó muertos junto al camino a dos salteadores que nos salieron al paso. Como podéis comprender, el maestro le riñó con la severidad que era de esperarse, pero él no le hizo el menor caso. Aquella misma noche, de hecho, arrasó el campamento de los bandidos y acabó con todos ellos. Tuvo incluso la osadía de cortarle a uno la cabeza y llevársela al maestro, que cayó del caballo a consecuencia del susto. Tanta crueldad le valió una nueva regañina y la prohibición de seguir adelante con nosotros. En cuanto se hubo marchado, el maestro comenzó a sentir un hambre y una sed insoportables y encargó a Ba-Chie que fuera en busca de agua. Como tardaba en volver, decidí ir en su busca, sin sospechar que eso era, precisamente, lo que estaba esperando el Peregrino Sun. En cuanto vio que el maestro se encontraba solo, le atizó un golpe tremendo en la espalda con la barra de hierro y se llevó nuestras dos bolsas de lana azul. Hallamos al maestro al borde de la muerte, pero conseguimos reanimarle y me encargó que fuera a la Caverna de la Cortina de Agua a recuperar lo que era nuestro. Lo que menos me esperaba es que hubiera cambiado de rostro y se negara repetidamente a reconocerme. Esta sentado en su trono y repetía, una y otra vez, el contenido del documento de viaje que entregó al maestro el Emperador de los Tang. Cuando le pregunté por qué lo hacía, me respondió que ya no deseaba seguir al monje Tang, que pensaba conseguir él solo las escrituras en el Paraíso Occidental y que tenía pensado regresar con ellas a Las Tierras del Este. De esa forma, el mérito sería exclusivamente suyo, la gente le aclamaría como patriarca y su fama duraría tanto como el tiempo. « ¿Cómo crees que van a darte las escrituras, si no va contigo el monje Tang?», le pregunté yo entonces. Él contestó que había elegido a otro monje tan sabio y virtuoso como el que pudiera tener yo a mi lado. Para demostrarme que era verdad lo que decía, hizo salir a un grupo de fantasmas en el que figurábamos el monje Tang, un caballo blanco, Ba-Chie y yo mismo. Al verme, grité, irritado: « ¡Yo soy el único Bonzo Sha que existe! ¿Cómo puede haber otro, aparte de mí?». Y arreé un tremendo golpe al impostor con mi báculo de destruir monstruos. Se vio, entonces, que no era más que un mono disfrazado, pero ese simio sin sentimientos montó en cólera y trató de capturarme con ayuda de sus súbditos. Afortunadamente logré escapar y decidí venir en seguida a informaros de cuanto había ocurrido. En cuanto a él, debe de haberse servido de su famoso salto para llegar antes que yo y embaucaros con sus historias de falso arrepentimiento. - Procura no acusar al que es inocente, Wu-Ching - le aconsejó la Bodhisattva -. Wu-Kung lleva, de hecho, a mi lado cuatro días y no se ha movido para nada de donde le ves. ¿De dónde iba a haber sacado otro monje Tang para tratar de hacerse él solo con las escrituras? - ¡Pero yo vi al Peregrino Sun en la Caverna de la Cortina de Agua! - insistió el Bonzo Sha -. ¿Pensáis que os estoy mintiendo? - No sigas dando vueltas a eso en la cabeza - contestó la Bodhisattva -. Pediré a Wu-Kung que vaya contigo a la Montaña de las Flores y Frutos a ver qué es lo que ocurre exactamente. La Verdad es indestructible, mientras que la mentira es fácil eliminarla. Lo descubriréis en cuanto lleguéis allí. El Gran Sabio y el Bonzo Sha no demoraron la marcha. Partieron, nada más despedirse de la Bodhisattva, al encuentro con la Verdad. Como consecuencia de su viaje, ante la Montaña de las Flores y Frutos quedó claramente separado lo blanco de lo negro y la bondad desenmascaró a la maldad en la puerta misma de la Caverna de la Cortina de Agua. Desconocemos, de momento, cómo lo consiguieron. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第058回 LAS DOS MENTES SUMEN EL UNIVERSO EN UN DESORDEN TOTAL. ENORMEMENTE DIFÍCIL PARA UNA SUBSTANCIA CUALQUIERA ALCANZAR EL REPOSO ABSOLUTO Tras despedirse de la Bodhisattva, el Peregrino y el Bonzo Sha montaron en dos rayos luminosos y abandonaron a toda prisa los Mares del Sur. Al Peregrino le corroía la impaciencia de dejar atrás al Bonzo Sha con ayuda de su velocísimo salto, pero éste se lo impidió, diciendo: - Opino que es mejor que sigamos juntos. No me fío absolutamente nada de ti. Si llegas antes a tu cueva, lo más seguro es que montes alguna de las tuyas para hacerme creer lo que no es. Estaba claro que, mientras que el Gran Sabio obraba con la mejor de sus intenciones, al Bonzo Sha aún le quedaban restos de una duda corrosiva. Hicieron, pues, el viaje juntos y no tardaron en avistar la Montaña de las Flores y Frutos. En seguida bajaron de las nubes y echaron una mirada a su alrededor. Delante mismo de la puerta de la caverna vieron a otro Peregrino sentado sobre un estrado de piedra y bebiendo despreocupadamente con un auténtico enjambre de monos. No se distinguía en nada del Gran Sabio. Llevaba ceñida la cabeza con un arco de oro, sus ojos poseían el ardor del fuego y se manifestaba en sus pupilas la dureza del diamante. Vestía una túnica de seda y una piel de tigre le ceñía la cintura. Las botas que calzaba estaban hechas sin embargo, de piel curtida de ciervo. Para completar su retrato, en una de las manos llevaba una barra de hierro con los extremos de oro. Sin embargo, donde más se acentuaba su parecido era en el rostro. Poseía, en efecto, el mismo rostro cubierto de vello, la misma boca de dios del trueno, la misma barbilla rebajada, las mismas orejas terminadas en punta, la misma cabeza de frente amplia y los mismos colmillos, que le crecían, amenazantes, hacia fuera. Ante semejante visión, el Gran Sabio perdió la paciencia y, abandonando a su suerte al Bonzo Sha, dio un salto hacia delante, sin soltar la barra de hierro ni dejar de gritar: - ¡Qué clase de monstruo eres tú para atreverte a suplantarme, tomar prisioneros a mis súbditos, apoderarte de mi caverna y darte semejantes aires de grandeza! Cuando el otro le vio, no dijo ni una palabra. Agarró su barra de hierro y se lanzó contra él. Los dos Peregrinos se enzarzaron en una batalla terrible, aunque lo más sobrecogedor era que no podía decirse quién era el auténtico y quién el falso. ¡Jamás se había visto una lucha como aquélla! ¿Cómo podía ser de otra forma, si eran dos las barras de hierro que se medían y dos los monos que las blandían? Ambos pretendían ser el protector del monje Tang y pugnaban por alcanzar la gloria y la fama. Existían, sin embargo, profundas diferencias entre ellos, ya que el auténtico había aceptado de corazón los principios de la auténtica fe y el falso se limitaba simplemente a proclamarlos. Pese a todo, sus poderes mágicos poseían la misma amplitud. Recordaban la imagen que se refleja en un espejo. Uno era el Sosia del Cielo, Sabio que había logrado dominar a la perfección los ritmos respiratorios del principio del tiempo; el otro, un espíritu que había cultivado durante muchos lustros los principios del Tao, adquiriendo vastos poderes que nadie más poseía. Sus armas no tenían nada que envidiarles, pues, si una era conocida como la complaciente barra de los extremos de oro, la otra ostentaba el nombre de condescendiente báculo de hierro. Los dos contendientes lanzaron golpes terribles y pararon otros que no lo eran menos, pero ninguno de ellos consiguió adquirir una ventaja apreciable. Comenzaron la lucha a las puertas mismas de la caverna, pero pronto la continuaron por los aires, levantando un polvo espeso de nubes. El Bonzo Sha no se atrevía a meterse en la refriega, porque le resultaba extremadamente difícil distinguir a uno del otro. Estaba ansioso por prestar toda la ayuda que pudiera; sin embargo, tenía miedo de emprenderla a golpes con el auténtico Peregrino. Durante mucho tiempo estuvo sin saber qué partido tomar. Finalmente optó por abandonar su escondite y dirigirse hacia la Caverna de la Cortina de Agua. Con ayuda de su báculo no le costó abrirse camino entre las legiones de monos que trataban de cerrarle el paso. Furioso derribó los bancos de piedra, haciendo añicos los cuencos y los vasos, pero no halló ni rastro de las dos bolsas de lana azul. No sabía que la auténtica caverna estaba situada detrás de la cascada, que tapaba su entrada como si fuera una enorme cortina blanca. Por ello, precisamente, recibía el nombre de Caverna de la Cortina de Agua. El Bonzo Sha lo desconocía por completo; de ahí que su búsqueda resultara totalmente infructuosa. Sin saber qué hacer, volvió a montarse en una y se quedó mirando, a media altura, el desarrollo del combate. Comprendiendo que no se atrevía a entrar en la lucha por temor a hacerle daño, el Gran Sabio le dijo: - Puesto que no puedes hacer nada por ayudarme, corre junto al maestro y cuéntale lo que ha ocurrido. Voy a tratar de llevar a este monstruo hasta la Montaña Potalaka, en los Mares del Sur, a ver si la Bodhisattva es capaz de distinguir al auténtico del falso. - No había acabado de decirlo, cuando el otro Peregrino repitió exactamente sus mismas palabras. El Bonzo Sha se quedó atónito, porque no sólo eran idénticos en su aspecto exterior, sino hasta en el mismo timbre de sus voces. De todas formas, le pareció acertado el consejo y se dirigió a toda prisa hacia el lugar en el que había dejado al monje Tang, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos sin embargo, de los dos Peregrinos, que no dejaron de luchar, mientras viajaban a toda velocidad hacia los Mares del Sur. No tardaron en avistar la Montaña Potalaka, pero ni siquiera la visión de un lugar tan sagrado como aquél fue capaz de poner fin a su interminable intercambio de golpes e insultos. Al oír el clamor de la lucha, los discípulos encargados de montar la guardia corrieron al interior de la Caverna del Sonido de las Mareas y dijeron a la Bodhisattva: - Acaban de llegar, luchando, dos Sun Wu-Kung tan idénticos, que es imposible distinguir al auténtico del falso. La Bodhisattva bajó a toda prisa de su estrado de loto y salió de la caverna, acompañada de Moksa, el Muchacho de la Riqueza de la Bondad y la Joven Dragona. - ¡Malditas bestias! - gritó, enfurecida -. ¿En dónde creéis que estáis? - Este tipo es la copia exacta de vuestro discípulo - contestó uno de los contendientes, sin abandonar la lucha -. Empezamos a pelear a las puertas mismas de la Caverna de la Cortina de Agua, pero ninguno ha obtenido una ventaja apreciable. Somos tan idénticos, que ni siquiera Sha Wu-Ching pudo distinguirnos, eliminando así toda posibilidad de inclinar la balanza a favor del uno o del otro. ¿A quién iba a prestar su ayuda, si no sabía quién era el auténtico? No me quedó pues, más remedio que ordenarle que regresara junto al maestro y le pusiera al tanto de todo lo ocurrido. Si he traído a este impostor hasta esta montaña sagrada, ha sido con la única intención de que haciendo uso de vuestros misericordiosos ojos, distingáis al auténtico del falso y al malvado del bueno. No había acabado de decirlo, cuando el otro Peregrino repitió exactamente lo mismo. Los discípulos y la Bodhisattva los estuviere mirando durante mucho tiempo, pero nadie parecía capaz de decir quién era quién. - Dejad de luchar, de una vez, y poneos uno en frente del otro - ordenó la Bodhisattva -. Es preciso que os mire con más detenimiento. Así lo hicieron ellos, pero empezaron a protestar casi al mismo tiempo. - ¡Yo soy el auténtico! - afirmó el de una parte. - ¡El falso es él! - repitió el de la otra. La Bodhisattva pidió a Moksa y al Muchacho de la Riqueza de la Bondad que se acercaran y les susurró al oído: - Agarrad uno a cada uno, mientras yo recito el conjuro que me enseñó Tathagata. El que se queje del dolor será el auténtico. Los discípulos agarraron por detrás a los dos Peregrinos y la Bodhisattva empezó a recitar las palabras mágicas, pero para sorpresa de todos ambos se llevaron al mismo tiempo las manos a la cabeza y, dejándose caer al suelo, suplicaron con voz lastimera: - ¡Dejad de decir esas palabras, por lo que más queráis! La Bodhisattva así lo hizo y al instante comenzaron otra vez a luchar y a intercambiar insultos, que resonaban en toda la amplitud de aquel sagrado lugar. Sin saber qué partido tomar, la Bodhisattva pidió a Moksa y a los otros discípulos que prestaran su ayuda al auténtico Peregrino, pero no se atrevieron a entrar en combate, porque no se decidían a poner sus armas del lado de ninguno. - ¡Sun Wu-Kung! - gritó la Bodhisattva y los dos respondieron al unísono -. Cuando fuiste nombrado caballerizo de los establos celestes y sumiste los Cielos en un terrible desorden - continuó diciendo -, los guerreros celestiales no tuvieron ninguna dificultad en reconocerte. Opino, por tanto, que lo mejor que puedes hacer es dirigirte a las Regiones Superiores y pedir a sus moradores que identifiquen al impostor. El Gran Sabio agradeció la sugerencia a la Bodhisattva, cosa que también hizo el otro Peregrino. Sin dejar de intercambiar golpes ni de lanzar denuestos e insultos, los dos se dirigieron hacia la Puerta Sur de los Cielos. Al verlos, el Devaraja Virupaksa se quedó tan desconcertado que solicitó inmediatamente la ayuda de los Cuatro Grandes Mariscales Ma, Chao, Wen y Kwang, quienes les cerraron el paso con armas, diciendo: - ¿En dónde creéis que estáis? ¿Acaso es éste un lugar para combatir? - Ciertamente no - contestó el Gran Sabio -, pero es preciso que os ponga al tanto de algo importante. Camino del Paraíso Occidental, acompañando al monje Tang en su búsqueda de las escrituras, tuve la mala fortuna de dar muerte a unos salteadores que nos salieron al paso. Eso enfureció de tal forma a Tripitaka, que me expulsó de su lado y no me quedó otro remedio que acudir a la Montaña Potalaka a presentar mis quejas a la Bodhisattva Kwang-Ing. No tengo ni idea de cuando este monstruo decidió hacerse pasar por mí. Lo que sí puedo asegurar es que, en mi ausencia, tuvo la desfachatez de dejar medio muerto a mi maestro y huir con todo su equipaje. Con ánimo de recobrarlo, el Bonzo Sha se dirigió a la Montaña de las Flores y Frutos, pero este monstruo trató de capturarle con ayuda de mis engañados súbditos y tuvo que ir a solicitar la ayuda de la Bodhisattva. Cuando me vio sentado bajo el estrado de loto, me acusó de haberme valido de mis artes mágicas para llegar antes que él y embaucar a la Bodhisattva. Afortunadamente ésta posee un natural compasivo y misericordioso y se negó a escuchar las acusaciones del Bonzo Sha, ordenándonos a ambos que fuéramos a la Montaña de las Flores y Frutos y tratáramos de averiguar lo que allí sucedía. Fue así como descubrí a este monstruo, que se parece a mí hasta en la forma de luchar. Tanto es así, que no paramos de medir nuestras armas desde la Caverna de la Cortina de Agua hasta el lugar en el que mora la Bodhisattva, pero ni ella misma fue capaz de decir quién era el auténtico y quién el impostor. De todas formas, tuvo la feliz ocurrencia de sugerirnos que viniéramos hasta aquí y os pidiéramos que, valiéndoos de vuestro profundo discernimiento, nos ayudéis a descubrir qué es lo que distingue al uno del otro. Nada más acabar de decirlo, el otro Peregrino volvió a repetir exactamente lo mismo. Los dioses se los quedaron mirando durante mucho tiempo, pero no supieron decir que era exactamente lo que los distinguía. - ¡Está claro que no podéis diferenciar al uno del otro! - gritaron los dos a la vez -. Haceos a un lado y dejadnos ir a ver al Emperador de Jade. A los dioses no les quedó más remedio que dejarlos trasponer las puertas del Cielo. Ellos ni siquiera les dieron las gracias. Con el ceño fruncido se dirigieron directamente al Salón de la Niebla Divina. Al verlos, el Mariscal Ma y los Cuatro Consejeros Celestes, Chang, Ke, Xü y Chiou, corrieron al interior del palacio e informaron al Emperador de Jade, diciendo: - Ahí fuera hay dos Sun Wu-Kung, que han venido peleando desde las Regiones Inferiores hasta las mismas puertas celestes y desean mantener una entrevista con vos. Apenas habían acabado de decirlo, cuando entraron los dos monos discutiendo a voz en grito. El Emperador de Jade se mostró tan sorprendido que se puso inmediatamente de pie y les preguntó, saliendo a su encuentro: - ¿Puede saberse por qué habéis entrado en el palacio imperial sin permiso? ¿Deseáis, además, que os haga ajusticiar por acudir ante mí, discutiendo como bandoleros? - Vos sabéis bien, majestad - contestó el Gran Sabio -, que, desde que abracé la auténtica fe y me convertí en monje, nunca he vuelto a cuestionar vuestra autoridad o a burlarme de la dignidad que representáis. Tened por seguro que, si este monstruo no se hubiera adueñado de mi personalidad, jamás habría osado venir a molestaros - y relató punto por punto cuanto había sucedido -. Os suplico, pues - terminó diciendo -, que determinéis qué es lo que realmente nos distingue. En cuanto hubo terminado esa exposición, el otro Peregrino volvió a repetirla con las mismas palabras. Sin perder la compostura, el Emperador de Jade hizo venir al Devaraja Li y le ordenó: - Traed inmediatamente el espejo de reflejar monstruos y obligar a estos dos a mirarse en él. De esa forma, podrá distinguirse al impostor del auténtico y el culpable sufrirá el castigo del que se ha hecho merecedor. El varaja hizo al punto lo que acababa de ordenársele y el Emperador de Jade y los otros dioses se lanzaron, curiosos, sobre el espejo. Para su sorpresa, vieron que reflejaba dos imágenes exactas de Sun Wu-Kung. No existía la menor diferencia entre ellos. Hasta el aro las ropas y el número de sus cabellos era exactamente el mismo. Comprendiendo que no había manera de determinar qué era lo que los distinguía, el Emperador de Jade ordenó que los hicieran salir del palacio. El Gran Sabio soltó una carcajada despectiva, que inmediatamente coreó el Peregrino. Se agarraron después por el cuello y comenzaron a luchar otra vez, mientras se dirigían al encuentro del monje Tang, gritándose cada vez con más saña: - ¡El maestro determinará quién es el auténtico! ¡Él no puede fallar! Mientras tanto el Bonzo Sha, tras un viaje extenuante de tres días con sus correspondientes noches, cubrió la larguísima distancia que separaba la Montaña de las Flores y Frutos de la cabaña en la que se encontraba descansando el maestro. Tras oír lo que había ocurrido, el monje Tang cayó presa de la tristeza y dijo: - Creí sinceramente que era Sun Wu-Kung el que me golpeó con la barra y huyó con nuestras cosas. ¿Cómo iba a saber que se trataba de un monstruo que había tomado la forma del Peregrino? - No sólo fue capaz de hacer eso - explicó el Bonzo Sha -, sino que tuvo además la desfachatez de convertir a un grupo de monos en nosotros mismos. Con mis propios ojos os vi a vos, a Ba-Chie cargando con nuestras cosas y hasta al caballo blanco. No pude reprimir la ira, cuando me encontré ante mi doble, y le asesté un golpe mortal con el báculo. Fue así como descubrí que se trataba de un mono. Corrí a toda prisa a informar a la Bodhisattva de cuanto había ocurrido; me sugirió que regresara con nuestro hermano mayor a la Caverna de la Cortina de Agua y tratáramos de averiguar lo que realmente había sucedido. Al llegar, comprobamos que el monstruo era una copia exacta del Peregrino. Ni siquiera yo fui capaz de distinguirlos y no pude, por eso mismo, prestarle ninguna ayuda. Ése es el motivo de que haya vuelto a poneros al tanto de todo. Al oírlo, Tripitaka perdió el color del rostro y empezó a temblar de miedo. Ba-Chie, por su parte, soltó la carcajada y exclamó: - ¡Esto es realmente fantástico! Sin saberlo, la dueña de esta casa ha estado diciendo todo el tiempo la verdad. ¿No os acordáis que habló de varios grupos de Peregrinos que se dirigían hacia el o busca de escrituras? ¡Pues ahora hay uno más! Al ver al Bonzo Sha, los miembros de la casa en la que estaban alojados salieron a darle la bienvenida y a preguntarle: - ¿Dónde habéis estado estos últimos días? ¿Habéis ido en busca de dinero para poder continuar el viaje? - No, no - contestó el Bonzo Sha, sonriendo -. Fui a hacer una visita a nuestro hermano mayor a la Montaña de las Flores y Frutos, que se alza en el continente de Purvavideha, y a pedirle que nos devolviera el equipaje. Después tuve una entrevista con la Bodhisattva Kwan - Ing en la Montaña Potalaka de los Mares del Sur. Regresé, a continuación, a la Montaña de las Flores y Frutos y, por último, volví aquí. - ¿Cuánta distancia habéis recorrido en total? - volvió a preguntar un anciano. - Alrededor de trescientos mil kilómetros, entre ida y vuelta - respondió el Bonzo Sha. - ¿Y habéis hecho ese recorrido en tan poco tiempo? - exclamó el anciano, incrédulo -. Para conseguirlo, habréis tenido que viajar por encima de las nubes, ¿no? - ¡Por supuesto! - confirmó Ba-Chie -. ¿Cómo iba a haber cruzado el mar si no? - Esto no es nada, comparado con lo que es capaz de hacer nuestro hermano mayor - dijo el Bonzo Sha -. Él hubiera invertido menos de dos días en ir y volver. Al oírlos hablar de esa forma, todos los que habitaban en la casa hubieron de concluir que sus desarrapados huéspedes no podían ser otra cosa que inmortales. - ¡Qué decís! - exclamó Ba-Chie, ofendido -. Comparados con nosotros, los inmortales son unos muchachos. Cuando más animados estaban con la conversación, oyeron un ruido tremendo en el cielo y salieron a ver qué era. Los dos Peregrinos se acercaban a la cabaña, intercambiando golpes e insultos. Al verlos, Ba-Chie empezó a frotarse las manos y dijo: - Voy a ver si puedo distinguirlos - y, dando un salto, se elevó hacia lo alto -. ¡Hermano! - gritó, cuando se hubo acercado a los contendientes -, he venido a ayudarte. - En ese caso - replicaron los dos Peregrinos a coro -, ayúdame a acabar con este monstruo. - ¡Así que nuestros huéspedes son realmente unos arhats capaces de elevarse por encima de las nubes y de viajar a lomos de la niebla! - exclamó el anciano, asombrado ante lo que veía -. Si hubiera hecho la promesa de dar de comer a todos los monjes, jamás me habría encontrado con gente como ésta. Sin reparar en gastos, se dispuso a sacar un poco más de té y arroz, pero lo pensó mejor y se dijo: - Nada bueno va a salir de la lucha que están manteniendo esos dos peregrinos. Seguro que van a poner patas arriba el Cielo y la Tierra y las desgracias se extenderán por doquier, como las nevadas del invierno. Tripitaka se percató en seguida de los sentimientos encontrados que bullían en la cabeza del anciano y, acercándose a él, le dijo con cariño: - No tengáis ningún miedo. Cuando haya conseguido convencer a ese discípulo para que abandone las sendas del mal, os recompensaré cumplidamente por las molestias que ahora os estamos ocasionando. - ¡No quiero ni hablar de ello! - replicó el anciano, sacudiendo la cabeza. - En ese caso, es mejor que permanezcáis callado - concluyó el Bonzo Sha -. Sentaos aquí, maestro, mientras voy a echar una mano a Ba-Chie. Os traeremos a esos dos por separado y vos recitaréis ese conjuro que conocéis. El que sienta el dolor será el auténtico Peregrino, ¿no os parece? - Estoy totalmente de acuerdo contigo - contestó Tripitaka. El Bonzo Sha se elevó hacia lo alto y gritó a los dos contendientes: - ¡Dejad de luchar! El maestro quiere veros uno por uno, a ver si es capaz de distinguir al auténtico del falso. El Gran Sabio abandonó al punto la lucha, cosa que hizo, igualmente, el otro Peregrino. El Bonzo Sha cogió, entonces, a uno y, volviéndose hacia Ba-Chie, le dijo: - Encárgate tú de ese otro. Inmediatamente bajaron de la nube y se dirigieron hacia la cabaña en la que se encontraba el maestro. Nada más verlos, Tripitaka comenzó a recitar el conjuro, pero ellos empezaron a gritar al mismo tiempo: - ¿Es que no os parece suficiente la lucha terrible que estamos manteniendo? ¿Por qué cebáis vuestra ira con nosotros? ¡Dejad de recitar ese conjuro, por lo que más queráis! El maestro poseía un natural bondadoso y de buena gana puso fin a su suplicio, pero se entristeció, al no poder distinguir al falso del auténtico. Además, los dos contendientes lograron desasirse del Bonzo Sha y de Ba-Chie y comenzaron a pelear con la misma saña que antes. - Cuidad del maestro - dijo, a pesar de todo, el Gran Sabio -, mientras voy a ver si el Rey Yama es capaz de determinar qué es lo que nos distingue. El otro Peregrino repitió exactamente lo mismo, antes de desaparecer entre las nubes, batallando sin cesar con su oponente. - ¿Por qué no destruiste a ese falso Ba-Chie con el equipaje, cuando estuviste en la Caverna de la Cortina de Agua? - preguntó el Idiota al Bonzo Sha -. Me habrías ahorrado un montón de problemas. - No me dio tiempo - contestó el Bonzo Sha -. Cuando el monstruo y sus secuaces vieron cómo me deshacía de mi doble con ayuda de este báculo, se lanzaron sobre mí, tratando de atraparme. Afortunadamente logré escapar a tiempo. De vuelta del reino de la Bodhisattva, mientras los dos Peregrinos luchaban entre las nubes, desperdigué a todos los monos y derribé cuantos bancos de piedra encontré en mi camino, pero no hallé ni rastro de vuestros dobles. Lo único que vi fue una enorme cascada que rompía contra unas rocas, pero no sé si había alguna cueva detrás de ella. A lo mejor el equipaje estaba allí escondido, ¿quién sabe? Lo único cierto es que hube de regresar con las manos totalmente vacías. - ¡Claro que había una cueva detrás! - exclamó Ba-Chie -. Cuando fui a pedirle el año pasado que se reintegrara a nuestro grupo, me recibió a la puerta de la caverna, pero después dijo que tenía que cambiarse de ropas y desapareció detrás de la masa de agua. Como habías supuesto, esa cascada no es otra cosa que la entrada de la caverna. Lo más seguro es que el monstruo haya escondido allí nuestras cosas. - Si es verdad lo que dices - concluyó Tripitaka -, deberías aprovechar la ausencia del monstruo para recuperar el equipaje. Así podremos continuar nuestro viaje hacia el Paraíso Occidental, No volveré a aceptar al Peregrino en nuestra compañía, ni aunque me lo pida. - Está bien. Haré lo que pedís - contestó Ba-Chie. - ¿Sabes bien lo que dices? - replicó el Bonzo Sha -. Hay más de mil monos en esa caverna. ¿Crees que vas a poder hacerles frente tú solo? - No te preocupes por eso - respondió Ba-Chie, sonriendo y, montando a toda prisa en una nube, se dirigió directamente a la Montaña de las Flores y Frutos en busca del equipaje. Mientras tanto, los dos Peregrinos llegaron, sin dejar de luchar ni un solo segundo, a la Montaña de la Sombra Perpetua. Los espíritus que montaban la guardia comenzaron a temblar de espanto, al verlos guerrear con tanta fiereza. Algunos trataron de esconderse, mientras otros se colaron por el estrecho pasadizo que conducía a los infiernos y fueron a informar de cuanto ocurría al Salón de la Oscuridad. - Ahí fuera - dijeron a sus señores -, en las estribaciones de la Montaña de la Sombra Perpetua, hay dos Grandes Sabios, Sosias del Cielo, peleando entre sí, como si se hubieran vuelto locos. Asustado, el Rey Chin-Kuang de la Primera Cámara hizo llegar la noticia al Rey del Río de los Orígenes, de la Segunda Cámara, que la pasó, a su vez, al Rey del Imperio de los Sung, de la Tercera Cámara. Éste la transmitió sin pérdida de tiempo al Rey del Cambio Total de la Cuarta Cámara, que se la dio a conocer al Rey Yama de la Quinta Cámara, el cual se la comunicó en seguida al Rey de las Posiciones Idénticas, de la Sexta Cámara. De su boca llegó a oídos del Rey del Monte Tai, de la Séptima Cámara, que se la envió al Rey de la Ciudad de los Mercados, de la Octava Cámara. De allí pasó al Rey Vengador de los Ministros, de la Novena Cámara, que, finalmente, la puso en conocimiento del Rey de la Rueda de las Transmigraciones, de la Décima Cámara. En cuanto hubo recorrido todas las cámaras, los Diez Reyes celebraron consejo y decidieron hacer llegar al Rey Ksitigarbha una petición para que se reuniera con ellos en el Salón de la Oscuridad. Convocaron, al mismo tiempo, a todos los guerreros del reino y les ordenaron que apresaran a los dos Peregrinos. No fue preciso que cumplieran la orden, porque en ese momento se levantó un viento huracanado, en cuyo seno, rodeados de una espesa nube de tierra y polvo, los dos Peregrinos no dejaban de intercambiar ferocísimos golpes. Indignados, los Reyes de las Tinieblas se llegaron hasta ellos y los instaron a poner fin a la lucha, diciendo: - ¿Podéis explicarnos por qué habéis venido a sumir nuestro reino en semejante confusión? - Tras dejar atrás el reino del Liang Occidental - explicó el Gran Sabio -, llegamos, camino de la Montaña del Espíritu, hacia donde nos dirigimos en busca de escrituras, a una región dominada por bandoleros. Una de esas bandas de desalmados trató de despojar a mi maestro de todas sus pertenencias y tuve que matar a unos cuantos. En vez de agradecérmelo, mi maestro me expulsó de su lado y yo me vi en la necesidad de acudir a la Bodhisattva de los Mares del Sur en busca de apoyo. Lo que menos sospechaba yo entonces es que este monstruo fuera a tomar mi personalidad, atacar a traición al monje Tang y hacerse con todo su equipaje. El Bonzo Sha, el menor de mis hermanos, no tuvo más remedio que dirigirse a la montaña de la cual soy originario a exigir la devolución de lo que era suyo. Pero tuvo la mala fortuna de encontrarse con este monstruo, que le hizo saber su intención de conseguir él solo las escrituras, valiéndose de un maestro tan falso como él mismo. Ante eso, el Bonzo Sha corrió a informar de todo a la Bodhisattva, la cual sugirió que fuéramos a la Montaña de las Flores y Frutos y tratáramos de aclarar lo que pasaba. Fue así como descubrí que este impostor había ocupado mi lugar. Sin dejar de intercambiar golpes, le forcé a ir hasta el lugar en el que habita la Bodhisattva, pero es en todo tan idéntico a mí, que ni ella misma pudo distinguir al auténtico del falso. Recurrimos, entonces, a los Cielos, pero la perspicacia de los dioses tampoco sirvió de nada. Lo mismo ocurrió con el conjuro del que se vale mi maestro para castigarme cuando me muestro irrespetuoso con él. El terrible dolor de cabeza que me produce su recitado se repitió, incomprensiblemente, también en su cuerpo. Por eso, precisamente, hemos venido a molestaros. Es preciso, Reyes de las Tinieblas, que echéis una mirada al Libro de la Vida y la Muerte y determinéis quién de nosotros dos es el impostor. No necesito recordaros que, para que las dos Mentes no sometan a todo cuanto existe a una terrible confusión, deberéis encerrar en vuestras mazmorras al espíritu del Peregrino impostor. Los Reyes de las Tinieblas hicieron venir al juez encargado del Registro de la Vida y la Muerte, pero, tras examinar detenidamente el libro, no hallaron a nadie con el nombre de Peregrino impostor. Miraron a continuación el tomo de las criaturas con pelo, sin embargo los resultados no fueron mejores. Como se recordará, cuando el Gran Sabio, tras asimilar los principios del Tao, sumió la Región de las Tinieblas en un absoluto desorden, tachó con su propia mano los nombres de ciento treinta especies de monos. Eso explica que ninguna de ellas figurara en el Libro de la Vida y la Muerte. En cuanto hubieron recibido el informe del encargado del registro, los Reyes de las Tinieblas se revistieron de los símbolos de su poder, con el fin de recalcar la solemnidad de aquel momento, y dijeron a los dos Peregrinos: - Nos tememos, Grandes Sabios que en estas regiones de sombras no hay forma de dar con el nombre del impostor. Si deseáis averiguarlo, tendréis que ir al Reino de la Luz. - ¡Esperad un momento! - dijo el Bodhisattva Ksitigarbha -. Antes de que os vayáis, desearía consultar vuestro caso con el Oído Investigador. El tal Oído Investigador era una bestia que se pasaba el día tumbada a los pies de Ksitigarbha. Acurrucada contra el suelo, era capaz de distinguir lo auténtico de lo falso entre todas las clases de criaturas. No escapaban a su perspicacia ni los seres sin pelo, ni los que están recubiertos de escamas, ni los que se protegen del frío con espléndidas pieles, ni los que surcan los aires, ni los que reptan por el suelo, ni los inmortales celestes, ni los que moran en la tierra, ni los que tienen un origen humano, ni los que poseen una naturaleza espiritual y habitan en cavernas benditas, lugares sagrados, santuarios, ríos y montañas de los Cuatro Grandes Continentes. Accediendo a los deseos de Ksitigarbha, la bestia se arrastró hasta el Salón de la Oscuridad y, alzando la cabeza, dijo a su señor: - Acabo de descubrir cómo se llama ese monstruo, pero no puedo decíroslo delante de él ni prestaros ninguna ayuda a la hora de intentar capturarle. - ¿Qué pasaría, si desvelaras su nombre estando él presente? - preguntó Ksitigarbha. - Si lo hiciera - respondió el Oído Investigador -, ese monstruo sumiría en la confusión este recinto sagrado y acabaría con la tranquilidad que reina en este Mundo de Sombras. - ¿Quieres decirme por qué no puedes prestarme ninguna ayuda a la hora de intentar capturarle? - volvió a preguntar Ksitigarbha. - Los poderes mágicos de ese monstruo no se diferencian en nada de los del Gran Sabio - explicó el Oído Investigador -. Los dioses del infierno no pueden absolutamente nada contra él. De ahí que sea tan difícil echarle mano. - ¿Qué podemos hacer, entonces, para acabar con él? - insistió Ksitigarbha, preocupado. - Únicamente el poder de Buda carece de límites - sentenció el Oído Investigador. Ksitigarbha se acercó, entonces, a los Peregrinos y les dijo: - Sois tan iguales y poseéis unos poderes tan idénticos, que parecéis, en realidad, la misma persona. Si deseáis averiguar qué es lo que os distingue, deberéis ir al Monasterio del Trueno, donde Sakyamuni ha establecido su morada. - Tenéis razón - contestaron los Peregrinos a coro -. Nos llegaremos hasta ese santo lugar y pediremos al Patriarca del Paraíso Occidental que resuelva, de una vez por todas, este enigma. Los Reyes de las Tinieblas de las Diez Cámaras salieron a despedirlos hasta las mismas puertas del infierno, mientras Ksitigarbha regresaba a toda prisa al Palacio de la Nube de Jade y los espíritus que montaban la guardia cerraban firmemente los accesos que conducían al Mundo de Sombras, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los dos Peregrinos, que se dirigieron hacia el Paraíso Occidental, luchando como si fueran encarnizados enemigos. Sobre todo ello disponemos de un poema, que afirma: La desgracia se abatirá sobre el que posea dos mentes. Él mismo la llamará con urgencia, ya que tratará de comprender a la vez lo cercano y lo lejano. Buscará, al mismo tiempo, ocupar el puesto de Gran Consejero y de Señor de los Carillones de Oro. Hará la guerra a la vez en el norte y en el sur y pugnará por asolar en el mismo momento el este y el oeste. El que desee trasponer las puertas del Zen debe desprenderse de la mente y dejar que el embrión sagrado vaya creciendo poco a poco en su interior. Sin dejar de pelear un solo instante, no tardaron en avistar el Monasterio del Trueno, que se elevaba, majestuoso, en la Montaña del Espíritu del Paraíso Occidental. En aquel mismo momento los Cuatro Grandes Bodhisattvas, los Ochos Grandes Reyes Diamantinos, los Quinientos Arhats, los Tres Mil Protectores de la Fe, los monjes y monjas mendicantes, los upasakas y los upasikas se hallaban reunidos junto al trono de loto de las siete piedras preciosas, con el fin de escuchar las enseñanzas de Tathagata. Explicaba que lo que existe se halla contenido en lo que no existe; lo que no existe, en lo que no puede existir; lo que posee forma, en lo que no la tiene; y lo que está vacío, en lo que no lo está. Esto es así porque lo que no existe es lo que existe, y lo que no puede existir, lo que no existe. Lo que carece de forma es, por otra parte, lo que posee forma, y lo que está vacío, lo que, en realidad, no lo está. Lo vacío, sin embargo, está de verdad vacío, y lo que posee forma no carece de ella. Pero la forma no tiene una forma fija, de ahí que sea vacío. Lo vacío, por su parte, no posee una vacuidad fija, de ahí que sea también forma. El conocimiento de lo vacío es lo no vacío, del mismo modo que el conocimiento de la forma es la no forma. Cuando los nombres y la acción se complementan, se alcanza la comprensión total y absoluta. Tras escuchar tan maravillosas doctrinas, todos los presentes inclinaron la cabeza y repitieron al unísono lo que Buda acababa de enseñarles. Agradecido, Tathagata hizo descender sobre ellos una lluvia de pétalos celestes, antes de decir con un cierto deje de satisfacción: - Todos vosotros poseéis una sola mente. Contemplad a qué lamentable situación puede conducir el hecho de poseer dos. Todos los presentes levantaron la cabeza y vieron a los dos Peregrinos enzarzados en una escalofriante batalla, al tiempo que posaban sus pies en las sagradas tierras del Trueno. Los Ocho Reyes Diamantinos experimentaron tal indignación, al contemplar semejante espectáculo, que trataron de impedirles la entrada, diciendo: - ¿Se puede saber adonde vais? - Un monstruo se ha adueñado de mi personalidad y deseo que Tathagata determine qué es lo que nos distingue desde la inalcanzable altura de su trono de loto. A pesar de sus esfuerzos, los Ocho Reyes Diamantinos no pudieron detenerlos y los dos monos continuaron guerreando, hasta que se encontraron delante mismo del estrado de las siete piedras preciosas. - Como sabéis - dijo el Gran Sabio, arrodillándose ante el Gran Patriarca Budista -, he dedicado mi vida a proteger al monje Tang en su largo viaje hasta estas tierras en busca de las escrituras sagradas. Por alcanzar causa tan noble, no he dudado en agotar mis fuerzas, destruyendo monstruos y dominando demonios. Hace cierto tiempo, no obstante, nos salieron al encuentro unos bandidos y me vi obligado a matar a unos cuantos. Eso provocó la ira de mi maestro, que me apartó de su lado, privándome del consuelo de venir a presentar mis respetos ante vuestra dorada figura. No me quedó más remedio que acudir a la Bodhisattva Kwang-Ing de los Mares del Sur en busca de consuelo. Poco me figuraba yo entonces que un monstruo había asumido fraudulentamente mi personalidad y hasta mi forma de hablar y se había presentado ante el maestro, dejándole medio muerto y llevándose todo su equipaje. Wu-Ching, el menor de mis hermanos, le siguió hasta la montaña de la que soy originario y allí se enteró, con horror, de que esta bestia pensaba valerse de un monje falso para hacerse con las escrituras. Afortunadamente, Wu-Ching logró escapar y corrió a informar de todo a la Bodhisattva de los Mares del Sur, que sugirió que condujéramos al impostor ante su presencia. Pero ni ella, ni los moradores celestes, ni el propio monje Tang, ni los Reyes de las Tinieblas han podido determinar qué es lo que realmente nos distingue. Por eso me he atrevido, finalmente, a acudir ante vos y suplicaros que abráis de par en par las puertas de vuestra insondable comprensión misericordiosa y me ayudéis a discernir el bien del mal. De esa forma, podré reintegrarme a la compañía del monje Tang, llegar hasta aquí a presentaros nuestros humildes respetos, hacernos con las escrituras y regresar con ellas a las Tierras del Este, para que todos conozcan la bondad de vuestras doctrinas. Todos los presentes oyeron, asombrados, cómo los dos Peregrinos pronunciaban las mismas palabras al mismo tiempo y con el mismo tono de voz, sin poder distinguir al auténtico del falso. Únicamente Tathagata poseía el poder de discernirlos. Abrió la boca para emitir su juicio, pero en ese mismo momento surgió, procedente del sur, una nube de color rosáceo que traía a la Bodhisattva Kwang-Ing. Se inclinó respetuosamente ante Buda con las palmas de las manos unidas, pero, antes de que pudiera decir algo, le preguntó el propio Tathagata: - ¿Podéis distinguir al auténtico Peregrino del falso? - Hace unos días - respondió la Bodhisattva - acudieron a mí con ese mismo dilema, pero fui incapaz de determinar qué era lo que distinguía a uno del otro. Les sugerí que acudieran al Palacio Celeste y a la Mansión de las Tinieblas en busca de una solución, pero tampoco allí pudieron ofrecérsela. He venido, pues, a suplicaros, en nombre del auténtico Peregrino, que se la facilitéis vos. - Aunque el poder de tu dharma es inmenso y tienes capacidad para ver cuanto ocurre en el universo - contestó Tathagata, sonriendo -, no te está permitido penetrar en la naturaleza de las cosas ni posees el conocimiento total de las clases de seres. La Bodhisattva le pidió que explicara tan profundos pensamientos y Tathagata añadió: - Existen cinco clases de inmortales en el universo: los celestes, los terrestres, los que participan de la naturaleza divina, los que poseen un substrato humano y los que pertenecen al mundo del espíritu. Hay, así mismo, cuatro clases de seres: los de pelo corto, los que tienen su cuerpo recubierto de escamas, los que se protegen de las inclemencias del tiempo con pieles, los que surcan los aires y los que se arrastran por el polvo. Extrañamente, este impostor no pertenece a ninguna de ellas. Ello se explica porque existen cuatro tipos de simios que no caen dentro de las categorías que acabo de mencionar. - ¿Podríais explicarme cuáles son esos tipos de simios a los que os referís? - volvió a preguntar la Bodhisattva. - Al primero - respondió Tripitaka - pertenece el mono de piedra, con una inteligencia tan desarrollada que ha llegado a dominar el arte de las metamorfosis, posee capacidad para observar el cambio de las estaciones, conoce los tesoros que encierra la tierra y es capaz de alterar las órbitas de las estrellas y los planetas. Al segundo pertenece el mandril de nalgas rojizas, que conoce los misterios del yin y el yang, comprende los asuntos humanos, se muestra responsable en todo cuanto emprende y lucha con todas sus fuerzas por evitar la muerte y alargar indefinidamente su vida. Al tercero pertenece el gibón, de brazos tan largos que es capaz de agarrar la luna y el sol, reducir la altura de mil montañas, interpretar los signos propicios y distinguirlos de los que no lo son, jugando a sus anchas con el universo. A la cuarta pertenece el macaco de seis oídos, tan exquisito en sus apreciaciones, que puede comprender los principios fundamentales, conocer el pasado y el futuro y penetrar en el misterio de todo cuanto existe. Estos cuatro tipos de monos no están contenidos en las diez clases de seres ni en la infinidad de especies que llenan los cielos y la tierra. Bajo mi punto de vista ese falso Sun Wu-Kung por fuerza tiene que ser un macaco con seis oídos, pues es capaz de conocer lo que está ocurriendo a diez mil kilómetros de distancia y escuchar con toda claridad lo que se dice en un lugar más apartado incluso que ése. Por eso me he referido a él como un ser tan exquisito en sus apreciaciones que puede comprender los principios fundamentales, conocer el pasado y el futuro y penetrar en el misterio de todo cuanto existe. Debe concluirse, pues, que ese simio con el mismo cuerpo y la misma voz que Wu-Kung es un macaco de seis oídos. Al escuchar de labios de Tathagata tan acertado veredicto, el macaco comenzó a temblar de miedo. Dio, después, un salto tremendo y trató de huir por los aires, pero Tathagata ordenó a los Cuatro Bodhisattvas, a los Ocho Reyes Diamantinos, a los Quinientos Arhats, a los Tres Mil Protectores de la Fe, a los monjes y monjas mendicantes, a los upasakas, a los upasikas, a Kwang-Ing y a Moksa que le rodearan y no le dejaran escapar. El Gran Sabio quiso unirse también a la caza, pero se lo impidió Tathagata, diciendo: - No te muevas de donde estás, Wu-Kung. Ya me encargaré yo de capturarle. Tan seguro estaba el macaco de que no iba a poder escapar, que los pelos se le pusieron de punta de puro terror. Pese a todo, sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una abeja, que se elevó tranquilamente hacia lo alto. Sin pérdida de tiempo Tathagata arrojó hacia arriba un cuenco de pedir limosnas, de oro, que, tras atrapar a la abeja, la depositó con suavidad en el suelo. Ninguno de los presentes se dio cuenta de ello. Todos pensaron que el macaco había logrado escapar. Dándose cuenta de su tristeza, Tathagata los llamó a su lado y les dijo, sonriendo: - Dejad de lamentaros. El monstruo no ha conseguido huir. Se encuentra debajo de mi cuenco de pedir limosnas. Todos los presentes rodearon el cuenco y lo levantaron con cuidado. El macaco de seis oídos apareció ante su vista con la forma que le era habitual. Incapaz de contener la furia, el Gran Sabio levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y, de un solo golpe, lo redujo a polvo. Desde entonces no ha vuelto a verse ni un solo ejemplar de ese tipo de simios. - ¿Qué has hecho, Wu-Kung, qué has hecho? - exclamó Tathagata, movido a compasión. - No deberíais mostraros tan triste por su suerte - contestó el Gran Sabio -. Trató de dar muerte a mi maestro y le robó todo su equipaje. Según la ley, era culpable de asalto y robo a plena luz del día y esos cargos están penados con la muerte. - Regresa junto al monje Tang y ayúdale a llegar a este lugar lo más rápidamente posible. Es preciso que no se demore más la obtención de las escrituras. El Gran Sabio se echó rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente en señal de agradecimiento, dijo a Buda: - Hay una cosa que debéis saber: el maestro se niega a aceptarme en su compañía. De nada servirá hacer un viaje tan largo. Os suplico, pues, que recitéis un conjuro, para que se me desprenda de la cabeza este aro de oro, y, así, podré volver a mi anterior vida de laico. - ¡Deja de decir tonterías, por favor, y no te muestres tan poco respetuoso! - le aconsejó Tathagata -. Si pido a Kwang-Ing que se encargue de llevarte junto al maestro, ten la seguridad de que esta vez no te apartará de su lado. Procura prestarle cuanta ayuda precise, y cuando hayáis alcanzado el final del viaje y hayáis entrado en la patria del nirvana, tú mismo te sentarás en un trono de loto. Al oír esas palabras, Kwang-Ing juntó las palmas de las manos y, de esa forma, agradeció a Tathagata la gracia que le había concedido. Acompañada por Wu-Kung, montó en una nube y abandonó la Montaña del Espíritu, seguida por Moksa y la cacatúa blanca. No tardaron en llegar a la cabaña en la que se encontraba descansando el monje Tang. Al verlos, el Bonzo Sha se lanzó al interior de la choza y pidió, muy excitado, al maestro que saliera a darles la bienvenida. - El que te golpeó el otro día - explicó la Bodhisattva con su dulzura habitual - no fue el Peregrino, sino un macaco de seis oídos que se hizo pasar por él. Afortunadamente Tathagata ha podido desenmascararle y Wu-Kung le ha dado muerte. Es preciso que le readmitas de nuevo en tu compañía, pues son aún muchos los obstáculos a los que has de hacer frente antes de llegar al final de tu viaje. Sin él jamás lograrás alcanzar la Montaña del Espíritu ni pedir a Buda que te haga entrega de las escrituras. ¿A qué viene, entonces, seguir enfadado con él? - Está bien - contestó Tripitaka, golpeando el suelo con la frente -. Haré lo que me pedís. No había acabado de decirlo cuando se levantó un viento fortísimo procedente del este y apareció Chu Ba-Chie montado sobre una nube y con las dos bolsas de lana azul a la espalda. En cuanto vio a la Bodhisattva, se echó rostro en tierra y dijo: - Acabo de regresar de la Caverna de la Cortina de Agua, en la Montaña de las Flores y Frutos, adonde fui, por orden expresa del maestro, en busca de nuestras cosas. Lo más sorprendente fue que allí me encontré con un monje Tang falso y un Ba-Chie que nada tenía que ver conmigo. No necesito deciros que acabé con ellos de un solo golpe. En realidad, no eran más que dos monos. Entré después en la caverna y, al ver que no faltaba ni una sola de las pertenencias del maestro, volví a montarme en una nube y me vine para acá a toda prisa. Por cierto, ¿qué ha sido de los dos Peregrinos? La Bodhisattva volvió a relatar cómo Tathagata había descubierto la naturaleza del falso y cómo el Gran Sabio había terminado con él. El Idiota no podía estar más contento, tras escuchar tales nuevas. La alegría se había apoderado, de hecho, de todos los peregrinos, que se echaron rostro en tierra y agradecieron a la Bodhisattva cuanto había hecho por ellos. Kwang-Ing se dirigió, entonces, a los Mares del Sur, mientras los monjes, unidos hasta el punto de poseer una sola mente y un solo corazón, se despedían de la familia que con tanto cariño los había acogido en su cabaña. No quedaba ni rastro de su antigua animadversión cuando reanudaron, por fin, el camino que conducía hacia el Oeste. Sobre ese momento disponemos de un poema, que afirma: Cada vez que se ponían en marcha, las Cinco Fases experimentaban un cambio profundo y los monstruos que acababan de derrotar se fundían con la luz primigenia. El espíritu volvía, entonces, a su hogar y el Zen adquiría su quietud absoluta. Sólo cuando se hallan bajo control los seis sentidos, es posible destilar el elixir. Desconocemos aún si Tripitaka consiguió ver a Buda frente a frente o si logró hacerse con las escrituras. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se dan en el capítulo siguiente. 第059回 UNA VEZ MAS, ES OBSTACULIZADA LA MARCHA DE TRIPITAKA TANG EN LA MONTAÑA DE FUEGO. EL PEREGRINO SUN VA EN BUSCA POR PRIMERA VEZ DEL ABANICO DE HOJAS DE PALMA A pesar de su inmensa variedad, inabarcable como el cosmos o el mar, todo proviene de la misma fuente. De nada valen ante ella los pensamientos y las cuitas, porque no existe ninguna diferencia entre los géneros y las formas. Al auténtico dharma sólo se llega por el esfuerzo y el sacrificio diarios. Para ello es preciso mantenerse firme y no vagar de este a oeste ni de norte a sur. Entra después en el brasero del elixir y refínate hasta que estés rojo y brillante como el mismo sol. Únicamente entonces podrás cabalgar a lomos de un dragón y dirigirte adonde te plazca. Decíamos que, siguiendo los deseos de la Bodhisattva, Tripitaka volvió a acoger en su compañía al Peregrino. Con la ayuda de Ba-Chie y el Bonzo Sha consiguió poner freno a los desmanes de las dos Mentes y logró mantener bajo control al Caballo y al Mono. Unidos, de esta forma, en un solo espíritu, prosiguieron su camino hacia el Paraíso Occidental. El tiempo pasó a la velocidad de una flecha y las estaciones se sucedieron unas a otras con la rapidez con que se mueve la rueca de un tejedor. Al calor insoportable del verano le sucedieron las primeras heladas del otoño tardío. Las masas de nubes erraban sin sentido por el cielo a merced de los caprichos del viento del poniente. En los montes se escuchaban los lamentos lejanos de las garzas, mientras todo se iba revistiendo de los caprichosos bordados de los hielos. Una nota de melancolía se dejaba escuchar en aquella sucesión interminable de elevaciones y cursos de agua. Bandadas de patos volaban hacia las tierras del norte, mientras regresaban al sur millares de pájaros de colores oscuros. ¡Cuánta soledad se abatía sobre los caminantes! El tiempo había cambiado de tal forma, que las túnicas de los monjes se veían en seguida invadidas por el frío. No obstante, a medida que el maestro y sus discípulos continuaban hacia delante cada vez sentían más calor. Sorprendido, Tripitaka tiró de las riendas al caballo y dijo: - ¡Qué extraño! Estamos ya en otoño. ¿Cómo es posible que haga de repente tanto calor? - Quizás no lo sepáis - contestó Ba-Chie -, pero existe, camino del Oeste, un reino que responde al nombre de Su Ha-Li y en el que se refugia el sol, tras ponerse todos los días. Eso explica que sea conocido entre la gente como el Reino del Fin de los Cielos. A la hora del crepúsculo el señor que lo rige manda a las almenas de su palacio a grupos de guerreros con tambores y clarines, para que, con su estruendo, ahoguen el ruido terrible que hace el sol al sumergirse en el mar. No necesito recordaros que está hecho totalmente de fuego y que, al entrar sus llamas en contacto con las aguas del Océano Occidental, produce una especie de silbido realmente ensordecedor. Si los tambores y clarines no amortiguaran sus efectos, morirían a causa del ruido todos los niños de la ciudad. Este mismo calor que ahora sentimos debe de ser producto de la puesta del sol. Al oírlo, el Gran Sabio soltó la carcajada y dijo: - No sabes ni lo que te traes entre manos. Ese Reino de Su Ha-Li del que hablas está mucho más adelante. Se encuentra, de hecho, a tal distancia de aquí, que, al paso que lleva el maestro, pasaría varias vidas seguidas en el camino y aún no conseguiría llegar a su destino. - Si no estamos acercándonos al lugar en el que se pone el sol - replicó Ba-Chie -, ¿cómo explicas que haga tanto calor? - Aquí el clima debe de ser distinto que en otras partes - respondió el Bonzo Sha -. De suerte que, cuando aquí es verano, en los demás lugares es otoño. Cuando más enfrascados estaban en esa discusión, vieron junto al camino un grupo de edificios con las tejas rojas, los muros rojos y las puertas y las ventanas de ese mismo color. Todo en ellos era, precisamente, rojo. Sin saber explicarse a qué obedecía semejante preferencia, Tripitaka se bajó del caballo y dijo a Wu-Kung: - Vete a una de esas casas y pregunta a ver a qué obedece todo este calor. El Gran Sabio dejó a un lado la barra de los extremos de oro, se estiró un poco las ropas y, adoptando un aire de persona civilizada, se dirigió hacia la casa que acababa de señalarle el maestro. Justamente en ese momento salió de ella un anciano, que vestía una túnica de hierbas ni amarilla ni roja, llevaba cubierta la cabeza con un sombrero de bambú ni negro ni azul, sostenía en las manos un bastón de caña rugosa ni retorcido ni recto, y calzaba un par de botas de cuero de vaca ni viejas ni nuevas. Su rostro poseía el tinte rojizo del bronce, mientras que su barba parecía, por su reciedumbre, estar hecha de cadenas blancas. Sus ojos, por el contrario, emitían un vivo destello de luz y sus labios dejaban entrever, al reírse, unos cuantos dientes de oro. Pareció desconcertado al ver al Peregrino y, apoyándose con fuerza en su bastón, gritó: - ¿Qué clase de extraño ser eres tú y de dónde procedes? ¿Se puede saber qué es lo que te ha traído hasta mi puerta? - No os asustéis, por favor - contestó el Peregrino, inclinándose, respetuoso -. No soy ningún ser extraño, sino un monje enviado por el Gran Emperador Tang de las Tierras del Este en busca de escrituras sagradas. Conmigo viajan otros dos hermanos y un maestro. Al entrar en la noble región en la que vivís, nos percatamos del desconcertante clima que en ella reina, particularmente este horrible calor que todo lo invade, y decidí venir a preguntaros a qué obedecen estas temperaturas tan altas y cuál es el nombre de tan digno lugar. - Espero que me disculpéis - contestó el anciano, sonriendo aliviado -. Mi vista no es todo lo buena que quisiera y al principio no os había reconocido. - No os preocupéis por eso - respondió el Peregrino. - ¿Dónde está vuestro maestro? - volvió a preguntar el anciano. - Allí - contestó, una vez más, el Peregrino -. Es aquel que está junto al camino. - Decidle que se acerque, por favor - pidió el anciano -. En mi casa siempre hay un lugar para los caminantes. Loco de contento, el Peregrino hizo señas a Tripitaka para que se acercaran y al punto se pusieron en camino hacia la casa, Ba-Chie tirando de las riendas al caballo y el Bonzo Sha cargado con el equipaje. Todos se inclinaron con respeto ante el anciano, quien, al ver lo distinguido que parecía Tripitaka y el raro aspecto que ofrecían Ba-Chie y el Bonzo Sha, se sintió a la vez complacido y temeroso. No tuvo, sin embargo, más remedio que invitarlos a todos a entrar en su casa y tomar asiento, mientras los sirvientes preparaban un poco de té y algo de comer. Tras darle las gracias, Tripitaka preguntó: - ¿Cómo es que en esta distinguida región hace tanto calor en el otoño? - Este lugar - explicó el anciano - es conocido como la Montaña de Fuego y en él no existen ni la primavera ni el otoño. - ¿Dónde está situada exactamente? - volvió a inquirir Tripitaka -. ¿Se encuentra dentro de la ruta que conduce hacia el Oeste? - Por aquí es imposible llegar al Oeste - contestó el anciano -, porque aproximadamente a ochenta kilómetros de aquí se levanta esa terrible montaña que cierra el paso a todos los caminantes. Sus llamas devoran todo a su alrededor. Eso explica que en mil kilómetros a la redonda no crezca ni una sola brizna de hierba. No necesito deciros que, si osáis acercaros a ella, os derretiréis como la cera, aunque poseáis una cabeza de bronce y un cuerpo de hierro. Tripitaka cambió de color y no se atrevió a preguntar nada más. En ese mismo instante pasó por delante de la puerta un joven con un carrito pintado de rojo, gritando: - ¡Tortas de arroz! ¡Vendo tortas de arroz! El Gran Sabio se arrancó un pelo y, tras convertirlo en una moneda de cobre, salió a la calle e hizo gestos al vendedor para que se acercara. Sin preocuparse de comprobar el valor del dinero, el hombre sacó una torta de arroz cocida al vapor y se la entregó al Peregrino. Estaba tan caliente, que el desprevenido Wu-Kung tuvo la sensación de que le habían puesto en las manos un trozo de carbón ardiendo o un clavo al rojo vivo recién sacado de la fragua de un herrero. Incapaz de mantenerla mucho tiempo en una mano, comenzó a pasársela de la una a la otra, al tiempo que decía, bufando como si fuera un carabao en pleno esfuerzo: - ¡Parece de fuego! ¡Estoy seguro de que nadie puede comer una cosa tan caliente! - Si tanto miedo te da el calor, no sé a qué has venido a esta región - respondió el hombre soltando la carcajada -. No existe lugar más caliente que éste. - No te lo discuto - contestó el Peregrino -, pero creo que te has pasado un poco. Como muy bien afirma el proverbio, "sin frío ni calor no hay cosecha". Sin embargo, esto es auténtico fuego. ¿Quieres decirme de dónde sacas la harina para hacer estas tortas? - Aquí solemos decir que, si deseas harina para las tortas, tienes que ir a pedírselo al Inmortal del Abanico de Hierro - respondió el hombre. - ¿Qué tiene que ver ese inmortal con la cocina? - preguntó el Peregrino. - Da la casualidad de que el inmortal del que te hablo - explicó el hombre - posee un abanico muy especial. Cuando lo sacude una vez, se apaga el fuego; si lo hace dos veces, se levanta el viento, y a la tercera empieza a llover. Sólo entonces podemos cultivar nuestros campos y conseguir las magras cosechas de las que obtenemos esta harina. Sin la ayuda del inmortal y su abanico, no crecería absolutamente nada en esta región. Al oír eso, el Peregrino corrió al interior de la casa y dijo, entregando la torta de arroz a Tripitaka: - Tranquilizaos y no os preocupéis más, maestro. Acabo de enterarme de algo realmente importante, pero es preciso que comáis primero. El maestro ofreció la torta al cabeza de familia, diciendo: - Probad esto, por favor. - ¿Cómo voy a aceptarlo, si aún no os he ofrecido ni siquiera té? - replicó el anciano. - No es preciso que os molestéis - contestó el Peregrino, sonriendo -. Podemos pasarnos muy bien sin comer ni beber. Lo que sí desearía preguntaros es dónde vive el Inmortal del Abanico de Hierro. - ¿Para qué queréis saberlo? - inquirió el anciano. - Acaba de decirme el vendedor de tortas - respondió el Peregrino - que ese inmortal posee un abanico tan especial, que apaga el fuego cuando lo sacude una vez, convoca a los vientos cuando repite la acción, y trae la lluvia cuando lo hace por tercera vez. Sólo entonces pueden las gentes que habitan este país cultivar sus campos y conseguir las cosechas de las que viven. Me gustaría ir a verle para pedirle que apague las llamas de esa montaña. Así podremos proseguir nuestro viaje y ustedes llevarán una vida más acorde con el normal discurrir de las estaciones. - Lo que os ha dicho ese vendedor es cierto - confirmó el anciano -. Pero, según veo, no tenéis nada que regalarle y me temo que el inmortal no atenderá vuestros deseos, si os presentáis ante él con las manos vacías. - ¿Qué clase de presentes son los que le agradan? - preguntó Tripitaka. - Las gentes de aquí suelen entrevistarse con él cada diez años - contestó el anciano -. En esas ocasiones acostumbran llevarle cuatro cerdos, otras tantas ovejas, algo de dinero envuelto en papeles de color rojo, unos cuantos ramilletes de flores exóticas, varios kilos de frutas del tiempo, pollos, patos y vino dulce. Antes de dirigirse a la montaña del inmortal a pedirle que venga aquí a ejercitar su enorme poder, se bañan con esmero y se ponen sus mejores galas. - ¿Cómo se llama esa montaña y a qué distancia está de aquí aproximadamente? - volvió a preguntar el Peregrino. - Se encuentra hacia el sudoeste y todo el mundo la conoce por el nombre de Montaña de la Nube de Jade. En ella hay una caverna llamada de la Hoja de Palma. Los que van desde aquí tardan aproximadamente un mes en volver, ya que nos separa de ella una distancia que ronda los dos mil quinientos kilómetros. - Eso no es ningún problema - dijo el Peregrino, sonriendo -. Estaré de vuelta en un abrir y cerrar de ojos. - Esperad un momento - exclamó el anciano -. Es preciso que comáis antes y que llevéis algo de comida seca. Además, deberán acompañaros como mínimo otras dos personas, pues no hay ningún asentamiento humano por los alrededores y todo el camino está lleno de tigres y lobos. Es imposible hacer ese viaje en un solo día. Os advierto que no va a resultaros nada divertido. - Os agradezco vuestro interés, pero no necesito nada de eso - contestó el Peregrino, riendo -. Ahora mismo voy a ir para allá. No había acabado de decirlo, cuando desapareció de la vista de todos. - ¡Qué cosa más extraordinaria! - volvió a exclamar, una vez más, el anciano, asombrado -. ¿Cómo iba a saber yo que se trataba de un hombre santo, capaz de viajar por encima de las nubes? No describiremos la forma como aquella familia agasajó al monje Tang y a sus discípulos tras el extraordinario portento que acababa de contemplar. Sí hablaremos, sin embargo, del Peregrino, que no tardó en llegar a la Montaña de la Nube de Jade. Cuando más entretenido estaba buscando la entrada de la caverna, oyó que un leñador estaba cortando leña en lo más recóndito del bosque. Se acercó más a él y comprobó que estaba cantando: Aunque los cantos rodados y las hierbas salvajes han borrado los senderos, yo conozco el bosque con más perfección que las nubes que navegan por encima de nuestras cabezas. Cuando veo por la mañana que la lluvia riega las cumbres que miran hacia el poniente, sé que al anochecer los arroyuelos que fluyen hacia el sur bajarán totalmente llenos de agua. - Aceptad mi sincero saludo - dijo el Peregrino, inclinando levemente la cabeza. El leñador dejó a un lado el hacha y le preguntó, después de saludarle de la misma forma: - ¿Adonde vais, maestro? - ¿Es ésta la Montaña de la Nube de Jade? - inquirió, a su vez, el Peregrino. - Así es - respondió el leñador. - Tengo entendido - prosiguió el Peregrino - que en ella existe una caverna llamada de la Hoja de Palma, en la que mora el Inmortal del Abanico de Hierro. ¿Podéis indicarme dónde se encuentra exactamente? - Es cierto que hay aquí una caverna de la Hoja de Palma - confirmó el leñador -, pero en ella no habita el inmortal que acabáis de mencionar, sino la Princesa del Abanico de Hierro, también conocida por el nombre de Diablesa. - Hay quien afirma - agregó el Peregrino - que ese inmortal o quien sea posee un abanico capaz de apagar las llamas de la Montaña de Fuego. ¿Es la dueña de semejante maravilla la dama que acabáis de mencionar? - Efectivamente - contestó el leñador -. Si algunos la llaman la Inmortal del Abanico de Hierro, es porque posee un tesoro con el que apaga el fuego que se ceba, inmisericorde, en las familias de otras regiones. Para nosotros sus artes no nos valen de mucho. De hecho, la conocemos por el nombre de Diablesa. Mirándolo bien, no es más que la esposa del Poderoso Rey Toro. Al oír eso, el Peregrino palideció de sorpresa y se dijo, preocupado: - Enemigo tenemos a la vista. Si mal no recuerdo, hace años cuando derroté al Muchacho Rojo, éste afirmó que había sido criado por esa mujer. No puede decirse que su tío me recibiera con grandes muestras de cariño, cuando me topé con él en la Caverna de la Montaña de la Supresión de los Machos. Sentía, de hecho, tal animosidad contra mí, que hasta se negó a darme un poco de agua. Si el tío reaccionó así, imagínate cómo lo harán sus padres. Es imposible que quieran prestarme de buena gana el abanico que he venido a buscar. El leñador se percató en seguida del cambio que había experimentado la expresión del Peregrino y le dijo, sin dejar de sonreír: - Los que habéis renunciado a la familia, no deberíais abandonaros al desaliento. Seguid este sendero en dirección este y no tardaréis en llegar a la Caverna de la Hoja de Palma. Se encuentra, de hecho, a menos de ocho kilómetros de aquí. ¿A qué viene ese aire de preocupación? - A decir verdad - respondió el Peregrino -, soy el más antiguo de los discípulos del monje Tang, un hombre extremadamente piadoso, que ha sido enviado por el emperador de las Tierras del Este al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Hace algunos años me topé en la Caverna de la Nube de Fuego con un diablillo llamado Muchacho Rojo, que da la casualidad de ser el hijo de esa dama de la que antes me habéis hablado. Me temo que no vaya a recibirme precisamente con los brazos abiertos y que se niegue a prestarme su abanico. ¿Comprendéis ahora mi intranquilidad? - Cada cual trata a los demás según la impresión que le hayan causado - sentenció el leñador -. Lo mejor que podéis hacer es olvidaros del pasado y concentrar todas vuestras energías en conseguir ese dichoso abanico. Estoy seguro de que os costará mucho lograr vuestro propósito. - Os agradezco esos consejos - contestó el Peregrino, inclinándose, respetuoso -. Siempre los tendré presentes. Tras despedirse del leñador, se dirigió hacia la entrada de la Caverna de la Hoja de Palma. Sus puertas estaban cerradas a cal y canto, pero la belleza del paraje en el que se hallaba enclavada no podía ser más extraordinaria. Las rocas que daban cuerpo a la montaña poseían allí tal rugosidad, que parecían haber sido arrancadas del mismo corazón de la tierra. Una neblina azulada teñía de continuo sus empinadas laderas, sumiéndolas en una perenne humedad que alimentaba el verdor de los musgos y líquenes. Por lo escarpado recordaba a la isla de Peng-Lai, aunque su atmósfera estaba cargada de un aroma de flores a medio abrir, que sólo se respira en Ying-Chou. Grupos de grullas salvajes descansaban a la sombra de pinos retorcidos, mientras las oropéndolas desgranaban su canto posadas sobre sauces llorones. Se notaba que aquel lugar había sido la morada de inmortales durante más de diez mil años. Parejas de fénix se ocultaban entre los árboles y en las aguas retozaban dragones milenarios. Los senderos hervían con los tímidos zarcillos de las vides, que el viento sacudía a su antojo, como si fueran plantas tiernas de alubias silvestres. De los roquedales colgaban mechones de enredaderas, que se mecían al son de los gritos de los monos que poblaban las cumbres, entristecidos por la repentina aparición de la luna. Las copas de los árboles, por el contrario, bullían de trinos de aves, alegres por el resplandor del cielo. Hacia la izquierda se veían dos bosquecillos de bambú, que daban una sombra tan fresca como la lluvia. Todos los senderos aparecían recubiertos de alfombras de flores, que hacían pensar en complicados diseños para bordados. Manadas de nubes blancas corrían a posarse sobre las colinas lejanas, para ser dispersadas al poco tiempo por la brisa. Tras contemplar durante unos segundos un espectáculo tan maravilloso, el Peregrino gritó: - ¡Abre la puerta, hermano Toro! Los portones chirriaron, al girar sobre sus goznes, y apareció una muchacha con una cesta de flores en las manos y un pequeño rastrillo a la espalda. Ningún adorno embellecía su cuerpo, que aparecía cubierto totalmente de harapos. Se notaba, sin embargo, que su espíritu poseía una fuerza extraordinaria, pues su mente se hallaba embebida por los principios del Tao. El Peregrino la saludó, respetuoso, juntando las palmas de las manos y dijo: - ¿Os importaría anunciar mi llegada a la princesa? Soy un humilde monje que se dirige hacia el Occidente en busca de escrituras. Desgraciadamente, en mi camino me he topado con la Montaña de Fuego y he venido a suplicar a vuestra señora que me preste su abanico de hojas de palma, para poder proseguir el viaje. - ¿Cómo os llamáis y a qué monasterio pertenecéis? - preguntó la muchacha -. Es preciso que me lo digáis para poder anunciaros con toda la corrección exigida. - Soy originario de las Tierras del Este y mi nombre es Sun Wu-Kung. La muchacha volvió a entrar en la caverna y, arrodillándose ante la Diablesa, dijo: - Ahí fuera, señora, hay un monje que dice llamarse Sun Wu-Kung y afirma dirigirse hacia las Tierras del Oeste en busca de escrituras. Desea que le prestéis vuestro abanico de hojas de palma, para cruzar la Montaña de Fuego y, así, poder proseguir su camino. Al oír el nombre de Sun Wu-Kung, la Diablesa se puso roja de ira, como si alguien hubiera echado sal al fuego o hubiera vertido aceite en las llamas. Sus mejillas adquirieron un marcado tono carmesí, al tiempo que en su interior erupcionaba la sed de venganza. - ¡Maldito mono! - exclamó, fuera de sí -. ¿Cómo se ha atrevido a llegarse hasta mi puerta? ¡Tráeme inmediatamente las armas y la armadura! La muchacha obedeció al instante y le ayudó a ajustársela. Tomó a continuación dos espadas con la hoja de un intenso color azul y salió de la caverna. El Peregrino se hizo a un lado para verla mejor. Llevaba cubierta la cabeza con una capucha de forma floral, que hacía juego con la túnica profusamente bordada que abrigaba su cuerpo. Traía ceñido el cuerpo con un cinturón hecho de tendones dobles de tigre, cuya tosquedad contrastaba con la suavidad de la seda de su falda, que llevaba ligeramente levantada por los lados, para dejar ver unos pantalones ribeteados en oro. Sus pies, tan pequeños que apenas alcanzaban los siete centímetros, escondían su desconcertante delicadeza en unos zapatos hechos de pico de fénix. Sin dejar de gritar ni de blandir las dos espadas, ofrecía un aspecto más feroz que el de la mismísima diosa de la luna. - ¿Dónde está ese tal Sun Wu-Kung? - gritó la Diablesa, saliendo de la cueva. - Aquí mismo, respetable cuñada - contestó el Peregrino, inclinándose respetuosamente ante ella a manera de saludo. - ¡Yo no soy cuñada tuya! - replicó la Diablesa con desprecio -. Además, ¿de qué me valen a mí tus saludos? - Respecto a lo primero, estáis muy equivocada - respondió el Peregrino -, porque en cierta ocasión hice un pacto de hermandad con vuestro esposo, el Rey Toro. Fuimos en total siete los hermanados. Que yo sepa, eso me da derecho a consideraros y llamaros cuñada. - ¡Maldito mono! - gritó, aún más enfurecida, la Diablesa -. Poco pensaste en esos lazos de hermandad, cuando apresaste a mi hijo. ¿Qué tienes que decir a ese respecto? - ¿Vuestro hijo? - repitió el Peregrino, aparentando sorpresa -. ¿Queréis explicarme quién es vuestro hijo? - El Muchacho Rojo - contestó la Diablesa -, el Santo Niño de la Caverna de la Nube de Fuego, que se halla enclavada junto al Arroyo del Pino Seco. ¡Tú le privaste de sus posesiones en la Montaña Rugiente! ¿Cómo crees que voy a dejarte marchar, si llevaba tiempo buscando la manera de vengarme de su desgracia? Jamás pensé que tú mismo fueras a darme la ocasión de hacer realidad mi deseo. - Me parece que no habéis comprendido bien lo que ocurrió - dijo el Peregrino, tratando de aplacarla con una sonrisa -. Antes de culparme con la crudeza con que lo hacéis, deberíais saber que vuestro hijo capturó a mi maestro y trató de comérselo, cocido al vapor. Afortunadamente la Bodhisattva Kwang-Ing se lo impidió y, en vez de castigarle, le concedió el título de Joven de la Riqueza de la Bondad. Desde entonces, habita en el mismo lugar que la Bodhisattva, lleva una vida de total dedicación a la práctica de la virtud y ni la enfermedad ni la muerte pueden nada contra él. Posee, de hecho, la misma edad que el Cielo y la Tierra y su longevidad no se distingue en nada de la del sol y la luna. ¿No creéis que, en vez de volver contra mí el volcán de vuestra ira, deberíais agradecerme lo que he hecho por vuestro hijo? No es justo dar muerte a quien nos ha salvado la vida. - ¡Qué locuacidad la tuya! - se burló la Diablesa -. Aunque lo que hayas dicho sea cierto, ¿qué adelanto con que no mataras a mi hijo, si ahora ni siquiera puedo verle? - Si deseáis verle, no hay cosa más sencilla - contestó el Peregrino -. Prestadme vuestro abanico, para que pueda apagar el fuego. Después, en cuanto haya conducido al maestro al otro lado de la montaña, me desplazaré hasta los Mares del Sur y os traeré a vuestro hijo, para que le veáis. Entonces os devolveré el abanico. ¿Qué tiene de malo ese plan? Vos misma comprobaréis con vuestros ojos que el muchacho no ha sufrido el menor rasguño. Si no es así, podéis hacer conmigo lo que queráis. Pero, si le encontráis más joven y elegante que de costumbre, deberéis recompensarme con largueza. - ¡Deja de decir tonterías, de una vez, maldito mono! - bramó la Diablesa -. Agacha la cabeza y déjame darte unos cuantos mandobles con la espada. Si eres capaz de aguantar el dolor, te prestaré el abanico. En caso contrario, te mandaré a ver al Rey Yama. - No hablemos más - respondió el Peregrino, doblando las manos y acercándose a ella con gesto risueño -. Ahora mismo voy a doblar la cabeza, para que descarguéis sobre ella todos los golpes que queráis. Os permito que la golpeéis hasta que os fallen las fuerzas. Pero recordad que, en cuanto acabéis, debéis prestarme vuestro abanico. Sin detenerse a discutir sobre detalles, la Diablesa levantó los brazos y dejó caer un tajo terrible sobre la cabeza del Peregrino, pero no le hizo el menor efecto. Catorce o quince veces repitió la acción, sin embargo los resultados no mejoraron. Para el Peregrino aquello era como un juego. La Diablesa, por su parte, comenzó a ceder terreno al miedo y, dándose la vuelta, trató de huir. Afortunadamente, el Peregrino logró agarrarla de la túnica y dijo: - No es eso lo que habíamos convenido. ¿Adonde se supone que vas? ¡Préstame inmediatamente el abanico! - No estoy dispuesta a prestártelo con tanta facilidad - contestó la Diablesa. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, prueba el sabor de la barra de hierro de tu cuñadito. Con la mano que tenía libre se sacó de la oreja lo que parecía ser una pequeña aguja de bordar que al instante se convirtió en una barra del grosor de un cuenco de arroz. La Diablesa se las arregló, pese a todo, para zafarse de la mano que la tenía atrapada y, dándose la vuelta, se enfrentó a su adversario con las dos espadas. El Peregrino no rehuyó el combate y descargó sobre ella un golpe tremendo. De esta forma, cediendo al odio y dejando de lado todo sentimiento fraternal, dieron comienzo a un singular combate en el corazón mismo de la Montaña de la Nube de Jade. La princesa era una diestra conocedora de todas las artes mágicas, que odiaba al Mono, porque había derrotado a su hijo. El Peregrino, a pesar de poseer un carácter irascible, aguantó todos sus insultos, pensando en la suerte del maestro. Por conseguir el abanico de hojas de palma, adoptó una postura sumisa y su lenguaje se tornó tan fino y respetuoso como el de un cortesano. ¿Para qué recurrir a la fuerza, si la propia Diablesa propuso una prueba de la que el Rey Mono salió totalmente ileso? No se atrevía, además, a cruzar sus armas con las de una mujer, porque, aparte de estar emparentados, jamás se ha oído decir que una dama haya derrotado a un caballero. Todas estas consideraciones se disiparon, sin embargo, como la niebla, cuando la princesa se negó a cumplir su promesa. ¡Con qué fiereza blandió, entonces, su temible barra de los extremos de oro! A pesar de poseer el grosor de un árbol, su agilidad no tenía nada que envidiar a la de las dos espadas de hojas tan frías como el hielo. Buscando la cabeza y el rostro de su oponente, los dos se dejaban guiar por una misma sed de victoria. ¡Con qué habilidad avanzaban y retrocedían, golpeaban y paraban los golpes! Pocos guerreros había en el mundo capaces de compararse con ellos. Su concentración en el combate era tal, que ninguno se percató de que estaba empezando a anochecer. Cuando las sombras se hubieron extendido por doquier, la Diablesa comprendió que la barra del Peregrino era un arma formidable y que no existía nadie capaz de superar sus habilidades guerreras. Consciente de que no iba a poder derrotarle, sacó su abanico de hojas de palma y, volviéndolo contra el Peregrino, lo sacudió una sola vez. Al instante se levantó un huracán, que le arrastró como si fuera una brizna de hierba. De esta forma, pudo regresar, triunfante, a su caverna. El Gran Sabio hizo todo lo posible por escapar de aquella potentísima corriente de aire, pero ni siquiera consiguió rozar el suelo. El viento jugaba con él como si fuera una mota de polvo. Le hacía perder el equilibrio con la misma facilidad con que los tifones desnudan a los árboles de sus hojas o las corrientes de agua arrastran las flores marchitas. Una noche entera estuvo dando tumbos, hasta que finalmente, a eso del amanecer, logró escapar a la tiranía de aquel huracán, agarrándose con fuerza a la cumbre de una montaña. Cuando la fuerza del viento amainó, se tumbó a descansar. Fue así como descubrió que se encontraba en la Montaña del Pequeño Sumeru. - ¡Qué mujer más extraordinaria! - exclamó el Gran Sabio, dando un profundo suspiro - . No comprendo cómo ha conseguido traerme hasta aquí. Recuerdo que hace algunos años pedí en este mismo lugar ayuda al bodhisattva Ling-Chi para capturar al Monstruo del Viento Amarillo, que había capturado a mi maestro. La cordillera del mismo nombre se encuentra a unos cinco mil kilómetros al norte de aquí. Eso quiere decir que he sido arrastrado yo qué sé la de decenas de miles de kilómetros en dirección sudeste. En fin, creo que lo mejor que puedo hacer es ir a visitar al bodhisattva Ling-Chi, a ver si me indica la forma más rápida de volver junto a mi maestro. No había acabado de pensarlo, cuando oyó una algarabía de sonajas y címbalos. Se lanzó pendiente abajo y no tardó en llegar a la puerta del monasterio. Uno de los monjes le reconoció al instante y corrió a informar al bodhisattva, diciendo: - Acaba de llegar el Gran Sabio del rostro peludo, que vino a pediros hace algunos años ayuda para capturar al Monstruo del Viento Amarillo. Comprendiendo que se trataba de Wu-Kung, el Bodhisattva se levantó a toda prisa de su estrado y salió a dar la bienvenida a tan ilustre huésped, exclamando, emocionado: - ¡Enhorabuena por vuestra hazaña! Me figuro que habréis conseguido ya las escrituras, ¿no es así? - No exactamente - respondió Wu-Kung -. Todavía es un poco pronto para eso. - ¿Se puede saber qué os ha hecho regresar a esta humilde mansión, si aún no habéis alcanzado el Monasterio del Trueno? - Hemos pasado muchas penas y calamidades, después de que vos nos ayudarais a capturar al Monstruo del Viento Amarillo. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos hallamos detenidos en las cercanías de la Montaña de Fuego. Las gentes de allí nos han contado que únicamente puede apagar sus llamas el Inmortal del Abanico de Hierro. Cuando fui a verle, descubrí que se trata, en realidad, de una mujer, esposa del Rey Toro y madre del Muchacho Rojo. Como el joven entró al servicio de la Bodhisattva Kwang-Ing por causa mía, la dama me culpa de no haberle vuelto a ver desde entonces y me considera el mayor de sus enemigos. No es extraño, por tanto, que se haya negado a prestarme el abanico y se haya enzarzado conmigo en una batalla. Al ver que no podía nada contra mi barra, sacó su preciado tesoro y, tras sacudirlo una sola vez, se levantó un viento huracanado, que me ha traído arrastrando hasta aquí. Eso me ha movido a venir a visitaros y a pediros que me indiquéis cuál es la manera más rápida de regresar junto a mi maestro. ¿Sabéis cuál es la distancia que nos separa de la Montaña de Fuego? - Esa mujer de la que habláis - dijo el bodhisattva Ling-Chi, soltando la carcajada - se llama Diablesa, aunque también es conocida como la Princesa del Abanico de Hierro. Aunque sólo está hecho de hojas de palma, es un auténtico tesoro creado por el Cielo y la Tierra en la parte de atrás del Monte Kun-Lun, en el momento mismo de la división del caos. Si posee la capacidad de apagar el fuego, es porque, pese a su humilde apariencia, encierra retazos de yin. El hombre que tenga la mala fortuna de abanicarse con él recorrerá más de ciento cincuenta mil kilómetros en el seno de ese viento destructor que produce. Si vos habéis sido arrastrado únicamente ochenta mil kilómetros, la distancia que nos separa de la Montaña de Fuego, es porque sabéis cabalgar a lomos de las nubes. Cualquier otra persona no hubiera salido con bien de una aventura así. - ¡Extraordinario! - exclamó el Peregrino -. ¿Existe alguna manera de contrarrestar sus efectos? Es preciso que mi maestro reanude la marcha cuanto antes. - Tranquilizaos, Gran Sabio - le aconsejó Ling-Chi -. Si habéis llegado hasta aquí, es porque vuestra relación con el monje Tang es muy fuerte. - ¿Qué queréis decir con eso? - preguntó el Peregrino. - Hace algunos años - contestó Ling-Chi - Tathagata me dio ciertas órdenes y me entregó el báculo del dragón volador y el elixir para detener el viento. Como recordaréis, el primero lo usamos para capturar al monstruo. Por lo que respecta al elixir, aún sigue tan intacto como cuando me lo confiaron. Creo que os será de cierta utilidad para contrarrestar los efectos de ese abanico. Así podréis haceros con él, apagaréis las llamas y conseguiréis la recompensa debida. El Peregrino agradeció al Bodhisattva su generosidad, inclinando respetuosamente la cabeza. Ling-Chi sacó, entonces, de la manga una pequeña bolsita de seda, en cuyo interior se encontraba el elixir para detener el viento. Él mismo se encargó de coserla con aguja e hilo en el envés del cuello de la camisa del Peregrino. - No tenéis tiempo que perder - le dijo el Bodhisattva, al despedirse -. Viajad en dirección noroeste y no tardaréis en llegar a la montaña en la que habita la Diablesa. El Peregrino dio uno de sus formidables saltos y no tardó en regresar a la Montaña de la Nube de Jade. Inmediatamente se llegó a la puerta de la caverna y comenzó a golpearla con la barra de hierro, al tiempo que gritaba: - ¡Abrid, de una vez! ¡He venido a pediros prestado el abanico! La muchacha encargada de abrir y cerrar la puerta corrió a informar a su señora, diciendo: - Otra vez está ahí fuera ese monje que desea que le prestéis el abanico. - ¡Qué maravillosos poderes los de ese maldito mono! - exclamó la Diablesa, admirada -. Quien recibe la acción directa de mi abanico es arrastrado hasta una distancia que supera los ciento cincuenta mil kilómetros. ¿Cómo se las habrá arreglado para regresar tan pronto? Esta vez voy a abanicarle dos o tres veces seguidas a ver qué pasa. Seguro que tardará un poco más en volver. Se levantó inmediatamente del trono y, tras ajustarse la armadura, se dirigió hacia la puerta, blandiendo diestramente sus dos espadas. - ¿Es que no tienes miedo a la muerte, Peregrino Sun? - gritó con sorna, cuando se hubo encontrado fuera de la caverna -. ¿Por qué te empeñas en rondarla, una y otra vez? - No seas tan puntillosa y préstame tu abanico - respondió el Peregrino, sonriendo -. ¿A qué tienes miedo? Yo soy un hombre de palabra, que siempre devuelve lo que se le presta. - ¡Tú lo que eres es un mandril sin principios ni ideas! - exclamó la Diablesa, enfurecida -. ¿Cómo piensas que voy a prestarte el abanico, si aún no he vengado a mi hijo? ¡No huyas y prueba el sabor de mis espadas! El Gran Sabio, por supuesto, no retrocedió ni un paso. Levantó la barra de hierro y consiguió desviar los golpes terribles de las espadas. El combate fue tan fiero como la primera vez. Sin embargo, tras siete u ocho encuentros, los brazos de la Diablesa comenzaron a acusar el esfuerzo, mientras que los del Peregrino no daban ninguna muestra de cansancio. Comprendiendo que la suerte se estaba volviendo en su contra, sacó el abanico y lo sacudió con fuerza en la dirección en la que se encontraba su adversario. El Peregrino, sin embargo, no se movió del sitio. Parecía tan seguro de sí mismo, que dejó a un lado la barra de hierro y dijo, sin dejar de sonreír: - No pienses que va a repetirse lo de la última vez. Puedes abanicarme todo lo que quieras, pero te advierto que no vas a conseguir moverme ni un solo milímetro. Desconcertada, la Diablesa sacudió el abanico dos veces más, pero él permaneció tan firme como la roca que estaba pisando. La Diablesa guardó a toda prisa el abanico y corrió a refugiarse en la caverna, cerrando firmemente todas las puertas. El Peregrino decidió, entonces, hacer uso de sus otros poderes. Se arrancó del cuello de la camisa la píldora del elixir para detener el viento y se la metió en la boca. Sacudió después ligeramente el cuerpo y se convirtió en un grillo tan diminuto, que no tuvo ninguna dificultad en meterse por una pequeña rendija que había en la puerta. La Diablesa parecía estar muy cansada y ordenó a una de sus sirvientas: - Tráeme un poco de té, anda. Me estoy muriendo de sed. La muchacha trajo en seguida una tetera llena de infusiones aromáticas y las vertió con tal rapidez en una taza, que se formaron unas cuantas burbujas en el borde. Con una agilidad increíble, el Peregrino se metió dentro de una. Como tenía una sed devoradora, la Diablesa se tomó la taza de dos sorbos. En cuanto hubo llegado al estómago, el Peregrino recobró la forma que le era habitual y gritó con todas sus fuerzas: - ¿Es que no piensas dejarme nunca el abanico? - ¿Habéis cerrado bien todas las puertas? - preguntó, asustada, la Diablesa a sus criadas. - Sí, señora - respondieron las muchachas, tan desconcertadas como ella. - Si es verdad lo que decís - repuso la Diablesa -, ¿cómo es que suena dentro de la casa la voz del Peregrino? - A mí me parece que sale de vuestro cuerpo - dijo una de las muchachas, asustada. - ¡A mí no me vengas con trucos, Peregrino Sun! - exclamó la Diablesa, poniéndose blanca como la cera. - Yo jamás hago trucos - contestó el Peregrino -. ¿Para qué, si todos mis poderes son auténticos? Ahora mismo, sin ir más lejos, me estoy divirtiendo de lo lindo en tu estómago. Puede decirse, como afirma el proverbio, que veo a través de tus ojos. Desde aquí dentro me es posible apreciar la sed devoradora que tienes, así que te voy a dar un vasito de algo que yo sé, para aliviártela - y golpeó con todas sus fuerzas las paredes del estómago en el que estaba metido. La Diablesa comenzó a sentir un dolor tan insoportable en el vientre, que se retorció, dando alaridos, por el suelo, como si fuera un gusano. - Veo que también estás hambrienta - añadió el Peregrino en el mismo tono burlón de antes -. Espero que te guste este pastelito. Si he de serte sincero, no me gusta que mis cuñadas pasen hambre - y dando un salto, golpeó con la cabeza el techo del estómago de su víctima. La Diablesa sintió tal sacudida en el corazón, que la cara se le puso amarilla y los labios blancos. - ¡Perdóname la vida, por lo que más quieras! - gritó la Diablesa, revolviéndose entre el polvo -. Los cuñados sólo se deben cariño y comprensión. - ¡Así que por fin reconoces que somos cuñados! - exclamó el Peregrino, complacido -. Está bien, te perdonaré la vida en recuerdo de mi hermano el Rey Toro. De todas formas, deberás entregarme el abanico que he venido a buscar. - ¡Aquí lo tienes! - respondió en seguida la Diablesa -. Sal y cógelo. - Déjamelo ver primero - dijo el Peregrino, desconfiado. La Diablesa ordenó a una de las sirvientas que cogiera el abanico de las hojas de palma y se pusiera a un lado. El Peregrino gateó por el interior de su garganta y dijo, al verlo: - En fin, puesto que hemos convenido que iba a perdonarte la vida, no te voy a hacer un agujero en las costillas, para salir. Lo haré por la boca. Así que, si no te importa, me gustaría que la abrieras tres veces. La Diablesa así lo hizo y el Peregrino, convirtiéndose de nuevo en un grillo diminuto, dio un salto tremendo y fue a posarse sobre el abanico. Lo hizo con tanta rapidez, que nadie se dio cuenta de que había salido del cuerpo de la Diablesa. Ella misma no dejaba de repetir con ansiedad: - Salid de una vez, cuñado. ¿Es que no pensáis hacerlo? - Estoy aquí. ¿Es que no me ves? - contestó el Peregrino, recobrando la forma que le era habitual -. Te agradezco que me hayas prestado el abanico - y se dirigió hacia la puerta de la caverna. Ni siquiera tuvo que molestarse en abrirla. Las sirvientas lo hicieron con el respeto que se debe a los príncipes. Satisfecho, el Gran Sabio montó en una nube y se dirigió hacia el este. En un abrir y cerrar de ojos, llegó a la casa de los ladrillos rojos. Al verle aparecer, Ba-Chie gritó, entusiasmado: - ¡Maestro, acaba de llegar Sun Wu-Kung! Tripitaka salió en seguida a darle la bienvenida, seguido del anciano y el Bonzo Sha. En cuanto se hubieron sentado alrededor de la mesa, el Peregrino sacó el abanico y preguntó al anciano: - ¿Es éste el abanico del que hablabais? - Exactamente - confirmó el anciano, admirado. - ¡Cuántos méritos has acumulado con esta acción tan noble! - exclamó Tripitaka, agradecido -. Seguro que te ha costado un gran esfuerzo hacerte con ese tesoro. - No vale la pena hablar de ello - respondió el Peregrino -. De todas formas, ¿sabéis quién es el Inmortal del Abanico de Hierro? La esposa del Rey Toro y la madre del Muchacho Rojo. Aunque todo el mundo la conoce por el nombre de Princesa del Abanico de Hierro. Cuando fui a su caverna a pedirle que me dejara su preciado tesoro, se negó de plano, sacando a relucir viejos pleitos de los que ya nadie se acuerda, y me golpeó varias veces con sus temibles espadas. Cogió miedo al comprobar la efectividad de mi barra de hierro y recurrió a la fuerza de su abanico. Con él levantó un viento tan huracanado, que me arrastró hasta el Monte Sumeru, donde tuve la fortuna de entrevistarme con el bodhisattva Ling-Chi. Fue él quien me regaló un elixir para detener el viento y me indicó el camino de vuelta hacia la Montaña de la Nube de Jade. De nuevo volví a enfrentarme con la Diablesa, pero, al comprender que su abanico no podía nada contra mí, se refugió en la caverna en la que habita. La cerró de tal manera, que para entrar en ella, hube de convertirme en un grillo diminuto. La suerte me sonrió de una manera muy especial, pues la Diablesa estaba tomando una taza de té y yo me escurrí hasta el interior de su estómago, metido en una burbuja. Allí la hice sufrir de tal manera, que empezó a retorcerse por el suelo y a suplicarme que le perdonara la vida, al tiempo que me llamaba cuñado. Sólo cuando accedió a prestarme el abanico, dejé de atormentarla con mis bromas y vine para acá corriendo. Le devolveré su preciado tesoro, en cuanto hayamos cruzado la Montaña de Fuego. Tripitaka se mostró extremadamente agradecido con él. Se despidieron a continuación del anciano y continuaron caminando en dirección al oeste. Al cabo de unos setenta kilómetros de marcha comenzaron a sentir que el calor se hacía insoportable por segundos. - ¡Me estoy quemando los pies! - exclamó el Bonzo Sha, asustado. - ¡No puedo aguantarlo! - dijo Ba-Chie. Hasta el caballo trotaba con más rapidez que de costumbre. La temperatura de la tierra iba creciendo a medida que avanzaban. Llegó un momento en el que no pudieron seguir adelante. El Peregrino dijo, entonces, al maestro: - Desmontad y no os mováis. Voy a apagar el fuego con el abanico. El viento y la lluvia enfriarán la tierra y así podremos cruzar, de una vez, esta montaña. El Peregrino cogió el abanico y lo sacudió con todas sus fuerzas. Al instante se levantó un viento huracanado, que avivó aún más las llamas. Volvió a agitarlo por segunda vez y el fuego cobró una intensidad por lo menos cien veces mayor. Al tercer intento, las llamas alcanzaron una altura de treinta mil metros y trataron de envolver al Peregrino. Aunque logró escapar de su cerco, le quemaron totalmente los pelos de las piernas. Desesperado, corrió hacia donde se encontraba el monje Tang, gritando: - ¡Retroceded! ¡El fuego viene hacia acá! El maestro se montó a toda prisa en el caballo y se dirigió en dirección oeste, seguido de Ba-Chie y el Bonzo Sha. La carrera duró cerca de veinte kilómetros. - ¿Qué ha pasado, Wu-Kung? - preguntó el maestro, cuando pudo, por fin, sentarse a descansar. - ¡Qué fracaso! - exclamó el Peregrino, tirando el abanico con rabia -. ¡Esa mujer me ha engañado! - ¿Qué podemos hacer? - volvió a preguntar Tripitaka, desalentado, mientras corrían por sus mejillas amargas lágrimas de impotencia. - ¿Por qué gritaste que retrocediéramos? - inquirió Ba-Chie. - Porque la primera vez que abaniqué la montaña, las llamas se avivaron; la segunda, se hicieron aún más intensas; y la tercera, alcanzaron una altura que superaba los tres mil metros. Si no me hubiera dado prisa, me habría chamuscado todos los pelos del cuerpo. - ¿Cómo es que ahora tienes miedo del fuego? - se burló Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿No decías que ni los rayos ni las llamas pueden nada contra ti? ¿A qué obedece ese cambio? - ¡Qué poco piensas, Idiota! - exclamó el Peregrino -. El fuego no puede nada contra mí cuando estoy preparado, no cuando me encuentro desprevenido. Hace un momento estaba convencido de que el abanico iba a apagar las llamas, así que no hice ningún gesto mágico ni recité conjuro alguno. Eso explica que me haya quemado las piernas. - ¿Qué podemos hacer, si ese fuego es tan intenso y no existe otro camino que conduzca hacia el Oeste? - preguntó el Bonzo Sha. - Lo mejor es que sigamos una dirección en la que no haya ninguna llama - contestó Ba-Chie. - Sí, pero ¿cuál? - inquirió Tripitaka. - ¿Cómo que cuál? - repitió Ba-Chie -. La del norte, la del sur o la del este. - ¿Todas ellas conducen hacia las escrituras? - insistió Tripitaka. - No, sólo la del oeste - respondió Ba-Chie. - Yo únicamente quiero ir en la dirección en la que se encuentran las escrituras - remachó Tripitaka. - Ciertamente nos encontramos ante un dilema - comentó el Bonzo Sha -. Donde hay escrituras hay fuego y donde no hay fuego no hay escrituras. Mientras hablaban de esta forma, oyeron una voz que decía: - ¡No os mostréis tan abatido, Gran Sabio! Comed algo antes de decidir lo que debéis hacer. Sorprendidos, volvieron la cabeza y vieron a un anciano vestido con una túnica agitada por el viento y un gorro con forma de media luna. Llevaba en las manos un bastón hecho con la cabeza de un dragón y calzaba unas botas de hierro. Detrás de él caminaba una extraña criatura con la cara de pez y el pico de un halcón. Llevaba en las manos una bandeja de cobre con tortas al vapor, pastelitos de arroz y mijo cocido. El anciano se inclinó ante los caminantes e, inclinándose respetuoso, dijo: - Soy el espíritu de la Montaña de Fuego. Cuando me enteré que no podíais seguir adelante a causa de las llamas, me apresuré a prepararos algo de comer y aquí me tenéis. - Lo que menos nos preocupa ahora es la comida - replicó el Peregrino -. ¿Existe alguna manera de apagar el fuego, para que pueda proseguir mi maestro el camino? - Para ello deberéis pedir a la Diablesa que os preste su abanico de hojas de palma - respondió el anciano. - ¿No es éste el abanico del que habláis? - volvió a preguntar el Peregrino -. Para vuestra información os diré que no nos ha servido de nada. En cuanto abaniqué el fuego con él, las llamas alcanzaron unas proporciones increíbles. ¿Podéis explicarme por qué? - Porque no es el auténtico - contestó el anciano, tras examinarlo con detenimiento -. ¡Me temo que os ha engañado! - ¿Hay alguna forma de conseguir el auténtico? - insistió el Peregrino, haciendo caso omiso de sus carcajadas. - Si deseáis el abanico de las hojas de palma - dijo el espíritu de la montaña, inclinándose con respeto -, deberéis entrevistaros con el Rey Poderoso. No sabemos, de momento, por qué habían de ir en busca de ese monarca. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第060回 EL REY TORO DEJA DE COMBATIR PARA ASISTIR A UN ESPLENDIDO BANQUETE. EL PEREGRINO TRATA DE HACERSE POR SEGUNDA VEZ CON EL ABANICO DE HOJAS DE PALMA Ese poderoso del que os hablo es, en realidad el Rey Toro - explicó el espíritu de la montaña. - Eso quiere decir que es él el que provoca esas llamas y que el nombre de Montaña de Fuego es tan falso como el abanico que me prestó su mujer - concluyó el Peregrino. - No, no. No es eso - le corrigió el espíritu de la montaña -. No me atrevo a contaros toda la historia, a no ser que prometáis no enfadaros conmigo. - Podéis hablar con toda libertad - le animó el Peregrino. - Este fuego fue provocado por vos - dijo el espíritu de la montaña. - ¡No digas estupideces, por favor! - exclamó, furioso, el Peregrino -. ¡Yo jamás he estado en este lugar! Además, ¿crees que soy un pirómano? - Ya veo que no me reconocéis - añadió el espíritu de la montaña -. Antes aquí no había ninguna montaña. Todo empezó hace aproximadamente quinientos años, cuando sumisteis el Palacio Celeste en un caos total y fuisteis entregado a Lao-Tse por el sabio ilustre que os capturó. Como recordaréis, el Patriarca Taoísta os metió en el Brasero de los Ocho Triagramas, para que sufrierais un proceso de refinamiento total. Sin embargo, al levantar la tapa, saltasteis del horno del elixir y lo tirasteis por el suelo. Algunas ascuas vinieron a caer precisamente a este lugar y se convirtieron en la Montaña de Fuego que ahora veis. En aquel entonces yo era el encargado del brasero del Palacio Tushita. Lao-Tse me acusó de ser poco responsable y me expulsó de su lado. No teniendo sitio mejor adonde ir, me convertí en el espíritu local de esta montaña. - ¿Así que eres un taoísta? - exclamó Ba-Chie, un tanto molesto -. No me extraña que vayas vestido así. - Continúa contándome toda la historia - le urgió el Peregrino, sin creerle del todo -. ¿Qué tiene que ver el Rey Poderoso en todo este asunto? - Aunque, como sabéis, es el esposo de la Diablesa - siguió diciendo el espíritu de la montaña -, la abandonó hace cierto tiempo y se marchó a vivir a la Caverna que Toca las Nubes, que se encuentra en la Montaña de la Provisión de Truenos. Durante más de diez mil años fue la morada de un Rey Zorro, pero tuvo la mala fortuna de fallecer, dejando tras él a una hija llamada Princesa del Rostro de Jade y un sinfín de propiedades, de las que nadie se ocupaba. Hace aproximadamente dos años, al enterarse de que el Rey Toro poseía unos poderes mágicos realmente extraordinarios, le ofreció todas sus riquezas como dote y se desposó con él. Eso explica que el Rey Toro no conviva ya con la Diablesa ni haya vuelto a aparecer por aquí en todo este tiempo. Él sigue conservando en su poder el auténtico abanico de las hojas de palma. Si lográis entrevistaros con él y le convencéis para que os lo preste, podréis hacer tres obras buenas: ayudar a vuestro maestro a proseguir su viaje, librar a las gentes que viven por aquí de esa maldición de fuego y granjearme el perdón de Lao-Tse, para que, de una vez, pueda regresar a los Cielos. - ¿Dónde se alza la Montaña de la Provisión de Truenos y a qué distancia se encuentra de aquí? - preguntó el Peregrino. - A siete mil quinientos kilómetros hacia el sur - contestó el espíritu de la montaña. El Peregrino ordenó a Ba-Chie y al Bonzo Sha que cuidaran del maestro. El espíritu de la montaña se ofreció en seguida a hacerle compañía durante su ausencia y se despidió del Peregrino, que desapareció detrás de las nubes a una velocidad increíble. Al cabo de media hora de viaje se topó con una montaña altísima. Su cumbre se perdía en el azul de los cielos y sus raíces se hundían hasta las entrañas mismas de la tierra. Su vertiente sur aparecía cubierta de una espesa vegetación tropical, mientras que la norte yacía perennemente enterrada bajo una capa de hielo, que no lograban fundir los calores del verano. Allí imperaba un invierno eterno con su cohorte de vientos gélidos y sus ejércitos de heladas. ¡Qué contraste con la vertiente en la que reinaba el sol! Allí los lagos en los que moran los dragones formaban una tupida red de aguas, cuyas orillas aparecían cubiertas de coloridos bordados de flores. Hasta en las guaridas de los tigres, cuyas bocas sombrías se abrían entre los acantilados, se veían capullos a medio abrir. Los troncos de los árboles se retorcían, caprichosos, por encima de las rocas, como si quisieran contemplarse en el verde jade de las aguas. Todo guardaba en aquel paisaje una proporción tan perfecta, que la rugosidad de la piedra se repetía en los troncos de los abetos y pinos. Más que algo realmente existente, cuanto contemplaban los ojos parecía sacado de una pintura. Allí las montañas eran altísimas, los acantilados inaccesibles para el pie humano, los arroyos corrían por profundas gargantas, las flores poseían el aroma de las diosas, los frutos se encontraban en sazón, los arces estaban siempre teñidos de rojo, los pinos aparecían teñidos levemente de azul y los sauces competían en verdor con el jade. Nada cambiaba en aquel extraordinario paraje. Los colores conservaban vivos sus tonos durante más de diez mil años. Tras gozar de semejante belleza durante largos minutos, el Gran Sabio abandonó la cumbre en la que se había posado y trató de orientarse en aquel mundo que tan extraño le resultaba por su sensación de irrealidad. Cuando más indeciso estaba sobre el camino a seguir, vio a una muchacha salir de un bosquecillo de pinos. Llevaba en las manos una orquídea y parecía tan concentrada en sus pensamientos, que el Gran Sabio no se atrevió a molestarla. Se escondió detrás de unas rocas y la observó detenidamente. Su belleza era tal que, por poseerla, hubiera caído más de un imperio. Sus pies se movían con tal gracia, que parecían dos capullos de seda deshilándose. La pureza de sus facciones superaba a la de Wang-Chiang y a la de la doncella de Chiou. Su figura recordaba una escultura de jade o una flor que fuera capaz de hablar. El negro profundo del moño que coronaba su peinado contrastaba con el brillo de sus ojos. Su falda de seda dejaba entrever unos pies extremadamente delicados. El misterio de sus manos, elegantes y largas, se mostraba al observador libre de velos, porque llevaba encogidas las mangas a la altura misma de las muñecas. Todo en ella poseía tal perfección, que las palabras se mostraban inútiles a la hora de describirla. ¿Cómo podía ser de otra forma, si sus dientes eran como perlas y el trazado de sus cejas recordaba, por la suavidad de su curvatura, el del río Chin? Ni las mismas Wen-Chün y Hsüe-Dao podían compararse con ella. Al llegar a la altura de las rocas tras las que estaba escondido, el Gran Sabio se inclinó ante ella y dijo, sonriendo: - ¿Adónde vais, Bodhisattva? La muchacha no se había percatado de su presencia y, al escuchar la voz que le hablaba, levantó, curiosa, la cabeza. Un sudor frío se extendió por todo su cuerpo. Jamás había visto a nadie tan feo como el Gran Sabio, pero estaba demasiado cerca de él para echarse a correr. Se armó de valor y preguntó con voz insegura por el miedo que la atenazaba: - ¿Estáis hablando conmigo? ¿Podríais decirme de dónde venís? - Si saco a relucir el asunto de las escrituras - se dijo el Gran Sabio antes de responder - , es posible que vaya a contárselo al Rey Toro. Lo mejor será que me haga pasar por uno de sus antiguos súbditos, que ha venido a pedirle que regrese. Al ver que no decía nada, la muchacha perdió la paciencia y volvió a preguntar, malhumorada: - ¿Quién eres tú para atreverte a dirigirme la palabra en pleno bosque? - Vengo de la Montaña de la Nube de Jade - contestó el Gran Sabio, inclinándose, una vez más, ante ella -, y como es la primera vez que visito esta comarca, no sé exactamente dónde me encuentro. ¿Podríais decirme si es ésta la Montaña de la Provisión de Truenos? - Efectivamente - asintió la muchacha. - ¿Sabéis si hay por aquí cerca una caverna llamada "que Toca las Nubes"? - volvió a preguntar el Gran Sabio. - ¿Para qué queréis saberlo? - inquirió la muchacha. - Vengo a buscar al Rey Toro de parte de la Princesa del Abanico de Hierro, de la Caverna de la Hoja de Palma, que se encuentra en la Montaña de la Nube de Jade - contestó el Gran Sabio. Al oír eso, la muchacha se puso roja de ira y empezó a gritar: - ¡Maldita cerda! ¡No existe ser más repugnante que ella! En los dos años escasos que lleva el Rey Toro en mi casa yo qué sé la de joyas, piedras preciosas, piezas de satén y rollos de seda que le ha enviado. A cambio él la provee de leña para un año y de arroz para un mes. Aunque es inmensamente rica, esa cerda lo acepta de buen grado, porque cree que, de esa forma, puede mantenerle amarrado a sus faldas. ¿No le dará vergüenza? ¡Es el colmo que ahora envíe a alguien como tú para llevárselo, como si fuera un fardo sin sentimientos! Al oír tales quejas, el Gran Sabio supo en seguida que la muchacha que tenía delante era, en realidad, la Princesa del Rostro de Jade. Aparentando una ira que, ciertamente, no sentía, sacó la barra de los extremos de oro y gritó, enfurecido: - ¡Maldita puta! Has comprado con tus riquezas al Rey Toro y ¿todavía te atreves a dar lecciones a los demás? ¿No te das cuenta que le has comprado como si fuera una vulgar mercancía? ¡Eres tú la que debieras morirte de vergüenza! Al verle tan enfadado, la muchacha perdió la confianza y se puso a temblar de miedo. Aunque las fuerzas la habían abandonado, como si ya estuviera muerta, se dio media vuelta y huyó, despavorida. El Gran Sabio corrió tras ella, sin dejar de insultarla ni de gritar como si hubiera perdido el juicio. Cruzaron un bosquecillo de pinos y de pronto apareció ante ellos la entrada de la Caverna que Toca las Nubes. La muchacha entró en ella jadeando por el esfuerzo y cerró a toda prisa las puertas. El Gran Sabio detuvo, entonces, su carrera y estudió detenidamente el lugar en el que estaba enclavada la cueva. A su alrededor el bosque se tornaba más espeso y los roquedales, más abruptos. La sombra de los arces pintaba un encaje de siluetas móviles en la piel de las orquídeas, que emitían un aroma dulce y sensual a la vez. Un arroyo de jade dividía en dos un bosquecillo de bambú, que gemía lánguidamente al compás de la brisa. Las rocas parecían dormir sobre un lecho de capullos y pétalos, mientras las colinas lejanas aparecían envueltas en un blanco sudario de niebla. Por encima de ellas flotaban masas de nubes, que el sol y la luna convertían en frágiles biombos de luz. Por doquier se escuchaban las voces de los dragones, los rugidos de los tigres, los graznidos de las grullas y el canto embelesador de las oropéndolas. Aquél era, en verdad, un paraje de extrema belleza, en el que flores y hierba de jade emitían un brillo de perenne serenidad. Se apreciaba que allí la santidad tenía un hueco mayor, incluso, que en Tien-Tai o en las islas de Peng y Ying. El Peregrino se perdió en la contemplación de un paisaje de tanta Pureza como aquel, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de la muchacha, que se refugió en la caverna con el corazón a pleno ritmo y sudando como un caballo al galope. El Rey Toro se encontraba en la biblioteca meditando sobre los componentes del elixir, cuando apareció ella dando gritos y con el rostro demudado. Su aspecto no podía ser más lamentable, porque había empezado a arañarse la cara y manaba del lóbulo de sus orejas un hilillo de sangre. Pese a la angustia que embargaba toda su figura, el Rey Toro la recibió con la más amplia de sus sonrisas y dijo, tratando de calmarla: - ¿Qué os sucede? ¿Se puede saber por qué estáis tan alterada? - ¡Maldito monstruo! - exclamó la muchacha, saltando, como si fuera una marioneta -. Casi pierdo la vida por vos y ¿aún me preguntáis qué me ocurre? - ¿Por qué volcáis toda vuestra ira sobre mí? - volvió a preguntar el Rey Toro, acentuando la dulzura de su sonrisa. - Si busqué vuestro cariño y vuestra protección al morir mis padres - contestó la muchacha en el mismo tono de antes -, fue porque teníais fama de sabio y todo el mundo hablaba con encomio de vuestro arrojo. Ahora sé que no sois más que un inútil calzonazos. - ¿Queréis explicarme en qué os he ofendido? - replicó el Rey Toro, abrazándola -. Si lo hacéis, podré pediros disculpas y volverá a establecerse la concordia en nuestros corazones. - Hace un rato - explicó la muchacha, un poco más calmada - estaba dando un paseo y cogiendo orquídeas en el interior del bosque, cuando apareció ante mí un monje con la cara cubierta totalmente de pelos y el aspecto de un dios del trueno. Aunque se inclinó con respeto ante mí, no me dejaba seguir adelante. Yo recobré en seguida la calma y, al preguntarle quién era, me dijo que venía de parte de la Princesa del Abanico de Hierro a pediros que regreséis a su lado. Traté de darle una lección de moralidad, pero él me reprochó lo escandaloso de mi conducta y me persiguió blandiendo una barra con los extremos de oro. Si no hubiera corrido con todas mis fuerzas, seguro que me habría matado con ella. ¡Todo esto es por vuestra culpa! ¿Lo entendéis ahora? El Rey Toro no perdió la calma. Al contrario, volvió a disculparse ante ella y redobló sus muestras de cariño. Pese a todo, la muchacha tardó aún mucho tiempo en apaciguarse, pero entonces fue el Rey Toro el que empezó a perder la paciencia y dijo, malhumorado: - Todo esto me resulta un poco extraño. La Caverna de la Hoja de Palma es un lugar apartado, aunque he de reconocer que posee ventajas que no se encuentran en ningún otro sitio. Mi misma esposa es una inmortal, que se ha dedicado desde joven a la práctica de la virtud y ha alcanzado la serenidad suprema del Tao. Además, el número de sus sirvientes no es muy extenso y entre ellos no se cuenta ningún varón, ni siquiera un niño. ¿Cómo se explica que haya enviado a un hombre con el aspecto de un dios del trueno? ¡No, no, es imposible! Lo más seguro es que se trate de un monstruo que, sirviéndose de su nombre, haya querido llegar directamente hasta mí. Creo que lo mejor será que vaya a echar un vistazo. El Rey Toro abandonó, entonces, la biblioteca y se dirigió hacia el salón principal de la caverna, donde se puso la armadura. Tras ajustársela con cuidado, tomó una barra de hierro forjado y salió de su morada, gritando en tono altanero: - ¿Quién es el imbécil que se atreve a venir a molestarme a mi propia puerta? El Peregrino le lanzó una mirada curiosa y comprobó que su aspecto no era el mismo que el de hacía quinientos años. Llevaba la cabeza cubierta con un casco de acero tan pulido como un canto rodado y tan brillante como la plata. Le protegía el pecho una coraza de oro, que dejaba entrever una camisa de seda profusamente bordada. Calzaba unas botas de ante, muy puntiagudas y con las suelas recubiertas de piedras cortantes. Un espléndido cinturón de seda de tres vueltas, propio de un Rey León, le ceñía la cintura, acentuando la marcialidad impresionante de su porte. Sus ojos emitían una luz tan fuerte que parecían dos espejos expuestos al sol, bajo unas cejas tan pobladas como un bosque de arces rojizos. Por su fiereza, su boca recordaba un cuenco lleno de sangre, impresión que acentuaban sus dientes, duros como lascas de bronce. Su voz poseía tan ronca sonoridad, que los espíritus de la montaña temblaban al oírla. Su zancada era, por otra parte, tan larga que los monstruos temían encontrarse con él, porque sabían que les iba a resultar imposible la huida. Su fama se extendía más allá de los cuatro mares. No en balde era conocido por el nombre de Destructor del Mundo, aunque también se le llamaba el Poderoso del Occidente y el Rey Demonio. El Gran Sabio se arregló las ropas lo mejor que pudo y, saliendo a su encuentro, dijo, respetuoso: - ¿Tan pronto te has olvidado de mí, hermano? - ¿No eres tú Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo? - exclamó él, devolviéndole el saludo con una leve inclinación de cabeza. - Así es - respondió el Gran Sabio -. Hacía muchísimo tiempo que no tenía el honor de saludarte. Ni siquiera sabía que vivías aquí. He tenido que preguntárselo a una muchacha hace un momento. Te encuentro mucho mejor que antes. Enhorabuena, hermano. - Deja de embaucarme con tu cháchara - le urgió el Rey Toro -. Había oído decir que, después de haber sumido en un desorden total el Palacio Celeste, el Patriarca Budista te encarceló debajo de la Montaña de las Cinco Fases, de donde te liberó una Bodhisattva con la condición de que acompañaras al monje Tang en su viaje hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. ¿Quieres explicarme por qué buscaste la ruina a mi hijo, el Santo Niño de la Caverna de la Nube de Fuego, que se alza junto al Arroyo del Pino Seco en la Montaña Rugiente? No debías haber venido a verme. Después de lo ocurrido, hasta un tonto hubiera supuesto que estoy furioso contigo. - Antes de enfadarte conmigo, debes enterarte de lo que realmente ocurrió - respondió el Gran Sabio, inclinándose, una vez más -. Yo no moví ni un dedo contra tu hijo. Fue él el que capturó a mi maestro y trató de comérsele. Afortunadamente se lo impidió la Bodhisattva Kwang-Ing y le convenció para que abrazara la senda del bien. De hecho, ahora ostenta el título de Joven de la Riqueza de la Bondad, un cargo superior incluso al que tú tienes, y goza de una felicidad y de una alegría que ni siquiera el paso del tiempo puede menguar. ¿Hay en ello alguna razón para odiarme? - Siempre has tenido un pico de oro - dijo el Rey Toro con desprecio -. Aunque no he creído ni una palabra de lo que acabas de contarme, te perdono que hayas deshonrado a mi hijo. ¿Quieres explicarme ahora por qué insultaste a mi esposa segunda y trataste de matarla delante mismo de mi puerta? - Porque no tenía otra manera de encontrarte - respondió el Gran Sabio, soltando la carcajada -. Además, no sabía que fuera mi cuñada segunda. Eso sin contar con que me insultó y eso me hizo perder la cabeza. Reconozco que no me porté con ella con la delicadeza que debiera. Transmítela mis disculpas cuando la veas. - Si es eso lo que ocurrió - concluyó el Rey Toro -, te perdono la vida en nombre de la amistad que antaño nos unió. Ahora apártate de mi vista. - Nunca te agradeceré lo suficiente tanta magnanimidad - contestó el Gran Sabio -. Sin embargo, hay una cosa más que quisiera pedirte. - Nunca has poseído el sentido de la medida - exclamó el Rey Toro con desprecio -. ¿No te parece suficiente que te haya perdonado la vida? ¿Qué cosa es esa que deseas pedirme? - Como bien sabes - respondió el Gran Sabio -, ahora soy discípulo del monje Tang. En nuestro peregrinar hacia el Oeste nos hemos topado con la Montaña de Fuego y hemos tenido que detener la marcha. Preguntamos a las gentes de la comarca si había alguna forma de trasponerla y nos dijeron que la Diablesa poseía un abanico de hojas de palma capaz de apagar el fuego. Como habrás supuesto, fui a pedírselo prestado, pero ella se negó de plano a escuchar mis palabras. Ése es el motivo por el que he venido a verte. Te suplico, por el cariño del Cielo y la Tierra, que vuelvas conmigo junto a tu esposa y la convenzas para que me preste el abanico. Prometo devolvértelo, en cuanto el monje Tang haya traspuesto la Montaña de Fuego. El Rey Toro no pudo sofocar la ira que, de pronto, flameó en su corazón. - Dices que todo lo has hecho sin la menor intención, pero la verdad es que lo único que te preocupa es conseguir como sea ese abanico - exclamó el Rey Toro, rechinándole los dientes -. Estoy seguro de que, antes de venir aquí, has insultado a mi esposa. No contento con eso, has deshonrado a la mujer con la que ahora vivo. Como muy bien afirma el proverbio, "no se debe desairar a la mujer de un amigo ni ofender a su concubina". Tú, sin embargo, has zaherido a la una y tratado de dar muerte a la otra. ¿Hasta dónde va a seguir creciendo tu insolencia? ¡Es hora ya de que pruebes el sabor de mi barra! - Sabes muy bien que no tengo miedo a la lucha - contestó el Gran Sabio -. Sin embargo, no he venido a pelear, sino a pedirte un favor. ¡Házmelo, por lo que más quieras! - Te diré lo que vamos a hacer - respondió el Rey Toro -. Si eres capaz de resistirme tres asaltos, pediré a mi esposa que te preste el abanico. Si no lo consigues, te mataré. - De acuerdo - dijo el Gran Sabio -. No me atrevía a venir a verte, porque no quería cruzar mi barra con la tuya. Pero, ya que lo deseas, no se hable más. Espero que tus artes guerreras sean tan buenas como antes. Sin mediar ninguna palabra más, el Rey Toro levantó la barra de hierro forjado y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza del Gran Sabio, que detuvo el golpe con ayuda de su arma. Dio, así, comienzo una extraordinaria batalla en la que las dos barras, la lisa y la de los extremos de oro, pusieron fin a una amistad de muchos años. - ¡La culpa es tuya, por haber deshonrado a mi hijo! - decía uno. - Tu hijo ha conseguido la perfección del Tao. No hay ninguna razón que sustente tu odio - replicaba el otro. - ¿Cómo te atreves a venir a llamar a mi puerta? - preguntaba el primero. - No lo habría hecho, de no haber tenido una buena razón - respondía el segundo, pensando únicamente en la seguridad del monje Tang. Pero su antiguo hermano se negaba a prestarle el abanico mágico. Un intercambio de palabras groseras dio al traste con su antigua amistad, que fue inmediatamente substituida por un odio tan firme como la raíz de una cordillera. Cada uno lo alimentaba con los golpes de su barra. La del Rey Toro hacía temblar a los dragones, mientras que la del Gran Sabio asustaba a los espíritus y a los dioses. Aunque empezaron luchando cerca de la base de la montaña, pronto se elevaron por encima de su cumbre, haciendo alarde de sus artes mágicas a lomos de nubes de varios colores. El fragor que producían los dos hierros, al chocar, hacía temblar las puertas del Cielo. Más de cien veces volvieron a la carga, pero ni el Gran Sabio ni el Rey Toro obtuvieron una ventaja apreciable. Cuando más enzarzados estaban en la lucha, alguien gritó desde la cumbre de la montaña: - ¿Habéis olvidado la invitación de mi señor, Rey Toro? No os retraséis, para que el banquete pueda dar comienzo cuanto antes. Al oírlo, el Rey Toro detuvo con su barra el golpe del Gran Sabio y dijo: - Es preciso que aplacemos el combate. Antes de proseguir, tengo que asistir a un convite en casa de un amigo - y, saltando de lo alto de la nube, fue a parar al interior de la caverna, donde dijo a la Princesa del Rostro de Jade -: No hay que temer nada de ese tipo con las pintas de un dios del trueno. En realidad, es el mono Sun Wu-Kung, que ha huido ante el acoso de mi barra de hierro. Ahora que el peligro ya ha pasado, voy a ir a tomar unas copas a la casa de un amigo. Se despojó de la armadura y pidió a uno de sus criados que le trajera una espléndida túnica de seda de color verde plateado. Ordenó a continuación a sus soldados que guardaran bien la puerta y, montando en una criatura acuática de ojos dorados, se dirigió hacia el noroeste. De pie en lo alto de la cumbre, el Gran Sabio le vio alejarse a toda velocidad entre una polvareda de neblinas y nubes y se dijo: - ¿Quién será ese amigo del que me ha hablado? Creo que voy a seguirle a ver si averiguo dónde va a tener lugar un convite tan importante - y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en una corriente de aire, que no tardó en dar alcance al Rey Toro. Al poco rato llegaron a una montaña, en la que el Poderoso del Occidente desapareció sin dejar rastro. El Gran Sabio recobró, entonces, la forma que le era habitual y echó un rápido vistazo a su alrededor. No tardó en descubrir un lago de aguas cristalinas y muy profundas. En una de sus orillas había una gran losa de piedra, en la que había sido labrada la siguiente inscripción: "Montaña de las Rocas Esparcidas, Lago de la Ola Verdosa". - El Toro ha debido de meterse en el agua. El amigo que ha venido a visitar por fuerza tiene que ser algún monstruo acuático o el espíritu de un dragón, de un pez o de una tortuga. Voy a echar un vistazo. Hizo un gesto mágico con los dedos y, tras sacudir ligeramente el cuerpo y recitar el correspondiente conjuro, se convirtió en un cangrejo, ni muy grande ni muy pequeño, que pesaba alrededor de setenta kilos. Sin pérdida de tiempo, se lanzó al agua y se hundió hasta tocar el fondo del lago. Muy cerca de donde él estaba se abría una puerta coronada por un tejadillo cubierto de relieves de complicado diseño. La criatura acuática de los ojos dorados estaba atada justamente debajo de uno de los arcos, pero al otro lado no había ni una sola gota de agua. El Gran Sabio traspuso la puerta y miró a su alrededor. Se oía una música extraña y volvió la cabeza hacia el punto de donde parecía provenir. Allí se alzaban unas construcciones con los muros de coral, rojos como el crepúsculo, y los arcos de nácar. No había en el mundo otro palacio como aquél. Sus tejas eran de oro, los marcos de sus puertas y ventanas de jade blanco, sus balconcillos y pasamanos de ramas de coral, y sus biombos de caparazones de tortuga. En su interior se veía un trono de loto, sobre el que se cernía una nube tal de bendiciones, que parecía estar suspendida entre las Tres Luminarias y la Vía Láctea. Aunque no formaba parte de los Cielos o de los inimaginables tesoros del mar, aquel lugar rivalizaba en belleza con la isla de Peng - Lai. Uno de los salones estaba lleno a rebosar de invitados, en su mayoría funcionarios de todo rango, que lucían espléndidas perlas en sus sombreros oficiales. Entre ellos se movían legiones de muchachas de jade con bandejas de marfil, cuya belleza se repetía, como un eco, en los rostros de las cantoras. Las canciones más melodiosas salían, sin embargo, de las gargantas de las ballenas, acompañas por las flautas de las langostas, los tambores de los lagartos marinos y los rítmicos balanceos de los cangrejos. De los techos colgaban lámparas de perlas, que iluminaban las viandas y los biombos adornados con motivos sacados de la naturaleza. Los pasillos hervían con los vuelos caprichosos de cortinas hechas con bigotes de gambas. Por doquier se escuchaba el armónico sonido de los ocho instrumentos, desgranando melodías que llegaban hasta el mismo cielo. No era difícil distinguir a grupos de percas de cabeza verdosa tañendo la cítara y a salmones de ojos rojizos tocando la flauta. No lejos de ellos muchachas - dragón tocadas con horquillas de oro con forma de fénix ofrecían a los presentes tiras de carne de venado. En las mesas no faltaba ni uno solo de los ochos manjares que se preparan en las cocinas del Cielo ni ninguno de los deliciosos licores que se guardan en las bodegas del Palacio Rojo. El Rey Toro ocupaba el asiento reservado para el invitado de mayor dignidad, custodiado, a derecha e izquierda, por varias damas-dragón. Frente a él se hallaba sentado un dragón entrado en años, rodeado de innumerables hijos, nietos, esposas e hijas. Cuando el Gran Sabio entró en el salón del banquete, estaban brindando con un vino tan dulce como el néctar. El primero que le vio fue el dragón anciano, que ordenó de inmediato: - ¡Atrapad a ese cangrejo desarrapado! Todos sus hijos y nietos se lanzaron sobre el Gran Sabio, quien, valiéndose del lenguaje humano, empezó a gritar con fingida desesperación: - ¡No me matéis, señor! ¡Perdonadme la vida! - ¿De dónde procedes y cómo te has atrevido a entrar en la sala del banquete sin haber sido invitado? - preguntó el dragón, malhumorado -. Quizás te perdone la vida, si me das una explicación aceptable. - Yo, señor - contestó el Gran Sabio con inesperada humildad -, aunque vengo a pescar a este lago, moro en una cueva que hay un poco apartada de la orilla. Constituye, en realidad, un excelente punto de observación, pues soy el Vigía-que-camina-hacia-atrás. Como siempre me muevo por el barro y la hierba, no sé andar como las demás criaturas. Además, al vivir en un puesto tan abandonado, desconozco cuáles son las normas que imperan en este palacio. Os suplico, pues, señor, que tengáis compasión de mi ignorancia y no me castiguéis con rigor. Todos los espíritus que asistían al banquete se inclinaron ante el dragón y dijeron: - No seáis riguroso con él. A las claras se ve que el Vigía Cangrejo jamás había entrado en este palacio y que desconoce totalmente los principios de la cortesía. ¿No os parece que deberíais perdonarle? El anciano dragón se mostró de acuerdo con ellos y ordenó a uno de los espíritus que le había apresado: - Soltadle. En castigo a su atrevimiento recibirá unos cuantos latigazos. Que espere fuera del palacio a que acabemos el banquete. El Gran Sabio expresó su agradecimiento antes de abandonar la mansión del dragón. En cuanto hubo traspuesto la puerta con el tejadillo, se dijo: - A ese Rey Toro le encanta beber. Sería de tontos esperarle hasta que haya terminado. Incluso en el caso de que se decida a regresar pronto a casa, nadie me asegura que vaya a prestarme su preciado abanico. Lo mejor que puedo hacer es coger a esta criatura de los ojos dorados, tomar su forma y tratar de engañar a la Diablesa. De esa forma, podrá cruzar el maestro la montaña y no tendré que volver a pelear con uno de mis antiguos compañeros. Tras recobrar la forma que le era habitual, el Gran Sabio desató a la criatura acuática y se sentó sobre su espléndida silla de montar, tan cubierta de adornos como si formara parte de un palacio. Cabalgando como un consumado jinete, no tardó en emerger de las aguas del lago. En la misma orilla tomó la identidad del Rey Toro y, tras espolear a la bestia, se elevó por encima de las nubes y se dirigió hacia la Caverna de la Hoja de Palma. En cuanto hubo alcanzado la Montaña de la Nube de Jade, gritó con voz autoritaria: - ¡Abrid las puertas! Las dos muchachas encargadas de dar la bienvenida a los visitantes obedecieron sin rechistar. Al ver que se trataba del Rey Toro, corrieron a informar a la señora, diciendo: - El señor acaba de llegar. Al oírlo, la Diablesa se arregló el pelo lo mejor que pudo y salió, gozosa, a su encuentro. El Gran Sabio desmontó de la criatura de los ojos dorados y se dirigió hacia ella, seguro de poderla engañar. Afortunadamente la Diablesa estaba tan excitada, que sólo veía con los ojos de la carne. Entraron en la caverna cogidos de la mano y las doncellas se apresuraron a tomar el té. En cuanto se enteraron de que había regresado el señor, todas las sirvientas y criadas salieron a presentarle sus respetos. Pero los esposos sólo tenían ojos para ellos mismos. - ¡Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos! - exclamó, galante, el falso Rey Toro. - Que el cielo derrame sobre tu cabeza sus diez mil bendiciones - respondió la Diablesa, inclinando respetuosamente la cabeza -. Tan dedicado te encuentras a tu nueva esposa, que pareces haber olvidado a la antigua. ¿Quieres explicarme qué viento te trae hoy por aquí? - ¿Cómo puedes decir eso? - respondió el Gran Sabio, sonriéndola con dulzura -. Yo jamás te he olvidado. Si he estado tanto tiempo ausente, ha sido debido a la cantidad de asuntos domésticos a los que he tenido que hacer frente. Las posesiones de la Princesa del Rostro de Jade se encontraban en un estado francamente lamentable, que requería toda mi atención. En fin, últimamente he oído decir que está a punto de llegar a la Montaña de Fuego un tal Sun Wu-Kung, que se dirige al Paraíso Occidental en compañía del monje Tang. Es muy posible que venga a pedirte el abanico para poder proseguir el viaje. Ya sabes cuánto le odio. Cuando aparezca por aquí, llámame en seguida y te aseguro que le haré picadillo. Sólo así vengaremos a nuestro hijo. Al oír eso, la Diablesa se echó a llorar y dijo: - Como muy bien afirma el dicho antiguo, "un hombre sin esposa no tiene quien cuide de sus riquezas y una mujer sin marido esclava es de la pobreza". No sé si lo creerás, pero ese mono casi acaba conmigo. - ¿Quieres decir que ha conseguido trasponer la montaña? - exclamó el Gran Sabio con una ira fingida. - No, no, todavía no - contestó la Diablesa -. Ayer mismo vino a pedirme que le entregara el abanico, pero, al recordar la desgracia que había traído sobre nuestro hijo, me puse la armadura y le asesté varios tajos con mis dos espadas. Soportó bien el dolor y tuvo, incluso, la desfachatez de llamarme cuñada, alegando que cierta vez hicisteis un pacto de hermandad. - En eso no te mintió - reconoció el Gran Sabio -. Fuimos siete los hermanados, aunque han transcurrido ya más de quinientos años. - Al principio - continuó diciendo la Diablesa -, aunque le insulté todo lo que quise y le sajé a placer con mis espadas, se mantuvo extremadamente cortés y no levantó la mano contra mí. Ante tanta sumisión, no me quedó más remedio que abanicarle y lanzarle lejos de aquí. Pero encontró la manera de contrarrestar los efectos del viento y volvió a presentarse a la mañana siguiente ante mi puerta. De nuevo le sometí al castigo del abanico; sin embargo, esta vez el huracán no logró moverle del sitio. Hube de echar mano de las espadas. Él aceptó, complacido, la lucha y me atacó con una barra de hierro increíblemente pesada. Eran tan certeros sus golpes, que hube de buscar refugio en el interior de la caverna. Pero ese tipo posee unos poderes tan extraordinarios, que no sólo logró llegar hasta mis aposentos, sino que, incluso, se metió dentro de mi estómago. Para que dejara de atormentarme, tuve que llamarle cuñado y entregarle el abanico. - ¡No debiste hacerlo! - exclamó el Gran Sabio, desalentado, dándose en el pecho golpes de rabia -. ¡Qué equivocación más grande la tuya! ¿Cómo pudiste entregar nuestro tesoro a ese mono? ¡Creo que me voy a morir de impotencia! - No te pongas así, por favor - le aconsejó la Diablesa, soltando la carcajada -. Le entregué un abanico falso. ¿Qué otra cosa podía hacer? - ¿Estás segura? - respondió el Gran Sabio -. ¿Dónde has metido el auténtico? - Tranquilízate - dijo la Diablesa, sin dejar de reír -. Lo tengo conmigo. Llamó a continuación a unas sirvientas y les ordenó que trajeran algo de vino. Ella misma se lo ofreció a su falso esposo, diciendo: - Es posible que tu nueva esposa te haya proporcionado muchas alegrías, pero dudo mucho que hayan sobrepasado las que encontraste a mi lado. Acepta esta copa de licor que yo misma he preparado. El Gran Sabio no la rechazó. No le quedó, de hecho, otro remedio que aceptarla. Pero, al ir a brindar, sonrió con una dulzura irresistible y dijo: - Es mejor que bebas tú primero. Si no te importa, me gustaría ver cómo siguen nuestras cosas, aunque no dudo de que durante mi ausencia hayas cuidado de ellas con más dedicación que yo mismo. No sé, en verdad, cómo agradecértelo. Complacida, la Diablesa tomó la copa. Pero volvió a llenarla en seguida y, entregándosela, una vez más, al Rey Toro, dijo: - No tienes que agradecerme nada. Como muy bien afirmaban los antiguos, las esposas son unas excelentes administradoras, pero los maridos las proveen de todo lo necesario. Mientras las criadas preparaban algo de comer, ellos continuaron hablando con la misma cortesía. El Gran Sabio no se atrevió a romper la dieta vegetariana y únicamente tomó algunas frutas. Las suficientes para mantener viva la conversación. La Diablesa, por su parte, bebió más de la cuenta y, poco a poco, fue creciendo en ella el fuego de la pasión. Como quien no quiere la cosa, se acercó melosa al Gran Sabio y empezó a restregarse contra él, cogiéndole de las manos y susurrándole al oído palabras cargadas de irresistible ternura. No contenta con eso, le obligó a beber de la misma copa y a morder, al tiempo, de la misma fruta. El Gran Sabio, por supuesto, se encontraba violentísimo, pero ¿qué otra cosa podía hacer que mostrarse tan tierno como ella y reír todas sus salidas de hembra excitada? No existe, en verdad, nada mejor que el vino para hacer desaparecer del espíritu las cuitas e iluminarlo con el calor de la inspiración. Conocedor de tan sorprendentes efectos, el Gran Sabio decidió actuar con la mayor discreción posible. La mujer, por su parte, se abandonó por completo a su ansia de amor y empezó a reírse de tal forma que el rostro se le puso tan rojo como un melocotón maduro. Su cuerpo se agitaba con la agilidad de un sauce nuevo sacudido por el viento. Sus palabras se tornaban a veces incomprensibles murmullos que acentuaban el ardor de sus caricias. Sus alargadas manos se hundían con machacona insistencia en los cabellos del varón, mientras sus delicados pies buscaban enlazarse con las piernas de su pareja. Echaba para atrás la cabeza con gesto coqueto, dejando ver la blancura de su cuello y el delicado arranque de su cabello. Sus mangas pintaban en el aire una danza de garzas jóvenes copulando. ¡Qué movimiento el de su cintura, al tiempo que fluían de sus labios las cascadas de fuego de una confesión de amor! Poco a poco se fue desabrochando la túnica y apareció la delicada figura de uno de sus senos. Tenía la mente totalmente embotada por los efectos del licor. ¿Qué hay de extraño en que sus ojos poseyeran una luminosa acuosidad y su pecho se agitara en una marejada de jadeos? El Gran Sabio se dio cuenta de que la tenía completamente a su merced y dijo con una ternura que no cuadraba con sus palabras: - ¿Dónde has escondido el abanico auténtico? Debes guardarlo bien, porque ese Peregrino es capaz de transformarse en cualquier cosa y hacerse con él en un abrir y cerrar de ojos. Riendo como una muchacha, la Diablesa sacó un abanico un poco más pequeño que una hoja de almendro y se lo entregó al Gran Sabio, diciendo: - ¿No es éste el tesoro del que hablas? El Gran Sabio se quedó perplejo y no supo qué contestar. No podía creer que aquel fuera el abanico que tantos quebraderos de cabeza le había costado. - Es demasiado pequeño para apagar las llamas - se dijo -. Lo más seguro es que sea tan falso como el anterior. Al verle contemplándolo con tanto detenimiento, la Diablesa acercó su mejilla empolvada al rostro del Peregrino y dijo: - Deja el abanico y bebe algo. ¿Se puede saber en qué estás pensando? - ¿Cómo puede una cosa tan pequeña apagar unas llamas cuya altura sobrepasa los mil quinientos kilómetros? El vino había embotado totalmente la mente de la Diablesa y no dio ninguna importancia a las dudas que manifestaba su falso marido. - Se nota que estos dos últimos años te has entregado por completo al placer. Has servido con tanta dedicación a la Princesa del Rostro de Jade, que tu inteligencia se ha diluido como la tinta en el agua. Es increíble que hayas olvidado tan pronto cómo funciona este tesoro. ¿Acaso no recuerdas que debes apretar con el pulgar de la mano izquierda la séptima cinta roja de su mango y recitar las palabras "expira, inspira, sopla y ronca" l0, para que alcance una longitud de tres metros y medio? Este abanico posee, como bien sabes, unos extraordinarios poderes metamórficos. De todas formas, por muy altas que sean las llamas, no hay fuego que se resista a su fuerza. El Gran Sabio tomó buena nota de esas palabras y se metió el abanico dentro de la boca. Recobró a continuación la forma que le era habitual y dijo, pasándose, triunfante, la mano por el rostro: - ¿Crees realmente que soy tu marido? ¡Mírame bien, Diablesa! ¡Deberías avergonzarte de lo que has hecho! ¿Crees que me han producido placer tus avances de hembra ebria? La mujer se quedó tan desconcertada, que empezó a revolcarse por el suelo y a derribar con los pies todas las mesas y sillas que encontraba. La vergüenza le roía el corazón y comenzó a gritar desesperada: - ¡Quiero morirme! ¡Quiero morirme! El Gran Sabio no se preocupó más de ella. Se zafó con desprecio de sus brazos y, en dos zancadas, abandonó la Caverna de la Hoja de Palma. Había salido triunfante de las asechanzas de la belleza y su corazón desbordaba de incontenible alegría. Montó a toda prisa en una nube y se elevó hasta lo alto de la cumbre, donde se dispuso a probar la fuerza mágica del abanico. Apretó la séptima cinta roja del mango con el dedo pulgar de la mano izquierda, como le había dicho la Diablesa, y recitó las palabras: "Expira, inspira, sopla y ronca". Al instante alcanzó una longitud que superaba los tres metros y medio, El Peregrino lo examinó con cuidado y comprobó que era totalmente distinto a como había sido hasta entonces. Emitía un aura tan luminosa como la que rodea a los inmortales y estaba tejido con treinta y seis clases de hilos diferentes, todos ellos de color rojo. El Peregrino pudo ver, con satisfacción, que la Diablesa no le había mentido, pero, desgraciadamente, se le había olvidado preguntarle la fórmula para reducirlo a su tamaño natural. Preocupado, hizo varios intentos con todos los dedos, pero el abanico permaneció tan inalterable como la montaña en la que se encontraba. No le quedó, pues, más remedio que cargar con él a la espalda y dirigirse al encuentro de su maestro, como si fuera un vulgar porteador de las cumbres, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Rey Toro, quien, una vez terminado el banquete en el Palacio del Lago de la Ola Verdosa, se llegó hasta la puerta de los tejadillos, acompañado de otros espíritus acuáticos. Al ver que había desaparecido la criatura de los ojos dorados, el Rey Dragón convocó a todos sus sirvientes y les preguntó en tono severo: - ¿Quién ha robado la cabalgadura del Rey Toro? Todos los espíritus se echaron rostro en tierra y contestaron, respetuosos: - ¿Quién iba a atreverse a hacer semejante cosa? Además, ninguno de nosotros ha abandonado para nada la sala del banquete. Como vos mismo habéis podido ver, hemos estado muy ocupados sirviendo a vuestros huéspedes y amenizándolos con nuestras canciones. - Estoy seguro de que nadie de mi casa se atrevería a hacer semejante cosa - concluyó el Rey Dragón, dirigiéndose a su distinguido huésped -. ¿Ha entrado en el palacio algún desconocido? - Si no recuerdo mal - dijo uno de sus hijos -, al poco de sentarnos se presentó en la sala del convite un cangrejo, al que nadie conocía. El Rey Toro cayó, entonces, en la cuenta de lo que había ocurrido y exclamó, agitando las manos, muy preocupado: - No es necesario seguir investigando. En el momento mismo de recibir vuestra invitación me encontraba luchando con un tal Sun Wu-Kung, un discípulo del monje Tang que se dirige hacia el Oeste en busca de escrituras sagradas. Al llegar a la Montaña de Fuego, las llamas les impidieron seguir adelante y vino a pedirme que le prestara mi abanico de las hojas de palma. Se enfadó mucho, cuando me negué a su ruego, y me vi obligado a cruzar las armas con él. Ninguno de los dos pudo alcanzar una ventaja apreciable, porque, como os digo, hube de abandonar la lucha para asistir a vuestro banquete. Ese mono es muy inteligente y posee unos poderes francamente extraordinarios. Lo más seguro es que haya tomado la forma de cangrejo y, después de observar con atención lo que estábamos haciendo, haya ido a visitar a mi esposa, con el fin de quitarle el abanico del que os hablo. - ¿Ese Sun Wu-Kung no es el que sumió los Cielos en un desorden increíble? - preguntaron los espíritus, temblando de pies a cabeza. - Exactamente - reconoció el Rey Toro -. Opino que haríais bien en no desairarle en nada, mientras se encuentra de camino hacia el Oeste. - Si es tan peligroso como decís - inquirió el Rey Dragón -, ¿qué pensáis hacer para recobrar vuestra cabalgadura? - No os preocupéis por eso - contestó el Rey Toro, sonriendo -. Entrad en vuestro palacio. Ya me encargaré yo de dar alcance a ese ladrón. Inmediatamente se abrió camino entre las aguas y abandonó el lago. No tardó en llegar, a lomos de una nube, a la Caverna de la Hoja de Palma en la Montaña de la Nube de Jade. Los lamentos y los gritos de la Diablesa se oían por doquier. Al abrir la puerta de la cueva, vio cómo temblaban las paredes a causa de los golpes de pecho y de las patadas de desesperación que daba la mujer. La criatura de los ojos brillantes parecía asustada ante semejante algarabía. - ¿Dónde se ha metido Sun Wu-Kung? - gritó el Rey Toro, enfurecido. - ¿Habéis decidido volver, señor? - preguntaron las doncellas, echándose rostro en tierra. La Diablesa se abalanzó sobre el Rey Toro y empezó a golpearle la cabeza con la frente, al tiempo que gritaba con más desesperación: - ¡Maldito imbécil! ¿Cómo has podido permitir que ese simio te haya robado la criatura de los ojos dorados, haya tomado tu personalidad y haya venido aquí a engañarme? ¡Cuanto ha ocurrido es culpa tuya! - ¿Dónde se ha escondido ese mono? - volvió a preguntar el Rey Toro, rechinándole los dientes de rabia. - Después de arrebatarme nuestro preciado tesoro - contestó la Diablesa, golpeándose el pecho y gritando con más fuerza -, ese mono maldito recobró la forma que le es habitual y se marchó. ¡Oh, creo que voy a morirme! - ¡No digas más tonterías, por favor! - le aconsejó el Rey Toro -. Lo mejor que puedes hacer ahora es tranquilizarte y arreglarte un poco. En cuanto le atrape, le arrebataré el abanico, le despellejaré y le trituraré todos los huesos. Después, por el único placer de la venganza, le arrancaré el corazón y se lo tiraré a los perros. ¡Traedme la armadura! - gritó a continuación, dirigiéndose a las doncellas. - Pero, señor - contestó una de ellas -, vuestras armas no se encuentran aquí. - En ese caso - concluyó el Rey Toro -, traedme las de vuestra señora. Sin pérdida de tiempo, las doncellas le pusieron en las manos las dos espadas de las hojas azules. Se quitó a continuación la túnica de seda verde que había lucido en el banquete y se ajustó bien el cinturón. Su rostro ardía de ira cuando abandonó la Caverna de la Hoja de Palma con una espada en cada mano y se dirigió hacia la Montaña de Fuego. Fue así como un hombre desagradecido sufrió en propia carne el engaño del que había sido objeto su estúpida esposa y partió, como un demonio, en persecución del discípulo fiel. De momento desconocemos si logró o no sus propósitos. El que desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第061回 CHU BA-CHIE AYUDA A DERROTAR AL REY TORO. POR TERCERA VEZ EL PEREGRINO SE VE OBLIGADO A IR EN BUSCA DEL ABANICO DE HOJAS DE PALMA Decíamos que el Rey Toro salió en persecución del Gran Sabio, Cuando le vio con el abanico de hojas de palma a la espalda surcando alegremente los cielos, se dijo, impresionado: - Ese mono es tan inteligente que ha conseguido, incluso, averiguar cómo funciona el abanico. Es claro que, si le exijo que me lo devuelva, se negará de plano a hacerlo. Además, si se le ocurre abanicarme con él, puede mandarme a más de trescientos mil kilómetros de aquí. Eso le dejaría totalmente libre el camino. He oído decir que, aparte de él, viajan con el monje Tang el espíritu del Río de la Corriente de Arena y un Cerdo que, en su tiempo, alcanzó la perfección. Los conozco bien, porque coincidimos más de una vez en un banquete. Creo que lo mejor es que me haga pasar por ese cerdo y trate de engañar al mono. Parece tan satisfecho del triunfo obtenido, que estoy seguro de que habrá dejado a un lado la prudencia con la que normalmente se comporta. El Rey Toro dominaba a la perfección el arte de las setenta y dos metamorfosis y sus habilidades marciales no tenían nada que envidiar a las del Gran Sabio, aunque su cuerpo era mucho más pesado y, por consiguiente, menos ágil. Puso a un lado las espadas, recitó un conjuro y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en la copia exacta de Ba-Chie. Dando un rodeo, salió al camino principal. De esa forma, pudo encontrarse cara a cara con el Gran Sabio, al que saludó, agitando los brazos y gritando: - ¡Eh, eh! ¡Estoy aquí! El Gran Sabio se alegró mucho de verle. Con razón decían los antiguos que "el gato vencedor se cree que es un tigre". Tan embebido estaba en la facilidad de su triunfo, que no se fijó para nada en el aspecto que ofrecía la persona que se acercaba corriendo hacia él. Le bastó que se pareciera a Ba-Chie, para dar por sentado que se trataba de él. - ¿Se puede saber adonde vas? - le preguntó, sonriendo. - Al ver que tardabas tanto tiempo en volver - contestó el Rey Toro -, el maestro temió que no pudieras derrotar tú solo a ese demonio y me pidió que fuera a ayudarte. Ya sabes lo ansioso que está por obtener ese tesoro. - No hay que preocuparse ya de nada - contestó el Peregrino, acentuando el brillo de su sonrisa -. Acabo de hacerme con él. - ¡De verdad! - exclamó el Rey Toro, ilusionado -. ¿Cómo lo has conseguido? - Más de cien veces cruzamos el Rey Toro y yo nuestras armas, pero ninguno de los dos conseguimos una diferencia apreciable - explicó el Peregrino, orgulloso -. Cuando más encarnizada era la lucha, me dejó plantado y se fue al Lago de la Ola Verdosa, en la Montaña de las Rocas Esparcidas, a asistir a un banquete en el palacio de los dragones. Le seguí hasta allí y, convirtíéndome en un cangrejo, conseguí robarle la criatura de ojos dorados que le sirve de cabalgadura. Con ella no me costó engañar a la Diablesa de la Caverna de la Hoja de Palma. Hice tan bien el papel de Rey Toro, que la mujer se empeñó en acostarse conmigo. Yo le seguí la corriente; pero, cuando logré hacerme con el abanico, la dejé plantada y me vine para acá. - Después de tantas fatigas debes de estar muy cansado - dijo el Rey Toro -. Si quieres, te puedo llevar el abanico. Parece un poco grande, ¿no? Ni siquiera entonces se preocupó el Gran Sabio de comprobar la identidad del que le hablaba. Estaba tan seguro de que ya nada podía salirle mal, que entregó de buena gana el abanico al Rey Toro. Éste, por supuesto, sabía hacerlo crecer o encoger, según quisiera. Recitó un conjuro y al instante se redujo hasta alcanzar el tamaño de una hoja diminuta de almendro. Recobró entonces el rey la figura que le era habitual y gritó con desprecio: - ¡Maldito mono! ¿Es que no me reconoces? - ¡Qué tonto he sido! - exclamó el Peregrino, al verle, dando patadas en el suelo -. Yo, que he estado cazando gansos toda mi vida, resulta que ahora soy víctima de uno. Estaba tan furioso, que cogió la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza del Rey Toro, pero éste se hizo a un lado y le abanicó con el tesoro que acababa de recobrar. Afortunadamente, cuando el Gran Sabio se convirtió en un pequeño grillo y se metió en el estómago de la Diablesa, se tragó sin querer la píldora del elixir para detener el viento. De esa forma, su cuerpo adquirió una fuerza increíble y su piel y sus huesos se tornaron tan pesados como una montaña. Por mucho que le abanicó el Rey Toro, no pudo moverle del sitio. Asombrado, se metió el abanico en la boca y, echando mano de sus espadas, dejó caer sobre su adversario dos tajos formidables. De esa forma, dio comienzo una batalla como pocas se han dado a lo largo del tiempo. Tanto el Gran Sabio, Sosia del Cielo, como el Rey Toro, Devastador del Mundo, desplegaron toda la fuerza que escondían en sus músculos por la simple posesión de un abanico de hojas de palma. Si el Gran Sabio se hubiera mostrado más precavido, el Rey Toro no le habría arrebatado el preciado tesoro y no estarían ahora luchando. Tanto la barra de los extremos de oro como la espada de las hojas azuladas caían inmisericordes, una y otra vez, sobre el cuerpo de su adversario. Los dos contendientes se movían con tal seguridad, que levantaban polvaredas de nubes de colores y rayos brillantes. Los resuellos y soplidos que arrancaba de sus cuerpos el esfuerzo se entremezclaban con el rechinar de dientes de su furia. Aquélla era una prueba de fuerza entre dos enemigos mortales. Las pocas veces que tocaban el suelo levantaban nubes de rocas y arena que oscurecían la Tierra y el Cielo y hacían temblar de espanto a los espíritus y a los dioses. - ¿Cómo te has atrevido a arrebatarme el abanico? - preguntaba uno. - ¿No tuviste tú acaso la osadía de yacer con mi esposa? - replicaba el otro, cada vez más furioso -. El que engaña a la mujer de otro debe morir. Ningún juez te declarará inocente, cuando le presente mi caso. Pero las palabras no servían de nada. Tanto el inteligentísimo Sosia del Cielo como el irascible Rey Poderoso estaban decididos a acabar, como fuera, con su adversario. Por eso las espadas y la barra descargaban, sin cesar, golpe tras golpe. Un solo descuido podía conducir a cualquiera de los dos a la presencia del Rey Yama, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang, que permanecía sentado junto al camino, acosado por la intranquilidad del calor y la sed. Su inquietud era tal, que se volvió, por fin, al espíritu de la Montaña de Fuego y le preguntó: - ¿Es muy poderoso ese Rey Toro del que hablabais? - Posee una fuerza increíble y su magia no tiene nada que envidiar a la del Gran Sabio - contestó el espíritu de la montaña -. Son, de hecho, dos rivales muy igualados. - Wu-Kung es un caminante incansable - continuó diciendo el monje Tang, intranquilo -. Normalmente recorre cinco mil kilómetros en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo es que lleva sin aparecer un día entero? ¡Por fuerza tiene que estar luchando con ese Rey Toro! ¿Quién de vosotros quiere ir a buscarle? - preguntó volviéndose hacia Wu-Neng y Wu-Ching -, Si está peleando, lo mejor es que le ayudéis, así podremos conseguir cuanto antes ese dichoso abanico. Me muero de ansias por cruzar, de una vez, esa montaña y proseguir nuestro camino. - Se está haciendo tarde - contestó Ba-Chie -. Creo que voy a ir yo. El problema es que no sé cómo llegar a la Montaña de la Provisión de Truenos. - No os preocupéis por eso - le tranquilizó el espíritu de la montaña -. Conozco bien el camino. Os acompañaré con mucho gusto, si el Capitán Encargado-de-levantar-la-cortina accede a quedarse con el maestro. - No sé cómo agradeceros todas las molestias que os estáis tomando conmigo - dijo Tripitaka, más animado -. Os recompensaré convenientemente, cuando haya alcanzado el pago a mis méritos. Antes de elevarse hacia las nubes y de dirigirse en dirección este, acompañado por el espíritu de la montaña, se ajustó bien la camisa de seda negra y se puso el rastrillo a la espalda. Apenas habían empezado a volar, cuando oyeron unos gritos terribles y el bramar de un viento extremadamente fuerte. Detuvieron al punto la nube en la que viajaban y vieron al Peregrino y al Rey Toro enzarzados en una formidable batalla. - ¡Vamos, señor! - exclamó el espíritu de la montaña, muy excitado -. ¿A qué esperáis para ir a ayudarle? El Idiota agarró con fuerza el rastrillo y gritó con todas sus fuerzas: - ¡En, hermano, estoy aquí! - Siempre me estropeas todo lo que hago - dijo el Peregrino con desprecio -. ¿Quieres decirme por qué has tenido que salir a mi encuentro? - Me lo pidió el maestro - contestó Ba-Chie -, pero, como no sabía el camino, el espíritu de la montaña se ofreció a hacerme de guía. Por cierto, ¿por qué has dicho eso de que siempre te estropeo todo lo que haces? - No lo he dicho por ti, sino por este maldito toro - contestó el Peregrino -. Después de arrebatar el abanico a la Diablesa, tuvo la desfachatez de hacerse pasar por ti, diciendo, como has hecho ahora, que venías a buscarme. Al verle, me puse tan contento, que hasta le entregué el abanico. Recobró, entonces, la forma que le es habitual y empezamos a luchar. Eso es lo que quería decir con eso de que siempre me estropeas todo lo que hago. - ¡Maldita bestia! - bramó el Idiota, fuera de sí -. ¿Cómo te atreves a hacerte pasar por mí y a engañar a mi hermano, poniendo en peligro el cariño que nos une? - y se lanzó a la refriega, descargando una lluvia de golpes furiosos sobre el Rey Toro, que, al llevar luchando con el Peregrino casi un día entero, tenía ya muy mermadas las fuerzas. Al ver la fiereza con que le atacaba Ba-Chie, comprendió que no podía seguir conservando su campo y se dio a la huida. El espíritu de la montaña le salió, entonces, al encuentro, tratando de cortarle la retirada con un destacamento de fantasmas. - Es mejor que no huyáis - le gritó con voz marcial -. Ningún dios se opondría a que el monje Tang cruce su territorio camino del Paraíso Occidental en busca de las escrituras, porque todo el mundo sabe que goza de los favores del Cielo. Las Tres Regiones están al tanto de su empresa y eso le ha granjeado el apoyo de cuantos moran en cada uno de los puntos cardinales. ¿Por qué os empeñáis en no prestarle vuestro abanico para apagar las llamas y permitirle seguir adelante? ¿No comprendéis que el Cielo puede encontraros culpable y decretar vuestro ajusticiamiento? - No sabes lo que dices - contestó el Rey Toro -. Ese mono maldito ha deshonrado a mi hijo, ha insultado a mi esposa segunda y ha engañado miserablemente a mi mujer. Le odio con tal intensidad, que no dudaría en arrancarle la piel y tirar su carne a los perros. ¿Cómo quieres que le preste mi preciado tesoro? ¿Es que no te parecen suficientes las ofensas que ha lanzado contra mí? No había acabado de decirlo, cuando Ba-Chie se le echó encima, gritando: - ¡Toro embustero, saca inmediatamente el abanico, si no quieres que ahora mismo acabe con tu vida! El Rey Toro no tuvo más remedio que volverse contra Ba-Chie, blandiendo sus dos espadas, mientras el Gran Sabio se aprestaba a dar toda la ayuda posible a su compañero. Dio, así, comienzo una batalla más terrible que la anterior. No en balde en ella se enfrentaron un cerdo-espíritu, un toro-demonio y un mono que sumió en un caos los Cielos. La razón de la lucha era, sin embargo, mucho más profunda, porque los cultivadores del Zen deben estar sometidos de continuo a un proceso de refinamiento en la gran retorta del mundo. Sólo con el esfuerzo es posible llegar a fundirse con la causa primera. Eso explica que las nueve puntas afiladas del rastrillo buscaran los rápidos tajos de las espadas de doble filo, ayudadas por la fortaleza de la barra de hierro y los gritos de ánimo del dios de la tierra. Todos ellos eran conscientes de que no existía otra manera de conseguir el elixir. Por eso guerreaban con tanto empeño, dando lo mejor de sí. Quien consiga poner el yugo al toro y arar con él los campos verá aumentar sus caudales de oro. El que, por el contrario, meta al cerdo en un horno sentirá cómo, poco a poco, va perdiendo fuerza la vitalidad de su respiración. ¿Cómo va a alcanzarse la perfección del Tao, cuando la mente se ha diluido en la nada? Para proteger el propio espíritu es preciso mantener al mono bajo control. Por estos principios ponían en peligro sus vidas los tres luchadores. El fragor de sus armas, al entrechocar, llegaba hasta los últimos rincones del cosmos, haciendo palidecer las estrellas y sumiendo la luna en una densa noche de tinieblas. Todo el universo aparecía envuelto en una neblina fría que no permitía el paso a la luz. Sacando fuerzas de flaqueza, el Rey Toro peleó con bravura, sin dejar de desplazarse hacia el sudeste. Toda la noche midió sus armas con sus adversarios, pero el resultado de la batalla permaneció tan incierto como al comienzo de la misma. Al amanecer, llegaron a las puertas de la Caverna que Toca las Nubes, en el corazón mismo de la Montaña de la Provisión de Truenos. El fragor de la batalla era tan ensordecedor, que alertó a la Princesa del Rostro de Jade, la cual ordenó a sus doncellas que salieran a ver lo que ocurría. Las muchachas regresaron a toda prisa a informarla, diciendo: - Es el señor, que está peleando con ese tipo de la cara de dios del trueno que se presentó ayer por aquí. Lo malo es que tiene de su parte a un monje con las orejas muy grandes y un morro tan alargado como el de un cerdo. Lo sorprendente es que, a pesar de ser tan feo, pelean a su lado el espíritu de la Montaña de Fuego y todos sus secuaces. Al oír tan alarmantes noticias, la Princesa del Rostro de Jade llamó a todos sus soldados y guardianes y les ordenó que acudieran en ayuda de su esposo. Sin pérdida de tiempo, todos los espíritus capaces de empuñar las armas se dispusieron a entrar en combate. Su número superaba el centenar y, como un solo hombre, abandonaron en tropel la caverna, blandiendo sus espadas y lanzas y gritando, enfervorecidos: - ¡La señora nos envía a ayudaros! ¡La victoria está de nuestro lado! - ¡Bienvenidos seáis a la lucha! - exclamó el Rey Toro, visiblemente complacido. Los espíritus no pararon en mientes y comenzaron a golpear a diestro y siniestro. La sorpresa produjo su efecto y Ba-Chie se hubo de dar a la fuga, incapaz de hacer frente a tantos adversarios a la vez. El Gran Sabio se vio obligado, igualmente, a dar su famosísimo salto para lograr escapar del cerco que habían montado a su alrededor los seguidores del Rey Toro. Los espíritus lograron una inesperada victoria y, dando gritos de júbilo, regresaron a la caverna y cerraron firmemente sus puertas, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, en cuanto hubo recuperado el aliento, se volvió hacia Ba-Chie y el espíritu de la montaña y les dijo: - Ese toro es increíblemente fuerte. Ayer estuvimos luchando desde la hora de shen hasta la caída de la noche y, sin embargo, no puedo decir que saliera mejor parado que él. Es más, después de un día y medio de batalla sus fuerzas no parecen haber disminuido lo más mínimo, y eso que vosotros constituíais un auténtico contingente de refresco. Lo más desalentador, de todas formas, es que sus seguidores no parecen ser menos aguerridos que él. ¿Qué podemos hacer ahora que se han refugiado en la caverna y rehúsan salir? - ¿Cómo es que, habiéndote despedido del maestro por la mañana, no empezaste a luchar contra ese monstruo hasta bien entrada la tarde? - preguntó Ba-Chie -. ¿Me quieres decir qué estuviste haciendo durante todo ese tiempo? - Después de despedirme de vosotros - explicó el Peregrino -, vine directamente a esta montaña. Aquí me topé con una muchacha, a la que saludé y que luego resultó ser la Princesa del Rostro de Jade, su querida esposa segunda. Para descubrir dónde vivía, me vi obligado a asustarla con la barra de hierro. Su loca carrera me llevó, efectivamente, hasta la caverna en la que habitan. El Rey Toro no tardó en aparecer, fanfarrón y tan locuaz como un vendedor de remedios para el estómago. Después de luchar durante más de dos horas, se presentó alguien con una invitación para un banquete y abandonó inesperadamente el campo. Le seguí hasta la Montaña de las Rocas Esparcidas y, aunque me costó cierto trabajo dar con su pista, descubrí que se había zambullido en el Lago de la Ola Verdosa. Ni corto ni perezoso, me convertí en un cangrejo, le robé la criatura de los ojos dorados y, adoptando su figura, regresé a la Caverna de la Hoja de Palma, en la Montaña de la Nube de Jade. No me costó trabajo engañar a la Diablesa, a la que logré arrebatar el abanico de hojas de palma. Es tan extraordinario que, valiéndome de ciertas fórmulas mágicas, lo hice crecer de una forma increíble. El problema fue que no supe cómo devolverlo a su tamaño natural y hube de cargar con él al hombro. Pero el Rey Toro no tardó en darme alcance, se hizo pasar por ti y me arrancó de las manos tan preciado tesoro. Eso explica que tardara tanto tiempo en volver. - Eso es como hacer naufragar en pleno océano un barco lleno de "dou-fu" - contestó Ba-Chie -: lo que en agua viaja a la mar retorna. ¿Cómo va a cruzar el maestro la montaña, si tan difícil es hacerse con ese abanico? Creo que lo mejor será regresar a su lado y tratar de encontrar otro camino. - No os desaniméis tan pronto, por favor - les aconsejó el espíritu de la montaña -. Tratar de hallar otra ruta es tanto como renunciar a seguir la senda de la virtud que habéis iniciado. ¿Para qué abandonar esa vía de perfección después de las calamidades que habéis pasado? Como muy bien afirmaban los antiguos, "sólo existe un camino principal". ¿Cómo vais a dar, entonces, con otro? Recordad que vuestro maestro lo único que espera es que regreséis con la victoria en vuestras manos, no con otro plan en vuestros labios. - Tienes razón - exclamó el Peregrino, animado -. ¿A qué viene esa forma de hablar, Idiota? - añadió, volviéndose hacia Ba-Chie -. El espíritu de la montaña ha dicho lo único razonable que se ha escuchado aquí en todo el día. Lo que tenemos que hacer es obligar a ese monstruo a entablar una nueva batalla con nosotros. ¿Para qué queremos todos esos poderes que poseemos? Hasta ahora apenas he hecho uso de mis habilidades metamórficas, porque no me había encontrado en todo el camino del Oeste con alguien que realmente se me pareciera. El Rey Toro y el Mono de la Mente procedemos del mismo principio. Es preciso llegar hasta él y luchar con una entrega total para recuperar ese abanico. Sólo él es capaz de apagar las llamas. Eso lanzará un puente entre las dos orillas del vacío y podremos proseguir nuestra marcha al encuentro de Buda. En cuando hayamos logrado ver su rostro cara a cara, alcanzaremos la felicidad suprema y nos sentaremos con él a la mesa. ¿Te imaginas las delicias que se servirán en ese banquete? - ¡Venga! - exclamó Ba-Chie, enardecido por las palabras que acababa de escuchar -. ¡Vayamos cuanto antes a ver a ese Rey Toro! ¿Qué importa que se niegue a prestarnos el abanico? La madera surgió a la hora de hai y está emparentada con el cerdo, el cual obligará al Toro a regresar a la tierra. El mono, por el contrario, nació a la hora de shen y por eso se muestra dócil e incapaz de hacer daño a nadie. El abanico de hojas de palma actúa como el agua, apagando el fuego y acabando con los rescoldos. Cuando eso haya ocurrido, la perfección se abrirá ante nuestros ojos. Es preciso que perseveremos en ella día y noche, si queremos alcanzar nuestro propósito y tomar parte en el banquete de Ullambana. Los dos monjes se lanzaron, seguidos por el espíritu de la montaña y todos sus guerreros, contra las puertas de la Caverna que Toca las Nubes y las redujeron a añicos con el rastrillo y la barra de hierro. El soldado que montaba la guardia, corrió, aterrorizado, a informar a su señor de lo ocurrido, diciendo: - ¡Sun Wu-Kung acaba de destrozar la puerta y se dirige hacia aquí al frente de todas sus fuerzas! El Rey Toro estaba contando a la Princesa del Rostro de Jade cuanto había sucedido durante su ausencia, cuando se presentó el soldado con tan infaustas nuevas. Enfurecido, se puso a toda prisa la armadura y salió al encuentro de los asaltantes, lanzando improperios contra el Peregrino. - ¡Maldito mono! - gritó, cuando le tuvo delante -. ¿Quién te crees que eres, para llegarte hasta mi puerta y reducirla a añicos? - ¡Cadáver sin ojos! - bramó, a su vez, Ba-Chie, lanzándose contra él -. ¿Quién te piensas que eres tú, para juzgar las acciones de los demás? ¡No huyas y prueba el sabor de mi rastrillo! - ¡No creas que me meten miedo tus bravuconadas! - volvió a gritar en el mismo tono el Rey Toro -. Con quien quiero luchar es con ese mono. - ¡Estúpido rumiante! - replicó el Gran Sabio con gesto altanero -. Ayer te consideraba mi hermano; hoy, por culpa de tu obcecación, te has convertido en mi enemigo. ¡Prepárate, porque vas a tragarte mi barra! Envalentonado, el Rey Toro se enfrentó a los dos a la vez. De esa forma, dio comienzo un encuentro más fiero que el del día anterior. Los tres se lanzaron al combate con la seguridad de obtener la victoria. El rastrillo y la barra desplegaron todo su poder, como generales que dirigieran la batalla desde sus sudorosos corceles. ¡Con qué arrojo les hizo frente la barra forjada del toro, cuyos poderes mágicos eran tan inabarcables como el mismo Cielo! Al entrechocar, las tres armas producían un ruido ensordecedor, que sobrecogía a todo el universo. Tan pronto desviaban golpes como los descargaban con envidiable maestría. De poco importaba el sudor, con tal de alcanzar la victoria y ver postrado a su oponente. Poco podían hacer los demás guerreros por separar a la tierra y a la madera, luchadores infatigables que avanzaban y retrocedían según el ritmo de los golpes. - ¿Por qué te niegas a prestarnos el abanico de hojas de palma? - preguntaban unos. - ¿Cómo tuviste la osadía de engañar a mi esposa? - replicaba el otro -. Es preciso que vengue a mi hijo, a mi segunda mujer y esta puerta de piedra, cuyas esquirlas ahora pisamos. - Deja de hablar y cuídate del poder de mi barra - decía el primero de los monjes -. Al menor roce tu piel se hará trizas. - No te olvides de los dientes de mi rastrillo - recalcaba el segundo -. Cada golpe es capaz de hacerte nueve heridas en la carne., Pero el Rey Toro no se sentía amedrentado ante tales razones. Blandía con una maestría total su barra de hierro forjado a la espera de asestar el golpe definitivo. Sus avances y retrocesos levantaban polvaredas de nubes y lluvia, acompañadas de un viento que todo lo barría. El odio espoleaba sus ansias de victoria, haciéndoles exponer, una y otra vez, sus vidas a la muerte. Su técnica guerrera no podía ser, sin embargo, más perfecta. Con increíble agilidad se cubrían tanto la espalda como el pecho y descargaban golpes capaces de hacer polvo al ser más fornido. La bravura era la misma en los dos monjes que en su único adversario. ¿Qué de extraño hay, entonces, que lucharan sin cesar desde la salida del sol hasta su ocaso? La suerte del Rey Toro estaba echada y, tarde o temprano, sería arrestado como un vulgar ladrón. Cuando llevaban peleados más de cien asaltos, Ba-Chie atacó con más encarnecimiento, seguro de que la magia del Peregrino iba a compensar su absoluta falta de prudencia. El Rey Toro sintió que las fuerzas le flaqueaban y huyó hacia el interior de la caverna. Afortunadamente, el espíritu de la montaña y sus soldados le cortaron la retirada, gritando, enfervorecidos por la cercanía de la victoria: - ¿Adonde crees que vas, Rey Poderoso? ¿No ves que estamos nosotros aquí? La situación del Rey Toro no podía ser más comprometida. Le estaba vedado el acceso al interior de su morada y Ba-Chie y el Peregrino le habían cerrado todas las vías que conducían al exterior. Desesperado, se despojó de la armadura y arrojó a un lado la barra de hierro forjado. Sacudió después ligeramente el cuerpo y, tras convertirse en un cisne, se elevó majestuoso por los aires. Al verlo, el Peregrino se volvió hacia Ba-Chie y le dijo: - ¿Qué haces? ¿No ves que se escapa el Toro? Ni el Idiota ni el espíritu de la montaña se habían percatado de lo ocurrido. Lo único que sabían era que le habían perdido de vista y estaban registrando de arriba abajo toda la Montaña de la Provisión de Truenos. - ¿No le veis allí? - gritó el Peregrino, señalando con el dedo hacia arriba. - ¿Te refieres a aquello? - preguntó Ba-Chie, desconcertado -. No es más que un cisne. - ¡Qué va a ser un cisne! - exclamó el Peregrino -. ¡Es una de las metamorfosis del Rey Toro! - ¿Qué podemos hacer? - preguntó, preocupado, el dios de la montaña. - Entrar a en su palacio y acabar con todos sus servidores - contestó el Peregrino -. De esa forma, conseguiremos cortarle la retirada. Mientras tanto, yo trataré de capturarle, valiéndome de mis propios poderes metamórficos. Ba-Chie y el espíritu de la montaña se dispusieron en seguida a poner en práctica su sugerencia, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, quien, tras dejar a un lado la barra de los extremos de oro, sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en un buitre de Manchuria, que se elevó hacia lo alto como si fuera una flecha. Con sus poderosas alas dibujó varios círculos en el aire, antes de dejarse caer sobre el cisne con las garras apuntándole al cuello y el pico a los ojos. El Rey Toro comprendió que se trataba de una de las metamorfosis del Peregrino y, estirando cuanto pudo las alas, se convirtió en un águila de plumaje amarillento, que se volvió contra el buitre. Pero el Peregrino logró transformarse en seguida en un fénix negro, el mayor enemigo que pueda tener un águila. Sabedor de su inferioridad de condiciones, el Rey Toro tomó la figura de una garza blanca y, lanzando un graznido de triunfo, se dirigió volando hacia el sur. Durante unos segundos el Peregrino se quedó suspendido en el aire y, agitando levemente las plumas, adoptó la forma de un fénix rojizo, que dejó oír el largo lamento de su canto. Como el fénix es el rey y señor de las aves, la garza blanca no se atrevió a tocarle. Entonces extendió del todo las alas, se dejó caer en picado sobre un despeñadero y, con una ligera sacudida del cuerpo, se metamorfoseó en un ciervo, que se puso a pastar, desconfiado, entre la alta hierba que cubría la falda de la montaña. El Peregrino no tardó en reconocerle y, posándose sobre el suelo, se transformó en un tigre hambriento, que se lanzó en persecución del ciervo con el ánimo de devorarle. Asustado, el Rey Toro consiguió convertirse a tiempo en un enorme leopardo de pintas negras, que se volvió para atacar al tigre. El Peregrino giró en la dirección en la que soplaba el viento y, moviendo imperceptiblemente la cabeza, adoptó la forma de un león asiático de ojos dorados, un rugido tan sobrecogedor como el rolar de un trueno y una cabeza tan poderosa como el bronce, que se abalanzó valientemente sobre el leopardo. El Rey Toro tembló de miedo, al ver su sombra, pero logró metamorfosearse en un oso gigante, que trató de atrapar con sus enormes zarpas al león. Dejándose caer por tierra, el Peregrino tomó la figura de un elefante de piel rugosa con la trompa tan fuerte como una serpiente pitón y los colmillos tan gruesos y flexibles como un tronco de bambú. Sacudiendo con destreza la trompa, trató de agarrar al oso, pero el Rey Toro, soltando una carcajada estentórea, se manifestó tal cual era: un gigantesco toro blanco con la cabeza tan grande como una montaña escarpada y los ojos tan brillantes como rayos. Sus cuernos parecían dos alambicadas pagodas de acero y sus dientes eran como dagas extremadamente afiladas. De la testuz al rabo medía más de treinta metros y medio y su alzada superaba con mucho los tres metros. - ¡Mono maldito! - gritó en tono triunfante -. ¿Quieres decirme cómo vas a hacerme frente ahora? El Peregrino recobró, igualmente, la forma que le era habitual y, sacando la barra de los extremos de oro, gritó con potente voz: - ¡Crece cuanto puedas! Al tiempo que la barra adquiría unas proporciones increíbles, él mismo se transformó en una criatura de trescientos metros de alto, la cabeza tan grande con el Monte Tai, unos ojos tan brillantes como el sol y la luna, una boca que recordaba un estanque lleno de sangre y unos dientes que se parecían a los batientes de una puerta. Levantó la barra con fuerza y la dejó caer sobre la cabeza del toro, que esquivó el golpe con ayuda de sus acerados cuernos. La batalla que entonces dio comienzo sacudió las cordilleras y montañas y sumió en el espanto el Cielo y la Tierra. Sobre ella disponemos de un poema, que dice: Aunque el monstruo al que debe enfrentarse el Mono de la Mente mida más de diez mil metros, el Tao sólo posee la altura de un centímetro. Quien desee apagar el fuego de la montaña debe hacerse primero con el valioso abanico del que brota el frescor de la pureza. Aunque la Bruja Amarilla se empeñe en obstaculizar los pasos del maestro, la Madera tiene el poder de hacer desaparecer a todos los monstruos. Cuando eso haya sucedido, las Cinco Fases volverán a hollar, pacíficas, la senda del bien y podrán proseguir, limpias de impurezas, el camino que conduce hacia el Oeste. Haciendo uso de sus extraordinarios poderes mágicos, los dos monstruos se enzarzaron a media altura en una escalofriante batalla, que puso en guardia a los dioses que moran en el vacío: el Guardián de la Cabeza de Oro, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas y los Dieciocho Protectores de los Monasterios. Todos ellos acudieron, presurosos, a tomar parte en la batalla y se colocaron alrededor del Rey Toro, que no se sintió en absoluto intimidado por su presencia. Con una velocidad increíble, tan pronto miraba hacia el este como hacia el oeste, cargando una y otra vez con sus brillantes cuernos de acero. Sus pezuñas levantaban nubes de polvo que oscurecían el norte y el sur, mientras los férreos pelos de su rabo dibujaban, a derecha e izquierda, una escalofriante danza de terror. El Gran Sabio le atacó por el frente, mientras que los demás dioses le hostigaron por los flancos. Comprendiendo que no podía resistir mucho aquella situación, el Rey Toro dio varias vueltas por el suelo y, tras tomar la forma que le era original, huyó hacia la Caverna de la Hoja de Palma. El Peregrino redujo al instante su tamaño y se lanzó tras él, seguido de cerca por los otros dioses. El Rey Toro consiguió entrar en la caverna y cerró firmemente las puertas, negándose obstinadamente a salir. Los dioses pusieron inmediatamente cerco a la Montaña de la Nube de Jade. Cuando se disponían a atacar, oyeron la ruidosa llegada de Ba-Chie, el espíritu de la montaña y sus huestes de diablillos. El Peregrino levantó la cabeza y les preguntó: - ¿Qué ha sucedido en la Caverna que Toca las Nubes? - He matado con mi rastrillo a la concubina de ese Rey Toro - contestó Ba-Chie, sonriendo -. Al despojarla de todos sus abalorios, vimos que se trataba, en realidad, de una zorra con el rostro blanco. Los diablillos que la servían eran burros, pollinos, vacas, percherones, tejones, zorros, ciervos, cabras, antílopes y animales por el estilo. Hemos acabado con todos ellos y después hemos prendido fuego a la caverna. El espíritu de la montaña me informó, entonces, que tenía otra morada en este lugar. Ése es el motivo de que hayamos venido a toda prisa a arrasarla y a acabar con todos los que moran dentro de ella. - ¡Enhorabuena, hermano! - exclamó el Peregrino, satisfecho -. Lo que has hecho encierra un gran mérito. Yo, sin embargo, no he logrado todavía doblegar a ese monstruo, aunque ejercité con él todas mis artes metamórficas. Al final, se convirtió en un toro blanco de proporciones enormes y yo hube de tomar la forma que mejor refleja el poder del Cielo y la Tierra. Al enzarzarme con él en una formidable batalla, varios dioses tuvieron la amabilidad de acudir en mi ayuda y le rodearon por todos los lados. Comprendió en seguida que no podría hacer nada contra ellos y tomó refugio en el interior de esa cueva. - ¿Es ésa la Caverna de la Hoja de Palma? - preguntó Ba-Chie. - Exactamente - confirmó el Peregrino -. Ahí es donde habita la Diablesa. - Si es verdad lo que dices - concluyó Ba-Chie con impaciencia -. ¿Por qué no asaltamos esa cueva y le exigimos que nos entregue el abanico? Es contraproducente dejarle recobrar las fuerzas junto al calor de su esposa. Poniendo en tensión todos los músculos, levantó el rastrillo por encima de la cabeza y lo dejó caer con todas sus fuerzas contra la puerta. El golpe fue tan brutal, que hasta el dintel se vino abajo. Una de las doncellas que montaba la guardia corrió a informar de lo sucedido, diciendo: - ¡Alguien acaba de derribar las puertas! El Rey Toro no se había recuperado todavía del esfuerzo realizado. De hecho, estaba contando a la Diablesa, con la respiración totalmente alterada, cómo había arrebatado el abanico al Peregrino, cuando llegaron a sus oídos tan alarmantes noticias. La furia volvió a apoderarse de él y, sacándose el abanico de la boca, se lo entregó a su esposa. Al tomarlo en sus manos, la Diablesa se echó a llorar y dijo: - ¿No os parece que deberíamos entregar el abanico a ese mono? Así retiraría sus tropas y no correríamos ningún peligro. - Olvidas lo principal - respondió el Rey Toro -, porque no es por el abanico por lo que ahora guerreo, sino por el odio que me consume. Siéntate aquí, mientras voy a enfrentarme a ellos una vez más. Volvió a ponerse la armadura y salió al encuentro de los asaltantes, blandiendo sus dos espadas. Ba-Chie estaba limpiando con su rastrillo los cascotes que obstaculizaban la entrada. Cuando el Toro le vio, se lanzó contra él, sin mediar ninguna palabra de reto. Afortunadamente, Ba-Chie logró hacerse a un lado y paró el golpe levantando a tiempo el rastrillo. En cuanto se hallaron al aire libre, se les unió el Gran Sabio con su temible barra de hierro. El Rey Toro saltó por encima de la caverna montado en un remolino de viento e hizo frente a sus perseguidores encima mismo de la Montaña de la Nube de Jade. Los dioses, el espíritu de la montaña y sus seguidores le rodearon antes de que pudiera hacer un solo movimiento más. De esa forma, dio comienzo una batalla realmente extraordinaria. La fiereza del combate era tal, que el mundo se vio envuelto en una densa capa de nubes, el cosmos quedó sumido en una espesa niebla y un viento cargado de rocas y arena sembró el terror entre todos los habitantes de la tierra. La respiración de los contendientes hacía crecer las olas, hasta dejar Pequeñas las montañas más encumbradas. No podía ser de otra forma. El odio que guiaba la mano que blandía las espadas, afiladas como dientes de lobo, era más profundo que el mismo mar. La ira se había transformado definitivamente en sed de venganza. Por alcanzar la gloria, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, se enfrentaba ahora a quien, durante siglos, había sido uno de sus mejores amigos. Ba-Chie, por su parte, ponía lo mejor de sí mismo por hacerse cuanto antes con el abanico, mientras que los dioses hacían frente al Rey Toro con el único propósito de ver restablecido el respeto a la Ley. ¡Qué extraordinaria bravura la suya, con cuánto vigor paraba y descargaba golpes a derecha e izquierda! Todos los contendientes estaban dispuestos a mantenerse en la lucha, hasta que las aves perdieran sus alas y no pudieran volar, hasta que los peces dejaran de zambullirse en las aguas y renunciaran a la protección de sus escamas, hasta que los espíritus pusieran fin a sus quejas y el Cielo y la Tierra se desprendieran de su inmarchitable vigor, hasta que los tigres y los dragones se convirtieran en cobardes y se apagara la luz del sol. Con una temeridad increíble, el Rey Toro hizo frente a sus adversarios durante más de cincuenta ataques seguidos. Pero a partir de entonces las fuerzas comenzaron a fallarle y hubo de retirarse derrotado. En su loca huida hacia el norte se topó con el Protector Diamantino de la Difusión del Dharma, dueño de extraordinarios poderes mágicos y Señor del Acantilado del Espíritu Misterioso, en la Montaña de los Cinco Estrados, que le gritó en tono autoritario: - ¿Adonde crees que vas, Toro? He sido enviado por Sakyamuni, el Patriarca Budista, a capturarte con estas redes cósmicas. Apenas había acabado de decirlo, aparecieron el Gran Sabio, Ba-Chie y los otros dioses surcando el espacio a increíble velocidad. Presa del pánico, el Rey Toro se dirigió a toda prisa hacia el sur, pero fue interceptado por el Protector Diamantino de la Victoria Final, dueño de un inconmensurable poder del dharma y Señor de la Caverna del Frío Puro, en la Montaña de O-Mei, que le gritó en tono severo: - Buda en persona me ha encargado que te capture. El Rey Toro sintió que las piernas se negaban a obedecerle y que las fuerzas le abandonaban a ojos vista, pero, haciendo un esfuerzo supremo, consiguió escabullirse en dirección este. No tardó en ser detenido por el Protector Diamantino de la Fuerza Insuperable, un asceta mendicante procedente de la Cordillera-que-toca-el-oído, en el Monte Sumeru, que le gritó en tono de reproche: - ¿Adonde crees que vas, Toro? He venido a arrestarte por expreso deseo de Tathagata. Sin saber adonde huir, el Rey Toro se volvió, entonces, hacia el Oeste, pero le cortó el paso el Gran Protector Diamantino Sempiterno, un inmortal indestructible originario de las Cumbres del Rayo Dorado, en el Monte Kun - Lun, que le gritó en tono despectivo: - ¿Hacia dónde te diriges? Estoy aquí por orden personal del Honorable Buda del Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, para impedirte la huida. ¿Cómo crees que vas a escapar? El Rey Toro ni siquiera tuvo tiempo de arrepentirse. Volvió la cabeza y vio avanzar hacia él a los guerreros budistas y a los generales celestes con las redes cósmicas extendidas. Sabía que era prácticamente imposible escabullirse de ellas, pero, al oír las voces del Peregrino y de los soldados bajo sus órdenes, se montó en una nube y trató de huir hacia arriba. Para su sorpresa, le cortaron la retirada el Devaraja Li y el Príncipe Nata, que venían acompañados del Vajrayaksa del Vientre de Pez y el General del Espíritu Poderoso. - ¿Adonde vas tan deprisa? - le gritaron en tono marcial -. ¡Detén, de una vez, tu loca carrera! Hemos venido a capturarte por orden del Emperador de Jade. Desesperado, sacudió ligeramente el cuerpo y volvió a convertirse en un enorme toro blanco, que trató de cornear al devaraja con sus astas de acero. Afortunadamente, éste se hizo a un lado y desvió el golpe con ayuda de su cimitarra. Al ver aparecer al Peregrino, el Príncipe Nata levantó la voz y dijo: - Perdonad que no os saludemos con el respeto que merecéis, pero nos lo impiden estas pesadas armaduras. Ayer mi padre y yo fuimos a visitar a Tathagata y nos pidió que informáramos al Emperador de Jade de que el viaje del monje Tang había sufrido un imperdonable retraso en la Montaña de Fuego, por culpa de la tozudez del Rey Toro. Señaló, igualmente, que os habíais encontrado con más dificultades de las previstas para arrestarle y que precisabais de toda la ayuda que pudiéramos ofreceros. Al tener noticia de lo ocurrido, el Emperador de Jade nos ordenó que nos pusiéramos a vuestro servicio con todas nuestras tropas. - ¿Habéis trazado un plan de acción? - preguntó el Gran Sabio -. Este tipo posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios. Ya veis en qué clase de criatura más repugnante se ha transformado. - No os preocupéis por eso - respondió el Príncipe, sonriendo -. Si tenéis la amabilidad de mirar con atención, veréis cómo le capturo en seguida. ¡Transfórmate! - gritó a continuación y se convirtió en un ser con tres cabezas y seis brazos. Con una agilidad increíble, saltó sobre el lomo del Toro y le asestó un tremendo tajo en el cuello con su espada de degollar monstruos. La cabeza de la bestia rodó por el suelo, como si fuera una fruta madura. El devaraja se volvió, triunfante, hacia el Peregrino con la cimitarra en alto, pero en ese mismo momento le creció al Toro una nueva cabeza. Su aspecto no podía ser más aterrador. Su boca arrojaba un vaho de color negro y de sus ojos salían rayos de un tono dorado. Sin inmutarse, Nata levantó de nuevo su espada y la cortó con la misma limpieza que a la anterior. Pero, en cuanto hubo tocado el suelo, apareció otra aún más terrorífica. Diez veces hubo de repetir el Príncipe su hazaña. A la undécima, sacó una rueda de fuego y se la colgó al Toro de un cuerno. Pronto las llamas adquirieron una intensidad propia de un objeto mágico y empezaron a cebarse en la carne de su víctima. El Toro mugió, desesperado, y comenzó a sacudir la cabeza y el rabo, tratando de librarse de aquel tormento. Para escapar del dolor, recurrió a sus poderes metamórficos, pero el Devaraja Li volvió hacia él su espejo de reflejar monstruos y no pudo transformarse en nada. Comprendiendo que no tenía escapatoria, empezó a gritar: - ¡No me matéis! ¡Prometo que, si me perdonáis la vida, aceptaré los principios del budismo! - Si tu arrepentimiento es sincero - replicó el Príncipe Nata -, entréganos inmediatamente el abanico y te creeremos. - ¡No puedo hacerlo! ¡Lo tiene mi esposa! - gritó el Toro. Nata sacó, entonces, una cuerda de atar monstruos, se la fijó firmemente al cuello y se la pasó después por el tabique de la nariz. De esa forma, pudo manejarle fácilmente con una sola mano. A una orden del Peregrino se reagruparon los Cuatro Protectores Diamantinos, los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Protectores de los Monasterios, el Devaraja Li, el General del Espíritu Poderoso, Ba-Chie, el espíritu de la montaña y todas sus huestes de soldados. Juntos se dirigieron a la Caverna de la Hoja de Palma, tirando del ronzal del toro blanco, que gritó con voz lastimera al llegar: - Si quieres seguir viéndome vivo, entrégales el abanico, por favor. La Diablesa se quitó en seguida todas sus joyas y sus vestidos de seda. Se peinó a continuación a la manera como lo hacían las sacerdotisas taoístas y, poniéndose la túnica de una monja budista, salió de la caverna con el abanico de tres metros y medio en las manos. Al ver a los Protectores Diamantinos, a los dos devarajas y a los otros sabios, se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, diciendo: - ¡Por lo que más queráis, perdonadnos la vida, bodhisattvas! Estamos dispuestos a entregar de buena gana el abanico a nuestro hermano Sun, para que pueda conseguir el fin que se ha propuesto. Sin pérdida de tiempo, el Peregrino cogió el abanico y todos se dirigieron hacia el este, montados en sus nubes. Mientras tanto, Tripitaka y el Bonzo Sha esperaban impacientes el regreso del Peregrino, ora sentados junto al camino, ora dando vueltas como animales enjaulados. No se explicaban cómo podía tardar tanto en volver. De pronto, vieron aparecer en el cielo una legión de nubes brillantes, que emitían una luz cegadora. El maestro se volvió hacia Wu-Ching y le preguntó, preocupado: - ¿Por qué vienen hacia nosotros esos guerreros celestes? - No os preocupéis, maestro - contestó el Bonzo Sha, reconociéndolos al instante -. Son los Cuatro Protectores Diamantinos, el Guardián de la Cabeza de Oro, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas, los Protectores de los Monasterios y otros dioses más. El que viene al frente de ellos es el Príncipe Nata y ese otro que lleva un espejo es el Devaraja Li, el Portador-de-la-Pagoda. También viene nuestro hermano mayor con el abanico de hojas de palma. Un poco más allá veo a nuestro segundo hermano y al espíritu de la montaña. Todos los demás son guerreros del ejército celeste. Al oír eso, Tripitaka se puso su túnica sacerdotal y su sombrero Vairocana y dio la bienvenida a tan inesperados huéspedes, inclinando la cabeza y diciendo, respetuoso: - ¿A qué se debe el honor de que sabios tan respetables vengan a visitar a un ser tan insignificante como yo? ¿No es el vuestro el reino de la inmortalidad? - Somos nosotros los que deberíamos sentirnos honrados de veros, porque estáis a punto de poner término a vuestra alta misión - respondieron a coro los Cuatro Protectores Diamantinos -. Hemos venido por orden de Buda a prestaros cuanta ayuda preciséis y a deciros que es preciso que continuéis con ahínco por la senda de la perfección y que no desfallezcáis en ningún momento. En señal de respeto y acatamiento, Tripitaka golpeó, una vez más, el suelo con la frente. El Gran Sabio, mientras tanto, cogió el abanico y se adentró en la Montaña de Fuego. Lo agitó con fuerza una sola vez y al punto se extinguieron las llamas, quedando sólo unos cuantos rescoldos. Lo sacudió por segunda vez y se extendió por toda la región una brisa muy suave cargada de una agradable frescura. Cuando volvió a hacerlo por tercera vez, el cielo se llenó de nubes grisáceas, que dejaron caer un aluvión de agua. De todo ello disponemos de un poema, que afirma: La Montaña de Fuego posee una longitud de más de mil quinientos kilómetros y la fama de sus llamas se extiende hasta el último rincón del orbe. Con los sentidos chamuscados nadie puede ver madurar en su interior el elixir, de la misma forma que no es posible alcanzar la perfección del Tao, cuando las tres puertas de los oídos, los ojos y la boca han perecido pasto del fuego. Es necesario, por tanto, que el abanico de hojas de palma traiga, de vez en cuando, el frescor del rocío y la lluvia. ¡Qué afortunada fue la intervención de los guerreros celestes! Ellos consiguieron atrapar al toro y lo condujeron después ante Buda, para que no vuelva a pecar más. La perfección sólo se alcanza, cuando el agua se funde con el fuego. Al verse libre del calor, Tripitaka sintió desvanecerse todas sus cuitas; su mente se purificó y su voluntad se serenó. Agradecidos, los cuatro caminantes reiteraron sus votos de fidelidad a los Protectores Diamantinos, que regresaron a toda prisa al lugar del que habían partido. Los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, por su parte, se elevaron hacia lo alto y se dispusieron a prestar su continua protección a los peregrinos. Todos los demás dioses retornaron a su punto de origen, menos el devaraja y el príncipe, que fueron a llevar al toro a Buda. El espíritu de la montaña casi ni se despidió de ellos. Tenía los ojos clavados en la Diablesa, que permanecía de pie a un lado con la cabeza agachada. - ¿Se puede saber qué haces ahí? - le preguntó el Peregrino -. ¿Piensas quedarte así toda la vida? - Devolvedme el abanico, por favor - suplicó la Diablesa por toda respuesta, postrándose de hinojos. - ¡Maldita puta! - gritó Ba-Chie, enfurecido -. ¡Se ve que no tienes sentido de la medida! ¿No es suficiente que te hayamos perdonado la vida? ¿Crees que vamos a renunciar, así como así, a ese abanico después de lo que nos ha costado hacernos con él? Es posible que lo cambiemos más adelante por algo de comida. Lo mejor que puedes hacer es marcharte. Ya no tienes nada que hacer aquí. La lluvia lo está inundando todo. - ¡Pero vos dijisteis que ibais a devolvérmelo, tan pronto como hubierais apagado el fuego! - protestó la Diablesa, volviéndose hacia el Gran Sabio -. Al principio no os creí, aunque ahora reconozco que es un poco tarde para lamentarse de lo ocurrido después de las terribles batallas que aquí se han dado. De todas formas, quisiera que comprendierais que, aunque aún no hemos dado todos los frutos que se esperan de nosotros, hemos hollado ya los primeros metros del camino recto. Ahora que hemos contemplado la manifestación del auténtico cuerpo en su largo peregrinaje hacia el Oeste, no podemos echarnos atrás en nuestra decisión. Os suplico, pues, que me devolváis el abanico, para que pueda empezar cuanto antes una nueva vida de perfección. - Creo, Gran Sabio - dijo, entonces, el espíritu de la montaña -, que, puesto que esta mujer conoce el secreto de cómo apagar para siempre el fuego de esta cordillera, deberíais exigirle que lo hiciera antes de devolverle el abanico. Yo me quedaría aquí cuidando de todos sus habitantes y viviendo de las ofrendas que quisieran presentarme. De esa forma, nos haríais a todos un inmenso favor. - ¿Crees que es posible apagar este fuego para siempre? - preguntó el Peregrino -. Cuando hablé con las gentes de por aquí, me dijeron que, cuando el fuego se apagaba, sólo podían recolectar el arroz suficiente para un año. - Si deseáis apagar para siempre estas llamas - contestó la Diablesa -, deberéis abanicar la montaña cuarenta y nueve veces seguidas. De esa forma, jamás volverá a brotar el fuego. Sin pérdida de tiempo, el Peregrino cogió el abanico y lo sacudió con todas sus fuerzas cuarenta y nueve veces seguidas. Al punto se produjo una lluvia torrencial que anegó toda la montaña. El fenómeno fue más extraordinario de lo que a primera vista pudiera creerse, porque el agua sólo caía donde había fuego. Donde no quedaba ningún rescoldo, seguía tan seco como un palmo de desierto. Los discípulos y el maestro permanecieron en aquel lugar hasta que el fuego quedó totalmente extinguido. Ni una sola gota de agua cayó sobre ellos. Pasaron la noche en aquel lugar y, tras ordenar el equipaje y preparar el caballo, el Peregrino entregó el abanico a la Diablesa, diciendo: - Si no te lo devolviera, empezaría a decirse por ahí que el Mono no es un hombre de palabra. Regresa a tu morada y no vuelvas a hacer nada malo. Te perdono la vida, porque, como tú misma dijiste, has empezado a hollar ya el camino del bien. La Diablesa cogió el abanico y, después de recitar el correspondiente conjuro, se lo metió en la boca. Para entonces apenas sobrepasaba el tamaño de una hoja de almendro. La Diablesa se despidió de los peregrinos, inclinando, agradecida, la cabeza y se retiró a meditar a un lugar apartado. Con el tiempo, también ella consiguió los frutos de la perfección y llegó a ser muy versada en el conocimiento de los sutras. Tras despedirse del espíritu de la montaña, Tripitaka, el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha continuaron su camino con el cuerpo purificado y los pies cubiertos de una fresca sensación de humedad. Esto es lo que quiere decirse, cuando se afirma que, una vez que el agua y el fuego han adquirido su equilibrio, los contrarios se funden y surge el Tao. No sabemos, de momento, cuándo podrán regresar los peregrinos a las Tierras del Este. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第062回 PARA DESPRENDERSE DE TODA INMUNDICIA Y CONSEGUIR UNA MENTE TOTALMENTE LIMPIA, ES NECESARIO BARRER UNA PAGODA. PARA ALCANZAR LA PERFECCIÓN, HAY QUE DOMINAR A LOS DEMONIOS Y VOLVERSE HACIA EL SEÑOR Ni de día ni de noche debes olvidarte de cosechar el bien; tenlo siempre presente las doce horas del día. No dejes que se te seque el agua sagrada ni permitas que el fuego te acose a lo largo de las ciento ochenta mil marcas que miden el transcurso de cinco años. Cuando se mezclan el agua y el fuego, surge la abundancia y las Cinco Fases se funden como si estuvieran encadenadas. El yin y el yang se encuentran, entonces, en equilibrio y puede ascenderse a la Torre de Nubes, o alcanzar los Cielos a lomos de un fénix, o llegar hasta Ying - Chou montado en una garza. El título de este poema "tsu" del que nos hemos servido para describir la situación en la que ahora se encontraba Tripitaka y sus discípulos es El Inmortal junto al Río. Todos ellos habían alcanzado ese estado de perfección en el que el agua y el fuego se encuentran en un equilibrio perfecto. De ahí que sus espíritus experimentaran la frescura y la pureza absolutas. Una vez que consiguieron hacerse con el abanico del inmaculado yin y apagaron con él las llamas de aquella inmensa montaña, lograron recorrer en un solo día la distancia de mil quinientos kilómetros. Eso hizo que prosiguieran el viaje con el corazón limpio de toda preocupación. El otoño estaba a punto de concluir y el invierno había empezado a dar muestras de su inminente llegada. Los crisantemos se habían secado y caían, como copos de nieve, a los pies de los ciruelos, que mostraban, orgullosos, el dulzor de sus tardíos frutos. En todos los pueblos se recogían las últimas cosechas y se almacenaba el grano para el invierno. Los bosques se iban despojando poco a poco de hojas, permitiendo la visión directa de las colinas que se alzaban tras ellos. Al amanecer la superficie de los arroyos aparecía cubierta de una capa de hielo, que se hacía más gruesa con el paso de los días. Hacía mucho tiempo que los insectos habían dejado de afanarse, arrastrados por la creciente inclemencia de los vientos. El yin iba transformándose, poco a poco, en yang y ya estaba dispuesto a sentarse en su trono el espíritu Yüan-Ming, el señor del primer mes del invierno. En esa estación se apaga el aura de la Tierra, renace la del Cielo, los arcos iris se esconden y el hielo se va formando lentamente en la superficie de los estanques y lagos. No en balde es el tiempo de las aguas, aunque los días sean grises y el color desaparezca de todos los paisajes. Una vez que los arces han perdido su tinte rojizo, sólo los bambúes y pinos son capaces de hacer frente al frío, acentuando el verdor de sus hojas. Los viajeros lo fueron comprobando a lo largo de muchos días de camino. Tras recorrer un larguísimo trecho, se toparon con una ciudad fortificada. El monje Tang tiró de las riendas del caballo y, volviéndose hacia Wu-Kung, exclamó: - ¿Ves aquellos edificios de allí? ¿Qué clase de lugar crees que es? El Peregrino levantó la cabeza y vio que se trataba de una ciudad protegida por un profundo foso. Vista desde aquella distancia, daba la impresión de ser un dragón enroscado o un tigre dispuesto a saltar sobre su presa. Por doquier se veían doseles de brillantes colores. Los puentes que salvaban el profundo foso que la rodeaba estaban adornados con figuras de animales de jade. A juzgar por los pedestales que sostenían las estatuas de sus miembros más destacados, debía de tratarse de una ciudad extremadamente rica, porque eran de oro. Por ése y otros muchos detalles, recordaba la propia capital de China o una de las muchas ciudades del Cielo. Lo que nadie podía negar era que se trataba del centro de un próspero imperio, cuyos dominios se extendían más allá de veinte mil kilómetros y cuya duración superaba los mil años. Con toda seguridad, los bárbaros pagarían tributos a su rey y cada día llegarían a su corte emisarios de las islas y tierras lejanas cargados de exóticos regalos. No cabía duda de que su soberano seguía fielmente el camino de la virtud. Se apreciaba su prosperidad en las melodiosas canciones que fluían de las cantinas y en la alegría que inundaba todas las calles y plazas. El palacio real, espléndido como el de Wei-Yangs, estaba rodeado por una franja de árboles tan majestuosos, que se tenía la impresión de que los fénix saludarían la llegada de un nuevo día escondidos entre sus copas. - Esa ciudad por fuerza tiene que ser el lugar de residencia de algún rey - concluyó el Peregrino, después de estudiarla con detenimiento. - ¿Cómo puedes afirmarlo con tanta seguridad? - objetó Ba-Chie, soltando la carcajada -. El mundo está lleno de ciudades que pertenecen a una prefectura o forman parte de un simple distrito. - Sí, pero aquellas en las que habita un rey son totalmente distintas de las que acabas de mencionar - replicó el Peregrino -. No tienes más que mirar las puertas que hay en esa ciudad. Su número es superior a una decena. Además su perímetro sobrepasa los doscientos kilómetros y sus edificios son tan altos que aparecen siempre cubiertos de nubes. Si no es ésta la capital de algún reino, ¿a qué se debe que ofrezca un aspecto tan distinguido? - Todos sabemos que posees una visión francamente extraordinaria - concluyó el Bonzo Sha -, así que, si dices que se trata de la capital de un reino, ninguno de nosotros lo pondremos en duda. ¿Has conseguido averiguar cómo se llama? - ¿Cómo voy a averiguarlo, si no se ven por ninguna parte estandartes ni placas? - contestó el Peregrino -. Creo que, si queremos saberlo, tendremos que entrar en ella. El maestro espoleó al caballo y no tardó en llegar a una de las puertas. Pasó a pie el puente que salvaba el foso y se adentró en las calles de la ciudad. Sus tres mercados y sus seis bulevares bullían de animación, pero lo más sorprendente era que todos sus habitantes vestían de tal forma que parecían nobles. Cuando más admirados estaban de tanta prosperidad, vieron a un grupo de monjes mendigando de puerta en puerta. Su aspecto no podía ser más harapiento. Al verlos, Tripitaka suspiró con pena y dijo: - Cuando muere la liebre, el zorro se echa a llorar, porque todos los seres lamentan la desaparición de los de su especie. Acércate a ellos y pregúntales por qué llevan una vida tan miserable - pidió después a Wu-Kung. - ¡Eh, monjes! - gritó el Peregrino, dándose cuenta de que llevaban la cabeza metida en un cepo, como si fueran vulgares malhechores -. ¿A qué monasterio pertenecéis y por qué portáis sobre vuestros hombros el símbolo de la vergüenza? - Somos miembros del Monasterio de la Luz Dorada - respondieron los monjes, postrándose de hinojos - y hemos sido castigados injustamente. - ¿Dónde se encuentra ese monasterio que decís? - volvió a preguntar el Peregrino. - A la vuelta de la esquina - contestó uno de los monjes. El Peregrino los llevó en seguida ante el monje Tang, que les preguntó, en cuanto hubo escuchado las explicaciones de su discípulo: - ¿Qué queréis decir con eso de que habéis sido castigados injustamente? Contádmelo, por favor, si no os importa. - Aunque vuestro rostro nos resulta muy conocido - se disculparon ellos -, no sabemos de dónde venís. Además, no nos atrevemos a decíroslo aquí. Si tenéis la amabilidad de acompañarnos hasta nuestra humilde morada, tendremos el honor de expresaros todas nuestras cuitas. - Me parece lo más prudente - opinó el maestro -. Iremos con vosotros y nos lo contaréis con más tranquilidad. Cuando llegaron a la puerta del monasterio, vieron que sobre el dintel había una placa, en la que aparecía grabada con letras de oro la siguiente inscripción horizontal: "Monasterio de la Luz Dorada. Construido por mandato imperial". Con pena comprobaron que las lámparas que colgaban de las paredes, tan desconchadas como la chabola de un mendigo, llevaban apagadas mucho tiempo y que el viento arrastraba montones de hojas secas por los pasillos vacíos. Testigo de tiempos mejores, una torre de trescientos metros se perdía entre las nubes. En el lugar dedicado a la meditación sólo había unos cuantos pinos raquíticos y, aunque en algunos puntos el suelo estaba cubierto de flores, hacía años que nadie pisaba por allí. Las telas de araña se habían enseñoreado de todos los techos y rincones. Aunque los tambores y las campanas continuaban colgados en sus sitios, se notaba que llevaban mucho tiempo sin usar. Los frescos de las paredes se habían desdibujado, desapareciendo sus colores entre una gruesa capa de polvo. Los atriles permanecían abandonados y en silencio. No se veía a ningún monje por ninguna parte. Hasta el mismo Salón del Zen había enmudecido, convertido en triste refugio para los pájaros. ¡Qué agobiante sensación de abandono, con cuánto dolor contemplaban los peregrinos aquella decadencia inimaginable! Aunque los pebeteros continuaban colocados ante las imágenes de Buda, no salía de ellos ni una sola voluta de incienso, llenos solamente de cenizas frías. A su alrededor aún podían verse pétalos de flores, pero estaban totalmente secos. Al contemplar tan triste espectáculo, Tripitaka no pudo evitar que las lágrimas fluyeran, abundantes, de sus ojos. Con no poca dificultad, a causa del cepo que los aprisionaba, los monjes abrieron las puertas del salón principal e invitaron al maestro a presentar sus respetos a Buda. Sólo pudo ofrecer el incienso de su corazón, aunque siguió todos los pasos del rito e, incluso, llegó a golpear tres veces seguidas el suelo con la frente. Después se dirigieron todos a la parte de atrás, donde encontraron a seis o siete monjes jóvenes encadenados a una columna que había justamente enfrente de las habitaciones del guardián del monasterio. Aquello fue demasiado para Tripitaka. Aun así, entró con los demás en los aposentos del hombre que, supuestamente, guiaba los destinos de aquel sagrado lugar. Todos los monjes se echaron rostro en tierra y, tras golpear repetidamente el suelo con la frente, uno de ellos preguntó: - ¿No seréis por casualidad esos monjes que vienen de la corte de los Gran Tang, en las Tierras del Este? Así lo hemos creído más de uno, a juzgar por vuestro aspecto. - Está visto que poseéis ciertos conocimientos mágicos - contestó el Peregrino, echándose a reír -. En efecto, somos esos monjes de los que habláis. ¿Cómo nos habéis reconocido? - Nosotros no entendemos de magia - respondió el monje -. Lo único que sabemos hacer es dirigirnos día y noche al Cielo y a la Tierra, exigiendo justicia para nuestro caso, porque hemos sido condenados sin ningún motivo. Anoche todos tuvimos un sueño, en el que se nos comunicó que estaba a punto de llegar, procedente de la corte de los Tang, en las Tierras del Este, un monje que nos libraría de todas nuestras penalidades y nos restituiría el honor que hemos perdido. Al veros, no tuvimos ninguna duda de que se trataba de vosotros. No nos negaréis que tenéis unos rostros inconfundibles. - ¿Cómo se llama esta comarca y por qué os encontráis en un estado tan lamentable? - preguntó Tripitaka, animado por lo que acababa de oír. - Esta ciudad - contestó uno de los monjes, que habían vuelto a arrodillarse en señal de respeto - es conocida por el nombre de Reino del Sacrificio y se trata del mayor asentamiento humano que hay en los territorios occidentales. No hace mucho tiempo nos pagaban tributo todas las tribus bárbaras que se hallan desperdigadas por estos alrededores: las del Reino de Yüe - De, en el sur, las del Reino de Gao - Chang, en el norte, las del Estado del Liang Occidental, en el este, y las del Reino de Pen-Puo, en el oeste. Todas ellas traían cada año incontables cantidades de jade de la mejor calidad, perlas finísimas, muchachas de una belleza extraordinaria y briosísimos corceles. Venían espontáneamente, sin necesidad de recurrir a la guerra o a expediciones militares, convencidos de nuestra indiscutible superioridad moral. - Si es verdad lo que decís - comentó Tripitaka -, vuestro rey debe de estar imbuido de una profunda virtud, vuestros funcionarios deben de ser inmunes a los sobornos y vuestros guerreros deben de poseer una nobleza a toda prueba. - Nada más lejos de la realidad - contestó el monje -, porque ni nuestro rey es virtuoso, ni nuestros funcionarios honestos, ni nuestros guerreros valientes. Esta ciudad debía su fama al Monasterio de la Luz Dorada, que siempre aparecía, incluida su altísima torre, envuelta en un aura de santidad. Los rayos de luz que emitían sus construcciones podían verse por la noche hasta una distancia de veinticinco mil kilómetros. Durante el día las nubes benefactoras que las rodeaban dejaban sentir su influencia en todos los rincones de los reinos que acabo de mencionaros. Por eso, y nada más, era considerado este lugar el centro de una prefectura celeste y gozábamos del respeto de todas las tribus bárbaras. Sin embargo, hace aproximadamente tres años cayó sobre nosotros, a eso de la medianoche del primer día del invierno, una extraña lluvia de sangre. A la mañana siguiente todo el mundo temblaba de miedo y salían de todas las casas gritos de terror. Los ministros reales fueron a informar de lo ocurrido a su majestad y pasaron varias horas deliberando a qué podía deberse tan extraño fenómeno. Se concluyó que se trataba de un castigo del Señor del Cielo y se pidió tanto a los monjes taoístas como a los budistas que recitáramos sin parar nuestras escrituras, con el fin de aplacar al Cielo y a la Tierra. Pero lo más desagradable fue que, al enterarse los pueblos bárbaros de que la sangre había caído sobre nuestro monasterio, se negaron a continuar pagándonos los tributos que antes nos ofrecían de buena gana. El rey quiso enviar contra ellos una expedición de castigo, pero le disuadieron a tiempo sus consejeros, diciéndole que la culpa era nuestra, por haber escondido el tesoro que guardábamos en la torre y que hacía de este lugar un centro sagrado. Eso explicaba la desaparición del aura que antes la envolvía y la negativa de los demás pueblos a seguir ofreciéndonos lo que de más valor tenían. El rey no lo pensó más. Nos hizo arrestar y nos sometió a unas torturas tan horribles, que perecieron las dos terceras partes de los monjes que aquí vivíamos. A los que quedamos se nos cubrió de ignominia, cargándonos de cadenas y sometiéndonos al tormento del cepo. Pero, considerándolo fríamente, ¿cómo íbamos a ser tan tontos para robarnos nuestro propio tesoro? En nombre de los ideales que nos unen, apiadaos de nuestros sufrimientos y destruid con la fuerza de vuestro dharma la vergüenza que ha caído sobre nuestras cabezas. Tripitaka sacudió la cabeza y, tras suspirar con tristeza, dijo: - No acabo de comprender lo ocurrido. Hay algo oscuro en todo eso que acabáis de contar. No me cabe duda de que el rey se ha desentendido de sus pesadas responsabilidades y eso os ha perjudicado seriamente. Sin embargo, si la lluvia de sangre acabó con el aura que rodeaba el monasterio, ¿por qué no informasteis inmediatamente de ello a la corte? Así os hubierais ahorrado todo este sufrimiento. - ¿Cómo íbamos a conocer la voluntad de los Cielos, si no somos más que personas corrientes? - replicó el monje -. Además, nuestros mayores se encontraban indecisos y no sabían qué hacer. Nosotros éramos los menos indicados para hacerlo. - ¿Qué hora es ahora? - preguntó Tripitaka, volviéndose hacia Wu-Kung. - La de shen - contestó el Peregrino. - Quisiera ir a ver al rey de estas tierras y pedirle que nos selle nuestros documentos de viaje - dijo Tripitaka -. Por otra parte, no he terminado de comprender lo que realmente sucedió en este lugar y, aunque no me atrevo a preguntárselo directamente, espero que me permita quedarme en esta ciudad el tiempo necesario para averiguarlo. Eso sin contar que, cuando salí de Chang-An, prometí en el Salón de las Puertas de la Ley que no pasaría por un templo sin quemar un poco de incienso, ni por un monasterio sin presentar mis respetos a Buda, ni por una pagoda sin barrer su atrio o los incontables escalones de su torre. Precisamente todos vuestros problemas - añadió, dirigiéndose a los monjes - se iniciaron en una construcción de este tipo. ¿Por qué no me traéis una escoba? Creo que, antes de empezar a barrer, voy a darme un baño. Eso me predispondrá el ánimo para tratar de descubrir qué es lo que privó a vuestra torre de su brillo. Cuando lo haya averiguado, presentaré un informe al señor de esta ciudad y os levantará el terrible castigo que os ha impuesto. Al oírlo, todos los monjes con la cabeza metida en el cepo corrieron a las cocinas y cogieron cuantos cuchillos pudieron encontrar. Se los entregaron a Ba-Chie y le suplicaron, diciendo: - Mirad a ver si podéis romper las cadenas de esos monjes jóvenes que están atados a aquella columna. Si lo lográis, ellos se encargarán de preparar algo de comer y de disponer el agua, para que toméis un baño. Mientras tanto, nosotros saldremos a mendigar a las calles a ver si conseguimos una escoba nueva, para que barráis la torre. - ¿Para qué me entregáis todos estos cuchillos? - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. No hay cosa más fácil que hacer saltar una cadena. Decídselo a ese hermano de la cara peluda y lo veréis. Es un auténtico especialista en romper hierros. El Peregrino se acercó a ellos y, valiéndose de la magia para liberar cautivos, dio un tirón a los grilletes. Las cadenas se desprendieron al punto de los brazos y piernas de los monjes, que corrieron, jubilosos, a las cocinas a fregar cazuelas y a cocinar algo de comer. Tripitaka y sus discípulos no tardaron en sentarse a la mesa. Cuando estaba empezando a anochecer, se presentaron los monjes de los cepos con dos escobas. Tripitaka no cabía en sí de contento. Estuvo hablando con ellos hasta que vino uno de los jóvenes con una lámpara en la mano a decirle que el baño estaba dispuesto. Para entonces, la luna estaba ya muy alta y las estrellas habían alcanzado el cenit de su resplandor. A lo lejos se oían los tambores de los vigías apostados en las murallas y los golpes secos de los encargados de medir las vigilias. Un viento frío recorría todas las calles de la ciudad, mientras parpadeaba en cada una de las casas la tenue luz de las lámparas. Hacía horas que los portones de la ciudad habían sido asegurados con grandes trancos y que se habían cerrado las puertas de sus tres mercados. En las orillas de los lagos se terminaban de amarrar las últimas barcas de los pescadores, mientras en los campos se dejaban a un lado los arados, en los bosques los leñadores daban descanso a sus hachas y en el corazón mismo de la ciudad los estudiantes recitaban diligentemente sus lecciones. Después de bañarse, Tripitaka se puso una camisa de manga corta, que se ciñó a la cintura con ayuda de una faja, se calzó un par de zapatos con suela de esparto y, cogiendo una de las escobas, dijo a los monjes: - Id a descansar, mientras yo voy a barrer la pagoda. - Si, como nos han relatado, perdió su brillo durante una tormenta de sangre y no ha vuelto a brillar desde entonces - se apresuró a decir el Peregrino -, lo más seguro es que se haya aposentado allá arriba alguna fuerza maligna. Si subís vos solo con este viento tan frío, podéis encontraros con lo que menos pensáis. ¿Qué os parece si os acompaño? - Excelente - contestó Tripitaka y cada uno cogió una escoba. Antes de ponerse manos a la obra, se dirigieron a la nave principal, encendieron candelas nuevas y quemaron un poco de incienso. Tripitaka cayó de hinojos ante la imagen de Buda y oró, diciendo: - Vuestro discípulo Chen Hsüan-Tsang ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, a presentar sus respetos a Tathagata y a suplicarle que me haga entrega de las escrituras sagradas. Al llegar a este Monasterio de la Luz Dorada, en la ciudad del Reino del Sacrificio, sus monjes me han informado que el aura que lo envolvía se disolvió en una extraña lluvia de sangre que cayó en la primera noche del invierno. El rey los acusó de ser ellos los culpables de tan peculiar fenómeno y los cubrió de ignominia. Por eso, he decidido barrer la pagoda y tratar de descubrir de qué se trata. Os suplico que, haciendo uso de vuestra insondable sabiduría, me reveléis la fuente de suceso tan lamentable, para que sean castigados los culpables y los inocentes recobren su perdida dignidad. En cuanto hubo terminado la oración, abrió la puerta de la torre y empezó a barrerla desde el primer peldaño, acompañado por el Peregrino. Era tan alta, que parecía estar apoyada en el suelo de los cielos. Aunque ya no poseía luz propia, su colorido era tan vivo, que parecía una montaña de oro cubierta de seda. Sus escaleras ascendían en espiral hacia lo alto, como si quisieran trepanar el misterio del cosmos. Con razón gustaba la luna de reflejarse en ella y el tañido de sus campanas de oro reflejaba los ritmos del mar. Las volutas de sus aleros saludaban a las estrellas, que se miraban a todas horas en ella, porque su altura imponente cerraba el paso a las nubes. La vista era incapaz de abarcarla en toda su longitud; se tenía la impresión de que medía miles y miles de kilómetros y que llegaba hasta el centro del Noveno Cielo. Pese a todo, las lámparas que había en las paredes de cada rellano aparecían cubiertas de un polvo espeso, que se repetía en el, antaño, bellísimo arambol de jade blanco, ahora sepultado en una capa de suciedad y restos de insectos. Ni una sola voluta de incienso en las mesas de las ofrendas, abandonadas y totalmente vacías. Las telas de araña cubrían las imágenes y los cristales de las ventanas, tornándolos tan opacos como papeles de arroz expuestos a la luz del sol. Los pebeteros y los recipientes para el aceite se habían convertido en nidos de ratas. ¡Cuánta frustración, sufrimiento y muerte había traído a los monjes la fuente de aquel abandono! Todo eso estaba a punto de acabar, porque, en cuanto Tripitaka hubiera terminado de barrerla, recobraría su antiguo resplandor y su gloria pasada. El monje Tang limpiaba con esmero un tramo de escalera antes de pasar al siguiente. Cuando llegaron al séptimo, era la hora de la segunda vigilia y el maestro comenzó a sentir cansancio en los brazos. - Veo que estáis cansándoos - dijo el Peregrino -, ¿Por qué no os sentáis y me dejáis barrer por vos? - ¿Cuántos tramos calculas que tiene la escalera de esta torre? - preguntó Tripitaka. - Trece por lo menos - respondió el Peregrino. - Es preciso que termine de barrerlos, para dar cumplimiento a lo que en su día prometí - dijo el maestro, esforzándose por hacer frente al cansancio. Pero después de barrer tres tramos más, empezaron a dolerle de tal forma las piernas y la espalda, que tuvo que sentarse a descansar justamente al final del décimo tramo. - Wu-Kung - dijo, entonces, con voz apenas audible -, si no te importa, barre tú los tres tramos que quedan y, en cuanto hayas terminado, bajamos. Complacido, el Peregrino barrió el undécimo tramo y comenzó el duodécimo. En ese mismo momento oyó a alguien hablando en lo alto de la torre y se dijo: - ¡Qué cosa más rara! Es casi la hora de la tercera vigilia. ¿Cómo es posible que alguien esté hablando ahí arriba? Por fuerza tiene que ser alguien que no se encuentre en sus cabales. Voy a ver de quién se trata. Agarró la escoba y se la puso debajo del brazo. Se arremango después la ropa y, saliendo con cierta dificultad por una de las ventanas, se elevó hasta lo alto de una nube. Desde allí vio sentados en la decimotercera porción de la torre a dos espíritus, que estaban charlando tranquilamente delante de una cacerola de arroz y de un barreño lleno de vino. Mientras bebían, jugaban a los chinos. Valiéndose de la magia, el Peregrino dejó a un lado la escoba, sacudió con fuerza la barra de los extremos de oro y, poniéndose de pie entre los dos diablillos, exclamó: - ¡Así que sois vosotros los que habéis robado el secreto de este monasterio! Aterrados, los dos diablillos dieron un salto y lanzaron contra el Peregrino la cacerola y el barreño, que se hicieron polvo, al chocar con la barra de los extremos de oro. - Os arrancaré una confesión, aunque, para ello, tenga que acabar con vosotros - los amenazó el Peregrino, haciéndolos retroceder hasta la pared. - ¡No nos matéis, por favor! - suplicaron ellos, comprendiendo lo delicado de su situación -. Nosotros no tenemos que ver absolutamente nada con eso. Lo ha robado otro. Valiéndose de la magia, el Peregrino los agarró con una sola mano y los llevó hasta el décimo tramo de escalera. - ¡Acabo de capturar a los ladrones del secreto del monasterio! - dijo con una voz tan fuerte que despertó a Tripitaka, quien se había quedado adormilado en uno de los escalones. - ¿Dónde los has encontrado? - preguntó el maestro, complacido. - Se estaban divirtiendo en lo alto de la torre, jugando a los chinos y bebiendo - explicó el Peregrino, obligándolos a ponerse de rodillas -. Al oír toda su cháchara, me monté en una nube y les corté la retirada. Ha sido facilísimo. Si no he acabado con ellos, ha sido porque quiero arrancarles una confesión completa. Por eso los he traído hasta aquí. Vos podéis tomar nota de dónde son y en qué lugar han escondido el tesoro que andamos buscando. - ¡No nos matéis, por favor! - repetían con voz cada vez más lastimera. Por fin, uno de ellos se armó de valor y dijo: - Hemos venido aquí por orden del Rey Dragón de Todos los Espíritus, cuyo palacio se encuentra en el fondo del Lago de la Ola Verdosa, en el corazón mismo de la Montaña de las Rocas Esparcidas. Éste se llama Burbuja Ocupada, y yo, Ocupada Burbuja. Él es el espíritu de una anguila, y yo, el de un pez de color negro. Una de las hijas de nuestro señor, llamada Princesa de Todos los Espíritus, una muchacha realmente encantadora y con unas cualidades francamente extraordinarias, se desposó con un tipo que responde al nombre de Nueve Cabezas y cuyos poderes mágicos no tienen nada que envidiar a los del inmortal más aventajado. Hace dos años, trajo aquí al Rey Dragón y, valiéndose de sus artes, hizo caer sobre este monasterio una lluvia de sangre, que acabó con su aura. No le fue difícil, de esa forma, hacerse con las cenizas de un buda, que se conservaban en este lugar. Al mismo tiempo, la princesa se introdujo en el Cielo y robó el agárico de nueve hojas, que Wang-Mu Niang-Niang había plantado justamente enfrente del Salón de la Niebla Divina. Tanto las cenizas como la planta se encuentran actualmente en el fondo del lago, iluminando el palacio día y noche con sus rayos dorados y sus resplandores de colores. Hace poco oímos comentar que un tal Sun Wu-Kung se dirigía hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Como, según parece, se trata de un tipo con unos poderes mágicos inigualables, al que le encanta meterse en los asuntos de los demás, se nos ordenó que viniéramos a patrullar la zona y que diéramos la voz de alarma, en cuanto apareciera ese Sun Wu-Kung. - ¡Cuidado que sois atrevidos! - exclamó el Peregrino con desprecio -. No me extraña que el Rey Toro asistiera el otro día a uno de vuestros banquetes. ¡Por fuerza tenía que estar conchavado con una banda de espíritus malhechores como vosotros! No había acabado de decirlo, cuando aparecieron Ba-Chie y otros monjes jóvenes con dos lámparas. - ¿Por qué no os habéis retirado a descansar después de barrer la torre? - preguntó el Idiota al maestro -. ¿Cómo es que aún estáis aquí charlando? - Me alegro de que hayas venido - se apresuró a decir el Peregrino -. El secreto del monasterio ha sido robado por el Rey Dragón de Todos los Espíritus, que ha enviado a estos dos diablillos, para que siguieran atentamente todos nuestros movimientos. Lo malo es que han sido ellos los que han caído en nuestras redes. - ¿Cómo se llaman y qué clase de espíritus son? - volvió a preguntar Ba-Chie. - Según acaban de decirnos, uno responde al nombre de Burbuja Ocupada, y el otro al de Ocupada Burbuja. El primero es el espíritu de una anguila y el segundo el de un pez de color negro. - Si acaban de confesarlo todo - concluyó Ba-Chie, blandiendo su rastrillo con ánimo de darles muerte -, ¿para qué seguir perdiendo el tiempo con ellos? ¿A qué esperamos para matarlos? - Se nota que no has calibrado bien el problema - replicó el Peregrino -. Si los mantenemos con vida, nos será más fácil hablar de todo el asunto con el rey. Eso sin contar con que pueden facilitarnos una valiosa información a la hora de recuperar el tesoro y castigar a los culpables. El Idiota bajó en seguida el rastrillo. El Peregrino, por su parte, agarró a los dos diablillos y se dispusieron a descender de la torre. Mientras bajaban las escaleras, los dos prisioneros no dejaban de suplicar: - ¡Perdonadnos la vida, por lo que más queráis! - ¡Qué casualidad! - decía Ba-Chie, al mismo tiempo -. Andábamos buscando una anguila y un pez negro para hacer una sopa a estos pobres monjes y, mira tú por donde, encontramos a estos dos. Los monjes jóvenes no cabían en sí de contento. Abrían la marcha con sus lámparas, bajando los escalones de tres en tres. Uno de ellos se adelantó a informar a los demás de lo ocurrido, gritando, entusiasmado: - ¡Ha sido fantástico! ¡Puede decirse que, por fin, hemos visto la luz! Esos hermanos nuestros acaban de capturar a los demonios que robaron nuestro secreto. - Traed unas cadenas y colgadlos de ahí - ordenó el Peregrino -. Vigiladlos bien, mientras nosotros descansamos un poco. Ya decidiremos mañana lo que haya de hacerse. Los monjes se esmeraron en cumplir ese encargo. En cuanto hubo amanecido, el maestro saltó a toda prisa del lecho y dijo: - Voy a ir con Wu-Kung a ver al rey y a pedirle que nos selle los documentos de viaje - y se puso la túnica de los bordados y el sombrero Vairocana. Vestido de esta guisa, se dirigió hacia la puerta, seguido del Peregrino, que se arregló lo mejor que pudo la piel de tigre y la camisa de seda. - ¿Por qué no lleváis con vosotros a estos dos diablillos? - preguntó Ba-Chie, al verlos coger el documento de viaje. - Es mejor que le informemos primero de lo ocurrido - contestó el Peregrino -. Ya se encargará después de enviar a alguien a por ellos. Nada más trasponer las puertas del palacio, vieron una auténtica bandada de pájaros de color rojizo, así como incontables dragones amarillentos. Tras dirigirse a la Puerta de las Flores, que estaba orientada hacia el oriente, Tripitaka saludó con respeto al oficial que hacía la guardia y le dijo: - Anunciad a vuestro señor que este indigno monje se encuentra de camino con destino al Paraíso Occidental por orden expresa del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este. Su misión es conseguir las escrituras sagradas, Por eso, solicita de vuestro virtuosísimo soberano que le selle el documento de viaje, para que pueda atravesar sus vastos dominios. El rey ordenó que fueran conducidos inmediatamente a su presencia. Al ver al Peregrino, que caminaba justamente detrás del maestro, todos los funcionarios, tanto civiles como militares, se echaron a temblar. Algunos opinaban que se trataba de un mono que había abrazado la religión, mientras que otros pensaban que era, simplemente, un monje con la cara de un dios del trueno. Nadie se atrevía, de todas formas, a mirarle directamente a los ojos. Mientras el maestro presentaba sus respetos al soberano, él permaneció totalmente inmóvil con las manos entrelazadas en señal de respeto. - Vuestro humilde servidor - explicó el maestro - se dirige hacia el Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, a presentar sus respetos a Buda y conseguir las escrituras sagradas, por orden expresa del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este del Continente Austral de Jambudvipa. En cumplimiento de tan alta misión, hemos llegado a vuestras dignísimas tierras y no nos atrevemos a cruzarlas sin el correspondiente permiso. Hemos decidido, pues, haceros entrega de nuestro documento de viaje, para que os dignéis estampar en él vuestro sello y podamos proseguir nuestro camino. Tan respetuosa exposición complació vivamente al rey, que ordenó que el monje procedente de la corte de los Tang fuera conducido inmediatamente al Salón de los Carillones de Oro. Mientras el rey leía personalmente el documento, se pidió al maestro que tomara asiento en un espléndido cojín de seda cubierto totalmente de bordados. - Ha sido una suerte para el Gran Emperador de los Tang - comenzó diciendo su majestad, una vez concluida la lectura - poder disponer de un monje tan noble y virtuoso como vos, que, sin temor a las incomodidades de un viaje tan largo, se ofreciera de buen grado a ir en busca de los escritos de Buda. ¡Cuan distinta esa actitud de la de los monjes de nuestro reino, que únicamente se preocupan de robar y de traer la ruina a este reino y al señor que lo rige! - ¿Tenéis la bondad de explicarme de qué forma lo han hecho? - preguntó Tripitaka, juntando respetuosamente las palmas de las - No necesito deciros - respondió el rey - que éste es el reino más importante de todos los Territorios Occidentales. Hasta hace poco, todas las tribus bárbaras de esta zona nos ofrecían tributos, temerosos, no de nuestros ejércitos, sino del Monasterio de la Luz Dorada. En él se guardaba una reliquia que emitía tales rayos de luz, que llenaban de luminosidad el mismísimo Cielo. Pero, cegados por la avaricia, los monjes robaron tan peculiar tesoro y el aura lleva apagada cerca de tres años. Eso ha provocado la negativa de los otros reinos a seguir presentándonos sus respetos, haciendo crecer en nuestros corazones el más profundo de los odios. - Suele decirse, majestad - contestó Tripitaka, esbozando una sonrisa - que, quien al apuntar se desvía el grosor de un cabello, jamás dará en el centro de la diana. Ayer, cuando entré en la capital de vuestro próspero reino, vi a un grupo de unos diez monjes con la cabeza metida en el cepo. Al preguntarles qué crimen habían cometido, me respondieron que pertenecían al Monasterio de la Luz Dorada y que eran totalmente inocentes de los cargos que se les imputaban. Pedí que me llevaran a su centro de recogimiento y, tras llevar a cabo una exhaustiva investigación, llegué a la conclusión de que, en efecto, no tenían que ver nada con lo ocurrido. Barrí, una tras otra, todas las escaleras de la torre y descubrí a los dos diablillos que habían robado las reliquias. - ¿Dónde se encuentran ahora esos monstruos? - preguntó el rey, visiblemente complacido. - En el Monasterio de la Luz Dorada - respondió Tripitaka -. Mandé encerrarlos, hasta que vos decidierais qué hacer con ellos. Asombrado de tanta prudencia, el rey dictó una orden, que decía: - Que la guardia uniformada traiga inmediatamente a mi presencia a los diablillos que se encuentran detenidos en el Monasterio de la Luz Dorada. Deseo interrogarlos personalmente. - Aunque vuestra guardia es aguerrida a más no poder - dijo Tripitaka en tono humilde -, no estaría de más que los acompañara el discípulo que ha venido conmigo. - ¿Dónde se encuentra ahora ese discípulo? - preguntó el rey. - Ahí abajo - contestó Tripitaka, señalándole con el dedo -, junto a los escalones de jade. - ¡Qué monje más feo! - exclamó, sorprendido, el rey al verle -. ¿Cómo es posible que tenga una cara así? - Majestad - respondió el Gran Sabio con voz segura -, no debe juzgarse a un hombre por su rostro, porque tan imposible es eso como medir con un vaso toda el agua del mar. Si solamente prestáis atención a los hombres de rasgos atractivos, ¿cómo vais a dar caza a los malhechores y a los ladrones? - Lo que acabáis de decir es cierto - reconoció el rey, asombrado de la profundidad de aquellas palabras -. Es imprudente escoger a los consejeros entre los hombres de aspecto atractivo. Lo que más me preocupa, de momento, es capturar a los ladrones y hacer que devuelvan cuanto antes las cenizas al monasterio. Ordenó después que prepararan una silla con baldaquino, para que el Peregrino y el jefe de la guardia imperial fueran al monasterio a cumplir lo que había determinado. Al punto los sirvientes reales trajeron una espléndida litera con los cortinajes amarillos y Wu-Kung montó en ella. Era tan pesada, que debía ser transportada por ocho personas a la vez, cuatro delante y cuatro detrás. Otras cuatro iban gritando a los viandantes que dejaran libre el camino. Tanta fanfarria terminó poniendo en alerta a toda la ciudad, que se volcó en las calles, tratando de ver al monje de la cara de dios del trueno y a los dos espíritus ladrones. Cuando Ba-Chie y el Bonzo Sha oyeron los gritos, pensaron que se trataba de algún personaje importante enviado por el rey y corrieron a las puertas del monasterio a darle la bienvenida. Al ver al Peregrino sentado en la litera, el Idiota soltó la carcajada y exclamó: - ¡Ahora eres realmente lo que pareces! - ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó el Peregrino, molesto, llegándose hasta donde él estaba. - Vienes en una litera cubierta de cortinajes amarillos y portada por ocho personas. ¿No son ésos los atributos de un rey? - contestó Ba-Chie -. Si mal no recuerdo, tú eres el Rey Mono. - No te burles de mí, anda - dijo el Peregrino. Desató después a los dos diablillos y se dispuso a conducirlos ante el rey. - ¿Por qué no nos llevas contigo? - preguntó el Bonzo Sha. - No, no - respondió el Peregrino -. Es mejor que os quedéis aquí al cuidado del caballo y el equipaje. - Si queréis, podemos ocuparnos nosotros de eso - dijo uno de los monjes con la cabeza en el cepo -. Así podréis conocer todos al rey. - Está bien - decidió el Peregrino -. En cuanto hayamos hablado con el soberano, volveremos a quitaros los grilletes. Ba-Chie agarró a uno de los diablillos, mientras el Bonzo Sha hacía lo mismo con el otro. El Gran Sabio volvió a montar en la litera y el cortejo se puso en camino. Al llegar a las escalinatas de jade blanco, el jefe de la guardia imperial levantó la voz y dijo: - Vuestros deseos están cumplidos. Aquí tenéis a los diablillos que nos ordenasteis traer. El rey se levantó al punto del trono del dragón y bajó a ver a los monstruos, seguido del monje Tang y de todos los demás funcionarios, tanto civiles como militares. Uno de los prisioneros tenía un mentón redondeado cubierto de escamas negras, una boca llamativamente puntiaguda y unos dientes tan afilados como cuchillos. El otro, por el contrario, poseía una piel muy fina, una boca alargada y unos bigotes tan duros como cerdas. Aunque tenían piernas y se servían de ellas para caminar, su aspecto era todo menos humano. Pese a todo, el rey les preguntó en tono solemne: - ¿De dónde provenís y en qué año invadisteis nuestros dominios para haceros con las reliquias? ¿Cuántos ladrones tomaron parte en la acción y cuáles son sus nombres? Responded con sinceridad, si queréis conservar vuestras vidas. Un hilo de sangre fluía lentamente por los cuellos de los dos monstruos, aunque no parecía importarles el dolor. En cuanto oyeron las preguntas del rey, se echaron rostro en tierra y respondieron: - Hace aproximadamente tres años, el día primero del mes séptimo, el Rey Dragón de Todos los Espíritus se estableció con toda su familia en un lugar a trescientos kilómetros al sudeste de aquí, llamado el Lago de la Ola Verdosa, en el corazón mismo de la Montaña de las Rocas Esparcidas. Su hija, una princesa extremadamente hermosa y seductora, se desposó con un tipo conocido por el nombre de Nueve Cabezas, para el que la magia no tiene ningún secreto. Al enterarse de que el mayor de vuestros monasterios poseía un tesoro de valor incalculable, unió sus fuerzas con las del dragón, dispuesto a hacerse con él como fuera. Para ello, hizo caer una lluvia de sangre, que acabó con el aura que rodeaba el monasterio. No le fue, así, difícil hacerse con las reliquias sagradas, que ahora descansan en el fondo del lago, iluminando día y noche el palacio del dragón. Al mismo tiempo, la princesa logró arrebatar a Wang-Mu-Niang-Niang su planta de agárico, con la que realza aún más el poder de las cenizas. Nosotros, señor, no somos ningunos bandidos, sino soldados al servicio del Rey Dragón, que hemos tenido la mala fortuna de ser capturados anoche mismo. Declaramos que cuanto hemos dicho se ajusta escrupulosamente a la Verdad. - Si es eso cierto - replicó el rey -, ¿por qué no nos dais a conocer vuestros nombres? - Yo, señor - respondió uno de ellos -, me llamo Burbuja Ocupada y mi compañero, Ocupada Burbuja. Soy el espíritu de una anguila y éste, el de un pez de color negro. El rey ordenó al jefe de la guardia imperial que los metiera en las mazmorras. Llamó a continuación a uno de los escribanos y le dictó la orden siguiente: Que todos los monjes del Monasterio de la Luz Dorada sean inmediatamente liberados de sus cepos. Es, igualmente, deseo nuestro que se prepare en el Salón del Unicornio un espléndido banquete, para agradecer cumplidamente a los monjes llegados de lejos su colaboración en la captura de los ladrones. Posiblemente se les confíe, más adelante, la misión de capturar al jefe de los bandidos. Sin pérdida de tiempo, los cocineros imperiales prepararon un convite en el que abundaban por igual los platos vegetarianos y los que contenían carne. Tras invitar al monje Tang y a sus discípulos a tomar asiento en el Salón del Unicornio, el rey preguntó al maestro: - ¿A qué familia pertenecéis? - La que me vio nacer lleva el nombre de Chen, aunque en religión se me conoce como Hsüan-Tsang. El emperador me ha concedido el honor de ostentar el apellido Tang. Sin embargo, el nombre que más uso es el de Tripitaka. - ¿Y vuestros respetables discípulos? - volvió a preguntar el rey. - Ellos no pertenecen a ninguna - explicó Tripitaka -. El primero se llama Wu-Kung, el segundo, Wu - Neng, y el tercero Wu-Ching. Dichos nombres les fueron impuestos por la Bodhisattva Kwang Shr-Ing de los Mares del Sur en persona. Todos ellos me han prometido obediencia y me consideran como su maestro. Por eso, a Wu-Kung le llamo a veces el Peregrino, a Wu-Neng, Ba-Chie y a Wu-Ching, el Bonzo. Apenas hubo acabado de hablar, el rey pidió a Tripitaka que ocupara el lugar de honor de la mesa, mientras que el Peregrino presidio la mesa que había a su izquierda y Ba-Chie y el Bonzo Sha, la que estaba situada a su derecha. En esas mesas se veía una gran variedad de platos vegetarianos, frutas, té y arroz. El rey se sentó enfrente de ellos en una mesa que exhibía toda clase de viandas condimentadas con carne, lo mismo que las cien restantes, que fueron ocupando, según su rango y dignidad, los funcionarios del reino, tanto civiles como militares. Todos empezaron a comer con la venia de su majestad, que levantó la copa a la salud de tan ilustres visitantes. Tripitaka no se atrevió a llevarse la copa a los labios. Los tres discípulos, por el contrario, aceptaron de buen grado el brindis que se les hacía. El convite estuvo amenizado por la orquesta real, que no fue capaz, con sus melodías, de menguar el enorme apetito de Ba-Chie. Sin prestar atención a la clase de verduras que iban poniendo sobre la mesa, él las devoraba a una velocidad increíble. Los criados le sirvieron más sopa y más arroz que a todos los comensales juntos, pero lo engulló antes de que los demás hubieran probado el primer bocado. Ni una vez rechazó las copas de vino que el maestresala le fue ofreciendo, eso que el banquete duró hasta bien entrada la tarde. Tripitaka agradeció, entonces, al rey todas las atenciones que había tenido con ellos, pero su majestad dijo, agarrándole de la túnica: - Esto es sólo en agradecimiento por haber capturado a estos diablos. Creo que lo más conveniente será que continuemos la celebración en el Palacio de Chian-Chang. Allí podéis explicarnos cómo pensáis atrapar al que planeó el robo de las reliquias. Es preciso que vuelvan cuanto antes al monasterio. - Para eso no es necesario que asistamos a otro banquete - respondió Tripitaka -. En cuanto nos retiremos, iremos a la caza de esos monstruos. Pero el rey no quiso oír hablar de ello e insistió en ir al Palacio de Chian-Chang. Allí se les ofreció un nuevo convite, a lo largo del cual preguntó el rey, levantando deferentemente su copa: - ¿Quién de vosotros va a mandar las tropas encargadas de capturar a ese monstruo? - De eso se encargará Sun Wu-Kung, el mayor de mis discípulos - contestó Tripitaka y el Gran Sabio juntó las manos e inclinó la cabeza en señal de obediencia. - En ese caso - añadió el rey -, ¿con cuántos caballos y hombres querrá contar el respetable Sun? Desearía, igualmente, saber cuándo va a abandonar la ciudad. - ¿Quién necesita caballos y hombres? - exclamó Ba-Chie, incapaz de dominar su impaciencia por más tiempo -. Nosotros siempre estamos preparados para lo que sea. De hecho, ahora que estoy bien llenito de vino y arroz, no me importaría acompañar al mayor de mis hermanos en una empresa tan arriesgada. Entre los dos sólo tendremos que estirar las manos, para traer aquí a ese malvado. - Últimamente te ofreces para todo, Ba-Chie - dijo Tripitaka, complacido. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, que se quede el Bonzo Sha a proteger al maestro, mientras estamos ausentes tú y yo. - Puesto que, según parece, no precisáis ni de caballos ni de hombres - insistió el rey -, ¿qué armas deseáis llevar con vosotros? - Perdonad mi sinceridad - dijo Ba-Chie, sonriendo -, pero vuestras armas no nos valen para nada. Nosotros tenemos nuestros propios medios de defensa, de los que no nos desprendemos ni de día ni de noche. El rey ordenó, entonces, que le trajeran una copa de un tamaño muy superior al normal, con la que quiso brindar a manera de despedida con ellos, pero el Gran Sabio rechazó el ofrecimiento, diciendo: - Disculpad que no bebamos nada más. Lo que sí os agradeceríamos es que mandarais traer a esos dos diablillos que tenéis en vuestras mazmorras. Desearíamos preguntarles algunas cosas, que nos pueden resultar de mucha utilidad. El rey así lo hizo y ellos, montando a lomos del viento, se dirigieron hacia el sudeste con los dos diablillos fuertemente amarrados. Al verlos desplazarse de aquella forma por los aires, tanto el rey como sus súbditos comprendieron en seguida que aquellos monjes eran, en realidad, unos sabios. De momento desconocemos cómo capturaron a los otros monjes. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se dan en el capítulo siguiente. 第063回 LOS DOS MONJES SUMEN EL PALACIO DEL DRAGÓN EN UN DESORDEN TOTAL. LOS SABIOS RECOBRAN LAS CENIZAS Y DESTRUYEN A LOS MALVADOS Decíamos que, al ver al Gran Sabio y a Ba-Chie montar a lomos del viento y desaparecer entre las nubes con los dos diablillos, tanto el Señor del Reino del Sacrificio como sus súbditos, de todo rango y condición, se inclinaron ante el cielo y exclamaron, sobrecogidos: - ¡Hasta el día de hoy no habíamos creído de verdad que pudieran existir tales inmortales! ¡Son, en verdad, budas vivientes! - Hasta mis ojos son mortales y sólo pueden ver lo que tienen delante - confesó el rey a Tripitaka y al Bonzo Sha, tan pronto como hubieron desaparecido Ba-Chie y el Peregrino -. Sabíamos que vuestros discípulos eran capaces de atrapar diablillos, pero jamás sospechamos que pudieran volar por encima de las nubes a lomos del viento. - Vuestro indigno servidor - confesó Tripitaka con gesto humilde - no posee ningún poder mágico y depende totalmente de las habilidades de sus seguidores. ¿Cómo pensáis, si no, que he logrado llegar hasta aquí? - A decir verdad, señor - confirmó el Bonzo Sha -, el mayor de mis hermanos no es ni más ni menos que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que sumió en su día en un desorden total el Reino Superior con la sola ayuda de su barra de los extremos de oro. No hubo nadie, entre todos los guerreros celestes, capaz de hacerle frente. Hasta el mismo Emperador de Jade y el propio Lao-Tse se sintieron impotentes ante él, y temblaban de espanto cuando oían mencionar su nombre. Por lo respecta al segundo de mis hermanos, os diré que no es otro que el Mariscal de los Juncales Celestes, que se ha arrepentido de sus antiguos yerros y ha abrazado el sendero de la Verdad. En sus tiempos llegó a tener bajo sus órdenes a un total de ochenta mil marineros, que patrullaban sin cesar el Río Celeste. Comparados con ellos, mis poderes son, realmente, insignificantes. Aun así, considero mi deber informaros que soy el Oficial Encargado-de-levantar-la-cortina y que he abrazado, gustoso, los principios de la religión. Aunque ninguno de nosotros valemos gran cosa, somos unos maestros a la hora de capturar monstruos y atrapar diablillos, detener ladrones y echar mano a los fugitivos, domar tigres y dominar dragones, poner patas arriba los Cielos y poner coto a la fuerza destructora de las aguas. Para nosotros no encierra ningún misterio montar en las nubes, cabalgar a lomos del viento, provocar lluvia, amainar la furia de los vientos, hacer cambiar de lugar a las estrellas, cargar con las montañas a la espalda y perseguir a la luna, entre otras muchas cosas más. Tan larga relación hizo que aumentara el gran respeto que ya sentía el rey por el monje Tang. Le invitaba siempre a ocupar el puesto de honor y se dirigía a él con el título de "Buda respetable", mientras que al Bonzo Sha y a sus hermanos los llamaba, simplemente, "bodhisattvas". Pero, si grande era el respeto que levantaban entre todos los funcionarios, tanto militares como civiles, no era menor la alegría que todos experimentaban por tener entre ellos a seres tan extraordinarios. Desde el último rincón del país venían gentes a presentarles sus respetos, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio y de Ba-Chie, quienes a lomos de un viento huracanado, no tardaron en llegar, con los dos diablillos, a las inmediaciones del Lago de la Ola Verdosa, en el corazón mismo de la Montaña de las Rocas Esparcidas. Deteniéndose en el aire, el Gran Sabio echó una bocanada de aliento sagrado sobre la barra de los extremos de oro y gritó con potente voz: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en un cuchillo ritual, con el que cortó las orejas al espíritu del pez de color negro y el labio inferior al espíritu de la anguila. Los dejó caer a continuación en el agua y dijo en tono burlón: - Id a informar de lo ocurrido al Rey Dragón de Todos los Espíritus. Decidle que acaba de llegar el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y que exige la inmediata devolución de las reliquias al Monasterio de la Luz Dorada, en el Reino del Sacrificio. Si se aviene a mis peticiones, salvará su vida y la de toda su familia. Si, por el contrario, se niega a ellas, secaré completamente este lago y pasaré a cuchillo a todos sus moradores. A pesar del dolor y de las cadenas que destrozaban sus pies y manos, los dos diablillos se sintieron felices de poder escapar con vida. Al entrar en el agua, se vieron rodeados en seguida por los espíritus de peces, gambas, cangrejos, tortugas marinas, lagartos acuáticos y toda clase de criaturas fluviales, que les preguntaron, sorprendidos: - ¿Cómo venís atados, como si fuerais malhechores? Ninguno se atrevía a responder. Uno movía la cola con nerviosismo y sacudía, avergonzado, la cabeza, mientras el otro no dejaba de golpearse el pecho con las aletas. Comprendiendo que había ocurrido algo terrible, los curiosos los acompañaron en tropel hasta el palacio del Rey Dragón. - ¡Qué desgracia tan grande! - gritaron, desesperados, al entrar. En aquel momento el Rey Dragón de Todos los Espíritus estaba tomando unas copas con su yerno Nueve Cabezas. Al oír el alboroto, dejó la botella a un lado y salió a toda prisa a ver qué pasaba. - Ayer por la noche - informó uno de los diablillos con lágrimas en los ojos -, cuando fuimos de patrulla, tuvimos la mala fortuna de toparnos con el monje Tang y el Peregrino Sun, que estaban barriendo los escalones de la pagoda. Tras arrestarnos, nos cargaron de cadenas y esta misma mañana fuimos conducidos ante el rey, que nos trató aún peor que los monjes. Por si eso fuera poco, el Peregrino y ese tal Ba-Chie nos acaban de cortar las orejas y el labio inferior, aunque estamos contentos de haber podido salvar la vida. Si nos han dejado marchar, ha sido con el único fin de exigiros que devolváis las reliquias al monasterio del que las tomasteis. Al oír el nombre del Gran Sabio, Sosia del Cielo, el Rey Dragón sintió tal pánico, que su espíritu le abandonó y tuvo la desagradable sensación de que había ascendido hasta el mismísimo noveno pliegue de los Cielos. Temblando como una hoja de bambú a merced de los vientos, se volvió hacia Nueve Cabezas y dijo: - ¡Ay, yerno, en qué situación más comprometida nos encontramos! No me hubiera importado enfrentarme a un ejército diez veces superior al mío, pero ése es un contrincante demasiado poderoso para nosotros. - Tranquilizaos, por favor - replicó el yerno, sonriendo -. Desde mi juventud me he dedicado a la práctica de las artes marciales y he llegado a adquirir una cierta maestría en el manejo de las armas. Me he enfrentado, de hecho, con los luchadores más aguerridos de los cuatro mares. ¿Por qué iba a tener miedo de un mono? Os aseguro que después de tres asaltos agachará la cabeza, derrotado, y no se atreverá ni a mirarme a los ojos. Los criados le ayudaron a ponerse la armadura, mientras él echaba mano del arma que le había hecho famoso: una espada terminada en una media luna. En dos zancadas abandonó el palacio y, abriéndose camino entre las aguas, salió a la superficie con el gesto imponente. - ¿Quién es ese Gran Sabio, Sosia del Cielo, que, según dicen, acaba de llegar? - gritó, fanfarrón -. ¡Que venga aquí inmediatamente y le enseñaré a dominar la lengua! Desde la orilla el Peregrino y Ba-Chie le observaron, curiosos, y vieron que llevaba un yelmo tan brillante como la reverberación de la luz en la nieve, una coraza de acero cuyos reflejos recordaban las escarchas otoñales y una túnica de damasco con dibujos de nubes de colores y piezas de jade. Ceñía su cuerpo un cinturón hecho de piel de rinoceronte, que parecía una serpiente pitón moteada de lunares de oro. La espada terminada en una media luna lanzaba rayos de luz, que se reflejaban en sus lustrosas botas de piel de cerdo, de las que se servía para hendir las aguas y caminar por encima de las olas. Desde lejos daba la impresión de que su cabeza era su rostro, cosa que desmentía de cerca su aspecto sorprendentemente humano. De todas formas, sus rasgos aparecían repetidos, como si se reflejaran de continuo en un espejo. Para poder ver cuanto sucedía en los ocho puntos cardinales, tenía ojos por delante y por detrás. Poseía, igualmente, un total de nueve bocas, dos en cada lado, que le permitían hablar con una sonoridad tal, que hasta los planetas se enteraban de lo que decía, como si fuera el lamento de una garza. Por eso precisamente, se extrañó mucho de que nadie respondiera a su pregunta. - ¿Quién es ese Gran Sabio, Sosia del Cielo? - repitió, malhumorado. El Peregrino se ajustó la arandela que, a manera de corona, llevaba en la cabeza y, acariciando su barra de hierro, contestó: - El mismísimo Rey Mono en persona. - ¿Dónde moras actualmente y en qué lugar naciste? - volvió a preguntar el monstruo -. ¿Cómo es, además, que te erigieras defensor del monasterio del Reino del Sacrificio y de su corrupto rey? ¿Tan fuerte te crees para deshonrar a dos de mis capitanes de la forma como lo has hecho y venir a retarme a la puerta misma de mi palacio? - ¡Monstruo ladrón! - le insultó el Peregrino -. ¿Así que no sabes quién es tu abuelito Sun, eh? Acércate, que te lo voy a decir. Mi primera morada la establecí en la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla enclavada en el corazón mismo de la Montaña de las Flores y Frutos. Desde mi juventud me dediqué al perfeccionamiento de mi cuerpo, logrando que el Emperador de Jade me concediera el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo. No contento con eso, sumí el Reino Celeste en una total confusión, sin que ninguno de los guerreros que allí moran pudiera poner freno a mis correrías. Incapaces de castigarme con el rigor del que mis andanzas me habían hecho merecedor, solicitaron la ayuda de Buda, quien, valiéndose de la profundidad de su sabiduría, me hizo dar uno de los saltos a los que debo mi fama y me atrapó con su santa mano, convertida inexplicablemente en una montaña. Bajo ella estuve confinado quinientos años. Aún seguiría allí, de no haber intervenido en mi favor la Bodhisattva Kwang-Ing. El hermano del Gran Emperador de los Tang, el virtuoso Tripitaka, se disponía a partir hacia la Montaña del Espíritu en busca de escrituras sagradas y se me ofreció la posibilidad de obtener la libertad, si me comprometía a protegerle durante el camino. Me he dedicado a ello con tanto ahínco, que no sólo he alcanzado yo mismo la perfección, sino que he acabado con infinidad de diablillos y monstruos, para que otros se animen a seguir mi ejemplo. Al llegar al Reino del Sacrificio, tuvimos noticia de la gran injusticia que se había cometido con nuestros hermanos los monjes, dos tercios de los cuales habían perecido a manos del verdugo. Compadecidos de su suerte, decidimos restituirles el honor que habían perdido. Fue así como nos enteramos de que el monasterio había perdido el aura que hasta entonces había constituido su gloria. Con el fin de aclarar lo sucedido, mi maestro se ofreció a barrer, uno por uno, todos los escalones de la torre. A la hora de la tercera vigilia el silencio era absoluto. Eso me facilitó poder oír la conversación que estaban manteniendo tus dos monstruos, que confesaron que las reliquias sagradas habían sido robadas por el Rey Dragón de Todos los Espíritus y el esposo de la princesa del mismo nombre. Informaron, además, que, mientras ella se hacía con otro valiosísimo tesoro en los Cielos, vuestra banda acababa con la luminosidad del Monasterio, haciendo caer sobre él una lluvia de sangre. Esa misma confesión la repitieron al día siguiente en presencia del rey, que nos encargó que viniéramos a arrestaros a todos. Todo el mundo sabe quién es Sun Wu-Kung. Si devolvéis inmediatamente las reliquias a sus propietarios, perdonaré vuestras vidas y las de todos los que os sirven. Si, por el contrario, cometéis la imprudencia de medir vuestras armas con las mías, sabed que desecaré vuestro lago, arrojaré sobre él esa montaña y pereceréis aplastados bajo su peso. - ¿Cómo te atreves a meterte en los asuntos de los demás, si, como acabas de decir, no eres más que un monje en busca de escrituras? - replicó el yerno del dragón, sonriendo despectivamente -. ¿Qué te importa a ti que yo robe o deje de robar tesoros? Tú dedícate a lo tuyo. ¿A qué viene eso de querer luchar contra mí? - ¡Qué poco piensan los ladronzuelos como tú! - exclamó el Peregrino -. ¿Acaso crees que yo busco el favor real? No es él quien me da de comer ni me encuentro atado a su trono por ningún voto de lealtad. Al robar las reliquias sagradas, no sólo privaste de su aura al Monasterio de la Luz Dorada, sino que trajiste la desgracia sobre los monjes que lo atienden. ¿No se te ha ocurrido pensar que todos ellos son hermanos nuestros? ¿Cómo voy a quedarme impasible ante el sufrimiento que les ha acarreado tu incalificable conducta? - Eso quiere decir que estás dispuesto a pelear, ¿no es así? - contestó el yerno del dragón -. Deberías tener presente que, como muy bien afirma el proverbio, "no existe nada más carente de sentimientos que la guerra". En el combate no hay piedad. No pienses que voy a andarme con remilgos a la hora de medir mis armas con las tuyas. Recapacita que, si acabo con tu vida, la misión esa de conseguir las escrituras va a sufrir un severo revés. - ¡Maldito ladrón! - gritó el Peregrino, perdiendo la paciencia -. ¡No tienes derecho a darme lecciones de moralidad! ¡Acércate aquí y te enseñaré a qué sabe la barra de tu abuelito! El yerno del dragón no rechazó el reto. Al contrario, levantó la espada terminada en una media luna y paró limpiamente el golpe de la barra que se le venía encima. Dio, así, comienzo una extraordinaria batalla en el corazón mismo de la Montaña de las Rocas Esparcidas. Todo comenzó cuando el monasterio perdió su aura, el Peregrino atrapó a dos de los diablillos que habían participado en el robo de las reliquias sagradas e informó de lo ocurrido al rey. A eso siguió la devolución de los dos ladrones a las aguas, las consultas que el Rey Dragón mantuvo con sus consejeros y el deseo incontrolado de Nueve Cabezas por mostrar su maestría en el dificilísimo arte de la guerra. Ciego de orgullo, tomó sus armas y cometió la imprudencia de despertar las iras del Gran Sabio, Sosia del Cielo, cuya barra de hierro jamás había conocido la derrota. El monstruo se sentía seguro con sus nueve cabezas y sus dieciocho ojos, que brillaban como ascuas encendidas, pero no contaba con que los brazos del Peregrino eran capaces de resistir una presión de más de mil kilos de peso. La razón estaba, además, de su parte. De todas formas, la espada del monstruo, con su forma peculiar de media luna, poseía todo el poderío del yang l y hubiera terminado con la barra, de no ser ésta una de las manifestaciones del yin. Ambas estaban, pese a todo, dispuestas a obtener la victoria. Sin embargo, tras más de treinta asaltos y de volver, una y otra vez, a la carga, ninguna de ellas consiguió una ventaja apreciable. Ba-Chie había estado todo ese tiempo con los brazos cruzados, esperando a que la batalla adquiriera su punto más álgido. Cuando consideró que, por fin, éste había llegado, levantó el rastrillo por encima de la cabeza y lo dejó caer con fuerza sobre la espalda del monstruo. Sus ojos de atrás vieron venir el golpe y, haciéndose a un lado, consiguió parar con su magnífica espada tanto el rastrillo como la barra. La lucha adquirió, así, nuevos bríos, pero, tras seis o siete asaltos más, el monstruo comprendió que no podía seguir resistiendo un ataque tan brutal. De pronto, dio un salto magnífico y se manifestó tal cual era: un insecto de nueve cabezas, increíblemente repulsivo y feroz. Cualquier mortal hubiera perecido de miedo, al verle. Poseía una extraña cresta, que recordaba las plumas erizadas de un ave, y un cuerpo, fuerte como el acero, cubierto de unos pelos ensortijados. Medía cerca de tres metros y medio y su apariencia general era la de una tortuga alargada o la de un lagarto rechoncho. Por contraste, sus patas, que terminaban en una especie de garra acerada, recordaban las de un águila. Sus nueve cabezas estaban unidas como si fueran un ramo de flores. A juzgar por la fortaleza de sus alas, era capaz de remontarse por los aires con más majestuosidad que un halcón. Emitía, además, un sonido estridente, similar por su potencia al canto de una grulla, que llegaba hasta los mismos límites del Cielo. Sus ojos lanzaban rayos de una luz dorada, que hablaban a las claras del orgullo de aquella criatura alada, única en todo el universo. Horrorizado por su visión, Ba-Chie exclamó: - ¡Jamás había visto nada tan repelente! ¿Qué clase de animal puede formar en su seno una cosa tan asquerosa como ésa? - Es, en verdad, repugnante - reconoció el Peregrino -, pero eso no le va a librar de los golpes de mi barra. Dando un salto espectacular, el Gran Sabio se elevó hacia las nubes y lanzó un golpe terrible contra las cabezas de la criatura, que extendió, majestuosa, las alas y se hizo a un lado. Se deslizó a continuación por la ladera de la montaña y, dando un grito terrible, le salió del centro del pecho una cabeza más con una boca tan grande como los calderos que usan los carniceros. Con ella agarró al desprevenido Ba-Chie de las cerdas y se perdió con él en las aguas del Lago de la Ola Verdosa. En cuanto hubo entrado en el palacio del dragón, recobró la forma anterior y, arrojando a Ba-Chie a un rincón, gritó con voz potente: - ¿Se puede saber dónde os habéis metido todos? Al punto apareció un auténtico enjambre de caballas, carpas y percas, acompañadas de una tortuga, un lagarto marino y otras bestias acuáticas, que respondieron a pleno pulmón: - ¡Aquí estamos, señor! - Coged a este monje y atadle allí - ordenó el yerno del dragón -. Voy a vengar en él los ultrajes padecidos por los dos capitanes que envié de patrulla. Los espíritus acuáticos agarraron a Ba-Chie y le metieron en el palacio, como si se tratara de un trofeo. En ese mismo instante apareció el Rey Dragón, que exclamó, complacido: - Lo que acabas de hacer es digno de la mayor de las recompensas. ¿Cómo has conseguido capturarle? El monstruo no se ahorró ningún detalle. Con su lengua de bestia le informó de cuanto había sucedido. Satisfecho, el Rey Dragón ordenó preparar un banquete para celebrar tan sonada victoria, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, al ver la facilidad con la que Ba-Chie caía en las garras del monstruo, no pudo por menos de pensar: - Esa bestia es, realmente, extraordinaria. Debería poner al maestro al tanto de cuanto ha ocurrido, pero me temo que el rey se burle de mí. Lo mejor será que me enfrente de nuevo a ese monstruo. Desgraciadamente en el agua no me defiendo tan bien como aquí fuera. Tendré que transformarme en alguna bestia acuática y tratar de averiguar qué ha sido del Idiota. Tengo que liberarle para poder seguir adelante con este enojoso asunto. No había acabado de decirlo, cuando hizo un gesto mágico y al punto se convirtió en un cangrejo. De esa forma, no tuvo reparo en lanzarse a las aguas. No tardó en llegar a la puerta de los tejadillos. Conocía bien el camino, porque había sido allí donde había robado al Rey Toro su cabalgadura de los ojos dorados. Andando siempre de lado, el Peregrino traspuso un espléndido arco y vio al Rey Dragón bebiendo despreocupadamente con el insecto de las nueve cabezas y otros miembros de su familia. El Peregrino no se atrevió a acercarse a ellos. Enfiló uno de los pasillos y no tardó en encontrarse con un grupo de gambas y cangrejos, que también estaban celebrando la victoria. Uniéndose al jolgorio, preguntó, como quien no quiere la cosa: - ¿Ha muerto ya ese monje con el morro alargado que ha capturado el yerno de nuestro señor? - No, no. Aún no - respondió uno de los espíritus -. Está atado en el pasillo que mira al oeste. ¿No oyes sus gritos? El Peregrino se arrastró hasta el lugar que le habían indicado, donde, en efecto, vio al Idiota atado a una columna y lamentándose, como si acabaran de arrancarle la piel del cuerpo. Acercándose a él, le preguntó, muy bajito: - ¿Sabes quién soy, Ba-Chie? - ¿Qué podemos hacer? - contestó el Idiota, reconociendo en seguida la voz del Peregrino -. En vez de capturar a esa bestia, me ha atrapado ella a mí. El Peregrino miró a su alrededor y, al no ver a nadie, le desató a toda prisa con sus pinzas. En cuanto se sintió libre, Ba-Chie volvió a preguntar: - ¿Qué vamos a hacer? Ese monstruo se ha quedado con mi arma. - ¿Sabes dónde la ha guardado? - inquirió el Peregrino. - Debe de haberla llevado al salón principal del palacio - respondió Ba-Chie. - Vete a la puerta de los tejadillos y espérame allí - le ordenó el Peregrino. Temiendo aún por su vida, Ba-Chie se deslizó, sin hacer ruido, hacia el exterior del palacio. El Peregrino, por su parte, se arrastró, una vez más, hasta el salón principal, donde no tardó en descubrir, brillante como una gema, el arma de Ba-Chie. Valiéndose de la magia de la invisibilidad, no le costó trabajo hacerse con ella y corrió, alborozado, hacia la puerta de los tejadillos. - Toma tu arma y no vuelvas a perderla - dijo a Ba-Chie. - Creo que lo mejor será que vuelva ahí dentro y mida mis fuerzas con las de ese insecto. Si consigo ganar, capturaré a toda la familia del dragón. Si, por el contrario, mi brazo no despliega toda la potencia de la que es capaz, huiré hacia la orilla del lago, donde tú me estarás esperando con tu barra. No te preocupes por mí - añadió, cuando el Peregrino le aconsejó que no se expusiera demasiado -. Sé defenderme bien en el agua. Más tranquilo, el Peregrino abandonó el palacio y se dirigió nadando hacia la orilla. Tras estirarse la túnica de algodón negro y agarrar con las dos manos su preciado rastrillo, Ba-Chie dio un grito y se metió en el palacio, dando mandobles a diestro y siniestro. Los seres acuáticos que hacían la guardia entraron en tropel en el salón principal e informaron a su señor de lo ocurrido, diciendo: - ¡Qué gran desgracia se ha abatido sobre nosotros! Ese monje del morro estirado se ha librado de las cuerdas que le ataban y se ha vuelto contra nosotros. El dragón, el insecto de las nueve cabezas y los demás miembros de la familia real no se esperaban una noticia como ésa. Abandonaron sin ningún orden la mesa y corrieron a esconderse donde podían. El Idiota no se detenía a mirar si sus víctimas eran jóvenes o entradas ya en años. Golpeaba sin piedad y seguía hacia delante. Así entró en el salón principal, derribando mesas y sillas, haciendo añicos los biombos y convirtiendo en polvo los vasos y platos, Sobre tan espectacular momento disponemos de un poema, que afirma: La Madera Madre fue capturada por un monstruo acuático, pero el Mono de la Mente no la abandonó a su suerte. Valiéndose de un inteligentísimo truco, la liberó de sus cadenas y le permitió que desatara toda la furia que el cautiverio había ido acumulando en su espíritu. Al verla, el Rey Dragón se quedó mudo de espanto y la princesa y su esposo corrieron a esconderse. Los arcos y las ventanas del palacio caían, hechos añicos, sobre los comensales, sumiendo a los hijos y a los nietos del dragón en un temor como jamás habían sentido en su vida. Ni los biombos de caparazón de tortuga ni las espléndidas plantas de coral escaparon al afán destructor de Ba-Chie. Su rastrillo arrasaba cuanto encontraba, como si fuera un ciclón. Hasta el mismo insecto de nueve cabezas corrió a refugiarse al interior del palacio. Pero, en cuanto hubo dejado a su esposa en un lugar seguro, recobró la calma y, echando mano de su terrible espada terminada en una media luna, volvió al salón, gritando: - ¿Como te atreves a avasallar de esta forma a los míos, cerdo irrespetuoso? - ¿Eres tú el que me lo preguntas, monstruo ladrón? - replicó Ba-Chie con desprecio -. La culpa de esto es exclusivamente tuya. Si no me hubieras capturado, jamás habría levantado la mano contra los tuyos. Entrégame inmediatamente las reliquias sagradas, para que se las lleve al rey, y te prometo que pondré fin a toda esta destrucción. De lo contrario, continuaré dando mandobles, hasta que haya acabado con toda tu familia. Como era de esperarse, el monstruo no cedió a sus pretensiones. Rechinándole los dientes de rabia, se lanzó contra Ba-Chie. Sólo entonces se atrevió el Rey Dragón a iniciar el contraataque, al frente de sus hijos y nietos, blandiendo su terrible arsenal de cimitarras y lanzas. Al ver que la suerte se volvía en su contra, Ba-Chie se dio media vuelta y huyó a toda prisa, perseguido por los soldados acuáticos. Todos ellos eran excelentes nadadores y no tardaron en alcanzar la superficie del lago, precedidos por un aluvión de burbujas, que alertaron inmediatamente al Peregrino. Al ver aparecer a Ba-Chie, seguido tan de cerca por sus perseguidores, montó en una nube y empezó a golpear las aguas, al tiempo que gritaba, enardecido: - ¡No huyáis, cobardes! Uno de los golpes alcanzó de lleno la cabeza del dragón, que quedó reducida a una masa informe de carne y huesos rotos. La sangre salpicó hasta el último rincón del lago, tiñéndolo completamente de rojo. Su cuerpo quedó flotando patas arriba en las olas, como si fuera un tronco con escamas. Sus hijos y nietos sintieron cómo las fuerzas los abandonaban y huyeron, despavoridos. Únicamente su yerno, Nueve Cabezas, tuvo la suficiente prestancia de ánimo para recoger el cadáver y regresar con él al palacio. El Peregrino y Ba-Chie no creyeron oportuno correr tras ellos. Se sentaron en la orilla y empezaron a calibrar lo que había ocurrido. - Estoy convencido de que ese monstruo no querrá seguir peleando - dijo Ba-Chie -. Les he causado un tremendo número de bajas con mi rastrillo. Al principio cada cual se escondió donde pudo pero el insecto recobró en seguida la serenidad y el dragón trató de capturarme. Por eso hube de huir a toda prisa. Ha sido una suerte que hayas acabado con él, porque los funerales y el duelo los tendrán ocupados durante mucho tiempo y no pensarán en volver a coger las armas. ¿Qué podemos hacer mientras tanto? Se está haciendo un poco tarde. - ¿A quién le importa la hora que pueda ser? - replicó el Peregrino -. Deberíamos aprovechar la ocasión y seguir acosándolos. Así recuperaríamos cuanto antes las reliquias sagradas y podríamos regresar a la corte. Pero el Idiota se sentía un poco cansado y, cediendo a la holgazanería, empezó a dar toda clase de excusas para no seguir adelante con el plan del Peregrino, que terminó diciendo: - Está bien. Si no quieres seguir luchando, no lo hagas. Sólo te pido que los hagas salir del agua. Ya me encargaré yo de acabar con ellos. No había terminado de decirlo, cuando vieron una extensa masa de nubes negras desplazarse a lomos de un viento fortísimo en dirección este - sur. Sorprendido, el Peregrino aguzó cuanto pudo la vista y vio que se trataba del Honorable Sabio Er-Lang y los otros seis miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos. Con ellos viajaba una jauría de mastines y una bandada de halcones, así como un nutrido grupo de criados portando en larguísimas pértigas los cuerpos muertos de zorros, ciervos, antílopes y otras piezas de caza. Todos ellos llevaban un arco colgando de la cintura y una espada de afiladísima hoja en la mano. - Aunque no lo creas - dijo el Peregrino, señalando las cinéticas figuras que se movían a la velocidad del viento -, también yo estoy unido a ellos por un pacto de hermandad. Creo que deberíamos pedirles que nos ayuden a acabar con los monstruos de ahí abajo. No podremos disponer después de una oportunidad como ésta. - No veo razón alguna para no hacerlo, si de verdad son tus hermanos - contestó Ba-Chie. - El problema es que el mayor de ellos, el Honorable Sabio Er-Lang, me derrotó en cierta ocasión y no me gustaría mostrarme grosero con él - confesó el Peregrino -. Creo que deberías arrodillarte en el centro del camino de nubes y decir: "¡Deteneos, inmortal! El Gran Sabio, Sosia del Cielo, desea presentaros sus respetos". Estoy seguro de que no se atreverá a seguir adelante. No me será, entonces, difícil convencerle, para que una sus fuerzas a las nuestras. El Idiota montó a toda prisa en una nube y gritó con voz potente desde la cumbre de la montaña: - ¡Aminorad, por favor, la marcha de vuestros corceles y vuestros carros! El Gran Sabio, Sosia del Cielo, desea veros. - ¿Dónde se encuentra nuestro querido hermano? - preguntó el inmortal, haciendo un gesto a sus acompañantes, para que se detuvieran. - Os espera en la ladera de esta montaña - respondió Ba-Chie, respetuoso. - Invitadle a venir aquí - ordenó el inmortal, volviéndose hacia sus seis acompañantes, que respondían a los nombres de Kang, Chang, Yao, Li, Kuo y Chien. - ¡Sun Wu-Kung - gritaron, descendiendo por la montaña -, nuestro hermano mayor desea verte! El Peregrino corrió hacia ellos y, tras saludarlos con el respeto debido, se dirigió a la cumbre, donde fue acogido por el Honorable Er-Lang con los brazos abiertos. - He oído decir - añadió tras las consabidas frases de saludo - que se os había levantado el castigo y que habíais aceptado la disciplina budista en la misma Puerta de la Ceniza. Os felicito por vuestra decisión, ya que no me cabe la menor duda de que acabaréis sentándoos sobre un loto. - Eso espero - contestó el Peregrino -. Son muchas las pruebas de amistad que de vos he recibido y es mi deseo corresponderos de la misma forma en el futuro. Aunque, como acabáis de decir, se me ha levantado el castigo y me encuentro ahora de camino hacia el Oeste, no sé si algún día alcanzaré la perfección suficiente para sentarme sobre un loto. Las dificultades son muchas y constantes los peligros. Si, de hecho, me encuentro ahora aquí, es con el fin de capturar a unos monstruos, que han robado unas reliquias sagradas a los monjes del Reino del Sacrificio. Por pura casualidad os hemos visto pasar y se me ha ocurrido que, quizás, podríais echarnos una mano. Eso si, claro está, no tenéis nada mejor que hacer y os lo permiten vuestras obligaciones. - Por supuesto que sí - respondió Er-Lang, sonriendo -. Si he salido de caza, ha sido porque estaba un poco aburrido. Es todo un gesto de amistad que hayáis decidido solicitar nuestra colaboración en la empresa que ahora os traéis entre manos. Me halaga que hayáis detenido nuestra carrera. Pero ¿queréis explicarme qué tipo de monstruos habitan en esta comarca? - Tal vez hayáis olvidado - dijo uno de los sabios que le acompañaban - que ésta es la Montaña de las Rocas Esparcidas y que en ella se encuentra el Lago de la Ola Verdosa, en cuyas aguas mora el Rey Dragón de Todos los Espíritus. - Que yo sepa - replicó Er-Lang, sorprendido -, ese dragón jamás ha causado el menor problema. ¿Cómo es posible que haya robado las reliquias de un monasterio? - Lo han hecho entre él y su yerno, un insecto de nueve cabezas - explicó el Peregrino -. Juntos dejaron caer sobre el Reino del Sacrificio una extraña lluvia de sangre y, de esa forma, pudieron hacerse con las cenizas sagradas que se conservaban en la torre del Monasterio de la Luz Dorada. El rey pensó que todo había sido obra de los monjes y los torturó despiadadamente hasta reducirlos a la tercera parte de su número original. Compadecido de su suerte, mi maestro se ofreció a barrer los escalones de la torre. Fue así como conseguí atrapar a dos diablillos que habían salido de patrulla y que al día siguiente hicieron una confesión completa en presencia del rey y de toda su corte. Su majestad nos encargó que capturáramos al resto de los culpables; ése es el motivo que nos trajo hasta aquí. En nuestro primer encuentro con ese monstruo de nueve cabezas casi logramos derrotarle, pero le creció una más justamente en el centro del pecho y consiguió llevarse prisionero a Ba-Chie. Afortunadamente, valiéndome de mis poderes metamórficos, le rescaté antes de que le despellejaran vivo. Eso provocó una nueva escaramuza, en la que el viejo dragón encontró la muerte. Sus súbditos cargaron a toda prisa con su cadáver. Precisamente estábamos discutiendo sobre la conveniencia de proseguir o posponer el ataque, cuando aparecisteis vos y nuestros otros respetables hermanos. La decisión está ahora en vuestras manos. - Opino que es el mejor momento para atacar - contestó Er-Lang -. Están desorientados y podemos acabar con todos de un plumazo. - Es posible - reconoció Ba-Chie -, pero se está haciendo demasiado tarde para eso. - ¿Para qué preocuparse de la hora, si, como afirma un estratega, "un ejército no debe dejar pasar la menor oportunidad de victoria"? - replicó Er-Lang. - Mirándolo bien - dijo el sabio Gang -, no hay por qué apresurarse. Toda la familia de ese insecto se encuentra aquí y no es muy probable que trate de huir. En mi opinión, aprovechando que nuestro hermano Sun y Chu Kang-Lier han decidido enmendar sus yerros y llevar una vida de perfección, deberíamos ofrecerles un banquete de reconciliación. De hecho, hemos traído todo lo necesario para un convite; no nos falta ni el vino ni la comida. Los criados pueden hacer una hoguera y asar una o dos de las piezas que nos hemos cobrado. No se me ocurre modo mejor de pasar la velada. Mañana tenemos tiempo más que suficiente para luchar. - Como siempre - comentó Er-Lang, complacido -, nuestro hermano tiene razón - y ordenó a los sirvientes que prepararan un banquete. - Es un honor para nosotros - contestó el Peregrino -, pero no debéis olvidar que ahora somos monjes y que seguimos una estricta dieta vegetariana. Esperamos que eso no os cause muchas molestias. - En absoluto - respondió Er-Lang -. Hemos traído también toda clase de frutas y de bebidas vegetarianas. Entre los inmortales hay muchos que siguen ese tipo de dieta. De esa forma, los hermanos brindaron por el cariño que los unía bajo la luz serena de la luna y el parpadeo tímido de las estrellas, teniendo el Cielo por tienda y la Tierra por lecho. Aunque las vigilias pueden ser a veces demasiado largas, aquella noche transcurrió más deprisa de lo que ninguno de ellos hubiera deseado. Pronto empezó a teñirse el oeste de una tímida luz dorada. El vino había despertado la valentía de Ba-Chie, que, poniéndose en seguida de pie, dijo: - Está a punto de amanecer. Creo que voy a sumergirme en las aguas a retar a ese monstruo. - No te fíes demasiado de él - le aconsejó Er-Lang -. Hazle salir del agua y nosotros nos encargaremos de lo demás. - De acuerdo - dijo Ba-Chie, echándose a reír y, estirándose las ropas, cogió el rastrillo y se lanzó al lago, no sin antes recitar un conjuro para lograr la partición de las aguas. No le costó mucho trabajo llegar a la puerta de los tejadillos. Haciendo caso omiso de lo temprano de la hora, lanzó un grito feroz y se metió en el palacio, repartiendo golpes a diestro y siniestro. El hijo del dragón estaba velando el cadáver de su padre, vestido totalmente de traje y llorando como una plañidera, mientras el yerno y uno de los nietos se encontraban en la parte de atrás preparando el féretro. Sin ningún respeto por el dolor de aquella familia, Ba-Chie entró como una exhalación en la habitación en la que se encontraba el muerto y, sin dejar de proferir insultos, asestó un golpe tremendo al heredero del trono. Al instante brotaron de su cabeza nueve regueros de sangre, tantos como dientes tenía el rastrillo de Ba-Chie. Al verlo, la viuda corrió, aterrada, hacia el interior del palacio, gritando como una loca: - ¡Ese monje del morro alargado acaba de matar a mi hijo! Al oírlo, el insecto cogió la espada rematada en una media luna y corrió a entablar batalla, seguido del nieto del dragón. Ba-Chie los hizo frente con el rastrillo, pero fue retrocediendo poco a poco, hasta terminar aflorando en la superficie del lago. El Gran Sabio, Sosia del Cielo, y sus siete hermanos se abalanzaron en seguida sobre ellos. El nieto del dragón no tardó en quedar reducido a un montón informe de carne macerada. Comprendiendo que las cosas iban peor de lo que esperaba, el yerno se dejó caer al suelo y adquirió la forma que le era habitual. Extendió a continuación las alas y se elevó hacia lo alto. Er-Lang sacó su cuenco de oro, cogió una pequeña bolita de plata y la lanzó contra el insecto, que se volvió, rabioso, contra él, dispuesto a propinarle un tremendo mordisco. Justamente cuando empezaba a salirle la cabeza en el centro del pecho, el pequeño mastín de Er-Lang dio un acrobático salto y se la arrancó de una dentellada. Ciego de dolor, el monstruo voló hacia los mares del norte. Ba-Chie se dispuso a seguirle, pero le retuvo el Peregrino, diciendo: - Es mejor que le dejemos tranquilo. Como muy bien aconseja el proverbio, "no debe perseguirse al fugitivo desesperado". No creo que viva mucho tiempo sin la cabeza que acaba de arrancarle el mastín. Tomaré su figura y me abriré camino por las aguas. Tú persígueme hasta el palacio. No me costará mucho arrancar a la princesa el tesoro que hemos venido a buscar. - Estoy de acuerdo en que le dejemos tranquilo - dijo Er-Lang - ¦ Pero me temo que, si siguen existiendo criaturas como ésa, la gente puede sufrir muchísimo por su causa. Sus palabras no pudieron ser más acertadas. Hasta el día de hoy puede verse en ciertos lugares un insecto de nueve cabezas, que lanza chorros de sangre y que es el heredero directo del monstruo, cuya suerte acabamos de relatar3. El Peregrino, mientras tanto, abrió un sendero por las aguas y Ba-Chie se lanzó tras él, gritando como un loco y lanzando denuestos. A la puerta misma del palacio les salió al encuentro la Princesa de Todos los Espíritus, que preguntó, preocupada, a su falso marido: - ¿Por qué estáis tan alterado? - Ese Ba-Chie acaba de derrotarme y me viene persiguiendo - contestó el Peregrino -. Estoy al límite de mis fuerzas y no podré resistirle mucho más. Vete a esconder rápidamente los tesoros. La princesa fue incapaz de distinguir lo auténtico de lo falso. Terriblemente alterada corrió hacia el interior del palacio, de donde regresó con una caja de oro, que entregó al Peregrino, diciendo: - Éstas son las cenizas budistas - acto seguido sacó otra caja de jade blanco y añadió -: Aquí está el agárico de nueve hojas. Es mejor que los guardes tú. Mientras lo haces, trataré de detener como sea la carrera victoriosa de Ba-Chie. No te retrases mucho. Estoy convencida de que, si luchamos codo con codo, lograremos derrotarle. En cuanto tuvo las cajas en su poder, el Peregrino se pasó la mano por el rostro y, recobrando la forma que le era habitual, dijo en tono burlón: - ¿Estáis segura de que soy vuestro marido? Dando un grito de sorpresa, la princesa trató de recuperar las cajas, pero en ese mismo instante Ba-Chie irrumpió en la escena y le asestó un terrible golpe en el hombro, que la hizo rodar por el suelo como una manzana podrida. Sólo quedaba viva la esposa del Rey Dragón. Al enterarse de lo ocurrido, intentó huir por una ventana, pero no pudo escapar de las garras de Ba-Chie, que se dispuso a acabar en seguida con ella. El Peregrino le detuvo el brazo, diciendo: - Espera un momento. Es mejor que no la mates. La llevaremos a la capital, para que todo el mundo vea lo que hemos sido capaces de hacer. Sin ninguna consideración Ba-Chie la agarró de los pelos y la arrastró hasta la superficie del lago, seguido del Peregrino con las dos cajas. - No sé cómo agradeceros cuanto habéis hecho por nosotros - dijo a Er-Lang, en cuanto hubieron llegado a la orilla -. No sólo hemos recuperado las reliquias, sino que hemos acabado con todos los monstruos. - No seáis tan humilde - replicó Er-Lang -. ¿Qué hemos hecho nosotros, en definitiva? Todo ha sido obra vuestra. Si no hubierais acabado con el rey y no hubierais hecho uso de vuestros poderes metamórficos, aún estaríamos peleando. - Puesto que nuestro hermano ha obtenido una resonante victoria - añadieron los inmortales que le acompañaban -, aquí ya no hacemos nada. El Peregrino no se cansaba de darles las gracias. Le hubiera gustado que le acompañaran a ver al rey, pero comprendió que no podía exigirles tanto. Los sabios prosiguieron, pues, su camino hacia el Río de las Libaciones, mientras ellos cogían las cajas de los tesoros y se elevaban hacia lo alto. Ba-Chie no soltó en ningún momento a la viuda del dragón. Montados en una nube, no tardaron en avistar el Reino del Sacrificio. Desde el momento mismo de su liberación, los monjes del Monasterio de la Luz Dorada esperaban impacientes su regreso, apostados a las afueras de la ciudad. Al verlos bajar de la nube, corrieron a su encuentro con grandes muestras de júbilo y los acompañaron al interior de la capital. El monje Tang se encontraba en aquellos momentos conversando con el rey. Armándose de valor, uno de los miembros de la comunidad del monasterio corrió a informar a su majestad de lo ocurrido, diciendo: - Acaban de regresar los Honorables Sun y Chu con las reliquias y uno de los ladrones. El rey abandonó a toda prisa el salón del trono, seguido de Tripitaka y el Bonzo Sha. Juntos corrieron a dar la bienvenida a los recién llegados, a los que alabaron por la hazaña realizada. En agradecimiento, el rey ordenó que se les diera un espléndido banquete. - Opino, majestad - dijo Tripitaka con la humildad que le caracterizaba -, que, antes de sentarnos a la mesa, deberíamos llevar las cenizas sagradas al lugar que les corresponde. Abandonasteis la ciudad ayer mismo - añadió, dirigiéndose hacia sus discípulos -. ¿Cómo es que no habéis vuelto hasta hoy? El Peregrino le relató, entonces, cómo se habían enfrentado al Rey Dragón y a su yerno, cómo se habían encontrado con el grupo de inmortales, cómo habían conseguido derrotar a los monstruos y cómo se habían hecho, finalmente, con las reliquias. Al oír la gesta que habían realizado en tan poco tiempo, Tripitaka, el rey y los funcionarios, tanto civiles como militares, se quedaron mudos de asombro. - ¿Conoce la viuda del dragón nuestra lengua? - preguntó después el rey. - ¿Cómo no va a conocerla, si ella misma es una reina, que ha dado a luz a infinidad de herederos? - contestó Ba-Chie. - En ese caso - concluyó el rey -, que nos cuente cómo se llevó a cabo el robo de nuestros preciados tesoros. - Yo no sé absolutamente nada de eso - respondió la viuda con dignidad -. Tan reprobable acción fue planeada y llevada a cabo por mi difunto marido y nuestro yerno, Nueve Cabezas. Parece ser que, en cuanto tuvieron conocimiento de que en la torre de uno de vuestros monasterios existía una reliquia budista capaz de emitir una luz cegadora, dejaron caer sobre él, hace aproximadamente tres años, una lluvia de sangre y se apoderaron de tan valiosas cenizas. - ¿Cómo se perpetró el robo de la planta de agárico? - volvió a preguntar el rey. - Eso - respondió la viuda con la misma entereza - fue obra de mi hija, la Princesa de Todos los Espíritus, que se escabulló, sin ser vista en los Cielos y arrancó la mata de agárico de nueve hojas, que la misma Wang-Mu-Niang-Niang había plantado justamente enfrente del Salón de la Niebla Divina. Lo hizo, para que las cenizas sagradas se conservaran intactas y no dejaran de emitir su luz durante más de mil años. Si se la agita un poquito, la misma planta es capaz de lanzar miles de rayos de colores más brillantes que el mismo sol. Ahora esos tesoros están en vuestro poder y, por su culpa, han perdido la vida mi esposo, mis hijos y mi yerno. Apiadaos, pues, de mí y concededme la gracia de continuar viviendo. - ¡De ninguna de las maneras! - exclamó Ba-Chie en seguida. - La culpa no puede extenderse a toda una familia - sentenció el Peregrino -. Te perdonaremos la vida con una condición: que aceptes de buen grado convertirte en la guardiana del monasterio. - Ni siquiera una buena muerte es comparable con una existencia desgraciada - replicó la viuda -. Si no me matáis, me comprometo hacer lo que sea. El Peregrino pidió una cadena de hierro y se dispuso a pasársela a la viuda por el esternón. Antes de hacerlo, sin embargo, se volvió hacia el Bonzo Sha y le dijo: - Comunica al rey que vaya al monasterio a presenciar de qué forma pensamos proteger el tesoro que allí siempre se ha guardado. La litera real no tardó en abandonar la corte, portando en su interior al señor de la ciudad y al propio Tripitaka, al que en ningún momento dejaba de la mano. Todos los funcionarios, tanto civiles como militares, se hallaban ya presentes en el Monasterio de la Luz Dorada. Las reliquias sagradas fueron colocadas en una hornacina a la altura del decimotercer rellano. La viuda del dragón, por su parte, fue encadenada a una columna que había justamente en el centro. El Peregrino recitó un conjuro mágico y al punto se presentaron ante él el espíritu de la ciudad y el protector del monasterio, a los que encargó que le dieran de comer cada tres días y la vigilaran constantemente. Caso de no hacerlo, serían ejecutados sin ninguna contemplación. Los dioses asintieron en silencio. El Peregrino tomó, entonces, la planta de agárico y barrió con ella todos los escalones que separaban el primero del decimotercer rellano, antes de colocarla con cuidado junto a la urna de las reliquias. De esta forma, se logró dar marcha atrás al tiempo y de nuevo volvió a rodear el monasterio un aura tan luminosa, que todos los reinos bárbaros de la comarca percibieron al instante su resplandor. Al salir, el rey dijo, entre agradecido y avergonzado: - Si no hubierais pasado por nuestro reino, jamás habríamos descubierto lo que realmente sucedió. - Opino, majestad - contestó el Peregrino, quitando importancia a su confesión -, que el nombre de Luz Dorada no cuadra bien con la importancia de este monasterio. Al fin y al cabo, el oro es una substancia muy voluble y la luz posee una estabilidad tal, que hasta el aire la hace vibrar. Puesto que habéis recobrado su preciado tesoro gracias a nosotros, nos permitimos sugeriros que de ahora en adelante lo llaméis el Monasterio del Dragón Derrotado. Os doy mi palabra de que ese nombre durará para siempre y su fama llegará hasta el último rincón del mundo. El rey ordenó que así se hiciera. Los canteros reales labraron una placa en la que podía leerse: "Monasterio del Dragón Derrotado. Construido por expreso deseo de su majestad". Tras colgarlo de la puerta principal, dio comienzo un espléndido banquete de agradecimiento, que duró hasta bien entrada la noche. Antes de proseguir el viaje, el rey encargó el retrato de los cuatro peregrinos e hizo inscribir sus nombres en la Torre de los Cinco Fénix. No contento con eso, salió a despedirlos a las afueras de la ciudad. Igualmente, les ofreció, como recompensa, grandes cantidades de jade y oro, que rechazaron con la debida cortesía. Para ellos era suficiente que los monstruos hubieran sido exterminados y se hubiera hecho justicia. ¿Qué mayor premio que ver brillar el aura que rodeaba el monasterio y sentir que la luz se había extendido por toda la tierra? No sabemos, de momento, qué peligros los acechaban en el camino que aún les quedaba por recorrer. El que desee descubrirlos tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第064回 WU-NENG AGOTA SUS ENERGÍAS EN LA CORDILLERA DE LAS ZARZAS. TRIPITAKA DISCUTE DE POESÍA EN EL SANTUARIO DE LOS INMORTALES DEL BOSQUE Decíamos que, en agradecimiento por haber acabado con los monstruos y haber recobrado las reliquias budistas, el señor de la ciudad del Reino del Sacrificio quiso entregar a Tripitaka y a sus compañeros una gran cantidad de oro y jade, que ellos rechazaron cortésmente. Comprendiendo que insistir no iba a conducir a nada, el rey dio a cada uno un par de túnicas como las que normalmente vestían, dos fajas de seda y otros tantos pares de zapatos y calcetines. Los proveyó, además, de abundante comida seca y, con lágrimas en los ojos, selló el permiso de viaje. Rodeado de todos sus funcionarios, tanto civiles como militares, los monjes del Monasterio del Dragón Derrotado y la práctica totalidad de los habitantes de la capital, salió a despedirlos a las afueras de la ciudad entre una gran algarabía de voces y música. Juntos recorrieron alrededor de cincuenta kilómetros. Hubieran querido acompañarlos mucho más, pero los peregrinos se negaron terminantemente a ello. Únicamente los monjes del Monasterio del Dragón Derrotado insistieron en recorrer a su lado otros ciento cincuenta o ciento sesenta kilómetros más. Algunos estaban dispuestos a proseguir el viaje hasta el Paraíso Occidental. Otros, incluso, habían tomado la decisión de convertirse en discípulos suyos y llevar una vida de duro ascetismo. Comprendiendo que no había manera de convencerlos, el Peregrino decidió recurrir a la magia. Tras arrancarse treinta pelos y lanzar sobre ellos una bocanada de aire sagrado, los tiró hacia arriba y gritó: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en una manada de tigres feroces, que cortaron totalmente el camino principal, rugiendo y dando zarpazos al aire. Sólo entonces desistieron los monjes de seguir adelante y el maestro pudo espolear libremente a su caballo. No tardaron en perderse en la distancia. Al ver los monjes que, por mucho que lo intentaran, no podrían ya darles alcance, empezaron a gritar, entristecidos: - ¿Por qué no nos lleváis con vosotros? ¿Tan indignos nos consideráis de vuestra compañía? El maestro y sus discípulos prosiguieron su camino hacia el Oeste, sin prestarles la menor atención. Sólo cuando hubieron recorrido una larga distancia, se decidió el Peregrino a recobrar sus pelos. El invierno estaba a punto de concluir y ya se sentía la cercanía de la primavera. Era la mejor época para caminar, porque los fríos habían perdido todo su rigor y faltaba mucho todavía para que el calor se transformara en bochorno. A lo lejos vieron las cumbres de una altísima cordillera, por la que serpenteaba penosamente el camino que seguían. Tripitaka tiró en seguida de las riendas al caballo y comprobó, sorprendido, que estaba sepultado bajo un manto de zarzas, enredaderas y viñas. A medida que iban avanzando, la marcha se hacía cada vez más penosa, porque las zarzas habían invadido el sendero y sus espinas se clavaban sin piedad en las piernas de los caminantes. - ¡No hay manera de seguir este camino! - exclamó, desalentado, el monje Tang. - ¿Por qué no? - preguntó el Peregrino, sorprendido. - ¿No lo ves tú mismo? - contestó el monje Tang -. Todo está cubierto de zarzas. Estoy seguro de que entre ellas se esconden legiones de alimañas. Además, son tan espesas, que ni agachándonos podremos cruzarlas. ¡Cuanto menos montados a caballo, como yo! - No os preocupéis por eso - se apresuró a decir Ba-Chie -. Os abriré un camino tan ancho con el rastrillo, que pasaríais sin dañaros entre las zarzas, aunque fuerais montado en una carroza. - Aunque sé que tu fuerza es extraordinaria - contestó Tripitaka -, dudo mucho que pudieras terminar tu hazaña. Ni siquiera sabemos cuánto mide esta cordillera. - ¿Para qué seguir discutiendo? - exclamó el Peregrino -. Lo mejor es que vaya a echar un vistazo. Dando un salto tremendo, se elevó hacia lo alto y vio que el manto de zarzas y enredaderas, verdes como el más fino de los jades, se perdía entre las nubes, impidiéndoles seguir la ruta que les marcaban los vientos. No había ni un solo palmo de terreno que no cubrieran. Adondequiera que se dirigiera la vista podía verse una interminable masa verdosa, a la que el viento arrancaba un característico rumor de hojas y que brillaba, a la luz del sol, como si fuera una gema de enormes proporciones. Escondidos entre tanto verdor, crecían grupos de pinos, cedros, bambúes, ciruelos, sauces y arces. Las enredaderas trepaban por sus troncos, haciéndolos parecer desde lejos cortinas de jade. Pero, a pesar de su incuestionable ubicuidad, las zarzas no podían ahogar el fresco aroma que emitían las flores que crecían bajo su manto de espinas. Aunque no se vieran, eran tan abundantes que formaban a ras de suelo una alfombra de encendidos colores. ¿Quién no se ha tropezado a lo largo de su vida con unas zarzas tan excluyentes y celosas? Nadie, sin embargo, había visto tantas como en aquel momento contemplaba el Peregrino. Desalentado, bajó de la nube y dijo al maestro: - Me temo que esta cordillera es enorme. - ¿Qué longitud puede tener? - preguntó Tripitaka. - No lo sé exactamente, porque no la he visto entera - contestó el Peregrino -. De todas formas, calculo que rondará los dos mil quinientos kilómetros. - ¿Qué podemos hacer? - exclamó Tripitaka, aterrado. - No os preocupéis tanto, maestro - dijo el Bonzo Sha, sonriendo -. ¿Por qué no prendemos fuego a todas estas zarzas y proseguimos tranquilamente nuestro camino? Los campesinos lo hacen en muchas regiones. - Deja de decir tonterías, por favor - le aconsejó Ba-Chie -. Eso sólo puede hacerse alrededor del décimo mes, cuando todo está completamente seco. ¿Cómo van a arder ahora que el verdor lo invade todo? ¿Acaso has olvidado que la exuberancia es uno de los pocos diques que pueden ponerse al fuego? - Además - añadió el Peregrino -, no habría forma de controlar las llamas. - ¿Cómo vamos a continuar adelante? - repitió Tripitaka. - No hay cosa más fácil - contestó Ba-Chie, riendo -. Mirad lo que hago. Tras retorcer los dedos de una forma increíble y recitar el correspondiente conjuro, el Idiota se golpeó el pecho con un puño y gritó: - ¡Crece! - y al instante adquirió una altura de sesenta metros. Sacudió a continuación el rastrillo y añadió -: ¡Transfórmate! Sorprendentemente se estiró, como si fuera una culebra, y no tardó en alcanzar una longitud que superaba con mucho los noventa metros. Lo agarró fuertemente con las dos manos y, clavándolo en la tierra, tiró de él, como si fuera un buey labrando la tierra. De esta forma, consiguió abrir un camino totalmente limpio de zarzas, por el que podía pasar un ejército entero. - Vamos, ¿a qué esperáis? - gritó, volviéndose hacia el maestro -. ¡Seguidme! Sonriendo, Tripitaka espoleó el caballo y se adentró en aquella inesperada carretera, seguido del Bonzo Sha y el Peregrino, que, de vez en cuando, echaba una mano con su barra de hierro. Ni una sola vez se detuvieron a descansar en todo el día, cubriendo una distancia de más de trescientos kilómetros. Al caer la noche, llegaron a un claro, en el que se levantaba un monumento de piedra. Alguien había grabado en su parte superior las palabras: "Cordillera de las Zarzas". Un poco más abajo había dos filas de caracteres más pequeños, que decían: "Un camino de dos mil kilómetros de espesas zarzas, que muy pocos han transitado desde los tiempos antiguos". - Eso fue antes de que llegara yo - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Creo que voy a añadir estas otras dos líneas: "Afortunadamente, Ba-Chie abrió una ruta nueva y ahora puede ir al Oeste quien quiera". - Creo que estamos abusando demasiado de ti - dijo Tripitaka, bajando del caballo -. Éste parece un buen sitio para pasar la noche. Proseguiremos el viaje en cuanto se haya hecho de día. - ¿Para qué detenernos ahora? - contestó Ba-Chie -. Todavía hay luz y yo me encuentro perfectamente. Por mí no hay ningún inconveniente en pasar la noche caminando. Era tal su entusiasmo, que al maestro no le quedó más remedio que seguir hacia delante. Sin soltar ni un momento las riendas, el monje Tang se lanzó a una loca carrera que duró toda la noche y las horas de sol del día siguiente. Volvió a aparecer la luna, pero el paisaje continuaba siendo el mismo que la tarde anterior. El viento seguía arrancando a los bambúes un ruido lastimero que recordaba el llanto de un niño, mientras los pinos sacudían sus copas, como si quisieran desprenderse de las hojas muertas. Parecía que nada había cambiado. Llegaron, incluso, a un nuevo claro, en el que se levantaba un viejo santuario. A su puerta parecían rivalizar en verdor los pinos y los cedros, al tiempo que los melocotoneros y los ciruelos pugnaban por mostrarse a cual más bellos. Tripitaka desmontó del caballo y se quedó embelesado ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. El santuario estaba construido en lo alto de un promontorio, junto al que corría un arroyuelo de agua helada. Era un auténtico descanso para los ojos contemplar su frescura después de tantos kilómetros y kilómetros de zarzales. Los árboles que crecían junto a sus orillas poseían una vejez comparable a la del musgo que daba vida a las rocas que sostenían el edificio. Mecidos por el viento, los bambúes parecían conversar entre sí con el mismo lenguaje del jade. El eco del canto de un ave ponía una nota de tristeza en la quietud del atardecer. No había rastros de criatura viviente. La vegetación poseía allí tal vitalidad que los muros del santuario estaban cubiertos de una espesa capa de enredaderas. El Peregrino atisbo hasta el último rincón de aquel inesperado lugar y dijo: - Tengo la impresión de que aquí se esconde algo realmente maligno. Si queréis seguir mi consejo, deberíamos proseguir cuanto antes nuestro camino. - ¿A qué viene tanta suspicacia? - replicó el Bonzo Sha -. No hay rastros ni de seres humanos ni de bestias. ¿Desde cuándo te mete miedo el silencio? No había acabado de decirlo, cuando se levantó un viento frío y salió por la puerta del santuario un anciano con un turbante en la cabeza. Vestía una túnica muy simple, que hacía juego con las sandalias de paja que calzaba y el bastón rugoso que llevaba en una mano. Le seguía una criatura demoníaca con el cuerpo morado, una barba rojiza y un rostro verdoso, en el que destacaban unos colmillos tan retorcidos como los de un elefante. Llevaba en la cabeza una fuente de pastelillos de trigo. Acercándose a los peregrinos, el anciano se postró de hinojos y dijo: - Este indigno servidor vuestro, Gran Sabio, es el espíritu de la Cordillera de las Zarzas. Vuestra llegada le ha cogido tan de sorpresa, que sólo ha podido prepararos esta fuente de pastelitos al vapor. Aceptadlos en prueba de buena voluntad e invitad a vuestros acompañantes a saborear su humilde sabor. Los ayudará a aliviar el hambre, pues, como bien sabéis, no existe casa alguna en dos mil kilómetros a la redonda. Ba-Chie corrió hacia él y estiró la mano para coger un pastelito, pero el Peregrino, que había estado estudiándole, mientras hablaba, con sus diamantinos ojos de fuego, se lo impidió, diciendo: - ¡No lo hagas! ¿No te das cuenta de que éste es un ser malvado? ¿Qué clase de espíritu eres tú - añadió dirigiéndose al anciano - para tratar de engañarme? - y se lanzó contra él, blandiendo la barra de hierro. Al ver venir el golpe, el anciano giró de una forma muy extraña y se convirtió en un viento frío, que arrebató al maestro, haciéndole desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. El Gran Sabio se quedó tan desconcertado, que no supo por dónde empezar a buscar a su maestro. Presas del pánico, Ba-Chie y el Bonzo Sha miraron a su alrededor, como si se les hubiera caído algo realmente valioso. Hasta el caballo blanco relinchó aterrado. Parecía como si los cuatro hubieran caído en trance al mismo tiempo. Tenían los ojos desorbitados como espíritus, pero no sabían hacia dónde dirigirlos para encontrar una señal del maestro. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del anciano y de la criatura demoníaca que le acompañaba. Tras arrebatar al maestro, se dirigieron hacia una roca de formas extrañas, cubierta totalmente de niebla. Descendieron suavemente por ella y, tomando con inesperada dulzura la mano al maestro, dijo el anciano: - No temáis. No vamos a haceros ningún daño. Yo soy, de hecho, el Señor Ocho-y-Diez de esta Cordillera de las Zarzas. Si me he tomado la libertad de traeros hasta aquí, ha sido porque quiero que conozcáis a unos amigos míos. Hace una noche espléndida y he pensado que podíamos pasar la velada hablando de poesía. El maestro recobró en seguida la tranquilidad y miró, curioso, a su alrededor. Escondida entre la neblina, podía verse una choza muy simple y sencilla, que invitaba desconcertantemente a la reflexión interior. No existía, en efecto, lugar mejor para la meditación, el cultivo sereno de las flores y los plácidos paseos por los bosquecillos de bambú. Sobre los acantilados, parejas de garzas miraban fijamente el verdor de los estanques, como queriendo desentrañar el misterio que envolvía el croar de las ranas. Por doquier flotaba un aire de recogimiento que superaba, incluso, al que envuelve Tian-Tai o el Monte Hua. ¿Para qué hablar allí de los afanes que dominan a la gente corriente? Aquél era un paraíso del recogimiento, en el que, sólo con sentarse, la mente se encontraba en paz consigo misma y tan serena como la luz de la luna. Embriagado por aquella atmósfera, Tripitaka creyó percibir que los astros que tachonaban el cielo adquirían por momentos una luminosidad que se acercaba a la del sol. - ¡Qué alegría! - oyó exclamar a sus espaldas -. El Señor Ocho-y-Diez ha conseguido traer hasta aquí al monje sabio. El maestro levantó la cabeza y vio a tres ancianos. Los rasgos del primero recordaban la escarcha; el segundo poseía un extraño pelo verdoso y una luenga barba del mismo color, que se balanceaba sin control al compás del viento; el tercero, finalmente, se mostraba muy sereno en sus ademanes, cualidad que no terminaba de cuadrar con el tono oscuro de su tez. Cada cual vestía de una forma diferente. Con inesperado respeto saludaron a Tripitaka, que respondió a sus inclinaciones de cabeza, diciendo: - ¿Quién soy yo para merecer tan alta consideración de inmortales tan venerables como vosotros? - Hemos oído decir - contestó el Señor Ocho-y-Diez, sonriendo - que sois un maestro del Tao. Llevamos esperándoos tanto tiempo que somos nosotros los que debiéramos daros las gracias por haber aceptado nuestra invitación. ¡Si supierais cuánto hemos anhelado poder contemplar las perlas y el jade de vuestra sabiduría! Tomad asiento y charlad con nosotros, para que podamos comprender los auténticos misterios del Zen. - ¿Puedo preguntaros cómo os llamáis? - volvió a preguntar Tripitaka, inclinando respetuosamente la cabeza. - El de los rasgos que recuerdan la escarcha - respondió el Señor Ocho-y-Diez - se llama Señor de la Integridad Solitaria, el del cabello verdoso responde al nombre de Maestro Superador del Vacío, y este otro de aspecto humilde es conocido como Maestro Limpiador de Nubes. Por lo que respecta a vuestro servidor, os diré que se hace llamar Virtud Traviesa. - ¿Cuáles son vuestras edades, si no es mucho preguntar? - insistió Tripitaka. - Yo - respondió Integridad Solitaria - he sobrepasado los mil años. Mi vida, como ves, se asemeja a un árbol de copa espesa, que eleva hacia los cielos su follaje siempre verde. Mis ramas, fortalecidas Por la dureza de las nieves y la escarcha, se retuercen como si fueran serpientes o dragones, que a nadie niegan jamás su sombra. Porque soy practicante de las artes mágicas, el tiempo no ha logrado robarme la lozanía de la niñez y permanezco tan firme y erecto como el primer día. En mí encuentran refugio los fénix, amantes de la exuberancia y la grandeza, cuando quieren escapar a la corrupción de este mundo de sombras. - En mis más de mil años de existencia - contestó, por su parte, el Maestro Superador del Vacío - he hecho frente a la escarcha y al viento con la fuerza espiritual de mis altísimas ramas. Mi voz recuerda las gotas de lluvia en una noche tranquila. Doy una sombra tan fresca, que más de uno me ha confundido con una nube de otoño. Mis raíces poseen la característica rugosidad de la longevidad, porque he sido instruido en los secretos de la eterna juventud. En mis ramas se refugian, no seres de este mundo caduco, sino garzas y dragones sedientos del verde de la serenidad. No en balde moro muy cerca del reino de los dioses. - Más de mil otoños han pasado por mi tronco - afirmó, a su vez, el Maestro Limpiador de Nubes -. La edad no ha conseguido arrancarme ni la alegría ni la pureza, aunque hay quien me tilde de frío y calculador. No en balde me he enfrentado a las nieves y a la escarcha. Soy, sin embargo, el mejor amigo de los inmortales y los poetas, que han compuesto a mi sombra sus mejores rimas. Junto a mí han hallado el consuelo del Tao los Siete Dignos y han encontrado inspiración para sus versos los seis miembros de la Hermandad de los Ermitaños. - Yo también supero con mucho los mil años - dijo, finalmente, Virtud Traviesa -, pero aún conservo el fresco verdor de la infancia. Debo mi fortaleza a la lluvia y al rocío, que encierran en sí todo el misterio de las fuerzas creadoras. Por eso, soy un elemento de cualquier paisaje y crezco, lozano, bajo las condiciones más extremas. Cuando quieren discutir del Tao, tañer sus instrumentos o jugar al ajedrez, los inmortales siempre buscan el fresco baldaquino de mi sombra. - Todos habéis disfrutado, en efecto, de una vida muy larga - comentó Tripitaka después de agradecerles sus palabras -. Cuesta trabajo creer que Virtud Traviesa tenga más de mil años. Habiendo dedicado una existencia tan larga al cultivo del Tao, no me extraña que poseáis unas maneras tan suaves y unos rostros tan peculiares. ¿No seréis, por casualidad, los Cuatro del Pelo Blanco de los tiempos del emperador Han? - Tanto respeto nos honra - respondieron los cuatro ancianos al mismo tiempo -. No somos los del Pelo Blanco, sino los Instruidos de esta montaña. ¿Podríais decirnos cuántos años tenéis vos? - Hace cuarenta años que abandoné el seno de mi madre - contestó Tripitaka, inclinando la cabeza y juntando las manos a la altura del pecho -. La desgracia me persiguió antes, incluso, de que empezara a existir. Las olas se encargaron de salvarme la vida, conduciéndome, amorosas, hasta la Montaña de Oro. Allí me dediqué con ahínco y entusiasmo a la lectura de los sutras. En ningún momento me mostré remiso a la hora de presentar mis respetos a Buda. Eso contribuyó grandemente a que el rey me enviara hacia el Oeste y, así, tuviera la oportunidad de conoceros. Los cuatro ancianos se deshicieron en alabanzas hacia él. - ¡Qué suerte poder seguir desde el vientre materno las enseñanzas de Buda! - exclamó, admirado, uno de ellos -. Que ahora seáis un monje superior y un respetado maestro del Tao se debe a la vida ascética que habéis llevado desde niño. Para nosotros es un gran honor recibiros en esta humilde morada, porque eso nos brinda la ocasión de asimilar vuestras enseñanzas. ¡Instruidnos, por favor, en los principios del Zen! De esa forma, colmaréis uno de nuestros más anhelados deseos. El maestro no se sintió cohibido ante tan inesperada petición. Tomó asiento y comenzó diciendo: - El Zen es descanso y la Ley, salvación, pero ninguno de ellos puede alcanzarse, si no se produce la Iluminación. Para ello, es preciso limpiar la mente de todo deseo y renunciar a los equivocados caminos de este mundo de sombras. Hay tres cosas que ayudan sobremanera a la consecución de tan alto fin: reencarnarse en un cuerpo humano, nacer en el País del Centro del Mundo y conocer a fondo las doctrinas de Buda. No existe mayor felicidad que ésa. Aunque no pueden verse ni oírse los caminos que conducen a la virtud suprema, exigen la renuncia total a los seis sentidos y a las seis formas de percepción. La sabiduría absoluta no posee, pues, ni principio ni fin; abarca, a la vez, el ser y la nada, y se manifiesta tanto a los sabios como a los ignorantes. Para alcanzar la Verdad, es preciso cumplir lo que ordena el Primer Principio y renunciar a lo que prohíbe, de la misma forma que, para aprehender la auténtica realidad, es necesario seguir las enseñanzas de Sakyamuni y, para entrar en el nirvana, se requiere comprender el poder de la negación de la mente. Sólo despertando lo despierto e iluminando lo iluminado puede llegarse al dominio de la Verdad. Basta con una simple chispa de luz espiritual para conquistar el reino del dharma. De nada valen las llamas para traspasar el muro de la oscuridad. Eso únicamente puede conseguirse fortificando lo fuerte y debilitando lo débil. ¿Quién será capaz de llegar a la posesión de tan desconcertante misterio? Sólo el que, como yo, se entregue a la práctica del Zen y no desfallezca en su empeño. Al escuchar esas doctrinas, los cuatro ancianos se mostraron incapaces de dominar la alegría. Era tal su entusiasmo, que no dejaban de inclinar la cabeza ni de exclamar, admirados: - ¡En verdad sois un maestro de los principios del Zen! - Aunque el Zen sea descanso y la Ley, salvación - repuso el Maestro Limpiador de Nubes -, a todos se nos exige obrar según nuestro modo de ser y los principios que hemos aprendido. Para nadie es un secreto que entre vuestro sistema doctrinal y el nuestro existe una gran diferencia. Por mucho que lo intentáramos, y a pesar de nuestra categoría de inmortales, jamás lograríamos convertirnos en maestros de la escuela que vos seguís. - El Tao es prácticamente inabarcable - sentenció Tripitaka -. ¿Cómo puede haber diferencia entre nuestros respectivos sistemas de pensamiento, si poseen la misma substancia y una función idéntica? - Sólo en apariencia - replicó el Maestro Limpiador de Nubes -. Comparad vuestra fuerza con la nuestra, sin ir más lejos. Nosotros debemos la existencia a una compenetración perfecta del Cielo y la Tierra; de ahí que dependamos para nuestro sustento del rocío y la lluvia. Despreciamos la tiranía del viento y la escarcha no nos mete ningún miedo, porque nunca consigue doblegarnos. Al contrario, nuestras hojas se mantienen siempre lozanas y nuestras ramas se revisten cada día de una fortaleza mayor. Vos, por el contrario, en vez de consultar el Lieh-Tse, os dedicáis a recitar textos en sánscrito, olvidando que el Tao se originó en vuestra propia tierra. ¿No os parece que no tiene sentido estropear un solo par de sandalias para ir a hallar la Iluminación en el Oeste? ¿Qué es lo que, en definitiva, andáis buscando? Parece como si os hubiera arrancado el corazón un león de piedra y os hubiera triturado los huesos una manada de zorros salvajes. Renunciáis a vuestros orígenes, para servir a Buda y poner por obra los principios del Zen. Para mí sois como esta Cordillera de las Zarzas espinosas: un enigma que nadie puede desentrañar. ¿Como va a poder un hombre como vos guiar y enseñar a los demás? ¡Jamás lograréis transmitir a nadie los puntos principales de la doctrina verdadera! Es preciso que sometáis a un examen riguroso el mundo cambiante de las apariencias. ¿No comprendéis que la vida también se manifiesta en la quietud? Llegará un momento en que el agua manará de una cesta de bambú sin fondo y se llenará de flores el árbol sin raíces del hierro. ¡Plantad vuestros pies en la cumbre del Ling-Pao! Si lo hacéis, al volver podréis sentaros en la selecta reunión de Maitreya. Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente en señal de agradecimiento. El Señor Ocho-y-Diez corrió a levantarle del suelo, ayudado por el Señor de la Integridad Solitaria. - Lo que acaba de decir el Limpiador de Nubes no tiene ni pies ni cabeza - se apresuró a decir el Maestro Superador del Vacío, suspirando, entristecido -. Levantaos y no prestéis atención a sus palabras. En las noches de luna tan clara como ésta jamás solemos discutir de las vías de la perfección. ¿Por qué, en vez de hablar tanto, no componemos unos poemas? - Si es eso lo que deseáis hacer - replicó el Limpiador de Nubes, sonriendo -, lo mejor será que entremos en el santuario y tomemos un poco de té, ¿no os parece? El maestro levantó la vista y vio que encima del dintel de la morada de los ancianos había una losa de piedra, en la que aparecían grabadas las siguientes palabras: "Santuario de los Inmortales del Bosque". Entraron juntos y se sentaron alrededor de una mesa. La criatura demoníaca del cuerpo morado les sirvió una fuente de gelatina de raíces y cinco copas de un brebaje muy aromático. Deferentemente, los ancianos se negaron a probar bocado hasta que no lo hubiera hecho Tripitaka, pero éste se negó a hacerlo, pensando que querían envenenarle. Sólo cuando vio que cada uno de ellos se apartaba una buena porción, se decidió a tomar dos cucharadas de la gelatina. La bebida estaba deliciosa y no pasó mucho tiempo antes de que el criado retirara las copas. Tripitaka miró a su alrededor con curiosidad y vio que el interior del santuario estaba tan iluminado como si se encontraran sentados a la luz de la luna. Por las ventanas abiertas se filtraba el sonido del agua, al saltar entre las rocas, así como la tibia fragancia de las flores nocturnas. Todo ello reforzaba la sencilla elegancia de aquel lugar, en el que no se veía ni una sola mota de suciedad. Animado por aquel ambiente de serena espiritualidad, el maestro cantó con inesperado entusiasmo: - La mente del Zen recuerda, por su pureza, a la luz de la luna. Sonriendo con satisfacción, el anciano Virtud Traviesa cogió el hilo del canto y añadió: - La inspiración brilla sobre nosotros con más fuerza que el sol del mediodía. - Hacer una frase hermosa es tan difícil como bordar sobre la seda - entonó, a su vez, el Señor de la Integridad Solitaria. - Los versos inspirados son tan valiosos como los más raros tesoros - añadió el Maestro Superador del Vacío. - Los poemas de las Seis Dinastías se han desprendido de sus frases inútiles y eso les ha valido encontrarse con un nuevo compilador del Libro de las Odas - prosiguió el Maestro Limpiador de Nubes. - Ahora me doy cuenta de la gran equivocación que he cometido - dijo Tripitaka -. Sin ser consciente de lo que hacía, empecé a cantar, movido por este aire de serena espiritualidad que aquí se respira. Fue como blandir el hacha en presencia del Dios Leñador, porque, al escuchar la fresca elegancia de vuestros versos, he comprendido que sois auténticos maestros del arte poético. - ¿A qué vienen esas excusas? - repuso Virtud Traviesa -. Los que hemos renunciado a la familia no debemos dejar nada sin concluir. Vos habéis iniciado un poema y tenéis la obligación de terminarlo. No defraudéis nuestras esperanzas, por lo que más queráis. - Me temo que no va a serme posible - contestó Tripitaka -. ¿Por qué no lo hacéis vos, que poseéis un extraordinario sentido de lo poético? Será una delicia ver cómo condensáis todo el poema en un solo verso. - ¿Cómo podéis ser tan duro con nosotros? - exclamó Virtud Traviesa -. A vos debemos el primer verso del poema que hemos ido tejiendo entre todos. No tenéis escapatoria. Os corresponde cerrarlo a vos. Guardar para sí las cualidades que uno tiene está reñido con la práctica de la virtud. Tripitaka no tuvo más remedio que improvisar los dos versos que se le pedían, cantando con voz melodiosa: - La brisa canta en las copas de los pinos, mientras el té se destiñe en nuestras tazas. La alegría de vuestras canciones llena mi corazón de primavera. - ¡Extraordinario! ¡Qué verso más fino! - exclamó el Señor Ocho-y-Diez, entusiasmado -. "¡La alegría de vuestras canciones llena mi corazón de primavera!" - Sois tan amante de la poesía, que no dudáis en volver, una y otra vez, sobre cada verso - dijo el Señor de la Integridad Solitaria a Virtud Traviesa -. ¿Por qué no iniciáis vos otro poema? - Está bien - respondió en seguida el Señor Ocho-y-Diez -. Empezaré uno, según el estilo de "pasar la aguja" 8. Allá va: La primavera no me hace crecer ni el invierno consigue secarme. Para mí son como si no existieran, aunque las nubes no dejan de flotar por encima de mi cabeza. - Voy a enlazar con vuestros versos, siguiendo ese mismo estilo - dijo el Maestro Superador del Vacío -: Aunque no haga viento, siempre se forma a mí alrededor un círculo de sombra cinética. No encuentro placer mayor en mi entorno. Comparada con él, la vida longeva no es nada. - Virtuoso como el corazón sin ambiciones del Señor de las Tierras del Sur - añadió el Maestro Limpiador de Nubes -, despliego mi ramaje en los dominios del noble soberano de la Montaña Occidental. - Mis ramas y mi tronco son de un calidad tan excepcional - recitó, por su parte, el Señor de la Integridad Solitaria -, que de ellos están hechas las vigas que sostienen el estrado imperial. - Poseéis una capacidad poética tan extraordinaria, que hasta el Cielo se complace en vuestros versos - comentó, admirado, el maestro -. Aunque, ciertamente, no puedo compararme con vosotros, voy a tomarme la libertad de recitar otros dos versos. - Vos sois una persona muy versada en los principios y en la práctica del Tao - dijo el Señor de la Integridad Solitaria -. Vuestro espíritu posee, por tanto, una sensibilidad mayor, incluso, que los límites del mar. ¿Para qué perder el tiempo con versos concatenados? Regaladnos el oído con un poema completo. Cada uno de nosotros tratará después de responderos con la misma medida, aunque estamos seguros de que no lograremos igualar el fulgor de vuestra inspiración. Tripitaka no tuvo más remedio que improvisar un poema en el estilo del verso regulado. - En busca del dharma imperial se dirige un monje al Oeste - recitó con el rostro encendido -. De lejanas tierras traerá maravillosas escrituras. En su camino ha visto florecer lo que sólo existe en la mente del poeta. Por él árboles en sazón exhalan perfumes tan serenos como los del propio Buda. ¿Cómo va a negarse a trasponer cumbres inaccesibles y poner el pie en tierras que nadie ha hollado? Cuando su espíritu adquiera la nobleza del jade, la Verdad llamará con fuerza a las puertas del nirvana. Los cuatro ancianos se deshicieron en elogios. Emocionado, el Señor Ocho-y-Diez dijo: - Todos sabéis que no poseo más virtud que la audacia. Trataré pues, de responder a vuestro bellísimo poema con este otro: Conocido por el nombre de Virtud Traviesa, yo desprecio al rey del bosque. Mi fama es superior a la de las criaturas más longevas que en él crecen. Mi sombra sigue la línea descendente de los montes, como si de una serpiente se tratara. De mí beben los arroyos un aroma milenario que supera en dulzor al ámbar. A pesar de sus incansables esfuerzos, la lluvia y el viento no pueden impedir que mis ramas abracen todo el universo. Cuando mi fuerza se apague, mi tumba la marcarán las barbas milenarias de los líquenes. - ¡Qué poema más admirable! - exclamó el Señor de la Integridad Solitaria -. Comienza con un verso de corte heroico, continúa con dos pareados de una fuerza realmente increíble y termina con una confesión de desconcertante humildad. Ante semejante perfección, cuanto yo diga parecerá polvo y barro. En fin, allá va mi poema: Mi rostro de escarcha es la delicia del rey de los hielos. Las cuatro estaciones alaban sin cesar mis sorprendentes cualidades. Al amanecer, el rocío llena de perlas mi copa, de la que arranca la brisa un aroma que arrastra hasta los confines del cosmos. Por la noche el murmullo de mis hojas lleva la tranquilidad a las alquerías solitarias. En el otoño presto mi sombra a las celebraciones de los templos, rememorando los muchos regalos que hago al comienzo del año nuevo. Soy el viejo maestro de los senderos de montaña. - ¡Extraordinario! ¡Francamente extraordinario! - exclamó el Maestro Superador del Vacío, entusiasmado -. Es como si la luna se hubiera colocado en el centro del Cielo y hubiera repartido su belleza entre todo lo que existe. ¿Cómo van a superar tanta inspiración mis pobres palabras? De todas formas, no es ésta hora de echarse para atrás. Así que ahí va mi pequeña aportación: Son tantas mis cualidades, que mi fama llega hasta el Palacio de la Suprema Pureza. Crezco junto a los templetes de los jardines, vertiendo sobre ellos una cascada de jade verde. El aroma que despido es, sin embargo, tan penetrante que traspasa las murallas y llega hasta los lugares más humildes. Siempre erecto, jamás pierdo la alegría, porque sé que mis raíces están ancladas firmemente en la tierra. Mi copa es hermana de las nubes, por eso nuestras sombras se confunden sobre el tapiz multicolor de las flores. - Jamás había escuchado poemas tan finos como los que acabáis de recitar - dijo, admirado el Maestro Limpiador de Nubes -. Su elegancia es de una simplicidad tal, que el espíritu descubre por primera vez lo que es la pureza. Son tan hermosos, que parecen sacados de una cesta de bordados. Todos sabéis que mi cuerpo es débil y que mi mente no posee ninguna cualidad. Sin embargo, animado por vuestro ejemplo, voy a recitar estos versos toscos, que espero no os hagan reír: Soy la delicia de los sabios reyes que se sientan en los jardines de Chi-Yü 13. En todos los campos de Wei me mezo a merced del viento. Las lágrimas de las náyades jamás han mancillado mi piel de jade. Sólo los literatos Han la han llenado de historias que aún se recuerdan. Lejos de apagarla, la escarcha aumenta la belleza de mis hojas. ¿Cómo va a poder ocultar la niebla el esplendor de mis ramas? Aunque no he vuelto a tener amigos tan fieles como Tse-Yu, todos los hombres de letras celebran de continuo mi fama. - Vuestros poemas - concluyó Tripitaka, entusiasmado - son, en verdad, como perlas arrojadas por un fénix. Ni siquiera Tse-Yu y Tse-Hsia, los discípulos más aventajados de Confucio, serían capaces de igualar vuestra sensibilidad. Por si esto fuera poco, no sé cómo agradeceros vuestro profundísimo sentido de la hospitalidad. Me temo que, sin querer, estoy abusando de ella. Es, por otra parte, noche cerrada y mis discípulos deben de estar buscándome como locos. Me gustaría seguir con vosotros, pero no puedo mantenerlos por más tiempo en esta incertidumbre. ¿Os importaría indicarme el camino de vuelta? - No os preocupéis por eso - dijeron los cuatro ancianos a coro -. Una oportunidad como ésta no se nos presenta todos los días. Aunque, como acabáis de decir, es ya noche profunda, el cielo está despejado y la luna brilla con particular intensidad. Sentaos otro poco, por favor. En cuanto amanezca, os conduciremos a través de la cordillera y no tardaréis en encontrar a vuestros discípulos. No habían terminado de decirlo, cuando entraron dos doncellas vestidas de azul con un par de lámparas de seda roja. Tras ellas apareció una joven inmortal con un ramito de albaricoque en las manos. Sin dejar de sonreír, se inclinó ante los presentes y les dio las buenas noches. Poseía un rostro redondeado y unas mejillas encendidas. Sus ojos repetían el fulgor de las estrellas, enmarcados por unas cejas finísimas y muy cuidadas. Vestía una vaporosa falda de seda rosa con motivos de ciruelas de cinco colores, que contrastaban con la sobriedad de su blusa marrón y sin cuello ni mangas. Calzaba unos zapatos puntiagudos como el pico de un fénix, que dejaban entrever unas medias transparentes de seda bordada. Su coquetería superaba a la de la doncella del monte Tian-Tai y su elegancia quedaba pequeña en comparación con la de la renombrada Tang-Chr de los tiempos antiguos. - ¿A qué debemos el honor de esta visita, Inmortal del Albaricoque? - preguntaron los ancianos, levantándose para darle la bienvenida. - Me he enterado de que tenéis a un huésped muy distinguido y he venido a conocerle - contestó la doncella, respondiendo a sus saludos con una inclinación -. ¿Tenéis la amabilidad de presentármele? - Es ése de ahí - contestó el Señor Ocho-y-Diez, señalando al monje Tang -. No tenéis que pedirnos permiso para hablar con él. Tripitaka se inclinó con respeto, aunque no se atrevió a decir nada. - Traednos el té, rápido - ordenó la doncella y al punto aparecieron otras dos muchachas vestidas de amarillo con una bandeja de laca roja en las manos. En ella había seis tazas de té de porcelana, varias clases de frutas exóticas y, justamente en el centro, una cucharilla para remover la infusión. Una de las muchachas traía también una tetera de metal blanco con incrustaciones de cobre, que dejaba escapar un aroma que embriagaba los sentidos. Tras llenar las tazas, la doncella dejó entrever ligeramente sus elegantes dedos alargados y dio de beber primero a Tripitaka. Sirvió después a los cuatro ancianos y, finalmente, tomó también ella una taza. - ¿Por qué no os sentáis? - preguntó el Maestro Superador del Vacío y ella no se atrevió a desairarle. Cuando hubieron terminado el té, volvió a inclinarse y dijo, respetuosa: - Se nota que esta noche la inspiración os ha abierto el arcano cofre de sus placeres. ¿Os importaría recitarme alguno de vuestros versos? - Nuestros poemas no son más que simples balbuceos - respondió el Maestro Limpiador de Nubes -. Los del sabio monje que nos acompaña, por el contrario, encierran toda la riqueza de la corte de los Tang. Jamás habíamos escuchado cosa más admirable. - Si no es mucho pedir - replicó la doncella -, me gustaría oír algunos de los que ha recitado aquí esta noche. Encantados, los cuatro ancianos repitieron al pie de la letra los versos que había cantado el maestro. Tuvieron la delicadeza, incluso, de decir secciones enteras del discurso que había pronunciado sobre el Zen. - Mis dotes son una nimiedad comparadas con las vuestras - confesó la doncella, sonriendo despreocupada -. No debería, por tanto, exponerme a vuestra risas. Pero, puesto que he tenido el honor de escuchar unos poemas tan extraordinarios, no estaría bien que guardara para mí sola la inspiración que han despertado en mi espíritu. Voy a tratar de enlazar con el segundo poema del maestro, improvisando unos versos regulados, ¿de acuerdo? Tras aclararse la voz, cantó con encendido entusiasmo: - Mi fama la estableció para siempre el rey Han-Wu. A mi sombra adoctrinó Confucio a sus discípulos. Al cariño de Dung-Hsien debo mi universalidad, y a Sun Chou que se me asocie con la Fiesta de la Comida Fría. No existen capullos más tiernos y coquetos que los míos, cuando la lluvia los humedece. Ni siquiera el poder difuminador de la niebla es capaz de diluir el verdor de mis hojas. Sé que, al madurar, mis frutos se tornan agrios, pero mi belleza permanece intacta y la tristeza no consigue dominarme. - ¡Qué sensibilidad la vuestra! - exclamaron los cuatro ancianos, deshaciéndose en alabanzas -. Vuestros versos están transidos de añoranza, particularmente ese que dice: "No existen capullos más tiernos y coquetos que los míos, cuando la lluvia los humedece". - Vuestras alabanzas me sumen en la zozobra - replicó la doncella, sonriendo coqueta -. Mis versos carecen absolutamente de valor. Los del monje sabio, por el contrario, parecen producto de una mente de seda y de unos labios cubiertos de bordados. ¿Habría alguna manera de convenceros, para que me recitarais a mí sola uno de vuestros Poemas? El monje Tang no respondió. La doncella parecía cada vez más dominada por la urgencia del amor. A cada palabra que pronunciaba se iba acercando cada vez más al maestro. - ¿Se puede saber qué os ocurre? - preguntó con voz seductora -. Todo el mundo se divierte en una noche como ésta. ¿A qué estáis esperando vos para empezar? ¿No comprendéis que la vida dura lo mismo que un soplo? - ¿Cómo podéis negaros a satisfacer los deseos de la Inmortal del Albaricoque? - dijo el Señor Ocho-y-Diez -. Si le negáis vuestros favores, jamás comprenderéis la alta merced que os hace. - Debemos tener en cuenta - añadió el Señor de la Integridad Solitaria - que el monje sabio es una persona versada en los principios del Tao, que por nada del mundo hará algo que esté en contra de la norma establecida. No está bien que nosotros le forcemos a hacerlo. Eso supondría echar por tierra, al mismo tiempo, su fama y su virtud. ¿Cómo íbamos a perdonárnoslo después? ¡No, no! La norma es la norma. Si la Inmortal del Albaricoque se siente inclinada por él, el Maestro Limpiador de Nubes y el Señor Ocho-y-Diez deben desempeñar el oficio de casamenteras, mientras el Maestro Superador del Vacío y yo hacemos de testigos. Ésos son los pasos que han de seguirse en la conclusión de todo contrato matrimonial. ¿No es así? - ¡Sois todos unos monstruos! - gritó Tripitaka, rojo de ira, poniéndose en pie de un salto -. Ahora comprendo que no habéis dejado de tentarme ni un solo segundo. Al principio me convencisteis para que hablara de los principios del Tao y acepté, complacido. ¡Pero esto es demasiado! ¡Os servís de la trampa de la belleza para seducirme! ¿No os parece un acto totalmente indigno? Al ver a Tripitaka tan fuera de sí, los cuatro ancianos no supieron qué hacer. Desconcertados, empezaron a morderse las uñas y a lanzarse unos a otros miradas furtivas. Únicamente el demonio del cuerpo morado que les servía de criado, perdió la paciencia y le gritó de mala manera: - ¡Está visto que no sabéis distinguir ni lo que os conviene! ¿Que hay de malo en esta doncella? No hay mujer que posea mejores cualidades que ella. Eso sin hablar de su belleza ni de su maestría en las artes del amor. Con un solo poema os ha demostrado que su sensibilidad no tiene nada que envidiar a la vuestra. ¿A qué viene, pues, rechazarla con tanta brusquedad? Si fuerais un poco inteligente, no dejaríais pasar una oportunidad como ésta. Reconozco, de todas formas, que lo que ha dicho el Señor de la Integridad Solitaria es totalmente acertado. Puesto que no os gusta actuar en contra de lo establecido, yo presidiré la ceremonia nupcial. El temor hizo palidecer a Tripitaka, pero estaba decidido a no ceder a sus pretensiones, costara lo que costara, e hizo un gesto negativo con la cabeza. - ¡Monje estúpido! - añadió el sirviente del cuerpo morado -. Te estamos hablando con toda la amabilidad del mundo y te niegas obstinadamente a hacer lo que te pedimos. ¿No comprendes que nuestros métodos no son siempre tan suaves? ¿De que te habrá servido vivir, si te lleváramos con nosotros a otras regiones en las que no está permitido ni llevar una vida monacal ni tomar esposa? Ni siquiera esas razones le apartaron de su decisión. Era como si poseyera una mente de piedra o de metal. De todas formas, pensó, esperanzado: - Posiblemente mis discípulos estén buscándome y... Su recuerdo hizo que las lágrimas fluyeran, copiosas, por sus mejillas. Tratando de tranquilizarle, la doncella sonrió con extremada dulzura, se acercó aún más a él y, sacando de la manga un pañuelo que despedía un penetrante olor a miel, comenzó a secarle las lágrimas, al tiempo que decía: - No estéis tan triste, por favor. Yazcamos entre el jade y entre nubes de perfume y divirtámonos cuanto podamos. El maestro dio un grito estentóreo y se lanzó hacia la puerta, pero los ancianos y el criado le impidieron llegar a ella. Toda la noche estuvieron forcejeando. Cuando, por fin, comenzó a clarear, se oyó una voz, que decía: - ¿Dónde estáis, maestro? Os oímos hablar, pero no conseguimos veros. Era el Gran Sabio, Ba-Chie y el Bonzo Sha, que no habían parado de caminar durante toda la noche. Tratando de dar con él, habían recorrido, de hecho, los mil quinientos kilómetros de longitud que tenía la Cordillera de las Zarzas. Al amanecer, llegaron a su extremo occidental y oyeron, sorprendidos, los gritos de auxilio que lanzaba el monje Tang. Ellos mismos empezaron a gritar como locos, buscando debajo de cada piedra. El maestro logró zafarse de los brazos que le impedían la huida y salió corriendo por la puerta, dando voces de alegría: - ¡Estoy aquí, Wu-Kung! ¡Ven a salvarme de estos locos! No había acabado de decirlo, cuando, en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron los cuatro ancianos, el criado del cuerpo morado, la doncella y todas sus sirvientas. - ¿Cómo habéis logrado llegar hasta aquí? - le preguntaron Ba-Chie y el Bonzo Sha, sorprendidos. - ¡Cuántos quebraderos de cabeza os he dado! - exclamó Tripitaka, abrazándose al Peregrino -. Aunque no lo creáis, todo ha sido obra de ese anciano que se presentó ante nosotros con comida, haciéndose pasar por el espíritu protector de la cordillera. Cuando Wu-Kung trató de golpearle, me arrebató por los aires y me trajo hasta aquí. En ningún momento me trató con brusquedad. Al contrario, me tomó de la mano y me presentó a otros tres ancianos que todo el tiempo se dirigieron hacia mí con el respetuoso nombre de maestro sabio. Todos ellos poseían una educación exquisita y una sensibilidad poética realmente extraordinaria. Hasta eso de la medianoche pasamos el tiempo recitando poemas y versos. Después se presentó una mujer bellísima con sus cuatro criadas y me saludó con el mismo respeto que los ancianos. También ella era dueña de una envidiable vena poética, pero se encaprichó de mí y quiso desposarse conmigo. Por supuesto, rechacé de plano sus pretensiones, pero, incomprensiblemente, los ancianos se pusieron de su parte y me presionaron con todo tipo de razones. Uno se ofreció a hacer de casamentera, otro, de presidente de la ceremonia, y el tercero, de testigo. Juré que jamás cedería a sus locos deseos y traté de huir, pero eran demasiados para mis pocas fuerzas. Afortunadamente vuestra llegada los ha hecho desistir de su empeño. Por cierto, no ha quedado ni rastro de ellos. Debe de ser porque la luz les mete miedo o porque no querían enfrentarse con vosotros. Lo extraño es que hace un momento estaban tirando de mí como locos. - ¿Les preguntasteis cómo se llamaban, antes de empezar a hablar de poesía? - inquirió el Peregrino. - Efectivamente - contestó Tripitaka -. El que me trajo respondía al nombre de Señor Ocho-y-Diez, aunque también era conocido como Virtud Traviesa. Por lo que respecta a los otros tres, uno se llamaba Señor de la Integridad Solitaria, el otro Maestro Superador del Vacío, y el último Maestro Limpiador de Nubes. La doncella, por su parte, decía llamarse la Inmortal del Albaricoque. - ¿Dónde se encuentran esas criaturas? - preguntó Ba-Chie. - ¿Quieres decir que adonde han ido? - contestó Tripitaka -. No lo sé. Lo único que puedo afirmar es que el lugar en el que estuvimos componiendo versos no está muy lejos de aquí. Guiados por el maestro, no tardaron en descubrir un pequeño acantilado, en el que había una losa de piedra con las siguientes palabras: "Santuario de los Inmortales del Bosque". - Fue exactamente aquí - dijo Tripitaka. El Peregrino inspeccionó el sitio con más detenimiento y vio que había un enebro, un ciprés, un pino y una caña de bambú. Todos ellos eran enormes y, a juzgar por lo retorcido de sus ramas y lo rugoso de sus troncos, tan entrados en años como la tierra de la que se alimentaban. Detrás de ellos crecía un arce de un extraño color morado. No lejos del acantilado, un poco hacia el sur, se elevaba hacia el cielo un viejo albaricoquero, que proyectaba su sombra sobre un brote de ciruelo invernal y dos plantas de casia. - ¿Habéis encontrado a los monstruos? - preguntó el Peregrino, burlón, levantando la voz. - Todavía no - respondió Ba-Chie. - ¿Me creeríais si os dijera que son esos árboles de ahí? - volvió a preguntar el Peregrino. - ¿Cómo lo has descubierto? - exclamó Ba-Chie. - El pino es el Señor Ocho-y-Diez - respondió el Peregrino -, el ciprés el Señor de la Integridad Solitaria, el enebro el Maestro Superador del Vacío, el bambú el Maestro Limpiador de Nubes, y el arce el sirviente del cuerpo morado. Ni que decir tiene que la Inmortal del Albaricoque no es más que ese albaricoquero de ahí, y sus criadas, las plantas de casia y el ciruelo de invierno que crece a su sombra. Al oírlo, Ba-Chie se lanzó sobre el albaricoquero, el arce, el ciruelo y las casias y los arrancó con ayuda del rastrillo y su poderoso hocico. Un chorro de sangre brotó de las raíces, como si, en vez de plantas, se tratara de animales. Antes de que derribara el resto de los árboles, Tripitaka corrió hacia él, y agarrándole del brazo, dijo: - No los arranques. Aunque sean espíritus, me han tratado con cortesía en todo momento y no me han hecho ningún daño. Volvamos al camino y prosigamos nuestro viaje. - No deberíais mostraros tan compasivo con ellos - opinó el Peregrino -. Es muy posible que se conviertan en demonios y el daño que hagan, entonces, a la gente será infinitamente mayor. El Idiota levantó el rastrillo y no tardó en derribar el pino, el ciprés, el enebro y el bambú. Una vez concluido ese trabajo, ayudaron al maestro a montar en su cabalgadura y prosiguieron su largo peregrinaje hacia el Oeste. De momento desconocemos lo que les tenía reservado el futuro. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第065回 CON ÁNIMO DE INDUCIRLES A ENGAÑO, LOS DEMONIOS CREAN EL PEQUEÑO MONASTERIO DEL TRUENO. LOS CUATRO PEREGRINOS SE VEN SOMETIDOS A UNA PRUEBA TERRIBLE Con este capítulo se pretende persuadir a quien lo lea, a que obre en todo momento el bien y renuncie a las obras del mal. No debe olvidarse jamás que los dioses conocen hasta los pensamientos más íntimos. La astucia y la inteligencia no sirven de nada, porque la salvación estriba en renunciar a la mente. Mientras se vive, es preciso cultivar el Tao sin desfallecer. Trata de hallar la fuente de todos los males y renuncia con determinación a ella. No hay otro camino para lograr una vida longeva. Quien desee alcanzar la Iluminación debe dejarse ungir con el aceite sagrado. Cuando nada entorpezca a la luz el paso por los tres senderos y el océano de sombras haya sido completamente drenado, podrá el hombre virtuoso cabalgar a lomos de los fénix y las garzas. Entonces alcanzará la misericordia y su felicidad será completa. Decíamos que no existía hombre más piadoso ni más sincero que Tripitaka Tang. Por eso, era protegido en todo momento por los dioses. Hasta los espíritus de las plantas y los árboles se ofrecían, gustosos, a custodiar su marcha. Tras una noche de discusión poética, consiguió escapar a la amenaza de los abrojos y las espinas y al enmarañamiento homicida de las enredaderas y los zarcillos de las vides. Fortalecidos por tan magnífica experiencia, continuaron su camino en dirección al Oeste. Pronto tocó a su fin el invierno y la primavera volvió a dejarse sentir por doquier. Adondequiera que se dirigiera la vista podía apreciarse la pujanza de la vida. ¿Cómo podía ser de otra forma, si la vara del carro de la Osa Mayor marcaba la dirección del yin? 1. La tierra aparecía cubierta de un manto de verdor, que realzaban los sauces llorones a lo largo de las márgenes de los ríos. En las pendientes los rojos capullos de los melocotoneros hacían pensar en bordados hechos por inmortales. Todos los arroyos parecían haberse contagiado del color verdoso del jade. A veces la lluvia Y el viento ponían una nota de melancolía en el paisaje, pero pronto hacía el sol renacer la belleza de las flores y las golondrinas tornaban a transportar en sus picos pequeñas briznas de musgo. Toda la montaña aparecía sumida en un juego de luces y sombras, que hacía pensar en las pinturas de Wang-Wei. En las copas de los árboles los pájaros conversaban entre sí con la misma finura con que lo hacía Chi-Tse. Nadie, sin embargo, se deleitaba en tanta belleza, a excepción de las mariposas y las laboriosas abejas. El maestro y sus discípulos preferían el lánguido aroma de las flores y el blando mullido de los prados. No tardaron en divisar a lo lejos una montaña tan alta que parecía tocar el cielo. - ¿Sabes qué altura tiene esa montaña? - preguntó Tripitaka a Wu-Kung, señalándola con la fusta -. Jamás había visto nada igual. Es como si perforara el azulado techo de los cielos. - Ahora que lo mencionáis - respondió el Peregrino -, recuerdo un antiguo poema, que decía: "El cielo todo lo cubre y ninguna montaña es capaz de igualar su altura". Pensándolo bien, esos versos debían de referirse a esa mole que tenemos delante. No creo que exista otra como ella. ¿Cómo es posible, de todas formas, que se adentre en los cielos? - Si eso es tan raro - replicó Ba-Chie -, ¿por qué dice la gente que el Monte Kun-Lun es el sostén de lo alto? - ¿No has oído comentar que el Cielo presenta un gran vacío en el noroeste? - contestó el Peregrino -. Como bien sabes, el Monte Kun-Lun se eleva precisamente en ese punto y ha hecho creer a muchos que es él el que llena ese hueco. De ahí que se afirme que es el sostén de lo alto. - No le des tantas explicaciones, por favor - exclamó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. ¿No comprendes que las usará después para dárselas de listo ante los demás? Sigamos hacia delante. Cuando hayamos escalado esa montaña, sabremos realmente la altura que tiene. Furioso, Ba-Chie trató de echarle mano, pero el maestro no le dio ninguna importancia. Espoleó al caballo y, de esa forma, no tardaron en llegar a las primeras estribaciones de la montaña. A medida que ascendían, la vegetación se iba haciendo más espesa y el aire arrancaba a los árboles un murmullo de hojas que dejaba el ánimo en suspenso. Como telón de fondo, se escuchaba un rumor de aguas torrenciales. Pero, lejos de traer la paz al espíritu, lo sumía en una profunda intranquilidad, Quizás contribuyera a ello el hecho de que no se viera por ninguna parte pájaro alguno, algo a lo que ni los mismos inmortales estaban acostumbrados. La ascensión resultaba tan peligrosa, que podía afirmarse con toda seguridad que jamás se había atrevido nadie a poner los pies en aquel lugar. Las rocas poseían unas formas extrañas, que llenaban el espíritu de zozobra. Sólo las nubes, con la transparencia de su brillo, ponían una nota de serenidad en el paisaje, que pronto rompían los chillidos desagradables de unos pájaros invisibles. De vez en cuando, no obstante, se veían ciervos con hojas de agárico en la boca, o monos cargados de melocotones, o zorros y tejones agazapados en el borde mismo de los acantilados, o antílopes saltando de risco en risco. De pronto se oyó el rugido de un tigre, tan estremecedor que les puso los pelos de punta a los caminantes, y apareció en el camino una manada de lobos y leopardos. Al verlos, Tripitaka sintió que el cuerpo se le quedaba sin fuerzas. Sólo el Peregrino conservó la compostura. Sacudió ligeramente la barra de hierro y lanzó un grito tan espeluznante, que al instante huyeron, despavoridos, todos aquellos animales salvajes. Para evitar otro encuentro como aquél, abrió un nuevo camino que los llevó directamente hasta la cumbre. Después de trasponerla, iniciaron un descenso en dirección oeste, que los condujo hasta una pequeña meseta bañada por una luz espiritual, que emitía destellos de muchos colores. En uno de sus extremos se levantaba un espléndido edificio, del que salía una música de campanas tan armoniosa como la que se escucha en el palacio del Señor de Jade. - ¿Qué será aquel edificio? - preguntó Tripitaka. El Peregrino levantó la cabeza y comprobó que se trataba de un lugar francamente excepcional. A pesar de la riqueza que lo envolvía, se notaba que era un monasterio. El paraje en el que se encontraba enclavado no podía ser más hermoso ni más apto para la vida de contemplación. Junto a las torres que lo flanqueaban se erguía, majestuoso, un grupo de pinos, cuyo verdor parecía competir con el de los bambúes que crecían a la entrada del salón de las enseñanzas. Un aura de espiritualidad envolvía todo el conjunto, haciéndolo parecer el palacio de un dragón o la sede de algún santo budista. Tanto sus columnas como sus barandillas y sus vigas, abigarradas de relieves, estaban pintadas de rojo, color que contrastaba con el del jade de todos sus arcos. Una vez concluidas las explicaciones de los sutras, el incienso se extendía por todos los salones y la luna llenaba de luz los biombos que delimitaban los diferentes espacios. En su espléndido jardín las flores formaban tapices multicolores, que pisaban las garzas camino de los estanques en los que abrevaban. Los pájaros ponían una nota bulliciosa en aquel ambiente sellado por el silencio y la meditación. Las campanas sagradas no dejaban de lanzar su melancólico tañido por las laderas de la montaña hacia la que estaba orientado el monasterio. Una brisa suave penetraba por todas sus ventanas, meciendo levemente los cortinajes y deshaciendo las caprichosas volutas del incienso. Aquél era un paraíso para el ascetismo de los monjes, un oasis de paz que no lograban mancillar las realidades profanas ni los afanes del mundo. En la tranquilidad de aquel monasterio se mimaba la frágil planta de la Verdad. - Como habíais supuesto - dijo el Peregrino a Tripitaka, después de inspeccionar con atención tan extraordinario lugar -, se trata de un monasterio. De todas formas, no sé por qué, pero junto al aura de santidad que rodea todos los centros donde se cultiva el Zen, me parece percibir cierta atmósfera de hostilidad. Lo más sorprendente es que me recuerda al Monasterio del Trueno, aunque el camino que conduce hasta él es completamente distinto. Creo que lo mejor será que no nos detengamos en este lugar. Percibo algo siniestro que puede volverse en cualquier momento contra nosotros. - ¿Es posible que se trate de la Montaña del Espíritu? - preguntó el monje Tang, entusiasmado -. No estaría bien que jugaras con mi impaciencia y trataras de demorar adrede la conclusión de nuestro viaje. - ¡Por supuesto que no! - exclamó en seguida el Peregrino -. He visitado infinidad de veces la Montaña del Espíritu y puedo aseguraros que no es ésta. - En ese caso - concluyó Ba-Chie -, debe de ser la morada de alguna persona realmente virtuosa. - ¿A qué viene tanta suspicacia? - dijo, por su parte, el Bonzo Sha -. Querámoslo o no, el camino pasa justamente por delante de su puerta. ¿Qué importa que no sea el Monasterio del Trueno? Lo mejor que podemos hacer es echar un vistazo. - Me parece razonable lo que acaba de decir Wu-Ching - opinó el Peregrino. El maestro espoleó al caballo y no tardó en llegar a las puertas del edificio. En el dintel de la entrada principal había una placa monumental con estas tres palabras: "Monasterio del Trueno". La impresión fue tan fuerte, que por poco no se cae del caballo. - ¡Maldito mono! - exclamó, ofendido -. Casi no me mato por tu culpa - ¿Por qué has tratado de engañarme, sabiendo positivamente que éste era el Monasterio del Trueno? - No os enfadéis conmigo, por favor - suplicó el Peregrino, tratando de calmarle con una sonrisa -. Si miráis con más atención, veréis que en la puerta de dentro hay otra placa con cuatro caracteres, en lugar de los tres que se leen aquí. Sin poder contener la emoción, el maestro volvió la vista hacia donde se le indicaba y comprobó que, en efecto, de allí colgaba otra placa con un carácter más, que decía: "Pequeño Monasterio del Trueno". - ¡Sólo es el Pequeño Monasterio del Trueno! - suspiró Tripitaka, desilusionado -. Dentro debe de haber, de todas formas, algún patriarca budista. Los sutras afirman que existen más de tres mil budas y cabe suponer que no todos habitan en el mismo lugar. La misma Kwang-Ing, sin ir más lejos, mora en los Mares del Sur, Visvabhadra tiene establecida su morada en el Monte O-Mei y Manjusñ vive en la Montaña de los Cinco Estrados. Me pregunto qué buda imparte sus enseñanzas en el interior de este monasterio. Los antiguos afirmaban que donde hay budas hay escrituras y que sin templos no existen tesoros. Entremos a ver cuáles son los que encierra éste. - No deberíais hacerlo - le aconsejó el Peregrino -. Aunque no lo creáis, este lugar encierra más maldad que bondad. Si os topáis con algo desagradable, no me echéis a mí las culpas. - Aunque aquí no viva un buda - contestó Tripitaka -, habrá por lo menos una imagen suya. Recuerda que, al iniciar este viaje, prometí presentar mis respetos a todos los budas con los que me encontrara. ¿Cómo voy a echarte la culpa de lo que es exclusivamente responsabilidad mía? Se volvió a continuación hacia Ba-Chie y le pidió que le sacara la túnica de los bordados. En cuanto hubo terminado de atar sus cintas, se ajustó el gorro monacal y se dirigió hacia la puerta. Nada más poner el pie en el monasterio, se oyó una voz que decía: - Venís desde las Tierras del Este con el propósito de entrevistaros con nuestro buda. ¿Cómo podéis mostrar tan poco respeto, después de haber hecho un sacrificio tan grande? Al oírlo, Tripitaka se echó en seguida rostro en tierra, Ba-Chie empezó a golpear el suelo con la frente y el Bonzo Sha se postró de hinojos. Sólo el Gran Sabio permaneció de pie con el caballo y el equipaje Tras expresar, de esa forma, su respetuosa sumisión, traspusieron una segunda puerta y entraron en el gran salón de Tathagata. En su exterior y debajo mismo del trono sagrado podía verse a los Quinientos Arhats, a los Tres Mil Protectores de la Fe, a los Cuatro Reyes Diamantinos, a las monjas mendicantes y a los upasakas, así como a las incontables legiones de monjes sabios. En la atmósfera flotaba un penetrante aroma de flores. El aura de la santidad era allí tan intensa, que los peregrinos tenían que andar con la vista agachada. Sobrecogidos por tan magnífico espectáculo, el maestro, Ba-Chie y el Bonzo Sha no daban un paso sin echarse, primero, rostro en tierra y tocar el suelo con la frente. Únicamente el Peregrino siguió de pie, viendo cómo sus hermanos se iban acercando, poco a poco, al estrado del espíritu. De lo alto del trono de loto surgió una voz furiosa, que dijo: - ¿Cómo te atreves a no postrarte ante Tathagata, Sun Wu-Kung? Pero el Peregrino no se dejó intimidar. Miró directamente a los ojos del que había hablado y descubrió que se trataba de un buda falso. Dejando a un lado al caballo y el equipaje, agarró con las dos manos la barra de hierro y gritó con una furia incontenible: - ¡Malditas bestias! ¡Sois vosotras las que deberíais mostraros más respetuosas con el nombre de Buda y no profanar la inalcanzable santidad de Tathagata! ¡No huyáis y probad el sabor de mi barra! Sin esperar respuesta alguna, se lanzó a la refriega. En ese mismo momento se oyó un sonido metálico y cayeron sobre el Peregrino dos címbalos de oro, que formaron una especie de caja hermética de la que no podía salir. Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha trataron de coger sus armas, pero se les echaron encima aquellos falsos arhats, protectores y monjes sabios. Hasta Tripitaka fue atrapado y cubierto de cadenas, como si fuera un criminal. Quedó claro, entonces, que el que se había hecho pasar por Buda era un monstruo, y todos los demás, los diablillos a sus órdenes. En cuanto hubieron capturado a los viajeros, se manifestaron tal cuales eran y los encerraron, sin ninguna consideración, en la parte posterior del monasterio. El Peregrino quedó aprisionado entre los címbalos de oro, de donde no habría, de salir jamás. Al cabo de tres días y tres noches su cuerpo se convertiría en una masa informe de sangre y pus y el maestro y sus otros dos discípulos serían cocinados al vapor, antes de ser servidos en un espléndido banquete. Como afirma un antiguo poema: Aunque el Mono de ojos verdosos fue capaz de distinguir lo falso de lo auténtico, el Espíritu del Zen se postró ante una simple figura dorada. Otro tanto hicieron la Madre Madera y su acompañante, cegados por el brillo humilde del oropel. Sucedió, así, que el monstruo se hizo poderoso, y el virtuoso, débil. ¡Con qué facilidad logró engañar el demonio al hombre de bien! Su triunfo hizo parecer el Tao inútil, y la maldad, tan poderosa como un ser de lo alto. Pero no debe olvidarse que, cuando se cae en el error, desaparece todo el bien que se haya hecho hasta entonces. De la triste suerte de los viajeros no escapó ni el mismo caballo, que fue atado junto al monje Tang y sus discípulos. Los demonios celebraron con grandes muestras de júbilo la victoria obtenida. Era tal su alegría, que no repararon en el valor de la túnica bordada que lucía el maestro. Se la arrancaron del cuerpo y la guardaron con el resto del equipaje en una habitación sin ventanas. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que continuaba encerrado en el interior de los címbalos de oro. La oscuridad era total y hacía un calor tan asfixiante que el sudor cubrió pronto todo su cuerpo. Trató de separarlos, empujando con sus fortísimos brazos, pero no consiguió despegarlos ni la diezmilésima parte de un milímetro. Intrigado, cogió la barra de hierro y los golpeó como si se hubiera vuelto loco, pero no logró hacerles ni una muesca. Decidió, entonces, recurrir a la magia. Recitó un conjuro y al instante alcanzó una altura que superaba los cuarenta metros; sin embargo, los címbalos crecieron con él y no dejaron filtrar ni un solo rayo de luz. Volvió a hacer otro signo mágico y se redujo hasta un tamaño mucho más pequeño que una semilla de mostaza. Los címbalos se encogieron con él, tornando imposible todo intento de fuga. El Peregrino cogió, una vez más, la barra de hierro, exhaló sobre ella un soplo de aliento sagrado y gritó: - ¡Transfórmate! - y al punto se convirtió en una pértiga, que se ajustó a los extremos de los címbalos. Se arrancó a continuación dos pelos de la cabeza y, tras hacer con ellos la misma operación que con la barra de hierro, los metamorfoseó en un extraño instrumento de cinco puntas, que recordaba una flor de ciruelo. Con él trató de hacer un agujero justamente en el punto en el que se apoyaba la barra de hierro. Pero, tras intentarlo más de mil veces seguidas, no consiguió hacer en el oro ni un solo rasguño. Desesperado, repitió el signo mágico y recitó el siguiente conjuro: - Que Om y Ram purifiquen el reino del dharma. Chien: origen penetración, armonía y firmeza. Con él convocó a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, a los Seis Dioses de la Luz, a los Seis Dioses de las Tinieblas y a los Dieciocho Protectores de los Monasterios, que acudieron en seguida a la parte exterior de los címbalos, diciendo: - ¿Para qué nos has hecho venir? ¿Acaso no sabes que estamos protegiendo a tu maestro, para que estos monstruos no le hagan el menor daño? - ¡Mi maestro no quiso escucharme y ahora está pagando las consecuencias de su tozudez! - exclamó el Peregrino -. ¡Me trae sin cuidado que muera o siga viviendo! Lo que quiero que hagáis ahora es que separéis estos dos címbalos, para que pueda salir. Ya nos ocuparemos después de esos otros asuntos. Aquí dentro no hay ni un solo rayo de luz y hace tal calor que a punto estoy de ahogarme. Los dioses trataron de separar los címbalos, pero estaban tan unidos, que todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Es más, pareció como si se hubieran fundido con mayor firmeza. - No sabemos qué clase de magia poseen estos címbalos - dijo el Guardián de la Cabeza de Oro -. Están unidos de tal forma, que parecen un todo continuo. Nos tememos que nuestras fuerzas no son suficientes para separarlos. - Yo tampoco lo he conseguido, aunque he puesto en juego todos mis conocimientos de magia - confesó el Peregrino. Al oír eso, el Guardián ordenó a los Seis Dioses de la Luz que volvieran junto al monje Tang, mientras los Seis Dioses de las Tinieblas se encargaban de montar la guardia alrededor de los címbalos de oro. Para evitar sorpresas, a los Protectores de los Monasterios se les sugirió que patrullaran de continuo por los aires, a la espera de que volviera el Guardián, que se dirigió a toda prisa hacia la Puerta Sur de los Cielos. Sin pérdida de tiempo corrió al Palacio de la Niebla Divina y, postrándose rostro en tierra ante el Emperador de Jade, dijo: - Vuestro humilde servidor es uno de los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales. Vengo a interceder en favor del Gran Sabio, Sosia del Cielo, que se encuentra acompañando al monje Tang en su viaje al Paraíso Occidental. Al pasar por una montaña, se toparon con un monasterio llamado del Pequeño Trueno y el maestro pensó que se trataba de la región del Espíritu. Cegado por su entusiasmo, corrió a presentar sus respetos a Buda, pero todo era una trampa ideada por un monstruo. El Gran Sabio se encuentra en estos momentos en el interior de unos címbalos de oro, de los que no hay manera de salir. Su vida corre un peligro cierto y eso me ha movido a suplicar vuestra ayuda en su favor. Sin pérdida de tiempo, el Emperador de Jade emitió la siguiente orden: - Que las Veintiocho Constelaciones partan de inmediato hacia la morada de los monstruos y liberen a los peregrinos. Las Constelaciones no se demoraron. Acompañados por el Guardián, abandonaron los Cielos y se dirigieron hacia el monasterio. Cuando entraron en él, era cerca de la segunda vigilia. Los diablillos acababan de recibir de manos de su señor la recompensa por haber capturado al monje Tang y estaban empezando a retirarse a sus habitaciones. Sin preocuparse de ellos, las Constelaciones se concentraron alrededor de los címbalos e informaron de su llegada al Gran Sabio, diciendo: - Somos las Veintiocho Constelaciones y hemos venido a liberaros por orden expresa del Emperador de Jade. - Romped inmediatamente esta prisión con vuestras armas - pidió el Peregrino, esperanzado -. Me muero de ganas por salir de aquí. - No podemos hacerlo - contestaron las estrellas -. Esto está hecho de metal. En cuanto lo toquemos, empezará a vibrar y el monstruo se despertará. Eso entorpecerá muchísimo nuestra misión. Vamos a tratar de hacer un agujero. En cuanto apreciéis el menor rayo de luz, escapad de esa prisión. - De acuerdo - respondió el Peregrino. Las Constelaciones echaron, entonces, mano de sus lanzas, sus espadas, sus cimitarras y sus hachas y empezaron a golpear los címbalos por todas partes. Sonó la tercera vigilia y aún seguían descargando golpes, pero las piezas de oro continuaban sin separarse. Era como si desde siempre hubieran formado un todo único. En su interior el Peregrino inspeccionaba, una y otra vez, sus paredes, pero no lograba apreciar el más mínimo rayo de luz. Su impaciencia le llevó, incluso, a tratar de encontrar una hendidura con las manos; sin embargo, los resultados no fueron mejores. - No perdáis la confianza, Gran Sabio - le aconsejó el Dragón de Oro -. He llegado a la conclusión de que estos címbalos poseen una gran adaptabilidad y conocen a la perfección el difícil arte de las metamorfosis. Mirad a ver si encontráis con las manos la línea de unión. En cuanto la hayáis hallado, trataré de hacer palanca con mi cuerpo y vos podréis salir por el resquicio que deje. Por muy pequeño que sea, vuestros poderes metamórficos os permitirán atravesarlo sin ninguna dificultad. El Peregrino se puso en seguida manos a la obra. Mientras buscaba con sumo cuidado los bordes de las dos piezas, la Constelación redujo de tal forma el tamaño del cuerpo, que su cuerno apenas era mayor que la punta de una aguja. El Peregrino no tardó en descubrir que el punto de unión se encontraba en la parte superior de la esfera que le tenía aprisionado. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, la Constelación consiguió encajar el cuerno y gritó, con ánimos de recobrar el tamaño que le era habitual: - ¡Crece! El cuerno adquirió el grosor de un cuenco de arroz, pero, más que como un objeto metálico, los címbalos se comportaron como si estuvieran hechos de piel y carne. El cuerno del Dragón de Oro parecía estar sumido en una masa gelatinosa, en la que resultaba imposible realizar la menor presión. Desesperado, el Peregrino palpó el cuerno con las manos y dijo: - Es inútil. No hay ninguna hendidura. Me temo que, si realmente estáis dispuesto a sacarme de aquí, tendréis que sufrir un poco. Con ayuda de su barra de hierro hizo un pequeño agujero en la punta del cuerno y, transformándose en una semilla de mostaza, se introdujo en su interior y gritó con todas sus fuerzas: - ¡Ahora! ¡Tirad del cuerno! La Constelación forcejeó cuanto pudo, logrando con no poca dificultad su propósito. Estaba tan agotado, que se dejó caer al suelo, resollando como un animal de carga. El Peregrino salió, entonces, de su cuerno y, tras recuperar el tamaño que normalmente tenía, descargo sobre los címbalos un tremendo golpe con la barra de hierro. Fue como si se hubiera derrumbado una montaña de cobre o hubiera saltado por los aires una mina de oro. Lo que había sido una de las posesiones más preciadas de Buda quedó reducida al instante a diminutos fragmentos dorados. Las Veintiocho Constelaciones y los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales se llevaron tal susto que los pelos se les pusieron de punta. El ruido alertó también a los diablillos, que abrieron, sobresaltados, los ojos. Hasta el mismo monstruo fue arrancado de la placidez de su sueño. Tras abandonar el lecho y vestirse a toda prisa, ordenó que todos los diablillos tomaran sus armas entre una barahúnda de gritos y el continuo batir de los tambores. Era cerca del amanecer, cuando se dirigieron al salón en el que habían dejado encerrado al Peregrino. Al ver a las Constelaciones y los restos de sus preciados címbalos, se apoderó de ellos un pavor mortal. Sólo el monstruo tuvo la serenidad suficiente para ordenar a los suyos: - ¡Cerrad inmediatamente las puertas! ¡Que no salga nadie! El Peregrino y las estrellas montaron a toda prisa en sus nubes y se elevaron hacia lo alto. Con increíble paciencia el monstruo recogió todos los trozos de oro, al tiempo que ordenaba formar a sus tropas en la explanada que había junto a la puerta del monasterio. Vistió después su armadura y, cogiendo una maza con varias hileras de dientes de lobo, salió a arengar a los suyos, diciendo: - ¡El Peregrino Sun ha demostrado que es un cobarde! ¡Si no lo fuera, se habría enfrentado a mí, aunque no hubiera podido resistirme ni tres asaltos! El Peregrino no pudo resistir el reto. Frenó la carrera de su nube y volvió sobre sus pasos, seguido de las estrellas. Pronto descubrieron que el monstruo tenía el cabello, crespo y enmarañado como el mar, sujeto con una diadema de oro. Sus ojos, enmarcados por unas cejas excesivamente pobladas, emitían un fulgor propio de brasas. Le dominaba una furia tal, que las aletas de la nariz le vibraban, como si fuera una criatura acuática. Su boca, tan cuadrada que nunca podía cerrarla del todo, dejaba entrever unos dientes puntiagudos y afilados como cuchillos. Vestía una coraza de hierro y traía ceñida la cintura con una faja de seda sin teñir. Unas botas de piel de ternero protegían sus pies, dando a su figura un aire de bestia salvaje, que acentuaba aún más su maza de dientes de lobo. De todas formas, había en él algo que desmentía ese carácter selvático, como si fuera, a la vez, hombre y animal. Eso acrecentó la curiosidad del Peregrino, que gritó: - ¿Qué clase de monstruo eres tú, para hacerte pasar por el Patriarca Budista, enseñorearte de esta montaña y dar a este lugar el nombre de Pequeño Monasterio del Trueno? - Así que no sabes cómo me llamo, ¿eh, mono estúpido? - contestó el monstruo -. Eso explica por qué osaste atravesar mis dominios sin el correspondiente permiso. Por si no lo sabes, este lugar es el Pequeño Paraíso Occidental. Durante años me he dedicado a la ascesis y a la meditación y, así, he alcanzado un estado tal de perfección, que el Cielo me ha concedido la gracia de habitar en un lugar tan extraordinario como éste. No en balde soy el Buda de las Cejas Amarillas, aunque la gente de estos contornos, ignorante como es, me llama el Gran Rey de las Cejas Amarillas o, también, el Santo de las Cejas Amarillas. Sabía que te dirigías hacia el Oeste y que tus poderes están por encima de los de muchos inmortales, Por eso monté la escena que a punto estuvo de engañarte. No había otra forma de atraer a tu maestro. Pero eso son cosas ya pasadas. Voy a decirte lo que estoy dispuesto a hacer. Si eres capaz de resistir mis ataques, os perdonaré a todos y dejaré que también vosotros alcancéis la perfección. En caso contrario, acabaré con vuestras vidas, me presentaré ante Tathagata y volveré con las escrituras a la tierra de la que partisteis, para ser yo solo quien disfrute de todo el mérito. - ¿Para qué seguir dándotelas de valiente? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada - . Si quieres pelear, acércate y te enseñaré a qué sabe mi barra. El monstruo levantó la maza de los dientes de lobo y, de esa forma, dio comienzo una de las batallas más fantásticas que jamás se haya visto. Entre las armas que entonces blandieron ambos contendientes existían grandes diferencias, aparte del material del que estaban hechas. Una era corta y se ajustaba perfectamente a la mano del buda que la manejaba. La otra, arrancada del fondo de los mares, poseía una mayor dureza, aunque, obviamente, su flexibilidad era menor. Ambas podían, sin embargo, metamorfosearse a voluntad y no estaban acostumbradas a ceder terreno ante nadie. No en balde la maza tenía incrustados, como si de joyas se tratara, infinidad de dientes de lobo y la barra de los extremos de oro estaba directamente emparentada con la fuerza de los dragones. ¡Con qué extraordinaria facilidad se encogían y alargaban, aumentaban de grosor y se hacían tan finas como agujas! Con semejantes maravillas el demonio y el mono se lanzaron a una lucha encarnizada y feroz. Entre ellos existían también diferencias muy marcadas, pues, si éste había abrazado sin condiciones la fe, aquél no dejaba de burlarse de los Cielos, adoptando una personalidad que no le correspondía. La violencia que desplegaban era, sin embargo, la misma. Su estrategia era la de quien, a toda costa, está decidido a lograr la victoria. Por eso, descargaban sin ninguna piedad golpes terribles sobre la cabeza y los flancos de su adversario. Ninguno estaba dispuesto a ceder el menor palmo de terreno. La nube de tierra y de polvo que levantaban oscurecía el sol y cubría, como la niebla, toda la montaña. La barra y la maza bailaban una danza de muerte, en la que entraba en juego la suerte de Tripitaka. Más de cincuenta veces midieron sus fuerzas, pero ninguna alcanzó una diferencia apreciable. A la puerta misma del monasterio los diablillos lanzaban gritos de ánimo entre el batir de los tambores, el estridente replicar de los gongs y el ondear multicolor de los estandartes. En el otro bando las Veintiocho Constelaciones, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales y el resto de los sabios decidieron pasar a la acción. Tras lanzar un grito de guerra, agarraron sus armas y rodearon al monstruo. La acción cogió tan de sorpresa a los diablillos, que al punto enmudecieron los tambores y los gongs. El monstruo no dio ninguna muestra de nerviosismo. Al contrario, tomó en una mano la maza de los dientes de lobo e hizo frente con ella a los asaltantes, mientras se desataba con la otra una tira de tejido blanco, que llevaba anudada a la cintura. La lanzó hacia lo alto y, tras oírse un silbido muy penetrante, atrapó en ella al Gran Sabio, a las Veintiocho Constelaciones y a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales. Con pasmosa facilidad, se los cargó a las espaldas, como si fueran un fardo, y regresó con ellos al monasterio. La facilidad del triunfo había envalentonado a los diablillos, que no dejaban de proferir gritos de alegría. El monstruo les ordenó traer varias docenas de cuerdas, que pasó, una y otra vez, por el atillo que llevaba al hombro. Lo hizo con tanta fuerza, que los dioses aprisionados entre la tela apenas podían respirar. Se sentían aturdidos y sin fuerza y ofrecían un aspecto demacrado. Lo peor fue que los diablillos los llevaron a la parte posterior del monasterio y los arrojaron al suelo sin ningún respeto. Para celebrar tan resonante victoria, el monstruo ofreció a sus súbditos un espléndido banquete, que duró hasta muy entrada la noche, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que quedó aprisionado entre las tiras de tejido blanco, como el resto de los dioses. A eso de la medianoche le pareció percibir que alguien estaba llorando y, aguzando el oído, descubrió que se trataba de Tripitaka, que se quejaba lastimosamente de su suerte, diciendo: - ¡Oh, Wu-Kung, si supieras cuánto me desprecio por no haber prestado atención a tus consejos y haber traído sobre nuestras cabezas una desgracia tan irreparable como ésta! Nadie sabe que estamos prisioneros aquí. Lo peor es que con mi inconsciente conducta he echado por tierra los más de tres mil méritos que llevábamos acumulados ¿Quién nos librará de estas ataduras, para que podamos proseguir nuestro viaje y alcancemos nuestra meta en el Oeste? Emocionado por esas palabras, el Peregrino no pudo por menos de decirse: - Aunque, por no creerme, nos ha metido a todos en este aprieto, en los momentos difíciles el maestro siempre piensa en mí. Dado que el monstruo está descansando y todo parece tranquilo, lo mejor que puedo hacer es aprovechar la ocasión y liberar a todos éstos. Valiéndose de la magia de la invisibilidad, encogió de tal manera el cuerpo, que pasó por entre los nudos de las cuerdas con la misma facilidad con que el sol penetra por las ventanas. Se acercó a continuación al monje Tang y le susurró al oído: - Maestro. - ¿Cómo has logrado entrar aquí? - exclamó el maestro, reconociendo en seguida su voz. El Peregrino le contó, entonces, cuanto había sucedido. - ¡Líbrame, cuanto antes, de estas ataduras! - le suplicó el maestro, entusiasmado -. Te prometo que de ahora en adelante escucharé todo lo que digas y no me dejaré llevar por las apariencias. Al Peregrino no le costó mucho trabajo desatarle. Tras liberar a Ba-Chie, al Bonzo Sha, a las Veintiocho Constelaciones y a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, tomó al caballo de las riendas y se dirigió sigilosamente hacia la puerta. Antes de llegar a ella, se acordó del equipaje y volvió a toda prisa sobre sus pasos. Desgraciadamente, le vio el Dragón de Oro y exclamó, despectivo: - ¿Cómo es posible que valores más las cosas que a las personas? ¿No te parece suficiente haber liberado a tu maestro? ¡No comprendo cómo puedes tener en tanta estima un vulgar equipaje! - Por supuesto que las personas son importantes - respondió el Peregrino -, pero la túnica y la escudilla de las limosnas lo son aun más. ¿No te das cuenta de que, aparte de estar hechas de oro y poseer unos bordados bellísimos, son un regalo del propio Buda? Eso sin contar con que en una de esas bolsas está el documento de viaje que nos entregó el emperador. - No le hagas caso y vete a por ello, de una vez - le aconsejó Ba-Chie -. Te esperaremos junto al camino. Las estrellas rodearon al monje Tang y, valiéndose de la magia de la ubicuidad, provocaron un remolino de viento, que los transportó al otro lado del muro. En cuanto llegaron al camino, se lanzaron a toda prisa montaña abajo y no pararon de correr hasta que no llegaron a la llanura. Cansados por el esfuerzo, se sentaron a esperar al Peregrino. Era aproximadamente la hora de la tercera vigilia, cuando el Gran Sabio regresó al interior del monasterio, pero todas sus puertas estaban cerradas a cal y canto. Estaba decidido a no hacer el menor ruido y subió a una de las torres, con el fin de ver si habían dejado abierta alguna ventana. Todas tenían las persianas bajadas y los trancos echados. No le quedó, pues, más remedio que hacer un signo mágico con los dedos y sacudir ligeramente el cuerpo, convirtiéndose al instante en un murciélago con la cabeza puntiaguda como la de una rata y los ojos tan brillantes como ascuas. Era la réplica exacta de esas criaturas que se pasan el día durmiendo, escondidas entre las tejas, y salen al anochecer en busca de los mosquitos de los que se alimentan. Son, en definitiva, más amantes de la luz de la luna que de los rayos del sol, aunque poseen una pericia tal con sus alas, que no existe ave que vuele mejor que ellas. Fue una suerte para el Peregrino que entre las tejas y las vigas hubiera una pequeña separación, por la que no le resultó difícil meterse. Tras dejar atrás varias puertas, llegó a la parte central del edificio, donde vio algo que brillaba de una forma extraordinaria. Su luz era completamente distinta a la que emiten las lámparas o las luciérnagas y superaba en intensidad al mismísimo resplandor del rayo. Atraído por semejante luminosidad, detuvo su vuelo y se acercó, para ver de qué se trataba. Sorprendido, descubrió que eran las bolsas del equipaje. Pronto comprendió que, tras quitar la túnica al monje Tang, el monstruo había vuelto a meterla sin doblar en una de ellas y por eso emitía un fulgor tan extraordinario. Mirándolo bien, había sido confeccionada con perlas que brillaban por la noche, piedras preciosas que respetaban la voluntad de sus dueños, perlas Mani, cuentas de cornalina, trozos de coral rojo y reliquias sagradas. ¿Qué menos podía esperarse de un tesoro que había pertenecido al propio Buda? Loco de alegría, el Peregrino recobró la apariencia que normalmente tenía y cogió el equipaje. Sin preocuparse de mirar si las bolsas estaban atadas a la columna de la que estaban colgadas, se las cargó sobre el hombro y se dirigió hacia la puerta. Lo hizo con tanta fuerza que la columna de madera se vino abajo, produciendo un gran estrépito que terminó despertando al monstruo, que dormía justamente en la habitación de abajo. - ¿Quién anda por ahí? - preguntó, sobresaltado -. Id a mirar inmediatamente. Los diablillos saltaron de sus lechos y corrieron a inspeccionar el monasterio con teas encendidas en las manos. No tardó en presentarse uno a informar: - ¡El monje Tang ha desaparecido! - ¡También se han escapado el Peregrino y los demás! - dijo otro, antes de que hubiera concluido el primero su informe. - ¡Cerrad inmediatamente todas las puertas! - ordenó el monstruo. Al oírlo, el Peregrino, temió ser apresado de nuevo y, abandonando el equipaje a su suerte, montó en una nube y salió disparado por una de las ventanas. El monstruo revolvió hasta el último rincón del monasterio, pero no encontró ni rastro del monje Tang y sus acompañantes. Al ver que era ya casi de día, cogió su maza y salió en persecución de los evadidos, seguido de su ejército de diablillos. No tardó en descubrir en las últimas estribaciones de la montaña, protegidos por una nube luminosa, a las Veintiocho Constelaciones, a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales y a los otros dioses, y gritó con voz potente: - ¿Adonde creéis que vais? ¡No es tan fácil escapar de mis garras! - ¡Aprisa, hermanos! - exclamó el Dragón de Madera -. ¡Se acerca el monstruo con los suyos! Sin pérdida de tiempo el Dragón de Oro, el Murciélago de la Tierra, la Liebre del Sol, el Zorro de la Luna, el Tigre de Fuego, el Leopardo de Agua, el Unicornio de Madera, el Toro de Oro, el Tejón de la Tierra, la Rata del Sol, la Golondrina de la Luna, el Cerdo de Fuego, el Puerco espín de Agua, el Lobo de Madera, el Mastín de Oro, el Cerdo de la Tierra, el Gallo de Oro, el Cuervo de la Luna, el Mono de Fuego, el Simio de Agua, el Mastín de Madera, el Carnero de Oro, el Cierno de la Tierra, el Caballo del Sol, el Ciervo de la Luna, la Serpiente de Fuego y el Gusano de Agua se pusieron al frente de los Dioses de la Luz y de las Tinieblas, los Protectores de los Monasterios, Ba-Chie y el Bonzo Sha y salieron al encuentro de sus perseguidores, abandonando a su suerte a Tripitaka Tang y al caballo blanco. Todos se dispusieron a pelear con bravura, blandiendo sus mortíferas armas. Al verlos, el monstruo lanzó una carcajada despectiva y silbó con la fuerza con que pudiera haberlo hecho una serpiente gigante. Al punto cuatro o cinco mil diablillos, aguerridos y fuertes, se lanzaron a la lucha, dando comienzo a una feroz batalla en las estribaciones occidentales de la montaña. Fue, en verdad, un maravilloso combate. El ejército de los demonios se alzó en armas contra la auténtica Consciencia, tan dulce y serena que se horrorizaba de luchar. De nada le sirvieron los cientos de planes y los miles de proyectos ideados para escapar del Dolor. Al final hubo de someterse a los horrores de la guerra. Afortunadamente, los dioses le prestaron protección y los sabios pusieron a su servicio sus armas. Es muy posible que la Madre Madera aún conservara su dulzura primitiva, pero la decisión estaba ya tomada. El fragor del combate hizo temblar el Cielo y la Tierra. El número de luchadores se incrementaba por momentos, como si fuera una red extendida por manos invisibles. En un bando los soldados gritaban y agitaban sus estandartes, mientras en el otro batían los tambores y golpeaban sin cesar los gongs. Las lanzas, las espadas y las hachas formaban un bosque de hierro que brillaba con fulgores de muerte. Las huestes de los diablillos dieron tales muestras de fiereza y bravura, que los guerreros celestes tuvieron serias dificultades a la hora de contenerlas. La nube de polvo de la batalla se hizo tan densa, que pronto quedaron oscurecidos el sol y la luna y los arroyos de la montaña se convirtieron en cauces de fango. Si el monje Tang hubiera renunciado a su propósito de ir a presentar sus respetos a Buda, jamás se habría producido un combate tan sangriento. Los dos bandos eran conscientes de ello; por eso, batallaban con el único ánimo de obtener la victoria. El monstruo lanzaba a sus tropas, una y otra vez, sobre las fuerzas celestes, pero no lograba conseguir una ventaja apreciable. Cuando más incierto parecía el resultado para los dos bandos, se oyó la voz del Peregrino, que decía: - ¡Apartaos, que viene el Mono! - ¿Dónde has dejado el equipaje? - le preguntó Ba-Chie, saliendo a su encuentro. - ¡No me hables ahora de equipajes! - respondió el Peregrino -. Casi pierdo la vida por su culpa. - ¡Dejad de hablar, de una vez, y unamos nuestras fuerzas para terminar con este monstruo! - les urgió el Bonzo Sha. Las estrellas y los Dioses de la Luz y las Tinieblas habían sido rodeados por un destacamento de monstruos y estaban pasando por un mal momento. El mismo monstruo se estaba enfrentando a tres de ellos con su terrible maza. El Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha lograron romper el cerco e hicieron retroceder a la bestia, dando terribles mandobles con su barra, su báculo y su rastrillo. Lucharon sin desfallecer, hasta que el Cielo y la Tierra quedaron sumidos en la tiniebla, pero no pudieron acabar con el demonio. Aun así, continuaban peleando, cuando el sol se hundía ya por el oeste y surgía la luna por el este. Al ver que estaba empezando a oscurecer, el monstruo lanzó un penetrante silbido y al punto se reagruparon todas sus tropas. Sacó a continuación la tira de paño blanco, pero, cuando se disponía a agitarla, el Peregrino la vio y gritó, despavorido: - ¡Cuidado! ¡Que cada cual huya por donde pueda! Sin preocuparse de la suerte que pudieran correr Ba-Chie, el Bonzo Sha y los otros devas, dio un salto tan espectacular, que fue a caer en el Noveno Cielo. Los demás no comprendieron las razones para una huida tan precipitada y fueron capturados, una vez más, por el monstruo. Sólo el Peregrino logró escapar al suplicio de las sogas. Nada más regresar al monasterio, el monstruo ordenó, en efecto, a sus súbditos que sacaran las cuerdas y volvió a atar a los prisioneros con la misma rudeza que la vez anterior. El monje Tang, Ba-Chie y el Bonzo Sha fueron colgados, por su parte, de las vigas, mientras el caballo blanco era conducido a la parte de atrás. Por si esto fuera poco, mandó encerrar a los dioses en una mazmorra, cuyas puertas fueron cuidadosamente selladas. Los diablillos cumplieron en seguida sus deseos, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que logró salvar la vida gracias al formidable salto que le llevó directamente hasta el Noveno Cielo. En cuanto vio que los diablillos abandonaban el campo con los estandartes arriados, comprendió que sus compañeros habían vuelto a ser capturados. Bajó de la nube y se dejó caer, desalentado, en la ladera oriental de la montaña. Sentía tal odio hacia el monstruo, que le rechinaban los dientes sin ningún control. El recuerdo del maestro, por el contrario, le hacía verter un torrente de lágrimas. Preocupado, levantó los ojos al cielo y exclamó con triste voz: - ¿Qué grave falta cometisteis en vuestra anterior reencarnación, para que os veáis sometido en ésta a los continuos ataques de los monstruos? ¿Por qué no podéis dar un solo paso, sin ser sometido a una prueba terrible? ¡Resulta tan penoso liberaros, una y otra vez, de ellas! ¿Qué podemos hacer? Tras lamentarse de esta forma durante mucho tiempo, sintió que la luz de la serenidad volvía a posarse sobre su espíritu y, valiéndose de la mente para hacer frente a la realidad, se dijo: - Me pregunto qué clase de tejido será ése, para que dentro de él puedan caber tantas cosas. Ha atrapado, incluso, a todos los guerreros celestes. Creo que lo mejor será que vaya a informar de lo ocurrido al Emperador de Jade, antes de que le llegue la noticia por otro conducto y se enfade conmigo. Ahora que recuerdo, en el Continente Austral de Jambudvipa, concretamente en el Monte Wu-Tang, vive un tal Chen-Wu del Norte, que también es conocido por el nombre de Honorable Conquistador de Demonios. Iré a hacerle una visita y le pediré que me ayude a liberar al maestro. De todo lo que llevamos narrado se deduce que, en cuanto se abandona el género de vida de los inmortales, el Mono y el Caballo siguen su propio camino, de la misma manera que, cuando se disocian la mente y la voluntad, terminan secándose las Cinco Fases. De momento desconocemos en qué pararon las nuevas gestiones del Peregrino. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第066回 MUCHOS DE LOS DIOSES RESULTAN ULTRAJADOS. MAITREYA ATRAPA AL MONSTRUO Decíamos que el Gran Sabio no tuvo más remedio que montar en una nube y dirigirse hacia el Monte Wu-Tang, en el Continente Austral de Jambudvipa, para solicitar la ayuda del Honorable Conquistador de Demonios y liberar de su tormento a Tripitaka, a Ba-Chie, al Bonzo Sha y a los demás guerreros celestes. Sin detener un solo segundo su vuelo, avistó, por fin, el maravilloso reino del inmortal. Mientras descendía de la nube, miró a su alrededor y vio que se trataba de un lugar francamente extraordinario, una montaña sagrada que protegía toda la región del sudeste. Era tan alto, que se perdía entre las nubes y su cumbre aparecía teñida de la luz rojiza del atardecer. En ella nacían nueve cursos de agua que regaban las lejanas tierras de Ching y Yang. Lo más sobresaliente, no obstante, era que servía de punto de unión entre los montes de Yüe y el reino de Chu. En su cumbre se abría la Caverna del Gran Vacío, donde se impartían las enseñanzas de Chu y Lu. Sus treinta y seis salones, a los que habían acudido a ofrecer incienso más de diez mil viajeros, estaban recubiertos de placas de oro. A este lugar había acudido en peregrinación el rey Shuen y había orado el piadoso rey Yü 4. Por doquier se veían placas de jade con textos escritos en letras de oro. Por encima de sus torres revoloteaban pájaros de plumajes azulados, cuyos caprichosos vuelos parecían competir con los de los estandartes de color rojo que adornaban las murallas. La fama de aquella montaña llegaba hasta el último rincón del mundo, pues su cumbre se adentraba en el vacío. Eso no impedía que los ciruelos mostraran, orgullosos, la delicadeza de sus capullos y que todas sus laderas aparecieran cubiertas de un manto de plantas exóticas. En el lecho de cada arroyo había establecido un dragón su morada, mientras familias enteras de tigres se agazapaban entre los acantilados. Los cantos de los pájaros eran tan melodiosos y persistentes, que parecían mantener entre sí extrañas conversaciones musicales. Los ciervos se acercaban a los caminantes, como si estuvieran domesticados. Bandadas de garzas blancas se posaban sobre los viejos enebros, como si fueran nubes atraídas por la fresca humedad de sus copas. Más orgullosos, fénix de plumajes rojizos y azulados dejaban escapar su canto, mirando de frente el sol. Bastaba con echar una mirada para comprobar que aquélla era la morada de un inmortal, cuya misericordia se dejaba sentir hasta en los lugares más apartados de la tierra. No en balde era hijo del Rey de la Perfecta Alegría y de la Reina de la Virtud Victoriosa, que le concibió después de soñar que se había tragado el sol. Tras una gestación de catorce meses le dio a luz en el mediodía del día primero del tercer mes del año «chia-chen», que correspondía al inicio del reinado de Kai-Huang. El ahora patriarca había sido en su juventud muy valiente, trocando su fiereza en astucia a medida que iba avanzando en años. Pronto renunció al trono de sus mayores y se entregó por entero a una vida de sacrificios y privaciones. Sus padres no pudieron impedir que abandonara el palacio real. En la montaña que ahora habitaba se había entregado con tanto entusiasmo a la meditación, que no tardó en alcanzar la perfección y en ser arrebatado a los Cielos a plena luz del día. El Emperador de Jade le cambió su antiguo nombre por el de Chen-Wu, haciéndole sentar sobre una serpiente y una tortuga y colocando el vacío sobre su cabeza. Todos los seres del Cielo y de la Tierra le llaman el Supremo Eficiente, porque conoce todos los secretos y cuanto emprende siempre tiene buen fin. No en balde ha acabado con millares de monstruos en cada kalpa. Gozando del maravilloso espectáculo que le ofrecía la montaña, el Gran Sabio no tardó en llegar al Palacio de la Gran Armonía. Después de dejar atrás tres puertas, entró en un salón en el que había no menos de quinientos ministros, envueltos en una atmósfera de santidad, que le preguntaron con actitud solemne: - ¿Quién eres? - Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo – respondió el Peregrino en seguida -. Quisiera tener una entrevista con el patriarca. En cuanto los ministros le hubieron informado de tan inesperada visita, el inmortal en persona salió a dar la bienvenida al Peregrino y le condujo al interior del Palacio de la Gran Armonía. - Lamento importunaros con un asunto como éste, pero no había nadie más a quien poder acudir - confesó el Peregrino. - ¿De qué se trata? - preguntó el patriarca. - Como quizás sepáis - contestó el Peregrino -, me encuentro de camino hacia el Paraíso Occidental, acompañando al monje Tang en su intento de hacerse con las escrituras sagradas. En el Continente Occidental de Aparagodaniya se levanta una montaña llamada el Pequeño Paraíso Occidental, en la que vive un monstruo, que ha erigido lo que él mismo denomina el Pequeño Monasterio del Trueno. No es extraño pues, que, al ver las largas filas de arhats, protectores y monjes sabios que se hallaban reunidos en el salón principal, mi maestro pensara que, por fin, había llegado al palacio de Buda. Incluso se arrodilló ante él y le rindió pleitesía. El monstruo aprovechó ese momento para capturarle. Yo mismo caí en sus garras, al ser atrapado por dos címbalos de oro, que me cayeron, de improviso, de lo alto. Se fundieron de tal forma, que no dejaron el menor resquicio por el que poder escapar. Fue una suerte que el Guardián de la Cabeza de Oro acudiera en busca de ayuda al Emperador de Jade, que puso inmediatamente a su disposición a las Veintiocho Constelaciones. Ni siquiera ellas lograron separar los dos címbalos. Afortunadamente, el Dragón de Oro consiguió introducir el cuerno por su punto de unión y pude, finalmente, salir de aquel horno de oro. Lo hice añicos con mi barra, pero el ruido despertó a la bestia, que midió valerosamente sus armas con las nuestras. Pronto empezaron, sin embargo, a flaquearle las fuerzas y, sacando una tira de tejido blanco, nos atrapó a todos entre sus pliegues, como si fuéramos unos vulgares insectos. Ni las Veintiocho Constelaciones consiguieron escapar. No contento con eso, nos pasó por el cuerpo unas sogas que escocían como el fuego; pero, al caer la noche conseguí escaparme y liberé a todos. Desgraciadamente, nos olvidamos de coger el equipaje y hube de volver sobre mis pasos. El monstruo salió, una vez más, en nuestra persecución, dándonos alcance en las últimas estribaciones de la montaña. Los guerreros celestes se enfrentaron a él con la bravura que los caracteriza. La bestia decidió hacer uso de su tejido mágico y lo sacudió con fuerza en el aire. Sólo yo logré escapar a tiempo. Los demás siguen padeciendo el suplicio de las cuerdas. Por eso, he decidido acudir a vos. Sé que, sin vuestra ayuda, jamás lograré liberar definitivamente a mi maestro y a los otros dioses. - Hace años - respondió el patriarca - dominé todo el norte, liberándolo de monstruos y poniendo fin al imperio de los demonios. Por ello el Emperador de Jade me concedió el nombre de Chen-Wu. Posteriormente hice otro tanto en las regiones del nordeste, por encargo expreso del Honorable de los Primeros Orígenes, que puso bajo mis órdenes a los Quinientos Dioses, al León de la Melena Larga, a varias bestias feroces y a un gran número de dragones venenosos. Para entonces mi aspecto había cambiado totalmente. Llevaba el pelo suelto y mis pies, descalzos como los de un niño, descansaban sobre una serpiente sagrada y una tortuga divina. Si ahora habito en el monte Wu-Tang, gozando de la paz que reina en este Palacio de la Gran Armonía, de la calma que impera sobre los mares y de la serena pureza que se respira en el universo, es porque los demonios y espíritus malignos han desaparecido totalmente del Continente Austral de Jambudvipa y del Continente Septentrional de Uttarakuru. De todas formas, no puedo coger mis armas sin una orden de las Regiones Superiores. Si lo hago, el Emperador de Jade lo tomará como una descortesía, pero, si no lo hago, parecerá como si no me preocupara ya de los asuntos humanos. Supongo que los monstruos que jalonan la ruta del Oeste no son tan poderosos como los de otras regiones, por lo que creo que te bastará con la ayuda de mis dos generales, la Tortuga y la Serpiente, y de los Cinco Dragones Celestes. Con ellos capturarás a ese monstruo y librarás a tu maestro de esa terrible prueba que está padeciendo. Tras dar las gracias al patriarca, el Peregrino regresó a toda prisa al Occidente, acompañado por la Serpiente, la Tortuga y los dragones, todos ellos armados hasta los dientes. No tardaron en llegar al Pequeño Monasterio del Trueno, donde incitaron al monstruo, para que saliera a pelear contra ellos. En aquel mismo momento el Rey de las Cejas Amarillas estaba reunido con sus capitanes en una de las torres, comentando, sorprendido: - Es extraño que el Peregrino no haya dado señales de vida durante estos dos últimos días. Me pregunto adonde habrá ido en busca de ayuda. No había acabado de decirlo, cuando se presentó uno de los diablillos encargados de proteger la puerta y dijo, muy excitado: - Acaba de llegar el Peregrino con unos tipos que se parecen mucho a un dragón, a una serpiente y a una tortuga. - ¿De dónde habrá sacado ese mono a unos luchadores tan extraños? - exclamó el monstruo -. ¿Sabes de qué lugar proceden? Antes de que el diablillo pudiera responder, se puso la armadura y salió del monasterio, gritando: - ¿Qué clase de dragones sois vosotros para atreveros a venir a romper la paz de un inmortal? - ¡Maldita bestia! - contestaron al mismo tiempo los cinco dragones y los dos generales, furiosos -. Por si no lo sabes, te diremos que estamos a las órdenes del Honorable Conquistador de Demonios, que tiene su morada en el Palacio de la Gran Armonía, en el Monte Wu-Tang. Él mismo nos ha hecho venir a detenerte, si no dejas inmediatamente en libertad al monje Tang y a las Constelaciones. Si lo haces, conservarás la vida; de lo contrario, convertiremos en picadillo a todos tus súbditos, allanaremos tu montaña y reduciremos a cenizas estos edificios, de los que tan orgullosos te muestras. - ¡Bestias inmundas! - bramó el monstruo, furioso -. ¿Qué clase de magia poseéis, para atreveros a hablarme de esta forma? ¡No huyáis y probad el sabor de mi maza! Los cinco dragones y los dos generales se lanzaron al ataque, blandiendo sus espadas, sus cimitarras y sus lanzas y levantando una espesa nube de polvo y barro. El Gran Sabio se les unió en seguida con su barra de hierro. Dio, así, comienzo otro extraordinario combate, en el que todos los contendientes se esforzaron por dar lo mejor de sí mismos. La Tortuga y la Serpiente desplegaron contra el monstruo una fuerza tan incontenible como el fuego y el agua. Los cinco dragones, por su parte, obligados a desplazarse hasta aquel punto tan occidental para lograr la liberación del maestro, descargaron sobre la bestia sus hachas, sus espadas y sus lanzas. Los golpes eran tan rápidos y continuos, que parecían rayos dibujados en el aire, sensación que acentuaba el frío brillo del acero. A todos ellos se enfrentaba la maza de los dientes de lobo, cuyos poderes mágicos nada tenían que envidiar a los de la barra de los extremos de oro. El entrechocar de las armas producía un ruido tan seco como los estampidos de la pólvora, mientras los gritos de los combatientes superaban en fiereza los rugidos de los tigres y los aullidos de los lobos. Al oírlos, los espíritus y los dioses se echaban a temblar de espanto. Pero, a pesar de tanta bravura, ninguno de los bandos obtuvo sobre el otro una ventaja significativa. Más de media hora llevaban peleando el Peregrino, los cinco dragones y los dos generales, cuando el monstruo sacó la tira de tejido blanco. Al verla, el Peregrino gritó, alarmado: - ¡Cuidado! Los dragones, la tortuga y la serpiente no sabían a qué venía tanto nerviosismo y bajaron imprudentes la guardia, dando un paso hacia delante, para ver de qué se trataba. En ese mismo instante se escuchó una especie de zumbido muy intenso. Comprendiendo que no había nada que hacer, el Gran Sabio se elevó hasta el Noveno Cielo, logrando escapar ileso. Los dragones, la tortuga y la serpiente quedaron atrapados entre los pliegues del tejido, sin saber explicarse lo que realmente había ocurrido. El monstruo regresó con ellos al monasterio, donde fueron atados con cuerdas y arrojados a una mazmorra que había hecho construir bajo tierra. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, quien se dejó caer sobre la ladera de la montaña y se dijo, desalentado: - ¡No hay manera de acabar con ese monstruo! Poco a poco se le fueron cerrando los ojos y durante un momento pareció como si se hubiera quedado dormido. Pero casi inmediatamente se oyó una voz, que decía: - ¡No te duermas, Gran Sabio! ¡Levántate y vete a ayudar al maestro! Si no lo haces, es posible que muera muy pronto. El Peregrino abrió perezosamente los ojos y, al ver que se trataba del Centinela del Día, se puso en pie de un salto y gritó, enfurecido: - ¿Se puede saber dónde has estado todo este tiempo? ¡Seguro que disfrutando de la sangre de los sacrificios que te han ofrecido tus fieles! ¿Cómo te atreves a venirme con prisas, cuando has estado haraganeando por ahí todo el día? Muéstrame las nalgas, para que pueda darte un par de golpes con mi barra. Por lo menos me servirá para mitigar este aburrimiento que me está corroyendo el espíritu. - ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - le recriminó el centinela, inclinándose a toda prisa -. Eres una especie de inmortal entre los hombres y de todos es conocido que los inmortales jamás se aburren. Todos estamos, además, embarcados en la misma misión por orden expresa de la Bodhisattva. ¿A quién no le preocupa la protección del monje Tang? Si no me has visto en todo el día, ha sido porque he estado tratando de ella con el espíritu de esta montaña y otros dioses de menor entidad. ¿Desde cuándo una dedicación semejante es merecedora de un castigo ejemplar? - Si es verdad que has estado protegiendo al maestro - replicó el peregrino -, dime dónde le tiene encerrado ese monstruo y el lugar en el que ha metido a las Constelaciones, a los Guardianes, a los Protectores de los Monasterios y a todos los demás. ¿Sabes a qué clase de tortura han sido sometidos? - El maestro y tus hermanos están colgados en el pasillo que hay al lado del salón principal del monasterio - respondió el centinela -. Por lo que respecta a las Constelaciones, habíamos oído decir que se encontraban encerradas en unas mazmorras que hay bajo tierra, pero no hemos podido cerciorarnos, hasta que no hemos visto meter en ellas a los dragones, a la serpiente y a la tortuga que fuiste a buscar. Nos extrañaba no verte por aquí. De todas formas, no es el momento de descansar. Es preciso que vayas, cuanto antes, en busca de ayuda. - ¿Adonde puedo ir? - preguntó el Peregrino, al tiempo que las lágrimas acudían, copiosas, a sus ojos -. Me da vergüenza recurrir tanto al Cielo como al fondo de los mares. No sé qué responder a la Bodhisattva, cuando me pregunte por lo ocurrido. ¿Cómo voy a atreverme a mirar a Buda a la cara? Esos que acabas de ver encerrar eran la Tortuga, la Serpiente y los Cinco Dragones del patriarca Chen-Wu. ¿No comprendes que ya no me queda ningún sitio al que acudir? - ¿A qué viene preocuparte tanto? - replicó el centinela, sonriendo -. Conozco un ejército que puede derrotar a este monstruo, si consigues traerlo hasta aquí. Se encuentra estacionado en el mismo Continente Austral de Jambudvipa que acabas de mencionar, concretamente en la ciudad de Pin-Chang, en el Monte Hsü - I, también conocido por el nombre de Su-Chou. En ella tiene establecida su morada el Bodhisattva Consejero Real, que posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios. Entre sus discípulos se encuentra un tal Príncipe Chang. Tiene a sus órdenes a cuatro guerreros celestes, que hace tiempo consiguieron doblegar a la Madre del Agua. Estoy seguro de que, si vas a pedirle su ayuda, no se atreverá a negártela y podrás liberar finalmente al maestro. - De acuerdo - concluyó el Peregrino, más animado -. Vete dentro y no dejes que ese monstruo haga algún daño al monje Tang, mientras estoy fuera. De un salto, el Peregrino montó en una nube y se dirigió directamente al Monte Hsü - I, adonde llegó al cabo de poco menos de un día de viaje. Se trataba de un lugar realmente extraordinario. Al sur se veían varias cuencas fluviales de no muy difícil vadeo, cosa que no ocurría hacia el norte, por donde fluía, majestuoso, el río Huai. Por el este la montaña llegaba hasta el mismo mar, mientras que por el oeste sus estribaciones se extendían hasta Feng-Fou. En su cumbre se levantaban unos edificios de imponente factura, muy cerca de los cuales tenían su nacimiento incontables arroyos. Las rocas presentaban unas formas tan retorcidas y caprichosas, que no desdecían en nada de los pinos centenarios que crecían junto a ellas. Los árboles frutales estaban en sazón y emitían un aroma tan penetrante, que parecían competir con los miles de flores que brillaban, como gemas, a la luz del sol. Los habitantes de tan paradisíaco lugar eran tantos, que su continuo ir y venir recordaba el ajetreo que reina en un hormiguero. Desde la distancia los barcos que se acercaban a la orilla parecían patos salvajes en busca de comida. Dominando todo aquel paisaje, se elevaban majestuosos, en la misma cumbre del monte, el Templo del Acantilado Benéfico, el Palacio de la Montaña Oriental, el Santuario de los Cinco Milagros y el Monasterio de la Montaña de la Tortuga, donde el incienso y el tañer de las campanas ascendían, sin cesar, a los cielos. Por encima de la ciudad, dominándola con su inenarrable belleza, podían verse el Arroyo de Cristal, el Valle de las Cinco Pagodas, la Terraza de los Inmortales y el Jardín de los Melocotoneros. Las nubes pasaban por encima con la languidez de quien no quiere proseguir su camino, mientras los pájaros no dejaban de cantar, escondidos entre las copas de los árboles. ¿Para qué hablar de la belleza que rodeaba los montes Tai, Sung, Hang y Hua? 6. La morada de aquel inmortal no tenía nada que envidiar a las de los que habitan en Peng y en Ying. Era tal la serenidad que manaba de aquel paisaje, que el Gran Sabio no podía apartar, embelesado, los ojos de él. Tras cruzar el río Huai, entró en la ciudad de Pin-Chang y se dirigió al monasterio en el que vivía el gran sabio budista. Sus salones poseían la magnificencia de los de un palacio y sus corredores parecían la encarnación misma de la elegancia. Junto al edificio principal se elevaba una torre tan alta, que se perdía entre las nubes, llegando, incluso, a horadar con su punta de oro el jade verdoso del vacío. No podía ser de otra forma, porque el universo se apoyaba sobre ella. Eso explicaba por qué ninguna sombra mancillaba ni su caída oriental ni su vertiente occidental. Al soplar el aire, todas sus campanas emitían un sonido tan puro como el de los carillones celestes. Delante del salón principal se erguían, bañadas totalmente por el sol, las formas rugosas de un grupo de pinos centenarios, en los que anidaban pájaros que no dejaban de lanzar su melodioso canto hacia las aguas, siempre fluyentes, del río Huai. Sin dejar de gozar de tanta belleza, el Peregrino se dirigió directamente hacia la segunda puerta. El Bodhisattva Consejero Real había sido informado ya de su llegada y salió a darle la bienvenida, acompañado por el Príncipe Chang. Después de saludarle con la solemnidad que la situación requería, dijo el Peregrino: - Me he comprometido a acompañar al monje Tang hasta el Paraíso Occidental, con el fin de conseguir las escrituras sagradas. Al pasar por el Pequeño Monasterio del Trueno, el monstruo de las Cejas Amarillas tomó la personalidad del Patriarca Budista y capturó a mi maestro, que se había arrodillado, respetuoso, ante él. Yo mismo caí en su trampa y fui encerrado en el interior de dos címbalos de oro, de los que me sacaron las Constelaciones, que acudieron, solícitas, en nuestro auxilio. Tras reducir a añicos tan extraña prisión, luché bravamente contra él, pero sacó una tira de tejido mágico y atrapó con ella a los dioses, a los guardianes, a mi maestro y a mis dos hermanos. Volé, entonces, al Monte Wu-Tang y solicité la ayuda del Respetable del Cielo Misterioso, que puso en seguida a mi disposición a los Cinco Dragones, a la Tortuga y a la Serpiente. Pese a su indiscutible pericia con las armas, también ellos cayeron en poder de esa bestia. Eso me ha hecho sentirme como un huérfano y, sin tener adonde acudir, he decidido venir a suplicaros que, haciendo uso del extraordinario poder con el que un día dominasteis a la Madre del Agua y salvasteis la vida a incontables muchedumbres de personas, liberéis a mi maestro de la prueba terrible por la que está pasando. Os prometo que, en cuanto regresemos con las escrituras y hayamos implantado su doctrina en las Tierras del Este, proclamaremos a los cuatro vientos vuestra profunda sabiduría y vuestro recuerdo durará para siempre. - El asunto que acabas de exponerme - concluyó el Consejero Real - está relacionado íntimamente, como tú mismo has afirmado, con el futuro de la religión budista. Debería ir, pues, yo mismo a solventarlo. Desgraciadamente estamos al principio del verano, una época en la que suele desbordarse el río Huai, y hace muy poco que he dominado al Gran Simio del Agua, una criatura que parece volverse loca, en cuanto entra en contacto con el elemento que le da el nombre. Es muy posible, por tanto, que, si abandono el palacio, se vuelva a levantar en armas y, como tú sabes muy bien, nadie, salvo yo, es capaz de hacerle frente. Lo más prudente será, por consiguiente, que pida a mi discípulo y a los otros cuatro guerreros celestiales que vayan contigo y te ayuden a capturar a ese monstruo del que hablas. Tras darle las gracias, el Peregrino montó en una nube y se dirigió hacia el Pequeño Monasterio del Trueno, acompañado por el Príncipe Chang y los cuatro soldados celestes. El primero usaba en el combate una lanza de morera blanca, mientras que los otros eran unos auténticos maestros blandiendo unas terribles espadas de hoja rojiza. En cuanto llegaron a su destino, retaron al monstruo y los diablillos que guardaban la puerta corrieron a informar a su señor. La bestia no tardó en aparecer, rodeada de toda su cohorte de demonios. - ¿A quién has ido a buscar esta vez, mono estúpido? - bramó, despectivo. - ¡Maldito monstruo sin entrañas! - gritó el Príncipe Chang, mandando avanzar a los cuatro guerreros -. Se nota que tus ojos carecen de pupilas y que en la cara no tienes carne. Por eso no nos reconoces. - ¿Quién eres, para atreverte a venir hasta aquí, acompañando a ese inútil? - volvió a preguntar el monstruo en el mismo tono. - Soy el discípulo del Bodhisattva Consejero Real, Gran Sabio de Su-Chou - contestó el príncipe -, y éstos que me acompañan, los cuatro guerreros celestes que mi señor ha puesto a mis órdenes para capturarte. - ¿Quieres explicarme qué clase de poderes tiene un muchacho tan insignificante como tú, para atreverse a venir a insultarme ante mi propia puerta? - exclamó el monstruo, soltando una hiriente carcajada. - Ya que te empeñas, te lo voy a decir - contestó el príncipe -. Soy originario del país de la Arena que Fluye. Mi padre era el rey de aquella tierra, pero no pudo evitar que yo cayera gravemente enfermo, debido a la maléfica influencia de una estrella. Eso me llevó a buscar a alguien que pusiera fin a mi mal en lugares cada vez más alejados de la patria que me vio nacer. Tuve la suerte de dar finalmente con él. Le bastó la mitad de una píldora pequeñita para hacer desaparecer la enfermedad que me tenía esclavizado desde mi primera juventud. Agradecido, renuncié a mis prerrogativas de príncipe y me convertí en discípulo suyo, asimilando las enseñanzas que conducen a la eterna juventud. Por eso, mis rasgos son los de un muchacho. Pero más importante que eso es haber tenido el honor de asistir al banquete de cumpleaños de Buda, recorriendo su santa morada a lomos de una nube. Comparado con ello, carece totalmente de valor haber dominado al monstruo del agua con la ayuda del viento y las nubes y haber domesticado a los tigres y dragones de una montaña. En agradecimiento, varios pueblos han erigido templos en mi honor, haciendo llegar mi fama hasta el último rincón bañado por los mares. No existen armas más poderosas para capturar bestias que mi lanza de morera y mis anchas mangas de monje. Prefiero, de todas formas, llevar una vida tranquila en la ciudad de Pin-Chang, en la que habito, y gozar de los placeres a los que me han hecho merecedor mis hazañas. No en balde es conocido en toda la tierra el nombre de Chang. - ¿Quieres explicarme qué método de inmortalidad puede aprender quien ha renunciado a su patria para seguir las enseñanzas de ese Bodhisattva Consejero Real? - preguntó el monstruo, sonriendo con desprecio -. Supongo que te habrán bastado para dominar al monstruo del río Huai y recorrer, en un abrir y cerrar de ojos, las mil cordilleras y los diez mil cauces de agua que separan este lugar de la ciudad en la que ahora habitas. Pero ten la seguridad de que no te servirán a la hora de medir tus armas con las mías. ¿Por qué has tenido que prestar oído a las falsas razones del Peregrino y venir a morir ante la puerta de este monasterio? Enfurecido por tales razones, el Príncipe Chang descargó un terrible lanzazo contra el rostro de su oponente. Los cuatro guerreros se lanzaron, igualmente, al ataque, mientras el Gran Sabio blandía su terrible barra de hierro. El monstruo no retrocedió ante tantos adversarios. Al contrario, con inigualable bravura se enfrentó a todos ellos, devolviendo los golpes con su temible maza de los dientes de lobo. Dio, así, comienzo una batalla feroz, en la que el príncipe, los guerreros y Wu-Kung trataron de dominar con su lanza de morera blanca, sus espadas de hojas rojizas y su barra de los extremos de oro al monstruo que se había hecho pasar por Buda. Su maza era tan especial, que ni el hierro de la lanza ni el acero de las espadas conseguían hacer la menor mella en ella. El fragor de la batalla era tal, que parecía como si estuviera pasando un ciclón o fuera aquél el país de las tormentas. Todos los luchadores daban lo mejor de sí, buscando la gloria del triunfo y el restablecimiento del honor del buda ultrajado. Sus continuos avances y retrocesos levantaban espesas nubes de tierra y polvo, que oscurecieron por completo las Tres Luminarias. Jamás se había visto tanto odio anidar en pecho alguno. No en balde estaba en juego la pureza de principios de los Tres Vehículos. Tan terrible lucha se prolongó durante horas, pero ninguno de los bandos pudo conseguir una ventaja apreciable. El monstruo decidió, entonces, recurrir a su trozo de tela blanca. Al vérselo sacar, el Peregrino gritó, alarmado: - ¡Cuidado! ¡Haceos a un lado! El príncipe y los guerreros no sabían a qué se refería y le miraron, asombrados. Antes de que pudieran reaccionar, se oyó una especie de silbido muy penetrante y fueron atrapados por el tejido, como si fueran vulgares insectos. Sólo logró escapar el Peregrino. Como había ocurrido la vez anterior, el monstruo cargó con ellos, como si de un fardo se tratara, y regresó, triunfante, al monasterio, atándolos con sogas y encerrándolos en una de sus mazmorras. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que se elevó por los aires y no descendió de su nube, hasta que no vio al monstruo y a sus seguidores cerrar las puertas de su palacio. Descendió después sobre la ladera occidental de la montaña y lloró, desconsolado, diciendo: - Desde el momento mismo en que la Bodhisattva Kwang-Ing me liberó del tormento y abracé la fe del Zen, me he entregado por completo a vuestra noble misión de alcanzar las Tierras del Oeste. No he tenido sueño mayor que entrar junto a vos en el Monasterio del Trueno. Después de pasar por tantas pruebas, pensábamos que nuestro camino iba a encontrar, por fin, la calma. ¡Qué poco sospechábamos que estábamos a punto de toparnos con el monstruo más poderoso y cruel de cuantos existen! Todos mis planes para rescataros de sus garras han fracasado estrepitosamente, tornando inútiles mis continuas idas y venidas al este y al oeste en busca de ayuda. Cuando más desesperados eran sus lamentos, vio aparecer por el sudoeste una nube multicolor, que descendió a la Tierra en forma de una lluvia torrencial que anegó toda la montaña. Casi inmediatamente se oyó una voz que decía: - ¿No me reconoces, Wu-Kung? El Peregrino se dio la vuelta y vio a un hombre de orejas grandes, mentón prominente, rostro más bien cuadrado, hombros anchos, panza descomunal y extremadamente gordo. Toda su figura desprendía un aire de incontenible felicidad, haciendo que sus ojos brillaran como dos lagos bajo la cenicienta luz del otoño. Las amplias mangas de su túnica repartían por doquier, al moverse, buena fortuna y riquezas sin cuento. Traía los pies embutidos en unas sandalias de esparto, que realzaban aún más su aspecto fornido y tierno a la vez. Se trataba, en efecto, de Maitreya, el monje sonriente, a quien celebran todos los honorables que moran en el paraíso. El Peregrino se echó en seguida rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, diciendo, respetuoso: - ¿Hacia dónde se dirige el Gran Patriarca Budista del Viaje Oriental? ¡Merezco diez mil veces la muerte, por haber osado cortaros el camino! - He venido por ese monstruo del Pequeño Monasterio del Trueno - contestó Maitreya. - Jamás podré agradeceros tanta delicadeza - respondió el Peregrino -. ¿Sería mucho preguntaros de dónde procede esa bestia y qué clase de arma es ese trozo de tela que maneja con tanta maestría? Os suplico que no echéis en saco roto mis deseos. - Da la casualidad de que ese monstruo no es otro que el joven de cejas amarillas encargado de hacer sonar las tablillas en mi presencia - explicó el patriarca -. El día tres del tercer mes hube de asistir a la Fiesta de los Primeros Orígenes y le dejé al cargo de mi palacio. El muy desalmado aprovechó la ocasión para robarme algunos de mis tesoros y conseguir cierta prominencia espiritual, haciéndose pasar por Buda. La tela a la que has hecho alusión es, en realidad, mi bolsa de la fertilidad, también conocida por el nombre de Saco de las Semillas Humanas. Por lo que respecta a esa maza de los dientes de lobo, te diré que se trata del martillito que usaba para golpear las tablillas. - ¿Cómo pudisteis dejar escapar a ese muchacho y permitirle que se arrogara el nombre del Patriarca Budista para confusión de tantos creyentes, entre los que me encuentro yo mismo? - replicó el Peregrino -. ¿No creéis que se os debería acusar de no saber dirigir vuestros propios asuntos? - Por supuesto que sí - reconoció Maitreya -. Pero era preciso que tanto tu maestro como tú pasarais por esta nueva prueba para alcanzar una mayor perfección. Eso explica que os estén asediando de continuo los monstruos, transformando en méritos los sufrimientos que os hacen padecer. Para ayudaros a conseguir uno más, he venido yo aquí. - Pero ese monstruo posee poderes francamente extraordinarios - objetó el Peregrino -. ¿Cómo vais a dominarle, si vos no sois un hombre de armas? - Voy a construir en esta misma ladera una choza de ramas con su correspondiente huerto de melones - contestó Maitreya, sonriendo -. Mientras tanto, tú vete a luchar contra él. No te emplees a fondo. Limítate a atraerle hasta el huerto. Todos los melones estarán verdes menos uno, grande y bien madurito, que serás, en realidad, tú. Estoy seguro de que, en cuanto te vea, querrá saciar su sed contigo y yo, por supuesto, no pondré ningún reparo a sus deseos. Cuando te halles en el interior de su estómago, puedes hacer con él lo que te dé la gana. Yo aprovecharé la ocasión para quitarle la tira de tela y atraparle de la misma forma que ha hecho él con tu maestro y los demás. - El plan es, francamente, espléndido - reconoció el Peregrino -. De todas formas, ¿cómo estáis tan seguro de que vaya a perseguirme hasta aquí y de que vos mismo no vayáis a confundirme con otro melón? - ¿Cómo no voy a distinguirte, si soy el Honorable-que-gobierna-el-universo? - respondió Maitreya, soltando la carcajada -. Puedes metamorfosearte en lo que quieras, que jamás lograrás escapar a la luz penetrante de mis ojos. Caso de que el monstruo se niegue a seguirte, aplícale la fórmula mágica que ahora voy a enseñarte y se doblegará por completo a tus deseos. - Todo eso está muy bien - replicó el Peregrino -. Pero ¿qué sucederá, si me atrapa con su tela? No habrá magia, entonces, capaz de traerle hasta aquí. - Estira la mano - le ordenó Maitreya, sonriendo. El Peregrino extendió en seguida su mano izquierda. Maitreya se metió el dedo en la boca y escribió sobre su palma la palabra "contención" con un poco de su saliva sagrada. - Caso de que el monstruo se resista a seguirte - concluyó sin dejar de sonreír -, abre la mano y muéstrale lo que hay escrito en ella - Ten la seguridad de que te obedecerá, como si fuera un niño. El Peregrino cerró el puño y, agarrando la barra de los extremos de oro, se dirigió hacia la puerta del monasterio, donde gritó con potente voz: - ¡Monstruo despreciable, aquí está otra vez el Sabio Sun! ¡Sal inmediatamente y decidamos, de una vez, quién es el más fuerte! Los diablillos que guardaban la puerta corrieron a informar a su señor de su llegada. - ¿Cuántos guerreros ha traído consigo en esta ocasión? - preguntó el monstruo. - A ninguno - respondió uno de los diablillos -. Ha venido él solo. - A ese mono se le han acabado las ideas y no le queda ya ni una pizca de fuerza en el cuerpo - comentó el monstruo, soltando la carcajada -. No tiene ningún lugar al que acudir en busca de ayuda. Por eso, ha decidido arriesgar su vida de una vez por todas. Tras ponerse la armadura, cogió su tela mágica y se dirigió hacia la puerta, blandiendo, arrogante, la maza de los dientes de lobo. - ¡No puedes seguir luchando, Sun Wu-Kung! - gritó con voz potente -. ¿No comprendes que tus fuerzas han llegado ya al límite? - ¿Qué quieres decir con eso, bestia maldita? - replicó el Peregrino. - Que no tienes adonde acudir y que has gastado en balde toda tu energía - respondió el monstruo, despectivo -. Se nota que estás tan desesperado, que has decidido jugártelo todo a una sola carta. La prueba está en que esta vez no te acompaña ni un solo guerrero. Eso es lo que quiero decir, cuando afirmo que no puedes seguir luchando. - Está visto que no sabes distinguir el bien del mal - exclamó el Peregrino, burlón -. ¡Deja de proferir bravuconadas y prepárate a probar el sabor de mi barra! Al ver que la blandía con una sola mano, el monstruo no pudo por menos de gritar, soltando la carcajada: - ¡Estás mal de la cabeza, mono pulgoso! ¿Quieres explicarme por qué vas a pelear nada más con una mano? - ¿Cómo que por qué? - repitió el Peregrino, riéndose -. La cosa está clara. Porque me sobra y me basta para acabar contigo. Te aseguro que, si no usaras tu maldita tela, te derrotaría en un abrir y cerrar de ojos. Y no sólo a ti, sino a cinco o seis como tú. - Está bien - concluyó el monstruo -. Te prometo que esta vez no recurriré a mi tesoro. Veremos quién es el más fuerte - y se lanzó a la batalla, blandiendo su terrible maza de los dientes de lobo. El Peregrino no perdió el tiempo. Volvió hacia el monstruo el puño que escondía la palabra mágica y lo abrió delante de sus mismas narices. El falso Buda cayó inmediatamente presa del embrujo. Pareció como si su única obsesión fuera golpear a su adversario con la maza, olvidando por completo el tejido mágico o la vuelta al monasterio. Aunque el Peregrino agarró la barra de hierro con las dos manos, sus golpes se tornaron excesivamente débiles, retrocediendo como si se hallara, en efecto, al límite de sus fuerzas. El monstruo le persiguió sin ninguna compasión hasta la ladera oeste de la montaña. El Peregrino no tardó en fijarse en el huerto de melones. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia él y se metamorfoseó en un espléndido melón, dulce y totalmente maduro. El monstruo se quedó desconcertado, mirando hacia todas partes, pero no supo decir qué había sido de su oponente. En dos zancadas se llegó hasta la caseta de ramas y preguntó, autoritario: - ¿Quién ha plantado aquí estos melones? - Yo, gran señor - respondió Maitreya, haciéndose pasar por un hortelano y saliendo a darle la bienvenida. - ¿Están ya maduros? - volvió a preguntar el monstruo. - Algunos sí - contestó Maitreya. - En ese caso - concluyó el monstruo en el mismo tono que antes -, cógeme uno, para que pueda aliviar la sed. Maitreya le ofreció en seguida el melón en el que se había metamorfoseado el Peregrino. Sin mirarlo siquiera, el monstruo empezó a comerlo con la fruición propia de un animal. El Peregrino se coló por su garganta y empezó a doblarle las costillas. No contento con eso, le dobló el estómago, tiró de sus intestinos e hizo con ellos toda clase de diabluras. El dolor era tan intenso, que el monstruo no dejaba de apretar los dientes ni de hacer cosas extrañas con la boca, mientras las lágrimas fluían, copiosas, de sus ojos. Se dejó caer al suelo, revolcándose por la tierra con tal desesperación, que el huerto de melones quedó reducido en seguida a pura pulpa. - ¡Esto es el fin! - gritó, desalentada, la bestia -. ¿Es que nadie va a librarme de este tormento? - ¡Maldito monstruo! - gritó Maitreya, recobrando la forma que le era habitual -. ¿Te acuerdas de mí? La bestia levantó la cabeza y, al ver de quién se trataba, corrió hacia él y se hincó de hinojos con las manos firmemente apretadas contra el estómago. - ¡Perdonadme la vida, señor! - suplicó, al tiempo que golpeaba el suelo con la frente -. ¡Os prometo que no volveré a hacer el mal! Maitreya estiró el brazo y le quitó la bolsa de la fertilidad y el martillito para golpear las tablillas. En cuanto los tuvo en su poder, dijo, levantando la voz: - Deja de atormentarle, Sun Wu-Kung. El Peregrino estaba tan furioso, que no prestó oídos a sus palabras y continuó lanzando puñetazos a derecha e izquierda y arañando, como si fuera una bestia, las entrañas de su víctima. El dolor era tan insoportable, que el monstruo se dejó caer al suelo cuan largo era. - ¡Ya es suficiente, Wu-Kung! - volvió a gritar Maitreya -. ¡Déjale en paz, de una vez! Sólo entonces se avino el Peregrino a sus deseos, diciendo a regañadientes: - ¡Abre la boca y déjame salir! Aunque el sufrimiento era tan intenso que por poco no pierde el juicio, el monstruo aún conservaba sano el corazón e hizo lo que se le ordenaba. No en balde, como afirma el proverbio, "nadie fenece hasta que no se le quiebra el corazón, de la misma forma que, cuando se secan las raíces, las flores se marchitan y se caen las hojas". El Peregrino abandonó sin ninguna dificultad el vientre de la bestia y recobró la forma que le era habitual. En seguida trató de acabar con el monstruo, pero Maitreya le había enrollado ya en el saco de la fertilidad y se lo había colgado de la cintura. Pese a todo, tomó el martillito y le preguntó en tono severo: - ¿Dónde has guardado los címbalos que me robaste? - Los hizo añicos Sun Wu-Kung - contestó el monstruo con voz lastimera desde el interior del saco de la fertilidad. Lo único que le Preocupaba ahora era su vida. - Si es verdad lo que dices - insistió Maitreya -, devuélveme, por lo menos, el oro del que estaban hechos. - Lo que queda de ellos se encuentra encima del trono de loto que se levanta en el salón principal del monasterio - confesó el monstruo. - Creo que voy a ir contigo a por el oro - dijo Maitreya, sonriente, dirigiéndose a Wu-Kung y sin soltar en ningún momento el saco y el martillito. Al ver el tremendo poder de su dharma, el Peregrino no se atrevió a demorar por más tiempo la vuelta al monasterio, donde encontraron las puertas firmemente cerradas. Maitreya volvió hacia ellas el martillito y se abrieron por sí solas. En el interior reinaba el más absoluto de los desórdenes. Los diablillos habían tenido ya noticia de la derrota infligida a su señor y estaban preparando apresuradamente sus cosas para escapar. Sin poder contenerse, el Peregrino se lanzó contra ellos y, en un abrir y cerrar de ojos, acabó con más de setecientos. A medida que iban muriendo, iban manifestando la forma que les era habitual. La mayoría habían sido espíritus de árboles, bestias y aves. Maitreya, por su parte, reunió todos los trozos de oro y, lanzando sobre ellos su aliento sagrado, volvió a unirlos con tal perfección, que no se notaba ninguna diferencia entre ellos y los címbalos originales. En cuanto hubo concluido su misión, se despidió del Peregrino y regresó en una nube al reino de la felicidad suprema. El Gran Sabio corrió, entonces, a desatar al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha, que permanecían suspendidos de una viga. Después de llevar tantos días sin probar bocado, el Idiota tenía un hambre tan feroz, que no se preocupó de dar las gracias al Peregrino por lo que acababa de hacer. Como un loco, corrió hacia la cocina en busca de algo que llevarse a la boca. La suerte le acompañó, porque, cuando el Peregrino le lanzó su último reto, el monstruo se disponía a celebrar un opíparo banquete. El Idiota se abalanzó sobre el arroz y, de un bocado, acabó con más de la mitad de una cazuela. Sólo entonces se acordó del maestro y regresó a su lado con tres cuencos llenos hasta arriba. En cuanto hubieron saciado el hambre, agradecieron al Peregrino cuanto había hecho por ellos y le preguntaron cómo había derrotado, finalmente, a la bestia. El Peregrino relató, entonces, su visita al patriarca taoísta, que había puesto a su disposición a la Tortuga y a la Serpiente, su solicitud de ayuda al Príncipe Chang y su encuentro con Maitreya, que había terminado dominando al monstruo. Al oírlo, el corazón de Tripitaka se llenó de un profundo agradecimiento, al tiempo que preguntaba, emocionado: - ¿Dónde se encuentran encerrados todos esos dioses y sabios? - El Centinela del Día me dijo ayer que estaban en una mazmorra muy húmeda - respondió el Peregrino -. Lo mejor será que vayamos Ba-Chie y yo a liberarlos cuanto antes. La comida había devuelto al Idiota sus fuerzas y, cogiendo su rastrillo, se dirigió a la parte posterior del monasterio, acompañando al Gran Sabio. Tras reducir a añicos la puerta de la mazmorra, liberó a todos los prisioneros, que regresaron, gozosos, al salón principal. Tripitaka se había puesto su espléndida túnica de los bordados y se fue inclinando respetuosamente ante cada uno de ellos, en prueba de agradecimiento y sumisión. Los primeros en marcharse fueron los cinco dragones y los dos guerreros, que se dirigieron a toda prisa hacia Wu-Tang. Lo hicieron a continuación el Príncipe Chang y sus cuatro generales, que no tardaron en enfilar el camino de la ciudad de Pin-Chang. Los últimos en remontar el vuelo fueron las Veintiocho Constelaciones, que regresaron a sus moradas celestes, lo mismo que los Guardianes y los Protectores de los Monasterios. Los peregrinos permanecieron medio día descansando en aquel lugar. A la mañana siguiente, tras dar de comer al caballo y asegurar bien el equipaje, reanudaron la marcha. Antes de lanzarse a los caminos, prendieron fuego a aquel falso monasterio y no pasó mucho tiempo sin que quedaran reducidos a cenizas sus valiosísimos tronos, sus torres cubiertas de joyas, sus espléndidos salones y sus altas torretas. Fue así como lograron escapar de una prueba terrible, prosiguiendo su viaje, en cuanto todos los obstáculos y dificultades quedaron definitivamente allanados. Todavía no sabemos cuánto tiempo había de pasar antes de alcanzar el Gran Monasterio del Trueno. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第067回 LA NATURALEZA ZEN ALCANZA LA SEGURIDAD, EN CUANTO TE-LE ES LIBERADO. TRAS ESCAPAR DE LA PROFANACIÓN, LA MENTE DEL TAO CONSIGUE LA PUREZA Decíamos que Tripitaka y sus tres discípulos de nuevo se lanzaron a la aventura del camino, felices de poder abandonar finalmente el Pequeño Paraíso Occidental. Tras aproximadamente un mes de marcha la primavera tocó a su fin. Todos los árboles habían florecido, pero las tormentas eran cada vez más frecuentes y los repentinos chaparrones dificultaban el avance de los caminantes. Un día la lluvia les salió al paso, cuando estaba empezando a hacerse de noche, y Tripitaka exclamó, desalentado, tirando de las riendas al caballo: - ¿Dónde podremos encontrar cobijo? ¡Cada vez resulta más penoso avanzar! - ¿A qué vienen esos temores? - preguntó el Peregrino, echándose a reír -. Aunque no haya por aquí ninguna aldea, puedo aseguraros que no pasaremos la noche a la intemperie. Somos demasiado inteligentes para eso. Ba-Chie, por ejemplo, puede arrancar unos manojos de hierba, mientras el Bonzo Sha derriba unos cuantos pinos y yo me encargo de hacer con ellos una choza. Aunque no lo creáis, soy tan buen carpintero, que podríais quedaros a vivir en ella un año por lo menos. - ¿Cómo puedes decir eso? - le reprendió Ba-Chie -. Este lugar no es muy apropiado para vivir. Toda la montaña está llena de tigres y lobos y hay espíritus debajo de cada piedra. ¿Cómo vamos a pasar la noche aquí, si hasta de día resulta difícil transitar por estos parajes? - ¡Cada día andas peor! - exclamó el Peregrino, burlón -. ¿A qué tienes miedo, si soy capaz de sostener el cielo con mi barra, caso de que se le ocurra caerse? Mientras hablaban, apareció ante ellos una pequeña aldea y el Peregrino añadió, muy excitado: - ¿No hablábamos de pernoctar? ¡He ahí el lugar en el que vamos a hacerlo! - ¿En dónde? - preguntó, extrañado, el maestro, que no había visto nada. - En esa casa que hay debajo de aquellos árboles - contestó el Peregrino, señalándola con el dedo -. Nos llegaremos hasta ella y pediremos cobijo por esta noche. En cuanto amanezca, seguiremos caminando. El maestro espoleó al caballo y se llegó hasta la entrada de la alquería. Las puertas estaban cerradas. Como eran de madera, Tripitaka las golpeó con el puño, al tiempo que gritaba: - ¡Abrid! ¡Abrid en seguida! No tardó en aparecer en la puerta un anciano con un bastón en las manos, sandalias de esparto en los pies, un paño negro alrededor de la cabeza y una túnica totalmente blanca cubriéndole el cuerpo. - ¿Se puede saber quién está haciendo tanto ruido? - preguntó malhumorado. - Este humilde monje de las Tierras del Este, que va hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras - respondió Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho e inclinándose con respeto -. Al pasar por esta respetable comarca, empezó a hacerse de noche y andamos buscando un lugar en el que pernoctar. Os estaríamos eternamente agradecidos, si os dignarais darnos alojamiento. - No te discuto que vayas hacia donde has dicho - contestó el anciano -. Lo que sí puedo asegurarte es que jamás lograrás llegar allí - La distancia que nos separa es enorme y las dificultades a las que tendrás que hacer frente, demasiadas para un solo hombre. Eso sin contar con que atravesar esta comarca te va a resultar penoso en extremo. - ¿Qué queréis decir con eso? - preguntó Tripitaka, preocupado. - Aproximadamente a ochenta kilómetros al oeste de este pueblo existe un desfiladero llamado de la Pulpa de Morera, dentro de la Montaña de los Siete Extremos. - ¿Por qué la llaman así? - le interrumpió Tripitaka. - Porque, aunque tiene más de mil quinientos kilómetros de longitud - explicó al anciano -, está totalmente llena de moras. Según los antiguos, las moreras tienen siete características extremas: viven mucho, apenas dan sombra, no cobijan nidos entre sus ramas, los gusanos respetan sus troncos, sus hojas resisten los ataques de la escarcha y sus frutos no son tan grandes como los de los otros árboles, aunque poseen unas ramas realmente espléndidas'. Eso explica que se le dé a la montaña un nombre tan peculiar. Como esta región está prácticamente deshabitada y los viajeros que la cruzan son muy pocos, las moras maduran y caen al suelo, donde terminan pudriéndose. Su número es tan grande que llenan prácticamente el sendero que discurre entre un desfiladero de paredes escarpadas en extremo. A causa de las escarchas invernales y del calor del verano los restos de las moras forman una masa tan pútrida, que las gentes de por aquí llaman a ese punto el Desfiladero de la Mierda Resbaladiza. Cuando se levanta el viento del oeste, no hay quien aguante el hedor. Afortunadamente estamos a finales de la primavera y en esta época del año los vientos suelen ser del sudeste; de lo contrario, estaríamos todos con las narices tapadas. Tripitaka se quedó tan desconsolado, al escuchar tales nuevas, que no supo qué decir. Sólo el Peregrino perdió la paciencia y exclamó, malhumorado: - ¡Se nota que carecéis del menor sentido de la oportunidad! Venimos a pediros alojamiento, después de recorrer un larguísimo camino, y lo único que se os ocurre es contarnos esas cosas, para desalentarnos. ¿Qué clase de persona sin entrañas eres tú? Si no tienes sitio en tu casa para dejarnos pasar la noche, dínoslo claramente y nos acurrucaremos contra los troncos de estos árboles. Mirándolo bien, podemos dormir en cualquier parte. ¿Qué pretendes conseguir, al contarnos historias como ésa? El desconcierto se apoderó del anciano. Jamás había visto a nadie con un rostro tan extraño como el de aquel monje. Durante unos segundos la sorpresa le borró las palabras de la garganta, pero poco a poco se fue reponiendo y, apuntando al Peregrino con el bastón, gritó, ofendido: - ¡Mira quién viene a darme lecciones a mi propia casa! ¡Una especie de espíritu con el rostro demacrado, la frente plana, la nariz chata, la mandíbula saliente y la cara cubierta totalmente de pelos! ¿Cómo te atreves a tratar con tan poca consideración a un anciano tan entrado en años como yo? - Está visto que, aunque tenéis ojos, no los usáis como debierais - contestó el Peregrino, tratando de aplacarle con una sonrisa - ¿A quién se le ocurre confundirme con un espíritu famélico? Como dirían los libros de fisonomía, por muy feos y raros que sean los rasgos de un rostro, no debe olvidarse que hasta la pieza más fina de jade se esconde en el interior de una roca vulgar. Es un grave error juzgar a la gente por el aspecto que ofrecen. Por muy feo que pueda parecer, te aseguro que pocas personas hay que tengan tan buenas cualidades como yo. - ¿De dónde sois? - preguntó el anciano de una forma precipitada -. ¿Cómo os llamáis y cuáles son esas cualidades extraordinarias que decís poseer? - Provengo del Continente de Purvavideha - respondió el Peregrino, sonriendo - y me he dedicado durante muchísimo tiempo a la meditación en la Montaña de las Flores y Frutos. Poseo un conocimiento muy perfecto de las artes marciales, que aprendí con el Patriarca del Corazón y la Mente. Eso me ha capacitado para domesticar dragones, agitando las aguas de los mares, como si se encontraran dentro de un vaso, y para cargar con las montañas y correr con ellas detrás del sol. No hay quien me iguale capturando monstruos y demonios, haciendo cambiar de lugar las estrellas y planetas, y sumiendo en el terror a los espíritus y dioses. Mi fama se asienta en las tropelías que cometí en un principio contra el Cielo y la Tierra. No en balde soy el Hermoso Mono de Piedra, cuyos poderes metamórficos nadie puede igualar. - Por favor - exclamó el anciano, inclinándose con inesperado respeto -, honrad mi humilde mansión con vuestra presencia. Los peregrinos cogieron el equipaje y entraron en la casa, sin soltar en ningún momento al caballo de las riendas. En el interior había un pequeño patio, en el que sólo crecían hierbajos y abrojos. Traspusieron una segunda puerta y penetraron en un espacio abierto, lleno, igualmente, de espinos y cardos, en cuyo centro se levantaban tres casas con el tejado de pizarra. En cuanto entraron en una de ellas, el anciano pidió a sus huéspedes que tomaran asiento y ordenó que les sirvieran té y algo de comer. Las mesas no tardaron en llenarse de tortitas de trigo, "dou-fu", brotes de bambú, nabos, mostaza, berengenas, arroz y una sopa de malvas con vinagre, platos de los que, tanto el maestro como los discípulos, dieron en seguida buena cuenta. Nada más terminar de comer, Ba-Chie tiró de la manga al Peregrino y le susurró al oído: - ¿Por qué nos habrá dado este anciano un banquete tan opíparo, cuando al principio se negaba a dejarnos pasar? - Tampoco hay que exagerar tanto - contestó el Peregrino -. ¿Qué pueden sumar, en definitiva, todas estas viandas? De todas formas, aún no ha llegado lo mejor. Ya verás como mañana nos ofrece un convite de despedida con más de diez platos y frutas diferentes. - ¡Debería darte vergüenza! - le respondió Ba-Chie -. Está claro que, si se ha portado tan bien con nosotros, ha sido debido a la ampulosa presentación que hiciste de ti mismo. ¿Por qué habría de seguir mostrándose generoso con nosotros a la hora de la partida? Lo más seguro es que nos despida con el estómago vacío. - No te preocupes por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Ya me encargaré yo de que no ocurra tal cosa. No tardó en hacerse totalmente de noche y el anciano ordenó traer unas cuantas lámparas. El Peregrino aprovechó la ocasión para preguntarle, inclinando, respetuoso, la cabeza: - ¿Cómo os apellidáis? - Li - contestó el anciano escuetamente. - Doy por supuesto, entonces, que éste es el pueblo de los Li. - No, no - respondió el anciano en seguida -. Ésta es la aldea de Te-Le, en la que habitan más de quinientas familias de apellidos totalmente diferentes. De hecho, yo soy el único que ostenta el de Li. - ¿Tendríais la amabilidad, señor Li - volvió a preguntar el Peregrino -, de explicarnos por qué nos habéis dado un banquete tan espléndido? - Muy sencillo - respondió el anciano, poniéndose de pie -. Al oíros decir que no había nadie mejor que vos a la hora de capturar monstruos, pensé que, quizás, quisierais ayudarnos a capturar uno que nos hace la vida imposible. Si lográis derrotarle, tened la seguridad de que os recompensaremos con largueza. - Gracias por encomendarme una misión tan fácil - replicó el Peregrino, inclinándose ante él. - ¿Ves lo que consigues con tus bravuconadas? - le increpó Ba-Chie -. Cuando alguien pide a otro que le ayude a capturar un monstruo, se convierte en alguien tan querido para él como su abuelo materno. Por si eso fuera poco, te inclinas ante él con un respeto que jamás te había visto emplear con nadie. - No entiendes absolutamente nada - se defendió el Peregrino -. Lo único que quería expresar con mi inclinación era, simplemente, mi agradecimiento. Estoy seguro de que, a pesar de lo que ha dicho, no va a pedirme absolutamente nada. - ¡Cuidado que eres egoísta! - le regañó Tripitaka -. No puedes echarte atrás ahora. Además, suponte que ese monstruo tiene unos poderes realmente extraordinarios y no consigues capturarle. ¿No parecerá, entonces, que los que hemos renunciado a la familia no somos más que un montón de embusteros y timadores? - No toméis a mal lo que acabo de decir - replicó el Peregrino, sonriendo -. Voy a preguntarle algo más. - ¿Sobre qué? - se apresuró a inquirir el anciano. - Vuestra comarca parece muy próspera y tranquila - comenzó diciendo el Peregrino -. Eso explica que vivan tantas familias reunidas en una región tan apartada como ésta. ¿Queréis explicarme qué clase de monstruo es ese que os tiene aterrados? - A decir verdad - contestó el anciano -, durante mucho tiempo pocos lugares ha habido tan tranquilos y prósperos como éste. Todo empezó a cambiar hace aproximadamente tres años, cuando en el mes de junio se levantó, de pronto, un viento tan huracanado como jamás se había visto por estas latitudes. En aquel momento todos nos encontrábamos en los campos, bien plantando arroz, bien descascarillando el grano. Al principio pensamos que el tiempo había cambiado inesperadamente. ¿Cómo íbamos a sospechar que dentro de aquel huracán viajaba un monstruo, que, en un abrir y cerrar de ojos, devoró todo el ganado que estaba paciendo en los campos? Su hambre era tan insaciable, que, en cuanto hubo acabado con los bueyes y vacas, la arremetió contra los pollos y los gansos, llegando, incluso, a devorar a todos los hombres y mujeres que encontró a su paso. Desde entonces no ha dejado de hacernos continuas visitas, mermando cruelmente nuestras posesiones y nuestras familias. Si es verdad que tenéis el poder suficiente para acabar con los monstruos, libradnos de éste y os prometo que jamás olvidaremos lo que hayáis hecho por nosotros. ¿Cómo vamos a olvidaros, si os habréis convertido en nuestro benefactor? - Por lo que me contáis - concluyó el Peregrino -, ese monstruo es extremadamente difícil de capturar. - ¡Efectivamente! - se apresuró a decir Ba-Chie -. Nosotros no somos más que unos pobres monjes, que viven de las limosnas que les dan y que han tenido la buena o mala fortuna de pediros alojamiento por esta noche. ¿Creéis que gente así tiene poder para capturar monstruos? Lo único seguro es que, en cuanto amanezca, proseguiremos tranquilamente nuestro camino. - ¡Lo que sois es unos timadores, a los que les gusta comer de gorra! - exclamó el anciano, malhumorado -. Al principio os las dabais de grandes, diciendo que podíais cambiar las estrellas y los planetas de su sitio y que erais unos auténticos maestros capturando demonios y monstruos. Sin embargo, cuando os pido que me ayudéis, todo se convierte en dificultades y problemas. - Te repito que ese monstruo es muy difícil de capturar - contestó el Peregrino -. El problema mayor estriba, de hecho, en que todas las familias de esta comarca actuáis por separado y jamás aunáis esfuerzos. - ¡Cómo habéis llegado a esa conclusión! - exclamó el anciano, sorprendido. - Como tú mismo acabas de decir - respondió el Peregrino -, durante tres años ese monstruo ha estado mermando vuestros ganados e, incluso, vuestras familias. Si cada uno de vosotros hubiera aportado una libra de plata, habrías logrado reunir un total de quinientas libras, con las que podríais, muy bien, haber contratado los servicios de alguien especializado en la captura de monstruos. No comprendo cómo le habéis dejado campar a sus anchas todos estos años. - Ahora que sacáis el tema - replicó el anciano -, os diré que, sólo de pensarlo, me pongo furioso. En todo este tiempo cada una de nuestras familias no ha desembolsado una libra de plata, sino hasta tres y cuatro. El año pasado, sin ir más lejos, se presentó en esta montaña un monje procedente del sur y le pedimos que acabara con él, pero no lo consiguió. - ¿Qué métodos empleó para atraparle? - preguntó, una vez más, el Peregrino. - Se trataba de un hombre muy piadoso y de una virtud a toda Prueba - explicó el anciano -. Primero recitó El pavo real y después, El loto. No contento con eso, quemó incienso en un pebetero e hizo sonar de continuo una campanilla de bronce. Sus recitados y sus cantos lograron, en efecto, atraer al monstruo, que no tardó en presentarse a lomos del viento y las nubes. El monje le retó, pero el combate que entonces se produjo no es para ser narrado. El único que golpeaba era el monstruo. El religioso trató de hacerle frente lo mejor que pudo; sin embargo, está claro que los hombres de la cabeza rapada jamás han sido buenos luchadores. Al poco rato la bestia regresó, triunfante, al lugar del que había partido, envuelto en un manto de nubes y polvo. Fue como poner a secar un cangrejo al sol. Cuando nos acercamos a ver lo que había sido del monje, nos encontramos con que sólo quedaba una masa informe, que recordaba un melón podrido. - Puestas así las cosas - replicó el Peregrino -, el que salió perdiendo fue él, no vosotros. - Él, ciertamente, perdió la vida - reconoció el anciano -, pero nosotros tuvimos que pagarle el funeral y entregar algo de dinero al discípulo que le acompañaba. La cosa se complicó, porque éste último exigió más y nos amenazó con llevarnos ante los tribunales. - Después de eso, ¿solicitasteis la ayuda de alguien más para capturar a la bestia? - volvió a preguntar el Peregrino. - Sí - contestó el anciano -. El año pasado contratamos a un taoísta. - ¿Qué medios empleó para atraparle? - inquirió, una vez más, el Peregrino. - El taoísta del que os hablo - contestó el anciano - lucía un yelmo de oro en la cabeza, vestía una túnica muy extraña y no dejaba de golpear una placa que llevaba colgada del pecho, mientras recitaba ensalmos y esparcía por doquier agua sagrada. Convocó a los dioses y a los espíritus, pero sólo consiguió atraer con sus artes al monstruo, que vino a lomos de un huracán, envuelto en una nube tan espesa de polvo, que todo quedó sumido en la más densa oscuridad. La bestia y el taoísta se enzarzaron en una terrible batalla, que duró hasta el amanecer, cuando el monstruo se retiró al lugar del que había venido, dejando tras él un aire limpio y luminoso. Esperanzados, corrimos en busca del taoísta, pero, para nuestra desgracia, le encontramos flotando en las aguas de un río. Cuando le sacamos, comprobamos que su cuerpo se parecía a los pollos que se echan en la sopa para dar sabor. - No puede decirse que salierais mejor parados que él - comento el Peregrino. - No pudo salvar, en efecto, la vida - admitió el anciano -, pero los gastos que nos acarreó su muerte fueron muy gravosos para todo el pueblo. - No os preocupéis más - concluyó el Peregrino -. Os ayudaré a capturar a esa bestia. - Si, de verdad, tenéis poder para hacerlo - se apresuró a decir el anciano -, pediré a los principales del lugar que redacten un contrato, por el que se comprometan a entregaros todo el dinero que exijáis, sin escatimaros ni un solo yüan. Si, por el contrario, vuestra empresa no se ve coronada por el éxito, tanto vos como vuestros herederos, renunciaréis a cualquier tipo de compensación y que se cumpla la voluntad de los Cielos. - Se nota que estáis cansado de que os lleven a los tribunales, ¿eh? - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Podéis estar tranquilo. Yo no soy de esos a los que les encantan los pleitos. Id a buscar a quien queráis. Loco de contento, el anciano pidió a unos criados que fueran a buscar a los ocho o nueve principales del lugar, todos ellos vecinos suyos y, de alguna manera, emparentados con él. Tras saludar al monje Tang y enterarse del propósito de tan intempestiva llamada, los ancianos empezaron a dar saltos de alegría. - ¿Quién de vosotros es el que va a enfrentarse con el monstruo? - preguntó uno de ellos, sin poder contener su entusiasmo. - Yo - respondió el Peregrino, juntando las manos a la altura del pecho e inclinándose ante ellos. - ¿Tú? - exclamó el anciano, asombrado -. ¡Eso es imposible! El monstruo posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios y su constitución es muy fornida. ¿Cómo va a enfrentarse contra él un monje tan pequeño y debilucho como tú? Lo más seguro es que no tenga contigo ni para un diente. - No se puede decir que vuestros ojos sean muy buenos - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Es posible que no sea muy alto, pero mi fuerza no tiene nada que envidiar a la de nadie. Como suele decirse, con unas gotas de la piedra de afilar me ha bastado Para hacerme tan penetrante como un cuchillo. Al oírlo, los otros ancianos se convencieron de que era la persona adecuada y le preguntaron: - ¿Habéis pensado cuánto vais a pedirnos por capturar a ese monstruo? - ¿A qué viene hablar de recompensas ahora? - preguntó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "el oro emborracha la vista, la plata carece de brillo y el cobre apesta, después de pasar por tantas manos". Nosotros no somos más que unos pobres monjes empeñados en acumular méritos, no riquezas. ¿Para qué queremos recompensas? - Por la forma de hablar - concluyó uno de los ancianos, admirado -, se ve que os tomáis vuestros votos en serio. Es posible que no estéis dispuestos a aceptar un pago en metálico, pero no podemos dejaros marchar con las manos vacías. Todos nosotros poseemos granjas y haciendas. Si conseguís liberar realmente esta comarca de la maldición de ese monstruo, tened la seguridad de que cada familia os regalará ochenta áreas de la mejor tierra, para que construyáis en ella un monasterio, en el que podáis dedicaros a la meditación de los principios del Zen. Eso es mucho mejor que ir de acá para allá sin más techo que las nubes ni más paredes que los riscos de las montañas. - ¡Qué ideas se os ocurren! - exclamó, una vez más, el Peregrino, soltando la carcajada -. Si tuviéramos tierras, tendríamos que criar caballos, sacarlos a pastar durante los meses de verano y almacenar heno para la época invernal. Con tanto ajetreo, no nos quedaría ni un minuto para meditar. Nos acostaríamos con el sol y nos levantaríamos antes, incluso, de que amaneciera. ¿Es ésa la vida que deseáis para nosotros? ¡Vuestra recompensa terminaría matándonos! - ¿Qué es lo que queréis, entonces? - inquirió el anciano. - Nos conformamos con algo de té y un poco de arroz - contestó el Peregrino -. Al fin y al cabo, somos personas sin familia. - No se hable más, entonces - concluyó uno de los ancianos -. Nos gustaría, de todas formas, saber qué plan tenéis para capturar a ese monstruo. - Ya lo veréis, cuando venga - replicó el Peregrino. - No debéis actuar a la ligera - le aconsejó otro anciano -. Esa bestia es tan enorme, que su cabeza llega hasta el Cielo. Además, hace su aparición a lomos del viento y se marcha montado en la neblina. ¿Cómo vas a llegarte hasta él? - Si realmente tiene esos poderes - respondió el Peregrino, sonriendo -, le trataré como si fuera mi nietecillo. De todas formas, es una ventaja que sea tan grande como decís, porque podré golpearle con más facilidad. Cuando más embebidos estaban en la conversación, se oyó de pronto un viento tan huracanado, que todos los ancianos se echaron a temblar de miedo, como si fueran brotes tiernos de bambú. - ¡Qué mala suerte tiene este pequeño monje! - exclamaron, aterrados -. Apenas acaba de mentarla y ya está aquí esa bestia. El anciano Li abrió de par en par la puerta que daba al patio de su casa y urgió al monje Tang y a los demás que se pusieran inmediatamente a cubierto, diciendo: - ¡Entrad a toda prisa! ¡Acaba de llegar el monstruo! Hasta Ba-Chie y el Bonzo Sha se contagiaron de su nerviosismo y se lanzaron como locos hacia la casa. Haciendo embudo con las dos manos, el Peregrino les gritó, enfadado: - ¿Habéis perdido el juicio? ¿Cuándo se ha visto que personas como vosotros se abandonen, sin más, al pánico? ¡Deteneos, de una vez! Es preciso que descubramos cuanto antes qué clase de monstruo es ése. - Aunque no lo parezca - contestó Ba-Chie -, esta gente es inteligente en extremo. En cuanto oyen el bramido del viento, saben que se acerca el monstruo y se refugian en el primer sitio que encuentran. ¿Por qué no habríamos de hacerlo también nosotros? Además, ¿qué sentido tiene enfrentarnos con esa bestia, cuando en este pueblo no hay ni un solo pariente nuestro? El Peregrino tenía la fuerza suficiente para detener a los dos y así lo hizo. El viento se hizo entonces aún más fuerte. Los árboles del bosque se doblaban como si fueran simples matas de hierba, haciendo temblar de espanto a los tigres y a los lobos. Las aguas de los mares y los ríos se elevaban hacia lo alto, sembrando la alarma entre los espíritus y los dioses. Enormes masas rocosas se desprendían de las tres cumbres del Monte Hua, mientras los cuatro continentes del mundo perdían la estabilidad que los había hecho ideales para habitar. Las puertas de todas las ciudades se cerraron a cal y canto, como si se acercara un ejército enemigo. En los lugares más apartados los niños escondían la cabeza entre las mantas, sabedores de que el cielo estrellado había sido cubierto por una negra masa de nubes amenazadoras. Las antorchas y las lámparas se apagaron al mismo tiempo, sumiendo toda la tierra en una oscuridad absoluta. Presa del pánico, Ba-Chie se dejó caer al suelo y empezó a hacer un agujero con el hocico. En cuanto hubo enterrado en él la cabeza, pegó de tal forma el cuerpo contra la tierra, que parecía como si estuviera clavado a ella. El mismo Bonzo Sha tuvo que protegerse el rostro con las manos, porque la arena se le metía en los ojos y no podía mantenerlos abiertos. Sólo el Peregrino permaneció de pie, haciendo frente al viento, con el fin de determinar la naturaleza del monstruo que cabalgaba sobre sus destructores lomos. Al poco rato amainó de repente la fuerza del aire y a media altura apareció algo que daba la impresión de ser dos lámparas encendidas. - El viento ha dejado de soplar - dijo, entonces, el Peregrino a sus dos hermanos -. Levantaos y echad un vistazo a esto. El Idiota desenterró la cabeza y levantó la vista hacia el cielo, al tiempo que sacudía ligeramente el cuerpo para desprenderse del polvo. Al ver las dos lucecitas, soltó la carcajada y exclamó, divertido: - ¡Esto sí que es curioso! Se nota que ese monstruo tiene un gran sentido de la economía. Deberíamos entablar amistad con él. - ¿Cómo puedes decir eso? - le regañó el Bonzo Sha -. Ni siquiera sabemos qué clase de persona es. La noche está demasiado oscura para poder verle la cara. - Como muy bien afirma el proverbio - respondió Ba-Chie -, "si no dispones de luces para caminar por la noche, es mejor que te eches a descansar" 3. Por fuerza tiene que tratarse de un buen hombre. Si no, ¿cómo iba a salir a los caminos con esas dos lámparas? - Estás muy equivocado - contestó el Bonzo Sha -. Eso no son lámparas, sino sus ojos. - ¡Santo cielo! - exclamó el Idiota, encogiéndose como si fuera un enano -. ¿Cómo será su boca, si tiene tan separados los ojos? - No tengáis ningún miedo - les aconsejó el Peregrino -. Quedaos aquí, protegiendo al maestro, mientras me acerco a esa bestia y le hago unas cuantas preguntas, para ver si averiguo quién es. - ¡Con tal de que no sepa quiénes somos nosotros! - suspiró Ba-Chie. El Peregrino dio un salto tremendo y se elevó hacia lo alto. Sin soltar en ningún momento la barra de hierro, gritó con voz potente: - ¿Adonde vas tan deprisa? ¿No ves que estoy aquí? Al percatarse de su presencia, el monstruo se puso de pie y empezó a lanzar contra el aire tremendos lanzazos. El Peregrino no se arredro. Al contrario, adoptó una postura de lucha y preguntó: - ¿De dónde eres y cuáles son los poderes que te asisten? El monstruo no respondió. Todo lo que hizo fue barrer el espacio con su lanza. El Peregrino repitió la pregunta, pero su respuesta fue exactamente la misma. El monstruo parecía obsesionado con lanzar golpes a derecha e izquierda. - ¿Así que estás sordo y mudo, eh? - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Peor para ti! ¡No huyas y prueba el sabor de mi barra! El monstruo no dio ninguna señal de alarma. Al contrario, estiró la lanza y paró los golpes del Peregrino. De esta forma, dio comienzo un espectacular combate, que duró hasta bien entrada la tercera vigilia, sin que ninguno de los dos contendientes hubiera conseguido una diferencia apreciable. Desde abajo Ba-Chie y el Bonzo Sha seguían con impaciencia el desarrollo de la lucha. Podían ver con toda claridad cómo el monstruo se limitaba a parar los golpes, sin atacar en ningún momento a su adversario. La barra del Peregrino ni siquiera conseguía rozarle la cabeza. - Tú quédate aquí, mientras yo voy a echar una mano a nuestro hermano - dijo Ba-Chie al Bonzo Sha, impaciente -. No está bien que se lleve él toda la gloria. De lo contrario, nadie podrá arrancarle de la mano la primera copa de vino. Con increíble rapidez se elevó hacia las nubes y descargó sobre el monstruo un golpe tremendo con su rastrillo. Sin inmutarse, la bestia sacó otra lanza y lo desvió, como si se hubiera tratado del ataque de un mosquito. Las dos lanzas se movían en el aire con la facilidad de dos serpientes bailarinas y con la rapidez de dos rayos. - ¡Este monstruo es un auténtico maestro en el manejo de la lanza! - exclamó Ba-Chie, admirado -. Su estilo recuerda al del "apuntalamiento de montañas", aunque tiene mucho del "tejedor de seda". Por supuesto, no se parece en nada al del "protector de la familia". Me inclino a pensar que ese estilo es el de "la muñeca flexible". - ¡No digas tonterías, por favor! - le regañó el Peregrino -. No existe ningún estilo con un nombre tan estúpido. - Ya lo sé - reconoció Ba-Chie -, pero es el que mejor se ajusta a la forma que tiene de parar nuestros golpes. ¿Te has dado cuenta con qué facilidad los desvía hacia otra parte? Además, hay otra cosa. ¿Dónde tendrá guardadas sus armas? - Quizás su estilo sea, en efecto, el de "la muñeca flexible" - admitió el Peregrino -. Sin embargo, lo más sorprendente es que no sabe hablar. Lo más seguro es que no haya conseguido todavía la naturaleza humana. Tras pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que se haya influenciado totalmente por el yin. De esa forma, al amanecer, cuando el yang se hace cada vez más potente, sus fuerzas decrecen de una forma alarmante y se ve obligado a huir. Ése es el momento que debemos aprovechar nosotros para cortarle la retirada y evitar que escape. - ¡Estoy de acuerdo contigo! - contestó Ba-Chie. La lucha se prolongó aún durante mucho tiempo. Poco a poco comenzó a clarear por el este. Como había anticipado el Peregrino, antes de que apareciera, majestuoso, el primer rayo de sol, el monstruo se dio media vuelta y huyó a toda prisa. Ba-Chie y el Peregrino volaron tras él. Al poco rato los golpeó en las narices el insoportable hedor del Desfiladero de la Pulpa de Morera en el corazón mismo de la Montaña de los Siete Extremos. - ¡Puaf, qué olor más desagradable! - exclamó Ba-Chie -. Me pregunto qué familia estará limpiando su pozo negro a estas horas. - ¡Deja de hablar y persigue al monstruo! - le urgió el Peregrino, tapándose las narices con las manos. Una vez transpuesta la montaña, el monstruo recobró la forma que le era habitual. Admirados, Ba-Chie y el Peregrino comprobaron que se trataba de una enorme serpiente pitón de escamas rojizas. Sus ojos poseían un brillo más intenso que el de las estrellas poco antes del amanecer y emitía por las narices una neblina como la que acompaña las primeras horas de la mañana. Aunque parezca extraño, estaba provista de unas garras de un color tan amarillento como el oro y tan afiladas como las hileras de dientes acerados que tenía en la boca. Justamente encima de los ojos le crecía un cuerno tan duro, que parecía estar formado por más de mil pequeños trocitos de cornalina. Todo su cuerpo estaba protegido por un tupido tejido de escamas rojizas, que daban la impresión de ser pequeñas llamitas flameando. Pese a todo, la belleza de su piel era tal, que, al enroscarse en la tierra, podía muy bien ser tomada por un lienzo bordado, de la misma forma que, al volar, más de uno la confundiría con un arco iris. Cuando descansaba, ascendía de su cuerpo un aroma fétido francamente insoportable, que se transformaba en una nube morada, cuando se movía. Era tan grande como una montaña y su longitud recordaba una cordillera que uniera el norte con el sur. - ¡Qué serpiente más enorme! - exclamó Ba-Chie, asombrado -. Seguro que se come quinientas personas y aún sigue teniendo hambre. - Con toda certeza, las lanzas que maneja con tanta maestría son, en realidad, los dos extremos de su lengua bífida - dijo el Peregrino -. Después de una huida tan alocada debe de estar muy cansada. Opino, por tanto, que lo que mejor podemos hacer es atarearla por detrás. Ba-Chie levantó el rastrillo por encima de su cabeza y lo dejó caer con fuerza sobre la serpiente, que se escabulló a toda prisa hacia un agujero. Ba-Chie consiguió agarrarla de la cola y gritó, entusiasmado, dejando el rastrillo a un lado: - ¡La tengo! ¡La tengo! Pero, aunque tiraba con todas sus fuerzas, no consiguió sacarla ni un centímetro más. - Déjala - le aconsejó el Peregrino -. Es imposible sacar una serpiente de su escondite de la forma en que tú lo estás haciendo. Conozco un método mejor. Ya lo verás. A regañadientes, Ba-Chie la dejó marchar y la serpiente se perdió totalmente en el interior del agujero. - La tenía casi fuera - se lamentó, entonces el Idiota -. ¿Cómo vamos a sacarla ahora que se encuentra segura en su hura? ¿No es esto lo que se llama quedarse sin serpientes para jugar? - ¡No digas tonterías! - le regañó el Peregrino -. Este agujero es demasiado pequeño para un cuerpo tan grande como el suyo. Jamás hubieras conseguido darle la vuelta. Eso explica que tiene que haber por aquí cerca otra salida. Encuéntrala y no la dejes usarla. Yo la atacaré por este lado. El Idiota corrió hacia la otra vertiente de la montaña y no tardó en hallar, en efecto, un nuevo agujero. Cuando lo estaba mirando, distraído, el Peregrino asestó a la serpiente un golpe tan tremendo con su barra de hierro, que salió disparada por el otro extremo, lanzando alaridos de dolor. Lo hizo con tal rapidez que pilló de sorpresa al Idiota, el cual quedó tumbado en el suelo a consecuencia del coletazo que recibió en pleno rostro. Al ver que el agujero estaba vacío, corrió hacia la salida que guardaba Ba-Chie, gritándole que saliera detrás del Monstruo. Olvidándose del dolor que le tenía postrado, Ba-Chie se puso en seguida de pie y empezó a golpear el suelo con el rastrillo, como si se hubiera vuelto loco. - ¿Se puede saber para qué haces eso? - le preguntó el Peregrino soltando la carcajada -. ¿No ves que la serpiente se ha escapado? - Por supuesto que sí - contestó Ba-Chie -. Esto es lo que se llama sacudir los ramajes, para hacer salir a la culebra. - ¡Con razón te llaman el Idiota! - exclamó el Peregrino en tono burlón -. ¡Vamos! ¡Salgamos en persecución de esa bestia! Tras dejar atrás un arroyo, vieron que la serpiente se había enroscado en el suelo, formando lo que parecía un pequeño montículo de arena. Al acercarse a ella, abrió de repente su enorme boca y lanzó una dentellada a Ba-Chie, que se dio en seguida la vuelta y huyó sobre sus pasos. El Peregrino no tuvo tan buena suerte y terminó en el estómago del monstruo. Al ver la facilidad con la que se lo había tragado, Ba-Chie empezó a golpearse el pecho, al tiempo que gritaba, desesperado: - ¿Por qué has tenido que venir a morir a manos de una simple culebra? - ¿Morir yo? - repitió el Peregrino desde el estómago de la bestia -. No te preocupes - añadió, levantando la barra de hierro -. Si miras con atención, verás cómo esta pitón se transforma en un puente. Elevó un poco más la barra y forzó a la bestia a doblarse de tal forma, que, en efecto, parecía el típico arco que forman los puentes. - Tienes razón - dijo Ba-Chie, más animado -. Es la imagen exacta de un puente, pero dudo que alguien se atreva a pasar por encima de él. - En ese caso - contestó el Peregrino, bajando un poco la barra de hierro -, voy a hacer que parezca un barco. Con el estómago pegado a la tierra y la cabeza levantada la bestia parecía en verdad, una embarcación del distrito del río Gan. - Es cierto que me recuerda un barco - comentó Ba-Chie -, pero carece de mástil y dudo mucho que pueda navegar a impulsos del viento. - Quítate de ahí y te demostraré que estás totalmente equivocado - dijo el Peregrino y levantó con todas sus fuerzas la barra hacia arriba, hasta que la espina dorsal de la bestia alcanzó una altura de tres o cuatro metros. De esta forma, su cuerpo adquirió, en efecto, la forma de una vela desplegada. Incapaz de aguantar más el dolor, la serpiente trató de regresar por donde había venido, pero el viento la hizo rodar montaña abajo y, al cabo de cuarenta kilómetros de loca caída, se desplomó en el suelo y murió. En cuanto llegó a su lado, Ba-Chie descargó sobre ella una lluvia de golpes furiosos. El Peregrino acababa de salir de su cuerpo y se quedó estupefacto, al ver la reacción del Idiota. Le agarró, por fin, del brazo y le reprendió, diciendo: - ¿A qué viene malgastar tanta energía? ¿Acaso no ves que está muerta? - Sí - contestó Ba-Chie -, pero no hay cosa que más me guste que golpear a las culebras sin vida. De todas formas, dejó a un lado el arma y ayudó al Peregrino a arrastrar a la pitón, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del anciano Li y del resto de los habitantes del pueblo de Te-Le, quienes dijeron al monje Tang, preocupados, en cuanto hubo amanecido: - Vuestros dos discípulos han pasado peleando toda la noche y aún no han vuelto. No queremos alarmaros, pero lo más seguro es que hayan perdido la vida en el intento. - No lo creo - exclamó Tripitaka, convencido -. De todas formas, no estaría de más que saliéramos a echar un vistazo. Al poco rato vieron al Peregrino y a Ba-Chie acercarse con una enorme serpiente pitón muerta. Al comprender lo ocurrido, todos los habitantes de la aldea, desde el más joven hasta el más viejo, lo mismo hombres que mujeres, se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, gritando, entusiasmados: - ¡Así que éste es el espíritu que ha acabado con tantas vidas! Gracias a vuestro heroísmo, podremos vivir tranquilos de ahora en adelante. Tened la seguridad de que siempre os estaremos agradecidos. Para demostrarlo, todas las familias se empeñaron en colmarlos de regalos y en ofrecerles un banquete tras otro. A pesar de sus deseos Por proseguir cuanto antes la marcha, los peregrinos hubieron de quedarse en aquel lugar casi una semana. Sólo a fuerza de suplicar a los ancianos del pueblo, consiguieron que los dejaran partir a los ocho días exactos de su llegada. Como habían acordado, no aceptaron ningún tipo de pago en metálico, limitándose a tomar unas cuantas frutas Y algo de comida seca para el viaje. Eso aumentó aún más su ascendencia sobre las gentes del lugar, que salieron a despedirlos con burros y mulas engalanados con estandartes y cintas de colores. Aunque en aquella región habitaban no más de quinientas familias, era tal el alboroto que montaron, que parecían más de setecientos. Pese a todo la marcha se realizó a un paso relativamente ligero y no tardaron en llegar al Desfiladero de la Pulpa de Morera, en el corazón mismo de la Montaña de los Siete Extremos. Al ver lo estrecho que se hacía el camino y lo irrespirable que se tornaba el aire a causa del hedor, Tripitaka exclamó, desalentado: - ¿Cómo vamos a pasar por ahí, Wu-Kung? - Me temo que va a resultar bastante difícil - contestó el Peregrino, tapándose las narices con la mano. Al oír la palabra "difícil", Tripitaka se abandonó al desánimo y las lágrimas comenzaron a fluir, abundantes, de sus ojos. El anciano Li y todos los demás se acercaron a él y trataron de calmarle, diciendo: - No os preocupéis. Si hemos venido hasta aquí con vos, ha sido porque, en prueba de agradecimiento por lo que vuestros discípulos han hecho por nosotros, hemos decidido abrir un camino, para que podáis seguir adelante. - Creo que estáis valorando demasiado vuestras fuerzas - comentó el Peregrino, sonriendo -. Vos mismo dijisteis que este desfiladero tiene una longitud de más de mil quinientos kilómetros. ¿Cómo vais a abrir un camino a lo largo de una distancia tan grande, si no sois trabajadores a las órdenes directas del Gran Yü 5? No lo toméis a mal, pero creo que estamos mucho más capacitados que vosotros para pasar al maestro al otro lado. - ¿Qué es lo que piensas hacer, Wu-Kung? - preguntó Tripitaka, esperanzado. - No cabe duda de que es dificilísimo atravesar esta cordillera en un abrir y cerrar de ojos - contestó el Peregrino, sonriendo -. Lo ideal sería construir otro camino, pero eso implica también una serie de grandes dificultades. La única solución, pues, es abrir un sendero a lo largo de todo el desfiladero, pero me temo que no tenemos a nadie que nos dé de comer. - ¿Cómo podéis decir semejante cosa? - replicó el anciano Li -. Estamos dispuestos a proporcionaros todo el alimento que preciséis. Deberíais saberlo. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, id a preparar dos arrobas de arroz blanco y unos cuantos bollos al vapor y dádselos a este hermano nuestro del morro alargado. Os aseguro que, en cuanto haya llenado la panza, abrirá con el hocico un camino lo suficientemente ancho para que pueda pasar el maestro a lomos de su caballo. - No me parece justo - protestó Ba-Chie -. A todos os gusta estar siempre limpios. ¿Por qué tengo que exponerme yo a oler mal toda mi vida? - Si consigues abrir un camino que me lleve a la otra parte de la montaña - se apresuró a decir Tripitaka -, ten la seguridad de que proclamaré a los cuatro vientos que el mérito de esta hazaña ha sido exclusivamente tuyo. - ¿Por qué os empeñáis en burlaros de mí? - exclamó Ba-Chie, sonriendo -. En medio de todo, soy capaz de metamorfosearme en treinta y seis cosas distintas. Eso sí, no me exijáis que me convierta en algo delicado, porque no puedo hacerlo. Ahora, si queréis que me transforme en un árbol, en una montaña, en un enorme canto rodado, en un montón de arena, en un elefante, en un jabalí, en un carabao, en un camello, puedo aseguraros que no existe nadie que lo haga mejor que yo. El único problema es que mi apetito crece en proporción con el tamaño de la metamorfosis que adopte. Además, antes de ponerme a trabajar, tengo que comer. - ¡No os preocupéis por eso! - gritaron las gente de la aldea -. Hemos traído grandes cantidades de comida. En un principio pensábamos dároslas, en cuanto hubierais atravesado la montaña, pero, si queréis, os las sacamos ahora, para que las veáis. No os preocupéis, si pensáis que son poco para vuestro estómago. En cuanto os hayáis metamorfoseado y hayáis dado comienzo a vuestro trabajo, enviaremos a alguien al pueblo a por algo más de arroz. Ba-Chie no podía estar más satisfecho. Tras quitarse la túnica de color negro y dejar a un lado su temible rastrillo de nueve puntas, exclamó: - ¡Por lo que más queráis, no tratéis de engañarme! Mirad con atención y veréis cómo me transformo en algo realmente extraordinario. No había acabado de decirlo, cuando hizo un gesto mágico con los dedos y al instante se convirtió en un cerdo de proporciones realmente enormes. El morro se le alargó de una forma increíble y todo el cuerpo se le cubrió de un vello duro y blanquecino. Daba la impresión de que toda su vida se hubiera alimentado de hierbas salvajes de la montaña. Sus redondos ojos negros poseían a la vez el resplandor de la luna y el sol. Todo en él poseía una redondez desconcertante: su rostro parduzco, su papada, sus orejas, que recordaban las ramas de palma. Contrastaba su figura rechoncha con la fortaleza de sus huesos, pensados para durar tanto como el cielo, y la dureza de su piel, firme y resistente como el hierro. ¡Qué seguridad la de sus gruñidos, cuando hozaba entre la suciedad! Difícilmente podía pensarse en algo más estable que sus pezuñas, pues su cuerpo tenía más de treinta metros de alzada. Por algo la dureza de sus cerdas recordaba a espadas aceradas. Jamás se había visto en todo el mundo un cerdo como aquél, aunque los puercos son animales que se crían en todas partes. El monje Tang y todos los que le acompañaban se quedaron boquiabiertos ante la metamorfosis que acababan de contemplar. Pocas veces se había visto algo tan extraordinario. Hasta el mismo Peregrino se rindió, con un tributo de sorpresa, a la pureza de la magia desplegada por Ba-Chie. Se rehizo, sin embargo, pronto de su asombro y ordenó a las gentes de la aldea que colocaran la comida en lugar bien visible, para que el Idiota pudiera dar buena cuenta de ella. En cuanto la vio, se la tragó de un par de bocados, sin importarle que estuviera cruda o cocida. ¡Lo importante era engullir lo que le echaran! Pero bastó para que recuperara las fuerzas. En cuanto hubo llegado a su estómago el último grano de arroz, clavó el hocico en el suelo y empezó a roturar el camino. El Peregrino se volvió, entonces, hacia el Bonzo Sha y le pidió que se quitara los zapatos, antes de cargar con el equipaje. Él mismo se desprendió de sus botas, después de aconsejar al maestro que se agarrara con fuerza a la silla de montar. Se volvió a continuación hacia la gente de la aldea y dijo: - Si es verdad que estáis agradecidos por lo que hemos hecho por vosotros, id inmediatamente a preparar algo más de arroz. Más de la mitad de los que habían salido a despedirlos lo hicieron a lomos de burros y mulas, por lo que no tuvieron ninguna dificultad en regresar a hacer lo que se les había ordenado. En realidad, el pueblo sólo distaba cincuenta kilómetros del comienzo del desfiladero. De todas formas, cuando volvieron a la montaña con el arroz y otras viandas, los peregrinos llevaban recorridos más de doscientos sesenta kilómetros. No queriendo quedar en mal lugar, espolearon a sus cabalgaduras y se pasaron toda la noche viajando por el desfiladero. Al amanecer, lograron darles alcance y gritaron, jadeando por el esfuerzo: - ¡Eh, los que vais en busca de escrituras! ¡Detened la marcha un momento! ¡Os traemos el arroz que os prometimos! - ¡Jamás había visto gente más cumplidora de su palabra que ésta! - exclamó el maestro, sorprendido, y pidió a Ba-Chie que se detuviera para poder reponer las fuerzas. El Idiota había estado caminando un día y una noche y empezaba a sentir hambre. Levantó la vista y, al oler el arroz, comenzó a babear, como si fuera un lobo hambriento. Aunque esta vez la cantidad de arroz superaba las siete u ocho arrobas, las engulló como si se tratara de un par de granos. Después, volvió a clavar el hocico en la tierra y continuó roturando el camino con más ímpetu que al principio. Tras agradecer a la gente del pueblo todo lo que habían hecho, Tripitaka, el Peregrino y el Bonzo Sha se despidieron de ellos y prosiguieron su camino. Sobre ese instante disponemos de un poema que afirma: Los habitantes del pueblo de Te-Le regresaron, satisfechos, a sus hogares, mientras Ba-Chie continuaba abriendo un camino a lo largo de toda la cordillera. Nada lograba detener al piadoso Tripitaka. Cuando los medios naturales se mostraban inefectivos, Wu-Kung recurría a la magia y los demonios huían, despavoridos. De esa forma, consiguió limpiarse el Desfiladero de la Pulpa de Morera y la Montaña de los Siete Extremos dejó de estar incomunicada. Una vez dominadas las seis clases de deseos, se alcanza el privilegio de poder inclinarse ante los tronos de loto. Desconocemos, de momento, la distancia que aún les quedaba por recorrer o el tipo de monstruos a los que debían enfrentarse antes de llegar al final del viaje. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se dan en el capítulo siguiente. 第068回 EL MONJE TANG HABLA DE ÉPOCAS PASADAS EN EL CORAZÓN DEL REINO MORADO. EL PEREGRINO SUN ACTÚA COMO ALGUIEN QUE SE HUBIERA PARTIDO EL BRAZO POR TRES PARTES DIFERENTES En cuanto hayas conseguido la virtud y hayas puesto fin a todas las causas, tu fama se extenderá hasta el último rincón de los cuatro continentes. Entonces, te convertirás en un sabio iluminado y ascenderás hacia el cielo, envuelto en un manto de nubes luminosas, que no lograrán arrancarte los huracanes más violentos. Todos los Budas saldrán a tu encuentro y habitarás en el Palacio de Jade por siempre jamás. ¡No prestes importancia a lo que no la tiene y deja de abrigar esos sueños tan frágiles como el cuerpo de una mariposa! Cuando se dominan las pasiones, la desgracia se disuelve en el mar de la nada. Decíamos que, una vez que hubieron limpiado de impurezas el desfiladero, Tripitaka y sus discípulos prosiguieron su camino, libres como el vuelo de las aves. El tiempo transcurrió muy deprisa y de nuevo volvieron a hacerse presentes los insoportables calores del verano. Los granados mostraban, orgullosos, la solidez de sus frutos, mientras los lotos esparcían sus hojas, como si fueran parasoles verdes. Al ver pasar a los caminantes ahuyentando el calor con sus abanicos de seda, las golondrinas corrían a esconderse en parejas entre las copas de los sauces. Cuando más distraídos estaban contemplando la belleza de la naturaleza, vieron surgir en la distancia una ciudad amurallada y, tirando de las riendas, Tripitaka exclamó: - ¡Mirad allí! ¿Qué clase de lugar será aquél? - ¿Es que no lo veis? - contestó el Peregrino -. Cuesta trabajo creer que el Emperador Tang en persona os confiara esta misión. Os comportáis como un perfecto analfabeto. - ¿Por qué dices eso? - se defendió Tripitaka -. Nadie capaz de aprender de memoria miles de sufras puede ser considerado analfabeto. Llevo muchos años de monje y puedo asegurarte que aprendí a leer, cuando era muy pequeño. - No lo toméis a mal - replicó el Peregrino -, pero parece como si no supierais leer esos tres caracteres que ondean en todos los estandartes. De lo contrario, no hubierais preguntado que qué clase de lugar es. - ¡Cuidado que te gusta enredar las cosas! - le regañó Tripitaka -. ¿Cómo voy a saber lo que dice ese estandarte, si el viento no deja de sacudirlo de un lado para otro? Hay mucha diferencia entre ver y no poder leer, ¿no te parece? - Entonces, ¿cómo es que yo lo veo con toda claridad? - insistió el Peregrino. - No le hagáis caso, maestro - dijeron casi a coro Ba-Chie y el Bonzo Sha -. Desde aquí apenas se distingue si es una ciudad o no. ¿Cómo va a poderse leer nada desde una distancia tan grande? - Pues yo lo veo perfectamente - insistió el Peregrino -. En todos los estandartes está escrito: el Reino Morado. - Ese reino debe de formar parte de la demarcación occidental - exclamó Tripitaka, entusiasmado -. Creo que lo mejor será que entremos en él, para que nos sellen nuestros permisos de viaje. - Me parece muy bien - opinó el Peregrino. No tardaron en llegar a las puertas de la ciudad. Tripitaka desmontó del caballo y traspusieron una artística entrada coronada por un triple tejadillo. Fue así como descubrieron que se trataba de una capital realmente magnífica. Sus cuatro puertas se hallaban protegidas por unas torres impresionantes unidas entre sí por altísimos paños de muralla. A pesar de estar fortificada, el agua corría libremente por toda la ciudad. En realidad, constituía uno de sus medios de defensa. El otro lo formaban las impresionantes montañas que se elevaban hacia el norte y el sur. A juzgar por las mercancías de la más variada procedencia que se exhibían en los mercados, debía de tratarse de un centro comercial muy pujante. En todas las casas se apreciaba un aire de prosperidad, que hablaba a las claras del carácter emprendedor de sus moradores. No cabía duda de que aquélla era la capital de un reino tan poderoso, que daba la impresión de estar habitado por seres celestes. Hasta ella llegaban barcos procedentes de tierras lejanas, cargados de jades y piedras preciosas. Eso la había hecho crecer de tal manera, que su perímetro se perdía en el horizonte. Sus palacios y edificios poseían una nobleza que ponía de manifiesto los largos períodos de paz de que había gozado una tierra tan privilegiada. El maestro y sus discípulos paseaban, asombrados, por sus calles, gozando de la elegancia de sus gentes, de la belleza de sus edificios y de la extraña resonancia de su lengua. De alguna forma, recordaba el lejano mundo de los Tang. Al darse cuenta de la ridícula fealdad de Ba-Chie, de la altura desmesurada del Bonzo Sha y del cuerpo totalmente cubierto de vello del Peregrino, las gentes que llenaban las calles dejaron a un lado lo que estaban haciendo y se apelotonaron, curiosas, alrededor de los recién llegados. Comprendiendo que la prudencia era la mejor manera de evitar problemas, Tripitaka urgió a sus discípulos que siguieran adelante, diciendo: - Agachad la cabeza y no hagáis ningún comentario. Al fin y al cabo, estamos en una tierra que no es la nuestra. Ba-Chie pegó en seguida el morro al pecho, tratando de esconder su enorme bocaza, que recordaba una raíz de loto. El Bonzo Sha, por su parte, agachó la vista y continuó caminando, como si no existiera en el mundo nadie más que él. Sólo el Peregrino miraba de frente a los grupos de curiosos, sin apartarse para nada del monje Tang. Pronto los que tenían algo que hacer volvieron a sus asuntos, mientras que los desocupados, particularmente jóvenes y maleantes, rodearon a Ba-Chie y empezaron a tirarle piedras y trozos de tejas entre una algarabía de risotadas e insultos. El nerviosismo se apoderó del monje Tang, que comenzó a sudar, como si acabara de hacer un gran esfuerzo físico. Lo único que sabía decir era: - ¡No respondáis a los insultos y continuad caminando! Eso bastó para que el Idiota no se atreviera a levantar la cabeza. Al dar la vuelta a una esquina se toparon de pronto con una mansión de tal importancia, que estaba rodeada por una pequeña muralla. Encima de la puerta había una placa en la que podía leerse, escrito con grandes caracteres: "Pabellón de los Traductores 2". - Opino que deberíamos entrar en este palacio - dijo en seguida Tripitaka. - ¿Se puede saber para qué? - preguntó el Peregrino. - En todas las ciudades abiertas al mundo exterior - explicó Tripitaka - el Pabellón de los Traductores es el lugar en el que se reúnen las gentes llegadas de otros reinos. A esa categoría pertenecemos también nosotros. No estaría de más que entráramos a descansar un rato. En cuanto hayamos recobrado las fuerzas, iremos a ver al rey y le pediremos que nos selle nuestros documentos de viaje. De esa forma, podremos continuar nuestro viaje. Sin preocuparse de las docenas de personas que le seguían, Ba-Chie estiró su enorme morro y dijo: - Opino que el maestro tiene razón. Cuanto antes entremos, antes nos libraremos de estos moscardones, que nos siguen como si estuviéramos hechos de dulce. Al verle, muchos de los que le rodeaban huyeron, despavoridos. Otros se quedaron a la puerta del pabellón, pero también ellos se fueron disgregando poco a poco. Los funcionarios encargados del buen funcionamiento de la mansión, un ministro y un viceministro, estaban esperando en el salón principal a una delegación extranjera, cuando vieron aparecer al monje Tang y a sus acompañantes. Su sorpresa fue tan grande, que sólo pudieron balbucir: - ¿Quiénes sois vosotros? ¿Se puede saber adonde vais? - Este humilde servidor vuestro - contestó Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho e inclinando ligeramente el cuerpo - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, para conseguir las escrituras del Paraíso Occidental. Al llegar a vuestro respetable reino, no hemos querido atravesarlo sin el correspondiente permiso y eso nos ha movido a buscar alojamiento en esta distinguida mansión que vos parecéis regentar. En cuanto hayamos recobrado las fuerzas, solicitaremos que nos sea sellado el documento de viaje y, de esa forma, podremos continuar nuestro camino. Al oírlo, los dos ministros ordenaron a los criados que formaran a ambos lados del salón y corrieron a dar la bienvenida a los recién llegados, no sin antes ajustarse sus sombreros y sus cinturones oficiales. Sin pérdida de tiempo dispusieron de unas cuantas habitaciones y encargaron a los cocineros del pabellón que prepararan una comida vegetariana. Cuando todo estuvo dispuesto, se despidieron de Tripitaka y sus acompañantes y abandonaron la mansión. Sólo dejaron en ella a un grupo de criados, para que atendieran a las necesidades de tan ilustres visitantes. Únicamente el Peregrino pareció descontento con el trato y exclamó, en cuanto se hubieron ido: - ¡Menudos canallas están hechos esos dos! ¡No comprendo cómo no nos han ofrecido las mejores habitaciones! - Debes tener en cuenta - dijo Tripitaka, tratando de calmarle - que su reino no está sometido a los designios del Gran Tang, con el que ni siquiera mantienen relaciones diplomáticas. Además, esta mansión es ocupada con frecuencia por altos dignatarios extranjeros y gentes de esa ralea. Eso explica que nos hayan tratado de la forma como lo han hecho. - Puestas así las cosas - concluyó el Peregrino -, opino que deberían haberse mostrado más respetuosos con nosotros. Mientras hablaban, se presentó un criado con un barreño de arroz blanco, un puchero grande de harina de trigo, dos manojos de verduras frescas, cuatro trozos de "dou-fu", un plato lleno de brotes de bambú secos y una bandeja de orejas de árbol. Tripitaka ordenó a sus discípulos que se hicieran cargo de todo, momento que aprovechó el criado para decir: - Encontraréis cazuelas y sartenes limpias en el ala que mira hacia el poniente. Allí hay de todo. Si queréis comer algo, preparáoslo vosotros mismos. - Si no os importa - se apresuró a decir Tripitaka -, me gustaría saber si el rey sigue todavía en el salón del trono. - A decir verdad - contestó el criado -, hacía mucho tiempo que no se reunía con sus consejeros, pero hoy es un día favorable y los ha convocado a todos para discutir de los graves asuntos del estado. Si deseáis que os selle vuestro documento de viaje, deberéis daros prisa y no dejarlo para mañana, pues es muy probable que entonces no os reciba. Sólo el cielo conoce cuándo volverá a presentarse un día propicio. - En ese caso - concluyó Tripitaka -, lo mejor será que vaya cuanto antes a verle. - Se volvió después hacia sus discípulos y añadió -: Vosotros quedaos aquí y preparad algo de comer. En cuanto vuelva, tomaremos algo y proseguiremos nuestro camino. Sin pérdida de tiempo, Ba-Chie abrió una de las bolsas y sacó la túnica de los bordados y el documento de viaje. Tras vestirse con la solemnidad que la ocasión requería, Tripitaka ordenó a sus acompañantes que no salieran del pabellón ni causaran ningún problema y se dirigió hacia la corte. El palacio no estaba muy lejos y tardó en llegar a la Torre de los Cinco Fénix menos de lo esperado. El lujo de los salones y la magnificencia de las construcciones eran tales, que no pueden ser descritas con palabras. En cuanto hubo traspuesto la entrada principal, el monje Tang pidió ser recibido en la Corte Celeste con el fin de que le fuera sellado el documento de viaje. El Guardián de la Puerta Amarilla corrió a postrarse de hinojos ante los escalones de jade blanco e informó de su llegada, diciendo: - A las puertas mismas del palacio se encuentra un monje procedente del gran imperio de los Tang, en las Tierras del Este, que se dirige hacia el Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, en busca de escrituras budistas por expreso deseo del emperador. Solicita que le sea sellado el documento de viaje y espera vuestra decisión con el rostro postrado en tierra. - Llevaba mucho tiempo sin sentarme en el trono, a causa de la terrible enfermedad que me ha tenido encadenado al lecho - dijo el rey, encantado de recibir una nueva semejante -. No deja de ser una sorprendente coincidencia que, en el momento mismo en que me disponía a convocar a los mejores médicos del mundo, haga su aparición un monje de tanta nobleza como ése. Hacedle pasar inmediatamente. En prueba de acatamiento y sumisión, Tripitaka se echó rostro en tierra. El rey le hizo tomar asiento en el salón dorado y ordenó que prepararan en su honor un espléndido banquete vegetariano. Tras agradecer a su majestad tantas atenciones, Tripitaka le hizo entrega del documento de viaje. En cuanto lo hubo leído, el rey le preguntó, curioso: - ¿Podríais decirme, Maestro de la Ley, cuántos soberanos han ocupado el trono de los Gran Tang y cuál es el número exacto de sus ministros? Por lo que respecta a su actual emperador, ¿cómo volvió a la vida después de muerto y os pidió que vadearais tantos ríos y montañas con el fin de haceros con las escrituras? El maestro juntó las manos a la altura del pecho e, inclinando ligeramente la cabeza, contestó: - En la tierra de la que procedo hubo en un principio tres grandes reyes, a los que siguieron otros cinco que asentaron definitivamente el trono. Si Yao y Shun trajeron la prosperidad a su pueblo, Yü y Tang inauguraron un largo período de paz, que sólo quebraron los descendientes de Chang y Chou. Movidos por un desmedido afán de poder, se lanzaron a la conquista de los más débiles y subyugaron a infinidad de reinos. Alcanzaron un número total de dieciocho soberanos, cuyo único interés era la guerra y la continua supresión de fronteras. Los sucedieron otros doce reyes, que, en un principio, favorecieron el desarrollo de la paz, pronto, sin embargo, sucumbieron al fragor de los caballos y de los carros de combate, luchando sin cesar los unos contra los otros, como si fueran bestias hambrientas. De tan dura contienda lograron sobrevivir únicamente siete, que terminaron reconociendo la supremacía del más fuerte de ellos: el reino de Chin. El Cielo determinó, entonces, la ascensión del estado de Lu, en el distrito de Bei, que más tarde dio origen al imperio Han. Éste dictó una serie de leyes para todos los estados que lo componían, pero no pudo evitar su caída en manos de los Sz - Ma, que establecieron el dominio de los Tsin. Poco a poco el imperio se fue disgregando y, entre el norte y el sur, aparecieron un total de doce nuevos estados, entre los que podemos citar el de Sung, el de Chi, el de Liang y el de Chen. El poder fue pasando ininterrumpidamente de manos de unos a otros, hasta que hizo su aparición el gran Suei. Desgraciadamente uno de sus herederos dio muestras de ser un auténtico déspota y trajo la desgracia sobre el pueblo. La familia Li, a la que, por cierto, pertenece el señor que nos rige, se vio obligada a derrocarle, dando comienzo al gran imperio Tang. Tras la muerte de Gao-Tze subió al trono Shr-Min, nuestro actual soberano, al que el Cielo ha dotado de tan altas cualidades, que las aguas de nuestros ríos están límpidas y nuestros mares gozan de una paz absoluta. Su prudencia y su virtud son ensalzadas sin cesar por todos sus súbditos. Por lo que respecta al asunto de su muerte y su posterior vuelta a la vida, os diré que todo se inició con la negativa del dragón que moraba al norte de nuestra capital Chang-An, a proporcionar a la tierra la cantidad de agua convenida. Semejante desobediencia le acarreó una inmediata condena de muerte. Alarmado, solicitó en sueños la ayuda de nuestro soberano, que se comprometió a obtenerle el perdón celeste. El día fijado para la ejecución hizo acudir a palacio al funcionario encargado de llevarla a cabo. Su propósito era distraerle con una partida de ajedrez y conseguir que pasara la hora determinada para dar muerte al dragón. Sin embargo, a eso del mediodía se apoderó de él un profundo sopor y le ejecutó, mientras dormía. - ¿De dónde era ese funcionario del que habláis? - preguntó el rey, frunciendo el ceño en señal de reprobación. - De nuestro propio reino - contestó Tripitaka -. De hecho, ostentaba el cargo de primer ministro. Pertenecía a la familia Wei y su nombre era Cheng. Poseía tales conocimientos de astronomía y geografía, que sabía distinguir a la perfección el yin del yang. Aunque no lo creáis, se trataba de un ministro capaz, que en todo momento mantuvo unido el imperio y dirigió con rectitud los asuntos de estado. ¿Cómo iba a haber podido, si no, dar muerte mientras dormía al dragón del río ching? Éste se sintió burlado y, en cuanto llegó a la región de las sombras, acusó a nuestro emperador de haber faltado a su promesa de conservarle la vida. Eso fue lo que provocó la muerte del muy dignísimo señor que nos rige. Antes de partir para el mundo inferior, no obstante, Wei-Cheng escribió una carta para el juez Tswei-Chüe, que habita en la Ciudad de la Muerte. Gracias a esa recomendación, consiguió el Emperador Tang volver a la vida al cabo de tres días, pues, en atención a la amistad que le unía a Wei-Cheng, el juez Tswei tuvo la delicadeza de añadir veinte años más a su recién concluida edad. En agradecimiento, el emperador celebró una gran ceremonia por todos los difuntos y encargó a este humilde monje que cruzara cuantas naciones y tierras fuera preciso para obtener del Patriarca Budista las tres cestas de escrituras Mahayana. Como muy bien sabía él por experiencia, sólo ellas son capaces de librar del sufrimiento a los espíritus que moran en el Reino de las Sombras. - ¡En verdad el reino del que procedes es un trasunto del que existe más allá de las nubes! - exclamó el rey, suspirando -. ¡Qué soberano más virtuoso y qué ministros más capaces! Entre ellos y nosotros no existe el menor punto de comparación. Ya lo veis. Llevo enfermo yo qué sé la de tiempo y ninguno de mis funcionarios ha sido capaz de hallar un remedio con el que poner fin a mis males. El maestro lanzó una mirada furtiva al rey y comprobó que, en efecto, su rostro poseía una alarmante coloración amarillenta y su cuerpo parecía débil en extremo. Era la imagen viva de alguien que está a punto de trasponer las puertas de la muerte. El maestro se disponía a preguntarle sobre la naturaleza de su dolencia, cuando hizo su entrada el maestro de ceremonias de la corte y le invitó a sentarse a la mesa. El rey hizo un gesto con la mano y ordenó: - Servid el banquete en el Salón de las Nubes Aromáticas, deseo comer con el Maestro de la Ley. Con grandes muestras de respeto, Tripitaka le agradeció tamaña delicadeza y se retiró con su majestad, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que pidió al Bonzo Sha en su retiro del Pabellón de los Traductores que preparara el té y algunos platos vegetarianos con los que acompañar el arroz. - No hay ningún problema en cocinar el arroz y el té - contestó el Bonzo Sha -, pero me temo que no tengo ni idea de cómo hacer una comida vegetariana con todo esto. - ¿Cómo puedes decir eso? - le reprendió el Peregrino. - Porque no tenemos nada de aceite, ni de sal, ni de vinagre, ni de jugo de soja - contestó el Bonzo Sha. - Eso tiene fácil solución - replicó el Peregrino -. Coge unas monedas y dile a Ba-Chie que vaya a comprarlo. - No, no - dijo en seguida el Idiota, más por no molestarse que por el peligro que ello pudiera entrañar -. Es mejor que no vaya yo. Soy demasiado feo para andar por ahí solo. Si pasa algo, el maestro me echará la culpa y no quiero que eso suceda. - ¿No te parece que estás sacando las cosas un poco de quicio? - le reprendió el Peregrino -. ¿Por qué habría de pasar algo, si no vas ni a mendigar ni a robar? - ¿Cómo que no? - protestó Ba-Chie -. ¿No viste lo que sucedió, cuando dejé suelto el morro? Todo el mundo huyó, despavorido. Si voy al mercado, ten la seguridad de que más de uno se morirá del susto. - No es necesario que vayas al más concurrido - dijo el Peregrino -. ¿Por qué no pruebas en ese otro que hay por aquí cerca? - Perdona, pero no lo he visto - respondió Ba-Chie -. Como el maestro nos pidió que no alborotáramos, he venido todo el rato con los ojos clavados en el suelo. - Pues deberías haber visto la cantidad de bodegas, tiendas de arroz, molinos y telares que hay a lo largo de toda la calle - contestó el Peregrino -. Eso sin mencionar los establecimientos menores, como las tiendas de té, los tenderetes de tallarines y los puestos de tortas y de tallarines al vapor. Los restaurantes se cuentan también a centenares, todos ellos mostrando, orgullosos, sus espléndidas sopas de arroz, sus finísimas especies y sus verduras tiernísimas. Conté, igualmente, miles de bandejas con pasteles exóticos, platos cocinados al vapor, rollitos, empanadillas, fritangas y pastelitos de miel y otras golosinas. ¿Qué te parece si, a cambio de ese pequeño favor que te pedimos, te dejamos comer algunas de esas maravillas? Al Idiota se le hizo la boca agua y empezó a babear, como si fuera una criatura. Sin poderse aguantar, dio un salto y contestó: - De acuerdo, pero recuerda que la próxima vez que necesite algo tienes que ayudarme y no hacerte el remolón. - Ten cuidado a la hora de cocinar el arroz - dijo el Peregrino, volviéndose hacia el Bonzo Sha, para que no le viera sonreír -. Ya sabes que hoy vamos a echarle muchas cosas. - ¡Venga, dejad de hablar y poneos manos a la obra! - exclamó el Bonzo Sha, comprendiendo que se estaba burlando del Idiota -. Cuanto antes regreses, antes nos sentaremos a la mesa. El Idiota cogió un recipiente y se dirigió hacia la puerta, acompañado por el Peregrino. Al verlos salir, les preguntaron los dos funcionarios: - ¿Se puede saber adonde vais? - A comprar algunas cosillas - contestó el Peregrino. - En ese caso - les aconsejó uno de ellos -, dirigíos hacia la izquierda y torced, cuando lleguéis a una torre de vigilancia. Allí está la tienda de los Cheng, que tiene absolutamente de todo: aceite, sal, salsa de soja, vinagre, jengibre, pimienta, té... Sin dejarles terminar, los dos hermanos se cogieron de la mano y siguieron las instrucciones que acababan de darles. Pasaron por delante de varios restaurantes y tiendas de té, pero el Peregrino no se detuvo en ninguno de ellos. - ¿A qué viene tanto tiquismiquis? - protestó Ba-Chie -. ¿Se puede saber por qué no te parecen bien todos estos establecimientos? Sentémonos y comamos algo, de una vez. - No está bien derrochar el dinero - contestó el Peregrino, dispuesto a hacerle caminar un poco más -. Además, estoy seguro de que un poco más adelante hay cosas mucho mejores que éstas. Sin darse cuenta, se les fueron agregando grupos cada vez más numerosos de curiosos. Al torcer la torre de vigilancia, eran tantos, que apenas podían dar un paso. Es más, parecía como si les estuvieran cortando aposta el camino. - Creo que no deberíamos seguir adelante - dijo Ba-Chie -. ¿No ves a todo ese gentío? A lo mejor no les gustan los monjes extranjeros y nos meten en la cárcel. ¿Qué sería de mí, si nos echaran mano? - ¡No digas tonterías! - le reprendió el Peregrino -. Los monjes se muestran respetuosos con la ley en todos los sitios. ¿Por qué habrían de detenernos? Además, ya falta muy poco para llegar a la tienda de los Cheng. Vamos a pasar entre ellos y se acabó. - Está bien - exclamó Ba-Chie -. Ya sabes que a mí no me gusta meterme en líos, pero tampoco me agrada que me vapuleen como a un tonto. Voy a meterme entre ellos y a sacudir las orejas unas cuantas veces. Estoy seguro de que, en cuanto lo vean, más de uno se caerá al suelo y morirá aplastado por la multitud. Entonces sí que no escaparemos de su furia, pero, por lo menos, habremos vendido caras nuestras vidas. - Puestas así las cosas - concluyó el Peregrino -, lo mejor es que te vuelvas contra la pared y te quedes ahí quieto, mientras yo voy a comprar lo que necesitamos. A la vuelta cogeremos los tallarines y los panecillos, ¿de acuerdo? Sin decir nada, Ba-Chie entregó el recipiente al Peregrino y pegó el morro contra el muro, quedándose más quieto que el tronco de un árbol centenario. El Peregrino se abrió paso entre la multitud lo mejor que pudo, comprobando que se había congregado al pie de la torre, no para cortarles el paso, sino para leer la proclama que alguien había pegado en la pared. Abriendo los ojos cuanto pudo, el Peregrino dirigió sus pupilas diamantinas hacia el documento y vio que decía: Desde el momento mismo en que subió al trono el señor del Reino Morado, situado en el mismo corazón del Continente de Aparagodaniya, la paz se extendió hasta el último rincón del imperio y todos sus habitantes empezaron a gozar de una prosperidad como jamás se había conocido en estas tierras. Los asuntos de estado, no obstante, tomaron un giro inesperado, cuando el hombre que nos rige cayó gravemente enfermo, prolongándose su recuperación durante muchísimo más tiempo del inicialmente previsto. El consejo de médicos de nuestra muy digna nación se ha encargado en todo momento de su curación, pero los valiosísimos remedios que le ha administrado se han mostrado a la larga totalmente ineficaces. Nos hemos visto, por consiguiente, obligados a publicar este bando, convocando a cuantos tengan conocimientos médicos, sin importar su origen ni su condición social, para que pongan en práctica sus artes curativas y arranquen a nuestro señor de la postración en que tan extraña enfermedad le ha sumido. Promete, igualmente, nuestro soberano que entregará la mitad de su reino a quien consiga devolverle la salud. Éste es el motivo de hacer pública la presente proclama. - Como muy bien afirmaban los antiguos - se dijo en seguida el Peregrino, entusiasmado -, "sólo quien se mueve puede alcanzar la gloria". No hay razón para que sigamos en ese lúgubre Pabellón de Traductores. ¿A quién le importan, además, las comidas sabrosas? Hasta el mismo asunto de obtener las escrituras puede muy bien esperar un par de días o tres. Creo que ha llegado la hora de poner en práctica mis conocimientos médicos. Tras dejar en el suelo el recipiente que llevaba en la mano, cogió un poco de polvo y lo tiró hacia arriba, al tiempo que recitaba un conjuro mágico relacionado con el ocultamiento del cuerpo. Al punto se tornó invisible y pudo arrancar con toda facilidad el papel del bando. Se volvió a continuación hacia el sudoeste, agachó la cabeza y, llenando los pulmones de aire, sopló con todas sus fuerzas. En un abrir y cerrar de ojos se levantó un viento huracanado, que dispersó a todos los grupos de curiosos. Sólo quedó Ba-Chie con el morro apoyado contra el muro. El Peregrino se acercó a él y vio que se había quedado dormido. Dobló con cuidado la proclama y se la pegó en el pecho, sin que se diera cuenta. Después se dio media vuelta y, en dos zancadas, se llegó hasta el Pabellón de Traductores, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del gentío que se había congregado al pie de la torre de vigilancia. Cuando el viento se cebó sobre ellos, se cubrieron la cabeza con los brazos y cerraron, desesperados, los ojos. A todos les extrañó mucho que la tormenta hubiera pasado tan deprisa, pero les sorprendió aún más que hubiera desaparecido el documento imperial. Estaban encargados de protegerlo los mismos doce eunucos y doce guardias reales que habían tenido el honor de recibirlo de manos del emperador en persona hacía poco menos de tres horas. Comprendiendo que podían recibir un terrible castigo por su negligencia, lo buscaron, nerviosos, por todas partes. Un sudor frío les bañaba todo el cuerpo, cuando, por fin, lo vieron pegado en el pecho de Ba-Chie. Como un solo hombre, se lanzaron sobre él y le preguntaron, furiosos: - ¿Quieres decirnos por qué has arrancado esa proclama? El Idiota levantó la cabeza, desconcertado. Al hacerlo, dejó suelto el morro y los guardias imperiales cayeron para atrás, temblando como si acabaran de encontrarse con un fantasma. Ba-Chie trató de aprovechar la confusión para echarse a correr, pero los más valientes le cortaron la retirada, diciendo: - ¿En dónde crees que puedes esconderte, si no es en el mismísimo palacio real? ¿Has arrancado la proclama? Pues bien, vas a ser tu el que cure a su majestad. - ¡Yo no he arrancado nada! - protestó Ba-Chie, cada vez más acalorado -. En todo caso, lo habrá hecho vuestro hijo, no yo. Además, yo no entiendo nada de curar a la gente. ¿Por qué no pedís a uno de vuestros nietos que lo haga él? - ¡Déjate de cuentos! - le increpó uno de los guardas -. ¿Quieres decirnos qué es eso que llevas en el pecho? El Idiota agachó la vista y vio que, en efecto, tenía pegado un trozo de papel. Lo estiró del todo y, al enterarse de su contenido, le rechinaron los dientes de rabia y exclamó furioso: - ¡Esto sólo puede ser obra de ese maldito mono! Era tal su ira que, sin darse cuenta de lo que hacía, cogió el documento y lo hizo trizas en presencia de toda la gente, que gritó, escandalizada: - ¡Te puedes dar por muerto, amigo! Esa era una proclama de nuestro señor. ¿Cómo te has atrevido a romperla, sin más? Sólo existe, pues, una explicación: que seas, realmente, un médico famoso y que hayas dado por supuesto que tus conocimientos bastaban para devolver la salud a nuestro rey. ¡Venga, acompáñanos! - ¡No tenéis ni idea de lo ocurrido! - gritó Ba-Chie, tratando de defenderse -. No he sido yo el que ha arrancado el documento, sino Sun Wu-Kung, que ha tenido, además, la ocurrencia de pegármelo en el pecho, sin que yo me diera cuenta. Si queréis llegar hasta el fondo de este lamentable asunto, por fuerza tendréis que interrogarle a él. - ¿Se puede saber de qué estás hablando? - gritó la gente, encarándose con él -. Nosotros no somos de esos que dejan una campana ya hecha, para ir a tañer otra a medio fundir. ¡Fuiste tú el que arrancó la proclama! ¿Por qué quieres que detengamos a ese otro, al que ni siquiera conocemos? Te guste o no, vas a venir con nosotros a ver a nuestro señor - y, sin detenerse a pensar en más, empezaron a empujarle y a tirar de él. El Idiota no se movió del sitio. Parecía como si hubiera echado raíces en la tierra. Ni entre doce fornidos campesinos pudieron arrancarle de aquel lugar. - ¿Es que no tenéis otra cosa mejor que hacer? - se burló Ba-Chie -. Os advierto que, si no dejáis de empujarme, vais a hacerme sacar el genio y entonces no respondo de lo que ocurra. Lejos de aplacar a la multitud, esas palabras la enfurecieron aún más y redoblaron sus ataques contra el infortunado Ba-Chie. Entre los menos exaltados se encontraban dos eunucos entrados ya en años, dijeron: - Aunque te parezca extraño, tu cara y tu voz nos resultan muy conocidos. ¿Quieres decirnos de dónde eres y por qué tienes la cabeza tan dura? - Todos procedemos de las Tierras del Este - contestó Ba-Chie y nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Nuestro preceptor es Maestro de la Ley y ha efectuado un pacto de hermandad con el Emperador de los Tang. Ahora mismo se encuentra en el palacio del hombre que rige los destinos de este reino, solicitando que nos sea sellado nuestro documento de viaje. El hecho de que esté ahora aquí obedece a que nos faltaban algunas cosillas para la comida y salí a comprarlas, acompañado por mí hermano mayor. Al ver la cantidad de gente agolpada alrededor de la torre de vigilancia, mi hermano me aconsejó que me quedara aquí. No sé lo que pasó después, pero estoy seguro de que levantó un remolino de viento, arrancó la proclama y me la pegó en el pecho, sin que yo me diera cuenta. - No hace ni una hora he visto entrar en el palacio a un monje de aspecto saludable y con la cara muy blanca - comentó uno de los eunucos -. Supongo que sería tu maestro. - Así es - se apresuró a confirmar Ba-Chie. - ¿Adonde ha ido tu hermano mayor? - volvió a preguntar el otro eunuco. - En total somos cuatro - explicó Ba-Chie -. Como acabo de deciros, el maestro ha ido a sellar el documento de viaje. Los otros tres nos hemos quedado en el Pabellón de Traductores cuidando del caballo y el equipaje. Supongo que, después de haberme gastado esta broma, mi hermano habrá regresado a la mansión de la que salimos. - ¡Dejad de molestarle! - ordenaron los eunucos a los guardias imperiales -. Vayamos con él a la mansión de los dignatarios extranjeros y descubramos si es verdad cuanto acaba de contarnos. - ¡Vaya! - exclamó Ba-Chie, más aliviado -. Menos mal que estas dos señoras son más comprensivas que todos los demás. - ¡Este monje no tiene respeto por nada! - exclamaron los guardias, furiosos -. ¿No te da vergüenza llamar señoras a dos personas tan respetables? Al fin y al cabo, podías haberlos llamado padres, ¿no. - Vosotros sois los que no sabéis detrás de qué os andáis - exclamó Ba-Chie en tono burlón -. ¿No os parece más apropiado llamarlos señoras que padres? Que yo sepa, los eunucos no tienen hijos. - ¡Dejad de discutir a lo bobo e id a buscar cuanto antes a su hermano mayor! - gritó el gentío, que superaba con mucho las quinientas personas. Juntos se dirigieron hacia el pabellón, entre una barahúnda de voces y gritos. Al llegar a su destino, Ba-Chie se detuvo en seco y les advirtió: - Esperad aquí y no montéis tanto alboroto. Mi hermano no es tan tranquilo como yo. Tiene un carácter muy irascible. Así que, en cuanto le veáis, lo mejor que podéis hacer es saludarle con respeto y dirigiros a él con el nombre de Honorable Sun. Sólo entonces lograréis, no digo ya convencerle, sino simplemente hablar con él. - Si tu hermano mayor es capaz de sanar a nuestro rey - dijeron los eunucos -, heredará la mitad del reino y entonces todo el mundo se mostrará respetuoso con él. Sin hacer caso de lo que acababa de decir Ba-Chie, el gentío se quedó, alborotando, a la puerta, mientras los eunucos y los guardias reales entraban en silencio en el pabellón. En aquel momento el Peregrino estaba contando al Bonzo Sha la broma que acababa de gastar al Idiota y sus risotadas resonaban por todo el palacio. Ba-Chie se arrojó sobre él, furioso, y, agarrándole de la ropa, gritó: - ¡Qué poca vergüenza la tuya! Primero me engañas con eso de los tallarines, las tortas y los panecillos y después levantas un huracán para arrancar la proclama real y pegármela sobre el pecho. ¿Te parece bonito lo que has hecho? ¡Ésa no es la forma de tratar a un hermano! - ¡Creo que te perdiste y terminaste donde no querías! - contestó el Peregrino, sin poder contener la risa -. Después de comprar lo que necesitábamos, pasé por la torre y no te vi, así que regresé a toda prisa. ¿Cómo puedes acusarme de arrancar yo qué sé qué proclamas? - No te hagas el tonto - le aconsejó Ba-Chie -. Los guardias encargados de protegerla están aquí. No había acabado de decirlo, cuando se presentaron los militares y los eunucos, que dijeron, después de inclinarse respetuosamente ante él: - Honorable Sun, no sabéis la suerte que tiene nuestro señor, al contar con vuestra presencia, pues está claro que es el Cielo el que os ha enviado. Tened, pues, la amabilidad de acompañarnos hasta el palacio, con el fin de aplicar a nuestro soberano vuestros profundos conocimientos médicos y devolverle la salud. Sabed que, si lo conseguís, recibiréis la mitad de todo este reino. El Peregrino adoptó una actitud más seria y, tomando en sus manos el escrito real, preguntó: - ¿Sois vosotros los encargados de custodiar esta proclama? - En efecto - contestaron los eunucos, echándose rostro en tierra y golpeando repetidamente el suelo con la frente -. Vuestros humildes servidores pertenecen al Departamento de Protocolo, mientras que éstos que nos acompañan son miembros de la guardia personal del emperador. - Reconozco que fui yo quien arrancó esta proclama que convoca a los mejores médicos del mundo - admitió el Peregrino -. Lo hice con el propósito de que mi hermano os condujera hasta aquí. No niego que vuestro señor se encuentre enfermo, pero, como muy bien afirma el proverbio, "nadie estima las medicinas baratas ni estima a los médicos que no ha ido a buscar". Regresad al palacio y, si quiere que le cure, que venga a pedírmelo personalmente. Si lo hace, os garantizo que, con sólo extender la mano, quedará completamente sano. Al oírlo, todos los eunucos se quedaron estupefactos. - Una afirmación como ésa sólo puede ser realizada por quien realmente conoce lo que se trae entre manos - dijo uno de los guardias del palacio -. Mientras la mitad va a informar al rey de lo ocurrido, el resto nos quedaremos aquí, para que nadie se eche atrás sobre lo que acabamos de acordar. Cuatro de los eunucos y seis de los guardias se dirigieron hacia el palacio. Sin esperar a ser anunciados, se echaron de hinojos ante las escaleras de jade y dijeron: - ¡Os felicitamos, señor, por la enorme ventura que está a punto de descender sobre vos! El rey había acabado de comer y se encontraba charlando con Tripitaka. Al oír tan inesperada felicitación, levantó la cabeza y les preguntó: - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - Esta misma mañana vuestros humildes servidores - contestó uno de los eunucos - corrimos a hacer pública vuestra convocatoria de médicos capaces y dignos. Cuando estábamos pegándola en la torre de vigilancia, tuvimos la enorme fortuna de toparnos con el Sabio Sun, un monje procedente de las lejanas Tierras del Este, que se encuentra de camino en busca de escrituras sagradas. Actualmente reside en e Pabellón de los Traductores y exige que, a cambio de devolveros la salud, vayáis a pedirle personalmente que os cure. Nos ha garantizado que, con sólo pasaros la mano por el cuerpo, os veréis libre de vuestra enfermedad. El rey dio un salto de alegría y, volviéndose hacia el monje Tang, le preguntó: - ¿Cuántos discípulos tenéis, Maestro de la Ley? - Tres, señor - respondió Tripitaka, juntando respetuosamente las manos a la altura del pecho. - ¿Cuál de ellos posee conocimientos médicos? - volvió a preguntar el rey. - A decir verdad - contestó Tripitaka -, todos ellos son gente ordinaria sin ningún tipo de formación. Todo cuanto saben hacer es tirar de las riendas del caballo, cargar con el equipaje, vadear cursos de agua y conducir a este pobre monje a través de las montañas. A veces, cuando atravesamos alguna comarca peligrosa, consiguen dominar demonios y monstruos y hasta domar dragones y tigres. Eso es todo. Que yo sepa, ninguno de ellos tiene la menor idea sobre medicina. - ¿Cómo podéis ser tan modesto, Maestro de la Ley? - exclamó el rey, admirado -. Ha sido un designio del Cielo que hayáis entrado en mis territorios el mismo día que he concedido audiencia pública. Si, como decís, ninguno de ellos posee conocimientos médicos, ¿cómo explicáis que hayan arrancado mi proclama y exijan que vaya a entrevistarme con ellos personalmente? Sin esperar su respuesta, dictó la siguiente orden: - Que los funcionarios, tanto civiles como militares, de mayor rango vayan a rogar en mi nombre al Sabio Sun que acuda a la corte y sane mi enfermedad. Bien me gustaría ir a pedírselo personalmente, pero mi cuerpo está tan debilitado y mis fuerzas tan agotadas, que no puedo salir del palacio. Es mi deseo que le tratéis con la mayor cortesía y en todo momento os dirijáis a él con el respetuoso nombre de Honorable Sun. Saludadle con el ceremonial que sólo se reserva para los monarcas. Sin pérdida de tiempo todos los funcionarios imperiales se dirigieron al Pabellón de los Traductores, acompañados por los eunucos y los guardias del palacio. En cuanto llegaron a la mansión de los dignatarios extranjeros, se pusieron en filas, siguiendo escrupulosamente el orden que les dictaba su rango, y presentaron sus respetos al Peregrino. Desconcertado, Ba-Chie corrió al interior del palacio, mientras el Bonzo Sha salía a uno de los patios y se pegaba literalmente a la pared. El Gran Sabio permaneció, impasible, en el centro del salón. - ¡Maldito mono! - gritó Ba-Chie para sí, cuando hubo recuperado el aplomo -. ¿Cómo es posible que no devuelva el saludo a tan ilustres y tantos funcionarios? Está visto que los humos se le han subido a la cabeza, si no, ¿cómo se explica que ni siquiera se levante del sitio? Una vez concluida la ceremonia, los funcionarios formaron en dos filas y presentaron al Peregrino el siguiente informe: - Permitidnos comunicaros, Honorable Sun, que somos los funcionarios de mayor confianza del soberano del Reino Morado, el cual nos ha encargado que os presentemos sus respetos y os pidamos que vengáis con nosotros a la corte, con el fin de que podáis curarle. - ¿Por qué no ha venido a hacerlo él personalmente? - preguntó el Peregrino, poniéndose finalmente de pie. - Porque se encuentra tan débil, que ni fuerzas tiene ya para cabalgar o montar en su carroza - contestó uno de los funcionarios -. Por eso, precisamente, nos ha pedido a sus más directos colaboradores que vengamos a rendiros los honores reservados a los monarcas. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, os seguiré con mucho gusto. Los funcionarios se dividieron, entonces, en grupos, guardando escrupulosamente su rango y posición, e iniciaron su vuelta al palacio. El Peregrino los siguió con paso lento, no sin antes haberse arreglado las ropas. - ¿En qué lío piensas meternos ahora? - preguntó Ba-Chie, preocupado. - En ninguno - contestó el Peregrino -. Sólo quiero que os quedéis aquí y recibáis las medicinas. - ¿Qué medicinas? - exclamó el Bonzo Sha. - Las que van a enviarnos dentro de poco - respondió el Peregrino -. Cogedlas sin rechistar y guardadlas hasta que venga a por ellas. Los dos hicieron un gesto con la mano y regresaron al interior del pabellón, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, en cuanto llegó a la corte, acompañado de todos aquellos soldados y funcionarios, fue conducido inmediatamente a presencia del rey. La cortina de perlas no tardó en levantarse y, abriendo sus ojos de fénix, su majestad escrutó a todos los recién llegados con sus pupilas de dragón y preguntó con su boca de oro: - ¿Quién de vosotros es el Sabio Sun? - El viejo Mono que tenéis ante vos - contestó el Peregrino, dando un paso hacia delante. Al escuchar su voz, ronca como la de un espíritu, y ver su aspecto inconfundible de dios del trueno, el rey se llevó tal susto, que por poco no se cae de su trono. Afortunadamente sus esposas y concubinas lograron agarrarle a tiempo y le condujeron a toda prisa a las habitaciones interiores. Su majestad estaba tan alterado, que lo único que podía decir era: - ¡Qué susto más horrible! ¡Qué susto! - ¿Cómo ha podido este monje dar muestras de tan poco respeto? - comentaron entre sí los funcionarios, escandalizados -. Es inconcebible que, además de arrancar la proclama, haya asustado de tal forma a nuestro monarca. - No sabéis ni lo que decís - los reconvino el Peregrino, volviendo hacia ellos su rostro sonriente -. Si es así como tratáis a la gente, os aseguro que vuestro rey seguirá enfermo otros mil años más por lo menos. - ¡Está completamente loco! - exclamaron los funcionarios, a coro -. ¿Cómo va a continuar gozando de mala salud durante otros mil años, si la vida de un hombre no llega a tanto? - Vuestro rey es ahora una persona enferma - contestó el Peregrino -, pero, cuando muera, se convertirá en un espíritu enfermizo y lo seguirá estando en la próxima reencarnación. ¿Os convencéis ahora de que es verdad lo que os decía? - ¡Qué mono más maleducado! - volvieron a exclamar los funcionarios, más irritados todavía -. ¿Cómo te atreves a decir tantas tonterías sobre una persona de tanta importancia como nuestro señor? - ¿Quién ha dicho que son tonterías? - repitió el Peregrino, soltando la carcajada -. Escuchad lo que voy a deciros: no existe arte más difícil que el del que practica la medicina. Debe poseer, en efecto, una mente rápida y un sentido muy fino de la valoración. Hay cuatro cualidades que le son imprescindibles para el desarrollo de su profesión: ha de saber calibrar, poseer un oído muy fino, conocer las preguntas adecuadas e interpretar los datos observados. Si le falta una sola de ellas, su actuación se verá condenada al fracaso. Los que nos dedicamos a la práctica de la medicina debemos, en efecto, comprender de un solo vistazo la complexión del paciente; si es gordo o delgado, si posee una piel seca o húmeda, si duerme bien o no. Se nos exige, igualmente, deducir su estado de ánimo, tanto por lo que dice como por el tono en el que lo dice. Es preciso también que averigüemos las causas y la duración exacta de la enfermedad, teniendo en cuenta lo que bebe, lo que come y la forma como lo elimina. Tenemos, por último, que calibrar el estado de sus conductos por el tipo de pulso que presente, bien sea superficial, profundo, interior o exterior. Sin esas cuatro cualidades, pues, es prácticamente imposible librar a nadie de la enfermedad que le aqueje. Entre los funcionarios se encontraba el médico imperial, el cual exclamó, admirado, al oír semejante disertación: - Lo que acaba de decir ese monje es absolutamente verdad. Incluso los inmortales, cuando examinan a algún paciente, se ven obligados a calibrar, a escuchar con atención, a preguntar adecuadamente y a interpretar los datos observados. En la posesión de esas cuatro cualidades se basa precisamente la superioridad que los dioses y sabios tienen sobre el resto de los mortales. Esas palabras bastaron para convencer al resto de los funcionarios de que el Peregrino no era un vulgar charlatán. Esperanzados, enviaron al rey el siguiente mensaje: - Antes de determinar la naturaleza de la enfermedad y de recetar el remedio adecuado, el maestro desearía aplicar los principios de la calibración, la escucha, la pregunta y la interpretación. El rey yacía en su lecho, tan agotado, que sólo pudo susurrar: - Ordenadle que se vaya. No soporto ver a mí alrededor ninguna cara desconocida. Desalentado, el funcionario que le había llevado la noticia regreso con la cabeza gacha y anunció al Peregrino: - Nuestro señor os ordena salir inmediatamente del palacio, ya que no aguanta ver cerca de él ningún rostro desconocido. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, tendré que recurrir a la técnica del hilo estirado para poder tomarle el pulso. - Todos hemos oído hablar de esa técnica, pero nunca se la hemos visto practicar a nadie - comentaron, asombrados, entre sí los funcionarios -. Es preciso que se lo comuniquemos cuanto antes a su majestad. El encargado de transmitir los mensajes volvió a entrar en las habitaciones interiores y dijo: - Señor, puesto que no deseáis ver al maestro, éste solicita poder tomaros el pulso con unos hilos de oro. - Llevo tres años enfermo y en todo este tiempo nadie ha usado una técnica tan sorprendente - se dijo el emperador -. Está bien - añadió en voz alta -, hacedle pasar. El funcionario regresó junto al Peregrino y le comunicó: - Nuestro soberano os concede permiso para que le toméis el pulso, aplicando la técnica del hilo estirado. Es preciso, pues, Honorable Sun, que paséis a los aposentos privados de su majestad. El Peregrino se puso en seguida en camino. Al poco rato se encontró con el monje Tang, que le regañó, diciendo: - ¡Maldito mono! ¿Te das cuenta de la situación tan comprometida en la que me has puesto? - ¿Cómo podéis decir eso? - contestó el Peregrino, sonriendo -. Es ahora cuando todo el mundo está más pendiente de vos. - ¿Quieres decirme a cuántos has curado durante todos estos años que llevas conmigo? - preguntó Tripitaka, cada vez más excitado -. Desconoces el nombre de las medicinas y, que yo sepa, jamás te he visto leyendo un libro sobre temas curativos. ¿No comprendes que con tu temeridad vas a terminar trayendo la desgracia sobre nuestras cabezas? - Se ve que no estáis enterado de los conocimientos que poseo - respondió el Peregrino, sin dejar de sonreír -. Aunque no lo creáis, conozco ciertas hierbas que pueden curar las enfermedades más graves. Supongamos, de todas formas, que mi remedio no surte el menor efecto y el rey termina muriendo. De lo más que me pueden acusar es de incompetencia, no de asesinato. Hasta ahora a nadie se ha ejecutado por eso, ¿no? ¿A qué vienen, entonces, tantas preocupaciones? Tranquilizaos y sentaos, mientras pruebo mi tino a la hora de tomar el pulso a su majestad. - ¿Pero es que realmente conoces el contenido de libros como Las preguntas sencillas, El clásico de los problemas médicos, Las farmacopeas y Los géneros del pulso? 8 ¿Has leído algunos de los comentarios que con respecto a ellos se han hecho? ¿Cómo te atreves, entonces, a hablar de técnicas tan complicadas como la del hilo estirado? - No os preocupéis - insistió el Peregrino -. Siempre llevo conmigo unos cuantos hilos de oro. Ya veréis como todo saldrá bien. Se arrancó tres pelos de la cola y exclamó: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en tres hilos de veinticuatro nudos de largo, número que correspondía perfectamente al de los períodos solares. Sin dejar de sonreír, se los enseñó al maestro y le preguntó: - ¿Qué os parecen mis hilos de oro? - Si no les importa - dijo uno de los eunucos -, sería de desear que pusieran fin a su conversación y entraran a tomar el pulso a su majestad. El Peregrino se despidió del monje Tang y entró en los aposentos reales, acompañado por el funcionario que había ido a buscarle. Se cumplió, así, el dicho de que "las fórmulas secretas de la mente son capaces de sanar a todo un reino, de la misma forma que los remedios interiores poseen la virtud de prolongar indefinidamente la vida". Desconocemos, de momento, si el Peregrino supo identificar la dolencia que aquejaba al rey o si encontró el remedio adecuado para la misma. El que desee enterarse de lo que sucedió tendrá que escuchar atentamente las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第069回 EL SEÑOR DE LA MENTE PREPARA POR LA NOCHE LAS MEDICINAS. EL REY HABLA DEL MONSTRUO MALVADO A LO LARGO DEL BANQUETE Decíamos que el Gran Sabio siguió al funcionario por los largos pasillos que conducían a las habitaciones privadas del monarca. Se detuvieron a las mismas puertas de los aposentos reales, donde el Peregrino le hizo entrega de los tres hilos de oro, diciéndole: - Pide a una de las damas del palacio o a un eunuco que pase cada uno de estos hilos por los puntos de medida del pulso del brazo izquierdo de su majestad y entrégame los extremos, para que pueda sentir las pulsaciones. El funcionario siguió al pie de la letra sus instrucciones. Con no pocas dificultades, se consiguió hacer sentar al rey en el lecho y se le pasaron los hilos de oro por los puntos exactos que había dicho el Peregrino, quien se hizo cargo en seguida de los tres extremos. Cogió uno de ellos entre el pulgar y el índice de la mano derecha y tomó el pulso del primer punto. El del segundo lo midió con los dedos medio y pulgar, y el del tercero, con el pulgar y el anular. Acomodó a continuación el ritmo de su respiración con el de los latidos del paciente y trató de determinar cuáles de los cuatro "chi" 3 heteropáticos, de las cinco estasis, de las siete imágenes externas, de las ocho imágenes maternas y de las nueve indicaciones se hallaban presentes en el pulso del enfermo. Ejerció después sobre los hilos de oro una presión que osciló de débil a fuerte y de fuerte a débil, pasando por un lógico estadio intermedio, que le sirvió para fijar la cantidad de energía vital que aún latía en el cuerpo del paciente, así como las causas que determinaban su carencia o su abundancia. Cuando hubo concluido todas esas operaciones, pidió que retiraran los hilos de la mano izquierda de su majestad y se los pasaran a la derecha, para que pudiera llevar a cabo nuevas valoraciones de su estado general. Una vez concluido tan minucioso examen, sacudió ligeramente el cuerpo y, tras recobrar los pelos que él mismo se había arrancado, gritó en voz alta, para que pudiera oírle el rey: - En el primer punto de vuestra mano izquierda el pulso se mantiene firme y fuerte; en el segundo se percibe alterado y mucho más débil; en el tercero se aprecia sin fuerza y hundido. Por lo que respecta a vuestra mano derecha, en el primer punto se muestra suave y liviano; en el segundo, lento y vacilante, y en el tercero, firme y acelerado. Que se mantenga firme y fuerte en el primer punto de vuestra mano izquierda da a entender que vuestras energías internas están al borde del agotamiento y eso os hace sentir un agudo dolor en la zona del corazón. Que se perciba alterado y débil en el segundo es expresión de que sudáis copiosamente y de que tenéis todo el cuerpo como entumecido. Que se aprecie sin fuerza y hundido en el tercero manifiesta que vuestra orina posee una coloración rosácea y que vuestras cavidades internas se hallan inundadas por la sangre. Que se muestre suave y liviano en el primer punto de vuestra mano derecha quiere decir que vuestros conductos se hallan bloqueados, dificultando, de esa forma, la circulación del "chi" y provocando la anulación de los flujos menstruales. Que sea lento y vacilante en el segundo indica una retención en el estómago de los fluidos alimenticios, provocando una excesiva concentración de los mismos en esa zona. Que se sienta firme y acelerado en el tercero expresa claramente que os encontráis rígido y sufrís frecuentes escalofríos, producto, todo ello, de la disminución de energías que padecéis. Resumiendo, en mi opinión vuestra enfermedad ha sido producida por la intranquilidad y el temor, constituyendo una variante de la dolencia conocida como la pareja de aves rota. - ¡Es verdad! ¡Eso es exactamente lo que me ocurre! - gritó el rey, muy excitado, al oírlo -. Salid fuera y recetadme las medicinas que estiméis necesarias. El Gran Sabio, abandonó, entonces, las habitaciones interiores y se dirigió hacia la zona pública del palacio. Algunos eunucos habían corrido a comunicar al resto de los funcionarios el resultado de su examen. El monje Tang prefirió preguntárselo directamente al Peregrino, que respondió: . - Acabo de tomarle el pulso y voy a recetarle ahora unas medicinas, para que se recupere del todo. - ¿Qué queríais decir con eso de que la enfermedad de nuestro soberano es una variante de la dolencia conocida como la pareja de aves rota? - le preguntaron los funcionarios de mayor rango, acercándose a él. - Suponed que van volando juntos dos pájaros, uno macho y otro hembra, y se ven separados de pronto por un viento huracanado - contestó el Peregrino -. La lluvia es tan fuerte que el macho no puede ver a la hembra, ni la hembra al macho. Es lógico suponer que se añorarán mutuamente y la nostalgia los hará sufrir más que nada en el mundo. Eso es exactamente lo que quise decir con eso de una dolencia conocida como la pareja de aves rota. - ¡Extraordinario! - exclamaron los funcionarios, admirados -. En verdad, vuestros conocimientos médicos son algo fuera de lo común. - ¿Qué remedio vais a recetarle, ahora que habéis diagnosticado certeramente su enfermedad? - preguntó, a su vez, el médico imperial. - No es necesario que escriba ninguna receta - respondió el Peregrino -. De todas formas, precisaré de todas las medicinas que podáis ofrecerme. - ¿Para qué las queréis? - protestó el médico -. Según los clásicos, existen ochocientos ocho tipos de medicinas para hacer frente a las cuatrocientas cuatro clases de enfermedades que puede padecer un ser humano. Es claro que una persona no puede tenerlas todas al mismo tiempo. - También afirmaban los antiguos - replicó el Peregrino - que las medicinas no son tales por estar incluidas en una receta y que deben usarse según uno lo crea conveniente. Eso es, precisamente, lo que intento hacer yo, usando un poco de ésta, otro poco de aquélla y otro de la de más allá. El médico imperial no se atrevió a seguir discutiendo y, saliendo del palacio, fue a ordenar a sus subalternos que recorrieran todas las farmacias de la ciudad y adquirieran en cada una de ellas cinco kilos de cuantas medicinas encontraran, tanto naturales como elaboradas. Tan enorme cantidad de remedios debía ser entregada al Peregrino sin la menor demora. - Me temo que no es éste el lugar más apropiado para realizar las mezclas - dijo el Gran Sabio -. Si no os importa, me gustaría que las llevarais, junto con el resto del instrumental, al Pabellón de los Traductores. Mis hermanos se harán cargo de todo. El médico imperial dio su conformidad para que así se hiciera. Al poco rato empezaron a llegar a la mansión de los dignatarios extranjeros cinco kilos de cada una de las ochocientas ocho clases de medicinas existentes, así como una gran cantidad de utensilios para moler, rodillos, morteros y otros artilugios semejantes. El Peregrino volvió a entrar, mientras tanto, al palacio imperial a pedir al maestro que regresara con él al pabellón a ayudarle a preparar la medicina. Apenas acababa de levantarse del asiento, cuando llegó una orden del emperador pidiendo al Maestro de la Ley que se quedara a pasar la noche en el Pabellón de la Cultura. En el documento se afirmaba, igualmente, que, en cuanto su majestad hubiera tomado la medicina y hubiera recobrado la salud, todos serían recompensados con generosidad y les sería sellado el documento de viaje, para que pudieran proseguir tranquilamente su camino. Al leerlo, Tripitaka exclamó, vivamente preocupado: - ¿Qué vamos a hacer? Esto quiere decir que me toma como rehén. Si sana, nos dejará partir colmados de honores, pero, si su salud no mejora, me arrastrará consigo a la muerte. Toma todas las precauciones que puedas y prepara una droga que sea efectiva. De lo contrario, ya sabes lo que me espera. - No os preocupéis - le aconsejó el Peregrino, sonriendo -. Disfrutad todo lo que podáis. Os aseguro que tengo poder para arrancar al rey de las garras de la enfermedad - y, despidiéndose de Tripitaka y de los otros funcionarios, se dirigió directamente a la mansión de los dignatarios extranjeros. Al verle, Ba-Chie exclamó, sonriendo: - ¡Ahora te conozco bien! - ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó el Peregrino. - Que has comprendido a tiempo que ese asunto de ir en busca de las escrituras no va a llevarnos a ninguna parte y, al ver lo próspera que es esta comarca, has decidido abrir una farmacia - respondió Ba-Chie -. No está nada mal tu plan, teniendo en cuenta que careces totalmente de dinero para iniciar un negocio. - ¡Deja de decir tonterías, por favor! - le reprendió el Peregrino -. Cuando hayamos curado al rey, con mucho gusto abandonaré esta ciudad y me lanzaré de nuevo a los caminos. ¿Qué te ha hecho pensar que estoy decidido a abrir una farmacia? - ¿Para qué quieres, si no, todas estas medicinas? - replicó Ba-Chie -. Nadie compra, así como así, cinco kilos de cada una de las ochocientas ocho clases que existen. Has hecho traer un total de cuatro mil cuarenta kilos. ¡No me digas que necesitas tantos para curar a una sola persona! ¡Tardará años en asimilar todo esto! - ¡¿De verdad crees que necesito tantos remedios?! - exclamó el Peregrino, divertido -. Si he hecho traer una cantidad tan abultada, ha sido con el fin de confundir a esos estúpidos médicos imperiales. No quiero que averigüen ni lo que he usado ni la cantidad de medicina que he echado. No había acabado de decirlo, cuando se presentaron los dos funcionarios responsables del pabellón y, arrodillándose ante ellos, dijeron: - Tened la amabilidad de pasar al comedor a cenar. - ¿Cómo es que ahora nos tratáis con tanto respeto, cuando por la mañana apenas nos hicisteis caso? - les preguntó el Peregrino, burlón. - Cuando llegasteis - contestaron los dos funcionarios, golpeando repetidamente el suelo con la frente -, éramos como quienes tienen ojos y no ven. Nos confundió vuestro aspecto salvaje y montaraz. Ahora sabemos que poseéis unos conocimientos tan profundos de las artes médicas, que habéis aceptado la dificilísima responsabilidad de curar a nuestro soberano. Para nadie es un secreto que, si lo conseguís, heredaréis la mitad de este imperio y nosotros seremos vuestros humildes súbditos. Consideradas así las cosas, la etiqueta nos exige que nos arrodillemos ante vos. Satisfecho por lo que acababa de oír, el Peregrino se dirigió al salón principal y tomó el asiento del centro, mientras Ba-Chie y el Bonzo Sha se sentaban a cada uno de sus lados. Apenas acababan de servirles una comida vegetariana, cuando el Bonzo Sha preguntó: - ¿Dónde está el maestro? - Me temo que el rey le ha tomado como rehén - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Le dejará en libertad, en cuanto haya recobrado la salud. - ¿Disfruta de algún tipo de comodidades? - volvió a preguntar el Bonzo Sha. - ¡Cómo no va a disfrutar de comodidades, si está con el rey! - exclamó el Peregrino -. Cuando le dejé, tres de los funcionarios de mayor rango partieron con él hacia el Pabellón de la Cultura. - Por lo que has dicho, deduzco que al maestro le están tratando con más respeto que a nosotros - comentó Ba-Chie -. De hecho, él tiene a su servicio a tres de los funcionarios más respetables, mientras nosotros debemos conformarnos con dos servidores imperiales de ínfimo rango. De todas formas, ¿qué más nos da? Comamos cuanto podamos y asunto arreglado. Los tres peregrinos comieron hasta que la alegría invadió por completo su corazón. Para entonces había empezado a hacerse de noche y, volviéndose hacia los funcionarios, el Peregrino les ordenó: - Retirad todo esto y traednos todas las velas y el aceite que encontréis. Me temo que tendremos que pasar la noche en vela preparando la medicina. Los funcionarios obedecieron sin rechistar. Era cerca de la medianoche, cuando dieron por terminado su cometido y se retiraron a descansar. El pabellón quedó, entonces, en silencio y Ba-Chie se aventuró a preguntar al Peregrino: - ¿Te importaría decirnos qué clase de medicina es esa que piensas preparar? Te aseguro que, si esperas un poco más, me voy a quedar dormido. - Coge una onza de "da-huang" 9 y muélela hasta que quede convertida en polvo - le ordenó el Peregrino. - El "da-huang" - comentó el Bonzo Sha - posee un sabor amargo, una disposición fría, aunque no sea venenoso, y unas propiedades más relajantes que excitantes. Se usa, pues, no tanto para fortalecer como para producir el flujo normal de los humores. Hace desaparecer, de hecho, los estados depresivos y se muestra extremadamente eficaz contra las congestiones, pues tiene la propiedad de introducir un rayo de orden en el caos. De ahí que se le aplique el nombre de "General". Teniendo en cuenta su carácter de laxante, opino que no deberíais utilizarlo para curar a su majestad, ya que una enfermedad tan larga como la que ha padecido por fuerza ha tenido que debilitar en demasía su cuerpo. - Te olvidas de una cosa - contestó el Peregrino, sonriendo -. Este remedio le limpiará las vías respiratorias y podrá expectorar con más facilidad. Eso sin contar con que hará desaparecer el frío y el calor acumulados en su estómago. Tranquilízate. Sé bien lo que hago. Si no te importa, te agradecería que me trajeras otra onza de "ba-dou". Después de romperle la cáscara y de pelarlo, tira el aceitillo que tiene dentro y muélelo hasta que se convierta en polvo. - El "ba-dou" - se apresuró a decir Ba-Chie - posee un sabor acre y una disposición caliente y venenosa. Tiene, al mismo tiempo, propiedades reblandecedoras, que le permiten arrancar el frío corporal de las partes más inaccesibles del organismo y acabar con los coágulos que cierran el camino a los fluidos orgánicos. Se trata de una especie de guerrero, al que nada detiene y todo se rinde a su paso. En mi opinión no debería usarse con ligereza. - Tampoco tú pareces comprender que no existe medicina más efectiva para poner fin a las congestiones y limpiar por completo las entrañas - replicó el Peregrino, sonriendo -. Desde siempre se ha usado para rebajar las hinchazones pectorales y hacer remitir las inflamaciones de vientre. Haz rápidamente lo que te he dicho y no pierdas más el tiempo. Para que el remedio alcance toda su potencialidad, es preciso que lo mezcle con algún otro sabor más. - ¿Cuál piensas usar en concreto? - preguntaron a coro, en cuanto hubieron hecho lo que se les había encargado. - Ninguno - contestó el Peregrino, retractándose de lo que acababa de decir momentos antes. - ¿Cómo que ninguno? - repitió Ba-Chie, asombrado -. Existen más de ochocientos ocho sabores y ¿sólo piensas usar una onza de esos dos, cuando dispones de cinco kilos de todos los demás? ¿A quién piensas engañar con tus artimañas? - Es mejor que no sigas hablando - le aconsejó el Peregrino, cogiendo un frasquito de porcelana cubierto de flores -. Toma. Raspa con cuidado el fondo de la sartén y llena la mitad de esta botellita con el hollín que desprenda. - ¿Para qué lo quieres? - exclamó Ba-Chie. - Para hacer la medicina, por supuesto - contestó el Peregrino. - Parece como si nunca hubieras visto un remedio hecho con hollín - se burló el Bonzo Sha. - Es posible que no lo sepas - añadió el Peregrino -, pero este tipo de hollín recibe el nombre de "escarcha de las cien hierbas" y es capaz de aliviar más de un centenar de dolencias. El Idiota se encogió de hombros y llenó la mitad del frasco con el hollín de la sartén, que redujo a polvo en un abrir y cerrar de ojos Después de vaciarlo, el Peregrino volvió a dárselo, diciendo: - Ahora vete y llena la mitad de la botellita con el orín de nuestro caballo. - ¿Se puede saber para qué lo quieres? - preguntó, una vez más, Ba-Chie. - Para terminar de hacer las píldoras - contestó el Peregrino. - ¡No hay quien pueda contigo! - exclamó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. El orín de caballo posee un olor acre y muy fuerte. ¿Cómo vas a usarlo en la medicina? A lo largo de mi vida he visto píldoras hechas de vinagre, de caldo de arroz fermentado, de miel rebajada y hasta de agua simple y llana, pero jamás de orín de caballo. Huele tan mal que, en cuanto lo perciba el enfermo, su estómago no podrá resistirlo y devolverá todo lo que tenga dentro. Si, encima, añades "ba-dou" y "da-huang", ten la seguridad de que se deshará por arriba y por abajo, como si fuera un trozo de hielo. A mí eso no me parece nada divertido. - ¿No comprendéis que nuestro caballo es totalmente distinto de los que andan por ahí? - replicó el Peregrino -. No deberíais olvidar que, en realidad, se trata de un dragón originario del Océano Occidental. Si se apresta a orinar en ese frasco, tened la seguridad de que no habrá enfermedad humana que se le resista. El problema es que no sé si os atreveréis a recoger su meada. Al oírlo, Ba-Chie corrió al establo, picado en su amor propio. El caballo estaba durmiendo, tumbado en el suelo panza arriba. El Idiota le despertó con unas cuantas patadas y le puso el frasco debajo de los genitales, esperando que meara de un momento a otro. Pero el tiempo fue pasando y, al ver que el caballo no dejaba escapar nada, corrió junto al Peregrino y le dijo, muy alterado: - Opino que, antes de curar al rey, sería conveniente que sanáramos al caballo. Parece como si se hubiera secado. He estado junto a él yo qué sé la de tiempo y ¡no ha dejado escapar ni una sola gota de meada! - Iré contigo a ver lo que pasa - dijo el Peregrino, sonriendo. - Creo que también yo voy a echar un vistazo - anunció, por su parte, el Bonzo Sha. Al verlos, el caballo se puso inmediatamente de pie y dijo con voz sonora: - Deberíais tener en cuenta que en tiempos fui un dragón del Océano Occidental. Tuve la mala fortuna de desobedecer las órdenes celestes, pero la Bodhisattva Kwang-Ing acudió en mi ayuda y me libró de la muerte. De hecho, si me serró los cuernos, me arrancó las escamas del cuerpo y me convirtió en un caballo para que el maestro pudiera hacer con más comodidad su viaje hacia el Paraíso Occidental, fue con el fin de que mis buenas acciones borraran los efectos de mi culpa. Eso no quiere decir, sin embargo, que haya perdido ninguno de mis antiguos poderes. Si, por ejemplo, al pasar junto a un curso de agua, dejo escapar una sola gota de mi orín, los peces que en él moran se convertirán al instante en dragones. Si lo hago en la montaña, los matorrales se transformarán en agárico, que los jóvenes inmortales arrancarán en seguida para hacer aún más longevas sus vidas. ¿Comprendéis ahora por qué soy tan reacio a dejar escapar una sola gota de mis humores internos? - Se nota que no estás acostumbrado a hablar - replicó el Peregrino -. Para empezar, éste no es un lugar cualquiera, sino un reino enclavado en el Oeste. Además, nadie te pide que hagas uso en vano de tus fluidos vitales. Como muy bien afirma el dicho, "se necesitan muchos manojos de algodón para hacer un abrigo". Es preciso que devolvamos la salud al señor de estas tierras. Si lo logramos, todos nos cubriremos de gloria y honores. Si no, me temo que no se nos permitirá partir con la misma tranquilidad con la que llegamos. - En ese caso - concluyó el dragón -, esperad un momento - y, estirando las patas delanteras, empezó a hacer fuerza con las traseras, al tiempo que comprimía penosamente el vientre. Eran tales sus esfuerzos, que los dientes le rechinaban, como si hubiera perdido el control sobre ellos. De esa forma, consiguió dejar escapar unas cuantas gotitas de orín. - ¡No he visto tipo más tacaño que éste! - exclamó Ba-Chie, irritado, al ver que el dragón adoptaba una postura normal -. Aunque lo que mea sea oro líquido, podía haber echado un poco más, ¿no os parece? - Es más que suficiente - dijo el Peregrino, al comprobar que casi la mitad del frasco estaba lleno -. Volvamos cuanto antes a preparar la pócima. El Bonzo Sha estaba encantado. Acompañado de sus dos hermanos, regresó al salón que les había sido asignado y mezclaron la orina del caballo con las otras medicinas. A continuación hicieron tres píldoras, que al Peregrino le parecieron demasiado grandes. - ¿Cómo puedes decir eso? - replicó Ba-Chie -. No son mayores que una nuez medio madura. Si fuera yo el que tuviera que tragármelas, daría cuenta de las tres en un abrir y cerrar de ojos - y, guardándolas en una cajita pequeña, se retiraron a descansar. Era tan tarde que ni siquiera se desvistieron. A pesar de lo avanzado de su enfermedad, a la mañana siguiente el rey volvió a presentarse en la corte. Tras conducir al monje Tang al salón de audiencias, ordenó a los oficiales de su guardia personal que se dirigieran al Pabellón de los Traductores y pidieran con la mayor cortesía al Honorable Sun que les hiciera entrega del remedio que había de poner fin a su mal. Sin pérdida de tiempo los soldados abandonaron la corte y se llegaron hasta el palacio en el que moraba el Peregrino. - Nuestro señor - explicaron, echándose rostro en tierra - nos ha ordenado venir en busca de la maravillosa medicina que ha de curar su enfermedad. El Peregrino pidió a Ba-Chie que sacara la cajita y, tras destaparla con cuidado, se la entregó a los oficiales que mandaban el destacamento. - ¿Qué nombre recibe esta pócima? - preguntó uno de ellos -. Disculpadnos, pero hemos de decírselo a nuestro señor, antes de que se la lleve a los labios. - Se llama el Elixir del Oro Negro - contestó el Peregrino. - No podía ser de otra forma, llevando, como lleva, una gran proporción de hollín - comentaron entre sí Ba-Chie y el Bonzo Sha, conteniendo a duras penas la risa. - ¿Con qué clase de bebida tendrá que tomarse esto? - volvió a preguntar el oficial. - Para que sea realmente efectiva, existen dos tipos de líquidos, pero me temo que aquí sólo podremos conseguir uno - respondió el Peregrino -. Se logra hirviendo en agua seis cosas muy concretas. - ¿De qué cosas se trata? - inquirió, una vez más, el oficial. - El pedo de un gallo viejo en pleno vuelo, la meada de una carpa remontando un torrente, un poco de polvo del rostro de Wang-Mu-Niang-Niang, unas cuantas cenizas del brasero de Lao-Tse, tres hebras del sombrero que ciñe la cabeza del Emperador de Jade y cinco pelos de la barba de un dragón cansado - volvió a contestar el peregrino -. Tened la seguridad de que, si vuestro señor toma la medicina que os he dado con el jugo de estos seis componentes, su enfermedad se disipará como la neblina en una mañana de primavera. - ¡Eso es imposible! - exclamó el oficial, alarmado -. ¿Cómo vamos a darle ese líquido que decís, si en este mundo no existen tales cosas? - En ese caso - concluyó el Peregrino -, que tome la medicina con un poco de agua sin fuente ni origen. - Eso es más fácil de conseguir - dijo otro de los oficiales, sonriendo. - ¿Estás seguro? - objetó el Peregrino. - Según la gente que mora en esta región - explicó el mismo oficial -, para conseguir un poco de agua sin fuente ni origen, es preciso coger un recipiente, llenarlo hasta el mismo borde y llevarlo hasta casa, sin dejar caer una gota ni mirar hacia el pozo o el río del que se ha sacado. Así, la persona que está enferma puede beberlo y verse libre de la enfermedad que la aqueja. - No me parece muy buen método - objetó el Peregrino -. Al fin y al cabo, todos los pozos y ríos manan en última instancia de una fuente. Lo que yo entiendo por agua sin fuente ni origen es la que cae de los cielos y se recoge antes de que haya tocado el suelo. - Bien - concluyó el oficial -, ésa es aún más fácil de conseguir. Todo lo que tenemos que hacer es esperar a que llueva - y, tras dar con sumo respeto las gracias al Peregrino, regresaron a presencia del rey, que les preguntó vivamente interesado: - ¿Qué clase de píldoras son ésas? - El respetable monje nos ha dicho - contestó el oficial de mayor rango - que esta medicina recibe el nombre de Elixir del Oro Negro y que ha de tomarse con agua sin fuente ni origen. Excitado, el rey ordenó a uno de sus servidores que fuera inmediatamente a por un poco de esa agua, pero el oficial le aconsejó que no lo hiciera, diciendo: - Según nuestro sabio benefactor, esa clase de agua no se encuentra ni en los ríos ni en los pozos, sino que es la que cae de los cielos antes de que llegue a tocar el suelo. Al oír tan inesperada explicación, el rey se volvió hacia el funcionario encargado de las prácticas mágicas y le ordenó que hiciera llover sin pérdida de tiempo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que permaneció en el Pabellón de los Traductores y que, volviéndose hacia Chu Ba-Chie, dijo: - Les he dicho que la medicina sólo podía tomarse con agua de lluvia, pero dudo que vaya a llover tan pronto como todos quisiéramos. Se nota que ese rey es una persona muy digna y de una virtud extraordinaria, por lo que no me parece acertado hacerle esperar en vano. ¿Qué te parece si entre tú y yo le ayudamos a conseguir un poco de lluvia? - ¿Cómo podemos hacerlo? - preguntó Ba-Chie, sorprendido. - Muy fácil - respondió el Peregrino -. Ponte a mi izquierda y que el Bonzo Sha se coloque a mi derecha, así haréis el papel de estrellas, mientras yo me encargo de traer la lluvia - y empezó a recitar un conjuro. Al poco rato apareció por el este una nube muy oscura, que vino a detenerse justamente encima de sus cabezas. En ese mismo instante se oyó una voz, que decía: - Gran Sabio, acaba de venir a visitaros Ao-Kuang, el Rey Dragón del Océano Oriental. - Tened la seguridad de que no os hubiera molestado, si no hubiera sido absolutamente necesario - contestó el Peregrino -. Si os he hecho venir, ha sido porque el señor de estas tierras precisa de un poco de agua sin fuente ni origen para poder tomar su medicina. - Cuando me llamasteis - respondió el Rey Dragón -, no mencionasteis nada sobre agua, así que me temo que no he traído mis instrumentos para provocar lluvia. ¿Cómo voy a hacer llover sin la ayuda de las nubes, del viento, del relámpago y del trueno? - No es necesario que el relámpago, el trueno, las nubes y el viento os echen una mano, porque no preciso de mucha lluvia - objetó el Peregrino -. De hecho, sólo necesito un poco de agua, para que el rey pueda tragar la medicina. - En ese caso - concluyó el Rey Dragón -, lo mejor será que estornude un par de veces. Me figuro que le servirá un poco de mi saliva. - Ningún remedio sería más eficaz - comentó el Peregrino, visiblemente satisfecho -. ¿A qué esperáis? Haced cuanto antes lo que acabáis de decir. Sin pérdida de tiempo, el dragón hizo descender su nube sobre el palacio imperial. Protegido por su impenetrable oscuridad, escupió un poco de saliva, que se convirtió al instante en lluvia. Al verlo, todos los funcionarios reales gritaron, entusiasmados: . - ¡Viva nuestro señor y que su felicidad sea eterna! ¡El cielo acaba de abrirse y la lluvia ha empezado a caer sobre nosotros! - ¡Salid a recogerla cuanto antes! - ordenó el rey, entusiasmado -. Que todos los que habitan dentro y fuera de este palacio, sin distinción de posición ni edad, tomen lo primero que encuentren a mano y vayan a coger toda el agua que puedan. Al instante todos los funcionarios, tanto civiles como militares, las damas que moraban en las seis cámaras y en los tres palacios, las tres mil doncellas que las atendían y las ochocientas sirvientas de corta edad salieron al patio del palacio, armados con frascos, botellas, tazas y cazuelas. Más de una hora estuvo el viejo dragón arrojando saliva, hasta que, finalmente, se despidió del Gran Sabio y regresó a su mansión del océano. Los funcionarios volvieron, entusiasmados, al interior de la corte, pero pronto pudieron comprobar que algunos habían logrado reunir dos o tres gotas de aquella extraña lluvia, otros, cuatro o cinco, y la mayoría, ninguna. Las juntaron todas y vieron, aliviados, que habían conseguido llenar tres frascos, que colocaron sin pérdida de tiempo encima de la mesa imperial. Un aroma muy penetrante se extendió al instante por el Salón de los Carillones de Oro, antes de llenar todo el palacio. El rey se despidió del Maestro de la Ley y llevó al interior del palacio el Elixir del Oro Negro y los tres frascos llenos de lluvia. Se metió una de las píldoras en la boca y la tragó con la ayuda del agua que contenía uno de ellos. Lo mismo hizo con la segunda y con la tercera. No había terminado de dar buena cuenta de ellas, cuanto el estómago empezó a darle vueltas y a lanzar ruidos extraños, que le mantuvieron pegado al orinal durante mucho rato. Fueron cuatro o cinco las veces que tuvo que volver a sentarse, porque se deshacía como si fuera una fuente, en cuanto trataba de ponerse en pie. Pronto pudo, sin embargo, tumbarse en el lecho y pidió que le sirvieran un poco de sopa de arroz. Asombradas, las damas del palacio cogieron el orinal y vieron que estaba lleno de una masa viscosa que emitía un insoportable hedor. En medio se veía una especie de muñón que recordaba, por su color, una masa informe de fritangas hechas a base de harina de arroz. Aliviadas, las damas se lanzaron sobre el lecho del enfermo y le informaron: - Ha desaparecido la fuente de vuestra enfermedad. Animado por esas palabras, el rey tomó un poco más de sopa de arroz. Su pecho y su vientre no tardaron en sentir un alivio desconocido. Poco a poco fue recobrando las energías, su sangre recuperó el equilibrio perdido y su espíritu volvió a ser tan vivo y avisado como antes. Se levantó en seguida del lecho y, poniéndose todos sus atributos imperiales, se dirigió a toda prisa hacia el salón del trono. En cuanto vio al monje Tang se inclinó respetuosamente ante él. El maestro le devolvió el saludo, pero el rey le tomó de la mano y ordenó a sus sirvientes: - Redactad a toda prisa una invitación que diga "con el rostro en tierra os suplicamos que acudáis a nuestra llamada" y hacédsela llegar a los tres distinguidos discípulos del Maestro de la Ley. Abrid a continuación las puertas del Salón Oriental y preparad un banquete de acción de gracias. Los funcionarios se pusieron en seguida manos a la obra. Mientras unos redactaban la invitación, otros disponían de todo lo necesario para la fiesta. La palabra "imperial" posee, en verdad, la virtud de cambiar las montañas de sitio. En un abrir y cerrar de ojos todo estuvo, de hecho, preparado, como si fuera producto de un sueño. Al ver a los funcionarios con la invitación, Ba-Chie exclamó, loco de contento: - ¡Tu medicina no ha podido ser más efectiva! Si no hubiera sido por ti, nadie habría venido a darnos las gracias. - ¿Se puede saber qué forma de hablar es ésa? - le regañó el Bonzo Sha -. Como muy bien afirma el dicho, "cuando a alguien le sonríe la suerte, todo el mundo goza de su buena fortuna". Eso sin contar con que parte del mérito se debe a nosotros. Al fin y al cabo, hemos amasado el remedio con nuestras propias manos. Es justo que disfrutemos todo lo que podamos - y, locos de contento, se dirigieron hacia el palacio. Los funcionarios en bloque salieron a darles la bienvenida y los condujeron al Salón Oriental, donde el rey, el monje Tang y los personajes más renombrados del reino habían tomado ya asiento. Todos se levantaron, al ver entrar al Peregrino, a Ba-Chie y al Bonzo Sha, seguidos de los funcionarios de mayor rango. En total había cuatro mesas llenas de tantos platos y bebidas vegetarianas, que era prácticamente imposible probar de todas. En la parte central de la sala había sido dispuesta una mesa muy larga, sobre la que descansaban los platos más deliciosos que pueda imaginarse. A ambos lados se habían distribuido varios centenares de mesitas individuales, que recordaban la férrea distribución de los soldados en un ejército. Como decían los antiguos, allí estaban representados cientos de viandas de la más variada naturaleza servidas en miles de platos de la porcelana más fina y realzadas por el dulce aroma de los vinos y el vino color rojo de los trocitos de ciruela que las adornaban. El gusto con el que habían sido preparadas era, en verdad, inigualable. El vistoso colorido de las frutas se mezclaba con el suave aroma que despedían para hacer aún más apetitosos los guisos. Llamaban la atención de manera especial dulces de gran tamaño con forma de leones e inmortales, así como tartas que representaban parejas de fénix entrelazados. No era menor el atractivo de las carnes, entre las que destacaban las de cerdo, las de cordero, las de ganso, las de pato y todas las demás que existen bajo las estrellas. Las verduras estaban representadas por cantidades ingentes de brotes de bambú, orejas de árbol, setas y toda clase de vegetales. La vista se embriagaba ante semejante cantidad de pastelillos, dulces, tortitas de arroz de la más fina calidad y galletas amarillentas de mijo tiernísimo. Las sopas y los tallarines presentaban una variedad como jamás se había conocido y su número parecía competir con el de los platos más finos y sabrosos. No es extraño que tanto el señor como sus súbditos alzaran las copas sin cesar, brindando a la salud de los funcionarios de todos los escalafones. El mismo rey tomó en sus manos una copa de gran tamaño y quiso ser el primero en desear al monje Tang toda la felicidad del mundo, pero Tripitaka se disculpó, diciendo: - Me temo que no estoy acostumbrado a tomar vino. - Este que os ofrezco - dijo el rey con respeto - ha sido hecho especialmente para aquellos que siguen una dieta vegetariana. ¿Qué problema tenéis en llevaros a la boca una copa de un caldo tan saludable? - El vino es la primera cosa que nos está vedada a los monjes - explicó Tripitaka. - En ese caso - insistió el rey, sin saber cómo solucionar la cuestión -, ¿queréis explicarme con qué puedo brindar para expresaros mis respetos? - Muy sencillo - respondió Tripitaka -. Mis tres discípulos beberán por mí. Visiblemente satisfecho, el rey tomó una copa de oro y se la entregó al Peregrino, que la vació de un solo golpe, tras inclinarse respetuosamente ante todos los asistentes. Al ver la facilidad con la que había dado cuenta del vino, el rey volvió a llenarle la copa y él la bebió con la misma premura que antes. Sin poder contener la risa, el rey exclamó: - ¿Por qué no tomáis una ronda de "las tres coronas"? El Peregrino aceptó de buen grado y la bebió sin rechistar. Divertido, el rey pidió que le llenaran, una vez más, la copa y dijo: - Tomad ahora una ronda de "las cuatro estaciones" 11, por favor. Ba-Chie estaba sentado en un extremo de la mesa y veía pasar el vino con una fruición que le hacía tragar litros enteros de saliva. Lo malo era que la botella nunca se detenía ante él. El rey parecía decidido a brindar únicamente con el Peregrino y eso encendió en su corazón la hoguera de la envidia. - También yo soy responsable de vuestra curación - gritó, sin poderse contener -. Por cierto, la medicina que tomasteis tenía una cosa de caballo, que... El Peregrino comprendió que el Idiota estaba a punto de revelar el secreto del remedio que había devuelto la salud a su majestad y, sin pérdida de tiempo, le puso en las manos la copa de vino que sostenía en las suyas. Como había supuesto, Ba-Chie la bebió de un trago y no dijo nada más. Pero el rey preguntó, interesado: - ¿Qué cosa de caballo es esa que, según vos, contenía la medicina? - ¡No hay quien pueda con mi hermano! - exclamó el Peregrino, tratando de atraer la atención sobre sí -. Siempre hace lo mismo. Cuando prepara algún remedio eficaz, no se detiene, hasta no haber desvelado sus componentes a todo el mundo. La medicina que acabáis de tomar contenía, de hecho, "campanitas de silla de montar" 12. - ¿Qué clase de planta medicinal es ésa y para qué sirve realmente? - volvió a preguntar el rey. - Las "campanitas de silla de montar", señor - se apresuró a responder el médico imperial, que estaba sentado a un lado -, poseen un sabor amargo y una naturaleza fría y no venenosa, muy apta para estimular la respiración y hacer desaparecer las flemas, Por si eso fuera poco, limpia las vías respiratorias, libera a la sangre de sus elementos ponzoñosos, alivia la tos, da nuevas energías al cuerpo y produce una sensación general de bienestar. - Eso explica que haya sido utilizada en la medicina que acabo de tomar - concluyó el rey, satisfecho -. ¿Por qué no tomáis una copa más, honorable Chu? - añadió, volviéndose a Ba-Chie. Sin decir ni esta boca es mía, el Idiota bebió una ronda de "las tres joyas". El rey se volvió entonces hacia el Bonzo Sha y le ofreció otras tres copas, que él bebió con envidiable delectación. En cuanto las hubo concluido, todo el mundo volvió a sentarse. El banquete continuó su curso normal. Al cabo de un rato el rey volvió a tomar una copa de gran tamaño y se la ofreció al Peregrino, que dijo, respetuoso: - No es necesario que os levantéis, majestad, pues he decidido aceptar todos vuestros brindis, sin rechazar ni uno solo. - Nuestro agradecimiento hacia vos es mayor que una montaña - contestó el rey -. Jamás podré pagaros todo lo que habéis hecho por mí. Os ruego, pues, que aceptéis esta copa de vino, antes de que os diga algo que creo que debéis saber. - Decídmelo primero - suplicó el Peregrino -. Después tomaré con sumo gusto todo lo que deseéis ofrecerme. - Mi larguísima enfermedad - confesó el rey - ha sido producida por un continuo estado de desasosiego. Si ahora he recuperado la salud, ha sido debido al eficacísimo elixir que me habéis recetado. - Al examinaros ayer, supe en seguida que se trataba de un profundo desasosiego - confirmó el Peregrino, sonriendo -. Lo que de momento desconozco es la causa que os lo produjo. - Según los antiguos - contestó el rey -, no deben pregonarse las desgracias de la propia familia. Vos, sin embargo, sois nuestro benefactor y, si tenéis la delicadeza de no reíros, os diré claramente cuáles han sido los motivos de mi persistente congoja. - ¿Cómo voy a reírme de vos? - exclamó el Peregrino -. No dudéis, por favor, en contarme lo que queráis. - ¿Cuántos reinos habéis atravesado desde que iniciasteis vuestro viaje en el este? - preguntó el rey. - No lo sé exactamente. Quizás cinco o seis - contestó el Peregrino. - ¿Podéis decirme cómo llamaban a las esposas de los señores que los regían? - volvió a preguntar el rey. - Normalmente aplicaban a la de mayor dignidad el título de Palacio Central, mientras que a las otras dos de rango menor se les daba respectivamente los nombres de Palacio Oriental y Palacio Occidental - explicó el Peregrino. - Aquí es un poco distinto - respondió el rey -. A la que en otras tierras llaman Palacio Central nosotros le aplicamos el título de Palacio de la Sabiduría de Oro; a la que denominan Palacio Oriental le damos el apelativo de Palacio de la Sabiduría de Jade; y a la que responde al nombre de Palacio Occidental nosotros le llamamos Palacio de la Sabiduría de Plata. Actualmente sólo vive con nosotros esta última. - ¿Cómo es que el Palacio de la Sabiduría de Oro no mora con vos? - dijo el Peregrino, sorprendido. - Son ya tres los años que no está a nuestro lado - dijo el rey, sin poder evitar que las lágrimas fluyeran libremente por sus mejillas. - ¿Sería mucho preguntaros adonde ha ido? - insistió el Peregrino. - Hace tres años - explicó el rey -, durante la celebración del Doble Cinco, mis esposas y yo nos reunimos en el Pabellón de los Granados del jardín de palacio para tomar pastelillos de arroz, colgarnos flores de los vestidos, tomar licor de cálamo y realgar y ver las regatas del dragón. Cuando más distraídos estábamos, se levantó un viento impetuoso y apareció por los aires un monstruo que se hacía llamar el Competidor del Señor de los Dioses y que decía morar en la Caverna de Xie-Tsai, ubicada en la Montaña del Unicornio. Según parece, deseaba contraer matrimonio y, al enterarse de que el Palacio de la Sabiduría de Oro era una mujer de gran belleza, vino a pedirme que se la entregara bajo la amenaza de devorarnos vivos a mis funcionarios, a los habitantes de esta ciudad y a mí mismo. Me lo exigió tres veces seguidas y, al final, abrumado por mis obligaciones para con mi pueblo y mi reino, no me quedó más remedio que hacer salir al Palacio de la Sabiduría de Oro del Pabellón de los Granados. La bestia la arrebató en seguida hacia lo alto y desapareció. Tan lamentable suceso me produjo tal impresión, que lo que comí aquella noche permaneció en el interior de mi cuerpo sin ser digerido. Es más, mi mente se vio asaltada por horribles presentimientos, que me sumieron durante estos tres años en la más profunda de las amarguras. No necesito deciros que el elixir que me habéis administrado me ha purgado con tanta eficacia, que ha arrastrado fuera de mi vientre la suciedad acumulada durante todo este tiempo. Eso explica que me encuentre ahora tan sano y animado como antes y que haya recuperado las fuerzas perdidas. Sólo a vos debo semejante portento. Es tan grande la gratitud que siento por lo que habéis hecho, que, si pudiera pesarse, superaría incluso a la enorme masa del Monte Tai. Tras escuchar esas palabras, el Peregrino se vio invadido por un estado de total satisfacción, que le hizo beber de dos tragos la enorme copa que el rey le tendía. Después, sonriendo con la despreocupación de un príncipe, se volvió hacia su majestad y dijo: - Ahora comprendo la causa de vuestra turbación. De momento habéis tenido la suerte de toparos conmigo y de recobrar la salud, pero ¿deseáis que el Palacio de la Sabiduría de Oro regrese a vuestro lado? - Ni un solo día he dejado de llorar su desaparición - contestó el rey, mientras las lágrimas volvían a fluir, raudas, de sus ojos -. Sin embargo, ¿cómo voy a hacerla volver junto a mí, si no hay nadie capaz de detener a ese monstruo? - ¿Qué os parecería, si me encargara yo de eso? - preguntó el Peregrino. - Si lográis liberar a la reina - contestó el rey, postrándose de hinojos -, me comprometo a abandonar este palacio con todas mis concubinas y todos los míos y a llevar una vida tan sencilla como la del más humilde de mis súbditos. Pondré mi reino a vuestros pies y os honraré como a mi dueño y señor. Al ver la extraña forma que el rey tenía de hablar y actuar, Ba-Chie no pudo por menos de soltar la carcajada y de exclamar ruidosamente: - ¡Este rey ha perdido el juicio! ¿Cómo es posible que esté dispuesto a renunciar a su reino y a arrodillarse ante un pobre monje por una simple mujer? ¡Es, francamente, increíble! El Peregrino hizo levantar inmediatamente al rey y volvió a preguntar: - ¿Ha regresado otra vez ese monstruo después de secuestrar al Palacio de la Sabiduría de Oro? - Como acabo de deciros - contestó el rey -, al Palacio de la Sabiduría se la llevó el mes quinto de hace aproximadamente tres años. Regresó el décimo mes exigiendo la entrega de dos doncellas que pudieran servir a la reina. Como era de esperar, accedimos en seguida a sus pretensiones. Volvió a pedir otras dos doncellas el mes tercero del año pasado, operación que repitió, una vez más, el séptimo mes de ese mismo año y el segundo del actual. No tengo ni idea de cuándo volverá a presentarse por aquí. - ¿No tenéis miedo de él después de tantas visitas? - inquirió el Peregrino. - Por supuesto que nos ha sumido en el terror - reconoció el rey -. Lo más desazonante, sin embargo, es que pueda hacernos más daño del que ya nos ha infligido. De hecho, el cuarto mes del año pasado ordenamos a nuestros ingenieros que construyeran un refugio contra los monstruos. De esta forma, cuando oigamos acercarse un viento huracanado, sabremos que se trata de esa bestia y buscaremos protección en él, junto con nuestras dos esposas y nuestras nueve concubinas. - Si no os importa - dijo el Peregrino -, me gustaría ver ese refugio del que habláis. Sin pérdida de tiempo el rey tomó de la mano al Peregrino y abandonó la sala del banquete, mientras todos los funcionarios se ponían respetuosamente de pie. - ¡Qué poco comprensivo eres! - regañó Chu Ba-Chie al Peregrino -. Con la cantidad de comida y bebida que hay aquí y no se te ocurre otra cosa que dar por terminado un convite tan espléndido. ¿Quieres decirme qué se te ha perdido a ti en ese refugio? El rey comprendió en seguida que Ba-Chie estaba interesado únicamente en su estómago y ordenó a dos sirvientes que prepararan en el refugio dos mesas de comida vegetariana y que los esperaran allí. Sólo entonces cesaron las quejas del Idiota, que se volvió hacia el maestro y el Bonzo Sha para decirles, riendo sonoramente: - ¡Vayamos a otro banquete! Escoltado por una hilera incontable de funcionarios, tanto civiles como militares, el rey condujo al Peregrino a la parte posterior del jardín imperial, pero allí no se veía edificio alguno, por lo que el Peregrino exclamó, sorprendido: - ¿Se puede saber dónde está el refugio contra los monstruos? No había acabado de decirlo, cuando dos eunucos cogieron dos pértigas de laca roja y levantaron del suelo una enorme losa de piedra. - Aquí tenéis el refugio del que os hablaba - explicó el rey -. Posee una profundidad de más de setenta metros y en su interior han sido excavadas no menos de nueve cámaras, junto con cuatro enormes depósitos llenos de aceite, que sirven para mantenerlo iluminado día y noche. Cuando oigamos el bramido del viento, nos esconderemos aquí y los de afuera cegarán la entrada con esa losa de piedra. - Dais por supuesto que ese monstruo no desea haceros daño alguno - comentó el Peregrino, esbozando una sonrisa -. ¿Cómo creéis que podéis escapar de él, escondiéndoos en ese agujero? No había acabado de decirlo, cuando, procedente del sur, se levantó un viento tan huracanado, que el aire se hacía irrespirable de tanto polvo como arrastraba. Los funcionarios se abandonaron en seguida al pánico y exclamaron, aterrados: - ¡Está visto que este monje trae mala suerte! Apenas ha terminado de hablar de ese monstruo, cuando se presenta aquí con toda su fanfarria de viento. El mismo rey parecía tan asustando, que, dejando al Peregrino a su suerte, se metió en el agujero que había abierto en el suelo, seguido del monje Tang y el resto de los funcionarios. Hasta Ba-Chie y el Bonzo Sha trataron de buscar refugio en él. Afortunadamente, el Peregrino los detuvo a tiempo, diciendo: - ¿Se puede saber a qué tenéis miedo? Es preciso que me ayudéis a descubrir qué clase de monstruo es ése. - ¡Debes de haber perdido el juicio! - replicó Ba-Chie -. ¿Para qué quieres saberlo? El rey, el maestro y los funcionarios han desaparecido, como barridos por este huracán. ¿Por qué no hemos de hacer nosotros lo mismo? ¿A quién le interesa averiguar la identidad de esa bestia? El Idiota se revolvió, desesperado, a derecha e izquierda, pero el Peregrino le había agarrado con fuerza del brazo y no pudo soltarse. El monstruo no tardó en aparecer ante sus ojos. Poseía un cuerpo que superaba con mucho los diez metros de largo y ofrecía un aspecto fiero y salvaje a la vez, con unos ojos tan brillantes como lámparas encendidas. Sus orejas, descomunales y terminadas en punta, parecían abanicos de gran tamaño y hacían juego con los cuatro dientes, acerados como clavos, que le salían por los labios. Sus cejas y sus cabellos estaban teñidos de un color tan rojizo, que daban la impresión de ser llamas. Sus narices, voluminosas como cántaros, se movían amenazantes al respirar, sacudiendo las cerdas moradas que tenía por barbas. Sus mejillas, rugosas como rocas, poseían el mismo tono verdoso que su rostro, que se complementaba con el color azulado de sus manos, dos toscas zarpas que sostenían una lanza, y el bermellón de sus potentes brazos. Alrededor de la cintura vestía una falda de piel de leopardo, que resaltaba el aspecto fantasmal de sus pies desnudos. - ¿No le reconoces? - preguntó el Peregrino al Bonzo Sha, nada más verle. - Me temo que no es una de mis amistades - contestó el Bonzo Sha -. ¿Cómo quieres que le reconozca? - ¿Te acuerdas tú de él? - volvió a preguntar el Peregrino, dirigiéndose a Ba-Chie. - Creo que nunca he tomado el té ni me he contado jamás entre el número de sus amigos - respondió Ba-Chie -. Sintiéndolo mucho, no sé quién pueda ser. - A juzgar por lo brillante de sus pupilas y lo arrugado de su rostro - explicó el Peregrino -, debe de tratarse de uno de los guardianes del palacio del Sosia del Cielo de la Montaña Oriental. - ¡No, no! - se apresuró a contestar Ba-Chie. - ¡Cómo sabes que no! - exclamó el Peregrino. - De ser verdad lo que dices - respondió Ba-Chie -, tendría que tratarse de un espíritu de las tinieblas y sólo se dejaría ver a últimas horas de la tarde, más o menos entre la del Mono y la del Cerdo. Ningún demonio de esa clase se atrevería a salir a plena luz del día. Eso sin contar con que no pueden cabalgar sobre las nubes y, si se sirven del viento, únicamente pueden levantar algún que otro remolino, no un huracán tan fuerte como éste. Considerándolo en frío, quizás se trate realmente del Competidor del Señor de los Dioses. - Creo que no te falta razón - contestó el Peregrino, sonriendo -. Vosotros quedaos aquí, mientras voy a preguntarle cómo se llama. Así nos será más fácil liberar al Palacio de la Sabiduría de Oro. - Si quieres ir a verle, allá tú - dijo Ba-Chie -, pero, por favor, no le des a entender que estamos aquí. Sin decir nada más, el Peregrino montó en una nube y se elevó hacia lo alto. Así se cumplió, una vez más, el principio de que, para asegurar el futuro de un reino, es preciso liberar primero a su señor de las enfermedades que le aquejan, de la misma forma que, para salvaguardar el Tao, es necesario purificar antes el corazón. No sabemos si, tras elevarse hacia lo alto, el Peregrino logró derrotar a la bestia o si consiguió rescatar al Palacio de la Sabiduría de Oro. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第070回 EL MONSTRUO ARROJA HUMO, ARENA Y FUEGO. WU-KUNG SE VALE DE UN TRUCO PARA HACERSE CON LAS CAMPANAS DE ORO ROJIZO Decíamos que el Peregrino Sun, valiéndose de sus extraordinarios poderes, se elevó hacia lo alto, blandiendo con fuerza la barra de hierro. Con increíble valentía se dirigió de frente hacia el monstruo y le preguntó: - ¿De qué lugar procedes, bestia maldita? ¿Quién te ha dicho, además, que puedes ir de un lugar a otro, haciendo lo que te plazca? - Yo - contestó el monstruo con una voz sorprendentemente sonora - no soy otro que un servidor del Competidor del Señor de los Dioses, dueño de la Caverna de Xie-Tsai, que se halla ubicada en la Montaña del Unicornio. Por orden suya he venido hasta aquí con la intención de llevarme a dos doncellas, que puedan servir a la Sabiduría de Oro. ¿Quién eres tú para atreverte a interrogarme de esta manera? - Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo - contestó el Peregrino -. Si me encuentro ahora en este reino, es porque voy de camino hacia el Paraíso Occidental, acompañando al monje Tang, de las Tierras del Este. Al enterarme de que tipos malvados como tú estáis sumiendo este lugar en una confusión total y absoluta, decidí poner a prueba mis poderes para librarle de vuestras fechorías y devolverle su antiguo esplendor. Por cierto, estaba preguntándome dónde podría encontrarte, cuando tú mismo te presentas a ofrecerme tu vida. A pesar de lo contundente de tales palabras, al monstruo no se le ocurrió nada mejor que embestir con su lanza al Peregrino, que desvió oportunamente el golpe con su barra de hierro. De esta forma, dio comienzo un combate realmente extraordinario. La barra de hierro era no obstante, un auténtico tesoro que en su día perteneció al rey de los dragones, mientras que la lanza estaba hecha de un acero templado por manos humanas. ¿Cómo podía compararse un arma mortal con otra celeste, que tenía el poder suficiente para reducir a añicos el espíritu? El gran Sabio, por otra parte, era una deidad de la Gran Mónada contra la que nada podía un monstruo que sólo ostentaba la categoría de demonio. ¿Cómo iba a prevalecer un diablo contra un ser de bien? Aunque parezca lo contrario, a la larga la bondad siempre triunfa sobre el mal. ¿Qué importaba que uno de los contendientes levantara torbellinos de polvo para asustar al rey? El otro era capaz de caminar por encima de las nubes y hacer desaparecer la luna y el sol. Los dos, empeñados por igual en conseguir la victoria, desplegaron toda su sabiduría bélica. Quien dé muestras de debilidad jamás logrará arrogarse el nombre de héroe. No podía negarse, sin embargo, que el Gran Sabio fuera el más fuerte. Sus golpes adquirieron tal precisión, que la lanza terminó saltando por los aires, partida en dos. Presa del pánico, el monstruo cambió la dirección del viento y huyó, despavorido, hacia el oeste. El Peregrino renunció por el momento a darle caza y, descendiendo de la nube, se dirigió hacia la puerta del refugio y gritó con voz victoriosa: - ¡Ya podéis salir! ¡El monstruo acaba de abandonar el campo! No tardaron en aparecer en la boca del agujero el monje Tang, el rey y todos sus cortesanos. El cielo estaba tan limpio como antes de que se produjera el ataque. No había ni sombra del monstruo. Emocionado, el rey se llegó hasta una de las mesas del banquete y, llenando una copa de oro, se la entregó al Peregrino. - Esto - dijo con voz temblorosa - es en prueba de agradecimiento. El Peregrino tomó la copa en sus manos, pero, antes de llevársela a los labios se presentó un funcionario, que informó, visiblemente alterado: - ¡Está ardiendo la puerta occidental de la ciudad! Al oírlo, el Peregrino lanzó hacia arriba la copa llena de vino. Al chocar contra el suelo, emitió un sonido metálico, que hizo exclamar a toda prisa al rey, al tiempo que inclinaba la cabeza con respeto: - Perdonadme, por favor. La culpa ha sido mía. La etiqueta exigía que os expresara mi agradecimiento, no aquí, sino en el salón principal - Comprendo que estéis enojado y que hayáis arrojado la copa al aire. Éste no es lugar apropiado para las ceremonias. ¿Seguís enfadado? - No, no, de ninguna manera - se apresuró a contestar el Peregrino, sonriendo -. Habéis malinterpretado mi gesto. No había acabado de decirlo, cuando se presentó otro funcionario, que informó, a su vez: - ¡Qué suerte más extraordinaria! Es cierto que acaba de producirse un fuego de grandes proporciones en la puerta occidental, pero casi al mismo tiempo ha empezado a caer una lluvia tan torrencial, que lo ha apagado por completo. Las calles están, de hecho, llenas de agua que huele, en realidad, a vino. - Al ver que tiraba la copa hacia arriba - explicó el Peregrino -, pensasteis que estaba enojado, pero no fue así. El monstruo huyó hacia el oeste, y al ver que no le perseguía, se entretuvo provocando ese fuego del que os han informado. Si arrojé el vino, fue con el fin de extinguirlo cuanto antes y evitar que perecieran las familias que habitan en esa parte de la ciudad. Eso es todo. Semejante explicación aumentó la admiración y el respeto del rey, que pidió a Tripitaka y a sus tres discípulos que regresaran al salón principal del palacio, dispuesto a abdicar en favor de tan extraordinarios personajes. - Ese monstruo - dijo el Peregrino, sonriendo - no era más que un enviado del Competidor del Señor de los Dioses, que había venido en busca de dos doncellas más. Lo más seguro es que haya corrido a informar a su señor de tan vergonzosa derrota y que éste no dejará las cosas como están. Al contrario, tratará de enfrentarse conmigo, por lo que me temo que no tardará en regresar al frente de todas sus tropas. Cuando lo haga, será inevitable que tanto vos como vuestros súbditos caigáis presa del pánico. Para evitarlo, desearía enfrentarme a ellos en el aire, pero desconozco la dirección por la que vendrán. ¿Os importaría decirme qué distancia hay entre esta ciudad y su montaña? - En cierta ocasión - respondió el rey - enviamos allí a un grupo de exploradores y tardaron exactamente cincuenta y cinco días en volver, por lo que calculo que se encuentra a unos siete mil kilómetros al sur de aquí. - No os mováis de este lugar, mientras voy a echar un vistazo a esa caverna - dijo el Peregrino, volviéndose hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha. - ¡¿Por qué no esperáis un día más?! - exclamó el rey, tirándole de la manga -. Es preciso que, antes de que partáis, os preparemos algo de comida seca, un poco de dinero y los caballos más veloces que podamos encontrar. Sólo entonces os permitiremos partir. - Esa forma de viajar que sugerís - replicó el Peregrino, riendo - es la más lenta y penosa de escalar montañas y cumbres. Si he de seros sincero, puedo recorrer esos siete mil kilómetros antes de que llenéis esa copa de vino y se haya enfriado un poquito. - No toméis a mal lo que voy a deciros - se disculpó el rey -, pero la verdad es que, más que un hombre, parecéis un mono. ¿Cómo es posible que dominéis una magia capaz de haceros viajar a tanta velocidad? - Aunque es cierto que pertenezco a la familia de los monos - reconoció el Peregrino -, desde mi más temprana juventud he conseguido cortar los lazos que me ataban a la reencarnación y a la muerte. He buscado con ahínco las enseñanzas del Tao y he pasado muchísimos años dedicado exclusivamente a la práctica de la virtud. Tomando la Tierra por brasero y el Cielo por tapadera, he destilado dos tipos diferentes de elixir que me han purificado el corazón y los riñones. Así, he conseguido aunar el yin y el yang, haciendo copular el agua y el fuego y logrando atravesar las puertas mismas del misterio. Eso me ha permitido viajar por las estrellas, siendo la Osa Mayor testigo de mis andanzas. Para mí no encierra misterio alguno el arte de avivar o de amortiguar el fuego para purificar el mercurio o transformar el plomo. Está claro que, cuando las Cinco Fases se encuentran, se desatan los poderes creativos, de la misma forma que, cuando las cuatro estaciones se hallan en equilibrio, el tiempo fluye más uniformemente. La práctica constante de los dos tipos de respiración conduce al dominio de la respiración embrional y, de esa manera, las tres mansiones llegan a estar unidas por el sendero del elixir de oro. Son estos principios los que, materializados, dirigen los movimientos de los miembros de mi cuerpo. No es extraño, pues, que de un solo salto pueda trasponer la cumbre del Monte Tai-Hang y que sea capaz, incluso, de llegar más allá del Arroyo-que-supera-a-las-nubes. No me asustan los diez mil pliegues de las cordilleras más escarpadas ni los incontables kilómetros de los ríos más anchos. Nada puede poner coto a mis poderes metamórficos; un solo movimiento de mi cuerpo es capaz de llevarme a una distancia de más de diez mil kilómetros. Asombrado por lo que acababa de oír, el rey volvió a tomar una copa de vino y se la entregó al Peregrino, sonriendo satisfecho. - Vais a emprender un viaje muy largo - dijo, respetuoso -. Acepta, al menos, esto como preparativo del mismo. Pero ¿cómo iba a entretenerse bebiendo vino, cuando se disponía a partir en busca de un monstruo? Todo lo que pudo decir como excusa fue: - Por favor, dejadlo para cuando vuelva - y, tras despedirse de todos los presentes, desapareció a gran velocidad, dejando tras él un penetrante silbido, por lo que, de momento, no hablaremos más del rey ni de sus asombrados subalternos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, quien, tras elevarse hacia lo alto, no tardó en descubrir una montaña que se elevaba por encima de las masas más altas de nubes. En seguida descendió sobre su cumbre y echó una mirada curiosa a su alrededor. La vista no podía ser más maravillosa. El pico de la montaña se adentraba en los cielos, mientras sus laderas se precipitaban hacia el seno de la tierra, formando un rimero interminable de pliegues. Sus bosques espesos de pinos de increíble grosor oscurecían el sol. Por otra parte, la rugosidad caprichosa de sus rocas y barrancos atrapaba las nubes y no las dejaba proseguir su viaje. El verde frescor de los pinos permanecía invariable las cuatro estaciones del año, de la misma forma que las masas de las rocas habían seguido inalterables durante más de diez mil años. En el corazón de los bosques podían oírse los gritos de los monos, el multicolor alboroto de las aves y los gritos y rugidos de las bestias de la montaña, mientras serpientes de enorme tamaño se deslizaban, amenazantes, por las orillas de los arroyos. Parejas de ciervos y antílopes cruzaban, como flechas, los claros, al tiempo que bandadas de cuervos y picazas oscurecían los cielos con sus continuas idas y venidas. Adonde quiera que se dirigiera la vista podían verse flores exóticas y plantas de todas las clases, junto con el atractivo color de los melocotoneros y las frutas más variadas. Sólo el peligro que entrañaba atravesar ciertos barrancos daba a entender claramente que aquélla era la montaña de un falso inmortal. Tras gozar a sus anchas de la belleza del paisaje, el Gran Sabio se disponía a buscar la entrada de la caverna, cuando en uno de los repliegues de la montaña vio alzarse, de pronto, un fuego realmente extraordinario. En un abrir y cerrar de ojos el cielo se vio invadido por el color rojizo de las llamas, de cuyo seno surgió una espesa columna de humo más terrible que el mismo fuego. Poseía un brillo superior al de diez mil lámparas encendidas, de tal forma que se tenía la impresión de estar contemplando un millar, por lo menos, de arcos iris de color rojo. Estaba claro que aquel humo no provenía de hogar ni de horno alguno, ni era producto de la combustión de la hierba o la madera, pues poseía, de hecho, cinco colores: verde, rojo, blanco, negro y amarillo. Su fuerza destructora era tal, que muy bien podía arrasar las columnas de la Puerta Sur de los Cielos, llenando de luz el mismísimo Palacio de la Niebla Divina. El calor que desprendía era tan fuerte, que las bestias veían, aterradas en sus cubiles, cómo la piel se les desprendía del cuerpo, mientras las aves perdían sus plumas, como si jamás las hubieran poseído. ¿Cómo iba a osar alguien atravesar aquella masa de humo avasallador para enfrentarse al señor de aquellas tierras? El Gran Sabio estaba contemplando, asombrado, semejante espectáculo de destrucción, cuando en el corazón mismo de la montaña se levantó una impresionante tormenta de arena, tan espesa, que los Cielos perdieron su luminosidad y la Tierra quedó sumida en una densa oscuridad. Sus partículas eran tan finas, que se filtraban por los párpados cerrados, al tiempo que las cenizas que las acompañaban, diminutas como granos de sésamo, cubrían toda la colina. Juntas formaban una espesa cortina de materia terrosa, que impedía que el leñador encontrara el camino de su casa y que el joven que había salido a recoger hierbas medicinales supiera dónde estaba su compañero. Aunque se sostuviera en las manos una perla luminosa, era prácticamente imposible abrirse camino por aquel mundo de sombras crecientes. Fascinado por tan inesperado espectáculo, el Peregrino no se dio cuenta de que el polvillo había empezado a metérsele por las narices, hasta que el picor le hizo estornudar un par de veces seguidas. Se agachó a toda prisa y, cogiendo un par de piedrecitas, se taponó los agujeros de las narices. Sacudió después ligeramente el cuerpo y se metamorfoseó en un gavilán capaz de atravesar el fuego, que se lanzo valientemente entre el humo y las llamas. En ese mismo instante, sin embargo, desaparecieron el polvo y la arena y hasta el mismo incendio pareció remitir de una forma considerable. El Peregrino volvió a recobrar la forma que le era habitual y se dejó caer en lo alto. Tan pronto como puso los pies en el suelo, se oyó el sonido estridente de un gong y se dijo, sorprendido: - Debo de haberme equivocado de camino. Los monstruos no viven en lugares como éste. El vibrar de ese gong me recuerda el que usan los emisarios para anunciar su llegada. Lo más seguro es que un poco más arriba haya un pequeño reino y alguien se disponga en este mismo momento a entregar un documento. Lo mejor será que le haga unas cuantas preguntas. No tardó, en efecto, en ver a un diablillo con un estandarte amarillo apoyado en el hombro y un bolsón de documentos a la espalda. En las manos llevaba un pequeño gong, que no dejaba de golpear con renovado entusiasmo. - Así que éste es el tipo que está metiendo tanto alboroto - se dijo el Peregrino, riéndose -. Me pregunto qué clase de papeles llevará ahí dentro. Creo que lo mejor será que eche un vistazo. Tras sacudir ligeramente el cuerpo, se transformó en un mosquito y se posó con toda la suavidad de que fue capaz sobre el bolsón de los documentos. A pesar del ensordecedor ruido del gong, le oyó murmurar entre dientes: - ¡Qué hombre más extraño es nuestro señor! Hace tres años que secuestró a la Reina Sabiduría de Oro del Reino Morado y ni siquiera la ha tocado. Las doncellas que trajo como sirvientas son las únicas que han ocupado hasta ahora su lecho. No puede decirse, sin embargo, que las haya acompañado la suerte, porque las dos primeras que llegaron murieron al poco tiempo, lo mismo que las otras cuatro que la siguieron. Pese a todo, el año pasado, el anterior y el que lo precedió insistió en conseguir más doncellas. Francamente parece insaciable. Ahora mismo, sin ir más lejos, desea tener a unas cuantas mujeres a su lado. Lo malo es que, según parece, le ha salido un competidor, porque el enviado que fue en busca de las muchachas regresó diciendo que había sido derrotado por un tal Peregrino Sun. Furioso, nuestro señor se ha empeñado en declarar la guerra a ese reino y me ha ordenado que lo haga saber cuanto antes al hombre que dirige sus destinos. Lo mejor que puede hacer es rechazar el reto, porque francamente no tiene nada que hacer contra nuestro rey. En cuanto deje escapar el fuego, el humo y la cortina de arena, ni él ni sus súbditos podrán conservar la vida. Ocuparemos entonces la ciudad, nuestro señor será declarado emperador y todos nosotros seremos funcionarios, sin importarnos para nada la posición o el grado. Lo malo es que, posiblemente, los Cielos no aprueben nuestra conducta. - ¡Qué cosa más asombrosa! - se dijo el Peregrino, al oírlo - ¡Hasta los monstruos tiene buenas intenciones! Sólo un hombre justo es capaz de decir eso de que "posiblemente los Cielos no aprueben su conducta". No acabo de comprender, de todas formas, por qué no se ha atrevido a tocar a la Reina Sabiduría de Oro. Lo mejor será que le haga unas cuantas preguntas. Inmediatamente levantó el vuelo y se alejó del diablillo unos cuantos kilómetros. Cuando estuvo seguro de que no le veía, volvió a sacudir el cuerpo y se convirtió en un joven taoísta con dos mechones de pelo en la cabeza y una túnica tan raída como la de un monje. Llevaba en las manos un pequeño tambor con forma de pez, con el que se acompañaba al tiempo que cantaba un himno. Dando la vuelta a la montaña, no tardó en toparse con el diablillo, al que saludó con las manos en alto, antes de preguntarle: - ¿Se puede saber adonde vais y qué tipo de documentos son esos que lleváis en el bolsón? El diablillo pareció reconocerle en seguida, porque dejó de tocar el gong y le devolvió el saludo con grandes muestras de alegría. - Nuestro señor - explicó, en cuanto hubo dominado la risa - me envía al Reino Morado a entregar una declaración de guerra. - ¿Es verdad lo que dices? - exclamó el Peregrino, sorprendido -. ¿No se casó nuestro dueño con una mujer de ese reino que dices? - Sí, pero el matrimonio no llegó a consumarse - respondió el diablillo -. Al poco tiempo de ser raptada un inmortal le regaló una túnica de cinco colores, que, en cuanto le hubo tocado el cuerpo, le hizo brotar de la piel una especie de espinas tan afiladas como agujas. A partir de entonces nuestro señor no ha podido ni tocarla, porque las espinas le producen un dolor insoportable en las manos. Esta misma mañana envió a un mensajero en busca de dos doncellas para compartir su lecho, pero fue derrotado por un tal Peregrino Sun. Eso ha enfurecido de tal forma a nuestro rey, que me ha encargado que entregue una declaración de guerra al hombre que dirige los destinos de ese otro reino, dispuesto a iniciar los combates mañana mismo. - ¿Tan enfadado está el señor? - preguntó el Peregrino. - Así es - confirmó el diablillo -. Creo que no estaría de más que le levantaras el ánimo con unas cuantas canciones taoístas. El Peregrino le agradeció la sugerencia doblando las manos y, tras despedirse de él, siguió tranquilamente su camino, mientras el diablillo volvía a tañer el gong y se disponía a reanudar el viaje. Pero apenas había dado unos cuantos pasos, cuando la furia se apoderó del Peregrino. Echando mano de la barra de hierro, asestó al diablillo tal golpe en la cabeza, que le reventó el cráneo, rasgándole la piel y partiéndole el cuello. La sangre brotó copiosa, entremezclada con sesos, arrancando la vida de aquel cuerpo maltrecho. El Peregrino se arrepintió en seguida de lo que había hecho y se dijo, apesadumbrado: - ¡Qué poca paciencia tengo! Ni siquiera le he preguntado cómo se llamaba. En fin, no queda tiempo ya para las lamentaciones - y, agarrando la declaración de guerra, se la metió entre las mangas. Cogió después el estandarte amarillo y el gong y lo escondió entre la hierba que crecía a lo largo del camino. El cadáver lo arrojó en un arroyo. Al tirarlo, se le desprendió de la cintura una placa de plata con una inscripción, que decía: "Este joven funcionario responde al nombre de Ida y Vuelta, una persona más bien baja, con el rostro picado de viruelas y totalmente imberbe. En todo momento ha de llevar consigo esta placa. Quien no lo haga será considerado como un impostor". - ¡Así que este tipo se llamaba Ida y Vuelta! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Pues yo le he metido la barra por la cabeza y no ha vuelto en sí. Cogió después la placa y se la ató a la cintura. El arroyo llevaba tan poca agua, que el cadáver quedó totalmente al descubierto. El Peregrino recordó entonces la amenaza del humo y las llamas y decidió renunciar a la búsqueda de la morada del monstruo. En vez de seguir adelante, pinchó con la barra de hierro el cadáver del diablillo y se elevó por los aires, dispuesto a mostrar al rey que sus poderes eran más vastos de lo que todos creían. Durante el camino de vuelta reflexionó seriamente sobre la táctica que debía seguir. Ba-Chie estaba montando guardia a las puertas mismas del Salón de los Carillones de Oro, cuando le vio acercarse volando con el cadáver del diablillo pinchado de un extremo de la barra de hierro. - ¡Qué tonto he sido! - se dijo, entristecido -. Si llego a saberlo antes, habría ido yo solo a detener a ese monstruo. De esa forma, el mérito sería exclusivamente mío. No había acabado de pensarlo, cuando el Peregrino bajó de la nube en la que había hecho todo el viaje y arrojó al suelo el cuerpo del diablillo. Ba-Chie se lanzó sobre él y le asestó unos golpes terribles con el rastrillo, al tiempo que gritaba: - ¡El mérito es sólo mío! - ¿Se puede saber de qué mérito estás hablando? - preguntó el Peregrino. - No creas que vas a engañarme - respondió Ba-Chie en tono de triunfo -. Aquí tengo la prueba. Unos agujeros como ésos únicamente puede hacerlos mi rastrillo. - ¿Por qué no echas otro vistazo y te cercioras de si tiene cabeza o no? - replicó el Peregrino. - ¡Así que no tiene cabeza! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Ya me parecía a mí que no se movía, cuando le asesté los golpes. - ¿Dónde está el maestro? - volvió a preguntar el Peregrino. - Charlando con el rey ahí dentro - respondió Ba-Chie. - Pues dile que salga inmediatamente - le ordenó el Peregrino. Ba-Chie corrió hacia el salón e hizo un gesto con la cabeza, que Tripitaka comprendió en seguida. Sin pérdida de tiempo se levantó de la mesa y corrió al encuentro del Peregrino, que le metió a toda prisa entre la ropa la declaración de guerra, diciendo: - Esconded esto con cuidado y no dejéis que el rey lo vea. No había acabado de decirlo, cuando apareció el propio monarca, que dijo, nada más verle: - ¡Así que ya habéis vuelto! ¿Qué tal os ha ido el enfrentamiento con el monstruo? - ¿No es ese que veis ahí el cadáver de un diablillo? - respondió el Peregrino, señalándole con el dedo. - Por supuesto que sí - reconoció el rey, mirándole con detenimiento -, pero no es el del Competidor del Señor de los Dioses. Lo se bien, porque le he visto con mis propios ojos un par de veces. Esa bestia tiene una altura superior a los seis metros y posee unos hombros por lo menos cinco veces más anchos que los de ese desgraciado. Eso sin contar con que su rostro es más brillante que un rayo de luz y su voz supera en potencia al estallido de un trueno. No se parece en nada a ese mosquito muerto que está ahí tumbado. - Se nota que sois observador - reconoció el Peregrino -. Este desgraciado no es, en efecto, el Competidor del Señor de los Dioses, sino un simple mensajero que tuvo la mala fortuna de toparse conmigo. Le he traído conmigo, para que veáis que yo nunca hablo en balde. - Me parece muy bien - exclamó el rey, visiblemente complacido -. Es la primera vez que alguien realiza una hazaña semejante. Yo qué sé la de veces que he enviado a soldados en busca de información y siempre han regresado con las manos vacías. Vos, por el contrario, no habéis hecho nada más que salir y volvéis con un enemigo muerto. He de reconocer, en verdad, que vuestros poderes mágicos son extraordinarios. ¡Calentad un poco de vino, para que podamos festejar a nuestro benefactor como se merece! - ordenó después, dirigiéndose a sus criados. - No es el licor lo que ahora me preocupa - se apresuró a decir el Peregrino -. Lo que quisiera saber es si, a la hora de la partida, el Palacio de la Sabiduría de Oro os dejó algún escrito, en cuyo caso desearía echarle un vistazo. Al oír la palabra "escrito", el rey pareció como si hubiera recibido una estocada mortal y, rindiéndose al llanto, contestó: - No habíamos acabado de brindar por la felicidad y la prosperidad de aquel año, cuando apareció ese malvado monstruo dando gritos y se llevó por la fuerza a mi esposa, para que compartiera su tálamo. Si renuncié a ella, fue por el bien de mi pueblo. La cosa ocurrió con tal rapidez, que no hubo tiempo para las despedidas ni para las frases de ánimo. Todo desapareció con ella. Salvo esta añoranza y esta amargura que me están destrozando, no me dejó recuerdo alguno; ni siquiera una simple bolsita de perfume. - ¿Para qué torturaros de esa forma, cuando vuestros sufrimientos están a punto de concluir? - replicó el Peregrino -. Si, como acabáis de decir, vuestra esposa no os dejó ningún recuerdo, ¿queda todavía en el palacio alguna cosa de la que fuera especialmente aficionada? De ser así, desearía que me la mostrarais. - ¿Para qué la queréis? - preguntó el rey. - Está claro que ese monstruo posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios - contestó el Peregrino -. Deja escapar enormes masas de humo, fuego y arena, cosa que me ha hecho comprender que va a resultar sumamente difícil atraparle. Aun suponiendo que consiga detenerle sin mayores problemas, lo más seguro es que vuestra esposa se niegue a seguirme, pues, en medio de todo, no tiene noticia ni de mi existencia. Únicamente confiará en mí, si ve que llevo conmigo algo que ella apreciaba sobremanera, cuando aún vivía en este palacio. Ese es el motivo por el que os he pedido que me entregarais una cosa tan personal como ésa. - Si no recuerdo mal - dijo entonces el rey -, en una de las alcobas del Palacio del Sol Brillante hay un par de pulseras de oro, que en su día pertenecieron a la Sabiduría de Oro. Si aún se conservan allí, fue porque el día de la fiesta se las quitó, con el fin de adornarse los brazos con unas cuantas cintas de colores. Tratándose de una de las cosas que más le gustaban, las tengo guardadas en un joyero, aunque, si he de decir la verdad, cada vez que las veo, no puedo reprimir el llanto. Es muy profundo el cariño que por ella sentía y demasiado trágicas las circunstancias en las que fue arrancada de mi lado. - Es mejor que no sigáis hablando de eso - le aconsejó el Peregrino -. Traedme esas pulseras que decís. Si sois capaz de desprenderos de ellas, entregádmelas y partiré inmediatamente a liberarla. En caso contrario, me conformaré simplemente con una. El rey se volvió hacia el Palacio de la Sabiduría de Jade y le pidió que fuera a por las joyas. Nada más verlas, se echó a llorar y exclamó, desconsolado: - ¡Mi querida señora! - pero tuvo la suficiente fuerza de ánimo para confiárselas al Peregrino, que en seguida se las ajustó en el brazo. Tras negarse a tomar el vino, para no perder más tiempo, el Gran Sabio montó en una nube y, en un abrir y cerrar de ojos, llegó a la Montaña del Unicornio. Estaba demasiado ocupado esta vez para gozar de la belleza del paisaje y se puso en seguida a buscar la caverna. Tras dar unas cuantas vueltas, oyó el inconfundible cuchicheo de una conversación. Se dirigió al lugar del que parecían provenir las voces y vio a unos cuantos soldados alineados a la entrada misma de la Caverna de Xie-Tsai. Eran más de quinientos y parecían dispuestos a partir de campaña de un momento a otro, armados hasta los dientes de lanzas y espadas, que brillaban, como brasas, a la luz del sol. Los estandartes flameaban al viento, orgullosos como los generales tigre y los capitanes oso que mandaban aquellas huestes de guerreros leopardo y mariscales gato montes. ¡Qué valientes parecían los lobos grises, qué envidiable fortaleza la de los elefantes! El ejército estaba compuesto por la más heterogénea clase de animales. No era difícil ver liebres inquietas o ciervos, siempre alerta, blandiendo espadas y hachas, o culebras larguísimas y serpientes de enorme tamaño cargadas con arcos y aljabas. Las responsabilidades del mando recayeron sobre un chimpancé, que, al comprender el lenguaje humano, estaba más capacitado que nadie para esos menesteres. El Peregrino no se atrevió a seguir adelante y, dándose la vuelta, regresó por donde había venido. Si lo hizo así, no fue porque tuviera miedo. De hecho, sus pasos le llevaron hasta el punto donde había dado muerte al diablillo. No tardó en encontrar el gong y el estandarte amarillo, tras lo cual se volvió cara al viento y, haciendo un signo mágico, se transformó en la imagen exacta de Ida y Vuelta. Sin pensarlo dos veces, empezó a golpear el gong y se dirigió con paso ligero hacia la Caverna de Xie-Tsai. Al llegar a ella, oyó preguntar al chimpancé: - ¿Cómo es que has regresado tan pronto, Ida y Vuelta? - Ya ves - contestó el Peregrino, muy a su pesar. - Entra a informar de tus gestiones a nuestro señor - le ordenó el chimpancé -. Te está esperando impaciente en el Pabellón de Descuartizar. El Peregrino se lanzó hacia el interior, sin dejar de golpear el gong. Sorprendido, vio que dentro de la caverna había precipicios tan profundos y acantilados tan rugosos como los de fuera, junto a los que se abrían apacibles construcciones de piedra. A la sombra de sus muros se extendían espléndidas alfombras de plantas y flores exóticas, que rompían la retorcida pujanza de cedros y pinos centenarios. En cuanto hubo traspuesto una segunda puerta, el Peregrino se topó con una construcción octogonal con ocho arcadas transparentes. Justamente en su centro estaba colocado un trono de oro, sobre el que descansaba el monstruo, cuyo aspecto no podía ser más terrorífico. Por encima de su cabeza flotaba una nube multicolor, que se agitaba siguiendo el ritmo respiratorio de los potentes pulmones de la bestia. Por entre los labios le salían unos dientes tan afilados como espadas, que resaltaban aún más su aspecto demoníaco. Los cabellos, rojos como brasas, le caían sin ningún orden por la frente, produciendo la impresión de estar metida en una hoguera. Sus barbas, aceradas como flechas, desdibujaban la línea de sus labios, pareciendo una simple prolongación del espeso vello que le cubría todo el cuerpo. Como los del auténtico Señor de los Dioses, sus ojos poseían el brillo del cobre y la viveza del azogue. Sobre sus rodillas descansaba una porra tan larga como la distancia que media entre el cielo y la tierra. Semejante aspecto no pudo por menos que impresionar al Peregrino que tuvo, no obstante, la suficiente fuerza de ánimo para tomárselo a la ligera. Haciendo caso omiso de la etiqueta, le dio descaradamente la espalda y continuó batiendo el gong, como si no le hubiera visto. - ¿Cuándo has vuelto? - le preguntó el monstruo, pero el Peregrino no se dignó contestarle -. ¡Te he preguntado que cuándo has regresado, Ida y Vuelta! - añadió, perdiendo la paciencia. El Peregrino continuó sin abrir la boca. La bestia se levantó, furiosa, de su asiento y, agarrándole de las ropas, le sacudió sin ninguna consideración, gritando: - ¿Se puede saber por qué sigues golpeando ese maldito gong? ¡Te he hecho, además, una pregunta! ¿Por qué te niegas a responderme? - ¡Por qué, por qué, por qué! ¿A qué viene tanto por qué? - exclamó el Peregrino, tirando el gong al suelo con rabia -. ¡Os dije que no quería ir, pero vos, insististeis en que lo hiciera! Nada más llegar a ese maldito reino, me encontré con un numerosísimo ejército de hombres a caballo y dispuestos para la lucha. En cuanto me vieron, empezaron a gritar, enardecidos: "¡Agarrad a ese monstruo! ¡No le dejéis escapar!". No pararon hasta que no me echaron mano y, entre empujones y golpes, me condujeron a presencia de su señor, que ordenó que me cortaran al punto la cabeza. Fue una suerte que uno de sus consejeros sacara a relucir esa vieja máxima que dice: "Cuando dos reinos se encuentran en guerra, hay que respetar la vida de sus mensajeros". Eso me salvó de la muerte, pero me quitaron los documentos que llevaba y me arrojaron sin ningún respeto de la ciudad, no sin antes darme más de treinta azotes en presencia de todo el ejército. Si, a pesar de todo, me dejaron con vida, fue con el único propósito de haceros saber que están dispuestos a entrar inmediatamente en combate. - Puestas así las cosas - contestó el monstruo -, ha sido una suerte haber salido de la forma como tú lo has hecho. Ahora me explico por qué te negabas a responderme, cuando te pregunté que si ya habías vuelto. - Si no contesté - le corrigió el Peregrino -, fue porque sentía demasiado dolor para abrir la boca. - ¿Contaste el número de caballos y hombres que han puesto en pie de guerra? - volvió a preguntar el monstruo. - ¿Cómo iba a contarlos, si estaba muerto de miedo y sus golpes no me dejaban ni ver lo que ocurría a mi alrededor? - se defendió el Peregrino -. Lo que sí puedo deciros, de todas formas, es que vi un auténtico bosque de arcos, flechas, sables, cotas de malla, armaduras, lanzas, espadas, hachas de doble filo, estandartes, bolas de hierro, espadas con forma de media luna, cascos, hachas de enorme tamaño, escudos redondos, catapultas, porras de todas las formas y tamaños, tridentes de acero y un sinfín de artilugios bélicos. Eso sin contar sus equipos de guerra, tales como botas altas, cascos, yelmos, corazas, petos, látigos, hondas y mazos de bronce. - ¿Qué es todo eso para mí? - se burló el monstruo, soltando la carcajada -. Con un poco de fuego me bastará para hacer desaparecer todas esas armas. Creo que deberías ir a decir a la Sabiduría de Oro que deje de preocuparse, de una vez. Al enterarse de que me disponía a entrar en combate, se ha puesto a llorar como una loca. Se alegrará de saber que los suyos han puesto en pie de guerra tan ingente cantidad de hombres y caballos. ¿Cómo no van a derrotarme con semejante despliegue de medios? - Eso es precisamente lo que andaba buscando - se dijo el Peregrino, complacido, al oír tan inesperada sugerencia. Como si conociera el camino que conducía a sus aposentos, empezó a abrir y a cerrar puertas y a dejar atrás salones y habitaciones. En la parte más profunda de la caverna se elevaban espléndidos edificios, que nada tenían que ver con los que había en su parte anterior. La Sabiduría de Oro habitaba en la sección posterior del palacio. El Peregrino lo comprendió en seguida, al ver el extraordinario colorido de las puertas que allí se alzaban. Tras dejarlas atrás, miró curioso a su alrededor, vio a dos grupos de zorras y ciervas ataviadas como doncellas. En medio de ellas se encontraba la mujer con la mejilla apoyada en la mano y llorando desconsoladamente. A pesar de todo, se apreciaba que poseía una arrebatadora juventud y que sus rasgos no podían ser más atractivos y seductores, a pesar de que llevaba el cabello recogido sobre la cabeza, estaba sin maquillar, no lucía horquillas ni pulseras, hacía tiempo que no se empolvaba el rostro, no se aplicaba carmín en los labios ni embellecía su pelo con aceites. Sus labios, rojos como una cereza, dibujaban un rictus de tristeza. La pena la hacía mantener apretados los dientes, blancos como la plata, mientras torrentes de lágrimas fluían de sus ojos, hermosos como las estrellas, y sus cejas, frágiles como una mariposa, se juntaban en un gesto típico de desesperación. Su corazón anhelaba al Señor del Reino Morado, al que echaba tanto de menos, que en su mente sólo anidaba la idea de escapar de aquella red que la tenía prisionera. ¡Qué dura ha sido siempre la suerte de las mujeres virtuosas y hermosas! Con gesto cansino y totalmente en silencio, tenía el rostro vuelto hacia el oriente. Llegándose hasta ella, el Peregrino se inclinó respetuosamente y dijo: - Os presento mis respetos, señora. - ¡Maldito diablillo! - exclamó ella con desprecio -. ¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra? Durante años y años, cuando la gloria del Señor del Reino Morado era también la mía, consejeros extremadamente sabios y primeros ministros se inclinaban ante mí, sin atreverse a levantar la vista del suelo. ¿Cómo osa una bestia como tú saludarme de la forma en que lo has hecho? ¿Se puede saber de dónde ha salido semejante paleto? - No os enojéis con él, señora - le aconsejaron algunas de las doncellas que la atendían - . Se trata de uno de los funcionarios de más confianza de nuestro señor y responde al nombre de Ida y Vuelta. Por cierto, ha sido él el encargado de hacer entrega esta misma mañana de la declaración de guerra. Al oír eso, la mujer dominó lo mejor que pudo su enfado y preguntó: - ¿De verdad llevaste esa declaración al Reino Morado? - Así es - confirmó el Peregrino -. Entré en su capital y puse los pies en el mismo Salón de los Carillones de Oro. Tuve la oportunidad de ver incluso al rey. De hecho, fue él el que me encargó que trajera su respuesta. - ¿Qué te dijo? - exclamó, muy excitada. - Que estaba dispuesto a luchar y que todas sus tropas se hallaban en pie de guerra, cosa de la que he informado oportunamente a nuestro señor - respondió el Peregrino -. Expresó también una gran añoranza por vos y me encargó que os transmitiera unas cuantas palabras de ánimo, pero me temo que hay demasiada gente a nuestro alrededor, para poderlas decir con la libertad deseable. Al oír eso, la mujer ordenó a las zorras y a las ciervas que se marcharan en seguida y cerró con cuidado la puerta del palacio. El Peregrino se pasó entonces la mano por la cara y, recobrando la forma que le era habitual, dijo: -No os asustéis, señora. En realidad, no soy más que un monje enviado por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, al Monasterio de Trueno, en el Paraíso Occidental, en busca de escrituras sagradas. El maestro al que sirvo, Tripitaka Tang, es hermano del mismo emperador. Por mi parte, soy su discípulo más antiguo y respondo al nombre de Sun Wu-Kung. Al pasar por el reino del que sois originaria y tratar de obtener permiso para proseguir nuestro viaje, tuvimos noticia de una proclama imperial, en la que se convocaba a todos los médicos de la tierra, para devolver la salud a vuestro esposo. Haciendo uso de nuestros conocimientos terapéuticos, conseguimos liberarle tanto de su enfermedad como del estado de ansiedad que le aquejaba. Durante el convite que ofreció en nuestro honor, nos contó cómo habíais sido raptada por un monstruo. Eso avivó nuestros deseos de liberaros y devolveros al lugar del que nunca debíais haber salido, pues somos expertos en el arte de destruir dragones y domar tigres. Fui yo, de hecho, quien hizo huir, derrotado, al enviado del monstruo y posteriormente acabó con el diablillo, cuya personalidad he asumido. Me he visto obligado a hacerme pasar por Ida y Vuelta, al comprobar las enormes fuerzas que vuestro captor ha desplegado a la puerta de la caverna. Disculpadme, pero no disponía de otro medio para llegar hasta vos. Extrañamente, la mujer permaneció en silencio. El Peregrino sacó, entonces, las dos pulseras y, entregándoselas respetuosamente con las dos manos, añadió: - Si no me creéis, mirad bien estos objetos. Al verlos, la mujer se echó a llorar y, dijo, echándose a los pies del Peregrino: - Si, en verdad, sois capaz de librarme de esta prisión y de devolverme, sana y salva, a mi reino, tened la seguridad de que os estaré eternamente agradecida. - Es preciso que antes me informéis de algo de vital importancia - contestó el Peregrino -. ¿Qué clase de objeto valioso es ese que arroja fuego, arena y humo? - No se trata de ningún objeto de especial valor, sino de tres campanas de oro - explicó la mujer -. Cuando sacude la primera, arroja una masa de fuego de más de mil metros de larga, capaz de abrasar todo lo que encuentra por delante. Cuando mueve la segunda, la cantidad de humo que lanza supera el kilómetro de longitud y ahoga a cuanta criatura viviente se tope con él. Por lo que respecta a la tercera, vomita, hasta una distancia de mil metros, una cantidad increíble de ceniza amarilla, que termina haciendo perder el juicio a la gente. Aunque el fuego y el humo pueden parecer extremadamente peligrosos, la ceniza no tiene que nada envidiarles, ya que es extremadamente venenosa. En cuanto se le mete a alguien por las narices, perece al instante. - ¡Extraordinario! - exclamó el Peregrino -. Aunque, a decir verdad, tengo experiencia de sus formidables efectos. De hecho, me hizo estornudar como un loco. Me pregunto dónde tendrá guardadas esas campanas. - ¿Creéis que las tiene escondidas en algún sitio? - exclamó la mujer -. Ni lo penséis. Las lleva atadas a la cintura y no se desprende de ellas ni aunque esté dormido. - Si aún amáis al Reino Morado y guardáis por su rey los mismos sentimientos que un día abrigó vuestro corazón, es preciso que renunciéis de momento a la tristeza y a la añoranza - le aconsejó el Peregrino -. Mostraos coqueta y alegre, permitiéndole incluso acostarse con vos. Cuando hayáis ganado su confianza, convencedle para que os confíe el cuidado de las campanas. Eso me facilitará el poder robárselas y conseguir, así, detenerle. De esa forma, podréis regresar junto a vuestro esposo y pasar a su lado una vida de felicidad y compenetración perfectas. La mujer dio en seguida su consentimiento y el Peregrino, tras metamorfosearse de nuevo en el fiel servidor del monstruo, abrió las puertas del palacio y llamó a las doncellas. En ese mismo momento la mujer levantó la voz y dijo: - Ida y Vuelta, no te olvides de comunicar al señor que deseo verle inmediatamente. Es preciso que hable con él de un asunto importante. El Peregrino contestó a grandes voces que así lo haría y se dirigió a toda prisa al Pabellón de Descuartizar, donde informó al monstruo: - El Palacio de la Sabiduría quiere que os reunáis con ella de inmediato. - Normalmente la señora me trata con indiferencia y desprecio - comentó el monstruo, muy animado -. ¿Qué la habrá hecho cambiar tan de repente? - Quizás el hecho de que, al preguntarme por el Señor del Reino Morado, yo le contesté que ya no la amaba y que había tomado como reina a otra mujer - contestó el Peregrino -. Al oírlo, dejó de pensar en él y me ordenó que viniera a transmitiros sus deseos. - ¡Qué gran servicio me has hecho! - exclamó el monstruo, visiblemente complacido -. Cuando haya acabado con ese maldito reino, te nombraré mi consejero personal. Tras darle las gracias, el Peregrino le acompañó a la parte posterior del palacio, donde la mujer le recibió sonriendo coquetamente y con los brazos extendidos. El monstruo retrocedió, asombrado, e, inclinándose con respeto, dijo: - Me siento francamente honrado. No sé cómo agradeceros vuestro amor. De todas formas, no me atrevo a tocaros. Aún recuerdo el dolor que sentía en las manos, al intentarlo. - Sentaos, por favor. Deseo hablar con vos. - Hacedlo sin dudar - replicó el monstruo. - Desde el momento en que me expresasteis vuestro amor hasta ahora han transcurrido cerca de tres años - empezó diciendo la mujer -. Aunque en todo ese tiempo me he negado obstinadamente a acostarme con vos, ahora comprendo que estábamos predestinados a convertirnos en marido y mujer. Soy consciente, de todas formas, de que abrigáis contra mí sentimientos encontrados y no me consideráis realmente vuestra esposa. De hecho, cuando, siendo señora del Reino Morado, los embajadores extranjeros venían a ofrecer sus tributos, era yo la encargada de inventariarlos y guardarlos. No quiero decir con ello que vos poseáis muchas cosas de valor. De hecho, sólo vestís pieles y os alimentáis con carnes crudas. Jamás he visto por el palacio sedas, damascos, perlas u oro; hasta los cortinajes están hechos de pieles. Es posible que tengáis grandes tesoros, pero también lo es que vuestros sentimientos hacia mí os han impedido, no digo ya confiármelos, sino dejármelos ver. He oído comentar, por ejemplo, que poseéis una especie de campanas o gongs de gran valor. No sé concretamente lo que son; lo que sí puedo afirmar es que son tres y que no os desprendéis jamás de ellos. ¿No sería más cómodo que me los confiarais y yo los sacara cuando los necesitarais? Después de todo, somos marido y mujer y deberíais mostradme más confianza. De lo contrario, siempre me consideraré una advenediza. - ¡Tenéis razón, señora! - exclamó el monstruo, ahogándose en sus propios bufidos -. Vuestras quejas no pueden ser más justas. Aquí tenéis las únicas cosas de valor que, en realidad, poseo. Os las confío, para que las guardéis - y empezó a levantarse las ropas, dispuesto a desprenderse de sus tesoros. El Peregrino no le quitaba ojo. El monstruo vestía como si siempre fuera invierno, pero no tardó en dejar al descubierto las tres campanas. Se las desató con sumo cuidado y, tras taparles la boca con un manojo de algodón, las envolvió en una piel de leopardo. - Aunque parecen objetos vulgares - dijo, al tiempo que se las entregaba a la mujer -, debéis guardarlas con mucho cuidado, sin agitarlas ni hacerlas sonar. - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle la mujer -. Las esconderé en mis aposentos y tened la seguridad de que nadie las tocará. Traednos un poco de vino - añadió a continuación, dirigiéndose a sus doncellas. Deseo brindar con el rey por nuestro amor y nuestra felicidad. Sin pérdida de tiempo las muchachas trajeron una mesa y la llenaron de frutas, verduras y carne de venado y conejo. Llenaron a continuación las copas de licor de coco y la mujer puso en juego todos sus encantos para hacer caer al monstruo en la trampa. El Peregrino Sun no perdió el tiempo. Sin ser visto, se dirigió hacia la alcoba y tomó con cuidado las tres campanas de oro. El corazón le latía con fuerza, cuando salió del palacio. Al llegar al Pabellón de Descuartizar, desplegó con cuidado la piel de leopardo y vio que la campana del medio no era mayor que una taza de té, mientras que las otras dos poseían el tamaño de un puño cerrado. Sin sospechar lo peligroso que era, les quitó el algodón. Al punto se oyó un ruido ensordecedor y empezaron a arrojar una cantidad increíble de fuego, humo y cenizas amarillas. En vano trató el Peregrino de taparles la boca con el algodón. En un abrir y cerrar de ojos, las llamas alcanzaron una altura sobrecogedora y devoraron el pabellón. Aterrados, los diablillos que había por allí cerca corrieron a la parte posterior del palacio a informar de lo ocurrido al monstruo, que gritó, fuera de sí: - ¡Apagad inmediatamente el fuego! ¿A qué esperáis? - y se lanzo en dirección al pabellón, seguido de todos los suyos. No tardó en ver a Ida y Vuelta con las campanas en las manos y, arrojándose sobre él, añadió, furioso -: ¡Maldito esclavo! ¿Cómo te has atrevido a hacerte con mis campanas y a jugar con ellas, como si fueras un crío sin imaginación? ¡Mereces un castigo ejemplar! ¡Agarradle! Los guerreros tigre, los oficiales osos, los capitanes leopardo, los mariscales gato montes, los elefantes, los lobos grises, las liebres astutas, los ciervos siempre alerta, las serpientes de enorme tamaño, las culebras larguísimas y el chimpancé se abalanzaron con tal rapidez sobre el pabellón, que el Peregrino se vio obligado a arrojar las campanas a un lado y a recoger la forma que le era habitual. Echó mano a continuación de la barra de los extremos de oro e hizo frente con singular valentía a aquella turba de alocados animales. En cuanto el monstruo hubo recuperado sus preciados tesoros, ordenó, autoritario: - ¡Cerrad las puertas! Los que estaban más cerca de la salida obedecieron al instante la orden, mientras el resto continuaba peleando bravamente. El Peregrino comprendió que iba a resultarle extremadamente difícil escapar de aquella encerrona. Tras guardar apresuradamente la barra de hierro, sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en una mosca diminuta, que fue a posarse sobre una de las pocas piedras que aún quedaban en pie. Al no encontrarle por ninguna parte, los diablillos dijeron, desconcertados: - Ese ladrón ha conseguido escapar. - ¿Alguien le ha visto salir por la puerta? - preguntó el monstruo. - Eso es prácticamente imposible - contestaron los diablillos -. La hemos cerrado a cal y canto. - En ese caso - concluyó el monstruo -, removed la caverna de arriba abajo. Mientras unos terminaban de apagar el fuego, otros buscaban afanosamente hasta debajo de las piedras, pero no consiguieron dar con el ladrón. - ¡Quién puede ser tan desvergonzado como para hacerse pasar por Ida y Vuelta, presentarse ante mí y permanecer a mi lado en busca de una ocasión propicia para hacerse con lo más valioso que poseo! - exclamó el monstruo -. Ha sido una suerte que no haya sacado las campanas de la caverna. De haberlo hecho y de haberlas expuesto al viento que sacude las cumbres de la montaña, habría acabado con todos nosotros. - Ha sido, en verdad, una gran suerte - confirmó un general tigre, acercándose a él -. Está visto que aún no ha llegado nuestra última hora. Eso nos garantiza que aún estamos a tiempo de dar con él. - Ese ladrón - afirmó, por su parte, el comandante oso - no puede ser otro que ese tal Sun Wu-Kung, que cubrió de vergüenza a vuestro primer emisario. Probablemente se encontró con Ida y Vuelta y, después de darle muerte, cogió el estandarte amarillo, el gong y la placa con su nombre y se hizo pasar por él con el fin de engañaros. - Exactamente - confirmó el monstruo -. Así ha tenido que ser, por fuerza. No os desaniméis y seguid buscando. Es preciso que no salga de aquí. Así resultó lo que sucede con harta frecuencia: cuando menos se espera, un plan realmente inteligente se convierte en algo ridículo y lo que empezó siendo imaginativo termina revistiéndose de vulgaridad. Desconocemos de momento cómo se las arregló el Peregrino Sun para escapar de los dominios del monstruo. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente. 第071回 HACIÉNDOSE PASAR POR QUIEN NO ES, EL PEREGRINO CONSIGUE DOMINAR AL LOBO. KWANG-ING DERROTA, AL APARECERSE, A LA BESTIA Desde tiempos antiguos se ha afirmado, con verdad, que la forma es vacío y, de esta manera, éste ha llegado a ser identificado con aquélla. Quien ha logrado comprender en toda su profundidad este misterio no tiene necesidad de seguir refinando el mercurio. Para ello hay que trabajar con dureza y no dejar en ningún momento de practicar la virtud. Sólo entonces podrá mirarse de frente a los Cielos con ojos inalterables de dioses. Decíamos que el Competidor del Señor de los Dioses ordenó cerrar todas las puertas de la caverna, para evitar que el Peregrino pudiera escapar. Sus huestes de diablillos la revolvieron de arriba abajo hasta la hora misma del crepúsculo, pero no pudieron encontrar ni rastro de él. Desalentado, el monstruo tomó asiento en el Pabellón de Descuartizar y ordenó a sus generales que apostaran en las puertas grupos de soldados, armados hasta los dientes, con campanas, tambores y sonajas, para comunicarse en cuanto vieran algo extraño. Decidió, asimismo, que las patrullas habían de llevar en todo momento desenvainadas las espadas y las flechas dispuestas sobre las cuerdas de los arcos. El Gran Sabio, sin embargo, se había transformado en una mosca muy pequeñita y se había posado en las mismas jambas de la puerta. Al ver que la parte anterior de la caverna estaba firmemente protegida, voló hacia la de atrás, donde encontró a la mujer con la cabeza apoyada sobre una mesa y llorando desconsoladamente, al tiempo que murmuraba sobrecogedoras palabras de dolor. El Peregrino se posó con suavidad sobre sus alborotados cabellos y se puso a escuchar sus lamentos, que decían: - ¡Grandes han tenido que ser nuestras faltas en anteriores reencarnaciones, para tener que toparnos con un monstruo tan sin entrañas como éste! ¿Es que no va a tener nunca fin esta horrible separación que dura ya tres años? Nuestro dolor más profundo es habitar en lugares tan separados el uno del otro. El maestro que me enviasteis con vuestras noticias llenó de alivio mi corazón, pero perdió al poco tiempo la vida. Ahora comprendo cuan difícil es arrebatarle las campanas de oro y eso hace aún más dolorosa mi añoranza por vos. - Señora - susurró entonces el Peregrino, llegándose hasta su oído -, soy el respetable Sun, el monje llegado aquí por encargo de vuestro esposo. A pesar de lo ocurrido, no he perdido la vida. Lo que ha sucedido ha sido culpa de mi impaciencia. Mientras vos bebíais con el monstruo, me llegué hasta vuestra alcoba y me hice con las campanas de oro. No me fue difícil llegar hasta el pabellón que hay en la parte delantera de la caverna, pero no pude resistir la curiosidad y las desenvolví. Lo que menos me esperaba es que fuera a desprenderse el algodón y que el fuego, el humo y la ceniza amarilla fueran a salir con tanta violencia. Desconcertado, dejé caer las campanas y, recobrando la forma que me es habitual, saqué mi barra de hierro y traté de abrirme camino entre los enemigos que me rodeaban. Eran tantos, que temí salir malparado y me convertí en una mosca muy pequeñita, que me ha permitido hasta ahora pasar inadvertido. El monstruo ha puesto patrulla por todas partes y se niega a abrir las puertas. Creo que ha llegado el momento de que le hagáis venir y yazcáis con él en el lecho. De esa forma, podré escapar e idearé otro plan para haceros salir a vos de este infierno. Al oírlo, la mujer empezó a sacudirse con tal violencia, que parecía como si estuvieran arrancándole los cabellos. Poco a poco se fue apoderando de ella una extraña debilidad, aunque el corazón le latía con fuerza y aún tuvo la energía suficiente para exclamar, ofendida: - ¿Qué eres tú, un monstruo o un ser humano? - Ni lo uno ni lo otro - contestó el Peregrino -. Como veis, de momento no soy más que una pequeña mosca. No tengáis miedo e id en busca del monstruo. Pero la mujer se resistía a creerle y, arreciando en su llanto, dijo en tono casi inaudible: - ¿Estás tratando de hechizarme? - ¿Por qué habría de hacerlo? - se defendió el Peregrino -. Si no me creéis, extended la palma de la mano, para que me pose sobre ella y podáis verme sin dificultad. Así lo hizo ella y el Peregrino voló hacia la delicada palma de la dama. Era como una lentejuela sobre un capullo de loto, o un abeja descansando sobre una peonía, o una uva arrojada sobre una pieza de seda cubierta de bordados, o una mancha de tinta lanzada contra un manojo de lirios. El Palacio de la Sabiduría de Oro levantó su mano de jade y exclamó: - ¡Qué monje tan extraordinario! - En realidad soy su metamorfosis - confirmó el Peregrino con un leve zumbido. Sólo entonces le creyó la dama y añadió en el mismo tono recatado de antes; - ¿Qué haréis, cuando consiga atraer aquí al monstruo? - Como afirmaban los antiguos - contestó el Peregrino -, "sólo el vino es capaz de arruinar la vida de los más fuertes" 1. O, dicho de otra manera, no hay nada como el vino para acabar con las penas. Con el vino puede conseguirse cualquier cosa, así que lo mejor será que le hagáis beber cuanto podáis. Haced venir a vuestras sirvientas e indicadme cuál es la que más goza de vuestra confianza. No temáis. Me transformaré en ella y, de esa forma, podré estar todo el rato a vuestro lado. Actuaré, en cuanto se presente el momento oportuno. - ¿Dónde te has metido, Gracia de la Primavera? - preguntó la mujer, levantando la voz. Al instante surgió de detrás de un biombo una zorra con el rostro totalmente empolvado, que, postrándose de hinojos, respondió con respeto: - ¿Qué deseáis de mí, señora? - Ordenad a las otras doncellas que enciendan las lámparas, quemen un poco de almizcle y me acompañen después a la parte delantera de la caverna a pedirle al señor que se acueste conmigo. Sin pérdida de tiempo Gracia de la Primavera reunió a las otras siete u ocho zorras y, cogiendo dos lámparas y un par de pebeteros, se dirigieron a los aposentos de su señora. Con sumo respeto formaron dos filas y la mujer dobló coquetamente las manos. El Gran Sabio levantó el vuelo y fue a posarse sobre la cabeza de la zorra con el rostro empolvado. Tras arrancarse un pelo e insuflarle una bocanada de aire inmortal, gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en un insecto del sueño, que se deslizó con cuidado por la cara de la muchacha. Ese tipo de bichitos es tan temible, que, cuando se le mete a alguien por la nariz, inmediatamente cae presa del sueño. Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Gracia de la Primavera. Empezó a sentirse de pronto tan cansada, que apenas podía mantenerse en pie. Dando tumbos, como si estuviera borracha, regresó a toda prisa a sus aposentos y, antes de poner la cabeza sobre la almohada, empezó a roncar sonoramente. El Peregrino sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una copia exacta de Gracia de la Primavera. No tuvo más que salir de detrás del biombo para juntarse al grupo de las otras doncellas, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Palacio de la Sabiduría de Oro, la cual continuó, como si nada, su camino hacia la parte anterior de la caverna. Al verla, los diablillos corrieron a informar al Competidor del Señor de los Dioses, diciendo, sorprendidos: - ¡Acaba de llegar la señora! El monstruo corrió a darle la bienvenida a la puerta del Pabellón de Descuartizar. Sonriendo con inesperada dulzura, la mujer comentó: - El fuego ha sido apagado, el humo ha remitido y no hay ni rastro del ladrón. La noche es, por otra parte, muy oscura. ¿Por qué no venís conmigo a mi lecho? - Deberíais tomar más precauciones - contestó el monstruo, visiblemente complacido -. Ese ladrón del que habláis no es otro que Sun Wu-Kung, el mismo desalmado que derrotó a mi enviado, acabó con la vida de mi hombre de confianza y, valiéndose de sus poderes metamórficos, entró en esta mansión con el ánimo de burlarse de nosotros. Le hemos buscado por todos los sitios, pero no hemos encontrado ni rastro de él. Ése es el motivo de que estemos tan intranquilos. - Lo más seguro es que haya escapado - dijo la mujer -. En mi opinión, deberíais dejar de preocuparos y retiraros conmigo a descansar. Al ver la insistencia de la dama, el monstruo no se atrevió a desairarla. Tras ordenar a los diablillos que tuvieran cuidado con los hachones y las antorchas y se mostraran alerta contra los rateros y los ladrones, se retiró a la parte posterior de la caverna, acompañado por la dama. El Peregrino, que era la copia exacta de Gracia de la Primavera, entró en los aposentos privados de la señora, junto con las dos hileras de doncellas. - Preparadnos algo de vino - ordenó, entonces, la mujer -. Es preciso que hagamos olvidar al señor todas sus cuitas. - Tenéis razón - exclamó el monstruo, soltando la carcajada -. Traed el vino y prometo liberar a vuestra reina de todas las ansiedades que la atormentan. Gracia de la Primavera y las otras doncellas sacaron unas cuantas fuentes llenas de frutas y varios platos confeccionados con carne de venado, al tiempo que ordenaban las mesas y las sillas. La mujer tomó en las manos una copa y el monstruo la imitó en seguida. Tras brindar el uno a la salud del otro, Gracia de la Primavera tomó la botella de vino y, colocándose al lado de los señores, dijo: - Puesto que hasta esta noche no habéis intercambiado los brindis de rigor, sugiero que apuréis cuanto antes vuestras copas, para que podáis tomar la ronda de la doble felicidad. Ellos así lo hicieron y la doncella volvió a llenarles las copas, cosa que repitió unas cuantas veces seguidas. Gracia de la Primavera exclamó, entonces, alborozada: - ¡Qué felicidad me produce veros, por fin, juntos! ¿Por qué no ordenáis cantar y bailar a las doncellas que sepan hacerlo? No había acabado de decirlo, cuando todo el palacio se llenó de una armonía francamente embelesadora. Mientras los señores bebían y bebían, las muchachas que sabían cantar cantaban y las que dominaban el dificilísimo arte de la danza bailaban. Llegó un momento, sin embargo, en que la mujer ordenó detener las canciones y el baile y ordenó a las muchachas que continuaran desgranando melodías desde detrás del biombo. Sólo Gracia de la Primavera permaneció en el salón, sirviendo vino y licores sin parar. La mujer comprendió que había llegado el momento de excitar la pasión del monstruo y empezó a poner en juego todos sus encantos. Lo hizo con tal coquetería, que la bestia enloqueció de deseo, pero, por mucho que lo intentaba, no conseguía atrapar a la dama. ¡Qué pena! Era como un gato masticando una pompa de orina: un placer totalmente vacío. A pesar de todo, la mujer continuó coqueteando y riendo durante un buen rato. Después le preguntó de improviso: - ¿Han sufrido algún daño vuestros preciados objetos? - ¿Cómo iban a sufrir daño alguno, si han sido fundidos con los elementos más primarios de la naturaleza? - contestó el monstruo. Lo único que pasó fue que, al quitarles el algodón, se quemó la piel de leopardo. Eso es todo. - ¿Cómo habéis vuelto a envolverlos? - insistió la mujer. - No lo he hecho - respondió el monstruo -. Me los he colgado otra vez de la cintura. Al oír eso, Gracia de la Primavera se arrancó un puñado de pelos, que trituró a toda prisa con los dientes. Se acercó después al monstruo y, dejándoselos caer por el cuerpo, susurró, tras lanzarles tres bocanadas de aire inmortal: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en tres clases diferentes de los insectos más molestos que existen, es decir, piojos, pulgas y chinches. En un abrir y cerrar de ojos se metieron por las ropas del monstruo y empezaron a picarle como locos. Incapaz de soportar el picor, la bestia se metió la mano por el cuello y empezó a rascarse como si hubiera perdido el juicio. De esa forma, consiguió atrapar unos cuantos piojos y los puso a la luz para ver de qué se trataba. La mujer arrugó el ceño y exclamó con cierto desdén: - Perdonadme, pero creo que deberíais lavar con más frecuencia vuestras ropas. Tienen que llevar mucho tiempo sin ver el agua. Si no, no me explico cómo lleváis tantos piojos encima. - Os juro que hasta ahora no había tenido estos bichejos - se disculpó el monstruo, muerto de vergüenza -. ¡No me explico cómo ha caído de pronto sobre mí semejante desgracia! - Eso no es ninguna desgracia - replicó la mujer, soltando la carcajada -. Como muy bien afirma el dicho, "hasta en el cuerpo de un emperador hay, por lo menos, tres piojos". Si os quitáis las ropas, trataré de cazar todos esos bichejos. El monstruo no esperó a que se lo dijeran dos veces. En seguida empezó a desabrocharse el cinturón y la túnica. Gracia de la Primavera no le quitaba el ojo de encima. En cada pieza de vestir había cientos y cientos de pulgas y chinches. Los piojos, por su parte, alcanzaban tal número, que parecían hormigas tratando de entrar en el hormiguero. Pero donde resultaba prácticamente imposible contarlos era sobre la misma carne. Formaban allí tal enjambre, que no se veían las campanas de oro. Gracia de la Primavera aprovechó la ocasión para decir: - Si queréis, podéis dejarme las campanas. Así podréis cazar los piojos con más facilidad. El monstruo estaba tan asustado y corrido de vergüenza, que no podía distinguir lo auténtico de lo falso y le entregó, sin rechistar, sus preciados tesoros. Gracia de la Primavera los tomó en su mano y estuvo jugueteando con ellos durante un buen rato. Al ver que el monstruo estaba demasiado ocupado con sus ropas para preocuparse de algo más, el Peregrino escondió a toda prisa las campanas y, arrancándose tres pelos, los metamorfoseó en una réplica exacta de tan valiosos objetos. No contento con eso, los examinó cuidadosamente a la luz de una lámpara y comprobó que no existía, en efecto, ninguna diferencia entre ellas. Satisfecho, sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó aquella legión incontable de piojos, pulgas y chinches, que tanto habían atormentado a la bestia. El monstruo se sintió tan aliviado, que, al volver a tomar las campanas en sus manos, no se fijó en ellas para nada. Es más, se las entregó en seguida a la mujer y dijo: - Guardadlas con cuidado, no sea que vuelva a suceder lo de la última vez. La mujer abrió un baúl de ropa y metió dentro las campanas falsas. Para tranquilizar al monstruo lo cerró con un candado de oro y se sentó a beber unas cuantas copas más. Se volvió después hacia las doncellas y les ordenó: - Limpiad bien el lecho de marfil y sacad las sábanas de seda, pues deseo pasar la noche con el señor. - ¡No merezco tanta suerte! - repitió varias veces el monstruo -. Me considero indigno de unirme con vos. Creo que lo mejor será que tome una doncella del palacio y me retire al ala occidental. Vos podéis dormir sola. Y se retiraron a descansar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de Gracia de la Primavera, que, tras hacerse con los tesoros auténticos, se los ató a la cintura y recuperó la forma que le era habitual. Sacudió, una vez más, el cuerpo y recuperó el pelo que se había convertido en el insecto productor de sueño. No había dado tres pasos, cuando oyó con toda claridad el sonido de los gongs y las sonajas que marcaban la hora de la tercera vigilia. Recurrió entonces a la magia de la invisibilidad del cuerpo y, haciendo con los dedos el signo correspondiente, no tardó en llegar, sin ser visto, a la puerta delantera. Como estaba firmemente cerrada, volvió hacia ella la barra de los extremos de oro y al punto se abrió de par en par. En cuanto la hubo traspuesto, levantó la voz y dijo en tono autoritario: - ¡Competidor del Señor de los Dioses, deja inmediatamente en libertad a la Sabiduría de Oro! Volvió a gritarlo con tal fuerza, que no tardaron e despertarse todos los diablillos. Como locos, se lanzaron hacia la puerta y, al verla totalmente abierta, unos trataron de cerrarla lo más rápidamente posible, mientras otros corrían a informar a su señor, diciendo: - Ahí fuera hay alguien que conoce vuestro nombre completo y exige la inmediata liberación de Sabiduría de Oro. Las doncellas abrieron con cuidado las puertas de los aposentos y regañaron a los recién llegados, susurrándoles, muy quedo: - ¿Se puede saber por qué gritáis tanto? El señor acaba de quedarse dormido. El Peregrino volvió a lanzar su reto varias veces más, pero los diablillos no se atrevieron a despertar a su dueño. El Gran Sabio no se arredró y continuó dando gritos hasta el amanecer. Llegado ese momento, no pudo dominar por más tiempo la impaciencia y, agarrando con dos manos su terrible barra de hierro, empezó a golpear la puerta. Los diablillos estaban aterrados. Mientras unos empujaban, desesperados, los batientes, otros corrían al interior a informar de lo ocurrido. El alboroto terminó despertando al monstruo, que se vistió a toda prisa y, asomando la cabeza por entre las cortinas de seda, preguntó: - ¿A qué se debe todo ese ruido? - No lo sabemos - contestaron las doncellas, echándose rostro en tierra -, pero, según parece, ahí fuera hay alguien que se ha pasado la mitad de la noche lanzando insultos contra vos. No contento con eso, acaba de echar la puerta abajo. Sin pérdida de tiempo el monstruo abandonó sus aposentos privados, topándose en seguida con un grupo de diablillos, que le dijeron, golpeando el suelo con la frente: - Ha llegado alguien insultándoos y exigiendo que pongáis inmediatamente en libertad al Palacio de la Sabiduría de Oro. Al contestarle que no estábamos dispuestos a hacerlo, arreció en sus insultos, demasiado malsonantes para repetíroslos, y empezó a golpear la puerta como un loco. - No la abráis todavía - les ordenó el monstruo -. Id a preguntarle cómo se llama y de dónde es originario. En cuanto lo hayáis averiguado, regresad a decírmelo. Los diablillos se llegaron hasta la puerta y preguntaron, obedientes: - ¡Eh, el que está dando esos golpes! ¿Tendrías la bondad de decirnos cómo te llamas? - Respondo al nombre de Abuelito Materno - contestó el Peregrino - y he venido de parte del Reino Morado a llevarme al Palacio de la Sabiduría de Oro. Todo el mundo tiene que vivir en el sitio en el que nació. Los diablillos corrieron a informar de ello al monstruo, quien, a su vez, se dirigió a toda prisa a la parte posterior del palacio a indagar algo más sobre tan molesto visitante. La mujer acababa de levantarse y aún no se había peinado ni lavado. Cuando se disponía a hacerlo, se presentó una doncella y le dijo: - Acaba de llegar el señor. La mujer acabó de vestirse a toda prisa y, sin preocuparse para nada del peinado, salió corriendo a darle la bienvenida. Apenas habían tomado asiento, y antes de que el monstruo hubiera explicado el motivo de su visita, se presentó otro diablillo, que informó, muy alterado: - ¡Ese tal Abuelito Materno acaba de hacer añicos las puertas! - ¿Sabéis cuántos generales y comandantes tiene el ejército de vuestro anterior esposo? - preguntó el monstruo, dirigiéndose a la mujer. - Recuerdo que el reino poseía un total de cuarenta y ocho brigadas - contestó la mujer -, lo cual arroja un número de mil generales de primera categoría. En tal cantidad no están incluidos los comandantes y mariscales que guardan las diferentes fronteras. - ¿Había alguno que se apellidara Materno? - volvió a preguntar el monstruo. - Los únicos asuntos palaciegos de los que yo estaba enterada - explicó la mujer - tenían que ver exclusivamente con la buena marcha de los temas domésticos y el control de las criadas y sirvientas de la corte. De lo demás jamás se me informó con puntualidad. ¿Cómo queréis que recuerde ahora apellidos y nombres? - Ese entrometido se hace llamar el Abuelito Materno - comentó el monstruo -, pero estoy convencido de que un apellido como ése no aparece en Los nombres de las cien familias. Puesto que vos procedéis de una familia noble y poseéis una inteligencia muy despierta, no me cabe duda alguna de que habréis leído toda clase de libros y crónicas a lo largo de los años que pasasteis en el palacio imperial. ¿Recordáis haberos topado con un apellido semejante en alguno de esos textos antiguos? - Únicamente en El libro de los mil caracteres - contestó la mujer - existe una frase que afirma: "Todo cuanto aprendemos es obra de un maestro". Me figuro que ese nombre debe de estar relacionado con ese principio. - ¡Por supuesto que sí! - exclamó el monstruo, encantado, y, tras despedirse de la dama, se dirigió al Pabellón de Descuartizar. Inmediatamente se puso la armadura y, convocando a todas sus huestes de diablillos, marchó con paso marcial hacia la puerta principal, llevando en las manos un hacha con forma de flor recién abierta. - ¿Dónde está ese Abuelito Materno, que dice provenir del Reino Morado? - preguntó con voz autoritaria. El Peregrino tomó en su mano derecha la barra de los extremos de oro y, señalando acusadoramente al monstruo con la izquierda, contestó: - Mi querido sobrinito, ¿cómo te atreves a dirigirte a mí de esa forma? Deberías mostrarte un poco más respetuoso. ¿No te parece? - ¡Mira quién fue a hablar! - exclamó el monstruo, furioso -. Tienes el aspecto de un simio, el rostro de un mono y algo así como el siete por ciento de espíritu. ¿Cómo te atreves a burlarte de mí? - ¡Maldito monstruo! - gritó el rey, soltando la carcajada -. ¡Aquí el único que se está burlando de los Cielos y del Señor que los rige eres tú! Parece, además, que estás completamente ciego. Cuando, hace aproximadamente quinientos años, sumí el Palacio Celeste en una total confusión, todos los guerreros de los Nueve Paraísos no se atrevían a dirigirme la palabra, sin anteponer el título de "Respetable". Ahora tú me llamas, simplemente, abuelito. ¿No te parece que eso es degradarme demasiado? - ¡Dime, de una vez, tu nombre y tu apellido auténticos, así como el tipo de artes marciales que dominas! - bramó el monstruo -. A juzgar por el desparpajo con el que te diriges a mí, deben ser, en verdad, inigualables. - Es mejor que no me lo preguntes - replicó el Peregrino -, porque, en cuanto lo conozcas, estoy seguro de que no sabrás dónde meterte. Acércate y escucha con atención lo que voy a decirte: el Cielo y la Tierra fueron mis progenitores, concibiéndome con las esencias del sol y la luna y formándome durante larguísimos años en el interior de una roca. Me alimenté de las raíces del espíritu y fui dado a luz, ¡oh, misterio incomprensible!, cuando la primavera aceleraba los latidos vitales de la naturaleza. No es extraño que ahora sea un inmortal. Yo mismo fui una vez señor de incontables diablillos, prestándome sumisión monstruos que parecían mucho más poderosos que yo. Mi fama llegó a oídos del Emperador de Jade, que encargó a la Estrella de Oro del Planeta Venus que me ofreciera un puesto oficial en la Corte Celeste. Pero no me agradó el nombramiento de "pi-ma" y conspiré contra los Cielos, sumiendo su orden eterno en una confusión total. Tras luchar contra mí, el Devaraja y su hijo hubieron de abandonar el campo derrotados. El Emperador Cósmico se vio obligado a enviarme de nuevo a la Estrella de Oro con el ofrecimiento de nombrarme Gran Sabio, Sosia del Cielo, un título que yo consideré totalmente apropiado con mi talento y mis cualidades. Pero volví a hacerme acreedor a la furia divina, cuando, durante el Festival de los Melocotones, tuve la desfachatez de robar las píldoras de la inmortalidad y de medio emborracharme con el licor de la larga vida. Lao-Tse presentó inmediatamente sus quejas ante la corte, cosa que también hizo Wang-Mu-Niang-Niang, presentándose personalmente en la Terraza de Jade. Al tener noticia de que me había burlado de las leyes imperantes en los cielos, el emperador convocó a sus mejores luchadores y lanzó contra mí a más de cien mil experimentados planetas, armados hasta los dientes con hachas de doble filo, lanzas y espadas. No contento con eso, extendieron alrededor de mi montaña sus terribles redes cósmicas, pero yo me las arreglé para hacer frente a todos. La lucha fue feroz en extremo y tan equilibrada, que ninguna de las partes obtuvo una ventaja significativa hasta que no hicieron su aparición Er-Lang y la Bodhisattva Kwang-Ing. A pesar de que el príncipe gozaba de la ayuda de los miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos, los dos desplegamos nuestras mejores artes mágicas. Nuestras metamorfosis fueron constantes y tan hilvanadas como los engarces de un collar, pero de pronto se abrieron las nubes y se asomaron por encima de ellas tres sabios celestes. Lao-Tse lanzó contra mí una trampa diamantina y, de esta forma, los dioses no tuvieron ningún problema en capturarme y conducirme hasta los mismísimos peldaños de oro. No tuve necesidad de hacer confesión alguna, siendo condenado a morir descuartizado, pero los mazos, las hachas, las cimitarras y las espadas fueron incapaces de hacerme el menor daño. Lo mismo les sucedió al trueno, al rayo Y a todos los elementos que participan de la inmortalidad. Se decidió, Pues, enviarme al Palacio Tushita, para que se me refinara de todas las formas que pudiera imaginarse. Cuando llegó el momento oportuno, se levantó la tapa al brasero, pero el fuego no había podido nada contra mí y salté de entre las brasas, blandiendo mi barra de hierro y dispuesto a llegar como fuera a la Terraza del Dragón de Jade. Los planetas y las estrellas huyeron, aterrorizados, dejando a mis anchas todos los salones del palacio celestial. El Emperador solicitó a toda prisa la ayuda de Buda y yo tuve la desfachatez de aceptar un enfrentamiento directo con Sakyamuni. Me comprometí a saltar sobre la palma de su mano y a regresar a ella después de recorrer todos los Cielos, pero Buda tenía un conocimiento anticipado de mis intenciones y me engañó. Durante más de quinientos años he permanecido prisionero, purgando mis antiguos desmanes, hasta que se me ha liberado con la condición de proteger al monje Tang en su largo peregrinaje hacia el Oeste. Eso es algo que yo, el Peregrino Wu-Kung, he cumplido con absoluta dedicación, enfrentándome a todos los monstruos que trataban de cerrarme el camino que conduce hacia el poniente. ¿Quién puede ser tan loco como para impedírmelo? Al oír el nombre del Peregrino Wu-Kung, el monstruo exclamó: - ¡Así que tú eres el tipo que sumió el Palacio Celeste en una confusión total! Si es verdad que se te liberó con la condición de que acompañaras al monje Tang en su largo peregrinaje hacia el Oeste, ¿quieres explicarme qué es lo que te ha apartado de tus propósitos? ¿No te parece que, en vez de convertirte en un simple esclavo del Reino Morado y venir aquí en busca de la muerte, sería más conveniente que te dedicaras a tus propios asuntos? - ¡Por tus palabras se ve que eres tan ignorante como malvado! - replicó el Peregrino -. Si he venido hasta tu caverna, ha sido porque así me lo ha pedido el Señor del Reino Morado y yo he aceptado en prueba de agradecimiento por la hospitalidad que nos ha dispensado. Has de saber, además, que allí se me respeta más que al mismo rey, que, por otra parte, me considera como a un dios. Ante tales muestras de agradecimiento, ¿cómo te atreves a mencionar la palabra esclavo? ¡Tú eres el que te burlas de los principios del cielo, no yo! ¡No huyas y prueba el sabor de la barra de tu abuelito! Un tanto desconcertado, el monstruo se hizo a un lado y, de esta manera, logró desviar el golpe que se le venía encima, antes de contraatacar con su hacha con forma de flor recién abierta. Dio así comienzo una batalla realmente extraordinaria, en la que la barra de los extremos de oro se midió con la afiladísima hacha de contorno floral. Mientras la violencia se iba apoderando de sus músculos, los contendientes apretaban los dientes y los hacían rechinar para mostrar lo sobrecogedor de su fuerza. No en balde uno era el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y el otro, un monstruo malvado de inigualables poderes. Los dos arrojaban por la boca tal cantidad de vapores y nubes, que el Cielo se vio sumido en una oscuridad absoluta. La fiereza con la que peleaban lanzaba hacia lo alto tantas rocas y tierra, que parecía como si todos los astros hubieran perdido, de pronto, su fulgor. Recurrieron a todos los estilos de lucha que dominaban, arrojando por los ojos rayos de un color dorado cada vez que descargaban uno de sus golpes. Ambos desplegaron la impresionante panoplia de sus conocimientos mágicos, tratando uno de llevar a la dama al reino del que era soberana y pugnando el otro por hacerla quedarse en los impresionantes parajes de aquella montaña. A tan simple propósito obedecía un combate, cuyos participantes se habían olvidado por completo de la vida y la muerte. Más de cincuenta veces seguidas midieron sus armas, pero ninguno consiguió una diferencia apreciable. Al ver la fuerza desplegada por el Peregrino, el monstruo comprendió que no iba a poder derrotarle y, parando con su hacha uno de los golpes de la barra de hierro, dijo: - Creo que deberíamos detener la lucha un momento, Peregrino Sun. Todavía no he desayunado y es preciso que, antes de continuar, tome un poco de carne. En cuanto lo haya hecho. Volveré y acabaré contigo. El Peregrino comprendió que quería ir a por las campanas y, poniendo a un lado la barra de hierro, contestó: - Un buen cazador nunca persigue a una liebre cansada. Vete y come todo lo que quieras. Cuanto antes regreses, antes te daré muerte. El monstruo regresó al interior de la caverna y ordenó a la mujer: - Saca inmediatamente los objetos que te confié. - ¿Puede saberse para qué? - preguntó ella. - El que estuvo toda la noche retándome - contestó el monstruo - es discípulo de un monje que se encuentra de camino en busca de escrituras sagradas. Según ha confesado, su auténtico nombre no es Abuelito Materno, sino Sun Wu-Kung, el Peregrino. He pasado muchas horas luchando con él, pero me ha sido imposible derrotarle. Entrégame mis tesoros y le achicharraré con el fuego que despiden. El abatimiento se apoderó de la mujer, al oírlo. No estaba dispuesta a entregarle las campanas, pero temía provocar su mal humor. Sabía que, si se las devolvía, el Peregrino podía morir, asado como un animal de caza. Sus dudas terminaron provocando la ira del monstruo, que volvió a ordenarle: - ¿Es que no me has oído? ¡Saca esos tesoros, de una vez! La mujer no tuvo más remedio que abrir el baúl y entregárselos a la bestia, que corrió, satisfecha, al exterior de la caverna. La mujer se sintió tan abatida, que se dejó caer sobre un asiento y lloró desconsoladamente, preguntándose, desesperada, si el Peregrino iba a ser capaz de escapar con vida. Ni ella ni el monstruo sabían que las campanas que acababa de darle eran falsas. En cuanto se encontró en campo abierto, el monstruo se colocó de cara al viento y gritó: - ¡No huyas, Peregrino Sun, y mira cómo sacudo un poco las campanas! - ¿Crees que yo no tengo otras iguales? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Qué te hace pensar que, si tú las agitas, no voy a hacer lo mismo con las mías? - ¿Qué clase de campanas tienes tú? - preguntó el monstruo -. ¿Por qué no las sacas, para que pueda echarles un vistazo? El Peregrino sacudió ligeramente la barra de hierro y, tras reducirla al tamaño de una pequeña aguja de bordar, se la metió tranquilamente en la oreja. Se desató a continuación las tres campanas de la cintura y dijo al monstruo: - Míralas bien, ¿no son estas tres campanas de oro rojizo? - ¡Qué raro! - pensó el monstruo, visiblemente sorprendido -. ¿Cómo pueden ser esas campanas exactamente iguales que las mías? Aunque hubieran empleado el mismo molde para hacerlas, deberían tener algo distinto. ¿Qué sé yo? Una marquita aquí..., una imperfección allá... ¿Cómo es posible que sean iguales? ¿Te importaría decirme de dónde las has sacado? - añadió, levantando la voz. - ¿Tendrías inconveniente en contarme de dónde han salido las tuyas? - repitió el Peregrino. - En un principio - confesó el monstruo con una ingenuidad sorprendente - las mías pertenecieron al Señor de la Gran Pureza, el ser más versado en el Tao de cuantos existen. Su oro fue refinado, de hecho, durante muchísimo tiempo en el Brasero de los Ocho Triagramas. Eso explica que sean unos tesoros tan perfectos, que ni el mismísimo Lao-Tse ha podido volver a fundir nada semejante. - Bueno, las mías proceden también de esa época - explicó el Peregrino, soltando la carcajada. - ¿Cuál es exactamente su origen? - insistió el monstruo, intrigado. - El padre del Tao - mintió el Peregrino - refino el oro de estas campanas en el mismo brasero que el elixir. Dado que dos veces tres son seis, éstos son tesoros auténticamente cíclicos. Aunque no quieras creerlo, mis campanas son hembra y las tuyas, macho. De ahí que sean tan iguales. - ¿Cómo puedes hablar de su sexo, si fueron fundidas en el proceso mismo del que surgió el elixir y no pertenecen al mundo de los animales? - replicó el monstruo -. En todo caso, estoy dispuesto a admitir que las tuyas sean auténticas, si son capaces de arrojar algo estremecedor, al sacudirlas. - Tienes razón - reconoció el Peregrino -. Todo lo demás son palabras huecas. Para que veas que no te tengo miedo, te voy a dejar hacerlo a ti primero. Ni corto ni perezoso, el monstruo sacudió la primera campana tres veces seguidas, pero no salió por su boca fuego alguno. Lo mismo hizo con la segunda, pero no vomitó tampoco nada de humo. La tercera siguió el ejemplo de las otras dos y no dejó escapar ni una sola motita de ceniza. Desconcertado, el monstruo exclamó: - ¡Qué cosa más rara! Está visto que el mundo se ha vuelto del revés. ¡Estas campanas son tan inútiles como una piedra para cruzar un río! Estoy convencido de que, como son macho, al ver a la hembra se han trastornado por completo. - Deja de sacudirlas, querido sobrinito - se burló el Peregrino -, y déjame hacerlo a mí con las mías a ver qué pasa. No había acabado de decirlo, cuando cogió las tres campanas con una mano y las sacudió al mismo tiempo. Al instante salió de ellas una gran masa de fuego rojizo, humo verdoso y ceniza amarilla, que envolvió toda la montaña y los árboles que crecían sobre ella. Por si eso fuera poco, el Gran Sabio recitó un conjuro y, volviéndose hacia el sudoeste, gritó con fuerte voz: - ¡Que se levante el viento! El huracán avivó el fuego, que pareció tomar prestada toda la incontenible fuerza del aire. De entre las llamas rojizas surgió una masa de humo negro que oscureció totalmente los cielos, al tiempo que la tierra se veía cubierta por una espesa lluvia de cenizas amarillas. Sobrecogido ante semejante espectáculo, el Competidor del Señor de los Dioses trató de huir, pero no halló camino por donde hacerlo. ¿Cómo iba a escapar con vida, si cuanto le rodeaba era un auténtico mar de fuego? Cuando más voraces parecían las llamas, se oyó una voz en lo alto, que decía: - ¡Aquí me tienes, Sun Wu-Kung! El Peregrino miró hacia arriba y vio que era la Bodhisattva Kwang-Ing. En la mano izquierda sostenía su inmaculado florero de porcelana, mientras sacudía con la derecha su ramita de sauce, tratando de apagar el incendio con el rocío sagrado que siempre llevaba consigo. El Peregrino se metió a toda prisa las campanas por la cintura y, juntando las manos a la altura del pecho, inclinó la cabeza, respetuoso. A la Bodhisattva le bastaron unas cuantas gotas de rocío para apagar el fuego y hacer desaparecer totalmente el humo y las cenizas amarillentas. - No sabía que la Gran Misericordiosa había decidido descender a este mundo de muerte - dijo el Peregrino, golpeando repetidamente el suelo con la frente -. De haber tenido noticia de ello, habría dejado todo para daros la bienvenida. ¿Puedo preguntaros hacia dónde os dirigís? - He venido simplemente a detener a este monstruo - contestó la Bodhisattva. - ¿Cuál es el origen de esta bestia, para que os hayáis molestado en venir a dominarla? - volvió a preguntar el Peregrino. - Se trata, en realidad, del lobo de pelaje rojizo, en el que solía cabalgar - explicó la Bodhisattva -. Un día el muchacho que cuidaba de él se durmió y esta fiera aprovechó la ocasión para romper la cadena que le tenía sujeto y venir aquí a librar de la desgracia al Señor del Reino Morado. - Perdonadme, pero creo que estáis distorsionando un tanto la verdad - replicó el Peregrino, intensificando sus muestras de respeto -. Este monstruo no sólo se ha burlado de ese rey, secuestrando a su esposa y cometiendo toda clase de tropelías, sino que ha corrompido las buenas costumbres y ha quebrantado los principios que rigen por doquier. Ha arruinado, de hecho, la vida del soberano que acabáis de mencionar. ¿Cómo podéis afirmar que le ha ayudado, en realidad, a poner fin a la desgracia? - Está visto que no sabes lo que ocurrió en tiempos del padre del actual rey - contestó la Bodhisattva -. Entonces era un príncipe al que sólo le preocupaba la caza. En cierta ocasión salió del palacio al frente de sus monteros y se dirigió hacia la Ladera del Fénix Derribado con sus jaurías de mastines y sus bandadas de halcones. Allí, posadas sobre las ramas de un árbol, vio a un par de aves, macho y hembra, que eran, en realidad, los hijos del Bodhisattva Pavo Real. El príncipe tensó el arco e hirió al macho. La hembra, por su parte, logró regresar al Oeste con una flecha clavada en el pecho. Aunque la Madre Buda le perdonó, decidió castigarle apartándole de su esposa durante tres años y haciendo enfermar su cuerpo como consecuencia de la nostalgia. Cuando se hizo pública esa decisión, me encontraba a lomos de este lobo, por lo que la oyó con la misma claridad que yo. Lo que menos me sospechaba es que fuera a escaparse y a venir aquí a secuestrar a la reina, para hacer efectivo el castigo acordado por los Cielos. Desde entonces han transcurrido ya tres años y la pena ha tocado, consiguientemente, a su fin. Eso explica que hayas podido curar al rey y que ahora me encuentre yo aquí para llevarme a esta bestia. - Lo que acabáis de contarme me parece muy bien - respondió el Peregrino -, pero esta fiera ha deshonrado a la reina, ha corrompido las buenas costumbres, ha puesto en peligro el equilibrio cósmico y se ha burlado de la ley. Todo eso le hace acreedor a una pena de muerte. Por vos estoy dispuesto a dejarle vivir, pero no me parece justo permitirle marchar sin haber recibido un castigo ejemplar. Si no tenéis nada que objetar, antes de que os lo llevéis, voy a propinarle veinte golpes con mi barra de hierro. - Si en algo estimas mi aparición, Wu-Kung - replicó la Bodhisattva con su dulzura habitual -, te agradecería que, por el honor de mi nombre, le perdonaras totalmente. Si lo haces, el mérito de su captura será exclusivamente tuyo. Considera, además, que, en cuanto levantes tu barra contra él, su vida se disipará irremediablemente. El Peregrino no se atrevió a desairarla e, inclinándose con respeto, contestó: - De acuerdo, pero debéis tener presente que, en cuanto haya regresado con vos a los Mares del Sur, no se le ha de permitir jamás salir de allí, pues podría provocar daños irreparables en el mundo de los humanos. Sólo entonces se volvió la Bodhisattva hacia el monstruo y le regañó, severa: - ¡Maldita bestia! Si no recobras ahora la forma que te es habitual ¿cuándo piensas hacerlo? El monstruo se dejó caer al suelo y, revolcándose una sola vez por el polvo, se mostró tal cual era. El animal sacudió su piel y la Bodhisattva montó sobre su lomo. Pero le faltaban las tres campanitas que llevaba colgadas del cuello. - Devuélveme las campanas, Wu-Kung. - ¿Campanas? - repitió el Peregrino -. ¿Qué me contáis a mí de campanas? Yo no tengo ninguna. - ¡Qué mono más ladrón! - exclamó la Bodhisattva, perdiendo la paciencia -. Si no se las hubieras robado, ni siquiera habrías podido acercarte a él. ¡Entrégamelas inmediatamente! - Os aseguro que yo no las he visto - dijo el Peregrino, riendo. - En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, voy a recitar ese conjuro que tú y yo sabemos. Asustado, el Peregrino musitó, temblando de pies a cabeza: - ¡No lo hagáis, por favor! ¡Aquí tenéis las campanas! Una vez más se cumplió el dicho que afirma: "¿Quién podrá quitarle las campanas al lobo?, preguntó el que se las desató a la que le mantiene siempre bajo control". En cuanto la Bodhisattva terminó de ajustar las campanas al cuello del lobo, volvió a montarse con indescriptible gracia sobre su lomo. Parecía como si entre la pelambre de la bestia hubiera crecido, de pronto, un loto y sus cerdas hubieran adquirido una suave luminosidad. La Gran Misericordiosa inició entonces el camino de regreso a los Mares del Sur, por lo que, de momento, no hablaremos más de ella. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio Sun, el cual, tras arremangarse la piel de tigre y agarrar con fuerza la barra de hierro, entró en la Caverna de Xie-Tsai y, en un abrir y cerrar de ojos, acabó con todos los diablillos. Se dirigió después a la parte posterior del palacio y pidió al Palacio de la Sabiduria que se dispusiera a regresar con él a su patria. La mujer no pudo mostrarse más agradecida. Para no apropiarse totalmente del mérito de lo ocurrido, el Peregrino le contó cómo había dominado la Bodhisattva al monstruo y por qué había sido forzada a separarse de su esposo durante tanto tiempo. Una vez concluido su relato, arrancó un manojo de hierba y, formando con él la tosca imagen de un dragón, dijo a la mujer: - Montaos en esto y cerrad los ojos. No tenéis nada que temer. Si lo hacéis, no tardaréis en llegar al lado de vuestro esposo. Ella se mostró obediente en todo. El Peregrino recurrió a su magia y todo cuanto pudo oír la dama fue el sonido huracanado del viento. Al cabo de media hora llegaron a las inmediaciones de la capital del reino. En cuanto hubieron tomado tierra, el Peregrino se volvió hacia su acompañante y le dijo. - Podéis abrir ya los ojos, si queréis. La reina así lo hizo y al instante reconoció las torres del dragón y los cenadores del fénix. Loca de alegría, bajó del tosco animal de hierbas en el que había hecho todo el viaje y se dirigió en compañía del Peregrino hacia el salón del trono. Al verla, el rey se levantó de su asiento y corrió, emocionado, hacia ella. Pero, al tomarla de la mano para expresarle cuánto la había echado de menos, se la soltó a toda prisa y exclamó, presa de un dolor que le hizo retorcerse por el suelo: - ¡Qué horrible! ¡Es imposible soportar tanto dolor! - ¡Qué mala suerte! - exclamó Ba-Chie, dando rienda suelta a la risotada -. Está visto que no podrá disfrutar nunca de su cuerpo. Nada más verla se ha caído, medio muerto, al suelo. - No la toques, Idiota - le aconsejó el Peregrino. - ¿Qué pasará, si lo hago? - replicó Ba-Chie. - Todo su cuerpo está cubierto de unas espinas venenosas, que se hacen más abundantes precisamente en sus manos - explicó el Peregrino - A ello se debe que durante estos tres años que ha pasado en la Montaña del Unicornio el monstruo no haya podido ni tocarla. En cuanto trataba de hacerlo, el dolor se cebaba en él. Al oírlo, todos los funcionarios exclamaron, alarmados: - ¡Qué podemos hacer! - y abandonaron, apenados, la corte, mientras la alarma se extendía por todo el palacio. Sabiduría de Jade y Sabiduría de Plata corrieron, por su parte, a levantar al soberano del suelo. Cuando más completa parecía la confusión, se oyó una voz de lo alto, que decía: - Aquí me tienes, Gran Sabio. Acabo de llegar ahora mismo. El Peregrino levantó, sorprendido, la cabeza y escuchó el impresionante canto de las garzas celestes, como si alguien realmente importante hubiera decidido bajar a esta tierra. Al mismo tiempo, vio acercarse un gran círculo de luz, que hacía tremolar el aire por encima de sus cabezas. Poco a poco fue apreciando dentro de él a una figura, velada por la neblina, que vestía una túnica de hierbas y calzaba una sandalias de paja, tan raras que jamás había visto nadie cosa igual Llevaba en la mano un matamoscas hecho de juncos, que desentonaba abiertamente con la faja de seda que le rodeaba la cintura. Tan extraño personaje había establecido lazos con gentes de todo el mundo y, puesto que sus obligaciones no eran muchas, se dedicaba a recorrer de continuo la tierra. Como habréis supuesto ya, se trataba del Gran Inmortal de la Nube Morada, que no deja de extender la salvación por todas partes. El Peregrino corrió a darle la bienvenida y le preguntó: - ¿Se puede saber hacia dónde os dirigís, Chang Tse - Yang? 5 - Chang Po - Duan, el más humilde de todos los inmortales, os saluda con todo el respeto de que es capaz, Gran Sabio - dijo Tse-Yang, inclinando la cabeza. - ¿De dónde venís? - insistió el Peregrino, tras devolverle el saludo. - Hace aproximadamente tres años - explicó el inmortal - pasaba por este mismo lugar, camino del festival de Buda, cuando oí comentar que su rey había sido castigado a no ver a su esposa durante todo ese tiempo. Temiendo que el monstruo que la había raptado pudiera deshonrarla, rompiendo así el equilibrio que debe reinar en todo tipo de relaciones, decidí convertir una de mis viejas vestimentas en una espléndida túnica de cinco colores, que regalé a la bestia, para que la añadiera al ajuar de la reina. En cuanto se la puso, le crecieron por todo el cuerpo infinidad de espinitas ponzoñosas, que la ayudaron a conservar intacta su virtud. Ahora que vos habéis puesto punto final a su separación, creo que ha llegado el momento de recuperar lo que es mío. - Ha sido muy amable de vuestra parte recorrer tan larga distancia para eso - repitió el Peregrino con respeto. El inmortal se llegó hasta donde estaba la reina, la señaló con uno de sus rugosos dedos y al instante se le desprendió del cuerpo el abrigo de hierbas, dejándole tan fina la piel como la de un niño. Sin dar ninguna importancia a tan extraordinario portento, el inmortal volvió a ponerse lo que era suyo y, volviéndose hacia el Peregrino, dijo - - Disculpadme, Gran Sabio, pero me temo que debo marcharme. - Esperad un momento, por favor - le suplicó el Peregrino -. Es preciso que el rey os dé las gracias por lo que habéis hecho. - No hay necesidad de semejante cosa - replicó el inmortal, sonriendo -. Creedme - e, inclinándose, una vez más, se elevó hacia lo alto. El rey, la reina y todos los demás funcionarios se quedaron tan atónitos ante lo que acababa de suceder, que se echaron rostro en tierra y presentaron sus respetos al cielo. Concluida esa ceremonia, el soberano ordenó abrir el Ala Oriental del Palacio y ofreció a los cuatro monjes un espléndido banquete de agradecimiento. Todos los cortesanos se inclinaron ante ellos en prueba de reconocimiento por haber devuelto su esposa al rey. Cuando la fiesta había alcanzado su punto culminante, el Peregrino se volvió hacia el maestro y le sugirió: - Si queréis, podéis enseñar ya la declaración de guerra. El monje Tang sacó de entre las mangas el documento y se lo entregó al Peregrino, quien se lo hizo llegar, a su vez, al rey, diciendo: - Este escrito estaba destinado a llegar a vuestras manos por medio de un emisario, al que tuve la fortuna de dar muerte y hacerme pasar después por él. Fue precisamente aquel desgraciado que traje ensartado en mi barra de hierro. Nada más regresar a la caverna, tomé su personalidad y, así, me fue posible entrevistarme por primera vez con vuestra esposa. Juntos, urdimos un plan para robar al monstruo las campanas de oro, pero no salió tan bien como habíamos planeado y por poco no caigo en manos de la bestia. La segunda vez tuve más éxito y pude, por fin, medir mis armas con las suyas. Afortunadamente, no tardó en presentarse la Bodhisattva Kwang-Ing, la cual dominó sin ninguna dificultad a la fiera y me explicó el motivo por el cual la reina y vos habéis estado separados tanto tiempo. Tras escuchar su relato, tanto el rey como todos sus súbditos se deshicieron en muestras de gratitud y reconocimiento. El monje Tang tomó entonces la palabra y dijo: - Tan feliz resultado ha sido debido, en primer lugar, a la virtud a toda prueba del soberano y, después, a las hazañas de mi humilde discípulo. Por ello, nos sentimos pagados por el convite que habéis dado en honor nuestro, así como por las pruebas de amistad que nos habéis ofrecido. No nos resta más que despedirnos de vos y reemprender nuestro viaje. ¡No retraséis, por favor, nuestra marcha hacia el Oeste! El rey comprendió que no había manera de retener a los monjes y firmó el permiso de viaje. Pidió a continuación al monje Tang que tomara asiento en la carroza imperial y tanto él como sus esposas se encargaron de llevarla hasta las afueras de la ciudad. De esa forma, los peregrinos pudieron continuar tranquilamente su camino. Se confirmó una vez más que únicamente la amistad es capaz de curar la nostalgia y que la mente sólo halla la paz, cuando se encuentra vacía de todo pensamiento o deseo. Desconocemos de momento qué suerte aguardaba a los caminantes. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第072回 LAS SIETE PASIONES SE BURLAN DEL ORIGEN EN LA CAVERNA DE LA TELA DE ARAÑA. BA-CHIE SE OLVIDA DE LOS BUENOS MODALES EN EL ARROYO DE LA PURIFICACIÓN Decíamos que, tras despedirse del soberano del Reino Morado, Tripitaka continuó el viaje hacia el oeste, montado en su caballo. Después de dejar atrás numerosas montañas y de vadear incontables cursos de agua, el otoño tocó a su fin, el invierno perdió sus rigores y de nuevo volvió a hacerse presente el brillante atractivo de la primavera. En cierta ocasión el maestro y los discípulos se detuvieron a contemplar la belleza del paisaje, cuando vieron, escondidos entre los árboles, un grupo numeroso de casas. Tripitaka desmontó del caballo y se quedó mirándolas desde el centro mismo del camino. - ¿Se puede saber por qué no seguís adelante, ahora que el sendero es llano y no hay rocas que entorpezcan la marcha? - preguntó el Peregrino. - ¡Qué poco sensible eres! - exclamó Ba-Chie -. El maestro debe de estar ya cansado de tanto cabalgar. ¿No te parece natural que se haya bajado del caballo para recobrar el aliento? - En realidad, no estoy tan cansado como dices - le corrigió el maestro -. Lo que ocurre es que veo allí un grupo de casas y opino que no estaría de más que fuéramos a mendigar algo de comer. - ¿Qué manera de hablar es ésa, maestro? - volvió a preguntar el Peregrino -. Si, de verdad, tenéis hambre, puedo ir yo a por la comida. ¿Por qué habríais de hacerlo vos? Como muy bien afirma el proverbio, "quien una vez ha sido maestro nuestro se convierte para siempre en nuestro padre". No está bien que nos quedemos aquí sentados, mientras vos llamáis a una puerta cualquiera. - Creo que no me has entendido bien - se defendió Tripitaka -. Normalmente eres tú el que vas en busca de alimento, sin importarte que nos hallemos en un lugar habitado o deshabitado. Ahora que tenemos una aldea al alcance de la mano y me haría ilusión llamar a sus puertas en busca de auxilio, tú te opones a que haga lo que es la primera obligación de todo buen monje. ¿Te parece bien eso? - Perdonad que os lo diga, pero no es del todo cierto eso que decís - objetó Ba-Chie -. Como muy bien afirma el proverbio, "cuando tres personas salen de viaje, le corresponde a la más joven cargar con todas las incomodidades" 1. No necesito recordaros que vos sois el maestro y nosotros, los discípulos. Los antiguos afirmaban que, cuando se emprende algo realmente penoso, le corresponde al más joven llevarlo a término. Así que iré yo a mendigar el sustento. - ¿Por qué no queréis comprenderlo? - se quejó Tripitaka -. Hoy hace un tiempo realmente espléndido. Si lloviera o hiciera viento, o las distancias fueran enormes, por supuesto que no me aventuraría a llamar a una puerta desconocida. ¿Qué hay de malo en que me llegue hasta esa aldea? En cuanto haya conseguido algo que llevarnos a la boca, proseguiremos nuestro viaje. - ¿Para qué seguir perdiendo el tiempo? - concluyó, sonriendo, el Bonzo Sha -. El carácter del maestro es así y no se deja convencer jamás. Si le hacéis enfadar, tened la seguridad de que no os dejará comer, ni aunque vayáis vosotros mismos a mendigar la comida. Ba-Chie se mostró de acuerdo con ese punto de vista y le entregó la escudilla de las limosnas. Tripitaka se cambió entonces de sombrero y de túnica y, en dos zancadas, se llegó hasta la aldea. Se trataba de un lugar realmente encantador con un puente de piedra, bajo el que fluían las aguas cantarinas de un arroyo, y unos árboles centenarios, entre cuyas ramas los pájaros lanzaban unos gorjeos tan chillones que resonaban en las colinas cercanas. A la otra parte del puente se levantaba un grupo de casas tan curiosas y elegantes como la morada de un inmortal. Las ventanas estaban, sin embargo, cubiertas con unas esteras de juncos y eso hacía que parecieran, más bien, el hogar de un taoísta. Por una de ellas se veía a cuatro muchachas hermosísimas, cosiendo y bordando fénix. Al comprender que en la casa no había más personas que ellas, el maestro no se atrevió a seguir adelante, quedándose parado junto a los árboles. Fue así como descubrió que todas ellas tenían una fuerza de voluntad tan firme como una roca, aunque su apariencia era tan frágil como una orquídea. Poseían unas mejillas sonrosadas, un rostro realmente encantador, unos labios extremadamente suaves y teñidos de rojo, unas cejas tan delicadas como la curva de la luna nueva y los cabellos recogidos en moños protegidos por una especie de redecillas. Si se hubieran colgado entre las flores, más de una abeja se hubiera posado a libar sobre ellas. El maestro estuvo observándolas durante más de media hora, pero al ver que nada, ni siquiera el ladrido de los perros o el cacareo de las gallinas, rompía el silencio que allí reinaba, se dijo, preocupado: - Si regreso con las manos vacías, los discípulos se reirán de mí y comentarán que no vale la pena seguir a alguien que, empeñado en presentar sus respetos a Buda, es totalmente incapaz de conseguir algo de comer. No le quedó, pues, más remedio que seguir adelante. Aunque era consciente de que quizá no debiera hacerlo, atravesó, por fin, el puente. Después de dar unos cuantos pasos, vio que justamente en el centro del patio de la casa se levantaba un pabellón de madera de sándalo, en cuyo interior había tres muchachas dando patadas a un balón. Su aspecto era totalmente diferente del de las otras cuatro. Las mangas de sus blusas, de un alegre color azul, se balanceaban rítmicamente, dejando entrever unos dedos tan delicados y largos como varitas de jade. Por entre el delicado tinte amarillento de sus faldas se veían, asimismo, unos zapatos muy finos y de un tamaño asombrosamente pequeño. Todos sus movimientos estaban revestidos de una perfección y de una delicadeza extraordinarias, que se hacían más patentes cuando se pasaban el balón unas a otras. Para ello, debían calcular con precisión la distancia y calibrar la fuerza con la que habían de golpear la pelota. Cada manera de hacerlo recibía un nombre distinto. Así, una patada dada a la media vuelta era calificada como "la flor al otro lado de la tapia", mientras que ir hacia atrás con ella se llamaba "atravesar los mares". El juego requería una destreza especial, particularmente a la hora de parar el balón con los pies y de atacar sin levantar una sola mota de polvo del suelo. Uno de los movimientos mas difíciles, no obstante, era el llamado "la perla que asciende a la cabeza de Buda" 3. Para realizarlo con perfección, se requería atrapar la pelota con los dedos de los pies y pasarla repetidamente de uno a otro. Pero su repertorio no se reducía a un golpe tan peculiar. Las jugadoras, de hecho, se tumbaban a veces en el suelo para pegar al balón, otras se agachaban con el cuerpo totalmente recto, y otras, finalmente, se retorcían como peces fuera del agua y se valían de los tacones para lanzarlo al otro lado del campo. Todas celebraban con gritos y aplausos tan perfecto lanzamiento y se esforzaban por superarlo. Como por arte de magia, la pelota ascendía entonces por sus piernas y alcanzaba con facilidad la fragilidad de su cuello, donde daba unas cuantas vueltas, antes de caer definitivamente al suelo. Su forma de golpear el cuero recordaba a veces el Río Amarillo fluyendo hacia atrás, o los peces de vivos colores que se venden en la misma playa. Otras veces, en cambio, era el balón el que se confundía con la cabeza de alguna jugadora, antes de revolverse con pericia y asestarle un tremendo patadón. Las demás trataban de detenerlo con la parte del cuerpo que podían, aunque eran las pantorrillas las más usadas, porque, así, les resultaba más fácil dar un punterazo. La entrega de las muchachas al juego era tal, que algunas perdían las sandalias que calzaban, otras caían como heridas al suelo, al tratar de hacer una tijereta, y otras, finalmente, daban con sus delicados hombros sobre la dura tierra. No parecía importarles perder sus valiosísimas horquillas de oro, con tal de conseguir meter el balón por la red con forma de canasta que colgaba a media altura. Cuando lo conseguían, todas las muchachas lanzaban gritos de entusiasmo. No es extraño que, debido al esfuerzo, tuvieran empapadas de sudor las túnicas de seda y sus maquillajes hubieran perdido su frescor y aparecieran totalmente ajados. Sólo se percatarían de ello, cuando su interés por el juego decayera con la misma inadvertencia con que se suceden las estaciones. De alguna manera, nos entristece poner fin a esta descripción, por lo que con gusto consignamos un poema, que dice: Al principio del mes tercero las doncellas salieron al campo a jugar al balón. La brisa soplaba con tanta suavidad, que parecía arrastrar esencias de inmortalidad. El sudor que salpicaba los rostros de las muchachas las hacía parecer flores cubiertas de rocío, mientras que las motitas de polvo que desdibujaban la perfecta curva de sus cejas las transformaba en ramitas de sauce escondidas entre la niebla. Las mangas de sus túnicas, de un vivo color azul, dejaban entrever, al balancearse, la belleza de unos dedos tan finos como pequeños eran los pies que dejaba al descubierto el caprichoso remolino de sus faldas amarillas. Cuando terminaron de jugar, tenían el cabello alborotado y las joyas que realzaban su belleza presentaban un aspecto lamentable. Tripitaka las estuvo contemplando, ensimismado, hasta que comprendió que no podía seguir perdiendo el tiempo y, levantando la voz, dijo: - Disculpadme, bodhisattvas, pero ¿tendríais la bondad de dar a este pobre monje la comida que podáis? Al oírlo, las muchachas abandonaron lo que estaban haciendo y, sonriendo con irresistible dulzura, salieron a su encuentro y le dijeron: - Perdonadnos por no haberos dado antes la bienvenida, pero no sabíamos que había llegado a nuestra aldea un personaje de tanta importancia como vos. Pasad y tomad asiento. No está bien dar de comer a nadie al aire libre. - ¡Santo cielo! - pensó Tripitaka, asombrado -. En verdad, el Oeste es la patria de Buda. ¿Cómo no van los hombres a aceptar sus doctrinas, cuando las mujeres muestran tanto respeto por los monjes? - e, inclinándose con extremada delicadeza, siguió a las muchachas al interior de la casa. Tras dejar atrás el pabellón hecho de madera de sándalo, el maestro miró a su alrededor y comprobó, sorprendido, que el edificio no poseía, en realidad, ni pasillos ni aposentos. Todo cuanto se veía eran altísimas cumbres, cubiertas de una pátina azulada, que se perdían entre las nubes, y unas cordilleras tan extensas que llegaban hasta la misma orilla del mar. Junto a un puente de piedra, bajo el que discurría un arroyo de nueve meandros, se abría una especie de puerta, cuya sombra se extendía sobre un huerto lleno de ciruelos, melocotoneros y toda clase de verduras y frutas. De los árboles colgaban enredaderas y parras silvestres, que parecían querer emborracharse con el aroma de las orquídeas y de las otras diez mil especies de flores que crecían entre la hierba. Desde lejos aquel lugar por fuerza tenía que parecer más hermoso que la isla Peng y más escarpado y rico en maderas que el mismísimo Monte Hua. Pero, a juzgar por la total ausencia de otras casas, debía de tratarse de la morada de algún falso inmortal. Una de las muchachas que iba delante hizo girar dos puertas de Piedra y pidió al monje Tang que entrara a reponer las fuerzas. Al maestro no le quedó más remedio que obedecer. El mobiliario se reducía a unos cuantos bancos y mesas de piedra, pero lo más desazonante era que el interior estaba muy oscuro y el aire pareció tornarse, de pronto, extremadamente frío. Asustado, Tripitaka se dijo en seguida: - Éste no es un lugar tan bueno como había pensado. Aquí se palpa más la maldad que la virtud. - Sentaos, maestro - le urgieron las muchachas, sin dejar de sonreír. Así lo hizo el monje Tang, pero el frío se iba tornando tan intenso, que pronto empezó a tiritar, como si se encontrara en pleno invierno. - ¿De qué monasterio sois y con qué fin andáis recogiendo limosnas? - preguntó una de las muchachas -. ¿Para qué queréis el dinero? ¿Pretendéis, acaso, arreglar puentes y caminos, deseáis construir un nuevo monasterio o estáis empeñado en celebrar una fiesta e imprimir un libro de escrituras? Mostradnos, por favor, vuestra escudilla de pedir. - Yo no pertenezco a esa clase de monjes - contestó el maestro. - Si es verdad eso - replicó la muchacha -, ¿qué os ha hecho llamar a nuestra puerta? - En realidad, soy alguien enviado por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, al Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, con el fin de conseguir las escrituras sagradas. Si me he atrevido a turbar la paz de vuestra respetable morada, ha sido porque, al pasar por aquí, me asaltó, de pronto, el hambre y no tenía adonde acudir. Os prometo que, en cuanto haya comido algo, reanudaré la marcha. - ¡Eso está muy bien! - exclamaron las muchachas a coro -. Como muy bien afirma el proverbio, "no hay monjes más versados en los sutras que los que vienen de tierras lejanas". Hermanas - añadieron, dándose ánimos unas a otras -, tratemos a nuestro huésped con el debido respeto y preparémosle cuanto antes una comida vegetariana. Mientras tres de las muchachas discutían animadamente con el maestro sobre el tema del karma, las cuatro restantes se subieron las mangas y corrieron hacia la cocina, donde avivaron el fuego y limpiaron las cazuelas. Cogieron después un poco de carne humana en salazón y lo frieron con manteca de hombre, hasta que adquirió el suficiente tono negruzco para hacerlo pasar por gluten de trigo frito. A continuación tomaron unos sesos humanos, cubiertos todavía de sangre, y los cortaron con tanta pericia, que daban la sensación de ser, en realidad, "dou-fu" fresco. Satisfechas de su rapidez, pusieron esos dos platos sobre la mesa de piedra y dijeron al maestro: - Comed lo que queráis. Con las prisas no hemos podido prepararos una comida vegetariana en toda regla, pero suponemos que será suficiente para que, de momento, saciéis el hambre. Si queréis algo más, sólo tenéis que decirlo. El maestro no tuvo más que oler las viandas, para que el estómago empezara a darle vueltas. Despedían un aroma tan pútrido, que hasta un carnicero hubiera sentido ganas de vomitar. Pese a todo, Tripitaka se levantó de su asiento y, juntando las manos a la altura del pecho, dijo, al tiempo que inclinaba la cabeza: - Disculpad a este humilde monje, pero desde el día mismo de su nacimiento ha seguido una dieta estrictamente vegetariana. - ¡¿Se puede saber qué es lo que decís?! - exclamó una de las muchachas, soltando la carcajada -. ¿Acaso no veis que estos platos están hechos con verduras? - ¡Amitabha! - exclamó, a su vez, el maestro, escandalizado -. Si tomara este tipo de platos vegetarianos, tened la seguridad de que nunca llegaría a ver al Más-respetable-del-mundo ni podría conseguir las escrituras. - ¿No os parece que, para ser alguien que ha renunciado a la familia, os mostráis un tanto quisquilloso? - replicó la muchacha que le había servido. - Me temo que no me he explicado bien - dijo Tripitaka, tratando de arreglar la situación -. Lo único cierto es que, desde el momento en que acepté el encargo del Emperador Tang, he hecho cuanto estaba en mi mano para evitar el sufrimiento a todas las criaturas vivientes con las que me he topado. Me he alimentado, de hecho, con granos que yo mismo he recogido del suelo y me he protegido del frío con ropas que he tejido con mis manos. ¿Creéis que una persona así puede resultar quisquillosa? - Es posible que no - reconoció otra de las muchachas, soltando la carcajada -, pero se ve que os gusta culpar hasta al que tiene la delicadeza de invitaros a entrar en su casa. Comed un poco y no despreciéis lo que carece de los refinamientos a los que, posiblemente, estéis acostumbrado. - El cielo me libre de hacer semejante cosa - respondió el maestro -. Debéis comprender, de todas formas, que no puedo echar en saco roto mis promesas. Conservar la vida tiene muchísimo menos mérito que crearla. Si no os importa, me gustaría marcharme. Antes de acabar de decirlo, se había dirigido ya hacia la puerta, Pero las muchachas se negaron a dejarle partir, diciendo: - ¿Adonde pensáis ir tan deprisa? Nadie deja pasar de largo una buena oportunidad. ¿Acaso creéis que es posible agarrar un pedo con la mano? Todas las doncellas dominaban a la perfección las artes marciales y poseían una agilidad pasmosa en las manos y en los pies. No les resultó, pues, nada difícil echar mano al maestro. Después de empujarle sin ninguna consideración, como si fuera una oveja, le tiraron al suelo, le cubrieron de sogas y le colgaron de la viga más alta que encontraron. Hasta en la forma como lo hicieron demostraron tener un gran conocimiento de las técnicas guerreras. La manera de colgarle recibe, de hecho, el nombre de "el inmortal que señala el camino". Consiste en suspender a alguien de un brazo, mientras al otro se le ata pegado al cuerpo, pasando después la soga por una viga. Para evitar que el cuerpo y las piernas queden en ángulo recto, se echa mano de una tercera cuerda, que las mantiene paralelas al suelo. De esta forma, el maestro se quedó suspendido en el aire con el rostro vuelto hacia abajo. El dolor era tan insoportable, que los ojos se le anegaron en lágrimas y se quejó, diciendo: - ¡Qué amarga es la suerte de un monje! Creí ir a mendigar el sustento a las puertas de una buena familia y lo que hice fue caer de cabeza en un nido de víboras. ¿Dónde os habéis metido, discípulos míos? ¿Por qué no venís a librarme de este tormento? Es tan atroz, que habré perdido la vida en menos de dos horas. A pesar de la turbación que se había apoderado de él, no quitaba ojo a lo que hacían las muchachas. Después de colgarle de la forma que acabamos de describir, empezaron a desnudarse. Profundamente preocupado, el maestro volvió a decirse: - Seguro que se están quitando la ropa, para golpearme con más facilidad y, así, poder devorarme antes. Sin embargo, las muchachas sólo se desnudaron de cintura para arriba. Con el vientre al aire, comenzaron a dar rienda suelta a sus poderes mágicos. Del ombligo empezaron a salirles unos hilos que no tardaron en formar un ovillo del tamaño de un huevo de oca, del que poco a poco fue surgiendo una red que cubrió totalmente la entrada de la caverna. Lo hicieron con tal rapidez, que parecía como si hubiera explotado una enorme masa de jade o una anchísima veta de plata. Mientras tanto, el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha continuaban esperando, impacientes, la vuelta del maestro. Mientras los dos últimos no quitaban los ojos del equipaje y el caballo, que se había puesto a pacer por allí cerca, el Peregrino, impetuoso por naturaleza, saltaba de rama en rama, arrancando hojas y buscando frutas silvestres. Al volverse en la dirección que había seguido el maestro, vio una luz muy brillante y, dejándose caer al suelo, exclamó, vivamente preocupado: - ¡No me gusta nada eso! El maestro tiene, en verdad, una suerte malísima. ¿Habéis visto lo que le ha ocurrido a la aldea? Ba-Chie y el Bonzo Sha volvieron hacia allá la cabeza y también ellos vieron preocupados la luz, blanca como la nieve y brillante como la plata. - ¡Qué mala suerte! - repitió Ba-Chie -. El maestro ha debido de caer en manos de unos monstruos terribles. ¡Vamos a liberarle en seguida! - ¿A qué vienen esas voces? - le regañó el Peregrino -. Aún no sabemos a ciencia cierta de qué se trata. Lo mejor será que vaya a echar un vistazo. - Ten cuidado - le aconsejó el Bonzo Sha. - No te preocupes - le tranquilizó el Peregrino -. Sé defenderme bien. Después de arremangarse la piel de tigre y de echar mano de la barra de los extremos de oro, se llegó en dos zancadas hasta el lugar que habían confundido con un grupo de casas. Allí descubrió una maraña de cuerdas de un espesor increíble, que recordaban, por la forma como estaban tejidas, una tela de araña. Al tacto resultaban, además, muy suaves y pegajosas. Sin saber explicarse qué podrían ser, el Peregrino levantó la barra de hierro por encima de la cabeza y se dijo: - Por muy gordo que sea esto, no tiene nada que hacer con mi barra. Sin embargo, cuando se disponía a descargar el golpe, volvió a pensarlo mejor y añadió: - Mi arma es prácticamente invencible, si la enfrento con cualquier otra cosa sólida. Nadie me garantiza que ocurra lo mismo con algo tan suave como esto. Lo más seguro es que lo rasgue un poco y que yo mismo termine enredado en esta maraña. Entonces las cosas se pondrán todavía peor que ahora. Lo prudente sería hacer ciertas averiguaciones, antes de recurrir a la fuerza. Sin pérdida de tiempo hizo un gesto mágico y recitó un conjuro que hizo que el dios de aquel lugar se pusiera inmediatamente a dar vueltas alrededor de su santuario, como si estuviera uncido a una piedra de moler. Sorprendida, su esposa le preguntó: - ¿Se puede saber por qué das tantas vueltas? ¿Es que te has puesto malo? - ¡En absoluto! - contestó el dios, hondamente preocupado -. Lo que ocurre es que se encuentra por aquí el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y me ha ordenado que vaya a verle inmediatamente. Lo malo es que, al llegar, no he ido a darle la bienvenida. - ¡Pues hazlo, de una vez, y deja de dar vueltas como un loco! - le urgió la mujer, - ¿Es que no lo comprendes? - se defendió el dios -. Tiene un carácter tan irascible que, en cuanto me vea, me golpeará con su terrible barra de hierro. - Estoy segura de que no lo hará - le animó la mujer -. Eres demasiado viejo para recibir castigos como ése. - No le conoces bien - replicó el dios -. Dos cosas le han hecho famoso: beber a cuenta de los demás y aporrear a ancianos como yo. Después de hablar durante largo rato, el dios comprendió que debía acudir sin demora a su llamada. Temblando de pies a cabeza, salió del santuario y gritó, postrándose de hinojos junto al camino: - ¡Os presento mis respetos, Gran Sabio! - Levántate y no tengas tanto miedo, que, de momento, no pienso pegarte - le urgió el Peregrino -. Tómalo como un gran favor. Ahora, si no te importa, me gustaría saber cómo se llama este lugar. - ¿De dónde venís, Gran Sabio? - inquirió, a su vez, el dios. - De las Tierras del Este y me dirijo hacía el Poniente - contestó el Peregrino. - ¿Has dejado atrás la gran cordillera? - volvió a preguntar el dios. - No. Todavía estamos allí arriba - explicó el Peregrino -. ¿Es que no ves el equipaje y el caballo? - Ésa es la Cordillera de la Tela de Araña - aclaró el dios -. En ella se encuentra la caverna del mismo nombre, en la que moran siete monstruos. - ¿Esos monstruos de que hablas son masculinos o femeninos. - indagó el Peregrino. - Femeninos - respondió el dios. - ¿Sabes qué tipo de poderes mágicos poseen? - insistió el Peregrino. - A decir verdad - explicó el dios -, mi fuerza es muy pequeña y mi autoridad demasiado escasa para determinarlo con certeza. Lo único que puedo aseguraros es que a seis kilómetros al sur de aquí se encuentra un riachuelo de agua caliente, conocido como el Arroyo de la Purificación, en el que solían bañarse las Siete Inmortales de las Regiones Superiores. Dejaron de hacerlo en el momento mismo en el que se presentaron esos monstruos. Es como si hubieran temido enfrentarse a ellas. De eso deduzco que sus poderes mágicos deben de ser, en verdad, extraordinarios; de lo contrario, no me explico cómo han podido dejarles el campo libre esas doncellas celestes. - ¿Para qué querían esos monstruos el arroyo? - volvió a preguntar el Peregrino. - Después de apoderarse de él - contó el dios -, cogieron la costumbre de bañarse tres veces al día. Por cierto, hoy ya lo han hecho a la hora de la serpiente y me figuro que volverán allí a eso del mediodía. - Está bien - contestó el Peregrino, al oírlo -. Puedes regresar a tu mansión. Ya me encargaré yo de atraparlas. El dios se echó, una vez más, rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, se despidió del Gran Sabio e inició el camino de vuelta, hacia su santuario. En cuanto se hubo encontrado solo, el Peregrino recurrió a sus profundos conocimientos mágicos y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en una mosca muy pequeñita, que fue a posarse sobre una brizna de hierba que crecía junto al camino. No pasó mucho tiempo antes de que oyera un sonido como de animales respirando, que recordaba, al mismo tiempo, el que producen los gusanos de seda al devorar las hojas de las moreras o las olas del mar al quebrar contra los acantilados. En menos tiempo del que normalmente se emplea para beber un vaso de té desapareció por completo la maraña de hilos y volvió a aparecer la silueta de la aldea. Se oyó el sonido chirriante de una puerta al abrirse y aparecieron siete muchachas charlando y riendo animadamente. El Peregrino las observó con atención y vio que todas ellas caminaban agarradas de la mano. Sin dejar de bromear ni de reír, atravesaron el puente. Su belleza era, en verdad, extraordinaria. Eran como el jade, pero poseían una fragancia que le está vedada a la piedra. A veces se tenía la impresión de que las flores habían aprendido a charlar y a caminar por donde quisieran. Sus cejas parecían ramitas de sauce perdidas en la distancia, pero donde más se hacía patente su delicadeza era en la curva de sus bocas, delimitadas por unos labios tan rojos como cerezas. Sus cabellos, recogidos con horquillas de oro en coquetos moños, traían a la mente el vivo colorido de las plumas del martín pescador. Sus pies, diminutos como almendras, destacaban entre el frágil balanceo de sus faldas rojas. Era como si un grupo de inmortales hubiera descendido a la tierra o la propia Chang-Er hubiera abandonado su reducto de la luna. - No me extraña que el maestro se empeñara en llamar a su puerta en busca de algo que llevarse a la boca - se dijo el Peregrino, sonriendo con malicia -. Jamás imaginé que pudiera haber por aquí semejantes beldades. De todas formas, no hay que fiarse de las apariencias. Son demasiadas para que el maestro pueda servirles de comida, pero su suerte no es, por eso, mucho mejor. Si le mantienen a dieta un par de días, seguro que morirá. Creo que debería tratar de averiguar qué es lo que planean. Ni corto ni perezoso, el Peregrino levantó el vuelo y fue a posarse sobre el moño de una de ellas. Después de cruzar el puente, la que iba atrás preguntó a las que caminaban delante: - ¿Qué os parece si después del baño cocinamos al vapor a ese monje tan gordito que acabamos de capturar? - ¡Qué poca cabeza tiene ese monstruo! - se dijo el Peregrino, sonriendo -. ¿Para qué querrá cocinarle al vapor, cuando se gasta mucha menos madera cociéndole como una zanahoria? Caminando siempre en dirección sur, las muchachas no dejaban de coger flores ni de arrancar briznas de hierba. De esa forma, no tardaron en llegar al sitio reservado para el baño, que estaba protegido contra las miradas curiosas por un espléndido muro. El suelo estaba totalmente cubierto de flores silvestres, entre las que destacaba la frescura de las orquídeas. La muchacha que cerraba la marcha saltó por encima de ellas y abrió una puerta, que chirrió lastimosamente; el estanque de agua caliente surgió, majestuoso, ante sus ojos. En el principio de los tiempos existían, no uno, sino diez soles. Hou-I, el arquero celeste, derribó con sus flechas nueve de ellos, dejando solamente uno, que se convirtió en la fuente del auténtico yang. Eso explica que existan en el mundo nueve arroyos de agua caliente, metamorfosis de los soles derribados, en los que también palpita la esencia mágica del yang. Son los siguientes: el Arroyo del Frío Aromático, el Arroyo de la Montaña de la Pareja, el Arroyo Caliente, el Arroyo de la Unión Oriental, el Arroyo de la Montaña de las Inundaciones, el Arroyo Filial, el Arroyo del Gran Torbellino, el Arroyo Tórrido y el Arroyo de la Purificación. Sobre este último disponemos de un poema, que afirma: En sus márgenes no hace ni frío ni calor y, aunque se esté en otoño, parece como si siempre fuera primavera. Sus aguas hierven como si estuvieran al fuego y, al caer sobre ellas, los copos de nieve alcanzan la temperatura de sopa recién hecha. Al desbordarse, dan vida con su calor a las cosechas y purifican todo cuanto tocan. En su seno revolotean incontables burbujas, que parecen lágrimas juguetonas y que dan a su superficie una movilidad que hace pensar en el jade líquido. A pesar del calor que despiden, sus aguas son claras y limpias, prueba manifiesta de que las tierras que bañan gozan del favor de los Cielos, pues pocas cosas existen que se remonten al principio del tiempo. No es extraño que las beldades fueran allí a lavar su piel, blanca como la nieve, y a recobrar la tersura de jade de su juventud. El estanque poseía una anchura de ciento cincuenta metros y una longitud que superaba los trescientos. Su profundidad no sobrepasaba en ningún punto los doce metros y sus aguas eran tan límpidas que podía verse el fondo con claridad. De él brotaba una corriente de burbujas tan perfectas como perlas o cuentas de jade. La pureza del agua obedecía a que se renovaba de continuo, gracias a las seis o siete acequias que se abrían en cada una de sus márgenes y que regaban los arrozales que se extendían a lo largo de ocho o nueve kilómetros. Incluso después de recorrer tan largo trecho el agua se mantenía templada. Junto al estanque se elevaban tres pequeños pabellones. Detrás del que estaba colocado en el medio había un banco de ocho patas terminado en dos perchas de laca para colgar la ropa. Al verlas, el Peregrino sonrió con delectación y fue a posarse en una de ellas. Las muchachas comprobaron, entusiasmadas, que el agua estaba limpia y templada y eso avivó sus ansias de echarse a nadar. Sin pérdida de tiempo se quitaron los vestidos y, arrojándolos despreocupadamente sobre las perchas, se metieron al tiempo en el estanque. Con ojos ávidos el Peregrino las vio desabotonarse las blusas, aflojarse las fajas de seda y quitarse las faldas. Sus pechos poseían la blancura de la plata y sus cuerpos, la inalcanzable perfección de los copos de nieve. Sus miembros aparecían cubiertos de esa tonalidad azul que hace tan atractivo el hielo, mientras que sus hombros daban la impresión de haber sido torneados por manos a la vez expertas y delicadas. Sus vientres eran todo lo suaves y flexibles que podía esperarse de semejantes bellezas, poniendo un contrapunto carnoso a la tersura de sus bien formadas espaldas. Tanto sus muslos como sus rodillas presentaban un torneado perfecto, del que no desdecía el tamaño de sus pies, que no superaban los cinco centímetros de longitud. Una llamarada de deseo encendía sus dulces aperturas del amor. Una vez dentro del agua, las muchachas empezaron a saltar y a salpicarse unas a otras, mientras las más atrevidas se dirigían nadando hacia el centro del estanque. - Si quisiera acabar con ellas - se dijo el Peregrino, sonriendo con satisfacción -, no tendría más que coger la barra de hierro y agitar un poco la superficie del lago. Sería como echar un cubo de agua hirviendo en un nido de ratas. Lo malo es que, aunque acabara con ellas en un abrir y cerrar de ojos, mi fama se vería seriamente afectada. Como muy bien afirma el proverbio, "ningún hombre que se precie lucha jamás contra una mujer". Un tipo como yo haría el ridículo aplastando a unas cuantas de estas putillas. No, lo mejor será que no las mate. Pero tengo que inmovilizarlas de alguna manera. Podría resultar peligroso dejarlas volver a su guarida. Después de hacer un signo mágico con las manos y de recitar el correspondiente conjuro, el Gran Sabio sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en un halcón hambriento. Su plumaje era tan rígido y brillante como la nieve y la escarcha, y sus ojos emitían un brillo que superaba al de las mismísimas estrellas. Al ver a un animal tan poderoso, los zorros pierden su astucia y las liebres no saben dónde esconderse. Saben que no hay nada que se resista a sus garras de acero, ágiles y cortantes como las espadas que blanden los guerreros, y que la fiereza de su porte es capaz de meter el miedo en el cuerpo a las bestias más valientes. Por si eso fuera poco, su apetito no tiene límites y se lanza en persecución de todo cuando posea alas. Nadie puede competir con la potencia de su vuelo, que le hace elevarse por encima de las nubes, para dejarse caer, como una flecha, sobre la víctima que haya elegido. El halcón sacudió ligeramente las alas y se dirigió hacia el pabellón. Al pasar por encima de las perchas, abrió sus aceradas garras y, con una facilidad pasmosa, se hizo con las siete túnicas que estaban allí colgadas. Después no tuvo más que girar un poco hacia la derecha para lanzarse, como una exhalación, hacia las montañas. En cuanto hubo llegado al sitio en el que se encontraban Ba-Chie y el Bonzo Sha, el Peregrino recobró la forma que le era habitual. Al ver las ropas que llevaba en las manos, el Idiota exclamó, sorprendido: - ¡Así que el maestro se encuentra encerrado en una tienda de empeños! - ¿Cómo lo sabes? - le preguntó el Bonzo Sha. - ¿Es que no lo ves? - replicó Ba-Chie -. ¿De dónde iba a haber sacado, si no, todos esos vestidos nuestro hermano? - ¿Qué dices? - le regañó el Peregrino -. Son las ropas de unos monstruos. - ¿Cómo llevan tantas? - volvió a preguntar Ba-Chie. - Porque en total son siete - aclaró el Peregrino. - ¡No me digas! - exclamó, una vez más, Ba-Chie -. ¿Cómo te has hecho con ellas? - Nada más fácil - explicó el Peregrino -. Este lugar recibe el nombre de Cordillera de la Tela de Araña, en la que se halla enclavada esa caverna que, en un principio, confundimos con una aldea. En ella moran siete muchachas, que han atrapado al maestro y le han colgado de una viga. Según parece, son muy quisquillosas con su higiene personal y van varias veces al día a bañarse al Arroyo de la Purificación, una fuente de agua caliente engendrada directamente por el Cielo y la Tierra. Tenían pensado comerse al maestro después del baño, por lo que decidí seguirlas hasta el estanque. Me dieron ganas de acabar con ellas, después de que se desnudaran y se metieran en el agua, pero comprendí que eso iba a poner en entredicho mi fama y decidí poner en práctica un plan más inteligente. Me convertí en un halcón hambriento y les robé la ropa. Como no se atreven a ir por ahí desnudas, se han quedado metidas en el agua y nosotros podremos liberar al maestro sin ningún problema. Venga, daos prisa. Es preciso que sigamos nuestro camino cuanto antes. - Siempre haces lo mismo - le regañó Ba-Chie -. ¿Por qué nunca acabas lo que empiezas? ¿No te parece que, antes de desatar al maestro, deberíamos destruir a esos siete monstruos que dices haber visto? Por mucha vergüenza que les dé mostrar sus desnudeces, saldrán del agua en cuanto caiga la noche y estoy seguro de que tratarán de darnos caza. Al fin y al cabo, tienen más vestidos en la caverna, ¿no? Además, si están demasiado cansadas para salir en nuestra persecución, nos esperarán a la vuelta. ¿O es que piensas regresar con las escrituras por otro camino? Como muy bien afirma el proverbio, "es preferible renunciar a lo que uno lleva encima que pasar calamidades por derrochador". Si no acabamos con ella ahora, a la vuelta se habrán fortificado y no nos dejarán pasar. - ¿Qué es lo que propones, entonces? - inquirió el Peregrino. - Según lo veo yo - contestó Ba-Chie -, primero deberíamos acabar con esos monstruos y después desatar al maestro. No pretendo otra cosa que arrancar de raíz la hierba. - Me opongo a acabar con ellas - replicó el Peregrino -. Si quieres hacerlo tú, yo no tengo nada que objetar. Loco de contento, Ba-Chie agarró el rastrillo y corrió hacia el estanque. Al abrir la puerta, vio a las siete muchachas metidas en el agua. Todas estaban lanzando insultos contra el halcón. - ¡Maldita bestia con plumas! - decían, enfurecidas -. ¡Ojalá le arranque un tigre la cabeza de cuajo! ¡Mira que llevarse nuestras ropas! ¿Adonde las habrá llevado? - ¡Bodhisattvas! - gritó entonces Ba-Chie, sin poderse contener -. ¿Por qué no me invitáis a tomar un baño con vosotras? Al fin y al cabo, no soy más que un monje y no puedo haceros ningún daño. - ¡Qué clérigo más maleducado! - exclamaron ellas, más furiosas todavía -. Tú eres un hombre que ha renunciado a la familia, mientras que nosotras somos mujeres que no hemos hecho semejante locura. ¿Cómo puedes bañarte con nosotras, si hasta los libros antiguos afirman que a partir de los siete años un hombre y una mujer no pueden sentarse en la misma estera? - Lo siento, pero hace demasiado calor y quiero refrescarme un poco - contestó Ba-Chie -. No comprendo qué hay de malo en que me bañe con vosotras. ¿A qué viene eso de sentarse o dejarse de sentar en una estera? A mí los libros me traen absolutamente sin cuidado. Dando por terminada la discusión, el Idiota dejó a un lado el rastrillo y, quitándose la túnica de seda negra, se lanzó al agua, salpicando a todas las que había a su alrededor. Las muchachas se abalanzaron, furiosas, sobre él, dispuestas a pegarle una paliza. Pero Ba-Chie era sumamente escurridizo y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un pez. Desesperadas, las muchachas trataron de atraparle con las manos, pero, cuando ellas se zambullían hacia el este, él ya estaba en el oeste, y ¡vuelta a empezar el juego! Sumamente rápido y escurridizo, Ba-Chie se movía a toda velocidad entre sus piernas para saltar al poco rato por encima del agua. Allí era tan poco profunda, que apenas les cubría el pecho, por lo que al poco tiempo estaban que no se tenían. Agotadas y jadeando como carabaos en pleno esfuerzo, se dejaron caer en el suelo del estanque. Ba-Chie decidió salir entonces del agua y, tras recobrar la forma que le era habitual, volvió a ponerse la túnica y alcanzó el rastrillo. - ¿Quién pensáis que soy yo, un simple pez? - bramó con aires de triunfo. - ¡Tú eres el monje que llegó hace un rato! - contestaron las muchachas, temblando de pies a cabeza -. Te transformaste después en un pez y te lanzaste al agua, sin que pudiéramos echarte mano. Ahora has vuelto a recobrar la forma que te es habitual. ¿De dónde eres? ¡Es preciso que nos digas en seguida cómo te llamas! - ¡Así que no me reconocéis, banda de monstruos! - exclamó Ba-Chie en el mismo tono que antes -. Soy uno de los discípulos del monje Tang, un enviado del Emperador de las Tierras del Este que se dirige hacia el Oeste en busca de escrituras. Yo me llamo Chu Wu - Nang, aunque también se me conoce como Ba-Chie, el Mariscal de los Juncales Celestes. Lejos de mostraros respetuosas con él, habéis colgado a mi maestro de una viga y pretendéis cocinarle al vapor. ¿Os dais cuenta? ¡Es mi maestro y vosotras queréis coméroslo! ¡Estirad la cabeza, para que acabe con vuestra malvada existencia en un abrir y cerrar de ojos! Al oírlo, las muchachas se pusieron a temblar y, postrándose de hinojos en el agua, gritaron, desesperadas: - ¡Perdonadnos, por lo que más queráis! Nuestros ojos son grandes, pero nuestras pupilas se muestran incapaces de distinguir el bien del mal. Aunque es cierto que hemos colgado a vuestro maestro, no le hemos aplicado ninguna tortura. Se accedéis a conservarnos la vida, os daremos todo el dinero que queráis, para que podáis proseguir sin problemas vuestro viaje hacia el Paraíso Occidental. - ¿A qué viene esa forma de hablar? - replicó Ba-Chie, sacudiendo la mano -. El proverbio lo dice con toda claridad: "Quien ha sido engañado una vez por un hombre de lengua dulce no puede volver a creer en quien emplea un lenguaje florido". Lo siento mucho, pero voy a acabar con todas vosotras de un plumazo. Sólo entonces podremos proseguir en paz nuestro camino. El Idiota siempre había sido una persona tosca y cruel, más inclinado a demostrar su fuerza que a dar muestras de misericordia y perdón. Consiguientemente levantó el rastrillo por encima de su cabeza y, sin ninguna otra consideración, se lanzó contra las muchachas, dispuesto a acabar con ellas. Comprendiendo que estaba próximo su fin, se olvidaron por completo de su timidez natural y, tapándose sus partes con la mano, saltaron fuera del agua. En cuanto hubieron alcanzado el pabellón, empezaron a echar hilos por el ombligo. Antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Ba-Chie quedó encerrado dentro de un enorme capullo de seda. Al levantar la cabeza, comprobó, alarmado, que el cielo y el sol habían desaparecido y trató de huir a toda prisa. Pero no pudo ni siquiera dar un paso. Se lo impedía una maraña de cuerdas que cubrían el suelo y le enroscaban todo el cuerpo. En cuanto trataba de mover las piernas, se enmarañaba de una forma tan terrible, que en seguida daba con los morros en el suelo. Poco importaba que lo intentara con la izquierda o con la derecha; el resultado era siempre el mismo. Lo más que lograba era ponerse de pie antes de besar, una vez más, el suelo. Sin embargo, no se desanimó. Siguió levantándose y cayéndose hasta que empezaron a flaquearle las fuerzas y las piernas se mostraron incapaces de sostenerle. Para entonces le dolía horriblemente la cabeza y los ojos le escocían como si, de pronto, se hubiera vuelto ciego. Ni energía le quedaba ya para arrastrarse. Lo único que pudo hacer fue tumbarse y gemir, desconsolado. En cuanto vieron que ya no se movía, las muchachas dejaron de prestarle atención. Dando saltos, abandonaron el recinto en el que estaba enclavado el estanque y se dirigieron corriendo hacia la caverna, protegidas por las telas de araña. Una vez cruzado el puente de piedra, se detuvieron en seco y, tras recibir un conjuro, se les desprendió la tela que las envolvía y se metieron a toda prisa en la caverna. Pasaron totalmente desnudas ante el monje Tang, riéndose como chiquillas y cubriéndose sus partes con la mano. Rápidamente se pusieron unos vestidos que guardaban en unos arcones de piedra y, dirigiéndose a la puerta de atrás, gritaron: - ¿Dónde os habéis metido, niños? Cada una de ellas había adoptado un hijo, a los que habían puesto respectivamente los nombres de Abeja, Avispa, Cucaracha, Ciempiés, Saltamontes, Gusano y Caballito del Diablo. En cierta ocasión, las que ahora eran sus madres tejieron una tela de enormes proporciones y todos esos desgraciados tuvieron la mala suerte de caer en ella. Pero, como decían los antiguos, las aves y las bestias tienen su propia forma de comunicarse, y, al ir a devorarlos, les suplicaron que les perdonaran la vida, comprometiéndose, si accedían a ello, a respetarlas como si fueran sus propias madres. A partir de entonces todas las primaveras recogían cientos de flores, para que se adornaran el cabello, y pasaban los veranos rebuscando entre las plantas comida para ellas. Al oír que los llamaban, los insectos se arremolinaron alrededor de las doncellas y les preguntaron: - ¿Para qué nos habéis hecho llamar, madres? - Esta mañana - explicaron ellas - capturamos por error a un monje enviado en busca de escrituras por el Gran Emperador de los Tang. Cuando estábamos en el estanque, se presentó de improviso uno de sus discípulos y, no sólo nos hizo perder la vergüenza, sino que a punto estuvo de acabar con nuestras vidas. Es preciso que vayáis a por él y le traigáis aquí cuanto antes. Os estaremos esperando en casa de vuestro tío, ¿de acuerdo? Habiendo conseguido escapar de la muerte, las muchachas habían decidido, en efecto, ir a visitar a su hermano mayor, al que embaucaron con sus lenguas viperinas, obligándole a sembrar por doquier la desgracia. Los insectos, por su parte, abandonaron la caverna, frotándose con avidez las manos, y se dirigieron hacia el estanque, dispuestos a entablar una formidable batalla con el enemigo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de Ba-Chie, que, debido a las caídas, se sentía totalmente mareado y al límite de sus fuerzas. Al cabo de un rato consiguió levantar un poco la cabeza y descubrió, sorprendido, que había desaparecido toda aquella maraña de cuerdas que le tenía prisionero. Con no poco esfuerzo consiguió ponerse de pie. Las piernas le dolían terriblemente, pero, al fin, logró regresar por donde había venido. Al ver al Peregrino, se agarró a él con desesperación y le preguntó: - ¿Tengo la cara hinchada y cubierta de moratones? - ¿Qué te ha pasado? - replicó el Peregrino. - Esos monstruos me cubrieron de cuerdas. Las pusieron hasta en el suelo, para que tropezara y no pudiera andar - contestó Ba-Chie -. ¡Yo qué sé la de veces que me caí! Al final tenía el pecho dolorido y creí que iba a rompérseme la espalda. De hecho, no podía dar ni un solo paso. Si he logrado escapar con vida y llegar hasta aquí, no ha sido por mi propio esfuerzo, sino porque las cuerdas desaparecieron de repente. - ¡Todo se ha terminado! - exclamó el Bonzo Sha, al oírlo -. ¡Con tu impetuosidad has provocado una tremenda desgracia, porque lo más seguro es que hayan regresado a la caverna a devorar al maestro! ¿Por qué no vamos en seguida a liberarle? Sin pensarlo dos veces, el Peregrino se lanzó hacia la aldea, seguido de Ba-Chie, que iba tirando de las riendas al caballo. Al llegar al puente de piedra, les salieron al paso siete pequeños diablillos, que les ordenaron: - ¡Deteneos! ¿Adonde vais tan deprisa? El Peregrino les clavó la mirada y se dijo, divertido: - ¡Qué cosa más graciosa! ¡Si el más alto apenas mide diez centímetros y el más corpulento dudo que llegue a los diez kilos! - Pese a todo, adoptó un aire marcial y, levantando la voz, preguntó -: ¿Quiénes sois vosotros? - Los hijos de las inmortales - respondieron ellos en el mismo tono -. ¿Cómo os atrevéis a llegar hasta su puerta, después de haberlas insultado y deshonrado? ¡No huyáis y preparaos a morir! Los insectos se lanzaron al combate como un solo hombre. Aunque tenía dolorido todo el cuerpo, Ba-Chie pareció recobrar, de pronto, las fuerzas y empezó a dar mandobles con su rastrillo a diestro y siniestro. Aterrados, los bichejos recobraron la forma que les era habitual y se elevaron por los aires, gritando: - ¡Transformaos! No habían acabado de decirlo, cuando cada uno de ellos se convirtió primero en diez, después en cien, a continuación en mil y finalmente en diez mil insectos de su misma clase. No había nadie capaz de hacer frente a semejante enjambre. El cielo estaba prácticamente lleno de caballitos del diablo, mientras que el suelo aparecía cubierto de una tupida alfombra de gusanos. Las abejas y las avispas atacaban, furiosas, las cabezas de sus enemigos, al tiempo que las cucarachas se ocupaban de sus ojos. Los ciempiés, por su parte, no dejaban de asestarles tremendos picotazos en el pecho y en la espalda, ayudados por los saltamontes, que se ocupaban de los pies y de la parte de atrás de la cabeza. Adondequiera que se dirigiera la vista se veía una enorme masa negruzca, tan voraz y violenta que haría temblar a los mismísimos dioses y espíritus. Ante semejante barahúnda, Ba-Chie comentó, preocupado: - Dicen que no es muy difícil hacerse con las escrituras, pero los insectos del camino que conduce hasta ellas son mucho más fieros que la gente. - ¡No tengas miedo y atízales con fuerza! - le aconsejó el Peregrino. - ¡La cara, la cabeza! - volvió a gritar Ba-Chie, cada vez más desesperado -. ¡Tengo todo el cuerpo cubierto de insectos! ¿Cómo voy a golpearlos con el rastrillo, si tengo encima por lo menos diez capas de ellos? - ¿Qué es eso comparado con los poderes que yo poseo? - replicó el Peregrino. - ¡Pues no sé a qué estás esperando para emplearlos! - exclamó el Bonzo Sha -. ¡Tengo la calva hinchada de tantos picotazos! El Gran Sabio se arrancó un puñado de pelos, se los metió en la boca y, después de reducirlos a trocitos con los dientes, los escupió, al tiempo que decía: - ¡Transformaos! ¡Amarillo, gavi...! - ¿Qué forma de hablar es ésa? - le interrumpió Ba-Chie -. ¿Puedes explicarme qué quiere decir eso de amarillo y gavi? - ¿Es que no lo comprendes? - contestó el Peregrino -. Amarillo hace referencia a halcón de plumaje dorado y, si no me hubieras interrumpido, habrías sabido que con eso de gavi quería decir gavilán. Pero aún hay más. Si te fijas bien, podrás ver también águilas reales, aguiluchos, milanos, halcones grises y quebrantahuesos. Siete clases en concreto de aves rapaces, que se encargarán de exterminar a estos voracísimos bichejos. No existen, en efecto, criaturas más capaces que ésas para acabar con las plagas. Cada picotazo que daban ponía fin a la vida de un insecto. Pero no atacaban sólo con el pico; para acabar antes con ellos, se valían también de las garras y las alas. En un abrir y cerrar de ojos el aire quedó completamente limpio. Todos los bichejos habían desparecido como por arte de magia. El suelo, sin embargo, se hallaba cubierto de una capa de animaluchos que superaba los tres centímetros de espesor. Los tres peregrinos los pisaron sin ninguna consideración, mientras corrían por el puente en dirección a la caverna, donde encontraron al maestro colgado de una viga y llorando desconsoladamente. - ¡Menuda gracia! - exclamó Ba-Chie, llegándose hasta él -. Mientras vos lo pasabais en grande, yo me caía, por culpa vuestra, yo qué sé la de veces. - ¿Adonde han ido los monstruos? - preguntó el Peregrino, después de cortar las cuerdas y de bajar al maestro. - Nada más llegar - explicó el monje Tang -, fueron a la parte de atrás, desnudas, y llamaron a sus hijos. - Será conveniente que echemos un vistazo - sugirió el Peregrino. Sin soltar las armas para nada, recorrieron de arriba abajo el jardín de la parte de atrás de la caverna, pero no encontraron ni rastro de las muchachas. Para ver mejor, se subieron, incluso, a un melocotonero y a un peral, pero todo resultó inútil. - Se han ido - concluyó Ba-Chie. - Es inútil que sigamos buscando - dijo, por su parte, el Bonzo Sha -. Lo mejor que podemos hacer es regresar junto al maestro y ponernos de nuevo en camino. Así lo hicieron y pidieron al monje Tang que se montara en el caballo. - Id vosotros delante - ordenó Ba-Chie, echando mano de su rastrillo -. Voy a arrasar todo esto, así no tendrán donde vivir, cuando regresen. - No vale la pena malgastar tanta fuerza - opinó el Peregrino -. ¿Por qué no recoges un poco de madera y dejas que sea el fuego el que se encargue de arrasarlo todo? El Idiota no tardó en encontrar un pino carcomido por dentro, unas cuantas cañas de bambú quebradas, un sauce seco y alguna que otra enredadera sin vida. Con todo ello hizo una hoguera formidable, que acabó en muy poco tiempo con toda la caverna. En cuanto la vieron hundirse, el maestro y los discípulos reemprendieron, más animados, la marcha. No sabemos de momento qué fue de los monstruos después de su partida. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se dan en el siguiente capítulo. 第073回 A CAUSA DE UNA VIEJA RENCILLA, LOS SENTIMIENTOS PROVOCAN UNA GRAN DESGRACIA. EL SEÑOR DE LA MENTE ENCUENTRA LA LUZ TRAS SER ATRAPADO POR UN DIABLO Decíamos que el Gran Sabio Sun volvió a colocar al monje Tang en el camino que conducía al Oeste, acompañado por Ba-Chie y el Bonzo Sha. Al poco rato se toparon con un impresionante edificio, que parecía, por su alzada y por la riqueza de su decoración, un auténtico palacio. El monje Tang tiró en seguida de las riendas y, volviéndose hacia el Peregrino, preguntó: - ¿Sabes qué clase de lugar es ése? El Peregrino levantó la cabeza y vio que el edificio aparecía perfectamente enmarcado por una espléndida cordillera. A lo largo de todo su recinto serpenteaba un arroyuelo, en el que se miraba un denso grupo de árboles, cuya variedad se hacía más ostensible junto al portalón que le servía de entrada. Allí las flores silvestres parecían poseer una fragancia mayor, como queriendo resaltar la gracia de una garza que estaba posada sobre un sauce. Su belleza era tan perfecta, que recordaba el jade envuelto en la neblina. Escondida entre las hojas de un melocotonero, una oropéndola de encendido plumaje desgranaba el embeleso de su canto. Parejas de ciervos vagaban entre el follaje sin temor alguno, mientras en lo alto de los árboles aves venidas de las montañas parecían mantener una animada conversación. En el ambiente flotaba el mismo aire de serenidad que encontraron Liu y Yüan en la Caverna de Tian - Tai. De lo que no cabía duda era que aquélla era la morada de un inmortal. Así se lo hizo saber el Peregrino al maestro, diciendo: - Ése no es el palacio de ningún rey ni la residencia de alguien realmente rico e importante, sino un templo taoísta o un monasterio budista. Para afirmarlo con seguridad, tendríamos que acercarnos un poco más. Tripitaka espoleó al caballo y no tardaron en llegar ante su puerta, sobre la que había una losa de piedra de gran tamaño, en la que estaban inscritas las siguientes palabras: "Templo de la Flor Amarilla". Tripitaka se bajó del caballo y Ba-Chie comentó: - Por fuerza tiene que tratarse de la morada de algún taoísta. Opino que no estaría de más que entráramos a presentarle nuestros respetos. Es posible que nuestra forma de vestir sea distinta, pero ambos nos dedicamos a las mismas prácticas ascéticas. - Tienes razón - afirmó el Bonzo Sha -. Así podríamos disfrutar un poco del paisaje, mientras el caballo come algo y recobra las fuerzas. Si fuera preciso, también el maestro podría sentarse a la mesa. Tripitaka expresó su aprobación y pasaron al interior del edificio. Pronto se toparon con una segunda puerta, a cuyos lados había pegadas dos tiras de papel como las que se emplean durante el año nuevo, que decían: "Donde la nieve es blanca y las plantas poseen un tinte amarillento habita un sabio, mientras que donde la hierba es de jaspe y las flores de jade mora un inmortal". - ¡No hay duda! - exclamó Ba-Chie, divertido -. Éste es el palacio de un engreído taoísta, que quema juncos, refina plantas y nunca se aparta de las retortas. - ¿Es que no puedes ser más prudente con lo que dices? - le regañó Tripitaka, propinándole un pellizco -. Ni siquiera conocemos a ese hombre. Además, vamos a estar aquí muy poco tiempo. ¿Qué nos importa a nosotros lo que haga o deje de hacer? No había acabado de decirlo, cuando dejaron atrás la segunda puerta. El salón principal se encontraba cerrado, pero en el pasillo que se abría hacia el este vieron a un taoísta haciendo medicinas y píldoras. Su forma de vestir no podía ser más peculiar. Llevaba cubierta la cabeza con un gorro de oro revestido de laca de un rojo muy vivo, que contrastaba con el negro brillante de su larga túnica. Calzaba unos zapatos con forma de nube de un llamativo color verde, que no tenia nada que envidiar al amarillo chillón de la faja que el maestro Lu llevaba enrollada a la cintura. Su rostro recordaba a una auténtica calabaza de metal y sus ojos brillaban como astros. Poseía la nariz aguileña de un mahometano y los labios carnosos de un tártaro, pero, por la tormenta de rayos y truenos que de continuo animaba su mente y por su indudable capacidad de domar dragones y tigres, era fácil deducir que se trataba de un auténtico inmortal. Tripitaka se llegó hasta él y, levantando la voz, le saludó, diciendo: - Este humilde monje os presenta sus respetos. El taoísta levantó la cabeza y pareció desconcertado ante semejante saludo. Sin embargo, se repuso en seguida y, dejando a un lado las medicinas, se ajustó lo mejor que pudo la horquilla del pelo, se arregló un poco las ropas y corrió hacia los recién llegados, diciendo: - Perdonadme por no haber salido a daros la bienvenida. Pasad, por favor. Me figuro que estaréis cansado. Vivamente satisfecho, el maestro se llegó hasta el salón principal. Abrió la puerta y vio las sagradas imágenes de los Tres Puros, ante las que ardían unos cuantos pebeteros cuidadosamente colocados sobre una larga mesa destinada para las ofrendas. El maestro tomó varias varillas de incienso y las metió en los pebeteros. Sólo cuando se hubo inclinado tres veces seguidas ante las imágenes, se volvió hacia el taoísta y le presentó formalmente sus respetos. El taoísta los hizo sentarse en los puestos de honor y, levantando la voz, ordenó que les sirvieran algo de té. No tardaron en aparecer dos muchachos con una bandeja, que lavaron las tazas, limpiaron las cucharas y prepararon las frutas. Lo hicieron de una forma tan ruidosa, que terminaron alertando a las siete muchachas de las Caverna de la Tela de Araña. Habían sido condiscípulas del taoísta, aprendiendo con él los dificilísimos principios de la magia. Después de vestirse y de ordenar a sus hijos adoptivos que se hicieran cargo de Ba-Chie, corrieron a visitarle, pues era mucha la amistad que los unía. Precisamente estaban haciéndose unas túnicas nuevas, cuando vieron a los jóvenes ocupados con los preparativos del té y les preguntaron: - ¿Quiénes son esos huéspedes tan importantes que acaban de llegar? Jamás os habíamos visto tan atareados. - Creemos que son cuatro monjes - contestaron ellos -. Lo único que sabemos es que el maestro nos ha ordenado tener el té a punto lo antes posible. - ¿Tiene uno de esos monjes la piel bastante blanca y una constitución más bien fornida? - inquirió una de las muchachas. - Así es - confirmaron los jóvenes. - ¿Posee otro de ellos unas orejas muy grandes y un morro llamativamente largo? - insistió la misma muchacha. - Efectivamente - volvieron a confirmar ellos. - En ese caso - concluyó la mujer -, id a servir el té y, sin que os vean, haced una seña al maestro para que salga. Es preciso que hablemos con él de algo realmente importante. Los muchachos llenaron cinco tazas de té y las llevaron al salón principal. Arreglándose las ropas lo mejor que pudo, el taoísta cogió una de las tazas y se la ofreció a Tripitaka con las dos manos. Acto seguido hizo otro tanto con Ba-Chie, el Bonzo Sha y el Peregrino. En cuanto hubo concluido la ceremonia, los muchachos recogieron los servicios y volvieron a colocarlos sobre la bandeja. Sin que nadie se diera cuenta, uno de ellos guiñó el ojo al taoísta, que se puso al punto de pie y dijo: - Si queréis, podéis permanecer sentados, mientras los muchachos retiran las tazas. Sintiéndolo mucho, debo retirarme un momento. Espero que mis discípulos sabrán trataros con el respeto que merecéis. Complacidos, el maestro y los discípulos abandonaron el salón principal, para ir a gozar del paisaje, acompañados de uno de los jóvenes, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del taoísta, que se retiró a toda prisa a los aposentos privados del guardián del templo, donde encontró a las siete doncellas. Al verle, todas se postraron de hinojos al mismo tiempo, diciendo: - Es preciso que escuchéis lo que tenemos que deciros, hermano. - Al llegar - contestó el taoísta, ayudándolas a levantarse -, me dijisteis que deseabais contarme algo importante. Si no me apresté entonces a ello, fue porque la medicina que estaba preparando exigía que no intercambiara ninguna palabra con personas del otro sexo. Ahora, de todas formas, tampoco dispongo de mucho tiempo. Acaban de llegar unos huéspedes y debo atenderlos lo mejor que pueda. ¿No os importaría hablarme de lo que sea un poco más tarde? - Perdonadnos - contestaron ellas en seguida -, pero lo que tenemos que deciros está precisamente relacionado con esos huéspedes. Cuando se hayan ido, no tendrá ningún valor nuestra información. - ¡Qué manera de hablar es esa! - exclamó el taoísta, soltando la carcajada -. ¿Qué queréis decir con eso de que vuestras palabras sólo tienen valor mientras los huéspedes estén aquí? ¿Habéis perdido el juicio? Yo soy una persona entregada por completo al cultivo de la ciencia de la inmortalidad a través de la serenidad y de la pureza de intenciones. Pero, aunque fuera alguien abrumado por el cuidado de la esposa, de los hijos y de otros asuntos como ésos, os aseguro que esperaría a que mis huéspedes se hubieran marchado para ocuparme en serio de las cosas que me atañen. ¿Cómo voy a mostrarme tan desconsiderado con ellos? Yo soy una persona de principios, así que dejadme salir cuanto antes. - No te enfades con nosotras, por favor - le suplicaron las muchachas, tirando de él -. De todas formas, nos gustaría preguntarte si sabes de dónde proceden esos huéspedes a los que tanto proteges. El taoísta no supo qué contestarles, visiblemente turbado. - Al ir a servir el té - dijo una de las muchachas -, oímos comentar a tus sirvientes que se trataba de cuatro monjes. - ¿Qué tiene eso de malo? - exclamó el taoísta, perdiendo la paciencia. - Entre ellos se encuentra uno bastante fuerte y con el rostro llamativamente blanco - añadió la misma muchacha, pasando por alto su mal humor -. Le acompaña otro que tiene unas orejas muy grandes y un morro un tanto alargado. ¿Les has preguntado de dónde vienen? - ¿Cómo sabéis que son así? - preguntó, sorprendido, el taoísta -. ¿Es que los habéis visto antes? - Está claro que no has comprendido bien de qué se trata - explicó otra de las muchachas -. El de la cara blanca es alguien enviado por el Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Esta misma mañana llamó a la puerta de nuestra caverna mendigando algo que llevarse a la boca. Como hacía muchísimo tiempo que habíamos oído hablar del famoso monje Tang, decidimos echarle el guante. - ¿Puede saberse por qué hicisteis semejante cosa? - inquirió el taoísta. - Para nadie es un secreto - explicó la muchacha - que el monje Tang posee un cuerpo perfecto, que se ha dedicado a la práctica de la virtud durante diez reencarnaciones seguidas. Si le atrapamos, fue porque cualquiera que pruebe un poco de su carne alcanzará una vida sin límites. Para celebrar nuestra buena suerte, fuimos a bañarlos al Arroyo de la Purificación, donde tuvimos la mala fortuna de conocer a ese otro monje de las orejas enormes y el morro largo. Primero nos robó la ropa. Después tuvo la desvergüenza de querer bañarse con nosotras en el estanque y, aunque tratamos de disuadirle no pudimos hacer nada por impedírselo. Saltó al agua y, después de convertirse en un pez, empezó a molestarnos, nadando desvergonzadamente entre nuestras piernas. No nos cabía la menor duda de que estaba dispuesto a abusar de nosotras. Después saltó fuera del agua y recobró la forma que le era habitual. Como vio que no estábamos dispuestas a ceder a sus deseos, cogió un rastrillo de nueve puntas y se empeñó en matarnos a todas. Si no hubiéramos recurrido a la astucia, ahora estaríamos muertas. Afortunadamente, aunque el miedo nos hacía temblar como hojas de bambú sacudidas por la brisa, logramos escapar a tiempo y ordenamos a tus sobrinos que se encargaran de él. No sabemos qué tal les fue en el combate. Estábamos demasiado alteradas para quedarnos a ver quién vencía. En lo único que pensábamos entonces era en buscar refugio en este palacio vuestro. ¡Por nuestra amistad de condiscípulos, vengad, por favor, nuestra deshonra! Al oír tan larga relación, el taoísta se puso furioso y, rojo de ira, exclamó con la voz alterada por la emoción: - ¡Así que esos monjes son una banda de rijosos desvergonzados! No os preocupéis. Ya me encargaré yo de ellos. - Si deseáis luchar, podemos echaros una mano - dijeron las muchachas después de darle las gracias. - ¿Quién necesita luchar? - respondió el taoísta -. Como muy bien afirma el proverbio, "quien combate lleva perdido el tres por ciento de la batalla". Venid conmigo en seguida. Las muchachas le siguieron al interior de la habitación. Allí cogió una escalera, la colocó detrás de la cama y, subiendo por ella con increíble rapidez, sacó un arcón de cuero que tenía escondido detrás de una viga. Medía aproximadamente diez centímetros de largo, cuatro de ancho y dos de alto y estaba protegido con un pequeño candado de cobre. El taoísta se metió la mano por las mangas y sacó un pañuelo de color amarillo hecho con plumas de ganso, en cuya punta había atada una llave casi invisible. Con ella abrió el arcón y sacó, con indecible cuidado, un pequeño paquete de medicinas, que habían sido conseguidas de la forma siguiente: el taoísta había recogido primeramente diez mil kilos de estiércol de los pájaros que habitan en las montañas. Los había cocido después a fuego lento en un recipiente de cobre, manteniendo siempre la misma temperatura, hasta lograr comprimirlos dentro de una taza. No contento con eso, había reducido su tamaño a tres simples pizcas, que había vuelto a someter al fuego en un proceso constante de refinamiento. Fue así como obtuvo un veneno tan extraño y valioso como la más perfecta de las gemas y joyas. Cualquiera que tuviera la desgracia de probarlo iría a presentarse inmediatamente ante el rey Yama. Así se lo hizo saber el taoísta a las muchachas, diciendo: - Si un mortal tomara la diezmilésima parte de un miligramo de este remedio, moriría mucho antes de que le llegara al estómago. Para un inmortal bastaría con tres milésimas partes. Doy por supuesto que esos monjes estarán lo suficientemente versados en el Tao, por lo que precisarán de una dosis un poco mayor. Alcanzadme, por favor, ese peso. Una de las muchachas se encargó de pesar doce diezmilésimas partes de tan efectivo veneno, que dividió a continuación en cuatro dosis iguales. El taoísta se encargó después de seleccionar doce dátiles rojos. Los aplastó ligeramente con los dedos y les metió dentro aproximadamente la diezmilésima parte de un miligramo de tan mortal remedio, antes de distribuirlos en cuatro tazas de té. Cogió seguidamente otra más y, para distinguirla, echó en su interior un par de dátiles negros. Cuando la infusión estuvo dispuesta, llenó las tazas y, colocándolas en una bandeja, dijo a las muchachas: - Voy a hacerles unas cuantas preguntas. Si, en contra de lo que afirmáis, no pertenecen a la corte de los Tang, los dejaré seguir tranquilamente su camino. Si, por el contrario, son originarios de ese país, pediré un poco más de té y vosotras entregaréis esta bandeja a mis criados. En cuanto los monjes prueben esta infusión, morirán y vuestro honor quedará vengado, al tiempo que se disipará vuestra angustia y recobraréis la alegría. Las muchachas no sabían qué hacer para demostrar su gratitud. Con el fin de parecer cortés, el taoísta se puso una túnica nueva y, llegándose hasta donde estaban el monje Tang y sus discípulos, los invitó, una vez más, a tomar asiento, diciendo: - Perdonad que me haya demorado tanto, pero era preciso que encargara a mis criados que seleccionaran unas cuantas verduras frescas y unos pocos rábanos y prepararan con ellos una comida vegetariana. No está bien que los huéspedes pasen hambre. - ¿Cómo voy a aceptar vuestra invitación, si me he presentado aquí con las manos vacías? - Tanto vos como yo somos personas que hemos renunciado a la familia - contestó el taoísta, sonriendo -. En cuanto divisamos las puertas de un templo, estamos seguros de que allí vamos a recibir una buena acogida. ¿A qué viene eso de presentarse con las manos vacías? Éste es también vuestro hogar. ¿Puedo preguntaros a qué monasterio pertenecéis y por qué os encontráis hoy aquí? - Me encuentro de camino hacia el Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, enviado por el Emperador de los Tang en busca de escrituras sagradas. No necesito deciros que ha sido para mí un gran honor poder descansar en esta muy digna morada vuestra. - Se nota que sois un buda de una virtud y una piedad francamente extraordinaria - respondió el taoísta con el rostro iluminado -. Lo único que lamento ha sido no haber salido a daros la bienvenida con el respeto que merecéis. Os ruego disculpéis mi ignorancia. Se volvió después hacia la puerta y, levantando la voz, dijo: - Venid a cambiarnos el té y traed algo de comida. El más joven de los criados se puso de pie en seguida y corrió a por la bandeja. Las muchachas se la pusieron en las manos, diciendo: - Aquí tienes el té. Sácalo y no pierdas el tiempo. Así lo hizo el joven, sin dejar de sonreír. El taoísta cogió una de las tazas con los dátiles rojos y se la ofreció al monje Tang con las dos manos. Al ver la corpulencia de Ba-Chie y del Bonzo Sha, pensó que se trataba de sus discípulos primero y segundo y les dio de beber por ese orden. Dejó al Peregrino en último lugar, creyendo, por lo magro de sus carnes, que era un simple aprendiz. Poco sospechaba él que poseyera un sentido de la observación tan acusado. No le pasó desapercibido, en efecto, que la taza que quedaba en la bandeja contenía dos dátiles negros, mientras que los de las suyas eran rojos. - ¡Un momento! - exclamó, antes de llevarse el brebaje a los labios -. Si no os importa, me gustaría cambiar mi taza por la vuestra. - A decir verdad - contestó el taoísta, sonriendo -, un cultivador del Tao como yo no siempre tiene a mano todo lo que necesita para preparar un buen té. Yo mismo he tenido que salir en busca de los dátiles. Desgraciadamente, sólo he conseguido reunir una docena y, como habéis apreciado, he reservado para mí los de color menos atractivo. Lo he hecho por respeto hacia vos. Podéis creerme. - ¿Cómo se os ocurre decir semejante cosa? - replicó el Peregrino -. Como muy bien afirmaban los antiguos, "quien se encuentra en su casa no es pobre, solamente lo es quien se halla de camino". ¿Cómo podéis afirmar que carecéis de lo necesario, viviendo, como vivís, en un palacio como éste? Únicamente los que dependemos de la limosna somos realmente pobres. ¡No, no! Dejémonos de tonterías y cambiemos cuanto antes las tazas. - ¿Se puede saber por qué quieres hacerlo? - le regañó Tripitaka -. Si te niegas a beberlo, estarás despreciando la hospitalidad de este respetable inmortal. Al Peregrino no le quedó más remedio que tomar la taza, la tapó con la palma de la mano derecha y clavó su mirada en sus tres hermanos. Ba-Chie, que se había caracterizado siempre por su voraz apetito, tenía una sed y un hambre realmente espantosas y se dispuso en seguida a dar cuenta del té. Al ver que contenía tres dátiles rojos, se los metió en la boca y se los tragó en un abrir y cerrar de ojos. Otro tanto hicieron el maestro y el Bonzo Sha. Casi inmediatamente Ba-Chie perdió el color de la cara, el Bonzo Sha se puso a llorar, como si fuera una criatura, y el monje Tang empezó a echar espuma por la boca. De repente perdieron la conciencia y cayeron al suelo, desmayados. El Gran Sabio comprendió que habían sido envenenados y tiró, furioso, la taza que tenía en la mano contra la cara del taoísta. Ágil como una rata, levantó el brazo y la porcelana se estrelló contra su manga, antes de hacerse añicos sobre las losas del suelo. - ¡Qué monje más maleducado! - gritó el taoísta, perdiendo la paciencia -. ¿Cómo te atreves a destrozar lo que no es tuyo? - ¡Maldita bestia! - replicó, a su vez, el Peregrino -. ¿Qué explicación puedes dar para hacer esto a mis hermanos? ¿Qué te hemos hecho nosotros para que echaras veneno en el té? - ¿Es que no lo sabes? - contestó el taoísta -. ¡Con vuestra rijosa conducta habéis provocado una gran desgracia! - ¡No sabes ni lo que dices! - se defendió el Peregrino -. Prácticamente acabamos de entrar en tu casa. No hemos tenido ni tiempo de decirte de dónde somos. ¿Cómo íbamos a traer la desgracia sobre la cabeza de nadie? - ¿No os detuvisteis, acaso, en la Caverna de la Tela de Araña a mendigar comida? - replicó el taoísta -. ¿No os bañasteis después todos juntos en el Arroyo de la Purificación? - Las únicas que se bañaron fueron esas siete muchachas monstruo - respondió el Peregrino -. Si no las conocieras, no hablarías de ellas, lo cual demuestra a las claras que tú perteneces a su misma calaña. ¡No huyas y prueba el sabor de mi barra! Con una rapidez pasmosa el Gran Sabio se sacó de la oreja la barra de los extremos de oro, la sacudió ligeramente y al punto adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Sin pérdida de tiempo, lanzó un terrible golpe contra el rostro del taoísta, que esquivó el golpe haciéndose a un lado y descargando sobre su adversario un peligrosísimo mandoble de su espada. El ruido de la lucha terminó alertando a las muchachas, que acudieron en defensa de su hermano, gritando: - ¡Guarda tus energías! ¡Ya nos encargaremos nosotras de capturar a ese estúpido! Al verlas, el Peregrino se puso aún más furioso y, blandiendo la barra con las dos manos, se arrojó contra ellas, descargando golpes terribles. Sin inmutarse lo más mínimo, las muchachas se desabrocharon los vestidos y, una vez que tuvieron al aire sus espléndidos vientres, blancos como la nieve, pusieron en práctica los extraordinarios poderes mágicos que poseían. Del ombligo empezaron a salirles una cantidad increíble de cuerdas, que, en un abrir y cerrar de ojos, formaron una especie de ovillo que envolvió totalmente al Peregrino. Comprendiendo que la suerte se estaba volviendo en su contra, recitó un conjuro y se vio libre de aquella maraña, saltando limpiamente por los aires. La curiosidad pudo más que su furia y miró desde lo alto aquellas cuerdas brillantes que producían las muchachas monstruo. Como si alguien manejara una lanzadera gigante, las sogas fueron formando un tupido tejido que envolvió todo el Templo de la Flor Amarilla. La tela de araña era tan enorme, que el edificio desapareció de la vista, como si jamás hubiera existido. - ¡Extraordinario! - exclamó el Peregrino, admirado -. Ahora comprendo que Chu Ba-Chie se cayera tantas veces. Ha sido una suerte que haya conseguido escapar. De todas formas, ¿qué puedo hacer? El maestro y mis hermanos han sido envenenados y no tengo ni idea de los poderes exactos de esas mujeres. Lo mejor será que vuelva a llamar al espíritu de estas tierras y le haga unas cuantas preguntas más. En seguida bajó de las nubes y, haciendo un signo mágico con los dedos, recitó un conjuro, que arrancó de su placentera vida al dios de aquella región. Temblando de pies a cabeza, el anciano espíritu cayó rostro en tierra y, después de golpear repetidamente el suelo con la frente, preguntó con voz insegura: - ¿No habíais liberado ya a vuestro maestro, Gran Sabio? ¿Qué os ha hecho volver sobre vuestros pasos? - Es verdad que reanudamos la marcha - reconoció el Peregrino -, pero nos hemos vuelto a topar con el mismo problema en el Templo de la Flor Amarilla, que no se encuentra muy lejos de donde nos vimos por primera vez. Entramos a echar un vistazo, pero el taoísta que lo atiende nos recibió con fingido respeto y envenenó a mis tres hermanos con un té ponzoñoso. Afortunadamente, yo no lo probé y cargué contra él con mi barra de hierro. En seguida empezó a decir que si habíamos mendigado comida en la caverna de la Tela de Araña y que si después nos habíamos bañado en el Arroyo de la Purificación, y eso terminó convenciéndome de que también él era un monstruo. Cuando más enzarzados estábamos en el combate, se presentaron las siete muchachas y empezaron a arrojar cuerdas de seda. Menos mal que fui más rápido que ellas y logré escapar a tiempo; si no, no sé lo que habría sido de mí. Como llevas muchos años de dios de esta región, pensé que, quizás, podrías ofrecerme alguna información sobre ellas. Qué clase de monstruos son..., en fin..., todas esas cosas. Si lo haces, te prometo que no te daré ninguna paliza. - Esos monstruos - explicó el dios de aquellas tierras, golpeando respetuosamente el suelo con la frente - llevan en esta región menos de diez años. Hace aproximadamente tres, realicé ciertas investigaciones y así descubrí que se trata de siete arañas espíritu. Las sogas de seda que lanzan son, en realidad, sus telas. - Si es verdad eso - concluyó el Peregrino -, son más fáciles de dominar de lo que pensaba. Ahora retírate y procura no entrometerte en mis planes. El dios arreció en sus golpes contra el suelo y se marchó tan rápidamente como había venido. El Peregrino se llegó, entonces, hasta el Templo de la Flor Amarilla y, arrancándose setenta pelos de la cola, exhaló sobre ellos una bocanada de aire inmortal y gritó: - ¡Transformaos! Al instante se convirtieron en otros tantos Peregrinos de pequeña estatura. No contento con eso, lanzó sobre la barra de hierro un poco del aire que almacenaba en los pulmones y al punto la metamorfoseó en siete decenas de tridentes, que entregó a los Peregrinos de reducido tamaño que le rodeaban. Al frente de ellos se lanzó contra aquel enorme ovillo de seda, clavándole con fuerza los tridentes y tirando de ellos hasta lograr romper una cuerda cada uno. Su energía era tal que en un abrir y cerrar de ojos lograron quebrar no menos de trescientos cincuenta kilos de cuerdas. De esta forma, consiguieron abrirse paso hacia el interior de aquel enorme capullo, donde se encontraron con siete arañas tan grandes como toneles, que les suplicaron, temblorosas: - ¡Perdonadnos, por favor, la vida! Pero los setenta Peregrinos no hicieron caso de sus gestos de sumisión y las tumbaron boca arriba, negándose a dejarlas partir. El Gran Sabio se opuso, de momento, a que las mataran, diciendo: - No acabéis todavía con ellas. Si quieren seguir viviendo, tendrán que devolvernos a nuestros hermanos. - ¡Por lo que más queráis! - gritaron las arañas, volviendo la cabeza hacia donde se encontraba escondido el taoísta -. ¡Haced lo que os dice! No nos hace ninguna gracia morir de esta forma. - ¿A mí qué me importa? - replicó el taoísta, saliendo de su escondite -. Lo siento mucho, pero no puedo salvaros. He decidido comerme al monje Tang y eso es lo que voy a hacer. - Si no me devuelves al maestro - gritó el Peregrino, fuera de sí -, correrás la misma suerte que tus hermanas. No había acabado de decirlo, cuando sacudió ligeramente el tridente que tenía en las manos y volvió a transformarse en la temible barra de hierro. Blandiéndola con las dos manos, la dejó caer con fuerza sobre las arañas, que al instante quedaron reducidas a una masa sanguinolenta. Sacudió después el rabo y, tras recuperar todos los pelos que se había arrancado, corrió detrás del taoísta. Enfurecido por la repentina muerte de sus hermanas, éste desenvainó la espada e hizo frente a su perseguidor. Dio, así, comienzo uno de los combates más duros que se hayan contemplado jamás. Los dos contendientes pusieron en juego todos sus conocimientos mágicos, blandiendo uno la espada y, el otro, la barra de los extremos de oro. El odio guiaba cada uno de sus golpes, pues no estaban dispuestos a permitir que el monje Tang fuera devorado ni que la muerte de las siete doncellas quedara impune. Los dos bandos creían guerrear por una causa justa y eso hacía más llevadero su sacrificio. Poca diferencia había en su forma de luchar. Si el Gran Sabio poseía una fuerza sin límites, la bravura del inmortal era, francamente, digna de encomio. No había movimiento, por mucho esfuerzo que exigiera su ejecución, al que no se entregaran sus cuerpos. Sus manos se retorcían como poleas, buscando un golpe definitivo. Al entrechocar, la espada y la barra emitían un ruido tan terrible que hacían temblar las nubes, mientras las bocas de los guerreros que las blandían emitían de continuo denuestos e insultos. Ni un solo momento dejaron de atacar y retroceder, para volver, otra vez, a la carga. La lucha prosiguió hasta que el viento bramó con fuerza y las nubes de polvo que levantaban sus pasos terminaron asustando a los tigres y a los lobos. El cielo y la tierra se cubrieron de arena y las estrellas parecieron ir perdiendo, poco a poco, su brillo. El taoísta resistió valientemente los primeros cincuenta asaltos del Gran Sabio. A partir de entonces empezaron a flaquearle las fuerzas, hasta que, de pronto, le abandonaron por completo. Se desprendió entonces de su faja y empezó a desabrocharse la túnica, que cayó al suelo haciendo un ruido muy peculiar. - ¡Mi querido hijito! - exclamó el Peregrino en tono de burla -. ¿De qué va a servirte quedarte desnudo, cuando has perdido totalmente las fuerzas? El taoísta no dijo nada. Levantó los brazos y aparecieron a la altura de sus costillas más de mil ojos, que empezaron a lanzar rayos de un poder francamente aterrador. Al mismo tiempo, comenzaron a salirle por los sobacos una especie de nubes de color amarillento, que resaltaban aún más el aspecto ígneo de aquellas miradas. Era como si alguien hubiera colocado pequeñas barritas de oro a la derecha y a la izquierda de su cuerpo o se hubiera empeñado en colgarle diminutas campanitas de cobre. Pero, en realidad, no eran más que la expresión de la magia del taoísta, una simple manifestación de sus extraordinarios poderes. Al parpadear, parecía como si el sol, la luna y los demás astros hubieran perdido parte de su brillo. Cuando permanecían abiertos, sin embargo, era tal la cantidad de calor que emitían, que el aire se tornaba tan reseco como el de un desierto. El Gran Sabio, Sosia del Cielo, cayó presa de su embrujo y apenas se podía mover, como si se encontrara en el interior de una prisión de rayos y de neblina amarillenta. Desconcertado, trató de huir de allí, Pero le fue imposible dar un paso hacia delante o hacia atrás. Lo único que consiguió fue girar sobre sí mismo, como si se hallara dentro de un tonel de luz. Por si eso fuera poco, el calor se hacía cada vez más insoportable. Presa del pánico, intentó romper aquella cárcel ue rayos luminosos saltando hacia arriba, pero eran tan sólidos que cayó al suelo patas arriba. El golpe le había dejado la cabeza dolorida. Al pasarse la mano por el punto exacto que había entrado en contacto con los haces de luz, comprobó, sorprendido, que tenía la piel reblandecida. - ¡Qué mala suerte! - se dijo, profundamente preocupado -. ¡Ya ni la cabeza me sirve para nada! Antes ni las hachas ni las cimitarras eran capaces de hacerme el menor rasguño. Ahora bastan unos simples rayos para abrirme la piel. Quién sabe si, con el tiempo, se me cerrará la herida o se me pudrirá, como si estuviera leproso. Lo más probable es que me quede una cicatriz. La temperatura se hizo aún más insoportable y volvió a decirse: - No puedo moverme para ningún sitio. ¿Qué puedo hacer, si ni siquiera soy capaz de volar hacia arriba? En fin, sólo me queda un camino: el de abajo. Vamos a ver qué tal me sale la cosa. Sin pensarlo más, recitó un conjuro y, después de sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en un pangolín, también conocido por el nombre de oso hormiguero. Sus garras parecían estar hechas de un acero tan bien templado, que no tenía problema alguno en horadar montañas y en reducir a añicos las rocas, como si fueran simples masas de harina. En tan extraordinaria tarea se veía ayudado tanto por la fuerza de sus músculos como por las férreas escamas que cubrían su cuerpo. Sus ojos, brillantes como dos luceros, estaban totalmente adaptados a la vida subterránea, lo mismo que su hocico, afilado como el pico de un ave, que superaba en potencia a los taladros más efectivos. Así son, en efecto, los pangolines, animales famosos en las artes médicas, a los que el vulgo llama simplemente osos hormigueros. Endureciendo cuanto pudo la cabeza, el Peregrino horadó con ella la tierra hasta alejarse unos treinta kilómetros del taoísta. Los haces de luz únicamente alcanzaban una distancia de quince o dieciséis kilómetros, por lo que decidió salir a la superficie. Tras recobrar la forma que le era habitual, sintió que el cansancio se apoderaba de sus músculos. Le dolía todo el cuerpo y, echándose a llorar, gritó, desesperado: - ¡Oh, maestro! ¡Cuántas penalidades y cuántas desdichas hemos pasado juntos desde aquel día en que decidí abrazar la fe y seguir vuestros pasos camino del Occidente! ¿Por qué hemos venido a naufragar en un remanso, después de haber cruzado tantos mares procelosos? Cuando más profunda era su pena, oyó que alguien estaba también llorando en la otra parte de la montaña. Picado por la curiosidad, se levantó, se secó las lágrimas y se dirigió hacia el lugar del que parecían provenir los llantos. No tardó en descubrir a una mujer vestida con ropa de luto. Llevaba en la mano izquierda un cuenco lleno de sopa de arroz ya fría y en la derecha unos cuantos billetes de papel moneda para los espíritus. Con paso cansino se acercó al Peregrino, que sacudió la cabeza y musitó para sí mismo: - ¡Qué verdad es eso de que la persona que llora pronto encuentra a alguien que se lamenta y la que tiene el corazón apenado no tarda en hallar a quien roto lo tiene por el dolor! Me pregunto por qué se lamentará de esa forma. Lo mejor será que lo averigüe en seguida. Al llegar a su altura, el Peregrino se inclinó con respeto y le preguntó: - ¿Queréis decirme, buena mujer, por qué lloráis de esa forma? - Con motivo de la compra de unas cañas de bambú - explicó la mujer, entornando los ojos a causa del llanto - mi marido tuvo una discusión con el señor del Templo de la Flor Amarilla y, en venganza, éste le envenenó con una taza de té ponzoñoso. Siempre fue cariñoso y atento conmigo. Por eso me dirijo ahora hacia su tumba a quemarle unos cuantos billetes de moneda para los espíritus. Al oírlo, el Peregrino arreció en su llanto y la mujer, enfadada, le regañó, diciendo: - ¿Es que has perdido el juicio? ¿Cómo te atreves a burlarte de mí, cuando estoy llorando la muerte de mi esposo? ¿A qué vienen esas lágrimas y esa expresión de pena? - No lo toméis a mal, señora - contestó el Peregrino, agachando la cabeza -. Me llamo Sun Wu-Kung y soy el discípulo más antiguo de Tripitaka, hermano del Gran Emperador de los Tang, cuyo imperio abarca todas las Tierras del Este. Al pasar por el Templo de la Flor Amarilla, camino del Paraíso Occidental, decidimos dejar descansar al caballo y entramos a saludar al taoísta. Lo que menos esperábamos es que fuera un monstruo, que había realizado un pacto de hermandad con siete arañas, cuyos dominios se encuentran no muy lejos de aquí. Eran antiguas conocidas nuestras, pues en una ocasión habían tratado ya de comerse a nuestro maestro. Afortunadamente, se lo impedimos mis hermanos y yo, que, dicho sea de paso, responden al nombre de Ba-Chie y el Bonzo Sha. Eso las hizo perder la cabeza de rabia e hicieron creer al taoísta que habíamos abusado de ellas. En venganza, nos dio a beber un té envenenado, que sólo yo tuve la fortuna de rechazar. Mis tres hermanos siguen encerrados, junto con el caballo, en el interior del templo. Al verlos desplomarse sin vida de sus asientos, arrojé la taza contra la cara del taoísta, que en seguida se enfrentó a mí con su espada. Las arañas, como era de esperarse, se pusieron de su parte y trataron de atraparme con sus cuerdas de seda. Logré escapar gracias a mis poderes mágicos, de los que me serví, igualmente, para hacer venir a mi presencia al dios de esta región. Fue él el que me reveló que se trataba de simples arañas, cosa que me movió a servirme de la técnica de la multiplicación corporal para destrozar sus telas y acabar con ellas. Cuando vio la facilidad con que mi barra de hierro las había reducido a una pulpa sanguinolenta, el taoísta quiso vengarlas y volvió a medir sus fuerzas conmigo. Más de sesenta veces resistió mis embates, pero, cuando estaba a punto de ser derrotado, se quitó las ropas y volvió contra mí los mil ojos que tiene a ambas partes del cuerpo. Emiten unos rayos de luz tan extraordinaria, que me inmovilizaron por completo y no pude escapar a su influjo, por más que lo intenté. Cuando más desesperada parecía mi situación, me transformé en un oso hormiguero y, haciendo un agujero en la tierra, conseguí huir de aquella prisión sin muros ni foso. Hace un momento estaba llorando a los míos, cuando oí vuestro llanto y decidí preguntaros a qué obedecía. Después vi que llevabais en la mano unos cuantos billetes de papel moneda para los espíritus y eso me hizo comprender que era el más pobre de todos los hombres, pues no tenía nada que ofrecer a mi maestro y a mis dos hermanos. Apenado, lloré con más intensidad que antes. ¿Cómo iba a burlarme de vos? - No lo toméis a mal, por favor - dijo la mujer, dejando a un lado los billetes y el cuenco con la sopa de arroz -. No sabía que también vos estuvierais sufriendo. Por lo que acabáis de relatar, deduzco que no conocéis la identidad de ese taoísta. Se trata, de hecho, del Diablo de los Cien Ojos, también conocido como el Monstruo de las Muchas Pupilas. De todas formas, si valiéndoos de vuestros poderes metamórficos, os habéis enfrentado a él y habéis conseguido, incluso, escapar de su red de rayos luminosos, ha sido porque vuestro dominio de la magia no es, ciertamente, menor que el suyo. Aun así, os sigue resultando sumamente difícil acercaros a él. Existe, sin embargo, una inmortal que podría ayudaros a hacer frente a esos haces de luz y, así, derrotar al taoísta. - ¿De quién se trata, señora? - suplicó el Peregrino, inclinándose con respeto ante ella -. Decidme el nombre de esa inmortal, para que pueda ir a verla inmediatamente. Si consigo convencerla para que venga hasta aquí, no sólo habré salvado a mi maestro, sino que también habré vengado a vuestro marido. - Si lo hago y ella accede a vuestra petición - replicó la mujer sacudiendo la cabeza -, me temo que lo único que conseguiréis será vengaros. Vuestro maestro continuará para siempre bajo sus garras. - ¡¿Qué queréis decir con eso?! - exclamó el Peregrino. - El veneno de ese tipo es de los más fuertes que existen - explicó la mujer -. Cuando una persona lo toma, al cabo de tres días se le destruyen por completo los huesos y la médula. La distancia que nos separa de la morada de la inmortal de la que te he hablado es tanta, que no podrás traerla a tiempo de salvar a tu maestro. - No te preocupes por eso - respondió el Peregrino -. Sé moverme con rapidez. Lo único que necesito es medio día. - En ese caso - concluyó la mujer -, escúchame con atención. A dos mil kilómetros de aquí se levanta una montaña llamada de la Nube Morada. En ella se abre la Caverna de las Mil Flores, donde habita una inmortal, que responde al nombre de Pralamba. Sólo ella es capaz de acabar con ese monstruo. - ¿Dónde se encuentra exactamente esa montaña? - preguntó, una vez más, el Peregrino -. Aún no me habéis dicho la dirección que debo seguir. - Dirigíos siempre hacia el sur - contestó la mujer, señalando hacia allí con el dedo. El Peregrino volvió la cabeza y ella se desvaneció, como si nunca hubiera existido. Desconcertado, el Peregrino se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decía: - ¿Qué Bodhisattva sois? Estaba tan ocupado en estos asuntos terrenales que me traigo entre manos, que he sido incapaz de ver en vos a un emisario de lo alto. Decidme cómo os llamáis, para que pueda honrar vuestro nombre con el respeto que merece. - ¿No me reconocéis, Gran Sabio? - preguntó una voz desde arriba -. Soy yo. El Peregrino levantó en seguida la vista y vio que se trataba de la Anciana Dama del Monte Li. Sin pensarlo dos veces, se elevó hacia lo alto y, tras darle las gracias, preguntó: - ¿De dónde veníais, señora, cuando decidisteis iluminarme con vuestra presencia? - Cuando regresaba a casa, después de haber tomado parte en el Festival del Árbol de la Flor de Dragón - explicó la Bodhisattva -, me enteré de la suerte que había corrido vuestro maestro y decidí aparecerme a vos bajo la forma de una viuda reciente, con el fin de arrancarle de los lazos de la muerte. Para ello, debéis ir cuanto antes a ver a Pralamba, pero procurad no decirle que la idea ha salido de mí. Esa inmortal tiene la mala costumbre de echar a la gente la culpa de todo. El Peregrino volvió a darle las gracias y, remontándose de un salto por encima del cielo, no tardó en llegar a la Montaña de la Nube Morada. No le costó mucho trabajo descubrir la Caverna de las Mil Flores. A su alrededor crecían pinos centenarios, cuyo frescor se extendía hasta el último rincón del paisaje; altísimos cedros, que parecían estar hechos de jade; sauces de un profundo color verde, que festoneaban todos los senderos de la montaña; flores exóticas, cuyos capullos llenaban, hasta atascarlos, los riachuelos y los arroyos; orquídeas de aromas penetrantes, que cubrían los muros de piedra, y un sinfín de hierbas silvestres, que brillaban como gemas bajo los rayos del sol. Cerca de la caverna fluía un arroyo, cuyas aguas poseían el verdor del jade y en las que se reflejaban grupos de nubes, que parecían sellar los troncos huecos de árboles milenarios. Entre las ramas legiones de aves desgranaban su canto, poniendo un contrapunto de bullicio al sereno deambular de los ciervos. El llamativo color verde de los bambúes daba la impresión de haber sufrido un proceso de refinamiento, lo mismo que las hojas rojizas de los ciruelos. Un cuervo acababa de posarse en lo alto de un árbol y escuchaba, embelesado, los melodiosos trinos de un pájaro de pequeño tamaño posado en una rama más abajo. El trigo crecía abundante en todos los campos, haciendo prever una cosecha realmente espléndida. Durante las cuatro estaciones las hojas permanecían aferradas a sus ramas, permitiendo a las flores abrir sus capullos a lo largo de los ocho períodos. El aire que flotaba por encima de aquel paisaje estaba cargado de buenos augurios. No en balde en él se formaban nubes sagradas, que ascendían hasta el corazón mismo del gran vacío. Emocionado ante tantas muestras de santidad, el Gran Sabio inició el descenso y comprobó, sorprendido, que la belleza aumentaba a medida que descendía. Lo que más llamaba la atención, de todas formas, es que no hubiera rastro alguno de presencia humana. El silencio era tan absoluto, que ni siquiera se escuchaban los cacareos de las gallinas ni el ladrido de los perros. - ¿Es posible que no sea ésta la morada de la inmortal que he venido a buscar? - se preguntó el Peregrino, alarmado. Siguió caminando y, al cabo de unos cuantos kilómetros, se encontró con una monja taoísta sentada sobre un cojín. Cubría su cabeza un sombrero de seda que recordaba las delicadas formas de cinco clases de flores distintas; no desdecía en nada de la belleza de su túnica, totalmente tejida con hilos de oro. Calzaba unos zapatos con forma de pico de fénix y llevaba protegida la cintura con una faja doble de seda. Una tupida red de arrugas surcaba su rostro, trayendo a la mente el recuerdo de las primeras escarchas del otoño. Su voz, por el contrario, poseía la frescura saltarina de las aguas del arroyo que fluía a las puertas mismas de su mansión. Hacía mucho tiempo que había aprendido los principios de los Tres Vehículos y había memorizado las Cuatro Grandes Verdades. Su cercanía al vacío absoluto le había conferido una virtud a toda prueba, modelando eficazmente su inteligencia y adquiriendo, así, una libertad absoluta. Aquella mujer no era otra que la Bodhisattva de la Caverna de las Mil Flores, también conocida por el honorable nombre de Pralamba. Al reconocerla, el Peregrino aceleró el paso y, llegándose hasta ella, la saludó, diciendo: - Os presento mis respetos, Bodhisattva. La Bodhisattva se levantó en seguida del cojín y, juntando las manos a la altura del pecho, preguntó, después de devolverle el saludo: - Disculpadme, Gran Sabio, por no haber salido a daros la bienvenida. ¿Queréis decirme de dónde venís? - ¡¿Cómo me habéis reconocido con tanta rapidez?! - exclamó el Peregrino -. ¿Quién os ha dicho que yo soy el Gran Sabio? - Cuando sumisteis el Palacio Celeste en una total confusión - explicó Pralamba -, vuestro retrato fue mostrado a todos los dioses del universo. ¿Por qué no habría de reconoceros, nada más veros? - Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "lo bueno no lo conoce nadie, mientras que la fama de lo malo alcanza los cinco mil kilómetros". Estoy seguro de que no sabéis que me he arrepentido de todo cuanto hice y he aceptado la fe budista. - ¡¿De verdad?! - exclamó Pralamba, gratamente sorprendida -. ¿Cuándo lo habéis hecho? Permitidme que os dé la enhorabuena. - Por poco no podéis hacerlo, porque he estado a punto de perecer - explicó el Peregrino -. Ahora soy el discípulo más antiguo del monje Tang, a quien se ha encargado que vaya al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Desgraciadamente el taoísta del Templo de la Flor Amarilla le ha envenenado con una taza de té ponzoñoso y, aunque he desplegado contra él todos mis conocimientos bélicos, ha desbaratado todos mis planes, haciendo uso de sus potentísimos haces de luz. Si he logrado escapar de su red, ha sido gracias a mis vastísimos poderes mágicos. De todas formas, he sido afortunado, al enterarme de que únicamente vos podéis poner fin a esos rayos. Ése es el motivo de que haya decidido venir a presentaros mis respetos. - ¿Quién os lo dijo? - replicó la Bodhisattva, sorprendida -. Llevo sin salir de casa desde la Fiesta de las Limosnas. Nadie me conoce, porque mi nombre ha permanecido oculto durante todo este tiempo. ¿Cómo os las habéis arreglado vos para descubrirlo? - ¿Acaso olvidáis mi fama de intrigante? - replicó el Peregrino -. Aunque os hubierais escondido en el centro de la tierra, habría dado con vos. - Reconozco que astucia no os falta - admitió la Bodhisattva -. Estaba decidida a no abandonar este lugar jamás, pero, puesto que habéis venido personalmente a pedírmelo y se encuentra en juego vuestra empresa de conseguir las escrituras, creo que lo mejor será que os acompañe. - Disculpad mi ignorancia - dijo el Peregrino, después de darle las gracias -, pero ¿os importaría revelarme qué armas vais a usar para atrapar a ese monstruo? - Me bastará con una simple aguja de bordar - contestó la Bodhisattva. - ¿Estáis tratando de confundirme? - protestó el Peregrino -. Si hubiera sabido que únicamente necesitabais una aguja de bordar, no habría venido a molestaros. Yo mismo puedo agenciarme un carro entero de ellas. - Esas agujas de las que habláis están hechas de metal y no sirven para nada - replicó Pralamba -. La mía, por el contrario, no tiene nada que ver con el hierro, el oro o el acero. Está relacionada con algo que crece en los ojos de uno de mis hijos. - ¿Quién es ese hijo del que habláis? - preguntó el Peregrino. - La Estrella de Orion - contestó Pralamba. El Peregrino no supo qué decirle. No tardaron en ver el fulgor de los haces de luz y, extendiendo el brazo, el Gran Sabio informó: - Ahí está el Templo de la Flor Amarilla. Pralamba se sacó entonces del cuello una aguja de bordar, poco mayor de dos centímetros de larga y tan fina como una ceja. La lanzó con una mano hacia arriba y al poco tiempo se escuchó un fuerte sonido, que hizo desaparecer al instante todos los rayos de luz. - ¡Es fantástico, Bodhisattva! ¡Realmente fantástico! - exclamó el Peregrino -. Vamos a buscar la aguja. - ¿Para qué? - replicó Pralamba con la palma de la mano extendida -. ¿No ves que la tengo aquí? El Peregrino y la Bodhisattva descendieron al mismo tiempo de las nubes y se dirigieron hacia el templo. El taoísta estaba acurrucado contra la puerta con los ojos cerrados y sin atreverse a moverse. - ¡Maldita bestia! - le insultó el Peregrino, al pasar a su lado -. Ahora quieres hacerte pasar por un ciego, ¿eh? ¡Pues vas a saber lo que es bueno! - y se sacó la barra de hierro de detrás de la oreja con ánimo de asestarle un buen golpe, pero se lo impidió la Bodhisattva, diciendo: - Déjalo, Gran Sabio. Lo primero que tenemos que hacer es ir a buscar a tu maestro. El Peregrino se dirigió directamente al salón de invitados, donde sus tres hermanos seguían tumbados en el suelo y con la boca totalmente llena de espuma. Al verlos, el Peregrino no pudo contener las lágrimas y preguntó, desesperado: - ¿Qué puedo hacer? - ¡No sigáis lamentándoos, por favor! - le urgió Pralamba -. Puesto que, por fin, me he decidido a abandonar mi mansión, creo que ha llegado el momento de conseguir también yo algún mérito. Aquí tengo tres pastillas que son un auténtico antídoto contra el veneno que han tomado. El Peregrino se inclinó, respetuoso. La Bodhisattva se sacó de entre las mangas un papel lleno de agujeros, lo desenvolvió y seleccionó tres píldoras de un color rojo intenso. En seguida se las confió al Peregrino, encargándole que metiera una en la boca de cada monje. Le costó trabajo abrirles los dientes, pero consiguió hacerles tragar a todos el remedio. La medicina no tardó en llegar a sus estómagos y, poco a poco, empezaron a reaccionar. Pero no recobraron el conocimiento hasta que no hubieron expulsado todo el veneno. Ba-Chie fue el primero que se incorporó, quejándose lastimosamente: - ¡Tengo unas ganas terribles de devolver! - ¡Qué mareo! - exclamaron, por su parte, Tripitaka y el Bonzo Sha, abriendo los ojos -. ¿Qué ha ocurrido? - Habéis sido envenenados con una taza de té ponzoñoso - explicó el Peregrino -. Deberíais agradecer a la Bodhisattva Pralamba que os haya liberado de la muerte. En seguida Tripitaka se puso de pie y se arregló las ropas lo mejor que pudo, antes de darle las gracias. - ¿Dónde está ese taoísta? - preguntó Ba-Chie -. Quiero interrogarle, para ver si descubro por qué quería matarnos. El Peregrino le contó entonces lo que habían hecho las arañas y él, lejos de calmarse, se puso aún más furioso y concluyó: - Si este tipo hizo realmente un pacto de hermandad con esas arpías, por fuerza también tiene que ser él un monstruo. - Está ahí fuera - dijo el Peregrino, señalando con la mano -, acurrucado contra la puerta y haciéndose pasar por ciego. Ba-Chie agarró el rastrillo y trató de ir a matarle, pero se lo impidió Pralamba, diciendo: - Tratad de calmaos, Mariscal de los Juncales Celestes. El Gran Sabio está al tanto de que vivo completamente sola. Me gustaría llevarme a ese taoísta, para que se encargue de guardarme la puerta. - Es mucho lo que os debemos por la amabilidad que habéis mostrado con nosotros - respondió el Peregrino -. Haced con él lo que queráis. Lo que sí desearíamos es que nos permitierais ver la forma que le es habitual. - No hay cosa más fácil que ésa - contestó Pralamba, dirigiéndose hacia donde estaba el taoísta. Al llegar a su altura, le señaló con el dedo. Al instante se le desprendió del cuerpo una especie de polvillo y se manifestó tal cual era: un enorme ciempiés de cerca de siete metros de largo. Pralamba lo cogió con un dedo y, montándose en una nube, se dirigió a toda prisa hacia la Caverna de las Mil Flores. - ¡Qué mujer más extraordinaria es esa Bodhisattva! - exclamó Ba-Chie, viéndola partir -. ¿Cómo habrá podido dominar con tanta facilidad a una criatura tan peligrosa como ésa? - Le pregunté qué arma necesitaba para hacer frente a los rayos de esa bestia y me contestó que le bastaba con una pequeña aguja de bordar, hecha con cierto producto que crece en el interior de los ojos de su hijo - relató el Peregrino -. Extrañado, volví a preguntarle por su identidad y me reveló que no era otro que la Estrella de Orion. Puesto que éste es, en realidad, un gallo, deduzco que su madre debe de ser una gallina. Eso explica que le haya dominado con tanta facilidad, pues no existe, en efecto, peor enemigo de los ciempiés que los pollos. Al oír eso, Tripitaka arreció en sus muestras de reconocimiento y respeto. A continuación se puso de pie y ordenó a sus discípulos: - Recoged todo y vamonos de aquí. El Bonzo Sha encontró algo de arroz y un poco de grano y preparó con ello algo de comer. Una vez recobradas las fuerzas, cogieron el equipaje y el caballo y salieron, de nuevo, al camino. En cuanto hubieron traspuesto las puertas, el Peregrino volvió sobre sus pasos e hizo un fuego en la cocina, que en muy poco tiempo terminó reduciendo el templo a cenizas. De esta forma, gracias a la intervención de Pralamba, el monje Tang recobró la vida, sometiéndose el Monstruo de las Muchas Pupilas a los imperativos de la virtud. No sabemos, de momento, qué es lo que aguardaba a los peregrinos a lo largo del camino que aún les quedaba por recorrer. El que quiera averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el siguiente capítulo. 第074回 LARGA VIDA INFORMA DE LO PELIGROSOS QUE SON LOS DIABLOS. EL PEREGRINO HACE GALA DE TODOS SUS PODERES METAMORFICOS Tanto los deseos como los sentimientos proceden de la misma fuente. Aunque es natural poseerlos, deben renunciar a ellos los que han abrazado la pobreza y han aceptado los principios del Zen. Es preciso que perseveren en ese camino de renuncia, si quieren mostrarse tan puros como la luna brillando en lo alto del cielo. Cuanto más abundantes son los méritos adquiridos, más cuidado debe ponerse en no cometer ningún error. Es necesario tener presente siempre que únicamente la perfección absoluta proporciona la iluminación inmarcesible. Decíamos que, una vez que hubieron rasgado la tela de araña de los deseos y hubieron escapado de la prisión de los sentimientos, Tripitaka y sus discípulos prosiguieron su camino hacia el Oeste, espoleando despreocupadamente al caballo. Pronto tocó a su fin el verano y comenzó a sentirse la presencia del otoño. Un aire fresco hacía temblar a veces los cuerpos, mientras las lluvias ponían definitivamente fin a los días calurosos y las hojas de los árboles se iban tornando definitivamente pálidas. Por las noches las luciérnagas se mostraban como puntitos de luz que salpicaban el sendero, al tiempo que los grillos no dejaban de desgranar su monótono canto, enardecidos por la luminosidad de la luna. Por las mañanas los pastos aparecían cubiertos de rocío, aunque la hierba era cada vez más escasa y sólo resistían el rigor de los campos baldíos unos cuantos hierbajos de colores rojizos. Los juncos eran los primeros en secarse, mientras las cigarras lanzaban sus últimos cantos, preñados de una tristeza desoladora. Tripitaka vio delante una montaña tan alta, que su cumbre parecía atravesar el vacío, llegando, incluso, a tocar las estrellas y a detener la marcha del sol. Hondamente preocupado, se volvió hacia Wu-Kung y dijo: - ¿Has visto esa montaña de ahí delante? Es tan alta, que me pregunto si habrá alguna forma de trasponerla. - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - replicó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "hasta las montañas más escarpadas poseen pasos y las aguas más profundas, balsas que unen sus orillas". ¿Cómo no va a haber manera de cruzar esa mole de piedras? Seguid caminando y no os preocupéis de más. El maestro sonrió tranquilo y, espoleando al caballo, arremetió contra las primeras estribaciones de obstáculo tan formidable. Llevaban recorridos unos cuantos kilómetros, cuando se toparon con un anciano de cabello completamente cano y tan alborotado, que parecía un puñado de hilos de plata sacudidos por el viento. Del cuello le colgaba una especie de amuleto hecho con cuentas y se ayudaba, al caminar, de un bastón terminado en una cabeza de dragón. Nada más ver a los peregrinos, levantó la voz y dijo: - ¡Eh, el maestro que se dirige hacia el Oeste! ¡Es preciso que detengáis inmediatamente vuestra cabalgadura! ¡No podéis seguir adelante! ¡En esta montaña hay un grupo de diablos que devoran a todos los que osan pasar por ella! Al oír eso, Tripitaka se puso pálido de miedo. Para entonces el camino se había tornado muy irregular y los gritos del anciano le hicieron sentirse más inseguro todavía sobre la silla. Tanto, que terminó cayéndose del caballo y se quedó tumbado sobre la hierba, sin poder moverse y quejándose de una forma que movía, francamente, a compasión. El Peregrino corrió hacia él y le dijo, al tiempo que le ayudaba a levantarse: - No tengáis miedo. Aquí estoy yo para defenderos de lo que sea. - ¿Es que no has oído lo que acaba de decir ese anciano? - replicó el maestro, alterado -. En esta montaña hay un grupo de diablos que devoran a todos los que osan pasar por ella. No me quedan fuerzas para ir a preguntarle algo más sobre tan espeluznante asunto. - Quedaos aquí sentado y no os preocupéis de nada - insistió el Peregrino -. De lo demás me encargo yo. - Pero tú tienes un aspecto horrible y tu forma de hablar es irrespetuosa en extremo - afirmó el maestro, más preocupado todavía - ¦ Si se siente ofendido, es posible que no te revele toda la verdad. - Si es eso lo que os preocupa - contestó el Peregrino, soltando la carcajada -, me convertiré en alguien más atractivo. Así no se negará a dirigirme la palabra. - Déjame ver en qué te metamorfoseas - dijo el maestro, más sereno. El Gran Sabio hizo un gesto mágico con los dedos y al punto se transformó en un monje joven y de aspecto llamativamente cuidado. Poseía una cabeza bien torneada, un rostro con el mentón varonil, unos ojos serenos y unas cejas de un tono claro. Sus gestos no tenían nada que envidiar a los de un caballero refinado y su forma de hablar era esmerada en extremo. Después de aflojarse un poco la túnica de seda, se llegó hasta el monje Tang y le preguntó: - ¿Os parece bien así, maestro? - Perfectamente - contestó Tripitaka, entusiasmado. - ¿Cómo no iba a parecemos bien, si, por mucho que lo intentáramos, jamás íbamos a convertirnos en alguien tan atractivo como tú? - opinó Ba-Chie. Satisfecho, el Gran Sabio se llegó hasta donde estaba el anciano e, inclinándose con inesperado respeto, le saludó, diciendo: - Os presento mis respetos, señor. Al ver el anciano lo joven que era y lo agraciado que resultaba su rostro, el anciano se quedó tan desconcertado, que le devolvió el saludo de una forma totalmente maquinal. Después, dando al Peregrino unos golpecitos cariñosos en la cabeza, y sonriendo como lo haría una muchacha, preguntó: - ¿De dónde venís? - De los dominios del Gran Emperador de los Tang - contestó el Peregrino -, en las Tierras del Este, y vamos de camino hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Al oíros gritar eso de que por aquí cerca había monstruos, mi maestro se asustó y me ha encargado que viniera a preguntaros quiénes son realmente esos demonios que se dedican a devorar caminantes. Decídmelo sin tardanza, para que pueda expulsarlos cuanto antes de aquí. - Eres tan joven, que no sabes ni lo que dices - exclamó el anciano, soltando la carcajada -. Eso explica que hables de una forma tan fanfarrona. Los poderes mágicos de esos diablos son extraordinarios. ¿Qué te hace afirmar tan a la ligera que puedes expulsarlos de este lugar? - Por vuestra forma de hablar, deduzco que, lejos de temerlos, sois su protector - replicó el Peregrino, riéndose también -. Por fuerza tenéis que ser familia suya o, al menos, uno de sus vecinos más cercanos. De lo contrario, no me explico cómo alabáis su inteligencia, engrandecéis sus virtudes y os negáis a revelarme todo lo que sepáis sobre su pasado. - Se nota que no os falta labia - respondió el anciano, sacudiendo la cabeza sin dejar de sonreír -. Está claro que habéis seguido a vuestro maestro a lo largo de muchos caminos y eso os ha hecho aprender algo de magia; lo suficiente para obligar a un fantasma a aparecer o para detener a algún que otro espíritu. Es posible que sepáis, incluso, arrojar de una casa a los diablos que la habitan, pero dudo que podáis hacer frente a unos demonios tan formidables. - ¿Son realmente tan poderosos como parecéis indicar? - preguntó, una vez más, el Peregrino. - Juzgadlo por vos mismo - contestó el anciano -. No tienen nada más que escribir una carta al Espíritu de la Montaña, para que acudan en su ayuda los quinientos arhats. Por si eso no bastara, con unas cuantas líneas que hagan llegar al Palacio Celeste, inmediatamente se pondrán en movimiento los Once Grandes Planetas. Por algo se cuentan entre sus amigos los dragones de los Cuatro Océanos y los Inmortales de las Ocho Cavernas los honran con sus frecuentes visitas. Hasta los Diez Reyes del Mundo Inferior los consideran hermanos suyos, cosa que también hacen, aunque con un respeto mayor, los dioses de todos los monasterios y ciudades. El Gran Sabio se las vio y se las deseó para no lanzar la carcajada. Sin poderlo resistir, tiró al anciano de la manga y dijo: - Deja de contarme cosas raras, por favor. Si fueran mis sirvientes, o gozaran de mi amistad, o hubieran sellado conmigo un pacto de hermandad, a lo mejor valía la pena tomarlos en consideración. Con lo que me has dicho no es suficiente. Ten presente lo siguiente: en cuanto me vean aparecer, se marcharán de aquí esta misma noche. No esperarán a mañana, te lo aseguro. - ¡Estás mal de la cabeza! - se burló el anciano -. ¿A qué viene, además, mostrarte tan poco respetuoso con los dioses y los inmortales? ¿Desde cuándo sirven a un mocoso como tú, como sí fueras su señor? - A decir verdad - contestó el Peregrino, sonriendo -, soy originario de la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla enclavada en la Montaña de las Flores y Frutos, en el continente de Ao-Lai. Me llamo Wu-Kung y pertenezco a la familia de los Sun. Hace algunos años yo mismo era un monstruo, que realizó ciertas hazañas que aún se recuerdan con estupor. Durante una de las muchas fiestas que celebré bebí más de la cuenta y terminé perdiendo el conocimiento. Soñé entonces que dos hombres me llevaban a la Región de las Sombras, cosa que me hizo perder los estribos de tal manera, que golpeé con mi barra de los extremos de oro a uno de los jueces de ultratumba. El mismo rey Yama no sabía dónde meterse, porque casi destruyo el Palacio de las Tinieblas. Temblando de pies a cabeza, los jueces ordenaron traer unos rollos de papel y los Diez Reyes del Mundo Inferior ratificaron con sus firmas su promesa de que, si renunciaba a golpearlos, se comprometían a servirme como criados. - ¡Por Amitabha! - exclamó el anciano, escandalizado -. ¡Este monje jamás llegará a viejo! ¡Menuda forma de hablar la suya! - Me temo que ya soy lo suficientemente viejo - contestó el Peregrino. - ¿De verdad? - replicó, burlón, el anciano -. ¿Cuántos años tienes, si es que puede saberse? - Calcula, a ver si aciertas - respondió el Peregrino. - ¿Qué sé yo? - dijo el anciano -. Quizás no más de siete u ocho. - Te has equivocado - exclamó el Peregrino -, porque, en realidad, tengo siete u ocho veces diez mil años. Si no te importa, puedo mostrarme tal cual soy. Lo único que te pido es que no te asustes ni lo tomes a mal. - ¡No me digas que tienes otra cara! - exclamó, a su vez, el anciano. - Me temo que no sólo una, sino setenta y dos - le corrigió el Peregrino. El anciano era extremadamente impaciente y urgió al Gran Sabio, para que le dejara ver su auténtico rostro. Ni corto ni perezoso, el Peregrino se pasó la mano por la cara y, sacudiéndola ligeramente, recobró la forma que le era habitual. Con sus mejillas hundidas, sus protuberantes labios, sus nalgas peladas y a medio cubrir por una piel de tigre, y su espléndida barra de los extremos de oro en las manos parecía la imagen viviente de un dios del trueno dispuesto a descargar un golpe. Al verle, el anciano perdió el color de la cara y las piernas se negaron a obedecerle. Incapaz de seguir manteniéndose en pie, se dejó caer al suelo y, por mucho que lo intentó, no consiguió levantarse. - No tengáis miedo, respetable anciano - trató de tranquilizarle el Gran Sabio, acercándose a él -. Es posible que sea muy feo, pero poseo un corazón realmente noble. Además, os estoy muy agradecido, Por habernos alertado sobre esos diablos. Si queréis que mi gratitud sea completa, debéis contarme todo lo que sepáis sobre ellos. El anciano estaba tan asustado, que no podía articular palabra alguna. Por si eso fuera poco, se hizo pasar por sordo y se negó de plano a responder nada más. Al ver que no había manera de hacerle hablar, el Peregrino regresó por donde había venido. - ¿Has vuelto ya? - le preguntó el maestro -. ¿Has conseguido averiguar lo que querías? - En realidad, no es tan seria la cosa como parecía - contestó el Peregrino, sonriendo -. Es verdad que por aquí cerca hay un grupo de monstruos, pero las gentes de estos contornos son muy tímidas y se preocupan en exceso por ellos. Os digo que no hay por qué preocuparse. Además, estoy yo aquí, ¿no? - ¿Has averiguado cómo se llama esta montaña, cuál es el nombre de la caverna, cuántos monstruos habitan en ella y qué camino es el más corto para llegar al Monasterio del Trueno? - No os enfadéis por lo que voy a deciros - intervino, entonces, Ba-Chie -, pero ni siquiera nosotros somos capaces de aventajar a Wu-Kung en eso de las metamorfosis, o en jugar al escondite, o en engañar, simplemente, a la gente. Lo suyo es la burla y la falta absoluta de seriedad. Cuando se trata, sin embargo, de algo recto y sincero, no hay quien pueda compararse conmigo. - Tienes razón - reconoció el monje Tang -. Tú eres mucho más honesto que él. - No comprendo cómo se las arregla - añadió Ba-Chie, más animado -, el caso es que siempre se preocupa de la cabeza y se olvida por completo de la cola. Ya habéis visto lo que ha hecho con ese anciano. Le ha hecho unas pocas preguntas y se ha vuelto en seguida para acá. Creo que sería conveniente que fuera también yo a echar un vistazo. - Está bien, Wu - Neng - concedió Tripitaka -, pero ten cuidado. Loco de contento, el Idiota se metió el rastrillo por el cinturón y, arremangándose la túnica, comenzó a ascender por la ladera de la montaña, gritando a voz en grito: - ¿Dónde os habéis metido, anciano? Deseo presentaros mis respetos. Después de marcharse el Peregrino, el anciano se las arregló, por fin, para levantarse del suelo con ayuda del báculo, aunque seguía temblando como una hoja de bambú a merced del viento. Se disponía a marcharse, cuando oyó la voz de Ba-Chie y volvió inconscientemente la cabeza. Lo que vio terminó arrancándole del cuerpo las pocas fuerzas que aún le quedaban. - ¡Santo cielo! - exclamó, desalentado -. ¿Qué he hecho yo para tener que soportar esta pesadilla de monstruos? El monje que acaba de irse era feo, pero, por lo menos, tenía algo en el rostro que recordaba a un hombre. Éste, por el contrario, posee una boca realmente horrible, unas orejas tan grandes como abanicos de palma, un rostro que recuerda una plancha de acero y un cuello cubierto totalmente de cerdas. ¿Quién puede afirmar que eso sea un hombre? - Está visto que os encanta sacar defectos a la gente - dijo Ba-Chie, sonriendo -. De todas formas, deberíais mirarme con mejores ojos, porque, aunque soy un poco feo, poseo unas cualidades extraordinarias. Para que no os asustéis, voy a tomar un aspecto un poco más agradable. Al oírle hablar de esa forma, el anciano se tranquilizó un poco y le preguntó por pura cortesía: - ¿De dónde sois? - Me llamo Wu - Neng Ba-Chie y soy el segundo discípulo del monje Tang - contestó el Idiota -. El monje con el que os habéis entrevistado hace un momento era mi hermano el Peregrino Wu-Kung. Por cierto, mi maestro se ha enfadado mucho con él por haberos asustado y no haber obtenido la información que había venido a buscar. Ése es el motivo de que me haya enviado a mí a haceros esas mismas preguntas. Mi maestro desearía saber en concreto cómo se llama esta montaña, cuál es el nombre de la caverna, cuántos monstruos habitan en ella y qué camino es el más corto para llegar al Oeste. Os estaríamos extremadamente agradecidos, si nos aclararais esos puntos. - ¿De verdad no queréis nada más de mí? - replicó el anciano, sorprendido. - Jamás en mi vida he hablado con mayor sinceridad - confesó Ba-Chie. - ¿No te estás burlando de mí, como hizo el otro monje? - insistió el anciano. - Os juro que él y yo no nos parecemos en nada - afirmó Ba-Chie. Más tranquilo, el anciano se apoyó sobre su cayado y manifestó: - Ésta es la Cordillera del Camello - León y tiene una longitud que supera los mil seiscientos kilómetros. En ella se encuentra la caverna del mismo nombre, en la que habitan tres diablos con unos poderes realmente extraordinarios. - Creo que os habéis precipitado un poco - opinó Ba-Chie -. Son sólo tres diablos y ¿os habéis tomado la molestia de venir a precavernos contra ellos? - ¿No tienes miedo a los demonios? - inquirió el anciano, sorprendido. - A decir verdad - contestó Ba-Chie con visible suficiencia -, mi hermano mayor matará a uno con su barra de hierro, yo haré otro tanto con mi rastrillo y el menor de entre nosotros dará cuenta del tercero con su báculo. En cuanto hayamos acabado con ellos, el maestro no tendrá ninguna dificultad en atravesar la cordillera. ¿No os parece? - Se nota que no conocéis los poderes de esos tres demonios - replicó el anciano, sonriendo -. Además, tienen un destacamento de cinco mil diablillos apostados en las cumbres del sur y otros cinco mil en las del norte. Por si eso no bastara, disponen de diez mil soldados en el camino que conduce hacia el este y diez mil más en el que lleva directamente hacia el oeste. A ellos hay que añadir los cinco mil que se hallan constantemente de patrulla y los cinco mil que protegen la entrada de la caverna, los cuales suman un total de diez mil más. No cuento, por supuesto, a las fuerzas de apoyo, que se encargan de provocar incendios y de desmoralizar a la retaguardia enemiga. Todos sus efectivos totalizan, pues, un ejército de cuarenta y siete o cuarenta y ocho mil diablillos, provistos de una placa con su nombre y especializados en devorar a todos los hombres que cometen la osadía de pasar por aquí. El Idiota no quiso escuchar más. Temblando de pies a cabeza, corrió por donde había venido. Al llegar a la altura del monje Tang, en vez de informarle de cuanto acababa de oír, tiró a un lado el rastrillo y se puso a mear. - ¿Se puede saber por qué, en vez de contarnos lo que tengas que decirnos, te pones a hacer tus necesidades? - le regañó el Peregrino. - Tengo tanto miedo, que creo que también voy a cagarme - contestó Ba-Chie -. ¿Para qué perder el tiempo en charlas inútiles? Lo mejor que podemos hacer es huir, ahora que aún estamos a tiempo. - ¡Eres idiota en extremo! - le regañó el Peregrino -. Que yo sepa, nadie se asusta cuando va a preguntar algo. ¿Cómo es que tú te has puesto tan nervioso? - ¿Qué es lo que has logrado averiguar? - inquirió el maestro. - Ese anciano - explicó Ba-Chie - me ha dicho que ésta es la Cordillera del Camello - León, en la que se halla enclavada la caverna del mismo nombre. En ella moran tres demonios, que tienen a sus órdenes un ejército de más de cuarenta y ocho mil diablillos, todos ellos especializados en devorar carne humana. Eso quiere decir que, en cuanto pongamos un pie en sus dominios, nos convertiremos en alimento para ellos. Así que opino que lo mejor es que demos por terminado aquí nuestro viaje. - ¿Qué podemos hacer, Wu-Kung? - preguntó el maestro, temblando de pies a cabeza y con los pelos totalmente de punta. - Dejad de preocuparos, de una vez, maestro - le aconsejó el Peregrino -. Eso no es nada para nosotros. Es posible que más adelante haya unos cuantos monstruos, pero, como acabo de deciros, las gentes de esta región son bastante timoratas y se asustan con esos rumores que hablan de diablillos feroces y de ejércitos incontables de demonios. Además, me tenéis a mí a vuestro lado. - No deberíais hablar así - le respondió Ba-Chie -. También yo poseo unos cuantos poderes mágicos y la verdad no deja de meterme miedo. Tú sabes bien que no se trata de un simple rumor. Tanto la montaña como el valle están infestados de diablillos. ¡Es inútil que sigamos adelante! - ¡Ese rostro y esa forma de hablar sólo la tienen los idiotas! - se burló el Peregrino, soltando la carcajada -. Cuesta trabajo creer que te asustes de esa forma por nada. Si, como dices, la montaña y el valle están plagados de demonios, volveré contra ellos mi barra de hierro y los exterminaré antes de que haya transcurrido la mitad de la noche. - ¡Debería darte vergüenza hablar así! - le regañó Ba-Chie -. ¿Cómo vas a terminar con ellos tan pronto, si se necesitarían siete u ocho días, por lo menos, para reunirlos a todos en un mismo lugar? - ¿Cómo piensas que voy a exterminarlos? - replicó el Peregrino. - Suponte, además - continuó diciendo Ba-Chie -, que logras agarrarlos a todos y, después de inmovilizarlos con tu magia, los vas matando poco a poco. ¡Ni aun entonces tendrás bastante con una noche! - ¿De dónde has sacado que, para matarlos, necesito atraparlos primero? - objetó el Peregrino -. Sabes bien que, con que agite ligeramente la barra de hierro y grite "¡crece!", adquirirá una longitud de más de ochocientos metros. Lo mismo ocurrirá con su grosor. Me bastará con sacudirla una sola vez y con ordenarle que aumente de tamaño, para que su circunferencia alcance los dos metros y medio de diámetro. La giraré, entonces, hacia el sur y los cinco mi diablillos que se hallan apostados allí morirán aplastados. La moveré después hacia el norte y los cinco mil de esa zona correrán idéntica suerte. Lo mismo les ocurrirá a los del este y a los del oeste. ¿A quién puede preocuparle que sean cuarenta o cincuenta mil los que terminen convertidos en una masa sanguinolenta de carne informe? - Cualquiera que te oiga hablar - se burló Ba-Chie -, pensará que estás preparando la masa para hacer tallarines. Eso sin contar con que habrás terminado con ellos antes de la segunda vigilia. - ¿Cómo podéis tener miedo con los poderes tan maravillosos que posee nuestro hermano mayor? - concluyó el Bonzo Sha, volviéndose, sonriendo, hacia el maestro -. Volved a montar y prosigamos, cuanto antes, nuestro camino. Al oírlos hablar de aquella forma, al monje Tang no le quedó más remedio que tranquilizarse y hacer lo que se le ordenaba. Cuando llegaron al punto en el que habían visto al anciano, comprobaron, sorprendidos, que había desaparecido. Eso hizo reflexionar al Bonzo Sha: - Por fuerza tenía que tratarse de un monstruo, que exageró aposta el poder de esos diablos, para asustarnos más de lo que ya estábamos. - ¿Qué te ha hecho llegar tan rápidamente a esa conclusión? - objetó el Peregrino -. Voy a echar un vistazo, a ver qué ocurre. De un salto se llegó hasta la cumbre de la montaña, pero, aunque miró en todas las direcciones, no consiguió ver a nadie. No obstante, percibió en el aire ciertas vibraciones multicolores y, montando en una nube, se lanzó en la dirección en que parecían ser más intensas. No tardó en descubrir que se trataba de la Estrella de Oro del Planeta Venus. Inmediatamente se lanzó sobre él y, agarrándole con las dos manos, le regañó, usando el nombre con que solían llamarle los dioses: - ¡Qué picarón estás hecho, Larga Vida Li! Si tenías algo que decirme, podías haberlo hecho con toda claridad. ¿A qué viene eso de hacerte pasar por un anciano para confundirme? - Lamento no haber podido hablar con más claridad, Gran Sabio - se disculpó la Estrella de Oro, después de saludarle con el respeto que era en él habitual -. Perdonad mi falta de claridad, pero es preciso que tengáis en cuenta que los poderes de esos monstruos son, en verdad, extraordinarios. Sólo si empleáis a fondo vuestros poderes metamórficos y vuestra portentosa inteligencia, conseguiréis seguir adelante. Pero, si os descuidáis y bajáis la guardia, os resultará extremadamente difícil continuar el viaje. - Os agradezco vuestro interés - contestó el Peregrino -. De todas formas, si tan difícil es atravesar estos parajes, lo mejor que podéis hacer es ir a las Regiones Superiores a pedir al Emperador de Jade que ponga a mi disposición algún destacamento de soldados celestes. - Contad con ellos - respondió la Estrella de Oro -. En cuanto haya presentado vuestra petición, tendréis a vuestras enteras órdenes a cien mil guerreros de los cielos. El Peregrino se despidió, entonces, de la Estrella de Oro y, dejándose caer de lo alto, informó a Tripitaka: - Ese anciano que nos advirtió del peligro no es otro que la Estrella de Oro del Planeta Venus. - Trata de darle alcance y pregúntale si existe algún otro camino - pidió Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho. - Me temo que no hay ningún atajo - respondió el Peregrino -. Esta cordillera tiene, de hecho, una longitud de más de mil seiscientos kilómetros. ¿Cómo vamos a tomar un atajo, si ni siquiera sé lo que mide de ancho? - ¡Qué difícil es alcanzar nuestro destino! - exclamó Tripitaka, abandonándose al llanto -. ¿Cómo voy a conseguir así presentar mis respetos a Buda? - Dejad de llorar, por favor - le urgió el Peregrino -. En cuanto cedéis a las lágrimas, os convertís en una persona sin decisión. Es probable que lo que nos ha dicho no sea auténtico del todo. A veces se suele hablar de ese modo para alertar a nuestro interlocutor. Como muy bien afirma el proverbio, "entre contar y exagerar no existe la menor diferencia". Desmontad del caballo y sentaos a descansar un momento. - ¿Sobre qué vamos a discutir? - preguntó Ba-Chie. - Sobre nada - contestó el Peregrino -. Tú quédate aquí cuidando del maestro. El Bonzo Sha que se haga cargo del caballo y el equipaje. Yo, por mi parte, voy a adentrarme en la cordillera a ver si consigo averiguar cuántos monstruos hay exactamente. Para ello, trataré de atrapar alguno. Si es preciso, le obligaré a hacer una confesión completa y a redactar una lista con los nombres de todos los que recuerde. No me será, así, difícil ordenarles que se replieguen sobre la caverna Y que no traten, bajo ningún concepto, de obstaculizar nuestro viaje. Es preciso que dejen expedito el camino y que el maestro transite por él con la tranquilidad que exige un hombre de su talla. Así sabréis lo poderoso que realmente soy. - Ten cuidado - fue lo único que se le ocurrió decir al Bonzo Sha. - ¡De poco valen las reconvenciones! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. En cuanto llegue allá arriba, abriré, si es preciso, un sendero tan ancho como el Gran Océano Oriental y horadaré un túnel en la montaña, aunque todas sus rocas sean de hierro puro. No había acabado de decirlo, cuando, de un salto, se llegó hasta la cumbre. Para ver mejor, apartó con las manos unas cuantas enredaderas y parras silvestres, pero no logró descubrir el menor rastro de presencia humana. Eso le movió a decir en voz alta: - Creo que he cometido un grave error, dejando marchar a ese vejestorio de la Estrella de Oro. Estoy seguro de que no le guiaba otra intención que asustarme. Si verdaderamente hubiera por aquí algún monstruo, ya habría salido de su escondite a domar el viento, o a arrojar su lanza, o a practicar un poco las artes marciales. ¿Cómo es que no se oye ni un solo...? No pudo terminar la frase. En ese mismo momento escuchó al otro lado de la montaña el desagradable sonsonete de unas tablillas de madera. Se volvió a toda prisa y descubrió a un diablillo con un estandarte al hombro en el que aparecía escrita la palabra "mando". Llevaba ceñido el cuerpo con un cinturón de cuero y golpeaba sin cesar una especie de gong de madera, mientras se desplazaba a toda velocidad de norte a sur. El Peregrino le estudió con atención y calculó que debía de tener cerca de cuatro metros de altura. Sonriendo, se dijo, complacido: - Debe de tratarse de un correo. Lo mejor será que me acerque a él y descubra qué es lo que va murmurando. No había acabado de pensarlo, cuando hizo un signo mágico con los dedos y, después de sacudir ligeramente el cuerpo y de recitar el correspondiente conjuro, se transformó en una mosca. No le fue, así, difícil ponerse a la altura del diablillo y posarse suavemente sobre su gorro, para oír mejor lo que iba hablando. En cuanto hubo entrado en el camino principal, sin dejar en ningún momento de golpear los trozos de madera, murmuró mecánicamente, como si se tratara de una lección aprendida: - Los que nos encontramos de patrulla por la montaña, debemos extremar todas las precauciones contra ese tal Peregrino Sun, pues es capaz de metamorfosearse en una simple mosca. - Por fuerza tiene que haberme visto - se dijo el Peregrino, vivamente impresionado -. ¿Cómo iba a haber averiguado, si no, mi nombre y que tengo el poder de convertirme en un insecto? Pero el diablillo no le había visto. Simplemente estaba repitiendo lo que había oído comentar a los monstruos. El Peregrino, por supuesto, no lo sabía. Sospechando que le había descubierto, se dispuso en seguida a acabar con él, pero, antes de asestar el golpe, se dijo: - Si no recuerdo mal, la Estrella de Oro reveló a Ba-Chie que había tres demonios principales y alrededor de cuarenta y siete o cuarenta y ocho mil diablillos de menor importancia. Si todos son como éste, lo mismo da que sean cuarenta u ochenta mil. Lo que de verdad corre prisa ahora es averiguar la clase de poderes que poseen esos tres monstruos. Creo que, antes de que acabe con éste, debería hacerle unas cuantas preguntas. En seguida abandonó el sombrero del mensajero y fue a posarse sobre un árbol, para que el diablillo se adelantara unos cuantos pasos. Tras convertirse en su copia exacta, empezó a correr tras él, haciendo sonar los mismos trozos de madera y musitando exactamente las mismas palabras. La única diferencia estribaba en que era unos cuantos centímetros más alto. Antes de llegar a su altura, levantó la voz y dijo: - ¡Eh, tú, el de ahí delante! ¿Te importaría esperarme? - ¿Se puede saber de dónde eres? - preguntó el diablillo, volviendo la cabeza. - ¿Cómo que de dónde soy? - replicó el Peregrino, sonriendo -. ¿Es que ya no reconoces a los de tu propia familia? - Lo siento mucho, pero tú no perteneces a mi familia - contestó el diablillo. - ¿Te has vuelto loco? - le regañó el Peregrino -. Mírame bien. - ¿Qué quieres que te diga? - insistió el diablillo -. Tu cara no me resulta conocida. - Ya lo sé - confirmó el Peregrino -. Me has visto muy pocas veces, porque pertenezco al grupo de los que provocan incendios y tienden trampas. - ¡No, no! ¡No es verdad! - respondió el diablillo, sacudiendo nerviosamente la cabeza - . Ninguno de los que se encargan de esos menesteres tiene la boca tan puntiaguda. - ¡Así que es eso! - se dijo el Peregrino -. Tengo el morro demasiado picudo. Bien. Eso tiene fácil arreglo - y, agachando la cabeza, se frotó la boca, como quien no quiere la cosa, y añadió en voz alta -. Pero ¿qué dices? ¿Quién tiene la boca puntiaguda? El defecto había desaparecido por completo, pero el diablillo insistió: - Ahora está bien, pero hace un momento la tenías picuda. ¿Qué has hecho para cambiártela con tanta rapidez? ¡Ha sido un truco!, no me cabe la menor duda. ¡Tú no eres de los nuestros! Si lo fueras, te habría visto alguna vez. ¡Todo esto está resultando demasiado sospechoso! Además, nuestros señores no se andan con componendas: los que se encargan del fuego no hacen otra cosa, lo mismo que los que recorren la montaña de arriba abajo. ¡Es imposible que a uno que provoca incendios se le confíe otra misión! Afortunadamente, el Peregrino poseía una lengua muy rápida y respondió: - Se ve que todavía no te has enterado de que he ascendido de categoría, al ver nuestros amos lo bien que me ocupaba de las llamas. Han sido ellos precisamente los que me han pedido que salga a patrullar la montaña. - De acuerdo - concedió el diablillo -. En total son diez los grupos encargados de recorrer de arriba abajo el territorio y cada uno de ellos está formado por cuarenta miembros de todas las edades. Para evitar confusiones de rango o identidad, nuestros señores nos han facilitado unas placas en las que figuran todos esos datos. ¿Te importaría enseñarme la tuya? El Peregrino había logrado reproducir únicamente la parte del diablillo que aparecía visible, es decir, su forma de vestir, la manera de comportarse y de hablar, etc. Como no había visto ninguna de esas placas, no sabía exactamente cómo eran. Pero, en vez de reconocer que no la tenía, dio la vuelta a la pregunta y dijo: - Oye, oye. ¿No te parece que estás desconfiando demasiado de mí? ¡Por supuesto que tengo una placa y, además, nuevecita! ¿Por qué no me enseñas tú la tuya y terminamos, de una vez, con el jueguecito? Si percatarse que se trataba de una trampa, el diablillo se metió la mano por el pecho y sacó una placa laqueada de color dorado, que llevaba sujeta con una cinta de algodón. En el anverso aparecía grabada una inscripción, que decía: "Al servicio de todos los diablos". En el reverso, por el contrario, podía leerse con claridad: "Pequeño Cortador de Viento". Eso le hizo pensar: - Eso quiere decir que a todos los encargados de patrullar la montaña se les llama Cortadores de Viento. De acuerdo, de acuerdo - añadió en voz alta -. Abróchate la camisa y mira, si quieres, mi placa. Mientras el diablillo se ajustaba las ropas, el Peregrino giró ligeramente la cabeza hacia un lado y, arrancándose un pelo de la punta del rabo, susurró sobre él, al tiempo que lo rociaba con una bocanada de aire sagrado: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una réplica de la placa que acababa de mostrarle el diablillo. Lo único que las diferenciaba era la inscripción. La del Peregrino, en efecto, rezaba: "Jefe de los Cortadores de Viento". En cuanto el demonio la vio, frunció el ceño, desconfiado, y preguntó: - ¿Cómo puedes llamarte "Jefe de los Cortadores de Viento", cuando todos los exploradores recibimos, sin excepción, el nombre de "Cortadores de Viento"? A pesar de la rapidez con la que actuaba, el Peregrino siempre calibraba las consecuencias de lo que decía, dejándose guiar en todo momento por la astucia. Por eso, añadió en tono burlón: - ¡Qué memoria más pobre tienes! ¿No acabo de decirte que, al ver lo bien que provocaba incendios, nuestros señores me han nombrado comandante de todos los que recorren en patrullas la montaña? Eso explica que me hayan dado esta placa con mi nombre nuevo, que, como acabas de leer, no es otro que "Jefe de los Cortadores de Viento". Por cierto, soy responsable del grupo al que perteneces tú. Al oírlo, el diablillo se inclinó a toda prisa y balbuceó, indeciso: - Espero no haberos ofendido con mis dudas, capitán. Disculpad mi ignorancia, pero la verdad es que la tropa apenas tiene contacto con sus mandos. Eso explica que no os haya reconocido. - No tiene importancia - le disculpó el Peregrino, devolviéndole el saludo -. Lo que sí quisiera es que cada uno de vosotros me hiciera, como gesto de buena voluntad, un regalo de cinco onzas de plata. - ¿A qué viene tanta prisa, capitán? - replicó el diablillo -. Os las daré, cuando haya conectado con el resto del grupo, que, como sabéis, se halla destacado en la porción sur de la cordillera. Creo que sería aconsejable que os entregáramos el dinero todos a la vez. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, lo mejor será que vaya contigo. Encogiéndose de hombros, el diablillo abrió la marcha, mientras el Gran Sabio le seguía unos pasos atrás. Al cabo de unos cuantos kilómetros se toparon con un pico "pincel de escribir", llamado así porque, a pesar de poseer una altura que oscilaba entre los ciento veinte y los ciento cincuenta metros, era totalmente recto y daba la impresión de ser el pincel de un calígrafo colgado de una punta. En cuanto hubo llegado a la cumbre, el Peregrino subió, con ayuda de su rabo, al punto más alto y ordenó a todos los diablillos: - ¡Venid aquí, Cortadores de Viento! - ¡A vuestras órdenes, capitán! - respondieron ellos, cumpliendo al instante sus órdenes e inclinando la cabeza con inesperado respeto. - ¿Sabéis por qué nuestros soberanos me han enviado hasta aquí? - preguntó el Peregrino en el mismo tono marcial que antes. - No - contestaron los diablillos. - Como sabéis - explicó el Peregrino -, nuestros soberanos desean devorar al monje Tang, pero les intranquilizan los vastísimos poderes mágicos del Peregrino Sun. Según ellos, domina a la perfección el arte de la metamorfosis y temen que pueda transformarse en un Pequeño Cortador de Viento, con el ánimo de infiltrarse en nuestras filas y poner al descubierto todos nuestros planes. Ésa es la razón por la que me han nombrado Jefe de los Cortadores de Viento, ordenándome, al mismo tiempo, que abra una investigación, para ver si hay algún elemento extraño entre vosotros. - ¡Todos somos auténticos, capitán! - gritaron a coro los Cortadores de Viento allí reunidos. - En ese caso - agregó el Peregrino -, ¿quién puede decirme qué clase de poderes poseen nuestros soberanos? - ¡Yo, señor! - contestó uno de los Cortadores de Viento. - Bien - concluyó el Peregrino -. Enuméralos inmediatamente. Si lo haces con la corrección debida, sabremos que eres auténtico. Si, por el contrario, cometes la más leve equivocación, te habrás delatado tú mismo y serás conducido ante los soberanos, para que te apliquen el castigo que consideren más oportuno. Al verle sentado de aquella forma en el punto más alto de la cumbre, adornado con todos los símbolos de la autoridad, el Pequeño Cortador de Viento se sintió intimidado de pronto y balbuceó, indeciso: - El mayor de nuestros soberanos posee unos poderes mágicos tan extensos y una capacidad tan extraordinaria, que en cierta ocasión se tragó de un solo golpe a más de cien mil soldados celestes. . - ¡Eres un impostor! - bramó el Peregrino, al oírlo. - ¡Soy auténtico, capitán! - protestó, aterrado, el Pequeño Cortador de Aire -. ¿Cómo podéis decir una cosa así? - Si lo fueras - replicó el Peregrino -, no habrías afirmado una barbaridad como ésa. ¿Qué altura tiene el mayor de nuestros soberanos, para tragarse, como si nada, a más de cien mil soldados celestes? - Me extraña que el capitán no sepa que nuestro soberano posee tales capacidades metamórficas, que lo mismo puede tocar el Palacio Celeste que convertirse en la más diminuta de las semillas - se defendió el Pequeño Cortador de Viento -. En cierta ocasión Wang-Mu-Niang-Niang se olvidó de enviarle la invitación para el Festival de los Melocotones Sagrados y eso le puso tan furioso, que terminó declarando la guerra a los Cielos. El Emperador de Jade envió contra él a cien mil soldados celestes, pero, lejos de amedrentarse, nuestro soberano echó mano de sus portentosos poderes metamórficos y consiguió que su boca adquiriera el tamaño de las puertas de una ciudad. Al verle cargar contra ellos, los guerreros celestes cayeron presa del pánico y cerraron fuertemente la Puerta Sur de los Cielos, sin atreverse a dar la batalla. Eso es lo que he querido decir con eso de que, de un solo golpe, se tragó en cierta ocasión a más de cien mil soldados de lo alto. - Si es verdad eso - se dijo el Peregrino, sonriendo -, también yo soy capaz de hacer una hazaña semejante. ¡Eso está mejor! - añadió en voz alta, para alivio del que acababa de hablar -. ¿Quién puede decirme las capacidades que adornan a nuestro segundo soberano? - Su altura alcanza casi los cien metros - contestó otro Pequeño Cortador de Viento -, posee unas cejas que recuerdan un gusano de seda, unos ojos de fénix, una armoniosa voz de mujer y unos dientes tan largos como remos. Su nariz, por el contrario, hace pensar, más bien, en un dragón. Cuando se enfrenta con alguien, lo único que tiene que hacer para derrotarle es enroscársela alrededor del cuerpo, como si fuera una serpiente. Es seguro que, aunque esté hecho de hierro o de acero, perecerá en un abrir y cerrar de ojos. - Tampoco resultará muy difícil de capturar un monstruo con una trompa como ésa - volvió a decirse el Peregrino con cierta satisfacción. Levantó después la voz y preguntó, una vez más: - ¿De qué extraordinarios poderes se jacta nuestro tercer soberano? - En realidad - contestó en seguida otro de los Pequeños Cortadores de Viento -, no se trata de un monstruo de este mundo mortal, como muy bien da a entender su propio nombre: Masa de Nubes de Treinta Mil Kilómetros. Al moverse, agita los vientos y embravece los mares. No en balde, domina el norte y rige el sur con puños de acero. Por si eso fuera poco, posee un arma terrible, llamado el jarrón de la doble fuerza del yin y el yang. El que tenga la desgracia de caer en su interior se transformará en una masa pastosa, antes de que hayan transcurrido tres cuartos de hora. Al oír eso, el Peregrino sintió un escalofrío y se dijo, una vez más: - Ese monstruo no me mete ningún miedo, pero es conveniente que tome ciertas precauciones contra ese jarrón. Por lo que veo - añadió, levantando la voz -, estáis tan bien informados de los poderes de nuestros soberanos como yo mismo. Sin embargo, ¿quién de ellos desea con más ardor devorar al monje Tang? - ¡¿Queréis decir que no lo sabéis, capitán?! - exclamó, sorprendido, otro Pequeño Cortador de Viento. - ¡Lo sé mejor que tú, inútil! - le regañó el Peregrino, perdiendo la paciencia -. Se supone que alguno de vosotros no está al tanto de ello. Ése es el motivo por el que se me ha enviado aquí, para llevar a cabo una investigación exhaustiva. - El primero y el segundo de nuestros soberanos - explicó, entonces, el Pequeño Cortador de Viento - se establecieron en la Caverna del Camello - León hace muchísimos años. El tercero, por el contrario, es originario de un lugar situado a ochocientos kilómetros al oeste de aquí, concretamente de una ciudad conocida por el nombre de Reino del Camello-León. Hace aproximadamente quinientos años se levantó en armas y terminó devorando al rey, a todos sus funcionarios, tanto militares como civiles, y a los ciudadanos que se negaron a aceptar su autoridad, sin importarle la edad, el sexo o la posición social. Los que se sometieron a él de buen grado se convirtieron al punto en monstruos. No sé cuándo se enteró de que el Gran Emperador de los Tang, un reino situado en las Tierras del Este, había encargado a uno de los monjes más virtuosos que han existido ir al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Sí puedo afirmar, sin embargo, que desde siempre ha estado enterado de que el monje Tang es una persona realmente extraordinaria, que se ha dedicado a la práctica de la virtud durante diez reencarnaciones seguidas. Eso ha dotado a su carne de un poder tan extraordinario, que quien la pruebe no envejecerá jamás y gozará de una vida sempiterna. El problema es que viaja acompañado de un tal Peregrino Sun, de quien se afirma que es un luchador realmente invencible y a quien, por eso mismo, nuestro tercer soberano teme de una forma particular. Eso es precisamente lo que le ha movido a hacer un pacto de hermandad con los otros dos, pues para nadie es un secreto que lo que uno no consigue, muy bien pueden alcanzarlo tres. ¿Cómo no van a lograr atrapar al monje Tang, colaborando de la forma en que lo hacen? Al oír eso, el Peregrino se puso furioso y exclamó: - ¡Malditos monstruos! ¿Cómo pueden ser tan osados? Jamás verán cumplidos sus planes, porque yo me encargo de la protección del monje Tang y he empeñado mi honor, para que su empresa toque a buen fin. ¡Sólo a las bestias se les ocurre devorar a un hombre! La ira le hacía rechinar los dientes y, sin pensar lo que hacía, saltó de donde estaba sentado, blandiendo su temible barra de hierro. En un abrir y cerrar de ojos, aplastó las cabezas de todos aquellos desafortunados diablillos, reduciéndolas a una masa informe de carne sanguinolenta. Pronto se arrepintió, sin embargo, de haberlo hecho y exclamó, descontento de sí mismo: - ¡Maldita sea! ¿Cómo he podido acabar con ellos, cuando de buena gana me revelaron todo lo que sabían sobre los señores a los que servían? En fin, ya no tiene ningún remedio lo que he hecho. ¡Pobre Gran Sabio! A veces, por defender el honor de su maestro, se veía obligado a hacer cosas como ésas. Comprendiendo que lamentarse no servía de nada, les arrancó las placas con los nombres y se las colgó del cuello. Cogió a continuación el estandarte y se lo cargó a la espalda. No le costó trabajo encontrar los dos trozos de madera que golpeaba el primer diablillo con el que se topó. Cuando los tuvo en la mano, se volvió cara al viento, recitó un conjuro y, después de sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en su réplica exacta. Nadie podía afirmar que no era un auténtico Cortador de Viento. Dando unas zancadas enormes, regresó por el camino por donde había venido, dispuesto a encontrar la caverna en la que moraban los tres monstruos y a averiguar algo más sobre ellos. No podía negarse que el Hermoso Rey de los Monos dominaba las mil clases de metamorfosis que existen y que para él no encerraban secreto alguno los diez mil tipos diferentes de permutaciones. ¡Qué extraordinarias eran, en verdad, sus capacidades! Sin pérdida de tiempo se adentró en la montaña, siguiendo continuamente el camino que había visto transitar al diablillo. No tardó en oír una gran algarabía, en la que se entremezclaban los gritos de la gente con los relinchos de los caballos. Levantó la vista y comprobó que semejante batahola provenía de la esplanada que había delante de la entrada de la Caverna del Camello-León, donde se hallaba congregada una gran multitud de diablillos armados con cimitarras, lanzas, arcos y hachas de doble filo, entre un continuo flamear de banderas y estandartes. Al verlo, el Peregrino se dijo, satisfecho: - ¡Así que no era ninguna baladronada lo que dijo Larga Vida Li! La forma como estaban distribuidos los diablillos correspondía, en efecto, con la descrita por el anciano. Las fuerzas habían sido repartidas en columnas de doscientos cincuenta soldados cada una, a las que se había asignado un estandarte de un color diferente. Como el Peregrino contó un total de cuarenta estandartes, dedujo en seguida que el ejército allí congregado estaba compuesto exactamente por diez mil soldados. - No tengo nada que temer - se dijo el Peregrino, reflexionando sobre los pasos que debía seguir -. Me he convertido en un Pequeño Cortador de Viento y nadie se atreverá a cortarme el paso. Supongo, de todas formas, que, en cuando me vean, los demonios querrán saber qué tal nos ha ido la patrulla. Espero no cometer ninguna equivocación, porque eso puede costarme la vida. ¿Cómo voy a lograr escapar con todas esas fuerzas desplegadas ante la puerta? Está claro que, si deseo atrapar a esos monstruos dentro de la caverna, lo primero que tengo que hacer es quitarme de en medio este batallón de diablillos. Pero ¿cómo conseguirlo? Tras pensarlo seriamente, llegó a la siguiente conclusión: - Aunque esos demonios no me han visto la cara jamás, no cabe duda que están al tanto de todas mis hazañas. Eso me da una cierta ventaja sobre ellos. No estaría de más, por tanto, que alardeara de mis muchos poderes, para hacerles perder la confianza y lograr meterles un poco de miedo en el cuerpo. Debo tener presente, de todas formas, que, si las gentes por las que hemos emprendido un viaje tan arriesgado son dignas de recibir las escrituras sagradas, no me costará gran cosa asustar de tal manera a estos monstruos, que ellos mismos se dispersen como la neblina en presencia del sol. Si no lo son, por mucho que me esfuerce y no pare de hablar hasta que broten por doquier flores de loto, jamás conseguiré que esos espíritus se marchen cada cual por su lado. De esta forma, sirviéndose de la mente para interrogar a los labios y haciendo uso de la boca para cuestionar la razón, el Peregrino empezó a golpear los dos trozos de madera y se dirigió con paso decidido hacia la entrada de la Caverna del Camello - León. Al verle, los diablillos que se encontraban allí reunidos le preguntaron: - ¿Has vuelto ya, Pequeño Cortador de Viento? Pero, en vez de contestar, el Peregrino agachó la cabeza y continuó tranquilamente su camino. Al llegar a la segunda puerta, le salió al encuentro otro grupo de diablillos, que volvió a preguntarle: - ¿Ya has regresado, Pequeño Cortador de Viento? - Así es - contestó el Peregrino. - ¿Te encontraste con el Peregrino Sun, cuando saliste de patrulla esta mañana? - insistieron los diablillos. - Efectivamente - reconoció el Peregrino -. En estos mismos instantes está limpiando su temible barra de hierro. - ¿Cómo es y qué clase de barra es esa que dices que estaba limpiando? - quisieron saber en seguida los diablillos, temblando de la cabeza a los pies. - Cuando le vi - contestó el Peregrino -, estaba agachado junto a un arroyo, pero aun así me fue posible apreciar que era la imagen viva de un dios del trueno. Después se puso de pie y comprobé, asombrado, que medía más de trescientos metros de alto y que sostenía en las manos una barra de hierro del grosor de un cuenco de arroz. De pronto empezó a jugar con el agua y le oí comentar, al tiempo que acariciaba tan mortífera arma: "¡Mi querida barra de hierro, cuánto tiempo hace que no me valgo de ti, a pesar de que tus poderes mágicos son inigualables! Pero no te preocupes. Ha llegado ya el momento de acabar con todos esos diablillos. ¿Qué importa que sean cien mil, cuando tú eres capaz de acabar de un solo golpe con una cantidad cien veces mayor? Estoy dispuesto, además, a reservarte esos tres monstruos que los dirigen y a ofrendártelos a manera de sacrificio". Estoy seguro de que, en cuanto acabe de limpiar su valiosísima arma, vendrá y acabará en primer lugar con los diez mil diablillos que hay apostados a la puerta. Al oírlo, todos se echaron a temblar. Era como si sus corazones hubieran dejado de latir, el valor les hubiera abandonado y su espíritu se hubiera derretido como un trozo de hielo expuesto al sol. - Hay, además, otra cosa que debemos tener muy en cuenta - prosiguió el Peregrino -. La carne de ese monje Tang no es muy abundante que digamos y me temo que, aunque la dividamos en trocitos casi invisibles, no llegará para todos. ¿Para qué exponerse, entonces, a los golpes de esa terrible barra? ¿No sería más prudente que nos dispersáramos cada uno por nuestro lado? - Tienes razón - concluyeron los diablillos -. Lo mejor que podemos hacer es huir antes de que sea demasiado tarde. En realidad, todos aquellos diablillos no eran más que lobos, tigres, leopardos y animales por el estilo. Les bastó con lanzar un rugido, para que cada cual recobrara la forma que le era habitual y se dispersara por donde buenamente podía. De esta forma, unas cuantas palabras del Gran Sabio Sun obtuvieron los mismos resultados que las canciones de Zhu, que consiguieron disgregar a un ejército compuesto por más de ocho mil guerreros. Ante tan espléndidos resultados el Peregrino se dijo: - ¡Francamente extraordinario! Esos diablillos valen lo mismo que un cadáver. Si las palabras son capaces de hacerlos huir, no me imagino lo que habrían hecho, de encontrarse cara a cara conmigo. Ahora es cuando más cuidado debo tener, porque, si no empleo ahí dentro las mismas palabras que aquí, los dos o tres que han huido hacia el interior pueden desenmascararme con toda facilidad - y se dirigió hacia la tercera puerta de la caverna con la valentía y la temeridad que siempre le habían caracterizado. De momento, no sabemos si salió triunfador o no de su encuentro con los demonios. El que desee descubrir lo que ocurrió cuando le vieron los monstruos, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第075回 EL MONO DE LA MENTE HORADA EL CUERPO DEL YIN Y EL YANG. LOS DEMONIOS VUELVEN A LOS AUTÉNTICOS SENDEROS DEL TAO Decíamos que el Gran Sabio se adentró valientemente en el interior de la caverna. A medida que avanzaba iba descubriendo montones cada vez más numerosos de esqueletos, que hacían pensar en auténticos bosques de huesos. El cabello humano era tan abundante, que todo el suelo estaba cubierto de él, como si de una alfombra se tratara. A pesar de ello, no resultaba difícil ver trozos de carne medio podrida mezclados con el polvo. De los árboles colgaban, sujetas con tendones de hombre, piezas humanas puestas a secar al sol. Algunas debían de llevar mucho tiempo, a juzgar por su tono amarillento y su aspecto apergaminado. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse montañas de cadáveres y ríos de sangre, que emitían un hedor realmente insoportable. Los diablillos destacados en el sector oriental arrancaban con cuidado los restos de carne que aún quedaban adheridos a los huesos, mientras que los de la sección occidental cocían pacientemente los despojos más frescos. Otro con menos agallas que el Hermoso Rey de los Monos se hubiera dado inmediatamente la vuelta, negándose a dar un paso más. Él, sin embargo, continuó caminando, como si el espectáculo fuera menos repugnante. La cosa cambió al trasponer una segunda puerta. La atmósfera estaba totalmente limpia de malos olores y en el ambiente flotaba una reconfortante sensación de paz y serenidad. A ambos lados del camino crecían las plantas más exóticas que puedan imaginarse y las flores más raras que haya visto jamás ojo humano. Por doquier se veían pinos centenarios y bambúes no mucho más jóvenes. Tan apacible paraje se extendía a lo largo de catorce o quince kilómetros. Se levantaba a continuación una artística puerta, que daba acceso a un salón dominado por los tronos de los tres monstruos, sentados mayestáticamente sobre una plataforma de considerable altura. Su aspecto no podía ser más repugnante y aterrador. El del medio poseía una cabeza bien moldeada, una mandíbula prominente en extremo y unas filas de dientes que parecían sierras de enorme tamaño. Su voz recordaba el bramido del trueno y sus ojos emitían un resplandor tan frío y fulgurante como el rayo. Lo más llamativo, sin embargo, era su nariz, de unas proporciones tan descomunales, que la tenía enroscada hacia arriba. No desdecía en nada de sus cejas, extremadamente pobladas y de un color rojizo que hacía pensar en la voracidad de un incendio. Al moverse, todas las bestias se echaban a temblar y hasta los demonios más crueles y sanguinarios cedían al pánico. Tal era la majestuosidad que desprendía el león monstruoso de la melena verdosa. El que estaba sentado a su izquierda tenía los ojos de un fénix, unas pupilas de fuego y unas piernas cortas e inseguras, que contrastaban con la fortaleza de sus enormes colmillos, tan amarillentos como blanquecino era su cabello. Poseía una nariz larga y vigorosa, demasiado grande para una cabeza de tan reducido tamaño como la suya. Su frente, redonda y totalmente despejada, se apoyaba sobre unas cejas llamativamente pobladas e irregulares. Presentaba el aspecto de un luchador avezado, con el torso fuerte y bien moldeado, cosa que parecía desdecir la finura de su voz, dulce y melodiosa como la de una damisela. No podía negarse, de todas formas, que fuera un monstruo, un viejo elefante de colmillos amarillentos, que se había dedicado desde muy joven a la práctica de la meditación. El que ocupaba el asiento de la derecha, por su parte, poseía unas alas de color dorado, una cabeza de monstruo marino y unos ojos de leopardo con unas pupilas tan brillantes como estrellas. Su fuerza, su valentía y su fiereza eran tales, que dominaba sin dificultad el norte y gobernaba el sur con puño de hierro. Cuando se enfurecía, se elevaba por los aires y cabalgaba a lomos del viento, haciendo temblar a las aves y sumiendo a los dragones en un pozo de terror. Todos los pájaros corrían a esconderse, cuando sacudía las plumas, mientras que, cuando abría las garras, hasta los más aguerridos moradores de lo alto se sentían amedrentados. Su poderosa fortaleza le permitía recorrer, sin cansarse, más de cien mil kilómetros seguidos. ¡Tal es la potencia de la gran águila real! Alrededor de la plataforma, dispuestos a cumplir sin tardanza sus órdenes, se encontraban cien capitanes armados hasta los dientes, de gesto marcial y ademán fiero. A pesar de todo, el Peregrino se alegró al verlos. Con paso decidido se llegó hasta donde estaban los monstruos, dejó caer los dos trozos de madera y, levantando la cabeza, dijo: - Os presento mis respetos, señores. - ¡Así que ya has regresado, Pequeño Cortador de Viento! - exclamaron al unísono los tres demonios, sonriendo complacientes. - Eso parece - contestó el Peregrino en el tono de voz más complaciente posible. - ¿Has descubierto algo sobre el Peregrino Sun? - preguntaron los demonios. - Sí, pero no me atrevo a decirlo delante de vuestras señorías - contestó el Peregrino. - ¿Por qué no? - volvió a preguntar el demonio de más edad. - Por expreso deseo de vuestras señorías - explicó el Peregrino - me adentré en la montaña, haciendo sonar de continuo los dos trozos de madera. No tardé en descubrir a alguien agachado junto a un arroyo. Al acercarme a él, comprobé con horror que era la imagen viva de un dios del trueno. Pero eso no fue todo, porque, cuando se incorporó vi que medía alrededor de trescientos metros de altura. Según pude apreciar, estaba limpiando con agua una pesadísima barra de hierro, que, a tenor de lo que le oí murmurar entre dientes, aún no había demostrado todo su tremendo potencial mágico. Dijo también que, en cuanto la tuviera completamente limpia, vendría a machacar con ella las cabezas de vuestras señorías. De ello deduje que debía de tratarse del Peregrino Sun y decidí regresar a informaros antes de dar un solo paso más. Un sudor frío se extendió de inmediato por el cuerpo del demonio de mayor edad, que dijo, volviéndose tembloroso hacia sus compañeros: - Ya os advertí que no debíamos molestar para nada al monje Tang. El mayor de sus discípulos es tan impulsivo, que ha decidido usar contra nosotros sus extraordinarios poderes mágicos. Incluso ha empezado ya a limpiar sus armas. ¿Qué podemos hacer, si nadie ha logrado derrotarle jamás? - Se volvió después hacia uno de los capitanes y le ordenó -: Decid a los soldados apostados a la puerta de la caverna que entren inmediatamente y cierren la puerta. Es preciso dejar el paso libre a esos monjes. Uno de los oficiales estaba al tanto de lo ocurrido y contestó, avergonzado: - Me temo que no queda ninguno, señor. Cada cual se ha marchado por donde ha podido. - ¡Cómo que se han marchado! - exclamó el demonio de mayor edad -. Seguro que también ellos se han enterado de lo ocurrido. ¡Id a cerrar las puertas inmediatamente! Los capitanes obedecieron sin rechistar. Los tres monstruos oyeron con claridad el ruido que produjeron los batientes. Vivamente preocupado, el Peregrino se dijo en seguida: - Seguro que, en cuanto hayan cerrado las puertas, me pedirán que haga algo de lo que no tengo la menor idea. Eso me pondrá en una situación francamente difícil y es muy posible que acaben capturándome. Creo que, antes de delatarme a lo tonto, lo mejor será que les meta un poco más de miedo. Así volverán a abrir las puertas y yo podré escabullirme, cuando llegue el momento. Se acercó un poco más a los monstruos y añadió: - Me temo que el Peregrino Sun dijo algo todavía más espeluznante que eso. - ¿De qué se trata? - inquirió el demonio de mayor edad, mucho más alarmado. - Afirmó que, en cuanto os hubiera atrapado, despellejaría a uno, quitaría los huesos al otro y quitaría los tendones al tercero - respondió el Peregrino -. Además, le oí decir claramente - añadió con voz alterada - que, si cerrabais las puertas y os negabais a salir, haría uso de sus poderes metamórficos y os sacaría a la fuerza. Como bien sabéis, es capaz de transformarse en una mosca diminuta y meterse por una rendija de la puerta. ¿Qué podéis hacer, entonces, para evitar caer en sus manos? - Debemos tomar todas las precauciones que podamos - dijo el demonio de más edad, dirigiéndose a sus hermanos -. De momento, son muy pocas las moscas que hay en nuestra caverna. Si veis alguna, tened la seguridad de que se trata del Peregrino Sun. - ¡Ya os daré yo moscas a vosotros! - exclamó para sí el Peregrino, divertido -. En cuanto veáis una, os pondréis a temblar de tal manera, que ordenaréis en seguida abrir todas las puertas. No había acabado de pensarlo, cuando, volviéndose disimuladamente hacia un lado, se arrancó un pelo del cogote, exhaló sobre él una bocanada de aire sagrado y exclamó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en una mosca de cabeza brillante, que fue a posarse como una flecha sobre la cara del demonio. - ¡Qué horror! - gritó, aterrorizado -. ¿Habéis visto lo que acaba de colarse por la puerta? Los diablillos se quedaron mudos de espanto. Pronto fueron, sin embargo, reanimándose y, cogiendo unas escobas, empezaron a dar golpes al aire, tratando de alcanzar a la mosca. Sin poderse contener, el Gran Sabio soltó la carcajada y empezó a reírse como un loco. Eso es precisamente lo que tenía que haber evitado, porque con las risas se descubrió su juego y recuperó la forma que le era habitual. El tercer monstruo saltó en seguida sobre él y, agarrándole, exclamó enfurecido: - ¡Qué tontos hemos sido! ¡Es increíble la facilidad con la que se ha burlado de nosotros! - ¿Quién dices que se estaba burlando? - preguntó el primer demonio. - Este charlatán - respondió el tercer demonio -, que no es un Pequeño Cortador de Viento, sino el mismísimo Peregrino Sun. Por fuerza se encontró con nuestro emisario, le mató y, haciéndose pasar por él, vino hasta aquí con el ánimo de engañarnos. - ¡Así que me ha reconocido! - se dijo el Peregrino, alarmado -. ¿Cómo lo habrá conseguido? - y, pasándose a toda prisa la mano por la cara, volvió a tomar los rasgos del diablillo muerto -. ¿Cómo podéis decir que soy el Peregrino Sun? - añadió, dando un tono tembloroso a sus palabras -. ¿No veis que soy un simple Cortador de Viento? ¡Yo no tengo que ver nada con esa bestia! - Tiene razón - confirmó el demonio de más edad -. Es un simple Cortador de Viento. Le conozco bien, porque le hago acudir a mi presencia por lo menos tres veces al día. ¿Te importaría enseñarnos tu placa? - añadió, volviéndose hacia el Peregrino. - Por supuesto que no - contestó éste y, metiéndose la mano por el pecho, se la enseñó a todos. - ¡Lo ves! - exclamó el demonio, totalmente convencido -. No está bien acusar a nadie sin fundamento. - Pero ¿es que no lo has visto? - se defendió el tercer demonio -. Hace un momento se estaba riendo con la cara vuelta hacia la pared Además, vi con toda claridad que tenía el morro como el de un dios del trueno. En cuanto le puse la mano encima, volvió a recobrar el aspecto que ahora tiene. Se volvió a continuación al grupo de diablillos y les ordenó: - Traedme unas sogas. Los capitanes cumplieron en seguida sus órdenes. Antes de que el Peregrino pudiera reaccionar, el tercer demonio le tiró al suelo y le ató, como si fuera una pieza de caza. Le levantó a continuación las ropas y quedó claro que se trataba del antiguo encargado de los establos celestes. Aunque dominaba los setenta y dos tipos de metamorfosis que existen y era capaz de transformar completamente su cuerpo cuando se convertía en un pájaro, en un animal, en una planta, en un objeto o en un insecto, no ocurría lo mismo cuando tomaba la identidad de otra persona. En esos casos sólo era su rostro, no su cuerpo entero, el que se revestía de unos rasgos que, en realidad, no le correspondían. Así, al levantarle las ropas, los demonios vieron que tenía el pecho totalmente cubierto de pelos, poseía unas nalgas peladas por completo y lucía un espléndido rabo. Sin dar crédito a lo que veían sus ojos, el demonio de mayor edad exclamó: - ¡Es increíble! Su rostro es el de un Pequeño Cortador de Viento, pero no cabe duda de que su cuerpo pertenece al Peregrino Sun. ¡No puede ser otro! Traed inmediatamente un poco de vino y brindemos a la salud de nuestro tercer soberano. Suyo es el mérito de haber atrapado a ese impostor. Con él en nuestro poder no nos será difícil convertir al monje Tang en un bocado apetitoso. - No es prudente celebrar la victoria tan pronto - objetó el tercer demonio -. El Peregrino Sun es extremadamente escurridizo y se nos puede escapar de las manos en cualquier momento. Si lo consigue, todos nuestros planes se vendrán estrepitosamente abajo. Ordenad a los capitanes que traigan el jarrón y encerradle en su interior sin ninguna contemplación. Sólo entonces podremos levantar, despreocupados, nuestras copas. - ¡Excelente idea! - contestó el demonio de mayor edad, riendo. Y, sin pérdida de tiempo, ordenó a treinta y seis diablillos que fueran a la sala donde guardaban las armas y trajeran el jarrón. Dada la corpulencia de todos aquellos diablillos, podría pensarse que se trataba de algo realmente fuera de lo común, cuando la verdad es que apenas medía diez centímetros de alto. Encerraba, sin embargo, la energía primordial del yin y el yang y eso explicaba que los procesos mágicos que tenían lugar en su interior estuvieran dirigidos por las siete joyas, los ocho trigramas y los veinticuatro períodos solares. Como el número exacto de constelaciones es treinta y seis, se precisaban otras tantas personas para cargar con él; de lo contrario, no había quien lo moviera. Los diablillos lo cogieron con todo el cuidado de que eran capaces y lo colocaron delante mismo de la tercera puerta de la caverna. Mientras unos lo sacaban de la caja en la que estaba guardado, otros desnudaron al Peregrino y le obligaron a ponerse delante de tan valiosísimo tesoro. Uno de ellos quitó, entonces, la tapa y al punto se levantó un huracán violentísimo, que arrebató al Gran Sabio y le metió dentro del jarrón. En cuanto el aire inmortal se hubo disipado, los diablillos volvieron a poner la tapa y la sellaron con particular cuidado. El mayor de los demonios hizo un gesto con la mano a los otros dos y les dijo, satisfecho: - Ahora que ese maldito mono ha entrado en nuestro preciado jarrón, puede despedirse de las penalidades del camino que conduce hacia el Oeste. Nunca debía haberse propuesto ir a adorar a Buda y conseguir sus escrituras. Lo único que ha conseguido con tan descabellado proyecto ha sido someterse antes de tiempo a la rueda de la reencarnación. ¿Quién sabe? Quizás consiga su propósito en una vida próxima. De momento no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que, al ser absorbido por el jarrón, descubrió que era demasiado pequeño para su cuerpo. Eso le movió a metamorfosearse en alguien más pequeño y a sentarse tranquilamente en el fondo. No tardó en sentir un frío tan intenso, que empezaron a castañetearle los dientes. - ¡Esos diablillos son unos auténticos embusteros! - dijo en voz alta, como si estuviera hablando con alguien -. ¿Cómo pueden afirmar que todo el que entre en este jarrón se convertirá en una especie de pus en menos de tres cuartos de hora? Con este frío, soy capaz de tirarme aquí dentro siete u ocho años. Si dijo eso, fue porque no sabía cómo funcionaba exactamente aquel tesoro. De hecho, mientras la víctima permaneciera callada, la temperatura se mantenía baja, aunque pasara un año entero sin abrir la boca. Pero, en cuanto lo hacía, surgía un fuego devorador que terminaba abrasándole. El Gran Sabio pudo comprobarlo en seguida, porque no había acabado de hablar, cuando el interior del jarrón se convirtió en un bosque impenetrable de llamas. Afortunadamente no le faltaban recursos y, haciendo con los dedos el signo mágico para repeler el fuego, se puso a contemplar tranquilamente cómo las llamas se agitaban y retorcían como locas. Al cabo de media hora aparecieron no menos de cuarenta serpientes, que se lanzaron sobre él con ánimo de morderle. Lejos de rechazarlas, el Peregrino las agarró con las manos y, tirando con fuerza de ellas, las partió por la mitad. No había acabado de hacerlo, cuando surgieron tres dragones de fuero, que le rodearon de arriba abajo. Comprendiendo que la situación se estaba complicando por momentos, volvió a decirse, preocupado: - No me importaría enfrentarme a lo que fuera, pero estos dragones son más difíciles de derrotar de lo que había pensado. Si no logro salir de aquí, el calor terminará minándome las fuerzas y no podré seguir resistiendo. Lo mejor será que agrande el cuerpo y haga estallar este maldito jarrón. Tras hacer un gesto mágico con los dedos y recitar el correspondiente conjuro, el Gran Sabio tomó aire y gritó: - ¡Transfórmate! - y al instante alcanzó una altura que superaba los cuatrocientos metros, pero el jarrón creció de tamaño al mismo ritmo que su cuerpo. A toda prisa el Peregrino se hizo tan pequeño como una semilla. Sin embargo, la porcelana se ajustaba a él como una camisa de seda. - ¡Es increíble! - gritó, vivamente preocupado -. ¿Cómo es posible que se agrande y se reduzca con tanta facilidad? ¡Tengo que encontrar una manera de hacerlo estallar! No había acabado de decirlo, cuando sintió un dolor muy agudo en las piernas. Al tocárselas, comprobó, alarmado, que el calor se las había reblandecido. - ¿Qué me está ocurriendo? - se preguntó, cediendo al pánico - ¦ Si el fuego termina por arrancarme el vigor de las piernas, ¡me convertiré en un inválido! Se sentía tan abatido, que las lágrimas empezaron a fluir libremente por sus mejillas. Como ocurría siempre que se topaba con demonios y monstruos más poderosos que él, su pensamiento corrió al lado de Tripitaka. En los momentos más difíciles era cuando más le echaba de menos. - ¡Oh, maestro! - gritó a plena voz -. ¡Cuántas montañas he traspuesto a vuestro lado desde aquel tiempo ya lejano en el que me dejé convencer por la Bodhisattva Kwang-Ing para que abrazara la fe y siguiera vuestros pasos! ¡A cuántos monstruos, incluidos Ba-Chie y el Bonzo Sha, hemos derrotado juntos desde el instante mismo en que me vi libre del castigo celeste! En nada tuve el esfuerzo y las privaciones con tal de alcanzar con vos el Oeste y conseguir, así, los frutos de la virtud. Poco anticipaba yo entonces que iba a terminar mis días encerrado en este jarrón por mis propios errores, y vos vagando sin rumbo por estas montañas. ¿Es posible que esta horrenda prueba que estoy padeciendo sea el pago por alguna ofensa que en su día cometí? Durante mucho tiempo continuó lamentándose con razones parecidas. Después se detuvo de pronto y exclamó, esperanzado: - Ahora que recuerdo, al pasar por la Montaña de la Culebra Enroscada, la Bodhisattva me regaló tres pelos capaces de salvar la vida de cualquiera. Me pregunto si aún los tengo conmigo. Se palpó a toda prisa el cuerpo y descubrió que los tenía pegados en la nuca. Alborozado, volvió a decirse: - ¡No cabe duda! ¡Son éstos! Los míos poseen una suavidad mayor al tacto. Apretando los dientes para que no le doliera tanto, se arrancó los tres pelos y, tras exhalar sobre ellos una bocanada de aire sagrado, gritó: - ¡Transformaos! - y al instante uno de ellos se convirtió en una piedra de taladrar, el segundo se metamorfoseó en una caña de bambú y el tercero tomó la forma de una cuerda de algodón. Dobló a continuación la caña y ató sus extremos con la cuerda, de tal manera que parecía un arco de cazador. Ajustó a él la piedra y lo tensó con todas sus fuerzas, antes de volverlo contra el fondo del jarrón. Se oyó un golpe seco y la luz se filtró por una pequeña hendidura. - ¡Me bastará para salir de aquí! - se dijo loco de contento. En el momento en el que se disponía a metamorfosearse de nuevo, sintió que el interior del jarrón volvía a bajar considerablemente de temperatura. La razón era que, al hacer un agujero en su base, se escaparon las fuerzas del yin y el yang. Tras recuperar los tres pelos, el Gran Sabio redujo el cuerpo de tal forma, que quedó convertido en un Pequeño grillo del grosor de una cerda y del tamaño de una ceja de tres días. De esa forma, no le resultó difícil abandonar su prisión, pero en vez de abandonar la caverna, dio un salto y fue a posarse en la cabeza del demonio de más edad. La bestia estaba bebiendo tan contenta, cuando, de pronto, bajó la copa y dijo, dirigiéndose al tercer diablo: - ¿Crees que se habrá derretido ya el Peregrino Sun? - Ha transcurrido ya más tiempo del necesario, ¿no te parece? - contestó el tercero de los demonios y ordenó que pusieran el jarrón encima de la mesa. Los treinta y seis diablillos fueron inmediatamente a por él, pero, cuando vieron que apenas pesaba nada, gritaron, muy asustados: - ¡El jarrón se ha tornado tan liviano como una pluma! - ¡Eso es imposible! - exclamó el demonio de mayor edad -. Sabéis bien que nuestro tesoro está formado por una conjunción perfecta de las fuerzas del yin y el yang. ¿Cómo va a haber perdido, de pronto, su peso? - Si no lo queréis creer - replicó uno de los diablillos, cogiéndolo él solo y llevándolo hasta la mesa -, aquí tenéis la prueba. Consumido por la ansiedad, el demonio quitó la tapa y miró dentro. No le fue difícil descubrir un pequeño puntito de luz en el fondo y gritó, visiblemente alarmado: - ¡El jarrón está totalmente vacío! - Y yo estoy aquí - dijo el Gran Sabio a pleno pulmón, sin poderse contener. - ¡Se ha escapado! - gritaron, a su vez, los otros demonios -. ¡Cerrad inmediatamente las puertas! El Peregrino sacudió ligeramente el cuerpo y, tras recuperar las ropas, tomó la forma que le era habitual y, de dos saltos, salió de la caverna, advirtiéndoles: - No tratéis de hacer nada en mi contra, porque el jarrón tiene un agujero y ya no puede contener a ningún hombre. Para lo único que sirve es de orinal - y, elevándose por encima de las nubes, se dirigió hacia el lugar donde había dejado al monje Tang. En aquel mismo momento el maestro estaba orando, vuelto hacia el cielo y usando puñados de polvo a manera de incienso. Al verlo, el Peregrino detuvo su carrera y se puso a escuchar lo que estaba diciendo. El maestro tenía las manos cruzadas a la altura del pecho y estaba dirigiendo a los cielos la siguiente plegaria: - Ruego a todos los inmortales que habitan entre neblinas sagradas, a los devas y a los Dioses de la Luz y de las Tinieblas que protejan en todo momento a mi muy querido discípulo, el Peregrino, y le concedan unos poderes mágicos que todo lo allanen. Al oírlo, el Gran Sabio se sintió profundamente conmovido y, descendiendo de lo alto, se acercó a él y dijo: - Acabo de llegar, maestro. - ¡Qué mal has tenido que pasarlo, Wu-Kung! - contestó el maestro, tomándole, aliviado, de la mano -. No he dejado de preocuparme desde el momento en que te vi adentrarte en la montaña. Dime qué peligros nos aguardan camino adelante. - Mi misión - respondió el Peregrino - se ha visto coronada esta vez por el éxito, primero porque las gentes de las Tierras del Este son dignas de nuestros esfuerzos, segundo porque las virtudes que os adornan son ilimitadas y tercero porque mis poderes mágicos no tienen nada que envidiar a los de nadie. Contó a continuación cómo se había hecho pasar por un Pequeño Cortador de Viento, cómo había sido encerrado en el interior del jarrón y cómo había conseguido escapar. - Ahora que puedo volver a contemplar, una vez más, vuestro rostro - terminó diciendo -, me siento como si hubiera concluido una reencarnación más. - ¿No has luchado con los monstruos? - preguntó el maestro, después de darle las gracias. - No - contestó el Peregrino -. No ha sido necesario. - En ese caso - concluyó el maestro -, no podemos seguir adelante con todas las garantías. - ¿Qué queréis decir con eso? - replicó el Peregrino, perdiendo la paciencia y hablando más alto de lo debido. - Que nadie nos asegura que no vayan a lanzarse contra nosotros - explicó el maestro -. Todo este asunto me parece un tanto confuso. ¿Cómo quieres que me arriesgue a caer en sus manos? - ¡Qué poco observador sois! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Como muy bien afirma el proverbio, "un hilo no forma un ovillo, de la misma forma que, para aplaudir, se requieren dos manos". ¿Cómo iba a luchar contra esos monstruos, si ellos eran tres y estaban protegidos por miles y miles de diablillos? - Lo menos nunca puede acabar con lo más - sentenció el maestro -. Comprendo que tú solo no puedes enfrentarte con tantos, pero Ba-Chie y el Bonzo Sha pueden echarte una mano. Les voy a decir que te acompañen, así podrás librar de monstruos toda la región y no nos encontraremos con sorpresas desagradables. - Eso es verdad - reconoció el Peregrino, pensativo -. De todas formas, el Bonzo Sha debería quedarse aquí para protegeros. Si quiere, Ba-Chie puede venir conmigo. - Ahora eres tú el que no te muestras muy observador que digamos - se apresuró a decir Ba-Chie, visiblemente preocupado -. Mis poderes no son muchos y mi manera de comportarme no puede ser más tosca. Poseo, además, un cuerpo tan gordo, que, hasta cuando ando, el viento me impide desenvolverme con rapidez. Opino, por tanto, que, más que de ayuda, voy a servirte de estorbo. - Por muy pocos poderes que tengas, eres una persona como yo y eso me basta - replicó el Peregrino -. Como muy bien suele decirse, hasta los pedos son aire. Por lo menos puedes darme ánimos, ¿no? - Está bien - concluyó Ba-Chie -. Lo único que espero es que te preocupes por mí, cuando las cosas se pongan difíciles, y no me dejes en ridículo con tus bromas. - No tomes riesgos innecesarios, Ba-Chie - le aconsejó el maestro -. El Bonzo Sha y yo nos quedaremos aquí. El Idiota se animó en seguida y, remontándose por encima del viento, se internó en la montaña a lomos de una nube, acompañado por el Peregrino. No tardaron en llegar a la puerta de la caverna. Estaba firmemente cerrada y no se veía a nadie por sus inmediaciones. El Peregrino se acercó a ella con su temible barra de hierro en las manos y gritó con voz potente: - ¡Abrid la puerta, de una vez, y salid a luchar con el Rey Mono! Los diablillos corrieron a informar de lo ocurrido a los demonios, el más viejo de los cuales comentó, desalentado: - Hoy hemos sabido que los rumores que circulaban sobre ese Peregrino se quedaban cortos. - ¿Qué queréis decir con eso? - preguntó el segundo demonio. - Cuando esta mañana se presentó aquí, haciéndose pasar por un Pequeño Cortador de Viento - contestó el demonio de mayor edad -, fuimos incapaces de reconocerle. Fue una suerte que nuestro tercer hermano se diera cuenta del engaño y se las arreglara para meterle en el jarrón. Eso, sin embargo, no sirvió de mucho, porque consiguió hacer un agujero en nuestro preciado tesoro y escapó delante de nuestras propias narices, tan bien vestido como había entrado. Ahora está ahí fuera retándonos a un combate. ¿Quién puede desear enfrentarse a un guerrero tan formidable? Ninguno de los presentes se atrevió a contestar. El demonio volvió a repetir la pregunta, pero nadie osó responderla. Todos los moradores de la caverna parecían haberse vuelto mudos y sordos. Eso enfureció de tal manera al demonio, que, poniéndose de pie, exclamó: - ¡Estamos perdiendo el honor! ¿Es que no comprendéis que vamos a ser la irrisión de cuantos transitan por el camino que conduce al Oeste? Por muy poderoso que sea el Peregrino Sun, nuestro deber es enfrentarnos a él y tratar de lavar la afrenta que nos ha infligido esta mañana. Si vosotros no os atrevéis, seré yo quien mida mis armas con las suyas. Bastará con tres asaltos. Si consigo resistirle todo ese tiempo, podremos saborear la carne del monje Tang. De lo contrario, les abriremos los brazos y les permitiremos proseguir tranquilamente su camino. Sin pérdida de tiempo se puso la armadura y, abriendo de par en par las puertas, salió de su refugio, Con sólo mirarle, Ba-Chie y el Peregrino comprendieron que se trataba de un auténtico monstruo. Traía cubierta la cabeza, dura como el acero, con un casco cubierto de pedrería, del que colgaban unas cintas de muchos y vivos colores. Sus ojos brillaban como rayos; los mechones de pelo que coronaban sus sienes, alborotados como las aguas del mar durante una tormenta, poseían una tonalidad tan rojiza, que parecían auténticas llamas. Sus zarpas, ágiles y bien afiladas, daban la impresión de estar hechas de plata y no desdecían en nada de la ferocidad de sus dientes, tan abundantes como los de una sierra. Protegía su pecho una armadura de oro puro y traía ceñida la cintura con una faja, que representaba la cabeza de un dragón. En las manos llevaba una cimitarra de un acero tan puro, que no existía otra igual en el mundo. Se sentía tan seguro con ella, que la agitó, antes de preguntar con auténtica voz de trueno: - ¿Quién es el osado que ha llamado a mi puerta? - Tu respetable papá - contestó el Peregrino -, el Gran Sabio, Sosia del Cielo. - ¡Así que tú eres el Peregrino Sun! - exclamó el demonio, soltando la carcajada -. ¡Maldito mono! ¿Cómo te atreves a venir a retarme, cuando yo no he movido ni un solo dedo contra ti? - Como muy bien afirma el proverbio - respondió el Peregrino -, "las olas sólo se embravecen, cuando soplan los vientos, y las aguas se amansan, cuando la marea está baja". ¿Crees que, si realmente no me hubieras provocado, habría venido a medir mis armas con las tuyas? Si me he decidido a hacerlo, ha sido porque ha llegado a mis oídos que habéis planeado devorar a mi maestro. - ¿A qué vienen tantas amenazas? - se burló el demonio -. ¿Quieres decir con tanta palabrería que estás dispuesto a luchar? - Así es - confirmó el Peregrino. - ¡Deja de actuar con tanta insolencia! - bramó el demonio -. Sabes muy bien que no tendría más que dar una orden para que salieran mis legiones de diablillos con sus tambores, sus banderas y sus estandartes. Pero no quiero abusar de ti y comportarme como el tigre que conoce su terreno. Deseo enfrentarme contigo cara a cara, sin otra ayuda que mis propias fuerzas. - Quédate a un lado y no te metas para nada - dijo el Peregrino, volviéndose hacia Ba-Chie -. Vamos a ver qué tal se defiende ese vejestorio. El Idiota asintió con la cabeza y se apartó de su hermano. - Acércate, que voy a afilar mi espada en tu cabeza - gritó el demonio en tono de burla - . Si es capaz de resistir tres golpes de mi cimitarra, dejaré pasar al monje Tang; de lo contrario, ya puedes entregármelo, para que me lo coma. - ¡Maldito monstruo! - bramó el Peregrino, enfurecido -. Si tienes papel y tinta en tu caverna, ya puedes ir firmando lo que acabas de decir. Te aseguro que, aunque te tires un año entero golpeándome la calva con tu acero, no vas a conseguir hacerme ni un solo rasguño. El demonio asentó firmemente los pies sobre el suelo, levantó la cimitarra con las dos manos por encima de su cabeza y la dejó caer con fuerza sobre el Gran Sabio. Para demostrar que no temía sus golpes, el Peregrino no se encogió, sino que estiró el cuello cuanto pudo. Se oyó un golpe tremendo, pero la piel de su cabeza ni siquiera enrojeció. Asombrado, el demonio exclamó: - ¡Qué cogote más duro tiene este mono! - ¿No comprendes que ni en el Cielo ni en la Tierra existe una sola criatura con la cabeza de bronce y la coronilla de acero, como las mías? - replicó el Peregrino, sonriendo con malicia -. No hay mazo ni hacha capaz de hacerle mella. ¿Cómo podía ser de otra forma, si el mismo Lao-Tse no consiguió derretirla? Las estrellas de la Osa Mayor supervisaron su forja, que fue realizada por las Veintiocho Moradas Celestes. Nada puede destrozarla, porque posee una capa de tendones tan fuertes como maromas. Por si esto no bastara, el monje Tang le ha añadido una diadema de oro. - ¡Déjate de decir bravuconadas y prepárate para recibir el segundo golpe! - le urgió el monstruo -.Ten por seguro que esta vez no vas a salir con vida. - ¿Qué forma de hablar es ésa? - se burló el Peregrino -. Me conformo con que no te des por vencido. - Se ve que no sabes que el acero de mi cimitarra fue forjado por herreros celestes después de un largo proceso de refinamiento. La finura de su hoja se ajusta perfectamente a las exigencias más estrictas de la ciencia militar. Su corte es tan afilado, que es capaz de seccionar el rabo a una mosca y de partir por la mitad a una serpiente, sin que se note el corte. No en balde ha sido purificada de cien maneras distintas y bruñida miles de veces con el roce demoledor de las mareas. Aunque se conserva en el sereno interior de una caverna, se muestra implacable con sus enemigos en el campo de batalla. Para demostrártelo, no tienes más que agachar esa espléndida calva de monje que tú tienes y dejar que te la parta en dos, como si fuera una vulgar calabaza. - ¡Este monstruo está ciego del todo! - se burló el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Mira que confundir mi cabeza con una calabaza! En fin, allá tú. No pierdas el tiempo y descarga el golpe, de una vez. El demonio volvió a levantar la cimitarra y el Peregrino se aprestó a recibir el castigo. El ruido del encontronazo fue terrible, pero esta vez la cabeza se multiplicó por dos y apareció una copia exacta del Gran Sabio, dando vueltas por el suelo, como si la hubiera afectado el golpe. Aterrado, el demonio dio un paso hacia atrás. - Lo que debía hacer esa bestia - comentó Ba-Chie, soltando la carcajada - era descargar un nuevo golpe, a ver si conseguía multiplicarle por cuatro. - Había oído comentar que eras un maestro en el arte de la división corporal - afirmó el demonio, dirigiéndose al Peregrino -. Pero ¿quieres decirme por qué lo has empleado conmigo? - ¿Qué quieres decir con eso de la división corporal? - replicó el Peregrino. - ¿Por qué no hiciste ningún movimiento, cuando te asesté el primer golpe y te has convertido en dos personas, después de recibir el segundo? - preguntó, ansioso, el monstruo. - No te asustes - respondió el Gran Sabio, riéndose -. Si estás dispuesto a descargar sobre mí diez mil golpes, ten la seguridad de que me multiplicaré por ese mismo número. - No discuto que seas capaz de dividir tu cuerpo tantas veces como quieras - objetó el demonio -, pero dudo que puedas recuperar todas esas porciones y volver a ser, simplemente, uno. Si lo haces, prometo dejarte darme un golpe con tu barra. - No, no. Nada de eso - replicó el Gran Sabio -. Dijiste que ibas a atizarme tres veces con la cimitarra y sólo lo has hecho dos. Si accediera a tu ruego y te diera, no digo ya un golpe entero, sino sólo medio, dejaría de apellidarme Sun. - ¡Bien dicho! - exclamó el demonio. El Gran Sabio se abrazó, entonces, a su otro yo y al instante se convirtió en una única persona. Como quien no quiere la cosa, cogió la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre el viejo demonio, que desvió el golpe, levantando a tiempo la cimitarra. - ¡Maldito mono! - exclamó, enfurecido -. ¿Cómo puedes ser tan poco respetuoso con las normas? ¿Crees que está bien tratar de matar a alguien delante de su misma puerta? - La culpa no es mía - se defendió el Gran Sabio -. Antes de pedirme que te golpeara con esta barra, deberías haberte informado de las cualidades que la han hecho famosa tanto en el cielo como en la tierra. - ¿A qué cualidades te refieres? - inquirió el demonio. - El acero del que está hecha - explicó el Peregrino - ha sido refinado más de nueve veces y fue forjado por el mismo Lao-Tse en persona. Eso explica que el rey Yü la llamara "tesoro sagrado" y la usara para determinar la profundidad de los ocho ríos y los cuatros mares. Sobre ella fueron calculadas las órbitas de los mares y los planetas, motivo que explica que sus dos extremos sean de oro. Las inscripciones que contiene son tan profundas, que los espíritus y los dioses se sienten incapaces de descifrarlas. Toda la ciencia de los dragones y los fénix se encuentra, de hecho, escrita en ella. Eso explica que en un principio fuera conocida por el nombre de Barra del Misterioso Yang. Durante mucho tiempo permaneció escondida en el fondo del mar, ignorada su existencia totalmente por los hombres. Ella manifestó sus deseos de escapar de aquel enclaustramiento de milenios, emitiendo una vivísima luz de muchos colores. Sólo yo fui capaz de cargar con ella y de llevarla a la montaña en la que habitaba, probando allí sus extraordinarios poderes metamórficos. A veces la obligaba a adquirir el grosor de un tambor, mientras que otras apenas sí era mayor que un simple hilo de acero. Se alargaba y se acortaba, según yo quisiera. Era tanta su versatilidad, que lo mismo parecía la Montaña del Sur que un humilde alfiler. Al agitarla, emitía luces de colores, que, al contrario que los rayos, ascendían hacia el cielo, levantando un aire frío y tan penetrante como el viento invernal. En un principio la utilicé para domar tigres y dragones, recorriendo todos los rincones de la tierra. Llegué, incluso, a sumir en la confusión más absoluta el Palacio Celeste, impidiendo la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales. Eso provocó las iras del Emperador de Jade, que envió contra mí al devaraja. Difícil tarea se le asignó a Nata. Los dioses probaron el sabor de esta barra y huyeron, despavoridos, en busca de refugio. No fueron uno ni dos, sino cien mil los soldados celestes que se dieron a la fuga. Eso me movió a llevar la lucha hasta el mismísimo Palacio de la Luz Perfecta, de donde expulsé a los consejeros y funcionarios celestes, tan desconcertados como soldados bisoños. No me fue difícil derribar con mi barra el Templete de la Osa Mayor, suerte que también siguió el Palacio del Polo Sur. Asustado por su irresistible potencia, el Emperador de Jade solicitó la ayuda de Tathagata, que terminó poniendo fin a mis desmanes. Para un guerrero de mi talla la victoria y la derrota son cosas con las que siempre debe contar, pero, si hay algo que no puede soportar, es el retiro forzoso. El mío duró más de quinientos años, confinado en la raíz de una montaña. Afortunadamente la Bodhisattva Kwang-Ing de los Mares del Sur acudió en mi ayuda. Me confió que en la gran corte de los Tang vivía un monje, que había hecho a los Cielos una extraordinaria promesa: ir a la Montaña del Espíritu en busca de las escrituras sagradas, con el fin de liberar a los espíritus que moraban en la Ciudad de la Muerte. Me hizo saber, asimismo, que el camino hacia el oeste estaba infestado de demonios y monstruos, cuya maldad hacía prácticamente imposible el viaje. Consciente de que no existía en el mundo otra barra como la mía, me suplicó que sirviera de guía a ese monje y le ayudara a llevar a buen término su empresa. Los malvados que tenían la osadía de enfrentarse con ella viajaban de inmediato al Reino de las Sombras con los huesos destrozados y la carne macerada. Son incontables los monstruos que han perecido bajo su peso, calculándose sus victorias en cientos de miles. No existe, en efecto, otra barra como ésta, que haya derribado el Templete de la Osa Mayor en las Regiones Superiores y haya devastado el Palacio de las Sombras en las Inferiores. Sólo ella ha sido capaz de perseguir en los Cielos a los Nueve Planetas y de herir de muerte en la Tierra al juez que a todos convoca. Su destino es dominar las montañas y los ríos, desplegando un poder superior al de los dioses por proteger de todo peligro al monje Tang. Al oírlo, el demonio se puso a temblar de miedo. Aun así, sabía que estaba en peligro su honor y, sin pensar para nada en su vida, blandió con fiereza la cimitarra. Sin dejar de sonreír, el Rey Mono desvió el golpe con un simple movimiento de la barra de los extremos de oro. La lucha se desarrolló al principio a las puertas mismas de la caverna, pero poco a poco los dos contendientes se fueron elevando por los aires. El combate adquirió, en seguida, proporciones heroicas. No podía esperarse otra cosa de una barra que había servido para fijar la profundidad del Río Celeste y que había recibido el calificativo de complaciente. El demonio, por su parte, desplegó unos impresionantes valores tácticos, que en nada tenían que envidiar a los del Gran Sabio. Su manera de manejar la cimitarra no podía ser, en efecto, más perfecta, haciendo imposible que su adversario pudiera adquirir alguna ventaja. ¿Cómo podía destacarse sobre las nubes quien se había mostrado incapaz de alcanzar la victoria al nivel del suelo? Los dos luchadores echaron mano de sus amplísimos conocimientos mágicos, cambiando continuamente de aspecto y de tamaño, según lo exigiera el desarrollo de la batalla. Guerrearon sin descanso hasta que las nubes se amontonaron sobre el cielo y la neblina desdibujó los contornos de todo lo que yacía sobre la tierra. Su entrega no podía ser más absoluta, deseoso, uno, de devorar a Tripitaka y empeñado, otro, en proteger al monje Tang de todos los peligros que le acechaban. A causa de los escritos de Buda, el bien y el mal quedaron claramente delimitados y se enzarzaron en una feroz batalla. Más de treinta asaltos disputaron el demonio y el Gran Sabio, sin que ninguno de los dos obtuviera una ventaja apreciable. Al ver Ba-Chie desde abajo que la batalla se encontraba tan igualada, se negó a seguir con los brazos cruzados y, montándose en el viento, se elevo hacia lo alto. Cuando llegó a la altura del demonio, levantó el rastrillo con las dos manos y lo dejó caer con una fuerza tremenda sobre su rostro. El diablo cayó presa del pánico. De hecho, no sabía si Ba-Chie era un oportunista o un luchador de auténtica talla, pero, al ver el desmesurado tamaño de sus orejas y su morro, pensó que se trataba de alguien con una fuerza descomunal y huyó, despavorido. - ¡Persíguele! - gritó el Gran Sabio, viendo que se había desprendido de su cimitarra -. ¡No le dejes escapar! Envalentonado por esos gritos, el Idiota levantó en alto el rastrillo y corrió detrás del demonio. La pendiente no tardó en hacerse más pronunciada y la huida se tornó mucho más penosa. El demonio se volvió entonces cara al viento y, recobrando la forma que le era habitual, abrió de par en par sus enormes fauces con el ánimo de tragar u Ba-Chie. El Idiota sintió tal terror, al verlo, que se lanzó de cabeza sobre unos arbustos que había junto al camino, sin importarle que estuvieran totalmente cubiertos de espinas ni que pudieran hacerle unos terribles arañazos en la cara. Sin atreverse a levantar la cabeza, se acurrucó contra el suelo y se quedó tan quieto como si estuviera muerto, a la espera de lo que pudiera ocurrir. El Peregrino no tardó en aparecer. Al verle, el monstruo volvió a abrir su gigantesca boca, sin sospechar siquiera que eso era precisamente lo que andaba buscando el Gran Sabio. Guardando a toda prisa la barra de hierro, el Peregrino se metió, gustoso, en las fauces del monstruo, que le tragó con una facilidad pasmosa. El Idiota se quedó tan aterrado, que sólo pudo murmurar: - ¡Qué estúpido has sido! ¿Por qué no te diste la vuelta, cuando viste que esa bestia quería devorarte? ¡No comprendo cómo has podido seguir corriendo! Es posible que dures un día entero dentro de su estómago, pero nadie te libra de que mañana mismo seas un montón de despojos. Sólo cuando el demonio hubo abandonado, triunfante, el campo, se atrevió el Idiota a salir de entre los arbustos. Tripitaka y el Bonzo Sha estaban esperándole justamente en el mismo punto en el que los había dejado. Al verle regresar cabizbajo y con la respiración completamente alterada, Tripitaka le preguntó, alarmado: - ¿Qué ha ocurrido para que te muestres tan abatido? ¿Dónde está Wu-Kung? - Se lo ha tragado el monstruo - contestó Ba-Chie, sin poder contener las lágrimas. Al oírlo, Tripitaka se cayó desmayado al suelo. Sólo al cabo de cierto tiempo empezó a darse golpes en el pecho y a patear con desesperación el polvo, al tiempo que decía: - ¿Cómo has podido fenecer a manos de un monstruo como ése? Yo te tenía por una persona experta en derrotar diablos, con la que no tendría ninguna dificultad en alcanzar el Paraíso Occidental y presentar mis respetos a Buda. ¿De qué sirven ahora todos los méritos que hemos acumulado a lo largo de nuestro viaje? ¡Se han convertido en algo tan inconsistente como el polvo! En vez de tratar de animar al maestro, que, de pie a su lado, se lamentaba por la pérdida de su discípulo más antiguo, el Idiota levantó la voz y ordenó al Bonzo Sha: - Trae el equipaje y dividámoslo en dos partes iguales. - ¿Para qué quieres hacer semejante cosa? - preguntó el Bonzo Sha, sorprendido. - En cuanto lo hayamos hecho - contestó Ba-Chie -, cada uno seguirá su camino. Tú, por ejemplo, si quieres, puedes regresar al Río de Arena a continuar devorando a todo el que pase por allí. En lo que a mí respecta, tengo pensado volver en seguida a la aldea de los Gao a buscar a mi esposa. Venderemos el caballo blanco y con lo que saquemos compraremos un féretro para el maestro. Así no tendrá que preocuparse por nada, cuando llegue a viejo. A pesar de la angustia que le dominaba, al oír semejante desatino el maestro puso el grito en el cielo, suplicando la ayuda de lo alto para poder llevar a cabo su alta misión, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del demonio de mayor edad, que consideró como una gran hazaña el haberse tragado, sin más, al Peregrino. Al llegar a la caverna, todos los diablillos acudieron a darle la bienvenida, preguntándole qué tal había resultado el combate. - No ha podido irme mejor - contestó él, ufano -. He atrapado, incluso, a uno de esos monjes. - ¿A cuál de ellos has capturado? - inquirió, fuera de sí de contento, el segundo demonio. - He logrado tragarme ni más ni menos que al Peregrino Sun - explicó el demonio de mayor edad. - ¿Que te has tragado al Peregrino Sun? - repitió, horrorizado, el segundo demonio -. ¿Acaso no sabes que es indigerible? - Efectivamente - confirmó el Gran Sabio desde dentro -. No hay estómago que pueda digerirme. Pero no te preocupes. Conmigo aquí dentro, no volverás a tener hambre jamás. Los diablillos se pusieron a temblar de miedo. - ¡Es terrible! - exclamó el más atrevido -. ¡El Peregrino Sun ha empezado a hablar en el interior de vuestro estómago! - ¿A quién puede importarle semejante cosa? - replicó el demonio de mayor edad -. ¿Creéis que, después de devorarle, no voy a saber cómo acabar con él? Id a hervir inmediatamente un cántaro de agua salada. En cuanto haya llegado a mi estómago, saldrá disparado como una flecha y, después de freírle a fuego lento, nos lo comeremos con vino. Los diablillos no tardaron en aparecer con media cazuela de agua salada, recién apartada del fuego. El demonio se la bebió sin pestañear. Después abrió la boca, esperando que el Peregrino saliera dando gritos de un momento a otro, pero el Gran Sabio parecía haber echado raíces en su estómago. Ni siguiera se quejó de la temperatura del agua. Extrañado, el demonio se metió la mano por la garganta y empezó a vomitar, hasta que la vista comenzó a nublársele y se sintió tan mareado como un borracho. ¡Hasta bilis echó por la boca, pero el Peregrino siguió sin dar señales de vida! Después de descansar un poco, el demonio preguntó, resollando como un carabao en pleno esfuerzo: - ¿Vas a salir o no, Peregrino Sun? - Me temo que aún es un poco pronto - contestó el Peregrino -. Lo siento mucho, pero no pienso salir. - ¿Puede saberse por qué? - insistió el monstruo. - Se nota que no eres un demonio muy inteligente que digamos - respondió el Peregrino -. Desde que decidí hacerme monje, he llevado una vida muy penosa y llena de privaciones. Como habrás podido comprobar, mi camisa está un poco raída y empieza a hacer frío por ahí fuera. Tu barriga, por el contrario, está muy calentita y no carece de nada. Es el sitio ideal para pasar el invierno. - ¡Habéis oído! - exclamaron, alarmados, los diablillos -. ¡El Peregrino Sun se ha propuesto pasar en vuestra barriga todo el invierno! - ¡Allá él! - replicó el demonio de mayor edad -. Si es eso lo que desea, me entregaré de lleno a la meditación y, valiéndome de la magia de la hibernación, no probaré ni un solo bocado en todo el invierno. Así se morirá de hambre ese maldito caballerizo de los cielos. - Se nota que no te distingues precisamente por tu inteligencia, hijito - se burló el Peregrino -. Al principio de nuestro viaje en busca de las escrituras sagradas pasamos por Cantón y allí compre una pequeña sartén, ideal para hacer picadillo de carne. Creo que me voy a divertir bastante cortándote trocitos de hígado, de tripas, de estómago y de pulmones. Eso me ayudará a mantenerme bien alimentadito hasta la primavera. - ¡Ese maldito mono es capaz de hacerlo! - exclamó, horrorizado, el segundo demonio - . ¡Deberías tomar en serio sus palabras! - Comprendo que le encante el picadillo de carne - comentó el tercer demonio -, pero no me imagino dónde va a hacer el fuego, para poner la sartén. - ¿Cómo que no? - replicó el Peregrino -. En la punta de su esternón, por supuesto. - ¡Eso es horroroso! - exclamó el tercer demonio, volviéndose hacia su hermano mayor -. Cuando el humo te llegue a las narices, no podrás dejar de estornudar. - Por eso no te preocupes - contestó el Peregrino, soltando una carcajada -. Le haré un agujero en el cráneo con la barra de los extremos de oro y así dispondré a la vez de claraboya y de chimenea. Al oír eso, el demonio de más edad se puso a temblar de miedo, pero siguió dándoselas de valiente y trató de tranquilizar a sus dos hermanos, diciendo: - No os preocupéis. Unas cuantas copas de vino medicinal acabarán con ese dichoso mono. ¿Dónde habéis metido la botella? - ¡Qué no habré probado yo a lo largo de mi existencia! - exclamó para sí el Peregrino - . De hecho, cuando sumí, hace aproximadamente quinientos años, en una total confusión los Cielos, me alimenté con el elixir de Lao-Tse, bebí el vino del Emperador de Jade, di buena cuenta de los melocotones de Wang-Mu-Niang-Niang y probé de todos los manjares que tenía dispuestos para la fiesta. Por cierto, los platos más corrientes estaban hechos con hígado de dragón y médula de fénix. Dudo mucho que ese vino medicinal pueda hacerme el menor efecto. Los diablillos no tardaron en regresar con dos pellejos de vino. Llenaron una copa hasta el borde y se la entregaron al demonio. Su aroma era tan intenso, que, a pesar de estar encerrado en el vientre de la bestia, el Gran Sabio lo percibió, en cuanto tocó el cristal de la copa. - Es mejor que no se lo deje probar - pensó el Peregrino y, girando levemente la cabeza, transformó la boca en un embudo, que colocó justamente debajo de la garganta del demonio. De esa forma, cuando éste se llevó la copa a los labios, el Peregrino no tuvo ninguna dificultad en beberse su contenido. Lo mismo ocurrió con la segunda copa: el demonio la saboreó, pero fue el Peregrino el que disfrutó de ella. Después de repetir la operación siete u ocho veces seguidas, el diablo se dio finalmente por vencido y, poniendo la copa sobre la mesa, exclamó: - ¡Qué cosa más rara! Antes me bastaba con dos copas para sentir el estómago ardiendo. Acabo de tomarme siete u ocho y ¡ni siquiera tengo la cara colorada! Creo que lo mejor será que no beba más. Desgraciadamente el Gran Sabio no era muy buen bebedor y, en cuanto hubo tomado las siete u ocho copas, se sintió tan animado, que empezó a dar saltos y cabriolas dentro de la barriga del monstruo. No se limitó, sin embargo, sólo a eso, sino que, agarrándose del hígado, comenzó a columpiarse y a dar patadas, como si se hallara subido a un árbol. El dolor era tan insoportable, que el demonio se dejó caer al suelo y se puso a revolcarse, como si hubiera perdido la razón. De momento no sabemos si murió o no. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第076回 EL DEMONIO RETORNA AL BUEN CAMINO, EN CUANTO LA MENTE OCUPA EL LUGAR QUE LE CORRESPONDE. LA MADRE MADERA AYUDA A DOMINAR AL DEMONIO Decíamos que, después de pasárselo en grande en el estómago del demonio de mayor edad, el Gran Sabio le hizo retorcerse por los suelos, hasta que, finalmente, dejó de hablar y de respirar. Pensando que había muerto, dejó de saltar de una a otra de sus vísceras y se dispuso a salir de su cuerpo. Pero el demonio recobró sorprendentemente el aliento y gritó, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban: - ¡Tened compasión de mí, Bodhisattva Gran Sabio, Sosia del Cielo! - ¡Te aconsejo que no malgastes tus fuerzas, hijito! - contestó el Peregrino -. Con que me llames abuelito Sun me doy por contento. Consciente de que su vida dependía de ello, el demonio añadió en el mismo tono que antes: - Todo ha sido culpa mía, abuelito Sun. Cometí una gran equivocación al tragarte, porque eso te colocó en una posición inmejorable para hacerme todo el mal que quisieras. Os suplico, Gran Sabio, que os mostréis misericordioso conmigo. Consideradme como una simple hormiga que lo único que desea es seguir viviendo. Si accedéis a mis ruegos, os prometo que yo mismo transportaré a vuestro maestro a la otra parte de la cordillera. Aunque el Gran Sabio poseía la mentalidad de un guerrero, su único deseo era ver cumplida cuanto antes la misión del monje Tang Y decidió acceder a las súplicas del monstruo. Por otra parte, aunque las alabanzas eran incapaces de hacer mella en él, se sintió conmovido por las sinceras peticiones de clemencia del demonio y, levantando la voz, dijo: - Está bien. Te perdono la vida. Pero ¿quieres explicarme de qué manera vas a recompensar a mi maestro? - Aquí - respondió el demonio, azorado - no tenemos plata, ni oro, ni perlas, ni jade, ni cornalina, ni coral, ni ámbar, ni caparazones de tortuga, ni piedras preciosas que ofreceros. Pero tanto yo como mis hermanos nos comprometemos formalmente a llevar a vuestro maestro por las montañas sentado en una silla de mano hecha de madera de vid aromática. - Si estáis dispuestos a hacer eso - respondió el Peregrino -, no exijo nada más. Ahora, si no os importa, abrid la boca, para que pueda salir. El demonio así lo hizo, pero el menor de sus hermanos se acercó a él y le susurró con cuidado al oído: - Cuando esté a punto de abandonar tu cuerpo, muérdele con todas tus fuerzas. Después mastícale bien y vuélvetelo a tragar. Así no podrá hacerte sufrir más. El Peregrino lo oyó todo y, en vez de asomar la cabeza, lo que hizo fue poner por delante la barra de los extremos de oro. El monstruo pensó que se trataba de una parte de su cuerpo y le arreó un terrible mordisco. Se oyó un ruido desagradable en extremo y el mejor de sus incisivos quedó reducido a polvo. El Peregrino retiró, entonces, la barra de hierro y dijo: - ¡No hay quien pueda contigo! Acabo de perdonarte la vida y, en vez de agradecérmelo, lo único que se te ocurre es matarme a mordiscos. Tú lo has querido. Ahora no pienso salir. Voy a torturarte, hasta que caigas muerto. - ¿Ves lo que has hecho? - se quejó el demonio a su tercer hermano -. Hubiera sido mejor dejarle salir, como yo quería. Si no te hubiera echo caso, ahora no me dolerían los dientes y estaría totalmente a salvo. Cuando vio que todas las culpas recaían sobre él, el tercer demonio decidió recurrir al método conocido como "hacer saltar al general" y, levantando la voz, dijo: - Peregrino Sun, hemos oído hablar tanto de tus hazañas, que me resuenan ya en el oído como el eco de un trueno. Todo el mundo habla de cómo hicisteis alarde de vuestros poderes delante mismo de la Puerta Sur de los Cielos, de cómo sembrasteis la confusión en el Salón de la Niebla Divina y de cómo no habéis dejado de dominar monstruos y derrotar demonios a lo largo del camino que conduce al Paraíso Occidental. Pero yo más bien creo que no sois más que un mono vulgar y corriente, un luchador de pequeña monta. - ¿Qué quieres decir con eso? - inquirió el Peregrino. - Como muy bien afirma el proverbio - contestó el tercer demonio -, "los valientes no se esconden y, así, su fama llega hasta el último rincón de la tierra". Tú, por el contrario, te has escondido en el estómago de una persona y te niegas a salir a pelear contra mí. Dime tú a ver si no es eso propio de un luchador de poca altura. - Si a éste le parto las tripas y le deshago la vejiga - reflexionó el Peregrino -, habrá un monstruo menos, pero eso pondrá en entredicho mi fama. ¡Está bien! - añadió en voz alta -. Abre la boca y saldré a pelear con tu hermano. Opino, de todas formas, que vuestra caverna es demasiado pequeña para batirnos. Si no te importa, me gustaría hacerlo en un espacio más amplio. Al oírlo, el tercer demonio convocó a todos los diablillos disponibles y consiguió reunir un ejército de más de treinta mil guerreros armados hasta los dientes. Los condujo a la explanada que había delante de la puerta de la caverna y los dispuso en orden de batalla, ordenándoles que se lanzaran sobre el Peregrino, tan pronto como le vieran aparecer por la puerta. El segundo demonio, por su parte, ayudó al de más edad a salir a campo abierto, porque aún se sentía débil en extremo. - Si eres un auténtico héroe - dijo, tan pronto como se encontraron al aire libre -, abandona tu escondite, de una vez, y lucha. Hay un espléndido campo de batalla a escasos metros de aquí. No hacía falta que se lo dijeran. Al Gran Sabio le bastó con escuchar los gritos y las voces para saber que se encontraba fuera de la caverna. - La situación no puede ser más complicada - se dijo -. Si me niego a salir, no cumpliré lo prometido y eso es algo que jamás he hecho. Si, por otra parte, lo hago, lo más probable es que caiga en una trampa de ese monstruo con cara de hombre y corazón de bestia. No es la primera vez, de hecho, que trata de engañarme. Sin ir más lejos, no hace ni diez minutos se comprometió a transportar a mi maestro en un palanquín a través de las montañas, cuando, en realidad, lo único que pretendía era morderme, Ahora, incluso, ha desplegado ante mí todas sus tropas... En fin, creo que lo mejor será que salga a luchar con él, pero, al mismo tiempo, haré sentir mi presencia en su estómago. Rápidamente se arrancó un pelo de la cola y, tras exhalar sobre él una bocanada de aire sagrado, gritó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en una cuerda del grosor de un pelo, pero con una longitud que rondaba los doce metros. Lo asombroso, de todas formas, era que podía hacerse aún mayor, en cuanto entrara en contacto con el aire. Ató uno de los extremos al corazón del demonio, pero dejó el nudo lo suficientemente flojo como para no hacerle daño de momento. Tomó en una mano el otro extremo y se dijo, sonriendo: - Aunque no quiera, tendrá que llevar al maestro al otro lado de la montaña. Si se niega a hacerlo o se levanta en armas contra mí, ni siquiera me molestaré en responder a sus ataques. Todo lo que tengo que hacer es tirar un poco de la cuerda, para que lo pase peor que cuando estaba dentro de su estómago. Redujo a continuación el tamaño del cuerpo y empezó a ascender por las vías respiratorias del monstruo. Al llegar a la garganta, vio que había abierto de par en par su enorme boca cuadrada. Desde allí sus interminables filas de dientes parecían espadas sumamente afiladas. - Esto no me gusta nada - se dijo, preocupado -. Si salgo por ahí y se me ocurre después tirar de la cuerda, en cuanto sienta el dolor, la corta con esas sierras que tiene y asunto terminado. Lo mejor será que lo haga por otro sitio menos peligroso. Se ajustó la cuerda alrededor de la muñeca y continuó ascendiendo por la garganta, hasta que llegó a las fosas nasales. Le hizo unas cuantas cosquillas y el monstruo lanzó un tremendo estornudo, que arrojó al Peregrino fuera de su cuerpo. En cuanto se encontró al aire libre, giró ligeramente la cintura y al instante adquirió una altura de más de diez metros, sosteniendo en una mano la cuerda y en la otra la barra de hierro. Al demonio de mayor edad no se le ocurrió otra cosa que tomar su cimitarra y lanzar un tremendo mandoble contra el rostro de su adversario. El Peregrino paró el golpe con la barra de hierro en el instante mismo en que los otros dos demonios, blandiendo respectivamente una lanza y un hacha de doble filo, se lanzaron contra él, dispuestos a hacerle picadillo. El Gran Sabio guardó en seguida la barra y soltando cuerda, se elevó por encima de las nubes. En un principio no tenía pensado hacerlo, pero después cayó en la cuenta de que, si los diablillos conseguían rodearle, no podría seguir adelante con su plan. No le quedó, pues, más remedio que abandonar el campo e ir a posarse en un punto relativamente ancho de la cumbre. Cuando se hubo encontrado en terreno firme, agarró la cuerda con las dos manos y tiró de ella con fuerza. El demonio cayó fulminado por un insoportable dolor en el corazón. Para aliviar su malestar, el monstruo se elevó también por los aires, pero el Gran Sabio volvió a tirar de la cuerda. Al ver lo que estaba sucediendo, los diablillos gritaron, alarmados: - ¡No le acoséis más, señor! ¡Dejadle marchar, de una vez! Este mono no tiene ni idea de las fiestas. Aún no ha llegado la de la Claridad Luminosa y ya está jugando con una cometa. El Peregrino volvió a tirar de la cuerda. El tirón fue tan fuerte, que el hilo se terminó rompiendo y el demonio cayó dando vueltas, como si fuera una rueda fuera de control. El desdichado fue a parar contra los durísimos loess que marcaban el inicio de la ladera, formando un agujero de más de medio metro de profundidad. Los otros dos monstruos estaban tan aterrados, que saltaron de las nubes y corrieron a agarrar la cuerda. - Creíamos que erais un inmortal compasivo y magnánimo, Gran Sabio - dijeron, postrándose de hinojos -. Ahora sabemos que no sois más que un escurridizo truhán. Estábamos dispuestos a medirnos con vos en justa lid. ¿Cómo habéis podido atar esta cuerda alrededor del corazón de nuestro hermano? - ¡Maldita banda de monstruos! - gritó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Cómo podéis ser tan embusteros? La primera vez tratasteis de morderme, cuando me pedisteis que saliera. Ésta habéis desplegado a todo vuestro ejército, lanzando contra mí a esos miles de soldados experimentados. ¿Os parece justo lanzar todos vuestros batallones contra una sola persona? ¡No tenéis ningún derecho a invocar la magnanimidad! Aunque no os guste, voy a arrastraros hasta donde se encuentra mi maestro. - ¡Tened piedad de mí, Gran Sabio! - suplicó el demonio de mayor edad, echándose rostro en tierra y empezando a golpear el suelo con la frente, cosa que hicieron también sus otros hermanos -. Si me Perdonáis la vida, prometo llevar a vuestro maestro al otro lado de la cordillera. - ¡A qué viene todo esto! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Sabes que, si quieres seguir viviendo, lo único que tienes que hacer es cortar la cuerda con un cuchillo. - Si lo hago - replicó el demonio -, todavía me quedará un cabo atado alrededor del corazón. Además, me roza la garganta y me produce unas ganas tremendas de devolver. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, abre la boca y me meteré en seguida a desatártela. - ¡No, no! - gritó el demonio, asustado -. Lo más probable es que te niegues a salir y eso será todavía peor. - Puedo desatar esa cuerda sin necesidad de entrar en tu cuerpo - reconoció el Peregrino -. Si lo hago, ¿estás dispuesto a cumplir tu promesa y a transportar a mi maestro al otro lado de la cordillera? - Prometo que lo haré sin la menor dilación - contestó el demonio -. Esta vez no trataré de engañaros. ¡Os lo juro! En cuanto estuvo seguro de que el demonio decía la verdad, el Gran Sabio sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó el pelo de la cola. El dolor de corazón remitió al instante. En realidad, se trataba de un simple truco, pues es imposible atar el corazón con un pelo. Cuando éste fue a parar al lugar que le correspondía, es lógico que el malestar se disipara. Los tres demonios se llegaron entonces hasta donde estaba el Gran Sabio y, después de darle las gracias, dijeron: - Mientras vamos a por la silla para transportar a vuestro maestro, vos deberíais adelantaros a decirle que vaya recogiendo sus cosas. Los diablillos depusieron al punto sus armas y regresaron a la caverna. El Gran Sabio, por su parte, guardó la barra de hierro y se dirigió a la ladera oriental de la montaña. Antes de llegar a ella, empezó a oír con claridad los gritos y los lamentos del monje Tang, que estaba dando vueltas, como un loco, por el suelo. Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha parecían muy entretenidos, dividiendo el equipaje en dos partes iguales. - No necesito pensar mucho para saber lo que ha ocurrido - se dijo el Peregrino, suspirando -. Ba-Chie ha debido de decir al maestro que he ido a parar al estómago de un demonio y eso le ha hecho ponerse a llorar mi muerte. El Idiota está repartiendo el equipaje, porque ha decidido regresar por donde ha venido, renunciando a poner fin a nuestro viaje. ¡Maldita sea! Estoy seguro de que es eso lo que ha ocurrido. Voy a preguntárselo, de todas formas, al maestro. - Se bajó inmediatamente de la nube y añadió en voz alta -: ¡Maestro! - ¡Maldito embustero! - exclamó el Bonzo Sha, furioso contra Ba-Chie, al oírlo -. ¡Te gusta hacer féretros más que a un encargado de pompas fúnebres! Sun Wu-Kung sigue vivo y tú afirmaste que estaba muerto, para hacerte con la mitad de lo poco que poseemos. ¿Es que no le oyes hablar? - ¡Pero yo vi con toda claridad cómo se lo tragaba el monstruo! - se defendió Ba-Chie, sorprendido -. ¡Qué mala suerte la nuestra! ¡Está claro que su espíritu ha regresado, para hacernos todo el mal que pueda! - ¡Maldito tonto! - exclamó el Peregrino, dirigiéndose hacia Ba-Chie y propinándole un golpe en la cara que le hizo caer patas arriba -. ¿Es éste todo el daño que puede hacerte un espíritu? - ¡Pero aquel demonio te devoró! - repitió Ba-Chie, sin entender nada -. ¿Cómo es posible que aún sigas vivo? - No soy tan inútil como tú - respondió el Peregrino -. Es cierto que me tragó, pero, en vez de digerirme, fui yo el que le tiró de las tripas y le hizo algún que otro agujerito en los pulmones. Por si eso fuera poco, le até una cuerda en el corazón y tiré de ella hasta que el dolor se volvió insoportable. Eso hizo que los demonios se echaran rostro en tierra y empezaran a golpear el suelo con la frente, Sólo entonces accedí a perdonarles la vida. Por cierto, han ido a preparar una silla para transportar al maestro al otro lado de la cordillera. Al oír eso, Tripitaka dio un salto de alegría e, inclinándose ante el Peregrino, exclamó, agradecido: - ¡Cuántos problemas te he causado! Si llego a haber prestado atención a las palabras de Wu-Neng, nuestra aventura habría concluido de mala manera. El Peregrino levantó el puño con ánimo de descargar un golpe sobre el rostro de Ba-Chie, pero en el último momento se arrepintió y le regañó, diciendo: - ¡Maldito vago! ¡En toda mi vida no he conocido a nadie más inútil ni más egoísta! No deis más vueltas a lo ocurrido, maestro. Esos demonios llegarán de un momento a otro, para conduciros al otro lado de la cordillera. El Bonzo Sha se sintió avergonzado por haberse dejado convencer con tanta facilidad. Pero, aun así, tuvo la delicadeza de interceder en favor de Ba-Chie. Una vez restablecida la calma, recogieron el equipaje y lo volvieron a colocar a lomos del caballo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los tres demonios, que regresaron a la caverna, seguidos de todo su ejército de diablillos. - Al principio - dijo el segundo monstruo - pensé que el Peregrino Sun era alguien con nueve cabezas y ocho rabos, pero ahora sé que no es más que un mono de baja estatura. A pesar de todo - añadió, dirigiéndose al demonio de mayor edad -, no deberías habértelo tragado. Estoy seguro de que si tú y yo nos hubiéramos enfrentado con él, le habríamos derrotado sin ninguna dificultad. Tenemos tantos miles de diablillos a nuestro servicio, que habría bastado con que todos hubieran escupido a la vez para ahogarle. En vez de eso, le dejaste entrar en tu estómago, haciéndote sufrir todo lo que le dio la gana con sus increíbles artes mágicas. En esas circunstancias hubiera sido totalmente descabellado intentar algo en su contra. Ahora mismo se supone que estamos disponiendo de todo lo necesario para llevar al monje Tang al otro lado de la cordillera. Por supuesto, semejante promesa no era más que una estratagema para hacerle salir de tu cuerpo y salvarte la vida. Yo, por lo menos, no estoy dispuesto a servir de escolta a ningún monje. - ¿Quieres decirme qué es lo que te ha movido a echarte atrás? - le preguntó el demonio de más edad. - Pon a mi disposición un destacamento de tres mil diablillos y te prometo que ese mono caerá en mis manos - respondió el segundo monstruo. - Tienes permiso para llevarte, no a tres mil, sino a todo el ejército - respondió el demonio de mayor edad -. Captúrale y todo el mundo te aclamará como a un valiente general. Sin pérdida de tiempo el segundo monstruo reunió a tres mil diablillos y los distribuyó a lo largo del camino principal. Envió a continuación por delante a un mensajero con un estandarte azul, que iba gritando a grandes voces: - ¡Sal a guerrear inmediatamente con nuestro segundo soberano, Peregrino Sun! Al oírlo, Ba-Chie soltó la carcajada y se burló del Peregrino, diciendo: - Como muy bien afirma el proverbio, "ningún mentiroso puede engañar a los de su propia familia". ¿Quieres explicarnos qué clase de cuento era todo eso de que habías derrotado a los demonios y que estaban preparando todo lo necesario para transportar al maestro a la otra parte de la cordillera? ¿Es que no oyes que te están retando? ¿A qué viene semejante cambio de planes? - Te aseguro que el mayor de esos monstruos probó el sabor de la derrota. Dudo mucho que quiera levantarse en armas contra mí, porque el simple nombre del Peregrino le produce un insoportable dolor de cabeza. Por fuerza tiene que tratarse del de mediana edad, que no logra hacerse a la idea de ser nuestro subalterno. Eso explica la llegada de ese emisario. Es preciso que tengas presente una cosa: esos tres demonios son hermanos y se tratan entre sí con una cortesía exquisita. Yo ya he derrotado al mayor. Ahora que está aquí el segundo, lo menos que podías hacer es enfrentarte con él. ¿Es eso mucho pedirte? - Que conste que no le tengo ningún miedo - bravuconeó Ba-Chie -. Estoy dispuesto a enfrentarme con él cuando sea. - Entonces no sé a qué esperas - replicó el Peregrino, burlón. - Está bien - respondió Ba-Chie, sonriendo -. Iré. Pero ¿te importaría prestarme una de tus famosas cuerdas? - ¿Para qué la quieres? - replicó el Peregrino -. Tú no tienes poder para meterte en su estómago y llegar sin problemas hasta el corazón. ¿De qué sirve una cuerda, si no se la puede atar a nada? - Lo que quiero es atármela a la cintura para estar más seguro - explicó Ba-Chie -. El Bonzo Sha y tú podéis haceros cargo de uno de los extremos, mientras yo estoy peleando. Si veis que voy ganando, la dejáis suelta y así podré atrapar a esa bestia. Si, por el contrario, comprendéis que voy perdiendo, tiráis rápidamente con todas vuestras fuerzas y eso evitará que me eche mano. - Creo que vamos a pasárnoslo en grande con este Idiota - se dijo el Peregrino, divertido, y le ató una cuerda alrededor de la cintura, como él quería. Envalentonado, Ba-Chie cogió el rastrillo y corrió montaña arriba, gritando: - ¡Ven en seguida a pelear con tu querido abuelito Chu! - ¡Acaba de llegar un monje con el hocico muy largo y unas orejas enormes! - anunció sin pérdida de tiempo a su señor el diablillo del estandarte azul. El segundo demonio levantó el campo a toda prisa. No dijo ni una sola palabra, al ver a Ba-Chie, pero agarró la lanza con fuerza y asestó un golpe tremendo contra el rostro de su adversario. El Idiota no retrocedió ni un palmo y, levantando el rastrillo por encima de su cabeza, se lanzó de lleno a la refriega. Apenas llevaban luchados siete u ocho asaltos, cuando el Idiota empezó a sentir que le flaqueaban las fuerzas. Comprendiendo que no podía resistir mucho más tiempo, se volvió hacia el Peregrino y gritó: - ¡Las cosas se están poniendo mal! ¡Tirad de la cuerda en seguida! Al oírlo, en vez de tirar de la cuerda, el Gran Sabio la dejó aún más suelta. Para entonces el Idiota había iniciado ya la huida y, más que ayudarle, la soga se le enredaba de continuo entre las piernas. Al principio no hizo más que tropezar, pero no pasó mucho tiempo antes de que diera con el morro en el suelo. En cuanto llegó a su altura, el demonio estiró su trompa de dragón y atrapó sin ninguna dificultad al infortunado Ba-Chie. Cargado con él, el monstruo regresó, triunfante, a la caverna, seguido de todos los diablillos, que no dejaban de entonar canciones de triunfo. Al ver lo ocurrido, Tripitaka se volvió hacia el Peregrino y le regañó, diciendo: - No me extrañaría que Wu-Neng quisiera aplastarte después la cabeza. No comprendo cómo, en vez de amistad y cariño, sólo existe entre vosotros resentimientos y odio. ¿Cómo has podido soltar la cuerda, cuando te estaba pidiendo que tiraras de ella? ¿Quieres decirme qué vamos a hacer ahora? Su situación no es muy halagüeña que digamos. - ¡No entiendo por qué siempre os ponéis de su parte! - protestó el Peregrino, soltando la carcajada -. Cuando caí en manos de esas bestias, no os preocupasteis tanto como ahora. ¡Claro! Podíais prescindir totalmente de mí. Pero, en cuanto habéis visto al Idiota correr mi misma suerte, habéis puesto el grito en el cielo, echándome la culpa de todo lo ocurrido. Si no me he apresurado a ayudarle, ha sido para que sufra un poco y sepa que conseguir las escrituras no es una empresa tan fácil como había supuesto. - ¿Cómo se te ha ocurrido pensar que no estaba preocupado, cuando esos monstruos te atraparon? - se defendió Tripitaka -. Si entonces me mostré más sereno, fue porque sé que puedes metamorfosearte en lo que te dé la gana y estaba seguro de que no te pasaría nada malo. El Idiota, por el contrario, es muy pesado y encuentra grandes dificultades en moverse con cierta soltura. No me cabe la menor duda de que de su cautiverio no puede surgir absolutamente nada bueno. ¿Por qué no vas a liberarle? - No os preocupéis más, maestro - concluyó el Peregrino -. Ahora mismo voy a ponerle en libertad - y se dirigió a toda prisa montaña arriba. Pronto se arrepintió, sin embargo, de su decisión y se dijo en tono despectivo -: En lo único que piensa ese Idiota es en hacerme todo el mal que pueda. Le voy a dejar un poco más en poder de esos monstruos, para que sepa lo que es bueno. Voy a seguirlos, para ver qué es lo que tienen pensado hacer con él. Que sufra un poco, antes de saborear la libertad. Nada más acabar de decirlo, recitó un conjuro, sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en un grillo muy pequeño. Se lanzó como una flecha hacia delante y fue a posarse exactamente en el arranque de una de las orejas de Ba-Chie. De esa forma hizo todo el camino de regreso a la caverna de los demonios. El segundo monstruo ordenó a su destacamento de tres mil diablillos, entre el batir de los tambores y el sonar de los clarines, que permanecieran a la entrada de la caverna, mientras él iba a informar personalmente a sus hermanos de todo lo ocurrido. - Acabo de capturar a uno de esos monjes - anunció en tono orgulloso. - Tráelo aquí, para que pueda echarle un vistazo - dijo el demonio de mayor edad. El segundo monstruo estiró, entonces, la trompa y Ba-Chie cayó al suelo medio mareado -. ¿Es éste el monje del que hablabas? - añadió con cierto desprecio. - Efectivamente - confirmó el segundo demonio -. Éste es. - Pues no vale para nada - comentó el de mayor edad. - En ese caso - se apresuró a decir Ba-Chie -, no tendréis ningún inconveniente en dejarme partir. ¿Por qué no vais a capturar a alguien de más provecho que yo? - Por muy inútil que sea - objetó el tercer demonio -, se trata de Chu Ba-Chie, otro de los discípulos del monje Tang. Creo que lo mejor será que le atemos y le echemos a remojo en el pozo de atrás. Cuando esté bien empapado, le abriremos en canal, le salaremos y le dejaremos curar al sol. Tiene que estar exquisito con un poco de vino. - ¡Qué mala suerte! - exclamó Ba-Chie, aterrado -. ¡He ido a topar con un monstruo que, en realidad, es un comerciante de conservas! Los diablillos ataron al Idiota a una pértiga y le descolgaron con cuidado dentro del pozo. Después de colocarle en el punto oportuno, se dieron media vuelta y se marcharon. El Gran Sabio se elevó entonces por los aires y, echando un vistazo a su alrededor, vio al Idiota con la mitad del cuerpo metida en el agua. Tenía los pies y las manos vueltos hacia arriba y el morro hacia abajo, lo que le obligaba a soplar y a dar bufidos, para que el agua no se le metiera por las narices. La estampa que ofrecía no podía ser más ridícula. Parecía una de esas enormes raíces ennegrecidas de loto que se empeñan en florecer a finales del otoño, cuando se han producido ya las primeras heladas. Al verle colgado de aquella forma, lejos de reírse, el Gran Sabio se puso furioso y se dijo en tono compasivo: - ¿Qué puedo hacer? Después de todo, es uno de los invitados al festín del cumpleaños de Buda. Hizo mal en querer dividir el equipaje y dar por terminada nuestra empresa. Además, siempre está picando al maestro para que recite el conjuro que me produce esos horrorosos dolores de cabeza. Por si eso fuera poco, el otro día oí comentar al Bonzo Sha que dispone de ahorros propios. No sé, de todas formas, si será verdad o no. En fin, no está de más que, de vez en cuando, se lleve un buen susto. Llegándose hasta el oído de Ba-Chie, cambió de voz y llamó en tono lúgubre: - ¡Chu Wu-Neng! - ¡Qué mala suerte! - exclamó Ba-Chie en un tono de voz apenas audible -. Ése es exactamente el nombre que me dio la Bodhisattva Kwang Shr-Ing, cuando abracé los principios de la fe, aunque, desde que sigo al monje Tang, todo el mundo me llama Ba-Chie. ¿Cómo es posible que en un lugar como éste haya alguien enterado de que, en realidad, me llamo Wu - Neng? - Extrañado, levantó la voz y preguntó -: ¿Quién osa dirigirse a mí con ese nombre? - Yo - contestó el Peregrino. - ¿Y quién eres tú? - insistió Ba-Chie. - Alguien que viene con una orden, para que te presentes cuanto antes en cierto lugar - respondió el Peregrino. - ¿Quién te envía? - volvió a preguntar Ba-Chie, cada vez mas preocupado. - El Rey Yama - explicó el Peregrino -. ¿Quién otro podría ser? - Regresad, por favor, a vuestro reino - suplicó Ba-Chie, temblando - y pedid al Rey Yama que, en virtud de la amistad que le une a mi hermano Sun Wu-Kung, me conceda un día más de vida. Mañana mismo acudiré a su llamada. - ¿Cómo puedes decir semejantes tonterías? - le regañó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "¿cómo va a demorarse hasta la cuarta vigilia aquel a quien el Rey Yama ha ordenado morir a la tercera?". Date prisa y sígueme cuanto antes. Si no lo haces, me veré obligado a pasarte una cuerda por el cuello y a llevarte a rastras. - No os estoy pidiendo un gran favor - replicó Ba-Chie -. Miradme bien a la cara. ¿Creéis que voy a vivir mucho tiempo en la situación en la que me encuentro? Si quiero vivir un día más, no es porque tenga miedo a la muerte, sino porque, antes de expirar, desearía volver a reunirme con mi maestro y con mis hermanos, que no tardarán en ser atrapados por esos demonios y traídos hasta aquí como piezas de caza. - De acuerdo - accedió el Peregrino, sonriendo, divertido, para sí -. Hay por aquí otras treinta personas que debo llevar conmigo. Aunque sea saltarme las normas, te concederé un día más. Pero con una condición: que me entregues todo el dinero que tengas. - ¡Eso sí que es mala suerte! - exclamó Ba-Chie -. Los que hemos renunciado a la familia jamás llevamos dinero con nosotros. - Lo siento mucho - concluyó el Peregrino -, pero tendré que atarte y llevarte arrastrando. - ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó Ba-Chie, desesperado -. Sé que esa cuerda de la que habláis se llama "la soga que acaba con la vida" y que, en cuanto se la pasáis a alguien por el cuello, exhala su último aliento. ¡Esperad... esperad un momento! Sí, sí. Es cierto. Tengo algo de dinero, pero me temo que no es mucho. - ¿Dónde lo tienes guardado? ¡Sácalo inmediatamente! - exigió el Peregrino. - ¡Tened compasión de mí y no os mostréis tan impaciente! - suplicó, una vez más, Ba-Chie -. Desde que decidí hacerme monje, me he topado con infinidad de familias, que se han ofrecido gustosas a darme de comer no sólo a mí, sino también a mis hermanos. Al ver que mi apetito es prácticamente insaciable, me han ido dando un poco más de dinero que a mis compañeros. De esa forma, he logrado reunir alrededor de media onza de plata. Pero, como resulta muy difícil llevar encima tanta calderilla sin que se note, al pasar por la última ciudad que visitamos, pedí a un platero que me fundiera toda esa calderilla. El tipo resultó menos escrupuloso de lo que yo había pensado, robándome unos cuantos céntimos de onza. Cuarenta en concreto. Podéis quedaros con todo, si queréis. Como veis, no es mi intención engañaros. - ¿Dónde lo tendrá escondido? - se preguntó el Peregrino, cada vez más divertido -. Este Idiota ni siquiera usa calzones. ¡Eh, tú! - añadió, levantando la voz -. ¿En dónde tienes esa plata de la que hablas? - Pegada dentro de mi oreja izquierda - confesó Ba-Chie -. No puedo entregárosla, porque estoy atado, pero podéis cogerla vos mismo. El Peregrino encontró, en efecto, la plata en el sitio que le había indicado. Tenía la forma de una silla de montar y debía de pesar un poco menos de media onza. En cuanto la tuvo en la mano, el Peregrino no pudo aguantarse más y explotó de risa. El Idiota reconoció en seguida la voz del Peregrino y, aunque estaba con la cabeza casi metida en el agua, empezó a lanzar contra él una sarta de insultos. - ¡Maldito caballerizo! - gritó, enfurecido -. ¿Es que no te parece suficiente lo que estoy pasando, para que, encima, vengas a sacarme todo el dinero que tengo? - ¡Estúpido cebón! - replicó el Peregrino, sin poder contener la risa -. Yo qué sé la de penalidades que he pasado por proteger al maestro y puedo asegurarte que jamás le he sisado ni una sola moneda. - ¡Debería darte vergüenza hablar de sisas! - contraatacó Ba-Chie -. Se puede decir que he ahorrado todo ese dinero, quitándomelo de la boca, y no para darme un banquetazo, como me has obligado a decir, sino para comprarme una túnica digna. Devuélveme ese dinero, anda. - No pienso hacerlo - respondió el Peregrino. - En ese caso - concluyó Ba-Chie -, tómalo como un rescate, pero no te olvides que tienes que liberarme. - ¿A qué viene tanta prisa? - contestó el Peregrino -. Cada cosa a su tiempo. Sabes bien que yo siempre cumplo lo que prometo. Después de guardar el dinero y de recobrar la forma que le era habitual, el Peregrino cogió la barra de hierro y descolgó con ella al Idiota, que se puso en seguida de pie. En cuanto sintió que tenía libres las manos, se quitó la camisa y la escurrió un par de veces. La sacudió después con fuerza y, aunque todavía estaba mojada, volvió a ponérsela. - Venga - urgió al Peregrino -, abre esa puerta de atrás y salgarnos de aquí cuanto antes. - ¡Qué manera de comportarse es ésa! - exclamó el Peregrino -. Los hombres suelen abrirse camino a golpes y abandonar su encierro por la puerta de delante. - Tienes razón - reconoció Ba-Chie -, pero tengo las piernas entumecidas de estar tanto tiempo colgado y casi no puedo moverme. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, sígueme - y, cogiendo la barra de hierro, se abrió camino a golpes. Aunque andaba con cierta dificultad, a Ba-Chie no le quedó más remedio que seguirle como pudo. Al llegar a la segunda puerta, vieron el rastrillo apoyado contra la pared. De un empellón Ba-Chie apartó a los diablillos que lo custodiaban y empezó a repartir golpes a derecha e izquierda. De esa forma, lograron dejar atrás las tres o cuatro puertas que los separaban del exterior, dejando tras sí una escalofriante hilera de diablillos muertos. Al enterarse el demonio de mayor edad de lo ocurrido, dijo a su segundo hermano: - ¿Ves lo que has conseguido atrapando a ese monje? El Peregrino Sun no sólo ha conseguido liberar a Chu Ba-Chie, sino que, encima, ha acabado con los soldados que guardaban nuestra puerta. El demonio de mediana edad agarró a toda prisa la lanza y se arrojó hacia el exterior de la caverna, gritando como un loco: - ¡Maldito mono sin principios! ¿Cómo te atreves a deshonrarnos de esta forma? Al oírlo, el Gran Sabio se detuvo en seco. El monstruo, por su parte, se lanzó sobre él lanza en ristre. Afortunadamente, el Peregrino era un luchador experto e hizo frente a su adversario con la barra de hierro. De esa forma, dio comienzo un combate realmente extraordinario a las Puertas mismas de la caverna. Uno de los contendientes era un elefante de colmillos amarillentos, que había logrado convertirse en hombre y había establecido un pacto de hermandad con el Rey León. Fue el precisamente el que le convenció para que atrapara al monje Tang y comiera un poco de su carne. El otro luchador no era ni más ni menos que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, profundo conocedor de las artes mágicas, que se había puesto del lado de la Virtud para hacer frente a las fuerzas del mal. Ante ellas sucumbió el inepto Ba-Chie, siendo liberado por su hermano Wu-Kung. El monstruo se aprestó a darles caza, en cuanto llegó a sus oídos que habían logrado trasponer las puertas de la caverna. La barra y la lanza midieron sus fuerzas en la explanada que se abría delante mismo de sus jambas. Ambas eran armas realmente extraordinarias. La lanza se comportaba, de hecho, como una enorme pitón que se hubiera propuesto rebanar todos los árboles del bosque, protegida por un espeso manto de niebla. La barra, por el contrario, se revolvía como si fuera un dragón saliendo del mar, envuelto en una densa capa de nubes. El origen de tan escalofriante contienda no era otro que la seguridad del monje Tang. Aunque Ba-Chie comprendió en seguida que las fuerzas del demonio y las del Gran Sabio estaban muy equilibradas, no hizo el menor movimiento para ayudar a su hermano. Permaneció de pie en la ladera, apoyado cómodamente sobre el rastrillo, viendo cómo luchaban. El monstruo comprendió en seguida que la barra del Peregrino era extremadamente pesada, aunque realizaba todos sus movimientos de ataque y de defensa con una precisión absoluta, y trató de detener sus golpes con la lanza, al tiempo que inmovilizaba al Peregrino con la trompa. Afortunadamente, el Gran Sabio comprendió en seguida sus intenciones y, levantando la barra por encima de la cabeza con las dos manos, dejó que el demonio le asiera por la cintura, pero sin perder para nada su capacidad de movimientos. La trompa le agitó con fuerza, sin embargo no consiguió hacerle soltar la barra. Ba-Chie se golpeó entonces el pecho y exclamó, alarmado: - ¡Maldita sea, qué mala suerte tiene ese monstruo! Cuando atrapó a un tipejo como yo, ni siquiera me dejó sueltas las manos, pero ahora, que ha echado el guante a un individuo tan escurridizo como el mono, no se preocupa ni de atárselas. Mal le va a ir, porque lo único que tiene que hacer su víctima para liberarse es atizarle con la barra en la trompa. ¿Cómo va a seguir apretándole, cuando sienta un dolor horroroso en las narices? Al principio el Peregrino no había pensado hacerlo, pero en esta ocasión aceptó la idea de Ba-Chie. Sacudió a toda prisa la barra y al instante adquirió una longitud de treinta metros y el grosor de un huevo de gallina, con lo que no tuvo ninguna dificultad en atizar al monstruo un golpe tremendo en la trompa. Aterrado, el demonio lanzó un grito estentóreo y soltó inmediatamente a su víctima. El Peregrino le agarró entonces de la trompa y tiró con fuerza de ella. El dolor era tan insoportable, que el demonio no tuvo más remedio que ceder. Al verle derrotado, Ba-Chie se armó de valor y se acercó a ellos con ánimo de descargar sobre el monstruo una lluvia de golpes. - ¡No lo hagas! - le disuadió el Peregrino, gritando -. Los dientes de tu rastrillo están demasiado afilados. Si le haces alguna herida, empezará a sangrar y el maestro nos regañará por poner en peligro su vida. Lo mejor es que le pegues con el mango. El Idiota así lo hizo. Cada vez que el demonio daba un paso, él le atizaba un palo con el asta del rastrillo, mientras el Peregrino no dejaba de tirar con todas sus fuerzas de la trompa. Vistos de lejos, parecían dos cuidadores de elefantes. Tanto que, cuando Tripitaka los avistó descendiendo a toda prisa por la ladera de la montaña, no pudo dar crédito a lo que veía y preguntó, sorprendido, al Bonzo Sha: - ¿Sabes qué es eso que viene arrastrando Wu-Kung? - No estoy muy seguro - respondió el Bonzo Sha -, pero me parece que es un monstruo con trompa. ¡Vaya vista más encantadora! - ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, por su parte -. ¡Es enorme! ¡Y qué nariz más larga tiene! Vete a decirle que, si se compromete a llevarnos sanos y salvos al otro lado de la montaña, le perdonaremos la vida. En realidad, opino que no deberíamos hacerle daño alguno. El Bonzo Sha corrió a su encuentro, gritando: - ¡Eh! El maestro dice que, si accede a conducirnos a través de la cordillera, le tratéis con un poco más de benevolencia. Al oírlo, el demonio se postró inmediatamente de hinojos y habló con un fuerte acento nasal. No podía ser de otra forma, ya que, al tenerle agarrada el Peregrino la trompa, parecía como si tuviera un terrible resfriado. - Honorable monje Tang - dijo con inesperado respeto -, si me perdonáis la vida, nos comprometemos a transportaros en una silla de mano. - Somos los vencedores - anunció el Peregrino - y te concedemos el honor de creer en tus palabras. Vete a preparar inmediatamente la silla esa que dices. Recuerda que, si no cumples tu promesa, no habrá perdón para ti, cuando volvamos a capturarte. Apenas se sintió libre, el demonio se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente. El Peregrino y Ba-Chie se desentendieron de él y corrieron a informar al monje Tang de todo lo ocurrido. Muerto de vergüenza, Ba-Chie se apartó un poco de ellos y puso a secar las ropas a lo largo de la línea que marcaba la misma pendiente de la montaña, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del segundo demonio, que regresó a la caverna temblando de pies a cabeza. Antes de llegar, sus hermanos estaban ya al tanto de que había sido capturado y de que se lo habían llevado, tirando sin ninguna consideración de la trompa. Precisamente estaban disponiendo las tropas para acudir en su auxilio, cuando le vieron regresar completamente solo. Tras darle la bienvenida, le condujeron al interior y le preguntaron qué había sucedido. El segundo demonio repitió entonces las palabras del monje Tang, que le convertían en un auténtico héroe de la misericordia. Asombrados, los tres monstruos se quedaron mirando unos a otros durante cierto tiempo, sin saber qué contestar. El segundo demonio se armó, finalmente, de valor y preguntó: - ¿Qué hacemos? ¿Llevamos al monje Tang a la otra parte de la cordillera o no? - Por supuesto que sí - respondió en seguida el demonio de mayor edad -. Mirándolo bien, el Peregrino Sun es un mono compasivo y benevolente. Cuando estaba dentro de mi barriga, pudo haber terminado conmigo infinidad de veces, pero no lo hizo. Ahora mismo, sin ir más lejos, podría haberte estropeado la trompa para siempre, retorciéndotela o negándose a dejarte marchar libremente. Terminemos, de una vez, los preparativos y conduzcámoslos a la otra parte de la cordillera. - ¡Eso, eso! ¡Sirvámosles de escolta! - exclamó, por su parte, el tercer demonio, soltando la carcajada. - ¿Qué te pasa? - le preguntó el demonio de mayor edad -. No pareces muy convencido. De todas formas, si no quieres acompañarnos, allá tú. Nadie va a obligarte a hacerlo. - ¿Por qué no escucháis primero lo que tengo que deciros? - replicó el tercer demonio -. No tendría ningún inconveniente en dejar marchar a esos monjes, pero, puesto que insisten en que los acompañemos a lo largo de toda la cordillera, creo que deberíamos emplear con ellos la táctica de "hacer salir al tigre de su madriguera". - ¿Qué quieres decir con eso de "hacer salir al tigre de su madriguera"? - preguntó el demonio de mayor edad. . - Reunid a todos los diablillos de la caverna - sugirió el tercer demonio - y de cada diez mil escoged a mil. Seleccionad después a los cien mejores y elegid sólo a dieciséis, a los que añadiréis un pequeño grupo de treinta. - ¿A qué viene todo ese lío de primero dieciséis y luego treinta? - volvió a preguntar el demonio de mayor edad. - Esos treinta últimos - explicó el tercer demonio - serán seleccionados teniendo en cuenta sus capacidades culinarias. A su disposición tendrán una gran cantidad de arroz de la mejor calidad, tallarines escogidos, brotes de bambú, manojos de té aromático, setas de todas las clases, "dou-fu" y pasta de harina de trigo. Se les ordenará que cada cincuenta o sesenta kilómetros detengan la marcha y preparen un banquete para el monje Tang. - ¿Para qué quieres a los otros dieciséis diablillos? - insistió el demonio de mayor edad. - Ocho de ellos se encargarán de transportar la silla - respondió el tercer demonio -, mientras que los ocho restantes irán abriendo el camino. Nosotros los seguiremos a cierta distancia. Como sabéis, a ochocientos kilómetros al oeste de aquí, se encuentra mi ciudad, donde dispondremos de hombres y caballos de refresco. Cuando nos encontremos cerca de ella, todo lo que tenemos que hacer es... bueno, eso ya os lo diré después, y los tres peregrinos quedarán separados, sin poder ayudarse unos a otros. Así que, si queremos atrapar al monje Tang, tendremos que confiar sobre todo en esos dieciséis hombres. Al oír eso, al demonio de mayor edad sólo le faltó ponerse a saltar de contento. Era como si acabara de salir de una resaca o de despertar de un mal sueño. - ¡Fantástico! - exclamó, entusiasmado -. ¡Realmente fantástico! - e hizo venir a todos los diablillos de la caverna. Escogió primero a los treinta más hábiles con las cazuelas y les confió la preparación de todos los banquetes que pensaba dar. Eligió a continuación a otros dieciséis y les ordenó que cargaran con la silla hecha con madera de vid. Al salir por la puerta, les rogó encarecidamente: - No os apartéis en ningún momento del camino, porque el Peregrino Sun es sospechoso en extremo. Si ve algo extraño, empezará a pensar y no parará hasta que no haya descubierto nuestro plan. Cuando llegaron cerca de donde se encontraban los peregrinos, levantó la voz y dijo con inesperado respeto: - Venerable monje Tang, hoy es un día propicio para iniciar un viaje. Os ruego, pues, que aceptéis nuestra invitación y accedáis a que os transportemos a la otra parte de la cordillera. - ¿Quiénes son todos ésos? - preguntó el maestro, volviéndose hacia Wu-Kung. - Ése de ahí - respondió el Peregrino, señalándole con el dedo - es el monstruo al que derroté esta mañana. Según parece, se ha decidido, por fin, a traer la silla. - ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, juntando las manos e inclinándose hacia lo alto -. Si no llega a ser por ti, todo habría concluido de una forma francamente lamentable. Salió después al encuentro de los demonios y los saludó, diciendo: - Estoy en deuda con vuestra generosidad. Cuando regrese con las escrituras a las Tierras del Este, hablaré de vuestras inimitables virtudes a las gentes de Chang-An. - ¿Tenéis la amabilidad de subir al palanquín? - le suplicaron los demonios, una vez concluidos los saludos. Tripitaka poseía unos ojos mortales y no comprendió que se trataba de una trampa. El Gran Sabio, por otra parte, aunque era un Inmortal de la Gran Mónada, poseía un natural recto y confiado y pensó que los demonios, después de la terrible experiencia por la que habían pasado, se habían avenido de buena gana a cumplir los deseos del maestro. Sin detenerse a sopesar la situación con cuidado, ordenó a Ba-Chie que cargara el equipaje sobre el caballo, mientras él se encargaba de abrir la marcha, con la barra cruzada sobre los hombros, y el Bonzo Sha se ocupaba de la retaguardia. Los diablillos se dividieron, entonces, en dos grupos. Ocho cargaron con la silla de mano y los ocho restantes corrieron por delante, proclamando las excelencias del personaje que los seguía. Los demonios se colocaron respetuosamente a ambos lados de la silla. De esta forma, dio comienzo la ascensión a la montaña. ¡Qué poco sospechaban los peregrinos que la desgracia estaba presta a lanzarse sobre ellos, cuando más confiados y alegres se sintieran! Como afirma un clásico, "la pobreza siempre acecha al final de los corredores de la riqueza". El dios de la guerra había estrechado su cerco sobre ellos, dispuesto a convertirlos en espíritus ajusticiados. Para que no sospecharan nada, los demonios redoblaron sus esfuerzos por mostrarse obsequiosos día y noche con Tripitaka. Apenas llevaban recorridos cincuenta kilómetros, le ofrecieron un banquete vegetariano, cosa que volvió a repetirse a los noventa y tantos kilómetros de marcha. Incluso, cuando estaba a punto de anochecer, tuvieron la delicadeza de detenerse, para que el maestro pudiera descansar. A lo largo de todo el viaje los demonios se comportaron con una corrección extraordinaria, lo que, unido a la abundancia de la comida, terminó llenando de alegría el corazón de los peregrinos. Normalmente elegían para pernoctar lugares apacibles y retirados, en los que dormían a pierna suelta. De esta forma, recorrieron, siempre en dirección oeste, alrededor de ochocientos kilómetros. Siguiendo su costumbre, el Peregrino iba un kilómetro por delante, con la barra cruzada sobre los hombros, cuando vio ante sí una ciudad, que le metió tal susto en el cuerpo, que cayó inmediatamente al suelo. ¿Cómo es posible que, siendo tan valiente, se asustara de aquella forma? La razón estaba en que aquella ciudad estaba rodeada de un aura de perversión y maldad. La habitaban monstruos y demonios de la peor ralea y sus cuatro puertas se encontraban protegidas por espíritus extremadamente violentos. La defensa de la plaza estaba encomendada a un enorme tigre listado, al que asistía, como capitán, un gato con la cara blanca. Ciervos con una cornamenta fantástica hacían las veces de mensajeros, mientras las calles se veían atestadas de zorros salvajes. Alrededor de las murallas daban vueltas sin cesar culebras de más de trescientos metros de longitud, ayudadas por enormes serpientes tan largas como ellas, que vigilaban los caminos de acceso. A la sombra de las torres lobos de pelaje gris impartían sin descanso órdenes a leopardos que se comportaban como hombres. Tanto los encargados de agitar los estandartes, como de batir los tambores, realizar las guardias y patrullar las calles eran monstruos y espíritus de la montaña. El cuidado de las puertas estaba encomendado a liebres desconfiadas, que registraban celosamente todas las mercancías, que jabalíes corpulentos trataban de hacer entrar en la ciudad. Se apreciaba que hacía años aquélla había sido la sede de una próspera corte, mientras que ahora se había transformado en una auténtica guarida de tigres y lobos. El Gran Sabio se hallaba tumbado, muerto de miedo, en el suelo, cuando de pronto oyó un sonido como de viento justamente detrás de las orejas. Se dio la vuelta a toda prisa y vio que el tercer demonio se disponía a descargar sobre su cabeza un golpe terrible con un hacha cuadrada de doble filo. De un salto, echó mano de la barra de los extremos de oro e hizo frente a su adversario. Los dos contendientes lucharon con tal concentración, que no intercambiaron ninguna palabra, mientras descargaban tajos terribles con los dientes apretados y la baba cayéndoles, abundante, por la comisura de los labios. No tardó en presentarse el demonio de mayor edad. Dando órdenes a diestro y siniestro, trató de rebanar la cabeza a Ba-Chie, que dejó a toda prisa al caballo y repelió el ataque con ayuda de su rastrillo. El segundo demonio, por su parte, intentó atravesar con su lanza al Bonzo Sha, que detuvo a tiempo el golpe con su báculo de destrozar monstruos. De esta forma, los tres demonios y los tres monjes se enzarzaron en una batalla en la cumbre misma de la montaña. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones que habían recibido, los diablillos cogieron de las riendas al caballo blanco y, después de reducir a Tripitaka, corrieron con la silla hasta los límites de la ciudad, donde dijeron a voz en grito: - ¡Traemos al monje Tang por orden de nuestros soberanos! Todos los monstruos que habitaban entre sus murallas se apelotonaron ante las puertas. En ese mismo momento dejaron de sonar los tambores, los estandartes dejaron de ondear y enmudecieron los gongs y los gritos de batalla. - Nuestros soberanos nos han ordenado que hagamos todo lo posible por no asustar al monje Tang - explicaron -. Si se sobresalta o se pone a temblar, su carne perderá todo su sabor y no se la podrá comer. Eso hizo que los monstruos adoptaran una actitud respetuosa, inclinándose ante Tripitaka y dándole la bienvenida con inesperadas muestras de reconocimiento. Sin permitirle bajar de la silla de mano, le llevaron directamente al Salón de los Carillones de Oro, donde le hicieron sentar en el sitio de honor y le dieron de comer un poco de arroz con té. Pero, pese a sus esfuerzos, el maestro temblaba de pies a cabeza, porque no veía ninguna cara conocida a su alrededor. Desconocemos de momento si logró salvar o no la vida. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第077回 UNA HORDA DE DEMONIOS CAE SOBRE LA AUTÉNTICA NATURALEZA. EL YO PURIFICADO SE INCLINA ANTE BHUTATAHATA No hablaremos, de momento, de la prueba tan tremenda por la que estaba pasando el monje Tang. Sí lo haremos, sin embargo, de los tres demonios, los cuales, unidos por un mismo propósito, se enfrentaron al Gran Sabio y a sus dos hermanos ante las murallas orientales de la ciudad. El fragor de la batalla recordaba el ruido que produce un trozo de hierro, al frotar una cacerola de cobre. No en balde, los seis luchadores eran fuertes y bien experimentados. Se enfrentaban, en realidad, seis substancias y formas distintas, seis armas diferentes, seis sentimientos y seis rasgos corporales que nada tenían en común entre sí, seis órganos y seis deseos irreconciliables, seis formas desiguales, en definitiva, de plasmar la reencarnación. Cada una de ellas presta su nombre a cada uno de los treinta y seis salones que componen el palacio imperial. Pero, si poderosos eran los guerreros, no lo eran menos las armas que blandían, orgullosos, en sus manos. La barra de los extremos de oro, por ejemplo, se adaptaba a la perfección a cualquier táctica guerrera. El hacha cuadrada de doble filo, por su parte, mostraba su fiereza en cada uno de los cien estilos que dominaba la mano que la dirigía durante la pelea. El rastrillo de Ba-Chie no le iba a la zaga en versatilidad y potencia. La lanza del segundo demonio siempre se mostraba capaz y en forma. El báculo del Bonzo Sha, un arma realmente extraordinaria, no perseguía otro objetivo que la muerte de su adversario. A ese mismo fin se lanzaba, como loca, la cimitarra de finísimo acero del demonio de mayor edad, una vez que entraba en la refriega. Tres de los luchadores eran monjes protectores de la ley, a los que nadie había logrado derrotar jamás. Los otros tres poseían una naturaleza bestial, que los hacía mofarse de la virtud y de cuantos a ella se entregaban. Se comprendía así que, a cada minuto que pasaba, la lucha fuera adquiriendo caracteres más fieros. Los contendientes hicieron uso de sus vastísimos conocimientos mágicos y lo que empezó siendo un enfrentamiento terrestre se convirtió pronto en un combate por encima de las nubes. Allí tropezaban y caían, levantando auténticas polvaredas de niebla, que oscurecían por igual la Tierra y el Cielo. Todo cuanto se oía, además del frío entrechocar de los hierros, era un escalofriante concierto de rugidos y gruñidos. La lucha se prolongó hasta la hora misma del crepúsculo, cuando el cielo se fue cubriendo, poco a poco, de sombras y la noche tendió por doquier su manto de oscuridad. Para entonces Ba-Chie se sentía tan cansado, que ni las orejas podía mantener tiesas. Le caían, de hecho, sobre los ojos, imposibilitándole aún más la visión. Los brazos y las piernas se negaban a obedecerle y pronto cayó en la cuenta de que no iba a poder seguir parando golpes. Cuando se disponía a huir, arrastrando vergonzosamente el rastrillo, el demonio de mayor edad le lanzó un golpe con la cimitarra que a punto estuvo de acabar con su vida. El acero pasó tan cerca de su cabeza, que le cortó unas cuantas cerdas del cuello. Eso le hizo redoblar sus esfuerzos por atraparle y, abriendo cuanto pudo la boca, consiguió, en efecto, agarrarle por el cogote. De esa forma, le condujo prisionero al interior de la ciudad, entregándoselo a los diablillos que se hallaban reunidos en el Salón de los Carillones de Oro, para que se hicieran cargo de él. Cuando vio que le habían atado, se remontó por los aires y se lanzó de nuevo al combate. El Bonzo Sha comprendió que las cosas se estaban poniendo muy difíciles y, después de descargar un último golpe, se dio media vuelta y huyó a toda prisa. El segundo demonio lanzó un escalofriante sonido gutural y su trompa salió disparada contra el infortunado Bonzo Sha, que no pudo hacer nada para evitar caer prisionero. Los diablillos de la ciudad se hicieron cargo de él, atándole de pies y manos y arrojándole debajo de las escaleras del salón imperial. El segundo demonio se elevó, entonces, por los aires y unió sus esfuerzos a los de sus dos hermanos, que trataban desesperadamente de atrapar al Peregrino. Este comprendió en seguida que la situación se hacía insostenible por momentos y que no iba a poder resistir el ataque de los tres monstruos. Como suele decirse, por muy fuerte que sea una mano, no puede resistir a dos puños, ni éstos a cuatro brazos. Dando un grito tremendo, el Gran Sabio rompió el cerco y se elevó limpiamente por los aires. Al ver que el Peregrino había dado su famosísimo salto, el tercer demonio sacudió ligeramente el cuerpo y se mostró tal cual era. Batió después sus alas y no tardó en ponerse a la altura del Gran Sabio. No dejaba de ser, ciertamente, sorprendente, porque, cuando éste sumió al Palacio Celeste en un desorden total, los cien mil soldados de los Cielos se mostraron incapaces de atraparle, al recorrer, de un solo salto, trescientos cincuenta mil kilómetros. Las alas del monstruo, sin embargo, eran tan potentes que, con batirlas una vez, se desplazaba hasta una distancia de ciento setenta y cinco mil kilómetros. Así que, en esta ocasión, tuvo que hacerlo dos veces. Pero no le importó, porque el Gran Sabio terminó cayendo en sus garras. Le asió con tal fuerza, que no podía mover ni un solo dedo. Por si eso no bastara, desplegó tal cantidad de artes mágicas, que, cuando el Peregrino engrandecía el cuerpo, las garras crecían de tamaño en idéntica proporción y, cuando lo reducía, se ajustaban a él, como si fueran una parte del mismo. De esa forma, el Peregrino fue conducido a la ciudad, donde, una vez atado, se le encerró en el mismo lugar que a Ba-Chie y al Bonzo Sha. Resplandecientes de felicidad, los tres demonios se sentaron a celebrar su victoria, sin sospechar que, lejos de atrapar al Peregrino, lo que habían hecho era preparar su huida. A eso de la segunda vigilia los diablillos se cansaron de tratar con consideración al monje Tang y le obligaron a entrar en la habitación en la que se encontraban sus tres discípulos. Al verlos, a la luz de las antorchas, atados y tirados por el suelo, se arrodilló junto al Peregrino y exclamó entre sollozos: - ¡Qué ha sido de tu fuerza! Cuando, en otras ocasiones, nos topábamos con alguna dificultad, solías valerte de la magia para ir en busca de ayuda o te las arreglabas tú solo para derrotar a los monstruos que nos hubieran atrapado. ¿Qué te ha sucedido esta vez? ¿Cómo va a poder escapar con vida un monje con tan pocos recursos como yo? Al oír esas palabras, Ba-Chie y el Bonzo Sha se rindieron también a la angustia y empezaron a sollozar. - Tranquilizaos, maestro - dijo, entonces, el Peregrino, sonriendo -. ¿A qué vienen esos llantos? Os aseguro que, por mucho que lo intenten, jamás conseguirán haceros ningún daño. Cuanto más seguros de su triunfo estén esos monstruos, más fácil nos será a nosotros escapar. - ¡No hay quien pueda contigo! - exclamó Ba-Chie -. ¡Siempre te las estás dando de grande! ¿No ves cómo me han atado? Cuando ven que las cuerdas se aflojan un poco, les echan agua y se vuelven a tensar en seguida. A lo mejor un tipo tan delgaducho como tú ni siquiera lo nota, pero te aseguro que es un auténtico tormento para los gorditos como yo. Si no me crees, no tienes más que mirarme los hombros. Las cuerdas se me han metido en la carne casi medio centímetro. ¿Quieres explicarme cómo vamos a escapar? - Eso sin contar con que las sogas están hechas de esparto - se burló el Peregrino, soltando la carcajada -. Pero, aunque fueran de hierro y tuvieran el grosor de un cuenco de arroz, las tomaría tan a la ligera como la brisa que me refresca las orejas en el otoño. No deberías extrañarte. Tú conoces bien todas mis artes. Cuando más distraídos estaban con la conversación, oyeron decir al demonio de mayor edad: - Hemos de reconocer que nuestro tercer hermano es el más inteligente y el más capaz de toda la familia. Su plan para atrapar al monje Tang ha salido a la perfección. Creo que cinco de vosotros - añadió, dirigiéndose a los diablillos - deberíais traer un poco de agua, mientras otros siete se encargan de limpiar las cazuelas, diez más encienden el fuego y veinte van a por el caldero de hierro. Lo menos que podemos hacer es cocinar a esos cuatro monjes al vapor y daros a todos un pedacito de su carne, para que también vosotros alcancéis una vida perdurable. - ¿Has oído lo que ha dicho? - preguntó Ba-Chie al Peregrino, temblando de pies a cabeza -. ¡Ese demonio está dispuesto a comernos cociditos al vapor! - No tengas miedo - le tranquilizó el Peregrino -. Voy a ver a qué clase de diablos pertenece ese monstruo. - ¡Deja de decir tonterías, por favor! - le regañó el Bonzo Sha - ¦ Estamos a punto de presentarnos ante el Rey Yama y lo único que se te ocurre es hablar de clases de diablos. No había acabado de decirlo, cuando oyeron comentar al segundo demonio: - Me temo que no es tan fácil cocinar al vapor a Chu Ba-Chie. - ¡Amitabha! - exclamó Ba-Chie -. El que ha dicho eso merece que se le recompense con largueza. - En ese caso - concluyó el tercer demonio -, lo mejor que podemos hacer es despellejarle antes de someterle a la acción del vapor. - ¡No me despellejéis! - gritó Ba-Chie, desesperado -. Es posible que tenga la piel un poco dura, pero se vuelve blandita, en cuanto se me mete en el agua. - Opino - añadió el demonio de mayor edad - que al más duro deberíamos ponerle en el fondo. - No te asustes, Ba-Chie - repitió el Peregrino, soltando la carcajada -. Ese tipo no es más que un vulgar charlatán. - ¿Cómo lo sabes? - preguntó el Bonzo Sha. - Cuando se cuece algo al vapor - contestó el Peregrino -, la parte de arriba es la que primero se hace. Eso explica por qué siempre se pone encima lo más duro. De hecho, el vapor se concentra en esa parte de la cazuela y reblandece todo lo que encuentra, aunque se trate de un hueso. Si lo pones en el fondo, ya puedes azuzar el fuego, que no lo cueces ni aunque te tires un año entero. Ese demonio, sin embargo, primero ha dicho que Ba-Chie era muy duro y después ha sugerido que debieran colocarle en la parte de más abajo. ¿No os dais cuenta que habla por hablar? - Cualquiera que te oiga, va a pensar que quieres ver cómo me torturan - se quejó Ba-Chie -. Cuando vean que mi carne sigue tan dura como al principio, me darán la vuelta y avivarán aún más el fuego. De esa forma, lo único que conseguirán será cocerme las costillas y dejarme crudo por dentro. No había acabado de decirlo, cuando se presentó uno de los diablillos e informó: - El agua está hirviendo. El demonio de mayor edad les ordenó que fueran en busca de Ba-Chie y el Bonzo Sha y los metieran en la cazuela. El Peregrino supuso que él sería el siguiente y decidió que había llegado la hora de actuar. - Es preciso que me aproveche de la poca luz de esta antorcha para confundir a esas bestias - se dijo y, arrancándose un pelo, exhaló sobre él una bocanada de aire sagrado y gritó -: ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en otro Peregrino atado con cuerdas de esparto. El auténtico no tuvo ningún problema en elevarse por los aires, donde se quedó suspendido unos instantes, mirando hacia abajo. Los monstruos, por supuesto, no podían distinguir al falso del auténtico. Cuando le llegó el turno, le cogieron y le metieron en la cazuela justamente encima de sus dos hermanos. El monje Tang fue atado a continuación de pies y manos y colocado en la parte superior. Como la madera estaba seca, prendió en seguida, produciendo unas llamas realmente espantosas. - Estoy seguro de que Ba-Chie y el Bonzo Sha resistirán el hervor por lo menos dos segundos - se dijo, preocupado, el Gran Sabio, mirando por encima de las nubes -. Al maestro, por el contrario, le bastará con uno para volverse blandito. Si no hago en seguida uso de la magia, morirá sin remedio. Sin pérdida de tiempo hizo un gesto mágico con las manos y recitó un conjuro, que decía: - Que Om y Ram purifiquen el reino del dharma, Chien: Origen, penetración, armonía y firmeza. Tan complicada fórmula obró el efecto deseado. No había acabado de recitarla, cuando se presentó el Rey Dragón del Océano Septentrional, envuelto en una nube oscura y gritando: - Ao-Shun, el humilde dragón del Océano Septentrional, os presenta sus respetos. - Levántate en seguida y no perdamos más tiempo - contestó el Peregrino -. Ten la seguridad de que no te molestaría, si no fuera absolutamente necesario. Mi maestro, el monje Tang, ha sido capturado por unos demonios sin escrúpulos, que le han metido en ese enorme caldero para cocinarle al vapor. Te agradecería, por tanto, que hicieras cuanto esté de tu mano para conservarle la vida. Al instante el rey dragón se convirtió en un viento frío, que sopló con fuerza en la dirección en la que se encontraba la cazuela. Girando con fuerza a su alrededor, consiguió mantener apartado el fuego, salvando las vidas de los que se encontraban dentro. Al final de la tercera vigilia se oyó comentar al demonio de mayor edad: - Por supuesto que hemos logrado atrapar al monje Tang y a sus tres discípulos, pero no sabéis ni los esfuerzos ni las noches sin dormir que nos ha costado. Afortunadamente, ahora están metidos en esa cazuela y dudo mucho que puedan escaparse, sobre todo teniendo en cuenta la forma como están atados. No conviene, de todas las maneras, rebajar la vigilancia. Tened bien abiertos los ojos y turnaos en grupos de diez para mantener el fuego todo lo vivo que podáis. Nosotros vamos a retirarnos a nuestros aposentos a descansar un poco. Calculo que estarán listos para eso de la quinta vigilia, cuando empiece a clarear. Si queréis, podéis ir preparando sal, vinagre y unas cuantas cabezas machacadas de ajo. Las necesitaremos para el convite. Los diablillos cumplieron al pie de la letra sus órdenes y los tres demonios se dirigieron, satisfechos, a sus habitaciones. El Peregrino oyó claramente lo que acababan de decir y decidió que había llegado el momento de bajar de la nube en la que estaba sentado. Sin embargo, al acercarse a la cazuela, no percibió ninguna voz que viniera de dentro y se dijo, preocupado: - ¿Por qué no hablarán nada? Por fuerza tiene que hacer un calor horroroso en el interior. ¿Cómo es que ni siquiera se quejan? ¿Será que habrán muerto? Es preciso que me acerque un poco más. Sacudió ligeramente el cuerpo y, tras convertirse en una mosca de color negruzco, fue a posarse sobre el agarradero de madera que tenía la tapa. Desde allí oyó murmurar a Ba-Chie: - ¡Qué mala suerte la nuestra! Me pregunto si nos estarán cocinando con mucho o con poco aire. - ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó el Bonzo Sha. - En realidad, se trata de dos maneras distintas de cocinar - explicó Ba-Chie -. En la primera se mantiene tapada la cazuela, mientras que en la segunda, no. - Según puedo ver desde aquí - dijo Tripitaka -, la tapa está a medio poner. - ¡Fantástico! - exclamó Ba-Chie, entusiasmado -. Eso quiere decir que el aire corre en abundancia y que, al menos por esta noche, no vamos a morir. Al oírlos hablar de esa forma, el Peregrino supo en seguida que no habían sufrido el menor daño. Como quien no quiere la cosa, corrió un poco la tapadera y Tripitaka gritó, espantado: - ¡Ahora la cazuela está tapada! - ¡No tenemos salvación! - exclamó Ba-Chie en el mismo tono -. ¡Seguro que morimos antes de que amanezca! - y tanto el maestro como el Bonzo Sha se echaron a llorar -. No os desesperéis tan pronto - añadió Ba-Chie, completamente tranquilo -. Creo que hay un grupo nuevo de diablillos atizando el fuego. - ¿Cómo lo sabes? - preguntó el Bonzo Sha. - Al entrar en la cazuela - respondió Ba-Chie -, me sentía como en la gloria. Padezco un poco de artritis y el agua caliente me sienta bien. Ahora, sin embargo, parece como si estuviera entrando en la cazuela algo de aire frío. ¡Eh - añadió levantando la voz -, los que estáis a cargo del fuego! ¿No podéis echar un poco más de leña? ¿Es que ni para eso servís? - ¡Qué tonto! - exclamó para sí el Peregrino, sin poder contener la risa -. ¿Cómo no comprenderá que el calor puede acabar con su vida, mientras que el frío puede ayudarle a conservarla? Si sigue gritando de esa forma, se descubrirá todo y no podremos escapar de aquí. Lo mejor será que le saque de ahí en seguida. Pero, espera un momento. Para hacer eso, tengo que recobrar la forma que me es habitual y, en cuanto me vean esos diez diablillos que están atizando el fuego, armarán tal alboroto, que hasta los demonios terminarán despertándose. No me hace ninguna gracia enfrentarme otra vez con ellos, Lo más conveniente será que haga uso de la magia. Recuerdo que, cuando era Gran Sabio, me puse a jugar con Dhrtarastra a los chinos con los dedos en la Puerta Norte de los Cielos y le gané unos cuantos insectos productores de sueño. Creo que todavía me quedan algunos. Los voy a sacar y se los voy a echar a esos diablillos. Se metió la mano por la cintura, y descubrió que todavía tenía una docena. - Me quedaré con una pareja, para que críen - se dijo y tiró los demás a la cara de los diablillos. Los insectos se les metieron en seguida por las narices y ellos se pusieron a roncar. Sólo uno de ellos, precisamente el que estaba al cargo de la badila, permaneció despierto. No dejaba de pasarse las manos por la cara ni de meterse los dedos por la nariz, lo cual le hacía estornudar como un loco. - ¡Vaya! - volvió a decirse el Peregrino -. Se ve que este tipo sabe detrás de qué se anda. Voy a tener que aplicarle lo de la lámpara de doble mango - y le tiró otro insecto más -. Espero que con dos tendrá bastante - añadió. El diablillo bostezó dos o tres veces seguidas y, dejando a un lado la badila, se estiró y se quedó profundamente dormido. - Esta magia no falla - se dijo, una vez más y, recobrando la forma que le era habitual, se llegó hasta la cazuela y dijo -: Maestro, ¿me oyes? - ¡Sálvame, Wu-Kung! - gritó el monje Tang en seguida. - ¿Estás ahí fuera? - preguntó, sorprendido, el Bonzo Sha. - Así es - reconoció el Peregrino -. ¿Crees que yo puedo aguantar el calor? - ¡Siempre pasa lo mismo! - se quejó Ba-Chie -. El más astuto se escapa y nos deja a los demás ahogándonos. - ¿A qué vienen tantas protestas? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Si estoy aquí es para liberarte, ¿no? - Pues no sé a qué esperas para hacerlo - respondió Ba-Chie -. Por lo que más quieras, no los dejes meterme otra vez en el puchero. El Peregrino levantó la tapa y desató primero al maestro. Sacudió después ligeramente el cuerpo y recobró el pelo que se había hecho pasar por él. Eso le dejó completamente las manos libres y rompió las ataduras de Ba-Chie y el Bonzo Sha. El Idiota quiso marcharse en seguida, pero le disuadió de hacerlo el Peregrino, diciendo: - ¿Adonde vas tan deprisa? Antes de nada es preciso que nos despidamos del rey dragón. - En cuanto lo hubieron hecho, el Gran Sabio se volvió hacia Ba-Chie y añadió - : Hasta el Paraíso Occidental aún quedan por trasponer infinidad de montañas y de cordilleras prácticamente inaccesibles. Sin una bestia de carga el maestro no podrá seguir adelante. Así que, antes de nada, tenemos que ir en busca del caballo. Sin hacer un solo ruido, el Peregrino entró en el Salón de los Carillones de Oro, donde se encontró durmiendo a un auténtico enjambre de diablillos de todas las edades. Ni uno de ellos se despertó, cuando cogió de las riendas al caballo, tal fue el cuidado con que lo hizo. El mismo animal no lanzó ningún relincho comprometedor. Como era un dragón, se habría echado a volar, si le hubiera desatado alguien desconocido, pero, afortunadamente, el Peregrino ostentaba el rango de "pi-ma", o caballerizo mayor de los cielos. Además, le reconoció al instante. Eso explica que no relinchara ni empezara a dar coces. El Peregrino le ajustó la cincha y la silla de montar y, sin meter ruido, se dirigió hacia donde se encontraban sus hermanos. Temblando de miedo, el maestro montó en la cabalgadura y se dispuso a salir al galope, pero se lo impidió el Peregrino, diciendo: - ¿A qué viene tanta prisa? A lo largo del camino que conduce hacia el oeste hay infinidad de reinos. Para cruzarlos, tendremos que conseguir de sus soberanos que nos sellen los documentos de viaje. Con ello quiero decir que es preciso que recupere nuestro equipaje; de lo contrario, no dispondremos de un solo documento que acredite nuestra personalidad. - Recuerdo que, al entrar - dijo el monje Tang -, los demonios lo pusieron a la izquierda del salón principal. La pértiga está apoyada debajo de las escaleras. - Ya lo sé - contestó el Peregrino. Al entrar en el salón, se sintió deslumbrado por un fuerte resplandor y en seguida comprendió que se trataba del equipaje, más en concreto de la túnica bordada del monje Tang, pues uno de los brocados poseía una perla que no dejaba de brillar día y noche. Al acercarse un poco más, descubrió que los monstruos ni siquiera se habían preocupado de abrirlo. Lo cogió a toda prisa y se lo entregó al Bonzo Sha, para que cargara con ello. Ba-Chie tomó de las riendas al caballo y, con el Peregrino a la cabeza, se dirigieron hacia la Puerta del Sol, que se encontraba justamente delante de ellos. En ese mismo instante se oyeron los gongs de los centinelas y descubrieron que los cerrojos estaban echados y protegidos con enormes candados. - Es imposible pasar por ahí - opinó el Peregrino. - Entonces vayamos por la puerta de atrás - sugirió Ba-Chie. El Peregrino aceptó la idea, pero no pasó mucho tiempo antes de que dijera: - Puedo oír con toda claridad los gongs de los centinelas que hay apostados en la Puerta de los Esclavos. Eso quiere decir que está tan bien protegida como la otra. ¿Qué podemos hacer? Si no fuera por el maestro, podríamos montarnos en las nubes y escapar a lomos del viento. Pero, como el monje Tang aún sigue morando en el mundo de las cinco fases, no ha superado el determinismo de los tres reinos. Su cuerpo posee las mismas características carnales que recibió de sus padres. De todas formas, está claro que, como no logre elevarse por los aires, mal nos va a ir a todos para escapar de aquí. - ¿Para qué seguir discutiendo? - replicó Ba-Chie -. Busquemos un sitio donde no haya vigilancia ni guardas y pasemos al maestro por encima de la muralla. - No diría yo tanto - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Ahora no nos costaría mucho arrastrarle muralla arriba, pero me temo que, cuando volvamos con las escrituras, tú mismo te encargarás de ir diciendo por ahí que somos un grupo de monjes que nos dedicamos a saltar tapias. - Pero en eso no hay nada malo - se defendió Ba-Chie -. Si lo hacemos, es para salvar la vida. Al Peregrino no le quedó, pues, más remedio que aceptar su sugerencia. Encontraron una porción de muro que estaba desprotegida y empezaron a escalar por ella. Desgraciadamente, sucedió lo que tenía que suceder. Era como si la estrella de la desgracia se hubiera empeñado en no dejar de su mano a Tripitaka. Los tres demonios se encontraban durmiendo en sus aposentos, cuando de pronto se despertaron con la desagradable sensación de que el monje Tang acababa de escaparse. Se vistieron a toda prisa y corrieron hacia el salón del trono, donde preguntaron a grandes voces: - ¿Cuántos hervores habéis dado al agua? Los diablillos encargados de azuzar las llamas estaban tan dormidos, que ni a fuerza de golpes lograron despertarlos. Otros pocos que no habían recibido la influencia de los insectos inductores de sueño respondieron, temblando de miedo: - Creemos que... que... sie... siete. Al destapar la cazuela, vieron que estaba totalmente vacía, mientras que los que tenían la responsabilidad de cuidar de que nada saliera mal yacían, dormidos, por el suelo. Asustados, corrieron a informar a sus soberanos, diciendo: - ¡Se... se han... escapado! Los tres demonios abandonaron al tiempo sus tronos y se abalanzaron sobre la cazuela para ver por sí mismos lo que había ocurrido. El agua estaba completamente fría y no quedaba ni un solo rescoldo encendido. Los encargados de mantener vivas las llamas se encontraban roncando, como si no supieran hacer otra cosa. Los demonios se quedaron tan boquiabiertos, que no se les ocurrió más que gritar: - ¡Atrapad inmediatamente al monje Tang! El alboroto terminó despertando a todos los monstruos de la ciudad, que echaron en seguida mano de sus lanzas y chafarotes y corrieron en tropel hacia la Puerta del Sol. Allí descubrieron, asombrados, que los cerrojos continuaban echados y que nadie había tocado los candados. Es más: los centinelas continuaban batiendo rítmicamente sus gongs. - ¿Por dónde ha escapado el monje Tang? - preguntaron a las patrullas que hacían la ronda por la parte de fuera. La respuesta fue que nadie había abierto aquella puerta en toda la noche. Eso hizo que corrieran en tropel a la de atrás, a la de los Esclavos. Pero su sorpresa fue mayúscula, al encontrarla tan cerrada y segura como la de delante. Los que vigilaban las murallas desde fuera afirmaron no haber visto salir a nadie después de la hora del crepúsculo. La turbamulta encendió entonces tantos hachones y antorchas, que parecía como si, de pronto, se hubiera hecho de día. No les resultó, así, difícil dar con los cuatro peregrinos, que estaban tratando de escalar la muralla. - ¿Adonde creéis que vais? - preguntó el demonio de más edad, corriendo hacia ellos. Al oír su voz, el maestro sintió que se le aflojaban las piernas y que las manos se le entumecían a causa del miedo. Incapaz de seguir agarrado a la piedra, se dejó caer y fue a parar a los brazos del demonio. El segundo se hizo cargo del Bonzo Sha, mientras el tercero atrapaba fácilmente a Ba-Chie y el resto de los monstruos se adueñaban del caballo blanco y del equipaje. Sólo el Peregrino consiguió escapar. - ¡Maldita sea! - exclamó Ba-Chie, al ser capturado de nuevo -. Ya te dije que, si estabas dispuesto a liberarnos, tenías que hacerlo de una forma que ofreciera garantías. ¡Ahora otra vez a la cazuela! Los diablillos los condujeron, en efecto, al salón principal, pero no volvieron a meterlos en el puchero. A Ba-Chie, por el contrario, le ataron a una columna que había justamente en frente del salón, mientras que al Bonzo Sha le amarraron a otra que había en la parte de atrás. El mayor de los demonios, por su parte, se negó a desprenderse del monje Tang y le mantuvo apretado contra su pecho. - ¿Por qué le agarras así? - le preguntó el tercer demonio -. ¿Es que piensas tragártelo vivo? Sería una gran estupidez, porque este monje es infinitamente más sabroso que esos desgraciados que te sueles comer de desayuno. No en balde se trata de una criatura de orden superior. Conviene, por tanto, que te tomes tu tiempo y prepares con él un plato de auténtico entendido, No hay nada como probar un buen bocado, acompañado de un buen vino y escuchando una música melodiosa. - Tienes razón - reconoció el demonio -, pero me temo que pueda aparecer el Peregrino Sun de un momento a otro y arrebatármelo delante de mis propias narices. - Existe en este palacio - respondió el tercer demonio - un pabellón, llamado de los Granados, que contiene un arcón hecho de hierro. Mete dentro de él al monje Tang y haz correr el rumor de que nos lo hemos comido vivo. Los habitantes de la ciudad se encargarán de hacerlo llegar a oídos del Peregrino, que vendrá, sin lugar a dudas, a averiguar qué hay de cierto en ello. Cuando vea que no encuentra a su maestro por ninguna parte, perderá todas las esperanzas y se marchará para siempre. Puedo asegurarte que, dentro de cuatro o cinco días, dejará de molestarnos. Entonces sacaremos al monje Tang y disfrutaremos tranquilamente de su carne. ¿Qué te parece el plan? - ¡Francamente extraordinario! - respondieron a la vez los otros dos demonios, entusiasmados -. A nosotros mismos no podría habérsenos ocurrido nada mejor. Aquella misma noche metieron al infortunado monje Tang en el arcón de hierro y le encerraron en el Pabellón de los Granados. Pronto circuló por toda la ciudad el rumor de que había sido devorado vivo, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, después de abandonar a su suerte al maestro, se elevó por los aires, amparado en la oscuridad de la noche. Se dirigió directamente a la Caverna del Camello-León, donde logró aniquilar con la barra de los extremos de oro a diez mil diablillos. Envalentonado por su hazaña, regresó a la ciudad, cuando el sol estaba empezando a apuntar por el este. No se atrevió, sin embargo, a lanzarse al combate, porque, como bien sabía, con un hilo no se forma un ovillo y se requieren al menos dos manos para poder aplaudir. Bajó de las nubes y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en un diablillo, que se coló de incógnito en la ciudad. Trató de descubrir lo que se comentaba tanto en las grandes avenidas como en las callejuelas de ínfimo orden y lo único que oyó comentar fue: - Durante la noche nuestros soberanos se han comido vivo al monje Tang. Eso era lo que se decía en todas las partes de la ciudad. La intranquilidad se fue apoderando, poco a poco, del Peregrino, que, finalmente, se dirigió al Salón de los Carillones de Oro, a ver si lograba descubrir algo. Delante de la puerta vio a numerosos espíritus vestidos con túnicas amarillas y tocados con unos sombreros cubiertos de polvillo de oro. Llevaban en las manos báculos de madera lacada en rojo Y les colgaban de la cintura unas placas de marfil amarillento. Su trasiego era constante y eso hizo pensar al Peregrino: - Por fuerza tiene que tratarse de los monstruos que trabajan en palacio. Me transformaré en uno de ellos y veré qué es lo que puedo averiguar. No había acabado de decirlo, cuando se convirtió en una copia exacta de aquellos extraños funcionarios y se coló en el palacio. No tardó en descubrir a Ba-Chie atado a una de las columnas que había justamente delante del salón. Lanzaba unos quejidos tan lastimeros, que se vio compelido a acercarse a él y susurrarle: - Wu-Neng. - ¿Eres tú? - preguntó el Idiota, reconociendo en seguida su voz -. Libérame, por favor. - Lo haré, estáte tranquilo - respondió el Peregrino -. ¿Sabes dónde está el maestro? - Se ha ido - contestó Ba-Chie -. Anoche se lo comieron vivo esos monstruos. Al oír esas palabras, el Peregrino empezó a sollozar y las lágrimas fluyeron, copiosas, por sus mejillas. - No llores, por favor - le aconsejó Ba-Chie -. Se lo he oído comentar a los diablillos. No lo he visto con mis propios ojos. No te dejes engañar por los rumores. Si yo estuviera en tu lugar, trataría de hacer ciertas averiguaciones antes de rendirme al llanto. El Peregrino dejó de llorar y continuó caminando, dispuesto a poner en práctica el consejo de Ba-Chie. Al llegar al patio de atrás vio al Bonzo Sha atado a una de las columnas. Se acercó a él y, tocándole el pecho con la mano, dijo: - Wu-Ching. El Bonzo Sha reconoció en seguida su voz y le preguntó: - ¿Cómo se te ha ocurrido disfrazarte así? Libérame en seguida por lo que más quieras. - Liberarte no es difícil - afirmó el Peregrino -. Pero ¿sabes dónde está el maestro? - Los monstruos no esperaron esta vez a que estuviera cocido - contestó el Bonzo Sha con los ojos anegados en lágrimas -. Se lo comieron vivo anoche. Al oír que sus dos hermanos decían lo mismo, el Peregrino sintió como si un puñal le atravesara la cabeza. Sin preocuparse de liberar a Ba-Chie y al Bonzo Sha, se elevó por los aires y regresó a la montaña que se elevaba al este de la ciudad. Allí se dejó caer de las nubes y empezó a sollozar y a gritar, desesperado: - ¡Oh, maestro! Cuando, burlándome de los preceptos de lo alto, acabé mi aventura encerrado en una prisión, vos acudisteis en mi auxilio y me liberasteis de la desesperación que me destruía. Juntos buscamos la senda de Buda, entregándonos en cuerpo y espíritu a la práctica de la virtud y a la destrucción de los demonios que de continuo nos acechaban. ¿Quién iba a decirme que hoy ibais a hallar la muerte, poniendo fin a nuestro deseo de reunimos alrededor de la palmera sagrada? Estaba determinado que jamás alcanzaríais las sagradas Tierras del Oeste. ¿Qué puedo hacer yo, ahora que el espíritu ha abandonado vuestro pecho? Poco a poco empezó a servirse de la mente para cuestionar la razón y se dijo: - ¡Todo esto tiene que ser culpa de Tathagata! ¡Se pasa el día sentado cómodamente en su paraíso de la suprema felicidad, sin hacer otra cosa que complacerse en sus tres cestas llenas de escrituras! Si realmente se preocupara de la expansión de la verdad, debería haber llevado personalmente esas escrituras a las Tierras del Este. ¿No hubiera constituido eso mismo un motivo más de gloria? Pero no. No estaba dispuesto a separarse de ellas así como así y se le ocurrió pedirnos que fuéramos nosotros a por ellas. ¿Quién iba a esperar que, después de las penalidades que ha pasado, dejando atrás montes a cual más alto, el maestro iba a terminar su vida en un lugar tan miserable como éste? ¡Está bien! Creo que ha llegado el momento de ir a visitar a Tathagata y discutir con él de todas estas cosas. Si accede a entregarme las escrituras para que las lleve conmigo a las Tierras del Este, querrá decir, en primer lugar, que hemos propagado la virtud por doquier y, en segundo lugar, que hemos cumplido lo que en su día prometimos. Ahora bien, si se niega a confiármelas, le pediré que recite el conjuro que él ya sabe y me libere, de una vez, de esta corona que llevo incrustada en la cabeza. Se la devolveré y regresaré a mi caverna a llevar la vida de despreocupación que me daba, cuando era rey. De un salto, se elevó hacia lo alto y se dirigió directamente hacia la India. Al cabo de media hora avistó la Montaña del Espíritu, tomando tierra exactamente en la Cumbre del Buitre, y siendo recibido por los Cuatro Protectores Diamantinos, que le preguntaron: - ¿Se puede saber adonde vas? - Es preciso que vea a Tathagata cuanto antes - respondió el Peregrino -. Hay ciertos asuntos que quisiera discutir personalmente con él. - ¡Este mono es incorregible! - exclamó el Protector Sempiterno, el señor indestructible de la Cumbre del Rayo de Oro, en el Monte Kun-Lun -. Todavía no nos has dado las gracias por haberte ayudado, hace ya cierto tiempo, a capturar al Monstruo Toro. Ahora resulta que te presentas aquí diciendo que precisas discutir de ciertos asuntos con Buda en persona. ¿No te parece que, antes de entrevistarte con él, deberíamos anunciar tu llegada y tú esperar a que se te convoque? Esto no es la Puerta Sur de los Cielos, donde tú puedes entrar y salir, según te plazca. ¿Es que no piensas apartarte, de una vez? El Gran Sabio se sentía ya lo suficientemente resentido para que, encima, alguien le dejara en mal lugar delante de todos. Ante semejante falta de tacto, perdió la paciencia y empezó a dar tales voces, que hasta el propio Tathagata se asustó. El Patriarca Budista se hallaba sentado solemnemente en el loto de los nueve niveles discutiendo sobre los sutras con los Arhats de los Dieciocho Cielos. Se volvió de pronto hacia ellos y les dijo: - Acaba de llegar Sun Wu-Kung. Salid vosotros y hacedle entrar a él. Los arhats cumplieron en seguida los deseos de Buda. Tomaron en sus manos los estandartes y las reliquias sagradas y se dirigieron en dos filas al exterior del monasterio, donde anunciaron con voz solemne: - Gran Sabio Sun, Tathagata desea verte. Los Cuatro Protectores Diamantinos se hicieron entonces a un lado y permitieron la entrada al Peregrino, que fue conducido hasta el salón de los lotos por los propios arhats. Al ver a Tathagata, se echó rostro en tierra y las lágrimas empezaron a correr, copiosas, por sus mejillas. - ¿A qué vienen esas lágrimas, Wu-Kung? - preguntó Tathagata. - En virtud de las enseñanzas que habéis tenido a bien confiarme, este humilde discípulo vuestro se atreve a posar su indigno pie en vuestros sagrados dominios - contestó el Peregrino con inesperado respeto -. Después de abrazar con una sinceridad total vuestros principios, acepté de buena gana ser el protector del monje Tang, al que respeté como maestro y con el que he pasado toda clase de sacrificios y privaciones. Al llegar a la Ciudad del Camello-León, enclavada en la montaña del mismo nombre, tres demonios, que no son en realidad, más que un león, un elefante y un águila, cometieron la osadía de capturar a mi maestro. Incluso yo caí en sus manos, siendo arrojado, en compañía de mis hermanos, al interior de una cazuela, donde padecimos el suplicio del fuego y el agua. Afortunadamente conseguí escapar y solicité la ayuda del Rey Dragón, que aceptó gustoso colaborar en nuestra empresa. Aquella misma noche el maestro se vio libre, pero la estrella de la desgracia no quiso abandonarnos y volvimos a caer en poder de esas bestias. Al amanecer, me introduje de incógnito en la ciudad, con el fin de rescatar, de una vez por todas, a mis hermanos, pero lo único que descubrí fue que los demonios habían devorado a mi maestro por la noche. Encontraron tan sabrosa su carne, que no dejaron ni un hueso como muestra. Wu-Neng y Wu-Ching, mis dos hermanos, siguen atados a unas columnas y me figuro que no tardarán mucho en perder también la vida. Ante tanta desgracia no me ha quedado más remedio que venir a suplicaros que recitéis un conjuro, para que se me desprenda de la cabeza esta corona que llevo incrustada en la carne. Es vuestra y deseo devolvérosla, antes de regresar a la Montaña de las Flores y Frutos a reanudar la vida de holganza que antes llevaba. No había acabado de decirlo, cuando las lágrimas anegaron sus ojos y los sollozos agitaron su pecho. - No estés tan triste, por favor, Wu-Kung - le aconsejó Tathagata -. La razón de que te sientas tan apenado es porque, a pesar de tus extraordinarios poderes mágicos, no has podido derrotar a esos demonios. - He de reconocer - admitió el Peregrino, arrodillándose ante Buda y dándose continuamente golpes en el pecho - que, desde que sumí los Cielos en una confusión total, adquirí el título de Gran Sabio y adopté los modos de vida humanos, nunca había sido derrotado hasta ahora. - Deja de atormentarte - insistió Tathagata -. Conozco bien a ese demonio. - He oído comentar que es pariente vuestro - respondió el Peregrino con cierta insolencia. - ¡No seas tan maleducado! - le regañó Tathagata -. ¿Cómo puede ser un demonio pariente mío? - Si no lo es - replicó el Peregrino, sonriendo -, ¿cómo es que le conocéis? - Conozco a los tres con los ojos de la sabiduría - explicó Tathagata -. El primero y el segundo demonio tienen sus propios maestros. - Se volvió a continuación hacia Ananda y Kasyapa y les ordenó -: Montad cada uno en una nube e id a la Montaña de los Cinco Estrados y al Monte O-Mei. Decid a Manjusri y a Visvabhadra que vengan inmediatamente a verme. Los dos honorables se aprestaron a cumplir sin demora sus deseos. - Manjusri y Visvabhadra - continuó explicando Tathagata - son exactamente esos maestros de los que te hablaba. Pero, ahora que lo mentas, es cierto que el tercer monstruo es pariente mío. - ¿Por parte paterna o por parte materna? - preguntó el Peregrino. - Inmediatamente después de que el Caos fuera dividido - dijo Tathagata -, surgieron los Cielos en la época Dhzu, mientras que la Tierra apareció en el período Chou y el Hombre en la etapa Yin. Todo lo demás es producto de la copulación del Cielo y la Tierra, Entre sus descendientes destacan de una manera particular las bestias y las aves. El unicornio es el primero de aquéllas, mientras que la primacía de éstas corresponde al fénix. Tras ser cubierto por el aura de la creación, el fénix dio a luz al águila y al pavo real. Al principio el pavo real era una criatura salvaje en extremo, al que le encantaba devorar seres humanos. De hecho, era capaz de tragarse a un hombre desde una distancia de ochenta kilómetros. Precisamente acababa de establecerme en la cumbre de la Montaña de la Nieve, una vez perfeccionado mi cuerpo diamantino de cincuenta metros de altura, cuando me tragó a mí. Podía haber escapado muy bien por sus conductos anales, pero temí que eso pudiera mancillarme y decidí salir por su espalda, obligándole a venir conmigo a la Montaña del Espíritu. Cuando me disponía a acabar con él, se presentaron varios budas y me convencieron para que no le hiciera mal alguno, haciéndome ver que matarle sería como acabar con mi propia madre. Ante semejantes razones, decidí conservarle a mi lado, concediéndole el título de Maharaja Mayura o Buda-Madre. Puesto que el águila y el pavo real tienen un mismo progenitor, no es nada descabellado afirmar que ambos son parientes míos. - Eso quiere decir - concluyó el Peregrino con una sonrisa maliciosa - que, en realidad, sois sobrino de ese monstruo. - Me temo - suspiró Tathagata, enarcando las cejas - que sólo yo soy capaz de atraparle. - En ese caso, venid inmediatamente conmigo - suplicó el Peregrino, tocando repetidamente el suelo con la frente. Tathagata descendió del trono de loto y se dirigió hacia la puerta del monasterio, seguido por su corte de budas. Allí se encontraron con Ananda y Kasyapa, que venían con Manjusri y Visvabhadra. Los dos bodhisattvas se inclinaron respetuosamente ante Tathagata, que les preguntó sin ningún cumplido: - ¿Cuánto tiempo hace que faltan vuestras bestias de carga de su montaña? - Siete días - contestó Manjusri. - Siete días en la montaña son varios miles de años en la tierra - recapacitó Tathagata -. Me pregunto a cuántos habrán matado en todo ese tiempo. Es preciso que los atéis en seguida. Venid conmigo, por favor. Cada uno de los bodhisattvas se colocó a un lado de Tathagata y se elevaron por los aires. El cielo se llenó de la luz benefactora que emitían las nubes en las que viajaban. En su profunda misericordia Buda había decidido dar a conocer los principios de su inabarcable sabiduría. Fue él quien reveló el poder creativo de los Cielos y puso al descubierto las leyes evolutivas de la Tierra. Es tanta su sabiduría, que no se apartan de su presencia quinientos arhats y siempre le siguen tres mil protectores. Le acompañaban en esta ocasión Ananda y Kasyapa. ¿Cómo iban a poder escapar al castigo los monstruos Man y Visva? Fue un gran favor el que se le concedió al Gran Sabio, pues muy pocas veces han actuado directamente el Patriarca Budista y sus seguidores. No tardaron en avistar la ciudad y el Peregrino exclamó, señalándola con el dedo: - Ése es el Reino del Camello - León. ¿No veis esa neblina oscura que lo envuelve? - Baja tú primero y reta a esos monstruos - le ordenó Tathagata -. Pero recuerda que no debes vencerlos. Atráelos hacia aquí y yo me encargaré de derrotarlos. El Gran Sabio descendió de la nube en la que viajaba, yendo a aterrizar en las murallas. Con los ojos firmemente asentados sobre uno de los bastiones, gritó: - ¡Monstruos malditos, salid en seguida a pelear con el Mono! Los diablillos que se encontraban en la muralla cedieron al pánico Y corrieron a informar a sus soberanos, diciendo: - El Peregrino Sun os está retando en lo alto de los bastiones. - Ese mono lleva dos días sin presentarse por aquí - reflexionó en voz alta el demonio de mayor edad -. ¿Habrá ido en busca de ayuda para acabar con nosotros? - Por muchos refuerzos que haya traído - replicó el tercer demonio -, jamás logrará derrotarnos. ¿No te parece? De todas formas, no estaría de más que fuéramos a echar un vistazo. Cogiendo cada uno sus armas, los tres demonios se dirigieron hacia el bastión en el que se hallaba el Peregrino. Al verle, se lanzaron sobre él, sin mediar ninguna palabra. El Peregrino les hizo frente con la barra de hierro, resistiéndoles durante siete u ocho asaltos. Después hizo como si le flaquearan las fuerzas y huyera, derrotado. - ¿Adonde crees que vas? - gritaron los monstruos, envalentonados. El Gran Sabio se elevó de un salto por los aires. Los tres demonios le siguieron inmediatamente, montados en sus nubes. El Peregrino se lanzó directamente sobre el resplandor que rodeaba al Patriarca Budista y se desvaneció a los ojos de sus perseguidores. Lo que surgió de improviso ante ellos fueron las Representaciones de Buda (el Pasado, el Presente y el Futuro), rodeado de los quinientos arhats y de los tres mil protectores, que formaban como una especie de corona a su alrededor. Los tres demonios sintieron que el cerco era tan estrecho, que no podría escapar de él ni una gota de agua. - Las cosas se están poniendo muy mal, en verdad - dijo el demonio de mayor edad -. ¡Ese mono es un auténtico demonio! ¿Cómo se las habrá arreglado para traer hasta aquí a nuestros maestros? - No tengas miedo - trató de tranquilizarle el tercer demonio - • Juntemos el poder de nuestras armas, derroquemos a ese Tathagata y apoderémonos del Monasterio del Trueno. Sin pensarlo dos veces, el demonio de mayor edad cogió la cimitarra y atacó como un salvaje. Sin pérdida de tiempo Manjusri y Visvabhadra recitaron un conjuro y gritaron al mismo tiempo: - Sí estas bestias no se someten de buena gana, ya se pueden ir preparando para la próxima reencarnación. El primero y el segundo demonios experimentaron tal pánico, que renunciaron a seguir peleando. Arrojaron inmediatamente sus armas y, revolcándose por el suelo, recobraron la forma que les era habitual. Los dos bodhisattvas pusieron encima de ellos dos sillas de loto y se montaron tranquilamente sobre su lomo. De esta forma, los monstruos aceptaron, por fin, su derrota. A pesar de la suerte que habían corrido el león verdoso y el elefante blanco, el tercer demonio se negó obstinadamente a rendirse. Arrojando su hacha cuadrada de doble corte, batió sus alas y se elevó hacia lo alto, tratando de atrapar con sus afiladísimas zarpas al Rey de los Monos. El Gran Sabio se había refugiado ya en el halo de luminosidad que rodeaba a Buda y, por mucho que lo intentara, el águila no tenía ninguna posibilidad de atraparle. Tathagata comprendió en seguida sus intenciones y volviéndose cara al viento, sacudió ligeramente la cabeza, que, según se afirma, había cobijado antaño un nido de picazas. Inmediatamente se convirtió en un trozo de carne cubierto de sangre fresca. El monstruo abrió las zarpas y trató de hacerse con él. El Patriarca Budista le apuntó entonces con el dedo y el demonio empezó a sentir tales calambres en las alas, que no podía seguir batiéndolas. Se quedó planeando por encima de la cabeza de Buda, mostrándose tal cual era: una enorme águila real de alas doradas. - ¿Por qué te has servido del poder de tu dharma para inmovilizarme de esta forma, Tathagata? - gritó, desesperado. - Ha sido tu maldad, no yo, quien lo ha hecho - replicó Tathagata -. Si estás dispuesto a seguirme, es posible que adquieras algún mérito que pueda servirte de mucho provecho. - A tu lado - contestó el águila - tendría que seguir una dieta vegetariana y eso resultaría demasiado penoso para mí. En libertad puedo disfrutar de toda la carne humana que quiera, sin necesidad de sacrificios ni privaciones. Además, si me obligas a morir de hambre, la culpa será tuya y tu pecado no se diferenciará en nada del mío. - Tengo seguidores en los cuatro grandes continentes - contestó Buda -. Si quieres, puedo decirles que te ofrezcan a ti los primeros bocados. Comprendiendo que no tenía escapatoria, el águila inclinó la cabeza y se sometió a los deseos de Buda. El Peregrino abandonó entonces el halo de luz y, postrándose ante Tathagata, dijo: - Me parece muy bien que hayáis atrapado a estos monstruos y hayáis eliminado todo el mal que pudieran haber hecho. Sin embargo, con eso no vais a restituir la vida a mi maestro. - ¡Maldito mono! - exclamó el águila, apretando los dientes -. ¡Has tenido que ir a buscar al único que, de verdad, podía dominarme! ¿Quieres decirme quién ha devorado a ese pobre monje al que sigues? Está metido en un arcón de hierro que hay en el Pabellón de los Granados. Al oírlo, el Peregrino se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente en señal de gratitud hacia el Patriarca Budista, que mantuvo al águila justamente encima de su halo de extrema virtud. Toda su comitiva se puso inmediatamente en camino, regresando sin pérdida de tiempo al monasterio. El Peregrino, por su parte, regresó a la ciudad. La encontró totalmente vacía, pues, como muy bien afirma el dicho, "una serpiente sin cabeza no puede arrastrarse, de la misma forma que no puede volar un ave sin alas". Al ver que el tercer demonio se sometía de buena gana a los designios de Buda, todos los diablillos habían huido, despavoridos. El Peregrino no tuvo ninguna dificultad en encontrar el equipaje y el caballo. Después de liberar a Ba-Chie y al Bonzo Sha, les anunció: - El maestro no ha muerto. Si queréis verle, no tenéis nada más que seguirme - y entraron todos juntos en el Pabellón de los Granados. No les costó ningún trabajo dar con el arcón de hierro, del que salían los lamentos y los sollozos de Tripitaka. Valiéndose de su báculo de destrozar monstruos, el Bonzo Sha hizo saltar la tapa del arcón y exclamó, emocionado: - ¡Maestro! Al verlos, Tripitaka exclamó, a su vez, en el mismo tono: - ¡Discípulos! ¿Cómo os las habéis arreglado para derrotar a esos demonios? ¿Cómo habéis dado, además, conmigo? El Peregrino relató entonces todo lo que había ocurrido y el corazón de Tripitaka se fue llenando, poco a poco, de gratitud. No les fue difícil encontrar algo de comida en el palacio, con la que saciaron el hambre de tantos días, Recogieron a continuación todas sus cosas y volvieron a ponerse, una vez más en camino. Se confirmó, así, que las escrituras sólo pueden ser conseguidas por personas virtuosas, ya que las mentes ligeras y las voluntades débiles jamás llevan a buen término lo que inician. No sabemos de momento cuándo podrán, finalmente, ver a Tathagata cara a cara. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第078回 EN BHIKSU SE APIADA DE LOS NIÑOS Y MANDA LLAMAR A LOS DIOSES DE LA NOCHE. EN EL SALÓN IMPERIAL CONOCE AL DEMONIO QUE HABLA DE LA VIRTUD Y DEL TAO Un solo pensamiento es capaz de hacer surgir toda una legión de demonios. Es preciso, pues, educar la mente para que eso nunca suceda. Pero ¿cómo conseguirlo? Procura desprenderte de toda impureza y refina sin cesar la obstinación de tu cuerpo, hasta hacer desaparecer la fuente de toda causa. Es preciso alcanzar una quietud absoluta. No tengas inconveniente en apartar de tu lado a todos los diablos con los que te encuentres. Salta por encima de los lazos y las trampas que te acechan y tendrás la seguridad de que, cuando te hayas purificado, te elevarás hasta el mismísimo Gran Dosel. Decíamos que el Gran Sabio Sun, después de hacer cuanto estaba de su mano para liberar al monje Tang, consiguió la ayuda de Tathagata y, de esa forma, logró finalmente derrotar a los demonios. Cuando todo hubo concluido, Tripitaka y sus discípulos abandonaron el Reino del Camello-León y prosiguieron su viaje en dirección oeste. Después de varios meses volvió a hacerse presente el invierno. En las cumbres de las montañas ciruelos de color de jade mostraban, orgullosos, el verdor de sus ramas, mientras el agua de los lagos se iba cubriendo, poco a poco, de una fina capa de hielo. Los árboles de hojas rojizas y vistosas se habían ido quedando desnudos, al tiempo que los pinos intensificaban el tono verdoso de sus copas. Las escarchas habían empezado ya a secar los pastos y el color pálido de las nubes anunciaba la inminencia de una tormenta de nieve. El frío se había apoderado de todo el paisaje, mientras un aire gélido penetraba por las ropas de los caminantes hasta alcanzar los tendones y los huesos. Sin hacer caso de los vientos helados continuaron adelante, descansando bajo el techo de la lluvia y alimentándose de la fuerza de la brisa. Pronto avistaron otra ciudad y, volviéndose hacia Wu-Kung, Tripitaka preguntó: - ¿Qué clase de lugar es aquél? - Lo sabremos cuando lleguemos a él - contestó el Peregrino -. Si se trata de uno de los reinos del Oeste, tendremos que sellar nuestros documentos de viaje. Si, por el contrario, no es más que un distrito o una prefectura, seguiremos adelante sin necesidad de detenernos. No había acabado de decirlo, cuando se encontraron a las mismas puertas de la ciudad. Tripitaka desmontó del caballo y traspusieron la muralla exterior. No tardaron en encontrar a un viejo soldado acurrucado contra una pared para defenderse mejor del viento y durmiendo sin otro techo que el mismo sol. El Peregrino se acercó a él y le sacudió ligeramente el hombro. El anciano se desperezó pesadamente. Al verle, pestañeó como si no diera crédito a lo que veían sus ojos y, echándose rostro en tierra, empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decía: - Honorable señor, sed bienvenido. - ¿A qué viene tanto alboroto? - preguntó el Peregrino -. Yo no soy ningún espíritu. ¿Se puede saber por qué me llamas honorable señor? - ¿Es que no sois un dios del trueno? - inquirió el anciano soldado, redoblando sus golpes de frente contra el suelo. - Por supuesto que no - respondió el Peregrino -. No soy más que un monje procedente de las Tierras del Este que se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. Si te he despertado, ha sido para que me digas cómo se llama esta comarca. Sólo entonces pareció tranquilizarse un poco el soldado. Bostezó como pudiera hacerlo un caballo y, después de desperezarse una vez más, contestó: - ¡Oh!, perdonadme. Este lugar se llamaba antes el Reino de Bhiksu, pero ahora se le conoce por el nombre de la Ciudad de los Jóvenes Maestros. - ¿Habita un rey en esta ciudad? - volvió a preguntar el Peregrino. - Por supuesto que sí - confirmó el viejo soldado. El Peregrino se volvió entonces hacia el monje Tang y le informó: - Este sitio era conocido antes como el Reino de Bhiksu, pero ahora se denomina de los Jóvenes Maestros. Desconozco a qué obedece semejante cambio. - ¡Qué raro! - exclamó el monje Tang, sorprendido -. Entre Bhiksu y Jóvenes Maestros no existe la menor relación. - Probablemente sea debido a que el anterior soberano se llamaba Bhiksu y, al morir, dejó el trono a un príncipe más joven que él - opinó el Peregrino -. Eso explica que ahora se llame de esa forma. - ¡Tonterías! - exclamó Tripitaka -. Entremos, de una vez, en la ciudad y veamos qué es lo que podemos averiguar al respecto. - Me parece muy bien - opinó el Bonzo Sha -. Ese viejo soldado no parece muy inteligente que digamos. A lo mejor no se ha recuperado todavía del susto que le ha dado nuestro hermano. Está claro que de él no vamos a sacar nada nuevo. Antes de llegar a las calles propiamente dichas, hubieron de trasponer tres puertas abiertas a un nivel diferente. Todos los habitantes de la ciudad parecían muy atractivos y vestían de una forma elegante en extremo. De las tiendas de licores salían estruendosas canciones y voces a cual más alta. Las posadas y las casas de té estaban pintadas de colores chillones que no desdecían en nada del alboroto que reinaba en su interior. Los negocios parecían florecer de una forma extraordinaria, percibiéndose un aire de prosperidad en cada uno de los puestos que abarrotaban los mercados. En ellos, un gentío tan enorme que hacía pensar inmediatamente en un hormiguero traficaba sin descanso en bordados y oro. Por mor de la pura ganancia, allí parecía comerciarse con todo. ¡Con qué gestos tan solemnes se cerraban los tratos! La prosperidad fluía por los mercados con la misma serenidad que los ríos o un mar en calma. El maestro y los discípulos recorrieron, una tras otra, infinidad de calles. En todas se apreciaban los mismos signos de riqueza y prosperidad, que parecían, en realidad, no tener fin. Pronto empezaron a notar, igualmente, que delante de cada casa había una cerca para gansos. - ¿Habéis visto? - preguntó Tripitaka -. ¿Para qué pondrán cercas para gansos delante de cada casa? Ba-Chie miró a su alrededor y vio que todas ellas estaban tapadas con cortinas de cinco colores. Eso le hizo exclamar, sonriendo: - Hoy debe de ser un día propicio para celebrar matrimonios o dar la bienvenida a los amigos. No hace falta más que ver esas cortinas. - ¡Tonterías! - contestó el Peregrino -. ¿Cómo va a celebrar todo el mundo una boda el mismo día? Por fuerza tiene que existir otra razón. Voy a echar un vistazo a ver de qué se trata. - Es mejor que no lo hagas - le aconsejó Tripitaka, tirando de él -. En cuanto vean la cara que tienes, todo el mundo se echará a correr. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, me metamorfosearé - y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en una pequeña abeja. No le resultó difícil llegarse hasta una de las cercas y escabullirse entre sus cortinas. Dentro había un niño sentado. Desconcertado, se dirigió hacia otra cerca y descubrió a otra criatura en la misma posición. De hecho, había niños sentados en las ocho o nueve que inspeccionó. Lo que más le extrañó, de todas formas, es que no hubiera ninguna niña. Algunos estaban jugando, otros lloraban en silencio y otros, finalmente, comían fruta o dormían plácidamente. El Peregrino recobró la forma que le era habitual y, regresando junto al monje Tang, dijo: - Dentro de esas cercas únicamente hay niños. Los mayores deben de tener alrededor de siete años, mientras que los más pequeños apenas sí llegan a cinco. No comprendo qué pueden estar haciendo ahí. Tripitaka pareció más desconcertado que antes. Al dar la vuelta a una calle se toparon con un edificio de corte oficial en el que podía leerse: "Pabellón del Departamento de Envíos". - Entremos ahí dentro y averigüemos algo más sobre este lugar - sugirió Tripitaka -. Es preciso que demos de comer al caballo y que encontremos algún sitio para pasar la noche. - Me parece muy bien - contestó el Bonzo Sha -. Entremos cuanto antes. Los funcionarios del pabellón anunciaron su llegada al encargado del departamento, que salió inmediatamente a darles la bienvenida. Después de intercambiar los saludos de rigor y de tomar asiento, el funcionario les preguntó: - ¿De qué tierras sois originarios? - Este humilde servidor vuestro - contestó Tripitaka - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, cuyo reino se encuentra enclavado en las Tierras del Este. Por deseo expreso suyo me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Deseamos, por tanto, que vuestro soberano nos selle los documentos de viaje, para que podamos seguir nuestro camino, después de disfrutar de vuestra hospitalidad durante una noche. El responsable del pabellón hizo traer el té y ordenó a sus subalternos que prepararan algo de comer. Después de darle las gracias, Tripitaka le preguntó: - ¿Creéis que podríamos entrevistarnos hoy mismo con vuestro señor, para que nos firmara los documentos de viaje? - Me temo que es ya un poco tarde para eso - contestó el funcionario -. Esperad hasta mañana y disfrutad de la hospitalidad de este humilde servidor vuestro por una noche. En cuanto todo estuvo listo, pidió a los invitados que se sentaran a la mesa. Mientras daban cuenta de una espléndida cena vegetariana, un grupo de criados limpiaba con especial esmero las habitaciones reservadas a los huéspedes. Tripitaka volvió a darle efusivamente las gracias y dijo: - Hay algo que quisiera saber. ¿Tendríais algún inconveniente en explicarme cómo criáis las gentes de por aquí a los niños? - De la misma forma que no hay dos soles en los Cielos, no existen sobre la Tierra dos principios racionales idénticos - contestó el funcionario -. La crianza de los niños comienza con la fusión del esperma del padre y la sangre de la madre. Tras un espacio de diez meses aproximadamente nace la criatura, a la que es preciso alimentar con leche durante unos tres años, tiempo que tardan en formarse todas sus características corporales. ¿Qué os ha hecho pensar que aquí no estamos al tanto de todo esto? - A juzgar por lo que acabáis de contarme - respondió el maestro -, las gentes de por aquí no se diferencian gran cosa de las del país del que procedo. Sin embargo, al entrar en la ciudad, he visto que delante de cada casa había una especie de cerca para gansos con un niño dentro. Eso es precisamente algo que no acabo de entender. ¿Tendríais la amabilidad de explicármelo? - Os aconsejo que no os preocupéis por eso - contestó el funcionario, bajando la voz de tal manera que, más bien, parecía un susurro -. No preguntéis nada al respecto. Es más, no habléis ni siquiera de ello. Lo que tenéis que hacer ahora es descansar, para poder proseguir mañana vuestro camino. El maestro no se dio por vencido e insistió para que el funcionario le diera una explicación plausible, pero él se negó a hacerlo, sacudiendo la cabeza y agitando significativamente el dedo. Lo único que decía era: - Poned especial cuidado en no hablar de eso, por favor. Tripitaka le agarró, entonces, del brazo y se negó a dejarle marchar, preguntando una y otra vez sobre el motivo de tan extraña costumbre. El funcionario no tuvo más remedio que despedir a sus subordinados. Cuando se hubo encontrado solo, hizo la siguiente confidencia en voz muy baja y a la débil luz de las antorchas: - Ese asunto de las cercas para gansos que acabáis de mencionar está directamente relacionado con la crueldad de la que constantemente suele dar muestras nuestro soberano. ¿Por qué insistís en preguntar sobre ello? - ¿Qué queréis decir con eso? - inquirió Tripitaka -. Es preciso que me ayudéis a comprender todo este asunto, antes de que me retire a descansar. - Antes - explicó finalmente el funcionario - este lugar era conocido como el Reino de Bhiksu, pero últimamente las canciones que suele cantar la gente han conseguido cambiar ese nombre por el de la Ciudad de los Jóvenes Maestros. Hace aproximadamente tres años llegó a este lugar un anciano disfrazado de taoísta y acompañado por una muchacha de unos dieciséis años con el rostro tan hermoso como el de la Bodhisattva Kwang-Ing. Sin que nadie sepa por qué, se la regaló a nuestro soberano, que, loco de contento, le concedió inmediatamente el título de Reina de la Belleza. Está tan obsesionado con su hermosura, que en todo este tiempo no ha vuelto ni siquiera a mirar a ninguna de las concubinas que habitan en las seis cámaras de los tres palacios. Día y noche se entrega con ella a los juegos del amor, debilitando cada vez más su cuerpo y abandonando totalmente los asuntos de gobierno. Su debilidad ha llegado a tales extremos, que ni fuerzas tiene ya para comer o beber, renunciando prácticamente a todo deseo de seguir viviendo. Los médicos imperiales han tratado, una y otra vez, de hallar un remedio para su mal, pero hasta la fecha no lo han conseguido. Mientras tanto, el taoísta, que se hace llamar a sí mismo el suegro del príncipe reinante, afirma poseer una fórmula secreta capaz de alargar la vida del soberano. El único problema es que tan extraordinario remedio se halla al otro lado del gran océano. Es posible que haya en eso algo de verdad, pues él mismo realizó un viaje, hace ya cierto tiempo, a las Tres Islas y a los Diez Islotes, con el fin de recoger ciertas hierbas. A su vuelta preparó unas cuantas medicinas, pero el muy ladino afirma que, para que surtan su efecto, es preciso tomarlas con un caldo hecho con los corazones de mil ciento once niños. Cuando lo tome, nuestro soberano no sólo sanará, sino que no envejecerá jamás y sus días alcanzarán los mil años. Esos chiquillos que habéis visto dentro de las cercas para gansos son los seleccionados para la matanza. Para eso precisamente se los cuida y se los alimenta. Lo peor del caso es que sus padres ni siquiera se atreven a llorar, para no levantar las iras del rey. La única forma que tienen de airear su frustración es llamando a este lugar la Ciudad de los Jóvenes Maestros. Cuando os dirijáis mañana a la corte, limitaos a solicitar que os sellen el documento de viaje, sin mencionar para nada este asunto. Recordadlo bien - y se retiró a toda prisa. El maestro estaba tan aterrorizado con lo que acababa de oír, que los huesos se le ablandaron y los tendones perdieron su punto habitual de tensión. Sin poder contener las lágrimas, exclamó: - ¡Rey ciego y sin entrañas! ¿Cómo no caes en la cuenta de que tu enfermedad es el producto de tu propia incontinencia y ansias de placer? ¿Por qué pretendes acabar con la vida de todos esos niños inocentes? ¿Cómo puedes ser tan cruel? Es tal la pena que siento por tu locura, que a punto estoy de perder yo también la vida. Sobre todo esto disponemos de un poema, que afirma: Tras olvidarse de las reglas de la virtud, un tirano a punto ha estado de acabar con su vida a causa del desenfreno con el que se ha lanzado en los brazos del placer. Su locura le ha llevado a buscar una vida sin fin en la muerte de unos niños inocentes. Pero su ceguera terminará provocando la ira de los Cielos. Bien lo prevé el monje de corazón tierno y voluntad firme, cuando escucha, aterrado, la historia de tamaño desatino. Incapaz de acallar su pena, el servidor de Buda solloza, tratando inútilmente de ahogar su dolor en lágrimas. - ¿Qué os ocurre, maestro? - preguntó Ba-Chie, acercándose a Tripitaka -. Vos sois de los que siempre cargan con el féretro de los demás y se pasan la vida llorando la muerte ajena. No estéis tan triste, por favor. Recordad lo que afirma el dicho: "Cuando el soberano determina que alguien muera y éste se resiste a hacerlo, se comporta con una deslealtad absoluta". O ese otro, que dice: "Cuando un padre ordena que su hijo perezca y éste se niega a cumplirlo, atenta gravemente contra la piedad filial". Es cierto que ese loco está atentando contra las vidas de sus súbditos, pero ¿qué puede importaros eso a vos? Echaos a dormir y dejad a un lado los problemas de los demás. ¿Para qué preocuparnos de nuestros antepasados? - ¡Qué corazón más duro tienes! - le increpó Tripitaka, sin poder contener las lágrimas - . Los que hemos renunciado a la familia tenemos la obligación de hacer todo el bien que podamos. Por mucho que nos cueste, no podemos cerrar los ojos a las desgracias ajenas. ¿Cómo puede un soberano cometer tales actos de barbarie con su propio pueblo? Jamás había oído decir esa estupidez de que el corazón de los demás es capaz de alargar nuestra propia vida. ¿Cómo no quieres que me lamente por la suerte de esos desgraciados? - Tratad de controlaros, maestro - le aconsejó el Bonzo Sha -. ¿Por qué no descansáis tranquilamente y esperáis a mañana? Cuando vayamos a sellar los documentos, podemos discutir de todo este asunto con el rey. Si se niega a escucharnos, le haremos ver la clase de suegro cruel que se ha echado a la cara. Lo más seguro es que se trate de un monstruo que se ha inventado toda esta historia con el fin de probar corazones humanos. No me cabe la menor duda de que es así. - Estoy de acuerdo contigo, Wu-Ching - dijo el Peregrino -. Lo que debéis hacer ahora, maestro, es tratar de descansar. Cuando vayáis mañana a palacio, yo os acompañaré y estudiaré atentamente a ese suegro sin entrañas. Si se trata de un simple hombre, lo más probable es que siga una línea equivocada de doctrina, o no haya comprendido del todo los principios del Tao, o piense erróneamente que sólo las hierbas y las medicinas son capaces de procurar la inmortalidad. En ese caso, le transmitiré los principios del cultivo interior y le haré ver la necesidad de abrazar la verdad. Si, por el contrario, se trata de un monstruo, le derrotaré delante mismo del rey e instruiré a su majestad en los principios de la continencia y la necesidad de conservar los propios fluidos vitales. En cualquiera de los casos, tened la seguridad de que no le permitiré a ese soberano acabar con las vidas de esas criaturas. - ¡Tu proposición es, francamente, extraordinaria! - exclamó Tripitaka, inclinándose, esperanzado, ante el Peregrino -. Opino, de todas formas, que, cuando veas a ese rey desorientado, no deberías sacar a relucir directamente el asunto. Es probable que no interprete correctamente nuestras intenciones y nos acuse de prestar oído a rumores tendenciosos. Eso nos colocaría en una posición realmente difícil. ¿No te parece? - No os preocupéis - trató de tranquilizarle el Peregrino, sonriendo -. Poderes mágicos no me faltan. Lo primero que voy a hacer va a ser sacar de la ciudad a todos esos niños de las cercas para gansos. Así mañana no tendrá a nadie al que arrancar el corazón. Con toda seguridad los funcionarios informarán de lo ocurrido al soberano, quien, a su vez, discutirá directamente el tema con su suegro o bien ordenará seleccionar a otros cuantos niños. En cualquiera de los casos, será entonces cuando nos presentemos nosotros. Así evitaremos que nos eche las culpas. - ¿Cómo vas a sacar a todos esos niños de la ciudad? - volvió a preguntar Tripitaka, totalmente calmado -. Si me permites decirlo, tu virtud es tan grande como la de los cielos y espero que lleves a cabo tu misión con la misma premura con que se cumplen sus órdenes. Si te demoras, es posible que no consigas tu objetivo. Haciendo uso de toda su fuerza espiritual, el Peregrino se puso inmediatamente de pie y dijo a Ba-Chie y al Bonzo Sha: - Quedaos aquí cuidando del maestro. Cuando oigáis un viento huracanado, tened la certeza de que los niños están abandonando la ciudad. Emocionados, Tripitaka y sus dos discípulos más jóvenes empezaron a cantar: - ¡Nos sometemos al Buda que da la vida y salva de toda enfermedad! ¡A él únicamente nos sometemos! Para entonces el Gran Sabio había salido ya de la habitación y, elevándose por los aires, hizo un gesto con los dedos y recitó las palabras mágicas: - ¡Que Om purifique el reino del dharma! Con eso bastó para que acudieran en tropel a su presencia el dios de la ciudad, el de toda la región, el del suelo y los demás inmortales, entre los que no faltaban los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales ni los Protectores de los Monasterios. Tras inclinarse respetuosamente ante él, le preguntaron: - ¿Qué asunto tan urgente es ése, Gran Sabio, para arrancarnos de nuestro descanso en mitad de la noche? - Todo se debe - contestó el Peregrino - a que el soberano del Reino de Bhiksu ha prestado atención a los cuentos de cierto monstruo, que le ha hecho creer que, tomando un caldo hecho a base de corazones de niños, podrá alcanzar la longevidad. Eso ha impresionado de tal manera a mi maestro, que me he visto obligado a prometerle que iba, a la vez, a salvar sus vidas y a atrapar a esa bestia. Por eso precisamente os he hecho venir. Es preciso que, haciendo uso de vuestros poderes mágicos, saquéis inmediatamente de la ciudad a todos los niños que se encuentran encerrados en las cercas para gansos. Escondedlos en un valle apartado o en el corazón de un bosque seguro y dadles de comer un poco de fruta, para que no se mueran de hambre. Tenéis que poner especial atención en que no les ocurra nada, evitando en lo posible que se asusten o lloren. Cuando haya acabado con ese monstruo y haya hecho ver al rey lo equivocado de su conducta, los volveréis a traer, sanos y salvos, a la ciudad. Sólo entonces podréis regresar a vuestros palacios. Una vez comprendidas sus órdenes, los dioses descendieron de las nubes y se dispusieron a poner en práctica sus extraordinarios poderes mágicos. La ciudad se vio envuelta en una espesa neblina, que arrastraba un viento extremadamente frío. Las estrellas dejaron de titilar sus mensajes de luz y la luna perdió su deslumbrante resplandor. Al principio flotó ligeramente por encima de los tejados, pero pronto se lanzó, como una exhalación, por todas las calles y callejuelas en busca de los niños encerrados en las cercas para gansos que había delante de cada casa. Para protegerse de las bajas temperaturas del viento, las gentes se agolpaban junto a los hogares y sacaban de los arcones las prendas más gruesas de abrigo que podían encontrar. Sólo los padres de los niños se afanaban en vano, al ver, desesperados, cómo el huracán arrebataba a sus desafortunados hijos. Pero lo que por la noche eran lamentos y llantos, al amanecer se transformaría en regocijo y alegría. Sobre tan importante momento disponemos de un poema que afirma: La misericordia nunca falta a los que se acogen a la protección de Buda. No hay perfección más alta que la consecución de la Bondad, tarea a la que deben entregarse de lleno los que son auténticos sabios. La serenidad absoluta sólo se alcanza, cuando se cumplen las cinco leyes y se aceptan los tres principios. Cuando el rey de Bhiksu perdió el juicio, la suerte de mil niños se tornó oscura y triste. Afortunadamente el Peregrino se ofreció a salvar sus vidas y, de esta forma, adquirió un mérito incalculable. Era aproximadamente la hora de la tercera vigilia, cuando los dioses terminaron de transportar la última cerca para gansos. El Peregrino bajó entonces de la nube, yendo a aterrizar exactamente en el patio del palacio en el que se encontraban el maestro y sus hermanos. Antes de poner el pie en el suelo, oyó que continuaban cantando: - ¡Nos sometemos al Buda que da la vida y salva de toda enfermedad! ¡A él únicamente nos sometemos! Emocionado, el Peregrino se acercó al maestro y dijo: - Acabo de regresar ahora mismo. ¿Qué os ha parecido el vientecito? - ¿Cómo que vientecito? - replicó Ba-Chie -. ¡Era un auténtico huracán! - ¿Qué ha sido de los niños? - preguntó Tripitaka. - Acaban de ser sacados de la ciudad uno a uno - contestó el Peregrino -. Regresarán en cuanto nos dispongamos a continuar nuestro viaje. Tripitaka volvió a darle las gracias y se retiró, finalmente, a descansar. En cuanto amaneció, se vistió a toda prisa y dijo a Wu-Kung: - Desearía asistir a la audiencia pública de la mañana. Es preciso que nos sellen cuanto antes los documentos de viaje. - No podéis ir solo a palacio - dijo el Peregrino -. Si lo hacéis, me temo que no conseguiréis gran cosa. Iré con vos, así veré si este reino está regido por un loco o por un malvado. - Pero tú normalmente te niegas a seguir la etiqueta, cuando saludas a los reyes - objetó Tripitaka -. Me temo que eso le irritará en cierta manera. - No me dejaré ver - respondió el Peregrino -. Os seguiré en secreto. Pero no os preocupéis, porque siempre estaré presto a echaros una mano. Tras encargar a Ba-Chie y al Bonzo Sha que cuidaran del caballo y del equipaje, abandonaron el pabellón. El funcionario encargado de su buen funcionamiento salió a despedirlos a la puerta, percatándose, sorprendido, de que su túnica difería notablemente de la que vestía el día anterior. De hecho, estaba totalmente cubierta de intrincadísimos bordados. Lucía en la cabeza un sombrero Vairocana tejido con hebras de oro y portaba en las manos un báculo de nueve nudos. Sus vestimentas brillaban de tal forma, que parecían emitir rayos de luz. Llevaba el documento de viaje metido dentro de una bolsa de seda, que escondía entre los pliegues de la túnica. La solemnidad con la que andaba semejaba la de un arhat que hubiera descendido a la tierra, impresión que realzaba la serenidad de su rostro, auténtico reflejo de un Buda viviente. En cuanto se hubo repuesto de su sorpresa, el funcionario le susurró al oído que haría bien en preocuparse únicamente del asunto que hasta allí le había llevado. Tripitaka sacudió la cabeza en señal de asentimiento y salió a la calle. El Gran Sabio se hizo a un lado y, después de sacudir ligeramente el cuerpo y de recitar el correspondiente conjuro, se convirtió en un grillo pequeñito, que fue a posarse en lo más alto del sombrero de Tripitaka. Al llegar a palacio, el maestro se dirigió directamente al Guardián de la Puerta Amarilla y, tras inclinarse respetuosamente ante él le dijo; - Este humilde monje es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, con la misión de conseguir escrituras sagradas en el Paraíso Occidental. Es mi deseo, puesto que preciso atravesar sus tierras, entrevistarme con vuestro soberano, para que me selle los documentos de viaje que llevo conmigo. Os suplico, por tanto, que tengáis a bien anunciarle mi llegada. El Guardián de la Puerta Amarilla corrió a informar de todo ello a su señor, que exclamó, entusiasmado: - Un monje venido desde tan lejos por fuerza tiene que estar versado en los principios del Tao. Hacedle pasar inmediatamente. El Guardián en persona se encargó de conducir al maestro al interior del palacio. Después de los saludos rituales a los pies del trono, se le permitió tomar asiento al lado mismo de su majestad. El maestro agradeció tan inesperada muestra de confianza con el respeto que de él se esperaba. Se dio cuenta entonces de que el rey presentaba un aspecto tan enfermizo, que parecía como si ya estuviera muerto. Las fuerzas le habían abandonado de tal manera que, si tras largos esfuerzos conseguía levantar la mano, no podía después saludar con ella. Cuando hablaba, su voz sonaba débil y resultaba extremadamente difícil captar todas sus palabras. Cuando el maestro le entregó el documento de viaje, se quedó mirándole durante mucho rato con una mirada extraviada y totalmente inexpresiva. Aunque era claro que no había entendido ni una sola palabra, estampó finalmente su sello y se lo devolvió al maestro. Cuando se disponía a preguntarle sobre su decisión de ir en busca de las escrituras, se presentó un funcionario imperial y anunció con voz potente: - Acaba de llegar vuestro suegro, señor. Apoyándose en un eunuco, el rey se levantó en seguida de su trono de dragón y corrió a dar la bienvenida al recién llegado. La precipitación con la que actuó pilló de sorpresa al maestro, que inmediatamente se puso de pie y se hizo a un lado. El taoísta había empezado ya a subir los escalones de jade. Llevaba en la cabeza un sombrero cuya forma recordaba una nube y lucía un espléndido chal de damasco de color amarillo claro. Su túnica, que pretendía ser un remedo del plumaje de una garza, era de seda marrón y estaba orlada con un motivo de ciruelos en flor. Traía ceñida la cintura con una faja de color azul tejida con lana y tres clases diferentes de seda. Calzaba una especie de zapatillas con forma de nube hechas con una mezcla de hierbas y esparto. Portaba en la mano un báculo de nueve nudos, de madera de vid, que recordaba un dragón enroscado. De su pecho colgaba una bolsita de seda cubierta de bordados que representaban a un fénix y a un dragón. Su rostro poseía la suavidad y el brillo del jade y se veía realzado por una barba blanca que, a manera de cascada, se precipitaba sobre su cuerpo desde la misma punta de su barbilla. Sus pupilas brillaban como ascuas encendidas y el tamaño de sus ojos superaba incluso al de sus pobladísimas cejas. Al moverse, le seguía una neblina aromática, que llenaba de fragancia el lugar en el que se encontraba. Los funcionarios reales le recibieron con las palmas de las manos juntas y diciendo, respetuosos: - ¡Bienvenido seáis a la corte, suegro imperial! Él, sin embargo, ni siquiera se molestó en saludar al rey. Al cruzarse con él, siguió subiendo las escaleras con la frente bien alta, mientras el soberano se inclinaba, obsequioso, y exclamaba, emocionado: - ¡Qué inmerecido honor poder gozar de la sagrada presencia de nuestro respetable suegro desde tan pronto! Sin que nadie le invitara a hacerlo, se sentó en la parte izquierda del trono del dragón. Sus ademanes eran tan solemnes, que el mismo Tripitaka se vio compelido a inclinarse ante él y a saludarle, diciendo: - Recibid los respetos de este humilde monje, suegro imperial. Sin dignarse ni siquiera mirarle, el taoísta se volvió hacia el rey y le preguntó: - ¿De dónde ha salido este monje? - Es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, con la misión de conseguir escrituras sagradas en el Paraíso Occidental - contestó el rey -. Ha venido a que le selle el documento de viaje. - El camino que conduce al Oeste está envuelto en tinieblas - sentenció el taoísta, soltando la carcajada -. ¿A qué viene arrostrar tantos peligros? - ¿Por qué no habría de hacerlo, si desde tiempos inmemoriales el Oeste es la tierra de la felicidad suprema? - replicó Tripitaka. - También hemos oído comentar desde antiguo - contestó el rey - que los monjes son los auténticos seguidores de Buda. Quisiéramos saber, por lo tanto, si sois capaces de superar la muerte. Quiero decir si la aceptación de los principios budistas conlleva la consecución de una vida perdurable. Al oír eso, Tripitaka juntó las manos a la altura del pecho y contestó: - Para los monjes no tiene sentido la cadena de relaciones causales. De hecho, han captado que cuanto existe no es más que apariencia, ya que detrás de ello se esconde la nada. Quien posee una sabiduría profunda y extensa conoce el auténtico reino de la no-existencia. Para llegar a entender estos misterios, es preciso que se abandone al silencio y lleve una vida de meditación y tranquilidad. Empezará a percibir atisbos de la verdad, cuando haya roto todos los lazos que le atan a los Tres Reinos, ya que la única forma de penetrar en la nada de las causas es purificando, una y otra vez, los seis sentidos. El que desee, por lo tanto, profundizar en el conocimiento y en la consciencia absoluta debe dominar los mecanismos por los que se rige la mente. Una mente purificada es capaz, en efecto, de conseguir la iluminación, aunque se encuentre sumida en la soledad. Lo único que necesita es desprenderse, poco a poco, de todo proceso mental. En reencarnaciones anteriores todos llegamos a comprender estas verdades, pero después nos dejamos llevar por las apariencias y esa intuición primordial termina por desvanecerse. ¿Para qué buscarla más allá de nuestros propios límites? La meditación tranquila y reposada es la fuente misma de la concentración, de manera idéntica que la caridad y las limosnas son la base sobre la que se sustenta la austeridad. El sabio se presentará a los ojos de los demás como un estúpido, porque conoce perfectamente cómo no obrar en cada momento. De la misma forma, el que es auténticamente previsor aparecerá como un indolente, porque sabe el valor de todo y no se preocupa por nada. Cuando se logra la quietud absoluta de la mente, todo cuanto se hace está revestido de perfección. Pero quien alardea de servirse del yin para alimentar el yang obra con la misma insensatez que los locos, lo mismo que el que promete una vida perdurable valiéndose de remedios puramente externos. ¡Palabras hueras y vanas! Lo repito una vez más: es preciso renunciar a la más mínima partícula de corrupción, porque todo cuanto existe no es más que vacío. Sólo cuando se ha renunciado a todo deseo, puede conseguirse fácilmente una vida sin fin. Al oír semejantes razones, el suegro imperial soltó una carcajada sarcástica y, señalando al monje Tang con el dedo, exclamó: - ¡Tu boca sólo es capaz de escupir inmundicia! Los que vivís obsesionados con el Nirvana no sabéis hablar más que de conocimientos y realidades. ¿A qué viene sentarse a meditar durante horas y horas? ¡Eso no es más que un sinsentido, una práctica tan hueca como los ojos de un ciego! Como muy bien afirma el proverbio, "quédate mucho tiempo sentado y se te partirá el culo". O ese otro que dice: "Juega con fuego y terminarás abrasado". No pareces querer comprender que los que, como yo, nos dedicamos a la búsqueda de la inmortalidad, somos fuertes en extremo. Pero la fortaleza del que se adentra en los misterios del Tao no se circunscribe sólo al cuerpo, por que poseemos una inteligencia que supera a la del resto de los mortales. Yo, sin ir más lejos, raro es el día que no coja mi cesta y mi calabaza y no me vaya a la montaña a recoger hierbas de las que luego me valgo para ayudar a los demás. Con las flores que recojo hago sombreros y a veces me paso las mañanas tejiendo alfombras con orquídeas. Cuando me siento triste, me pongo a cantar y a bailar, acompañándome con las palmas, y después me siento tranquilamente en una nube a descansar. Me dedico también a explicar los principios del Tao y a profundizar en el conocimiento de las enseñanzas de Lao-Tse. Estoy capacitado, por lo tanto, para elaborar medicinas y remedios con los que poner fin al dolor y a las fuerzas malignas que acechan en todo momento a los humanos. Para ello, libero a la Tierra y al Cielo de parte de su energía y extraigo de la luna y el sol porciones de su propia esencia. Cuando el yin y el yang se encuentran en plena efervescencia, se forma el elixir, el agua y el fuego dejan de anularse y se forma el embrión. Por el contrario, cuando el yin de los dos ochos se retira, todo se torna gris y opaco, de la misma manera que, cuando re cobra su vigor el yang de los tres nueves, se extiende por doquier la oscuridad más absoluta. Eso explica que recoja mis hierbas en función de la estación en la que estemos. Con ellas perfecciono, una y otra vez, el elixir, siendo capaz de elevarme hasta la mansión color púrpura a lomos de un fénix azulado y llegar a la capital de jade montado en una garza blanca. Allí me junto con todas las estrellas de los Cielos Y juntos proclamamos las maravillas del Tao. ¿Cómo va a poder compararse tan interesante género de vida con el quietismo propugnado por Buda, esa oscura divinidad de la no-acción? Las prácticas conducentes al Nirvana hieden de tal manera, que es claro que jamás podrán trascender el círculo de la mortalidad. El Tao es la más noble y misteriosa de las Tres Doctrinas y siempre lo ha sido desde el principio de los siglos. Al oírlo, el rey y toda su corte empezaron a lanzar gritos de entusiasmo, al tiempo que repetían, enardecidos: - ¡Desde el principio de los siglos el Tao siempre ha sido la doctrina más noble y misteriosa! El maestro se sintió profundamente turbado, al ver que todo el mundo se ponía de parte del taoísta. Pese a todo, el rey pidió al encargado de las celebraciones y fiestas imperiales que preparara un banquete vegetariano, para que el monje venido desde tan lejos pudiera reponer sus fuerzas, antes de proseguir su camino hacia el Oeste. Agradecido por tanta consideración, Tripitaka se despidió de su majestad y se dispuso a abandonar el palacio. Al bajar las escaleras que, desde el salón principal, conducían al exterior, el Peregrino voló hasta su hombro y le susurró al oído: - Ese suegro imperial no es más que un vulgar monstruo y el rey se encuentra totalmente sometido a su influencia. Regresad al palacio en el que habéis pasado la noche y esperad a que os lleven la comida que os ha prometido. Yo voy a quedarme aquí a ver si logro averiguar algo más sobre él. Tripitaka hizo un gesto de haber comprendido y abandonó la mansión real, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que remontó de nuevo el vuelo y fue a posarse sobre uno de los biombos de martín pescador que había en el Salón de los Carillones de Oro. En aquel mismo momento el Comandante de los Cinco Destacamentos Militares dio un paso al frente e informó a su señor, diciendo: - Ayer por la noche, majestad, se levantó un viento huracanado y frío en extremo que se llevó, sin dejar rastro, a todos los niños que vivían en las cercas para gansos que hay delante de todas las casas. Muerto, a la vez, de ira y de miedo, el rey se volvió hacia el suegro imperial y afirmó: - Eso quiere decir que el Cielo ha decretado mi fin. La enfermedad lleva corroyendo mi cuerpo meses enteros, sin que los médicos imperiales hayan podido diagnosticar mi mal. Afortunadamente vos habéis dado con un remedio que, según parece, no voy a poder probar. Para hoy al mediodía estaba precisamente fijado el momento en el que debíamos arrancar el corazón a esos niños y tomar el caldo que me habéis recetado. ¿Cómo es posible que se los haya llevado un viento huracanado? ¿Qué explicación, que no sea la intervención directa del Cielo, puede darse a un hecho semejante? - No tenéis por qué preocuparos - contestó el suegro imperial, sonriendo -. El hecho de que esos niños hayan sido arrebatados hacia lo alto no significa que el Cielo quiera acortar vuestra vida, sino todo lo contrario. - ¿Cómo podéis decir semejante cosa? - replicó el rey. - Al entrar en la corte - respondió el suegro imperial -, caí en la cuenta de que existe un excipiente que supera con mucho al caldo hecho con los corazones de esos mil ciento once niños. De hecho, éstos podían alargar vuestra vida durante mil años, mientras que el nuevo remedio que he descubierto puede hacerlo durante miles y miles de siglos. Sin terminar de creer lo que estaba oyendo, el rey exigió una explicación más detallada y el taoísta añadió: - Me he percatado de que ese monje enviado por el señor de las Tierras del Este en busca de escrituras posee unas características francamente extraordinarias. Ha sido monje prácticamente desde que nació, pero lo más sorprendente es que lleva diez reencarnaciones por lo menos dedicado a la práctica de la virtud. Eso explica que su cuerpo sea perfecto en extremo. De hecho, jamás ha malgastado ni una gota de su yang original, por lo que supera en varios cientos de miles de veces la efectividad de los corazones de todos esos niños. Si pudierais hacer un caldo con el suyo y tomar con él el remedio que os he recetado, tened la seguridad de que llegaréis a los diez mil años de edad. - ¿Por qué no me lo habéis dicho antes? - replicó el rey, creyendo, sin dudar, en sus palabras -. Si hubiera sabido que poseía esas cualidades tan extraordinarias, le habría hecho arrestar en cuanto puso el pie en este palacio. - Aún estáis a tiempo - contestó el suegro imperial -. Si no recuerdo mal, el encargado de las ceremonias y fiestas reales está preparándole en estos mismos instantes un banquete vegetariano. Lo más probable es que deje la ciudad, en cuanto haya comido. Ordenad cerrar las puertas de la ciudad y enviad vuestras tropas al Pabellón del departamento de Envíos, para que arresten sin tardanza a ese monje. Cuando se halle ante vuestra presencia, pedidle que os haga entrega del corazón. Si accede a ello, abridle el pecho y sacádselo enseguida. A cambio podéis prometerle un entierro propio de un emperador y la construcción de un monasterio que lleve su nombre y en el que se ofrezcan de continuo sacrificios y libaciones. Si, por el contrario, osa oponerse a vuestros deseos, no tengáis ningún reparo en hacerle ver el lado oscuro del poder. Atadle inmediatamente y cortadle la cabeza sin más. ¿No os parece que un plan como éste jamás puede fallar? El rey no dudó ni un momento en poner en práctica sus palabras. Sin pérdida de tiempo, ordenó cerrar las puertas de la ciudad y envió un destacamento de soldados al palacio en el que se encontraba el maestro. El Peregrino remontó a toda prisa el vuelo y regresó como una exhalación al lado de sus hermanos, gritando, alterado: - ¡Qué gran desgracia, maestro! ¡La desdicha se ha volcado de nuevo sobre vos! Tripitaka estaba disfrutando, en compañía de Ba-Chie y el Bonzo Sha de las viandas que le había enviado el rey, cuando oyó los gritos del Peregrino. Al verle con el rostro tan desencajado, perdió la compostura y cayó al suelo, con el cuerpo cubierto de un sudor frío. Era como si el espíritu le hubiera abandonado bajo la forma de un humo denso que empezó a salirle por cada una de las siete aperturas de su cuerpo. Los ojos comenzaron a darle vueltas, mientras movía nerviosamente los labios, sin que pronunciara palabra alguna. El Bonzo Sha acudió en seguida a socorrerle, diciendo: - ¡Despertad, maestro, por favor! - ¿De qué desgracia estás hablando? - preguntó Ba-Chie -. ¿Es que no puedes explicarlo más tranquilo? Con alarmar al maestro no se consigue nada. - Después de despedirse del rey - explicó el Peregrino -, yo me quedé en el palacio con el fin de averiguar algo más sobre ese suegro imperial, que, ciertamente, es un monstruo. Al poco rato se presentó el Comandante de los Cinco Destacamentos Militares e informó a su señor que un viento huracanado se había llevado a todos los niños. El rey se mostró abatido ante semejante noticia. El taoísta trató de tranquilizarle, diciendo que debería alegrarse, pues, más que una maldición, aquello era una auténtica bendición de los Cielos. Le hizo ver que el corazón del maestro posee tales propiedades medicinales, que es capaz de prolongar la vida de quien lo coma hasta los diez mil años de edad. El rey ha creído a pies juntillas en sus palabras y ha enviado a un destacamento a este palacio para arrestar al maestro. Con los soldados viene un grupo de guardias imperiales dispuestos a arrancarle el corazón. - ¿Ves lo que adelantas compadeciéndote de todo el mundo? - le reprendió Ba-Chie -. ¿De qué te ha servido salvar a esos niños y provocar ese terrible huracán, si con ello has traído la desgracia sobre nuestras cabezas? Temblando de pies a cabeza, Tripitaka se abrazó, desesperado, al Peregrino y le suplicó, diciendo: - ¡Ayúdame a salir de este trance! - Para eso - respondió el Peregrino - lo viejo debe transformarse en nuevo. - ¿Qué quieres decir? - preguntó Ba-Chie. - Que si desea salvar la vida, el maestro tendrá que convertirse en discípulo y el discípulo en maestro - explicó el Peregrino. - Por librarme de la muerte - se apresuró a contestar Tripitaka - estoy dispuesto de buena gana a ser discípulo tuyo. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, no tenemos tiempo que perder. Ba-Chie, cúbreme inmediatamente de barro. El Idiota cogió el rastrillo e hizo un montón de arena. No se atrevió, sin embargo, a salir a por agua y, levantándose la ropa, meó a toda prisa sobre la tierra. De esta forma, consiguió el barro que el Peregrino necesitaba. Aunque olía muy mal, a éste no le quedó otro remedio que tomar un puñado y aplastárselo contra la cara. Logró hacer, de esta forma, una tosca máscara de mono, que le puso al monje Tang después de pedirle que se pusiera de pie. Sin intercambiar con él ninguna palabra más, recitó un conjuro y exclamó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una réplica exacta del Peregrino. Se cambiaron a continuación las ropas y, tras pronunciar otro conjuro diferente, Wu-Kung tomó la apariencia del monje Tang. Eran tan idénticos sus rasgos, que no había manera de diferenciarlos. Ni Ba-Chie ni el Bonzo Sha podían decir quién era quién. Apenas había terminado uno de ponerse las ropas del otro, cuando oyeron el estridente sonido de los tambores y los gongs. Se asomaron a la ventana y vieron acercarse a un auténtico bosque de lanzas y cimitarras. Las fuerzas enviadas por el emperador ascendían a más de tres mil soldados, un número totalmente desproporcionado con la misión asignada. El capitán de la guardia entró directamente en el patio del palacio y preguntó: - ¿Dónde se encuentra el monje enviado por el Gran Emperador de los Tang de las Tierras del Este? El funcionario encargado de la buena marcha del pabellón se postró de hinojos y, señalando con dedo tembloroso hacia el interior, respondió: - En una de esas habitaciones de allí. El capitán se dirigió con paso seguro a la que le habían indicado y dijo: - Maestro Tang, nuestro soberano exige vuestra inmediata presencia en la corte. Ba-Chie y el Bonzo Sha permanecieron a un lado, protegiendo al falso Peregrino. El auténtico se inclinó ante el oficial y preguntó, haciéndose pasar por el monje Tang: - ¿Qué puede desear su majestad de un pobre monje como yo? - Es preciso que vengáis conmigo - respondió el capitán, agarrándole sin ninguna consideración -. Cuando os hace llamar, por algo será. ¿No os parece? De esta forma, volvió a cumplirse, una vez más, el principio de que la maldad siempre trata de imponerse sobre el bien y que quien obra con justicia recibe en pago violencia. No sabemos de momento qué suerte le aguarda al Peregrino. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第079回 TRATANDO DE HALLAR LA CAVERNA DEL MONSTRUO, SE ENCUENTRA CON VIDA PERDURABLE. EL AUTÉNTICO SOBERANO CONTEMPLA A LOS NIÑOS Decíamos que el capitán imperial agarró al falso monje Tang y le obligó a salir de mala manera del palacio en el que estaba alojado. En cuanto puso el pie en la calle, los soldados le rodearon como si fuera un vulgar asesino y se dirigieron a toda prisa hacia la corte. Nada más llegar, dijeron al Guardián de la Puerta Amarilla: - Id a informar al soberano que el monje Tang acaba de llegar. El guardián no se demoró ni un segundo y el rey ordenó que le condujeran inmediatamente a su presencia. Todos los soldados se echaron rostro en tierra en señal de acatamiento. El falso monje Tang, por el contrario, permaneció de pie justamente en el centro de los escalones que conducían hasta el trono y preguntó con insolencia: - ¿Por qué has hecho venir a un monje tan humilde como yo, rey Bhiksu? - Durante muchos años - respondió el rey, sonriendo - he estado aquejado por una extraña enfermedad para la que nadie ha sido capaz de encontrar remedio. Afortunadamente mi querido suegro ha descubierto una medicina capaz de devolverme la salud, pero, para que surta pleno efecto, es preciso mezclarla con algo que sólo vos poseéis. Os prometo que, si accedéis a prestármelo, erigiré en vuestro honor un monasterio, en el que se ofrecerán de continuo sacrificios y libaciones que harán perdurable vuestro nombre. - Como sabes - respondió el falso monje Tang -, los que hemos renunciado a la familia no tenemos como nuestro absolutamente nada. ¿Te importaría preguntar a tu querido suegro qué es lo que puedo ofrecerle yo para que dé por terminada su medicina? - Lo único que necesitamos es vuestro corazón - contestó el rey. - A decir verdad - alardeó el falso monje Tang -, poseo unos cuantos corazones. ¿De qué forma y de qué color lo quiere? - Monje - contestó el suegro imperial con visible desprecio -, sólo necesitamos tu negro corazón. - En ese caso - concluyó el falso monje Tang, sin alterarse -, dadme un cuchillo, para que pueda abrirme el pecho, de una vez. Si tengo uno negro, te lo daré con muchísimo gusto. Loco de contento, el rey le agradeció su desinterés y pidió a uno de sus ayudantes que le entregara un puñal curvo, muy apto para descuartizar animales. El falso monje Tang lo tomó en sus manos, se desabrochó la túnica y abombó cuanto pudo el pecho. Después, poniendo la mano izquierda sobre la barriga, levantó con la derecha el puñal y se lo clavó con la fiereza propia de un guerrero. Se oyó claramente cómo el acero penetraba en la carne y el pecho se abrió de par en par, dejando escapar una gran cantidad de corazones. Los funcionarios civiles perdieron el color del rostro, mientras los militares sentían cómo les flaqueaban las piernas. Hasta el mismo suegro imperial exclamó: - ¡Este monje está lleno de corazones! 2 El falso monje Tang los fue cogiendo uno a uno, para que todos pudieran verlos bien. Había uno rojo, otro amarillo, otro blanco, otro avaricioso, otro tragón, otro envidioso, otro tacaño, otro agresivo, otro ambicioso, otro engreído, otro cruel, otro rijoso, otro timorato, otro precavido, otro malvado, otro sin unas características bien definidas... ¡Todos los tipos de corazones estaban allí representados, pero no había ni uno solo de color negro! El rey estaba tan sorprendido, que era incapaz de decir nada. Cuando, finalmente, se hubo repuesto un poco, lo único que pudo articular fue un débil: - ¡Sacadlo de aquí! El falso monje Tang dio por concluida su demostración de magia y, recobrando la forma que le era habitual, dijo: - Está claro que habéis perdido toda vuestra capacidad de observación, porque los monjes poseemos unos corazones honrados, mientras que vuestro suegro es el único que tiene uno negro, totalmente apto para tomar la medicina que os ha preparado. Si no me creéis, dejadme sacárselo, para que lo veáis. El suegro imperial abrió cuanto pudo los ojos y comprobó, estupefacto, que el rostro del monje había cambiado totalmente de aspecto. No cabía duda. ¡Aquél era el Gran Sabio Sun, que se había labrado una triste fama hacía unos quinientos años! Sin pérdida de tiempo se dio media vuelta y trató de elevarse por las nubes, pero el Peregrino le cortó la retirada, elevándose por los aires y gritando: - ¿Adonde crees que vas? ¡Detente y prueba el sabor de mi barra! El suegro imperial tomó su báculo con forma de dragón enroscado y se volvió contra su adversario, dando comienzo a una extraordinaria batalla. El báculo y la barra se movían a tal velocidad, que el aire que levantaban arrastraba a las nubes hasta más allá del gran vacío. Quedó, así, demostrado que el suegro imperial era, en realidad, un monstruo que había recubierto de engañosa belleza a su hija, con el fin de atraer la enfermedad sobre el soberano y acabar con la vida de los niños. Afortunadamente el Gran Sabio mostró la potencia de su magia y salvó a todo el reino de las argucias de la bestia. La barra de hierro buscó con insistencia la cabeza de su adversario, pero se encontró, una y otra vez, con la oposición del báculo. La lucha continuó hasta que el cielo se cubrió de una espesa niebla y toda la ciudad quedó sumida en la más completa oscuridad. Sus habitantes palidecieron de pánico y hasta los funcionarios buscaron el refugio de sus hogares. El temor demudó el rostro de las concubinas imperiales y de todas las doncellas que las atendían. El mismo rey de Bhiksu buscó un lugar donde esconderse, temblando de miedo y sin saber exactamente qué decisión tomar. La barra de hierro se elevaba y caía con una machacona insistencia, que recordaba la fiereza con que los tigres caen sobre sus víctimas. El báculo, por su parte, se comportaba como un dragón que emergiera, de pronto, del fondo del mar. Pero tan sobrecogedora violencia sirvió para que en el reino de Bhiksu se distinguiera por fin de qué parte estaba el bien y de cuál el mal. Durante más de veinte asaltos resistió el monstruo los ataques del Peregrino; pero no tardó en quedar claramente demostrado que el báculo no era digno rival de la barra de los extremos de oro. Tras asestar un último golpe, el suegro imperial se transformó en un rayo de luz y se lanzó a las habitaciones interiores en busca de la mujer que en su día había regalado, en prueba de acatamiento, al rey. La falsa muchacha se convirtió en otro rayo de luz y huyó a toda prisa, siguiendo los pasos de su padre. El Peregrino bajó entonces de las nubes y, entrando en el palacio, regañó a los funcionarios allí reunidos, diciendo: - ¡Menudo suegro imperial os habíais echado a la cara! - Todos los cortesanos se echaron rostro en tierra, pero él los hizo levantar en seguida, añadiendo -: Dejaos ahora de inclinaciones. Lo que tenéis que hacer es encontrar cuanto antes al rey. - Al ver la fiereza con la que luchabais - contó uno de los funcionarios -, sintió pánico y corrió a esconderse. No tengo ni idea de dónde puede haberse metido. - Es preciso que deis con él cuanto antes - les urgió el Peregrino -. Hay que evitar a toda costa que la Reina de la Belleza se lo lleve consigo. Ante semejantes razones, los funcionarios se dirigieron a toda prisa hacia las habitaciones interiores. La Reina de la Belleza había desaparecido, pero lo más preocupante era que no había tampoco ni rastro del rey. Mientras intensificaban la búsqueda, la reina, las concubinas del Palacio Oriental, las del Palacio Occidental y las de las Seis Mansiones acudieron en tropel a dar las gracias al Gran Sabio. - Levantaos en seguida - les urgió el Peregrino, restando importancia a lo que acababa de hacer -. No es hora de agradecimientos. No hasta que, por lo menos, no hayamos dado con el rey. Cuando más desesperada parecía ser la situación, vieron salir del Salón de la Conducta Cuidadosa3 a cuatro o cinco eunucos con el rey. Al verle, todos los funcionarios se echaron rostro en tierra y dijeron al unísono: - Señor, no sabemos cómo agradecer a este monje lo que ha hecho por nosotros, pues, gracias a su intervención, hemos aprendido a distinguir lo auténtico de lo falso. Ahora sabemos que el suegro imperial era, en realidad, un monstruo. Eso explica que la Reina de la Belleza haya seguido rápidamente sus pasos. El rey pidió al Peregrino que le acompañara al salón del trono. Antes de llegar a él, no obstante, le preguntó, intrigado: - ¿Cómo es que, cuando llegasteis esta mañana teníais un rostro tan hermoso y ahora parecéis una persona totalmente distinta? - A decir verdad, majestad - contestó el Peregrino, sonriendo -, el primero que vino a veros era mi maestro, el honorable Tripitaka, hermano del Gran Emperador de los Tang. Yo no soy más que su discípulo Wu-Kung. Con nosotros viajan otros dos hermanos, Chu Wu-Neng y Sha Wu-Ching, que actualmente se encuentran en el Pabellón del Departamento de Envíos. Estábamos al tanto de que el monstruo os había convencido para que arrancarais el corazón a mi maestro. Eso me movió a hacerme pasar por él y a venir a enfrentarme contra esa bestia. Al oír eso, el rey se volvió hacia el más importante de sus ministros, el Gran Secretario Imperial, y le ordenó que fuera al pabellón en busca del maestro y de los otros discípulos a los que aún no tenía el honor de conocer. Para entonces Tripitaka estaba ya al tanto de que el Peregrino había recobrado la forma que le era habitual y que estaba tratando de dominar a la bestia. La incertidumbre del combate le sumió en un estado tal de nerviosismo, que Ba-Chie y el Bonzo Sha tuvieron que agarrarle, uno por cada lado, para evitar que se cayera al suelo. Por si eso fuera poco, le molestaba terriblemente la máscara de barro maloliente que llevaba sobre el rostro. Fue precisamente en tan crítico momento, cuando se presentó alguien a anunciarle: - Maestro de la Ley, somos los servidores del Gran Secretario Imperial, que viene personalmente a invitaros, de parte del rey de Bhiksu, a que acudáis sin demora a palacio a recibir su agradecimiento y su más respetuosa consideración. - No os asustéis, maestro - trató de animarle Ba-Chie -. Está claro que esta vez no vienen a por vuestro corazón. Lo más probable es que Wu-Kung haya ganado la batalla y quieran agradeceros lo que habéis hecho por ellos. - Creo que tienes razón - reconoció Tripitaka -. Pero ¿quieres decirme cómo me presento ante el rey, oliendo de una forma tan repugnante? - Me temo que no os queda otro remedio - contestó Ba-Chie -. De todas formas, no estaría de más que lo consultáramos con Wu-Kung. A lo mejor tiene algún remedio para esto. El maestro, en efecto, no tuvo otra opción que salir al patio, acompañado por Ba-Chie y el Bonzo Sha, que iba tirando de las riendas del caballo. Al verlos aparecer tan de improviso, el primero de los ministros del reino no pudo por menos de exclamar: - ¡Santo cielo! ¡Menuda banda de monstruos y demonios nos hemos echado a la cara! - No os asustéis ni prestéis atención a la fealdad de nuestros rostros, señor - le aconsejó el Bonzo Sha -. Nacimos así y no hay quien nos cambie. De todas formas, esperad a que nos entrevistemos con nuestro hermano mayor y veréis lo hermoso que es nuestro maestro. Cuando llegaron a palacio, no esperaron a ser anunciados, sino que se dirigieron directamente al salón del trono. En cuanto el Peregrino los vio, corrió escaleras abajo y arrancó al maestro la máscara de barro, al tiempo que decía con su voz de inmortal: - ¡Transfórmate! El monje Tang recobró al instante la forma que le era habitual y empezó a sentirse más animado y satisfecho que nunca. El rey había acudido, mientras tanto, a darles la bienvenida, llamando en todo momento al monje Tang Maestro de la Ley y Buda Venerable. Después de atar al caballo, tanto el maestro como los discípulos ascendieron por las escaleras que conducían hacia el trono y continuaron intercambiando palabras amables. - ¿Sabéis de dónde provenía ese monstruo, majestad? - preguntó el Peregrino -. Me gustaría ir a atraparle, así no podría continuar haciendo el mal. Al oírle hablar de esa forma, las concubinas y las damas del palacio, que se encontraban detrás del biombo, hicieron caso omiso de las normas que prohibían a los hombres y a las mujeres hablar cara a cara en el salón del trono y, postrándose ante él, dijeron: - Por lo que más queráis, haced uso de vuestros poderes mágicos y arrancad de raíz esa hierba que tanto mal nos ha hecho, así no podrá reproducirse. Sabed que, si lo hacéis, os recompensaremos con la debida largueza. Tras devolverles el saludo, el Peregrino siguió insistiendo al rey, para que le revelara el lugar exacto en el que habitaba el taoísta. Un tanto desconcertado ante tanta insistencia, el rey contestó finalmente: - Hace tres años, cuando llegó aquí por primera vez, le hice esa misma pregunta y me respondió que vivía en un lugar no muy lejos de aquí, concretamente en la aldea de la Perfecta Floración, que se halla enclavada en la Ladera del Sauce, a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de esta ciudad. A pesar de su avanzada edad, me manifestó que no había tenido ningún hijo, sino únicamente la hija que tuvo a bien presentarme. Según él, acababa de cumplir dieciséis años y, puesto que no había sido prometida a nadie por ser fruto de su segunda esposa, tuvo la delicadeza de ofrecérmela a mí como prueba de reconocimiento. No necesito deciros que me enamoré perdidamente de ella y la tomé como concubina. Después se me presentó esta terrible enfermedad, a la que los médicos más afamados fueron incapaces de poner freno. El suegro imperial me confió entonces que poseía un remedio infalible, que requería, para que su efecto fuera inmediato, ser tomado con un caldo preparado con corazones de niño. Reconozco que fui lo suficientemente tonto como para creer en sus palabras. Hice escoger, pues, a mil ciento once niños y esperé, impaciente, a que llegara el mediodía de hoy para arrancarles el corazón. Lo que menos me esperaba es que fuerais a aparecer vos. Cuando nos enteramos de que los niños habían desaparecido, me dijo que vuestro maestro se había dedicado a las prácticas ascéticas durante más de diez reencarnaciones y que no había malgastado jamás ni una sola gota de su yang original. Eso le convertía en un ser tan excepcional, que su corazón era diez mil veces más efectivo para alargar la vida que el de todos los niños juntos. A eso se debe que os hiciera una proposición tan descabellada. Menos mal que vos reconocisteis y desenmascarasteis a tiempo a ese monstruo. Por eso, os suplico ahora que llevéis a término vuestra misión, acabando para siempre con ese monstruo que tanto mal nos ha hecho. Si accedéis a hacer uso en nuestro favor de vuestros extraordinarios poderes mágicos, sabed que las riquezas de todo el reino estarán para siempre a vuestra entera disposición. - Si he de seros sincero - respondió el Peregrino, sonriendo -, fui yo quien, siguiendo los deseos de mi maestro, saqué a los niños de la ciudad. Lo hice por pura compasión, así que no habléis, por favor, de recompensas y riqueza. Me doy por contento con capturar al monstruo. - Se volvió a continuación hacia Ba-Chie y le ordenó -: Ven conmigo, rápido. - ¿Cómo quieres que lo haga con el estómago vacío? - protestó Ba-Chie -. Ya sabes que sin comer no valgo para nada. El rey llamó al encargado de las celebraciones y fiestas imperiales y le ordenó que preparara un convite vegetariano. En cuanto se hubo saciado, Ba-Chie se elevó por los aires y desapareció a toda prisa, montado en la misma nube que el Peregrino. Al verlo, el rey, la reina, las concubinas y todos los funcionarios, tanto civiles como militares, se dejaron caer, sobrecogidos, rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, exclamaron: - ¡En verdad han descendido a la tierra los inmortales y los budas! El Gran Sabio condujo a Ba-Chie a un lugar situado a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de la ciudad, donde sin pérdida de tiempo empezaron a buscar la morada del monstruo. No había ni rastro de la aldea de la Perfecta Floración. Un arroyuelo de aguas limpísimas corría entre un bosquecillo de miles de sauces. La niebla desdibujaba las formas de sus copas, impidiendo la visión de los interminables prados que se extendían más allá del bosque. Pero no había ni rastro de presencia humana. Los esfuerzos del Gran Sabio por encontrar al monstruo resultaron totalmente infructuosos. No le quedó más remedio que hacer un signo mágico con los dedos y pronunciar el conjuro que empezaba por la letra Om. Inmediatamente se presentó el espíritu de aquel lugar. Temblando de pies a cabeza, se postró de hinojos y dijo: - El dios protector de la Ladera del Sauce os presenta sus respetos, Gran Sabio. - No tengas miedo - le tranquilizó el Peregrino -. Te he hecho venir, no para castigarte, sino para preguntarte dónde se encuentra la aldea de la Perfecta Floración. - Lo que hay aquí - le corrigió el dios protector de aquel lugar - no es la aldea, sino la Caverna de la Perfecta Floración. Eso me hace pensar que venís directamente del Reino de Bhiksu. - Así es - reconoció el Peregrino -. El soberano que rige sus destinos había sido embaucado por un monstruo, al que desenmascaré nada más poner el pie en la capital. Cuando estaba a punto de derrotarle, se convirtió en un rayo de luz y desapareció de mi vista. Eso me obligó a preguntar al rey sobre sus orígenes. Según parece, hace tres años, cuando le ofreció una muchacha hermosísima en prueba de reconocimiento, el monstruo le manifestó que era originario de la aldea de la Perfecta Floración, enclavada en la Ladera del Sauce, a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de la ciudad. Como no me cabía ninguna duda de que se trataba de este lugar, basta para ello con ver los sauces, decidí llamarte para preguntarte dónde se encuentra esa condenada aldea. - Os ruego, Gran Sabio, que perdonéis el olvido de mis obligaciones en el que he incurrido - suplicó el dios protector de aquel lugar, intensificando sus golpes de frente contra el suelo -. El rey de Bhiksu es también el señor de estas tierras y sé que debía haber expuesto al Emperador de Jade lo delicado de su situación. Pero temí que, si lo hacía, el monstruo se volvería contra mí y acabaría con mi buena fortuna, pues sus poderes mágicos son francamente extraordinarios. Esa es la razón por la que aún no ha sido juzgado por sus fechorías. Si queréis dar con él, tenéis que descubrir un sauce de nueve ramas que hay al sur del arroyo, dar tres vueltas alrededor del tronco, primero de izquierda a derecha y después de derecha a izquierda, apoyaros en el tronco con las dos manos y gritar tres veces seguidas "¡Abrid la puerta!" y aparecerá ante vuestros ojos la Caverna de la Perfecta Floración. El Gran Sabio despidió entonces al dios protector de aquel lugar y, saltando el arroyo, empezó a buscar, en compañía de Ba-Chie, el sauce que acababa de indicarle. No tardaron en dar con él. Aunque su tronco era recto en extremo, poseía únicamente nueve ramas. - Quédate aquí, mientras yo llamo a la puerta - dijo el Peregrino a Ba-Chie -. Me será de mucha utilidad, cuando logre arrancar a ese monstruo de su guarida y salga corriendo detrás de él. Ba-Chie escogió un punto, sumamente estratégico, que se encontraba a medio kilómetro de distancia. El Gran Sabio, mientras tanto, siguió al pie de la letra las instrucciones del dios protector del lugar, dando primero tres vueltas hacia la izquierda, después otras tres hacia la derecha y colocando con fuerza las dos manos sobre el tronco, antes de gritar tres veces seguidas: "¡Abrid la puerta!". Al instante aparecieron dos portones enormes, que lanzaron un desagradable quejido al girar sobre sus goznes. Del sauce no quedaba ni rastro. Dentro se veía una luz tan fuerte como la que reinaba en el exterior, pero tampoco allí se apreciaba rastro alguno de presencia humana. El Gran Sabio se adentró en la caverna y descubrió que se trataba de un lugar realmente encantador. Los rayos del sol y la luna caían oblicuos sobre bancos de niebla que parecían surgir directamente del suelo. El cielo, aunque límpido, se veía a veces surcado por masas caprichosas de nubes blancas. El verdor de los líquenes destacaba entre el tono grisáceo de los troncos de los árboles. A cada paso que daba surgían especies nuevas de plantas que mostraban, orgullosas, la exuberancia de sus flores y capullos. El aire poseía una dulzura que hacía pensar en el goce de una primavera eterna. De alguna forma, aquel lugar recordaba a Lang-Yüan, aunque su belleza superaba, sin lugar a dudas, a la de Peng y Ying. Larguísimas enredaderas cubrían la dureza de unos bancos de piedra, mientras caprichosos zarcillos de parra cegaban el espacio que delimitaba un puente plano. Las abejas entraban y salían sin cesar de la caverna, cargadas de polen de color dorado, al tiempo que las mariposas revoloteaban entre un macizo de orquídeas que crecían alrededor de un enorme bloque de piedra. En dos zancadas el Peregrino se llegó hasta él y vio que tenía grabados cuatro caracteres, que decían: "Morada del Inmortal de la Perfecta Floración" Incapaz de dominar su entusiasmo, el Peregrino saltó por encima del bloque de piedra. El monstruo se encontraba al otro lado. Tenía entre sus brazos a una muchacha realmente hermosísima, - su respiración se mostraba muy alterada, mientras hablaban, al parecer, de algo relacionado con el Reino de Bhiksu. - ¡Qué ocasión más extraordinaria hemos dejado escapar! - se lamentaban los dos al mismo tiempo -. Tres años planeándolo y hoy precisamente, que estábamos a punto de concluir nuestra empresa, se presenta ese maldito mono y lo echa todo a perder. - ¡Los malditos sois vosotros! - gritó el Peregrino, lanzándose contra ellos con la barra de hierro en las manos -. ¿Qué ocasión es esa de la que estáis hablando? ¡Dejad de lamentaros y preparaos a probar el sabor de mi barra! El monstruo dejó a un lado a la bella y, echando mano a toda prisa del báculo con forma de dragón enroscado, se volvió contra su enemigo. De esa forma, dio comienzo, en el mismo interior de la caverna, una batalla tan cruel como la primera, aunque bastante diferente en otros muchos aspectos, La barra de los extremos de oro parecía emitir rayos de luz, mientras que el báculo se hallaba envuelto en una espesa niebla de maldad. - ¿Cómo te has atrevido a presentarte de esta manera en mí morada? - bramó el monstruo furioso. - Lo he hecho con el fin de atrapar a un monstruo - contestó el Peregrino. - Mis relaciones con el rey a ti ni te van ni te vienen - replicó el monstruo -. ¿Quieres explicarme por qué te empeñas en medir tus armas con las mías? - Los actos de los monjes están dictados por la misericordia - explicó el Peregrino -. No podíamos permanecer impasibles, mientras tú acababas con esos niños. Continuaron hablando, hasta que su odio alcanzó las cotas de los picos más encumbrados. Tanto el báculo como la barra buscaban, una y otra vez, el corazón de sus respectivos adversarios. Siempre pendientes de los movimientos del enemigo, arrancaban de raíz con los pies flores exóticas que iban a mezclarse con los resbaladizos líquenes. Pelearon hasta que la luminosidad que reinaba en la caverna fue palideciendo poco a poco y los capullos que crecían alrededor del bloque de piedra yacieron, tronchados, sobre el suelo. El fragor de la batalla obligó a huir, aterradas, a las aves, mientras la bella buscaba refugio contra la cascada de insultos que se lanzaban el uno al otro. La violencia con la que el monstruo y el Rey Mono intercambiaban sus golpes levantó un viento huracanado que arrasó toda la tierra. Pronto la caverna les resultó demasiado pequeña y abandonaron, más feroces y enardecidos que nunca, su recinto. Ése era el momento que había estado esperando Ba-Chie. Los gritos y el entrechocar de las armas le habían enardecido de tal manera, que se moría de ganas por entrar en acción. Finalmente, echó mano del rastrillo y, de un solo golpe, derribó el sauce de las nueve ramas. No contento con eso, arremetió contra la raíz, descargando sobre ella una lluvia de violentísimos golpes. Al partirla, saltó un chorro de sangre y se oyó una especie de quejido, que hizo exclamar a Ba-Chie: - ¡Este árbol se ha convertido en un espíritu! Precisamente se disponía a asestar un golpe definitivo, cuando vio aparecer al Peregrino y al monstruo. Sin decir una sola palabra, el Idiota levantó el rastrillo y se metió de lleno en la pelea. El monstruo estaba empezando a perder terreno en favor del Peregrino. Cuando vio a Ba-Chie con el rastrillo, perdió la poca confianza que aún le quedaba y huyó, despavorido. En su loca carrera sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en un rayo de luz, que se dirigió hacia el este. Los dos monjes no renunciaron a darle caza. Al contrario, montaron en una nube y salieron en su persecución. Cuando estaban a punto de darle alcance, oyeron el canto de un fénix y de una garza, al tiempo que se cernía sobre ellos una luz cegadora. No tardaron en ver a la Anciana Estrella del Polo Sur con un rayo de luz en la mano. - Detened vuestra loca carrera, Gran Sabio - gritó -. Y vos, Mariscal de los Juncales Celestes, renunciad a vuestra persecución. Es mi deseo que aceptéis los humildes saludos de este viejo taoísta. - ¿De dónde venís? - le preguntó el Peregrino, después de devolverle los cumplidos. - ¡Viejo bribón! - exclamó Ba-Chie, sonriendo malicioso -. A juzgar por ese rayo de luz que tenéis en la mano, acabáis de atrapar a ese monstruo. ¿No es así? - Así es, efectivamente - reconoció la Estrella, sonriendo -. Espero que os mostréis compasivos con él y renunciéis a acabar con su vida. - Que yo sepa - contestó el Peregrino -, ese monstruo no es ninguno de vuestros parientes. ¿Por qué os interesáis tanto por él? - Porque da la casualidad de que se trata de mi bestia de carga - respondió la Estrella, sin perder la sonrisa de los labios -. Lamento tener que admitir que se me escapó y que ha terminado convirtiéndose en un monstruo. - Si, como decís, es vuestro - replicó el Peregrino -, me gustaría que nos dejarais ver la forma que le es habitual. La Estrella soltó, entonces, el rayo de luz y gritó: - ¡Bestia maldita, muéstrate tal cual eres y te levantaré el castigo que tenía pensado ponerte por tu falta! El monstruo se revolvió de una forma extraña y se convirtió en un ciervo de pelaje blanco. - ¡Maldita bestia! - repitió la Estrella, recogiendo el báculo -. ¡Me había robado hasta el bastón! Incapaz de pronunciar una sola palabra, el ciervo blanco se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que discurría por sus mejillas un auténtico aluvión de lágrimas. Su cuerpo poseía la tersura del jade y su cornamenta parecía estar compuesta por siete cuchillos sumamente afilados. Cuando sentía hambre, buscaba los pastos de hierba fresca y abrevaba en las nubes, cuando le atacaba la sed. Su sed era muy avanzada, pero había aprendido el arte de las metamorfosis y eso le había movido a escapar de los lazos de su amo. Le bastó, sin embargo, con oír su voz, para que se arrepintiera de todo y se mostrara tal como siempre había sido. Tras agradecer al Peregrino todo lo que había hecho por él, la Estrella montó en el ciervo y se dispuso a partir. El Gran Sabio se lo impidió, diciendo: - No os marchéis, por favor. Hay dos asuntos que todavía no hemos resuelto. - ¿De qué se trata? - preguntó la Estrella. - Aún nos queda por capturar a una muchacha de extraordinaria belleza, que suponemos que también es un monstruo - respondió el Peregrino -. Después debemos informar de todo lo ocurrido al rey de Bhiksu. - No me importará esperar un poco más - concluyó la Estrella -. Por mí no hay ningún inconveniente en que vayáis a capturar a esa muchacha de la que habéis hablado. Cuando lo hayáis conseguido, iremos todos juntos a ver al rey y le enseñaremos la forma que realmente tienen sus antiguos protegidos. - No tardaremos mucho - repitió el Peregrino y, haciendo un gesto a Ba-Chie con la mano, regresaron a la Mansión del Inmortal de la Perfecta Floración. - ¡Hay que atrapar al monstruo! - gritaron los dos con fuerza -. ¡No hay que dejarle escapar! Al oírlos, la bella se puso a temblar de tal manera, que ni siquiera pensó en huir. Lo único que hizo fue refugiarse detrás del bloque de piedra. Aunque sabía que no podía escapar, porque no había puerta trasera, Ba-Chie le preguntó con fuerte voz: - ¿Adonde crees que vas? Date la vuelta y disponte a probar el sabor de mi rastrillo. La bella ni siquiera tenía un arma. Lo único que pudo hacer fue esquivar el golpe y transformarse en un rayo de luz. El Gran Sabio le cortó la retirada, levantando oportunamente la barra de hierro. Después de estrellarse contra ella, la bella cayó al suelo y se convirtió en lo que realmente era: una zorra de rostro blanco. Incapaz de contener la furia de sus manos, el Idiota levantó el rastrillo y le descargó un golpe terrible en la cabeza. La belleza que había hecho tambalearse a todo un reino quedó convertida, de esa forma, en un trozo de piel cubierto de sangre. - ¡No destroces su cuerpo! - le aconsejó el Peregrino -. Es preciso que el rey lo vea. Sin preocuparse del rastro de sangre que iba dejando, el Idiota la agarró por el rabo y abandonó la caverna, siguiendo los pasos del Peregrino. En aquel mismo momento la Estrella se encontraba acariciando la cabeza a su ciervo y regañándole, diciendo: - ¿Cómo has podido abandonar a tu dueño para convertirte en un monstruo? ¿No comprendes que, si me llego a haber retrasado un poco, el Gran Sabio Sun habría acabado contigo? - ¿Se puede saber qué estáis haciendo? - preguntó el Peregrino, sorprendido. - Aleccionando a mi ciervo, por supuesto - contestó la Estrella. - ¿Es ésta tu hija? - interrogó Ba-Chie al ciervo, poniéndole delante el cuerpo de la zorra. El animal sacudió varias veces la cabeza. Después alargó el hocico y empezó a olfatearla, como queriendo dar a entender que le partía el corazón tener que separarse de ella. La Estrella le pegó con la mano en la cabeza y exclamó: - ¡Maldita bestia! ¿A qué viene olerla de esa forma? ¿Es que no te parece suficiente haber escapado con vida? - y, quitándose la faja, se la pasó por el cuello y tiró de él, como si se tratara de un ramal -. ¿A qué esperamos para ir a ver al rey de Bhiksu? - añadió, dirigiéndose al Gran Sabio. - Esperad un momento - contestó el Peregrino -. Es conveniente que limpiemos esto un poco, para que no vuelva a convertirse en el refugio de ningún monstruo. No había acabado de decirlo, cuando Ba-Chie levantó el rastrillo y empezó a descargar una serie de golpes sobre el tronco del sauce. El Peregrino volvió a recitar el conjuro que empieza por la letra Om y al punto se presentó el dios protector de aquel lugar. - Coge toda la madera seca que puedas encontrar y haz con ella una gran hoguera - le ordenó -. Es preciso que acabe para siempre con este nido de maldad, para que no tengas que volver a sufrir la ignominia que hasta ahora has padecido. El dios protector reunió a todos sus subalternos y, montándose en un viento frío reunieron una gran cantidad de plantas marchitas por la escarcha, hierbajos secos del otoño, ramas tan secas como la yesca, trozos de troncos carcomidos, juncos amarillentos, huesos de dragón y todo tipo de restos vegetales que llevaban más de un año arrancados de su raíz, por lo que eran tan combustibles como el aceite o la grasa. - No es necesario que te cebes tanto con ese árbol - gritó el Peregrino a Ba-Chie -. Mete todo eso en la caverna y préndelo. El fuego se encargará de destruirlo todo. Las llamas acabaron, en efecto, con todo, convirtiendo la Caverna de la Perfecta Floración en un auténtico horno. El Peregrino se despidió a continuación del dios protector de aquel lugar y se dirigió hacia el palacio real, acompañado por la Estrella, el ciervo y Ba-Chie, que llevaba arrastrando a la zorra. - Aquí tenéis a vuestra Reina de la Belleza - dijo el Peregrino, enseñándosela con visible desprecio -. ¿Estáis dispuesto a renunciar a vuestras obligaciones por ella? El rey temblaba de miedo, incapaz de controlar los locos latidos de su corazón. La reina y las concubinas, por su parte, no se atrevían a levantar la cabeza, asustadas por la presencia de la Estrella con el ciervo blanco. Comprendiendo que el rey se disponía a postrarse de hinojos ante él, se apresuró a levantarle del suelo y dijo: - ¿A qué viene inclinaros ante mí? Si tanto lo deseáis, hacedlo ante vuestro suegro. Es ése de ahí. Profundamente avergonzado, únicamente podía susurrar en voz muy baja: - Os agradezco sinceramente que hayáis salvado a los niños de esta tierra. Seguidamente ordenó al encargado de las celebraciones y las fiestas imperiales que preparara un banquete vegetariano en el Salón Oriental del Palacio, para agradecer a la Estrella del Polo Sur, al monje Tang y a sus tres discípulos todo cuanto habían hecho por el bien del reino. Tras saludar a la Estrella, Tripitaka y el Bonzo Sha le preguntaron a la vez: - ¿Cómo es posible que siendo vuestro este ciervo blanco se haya dedicado a hacer daño a la gente? - Hace cierto tiempo - respondió la Estrella, sonriendo - pasó por la montaña en la que habito el Supremo Señor del Este y le pedí que accediera a echar conmigo una partida de ajedrez. Estábamos a punto de terminar el primer juego, cuando esta bestia se aprovechó de mi concentración y se escapó corriendo. Tan pronto como se hubo marchado mi huésped le busqué por todos los sitios, sin poder dar con él. Doblé, entonces, los dedos y, después de hacer unos cuantos cálculos, comprendí que se había refugiado en este lugar. Partí inmediatamente en su busca, cupiéndome el gran honor de encontrarme con el Gran Sabio, que se disponía en ese mismo momento a darle caza. Si llego a haberme retrasado un poco, habría terminado con él y ahora no tendría quien me llevara sobre su lomo. No había acabado de decirlo, cuando se presentaron unos sirvientes y les informaron que el convite estaba dispuesto. Jamás se había visto un banquete tan espléndido. Los pasillos que conducían a la sala se hallaban engalanados con adornos y cintas de cinco colores. Los asientos estaban perfumados y los paños que cubrían las mesas mostraban intrincados bordados que recordaban los tejidos de damasco. Espléndidas alfombras de color rojo tapizaban hasta la última porción del suelo, mientras nubes de sándalo e incienso aromatizaban el ambiente, saliendo, en forma de caprichosas volutas, de artísticos pebeteros con forma de pato. Ante la mesa imperial se amontonaban las frutas, colocadas con una maestría y un gusto realmente exquisitos. Las tartas tenían la forma de dragones y otras bestias. Hasta los pastelitos y los dulces representaban patos y leones realizados con tal lujo de detalles que parecían auténticos. Lo mismo les ocurría a las copas con forma de loro y a las asas que reproducían la esbeltez de las grullas, tan reales que daban la impresión de estar vivas. Por si eso fuera poco, la manera como se presentaban los diferentes platos era a la vez atractiva y sumamente refinada. No faltaban nueces llamativamente redondeadas, ni lechíes ni melocotones frescos, ni dátiles ni brevas de un dulzor extraordinario, ni piñones ni uvas aromáticos en extremo. A ello había que añadir las viandas recubiertas de azúcar o de miel, que recordaban, por su delicadeza, los capullos o los bordados. Algunas se servían en bandejas de oro, aderezadas en forma de pirámide. No podía ser de otra forma, cuando hasta el arroz era servido en cuencos de plata. En ellos se tomaban también los tallarines con caldo picante u otros sabores exóticos. Los platos, a cual más exquisitos y sabrosos, se sucedían a una velocidad increíble. Resultaba imposible detallar las clases diferentes de setas, orejas de árbol, brotes de bambú, espárragos que fueron llenando, poco a poco, las mesas. ¡Todas las verduras, tanto las más humildes como las más raras, estaban representadas en aquel banquete! Los comensales tomaron asiento, siguiendo escrupulosamente su grado o dignidad. A la mesa principal se sentaron la Estrella y el monje Tang. El rey ocupó otra colocada justamente enfrente, mientras que el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha se situaron en una de las alas. En la otra tomaron asiento los ministros y los dignatarios de mayor rango. En el mismo momento en que empezó a sonar la música, el rey agarró una copa que semejaba una nube de color rojizo y brindó, uno por uno, a la salud de todos los presentes. Sólo el monje Tang permaneció sin probar el licor. Antes de empezar a comer, Ba-Chie se volvió hacia el Peregrino y le dijo: - Las frutas las dejamos para ti. Nosotros nos conformamos con el arroz, la sopa y todo lo demás. Sin hacer caso de las normas, el Idiota se abalanzó sobre las viandas y empezó a tragar, como si no hubiera probado nada en toda su vida. Ni un minuto dejó de engullir lo que llenaba, hasta rebosar, cada una de las mesas. Cuando hubo concluido el banquete, la Estrella se levantó, dispuesto a partir cuanto antes hacia su palacio. El rey se arrojó entonces a sus pies y le suplicó que le recetara algún remedio para acabar con su enfermedad y, así, alargar considerablemente sus días. - Me temo - contestó la Estrella, sonriendo - que estaba demasiado preocupado con encontrar a mi ciervo y no he traído ningún elixir. Por supuesto que me gustaría recetaros algo realmente efectivo; sin embargo, está claro que vuestros tendones y vuestro espíritu han sufrido un deterioro de tal magnitud, que dudo mucho que los remedios normales puedan serviros de alguna utilidad. De todas formas, dentro de la manga tengo tres dátiles que acaba de darme el Supremo Señor del Este, para que los tome con el té. Con mucho gusto os los regalo. Nada me alegraría más que saber que os han servido de ayuda. En cuanto los hubo tragado, el rey sintió como si, poco a poco, le fueran levantando un peso terrible del cuerpo, hasta que la enfermedad desapareció totalmente y le pareció que volvía a ser un hombre joven. Las avanzadas edades que alcanzaron todos sus descendientes tienen su origen precisamente en este episodio. - ¿No podéis darme a mí algún dátil? - preguntó Ba-Chie, al ver el maravilloso efecto que habían tenido sobre el rey. - Me temo que no he traído ninguno más - contestó la Estrella -. Pero no os preocupéis. Un día de éstos pienso enviaros unos cuantos kilos. Después de despedirse, una vez más, del soberano, abandonó el Salón Oriental, ordenó al ciervo blanco que se mantuviera erguido y, con una agilidad asombrosa, saltó sobre su lomo. Inmediatamente se elevaron por los aires y se perdieron entre las nubes. El soberano, sus esposas y todos los habitantes de la ciudad se postraron de hinojos y quemaron varillas de incienso. - Creo que ha llegado el momento de recoger todas nuestras cosas y de despedirnos del rey - dijo Tripitaka, dirigiéndose a sus discípulos. Pero el soberano insistió en que se quedaran con él algún tiempo y le enseñaran los principios del buen gobierno. Eso hizo que el Peregrino le aconsejara: - De ahora en adelante debéis controlar más vuestra concupiscencia y realizar acciones virtuosas de las que nadie más que vos tenga noticia. En todo cuanto emprendáis procurad que vuestra fuerza compense ampliamente todas vuestras debilidades. Tened siempre presente que no hay forma más efectiva de alargar la vida que poniendo coto a la enfermedad. Eso es todo lo que podemos enseñaros. Agradecido, el rey les regaló dos bandejas de oro y unas cuantas piezas de plata como ayuda a los gastos de viaje, pero el monje Tang se negó a aceptar tan valiosísimos regalos. Al soberano no le quedó, pues, más opción que hacer traer la carroza del fénix y el dragón v pedir al maestro que tomara asiento en ella. Él mismo se encargó de sacarla de la corte, empujando, junto con las concubinas, con sus propios brazos, como si fuera un vulgar esclavo. Las calles aparecían abarrotadas de gentes que iban echando agua purificada e incienso, a medida que ellos pasaban. Antes de que los peregrinos llegaran a las puertas de la ciudad, se levantó un viento huracanado, que fue depositando a lo largo de toda la calle los mil ciento once niños que habían desaparecido la noche anterior. El dios del reino, el de la ciudad, el del suelo, los inmortales, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas y los Protectores de los Monasterios, que habían cuidado durante todo ese tiempo de los niños, se llegaron, respetuosos, hasta donde se encontraba el Gran Sabio y le dijeron: - Siguiendo vuestros deseos, escondimos en el interior de los bosques todas estas cercas para gansos con un niño dentro. Ahora, que habéis concluido una más de vuestras hazañas, nos cabe el honor de devolvéroslos, más sanos y salvos, incluso, que cuando nos los llevamos. El rey, las concubinas y todos los habitantes de la ciudad se echaron en seguida rostro en tierra. El Peregrino, por su parte, levantó la vista hacia el cielo y contestó: - Os doy las gracias por las molestias que os habéis tomado. Regresad a vuestros santuarios y disponeos a recibir los sacrificios que, en prueba de agradecimiento, van a ofreceros las gentes de este lugar. Se oyó un murmullo de satisfacción y el huracán reemprendió su marcha, desvaneciéndose con la misma rapidez con la que se había presentado. El Peregrino pidió, entonces, a los padres de los niños que se hicieran cargo de ellos. Como locos, se lanzaron sobre las cercas, tratando de encontrar cada cual a su hijo. Cuando lo conseguían, se abrazaban a ellos y, entre lágrimas de alegría, los llamaban "tesoro" y "cariño". La alegría alcanzó tales cumbres, que todo el mundo empezó a gritar: - ¡Llevemos al monje Tang y a sus discípulos a nuestros hogares y agradezcámosles cuanto han hecho por nosotros! Como si fueran un solo hombre, se abalanzaron sobre los peregrinos y, sin preocuparse de la repelente fealdad de sus rostros, los cogieron en volandas y los llevaron a sus casas. Ni siquiera el rey pudo hacer nada por evitar que cargaran con Chu Ba-Chie, cogieran al Bonzo Sha a hombros, transportaran al Peregrino Sun por encima de sus cabezas y condujeran triunfalmente a Tripitaka hacia el centro de la ciudad. Mientras una familia daba un banquete, otra preparaba una fiesta y las que comprendían que no iban a poder resistir con tanta comida se ponían a hacer sandalias, gorras, túnicas y toda clase de prendas de vestir. Más de un mes se vieron los peregrinos obligados a permanecer en aquella capital. Cuando llegó el momento de la partida, todos los habitantes disponían de retratos de los monjes con sus nombres, a los que ofrecían de continuo sacrificios y varillas de incienso. Parecía como si la buena acción que acababan de realizar fuera más enorme que la masa de una montaña. No en balde habían logrado salvar la vida de más de mil niños. No sabemos, de momento, qué es lo que sucedió después. El que quiera averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第080回 LA DONCELLA BUSCA PAREJA PARA ALIMENTAR SU YANG. AL PROTEGER AL MAESTRO, EL MONO DE LA MENTE SE TOPA CON UN MONSTRUO Decíamos que el rey Bhiksu, acompañado por todos sus súbditos, salió a despedir al monje Tang y a sus discípulos mucho más allá de los límites de la ciudad. Entre cantos y música recorrieron más de cincuenta kilómetros, pero el soberano se negaba obstinadamente a regresar a la capital. Por último, Tripitaka insistió con tal determinación en bajarse de la carroza imperial, que nadie se atrevió a contravenir sus deseos de montar en su propio caballo, Pese a todo, el cortejo esperó a que los peregrinos hubieran desaparecido detrás de la línea del horizonte para regresar finalmente a la ciudad. De esta forma, los monjes pudieron proseguir tranquilamente su viaje. El invierno dio pronto paso a la primavera y, poco a poco, también ésta fue tocando a su fin. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían macizos de flores silvestres y grupos de fornidos árboles de las montañas, que componían un paisaje francamente embelesador. No tardaron, sin embargo, en divisar una formación tan rugosa y escarpada, que Tripitaka exclamó, vivamente preocupado: - ¿Creéis que habrá algún camino en aquella montaña? Opino que deberíamos extremar las precauciones. - Cualquiera que os oiga hablar - contestó el Peregrino, soltando la carcajada -, pensaría que no sois un viajero experimentado. Lo que decís parece salido de la boca de un príncipe o de un gran señor, que se pasa la vida sentado junto a un pozo mirando las estrellas. Como muy bien afirma el proverbio, "no hay montaña capaz de poner freno a un camino". Por muy difícil que resulte, los senderos siempre trasponen las cordilleras. ¿A qué viene, entonces, esa pregunta que acabáis de hacer? - Es muy posible que, en efecto, haya un camino - reconoció Tripitaka -, pero nadie nos asegura que esa montaña no sea la cuna de algún monstruo horrible, dispuesto a acabar con todo lo que ose atravesar sus dominios. - Tranquilizaos - le aconsejó Ba-Chie -. Si no me equivoco mucho, no debemos de estar lejos del reino de la suprema felicidad. Por fuerza este lugar tiene que ser seguro y pacífico. Hablando, el camino se les hizo más corto y no tardaron en llegar a la base de la montaña. El Peregrino cogió la barra de los extremos de oro y subió sin ninguna dificultad por un sendero muy estrecho que discurría entre las rocas. - ¡Eh, maestro! - gritó -. ¡Por aquí se puede subir! Tripitaka no tuvo más remedio que armarse de valor y espoleó al caballo. - ¿Por qué no llevas un poco el equipaje? - preguntó el Bonzo Sha a Ba-Chie. El Idiota no puso ninguna objeción, El Bonzo Sha se hizo, entonces, cargo de las riendas del caballo, para que el maestro pudiera agarrarse con las dos manos a la silla, mientras seguía al Peregrino por el escarpado sendero que ascendía por la montaña. Era tan alta que su cumbre parecía velada por una espesa capa de nubes. A cierta distancia se veía un torrente que se lanzaba contra un lecho de rocas. A lo largo del camino crecían toda clase de flores exóticas, protegidas de los rayos del sol por más de diez mil árboles de tronco robusto y copa espesa. Aunque su variedad era enorme, podían apreciarse ciruelos azulados, perales blanquecinos, melocotoneros rojizos y sauces verdes. El cuclillo parecía llorar, con sus cantos, la inminente marcha de la primavera. Las golondrinas parecían lamentar, igualmente, el fin de las ceremonias que marcan la recogida de las cosechas. Lo que más llamaba, de todas formas, la atención de aquel soberbio paisaje eran la extremada rugosidad de las rocas, la tonalidad jade de los pinos, la penosa irregularidad del camino y los acantilados y precipicios cubiertos de enredaderas y plantas trepadoras. Las cumbres de aquella interminable cordillera hacían pensar en hileras de hachas de doble filo, aunque el número de sus ríos y torrenteras fuera mucho mayor que el de las crestas. Cuando más embelesado estaba contemplando la belleza del paisaje, cantó un pájaro y eso le hizo añorar a Tripitaka el país en el que había crecido. Tiró inmediatamente de las riendas y exclamó: - ¡Cuánto tiempo ha pasado desde que, inspirado por los cielos, el emperador me hiciera entrega del documento de viaje al lado mismo de los biombos bordados! El día decimoquinto del año, el mismo día de la fiesta de las linternas, abandoné el Este y me separé del señor de los Tang con la misma tristeza con que el Cielo se despidió de la Tierra. Con vosotros como discípulos he cruzado infinidad de tierras barridas por los vientos y veladas por las nubes, como si se tratara de madrigueras de dragones y tigres. He llegado, incluso, a trasponer las doce cumbres del Monte Wu. ¿Para qué tanto sacrificio? ¿Cuándo volveré a ver el rostro de mi señor y mi rey? - ¿Por qué siempre estáis añorando el lugar del que partisteis? Esa actitud es totalmente impropia de alguien que ha renunciado a la familia. Tranquilizaos y continuad caminando. ¿A qué viene tanta preocupación? Los antiguos decían que quien desee alcanzar algo en la vida debe luchar, sin desfallecer, por ello. - Es verdad lo que dices - reconoció Tripitaka -, pero me pregunto cuánto camino nos queda todavía por recorrer para llegar al Paraíso Occidental. - A lo mejor - comentó Ba-Chie, preocupado -, al enterarse de que veníamos en busca de esas tres cestas de escrituras, Tathagata se ha marchado a otra parte para no dárnoslas. No me explico, si no, cómo no hemos llegado todavía a nuestro destino. - ¿Por qué no dejas de decir tonterías, de una vez, y sigues hacia delante? - le regañó el Bonzo Sha -. Contrólate y sufre todo con paciencia. Ya llegará el día en el que alcancemos nuestro destino. Mientras hablaban, se fueron internando, poco a poco, en un oscuro bosque de pinos. Asustado, el monje Tang llamó a Wu-Kung, diciendo: - ¿Cómo es que en una montaña tan escarpada como ésta hay un bosque tan espeso de pinos? Deberíamos movernos con cuidado. - ¿A qué vienen tantas precauciones? - replicó el Peregrino. - Como muy bien afirma el proverbio - respondió Tripitaka -, "no solemos creer en la honradez del hombre honrado y siempre andamos protegiéndonos contra las malas maneras del que es educado en extremo". Tienes que reconocer que, a pesar de la enorme cantidad de bosques que hemos atravesado, jamás habíamos visto ninguno tan inmenso y sombrío como éste. ¿No lo ves tú mismo? Se extiende de este a oeste y sus troncos son tan abundantes, que hacen pensar en un gran ejército que se desplazara de norte a sur. Es como si ya se hubiera adentrado en las nubes y se aprestara a invadir, de un momento a otro, los cielos. Lo más desazonante, de todas formas, es que las zarzas crecen por doquier y entre los troncos de los árboles se extiende una tupida red de enredaderas y lianas cubiertas de espinos. Parece como si estos árboles estuvieran empeñados en impedir el paso tanto a los viajeros que se desplazan del este hacia el oeste, como a los que se dirigen hacia el norte, procedentes del sur. Aquí dentro podría pasarse medio año sin saber la estación en la que se está o caminar durante kilómetros y kilómetros sin ver el resplandor de las estrellas. La vegetación que cubre el suelo es, si cabe, aún más espesa. He de reconocer que jamás había visto juntos tal cantidad de olmos, enebros centenarios, pinos capaces de hacer frente a las heladas, melocotoneros silvestres, peonías e hibiscos. Crecen tan cerca unos de otros y en tan perfecto desorden, que hasta los mismos dioses encontrarían dificultad en orientarse entre ellos. Por si esto no fuera suficiente, están los cantos de todos esos pájaros: los chillidos de los loros, los graznidos de las picazas y los cuervos, que se lanzan entre las ramas de los árboles para dar de comer a sus retoños, los trinos melodiosos de las oropéndolas, los cantos de los petirrojos y los lamentos de las rojizas golondrinas. Se tiene la impresión de que aquí hasta los grajos serían capaces de hablar y las cornejas, de recitar sufras. ¿Es que no ves aquel tigre moviendo el rabo y ese otro haciendo ruidos extraños con los dientes? Allí mismo, sin ir más lejos, hay una zorra disfrazada de mujer y, un poco más allá, un lobo de pelaje gris lanzando aullidos a los árboles. Aquí hasta el Devaraja Li-Ching se echaría a temblar, aunque tiene poder para dominar a los monstruos. A pesar de esas palabras, el Gran Sabio Sun no perdió la compostura. Agarró con fuerza la barra de hierro y abrió entre la maleza un ancho sendero, para que pudiera pasar tranquilamente el monje Tang. De esa forma, continuaron caminando sin ninguna preocupación, durante medio día. El bosque, sin embargo, no parecía tener fin. - A lo largo de nuestro peregrinar hacia el Oeste - comentó Tripitaka - hemos cruzado montañas y bosques a cual más peligrosos y traicioneros, pero ninguno tanto como éste. He de reconocer, de todas formas, que este punto concreto por el que ahora estamos pasando posee un encanto especial. No parece, de hecho, muy peligroso con todas esas flores y plantas tan agradables a la vista. Me gustaría sentarme un poco a descansar. El caballo podría pastar a sus anchas y, si sois capaces de encontrar algo de comer, trataríamos de aliviar el hambre. - Bajad del caballo, maestro - le pidió el Peregrino -. Voy a ver si encuentro algún sitio en el que mendigar algo de arroz. Tripitaka así lo hizo y Ba-Chie fue a atar al animal a un árbol, mientras el Bonzo Sha buscaba entre el equipaje el cuenco de las limosnas. En cuanto el Peregrino lo tuvo en sus manos, se volvió hacia el maestro y dijo: - Creo que aquí estáis seguro, así que no tengáis miedo. En seguida vuelvo. Con gesto solemne Tripitaka fue a sentarse a la sombra de un pino. Ba-Chie y el Bonzo Sha empezaron a buscar flores y frutos silvestres, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que se elevó inmediatamente por los aires. Al mirar hacia lo lejos, vio que el bosque estaba envuelto en una neblina de santidad y buenos augurios. Su resplandor le emocionó de tal manera, que no pudo por menos de exclamar: - ¡Extraordinario! ¡Realmente extraordinario! Sin embargo, no lo dijo por el paisaje que se extendía ante sus ojos, sino por las inalcanzables cualidades del monje Tang que le trajo a la mente la belleza de cuanto veía. Se trataba, en efecto, de la reencarnación de la Cigarra de Oro, un hombre virtuoso en extremo que se había dedicado a las prácticas ascéticas durante diez reencarnaciones seguidas. Eso explicaba que su cabeza estuviera rodeada de un halo tal de santidad, que sus efectos se dejaban sentir en todo el bosque. - Yo, por el contrario - reflexionó el Peregrino -, cuando, hace aproximadamente quinientos años, sumí el Palacio Celeste en una confusión total, recorrí a lomos de las nubes hasta el último rincón de los cuatro mares y visité los lugares más inalcanzables de los Cielos. No contento con eso, reuní a todos los dioses y los obligué a que me concedieran el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo. Después de dominar tigres y derrotar dragones, borré mi nombre y el de todos los míos de los archivos del Reino de la Muerte. Entonces lucía sobre la cabeza una triple corona de oro, protegía mi cuerpo con una coraza de oro puro, calzaba unos zapatos de andar por las nubes y sostenía en las manos una barra de hierro con los extremos de oro. A mis órdenes tenía nada menos que a setenta y siete monstruos, que me llamaban Respetable Gran Sabio. ¡Qué vida llevaba yo entonces! Ahora, sin embargo, que he conseguido escapar del tremendo castigo al que me sometieron los Cielos, debo someterme a ese hombre y considerarme su discípulo. Pero, mirándolo bien, si su cabeza está envuelta en una neblina tan potente de santidad y buenos augurios, no me cabe la menor duda de que, cuando regresemos a las Tierras del Este, recibiremos la recompensa debida a tantos esfuerzos. Cuando más concentrado estaba recordando su pasado y el de su maestro, vio una espesa masa de humo negruzco surgiendo de la tierra hacia el sur del bosque. Sorprendido ante tan repentina aparición, se dijo: - O mucho me equivoco o detrás de ese humo se esconde algo realmente malvado. Ni Ba-Chie ni el Bonzo Sha son capaces de producir una humareda de ese tipo. El Gran Sabio trató de determinar a toda prisa cuál era el origen de tan extraño fenómeno, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de Tripitaka, que continuaba sentado en el corazón mismo del bosque, meditando sobre la presencia iluminadora de Buda en todo cuanto existe. Cuando más concentrado estaba recitando sutras, oyó gritar a alguien con voz muy débil: - ¡Auxilio! ¡Socorro! - ¡Cielo santo! - exclamó Tripitaka, sorprendido -. ¿Cómo es posible que haya alguien en este bosque gritando de esa manera? Por fuerza tiene que tratarse de alguien al que le aterra pensar en los lobos y tigres que debe de haber por aquí cerca. Lo mejor será que vaya a echar un vistazo. Inmediatamente se puso en pie y se dirigió, entre los cedros milenarios y los pinos inmortales, en la dirección de la que provenían los gritos. Tuvo que meterse entre una maraña de enredaderas y lianas, pero al final logró ver a una muchacha atada al tronco de un árbol realmente gigantesco. Tenía la parte superior del cuerpo sujeta al pino con una auténtica red de ramas de parra, mientras que, de cintura para abajo, estaba enterrada en el suelo. - ¿Se puede saber por qué os han atado de esta forma, joven Bodhisattva? - preguntó el maestro, deteniéndose ante ella. Se trataba, obviamente, de un monstruo, pero él, como sólo poseía ojos mortales, fue incapaz de verlo así. Al oír la pregunta, el monstruo empezó a llorar y las lágrimas fluyeron copiosas por sus sonrosadas mejillas, que recordaban un melocotón. Su hermosura era tan extraordinaria, que, por contemplarla, los peces se habrían olvidado de nadar y los gansos se habrían hundido en los estanques. El brillo de sus ojos recordaba las estrellas y su cuerpo poseía tal perfección, que ante su belleza la luna palidecía y las flores se cubrían de vergüenza. Sin atreverse a acercarse, el maestro volvió a preguntar: - ¿Qué crimen habéis cometido, para que os traten con tanto rigor? Hablad, de una vez, para que este humilde monje pueda salvaros de vuestro tormento. - Mi hogar - mintió el monstruo con una voz capaz de hacer enloquecer al hombre más sensato - se encuentra en el Reino de Bin-Be, a unos quinientos kilómetros de aquí. Mis padres, unas personas piadosas y virtuosas en extremo, siempre han sido amables con todos sus amigos y jamás han tenido una sola discusión con sus parientes. Puesto que estamos en la época de la Clara Luminosidad, se les ocurrió invitar a varios familiares a ir a limpiar las tumbas de nuestros antepasados y a presentar ofrendas a los espíritus de los muertos. Toda la familia partió hacia la montaña cargada con toda clase de viandas. Apenas habíamos colocado las ofrendas y prendido fuego al papel moneda para los difuntos, cuando oímos una gran algarabía de tambores y gongs. Antes de que pudiéramos reaccionar, cayeron sobre nosotros unos bandidos armados hasta los dientes con cuchillos y palos. El terror se apoderó de nosotros. A pesar de todo, mis padres y el resto de mis familiares consiguieron montar en los carros y caballos y escaparon lo más deprisa que pudieron. Como soy tan joven y no puedo correr, caí al suelo y esos bandidos terminaron atrapándome. El primero de sus jefes quiso tomarme como concubina, pero también lo deseaban el segundo, el tercero y el cuarto y empezaron a pelear a causa de mi belleza. Los setenta u ochenta hombres que componían la banda tomaron partido por uno u otro y lucharon entre sí con un ensañamiento propio de mortales enemigos. Al final, comprendiendo que así no iban a llegar a ningún acuerdo, decidieron atarme a este árbol y se marcharon a otra parte a cometer fechorías. Yo llevo aquí cinco días con sus cinco noches, esperando morir de un momento a otro. Gracias al cielo, habéis aparecido vos y atribuyo tan grande fortuna a algún mérito de particular valor que en su día adquirieron mis antepasados. Os suplico, por tanto, que os apiadéis de mí y me salvéis la vida. Si lo hacéis, tened la seguridad de que jamás olvidaré vuestra amabilidad ni aunque me encuentre en la otra parte de los Nueve Arroyuelos del Reino de la Muerte. Apenas hubo acabado de decirlo, volvió a abandonarse al llanto. Movido a compasión, el propio Tripitaka se puso a llorar y gritó con la voz anegada por el llanto: - ¡Venid aquí en seguida, discípulos! ¡Daos prisa! Ba-Chie y el Bonzo Sha estaban recogiendo flores y frutas en el interior del bosque, cuando oyeron la voz angustiada del maestro. - O mucho me equivoco - dijo el Idiota - o nuestro preceptor acaba de encontrar a uno de sus parientes. - Estás mal de la cabeza - replicó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. ¿De dónde iba a haber salido ese pariente, si no nos hemos cruzado con nadie en todo el camino? - ¿Con quien crees que estará llorando si no es con alguien muy allegado a él? - insistió Ba-Chie -. Lo mejor será que vayamos a ver. El Bonzo Sha se mostró totalmente de acuerdo y regresaron a toda prisa al lugar en el que se habían separado. - ¿Qué ocurre, maestro? - preguntaron, agarrando el equipaje y tirando de las riendas del caballo. - Desatad a aquella muchacha que hay allí - contestó el monje Tang, señalando con el dedo -. No podemos renunciar a salvarle la vida. Sin pensarlo dos veces, el Idiota se dispuso a hacer lo que le había ordenado el maestro. El Gran Sabio, mientras tanto, había visto cómo la humareda negra iba oscureciendo poco a poco el aura de luz y exclamó, preocupado: - ¡La cosa se está poniendo realmente fea! Eso sólo puede significar que el maestro está a punto de correr un grave peligro. Lo mejor será que vuelva a ver qué es lo que pasa. Ya habrá tiempo después para pedir limosnas. Inmediatamente dio media vuelta a la nube en la que viajaba y fue a parar al centro mismo del bosque. Ba-Chie estaba muy ocupado desatando a la muchacha. El Peregrinó se llegó hasta él y le dio un empujón que le lanzó dando tumbos contra el suelo. Desconcertado, el Idiota levantó la cabeza y dijo: - ¿A qué viene tratarme con tan poca consideración? Si me he puesto a desatar a esta mujer, ha sido porque así me lo ha ordenado el maestro. - Te aconsejo que no sigas haciéndolo - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. No es más que un monstruo, que está tratando de engañarnos. - ¡Maldito mono! - exclamó Tripitaka, perdiendo la paciencia -. ¿Cómo puedes decir semejantes locuras? ¿A quién se le ocurre confundir a una muchacha en apuros con un monstruo? - Comprendo que os cueste trabajo creerlo - se defendió el Peregrino -, pero éste es, precisamente, el método más burdo del que se valen los monstruos para conseguir carne humana. ¡No lo sabré yo bien! - No le creáis, maestro - dijo, entonces, Ba-Chie, alargando el hocico -. Está claro que esta muchacha pertenece a alguna familia de por aquí. ¿Cómo puede afirmar que sea un monstruo, si ni siquiera la conoce y prácticamente acaba de llegar, procedente de las Tierras del Este? Lo único que pretende es que la dejemos aquí, para volver después de un salto y pasar un buen rato con ella. ¡Siempre le ha encantado hacer todo a escondidas! - ¿Cómo puedes decir semejantes barbaridades? - le regañó el Peregrino -. ¿Cuándo me has visto, en todo este tiempo que llevamos juntos, hacer las barbaridades que acabas de sugerir? No soy tan estúpido como tú, que valoras más el sexo que la vida y que eres capaz de vender a tus amigos por un simple grano de arroz. ¿Acaso has olvidado cuando aceptaste casarte con aquella muchacha y terminaste atado a un árbol? 4 - Está bien. De acuerdo - reconoció Tripitaka -. Wu-Kung siempre ha tenido buena vista para estas cosas. Si insiste en que no le hagamos caso, por algo será. Cojamos nuestras cosas y continuemos nuestro camino. - Eso está mejor - contestó el Peregrino, aliviado -. Esa decisión os ha salvado la vida. Montad en el caballo y salgamos, de una vez, de este bosque de pinos. En cuanto lo hayamos hecho, buscaré una aldea Y pediré algo de comer. Sin hablar más del asunto, los cuatro monjes recogieron su equipaje y siguieron caminando. Al verlo, al monstruo le rechinaron los dientes de rabia y se dijo: - Había oído comentar que ese tal Sun Wu-Kung poseía unos poderes mágicos realmente extraordinarios. La decisión que acaba de tomar confirma ampliamente esos rumores. De todas formas, tengo un tanto a mi favor: desde su más tierna infancia el monje Tang se ha dedicado a la ascesis y no ha permitido jamás que una sola gota de yang escapara de su cuerpo. Si deseaba atraparle, era precisamente con el fin de copular con él y, así, convertirme en una inmortal de la Gran Mónada. Lo que menos me esperaba es que fuera a aparecer ese maldito mono y arrebatármelo delante de mis narices, cuando estaba a punto de echarle mano. Si me hubiera desatado, me habría abrazado a él y no habría habido manera de arrancarle de mis brazos. Pero no estoy dispuesta a dejarle escapar así como así, después de lo mucho que he anhelado este momento. Voy a llamarle de nuevo un par de veces a ver qué pasa. Sin liberarse de sus ataduras, el monstruo lanzó hasta los oídos del monje Tang una brisa cargada de falsa virtud, que decía: - ¿Cómo esperáis ver a Buda y conseguir sus escrituras, si pasáis ante un ser humano sin aliviar sus penas? Al escuchar tan convincentes razones, el monje Tang tiró inmediatamente de las riendas del caballo y dijo: - ¡Wu-Kung, vuelve inmediatamente a liberar a esa muchacha! - ¿Por qué no seguís adelante? - protestó el Peregrino -. ¿Qué os ha hecho cambiar tan pronto de parecer? - Me sigue suplicando que la salve - respondió Tripitaka. - ¿Has oído tú algo, Ba-Chie? - preguntó el Peregrino. - Debo de tener las orejas taponadas, porque tampoco yo he oído nada - contestó el Idiota. - ¿Y tú, Bonzo Sha? - insistió el Peregrino -. ¿Has oído algo? - Yo iba delante con el equipaje y no estaba prestando atención - se disculpó el Bonzo Sha -. De todas formas, creo que no. No he oído absolutamente nada. - Ni yo tampoco - concluyó, triunfante, el Peregrino -. ¿Qué ha sido exactamente lo que os ha dicho esa mujer, maestro? ¿Cómo es posible que sólo vos la hayáis oído? - Lo que decía tenía mucho sentido - aclaró el monje Tang -. De hecho, me preguntó: "¿Cómo esperáis ver a Buda y conseguir sus escrituras, si pasáis ante un ser humano si aliviar sus penas?". Como afirma el proverbio, "salvar una vida es mucho más virtuoso que construir una pagoda de siete plantas". Es preciso que la liberemos en seguida, de lo contrario, no nos servirá de nada presentar nuestros respetos a Buda y conseguir las escrituras. - Cuando os empeñáis en hacer algo bueno, no hay nadie en el mundo capaz de haceros cambiar de idea - replicó el Peregrino, sonriendo -. Recapacitad en la cantidad de montañas que habéis traspuesto desde el comienzo del viaje y en el elevado número de monstruos con los que os habéis enfrentado desde que abandonasteis las Tierras del Este. Son miles y miles los que he tenido que machacar con mi barra de los extremos de oro, después de haberos llevado prisionero a sus respectivas cavernas. Hoy os topáis con uno solo y os negáis a perderle de vista para siempre. ¿Por qué os empeñáis en liberarla? - Los antiguos decían - sentenció el monje Tang -: "Por muy pequeño que sea el bien, nunca dejes de hacerlo; evita, además, obrar el mal, por muy insignificante que parezca". - Vistas desde ese ángulo las cosas - concluyó el Peregrino -, lo único que puedo deciros es que la responsabilidad es exclusivamente vuestra, no mía. Si estáis decidido a ponerla en libertad, poco puedo decir yo para haceros cambiar de idea. Si tratara de convenceros de lo contrario, os pondrías furioso conmigo. Corred a liberarla, si es eso lo que queréis. - Deja de hablar, de una vez - le ordenó el monje Tang -. Siéntate aquí, mientras Ba-Chie y yo nos encargamos de todo. El monje Tang regresó al interior del bosque y pidió a Ba-Chie que desatara las cuerdas que tenían a la muchacha sujeta al árbol de la cintura para arriba. Cuando hubo concluido, cogió el rastrillo y le desenterró la cintura y las piernas. En cuanto se sintió libre, el monstruo se sacudió la falda y siguió al monje Tang más allá de los lindes del bosque con el recato propio de una esclava. Al verlos, el Peregrino se echó a reír tan descontroladamente, que el maestro perdió la paciencia y le regañó, diciendo: - ¡Maldito mono! ¿Se puede saber por qué te ríes de esa forma? - Porque - respondió el Peregrino conteniendo a duras penas la risa -, cuando os sonría la fortuna, vuestros amigos os colmarán de alabanzas, mientras que una dama se ocupará de consolaros, cuando todos os vuelvan la espalda. - ¡Maldito mono! - repitió el monje Tang -. ¿Qué tonterías son ésas? Soy monje desde el momento mismo en que abandoné el seno de mi madre. Si ahora me encuentro de camino, es con el fin de presentar mis respetos a Buda y conseguir las escrituras por expreso deseo del emperador. ¿A qué viene hablar de buena o mala fortuna cuando no he tratado en ningún momento de conseguir el más pequeño beneficio? - Precisamente porque lleváis siendo monje desde que nacisteis - contestó el Peregrino con la sonrisa en los labios -, lo único que realmente sabéis hacer bien es leer sutras y recitar el nombre de Buda. No estáis al tanto de las leyes que rigen fuera de los muros de los monasterios. Ésta es una muchacha joven y hermosa y nosotros, un grupo de desarrapados que han renunciado a la familia. Si la aceptamos como compañera de viaje, siempre habrá gentes sin escrúpulos que nos acusarán de habernos acostado con ella, sin prestar ninguna atención a nuestros deseos de presentarnos ante Buda y pedirle las escrituras. Incluso, si logramos salir bien parados de esos cargos, pueden acusarnos muy bien de haberla raptado. Sabéis que eso os supondrá la expulsión de todos los monasterios y una paliza que os dejará medio muerto. A Ba-Chie le enviarán a galeras y el Bonzo Sha tendrá que hacer trabajos forzados durante algún tiempo. Yo mismo me veré obligado a servirme de mis poderes mágicos para salir indemne de un asunto tan complicado. Es posible que siempre hable demasiado, pero os aseguro que no me gustaría verme metido en un tema tan deshonroso como ése. - ¿Por qué no dejas de decir tonterías, de una vez? - le regañó, enfadado, el monje Tang -. He decidido salvarle la vida y asunto concluido. ¿Cómo va a meternos en todos esos líos que acabas de mencionar? Si surge algún problema, yo solo cargaré con la responsabilidad. - No lo dudo - respondió el Peregrino -. Pero deberíais pensar que, más que salvarla, lo que estáis haciendo es condenarla. - ¿Cómo puedes decir eso, si la estoy sacando del bosque precisamente para que viva? - objetó el monje Tang. - Atada a ese árbol - explicó el Peregrino -, podría haber durado cinco o siete días, o quizás incluso hasta medio mes, ya que no tenía a mano nada de comida y eso la hubiera conducido irremediablemente a la muerte. De todas formas, hubiera conservado intacto su cuerpo. Ahora, sin embargo, que la habéis librado, tendrá que seguiros a pie, mientras que el caballo que vos montáis es tan rápido como el mismo viento. A nosotros, por supuesto, no nos importa seguiros, pero esta muchacha tiene unos pies tan delicados y pequeños, que le costará Dios y ayuda mantener el ritmo que vos marcáis. Si se queda detrás, es muy posible que caiga en poder de un tigre o de un leopardo, que acabarán con ella en un abrir y cerrar de ojos. ¿No es ésa, precisamente, una forma de condenarla a muerte? - Ciertamente - reconoció Tripitaka -. Es una suerte que hayas reparado en eso. ¿Qué podemos hacer para remediarlo? - Podéis montarla en el caballo junto a vos - se apresuró a contestar el Peregrino. - ¿Cómo va a cabalgar conmigo? - protestó el monje Tang y se abandonó a un silencio culpable. - ¿Cómo va a seguir el ritmo de nuestros pasos? - insistió el Peregrino. - Que cargue Ba-Chie con ella - respondió Tripitaka. - ¡Qué suerte la del Idiota! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada. - No hay peso ligero que no haga terriblemente pesada la distancia - replicó Ba-Chie -. ¿Cómo puedes decir que la suerte me acompaña por tener que cargar con alguien a las espaldas? - Pero tienes un morro tan largo - bromeó el Peregrino -, que no te costará mucho darte la vuelta y divertirte un poco con ella. ¿No te parece ésa una idea francamente extraordinaria? - ¡No, no y no! - protestó Ba-Chie, saltando como un loco y dándose terribles golpes en el pecho -. Si el maestro desea azotarme, estoy dispuesto a aguantar el dolor todo lo que sea necesario. Pero jamás podré soportar llevar a una mujer como ella a las espaldas. A ti siempre te ha gustado burlarte de los demás, pero esta vez no vas a salirte con la tuya. ¡Simplemente no estoy dispuesto a cargar con ella! - Está bien - concluyó Tripitaka -. Me bajaré del caballo y caminaré a su ritmo. Ba-Chie puede encargarse de tirar de las riendas. - ¡Qué suerte la del Idiota! - volvió a exclamar el Peregrino, ahogándose en sus propias carcajadas -. ¡Hasta el maestro le pide que tire del caballo! 5 - ¡Este estúpido mono no sabe nada más que decir tonterías! - le regañó una vez más, Tripitaka -. Como muy bien decían los antiguos, "aunque un caballo es capaz de recorrer miles y miles de kilómetros, es imposible que llegue más allá de cien metros, si no le guía un jinete". No veo ningún problema en que se ajuste al ritmo de mis pasos. Así lograremos sacar a esta joven bodhisattva de la montaña. En cuanto lleguemos a algún lugar habitado, la dejaremos allí y daremos por concluida nuestra misión de liberarla. - No tengo nada que objetar a ese plan - concluyó el Peregrino -. ¿A qué esperáis para ponerlo en práctica? Desde aquel momento se encargó de abrir el camino. Le seguían el Bonzo Sha con el equipaje, Ba-Chie con el caballo y la muchacha y el Peregrino con su terrible barra de hierro. Al cabo de unos cuarenta o cincuenta kilómetros empezó a oscurecer, pero afortunadamente descubrieron en la distancia un edificio impresionante con los techos cubiertos de adornos y esculturas. - Por fuerza tiene que tratarse de un templo o de un monasterio - comentó Tripitaka -. No estaría de más que nos acercáramos a pedir alojamiento para esta noche. Nos volveremos a poner en camino tan pronto como haya amanecido. - De acuerdo - contestó el Peregrino -. Vayamos hacia allá. - Es mejor que os mantengáis a un lado, mientras yo voy a pedir alojamiento - dijo Tripitaka a sus discípulos, al llegar a la puerta -. Os llamaré en cuanto pueda. Todos se quedaron a la sombra de unos sauces. El Peregrino no quitaba el ojo a la muchacha, siempre dispuesto a actuar con su barra de hierro. Al acercarse, el maestro comprobó, sorprendido, que las puertas del santuario se encontraban en un estado realmente lamentable. Estaban arqueadas y medio podridas y lanzaron un quejumbroso chirrido, cuando las hizo girar sobre sus goznes. Dentro el ambiente no era más alentador. Los pasillos yacían en un silencio sobrecogedor y la sensación de abandono era total. Alfombras de musgo medio seco cubrían todo el suelo, mientras que los hierbajos se habían apoderado de todos los senderos. No había más luces encendidas que las que lanzaban las luciérnagas. Los conductos de agua estaban secos e invadidos por los sapos. Ante semejante espectáculo el maestro no pudo evitar que las lágrimas fluyeran, copiosas, por sus mejillas. Las paredes presentaban horrorosos desconchones y amenazaban una ruina inminente. Todas las habitaciones se encontraban vacías y en un desorden escalofriante. Los escombros formaban patéticos montones al lado mismo de columnas a punto de derrumbarse, sobre las que descansaban unas vigas totalmente combadas. Los hierbajos crecían por todas partes. Los pebeteros habían dejado de lanzar nubes de incienso y ahora sólo contenían polvo y cenizas. La torre se hallaba a punto de derrumbarse y hasta el tambor había perdido su cuero. Todos los cristales yacían rotos por el suelo, permitiendo el paso a la lluvia y al viento. No era extraño que la estatua de Buda hubiera perdido el dorado y las imágenes de los arhats estuvieran tiradas encima del pavimento. La escultura de Kwang-Ing se había convertido en barro a causa de la lluvia; el florero con la ramita de sauce se había desprendido de su mano y se encontraba un poco más allá. Estaba claro que durante el día no ponía el pie en aquel lugar ningún monje, mientras que por la noche se convertía en la guarida de zorras y otras bestias. Sólo el viento se atrevía a recorrer, ululando, aquella cueva en la que buscaban refugio los leopardos y los tigres. En muchas partes las paredes se habían caído, arrastrando consigo los portones y las tapias. Sobre ese lugar, en el que reinaba el más escalofriante de los abandonos, disponemos de un poema, que dice: A pesar de su antigüedad, nadie se preocupaba de aquel templo, abandonado hasta el punto de ser confundido con un simple montón de polvo. El viento desfiguraba los rostros de los protectores, mientras la lluvia erosionaba los rasgos amables de los Budas. Los arhats yacían, rotos, por los cuatro rincones de aquel templo sin dueños, en el que hasta los espíritus se veían obligados a dormir al aire libre. Lo que más conmovía, sin embargo, era ver las campanas tiradas por el suelo y el campanario a punto de fundirse con la tierra. Armándose de valor, Tripitaka traspuso la segunda puerta y vio que la torre del tambor se había derrumbado. Lo único que quedaba del, antaño, orgulloso campanario era una enorme campana de bronce con la porción superior tan blanca como la nieve y la inferior de un color azul verdoso. Llevaba tantos años tirada en aquel sitio, que la lluvia había emblanquecido la parte de arriba, mientras que la humedad del suelo había terminado por cubrir la de abajo de una pátina de hollín y herrumbre. Tripitaka se abrazó a ella y, acariciándola con cariño, exclamó: - ¡Con qué orgullo colgabas de lo alto, cuando la torre se erguía por encima de los árboles, como si fuera una montaña! Tu tañido hacía temblar las artísticas vigas que te sostenían y llegaba hasta el mismo límite de los Cielos. Tu primera llamada de bronce se confundía con el canto de los gallos al amanecer y la última coincidía con el crepúsculo, cuando el sol se ponía, cansado, tras la línea del horizonte ¿Dónde estarán el fundidor que te formó y el herrero que te forjó? Han pasado tantos años desde entonces, que por fuerza tienen que hallarse ya en el Reino de la Muerte. ¡De ellos no queda ni el recuerdo y a ti te faltan hasta las ganas de tañer! Sin pretenderlo, al lamentarse de aquella manera, el maestro llamó la atención del encargado de mantener vivo el fuego para quemar el incienso. Al oír hablar a alguien, pensó que se trataba de algún espíritu y, cogiendo un trozo de ladrillo, lo lanzó con todas sus fuerzas contra la campana. El bronce lanzó un profundo gemido que hizo caer al maestro por tierra. A duras penas logró ponerse en pie y trató de huir a toda prisa, pero, con tan mala suerte que tropezó con la raíz de un árbol y de nuevo volvió a dar con las narices en el suelo. Sin apenas fuerzas para moverse, se quejó, diciendo: - ¿Por qué has tenido que aturdirme con ese tañido, cuando este humilde monje estaba llorando tu suerte? Comprendo que llevas tantos años sin ver a nadie a lo largo de este camino que conduce al Paraíso Occidental, que te has convertido en un espíritu. El encargado del fuego corrió, entonces, a levantarle del suelo, explicándole, avergonzado: - No tengáis miedo, maestro. La campana no ha sufrido ninguna transformación. Si ha emitido ese tañido, ha sido porque yo la aticé con un ladrillo. El maestro volvió la cara, pero, al ver lo cetrino y feo que era el encargado, se puso a temblar aún más y exclamó: - ¿No seréis vos, por casualidad, algún monstruo? Si es así, os aseguro que no soy una persona ordinaria, sino un emisario del Gran Emperador de los Tang. Traigo conmigo a tres discípulos que son auténticos maestros en el arte de dominar tigres y derrotar dragones. Si te atreves a hacerme algún daño, ten por seguro que acabarán contigo en un abrir y cerrar de ojos. - Por lo que más queráis, maestro, no tengáis miedo - le suplicó el encargado, postrándose de hinojos -. Yo no soy ningún monstruo, sino el encargado de mantener vivo el fuego de este monasterio. Al oír vuestros lamentos, me levanté para daros la bienvenida, pero entonces caí en la cuenta de que, quizás, erais algún demonio y arrojé un ladrillo contra la campana, para alejarle de este santo lugar. ¿Qué queréis que os diga? Su sonido me da fuerzas para abandonar, de vez en cuando, mi escondite. Levantaos, por favor. ¡Os lo suplico! - ¡Menudo susto me has dado! - exclamó el monje Tang, casi repuesto del todo -. Llévame al interior del monasterio, si no te importa. El encargado le condujo a través de una tercera puerta, cuyo interior no tenía que ver absolutamente nada con el abandono que reinaba en la parte que acababan de dejar. Las paredes se hallaban cubiertas de unos baldosines azulados que hacían pensar en la vaporosidad de las nubes. Su delicada tonalidad hacía juego con el color verdoso de las tejas del edificio principal, dentro del cual se veían las imágenes de los inmortales, ribeteadas en oro. Se llegaba hasta ellas subiendo por unas escaleras construidas con bloques de jade blanco. Una luz de tonalidades verdosas reverberaba en el Salón del Gran Héroe, mientras que en la Cámara de los Puros adquiría una coloración más bien rojiza. En la Sala de Manjusri, por su parte, abundaban motivos más coloristas y tan evanescentes como nubes, que contrastaban con la elegancia de las flores que aparecían pintadas en el Salón de las Transmigraciones. Enfrente de la Torre de los Cinco Bienaventurados había un pebetero que repetía las formas arqueadas de los tejados y hacía pensar, con el vuelo caprichoso de las volutas del incienso, en bordados de intrincado e irrepetible diseño. Junto a la torre las cañas de los bambúes se mecían al viento, poniendo un contrapunto de delicadeza a los robustos troncos de los pinos que daban sombra a la entrada del Salón Budista. En el interior del Palacio de la Nube de Jade brillaba una luz dorada, al tiempo que se veían flotar por doquier retazos rojizos de neblinas de buena fortuna. Al amanecer se levantaba una brisa cargada de aromas que llegaba hasta el último rincón del templo. Al anochecer, por el contrario, cuando se acallaban todos los rumores de la montaña, el batir de los tambores que acompañan el rezo escalaban las cumbres y se perdían en la distancia. En aquel lugar se trabajaba a la luz del sol y se meditaba bajo los resplandores de la luna. En aquel mismo instante la luz de una lámpara parpadeaba en el centro mismo de una de las paredes que daban al patio, mientras avanzaba por la alameda una brisa cargada de suaves aromas. Al ver todo aquello, Tripitaka no se atrevía a entrar y terminó preguntando al encargado: - ¿A qué se debe que la parte delantera esté tan abandonada y ésta, por el contrario, se encuentre cuidada con tanto esmero? - Hay demasiados monstruos y bandidos en esta montaña, para protegerlo todo con la misma constancia - explicó el encargado, soltando la carcajada -. De hecho, cuando hacía bueno, asolaban toda la región con sus correrías y se refugiaban en el monasterio, cuando los cielos se encapotaban o se ponían grises. Fueron ellos los que derribaron las imágenes sagradas y las usaron como asiento, al tiempo que arrancaban todo lo que pudiera arder y hacían hogueras con ello. Los monjes del monasterio eran demasiado débiles para luchar contra esos desalmados y decidieron entregarles la parte de delante, para que descansaran, cuando les diera la gana. Así ha quedado separado claramente el mundo de los justos del de los malvados. En el Oeste organizamos las cosas de esta manera. - Ahora comprendo - contestó Tripitaka. Al entrar en el monasterio, vio que, encima de la puerta principal, había una placa de piedra de gran tamaño, en la que aparecían inscritas las siguientes palabras: "Monasterio del Zen Pacificador de los Mares". Apenas la hubieron dejado atrás, vieron acercarse a un monje con un gorro de lana sesgado hacia la izquierda, pendientes de cobre en las orejas y una túnica de lana persa. Sus ojos eran tan claros, que parecían estar hechos de plata. En las manos llevaba una carraca de extraño diseño, con la que se acompañaba para salmodiar ciertas escrituras de corte bárbaro. Por mucho que lo intentó, Tripitaka no consiguió recordar textos tan singulares. Estaba claro que aquel monje era un lama perteneciente de lleno al mundo del Occidente. En seguida se quedó prendado de la atractiva apariencia del maestro: frente despejada, cráneo bien moldeado, orejas cuyos lóbulos le llegaban hasta los hombros, manos tan largas que le llegaban hasta las rodillas... Eran, en fin, tan perfectos todos sus rasgos, que parecía la reencarnación viva de un arhat. Sin dejar de sonreír, el lama se llegó hasta él, le dio un par de pellizcos en la mano y en la pierna, frotó su nariz contra la del maestro y le tiró, finalmente, de la oreja. De esta forma tan complicada se valió para darle la bienvenida. Sin pérdida de tiempo, Tripitaka fue conducido a los aposentos del guardián del monasterio, que le preguntó, después de saludarle: - ¿De dónde sois, maestro? - Vuestro humilde discípulo - respondió Tripitaka con el respeto que de él se esperaba - es originario de las Tierras del Este y ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang al Monasterio del Trueno con el encargo de solicitar de Buda la entrega de las escrituras sagradas. Al pasar por este dignísimo lugar, empezó a hacerse de noche y decidimos solicitar de vuestra reverencia permiso para pasar la noche en vuestro honorable monasterio. Es nuestra intención reemprender la marcha tan pronto como haya amanecido. - ¿Qué manera de hablar es ésa? - exclamó el guardián, soltando la carcajada -. Los que, como vos y yo, hemos renunciado a la familia no lo hemos hecho con tan altas intenciones como las que vos manifestáis, sino movidos por otros motivos, que, al nacer, dejaron bien claras las Constelaciones Celestes. Nuestros padres eran, de hecho, demasiado pobres para cuidar de nosotros, circunstancia que explica que renunciáramos para siempre a la familia. Pienso que, dado que los dos somos seguidores escrupulosos de Buda, deberíamos hablar entre nosotros con un poco más de sinceridad. - Pero lo que acabo de deciros es verdad - se defendió Tripitaka. - Es mucha la distancia que separa las Tierras del Este del Paraíso Occidental - señaló el guardián, sonriendo con malicia -. Son incontables las montañas que atraviesa el camino y en cada una de ellas hay cavernas en las que habitan toda clase de monstruos y demonios. Perdonad que dude de vuestras palabras, pero debéis reconocer que viajáis solo y que poseéis un porte noble y gentil a la vez. Vamos... que no presentáis la imagen típica del buscador de escrituras. - He de reconocer que poseéis un sentido muy fino de la observación - admitió Tripitaka -. Como muy bien acabáis de decir, un viaje tan largo y peligroso habría resultado imposible de realizar para un monje tan humilde y sin recursos como yo. Lo he realizado, de hecho, en compañía de tres discípulos, capaces tanto de abrir nuevos caminos a través de las montañas, como de construir puentes a lo ancho de los cauces de agua. Gracias a ellos, he podido llegar hasta vuestro muy dignísimo monasterio. - ¿Dónde se encuentran ahora esos tres discípulos de los que habláis? - volvió a preguntar el guardián. - Esperando ahí fuera - contestó Tripitaka. - ¿Fuera? - repitió el guardián, vivamente alarmado -. ¿Acaso ignoráis que por esta zona merodean tigres, lobos, monstruos y todo tipo de extrañas criaturas empeñadas en devorar a los viajeros? Incluso nosotros no nos atrevemos a alejarnos de día del monasterio. ¡Cuánto menos de noche! En cuanto anochece, cerramos las puertas y no dejamos entrar absolutamente a nadie. Salid inmediatamente a ordenad a vuestros discípulos que entren. Dos jóvenes lamas se encargaron de cumplir los deseos del guardián, pero, cuando vieron al Peregrino, casi se caen al suelo del susto, cosa que volvió a ocurrir, cuando se toparon con Ba-Chie. Dando tumbos, regresaron al monasterio, gritando como locos: - ¡Qué mala suerte, reverencia! ¡Vuestros discípulos han desaparecido! ¡Ahí fuera no hay más que tres monstruos horribles! - ¿Tenéis la amabilidad de describirlos? - les pidió Tripitaka, muy tranquilo. - Uno parece un dios del trueno - explicó el más joven de los lamas -, otro posee un morro increíblemente largo y el tercero tiene la cara de color azul verdoso y unos colmillos espantosos. Lo desconcertante es que con ellos se encuentra una muchacha bastante atractiva, por cierto. - Ésos son precisamente mis discípulos - contestó Tripitaka, sonriendo -. La muchacha es una desconocida a la que salvamos la vida en el mismo corazón del bosque de pinos. - ¿Cómo es que, siendo vos tan bien parecido - objetó el joven lama -, tengáis unos discípulos tan feos? - Es posible que no sean muy agraciados - reconoció Tripitaka -, pero puedo aseguraros que no existe nadie más provechoso que ellos. Lo mejor que podéis hacer es salir otra vez a pedirles que pasen, porque ése con la cara de dios del trueno es un poco impaciente y no me extrañaría que se le ocurriera entrar dando golpes. Al fin y al cabo, sus orígenes son un tanto distintos de los del hombre. Temblando de pies a cabeza, los jóvenes lamas volvieron a dirigirse a donde estaban los peregrinos y, echándose rostro en tierra, dijeron: - Vuestro maestro, el venerable Tang, os pide que tengáis la bondad de pasar. - ¿Qué les pasa a éstos? - preguntó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Por qué temblarán tanto, si han venido a invitarnos a entrar? - Es por lo feos que somos - respondió el Peregrino. - ¡Menuda tontería! - exclamó Ba-Chie -. Si somos feos, es porque nacimos así, no porque nos guste serlo. - De todas formas - concluyó el Peregrino -, será mejor que escondamos un poco nuestra fealdad. Sin pérdida de tiempo, el Idiota agachó cuanto pudo la cabeza y escondió el morro entre el pecho. Parecía otro, mientras tiraba de las riendas del caballo. El Bonzo Sha cargó con el equipaje y pasó al monasterio delante del Peregrino, que no se apartaba ni un minuto de la barra de hierro, pendiente siempre de la muchacha. Tras dejar atrás las tres puertas ruinosas, llegaron al templo propiamente dicho. Después de atar al caballo y deshacerse del equipaje, entraron en los aposentos del guardián a presentar sus respetos al lama de mayor dignidad, quien, tras pedirles que tomaran asiento, les fue presentando a los setenta lamas que componían la comunidad. Una vez terminadas las presentaciones, se sirvió una espléndida cena vegetariana. De esta forma, quedó demostrado que en la base de todo mérito siempre se encuentra la compasión ajena y que, cuando el budismo prospera, no existen barreras para el entendimiento entre las gentes de bien. No sabemos, de momento, cómo consiguieron abandonar el monasterio. Quien desee averiguarlo, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第081回 EL MONO DE LA MENTE DESENMASCARA AL MONSTRUO EN EL MONASTERIO PACIFICADOR DE LOS MARES. LOS TRES DISCÍPULOS BUSCAN AL MAESTRO EN EL BOSQUE DE PINOS Decíamos que Tripitaka y sus discípulos llegaron al Monasterio del Zen Pacificador de los Mares, donde tomaron una espléndida cena vegetariana preparada por los lamas que habitaban en él. Después de que hubieron comido, sirvieron también a la muchacha unas cuantas viandas. Para entonces era ya noche cerrada y se habían encendido las lámparas en los aposentos del guardián. Los lamas se apelotonaban en filas en su interior, deseosos tanto de averiguar las razones que habían movido al monje Tang a ir en busca de las escrituras como de echar alguna que otra mirada furtiva a la muchacha. Tripitaka se volvió hacia el lama de mayor dignidad y le preguntó: - ¿Tendríais algún inconveniente en explicarnos cómo es el viaje que aún nos queda por recorrer, una vez que hayamos abandonado vuestro muy dignísimo monasterio? El lama se echó en seguida rostro en tierra y el maestro se apresuró a levantarle del suelo, diciendo, sorprendido: - ¿A qué viene tanto ceremonial? Os he preguntado simplemente por el camino que todavía nos resta por andar. Levantaos, por favor. - El sendero que habréis de seguir mañana - respondió el lama - es bastante llano y regular y, si yo fuera vos, no me preocuparía en absoluto por él. Existe, sin embargo, un asunto bastante embarazoso del que quisiera hablar con vos antes de nada. En realidad, quise hacerlo tan pronto como entrasteis por esa puerta, pero temí que pudierais tomarlo a mal y decidí dejarlo para más adelante. Ahora, sin embargo, que habéis participado de nuestra mesa, creo que ha llegado el momento de abordarlo directamente. Teniendo en cuenta el larguísimo camino que lleváis recorrido, doy por sentado que estaréis muy cansado. Lo justo sería que pasarais la noche en estos aposentos, pero existe el problema de la joven bodhisattva que viaja con vos pues, francamente, no sé dónde alojarla. - Os ruego que no penséis mal de nosotros - contestó Tripitaka -. A esta muchacha la hemos encontrado hoy mismo en el bosque de pinos atada a un árbol. Sun Wu-Kung, el mayor de mis discípulos, se negó obstinadamente a salvarle la vida, pero yo me dejé llevar de la compasión y decidí llevarla con nosotros, hasta que encontremos algún lugar en el que pueda quedarse. No tengo ningún inconveniente en que duerma donde buenamente queráis vos. - Puesto que os mostráis tan amable y generoso - replicó el lama -, me gustaría que pasara la noche en el Salón del Devaraja. Le prepararemos un lecho de pajas justamente detrás de la imagen y así podrá dormir con toda tranquilidad. - Me parece muy bien - asintió Tripitaka y los lamas más jóvenes llevaron a la muchacha a la parte de atrás del monasterio. Todos los demás se marcharon, tan pronto como el maestro les dio las buenas noches -. Es conveniente que también tú descanses un poco - dijo Tripitaka a Wu-Kung -. Cuanto antes nos acostemos, antes nos levantaremos. Los cuatro se tumbaron en el mismo sitio. Estaban dispuestos a proteger al maestro costara lo que costara y no se aventuraron a apartarse de su lado. La noche se fue haciendo cada vez más cerrada. La luna se elevó, majestuosa, por encima del horizonte y el silencio se fue apoderando, poco a poco, del monasterio. Ni uno solo de los monjes osó turbar la paz que florecía por doquier. Mientras los tambores de la torre marcaban, con su estridencia, el paso de las vigías, las constelaciones brillaban cada vez con más intensidad, como si estuvieran hechas de plata. De momento, no hablaremos más de los monjes ni de cómo fue transcurriendo la noche. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, tan pronto como empezó a clarear, despertó a Ba-Chie y al Bonzo Sha, para que prepararan el equipaje y el caballo. El maestro estaba todavía dormido y el Peregrino tuvo que despertarle, diciendo: - Levantaos. Es hora ya de partir. El maestro levantó un poco la cabeza, pero no respondió. - ¿Qué os pasa? - preguntó el Peregrino, alarmado. - No lo sé - contestó el maestro -. Tengo la cabeza pesada, no puedo abrir los ojos y me duele todo el cuerpo. Ba-Chie se apresuró a tocarle la frente y descubrió que tenía fiebre. - Ya sé lo que os pasa - afirmó el Idiota -. Ayer, al ver que el arroz era gratis, comisteis más de la cuenta y dormisteis con una manta por encima de la cabeza. No hay cosa mejor para agarrar una indigestión. - ¡Tonterías! - exclamó el Peregrino -. Dejemos al maestro que nos explique qué es lo que realmente ha ocurrido. - He debido de coger frío - dijo Tripitaka -. Ayer por la noche me levanté a hacer mis necesidades y me olvidé de ponerme el gorro. - Es probable - admitió el Peregrino -. ¿Creéis que podréis viajar? - ¿Cómo voy a montar en el caballo, si ni siquiera puedo sentarme? - protestó Tripitaka -. De todas formas, tampoco me gustaría demorar el viaje por una cosa tan tonta. - No deberíais decir eso - le regañó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "entre un maestro y un padre no existe la menor diferencia". Eso ni más ni menos quiere decir que ahora somos vuestros hijos. Ya sabéis lo que afirma otro dicho: "No es necesario criar a tus hijos en la abundancia para que te traten con cariño y consideración". Si no os sentís bien, no se hable más. Nos quedaremos aquí los días que sean necesarios. ¿Qué hay de malo en ello? Los tres se volcaron sobre el maestro con tal dedicación, que apenas se dieron cuenta de que, por fin, había terminado de amanecer, había caído la tarde y, de nuevo, había vuelto a hacerse de noche, para clarear con la misma rapidez que el día anterior. De esta forma, pasaron dos días. Al tercero el maestro se sentó, por fin, en el lecho y dijo a Wu-Kung: - Me he sentido tan mal estos días atrás, que ni siquiera te he preguntado por esa joven bodhisattva que rescatamos en el bosque. ¿Se ha preocupado alguien de darle de comer? - ¿A qué viene preocuparse ahora por ella? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. De lo único que debierais ocuparos es de recuperar cuanto antes la salud. - Tienes razón - reconoció Tripitaka -. Ayúdame a incorporarme y tráeme un pincel, papel y tinta. Si no lo encuentras por ahí, vete a pedírselo a los lamas del monasterio. - ¿Puede saberse para qué lo queréis? - preguntó el Peregrino. - Deseo escribir una carta, en la que pienso incluir nuestro documento de viaje - contestó el maestro -. La llevarás personalmente a Chang-An y solicitarás una entrevista con el Emperador Tai - Chung. - No hay cosa más fácil - se apresuró a decir el Peregrino -. Es posible que en otros asuntos haya mucha gente que me aventaje, pero en eso de llevar cartas os aseguro que no hay nadie mejor que yo. De un salto, me presentaré en Chang-An y se la entregaré al señor de los Tang. Pero no os preocupéis, porque estaré de vuelta antes de que se os haya secado el pincel. De todas formas, ¿cómo se os ha ocurrido, así, de repente, escribir una carta? Si no os importa, me gustaría saber qué es lo que pensáis decir en ella. - Lo que quiero decir - respondió el maestro con lágrimas en los ojos - es lo siguiente: "Vuestro súbdito inclina tres veces seguidas su cabeza ante vos y os hace llegar sus más vivos deseos de prosperidad y larga vida. Es mi deseo que esta carta sea leída en presencia de todos los dignatarios, tanto civiles como militares, y que no se quede ni uno solo de los nobles sin conocer su contenido. Abandoné las Tierras del Este, por mandato expreso del emperador, con la esperanza de entrevistarme con Buda en la Montaña del Espíritu. No podía imaginar entonces las innumerables pruebas por las que había de pasar ni la interminable lista de sufrimientos a los que había de estar sometido. La enfermedad se ha abatido ahora sobre mí con tal saña, que me resulta imposible seguir adelante. Las puertas del Palacio de Buda se me antojan en este momento tan lejanas como las de los Cielos. Todos mis esfuerzos han resultado en vano, ya que he agotado mi vida en ese loco empeño de ir en busca de las escrituras. Os suplico, pues, que busquéis a otra persona más digna que yo y carguéis sobre sus hombros una responsabilidad tan pesada". Al oírle hablar de esa forma, el Peregrino rompió a reír como un loco y, al final, concluyó: - Eso es todo producto de la debilidad. ¿A qué viene llevar hasta esos extremos una enfermedad que no reviste la menor gravedad? Aun en el caso de que se convierta en un asunto de vida o muerte, lo único que tenéis que hacer es decírmelo e inmediatamente descenderé al Reino de las Sombras a preguntar, enfurecido: ¿A qué Rey de las Tinieblas se le ha ocurrido tomar una decisión tan equivocada? ¿Quién, entre el número de los Jueces Infernales, ha osado emitir una orden tan intempestiva? ¿A cuál de los mensajeros de la muerte le ha cabido el deshonor de venir a comunicar tan nefasta proclama? Si se niegan a ofrecerme una respuesta satisfactoria, soy capaz de perder la paciencia y de arrasar el Reino de las Sombras con la misma facilidad con que en su día sumí el Palacio Celeste en una confusión total y absoluta. Os prometo que, en cuanto eche mano a esos Diez Reyes de la Muerte, les arrancaré uno a uno los tendones y no pararé hasta que no haya acabado con todos ellos. - No hables de esa forma tan grandilocuente, por favor - le pidió Tripitaka -. ¿Por qué no admites, de una vez, que estoy enfermo de gravedad? - No te entiendo - regañó Ba-Chie al Peregrino, acercándose a ellos -. El maestro dice que se encuentra muy mal y tú te empeñas en negarlo. Esto se está volviendo cada vez más complicado. Creo que deberíamos vender el caballo y repartirnos el equipaje. Así dispondríamos de dinero para el funeral y no tendríamos que separarnos muertos de vergüenza por no haber cumplido, como debíamos, con nuestras obligaciones. - ¡Otra vez diciendo esas tonterías! - se quejó el Peregrino -. ¿Por qué te empeñas en no creer que el maestro sea el segundo discípulo de Tathagata, el Venerable Cigarra de Oro, que fue castigado a sufrir todas estas calamidades, por no atender debidamente a las explicaciones de la Ley? - ¿No te parece que ya ha sufrido bastante por ello? - replicó Ba-Chie -. No sólo se ha reencarnado en las Tierras del Este, un lugar donde reina la calumnia y domina la difamación, sino que, después de prometer que iría a visitar a Buda y a conseguir las escrituras sagradas, se ha visto sometido a toda clase de afrentas por parte de los monstruos y demonios con los que se ha encontrado. ¿Es que no es suficiente que le hayan atado y colgado de las vigas? ¿Por qué tiene que estar sujeto también a la tiranía de la enfermedad? - Quizás no lo sepas - contestó el Peregrino -, pero el maestro se quedó dormido, mientras Buda explicaba la Ley. Eso le hizo balancearse hacia un lado y, con el pie izquierdo, machacó un grano de arroz. A eso precisamente obedece que haya pasado tres días enfermo en esta Región Inferior. - ¡Pues estamos frescos! - exclamó Ba-Chie, asustado -. Con la cantidad de comida que tiro cuando como, ¡sólo el Cielo sabe cuántos años de cama me aguardan a mí! - Pareces olvidar - le recordó el Peregrino - que a Buda no se le escapa absolutamente nada. Como suele decirse, el arroz se planta cuando el calor es más intenso y crece con el sudor de quien lo cuida. ¿Por qué olvida, entonces, quien lo come el sufrimiento que se esconde detrás de cada grano? Al maestro le queda aún un día de cama. Te aseguro que mañana se encontrará mejor. Ya lo verás. - He de reconocer que hoy me siento bastante más aliviado que ayer - admitió Tripitaka -, pero tengo una sed devoradora. ¿Os importaría traerme un poco de agua? - ¡Eso está mejor! - exclamó el Peregrino -. Eso es señal de que la mejoría no tardará en llegar. Si no os importa, me gustaría ir a por el agua - y, cogiendo la escudilla de las limosnas, se dirigió a la parte de atrás del monasterio. Allí se encontró con unos lamas con los ojos totalmente rojos, aunque, según parecía, les deba vergüenza llorar a lágrima viva y sólo se contentaban con sollozar. - ¿Se puede saber por qué estáis tan tristes? - les preguntó el Peregrino -. Es verdad que llevamos con vosotros más tiempo del que habíamos previsto, pero os aseguro que, cuando nos vayamos, os pagaremos todo el arroz y la leña que habéis gastado con nosotros. No comprendo cómo podéis comportaros de una forma tan poco hospitalaria. - ¡El cielo nos libre! - exclamaron los lamas, echándose en tierra y más turbados, incluso, que antes. - ¿Qué queréis decir con eso? - volvió a preguntar el Peregrino -. No, no. Mejor es que no me lo digáis. Comprendo que el monje del morro alargado tiene un apetito feroz y no me extrañaría nada que hubiera acabado con todas vuestras reservas. - En este monasterio - explicó uno de los lamas - somos más de cien religiosos de todas las edades y puedo aseguraros que con lo que come uno de nosotros en un solo día podríamos alimentaros a todos vosotros durante más de tres meses. ¿Cómo vamos a negaros lo poco que hasta ahora nos habéis gastado? - Entonces - insistió el Peregrino -, ¿se puede saber por qué estáis llorando? - Porque estamos seguros de que se nos ha colado en el monasterio un monstruo terrible - respondió otro de los lamas -. Hace dos noches dos de los más jóvenes subieron a la torre a tocar el tambor y la campana y no volvieron a bajar. Por la mañana encontramos en el jardín de atrás sus sombreros y sus sandalias, pero de ellos no había ni rastro. Mejor, de todas formas, hubiera sido no haberlos encontrado, porque, cuando hallamos sus esqueletos, no tenían encima ni un pedacito de carne. Cuesta trabajo admitirlo, pero en los tres días que lleváis en nuestro monasterio hemos perdido a seis hermanos. Por ellos precisamente estamos llorando aquí escondidos. Quizás deberíamos habéroslo dicho, pero no nos atrevíamos a molestaros con nuestros problemas, sabiendo, además, que vuestro maestro se encuentra muy enfermo. Al oír tan desconcertantes nuevas, el Peregrino no supo qué responder. Pronto cayó, sin embargo, en la cuenta de lo que pasaba y dijo: - No es necesario que me contéis nada más. Está claro que hay un demonio entre nosotros. Si no os importa, me gustaría realizar ciertas investigaciones. - Hay dos clases de monstruos - replicó otro de los lamas -: los que carecen de poderes espirituales y los que se elevan por encima de las nubes, llegando, incluso, a entrar y salir a su antojo del Reino de las Tinieblas. Los antiguos lo decían con toda claridad: "No creas en la honradez del que se tiene por honrado y desconfía de las malas maneras del que siempre obra con corrección". Perdonadme por lo que voy a deciros, pero, si conseguís liberar a este monasterio del azote de ese monstruo, nos sentiremos los hombres más felices del mundo. Si, por el contrario, fracasáis, todo habrá terminado para nosotros. - ¡Qué quieres decir con eso! - exclamó el Peregrino, sorprendido. - Aunque en este monasterio somos más de cien monjes - explicó el lama -, todos lo llevamos siendo desde que éramos niños. Eso explica que nos cortemos nosotros mismos el pelo y confeccionemos las túnicas que vestimos con nuestras propias manos. En cuanto amanece, abandonamos el lecho, nos lavamos la cara y nos dedicamos a nuestros rezos con las cabezas inclinadas y las palmas de las manos juntas. Al declinar el día, no escatimamos esfuerzos para quemar varillas de incienso y salmodiar una y otra vez el nombre de Buda. Con sumo respeto dirigimos nuestros cansados ojos hacia su imagen, sentada en lo más alto del loto de los nueve estrados, con la esperanza de ver aparecer, en su espléndido barco de la misericordia, al incomparable y por todos honrado Sakya de Jetavana2. Después inclinamos, una vez más, la cabeza y escudriñamos nuestros propios corazones. Nos esforzamos por no hacer ninguna de las cinco cosas prohibidas y tratamos de trascender el mundo que nos rodea, conscientes de que detrás de la infinita variedad de las formas y los fenómenos se esconden el vacío y la nada. Cuando nuestros benefactores vienen a visitarnos, tanto los viejos como los jóvenes, los altos como los bajos, los gordos como los flacos, hacemos sonar nuestros peces de madera y nuestras tablillas doradas y nos ponemos a recitar el Sutra del Loto o un fragmento del Cántico del Rey Liang. Cuando no se hallan entre nosotros las personas que nos sustentan, lo mismo los nuevos que los antiguos, los conocidos que los que no se tratan, los iletrados que los sabios, juntamos las palmas de las manos, cerramos los ojos y nos sentamos a meditar en silencio sobre unas esterillas que extendemos a los pies de la luna. No nos arrancan de nuestra concentración ni los cantos de las oropéndolas ni el trinar insistente de los pájaros. Simplemente carecen de lugar en el interior de nuestro misericordioso Mahayana. Con prácticas como éstas se comprende que no seamos capaces de atrapar tigres, doblegar dragones, derrotar monstruos o, incluso, reconocer a los demonios. Si vos podéis hacerlo, mucho nos tememos que ese diablo se sienta enojado por vuestras pesquisas y acabe con todos nosotros de una sola vez, pues no es un secreto para nadie que ese tipo de bestias posen un apetito insaciable. De esa forma, todos caeremos en la Rueda de la Transmigración, nuestro monasterio quedará totalmente destruido y no gozaremos de la gloria de Tathagata, cuando se siente en su trono de misericordia. ¿No os parecen suficientes desgracias para unos humildes lamas como nosotros? Al oírles hablar de esa forma, la furia se encendió en el corazón del Peregrino y la ira brotó del centro mismo de sus riñones. Eso hizo que terminara perdiendo la paciencia y gritando: - ¿Cómo podéis ser tan estúpidos? ¿Es que no sabéis más que hablar de ese monstruo? ¿Acaso desconocéis las hazañas del Mono? - Nos tememos que así es - reconocieron los lamas sin alterarse. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, dejadme que os las resuma y escuchad con atención. En la Montaña de las Flores y Frutos aprendí a domar tigres y a doblegar dragones. No contento con eso, ascendí al Palacio Celeste y lo sumí en una confusión total y absoluta. Acuciado por el hambre, tomé unas pastillas del elixir de Lao-Tse, no muchas, sólo dos o tres, y me las tragué tranquilamente. Lo mismo hice con el vino del Emperador de Jade, cuando me vi asaltado por la sed. Como quien no quiere la cosa, bebí seis o siete copas de tan preciado licor. Cuando abro mis ojos de pupilas de fuego, sale de ellos tal luminosidad, que el cielo se oscurece y hasta la luna pierde parte de su fulgor. Cargado con mi barra de los extremos de oro, una maravilla ni demasiado larga ni demasiado corta, voy donde buenamente me apetece, sin importarme que haya monstruos o que sus poderes sean tan altos como los cielos. Cuando me ven con ella, se echan a correr, temblando de miedo, en busca de un sitio donde esconderse. Saben que, en cuanto les dé alcance, van a terminar con el cuerpo partido por la mitad, o convertido en polvo o transformado en cenizas. No en balde posee los poderes mágicos de los Ocho Inmortales que cruzaron el mar. No os preocupéis, hermanos. Atraparé a ese monstruo, para que dejéis de preocuparos y comprendáis quién es el Mono. Al oír semejante confesión, los lamas empezaron a sacudir la cabeza y a comentar entre sí: - Aunque está claro que a este monje le gusta fanfarronear y hacer uso de expresiones grandilocuentes, por fuerza tiene que haber algo de cierto en eso que acaba de contarnos. Todos empezaron a tratarle con gran respeto y dieron el visto bueno a su plan, menos el lama de mayor dignidad, que se opuso a que lo llevara a efecto, diciendo: - Esperad un momento. Vuestro maestro aún no se ha recuperado del todo y opino que, antes de dedicaros a atrapar a esa bestia, deberíais volcar todos vuestros esfuerzos en lograr cuanto antes su curación. Como muy bien afirma el proverbio, "en los banquetes los príncipes comen o se emborrachan, mientras que en el campo de batalla los guerreros son heridos o mueren". Si os enfrentáis a ese monstruo, es posible que vuestro maestro se vea comprometido, de alguna manera, en la refriega, cosa nada aconsejable, habida cuenta de su estado. - Tenéis razón - contestó el Peregrino -. Voy a llevarle un poco de agua. Pero no os preocupéis, que en seguida vuelvo. Con el cuenco de las limosnas lleno hasta el borde, se despidió de los lamas y regresó a toda prisa a los aposentos del guardián. - Maestro - dijo en tono jovial -, aquí tenéis el agua que he ido a buscar. Tripitaka levantó la cabeza, se llevó el cuenco a la boca y tomó un trago muy largo. Se confirmó, así, que cuando uno está realmente sediento, una simple gota de agua supera en dulzura al mismo rocío y, cuando se aplica la medicina correcta, la enfermedad se desvanece como por arte de magia. Al ver que el maestro iba recobrando las fuerzas y que su rostro se cubría del tinte sonrosado que siempre había tenido, el Peregrino le preguntó: - ¿Queréis tomar un poco de caldo de arroz? - Esta agua fresquita es un auténtico elixir - afirmó Tripitaka -. De hecho, prácticamente ha hecho desaparecer la mitad de mi enfermedad. Creo que tomaré un poco de esa sopa que dices, si es que la hay, por supuesto. - ¡El maestro se ha recuperado! - gritó el Peregrino, loco de contento -. ¿Cómo iba a querer tomar, si no, un poco de sopa de arroz? Sus gritos alertaron a los lamas, que a toda prisa lavaron el arroz, lo cocieron, prepararon unos pocos tallarines, amasaron unos cuantos panecillos e hirvieron el caldo. Con esas viandas llenaron cuatro o cinco mesas, aunque el monje Tang sólo tomó medio cuenco de sopa de arroz. El Peregrino y el Bonzo Sha dieron cuenta de una de las mesas, mientras Ba-Chie engullía, una tras otra, las cuatro restantes. Después de recoger los palillos y de encender las lámparas, los lamas se retiraron a descansar. - ¿Cuántos días llevamos aquí? - preguntó Tripitaka. - Tres días enteros - respondió el Peregrino -. Mañana al anochecer se cumplirá el cuarto día. - Eso quiere decir que nos hemos retrasado muchísimo - concluyó, preocupado, Tripitaka. - No hay forma de saberlo - contestó el Peregrino -. Proseguiremos el viaje mañana mismo. - Me parece muy bien - afirmó Tripitaka con decisión -. Aunque no me encuentre recuperado del todo, nos pondremos en camino al amanecer. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, tendré que capturar al monstruo esta misma noche. - ¿Qué clase de monstruo te has propuesto atrapar esta vez? - exclamó Tripitaka, sobresaltado. - Hay uno en este monasterio - afirmó el Peregrino -. Lo mejor será que le eche mano, antes de que prosigamos el viaje. - Aún no he acabado de recuperarme y ¿ya estás otra vez tú con ésas? - se quejó Tripitaka -. Suponte que ese monstruo tiene unos poderes realmente extraordinarios y te cuesta atraparle más de lo que en un principio habías calculado. ¿No pondrás con eso en peligro nuestra empresa? - ¡Cuidado que os gusta dejarme en mal lugar! - protestó el Peregrino -. ¿Cuándo me habéis visto fracasar a la hora de dominar monstruos? Reconozco que con algunos tardo más tiempo que con otros, pero la verdad es que siempre termino venciendo. - El proverbio lo dice claramente - afirmó Tripitaka, agarrándole del brazo -: "Haz un favor, cuando puedas hacerlo; perdona a quien te ofende, siempre que te sea posible". ¿Puede compararse, acaso, la premura con la efectividad, o es más noble la tolerancia que la agresividad? Al ver la pasión con la que el maestro se oponía a que terminara con el monstruo, el Gran Sabio Sun no tuvo más remedio que confesarle la verdad diciendo: - No quería alarmaros, pero la verdad es que la bestia de que os hablo ha devorado ya a varios lamas. - ¡¿A cuántos se ha comido?! - exclamó el monje Tang, aterrado. - En los tres días que llevamos en este monasterio - respondió el Peregrino - ha acabado con seis de los lamas más jóvenes. - Cuando muere una liebre - sentenció el maestro -, el zorro la llora, porque cada animal se lamenta por los de su misma especie. Si un monstruo ha devorado a varios lamas de este monasterio, no me queda más remedio que pedirte que lo atrapes, porque, para bien o para mal, también yo soy un monje. Eso sí: te aconsejo que tengas mucho cuidado. - No será necesario - contestó el Peregrino -. Acabaré con él en un abrir y cerrar de ojos. A la luz de las lámparas ordenó a Ba-Chie y al Bonzo Sha que cuidaran del maestro y, de un salto, abandonó los aposentos privados del guardián. Antes de llegar al edificio principal, levantó la vista y vio que el cielo estaba cuajado de estrellas, aunque la luna no había salido todavía. El edificio yacía en una oscuridad absoluta y tuvo que arrojar una bocanada de fuego inmortal que almacenaba en el interior de su cuerpo para encender el pebetero de cristal. Después hizo sonar la campana orientada hacia el este y, al cabo de unos segundos, la que miraba hacia el oeste. Todavía no se habían acallado las vibraciones del bronce, cuando sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en un joven lama de no más de doce o trece años. Vestido con una camisa de paño blanco y una túnica de seda amarilla, se puso a salmodiar escrituras, al tiempo que golpeaba sin cesar los dos trocitos de madera con forma de pez. Permaneció en el interior del edificio hasta la hora de la primera vigilia, pero no sucedió nada extraño a su alrededor. A la hora de la segunda vigilia, sin embargo, cuando la luna empezaba a elevarse por el horizonte, oyó el impresionante ulular de un viento huracanado. En su seno viajaba una niebla negruzca, que oscureció el cielo y pintó una mancha de tinieblas sobre la tierra. Era como si alguien hubiera vertido distraídamente sobre los cinco puntos cardinales un tintero o un cubo de pintura azul oscuro. Al principio se limitó a levantar remolinos de suciedad y polvo, pero pronto empezó a derribar tal cantidad de árboles, que la luna se puso a temblar de espanto. Soplaba con tanta violencia, que hasta la misma Chang-Er se tuvo que agarrar a su árbol y el conejo de jade se vio obligado a esconder su plato de hierbas. Los Nueve Planetas cerraron a toda prisa las puertas de sus palacios, cosa que también se vieron precisados a hacer los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos, los dioses protectores de las ciudades y los espíritus que moran en los santuarios. Las divinidades que habitan en el aire fueron incapaces de mantenerse a flote por encima de las nubes y hasta los Reyes de Ultratumba buscaron el consuelo de sus servidores con cara de caballo, al tiempo que sus magistrados corrían, como locos, detrás de sus túnicas arrebatadas por el vendaval. Algunas de las piedras y rocas que arrastraba llegaron hasta la misma cumbre del Monte Kun-Lun, mientras los lagos y los ríos hervían con el tumulto de sus olas encrespadas. De pronto el viento amainó y se extendió por doquier un penetrante aroma de orquídeas. El Peregrino no tardó en percibir el tintineo que produce el jade al chocar entre sí. Intrigado, levantó la cabeza y vio acercarse a una muchacha realmente hermosísima. - ¡E - li, e - la! - salmodió el Peregrino, haciendo como si estuviera repitiendo textos sagrados. La muchacha se llegó hasta él y, abrazándole con cariño, le preguntó: - ¿Qué clase de escrituras estáis salmodiando, pequeño maestro? - Las que he prometido recitar toda mi vida - contestó el Peregrino. - ¿Cómo es que estáis cantando, cuando todo el mundo se encuentra descansando? - volvió a preguntar la muchacha. - ¿Por qué no habría de hacerlo, si he hecho un voto? - respondió el Peregrino. La muchacha le abrazó con más ternura que antes y, dándole un beso, sugirió: - ¿Qué te parece, si vamos a la parte de atrás a divertirnos un poco? El Peregrino volvió la cara hacia un lado y dijo: - Lo siento mucho, pero pareces un poco falta de luces. - ¡¿Es que no sabes interpretar los rasgos de la cara?! - exclamó la muchacha. - Un poco - reconoció el Peregrino. - Entonces, léeme el rostro - suplicó la muchacha -. Desearía que me dijeras qué clase de persona soy yo. - Puedo ver con toda claridad - mintió el Peregrino - que la familia de tu marido te ha echado de casa por ser coqueta y casquivana. - ¡Es imposible que hayas visto semejante cosa! - protestó la muchacha -. Te has equivocado de medio a medio. Yo no soy ninguna casquivana a la que los suyos hayan expulsado de su hogar. Lo que ha ocurrido ha sido que, debido a las faltas cometidas durante una reencarnación anterior, fui entregada en matrimonio a un joven que no sabía nada de las cosas del amor y eso me ha movido a abandonarle esta misma noche. Pero, afortunadamente, la luz de la luna y de las estrellas me ha traído hasta vuestro lado, dando a entender que desde siempre hemos estado predestinados el uno para el otro. Vayamos al jardín de atrás y hagamos allí el amor. - Así que esos estúpidos lamas - se dijo el Peregrino, sacudiendo la cabeza - se dejaron llevar por la lujuria y perdieron la vida como tontos. ¡Qué mujer! ¡Hasta a mí se ha propuesto seducirme! Perdonad, señora - añadió en voz alta -, pero soy todavía muy joven y no entiendo mucho sobre eso de hacer el amor. - No importa - replicó la muchacha -. Sígueme y yo te enseñaré. - Está bien - volvió a decirse el Peregrino, sonriendo -. La seguiré y veré qué es lo que realmente desea de mí. Agarrados de la mano y con el brazo por encima del hombro, salieron del edificio principal y se dirigieron hacia el jardín de la parte de atrás. Cuando más distraído estaba, la muchacha le echó la zancadilla y el Peregrino cayó de bruces al suelo. - ¡Cariño! - suspiró la muchacha, tratando como loca de agarrarle del pene. - ¡¿Es que te has propuesto devorarme?! - exclamó el Peregrino, valiéndose de sus artes para hacerla caer también al suelo. A pesar de la violencia con que lo había hecho, la muchacha volvió a suspirar: - Se nota que sabes tumbar a una dama. - Si no la ataco ahora - se dijo el Peregrino -, jamás lograré doblegarla. Como muy bien afirma el dicho, "el que golpea el primero tiene más probabilidades de vencer; el que se retrasa en hacerlo, se expone a perder la vida". Con las manos en las caderas, sacó el pecho cuanto pudo y, dando un salto, recobró la forma que le era original. Sin pérdida de tiempo, agarró la barra de los extremos de oro y descargó un golpe terrible sobre la cabeza de la muchacha. Hasta el monstruo se dijo, sorprendido ante semejante cambio: - ¡Este joven lama es realmente extraordinario! Abrió cuanto pudo los ojos y descubrió que su oponente era, en realidad, el mayor de los discípulos del monje Tang, en concreto ese que decía apellidarse Sun. Pese a todo, se repuso en seguida y se aprestó a hacerle frente. La muchacha poseía un rostro dorado y el cuerpo cubierto de una pelambre tan blanca como la nieve. Su palacio estaba situado en el interior de la tierra, donde hallaba todo el silencio y toda la seguridad que necesitaba. Durante trescientos años se había dedicado a las prácticas ascéticas, cosa que le había brindado la posibilidad de visitar en varias ocasiones la Montaña del Espíritu. Hubo un tiempo, pues, en el que sólo se alimentaba de flores y cera, hasta que fue expulsada del Reino de la Mente por el propio Tathagata. El Devaraja Li-Ching la adoptó, sin embargo, como hija y, así, se convirtió en hermana del Príncipe Nata. Nada tenía que ver, pese a todo, con el pájaro sagrado que se empeñó en llenar de cascotes los mares, ni con la tortuga que transporta sobre su concha la montaña de los inmortales. Su valor era tal, que no tenía miedo a enfrentarse con la espada mágica de Lei-Huan ni con la cimitarra de Lü-Chian. Poseía, de hecho, energía suficiente para recorrer una distancia superior a la longitud de los ríos Han o Yang - Tse e, incluso, para saltar por encima de los montes Tai y Hang. ¿Quién podía pensar, al contemplar la dulzura y la belleza de su rostro, que se trataba simplemente del espíritu de un vulgar roedor? Consciente de sus extraordinarios poderes mágicos, tomó dos espadas y empezó a descargar golpes a derecha e izquierda. El fragor del acero al entrechocar con el hierro se extendió, como el resplandor de un rayo, tanto por el este como por el oeste. Aunque no cabía la menor duda de que el Peregrino era un luchador mucho más experimentado que la muchacha, le costó bastante trabajo dominarla. Se levantó, de golpe, un viento frío y pareció como si la luna menguante hubiera perdido todo su esplendor. Ése fue el momento en que la batalla adquirió su punto más álgido. El monasterio yacía en un silencio absoluto y los edificios ofrecían un aspecto triste y desolado, como si temieran la suerte que pudiera correr su paladín en la batalla que se estaba librando en el jardín de la parte de atrás. Tanto el Gran Sabio Sun, un inmortal de intachable moralidad, como la muchacha del pelaje blanco, una auténtica reina de la belleza, desplegaron toda la panoplia de sus extraordinarios poderes. Mientras la mujer trataba de dejar en mal lugar al bonzo, éste se esforzaba por deslumbrarla con la sola fuerza de su sabiduría. ¿Quién podía afirmar que aquélla fuera una joven bodhisattva, al verla blandir con tanta maestría sus dos temibles espadas? Afortunadamente, los ataques de la barra de los extremos de oro eran más feroces que el rostro de los espíritus que guardan las puertas de los infiernos. Al entrechocar, el acero lanzaba una auténtica lluvia de estrellas, mientras que el hierro emitía un fragor que recordaba el rolar del trueno. La violencia de la batalla alcanzó tales extremos, que los martines pescadores caían al suelo, atolondrados, los patos chocaban, desorientados, contra los muros de las casas y los palacios, los monos chillaban, espantados, al ver palidecer la luna de Sechuan, y los gansos gritaban, aterrados, bajo el inabarcable firmamento de Chou. A pesar de todo, los dos luchadores exhibían una técnica tan perfecta, que los dieciocho arhats no pudieron por menos de lanzar gritos de asombro, al tiempo que los treinta y dos devas se mostraban cada vez más preocupados. Lejos de perder vitalidad, los golpes del Gran Sabio iban ganando vigor por momentos. El monstruo comprendió que no iba a poder seguir resistiendo, pero no por eso dejó de combatir. Pronto ideó un plan y empezó a retroceder, cosa que hizo exclamar al Peregrino, furioso: - ¿Se puede saber a dónde vas, puta maldita? ¡Ríndete de una vez y deja de recular! Sin decir una sola palabra, el monstruo continuó cediendo terreno. Cuando el Peregrino estaba a punto de echarle mano, se quitó de un tirón la zapatilla de flores del pie izquierdo y, echando sobre ella una bocanada de aire mágico, gritó, al tiempo que recitaba un conjuro: - ¡Transfórmate! - y al punto se convirtió en una copia tan perfecta de sí misma, que no le faltaban ni las espadas. De esa forma, pudo montar en el viento y escapar a toda prisa. La estrella de la desgracia no había dejado de brillar sobre la cabeza de Tripitaka y, al pasar por los aposentos del guardián del monasterio, la muchacha tuvo la feliz idea de arrebatarle en el torbellino en el que viajaba. Como una exhalación, se elevaron hacia las nubes y, en un abrir y cerrar de ojos, llegaron al Monte Atrapador del Vacío. Nada más entrar en la Caverna sin Fondo, la muchacha ordenó a sus sirvientas que prepararan un convite nupcial totalmente vegetariano, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que continuó luchando contra el falso monstruo, hasta que logró asestarle un golpe, que le lanzó, dando tumbos, al suelo. Entonces fue cuando descubrió que había estado batiéndose con una vulgar zapatilla de flores. Comprendiendo en seguida lo que había ocurrido, corrió al lado de su maestro, pero, como había supuesto, no pudo encontrarle por ningún sitio. El Idiota y el Bonzo Sha estaban charlando tranquilamente, ajenos por completo a lo que había pasado. Sin pensar lo que hacía, el Peregrino levantó la barra de hierro y gritó, enloquecido: - ¡Voy a acabar con vosotros dos, inútiles! El Idiota estaba tan aterrado, que no sabía por dónde escapar. El Bonzo Sha, por su parte, dando muestras de una serenidad propia de un general de la Montaña del Espíritu, cargo que realmente ostentaba, se volvió hacia el Peregrino y, postrándose de hinojos, dijo: - Ahora comprendo qué es lo que ocurre. Quieres acabar con nosotros, para volver tranquilamente al sitio del que partiste y no tener que liberar al maestro. - Lo que voy a hacer - le corrigió el Peregrino - es mataros primero a los dos y después ir en su busca yo solo. - ¿Cómo puedes decir una cosa así? - le echó en cara el Bonzo Sha, sonriendo -. Sin nosotros te encontrarás en la situación que describe el proverbio. Ya sabes a cuál me refiero. A ese que afirma: "Con una mano no se puede aplaudir, de la misma forma que sin hebras no hay ovillo". ¿Quieres decirme quién va a cuidar del caballo y del equipaje, cuando tú tengas que pelear? Es mejor que hagamos como Kwan y Bao, cuando dividieron las riquezas, o como Sun y Pang, cuando se enfrentaron a muerte. Como afirmaban los antiguos, "para atrapar un tigre se requiere la ayuda de gente de tu propia sangre, de la misma forma que, si quieres guerrear, lo que debes hacer es buscar tropas leales". ¿Qué vas a conseguir acabando con nosotros? Mañana por la mañana uniremos nuestros esfuerzos a los tuyos y, así, lograremos liberar antes al maestro. Aunque el maestro poseía unos poderes mágicos realmente extraordinarios, tenía también un corazón muy sensible y, al ver al Bonzo Sha postrado a sus pies, dominó su enfado y dijo: - Está bien. Levantaos. Mañana buscaremos la forma de dar con el maestro. Al ver que, por esta vez, no iba a castigarle, el Idiota prometió al Peregrino, loco de contento: - Yo me ocuparé de todo. Ya lo verás. Con tanta excitación, apenas pudieron pegar ojo en toda la noche. Parecía como si con cada movimiento de cabeza que hacían pudieran adelantar la salida del sol o fueran capaces de barrer las estrellas del cielo con el ritmo impaciente de su respiración. Sin poderlo resistir, se levantaron del lecho y permanecieron sentados hasta que empezó a clarear por el oriente. Cuando se disponían a partir en busca del maestro, se presentaron varios de los lamas del monasterio y les preguntaron: - ¿Adonde van vuestras paternidades? - Es difícil decirlo - respondió el Peregrino, sonriendo -. Ayer alardeé ante vosotros de que no iba a costarme gran cosa acabar con ese monstruo. La realidad ha sido que, no sólo no lo he conseguido, sino que se ha llevado a mi maestro. Precisamente nos disponíamos a ir en su busca, cuando habéis entrado. - ¡La cantidad de problemas que os ha causado nuestro llanto! - exclamaron los lamas, cada vez más asustados -. ¿Hacia dónde pensáis dirigir vuestras pesquisas? - Conocemos un lugar que ofrece ciertas posibilidades de éxito - respondió el Peregrino. - En ese caso - concluyó uno de los lamas -, no es menester que os deis tanta prisa. Comed algo, antes de partir. Inmediatamente trajeron unos cuantos cuencos de sopa de arroz, de los que Ba-Chie dio buena cuenta en un abrir y cerrar de ojos. - ¡Buenos lamas! - exclamó, cuando hubo llenado el estómago En cuanto hayamos liberado a nuestro maestro, volveremos a divertirnos un poco más con vosotros. - ¿Todavía quieres comer más? - le regañó el Peregrino -. ¿Por qué no vas al Salón del Devaraja a ver si todavía sigue allí la muchacha? - No es necesario que lo hagas - se apresuró a contestar uno de los lamas -. Se quedó allí una noche, pero al día siguiente no había ni rastro de ella. El Peregrino se despidió, entonces, de los lamas y pidió a Ba-Chie y al Bonzo Sha que cogieran el equipaje y el caballo y se dirigieran hacia el este. - Creo que te has equivocado - comentó Ba-Chie -. ¿Para qué quieres que vayamos en esa dirección? - ¿No lo adivinas? - replicó el Peregrino -. La muchacha a la que liberamos el otro día estaba atada en el bosque de pinos. Con ayuda de mis pupilas de fuego en seguida supe que se trataba de un monstruo, pero vosotros insististeis en que era una persona francamente encantadora y la llevamos con nosotros. Por si aún lo dudáis, fue ella la que se comió a esos lamas y secuestró después al maestro. ¡A menuda bodhisattva se os ocurrió poner en libertad! En fin, lo lógico es que vayamos a buscar al maestro al lugar en el que nos encontramos con ella. - ¡Tienes razón! - exclamaron, admirados, los dos al tiempo -. A pesar de tu tosco aspecto, pocas personas hay tan inteligentes como tú. Venga. ¿A qué esperamos para ponernos en camino? Al adentrarse en el bosque, vieron una espesa masa de nubes y una persistente neblina que iba desdibujando, poco a poco, todos los contornos. El paisaje se tornaba más abrupto a cada paso que daban y el camino serpenteaba entre las rocas, cruzándose a trechos con senderos de zorros y liebres. No cabía duda de que aquél era un lugar habitado únicamente por tigres, leopardos y lobos. De todas formas, no hallaron entre los árboles ni rastro del monstruo ni del infortunado Tripitaka. Incapaz de dominar por más tiempo la impaciencia, el Peregrino agarró con fuerza la barra de hierro y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, adoptó la forma con la que había sumido el Palacio Celeste en una confusión absoluta. Le salieron tres cabezas y le crecieron seis brazos, cada uno de los cuales sostenía una barra de los extremos de oro, con las que empezó a destrozar el bosque. Al verlo, Ba-Chie se volvió hacia el Bonzo Sha y le dijo: - Está furioso, porque no puede dar con el maestro. Pero la furia del Peregrino consiguió arrancar de su plácida existencia a dos ancianos, el dios de la montaña y el espíritu de aquel lugar, que se echaron inmediatamente rostro en tierra y dijeron: - Os damos nuestra más respetuosa bienvenida, Gran Sabio. - ¡Qué barra más extraordinaria! - exclamó Ba-Chie -. Apenas se ha puesto a derribar árboles con ella, se han presentado el dios de la montaña y el espíritu de este lugar. Si sigue descargando golpes, estoy seguro de que viene a saludarnos hasta el mismísimo Emperador de Jade. - ¡Qué falta de principios habéis demostrado con vuestra vergonzosa conducta! - regañó el Peregrino a los dos ancianos -. Habéis hecho de los malhechores que pueblan esta montaña vuestros amigos más íntimos, cerrando vuestros ojos al mal y vuestros oídos a la voz de la justicia. Con tal de que os ofrezcan sacrificios, sois capaces de vender a vuestros propios padres. Lo malo es que también os habéis aliado con un monstruo que acaba de secuestrar a mi maestro. ¿En dónde le ha escondido? ¡Responded, si no queréis que acabe con vosotros a golpes! - El Gran Sabio no está bien informado de lo que ocurre - respondieron los dos dioses, temblando de pies a cabeza -. De hecho, ese monstruo del que habláis no pertenece a esta montaña y no está, por lo tanto, sujeto a nuestra jurisdicción. De todas formas, nos cabe el honor de poder informaros de dónde brotó el huracán que se levantó ayer por la noche. - Si es así - bramó el Peregrino -, decídmelo, de una vez, para que pueda aplacar mi ira. - El lugar al que ese monstruo ha llevado a vuestro maestro - explicó el espíritu - se encuentra a dos mil kilómetros al sur de aquí. Se le conoce por el nombre de Monte Atrapador del Vacío y su punto más renombrado es la Caverna sin Fondo. En ella habita, como una gran señora, la bestia a la que andáis buscando. Sorprendido ante semejante confesión, el Peregrino despidió a los dos dioses y recobró la forma que le era habitual. Se volvió a continuación hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les dijo: - Me temo que el maestro se encuentra muy lejos de aquí. - Si es así - concluyó Ba-Chie -, lo mejor que podemos hacer es elevarnos por encima de las nubes y dirigirnos hacia allí sin tardanza. El Idiota se montó en un huracán y partió hacia el punto indicado, seguido del Bonzo Sha. Como el caballo blanco era, en realidad, un dragón, no tuvo ninguna dificultad en volar a su lado con el equipaje sobre el lomo. El Gran Sabio, por su parte, dio uno de sus famosos saltos y partió hacia el sur, tras la estela que le habían dejado sus hermanos. No tardaron en toparse con una montaña de una altura realmente extraordinaria. El caballo fue el primero en detener su loca carrera. La cumbre de la montaña atravesaba el azul del firmamento para adentrarse de lleno en el vacío. Por doquier se veían miles y miles de árboles, en cuyas copas anidaban toda clase de pájaros y aves, que sembraban el aire con la monotonía de sus trinos. Los leopardos y los tigres eran tan numerosos, que atacaban en manadas a los rebaños de ciervos, que se movían de un lado a otro sin cesar. En la porción soleada de la montaña crecía una infinita variedad de plantas y flores exóticas, que exhalaban un aroma dulce y muy penetrante. En las partes en las que, por el contrario, la sombra era continua la nieve duraba sin derretirse todo el año y el hielo iba aumentando de grosor cada día que pasaba. Por el fondo de una garganta discurría, encajonado entre paredes tan escarpadas como las de la costa de la muerte, un arroyuelo en el que se miraba la altísima aguja de la cumbre. Las rocas y los pinos presentaban un aspecto tan rugoso, que el temor se apoderaba del corazón de los caminantes con sólo verlo. De aquellos parajes estaba ausente la figura familiar del leñador o la del joven que recoge pacientemente hierbas. Tras la cortina de la niebla se adivinaba la presencia de infinidad de bestias salvajes, mientras el viento arrastraba los gruñidos de los zorros. - ¡La de monstruos que tiene que albergar una montaña como ésta! - exclamó Ba-Chie. - No te quepa la menor duda de que así es - contestó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "en todas las montañas altas habitan bestias". ¿Cómo va a haber una cumbre sin espíritus? Tú y yo - añadió, volviéndose hacia el Bonzo Sha - nos quedaremos aquí, mientras Ba-Chie va a averiguar cuál es el mejor camino para llegar hasta esa caverna. Me figuro que no le costará dar con ella. Es preciso que se fije bien hacia qué parte está orientada y si tiene las puertas abiertas o no. De esa forma, podremos rescatar al maestro lo más rápidamente posible. - ¡Qué mala suerte tengo! - protestó Ba-Chie -. Siempre he de ir yo el primero a todos los sitios. - Ayer por la noche dijiste que tú te encargarías de todo - le corrigió el Peregrino -. ¿Quieres decirme por qué has cambiado tan pronto de opinión? - No vale la pena discutir - concluyó Ba-Chie -. Si es necesario ir, iré - y, dejando a un lado el rastrillo, se dirigió montaña abajo con las manos totalmente vacías. De momento, desconocemos la suerte que corrió, por lo que el que desee averiguar lo que realmente sucedió tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第082回 LA MUCHACHA BUSCA CON EMPEÑO EL YANG. EL ESPÍRITU PROTEGE EL TAO Decíamos, que al lanzarse montaña abajo, Ba-Chie descubrió un sendero muy estrecho, que siguió durante diez u once kilómetros. No tardó en ver a dos muchachas sacando agua de un pozo y en seguida cayó en la cuenta de que se trataba de dos monstruos. Lo supo, al ver el extraño moño que llevaban, de más de un metro de altura y adornado con trocitos de hojas de bambú. El Idiota jamás había visto nada tan pasado de moda. Eso le hizo lanzarse contra ellas, gritando: - ¡Fuera de aquí, monstruos malditos! - ¡Habráse visto monje más maleducado! - exclamaron ellas, visiblemente enojadas -. Ni siquiera hemos hablado con él y ya nos está insultando. ¿Es que no puedes ser un poco más cortés? - y, agarrando las pértigas que habían traído para cargar cántaros, empezaron a descargar una lluvia de garrotazos sobre la cabeza de Ba-Chie. Como no tenía ningún arma a mano, lo mejor que pudo hacer para defenderse de los golpes fue echarse a correr ladera arriba. Cuando llegó al lado del Peregrino, dijo, pasándose la mano por la cabeza: - ¡Vamonos cuanto antes! ¡Jamás he visto a unos monstruos tan peligrosos! - ¿Realmente son tan violentos como dices? - preguntó el Peregrino. - Acabo de encontrarme en un valle con dos muchachas que estaban sacando agua - explicó Ba-Chie - y, nada más dirigirme a ellas, empezaron a darme unos golpes terribles con las pértigas. - ¿Qué les dijiste? - inquirió el Peregrino. - Nada - contestó Ba-Chie -. Sólo que eran unos monstruos malditos. - ¿No te parece que te han dado pocos palos para lo mucho que las has ofendido? - exclamó el Peregrino, divertido, soltando la carcajada. - ¡Qué amable de tu parte! - exclamó Ba-Chie, molesto -. Tengo la cabeza totalmente hinchada ¡y todavía dices que no me han pegado lo suficiente! - ¿No sabes lo que dice el proverbio? - replicó el Peregrino -: "Con buenas maneras puedes llegar adonde te dé la gana; con malas, a ninguna parte". Es posible que esas muchachas sean monstruos, pero nosotros somos monjes llegados desde la otra punta del mundo. Aunque hubieras ido armado hasta los dientes, deberías haber obrado con más prudencia. ¿A quién se le ocurre acercarse a ellas y llamarlas, sin más, monstruos malditos? ¿No te parece lógico lo que hicieron contigo? Cuando una persona se encuentra con otra, lo primero que muestra es su lado bueno. - Me temo que de eso yo no entiendo mucho - se disculpó Ba-Chie. - Cuando te dedicabas a comer gente de joven - replicó el Peregrino -, ¿sabías cuáles son los dos tipos de madera más raros que crecen en las montañas? - No - respondió Ba-Chie -. ¿Cuáles son? - El chopo y el palo de rosa - explicó el Peregrino -. La madera del primero es muy suave. Por eso la usan los escultores para hacer imágenes y Tathagatas. Después las pintan, las recubren con láminas de oro y les incrustan trocitos de jade y otras piedras preciosas. Miles y miles de personas se postran posteriormente ante ellas y les ofrecen oraciones e incienso, confiriéndoles un valor que, en realidad, no poseen. El palo de rosa, por el contrario, es duro y muy difícil de labrar. Los artesanos lo usan para hacer cofres y arcones destinados a guardar las cosas de más valor. Pero el proceso al que lo someten no puede ser menos envidiable, porque lo golpean con mazos y le clavan larguísimas puntas de hierro. Todo por ser tan duro. - Si me lo hubieras dicho antes, no me habrían apaleado - suspiró Ba-Chie. - Lo que tienes que hacer ahora - le ordenó el Peregrino - es volver a su lado y tratar de averiguar algo más. - No puedo hacerlo - protestó Ba-Chie -. ¿No ves que me reconocerán? - Metamorfoséate en algo - sugirió el Peregrino. - Sí, pero ¿cómo voy a interrogarlas? - protestó Ba-Chie. - Cuando te hayas metamorfoseado - explicó el Peregrino -, acércate a ellas y salúdalas con corrección. Debes tener muy en cuenta su edad. Si son, aproximadamente, como nosotros, llámalas "señoras". De lo contrario, dirígete a ellas como "damas". - ¡Vaya manera más cursi de hablar! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Para qué ser tan remilgado, si nos encontramos a miles de kilómetros de un lugar civilizado? - No se trata de remilgamientos, sino de conseguir la información que precisamos - le corrigió el Peregrino -. Si pertenecen al grupo que ha secuestrado al maestro, podemos caer sobre ellas sin ninguna consideración. De lo contrario, tendremos que seguir buscando. ¿No te parece un buen método para llegar al fondo de la cuestión? - Tienes razón - admitió Ba-Chie -. Iré para allá en seguida - y, metiéndose el rastrillo por entre la faja, se dirigió, de nuevo, hacia el valle. Antes de llegar a él, sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un monje moreno y de apariencia robusta. Llegándose hasta donde estaban las mujeres, se inclinó respetuosamente ante ellas y dijo: - Nobles damas, recibid los saludos de este humilde monje. - ¡Qué hombre más bien educado! - comentaron entre sí, visiblemente satisfechas -. No sólo sabe inclinarse con la debida corrección, sino que sus palabras son ajustadas en extremo. ¿De dónde sois? - preguntó una de ellas en alto. - De dónde soy - repitió Ba-Chie. - ¿Hacia dónde vais? - volvió a preguntar la mujer. - Hacia dónde voy - repitió, una vez más, Ba-Chie. - ¿Cómo os llamáis? - insistió la mujer, intrigada. - Cómo me llamo - respondió Ba-Chie. - Este monje posee unos ademanes muy correctos - exclamó la mujer, soltando la carcajada -, pero no sabe nada de nada, ni siquiera cómo se llama. ¡Únicamente repite lo que oye decir! - ¿Para qué estáis sacando agua, nobles damas? - preguntó, pese a todo, Ba-Chie. - Por lo que se ve - respondió la mujer -, no sabéis que anoche nuestra señora secuestró al monje Tang y se ha propuesto tratarle con toda la corrección posible. Dado que en la caverna el agua no está lo suficientemente limpia, nos ha ordenado venir a por la de este pozo que es, en realidad, producto de la cópula del yin y el yang. Piensa preparar con él un espléndido banquete vegetariano, pues es su deseo casarse esta misma noche con el monje ese. El Idiota no esperó más. Se dio media vuelta y corrió montaña arriba, gritando: - ¡Bonzo Sha, divide inmediatamente el equipaje! - ¿Se puede saber para qué? - preguntó el Bonzo Sha, sorprendido. - En cuanto lo hayas hecho - respondió Ba-Chie -, tú podrás regresar al Río de Arena a seguir devorando caminantes y yo volveré a la aldea de los Gao en busca de mi esposa. Por lo que respecta a nuestro hermano mayor, que vaya, si quiere, a la Montaña de las Flores y Frutos a seguir llevando su vida de sabio. El caballo blanco que se lance de cabeza al océano y se convierta en un dragón. Ya no hay nada que hacer. El maestro se ha casado con ese monstruo y lo mejor que podemos hacer los demás es seguir tranquilamente nuestro propio camino. - ¡Otra vez hablando a lo tonto! - exclamó el Peregrino, malhumorado. - Eso no es ninguna tontería - se defendió Ba-Chie -. Los dos monstruos que estaban sacando agua acaban de decirme que habían empezado a preparar un espléndido convite para el monje Tang, pues había quedado decidido que iba a casarse con el monstruo. - No dudo que le tenga prisionero en el interior de la caverna - dijo el Peregrino -, pero estoy seguro de que tiene los ojos hinchados de tanto esperar que aparezcamos nosotros y le liberemos de su encierro. ¡No comprendo cómo puedes hablar con tan poca reflexión! - ¿Quieres explicarnos cómo piensas liberarle? - inquirió Ba-Chie, - Haceos cargo del caballo y del equipaje, mientras yo trato de seguir a esos monstruos. No me cabe la menor duda de que nos llevarán directamente hasta la puerta de la caverna. Llegado ese momento, atacaremos juntos. Al Idiota no le quedó más remedio que agachar la cabeza y aceptar el plan. El Peregrino siguió desde lejos los movimientos de los dos monstruos, que se internaron en la montaña alrededor de cincuenta kilómetros y después desaparecieron de golpe. - El maestro ha tenido que ser secuestrado por unos monstruos diurnos - afirmó Ba-Chie. - ¿Cómo lo sabes? - preguntó el Peregrino -. Jamás sospeché que tuvieras unos poderes tan finos de observación. - ¿No has visto cómo han desaparecido de golpe, a pesar de ir cargadas con el agua? - se defendió Ba-Chie -. ¡Son espíritus diurnos, sin lugar a dudas! - Yo creo, más bien, que se han metido en alguna caverna - le corrigió el Peregrino -. Lo mejor será que vaya a echar un vistazo. Abrió cuanto pudo sus ojos de fuego y escudriñó toda la montaña con sus pupilas de diamante, pero no percibió ningún movimiento de gente. En lo alto de un acantilado creyó ver, sin embargo, una pequeña terraza cubierta de relieves que representaban flores de cinco colores y, un poco más allá, una artística puerta con tres tejadillos, sobre los que ondeaban unos estandartes blancos. Al acercarse a echar un vistazo, seguido muy de cerca por Ba-Chie y el Bonzo Sha, vio que en un enorme bloque de piedra aparecían grabadas las siguientes palabras: "Monte Atrapador del Vacío. Caverna sin Fondo". - Está claro que ese edificio forma parte de la morada del monstruo - concluyó el Peregrino -, pero me pregunto dónde habrá escondido la puerta. - No puede estar muy lejos - opinó el Bonzo Sha -. Busquémosla con cuidado. Al darse la vuelta, descubrieron una piedra tan enorme, que debía medir más de cuarenta metros cuadrados de superficie. Estaba colocada a los pies de la montaña, justamente debajo de la puerta con los tres tejadillos. Precisamente en su centro había una apertura del tamaño de una tinaja de barro, que brillaba de una forma muy peculiar, de tanto entrar y salir por ella. - ¡Ahí está! - exclamó Ba-Chie, muy excitado -. Por ahí es por donde entran y salen los monstruos. - ¡Qué cosa más rara! - dijo el Peregrino, estudiándola con cuidado -. Sabéis que desde que sigo al monje Tang he derrotado a infinidad de monstruos, pero jamás había visto una caverna tan peculiar como ésta. Ba-Chie, baja a ver qué profundidad tiene. Eso me facilitará bastante entrar a liberar al maestro. - Me va a resultar difícil en extremo - se quejó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Me temo que soy demasiado pesado. Además, estoy seguro de que, si me caigo por esa especie de tinaja, tardaré dos o tres años en llegar al fondo. ¿Qué quieres que te diga? ¡Esto es corno un pozo! - ¿Tan profundo es? - preguntó el Peregrino. - Míralo tú mismo - contestó Ba-Chie. El Gran Sabio se arrodilló ante la boca de la tinaja y miró hacia dentro. ¡Era, realmente, muy profunda! Tanto que debía medir más de seiscientos kilómetros. Asombrado, exclamó: - ¡Tenías razón! Es profundísima. - Volvámonos en seguida - sugirió Ba-Chie -. Está claro que no hay manera de liberar al maestro. - ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - le regañó el Peregrino -. No seas vago y muévete. Para empezar, pon el equipaje en el suelo y ata al caballo en una de las columnas de esa puerta. Después coge el rastrillo y estáte atento. Que te eche una mano el Bonzo Sha con su báculo. Voy a ver lo que hay ahí dentro. En cuanto encuentre al maestro, atacaré al monstruo con mi barra y la obligaré a salir de su escondite. Estad prevenidos. Lo único que os pido es que le cortéis la retirada. Sólo cuando hayamos conseguido acabar con ella, podremos liberar realmente al maestro. Los dos aceptaron en seguida el plan. De un salto, el Peregrino se metió, sin pensarlo dos veces, en el interior de la caverna. A sus pies surgieron unas nubes de mil colores, mientras el aire se iba llenando de una atmósfera de buenos augurios. En contra de lo que había supuesto, no tardó en alcanzar el fondo de la caverna, que, sorprendentemente, se encontraba muy bien iluminado, tanto que no existía ninguna diferencia entre él y el mundo exterior. Poseía, de hecho, su propio sol, el viento agitaba las hojas de los árboles y crecían por doquier flores, plantas y todo tipo de frutales. - ¡Qué lugar más extraordinario! - se dijo el Peregrino, maravillado -. Su belleza me recuerda la Caverna de la Cortina de Agua, que el Cielo puso a mi servicio cuando nací. Por lo que veo, ésta también es una comarca que ha recibido las bendiciones de lo alto. Miró a su alrededor y vio una puerta coronada por un doble tejadillo, junto a la que crecían, frondosos, los pinos y los bambúes. Al otro lado se veían unos cuantos edificios y el Peregrino volvió a decirse: - Ésos tienen que ser, por fuerza, los pabellones en los que habita el monstruo. Lo mejor será que entre a echar un vistazo. Pero, espera un momento, si me presento ante ella tal y como estoy ahora, me reconocerá y no podré liberar al maestro. Lo mejor será que me transforme en algo - y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en una mosca, que voló directamente hacia una construcción de tejado curvo en cuyo interior se hallaba sentada la bestia. Su aspecto era totalmente distinto del que tenía cuando la encontraron en el bosque de pinos o cuando tuvo la osadía de medir sus fuerzas con las del Peregrino. Su belleza era, en verdad, incomparable. Tenía anudado el cabello en un moño con forma de nido de urraca y vestía una túnica floreada hecha de lana verde. Sus pies eran tan pequeños como la corola de una azucena y sus diez dedos recordaban a los brotes nuevos de bambú durante la primavera. Su rostro, redondo y bien maquillado, hacía pensar en un disco de plata, mientras que el rojo intenso de sus labios traía a la mente la dulzura del cerezo. Su belleza poseía una delicadeza y una solemnidad que superaba incluso a la de la dama de la luna, Chang - Er. Su determinación no iba a la zaga de su hermosura. De hecho, en cuanto se apoderó del monje que había partido en busca de las escrituras, quiso compartir inmediatamente con él su lecho. Sin hacer ningún ruido, el Peregrino se acercó lo más que pudo a ella y se puso a escuchar atentamente lo que decía. Acababa de separar sus hermosos labios de cereza y por ellos fluyó una voz extremadamente dulce, que ordenó a las muchachas que la atendían: - Preparad inmediatamente el banquete vegetariano. En cuanto el monje Tang se haya saciado, me desposaré con él. - Eso quiere decir que está dispuesta a llevárselo al lecho sin perder más tiempo - se dijo el Peregrino, sonriendo -. Al principio creí que todo era una invención de Ba-Chie, pero ahora veo que no es así. Es preciso que encuentre cuanto antes al maestro. Me preocupa el estado emocional en el que pueda encontrarse. Si ha decidido aceptar las proposiciones de este monstruo, no me quedará más remedio que abandonarle a su suerte - y, batiendo las alas, se elevó por los aires. No tardó en hallar al monje Tang. Estaba sentado en el interior de una habitación que había al final de un largo pasillo orientado hacia el este. Su puerta estaba hecha con papeles de color rojo, traslúcidos los de la parte superior, opacos, los de la inferior. El Peregrino no tuvo ningún problema en atravesarlos con la limpieza que caracterizaba todo cuanto hacía. Se posó sobre la cabeza del monje Tang y preguntó: - ¿Me oís bien, maestro? - ¡Eres tú! - exclamó Tripitaka, reconociendo inmediatamente su voz -. ¡Sácame inmediatamente de aquí! - No puedo hacerlo - contestó el Peregrino -. Ese monstruo está preparándoos un banquete vegetariano. En cuanto hayáis saciado el hambre, se desposará con vos. Si es capaz de daros un hijo o una hija, querrá decir que la descendencia monacal está totalmente asegurada. ¿Se puede saber por qué estáis tan triste? - Después de abandonar Chang-An - respondió el maestro, hablando con los dientes fuertemente apretados -, me dirigí a la Montaña de las Dos Fronteras y allí te tomé por discípulo. ¿Quieres decirme cuántas veces me has visto, durante todo este tiempo, comer carne o abandonarme a pensamientos inmorales? Según me dices, ese monstruo está ahora dispuesto a copular conmigo. Recuerda bien esto: si pierdo una sola gota de mi yang, que caiga sobre mí la Rueda de la Transmigración y que mi espíritu se pierda en la Montaña de las Sombras. ¡Que no vuelva jamás a pisar este mundo! - ¡A qué vienen tantas maldiciones! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Si aún estáis dispuesto a llegar al Paraíso Occidental y conseguir las escrituras, no os preocupéis más. Yo os llevaré hasta allí. - Lo malo es que he olvidado el camino por el que he venido - objetó Tripitaka. - ¿Cómo podéis decir semejante cosa? - se burló el Peregrino -. Éste no es un lugar al que se llegue así como así. De hecho, hay que entrar en él gateando desde arriba. Cuando os libere, tendremos que hacer lo mismo para salir. Con un poco de suerte daremos con la salida rápidamente. Si nos retrasamos un poco, me temo que terminaremos asfixiados. - ¿Qué vamos a hacer, si es tan difícil escapar como dices? - preguntó Tripitaka con los ojos anegados en lágrimas. - No os preocupéis por eso - trató de animarle el Peregrino -. El monstruo está decidido a comer con vos y no podéis negaros a sus deseos. Cuando le sirváis una copa, procurad hacerlo rápido, para que se formen todas las burbujas que podáis. Yo me transformaré en un grillito diminuto y me meteré en una de ellas. Cuando me halle dentro del estómago de esa bestia, le estrujaré el corazón y le rasgaré, una por una, todas las tripas. Así podréis escapar sin ninguna dificultad. - ¿No te parece eso un poco cruel? - objetó Tripitaka. - No podemos detenernos a pensar en eso - replicó el Peregrino -. Mirándolo bien, los monstruos son los mayores enemigos de los hombres. ¿A qué viene compadecerse de éste? - Está bien - concedió finalmente Tripitaka -, pero en ningún momento tienes que separarte de mí. El Gran Sabio Sun protegió en todo momento a Tripitaka Tang y, así, éste terminó volcando toda su confianza en el Hermoso Rey de los Monos. Apenas habían acabado de hablar, cuando el monstruo se dirigió hacia la habitación en la que ellos estaban y, abriendo la puerta de rejilla, preguntó: - ¿Estáis ahí, maestro? El monje Tang no se atrevió a responder y ella hubo de formular, una vez más, la pregunta. Pero él se mantuvo en sus trece, recordando el proverbio que dice: "En cuanto se abre la boca, las fuerzas comienzan a perderse. No hay nada mejor que mover la lengua para empezar una discusión". Cayó, al mismo tiempo, en la cuenta de que, si se obstinaba en no hablar, la monstruo podía perder la paciencia y acabar con su vida de un manotazo. Cogido en tan grave dilema, se sirvió de la mente para interrogar a la boca y, tras larga reflexión, ésta terminó cediendo totalmente a aquélla. Mientras se producía esta lucha en su interior, la mujer volvió a preguntar: - ¿Estáis ahí, maestro? - Aquí estoy, en efecto, señora - hubo de responder el monje Tang. Al hacerlo, sintió como si la carne se le hubiera hundido en el fondo del infierno con varios miles de kilos encima. ¿Cómo pudo responder de esa forma a un monstruo, cuando todo el mundo afirmaba que era un monje completamente decidido a presentarse ante Buda en el Paraíso Occidental y obtener de él la entrega de las escrituras? Al que se le ocurra hacer una pregunta como ésta es que, en realidad, no comprende el gravísimo peligro en el que se encontraba el monje Tang. A pesar de la dulzura de semejante respuesta, la lujuria no había echado ni una sola raíz en lo profundo de su corazón. La monstruo, sin embargo, no lo entendió así y, abriendo del todo la puerta, se lanzó sobre el monje Tang y le tomó en brazos. Cogió después una de sus manos y le pasó el brazo por la espalda, haciéndole carantoñas con la cabeza y susurrándole al oído palabras tiernas. Su coquetería alcanzó unos límites irresistibles, sin darse cuenta de que semejantes artes no hacían mella alguna en la determinación de Tripitaka. - Me pregunto si el maestro terminará dejándose seducir por esta dama - se dijo el Peregrino, sonriendo con malicia. No cabía duda de que la belleza de la monstruo que se había apoderado del monje era, realmente, irresistible: las líneas de sus cejas, trazadas con singular esmero, parecían dos finísimas hojas de sauce y contrastaban con el delicado color rosáceo de sus mejillas, dulces como los melocotones que aún se encuentran en su rama. Al andar, dejaba entrever apenas dos lindos zapatitos profusamente bordados, que nada tenían que envidiar a la delicadeza de los dos moños con forma de nido de urraca, que coronaban su bien moldeada cabeza. Cada vez que sonreía, apretaba la mano del maestro, haciendo que la bolsita de perfumes que llevaba atada al pecho emitiera un aroma más intenso. Al llegar al pabellón del tejado convado, la monstruo dijo a Tripitaka: - He mandado preparar un poco de licor, para que brindéis conmigo. - Quizás olvidéis, señora - contestó Tripitaka -, que yo siempre sigo una dieta muy especial. - Ya lo sé - confirmó la monstruo -, pero el agua de esta caverna es un poco sucia y he hecho traer un poco de la que brota en la misma cumbre de la montaña. Ésa, por el contrario, posee tal pureza, que no os digo más que es el resultado de la cópula del yin y el yang. Aparte de eso, he ordenado que os sirvan un banquete totalmente vegetariano. Al entrar en el pabellón, el monje Tang se quedó maravillado del gusto con el que había sido preparado. Al lado mismo de la puerta colgaban unos cortinones de seda de vivos colores. El aire estaba cargado de nubes de incienso, cuyas volutas salían de las bocas de pebeteros con forma de animales. Todas las mesas estaban esmaltadas de color negro y sobre ellas descansaban bandejas de bambú lacadas del mismo color, que contenían toda clase de productos vegetarianos: manzanas, aceitunas, frutos de loto, uvas, zarzamoras, avellanas, lechíes, nueces, castañas, dátiles, brevas, almendras y naranjas. Todos los frutos que maduran en la montaña se encontraban allí reunidos, junto con una gran variedad de verduras del tiempo. No faltaba ninguna delicia vegetariana, tal como "dou - fu" 1, tortitas de trigo, maderas de árbol, brotes frescos de bambú, champiñones, setas, hierbas silvestres de la montaña, verduras rebozadas, alubias verdes con salsa dulce, pepinos, calabazas, zanahorias, nabos, berenjenas esculpidas en forma de perdiz, melones que representaban figuras extrañas, coliflores recubiertas de un baño de azúcar, repollo cocido con vinagre, pimientos y jengibre de la mejor calidad. Todas las frutas y verduras se encontraban, en definitiva, allí representadas, ofreciendo una amplia y bien equilibrada panoplia de sabores. La monstruo estiró el brazo y dejó al descubierto sus finos dedos de jade, con los que tomó una copa de oro sumamente brillante. La llenó hasta el borde de un vino aromático y, ofreciéndosela al monje Tang, dijo: - Tomad esta copa de amor, hombre maravilloso. Sin saber qué hacer, Tripitaka agarró la copa, lanzó hacia lo alto unas cuantas gotitas del licor con los dedos y recitó en voz baja la siguiente oración: - Prestad atención a mi súplica, Devas Protectoras, Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, Centinelas. Desde que éste, vuestro indigno discípulo Chen Hsüan-Tsang, abandonó las Tierras del Este, no ha dejado de dar continuas gracias a la Bodhisattva Kwang Shr-Ing por haberos confiado a mi humilde persona, para que pueda alcanzar, sano y salvo, el Templo del Trueno y, así, conseguir las escrituras de Buda. Por mi determinación me encuentro ahora en poder de esta monstruo, que se ha propuesto desposarse conmigo. De hecho, ha puesto en mis manos esta copa de vino. Si se trata de un brebaje permitido para los que seguimos una estricta dieta vegetariana, lo tomaré sin ningún esfuerzo, con la certeza de que semejante sacrificio acrecentará mi mérito y apresurará mi encuentro con Buda. Si, por el contrario, este licor me hace quebrantar los votos que en su día emití, que la perdición caiga sobre mí y que nunca jamás abandone el infierno. El Gran Sabio escuchó con atención cuanto el maestro acababa de decir y en seguida le tranquilizó, susurrándole al oído unas palabras que únicamente Tripitaka pudo oír. Se trataba, le dijo, de mosto sin fermentar y él lo tomó sin ningún remordimiento. Siguiendo su consejo, cogió otra copa y la llenó rápidamente para que se formaran muchas burbujas. El Peregrino se transformó a toda prisa en un grillo diminuto y se metió dentro de una. Pero, en vez de llevarse inmediatamente el licor a los labios, la monstruo se inclinó un par de veces ante Tripitaka y le susurró unas cuantas palabras de amor. Eso hizo desaparecer las burbujas, dejando al Peregrino en una situación francamente comprometida. Afortunadamente, la monstruo no sabía que aquel diminuto insecto que flotaba en su copa era una metamorfosis del Gran Sabio y trató de tirarlo al suelo con las uñas. El Peregrino comprendió que iba a resultar muy difícil meterse en su estómago y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un halcón de garras de jade, ojos de fuego y plumas de hierro. No surcaba los cielos ave más aguerrida y valiente que ella. Al verla, la astuta zorra y la velocísima liebre buscaban a toda prisa un lugar en el que esconderse. No en balde, es capaz, cuando tiene hambre, de cazar pájaros en pleno vuelo, elevándose hasta las mismísimas puertas del Cielo, cuando se siente harta. Sus garras son más mortales y duras que el acero y hasta el firmamento le parece demasiado barro para sus arriesgados vuelos. Con sus uñas de acero totalmente estiradas, derribó todas las mesas del banquete. El ruido de las viandas, al caer, se mezcló con el de las copas y los platos. El desconcierto se apoderó de todas las sirvientas, mientras él se elevaba hacia lo alto, dejando al monje Tang a su suerte. La monstruo sentía que el corazón le iba a estallar de temor, mientras Tripitaka veía cómo se le entumecía todo el cuerpo. - ¿De dónde ha salido esa extraña criatura? - preguntó la monstruo, abrazándose a él, asustada. - No tengo ni idea - respondió Tripitaka. - ¡Con la ilusión con que había preparado este convite para vos! - se quejó la monstruo -. ¿De dónde habrá salido esa maldita bestia con plumas? ¡Da pena ver tantos platos y cuencos rotos! - Más pena produce contemplar todos esos manjares vegetarianos por el suelo - la corrigieron unas cuantas sirvientas -. ¿Quién va a probarlos, después de haber sido profanados de esta forma? ¡Nadie toma platos impuros! Tripitaka sabía, por supuesto, que todo era obra del Peregrino, pero no se atrevió a manifestarlo. La monstruo parecía un tanto preocupada y, reuniendo a sus servidoras, les dijo: - Estoy convencida de que a esa criatura la han enviado el Cielo y la Tierra, para manifestar su disconformidad por haber atrapado al monje Tang. Recoged todo esto y preparad algo más de comida. No importa que no sea vegetariana. Para que no tengan nada que objetar, pediré al Cielo que haga las veces de casamentera y a la Tierra que se encargue de ser el testigo de la ceremonia. Por ellos no voy a renunciar a casarme con este monje. El maestro fue enviado de nuevo a la habitación que había al final del pasillo que miraba hacia el este, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, una vez que hubo dejado el palacio, recobró la forma que le era habitual y se llegó sin ninguna dificultad hasta la entrada de la caverna. Al verle, Ba-Chie exclamó: - ¡Abre la puerta, Bonzo Sha! Acaba de hacer su aparición nuestro hermano mayor. En seguida pusieron a un lado las armas y, así, el Peregrino no tuvo ninguna dificultad en aparecer al aire libre. - ¿Hay o no hay un monstruo ahí dentro? - preguntó Ba-Chie -, tirándole de la ropa. - Sí - respondió el Peregrino. - El maestro debe de estar sufriendo lo suyo, ¿no? - insistió Ba-Chie -. ¿Le tienen atado o colgado? ¿Cómo piensan comérselo, cocido o al vapor? - Ninguna de las dos formas - explicó el Peregrino -. La monstruo se ha empeñado en ofrecerle un espléndido banquete, para después poder copular con él. - ¡Menuda suerte! - exclamó Ba-Chie -. O mucho me equivoco o has tomado unas cuantas copas del banquete nupcial. - ¡Qué idiota eres! - le regañó el Peregrino -. ¿Quién va a ponerse a beber tranquilamente, cuando la vida del maestro corre un terrible peligro? - Entonces, ¿por qué has vuelto tan pronto? - volvió a preguntar Ba-Chie. El Peregrino les contó cómo había dado con el maestro y cómo se había metamorfoseado, para terminar diciendo: - Dejemos de pensar más en tonterías. El maestro se encuentra aquí y la próxima vez que entre en esta caverna voy a sacarle conmigo - y, sin decir nada más, se lanzó de cabeza en ella, convirtiéndose de nuevo en una pequeña mosca, que fue a posarse directamente en la puerta de los tejadillos. Desde allí oyó jadear a la monstruo, que en aquel mismo instante estaba ordenando a sus servidoras: - Traed algo de comida para las ofrendas. No importa que sea vegetariana o no. Voy a pedir al Cielo y a la Tierra que sean respectivamente mi casamentera y mi testigo, porque estoy decidida a casarme con ese monje, cueste lo que cueste. - ¡Está visto que este monstruo no tiene vergüenza! - se dijo el Peregrino, sonriendo -. ¡No os digo más que tiene escondido en sus aposentos a un monje! En fin, no conviene precipitar las cosas. Voy a ver qué es lo que hay por ahí dentro - y se dirigió volando a lo largo del pasillo orientado hacia el este. El maestro estaba sentado en la habitación del fondo, llorando como una muchacha. El Peregrino se posó directamente en su cabeza y le preguntó -: ¿Me oís bien, maestro? - ¡Maldito mono! - exclamó él con cierto desprecio, al reconocer su voz -. ¡No eres más que un valiente de pacotilla! ¡A ti todas las energías se te van por la boca! ¿Qué has adelantado con destrozar todos los cuencos y platos con tus dichosas metamorfosis? Lejos de disminuir, la lascivia de la monstruo ha aumentado y ha ordenado preparar un banquete cualquiera para poder copular conmigo cuanto antes. ¿Quieres decirme qué es lo que voy a hacer ahora? - No os enfadéis así, por favor - suplicó el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. Sabéis que he venido a liberaros. - ¿Cómo piensas hacerlo? - preguntó el monje Tang. - Al venir para acá - respondió el Peregrino -, he visto que hay un jardín en la parte de atrás. Llevad allí a la monstruo y os pondré entonces en libertad. - ¿Cómo piensas hacerlo? - repitió, insistente, el monje Tang. - Cuando entréis allí con ella - respondió el Peregrino -, llevadla hasta los melocotoneros. Yo me habré posado previamente en una de las ramas y me habré transformado en el melocotón más rojo que podáis imaginar. Haced como si desearais refrescaros la boca y arrancadme con cuidado del árbol. Sin duda alguna, también ella querrá coger otro melocotón. Tratad de impedírselo, ofreciéndole el vuestro, En cuanto me muerda, entraré en su estómago y le destrozaré las entrañas, haciéndole incluso un agujero en la barriga. De esa forma quedaréis libre y no volverá a molestaros jamás. - Si eres capaz de realizar semejantes proezas - objetó Tripitaka -, ¿por qué, en vez de meterte en su cuerpo, no luchas con ella? - Me temo que habéis perdido el sentido de la realidad, maestro - replicó el Peregrino -. Si se pudiera entrar o salir con más facilidad de esta caverna, tened la seguridad de que mediría mis armas con las suyas. Desgraciadamente, no es ésa la situación. Además, en cuanto me vean mover un dedo contra ella, todas sus sirvientas se me echarán encima, haciendo peligrar el éxito de nuestra empresa. ¿No os parece que es mucho mejor que haga uso de la astucia? - De acuerdo - reconoció Tripitaka, sacudiendo la cabeza -, pero no te apartes de mí ni un minuto. - ¿Cómo voy a hacerlo, si estoy posado sobre vuestra cabeza? - contestó el Peregrino. Tripitaka se levantó entonces del asiento y, apoyándose contra las jambas de la puerta, gritó: - Señora, ¿os importaría venir un momento? - ¿Qué deseáis, hombre maravilloso? - preguntó la monstruo, presentándose en seguida con la más seductora de sus sonrisas. - Desde que abandoné Chang-An y emprendí esta aventura camino del oeste, raro ha sido el día que no he escalado una montaña o vadeado un río - contestó Tripitaka -. No es extraño, por tanto, que el otro día, cuando dormí en el Monasterio Pacificador de los Mares, cogiera un catarro espantoso. Afortunadamente, hoy me encuentro mucho mejor. Quizás sea debido a que he sudado más que otros días. Debo agradeceros que me hayáis traído a esta espléndida mansión, aunque la verdad es que, después de llevar todo el día encerrado, vuelvo a sentirme un poco mareado. ¿Hay por aquí cerca algún lugar en el que pueda tomar un poco el aire? - Si queréis tomar el fresco - respondió la monstruo, visiblemente complacida -, podéis dar un paseo conmigo en el jardín del palacio. Abrid las puertas - ordenó a sus sirvientas, levantando la voz - y limpiad bien los senderos. La monstruo tomó de la mano al monje Tang y le arrastró fuera de la habitación. Casi inmediatamente les salió al encuentro un grupo de diablesas con el rostro empolvado, el cabello empapado en aceite y el andar coqueto e insinuante. Picadas por la curiosidad, rodearon al monje Tang y se dirigieron directamente hacia el jardín. El maestro se sentía incómodo entre aquel tumulto de satenes y seda. Le abrumaban de tal forma los bordados, que prefirió hacerse el sordo y el mudo, esforzándose por pensar únicamente en Buda, a quien servía con toda la fuerza de su mente y su corazón. Resultaba fácil comprender que nadie que se abandonara a los placeres del vino y el sexo podría jamás conseguir las escrituras sagradas. Al llegar a la puerta del jardín, la monstruo se inclinó sobre el hombro del maestro y le susurró dulcemente al oído: - Diviértete todo lo que puedas. Todo cuanto ves está pensado para tu descanso - y entraron de la mano. El monje Tang levantó tímidamente la cabeza y descubrió que se trataba de un lugar francamente encantador. Los senderos que lo cruzaban, cubiertos todos ellos de una espesa alfombra de musgo, serpenteaban a placer entre los pabellones de ventanas de seda y paredes a base de biombos llenos de bordados. Cuando se levantaba la brisa, la seda se estremecía y los damascos vibraban, como queriendo lanzarse al vuelo. La lluvia había dado vida al manto de vegetación que se extendía a los pies del pabellón. El sol calentaba con tal fuerza los melocotones, que habían adquirido una coloración roja como la de las faldas de las inmortales. Parecían, de hecho, sayas colgadas a secar. La luna, por su parte, había pintado de verde toda la extensión del jardín, que, al ser mecido por el viento, hacía pensar en un enorme abanico sacudido por una diosa. A lo largo de los muros que lo delimitaban, se levantaban hileras interminables de sauces, desde los que lanzaban su canto las oropéndolas. Infinidad de mariposas revoloteaban entre el rojo encendido de los ciruelos. Colocadas estratégicamente se veían unas grutas artificiales a cual más bella. Llamaban particularmente la atención la de los aromas, la de las mariposas nocturnas, la de la resaca y la del amor, encima de la cual se levantaba un pequeño pabellón de cortinajes rojos recogidos con ganchos que recordaban los bigotes de las langostas. Dignos, igualmente, de mención eran los templetes, entre los que sobresalían el de la alegría, el de la pureza, el de las cuatro estaciones y el empleado para maquillarse. Todos poseían una delicada estructura y mostraban, orgullosos, grandes placas con inscripciones y poemas. A los pies de cada uno de ellos se abría invariablemente el misterio de un estanque. Aunque su número era muy elevado, destacaban el que usaban las garzas para bañarse, el de lavar copas, el de contemplar la luna y el de alisar el cabello. En ellos los cuerpos de plata de los peces brillaban, como relámpagos reflejados sobre el mar, entre los juncos y las praderas de lotos. Todo el espacio estaba salpicado por una red de hornacinas, entre las que sobresalían la de la flor negra, la del bienestar, la de las nubes. En ninguna de ellas faltaban ofrendas de vinos dulzones, que dejaban escapar su aroma expuestos en copas y botellitas de jade. Delante de los estanques y los templetes se apreciaban rocas de todas las formas y tamaños, algunas tan peculiares como las procedentes del Lago Tai, otras de un intenso color morado, las que usaban los loros para posarse y las que habían pulido los ríos de Sechuan. Al pie de todas ellas crecían juncos tan férreos como los bigotes de los tigres. A derecha e izquierda de las grutas y hornacinas se elevaban colinas artificiales, tales como la de los biombos de martín pescador, la del viento, la de jade y la del agárico, en las que crecían espesos bosquecillos de bambúes tan frondosos como colas de fénix. Pero si delicada era su forma, no lo eran menos las de los trenzados que servían de soporte a las enredaderas y a las flores de azafrán. Vistas desde lejos, parecían cortinas de seda bordadas, cosa que también podía decirse del templete de los pinos y cipreses, del de las magnolias y del de las rosas, que estaban colocados uno enfrente del otro. La gruta de las peonías, por su parte, mostraba orgullosa el crepúsculo de sus hojas rojizas, marcando un claro contraste con el blanco luminoso de los jazmines, cuya belleza no decaía jamás. Era tal la delicadeza de las magnolias salpicadas por el rocío, que se tenía la impresión de que formaban parte de un cuadro, mientras que el rojo de los hibiscos parecía haber brotado con la única finalidad de ser cantado en un poema. Nada tenía que envidiar aquel paisaje al de Peng-Lai o al de Lang-Yüen. A tan espléndido jardín únicamente le faltaban capullos de jade, ya que el color amarillo de sus peonías superaba al de las de los Yao y el rojo de sus magnolias al de las de los Wei. A pesar de tan sin par belleza, el maestro apenas pudo disfrutar de tantas flores y plantas exóticas como se veían por doquier. Le molestaba el contacto de la mano de la monstruo, que no le soltó en ningún momento. Después de dejar atrás todos aquellos templetes y estanques, se fueron adentrando poco a poco en el huerto de los melocotoneros. El Peregrino le dio un picotazo al maestro en la cabeza y éste cayó en la cuenta de que había llegado el momento de actuar. Sin pérdida de tiempo, el Gran Sabio se posó en una rama y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un espléndido melocotón rojo. El maestro se volvió entonces hacia la monstruo y le dijo: - El aroma de este huerto, señora, es tan intenso, que las abejas rivalizan por venir a libar en él y los pájaros se pelean por sus frutos. ¿Cómo es posible, además, que los melocotones de este árbol sean verdes y rojos a la vez? - Cuando al Cielo le falta el yin y el yang - explicó la monstruo, sonriendo complacida - , el sol se apaga y la luna pierde su fulgor. Lo mismo le sucede a la Tierra: cuando el yin y el yang desaparecen, los principios masculinos se confunden con los femeninos y no hay forma de distinguirlos. Eso se aplica también a este árbol. La parte del melocotón a la que le da el sol madura primero y, por eso, está roja, mientras que la que se mantiene a la sombra no recibe la misma cantidad de calor y continúa verde durante mucho más tiempo. Todo se explica por la acción del yin y el yang. - Gracias por decírmelo - contestó Tripitaka -. He de reconocer que los monjes no estamos muy versados en estas cosas - y, alargando la mano, arrancó un melocotón rojo. La monstruo imitó su gesto y cogió otro verde. Tripitaka inclinó levemente la cabeza y le ofreció el suyo, diciendo: - Veo, señora, que sois muy amante de los colores. Os suplico, por tanto, que aceptéis este melocotón rojo. Si no os importa, yo me quedaré con el verde. - ¡Qué hombre más extraordinario! - se dijo la monstruo, aceptando su proposición -. Aún no estamos casados y ya se muestra tan cariñoso conmigo. Eso hizo que se portara más mimosa todavía con el monje Tang, que en seguida empezó a comer el melocotón verde. Para no desairarle, abrió sus labios de cereza y se dispuso a dar al suyo un mordisco con sus delicados dientes de plata. Desgraciadamente, el Peregrino poseía un natural muy inquieto y, antes de que le hubiera hincado el diente, dio un salto y se coló por su garganta, camino del estómago. La monstruo se puso a temblar y dijo a Tripitaka, muy asustada: - ¡Este melocotón es muy extraño! ¿Cómo es posible que me lo haya tragado, sin haberlo mordido siquiera? - Me figuro, señora - respondió Tripitaka -, que las frutas maduras se tragan con más facilidad que las que todavía no lo están. - Sí, pero el caso es que me he comido también la pepita - objetó la monstruo -. Es algo que no había hecho jamás hasta hoy. - Todo es producto de vuestro buen humor - dijo Tripitaka -. Estoy convencido de que la alegría os ha abierto el apetito. Eso explica que ni siquiera hayáis echado fuera la pepita. - ¡No perdáis el tiempo con ella, maestro! - gritó el Peregrino desde el interior de su estómago -. ¡Acabo de cumplir mi objetivo! - Por lo que más quieras - le suplicó Tripitaka -, no seas muy brusco con ella. - ¿Se puede saber con quién estáis hablando? - preguntó la monstruo, sorprendida. - Con mi discípulo Sun Wu-Kung - contestó Tripitaka. - ¿Y dónde se encuentra ese tal Sun Wu-Kung? - volvió a preguntar la monstruo. - En el interior de vuestro estómago, por supuesto - explicó Tripitaka -. Era ese melocotón rojo que os acabáis de comer. - ¡Esto es el fin! - gritó, aterrada, la monstruo -. Si ese mono se ha metido dentro de mi barriga, quiere decir que no voy a tardar mucho en morir. ¿Qué es lo que pretendes al esconderte en el interior de mi cuerpo? - No gran cosa - respondió el Peregrino con cierto desprecio -. Sólo devorarte las seis hojas del hígado y de los pulmones y los tres pelos y los siete agujeros del corazón. Cuando haya acabado con tus cinco órganos, ya puedes prepararte para convertirte en un simple espíritu. Al oír eso, la monstruo se puso a temblar de tal forma, que, sin saber lo que hacía, se abrazó al monje Tang y dijo: - Yo pensé que desde siempre estábamos destinados el uno para el otro, poseyendo la misma unidad de sentimientos que el pez y el agua en la cual nada. ¿No fenecen, acaso, los pájaros, cuando los separan de su pareja? Nuestro amor se ha ahogado, apenas iniciado, como el sabio Wei en el Puente Azul, cuando creció la marea. Nuestro encuentro ha resultado tan inútil como las volutas de incienso que se disipan en el interior de los templos. A pesar de estar hechos el uno para el otro, se nos obliga ahora a separarnos para siempre. ¿Cuándo llegará el día en que vuelva a conversar con vos? Al oírla hablar de esa forma, el Peregrino temió que el maestro pudiera dejarse llevar otra vez por la lástima y empezó a hacer travesuras dentro del estómago de la monstruo, saltando y dando terribles puñetazos a diestro y siniestro. El dolor se hizo tan insoportable, que la mujer terminó dejándose caer al suelo, incapaz por completo de seguir hablando. El Peregrino malinterpretó su silencio, creyendo que ya había muerto y dejó de golpearla. Pero ella se repuso en seguida y, tomando aliento, gritó: - ¿Dónde os habéis metido, sirvientas mías? Para no ser indiscretas, nada más entrar en el jardín, las muchachas se marcharon cada cual por su lado, unas a recoger flores, otras a jugar entre los árboles o a perseguirse entre las grutas. Sabían que su señora deseaba estar a solas con el monje Tang y no se atrevieron a molestarla. Cuando oyeron, sin embargo, sus gritos, corrieron en su ayuda y la encontraron revolcándose por el suelo de dolor, con el rostro pálido y gimiendo lastimosamente. Sin saber qué hacer, la rodearon, asustadas, y le preguntaron: - ¿Qué os ocurre, señora? ¿Es que, acaso, estáis enferma del corazón? - ¡No! - respondió la monstruo -. Lo único que puedo deciros es que tengo a alguien dentro del estómago. No preguntéis más y llevaos de aquí al monje Tang. Es la única forma de que pueda seguir con vida. Las muchachas se abalanzaron sobre el maestro y trataron de llevárselo a la fuerza, pero el Peregrino gritó desde dentro de la barriga de la mujer: - Como te atrevas a mover tu mano contra el maestro, te juro que acabaré contigo. Si deseas seguir viviendo, lo que tienes que hacer es sacarle de esta caverna y dejarle en libertad. Te prometo que, en cuanto lo hayas hecho, dejaré de atormentarte. Lo que más preocupaba a la monstruo en aquellos momentos era, por supuesto, salvar la vida y, poniéndose de pie con no poco esfuerzo, cargó con el monje Tang a la espalda y se dirigió hacia la salida de la caverna. Las muchachas corrieron detrás de ella, gritando: - ¿Adonde vais, señora? - A sacar de aquí a este tipo - respondió la monstruo -. Si conseguimos detener el curso de la luna por encima de los lagos, podremos arrojar de nuevo las redes. Quiero decir que, si este monje se niega a casarse conmigo, ya encontraré por ahí a otro - y, montando en una nube luminosa, no tardó en llegar a la boca de la caverna. - ¡Wu-Kung! - gritó el maestro al acercarse -. Creo distinguir un fragor de armas ahí fuera. - Debe de ser Ba-Chie con su rastrillo - contestó el Peregrino ¦ Llamadle, para que no os dé con él en la cabeza. - ¡Ba-Chie, soy yo! - gritó Tripitaka en seguida. - ¡Bonzo Sha, ahí viene el maestro! - exclamó Ba-Chie, al oírle, y retiraron el báculo y el rastrillo, para que pudiera salir la monstruo con el monje Tang. Fue así cómo, obrando desde dentro, el Mono de la Mente consiguió dominar a un monstruo, al tiempo que el Suelo y la Madera dieron la bienvenida al monje Sabio, guardando celosamente la entrada. No sabemos si el monstruo consiguió salvar la vida o no. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el siguiente capítulo. 第083回 EL MONO DE LA MENTE DESCUBRE LA FUENTE DEL ELIXIR. LA MUCHACHA RECOBRA SU AUTÉNTICA NATURALEZA Decíamos que Tripitaka abandonó la caverna montado sobre la monstruo. Sorprendido, el Bonzo Sha se acercó a él y le preguntó: - ¿Dónde está nuestro hermano mayor? - Aunque no le vemos - respondió Ba-Chie -, tiene que encontrarse por aquí cerca. Es demasiado calculador para haberse quedado dentro. - Por si queréis saberlo - dijo Tripitaka, señalando a la monstruo -, se encuentra dentro de la barriga de esta dama. - ¡Qué tipo más sucio! - exclamó Ba-Chie -. ¿Se puede saber qué es lo que hace ahí? ¡Que salga inmediatamente! - Abre la boca y déjame salir - gritó el Peregrino desde dentro. La monstruo así lo hizo y él, redujo cuanto pudo el tamaño de su cuerpo y llegó, gateando, hasta la garganta. Cuando se disponía a dar el último paso, sin embargo, pensó que, a lo mejor, se le ocurría morderle y, sacando la barra de hierro, exhaló sobre ella una bocanada de aire inmortal y gritó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en un clavo que apoyó oportunamente contra el paladar de la bestia. De esta forma, pudo abandonar su boca sin ningún peligro, arrastrando la barra consigo. Estiró después el pecho y recobró el tamaño que le era habitual, pero, para sorpresa de todos, se volvió contra la mujer y descargó sobre ella un golpe terrible. La bestia estaba alerta y detuvo el ataque con sus dos espadas. Dio, así, comienzo en la cumbre misma de la montaña un combate violentísimo, en el que el acero buscaba sin cesar el rostro de su oponente, mientras el hierro se cebaba sobre la cabeza de su adversario. Uno era un ser celestial encarnado en un cuerpo de mono y el otro, un espíritu terreno escondido en el interior de una mujer realmente bellísima. A los dos, sin embargo, los guiaba el mismo odio, pues era el rencor el que animaba todos sus esfuerzos. Luchaban, respectivamente, por copular con el yang y por conseguir la interna transformación del puro yin. Al elevarse la barra por los aires, el cielo se llenaba de una fría neblina, mientras que, al hacerlo las espadas, se extendía por la tierra una espesa nube negra. Tan extraordinaria manifestación de fuerza y buen hacer guerrero obedecía a los deseos del maestro por permanecer fiel a Buda. Cuando el agua y el fuego se encuentran, ninguno de los dos puede alcanzar la victoria, porque el yin y el yang no pueden fundirse y cada cual sigue un camino distinto. No es de extrañar que los dos luchadores combatieran durante tanto tiempo, que la montaña se echó a temblar y el bosque se agitó como una cabeza desmelenada. Al ver la forma como luchaban, Ba-Chie empezó a murmurar contra el Peregrino, comentando con el Bonzo Sha: - Nuestro hermano mayor no sabe detrás de lo que se anda. Cuando estaba dentro de esa monstruo, podía haber terminado con ella, destrozándole el estómago con sus patadas y puñetazos. ¡No comprendo por qué ha tenido que salir de su cuerpo y arriesgarse a sufrir una derrota innecesaria! ¿No se daba cuenta de que, al dejar de atormentarla, se iba a sentir más furiosa? - Tienes razón - contestó el Bonzo Sha -, pero no podemos reprocharle lo que ha hecho por salvar al maestro. Hay que reconocer que ha trabajado muchísimo para sacarle del interior de esa cueva. Creo que deberíamos echarle una mano, ahora que la vida del maestro no corre peligro. No estaría mal que acabáramos entre los tres con esa monstruo. - ¡No, no! - replicó Ba-Chie, sacudiendo la mano -. Que se las arregle él solo. Para eso tiene tantos poderes mágicos, ¿no? - ¿Cómo puedes decir eso? - le regañó el Bonzo Sha -. Si le ayudamos, todos saldremos ganando. Por muy pequeña que sea nuestra aportación, no debes olvidar que hasta los pedos son viento. Incomprensiblemente esas razones terminaron convenciendo al Idiota, que cogió a toda prisa el rastrillo y dijo: - ¡Venga, démonos prisa! - y, después de montar en una nube, se lanzaron a la lucha, descargando golpes a diestro y siniestro con el rastrillo y el báculo. Al verlos atacar con tanta fiereza, la monstruo, que estaba teniendo serios problemas con el Peregrino, comprendió que no podría resistir mucho más tiempo y, dándose la vuelta, huyó a toda prisa. - ¡No la dejéis escapar! - gritó el Peregrino. La monstruo cayó en la cuenta de que la huida no iba a resultarle tan fácil como había pensado y, quitándose la zapatilla de flores del pie derecho, lanzó sobre ella una bocanada de aire inmortal y exclamó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en una copia exacta de sí misma, que hizo frente a sus perseguidores con las dos espadas de finísimo acero. La auténtica monstruo, por su parte, se metamorfoseó en un viento huracanado y escapó a la velocidad del pensamiento. Pero, quien crea que su huida estuvo marcada por el simple deseo de escapar con vida de aquella situación tan embarazosa, está muy equivocado, porque la estrella de la desgracia continuaba ejerciendo su perniciosa influencia sobre Tripitaka. ¿De qué otra forma explicar, si no, lo que ocurrió a continuación? En efecto, cuando la monstruo se dirigía a toda velocidad hacia la entrada de la caverna, vio al maestro sentado junto a la puerta de los tejadillos y, arrebatándole, junto con el caballo y el equipaje, se perdió en el interior de la cueva sin fondo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de Ba-Chie, que logró finalmente asestar un golpe terrible a la falsa monstruo con la que estaban peleando. En vez de sangre, lo único que saltaron de las zapatillas fueron unas cuantas flores. - ¡Malditos estúpidos! - gritó el Peregrino, malhumorado -. ¿No teníais bastante con proteger al maestro? ¿Quién os ha mandado venir a luchar? - ¡No te lo dije! - exclamó Ba-Chie, volviéndose hacia el Bonzo Sha -. ¡Este mono está mal de la cabeza! Venimos a echarle una mano y, en vez de agradecérnoslo, lo único que se le ocurre es echarnos una bronca terrible. - ¿Cómo que echarme una mano? - protestó el Peregrino -. ¡La monstruo sigue tan libre como antes! Ayer mismo usó conmigo ese truquito de las zapatillas. Me pregunto qué tal le habrá ido al maestro. Volvamos inmediatamente a ver si le ha ocurrido algo. Como una exhalación regresaron al sitio en el que le habían dejado, pero no había ni rastro de él. Hasta el caballo y el equipaje habían desaparecido. Ba-Chie estaba tan desconcertado, que no hacía más que correr de un lado para otro sin rumbo fijo, mientras el Bonzo Sha buscaba, desolado, por entre las rocas. La desesperación se había apoderado también del Peregrino, que sólo pudo encontrar un trozo de riendas tirado junto al camino. Lo cogió y las lágrimas comenzaron a brotar, abundantes, de sus ojos, al tiempo que se lamentaba, diciendo: - Cuando os dejé, el caballo os hacía compañía. Ahora sólo queda este trozo inservible de cuero. El ramal le había hecho acordarse del caballo y las lágrimas le trajeron a la mente el recuerdo de aquel al que tanto amaba. Pero, en vez de sentirse impresionado por las lágrimas, Ba-Chie soltó la carcajada y levantó la vista hacia lo alto. - ¡Maldito desagradecido! - bramó el Peregrino, furioso -. ¿Aún sigues pensando en repartir lo poco que tenemos y en ir cada cuál por nuestro lado? - No te lo tomes tan a pecho - contestó Ba-Chie, sin preocuparse de contener la risa -. Lo más seguro es que esa monstruo le haya vuelto a raptar. Como muy bien afirma el proverbio, "a la tercera va la vencida". Ya has entrado por dos veces en la caverna. Hazlo una más y estoy seguro de que el maestro quedará libre para siempre. - Está bien - concluyó el Peregrino, secándose las lágrimas -. Puesto que no queda otro remedio, me meteré ahí dentro y veré lo que puedo hacer. Vosotros vigilad bien la entrada, ya que ni siquiera tenéis que cuidar del equipaje ni del caballo - y, dándose media vuelta, saltó al interior de la caverna, sin preocuparse de sufrir ninguna transformación. Sus mejillas poseían un aspecto extraño, aunque era fácil percibir que su mente superaba en rapidez y recursos a la de todos los mortales. Él mismo había sido en su juventud un monstruo dotado de incalculables poderes mágicos. Su rostro estaba hundido y presentaba una curva que recordaba una silla de montar. Sus ojos brillaban con tal intensidad, que parecían dos bolas de fuego. Los pelos que cubrían todo su cuerpo poseían la dureza del acero y, si no fuera por su color grisáceo, se confundirían fácilmente con los de la piel de tigre que llevaba sujeta a la cintura con unas enredaderas. Tenía el poder de elevarse por encima de las nubes y de levantar montañas de olas en los mares con la simple ayuda de su temible barra de hierro. Con ella había derrotado en su día a los devarajas, contándose en más de ciento ocho mil el número de sus victorias. Eso explica que, además del título de Hermoso Rey de los Monos, ostentara el de Gran Sabio. Pero, a pesar de todos los desmanes que había cometido, había terminado aceptando el camino del bien y había puesto su barra de los extremos de oro al servicio de Tripitaka. En cuanto llegó al palacio de la monstruo, bajó de la nube en la que había hecho todo el descenso y se dirigió hacia la puerta, que estaba firmemente cerrada. Sin parar en mientes, cogió la barra de hierro y, de un solo golpe, la redujo a añicos. En el interior reinaba un silencio absoluto y no se veía a ninguno de sus antiguos moradores. En la habitación que había al final del pasillo que miraba hacia el este tampoco había nadie, pero lo más desconcertante era que habían desaparecido todos los muebles y adornos. La sensación de abandono era total, porque el palacio medía alrededor de quinientos kilómetros cuadrados y no había ni una sola silla en todos sus innumerables aposentos. Estaba claro que la monstruo se había llevado al monje Tang a otra parte, temiendo, como así había ocurrido, que el Peregrino fuera a buscarle allí. Desesperado, el Gran Sabio se dio unos golpes en el pecho y exclamó, dando unas patadas de impotencia en el suelo: - ¡Maldita sea! Está visto, Tripitaka Tang, que la estrella de la desgracia se posó sobre ti en el momento mismo en que decidiste ir en busca de las escrituras. Conozco bien estas pruebas a las que de continuo se te somete. ¿Dónde te has metido esta vez? ¿Por qué no me dices en qué lugar te han encerrado? Cuando sus voces estaban a punto de convertirse en un grito desgarrador, creyó percibir una nota de perfume en el aire y se dijo, un tanto más calmado: - Estoy seguro de que este aroma viene de la parte de atrás. Por fuerza tiene que ser allí donde le han escondido - y, agarrando la barra de hierro, se llegó hasta allí en unas cuantas zancadas. En el lugar del que provenía el perfume sólo había tres habitaciones de muy reducido tamaño. Dentro de una de ellas descansaba una mesa de laca con un dragón con la boca abierta en cada uno de sus extremos. Pertenecía al tipo usado para realizar las ofrendas. De hecho, encima de ella había un pebetero de oro de enorme tamaño, del que salían volutas de incienso, que era precisamente el aroma que había percibido el Peregrino. De la pared colgaba una tabla relativamente grande en la que aparecían, grabadas en oro, las siguientes palabras: "En honor de mi respetable padre, el Devaraja Li". Un poco más abajo, en caracteres menores, podía leerse: "A la memoria de mi digno hermano Nata, el Tercer Príncipe". El Peregrino abandonó de inmediato la búsqueda del monstruo y del monje Tang. Sacudió ligeramente la barra de hierro y, cuando hubo alcanzado el tamaño de una aguja de bordar, se la metió en la oreja. Con las manos totalmente libres, arrancó la tabla de la pared, cogió el pebetero y, montando en una nube, ascendió hacia la entrada de la caverna, riéndose como si hubiera perdido el juicio. Al oír sus carcajadas Ba-Chie y el Bonzo Sha se hicieron a un lado y le dijeron, muy animados: - Supongo que tanta alegría es debida a que has conseguido liberar al maestro, ¿no es así? - No hay necesidad de rescatarle - respondió el Peregrino, ahogándose en su propia risa -. Esta tabla se va a encargar de hacerlo por nosotros. - ¿Esta tabla? - repitió Ba-Chie, incrédulo -. No parece que sea ningún monstruo. ¿Cómo va a rescatar ella sólita al maestro, si ni siquiera sabe hablar? - Miradla con atención y juzgad por vosotros mismos - dijo el Peregrino, poniéndola en el suelo. El Bonzo Sha se acercó en seguida y vio que ponía: "En honor de mi respetable padre, el Devaraja Li". Y un poco más abajo: "A la memoria de mi digno hermano Nata, el Tercer Príncipe". - ¿Qué quiere decir esto? - preguntó, sorprendido. - La monstruo hace sus ofrendas a esos dos amigos nuestros - respondió el Peregrino -, Acabo de entrar en su palacio y sólo he podido encontrar esta tabla. Todo lo demás ha desaparecido. O mucho me equivoco o es la hija del Devaraja Li y la hermana menor del tercer príncipe, que ha descendido a la tierra, atraída por las seducciones de este mundo de sombras. Se ha hecho pasar por una monstruo y, así, ha secuestrado a nuestro maestro. ¿A quién otro que no sean los que aparecen en esta tabla voy a pedir responsabilidades por lo ocurrido? Quedaos aquí, mientras me dirijo a los cielos a presentar una queja formal al Emperador de Jade. Creo que con eso bastará para que el Devaraja Li y su hijo nos devuelvan al maestro. - No puedes hacer una cosa así, a no ser que tu causa sea justa - objetó Ba-Chie -. Como muy bien afirma el proverbio, "no hay crimen mayor que acusar a un inocente". Además, presentar un pleito ante la Corte no es tan sencillo como piensas. ¿Has trazado ya algún plan? - En cierta medida - respondió el Peregrino, sonriendo -. Dentro de lo que cabe, este pebetero y esta tabla son, en sí mismos, una prueba irrefutable. Eso sin contar con que voy a presentar la queja por escrito. - ¿Por qué no nos dices qué es lo que vas a exponer en ella? - preguntó Ba-Chie. - Poco más o menos lo siguiente - contestó el Peregrino -: "El demandante, Sun Wu-Kung, cuya edad y fecha de nacimiento se adjuntan en un documento aparte, es discípulo del monje Tripitaka Tang, que ha sido enviado por el emperador del mismo nombre, de las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. La acusación que, con el debido respeto, tiene el honor de exponer ante vuestro muy digno tribunal está relacionada con un caso de secuestro por parte de una monstruo e implica directamente a Li-Ching, el Devaraja Portador de la Pagoda, y a su hijo, el Príncipe Nata, por no velar por la paz de su hogar como debieran y permitir que su hija y hermana se escapara del palacio en el que tendría que estar recluida. Ha tomado, de hecho, la forma de un monstruo maligno y se ha establecido en la Caverna sin Fondo, enclavada en el Monte Atrapador del Vacío, humillando de una forma cruel a cuantos seres humanos han tenido la desgracia de caer en sus manos. Entre ellos se encuentra mi propio maestro, a quien ha tenido la desvergüenza de secuestrar y al que ha hecho encerrar en una habitación a la que absolutamente nadie tiene acceso. Ante tan desagradable perspectiva, no me ha quedado más remedio que acusar a su padre y a su hermano de cuantas atrocidades ha venido cometiendo tan descarriada dama, pues no cabe duda alguna que la responsabilidad de que se haya convertido en una monstruo sin entrañas es exclusivamente suya. Suplico, pues, que prestéis oído a esta petición de justicia, haciendo detener a los culpables, para que sea erradicada la maldad, mi maestro obtenga la libertad y se determine el grado de culpabilidad de cada uno de los acusados, Es gracia que no dudo poder alcanzar de vuestra benevolencia". - Nos parece una exposición absolutamente razonable y equilibrada - comentaron al unísono Ba-Chie y el Bonzo Sha, visiblemente complacidos -. No nos cabe la menor duda de que ganarás el caso De todas formas, conviene que te des prisa en presentarlo ante la Corte Celeste, porque la monstruo puede acabar con la vida de nuestro maestro en cualquier momento. - No os preocupéis - contestó el Peregrino -. Estaré de vuelta antes del tiempo necesario para hervir una taza de té o, como máximo, para cocer un poco de arroz. No había acabado de decirlo, cuando se montó de un salto en una nube y se dirigió directamente a la Puerta Sur de los Cielos con la tabla y el pebetero de oro. Aquel día les tocaba montar la guardia al Devaraja Poderoso y al Devaraja Dhrtarastra, que se inclinaron, respetuosos, ante él, sin atreverse a cortarle la entrada. De esa forma, pudo llegar antes de lo previsto al Palacio de la Luz Perfecta, donde fue saludado por los Consejeros Chang, Ke, Xü y Chiou, que le preguntaron a renglón seguido: - ¿A qué se debe tan grata visita? - Deseo presentar una queja formal ante el Emperador de Jade - contestó el Peregrino -. A él le corresponderá determinar si la admite como una acusación legal o no. - ¡Cuidado que os gustan los pleitos! - exclamaron, asombrados, los Consejeros -. ¿A quién pensáis llevar esta vez ante los tribunales? Antes de que pudiera responder, se vieron obligados a entrar en el Salón de la Niebla Divina a anunciar su llegada. El Emperador de Jade dio su visto bueno y el Gran Sabio fue conducido a él sin la menor dilación. Después de dejar a un lado la tabla y el pebetero y de presentar sus respetos al Trono, el Sosia del Cielo presentó formalmente su acusación, que el Consejero Ke extendió oportunamente ante la mesa imperial. En cuanto el Emperador de Jade hubo terminado de leerla, dictó una orden que entregó inmediatamente a la Estrella de Oro del Planeta Venus, Longevidad del Oeste, con el encargo de hacérsela llegar al Devaraja Li, al Palacio de la Torre de Nubes. En ella se pedía al Portador de la Pagoda que se presentara inmediatamente en la corte. - Suplico encarecidamente al Señor de los Cielos - insistió el Peregrino - que no se deje sin castigo a los culpables. De lo contrario, es posible que siga cometiendo incluso un número mayor de atrocidades. - Que el demandante acompañe, si así lo desea, a mi emisario - ordenó el Emperador de Jade. - ¿De verdad me permitís ir con él? - preguntó el Peregrino, sorprendido. - No hay razón para dudarlo - comentó uno de los Consejeros Celestes -. Podéis acompañar a la Estrella de Oro, puesto que su majestad así lo ha decidido. Sin pérdida de tiempo el Peregrino se montó en una nube y partió con la Estrella de Oro hacia el Palacio de la Torre de Nubes, que era la residencia oficial del Devaraja. A la puerta había un joven que reconoció inmediatamente a la Estrella de Oro y corrió a anunciar su llegada a su señor, diciendo: - La Honorable Estrella de Oro del Planeta Venus solicita ser recibido por vos. El Devaraja se puso de pie y corrió a darle la bienvenida. Al ver que venía en misión oficial, ordenó que quemaran unas cuantas varillas de incienso, pero no pudo evitar que brotara en su corazón la llamarada del mal humor, cuando se percató, igualmente, de la presencia del Peregrino. La razón de tal enemistad se remontaba a los tiempos en que éste sumió el Palacio Celeste en un desorden total. En aquella época de turbulencias el Emperador de Jade nombró al Devaraja, Gran Mariscal Azote de los Demonios y al Príncipe Nata, Divinidad de la Gran Reunión de los Tres Principios. Como a tales, les correspondió comandar las tropas celestes que se enfrentaron al Peregrino, pero desgraciadamente no consiguieron doblegarle después de incontables encuentros. Aunque habían transcurrido ya más de quinientos años, el resentimiento aún seguía anidando en el corazón del Devaraja y eso explicaba la displicencia con la que le recibió. - ¿Qué documento es ese que traéis? - preguntó a la Estrella de Oro. - Me temo - contestó ésta - que se trata de un pliego de cargos presentado contra vos por el Gran Sabio. Al oír semejante cosa, el Devaraja, que se sentía terriblemente herido en su amor propio, dio rienda suelta a su enfado y exclamó, furioso: - ¡De qué me acusa! - De estar relacionado con un caso de secuestro perpetrado por una monstruo, de la que vos sois el responsable - contestó la Estrella de Oro -. En cuanto hayáis encendido el incienso, vos mismo podréis leerlo. Respirando pesadamente a causa de la agitación que le embargaba, el Devaraja se encargó personalmente de hacer todos los preparativos y, después de encender las varillas y de dar gracias al cielo extendió sobre la mesa el documento que acababan de entregarle. Tras leerlo detenidamente, se apoderó de él tal indignación, que hubo de agarrarse a la madera con las dos manos para no caer al suelo. - ¡Maldito mono! - gritó, fuera de sí -. ¿Se puede saber por qué me acusas en falso? - Os ruego que os comportéis con la dignidad que de vos se espera - le reconvino la Estrella de Oro -. En la corte hay una tabla y un pebetero que ha aportado como pruebas. Según dice, esos objetos pertenecen a vuestra hija. - ¡Eso es imposible! - respondió el Devaraja -. Únicamente tengo tres hijos y una hija. El mayor se llama Suvarnata y se halla a las órdenes de Tathagata como Protector de la Ley. El segundo responde al nombre de Moksa y se encuentra en los Mares del Sur sirviendo a la Bodhisattva Kwang Shr-Ing. Por lo que respecta al tercero, Nata, reside conmigo y sirve al Emperador de Jade como guardia imperial. Mi única hija se llama Chen-Ing y solamente tiene siete años. ¿Cómo va a haberse convertido en una monstruo, si ni siquiera tiene capacidad para comprender los asuntos humanos? Si no me creéis, esperad a que la llame y os convenceréis de que cuanto digo es verdad. ¡Este mono no sabe con quién se está enfrentando! Soy un mariscal celeste, al que le está permitido ejecutar a quien sea, antes de informar de ello al mismísimo emperador. Tened, por tanto, la seguridad de que, si fuera uno de esos seres humildes del Reino Inferior, jamás osaría acusar en falso a nadie. Como establece claramente la ley, las acusaciones sin fundamento conllevan una de las penas más graves. Así que - concluyó con voz tonante, volviéndose a sus subordinados -, coged a ese mono y atadle con una cuerda de atar monstruos. Sin pérdida de tiempo el Dios Espíritu Poderoso, el General de la Barriga de Pez y el Mariscal Vajrayaksa, que se hallaban presentes en el patio, se abalanzaron sobre el Peregrino y le ataron. - Os aconsejo que no emprendáis nada de lo que después debáis arrepentiros, Devaraja Li - le advirtió la Estrella de Oro con actitud amenazante -. Estáis arrestando a una de las dos personas enviadas por el emperador con una orden personal suya. Reparad, además, en que esa cuerda es demasiado tosca y, si le hace alguna herida, por muy ligera que sea, se os aplicará un castigo cien mil veces mayor. - ¿Cómo le habéis permitido presentar esos cargos contra mí, invitándole, incluso, a venir con vos a turbar la paz de este humilde palacio? - se quejó el Devaraja -. Sentaos, mientras hago decapitar a ese mono con la cimitarra de aniquilar monstruos. En cuanto haya acabado con él, prometo regresar con vos a la corte. Al oír que se disponía a ajusticiarle, a la Estrella de Oro le dio un vuelco el corazón y, volviéndose hacia el Peregrino, le increpó, diciendo: - ¡Has cometido una grave equivocación, al presentar en la corte una acusación tan sumamente grave con una ligereza tan desconcertante! ¿Por qué no trataste primero de esclarecer los hechos? Lo único que has conseguido con tanta precipitación es poner fin a tu vida de una forma francamente ridícula. ¿Quieres decirme qué vas a hacer ahora? - Tranquilizaos, por favor - contestó el Peregrino, totalmente sereno y sin dejar de sonreír -. ¿A qué viene todo este alboroto? Siempre me ocurre lo mismo: es preciso que primero pierda para vencer después. Apenas había acabado de decirlo, el Devaraja cogió la cimitarra y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza del Peregrino. En ese mismo instante apareció el Tercer Príncipe y, deteniendo el golpe de su padre con la espada de descuartizar monstruos, le urgió: - ¡Dominad vuestra ira, por lo que más queráis! El Devaraja cambió de color, alarmado. Al ver que desviaba la cimitarra con la espada, debería haberle ordenado que se hiciera a un lado. Si no lo hizo, fue por la siguiente razón: al nacer, el Príncipe tenía grabada en la palma de la mano izquierda la palabra "Na" y en la de la derecha, el vocablo "Ta". De ahí que le pusiera el nombre de Nata. Al tercer día de su nacimiento se empeñó en bañarse en el mar y a punto estuvo de provocar un grave incidente, pues no se le ocurrió otra cosa que arrasar el Palacio de Cristal de Agua y trató de arrancar los tendones a un dragón para hacer con ellos un cinturón. Cuando el Devaraja se enteró de lo ocurrido, temió que el Príncipe pudiera convertirse en un peligro para su vida y ordenó a sus subordinados que le dieran muerte. Nata se puso tan furioso, que cogió un cuchillo y se puso a cortarse la carne para devolvérsela a su madre. No contento con eso, se arrancó después los huesos y se los entregó a su padre. De esa forma, pagó a sus progenitores la deuda de sangre y esperma que había contraído con ellos. Su espíritu, sin embargo, se dirigió a la tierra de la suprema felicidad, en el oeste, y presentó ante Buda una demanda contra sus padres. El Gran Patriarca se encontraba adoctrinando a los bodhisattvas, cuando oyó gritar a alguien justamente encima de los estandartes sagrados: - ¡Salvadme, os lo suplico! Con un solo movimiento de sus ojos de sabiduría Buda comprendió al instante que se trataba del espíritu de Nata y, tomando una raíz y unas cuantas hojas de loto, recitó unas palabras mágicas y al punto se convirtieron en unos huesos y en una carne nuevos. De esta forma, le devolvió la vida. La fuerza que entonces adquirió le permitió derrotar en muy poco tiempo a los demonios de noventa y seis cavernas. Con tan extraordinarios poderes mágicos, se volvió después con ánimo de venganza contra el Devaraja, que no tuvo más remedio que recurrir a Buda. Tathagata actuó de intermediario entre padre e hijo y restableció la paz. Para ello regaló al Devaraja una pagoda de oro puro, finamente labrada, en cuyo interior había unas cuantas reliquias. Tan espléndida obra de orfebrería estaba imbuida del espíritu de Buda, como atestiguaba la luz cegadora que la envolvía. Al verla, Nata recordaba inmediatamente la misericordia de Tathagata y se olvidaba del rencor que albergaba contra su padre. De esta forma, se restableció la paz entre ellos y Li-Ching comenzó a ser conocido como el Devaraja Portador de la Pagoda. Como aquel día el Devaraja se encontraba solo en casa, no llevaba la pagoda y pensó que Nata había caído de nuevo en un arrebato de venganza. Por eso su rostro perdió el color y se apoderó de él el terror. Temblando de pies a cabeza, logró hacerse, por fin, con la pagoda de oro y, levantándola en alto, preguntó a Nata: - ¿Se puede saber por qué has desviado mi cimitarra con tu espada? - Porque, en verdad, tenéis una hija en las Regiones Inferiores - contestó Nata, echándose rostro en tierra y golpeando el suelo con la frente. - ¡Yo solamente tengo cuatro hijos! - afirmó el Devaraja -. ¿Quien es esa otra hija de la que hablas? - Quizás lo hayáis olvidado - respondió Nata -. Esa hermana mía en principio no era más que una vulgar monstruo. Hace aproximadamente trescientos años se comió las flores y las velas que Tathagata tenía en la Montaña del Espíritu. Alarmado, el Patriarca Budista nos hizo llamar y en seguida organizamos una campaña contra ella. Al capturarla, deberíamos haberla ejecutado, pero, cuando nos disponíamos a hacerlo, Buda nos dijo: "No pesquéis jamás los peces que nadan en los estanques ni os alimentéis de los ciervos que se crían en las montañas". No tuvimos, pues, más remedio que perdonarle la vida y ella, en agradecimiento, se ofreció a convertirse en hija vuestra y hermana mía, haciendo colgar en su palacio unas tablas con nuestros nombres, ante las que no deja de arder el incienso. ¿Quién iba a decirnos, entonces, que iba a volver a sus hábitos perversos y a conspirar contra la seguridad del monje Tang? Estoy seguro de que el Peregrino Sun ha encontrado esas tablas entre sus posesiones y eso le ha forzado a presentar su acusación ante el trono. Debéis recordar que es hija vuestra y hermana mía, no por los lazos de la sangre, sino por los de la gratitud. - ¡Me había olvidado totalmente de ese asunto! - exclamó, asombrado, el Devaraja -. ¿Recuerdas cómo se llama? - Se la conoce por tres nombres distintos - contestó el Príncipe -. Al nacer se la llamó el Espíritu Roedor del Pelaje Blanco y la Nariz de Oro. Después de robar las flores y las velas, empezó a ser conocida como la Doble de Kwang-Ing. Cuando obtuvo vuestro perdón y decidió establecerse en las Regiones Inferiores, volvió a cambiarse el nombre y ahora se llama la Dama que Corre por la Tierra. El Devaraja comprendió entonces lo que había ocurrido y se lanzó sobre el Peregrino con ánimo de desatarle, pero éste se opuso a que lo hiciera, diciendo de mala manera: - ¿Cómo te atreves a desatarme? ¡Es preciso que me presente ante el trono de esta forma! ¡Esto bastará para ganar el caso! El temor entumeció las manos al Devaraja y dejó sin aliento al Príncipe. Los soldados que estaban a su cargo, agacharon la cabeza y retrocedieron, avergonzados. Pero el Gran Sabio no cedió e insistió en presentarse en la corte con las manos atadas. Al Devaraja no le quedó otro remedio que solicitar la ayuda de la Estrella de Oro, que le respondió, severo: - Como muy bien decían los antiguos, "quien desee alcanzar la misericordia debe mostrarse misericordioso primero con los demás" La forma como os habéis comportado no ha podido ser más irreflexiva No sólo le habéis hecho atar de una manera totalmente indigna, sino que, incluso, habéis estado a punto de ajusticiarle. ¿Qué queréis que haga yo ahora, si este mono es, además, un acusador experimentado? Según acaba de dejar bien claro vuestro hijo, esa muchacha está atada a vos no con los lazos de la sangre, sino con los del agradecimiento, un lazo más fuerte, incluso, que el primero. Hagáis lo que hagáis, tened la seguridad de que nadie va a libraros de una condena de culpabilidad. - Aun así - insistió el Devaraja -, si accedéis a interceder en mi favor, es posible que salga absuelto de los cargos que se me imputan. - Nada sería más de mi agrado que, de mutuo acuerdo, pusierais fin a este pleito - replicó la Estrella de Oro -, pero, francamente, no sé cómo puedo interceder en favor vuestro. - ¿Cómo que no? - protestó el Devaraja -. ¿Habéis olvidado ya vuestra última labor de mediación, cuando le comunicasteis el título celeste que le había sido concedido? Entonces, os acercasteis a él y le dijisteis: "Hacedlo por mí, Gran Sabio. Desataos y vayamos todos juntos a ver al Emperador". - No es necesario que lo hagáis esta vez - replicó el Peregrino -. Aunque no pueda andar, sé rodar muy bien y os aseguro que voy a presentarme así en el Palacio Celeste. - ¡Qué poco cariñoso sois! - exclamó la Estrella de Oro, sonriendo -. Después de todo, son muchos los favores que me debéis. No comprendo cómo ahora serías capaz de negarme un asuntillo de tan poca importancia como éste. - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - preguntó el Peregrino. - Cuando no erais más que un simple monstruo en la Montaña de las Flores y Frutos - respondió la Estrella de Oro - y os dedicabais a dominar tigres y a derrotar dragones, el Cielo determinó vuestra detención por haber alterado sin el consentimiento de nadie los archivos de la muerte y haberos rodeado de una banda de monstruos con el único propósito de delinquir. De entre todos los consejeros celestes yo fui el único que intercedió a vuestro favor en el Palacio Celeste, consiguiendo, al mismo tiempo, que os fuera concedido el título de Caballerizo de los Cielos. Pero eso no fue todo. Después de emborracharos con el vino inmortal del Emperador de Jade, de nuevo me tocó a mí interceder en favor vuestro, logrando que se os concediera el tratamiento de Gran Sabio, Sosia del Cielo. Pese a todo, vos seguisteis portándoos de una forma totalmente indigna y robasteis los melocotones, adulterasteis el licor de la inmortalidad y dispusisteis a vuestro antojo del elixir de Lao-Tse. Todo eso, no obstante, os ha permitido alcanzar un envidiable estado de ausencia de nacimiento y de muerte. ¿Creéis que hubierais podido llegar a él sin la ayuda que yo os presté? - Los antiguos tenían razón, cuando afirmaban que ni incluso muertos deberíamos compartir la tumba con un anciano - contestó el Peregrino -. Querámoslo o no, las personas de edad siempre terminan convenciéndonos. ¿Qué fue, en definitiva, lo que hice yo entonces? Como Caballerizo Mayor, puse patas arriba el Palacio Celeste, eso fue todo. En fin, puesto que me lo pedís, acepto. Pero que me desate él con sus propias manos. Sólo entonces se atrevió a acercarse a él el Devaraja. En cuanto se hubo encontrado libre, el Peregrino se limpió un poco las ropas y, a invitación del dueño de la casa, tomó el asiento reservado a la persona de mayor dignidad. Varios dioses se presentaron, entonces, ante él, y le ofrecieron sus respetos. - ¿No os lo dije? - preguntó el Peregrino, volviéndose hacia la Estrella de Oro -. Siempre debo perder para ganar después. Es algo que me ocurre hasta en los asuntos de menor importancia. Démonos prisa y vayamos a ver al Emperador. Si seguimos retrasándonos de esta forma, me temo que la monstruo va a terminar perdiendo la paciencia con mi maestro. - ¿A qué viene precipitarlo todo? - protestó la Estrella de Oro -. A pesar del tiempo que hemos perdido con esas discusiones inútiles, creo que todavía podemos tomar una taza de té, ¿no os parece? - Si lo hacéis, daréis a entender que os ponéis de su parte - objetó el Peregrino -. Aceptar en estas condiciones una taza de té sería como meteros en el bolsillo un substancioso soborno. No debéis olvidar que sois el portador de una orden imperial. - ¡Está bien! - protestó, malhumorado, la Estrella de Oro -. ¡No tomaré ese té! Según veo, también te has empeñado en llevarme a mí ante los tribunales. Vamos, Devaraja Li, démonos prisa. El Devaraja no se atrevía a ir con el Peregrino a la corte, porque temía que pudiera perder la paciencia cuando menos se lo esperaran y eso podría colocarle en una situación muy difícil. ¿Cómo iba a refutar, en efecto, todas las acusaciones, una vez que se encontrara en presencia del Emperador de Jade? No le quedó, pues, más remedio que suplicar a la Estrella de Oro que de nuevo intercediera en su favor. - Tengo algo más que pediros - dijo la Estrella de Oro, volviéndose hacia el Peregrino -. ¿Estáis dispuesto a concedérmelo o no? - ¿De qué se trata? - contestó el Peregrino -. Venga, hablad, de una vez. Si es algo razonable, tened la seguridad de que no os lo negaré. - Recordad que existe un proverbio que afirma: "Un día de acusaciones tarda diez en esclarecerse" - sentenció la Estrella de Oro -. Si, al presentar ante el Emperador vuestro pleito, el Devaraja insiste en que esa monstruo no es hija suya, podéis tiraros horas y horas discutiendo sin llegar a ninguna solución. Debéis tener presente, además, que un día en los Cielos equivale a más de un año en las Regiones Inferiores, tiempo más que suficiente para que esa bestia haga con vuestro maestro lo que le dé la gana. Eso sin tener en cuenta la cuestión del matrimonio, porque en todos esos meses puede muy bien darle un hijo y, al volver, en vez de encontraros con uno, tendréis dos monjes a quien cuidar. ¿No os hallaréis, entonces, en una situación francamente comprometida, por tanta pérdida innecesaria de tiempo? - Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Al despedirme de Ba-Chie y el Bonzo Sha les dije que no tardaría más del tiempo necesario para hervir una taza de té o, como máximo, para cocer un poco de arroz. Me he retrasado mucho con todas estas discusiones. ¿Hay alguna forma de acelerar el proceso sin que por ello pierda efectividad la orden imperial? - Sí - respondió la Estrella de Oro -, permitiendo al Devaraja Li que reúna sus tropas y baje con vos a derrotar a esa monstruo. - ¿Qué informe daréis, entonces, a su majestad? - volvió a preguntar el Peregrino. - Que el demandante se ha marchado y que el acusado ha quedado, por eso mismo, libre de toda sospecha - contestó la Estrella de Oro. - ¡Qué bonito! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada - ¦ Retiro los cargos, porque vos me lo habéis pedido y afirmáis en vuestro informe que me he marchado. En fin, allá vos, si es eso lo que pensáis escribir. Decid al Devaraja que reúna inmediatamente las tropas y que me espere en la Puerta Sur de los Cielos. Iré con vos a despedirme del Emperador. - ¡No, no! - protestó el Devaraja, alarmado -. Si se pone a hablar en cuanto entre en el palacio, lo más seguro es que me acusen de traición. - ¿Qué clase de persona crees que soy yo? - objetó el Peregrino -. Yo soy un hombre de palabra. Una vez que he prometido algo, no me vuelvo atrás jamás. ¿Cómo puedes creer que soy tan mezquino? Más tranquilo, el Devaraja dio las gracias al Peregrino y, convocando a todas sus tropas, se dirigió a la Puerta Sur de los Cielos. Por su parte, en cuanto el Peregrino y la Estrella de Oro llegaron a la corte, dijeron al Emperador de Jade: - La mujer que ha atrapado al monje Tang es un roedor de pelaje blanco y hocico de oro, que ha conseguido la inmortalidad. De ella son las tablas con los nombres del Devaraja Li y de su hijo que os han sido presentadas como pruebas. Al enterarse de eso, el Devaraja ha reunido a todas sus tropas y ha organizado una expedición contra ella. Os ruego, pues, que le concedáis vuestro magnánimo perdón. El Emperador de Jade se hallaba al tanto de lo ocurrido e inmediatamente hizo redactar el decreto de gracia. El Peregrino montó, entonces en una nube y se dirigió a la Puerta Sur de los Cielos, donde encontró al Devaraja, al Príncipe y a los guerreros celestiales. Su formación era impecable y estallaron en gritos de entusiasmo, en cuanto vieron aparecer al Gran Sabio. Sin más, montaron en sus nubes y se dirigieron a la velocidad del viento hacia el Monte Atrapador del Vacío. Ba-Chie y el Bonzo Sha tenían ya los ojos irritados de tanto escudriñar la montaña. Al ver aparecer al Peregrino con todas las fuerzas celestes, se inclinaron ante el Devaraja y el Idiota se excusó, diciendo: - Lamentamos sinceramente tener que molestaros. - Hay algo que quisiéramos deciros, Mariscal de los Juncales Celestes - contestó el Devaraja -. Tanto mi hijo como yo, hemos disfrutado del aroma de sus varillas de incienso durante muchísimos años. Desconocíamos, por tanto, que había vuelto a las andadas, llegando a cometer la osadía de apoderarse de vuestro maestro. Os pedimos disculpas por tantas molestias y por el retraso en responder a vuestra justa llamada. Damos por supuesto que éste es el Monte Atrapador del Vacío. ¿Sabéis dónde se encuentra la entrada de su caverna? - Exactamente - reconoció el Peregrino -. La cueva recibe el nombre de Caverna sin Fondo y posee un perímetro que supera los seiscientos kilómetros. Pese a todo, dispone de muchos recovecos. En un principio, tuvo encerrado a mi maestro en un pabellón al que se accedía a través de una puerta coronada por un triple tejadillo, pero ahora ha desaparecido de allí y no se ve a nadie por ningún lado. Desconozco, la verdad, dónde pueden haberse escondido. - No os preocupéis por eso - respondió el Devaraja -. Por muchas tretas que emplee, jamás logrará escapar a la red del Cielo y la Tierra. Antes de tomar cualquier decisión, sería conveniente que nos condujerais a la entrada de la cueva. Todos se pusieron inmediatamente en camino. Después de andar alrededor de veinte kilómetros, llegaron a la enorme roca tras la que se abría el universo de la monstruo y, señalando el agujero que había en el suelo, dijo el Peregrino: - Ahí la tenéis. - Sin entrar en la guarida del tigre, nadie es capaz de atrapar a sus crías - sentenció el Devaraja -. ¿Quién está dispuesto a abrir la marcha? - Yo mismo - contestó el Peregrino. - No - se opuso el Príncipe -. Puesto que todo esto está relacionado, de alguna manera, con nosotros, seré yo quien entre el primero. - ¡De ninguna manera! - objetó el Idiota, envalentonándose -. ¡Lo haré yo! - Dejémonos de discusiones sin sentido - concluyó el Devaraja -. Que el Gran Sabio y el Príncipe conduzcan las tropas al interior de ese agujero. Nosotros nos quedaremos aquí, cubriendo la retaguardia. Coordinaremos todos los movimientos para evitar que pueda escapar tanto por el Cielo como por la Tierra. Así sabrá, de una vez por todas, lo poderosos que somos. - ¡Está bien, señor! - gritaron todos al unísono. Al frente de tan formidable ejército, el Peregrino y el Príncipe se adentraron en la caverna, montados en sus nubes de buenos augurios. Pronto se percataron de que se trataba de un lugar francamente extraordinario. A pesar de hallarse en el interior de la tierra, la luna y el sol brillaban con la misma intensidad que en el exterior sobre las montañas y los ríos que lo surcaban. El paisaje no podía ser, en efecto, más encantador, con barrancos que brillaban como perlas y cauces de agua que recordaban la tersura del jade verdoso. Pero entre tanta belleza destacaba la elegancia de los edificios. El color rojo de las torres y muros contrastaba con el verdor de los campos y prados, que se perdían en la distancia. En aquel lugar tan extraordinario podían verse a la vez los lotos del otoño tardío y los sauces de la primavera temprana. Nada más bajar de las nubes, los guerreros se dirigieron al edificio principal del palacio de la monstruo. Lo registraron de arriba abajo, pero no encontraron ni rastro del maestro ni de la bestia. Todas las sirvientas habían desaparecido como por arte de magia. - ¡Esta monstruo ha tenido que esconderse en otra caverna! - concluyeron los guerreros. Lo que no sospechaban es que hubiera otra en la parte más oscura del pasillo orientado hacia el sudeste. Allí había una pequeña puerta que daba acceso a una pequeña construcción edificada debajo del nivel del suelo. Su acceso estaba camuflado entre macetas de flores y cañas de bambú, que emitían una fragancia realmente embriagadora. A ello había que añadir la oscuridad que reinaba en aquella parte del edificio. La monstruo había conducido allí a Tripitaka con la esperanza de que el Peregrino no pudiera encontrarla y, así, llevar a cabo sus perversos planes de matrimonio. No se había detenido a pensar, sin embargo, que el destino había determinado otra cosa y que su buena estrella estaba a punto de apagarse. Apelotonadas en un espacio tan reducido, una de las monstruos empezó a sentir claustrofobia y sacó un poco la cabeza para ver qué es lo que estaba ocurriendo fuera. Los guerreros celestes la vieron en seguida y gritaron: - ¡Ahí están! Esas palabras enardecieron de tal manera al Peregrino, que agarró la barra de los extremos de oro y arremetió contra aquel nido de bestias. Era tan reducido que ninguna pudo escapar y el desorden acabó por concluir lo que había iniciado el acero. ¿Cómo iban, además, a huir, si el Príncipe y sus tropas habían tomado todo el lugar? El Peregrino no tardó en encontrar al monje Tang, el equipaje y el caballo. Comprendiendo que no tenía ninguna escapatoria, la monstruo se arrojó a los pies de Nata y empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente en petición de clemencia. Pero el Príncipe replicó: - Esta expedición ha sido ordenada por el mismo Emperador de Jade en persona. No se trata, por lo tanto, de un asunto banal. Por disfrutar de una de tus varillas de incienso, a punto hemos estado, tanto mi padre como yo, de encontrar la ruina. - Se volvió a continuación hacia los soldados celestes y les ordenó -: ¡Atad a esta monstruo con la soga de las bestias! A pesar de sus orígenes, era preciso que también ella sufriera un poco. Victoriosos, los guerreros celestes volvieron a montar en las nubes y se elevaron hacia la entrada de la caverna. El Peregrino abría la marcha, sin poder contener la risa de alegría. Al oír sus voces, el Devaraja corrió a darle la bienvenida, diciendo: - Me alegro de que os hayáis reunido, por fin, con vuestro maestro. - Gracias - contestó el Peregrino y se inclinó, junto con Tripitaka, ante el Devaraja y el Príncipe. El Bonzo Sha y el Peregrino hubieran deseado hacer picadillo allí mismo a la monstruo, pero se opuso el Devaraja, diciendo: - No podemos decidir nosotros su suerte. Ha sido detenida por orden del Emperador de Jade, así que sólo a él le compete determinar lo que ha de hacerse con ella. Es preciso, por tanto, que regresemos cuanto antes a los Cielos a informar de cuanto ha ocurrido. Tras ordenar a los guerreros que custodiaran con cuidado a la monstruo, el Devaraja y el Tercer Príncipe montaron en sus nubes respectivas y reemprendieron el camino de vuelta hacia la Corte Celeste, donde la bestia debía ser inmediatamente juzgada. Mientras tanto, el Peregrino y el Bonzo Sha ordenaron el equipaje y pidieron al monje Tang que se dispusiera a montar en el caballo. Ba-Chie le ayudó a hacerlo y, de esa forma, pudieron regresar al camino que conducía hacia el Oeste. Las ataduras de seda se habían roto y de nuevo volvieron a hollar el lecho seco del mar dorado. En cuanto hubieron saltado los candados de jade, abandonaron la jaula que los tenía encerrados. No sabemos, de momento, qué fue lo que les ocurrió camino adelante. El que desee averiguarlo, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第084回 EVITAR QUE LOS MONJES ALCANCEN LA SUPREMA ILUMINACIÓN ES UNA TAREA IMPOSIBLE. UNA VEZ QUE EL DHARMA HA ALCANZADO LA PERFECCIÓN, SU CUERPO RECOBRA LAS CUALIDADES QUE ANTAÑO LE ADORNARON Decíamos que Tripitaka Tang consiguió conservar intacto su yang, rechazando la amarga trampa del sexo. Camino de su eterno peregrinar hacia el Oeste, pronto hizo de nuevo su aparición el verano. La brisa se tornó cálida como el contacto de un cuerpo y no tardaron en presentarse las lluvias estivales. El paisaje se cubrió, entonces, de una lujuriante capa de verdor, mientras las golondrinas se detenían a copular en el ligero lecho del viento. En los estanques se abrían las flores nuevas de loto, al tiempo que los bambúes se dejaban caer por todas las laderas. El tono verdoso del firmamento se fundía con el de los prados. Adondequiera que se dirigiera la vista se palpaba el palpitar de la vida. Junto a los arroyos se veían grupos de estameñas, fuertes y enhiestas como espadas, y en la lejanía, como sacados de una pintura, se apreciaban las copas rojizas de los granados. Pese a todo, el calor era tan intenso, que la marcha se hacía cada vez más difícil. Agradecieron que el camino discurriera entre un bosquecillo de sauces. De pronto, surgió de detrás de uno una anciana con un niño, que se dirigió hacia el monje Tang, gritando como una loca: - ¡Deteneos inmediatamente! ¡Dad la vuelta a vuestro caballo y regresad al Este a toda la velocidad que podáis! ¡El camino hacia el Oeste únicamente conduce a la muerte! Desconcertado, Tripitaka saltó de su cabalgadura e, inclinándose ante ella, le dijo: - Señora, los antiguos decían que el océano era tan enorme, para que los peces pudieran saltar a sus anchas, y que en el cielo no hay nada, con el fin de que los pájaros puedan volar libremente. ¿Por qué me aconsejáis que renuncie a mi viaje y no trate de llegar al Oeste? - A diez o doce kilómetros de aquí - respondió la anciana, señalando camino adelante - se encuentra el Reino Destructor del Dharma. En una reencarnación anterior su rey debe de haber entrado en contacto con un karma malvado, de lo contrario no se explica que ahora cometa tal cantidad de atrocidades. Hace aproximadamente dos años no se le ocurrió otra cosa que jurar que no pararía hasta no haber dado muerte a diez mil monjes budistas. Hasta ahora ha logrado asesinar a nueve mil novecientos noventa y seis, todos ellos sin nombre conocido, y está ansioso por acabar con otros cuatro más que, como todo el mundo, tengan un nombre y un apellido. De esa forma, conseguirá redondear el número diez mil. Está claro que, si os llegáis hasta la ciudad, os convertiréis muy pronto en unos bodhisattvas. - Os doy las gracias por vuestra amabilidad, señora - contestó Tripitaka, temblando de pies a cabeza -. Lo que habéis hecho por mí no se paga jamás. ¿Podéis decirme si existe algún otro camino que deje a un lado esa malvada ciudad? Si es así, me gustaría seguir esa ruta. - ¡No hay manera de dejar a un lado esa ciudad! - respondió la anciana, sonriendo -. Simplemente, es imposible, a no ser, claro está, que seáis capaz de volar. - ¿A qué viene hablar de ese modo? - replicó Ba-Chie, dando rienda suelta a su lengua - . Aquí todos sabemos volar. Sin embargo, sólo el Peregrino fue capaz de descubrir, con sus ojos de fuego y sus pupilas de diamante, que la anciana era, en realidad, la Bodhisattva Kwang-Ing y el niño, el Muchacho de la Riqueza Celeste. Eso le hizo echarse inmediatamente rostro en tierra y decir con ademán humilde: - ¡Perdonadnos por no haberos dado la bienvenida con el respeto que merecéis! En vez de responder, la Bodhisattva montó en un pétalo de loto y se elevó por los aires. El monje Tang se quedó tan desconcertado, que hasta de estar de pie parecía haberse olvidado. Finalmente se echó al suelo y empezó a golpear la tierra con la frente. Ba-Chie y el Bonzo Sha se postraron, por su parte, de hinojos y se inclinaron respetuosamente ante el cielo. La nube no tardó en perderse, camino de los Mares del Sur. El Peregrino se acercó, entonces, al maestro y le dijo: - Levantaos. La Bodhisattva ha regresado ya a su montaña sagrada. - ¿Por qué no nos dijiste antes que era ella? - se quejó Tripitaka. - ¿Es que no vais a parar nunca de hacer preguntas? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Es que no os pareció suficiente la rapidez con la que me postré en el suelo? - Gracias a la Bodhisattva - concluyeron Ba-Chie y el Bonzo Sha -, sabemos que un poco más adelante se encuentra el Reino Destructor del Dharma. ¿Qué vamos a hacer para no caer en manos de ese tipo empeñado en matar a todos los monjes con los que se encuentra? - ¿A qué viene temblar de ese modo, Idiota? - le reprendió el Peregrino -. A lo largo del camino nos hemos topado con monstruos salvajes, demonios, cuevas infestadas de tigres y yo qué sé la de lagos llenos de dragones y ninguno de ellos ha logrado detenernos. ¿Por qué habríamos de echarnos a temblar ahora, que tenemos que vérnoslas con un reino de gente vulgar y corriente? El problema más serio que tenemos planteado en estos momentos es que no disponemos de un sitio en el que pasar la noche. Eso sin contar con que, si, al volver de sus faenas, los campesinos empiezan a decir que han visto a unos cuantos monjes, el rey puede mandar arrestarnos antes de que caiga la noche. Lo mejor que podemos hacer es salir del camino y buscar un sitio más apartado. Ya veremos qué decisión tomamos, cuando hayamos descansado un poco. Tripitaka aceptó, complacido, la idea y se retiraron hacia un ribazo, donde tomaron asiento. El Peregrino se volvió, entonces, hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les ordenó: - Vosotros quedaos aquí cuidando del maestro, mientras voy a echar un vistazo a la ciudad, Es posible que esta misma noche encontremos algún camino que nos conduzca directamente fuera de esta comarca. - No te lo tomes tan a la ligera, por favor - le pidió Tripitaka -. Por el mero hecho de ser monjes, estamos contraviniendo la ley de este lugar. Procura no arriesgarte demasiado. - No os preocupéis - trató de tranquilizarle el Peregrino con una sonrisa -. Sé cuidarme bien. No había acabado de decirlo, cuando se elevó por los aires, produciendo un sonido tan penetrante como un silbido. Era como si alguien hubiera tirado de él para arriba o le hubieran empujado con cañas desde abajo. A pesar de que, como todo el mundo, tenía dos padres sus huesos eran mucho más ligeros que los de los demás vivientes Desde lo alto de las nubes lanzó una mirada sobre la ciudad y vio que estaba envuelta en un aura de prosperidad y buenos augurios. - ¡Qué lugar más encantador! - se dijo el Peregrino, sorprendido -. ¿Cómo es posible que el hombre que la rige esté empeñado en destrozar el dharma? Poco a poco fue oscureciendo y empezaron a encenderse lámparas en los cruces de las calles, perfectos como el carácter que representa el número diez. Volutas de incienso flotaban por encima de torres de nueve pisos, entre el continuo tañer de las campanas. En lo alto del cielo titilaba la tímida luz de las estrellas, mientras en los ocho costados de la ciudad los viajeros se desprendían de la pesada impedimenta del camino. De los seis destacamentos que protegían el reino ascendía la tenue llamada de los clarines, que se entremezclaba con el monótono vibrar de los gongs, que, como la lluvia, parecía gotear de cada una de las cinco torres de vigilancia. La niebla nocturna se iba espesando en cada uno de los cuatro puntos cardinales, al tiempo que un aire frío iba barriendo los tres grandes mercados. Los esposos buscaban en parejas el placer de su intimidad entre los doseles de seda, mientras la luna, solitaria, ascendía por el este en busca de su cenit. - Me gustaría bajar a ver cómo viven esas gentes, pero me temo que, con esta cara, sospecharán que soy un monje y tratarán de darme caza - pensó el Peregrino -. Lo mejor será que me metamorfosee - y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en una mariposa nocturna de cuerpo débil y alas ligeras, que se lanzó en busca de la luz que despedían los candiles y los hachones. Aunque la metamorfosis escondía su auténtica forma, el diminuto animal en el que se había transformado era un símbolo de la extraordinaria energía que poseía su cuerpo. El resplandor de la llama ejercía sobre él una tremenda atracción, que le obligaba a dar vueltas sin cesar alrededor de los puntos de luz. Su obsesión llegaba hasta tales límites, que se lanzaba en persecución de las luciérnagas con sus pesadas alas de tinte rojizo. Por eso, por el mero vibrar de un foco de luz, se aventuraba a recorrer la ciudad en las noches en las que el viento no soplaba. Incansable, el Peregrino visitó, uno tras otro, sus seis barrios y sus tres mercados, moviéndose con facilidad entre los aleros y los tejados. En la esquina de una de las calles vio una hilera de casas con una lámpara encendida sobre cada una de sus puertas. - ¿Por qué habrán puesto así esas lámparas? - se preguntó, sorprendido, el Peregrino -. Parece como si estuvieran celebrando la Fiesta de las Linternas. Batiendo con fuerza las alas, se acercó al grupo de casas y descubrió que la del centro tenía una linterna cuadrada, en la que aparecían escritas las siguientes palabras: "Descanso para los mercaderes". Un poco más abajo podía leerse: "Posada del señor Wang". De esa forma, el Peregrino supo en seguida que se trataba de un centro de refugio para los caminantes. Estiró el cuello y vio que en su interior había ocho o nueve personas que acababan de cenar. Algunos se habían desabrochado la ropa y se disponían a lavarse los pies y las manos para meterse en la cama. Casi todos ellos llevaban turbantes en la cabeza y el Peregrino volvió a decirse, esperanzado: - El maestro no tendrá ningún problema en seguir adelante. Con eso se refería a que había decidido robar a aquellas personas sus ropas y turbantes, en cuanto hubieran caído presa del sueño, y así, Tripitaka y los suyos podrían entrar en la ciudad, disfrazados de gente ordinaria. Desgraciadamente, cuando se disponía a llevar a cabo su plan, entró el dueño de la posada y dijo a sus inquilinos: - Les aconsejo, señores, que cuiden bien de sus equipajes y todo lo suyo, pues en este lugar abundan tanto los caballeros más exquisitos como los ladrones más desaprensivos. De por sí, las gentes que se hallan en un lugar desconocido se muestran extremadamente cuidadosas con todas sus pertenencias. No en balde, la desconfianza es la luz de los caminantes. Al oír las recomendaciones del patrón, se volvieron todavía más desconfiados y, poniéndose inmediatamente de pie, dijeron: - Tenéis razón, señor. El camino nos ha agotado de tal manera, que, en cuanto caigamos en el lecho, no habrá quien nos despierte. ¿Adonde podremos ir a reclamar, si perdemos todo lo que llevamos encima? ¿Por qué no guardáis vos nuestras ropas, nuestros turbantes y nuestro dinero? Nos lo podéis devolver mañana por la mañana, cuando nos levantemos. El señor Wang no puso ninguna objeción. Cogió todas las pertenencias de aquellos viajeros y las llevó a sus habitaciones. El Peregrino poseía un natural muy impulsivo y, remontando de nuevo el vuelo, fue a posarse en un perchero para turbantes. Desde allí vio cómo el señor Wang se dirigía hacia la entrada principal con una lámpara, bajaba las cortinas y cerraba bien todas las puertas y ventanas Sólo entonces se decidió a retirarse a sus aposentos y a meterse en la cama, después de desnudarse. Desgraciadamente, su mujer y sus dos hijos estaban haciendo tanto ruido, que no había manera de dormir. Por si eso fuera poco, la señora estaba cosiendo un vestido y no quería tumbarse antes de terminarlo. - No importa - se dijo, una vez más, el Peregrino -. Esperaré a que la mujer se haya dormido. De todas formas, es posible que para entonces sea ya muy tarde y el maestro no pueda seguir adelante. Temiendo que las puertas de la ciudad pudieran cerrarse durante la noche, decidió que había llegado el momento de actuar y se lanzó contra la vela, sin detenerse a pensar que las llamas podían poner en peligro su vida. De su impetuosidad salió con las cejas chamuscadas, pero consiguió apagar la vela. Sin pérdida de tiempo, sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en una rata. Después de lanzar uno o dos chillidos, dio un salto y agarró las ropas y los turbantes. Muerta de miedo, la mujer empezó a gritar: - ¡Qué desgracia tan grande! ¡Una rata se acaba de convertir en un espíritu! ¡Esto es el fin! Al oír eso, el Peregrino hizo una nueva demostración de sus poderes y, deteniéndose ante la puerta, dijo con potente voz: - No hagáis ningún caso a las tonterías que está diciendo vuestra esposa, señor Wang. ¡Yo no soy ningún espíritu! Puesto que las gentes de la luz no deben entregarse a actos inmorales, creo que tenéis la obligación de saber que soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo y que he descendido a la tierra con el único fin de ayudar al monje Tang a conseguir las escrituras en el Paraíso Occidental. Puesto que ha llegado a nuestros oídos que vuestro soberano es una persona sin principios, me he tomado la libertad de venir a tomar prestados todos estos turbantes y estas ropas, para que el maestro pueda vestirse con ellas. Os prometo que os las devolveré, en cuanto haya atravesado la ciudad. El señor Wang se arrojó de la cama sin dudarlo un segundo. Estaba muy oscuro y, aunque consiguió ponerse la camisa, las prisas y el nerviosismo le impidieron, una y otra vez, ponerse los pantalones, cayéndose al suelo cada vez que lo intentaba. Cuando, por fin, lo logró, el Peregrino se había montado en una nube y se había dirigido con toda la ropa hacia el ribazo en el que había dejado a sus hermanos. Tripitaka estaba contemplando la luz de las estrellas y la luna, cuando vio acercarse al Peregrino. En seguida se puso de pie y le preguntó: - ¿Has encontrado alguna forma de cruzar el Reino Destructor del Dharma? - Si queréis atravesarlo sin peligro - contestó el Peregrino, dejando caer todas aquellas ropas y turbantes -, debéis renunciar a seguir siendo un monje. - ¿A quién pretendes engañar con tanta palabrería? - le regañó Ba-Chie -. Dejar de ser monje no es tan fácil como crees. Para empezar, tiene que pasar por lo menos medio año, para que a uno le vuelva a salir totalmente el pelo. - No podemos esperar tanto tiempo - respondió el Peregrino -. Es preciso que renunciemos a nuestro estado ahora mismo. - Como siempre, no sabes nada más que decir bobadas - insistió el Idiota, sobresaltado - . Te repito que es totalmente imposible que nos convirtamos en personas ordinarias en un abrir y cerrar de ojos. Aunque nos pusiéramos un turbante, se nos notaría, porque no tendríamos donde atarlo y se vería claramente que estamos calvos. - Dejaos ahora de discutir - concluyó Tripitaka -. Hagamos cuanto antes lo que haya que hacerse. ¿Qué es lo que propones tú, Wu-Kung? - He inspeccionado la ciudad con cuidado - respondió el Peregrino - y puedo aseguraros que, aunque haya hecho matar a infinidad de monjes, el hombre que la gobierna es un auténtico Hijo del Cielo, como lo atestigua el aura de buenos augurios que la envuelve. Es más, he recorrido sus calles y he aprendido la lengua que en ellas se habla. Hace unos minutos, sin ir más lejos, he tomado prestados estos turbantes y estas ropas de una posada, con el fin de hacernos pasar por hombres ordinarios y entrar en la ciudad a descansar un poco. A eso de la cuarta vigilia nos levantaremos y pediremos al posadero que nos prepare algo de comer; sólo tomaremos platos vegetarianos, Por supuesto. Abandonaremos la ciudad alrededor de la quinta vigilia y trataremos de encontrar lo más rápidamente posible el camino que conduce hacia el occidente. Si alguien se atreve a echarnos el alto, le diremos que somos los enviados de un imperio mucho mayor y más poderoso que éste, así no osará mover un solo dedo contra nosotros. Opino que no va a resultar tan difícil atravesar este Reino Destructor del Dharma como habíamos pensado. - A nadie podría habérsele ocurrido un plan mejor - comentó el Bonzo Sha, entusiasmado -. ¿A qué esperamos para ponerlo en práctica inmediatamente? Al maestro no le quedó más remedio que desprenderse de su túnica de monje y cubrirse la cabeza con un turbante, cosa que también hizo el Bonzo Sha. Ba-Chie, por el contrario, tenía una cabeza tan enorme, que no había manera de envolvérsela con nada. Afortunadamente, el Peregrino tenía recursos para todo y, echando mano de la aguja y el hilo, cosió dos piezas de tela y, así, hizo un turbante francamente descomunal. Lo mismo ocurrió con la túnica, aunque, a decir verdad, ni hecha a medida le hubiera sentado bien. El Peregrino escogió un traje al azar y dijo a sus hermanos: - Es mejor que nos pongamos en seguida en camino. ¡Ah!, y a partir de ahora no uséis las palabras "maestro" ni "discípulo". - Entonces, ¿cómo vamos a llamarnos entre nosotros? - objetó Ba-Chie. - Eso, ciertamente, es un problema - reconoció el Peregrino -. De todas formas, haremos como si perteneciéramos a alguna asociación importante. Así, a nuestro preceptor le llamaremos el Gran Maestro Tang, tú serás el Tercer Maestro Chu, el Bonzo Sha ostentará el título de Cuarto Maestro Sha y yo seré conocido como el Segundo Maestro Sun. Aun así, cuando lleguemos a la posada, es mejor que vosotros no habléis. De eso me encargaré yo. En caso de que nos pregunten que a qué nos dedicamos, diremos que a la venta de caballos. El dragón blanco nos servirá de muestra. Les haremos creer que nuestra hermandad está constituida por diez miembros, pero que nos hemos adelantado nosotros cuatro con el fin de alquilar las habitaciones y vender este caballo. Estoy seguro de que el posadero nos recibirá con los brazos abiertos y nos tratará como a grandes señores. Cuando nos marchemos, cogeré unos trozos de ladrillo y se los entregaré como muestra de reconocimiento, después de haberlos transformado, claro está, en monedas de plata. Así no tendremos ningún problema en continuar tranquilamente nuestro viaje. Aunque no estaba muy de acuerdo con el plan, al maestro no le quedó otro remedio que disponerse a seguirlo. De esta forma, entraron en la ciudad. Afortunadamente aquélla era una comarca en paz y ni siquiera de noche, cuando se iniciaba la cuenta de las vigilias, se cerraban las puertas. Al llegar a la posada del señor Wang, oyeron gritos en el interior, que decían: - ¡Me han robado el turbante! - ¡A mí me ha desaparecido la ropa! - bramó otro más allá. Haciendo como que no sabía nada, el Peregrino se dirigió a otra posada que había justamente al lado. La lámpara de fuera permanecía todavía encendida y, llegándose hasta la puerta, preguntó el Peregrino: - ¿Os queda libre alguna habitación? - ¡Por supuesto que sí! - contestó desde dentro una mujer -. Suban al segundo piso, si no les importa. No había acabado de decirlo, cuando se presentó un hombre para hacerse cargo del caballo. El Peregrino no tuvo ninguna objeción en confiárselo. De esta forma, pudo conducir sin mayores problemas al maestro hasta la segunda planta del edificio, donde había unas cuantas mesas y sillas. Al abrir las ventanas, la luz de la luna penetró a raudales en la habitación y tomaron asiento. Alguien pidió que trajeran unas antorchas, pero el Peregrino se opuso, diciendo: - ¿Quién necesita luces con lo brillante que está esta noche la luna? Una doncella trajo, entonces, cuatro cuencos llenos de té y el Peregrino los aceptó de buena gana. Al poco rato se presentó una mujer de unos cincuenta y siete o cincuenta y ocho años y les preguntó: - ¿De dónde son ustedes y qué clase de mercancía es la que venden? - Somos del norte y nos dedicamos a la venta de caballos - contestó el Peregrino. - Muy bien - respondió la mujer -. No suele venir por aquí mucha gente que se dedique a ese tipo de negocios. - Éste - añadió el Peregrino - es el Gran Maestro Tang, ese otro el Tercer Maestro Chu y aquél de más allá, el Cuarto Maestro Sha. A mi me llaman el Segundo Maestro Sun. - Según veo, todos los apellidos son distintos - dijo la mujer, riendo. - En efecto - reconoció el Peregrino -, aunque la verdad es que vivimos juntos. De hecho, la hermandad a la que pertenecemos está constituida por diez miembros. Nos hemos adelantado nosotros cuatro para reservar las habitaciones. Los demás se han quedado fuera con los caballos. Son tantos, que no nos hemos atrevido a entrar con ellos en la ciudad a estas horas. Lo harán, mañana, cuando hayamos encontrado un sitio adecuado. Nos marcharemos en cuanto hayamos vendido los caballos. - ¿Cuántos caballos componen la yeguada que traéis? - preguntó la mujer. - Más de cien, contando los potrillos - explicó el Peregrino -. Todos son, poco más o menos, como el que hemos traído con nosotros. En lo único que se diferencian es en el color. - Se nota que sois un comerciante de primera - comentó la mujer, echándose a reír otra vez -. Habéis tenido suerte en venir aquí, porque en otra posada ni siquiera os hubieran recibido. Afortunadamente, en ésta disponemos de un gran patio con unos establos repletos de forraje. Aunque trajerais con vos varios cientos de caballos, podríamos hacernos cargo de todos. No os quepa la menor duda. No necesito deciros que este establecimiento es de los mejores que hay en la ciudad. Eso sin contar con que lleva muchísimo tiempo funcionando. Como mi difunto marido se apellidaba Chao, todo el mundo lo conoce como la Posada de la Viuda Chao. Aquí disponemos de tres clases de habitaciones y, si me permitís la inmodestia, me gustaría discutir primero de los precios, para evitar después posibles malentendidos. - Nos parece muy bien - se apresuró a comentar el Peregrino -. ¿Qué tres clases de habitaciones son esas de las que habláis? Como suele decirse, los precios de las mercancías se dividen en altos, medianos y bajos, pero no se trata lo mismo a los clientes que viven al lado de tu casa que a los que vienen de lejos. Si no os importa, nos gustaría saber qué diferencia hay entre esos tres tipos de pensión que ofrecéis aquí. - Para empezar - explicó la mujer -, las denominamos superior, mediana e inferior. Con la primera ofrecemos cinco platos diferentes, otras tantas clases de frutas, tarta de cabeza de león y dulces variados. En cada mesa se sientan únicamente dos personas y las viandas son servidas por dos muchachas, a las que se permite beber y retozar con los clientes. El precio total, incluida la habitación, es de cinco onzas de plata. - ¡Menuda ganga! - exclamó el Peregrino, echándose a reír - ¦ En el sitio del que venimos con cinco onzas no tendríamos ni para pagar a las muchachas. - Por lo que respecta a la pensión mediana - continuó explicando la viuda -, todos tendríais que sentaros en la misma mesa y únicamente se os servirían frutas y un poco de vino caliente. Podéis estar levantados hasta la hora que os dé la gana e incluso se os permite jugar a los chinos. El precio por persona es de dos onzas de plata. - ¡Eso todavía es más barato! - volvió a exclamar, más sorprendido aún, el Peregrino -. ¿Y la pensión inferior? - No me atrevo a describirla delante de unos huéspedes tan distinguidos como ustedes - se disculpó la mujer. - Vamos, no seáis así - la animó el Peregrino -. Para tomar una decisión, es preciso que conozcamos previamente todos los servicios que ofrecéis. ¿No os parece? - En fin, puesto que así lo desean... - concluyó la mujer -. Se trata de un tipo de pensión muy peculiar. De hecho, tienen que servirse ustedes mismos y la comida consiste en un caldero de arroz, del que pueden comer hasta hartarse. La cama consiste en un puñado de paja que pueden tirar en cualquier parte, antes de tumbarse a dormir sobre él. El precio apenas sí llega a unas cuantas monedas de cobre. A juzgar por su aspecto, ésta es la pensión menos apropiada para caballeros tan distinguidos como ustedes. - ¿Cómo que no? - protestó Ba-Chie -. Lo que siempre he deseado ha sido sentarme ante un caldero lleno de arroz y comer todo lo que me diera la gana. ¡Con la barriga llena soy capaz hasta de dormir encima de un ladrillo! - ¿Cómo puedes ser tan tacaño? - le reprendió el Peregrino -. Después de todo, últimamente hemos ganado una gran cantidad de onzas de plata. Creo que lo mejor será que nos quedemos con la pensión superior. - ¡Traed el té inmediatamente! - ordenó la mujer a unos criados, visiblemente satisfecha -. ¡Ah!, y que el cocinero se ponga inmediatamente a preparar los platos - y se lanzó escaleras abajo, gritando -: Matad los pollos y el pato y cocedlos con un poco de arroz. No os olvidéis tampoco del marrano y del cordero. Lo que sobre hoy se comerá mañana. Sacad también del mejor vino y harina para hacer galletas y tortas. - ¿Qué podemos hacer? - preguntó Tripitaka, al oír sus voces -. Va a matar los pollos, el pato, el marrano y el cordero. Cuando suba todo eso no podremos ni probarlo. ¿No te das cuenta de que hemos seguido desde siempre una dieta vegetariana? - Ya lo sé - respondió el Peregrino, tragando saliva, y se lanzó escaleras abajo -. Señora Chao - dijo, golpeando nerviosamente el suelo con el pie -, ¿os importaría subir un momento? - ¿Qué es lo que queréis? - preguntó la mujer, sorprendida. - Que, de momento, no matéis a todos esos animales - contestó el Peregrino -. De hecho, estamos siguiendo actualmente una dieta vegetariana. - ¿Una dieta vegetariana? - repitió la viuda, asombrada -. ¿La seguís todo el año o sólo durante algunos meses? - Ni una cosa ni la otra - respondió el Peregrino -. Nuestra dieta es muy especial y se basa en una combinación de los ciclos de la luna con otros datos atmosféricos muy precisos. El caso es que hoy es uno de esos días en los que no podemos probar la carne. Pero no os preocupéis, porque, a partir de la tercera vigilia, nos estará permitido comer de todo. Así que lo mejor que podéis hacer es dejar esos animales para mañana. Ahora id a prepararnos unos cuantos platos vegetarianos. Por el precio no tenéis que preocuparos. Os pagaremos lo que hemos convenido. Más contenta, incluso, que antes, la mujer se dio media vuelta y gritó, al tiempo que volvía a lanzarse, una vez más, escaleras abajo: - ¡No toquéis a los animales! ¡Sacad unas cuantas orejas de árbol, brotes de bambú de Fujian, "dou-fu", tortitas de trigo y unas pocas verduras del huerto! ¡Hay que preparar una sopa de productos de la tierra! ¡Ah!, y haced la masa para los bollos al vapor. No tiene que faltar, por supuesto, el mejor arroz blanco ni el té más aromático que haya en la casa. Los cocineros se metieron en la cocina y no tardaron en preparar un suculento banquete vegetariano, acostumbrados, como estaban, a cocinar todos los días esas cosas. Sin pérdida de tiempo subieron las viandas al segundo piso, junto con la tarta de cabeza de león y el resto de los dulces. - ¿También seguís la dieta con el vino? - preguntó la mujer. - Sólo el Gran Maestro Tang no bebe - contestó el Peregrino -. Los demás podemos tomar unas cuantas copulas. La misma viuda se encargó de traer una botella de vino caliente. Apenas habían acabado de servirse, cuando se oyeron unos golpes tremendos en la puerta de abajo. - ¡Qué pasa! - exclamó el Peregrino -. ¿Es que se ha caído alguien por las escaleras? - ¡Qué va! - respondió la mujer -. Son unos cuantos braceros que duermen abajo. Como no tengo suficientes sirvientes, les he pedido que vayan con los carros a por las muchachas que han de atenderos. Me figuro que habrán golpeado la puerta sin querer. Ya sabéis lo bruta que es la gente. - Os agradezco que hayáis sacado a relucir el tema, porque es mejor que no vayan - se apresuró a decir el Peregrino -. Cuando seguimos esa dieta, no podemos acostarnos con ninguna mujer. Además, aún no han llegado los seis hermanos que faltan y no está bien que nosotros nos divirtamos, mientras ellos se afanan con los caballos. Es mejor que esperemos a mañana para pasárnoslo bien con las muchachas. Para entonces habremos vendido ya los caballos y no tendremos ninguna preocupación en la cabeza. - ¡Menudo tipo más inteligente! - exclamó la viuda -. No sólo te ocupas de mantener la paz entre vosotros, sino que, encima, ahorras todas las fuerzas que puedes. - Se volvió a continuación hacia el hueco de la escalera y gritó -: ¡Volved a meter los carros! No es necesario que vayáis a por las muchachas. En cuanto hubieron terminado de comer, los criados recogieron la mesa y se marcharon. Tripitaka se llegó hasta donde estaba el Peregrino y le susurró al oído: - ¿Dónde vamos a dormir? - Aquí arriba, por supuesto - contestó el Peregrino. - Creo que no es el lugar más apropiado - comentó Tripitaka -. Todos estamos muy cansados. Si se le ocurre entrar a alguien de la posada y ve que tenemos la cabeza rapada, en seguida caerá en la cuenta de que somos monjes. Si se pone a gritar, nos creará una situación bastante complicada. - Tenéis razón - reconoció el Peregrino y volvió a salir a las escaleras. Pegó unos cuantos golpes con el pie y al punto apareció la viuda. - ¿Qué queréis ahora, Maestro Sun? - preguntó, solícita. - Preguntaros que dónde vamos a dormir - respondió el Peregrino. - Ahí arriba, por supuesto - afirmó la viuda -. No hay mosquitos y podéis abrir las ventanas, si así lo deseáis. Además, por la noche sopla la brisa del sur y podréis dormir a vuestras anchas. De hecho, vuestro cuarto es el mejor de toda la posada. - Lo siento mucho, pero aquí arriba no podremos pegar ojo - objetó el Peregrino, muy serio -. Para empezar, al Tercer Maestro Chu no le sienta bien la humedad. El Cuarto Maestro Sha tiene artritis en los hombros, el Gran Maestro Tang no puede dormir con luz y yo no puedo hacerlo si la oscuridad no es total. La mujer volvió a bajar las escaleras y, apoyándose en el mostrador, suspiró desalentada. Al verla tan abatida, se le acercó una de sus hijas, que estaba criando un niño, y le dijo: - Como muy bien afirma el proverbio, "para poder sentarte en una playa, tienes que dejar atrás por lo menos diez". Como hace tanto calor, apenas vienen viajeros por aquí, pero después del otoño esto se llena, como si fuera un mercado. ¿A qué vienen esos suspiros? - No me preocupo por la marcha del negocio - confesó la mujer -, sino porque esta noche, a eso de la primera vigilia, se han presentado cuatro tratantes de ganado y, a pesar de que han elegido la pensión superior, creo que no voy a hacer tanto dinero como había pensado. Juzga, si no, por ti misma: no prueban la carne y les dan miedo las mujeres. ¿No te parece ésa suficiente razón para suspirar? - ¿Qué te impide ganar lo que has calculado? - objetó la hija -. El arroz se lo han comido, ¿no? Pues ya no pueden ir a otra posada. Además, mañana les das la carne y asunto concluido. - El caso es que no sólo es eso - recalcó la mujer -. Todos parecen estar enfermos. El que no tiene reuma le hace daño la luz e insisten en pasar la noche en un lugar más oscuro. El problema es que nuestros techos sólo tienen una capa de tejas y la luz se filtra por ellas. ¿Dónde voy a meterles, si ninguna de nuestras habitaciones está oscura? Pensándolo bien, lo mejor será que les regale lo que han comido y que se vayan a otra posada. - No os rindáis tan pronto, por favor - dijo la hija -. Disponemos de un lugar seco y completamente oscuro. Que duerman allí, si es eso lo que quieren. - ¿Te importaría decirme dónde está? - preguntó la mujer, sorprendida. - ¿No te acuerdas? - replicó la hija -. Cuando padre vivía, hizo un armario de metro y medio de ancho por dos y pico de largo y uno de alto. Dentro de él pueden dormir muy a gusto seis o siete personas. ¿Por qué no les decís que pasen la noche allí? - No sé si aceptarán - contestó la mujer -. De todas formas, por probar no se pierde nada. ¡Eh, Maestro Sun! - dijo, levantando la voz -. Me temo que esta indigna posada no es lo suficientemente grande ni oscura para hombres de vuestra categoría. De todas formas, dispongo de un lugar en el que no entra ni un solo rayo de luz. Ahora, no sé si estaréis dispuestos a pasar en él la noche, porque se trata de un armario. ¿Qué os parece? - ¡Fantástico! ¡Realmente fantástico! - respondió a toda prisa el Peregrino. Los braceros trajeron el armario y lo pusieron en el piso de abajo. Después de quitarles las puertas, dijeron a los falsos tratantes de ganado que podían bajar a dormir. El Peregrino fue el primero en entrar, seguido del maestro y del Bonzo Sha, que, como siempre, iba con el equipaje. Ba-Chie, por su parte, se coló dentro, sin encomendarse absolutamente a nadie. Más seguro de sí mismo, el Bonzo Sha le entregó el equipaje y ayudó al Monje Tang a acomodarse. Cuando vio que todo estaba dispuesto, el Peregrino volvió a salir y preguntó: - ¿Dónde está el caballo? - Está comiendo en la parte de atrás de la casa - contestó uno de los criados. - Pues id a por él y atadlo junto al armario - ordenó el Peregrino, volviéndose a meter -. ¡Señora Chao! - gritó desde dentro -. Poned otra vez las puertas y cerradlas bien. Si no os importa, mirad a ver si hay algún agujero por el que pueda filtrarse la luz y tapadlo con un trozo de papel. Mañana por la mañana no os olvidéis de venir a sacarnos de aquí temprano. - Según se ve, sois demasiado escrupuloso con todo lo vuestro - dijo la viuda, sonriendo y, después de cerrar las puertas, se retiraron todos a dormir, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los cuatro que se encontraban en el interior del armario, que lo estaban pasando francamente mal, porque no estaban acostumbrados a llevar turbantes y, además, hacía un calor francamente insoportable. Por si eso fuera poco, no corría nada de aire, porque todos los agujeros estaban tapados. Con no poca dificultad consiguieron quitarse finalmente las ropas y los turbantes, pero con sus ridículas gorras de monjes apenas sí podían abanicarse. Amontonados unos encima de los otros, sólo pudieron empezar a conciliar el sueño bien entrada la segunda vigilia. El Peregrino, sin embargo, no estaba dispuesto a dejar pasar aquella ocasión de divertirse y, como, de hecho, era el único que no podía dormir, alargó la mano y dio a Ba-Chie un pellizco en la pierna. El Idiota dio en seguida una patada y farfulló: - Vete a dormir, de una vez. ¿Es que no puedes dejarme tranquilo? ¡No comprendo cómo puede gustarte tanto pellizcar a la gente en las piernas y en los brazos! - Al principio - empezó a calcular en voz alta el Peregrino a posta - disponíamos de cinco mil libras de plata. Como vendimos algunos caballos por otras tres mil, nos quedan todavía en la bolsa alrededor de cuatro mil. La venta de la yeguada nos proporcionará mañana tres mil libras más, con lo que tenemos asegurados el capital y una ganancia bastante sustanciosa. ¿Para qué pedir más? Eso es más que suficiente. Ba-Chie estaba tratando por todos los medios de conciliar el sueño y no se molestó en contestarle. Pero los sirvientes, los aguadores y todos los que atendían aquella posada pertenecían a una banda de ladrones y, al oír hablar al Peregrino de tan desorbitada cantidad de plata, fueron a buscar a otros veinte ladrones más con el fin de robar a aquellos prósperos tratantes de caballos. Al entrar con las antorchas y las porras, la viuda Chao y su hija tuvieron la mala fortuna de cruzarse con ellos y se refugiaron a toda prisa en sus aposentos, desentendiéndose totalmente de lo que pudiera ocurrir. A los bandidos sólo les interesaban los huéspedes y las dejaron tranquilas. La cosa, sin embargo, se complicó, porque los buscaron por todas partes y no pudieron dar con ellos. Tras revolver de arriba abajo el segundo piso, llegaron al patio, donde encontraron un armario realmente enorme con un caballo atado a una de sus patas. Para colmo de sospechas, estaba firmemente cerrado y, por más que lo intentaron, no consiguieron arrancarle las puertas. Eso les hizo decirse: - Personas como nosotras por fuerza tienen que ser muy observadoras. Si un armario tan pesado está cerrado con tanto esmero, es porque dentro tiene que haber cosas de muchísimo valor. ¿Qué os parece si robamos el caballo, sacamos el armario fuera de la ciudad, lo abrimos y dividimos entre todos lo que contenga? Sin pérdida de tiempo, los bandidos se armaron de cuerdas y poleas y se dispusieron a sacarlo de la posada. Con el movimiento Ba-Chie se despertó y se quejó, diciendo: - ¿Por qué no te duermes, de una vez? ¿Qué es lo que pretendes conseguir sacudiéndonos de esta forma? - ¡Cuidado que dices tonterías! - se defendió el Peregrino -. ¿Se puede saber quién te está sacudiendo? - ¡Quién ha cargado con el armario! - exclamaron, a su vez, Tripitaka y el Bonzo Sha, despertándose, aterrados. - ¿No podéis hablar un poco más bajo? - les urgió el Peregrino -. ¡Ojalá nos lleven así todo el camino hasta el Paraíso Occidental! Eso nos evitaría tener que andar por esos senderos de mala muerte. Pero, al salir de la posada, en vez de dirigirse hacia el Oeste, los bandidos salieron por la puerta oriental de la ciudad, viéndose obligados a matar a los soldados que estaban montando la guardia. Tan desafortunado incidente terminó alertando a todos los habitantes de los seis barrios y los tres mercados, entre los que se hallaban no pocos militares. Inmediatamente se personaron en el palacio del comandante encargado de la defensa de la zona este de la ciudad e informaron puntualmente de lo ocurrido. Aquél era un asunto que caía de lleno bajo su responsabilidad. Sin pérdida de tiempo hizo formar a los arqueros y a los guerreros a caballo y les ordenó salir de la ciudad en persecución de los bandidos. Al darse cuenta éstos del gran contingente de tropas que los seguían, renunciaron a la lucha y abandonaron a su suerte el armario y al caballo blanco. Se dispersaron a tal velocidad, que los soldados no pudieron echar mano ni a uno solo de ellos. De todas formas, cargaron con el armario y regresaron, victoriosos, a la ciudad. Al pasar por un lugar iluminado, el comandante vio que el caballo era realmente un ejemplar único. Poseía una melena tan brillante que parecía estar formada por hilos de plata y su cola caía con tal elegancia que daba la impresión de estar hecha de jade. ¿Para qué hablar de la nobleza de los Ocho Dragones? 3 Su trote lento superaba en perfección al del mismísimo Se-Hsiang. Se notaba que sus huesos estaban hechos de oro puro y que era capaz de perseguir al viento a lo largo de más de diez mil kilómetros. Disponía de fuerza suficiente para llegar a las cumbres de las montañas y pacer sobre las verdes nubes, al tiempo que lanzaba relinchos a la luna. Su blancura poseía la belleza de la nieve. Era, en definitiva, la imagen arquetípica de un dragón que hubiera abandonado las islas o de ese unicornio de jade que los hombres tanto desean poseer. La impaciencia del comandante por montar aquella maravilla era tal, que no esperó a entrar en la ciudad. Ante las murallas cambió de cabalgadura y ordenó a los soldados que llevaran el armario a su palacio, donde él mismo lo selló con sus propias manos. No contento con eso, encargó a un grupo de guardias que lo custodiaran hasta que hubiera salido el sol. Para entonces se habría presentado ya ante el rey le habría hecho entrega del correspondiente informe y habría recibido los parabienes de su majestad, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang, que empezó a quejarse de su suerte al Peregrino, diciendo: - ¡Maldito mono! Por tu culpa estoy ahora a punto de perder la vida. Si no nos hubiéramos metido en este armatoste, aun en el caso de ser atrapados y conducidos ante el soberano de este Reino Destructor del Dharma, nos las habríamos arreglado para ofrecerle alguna explicación plausible y salir bien parados de ésta. Ahora, sin embargo, todo se ha acabado. ¿Qué vamos a decirle después de habernos encerrado en un armario, ser secuestrados por unos bandidos y recibir la libertad de manos de las propia fuerzas que van a ajusticiarnos? Todo esto es demasiado complicado para que nos crea. Nos convertiremos en sus víctimas y, así, logrará alcanzar el número de monjes asesinados que se ha propuesto. - Ahí fuera hay gente ahora - respondió el Peregrino -. Si salimos ahora, nos colgarán sin ninguna consideración o, cuando menos, nos cargarán de cadenas. Si no queremos pasar por eso, tenemos que mostrarnos más pacientes. Cuando nos conduzcan mañana ante el rey, sabré qué responderle, no os preocupéis por eso. Os prometo que no sufriréis ningún daño. Ahora tranquilizaos y procurad dormir un poco. Pese a todo, a eso de la tercera vigilia, el Peregrino sacó la barra de hierro, le exhaló una bocanada de aliento inmortal y gritó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en un pieza de hierro de tres puntas, muy apta para hacer agujeros. Con ella hizo un pequeño agujero en el suelo del armario. Sacudió después ligeramente el cuerpo y, convirtiéndose en una hormiga, salió tranquilamente de su encierro. En cuanto se sintió libre, recobró la forma que le era habitual y se elevo por los aires, con el fin de echar un vistazo al palacio imperial. El rey dormía plácidamente en su lecho. Valiéndose de la magia de la división corporal y de la concentración divina, se arrancó todos los pelos del brazo izquierdo y, soplando sobre ellos, gritó: - ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en unos Peregrinos de pequeño tamaño. Volvió a hacer lo mismo con los pelos del brazo derecho y se metamorfosearon en unos insectos productores de sueño. No contento con eso, recitó el conjuro que empieza por la letra Om y al punto se presentaron ante él los espíritus protectores de aquel lugar, a los que encargó que distribuyeran a los Peregrinos de pequeña estatura por el palacio imperial, el centro de mando de los cinco ejércitos, los seis ministerios y las moradas de todos los funcionarios, tanto de los de rango mayor como de los que apenas contaban en la corte. A cada uno de ellos habían de administrarle un insecto productor de sueño, de manera que no pudieran despertarse ni aunque se hiciera sonar un tambor junto a sus cabezas. En cuanto hubo impartido esas instrucciones, sacudió ligeramente la barra de los extremos de oro y exclamó: - ¡Transfórmate! Al instante se convirtió en cientos de miles de cuchillas de afeitar. Se las entregó a los Peregrinos de pequeño tamaño y les ordenó que recorrieran el palacio, los cuarteles y los ministerios y afeitaran al rape las cabezas de todos los que encontraran. El soberano de aquel reino se había propuesto acabar con el dharma, que llena el universo entero y abarca hasta el mismísimo Tao. De la misma forma que todas las manifestaciones del Triyana son idénticas, la sustancia del dharma es una en su infinita variedad. La verdad empezó a ser conocida, en cuanto al armario de jade se le hizo un agujero. De hecho, la ceguera comenzó a disiparse, una vez que los pelos de oro tomaron posiciones en el lugar que les había sido asignado. Con eso estaba asegurado que el señor del Reino Destructor del Dharma volvería al camino recto y habitaría en el vacío de quien no conoce ni el nacimiento ni la muerte. Los Peregrinos estuvieron más de media noche afeitando la cabeza a todo el que veían. En cuanto hubieron concluido la tarea que les había sido encomendada, el Gran Sabio despidió a los espíritus protectores y, sacudiendo una sola vez el cuerpo, recobró todos los pelos de los dos brazos. Apretó seguidamente una de las cuchillas de afeitar y la barra de los extremos de oro recobró la forma que siempre había tenido. Satisfecho, el Peregrino la redujo al tamaño de una simple aguja de bordar y se la metió tranquilamente en la oreja. Para entrar en el armario, no le quedó, pues, más que metamorfosearse en una hormiga y colarse tranquilamente por el agujero que él mismo había hecho. El monje Tang se sintió, de esta forma, más seguro, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de todas las doncellas que prestaban sus servicios en el harén principal y en las dependencias de las concubinas. En cuanto apareció el sol por el horizonte, se fueron a lavar y comprobaron, horrorizadas, que habían perdido sus espléndidas cabelleras. Los eunucos, tanto los jóvenes como los de más edad, estaban también calvos. Aun así, corrieron a los aposentos de la pareja imperial y empezaron a tañer sus instrumentos, para que la música los arrancara de la despreocupación del sueño. Las lágrimas caían a raudales por sus mejillas, temerosos de lo que pudiera ocurrirles. Pero lo más sorprendente fue que, al levantarse, ¡la emperatriz descubrió, igualmente, que le faltaba el pelo! A toda prisa hizo traer unas lámparas y se dirigió a la cama del dragón. Allí, envuelto en sábanas de seda, ¡yacía un monje totalmente calvo! La reina empezó a chillar y sus gritos despertaron al rey, que se quedó de piedra, al ver a su esposa sin un solo cabello en la cabeza. Sentándose a toda prisa, preguntó en tono severo: - ¿Se puede saber por qué os habéis cortado el pelo? - Eso mismo quería preguntaros yo - contestó la reina. Su majestad se llevó en seguida la mano a la cabeza y, al ver que la tenía tan monda y lironda como su esposa, exclamó, temblando: - ¡¿Qué nos ha sucedido?! Para entonces la desesperación se había apoderado de todas las concubinas, doncellas y eunucos, que, postrándose de hinojos ante sus majestades, gritaron, angustiados: - ¡De la noche a la mañana todos nos hemos convertido en monjes! - Esto - dijo el rey con los ojos anegados por las lágrimas - debe de ser el castigo por haber hecho matar a tantos. Os prohíbo - añadió en un tono más sereno - que habléis con nadie de lo ocurrido, pues es posible que algunos de los funcionarios aprovechen la ocasión para criticar mi forma de gobierno. Si no os importa, desearía celebrar las audiencias, como si nada hubiera ocurrido. Mientras tenía lugar esta conversación, en los ministerios y en los cuarteles se desarrollaba una actividad frenética, pues todo el mundo acababa de descubrir que estaba calvo y se hallaba redactando el correspondiente informe para el emperador. Se sentían como si les hubieran zurcido el rostro con un látigo, pues no sabían a qué atribuir la causa de tan desazonante como extraño fenómeno. No sabemos de momento qué ocurrió a la mercancía que el comandante del sector oriental había arrebatado a los bandidos. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第085回 EL MONO DE LA MENTE ENVIDIA A LA MADRE MADERA. EL DEMONIO URDE UN PLAN PARA DEVORAR AL ZEN Decíamos que el rey celebró por la mañana su audiencia habitual, en la que todos los funcionarios, tanto militares como civiles, presentaron sus respectivos informes. Antes de hacerlo, sin embargo, tuvieron la osadía de pedir a su majestad: - Disculpadnos por presentarnos ante vos de una manera tan incorrecta. - ¿Por qué me hacéis semejante petición? - preguntó el rey, sorprendido -. Que yo sepa, no veo nada en vosotros distinto de los demás días. Muertos de vergüenza, todos confesaron que habían perdido el pelo durante la noche. Vivamente emocionado, el rey se levantó del trono del dragón y confesó a sus atónitos súbditos: - Todos los miembros y sirvientes de mi familia también han amanecido así. Lo más preocupante es que no sabemos a qué obedece tan desconcertante fenómeno. - Las lágrimas empezaron a brotar copiosas de sus ojos y ordenó -: De ahora en adelante queda totalmente prohibido matar monjes. Después de tomar asiento en el trono del dragón, todos los ministros se retiraron al sitio que tenían asignado y oyeron, respetuosos, decir al soberano: - Si alguno de vosotros tiene algo que informar a esta corte, que se adelante y nos lo haga saber. De lo contrario, mandaré enrollar las cortinillas y esta audiencia quedará clausurada. De entre el grupo de funcionarios militares se destacó el comandante encargado de la defensa del sector oriental de la ciudad, que comunicó lo siguiente: - En cumplimiento de vuestras órdenes, estos humildes servidores de la corona salimos anoche a patrullar los alrededores y conseguimos recobrar un armario muy pesado y un espléndido caballo blanco. No atreviéndonos a tomar una decisión sobre su posible destino, os suplicamos que dispongáis libremente de ellos. - Traed a nuestra presencia ese armario y ese caballo de los que habláis - ordenó el rey, visiblemente complacido. Sin pérdida de tiempo, el comandante regresó a su palacio y ordenó a los soldados que cargaran con el armario. En cuanto sintió el movimiento, se apoderó de Tripitaka tal terror, que por poco no pierde el espíritu. - ¿Qué vamos a decir, cuando nos hallemos en presencia del rey? - preguntó a sus discípulos, vivamente preocupado. - Dejad de dar vueltas a eso, por favor - le urgió el Peregrino, soltando la carcajada -. He hecho unos cuantos preparativos que nos allanarán el camino. Ya lo veréis. En cuanto abran el armario, se inclinarán ante nosotros y nos tratarán como a grandes maestros. Es conveniente que Ba-Chie no se sobrepase, como suele hacer siempre. Le gusta demasiado ser el primero en todo. - No, ciertamente, para ir al cadalso - replicó Ba-Chie -. ¡Menuda suerte es ésa de morir ejecutado! No había acabado de decirlo, cuando los soldados que los llevaban llegaron al Palacio Imperial. Sin pérdida de tiempo condujeron directamente el armario a la Torre de los Cinco Fénix y lo colocaron sobre los escalones de color rojo. Los ministros suplicaron al rey que mostrara a todos lo que contenía y él, a su vez, ordenó al comandante que abriera tan inesperado tesoro. En cuanto se abrieron las puertas, Chu Ba-Chie no pudo contener la impaciencia y saltó fuera del incómodo lugar en el que acababa de pasar la noche. Todos los funcionarios se quedaron mudos de terror. Su asombro alcanzó límites insospechados, cuando vieron aparecer detrás de él al monje Tang, ayudado por el Peregrino, y al Bonzo Sha, que no se separaba en ningún momento del equipaje. Lo primero que llamó la atención de Ba-Chie fue el comandante con el caballo y, llegándose hasta él, le arrebató las riendas, gritando: - ¡Este caballo es nuestro! ¡Devuélvenoslo en seguida! El comandante se llevó tal susto, que se cayó de culo, como si fuera un muñeco. El rey se percató de que eran monjes budistas y, levantándose a toda prisa del trono del dragón, pidió a las concubinas y a todos sus servidores que abandonaran el Salón de los Carillones de Oro y fueran a darles la bienvenida. - ¿De dónde sois? - les preguntó el rey con inesperado respeto. - Hemos sido enviados por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este - contestó Tripitaka -, al Monasterio del Trueno, en el Oeste, para conseguir las escrituras de Buda. - Si venís desde tan lejos - objetó el rey -, ¿cómo habéis escogido un armario para pasar la noche? - Vuestro humilde servidor - confesó Tripitaka - estaba al tanto de vuestro juramento para acabar con todos los monjes con que os toparais. Por eso, decidimos hacernos pasar por comerciantes y fuimos a una de vuestras muy dignas posadas a descansar de las penalidades del camino. Como, a pesar de todo, temíamos que alguien pudiera reconocernos, optamos por encerrarnos en un armario. Desgraciadamente fue robado por unos bandidos, aunque después nos cupo la suerte de ser rescatados por uno de vuestros esforzados comandantes. Eso explica que nos encontremos ahora aquí disfrutando del inmerecido honor de contemplar el rostro de dragón de vuestra majestad. Para nosotros es como si las nubes se hubieran abierto y, de pronto, hubiera aparecido la maravilla cotidiana del sol. Suplicamos de vuestra generosidad, ancha como el mismo mar, que nos otorguéis el perdón y nos permitáis continuar nuestro camino. - Vos sois un monje perteneciente a un imperio mucho más poderoso que el nuestro - replicó el rey -. Nos correspondería, por tanto, a nosotros pediros disculpas por no haberos concedido la bienvenida que merecéis. El motivo por el que juré acabar con todos los monjes con los que me topara se remonta a tiempo atrás, cuando fui calumniado por ciertos bonzos indignos. Si escogí el número diez mil, fue porque, al expresar perfección, pensé que eso agradaría más a los Cielos. Lo que menos sospechaba yo entonces es que todos íbamos a terminar siendo monjes, pues, como muy bien podéis apreciar, tanto mis funcionarios y concubinas como yo mismo hemos perdido el cabello de la noche a la mañana. Os suplicamos, pues, confiando en vuestra infinita virtud, que nos aceptéis como discípulos. - Si es eso lo que deseáis - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -, ¿dónde están los regalos que exige una situación tan solemne? - Por eso no os preocupéis - contestó el rey -, porque estamos dispuestos a poner a vuestros pies todas las riquezas de este reino. - No habléis de riquezas, por favor - le urgió el Peregrino -, porque nosotros somos monjes que nos tomamos en serio nuestro estado. Lo único que deseamos es que nos selléis los documentos de viaje y nos permitáis atravesar vuestros dominios. Os aseguramos que con eso vuestro reino gozará de seguridad para siempre y vos mismo disfrutaréis de una larga y próspera vida. El rey ordenó al encargado de las fiestas y celebraciones imperiales que preparara un banquete y, echándose rostro en tierra, tanto él como todos sus súbditos, regresaron al camino del Único. No hubo ninguna objeción a la hora de firmar el documento de viaje. Es más, antes de dejarlos partir, pidió a los caminantes que cambiaran el nombre de aquella ciudad. - Creemos - explicó el Peregrino - que Reino del Dharma es, en verdad, un nombre adecuado. Únicamente desentona con la prosperidad que aquí se respira eso de "Destructor". Puesto que el camino nos ha conducido directamente hasta aquí, os aconsejaríamos que adoptarais para siempre el nombre de Reino Respetuoso del Dharma. Si así lo hacéis, os garantizamos que las aguas de los mares y los ríos jamás se desbordarán sobre vuestras tierras y la lluvia y el viento soplarán en sazón. Después de darles las gracias, el rey ordenó preparar un cortejo y toda la corte salió a las afueras de las ciudad a despedir a los peregrinos. De esta forma, pudieron continuar tranquilamente su periplo hacia el Oeste. El soberano y sus súbditos jamás volvieron a descarriarse, permaneciendo fieles a la verdad y a la práctica de la virtud, por lo que no volveremos a hablar más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del maestro, que, en cuanto hubo dejado atrás el Reino Respetuoso del Dharma, se volvió hacia Wu-Kung y le dijo, visiblemente satisfecho: - Esta vez has hecho un trabajo realmente excelente. Se me antoja que, por eso mismo, el mérito esta vez es mayor. - ¿De dónde sacaste tantos barberos para afeitar a tanta gente en mitad de la noche? - preguntó el Bonzo Sha. El Peregrino contó, entonces, cómo se había metamorfoseado y el uso que había hecho de sus poderes mágicos. Eso hizo reír de tal manera al maestro y a sus dos discípulos, que las carcajadas no les dejaron cerrar la boca durante más de media hora. Cuando más contentos estaban, vieron delante una montaña altísima y, tirando a toda prisa de las riendas, preguntó el monje Tang, alarmado: - ¿Habéis visto lo escarpada que parece esa montaña? No estaría de más que tomáramos todas las precauciones que pudiéramos. - Tranquilizaos, maestro - dijo el Peregrino, riéndose todavía -. Deberíais saber que conmigo a vuestro lado no puede pasaros nada grave. - ¡Siempre dices lo mismo! - se quejó Tripitaka -. Hasta desde aquí se ve claramente que la cumbre es muy difícil de alcanzar. Eso sin contar con esa especie de vapores que parecen surgir de ella. Siento tal pánico, pensando en lo que nos espera, que todo el cuerpo se me paraliza. - ¿Tan pronto habéis olvidado el Sutra del Corazón, que os enseñó el Maestro Zen del Nido del Cuervo? - preguntó el Peregrino con la risa todavía en los labios. - ¡Por supuesto que todavía lo recuerdo! - respondió Tripitaka. - Es posible que recordéis el sutra - concedió el Peregrino -. Pero estoy seguro de que habéis olvidado cuatro de sus líneas más importantes. - ¿A qué líneas te refieres? - volvió a preguntar Tripitaka. - Esas que dicen: "No busquéis a Buda en la lejana Montaña del Espíritu, porque ésta está presente en vuestra mente. En el interior de cada hombre existe una Pagoda de la Montaña del Espíritu, en la que el Gran Arte debe purificarse de continuo". - ¿Cómo puedes creer que no estoy al tanto de esa doctrina? - se quejó Tripitaka -. Según esas cuatro líneas, las escrituras únicamente propugnan el cultivo de la mente. - No hay la menor duda sobre ello - contestó el Peregrino -. De hecho, cuando la mente se ha purificado, brilla como una lámpara, y, cuando ha alcanzado un cierto grado de seguridad, llegan a comprenderse todos los fenómenos del mundo. El error más pequeño es capaz de hacer impracticable el camino, imposibilitando alcanzar la meta en más de diez mil años. Si se quiere ver aparecer de pronto el Monasterio del Trueno, es preciso mantenerse siempre alerta y obrar en todo momento con la más absoluta sinceridad. Es preciso, por tanto, que no os atormentéis con esos miedos y temores, pues el Camino parece, entonces, desdibujarse y el Monasterio del Trueno se aleja cada vez más. Seguidme y no penséis más en esas cosas. Al oír esas palabras, el espíritu y la mente del Peregrino recibieron un nuevo empuje y desaparecieron todas sus preocupaciones. Continuaron caminando y no tardaron en alcanzar las primeras estribaciones de la montaña. Vista de cerca, se trataba de un lugar francamente singular, en el que tenían cabida todos los colores que puedan imaginarse. Las nubes flotaban sin rumbo por encima de su cumbre, como queriendo proteger a los árboles, cuyas sombras se perdían entre los acantilados. Los pájaros chillaban escondidos entre el verdor de sus copas, temerosos, tal vez, de las bestias salvajes que se movían entre los matorrales. Mientras por las laderas se extendían bosques impenetrables de pinos, en la cima solamente se veían unos cuantos mazos de bambúes. Por doquier se oían gruñidos de lobos y rugidos de tigres que se peleaban entre sí por un bocado de comida. Los simios de larga cola los miraban con cierto desprecio, cuando se dirigían en busca de fruta fresca. Las manadas de ciervos, por el contrario, parecían empeñadas en alcanzar la cumbre, pisoteando la diminuta delicadeza de las flores silvestres. Se confundía el sonido del viento con el murmullo de los arroyos y los torrentes, en cuyas orillas desgranaban su canto legiones de pájaros escondidos. En algunos puntos llamaba la atención el enmarañamiento de las enredaderas y las lianas. Las orquídeas ponían una nota de delicadeza en aquel abrupto paisaje de rocas con formas extrañas y precipicios tan lisos como muros. Familias de zorros vagaban de continuo de un lugar para otro bajo la atenta mirada de los monos, que contemplaban su marcha escondidos entre los árboles. Los pocos caminantes que se aventuraban a cruzar aquellos parajes por fuerza tenían que encontrar extremadamente duro el ascenso. El maestro y los discípulos tomaron todo tipo de precauciones, pero no fueron suficientes, porque, cuando más empinado era el camino, oyeron el ulular de un viento tan recio, que Tripitaka exclamó, asustado: - ¡Se está levantando un huracán! - ¿A qué vienen tantos temores? - preguntó el Peregrino -. A cada estación le corresponde un tipo de viento distinto. El de la primavera es templado, caliente el del verano, procedente del oeste el del otoño y del norte el del invierno. - Todo lo que quieras - replicó Tripitaka -, pero ése sopla con demasiada fuerza para tener un origen natural. - Desde siempre el viento ha surgido de la tierra y las nubes se han originado detrás de las montañas - explicó el Peregrino -. ¿Qué os hace pensar que el que ahora se levanta no sea natural? No había acabado de decirlo, cuando se formó ante sus mismas narices un denso banco de niebla, que, en un abrir y cerrar de ojos, nubló los cielos y sumió a la tierra en una oscuridad total. Parecía como si el sol hubiera perdido, de pronto, su luz. Los pájaros dejaron de cantar y corrieron a refugiarse en sus nidos. Era como si hubiera retornado la época del Caos o el aire se hubiera transformado en una masa de polvo impenetrable. Los árboles cercanos a la cumbre desaparecieron por completo de la vista y los caminantes pensaron en la difícil situación en que debían de encontrarse los buscadores de hierbas. - ¿Cómo es posible que se forme una niebla tan espesa, cuando el viento no ha dejado todavía de soplar? - preguntó Tripitaka, volviéndose, cada vez más preocupado, hacia Wu-Kung. - No lo sé - reconoció el Peregrino -. De todas formas, no es conveniente adelantar conclusiones. Lo mejor será que desmontéis y os quedéis aquí, mientras yo voy a ver si se trata de algo peligroso o no. En seguida se elevó hacia lo alto y, haciéndose visera con una mano, abrió cuanto pudo sus ojos de fuego y oteó la distancia con sus pupilas de diamante. Fue así como descubrió a un monstruo sentado en el borde de un despeñadero. Poseía un cuerpo sumamente robusto y tintado de una gran variedad de colores. Su altura no tenía nada que envidiar a la de la montaña y sus dientes, apenas entrevistos a través de unos labios de forma cuadrada, parecían piezas afiladas de acero. Su nariz, por el contrario, aguileña y bien moldeada, daba la impresión de estar hecha de jade. Sus ojos emitían tal fulgor, que, al verlo, las bestias y las aves huían en busca de refugio. Su barba era blanca como la plata y tan fuerte como agujas de un grosor desmesurado. Sentado de cara al vacío, mostraba su gran poderío provocando un viento huracanado y arrojando por la boca un manto de niebla espesísima. A cada uno de sus lados había no menos de treinta o cuarenta diablillos, contemplando, asombrados, cómo escupía la neblina y exhalaba el huracán. - ¡Vaya con el maestro! - se dijo el Peregrino, sonriendo -. Parece que sus poderes van aumentando por momentos. Decía que no se trataba de un viento natural y así ha resultado en realidad. Si le atizara a ese monstruo un golpe con la barra de hierro, sería como machacar un ajo. Por supuesto que acabaría con él, pero mi fama se vería peligrosamente mermada. Como era valiente en extremo, jamás había asestado ningún golpe por la espalda. - Será mejor que regrese junto al maestro y se lo diga a Ba-Chie - pensó, una vez más -. Que venga él, si quiere, a pelear contra ese monstruo. Tiene la fuerza suficiente para derrotarle. Si no lo consigue, acudiré en su ayuda. Eso acrecentará aún más mi fama. Pero espera un momento, le gusta demasiado la vida tranquila y siempre se niega a dar el primer paso. Lo único capaz de arrancarle de su quietismo es la comida. Voy a gastarle una broma a ver cómo reacciona. Sin pérdida de tiempo descendió de lo alto y se dirigió hacia Tripitaka, que le preguntó: - ¿Qué hay de ese viento y de esa niebla? - ¿Por qué lo preguntáis? - respondió el Peregrino -. Apenas si queda rastro de ellos. - Tienes razón - reconoció Tripitaka -. Parece que han amainado substancialmente. - Aunque tengo una vista muy buena - mintió el Peregrino -, creo que esta vez he cometido una equivocación, porque pensé que podría tratarse de un monstruo y al final no ha sido así. - ¿Qué quieres decir? - inquirió Tripitaka. - Que hay un pueblo un poco más adelante - añadió el Peregrino - y, según he podido comprobar, las personas que lo habitan siempre están pensando en hacer obras buenas. Ahora, sin ir más lejos, se encuentran cociendo arroz y amasando bollos para los monjes. Es posible que la niebla fuera, en realidad, parte del vapor que dejaban escapar sus pucheros, una señal, en definitiva, de obrar el bien en todo momento. Ba-Chie creyó que era verdad y, llevando aparte al Peregrino, le preguntó, muy bajito: - ¿Comiste algo con ellos antes de venir para acá? - No mucho, la verdad - mintió el Peregrino -. Las verduras estaban un poco saladas para mi gusto. - ¡Bah!, y ¿eso qué importa? - exclamó Ba-Chie -. Yo, en tu lugar, hubiera acabado con todas. Después hubiera bebido un poco de agua y asunto concluido. - ¡No me digas que tienes hambre! - replicó el Peregrino. - Yo siempre tengo hambre - confirmó Ba-Chie -. Me gustaría ir a comer un poco a ese lugar del que hablas. ¿Qué te parece si hago una escapadilla? - ¡Ni se te ocurra! - le regañó el Peregrino -. Como muy bien afirma un libro antiguo, "cuando el padre se halla presente, el hijo no debería obrar según su propio criterio" 2. ¿Quién va a atreverse a ir, estando aquí el maestro? - No hables tan alto - le urgió Ba-Chie, riéndose -. Yo mismo estoy dispuesto a hacerlo ahora mismo. - Si estuviera en tu lugar, no lo haría - dijo en tono severo el Peregrino -. Imagina que el maestro te viera. La inteligencia del Idiota únicamente funcionaba a pleno rendimiento, cuando había por medio algo de comer. Se llegó, pues, hasta donde estaba Tripitaka e, inclinándose ante él, dijo: - Según acaba de contar Wu-Kung, en el pueblo de ahí delante hay unas cuantas familias dispuestas a darnos de comer, pero no así al caballo, que lo único que hará será molestar a esa buena gente. ¿No os parece que ir a por heno y echárselo a brazadas en el establo es una tarea francamente penosa? Creo que, ahora que el cielo ha aclarado y el viento y la niebla han amainado del todo, no estaría de más que fuera a buscar un poco de hierba tierna. Así ganaríamos tiempo y esas buenas familias no tendrían que afanarse más de lo debido. - Me parece muy bien - comentó el monje Tang -. ¿Cómo es que hoy estás tan trabajador? Anda, vete y vuelve en seguida. Sonriendo con delectación, el Idiota abandonó el grupo a toda prisa, pero el Peregrino le detuvo y le dijo al oído: - Recuerda que a esa gente le gusta sentar a su mesa a monjes atractivos, no a tipos tan feos como tú. - Eso quiere decir que tendré que metamorfosearme - concluyó Ba-Chie. - Exactamente - confirmó el Peregrino -. Es mejor que cambies un poco de aspecto. El Idiota dominaba, en medio de todo, el arte de las treinta y seis metamorfosis. Se escondió, pues, en un recodo de la montaña y, después de hacer un signo mágico y de recitar el correspondiente conjuro, sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en un monje bajito y bastante delgado. Llevaba en las manos un pez de madera y, mientras caminaba, musitaba algo ininteligible, que pretendía ser una letanía. Como no sabía ningún texto sagrado, lo único que repetía era - "Respetable señor. Respetable señor". El monstruo, mientras tanto, en cuanto se hubo cansado de juguetear con el viento y la niebla, había ordenado a sus huestes de diablillos que se apostaran a lo largo del camino y echaran el alto a todos los viajeros que se acercaran. Al Idiota le cupo el honor de ser el primero en caer en sus garras. Después de rodearle, algunos de los diablillos empezaron a tirarle de la túnica, mientras otros le agarraban sin ningún respeto de la faja. - Vamos, vamos. ¿A qué vienen todos esos empujones? - se quejó Ba-Chie -. Estoy dispuesto a comer en todas y cada una de vuestras casas. - ¿Que nosotros vamos a darte de comer? - exclamaron los diablillos, asombrados. - Efectivamente - confirmó Ba-Chie -. Vosotros os dedicáis a alimentar a los monjes y yo he venido a tomar la porción que me corresponde. - Así que tú crees que nosotros somos personas virtuosas - insistió uno de los diablillos -. La verdad es, querido amigo, que, en vez de alimentar a los monjes, lo que hacemos con ellos es comérnoslos, porque somos monstruos que hemos profundizado en el conocimiento del Tao en esta extraña montaña. Cuando capturamos a alguno, lo llevamos a casa y lo cocinamos al vapor. ¿Y tú pretendes que te demos de comer? Al oír eso, Ba-Chie se puso a temblar de miedo, pero aún le quedaron fuerzas para lanzar invectivas contra el Peregrino, diciendo: - ¡Maldito caballerizo! ¡Me hizo creer que había un pueblo y todo lo demás, cuando lo que, en realidad, hay es una bandada de monstruos dispuestos a devorar a todo el que pase por aquí! Furioso, al mismo tiempo, por todos aquellos empujones, el Idiota recobró la forma que le era habitual y sacó de la cintura su temible rastrillo. Le bastaron unos cuantos golpes para dispersar a aquella primera avanzadilla de monstruos. - ¡Qué desgracia más grande! - corrieron a informar a su señor. - ¿Qué os ha ocurrido? - preguntó el monstruo, sorprendido. - Por el camino apareció un monje de aspecto muy distinguido - explicó uno de los diablillos, muy alterado -. Le dijimos que le íbamos a cocinar al vapor y lo que sobrara de su carne lo íbamos a dejar secar para el invierno. Lo que menos sospechábamos es que fuera capaz de metamorfosearse. - ¿En qué se transformó? - preguntó el monstruo, picado por la curiosidad. - En un ser que apenas parecía humano - contestó el diablillo, temblando de pies a cabeza -. Tenía un morro muy alargado, unas orejas enormes y una mata muy espesa de pelo detrás de la cabeza. De no sé dónde sacó un rastrillo y empezó a descargar golpes sobre nosotros a diestro y siniestro. Se batía con tanta bravura, que no pudimos hacerle frente y decidimos venir corriendo a informaros de lo sucedido. - No os preocupéis - respondió el monstruo -. Voy a ver de quién se trata - y, agarrando una especie de porra de hierro, se dirigió hacia el lugar donde le habían indicado. Fue así como descubrió que el Idiota era feo en extremo. Tenía un morro maloliente de más de un metro de largo y unos colmillos tan brillantes que parecían de plata. Sus ojos eran totalmente redondos y emitían un fulgor que recordaba el latigazo del rayo. Sus orejas parecían abanicos y producían un extraño ronroneo, al ser mecidas por el viento. El mechón de pelos que le crecía detrás de la cabeza recordaba una aljaba llena de flechas. La piel de todo su cuerpo poseía una tosquedad fuera de lo común y una extraña coloración verdosa. En las manos blandía un arma ridícula y mortífera a la vez: un rastrillo de nueve puntas muy afiladas, que hacían temblar al que tuviera la desgracia de verlas. Armándose de valor, el monstruo levantó la voz y preguntó: - ¿De dónde eres y cómo te llamas? Si contestas con rapidez, estoy dispuesto a perdonarte la vida. - ¿Es que no reconoces a tu querido antepasado Chu? - se burló Ba-Chie, arrogante -. Acércate, que voy a narrarte mi historia: por si te sirve de algo, te diré que mis poderes mágicos son tan enormes como mis orejas y mi boca. El mismo Emperador de Jade me nombró Mariscal de los Juncales Celestes y puso a mi disposición ochenta mil guerreros del mar. Eso explica que llevara en su palacio una existencia de despreocupaciones y lujo. Sin embargo, una vez que estaba borracho cometí la indiscreción de burlarme de Chang - Er, poniendo toda mi fuerza al servicio de una causa reprobable. Así, de un solo empellón, derribé el Palacio Tushita y tuve la osadía de comerme las plantas sagradas de Wang-Mu-Niang-Niang. Enfurecido, el Emperador de Jade hizo que me golpearan más de dos mil veces seguidas y me expulsó del Reino de los Tres Cielos. Aunque se me aconsejó que purificara mis faltas y recobrara mi espíritu primigenio, me convertí en un monstruo, tan pronto como puse el pie en este mundo de sombras Cuando estaba a punto de contraer matrimonio en el pueblo de los Gao, tuve la mala fortuna de toparme con mi hermano Sun y la suerte se negó a favorecerme con la constancia que hasta ahora me había mostrado. Después de derrotarme con la barra de los extremos de oro, me obligó a convertirme en un monje budista, teniendo que cargar, como si fuera un criado, con el equipaje y tirar, en más de una ocasión, de las riendas del caballo, que es, en realidad, alguien que contrajo ciertas deudas con el monje Tang en una existencia anterior. Eso, de todas formas, no tiene ahora la menor importancia. Lo que de verdad cuenta es que yo, el Mariscal de los Juncales Celestes, pertenezco a la ilustre familia de los Chu, aunque mi nombre religioso completo es el de Chu Ba-Chie. - ¡Así que eres uno de los discípulos del monje Tang! - exclamó el monstruo con cierto desprecio -. Siempre he oído decir que su carne es de lo más sabrosa que existe. ¿Cómo crees que os voy a dejar escapar ahora que os tengo tan a mano? ¡No huyas y prueba el sabor de mi porra! - ¡Maldita bestia! - replicó Ba-Chie -. ¿Cómo te atreves a hablar así, cuando no eres más que un maestro tintorero? - ¿De dónde has sacado semejante tontería? - preguntó el monstruo. - Si no lo fueras - contestó Ba-Chie -, ¿cómo es que sabes usar tan bien una porra como ésa? El monstruo decidió que ya estaba bien de charla inútil y se lanzó, como un loco, a la lucha. Dio, así, comienzo una batalla realmente singular. Al moverse, el rastrillo de las nueve puntas levantaba un fortísimo viento que todo lo sacudía. La porra, por su parte, producía una lluvia intensísima que amenazaba con anegar la tierra. No en balde uno de los contendientes era un monstruo sin nombre, que se había adueñado del sendero que cruzaba la montaña, y el otro, el caído en desgracia Mariscal de los Juncales Celestes, que estaba tratando desesperadamente de ayudar al Señor de la Naturaleza. Teniéndole de su parte, no había razón para temer a los monstruos y a los demonios: en las cumbres de las montañas la tierra no suele engendrar oro. Pese a todo, la porra detenía los golpes, como si fuera una serpiente emergiendo de las profundidades. Para no ser menos, el rastrillo se comportaba como un dragón que hubiera abandonado su palacio de agua. Los gritos que lanzaban, potentes como el trueno, hacían temblar las montañas y los torrentes, llegando a sacudir, incluso, los cimientos de la tierra. Los dos eran luchadores experimentados, que se habían propuesto obtener la victoria aun a costa de su vida. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Ba-Chie consiguió, finalmente, acorralar al monstruo, pero éste alzó la voz y ordenó a sus huestes de diablillos que rodearan inmediatamente a su contrincante, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, sin poder resistirlo más, soltó, de pronto, la carcajada. - ¿Se puede saber de qué te ríes? - preguntó el Bonzo Sha. - ¡Qué idiota es ese Chu Ba-Chie! - exclamó el Peregrino, sin conseguir dominar del todo las carcajadas -. Cuando oyó que un poco más adelante había personas dispuestas a dar de comer a los monjes, se las arregló para escabullirse y todavía no ha vuelto. Pero no te preocupes. Si consigue derrotar al monstruo con el rastrillo, ya verás cómo regresa dando voces y proclamando que el mérito es exclusivamente suyo. De todas formas, si no logra acabar con él, no sé, francamente, dónde voy a meterme, porque va a llamarme caballerizo todas las veces que quiera. Si no te importa, me gustaría echar un vistazo a ver qué es lo que está sucediendo realmente. Sin decir nada al maestro, se arrancó un pelo de detrás de la cabeza y, exhalando sobre él una bocanada de aire inmortal, exclamó: - ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una copia exacta de sí mismo, que se sentó junto a Tripitaka y al Bonzo Sha, al tiempo que él se elevaba, raudo, por los aires. Fue así como descubrió que el Idiota, rodeado de diablillos por todas partes, iba perdiendo, poco a poco, terreno, mientras que los golpes de su rastrillo se iban tornando más débiles cada vez. Incapaz de dominar la impaciencia que le embargaba, el Peregrino descendió de la nube y gritó con potente voz: - ¡No te preocupes, Ba-Chie! ¡Aquí estoy yo! Al oír su voz, el Idiota sacó fuerzas de flaqueza y continuó peleando con más empeño que antes. El monstruo comprendió que no iba a poder seguir resistiendo y se preguntó, sorprendido: - ¿Cómo se habrá puesto a pelear con tanta fiereza, cuando estaba a punto de ser derrotado? ¿De dónde habrá sacado este monje toda esa fuerza? - Ya ves, hijito - contestó Ba-Chie -. No debías haberte levantado contra mí, porque ahora viene a ayudarme uno de mi familia - y empezó a descargar sobre el rostro y la cabeza de su oponente unos golpes tan terribles, que al monstruo no le quedó más opción que darse la vuelta y huir derrotado. Al verlo, el Peregrino renunció a lanzarse en la refriega y, dándose media vuelta, regresó al lugar del que había partido. Allí sacudió ligeramente el cuerpo y recobró el pelo que se había hecho pasar por él. Como el maestro únicamente poseía unos ojos mortales, no se dio cuenta de lo ocurrido. Al poco rato apareció el Idiota. Aunque había salido triunfador, se había entregado con tal ardor a la pelea, que tenía la nariz llena de mocos y echaba una especie de espuma por la boca. Se acercó con ademán cansado al grupo y dijo con la respiración totalmente alterada: - Ya estoy de vuelta, maestro. - ¿Qué te ha pasado? - preguntó Tripitaka, sorprendido -. ¿No habías ido a por un poco de hierba para el caballo? ¿Cómo vuelves en un estado tan calamitoso? ¿Es que la gente que guardaba los pastos se ha negado a darte una simple brizna? - ¡Es mejor que no me preguntéis nada! - exclamó Ba-Chie, dando patadas al suelo y golpeándose salvajemente la cabeza -. Si me obligarais a responder a vuestras preguntas, me moriría de vergüenza. - ¿Por qué? - inquirió el maestro, sorprendido. - Me dejé engañar por Wu-Kung - explicó Ba-Chie -. Me dijo que el viento y la niebla no eran signos de malos augurios, que no los producía, de hecho, ningún monstruo. Me hizo creer que un poco más adelante había una aldea, cuyas familias se dedicaban por entero a las obras buenas. Tanto es así, añadió, que en ese mismo momento estaban cocinando arroz y amasando bollos para nosotros. Como tenía un poco de hambre, no dudé de sus palabras y, con la excusa de ir a por un poco de hierba para el caballo, me escabullí con la intención de probar yo el primero tan suculentos manjares. Lo que menos me esperaba es que fuera a caer en manos de unos monstruos, con los que he estado luchando todo este tiempo. Si no llega a ser por la ayuda de Wu-Kung, a estas horas estaría en su poder y me habría resultado prácticamente imposible regresar a vuestro lado. - ¡Cómo puedes decir semejantes tonterías! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. En cuanto se te ocurre hacer algo malo, en seguida echas las culpas a los demás. Yo no me he movido de aquí para nada. ¿Cómo puedes afirmar que estuve peleando a tu lado? - Eso es verdad - confirmó el maestro -. Wu-Kung no me ha dejado solo en ningún momento. - ¡Qué poco le conocéis! - bramó Ba-Chie, saltando como un loco -. ¡Eso no son más que excusas! - ¿Realmente hay algún monstruo más adelante? - preguntó el maestro, volviéndose hacia Wu-Kung. - Me temo que así es - contestó el Peregrino, comprendiendo que no podía seguir adelante con la broma -, pero son muy pocos y no se atreverán a molestarnos. Acércate, Ba-Chie. Quiero confiarte una misión realmente importante. Para lograr que el maestro llegue sin novedad a la otra parte de la montaña, es necesario que hagamos como si nos encontráramos de maniobras militares. - ¿Qué quieres que haga yo? - preguntó Ba-Chie, más calmado. - Tú serás el general encargado de las patrullas y tendrás como misión ir abriendo el camino. Si el monstruo no vuelve a presentarse, no tendrás que hacer absolutamente nada. Si aparece, pelea con él y nadie te discutirá el mérito de haberle derrotado. La gloria será exclusivamente tuya. ¿Qué te parece? Ba-Chie sabía que las fuerzas del monstruo eran, poco más o menos, como las suyas y dijo: - De acuerdo. No me importaría morir a sus manos. Me encargaré de ir abriendo el camino. - ¿Cómo puedes ser tan idiota? - le reprendió el Peregrino -. ¿Cómo vas a salir bien parado de ésta, si antes de empezar haces ya uso de palabras tan altisonantes? - ¿Es que no sabes lo que afirma el proverbio? - replicó Ba-Chie -. "En los banquetes los reyes comen o se emborrachan, mientras que en el campo de batalla los guerreros salen heridos o mueren". Además, yo soy así. Me gusta rebajarme al principio, para demostrar después toda mi potencia. Satisfecho por lo bien que lo había tomado, el Peregrino volvió a ensillar el caballo y pidió al maestro que montara. El Bonzo Sha cargó, por su parte, con el equipaje y todos se dispusieron a seguir los pasos de Ba-Chie, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monstruo, que regresó, derrotado a su caverna, acompañado por todas sus huestes de diablillos. Desalentado, se sentó en una roca y permaneció en silencio durante mucho rato. Muchos de los diablillos que se habían quedado en la caverna montando la guardia se agolparon a su alrededor y le preguntaron, sorprendidos: - ¿Cómo es que otras veces regresáis tan contento y hoy ni siquiera habéis abierto la boca? - En otras ocasiones - respondió el monstruo -, cuando salía a recorrer la montaña, volvía con algún hombre o con alguna bestia, de la que después dábamos buena cuenta entre todos. Hoy, por el contrario, la suerte me ha dado la espalda y me he topado con un adversario digno de mi potencia. - ¿De qué adversario habláis? - volvieron a preguntar los diablillos. - De un monje, discípulo del buscador de escrituras procedente de las Tierras del Este, que responde al nombre de Chu Ba-Chie - contestó el monstruo -. Aunque no lo creáis, ha logrado derrotarme con su rastrillo. ¡Maldita sea! Hace años que había oído decir que el monje Tang era un arhat, que se había dedicado a las prácticas ascéticas a lo largo de diez reencarnaciones seguidas. Eso le ha convertido en una persona tan extraordinaria, que quien pruebe su carne alcanzará una vida tan larga como la de un inmortal. Jamás sospeché, de todas formas, que fuera a pasar por esta montaña, aunque, por supuesto, también abrigaba el sueño de capturarlo y comérmelo tranquilamente al vapor. Desgraciadamente ese discípulo suyo sabe lo que es pelear. No había acabado de decirlo, cuando entre las filas de diablillos se destacó uno, que, tras mirar directamente a los ojos del monstruo, se echó a llorar tres veces seguidas, para, a renglón seguido, soltar la carcajada otras tantas. - ¿Se puede saber por qué te comportas de una forma tan extraña? - le regañó el monstruo. - Vuestra majestad acaba de afirmar - contestó el diablillo, echándose rostro en tierra - que no hay cosa que más le gustaría que probar la carne de ese monje, pero yo os digo que eso es imposible. - ¿Por qué dices semejante cosa? - replicó el monstruo -. Todo el mundo lo sabe: el que pruebe un poquito de su carne jamás envejecerá y alcanzará la misma edad de los Cielos. - Si eso fuera verdad - objetó el diablillo -, le habrían devorado los otros monstruos y jamás habría conseguido llegar hasta aquí. Además, ¿por qué no se lo ha comido ninguno de sus tres discípulos? - ¿Tres discípulos? - repitió el monstruo, sorprendido -. ¿Sabes cómo se llaman? - El mayor - contestó el diablillo - responde al nombre de Peregrino Sun, el tercero se llama Bonzo Sha y al segundo ya le conocéis: Chou Ba-Chie. - ¿Quién es más fuerte? - volvió a preguntar el monstruo -. ¿El Bonzo Sha o ese tal Chu Ba-Chie? - Poco más o menos lo mismo - explicó el diablillo. - ¿Qué me dices del Peregrino Sun? - insistió el monstruo -. ¿Pelea peor o mejor que Chu Ba-Chie? - No hay punto de comparación entre ellos - afirmó el diablillo, chascando la lengua de una forma harto significativa -. Ese tal Peregrino Sun tiene unos poderes realmente extraordinarios y domina a la perfección el dificilísimo arte de las metamorfosis. Hace aproximadamente quinientos años sumió el Palacio Celeste en un desorden total y ni las Veintiocho Constelaciones de las Regiones Superiores, ni los Nueve Planetas, ni las Doce Divisiones Orarías, ni los Cinco Nobles, ni los Cuatro Ministros, ni las Estrellas del Este y del Oeste, ni los Dioses del Norte y del Sur, ni los Espíritus de las Cinco Montañas y los Cuatro Ríos, ni los guerreros celestes lograron atraparle. Con un discípulo así, ¿cómo se va a atrever alguien a devorar al monje Tang? - ¿Y cómo sabes tú tanto sobre él? - bramó, desconfiado, el monstruo. - Porque yo antes vivía en la Caverna del Camello - León, en la cordillera del mismo nombre - respondió el diablillo -. Los reyes que la regían se empeñaron en comer al monje Tang y lo único que consiguieron fue que el Peregrino Sun acabara con todo aquel imperio, valiéndose únicamente de su temible barra de los extremos de oro. Parecía como si hubiera estado jugando con nosotros al mahjong. Si logré salvar la vida, fue porque escapé a tiempo por la puerta de atrás y solicité vuestra generosa protección. Así fue como me enteré de lo extraordinario de sus poderes. Al oír eso, el monstruo se puso pálido de miedo, pues, como afirma el dicho, "hasta los grandes generales temen los malos augurios" Ante razones como aquéllas era lógico que todo el mundo se echara a temblar. Sin embargo, cuando más patente era el nerviosismo, se adelantó otro diablillo y dijo: - ¿A qué vienen todas esas caras largas? El proverbio dice que "la precipitación no conduce al éxito". Si aún deseáis devorar al monje Tang, quisiera exponeros un plan que no puede fallar. - ¿De qué plan hablas? - inquirió el monstruo, más animado. - De uno llamado "de las flores de ciruelo con los pétalos rotos" - contestó el diablillo. - ¿En qué consiste? - insistió el monstruo. - Reunid a todos los monstruos de la caverna - explicó el diablillo - y seleccionad a los cien mejores. Escoged después a diez y, por último, reducid su número a tres. Debéis quedaros con los que posean mayores poderes metamórficos. Los tres adoptarán vuestra figura y, armados con una coraza y una porra, se esconderán en una de las curvas del camino a la espera de que pasen los caminantes. El primero de ellos se enfrentará con Chu Ba-Chie, el segundo con el Peregrino Sun y el tercero con el Bonzo Sha. Aunque es seguro que vuestros servidores saldrán derrotados, su sacrificio no será en balde, ya que obligarán a esos monjes a apartarse de su maestro. Ése será el momento que vos estaréis esperando, pues no tendréis más que extender vuestra mano desde el aire para haceros con el monje Tang. Será tan fácil como sacar algo de un bolso o atrapar una mosca en un cuenco lleno de pescado. ¿Qué os parece la idea? - ¡Es, en verdad, magnífica! - exclamó el monstruo, encantado -. Si tu plan sale bien y consigo atrapar al monje Tang, te nombraré general de mis ejércitos. El diablillo se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, antes de llamar a filas a todos los monstruos que vivían en aquella caverna. Sin pérdida de tiempo fueron escogidos los tres que poseían un mayor conocimiento de las artes metamórficas y se les pidió que adoptaran la figura de su soberano y señor. Cuando lo hubieron hecho, se les proveyó de una coraza y de una porra de hierro y se les ordenó que prepararan una emboscada al monje Tang, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del maestro, que, libre de preocupaciones y temores, continuó caminando tras los pasos de Ba-Chie. Al poco tiempo se oyó un ruido ensordecedor y de entre unos matorrales saltó un diablillo, que trató de echar mano al maestro. Al verlo, el Peregrino gritó en seguida: - ¿Por qué no haces algo en seguida, Ba-Chie? ¿No ves que está otra vez aquí ese monstruo? Sin detenerse a pensar si era el auténtico o no, el Idiota se lanzó con el rastrillo contra el monstruo, que desvió el golpe con su porra. Cuando más encarnizada era la lucha, apareció otro, que se abalanzó sobre el monje Tang, dando unos gritos terribles. - ¡No os preocupéis, maestro! - dijo el Peregrino -. Las cosas no están tan mal como parecen. Ba-Chie se ha enzarzado con un monstruo falso, pero os aseguro que éste no va a conseguir atraparos, porque aquí estoy yo para impedírselo - y se lanzó a la refriega, gritando -: ¿Adonde crees que vas, bestia inmunda? ¡Detén tu loca carrera y prueba el sabor de mi barra! Sin decir una sola palabra, el monstruo detuvo el golpe con la porra y empezó a batirse con fiereza por la ladera. Casi inmediatamente surgió de detrás de una roca otro monstruo, montado en un viento huracanado, que se dirigió directamente hacia donde se encontraba el monje Tang. Al verlo, el Bonzo Sha gritó, preocupado: - ¡No os preocupéis, maestro! ¡Ba-Chie y el Peregrino se han dejado engañar miserablemente, pero aquí estoy yo para defenderos! ¡Agarraos bien del caballo, mientras voy a dar buena cuenta de esa bestia! - y, sin reparar en que también él era víctima de un engaño, tomó el báculo y midió sus fuerzas con las del diablillo. La lucha alcanzó proporciones heroicas. Sin dejar de gritar ni de intercambiar golpes, los contendientes se fueron alejando, poco a poco, de donde se encontraba el monje Tang. Ése era, precisamente, el momento que había estado esperando el monstruo. Cuando vio que el maestro se había quedado solo encima del caballo, se lanzó sobre él y, agarrándole con sus zarpas de acero, le arrebató hacia lo alto y se lo llevó a lomos del viento. ¡Qué lástima! De nuevo volvió a hacerse patente que las penalidades a las que estaba sometido el maestro Zen eran, en verdad, interminables; la estrella de la desgracia seguía iluminando los pasos de El-que-flota-en-el-río. El monstruo condujo directamente al monje Tang al interior de la caverna. Su alegría era tan desbordante, que, nada más poner los pies en ella, exclamó: - ¿Dónde está el general al que debo una victoria tan fulgurante? - No merezco semejante título - se disculpó, postrándose de hinojos, el diablillo que había planeado el ataque. - ¿Cómo puedes decir eso? - le reprochó el monstruo -. Cuando un rey da su palabra, jamás se vuelve atrás. Prometí que, si conseguía atrapar al monje Tang, te iba a nombrar general y eso es precisamente lo que acabo de hacer. Tu primer acto de servicio consistirá en ordenar a los diablillos que traigan agua, limpien los pucheros y los pongan al fuego. Estoy ansioso por probar un poco de la carne de ese monje, para que mis años se alarguen tanto como los del Cielo. - Opino que no deberíais devorarle tan pronto - objetó el recién nombrado general. - ¿Por qué no? - protestó el monstruo -. Para eso le he atrapado, ¿no? - Ciertamente podéis coméroslo ahora, si así lo deseáis - respondió el general -. Estoy convencido de que Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha renunciarían a vengar a su maestro. No así el Peregrino Sun, que montaría inmediatamente en cólera y vendría a pelear contra nosotros. Para acabar con nuestro mundo, le bastaría con clavar su barra de los extremos de oro en el centro de la montaña y ésta se derrumbaría sobre nuestras cabezas. ¿En dónde podríamos refugiarnos entonces? - Según tú - volvió a preguntar el monstruo -, ¿qué es lo que debemos hacer? - Deberíamos atar al monje Tang a uno de los árboles del jardín de la parte de atrás - contestó el general -. Durante dos o tres días no le deis de comer absolutamente nada. Eso le limpiará por dentro y, al mismo tiempo, convencerá a sus discípulos de que no tienen ninguna posibilidad de liberarle. En cuanto hayan renunciado a seguir buscándole, le sacáis tranquilamente de su escondite y os lo coméis. ¿Acaso habéis olvidado que las comidas que mejor sientan son las que se toman sin sobresaltos? - Tienes razón - reconoció el monstruo, soltando la carcajada e inmediatamente ordenó atar al monje Tang a uno de los árboles que había en el jardín de la parte de atrás. En cuanto hubieron cumplido los deseos de su soberano, los diablillos se dirigieron a la parte anterior de la caverna, dejando al maestro sumido en un mar de tormento. Las cuerdas se le incrustaban cada vez más en la carne y las lágrimas empezaron a fluir, copiosas, por sus mejillas. - ¿En qué montaña estáis tratando de atrapar a los monstruos, discípulos míos? - se quejó con amargura -. ¿A lo largo de qué desconocidos caminos los estáis persiguiendo? Un demonio malvado me ha traído hasta aquí con el único ánimo de hacerme sufrir. ¿Cuándo volveré a reunirme con vosotros? ¡Es tan insoportable este dolor! Cuando más copioso era el torrente de sus lágrimas, oyó que alguien le gritaba desde otro árbol que había justamente enfrente del suyo: - ¡Eh, maestro! ¡Así que también a vos os han traído aquí! - ¿Quién sois? - preguntó Tripitaka, adoptando en seguida una postura digna. - Un humilde leñador de esta comarca, que, como vos, ha tenido la mala fortuna de caer en poder de esa bestia. Llevo atado aquí tres días, y calculo que están a punto de comerme. - Si es verdad lo que dices - contestó el maestro, abandonándose de nuevo al llanto -, todos tus problemas habrán terminado y no tendrás nada de que lamentarte. Yo, por el contrario, moriré con más pesadumbre de la que hasta ahora he vivido. - ¡Cómo podéis decir eso! - exclamó el leñador, sorprendido -. Vos sois alguien que ha renunciado a la familia. De hecho, no tenéis ni padre, ni esposa, ni hijos de los que preocuparos. Si morís, simplemente dejáis de existir. ¿Qué preocupaciones puede tener una persona como vos? - Aunque no lo creas - respondió el maestro -, soy un enviado de las Tierras del Este que se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. Por orden expresa del Emperador Tang Tai-Chung debo presentar mis respetos a Buda y conseguir de él la entrega de los textos sagrados, con el fin de que los espíritus del Reino de las Sombras alcancen el consuelo. Si pierdo ahora la vida, habré defraudado las esperanzas que en mí depositaron tanto el emperador como todos sus ministros. ¿Qué será, además, de todos esos espíritus abandonados que penan sin ningún motivo en la Ciudad de la Muerte? Nunca conocerán lo que es la salvación y toda esta magna empresa quedará reducida a polvo y cenizas. ¿Cómo quieres que no me preocupe? - Si vos tenéis motivos para no querer morir ahora - replicó el leñador, cediendo también al empuje del llanto -, a mí tampoco me faltan. Mi padre murió cuando yo era muy pequeño, y he pasado toda mi vida al lado de una madre viuda, que no dispone de otros ingresos que los que yo consigo recogiendo madera. La pobre acaba de cumplir ochenta y tres años y depende enteramente de mí. ¿Quién cuidará de ella, una vez que yo haya muerto? ¡Nadie se encargará de enterrarla ni llorarla! ¡Qué pena tan grande! Cada vez que pienso en ello, el dolor me rompe el corazón. - ¡Qué suerte más cruda la tuya! - exclamó el maestro, arreciando en su llanto -. Si una persona como tú se preocupa tanto por su familia, ¿no querrá decir que yo he malgastado mi vida, recitando sutras en vano? Pero no... No existe ninguna distinción entre quien sirve a su soberano y quien vive pendiente de sus padres. De hecho, los dos siguen el mismo principio. Tú y yo no nos diferenciamos tanto: a ti te guía el bienestar de tu madre, a mí, la honra de mi rey. Fue así como unos ojos llorosos se contemplaron en otros anegados por el llanto y un corazón abatido trató de encontrar consuelo en otro que sufría lo mismo. De momento, no seguiremos hablando de los sufrimientos que Tripitaka estaba padeciendo atado al árbol. Sí lo haremos, por el contrario, del Peregrino Sun, que regresó a toda prisa al camino principal, una vez que hubo acabado con el diablillo que le cupo en suerte, y descubrió que el maestro había desaparecido. En el sitio en el que le había dejado sólo quedaban el caballo blanco y el equipaje. Con el corazón en vilo le buscó a lo largo del camino que conducía a la cumbre de la montaña, pero no pudo dar con él. Estaba claro que El-que-flota-en-el-río había vuelto a toparse con enemigos formidables y el Gran Sabio, al que ningún monstruo era capaz de hacer frente, había sucumbido al engaño de un demonio sin importancia. No sabemos, de momento, si consiguió o no dar con el maestro. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第086回 LA MADRE MADERA DOMINA A LA BESTIA, HACIENDO USO DE TODOS SUS PODERES. EL PAJE DE ORO ACABA CON LOS HEREJES, VALIÉNDOSE DE LA MAGIA. Decíamos que el Gran Sabio Sun, después de tomar de las riendas al caballo y de hacerse cargo del equipaje, corrió montaña arriba en busca del maestro. Chu Ba-Chie le siguió con las escasas fuerzas que le quedaban y le preguntó, visiblemente fatigado: - ¿Qué pasa? ¿Por qué te muestras tan alterado? - El maestro ha desaparecido - contestó el Peregrino -. ¿No le has visto por ahí? - En principio estaba decidido que debía seguir en todo momento los pasos del monje Tang - respondió Ba-Chie -, pero, gracias a una de tus bromas, me tuve que convertir en general y a punto he estado de perder la vida a manos de ese monstruo. Se suponía que el Bonzo Sha y tú os ibais a encargar de proteger al maestro. ¿Por qué no lo habéis hecho? - No te culpo de nada - dijo el Peregrino -, pero la verdad es que dejaste escapar al monstruo y se presentó otra vez ante nosotros con el ánimo de apoderarse del maestro. No tuve más remedio que enfrentarme a él, esperando que el Bonzo Sha se hiciera cargo de todo lo demás. ¡Ahora hasta él ha desaparecido! - Seguro que ha cargado con el maestro a las espaldas - afirmó Ba-Chie, burlón -. Es lo único que sabe hacer bien. No había acabado de decirlo, cuando se presentó el Bonzo Sha y el Peregrino le preguntó, preocupado: - ¿Adonde ha ido el maestro? - Parecéis ciegos - les echó en cara el Bonzo Sha -, si no, no me explico cómo habéis dejado escapar al monstruo, que volvió sobre sus pasos con el ánimo de secuestrar al maestro. Menos mal que estaba yo aquí para impedirlo. Por cierto, ¿dónde está el maestro? - ¡Qué tontos hemos sido! - exclamó el Peregrino, perdiendo la paciencia y poniéndose a saltar como un loco -. Esos monstruos han urdido un plan y hemos contribuido a su éxito con nuestra estúpida ceguera. - ¿De qué plan estás hablando? - preguntó el Bonzo Sha. - De uno llamado "las flores de ciruelo con los pétalos rotos" - explicó el Peregrino -. Con él han conseguido apartarnos del maestro para venir tranquilamente apoderarse de él. ¿Qué podemos hacer ahora? - y las lágrimas empezaron a fluir por sus mejillas. - No llores, por favor - le urgió Ba-Chie -. En cuanto te rindes al llanto, no sabes ni lo que dices. El maestro no puede estar muy lejos de aquí. Lo único que tenemos que hacer es buscarle por esta montaña. No les quedó, pues, más remedio que salir del camino principal e iniciar la búsqueda en el interior de la cordillera. Cuando llevaban recorridos alrededor de cincuenta kilómetros, se toparon con una caverna abierta al borde mismo de un precipicio muy profundo. Las rocas presentaban unas formas extrañas y sumamente rugosas. Entre ellas crecían plantas desconocidas que, desconcertantemente, emitían aromas embriagadores. Se mezclaban con el de los albaricoques y melocotoneros que crecían un poco más allá. En el borde del precipicio se veía un árbol tan viejo y de una corteza tan rugosa, que la escarcha no se atrevía a tocarle y la lluvia apenas le lavaba. A la puerta misma de la caverna se elevaba un pino de más de quinientos metros de altura, cuya copa de tonalidades de jade se perdía entre las nubes. Parejas de garzas planeaban en alas de la brisa, contemplando, orgullosas, a las demás aves de la montaña posadas sobre las ramas de los árboles. Algunas miraban directamente al sol, mientras cantaban. Las parras y enredaderas alcanzaban allí tal grosor, que parecían cuerdas. Contrastaba su aspecto tosco con la delicadeza de los sauces, que parecían dejar caer gotas de oro. En la lejanía se apreciaba un lago de orillas llamativamente regulares, en cuyas aguas habitaba un anciano dragón. Pero aquella montaña había sido durante muchos años el dominio de un terrible monstruo devorador de hombres, aunque, por su extraña belleza, bien podía tratarse de la morada de un inmortal. En dos o tres zancadas el Peregrino se llegó hasta la puerta de la caverna y la estudió con detenimiento. Era de piedra y estaba firmemente cerrada. Encima tenía una placa, en la que podía leerse: "Montaña Escondida por la Niebla. Cumbre Quebrada. Caverna de la Cordillera Unida". - Venga, Ba-Chie, no perdamos tiempo - urgió el Peregrino -. Nos hallamos ante la morada del monstruo. El maestro por fuerza tiene que encontrarse dentro. Animado por la presencia de sus dos hermanos, el Idiota agarró el rastrillo y descargó sobre la puerta de piedra un golpe tan brutal, que le hizo un agujero del tamaño de un hombre. - ¡Bestia maldita! - gritó, envalentonado -. ¡Deja inmediatamente en libertad a mi maestro, si no quieres que eche abajo toda tu mansión, como he hecho con la puerta! Los diablillos que estaban montando guardia corrieron a informar a su señor, diciendo: - ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! - ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - preguntó el monstruo, sorprendido. - Alguien acaba de echar abajo la puerta y está ahí fuera exigiendo que le devolvamos a su maestro - contestó uno de los diablillos. - ¡Quién podrá haber hecho semejante cosa! - exclamó el monstruo. - No temáis - le aconsejó el recién nombrado general -. Voy a ver de qué se trata. Sin pérdida de tiempo se dirigió hacia la entrada y, sacando la cabeza por el agujero, vio un morro descomunal y unas orejas realmente fantásticas. Inmediatamente se dio la vuelta e informó a su señor, diciendo: - Dejad de preocuparos. Se trata, simplemente, de Chu Ba-Chie. Sabe que no puede enfrentarse con todos nosotros y, tarde o temprano, renunciará a seguir molestándonos. Si lo hace, abridle las puertas de par en par. Nos lo comeremos cocinado al vapor, Del que tenemos que preocuparnos es de ese otro monje con el cuerpo cubierto de pelo y la cara de dios del trueno. Ba-Chie lo oyó sin ninguna dificultad y, volviéndose hacia el Peregrino, exclamó: - ¡¿Qué te parece eso?! Sólo te tienen miedo a ti. Lo importante es que ahora sabemos que el maestro está dentro. ¿Por qué no entras a rescatarle, de una vez? - ¡Bestia maldita! - gritó el Peregrino -. ¡Acaba de llegar tu abuelito Sun! ¡Suelta al maestro y te perdonaré la vida! - La cosa se está poniendo fea, señor - dijo el general -. También se encuentra ahí fuera el Peregrino Sun. - ¡Todo es culpa tuya! - se quejó el monstruo -. Si no te hubiera hecho caso con eso de "los pétalos rotos", la desgracia no habría venido a llamar a mi puerta. ¿Quieres decirme qué voy a hacer ahora? - Tranquilizaos y no me echéis la culpa con tanta facilidad - le aconsejó el general -. Si mal no recuerdo, el Peregrino Sun es una especie de mono. Aunque sus poderes son francamente extraordinarios, tiene una debilidad especial por la adulación. Sugiero que cojáis una cabeza humana y le conduzcáis al reino del engaño con unas cuantas palabras aduladoras. Decidle simplemente que hemos devorado a su maestro. Si llega a creérselo, nada nos impedirá disfrutar a nuestras anchas de la carne del monje Tang. Si se empeña en no aceptarlo, ya pensaremos en algo, cuando llegue el momento. - ¿Quieres decirme de dónde vamos a sacar esa cabeza de la que hablas? - objetó el monstruo. - Veamos si soy capaz de hacer yo una - contestó el general y, cogiendo un hacha, cortó un muñón de las raíces de un sauce y formó con ella una especie de calavera. Le añadió después un poco de sangre humana y se convirtió en la réplica exacta de la cabeza del maestro. Sin pérdida de tiempo, hizo llamar a un diablillo y, colocando la raíz encima de una bandeja lacada, le ordenó salir al encuentro del Peregrino. - Honorable Gran Sabio - dijo la pequeña bestia, levantando la voz -, no deis rienda suelta a vuestro enojo y oíd con atención lo que voy a deciros. El Peregrino sentía, en efecto, cierta debilidad por la adulación. Al oírse llamar "Honorable Gran Sabio", detuvo el brazo a Ba-Chie y le pidió: - No le mates todavía. Espera a ver qué es eso tan importante de lo que quiere hablarnos. - Después de que nuestro soberano trajera a vuestro maestro a esta caverna - mintió el diablillo con la bandeja -, a sus súbditos no se les ocurrió otra cosa que devorarle sin pasar por la cazuela. Unos empezaron a tirar de una parte, otros de otra y, al final, terminó descuartizado. Cada cual comió lo que pudo y sólo sobró la cabeza. - ¡Así que ha sido devorado! - exclamó el Peregrino -. En fin, reconozco que os habéis dado mucha prisa. De todas formas, me gustaría echar un vistazo a esa cabeza. El diablillo arrojó la cabeza por el agujero de la puerta. Al verla, Chu Ba-Chie empezó a llorar y a lamentarse, diciendo: - ¡Qué pena más grande! Cuando el maestro pasó bajo ese dintel, estaba entero y ahora sólo queda eso de su cuerpo. - ¿No te parece que, antes de ponerte a llorar como una plañidera, deberías cerciorarte de si esa cabeza es auténtica? - le regañó el Peregrino. - ¿Cómo va a ser una cabeza falsa? - se defendió Ba-Chie. - Pues lo es - afirmó el Peregrino. - ¿Quién te lo ha dicho? - insistió Ba-Chie. - Cuando una cabeza humana cae al suelo - explicó el Peregrino -, produce un ruido sordo, mientras que ésta ha sonado como a madera. Si no me crees, la voy a volver a tirar, para que lo oigas bien - y, cogiéndola con la barra, la tiró contra una roca. - Tienes razón - reconoció el Bonzo Sha -. Suena como a madera. - Si suena como a madera, es que es falsa - insistió el Peregrino -. Veamos de qué está hecha realmente. Bastó un golpe de la barra de los extremos de oro para abrirla por la mitad. Ba-Chie se acercó a ella en seguida y descubrió que no era más que un trozo de raíz de sauce. Sin poderse contener, el Idiota empezó a gritar: - ¡Maldita banda de piojosos! No sólo escondéis al maestro en el interior de la caverna, sino que, encima, tenéis la desfachatez de querer engañar a vuestro querido antepasado Chu. ¿Desde cuándo es mi preceptor el espíritu de un sauce? El diablillo que se había presentado en la puerta con la bandeja corrió, despavorido, a informar de lo ocurrido, gritando: - ¡Qué horror, qué horror, qué horror, qué horror, qué horror, qué horror! - ¿A qué vienen tantos horrores? - le preguntó el monstruo. - Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha picaron el anzuelo - dijo el diablillo, temblando -, pero se nota que ese Peregrino Sun es un anticuario que conoce bien su oficio. Nada más ver la cabeza, supo que era falsa. Si pudierais ofrecerle una calavera auténtica, a lo mejor conseguiríais engañarle. - ¿De dónde voy a sacarla? - preguntó el monstruo -. ¡Ahora que lo dices! - exclamó a renglón seguido con el rostro iluminado -. En el cuarto de descuartizar hay varias cabezas de hombre que aún no hemos comido. Coge una y llévasela, a ver que es lo que pasa. Un grupo de diablillos entró en la habitación de los despieces y escogió la cabeza más fresca. El pequeño demonio de antes volvió a colocarla sobre la bandeja y, llegándose hasta la puerta, gritó con voz insegura: - ¡Honorable Gran Sabio! Antes cometimos una equivocación y os entregamos una cabeza falsa. La de ahora, sin embargo, es auténtica y perteneció al Maestro Tang. Nuestro soberano quería haberse quedado con ella como amuleto, pero ha decidido regalárosla a vos. La cabeza salió disparada por el agujero, produciendo un ruido sordo, al chocar contra el suelo. Estaba tan fresca, que, al rodar por la tierra, fue dejando un reguero de sangre. Al percatarse de que era auténtica, el Peregrino se echó a llorar. Ba-Chie y el Bonzo Sha no tardaron en unirse a su llanto. Luchando desesperadamente por contener las lágrimas, Ba-Chie consiguió decir: - No nos abandonemos todavía al llanto. Hace demasiado calor y puede pudrirse lo poco que queda de nuestro amado maestro. Escojamos un buen sitio y enterrémosla, ahora que todavía está fresca. Entonces podremos llorar cuanto queramos. - Tienes razón - reconoció el Peregrino. Sin hacer ningún asco, el Idiota tomó la cabeza en sus brazos y corrió ladera arriba. No tardó en encontrar un lugar orientado hacia el sol, totalmente al abrigo de los vientos, y con ayuda del rastrillo hizo un agujero, en el que depositó la cabeza con sumo cuidado. No contento con eso, levantó un túmulo con unas piedras y gritó al Bonzo Sha: - Tú y Wu-Kung quedaos aquí llorando, mientras voy a por algo para preparar unas ofrendas. Llegándose hasta el arroyo, cogió unas ramas de sauce y unas piedras con forma de huevo y regresó con ellas junto a la tumba. Clavo los palos a cada uno de los lados y colocó los cantos en la parte de delante. - ¿Para qué haces eso? - le preguntó el Peregrino, sorprendido. - Estas ramas - explicó Ba-Chie - son para que el maestro disfrute de sombra allá arriba. Las piedras son dulces, para que no se le haga tan amargo el paso de la vida a la muerte. - ¿No te parece suficiente haber fallecido, para que, encima, le des de comer cantos? - le reprendió el Peregrino. - Simplemente estoy tratando de manifestar mis sentimientos filiales - se defendió Ba-Chie. - ¡Dejemos de decir tonterías, de una vez! - urgió el Peregrino -. El Bonzo Sha que se quede aquí cuidando del caballo y del equipaje, mientras tú y yo vamos a arrasar esa caverna. Cuando hayamos capturado al monstruo, le haremos picadillo y, así, vengaremos la muerte de nuestro maestro. - Estoy totalmente de acuerdo contigo - dijo el Bonzo Sha, sin poder contener las lágrimas -. Poned en eso todo vuestro empeño y no os preocupéis por mí. Ba-Chie se quitó la camisa de seda negra y se ajustó bien la túnica, antes de agarrar con fuerza el rastrillo y de seguir los pasos del Peregrino. Juntos, derribaron del todo las puertas de piedra y penetraron en la caverna, gritando: - ¡Devolvednos vivo al monje Tang! Sus gritos eran tan desgarradores, que hasta el mismo cielo se conmovió. Los diablillos que moraban en aquel inmundo lugar se volvieron contra el general y le culparon de lo ocurrido, diciendo: - ¿Qué vamos a hacer ahora que esos monjes han decidido acabar con todos nosotros? - Como muy bien afirmaban los antiguos - contestó el general -, "el que mete la mano en un cesto de pescado, la saca llena de un olor nauseabundo". ¡Jamás hay que volverse atrás, una vez que se ha iniciado algo! Es preciso que acabemos con esos monjes. No disponiendo de un plan mejor del que echar mano, el monstruo ordenó: - ¡Que cada cual coja sus armas y se lance conmigo a la batalla! Dando unos gritos terribles, los diablillos se abalanzaron sobre los asaltantes. Ante semejante avalancha, Ba-Chie y el Gran Sabio se vieron obligados a dar unos pasos hacia atrás, hasta que consiguieron asentar los pies en un terreno totalmente llano. Allí hicieron frente al ejército de monstruos y gritaron: - ¿Cómo se llama vuestro jefe y quién es el que logró capturar al monje Tang? Los diablillos asentaron el campamento en aquel lugar y desplegaron un estandarte bordado con motivos florales. Agarrando con fuerza la porra de hierro, el monstruo levantó la voz y dijo: - ¿No me reconoces, mono maldito? ¡Soy el Gran Señor de la Montaña del Sur, un lugar que ha permanecido bajo mis órdenes durante varios siglos! ¡Yo soy, además, el que ha capturado y devorado al monje Tang! ¿Qué es lo que tienes que oponer al respecto? - ¡Piojoso sin principios ni ley! - bramó el Peregrino -. ¿Cuántos años has vivido para arrogarte el título de Señor de la Montaña del Sur? El Soberano Li es el auténtico Patriarca de la Creación y aun así se sienta a la derecha de la Suprema Pureza. El Buda Tathagata es el Honorable a quien se debe el gobierno del mundo y tiene como dosel una simple águila real. El Sabio Kung es el fundador del confucianismo y, simplemente, se hace llamar maestro. ¿Cómo es que tú, bestia maldita, te atreves a ostentar el título de Gran Señor y a hacer de la Montaña del Sur tu predio? ¡No trates de huir y prueba el sabor de la barra de tu abuelito Sun! Haciéndose a un lado, el monstruo logró esquivar el golpe, al tiempo que gritaba con los ojos saltones por el odio: - ¿Cómo osas insultarme con tan grandilocuentes palabras, cuando no eres más que un mono? ¿Qué poderes tienes tú para venir a comportarte de una forma tan arrogante ante mi propia puerta? - ¿Cómo puedes desconocer las hazañas del viejo Mono, bestia sin nombre? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Si tienes paciencia, escucha con atención lo que voy a decirte: soy originario del continente de Purvavideha, donde el Cielo y la Tierra copularon durante miles de años para engendrarme. Surgí de un huevo de piedra en la feracísima Montaña de las Flores y Frutos. Por mis orígenes nada tengo que ver con este mundo mortal, ya que fueron el sol y la luna los que formaron mi cuerpo. Pero no me contenté con eso y cultivé mis cualidades naturales, hasta que logré alcanzar las fuentes del elixir. Moré en los Cielos y allí me fue concedido el título de Gran Sabio, antes de que, confiando exclusivamente en mis poderes, me enfrentara a las estrellas. Diez mil dioses fueron incapaces de derrotarme y hasta los planetas hubieron de abandonar el campo, avergonzados. Mi fama alcanzó hasta el último rincón del universo, pero mis descarríos no le fueron a la zaga y terminé sufriendo el castigo al que me hicieron acreedor mis propios desmanes. Afortunadamente, abracé la fe budista y me comprometí a acompañar a un gran maestro en su largo peregrinar hacia el Oeste. A partir de entonces nadie se ha atrevido a cortar los caminos que he ido abriendo en la montaña. Los mismos monstruos se echan a temblar, cuando saben que he construido un puente nuevo. No he tenido reparo en atrapar a los tigres que se esconden en los bosques ni en dominar a los leopardos que se agazapan al borde de los precipicios. Todo esfuerzo me parece poco. ¿Cómo van a atreverse a salir de su escondite los monstruos, cuando el Fruto Sazonado del Oriente pasa ante ellos camino del Occidente? Puesto que tú, bestia maldita, has dado muerte a mi maestro, prepárate a morir, porque ha llegado tu última hora. Enardecido y aterrorizado, a la vez, por esas palabras, el monstruo apretó los dientes y, lanzándose hacia delante, descargó sobre el Peregrino un golpe terrible. El Gran Sabio lo desvió sin ninguna dificultad con la barra de hierro y respondió con otro aún más brutal. Pese a todo, estaba decidido a seguir hablando y ralentizó el ritmo de la pelea. Desgraciadamente, Ba-Chie no pudo controlar por más tiempo su impaciencia, y, levantando el rastrillo, se lanzó como un loco contra la avanzadilla del ejército de diablillos. Así dio comienzo una batalla realmente extraordinaria. Un monje de un estado superior partió hacia el Oeste en busca de las escrituras sagradas. Al pasar por la Montaña del Sur, el gran leopardo escupió una densa neblina y un viento realmente huracanado que le impidió seguir adelante. Haciendo acopio de sus extraordinarios poderes, ideó un plan astuto en extremo que terminó con la captura del gran monje Tang. Eso le llevó a enfrentarse con el Peregrino, de ilimitados conocimientos mágicos, y con Ba-Chie, de reconocida y extendida fama. Juntos lucharon en la gran explanada que se extendía ante la puerta de su caverna, levantando nubes de polvo que oscurecieron totalmente el cielo. Los gritos de los diablillos se entremezclaron con el ruido que las espadas y las lanzas arrancaban de la barra y del rastrillo blandidos por los dos monjes. Sin discusión alguna el Gran Sabio era un auténtico héroe, al que no lograban hacer sombra ni la fortaleza ni el arrojo de Wu-Neng. Si el monstruo de la Montaña del Sur y el más astuto de sus súbditos, el recién nombrado general no se hubieran empeñado en probar un trozo de carne del monje Tang, no se habrían enfrentado a ellos en un combate tan singular como arriesgado. A unos los guiaba el deseo de libertad del maestro, a otros su ansia incontenida por saborear un poco de su cuerpo. Ambas partes se batieron sin descanso, pero, a pesar de su incontenible entrega, ninguna de ellas alcanzó una ventaja sustanciosa. Al ver la fiereza con la que se batían aquellos diablillos y la terquedad con la que se resistían a abandonar el campo, el Gran Sabio decidió recurrir a la magia de la división corporal. Se arrancó un manojo de pelos y, después de triturarlos con los dientes, los escupió, al tiempo que gritaba: - ¡Transformaos! - y al punto se convirtieron en copias tan exactas de sí mismo, que a ninguno le faltaba su correspondiente barra de los extremos de oro. En seguida se pusieron en primera línea, presionando sin cesar sobre los diablillos, que se vieron obligados a retirarse hacia la caverna. Ba-Chie y el Peregrino se sintieron, de esta forma, más libres para luchar y empezaron a descargar a diestro y siniestro tremendos golpes sobre los que huían. Los que caían víctimas del rastrillo recibían en el cuerpo nueve heridas horrorosas, mientras que los que sucumbían a la acción de la barra de hierro veían convertidos sus huesos y su carne en una informe masa sanguinolenta. El Gran Señor de la Montaña del Sur cayó presa del pánico y huyó montado en una ráfaga de viento y niebla. Su hombre de confianza, no obstante, no dispuso del tiempo suficiente para metamorfosearse y acabó pereciendo bajo el ímpetu de la barra de los extremos de oro. Al morir, recobró la forma que le era habitual: la de un lobo de pelaje gris oscuro. Ba-Chie le dio media vuelta con el rastrillo y comentó: - Me pregunto cuántos cerdos y ovejas se habrá comido esta bestia a lo largo de su vida. El Peregrino no le respondió. Sacudió ligeramente el cuerpo y, después de recobrar todos sus pelos, urgió a Ba-Chie: - No podemos perder más tiempo. Es preciso que atrapemos a ese monstruo y le hagamos pagar todo el mal que ha hecho a nuestro maestro. - ¿Qué pasa? - preguntó Ba-Chie, sorprendido de no ver a su alrededor a toda aquella legión de falsos Peregrinos -. ¿Es que estás perdiendo tus poderes? - De ninguna manera - contestó el Peregrino -. Simplemente he recuperado todos esos pelos. - ¡Qué cosa más extraordinaria! - exclamó Ba-Chie, sinceramente admirado, y los dos se retiraron, victoriosos. Cuando vio que el peligro había pasado, el monstruo regresó corriendo a la caverna y ordenó a los diablillos que aún le quedaban que cegaran la puerta de entrada con piedras y barro. Los demonios se pusieron en seguida manos a la obra y no tardaron en cumplir los deseos de su señor. Lo hicieron con tal presteza, que, cuando volvieron a presentarse Ba-Chie y el Peregrino, lanzando horrorosos insultos, la encontraron totalmente fortificada. Al ver que nadie respondía a sus denuestos, Ba-Chie descargó un golpe terrible contra aquella nueva muralla, pero no consiguió derribarla. El Peregrino cayó pronto en la cuenta de lo que había ocurrido y dijo: - Es inútil que sigas malgastando tus fuerzas. Han levantado un muro detrás de la puerta. - ¡¿Cómo vamos a vengar, en ese caso, al maestro?! - exclamó Ba-Chie. - Ya pensaremos después sobre eso - contestó el Peregrino -. Lo mejor que podemos hacer ahora es regresar junto a la tumba a ver qué está haciendo el Bonzo Sha. Le encontraron llorando desconsoladamente. Al verle tan abatido, Ba-Chie no pudo contener el llanto y se arrojó sobre el túmulo, golpeando el suelo con las manos y gritando, desesperado: - ¿Cuándo volveremos a reunimos con vos, maestro tocado por la mala fortuna? ¿Cuándo? - Trata de controlarte - le aconsejó el Peregrino -. Si el monstruo ha cegado la puerta delantera, eso quiere decir que dispone de otra trasera para entrar o salir. Quedaos aquí, mientras voy a echar un vistazo. - Ten cuidado - le aconsejó Ba-Chie, sin dejar de llorar -. Si ese monstruo te atrapara, no dispondríamos de suficientes lágrimas para lamentarnos de tu suerte. De hecho, resultaría muy confuso eso de verter una por ti y otra por el maestro. - No te preocupes - le tranquilizó el Peregrino -. Sé cuidarme bien - y, guardando la barra de hierro, se arremangó la túnica y se dirigió a la otra vertiente de la montaña. No tardó en oír un sonido borboteante de agua. Se dio media vuelta y vio un torrente que fluía de la misma cumbre de la montaña El agua se despeñaba entre los riscos e iba a morir ante una apertura en la roca, que parecía hacer las funciones de un sumidero. - No hace falta reflexionar mucho para darse cuenta de que es la entrada que andaba buscando - se dijo el Peregrino. Si me presento ahí dentro tal como estoy, los diablillos me reconocerán en seguida y tratarán de cerrarme la entrada. Lo mejor será que me convierta en una culebra de agua. Pero espera un momento. Si el espíritu del maestro se entera de que me he convertido en una serpiente..., porque los ofidios no suelen ser buenos monjes. ¿Qué tal, entonces, un cangrejo?... ¡No, no! El maestro puede acusarme de estar muy ocupado con las apariencias y eso no está bien - y decidió transformarse en una rata de agua. Con una destreza increíble se zambulló en las aguas y, después de saltar una especie de compuerta, se encontró en un patio muy bien soleado. Un grupo de diablillos estaba colgando a secar trozos de carne humana recién cortada. - ¡Santo cielo! - exclamó el Peregrino, horrorizado -. ¡Ésa tiene que ser la carne del maestro! Se conoce que no han podido comérsela toda y han decidido guardar un poco para el invierno. ¡Cuánto me gustaría manifestarme tal cual soy y acabar con todos ellos de un solo golpe de mi barra! Pero eso sólo pondría en claro que me sobra valentía y me falta astucia. ¡No! Lo mejor será que vuelva a metamorfosearse a ver si logro averiguar qué es lo que está ocurriendo ahí dentro - y, sacudiendo, una vez más, el cuerpo, se convirtió en una pequeña hormiga con alas. Aunque en apariencia se trataba de un insecto insignificante y débil, tras largos momentos de meditación había conseguido que le salieran alas, siendo conocido por doquier por el nombre de "caballo negro" 1. Cuando no tenía nada especial que hacer, se dedicaba a revolotear por sitios oscuros para probar su propia resistencia. Poseía un conocimiento tal de los cambios del tiempo, que, cuando iba a llover, se metía en su hormiguero y lo tapaba con sumo cuidado. Su cuerpo era, en realidad, tan etéreo, que podía elevarse por los aires a gran velocidad y colarse por las rendijas de las puertas sin que nadie se percatara de ello. Era capaz, de hecho, de volar sin meter ruido ni dejar la más ligera sombra. El Peregrino se llegó, de esa forma, hasta el pabellón central, donde encontró al monstruo en un estado de abatimiento total. Cuando parecía que, por fin, iba a derrumbarse, apareció por detrás un diablillo y le dijo en tono festivo: - ¡Diez mil albricias os sean dadas, gran señor! - ¿Cómo puedes decir semejante cosa en una situación como ésta? - le reprendió el monstruo. - No todo es tan negro como parece - se defendió el diablillo -. Ahora mismo, sin ir más lejos, acabo de regresar de una misión de reconocimiento. Al pasar por el torrente de la parte de atrás de la caverna, oí a alguien lamentarse a grandes voces. Con sumo cuidado ascendí hasta la cumbre de la montaña y descubrí que se trataba de Chu Ba-Chie, el Peregrino Sun y el Bonzo Sha. Los tres estaban llorando desconsoladamente delante de la tumba, de lo que deduje que habían creído que la cabeza que les entregasteis era la del monje Tang y la habían enterrado con todo respeto. De hecho, aún continúan afligiéndose ante el humilde agujero que han excavado. - Eso quiere decir - concluyó el Peregrino, loco de alegría - que no han devorado al maestro y que lo tienen escondido por alguna parte. Antes de discutir del asunto con estas bestias, no estaría de más que averiguara, de una vez, si el monje Tang está vivo o muerto. Sin pensarlo dos veces, remontó el vuelo y, mirando aquí y allá, descubrió una pequeña puerta que estaba firmemente cerrada. No le costó ningún trabajo meterse por una hendidura que había en la madera. Se encontró, así, en un espléndido jardín, del que se elevaban unos quejidos francamente lastimeros. Se adentró en la vegetación y vio un grupo de árboles, a cuya sombra había atadas dos personas. Una de ellas, no cabía la menor duda, era el monje Tang. El Peregrino se sintió preso de tal excitación, que, recobrando la forma que le era habitual, exclamó: - ¡Maestro! Al reconocer su voz, Tripitaka empezó a gritar en el mismo tono de excitación: - ¡Wu-Kung! ¡Eres tú, Sun Wu-Kung! ¡Por fin has venido! ¡Sácame de aquí, Sun Wu-Kung! - Dejad de repetir tantas veces mi nombre, por favor - le urgió el Peregrino -. Al otro lado de esa puerta hay unos cuantos monstruos y temo que puedan oíros. ¡Qué alegría veros vivo! Ese demonio nos había hecho creer que os había devorado, entregándonos un cráneo todo cubierto de sangre. No os preocupéis y tened un poco de paciencia. Hemos cruzado nuestras armas con él y hemos acabado con la mitad de su ejército de diablillos. Queda muy poco ya para derrocarle. Entonces vendré y os liberaré de una vez por todas. Nada más acabar de decirlo, recitó un conjuro y volvió a convertirse en una hormiga voladora, que fue a posarse en la viga central del salón principal de la caverna. En aquel mismo momento entró un grupo de diablillos que habían logrado salir con vida de la refriega y, rodeando a su señor, dijeron, muy excitados: - Cuando esos monjes han visto que la puerta estaba cegada y que no podían pasar por ella, han renunciado definitivamente a recuperar los despojos del monje Tang. Están convencidos de que la cabeza que les entregasteis era la suya y la han enterrado en una tumba. El duelo aún durará un par de días. Estamos seguros de que pasado mañana, cuando haya concluido, se levantarán y no volverán a aparecer jamás por aquí. Cada cual regresará al lugar del que ha partido y nosotros podremos disfrutar a nuestras anchas de la carne del monje Tang. ¿Por qué no lo freís con un poco de anís y de pimientos de Sechuan? Su sabor será más exquisito y así, aparte de alargar nuestras vidas, gozaremos de un banquete realmente delicioso. - ¿Cómo podéis decir eso? - protestó otro de los diablillos del grupo -. ¡Al vapor estará mucho más rico! - Pero cocido nos saldrá mucho más barato - opinó un tercer diablillo -. Por lo menos, ahorraremos leña. - Si su carne es tan rara como se dice - expresó otro más -, deberíamos salarla, así nos duraría más. - ¿Qué clase de enemistad albergáis contra mi maestro, para que sopeséis con tanta frialdad la forma como vais a comerle? - preguntó el Peregrino con voz inaudible desde lo alto de la viga. Se sentía indignado y, arrancándose un puñado de pelos, los trituró con los dientes y los escupió, no sin antes recitar el correspondiente conjuro. De esa forma, se convirtieron en insectos productores de sueño, que fueron metiéndose, uno a uno, por las narices de aquellos monstruos. Al poco rato todos dormían plácidamente, menos la bestia que los mandaba. Aunque parecía muy inquieto y no dejaba de rascarse la cabeza ni de pasarse la mano por la cara, no lograba conciliar el sueño. De hecho, estornudaba como si hubiera perdido el juicio y se frotaba la nariz con desconcertante frecuencia. - ¿Sospechará algo? - volvió a preguntarse el Peregrino -. Lo mejor será que le dé una doble ración - y, arrancándose otro pelo, lo convirtió en un insecto de mayor tamaño y se lo tiró al monstruo, que dispuso, así, de una pareja para él sólito. Mientras uno le entraba por el agujero derecho, el otro le salía por el izquierdo. Pese a todo, el monstruo continuaba resistiéndose a caer dormido. Por fin, se desperezó pesadamente y, después de bostezar dos o tres veces seguidas, se puso a roncar sonoramente. EL Peregrino recobró la forma que le era habitual y, sacando la barra de hierro, la sacudió hasta que hubo alcanzado el grosor de un huevo de oca. Con ella redujo a añicos la puerta que conducía al jardín de la parte de atrás y corrió hacia donde estaba Tripitaka, gritando, jubiloso: - ¡Aquí estoy otra vez, maestro! - ¡Desátame, por favor! - suplicó Tripitaka -. Estas cuerdas me están matando. - ¿A qué viene tanta prisa? - replicó el Peregrino -. Antes de liberaros es preciso que acabe con esos monstruos - y volvió a toda prisa al salón en el que los había dejado dormidos. Levantó la barra de hierro, pero, antes de descargar el golpe, se quedó con el gesto congelado en el aire y volvió a decirse: - ¡No, no! Esto no está bien. Lo primero que tengo que hacer es liberar al maestro. Todo lo demás debe esperar - y, una vez más, corrió hacia el jardín. Antes de llegar a él, sin embargo, detuvo su carrera y se repitió: - Estoy equivocado. Es preciso acabar con ellos primero. Volvió a cambiar de opinión dos o tres veces más. La indecisión se había apoderado de él con tal fuerza, que al final se quedó de pie en el jardín, entregado a una especie de danza ridícula. Al verle en aquel estado, el maestro le preguntó, divertido, a pesar de la aprensión que le embargaba: - ¿Se puede saber por qué estás bailando? ¡No me digas que es debido a la alegría que te produce saber que aún estoy vivo! Eso bastó para que el Peregrino se decidiera, por fin, a desatarle. Cuando se disponía a marcharse, el otro que estaba atado enfrente justamente del maestro levantó la voz y le suplicó: - ¿Por qué no me liberáis a mí también? ¡Apiadaos de mi desgracia! - Desátale, por favor, Wu-Kung - le pidió entonces el maestro, sin moverse del sitio. - ¿Quién es? - preguntó el Peregrino. - Un leñador - contestó el maestro -. Le capturaron un día antes que a mí y, según me ha explicado, tiene una madre anciana, en la que no deja de pensar. Como he podido apreciar, se trata de una persona con una extraordinaria piedad filial. Creo que harías bien en desatarle El Peregrino no tuvo nada que objetar y le soltó las ataduras. Juntos abandonaron la caverna por la puerta de atrás y subieron hacia la cumbre, siguiendo el curso del torrente. - Gracias por salvarme la vida - dijo entonces el maestro, emocionado -. ¿Dónde están Wu - Neng y Wu - Ching? - Haciendo luto por vos - respondió el Peregrino -. ¿Por qué no los llamáis? - ¡Ba-Chie! - gritó el maestro con todas sus fuerzas. El Idiota estaba aturdido de tanto llorar. Al oír la voz de Tripitaka, se limpió el morro y los ojos y dijo al Bonzo Sha: - Creo que el espíritu del maestro regresa a su hogar. ¿No es ésa, acaso, su voz? - ¡Qué tonto estás hecho! - le regañó el Peregrino, llegándose hasta donde él estaba -. ¿Para qué hablas de espíritus? ¿No ves que el que regresa es el auténtico maestro? El Bonzo Sha levantó la cabeza y, al verle, se postró de hinojos y exclamó: - ¡Cuánto habéis debido de sufrir, maestro! ¿Cómo se las ha arreglado nuestro hermano mayor para liberaros? - y el Peregrino contó punto por punto lo que había ocurrido. Al oírlo, Ba-Chie se puso tan furioso, que echó mano del rastrillo, apretó con fuerza los dientes y, de unos cuantos golpes, destrozó la tumba que él mismo había hecho. La cabeza quedó reducida a añicos. - ¿Por qué has hecho eso? - le regañó el monje Tang. - No sé a qué familia pertenecía este desgraciado - contestó Ba-Chie -, pero no me hace ninguna gracia haber llorado durante tanto tiempo por ella. - Deberías haberle agradecido que me haya salvado la vida - insistió el monje Tang -. Cuando tus hermanos arremetieron contra la caverna y exigieron mi libertad, los monstruos se sirvieron de ella para engañaros. De no haber sido así, me habrían matado sin ninguna consideración. No tendrías que haber destrozado su tumba en señal de gratitud. El Idiota no se hizo de rogar. Volvió a recoger los trozos de carne y huesos y los enterró en otra tumba nueva. - Sentaos aquí, maestro - dijo, entonces, el Peregrino -, mientras voy a acabar, de una vez, con esas bestias - y, lanzándose pendiente abajo, cruzó el torrente y entró en la caverna. Al pasar por el jardín posterior, recogió las cuerdas con las que habían estado atados el maestro y el leñador y se dirigió al salón principal. El monstruo seguía dormido. Con increíble destreza el Peregrino le ató a la barra de hierro como si fuera una pieza de caza y, cargándosela al hombro, salió por el mismo sitio que había entrado. Al verle desde lejos, Ba-Chie exclamó: - ¡Cuidado que le gusta complicarlo todo a ese mono! ¿No hubiera sido mejor poner otro monstruo en el extremo anterior de la barra para que hiciera contrapeso? Cuando hubo llegado a su altura, el Peregrino dejó caer al monstruo al suelo. Ba-Chie quiso rematarlo en seguida, pero se lo impidió el Gran Sabio, diciendo: - ¡Espera un momento! ¡Todavía no he capturado a los diablillos que quedan en la caverna! - Llévame contigo, así los machacaremos más pronto entre los dos. - ¿Para qué gastar energías a lo tonto? - replicó el Peregrino -. Lo mejor que podemos hacer es coger madera y quemarlos a todos vivos. El leñador condujo a Ba-Chie a un pequeño valle que había hacia el oriente, donde encontraron una gran cantidad de bambúes tronchados, pinos medio secos, troncos huecos de sauce, trozos de vides, hierbajos, juncos amarillentos y alguna que otra morera arrancada. Formaron con todo unos cuantos haces y los llevaron a la parte de atrás de la caverna. Mientras el Peregrino los prendía fuego, Ba-Chie sacudía con fuerza las orejas como si fueran abanicos. Antes de que las llamas lo envolvieran todo, el Gran Sabio sacudió el cuerpo y recobró todos sus pelos. Los diablillos se despertaron en seguida, pero el humo y el fuego llenaban ya todos los pasadizos y galerías. Ni uno solo pudo escapar a la quema. En un abrir y cerrar de ojos la caverna quedó reducida a meras cenizas. Al regresar al lado del maestro, vieron que el monstruo se estaba agitando en el suelo. - Acaba de despertarse - dijo el maestro visiblemente asustado. Sin encomendarse a nadie, Ba-Chie levantó el rastrillo y le asestó un golpe mortal, entonces se mostró tal cual era: un leopardo con la piel cubierta de manchas. - Este tipo de felinos - anunció el Peregrino - es capaz de comerse a un tigre. Calculad las fechorías que habrá cometido después de convertirse en un hombre. Creo que hemos hecho bien acabando con él. Emocionado, el maestro les dio las gracias y volvió a montar en el caballo. - Respetables maestros - dijo el leñador -, mi humilde casa se encuentra bastante cerca de aquí, hacia el sudoeste. Me gustaría presentaros a mi madre, para que también ella os dé las gracias por haberme salvado la vida. No os preocupéis. Cuando lo haya hecho, volveré a conduciros al camino principal. El maestro descendió del caballo y se dirigió hacia el sudoeste con el leñador y sus tres discípulos. No tardaron en adentrarse por un sendero alfombrado de musgo y totalmente enmarañado con lianas y enredaderas. Las rocas aparecían totalmente cubiertas de verdor y surgía de las copas de los árboles un estridente alboroto de cantos de pájaros. La profunda tonalidad del verde servía de punto de unión a la robustez de los pinos y a la fragilidad esbelta de los bambúes. Por doquier se veían flores exóticas. Por fin, apareció en la lejanía, difuminada por el tono azulado de la neblina, una cabaña con una cerca de bambúes entrelazados. Apoyada contra la puerta de madera había una anciana llorando a lágrima viva y repitiendo sin cesar el nombre de su hijo. El leñador se separó del grupo de monjes y corrió hacia la cabaña. Al llegar a la cerca, se echó rostro en tierra y gritó, emocionado: - ¡Aquí tenéis a vuestro hijo, señora! - ¡Hijo mío! - exclamó, a su vez, la anciana, abrazándole como una loca -. Al ver que no regresabas a casa, supuse que habrías caído en poder de ese monstruo que habita en esta montaña. Sólo de pensarlo se me encogía el corazón. ¿Por qué has tardado tanto en volver, si no te ha ocurrido nada de lo que temía? ¿Dónde están, además, el hacha, las cuerdas y la pértiga? - Aunque no lo queráis creer - contestó el leñador, echándose rostro en tierra y golpeando repetidamente el suelo con la frente -, caí, en efecto, víctima de ese monstruo de la montaña, que me ha tenido todos estos días atado a un árbol. Si no llega a ser por esos monjes de ahí, me habría devorado sin ninguna consideración. Uno de ellos es un arhat enviado por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. También él tuvo la mala fortuna de caer en poder de esa bestia y compartió sus sufrimientos conmigo, atado a otro árbol que había justamente enfrente del mío. Afortunadamente, sus discípulos poseen unos poderes francamente extraordinarios y terminaron matando a ese falso señor de la montaña, que, en realidad, no era más que un leopardo. A todos sus servidores los quemaron vivos en el interior de la caverna. A mí, por el contrario, me devolvieron la libertad, porque su misericordia es tan alta como los cielos y tan profunda como la tierra. Si no llega a ser por su extraordinaria bondad, habría perecido a manos de esa bestia. Gracias a su portentosa hazaña, la montaña goza ahora de una seguridad absoluta y podré salir a recoger madera por las noches sin peligro alguno. Al oír eso, la anciana invitó a entrar a los peregrinos en la cabaña, haciendo una inclinación a cada paso que daba. Después de que los huéspedes hubieron tomado asiento, tanto ella como su hijo golpearon el suelo con la frente en más de una ocasión, antes de meterse en la cocina a preparar una comida vegetariana. - Según veo - dijo el Peregrino, volviéndose hacia el leñador -, vuestro régimen de vida es humilde en extremo. Os suplico, por tanto, que no nos preparéis nada especial. Nos conformamos con cualquier cosa. - A decir verdad, maestro - contestó el leñador -, por aquí cerca no hay más casa que la nuestra y no disponemos, consiguientemente, ni de setas, ni de champiñones, ni de anisetes, ni de pimientos de Se - chuan. Nuestra despensa está llena únicamente de hierbas silvestres que yo mismo me encargo de recoger. Pero serán suficientes para expresaros nuestra gratitud. - Lamentamos sinceramente haberos causado todas estas molestias - se disculpó el Peregrino, sonriendo -, aunque la verdad es que todo ese ejercicio nos ha dado un hambre atroz. - No os preocupéis - respondió el leñador -. La comida estará lista en un abrir y cerrar de ojos. No se equivocó lo más mínimo. Apenas había acabado de decirlo, aparecieron sobre la mesa, esmeradamente limpia, toda clase de productos comestibles que crecen en los bosques: repollo de un leve colorido amarillento, alubias blancas con vinagre, corolas de loto y de otras plantas acuáticas, bolsones de pastor, tripas de oca, aromáticas golondrinas viajeras, guisantes y judías verdes, raíces cocidas de caballos azulados, huellas de perro tostadas, orejas de gato, polvos de viento, brotes de ceniza tiernos, mangos de cuchillo, delicias de vaquero, tornillos rellenos, arroz partido, flores comestibles de varias especies, castañas, brotes de juncos y de otras plantas que crecen en las orillas de los arroyos, sabrosísimas vestimentas de dama de trigo, túnicas rotas, retoños de bambú, algodón de pajaritos, pisadas de mono fritas con mucho aceite, diferentes tipos de cereales de grano rugoso, orejas de cabra, diferentes clases de raíces oleaginosas... Éstas y otras muchas más variedades de hierbas comestibles que crecen en los bosques ofrecieron el leñador y su madre a los peregrinos en señal de agradecimiento. No faltó, por supuesto, el arroz con el que acompañaron todas aquellas delicias silvestres. En cuanto se hubieron saciado, el maestro y los discípulos se dispusieron a ponerse de nuevo en camino. El leñador no se atrevió a demorar por más tiempo su marcha y pidió a la anciana que saliera a despedirlos a la puerta, cosa que ella hizo, inclinándose repetidamente con musitado respeto. El muchacho tomó, entonces, un bastón hecho con el tronco de un datilero y se dispuso a acompañar a sus huéspedes. El Bonzo Sha tomó las riendas del caballo y siguió los pasos de Ba-Chie, que, sin nadie pedírselo, había cargado con el equipaje. El Peregrino, por su parte, se colocó al lado del maestro, que, doblando las manos a la altura del pecho, dijo al leñador: - Abrid, por favor, la marcha. Cuando lleguemos al camino principal, dejadnos solos y regresad a vuestro hogar. Bajaron de la montaña, siguiendo el cauce de un torrente y, al ver lo difícil que se tornaba el descenso, el monje Tang exclamó3: - Tras despedirme de mi señor e iniciar mi aventura hacia el Oeste, discípulos amantísimos, he hollado senderos que cada vez me acercan más al fin de esta misión que parece inalcanzable. En cada montaña y en cada curso de agua me aguarda un peligro diferente. Es como si mi vida estuviera enteramente a merced de los monstruos. Pero no ocupa mi mente otro pensamiento que el de alcanzar el Cielo de los Nueve Pliegues. ¿Cuándo hallaré, por fin, el descanso y podré regresar, cargado de gloria, a la corte de los Tang?! - Dejad de lado todos esos temores, maestro - le aconsejó el leñador, al oírlo -. El Reino de la India, la cuna de la suprema felicidad, se encuentra a menos de dos mil kilómetros de aquí. - Me temo que os hemos molestado demasiado - dijo el maestro, bajando del caballo -. Si ése de ahí es el camino que conduce al Oeste, no tiene ningún sentido que sigáis acompañándonos. Regresad a vuestra casa y reiterad las gracias a vuestra respetable madre por el opíparo banquete vegetariano que tuvo a bien ofrecernos. La única forma que tiene un pobre monje como yo de devolveros tantos favores es recitar textos sagrados por vos, para que gocéis siempre de paz y alcancéis una vida que supere los cien años. El leñador no se atrevió a desobedecerle y regresó a su cabaña, mientras el maestro y los discípulos continuaban su interminable deambular hacia el Oeste, una vez que, derrotado el monstruo, hubieron sido compensados con amabilidad todos los sufrimientos que les hizo pasar la bestia. No sabemos, de momento, cuántos días les quedaban aún para alcanzar el Paraíso Occidental. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第087回 TRAS OFENDER A LOS CIELOS, EL DEPARTAMENTO DEL FÉNIX INMORTAL SE VE ATACADO POR LA SEQUÍA. RECURRIENDO A LA VIRTUD, EL GRAN SABIO SUN CONSIGUE LA LLUVIA El Gran Tao es tan profundo y misterioso, que, cuando los espíritus y los dioses perciben un mero atisbo de su verdad, se quedan maravillados. La auténtica felicidad abarca todo el universo y penetra hasta el fondo de la mente, pero no existe nada en el mundo comparable a ella. La perla sagrada de la Cumbre del Buitre' emite cinco clases distintas de rayos, cuando se la saca de su escondite y se la coloca en lo más alto del pico. Su luz es tan intensa, que llega a todas las criaturas del cosmos y las vidas de los que la aceptan se tornan tan largas como las cordilleras o la longitud interminable del mar. Decíamos que Tripitaka y sus discípulos se despidieron del leñador y continuaron descendiendo por la Montaña Escondida por la Niebla, sin apartarse en ningún momento del camino del Oeste. Tras varios días de marcha sus pasos los llevaron hasta las proximidades de una ciudad. - ¿Puedes averiguar si esa ciudad de ahí delante es el Reino de la India? - preguntó Tripitaka, volviéndose hacia Wu-Kung. - No lo es, maestro - respondió el Peregrino, sacudiendo las manos -. Aunque el lugar en el que mora Tathagata recibe el nombre de Reino de la Felicidad Suprema, no es propiamente una ciudad, sino una montaña muy grande cubierta de templetes y edificios muy altos, que, en conjunto, reciben el nombre de Gran Monasterio del Trueno de la Montaña del Espíritu. Aunque hubiéramos llegado al Reino de la India, eso no querría decir que nos halláramos en los dominios de Tathagata. ¡Sólo el Cielo sabe la distancia que aún nos separa del Reino de la Montaña del Espíritu! Si no me equivoco, esa ciudad debe de formar parte de una de las prefecturas de la India. Pero es preciso acercarnos a ella para saber si es verdad. No tardaron en llegar a sus impresionantes murallas. Tripitaka desmontó del caballo y cruzó a pie las tres puertas que conducían al interior. Las calles estaban casi vacías y el bullicio era menor que el que podría encontrarse en una aldea de las montañas. En las cercanías del mercado, vieron a un grupo de personas vestidas de azul a ambos lados de la calle. Algunas se encontraban bajo los aleros de un edificio y, a juzgar por sus sombreros y sus cinturones, se trataba de funcionarios. Los cuatro monjes trataron de pasar entre ellos, pero nadie se apartaba y apenas podían andar. Chu Ba-Chie jamás había dejado de ser una persona sin cultura alguna y, alargando el hocico, gritó, malhumorado: - ¿Es que no os podéis quitar de ahí? ¿Cómo vamos a pasar, si no? Al levantar la cabeza y ver su extraña figura, todos se quedaron mudos de asombro y empezaron a caerse al suelo temblando. Poco a poco se fueron recuperando y comenzaron a gritar: - ¡Un monstruo! ¡Acaba de llegar un monstruo! Uno de los que parecían ser funcionarios se armó de valor y, acercándose a los recién llegados, les preguntó: - ¿De dónde sois? - Este humilde monje - se apresuró a contestar Tripitaka, temiendo que sus discípulos pudieran provocar algún incidente - es un súbdito del imperio de los gran Tang, en las Tierras del Este, y ha sido enviado al Monasterio del Trueno, en el Reino de la India, con el fin de obtener las escrituras del Patriarca Budista. Al pasar por esta digna región, decidimos entrar en vuestra noble ciudad para buscar alojamiento y tratar de averiguar cómo se llama. Disculpad a mis discípulos por mostrarse tan rudos con vuestros conciudadanos. - Ésta - explicó uno de los funcionarios después de devolverles el saludo - es una de las prefecturas de la India y es conocida por el nombre del Fénix Inmortal. Llevamos años padeciendo una terrible sequía y el prefecto nos ha ordenado que coloquemos carteles por todos los sitios para ver si algún monje consigue que caiga algo de lluvia y, así, nos salva a todos de morir de hambre. - ¿Dónde están esos carteles de los que habláis? - preguntó el Peregrino. - Aquí mismo - contestó el funcionario -. Precisamente estábamos limpiando la pared para colgarlo al abrigo de estos aleros. - Si no os importa, me gustaría verlo - contestó el Peregrino. Otro de los funcionarios lo extendió sobre la pared y el Gran Sabio no tuvo ninguna dificultad en leer: Shang - Kuang, prefecto de la Prefectura del Fénix Inmortal, perteneciente al Gran Reino de la India, promulga la presente convocatoria, solicitando la colaboración de todos los monjes virtuosos que estén dispuestos a aliviar los sufrimientos de sus semejantes. Aunque la extensión de nuestra prefectura es enorme y sus recursos suficientes para alimentar a una gran población, tanto de militares como de civiles, durante los últimos años hemos sufrido los efectos de una sequía pertinaz que ha traído el hambre hasta nuestras propias puertas. Los campos de cultivo ya no se aran, la tierra se ha tornado estéril, los ríos bajan sin agua y las acequias se han secado a consecuencia de tan persistente falta de lluvia. Ni en los pozos ni en los arroyos queda ya agua. Tanto los más ricos como los más pobres de entre nosotros encuentran extremadamente difícil subsistir en estas condiciones. Los precios se han desorbitado de tal manera, que una simple medida de grano cuesta cien monedas de oro y un simple haz de leña alcanza la desorbitada cifra de cinco onzas de plata. Se cambian muchachas de diez años por tres cuartos de litro de arroz y se regalan a los niños de cinco años. Aquellos de entre nosotros que aún respetan los principios de la ley empeñan cuanto poseen para poder sobrevivir, mientras que otros se dedican al pillaje y recorren en bandas toda la campiña. Ante tan insostenible situación hemos decidido promulgar el presente edicto, invitando a las personas virtuosas a que eleven oraciones al Cielo impetrando la llegada de la lluvia. Quien obtenga para todos tan inestimable beneficio recibirá en recompensa mil monedas de oro. Es una promesa que fundamento sobre mi propio honor. - ¿Shang - Kuang es, realmente, el nombre de vuestro prefecto? - preguntó el Peregrino después de leer el documento. - Es un apellido - contestaron los funcionarios -, pero hay algunos que llaman también así a nuestra prefectura. - ¡Jamás había oído un nombre tan raro! - exclamó el Peregrino, sin poder contener la risa. - Parece como si no hubieras ido al colegio - le regañó Ba-Chie, despectivo -. ¿No sabes que hacia el final del Libro de los Apellidos aparece el nombre Shang - Kuang Ou - Yang? - ¿Por qué no dejáis de perder el tiempo en conversaciones inútiles? - los reprendió Tripitaka -. Si alguno de vosotros es capaz de impetrar la lluvia, debería hacerlo sin demora para aliviar los sufrimientos de esta gente. De lo contrario, marchémonos cuanto antes y prosigamos nuestro camino. - Hacer que llueva no es nada difícil - afirmó el Peregrino con la seguridad que siempre le caracterizaba -. Después de todo, tengo poder para alterar los cursos de los ríos y los mares, cambiar la órbita de los planetas, poner patas arriba los Cielos, esculpir neblinas y nubes, perseguir a la luna con una montaña a la espalda, hacer levantar el viento y provocar lluvias torrenciales. A todas estas cosas me dediqué en mi juventud. Os aseguro que para mí no encierran la menor dificultad. - Con vos, respetable maestro - se apresuró a decir uno de los funcionarios -, ha llegado la felicidad a esta tierra - y corrió a informar de lo ocurrido al prefecto. En aquellos momentos la máxima autoridad de la ciudad se encontraba orando entre un auténtico bosque de varillas de incienso. Al oír las embrolladas palabras del funcionario, exclamó: - ¡Se puede saber de qué estás hablando! - Cuando nos encontrábamos a la entrada del mercado colocando vuestro edicto en uno de los muros - contestó el funcionario -, aparecieron cuatro monjes, que afirmaron ser unos enviados del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este. Según dijeron, su meta es alcanzar el Monasterio del Trueno, en el Reino de la India, y conseguir las escrituras budistas. Lo más asombroso, sin embargo, fue que, al leer vuestro desesperado documento, dejaron claro que ellos eran capaces de producir la lluvia. Sin pérdida de tiempo el prefecto se ajustó la túnica y corrió hacia el mercado, sin esperar a que llegara su carroza oficial. Le urgía dar la bienvenida a monjes tan poderosos. Al verle aparecer, la gente se hizo a un lado y alguien gritó: - ¡Aquí llega nuestro amado prefecto! La máxima autoridad municipal se dirigió directamente hacia el monje Tang y se inclinó ante él repetidamente, sin importarle ni el aspecto monstruoso de los otros tres peregrinos ni el hecho de que se encontrara en plena calle. - Vuestro humilde servidor - dijo con voz cargada de respeto - es el prefecto Shang - Kuang, responsable de esta demarcación del Fénix Inmortal. No necesito deciros que, una vez realizadas las abluciones rituales, es mí intención suplicaros que hagáis caer la lluvia y, así, salvéis de la muerte a mi gente. ¡Valeos de vuestros extraordinarios poderes y no echéis en saco roto las enormes dificultades que ahora estamos atravesando! - No es éste lugar para una conversación de ese tipo - contestó Tripitaka, después de devolverle el saludo -. Si no os importa, nos gustaría que nos condujerais al templo o al monasterio más cercano. Allí podríamos efectuar con más facilidad lo que se espera de nosotros. - ¿Por qué no me acompañáis a mi residencia? - sugirió el prefecto -. En ella reina el mismo silencio y la misma tranquilidad que en un monasterio. El maestro y los discípulos cargaron con el equipaje y se dirigieron al palacio del prefecto. Después de repetir los saludos y las frases de bienvenida, la máxima autoridad de aquella ciudad ordenó servir el té y una comida vegetariana. La comida no tardó en aparecer y Ba-Chie se lanzó sobre ella como si fuera un tigre hambriento, sumiendo en tal temor a los que iban y venían con los platos y las bandejas, que empezaron a temblar de pies a cabeza. Pero hubieron de reponerse en seguida, porque aquel huésped tan glotón exigía, una y otra vez, más sopa y más arroz. Afortunadamente, el monje Tang dio por terminado el banquete al poco rato y, volviéndose hacia el prefecto, le preguntó: - ¿Cuánto tiempo lleva esta noble comarca aquejada por la sequía? - Como bien sabéis - contestó el prefecto -, soy la máxima autoridad de esta demarcación del Fénix Inmortal, perteneciente al Gran Reino de la India. La sequía lleva tres años abatiéndose sobre nosotros, arruinando las cosechas, secando los pastos y acabando con todas nuestras reservas. El comercio ha desaparecido casi por completo y nueve de cada diez familias se encuentran en un estado de total desesperación. No es de extrañar, ya que dos tercios de la población han perecido de hambre y el tercio que aún queda se encuentra en una situación tan precaria como una llama expuesta al viento. Eso me ha movido a hacer público el edicto que ya conocéis, aunque es una suerte para nosotros que hayan llegado a nuestros dominios monjes tan virtuosos como vosotros. Sabed que, si sois capaces de hacer caer algo de lluvia, por muy poca que ésta sea, recibiréis en recompensa mil monedas de oro. - ¡No habléis de dinero, por favor! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada, divertido -. Con esas mil monedas de oro no conseguiréis ni una sola gota de lluvia. No es eso, precisamente, lo que andamos buscando. Lo que a nosotros realmente nos importa es la virtud. Si estáis dispuesto a abrazarla de corazón, caerá sobre vuestra cabeza un auténtico aluvión de agua. Aquel prefecto era una persona recta y digna que sólo pensaba en el bien de su pueblo e inmediatamente pidió al Peregrino que ocupara el puesto de honor. - Si estáis dispuesto a mostrar por mi gente toda esa benevolencia de la que habláis - concluyó, respetuoso -, os prometo que jamás daré la espalda a la virtud. - Entonces no se hable más - dijo el Peregrino -. Levantaos y cuidad de mi maestro, mientras hago lo que tengo que hacer. - ¿Qué es lo que tienes pensado? - preguntó el Bonzo Sha. - Tú y Ba-Chie venid conmigo - ordenó el Peregrino -. Poneos al pie de las escaleras y oficiad de ayudantes míos. Voy a llamar al dragón, para que traiga la lluvia, Ba-Chie y el Bonzo Sha obedecieron sin rechistar. Cuando llegaron al pie de las escaleras, se detuvieron y el prefecto empezó a quemar varillas de incienso, mientras Tripitaka recitaba un sutra. El Peregrino recitó, entonces, un conjuro e inmediatamente se levantó por el este una nube muy oscura, que fue a detenerse justamente encima del patio de la mansión oficial. Se trataba, ni más ni menos, de Ao - Kuang, el Rey Dragón del Océano Oriental. Inmediatamente tomó forma humana y, acercándose al Peregrino, se inclinó respetuosamente ante él y le preguntó: - ¿De qué forma puede servir un dragón tan insignificante como yo a un inmortal tan poderoso como vos? - Levantaos del suelo, por favor - le pidió el Peregrino -. Os he hecho llamar con el único propósito de pediros que dejéis caer vuestra lluvia sobre esta Prefectura del Fénix Inmortal y, así, aliviéis la tremenda sequía a la que se ha visto sometida durante estos últimos años. - Permitid que os diga que eso no depende exclusivamente de mí - respondió el dragón -. Aunque dispongo del poder de producir la lluvia, debo seguir escrupulosamente las órdenes del Cielo. Sin una autorización expresa suya me es imposible cumplir vuestros deseos. - Si os he mandado venir - insistió el Peregrino -, ha sido, porque, al pasar por aquí y ver los sufrimientos que está padeciendo esta gente, me he comprometido a aliviarlos de la forma más rápida posible. ¿Por qué me vienes ahora con todas esas excusas? - Jamás me atrevería a tanto - se defendió el dragón -. Siempre que recitáis el conjuro, acudo a vuestro lado. Pero no puedo hacer llover de inmediato. En primer lugar, no dispongo de la autorización de lo alto y, en segundo, no he traído conmigo a mis ayudantes. Lo mejor que puedo hacer, para no dejaros en mal lugar, es ir en busca de mis tropas, mientras vos acudís al Palacio Celeste a solicitar el permiso imperial. Bastará con una orden general. De todas formas, es preciso que conozca la cantidad exacta de lluvia que se me permite arrojar sobre este reino. Comprendiendo que era inútil seguir discutiendo con el viejo dragón, el Peregrino le permitió regresar al fondo del mar. Se llegó a continuación a lo alto de las escaleras y contó a Tripitaka lo que acababa de hablar con el Señor de la Lluvia. - En ese caso - concluyó el maestro -, haz lo que tienes que hacer. Pero no enredes las cosas, por favor. El Peregrino volvió junto a Ba-Chie y el Bonzo Sha y les ordenó: - Cuidad del maestro, mientras voy al Palacio Celeste - y desapareció de la vista de todos. - ¿Adonde ha ido el Honorable Maestro Sun? - preguntó el prefecto, temblando de miedo. - A los Cielos, montado en una nube - contestó Ba-Chie, sonriendo. Eso sumió al prefecto en un respeto mayor e inmediatamente ordenó a sus súbditos, tanto a los nobles como a los plebeyos, a los militares como a los civiles, que desplegaran delante de sus casas grades carteles de agradecimiento y bienvenida para el Rey Dragón. Debían colocar, al mismo tiempo, jarras de agua limpia con una ramita de sauce dentro delante de cada puerta, junto con varillas encendidas de incienso, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, de un salto, se llegó hasta la Puerta Oeste de los Cielos. El Devaraja Dhrtarastra le salió al encuentro al frente de un grupo de soldados celestes, que le preguntaron: - ¿Habéis dado ya por terminada vuestra empresa de conseguir las escrituras sagradas? - A punto estoy de darla por concluida - contestó el Peregrino -. Nos encontramos, de hecho, en el límite oriental del Reino de la India, concretamente en la Prefectura del Fénix Inmortal, un lugar en el que no ha llovido durante los últimos tres años y la gente se está muriendo de hambre. Tan desesperada es su situación, que me ofrecí a proveerles de cuanta lluvia precisen, pero, al llamar a mi presencia al Rey Dragón, me contestó que no se atrevía a hacerlo sin autorización. Ése es el motivo de que haya venido a solicitar una entrevista con el Emperador de Jade. - Según tengo entendido - respondió el devaraja -, lleva tanto tiempo sin llover en esa zona debido a que el prefecto ha ofendido al Cielo y a la Tierra con su conducta. En castigo, el Emperador de Jade ha ordenado reunir una montaña de arroz, otra de tallarines y un candado de oro, haciendo saber que no caerá ni una gota sobre esa comarca hasta que no hayan desaparecido esas tres cosas. No sabiendo a qué se refería el devaraja, el Peregrino insistió en entrevistarse con el Emperador de Jade. Nadie se atrevió a impedírselo y fue conducido directamente al Salón de la Luz Perfecta, donde fue recibido por los Cuatro Consejeros Celestes, que le preguntaron: - ¿Se puede saber a qué se debe el honor de veros por aquí? - Siguiendo con mi misión de proteger al monje Tang - contestó el Peregrino -, hemos llegado al extremo oriental del Reino de la India, concretamente a la Prefectura del Fénix Inmortal, donde no ha llovido durante muchísimo tiempo, a pesar de que el prefecto ha recurrido a todos los medios posibles para obtener la lluvia. Compadecido de los sufrimientos de esa gente, hice llamar al rey dragón, que, no obstante, se negó a dejar caer una sola gota, si antes no obtenía el correspondiente permiso del Emperador de Jade. Ese es el motivo de que haya acudido a cumplimentar al Señor Celeste. - Desgraciadamente - explicaron los consejeros al mismo tiempo -, en ese lugar no puede llover. - A pesar de todo - replicó el Peregrino, sonriendo -, insisto en ser conducido sin ninguna demora a su presencia. No es la primera vez que alcanzo su favor. - Como muy bien afirma el proverbio - dijo el Inmortal Ke -, "no puede ser considerado un gran favor tapar una red con una bandera". - Dejémonos de charlas inútiles y hagamos lo que nos pide - sugirió Xü Ching - Yang. Sin pérdida de tiempo los consejeros Ke, Xü, Chiou Hong - Chr y Chang Tao - Ling condujeron a tan ilustre visitante al Salón de la Niebla Divina. - Traemos con nosotros - dijeron con muchísimo respeto - a Sun Wu-Kung, que, en su largo camino hacia el Monasterio del Trueno, ha llegado a la Prefectura del Fénix Inmortal, que, como sabéis, pertenece al Reino de la India. Desea que dictéis una orden para los dragones, con el fin de que pueda llover sobre esa comarca. - Hace aproximadamente tres años - contestó el Emperador de Jade -, el día vigésimo quinto del duodécimo mes, realicé un viaje de inspección a través de los Cielos y de cada uno de los Tres Reinos. Al llegar a esa comarca concreta de la que habláis, tuve la oportunidad de presenciar el orgullo con el que se comportaba ese tal Shang - Kuang. Con mis propios ojos vi cómo tomaba el trozo más grande de carne que descansaba sobre el altar de los Cielos y se lo daba a los perros. No contento con eso, le oí proferir palabras obscenas contra lo que soy y lo que represento. Ante faltas tan horrendas ordené preparar las tres cosas que ahora descansan en el Salón del Aroma Envolvente. Es mi deseo que Sun Wu-Kung sea conducido hasta allí y las vea con sus propios ojos, con la certeza de que no promulgaré la orden que ha venido a buscar hasta que no hayan desaparecido totalmente. Mientras llega ese momento, sería de desear que se preocupara únicamente de sus propios asuntos. Sin pérdida de tiempo, los Consejeros Celestes condujeron al Peregrino al lugar que les había sido indicado. Allí se encontraron con una montaña de arroz de aproximadamente trescientos metros de altura y otra de tallarines, el doble que la anterior. Junto a la de arroz había un pollito un poco mayor que un puño cerrado picoteando, a un ritmo tan irregular, que a veces parecía que iba a atragantarse y otras daba la impresión de estar meramente jugando con el grano. Encima de la de tallarines, por otra parte, se hallaba una cría de perrito pekinés, que lamía, de vez en cuando, tan gigantesca cantidad de comida. A la izquierda del salón, colgado de la pared, se veía un enorme candado de más de metro y medio de longitud, del que sobresalía una llave del grosor de un dedo. Justamente debajo de ella descansaba una lámpara cuya llama apenas sí lamía el metal que tenía encima. Desconcertado, el Peregrino se volvió hacia los Consejeros Celestes y les preguntó: - ¿Qué significa todo esto? - El Emperador de Jade ha determinado que no lloverá en esa región hasta que el pollito no haya terminado con todo el arroz, el perro no se haya comido la montaña de tallarines y la llama no haya fundido la llave - explicó uno de los consejeros. - En ese caso - inquirió Tripitaka -, ¿qué se puede hacer? - En realidad, la solución no es tan difícil como parece - contestó el Peregrino -. Al abandonar el salón, los Cuatro Consejeros Celestes me hicieron ver que todo el asunto se resolvería con unas cuantas acciones buenas. - Decidme qué camino debo seguir - suplicó el prefecto, echándose rostro en tierra -. Prometo seguir vuestras sugerencias al pie de la letra. - Si, en verdad, estáis dispuesto a arrepentiros, a abrazar la virtud y a honrar a Buda, dedicándoos por entero a la meditación, os prometo que intercederé en vuestro favor ante el Emperador de Jade - respondió el Peregrino -. Si, por el contrario, os negáis obstinadamente a seguir la senda del bien, nadie podrá libraros del castigo y pereceréis ejecutado a manos de los esbirros del propio Cielo. El prefecto empezó a tocar el suelo con la frente y a repetir que estaba dispuesto a abrazar de todo corazón los principios de la religión. Con el fin de demostrar que sus intenciones eran auténticas, hizo llamar a todos los monjes budistas y taoístas que había en su comarca y les ordenó que durante tres días no dejaran de orar, redactando, al mismo tiempo, documentos de arrepentimiento, que había de hacer llegar a los Cielos a través de las llamas. Él mismo recorrió las calles al frente de sus súbditos, haciendo penitencia y quemando varillas de incienso para aplacar a la Tierra y al Cielo. Hasta Tripitaka recitó incontables sutras en su nombre. Se ordenó, igualmente, a todos los habitantes de la prefectura, tanto a los que habitaban en la ciudad como a los que moraban fuera de sus muros, que recitaran de continuo el nombre de Buda. De esa forma, las buenas obras se extendieron por toda la comarca y el Peregrino pudo pedir a Ba-Chie y al Bonzo Sha: - Cuidad del maestro, mientras voy a ver qué tal van las cosas. - ¿Adonde piensas ir esta vez? - le preguntó Ba-Chie. - Puesto que el prefecto no ha echado en saco roto nuestras palabras y no deja de repetir, respetuoso, el nombre de Buda, creo que ha llegado el momento de visitar, una vez más, al Emperador de Jade y pedirle que haga caer la lluvia sobre estas tierras. - Espero que nuestro viaje no se vea afectado por tu interés - comentó el Bonzo Sha -. Procura terminar cuanto antes este asunto de la lluvia, para que también nosotros podamos alcanzar el premio que nos está reservado. El Gran Sabio montó en una nube y no tardó en llegar a la Puerta de los Cielos, donde fue debidamente recibido por el Devaraja Dhrtarastra, que le preguntó después de los saludos de rigor: - ¿Cómo es que estáis otra vez por aquí? - El prefecto ha vuelto al sendero de la virtud - contestó el Peregrino y el Devaraja manifestó una alegría fuera de lo común. Mientras hablaban, vieron acercarse al Mensajero del Perfecto Talismán con unos cuantos documentos taoístas y budistas. Al ver al Peregrino, se acercó a él y le saludó, diciendo: - El trabajo que habéis realizado es, francamente, espléndido, Gran Sabio. - ¿Adonde lleváis todos esos documentos? - inquirió el Peregrino. - Al Salón de la Luz Perfecta - contestó el Mensajero -. Es preciso que los Consejeros Celestes se los hagan llegar sin demora al Emperador de Jade. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, iré con vos. - No es necesario que solicitéis una nueva audiencia con el Emperador - dijo al Gran Sabio el Devaraja Dhrtarastra -. Dirigíos al Noveno Cielo, al Departamento de las Estaciones, y preguntad por los dioses del trueno. A la tormenta seguirá la lluvia y todos vuestros problemas tocarán a su fin. El Peregrino siguió su consejo y, en vez de dirigirse al Salón de la Niebla Divina, se elevó hacia arriba y fue a parar al Departamento de las Estaciones, en el Noveno Cielo, donde fue recibido por el Mensajero de la Puerta del Trueno, el Encargado del Archivo General y el Responsable de la Sección Judicial, que le preguntaron, después de saludarle: - ¿A qué se debe tan grata sorpresa, Gran Sabio? - Existe cierto asunto que desearía tratar directamente con el Respetable - contestó el Peregrino. Los mensajeros fueron inmediatamente a comunicar su llegada. El Respetable salió de detrás de un biombo de azufre adornado con nueve fénix y, arreglándose lo mejor que pudo las ropas, salió al encuentro de su ilustre huésped. Después de intercambiar los correspondientes saludos, el Peregrino anunció: - He venido a pediros un favor. - ¿De qué se trata? - preguntó el Respetable. - Mi misión junto al monje Tang - contestó el Peregrino - me ha conducido hasta la Prefectura del Fénix Inmortal, donde hemos podido constatar los efectos de la terrible sequía a la que se ha visto sometida tan desgraciada región. Al comprobar los sufrimientos de sus habitantes, me comprometí a proporcionarles un poco de lluvia y eso me ha obligado a venir a pediros que pongáis a mis órdenes a vuestros subalternos, para que siembren las nubes de truenos. - Sé que el prefecto de esa región ha levantado las iras del Cielo - replicó el Respetable -. Estoy al tanto, igualmente, de las tres condiciones que se han impuesto para que vuelva a llover sobre esa zona. Desconozco si han sido ya cumplidas. - Ayer mismo me entrevisté con el Emperador de Jade - explicó el Peregrino - y tuvo la amabilidad de ordenar a los Consejeros Celestes que me condujeran al Salón del Aroma Envolvente, donde tuve la oportunidad de conocer esas tres condiciones de las que habláis. Se trata, en efecto, de una montaña de arroz, un montículo de tallarines y un candado de oro. Cuando me enteré de que no volvería a llover sobre esa prefectura hasta que no desaparecieran tan enormes cantidades de comida, a punto estuve de ceder a la desesperación. Afortunadamente, los Consejeros Celestes me hicieron ver que todo se solucionaría con una vuelta al camino del bien por parte de todos los habitantes de esa comarca. Su idea era que, para que el Cielo ayude a alguien, se requiere tener la mente limpia. Me aseguraron, de hecho, que las obras virtuosas harían cambiar la decisión del Emperador Celeste, poniendo fin a los sufrimientos de todo un pueblo. No necesito deciros que la virtud se ha adueñado de toda la prefectura y que el sonido del bien se escucha con tanta claridad por ella, que el mismo Mensajero del Perfecto Talismán acaba de cruzar las puertas del Cielo portando documentos fehacientes de que la conversión está obteniendo ya sus frutos. Ése es el motivo por el que he venido a solicitaros que pongáis a mi disposición a algunos funcionarios del departamento del trueno. - En ese caso - concluyó el Respetable -, pediré a los pajes Tang, Xin, Chang y Tao que os acompañen a vos y a la Dama del Rayo a la Prefectura del Fénix Inmortal, para que siembren las nubes con el rolar del trueno. Los cuatro aludidos se dispusieron en seguida a cumplir sus órdenes. En un abrir y cerrar de ojos llegaron a la comarca asolada por la sequía y empezaron a desplegar el poder de su magia. El estruendo del trueno se extendió por toda la región, acompañado por los latigazos de luz del relámpago, que parecían culebras doradas sacadas de su letargo por el fragor de la tormenta. En algunas ocasiones parecían guerreros de fuego empeñados en derribar todas las cavernas que horadaban las montañas. Su fugaz resplandor encendía los cielos, sembrando de espanto la tierra. Pero no todo eran amenazas de destrucción y muerte. La luz de los rayos hacía crecer con más premura a las plantas, aunque las montañas vibraran y las rocas se sintieran inseguras. Todos los habitantes de la Prefectura del Fénix Inmortal, tanto los que habitaban en el campo como los que moraban en las ciudades, llevaban tres años seguidos sin escuchar el bramido del trueno. Al ver la extraordinaria tormenta que, de pronto, se había desatado sobre sus cabezas, se postraron de hinojos y empezaron a golpear el suelo con la frente. Algunos se colocaron pequeños pebeteros de incienso sobre la cabeza, mientras otros sacudían ramitas tiernas de sauce, al tiempo que gritaban: - ¡Namo Amitabha! ¡Namo Amitabha! Tan sinceras exclamaciones terminaron alertando a las Regiones Superiores, pues, como muy bien afirma un antiguo poema, "el Cielo y la Tierra están al tanto de todos los deseos que brotan del corazón del hombre". ¡Injusto, en verdad, sería el universo, si el vicio no fuera castigado y la virtud premiada! Vamos a dejar de hablar, de momento, del Gran Sabio y de todos los demás dioses que estaban sembrando de estruendo y de luz toda la Prefectura del Fénix Inmortal, para centrarnos en el Mensajero del Perfecto Talismán, que se dirigió con todos los documentos, tanto budistas como taoístas, que llevaba en su poder, hacia el Salón de la Luz Perfecta. Los Cuatro Consejeros Celestes se los entregaron directamente al Emperador Celeste, que comentó en cierto tono de satisfacción: - Si es verdad que ésos de ahí abajo se han abandonado a pensamientos virtuosos, las tres condiciones que en su día impusimos deben de estar a punto de ser cumplidas en su totalidad. No había terminado de hablar, cuando se presentó un guarda del Salón del Aroma Envolvente, que informó, diciendo: - Las montañas de tallarines y de arroz han desaparecido totalmente y el fuego ha fundido por la mitad la llave que estaba metida en el candado de oro. Casi en ese mismo instante aparecieron en la corte todos los espíritus y dioses, tanto de la ciudad como del campo, de la Prefectura del Fénix Inmortal y comunicaron, satisfechos, al Emperador de Jade: - El señor y los súbditos de la región que nos ha sido encomendada han vuelto, finalmente, al camino de la virtud. Ni uno solo de sus habitantes se ha negado a abrazar los principios budistas y a presentar sus respetos al Cielo. Os suplicamos, por tanto, que hagáis valer vuestra infinita misericordia y hagáis caer sobre ellos la dulzura de la lluvia, que tanto anhelan. Satisfecho por los informes que acababa de recibir, el Emperador de Jade ordenó sin la menor dilación: - Que los Departamentos del Viento, las Nubes y la Lluvia envíen sus efectivos a las Regiones Inferiores y dejen caer sobre la Prefectura del Fénix Inmortal, en este mismo día y hora, metro y medio de altura de agua de lluvia. Los Cuatro Mensajeros Celestes transmitieron en seguida la orden a los correspondientes departamentos, que se dispusieron sin tardanza a hacer sentir sus extraordinarios poderes en el mundo inferior. El Peregrino y los dioses del trueno estaban pidiendo a la Dama del Rayo que desplegara todo su arsenal de luces, cuando se vieron rodeados por una legión de deidades, que, en un abrir y cerrar de ojos, convocaron el viento, levantaron las nubes y dejaron caer sobre la tierra un auténtico torrente de agua de lluvia. Jamás se había visto cosa igual. El aguacero se lanzó de repente contra el suelo entre el fragor de los truenos, el vibrar de los relámpagos, el silbido del viento y el continuo amontonamiento de las nubes. Se comprobó así, una vez más, que un solo pensamiento es capaz de alterar las decisiones del Cielo, que se complace en todo momento en satisfacer las esperanzas de la gente. En esta ocasión el responsable de tal cambio fue el Gran Sabio, que, gracias a su empeño, consiguió que se cubrieran de espesas nubes los diez mil kilómetros cuadrados de aquel reino y que la lluvia fuera tan intensa como si alguien hubiera vaciado los mares y los ríos. El agua formaba auténticas cascadas en los aleros de las casas y producía un ruido extraño, al chocar contra las chimeneas. En todas las puertas se alababa el nombre de Buda, mientras una especie de torrente recorría todas las calles y mercados. En el este y en el oeste los cauces de los ríos se fueron llenando poco a poco, al tiempo que en el norte y en el sur los arroyos desbordaban de una forma que no recordaban ni los más ancianos del lugar, Las hortalizas revivieron al instante y los bosques recobraron la vitalidad que parecían haber perdido para siempre. Lo mismo les ocurrió al trigo, al cáñamo y a todo tipo de cereales, que brotaron, de pronto, en los campos, llenando a los campesinos de satisfacción. Los comerciantes se sintieron beneficiados de tanta bonanza, sonriendo excitados al ver pasar a los labriegos con sus arados. A nadie le cabía la menor duda de que el fruto iba a madurar en sazón y la cosecha iba a superar todos los límites imaginados. El viento y la lluvia devolvieron la tranquilidad a las gentes y hasta los ríos y el mar parecieron contagiarse de su despreocupado entusiasmo. En un solo día cayó sobre la tierra tal cantidad de agua, que en algunos puntos alcanzó el metro y medio de altura. Poco a poco los dioses fueron dando por terminada su labor y el Gran Sabio les sugirió a grandes voces: - ¿Por qué no ordenáis a vuestros subalternos que se encarguen de rematar la tarea? Si me lo permitís, voy a bajar a pedir al prefecto que os haga llegar su reconocimiento de la forma que de él se espera. Cuando lo haga, no estaría de más que corrierais un poco el manto de nubes y os mostrarais tal como sois. Estoy seguro de que, cuando os hayan visto con sus ojos mortales, jamás os olvidarán y os ofrecerán sacrificios más suculentos que los que os han presentado hasta ahora. A los dioses no les quedó más remedio que quedarse donde estaban, mientras el Peregrino se dirigía a toda velocidad a la residencia del prefecto, donde le estaban esperando Tripitaka, Ba-Chie y el Bonzo Sha. La máxima autoridad de aquella demarcación se lanzó inmediatamente a sus pies, pero el Peregrino lo levantó del suelo, diciendo: - No es a mí a quien debéis dar las gracias, sino a los dioses de los cuatro departamentos encargados de hacer caer la lluvia. En este mismo momento se encuentran ahí arriba. Si estuviera en vuestro lugar, reuniría a todos mis súbditos y les daría respetuosamente las gracias. Con eso me aseguraría la lluvia futura y mi reino no volvería a sufrir jamás de sequía. Sin pérdida de tiempo el prefecto ordenó a todos los habitantes de su territorio que encendieran varillas de incienso y se inclinaran respetuosamente ante el cielo. En ese mismo instante se abrieron las nubes y aparecieron en todo su esplendor los dioses de los cuatro departamentos que habían tomado parte en aquella campaña, es decir, el de la lluvia, el del trueno, el de las nubes y el del viento. El Rey Dragón mostró, orgulloso, su espléndida barba de plata y su tosco rostro, tan rugoso que no existe en el mundo otro igual. El dios del trueno asombró a todos con su fornido cuerpo, su incomparable boca ganchuda y sus fuertes mandíbulas, que parecían tenazas. Su rudo aspecto contrastaba con la delicadeza del muchacho que apacienta las nubes. Su piel era tan tersa, que parecía estar hecha de jade y su cabeza aparecía nimbada por un halo de luz dorada. El Señor de los Vientos, por el contrario, sembró un murmullo de temeroso asombro, al dejar ver sus extraordinarios ojos redondos y sus pobladísimas cejas. Todos aparecieron, de pronto, en el azul de los Cielos mostrando los inconfundibles atributos de su poder. Los habitantes de la Prefectura del Fénix Inmortal creyeron, entonces, en ellos y, sobrecogidos de respeto, quemaron, una tras otra, incontables varillas de incienso. Aquella inesperada visión de las huestes celestes terminó de purificar sus corazones, fortaleciendo aún más sus deseos de seguir las sendas de la virtud. Más de una hora duró aquella maravillosa epifanía, a la que los mortales respondieron intensificando sus muestras de acatamiento y respeto. El Peregrino Sun se levantó, entonces, por los aires y dijo a los dioses allí reunidos: - Me temo que hemos abusado demasiado de vuestra benevolencia. Si lo deseáis, podéis regresar a vuestros departamentos. Ya me encargaré yo de que en todos los hogares de esta prefectura se os ofrezcan los sacrificios de acción de gracias que os han prometido. Para conseguir que su memoria no flaquee es preciso que el día quinto de cada mes hagáis soplar los vientos y dejéis caer una lluvia abundante cinco días después. De esta forma, completaréis vuestra acción salvadora y el recuerdo de vuestra benevolencia se mantendrá vivo entre estas gentes de generación en generación. Los dioses se mostraron de acuerdo con las sugerencias del Peregrino y regresaron a toda prisa a sus respectivos departamentos en la corte celeste, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que, bajando de las nubes, se acercó a Tripitaka y le dijo: - Nuestra misión aquí ha concluido. Creo que ha llegado el momento de que cojamos nuestras cosas y prosigamos nuestro camino. - ¡Cómo podéis decir eso, Honorable Sun! - exclamó el prefecto, alarmado -. Lo que habéis hecho por nosotros es algo que jamás podremos olvidar. Como prueba de humilde agradecimiento, hemos mandado preparar un pequeño banquete vegetariano. Hemos pedido, igualmente, a todos nuestros súbditos que aporten el terreno que puedan, con el fin de construir un monasterio en el que se venere vuestra memoria para siempre. Haremos grabar vuestros nombres en grandes losas de piedra y os presentaremos nuestro indigno reconocimiento todos los días de nuestra vida. Tened, sin embargo, la seguridad de que el lugar en el que quedarán más firmemente grabadas vuestras hazañas será en nuestros corazones y nuestros huesos. ¿Cómo podéis afirmar que ha llegado el momento de vuestra partida, cuando aún no os hemos agradecido lo que habéis hecho por estas tierras? - Comprendemos vuestros sentimientos - respondió Tripitaka -, pero debéis daros cuenta de que no somos más que un grupo de monjes mendicantes que se dirigen hacia el Oeste. Aunque nos gustaría compartir eternamente vuestra hospitalidad, sólo podremos quedarnos con vosotros un día o dos. El prefecto se negó, por supuesto, a dejarlos partir de inmediato. Ordenó preparar un fastuoso banquete y dictó las disposiciones necesarias para iniciar cuanto antes la construcción del santuario. Al día siguiente se sirvió un nuevo festín, en el que, como era de esperarse, el monje Tang ocupó el sitio reservado a la persona de mayor dignidad. El Gran Sabio, Ba-Chie y el Bonzo Sha dispusieron de sus propias mesas, siendo servidos personalmente por el prefecto y los funcionarios de mayor rango, mientras que los de grado inferior se encargaron de las bebidas y de la música. El banquete duró un día entero y sobre sus fastos disponemos de un poema que afirma: Después de una prolongada sequía los campos volvieron a saborear el dulzor de la lluvia, mientras las actividades comerciales fluían de nuevo con la serenidad de las aguas que llenaban los ríos. Cambio tan extraordinario se produjo con la llegada de los monjes peregrinos, a la que siguió el viaje que el Gran Sabio realizó al Palacio Celeste. El arrepentimiento obtuvo sus frutos y las tres condiciones impuestas por lo alto se disolvieron al mismo ritmo que volvía a avanzarse por las sendas del bien. Comenzó, así, en aquella región una edad más venturosa que la de Yao y Shun. La lluvia cayó en sazón y las cosechas fueron ricas y abundantes. Las cenas y los banquetes se sucedieron día a día durante casi medio mes, el tiempo concreto que tardó en erigirse el monasterio conmemorativo. Por fin, un día el prefecto pidió a los cuatro peregrinos que echaran un vistazo al nuevo edificio. - ¡Es una obra realmente extraordinaria! - exclamó, asombrado, el monje Tang -. ¿Cómo os las habéis arreglado para terminarlo tan pronto? - Vuestro humilde servidor - contestó el prefecto - ha ordenado proseguir la construcción día y noche y, así, ha conseguido concluirlo en un tiempo relativamente corto. Ahora, si no os importa, me gustaría que me acompañarais a verlo. - En verdad sois un prefecto digno - comentó el Peregrino, sonriendo -, en el que no sólo destaca la virtud, sino también la pericia. Sin más, se dirigieron hacia el lugar en el que estaba emplazado el nuevo monasterio. Al ver su tremenda alzada y la maravilla de sus puertas, no pudieron por menos de alabar el buen gusto de aquellas gentes. El Peregrino pidió al maestro que le pusiera un nombre y Tripitaka respondió: - Que se llame el Monasterio de la Lluvia Salvadora. - ¡Excelente! - exclamó el prefecto -. Ningún otro nombre podría ser más apropiado. Sin pérdida de tiempo se dictaron órdenes solicitando los servicios de monjes virtuosos, que habían de cuidar de mantener vivo el fuego y de quemar continuamente varillas de incienso. A la izquierda del salón principal podían verse cuatro hornacinas con las imágenes de los peregrinos, ante las que habían de ofrecerse sin cesar sacrificios de todo tipo. En el extremo opuesto estaban a punto de concluirse otras hornacinas similares para los dioses del trueno, de la lluvia, de las nubes y del viento, sin olvidarse tampoco del rey dragón. Después de contemplar tan inesperadas maravillas, los peregrinos se dispusieron a partir de aquella prefectura. Comprendiendo que no podrían mantener a tan distinguidos benefactores a su lado durante todo el tiempo, los habitantes de la comarca acudieron a despedirlos con infinidad de regalos y dinero, pero ellos no aceptaron ni una sola moneda de cobre. Seguidamente todos los funcionarios, tanto civiles como militares, formaron un espléndido cortejo que acompañó a los peregrinos hasta las afueras de la ciudad, entre el batir de tambores y el flamear de estandartes. Más de sesenta kilómetros llevaban recorridos, cuando el maestro les rogó encarecidamente que se dieran la vuelta, pero ellos insistieron con lágrimas en los ojos en seguir adelante y los acompañaron durante unos kilómetros más. Sólo cuando hubieron desaparecido totalmente de su vista, decidieron regresar finalmente a sus hogares. De esta forma, el monje virtuoso dejó tras sí, una vez más, el consuelo y el Gran Sabio, Sosia del cielo, dio a conocer su profunda misericordia. No sabemos, de momento, cuántas jornadas les quedaban para entrevistarse definitivamente con Tathagata. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第088回 AL LLEGAR A LA FLOR DE JADE, EL ZEN CONVOCA UNA REUNIÓN. EL MONO DE LA MENTE, LA MADERA Y LA TIERRA ACEPTAN A UNOS CUANTOS DISCÍPULOS. Decíamos que el monje Tang, una vez que se hubo despedido del prefecto, continuó caminando en dirección al Oeste. Durante todo el viaje se mostró muy amable con el Peregrino, al que dijo al poco tiempo: - El mérito que has acumulado en esta ocasión supera al que conseguiste cuando liberaste a los niños del Reino de Bhiksu. Una vez más, todo ha sido producto de tu único esfuerzo. - En el Reino de Bhiksu sólo encontraron la salvación mil ciento once críos, mientras que con la lluvia torrencial que aquí ha producido han logrado escapar a la muerte cientos de miles de personas - comentó el Bonzo Sha -. Disculpadme, pero creo que no hay término de comparación entre ambas hazañas. En lo que sí estoy de acuerdo con vos, maestro, es en la admiración que ambos sentimos por la extraordinaria potencia de nuestro hermano, que tan pronto sacude los Cielos como mueve la Tierra a compasión. - ¡Sí! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¡Qué misericordia la de nuestro hermano! ¡Qué virtud! Desgraciadamente, sólo las ejerce con las personas que no pertenecen a nuestro grupo. Con nosotros sólo muestra malas intenciones. No penséis que hablo por hablar. Cuando menos lo pienso, me echa la zancadilla, dejándome en pésimo lugar ante los demás. - ¿Quieres decirme cuándo he hecho yo semejante cosa? - se defendió el Peregrino. - ¡Esto es el colmo! - volvió a exclamar Ba-Chie -. ¿Has olvidado ya las veces que has hecho que me ataran, que me colgaran, que me cocinaran y que me cocieran al vapor? Por mí te podías haber quedado medio año con todos esos cientos de miles de personas de la Prefectura del Fénix Inmortal que dicen haberse beneficiado de tu benevolencia. Por lo menos me habría hartado de comida. Hasta en eso te has portado mal conmigo. ¿Por qué has tenido que obligarnos a ponernos en seguida en camino? - ¡No hay quien pueda con este Idiota! - explotó el maestro, perdiendo la paciencia -. ¡No piensa más que en comer! ¡Venga, dejemos de hablar y sigamos rápidamente hacia delante! Ba-Chie no se atrevió a responder. Arrugó el ceño y lanzó unos cuantos sonidos ininteligibles, antes de seguir los pasos de sus hermanos, cargado con el equipaje. El tiempo transcurrió con la misma presteza que la lanzadera de un telar y de nuevo el otoño tocó a su fin. Los cursos de agua se hicieron cada vez más escasos y las rocas de la montaña se tornaron progresivamente peladas. Por doquier se veían hojas de un extraño color rojizo, mientras las escasas flores que aún adornaban las sombrías copas de los árboles se revestían de amarillo y caían al suelo. La escarcha brillaba como si fuera una gema y las noches se hacían palpablemente más largas. Por el contrario, la luz de la luna se había revestido de una blancura tan penetrante, que se confundía con la nieve que muy pronto vendría a lamer los paneles de papel de arroz que cubrían las ventanas. En los largos atardeceres el humo salía a raudales por las chimeneas de todas las casas, al tiempo que las aguas de los lagos emitían una luz fría y parda que presagiaba ya el invierno. Pese a todo, aún flotaba en el ambiente el aroma de las plantas silvestres, algunas amarillas, otras rojas, y la fragancia verdosa de los naranjales. Los sauces llorones ponían una nota de nostalgia en aquel paisaje transido por la tristeza. Una bandada de patos salvajes se abatió sobre una aldea lejana, haciendo pensar en una tormenta de nieve agitada por un huracán. En las posadas el canto de los gallos se mezclaba con el olor de la soja cocida. Después de caminar durante mucho tiempo, los peregrinos avistaron los muros de una nueva ciudad. El maestro la señaló en seguida con la punta de su fusta y, volviéndose hacia Wu-Kung, exclamó: - ¿Ves aquella ciudad de allí? Me pregunto qué clase de asentamiento será. - Eso no podremos saberlo hasta que no nos acerquemos un poco más - contestó el Peregrino -. Sería, además, conveniente que preguntáramos a alguien sobre el tipo de personas que la habitan. No había acabado de decirlo, cuando vieron salir a un anciano de entre un grupo de árboles. Llevaba en las manos un bastón de bambú y sus ropas parecían extremadamente ligeras, aunque traía ajustada la cintura con un cinturón de cuero. Caminaba con cierta ligereza, ayudado, quizás, por las sandalias de esparto que calzaba. Tan repentina fue su aparición, que el monje Tang se bajó a toda prisa del caballo y, acercándose a él, le saludó con inusitado respeto. Después de devolverle el saludo, el anciano le preguntó, apoyándose en su bastón: - ¿De dónde sois, maestro? - Procedo de la corte de los Tang, en las Tierras del Este - contestó Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho - y me encuentro de camino hacia el Monasterio del Trueno, donde espero conseguir las escrituras budistas. Al llegar a esta noble comarca, me pareció ver un poco más adelante una muralla y, puesto que desconozco el nombre del lugar del que pueda tratarse, me he tomado la libertad de preguntároslo a vos. - ¡¿Cómo es posible que no lo sepa un maestro Zen que domina los principios del Tao?! - exclamó el anciano -. Ésta es una de las prefecturas del Reino de la India, aunque todo el mundo la conoce por el nombre de Distrito de la Flor de Jade. Como la persona que rige sus destinos es un miembro de la familia real, ostenta el título de Príncipe de la Flor de Jade. Puedo aseguraros que se trata de una persona virtuosa en extremo, que se debe a su pueblo por encima de todo y protege de un modo especial a los budistas y a los taoístas. Si deseáis entrevistaros con él, no tenéis más que decirlo. Os recibirá con los brazos abiertos. Tripitaka le dio las gracias y el anciano prosiguió tranquilamente su paseo por el bosque. Loco de contento, el maestro contó a sus discípulos lo que acababa de oír y, ante la insistencia de éstos para que volviera a montar en el caballo, respondió: - La ciudad no está lejos de aquí. Creo, además, que me vendrá bien caminar un poco. De esta forma, los cuatro entraron a pie en la cabeza del distrito. En cada casa parecía haber una tienda, en la que se vendía y se compraba de todo. Las calles estaban abigarradas de gente, que se dedicaba con empeño a sus negocios. Su forma de hablar y de vestir eran totalmente distintas a las que se estilaban en China. Eso hizo que Tripitaka advirtiera a sus discípulos: - Tened cuidado y procurad mostraros amables con todo el mundo, Ba-Chie agachó, una vez más, la cabeza y el Bonzo Sha se tapó la cara con una mano. El Peregrino, por el contrario, no tomó ninguna precaución especial, limitándose a agarrar al maestro del brazo. Pronto se arremolinó a su alrededor una gran multitud, que trataba de echarles un vistazo, atraída por lo extraño de su aspecto. - Entre nosotros - comentaron algunos - tenemos a infinidad de monjes capaces de dominar dragones y domar tigres, pero jamás habíamos visto a bonzos que pudieran atrapar cerdos y domesticar monos. - ¡¿A que no habéis visto al rey de los cazadores de cerdos?! - exclamó Ba-Chie, perdiendo la paciencia y mostrando su enorme morro. Al verlo, todos los curiosos se cayeron al suelo, huyendo cada cual por donde buenamente podía. - ¡Guarda inmediatamente ese morro! - le urgió el Peregrino, soltando la carcajada -. No seas tan bruto y mira por dónde pisas. ¿No ves que estamos a punto de cruzar un puente? El Idiota agachó la cabeza y, sin dejar de reír, cruzó el desnivel que le separaba de una de las puertas de la ciudad. Ante ellos se extendía una calle llena de tabernas, de las que salían canciones y gritos. El negocio no podía ser más boyante. Ésa era, en realidad, la nota más destacada de aquella capital, que no recordaba en nada las de China. Sobre ella disponemos de un poema, que afirma: Era una ciudad de origen real y bien fortificada, rodeada de ríos larguísimos y de colinas en las que la naturaleza hacía patente su pujante frescor. En los mercados se ofrecían cientos de mercancías, que traían infinidad de barcos amarrados a la orilla de un inmenso lago. Las tabernas se contaban a millares y todas lucían a la puerta unos extraños estandartes. El gentío llenaba por igual las calles del centro que las de las de las afueras. Se veían mercaderes hasta en los callejones más apartados. Semejante bullicio traía a la mente la famosa ciudad de Chang - An, en la que, por encima del griterío humano, destacaban los cantos de los gallos y los ladridos de los perros. Encantado por tan bulliciosa manifestación de vida, Tripitaka se dijo: - Había oído hablar de los numerosos pueblos bárbaros que poblaban las Tierras del Oeste, pero jamás sospeché que fueran así. Cuanto más miro a esta gente, más me convenzo de que no existen apreciables diferencias entre ellos y los que habitan bajo la tutela de los gran Tang. ¡Ésta es, ciertamente, la Tierra de la Última Felicidad! Por si eso fuera poco, oyó decir que una medida colmada del arroz más blanco que pueda imaginarse costaba unos céntimos de cobre y que por una simple moneda podía adquirirse una alcuza llena de aceite de soja. Por fuerza las cosechas tenían que ser abundantes en aquella comarca y la variedad de productos estimable. Eso explicaba que las calles fueran tan largas. Tras mucho caminar, llegaron finalmente a la mansión del Príncipe de la Flor de Jade, a cuyos lados se levantaban la morada del Administrador Real, el Palacio de Justicia, el Salón para las Celebraciones Oficiales y el Palacio para los Invitados. - Sin duda alguna - concluyó Tripitaka, maravillado -, ésta debe de ser la residencia del príncipe. Lo mejor que podemos hacer es entrar a pedirle que nos selle el documento de viaje. - ¿Pensáis entrevistaros a solas con él o queréis que os acompañemos nosotros? - preguntó Ba-Chie. - No será necesario - contestó Tripitaka -. ¿No veis que en ese cartel de ahí dice "Palacio para los Invitados"? Descansad un poco y tratad de encontrar algo de heno para el caballo. Si el príncipe tiene la delicadeza de invitarme a comer, os haré llamar inmediatamente. No os preocupéis. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Yo me ocuparé de todo. El Bonzo Sha cargó con el equipaje y siguió a sus hermanos al interior del pabellón de invitados. Al ver lo feos que eran, los funcionarios que lo atendían no se atrevieron a preguntarles su procedencia, pero tampoco les exigieron que fueran a buscar una posada común y corriente. No opusieron, de hecho, obstáculo alguno en que tomaran asiento en el salón principal, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del maestro, que, después de cambiarse de túnica, tomó el documento de viaje y se dirigió directamente a la mansión del príncipe. El funcionario encargado de la etiqueta le salió al encuentro y le preguntó: - ¿De dónde sois, maestro? - Soy un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, y me dirijo al Monasterio del Trueno en busca de las escrituras del Patriarca Budista - contestó Tripitaka -. Puesto que, para completar mi misión, es preciso que cruce vuestros nobles dominios me gustaría solicitar de vuestro muy dignísimo soberano que selle los documentos de viaje que traigo conmigo. Ése es el motivo de que ahora solicite una audiencia con él. El funcionario entró en seguida a anunciar su llegada. El príncipe, que era, en verdad, una persona recta y muy letrada, ordenó inmediatamente que fuera conducido a su presencia. Tripitaka le saludó a los pies mismos de las escalinatas del salón del trono, siendo invitado seguidamente a tomar asiento. Sin pérdida de tiempo sacó el documento de viaje y se lo entregó a su majestad, que lo llevó con sumo cuidado. Al ver los sellos de los otros soberanos por cuyos dominios había pasado el monje Tang, hizo traer también el suyo y lo estampó al lado mismo de su firma. Después de doblar cuidadosamente el documento, se volvió hacia el maestro y le preguntó: - Según veo, vuestro viaje os ha conducido a través de infinidad de reinos. ¿Podéis decirme cuál es la distancia exacta que separa este lugar de la gran corte de los Tang? - Vuestro humilde servidor no lo recuerda con exactitud - contestó Tripitaka, respetuoso -. Lo que sí puedo deciros es que, hace años, la Bodhisattva Kwang - Ing se apareció a nuestro emperador y le manifestó: "La distancia es de doscientos quince mil kilómetros". Si la memoria no me falla, son ya catorce veranos con sus correspondientes inviernos los que este indigno monje lleva de camino. - Eso quiere decir que son catorce los años que habéis empleado en llegar hasta aquí. Supongo que os habréis topado con muchísimas dificultades. - Me es imposible relatároslas todas - volvió a contestar Tripitaka -. No os podéis imaginar la cantidad de monstruos que nos han salido al paso en todo este tiempo. Lo que he sufrido hasta llegar a vuestras tierras no se puede consignar en menos de diez mil libros. Visiblemente complacido por lo ajustado de sus respuestas, el príncipe ordenó preparar inmediatamente un banquete vegetariano para tan ilustre visitante. - Si me lo permitís - dijo, entonces, Tripitaka -, ahí fuera tengo esperándome a tres discípulos y no me atrevo a aceptar vuestra invitación, por temor a retrasar el viaje más de la cuenta. - No os preocupéis por eso - respondió el príncipe y, volviéndose a uno de sus subalternos, añadió -: Id a invitar a esos tres monjes a sentarse a la mesa con su maestro. El funcionario salió en seguida en su busca, pero no los encontró por ninguna parte. A cuantos preguntaba le respondían: - No hemos visto por aquí a ningún monje. - A lo mejor son esos tres bonzos horribles que están sentados en el Palacio para los Invitados - comentó, finalmente, un oficial. - ¿Quiénes son los distinguidos discípulos del monje procedente de la gran corte de los Tang? - preguntó el subalterno del príncipe, entrando en el Pabellón de los Caminantes - . Es deseo de nuestro señor que vayan inmediatamente a sentarse con él a la mesa. Ba-Chie estaba adormilado en el suelo. Al oír hablar de comida, se puso en seguida de pie y empezó a gritar, animado: - ¡Somos nosotros! ¿Es que no nos ves? El subalterno cayó presa del pánico y empezó a gritar, temblando de pies a cabeza: - ¡Un monstruo, un monstruo! - ¿Por qué no te comportas de una forma más educada? - le regañó el Peregrino, tirándole de la ropa -. ¡Recuerda que no estás en una aldea abandonada! Pero la cosa no dio resultado, porque, al verle, los funcionarios volvieron a gritar, más sobresaltados todavía: - ¡Otro monstruo, otro monstruo! - No os asustéis, por favor - trató de calmarles el Bonzo Sha, juntando las manos a la altura del pecho e inclinando respetuosamente la cabeza -. Somos, realmente, los discípulos del monje Tang. Sin embargo, tampoco eso calmó a los funcionarios, que, con el ánimo en vilo, gritaron aún más fuerte: - ¡El dios de la tierra, el dios de la tierra! Viendo que no conseguían nada, el Peregrino pidió a Ba-Chie que cogiera de las riendas al caballo y, ordenando al Bonzo Sha que cargara con el equipaje, se dirigieron todos juntos a las mansión del Príncipe de la Flor de Jade. El subalterno real se había armado, mientras tanto, de valor y había corrido a informar oportunamente de su llegada. Pero sus explicaciones no sirvieron de nada, porque, al ver la fealdad de sus rostros, el príncipe se quedó pálido de temor. Para tranquilizarle, Tripitaka tuvo que juntar, una vez más, las manos a la altura del pecho y decir con voz serena: - No tengáis ningún miedo, majestad. Es posible que mis discípulos sean feos en extremo, pero pocos hay que los aventajen en bondad. - Este humilde servidor vuestro os presenta sus respetos - dijo Ba-Chie, inclinándose ante él, pero su voz sonó tan ronca, que, lejos de apaciguarse, el príncipe se puso aún más nervioso. - Os suplico que perdonéis la tosquedad de mis discípulos - insistió Tripitaka -. Los encontré en unos lugares muy apartados de la civilización y me temo que no entienden mucho de etiqueta. La calma con la que se expresaba el maestro terminó convenciendo al príncipe de la bondad de aquellos extraños monjes y ordenó que fueran conducidos de inmediato al Pabellón de Secado de la Seda, donde habían de servirles la comida prometida. Tras reiterar las gracias a su majestad, Tripitaka abandonó el salón del trono, junto con sus discípulos, y se dirigió al lugar señalado para el convite. - ¿Es que no sabes lo que es la educación? - regañó a Ba-Chie, tan pronto como se encontraron solos -. Si hubieras mantenido la boca cerrada, todo habría salido mejor. ¡No comprendo cómo puedes ser tan tosco! ¡Con esa forma de hablar que tienes eres capaz de derribar de un solo grito el mismísimo Monte Tai! - ¡Menos mal que yo no dije nada! - exclamó, con alivio, el Peregrino -. Por lo menos he ahorrado un poco de energía. - ¡Tenía que haber esperado a que todos nos inclináramos! - exclamó el Bonzo Sha, sumándose a las críticas del maestro -. ¡Es increíble que se adelantara por su cuenta y riesgo y empezara a sacudir el morro a diestro y siniestro! - ¡Menudo lío! - se quejó Ba-Chie -. ¿No me dijisteis hace unos días que, cuando me encontrara con alguien, lo primero que tenía que hacer era inclinarme y saludarle con respeto? ¿Cómo es que ahora decís que eso no es correcto? Con tanto cambio de idea, la verdad, yo ya no sé qué hacer. - Es cierto que te mandé que te inclinaras ante los desconocidos - reconoció Tripitaka -, pero en ningún momento te sugerí que debías burlarte de los príncipes. Como muy bien afirma el proverbio, "existen muchos tipos de cosas e incontables clases de gente". ¿Cómo es posible que no sepas distinguir entre un príncipe y una persona ordinaria? Mientras discutían de ese asunto, los sirvientes reales pusieron las mesas y las sillas y empezaron a servir la comida. El maestro y los discípulos dieron por terminada la conversación y se sentaron a comer, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del príncipe, que, después de abandonar el salón del trono, se dirigió directamente a sus habitaciones privadas. Sus tres hijos se alarmaron sobremanera, al verle tan pálido y le preguntaron, preocupados: - ¿Qué os ha sucedido para mostraros tan alterado? - Acaba de venir a visitarme un monje procedente de la gran corte de los Tang, en las Tierras del Este, que va de camino hacia los dominios de Buda en busca de escrituras - respondió el príncipe -. Como para ello debe cruzar nuestros territorios, me ha solicitado que le firme el documento de viaje que lleva y yo he accedido de buen grado a hacerlo, porque parecía una persona bastante comedida. Al invitarle a comer, me ha respondido que tenía a tres discípulos esperándole justamente enfrente de nuestra mansión y he hecho extensiva mi invitación también a ellos. Pero, lejos de expresarme el respeto debido, han pasado por alto las normas más elementales de la etiqueta, ofendiendo gravemente mi dignidad. Se han limitado, simplemente, a inclinarse ante mí y eso me ha desagradado profundamente. He levantado la cabeza, desconcertado, y he visto que eran tan feos como demonios. ¿Cómo queréis que no esté pálido? No estoy acostumbrado a tratar con monstruos. Los tres hijos del príncipe eran asiduos cultivadores de las artes marciales y, al oír las quejas de su padre, se arremangaron la túnica y, cerrando agresivamente los puños, exclamaron: - ¡Cómo se atreven esos monstruos de la montaña a tomar una apariencia humana! ¡Echemos mano inmediatamente de nuestras armas! El mayor tomó una barra que le llegaba hasta las cejas; el segundo, un rastrillo de nueve puntas, y el tercero, un báculo cubierto de una pátina de laca negra. Dando grandes zancadas, salieron del palacio y gritaron con fuerte voz: - ¿Dónde están esos monjes que dicen ir en busca de escrituras sagradas? Los funcionarios encargados del Palacio para los Invitados se postraron en seguida rostro en tierra y contestaron: - Se encuentran en el Pabellón de Secado de la Seda, disfrutando de la comida vegetariana que les ha ofrecido vuestro padre. Sin pensarlo dos veces, los tres jóvenes se dirigieron hacia el lugar que acababan de indicarles y volvieron a gritar con ademán arrogante: - ¿Sois monstruos o personas? ¡Hablad claramente, si queréis que os perdonemos la vida! Tripitaka estaba tan asustado, que perdió el color de la tez. Pese a todo, dejó a un lado el cuenco de arroz que tenía en las manos y contestó, inclinándose con respeto: - Vuestro humilde servidor es un enviado por la corte de los Tang en busca de escrituras sagradas y no soy ningún monstruo. - Eso se ve claramente - concluyó uno de los jóvenes -, cosa que no se puede decir de esas tres criaturas que tienes a tus espaldas. ¡No pueden negar que son monstruos! Ba-Chie continuó comiendo, sin prestarles ninguna atención. El Peregrino y el Bonzo Sha, por su parte, se levantaron de la mesa y dijeron: - También nosotros somos seres humanos. Es posible que nuestros rasgos sean feos en extremo, pero en nuestros corazones anida la bondad y, aunque nuestros cuerpos parezcan deformes, somos de un natural dulce y agradable. ¿De dónde sois y por qué os mostráis tan agresivos con nosotros? - Son los hijos de nuestro príncipe - contestó por ellos el cocinero real, que se hallaba de pie a su lado. - ¿Se puede saber por qué lleváis esas armas? - preguntó Ba-Chie, dejando a un lado el cuenco de arroz que estaba comiendo -. ¡No me digáis que es para luchar con nosotros! Por toda respuesta el hijo segundo del príncipe se llegó hasta donde se encontraba Ba-Chie y levantó el rastrillo por encima de su cabeza con el ánimo de golpearle. - Ese rastrillo que blandís - comentó el Idiota, soltando la carcajada - parece el nieto del mío - y, levantándose la túnica, mostró el arma terrible que llevaba a la cintura. Una ligera sacudida bastó para que emitiera diez mil rayos de luz cegadora, que se convirtieron en un aura deslumbrante, cuando lo agitó con más fuerza. El joven sintió tal pánico al verlo, que las manos dejaron de obedecerle y los tendones se le entumecieron de tal forma, que no pudo seguir sosteniendo su arma. Casi al mismo tiempo el Peregrino se percató de que el mayor de los muchachos había cogido una barra y había empezado a dar vueltas a su alrededor con el ánimo inequívoco de atacarle. Sonriendo, el Gran Sabio se sacó de la oreja la barra de los extremos de oro y, sacudiéndola ligeramente, adquirió el grosor de un cuenco de arroz y una largura que superaba con mucho los treinta metros. No contento con eso, golpeó con ella el suelo y al punto se hundió en la tierra cerca de un metro. - Si me lo permitís - dijo el Peregrino, acentuando la curva de su sonrisa -, me gustaría regalaros esta barra. El joven arrojó a toda prisa la que tenía en las manos y corrió a coger la nueva, pero, aunque tiró de ella con todas sus fuerzas, no logró moverla ni un milímetro. Al ver que no conseguía arrancarla del suelo, trató de apalancaría con el cuerpo, pero todo fue inútil. Parecía que la barra había echado raíces. Para no ser menos, el tercero de los jóvenes agitó su báculo de laca negra y se lanzó contra el Bonzo Sha, que le apartó de su camino con una mano, mientras blandía con la otra su propio báculo de destrozar monstruos. Lo hizo girar como si fuera una rueda y al punto empezó a lanzar unas nubecitas luminosas de colores muy intensos. Todos los funcionarios reales se quedaron mudos de asombro y terror. Los tres jóvenes, por su parte, se echaron rostro en tierra y suplicaron, humildes: - Perdonad que no os hayamos reconocido, maestros. Nuestros ojos mortales nos han impedido ver en vos a seres venidos de lo alto. Compadeceos de nuestra ignorancia y concedednos el inmerecido honor de aceptarnos como discípulos. - Este espacio es demasiado reducido - dijo el Peregrino, arrancando la barra del suelo sin ningún esfuerzo -. Aquí ni siquiera se pueden estirar las manos. Salgamos al aire libre y te enseñaré a usar una barra como ésta. Cuando se encontró al aire libre, dio un salto y se elevó por encima de las casas, produciendo un silbido muy penetrante. Sus pies descansaban en dos nubes luminosas de cinco colores. Sin ninguna dificultad agarró la barra de hierro y empezó a hacer fintas y figuras a una altura de unos trescientos pasos por encima del suelo. Fueron incontables las posturas de lucha que adoptó, pero las que más llamaron la atención fueron las conocidas como "lanzamiento de flores desde lo alto" ' y "enroscamiento del dragón amarillo". Incansable, se movió hacia arriba y hacia abajo, dando vueltas sin cesar a derecha e izquierda. Se mostraba tan compenetrado con la barra, que era como si según afirma el proverbio, se hubieran añadido flores a los bordados Poco a poco, se fue desvaneciendo su figura, hasta que todo el cielo quedó lleno de barras que giraban a una velocidad increíble. - ¡Fantástico! - gritó Ba-Chie desde abajo, enardecido -. Creo que ha llegado el momento de que también yo haga un poco de ejercicio - y, montándose en un viento huracanado, se elevó por los aires agitando el rastrillo. Con inimitable pericia lanzó tres golpes hacia arriba, cuatro hacia abajo, cinco hacia la izquierda, seis hacia la derecha, siete hacia delante y ocho hacia atrás. Sus movimientos eran tan rápidos, que podía oírse una especie de continuo silbido. Cuando sus evoluciones alcanzaron el punto culminante, el Bonzo Sha se volvió hacia el maestro y, sin poder aguantarlo más, le dijo, muy excitado: - Pienso que también yo debería hacer un poco de ejercicio - y, de un salto, se elevó por los aires, blandiendo amenazante el báculo. Su arte no tenía nada que envidiar al del luchador más experimentado. Haciendo uso de sus muchos conocimientos, realizó posturas tan difíciles como "el fénix rojo que mira de frente al sol" o "el tigre hambriento que salta sobre su presa". A los movimientos lentos siguieron otros extremadamente vertiginosos, haciendo gala de una maestría que no desdecía de la mostrada por sus hermanos. La lección de magia y de dominio de las artes marciales que dieron, suspendidos de lo alto, fue realmente extraordinaria. De esa forma, dejaron bien patente que la visión del auténtico Zen deja en suspenso los ánimos, porque el universo entero se halla sujeto a los principios del Tao. El Oro y la Madera llenan, de hecho, con su poder todo el reino del dharma2. Las armas sagradas están siempre dispuestas a intervenir en defensa de la virtud, haciendo que los recipientes que contienen el elixir sean respetados en todo lugar y tiempo. Hasta en la nobilísima India es preciso mantener bajo control los instintos, pues, como muy bien se vio, los jóvenes príncipes de la Flor de Jade trataron de poner coto a la expansión de la verdad. No obstante, al contemplar aquella extraordinaria exhibición de artes marciales, se postraron rostro en tierra y comenzaron a golpear el suelo con la frente. Otro tanto hicieron los funcionarios de todo grado y condición que se hallaban presentes en el Pabellón de Secado de la Seda, el príncipe reinante y todos los habitantes de la ciudad, que contemplaron, boquiabiertos, semejante prodigio. Sin importar que fueran hombres o mujeres, soldados o civiles, taoístas o budistas, monjes o gente ordinaria, empezaron a recitar a coro los nombres de Buda, golpeando respetuosamente el polvo con la cabeza, mientras lo hacían. En cada casa se encendieron varillas de incienso y se presentaron ofrendas en el altar familiar. Se vio, así con toda claridad que la imagen remite siempre a lo real y que los monjes son los encargados de hacer llegar a la humanidad el bienestar y la paz, prediciendo una época de total prosperidad, en la que se reverenciará a Buda y se pondrá por obra el Zen. Después de aquella magnífica exhibición de habilidades marciales los tres monjes descendieron de las nubes y guardaron sus armas. Antes de volverse a sentar a la mesa, se llegaron hasta donde estaba el monje Tang e, inclinándose ante él, le dieron las gracias por aquellos momentos de relajante esparcimiento, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los tres jóvenes, que regresaron a toda prisa al lado de su padre y le dijeron, muy excitados: - Muy grandes, en verdad, deben de ser los méritos que habéis acumulado a lo largo de vuestra vida, para haberos hecho acreedor a las diez mil bendiciones que acaban de descender sobre vos. ¿No habéis visto, acaso, esa magnífica exhibición que acaba de tener lugar en lo alto? - Sólo he podido contemplar unas nubes luminosas de colores - contestó el príncipe -, porque vuestra madre empezó a quemar varillas de incienso, junto con todos los dignatarios que habitan en este palacio. Yo mismo me uní en seguida a sus plegarias, aunque desconozco el nombre de los inmortales que se han dignado visitar nuestro palacio. - No eran inmortales - contestaron los jóvenes -, sino los discípulos de ese monje que va en busca de escrituras. Uno tenía una barra con los extremos de oro; otro, un rastrillo de nueve puntas, y el tercero, un báculo, armas que, a decir verdad, no parecían diferenciarse gran cosa de las que nosotros teníamos. Al pedirles que nos enseñaran a usarlas, respondieron que el suelo les parecía demasiado pequeño para sus evoluciones y se elevaron tranquilamente por los aires. El cielo se llenó en seguida de colores, que giraban y giraban, como si se trataran de neblinas sagradas de buenos augurios. Cuando se cansaron de hacer maravillas con sus armas, bajaron de lo alto y se sentaron, como si nada hubiera ocurrido, en el Pabellón de Secado de la Seda. No podemos expresaros la satisfacción que nos embarga, al haberlos aceptado como maestros. Con lo que aprendamos seremos capaces de proteger a nuestro reino y, así, nuestra fama se extenderá por todos los rincones del orbe. ¿Qué opináis de nuestros planes? El príncipe terminó doblegándose a sus deseos y, sin esperar a que llegara la carroza real, se dirigió, en compañía de sus hijos, hacia el Pabellón de Secado de la Seda. Los peregrinos estaban terminando de recoger sus cosas, cuando llegaron. Antes de que los monjes les dieran las gracias por la comida, se inclinaron con tan inesperado respeto, que el maestro, desconcertado, les devolvió el saludo doblando cuanto pudo la espalda. El Peregrino y sus dos hermanos, por el contrario, se hicieron a un lado y sonrieron ligeramente. El príncipe los invitó, entonces, a tomar asiento en el salón del trono, cosa a la que ellos accedieron de buen grado. - Hay algo que quisiera pediros, maestro Tang - dijo el príncipe tan pronto como se hubieron sentado -. ¿Creéis que vuestros discípulos estarían dispuestos a concedérmelo? - Tengo la seguridad de que no se negarán a complaceros - contestó Tripitaka -. Podéis hablar con tranquilidad. - La primera vez que os vi - explicó el príncipe -, pensé que no erais más que un grupo de vulgares monjes mendicantes originarios de la lejana corte de los Tang. Mis ojos mortales me impidieron reconocer vuestra enorme virtud y estoy seguro de que, con ellos, os he ofendido grandemente. Si no llega a ser por las maravillas que acaban de realizar los maestros Sun, Chu y Sha, aún seguiría sin ver en vosotros a budas e inmortales vivientes. No necesito deciros que mis tres indignos hijos desde siempre han sido muy amantes de las artes marciales y se mueren de ganas por encontrar auténticos maestros, que los enseñen a perfeccionar tan difíciles prácticas. Suplico, por tanto, a vuestras venerables personas que los ayuden a abrir sus corazones con la amplitud que poseen el Cielo y la Tierra y viertan en ellos los misterios que vos poseéis. Si accedéis a mostrar vuestra benevolencia con mi indigna progenie, tened la seguridad de que recibiréis toda la riqueza que encierra esta ciudad. - ¡Cuánta generosidad la vuestra! - exclamó el Peregrino, sin poder contener las carcajadas -. Los que hemos renunciado a la familia siempre estamos dispuestos a aceptar discípulos. ¿Qué os hace pensar que vamos a rechazar a vuestros hijos, estando, como están, dispuestos a seguir la senda de la virtud? En cuanto al pago por nuestras enseñanzas, no os preocupéis. Nos conformamos con que nos tratéis con la benevolencia que es en vos habitual. El príncipe se mostró tan encantado con lo que acababa de decir el Peregrino, que inmediatamente ordenó preparar un espléndido banquete en el salón principal del palacio. Sus deseos fueron cumplidos sin pérdida de tiempo. La sala reservada para el convite era lujosa en extremo. Todos los colores parecían darse cita en ella. Las volutas de incienso ponían una nota de sobriedad a aquel ambiente lujoso de mesas de oro cubiertas de manteles de seda brillante. La elegancia de las sillas, lachadas en negro y llenas de relieves tan vaporosos que parecían encajes, llamaba en seguida la atención de la vista. Pero, si el mobiliario era espléndido, la comida no lo era menos, con sus pirámides de frutas frescas y sus fuentes de té aromático. Se sirvieron cuatro o cinco platos diferentes de pasta, dulces y ligeros como el mismo rocío, y una o dos bandejas de panecillos y bollos recién hechos. Algunos estaban recubiertos de una fina capa de miel, que los hacía tan crujientes como las almendras secas. Otros habían sido fritos con mucho aceite y mostraban por encima una pátina de azúcar fundido. El vino de arroz poseía una fragancia tan penetrante, que, al ser vertido en las copas, daba la impresión de ser zumo de jade. Pero el aroma del té de Yang - Shan3 superaba con mucho al de los demás brebajes que llenaban las mesas. Bastaba con sostener una sola taza en la mano, para que al punto se desdibujaran los olores de todas aquellas viandas extraordinarias que entonces se sirvieron. Mientras los comensales daban cuenta de ellas, las cantoras desgranaban su arte por toda la sala, acompañadas por el dulcísimo sonido de mil instrumentos invisibles. El maestro y los discípulos disfrutaron un día entero de tantas delicias, acompañados por el príncipe y sus hijos. Al caer la noche, se retiraron las mesas y se dispusieron unos cuantos lechos en el Pabellón de Secado de la Seda, para que los peregrinos pudieran descansar a sus anchas. A la mañana siguiente los jóvenes habían de levantarse muy temprano y, después de quemar un poco de incienso, debían comenzar su instrucción con aquellos maestros llegados de lejos. Cada cuál acató de buen grado los deseos del príncipe, retirándose todo el mundo a descansar. Antes de hacerlo, los peregrinos disfrutaron de un baño preparado con plantas aromáticas. Para entonces los pájaros se habían recogido ya en sus nidos y todo parecía yacer en un quietismo total. Los dignatarios habían abandonado sus dependencias oficiales y hasta los poetas habían dejado de cantar. En lo alto de los cielos la Vía Láctea brillaba con un fulgor desconocido en otras tierras. Nadie transitaba por los caminos, a excepción de las hierbas que mecía suavemente el viento y que, vistas desde lejos, parecían ser caminantes. En un patio cercano se oía a alguien limpiar los arreos. El manto de la oscuridad se extendía hasta más allá de las colinas que separaban al viajero de su hogar. Sólo el canto de los grillos parecía saber interpretar los sentimientos de los que dormían, atravesando sus sueños con su persistente monotonía. La noche dejó paso al día y, en cuanto hubo amanecido, los tres hijos del príncipe se presentaron, como se había acordado, en la habitación de los monjes. El maestro les dio la bienvenida con el respeto que se debía a los miembros de la familia real, pero ellos se comportaron como si no fueran más que simples discípulos. Se echaron, de hecho, a los pies del Peregrino, de Ba-Chie y del Bonzo Sha y, después de golpear repetidamente el suelo con la frente, suplicaron con encomiable respeto: - Si no os importa, nos gustaría contemplar, una vez más, las armas que ayer sacasteis. Ba-Chie cogió el rastrillo y lo tiró al suelo, al tiempo que el Bonzo Sha tomaba el báculo y lo dejaba apoyado contra la pared. Locos de contento, los dos hijos menores del príncipe se lanzaron sobre ellos, tratando de cogerlos en sus manos. Todo resultó inútil. Era como si unas libélulas se hubieran empeñado en levantar del suelo una roca pesadísima. No consiguieron mover las armas, aunque emplearon tanta fuerza que la cabeza se les puso roja y el rostro adquirió una alarmante coloración morada. Al verlos tan congestionados, su hermano mayor les aconsejó: - Si yo estuviera en vuestro lugar, procuraría ahorrar un poco de energía. ¿A qué viene malgastarla tan inútilmente? ¿No comprendéis que esas armas son sagradas y que deben de pesar muchísimo? - La mía no es muy pesada - dijo Ba-Chie, sonriendo malicioso -. De hecho, no supera el peso de un simple canon4. Con mango y todo calculo que andará alrededor de los diez mil ochocientos kilos. - ¿Cuánto pesa vuestro báculo? - preguntó, a su vez, el menor de los jóvenes, dirigiéndose al Bonzo Sha. - Diez mil ochocientos kilos también - contestó éste. El hermano mayor pidió, entonces, al Peregrino que le enseñara la barra de los extremos de oro. Ni corto ni perezoso, el Gran Sabio se sacó de la oreja una diminuta aguja de bordar, la sacudió ligeramente y al punto adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Al verlo, los jóvenes se asustaron y los funcionarios reales temieron lo peor. Pese a todo, los muchachos se armaron de valor y preguntaron: - ¿Cómo es que los maestros Chu y Sha llevan sus armas metidas entre la ropa y vos lleváis la vuestra escondida en la oreja? ¿Cómo se explica, además, que crezca de esa manera, al entrar en contacto con el aire? - Parecéis olvidar - respondió el Peregrino, condescendiente - que una barra como ésta no puede encontrarse en ningún lugar del mundo. De hecho, su hierro fue forjado al principio de la creación por el gran Yü en persona, alguien en el que se confundían de un modo inextricable la divinidad y la humanidad. En cierto momento se empleó para fijar la profundidad de los ríos, los océanos y los lagos. Después de la época terrible de las inundaciones, fue a parar al Océano Oriental, desde donde dominó todos los mares. Tras largos años de estancia en las aguas se volvió luminosa y adquirió la capacidad de encoger y alargarse, según la voluntad de su dueño. Después de caer en mis manos he aumentado aún más sus poderes, pudiendo hacerse tan grande como el universo y tan pequeña como una aguja de bordar. No en balde es conocida como la Barra Complaciente de los Extremos de Oro, de la que no existe rival ni en los Cielos ni en la Tierra. Su peso supera los veintisiete mil kilos incluso cuando se hace tan pequeña que apenas se la ve. Con ella sumí al Palacio Celeste en un desorden total y recorrí hasta el último rincón del universo, domando tigres, derrotando dragones y reduciendo a cenizas las moradas de los monstruos y los demonios. Posee tanta energía, que es capaz de superar la luminosidad del sol, sumiendo a los dioses del Cielo y la Tierra en un temor reverente. Jamás ha existido otra barra como ella desde los tiempos del Caos. ¡Simplemente, muchachos, no hay una sola que pueda comparársela! Los jóvenes se sintieron aún más sobrecogidos y, echándose rostro en tierra, les suplicaron, una y otra vez, que les enseñaran los secretos de las artes marciales. - ¿Qué tipos de técnicas deseáis aprender exactamente? - les preguntó el Peregrino. - Mi hermano menor, las del báculo; éste, las del rastrillo, y yo, las de la barra de hierro - contestó por los tres el mayor de los jóvenes. - Eso es fácil - respondió el Peregrino, sonriendo -, pero me temo que carecéis de la fuerza suficiente para blandir nuestras armas. Debéis tener presente que, si no conseguís dominarlas con perfección, os parecéis a un tigre que se comporta como un perro. Con razón afirmaban los antiguos que en las enseñanzas que carecen de método el culpable es el maestro, mientras que en las que no se alcanzan los objetivos previstos la falta es de los discípulos. Si de verdad estáis interesados en aprender lo poco que nosotros sabemos, lo primero que tenéis que hacer es ofrecer un poco de incienso a la Tierra y al Cielo y ellos os otorgarán toda la fuerza que preciséis. Sólo entonces podremos enseñaros nuestros conocimientos sobre las artes marciales. Locos de contento, los tres jóvenes buscaron un altar y, encargándose ellos mismos de transportarlo, se purificaron las manos y ofrecieron al Cielo el incienso de su buena disposición. Una vez concluida la ceremonia, regresaron junto a sus maestros y les pidieron humildemente que empezaran las lecciones. El Peregrino se volvió, a su vez, hacia Tripitaka y le dijo: - Desde el momento mismo en que, gracias a vuestra inigualable virtud, alcancé la libertad en la Montaña de los Dos Reinos y abracé la fe budista, os he seguido sin desfallecer en vuestro continuo peregrinar hacia el Oeste. Es mucho, en verdad, lo que debo a vuestra benevolencia, pero eso no resta ningún mérito a la dedicación y al desinterés con que me he entregado a vuestra causa. A ellos se debe en gran parte que, por fin, hayamos llegado a la tierra que vio nacer a Buda. En ella hemos tenido la enorme fortuna de encontrarnos con tres jóvenes de sangre real, que de buena gana nos han aceptado como maestros, con el fin de que les transmitamos nuestros conocimientos sobre las artes marciales. Si, de verdad, llegan a convertirse en discípulos nuestros, también lo serán de vuestra paternidad y os honrarán con el mismo respeto con que lo hacemos nosotros. Queríamos que lo supierais antes de que comenzáramos nuestra enseñanza. Tripitaka se mostró sumamente complacido con esas explicaciones e inmediatamente dio su visto bueno al proyecto. Al ver cómo reaccionaba el maestro, Ba-Chie y el Bonzo Sha se echaron, a su vez, rostro en tierra y dijeron: - Como bien sabéis, somos personas sin ninguna formación, que no saben expresarse con la corrección que debieran. Os suplicamos, por tanto, que toméis el dignísimo asiento del dharma y nos permitáis también a nosotros aceptar a esos jóvenes como discípulos. Ellos se encargarán de mantener vivo el recuerdo de nuestro peregrinaje hacia el Oeste. Tripitaka les dio, igualmente, su consentimiento. Después de escoger un lugar apartado que había detrás del Pabellón de Secado de la Seda, el Peregrino dibujó en el suelo el diagrama de la Osa Mayor y pidió a los tres jóvenes que se postraran de hinojos en el interior del trazo que acababa de completar. Cerró a continuación los ojos y se sumió en una concentración total y absoluta. Colocándose a espaldas de los muchachos, entonó en su interior una serie de mantras y recitó las palabras de la inmortalidad efectiva, antes de lanzar sobre ellos un soplo de aire sagrado, que extrajo directamente de sus entrañas. Los dioses que moraban en el interior de los jóvenes despertaron de su letargo y fueron a ocupar el lugar que desde siempre les había estado reservado. Acto seguido, les transmitió oralmente unas cuantas fórmulas y, de esta forma, cada uno de los hijos del príncipe obtuvo una fuerza superior a la de mil hombres. Después los ayudó a completar el ciclo del fuego, valiéndose de las mismas técnicas que se usan para abandonar el seno materno o cambiar totalmente de huesos5. Los jóvenes sólo recobraron la consciencia, cuando la fuerza vital hubo recorrido todos los circuitos de su cuerpo, un trasunto, en realidad, de los movimientos exactos que siguen los planetas. Al ponerse de pie y pasarse la mano por la cara, sintieron que poseían una fuerza que jamás habían imaginado que llegarían a tener. De hecho, el mayor tomó sin ninguna dificultad la barra de los extremos de oro, el segundo levantó el rastrillo de las nueve puntas y el menor blandió, con la misma facilidad, el báculo de derrotar monstruos. Cuando el príncipe lo vio, se apoderó de él tal satisfacción, que inmediatamente mandó servir otro banquete vegetariano de acción de gracias. Antes de que éste diera comienzo, se inició el período de instrucción. El joven empeñado en dominar los misterios de la barra, se dedicó a ello con empeño, cosa que también hicieron, con notable aplicación, los otros dos con el báculo y el rastrillo. Pronto aprendieron a hacer fintas y a lanzar golpes, pero, en medio de todo, eran simples mortales y la fatiga se apoderó en seguida de sus cuerpos. Su respiración se fue haciendo pesada por momentos y sus brazos se mostraron incapaces de seguir blandiendo aquellas armas dotadas de poderes metamórficos, que ellos no lograron dominar, pese a sus continuos avances y retrocesos. El banquete puso fin a aquel día agotador de ejercicios marciales. A la mañana siguiente, muy temprano, los tres jóvenes volvieron a presentarse ante sus maestros y les dijeron: - Gracias por haber fortalecido nuestros brazos con vuestra propia potencia. Aunque ahora somos capaces de sostener vuestras armas, encontramos extremadamente difícil blandirías con la destreza que se espera de un luchador experimentado. Sería de desear, por consiguiente, que los herreros de nuestro padre hicieran unas copias exactas de las mismas, aunque un poco más ligeras. De esa forma, podríamos asimilar vuestras enseñanzas con más rapidez. No sabemos, de todas formas, cuál es vuestra opinión. - Nos parece muy bien - contestó Ba-Chie -. Es una proposición realmente razonable. Por una parte, nuestras armas son un poco difíciles de manejar y, por otra, nosotros mismos las necesitamos para defender la Ley de los demonios que la acechan. Es una idea excelente que queráis hacer unas copias. Sin pérdida de tiempo los jóvenes ordenaron a los herreros de palacio que compraran veinte mil kilos de hierro en bruto. Con el fin de fundirlo, se levantó una especie de tienda de campaña en la explanada que había justamente en frente de la mansión. La fragua funcionó con tal efectividad, que en un solo día se convirtió tan ingente cantidad de hierro en acero de la mejor calidad. Al día siguiente el Peregrino y sus dos hermanos habían de entregar de sus armas a los herreros, para que hicieran las copias convenidas. Desgraciadamente, la barra de los extremos de oro, el rastrillo de las nueve puntas y el báculo de matar monstruos no debían separarse en ningún momento de sus dueños y empezaron a emitir una luz cegadora, en cuanto las colocaron en la tienda. Era tal su luminosidad, que el cielo se cubrió de un resplandor superior al del sol y toda la tierra fue testigo de tan formidable portento. Aquella misma noche, un monstruo que vivía en la Caverna de las Fauces del Tigre, enclavada en la Montaña de la Cabeza del Leopardo, a unos ciento cincuenta kilómetros de la ciudad, salió a tomar el fresco y vio el resplandor. Al percatarse, además, del aura de buenos augurios que la envolvía, decidió investigar su origen y, montando en una nube, se dirigió hacia la ciudad. Descubrió, así, que provenía del palacio real. Intrigado, se acercó un poco más y, al ver aquellas tres armas tan espléndidas, se dijo, movido por el ansia de poseerlas: - ¡Qué cosa más maravillosa! Me pregunto de quién serán y por qué se encuentran aquí. De todas formas, ¿qué puede importarme a mí eso? Está visto que hoy es mi día de suerte. Puesto que se me han revelado con tanta claridad, lo mejor que puedo hacer es llevármelas - y, valiéndose de un viento huracanado, se hizo con ellas y regresó a su caverna. Así quedó comprobado, una vez más, que el Tao no puede abandonarse en ningún momento, porque lo que es susceptible de ser dejado a un lado no pertenece a él. Sin sus armas los peregrinos se encontraban totalmente a merced de los monstruos y todos su esfuerzos por conseguir las escrituras se tornaron, de pronto, vanos. No sabemos, de momento, si consiguieron recuperarlas o no. El que quiera averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第089回 EL LEÓN AMARILLO TRATA DE CELEBRAR LA FIESTA DEL RAPTO. EL ORO, LA MADERA Y LA TIERRA SUMEN EN LA CONFUSIÓN LA MONTAÑA DE LA CABEZA DEL LEOPARDO Decíamos que, después de haber estado trabajando sin cesar día y noche, los herreros terminaron rindiéndose a la fatiga y durmiendo como sólo pueden hacerlo los que carecen de preocupaciones. A la mañana siguiente, cuando se disponían a avivar el fuego y coger los mazos, descubrieron que las tres armas habían desaparecido. Muertos de miedo, empezaron a buscarlas por todos los sitios, pero no consiguieron dar con ellas. Cuando más nerviosos estaban, aparecieron los tres jóvenes, que vinieron a enterarse de cómo iba el trabajo. Los herreros se echaron inmediatamente a sus pies y confesaron, al tiempo que golpeaban repetidamente el suelo con la frente: - ¡Han desaparecido las armas de vuestros maestros y no sabemos dónde están! - A lo mejor las cogieron nuestros preceptores anoche - dijeron los jóvenes, desconcertados, y corrieron al Pabellón de Secado de la Seda. El caballo estaba atado a la entrada de uno de los pasillos. Sin poder contener su impaciencia, gritaron, muy excitados, al verle: - ¿Aún estáis durmiendo, maestros? - No, no - respondió el Bonzo Sha, abriendo la puerta -. Llevamos mucho tiempo despiertos. - ¿Cogisteis anoche las armas? - volvieron a preguntar los jóvenes, mirando, nerviosos, a su alrededor. - ¡Por supuesto que no! - respondió el Peregrino, poniéndose de pie de un salto. - Nos tememos que han desaparecido durante la noche - confesó uno de los jóvenes, bajando avergonzado la cabeza. - ¿También la mía? - exclamó, ansioso, Ba-Chie. - Al venir para acá - explicó otro de los jóvenes - hemos visto a mucha gente buscándolas, pero hasta ahora no han podido dar con ellas. Pensábamos que las habíais traído aquí durante la noche, pero ahora vemos que nos habíamos equivocado. Esperamos, de todas formas, que no nos hayáis jugado una mala pasada, porque como esos tesoros crecen y encogen a voluntad y a vosotros os encanta hacer bromas... - Os juro que nosotros no las hemos cogido - le atajó el Peregrino, preocupado -. Lo que podemos hacer es ir a buscarlas nosotros también - y se dirigieron al patio en el que se elevaba la tienda de los herreros, pero tampoco ellos fueron capaces de encontrar el menor rastro. - ¡Por fuerza han tenido que robárnoslas esos herreros! - exclamó Ba-Chie, volviéndose, amenazante, contra ellos -. ¡Devolvédnoslas en seguida, si no queréis que acabemos ahora mismo con vosotros! Presa del pánico, los herreros se echaron rostro en tierra y contestaron, llorando a lágrima viva, al tiempo que golpeaban el suelo con la frente: - Durante estos últimos días hemos estado trabajando como esclavos y, al final, nos hemos dejado arrastrar por el sueño. Al despertarnos por la mañana, vimos que las armas habían desaparecido. ¿Cómo vamos a haberlas robado nosotros, si ni siquiera podemos moverlas? ¡No nos hagáis ningún daño, por lo que más queráis! - La culpa es nuestra - musitó el Peregrino, visiblemente contrariado -. Debíamos haber guardado las armas, tan pronto como las hubieron copiado. No comprendo cómo las dejamos aquí. Emiten tal cantidad de luz, que, por fuerza, han tenido que llamar la atención de algún ser perverso, que se ha presentado durante la noche y las ha robado. - ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - le reprendió Ba-Chie, negándose a creerlo -. Ésta es una comarca sellada por las bendiciones del cielo. Por aquí cerca no hay ni una sola montaña y la gente parece virtuosa y pacífica. ¿Cómo va a haber seres perversos por los alrededores? ¡Por fuerza han tenido que ser estos herreros! Sabían que se trataba de auténticos tesoros y primero las escondieron en el palacio, para entregárselas después a un grupo de bandidos, que se las han llevado sólo ellos saben dónde, amparados en la oscuridad de la noche. ¿Por qué no les damos una paliza, de una vez, y les hacemos desembuchar la verdad? Los herreros intensificaron el ritmo de los golpes de sus frentes contra el suelo, al tiempo que repetían, angustiados, sus declaraciones de inocencia. Cuando más tensa parecía ser la situación, apareció el príncipe. Al enterarse de lo ocurrido, su rostro cambió de color y, tras un largo momento de concentrado silencio, concluyó: - Vuestras armas no se parecen en nada a las nuestras. Para moverlas se necesitarían, de hecho, cientos de personas. Eso sin contar con que mi familia lleva rigiendo los destinos de esta ciudad durante más de cinco generaciones y siempre ha gozado de una merecida fama de virtud. Eso ha hecho que todos sus habitantes, tanto civiles como militares, sientan un respeto especial por las leyes y nunca se atrevan a desobedecerlas. Os suplico, por tanto, que reconsideréis todo este asunto. - No hay nada que reconsiderar - concluyó el Peregrino, sonriendo -. Mirándolo bien, los herreros no tienen culpa de nada. ¿Existe algún bosque o algún monstruo en los alrededores de vuestra ciudad? - Hacia el norte - respondió el príncipe - se levanta la Montaña de la Cabeza del Leopardo, en la que se halla enclavada la Caverna de las Fauces del Tigre. Algunos afirman que es la morada de ciertos inmortales, mientras que otros sostienen que, en realidad, se trata de una guarida de tigres, lobos y otros monstruos semejantes. Desgraciadamente, hasta la fecha no hemos podido determinar la veracidad de tales asertos. - No me digáis más - concluyó el Peregrino -, sonriendo abiertamente -. Por fuerza han tenido que ser ellos. El resplandor los ha atraído hasta vuestro palacio y se han llevado nuestras armas, amparados en la oscuridad de la noche. Vosotros dos - añadió, volviéndose hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha - quedaos aquí con el maestro, mientras yo voy en busca de lo que es nuestro. Antes de partir, ordenó a los herreros que no apagaran los hornos y terminaran de forjar, cuanto antes, las armas de los tres jóvenes. Tras despedirse de Tripitaka, desapareció como por arte de magia, yendo a parar en un abrir y cerrar de ojos a la Montaña de la Cabeza del Leopardo. Al fin y al cabo, únicamente la separaban de la ciudad sesenta kilómetros. Le bastó con lanzar una mirada a su alrededor para convencerse de que, en efecto, se trataba de un habitáculo de monstruos. El pulso magnético que allí se percibía era casi continuo, en conformidad con la inmensa extensión de la comarca en la que estaba enclavado. La cumbre terminaba en una aguja tan punzante, que parecía horadar el cielo. Por las laderas se precipitaban rapidísimos torrentes, encajonados entre rocas sumamente rugosas. A los píes de la montaña se extendía una alfombra de hierba tan verde como el jade, que se transformaba en un encaje de flores exóticas en su parte posterior. Por las empinadas laderas ascendían tupidos bosques de pinos centenarios, cipreses y bambúes. En el aire se confundían los interminables vuelos de las picazas con los chillidos desagradables de los cuervos. Los continuos gritos de los simios ponían una nota de grosería a la blanca elegancia de las garzas. Los ciervos paseaban en parejas por los bordes de los acantilados, mientras grupos de zorros se movían peligrosamente cerca de los precipicios. El pulso magnético de la tierra marcaba nueve ritmos idénticos, como si fuera un dragón que se elevara por los aires para caer, derrotado, contra el suelo. Costaba trabajo creer que semejante lugar se encontrara enclavado dentro de los límites de la Prefectura de la Flor de Jade, una zona que llevaba gozando de la protección de la fortuna durante más de diez mil años. El Peregrino se encontraba abstraído, contemplando la rugosidad de aquel paisaje, cuando oyó hablar a alguien al otro lado de la cumbre. Se volvió a toda prisa y vio a dos monstruos con cabeza de lobo, que se dirigían hacia el noroeste, charlando amigablemente. - Por fuerza tiene que tratarse de una patrulla - se dijo el Peregrino -. Lo mejor que puedo hacer es seguirlos, a ver si logro averiguar de qué van hablando - y, haciendo un signo mágico con los dedos, se convirtió en una pequeña mariposa, no sin antes recitar un conjuro y sacudir ligeramente el cuerpo. Sin ninguna dificultad se elevó por los aires y se puso en seguida a su altura. La metamorfosis que había experimentado no podía ser más perfecta con sus alas escamosas y sus dos diminutas antenas, que parecían estar hechas de plata. Su cuerpo era tan ligero, que lo mismo se lanzaba como una flecha en alas del viento que danzaba grácilmente en el seno de la brisa. No le costaba, así, ningún trabajo atravesar los cursos de agua y cruzar por encima de los muros en busca del aroma de las flores, que tanto placer le proporcionaban. Costaba trabajo creer que criatura tan delicada pudiera hacer frente a la imponente furia de los vendavales. El Peregrino no tuvo, pues, ningún problema en posarse sobre la cabeza de uno de los monstruos, que iba diciendo en aquel preciso momento: - Hay que reconocer que suerte no le falta a nuestro soberano. No hace ni siquiera un mes que se apoderó de esa bellísima muchacha, que tantos placeres le ha proporcionado, y ayer precisamente consiguió esas armas tan extraordinarias, que no existen otras iguales en el mundo. A ello se debe precisamente que vaya a dar mañana la que ha dado en llamar "Fiesta del Rapto", a la que estamos invitados todos sus súbditos. - No puede decirse que nuestra suerte sea mala tampoco - comentó el otro -. Encima llevamos veinte libras de plata para comprar todos los cerdos y corderos que estimemos oportuno. En cuanto lleguemos al mercado del noroeste, tenemos que comprar también unas cuantas botellas de vino. Además, si no te importa, podemos sisarle algunas monedas y adquirir a buen precio algo de ropa de abrigo para el invierno. Los dos monstruos estaban tan embebidos en sus planes, que no se dieron cuenta de la pequeña mariposa que llevaban encima. El Peregrino a punto estuvo de recobrar la forma que le era habitual, al oír hablar de la Fiesta del Rapto; tal era su alegría. Si hubiera tenido su arma, los habría matado allí mismo, pero, pensándolo bien, no eran responsables de las andanzas de su soberano. Remontó, por lo tanto, el vuelo y se dirigió hacia un recodo que el camino formaba un poco más adelante. Allí recobró su imagen típica de mono y se quedó completamente quieto, como si fuera un elemento más del paisaje. Cuando los monstruos llegaron a su altura, les lanzó un escupitajo y gritó: - ¡Om Hum Da Li! El conjuro surtió en seguida su efecto, dejando a los dos monstruos con cabeza de lobo clavados literalmente en el suelo. Su inmovilidad era tal, que ni siquiera pestañeaban. Se quedaron, de hecho, con la boca abierta, el cuerpo inclinado hacia delante y las piernas congeladas en el acto de dar un paso. De esta forma, el Peregrino no tuvo ninguna dificultad en registrarles cómodamente las ropas. No tardó en encontrar las veinte libras de plata. Las llevaban en una pequeña bolsa que traían atada a la cintura, de donde también les colgaba una placa de laca blanca. La de uno decía: "Rápido-y-Extraño". Y la del otro: "Extraño-y-Rápido". Ni corto ni perezoso, el Peregrino se las arrancó y regresó tranquilamente a la ciudad con el dinero. Al llegar al palacio, contó al príncipe, a Tripitaka y a todos los demás cuanto había ocurrido, sin omitir el más mínimo detalle. - ¡Así que, porque nuestras armas emiten toda esa luz, esos monstruos se van a dar un banquetazo a base de cerditos y ovejas! - exclamó Ba-Chie -. ¿Quieres decirme cómo vamos a recobrarlas? - Creo - contestó el Peregrino - que lo mejor será que vayamos a por ellas nosotros mismos. El dinero se lo daremos a los herreros como compensación por el mal rato que les hemos hecho pasar con nuestras dudas. Me figuro que el príncipe no tendrá ningún inconveniente en entregarnos unos cuantos cerdos y ovejas. Tú, Ba-Chie, te harás pasar por Rápido-y-Extraño, mientras que yo tomaré la forma de Extraño-y-Rápido. Por lo que a ti respecta, Bonzo Sha, te disfrazarás de vendedor de cerdos y ovejas, así no nos costará ningún trabajo entrar en la Caverna de las Fauces del Tigre. A la menor ocasión que se nos presente robaremos las armas y acabaremos con todas esas bestias. ¿Quién nos impedirá, entonces, regresar aquí triunfantes? - ¡Es un plan realmente fantástico! - exclamó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. ¿A qué estamos esperando para ponerlo en práctica? El príncipe otorgó su beneplácito a la empresa y ordenó a uno de sus administradores que les hiciera entrega de siete cerdos y cuatro o cinco ovejas. Después de despedirse del maestro, los tres hermanos abandonaron la ciudad, dispuestos a ejercitar sus inigualables poderes mágicos. Pronto empezaron, sin embargo, los problemas. Ba-Chie se volvió hacia el Peregrino y le preguntó, preocupado: - ¿Cómo voy a metamorfosearme en Rápido-y-Extraño, si no le he visto jamás? - No te preocupes por eso - le tranquilizó el Peregrino -. Recuerdo bien cómo era. Tuve tiempo suficiente para estudiar su cara, porque le inmovilicé con uno de mis conjuros y no volverá en sí hasta mañana a esta misma hora. Si te quedas un poco quieto, te enseñaré cómo era - y, pasándole la mano por la cara un par de veces, le convirtió en la imagen exacta de Rápido-y-Extraño. Para que no faltara nada, le colgó de la cintura la placa con el nombre, al tiempo que él adoptaba la figura de Extraño-y-Rápido. Para no ser menos, el Bonzo Sha se convirtió en un tratante de ganado, que se dirigió hacia el interior de la montaña con su ruidosa mercancía de cerdos y ovejas. En las primeras estribaciones se toparon, de pronto, con un diablillo de aspecto realmente feroz. Tenía unos ojos tan brillantes como lámparas, un pelo tan rojizo como el fuego y una nariz llamativamente carnosa. Su boca dejaba entrever unos dientes tan afilados como puñales, que hacían juego con sus puntiagudas orejas, sus pobladísimas cejas y el tinte verdoso de su rostro. Vestía una túnica de color amarillo y calzaba unas sandalias de esparto. Visto de lejos, parecía un dios de porte robusto y ademanes briosos. Sin embargo, había en él algo que denotaba a un demonio de la peor y más cruel catadura. En el brazo izquierdo llevaba una caja lacada llena, presumiblemente, de invitaciones. Al ver al Peregrino, levantó la voz y le preguntó: - ¿Cómo has vuelto tan pronto, Extraño-y-Rápido? ¿Habéis comprado muchos animales? - Juzga por ti mismo - contestó el Peregrino, enseñándole las ovejas y los cerdos. - ¿Quién es éste? - volvió a preguntar el diablillo, señalando al Bonzo Sha. - ¿Es que no lo ves? - respondió el Peregrino -. Un vendedor de animales. Le hemos dejado a deber unas cuantas libras de plata y ha insistido en venir con nosotros. ¿Se puede saber adonde vas por aquí? - A la Montaña del Nudo de Bambú - explicó el diablillo -, a invitar al soberano de allí a la fiesta de mañana. - ¿Cuántos van a ser, por fin, los invitados? - inquirió el Peregrino como quien no quiere la cosa. - Calculo que en total seremos alrededor de cuarenta, contando a los dos reyes y a los capitanes de nuestra montaña. - No perdamos más el tiempo - sugirió Ba-Chie después de un rato de charla -. ¿No veis que los animales se están marchando cada cual por su parte? - Recógelos, mientras trato de sacarle a éste una de esas invitaciones - respondió el Peregrino en voz baja. El diablillo pensó que era uno de los suyos y no tuvo ningún inconveniente en abrir la caja y en sacar lo que le pedía. El Peregrino desenrolló el documento y leyó: He hecho preparar un opíparo banquete, para que disfrutéis con nosotros de la espléndida Fiesta del Rapto. Es nuestro deseo que la honréis con vuestra presencia y la de todos vuestros sirvientes. Nos sentiremos sumamente agradecidos, si no rehusáis a presentaros en nuestros dominios con vuestra carroza. Invitación dirigida al Gran Maestro Sabio de los Nueve Númenes Originarios. Vuestro indigno discípulo, el León Amarillo, golpea humildemente el suelo ante vos con la frente. Después de leerlo, el Peregrino se lo devolvió al diablillo, que lo guardó, una vez más, en la caja y prosiguió su camino hacia el sudeste. - ¿Qué decía la invitación? - preguntó el Bonzo Sha, curioso. - Se trataba de una simple invitación - respondió el Peregrino -. Su estilo era tan respetuoso, que concluía con estas palabras: "Vuestro indigno discípulo, el León Amarillo, golpea humildemente ante vos el suelo con la frente", iba dirigida a un tal Sabio de los Nueve Númenes Originarios. - ¡Acabaré con él en menos que canta un gallo! - exclamó Ba-Chie, satisfecho, soltando la carcajada. - ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - objetó el Peregrino. - ¿Acaso has olvidado lo que afirmaban los antiguos? - replicó Ba-Chie -: "El león de la melena dorada no tiene mayor enemigo que un cerdo de aspecto desastrado". Mientras hablaban y se reían a sus anchas, reunieron las ovejas y los cerdos y prosiguieron su camino. No tardaron en avistar la Caverna de las Fauces del Tigre. Estaba rodeada por unas montañas, verdes como esmeraldas, que parecían una cadena inexpugnable. Las enredaderas y las lianas formaban tupidas redes que ocultaban los fondos oscuros de los barrancos. Por doquier se escuchaban los cantos de los pájaros, que iban a posarse, delicados, sobre las matas de flores que daban sombra a la entrada de la cueva. De alguna forma, la belleza del paisaje recordaba la de la Caverna de los Melocotoneros en Flor, en las que habitaba la comunidad de eremitas. Al acercarse, vieron un grupo de diablillos de todas las edades, charlando tranquilamente a la sombra de los árboles. Al oír los gritos con los que Ba-Chie trataba de conducir el ganado, se volvieron hacia los recién llegados y corrieron a darles la bienvenida. Era tal el alboroto que producían las ovejas y los cerdos, que hasta el monstruo salió a ver lo que pasaba con su escolta particular de doce diablillos. - ¿Así que sois vosotros? - preguntó, más tranquilo, al verlos -. ¿Cuántos animales habéis comprado? - Quince en total - contestó el Peregrino -: ocho cerdos y siete ovejas. El precio de los primeros asciende a dieciséis libras de plata y el de los segundos, a nueve. Eso quiere decir que hemos dejado a deber cinco libras, ya que solamente se nos confiaron veinte. Como se trata de una cantidad respetable, el hombre que nos los ha vendido ha decidido venir con nosotros. - Pagadle en seguida lo que se le adeuda y que se marche cuanto antes - ordenó el monstruo. - Lo malo es que no está interesado sólo en su dinero, sino también en ver la fiesta - respondió el Peregrino. - ¡Qué bocazas estás hecho! - le regañó el monstruo, enfadado -. Te encargué que compraras unos animales. ¿Por qué has tenido que mencionar lo de la fiesta? - ¿Qué hay de malo en dejarle ver los maravillosos tesoros que conseguisteis anoche? - preguntó Ba-Chie en tono conciliador -. Está claro que no existen otros iguales en el mundo. - ¡Eres tan tonto como tu hermano! - replicó, furioso, el monstruo -. ¿No comprendes que me hice con ellos en la sede de la Prefectura de la Flor de Jade? Si este tratante los ve, dirá por ahí que se hallan en mi poder y el príncipe puede montar en cólera. ¿Quieres decirme qué vamos a contarle, cuando se presente aquí reclamando lo que es suyo? - ¿Cómo va a hacer semejante cosa, si ni siquiera vive en la ciudad? - objetó el Peregrino -. ¿No comprendéis que pertenece al mercado del noroeste? Además, como no hemos comido nada durante el camino, tiene un hambre de perros. ¿Por qué no le dais algo de comida y un poco de vino antes de que se marche? No había acabado de decirlo, cuando un diablillo puso en sus manos las cinco libras de plata que faltaban. - Toma lo que es tuyo - dijo el Peregrino, volviéndose hacia el Bonzo Sha -. Si quieres comer algo, acompáñanos a la parte de atrás y te daremos un poco de vino. El Bonzo Sha se mostró cohibido en extremo, pero, al final, siguió a Ba-Chie y al Peregrino al interior de la caverna. Después de trasponer una segunda puerta, llegaron a un salón en el que se había levantado un altar sobre el que descansaba, radiante y luminoso, el rastrillo de las nueve puntas. La barra de los extremos de oro se encontraba apoyada contra la pared oriental, mientras que el báculo descansaba en la pared opuesta. El monstruo, que no se había apartado de ellos en ningún momento, se volvió hacia el falso tratante de ganado y le explicó orgulloso: - Eso del medio que reluce tanto es el rastrillo. Puedes mirarlo cuanto quieras, pero te prohíbo que hables con nadie de esto. El Bonzo Sha movió la cabeza en señal de asentimiento, pero, como suele ocurrir, cuando alguien ve algo que le pertenece, con toda seguridad va directamente a por ello. Ba-Chie siempre había sido una persona impetuosa y, al ver su rastrillo, se desentendió totalmente de la charla y corrió hacia el altar. Loco de contento, tomó su preciada arma con las dos manos y, recobrando la forma que le era habitual, descargó un golpe terrible contra la cara del monstruo. El Peregrino y el Bonzo Sha siguieron su ejemplo y, con una rapidez pasmosa, recobraron lo que era suyo. Envalentonados, empezaron a descargar golpes a diestro y siniestro. El monstruo se retiró a toda prisa hacia la parte de atrás de la caverna, donde tomó un arma que recordaba una pala sumamente brillante de largo mango y afiladísima hoja. - ¿Quiénes sois vosotros para atreveros a venir a robarme mis tesoros? - preguntó, saliéndoles valientemente al encuentro. - ¡Maldita bestia peluda! - exclamó el Peregrino, despectivo -. ¿Es que no nos reconoces? Somos los discípulos de Tripitaka Tang, un monje virtuoso procedente de las Tierras del Este. Al llegar a la Prefectura de la Flor de Jade, nos presentamos ante el príncipe, para que nos sellara los documentos de viaje, pero él insistió en que transmitiéramos a sus tres hijos los conocimientos militares que poseemos. Incapaces de negarnos a sus deseos, le entregamos nuestras armas con el fin de que hicieran una copia exacta de las mismas. Lo que menos esperábamos es que fueran a ser robadas por un monstruo sin conciencia como tú. ¿Cómo dices que te estamos despojando de lo que es tuyo? ¡No huyas y prueba el sabor de nuestras tres armas! El monstruo levantó la pala e hizo frente al ataque de sus tres oponentes con una valentía realmente digna de encomio, dando, así, comienzo a una espléndida batalla en el patio mismo de la caverna. La barra silbaba como el viento, el rastrillo caía como la lluvia y el báculo recordaba la neblina que se eleva hacia el cielo. Parecían tres dioses retinando el elixir. El brillo que emitían y los colores que los envolvían hubieran sumido a los dioses y espíritus en un reverente silencio. El Peregrino era el que más potencia desplegaba contra aquel monstruo que había cometido la insolencia de robar sus preciadas armas. No le iban a la zaga en fortaleza y fiereza ni Ba-Chie, Mariscal de los Juncales Celestes, ni el Bonzo Sha, espléndido guerrero. Juntos, desplegaron su formidable arsenal de conocimientos marciales, sumiendo en el desorden la Caverna de las Fauces del Tigre, Su adversario poseía, sin embargo, una gran resistencia y, así, el encuentro resultó de una fiereza inusitada. De todas formas, cuando el sol comenzó a declinar por el oeste, las fuerzas empezaron a flaquearle al monstruo, que gritó, de pronto, revolviéndose contra el Bonzo Sha: - ¡Guárdate de mi golpe! El Bonzo Sha esquivó el ataque, haciéndose a un lado, momento que aprovechó la bestia para huir a toda prisa hacia el sudeste, montado en un viento huracanado. Ba-Chie trató de cortarle la retirada, pero se lo impidió el Peregrino, diciendo: - Déjale. Como muy bien afirmaba un antiguo proverbio, "no debe perseguirse a los bandidos desesperados". Lo mejor que podemos hacer es destruir su base de operaciones. Ba-Chie dio al punto su consentimiento y, entrando en la caverna, acabaron con todos los monstruos que la habitaban, sin importarles la edad o condición. En realidad, no eran más que un grupo heterogéneo de tigres, lobos, leopardos, caballos, ciervos y cabras montesas. Valiéndose de la magia, el Gran Sabio recogió cuanto de valor había en la cueva y lo amontonó fuera, junto con las pieles de los diablillos muertos, los cerdos y las ovejas. El Bonzo Sha, mientras tanto, había logrado reunir una gran cantidad de madera seca, que esparció oportunamente por la antigua morada de la bestia y a la que en seguida prendió fuego. Ba-Chie utilizó entonces sus enormes orejas para avivar las llamas, que, en un abrir y cerrar de ojos, adquirieron unas proporciones realmente gigantescas. Al poco tiempo, de la caverna no quedaba más que un triste montón de cenizas. Los monjes tomaron lo que había quedado y se dirigieron a la ciudad. Sus habitantes no se habían retirado a descansar y las puertas permanecían abiertas de par en par. El príncipe y sus hijos se encontraban charlando amigablemente con el monje Tang en el Pabellón de Secado de la Seda, cuando, de pronto, empezó a caer en el patio una auténtica lluvia de bestias muertas, cerdos y ovejas vivos y una gran cantidad de joyas y vestimentas de la mejor calidad. Al mismo tiempo, oyeron una voz, que decía: - ¡Ya estamos de vuelta! ¡La suerte nos ha favorecido con una gran victoria! El monje Tang no cabía en sí de contento. El príncipe se puso inmediatamente de pie, mientras los tres jóvenes se postraban de hinojos en señal de agradecimiento. - Aún no es tiempo para eso - dijo el Bonzo Sha, levantándolos del suelo -. Vamos a ver primero qué es todo esto que traemos. - ¿De dónde lo habéis sacado? - preguntó el príncipe, sorprendido. - Todos esos tigres, lobos, leopardos, caballos, ciervos y cabras montesas - explicó el Peregrino, sonriendo - eran los espíritus que habitaban en la caverna. Tras recobrar nuestras armas y medirnos con el señor que los mandaba, descubrimos que él mismo no era más que un león con la melena dorada. A pesar de todo, blandía magistralmente una especie de pala luminosa, con la que nos hizo frente hasta poco antes de la caída del sol, cuando huyó, derrotado, hacia el sureste. En vez de perseguirle, optamos por destruir su inmundo habitáculo, acabando con toda su corte de bestias y trayendo como botín cuanto contenía de valor. El príncipe se mostró encantado con la victoria conseguida, pero, al mismo tiempo, manifestó sus temores por las posibles represalias que podía tomar contra la ciudad que con tanta dedicación regía. - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Tomaremos las medidas oportunas, para que sus esfuerzos se vean condenados al fracaso. De una cosa podéis estar seguro: no nos marcharemos hasta no haber quedado zanjado todo este asunto, ya que, como muy bien habéis previsto, es probable que recurra a la venganza. De hecho, esta mañana nos topamos con un diablillo con la cara azulada y el pelo rojizo, que iba a entregar una invitación que decía textualmente: "He hecho preparar un opíparo banquete, para que disfrutéis con nosotros de la espléndida Fiesta del Rapto. Es nuestro deseo que la honréis con vuestra presencia y la de todos vuestros sirvientes. Nos sentiremos sumamente agradecidos, si no rehusáis a presentaros en nuestros dominios con vuestra carroza. Invitación dirigida al Gran Maestro Sabio de los Nueve Númenes Originarios. Vuestro indigno discípulo, el León Amarillo, golpea humildemente el suelo ante vos con la frente". Estoy seguro de que, al huir, ha ido en busca de ese maestro, al que tanto parece respetar. Mañana mismo se presentará aquí exigiendo venganza, pero no temáis, porque en ese momento os libraremos para siempre de ellos. El príncipe le dio anticipadamente las gracias y ordenó servir la cena. En cuanto el maestro y sus discípulos hubieron dado buena cuenta de ella, se retiraron a descansar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monstruo, que se dirigió, en efecto, hacia la Montaña del Nudo de Bambú, donde se abría una caverna que respondía al nombre de las Nueve Curvas. Allí habitaba el Sabio de los Nueve Númenes Originarios, que era, en realidad, el abuelo del monstruo al que los peregrinos acaban de derrotar. Con las piernas entumecidas de tanto cabalgar a lomos del viento, consiguió, por fin, llamar a la puerta de la cueva a eso de la quinta vigilia. - Anoche llegó Cara Azulada con vuestra invitación - dijo el diablillo que le abrió - y nuestro soberano le pidió que se quedara hasta mañana, para regresar juntos a vuestra morada a celebrar la Fiesta del Rapto. ¿Cómo se os ha ocurrido venir a estas horas con otra invitación? - No sé cómo explicarlo - contestó el monstruo, muy cansado -. Lo único cierto es que no va a haber ninguna fiesta. No había acabado de decirlo, cuando apareció Cara Azulada, que le preguntó, sorprendido: - ¿Cuándo habéis venido? El soberano anciano y yo pensábamos volver a la fiesta, tan pronto como se hubiera despertado. El monstruo estaba tan abatido, que sólo podía agitar nerviosamente la mano. Al poco rato se levantó del lecho el demonio anciano y ordenó que fuera conducido a su presencia el recién llegado. Al verle, el monstruo se dejó caer al suelo y empezó a llorar desconsoladamente. - Vamos, vamos - dijo el anciano, sorprendido -. ¿A qué vienen esas lágrimas? Ayer me hiciste llegar una invitación y ahora, que me disponía a ir a tu mansión, te presentas tú de improviso. ¿Quieres explicarme qué es lo que ha ocurrido? - Ayer por la noche - contestó el monstruo, golpeando repetidamente el suelo con la frente - salí a dar un paseo a la luz de la luna y vi un extraño resplandor que se elevaba hacia lo alto desde la Prefectura de la Flor de Jade. Al acercarme, vi que se trataba de tres espléndidas armas que descansaban en el interior de una tienda que se levantaba en el patio del palacio del príncipe. Una era un rastrillo de nueve puntas, otra, una barra con los extremos de oro, y la tercera, un báculo magnífico. Valiéndome de la magia, las trasladé hasta mi mansión y me dispuse en seguida a celebrar una Fiesta del Rapto. Mientras unos se ocupaban de adquirir ovejas y cerdos, otros partían en busca de frutas y Cara Azulada venía a entregaros la invitación, pues no quería que vos os quedarais sin disfrutar de nuestra común alegría. Extraño-y-Rápido no tardó en regresar con un pequeño rebaño de ovejas y cerdos. Venía con él un tratante, al que, decía, le debíamos cierta cantidad de dinero y que insistía en ver las armas objeto de nuestra fiesta. Al principio me negué en redondo a sus deseos, pero después empezó a decir que tenía mucha hambre y le permití entrar. Rápido-y-Extraño iba también con nosotros. Al pasar por el lugar en el que estaban colocadas las armas, se abalanzaron sobre ellas y recobraron la forma que les era habitual. Se trataba de tres monjes a cual más feo. Uno tenía la cara totalmente cubierta de pelo y parecía la imagen viva de un dios del trueno, el segundo poseía un morro muy largo y unas orejas grandísimas y el tercero presentaba un aspecto tan sombrío que hasta yo mismo me asusté. Sin reparar en daños, se pusieron a gritar y a exigir que me batiera con ellos. No me quedó más remedio que coger mi pala luminosa y enfrentarme con los tres a la vez, al tiempo que trataba de averiguar quiénes eran y por qué se habían atrevido a turbar la paz de mi morada. Afirmaron ser los discípulos de un tal monje Tang, que había sido enviado al Paraíso Occidental por el emperador de las Tierras del Este. Al pasar por la Prefectura de la Flor de Jade, habían acudido al príncipe, para que les sellara el documento de viaje, pero sus jóvenes hijos habían insistido en que les enseñaran las artes marciales y no les quedó más remedio que prestarles sus armas, para que hicieran unas réplicas exactas de las mismas. Eso explicaba que estuvieran en la tienda de donde yo las tomé. Desconozco los nombres de esos tres monjes. Lo que sí puedo afirmar es que se trata de luchadores sumamente experimentados, a los que no he podido mantener a raya. Me he visto obligado, de hecho, a acudir a vos, con la esperanza de que me ayudéis a vengar la derrota que acabo de sufrir de sus manos. No necesito deciros que ésa sería para mí una inconfundible muestra del cariño que decís profesarme. - ¡Así que son ellos! - exclamó el anciano después de un largo momento de reflexión -. Creo que has cometido una grave equivocación enfrentándote a ellos. - ¿Queréis decir que los conocéis? - preguntó el monstruo, sorprendido. - El del morro largo y las orejas grandes - respondió el anciano - es Chu Ba-Chie y el del aspecto siniestro responde al nombre de Bonzo Sha. Son individuos a los que podríamos derrotar con cierta facilidad, pero no así al de la cara cubierta de vello y la figura de un dios del trueno. Su poderío mágico es, francamente, inigualable. No te digo más que hace aproximadamente quinientos años sumió el Palacio Celeste en una confusión total y hasta los cien mil soldados que lo defienden se mostraron incapaces de capturarle. Es más, le encanta sembrar la destrucción por donde pasa. No existe montaña que no haya allanado, ni océano que no haya secado, ni caverna o ciudad que no haya arrasado. ¿Cómo quieres que me enfrente a él? En fin - añadió con cierta pesadumbre -, puesto que me lo pides, haré cuanto esté de mi mano para capturarle, junto con los príncipes de esa malhadada ciudad. El monstruo intensificó sus golpes contra el suelo en señal de agradecimiento. Sin pérdida de tiempo el anciano llamó a todos sus nietos y al instante se presentaron ante él el León con Aspecto Humano, el León de las Nieves, el León Poderoso, el León Blanquecino, el León de las Montañas y el León Devorador de Elefantes. Guiados por el León Amarillo, cogieron sus armas y se dirigieron hacia la Montaña de la Cabeza del Leopardo a lomos de un viento huracanado. Pronto sintieron un fuerte olor a quemado y oyeron los lamentos desesperados de alguien entregado al duelo. No tardaron en descubrir que se trataba de Extraño-y-Rápido y de Rápido-y-Extraño, que estaban llorando la muerte de su señor. - ¿Sois realmente vosotros? - preguntó el monstruo, acercándose a ellos. Los dos diablillos se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decían, llorosos: - ¿Quiénes otros podíamos ser? Ayer, cuando nos dirigíamos al mercado a comprar los cerdos y las ovejas, nos encontramos en la ladera occidental de la montaña con un monje que tenía la cara cubierta de pelo y el aspecto inconfundible de un dios del trueno. Sin darnos tiempo a reaccionar, nos escupió y al punto nos quedamos totalmente inmóviles. De esa forma, consiguió quitarnos el dinero y las placas con nuestros nombres. Hasta hace un rato no hemos podido librarnos de la fuerza de su embrujo. Al regresar a vuestra mansión, nos encontramos con que todo había desaparecido, víctima de las llamas, y que lo que antes había sido esplendor ahora había quedado reducido a un montón de cenizas y a una densa columna de humo. Al no veros por ninguna parte, pensamos que habíais perecido, junto con todos vuestros capitanes y sirvientes. ¿Qué es, en definitiva, lo que ha ocurrido aquí? El monstruo no pudo evitar que las lágrimas corrieran, copiosas, por sus mejillas. Desesperado, empezó a golpear el suelo con los dos pies, al tiempo que gritaba: - ¡Malditas bestias! ¿Cómo habéis podido hacer semejante cosa? ¿Por qué habéis tenido que arrasar mi caverna, quemar viva a mi esposa y arrebatarme todo lo que me pertenecía? ¿Para qué seguir viviendo? ¡Me habéis metido la muerte en el cuerpo con vuestra crueldad! - Cuando las cosas han llegado a este extremo, la locura no conduce a nada - dijo el León con Aspecto Humano, tratando de mantenerle en pie -. Es preciso que guardemos todas las energías que podamos para atrapar a esos monjes y arrasar la ciudad que los ha acogido. - ¿De qué me sirve la venganza? - gritó el monstruo, negándose a dejar de lamentarse -. Me llevó muchísimo tiempo levantar esta caverna y ahora está totalmente destruida. ¿Para qué quiero seguir viviendo? - y empezó a dar golpes con la cabeza contra una roca. Si no llega a ser por el León de las Nieves y el León con Aspecto Humano, hubiera logrado su loco propósito. Al poco rato abandonaron la montaña y se dirigieron hacia la ciudad. Al ver el tremendo huracán que se les venía encima, las gentes de la capital de la prefectura, tanto los hombres como las mujeres, corrieron a esconderse, sin preocuparse para nada de sus posesiones. Las puertas se cerraron a cal y canto, mientras alguien corrió al palacio a informar al príncipe, diciendo: - ¡Qué desgracia, señor! ¡Qué gran desastre! El príncipe y sus hijos se encontraban tomando el desayuno en el Pabellón de Secado de la Seda con el monje Tang, cuando oyeron los gritos y las voces. - ¡Se está acercando a la ciudad un ejército de monstruos! - dijeron los informadores, cada vez más alarmados -. Es tal su furia, que vienen arrancando rocas y arrasándolo todo con el viento que despiden por la boca. - ¿Qué podemos hacer? - preguntó el príncipe, aterrado. - Tranquilizaos - respondió el Peregrino, sonriendo -. Por fuerza tiene que tratarse del monstruo de la Caverna de las Fauces del Tigre, al que derrotamos ayer y huyó hacia el sudeste. Seguro que ha unido sus fuerzas con las del Sabio de los Nueve Númenes Originarios y viene en busca de venganza. Lo que podemos hacer es salir a su encuentro. Ordenad que cierren las cuatro puertas de la ciudad y que todos sus habitantes se apresten para la lucha. El príncipe siguió sus consejos y apostó a sus hombres más valientes en lo alto de la muralla. Él mismo subió al bastión más elevado para dirigir las operaciones en compañía de sus tres hijos y del monje Tang. Entre el ondear de los estandartes, tantos que casi llegaban a oscurecer el sol, y el fuego de los cañones, que iluminaban de continuo los cielos, el Peregrino y sus dos hermanos abandonaron la ciudad, dispuestos a hacer frente a sus enemigos. El robo de las armas condujo, de esta forma, al desastre del culpable y al odio de los demonios con los que estaba emparentado. No sabemos, de momento, cómo se desarrolló la terrible batalla que se avecinaba. El que quiera averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第090回 TANTO EL MAESTRO COMO LOS DISCÍPULOS Y LOS LEONES SE VUELVEN HACIA EL ÚNICO. LOS BANDIDOS, TAOÍSTAS, BUDISTAS Y LADRONES LOGRAN ACALLAR A NUEVE NÚMENES Decíamos que el Gran Sabio Sun abandonó la ciudad, acompañado de Ba-Chie y el Bonzo Sha. Al encontrarse cara a cara con los monstruos, descubrieron que se trataba de una manada de leones de diferentes colores. Al frente de ellos iba el León Amarillo, al que seguían el León Poderoso y el León Devorador de Elefantes por el lado izquierdo, y el León Blanquecino y el León de las Montañas, por el derecho. Cerraban la marcha el León con Aspecto Humano y el León de las Nieves. Todos ellos parecían proteger a un enorme león de nueve cabezas, que cabalgaba justamente en el centro y al que asistía Cara Azulada, que portaba un estandarte bordado con motivos florales. Un poco más atrasados se veía a Rápido-y-Extraño y a Extraño-y-Rápido, que, a su vez, sostenían dos banderas de un atractivo color rojizo. Ba-Chie siempre había sido una persona muy poco dada a la reflexión y, llegándose hasta ellos, empezó a gritar con visible desprecio: - ¡Eh, tú, bestia inmunda! ¿Se puede saber adonde has ido a buscar a toda esa tropa de malandrines peludos? - ¡Maldito monje sin principios! - gritó, a su vez, el monstruo, rechinándole los dientes -. Ayer me atacasteis los tres a la vez y conseguisteis derrotarme. ¿Por qué no os conformasteis con la ignominia que lanzasteis sobre mis espaldas? ¿Por qué tuvisteis que arrasar mi caverna, sumiendo en la ruina mi hogar y acabando con todos mis seres queridos? ¿Qué hay de extraño en que el odio que os profeso sea más profundo que los mares? ¡No huyáis y probad el sabor de mi pala! Ba-Chie no rehusó el encuentro, parando el golpe del león con el rastrillo. Cuando se percataron de lo muy equilibradas que estaban las fuerzas, tanto el León con Aspecto Humano como el León de las Nieves se lanzaron a la refriega, armados con una alabarda y una cachiporra de tres picos. - ¡Bienvenidos seáis! - gritó Ba-Chie, mientras el Bonzo Sha acudía en su defensa, blandiendo el báculo. Ni cortos ni perezosos, el León Poderoso, el León Blanquecino, el León Devorador de Elefantes y el León de las Montañas se abalanzaron sobre ellos, armados respectivamente con una porra, un mazo de bronce, una lanza de acero y un hacha. Comprendiendo lo delicado de la situación, el Peregrino se enfrentó con todos al mismo tiempo, dando, así, comienzo a una batalla realmente extraordinaria. Los siete leones trataron de rodear a los tres monjes, rugiendo con todas las fuerzas de sus pulmones y blandiendo diestramente el mazo, la porra, la lanza, el hacha, la cachiporra y la pala. Su filo hubiera hecho huir a más de un contrincante, pero la barra del Gran Sabio, única entre las armas de este mundo mortal, el báculo del Bonzo Sha, valioso como un tesoro, y el rastrillo de Ba-Chie, luminoso como el mismo sol, no eran piezas que se arredraran ante el peligro. Sus golpes se multiplicaban a derecha e izquierda, conjurando el peligro y creando dificilísimas situaciones para sus adversarios. Los animaban el príncipe y sus hijos desde lo alto de los bastiones, haciendo sonar los gongs y batiendo continuamente los tambores. Pero si irresistible era la fuerza de sus armas, no lo eran menos sus recursos mágicos. El Cielo y la Tierra temblaron de espanto, al ver semejante derroche de energía. Medio día estuvieron aquellos monstruos peleando con el Gran Sabio y sus dos hermanos. Cuando empezó a oscurecer, Ba-Chie echaba espuma por la boca y las piernas empezaban, poco a poco, a fallarle. Comprendiendo que no iba a poder resistir por más tiempo, agitó sin mucha convicción el rastrillo y se dio media vuelta. - ¿Adonde vas tan deprisa? - gritaron a la vez el León de las Nieves y el León con Aspecto Humano -. ¡Detente y prueba el sabor de nuestras armas! El Idiota no esquivó el golpe con suficiente rapidez y la porra le dio de lleno en la columna vertebral, derribándole al suelo. - ¡Estoy acabado! - musitó, desesperado. Los dos monstruos le agarraron de los pelos y corrieron a enseñárselo al león de las nueve cabezas, diciéndole orgullosos: - ¿Habéis visto lo que acabamos de atrapar? No habían terminado de preguntarlo, cuando el Bonzo Sha y el Peregrino hubieron de reconocer, igualmente, su derrota. Los monstruos trataron de cortarles la retirada, pero el Peregrino logró arrancarse a tiempo un puñado de pelos, se los metió en la boca y, después de masticarlos con cuidado, los escupió, gritando: - ¡Transformaos! Al punto se convirtieron en cientos de pequeños Peregrinos que rodearon completamente al León Blanquecino, al León Poderoso, al León Devorador de Elefantes, al León de las Montañas y al León Amarillo. De esta forma, tanto el Bonzo Sha como el Gran Sabio evitaron caer en poder de las bestias. Es más, cuando el manto de la noche fue cubriéndolo todo, consiguieron atrapar al León Poderoso y al León Blanquecino, aunque desgraciadamente el León de las Montañas, el León Devorador de Elefantes y el León Amarillo lograron romper el cerco y escapar sanos y salvos. Al enterarse el anciano de que dos de sus nietos habían caído en el combate, ordenó: - Atad a Chu Ba-Chie, pero, de momento, no le matéis. Nos servirá de rehén para intercambiarle por nuestros dos hermanos, cuando llegue el momento oportuno. Si son lo suficientemente inteligentes, sabrán que todo el daño que les hagan repercutirá con creces en este imbécil. Los monstruos decidieron pasar la noche en las afueras de la ciudad, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio Sun, que llevó a los dos leones ante el príncipe, que inmediatamente ordenó a treinta de sus mejores guerreros que les ataran con cuerdas. Tras recuperar los pelos que se había arrancado, el Peregrino y el Bonzo Sha corrieron a ver al monje Tang, que exclamó, admirado: - ¡Qué batalla más extraordinaria! ¿Creéis que Wu-Nang saldrá vivo de ésta? - No os preocupéis por él - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Mientras tengamos a esos dos monstruos, no se atreverán a hacerle el menor daño. Es preciso, por tanto, que estén bien atados, para poder intercambiarlos mañana mismo por Ba-Chie. - Cuando entrasteis en combate - dijeron los jóvenes hijos del príncipe, echándose rostro en tierra -, sólo se os veía a vos. Pero cuando decidisteis abandonar el campo, os multiplicasteis por ciento. Ahora, sin embargo, volvéis a ser una sola persona. ¿Podéis explicarnos qué clase de magia es esa que habéis usado? - En mi cuerpo - respondió el Peregrino, sonriendo - existen exactamente ochenta y cuatro mil pelos, que pueden metamorfosearse en millones y millones de copias exactas a mí mismo. Como habréis averiguado, se trata simplemente de la magia de la multiplicación corporal. Abrumados por un respeto reverencial, los tres jóvenes tocaron el suelo con la frente y ordenaron que les fuera servida la cena allí mismo. Se encendieron luces en cada una de las almenas, proveyéndose a los vigías de estandartes, tambores y gongs y rogándoles encarecidamente que extremaran la vigilancia y que, en cuanto vieran algo extraño, dispararan flechas, lanzaran gritos de alerta e hicieran bramar los cañones. Poco antes del amanecer el abuelo de los monstruos llamó a su presencia al León Amarillo y le comunicó el siguiente plan: - Debéis tratar por todos los medios de atrapar al Peregrino y al Bonzo Sha. Yo me introduciré en la ciudad por el aire y me apoderaré del maestro, del príncipe y de sus tres hijos. En cuanto lo haya conseguido, volveré a la Caverna de las Nueve Curvas y esperaré vuestro regreso triunfal. Con ello estará asegurada nuestra victoria. Tras aceptar tan brillante plan, el León Amarillo, el León con Aspecto Humano, el León de las Nieves, el León Devorador de Elefantes y el León de las Montañas se dirigieron hacia la ciudad, protegidos por un viento impetuoso que agitaba densas masas de niebla. En cuanto los vieron acercarse, el Peregrino y el Bonzo Sha saltaron de lo alto de los bastiones y gritaron: - ¡Si queréis seguir con vida, devolvednos inmediatamente a nuestro hermano Ba-Chie! De lo contrario, os haremos picadillo. Los monstruos, por supuesto, no estaban dispuestos a ceder, por lo que el Gran Sabio y su acompañante tuvieron que recurrir a la inteligencia para hacer frente a aquellos cinco leones. La batalla que entonces se inició fue totalmente diferente de la que tuvo lugar el día anterior. Se levantó un viento huracanado, que barrió el suelo de rocas y piedras y las lanzó hacia lo alto, sumiendo los cielos en la oscuridad más absoluta. Era tal la cantidad de material que arrastraba, que los dioses y espíritus se echaron a temblar. Los árboles arrancados de cuajo se contaban a millares, obligando a los tigres y a los lobos a buscar refugio en lo más profundo de sus guaridas. No en balde la lanza, el hacha, la alabarda, la porra y la pala eran armas crueles, que sólo buscaban atrapar vivos al Peregrino y al Bonzo Sha. Afortunadamente, la barra de los extremos de oro del Gran Sabio poseía una técnica perfecta, que le permitía atacar, retroceder, girar y avanzar de una forma realmente magistral. El báculo de destruir monstruos del arrojado Bonzo Sha era, por otra parte, tan efectivo, que su fama había llegado a trasponer las mismísimas puertas del Salón de la Niebla Divina. Toda magia se mostraba insuficiente para arrollar a aquellos monstruos que trataban de cortarles el camino hacia el felicísimo Oeste. Cuando el encuentro entre los leones multicolores y los monjes alcanzó su punto culminante, el monstruo anciano montó en una nube de aspecto siniestro y se digirió hacia los impresionantes bastiones de la ciudad. No tuvo más que sacudir ligeramente sus nueve cabezas, para que todos aquellos que, supuestamente, la defendían cayeran, aterrados, rostro en tierra. De esa forma, no tuvo ninguna dificultad en apoderarse de Tripitaka, del príncipe y de sus tres hijos. Con ellos en la boca se llegó hasta donde se encontraba Ba-Chie y le arrebató hacia lo alto, como si se tratara de un gatito juguetón. No le costó mucho trabajo, porque, como se recordará, tenía nueve cabezas y, por ende, disponía de otras tantas bocas. En la primera transportó a Tripitaka, en la segunda a Ba-Chie, en la tercera al príncipe, en la cuarta al mayor de sus hijos, en la quinta al muchacho de mediana edad, y en la sexta al más pequeño de los jóvenes. Aún le quedaban tres bocas más para defenderse. Con una de ellas rugió en tono triunfante: - ¡Os espero donde ya sabéis! Al ver que el anciano había conseguido su propósito, los cinco leones intensificaron sus ataques, para facilitarle aún más la retirada. El Peregrino no tardó en escuchar los gritos angustiosos que salían del interior de la ciudad y en seguida comprendió que habían sido víctimas de una celada. Tras advertir al Bonzo Sha que tomara todas las precauciones posibles, se arrancó los pelos de los dos brazos y, triturándolos con los dientes, los escupió con una furia inaudita. Al punto se convirtieron en cientos de miles de pequeños Peregrinos, que se lanzaron sobre los monstruos, derribando al León con Aspecto Humano, atrapando al León de las Nieves, capturando al León Devorador de Elefantes, haciendo caer al León de las Montañas y dejando medio muerto al León Amarillo. Cara Azulada, Rápido-y-Extraño y Extraño-y-Rápido consiguieron huir, aprovechándose de la confusión. Al ver lo ocurrido, los defensores de la ciudad abrieron inmediatamente las puertas y corrieron a atar a los cinco leones, a los que introdujeron en el interior de los bastiones, tan pronto como hubieron quedado fuera de combate. Nada más entrar en el palacio del príncipe, su esposa se arrojó, llorosa, a los pies del Peregrino y le preguntó en tono angustioso: - ¿Qué va a ser de esta desventurada ciudad ahora que han perecido su majestad, sus tres hijos y vuestro maestro? - No lloréis más, por favor, señora - le aconsejó el Gran Sabio, levantándola del suelo, al tiempo que recuperaba todos sus pelos -. Aunque vuestro esposo y mi maestro han caído en poder de ese viejo monstruo, no creo que sufran el menor daño, mientras tengamos con nosotros a esos siete leones. Es más, ahora mismo vamos a ir a la fétida montaña en la que habita y os prometemos que os devolveremos, sanos y salvos, a vuestros hijos. Agradecidas, la princesa y todas sus damas se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decían: - ¡Libertad, os suplicamos, al príncipe y a sus tres herederos, para que quede asegurado para siempre su dominio sobre esta gran ciudad! - y regresaron al interior del palacio, luchando desesperadamente por contener las lágrimas. - Despellejad al León Amarillo, que acaba de expirar y encerrad a los otros seis en un lugar seguro - ordenó el Peregrino a los guerreros de mayor graduación -. En cuanto lo hayáis hecho, servidnos algo de comer, porque estamos realmente exhaustos. No perdáis la calma. Os garantizamos que no va ocurrir nada serio. Al día siguiente el Gran Sabio y el Bonzo Sha montaron en una nube y, en un abrir y cerrar de ojos, se posaron sobre la cumbre de la Montaña del Nudo de Bambú. Al mirar a su alrededor, descubrieron que se trataba de un lugar francamente extraordinario. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse cimas altísimas de una rugosidad tan pronunciada, que resultaban prácticamente inalcanzables. Los precipicios, por el contrario, parecían perderse en el seno mismo de la tierra. Por su fondo discurrían torrentes, de cuya existencia únicamente se tenía noticia por el alocado murmullo de sus aguas invisibles. Por los barrancos ascendía el aroma de diez mil clases diferentes de flores exóticas. Entre la vegetación serpenteaba un humilde sendero por el que, a veces, cruzaban parejas de garzas. Cuando se partía el tul de las nubes, el sol resaltaba aún más las impresionantes oquedades que desfiguraban las rocas. Familias de simios recogían frutas entre las copas de los árboles, sin importarles para nada el calor, mientras los ciervos buscaban flores, amparados en la sombra que dibujaban unos pinos centenarios. Bandadas de pájaros desgranaban la monotonía de sus cantos, poniendo las oropéndolas una nota inconfundible en aquel tapiz monocromo de trinos. En la primavera los melocotoneros y los ciruelos sembraban de delicadeza aquel paisaje tan agreste. En el verano, por el contrario, los olmos y los sauces se adueñaban de todas las laderas, cediendo en el otoño su primacía a mantos interminables de flores amarillas, que desaparecían en el invierno bajo la blancura cegadora de la nieve. En cualquier estación del año la belleza se adueñaba de aquellos parajes, auténticos remedos de la inmortal isla de Ying-Chou. Cuando más concentrados estaban en su contemplación, vieron aparecer, de pronto, a Cara Azulada. Llevaba en la mano una pequeña alabarda y se dirigía a toda velocidad a través de un pequeño valle, que había un poco más abajo. - ¿Adonde te crees que vas? - gritó el Peregrino, saliéndole al encuentro -. ¡Aquí estamos nosotros para cortarte la retirada! El diablillo experimentó tal terror, que bajó dando tumbos por la ladera, perseguido muy de cerca por los dos monjes. Cuando se disponían a darle caza, desapareció de repente y eso les hizo comprender que estaban muy cerca de la caverna. Su puerta se hallaba, de hecho, muy próxima de donde ellos se encontraban, pero sus batientes habían sido reforzados con pesadísimas rocas, que hacían prácticamente imposible la entrada. Encima había una gran losa de piedra en la que podía leerse: «Montaña del Nudo de Bambú de los Infinitos Númenes. Caverna de las Nueve Curvas». Estaba claro que el diablillo había cerrado firmemente las puertas y había corrido a informar al monstruo anciano, diciendo, muy alterado: - Acabo de ver a dos monjes ahí fuera. - ¿Estaban con ellos el León con Aspecto Humano, el León de las Nieves, el León Devorador de Elefantes, el León de las Montañas y tu señor? - preguntó el monstruo anciano. - No los he visto por ninguna parte - contestó el diablillo en el mismo tono que antes -. Los monjes esos estaban oteando el horizonte desde la cumbre de la montaña. Al verme, se echaron a correr detrás de mí y gracias que pude cerrar las puertas a tiempo, que, si no, ahora estaría en su estómago. El monstruo anciano se sumió en un meditativo silencio. Después las lágrimas empezaron a fluir poco a poco de sus ojos y la tristeza le hizo exclamar, desesperado: - ¡Estoy seguro de que el León Amarillo ha muerto y de que los demás han sido capturados! ¿Qué puedo hacer para vengarlos? Ba-Chie estaba tumbado junto a Tripitaka, el príncipe y los tres jóvenes, rumiando en silencio su mala suerte. Al oír los lamentos del monstruo, recobró los ánimos y dijo en voz muy baja a sus compañeros de cautiverio: - No hay motivo para la preocupación. Mis hermanos han obtenido una resonante victoria y han capturado a todas esas bestias. O mucho me equivoco, o no tardarán en aparecer por esa puerta. No había acabado de decirlo, cuando el monstruo anciano se volvió hacia los pocos súbditos que le quedaban y les ordenó: - Quedaos aquí, mientras voy a capturar a esos dos monjes. Es preciso que, cuanto antes, les dé un castigo ejemplar. Con el cuerpo al descubierto y sin echar mano de arma alguna, el viejo león se llegó hasta la puerta en dos zancadas. Desde allí podían oírse con toda claridad los gritos del Peregrino. Eso le enardeció de tal manera, que, abriendo de par en par los portones de piedra, se lanzó contra su adversario, sin mediar con él una sola palabra. El Peregrino agarró con fuerza la barra de los extremos de oro y el Bonzo Sha se dispuso a atacar con su báculo de destrozar monstruos. El viejo león sacudió ligeramente la cabeza y al punto le crecieron en cada lado otras ocho más, que agarraron a sus oponentes con una limpieza increíble y los condujeron al interior de la caverna. - ¡Traedme unas cuerdas! - gritó, autoritario. No tardaron en aparecer Rápido-y-Extraño, Extraño-y-Rápido y Cara Azulada, los únicos que habían conseguido escapar con vida la noche anterior, y ataron a los dos monjes con una destreza propia de un maestro. - ¡Maldito mono! - gritó, entonces, el monstruo anciano -. Es posible que hayas capturado a mis siete nietos, pero yo te he atrapado a ti y a todos los tuyos. Estamos en paz. Cambiaré vuestras vidas por las suyas. Antes, de todas formas, voy a azotarte con esas ramas espinosas de sauce, para vengar la muerte de mi muy querido León Amarillo. Los tres diablillos cogieron los palos más afilados que pudieron encontrar y empezaron a flagelar al Peregrino. Afortunadamente, el cuerpo del Gran Sabio había sufrido un largo proceso de refinamiento y los golpes le produjeron el mismo dolor de quien se rasca, cuando le pica. Ni siquiera lanzó un solo grito de dolor. No obstante, el monje Tang, Ba-Chie, el Bonzo Sha, el príncipe y los jóvenes se quedaron mudos de espanto, al verle sometido a tan brutal tormento. Los diablillos golpeaban con tal furia, que los palos se partieron y hubieron de ser cambiados repetidas veces. La flagelación continuó hasta bien entrada la noche, siendo incontables los azotes que cayeron sobre las espaldas del Peregrino. Al comprobar la brutalidad del castigo, el Bonzo Sha se sintió culpable y exclamó: - ¡¿Por qué no le ahorráis unos cientos de azotes y me los dais a mí?! - No te impacientes - contestó el monstruo anciano -. Mañana te tocará a ti. ¿O es que crees que me voy a conformar con el sufrimiento de uno solo? - ¡Eso quiere decir que pasado mañana me tocará a mí! - gritó Ba-Chie, aterrado. El castigo se prolongó hasta que la oscuridad se hubo adueñado de toda la tierra. Llegado ese momento el monstruo ordenó: - Dejadlo ya y encended las lámparas. Es preciso que recobréis las fuerzas y que comáis algo. Mientras tanto, voy a tumbarme un poco en mi lecho. No apartéis la vista de esos monjes. Os han hecho sufrir demasiado y es justo que seáis vosotros los encargados de darles el castigo que se merecen. Mañana azotaremos a alguno más. Los tres diablillos cogieron los palos de sauce y empezaron a pegar al Peregrino en la cabeza, que sonaba como si fuera una carraca. La noche se fue haciendo cada vez más oscura y el cansancio terminó venciendo la resistencia de los diablillos, que cayeron, al poco rato, dormidos. Valiéndose de la magia del tránsito, el Peregrino se encogió de tal forma, que las cuerdas se aflojaron y cayeron finalmente al suelo. Tras sacudirse la piel y arreglarse un poco la ropa, se sacó la barra de los extremos de oro de la oreja, la sacudió ligeramente y al instante adquirió el grosor de un cubo y una longitud que superaba con mucho los seis metros. - ¡Malditas bestias! - gritó, volviéndose contra los tres diablillos -. Me habéis golpeado yo qué sé la de veces. Justo es, pues, que os dé yo un solo golpe, a ver lo que pasa. A pesar de rozarlos ligeramente con la barra, quedaron convertidos inmediatamente en una masa informe de carne. Acto seguido, se llegó hasta donde estaba tumbado el Bonzo Sha y empezó a desatarle. Las cuerdas producían a Ba-Chie un terrible dolor y no pudo evitar quejarse en voz alta, diciendo: - ¿Por qué no me liberas a mí primero? ¿No ves que tengo las manos hinchadas? Desgraciadamente, sus voces terminaron despertando al monstruo anciano, que se presentó de inmediato en el cuarto de los prisioneros y preguntó, sorprendido: - ¿Quién está liberando a quién? El Peregrino apagó a toda prisa la lámpara y abandonó al Bonzo Sha a su suerte, huyendo con la barra en ristre. Para entonces el monstruo anciano había llegado ya al centro de la habitación y volvió a preguntar: - ¿Por qué tenéis las luces apagadas? ¿Es que se ha escapado alguno? Como nadie respondía, volvió a hacer la misma pregunta, pero sólo le respondió el silencio. Eso le alarmó de tal manera, que encendió una antorcha con sus propias manos. Lo primero que vio fue la masa sanguinolenta que quedaba de los diablillos. El príncipe, sus hijos, el monje Tang y Ba-Chie seguían en el mismo sitio de antes, pero no había ni rastro del Peregrino ni del Bonzo Sha. Furioso, corrió hacia la parte de atrás y encontró al Bonzo Sha encaramado en lo alto de un muro. Como estaba medio desatado, no le costó echarle mano y tumbarle en el suelo, donde volvió a ajustarle con fuerza las cuerdas. Alentado por ese triunfo, continuó buscando al Peregrino, pero pronto comprendió que había logrado escapar: varias puertas estaban hechas añicos. En vez de perseguirle, decidió repararlas a toda prisa, para que no se metiera ningún intruso en su palacio, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, quien, después de abandonar la Caverna de las Nueve Curvas, se dirigió directamente a la Prefectura de la Flor de Jade. Un poco antes de llegar a la capital, le salieron al encuentro varios espíritus de aquella comarca, junto con los dioses protectores de la ciudad. Después de presentarle sus respetos, les preguntó el Peregrino: - ¿Se puede saber por qué habéis esperado hasta ahora para venir a verme? - Sabíamos que os encontrabais en la Prefectura de la Flor de Jade - reconoció el dios de la ciudad -, pero, como habíais trabado amistad con el príncipe que rige sus destinos, no nos atrevimos a interferir en vuestros proyectos. Ahora, según vemos, las cosas han cambiado y eso nos ha movido a ponernos a vuestra disposición. El Peregrino estaba empezando a perder la paciencia con ellos, cuando se presentaron el Guardián de la Cabeza de Oro, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas y otro espíritu, al que hasta entonces no había visto. - Aquí os traemos a este tipo, Gran Sabio - dijeron, una vez concluidos los saludos. - ¿Se puede saber por qué no estáis en la Montaña del Nudo de Bambú, protegiendo a mi maestro? - los regañó el Peregrino -. ¿Queréis explicarme qué os ha hecho venir hasta aquí? - Después de que escaparais - contestó uno de los Dioses de la Luz y las Tinieblas -, el monstruo logró atrapar al General-encargado-de-levantar-la-cortina y eso nos hizo comprender que no se trata de una bestia cualquiera. Al ver lo poderoso que es, cogimos al espíritu de aquella comarca y le ordenamos que viniera con nosotros. Supusimos que os sería de gran ayuda para conocer los orígenes de ese demonio y, así, trazar un plan apropiado para capturarle. Aunque no lo creáis, nos preocupa la suerte que puedan correr vuestro maestro y el dignísimo príncipe que le acompaña. El Peregrino se mostró satisfecho con esa confesión. Temblando de pies a cabeza, el espíritu protector de la comarca del monstruo se echó rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, confesó: - Hasta que, hace aproximadamente dos años, esa bestia no puso su pie en la Montaña del Nudo de Bambú, la Caverna de las Nueve Curvas no era más que una guarida de seis leones, que se convirtieron en discípulos suyos y le aceptaron como soberano. No en balde él mismo es un león de nueve cabezas que se hace llamar el Sabio de los Nueve Númenes Originarios. Si deseáis atraparle, tendréis que ir en busca de su dueño al Palacio de los Grandes Acantilados, que se levanta en el Polo Este. Sólo él posee el poder suficiente para hacerle claudicar. El Peregrino se sumió en un profundo silencio y se dijo, meditabundo: - El Palacio de los Grandes Acantilados del Polo Este es, en realidad, la morada del Respetable Salvador de la Gran Mónada, que usa precisamente como animal de carga a un león de nueve cabezas. Eso quiere decir, entonces, que... - y, levantando la voz, añadió -: Que el protector y los Dioses de la Luz y de las Tinieblas regresen inmediatamente a la Montaña del Nudo de Bambú a seguir protegiendo a mi maestro, a mis dos hermanos y al príncipe y a sus hijos, mientras los dioses de la ciudad se aprestan a protegerla de cualquier ataque. Ninguno de los espíritus se atrevió a contravenir sus órdenes. Al tiempo que todos ocupaban sus puestos, el Gran Sabio daba su famosísimo salto y se disponía a viajar durante toda la noche. A eso de la hora del tigre, llegó a la Puerta Este de los Cielos, donde se encontró con el Devaraja Virupaksa y toda su cohorte de guerreros celestes, que le saludaron llevándose la mano a la muñeca. - ¿Se puede saber adonde vais? - le preguntó el Devaraja. - Al Palacio de los Grandes Acantilados - contestó el Peregrino, devolviéndole el saludo. - ¿Cómo es que, en vez de dirigiros al Paraíso Occidental, habéis variado vuestro rumbo hacia el Paraíso Oriental? - volvió a preguntar el Devaraja. - Al llegar a la Prefectura de la Flor de Jade - explicó el Peregrino -, fuimos recibidos con tanto respeto por el príncipe que la rige, que nos pidió que nos convirtiéramos en tutores de sus tres hijos. Lo que menos sospechábamos entonces es que fuéramos a toparnos con una manada de leones espiritualizados. Según acabo de averiguar, el dueño de su mentor es el Respetable Salvador de la Gran Mónada, que reside precisamente en el Palacio de los Grandes Acantilados. Eso explica que me halle tan apartado del destino original de mi viaje. - Eso os pasa por aceptar discípulos - comentó el Devaraja -. Si no hubierais decidido convertiros en maestro, no os habríais topado con esa guarida de leones. Me temo que ésa es la causa de todas mis desgracias - reconoció el Peregrino, sonriendo, y los soldados le dejaron libre el paso, saludándole de la misma forma que a su llegada. Tras dejar atrás la Puerta Este de los Cielos, el Gran Sabio se dirigió directamente al Palacio de los Grandes Acantilados. Nubes de muchos colores formaban allí torres tan altas como montañas, mientras a su alrededor se agitaban auténticos mares de neblinas rojizas. Las tejas de los edificios brillaban como si estuvieran hechas de fuego. Todas sus puertas estaban protegidas por hileras de bestias de jade. Difuminado por una niebla rojiza, se veía un arco lleno totalmente de flores. El rocío se agazapaba tras el verdor de altísimos árboles bañados por el sol. Se notaba que aquél era un lugar por el que transitaban incontables dioses y sabios. Vistos desde lejos, los pabellones que lo componían, unidos entre sí por una delicada red de etéreos arcos, parecían simples brocados. Un dragón revoloteaba constantemente por encima de ellos, dibujando círculos en aquella atmósfera preñada de buenos augurios. No cabía duda alguna: aquél era un reino de eterna felicidad, aunque fuera conocido por doquier por el nombre de Palacio de los Grandes Acantilados. Una vez traspuesta la entrada principal, el Gran Sabio se topó con un joven vestido con una túnica con los colores del arco iris, que corrió a anunciar su llegada, diciendo: - Acaba de presentarse el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que en su día sumió en una total confusión el Palacio Celeste. Sin pérdida de tiempo el Respetable Salvador de la Gran Mónada ordenó a sus sirvientes que hicieran entrar a tan ilustre visitante. Él mismo se levantó de su espléndido trono de loto de nueve colores y corrió a darle la bienvenida, envuelto en un halo cegador de buenos auspicios. Impresionado, el Peregrino hizo una reverencia profunda, a la que el Salvador de la Gran Mónada respondió con el mismo respeto, para comentar a renglón seguido: - Hacía muchísimos años que no os veía, aunque estaba ya informado de que habíais abandonado el Tao para abrazar los principios budistas y, así, prestar vuestra protección al monje Tang en su largo peregrinar hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. Deduzco, por vuestra presencia, que vuestra misión ha concluido. - Todavía no - contestó el Peregrino -, aunque, a decir verdad, queda ya muy poco. De momento nos encontramos en la Prefectura de la Flor de Jade, donde el príncipe que rige sus destinos ha tenido la amabilidad de invitarnos a ser los mentores de sus tres hijos. Con el fin de que progresaran en sus conocimiento de las artes marciales, les hicimos entrega de nuestras armas, pero, desgraciadamente, antes de que los herreros terminaran de copiarlas, fueron robadas por un león de melena dorada, que habitaba en la Caverna de las Fauces del Tigre, enclavada en la Montaña de la Cabeza del Leopardo, al norte de la ciudad. En seguida tracé un plan para recuperarlas, pero me topé con la oposición de una manada de leones, mandados por una bestia de nueve cabezas, que posee unos poderes mágicos realmente extraordinarios. No sólo consiguió atrapar en sus fauces a mi maestro, a Ba-Chie y a los cuatro príncipes, sino que al día siguiente, cuando nos dirigimos a la Caverna de las Nueve Curvas, que se halla enclavada en la Montaña del Nudo de Bambú, también el Bonzo Sha y yo caímos en su poder. En venganza por la muerte de uno de sus seguidores, me hizo azotar yo qué sé la de veces, hasta que, finalmente, logré escapar con ayuda de la magia. Intrigado por lo extraordinario de sus habilidades pregunté al espíritu de aquella comarca por sus orígenes y, de esa forma, descubrí que vos erais su dueño. Eso me ha movido a venir a suplicaros que le encerréis en su cubículo, para que nosotros podamos proseguir tranquilamente nuestro viaje. El Respetable se volvió hacia uno de sus subordinados y le ordenó que fuera a buscar al joven encargado de la custodia del león. Los criados le encontraron dormido a pierna suelta y tuvieron que sacudirle varias veces para lograr que se despertara. Sin más contemplaciones fue conducido a presencia de su señor, que le preguntó en tono severo: - ¿Dónde está el león? El joven se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que las lágrimas corrían, abundantes, por sus mejillas y suplicaba, apenado: - ¡Perdonadme la vida, gran señor! - Ten la seguridad - respondió el Respetable - que, mientras esté aquí el Gran Sabio, no recibirás castigo alguno. Ahora bien, si quieres conservar la vida, es preciso que nos digas cuanto antes cómo logró escapar el león de las nueve cabezas. - Antes de ayer - confesó el joven, temblando - encontré una botella de vino en el Salón del Rocío Dulce y, sin pensar en lo que hacía, me la bebí entera. Como no estoy acostumbrado a beber licores, me dormí en seguida, olvidando, según parece, encerrar al león en su cubículo. Eso explica que se haya escapado. - ¿Cómo pudiste hacer semejante cosa? - le regañó el Respetable -. Ese vino del que hablas era un regalo de Lao-Tse y recibe el nombre de Jade de la Transmigración. Si es verdad que lo has bebido, has debido de estar dormido por lo menos tres días. ¿Cuánto tiempo lleva suelto el león? - Según el espíritu de la comarca en la que se ha instalado - contestó el Gran Sabio -, se presentó en sus dominios hace un par de años, pero están a punto de cumplirse los tres. - Tienes razón - reconoció el Respetable -. Un día en los cielos equivale a un año en la tierra. Levántate - añadió, dirigiéndose al joven encargado de la custodia del león -. Por esta vez te perdonaré la vida, pero tienes que venir conmigo y con el Gran Sabio a las Regiones Inferiores a hacerte cargo de la bestia. Los demás podéis quedaros aquí. No es necesario que nos acompañéis. El Respetable se montó en una nube y no tardó en llegar a la Montaña del Nudo de Bambú, seguido del joven y del Gran Sabio. Los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas y el espíritu de la montaña corrieron a darles la bienvenida. - ¿Qué estáis haciendo aquí? - los regañó el Peregrino -. Se supone que deberíais estar protegiendo a mi maestro. ¿Ha sufrido algún daño en todo este tiempo? - Tranquilizaos - respondieron los dioses -. Ese monstruo no ha tenido tiempo de hacer daño a nadie. Estaba tan afectado por lo ocurrido, que se ha retirado a dormir. - Menos mal - dijo el Respetable -. Mirándolo bien, mi león es un auténtico sabio, que ha alcanzado la perfección espiritual tras largos años de meditación de los principios del Tao. Uno solo de sus rugidos es capaz de turbar la paz de los Tres Sabios de lo alto y de hacer temblar a los Nueve Arroyos del reino inferior. Eso explica que sea incapaz de hacer daño a nadie. Si no os importa, Gran Sabio, me gustaría que fuerais a retarle, para poderle atrapar con más facilidad. El Peregrino echó en seguida mano de la barra de hierro y, llegándose hasta la entrada de la caverna, empezó a gritar: - ¡Devuélveme a los míos, monstruo maldito! Aunque lo repitió varias veces, no obtuvo ninguna respuesta, porque el león se encontraba profundamente dormido. Incapaz de dominar su impaciencia, el Peregrino corrió hacia el interior de la caverna, gritando y descargando golpes a derecha e izquierda. Era tal el alboroto que producía, que el monstruo se terminó despertando. Enfurecido por semejante atrevimiento, se levantó a toda prisa y exclamó: - ¡¿Es que ni siquiera se puede dormir tranquilo?! - y se lanzó a la batalla, sacudiendo la cabeza y atacando con todas las fauces abiertas. El Peregrino se dio media vuelta y huyó despavorido, seguido muy de cerca por la bestia, que no dejaba de gritar: - ¿Adonde crees que vas, mono ratero? El Peregrino se llegó de un salto a la cumbre de la montaña y replicó sonriendo socarronamente: - Tú eres el único que no respetas la ley. Si supieras lo que está a punto de venírsete encima, no mostrarías tanta insolencia. ¿No comprendes que está aquí tu dueño? Ciego de ira, el monstruo se lanzó ladera arriba, pero en vez de toparse con el Gran Sabio, se encontró cara a cara con el Respetable, que bramó, después de recitar un conjuro: - ¡Detén tu loca carrera! ¿Es que, acaso, no me reconoces? El león se echó en seguida rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente en señal de acatamiento. El joven encargado de su custodia aprovechó ese momento para abalanzarse sobre él y descargarle una lluvia de golpes, al tiempo que gritaba, resentido: - ¿Ves lo que has conseguido, bestia maldita? ¡Por tu culpa a punto he estado de perder la vida! El león ni siquiera se atrevía a moverse. Los golpes continuaron cayendo sobre su cabeza hasta que el joven se cansó y, con el puño dolorido, le puso en el lomo una silla de montar. El Respetable se sentó en ella e inició el camino de vuelta hacia el Palacio de los Grandes Acantilados, envuelto en una nube de muchos colores. El Gran Sabio se despido de él con grandes muestras de gratitud. Sólo cuando el león hubo desaparecido en lo alto, se decidió el Peregrino a volver al interior de la caverna. Desató primero al príncipe, después a Tripitaka, a continuación a Ba-Chie y al Bonzo Sha, y, por último, a los tres jóvenes. Juntos reunieron cuanto de valor se encerraba en la cueva y salieron, gozosos, al aire libre. Ba-Chie reunió a toda prisa una gran cantidad de madera seca y la prendió fuego. Al poco rato la Caverna de las Nueve Curvas quedó reducida a cenizas, como si fuera el horno de un alfar abandonado. El Gran Sabio despidió a todos los dioses que le habían ayudado en aquella aventura, encargando al espíritu de la comarca que mantuviera abiertos los ojos y no dejara a ningún monstruo asentarse en su región. Ba-Chie y el Bonzo Sha se hicieron, entonces, cargo de los príncipes y, valiéndose de la magia, los transportaron en un abrir y cerrar de ojos a la ciudad de la que habían partido. Para no ser menos, el Peregrino tomó en sus brazos al monje Tang y lo llevó en volandas hasta el mismo corazón de la ciudad. Cuando llegaron al palacio, había caído ya la noche, aunque la princesa, los funcionarios y todas las sirvientas salieron, alborozados, a darles la bienvenida. No tardó en servirse la cena, que se convirtió en una manifestación de regocijo general y duró hasta cerca del amanecer. Una vez concluida, el maestro y los discípulos se retiraron al Pabellón de Secado de la Seda, mientras el príncipe buscaba el descanso en las habitaciones interiores. La noche transcurrió con una tranquilidad como jamás se había conocido en el palacio. A la mañana siguiente el príncipe ordenó preparar un espléndido banquete vegetariano de agradecimiento, al que asistieron todos los funcionarios imperiales, sin distinción de rango o edad. El Peregrino pidió a los mejores carniceros de toda la prefectura que mataran a los seis leones y los despellejaran, como habían hecho con el de la pelambre amarillenta. Se determinó que la carne debía ser distribuida entre todos los ciudadanos, con el fin de que acallaran sus temores y perdieran el miedo a unos animales tan feroces. Se reservó uno para cuantos habitaban en el palacio, haciéndose entrega de otro al Administrador de las Posesiones Reales. Los restantes, como queda ya dicho, habían de ser cortados en pequeños trocitos de quince o veinte gramos y entregados para el disfrute popular. De esa forma, la alegría por la liberación del príncipe se convirtió en un acto de gratitud por tan inesperado regalo. Los herreros, mientras tanto, terminaron de copiar las armas de los tres monjes y, echándose de hinojos ante el Peregrino, le dijeron: - Nuestra misión está cumplida. - ¿Cuánto pesa cada una de las réplicas? - preguntó el Peregrino. - La de la barra de los extremos de oro alrededor de dos mil kilos - respondió uno de los herreros -. Calculamos que la del rastrillo y la del báculo apenas llegan a mil ochocientos kilos cada una. - Me parece un peso adecuado - concluyó el Peregrino, satisfecho, y llamó a los tres jóvenes, para que se hicieran cargo de sus recién terminadas armas. - ¡Los herreros acaban de concluir su trabajo! - informaron, alborozados, los muchachos a su padre, que contestó, preocupado: - Por poseer esos tesoros, a punto habéis estado de perder la vida - Ha sido una suerte que nuestros maestros hayan hecho uso de la magia para liberarnos y acabar con esas bestias - replicaron los tres jóvenes -. Una vez que ha sido arrancado ese mal de entre nosotros, podemos esperar para nuestra gente un futuro tan prometedor, que los mares estarán siempre en calma y las aguas de los ríos bajarán límpidas. Después de recompensar generosamente a los herreros, el príncipe y sus hijos se dirigieron al Pabellón de Secado de la Seda y agradecieron a los monjes cuanto habían hecho por ellos. Para no demorar más el viaje, Tripitaka pidió a sus discípulos que apresuraran el ritmo de sus enseñanzas. Eso hizo que cada uno de ellos cogiera sus armas y se pusiera allí mismo a instruir a los jóvenes. A los pocos días todos ellos dominaban a la perfección las técnicas guerreras que habían elegido. Habían asimilado, de hecho, los setenta y dos estilos que abarcaba el manejo de cada una de las armas, convirtiéndose en auténticos maestros tanto del arte del ataque, como del de la defensa. No en balde los tres jóvenes se habían entregado al aprendizaje con un envidiable entusiasmo y el Gran Sabio les había transmitido parte de su portentosa fuerza. Eso explicaba que fueran capaces de manejar con toda facilidad una barra que pesaba dos mil kilos y un rastrillo y un báculo que sobrepasaban cada uno los mil ochocientos. Lo que aprendieron en aquellos pocos días superaba con mucho todo lo que habían asimilado a lo largo de interminables años de continuo esfuerzo. Sobre todo esto disponemos de un poema que afirma: Los tres maestros sólo podían traer buena suerte, aunque sus enseñanzas atrajeron primero a un monstruo león. Sólo cuando los malvados hubieron sido derrotados, el reino se encontró a salvo de todos los bárbaros que lo rodeaban. Nueve Númenes había sido un fiel servidor del Tao y por eso estaba dominado por el yang original. Una mente imbuida de tales principios siempre se encuentra a salvo de las zozobras y las dudas. ¿Qué hay de extraño en que Flor de Jade gozara para siempre de paz y prosperidad? Agradecidos por tan valiosísimas enseñanzas, los tres jóvenes ofrecieron a sus maestros un espléndido banquete vegetariano. No contentos con eso, les regalaron una magnífica fuente de oro y plata, que el Peregrino rechazó, diciendo: - ¿Para qué queremos semejante cosa los que hemos renunciado a la familia? Guardad esa joya para vosotros. Nosotros no la necesitamos para nada. - No estamos autorizados a tomar plata u oro - se apresuró a afirmar Ba-Chie -, pero sí aceptaríamos con muchísimo gusto una túnica nueva, como prueba de vuestra cariñosa consideración. A mí, por lo menos, me la han destrozado totalmente esos leones. Sin pérdida de tiempo, los jóvenes hicieron venir a los sastres más renombrados del reino y les ordenaron confeccionar tres túnicas de seda azul, roja y marrón, los colores que mejor sentaban a los peregrinos. Se las pusieron, como prueba de reconocimiento, en el momento mismo de abandonar la ciudad. Para entonces todos sus habitantes los consideraban arhats y budas vivientes y se lanzaron a las calles con tambores, instrumentos musicales y estandartes de muchos colores. Delante de cada puerta ardía un pebetero de incienso, cuyas volutas se enroscaban en las lámparas que adornaban todos los hogares. Sólo cuando la distancia que le separaba de la ciudad era ya considerable, decidió tan tumultuoso cortejo regresar a la seguridad de sus casas, mirando con pena cómo los peregrinos se alejaban cada vez más en dirección oeste. Habían conseguido un triunfo resonante sobre los leones y habían acumulado, así, nuevos méritos. No cabía ninguna duda de que, sin preocupaciones que alteraran la paz de su espíritu, conseguirían, finalmente, llegar al reino de Buda y subir, con el corazón purificado, al Templo del Trueno. Desconocemos, de momento, a qué distancia se encontraba todavía la Montaña del Espíritu. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第091回 LA NOCHE DEL DÍA DECIMOQUINTO CONTEMPLAN LAS LÁMPARAS EN LA PREFECTURA DEL ORO. EN LA CAVERNA DE LA FLOR MISTERIOSA EL MONJE TANG SE TOPA CON LA DESGRACIA ¿Qué debe hacerse para perseverar en la práctica del Zen? Dominar con firmeza al mono de la mente y al corcel de la voluntad. Quien sea capaz de lograrlo se verá envuelto en una nube multicolor de buenos augurios. Un momento de descuido es suficiente para hacer caer por los suelos al magnífico edificio de los tres caminos. Cuando el elixir se desparrama, el jade se marchita y las pasiones se apoderan de todo. Quien desee alcanzar la perfección debe renunciar a todo pensamiento, preocupación, ira o alegría. Sólo la nada es capaz de abrir las puertas del misterio. Decíamos que, después de abandonar la Prefectura de la Flor de Jade, el monje Tang y sus discípulos prosiguieron su viaje por un camino totalmente desprovisto de peligros. En verdad era aquella la tierra de la Suprema Felicidad. Al cabo de seis o siete días de marcha volvieron a avistar una nueva ciudad y, volviéndose hacia el Peregrino, preguntó el monje Tang: - ¿Qué clase de lugar será ése? - Por lo que se ve - contestó el Peregrino -, se trata de una ciudad, pero no ondea ninguna bandera en lo alto de la muralla. Por eso no puedo deciros su nombre. Creo que lo mejor será que nos acerquemos un poco más y se lo preguntemos a algún viandante. En las afueras de la puerta oriental vieron a ambos lados de la calle una gran cantidad de tabernas y tiendas de té, entremezcladas con prósperos establecimientos dedicados a la venta de aceites y arroz. A juzgar por la falta de mendigos, debía de tratarse de una ciudad muy próspera. Los viandantes se percataron en seguida del llamativo morro de Chu Ba-Chie, del aspecto sombrío del Bonzo Sha y de los ojos rojizos del Peregrino. Picados por la curiosidad, los rodearon de tal forma, que apenas los dejaban dar un solo paso, aunque no se atrevieron a preguntarles de dónde venían. El monje Tang no cabía en sí de nerviosismo, porque conocía el carácter de sus discípulos y sabía que podían producir un altercado en cualquier momento. Lo malo era que iban dejando atrás una calle tras otra y no se veía la entrada propiamente dicha de la ciudad. Cuando más tensa parecía la situación, llegaron a un monasterio con una inscripción que decía: "Templo de la Nube Misericordiosa". - ¿Qué os parece si entramos a mendigar algo que llevarnos a la boca y, al mismo tiempo, dejamos descansar un poco al caballo? - sugirió el monje Tang. - De acuerdo - contestó el Peregrino -. Es una idea realmente excelente - y entraron los cuatro en el monasterio. Admirados, contemplaron sus torres, sus asientos cubiertos de pedrería, la hornacina de Buda, que parecía flotar por encima de las nubes, y las habitaciones de los monjes, que se veían al otro lado de una puerta con forma de luna. Una neblina de color rojizo ascendía, en volutas, por la delicadeza de sus impresionantes torres. Los árboles extendían su verde manto de frescor sobre los lugares dedicados a la meditación y el recogimiento. Se notaba que, sin ser la morada de un dragón, aquélla era una tierra sagrada, el palacio de un Gran Héroe, que siempre aparecía envuelto en una nube de color rojo. Grupos de curiosos se divertían, despreocupados, entre los pórticos, mientras otros, más decididos, ascendían por la torre, que estaba siempre abierta. Los pebeteros no dejaban de escupir incienso, empeñados en amortiguar la luz dé las lámparas que brillaban noche y día encima de los estrados. Tan pronto como alguien hacía sonar la campana dorada que descansaba en las habitaciones del guardián del monasterio, los monjes empezaban a recitar sutras. Cuando más embebidos estaban los peregrinos en la contemplación de aquellas maravillas, vieron venir por uno de los pasillos a un monje, que preguntó al monje Tang, después de saludarle: - ¿De dónde sois originario? - Vuestro humilde servidor - respondió Tripitaka, respetuoso - procede de la corte de los Tang, en China. Al oírlo, el monje se postró de hinojos y empezó a hacer reverencias. Desconcertado, el monje Tang se apresuró a levantarle del suelo, al tiempo que le preguntaba: - ¿A qué viene toda esta ceremonia? - Cuando las gentes virtuosas de esta región recitan los sutras y salmodian el nombre de Buda, su gran esperanza es llegar a reencarnarse un día en China - respondió el monje, juntando las manos a la altura del pecho -. Nada más veros, he comprendido que vuestro noble semblante sólo puede ser producto de una dedicación total a la ascesis en existencias anteriores. Nada más justo, pues, que me arrodille ante vos. - No sé qué decir - contestó Tripitaka, sonriendo con timidez -. No soy más que un insignificante monje mendicante. ¿De dónde va a haber sacado una persona como yo el semblante que me achacáis? La auténtica felicidad no estriba en recorrer sin cesar los caminos, sino en disfrutar de una vida de tranquilo recogimiento. El monje condujo, entonces, al maestro Tang al salón principal del monasterio, para que presentara sus respetos a las imágenes de Buda. Sólo en ese momento se atrevió Tripitaka a hacer entrar a sus discípulos, que se habían mantenido con las caras vueltas hacia el equipaje y el caballo, mientras él hablaba con el monje. Precisamente por eso, éste no les había prestado hasta entonces la menor atención. Al oír que el maestro los llamaba, se dio media vuelta y, temblando de pies a cabeza, preguntó, aterrado: - ¿Cómo tenéis unos discípulos tan horrorosamente feos? - Es posible que sean feos - contestó el monje Tang -, pero poseen unos poderes mágicos realmente extraordinarios. Si no llega a ser por ellos, jamás habría conseguido llegar hasta aquí. Mientras hablaban, salieron a saludarlos varios monjes más, a los que el primero explicó, orgulloso: - Este respetable maestro procede de la nobilísima corte de los Tang, en China, y esos tres de ahí son sus discípulos. - ¿Qué os ha traído hasta aquí? - preguntaron los recién llegados, visiblemente satisfechos y preocupados en idéntica medida. - Por deseo expreso del Emperador de los Tang - respondió Tripitaka - me dirijo a la Montaña del Espíritu con el ánimo de obtener las escrituras budistas. Al pasar por aquí, tuvimos la suerte de toparnos con vuestro dignísimo templo y decidimos entrar a mendigar algo que llevarnos a la boca. Reemprenderemos la marcha, tan pronto como hayamos recuperado las fuerzas. Más tranquilos, los monjes condujeron a los recién llegados a los aposentos del guardián del monasterio, donde se encontraron con varios clérigos más, que estaban hablando de un convite vegetariano con un grupo de benefactores. - ¡Eh! - gritaron algunos de los recién llegados -. Venid a ver a estos hermanos nuestros, que acaban de llegar de China. Ahora sabemos que allí también hay guapos y feos, aunque, a decir verdad, los guapos poseen una pureza de rasgos prácticamente irreproducible y los feos superan todo lo que pueda imaginarse. Los monjes y los benefactores corrieron a darles la bienvenida. Después de sentarse y de tomar un poco de té, preguntó Tripitaka: - ¿Cómo se llama esta digna comarca en la que habitáis? - Se trata de una prefectura perteneciente al reino de la India y es conocida por el nombre de Oro - respondió uno de los monjes. - ¿A qué distancia se encuentra de aquí la Montaña del Espíritu? - volvió a preguntar Tripitaka. - Son, poco más o menos, cuatro mil los kilómetros que nos separan de la capital - explicó otro de los monjes -. Hemos hecho ese viaje infinidad de veces, pero nunca nos hemos dirigido hacia el oeste, por lo que no sabemos exactamente a cuántos kilómetros queda la Montaña del Espíritu. Deciros lo contrario sería engañaros. El monje Tang le dio las gracias por la información e inmediatamente se sirvió una comida vegetariana. El maestro quiso reemprender la marcha, tan pronto como el convite hubo concluido, pero se lo impidieron los benefactores y los monjes, diciendo: - Quedaos un par de días más, por favor. Así podréis disfrutar con nosotros de la Fiesta de las Linternas. - Lo único que he hecho últimamente ha sido trasponer montañas y vadear ríos, topándome sin cesar con demonios y monstruos. He de reconocer que eso me ha hecho perder la noción del tiempo. ¿Cuándo es, exactamente, el Festival de las Linternas? - Se nota que estáis obsesionado con presentar vuestros respetos a Buda y, así, alcanzar la perfección del Zen, ya que, como muy bien decís, no tenéis ni idea del día en el que estamos. Para vuestra información - continuó diciendo el monje -, hoy es el trece del mes primero. Al anochecer, la gente empezará a sacar sus linternas, aunque la fiesta propiamente dicha no es hasta dentro de dos días. De todas formas, nosotros no solemos retirarlas hasta el dieciocho o el diecinueve. Las gentes de por aquí, como muy pronto podréis comprobar, son muy industriosas y entusiastas, fruto, quizás, de los constantes esfuerzos que nuestro prefecto dedica a su pueblo. Eso hace que las linternas llenen todas las calles y que la música y el jolgorio duren hasta bien entrada la noche. Tanto es así, que aún conservamos un puente muy antiguo, conocido por el nombre de la Linterna Dorada. ¡Quedaos unos cuantos días más con nosotros, por favor! Os aseguramos que no seréis ninguna carga para nuestro humilde monasterio. Ante esas razones al monje Tang no le quedó más remedio que aceptar. Aquella misma noche el salón que acogía la enorme estatua de Buda empezó a llenarse del tumulto de los que acudían, con tambores y sonajas, a presentar sus regalos y linternas votivas al Único. Antes de retirarse a descansar, el monje Tang y sus compañeros abandonaron los aposentos del guardián para ir a ver las lámparas que habían traído los fieles. Al día siguiente, después de recobrar las fuerzas con ayuda de una frugal comida, fueron todos a dar una vuelta por el jardín posterior del monasterio. Se trataba de un lugar realmente extraordinario. No en balde era el primer mes del año y la primavera empezaba a despertar de su letargo a todas las plantas, cuyos encantos llamaron en seguida la atención de los visitantes. En las colinas artificiales, tan numerosas que llegaban a formar auténticas cordilleras, se entremezclaban los árboles de hoja perenne con flores exóticas de una sola estación. Los ciruelos sembraban por doquier su fragancia, arrastrada por una suave brisa que mecía suavemente la hierba que crecía junto a las piedras. Contrastaba el color rojizo de la flor de los melocotoneros con el vivo verdor de los sauces nuevos. Nada tenía que envidiar la exuberancia de aquel jardín a la del Valle del Oro ni la frescura de sus brisas a la que agitaba las aguas del Arroyo del Sabio. Lo cruzaba de parte a parte un curso de aguas serenas, en el que nadaban familias de ánades. Un poco más allá de sus márgenes crecían miles y miles de cañas de bambú, que servían de eterna inspiración a los poetas. Las peonías y las magnolias mostraban, orgullosas, todo el esplendor de su belleza recién despierta. Para no ser menos, las camelias, la flor del ciruelo, los jazmines y las orquídeas mecían su delicada fragancia en los brazos cariñosos del viento. Aunque aún se apreciaban retazos de nieve en las zonas sombreadas, se notaba la pujanza de la primavera en el vaho que emitían las copas de todos los árboles. Familias enteras de ciervos acudían a mirarse en las aguas tranquilas de los estanques, mientras las garzas escuchaban, ensimismadas, el tenue latir de la brisa a la sombra de pinos centenarios. Tanto en el este como en el oeste se levantaban, para solaz de los visitantes, unos cuantos templetes, que se convertían en salones diminutos en el sur y delicadas torrecitas en el norte. Allí desgranaban los monjes el misterio de su meditación silenciosa. Con el mismo fin se elevaba entre las flores un par de templetes de tejados dobles con los aleros orientados graciosamente hacia lo alto. Las diminutas estancias que se veían a lo largo de los arroyos, no más de tres o cuatro, estaban destinadas a destilar el mal y contenían una mesa limpia de toda impureza sobre la que descansaba un recipiente para quemar perfumes. Aquél era un lugar ideal para la práctica de la meditación, al que no superaban en serenidad y calma las renombradas islas de Peng y Ying. Después de disfrutar de aquella belleza durante un día completo, el maestro y los discípulos fueron a echar un vistazo a las linternas expuestas en el salón principal del templo. Las había de cornalina, representando ciudades de flores; de cristal, imitando las cavernas de los inmortales; de madreperla, reproduciendo palacios, y de todos los materiales que puedan imaginarse, plasmando la delicadeza de torres tan vaporosas que parecían estar hechas de encaje. Hasta el interior del templo llegó el murmullo que producían las copas de los árboles al contacto con el viento y se vio titilar en el cielo el tímido resplandor de la estrella vespertina. El universo no dejaba de rotar, mientras las calles se iban llenando de la algarabía de las flautas y los tambores. La luna parecía llamar con su luminosidad a cada una de las puertas, de las que salía el aroma dulzón de las varillas de incienso. Sin embargo, la atención de los monjes seguía fija en las formas caprichosas de las linternas que llenaban el templo. Algunas representaban escorpiones con la cola levantada, otras, dragones abandonando las aguas y, finalmente, otras, fénix remontando graciosamente el vuelo. ¡Con qué delicada armonía se mezclaba su luz con la que desprendía la luna! Resaltaban de tal forma la seda y el satén, que las canciones y la música no conseguían desviar la atención de los que contemplaban aquellas figuras de carrozas y caballos, rostros que parecían estar hechos de jade, caballeros galantes y escenas amorosas. Después de contemplar todas aquellas linternas, Tripitaka y los demás monjes salieron a recorrer las calles que se extendían hasta la misma puerta oriental de la ciudad. El paseo les resultó tan ameno, que sólo regresaron al monasterio cuando hubo dado la hora de la segunda vigilia. A la mañana siguiente Tripitaka dijo a los monjes, que tan bien le habían tratado: - Al iniciar el viaje que me ha traído hasta aquí, prometí barrer todos los templos y pagodas con los que me topara. Puesto que hoy es la fiesta de la primera luna del año, me gustaría limpiar los escalones de vuestra espléndida torre. El guardián del monasterio no puso ninguna objeción e inmediatamente ordenó abrir la puerta que conducía a lo alto de la torre. Antes de iniciar la tarea, el Bonzo Sha tomó la túnica de los bordados y se dispuso a ayudar a su maestro. Cuando llegaron al primer tramo, el monje Tang se puso la túnica y presentó sus respetos a Buda, orando en silencio. Una vez terminadas las oraciones, volvió a quitarse tan preciada reliquia y barrió con esmero los escalones del segundo tramo. En el descansillo volvió a efectuar el mismo rito, que repitió, una y otra vez, hasta alcanzar el último piso, ya que en cada uno de ellos había una hornacina con una imagen diferente de Buda. Al mismo tiempo, como el paisaje que se divisaba era realmente extraordinario, se detenían de continuo a contemplarlo y a gozar de su belleza. De esta forma, cuando bajaron, se había hecho ya de noche y habían empezado a encenderse las lámparas a lo largo y ancho de toda la ciudad. Aquélla era una fecha muy especial, pues se trataba del día decimoquinto del año, cuando la primera luna llena alcanza todo su esplendor. - Durante estos dos últimos días - dijeron los monjes, al verle - habéis tenido oportunidad de contemplar las linternas de nuestro monasterio y las que llenan las calles de los alrededores. ¿Qué os parece si hoy, que es propiamente el día de la fiesta, entráramos en la ciudad a ver las que hay por allí? El monje Tang aceptó, complacido, la invitación, adentrándose en la capital en compañía de los monjes y de sus tres discípulos. La noche del decimoquinto día del mes primero es, en verdad, muy especial, pues en ella los colores de la primavera se mezclan con la luz de la primera luna llena del año. De las puertas de todas las tiendas colgaban lámparas con motivos florales, mientras la gente entonaba canciones dedicadas a la paz. La luz se había apoderado de las seis calles y de los tres mercados principales, convertidos, de repente, en espejos imperfectos de la luna, que parecía, a su vez, un disco de plata sostenido en alto por el Dios Río. El humilde titilar de las lámparas hacía pensar en maravillosas alfombras tejidas por doncellas celestes. La luna ponía en cada una de ellas una nota de luz que realzaba, como un reflejo, su propio fulgor. No se sabía, de hecho, quién brillaba dentro de quién. Las linternas eran, en efecto, tan numerosas que, aunque individualmente su resplandor apenas superaba al que emitía una simple luciérnaga, en conjunto daban la impresión de que todas las calles estaban llenas de antorchas. Su variedad era prácticamente infinita. Las había con forma de copo de nieve, de flor de ciruelo, tan delicadas que parecían cinceladas por los hielos primaverales, de biombo de seda, de simples biombos de cinco colores, de avellana, de lirios colgados en lo alto de una torre, de león de pelambre verdosa, de elefante blanco, de corderito, de conejo, que titilaban graciosamente protegidas por las curvas de los aleros, de halcón y fénix unidos, de tigre, de caballo tanto al trote como al galope, de garza, de ciervo blanco, a cuyos lomos cabalgaba la Estrella de la Longevidad, de pez de colores, de ballena que servía de asiento a Li-Po, de escorpión, de asamblea de inmortales, de caballo revolviéndose como si se encontrara en pleno combate... En todas las casas y torres brillaban miles y miles de lámparas, convirtiendo las calles en un extraño mundo de nubes y humo, por el que avanzaban con dificultad los grupos de curiosos. Los había de todo tipo y condición. Lo mismo se veía pasar a jinetes cabalgando sobre sillas de jade que a pesadas carrozas que emitían un aroma de ensueño. En lo alto de algunas torres, escondidas, hombro con hombro, tras artísticos biombos que amenazaban con desbordar las barandillas en las que se apoyaban, se adivinaba la presencia de hermosas mujeres ávidas de diversión. Otras, por el contrario, pasaban alegremente el rato, entre remolinos de sedas multicolores y ruidosos murmullos de risas incontenibles, junto a puentes horadados por el color verdoso del agua. El sonido de las flautas y los tambores se extendía hasta el último rincón de la ciudad, mientras el aire de la noche se cargaba cada vez más de canciones acompañadas por infinidad de instrumentos musicales. De tan mágico momento disponemos de un poema, que afirma: Canciones de loto brotan sin cesar de campos que hacen pensar en brocados. Un río de gente se ha desbordado sobre esa comarca sellada por el don inapreciable de la paz. En la noche del día decimoquinto del año se funden los fulgores de las linternas y la luna, propiciando la lluvia y el soplo de los vientos en el momento oportuno. Los grupos de curiosos llenaban las calles a rebosar, conscientes de que aquella noche las patrullas no detenían a los viandantes. Mientras unos bailaban alegremente, otros caminaban apoyados en bastones. Había algunos tan distinguidos como espíritus y quienes, incluso, se paseaban montados en elefantes. Resultaba prácticamente imposible enumerar a todos los personajes extraños que abarrotaban en aquellos momentos las calles. Cuando el monje Tang y sus acompañantes decidieron, finalmente, regresar al Puente de la Linterna Dorada, se toparon con tres espléndidas lámparas, que tenían como base unos recipientes de aceite tan grandes como depósitos. Representaban dos construcciones muy altas, de una delicadeza y una elegancia singulares, hechas con hilos de oro. En su interior podían verse pequeños trocitos de cristal, cuyo resplandor rivalizaba con el de la luna llena. Por otra parte, al quemarse el aceite, emitía una fragancia realmente embriagadora. Sorprendido, el monje Tang se volvió hacia sus acompañantes y les preguntó: - ¿Qué clase de aceite usan esas lámparas? ¿Cómo es posible que emitan un aroma tan penetrante? - Para poder contestar esas preguntas - explicó uno de los monjes -, es preciso que conozcáis algo más sobre esta prefectura. A ella pertenece un territorio, conocido por el nombre de Cielo Misericordioso, que tiene una extensión aproximada de quinientos kilómetros cuadrados. En ellos viven otras tantas familias, a las que se aplica el nombre "del aceite" y que tienen que pagar unos impuestos realmente onerosísimos, siendo así que los de otras comarcas son llevaderos en extremo. Cada familia se ve obligada, consiguientemente, a gastar doscientas libras de plata en este aceite, que, como veis, no se parece en nada al que se suele usar normalmente. Cada litro cuesta aproximadamente dos libras de plata, lo cual, teniendo en cuenta la capacidad de estos depósitos, arroja un total de cuarenta y ocho mil libras, que se convierte en cincuenta mil a nada que surja el menor imprevisto. Lo más desconcertante, de todas formas, es que estas lámparas sólo lucen durante tres noches del año. - ¿Cómo puede consumirse semejante cantidad de aceite en un período tan corto de tiempo? - objetó el Peregrino. - Dentro de cada depósito hay alrededor de cuarenta y nueve mechas, hechas con diferentes tipos de hierbas reforzadas con algodón. Aunque cada una tiene el grosor de un huevo de gallina, no duran más que una sola noche. Además, después de aparecerse Buda, el aceite se evapora y las lámparas se terminan apagando por sí mismas. - ¡No me digáis que Buda se lleva el aceite! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada. - Eso es exactamente lo que sucede - confirmó el monje -. Se trata, de hecho, de una creencia que se ha venido transmitiendo durante siglos de padres a hijos. Puesto que el Patriarca Budista se lleva todo el aceite de las lámparas, las cosechas serán abundantes al año siguiente. De lo contrario, se producen terribles sequías, la lluvia cae a destiempo y el viento termina agostando los pocos granos que llega a producir la tierra. Eso explica que la gente esté dispuesta a hacer los sacrificios que acabamos de referiros. No había terminado de hablar, cuando se levantó, de repente, un viento huracanado, que terminó dispersando a todos cuantos habían salido a gozar de la belleza de las linternas. Era tan fuerte, que hasta los mismos monjes encontraban serias dificultades en mantenerse de pie. - Es mejor que nos refugiemos cuanto antes en el monasterio - dijeron, asustados, al sorprendido Tripitaka -. Cuando se levanta ese vendaval, quiere decir que Buda se acerca a contemplar las linternas. - ¿Cómo podéis estar tan seguros? - inquirió el monje Tang. - Todos los años pasa lo mismo - respondió uno de los monjes -. Una hora después de la tercera vigilia se levanta el viento y la gente se refugia en sus casas, porque sabe que viene Buda. - Yo - contestó entonces el monje Tang, emocionado - soy una persona que no para de pensar en Buda, que constantemente recita su nombre y que no deja de rendirle su más respetuosa consideración. Si es verdad eso que decís de que baja a visitaros todos los años, no me moveré de aquí hasta que no le haya visto con mis propios ojos. Simplemente me conformo con eso. Los monjes le rogaron encarecidamente que se marchara, pero él no les hizo caso. Al poco rato aparecieron tres figuras de Buda. Venían a lomos del viento y se dirigieron directamente hacia las lámparas. El monje Tang se quedó tan asombrado, que corrió hacia el centro del puente y se postró de hinojos. El Peregrino le siguió y trató de levantarle del suelo, diciendo: - ¡Esos tipos no se merecen vuestro respeto! ¿No os dais cuenta de que no son más que unos monstruos? No había acabado de decirlo, cuando las lámparas se apagaron de repente y el monje Tang fue arrebatado hacia lo alto, produciendo un desazonante silbido. De momento no sabemos a qué caverna pertenecían esos monstruos, que habían bajado durante años a la ciudad a contemplar las lámparas, disfrazados de Buda. Lo único cierto es que Ba-Chie y el Bonzo Sha buscaron a su maestro por todas partes, pero no consiguieron dar con él. - No sigáis perdiendo el tiempo - les aconsejó el Peregrino -. Esos monstruos acaban de secuestrar al maestro, convirtiendo su gozo en una desesperante intranquilidad. - ¿Cómo podéis afirmar con tanta seguridad que se trataba de unos monstruos vulgares y que se han llevado tranquilamente a vuestro maestro? - inquirieron algunos de los monjes. - Vosotros no sois más que simples mortales, a los que esas bestias han conseguido mantener engañados durante todos esos años - explicó el Peregrino -. Pensabais que eran Budas auténticos que gozaban con la luz de vuestras lámparas y linternas. Pero yo os aseguro que tras esa apariencia beatífica se escondían realmente tres bestias, que no sólo han secuestrado a mi maestro, el más crédulo de todos los hombres, sino que han apagado las lámparas y se han llevado el aceite. En parte ha sido culpa mía, porque, cuando el maestro se lanzó hacia el centro del puente, perdí un tiempo precioso y no pude impedir que escaparan a toda prisa a lomos del viento. - ¿Qué podemos hacer ahora? - preguntó el Bonzo Sha, angustiado. - Vosotros regresad al monasterio con los demás monjes y cuidad del equipaje y del caballo - respondió el Peregrino -. Mientras tanto, trataré de darles alcance como sea. En seguida se elevó por los aires y pudo husmear un rastro fétido que se dirigía hacia el noreste. Con la efectividad que le caracterizaba lo siguió hasta poco antes del amanecer, cuando el olor se disolvió por completo encima justamente de una montaña enorme, que presentaba un aspecto realmente siniestro. Sus precipicios eran incontables y por cada uno de ellos corría un torrente de turbulentas y peligrosísimas aguas. Sus barrancos se hallaban totalmente cubiertos de lianas y enredaderas, que parecían emular la prestancia de los cipreses y pinos que coronaban las cumbres. Al amanecer, las garzas crotoraban al amparo de las neblinas matutinas, mientras que, al atardecer, los gansos llenaban con sus chillidos el aire de la tarde que reposaba sobre aquellas cumbres con forma de alabardas. Sus rocas poseían una rugosidad extrema, haciendo que los diez mil metros de su altura parecieran multiplicarse por lo menos por diez. Los árboles y los zarzales, sabedores de la llegada de la primavera, aparecían cubiertos de capullos, poniendo un contrapunto de color a los delicados cantos de los ruiseñores y las oropéndolas. Era tal su belleza, que por un momento hacían olvidar que aquél era un paraje sumamente traicionero, plagado de precipicios y alimañas. Quizás por eso no se veía por parte alguna a ningún hombre. Solamente se oían los estremecedores rugidos de los tigres y los leopardos, siempre al acecho de los antílopes y los ciervos blancos que vagaban de un lado para otro, lo mismo que las liebres y los lobos de piel grisácea. A juzgar por el rumor de las aguas, que golpeaban, una tras otra, las rocas, los torrentes que nacían en aquella montaña estaban destinados a recorrer más de diez mil kilómetros. El Gran Sabio estaba absorto en la contemplación de aquella belleza, cuando vio a cuatro personas con tres cabras bajando por la ladera occidental y comentando, alborozados, entre sí: - ¡Se acercan las épocas de bonanza! El Gran Sabio volvió hacia ellos sus escrutadores pupilas diamantinas y descubrió que se trataba de los Centinelas del Año, del Mes, del Día y de la Hora disfrazados de pastores de las montañas. Sin pérdida de tiempo sacó la barra de los extremos de oro, que, en un abrir y cerrar de ojos, adquirió una longitud de cerca de cinco metros y un grosor mayor que el de un cuenco de arroz, y se lanzó contra ellos, gritando: - ¿Adonde creéis que vais, viejos gandules? Comprendiendo que los disfraces no les habían servido de nada, los Cuatro Centinelas dejaron escapar las cabras y recobraron inmediatamente las formas que les eran habituales. - Perdonadnos, por favor, Gran Sabio - suplicaron en tono respetuoso. - No penséis que, porque llevo mucho tiempo sin solicitar vuestros servicios, he renunciado a alguna de las cualidades que me han hecho famoso - replicó el Peregrino, malhumorado -. Ni una sola vez os habéis presentado ante mí, aunque sabíais que estabais a mi servicio. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? ¿Por qué habéis abandonado la protección que debíais a mi maestro? - Parecéis olvidar - respondió uno de los centinelas - que vuestro maestro se ha apartado un poco de la senda de privaciones que seguía, para abandonarse despreocupadamente a los placeres en el Templo de la Nube Misericordiosa, que se halla enclavado en la Prefectura del Oro. De esta forma, ha conseguido desviar su buena estrella, haciendo que su felicidad se transformara en tristeza. Por eso precisamente ha caído en poder de esos monstruos. Pero no os preocupéis, porque se encuentran con él los Protectores del Monasterio. Estábamos enterados, por otra parte, de que habíais seguido su rastro durante toda la noche y, temiendo que fuerais a perderos en los impenetrables bosques de esta montaña, decidimos presentarnos ante vos para mostraros el camino. - Si es verdad eso - replicó el Peregrino -, ¿para qué os disfrazasteis de pastores y sacasteis a pasear a esas pobres cabras? - Para simbolizar lo que afirma el dicho popular: "La prosperidad viene de la mano del año nuevo" 3 - contestó uno de los Centinelas -. Con ello deseábamos contrarrestar los influjos de la mala suerte que ahora sufre vuestro maestro. El Peregrino estaba dispuesto a apalearlos, pero, al enterarse de sus buenas intenciones, se aplacó y decidió tratarlos con mayor cortesía. - ¿Cuántos espíritus habitan en esta montaña? - preguntó, poniendo a un lado la barra. - Ésta - explicó otro de los Centinelas - es la Montaña del Dragón Verde, donde se halla enclavada la Caverna de la Flor Misteriosa. En ella viven tres monstruos, que responden a los nombres de Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Son ya más de mil los años que llevan habitando en esta comarca. Siempre les ha encantado tomar aceite aromático, lo cual explica que, cuando se transformaron en espíritus, se hicieran pasar por Budas con el fin de obligar a los habitantes de la Prefectura del Oro a preparar esas espléndidas linternas que vos mismo habéis visto esta noche. Todos los años se llegan hasta la capital y se aprovisionan del aceite que necesitan. Al ver a vuestro maestro, supieron en seguida que se trataba de un sabio muy especial y decidieron traerle a su caverna. Tienen pensado cortarle en pedacitos y comérselo poco a poco con el aceite, así que, si deseáis salvarle, tenéis que obrar con toda la rapidez posible. El Peregrino despidió a toda prisa a los Cuatro Centinelas y empezó a buscar la entrada de la caverna. Apenas había recorrido unos cuantos kilómetros más, cuando se topó con una roca enorme, en cuya base se levantaba una casa de piedra con las puertas entreabiertas. Junto a ellas había una placa en la que podía leerse: "Montaña del Dragón Verde. Caverna de la Flor Misteriosa". El Peregrino renunció a entrar y, levantando la voz, dijo: - ¡Eh, los de ahí dentro! ¡Dejad inmediatamente en libertad a mi maestro! Las puertas emitieron un lastimoso gemido al abrirse y aparecieron varios espíritus con cabeza de toro, que preguntaron con una ingenuidad propia de seres con no demasiadas luces: - ¿Quién eres tú para atreverte a turbar la paz de esta montaña? - El mayor de los discípulos del monje Tripitaka, que ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang en busca de escrituras sagradas - contestó el Peregrino -. Dicha misión le ha traído directamente hasta la Prefectura del Oro, donde vuestros malditos señores han tenido la desgraciada ocurrencia de raptarle, mientras contemplaba las linternas. Si no le ponéis inmediatamente en libertad, arrasaré vuestra guarida y os reduciré a todos a una masa informe de sangre y pus. Los monstruos corrieron a informar a sus señores de lo ocurrido, diciendo: - ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! Los tres monstruos habían conducido al monje Tang a la parte posterior de la caverna y habían ordenado a sus criados que le limpiaran bien con agua del pozo. Tenían la intención de cortarle en trocitos y tomar su carne con un poco de aceite oloroso. Estaban relamiéndose de gusto, cuando oyeron los alarmistas informes de los diablillos y exclamaron, sorprendidos: - ¡¿A qué viene tanto alboroto?! - A que acaba de llegar un monje con el cuerpo cubierto de pelos y la cara de un dios del trueno, que exige la inmediata liberación de su maestro - contestó uno de los diablillos -. Según dice, le han secuestrado vuestras altezas y está dispuesto a arrasar nuestra guarida y acabar con todos nosotros. - ¡Qué tontos hemos sido! - volvieron a exclamar los monstruos, preocupados -. Hemos atrapado a ese tipo y ni siquiera nos hemos molestado en preguntarle cómo se llama o de dónde viene. Lo mejor será que le interroguemos antes de que la cosa vaya a mayores. Id a ponerle las ropas - ordenaron a sus subordinados - y traedle aquí inmediatamente. Los diablillos corrieron a desatar al monje Tang y, después de vestirle, le condujeron de mala manera ante los tronos de las bestias. Al verlas, el maestro se echó rostro en tierra y, temblando de pies a cabeza, les suplicó en tono lloroso: - ¡Perdonadme la vida, por favor! - ¿De dónde eres y por qué no te escondiste, al ver aparecer entre el huracán las imágenes de Buda? - preguntaron los tres monstruos a la vez -. Es preciso que nos expliques qué te movió a no apartarte de nuestro camino. - Este humilde monje - contestó Tripitaka, golpeando repetidamente el suelo con la frente - es un enviado de la corte de los Tang, en las Tierras del Este, al Monasterio del Trueno, en el Reino de la India, en busca de escrituras sagradas. Al llegar a la Prefectura del Oro, entramos en el Templo de la Nube Misericordiosa a pedir algo de comida, pero los monjes que allí moran insistieron en que nos quedáramos con ellos a celebrar la Fiesta de las Linternas. Al veros aparecer disfrazados de Buda en el Puente de la Linterna Dorada, pensé que se trataba de una auténtica epifanía y me eché rostro en tierra, pues he prometido presentar mis respetos a todas las imágenes budistas con las que me tope. Por eso, precisamente, me arrojé a vuestros pies. - Son muchos los kilómetros que separan este lugar de las Tierras del Este - objetaron los monstruos -. ¿Con cuántos acompañantes cuentas? ¡Dínoslo inmediatamente, si no quieres perder la vida! - Mi auténtico nombre es Chen Hsüan-Tsang - confesó el monje Tang - y he morado desde mi juventud en el Monasterio de la Montaña de Oro. El Emperador Tang me nombró funcionario del Templo de la Gran Bendición, a consecuencia de una larga historia, que tuvo su origen en la ejecución del dragón del Río Ching a manos del primer ministro Wei-Cheng. Eso le costó al emperador una visita a las Regiones Inferiores, de donde tuvo la suerte de escapar con vida. Impresionado, de todas formas, por lo que allí vio, determinó celebrar una gran ceremonia por los espíritus de los muertos, correspondiéndome el honor de presidirla y de exponer el sentido de las escrituras sagradas. Fue por entonces cuando la Bodhisattva Kwang Shr-Ing tuvo la delicadeza de revelarme que en el Templo del Trueno del Paraíso Occidental existían tres cánones distintos de escritos, capaces de obtener la liberación de los difuntos y su consiguiente ascensión a los cielos. Sin pérdida de tiempo el Emperador Tang decidió enviarme en busca de tan salutíferas escrituras, cambiándome el nombre y otorgándome su propio apellido. Eso ha hecho que, a partir de entonces, todo el mundo me conozca como el monje Tripitaka Tang. Conmigo viajan tres discípulos, el mayor de los cuales se llama Sun Wu-Kung, el Peregrino, que es, en realidad, el Gran Sabio, Sosia del Cielo. - ¿Es el mismo que sumió el Palacio Celeste en un desorden total hace aproximadamente quinientos años? - preguntaron los monstruos, aterrados. - Así es - confirmó el monje Tang -. Mi segundo discípulo se apellida Chu y tiene dos nombres conocidos, Wu-Neng y Ba-Chie, aunque, en realidad, sea la reencarnación del Mariscal de los Juncales Celestes. Por lo que respecta al tercero, pertenece a la familia de los Sha y sus nombres son Wu-Ching y Bonzo. Antes de bajar a la tierra, ostentaba el título de General-encargado-de-levantar-la-cortina. - Menos mal que aún no nos lo hemos comido - comentaron entre sí los monstruos, asustados -. Si queremos devorarle, lo primero que tenemos que hacer es capturar a esos tres discípulos tan peligrosos - y ordenaron devolver al monje Tang a la parte posterior de la caverna. Llamaron a continuación a todos sus súbditos, búfalos y carabaos en su gran mayoría, y ordenándoles que tomaran las armas, salieron a la entrada de la caverna entre el ondear de banderas y estandartes, el rolar de tambores y el resonar de clarines. Acto seguido, aparecieron ellos, dispuestos para la batalla y gritando, arrogantes: - ¿Quién es el osado que se atreve a venir a turbar la paz de nuestra morada? El Peregrino los estudió con cuidado, escondido detrás de una roca y vio que tenían un rostro congestionado, unos ojos llamativamente redondos, unos cuernos muy rugosos, cuatro orejas puntiagudas, una inteligencia por encima de lo común y un cuerpo decorado con motivos que a veces parecían florales y otras, bordados de gran tamaño. El primero llevaba cubierta la cabeza con un gorro de piel de zorro y poseía un rostro velludo y perennemente cubierto de sudor. El segundo vestía una túnica de color rojo y sus pezuñas daban la impresión de estar hechas de jade. El tercero hacía gala de un rugido que superaba al bramido del trueno y sus dientes recordaban alfileres de plata. Su aspecto no podía ser más fiero y valiente, impresión que acentuaba cada una de las armas que blandían: un hacha de guerra, un chafarote enorme y una caña cubierta totalmente de nudos. Junto a ellos había una gran multitud de diablillos de todos los tamaños, edades y constituciones, armados con garrotes y porras. Lo único que los identificaba eran sus gigantescas cabezas de toro. Sobre ellas ondeaban tres enormes estandartes en los que podía leerse: Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Tras estudiarlos detenidamente durante un buen rato, el Peregrino dio un paso al frente y gritó: - ¿Es que sois incapaces de reconocerme, monstruos sin principios? - ¿Así que tú eres Sun Wu-Kung, que sumió los Cielos en una total confusión? - replicó uno de ellos -. Aunque tu fama te precede, cualquier dios se moriría de vergüenza por poseer una cara como la tuya. ¡Mirándolo bien, no eres más que un vulgar mono! - ¡Malditos ladrones de aceite con la boca llena de grasa! - exclamó el Peregrino, furioso -. ¡Dejad de decir tonterías y devolvedme inmediatamente a mi maestro! - y se lanzó, barra en ristre, contra ellos. Los tres monstruos le recibieron con sus espléndidas armas, dando, así, comienzo a una batalla realmente extraordinaria, en la que el hacha, el chafarote y la caña rugosa se opusieron tenazmente a la barra de los extremos de oro. Ahora que conocían el nombre del Gran Sabio Sosia del Cielo, Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo se sentían totalmente envalentonados. Afortunadamente, la barra poseía tal fiereza que los dioses y los espíritus se echaban a temblar en su presencia. Para no ser menos, el hacha, el chafarote y la caña rugosa descargaban sin cesar golpes terribles a derecha e izquierda. Aquél era, en realidad, un enfrentamiento entre la viva imagen del vacío total y la falsa representación de un Buda encarnado en tres monstruos. Las bestias, atraídas por el olor del aceite, se habían apoderado del monje enviado por un soberano lejano para hacerse con los textos sagrados. No le importó al mayor de sus discípulos recorrer distancias inmensas, con tal de liberarle de aquellos ladrones de las ofrendas de año nuevo. El ruido de las armas, al entrechocar, era realmente ensordecedor. A veces atacaban los tres al mismo tiempo, para ser repelidos por el monje, que con tanta maestría manejaba la barra. La contienda se prolongó de la mañana a la noche, sin que ninguna de las partes adquiriera una ventaja decisiva. Fueron, de hecho, más de cincuenta las veces que midieron sus armas, antes de que el cielo comenzara a llenarse de sombras. Llegado ese momento, el Disuasor del Polvo hizo una cinta con su caña nudosa y saltó por encima de las líneas, para hacerse cargo del estandarte que llevaba su nombre. Los diablillos con cabeza de toro avanzaron entonces sus posiciones y rodearon al Peregrino, tratando de acabar con él sin ningún miramiento. Comprendiendo que la suerte se estaba poniendo en su contra, el Gran Sabio se elevó por los aires y huyó, derrotado. En vez de perseguirle, los monstruos reagruparon sus fuerzas y se retiraron a cenar al interior de la caverna. Uno de los diablillos ofreció algo de comer al monje Tang, que no había de ser sacrificado hasta que no fuera capturado el Peregrino. El maestro no probó bocado. Se lo impidió, por una parte, la dieta vegetariana que siempre había seguido, y, por otra, la profunda pena que embargaba su espíritu, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que regresó a toda prisa al Templo de la Nube Misericordiosa y gritó en un tono de voz totalmente abatido: - ¿Dónde os habéis metido, hermanos? Al oírlo, Ba-Chie y el Bonzo Sha corrieron a su encuentro y le preguntaron: - ¿Por qué has estado fuera tanto tiempo? ¿Has logrado ver al maestro? - Seguí su rastro durante toda la noche - contestó el Peregrino, sonriendo -. Lo perdí totalmente al llegar a una montaña, pero afortunadamente los Cuatro Centinelas me confiaron que aquel lugar era conocido como Montaña del Dragón Verde y albergaba una caverna llamada de la Flor Misteriosa, en la que moraban tres monstruos. Sus nombres no podían ser más extraños, pues se llamaban Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Durante siglos han estado robando el aceite a los habitantes de esta ciudad, haciéndose pasar por Budas y engañando, así, a todos, desde el prefecto al más ignorante de sus súbditos. Este año, sin embargo, al ver al maestro, comprendieron que se trataba de una persona realmente excepcional y decidieron llevárselo. Eso me bastó para comprender que me encontraba ante tres enemigos realmente peligrosos. Ordené a los Centinelas que se encargaran de la protección del maestro y me dirigí a la caverna. Los monstruos respondieron en seguida a mi reto y aparecieron en la puerta con su inconfundible aspecto de toro. Uno blandía un hacha, otro, un chafadero, y el tercero, una caña muy rugosa. Les acompañaba un fantástico ejército de diablillos con cara bovina, que no dejaban de agitar los estandartes ni de golpear los tambores. Todo el día he estado guerreando contra esas bestias, pero no he conseguido derrotarlas. Una de ellas ha agitado, entonces, la enseña que llevaba su nombre y se me han echado encima todos sus subordinados. Como estaba empezando a oscurecer, he pensado que no iba a resultar nada fácil acabar con ellos y he venido a toda prisa para acá. - Debe de tratarse de demonios provenientes de la Ciudad de las Sombras - opinó Ba-Chie. - ¿Qué te hace pensar eso? - inquirió el Bonzo Sha. - El hecho de que todos tengan cabeza de toro - explicó Ba-Chie, sonriendo. - ¡No, no! - exclamó el Peregrino, sacudiendo las manos -. Son tres rinocerontes. - En ese caso - concluyó Ba-Chie, muy animado -, lo que tenemos que hacer es serrarles los cuernos. Según he oído decir, cada uno de ellos vale yo qué sé la de libras de plata. Cuando más animados estaban con esa conversación, se presentaron varios monjes del templo a preguntar al Peregrino si quería comer algo. - Si lo tenéis preparado - contestó éste -, lo tomaré con mucho gusto. De lo contrario, puedo pasarme muy bien sin llevarme nada a la boca. - ¿Cómo es posible que no tengáis hambre, habiéndoos pasado todo el día peleando? - objetó uno de los monjes. - Un día sin comer no es gran cosa - respondió el Peregrino -. ¿Qué opinaríais, si os dijera que me he pasado quinientos años sin llevarme absolutamente nada a la boca? Los monjes pensaron que estaba bromeando y le trajeron unas cuantas verduras. En cuanto hubo dado buena cuenta de ellas, dijo a sus dos hermanos: - Lo mejor que podemos hacer ahora es retirarnos a descansar. Es preciso que reanudemos mañana la lucha, con el fin de liberar al maestro de las manos de esos monstruos. - ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - objetó el Bonzo Sha -. ¿Acaso has olvidado eso de que "un descanso da nuevas fuerzas al vencido", que afirma el proverbio? ¿Qué podremos hacer, si los monstruos no pueden dormir y deciden divertirse a costa del maestro? Opino que lo mejor será que vayamos a liberarle ahora mismo. Los pillaremos desprevenidos y, cuando menos, evitaremos males mayores. - Tienes razón - exclamó Ba-Chie, animado -. Deberíamos aprovecharnos de la luz de la luna e ir a humillar cuanto antes a esos monstruos. El Peregrino se mostró totalmente de acuerdo con ellos y ordenó a los monjes del templo: - Cuidad del equipaje y del caballo, hasta que regresemos con los monstruos. Es preciso que el prefecto y todos sus funcionarios se convenzan, de una vez por todas, de que se trata de Budas falsos; así se suprimirá el impuesto del aceite y la gente vivirá con más desahogo que hasta ahora. Los monjes acogieron, complacidos, sus sugerencias y los tres peregrinos abandonaron la ciudad, montados en sus nubes. Se vio, de esta forma, con meridiana claridad que la precipitación y el ofuscamiento conducen a un irremediable desvirtuamiento de la naturaleza del Zen, y que la mente del Tao se cubre de sombras, cuando los peligros se abaten sin remisión sobre ella. No sabemos, de momento, si los tres hermanos salieron victoriosos o no de su encuentro. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第092回 LOS TRES MONJES SE BATEN CON BRAVURA EN LA MONTAÑA DEL DRAGÓN VERDE. CUATRO ESTRELLAS AYUDAN A CAPTURAR A LOS RINOCERONTES Decíamos que el Gran Sabio se dirigió en una nube hacia el noreste, acompañado de sus hermanos. No tardaron en llegar a la Caverna de la Flor Misteriosa, que, como queda dicho, se halla enclavada en la Montaña del Dragón Verde. Tan pronto como hubieron descendido de la nube, Ba-Chie quiso echar abajo las puertas con el rastrillo, pero se lo impidió el Peregrino, diciendo: - ¡Espera un momento! Lo mejor será que, antes de que empecemos a luchar, nos cercioremos de que el maestro sigue vivo. - ¿Cómo piensas entrar, estando las puertas tan firmemente cerradas? - preguntó el Bonzo Sha. - Valiéndome de mis poderes mágicos, por supuesto - contestó el Peregrino y, dejando a un lado la barra de hierro, hizo un gesto con los dedos y recitó un conjuro -. ¡Transfórmate! - añadió con voz potente. Al instante se convirtió en una pequeña luciérnaga, que, tan pronto como batió las alas, se elevó por los aires, como si fuera una cometa. Solían decir los antiguos que, cuando la hierba se pudre, se transforma en una luciérnaga. No debe de tomarse a la ligera tan portentoso cambio, pues a pesar de su aparente fragilidad, posee una naturaleza sumamente robusta. El Peregrino no tuvo, de hecho, ninguna dificultad en llegarse hasta la puerta y en meterse por una hendidura que había en ella. Un salto le bastó para posarse en un patio, en el que la tranquilidad era total y absoluta. De esa forma, pudo observar con atención las costumbres de los monstruos. Por todas partes había carabaos tumbados en el suelo y durmiendo a pierna suelta. Hasta los que protegían la sección central de la caverna se hallaban roncando ruidosamente. No sabiendo dónde se encontraban descansando los tres monstruos, se dirigió hacia la parte de atrás con la cola brillando como si fuera una antorcha. Allí oyó llorar a alguien y en seguida se percató de que se trataba del monje Tang, que estaba encadenado a una columna. El Peregrino se llegó hasta él y le oyó lamentarse: - Son diez ya los años que han pasado desde que abandoné Chang-An y me lancé a escalar montañas y vadear ríos. Con indescriptible alegría alcancé, finalmente, las Tierras del Oeste, pero durante la celebración de la Fiesta de las Linternas en la Prefectura del Oro fui incapaz de reconocer a los falsos Budas y de nuevo la desgracia se abatió sobre mí. Mí vida parece guiada únicamente por las leyes del sufrimiento. Si mis discípulos han podido seguir mi rastro, ¿a qué esperan para liberarme de este tormento? Loco de contento, el Peregrino volvió a batir las alas y se puso a revolotear justamente delante del maestro. - En verdad el Oeste es totalmente diferente de nuestra tierra - comentó el monje Tang, secándose las lágrimas -. Estamos en el primer mes del año y ya hay por aquí luciérnagas. - ¡¿Es que no me reconocéis?! - exclamó el Peregrino, sin poderse contener -. ¡Soy yo, maestro! - ¡Así que eres tú, Wu-Kung! - gritó el monje Tang, entusiasmado -. Precisamente me estaba preguntando cómo podía haber luciérnagas, cuando la primavera apenas acaba de empezar. - ¿Cómo podéis ser así, maestro? - le reprendió el Peregrino con suavidad -. Por ser incapaz de distinguir lo auténtico de lo falso, nos hemos visto obligados a retrasar el viaje y a malgastar yo qué sé la de esfuerzos. Os grité que se trataba de monstruos vulgares, pero vos os negasteis a escucharme y os inclinasteis respetuosamente ante ellos. No contentos con apagar las lámparas y robar el aceite, se apoderaron de vos y os trajeron a su cueva. Inmediatamente ordené a Ba-Chie y al Bonzo Sha que se quedaran en el monasterio cuidando de nuestras cosas, mientras yo seguía el rastro que ibais dejando. Por supuesto, desconocía el nombre de esta región, pero los Centinelas tuvieron la delicadeza de informarme que ésta era la Montaña del Dragón Verde y que la caverna era conocida por doquier como la Flor Misteriosa. Ayer medí mis fuerzas con las de esos monstruos hasta que el día comenzó a declinar y decidí poner a mis hermanos al tanto de lo ocurrido. En vez de dormir, hemos cabalgado a lomos del viento durante toda la noche, temiendo que os hubiera pasado algo. Precisamente me he metamorfoseado en una luciérnaga, para cerciorarnos de que aún seguíais con vida - y recobró la forma que le era habitual. - ¡¿Así que Ba-Chie y el Bonzo Sha están ahí fuera?! - exclamó el monje Tang, visiblemente emocionado. - Así es - confirmó el Peregrino -. Acabo de ver que todos los monstruos están durmiendo. Lo mejor que puedo hacer es correr el cerrojo y sacaros cuanto antes de aquí. El monje Tang sacudió la cabeza en señal de agradecimiento. Valiéndose de la magia para hacer saltar candados, el Peregrino desencadenó al maestro y le condujo hacia la puerta. En ese mismo instante se oyó gritar al monstruo desde una de las habitaciones interiores: - Cerrad bien las puertas y encended todas las antorchas. ¿Cómo no habéis organizado ninguna patrulla ni dispuesto las contraseñas? Los diablillos habían olvidado tales medidas de seguridad, porque se habían pasado todo el día luchando y se sentían francamente extenuados. Sólo las palabras del monstruo fueron capaces de arrancarlos de su letargo. Sin pérdida de tiempo cogieron las armas y, sin dejar de golpear un gong, se dirigieron hacia la parte de atrás, topándose de narices con el maestro y su discípulo. - ¿Adonde creéis que vais? - preguntaron, arrogantes -. Es muy posible que hayáis hecho saltar los candados, pero de aquí no vais a poder escapar. Sin detenerse a dar explicaciones, el Peregrino sacó la barra de hierro y, sacudiéndola ligeramente contra el viento, la hizo adquirir el grosor de un cuenco de arroz. De un solo golpe mató a dos de los diablillos, reduciéndolos a una masa informe de carne macerada. Si no acabó con más, fue porque el resto se dio la vuelta y, arrojando las armas, corrieron a informar a sus soberanos de lo ocurrido, gritando: - ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! Ese monje con la cara peluda acaba de liquidar a unos cuantos de los nuestros. - ¡Apresadle inmediatamente! - ordenaron los tres monstruos, saltando del lecho. El monje Tang se puso a temblar de tal manera, que las piernas y los brazos se negaban a obedecerle. Comprendiendo que no podía seguir cuidando del maestro, el Peregrino agarró con fuerza la barra de hierro y arremetió contra los diablillos que trataban de detenerle. Derribó a algunos, mató a otros e hizo huir a la gran mayoría, logrando su objetivo de llegar hasta las puertas, a las que redujo a pequeñas esquirlas de piedra. - ¿Dónde os habéis metido? - preguntó, tan pronto como se hubo encontrado fuera de peligro. - Aquí. ¿Es que no nos ves? - contestaron Ba-Chie y el Bonzo Sha, corriendo a su encuentro -. ¿Qué tal te han ido las cosas? El Peregrino les explicó detalladamente todo lo ocurrido después de metamorfosearse: cómo había conseguido liberar al maestro, cómo les habían cortado la retirada unos diablillos y cómo había tenido que abandonar al maestro a su suerte, para poder escapar con vida de aquella encerrona, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los monstruos, que, una vez que consiguieron atrapar al monje Tang, le volvieron a encadenar en la parte de atrás. A la luz de las antorchas y blandiendo con fuerza el hacha, el chafarote y la caña nudosa, le preguntaron, amenazantes: - ¿Cómo te las has arreglado para hacer saltar la cerradura? ¿Quién le abrió la puerta a ese mono? Responde en seguida, si quieres mantenerte vivo. Si te niegas a contestar, ten la seguridad de que te partiremos por la mitad. - Mi discípulo Sun Wu-Kung - respondió el monje Tang, temblando de pies a cabeza y postrándose de hinojos - conoce setenta y dos formas de metamorfosis. Ahora mismo, sin ir más lejos, se ha hecho pasar por una luciérnaga para venir a liberarme. Lo que menos nos esperábamos es que fuéramos a toparnos con vuestras majestades. Rodeados por vuestros dignísimos soldados, no le quedó más remedio que abandonarme a mis propios medios y huir, matando a unos cuantos. - Menos mal que nos hemos despertado a tiempo - gritaron los tres monstruos, soltando la carcajada -. De lo contrario, os habríais escapado - y ordenaron cerrar todas las puertas de la caverna, sin hacer el menor ruido. - Eso quiere decir - comentó el Bonzo Sha, al percatarse de su maniobra - que están decididos a acabar con nuestro maestro. Lo mejor será que ataquemos inmediatamente. - Tienes razón - afirmó el Peregrino -. Echemos abajo, de una vez, esas puertas. Deseoso de mostrar sus poderes, el Idiota cogió el rastrillo y descargó sobre ellas un golpe tan terrible, que las redujo a polvo, al tiempo que gritaba: - ¡Ladrones de aceite, dejad inmediatamente en libertad a nuestro maestro! - ¡La suerte se ha vuelto en contra nuestra! - corrieron a informar los diablillos a sus señores -. Esos monstruos acaban de destrozar las puertas de delante. - ¡No hay quien pueda con esos tipos! - exclamaron los monstruos con visible fastidio y, poniéndose la armadura, salieron de su refugio, seguidos de todo su ejército de diablillos. Era aproximadamente la hora de la tercera vigilia y la luna brillaba con tal fulgor, que parecía ser de día. Sin decir una sola palabra, los tres monstruos se lanzaron contra los monjes, emparejándose el Peregrino con el del hacha, Ba-Chie con el del chafarote y el Bonzo Sha con el de la caña rugosa. Dio, así, comienzo a una batalla realmente extraordinaria, en la que tomaron parte tres seguidores de Buda y tres diablos envalentonados por el secuestro del maestro. La barra y el hacha, el rastrillo y el chafarote, y el báculo y la caña rugosa chocaban entre sí con tal fuerza, que terminaron provocando un viento huracanado que levantaba espesas nubes de polvo. Tras los primeros asaltos la neblina multicolor de los monjes se fundió con la niebla fétida de los monstruos, resultando sumamente difícil identificar a cada uno de los luchadores. El rastrillo, la barra y el báculo, armas de las que no existía réplica en todo el mundo, se movían a tal velocidad que no había ojo humano capaz de seguir sus evoluciones. Los monstruos, sin embargo, no retrocedieron ni un milímetro, confiando por entero en el hacha de afilada hoja, la caña de rugosos nudos y el chafarote de cegador brillo. Sus poderes mágicos igualaban a los de aquellos robustos monjes, a los que el deseo de liberar a su maestro tornaba tan fieros como alimañas con las garras extendidas. Con la mente puesta en el monje Tang, el hacha y la barra se esforzaron por alcanzar la victoria, el rastrillo y el chafadero no cesaron de medir su potencia, y la caña rugosa y el báculo desplegaron toda la fuerza de que eran capaces. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, ninguna de las partes obtuvo una diferencia apreciable. Eso movió al Disuasor del Frío a gritar de repente: - ¡A nosotros, nuestros fieles guerreros! Los diablillos se lanzaron inmediatamente a la refriega, consiguiendo que Ba-Chie perdiera el equilibrio y terminara cayendo al suelo. Al instante se abalanzaron sobre él varios carabaos que le arrastraron al interior de la caverna, donde le ataron de pies y manos. Al ver que Ba-Chie había caído en poder de aquella especie de bueyes, el Bonzo Sha descargó un tímido golpe sobre el Disuasor del Polvo y se dio media vuelta, tratando de abandonar el campo. Pero, apenas había iniciado ese movimiento, cuando se le vino encima un auténtico aluvión de diablillos, que, tras una ardorosa pelea, consiguieron, igualmente, tomarle prisionero. El Peregrino comprendió que no iba a poder seguir resistiendo mucho más tiempo y, dando uno de sus formidables saltos, logró escapar en una nube. - ¡Qué lástima! - exclamó el monje Tang con ojos llorosos, al ver aparecer a Ba-Chie y al Bonzo Sha -. Jamás imaginé que también vosotros fuerais a caer en manos de estas bestias. ¿Qué ha sido de Wu-Kung? - Ha huido, en cuanto ha visto que caíamos prisioneros - contestó el Bonzo Sha. - Sí, en verdad, ha conseguido escapar - concluyó el monje Tang, más animado -, habrá ido en busca de refuerzos. Lo que ahora me preocupa es saber cuándo recobraremos la libertad - y eso les hizo abandonarse a la tristeza, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que regresó, montado a lomos del viento, al Templo de la Nube Misericordiosa. Al verle, los monjes que allí habitaban le preguntaron, esperanzados: - ¿Habéis rescatado ya al monje Tang? - Es mucho más difícil de lo que había imaginario - respondió el Peregrino -. Esos monstruos poseen unos poderes mágicos realmente extraordinarios. No os digo más que nos hemos enfrentado a ellos los tres juntos y Ba-Chie y el Bonzo Sha han sido tomados prisioneros. Ha sido una suerte que haya conseguido escapar. - Si alguien como vos, que camina sobre las nubes y cabalga a lomos de la niebla, ha fracasado en su intento - concluyeron los monjes, aterrados -, la suerte del maestro está irremediablemente perdida. - No necesariamente - objetó el Peregrino -. Aunque no lo creáis, el maestro goza de la secreta protección de los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Protectores de los Monasterios, los Dioses de la Luz y los Dioses de las Tinieblas. Por si eso no fuera suficiente, en cierta ocasión probó del Fruto del Mercurio Refinado y dudo que alguien pueda acabar con su vida. Una cosa, de todas formas, es segura: teniendo en cuenta la potencia de esas bestias, no me queda más remedio que acudir a los Cielos en busca de ayuda. Si no os importa, os agradecería que en mi ausencia cuidarais del caballo y del equipaje. - ¿Sois capaz de llegar hasta el Cielo? - volvieron a preguntarle los monjes, más asombrados cada vez. - ¿Cómo que si soy capaz? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. No os digo más que hubo un tiempo en el que habitaba en el Palacio Celeste y todo el mundo me llamaba el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Tuve, sin embargo, la insolencia de impedir la celebración de la Fiesta de los Melocotones Inmortales y Buda me sometió a un terrible castigo, del que sólo pude librarme bajo la promesa de ayudar al monje Tang a conseguir las escrituras sagradas. Con el fin de que mis méritos terminen superando a mis faltas, me he visto obligado a hacer frente al mal a lo largo de todo el viaje. Pese a todo, mi sino es mucho mejor que el de mi maestro, pues, por algo que sois incapaces de comprender, se ve sometido, una y otra vez, a pruebas tan terribles como las que ahora está padeciendo. Emocionados, los monjes se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente. El Peregrino, no obstante, se hizo a un lado y desapareció de su vista, produciendo un penetrante silbido. En un abrir y cerrar de ojos, llegó a la Puerta Oeste de los Cielos, donde vio a la Estrella de Oro del Planeta Venus charlando amigablemente con el Devaraja Virudhaka y los Cuatro Funcionarios Espirituales Yin, Chou, Tao y Xü. Al verle, le saludaron respetuosamente y le preguntaron: - ¿Qué os mueve a venir por aquí, Gran Sabio? - Como protector del monje Tang - contestó el Peregrino -, he conseguido llegar a la Prefectura del Oro, que se halla ubicada en la porción oriental del Reino de la India. Allí se levanta el Templo de la Nube Misericordiosa, cuyos monjes tuvieron la delicadeza de invitar a mi maestro a pasar con ellos la Fiesta de las Linternas. En el Puente de la Linterna Dorada habían colocado tres realmente bellísimas, que se alimentaban de un aceite como no hay otro igual en el mundo. Aunque su precio asciende a más de cincuenta mil libras de plata, las gentes del lugar lo ofrecen con gusto, pues, según ellos, es uno de los platos preferidos de Buda, que, a cambio, les facilita unas cosechas francamente abundantes. Cuando estábamos gozando de la belleza de aquellas lujosísimas linternas, aparecieron, en efecto, tres imágenes de Buda. Sin encomendarse a nadie, mi maestro corrió hacia el centro del puente y se echó rostro en tierra, sin prestar ninguna atención a mis llamadas de prudencia. Los falsos Budas no sólo apagaron las lámparas y robaron el aceite, sino que agarraron a mi preceptor y se lo llevaron a lomos del viento. Pasé toda la noche siguiendo su rastro. Al amanecer, llegué a una montaña, que, según me informaron los Cuatro Centinelas, se llama del Dragón Verde y alberga una caverna conocida como la Flor Misteriosa. En ella habitan tres monstruos, que responden a los nombres de Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Les exigí la inmediata liberación de mi maestro, pero ellos se negaron a hacerlo y hube de enfrentarme a los tres a la vez. Desgraciadamente, no pude doblegarlos y hube de recurrir a la metamorfosis para entrar en su caverna. De esa forma, pude cerciorarme de que el maestro no había sufrido el menor daño, aunque estaba encadenado a una columna. Conseguí desatarle, pero fui descubierto por un grupo de diablillos y hube de abandonarle a su suerte. Ba-Chie y el Bonzo Sha se aprestaron a unir sus fuerzas conmigo, pero fueron capturados después de una lucha brutal y eso me ha movido a venir a pedir al Emperador de Jade que me ayude a desvelar el misterio de sus orígenes. De esa forma, me será mucho más fácil derrotarlos. - ¿Cómo no sabéis de dónde proceden, después de haber peleado contra ellos? - preguntó la Estrella de Oro, sonriendo burlonamente. - Por supuesto que sé que son tres rinocerontes - se defendió el Peregrino -. Pero poseen unos poderes mágicos realmente extraordinarios y es preciso que acabe cuanto antes con ellos. - No os habéis equivocado lo más mínimo - confirmó la Estrella de Oro -. Esos rinocerontes llevan en sus cuerpos los mismos signos del Cielo. Aparte de eso, se han dedicado durante muchos años a la práctica de la ascesis y, con ello, han alcanzado un estado tal de inmortalidad, que son capaces de andar por las nubes y de cabalgar a lomos de la niebla. Lo que más los caracteriza, de todas formas, es su ansia desmesurada de limpieza. En cuanto ven reflejada su figura en las aguas, sienten un auténtico impulso de tomar inmediatamente un baño. Su variedad es, además, muy grande, pues entre ellos se cuentan los rinocerontes hembra, los rinocerontes macho, los rinocerontes toro, los rinocerontes estriados, los rinocerontes de cuerno de bárbaro, los rinocerontes duo-luo y los rinocerontes que portan los signos celestiales. Todos ellos poseen una nariz sin compartimentar, dos cuernos y un cuerpo coriáceo en el que no se aprecia ni un solo pelo. Son tan hábiles moviéndose por los ríos y los mares que en ocasiones llegan a abrir auténticos senderos por las aguas. Por lo que respecta a Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo, os diré que poseen unos nombres tan estrafalarios, porque almacenan en sus cuernos ciertas fuerzas vitales sumamente valiosas. De ahí que se hagan llamar soberanos y grandes señores. Si deseáis atraparlos, tendréis que solicitar la ayuda de las Cuatro Estrellas de la Madera. Su sola presencia bastará para que esas bestias abandonen sus equivocados caminos. - ¿Quiénes son esas Cuatro Estrellas de las que habláis? - preguntó el Peregrino, inclinándose, respetuoso -. Decídmelo sin ningún rodeo, por favor. - Están situadas en la zona del universo que se halla a un lado del Palacio de la Osa Mayor - contestó la Estrella de Oro -. Conoceréis todos los detalles, cuando presentéis vuestro informe al Emperador de Jade. El Peregrino le dio las gracias juntando las manos a la altura del pecho y entró en los Cielos. No tardó en llegar al Salón de la Luz Perfecta, donde fue recibido por los Cuatro Consejeros Celestes, Ke, Chiou, Chang y Xü, que le preguntaron: - ¿Adonde vais? - Acabo de llegar a la Prefectura del Oro - respondió el Peregrino a toda prisa -. Mi maestro tuvo la mala fortuna de descuidar ligeramente la práctica del Zen y eso le convirtió en fácil presa de unos monstruos, que le secuestraron, mientras gozaba del espectáculo de luz que siempre ofrece la Fiesta de las Linternas. Esas bestias poseen tales recursos mágicos, que no he conseguido doblegarlas hasta ahora y me ha visto en la necesidad de solicitar la ayuda del Emperador de Jade. Los Cuatro Consejeros condujeron sin tardanza al Peregrino al Salón de la Niebla Divina. Después de intercambiar los saludos de rigor y de presentar al Trono Celeste un informe exhaustivo de lo ocurrido, el Emperador de Jade se dispuso a organizar una misión guerrera, pero, antes de que firmara la orden, el Peregrino se adelantó y dijo: - Al pasar por la Puerta Oeste, la Estrella de la Vida Perdurable acaba de informarme que esos monstruos son, en realidad, tres rinocerontes que han alcanzado cierta perfección espiritual y que sólo las Cuatro Estrellas de la Madera son capaces de hacerlos abjurar de su errónea conducta. El Emperador de Jade se volvió, entonces, hacia el consejero Xü y le ordenó ir al Palacio de la Osa Mayor con un escrito dirigido a las Cuatro Estrellas, en el que se las conminaba a acompañar sin dilación al Peregrino a las Regiones Inferiores. Las Veintiocho Constelaciones salieron a darles la bienvenida a las puertas mismas del palacio. Tras los saludos protocolarios el Consejero Celeste les informó: - Soy portador de una orden para las Cuatro Estrellas de la Madera, en la que se les insta a acompañar al Gran Sabio a las Regiones Inferiores con el fin de atrapar a ciertos monstruos. Sin pérdida de tiempo Dragón de Madera, Unicornio de Madera, Lobo de Madera y Mastín de Madera abandonaron la fila de las constelaciones y preguntaron, poniéndose a las órdenes del Gran Sabio: - ¿En qué parte deseáis que atrapemos a esas bestias? - ¡Así que sois vosotros! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada, al verlos -. No comprendo cómo la Estrella de Oro se ha portado con tanto secretismo. Si me hubiera dicho que debía dirigirme a las Cuatro Maderas, habría venido directamente a solicitar vuestra ayuda. ¡Es desconcertante que me haya hecho ir a molestar al mismísimo emperador en persona! - ¿Cómo podéis decir semejante cosa? - replicaron las Cuatro Maderas -. ¿Acaso olvidáis que, sin una orden imperial, no podemos abandonar jamás nuestros puestos? De todas formas, es preciso que nos digáis cuanto antes adonde queréis que vayamos. No estamos autorizadas a perder tanto tiempo. - Se trata de un lugar que hay hacia el noreste de la Prefectura del Oro - explicó el Peregrino -, concretamente de la Caverna de la Flor Misteriosa, que se halla enclavada en la Montaña del Dragón Verde. En ella habitan unos rinocerontes que han alcanzado cierta perfección espiritual. - En ese caso - concluyeron Unicornio de Madera, Lobo de Madera y Dragón de Madera -, nuestra ayuda no puede serviros de mucho. Que os acompañe la Constelación Mastín de Madera. Le encanta escalar montañas y devorar tigres, o descender al fondo mismo de los mares y capturar rinocerontes. - Os aseguro que los animales de los que os hablo no se conforman con pacer hierba - replicó el Peregrino -. Han cultivado el Tao durante muchísimo tiempo y han alcanzado una edad que supera los mil años. Es preciso, por tanto, que vengáis los cuatro conmigo; de lo contrario, me temo que no podremos dominarlos y todo será una pérdida absoluta de tiempo. - ¿Cómo podéis negaros a obedecer una orden imperial? - les recriminó severamente el Consejero Celeste -. El decreto os incumbe a los cuatro, así que no se hable más. Poneos inmediatamente en camino y presentadme un informe completo a la vuelta - y, despidiéndose del Peregrino, regresó a toda prisa a palacio. - No tiene sentido que demoremos más la marcha - concluyeron las Cuatro Maderas -. En cuanto lleguemos, hacedlos salir de su madriguera y nos abalanzaremos sobre esos monstruos. El Peregrino así lo hizo. Nada más posar el pie en las inmediaciones de la Caverna de la Flor Misteriosa, levantó la voz y dijo: - ¡Devolvedme, de una vez, a mi maestro, ladrones de aceite! Aunque Ba-Chie había reducido las puertas a puro polvo, los diablillos habían tapado el vano que habían dejado con rocas y piedras. Al oír las exigencias del Peregrino, corrieron, asustados, a informar a sus señores: - ¡Ahí está otra vez ese tal Sun lanzando improperios! - ¡Qué cosa más rara! - exclamó Disuasor del Polvo -. Ayer abandonó el campo, derrotado, y hoy se presenta con las mismas ínfulas que antes de empezar a pelear. ¿Habrá encontrado ayuda en algún sitio? - ¿Y eso qué puede importarnos? - replicó Disuasor del Frío -. Traednos las armaduras y procurad que esta vez no se os escape - añadió, dirigiéndose a sus subordinados. Envalentonados, los diablillos salieron en tropel de la caverna, blandiendo sus espadas y lanzas y agitando los estandartes entre el ruido ensordecedor de los tambores. - ¿Cómo te atreves a volver otra vez por aquí? - gritaron, despectivos -. ¿Es que no tienes miedo a recibir una buena paliza, mono asqueroso? "Mono" era una palabra que el Peregrino, simplemente, no podía aguantar. Rechinándole los dientes de furia, agarró la barra de hierro y se lanzó a la refriega. A una señal de los monstruos, los diablillos avanzaron gritando como locos, dispuestos a rodearle. En ese mismo instante las Cuatro Estrellas de Madera blandieron con fuerza sus armas y gritaron: - ¡No os mováis de donde estáis, bestias malditas! - ¡La cosa se pone mal! - exclamaron los monstruos, temblorosos, al verlos -. ¡Ese mono ha ido en busca de los únicos que pueden derrotarnos! ¡Lo mejor que podemos hacer es escapar cuanto antes! Lanzando unos bufidos aterradores, los diablillos recobraron las formas que les eran habituales y produjeron una estampida que hizo temblar toda la montaña. La mayoría de ellos eran carabaos, búfalos de pelambre dorada y toros de la montaña. Los monstruos siguieron su ejemplo y se mostraron, igualmente, tal cual eran. Galopando a cuatro patas, huyeron hacia el noreste, perseguidos muy de cerca por el Gran Sabio, Mastín de Madera y Dragón de Madera, entre una espesa nube de polvo. Unicornio de Madera y Lobo de Madera se quedaron en la montaña, pasando por las armas o capturando vivos a los toros y búfalos que se habían desperdigado por la cumbre, el valle y el lecho de los torrentes. Una vez concluida su labor, entraron en la Caverna de la Flor Misteriosa y liberaron al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha. Al reconocer a las dos Estrellas, este último se inclinó ante ellas y les preguntó: - ¿Qué os ha hecho venir a rescatarnos? - El Gran Sabio presentó un informe al Emperador de Jade, que de inmediato nos ordenó venir a poneros en libertad - contestaron las dos estrellas al tiempo. - ¿Cómo es que Wu-Kung no está con vosotros? - inquirió, a su vez, el monje Tang, vertiendo lágrimas de agradecimiento. - Esos monstruos no eran más que tres rinocerontes - explicó una de las estrellas -. En cuanto nos vieron, emprendieron una alocada huida hacia el noreste, perseguidos muy de cerca por el Gran Sabio, Mastín de Madera y Dragón de Madera. Nosotros decidimos quedarnos para acabar con esa manada de carabaos y devolveros la libertad. Agradecido, el monje Tang se echó rostro en tierra y golpeó repetidamente el suelo con la frente. Acto seguido, se volvió hacia el Cielo y repitió, con más respeto todavía, el mismo rito. - Quien mucho abusa de las ceremonias - dijo Ba-Chie, corriendo a levantarle del suelo - corre el peligro de no parecer sincero. ¿A qué vienen todas esas muestras de respeto? Las Cuatro Estrellas han hecho, simplemente, lo que el Emperador de Jade y nuestro hermano les han ordenado hacer. Además, está claro que los diablillos han perecido, pero todavía no tenemos ninguna garantía de que los monstruos hayan sido derrotados. Opino que, con el fin de cortarles su base de aprovisionamiento, deberíamos sacar todo lo que encontremos de valor por aquí y condenar lo demás a las llamas. En cuanto haya quedado reducido a cenizas, no estaría de más que regresáramos al templo y esperáramos allí a Wu-Kung. - Tenéis razón, Mariscal de los Juncales Celestes - opinó Lobo de Madera -. Lo mejor que podéis hacer vos y el General-encargado-de-levantar-la-cortina es cuidar del maestro y descansar cuanto podáis. Nosotros nos dirigiremos hacia el noreste a seguir peleando. - Me parece muy bien - concluyó Ba-Chie -. Antes de regresar a los Cielos, tenéis que acabar con todos esos monstruos. Mientras las dos estrellas se lanzaban en persecución de los huidos, Ba-Chie y el Bonzo Sha recorrieron la cueva de arriba abajo y sacaron todo cuanto hallaron de valor: coral, cornalina, perlas, ámbar, gemas de extraordinaria belleza, piedras preciosas, jade de primerísima calidad y oro. Antes de prender el fuego que había de poner fin a la triste historia de aquella caverna, pidieron al monje Tang que se sentara en un abrigo de la montaña. Sólo cuando todo hubo quedado reducido a cenizas, decidieron regresar al Templo de la Nube Misericordiosa. Con razón afirmaban los antiguos que el "bien y el mal se tocan" 4. Cuesta trabajo creer que una vida virtuosa pueda terminar en un patíbulo, pero así ocurre con harta frecuencia. Simples linternas de temas florales bastaron para sumir en la confusión al Zen y hacer que la mente se apartara de la senda del Tao. Es preciso guardar con extremado celo el elixir, pues al menor descuido todo se desmorona y la recompensa se convierte en castigo. Jamás debe bajarse la guardia o rendirse al cansancio, porque la indolencia conduce directamente a la desgracia. De momento, no hablaremos más de los tres que regresaron, sanos y salvos, al templo. Sí lo haremos, sin embargo, de Unicornio de Madera y Lobo de Madera, que se dirigieron hacia el noreste en persecución de los monstruos, montados en una nube. Desde lo alto escrutaron la lejanía, pero no consiguieron ver a nadie. Por fin, volvieron la vista hacia el Océano Oriental y descubrieron al Gran Sabio revoloteando por encima del agua. - ¿Dónde se han metido los monstruos? - preguntaron, abandonando las nubes en las que habían hecho todo el viaje. - ¿Por qué renunciasteis a perseguirlos? - replicó el Peregrino, visiblemente enfadado -. ¿A qué vienen, además, esas preguntas inútiles? - Al ver que Mastín de Madera, Dragón de Madera y vos los habíais hecho huir, pensamos que no tendríais ningún problema en capturarlos - contestó Unicornio de Madera -. Por eso nos quedamos a limpiar de diablillos la montaña y a liberar a vuestro maestro y a vuestros dos hermanos. Ellos se encargaron de saquear la caverna y de reducirla a cenizas. Una vez terminada esa tarea, decidieron regresar al Templo de la Nube Misericordiosa. Entonces nosotros, al ver que tardabais tanto en regresar, optamos por seguir vuestros pasos. - En ese caso - concluyó el Peregrino, agradecido -, el mérito que habéis alcanzado es digno de encomio y nunca podré pagaros lo que habéis hecho por los míos. Esas bestias se han refugiado en el océano y Mastín de Madera y Dragón de Madera se han visto obligados a lanzarse a las aguas. Yo me he quedado aquí para, en caso de que traten de escapar, cortarles la retirada. Ahora que podéis ocupar vosotros mi puesto, no hay razón para que siga sin saber lo que se cuece ahí abajo - y, haciendo un signo mágico con los dedos, se abrió camino entre las aguas y alcanzó el mismo lecho del océano. Allí encontró a los tres monstruos enfrascados en una terrible batalla con Mastín de Madera y Dragón de Madera. Dando un salto tremendo, gritó: - ¡Apartaos, que aquí viene el Rey de los Monos! Los tres monstruos se encontraban ya al límite de sus fuerzas. Al oír la voz del Peregrino, se dieron inmediatamente la vuelta y corrieron a refugiarse en el centro mismo del océano. Lo hicieron con una facilidad realmente asombrosa, pues los cuernos que llevaban en el morro les permitían bucear con una limpieza que no poseían ni los mismos peces. Sólo se oía una especie de zumbido, mientras hendían las ondas, perseguidos muy de cerca por el Gran Sabio y las dos Estrellas. Aquel día se encontraban patrullando el Océano Occidental un yaksa y un pescador. Al ver de lejos a los rinocerontes, al Gran Sabio y a las dos constelaciones celestes, a las que reconocieron en seguida, corrieron al Palacio de Cristal de Agua e informaron al Rey Dragón. - Acabamos de ver a tres rinocerontes perseguidos por el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y dos estrellas. El dragón Ao-Shun hizo llamar al príncipe Mou-Ang y le ordenó: - Reúne inmediatamente a todos los guerreros. Por fuerza tiene que tratarse de Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo, que han ofendido, de alguna manera, al Peregrino. Puesto que se hallan peleando en nuestro océano, lo mejor que podemos hacer es prestar nuestra ayuda a Sun Wu-Kung. Ao Mou-Ang obedeció inmediatamente las órdenes de su padre. En un abrir y cerrar de ojos abandonaron el Palacio de Cristal de Agua un gran ejército de tortugas, galápagos marinos, bremas, carpas, gambas y cangrejos, armados con espadas y lanzas y lanzando gritos estentóreos, al tiempo que trataban de cortar la retirada a los rinocerontes. Los monstruos se dieron la vuelta, pero se toparon de narices con el Gran Sabio, Mastín de Madera y Dragón de Madera y se vieron obligados a dispersarse por donde buenamente pudieron. Disuasor del Polvo no tardó en ser rodeado por las fuerzas del dragón. - ¡Esperad un momento! - gritó el Gran Sabio -. ¡No le matéis! ¡Un cadáver no nos sirve de nada! Mou-Ang derribó al suelo a la bestia y le hizo pasar por el belfo una argolla de hierro. El dragón ordenó entonces a sus tropas que siguieran a los otros dos monstruos y prestaran cuanta ayuda precisaran a las estrellas. Pero Mastín de Madera había recobrado la forma que le era habitual y había inmovilizado a Disuasor del Frío contra el suelo, lanzándole una terrible dentellada. - ¡No le devoréis! - gritó Mou-Ang -. ¡El Gran Sabio los quiere vivos a todos! - pero, aunque lo repitió varias veces, no pudo evitar que el monstruo recibiera un impresionante mordisco en el cuello. Mou-Ang ordenó a las gambas y a los cangrejos que cargaran con el rinoceronte muerto y lo llevaran al Palacio de Cristal de Agua, mientras continuaba la búsqueda del que quedaba, en compañía de Mastín de Madera y del resto de la tropa. No tardaron en ver acercarse a Dragón de Madera, corriendo desesperadamente detrás de Disuasor del Calor. Mou-Ang ordenó desplegarse a las tortugas y a los galápagos y el monstruo quedó totalmente rodeado. Se sentía tan alterado, que sólo era capaz de decir: - ¡Perdonadme la vida! ¡Por lo que más queráis, no me matéis! - No te preocupes - respondió Mastín de Madera, agarrándole por las orejas y quitándole el chafarote -. No vamos a acabar contigo, Pensamos entregarte al Gran Sabio, para que sea él quien decida tu suerte. Triunfantes, regresaron al Palacio de Cristal de Agua, voceando: - ¡La batalla ha terminado! ¡Los hemos capturado a todos! El Peregrino vio que uno de los rinocerontes estaba tumbado en el suelo con la cabeza arrancada del cuerpo. El otro se postró inmediatamente de hinojos, a pesar de que Mastín de Madera le tenía agarrado por las orejas. - Éste no ha sido decapitado con un hacha - concluyó el Peregrino, estudiando la herida con cuidado. - Si no llego a haber gritado que no lo hiciera - confirmó Mou-Ang, sonriendo -, Mastín de Madera le habría devorado totalmente. - Cortadle los cuernos y despellejadle bien - ordenó el Peregrino -. Me llevaré sus trofeos como prueba. La carne la podéis comer entre vuestro padre y vos. Dragón de Madera pasó una cuerda por la argolla que Disuasor del Polvo tenía en el belfo y tiró de él, como si fuera un simple buey. Mastín de Madera hizo otro tanto con Disuasor del Calor, diciendo: - Es preciso que los llevemos ante el prefecto del Distrito del Oro, para que averigüe los motivos por los que se han hecho pasar por Budas y han engañado a las gentes de esa comarca durante todos estos años. Entonces se decidirá lo que haya de hacerse con ellos. Todos se mostraron de acuerdo con esa decisión y, tras despedirse del príncipe y del dragón, abandonaron el Océano Occidental con los dos rinocerontes. En la orilla se les unieron Unicornio de Madera y Lobo de Madera, los cuales los felicitaron efusivamente y abrieron el camino de vuelta a la Prefectura del Oro. Nada más llegar, el Peregrino se posó en una nube y, levantando la voz, dijo: - ¡Prestadme atención, habitantes, funcionarios y señor de esta prefectura! Somos un grupo de monjes enviados por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, en busca de escrituras sagradas al Paraíso Occidental. Los seres que se hacían pasar por Budas, exigiéndoos cada año esas onerosísimas ofrendas de aceite, no eran más que vulgares rinocerontes. Al pasar por esta dignísima región, nos quedamos a gozar de la belleza de vuestras linternas, pero estos monstruos robaron el aceite y secuestraron a mi maestro. Eso me movió a solicitar la ayuda del Cielo, con la que he conseguido arrasar su caverna y acabar con todos los diablillos que les servían. A partir de ahora vuestra prefectura está libre de les impuestos de aceite que os veíais obligados a pagar anualmente con grandes sacrificios por parte de todos. Ba-Chie y el Bonzo Sha acababan de regresar al Templo de la Nube Misericordiosa con el monje Tang, cuando oyeron la voz del Peregrino. Inmediatamente abandonaron al maestro y el equipaje y, montando en un golpe de viento, se elevaron por los aires y preguntaron a su hermano por lo ocurrido. - Uno de los monstruos - contestó el Peregrino - murió decapitado por Mastín de Madera, aunque hemos traído, como prueba, los cuernos y la piel. Los otros dos se encuentran vivos y se hallan en poder de las Cuatro Estrellas. - Lo que tenemos que hacer - opinó Ba-Chie - es enseñárselos a los habitantes de esta ciudad, para que se convenzan de que somos auténticos sabios. Para evitar que puedan seguir haciendo de las suyas, no estaría de más que nos acompañaran las estrellas hasta el palacio del prefecto. Ahora que la verdad y la falsedad han quedado definitivamente separadas, huelga toda discusión. - ¡Es extraordinario lo entendido que se ha vuelto el Mariscal de los Juncales Celestes respecto a la ley y a lo que ha de hacerse! - exclamó una de las Cuatro Estrellas. - De algo me ha servido ser un monje durante todos estos años - replicó Ba-Chie, satisfecho. Después de hacer bajar a los rinocerontes de las nubes, se dirigieron hacia el palacio del prefecto, envueltos en un aura multicolor. Muertos de miedo, los funcionarios y los demás habitantes de la ciudad se encerraron en sus casas y empezaron a quemar varillas de incienso, como prueba de reconocimiento hacia las deidades que acababan de descender de lo alto. Los monjes del Templo de la Nube Misericordiosa, por su parte, cogieron una silla de mano y transportaron en ella al monje Tang hasta la mansión del mayor dignatario de la ciudad. Al ver al Peregrino, Tripitaka le agradeció cuanto había hecho, diciendo: - Aunque las constelaciones me pusieron en libertad, mi alegría no era total, porque aún no te había visto. Ahora, sin embargo, que contemplo orgulloso tu triunfo, mi satisfacción no tiene límites. Te agradecería, de todas formas, que me contaras cómo habéis conseguido atrapar a esas bestias. - Tras abandonaros a vuestra suerte hace aproximadamente dos días - comenzó relatando el Peregrino -, me dirigí a los Cielos con el fin de averiguar algo más sobre ellas. La Estrella de Oro del Planeta Venus tuvo la amabilidad de manifestarme que se trataba de rinocerontes y que únicamente las Cuatro Estrellas de la Madera eran capaces de poner fin a sus fechorías. Inmediatamente me presenté al Emperador de Jade, que accedió a poner bajo mis órdenes a dichas constelaciones. Con ellas conseguí hacer huir a los monstruos, a los que perseguí, asistido por Mastín de Madera y Dragón de Madera, mientras Unicornio de Madera y Lobo de Madera tomaban la dulce responsabilidad de devolveros la libertad. Su loca carrera nos llevó hasta el Océano Occidental, donde gozamos de la inapreciable ayuda del dragón, de su hijo y de todo su ejército. Eso ha hecho posible que los capturáramos vivos y los hayamos traído con nosotros, para que sean juzgados. El maestro se sentía tan emocionado, que apenas pudo dar las gracias. En ese mismo momento vieron aparecer a la máxima autoridad de la prefectura, rodeado de toda su corte de consejeros y colaboradores, que llevaban en la mano velas encendidas y no dejaban de inclinarse ante el cielo. Sin poderse contener, Ba-Chie tomó el cuchillo que se usaba para los sacrificios y, de un solo tajo, cortó la cabeza primero a Disuasor del Polvo y después a Disuasor del Calor, serrando a continuación diestramente sus cuernos. El Gran Sabio, por su parte, decidió sin ningún titubeo, dirigiéndose a las estrellas: - Coged cuatro cuernos y entregádselos, como muestra de acatamiento, al Emperador de Jade, cuando le presentéis vuestros informes. De los dos restantes, uno se quedará en este palacio como prueba para el futuro de que ya no existen los impuestos del aceite, el otro lo llevaremos con nosotros con el fin de regalárselo a Buda, tan pronto como alcancemos la Montaña del Espíritu. Las estrellas mostraron su perfecta conformidad y, despidiéndose del Gran Sabio con una ligera inclinación de cabeza, montaron en sus nubes multicolores y se elevaron hacia lo alto. El prefecto se opuso, por su parte, a dejar marchar al maestro y a sus tres discípulos, organizando un espléndido banquete vegetariano, al que asistieron las personas más importantes de todo el distrito. Al mismo tiempo, dictó una orden prohibiendo a todos los ciudadanos de cualquier rango y condición hacer lámparas de oro durante la celebración de la Fiesta de las Linternas. Determinó, así mismo, que a partir de aquel momento quedaban abolidos los impuestos del aceite. Entre el regocijo general, los carniceros descuartizaron a los dos rinocerontes, poniendo a secar sus pieles al sol para hacer armaduras y repartiendo su carne entre todos los habitantes de la ciudad. Por si eso no bastara, el dinero recogido para el aceite del año siguiente se empleó para adquirir tierras para los menos favorecidos. Se erigió a continuación un templo en memoria de las cuatro estrellas que tanto habían contribuido a la captura de los monstruos y se reservó un lugar para la construcción de un santuario dedicado al monje Tang y a sus tres discípulos. En él se colgaron placas conmemorativas, en las que se alababan sus hazañas y se les expresaba una gratitud eterna. Como no había manera de reanudar de momento la marcha, se dispusieron a pasar su estancia en la Prefectura del Oro lo mejor posible. Ocasión no les faltó, porque las doscientas cuarenta familias encargadas de proveer el aceite se empeñaron en ofrecerles un banquete vegetariano tras otro. Ba-Chie jamás se había sentido tan satisfecho. Se había metido entre las mangas unos cuantos tesoros de la caverna de los rinocerontes y los fue repartiendo generosamente, a manera de propinas, entre todas las casas a las que fue a comer. De esa forma, pasó un mes. Comprendiendo que la marcha no podía demorarse por más tiempo, el maestro ordenó a Wu-Kung: - Coge las piedras preciosas que han sobrado y entrégalas a los monjes del Templo de la Nube Misericordiosa como prueba de gratitud. No se lo digáis a esa gente, pero es preciso que reanudemos la marcha, tan pronto como apunte el sol por el horizonte. Si seguimos con un régimen de vida tan placentero, mucho me temo que el Patriarca Budista termine mandándonos más calamidades por demorar tanto tiempo nuestra empresa. Ni que decir tiene, que no deseo en modo alguno que eso ocurra. El Peregrino cumplió al pie de la letra los deseos del maestro. A eso de la quinta vigilia del día siguiente se levantó del lecho y pidió a Ba-Chie que preparara el caballo. El Idiota no había terminado de hacer la digestión de la cena y, desperezándose placenteramente, preguntó, medio dormido: - ¿Para qué habría de preparar el caballo tan temprano? - El maestro desea reanudar cuanto antes la marcha - respondió el Peregrino. - ¡El maestro debería tener un poco más de consideración! - se quejó el Idiota, pasándose la mano por la cara -. Todas esas doscientas cuarenta familias nos han invitado a comer, pero sólo nos hemos sentado a la mesa con unas treinta. ¿Por qué se empeña siempre en hacerme morir de hambre? - ¡Deja de decir tonterías y levántate, de una vez, del lecho! - le regañó el maestro, malhumorado -. Si sigues afirmando esas sandeces, voy a pedir a Wu-Kung que te propine un golpe en los dientes con la barra de los extremos de oro. - ¡Cuánto habéis cambiado, maestro! - exclamó el Idiota, visiblemente apenado -. Antes cuidabais de mí, me amabais y me protegíais de un modo especial, porque sabéis que no ando muy sobrado de luces. Ha habido momentos, incluso, en los que me habéis librado de las iras de Wu-Kung. ¿Por qué le instáis ahora a que me pegue? - ¡Y todavía lo pregunta! - se burló el Peregrino -. ¿No comprendes que el maestro no puede consentir que nuestra empresa se vea afectada por tu glotonería? Venga. Date prisa y ensilla el caballo. Si lo preparas todo rápido, te prometo que por esta vez no te pegaré. Para entonces el Idiota únicamente pensaba en el castigo. Al oír que iba a librarse de la paliza, saltó inmediatamente del lecho y empezó a gritar, mientras se vestía: - Vamos, Bonzo Sha, levántate, si no quieres que te caiga encima una lluvia de palos. El Bonzo Sha no necesitó que se lo repitieran dos veces. De un salto, se puso de pie y terminó de preparar el equipaje. - ¿No podéis meter un poco menos de ruido? - sugirió el maestro, sacudiendo las manos -. No conviene despertar a los monjes del templo - y montó a toda prisa en el caballo. Sin pérdida de tiempo salieron al aire libre. Fue como si alguien hubiera abierto la jaula de jade para dejar escapar al fénix o hecho saltar el candado de oro para permitir la salida al dragón. No sabemos, de momento, cómo reaccionaron las familias a la mañana siguiente. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo. 第093回 EN EL PARQUE DE JETAVANA PREGUNTA A LOS ANCIANOS SOBRE LAS CAUSAS. SE ENTREVISTA CON EL SOBERANO EN EL REINO DE LA INDIA Y CONOCE A SUS IGUALES Siempre ha de buscarse el debilitamiento de la memoria. Quien echa ese principio en el olvido termina abandonándose al error. ¿Por qué establece la mente diferencias entre las tres imágenes? Sólo el que consigue almacenar méritos es capaz de regresar al mar primigenio. Todo aquel que haya decidido transformarse en un buda o en un inmortal debe poner cuanto esté de su parte para mantenerse puro y limpio y alejar de sí toda inmundicia. No existe otro camino que conduzca a las Regiones Superiores. Decíamos que, cuando, a la mañana siguiente, los monjes descubrieron que Tripitaka y sus discípulos habían desaparecido, se dijeron, apenados: - No hemos sabido retenerlos y por eso se han ido. ¿Cómo hemos podido ser tan tontos? Hemos tenido ante nosotros a unos bodhisattvas vivientes y los hemos dejado partir tan tranquilamente. Cuando más amargas eran sus quejas, se presentaron unos de los cabezas de familia más pudientes de la zona sur, dispuestos a llevarse a los peregrinos a sus casas. Al verlos, los monjes empezaron a hacer gestos extraños con las manos y les comunicaron, entristecidos: - Anoche nos pillaron desprevenidos y se marcharon, montados en sus nubes. Los recién llegados se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear la frente contra el suelo en señal de gratitud hacia lo alto. Pronto toda la ciudad estuvo al tanto de lo ocurrido. Las familias más ricas de la prefectura compraron entonces cinco animales y los sacrificaron en el santuario que acababan de levantar a los peregrinos, junto con una gran cantidad de frutas y flores. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang y sus discípulos, que continuaron caminando durante más de medio mes, comiendo al amparo de los vientos y descansando junto a los cursos de agua. Un día se toparon, de pronto, con una altísima montaña y el monje Tang comentó, vivamente preocupado: - Esa cordillera es realmente impresionante. No estaría de más que extremáramos las precauciones. - ¿Se puede saber a qué tenéis miedo? - preguntó el Peregrino, soltando la carcajada -. Estamos en la tierra de Buda. ¿Cómo va a haber monstruos tan cerca de donde él habita? Tranquilizaos y seguid adelante. - No pongo en duda que estemos muy cerca del palacio de Buda - reconoció el monje Tang -. Pero recuerda lo que nos comentaron el otro día los monjes que nos acogieron a unos cuatro mil kilómetros de distancia. Me pregunto cuántos habremos recorrido después de dejarlos. - ¿Habéis vuelto a olvidar el Sutra del Corazón del Maestro del Nido de Cuervo? - volvió a preguntar el Peregrino. - Ese sutra - contestó Tripitaka - se ha convertido para mí en una túnica o en un cuenco de limosnas que siempre me acompañan. Desde que lo aprendí no he dejado de repetirlo ni un solo día. Lo recito mentalmente cada hora. ¿Cómo puedo haberlo olvidado, si soy capaz de salmodiarlo de delante para atrás y de atrás para delante? - No lo discuto - reconoció el Peregrino -, pero el Maestro que os lo enseñó, si mal no recuerdo, no os lo explicó. - ¡Qué cabeza más dura! - protestó Tripitaka -. ¿Qué te hace pensar que no conozco el significado de todas sus palabras? ¿Acaso lo sabes tú? - Así es - afirmó el Peregrino con rotundidad y a partir de aquel momento ni él ni Tripitaka volvieron a hablar más de ello. Al oírlo, Ba-Chie y el Bonzo Sha tuvieron que hacer grandes esfuerzos para no soltar la carcajada. Ba-Chie, por fin, no pudo más y exclamó: - ¡Menuda chulería! ¡Si toda su vida ha sido un monstruo como yo! ¿Desde cuándo se ha dedicado a memorizar sutras o a recibir enseñanzas sobre la ley? Se las da de entendido, pero es tan ignorante como nosotros dos juntos. ¡Como si interpretar sutras fuera lo más fácil del mundo! ¡Eh! - añadió, dirigiéndose al Peregrino -. ¿Se puede saber por qué vas tan callado? Venga, no te hagas de rogar y explícanos esa escritura de la que vienes hablando con el maestro. - ¿De verdad crees que es capaz de hacerlo? - le preguntó el Bonzo Sha aparte -. Simplemente estaba tratando de picar al maestro en su amor propio, para animarle a seguir adelante. Lo único que sabe es manejar su barra de hierro. ¿Quieres decirme dónde ha podido aprender a interpretar sutras? - ¿Es que no podéis dejar de decir tonterías, de una vez? - les regañó Tripitaka -. La explicación de Wu-Kung no puede expresarse más que con el silencio, pero, al fin y al cabo, se trata de una interpretación muy cercana a la realidad. Hablando de esta forma, dejaron atrás incontables montañas. Pronto se toparon con un monasterio y Tripitaka dijo a Wu-Kung. - ¿Has visto ese templo de ahí delante? Aunque no es ni grande ni pequeño, sus tejas brillan como si estuvieran hechas de tejas verdes. Su edad es indefinida; no obstante, se ve claramente que no es ni muy viejo ni muy nuevo. Los ladrillos del muro que lo envuelve poseen un atractivo tinte rojizo y contrastan con el verdor de las copas de los pinos, que, aunque escasos, tienen cientos o miles de años de existencia. Cuesta trabajo creer que hayan vivido durante tanto tiempo. ¿No oyes el rumor de las aguas? Se introducen en el monasterio a través de una apertura abierta en el muro por una dinastía tan antigua, que su nombre ha caído ya en el olvido. Sobre las puertas puede leerse, escrito con grandes letras: "Monasterio Dispensador del Oro". Y un poco más allá hay colgada una placa, que dice: "Ruinas de los Tiempos Pasados". Tanto el Peregrino como Ba-Chie confirmaron casi al tiempo que, según lo que allí ponía, se trataba, en efecto, del Monasterio Dispensador del Oro. - Dispensador del Oro... - repitió para sí Tripitaka, reanudando la marcha -. ¿Es posible que nos encontremos en el Reino de Svarasti? - ¡Qué cosa más rara! - exclamó Ba-Chie, dirigiéndose al maestro -. Llevo siguiéndoos yo qué sé la de años y en todo este tiempo jamás os había visto reconocer ningún lugar hasta hoy. - No es eso - le corrigió Tripitaka -. Lo que ocurre es que estoy totalmente familiarizado con los sutras que relatan la vida de Buda en el Parque de Jetavana de la ciudad de Svarasti. Según cuentan, se trataba de un espacio abierto que el maestro Anathapindika quería comprar al príncipe Jeta, para construir un palacio en el que Buda pudiera enseñar los sutras. El príncipe, sin embargo, se negó, diciendo: "Lo siento mucho, pero no está en venta. Lo único que me haría cambiar de opinión sería verlo cubierto totalmente de oro". El maestro Anathapindika no se desanimó. Cogió unas piezas de oro y cubrió con ellas todo el parque, rompiendo, así, la resistencia del príncipe y permitiendo al Más Respetable exponer libremente sus principios. Al ver el nombre de ese monasterio, he pensado que, quizás, se trataba del mismo que mencionan los textos antiguos. - ¡Qué suerte! - exclamó Ba-Chie, riéndose -. Si es verdad eso, lo mejor que podemos hacer es desenterrar unas cuantas de esas piezas que decís y entregárselas a la gente necesitada - y todos se echaron a reír al tiempo que Tripitaka se bajaba del caballo. Al entrar, vieron sentados junto a la puerta principal a unos cuantos porteadores. Algunos llevaban sobre sus hombros las pértigas y las bolsas, mientras que otros se hallaban descansando o charlando tranquilamente entre ellos. Al ver los finos rasgos del maestro y el aspecto monstruoso de los discípulos que le seguían, cayeron presa del pánico y se hicieron a un lado para dejarlos pasar. Temiendo que pudiera surgir algún problema, Tripitaka aconsejó repetidamente a los suyos: - Tranquilos. No es éste lugar para refriegas - y los discípulos siguieron al pie de la letra sus consejos. Tras cruzar el salón principal, se encontraron con un monje de aspecto sumamente virtuoso y devoto. Su rostro poseía el fulgor de la luna llena y todo su cuerpo recordaba el árbol de la sabiduría. Al caminar con sus sandalias por aquel suelo totalmente empedrado, las mangas se le balanceaban como sacudidas por el viento, enredándosele en el báculo que llevaba. Nada más verle, Tripitaka le saludó con respeto y él preguntó: - ¿De dónde sois, maestro? - Vuestro humilde servidor responde al nombre de Chen Hsüan-Tsang - contestó Tripitaka - y ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental con el fin de conseguir las escrituras budistas. El camino nos ha traído directamente hasta vuestro muy dignísimo monasterio y nos hemos tomado la libertad de entrar a pediros cobijo por esta noche. En cuanto haya amanecido, reanudaremos la marcha. - ¿A qué viene tanta prisa? - replicó el monje -. Este monasterio es visitado por caminantes de todo el mundo y normalmente se quedan todo el tiempo que desean. Siendo un maestro de las Tierras del Este, constituirá para nosotros un gran motivo de honor serviros con el respeto que merecéis. Después de darle las gracias, Tripitaka hizo un gesto a sus discípulos para que le siguieran. Antes de llegar a los aposentos del guardián del monasterio, caminaron a lo largo de un pasillo en el que se amontonaban las cajas llenas de ofrendas. El primero de entre los monjes los recibió con grandes muestras de cariño y respeto, haciéndolos sentar en los puestos reservados a los huéspedes de mayor dignidad. Para no desentonar, tanto el Peregrino como sus dos hermanos tomaron asiento en uno de los lados con las manos cruzadas en señal de recogimiento. La noticia de su llegada corrió, como un huracán, por todo el monasterio y al punto acudieron a presentarles sus respetos cuantos moraban en él, sin importar la edad, el estado o la dignidad que ostentaban. Les ofrecieron a continuación una taza de té y se iniciaron los preparativos para servirles una espléndida cena vegetariana. Antes que el maestro hubiera terminado de dar las gracias, Ba-Chie ya se había engullido una gran cantidad de bollos, verduras y sopa de fideos. Para entonces los aposentos del guardián se hallaban totalmente llenos de gente. Los más inteligentes de entre ellos se dedicaron a admirar la finura de rasgos de Tripitaka, mientras los más estúpidos alababan, asombrados, la facilidad con la que el Idiota iba despachando un plato tras otro. El Bonzo Sha se dio cuenta en seguida de lo que estaba ocurriendo y, bajando la voz, le sugirió: - ¿Por qué no comes un poco más despacio? - ¿Por qué habría de hacerlo? - protestó Ba-Chie, perdiendo la paciencia -. ¿Es que no comprendes que tengo el estómago totalmente vacío? - Me temo - contestó el Bonzo Sha, tratando de aplacarle - que, aunque haya por ahí muchas personas distinguidas, en lo tocante a comida, tú y yo somos algo más que hermanos. Ba-Chie pareció perder el mal humor, al tiempo que Tripitaka volvía a dar las gracias y los criados retiraban la mesa. Uno de los monjes hizo algunas preguntas sobre la historia de las Tierras del Este, a las que el monje Tang respondió de una forma, a la vez, extensa y amena. Agradecido, el monje explicó, a su vez, por qué aquel lugar era conocido como el Monasterio Dispensador del Oro. - Antes - dijo con visible satisfacción - era conocido como el Parque de Jetavana, pero el maestro Anathapindika, del Reino de Svarasti, cubrió totalmente su suelo con piezas de oro, para que Buda pudiera explicar aquí los sufras, y se le cambió el nombre por el que ahora tiene. Como os digo, hasta hace aproximadamente una generación, este lugar pertenecía al Reino de Svarasti y el maestro Anathapindika lo honraba con su presencia, por lo que el nombre completo de nuestro monasterio es Distribuidor del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados. En la parte de atrás aún se conservan los cimientos del Parque de Jetavana. Debió de tratarse de un lugar extremadamente rico, pues no hace muchos años una tormenta hizo aparecer una gran cantidad de oro, plata y perlas. No fueron pocos los que se beneficiaron de tan inesperado hallazgo. - ¡Así que es verdad lo que se cuenta! - exclamó Tripitaka, visiblemente satisfecho -. Al entrar hemos visto junto a la puerta, a unos cuantos porteadores y mercaderes con sus caballos, sus carretas y sus muías. ¿A qué obedece su preferencia por este lugar? - La montaña en la que está enclavado el monasterio - explicó el monje - recibe el nombre de los Ciempiés. Hasta no hace mucho ha sido un lugar relativamente seguro, pero últimamente han empezado a aparecer debido quizás, a cambios meteorológicos, infinidad de alimañas, que se han cebado despiadadamente sobre los caminantes. Aunque las heridas que han producido nunca han adquirido el carácter de mortales, la verdad es que el número de viajeros ha descendido considerablemente. Un poco más adelante se encuentra el paso del Canto del Gallo, por el que los mercaderes no se atreven a cruzar hasta que los gallos no hayan cantado. Como ha empezado ya a oscurecer, las gentes con las que os habéis topado a la puerta no han querido correr riesgos innecesarios y se han refugiado en nuestro monasterio a la espera de que rompa el día y la mañana se llene de cantos de gallo. - En ese caso - concluyó Tripitaka -, también nosotros haremos lo mismo - y continuaron charlando. Para hacer más agradable la velada, trajeron unos cuantos platos vegetarianos. De esa forma, aquella noche Tripitaka y sus discípulos se vieron obligados a cenar dos veces. Poco después el Peregrino y él salieron a dar un paseo para gozar de la belleza de la luna, que se hallaba ya en cuarto menguante. Nada más trasponer la puerta, se les acercó un sirviente, que dijo: - Sería un honor para nuestro venerable maestro poder charlar con vos. Tripitaka se dio inmediatamente la vuelta y vio a un monje muy entrado en años, que se ayudaba para caminar con una caña de bambú. Con inesperado respeto inclinó la cabeza y le preguntó: - ¿Sois vos el maestro que acaba de llegar de China? - No merezco semejante título - contestó Tripitaka, devolviéndole el saludo, que el anciano aceptó, complacido, para volver a preguntar a renglón seguido: - ¿Cuántos años tenéis? - Me temo que, sin haber hecho grandes cosas, son ya cuarenta y cinco los años que llevo cumplidos - respondió Tripitaka -. ¿Tenéis la amabilidad de decirme cuál es vuestra edad? - Os saco más de sesenta años - aseguró el anciano, echándose a reír -, aunque, sin lugar a dudas, mis obras no pueden compararse con las vuestras. - Así que tenéis ciento cinco años - dijo el Peregrino -. ¿Seríais capaz de calcular cuántos tengo yo? - Se nota que, aunque sois más viejo de lo que aparentáis, vuestro espíritu está siempre alerta - contestó el anciano -. De todas formas, poseo una vista muy débil y encuentro cierta dificultad en veros con toda claridad a la luz de la luna. Hablando de cosas intrascendentes, llegaron a la boca de un pasillo que se antojaba muy largo y Tripitaka se atrevió a decir: - Hablando con los otros monjes, han salido a relucir los cimientos del antiguo Parque de Jetavana. ¿Tenéis la amabilidad de indicarme dónde se encuentran exactamente? - Detrás de esa puerta - contestó el anciano e inmediatamente ordenó abrirla. Ante ellos se abrió de repente un espacio totalmente vacío, en el que se veían algunos montones de tierra procedentes, seguramente, de los antiguos muros. Emocionado, el maestro juntó las palmas de las manos y, suspirando, dijo: - Esto me trae a la mente a Sudatta, que repartió todas sus joyas y cuanto poseía para alivio de los pobres. Por su causa Jetavana será siempre recordado de generación en generación. No hay arhat con el que podamos compararnos ninguno de nosotros - y continuaron caminando, gozando de la belleza incomparable de la luna. Después de trasponer la puerta trasera, llegaron a una pequeña terraza y se sentaron a descansar. De pronto oyeron llorar a alguien. Tripitaka afinó cuanto pudo el oído y descubrió que se trataba de una mujer que se quejaba amargamente de que sus padres no comprendieran la profundidad de su dolor. Movido a compasión, también él terminó abandonándose al llanto y preguntó, volviéndose hacia los monjes que le acompañaban: - ¿Quién se queja de una forma tan lastimera? Al oírlo, el anciano ordenó a los demás que volvieran inmediatamente al interior del monasterio a preparar el té. En cuanto se hubieron marchado, se inclinó con inesperado respeto ante el Peregrino y el monje Tang, que se apresuró a levantarle del suelo, diciendo: - ¿Puede saberse por qué hacéis esto? - Dado que tengo más de cien años, poseo cierto conocimiento de los asuntos humanos - contestó el anciano -. En mis muchas horas de larga meditación he llegado a tener ciertas visiones, que me han hecho comprender que tanto vos como vuestro discípulo pertenecéis a una casta muy peculiar. Es por eso por lo que tengo fundadas esperanzas de que podáis poner fin a cierto espinoso asunto. - Estamos prestos a escuchar de qué se trata - afirmó el Peregrino. - Hace exactamente hoy un año - explicó el anciano - me encontraba meditando sobre la relación existente entre nuestra naturaleza y la luna, cuando una brisa ligera trajo hasta mis oídos el sonido inconfundible de la tristeza y la protesta. Me levanté en seguida del lecho y me dirigí a los restos del Parque de Jetavana a echar un vistazo. Allí me topé con una muchacha hermosísima, a la que pregunté, sorprendido: "¿A qué familia perteneces y por qué te encuentras aquí?". "Soy la hija del Rey de la India - contestó ella -. Estaba contemplando la belleza de las flores a la luz de la luna, cuando se levantó de pronto un viento huracanado, que me ha traído directamente hasta este lugar." Sin pérdida de tiempo la hice encerrar en una habitación vacía, que tapé inmediatamente con un muro, como si se tratara de una prisión. Sólo dejé un pequeño agujero en la parte izquierda de lo que había sido la puerta, por donde le pasaba un cuenco de arroz. Al día siguiente comuniqué lo ocurrido a los otros monjes, a los que hice ver que, sin lugar a dudas, se trataba de un monstruo. De todas formas, como somos personas en las que deben descollar los sentimientos de compasión, les informé que no iba a matarla, comprometiéndome, por el contrario, a ofrecerle todos los días dos cuencos de arroz y un poco de té. La muchacha no tardó en dar pruebas de una inteligencia fuera de lo común. Temiendo que alguno de los monjes pudiera violarla, se hizo pasar por loca y empezó a dormir y a revolcarse sobre sus propios excrementos. Durante el día no deja de mascullar palabras ininteligibles, adoptando una actitud lerda y totalmente ida. Por la noche, por el contrario, se pone a llorar y a añorar a voz en grito la presencia de sus padres. Varias veces he recorrido la capital de cabo a rabo en busca de sus progenitores, pero nadie me ha sabido dar razón de ellos. Eso me ha movido a mantenerla encerrada todo este tiempo, negándome obstinadamente a ponerla en libertad. Ahora que nos ha cabido la enorme fortuna de conocer a personas de vuestra categoría, no estaría de más que ejercitarais el poder de vuestro portentoso dharma y tratarais de arrojar un poco de luz sobre este asunto. No sólo nos aseguraréis con ello un futuro dedicado por completo a la práctica de la virtud, sino que, de esa forma, pondréis de manifiesto, ante los que aún dudan de la bondad de vuestra empresa, que la santidad se mueve al ritmo de vuestros pasos. El Peregrino y Tripitaka guardaron ese relato en su memoria, pero no pudieron hacer ninguna pregunta, porque en ese momento se presentaron dos monjes a invitarlos a tomar el té y tuvieron que regresar al monasterio. Cuando entraron en los aposentos del guardián, oyeron quejarse a Ba-Chie, comentando maliciosamente con el Bonzo Sha: - Parece mentira que no sepan que debemos ponernos en camino, tan pronto como hayan cantado los gallos. ¿Por qué no vendrán, de una vez, a dormir? - ¿Se puede saber por qué estás siempre diciendo tonterías? - le regañó el Peregrino. - Déjate de lecciones y túmbate en tu lecho - se defendió Ba-Chie -. ¿Es que no has visto lo tarde que es? Tras despedirse del anciano, el monje Tang se retiró a descansar. Era exactamente la hora en que la luna se esconde en el cielo, las flores comienzan a soñar y se desvanecen todos los sonidos. Una brisa suave sacudía ligeramente las esteras que cubrían las ventanas. El reloj de agua fue descendiendo claramente de nivel, mientras la Vía Láctea brillaba como si fuera una lámpara que alumbrara todos los rincones del cosmos. Apenas habían logrado conciliar el sueño, cuando se escuchó el primer canto del gallo mañanero. Los porteadores y mercaderes que habían pasado la noche a las puertas del monasterio empezaron a cocinar un poco de arroz entre el alboroto de sus conversaciones y el estallido de sus bostezos. En cuanto vieron que el maestro se había levantado, Ba-Chie y el Bonzo Sha recogieron el equipaje y ensillaron al caballo. El Peregrino fue en busca de unas cuantas teas, pero no fue necesario, porque los monjes se habían levantado mucho antes que ellos para prepararles algo de comer, que estaba ya servido en la parte de atrás. Sin encomendarse a nadie, Ba-Chie se tragó un plato entero de bollos. El Bonzo Sha apenas si probó bocado, prestando más atención al equipaje y al caballo. Tripitaka y el Peregrino, por su parte, fueron a dar las gracias, una vez más, a los monjes, que con tanta hospitalidad los habían tratado. - No olvidéis, os lo ruego, el asunto de la muchacha del que os hablé - les recordó el anciano, al despedirse. - Estad tranquilo - replicó el Peregrino -. En cuanto lleguemos a la ciudad, escucharemos con atención cuanto allí se diga y escrutaremos todos los rostros. Los porteadores y mercaderes, dando voces y riendo ruidosamente, los siguieron a lo largo del camino principal. A eso de la hora del tigre atravesaron el paso del Canto del Gallo, pero no atisbaron los bastiones de la ciudad hasta la de la serpiente. La capital brillaba de tal manera, que parecía como si estuviera hecha de hierro o de metal. De alguna forma, recordaba las islas de los inmortales o alguna de las circunscripciones del Reino de lo Alto. De lejos parecía un dragón enroscado o un tigre sentado. De las torres con forma de fénix salía una especie de neblina multicolor, que abrazaba toda la ciudad y, en especial, el palacio del señor que regía sus destinos. Un grupo de montañas, colocadas estratégicamente en círculo, protegían aquel maravilloso emplazamiento humano. La luz del amanecer encendía los estandartes imperiales, transformándolos en auténticas antorchas de seda. Junto a los puentes resonaba el mágico concierto de la primavera. Se notaba que aquel país era próspero, porque el señor que lo regía cultivaba asiduamente la virtud, propiciando, así, la abundancia de las cosechas y evitando que las gentes pasaran hambre. Nada más poner el pie en los arrabales de la parte oriental, los porteadores y mercaderes se despidieron de los peregrinos y se metieron en una posada. Éstos, por el contrario, continuaron la marcha y entraron en la ciudad, donde no tardaron en toparse con el Pabellón de los Dignatarios Extranjeros. Al verlos, uno de los funcionarios encargados de su custodia corrió a informar a su superior inmediato, diciendo: - Acaban de llegar cuatro monjes con un aspecto realmente monstruoso, que traen de las riendas un caballo blanco. Al oír mencionar el caballo, el encargado supo en seguida que se trataba de personajes en alguna misión oficial y salió a darles la bienvenida al salón en el que reinaba más lujo. Después de saludarle con el respeto que de él se esperaba, Tripitaka explicó: - Vuestro humilde servidor es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, al Monasterio del Trueno, en la Montaña del Espíritu, para presentar sus respetos a Buda y conseguir las escrituras sagradas. Trae consigo un documento de viaje que desearía fuera sellado personalmente por el señor de estas tierras. Si no os supone mucha molestia, desearía, igualmente, disfrutar de vuestra hospitalidad, hasta que hayan concluido dichos trámites. Llegado ese momento, este indigno monje se pondrá de nuevo en camino. - No debéis preocuparos por eso - respondió el encargado en el mismo tono -. He dispuesto ya de todo lo necesario para que gocéis entre nosotros de la estancia más agradable posible. Pasad, pasad, os lo suplico. Encantado por semejante recibimiento, Tripitaka se volvió hacia sus discípulos y les ordenó que entraran a presentar también sus respetos. Al ver aquellos rostros tan horripilantes, el encargado se puso a temblar de miedo, sin saber exactamente si se trataba de monstruos o de seres humanos. Pese a todo, sacó fuerzas de flaqueza y supervisó, con la dedicación que de él se esperaba, el servicio del té y de algo de comer. Al comprender lo asustado que estaba, Tripitaka le dijo con voz serena: - No tengáis miedo. Es posible que mis discípulos sean feos en extremo, pero poseen un natural bondadoso. Como afirma el dicho, "rostros salvajes esconden a veces personas amables". No hay, pues, nada que temer. - ¿Dónde se encuentra la corte de los Tang? - preguntó el encargado, tranquilizado por aquellas palabras. - En China - respondió Tripitaka -, en el continente austral de Jambudvipa. - ¿Cuándo iniciasteis vuestro viaje? - volvió a preguntar el encargado. - El año decimotercero del período Chen-Kwang - contestó, una vez más, Tripitaka -. Antes de llegar a esta muy digna comarca, me he visto obligado, durante catorce largos años, a vadear diez mil ríos y a trasponer mil cordilleras. - ¡En verdad sois un monje virtuoso en extremo! - exclamó el funcionario, admirado. - ¿Puedo preguntaros - dijo, entonces, Tripitaka - cuántos siglos tiene el muy noble reino al que tan fielmente servís? - Como ya sabéis - respondió el encargado -, os encontráis en el Gran Reino de la India. Han pasado quinientos años desde el momento de su fundación por parte del incomparable Tai - Chung. El soberano que ahora nos rige siente una predilección especial por las montañas, las flores, los arroyos y las plantas en general. Se llama I-Chung y su reino ha recibido el nombre de Ching-Yen. Van a cumplirse veintiocho años desde que se sentó por primera vez en el trono de sus antepasados. - Si no os importa - le interrumpió Tripitaka -, me gustaría tener una audiencia con él para poder sellar los documentos de viaje que llevo conmigo. ¿Sabéis cuándo se reúne la corte? - Habéis llegado en el mejor momento - explicó el encargado -. La hija de nuestro soberano acaba de cumplir veinte años y ha hecho construir en el cruce de las calles más concurridas una artística torre, desde la que arrojará una pequeña bolita bordada, para determinar quién es la persona escogida por el Cielo para ser su esposo. Hoy precisamente es el día fijado para tan magno acontecimiento y supongo que el rey alargará más de lo habitual el tiempo dedicado a las audiencias públicas. Opino, por tanto, que, si deseáis que os sellen vuestro documento de viaje, no debéis perder más tiempo. Tripitaka se sentía tan excitado, que se hubiera marchado a la corte, sin probar nada de lo que acababan de servirles, si el funcionario no se lo hubiera pedido expresamente. Por no desairar a su anfitrión, se sentó a la mesa y tomó unos cuantos bocados en compañía de sus discípulos. A eso del mediodía no pudo aguantarlo más y, poniéndose de pie, anunció: - Creo que ha llegado el momento de marcharme. - Iré con vos - se apresuró a decir el Peregrino. - También yo os acompañaré - anunció Ba-Chie con decisión. - Es mejor que no lo hagas - le aconsejó el Bonzo Sha -. Tienes que reconocer que eres demasiado feo y puedes asustar a todo el mundo. ¿Qué piensas hacer, cuando llegues a la corte? ¿Hacerte pasar por un tío gordo? No, no. Lo apropiado es que vaya sólo Wu-Kung con él. - Wu-Ching tiene razón - confirmó Tripitaka -. El Idiota posee unos modales demasiado toscos, mientras que Wu-Kung sabe portarse cortésmente, cuando así lo desea. - Quitándoos a vos - se quejó Ba-Chie, alargando el hocico -, todos los demás somos feos en extremo. ¡No comprendo a qué vienen esas distinciones! Tripitaka no se dignó contestarle. Se puso la túnica de los bordados y abandonó el pabellón, seguido del Peregrino, que portaba la bolsa con los documentos. Las calles estaban plagadas de hombres, desde literatos a iletrados, pasando por labradores, comerciantes, escritores, artesanos y gentes de estudios, que se decían, muy animados, unos a otros: - ¡Vayamos cuanto antes a esa ceremonia de la bola bordada! - ¡Qué raro! - comentaron entre sí Tripitaka y el Peregrino -. Las gentes de aquí no se diferencian gran cosa en su manera de vestir, de comportarse y hasta de hablar de las que habitan en los territorios del Gran Tang. Todo esto me recuerda a mis padres, que también contrajeron matrimonio por medio de ese sistema de arrojar desde lo alto de una torre una pequeña bolita llena de bordados. ¡Cuesta trabajo creer que aquí exista una costumbre como ésa! - ¿Qué os parece si vamos también nosotros a ver lo que pasa? - sugirió el Peregrino. - No, no - se negó Tripitaka inmediatamente -. ¿No te das cuenta de que no vamos vestidos como debiéramos? En ocasiones como ésta la gente se vuelve suspicaz con los monjes. - ¿Habéis olvidado la promesa que hicimos al guardián del Monasterio Distribuidor del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados? - preguntó el Peregrino -. Opino que deberíamos llegarnos hasta esa torre y tratar de distinguir lo auténtico de lo falso. Debéis tener presente, por otra parte, que en un día como éste el rey estará más preocupado del futuro de su hija que de los asuntos de estado. ¿Qué hay de malo en que vayamos a ese cruce de calles? Tripitaka comprendió que tenía razón y le siguió hasta el punto escogido para arrojar la bolita recubierta de bordados. ¡Qué poco sospechaban entonces que iban a convertirse en víctimas del pescador que arroja a la vez el anzuelo y las redes, para sacarlas llenas de maldades e intrigas! Hacía exactamente un año que, movido por su amor a las montañas, a las flores, a los arroyos y a las plantas, el rey de la India había conducido a su esposa y a su hija al espléndido jardín del palacio para gozar juntos de la luz de la luna. Sus movimientos despertaron la curiosidad de un monstruo, que secuestró a la princesa y se hizo pasar por ella. Sabiendo de antemano la hora, el día, el mes y el año exactos en los que el monje Tang habría de pasar por aquella región, hizo levantar aquella torre tan espléndida, con el fin de atraerle hacia ella y tomarle por esposo. Estaba ansiosa por apoderarse de la fuerza vital de su yang y, así, convertirse en una inmortal superior de la Gran Mónada. Cuando Tripitaka y el Peregrino consiguieron llegar hasta la torre, abriéndose camino entre la gente allí congregada, habían pasado ya tres cuartos de la hora del mediodía. En aquel mismo momento la princesa, rodeada de setenta doncellas vestidas con túnicas de vivísimos colores, levantó en alto las varillas de incienso reservadas para el Cielo y la Tierra e hizo como si orara respetuosamente en silencio. A su lado había una sirvienta con la bolita de los bordados. La torre disponía de ocho ventanas a cual más espléndidas. La princesa miró por una de ellas a la multitud congregada a sus pies. Al ver acercarse al monje Tang, cogió la bola y se la tiró con todas sus fuerzas. Los bordados le golpearon con tal ímpetu en la cabeza, que casi se le cae al suelo el sombrero que llevaba. Desconcertado, el monje Tang trató de coger en sus manos la bolita, pero lo hizo con tal torpeza, que se le metió por las mangas. - ¡Ha caído encima de un monje! - gritaron todos cuantos se encontraban al pie de la torre. Los mercaderes y comerciantes empezaron a empujar, desesperados, con el fin de hacerse con la bola de los bordados. Comprendiendo que podían terminar aplastados por la multitud, el Peregrino lanzó un grito tan fuerte como un trueno, al tiempo que abombaba el pecho y se convertía en un ser de cerca de diez metros de altura y un rostro horripilante en extremo. La multitud retrocedió, aterrorizada, dando tumbos. Tan pronto como se hubieron dispersado, el Peregrino recobró la forma que le era habitual. Mientras esto ocurría las doncellas y los eunucos del palacio, tanto los jóvenes como los entrados ya en años, bajaron a toda prisa de la torre y, echándose a los pies del monje Tang, dijeron con increíble respeto: - Entrad, por favor, en la corte, para que todos os expresen sus parabienes. Tripitaka los hizo levantar inmediatamente del suelo y, volviéndose hacia el Peregrino, le regañó, malhumorado, entre dientes: - ¡Maldito mono! ¡Otra vez has vuelto a burlarte de mí! - No es culpa mía que la bolita os pegara en la cabeza y se os metiera después por la manga - se defendió el Peregrino, sonriendo -. ¿Queréis explicarme qué tengo que ver yo con eso? - ¿Qué voy a hacer yo ahora? - suspiró Tripitaka. - Tranquilizaos e id a tener la primera entrevista con vuestro futuro suegro - sugirió el Peregrino -. Mientras tanto, volveré al pabellón a informar a Ba-Chie y al Bonzo Sha de lo ocurrido. Allí esperaremos vuestras noticias. Si la princesa se niega a casarse con vos, pedid al soberano que os selle el documento de viaje y continuaremos tranquilamente nuestro camino. Si, por el contrario, insiste en desposarse con vos, decid a su majestad que deseáis vernos para darnos ciertas instrucciones. En cuanto nos hallemos en el interior del palacio, trataré por todos los medios de distinguir lo auténtico de lo falso. Ése es el plan que he trazado para acabar con un monstruo por medio del matrimonio. Al monje Tang no le quedó más remedio que aceptarlo y, de esa forma, el Peregrino pudo regresar al Pabellón de los Dignatarios Extranjeros. No se había perdido calle abajo, cuando las doncellas y los eunucos del palacio imperial condujeron al maestro al interior de la torre. La princesa le tomó en seguida de la mano y le condujo a la carroza real. El cortejo se puso inmediatamente en camino hacia la corte. El Guardián de la Puerta Amarilla corrió a informar al rey de lo ocurrido, diciendo: - Acaban de llegar la princesa y el monje sobre el que cayó la bolita de los bordados y esperan vuestras órdenes para entrar a presentaros sus respetos. Su majestad no se sintió complacido ante tan inesperadas noticias. Le hubiera gustado despedir inmediatamente a aquel monje libertino, pero como, de momento, desconocía los sentimientos de la princesa, no tuvo más remedio que hacerlos pasar a su presencia. Cogidos de la mano, la dama y el monje penetraron en el Salón de los Carillones de Oro. Era como si el Bien y el Mal hubieran decidido convertirse en marido y mujer y se hubieran inclinado respetuosamente ante el trono. Una vez concluida la ceremonia de intercambio de saludos, el rey los invitó a tomar asiento y preguntó a Tripitaka: - ¿De dónde sois y cómo es que os cayó encima la bola de mi hija? - Este humilde servidor vuestro - contestó el monje Tang, echándose rostro en tierra - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en el continente austral de Jambudvipa, al Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, con el fin de presentar sus respetos a Buda y conseguir las escrituras sagradas. Durante todo el trayecto he traído conmigo un documento de viaje, que deseaba que vos firmarais para poder atravesar vuestros muy dignos territorios. Con tal propósito decidí venir a solicitar una audiencia, pero, al pasar por la torre en la que se encontraba vuestra hija, tuve la extraña fortuna de ser golpeado por la bolita bordada que ella arrojó. No lo toméis a mal, pero ¿cómo puede una persona como yo, que ha renunciado a la familia para abrazar las estrictísimas normas del monacato, convertirse en consorte imperial? Es un privilegio al que jamás he aspirado. Por eso, os suplico que firméis los documentos que traigo conmigo y me permitáis partir cuanto antes hacia la Montaña del Espíritu. Os prometo que, en cuanto me haya entrevistado con Buda y haya regresado a mi tierra con las escrituras que he venido a buscar, todo el mundo celebrará durante generaciones sin fin vuestra inabarcable generosidad. - Si, como afirmáis, sois un sabio de las Tierras del Este - concluyó su majestad -, es como si hubierais sido conducido hasta aquí por un hilo invisible para contraer matrimonio. Mi hija acaba de celebrar su vigésimo cumpleaños y aún no se ha acostado con ningún hombre. Eso la ha movido a determinar el año, el mes, el día y la hora más propicios para subir a la torre que ella misma ha hecho construir y lanzar desde allí su bolita cubierta de bordados. Según todos los indicios, vos habéis sido el afortunado. No debe ocultaros que vuestra buena fortuna no nos satisface en absoluto, pero la decisión depende totalmente de la princesa. - ¡Padre! - exclamó la princesa, golpeando repetidamente el suelo con la frente -, existe un proverbio que afirma: "Quien se desposa con un pollo sigue los pasos de un pollo y la que lo hace con un perro se convierte en seguidora de un perro". No es un secreto para nadie que, cuando comencé a tejer esta bola, juré ante el Cielo y la Tierra desposarme con el hombre al que le cayera encima, porque ésa sería la persona a la que habría estado destinada desde el principio del tiempo. ¿Qué importa que el elegido sea un monje? Está claro que nuestro encuentro se debe a una afinidad que ya poseímos en existencias anteriores. ¿Cómo explicáis, si no, que haya venido desde tan lejos? No puedo echarme atrás en mi decisión, porque a nadie le está permitido alterar impunemente los designios del hado. El rey manifestó entonces su aprobación e hizo llamar al astrónomo imperial con el fin de que determinara la fecha más propicia para la celebración de la boda. Igualmente, ordenó la inmediata preparación del ajuar y dictó un bando comunicando a todo el reino tan fastuosa nueva. Lejos de expresar gratitud, Tripitaka agachó la cabeza y suplicó en tono lloroso: - ¡Por lo que más queráis, dejadme partir! - ¡No hay quien entienda a estos monjes! - exclamó el rey, perplejo -. Pongo a su disposición todas las riquezas de mi reino, ofreciéndole, incluso, la posibilidad de convertirse en mi yerno y, en vez de agradecérmelo, insiste en que le permita marchar en busca de esas escrituras. Está bien. Si persiste en no quererse casar con mi hija, que los guardias le saquen de aquí y le corten la cabeza. Temblando de pies a cabeza, el maestro empezó a golpear el suelo con la frente y exclamó con voz insegura: - ¡Doy gracias a su majestad por la misericordiosa actitud que muestra hacia este humilde servidor! Sabed que estoy dispuesto a cumplir todos y cada uno de vuestros deseos, pero han venido conmigo tres discípulos, a los que desearía entregar mis últimas recomendaciones como monje. Os suplico, por tanto, que tengáis a bien hacerlos venir a la corte y selléis sus documentos de viaje, para que puedan proseguir sin dilación su marcha hacia el Oeste. - ¿Dónde se encuentran esos discípulos de los que habláis? - preguntó el rey, más calmado. - En el Pabellón de los Dignatarios Extranjeros - contestó Tripitaka. El rey ordenó que fueran conducidos inmediatamente a su presencia, para sellar los documentos que portaban y permitirles reemprender el viaje hacia el Paraíso Occidental. El maestro, por su parte, debía permanecer para siempre en el palacio y ser respetado por todos como yerno imperial. Sobre tan complicada situación disponemos de un poema que afirma: Con el fin de no dejar escapar el gran elixir es preciso conservar intactos los tres principios vitales. No se puede construir el palacio de la ascesis sobre una relación marcada por el odio. El auténtico sabio debe entregarse a las enseñanzas del Tao y a la práctica de la virtud. Sólo entonces podrá gozar plenamente de las bendiciones del Cielo. Para que la iluminación se apodere por completo de un ser, es necesario mantener bajo control los seis sentidos. El único camino de alcanzar la perfección es renunciando a los sentimientos y a la mente. Quien desee alcanzar la trascendencia debe vaciarse de todo cuanto es. De momento, no hablaremos más del monje Tang. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, tras abandonar al maestro a su suerte a los pies mismos de la torre, regresó al pabellón en el que estaban hospedados, sin poder contener la risa. Al verle tan contento, Ba-Chie y el Bonzo Sha le preguntaron, sorprendidos: - ¿Se puede saber qué es lo que te hace reír tanto? ¿Dónde has dejado, además, al maestro? - ¿El maestro? - repitió el Peregrino, abandonándose a las carcajadas -. Acaba de encontrar la felicidad que andaba buscando. - ¿Dónde, si aún no hemos llegado a nuestro destino ni nos hemos entrevistado con Buda, para que nos haga entrega de las escrituras? - volvió a preguntar Ba-Chie, cada vez más sorprendido. - Cuando nos dirigíamos a palacio - explicó el Peregrino -, llegamos a un cruce en el que se levantaba una artística torre, desde la que la princesa heredera lanzó una bolita llena de bordados que fue a caer justamente encima del maestro. Inmediatamente salieron las doncellas y los eunucos y, tras presentarle a la dama, le llevaron al palacio imperial, montado en una carroza. Allí será declarado dentro de muy poco príncipe consorte. Decidme a ver si no es eso una gran felicidad. - ¡Debería haber sido yo el afortunado! - exclamó Ba-Chie, golpeándose el pecho con los puños y dando ridículas patadas en el suelo -. ¡Todo es culpa de ese bobo de Wu-Kung! Si no se hubiera opuesto a que fuera con el maestro, habría pasado por debajo de la torre y la bolita de la princesa habría caído sobre mí. ¡Hubiera sido, realmente, fantástico! ¡Qué vida me hubiera pegado yo entonces! ¡Me hubiera comportado como un auténtico caballero y no hubiera hecho otra cosa que divertirme y comer! - ¿No te da vergüenza hablar así? - le regañó el Bonzo Sha, dándole un tortazo -. ¡Menuda bocaza la tuya! Compras un burro viejo por tres monedas de cobre y en seguida te pones a hablar de lo buen jinete que eres. Si te hubiera caído encima esa bolita de bordados, te hubieran repudiado inmediatamente. ¡Nadie mete dentro de su casa a la desgracia en persona! - ¡Un aguafiestas como tú jamás se preocupa por nada! - se defendió Ba-Chie -. Reconozco que soy un poco feo, pero muy poca gente posee la elegancia que a mí me sobra. Como muy bien decían los antiguos, "por muy burdo que parezca un cuerpo, su constitución es fuerte". Vamos, que hay gustos para todos. - ¡Deja de decir tonterías, de una vez! - le urgió el Peregrino -. Lo mejor que podemos hacer es recoger, de una vez, nuestras cosas. O mucho me equivoco o el maestro está a punto de hacernos llevar a la corte, para que le protejamos. - No estés tan seguro - replicó Ba-Chie -. En cuanto haya dado su conformidad, el maestro se acostará sin dudar con la hija del rey. ¿Para qué necesita nuestra protección, si no va a seguir escalando montañas infectadas de monstruos y demonios? A no ser que, claro está, no sepa a sus años lo que se hace con una mujer en la cama y tengas que enseñárselo tú. - ¡Maldito ignorante rijoso! - le insultó el Peregrino, agarrándole de las orejas y sacudiendo el puño delante de sus narices -. ¿Cómo puedes ser tan poco respetuoso? Cuando más acalorada parecía ser su discusión, se presentó el encargado del pabellón y les comunicó: - Acaba de llegar un enviado de la corte con una invitación para vuestras reverencias. - ¿Para nosotros? - repitió Ba-Chie. - Según parece - explicó el encargado -, vuestro maestro tuvo la buena fortuna de ser golpeado por la bolita de bordados que arrojó la princesa y desea que os reunáis con él en el palacio imperial. - ¿Dónde está ese enviado? - inquirió, por su parte, el Peregrino -. Hacedle pasar inmediatamente. Aunque el enviado saludó al Peregrino con el respeto que de él se esperaba, no se atrevió a levantar la vista del suelo, preguntándose, una y otra vez, vivamente preocupado: - ¿Quién será este tipo? ¿Un diablillo, un monstruo, un dios del trueno o un yaksa? - ¿Por qué no decís nada? - le increpó el Peregrino -. ¿Se puede saber en qué estáis pensando? Temblando de pies a cabeza, le entregó con las dos manos la orden imperial y balbuceó, muerto de miedo: - Mi señora, la princesa, os invita a reuniros cuanto antes con ella en palacio. - ¿De qué tenéis miedo? - preguntó Ba-Chie, divertido -. No tenemos ningún instrumento de tortura. Además, no es nuestra intención golpearos. Así que, si no os importa, hablad todo lo despacio que podáis. - ¿Qué te hace pensar que son los palos lo que le hace temblar? - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Es tu cara lo que le da miedo! Venga, coge el equipaje, de una vez, y vayamos cuanto antes a la corte. ¡Ah! y no te olvides del caballo. En verdad es difícil mantenerse en el justo medio, ya que el camino es sumamente estrecho y el amor termina convirtiéndose casi siempre en odio. De momento, no sabemos lo que dijeron, cuando se encontraron en presencia del rey. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el capítulo siguiente. 第094回 LOS CUATRO MONJES SON HOMENAJEADOS EN LOS JARDINES IMPERIALES. EN VANO SE AFANA LA MONSTRUO POR CONSEGUIR EL PLACER Decíamos que tanto el Peregrino como sus dos hermanos siguieron al funcionario real hasta los mismos aledaños del palacio. El guardián de la Puerta Amarilla los condujo inmediatamente a la presencia del rey, pero, en contra de lo que se esperaba de ellos, no se inclinaron ante el trono. - ¿Cómo os llamáis? - les preguntó el soberano -. ¿De dónde sois originarios? ¿Por qué decidisteis haceros monjes y qué clase de escrituras son esas que andáis buscando? El Peregrino dio un paso al frente e hizo ademán de llegarse hasta donde se hallaba su majestad, pero se lo impidió la guardia imperial, gritando, autoritaria: - ¡Deteneos donde estáis! ¡Si deseáis decir algo, hacedlo desde el punto donde os encontráis! - Los que hemos renunciado a la familia - dijo el Peregrino, sonriendo - damos un paso, cuando estamos seguros de que podemos hacerlo. Aunque no dijeron nada, Ba-Chie y el Bonzo Sha se llegaron hasta donde él estaba. Temiendo que el rey pudiera sentirse ofendido, el maestro, que se encontraba de pie junto a su majestad, se acercó a ellos y les dijo: - ¿Se puede saber por qué no contestáis con corrección? Lejos de hacerle caso, el Peregrino no pudo soportar ver al maestro de pie junto al trono y gritó, malhumorado: - ¿Por qué no invitáis a nuestro preceptor a sentarse? ¿No comprendéis que, al no respetar debidamente a vuestro yerno, os despreciáis a vos mismo? Todo el mundo llama venerable al esposo de vuestra hija. ¿Os parece justo mantener de pie a un venerable? El miedo hizo palidecer al rey. Sentía deseos de correr a esconderse en el interior del palacio, sin importarle para nada la etiqueta ni las formas. Pero se repuso en seguida y ordenó a sus sirvientes traer un cojín cubierto de hermosísimos bordados, para que el monje Tang pudiera sentarse. Animado por aquel triunfo, el Peregrino continuó diciendo: - Yo, señor, soy originario de la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla enclavada en la Montaña de las Flores y Frutos, en el reino de Ao - Lai del continente oriental de Purvavideha. Mis padres fueron el Cielo y la Tierra, surgiendo directamente de una piedra que se partió. Pronto dominé los medios de expresión humanos, adquiriendo un profundo conocimiento de los principios del Tao, que me permitió establecerme con los míos en la venturosa caverna que fue testigo de mis primeros días. Me sentía tan seguro, que convertí en deudos a los dragones que pueblan los océanos y capturé a infinidad de bestias que moraban en las montañas. No contento con eso, borré los nombres de todos mis súbditos de los registros de la muerte y los incluí en los archivos de la vida sin fin. Mi fama alcanzó tales límites, que el Emperador de Jade me otorgó el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, permitiéndome morar en su palacio y hurgar a placer entre los tesoros celestes. De esa forma, me uní a las legiones de los inmortales y pasé un día tras otro cantando y gozando de todos los placeres. En aquel mundo de sabios la vida transcurría de fiesta en fiesta, pero cometí la locura de impedir la celebración de la Fiesta de los Melocotones y sumí a los Cielos en una confusión como jamás se había conocido hasta entonces. Sólo Buda fue capaz de poner freno a mis desmanes, encerrándome en la misma raíz de la Montaña de las Cinco Fases, donde maté el hambre con trozos de hierro y ahogué la sed con zumo de cobre. Durante quinientos años no probé ni un grano de arroz ni una gota de té. Afortunadamente, mi maestro partió de las Tierras del Este en dirección al Paraíso Occidental y la Bodhisattva Kwang-Ing tuvo a bien liberarme de aquel tormento que el Cielo me había impuesto. Me convertí, así, en un aprendiz de los principios del Zen y comencé a ser conocido como el Peregrino, aunque me llamo Wu-Kung. El rey quedó tan impresionado por aquel relato, que, levantándose del trono del dragón, corrió a abrazar al maestro y le dijo: - No me cabe la menor duda de que nuestro encuentro ha sido determinado por el mismo Cielo. Sin saber qué camino tomar, Tripitaka le dio las gracias por la confianza que le mostraba y le pidió que volviera a sentarse en el trono. - ¿Cómo se llama vuestro segundo discípulo? - volvió a inquirir el rey. - En mi anterior reencarnación - explicó Ba-Chie, estirando el hocico para dar muestras de su incuestionable poder - sólo me preocupé de los placeres y de la buena vida, llevando una existencia desordenada, que terminó sumiéndome en la confusión más absoluta. Nunca me preocupé por conocer la altura de los Cielos o el grosor de la Tierra, ni sentí curiosidad por apreciar la respiración benefactora del cosmos. Cuando más despreocupada y alocada era mi vida, tuve la buena fortuna de encontrarme con un inmortal, que, con media frase, me arrancó de la red de la retribución y, con dos o tres palabras, consiguió liberarme de los palacios de la desgracia. Cayendo inmediatamente en la cuenta del grave error que estaba cometiendo, me convertí en discípulo suyo y me dediqué con empeño al cultivo de los dos ochos y a la meditación de los hexagramas del tres veces tres. En cuanto logré dominar tan profundos principios, ascendí a los Cielos, siendo nombrado, por pura liberalidad del Emperador de Jade, Mariscal de los Juncales Celestes, encargado de las fuerzas navales que recorren sin cesar las aguas de lo alto. Eso me permitió llegar hasta los lugares más recónditos del cosmos. Desgraciadamente, durante la celebración de la Fiesta de los Melocotones, tuve la mala fortuna de emborracharme y cometí la terrible imprudencia de importunar a la mismísima Chang - Er. Eso me valió la destitución inmediata y el exilio a este mundo de sombras. Se produjo, sin embargo, un terrible error en la rueda de las transmigraciones y nací con la forma de un cerdo en el Monte Fu-Ling, donde cometí toda serie de tropelías, hasta que la Bodhisattva Kwang-Ing me ganó para la causa de la virtud. Tras abrazar la fe budista, me comprometí a prestar protección al monje Tang en su largo peregrinar hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Aunque mi auténtico nombre es Wu-Neng, soy conocido también como Ba-Chie. Semejante confesión hizo saltar de su asiento al rey, que no se atrevió a levantar la vista ni mirar directamente a los ojos a la persona que la había pronunciado. Eso dio nuevos ánimos al Idiota, que empezó a sacudir la cabeza, a estirar el morro cuanto pudo, a agitar las orejas y a reír como si fuera un auténtico demente. Temiendo que el rey pudiera morirse del susto, Tripitaka le ordenó: - ¡Pórtate como debes, Ba-Chie! Sólo entonces juntó el Idiota las dos manos y tomó una actitud propia de un caballero. Más animado, el soberano volvió a preguntar: - ¿Por qué decidió hacerse monje vuestro tercer discípulo? - Este humilde servidor vuestro - contestó el Bonzo Sha, juntando las manos - no era más que un simple mortal. El temor a la rueda del karma me hizo buscar el Tao. Me entregué a esa empresa con tanta dedicación, que, como las nubes, recorrí hasta el último rincón de los mares y puse mis inmundos pies en los límites del Cielo. Vestido de harapos, llevaba siempre conmigo una escudilla para pedir limosnas, aprendiendo a dominar la mente y a concentrar mis fuerzas espirituales. Debido a la sinceridad con la que actuaba, se me concedió la compañía de un inmortal, que me ayudó a seguir adelante por el camino de la perfección, alimentando mi esperma y fortaleciendo mi corazón. Mis méritos alcanzaron entonces una cantidad jamás superada, pudiéndome dedicar por entero a la armonización de los cuatro órganos vitales. Eso me permitió llegar hasta el centro mismo de los Cielos, donde, tras presentar mis indignos respetos al Señor que los rige, fui nombrado General-encargado-de-levantar-la-cortina. Como tal, viajé en la carroza del fénix y el dragón y supervisé las actividades de la guardia imperial. Desgraciadamente, durante la celebración de la Fiesta de los Melocotones, dejé caer una copa de cristal y fui exilado al Río de Arena. Allí me transformé en un ser totalmente distinto del que había sido, devorando a cuantos tuvieron la desgracia de toparse conmigo y atrayendo sobre mí las iras del Cielo. La Bodhisattva Kwang-Ing me hizo ver lo erróneo de mi conducta y, tras conseguir mi conversión, me hizo prometerle que seguiría como discípulo a un monje procedente de la corte de los Tang, que estaba a punto de pasar por mis dominios. Su destino era el Paraíso Occidental, y su única ambición, conseguir las escrituras budistas. De esa forma, regresé, una vez más, al camino de la virtud y me dediqué con empeño a la búsqueda de la definitiva iluminación. Aunque me llaman Bonzo Sha, mi auténtico nombre es Wu-Ching. Al escuchar tan inesperada declaración, el rey experimentó una profunda alegría, pero, al mismo tiempo, su corazón se vio inmerso en un denso mar de pánico. La alegría provenía del hecho de que su hija fuera a casarse con un Buda viviente; el terror obedecía a la certeza de que los discípulos de su futuro yerno eran, en realidad, tres monstruos. Sus preocupaciones se disolvieron, sin embargo, al instante, porque se presentó el astrónomo imperial y dijo: - Según nuestros cálculos, la fecha más propicia para la celebración de la boda es la del doce del presente mes y año. Ese día los cielos vuelcan sus bendiciones sobre todas las familias, convirtiéndolo en ideal para contraer matrimonio. - ¿A qué día estamos hoy? - preguntó el rey, entusiasmado. - A ocho - contestó el astrónomo -. En un día como hoy los monos vienen a ofrecer sus frutos, siendo muy apropiado, por eso mismo, para recibir a personajes importantes y fijar fechas para futuros eventos. Visiblemente complacido, el rey ordenó a sus criados que adecentaran algunas de las construcciones que se elevaban en el jardín de la parte posterior del palacio, para que pudieran instalarse cómodamente su futuro yerno y sus tres discípulos. Decidió, igualmente, iniciar cuanto antes los preparativos de la ceremonia nupcial, dictando al respecto unas normas que sus súbditos acataron sin rechistar. Se dio, así, por terminada aquella sesión pública, retirándose de inmediato tanto el rey como todos sus consejeros, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de Tripitaka y de sus discípulos, que se dirigieron juntos a los aposentos que se levantaban en la parte de atrás del jardín imperial. Como la hora era ya muy avanzada, se les sirvió un pequeño banquete vegetariano, que hizo exclamar a Ba-Chie: - ¡Ya era hora! ¡Llevamos todo el día sin probar bocado! Los sirvientes trajeron carretadas de tallarines y arroz y Ba-Chie las fue vaciando en su boca una tras otra. Cuantas más le traían, más de prisa comía él. No paró de engullir comida hasta que no se le llenaron todas las tripas y el estómago se negó a aceptar un solo grano más de arroz. Cuando comprendieron que la cena había concluido, los criados trajeron antorchas y extendieron los lechos, para que los monjes pudieran dormir. Al dejarlos solos, el maestro dio rienda suelta a su enojo y regañó al Peregrino, diciendo: - ¡Maldito mono, siempre me estás poniendo en situaciones ridículas! Te dije que lo único que deseaba era que nos firmaran los documentos de viaje, pero tú te empeñaste en llevarme hasta aquella torre. ¿Se puede saber por qué lo hiciste? Si no te hubiera prestado atención, ahora no me encontraría con este terrible problema en las manos. ¿Quieres decirme qué camino vamos a seguir para escapar de ésta? - Si no hubierais dicho que vuestros padres también se conocieron debido a una bolita cubierta de bordados, jamás os hubiera conducido hasta la torre aquella - contestó el Peregrino, sonriendo -. Quizás malinterpreté vuestras palabras, pero en aquel momento me parecieron dictadas por una cierta añoranza del pasado. Estaba, además, el asunto del anciano guardián del Monasterio Dispensador del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados y deseaba distinguir con toda claridad lo auténtico de lo falso. Hace un momento, al estudiar con cuidado al rey, me percaté de que se encontraba inmerso en un aura oscura y sombría, No he podido, de todas formas, examinar detenidamente a la princesa. - ¿Qué harías, si la vieras? - preguntó el maestro, algo más calmado. - Escrutaría su rostro con mis ojos de fuego y mis pupilas diamantinas - respondió el Peregrino - y separaría la verdad de la mentira, el bien del mal, la riqueza de la pobreza. Distinguiría, en una palabra, lo heterodoxo de lo recto. - ¡¿Desde cuándo has aprendido a leer en los rostros?! - exclamaron Ba-Chie y el Bonzo Sha al mismo tiempo, soltando una sonora carcajada. - Desde mucho antes de que nacierais, queridos sietecitos - contestó el Peregrino. - ¿Por qué no dejáis de decir tonterías, de una vez? - les regañó Tripitaka -. Parece como si no os importara la suerte que me aguarda. ¿Queréis decirme qué es lo que vamos a hacer? - Esperar hasta el día de la boda - respondió el Peregrino -. A lo largo de la ceremonia la princesa presentará sus respetos a sus padres y eso me permitirá estudiarla con cierto detenimiento. Si se trata de una mujer auténtica, podéis consideraros afortunado de convertiros en el yerno imperial. - ¿Cómo puedes empeñarte a estas alturas en seguir burlándote de mí? - le increpó el monje Tang, cada vez más furioso -. Según Wu-Neng llevamos recorridos nueve décimas partes del viaje y no dejas de atormentarme con el veneno de tu lengua. ¿Por qué no le das un buen descanso, manteniendo cerrada para siempre tu sucia boca? Te juro que, si sigues provocándome, voy a empezar a recitar ese conjuro que tú y yo sabemos. - ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó el Peregrino, asustado, postrándose de hinojos -. Si se trata de una mujer auténtica, esperaríamos a que intercambiarais vuestras promesas matrimoniales y después provocaríamos un gran alboroto, que nos facilitaría la huida. Mientras discutían esos planes, se oyeron los gritos de los encargados de señalar las vigilias nocturnas. El tiempo parecía transcurrir con una lentitud pasmosa aspirando el fresco aroma de las flores que abrían sus corolas a la suave luz de la luna. Por los vacíos senderos del jardín no se veía avanzar ni una sola antorcha. Los columpios permanecían estáticos, como obsesionados por la contemplación de su propia sombra. Dejó de oírse a lo lejos el sonido de una flauta y todo quedó sumido en un silencio absoluto. La luna parecía empeñada en prestar su donosura a los capullos dormidos, mientras las estrellas daban la impresión de brillar con más fuerza en los espacios donde no había ningún árbol que pudiera dificultar su visión. Se oía cantar al cuclillo, eterno guardián de los sueños extraños de las mariposas. La Vía Láctea cruzaba de parte a parte el cielo, como si fuera una enorme nube blanca que recordara a los caminantes el lugar del que partieron. Aquella era, en efecto, la hora en que los viajeros se rendían a la añoranza, entristecidos por el murmullo que el viento arrancaba a los sauces llorones. - ¿No os parece que es un poco tarde para seguir discutiendo de esto? - preguntó Ba-Chie -. ¿Por qué no vamos a dormir y continuamos mañana esta conversación? - y, abandonándose al sueño, gozaron del descanso reparador de una noche tranquila. Los gallos anunciaron la llegada de la aurora y el rey se dirigió al salón del trono a celebrar su audiencia matinal. Las puertas del palacio se abrían, de hecho, cuando el fuego del amanecer llamaba a ellas con el milagro de su luz. Parecía como si el murmullo del viento transportara una música celestial que obligara al soberano a saltar de su lecho. Era tal la belleza de las nubes a aquella hora, que daban la impresión de ser meros trasuntos de los estandartes de cola de leopardo que adornaban la carroza imperial. El sol golpeaba con fuerza las tallas de los dragones que adornaban las puertas, haciendo tintinear las pequeñas plaquitas de jade. Las verdes copas de todos los sauces del palacio aparecían difuminadas por una neblina que se antojaba cargada de embriagadoras fragancias. Ante semejante visión no cabía duda alguna de que aquélla era una tierra en la que florecía la paz y reinaba la armonía. Tan pronto como el rey se hubo sentado en su trono, todos los funcionarios, tanto civiles como militares, le presentaron humildemente sus respetos. Concluida la ceremonia, dictaminó el soberano: - Que el encargado de las celebraciones imperiales disponga de todo lo necesario para celebrar con el boato exigido la ceremonia nupcial del día doce. Es mi deseo, no obstante, que hoy se sirva en los jardines de palacio un poco de vino primaveral en honor de nuestro muy distinguido yerno. Ordenó, así mismo, que el responsable de las ceremonias reales acompañara a los tres monjes al Pabellón de los Dignatarios Extranjeros, donde habría de servírseles un espléndido banquete vegetariano, amenizado por la orquesta palatina. Ésta habría de redoblar sus esfuerzos, pues la mitad de sus miembros deberían actuar en los jardines imperiales, mientras el maestro gozaba de la espléndida visión de la primavera. Al enterarse de esas disposiciones, Ba-Chie levantó la voz y dijo: - Desde el momento mismo en que decidimos aceptarle como preceptor, jamás nos hemos separado de su lado, majestad. Si es vuestro deseo festejarle en los jardines reales con los manjares más exquisitos y los vinos más olorosos, deberíais invitarnos también a nosotros a gozar de esas maravillas durante los dos días que aún restan para la ceremonia. Me temo que, si no accedéis a nuestras justas peticiones, va a resultar un poco difícil que nuestro maestro se convierta en vuestro yerno. Hacía tiempo que el rey se había percatado de la extraña apariencia de Ba-Chie y de su maleducada forma de expresarse. Al verle estirar el morro, agitar sin cesar las orejas y doblar el cuello de una manera tan ridícula, pensó que se había vuelto loco y, temiendo que pudiera echar por tierra el proyectado matrimonio, accedió finalmente a sus peticiones. - Está bien - contestó el soberano -. Preparad dos mesas en el Salón de la Paz Eterna entre los Chinos y los Bárbaros para mi yerno y para mí, y otras tres en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera para mis distinguidos huéspedes. Me temo que en esta ocasión el maestro y los discípulos no podrán sentarse juntos. Sólo entonces accedió el Idiota a inclinarse respetuosamente y a decir: - Gracias, majestad - y al punto se retiraron todos los cortesanos. Acto seguido, el soberano mandó preparar otro banquete para la reina y las concubinas de los tres palacios y las seis cámaras, al que también debía asistir la princesa con todos sus atavíos, para hacerle entrega del ajuar y de las galas que había de lucir en la ceremonia del día doce. Era aproximadamente la hora de la serpiente, cuando el rey hizo traer la carroza imperial e invitó al monje Tang y a sus tres compañeros a recorrer en su compañía el jardín del palacio. Se trataba de un lugar realmente extraordinario. Todos los senderos estaban cubiertos de piedras de colores, que resaltaban aún más la extraña belleza de las flores que crecían a su vera. En algunos puntos se veían barandillas finamente labradas, que marcaban el límite entre el espacio abierto y el terreno cubierto por una espesísima vegetación. La viva coloración de los melocotoneros atraía a los martines pescadores, mientras las oropéndolas venían a posarse sobre el delicado verdor de los sauces. Era tan denso el aroma que flotaba por doquier, que terminaba impregnando de perfume las ropas de todos los que se adentraran en aquel mundo de sensual delicadeza. Entre la vegetación se atisbaban la terraza de un fénix, el estanque de un dragón y un bosquecillo de bambú protegido por la austera seriedad de unos cuantos pinos centenarios. La música atraía a los fénix a su lugar preferido de apareamiento, mientras los peces del estanque se convertían con el tiempo en dragones que terminaban emigrando hacia otras aguas. La delicadeza de aquellos bambúes había inspirado infinidad de poemas y rimas de delicadísima factura. Los troncos de los pinos, por el contrario, eran, en sí mismos, una página llena de frases tan hermosas como las perlas y tan duraderas como el jade. Las rocas artificiales estaban construidas con piedras verdosas, que resaltaban el color azulado de los arroyos. No faltaba ninguna de las flores que han dado justa fama a los jardines del oriente. Las peonías y las flores del azafrán crecían con tal profusión, que parecían formar parte de un enorme y colorista bordado. Los jazmines y los juncales, matizados poruña neblina apenas perceptible, daban la impresión de estar hechos de jade. Las malvas de Sechuan mostraban una exuberancia raramente vista en otras latitudes. El verdor de las peras contrastaba vivamente con el rojo de fuego de los albaricoques. Las orquídeas, por su parte, parecían querer competir en brillantez con los lirios, que mostraban, orgullosos, el oro de sus delicadas corolas. ¡Qué frescura la de las amapolas, las azaleas y las magnolias! Comparadas con la flor del fénix, la del alfiler de jade y la del crespón rojo, esbeltas y de altísimo tallo, eran como gotas de rocío posadas sobre un canto rodado. Los frutos de todos los árboles mostraban el dulzor de su madurez, compitiendo con la densa fragancia de los brocados de flores. La brisa del este acariciaba con tal delicadeza la piel de los visitantes, que recordaba el tibio calor del sol del atardecer. Todo el jardín estaba revestido de un encanto que superaba al de los típicos lugares habitados por los inmortales. El rey y sus acompañantes estuvieron gozando de tanta belleza hasta mucho después de que el sol alcanzara su cenit. Llegado ese momento, el responsable de la etiqueta palaciega invitó al Peregrino y a sus dos hermanos a tomar asiento en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera, mientras el rey y el monje Tang se dirigieron al Salón de la Paz Eterna entre los Chinos y los Bárbaros. A ambos grupos se les sirvió una comida diferente, aunque ambos gozaron de la misma música, de la contemplación de los mismos grupos de bailarines y hasta de la misma decoración, que fue realmente extraordinaria. La luz pintaba en el arabesco de las puertas un universo más abigarrado del que en realidad poseían sus intrincadísimos relieves. El aire propicio que envolvía las torres del dragón se filtraba a raudales en aquella enorme sala, a la que espléndidos ramos de flores revestían de los suaves tonos de la primavera. La luz del día en declive hacía rielar las túnicas de seda de los comensales. La música fluía con tan serena suavidad, que parecía como si los invitados fueran inmortales y dioses. Las copas de jade se llenaban, una y otra vez, de olororísimos licores, que alegraban por igual el corazón del rey y el de todos sus súbditos. Aquel era, en verdad, un mundo, en el que la paz y la prosperidad caminaban juntas de la mano. Al ver la altísima consideración en la que el rey le tenía, el maestro no se atrevió a rechazar ninguna de sus atenciones y participó de buena gana en el regocijo general. Pese a todo, su espíritu continuaba inmerso en el sombrío piélago de la preocupación. De las paredes del salón en el que estaban reunidos colgaban cuatro espléndidas pinturas que representaban a cada una de las estaciones. Su belleza se veía realzada por otros tantos poemas escritos por destacados literatos del centro de Han-Lin. El poema de la primavera decía: La naturaleza ha completado su ciclo y la tierra vuelve otra vez a palpitar. Todo parece renovarse. Los ciruelos y los melocotoneros parecen competir en belleza con la delicadeza de sus flores, mientras las golondrinas se posan suavemente sobre vigas cargadas de relieves y polvo. El poema del verano afirmaba: El viento del sur relaja los cuerpos y resta velocidad al pensamiento, al tiempo que los rayos del sol golpean con fuerza los granados y las zarzas. Las suaves notas de una flauta de jade reverberan en el aire cansino. El aroma de los lotos se torna tan intenso, que quien pasa a su lado se marcha con las ropas impregnadas de su perfume. El poema del otoño establecía: Una hoja amarilla flota en las aguas tranquilas aguas de un pozo cubierto de artísticos relieves. Las noches comienzan a tejer biombos de escarcha y las golondrinas comprenden que ha llegado la hora de abandonar sus nidos. Los patos salvajes emigraron hacia otras tierras antes de que el frío empezara a desnudar los arces. El poema del invierno proclamaba: Nubes preñadas de lluvia oscurecen los cielos, esparciendo en ellos semillas de frío. La nieve se acerca a lomos del viento, dispuesta a cubrir de blancura las cordilleras y las montañas. El fuego caldea las estancias de los palacios, haciendo posible el milagro de que los ciruelos florezcan, apoyados en aramboles de jade. El rey se percató en seguida de la fijeza con la que el maestro leía aquellos poemas y dijo: - Si la poesía os atrae con tanta fuerza, es, sin duda, debido a que domináis el dificilísimo arte de la composición y la rima. ¿Os importaría dar una réplica adecuada a esos cuatro poemas, haciendo uso de una estructura similar? El maestro era una persona capaz de dejarse arrastrar por la belleza de cualquier paisaje, porque su mente era capaz de percibir la presencia de Buda en todo cuanto existía. Al oír la petición del rey agachó la cabeza, humilde, y balbuceó: - Al girar la tierra, el sol hace desaparecer, poco a poco, los hielos. El rey se volvió inmediatamente hacia uno de sus servidores y le ordenó, visiblemente complacido: - Trae todo lo necesario para escribir y toma nota de las palabras de mi futuro yerno. Posee una sensibilidad poética tan exquisita, que sería una lástima perder uno solo de sus versos. El maestro no se negó a sus deseos. Al contrario, cuando tuvo delante el papel, el pincel y la tinta, diluyó él mismo un poco en la piedra y escribió de su puño y letra: - Respuesta al poema de la primavera: Al girar la tierra, el sol hace desaparecer, poco a poco, los hielos, el jardín de mi rey vuelve a llenarse de flores hermosas y las gentes se felicitan por la bonanza del tiempo. ¿Cómo podía ser de otra forma, si hasta los ríos y los océanos parecen desprenderse de su mundano letargo? - Respuesta al poema del verano: La Osa Mayor parece volverse hacia el sur y los días se tornan cada vez más largos. Los sicómoros y los granados se cubren de fuego, mientras las oropéndolas y las golondrinas desgranan sus cantos desde lo alto de los sauces. ¡Qué espléndido dúo el de sus gargantas, que conocen el misterio de las copas de todos los árboles! - Respuesta al poema del otoño: Los naranjales, equilibrio del amarillo y el verde, esparcen, por doquier el inmerecido regalo de su fragancia. El pino y el ciprés parecen presentir la cercanía de los fríos y se aprestan, gozosos, a dar la bienvenida a las primeras escarchas. El bordado de los crisantemos se halla a medio abrir, pero nuestras voces no dejan de resonar por ese desierto de nubes grises y tierras abandonadas. - Respuesta al poema del invierno: La nieve ha dejado de caer, pero el frío aún se balancea en el aire. Las rocas de las montañas aparecen tan desnudas, que, vistas desde lejos, dan la impresión de estar hechas de jade. En los hogares las brasas, rojas como bestias desconocidas, terminan de calentar la leche. Con las manos escondidas entre las mangas nos apoyamos sobre las barandas y cantamos lánguidas canciones de amor. En cuanto el rey hubo leído tan espléndidos poemas, exclamó, visiblemente complacido: - ¡Qué verso más maravilloso!: "Con las manos escondidas entre las mangas nos apoyamos sobre las barandas y cantamos lánguidas canciones de amor" - y volviéndose hacia el responsable de la música imperial, le ordenó componer cuatro piezas con las que acompañar tan inspiradísimos poemas. El día pasó, de esta forma, con una presteza desconocida para todos y, poco a poco, se fue retirando cada cual a sus aposentos. También el Peregrino y sus dos hermanos dedicaron aquella jornada a haraganear en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera. Habían tomado tal cantidad de copas de vino, que se sentían un poco mareados. Al levantarse de sus asientos, vieron a lo lejos al maestro con el rey y Ba-Chie gritó, entusiasmado: - ¡Qué vida! ¡Jamás me lo había pasado tan bien como hoy! He de reconocer que es la primera vez que me lleno del todo. Creo que ha llegado la hora de echarse una pequeña siestecita. - No es propio de un monje hablar así - le regañó el Bonzo Sha, sonriendo -. ¿Cómo vas a dormir con el estómago lleno? - ¿Qué tiene eso de malo? - se defendió Ba-Chie -. ¿Acaso has olvidado lo que afirma el proverbio? "Si después de comer no te tumbas, jamás tendrás una barriga en regla". - ¡Qué poco sentido del decoro posees! - le regañó el monje Tang, que acababa de despedirse del rey -. ¡No comprendo cómo puedes ser tan maleducado! ¿Es que no te das cuenta de que en lugares como éste no está permitido hacer lo que a uno le venga en gana? Si el rey se siente ultrajado, es capaz de hacerte cortar la cabeza. - ¡Eso es imposible! - contestó Ba-Chie en el mismo tono -. Después de todo, somos los parientes más allegados del novio y pasará por alto todas las incorrecciones que podamos cometer. Como muy bien afirma el proverbio, "nadie puede romper a palos su relación con un pariente ni con un amigo a fuerza de decirle las verdades". ¿No es cierto que lo estamos pasando estupendamente? ¿Para qué preocuparnos, entonces, del rey? - ¡Traedme aquí al Idiota! - ordenó el maestro, muy enfadado -. Voy a darle veinte azotes con el báculo. El Peregrino se abalanzó sobre él y le hizo arrodillarse a la fuerza. Sin pérdida de tiempo, el maestro levantó el báculo y se dispuso a dejarlo caer con fuerza sobre sus costillas, pero el Idiota suplicó a voz en grito: - ¡Apiadaos de mí, yerno imperial! ¡Tened compasión de mi ignorancia! Los servidores reales que los habían servido durante la fiesta persuadieron al monje Tang para que se mostrara benigno con su discípulo y el castigo no se produjo. - ¡Respetable yerno imperial! - repitió el Idiota, agradecido, escabullándose como si fuera una sabandija -. Aún no ha tenido lugar la ceremonia nupcial y ya dais muestras de benevolencia a la hora de aplicar la ley. ¡Qué magnanimidad la vuestra! - ¡Deja de decir tonterías, de una vez! - le urgió el Peregrino, poniéndole la mano sobre la boca -. Lo mejor que puedes hacer es irte a dormir cuanto antes. Aquella noche la pasaron en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera. Al amanecer volvieron a sentarse a la mesa. Durante los tres o cuatro días siguientes no hicieron otra cosa que comer y divertirse. De esa forma, transcurrieron con más rapidez las fechas que aún quedaban para el doce. Al amanecer de tan venturoso día los responsables de los tres departamentos encargados de las celebraciones imperiales se presentaron ante su majestad y le comunicaron: - En cumplimiento de vuestras órdenes, hemos construido una mansión para vuestro muy digno yerno, aunque se encuentra todavía sin amueblar a la espera del ajuar completo de vuestra respetabilísima hija. El banquete nupcial está ya dispuesto, con un mínimo de quinientas mesas llenas a rebosar de manjares tanto vegetarianos como ordinarios. Encantado, el rey quiso ir inmediatamente en busca de su yerno con el fin de invitarle personalmente a sentarse a la mesa, pero en ese momento se presentó un sirviente de la emperatriz y le dijo: - Vuestra esposa desea veros, majestad. El rey se dirigió hacia su residencia y se encontró a todas sus mujeres y concubinas charlando amigablemente con la princesa en el Palacio Chao-Yang. Su belleza era tan impresionante que, al verlas, se tenía la impresión de hallarse ante un ramo de flores colocado encima de un paño lleno de bordados. El lujo que allí se veía superaba incluso al que existe en el Palacio Celeste, no teniendo que envidiar nada al de la mismísima Mansión de Jaspe. Sobre tan maravillosa atmósfera disponemos de cuatro canciones conocidas como de la Alegría, del Encuentro, del Bienestar y de la Unión. La canción de la Alegría decía: ¡Alegrémonos y regocijémonos, porque a punto está de celebrarse un matrimonio dictado por el amor! Es tal la elegancia que exuda todo el palacio, que hasta la misma Chang-Er siente envidia de las damas que lo habitan. ¡Qué espléndidas las horquillas de oro, que representan dragones y fénix! Su luminosidad no es menor que la de los limpísimos dientes que se entreven por unos labios de cereza a medio abrir. Los cuerpos poseen tal elegancia que parecen flores revestidas de sedas sin mácula de cinco colores. El aroma y la belleza se entremezclan de una forma tan perfecta, que no se sabe, en realidad, quién emite a quién. La canción del Encuentro decía: ¡Salid a recibir a una dama tan dulce y atractiva, que ni Mao-Chiang ni las hermanas Chou pueden compararse con ella! No existe belleza mayor en todo el reino y las flores y el jade se mueren de envidia, al verla. Su maquillaje es fresco; sus joyas, inigualables; sus modales, suaves como el balanceo de una orquídea; su carne y su rostro, blancos como el reflejo nacarado del hielo. La finura de sus cejas recuerda la línea con la que los pintores famosos esbozan las montañas lejanas. ¡Toda ella parece hecha de la delicadeza de la seda! La canción del Bienestar decía: ¡Olvidémonos de todo para contemplar a esa doncella celeste, digna de loa y de admiración eternas! Fragancias exóticas se entremezclan con el aroma de los polvos que cubren su cara y el carmín que da vida a sus labios. ¿Cómo puede compararse el Tien-Tai bendito con una casa real? Su forma de hablar y de sonreír es tan dulce, que, al hacerlo, el aire se llena de música y luz. Su hermosura supera a la de las mil especies de flores y seda que existen. ¡No hay nadie en todo el mundo comparable con su donosura! La canción de la Unión decía: ¡Reuníos sin demora, porque la orquídea ha comenzado a emitir su dulcísimo aroma! Los inmortales han empezado a congregarse y las damas y las doncellas muestran, orgullosas, el esplendor de su belleza. Con la ayuda de la reina, la princesa aparece más radiante que nunca. ¡Qué espléndido su peinado, alto como un nido de cuervo, qué atractiva su falda de fénix, multicolor como un arco iris! Delante de ella avanzan los dignatarios en filas, imponentes con sus vestimentas rojas y púrpura. Ella misma fijó el día de la fecha. Hoy, por fin, se ha cumplido ese tiempo que determinó para unirse con su amado. Decíamos que, en cuanto se enteraron de la llegada del rey, salieron a recibirle la reina, la princesa, las concubinas y todas las doncellas del palacio. Emocionado, su majestad entró en el Palacio Chao-Yang y tomó asiento. Una vez que las damas le hubieron mostrado sus respetos, dijo, dirigiéndose a su hija: - Espero que haya sido de tu total agrado el pretendiente que tú misma escogiste, al lanzar desde la torre aquella bola recubierta totalmente de bordados. Desde que se produjo ese evento hasta el momento presente no han transcurrido más de cuatro días, pero los responsables de los diferentes departamentos han dado por terminados todos los preparativos para la ceremonia. Es preciso, por tanto, que te apresures a tomar parte en el banquete nupcial, para que puedas ver cumplidos cuanto antes todos tus deseos de felicidad. - Perdonadme cuanto haya podido ofenderos a lo largo de toda mi vida - suplicó la princesa, postrándose de hinojos y agachando respetuosamente la cabeza -. Existe, de todas formas, un asunto del que quisiera hablar con vos. Durante estos últimos días he oído comentar a los funcionarios imperiales que el monje Tang tiene tres discípulos a cual más feo. Eso me ha hecho temerlos de tal forma, que, de sólo pensar en ellos, me pongo a temblar. Os pido, por tanto, que los expulséis inmediatamente de la ciudad, para que no sufra el menor desmayo ni mi felicidad se vea alterada de ninguna manera. - Si no hubieras hablado de ello - contestó el rey -, jamás habría sacado a relucir ese tema, porque son, en verdad, poco agraciados y sus modales dejan muchísimo que desear. Últimamente han residido en el Pabellón del Árbol que puso coto a la Primavera, pero te prometo que hoy mismo les sellaré el documento de viaje y les invitaré a que sigan tranquilamente su camino. El banquete no comenzará hasta que no hayan abandonado la ciudad, como pides. En prueba de agradecimiento la princesa empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente. Sin esperar a que se levantara, el rey volvió a montar en su carroza y se dirigió al salón de audiencias, donde dictó una orden convocando al monje y a sus tres discípulos. Tripitaka había estado contando con los dedos los días que aún faltaban para el doce. Al llegar tan fatídica fecha, se levantó apenas hubo amanecido y, despertando a sus seguidores, les preguntó, muy nervioso: - ¿Queréis decirme cómo vamos a desenredar todo este embrollo? - Lo único que puedo aseguraros - contestó el Peregrino - es que el rey tiene alrededor de su cuerpo un aura bastante sombría, aunque, afortunadamente, no ha penetrado del todo en su espíritu. Es preciso, por tanto, que vea cuanto antes a la princesa. ¡Si pudiera hacerla salir de alguna manera! Para desenmascararla me bastaría con una simple mirada. Pero no os preocupéis. Estoy convencido de que antes de la ceremonia nos expulsarán de la ciudad. Por muy duro que os parezca, no debéis oponeros a los deseos del rey. Sabed que en un abrir y cerrar de ojos estaré a vuestro lado para daros toda la protección que preciséis. No había acabado de decirlo, cuando se presentaron un emisario imperial y el responsable de la etiqueta de palacio. Al enterarse de que traían una orden de su majestad, el Peregrino soltó la carcajada y dijo: - Venga. Démonos prisa. Es preciso que dejemos al maestro, para que pueda contraer matrimonio lo antes posible. - Si quieren que me vaya - protestó Ba-Chie -, tendrán que ofrecerme por lo menos mil libras de plata u oro. Me bastarán para regresar junto a mi prometida y celebrar allí otra ceremonia nupcial. ¡Ya veréis qué bien nos lo vamos a pasar! - ¿Quieres dejar de decir tonterías, de una vez? - le regañó el Bonzo Sha -. Las decisiones las toma ahora nuestro hermano mayor. Zanjada la cuestión, cogieron el equipaje y el caballo y siguieron a los funcionarios hasta las escaleras de color rojo. El rey les pidió que se acercaran y les dijo: - Entregadme vuestro documento de viaje. Voy a sellarlo con mi propia mano y a ordenar que os entreguen una considerable cantidad de dinero. Con ello podréis llegar con más rapidez a la Montaña del Espíritu y, así, veréis cumplidos vuestros deseos de entrevistaros con Buda. La ayuda se incrementará, cuando regreséis con las escrituras. No os preocupéis por vuestro antiguo maestro. Se quedará aquí, gozando de todas las prerrogativas propias de un yerno imperial. Después de darle las gracias, el Peregrino se volvió hacia el Bonzo Sha y le pidió que entregara el documento de viaje a su majestad. Antes de estampar su sello y su firma, el rey lo leyó con sorprendente interés y ordenó que se diera a los caminantes veinte lingotes de plata y diez de oro en concepto de regalos nupciales. Ba-Chie había sido desde siempre una persona sumamente avariciosa y se los guardó a toda prisa, mientras el Peregrino se inclinaba, obsequioso, ante el soberano y decía: - Muy agradecidos, majestad. Jamás olvidaremos tan alto favor - y, dándose la vuelta, hizo ademán de proseguir su camino. La sorpresa dejó mudo a Tripitaka. Poco a poco se fue recobrando y, agarrando al Peregrino del brazo, le preguntó con voz temblorosa: - ¿Por qué me abandonáis a mi suerte? ¿Os parece eso justo? - Tranquilizaos y gozad cuanto podáis de vuestra unión - contestó el Peregrino, tomándole de la mano y guiñándole significativamente el ojo -. Volveremos a veros tan pronto como hayamos conseguido las escrituras. Indeciso, el maestro se negaba a dejarle partir. Afortunadamente, los funcionarios interpretaron su gesto como un rito más de la despedida. Sin sospechar nada, el rey le pidió que entrara con él en el salón de audiencias, al tiempo que un nutrido grupo de principales del reino acompañaba a los peregrinos a las afueras de la ciudad. Al maestro no le quedó más remedio que desprenderse de aquellos a los que tanto amaba y cumplir los deseos de su majestad. - ¿De verdad vamos a dejarle así como así? - preguntó Ba-Chie, tan pronto como hubieron abandonado el palacio. Sin decir nada, el Peregrino se dirigió al Pabellón de los Dignatarios Extranjeros, donde fueron agasajados por el funcionario responsable de su buena marcha. Mientras se encargaba él mismo de prepararles un poco de arroz y algo de té, el Peregrino bajó la voz y ordenó a Ba-Chie y al Bonzo Sha: - Quedaos aquí y no habléis a nadie de nuestros planes. Si os preguntan algo, procurad responder con evasivas. Por lo que más queráis, no habléis de mí para nada. Voy a ir a proteger al maestro. Acto seguido, se arrancó un pelo y exhalando sobre él una bocanada de aire sagrado, gritó: - ¡Transfórmate! - Al instante se convirtió en una copia exacta de sí mismo, que permaneció, callada y cabizbaja, junto a Ba-Chie y el Bonzo Sha, al tiempo que su auténtico yo se metamorfoseaba en una abeja de alas doradas, boca dulzona y mortal aguijón. A pesar de su reducido tamaño, era capaz de hacer frente a los vientos más huracanados y de robar a las flores el secreto de su perfume. No encerraban para él ningún secreto los senderos de sombras de las copas de los sauces. Sólo el humo podía hacerle perder su rumbo, como si se hubiera vuelto ciego. Pese a todo, jamás degustaba el dulzor que con tanto esmero contribuía a destilar. Eso le había otorgado fama de laborioso y diligente. Debido a su fuerza de voluntad, consiguió regresar al palacio sin que nadie se percatara de su presencia. El monje Tang se hallaba sentado sobre un cojín bordado, a la izquierda del rey, con el gesto abatido y el ceño significativamente fruncido. El Peregrino sintió lástima de él y, posándose con cuidado cerca del oído, le susurró: - No os preocupéis, maestro. Estoy aquí, como os prometí. Lo dijo en un tono tan bajo, que sólo lo pudo oír el monje Tang, que recobró al punto la compostura. No tardó en presentarse un funcionario imperial que anunció con solemne voz: - El banquete nupcial se halla ya dispuesto, majestad, en el Palacio de la Urraca. Tanto la reina como la princesa aguardan, impacientes, vuestra presencia y la de vuestro honorable yerno. El rey no podía mostrarse más satisfecho. Inmediatamente tomó a Tripitaka de la mano y le condujo al interior de la mansión imperial. Se vio así que, al perder su rumbo, el rey que amaba las flores se topó con la desgracia, de la misma forma que, al abandonarse al pensamiento, la mente Zen se zambulló en el mar de la tristeza y la angustia. No sabemos, de momento, cómo pudo escapar el monje Tang de las asechanzas que se cernían sobre él en el interior del palacio. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第095回 ES CAPTURADA LA LIEBRE DE JADE, QUE TOMÓ CON ENGAÑO UNA FORMA QUE NO LE CORRESPONDÍA. EL YIN RETORNA A LA VERDAD Y SE ENCUENTRA CON LA FUENTE NUMINOSA Decíamos que el monje Tang siguió sin mucho entusiasmo al rey al interior del palacio, donde no tardó en escuchar el sonido de la música y los tambores. En el aire flotaban nubes de aromas, a cual más embriagador, que vomitaban artísticos pebeteros. El ambiente era tan festivo, que no se atrevía a levantar la vista del suelo. El Peregrino, por su parte, no podía sentirse más satisfecho. Agarrándose con fuerza al sombrero que lucía el maestro, echó en seguida mano de sus portentosos poderes mágicos para mirar con fijeza en todas las direcciones con sus ojos de fuego y sus pupilas de diamante. Dos filas de doncellas, lujosamente ataviadas, parecían estar esperándolos, realzando de tal forma el salón con su belleza, que parecía una morada celestial o un palacio habitado únicamente por flores. Su atractivo superaba con mucho al de los cortinajes de seda sacudidos por la brisa primaveral. Su gracia resultaba prácticamente insuperable con sus finos rasgos de jade y su nacarada carne de hielo. Todas superaban en gracia y belleza a Hsi-Shr y a las doncellas de Chou. Sus altos peinados recordaban las colas de los fénix y la finísima línea de sus cejas traía a la mente la graciosa curva de las montañas lejanas. Su sensualidad se veía realzada por el sonido de los caramillos y las flautas, que no dejaban de tejer sentidísimas tonadas con cada uno de los cinco tonos existentes. ¡Qué extraordinarias canciones, qué maravillosos bailes los que allí se contemplaban! Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse arreglos florales y el imponente resplandor de la seda. Pese a todo, el maestro no se sentía impresionado ante tan deslumbrante belleza. - ¡Qué monje más virtuoso! - exclamó para sí el Peregrino -. Se mueve entre la seda y el satén, pero sus ojos no se dejan seducir; camina por un mundo de riqueza y, sin embargo, su corazón no se siente tentado por el oro. Escoltada por la reina y las concubinas, la princesa salió a la puerta del Palacio de la Urraca a darles la bienvenida, gritando: - ¡Viva el emperador! ¡Viva su majestad! Sus voces hicieron perder al maestro la concentración de tal manera, que se puso a temblar de pies a cabeza. En ese mismo instante el Peregrino descubrió que encima de la cabeza de la princesa había un halo de maldad, aunque, en honor a la verdad, no parecía excesivamente repulsivo. Sin pérdida de tiempo se llegó hasta el oído del maestro y le susurró, muy quedo: - Podéis estar tranquilo. La princesa no es una mujer. - ¿Cómo piensas desenmascararla? - preguntó el maestro, más animado. - Dejándole ver mi cuerpo mágico - respondió el Peregrino -. En cuanto lo haga, caerá en mi poder. - No lo hagas - le urgió el maestro -. Eso puede asustar hasta límites increíbles al rey. Lo mejor es que esperes a que se hayan retirado a sus aposentos. El Peregrino, sin embargo, poseía un natural muy impulsivo y no le prestó ninguna atención. Lanzando un terrible rugido, recobró la forma que le era habitual y exclamó, al tiempo que agarraba con fuerza a la princesa: - ¡Maldita bestia! ¿Cómo te atreves a hacerte pasar por quien no eres? ¿No te parece demasiado el tiempo que llevas gozando en este palacio de favores que no te corresponden? ¿Por qué te has empeñado en arruinar el yang de mi maestro con el único propósito de satisfacer tu sucia lujuria? El rey se quedó mudo de asombro y la reina y las concubinas se llevaron tal sobresalto, que inmediatamente se cayeron al suelo, como si fueran muñecos. Las dos filas de atractivas muchachas y doncellas se dispersaron, buscando cada cual refugio donde buenamente podía. Era como si una brisa primaveral hubiera cruzado un jardín o un bosque y todas las flores se hubieran sacudido al mismo tiempo; o como si un fuerte viento de otoño se hubiera cebado en las copas de los árboles y todas sus hojas se hubieran caído. Las peonías yacían tronchadas junto a las cercas, los hibiscos se agitaban como si quisieran desprenderse del suelo, los crisantemos se amontonaban por el suelo, las hortensias parecían quererse esconder en el polvo y las rosas, fragantes aún, se arrastraban por el fango, como si tuvieran vida propia. El viento primaveral había roto los tallos de los lotos y las nieves del invierno habían acabado con los tiernos capullos de los ciruelos. Por el este y el oeste del palacio corrían, alocados, torbellinos que sólo arrastraban pétalos de granados, mientras las ramitas de los sauces recorrían de norte a sur la mansión imperial a lomos del huracán. Era como si en tan solo una noche se hubiera levantado una terrible tormenta de lluvia y viento y todo el paisaje se hubiera visto teñido de un rojo color de sangre. Tan asustado como los demás, Tripitaka se abrazó al rey y empezó a gritar: - ¡No tengáis miedo, majestad! ¡Por lo que más queráis, no os asustéis! Todo esto es obra del mayor de mis discípulos, que se ha visto obligado a echar mano de sus portentosos poderes mágicos para distinguir lo auténtico de lo falso. Al ver que las cosas se estaban volviendo en su contra, el monstruo se desembarazó de sus ropas, de sus brazaletes y de todas sus joyas y, lanzándose sobre el pequeño monasterio dedicado al espíritu protector del reino que había en el jardín, agarró una porra con la que trató de hacer frente al Peregrino. Seguro de la victoria, Wu-Kung la atacó con la barra de hierro. Los dos se elevaron hacia lo alto, lanzando gritos e improperios y dando comienzo a una batalla en la que cada cual utilizó los mejores recursos de que disponía. Aunque la barra de los extremos de oro gozaba de un renombre merecidamente ganado, la porra era un arma de la que no podía fiarse ningún contendiente. A aquel lugar habían llegado los monjes con el ánimo de continuar su viaje hacia el Reino del Espíritu, pero trató de impedírselo la monstruo con sus falsos atractivos. Sabiendo de antemano que había de pasar por allí el monje Tang, forjó un plan para unirse a él y hacerse con el tesoro de su esperma originario. Para ello hubo de secuestrar un año antes a la auténtica princesa, tomando forma humana y haciéndose pasar por el ser al que el rey más quería. Afortunadamente, el Gran Sabio se percató en seguida del aura de maldad que la envolvía y se enfrentó a ella, dispuesto, no a matarla, sino hacerle comprender la verdad. Pero la porra se batía con una fiereza tal, que de no tener enfrente la barra de hierro, hubiera terminado en un abrir y cerrar de ojos con su adversario. El continuo desplazamiento de los dos luchadores por los aires levantó tal cantidad de neblina y nubes, que no pasó mucho tiempo antes de que el sol se oscureciera. Todos los habitantes de la ciudad temblaban de espanto, mientras los funcionarios y los servidores imperiales buscaban refugio en el interior del palacio donde el maestro no dejaba de animar al rey, diciendo: - Recobrad el ánimo y decid a la reina y a las demás concubinas que no se abandonen a la desesperación. Esa a la que teníais por hija no es más que una monstruo vulgar, que ha tomado la forma de la princesa. Os daréis cuenta de la diferencia, cuando mi discípulo la haya atrapado. Algunas de las sirvientas más valientes del palacio recogieron las ropas y las joyas de la falsa princesa y, entregándoselas a la reina, dijeron: - Todo esto lo llevaba encima vuestra hija. En un abrir y cerrar de ojos se ha desprendido de ello y ha empezado a luchar con ese monstruo, totalmente desnuda. Mucho nos tememos que sea realmente una monstruo. Para entonces el rey, la reina y todas las concubinas habían empezado a recobrar la calma y, picados por la curiosidad, miraban con atención hacia lo alto, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de la monstruo, que estuvo luchando contra el Gran Sabio durante más de medio día sin que ninguno de los dos adquiriera una ventaja apreciable. El Peregrino lanzó hacia lo alto la barra de hierro y gritó: - ¡Transfórmate! Al instante se multiplicó, primero, por diez, para convertirse después en cientos y metamorfosearse, finalmente, en miles. Como si fueran serpientes o dragones brillantes, se volvieron contra la monstruo y empezaron a descargar golpes sobre ella con una saña propia de animales salvajes. Comprendiendo que tenía perdida la batalla, se transformó en una brisa, que se lanzó a una velocidad increíble hacia las regiones superiores. El Peregrino recitó entonces un conjuro y, tras recobrar la barra de hierro, saltó sobre una nube y salió en persecución de la monstruo. Al acercarse a la Puerta Oeste de los Cielos, vio el flamear de los estandartes y gritó: - ¡Cerrad el camino a esa bestia y no la dejéis escapar! Sin pérdida de tiempo el devaraja Dhrtarastra y los Grandes Mariscales Pang, Liu, Kou y Pi cogieron sus armas y cortaron el camino a la monstruo, que se vio obligada a darse la vuelta y hacer frente, una vez más, al Peregrino con su porra. Antes de entrar en combate, el Gran Sabio se percató de que tan peculiar arma poseía un extremo muy fino y el otro llamativamente grueso, que recordaba uno de esos instrumentos que usan los campesinos en ciertas regiones para aventar la paja. - ¿Cómo te atreves a hacerme frente con un arma tan tosca como ésa? - bramó el Gran Sabio -. ¡Ríndete, si no quieres que te parta el cráneo en dos con mi barra! - ¡Así que no te produce ningún respeto la porra que blando!, ¿eh? - contestó la monstruo, rechinándole los dientes -. Pues escucha bien lo que voy a contarte sobre ella: aunque tiene la forma de una raíz, está hecha de jade y ha sido labrada y pulida a lo largo de muchos años de incalculable esfuerzo. Antes de que el mundo existiera y fuera puesto en orden el caos, formaba ya parte de mis posesiones. Por sus orígenes celestes no hay nada que pueda compararse con ella. Hasta su estructura externa guarda relación con los Cuatro Signos, los Tres Elementos Originales y las Cinco Fases. Conmigo ha residido desde tiempo inmemorial en el Palacio del Sapo y me ha acompañado en mis correrías por el espléndido Salón de Casia. Si decidí descender a la Tierra, haciéndome pasar por una muchacha del Reino de la India, fue guiada por mi amor a las flores. Gocé de la hospitalidad imperial, movida, no por mis ansias de despreocupaciones y lujo, sino por mi deseo de unirme con el monje Tang. ¿Por qué tuviste que echarlo a perder, abalanzándote sobre mí y obligándome a luchar contigo? Has de saber que la fama de mi arma supera con mucho a la de tu maravillosa barra de los extremos de oro. Con ella he segado en más de una ocasión las hierbas del Palacio del Frío Inmenso y soy capaz de enviar a quien sea a beber de las aguas del Arroyo Amarillo. - ¡Maldita bestia! - exclamó el Peregrino, soltando una carcajada de desprecio -. Si, como dices, has habitado en el Palacio del Sapo, deberías estar al tanto de mis andanzas. ¿Qué te ha movido a hacerme frente, exponiéndote a perder la vida en el intento? Si quieres seguir viviendo, manifiéstate tal cual eres y ríndete sin condiciones. - Sé que eres el Caballerizo Celeste, que sumió en una confusión total los Cielos hace aproximadamente quinientos años - reconoció la monstruo -. Supongo que debería postrarme a tus pies y rendirte pleitesía, pero tienes que reconocer que estropear la boda de alguien es más digno de venganza que acabar con la vida de sus padres. ¡Nada me hará desistir de mi empeño! Por eso estoy dispuesta a acabar contigo, aunque hayas derrotado al mismísimo ejército celeste, Caballerizo. No había nombre que más excitara al Gran Sabio. Al oírlo, se puso tan furioso, que levantó la barra de hierro y dejó caer sobre su rostro un golpe tremendo, que la monstruo desvió con inesperada destreza con su porra. De esta forma, dio comienzo un encuentro terrible delante mismo de la Puerta Oeste de los Cielos. No podía ser de otra forma, ya que tanto la barra de los extremos de oro como la porra de jade poseían el mismo origen celeste. Por si eso no bastara, uno de los combatientes había descendido a la Tierra con el ánimo de desposarse, mientras que el otro se había propuesto proteger en todo momento al monje Tang. Por su excesivo amor a las plantas, el rey echó en olvido sus obligaciones con el pueblo y terminó adoptando a una monstruo. Eso marcó el comienzo de una lucha cruel, a la que los dos bandos se lanzaron con un odio brutal. Sus ataques y retrocesos estaban dirigidos por un ansia incontenible de victoria, como demostraban los insultos que intercambiaban con cada uno de los golpes. Incomparable era la fuerza desplegada por la porra, pero la de la barra de hierro no le iba a la zaga. Los rayos de luz que producían al entrechocar iluminaban las puertas celestes, sembrando la Tierra de una neblina dorada. Más de diez veces midieron sus armas el Peregrino y la bestia, pero ninguno de ellos obtuvo una ventaja apreciable. Finalmente, la monstruo sintió que le flaqueaban las fuerzas y empezó a perder terreno. El estilo de la barra era, francamente, impecable y comprendió que no iba a poder resistir por más tiempo. Así fue. Después de descargar un último golpe, sacudió ligeramente el cuerpo y, convirtiéndose en mil rayos de luz dorada, huyó desesperadamente hacia el sur. El Gran Sabio salió inmediatamente en su persecución. No tardaron en toparse con una enorme montaña, en la que se abría una caverna que sirvió de refugio a la monstruo. Temiendo que pudiera regresar en cualquier momento a la capital del reino a tratar de apoderarse del monje Tang, el Peregrino tomó buena nota tanto de la forma como de la situación de la montaña y regresó a toda prisa al lugar del que había partido. Cuando llegó a su destino, era aproximadamente la hora del mono. El rey se encontraba en tal estado, que no dejaba de repetir, agarrado nerviosamente al maestro: - ¡Por lo que más queráis, salvadme de esta maldición que ha caído sobre mí! La reina y las concubinas parecían estar más tranquilas, pero, al ver descender al Gran Sabio de lo alto, se echaron a temblar más aún que el soberano. - ¡Ya estoy de vuelta, maestro! - exclamó el Peregrino, nada más poner el pie en el suelo. - No te muevas de donde estás, si no quieres que el rey se lleve un susto de muerte - le urgió Tripitaka -. ¿Qué ha sido de la princesa? - Como había supuesto - respondió el Peregrino desde la puerta del Palacio de la Urraca con las manos cruzadas respetuosamente sobre el pecho -, la muchacha no era más que una simple monstruo. Luché con ella durante casi medio día, pero, al comprender que no podía resistir mis golpes, se convirtió en una brisa y huyó hacia los Cielos. Cayendo en la cuenta de que estaba a punto de escaparse, grité a los soldados celestes que le cortaran el paso. Se volvió entonces, furiosa, contra mí, y medimos nuestras fuerzas durante más de diez asaltos. Cuando más desesperada parecía su situación, se metamorfoseó en un rayo de luz y se dirigió a una velocidad increíble hacia el sur. Traté de darle alcance, pero buscó refugio en una montaña altísima y decidí venir a protegeros, temiendo que pudiera regresar a haceros todo el mal de que es capaz. - Si lo que acaba de relatar vuestro discípulo es verdad - preguntó el rey, agarrándose con más fuerza todavía al monje Tang -, ¿podéis decirme dónde se encuentra la auténtica princesa? - En cuanto haya capturado a la falsa - respondió el Peregrino -, la auténtica regresará por sí sola a vuestro lado. Al oírlo, tanto la reina como las concubinas respiraron aliviadas. A renglón seguido se echaron rostro en tierra y suplicaron: - Tened la bondad de devolvernos a la princesa. Podéis estar seguro de que, si lo hacéis, seréis recompensado con generosidad. - Éste no es lugar para hablar de esas cosas - respondió el Peregrino -. Que su majestad y mi maestro regresen a palacio, mientras la reina y las concubinas se encierran en sus respectivas habitaciones. Ba-Chie y el Bonzo Sha se encargarán de protegeros durante todo el tiempo que esté fuera tratando de atrapar a la monstruo. De esa forma, continuará respetándose la etiqueta y nos veremos libres de preocupaciones innecesarias. Es preciso obrar en todo momento con cordura y no malgastar energías inútiles. El rey aceptó, complacido, su sugerencia y regresó al salón del trono cogido de la mano del monje Tang, al tiempo que la reina y las demás damas volvían a sus propias mansiones. Sin pérdida de tiempo el soberano ordenó preparar un espléndido banquete vegetariano y envió a buscar a Ba-Chie y al Bonzo Sha, que no tardaron en presentarse. El Peregrino les dio cuenta de lo que había ocurrido y les encargó que cuidaran con dedicación del maestro. Cumplidas esas disposiciones, dio un salto tremendo y se elevó por los aires. Al verlo, todos los funcionarios se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que se dirigió a toda prisa a la montaña que se alzaba al sur del reino y empezó a buscar a la monstruo. Tras experimentar la hiel de la derrota a las puertas mismas de los cielos, la bestia se había refugiado en su agujero y lo había tapado cuidadosamente con piedras. Eso dificultó terriblemente la labor del Peregrino, que fue incapaz de detectar desde el aire el menor movimiento. Sintiendo que el tiempo se le iba de las manos, hizo un gesto mágico con los dedos y, después de recitar el correspondiente conjuro, hizo venir a su presencia al dios de la montaña y al espíritu protector de aquel lugar. - ¡Perdonadnos, gran señor, por no haber acudido antes a daros la bienvenida! - suplicaron las dos deidades, echándose, respetuosas, rostro en tierra -. Si hubiéramos sabido que ibais a honrarnos con vuestra dignísima presencia, habríamos salido a vuestro encuentro con todos los honores de los que sois merecedor. - Está bien - concluyó el Peregrino con gesto adusto -. Por esta vez no os castigaré. ¿Cómo se llama esta montaña y cuántos monstruos habitan en ella? Si me dais una respuesta veraz, os perdonaré la vida; de lo contrario, ya sabéis lo que os aguarda. - Este lugar, Gran Sabio - contestaron los dos dioses a coro -, se llama el Monte del Cepillo para el Pelo y dispone de tres madrigueras de liebre. Desde el principio del tiempo hasta el momento actual no ha habitado en él monstruo alguno, ya que se trata de una tierra sagrada. Si deseáis atrapar algún monstruo, lo mejor que podéis hacer es seguir de principio a fin el camino que conduce al Paraíso Occidental. - Al llegar al Reino de la India - explicó el Peregrino -, descubrí que la hija del señor que rige sus destinos había sido secuestrada por una monstruo y abandonada en un lugar muy apartado de la capital. No contento con eso, tomó la forma de la muchacha y convenció al rey para que erigiera una artística torre, para lanzar desde ella una bolita cubierta de bordados y, así, seleccionar a su futuro marido. Dio la casualidad de que pasamos por allí el monje Tang y yo, y la bolita en cuestión fue a parar a las mangas de mi maestro. En realidad, no hubo nada extraño en ello, pues la monstruo estaba ansiosa por copular con él y hacerse así con su yang originario. Afortunadamente, logré desenmascararla antes de que se produjera la unión. Ella se despojó entonces de sus alhajas y sus joyas y luchó contra mí durante más de medio día, valiéndose de una porra muy peculiar. Al comprender que no tenía nada que hacer, se convirtió en una brisa y huyó hacia las puertas del cielo, donde volvimos a medir nuestras armas durante más de diez asaltos. De nuevo sintió la cercanía de la derrota y, convirtiéndose en un rayo de luz, buscó refugio en esta montaña. Me extraña, por tanto, que digáis que no habita en ella ningún monstruo. Si eso es así, ¿queréis indicarme dónde ha podido esconderse? Los dos dioses tomaron al Peregrino de la mano y empezaron a registrar todas las madrigueras de liebre que había en la montaña. Empezaron por la base, pero allí sólo encontraron las de unos cuantos conejos, que huyeron despavoridos, al verlos. Cerca de la cumbre, no obstante, descubrieron una madriguera tan especial, que su entrada estaba tapada con dos pesadas lascas de piedra. Eso hizo decir inmediatamente al espíritu protector de aquel lugar: - Aquí tiene que ser donde se ha escondido esa monstruo de la que habláis. Seguro que se ha encerrado ahí dentro para escapar de vuestras garras. La monstruo había buscado, en efecto, cobijo en aquel agujero. Al ver que el Peregrino apartaba las piedras con la barra de hierro, dio un salto tremendo, cayendo sobre él con su porra. Afortunadamente, el Gran Sabio desvió el golpe, pero el ruido que produjeron las dos armas al entrechocar fue tan intenso, que el dios protector de aquel lugar se hizo a un lado y el de la montaña huyó despavorido. - ¿Quién os mandaría a vosotros traerle hasta aquí? - los regañó la monstruo, furiosa. Con las fuerzas al límite trató de hacer frente a la barra de hierro pero no pudo resistir mucho tiempo y se elevó hacia lo alto en busca de un lugar en el que esconderse. El día estaba cayendo y, como el sol, su energía iba también en declive. Eso dio nuevos ánimos al Peregrino, que buscó el medio de asestarle el golpe definitivo. Cuando se hallaba a punto de conseguirlo, oyó una voz procedente del Noveno Cielo, que dijo, muy alterada: - ¡No lo hagas, Gran Sabio! ¡Por lo que más quieras, no descargues sobre esa miserable toda la fuerza de tu brazo! El Peregrino se dio media vuelta y vio descender de lo alto, envueltos en una nube sonrosada, a la Estrella del Yin Supremo, a Chang-Er y a todas las demás diosas que habitan en la luna. Tan desconcertado quedó el Peregrino ante semejante visión, que bajó al punto la barra de hierro e, inclinándose respetuosamente ante los recién llegados, dijo: - ¿Hacia dónde os dirigís, Yin Supremo? Perdonadme por no haberme hecho a un lado y dejaros, así, expedito el camino. - Esa monstruo a la que te has enfrentado tantas veces es la liebre de jade de mi Palacio del Frío Inmenso - explicó el Yin Supremo -. Ya sabes a cuál me refiero: a esa que me ayuda a machacar la droga inmortal de la escarcha misteriosa. Por su cuenta y riesgo, descorrió el pestillo de oro y abrió la cerradura de jade, ausentándose del palacio durante algo más de un año. Sin saber por qué, tuve la impresión de que se hallaba en un gran peligro y he salido, preocupado, a buscarla. Ahora veo que no andaba equivocado. ¡Por lo que más queráis, Gran Sabio, perdonadle la vida! - ¡De acuerdo! - concluyó el Peregrino -. ¿Cómo voy a osar oponerme a vuestros deseos? ¡Así que es esa condenada liebre de jade!, ¿eh? ¡No me extraña que maneje tan bien esa porra! De todas formas, es mi deber preguntaros, Yin Supremo, si estabais al tanto de que había secuestrado a la princesa del Reino de la India y de que se había hecho pasar por ella con el único propósito de estropear el yang original de mi maestro. Su conducta ha sido realmente reprochable y merece un castigo ejemplar. Si no se lo dais vos, se lo daré yo. - Se nota que no estáis al tanto de lo ocurrido - comentó el Yin Supremo -, porque la princesa de la que habláis no es una muchacha ordinaria, sino la Dama Blanca del Palacio del Sapo. Hace aproximadamente dieciocho años propinó un sopapo a la liebre de jade y se dejó arrastrar por los falsos atractivos de este Mundo de Sombras. Su espíritu encontró libre el seno de la reina y fue a nacer en el centro mismo del palacio imperial. Pero la liebre de jade no olvidó la afrenta que había recibido y huyó de mi palacio, como acabo de deciros, hace ahora un año para hacer sufrir un poco a la Dama Blanca. No debería haber tratado de desposarse con el monje Tang, porque ése es, en efecto, un crimen imperdonable. Afortunadamente, vos poseéis el suficiente discernimiento para poder distinguir lo auténtico de lo falso y no habéis permitido que se consumara la deshonra de vuestro maestro. Os suplico, pese a todo, que, por el peso de mis años, le perdonéis la vida para que pueda llevármela al palacio del que nunca debió haber salido. - Sabéis que soy incapaz de oponerme a vuestros deseos - respondió el Peregrino, sonriendo -. Me temo, de todas formas, que, si os lleváis a la liebre de jade, el rey se negará a creerme y castigará a mi maestro. Espero, pues, que tanto vos como vuestras dignísimas hermanas tengáis la amabilidad de regresar conmigo al Reino de la India a ratificar con vuestra presencia todas y cada una de mis palabras. De esa forma, no sólo se reconocerá mi hazaña, sino que quedará explicada la suerte de la Dama Blanca y el rey determinará el castigo que haya de imponérsele. - ¡Maldita bestia! - regañó el Yin Supremo a la monstruo, después de haber dado su consentimiento al plan del Peregrino -. ¿Cuándo vas a decidirte a volver al buen camino? Sin pérdida de tiempo, la libre de jade se dejó caer al suelo y se mostró tal cual era: un animal de dientes afilados, labios partidos, pelo ralo y orejas largas y puntiagudas. Pese a todo, su cuerpo poseía la finura del jade y era capaz de volar por encima de las montañas con sus patas extendidas. Su hocico, siempre húmedo, brillaba de tal manera, que parecía estar cubierto de maquillaje o de escarcha. Sus ojos, vivos como el mismo fuego, parecían dos bolas de nieve moteadas de rojo. Con el lomo estirado se movía entre los matorrales como si fuera una flecha o una brizna de seda arrastrada por el viento. Su pelaje poseía el tono grisáceo de la plata. Al amanecer, bebía el rocío que el cielo depositaba por la noche en el aire y había aprendido junto a los inmortales a machacar la inapreciable droga de la vida sin fin. Al ver la metamorfosis que había experimentado la falsa princesa, el Gran Sabio saltó encima de una nube y se dirigió al Reino de la India, seguido de la Estrella del Yin Supremo, de Chang-Er, de las otras diosas que habitaban en la luna y de la propia liebre de jade. Era aproximadamente la hora del crepúsculo, cuando llegaron a su destino, y la luna había empezado a desplazarse por el cielo. Desde muy lejos oyeron el batir de los tambores y los gritos de los encargados de contar las vigilias. Pese a todo, el rey y el monje Tang se hallaban reunidos todavía en el salón del trono, mientras Ba-Chie y el Bonzo Sha se hallaban sentados en los escalones de la corte, discutiendo con los funcionarios imperiales de los asuntos del gobierno. No tardaron en ver aproximarse desde el sur unas nubes tan luminosas, que parecía como si, de pronto, se hubiera vuelto a hacer de día. Asombrados, miraron hacia lo alto y oyeron gritar al Gran Sabio con potente voz: - ¡Haced salir a vuestras esposas y concubinas, Señor de la India, para que sean también ellas testigos de este portento! Estos dioses que me acompañan son la Estrella del Yin Supremo, Chang-Er y las inmortales que habitan en la luna. Esa liebre de jade que contempláis a su lado no es otra que la falsa princesa que se hizo pasar por vuestra hija y que ahora ha recobrado la forma que le es habitual. Inmediatamente el rey hizo llamar a la reina, a las concubinas y a las damas del palacio, que acudieron en tropel a su presencia, vestidas con sus mejores galas, y se arrodillaron, respetuosas, ante el cielo. Su majestad y el monje Tang las imitaron, postrándose de hinojos y expresando, de esta forma, su respeto. En todas las casas de la capital se encendieron varillas de incienso y se recitó, sin cesar, el nombre de Buda. Sólo Chu Ba-Chie se sintió arrastrado por la lujuria a la vista de tan extraordinario espectáculo y, sin poder contenerse, dio un salto y trató de agarrar la falda multicolor de Chang-Er, gritando: - ¿Por qué no nos divertimos tú y yo un rato? Al fin y al cabo, somos conocidos de toda la vida. - ¡Maldito Idiota! - le respondió el Peregrino, propinándole un par de bofetadas -. ¿Dónde te crees que estás, para dar rienda suelta a tus instintos? - Sólo estoy tratando de remediar el aburrimiento que me consume - se defendió Ba-Chie -. ¿Quieres decirme qué hay de malo en ello? Para evitar males mayores, el Yin Supremo ordenó a sus acompañantes que regresaran con él al Palacio de la Luna y las diosas y la liebre le siguieron, mientras el Peregrino y Ba-Chie se posaban suavemente sobre el suelo. El rey corrió, ansioso, hacia ellos y les preguntó: - ¿Se puede saber dónde se encuentra la auténtica princesa, ahora que la falsa ha sido desenmascarada, gracias a la fuerza de vuestro inmenso poder? - Vuestra hija - respondió el Peregrino - tampoco posee un origen mortal. Se trata, de hecho, de la Dama Blanca, que tiene fijada su morada en el mismísimo Palacio de la Luna. Hace aproximadamente quince años cometió la imprudencia de abofetear a la liebre de jade y descendió a este Mundo de Sombras, atraída por sus seducciones. La liebre no la perdonó y, tras enterarse el pasado año que se había introducido en el seno de vuestra esposa, rompió el pestillo de oro y el candado de jade y bajó a vuestro reino con el fin de vengarse. Después de llevarla secuestrada a un lugar apartado, tomó su personalidad y os engañó a todos. Tan complicado proceso kármico me ha sido expli-cado no hace mucho por el mismo Yin Supremo en persona. Hoy hemos conseguido desenmascarar a la falsa princesa, pero os prometo que mañana encontraremos a la verdadera. Incapaz de contener las lágrimas, el rey exclamó: - ¿Dónde iré a buscarte, hija mía, si desde el momento de mi coronación no he vuelto a salir jamás de esta ciudad? - No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Vuestra hija se encuentra en el Monasterio Dispensador del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados, haciéndose pasar por loca. Opino que lo mejor será que nos retiremos a descansar. En cuanto haya amanecido, prometo que iré en su busca y os la traeré sana y salva. - No os preocupéis más, señor - aconsejaron al soberano los funcionarios imperiales, echándose rostro en tierra -. Está claro que estos monjes son budas vivientes, capaces de volar por los aires y cabalgar a lomos de las nubes. No nos cabe la menor duda de que para ellos ni el pasado ni el futuro encierran el menor misterio y que mañana mismo darán por terminado todo este asunto. ¿A qué viene tanta prisa? El rey se mostró de acuerdo con su punto de vista e invitó a los peregrinos a retirarse al Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera para reponer las fuerzas y descansar un poco. Para entonces era ya la hora de la segunda vigilia. Ráfagas de viento agitaban los carillones dorados, mientras la luna multiplicaba su resplandor y se escuchaban los golpes metálicos de los encargados de marcar el paso del tiempo. La primavera parecía haberse disipado de pronto y los cuclillos lloraban su repentina desaparición. En la profundidad de la noche todos los caminos daban la impresión de estar cubiertos de pétalos. En el jardín imperial se alargaban las tristes sombras de los columpios abandonados a aquellas horas a su suerte. Por encima de ellos un torrente de rayos de plata se adentraba con fuerza en el mar de jade azulado de la noche. Los mercados y las calles se hallaban totalmente vacíos; nadie los visitaba a aquella hora en la que todo parecía vibrar con el lejano titilar de las estrellas. Los peregrinos se reponían de sus muchas fatigas, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del rey, que, a medida que iban pasando las horas, iba recobrando su antigua energía como consecuencia de la desaparición del aura de maldad que hasta entonces había envuelto su figura. Para desconcierto de todos los cortesanos, celebró la primera audiencia de aquel día un cuarto de hora antes de la quinta vigilia, ordenando que fueran a buscar inmediatamente al monje Tang y a sus tres discípulos, para tratar con ellos del asunto de hallar cuanto antes a la princesa. El maestro, el Gran Sabio y sus dos hermanos acudieron, presurosos, a su llamada, saludándole con el respeto que se esperaba de ellos. - Ayer - dijo su majestad, después de devolverles los saludos - mencionasteis que estabais dispuestos a ir en busca de la princesa. ¿Sería mucho pediros que iniciarais ya su búsqueda? - Dos días antes de que llegáramos a esta capital - explicó, entonces, el maestro - la caída de la noche nos sorprendió a las mismas puertas del Monasterio Dispensador del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados. Los monjes nos recibieron con los brazos abiertos, ofreciéndonos en seguida el calor de su hospitalidad. Después de cenar, salimos a dar un paseo por lo que había sido el Parque de Jetavana y pudimos oír con toda claridad el lamento de una muchacha. Al preguntar por su origen, el monje que nos acompañaba, un anciano de más de cien años de edad, despidió a todos sus sirvientes y nos contó la siguiente historia: «El año pasado por estas mismas fechas me hallaba reflexionando sobre la relación existente entre la luna y nuestra naturaleza, cuando la brisa trajo hasta mis oídos el sonido inconfundible de un lamento. Me levanté en seguida del lecho y corrí hacia el antiguo Parque de Jetavana para ver lo que ocurría y me encontré con una muchacha, que me explicó que era la hija del rey de la India y que había sido llevada hasta allí por un viento huracanado, que la arrebató hacia lo alto, mientras contemplaba la belleza de las flores a la luz de la luna». Aquel monje, gran conocedor de la naturaleza humana, la encerró en un lugar apartado, haciendo creer a los demás que se trataba de un espíritu, con el fin de evitar que alguien pudiera abusar de ella. Ese juego no pasó desapercibido a la muchacha, que al instante empezó a mascullar estupideces y a no tomar más alimento que arroz y un poco de té. Pero si de día se hace pasar por loca, de noche no deja de añorar a sus padres y de lamentar su mala fortuna. Varias veces ha venido el anciano a la ciudad para tratar de esclarecer tan desconcertante asunto, pero siempre se ha encontrado con que la princesa vivía, feliz y contenta, en vuestro palacio. Al enterarse, no obstante, de que mi discípulo poseía ciertos poderes mágicos, nos pidió encarecidamente que hiciéramos cuantas averiguaciones nos fuera posible, con el fin de arrojar alguna luz sobre ese misterio. Lo que menos sospechábamos entonces era que la liebre de jade del Palacio del Sapo se hubiera convertido en una monstruo y hubiera tomado la forma de vuestra hija. Para entonces su interés estribaba en apoderarse de mi yang primigenio, pero, afortunadamente, mi discípulo la desenmascaró, valiéndose de sus profundos conocimientos mágicos. Ahora, que la liebre ha regresado a la luna con la Estrella del Yin Supremo, vuestra hija puede muy bien dejar de hacerse pasar por loca y abandonar para siempre el Monasterio Dispensador del Oro. - ¿A qué distancia de aquí se encuentra ese monasterio? - preguntó el rey. - A unos ciento veinte kilómetros - contestó Tripitaka. - En ese caso - concluyó su majestad -, que se encarguen de los asuntos de la corte mis esposas de los Palacios Oriental y Occidental y que el Gran Consejero asuma las responsabilidades de gobierno. Es mi deseo que la reina, los funcionarios imperiales de mayor rango y los cuatro budas vivientes me acompañen hasta ese monasterio y, juntos, traigamos a la princesa a este palacio, del que jamás debió salir. No había acabado de decirlo, cuando las carrozas estaban ya dispuestas a las mismas puertas de la corte. Apenas se hubieron puesto en marcha, el Peregrino se elevó por los aires y con un ligero movimiento del cuerpo se presentó en el patio del monasterio. Los monjes se postraron en seguida de hinojos y le preguntaron, sorprendidos: - ¿Cómo es que regresáis por los aires, habiendo partido por tierra con el resto de vuestros hermanos? - ¿Dónde está el anciano que vive con vosotros? - preguntó, a su vez, el Peregrino, sonriendo -. Decidle que salga inmediatamente y que prepare unas cuantas mesas con incienso, pues están a punto de llegar el rey y la reina de la India con todos sus dignatarios y mi maestro. A pesar de que los monjes no comprendían de qué podía estar hablando, hicieron salir al anciano, que se inclinó, respetuoso, ante el Peregrino y le preguntó: - ¿Habéis descubierto algo sobre la princesa? El Peregrino contó, entonces, cómo la impostora había arrojado una bolita de bordados sobre la cabeza del monje Tang, cómo había tratado de desposarse con él, cómo había luchado repetidamente contra ella y cómo la Estrella del Yin Supremo le había suplicado que no le diera muerte, revelándole que era la liebre de jade de su palacio. Emocionado, el anciano se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente en señal de gratitud. - ¡Levantaos, por favor! - le urgió el Peregrino, ayudándole a incorporarse -. Es preciso preparar el recibimiento del rey y su séquito. Muchos de los monjes se enteraron, entonces, de que en una de las habitaciones posteriores había encerrada una muchacha. Sin dar crédito a tantas revelaciones, dispusieron unas cuantas mesas con incienso a las puertas del monasterio, mientras los de más edad vestían sus magníficas túnicas y los jóvenes hacían sonar las campanas y los tambores. No tardó en aparecer el cortejo imperial. Al poner su majestad el pie en los dominios de aquel templo tan apartado, el cielo se llenó de una neblina aromática de buenos auspicios. Parecía como si un arco iris sin tiempo hubiera limpiado los océanos y los mares o como si la primavera de prosperidad se hubiera posado para siempre en los dominios de aquel rey tan virtuoso. El cortejo superaba en belleza al espléndido paisaje por el que avanzaba, llenando el ambiente de un penetrante olor a flores. Debido a las precauciones tomadas por un monje anciano, el monasterio se ve ahora honrado por la presencia de un gobernante sabio. Nada más poner en él su pie, los bonzos salieron en filas a darle la bienvenida, para postrarse a renglón seguido sobre el polvo. - ¿Cómo habéis llegado tan pronto? - preguntó el rey, admirado, al ver al Peregrino. - Muy fácilmente - respondió el Peregrino, sonriendo -. Me ha bastado con un simple movimiento del cuerpo. ¿Y, vos, cómo habéis empleado casi medio día en cubrir una distancia tan corta? Antes de que contestara, llegaron el monje Tang y los demás. Con el maestro a la cabeza se dirigieron a la parte de atrás del monasterio, donde encontraron a la princesa babeando y diciendo insensateces. El anciano señaló la puerta tras la que se hallaba encerrada y, postrándose de hinojos, dijo: - Ahí está la dama que llegó el año pasado a lomos del viento. El rey mandó derribar la puerta y al punto le arrancaron la cerradura y el cerrojo. En cuanto vieron a la loca, el monarca y su esposa reconocieron en ella a la princesa y, sin importarles para nada la suciedad en la que yacía, corrieron a abrazarla, gritando, emocionados: - ¡Pobre hija nuestra! ¿Qué amarga suerte te ha conducido a un estado tan lamentable? No existe, en verdad, nada comparable con el reencuentro de un hijo con sus padres. Los tres se abrazaban como si hubieran perdido el juicio y, a juzgar por los gritos que lanzaban, no se sabía si lloraban o reían. Después de repetirse, una y otra vez, lo mucho que se habían echado de menos, el rey ordenó traer agua de rosas, para que la princesa pudiera lavarse y cambiarse de ropas. En cuanto hubo recobrado su aspecto original, montó en la carroza con sus regios progenitores y regresaron todos a la ciudad. Antes de hacerlo, sin embargo, el Peregrino se inclinó con respeto ante el rey y le dijo: - Existe otro asunto, del que quisiera hablar con vos. - ¿De qué se trata? - preguntó el rey, complaciente -. Sabed que podéis contar con mi ayuda para lo que deseéis. - Se nos ha informado - explicó el Peregrino - que en una de vuestras montañas, en concreto en la conocida por el nombre de los Ciempiés, un grupo de estos insectos se ha convertido en espíritus y ha empezado a atacar a los caminantes durante la noche. Eso ha hecho que tanto los viajeros como los comerciantes pierdan un tiempo realmente precioso, al cruzar vuestros muy dignos territorios. Puesto que los gallos y ese tipo de sabandijas son enemigos irreconciliables, me gustaría escoger a los mil pollos más robustos de vuestros corrales y dejarlos sueltos por estos contornos, para que acaben, de una vez por todas, con esas criaturas tan venenosas. Cuando hayan concluido su tarea, no estaría de más que cambiarais de nombre a esa montaña y que construyerais una nueva ala en este monasterio, en prueba de gratitud por haber cuidado a la princesa durante todo este tiempo. El rey aceptó, complacido, ambas sugerencias y ordenó a varios funcionarios que se fueran por delante a la ciudad y escogieran los gallos más sanos y fuertes. El nombre de la montaña fue cambiado por el de Flor Preciosa. Por su parte, el departamento encargado de las construcciones imperiales se puso en seguida manos a la obra para agrandar de un modo considerable aquel templo, que empezó a ser conocido como Real Monasterio Dispensador del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados de la Montaña de la Flor Preciosa. Su guardián recibió el título de Defensor de la Patria y se le asignó un salario de treinta y seis piedras preciosas. Agradecidos, los monjes acompañaron al cortejo imperial hasta la misma corte, donde la princesa saludó, emocionada, a todos los suyos. Para celebrar su regreso, se ofrecieron espléndidos banquetes, en los que tanto el rey como sus súbditos rivalizaron en alegría y regocijo. Al día siguiente su majestad ordenó pintar los retratos de los cuatro peregrinos y los hizo colgar en el Salón de la Paz Eterna entre los Chinos y los Bárbaros. La princesa, maquillada y elegantemente vestida, fue personalmente a dar las gracias al monje Tang y a sus discípulos por haberle devuelto la libertad. El maestro quiso ponerse inmediatamente en camino, pero, como era de esperarse, el rey se opuso a dejarle partir. Las celebraciones se prolongaron durante cinco o seis días, en los que el Idiota no hizo otra cosa que hartarse. Su majestad terminó comprendiendo, finalmente, que los peregrinos se morían de ganas por presentar sus respetos a Buda y no se atrevió a demorar por más tiempo su marcha. En prueba de su profundo agradecimiento quiso regalarles doscientos lingotes de plata y oro, junto con un cofre lleno de auténticos tesoros, pero ellos no aceptaron ni una sola moneda de cobre. Vivamente admirado, hizo venir su carroza y pidió al maestro que se sentara a su lado, mientras todos los cortesanos se aprestaban a acompañarle durante un largo trecho del camino. La reina, la princesa, las concubinas y las restantes damas del palacio se echaron rostro en tierra y golpearon repetidamente el suelo con la frente en señal de profundo agradecimiento. Cuando estaban a punto de abandonar la ciudad, se presentaron los monjes del monasterio, decididos a no dejarlos partir. Comprendiendo que la situación podía tornarse un tanto complicada, el Peregrino no tuvo más remedio que hacer un signo mágico con los dedos y soplar hacia el sudoeste una bocanada de aliento mágico. Al momento se levantó un viento huracanado que dispersó a todos los presentes. Sólo entonces pudieron los caminantes proseguir su viaje. Purificados por las aguas de la gracia, regresaron a la causa primera y, abandonando el mar de las pasiones, sumieron su espíritu en la auténtica nada. No sabemos, de momento, cómo era el camino que aún les quedaba por recorrer. El que quiera averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第096回 EL NOBLE KOU AGASAJA CON GUSTO A UN MONJE RESPETABLE. EL MAESTRO TANG RECHAZA LAS RIQUEZAS Originalmente la forma no es tal ni el vacío es ausencia. No existen diferencias entre el ruido, la calma, el silencio y la palabra. Cuando alguien duerme no puede transmitir a otro el sueño que está teniendo en ese mismo momento. Lo práctico carece de valor, cuando se usa, de la misma forma que el poder deja de serlo, cuando se aplica a sí mismo. Es como las frutas que, al madurar, se tornan rojas. No preguntes cómo lo hacen. Sólo los sabios conocen los por qués. Decíamos que el mayor de los discípulos del monje Tang se valió de sus poderes mágicos para poner freno al entusiasmo de los monjes del Monasterio Dispensador del Oro. Cuando el huracán amainó, no había ni rastro del maestro ni de sus seguidores y todos se convencieron de que habían sido testigos de la marcha de unos budas vivientes. Presa de un respetuoso temor, se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, antes de regresar definitivamente a su monasterio, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los peregrinos, que siguieron caminando, incansables, hacia el Oeste. De nuevo la primavera tocó a su fin y volvió a hacerse presente el verano. El tiempo comenzó a ser cada vez más caluroso y la luz pareció apoderarse de todo. Los estanques aparecían cubiertos de lotos, las ciruelas maduraban a ojos vista como consecuencia de las últimas lluvias y el grano que llenaba los campos se mecía en los brazos del viento a alturas progresivamente mayores. Las golondrinas seguían con sus vuelos los cursos de los arroyos, mientras los faisanes lanzaban gritos de amor, al tiempo que trataban de alimentar a sus polluelos. Los días se alargaban con cada anochecer que pasaba y todo parecía revestirse de una fuerza desconocida hasta entonces. Muchas fueron las veces que los caminantes descansaron a la luz de las estrellas y se sentaron a comer, al despuntar la primera luz del día. Resultaban incontables los cursos de agua que vadearon y las colinas que traspusieron. Durante más de medio mes viajaron en dirección oeste sin toparse con una sola persona. Por fin, un día vieron una ciudad y Tripitaka preguntó esperanzado: - ¿Sabéis qué lugar es ése de ahí delante? - No - respondió el Peregrino. - ¿Cómo puedes decir eso? - le regañó Ba-Chie, sonriendo, malicioso -. ¿No decías que habías pasado antes por aquí? Cuando te niegas a responder al maestro, debe de ser porque esa ciudad encierra algo raro; si no, no me explico a qué viene tanta ignorancia. - ¡Qué poco razonable eres! - se quejó el Peregrino -. Tienes que pensar que aunque, en efecto, he recorrido este camino varias veces, siempre lo he hecho desde el aire y nunca me he detenido en ningún sitio. ¿Para qué me iba a preocupar de lo que no me concernía? Te aseguro que es la verdad. No sé qué es lo que pueden encerrar esas murallas. No tardaron en llegar a los aledaños de la ciudad y Tripitaka bajó del caballo, antes de enfilar el puente levadizo que conducía directamente a una de las puertas fortificadas. A un lado de una calle llamativamente larga vio a dos ancianos charlando amigablemente y, volviéndose a sus discípulos, les ordenó: - Quedaos ahí y agachad la cabeza todo lo que podáis. Voy a preguntar a esos hombres cómo se llama este lugar. El Peregrino y los demás no se movieron del sitio. Comportándose con una corrección desacostumbrada en ellos, vieron cómo el maestro se acercaba a los ancianos y cómo juntaba respetuosamente las manos, antes de decirles: - Recibid los saludos de este indigno servidor vuestro. Al principio los dos hombres no se dieron cuenta de su presencia, concentrados, como estaban, en una larga discusión sobre el auge, caída, logros y fracasos de las pasadas dinastías, sobre las cualidades necesarias para tomar a alguien por sabio y digno del mayor respeto, y sobre el hecho, triste e incuestionable, de que quien se lanza a em-presas heroicas tarde o temprano termina cayendo en el olvido. Cuando se percataron de su presencia, levantaron, sorprendidos, la cabeza y, después de devolverle el saludo, le preguntaron: - ¿Qué es lo que deseáis? - Vuestro humilde servidor - contestó Tripitaka - ha recorrido un camino muy largo con el único propósito de presentar sus respetos a Buda. Puesto que desconozco el nombre de esta dignísima comarca, me he tomado la libertad de acercarme a preguntároslo y a pediros, si es que lo sabéis, que me indiquéis el nombre de alguna familia dispuesta a hacer obras de caridad, pues, como podéis suponer, me encuentro al límite de mis fuerzas. - Ésta - explicó uno de los ancianos - es la Prefectura de la Terraza del Bronce, perteneciente al Distrito de la Tierra de la Luz. Si deseáis comer algo, no tenéis ninguna necesidad de mendigar. Pasad aquel arco de allí y os encontraréis con una calle que va de norte a sur. Seguidla y no tardaréis en toparos con una torre orientada hacia el este con varias esculturas de leones sentados a la puerta. No tiene pérdida. Es la casa del noble Kou. La reconoceréis, además, porque encima de la puerta hay una inscripción que dice: «No se prohibirá la entrada a diez mil monjes». Allí gozaréis de todas las comodidades a las que puede aspirar alguien llegado desde tan lejos como vos. Ahora, si no os importa, nos gustaría continuar con nuestra charla. Después de darles las gracias, Tripitaka se volvió hacia el Peregrino y le dijo: - Este lugar es la Prefectura de la Terraza del Bronce, perteneciente al Distrito de la Tierra de la Luz. Según esos ancianos, detrás de aquel arco hay una calle que recorre la ciudad en dirección norte-sur con una torre orientada hacia el este, que tiene a la puerta varias esculturas de leones sentados. Parece ser la mansión de un noble apellidado Kou, que no ha encontrado mejor lema para su hogar que una inscripción que dice: «No se prohibirá la entrada a diez mil monjes». Allí siempre hay comida disponible para gente como nosotros. - Ésta - comentó el Bonzo Sha, entusiasmado - es la tierra de Buda y no me extraña lo más mínimo que haya gente dispuesta a dar de comer a todos los monjes con los que se tope. Opino, por otra parte, que, al tratarse de una simple prefectura, no es necesario que vayamos a sellar nuestro documento de viaje. Así que, cuanto antes repongamos las fuerzas, antes reanudaremos la marcha. El maestro siguió la dirección que acababan de indicarle los ancianos, pero el extraño aspecto de sus discípulos no tardó en despertar la curiosidad y el sobresalto entre la gente que llenaba los mercados. Pronto se arremolinó a su alrededor una gran multitud, que no dejaba de mirarlos, entre divertida y alarmada, a la cara. Los tres hermanos no respondieron a sus comentarios, debido, quizás, a que el maestro no dejaba de repetirles: - Recordad que debéis comportaros como lo que sois. Ni siquiera Ba-Chie osó desobedecerle, y agacharon la cabeza cuanto pudieron, clavando fijamente la vista en el suelo. Al torcer la esquina desembocaron en una calle grande que iba, en efecto de norte a sur. No tardaron en descubrir la torre con los leones a la entrada y la inscripción que decía: «No se prohibirá la entrada a diez mil monjes». - En verdad - comentó el maestro, admirado -, en esta tierra sagrada del Oeste no hay lugar para el engaño. Ahora estoy convencido de que en el país de Buda tanto los sabios como los tontos reniegan de la mentira. He de confesaros que tenía mis dudas respecto a lo que acababan de contarme esos ancianos. Maleducado e impulsivo como siempre, Ba-Chie trató de entrar el primero, pero se lo impidió el Peregrino, diciendo: - ¿Por qué no esperas a que salga alguien a darnos la bienvenida? ¿No comprendes que no podemos pasar hasta que no nos inviten a hacerlo? - Wu-Kung tiene razón - opinó el Bonzo Sha -. Si no nos ajustamos escrupulosamente a las normas dictadas por la etiqueta, el señor de la casa puede sentirse ofendido y negarse a dejarnos pasar. Sin más, agarraron de las riendas al caballo y posaron el equipaje en el suelo. No tardó en aparecer un criado con una cesta y una balanza, que se llevó tal susto al verlos que, tirándolo todo, corrió a informar a su señor de lo ocurrido. - Ahí fuera - dijo, muy excitado - hay cuatro monjes con una pinta muy rara. El noble se encontraba en el jardín dando un paseo y recitando sin cesar el nombre de Buda. Al oír al criado, tiró a un lado el bastón que llevaba en las manos y corrió a dar la bienvenida a tan inesperados visitantes. A pesar de su extremada fealdad, no los encontró, en modo alguno, repulsivos y los invitó a entrar en su mansión, diciendo: - ¡Pasad, pasad! ¡Bienvenidos a esta humilde morada! Tripitaka y sus discípulos así lo hicieron, sin atreverse a levantar la vista del suelo. Tras atravesar un pequeño pasillo, el noble los condujo hasta un espléndido edificio y les anunció: - Ahí dentro se encuentra la sala dedicada a Buda, el salón de los sutras y el comedor. Podéis quedaros a vivir todo el tiempo que deseéis. Yo vivo en ese otro edificio de la izquierda con mi familia. Conmovido ante tantas atenciones, Tripitaka se puso la túnica que había traído desde Chang-An y entró en el templo a presentar sus respetos a Buda. Por doquier se veía el tímido latir de las velas entre una nube de volutas aromáticas de incienso. Las flores y la seda llenaban hasta el último rincón de aquella espléndida sala, cuyas paredes aparecían cubiertas totalmente de oro. De ese mismo metal era una campana que colgaba de lo alto. Muy cerca de ella había dos tambores de laca multicolor. Los estandartes, bordados todos ellos con piedras preciosas, ondeaban sin cesar, como si quisieran cantar las glorias de los mil Budas de oro que adornaban las paredes laterales. Encima de una mesa lacada y llena de artísticos relieves descansaban una caja con los mismos motivos, un pebetero de bronce y un florero del mismo material. Del pebetero fluían sin cesar volutas de humo aromático, que se mezclaban con la fragancia que despedían los lotos de varios colores que contenía el jarrón. El incienso difuminaba los contornos de la mesa, haciendo que los montoncitos de pétalos que llenaban la caja labrada parecieran gemas traídas de remotos lugares. Un poco más allá se veía un precioso recipiente de cristal con el agua sagrada, una lámpara de vidrio con el aceite perfumado y una campanita de oro para marcar los ritmos de la salmodia. Ni una sola mota de polvo mancillaba aquella sala dedicada a Buda, cuya riqueza y lujo de detalles superaba al de no pocos templos. Una vez purificadas sus manos, el maestro tomó un poco de incienso y lo quemó, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente. Se volvió a continuación hacia el noble con el fin de saludarle con el respeto requerido, pero éste se lo impidió, diciendo: - Dejad eso para después. Antes es preciso que visitéis el salón de los sutras. Lo que allí vieron los llenó de asombro. Incontables volúmenes de sufras ocupaban hileras enteras de cajas cuadradas de jade y oro. En algunas de ellas se apilaban las notas y los escritos a mano. Sobre una mesa de laca roja podían verse una piedra para diluir tinta, un rollo de papel, un pincel y una especie de sello de color negro, todo ello de un gusto y de una elegancia inigualables. De esas cualidades participaban, igualmente, los libros, las pinturas, los atriles y los tableros de ajedrez, que se hallaban protegidos por un biombo de color verdoso. Lugar destacado ocupaba una campana de jade con incrustaciones de oro, protegida de los embates del viento por una humilde estera de esparto. El aire que allí se respiraba poseía tal pureza, que la tristeza se dispersaba y las penas se desvanecían. Se apreciaba que en aquel reducto de sabiduría la mente se liberaba de todas sus preocupaciones para seguir las inmaculadas sendas del Tao. El maestro se dispuso a felicitar a su dueño por la posesión de tan inestimables tesoros, pero el noble se negó a aceptar cualquier prueba de reconocimiento, diciendo: - Antes debéis despojaros de vuestra espléndida túnica de maestro. Tripitaka así lo hizo y presentó, finalmente, sus respetos al dueño de aquella formidable mansión, que no sólo los recibió con inesperada unción, sino que los hizo extensivos al Peregrino y sus dos hermanos. Acto seguido, ordenó a los criados que dieran de comer al caballo y que metieran el equipaje en el pasillo. Sólo entonces se atrevió a pre-guntarles de dónde procedían y cuál era el propósito de su viaje. - Vuestro humilde servidor - contestó Tripitaka - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, que se halla de camino hacia la Montaña del Espíritu con el fin de obtener las escrituras budistas. Si hemos osado llamar a vuestra puerta, ha sido porque nos han informado de que sois una persona muy caritativa y el hambre ha minado últimamente nuestras fuerzas. Podéis estar seguro de que, en cuanto hayamos tomado lo que vuestra generosidad tenga a bien ofrecernos, nos pondremos de nuevo en camino. - Como quizás ya sepáis - contestó el noble, sonriendo visiblemente complacido -, pertenezco a la familia Kou y mi nombre completo es Hung Da-Kuang. Aunque acabo de cumplir sesenta y cuatro años, al poco de cumplir los cuarenta prometí dar de comer exactamente a diez mil monjes. A lo largo de estos veinticuatro años he llevado cuenta de todos los que se han sentado a mi mesa y puedo aseguraros que ascienden exactamente a nueve mil novecientos noventa y seis. Para completar la cifra que me propuse, restan únicamente cuatro y estoy convencido de que el Cielo os ha traído hoy hasta mi puerta para que pueda dar cumplimiento a la promesa que hice en su día. Eso me llena de un gozo tan grande, que podéis quedaros a mi lado un mes entero, si así lo deseáis. Me gustaría que fuerais testigos de la ceremonia con la que quiero poner punto final a mi voto. Entonces me sentiré libre del todo y podré acompañaros durante el resto del viaje con caballos y carrozas. Mirándolo bien, la Montaña del Espíritu no se halla tan lejos de aquí. Son, en efecto, mil seiscientos los kilómetros que nos separan de ese lugar de bendiciones. Tripitaka no cabía en sí de contento y dio en seguida su conformidad, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los sirvientes, que, sin pérdida de tiempo, encendieron el fuego, sacaron agua del pozo y dispusieron del arroz, los tallarines y las verduras necesarios para preparar un pequeño convite vegetariano. Al ver la animación que reinaba en la casa, les preguntó la anciana esposa del noble: - ¿De dónde son esos monjes, para que se les trate con tanta consideración? - Según hemos oído decir a uno de ellos - contestaron los criados -, son unos enviados del Gran Emperador de los Tang con el encargo de presentar sus respetos al Patriarca Budista en la Montaña del Espíritu. La distancia que han recorrido para llegar hasta aquí es tanta, que al señor se le ha metido en la cabeza que se trata de unos mensajeros de lo alto y ha decidido ofrecerles un auténtico banquete. - Prepárame mis mejores ropas - ordenó la anciana, emocionada, volviéndose hacia una sirvienta -. Deseo salir a saludarlos. - Os aconsejo que tengáis cuidado con ellos - dijo uno de los criados -, porque, aunque el que los manda es bastante agraciado, los otros tres tienen una cara que asusta. - ¡Qué poca inteligencia la vuestra! - los regañó la anciana -. ¿Qué importan la fealdad y la belleza, cuando se trata de seres celestes que han decidido visitar este mundo de sombras? Id a comunicar mis deseos al señor, por favor. Los criados corrieron al salón de los sutras e informaron al noble: - Vuestra esposa se encuentra ahí fuera. Dice que le gustaría presentar sus respetos a los nobilísimos maestros llegados de las Tierras del Este. Al verla entrar, Tripitaka se puso inmediatamente de pie. La anciana le estudió con detenimiento y comprobó que poseía unos rasgos atractivos y un porte digno en extremo. Lo mismo hizo con el Peregrino y sus dos hermanos, pero aunque estaba convencida de que eran seres llegados directamente del cielo, no pudo por menos de sentir cierta aprensión, al arrodillarse ante ellos e inclinarse hasta tocar el suelo con la frente. - Creo que nos tratáis con más respeto del que merecemos - dijo Tripitaka, respondiendo de la misma forma a su saludo. - ¿Cómo es que no se sientan todos juntos? - preguntó la anciana al noble en tono de reproche. - Nosotros no somos más que simples discípulos - contestó Ba-Chie, estirando cómicamente el hocico. Aquello produjo el mismo efecto que el rugido de un tigre en el corazón de una montaña. La anciana se echó a temblar, aunque tuvo la delicadeza de no hacer ningún comentario inoportuno. Afortunadamente, en ese mismo momento se presentó otro de los criados y anunció: - Acaban de llegar los dos señoritos. Tripitaka se dio la vuelta a toda prisa y vio acercarse a dos jóvenes estudiantes, que se inclinaron con respeto, antes de tomar la dirección del salón de los sutras. Tripitaka les devolvió inmediatamente el saludo. - Éstos - explicó el noble, agarrándolos de la túnica - son mis hijos Kou-Liang y Kou-Dung, que acaban de volver del centro de estudios. Se han enterado de vuestra llegada y han venido a saludaros antes de sentarse a la mesa. - ¡Qué extraordinaria delicadeza la suya! - exclamó el maestro, complacido -. Se nota que en vuestra casa es la norma la práctica del bien. Quien desee tener hijos honrados no debe renunciar, en efecto, a enviarlos a los centros de estudios. - ¿De dónde es este maestro? - preguntaron los dos jóvenes a su padre. - De un lugar muy lejano - contestó el noble, sonriendo -. Se trata, de hecho, de un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, que, como sabéis, se hallan enclavadas en el continente austral de Jambudvipa. Su deseo es llegar a la Montaña del Espíritu para entrevistarse con el Patriarca Budista. - Recuerdo haber leído en la obra A través de los bosques de los asuntos - comentó uno de los jóvenes - que el mundo se halla dividido en cuatro continentes y que el nuestro, el occidental, recibe el nombre de Aparagodaniya, en oposición al oriental, que se llama Purvavideha. Me gustaría saber cuántos años ha invertido el maestro para recorrer la distancia que separa esta prefectura del continente austral de Jambudvipa. - Me temo que a lo largo de este viaje he pasado más días en poder de algún monstruo que de camino - respondió Tripitaka, sonriendo -. Han sido incontables las pruebas que he tenido que superar. Sin la ayuda de mis tres discípulos jamás habría logrado escapar de las garras de tanto demonio y de tanta bestia como me ha secuestrado. De todas formas, puedo asegurarte que han sido catorce veranos con sus correspondientes inviernos los que he pasado en los caminos, antes de llegar hasta aquí. - ¡Por fuerza tenéis que ser un elegido del Cielo! - exclamaron, admirados, los dos estudiantes. No habían acabado de decirlo, cuando se presentó otro criado y anunció: - La comida está ya dispuesta. Cuando quieran, pueden los maestros sentarse a la mesa. El noble se volvió, entonces, hacia su esposa y le pidió que se retirara con sus hijos a su mansión particular, mientras él se encargaba de hacer los honores a los cuatro peregrinos. El convite parecía haber sido dispuesto en el palacio de un príncipe. Los tableros de las mesas estaban lacados y poseían ribetes dorados, lo mismo que las sillas, de impresionantes respaldos de laca negra. La comida estaba, igualmente, dispuesta de un modo impecable. En primera línea había dulces de cinco o seis colores distribuidos de una forma propia de artistas. Los seguían otros tantos platos de tamaño un poco mayor. A continuación se veían delicias de frutas y, por último, unos aperitivos tan grandes como las fuentes que contenían las viandas principales. Tanto las empanadas como las sopas y los bollos estaban en su punto y, de sólo verlos, se hacía la boca agua. A pesar del reducido número de los comensales, seis o siete muchachos se encargaban de servir la mesa, mientras cuatro o cinco cocineros reponían los platos que iban desapareciendo. Lo hacían a tal velocidad, que parecían cuerpos celestes persiguiendo a la luna. Chu Ba-Chie engullía una fuente tras otra con la rapidez con que el viento dispersa las nubes, obligando a los criados a acelerar el ritmo de sus continuas idas y venidas en busca de sopa y arroz. El ambiente era, por otra parte, tan distendido, que hasta el maestro parecía disfrutar de la comida. Una vez que los peregrinos hubieron saciado el hambre, se pusieron de pie y se aprestaron a continuar la marcha, pero el noble se lo impidió, diciendo: - ¿Por qué no os quedáis unos cuantos días más? Como muy bien afirma el proverbio, «al principio nada cansa, pero al final se torna sumamente pesado». ¿No deseáis ser testigos de la ceremonia que ha de poner punto final a mi promesa? Como os he dicho, entonces me encontraré libre de mis responsabilidades y podré acompañaros a través de las montañas. Al ver la sinceridad con la que hablaba, Tripitaka no tuvo más remedio que acceder a sus deseos. Pero pasaron seis o siete días antes de que, por fin, se decidiera a hacer venir a su mansión a los veinticuatro monjes más virtuosos de la comarca, para que pusieran el sello final al voto que había emitido hacía tantos años. Los religiosos emplearon tres o cuatro días más para disponer de todo lo necesario y, tras fijar una fecha propicia, dieron comienzo a la ceremonia. Como era de esperarse, su forma de actuar no se diferenció mucho de la empleada en los dominios del gran señor de los Tang. Después de desenrollar los estandartes y de colocar en su sitio las imágenes doradas, encendieron las velas y empezaron a quemar varillas de incienso entre el bramar de los tambores y el tintinear de los címbalos. Mientras unos tocaban las flautas y las gaitas de larguísima caña, otros hacían sonar los gongs, siguiendo escrupulosamente las notaciones musicales transmitidas desde tiempos inmemoriales. Antes de comenzar el recitado de los sutras, tocaron los instrumentos con la unción que se esperaba de ellos. Aplacaron primero a los espíritus de aquella comarca, para pasar a continuación a invocar a los guerreros celestes. Después quemaron los documentos para los dioses y se inclinaron, respetuosos, antes las imágenes de Buda. Eso marcó el inicio del recitado del Sutra del Pavo Real, que tiene el poder de alejar a los enemigos. La luz cegadora de la lámpara de Bhaisajya llenó, entonces, la estancia y el Agua de la Penitencia se encargó de disolver las enemistades y las culpas. A eso mismo contribuyó el solemne recitado del Sutra de las Guirnaldas. Las normas dictadas por las escuelas de los Tres Medios no persiguen fin más alto que alcanzar la purificación total del hombre. Tan impresionantes ceremonias duraron tres días con sus correspondientes noches. Eso hizo añorar aún más a Tripitaka el Monasterio del Trueno y comunicó a su anfitrión sus deseos de reemprender cuanto antes la marcha. - ¡Qué ansia la vuestra por partir! - exclamó el noble, apenado -. O mucho me equivoco o mi total dedicación durante estos últimos días a la ceremonia os ha ofendido de alguna manera. Sólo así se explica que queráis partir tan pronto. - ¿Cómo voy a osar quejarme del trato que aquí he recibido, cuando he sido yo el que ha traído el desorden a vuestra dignísima mansión? - replicó Tripitaka -. En el momento de la despedida mi señor me preguntó que cuándo estaría de vuelta y yo le contesté, sin saber en realidad lo que decía, que al cabo de tres años. ¿Cómo podía sospechar yo entonces que habría de pasar catorce años en los caminos? Lo malo es que aún no he conseguido las escrituras y el camino de vuelta me llevará probablemente otros doce o trece años más. ¿No supondrá eso desobedecer las órdenes de mi señor y hacerme, así, acreedor a un castigo ejemplar? Os suplico, pues, que comprendáis mi situación y me permitáis partir cuanto antes. Os prometo que, cuando haya conseguido las escrituras, vendré a vuestra mansión y me quedaré en ella todo el tiempo que deseéis. - ¡Qué pocas muestras de sensibilidad dais, maestro! - exclamó Ba-Chie, sin poderse contener -. ¿Es que para vos no significan nada los sentimientos? Sólo una persona extremadamente rica es capaz de hacer una promesa como la que profirió este noble. ¿Qué hay de malo en que nos quedemos a su lado un año o dos, ahora que ya la ha cumplido? ¿A qué viene tanta prisa en regresar a esos caminos, en los que nos vemos obligados de continuo a mendigar nuestro propio sustento? ¿Es que, acaso, creéis que todos son tan generosos como este caballero? - ¡Maldito tragón! - gritó el maestro, perdiendo la paciencia -. Por lo que veo, jamás te has dejado llevar por el deseo de regresar a tus orígenes, sino por el ansia reprobable de llenar tu sucio estómago. No eres más que una bestia que se muere de ganas por comer, en cuanto siente el menor hormigueo en las tripas. Puesto que estás dispuesto a dejarlo todo por una buena mesa, mañana mismo me pondré yo solo en camino. - ¡Qué idiota estás hecho! - exclamó el Peregrino, empezando a dar puñetazos a Ba-Chie, al ver el cambio experimentado por el maestro -. ¿Ves lo que has conseguido? Por tu culpa a punto hemos estado de separarnos. - ¡Eso es! - le animó el Bonzo Sha -. ¡Pártele la cara, de una vez, a ver si aprende a no meterse donde no le llaman! El Idiota bajó los brazos y no se atrevió a replicar. Al ver el deterioro que parecían haber sufrido las relaciones del maestro y los discípulos, el noble trató de hacer las paces entre ellos y dijo, sonriendo: - Tranquilizaos, maestro. Me conformaré con que os quedéis a mi lado un día más. Mañana mismo pediré a mis deudos y conocidos que salgan a despediros a las afueras de la ciudad con sus estandartes y sus tambores. No había terminado de decirlo, cuando se presentó la anciana dueña de la casa y preguntó: - ¿A qué viene tanta prisa, maestro? ¿Cuántos son, en definitiva, los días que lleváis honrándonos con vuestra presencia? - Llevo aquí ya cerca de medio mes - contestó Tripitaka. - Si accedéis a quedaros otro medio más, acrecentaréis de un modo increíble los méritos de mi esposo - replicó la anciana -. Yo misma tengo ahorrado cierto dinerillo y me haría mucha ilusión poder emplearlo en el cuidado de vuestra persona durante otro medio mes. Como si se hubieran puesto de acuerdo, nada más terminar de decirlo, se presentaron Kou-Dung y su hermano y suplicaron a los monjes: - Escuchadnos con atención, maestros. Aunque nuestro padre ha estado dando de comer a los monjes durante más de veinticuatro años, jamás se había topado con personas de un natural tan bueno como ustedes. Es más, a ustedes se debe que haya completado el número que prometió, haciendo posible, como quien dice, que el resplandor se haya posado sobre una humilde cabaña. Aunque somos demasiado jóvenes para comprender todos los secretos del karma, conocemos el proverbio que afirma: «Quien siembra siega y no cosecha quien nunca lo hace». Con ello queremos daros a entender que, si nuestros padres desean tan ardientemente que os quedéis por más tiempo a su lado, es con el fin de obtener una recompensa kármica mayor. ¿Por qué os negáis tan obstinadamente a satisfacer sus deseos? Aunque no somos más que meros estudiantes, hemos conseguido ahorrar un poco de dinero, que emplearemos, gustosos, en vuestras personas durante medio mes más. - Si no me he atrevido a aceptar las pruebas de cariño que me expresaba vuestra madre - contestó el maestro -, ¿cómo esperáis que tome en consideración las vuestras? Disculpad mi firmeza, pero es preciso que hoy mismo me ponga en camino. Si accediera a vuestros deseos, dejaría de cumplir el encargo imperial y me haría acreedor a un castigo, que ni la muerte sería capaz de borrar. Al oír esas razones, la anciana y los monjes terminaron perdiendo la paciencia y dijeron, enfadados: - ¡Está bien! ¡Si se quiere marchar, que se vaya! ¿A qué viene perder más tiempo en charlas inútiles? - ¿No os parece que os habéis pasado un poco? - preguntó, a su vez, Ba-Chie, aprovechando la ocasión -. Como muy bien afirma el proverbio, «quedarse es lo adecuado, la marcha entristece a las dos partes». ¿Qué nos cuesta permanecer aquí durante un mes más? De esa forma, nadie se sentiría ofendido. - Así que es eso lo que opinas, ¿eh? - replicó el maestro, volviéndose hacia él, y, propinándole un par de bofetadas, añadió -: ¡Cierra la boca, de una vez, y no vuelvas a decir nada! El Peregrino y el Bonzo Sha soltaron, entonces, la carcajada. - ¿Se puede saber de qué te ríes? - preguntó el monje Tang al Peregrino, dispuesto a recitar el conjuro que tanto dolor le producía. El Peregrino comprendió en seguida sus intenciones y, echándose rostro en tierra, exclamó, muy alarmado: - ¡No me estaba riendo! ¡Por lo que más queráis, maestro, no recitéis ese conjuro! El noble se dio cuenta en seguida de que su insistencia estaba sembrando la discordia entre el maestro y sus discípulos y no se atrevió a repetir su ruego. - No discutáis, por favor - dijo, cabizbajo -. Os prometo que mañana os acompañaré con un séquito de familiares y amigos - y, dirigiéndose al salón de los sutras, ordenó a uno de sus escribientes que enviara cien invitaciones a sus deudos más allegados, pidiéndoles que se reunieran a las afueras de la ciudad para despedir al monje Tang. Acto seguido, encargó a sus cocineros que prepararan un banquete de despedida. Por si eso no bastara, pidió al primero de sus sirvientes que dispusiera veinte pares de estandartes de colores y contratara una banda de tambores y músicos. Se enviaron, igualmente, invitaciones al Monasterio Austral de la Venida y al Templo de la Montaña Oriental, con el fin de que tanto los monjes como los inmortales taoístas pudieran tomar parte en el convite del día siguiente. Había empezado a anochecer, cuando los criados dieron por terminados sus encargos. Después de la cena todo el mundo se retiró a descansar. A pesar de lo avanzado de la hora, una bandada de cuervos regresaba a la ciudad, mientras se escuchaba el lejano tañir de las campanas y el rítmico batir de los tambores de las torretas de los vigías. Las calles y los mercados se hallaban vacíos. La actividad se había retirado al interior de las casas, vivamente iluminadas con el resplandor de las antorchas y el fuego de los hogares. La brisa sacudía los capullos cerrados de las flores, cuya sombra dibujaban en el suelo los rayos lunares. Algunas estrellas pugnaban por destacarse, sin conseguirlo, en el arroyo de luz de la Vía Láctea. A medida que la noche iba avanzando, se iba haciendo más intenso el llanto de los cuclillos, los cielos se iban poblando de silencio y la tierra se iba sumiendo en las profundidades del sueño. Entre la tercera y la cuarta vigilia los criados abandonaron sus lechos y empezaron a realizar las tareas que les habían sido encomendadas. Los encargados de la preparación del banquete se lanzaron al interior de la cocina, mientras los responsables de confeccionar los estandartes se reunían en uno de los salones y se ponían manos a la obra. Los que habían recibido el encargo de atender a los inmortales y a los monjes corrieron hacia sus respectivos monasterios y templos, seguidos muy de cerca por los que habían de ir en busca de los tamborileros y los músicos. Pero su velocidad no podía compararse con la de los que llevaban las invitaciones de una casa a otra. Montados en carros o, simplemente, a lomos de fogocísimos corceles, se lanzaron como flechas hacia el este y el oeste, emitiendo gritos que resonaban como insultos en el silencio de la noche. Tan alborotadora hiperactividad duró hasta poco antes del amanecer. A eso de la hora de la serpiente habían concluido todos los preparativos y, con ellos, el dinero que durante tantos años había estado acumulando el noble. Aquella mañana el monje Tang y sus discípulos se levantaron más pronto que de costumbre. Inmediatamente el maestro ordenó ensillar al caballo y recoger todas sus cosas. Cuando comprendió que nada iba a hacerle a Tripitaka desistir de su propósito de ponerse cuanto antes en camino, el Idiota se puso a regruñir por lo bajo, pero no le quedó más remedio que meter en la bolsa la túnica y la escudilla de las limosnas y cargar a regañadientes con la pértiga. El Bonzo Sha, por su parte, cepilló cuidadosamente al caballo y después lo ensilló. Para no ser menos, el Peregrino entregó al maestro el báculo de los nueve nudos y se colgó del pecho la bolsa que contenía el documento de viaje. Cuando se disponían a ponerse en marcha, se presentó el noble y les pidió que tomaran asiento en el espléndido salón que había en la parte posterior de la mansión, donde había sido dispuesto el banquete. Jamás habían visto reunido tanto lujo. Por doquier se veían espléndidos biombos, que parecían el reflejo de los extraordinarios cortinajes que revestían las paredes. Del centro colgaba una pintura con una montaña rocosa que se miraba en el mar, mientras que en cada uno de los muros se veían escenas de la primavera, el verano, el otoño y el invierno. De unos pebeteros que descansaban sobre trípodes que representaban dragones, surgían volutas de incienso que se mezclaban con los aromas que emitían unos recipientes con forma de tortuga. Los recipientes que contenían las viandas lucían unos coloristas motivos florales hechos a base de piedras preciosas. Las mesas laterales poseían unos rebordes dorados que pugnaban inútilmente por restar protagonismo a los dulces con forma de león que descansaban sobre ellas. Al compás de los tambores y la música se desarrollaban unas danzas delicadas en extremo, aunque la vista se sentía más atraída por la distribución de las frutas y la comida, delicada como un bordado. ¡Qué fragancia la del vino y el té, qué finura la de las sopas y el arroz! No tenía que envidiar tanto lujo a ninguna de las mansiones de la corte. Las exclamaciones de asombro y alegría eran tan frecuentes, que el Cielo y la Tierra se asomaron a aquel humilde salón a ver de qué se trataba. El maestro se volvió hacia el noble para felicitarle, cuando se presentó un criado y dijo: - Los invitados acaban de llegar, señor. Se trataba de los vecinos más cercanos del piadoso noble, de sus cuñados, tanto por parte de su esposa como de sus hermanas, y de una incontable legión de primos. Todos ellos eran ardientes seguidores de los principios budistas y seguían a rajatabla una dieta vegetariana. No es extraño, pues, que, antes de tomar sus asientos, se inclinaran respetuosamente ante el maestro. Tan pronto como entraron en la sala, empezaron a sonar los instrumentos y dio comienzo el convite. Ba-Chie no perdía detalle y, volviéndose hacia el Bonzo Sha, le dijo: - Come todo lo que puedas, porque, en cuanto abandonemos esta mansión, no volveremos a disfrutar de tanto lujo. - ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - le regañó el Bonzo Sha, sonriendo -. Como muy bien afirma el proverbio, «las cosas más sabrosas pierden su sabor, en cuanto uno ha saciado el hambre». Y ese otro que dice: « ¿de qué te sirve ahorrar, si tu estómago no puede con todo?». - Me parece que eres demasiado refinado - replicó Ba-Chie -. Por mi parte, soy capaz de acumular en la barriga el alimento necesario para tres días de marcha. - Ten cuidado, no explotes - se burló el Peregrino -. Ya sabes lo duro que es el camino. Hablando de unas cosas y de otras, llegó la hora del mediodía. En ese momento, el maestro, que ocupaba el sitio de honor, dejó los palillos sobre la mesa y recitó el sutra para el final de la comida. Ba-Chie cogió en seguida cinco o seis tazones de arroz y, de un bocado, se los metió entre pecho y espalda. No contento con eso, tomó todos los platos de bollos, rollitos, empanadillas y dulces que pudo encontrar y, sin importarle que fueran salados o picantes, se los metió a toda prisa por las mangas. Sólo entonces accedió a levantarse de la mesa y a seguir los pasos de su maestro. Después de dar las gracias al noble y al resto de los invitados, el monje Tang salió del salón. En la puerta se topó con los estandartes, los tamborileros, los músicos y los grupos de monjes taoístas y budistas, que acababan de llegar. Sonriendo, el noble se dirigió hacia ellos y les dijo: - Me temo que habéis llegado un poco tarde. El maestro está ansioso por reemprender la marcha y no queda tiempo para que os sentéis a la mesa. Pero estad tranquilos. Os recompensaré a la vuelta. Los encargados de los carros y de los caballos se hicieron a un lado para dejarlos pasar. En cuanto se hubieron acomodado, se inició la marcha entre el batir de los tambores y el vibrar de los instrumentos musicales. El bosque de los estandartes y las banderas ondeaba con tal fuerza, que el sol pareció perder parte de su fuerza. Las calles estaban llenas a rebosar de caballos, carretas y gentes que se empujaban unas a otras para ver al noble Kou y a su espléndido séquito. Era tal el lujo del que hacían gala, que parecían seres de jade, de madreperla y de seda. En cuanto los budistas concluían su salmodia, los taoístas comenzaban a desgranar sus ruidosas melodías, siguiendo a los peregrinos, que, poco a poco, iban abandonando la capital de la prefectura. Cuando llevaban recorridos cerca de veinte kilómetros, el cortejo hizo un alto y de nuevo volvieron a servirse bebidas y unos cuantos platos. Comprendiendo que había llegado el momento de la despedida definitiva, el noble se volvió hacia el maestro y le dijo con ojos llorosos: - Cuando regreséis con las escrituras, no os olvidéis de honrar mi humilde mansión con vuestra presencia, No necesito deciros que eso colmará todas las aspiraciones del viejo Kou-Hung. - Si consigo llegar a la Montaña del Espíritu y entrevistarme personalmente con Buda - contestó Tripitaka, emocionado -, tened la seguridad de que le hablaré de vuestra piedad. ¿Cómo no voy a detenerme en vuestra casa a la vuelta, después de las atenciones que habéis tenido estos días conmigo? De esta forma, recorrieron cuatro o cinco kilómetros más. Varias veces pidió el maestro al noble que regresara a la ciudad, pero éste se opuso, una y otra vez, a hacerlo. Comprendiendo, finalmente, que no podía seguirle todo el camino, se dio media vuelta y volvió a la prefectura, llorando a voz en grito. Al dar de comer a tantos monjes, había adquirido un profundo conocimiento de la verdad, pero, como no estaba predestinado a entrevistarse con Tathagata, se vio obligado a regresar a su hogar, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del maestro y sus tres discípulos, que recorrieron ochenta o noventa kilómetros antes de que empezara a os-curecer. - Se está haciendo tarde - comentó, entonces, el maestro -. ¿Dónde creéis que podríamos encontrar un techo para pasar la noche? - ¡Sois de lo que no hay! - se quejó Ba-Chie con el ceño fruncido -. Tenéis el arroz al alcance de la mano y os negáis a llevároslo a la boca. Disponéis de un cobijo cómodo y elegante y os empeñáis en salir a recorrer los caminos, como si fuerais un espíritu recién enterrado. ¿Queréis decirme lo que pensáis hacer, si se pone a llover? - ¡Maldita bestia! - le regañó el monje Tang, enfadado -. ¿Es que no puedes dejar de quejarte, de una vez? Como muy bien afirma el proverbio, «por muy buen lugar que sea Chang-An, el corazón sólo descansa en el sitio donde ha nacido». ¿Por qué no esperas a entrevistarte con Buda y a conseguir las escrituras, para exigir la recompensa a la que te has hecho acreedor? Ten la seguridad de que, cuando el Emperador de los Tang tenga conocimiento de lo que has aportado al éxito de esta empresa, ordenará a los cocineros imperiales que preparen unos cuantos peroles de arroz y comerás a placer durante el resto de tu vida. ¡Espero que mueras de una indigestión y que te conviertas en un espíritu hambriento! El Idiota agachó la cabeza y no se atrevió a decir nada más. El Peregrino escudriñó, por su parte, la distancia con sus ojos diamantinos y descubrió un grupo de edificios al lado mismo del camino que seguían. Volviéndose hacia el maestro, le informó, entusiasmado: - ¡Allí pasaremos la noche! Al acercarse, el maestro comprobó que se trataba de un santuario que se había hundido. Encima de las ruinas había una losa de piedra en la que, a pesar del polvo y la suciedad, aún podía leerse: «Palacio Temporal de la Luminosidad Perfecta». - El Bodhisattva de la Luminosidad Perfecta - explicó el maestro desmontando del caballo - fue discípulo del Buda de las Llamas y las Cinco Luces. A raíz de su campaña contra el Demonio del Fuego Venenoso fue depuesto de su cargo y convertido en el Espíritu de las Cinco Manifestaciones. Por aquí cerca tiene que estar el encargado de este santuario. Al entrar, vieron que todo yacía en un estado francamente lastimoso. Tanto los pasillos como las habitaciones amenazaban con caerse al suelo de un momento a otro y no se veía ninguna señal de presencia humana. Ellos mismos hubieran abandonado a toda prisa aquel lugar tan desolado, de no ser por que en aquel mismo momento empezó a caer una lluvia torrencial. El aguacero los obligó a buscar refugio bajo aquellos techos que amenazaban con derrumbarse de un momento a otro. No se atrevieron a comentar nada, por temor a que pudieran enterarse de su presencia los monstruos que, por fuerza, debían de habitar en aquel sitio. Pasaron en vela toda la noche, haciendo verdad el dicho de que la extrema riqueza engendra la ruina y el dolor se esconde en el centro mismo del placer. De momento, desconocemos lo que les acaeció a la mañana siguiente. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第097回 EL BENEFACTOR DADIVOSO SE TOPA CON LA DESGRACIA. PARA RESTABLECER EL ORDEN PERDIDO EL SABIO SE VE OBLIGADO A MANIFESTAR TODA LA FUERZA DE SU ESPÍRITU No hablaremos, de momento, del monje Tang y sus tres discípulos, que pasaron una noche de continuos sobresaltos en el ruinoso santuario de la Luminosidad Perfecta, obligados por la inesperada fuerza de la lluvia. Sí lo haremos, sin embargo, de un grupo de hombres malvados que habitaban en la Prefectura de la Terraza del Bronce, que, como queda ya dicho, formaba parte del Distrito de la Tierra de la Luz. Todos ellos habían dilapidado en muy pocos meses sus, en otro tiempo, envidiables fortunas, acostándose con prostitutas y entregándose con ardor a la bebida y al juego. Cuando se encontraron con las bolsas vacías, no se les ocurrió mejor manera de subsistir que crear una banda de malhechores. Buscando fondos para sus interminables francachelas, se sentaron un día a deliberar cuáles eran las dos familias más ricas que habitaban en la ciudad y uno de ellos dijo: - No hay necesidad de perder el tiempo en averiguaciones. No existe en toda la prefectura un hombre con más dinero que el noble Kou. ¿No habéis visto, acaso, la fortuna que ha dilapidado para despedir a ese monje procedente de la corte de los Tang? La lluvia que está cayendo es tan intensa, que esta noche ni los soldados se atreverán a salir a patrullar las calles. ¿Qué os parece si vamos a hacerle una visita y, con lo que consigamos, nos pasamos después por el lupanar y las salas de juego? Todos los bandidos se mostraron encantados con el plan. Tomaron a toda prisa sus cuchillos, sus mazas, sus palos, sus cuerdas y sus antorchas y, sin importarles para nada la lluvia, echaron abajo las puertas de los Kou. Al oír sus gritos, todos cuantos moraban en la mansión sin importar ni el sexo ni la edad, se dieron a la fuga. La esposa del noble se escondió debajo de la cama, mientras que él buscó refugio detrás de una puerta, viendo, apenado, cómo Kou-Liang, Kou-Dung y los demás familiares huían, despavoridos, por donde buenamente podían. Los ladrones destrozaron las alacenas y los cofres, arramplando con todo el oro, la plata, las joyas y demás objetos de valor que pudieron encontrar. Angustiado ante semejante despojo, el noble abandonó su escondite y, poniendo en claro peligro su vida, suplicó a los bandidos: - Llevaos lo que deseéis, pero, por lo que más queráis, en consideración a mis muchos años no os llevéis mis ropas. Mirándolo bien, no os van a servir de ningún provecho. Los bandidos no estaban, por supuesto, dispuestos a perder el tiempo en conversaciones inútiles y le propinaron una tremenda patada en la ingle, que le hizo rodar por el suelo como un muñeco. El golpe fue, de hecho, tan fuerte, que sus tres espíritus iniciaron de inmediato el viaje a las Regiones Inferiores y sus siete almas abandonaron lentamente el mundo de los vivos. Una vez cumplidos sus propósitos, los bandidos abandonaron la mansión de los Kou y escaparon de la ciudad, valiéndose de unas cuerdas que descolgaron diestramente de sus muros. Amparados por la impiedad de la lluvia, pudie-ron escapar, sin ser molestados, en dirección oeste. Al ver que los bandidos habían huido, los deudos y criados de los Kou se fueron acercando poco a poco a la mansión. No tardaron en descubrir el cadáver del anciano y, echándose encima de él, empezaron a llorarle, gritando a voz en grito: - ¡El maestro ha sido asesinado! ¿Por qué el cielo se muestra siempre tan cruel con los más débiles? A eso de la cuarta vigilia la anciana empezó a pensar con desprecio del monje Tang, creyendo que todo cuanto había ocurrido era culpa suya, por negarse a aceptar la hospitalidad que tan generosamente se le ofrecía. Pronto su ira se transformó en odio y comenzó a maquinar la forma de vengarse de los peregrinos. Guiada por tan loco impulso, se volvió hacia Kou-Liang y le dijo: - ¿A qué viene tanto llorar? Tu padre se pasó la vida dando de comer a los monjes, creyendo que, de esa forma, alcanzaría la perfección, pero lo único que consiguió fue perder la vida a manos de esos cuatro desagradecidos. - ¿Qué queréis decir con eso? - preguntó uno de los jóvenes, intrigado. - Cuando esos asesinos entraron en nuestros aposentos - contestó la mujer -, me metí debajo de la cama. Aunque el miedo me hacía temblar como una hoja de bambú sacudida por el viento y el aire agitaba con fuerza las llamas de las antorchas, pude ver claramente sus rostros. ¿Queréis saber quiénes eran? El monje Tang sostenía la tea, Chu Ba-Chie llevaba un cuchillo en las manos y el Bonzo Sha arrastraba el saco con la plata y el oro. El que acabó con vuestro padre fue ese al que llamaban Peregrino. - No hay que darle más vueltas a la cabeza - concluyeron los dos jóvenes, creyendo a pie juntillas en las palabras de su madre -. ¡Esos monjes son los asesinos! Después de pasar más de medio mes con nosotros, conocían perfectamente la casa, sus entradas, sus habitaciones, sus pasillos..., en fin, todo. No cabe duda que no existe nada más goloso que la riqueza. Eso explica que se hayan aprovechado de la oscuridad de una noche de tormenta como ésta para privarnos no sólo de nuestras posesiones, sino hasta de nuestro propio padre. ¿Cómo es posible que puedan ser tan malvados? En cuanto amanezca, iremos al palacio del prefecto y presentaremos una acusación en toda regla. - ¿Qué vamos a decir en ella? - preguntó Kou-Dung. - Exactamente lo que acaba de decirnos nuestra madre - contestó Kou-Liang y escribió de su puño y letra -: «Mientras el monje Tang sostenía la antorcha, Ba-Chie incitaba al crimen, el Bonzo Sha cargaba con el oro y la plata y el Peregrino consumaba el asesinato». Toda la familia se hallaba en un estado de agitación. En cuanto hubo amanecido, pidieron a los parientes más cercanos que se encargaran de la preparación del funeral y de la compra del ataúd. Kou-Liang y su hermano se dirigieron, por su parte, al palacio del prefecto y presentaron los cargos. El magistrado era una persona justa que se había dedicado toda su vida a la práctica del bien. Durante su juventud no había hecho otra cosa que estudiar y, así, había conseguido aprobar con cierta facilidad los exámenes celebrados en el Salón de los Carillones de Oro. Aunque pronto había dado pruebas de su inquebrantable amor a los principios legales, su comprensión y su misericordia eran proverbiales en toda la comarca. Nadie dudaba de que su fama habría de durar más de mil años, como si se tratara de un nuevo Kung o Huang. Su nombre, como el de los virtuosos magistrados Che y Lu4, estaba destinado a resonar para siempre en los salones dedicados a la práctica de la justicia. Una vez atendidos los asuntos ordinarios, ordenó mostrar públicamente la placa que daba a entender su disponibilidad para solucionar otros casos más privados. Después de colgarse la placa en el pecho, los hermanos Kou entraron en la sala de audiencias y, postrándose de hinojos, anunciaron: - Estos humildes servidores vuestros desean someter a vuestra consideración un gravísimo caso de robo y asesinato. La acusación pasó inmediatamente a manos del magistrado, que, una vez que la hubo leído, dijo: - Habíamos oído comentar que vuestra familia había concluido, por fin, su promesa de alimentar monjes. Había llegado, igualmente, hasta nuestros oídos que ayer mismo habíais despedido, con un extraordinario despliegue de tamborileros y músicos que terminaron atascando todas las calles, a los cuatro últimos, que eran, en realidad, unos arhats procedentes de la corte de los Tang. ¿Cómo es posible que por la noche se cebara la desgracia en vosotros con tal saña? - Como todo el mundo sabe - respondieron los dos hermanos, golpeando el suelo con la frente -, Kou-Hung, nuestro padre, pasó veinticuatro años de su vida alimentando monjes. Precisamente esos cuatro que acabáis de mencionar completaron el número de diez mil que se había fijado y, por eso mismo, se les pidió que se quedaran con nosotros medio mes y fueran testigos de la ceremonia que había de poner fin a la promesa. Desgraciadamente, durante todo ese tiempo se familiarizaron con la distribución de las habitaciones y los salones de nuestra mansión y ayer mismo, amparados en la oscuridad de la noche y en la inclemencia de la lluvia, volvieron a ella con antorchas y armas. No les resultó difícil arramplar con todo el oro, la plata y las cosas de valor que contenía, asesinando a nuestro padre y dejándole abandonado, como a un animal, en el suelo. Su falta es tan horrenda, que exigimos una inmediata reparación. Sin pérdida de tiempo, el magistrado organizó un pequeño ejército de ciento cincuenta hombres, entre caballeros e infantes, reforzado con voluntarios y otras gentes de armas. Bien pertrechados, abandonaron la ciudad por la puerta occidental y salieron en persecución del monje Tang y sus tres compañeros, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los peregrinos, que esperaron pacientemente la llegada de la aurora en el ruinoso Palacio Temporal de la Luminosidad Perfecta, para proseguir su marcha hacia el oeste. Los bandidos que habían acabado con la vida y la fortuna del viejo Kou se lanzaron, igualmente, por ese camino, una vez que hubieron abandonado la ciudad. Cuando amaneció, buscaron refugio en un valle que había cuarenta kilómetros más allá del santuario medio derruido. Allí repartieron el botín, pero su avaricia era tanta, que ninguno de ellos se sintió satisfecho con lo que había obtenido. En esto, vieron acercarse por el camino al monje Tang y a sus tres discípulos y se preguntaron, esperanzados: - ¿No son ésos los tipos a los que despidieron ayer con tanta fanfarria? ¡Bienvenidos sean! Mirándolo bien, en nuestra profesión no hay lugar para los distingos. Esos monjes vienen desde muy lejos y han pasado en la mansión de los Kou yo qué sé la de tiempo. Seguro que van cargados de riquezas. Seríamos tontos si no les saliéramos al paso y no les quitáramos el caballo y todo lo que llevan encima. Eso aumentaría nuestra parte y dejaríamos de discutir entre nosotros como tontos. Blandiendo sus armas, los bandidos formaron una fila a lo ancho del camino y gritaron en tono amenazador: - ¡No huyáis y entregadnos todo lo que lleváis! Si lo hacéis, os perdonaremos la vida. De lo contrario, acabaremos con vosotros en un abrir y cerrar de ojos. El monje Tang se llevó tal susto, al verlos, que por poco no se cae del caballo. Ba-Chie y el Bonzo Sha, por su parte, temblaban como si fueran hojas de árbol. - ¿Qué podemos hacer? - preguntaron, volviéndose hacia el Peregrino -. En verdad, la desgracia siempre llama dos veces a la misma puerta. Después de la nochecita de lluvia que hemos pasado nos encontramos con estos malhechores. - Tranquilizaos y no tengáis miedo - dijo el Peregrino -. Voy a hacerles unas cuantas preguntas a ver si logro averiguar algo más sobre ellos - y, ajustándose la piel de tigre y la camisa de seda, se llegó hasta los ladrones y les preguntó con los brazos cruzados -: ¿Qué es lo que deseáis, en definitiva? - ¡Está visto que este tipo no entiende nada! - exclamó uno de los bandidos -. ¿Es que no tienes ojos para ver que os estamos asaltando? Entregadnos todo el dinero que lleváis y os dejaremos seguir adelante. - ¡Así que sois salteadores de caminos! - concluyó el Peregrino haciéndose el tonto. - ¿A qué esperamos para matar a este imbécil? - gritaron algunos de los bandidos. - ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó el Peregrino, simulando estar muerto de miedo -. No soy más que un monje ignorante que no sabe hablar con el respeto exigido. Perdonadme, si os he ofendido Respecto al dinero, os diré que yo soy el encargado de la bolsa; esos tres ni siquiera conocen cuántas libras de plata llevamos encima. Todo lo que sacamos de las limosnas, los servicios religiosos y la salmodia de los sutras lo llevo yo en esta bolsa. Mis compañeros son demasiado tontos para ocuparse de las entradas y los gastos. El del caballo, sin ir más lejos, se hace pasar por maestro sólo porque recita los sutras de una forma admirable. En lo tocante a mujeres o a oro, no tiene ni idea. El del rostro negruzco es una especie de esclavo que contraté en el camino, para que se hiciera cargo del caballo. Lo mismo me pasó con ese otro del morro saliente. Alguno tenía que cargar con el equipaje, ¿no os parece? Si los dejáis proseguir la marcha, os prometo entregaros hasta la túnica de los oficios y el cuenco de pedir limosnas. - ¡Vaya! Se nota que eres más comprensivo de lo que habíamos pensado - concluyeron los bandidos, complacidos -. Di a esos que tiren todo al suelo y sigan andando. El Peregrino se volvió en seguida hacia sus hermanos y les guiñó el ojo. Sin pérdida de tiempo el Bonzo Sha se deshizo del equipaje y, agarrando de las riendas al caballo, se dirigió hacia el oeste, en compañía de Ba-Chie y del maestro. El Peregrino se acercó a las bolsas y se agachó para desatarlas, pero, en vez de hacerlo, cogió un puñado de polvo, lo lanzó hacia arriba y recitó el conjuro de la inmovilización total, al tiempo que gritaba: - ¡Deteneos! Los treinta y tantos bandidos que componían la banda se quedaron quietos en el sitio, como si fueran estatuas, con los dientes apretados, los ojos bien abiertos y las manos sosteniendo sus armas. - ¡Eh, maestro! - gritó el Peregrino, cuando se percató de que ni hablaban ni se movían para nada -. ¡Volved aquí inmediatamente! - ¡Las cosas se están poniendo mal! - exclamó Ba-Chie, al oírlo • Ese mono ha decidido sacrificarnos a todos para seguir con vida. Como no tiene dinero encima, quiere entregarles el caballo y hasta las ropas que llevamos puestas. - ¿Por qué no dejas de decir tonterías, de una vez? - le regañó el Bonzo Sha -. ¿Crees que, después de haber aniquilado todo tipo de bestias y monstruos a nuestro hermano le meten miedo esos bandidos de pacotilla? Cuando quiere que volvamos, por algo será. Venga. Vamos a ver de qué se trata. El maestro se mostró del mismo parecer y, dando la vuelta al caballo, se llegó hasta donde estaba Wu-Kung y le preguntó: - ¿Se puede saber para qué nos has hecho volver? - Para que oigáis la confesión de estos bandidos - respondió el Peregrino. - ¡Eh, tú! - dijo Ba-Chie, acercándose a uno y dándole un empujón -. ¿Por qué estás tan quieto? ¿Es que no te sabes mover? ¡Debe de haberse vuelto estúpido! - concluyó, al ver que no decía nada. - ¡Qué va! - explicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Lo que ocurre es que los he inmovilizado a todos con mi magia. - Me parece muy bien que no se puedan mover - reconoció Ba-Chie -. Pero ¿por qué no pueden hablar? - Bajad del caballo y sentaos ahí, maestro - dijo el Peregrino, volviéndose hacia Tripitaka -. Como muy bien afirma el proverbio, «se puede equivocar uno a la hora de detener a alguien, pero no cuando se decide ponerle en libertad». Empujad hacia allá a todos estos bandidos y atadlos bien. No tardaremos en averiguar si son aprendices o ladrones experimentados. - ¿Cómo quieres que los atemos, si no tenemos cuerdas? - se quejó Ba-Chie. El Peregrino se arrancó unos cuantos pelos y, después de insuflarles su aliento inmortal, se convirtieron en tantas sogas como ladrones había. De esta forma, no les resultó difícil atarlos a todos. El Peregrino recitó, entonces, otro conjuro y los bandidos fueron recobrando, poco a poco, el conocimiento. Pidió a continuación al monje Tang que to-mara asiento en un lugar destacado, como si se tratara de un juez, y, blandiendo amenazador su espléndida barra, preguntó: - ¿Cuántos sois en total y cuánto tiempo lleváis dedicados a esto? ¿Habéis obtenido buenos botines o habéis matado alguna vez a alguien? ¿Es ésta la primera vez que actuáis juntos o lo habéis hecho en otras ocasiones más? - ¡Perdonadnos la vida, por lo que más queráis! - suplicaron los ladrones en grupo. - ¡Dejad de lamentaros como plañideras y decid la verdad! - exigió, enérgico, el Peregrino. - Aunque os cueste trabajo creerlo - contestaron los bandidos -, no estamos muy duchos en esto de asaltar a los viandantes, ya que todos pertenecemos a familias honradas. Lo malo es que nos hemos ido dejando arrastrar por las prostitutas, la bebida y el juego y en muy poco tiempo hemos acabado con todas nuestras propiedades y herencias. Al no disponer de otro medio de subsistencia que la fuerza bruta, decidimos asaltar ayer por la noche, amparados por la oscuridad y la lluvia torrencial que caía, el hogar del noble Kou. A decir verdad, no nos costó mucho hacernos con todo su oro, su plata, sus ropajes y sus joyas. Precisamente estábamos repartiendo el botín, cuando os vimos venir por el camino. Alguien dijo que erais los monjes a los que el viejo Kou acababa de despedir de una forma tan espléndida y eso nos hizo creer que traeríais grandes riquezas con vosotros. No teníamos más que mirar lo abultado de vuestros fardos y la alegría con la que trotaba vuestro caballo blanco. Jamás supusimos que pudierais poseer unos poderes mágicos tan extraordinarios. ¡Mostraos compasivos con nuestros errores! Quedaos con todo lo que hemos robado, pero, por lo que más queráis, perdonadnos la vida. Al oír que la familia Kou había sido su víctima principal, Tripitaka se puso inmediatamente de pie y, dirigiéndose a Wu-Kung, preguntó: - ¿Cómo ha podido caer semejante desgracia sobre un hombre tan bueno y virtuoso como ése? - Todo obedece a su afán por despedirnos de la forma como lo hizo - contestó el Peregrino -. Los estandartes, los tambores y la música atrajeron la atención de gente como ésta, que siempre trae de la mano la calamidad. En medio de todo, ha sido una suerte que nos topáramos con ellos. Así podremos restituir a su auténtico dueño todo este oro, esta plata, esas ropas y esas joyas. - Me parece una idea excelente - contestó Tripitaka, entusiasmado -. Hemos gozado de la hospitalidad de los Kou durante más de medio mes y no hemos respondido con nada a tanta magnanimidad. Justo es que ahora le devolvamos lo que es suyo. Sin pérdida de tiempo Ba-Chie y el Bonzo Sha se dirigieron al pequeño valle en el que los bandidos habían dejado el botín y lo cargaron sobre el caballo. Como la cantidad de plata y oro sustraída era enorme, Ba-Chie se vio obligado a buscar una pértiga y a cargársela al hombro. El Peregrino hubiera querido acabar con todos aquellos bandidos de un solo golpe de su barra de hierro, pero temió que el monje Tang pudiera acusarle de ser poco respetuoso con la vida humana y desistió de su empeño. Sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó todos los pelos que se habían convertido en sogas. En cuanto sintieron las manos y los pies libres, los ladrones se pusieron de pie y huyeron por donde buenamente pudieron. Aliviado, el monje Tang ordenó a sus discípulos dar la vuelta y devolver al noble todo lo que había perdido, sin percatarse de que aquella decisión era como una polilla que se lanza contra la llama, algo que conducía directamente a la desgracia más vergonzosa. Sobre todo esto disponemos de un poema, que afirma: No es frecuente que la bondad encuentre un eco de buenas intenciones. Lo más corriente es que se convierta en puro odio. Cuando te encuentres con alguien que se está ahogando, piénsatelo tres veces antes de actuar, pues es posible que estés poniendo en juego toda tu felicidad futura. Acababan de reemprender el camino de vuelta con el botín, cuando vieron acercarse hacia ellos un auténtico bosque de espadas, sables y lanzas. Tripitaka comprendió en seguida que venían contra ellos y exclamó, preocupado: - ¿Qué buscarán con todas esas armas? ¿No se dan cuenta de que nosotros somos hombres de paz? - Seguro que son esos bandidos a los que acabamos de dejar en libertad - opinó Ba-Chie, cambiando de color -. Han ido en busca de otros malhechores peores que ellos y vienen a apalearnos por la vergüenza que les hemos hecho pasar. - A mí no me parecen bandidos - comentó, por su parte, el Bonzo Sha -. ¿Por qué no miras tú con más detenimiento? - añadió, volviéndose hacia Wu-Kung. - Por lo que veo - concluyó el Peregrino a toda prisa -, la estrella de la desgracia está a punto de posarse de nuevo sobre el maestro. Ésas de ahí son tropas de la prefectura, que han salido a la caza de los bandidos. No había acabado de decirlo, cuando les cayeron encima un grupo de soldados armados hasta los dientes, que exclamaron en tono feroz: - ¡Está visto que los monjes no valéis para esto! Cuando alguien se apodera de lo que no es suyo, huye a toda prisa, no vuelve sobre sus pasos - y obligaron a bajar del caballo al monje Tang. Antes de que hubiera puesto los pies en el suelo, le habían cubierto de cuerdas, lo mismo que al Peregrino y a sus dos hermanos. Por si eso no fuera suficiente, les pasaron una pértiga por los brazos y, de esa forma, los soldados pudieron transportarlos cómodamente sobre los hombros, como si fueran animales de caza. Al entrar en la ciudad, el monje Tang temblaba de la cabeza a los pies y lloraba desconsoladamente, incapaz de articular la menor palabra. Chu Ba-Chie, por su parte, gruñía y se quejaba como un caballero ofendido, pero estaba claro que la vergüenza se había apoderado de su espíritu. Más indeciso se mostraba el Bonzo Sha, que también murmuraba una retahíla de palabras ininteligibles. Sólo el Peregrino parecía seguro de sí mismo y sonreía abiertamente, dando muestras inconfundibles de su gran poder. Sin pérdida de tiempo los soldados condujeron a los detenidos al salón amarillo del palacio prefectual y comunicaron con indecible satisfacción: - ¡Aquí tenéis a los bandidos que salimos a perseguir! El aspecto del magistrado no podía ser más solemne, cuando se volvió hacia las tropas y las recompensó generosamente. Examinó a continuación el botín recuperado y se lo entregó a la familia Kou, para que se lo llevaran cuanto antes a su mansión. Sólo entonces se avino a hacer entrar a Tripitaka y a sus discípulos para interrogarlos. - Aunque afirmáis ser monjes procedentes de las Tierras del Este con el propósito de alcanzar el Paraíso Occidental y presentar vuestros respetos a Buda - empezó diciendo el magistrado -, la verdad es que no sois más que un grupo de inteligentes ladrones, que recurrís al engaño para familiarizaros con una casa y someterla después al pillaje. - Si me permitís hablar, señor - replicó Tripitaka -, os diré que este humilde servidor vuestro no es ningún bandido, sino un monje indigno que va en busca de escrituras. Si no me creéis, podéis consultar el documento de viaje que llevo conmigo. Si accedimos a gozar de la hospitalidad del noble Kou durante cerca de medio mes, fue porque así nos lo pidieron tanto él como su esposa e hijos. El hecho de que tuviéramos en nuestro poder las cosas robadas obedece a que, después de arrebatárselas a los auténticos ladrones, nos disponíamos a devolvérselas a su legítimo dueño, como muestra de gratitud, cuando vuestras tropas cayeron sobre nosotros, confundiéndonos con vulgares ladrones. Os suplico que deis muestras de vuestro gran discernimiento, separando la verdad de lo que no lo es. - Si no te hubieran atrapado, no habrías recurrido a ese cuento increíble de la gratitud - replicó el magistrado -. Si es verdad que os topasteis con los ladrones, ¿quieres explicarme por qué los dejasteis marchar y no los entregasteis a las autoridades? Ésa hubiera sido una forma pública y legal de expresar al noble vuestra gratitud. ¿Cómo es que no había ni sombra de esos bandidos, cuando os hallaron los soldados? Además, conmigo tengo una acusación, presentada por Kou-Liang, que implica directamente a ti y a los tuyos. ¿Cómo te atreves a seguir negando los cargos? Tripitaka se quedó de una pieza y tan tambaleante como alguien que se encuentra en una barca. Con voz insegura se volvió hacia Wu-Kung y le suplicó: - ¿Por qué no nos defiendes tú? - ¿De qué vale la defensa, cuando se tiene delante el botín? - replicó el Peregrino. - Exactamente - confirmó el magistrado -. ¡No comprendo cómo puedes negarte a confesar, cuando todo te apunta como culpable! Traed el cepo - ordenó a sus subordinados - y pasádselo por esa cabezota calva que tiene, antes de azotarle. - Aunque todo apunta a que el maestro ha de pasar por esta prueba - pensó el Peregrino, alarmado -, no existe ninguna razón para que sufra más de lo debido. Al ver que los ayudantes estaban preparando los cepos, levantó la voz y dijo: - ¿A qué viene atormentar a ese pobre monje? Durante el asalto a la mansión de los Kou ayer por la noche fui yo el que empuñó el cuchillo y la antorcha, yo el que cargó con lo que no era mío, y yo el que dio muerte al inocente. Soy, de hecho, el jefe de todos éstos. Si queréis azotar a alguien, azotadme a mí. Éstos no tienen que ver absolutamente nada con lo ocurrido. - En ese caso - concluyó el magistrado -, que se aplique primero el tormento a éste. Los ayudantes metieron la cabeza del Peregrino entre dos bloques de madera, que ataron con cuerdas muy tensas, estirándolas aún más con ayuda de un torniquete. Lo hicieron con tal saña, que el invento saltó inmediatamente por los aires, pero lo más asombroso fue que la piel del Peregrino ni siquiera se arrugó. Lo intentaron tres o cuatro veces más, pero los resultados no variaron. Cuando se disponían a cambiar las cuerdas por quinta vez, se presentó alguien, que informó al prefecto: - Acaba de llegar, procedente de la capital, el Honorable Chen. Es preciso que salgamos todos a las afueras de la ciudad a darle la bienvenida. - Encerrad a esos bandidos en las mazmorras y custodiadlos bien - ordenó el magistrado -. Proseguiremos los interrogatorios, cuando haya concluido la visita del enviado imperial. Los funcionarios judiciales cumplieron inmediatamente las órdenes del magistrado y encerraron bajo llave al monje Tang y a sus tres discípulos, aunque permitieron a Ba-Chie y al Bonzo Sha que llevaran su propio equipaje. - ¿Cómo vamos a salir de ésta? - preguntó Tripitaka a la misma puerta, suspirando con pena. - ¡Entrad, entrad! - le urgió el Peregrino, echándose a reír -. Ahí dentro no hay perros y, según tengo entendido, la comida es bastante buena. Desgraciadamente, tan pronto como pusieron el pie en la mazmorra, los tumbaron en el potro, les aplicaron pesos enormes en el estómago y les apretaron la cabeza con tenazas. A continuación les pasaron unas correas por el pecho y empezaron a azotarlos. El dolor era tan insoportable, que Tripitaka preguntó, angustiado, a Wu-Kung: - ¿Qué vamos a hacer para librarnos de ésta? - Sólo quieren sacarnos un poco de dinero - contestó el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, «cuando llegues a un buen lugar, quédate en él; pero ofrece todo el dinero del que dispongas, cuando te halles en el interior de una mazmorra». Estoy seguro de que se mostrarán más humanos con nosotros, cuando les ofrezcamos algo de oro. - ¿De dónde vamos a sacarlo, si no disponemos de una sola moneda? - replicó Tripitaka, más angustiado todavía. - A falta de dinero buenos son los ropajes - sentenció el Peregrino -. ¿Por qué no le entregáis esa túnica tan valiosa que guardáis? Tripitaka sintió como si un cuchillo le hubiera atravesado el corazón, pero, como se encontraba al límite de sus fuerzas, dijo: - Haz lo que creas más conveniente, Wu-Kung. - ¡No nos peguéis más, por favor! - gritó, entonces, el Peregrino -. En una de esas bolsas hay una túnica bordada, que vale más de mil monedas de oro. Os la regalamos, pero, por lo que más queráis, dejad, de una vez, de azotarnos. Los carceleros se abalanzaron sobre las bolsas y las desataron con manos avariciosas. Dentro hallaron varias túnicas sin ningún valor, pero no tardaron en dar con algo envuelto cuidadosamente en papel perfumado que emitía un extraño resplandor. Eso los cercioró de que se trataba de algo realmente valioso. Lo desenvolvieron del todo y vieron que se trataba de una túnica cubierta de perlas y de bordados, que representaban escenas budistas. Aparte de ellas, se veían dos dragones enrollados y un fénix de seda. Deslumbrados por semejante maravilla, empezaron a pelearse con tal saña por su posesión, que el ruido de los golpes terminó atrayendo al carcelero mayor, que preguntó, malhumorado: - ¿A qué viene todo ese alboroto? - Como sabéis - contestaron los carceleros, postrándose de hinojos -, estos cuatro monjes pertenecen a una banda de salteadores. Cuando empezamos a azotarlos, nos ofrecieron estas dos bolsas, que lo único que contienen de valor es esa túnica. La verdad es que no sabemos qué hacer con ella, porque romperla sería una lástima; además, ninguno de nosotros está dispuesto a ceder la parte que le corresponde. En ésas nos hallábamos, cuando habéis aparecido vos, cosa que nos agrada, porque no nos cabe la menor duda de que vais a hallar una solución adecuada. Después de inspeccionar la túnica, el carcelero mayor echó un vistazo a las ropas y descubrió el documento de viaje. Al ver la cantidad de sellos y firmas que contenía, exclamó: - Menos mal que lo he visto antes que vosotros; de lo contrario, os habrías llevado una buena reprimenda. Esto demuestra que esos monjes no son ladrones. ¡No toquéis nada suyo! Con toda probabilidad, cuando el magistrado continúe los interrogatorios, saldrá la verdad a la luz. Los carceleros volvieron a meter todo en las bolsas y se las entregaron al alcalde, para que las guardara. Para entonces había caído la noche y comenzó a oírse en las torres los gritos de los encargados de anunciar el paso de las vigilias. Entre la tercera y la cuarta el Peregrino se percató de que sus compañeros habían dejado de lamentarse y, poco a poco, habían ido rindiéndose al sueño. - Estaba predestinado que el maestro habría de pasar una noche en la prisión - reflexionó el Peregrino en voz baja -. Por eso, no me avine a contradecir al juez ni a hacer uso de mis poderes mágicos. Ahora que, con la llegada de la cuarta vigilia, a punto está de concluir su vergüenza, es preciso que trace algún plan para abandonar esta cárcel en cuanto termine de amanecer. Haciendo uso de la magia, redujo de tal manera el cuerpo, que los grilletes se le desprendieron por sí solos. Sacudió después ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una pequeña libélula, que no tuvo ningún problema en salir de la prisión por las rendijas que dejaban las tejas. La noche era muy clara y el cielo estaba totalmente cubierto de estrellas, que competían en fulgor con la mismísima luna. El Peregrino decidió visitar la mansión de los Kou y hacia allí dirigió su vuelo. No tardó en atraerle el resplandor de una casa que se alzaba hacia el oeste. Al acercarse, vio que se trataba de una familia que se dedicaba a la fabricación de «dou-fu». Un anciano avivaba el fuego, mientras su esposa, tan entrada en años como él mismo, estrujaba el tejido que contenía la masa de la soja cocida. - Ya ves - oyó comentar al anciano -. De poco le han servido los hijos y la riqueza al viejo Kou. Como ya sabes, aunque le sacaba cinco años, de jóvenes fuimos condiscípulos. Su padre se llamaba Kou-Ming y por aquel tiempo no poseían más de cuarenta hectáreas de tierra, que arrendaban a otros campesinos, que abusaban de ellos y jamás les pagaban. Cuando tenía veinte años, murió el padre y tuvo que empezar a encargarse él solo de la hacienda. Tuvo suerte, al casarse con la hija de Chang-Wang. Todo el mundo la llamaba «la costurera», pero atrajo las riquezas a la casa de su marido. Nada más poner el pie en ella, las cosechas fueron cada vez más abundantes y, sorprendentemente, los arrendatarios empezaron a pagar. ¡Era sorprendente! Cuanto compraban crecía inmediatamente de valor y todo lo que vendían producía un interés inmediato. Logró, así, acumular un capital que rondaba las cien mil monedas de oro. Al cumplir los cuarenta años, comenzó a dedicarse a las buenas obras, prometiendo dar de comer a diez mil monjes. ¿Quién iba a decir que iba a terminar sus días a manos de unos bandidos? ¡Qué pena! Sólo tenía sesenta y cuatro años, una edad sumamente apropiada para gozar de la vida y descansar de sus fatigas. Lo que no comprendo es cómo una persona tan virtuosa ha podido encontrar una muerte tan horrible. Da escalofríos de sólo pensarlo. El Peregrino escuchó las palabras del anciano con suma atención. Era cerca de la quinta vigilia, cuando entró volando en la mansión de los Kou. El noble había sido colocado en el salón principal, para que todos pudieran ver al muerto. Habían puesto lámparas a la cabecera del féretro y a su alrededor se veía toda clase de flores y frutos. La esposa del difunto se hallaba a un lado llorando desconsoladamente, lo mismo que sus dos hijos, que se habían postrado de hinojos y no se atrevían a levantar la vista del suelo. Sus dos nueras, visiblemente más serenas, traían sin cesar tazones llenos de arroz, que servían de ofrenda. El Peregrino fue a posarse a la cabecera del féretro y tosió ruidosamente. Al oírlo, las dos muchachas se echaron a correr, asustadas, a una velocidad mayor de la que les permitían sus brazos y piernas. Postrados en el suelo, los dos hermanos no se atrevieron a moverse. Su sobresalto era tal, que únicamente podían decir: - ¡Pa... pa... padre! Sólo la anciana tuvo la suficiente serenidad de ánimo para dar unos golpecitos en el féretro y preguntar: - ¿Estás volviendo a la vida? - ¡No! - respondió el Peregrino, imitando la voz del noble. Aterrorizados, los dos jóvenes intensificaron sus golpes de frente contra el suelo, al tiempo que continuaban diciendo en un débil susurro: - ¡Pa... pa... padre! Sacando fuerzas de flaqueza, la anciana volvió a preguntar: - ¿Por qué hablas, si no se te ha permitido regresar a la vida? - He vuelto, acompañado por un espíritu del Rey Yama, para hablar con todos vosotros - contestó el Peregrino -, pues la Costurera Chang se ha servido de su sucia boca y su lengua viperina para dañar la reputación de un inocente. Al oírse llamar por su antiguo apodo, la anciana perdió la poca serenidad que le quedaba y, echándose rostro en tierra, empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decía: - ¡Tan viejo y todavía recuerdas mi apodo! ¿Qué quieres decir con eso de mi sucia boca y mi lengua viperina? ¿A qué inocente he dañado, además, con mi loca conducta? - ¿Tan pronto lo has olvidado? - replicó el Peregrino -. ¿No te suena eso de que el monje Tang sostenía la tea, Chu Ba-Chie llevaba un cuchillo en las manos y el Bonzo Sha arrastraba el saco con la plata y el oro, mientras el Peregrino acababa con la vida de nuestro querido noble? A causa de tan infortunadas e irreflexivas palabras, gente de buen corazón ha sufrido lo que no debía. Lo que hicieron esos tres monjes procedentes de la corte de los Tang fue atrapar a los auténticos ladrones y tratar de devolvernos lo que esos malhechores nos habían robado. Por puro agradecimiento se apresuraron a desandar el camino recorrido. En vez de agradecérselo, te sacaste de la cabeza ese plan perverso y convenciste a nuestros hijos para que presentaran esa acusación tan infamante. Sin detenerse a examinar con detalle el caso, el magistrado los ha enviado a la cárcel. Pero tamaña injusticia no ha pasado desapercibida ni al espíritu de la prisión, ni al dios de esta ciudad, ni al espíritu protector de esta comarca, que han informado oportunamente de ello al Rey Yama. Éste, a su vez, me ha enviado a exigirte que hagas todo lo posible para poner a esos monjes cuanto antes en libertad. Si no lo haces, se me ha ordenado que arrase de arriba abajo esta mansión, sin perdonar a los ancianos, a los niños y hasta a los pollos y perros. - ¡Regresad al sitio del que habéis venido! - suplicaron los dos hermanos, intensificando sus golpes contra el suelo -. No hagáis ningún daño a los miembros de esta casa, que es también la vuestra. Os prometemos que, en cuanto haya amanecido, iremos al palacio del prefecto y, después de presentar la correspondiente confesión, exigiremos la inmediata liberación de esos inocentes. Nuestro único deseo es que tanto los vivos como los muertos disfrutemos en todo momento de paz. - Está bien - concluyó el Peregrino -. Me voy, pero antes tenéis que quemarme un poco de papel moneda. Así lo hizo toda la familia. Satisfecho, el Peregrino batió las alas y se dirigió a la mansión del magistrado. Sus aposentos permanecían encendidos, porque, a pesar de lo temprano de la hora, se había levantado ya del lecho. El Peregrino se llegó al salón principal de la casa y vio un rollo de pintura colgado justamente en el centro. Repre-sentaba a un funcionario montado en un caballo moteado, tras el que corría un grupo de criados con una sombrilla azulada y un artístico sillón. El Peregrino no sabía quién pudiera ser aquel personaje ni por qué viajaba con semejante mueble. Pese a todo, trazó en seguida un plan y se posó justamente en el centro del cuadro. No pasó mucho tiempo antes que el magistrado saliera de sus aposentos y se inclinara sobre una palangana para lavarse. El Peregrino tosió entonces con tal fuerza, que el magistrado volvió a meterse a toda prisa en la habitación de la que había salido. Allí terminó de lavarse y peinarse. Se puso a continuación una túnica que le llegaba hasta los pies y, tomando unas cuantas varillas de incienso, las quemó delante del cuadro y dijo: - A la memoria de mi fallecido tío, el nobilísimo Chiang Chien-I. Guiado por sus más sinceros sentimientos de piedad filial hacia todos sus antepasados, vuestro indigno sobrino, Chiang Kun-San, pasó con éxito los exámenes de segundo y tercer grado, siéndole asignado el puesto de magistrado en esta Prefectura de la Terraza del Bronce. ¿A qué se debe que, después de ofreceros día y noche sacrificios e incienso, no os hayáis decidido a hablarme hasta hoy? Os suplico, por el bien de toda la familia, que actuéis con benevolencia y no os comportéis como un monstruo vulgar. - ¡Así que éste es su tío! - se dijo el Peregrino, satisfecho, y, aprovechando la ocasión que se le brindaba, añadió en voz alta -: Kun-San, mi muy digno sobrino, todos tus antepasados nos sentimos orgullosos de ti por la forma tan justa en que siempre te has comportado. Por eso mismo, nos sorprende que hayas confundido a un grupo de dignísimos monjes con una banda de malhechores. Es más: sin llegar hasta el fondo del asunto, los has hecho encerrar en las mazmorras. Eso ha obligado al Rey Yama, ante las quejas de los dioses y espíritus de la prefectura, la ciudad y la cárcel, a enviarme a aconsejarte que estudies con detenimiento todos los aspectos del caso y pongas inme-diatamente en libertad a esos inocentes. Si te niegas a hacerlo, tendrás que responder personalmente de ello en la Región de las Sombras. - Podéis retiraros tranquilo - dijo el magistrado, excitado -. En cuanto haya puesto el pie en la corte, haré liberar a esos inocentes. - En ese caso - concluyó el Peregrino -, no estaría de más que quemaras un poco de papel moneda, mientras voy a informar de todo ello al Rey Yama. En señal de gratitud, el magistrado hizo lo que se le había ordenado, añadiendo incienso al papel para los difuntos. El Peregrino abandonó, entonces, la mansión y vio que estaba empezando a clarear por el oriente. Cuando, finalmente, llegó al Distrito de la Tierra de la Luz, comprobó que todos los funcionarios habían ocupado ya sus puestos y se dijo: - Si alguien descubre que una libélula es capaz de hablar, me desenmascarará y todo mi plan se vendrá abajo. Tras dotar a su cuerpo de su apariencia mágica, hizo descender desde lo alto una pierna tan enorme, que ella sola llenaba todo el palacio. - ¡Oídme bien, funcionarios! - gritó con una voz tan potente, que todo el edificio se tambaleó -. ¡Soy el Espíritu Mensajero del Emperador de Jade! Traigo contra vos una acusación de haber encarcelado en la prefectura que decís dirigir a un inocente hijo de Buda. Vuestra ceguera ha hecho temblar de rabia a los dioses y espíritus de las Tres Regiones. Os exijo, pues, que le pongáis inmediatamente en libertad. Si os negáis a hacerlo, bajaré mi otra pierna y os aplastaré primero a vosotros y después a todos los desafortunados qué habitan en esta comarca. ¡De vuestras ciudades no quedará más que cenizas y polvo! Presa del pánico, todos los funcionarios se echaron rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, dijeron: - Podéis estar tranquilo, enviado celeste. Vamos a escribir inmediatamente un informe al magistrado, para que, sin la menor demora, ponga en libertad a ese prisionero del que nos habéis hablado. Os suplicamos que no prestéis atención a nuestra ceguera ni destruyáis a estos humildes siervos vuestros con vuestra otra pierna. El Peregrino abandonó su cuerpo mágico y, tras adquirir nuevamente la forma de una pequeña libélula, se metió en la mazmorra por las hendiduras que dejaban las tejas y se echó a dormir tranquilamente, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del magistrado, que, en cuanto hubo anunciado su disponibilidad para empezar a impartir justicia, se vio sorprendido por la llegada de los hermanos Kou, que se echaron rostro en tierra y pidieron a gritos la liberación de los cuatro monjes. Furioso, el magistrado exclamó: - ¿Cómo podéis exigir que los ponga en libertad, cuando ayer mismo presentasteis una acusación contra ellos, que condujo a su captura y a la recuperación de todo cuanto os habían robado? - Anoche - contestaron ellos en un mar de lágrimas - se presentó ante nosotros el espíritu de nuestro padre y nos dijo: «Fueron los monjes procedentes de la corte de los Tang los que capturaron a los bandidos y, movidos por el noble sentimiento de la gratitud, decidieron restituirnos cuanto nos había sido arrebatado. ¿Cómo habéis podido confundirlos con simples ladrones y hacer que los encerraran en una horrible mazmorra? Escandalizados por semejante injusticia, el espíritu de la ciudad y el dios de la comarca han presentado una queja al Rey Yama, que, a su vez, me ha ordenado venir a pediros que exijáis la inmediata liberación del monje Tang. Sabed que, si os negáis a cumplir tan justas demandas, todos los miembros de nuestra familia perecerán de una muerte horrenda». Eso nos ha movido a venir a suplicaros clemencia para los detenidos, gracia que no dudamos poder alcanzar de vuestra magnanimidad. - El cuerpo de su padre todavía está caliente - se dijo el magistrado -. No es extraño que una persona que acaba de morir se aparezca a los suyos. Lo raro es que alguien que lleva muerto cinco o seis años, como mi tío, se me presente, de pronto, exigiendo la inmediata liberación de esos mismos detenidos. Por fuerza tienen que ser inocentes. No había terminado de decírselo, cuando se presentó un enviado del Distrito de la Tierra de la Luz e informó, gritando en tono desencajado: - ¡Qué desgracia, señoría, qué estremecedora desgracia! Acaba de presentarse en nuestro palacio un enviado del Emperador de Jade exigiendo la inmediata puesta en libertad de ciertas personas inocentes que han sido injustamente encarceladas. Según nos dijo, esos monjes no son bandidos, sino respetuosos hijos de Buda, que se en-cuentran de camino en busca de escrituras. El emisario celeste nos anunció que, si echábamos en saco roto su exigencia, todas nuestras ciudades con sus respectivos habitantes quedarían reducidas a polvo y cenizas. Presa del pánico, el magistrado ordenó traer inmediatamente a su presencia a los prisioneros. Al enterarse de su decisión, Ba-Chie comentó: - Me pregunto qué tipo de torturas nos tienen reservadas para hoy. - Te aseguro que hoy no te darán ni un solo azote - contestó el Peregrino, sonriendo -. Es más. No tendremos ni que inclinarnos ante ese magistrado; será él el que nos pida encarecidamente que ocupemos los puestos de honor. Como nos falte algo del equipaje o se niegue a devolvernos el caballo, te aseguro que seré yo el que le pegue una paliza. No había acabado de decirlo, cuando llegaron al salón de las audiencias. Al verlos aparecer, todos los funcionarios de la prefectura y del distrito corrieron a darles la bienvenida, diciendo: - Mucho nos tememos que ayer, cuando llegasteis a esta corte, no os interrogamos con la corrección que debíamos. Nos cegó, por una parte, la presencia del botín y, por otra, la anunciada visita del emisario imperial. Ahora, si no os importa, nos gustaría que nos contarais qué es lo que realmente ocurrió. Tras juntar las palmas de las manos e inclinarse respetuosamente, el monje Tang relató de cabo a rabo lo que había sucedido en el camino. - Nos precipitamos en nuestro juicio - se apresuraron a confesar los diferentes oficiales -. ¡Disculpad la precipitación con la que actuamos! - y preguntaron al monje Tang si habían dejado alguna cosa en la mazmorra. - Aquí mismo se nos arrebató el caballo blanco que traíamos - contestó el Peregrino con voz potente -. Por lo que respecta al equipaje, nos ha sido sustraído por los carceleros. Devolvédnoslo inmediatamente, porque ha llegado el momento de que os interroguemos nosotros. ¿Qué crimen cometen quienes acusan en falso a alguien? Al ver la energía con la que hablaba, todos los funcionarios se echaron a temblar y ordenaron que les devolvieran inmediatamente el caballo y el equipaje. A pesar de ello, los tres discípulos continuaron mostrándose arrogantes en extremo. Ante sus continuas preguntas los funcionarios sólo pudieron recurrir a la acusación de los Kou como ex-cusa. El monje Tang trató de mostrarse más comprensivo y dijo: - Si queremos llegar al fondo de la cuestión, lo que tenemos que hacer es ir a la mansión de los Kou y preguntar a algunos de los testigos. Así estableceremos, de una vez por todas, quién fue el que me vio robando. - Tenéis razón - afirmó el Peregrino -. Por mi parte, increparé al muerto para que manifieste quién fue el desalmado que acabó con su vida. Sin pérdida de tiempo el Bonzo Sha ayudó al monje Tang a montar en el caballo dentro mismo del salón de las audiencias públicas y abandonaron el palacio del prefecto, chillando y gritando. Varios funcionarios los siguieron hasta la mansión de los Kou. Kou-Liang y su hermano salieron a darles la bienvenida, tocando repetidamente con la frente el suelo de la puerta principal. En uno de los salones de la casa vieron a varios familiares del difunto llorando desconsoladamente. - ¡Deja de llorar, vieja bruja, a la que sólo le preocupa hacer daño a la gente inocente! - le increpó el Peregrino -. He venido a preguntar a tu marido quién fue el que le mató. Yo que tú, me echaría a temblar, porque eso puede ponerte en un grave compromiso. Los funcionarios pensaron que estaba fanfarroneando, pero él les dijo, muy tranquilo: - Quedaos aquí un momento con mi maestro. Ba-Chie y el Bonzo Sha se encargarán de que no ocurra nada desagradable. Estaré de vuelta muy pronto. Tan pronto como hubo salido por la puerta, se elevó por los aires. Todos se quedaron asombrados de ver la casa envuelta en una neblina multicolor, que hizo sentir la presencia de un aire sagrado que había sido testigo de la separación del caos. Hasta el último sirviente comprendió entonces que el Peregrino era un inmortal capaz de andar por las nubes y cabalgar a lomos de la brisa, un sabio con el poder suficiente para devolver a un muerto la vida. Sobrecogidos, los Kou comenzaron a quemar varillas de incienso, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que, después de dar una serie de acrobáticos saltos, se dirigió a las Regiones Inferiores, irrumpiendo en el corazón mismo del Palacio de las Sombras. Sorprendidos, los Diez Reyes Yama le saludaron, respetuosos, con las manos unidas, mientras los jueces de los Cinco Puntos Cardinales se echaron rostro en tierra y golpearon repetidamente el suelo con la frente. Al verle, los bosques de espadas se agitaron como hierbas silvestres sacudidas por la lluvia y las colinas de dagas se allanaron. Con su llegada a la Ciudad de la Muerte los monstruos hallaron la salvación y los espíritus volvieron a la vida, cruzando el Puente-sin-retorno. La Región de las Sombras se llenó de luz con aquella inesperada visita de un ser procedente de lo alto. Después de los saludos de rigor los Diez Reyes Yama preguntaron al Gran Sabio el motivo de su visita y éste replicó, arrogante: - ¿Quién de vosotros se ha hecho cargo del espíritu de Kou-Hung el noble que dedicó los últimos años de su vida a dar de comer a los monjes en la Prefectura de la Terraza del Bronce, que pertenece al Distrito de la Tierra de la Luz? Es preciso que me entreviste inmediatamente con él. - Kou-Hung es una persona virtuosa - contestaron los Diez Reyes Yama -. No tuvimos que enviarle ningún emisario para hacerle venir aquí; se presentó por su propio pie. No obstante, nada más llegar, hizo su aparición el Joven de la Túnica Dorada y se lo llevó a ver al Rey Ksitigarbha. El Peregrino se despidió a toda prisa de ellos y se dirigió al Palacio de la Nube de Jade, donde saludó respetuosamente a Ksitigarbha y le relató brevemente lo que había ocurrido. - Estaba fijado de antemano que Kou-Hung habría de abandonar el mundo sin padecer enfermedad. Dado que dedicó gran parte de su vida a la práctica de la virtud y al cuidado de los monjes, en cuanto murió, le tomé como secretario encargado de llevar la cuenta del buen karma. Puesto que os mostráis tan interesado en hacerle volver a la vida, no tengo ningún inconveniente en alargar sus días doce años más. Si queréis podéis llevároslo vos mismo. En seguida se presentó el Joven de la Túnica Dorada con el espíritu de Kou-Hung, que suplicó al Peregrino: - ¡Ayudadme, maestro! - Uno de los ladrones acabó con vuestra vida - explicó el Peregrino -. De hecho, os halláis en el palacio del Bodhisattva Ksitigarbha, en la Región de las Sombras. He venido a llevaros conmigo al Reino de la Luz para que atestigüéis en favor de mi maestro. El Bodhisattva ha tenido la amabilidad de alargar vuestra vida doce años, por lo que, de momento, no será necesario que volváis a este lugar. El noble no sabía qué hacer para expresar su agradecimiento. Después de dar las gracias al Bodhisattva, el Peregrino sopló sobre el espíritu del noble y lo transformó en éter, que se metió oportunamente por una de las mangas. De esa forma, pudo abandonar el reino de la muerte y regresar con él al mundo de la luz. A lomos de una nube, no tardaron en avistar la mansión de los Kou. Ba-Chie levantó la tapa del ataúd y el espíritu del difunto regresó al interior de su cuerpo, que no tardó en empezar a respirar y a moverse. En seguida saltó del ataúd y, echándose rostro en tierra, dio las gracias al monje Tang y a sus tres discípulos, diciendo: - Jamás podré agradeceros el inmenso favor de regresar a la vida, tras haber visitado la Región de las Sombras como consecuencia de una muerte violenta. Para mí es como si hubiera vuelto a nacer de nuevo. Se volvió a continuación a los funcionarios y, tocando, una vez más, el suelo con la frente, les preguntó: - ¿Se puede saber a qué debo el honor de encontraros en mi casa? - Vuestros hijos presentaron una acusación contra esos monjes, implicándolos en el robo de vuestras posesiones - contestó el magistrado -. Sin pérdida de tiempo, envié a todo un ejército en su persecución, sin caer en la cuenta de que, en su deambular hacia el oeste, se toparon con los bandidos que os habían dado muerte y les arrebataron lo que a vos os habían sustraído. Cuando se disponían a devolvéroslo, mis soldados cayeron sobre ellos y yo los hice encerrar, sin ahondar en las investigaciones. Ayer por la noche, no obstante, vuestro espíritu, el de mi difunto tío y un enviado del Emperador de Jade exigieron su inmediata puesta en libertad. Por si eso no fuera suficiente, vos habéis vuelto a la vida y todo ha quedado finalmente aclarado. - Así es - confirmó el noble, postrado de hinojos -, porque no fueron estos monjes los que irrumpieron en mi mansión con antorchas y palos, sino una banda de treinta malhechores, con los que traté de entrar en razón, al ver que intentaban llevarse todo lo que poseía. Uno de ellos me propinó una tremenda patada en mis partes, que terminó por acarrearme la muerte. ¡Estos maestros no tienen que ver absolutamente nada con lo sucedido! Llamó a continuación a su esposa y a sus hijos y los increpó, diciendo: - Vosotros conocíais la forma como morí. ¿Por qué tuvisteis que acusar a estos inocentes? Vuestro crimen es tan horrendo, que voy a pedir al magistrado que os ponga la correspondiente condena. Todos los miembros de la familia se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear repetidamente el suelo con la frente, pero el magistrado se mostró magnánimo con ellos y los perdonó a todos. En agradecimiento Kou-Hung hizo preparar un espléndido banquete en el que tomaron parte todos los funcionarios de la prefectura y el distrito, aunque la mayoría de ellos regresaron de inmediato a sus respectivos puestos de responsabilidad. Al día siguiente hizo público un nuevo compromiso de dar de comer a todos los monjes con los que se topara e insistió en que Tripitaka se quedara con él cierto tiempo, cosa a la que el maestro se negó de plano. Comprendiendo sus motivos, el noble volvió a llamar a todos sus deudos y amigos y salió a despedir a los peregrinos con la misma fanfarria que la vez anterior. Quedó claro, de esta forma, que, por muchas injusticias que existan en el mundo, el Cielo siempre sale fiador de la gente de bien. Los peregrinos pudieron proseguir, así, el camino que los conduciría hasta Tathagata, seguros de alcanzar finalmente las puertas de la Montaña del Espíritu. No sabemos, de momento, qué les pasó, cuando se entrevistaron con Buda. El que quiera averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo. 第098回 SÓLO CUANDO HAYAN SIDO DOMADOS EL MONO Y EL CABALLO, PODRÁN ALCANZAR LA PERFECCIÓN. UNA VEZ CONCLUIDAS TODAS SUS PENALIDADES, CONSIGUEN ENTREVISTARSE CON EL AUTÉNTICO Decíamos que, una vez recuperada la vida, el noble Kou salió a despedir a los peregrinos con estandartes, banderas y bandas de música, acompañado de todos sus deudos y familiares, así como un nutrido número de monjes tanto budistas como taoístas. No volveremos a hablar más de ellos, centrándonos exclusivamente en el monje Tang y en sus tres discípulos, que continuaron pacientemente su camino. No tardaron en descubrir que la tierra de Buda, en el Oeste, era totalmente distinta de la de otras regiones. Allí las flores simulaban gemas, los matorrales parecían estar hechos de jaspe y los cipreses y los pinos poseían una rugosidad que no se veía en ninguna otra comarca. Por todos los pueblos y ciudades que pasaron las gentes se dedicaban a la práctica de la virtud y a dar de comer a los monjes. En las montañas y en los bosques se toparon con un gran número de personas entregadas a la meditación y al recitado de los sutras. Seis o siete días llevaban descansando por la noche y poniéndose en camino tan pronto como amanecía, cuando avistaron una hilera de edificaciones sumamente altas y de impresionante aspecto. Cada una de ellas debía de medir más de mil metros y todas se adentraban con seguridad en el seno de las nubes. Desde ellas podía verse poner el sol y alcanzar el tímido parpadeo de las estrellas. Sus ventanales eran tan amplios, que parecían contener todo el universo, y sus columnas daban la impresión de ser el sostén de todas las nubes que navegan por el cielo. Bandadas de garzas amarillentas y fénix azulados llevaban de un lugar a otro las cartas de los inmortales con la elegancia que poseen los árboles centenarios y la rapidez de la brisa vespertina. No cabía ninguna duda de que aquellos arcos maravillosos, aquellos salones luminosos como perlas y aquellos edificios más encantadores que las piedras preciosas formaban parte de un palacio del espíritu, un lugar inmortal donde se predicaba el Tao y se enseñaban los sutras. En la primavera las matas se llenaban de capullos y se intensificaba el verdor de las copas de los pinos después de la lluvia. Por el contrario, el agárico y las frutas celestes se mantenían frescas y vivas durante todo el año. Adonde quiera que se dirigiera la vista podían verse bandadas de fénix revoloteando. - ¿Has visto qué lugar más encantador? - exclamó Tripitaka, volviéndose a Wu-Kung y señalando a la distancia con su fusta. - ¡No hay quien os entienda, maestro! - contestó el Peregrino -. En más de una ocasión os habéis inclinado ante Budas falsos. Hoy que, por fin, habéis llegado a una tierra de Budas auténticos os mantenéis obstinadamente sentado en vuestra silla de montar. ¿Se puede saber por qué no os bajáis del caballo? Tripitaka se sintió tan confundido ante esas palabras, que, de un salto, puso el pie en el suelo. No tardaron en llegar a la puerta de aquellas construcciones tan maravillosas. Guardándola había un joven taoísta, que les preguntó, nada más verlos: - ¿Sois los buscadores de escrituras procedentes de las Tierras del Este? El maestro se ajustó a toda prisa la túnica y, levantando la cabeza, vio que su interlocutor vestía una túnica de seda, dispuesto en todo momento a tomar parte en los convites que se celebraban junto a los estanques de jaspe, y sostenía en las manos un plumero de jade y rabo de yak, con el que quitaba el polvo de las mansiones celestes. Llevaba en la muñeca una placa sagrada y calzaba unas sandalias realmente espléndidas. Su manera de moverse y de hablar manifestaba a las claras que se trataba de un inmortal, que había abandonado este mundo de sombras para gozar de una vida sin límites en un lugar tan extraordinario como aquél. El maestro supo en seguida que se trataba de un morador de la Montaña del Espíritu, pues no era otro que el Inmortal de la Cabeza de Oro. El Gran Sabio le reconoció al instante y, volviéndose hacia el maestro, dijo: - Es el Gran Inmortal de la Cabeza de Oro, que habita en el templo taoísta de Yü-Chen, que se halla situado al pie mismo de la Montaña del Espíritu. Sólo entonces se dio cuenta Tripitaka del lugar en el que se hallaba y se inclinó respetuosamente ante el inmortal, que exclamó, soltando la carcajada: - ¡Así que, por fin, habéis conseguido llegar! Creo que la Bodhisattva Kwang-Ing me engañó aposta. Cuando, hace aproximadamente diez años, recibió el encargo de Buda de encontrar en las Tierras del Este un buscador de escrituras, me dijo que tardaría en llegar dos o tres años. Desde entonces he estado esperándole con impaciencia. Lo que menos me imaginaba es que, por fin, fuera a conoceros hoy. - ¡Jamás podré agradeceros tanta amabilidad! - dijo Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho. Después de saludar al inmortal, los cuatro peregrinos entraron en el templo con el caballo y el equipaje. Inmediatamente se les sirvió té y una comida vegetariana. No contento con eso, el inmortal pidió a sus sirvientes que prepararan al maestro un baño aromático, para que pudiera presentarse dignamente ante Buda. No existe, en efecto, cosa mejor que un baño, cuando se han acumulado méritos y todas las pasiones se encuentran bajo control. Todas las fatigas han concluido y la ley guía hasta el más nimio de sus actos. Una vez derrotados sus enemigos, los peregrinos alcanzaron, por fin, las tierras de Buda, pero, antes de presentarse ante el Único, era preciso que se desprendieran de toda inmundicia y de toda suciedad. No en balde, su cuerpo había de revestirse de la inmortalidad del diamante. La noche cayó, en cuanto hubieron terminado de bañarse, y decidieron quedarse a descansar en el Templo de Yü-Chen. A la mañana siguiente el monje Tang se puso su espléndida túnica de los bordados y su sombrero Vairocana y, tomando su báculo, fue a despedirse del inmortal, que le dijo, riendo: - Ayer parecíais un guiñapo humano. Hoy, por el contrario, se os ve fresco y vigoroso y vuestra figura es la de un auténtico hijo de Buda. Tripitaka hizo ademán de ponerse inmediatamente en camino y el inmortal añadió: - Esperad un momento. Si no os importa, me gustaría acompañaros. - No tenéis por qué molestaros - contestó el Peregrino -. Conozco bien el camino. - Es distinto recorrerlo desde las nubes que a ras de suelo - replicó el inmortal -. O mucho me equivoco o vuestro maestro aún no está capacitado para volar. - Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Aunque he estado muchas veces en este lugar, siempre me he movido por el aire y no he hollado jamás el suelo. Para no perdernos, debemos abusar de vuestra confianza y pediros que nos acompañéis. Debéis recordar que mi maestro se muere de ganas por presentar sus respetos a Buda. Sin dejar de sonreír, el inmortal tomó de la mano al monje Tang y le condujo a la otra parte de las puertas de la Ley. El camino que habían de seguir pasaba por el salón central del templo y por la puerta trasera del mismo, donde precisamente daba comienzo la Montaña del Espíritu. - ¿Veis ahí arriba ese punto envuelto en un halo de luz de cinco colores y esa neblina de buenos auspicios? - preguntó el inmortal al maestro, señalando hacia arriba con la mano -. Es el Pico del Buitre, donde tiene establecida su morada el Patriarca Budista. El monje Tang se inclinó inmediatamente, respetuoso, pero el Peregrino le aconsejó, sonriendo: - No es aquí donde debéis mostrar vuestros respetos, sino ahí arriba. Como muy bien afirma el proverbio, «no puede agotarse un caballo con sólo ver una montaña». Aún estamos un poco lejos para tanta ceremonia. Si empezáis a tocar ahora el suelo con la frente, cuando lleguéis a la cumbre, no os quedarán fuerzas para hacerlo. - Ahora que, por fin, habéis puesto el pie en la tierra bendita de la Montaña del Espíritu - dijo, entonces, el inmortal -, podéis proseguir el camino en compañía del Gran Sabio, el Mariscal de los Juncales Celestes y el Encargado-de-levantar-la-cortina. Después de darle las gracias, Tripitaka se despidió de él con una inclinación de cabeza e iniciaron la lenta ascensión de la montaña. Cuando llevaban recorridos diez o doce kilómetros, se toparon con un torrente de agua que tenía una anchura superior a los dieciséis o diecisiete kilómetros. No se veía rastro alguno de presencia humana y Tripitaka exclamó, asustado: - ¡Estoy seguro de que por aquí no se sube! Aunque, mirándolo bien, un inmortal no puede equivocarse así como así. ¡Pero este torrente es inmenso y sumamente caudaloso! ¿Quieres decirme, Wu-Kung, cómo vamos a atravesarlo, si no disponemos de un bote adecuado? - ¡Por supuesto que el inmortal no se ha equivocado! - confirmó el Peregrino, sonriendo -. ¿No veis allí un puente? Es preciso que lo crucéis antes de conseguir la perfección absoluta. El maestro se acercó y vio que a uno de sus lados había una inscripción que rezaba: «Corriente de Más Allá de las Nubes». También comprobó, sorprendido, que el puente era, en realidad, un tronco. Desde lejos parecía una viga de jade suspendida del cielo, aunque de cerca no era más que un madero medio seco que salvaba aquel torrente de aguas impetuosas. Estaba claro que cruzarlo iba a resultar más difícil que recorrer en un solo día todos los océanos. Nadie en su sano juicio podía atreverse a poner el pie sobre un tronco suspendido a tres mil metros de altura y envuelto en un arco iris y en una masa de nubes tan espesa, que parecía seda blanca. Por si eso no bastara, era sumamente resbaladizo y apto únicamente para esos seres afortunados que saben andar por las nubes. Al darse cuenta de las dificultades que entrañaba cruzar el torrente, dijo Tripitaka, estremeciéndose: - Este puente no puede cruzarlo ningún ser humano. ¿Por qué no buscamos otro camino? - No podemos - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Este es el único que existe. - En ese caso - insistió Ba-Chie, aterrado -, ¿cómo vamos a cruzarlo? La corriente es demasiado ancha y sólo la cruza un madero estrecho y resbaladizo en extremo. Sólo de pensarlo, se me ponen a temblar las piernas. - Quedaos aquí, mientras intento cruzarlo - dijo el Peregrino. No había acabado de decirlo, cuando se encaramó al madero y lo atravesó a grandes zancadas. El puente se bamboleaba como si fuera un columpio, pero consiguió llegar a la otra orilla más pronto de lo que él mismo había previsto. - ¿Habéis visto qué fácil? - gritó, satisfecho -. Venga. ¡No tengáis miedo! Al ver que nadie se atrevía a seguir su ejemplo, el Peregrino regresó al punto donde se encontraban sus hermanos y, agarrando a Ba-Chie, dijo: - Vamos, Idiota, sígueme. - ¡No puedo! - contestó Ba-Chie, dejándose caer al suelo temblando de miedo -. Es demasiado resbaladizo para mí. ¡Déjame, por favor! Creo que lo mejor será que cruce el torrente a lomos del viento. - En un lugar como éste no se puede recurrir a la magia - le regañó el Peregrino, empujándole sin ninguna consideración -. Si no cruzas este puente, jamás podrás convertirte en un Buda. - Me da igual - respondió Ba-Chie -. Lo único que sé es que por ahí yo no paso - y empezaron a tirar el uno del otro. A fuerza de buenas razones, el Bonzo Sha consiguió separarlos, pero en ese mismo momento Tripitaka volvió la cabeza y vio a un hombre que venía corriente arriba con una pequeña barquichuela. Loco de contento, el maestro exclamó, mezclando sus gritos con los del barquero: - ¡Dejad de discutir, de una vez! ¡Ahí viene una barca, que va a ayudarnos a cruzar el torrente! Ansiosos, los tres se acercaron a la orilla y clavaron sus ojos en el pequeño bote. Cuando lo tuvieron lo suficientemente cerca para percibir con claridad todos sus detalles, se percataron, horrorizados, de que no tenía suelo. El Peregrino escrutó al barquero con sus pupilas diamantinas y sus ojos de fuego y descubrió que se trataba del Buda Guía, conocido también como Luz de Ratnadhvaja. Sin dar a entender en ningún momento que le había reconocido, el Peregrino gritó, agitando la mano: - ¡Eh! ¡Aquí! Sin pérdida de tiempo, el barquero se llegó hasta la orilla, chillando al compás de sus golpes: - ¡Ajoííí! - ¿Cómo es posible que vuestra barca no tenga suelo? - preguntó Tripitaka, temblando de espanto. - No ha existido embarcación más famosa que ésta desde el principio del tiempo y, afortunadamente, yo siempre he sido su dueño - contestó el Patriarca Budista -. Por muy fuertes que sean, el viento y las olas jamás la hacen zozobrar. Al carecer de principio o de fin, su seguridad está plenamente garantizada. Lo más asombroso, de todas formas, es que, aunque surque diez mil kalpas con envidiable serenidad, es capaz de regresar al Único libre de toda inmundicia. Si bien es cierto que las embarcaciones sin fondo no pueden cruzar los mares, ésta conduce a los espíritus por los meandros de la eternidad. - Os agradezco que hayáis venido a dar la bienvenida a mi maestro - dijo entonces el Gran Sabio, juntando, respetuoso, las palmas de las manos. Se volvió después hacia Tripitaka y añadió -: Subid a esa barca. Aunque no tenga suelo, es, como acabáis de escuchar, sumamente segura y ni el viento ni las olas son capaces de hacerla zozobrar. El maestro se negó a obedecerle, pero el Peregrino le agarró de los hombros y le dio un pequeño empujón. Como era de esperarse, cayó de cabeza al agua, pero el barquero le sacó a toda prisa de la corriente. Aunque no dijo nada, mientras se sacudía las ropas, se notaba que estaba muy enfadado con el Peregrino. Sin hacerle el menor caso, éste ayudó al Bonzo Sha y a Ba-Chie a montar en la barca y a acomodar en ella el equipaje y al caballo. El Patriarca Budista hundió su pértiga en el agua y la embarcación se separó de la orilla. Al poco rato apareció flotando corriente arriba un cadáver y, al verlo, el maestro se puso a gritar. - No os asustéis - le aconsejó el Peregrino, riendo - ¿No os dais cuenta de que sois vos? - ¡Así es! - ratificó Ba-Chie -. ¡Sois vos! - ¡Vos mismo! - confirmó el Bonzo Sha, aplaudiendo, entusiasmado. - ¡Ese cadáver es el vuestro! - exclamó, a su vez, el barquero, uniéndose al entusiasmo de los discípulos -. ¡Enhorabuena, maestro! Mientras la barca hendía las aguas con sorprendente facilidad, los viajeros repitieron, una y otra vez, la misma cantinela. No tardaron en llegar, de esa forma, sanos y salvos, a la otra orilla de la Corriente de Más Allá de las Nubes. Apenas hubieron puesto el pie en ella, Tripitaka se tornó tan ligero como la brisa y cruzó el torrente por su propio pie. De todo ello disponemos de un poema, que afirma: Una vez liberado de su cuerpo mortal, brotó en él con toda su fuerza el espíritu originario del amor mutuo. Concluidas sus penalidades, se convirtieron en Budas, libres para siempre de la tiranía de los seis sentidos. Esto es lo que quiere expresarse, cuando se dice que la profunda sabiduría del Dharma es capaz de conducirnos a la otra orilla. En cuanto los cuatro peregrinos hubieron tocado la otra vertiente, desaparecieron de su vista la barca y el hombre que la conducía. El Peregrino reveló, entonces, que se trataba del Buda Guía y en ese mismo instante Tripitaka despertó a la verdad. Emocionado, se volvió hacia sus discípulos y les dio las gracias, pero el Peregrino replicó: - No debemos agradecernos nada unos a otros, porque la ayuda que nos hemos proporcionado ha sido mutua. A vos debemos haber obtenido la libertad, que supuso para nosotros poder iniciar una vida de perfeccionamiento y de méritos. Vos, por vuestra parte, habéis tenido que depender de nosotros para manteneros seguro en el camino de la fe y conseguir, así, la total liberación de vuestro cuerpo mortal. Mirad a vuestro alrededor y contemplad este incomparable paisaje lleno de flores, hierbas exóticas, pinos, bambúes, fénix, garzas y ciervos. ¿No lo encontráis más hermoso que todos esos lugares habitados por monstruos por los que hemos pasado? ¿No percibís aquí la presencia del bien, mientras que en esos otros sitios únicamente se sentía el mal? Tripitaka repitió, una vez más, sus frases de agradecimiento y los cuatro iniciaron la ascensión de la Montaña del Espíritu con una ligereza que hasta entonces ninguno de ellos había conocido. No tardó en aparecer ante su vista el impresionante Monasterio del Trueno, cuya parte más alta penetraba en el firmamento, mientras que sus cimientos se hundían en las mismas raíces del Monte Sumeru. El paisaje en el que se hallaba enclavado no podía ser más espléndido, rodeado de picos altísimos, cuyas rocas mostraban una rugosidad desacostumbrada. En todos los acantilados se veían hierbas de jade y flores de jaspe, cuya belleza no tenía nada que envidiar al agárico y a las orquídeas que desgranaban su aroma a lo largo de todos los senderos. Los grupos de monos que se entretenían recogiendo fruta subidos a los melocotoneros parecían estar bañados en oro. Por su parte, las garzas blancas que se hallaban posadas en las ramas de los pinos daban la impresión de ser nubes purísimas atrapadas por unos brazos de jade. Parejas de fénix machos miraban de frente el sol, exigiéndole que llenara el mundo de sus bendiciones. Más difíciles de ver resultaban los fénix hembra, que se movían por el aire, siguiendo los vaivenes de la brisa. Los patos mandarín mostraban, orgullosos, el esplendor de sus plumajes, que hacían pensar en una mezcla imposible de oro y cornalina. En el este y en el oeste se levantaban espléndidos palacios de ventanales que recordaban la pureza de las perlas, mientras que en el norte y en el sur se alzaban impresionantes torres cargadas de nobleza. Las mansiones de los Devarajas se hallaban envueltas en una neblina multicolor, cuya serenidad contrastaba con las llamas rojizas que parecían rodear las residencias de los Protectores del Dharma. La silueta de la torre principal no podía ser más perfecta y su elegancia se veía resaltada por la fragancia de la Utpala. Se trataba, en verdad, de un lugar tan parecido a los Cielos, que las nubes se desplazaban por él con una lentitud asombrosa para hacer más largos sus días. En aquel paraíso no existían las causas y la impureza no se conocía. No en balde, se trataba del mismísimo Palacio del Dharma, del que las kalpas estaban totalmente excluidas. Con una rapidez asombrosa, el maestro y sus discípulos se llegaron hasta la cumbre de la Montaña del Espíritu, donde vieron un grupo de upasikas sentados bajo el verdor de las copas de los pinos y una fila interminable de devotos que seguían la línea que les marcaban los cipreses. El maestro se inclinó con respeto ante ellos, sorprendiendo vi-vamente a los upasakas, a los upasikas y a los monjes y monjas allí reunidos, que le dijeron: - No somos dignos de semejante reconocimiento. Guardad vuestros respetos para Sakyamuni, cuando tengáis oportunidad de entrevistaros con él. - No sé lo que le pasa, pero el caso es que siempre se precipita - comentó el Peregrino, echándose a reír -. En fin, vayamos a inclinarnos ante ésos de ahí arriba. Sin poder contener los brazos ni las piernas a causa de la excitación que le embargaba, el maestro siguió al Peregrino, que se dirigió directamente hacia la puerta del Monasterio del Trueno, donde fueron saludados por los Cuatro Grandes Vajra, que les preguntaron: - ¿Ha llegado, por fin, el maestro? - Así es - respondió Tripitaka, inclinándose -. Vuestro humilde discípulo Hsüan-Tsang tiene el honor de comunicaros su llegada - e hizo ademán de querer entrar a toda prisa, cosa que le impidieron los Cuatro Vajra, diciendo: - No seáis tan impetuoso, maestro. Es preciso que anunciemos vuestra grata presencia. Uno de ellos corrió, en efecto, a dar cuenta de su llegada a los Cuatro Grandes Vajra que protegían la segunda puerta, los cuales, a su vez, informaron oportunamente a los guardianes de la tercera, que eran los que se hallaban en contacto con el Único. Sin pérdida de tiempo, entraron en el Salón del Gran Héroe y anunciaron a Tathagata, el Honorabilísimo, también conocido como Buda Sakyamuni: - Acaba de llegar a este dignísimo monasterio el monje procedente de la corte de los Tang, que ha venido en busca de las escrituras. Visiblemente complacido, Buda pidió a los Ocho Bodhisattvas, a los Cuatro Guardianes Vajra, a los Quinientos Arhats, a los Tres Mil Protectores, a los Once Grandes Dirigentes y a los Dieciocho Protectores de los Monasterios que se pusieran en fila y se dispusieran a dar la bienvenida a tan esperado visitante. Cuando todos hubieron ocupado sus puestos, ordenó que el monje Tang fuera conducido inmediatamente a su presencia. La orden corrió de puerta en puerta hasta que, finalmente, los peregrinos pudieron escuchar con claridad: - ¡Qué entre el maestro! Siguiendo escrupulosamente las normas del ceremonial, el monje Tang traspuso las puertas del monasterio, seguido de Wu-Kung, Wu-Neng y Wu-Ching, que aún continuaba cargado con el equipaje y tirando de las riendas del caballo. Tal fue la conclusión del viaje que inició ante los mismísimos escalones de jade en aquel lejano año en el que obtuvo la confianza del emperador. Por llevar a término tan alta misión, escaló cordilleras cubiertas de rocío mañanero y descansó sobre la roca viva, al ponerse el sol. Su fe le movió a vadear tres mil cursos diferentes de agua y a hollar incontables senderos sin otro apoyo que el de su báculo de nudos. A lo largo de tan interminables fatigas sólo halló consuelo en la esperanza de llegar a entrevistarse algún día con Buda y alcanzar el fruto de los perfectos. Nada más poner el pie en el Salón del Gran Héroe, los cuatro peregrinos se echaron rostro en tierra y, de esa forma, presentaron sus respetos a Tathagata. A continuación se inclinaron ante todos los Budas que llenaban tan espléndido salón, arrodillándose tres veces seguidas ante el Patriarca Budista, cuando decidieron hacerle entrega del documento de viaje que traían consigo. Después de leerlo con inesperado cuidado, Tathagata se lo devolvió a Tripitaka, que, clavando la frente en el suelo, dijo: - Por orden expresa del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, vuestro indigno discípulo Hsüan-Tsang se ha atrevido a poner el pie en este sacratísimo monasterio, con el fin de implorar de vuestra misericordia la entrega de las escrituras sagradas que lleven la salvación a todos mis conciudadanos. Es una inmerecida gracia que espero alcanzar del Patriarca Budista, para que pueda regresar cuanto antes con ellas al país del que partí. Para dar a conocer la tierna compasión que anidaba en su corazón, Tathagata abrió sus labios de misericordia y dijo, dirigiéndose a Tripitaka: - Las Tierras del Este pertenecen al continente austral de Jambudvipa. Por su tamaño, la fertilidad de sus tierras, su increíble prosperidad y el elevado número de sus habitantes, se producen en ella gran cantidad de crímenes, adulterios, mentiras, engaños y otras manifestaciones de opresión y avaricia. Sus gentes no sólo no aceptan las enseñanzas de Buda ni se dedican a la práctica de la virtud, sino que tampoco siguen las enseñanzas de las tres escuelas ni muestran ningún respeto por los cinco granos. Son desconfiados, poco dados a la piedad filial, despectivos con todo lo bueno, groseros, seres sin escrúpulos e inclinados al engaño. Abandonándose a la injusticia y al desprecio por la vida, han cometido infinidad de actos reprobables. Su maldad ha enviado directamente a los infiernos a muchos de ellos, que se han visto sometidos a penas horribles en aquel mundo de sombras eternas antes de reencarnarse en bestias. Algunos se han convertido en criaturas con cuernos, pagando, de esta forma, el mal que cometieron y contribuyendo con su carne al sustento del género humano. Ésas son las razones que han conducido a su eterna condenación. Aunque Confucio trató de inculcar con sus enseñanzas la bondad, la rectitud, el respeto a las normas y la práctica del bien, actitudes que se empeñaron en reforzar los diferentes reyes y emperadores, imponiendo a sus detractores penas tales como la deportación, la horca o las mil y una formas del ajusticiamiento, poco caso hicieron los malvados de semejantes principios e instituciones. Conmigo dispongo de tres cestos diferentes de escrituras capaces de liberar al hombre de sus sufrimientos y alejarle de la desgracia. Uno de ellos está compuesto por «vinayas», que tratan de los Cielos, otro por «sastras», que versan sobre la Tierra, y otro por «sutras», que tienen el poder suficiente para salvar a los condenados de sus tormentos. Componen un total de treinta y cinco obras diferentes distribuidas en quince mil ciento cuarenta y cuatro rollos, en los que se encierran todas las enseñanzas para alcanzar la inmortalidad y seguir la senda de la suprema virtud. Al mismo tiempo, se contiene en ellos una gran cantidad de conocimientos de astronomía, geografía, flora, fauna, artes, vidas de personajes ilustres y otros muchos asuntos humanos que tienen lugar en los cuatro grandes continentes de este mundo. Puesto que, para llegar hasta aquí, os habéis visto obligados a recorrer una distancia enorme, me gustaría poner a vuestra disposición todos esos escritos. Me temo, sin embargo, que los habitantes de vuestro país, débiles de mente y duros de corazón, acabarán burlándose de las verdades en ellos contenidas y se negarán a aceptar el profundo sentido de nuestras enseñanzas de Sramana. Se volvió a continuación hacia Ananda y Kasyapa y añadió: - Llevad a los peregrinos al salón que hay al pie de la torre y dadles algo de comer. En cuanto hayan recobrado las fuerzas, abridles el tesoro de nuestros escritos, para que escojan unos cuantos rollos de cada una de las treinta y cinco divisiones de los tres cánones y regresen con ellos a las Tierras del Este, como muestra de mi magnanimidad hacia sus habitantes. Sin pérdida de tiempo, los dos Respetables condujeron a los recién llegados al salón que había justamente al pie de la torre y pusieron a su disposición una increíble cantidad de platos, a cual más exóticos y sabrosos, que se hallaban expuestos con tanto cuidado como si estuvieran a la venta. Los encargados de los sacrificios y ofrendas les sirvieron té, frutas y comida de un sabor totalmente diferente de los del mundo de los mortales. Después de dar las gracias a los Budas que los acompañaban, el maestro y los discípulos se entregaron al disfrute de aquellas maravillas que tenían delante de los ojos. El lujo del salón, de vigas de oro y paredes tan relucientes que parecían estar ardiendo, realzaba el aroma embriagador de las viandas. Hasta el aire poseía una tonalidad dorada, que hacía aún más pura la música inmortal que deleitaba los oídos. Los arreglos florales que adornaban las mesas eran de tal naturaleza, que jamás había visto ojo humano cosa igual. No en balde aquellos platos y aquel té tan aromático poseían la virtud de alargar indefinidamente la vida. ¿Qué mejor recompensa para quienes habían padecido toda suerte de sufrimientos y pruebas para alcanzar la perfección inmarchitable del Tao? Ba-Chie y el Bonzo Sha fueron los que más provecho sacaron de aquel extraordinario banquete, pues el Patriarca Budista había dispuesto que les fueran servidos únicamente viandas capaces de otorgarles la longevidad y de ayudarlos a convertir en inmortal el cuerpo perecedero que entonces poseían. En cuanto hubieron recuperado las fuerzas, los dos Respetables, que en ningún momento se habían separado de su lado, los condujeron al lugar donde se guardaban las preciadas escrituras. Nada más abrir sus puertas, el aire se llenó de un resplandor de buenos augurios y rayos mágicos, que pugnaban por horadar las neblinas multicolores y las nubes de santidad que flotaban en la atmósfera de aquel paraíso. En cada una de las cajas y casillas que contenían los sutras había pegadas unas etiquetas de color rojo con sus títulos respectivos. La relación de obras contenidas es la siguiente: 1. Sutra del Nirvana, una obra: rollos. 2. Sutra del Akasagarbha-bodhisattva-dharmi, una obra: rollos. 3. Colección de Sutras de la Voluntad Graciosa, una obra: rollos. 4. Sutra del Prajnaparamita-samkaya gatha, una obra: rollos. 5. Sutra en Honor de Bhutatathata, una obra: rollos. 6. Sutra del Anaksara-granthaka-rocana-garbha, una obra: rollos. 7. Sutra del Vimalakirti-nirdesa, una obra: rollos. 8. Sutra del Vajracchedika-prajnaparamita, una obra: rollos. 9. Sutra del Budha-carita-kavya, una obra: rollos. 10. Sutra del Bodhisattva-pitaka, una obra: rollos. 11. Sutra del Surangama-samadhi, una obra: rollos. 12. Sutra del Arthaviniscaya-dharmaparyaya, una obra: rollos. 13. Sutra del Avatamsaka, una obra: rollos 14. Sutra del Mahaprajna-paramita, una obra: rollos. 15. Sutra del Abhuta-dharma, una obra:.110 rollos. 16. Sutra del Segundo Madhyamika, una obra: rollos. 17. Sutra del Kasyapa-parivarta, una obra: rollos. 18. Sutra del Panca-naga, una obra: rollos. 19. Sutra del Bodhisattva-carya-nirdesa, una obra: rollos. 20. Sutra del Magadha, una obra: rollos. 21. Sutra del Maya-dalamahatantra mahayana-gambhira naya-guhya-parasi, una obra: rollos. 22. Sastra del Paraíso Occidental, una obra: rollos. 23. Sutra del Buddha-ksetra, una obra:.950 rollos. 24. Sastra del Mahaprajnaparamita, una obra:.080 rollos. 25. Sutra del Honor Primigenio, una obra: rollos. 26. Sutra del Mahamayuri-vidyarajni, una obra: rollos. 27. Sastra del Abhidharma-kosa, una obra: rollos. 28. Sutra del Mahasamghata, una obra: rollos. 29. Sutra del Saddharma-pundarika, una obra: rollos. 30. Sutra de la Preciosa Permanencia, una obra: rollos. 31. Sutra del Sanghika-vinaya, una obra: rollos. 32. Sastra del Mahayana-sraddhotpada, una obra:.000 rollos. 33. Sutra de la Preciosa Autoridad, una obra:.280 rollos. 34. Sutra del Mandamiento Perfecto, una obra: rollos. 35. Sastra del Vidya-matra-siddhi, una obra: rollos. Después de mostrarle todas esas obras, Ananda y Kasyapa dijeron al monje Tang: - ¿Nos habéis traído algún regalo de las lejanas Tierras del Este, de las que procedéis? Si es así, entregádnoslo y pondremos a vuestra disposición todas las escrituras que deseéis. - Este humilde discípulo vuestro - respondió Tripitaka, un tanto corrido de vergüenza - no ha podido traeros nada, debido precisamente a la grandísima distancia que se ha visto obligado a recorrer. - ¡Qué bonito! - exclamaron los dos Respetables al mismo tiempo -. Si os confiáramos estas escrituras sin nada a cambio, nuestros descendientes se morirían de hambre. ¿Os parece atractiva semejante perspectiva? Al ver la incomprensible actitud de los dos Respetables, que se negaban a ofrecer gratis las escrituras sagradas, el Peregrino perdió la paciencia y exclamó, malhumorado: - No discutáis más, maestro. Lo que tenemos que hacer es informar cuanto antes a Tathagata de esto. Que venga él a entregarnos lo que hemos anhelado durante todo el camino. - ¿Por qué no dejas de gritar, de una vez? - le reprendió Ananda -. ¿Dónde te crees que estás? ¡Acércate y coge todas las escrituras que quieras! A duras penas Ba-Chie y el Bonzo Sha consiguieron dominar al Peregrino, que los ayudó de buena gana a envolver cada uno de los rollos y a meterlos en las alforjas que llevaba el caballo. Como resultaron insuficientes, prepararon unas cuantas bolsas más, que Ba-Chie y el Bonzo Sha se encargaron de cargar al hombro con ayuda de una pértiga. Una vez concluida su labor, regresaron al salón en el que se hallaba sentado Tathagata y se arrodillaron ante él en señal de gratitud. Se sentían tan contentos, que, al salir del monasterio, se inclinaron dos veces seguidas ante cualquier Patriarca o Bodhisattva con el que tuvieron la fortuna de cruzarse. Cuando llegaron a la puerta prin-cipal, se despidieron de la misma forma de los upasakas, upasikas, monjes y monjas que allí había reunidos y emprendieron, satisfechos, el descenso de la montaña, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del anciano Dipamkara, conocido también como el Buda del Pasado, que oyó cuanto había sucedido y cayó en seguida en la cuenta de que Ananda y Kasyapa habían entregado a los peregrinos unos rollos de escrituras totalmente en blanco. Eso le hizo exclamar, divertido: - ¡Esos monjes de las Tierras del Este están mal de la cabeza! ¿Cómo no se habrán dado cuenta de que esos rollos no tienen nada escrito? De todas formas, es una auténtica pena que hayan hecho un viaje tan largo para nada. Levantó a continuación la voz y preguntó: - ¿Quién está hoy a mi servicio? El Respetable Héroe Blanquecino dio un paso al frente y, sin pérdida de tiempo, el anciano Buda le ordenó: - Es preciso que alcances cuanto antes al monje Tang y le quites esas escrituras en blanco que le han entregado. No dudes en valerte de tus poderes mágicos para hacerle regresar a por rollos de los buenos. El Respetable Héroe Blanquecino se montó en la brisa y abandonó a toda velocidad el Monasterio del Trueno. El viento en el que cabalgaba no podía ser más fuerte, pues el poder de un fiel servidor de Buda supera al de cualquier otro dios. De la misma forma, los gritos de un inmortal son mucho más penetrantes que el sonido de esos silbatos que llevan las muchachas jóvenes. La fuerza de aquel huracán, en efecto, agitó de tal manera los mares y ríos, que los peces y los dragones que habitaban en ellos perdieron la mayor parte de sus escamas. Pero no fueron ellos los únicos perjudicados, porque los grandes simios negros no pudieron seguir recogiendo sus frutos, las garzas de plumaje dorado se vieron obligadas a buscar la protección de sus nidos y los fénix olvidaron las melodías de sus cantos, mientras los faisanes gritaban, desesperados. Muchas ramas de los pinos se troncharon y los capullos de los lotos quedaron desgajados de sus plantas. Una a una fueron cayendo al suelo las cañas de los bosquecillos de bambúes, al tiempo que muchas flores perdían su belleza pétalo a pétalo. Las campanas parecían haberse vuelto locas y su tañer llegó a oírse desde una distancia de seis mil kilómetros. La continua salmodia de las escrituras, por el contrario, se perdió por los desfiladeros y las cárcavas. Todas las flores exóticas que crecían en los acantilados fenecieron, lo mismo que las hierbas de jade que adornaban cada uno de los senderos. Los fénix se mostraban incapaces de batir sus alas y los ciervos de piel blanca buscaron refugio en el fondo de los despeñaderos. La fragancia que llenaba la atmósfera de aquel paraíso se extendió por todo el mundo y hasta los mismos Cielos se vieron invadidos por una brisa pura y fresca. Al percatarse del aroma de aquel viento, el monje Tang pensó que se trataba de algún portento con el que quería obsequiarle el Patriarca Budista y no tomó ninguna precaución. Cuando más distraído estaba, se oyó en lo alto una especie de chasquido y apareció una mano que arrebató los rollos de escrituras que llevaba el caballo. Tripitaka se quedó mudo de espanto y empezó a golpearse el pecho con el puño, mientras Ba-Chie corría a ras de suelo en persecución de tan inesperado ladrón y el Bonzo Sha se quedaba quieto en el sitio sin saber qué hacer. El Peregrino, por su parte, se elevó por los aires y salió disparado detrás de aquella mano misteriosa. El Respetable Héroe Blanquecino comprendió que no iba a tardar en darle alcance y, temiendo que fuera a golpearle con su terrible barra de los extremos de oro, rasgó la bolsa de las escrituras y las sembró por el suelo. Al verlo, el Peregrino renunció a atraparle y cambió la dirección de la nube en la que volaba, tratando de recuperar las obras perdidas. De esa forma, pudo el Respetable Héroe Blanquecino poner fin a la tormenta de viento e ir a informar al Buda del Pasado de todo cuanto había ocurrido. Ba-Chie se sorprendió de ver caerle encima semejante lluvia de libros y detuvo su loca carrera. Pronto se llegó hasta él el Peregrino y entre los dos consiguieron reunir todos los rollos que habían quedado desperdigados por el suelo. Al regresar junto al maestro, vieron que tenía los ojos anegados en lágrimas. - ¿Cómo es posible que hasta en la tierra de la suprema felicidad nos veamos asaltados por monstruos? El Bonzo Sha desenrolló distraídamente uno de los rollos de escrituras y se quedó mudo de asombro, al comprobar que en la pureza nívea del papel no había escrita ni media palabra. A toda prisa se lo enseñó a Tripitaka, diciendo: - ¡Este rollo está totalmente en blanco! El Peregrino desenrolló otro a toda prisa y vio que le ocurría lo mismo, igual que al que tenía Ba-Chie en las manos. - ¡Desenrolladlos todos! - ordenó Tripitaka. ¡No había uno que no estuviera en blanco! -. ¡Qué mala suerte la de las gentes que habitan en las Tierras del Este! - se quejó con amargura, al verlo -. ¿De que valen unas escrituras que no contienen ni una sola palabra? Si llego a presentarme con esto al Emperador de los Tang, seguro que me hace ajusticiar, pues no existe crimen más grande que tratar de engañar a su propio príncipe. - No es necesario que sigáis lamentándoos - le aconsejó el Peregrino, cayendo en la cuenta de lo que realmente había ocurrido -. Todo esto tiene que ser obra de esos Ananda y Kasyapa, por no haberles entregado los regalos que nos exigieron. ¿Qué otra explicación puede darse a unos textos vacíos? Opino que lo mejor será que vayamos a ver a Tathagata y los acusemos de fraude y de intento de soborno. - ¡Me parece muy bien! - exclamó Ba-Chie, furioso -. ¡Que no se queden sin castigo esos malandrines! Los cuatro peregrinos se dieron la vuelta e iniciaron de nuevo el ascenso a la Montaña del Espíritu. Les costó mucho trabajo esta vez subir los escalones que conducían directamente a la entrada del Monasterio del Trueno. Allí fueron recibidos por los guardianes, que les preguntaron con las manos metidas por las mangas: - ¿Habéis regresado a cambiar las escrituras? Tripitaka movió la cabeza afirmativamente y los Vajra le permitieron la entrada sin ningún requisito más. Nada más poner el pie en el Salón del Gran Héroe, el Peregrino gritó, ofendido: - Tanto el maestro como nosotros hemos sufrido incontables penalidades y el asalto de no menos de diez mil monstruos desde que abandonamos las Tierras del Este con el propósito de venir a presentaros nuestros respetos, Tathagata. Pero esos Ananda y Kasyapa trataron de arrancarnos un soborno después de que vos mismo les ordenarais que nos entregaran las escrituras. Al ver que no conseguían nada, trataron de engañarnos, confiándonos unos textos totalmente en blanco. ¿De qué nos habrían servido tantas penalidades, si no nos hubiéramos dado cuenta a tiempo de su engaño? Disculpad el tono de mis palabras, Tathagata, pero es preciso que encontréis cuanto antes una solución para tan enojoso asunto. - ¿Por qué no dejas de gritar, de una vez? - le reprendió el Patriarca Budista, sonriendo -. No desconocía que esos dos fueran a pediros algo a cambio. Después de todo, las escrituras no han de darse a la ligera ni recibirse sin ningún tipo de compensación. De hecho, hace cierto tiempo algunos de nuestros monjes bajaron la montaña y fueron a recitar los textos sagrados a la mansión del respetable Chao, en el reino de Sravasti, para que los muertos de la familia encontraran el descanso definitivo y los vivos se vieran libres de todo mal. A cambio de tan meritorios servicios sólo le pidieron tres monedas de cobre y tres medidas de arroz. Yo les dije que habían sacado muy poco y que, a causa de su generosidad, sus descendientes se iban a ver en grandes aprietos económicos. Se nota que aprendieron bien la lección, porque, al presentaros vosotros con las manos vacías, os hicieron entrega de unos textos en blanco. Pero, aunque os cueste creerlo, esas escrituras son tan perfectas como las que contienen palabras. Soy consciente, de todas formas, de que los habitantes de las Tierras del Este carecen de la adecuada iluminación y que precisarán, por tanto, de textos normales y corrientes. Se volvió a continuación hacia Ananda y Kasyapa y les ordenó: - Haced entrega a estos monjes de unos cuantos rollos de escrituras con palabras y regresad a informarme del número total que les habéis confiado. Los dos Respetables volvieron a conducir a los peregrinos al salón donde se guardaban los escritos y de nuevo les exigieron la entrega de un regalo. Como el monje Tang no tenía nada que ofrecerles, pidió al Bonzo Sha que sacara el cuenco de pedir limosnas, que era de oro, y se lo entregó con las dos manos a los Respetables, diciendo: - Debido a la gran distancia que me he visto obligado a recorrer y a la misma pobreza en la que vivo, no he podido traer conmigo ningún regalo. Este cuenco me fue entregado por el Emperador de los Tang en persona, para que mendigara con él el sustento durante el viaje. Os ruego que lo aceptéis como prueba de mi humilde reconocimiento. Cuando regrese a la tierra de la que partí, informaré de vuestra generosidad al señor Tang, que, a no dudar, os hará llegar un generoso presente. Lo único que os pido es que me entreguéis unas escrituras que se puedan leer, para que la buena voluntad del emperador no se vea defraudada y no se demore por más tiempo nuestro viaje de vuelta. Ananda tomó, sonriendo, el cuenco de las limosnas y se lo guardó. Los encargados de la protección de las torres, los responsables de las ofrendas y el incienso y los Respetables que desempeñaban sus funciones en aquel lugar de recogimiento empezaron a darse golpecitos en la cara y en la espalda, mientras comentaban, escandalizados: - ¡Qué vergüenza! ¡Cómo se habrán atrevido a pedir un regalo al monje peregrino! Los dos Respetables se sintieron tremendamente cohibidos, aunque Ananda no dio muestras en ningún momento de querer soltar el cuenco. Carraspeando, Kasyapa abrió las casillas de las escrituras y se las fue pasando, rollo a rollo, a Tripitaka, que aconsejó a sus discípulos: - Miradlas bien, para que no nos pase lo de la otra vez. Los discípulos las examinaron una a una con sumo cuidado y se aseguraron de que todas estuvieran escritas. En total recibieron cinco mil cuarenta y ocho rollos, número que constituía exactamente un canon. Después de envolverlas, las metieron en las alforjas del caballo, mientras Ba-Chie se hacía cargo de las restantes y el Bonzo Sha recogía el equipaje. El Peregrino, por su parte, tomó de las riendas al caballo y el monje Tang agarró con fuerza su báculo nudoso, dispuesto a ir cuanto antes a dar las gracias a Tathagata. De todo ello disponemos de un poema, que afirma: Dulce es el sabor de la Gran Pitaka, el producto más refinado salido de la mente de Tathagata. Por ella el fiel Hsüan-Tsang no dudó en sacrificar largos años de su vida, escalando montañas y sufriendo todo tipo de calamidades. ¡Qué lástima que Ananda se dejara llevar por el simple afán de lucro! Afortunadamente, el Buda del Pasado les quitó la venda de la ceguera y pudieron regresar, gozosos, con las escrituras a las Tierras del Este, donde la fiesta estaba ya preparada. Ananda y Kasyapa acompañaron al monje Tang hasta el salón donde se hallaba Tathagata sentado en su espléndido trono de loto. El Patriarca Budista ordenó a los arhats Domador de Dragones y Destructor de Tigres que hicieran sonar el carillón de piedra que se elevaba por encima de las nubes y convocaran a todas las deidades, in-cluidos los tres mil Budas, los tres mil Protectores, los ocho Guardianes Vajra, los quinientos arhats, los ochocientos monjes y monjas, los upasakas y upasikas, los Respetables de todos los Cielos y Cavernas y los Honorables de cuantas montañas del espíritu existían en el mundo. Los que habían de permanecer sentados se encaramaron rápidamente a sus lotos, mientras que los que habían de permanecer de pie se colocaron en dos filas a ambos lados del salón. En ese mismo instante comenzó a sonar una música dulcísima. El aire se llenó de una neblina luminosa, cuando todos los Budas se inclinaron, en señal de acatamiento, ante Tathagata. - ¿Cuántos rollos de escrituras habéis entregado a los peregrinos? - preguntó el Patriarca, volviéndose hacia Ananda y Kasyapa -. Dadme una cuenta pormenorizada de todos ellos. - Hemos hecho entrega al monje Tang de las siguientes obras y rollos: 1. Sutra del Nirvana: rollos. 2. Sutra del Akasagarbha-bodhisattva-dharmi: rollos. 3. Colección de Sutras de la Voluntad Graciosa: rollos. 4. Sutra del Prajnaparamita-samkaya gatha: rollos. 5. Sutra en Honor de Bhutatathata: rollos. 6. Sutra del Anaksara-granthaka-rocana-garbha: rollos 7. Sutra del Vimalakirti-nirdesa: rollos. 8. Sutra del Vajracchedika-prajnaparamita: rollo. 9. Sutra del Buddha-carita-kavya: rollos. 10. Sutra del Bodhisattva-pitaka: rollos. 11. Sutra del Surangama-samadhi: rollos. 12. Sutra del Arthaviniscaya-dharmaparyaya: rollos. 13. Sutra del Avatamsaka: rollos 14. Sutra del Mahaprajna-paramita: rollos. 15. Sutra del Abhuta-dharma: rollos. 16. Sutra del Segundo Madhyamika: rollos. 17. Sutra del Kasyapa-parivarta: rollos. 18. Sutra del Panca-naga: rollos. 19. Sutra del Bodhisattva-carya-nirdesa: rollos. 20. Sutra del Magadha: rollos. 21. Sutra del Maya-dalamahatantra mahayana-gambhira naya-guhya-parasi: rollos. 22. Sastra del Paraíso Occidental: rollos. 23. Sutra del Buddha-ksetra:.638 rollos. 24. Sastra del Mahaprajñaparamita: rollos. 25. Sutra del Honor Primigenio: rollos. 26. Sutra del Mahamayuri-vidyarajni: rollos. 27. Sastra del Abhidharma-kosa: rollos. 28. Sutra del Mahasamghata: rollos. 29. Sutra del Saddharma-pundarika: rollos. 30. Sutra de la Preciosa Permanencia: rollos. 31. Sutra del Sanghika-vinaya: rollos. 32. Sastra del Mahayana-sraddhotpada: rollos. 33. Sutra de la Preciosa Autoridad: rollos. 34. Sutra del Mandamiento Perfecto: rollos. 35. Sastra del Vidya-matra-siddhi: rollos. »De las treinta y cinco obras que componen nuestro más preciado legado hemos seleccionado un total de cinco mil cuarenta y ocho rollos, que hemos entregado al monje Tang, para que los lleve consigo a las Tierras del Este. La mayoría de ellos han sido envueltos con sumo cuidado y metidos en las alforjas que porta el caballo. Del resto se ha ocupado uno de los peregrinos, que ha venido con sus otros tres hermanos a daros las gracias. Después de atar al caballo y de dejar las pértigas en el suelo, Tripitaka y sus tres discípulos se inclinaron ante Buda juntando las manos a la altura del pecho. - El poder de estas escrituras es ilimitado - explicó Tathagata al monje Tang -. No sólo son el espejo de nuestra fe, sino la fuente de las Tres Enseñanzas, por lo que no deben ser tratadas en ningún momento con ligereza, especialmente cuando regreséis al continente austral de Jambudvipa y se las mostréis a sus habitantes. A nadie le estará permitido tocar uno solo de estos rollos sin haber ayunado y sin haberse bañado antes. Guardadlas con cuidado y tenedlas siempre en gran estima, porque en ellas hallaréis el modo de alcanzar la inmortalidad, comprender el Tao y dominar el arte de las diez mil metamorfosis. En señal de gratitud y acatamiento, Tripitaka golpeó repetidamente el suelo con la frente. Como había hecho con anterioridad, antes de tomar las escrituras y reemprender el camino de vuelta, se inclinó tres veces seguidas ante los patriarcas allí reunidos, cosa que hizo, igualmente, al pasar por cada una de las tres puertas del monasterio, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de Tathagata, que, después de haber despedido al monje Tang, dio por terminada la asamblea de Budas y se dispuso a regresar a sus aposentos. En ese mismo instante salió a su encuentro la Bodhisattva Kwang Shr-Ing y le dijo, juntando respetuosamente las palmas de las manos: - Hace cierto tiempo me ordenasteis buscar en las Tierras del Este a un monje virtuoso que estuviera dispuesto a venir en busca de las escrituras sagradas. Hoy, finalmente, ha cumplido su misión, dando por terminado un viaje que le ha llevado catorce años o, lo que es lo mismo, cinco mil cuarenta días. Para cumplir el número canónico perfecto sólo le restan ocho. ¿Me permitís, por lo tanto, devolveros la orden que en su día me confiasteis? - Por supuesto que sí - contestó Tathagata, complacido -. Nada más justo que eso. - Se volvió a continuación a los Ocho Vajra y les ordenó -: Valeos de vuestros poderes mágicos y llevad inmediatamente al Este al monje Tang. Tan pronto como haya confiado las escrituras a las gentes de allí, volved a traerle al Oeste. Es preciso que no os demoréis y llevéis a cabo esta misión en el plazo máximo de ocho días, para que se cumplan los cinco mil cuarenta y ocho canónicos. Sin pérdida de tiempo, los Vajra salieron en persecución del monje Tang, al que dijeron, tan pronto como hubieron llegado a su altura: - ¡Seguidnos, maestro! - y tanto Tripitaka como sus discípulos, con el cuerpo rejuvenecido y el espíritu firme, se elevaron por los aires y viajaron a lomos de las nubes en compañía de los Guardianes Vajra. No había nada de extraño en ello, pues se habían inclinado ante Buda con la mente iluminada. ¿Qué cosa más natural que, una vez alcanzada la perfección, ascendieran a lo alto? No sabemos, de momento, cómo hicieron entrega de las escrituras, una vez que hubieron regresado a las Tierras del Este. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第099回 NUEVE VECES NUEVE ES EL NÚMERO PERFECTO PARA LOGRAR LA TOTAL EXTINCIÓN DE MARÁ. EL TAO REVIERTE A SUS ORÍGENES, UNA VEZ CONCLUIDOS LOS TRABAJOS DEL TRES DOBLE De momento no hablaremos de los Ocho Vajra que acompañaron al monje Tang en el viaje de regreso a las tierras de las que había partido, sino de los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, de los Cuatro Centinelas, de los Seis Dioses de la Luz, de los Seis Dioses de las Tinieblas y de los Protectores de los Monasterios. Juntos se presentaron ante la primera de las tres puertas y dijeron a la Bodhisattva Kwang-Ing: - Nos ordenasteis que prestáramos nuestra protección al monje Tang, cosa que hemos hecho con la dedicación que de nosotros se esperaba. Ahora que todo ha concluido felizmente y vos misma habéis regresado a la mansión del Patriarca Budista, ¿nos permitís devolveros la orden que en su día nos confiasteis? - ¡Ciertamente que sí! - respondió la Bodhisattva, complacida -. ¿Podéis describirme la actitud de los peregrinos a lo largo del viaje? - En todo momento dieron muestras de una piedad y de una determinación realmente digna de encomio, como vos misma habréis podido apreciar - contestaron los diferentes dioses -. Eso que el monje Tang se vio sometido a una serie interminable de sufrimientos. De todos ellos hemos tomado buena nota. Si deseáis conocer todas las pruebas por las que hubo de pasar, aquí tenéis la lista completa. La Bodhisattva la tomó en sus manos y leyó detenidamente: En cumplimiento de vuestras órdenes, los protectores registraron con cuidado las desgracias que se abatieron sobre el monje Tang a lo largo del viaje y que, en concreto, son las siguientes: la primera, ser despojado de su título y posesión de Cigarra de Oro. Estar a punto de morir, al nacer, la segunda. Ser arrojado al río cuando apenas contaba un mes de edad, la tercera. La búsqueda de sus padres y su consiguiente venganza, la cuarta. Toparse con el tigre, nada más abandonar la ciudad, la quinta. Caer en un pozo y perder a sus seguidores, la sexta. El dilema que se le presentó en la Cordillera de la Doble Bifurcación, la séptima. Toparse con la Montaña de los Dos Reinos, la octava. Cambiar de caballo en el Torrente del Águila Afligida, la novena. Ser quemado vivo por la noche, la décima. La pérdida de su túnica, la undécima. Conseguir dominar a Ba-Chie, la duodécima. Ser obstaculizado por el Monstruo del Viento Amarillo, la decimotercera. Buscar la ayuda de Ling-Chi, la decimocuarta. Las dificultades que encontró a la hora de cruzar el Río de Arena, la decimoquinta. La aceptación del Bonzo Sha como discípulo, la decimosexta. La aparición de los Cuatro Sabios, la decimoséptima. El Templo de las Cinco Villas, la decimoctava. Los problemas que tuvo con el ginseng, la decimonovena. La expulsión del Mono de la Mente, la vigésima. Su pérdida en el Bosque del Pino Negro, la vigésima primera. El envío de la carta al Reino del Elefante Sagrado, la vigésima segunda. La metamorfosis en tigre que experimentó en el Palacio de los Carillones de Oro, la vigésima tercera. Su encuentro con los monstruos de la Montaña Altísima, la vigésima cuarta. Ser colgado de una viga en la Caverna de la Flor de Loto, la vigésima quinta. Salvar al señor del Reino del Gallo Negro, la vigésima sexta, Toparse con un monstruo con el cuerpo metamorfoseado, la vigésima séptima. Encontrarse con un monstruo en la Montaña Rugiente, la vigésima octava. Ser arrebatado por el huracán, la vigésima novena. Contemplar cómo el Mono de la Mente era herido, la trigésima. Pedir al sabio que dominara a los monstruos, la vigésima primera. Hundirse en el Río Negro, la trigésima segunda. Los padecimientos del Reino de la Carreta Lenta, la trigésima tercera. La lucha de poder a poder, la trigésima cuarta. Expulsar a los taoístas en beneficio de los budistas, la trigésima quinta. Encontrarse con el camino cubierto de agua, la trigésima sexta. Caer en el Río-que-llega-hasta-el-cielo, la trigésima séptima. Ver el cuerpo de Cesta de Pescado, la trigésima octava. Toparse con un monstruo en la Montaña del Yelmo de Oro, la trigésima novena. Las dificultades en alcanzar los cielos, la cuadragésima. La petición a Buda de las fuentes, la cuadragésima primera. El envenenamiento que sufrió después de beber el agua, la cuadragésima segunda. Su detención matrimonial en el Reino del Liang Occidental, la cuadragésima tercera. Los sufrimientos padecidos en la Caverna del Laúd, la cuadragésima cuarta. La segunda expulsión del Mono de la Mente, la cuadragésima quinta. Las dificultades en distinguir al mono falso del verdadero, la cuadragésima sexta. El retraso que hubo de padecer en la Montana de Fuego, la cuadragésima séptima. La búsqueda del abanico de palma, la cuadragésima octava. La detención del demonio, la cuadragésima novena. Barrer la pagoda del Reino del Sacrificio, la quincuagésima. La recuperación del tesoro para salvar a los monjes, la quincuagésima primera. El recitado de versos en el Santuario de los Inmortales del Bosque, la quincuagésima segunda. Las desgracias que le sobrevinieron en el Pequeño Monasterio del Trueno, la quincuagésima tercera. El aprisionamiento de los espíritus celestes, la quincuagésima cuarta. El alto que sufrió en el Desfiladero de la Pulpa de la Morera, la quincuagésima quinta. El remedio medicinal del Reino Morado, la quincuagésima sexta. Recuperarse del cansancio y de la enfermedad, la quincuagésima séptima. Derrotar al monstruo para liberar a la reina, la quin-cuagésima octava. El engaño de las siete pasiones, la quincuagésima novena. Ser herido por Muchas Pupilas, la sexagésima. La detención que sufrió en el Reino del Camello-León, la sexagésima primera. Los monstruos de los tres colores, la sexagésima segunda. Las desgracias que le acaecieron en la ciudad, la sexagésima tercera. La petición de ayuda a Buda para dominar a los demonios, la sexagésima cuarta. La liberación de los niños en Bhiksu, la sexagésima quinta. La distinción entre lo auténtico y lo falso, la sexagésima sexta. Salvar a un monstruo en el bosque de pinos, la sexagésima séptima. Enfermar en los aposentos del guardián del monasterio, la sexagésima octava. Caer prisionero en la Caverna sin Fondo, la sexagésima novena. Los problemas encontrados para abandonar el Reino Destructor del Dharma, la septuagésima. El encuentro de los monstruos de la Montaña Escondida por en la Niebla, la septuagésima primera. La petición de lluvia en la Prefectura del Fénix Inmortal, la septuagésima segunda. La pérdida de las armas, la septuagésima tercera. La fiesta del rastrillo, la septuagésima cuarta. La desgracia que le acaeció en la Montaña del Nudo de Bambú, la septuagésima quinta. Los sufrimientos a los que se vio sometido en la Caverna de la Flor Misteriosa, la septuagésima sexta. La captura de los rinocerontes, la septuagésima séptima. La presión para que se casara en el Reino de la India, la septuagésima octava. El encarcelamiento que sufrió en la Prefectura de la Terraza del Bronce, la septuagésima novena. La liberación de su cuerpo mortal en la Corriente de Más Allá de las Nubes, la octogésima. Doscientos quince mil kilómetros de longitud ha tenido un viaje que encerraba para el monje Tang todas las penalidades que aquí se han consignado. Después de leer detenidamente el informe, la Bodhisattva comentó: - Nueve veces nueve es para nosotros, los budistas, una cifra de capital importancia, pues supone ni más ni menos que la consecución de la inmortalidad. La pena es que el maestro sólo ha sufrido ochenta pruebas, o sea, que le falta una para alcanzar la perfección absoluta. Tras estudiar detenidamente el problema, se volvió hacia uno de los Protectores y le ordenó: - Alcanza a los Guardianes Vajra y preparad entre todos una prueba más. Es la única solución. El Protector se lanzó en seguida en dirección este a lomos de una nube. Al cabo de un día con su correspondiente noche de vuelo logró dar alcance a los Vajra y les dijo al oído: - Es preciso que cumpláis cuanto antes las órdenes de la Bodhisattva y que pongáis por obra lo que voy a deciros. Los Ocho Vajra se sintieron tan sorprendidos por su repentina aparición, que, sin darse cuenta, retiraron el viento que mantenía a flote a los cuatro peregrinos, haciéndolos caer de bruces contra el suelo con caballo y todo. En verdad, no resultaba nada fácil solventar ese asunto de la inmortalidad del nueve veces nueve. La firmeza de la voluntad supone siempre una gran ayuda, pero no existe otra forma de dominar a los monstruos que someterse al sufrimiento y entregarse a la meditación. No debe pensarse que las escrituras son fáciles de desentrañar. ¡A cuántas penalidades se hubo de rendir el monje sabio, sólo para hacerse con ellas! No deben olvidarse, en este sentido, las enseñanzas de los antiguos, particularmente las que se contienen en La simpatía de los Tres: «Para lograr el flujo del elixir, hay que liberarse hasta de la impureza más ínfima». En cuanto Tripitaka tocó el suelo, se puso a temblar de miedo. Ba-Chie, por el contrario, soltó la carcajada y exclamó, divertido: - ¡Vaya fracaso! Esto es lo que se llama darse prisa para llegar más tarde. - ¡Bueno! - comentó el Bonzo Sha en el mismo tono -. Nos llevaban a tanta velocidad, que seguro que han decidido darnos un respiro. - No hay por qué preocuparse - dijo, por su parte, el Gran Sabio -. Como muy bien afirma el proverbio, «siéntate diez días en la playa y verás cómo nueve te parecen sólo uno». - ¿Es que no podéis dejar de decir tonterías? - les regañó Tripitaka -. En vez de tanta sandez, lo primero que tenemos que averiguar es en qué lugar nos hallamos. - ¡Yo conozco bien este sitio! - exclamó el Bonzo Sha, mirando a su alrededor -. ¡Claro que sí! ¿No oís el murmullo del agua? - Me figuro que el agua siempre te trae a la mente el recuerdo del lugar en el que pasaste la mayor parte de tu vida - dijo el Peregrino. - Que no es otro que el Río de Arena - concluyó Ba-Chie. - ¡No, no! - negó el Bonzo Sha a toda prisa -. Éste es el Río-que-llega-hasta-el-cielo. - ¿Sabéis de qué parte del río nos encontramos? - preguntó, cada vez más nervioso, Tripitaka. El Peregrino dio un salto acrobático y, haciéndose pantalla con los ojos, miró rápidamente a su alrededor, antes de bajar a informar al maestro: - Estamos exactamente en la orilla occidental. - Recuerdo que en la oriental se encontraba la aldea de los Chen - dijo Tripitaka -. Al pasar por aquí, salvamos al hijo y a la hija de uno de sus moradores y, en agradecimiento, quisieron hacernos una barca, para que cruzáramos la corriente. Vanos esfuerzos, porque, al final, lo hicimos a lomos de una tortuga blanca. Si no me falla la memoria, también recuerdo que en la orilla occidental no había ningún tipo de asentamiento humano. ¿Qué podemos hacer? - Yo creía que el engaño se practicaba entre gente común y corriente - comentó Ba-Chie, un tanto irritado -. Ahora sé que no son inmunes a él ni los Guardianes Vajra, que se pasan todo el día contemplando el rostro de Buda. ¿Cómo nos habrán abandonado a mitad de camino, cuando se les ordenó expresamente que nos llevaran hasta el este? ¡En buen lío nos han metido! ¿Cómo vamos a pasar al otro lado? - Deja de quejarte, por favor - le pidió el Bonzo Sha -. El maestro ha alcanzado ya la perfección del Tao, pues se ha visto liberado de sus ataduras mortales en la Corriente de Más Allá de las Nubes. Estoy seguro de que esta vez no se hundirá en las aguas. Por si acaso, hagamos entre todos uso de la magia del desplazamiento y llevemos al maestro a la otra orilla. - No podemos hacerlo - objetó el Peregrino. ¿Por qué dijo semejante cosa, si él solo era capaz de hacer atravesar volando al maestro y a sus hermanos, no un río, sino diez mil? Estaba al tanto de que el maestro no había completado el ciclo sagrado de pruebas y que se precisaba de una más para alcanzar el nueve veces nueve. Por eso precisamente se había visto tan bruscamente detenido el viaje en aquel lugar. Al acercarse a la orilla, oyeron gritar a alguien: - ¡Eh, maestro Tang! ¡Por aquí! Sorprendidos, los cuatro peregrinos miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie. Volvieron, entonces, los ojos hacia las aguas y en la misma orilla descubrieron una enorme tortuga blanca, que repitió con el cuello totalmente estirado: - ¡Aquí, maestro! ¡Menos mal que, por fin, habéis llegado! Llevo esperándoos yo qué sé la de años. ¿Cómo habéis tardado tanto? - En cierta ocasión abusamos ya de vuestra confianza y ahora os prestáis de nuevo a ofrecernos vuestros servicios - contestó el Peregrino, sonriendo -. ¿Cómo vamos a agradeceros tantos favores? Tripitaka, Ba-Chie y el Bonzo Sha a punto estaban de ponerse a saltar de alegría. Eso hizo que el Peregrino añadiera: - En fin. Puesto que os empeñáis en ayudarnos, acercaos a la orilla. Así lo hizo la tortuga y los cuatro peregrinos y el caballo saltaron sobre su concha. Como su espacio era un tanto reducido, colocaron en el centro al animal, Ba-Chie se puso detrás de él y Tripitaka y el Bonzo Sha ocuparon, respectivamente, las porciones izquierda y derecha del caparazón. Más magro de carnes, el Peregrino posó los pies sobre el robusto cuello de la tortuga, al tiempo que le decía: - Por lo que más queráis, no os agitéis mucho. Moviendo rítmicamente sus cuatro patas, la tortuga se deslizó por las aguas con la misma seguridad que si estuviera caminando por tierra firme. Era como si el maestro, los tres discípulos y el caballo no pesaran absolutamente nada. De tan extraordinario momento disponemos de un poema que afirma: El dharma perfecto se da a conocer a los Cielos y a la Tierra a las puertas mismas del palacio del Indivisible, sumiendo en la confusión a los monstruos y demonios. En cuanto lo contemplaron con sus ojos mortales, sus cuerpos se llenaron de la luz de la inmortalidad. ¡Con qué libertad se movieron, cuando asimilaron los principios de las Tres Enseñanzas y el elixir completó sus nueve vueltas! No tuvieron, entonces, que cargar más con el equipaje ni servirse de cayados para caminar, porque iban flotando, gozosos, a lomos de una tortuga. Con los peregrinos a las espaldas, la tortuga hendió las ondas durante más de medio día. Al caer la tarde, avistaron, finalmente, la orilla oriental y el animal preguntó al maestro: - Cuando la otra vez os llevé sobre mis lomos, os pedí que preguntaráis a Tathagata cuándo iba a alcanzar la perfección y cuántos años me quedaban todavía de vida. ¿Habéis cumplido la promesa que entonces me hicisteis? Desde su llegada al Paraíso Occidental, el maestro había estado demasiado ocupado bañándose en el Templo de Yü-Chen, renovándose totalmente en la Corriente de Más Allá de las Nubes y presentando sus respetos a todos los sabios, Bodhisattvas y Buddhas con los que se encontró. Después, cuando por fin ascendió a la Montaña del Espíritu, se concentró de tal manera en la adoración a Buda y en la consecución de las escrituras, que se olvidó completamente de todo lo demás, incluido el encargo de la tortuga. No se atrevió, de todas formas, a decirle una mentira y permaneció callado durante mucho tiempo. Al darse cuenta de que Tripitaka no había preguntado nada a Tathagata, la tortuga sacudió enérgicamente el cuerpo y se hundió a toda prisa en el agua. Los cuatro peregrinos y el caballo se zambulleron en la corriente con escrituras y todo. Fue una suerte que el monje Tang se hubiera desprendido de su cuerpo mortal, alcanzando, así, la perfección del Tao; de lo contrario, hubiera ido a parar al fondo. Ni el caballo blanco, que en realidad era un dragón, ni Ba-Chie ni el Bonzo Sha, que se encontraban en el agua más a gusto que un pez, tuvieron tampoco el menor problema. Al darse cuenta de que no corrían peligro alguno, el Peregrino sonrió tranquilo y, haciendo uso de sus portentosos poderes, hizo llegar, sano y salvo, al monje Tang a la orilla oriental. Desgraciadamente, las escrituras, las ropas y la silla de montar quedaron totalmente empapadas. Tan pronto como pusieron el pie en la orilla, se levantó un viento tan violento, que el cielo se cubrió inmediatamente de sombras y se desató una terrible tormenta, que destrozaba las rocas y hacía saltar por doquier sus esquirlas. El mundo tembló ante semejante huracán, al tiempo que los torrentes y las montañas se estremecían ante el bramido de los truenos. Con cada rayo se llenaban de llamas las masas de nubes, tan oscuras, que parecía como si una niebla eterna se hubiera apoderado de la tierra. Todos los seres vivientes se sentían aterrados ante el ulular del viento, el rolar del trueno y los latigazos de luz de los rayos. El resplandor de la luna y las estrellas se había desvanecido totalmente del cielo. El polvo y la suciedad que arrastraba el huracán cegaba todos los ojos, mientras los tigres y los leopardos buscaban refugio contra los truenos en sus guaridas y las aves se tapaban la cabeza con sus alas, para no ver los rayos. La oscuridad se hizo tan intensa, que los bosques desaparecieron de la vista, como si, de pronto, hubieran perdido todos sus árboles. El Río-que-llega-hasta-el-cielo se encrespó de tal manera, que sus olas tocaron el cielo y el resplandor de los relámpagos iluminó su cenagoso fondo. Los dragones y los peces que habitaban en él se estremecieron de espanto, al escuchar el bramido de los truenos y al ver las espesísimas sombras que se iban apoderando de las dos orillas. ¡Qué extraordinaria fuerza la del viento, que hacía tambalearse a las montañas y derribaba sin compasión bambúes y pinos! ¡Qué impresionante el retumbar de los truenos, que ahuyentaba a los insectos y sumía a los hombres en un reverente temor! ¡Qué maravillosos los latigazos del rayo, que iluminaban por igual la tierra y el cielo, como si fueran serpientes de luz! ¡Qué espeso el manto de la oscuridad, que surgió del aire para cerrar el camino que conducía directamente al Cielo de los Nueve Pliegues! También los peregrinos cayeron presa del pánico. Siguiendo el ejemplo del Bonzo Sha, que se había lanzado encima de la pértiga que llevaba al hombro, Tripitaka protegió lo mejor que pudo la bolsa de las escrituras. Mientras Ba-Chie se aferraba con fuerza al caballo, el Peregrino blandía la barra de hierro con las dos manos, protegiendo eficazmente a los suyos. Aquella tremenda tormenta de viento, truenos y rayos había sido producida por un grupo de demonios invisibles, que pretendían arrebatarles las escrituras que con tanto esfuerzo habían conseguido. No es extraño, por tanto, que su fuerza se mantuviera intacta durante toda la noche, amainando sustancialmente al llegar la mañana. Empapado de la cabeza a los pies, el maestro preguntó al Peregrino: - ¿De dónde habrá surgido una tormenta tan terrible? - No parecéis comprender - contestó el Peregrino, respirando fatigosamente - que, al hacernos con estas escrituras, hemos desprovisto al Cielo y a la Tierra de parte de sus poderes. De hecho, el éxito obtenido nos garantiza la consecución de la misma edad que el universo. Como la luz de la luna y el sol, podemos gozar de una vida sempiterna, puesto que ahora poseemos un cuerpo incorruptible. Eso ha provocado no sólo la envidia del Cielo y de la Tierra, sino también la de todos los dioses y demonios, que se han propuesto arrebatarnos las escrituras como sea. Si no lo han conseguido, ha sido porque los textos sagrados están totalmente mojados y han gozado en todo momento de la protección de vuestro dharma, contra el que los truenos, los rayos y la oscuridad no pueden absolutamente nada. Aparte de eso, no he dejado en ningún momento de agitar la barra de hierro, para hacer presentes las fuerzas del yang y brindaros toda la protección que precisarais. Ahora que ha amanecido esas mismas fuerzas se hallan en el cenit de su poder y los demonios no pueden prevalecer contra vos. Sólo entonces se dieron cuenta Tripitaka, Ba-Chie y el Bonzo Sha del peligro que habían corrido y dieron efusivamente las gracias al Peregrino. No tardó en aparecer el sol. Locos de contento, llevaron las escrituras a un lugar más elevado y las pusieron a secar. Todavía se conservan las rocas sobre las que las extendieron. Junto a ellas extendieron, igualmente, sus zapatos y sus ropas, mientras uno se sentaba, otro permanecía de pie y el último se dedicaba a dar paseos por los alrededores. Todos ellos eran conscientes de que la pureza de su yang corporal había emitido tal cantidad de luz, que los demonios y monstruos invisibles se habían visto obligados a iniciar una alocada huida. La serenidad con la que habían hecho frente a la tormenta les garantizó el poder seguir adelante hacia la tierra de bendición de la que habían partido. Ya nada les impedía regresar a ella con paso seguro. Aunque las escrituras miraban de frente al sol, extendidas sobre las rocas, ningún monstruo se atrevió a acercarse a ellas. Mientras se secaban, los peregrinos las estudiaron con cuidado rollo a rollo. Cuando más concentrados estaban en esa tarea, llegó a la orilla un grupo de pescadores. Uno de ellos los reconoció en seguida y les preguntó, loco de alegría: - ¿No sois los maestros que cruzaron hace años este mismo río camino del Paraíso Occidental? - Así es - admitió Ba-Chie -. ¿De dónde sois, para que nos hayáis reconocido con tanta facilidad? - De la aldea de los Chen - contestó el pescador. - ¿A qué distancia se halla el pueblo de aquí? - volvió a preguntar Ba-Chie. - A unos cuarenta kilómetros hacia el sur - respondió el pescador. - ¿Por qué no llevamos las escrituras a la aldea de los Chen y las secamos allí? - sugirió Ba-Chie, volviéndose hacia el maestro -. Estas buenas gentes disponen del sitio y de la comida suficiente para atendernos con el respeto que merecemos. Es posible, incluso, que se ofrezcan a lavarnos y almidonarnos la ropa. ¿No os resulta eso más atractivo que quedarnos aquí? - Opino que no deberíamos perder ni un minuto - dijo Tripitaka -. Tan pronto como las escrituras se hayan secado, debemos recogerlas y reemprender la marcha sin dilación. Pese a todo, los pescadores corrieron hacia la aldea y dijeron a Chen-Cheng, gritando, alborozados: - ¡Acaban de regresar los maestros que se ofrecieron en sacrificio por nuestros hijos hace ya varios años! - ¡Dónde los habéis visto! - exclamó Chen-Cheng, muy excitado. - En unas rocas que hay por allí - contestó uno de los pescadores, señalando el lugar en el que los habían dejado -. Están secando al sol los rollos de escrituras. Sin pérdida de tiempo, Chen-Cheng tomó a varios de sus jornaleros y corrió en la dirección que acababan de indicarle. Al ver a los peregrinos, se postró de hinojos y les preguntó, visiblemente emocionado: - ¿Cómo no habéis ido a mi casa ahora que, según veo, habéis cumplido vuestra misión de haceros con las escrituras? ¡Resulta difícil de creer que prefiráis este lugar a mi cabaña! ¿Por qué no venís conmigo a descansar un poco? - De acuerdo - contestó el Peregrino -. Lo haremos, en cuanto se hayan secado estos rollos. - ¿Por qué está tan empapado de agua todo lo que lleváis? - volvió a preguntar Chen-Cheng. - En nuestra anterior visita a estas tierras - explicó Tripitaka - alcanzamos la orilla occidental gracias a una tortuga blanca, que se ofreció a llevarnos sobre su caparazón. Esta vez se ofreció a llevarnos hasta la vertiente oriental, pero un poco antes de llegar a ella me preguntó que si había comentado con Buda el número de años que aún le quedaban para reencarnarse en un hombre y, al comprender que no lo había hecho, nos abandonó a nuestra suerte. Eso explica que estemos chorreando agua. Tripitaka continuó relatándole cuanto había ocurrido desde la última vez que se vieron y, echándose rostro en tierra, Chen-Cheng insistió en que le acompañaran hasta su casa. Tripitaka hubo de aceptar a regañadientes su invitación y empezaron a recoger las escrituras. Desgraciadamente varios rollos del Sutra del Buddha-carita-kavya se habían quedado pegados en la roca y se perdieron parte de los versículos finales. Eso explica que hasta el día de hoy el texto permanezca incompleto y que la roca en la que fue puesto a secar aún conserve restos de escritura. Al verlo, Tripitaka exclamó, apenado: - ¡Cómo hemos podido ser tan descuidados! De ahora en adelante debemos extremar todas las precauciones. - Haremos lo que se pueda - respondió el Peregrino, sonriendo -. Mirándolo bien, ni el Cielo ni la Tierra son perfectos. Es posible que este sutra lo haya sido, pero, como parte de él se ha perdido, ahora ha entrado de lleno en el misterio de la perfección imperfecta. Lo que ha sucedido es algo que nadie podía anticipar y a lo que nadie puede ya dar solución. Nada más terminar de recoger las escrituras, tanto el maestro como los discípulos se dirigieron hacia la aldea en compañía de Chen-Cheng. La noticia de su llegada corrió de boca en boca hasta que, finalmente, salieron a recibirlos, sin importarles ni la condición ni la edad. Al enterarse Chen-Ching, levantó un altar a la misma puerta de su casa e hizo llamar a un grupo de tamborileros y músicos. Nada más poner el pie en su casa, el viejo Chen hizo salir a todos los miembros de su familia y, echándose rostro en tierra, golpearon repetidamente el suelo con la frente, en agradecimiento por haber salvado a los niños de la muerte en su anterior visita. Concluida la ceremonia, ordenó que les sirvieran té y algo de comer. Después de haber probado las viandas inmortales que le había ofrecido el Patriarca Budista y después de haberse convertido él mismo en Buda, Tripitaka no sentía ningún deseo de probar comida común y corriente. Los ancianos le suplicaron encarecidamente que comiera y, sólo por no desairarlos, se llevó a la boca un pequeño trocito. El Gran Sabio, que no se había distinguido nunca por su gran apetito, tomó exactamente la misma cantidad que su maestro y concluyó: - Con esto tengo más que de sobra. De la misma opinión se mostró el Bonzo Sha, que no dio muestras tampoco de mucho apetito. El más desconocido, de todas formas, fue Ba-Chie, que, en contra de la gula que siempre le había caracterizado, apenas sí tocó su tazón de arroz. Eso hizo que el Peregrino le preguntara, asombrado: - ¿Es que no piensas comer más? - No se a qué será debido - respondió Ba-Chie -. El caso es que siento como si el estómago hubiera perdido toda su fuerza. Los ancianos ordenaron recoger la mesa y preguntaron a sus huéspedes qué tal les había ido el asunto de las escrituras. Tripitaka les contó, emocionado, cómo se habían bañado en el Templo de Yü-Chen, cómo sus cuerpos se habían tornado veloces y livianos al pasar por la Corriente de Más Allá de las Nubes, cómo habían presentado sus respetos a Tathagata en el Templo del Trueno y cómo, antes de recibir las escrituras, habían participado de los manjares celestes en el salón de una de las torres de la residencia budista. Después pasó a relatarles cómo los dos Respetables les entregaron unas escrituras en blanco, por negarse a darles un regalo, cómo hubieron de entrevis-tarse por segunda vez con Buda, que les confió un canon completo de textos, cómo la tortuga blanca los había arrojado de cabeza a las aguas y cómo los demonios y los monstruos invisibles habían tratado de arrebatarles su preciado cargamento de sutras. Una vez concluida tan detallada relación, el maestro se dispuso a partir de inmediato, cosa a la que se opusieron los dos ancianos y sus familias, diciendo: - Sólo hemos encontrado una forma de pagaros la gran misericordia de la que hicisteis gala, al salvar las vidas de nuestros hijos: construir un templo en recuerdo vuestro. Lo hemos llamado el Monasterio Salvador de la Vida y en él se ofrecen de continuo sacrificios y se queman varillas de incienso. A continuación hicieron salir a Chen Kwan-Bao y a Carga de Oro, los dos niños por los que se hicieron pasar Ba-Chie y el Peregrino cuando el asunto de los sacrificios, y les pidieron que dieran las gracias a sus benefactores, echándose rostro en tierra y golpeando el suelo con la frente. Una vez concluida tan sencilla ceremonia, invitaron a los peregrinos a ir a ver el monasterio. Tripitaka dejó las bolsas de las escrituras en el salón principal de la casa y salmodió un rollo del Sutra de la Preciosa Permanencia por la salud y la prosperidad de aquella piadosa familia. Al llegar al monasterio, vieron que los Chen habían preparado allí otro convite, que empezó a servirse tan pronto como hubieron tomado asiento. Pero no fue eso lo peor, porque, apenas habían cogido los palillos, cuando llegaron las viandas enviadas por otra familia, a las que siguieron otras, y después otras, hasta que aquello se convirtió en una auténtica riada de gentes y platos. No queriendo rechazar tantas muestras de sincera hospitalidad, Tripitaka probó un poco de todos los cuencos de comida que tenía delante. Estaba francamente emocionado por la belleza del monasterio. Sus puertas estaban pintadas de un color rojo intenso, que denotaba el generoso interés de sus constructores. Por si eso no bastara, poseía dos pórticos, desde los que podían verse espléndidos biombos, artísticas ventanas y siete salones maravillosos. El humo del incienso se fundía con el vapor de las nubes, dotando a la atmósfera de una pureza desconocida en otros lugares. En el jardín crecían unos cuantos cipreses jóvenes y un bosquecillo de pinos que aún no habían alcanzado su es-pléndida madurez. Por él fluía, igualmente, un arroyuelo que iba a verter sus aguas a la embravecida corriente del Río-que-llega-hasta-el-cielo. Como telón de fondo, se veía la altísima cordillera por la que fluyen los latidos de la tierra. Después de admirar el exterior del monasterio, Tripitaka subió a una de sus torres y se topó, gratamente sor-prendido, con su estatua y la de sus tres discípulos. Al verlas, Ba-Chie tiró de la manga al Peregrino y le dijo: - Te han sacado igualito que como eres. - Tú tampoco has salido muy desfavorecido - comentó el Bonzo Sha -. El maestro, por el contrario, parece todavía más guapo de lo que es. - ¡Bueno, ya está bien! - exclamó Tripitaka y bajaron de la torre. En el salón principal y en el pasillo de la parte de atrás habían servido más comida vegetariana y, acercándose a los Chen, les preguntó el Peregrino: - ¿Qué fue del santuario del Gran Rey? - Aquel mismo año lo derribamos - contestaron a la vez los dos ancianos -. Nos ha ido mejor con el vuestro, porque, después de su construcción todas las cosechas han sido excelentes, señal inequívoca de que gozamos de vuestras bendiciones. - Nosotros no tenemos nada que ver con eso - contestó el Peregrino, sonriendo -. Todo es obra de los Cielos. De todas formas, cuando esta vez nos hayamos ido, os procuraremos toda la protección que podamos, para que todas las familias de la aldea disfruten de prosperidad, las seis bestias den sin problemas a luz y el viento y la lluvia hagan su presencia en sazón. Agradecidos, los habitantes de aquel lugar se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente en señal de gratitud. Tanto delante como detrás del monasterio se había congregado una tremenda multitud, ansiosa de ofrecer a sus benefactores una gran cantidad de frutas y comida. - ¡Esta sí que es mala suerte! - exclamó Ba-Chie, echándose a reír -. Cuando podía comer, no había nadie que me invitara a zampar diez veces seguidas. Ahora, que he perdido el apetito, todo el mundo se muere de ganas por hacerme sentar a su mesa. A pesar de sentirse lleno, levantó ligeramente las manos y, de un solo bocado, engulló ocho o nueve platos de comida vegetariana. Aunque repetía, una y otra vez, que su estómago había perdido toda su antigua fuerza, en un abrir y cerrar de ojos hizo desaparecer veinte o treinta bollos. Los demás comieron, igualmente, hasta no poder más, pero la corriente de gentes que venían a invitarlos no parecía tener fin. - ¿Qué es lo que, en definitiva, hemos hecho unos humildes monjes, como nosotros, para merecer semejantes muestras de cariño? - protestó Tripitaka, para añadir a renglón seguido -: ¿Por qué no seguimos con esto de las ofrendas mañana por la mañana? Con mucho gusto aceptaremos entonces todo lo que tengáis a bien darnos. Para entonces era ya noche cerrada. Tripitaka no se atrevió a separarse de las escrituras y se quedó meditando a los pies de la torre. A eso de la tercera vigilia dijo en voz muy baja a Wu-Kung: - Las gentes de por aquí se han dado cuenta de que hemos dado por terminada nuestra misión y que, con ello, hemos alcanzado la perfección del Tao. Como muy bien decían los antiguos, «el virtuoso no pregona sus obras; el que lo hace no es realmente una persona de virtud». Me temo, de todas formas, que, si nos quedamos aquí mucho tiempo, es posible que lo echemos todo a perder. - Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Lo mejor que podemos hacer es marcharnos ahora que todo el mundo está descansando y la oscuridad es total. Ba-Chie se había convertido en una persona muy observadora y el Bonzo Sha había adquirido un fino sentido de la realidad. Hasta el caballo blanco parecía capaz de conocer los pensamientos de sus amos antes de que los expresaran. Todos se levantaron con cuidado y, sin hacer el menor ruido, cargaron sus cosas, ensillaron al caballo y si-guieron el largo pasillo que conducía al exterior. Al llegar a las puertas del monasterio, las encontraron cerradas y el Peregrino hubo de valerse de la magia para hacer saltar los candados. No tardaron en encontrar el camino que conducía hacia el este, pero en ese mismo momento oyeron una voz de lo alto, que decía: - ¡Eh, vosotros, los que estáis tratando de escapar! ¡Seguidnos! El aire se llenó de un aroma muy penetrante que los arrebató hacia las alturas. El elixir se había formado, por fin, en el interior del maestro y eso le había proporcionado una iluminación tan perfecta, que su cuerpo, libre de toda atadura, voló a presentar sus respetos a su antiguo señor. No sabemos, de momento, si consiguieron entrevistarse finalmente con el Emperador Tang. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente. 第100回 LA VUELTA A LAS TIERRAS DEL ESTE. LOS CINCO SABIOS ALCANZAN LA INMORTALIDAD No hablaremos, de momento, de los cuatro peregrinos, que continuaron el viaje de vuelta en compañía de los Guardianes Vajra a lomos del viento. Sí lo haremos, sin embargo, de la multitud congregada en el Monasterio Salvador de la Vida en la aldea de los Chen. En cuanto amaneció, reanudaron su peregrinación, cargados de frutas y comida, al lugar donde habían dejado a sus benefactores. Al llegar a los pies de la torre, comprobaron, alarmados, que el monje Tang había desaparecido. Le buscaron por todas partes, pero no supieron dar con él. Estaban tan abatidos, que no sabían hacer otra cosa que lamentarse a grandes voces, diciendo: - ¿Cómo hemos podido dejar marchar al Buda Viviente? Pronto comprendieron que el único medio de expresar su gratitud que les quedaba era colocar sobre el altar todos los regalos y toda la comida que habían traído y quemar una gran cantidad de papel moneda para los espíritus. A partir de aquel momento todos los años ofrecieron en aquel espléndido templo cuatro grandes sacrificios y veinticuatro de menor envergadura. Eso sin contar las ofrendas de los que querían recuperar la salud, o emprendían un viaje, o buscaban contraer matrimonio, o deseaban tener hijos o iniciar un negocio. En aquel espléndido templo los pebeteros de oro estuvieron echando humo sin cesar durante más de mil años y en el recipiente de jade estuvo brillando una lámpara a perpetuidad, por lo que no hablaremos más de aquellas piadosas gentes. Sí lo haremos, sin embargo, de los Ocho Guardianes Vajra, que, valiéndose de un segundo golpe de viento aromático enviaron a los cuatro peregrinos de vuelta a las Tierras del Este. Tardaron menos de un día en avistar Chang-An, la capital. El Emperador Tai-Chung había acompañado tres días enteros al monje Tang al principio de su largo peregrinar. Tan fausto acontecimiento tuvo lugar poco antes de la luna llena del mes noveno del año decimotercero del período Chen-Kwang. En el decimosexto había hecho erigir, en las inmediaciones del paso de Hsi-An, una Torre de Recepción de Escrituras, para que albergara los textos sagrados. El propio Tai-Chung se acercaba allí todos los años a ver si se había producido alguna novedad. Dio la casualidad de que se encontraba en la torre, cuando vio venir, procedente del Oeste una nube multicolor cargada de buenos augurios, que emitía un penetrante aroma a flores. - Ésta es la ciudad de Chang-An - dijeron al maestro los Guardianes Vajra, deteniendo su vuelo -. No es aconsejable que descendamos a ella con vos, porque las gentes de esta parte del mundo son sumamente inteligentes y pueden descubrir quiénes somos. Es más, opinamos que tanto el Gran Sabio como sus dos compañeros deberían quedarse aquí con nosotros. Bajad vos a entregar las escrituras y regresad tan pronto como os sea posible. Recordad que debemos informar a Buda de todo cuanto ha ocurrido a lo largo del viaje de vuelta. - Lo que decís no puede ser más acertado - comentó el Gran Sabio -. Existe, sin embargo, un pequeño problema: ¿Cómo va a cargar el maestro con las escrituras y, al mismo tiempo, hacerse cargo del caballo? Es preciso, por tanto, que le acompañemos. Si no os importa, podéis esperarnos aquí. Prometemos no tardar mucho. - El otro día - explicaron los Guardianes Vajra, preocupados - la Bodhisattva Kwang-Ing tuvo una entrevista con Tathagata y le hizo ver que el viaje debería durar exactamente ocho días, para que se cumpliera el número canónico perfecto. Ha transcurrido ya la mitad y mucho nos tememos que Ba-Chie se deje arrastrar por todo el bienestar y todas las riquezas que, sin duda, va a encontrar ahí abajo y se empeñe en retrasar la vuelta más de lo debido. - ¿Cómo voy a caer en semejante tentación, si soy consciente de que, cuando el maestro se convierta definitivamente en Buda, todos nosotros vamos a seguir su suerte? Quedaos aquí y veréis cómo regreso a vuestro lado nada más hacer entrega de estos rollos sagrados. Como había ocurrido a lo largo de todo el peregrinaje, el Idiota cargó con la pértiga, el Bonzo Sha se hizo cargo del caballo y el Peregrino ayudó al maestro a descender de la nube en la que había hecho todo el viaje, yendo a caer justamente a un lado de la Torre de Recepción de Escrituras. En cuanto Tai-Chung y sus colaboradores los vieron, bajaron a toda prisa de la torre y corrieron a darles la bienvenida. - ¡Así que, por fin, habéis regresado! - exclamó el emperador, complacido. El monje Tang se postró inmediatamente de hinojos, pero su majestad le levantó con sus propias manos, al tiempo que le preguntaba: - ¿Quiénes son estos tres? - Los discípulos que he hecho durante el viaje - contestó el monje Tang, visiblemente satisfecho. - Ensillad inmediatamente uno de los caballos - ordenó Tai-Chung, volviéndose hacia sus sirvientes -. Es preciso que mi hermano entre en la corte a mi lado. Tras darle las gracias, el monje Tang montó en el caballo y se dirigió hacia el palacio, seguido del Gran Sabio, que no soltó en ningún momento la barra de los extremos de oro, y de Ba-Chie y el Bonzo Sha, que, como siempre, se hicieron cargo del caballo y del equipaje. Tan espléndido cortejo dejó boquiabiertos a todos los habitantes de la ciudad de Chang-An. Hacía muchos años que se había celebrado allí mismo un banquete de paz, al que asistieron todos los dignatarios, tanto civiles como militares, del reino, con el fin de oír a un monje explicar la ley. Una vez concluida la ceremonia en honor del Agua y la Tierra, el emperador había entregado un documento imperial a Tripitaka, el mejor de sus súbditos, y le había enviado con un documento de viaje en busca de las escrituras santas, cuyo poder sobrepasa al de las Cinco Fases. Sometido a incontables pruebas, se había purificado de todas sus imperfecciones y había regresado al punto del que partió, una vez que sus méritos superaron en altura a las montañas. El monje Tang y sus tres discípulos siguieron, pues, al emperador hasta el palacio, despertando la admiración de todos los habitantes de Chang-An. Ni uno solo se quedó sin saber que había regresado el peregrino de las escrituras. Mientras eso tenía lugar, los monjes del Templo de la Gran Bendición, al que pertenecía el maestro Tang, vieron, asombrados, que las ramas de los pinos que se alzaban en la puerta principal del templo se volvieron, de pronto, hacia el Oeste. - ¡Qué raro! - se dijeron unos a otros -. Anoche no sopló el viento. ¿Cómo estarán tan retorcidas todas esas ramas? - ¡Venga, rápido! - exclamó uno de los antiguos discípulos de Tripitaka -. Pongámonos nuestras mejores túnicas y salgamos a recibir a mi viejo mentor. Eso sólo puede significar que, por fin, ha regresado con las escrituras. - ¿Cómo puedes estar tan seguro? - le preguntaron los otros monjes. - Cuando partió - explicó el discípulo -, dijo que estaría fuera dos, tres o, quizás, seis o siete años. Una cosa era segura: que, cuando volviera, todas las ramas de los pinos estarían orientadas hacia el Oeste. Lo recuerdo bien, porque lo dijo con la seguridad con la que únicamente hablan los budas. Los monjes no insistieron más. Se pusieron sus mejores túnicas y abandonaron el monasterio. Cuando llegaron a la calle del oeste, oyeron comentar, a la gente, muy excitada, que acababa de regresar el peregrino de las escrituras y que hasta el mismo emperador había salido a darle la bienvenida. Los monjes continuaron su loca carrera y no tardaron en toparse con la carroza imperial. No se atrevieron, de todas formas, a acercarse a ella y siguieron el camino que les marcaba la multitud. Nada más desmontar, el monje Tang entró en el palacio, acompañado de su majestad. Al sentarse juntos en el trono, el caballo dragón, las bolsas de escrituras, el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha se quedaron de pie junto a los escalones de jade. Después de tomar asiento y de dar las gracias al emperador ante tantas atenciones, el monje Tang pidió a sus discípulos que le entregaran los textos sagrados. El Peregrino y sus hermanos confiaron tan preciadísimos rollos a los sirvientes imperiales, quienes, a su vez, los pusieron en las manos del emperador, para que les echara un vistazo. - ¿Cuántos rollos hay en total y cómo os las arreglasteis para haceros con ellos? - preguntó Tai-Chung, admirado. - En cuanto vuestro humilde servidor llegó a la Montaña del Espíritu y presentó sus respetos al Patriarca Budista, éste ordenó a Ananda y a Kasyapa, los dos Respetables, que nos dieran algo de comer - explicó Tripitaka -. Una vez recuperadas las fuerzas, nos condujeron a la sala del tesoro, dispuestos a hacernos entrega de todos los textos que estimáramos oportuno. Para nuestra sorpresa, los Respetables nos pidieron que les regaláramos algo, pero, como no disponíamos de nada de valor, nos fue imposible complacer sus deseos. Pese a todo, nos entregaron las escrituras y, después de agradecer a Buda su deferencia, iniciamos el camino de vuelta, topándonos al poco tiempo con un grupo de monstruos, que querían arrebatarnos tan preciado legado. Afortunadamente uno de mis discípulos posee ciertos poderes mágicos y consiguió recuperar nuestro tesoro, aunque todos los rollos quedaron desperdigados por el suelo. Al recogerlos vimos, horrorizados, que todos estaban en blanco. De nuevo hubimos de recurrir a Buda, que nos dijo: «Al poco tiempo de componer estas escrituras, varios monjes de Bhiksu se dirigieron a la mansión del anciano Chao, en el reino de Sravasti, para salmodiar unos cuantos de esos rollos. Eso produjo la liberación de sus tormentos a los muertos de la familia y la prosperidad a los vivos de la misma. Por tan meritorios servicios únicamente recibieron tres monedas de cobre y tres medidas de arroz. Eso me movió a decirles que, a causa de tanta generosidad, sus descendientes habrían de vivir en la miseria». Al darnos cuenta de que hasta el mismo Patriarca Budista había previsto que los dos Respetables iban a exigirnos un regalo, no nos quedó más remedio que entregarles el cuenco de oro de pedir limosnas que vos tuvisteis a bien regalarme en su día. Sólo entonces se avinieron a entregarnos escrituras con texto. Componen un total de treinta y cinco obras diferentes, distribuidas en un número variable de rollos que asciende exactamente a cinco mil cuarenta y ocho, es decir, a una suma canónica completa. - Que el encargado de las celebraciones y fastos imperiales prepare inmediatamente un banquete en el Salón Oriental para celebrar la gesta de mi muy respetable hermano - ordenó Tai-Chung, visiblemente complacido. Se percató acto seguido del extraño aspecto que ofrecían los discípulos de Tripitaka y le preguntó, curioso: - ¿Son extranjeros esos hombres que habéis tomado como discípulos? - El mayor de ellos - contestó el maestro, inclinándose, respetuoso - se llama Sun Wu-Kung, aunque yo suelo llamarle, simplemente, Peregrino. Procede de la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla en la Montaña de las Flores y Frutos, en el reino de Ao-Lai del Continente oriental de Purvavideha. Por haber sumido en una gran confusión el Palacio Celeste, el Patriarca Budista le encerró en las raíces de la Montaña de los Dos Reinos, que se yergue en la comarca de los bárbaros occidentales. Siguiendo el consejo de la Bodhisattva Kwang-Ing, le tomé como discípulo, una vez liberado y convertido al budismo. Sin su colaboración jamás habría completado felizmente el viaje. El segundo, por su parte, se llama Chu Wu-Neng, aunque yo prefiero llamarle Chu Ba-Chie. Procede de la Caverna de los Senderos de Nubes, en la Montaña de Fu-Ling. En el momento de convertirse en discípulo mío, por intervención directa de la Bodhisattva y del Peregrino, no era más que un monstruo, que habitaba en la aldea de los Gao, en el Tíbet. Ha contribuido grandemente al éxito de la empresa que me confiasteis cargando en todo momento con el equipaje y ayudándome eficazmente a vadear todos los cursos de agua con los que me he topado. El tercero se llama Sha Wu-Ching, aunque a mí me gusta más el nombre de Bonzo Sha. En sus tiempos fue un monstruo terrible en el Río de Arena, pero, gracias a la intercesión de la Bodhisattva, abrazó el budismo y se ofreció a hacerse cargo del caballo durante todo el camino. - Su color y su apariencia son muy parecidas - comentó Tai-Chung -. ¿Por qué el caballo presenta un aspecto totalmente diferente? - Al llegar al Torrente del Águila Afligida, en la Montaña de la Serpiente Enroscada - contestó Tripitaka -, esta bestia devoró el caballo que yo llevaba. Por medio de la Bodhisattva el Peregrino descubrió que se trataba del hijo del Dragón del Océano Occidental, que habría sido ejecutado, si Kwang-Ing no hubiera intercedido en su favor y le hubiera ordenado que me sirviera de montura. Por eso, se convirtió en un caballo exactamente igual al que yo llevaba. Jamás podré agradecerle todas las molestias que se ha tomado conmigo, transportándome con increíble seguridad por cordilleras, montañas y peligrosísimos desfiladeros. Que hayamos regresado sanos y salvos con las escrituras se debe, en gran medida, a su fuerza y desinteresada colaboración. Emocionado, Tai-Chung dio las gracias a los discípulos, antes de volverse nuevamente hacia el maestro y preguntarle: - ¿A qué distancia se encuentra realmente de aquí la Comarca Occidental? - Recuerdo que la Bodhisattva mencionó los doscientos quince mil kilómetros, aunque he de confesar que no he llevado cuenta de la distancia que iba recorriendo - confesó Tripitaka -. Lo único que sé es que han sido catorce estaciones de calor y frío intenso las que he invertido en hollar todas esas montañas y cordilleras, esos bosques, esos cursos de agua y esos reinos innumerables, cuyos soberanos han estampado su firma en el documento que tuvisteis la gentileza de entregarme. - Se volvió a continuación hacia sus discípulos y les ordenó -: Traed el documento de viaje, por favor. Tai-Chung le echó un rápido vistazo y se percató de que había sido redactado el tercer día antes de la luna llena del mes noveno del décimotercer año del período Chen-Kwang. - ¡Con cuánta dedicación os habéis dedicado a esta empresa! - exclamó Tai-Chung, sonriendo -. Jamás pensé que fuera a llevaros tanto tiempo, pues, de hecho, nos encontramos ya en el año vigésimo séptimo de ese mismo período. En el documento podían verse con toda claridad los sellos de los reinos del Elefante Sagrado, del Gallo Negro, de la Carreta Lenta, de las Mujeres del Liang Occidental, del Sacrificio, Morado, de Bhiksu y Destructor del Dharma, a los que había que añadir los de las prefecturas del Fénix Inmortal, de la Flor de Jade y del Oro. Admirado, Tai-Chung ordenó que guardaran en lugar seguro tan preciada reliquia. No tardó en aparecer un funcionario imperial, que anunció que el banquete estaba ya servido. El emperador tomó de la mano a Tripitaka y bajó con él los escalones de jade. - ¿Están familiarizados vuestros dignos discípulos con la etiqueta de la corte? - preguntó, una vez más. - Me temo que, como monstruos que han sido, han pasado la mayor parte de su vida en las montañas y en el bosque y desconocen totalmente el rígido ceremonial de la corte china. Os ruego disculpéis su tosquedad. - No tienen la culpa de ser así - respondió Tai-Chung, sonriendo -. Vayamos todos juntos a la mesa que han preparado en el Salón Oriental. Después de darle, una vez más, las gracias, Tripitaka pidió a sus discípulos que los acompañaran. Al entrar en el salón, comprobaron que la prosperidad de la gran nación china superaba con mucho a la de los reinos por los que habían pasado. De las puertas colgaban cortinas llenas de bordados, los suelos estaban cubiertos de alfombras de un fuerte color de fuego, que realzaba por igual el esmero de los platos y las caprichosas volutas del incienso. Las copas de ámbar y los vasos de cristal poseían un ribete de oro y unas artísticas peanas de jade. Los cubiertos eran de oro puro y su brillo contrastaba con la delicadeza de los cuencos, de jade blanco con incrustaciones de plata. Las viandas no tenían nada que envidiar a todo aquel lujo. Todas ellas estaban bien cocinadas, recubiertas de una finísima capa de azúcar y tan exóticas como gemas traídas de lejos. No faltaban tampoco manjares tan exquisitos y cercanos como brotes de bambú, aliñados con jengibre, hojas de malvavisco cubiertas de miel, tortitas fritas de trigo con hojas de hierbas silvestres, orejas de árbol sazonadas con semillas secas de soja, líquenes que crecen en los roquedales, pastelitos hechos con harina de raíces secas \ rábanos mezclados con maíz de grano largo de Sechuan, matas de melón recubiertas de mostaza y una gran variedad de otros platos vegetarianos. Como era de esperarse, las frutas ocuparon un lugar muy destacado en aquel convite dominado por el buen gusto de lo exótico. No faltaban ni las avellanas, ni las nueces, ni las almendras ni los lechíes. Las castañas de I-Chou se mezclaban con los dátiles de Shandung y las llamativas frutas del sur, entre las que destacaban las peras con cabeza de liebre. Lugar destacado ocu-paban los piñones, semillas de loto, pasas de gran tamaño, semillas de calabaza, manzanas silvestres, peras corrientes, raíces tiernas de loto, ciruelas, melocotones y fresas chinas. Todas las frutas del mundo se encontraban representadas en aquella espléndida mesa, en la que los dulces no ocupaban, ni mucho menos, el último lugar. Dignos, igualmente, de mención eran los bollos al vapor y las viandas confeccionadas con miel. Todas ellas alcanzaban su culmen de sabor acompañadas con las diez mil clases de vinos, tés aromáticos y otros brebajes indescriptibles que completaban tan rico y variadísimo menú. No había duda alguna: por muy prósperos que fueran los reinos occidentales, ninguno podía compararse con el de China. Tanto el maestro como sus tres discípulos gozaron de los honores reservados a los más altos dignatarios imperiales y se sentaron a ambos lados del nobilísimo Tai-Chung, que ocupó el puesto reservado a la persona de mayor dignidad. Jamás había contemplado ninguno de los presentes unas danzas tan bien coordinadas ni escuchado una música tan perfectamente ejecutada como las que amenizaron aquel extraordinario banquete, que duró todo el día. Todo parecía poco para agasajar a aquellos buscadores de escrituras, que habían traído la bendición a un reino tan próspero. Gracias a ellos, la luz de Buda brilló hasta en el último rincón del imperio, asegurando la fortuna y la paz para siempre. Al caer la tarde, los funcionarios agradecieron al emperador el gran honor que les había hecho, invitándolos a tan espléndido banquete. En cuanto Tai-Chung se hubo retirado a sus aposentos, todos los demás se pusieron en pie y regresaron a sus mansiones. El monje Tang y sus discípulos prefirieron pasar la noche en el Monasterio de la Gran Bendición. Los monjes les dieron la bienvenida echándose rostro en tierra y golpeando repetidamente el suelo con la frente. Concluida la ceremonia, dijeron al maestro, entusiasmados: - Esta mañana las ramas de esos árboles se volvieron, de pronto, hacia el Oeste y, al recordar vuestras palabras, corrimos hacia la ciudad, donde comprobamos alborozados que, por fin, habíais regresado. El maestro no cabía en sí de contento, cuando fueron conducidos sin dilación a los aposentos del guardián. Su satisfacción provenía no sólo del respeto con el que eran tratados, sino también del cambio experimentado por sus discípulos. Ba-Chie ya no exigía comida a gritos ni se comportaba como si fuera un vulgar bárbaro. El Peregrino y el Bonzo Sha, por su parte, actuaban con un comedimiento propio de personas que siempre han vivido en la corte. No podía ser de otra forma, pues la perfección del Tao había echado hondas raíces en ellos. La noche pasó rápida y sin ningún incidente digno de resaltar. A la mañana siguiente Tai-Chung celebró muy temprano su primera au-diencia, comunicando a sus funcionarios: - Anoche no pude dormir, pensando que nuestro hermano había alcanzado un mérito tan grande, que jamás podría recompensarle adecuadamente. No teniendo a mi alcance otro medio de expresar mi profunda gratitud que la palabra, he escrito un documento, que quiero que vos - añadió, dirigiéndose a uno de sus escribanos - lo toméis por escrito, sin que falte una sola de sus palabras. El documento decía lo siguiente: Hemos oído decir que las Dos Fuerzas Primarias, representadas por el Cielo y la Tierra en el acto de la producción de la vida, pueden expresarse por medio de imágenes, mientras que los poderes invisibles de las cuatro estaciones llevan a cabo la transformación de cuanto existe a través de la acción invisible del frío y el calor. Con un poco de reflexión hasta los más ignorantes pueden llegar al conocimiento de las leyes más primarias que rigen el Cielo y la Tierra. A pesar de todo, la total comprensión del yin y el yang no ha permitido a los más sabios y entendidos llegar al conocimiento pleno de sus últimos principios. Dado su carácter de imágenes, no resulta difícil percibir que el Cielo y la Tierra contienen, en efecto, porciones de yin y yang. No resulta tan fácil, por el contrario, comprender de qué forma el yin y el yang se integran en el entramado del Cielo y la Tierra, puesto que dichas fuerzas son invisibles. Eso explica que los ignorantes no se sientan abrumados por el peso de la imagen, mientras que los entendidos no se pongan de acuerdo sobre la naturaleza de lo invisible. Teniendo esto en cuenta, se comprenden las grandes dificultades que se presentan a la hora de captar las verdades budistas, pues enfatizan la nada, se valen de lo oscuro y recurren al silencio para penetrar en el misterio de los innumerables seres vivientes que existen y, así, llegar a la perfecta intelección del universo. No existe autoridad espiritual más alta que la suya ni fuerza moral alguna que la iguale. Su luz se extiende hasta el último rincón del cosmos; no existe lugar, por muy pequeño que sea, al que no llegue el fulgor de su verdad. Carece de principio y fin y no cambia, a pesar de estar sometida ella misma a mil kalpas. Oscura y meridianamente clara a la vez, llena de bendiciones a todos cuantos tienen la suerte de acercarse a ella. Es, al mismo tiempo, tan misteriosa, que cuantos la siguen no pueden comprenderla jamás. Es como una corriente profunda y silenciosa, cuyos orígenes pasan desapercibidos hasta para el observador más experimentado. ¿Qué hay de extraño en que nosotros, mortales ordinarios, nos sintamos desorientados ante la profundidad inalcanzable de su fondo? Tan extraordinaria doctrina surgió en las Tierras del Oeste, siendo aceptada en la corte de los Han después del sueño que tuvo uno de sus emperadores. En él su luz misericordiosa crecía de tal manera, que llegaba a abarcar todo el Territorio Oriental. Antiguamente, cuando aún no existía una distinción clara entre forma y abstracción, las palabras de Buda ejercieron una influencia francamente beneficiosa antes, incluso, de que fueran conocidas por doquier. En la época de su predicación y de su renuncia al mundo, la gente se daba cuenta de su extraordinaria virtud y le prodigó una estima que muy pocos habían conocido hasta entonces. No obstante, cuando hubo alcanzado el Nirvana y el tiempo fue inexorablemente pasando, el resplandor de las imágenes fue escondiendo, poco a poco, su auténtica naturaleza hasta que su luz dejó de brillar con la fuerza que hasta entonces había tenido. Los extraordinarios retratos que de él se hicieron, aunque artísticamente valiosos, desfiguraron su doctrina en beneficio de los treinta y dos lunares que decían que contenía su cuerpo. A pesar de todo, sus enseñanzas continuaron expandiéndose por doquier, liberando tanto a los hombres como a los animales de los tres senderos conducentes a la infelicidad. Sus puntos de vista recibieron una aceptación hasta entonces desconocida, haciendo que todas las criaturas recorrieran, poco a poco, los diez estadios que conducen a la perfección definitiva. Por si eso no bastara, el mismo Buda se encargó de confeccionar una serie de escrituras, que se dividieron en el Gran y en el Pequeño Medio, así como una serie de Leyes conducentes a evitar los desvíos y errores. Hsüan-Tsang, nuestro dignísimo Maestro de la Ley, es una auténtica autoridad en budismo. Dotado de una inteligencia y de una devoción fuera de lo común, consiguió dominar a una edad muy temprana las tres formas de inmaterialidad. A medida que fue creciendo, fue ahondando en el conocimiento de los principios espirituales, incluidas las cuatro formas de paciencia. No pueden compararse con la pureza que le adorna ni las ramas de pinos mecidas por el viento ni el resplandor de la luna reflejado en el agua. Es más, ni siquiera el rocío de los cielos o el brillo de las piedras preciosas son capaces de superar el refinamiento natural que rodea a su persona. Su inteligencia posee la capacidad de encontrar relaciones entre elementos que aparentemente no las tienen y su espíritu está dotado para la percepción de formas que pasan desapercibidas a los demás. Nadie puede compararse con el enorme tamaño que ha alcanzado su figura, pues, no en balde, ha conseguido dominar las irresistibles tentaciones de los seis sentidos. Dedicado por completo a la meditación de las verdades del espíritu, ha lamentado profundamente la mutilación que han sufrido las doctrinas auténticas y los errores que se han infiltrado en los tratados aparentemente más profundos y serios. En un principio pensó revisar todas esas enseñanzas y revitalizarlas con nuevos argumentos, para que alcanzaran una aceptación más amplia. De esa forma, no sólo pondría freno a los errores, sino que brindaría a los estudiantes nuevos medios de comprensión. Poco a poco, fue abriéndose, sin embargo, en su mente el deseo de visitar la Tierra de los Puros e iniciar un largo peregrinaje, que había de llevarle hasta los Territorios Occidentales. Haciendo caso omiso de los posibles peligros, se lanzó a los caminos sin más compañía y ayuda que la de su cayado. No le importaron ni el blanco manto de la nieve que cubría los senderos, ni las tormentas de arena que desdibujaban el horizonte, ni los veinte mil kilómetros de montañas y ríos que hubo de cruzar, ni los cambios brutales de temperatura, ni la niebla, ni el humo, ni la escarcha, ni la lluvia. ¡Nada fue capaz de detener su avance! Todo le parecía poco con tal de alcanzar su objetivo, pues era un celo realmente extraordinario el que guiaba sus pasos. Durante catorce años recorrió el Mundo Occidental, cruzando pueblos extraños sin otro acicate que la consecución de las escrituras. Por eso mismo, llevó una vida de total ascetismo bajo los mismos árboles que usó Buda para predicar y junto a los ocho grandes ríos de la India. Tuvo visiones extrañas en el Parque del Ciervo y en el Pico del Buitre, instruyéndose en las verdades supremas con maestros dignos y sabios, llegando a comprender los misterios más profundos y las enseñanzas más abstrusas. Su dedicación fue tal, que llegó a aprender de memoria los Seis Man-damientos y el Triyana, siendo capaz de recitar, sin equivocarse una sola vez, todos los textos que componen el canon. Aunque fueron, realmente, innumerables las naciones que visitó, el número de escritos del Mahayana que obtuvo es muy preciso. Fueron, en concreto, treinta y cinco las obras que consiguió, distribuidas en un total de cinco mil cuarenta y ocho rollos. Cuando hayan sido traducidos y enseñados hasta en los lugares más apartados de China, todo el mundo comprenderá la inigualable bondad del budismo, haciendo posible que la nube de misericordia procedente del Oeste descargue su lluvia de dharma sobre la zona oriental. Las doctrinas sagradas, antaño explicadas de una forma incompleta y fragmentaria, brillarán con todo su esplendor y las gentes, cargadas de egoísmos e imperfecciones, gozarán de las bendiciones de lo alto. Como los esforzados que apagan el fuego de una casa, el budismo contribuye eficazmente a la salvación del hombre, perdido por caminos de injusticia. Como la luz que brilla en la oscuridad de las aguas conduce sin ningún peligro a los navegantes hasta la orilla. Sabemos, de esta forma, que el malvado hallará en sus culpas su propia perdición, mientras que el virtuoso será elevado a un estado de felicidad y bendiciones. La causa de tan desigual sino hay que buscarla en el propio hombre. Pensad, si no, en el azafrán que crece en las montañas o en los lotos que adornan la verde superficie de los estanques. Las flores de aquél se alimentan de las nubes y la neblina, de la misma forma que las hojas de éste están siempre limpias y libres de toda mota de polvo. Esto es así, no porque el loto posea una naturaleza limpia o el azafrán sea casto, sino porque éste depende de lo alto para subsistir y no se deja arrastrar por vanalidades y aquél confía en lo puro y no permite que la suciedad se acerque a él. Si el mundo vegetal, que carece de capacidad de juicio, comprende las excelencias que se derivan de un ambiente adecuado, ¿cómo es posible que el hombre, que posee la capacidad de establecer relaciones entre lo existente, no busque el bien abandonándose a la bondad? Que estas escrituras se conserven para siempre bajo el sol y las estrellas y que sus beneficios se dejen sentir hasta en el último rincón del cosmos. En cuanto el escribano hubo tomado nota de tan espléndida exposición, el emperador hizo llamar al maestro, que se encontraba esperando a las puertas del palacio. Al enterarse de los deseos de su majestad, entró a toda prisa en la corte y presentó sus respetos al Hijo del Cielo. Tai-Chung le pidió que se llegara hasta donde él estaba y le hizo entrega del documento. En cuanto hubo terminado de leerlo, el maestro se postró de hinojos en señal de gratitud y comentó, admirado: - Vuestro estilo posee el equilibrio de lo clásico y vuestra forma de pensar es, a la vez, profunda y sutil. Desearía saber, de todas formas, si ya habéis elegido un título para tan incomparable exposición. - La confeccioné de una forma verbal ayer mismo por la noche como expresión de agradecimiento hacia vos - contestó Tai-Chung -. ¿Os parece bien el título de Introducción a las enseñanzas sagradas'? Emocionado, el maestro le dio las gracias y empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente. Tai-Chung añadió entonces: - Mis talentos palidecen ante los escritos imperiales y mis palabras no pueden compararse, en ninguna medida, con las inscripciones conservadas en la piedra y el bronce. Mi ignorancia es incluso mayor con respecto a estos textos sagrados. A eso hay que añadir que se trata de una composición oral, que requiere una infinidad de retoques. Viene a ser, de hecho, como tinta derramada sobre losas de oro, o como trozos de cerámica desperdigados entre las perlas. Lo he escrito para provecho propio, haciendo caso omiso del rubor que siempre produce en mí la ignorancia. No merece, pues, la pena que prestéis atención a tan indigno engendro ni me deis las gracias por él. A pesar de todo, los funcionarios dieron, entusiasmados, la enhorabuena al emperador y tomaron las medidas pertinentes para hacer pública su exposición sobre las Enseñanzas Sagradas tanto dentro como fuera de la capital. - Me gustaría que recitarais algunas de las escrituras que habéis traído - dijo Tai-Chung, volviéndose hacia el maestro -. ¿Creéis que podéis hacerlo? - Para ello - contestó el maestro - se requiere un lugar religioso apropiado. Disculpad mi atrevimiento, pero opino que un palacio no es el sitio más adecuado para ello. - ¿Cuál es el monasterio más digno de todos cuantos existen en Chang-An? - preguntó Tai-Chung, volviéndose hacia sus colaboradores. - El Templo del Ganso Salvaje - contestó el Gran Secretario Xiao-Yü, destacándose de entre las hileras de funcionarios. - Tomad con respeto los rollos de escrituras - ordenó Tai-Chung al instante - y llevadlas con el debido recogimiento al Templo del Ganso Salvaje, para que nuestro dignísimo hermano pueda explicárnoslas con la claridad que le caracteriza. Cada uno de los funcionarios tomó unos cuantos rollos y siguió a la carroza imperial hasta el lugar indicado, donde se había levantado a toda prisa un espléndido estrado. Como había ocurrido a lo largo de todo el viaje, el maestro pidió a Ba-Chie y al Bonzo que se hicieran cargo del caballo y del equipaje, mientras el Peregrino se mantenía a su lado, dispuesto a servirle en lo que fuera preciso. Se volvió a continuación hacia Tai-Chung y le dijo: - Si deseáis que estas escrituras lleguen hasta el último rincón del imperio, es preciso que se hagan inmediatamente copias de las mismas. Los originales deben guardarse con sumo cuidado para evitar su posible deterioro. - No habéis podido estar más acertado, hermano - respondió Tai-Chung, sonriendo. Acto seguido, ordenó a los funcionarios de la Academia Han-Lin y del Departamento Burocrático Central que copiaran con sumo cuidado los textos sagrados. Para su conservación se hizo erigir en la parte oriental de la ciudad un templo llamado de la Transcripción Imperial. El maestro había tomado en sus manos varios rollos de escrituras y había subido ya al estrado, cuando se levantó una brisa cargada de embriagadoras esencias y aparecieron a media altura los Ocho Guardianes Vajra, gritando: - ¡Dejad esos rollos y regresad con nosotros al Oeste! No habían acabado de decirlo, cuando se elevaron hacia lo alto el Peregrino, sus dos hermanos y hasta el caballo blanco. El maestro dejó a su lado las escrituras y siguió a sus discípulos a una velocidad increíble. Desconcertados, Tai-Chung y los demás funcionarios inclinaron la cabeza con inesperado respeto. Movido por su noble afán de hacerse con los textos sagrados, el maestro recorrió durante catorce largos años el camino que conducía hacia el Oeste, una prueba terrible que no sólo le llevó a vadear incontables ríos y a escalar innumerables cordilleras, sino a enfrentarse a terribles demonios y monstruos. Para completar un número perfecto de méritos, se añadieron nueve a los setenta y dos que ya poseía. Sus más de tres mil hazañas brillan en el mundo con un resplandor insuperable. No en balde los maravillosos escritos que trajo al Este se han conservado hasta el día de hoy en el reino al que tanto amó. Una vez presentados sus respetos a los Cielos, Tai-Chung y la práctica totalidad de sus funcionarios se pusieron manos a la obra para escoger a los monjes más dignos que pudieran encontrar. A ellos les correspondió la presidencia de la Gran Ceremonia por los Difuntos que se celebró en el Templo del Ganso Salvaje. En ella se salmodiaron escrituras seleccionadas del Gran Canon, que llevaron la salvación a no pocos espíritus que penaban en el Reino de las Sombras. Con el fin de que no decayera el número de obras buenas, se hicieron cuidadosas copias de los textos sagrados, que posteriormente se enviaron a todos los rincones del imperio, por lo que no volveremos a hablar más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los Ocho Guardianes Vajra, que arrebataron hacia lo alto al maestro, a sus discípulos y al caballo blanco y los llevaron a la Montaña del Espíritu. Lo hicieron a tal velocidad, que entre la ida y la vuelta invirtieron exactamente ocho días. Al llegar, todas las deidades que habitaban en aquel lugar extraordinario se habían reunido a oír las enseñanzas de Buda. Los Ocho Guardianes Vajra condujeron a los monjes ante el Patriarca Budista y le dijeron: - Por deseo expreso de vuestra santidad, hemos transportado al maestro y a sus discípulos hasta la gran nación de los Tang, donde han hecho entrega de los textos sagrados, antes de regresar a informaros puntualmente de lo acaecido. Concluido el informe, se pidió al monje Tang y a sus discípulos que se aproximaran al trono de Buda, que dijo, dirigiéndose al maestro: - En tu anterior reencarnación fuiste mi segundo discípulo, el Maestro Cigarra de Oro. En cierta ocasión tuviste la mala fortuna de no atender debidamente a las explicaciones de la ley, despreciando, de alguna forma, el valor de mis enseñanzas. Eso te valió el destierro y fuiste a reencarnarte en las Tierras del Este. Afortunadamente, aceptaste con humildad el castigo y permaneciste fiel a mi doctrina, ofreciéndote, incluso, voluntario para venir en busca de las escrituras. Por tan extraordinaria fidelidad, recibirás el título de Buda del Mérito Candana. Tathagata se volvió a continuación hacia Sun Wu-Kung y añadió: - Después de someter el Palacio Celeste a una confusión total y absoluta, me vi obligado a valerme del enorme poder de mi dharma para capturarte y encerrarte en las mismas raíces de la Montaña de las Cinco Fases. Afortunadamente, abrazaste la fe budista y tu castigo tocó a su fin. Jamás podré expresar acertadamente la alegría que me embarga, al pensar en la dedicación al bien de la que has hecho gala a lo largo de todo el viaje. Gracias a ti, han desaparecido infinidad de demonios e incontables monstruos. Por haberte mostrado tan diligente al principio como al final de la empresa, te nombro Buda Victorioso en la Lucha. Le tocó seguidamente el turno a Chu Wu-Neng y dijo: - Tú fuiste Mariscal de los Juncales Celestes en el Río de los Cielos. Por haberte emborrachado durante la celebración de la Fiesta de los Melocotones Inmortales y haber ofendido a una de las doncellas de lo alto, se te expulsó de la compañía de los dioses y hubiste de encarnarte en una bestia en las Regiones Inferiores. Afortunadamente, anhelabas el modo de ser humano y, aunque cometiste infinidad de injusticias en la Caverna de los Senderos de Nubes, en la Montaña de Fu-Ling, abrazaste de buena gana mis enseñanzas. He de reconocer que en todo momento has prestado protección al maestro, pero tampoco puedo olvidar que nunca has logrado dominar del todo tu lujuria y tu gula. Por haber cargado con el equipaje a lo largo de todo el viaje, te nombro Protector de los Altares. - ¿Por qué me habéis concedido ese título, cuando habéis nombrado Budas a los demás? - protestó Ba-Chie a gritos. - Porque todavía eres perezoso y charlatán y no has renunciado del todo a tu insaciable apetito - contestó Tathagata -. En cada uno de los cuatro grandes continentes hay infinidad de fieles que siguen al pie de la letra mis enseñanzas. Cada vez que se celebre algún rito budista, tú serás el encargado de limpiar los altares, cosa que, no dudo, será de tu total agrado. ¿No te parece un nombramiento totalmente acorde con tu manera de ser? Clavó después la vista en Sha Wu-Ching y agregó: - Antiguamente fuiste el Oficial-encargado-de-levantar-la-cortina. Por romper una copa de cristal durante la Fiesta de los Melocotones Inmortales, se te desterró a las Regiones Inferiores, convirtiéndote en un monstruo devorador de hombres en el Río de Arena. Afortunadamente, aceptaste mis enseñanzas y te mantuviste firme en la fe. Prestaste una gran ayuda al maestro, al ofrecerte a tirar de las riendas de su caballo a través de todas las cordilleras por las que habéis pasado. Por tu gran contribución a la empresa, te nombro Arhat del Cuerpo Dorado. Tathagata tuvo también palabras de reconocimiento para el caballo, al que dijo: - Tú fuiste hijo de Kwang-Chin, Rey Dragón del Océano Occidental. Por desobedecer a tu padre y caer en la falta terrible de la infidelidad paterna, fuiste condenado a muerte. Afortunadamente, aceptaste la Ley y te sometiste a ella de buena gana. Tu mérito no tiene ciertamente nada que envidiar al de tus hermanos, pues llevaste sobre tus lomos al monje Tang durante todo el viaje hacia el Oeste y llevaste con igual dedicación al Este las escrituras sagradas. Por tu dedicación a tan magna empresa te nombro dragón perteneciente a las Ocho Clases de Seres Sobrenaturales. En prueba de agradecimiento, el maestro, los tres discípulos y el caballo se echaron rostro en tierra y golpearon repetidamente el suelo con la frente. Concluida la ceremonia, Buda pidió a unos de sus guardianes que condujeran al caballo al Estanque de Metamorfosear Dragones, que había en la parte posterior de la Montaña del Espíritu. Nada más tocar sus aguas, el animal se estiró, empezaron a salirle cuernos en la cabeza, su cuerpo se llenó totalmente de escamas doradas y le crecieron en las mejillas unas aceradas barbas de plata. Su espléndida figura se vio envuelta en un abrir y cerrar de ojos en una neblina de buenos augurios, mientras una masa de nubes sagradas se posaba sobre sus cuatro zarpas. Una vez concluida tan extraordinaria metamorfosis, abandonó el estanque y se enrolló en la parte superior de una de las columnas que sustentan el cielo. Después de que todos los Budas hubieron alabado el incomparable dharma de Tathagata, el Peregrino se volvió hacia el monje Tang y le dijo: - Ahora que me he convertido en un buda exactamente igual a vos, ¿no creéis que ha llegado el momento de librarme de la escama, que, a modo de diadema, llevo incrustada en la cabeza? Recitad el conjuro correspondiente y liberadme para siempre de ese tormento. Pienso hacerla añicos, para evitar que la Bodhisattva siga engañando a la gente con ella. - Dada la impetuosidad de tu carácter - opinó el monje Tang -, no existía método mejor de controlarte. Ahora que, como bien dices, te has convertido en buda, dudo mucho que aún la tengas incrustada en la cabeza. ¿Por qué no te tocas a ver si todavía sigue ahí? El Peregrino siguió la sugerencia del maestro y comprobó que, en efecto, había desaparecido. Casi inmediatamente el Buda Candana, el Buda Victorioso en la Lucha, el Protector de los Altares y el Arhat del Cuerpo Dorado ocuparon el lugar que les correspondía y que habían buscado con tanta dedicación y ahínco. Como ya queda dicho, el caballo, una vez recuperada su antigua naturaleza de dragón, alcanzó un estado de inmortalidad comparable al de sus antiguos compañeros. Sobre todo ello disponemos de un poema, que afirma: La realidad caída en el fango se unió a los Cuatro Signos y se revistió nuevamente de perfección. En la esfera de las Cinco Fases sólo existen el vacío y el silencio. Es preciso, por tanto, evitar pronunciar los nombres falsos de los cien monstruos. Por haberlo logrado, Candana goza ahora de la envidiable condición de Buda. Sus hermanos han sido, igualmente, capaces de trocar en gloria su antigua condena. Cuando la luz de las escrituras se extendió por todo el mundo, los cinco sabios ascendieron a las alturas de Advaya. Nada más ocupar el puesto que les correspondía, acudieron a presentarles sus respetos todos los Patriarcas Budistas, Bodhisattvas, sabios, arhats, protectores bhiksus, upasakas y upasikas, inmortales de las diferentes montañas y cavernas, Dioses de la Luz y de las Tinieblas, Centinelas, Protectores de los Monasterios y todo tipo de inmortales y maestros que habían alcanzado la perfección del Tao. Una neblina multicolor envolvía el Pico del Buitre, mientras una masa de nubes de santidad se arremolinaba en aquel mundo de felicidad absoluta. Los dragones de oro dormían tranquilos, los tigres de jade descansaban en paz, las liebres de pelaje negro se movían de un lugar a otro sin ser molestadas, las serpientes y las tortugas se arrastraban libremente por donde querían, los fénix de espléndido plumaje azulado y rojizo revoloteaban a sus anchas y los ciervos y simios jugueteaban entre el follaje, sin que nadie se metiera con ellos. No faltaban en aquel paisaje maravilloso ninguna flor de los ocho períodos ni ningún fruto de las cuatro estaciones. En ningún otro lugar poseían tanta frondosidad los retorcidos pinos, los centenarios enebros, los cipreses de jade o los inmortales bambúes. Allí los ciruelos de cinco colores florecían y daban fruto varias veces al año, lo mismo que los melocotones milenarios, que se mantenían siempre frescos y en sazón. Bajo aquel cielo cargado de buenos augurios rivalizaban en belleza y atractivo una infinita variedad de flores y frutos exóticos. Juntando las palmas de las manos, como muestra de sumisión y acatamiento, los allí reunidos entonaron a coro: Me someto a Dipamkara, el Buda de la Antigüedad. Me someto a Bahisjya-vaidurya-prabhasa, el Buda de las Luces de Cristal. Me someto al Buda Sakyamuni. Me someto al Buda del Pasado, del Presente y del Futuro. Me someto al Buda de la Perfecta Alegría. Me someto al Buda Vairocana. Me someto al Buda Señor del Estandarte Precioso. Me someto a Maitreya, el Buda Respetable. Me someto al Buda Amitabha. Me someto a Sukhavativyuha, el Buda de la Vida Perdurable. Me someto al Buda que Acepta y Conduce a la Inmortalidad. Me someto al Buda de la Indestructibilidad del Diamante. Me someto a Surya, el Buda de la Luz Preciosa. Me someto a Manjusri, el Buda de la Respetable Raza de los Dragones. Me someto al Buda del Adelantamiento en la Virtud. Me someto a Candraprabha, el Buda de la Preciosa Luz Lunar. Me someto al Buda de la Presencia sin Ignorancia. Me someto a Varuna, el Buda del Cielo y el Agua. Me someto al Buda Narayana. Me someto al Buda de las Radiantes Proezas Meritorias. Me someto al Buda de las Inteligentes Proezas Meritorias. Me someto a Svagata, el Buda de los que Mueren Bien. Me someto al Buda de la Luz Candana. Me someto al Buda del Estandarte Valiosísimo. Me someto al Buda de la Luz de la Antorcha de la Sabiduría. Me someto al Buda de la Luz de la Virtud Marina. Me someto al Buda de la Luz de la Gran Misericordia. Me someto al Buda del Poder de la Compasión. Me someto al Buda Primero entre los Sabios. Me someto al Buda de la Inmensa Solemnidad. Me someto al Buda de la Luminosidad Dorada. Me someto al Buda de los Dones Luminosos. Me someto al Buda Victorioso en la Sabiduría. Me someto al Buda de la Luz Inmanente del Mundo. Me someto al Buda de la Luz del Sol y la Luna. Me someto al Buda de la Perla del Sol y la Luna. Me someto al Buda del Estandarte Victorioso. Me someto al Buda de la Voz Sobrecogedora. Me someto al Buda del Estandarte de la Luz Imperecedera. Me someto al Buda que Escudriña el Mundo. Me someto al Buda del Dharma Inalcanzable. Me someto al Buda de la Luz Sumeru. Me someto al Buda de la Gran Sabiduría. Me someto al Buda de la Luz Dorada del Mar. Me someto al Buda de la Luz Perfecta. Me someto al Buda del Don de la Luz. Me someto al Buda del Mérito Candana. Me someto al Buda Victorioso en la Lucha. Me someto a la Bodhisattva Kwang Shr-Ing. Me someto al Bodhisattva del Gran Poder Venidero. Me someto al Bodhisattva Manjusri. Me someto al Bodhisattva Visvabhadra y a los otros Bodhisattvas. Me someto a los diferentes Bodhisattvas del Gran Océano de la Purificación. Me someto al Bodhisattva y al Buda del Estanque de Lotos y de la Asamblea Oceánica. Me someto a los diferentes Bodhisattvas del Paraíso Occidental de la Suprema Felicidad. Me someto a los Tres Mil Grandes Bodhisattvas Protectores. Me someto a los Quinientos Grandes Bodhisattvas Arhats. Me someto al Bodhisattva Arhat del Cuerpo Dorado y las Ocho Joyas. Me someto al Bodhisattva de la Fuerza Suprema y al Dragón Celeste de las Ocho Divisiones de Seres Sobrenaturales. Tales son los diferentes Budas que existen en el mundo. Es mi deseo ofrecer los méritos que haya podido alcanzar, como homenaje al reino de pureza de Buda, como expresión de agradecimiento por los dones recibidos de lo alto y como invitación a no abandonar el camino de la salvación para todos aquellos que ya transitan por las tres sendas. Si escuchan con atención, sus mentes se llenarán de luz y recibirán como recompensa renacer para siempre en el paraíso. ¡Benditos sean en el mundo entero todos los Budas del pasado, del presente y del futuro, así como los diferentes Bodhisattvas y Mahasattvas!